La agresividad verbal y sus mecanismos de expresión en el español actual
Abstract
Para poder llevar a cabo este estudio de una manera coherente y ordenada, el trabajo se presenta dividido en siete capítulos. En el primero de ellos realizamos la revisión crítica de las contribuciones más importantes que, desde mediados de los años 80, s
Full text
UNIVERSID AD DE SE VILLA
Facultad de Filolog ía
DEPART AMENT O DE LENGUA ESPAÑOLA ,
LINGÜÍSTIC A Y TE ORÍA DE L A LITE RATURA
LA AGR ESIVIDAD VER BAL Y SUS MECAN ISMOS DE
EXPRESIÓN EN EL ESPA ÑOL AC TUAL
Tesis doctora l de Mar ía Ester Brenes Pe ña
Directora: Dra. Dña. Catalina Fuentes Rodrígue z
Catedrá tica de Len gua Española
Sevilla, 29 de julio de 2009
2
3
A mis padres
4
5
Agradecimientos
La realización de esta tesis doctoral no habría sid o posible si n la a y uda re cibida
por parte de num erosa s personas. En est as páginas iniciales quie ro expresar mi más
profundo y since ro a g radecimiento a cada una de ellas.
En primer luga r, me gustaría agradecer a mi Directora de Tesis, doña Catalina
Fuentes R odríguez, toda la a y uda que me ha ofrec ido a l o largo de estos años tanto para
la realización de este trabajo como para lleva r a cabo otros múl tiples estudios y aspectos
relacionados con ellos. Gracias a ella comenc é mi formación en el terreno de la
investigación lin g üística cuando, en el cu rso 20 04/05, disfruté de una Beca de
Colaboración del Ministerio d e Educa ción y Ciencia bajo su supervisión. Desde
entonces, s us consejos, o bservaciones y críticas han ido guiando mi labor investigadora.
Muchas gracias po r tu paciencia, por t odas las h oras que le has dedicado a este trabajo
doctoral, por apo y arme en tod o momento y , sobre todo, porque has s abido transmit irme
la pasión por el estudio serio y riguroso de la lengua.
En segundo lugar , me gustaría dar las gracias también a doña Esperanza R.
Alcaide L ara por su apoyo y colaboración en el terr eno científico y personal. L as
apasionadas discusiones que hemos m antenido durante este tiempo h an repercutido de
forma positiva en la redacción final de este trabajo. Junto a ello, la amis tad que me h a
brindado desde el primer momento, su cercanía, su paciencia y sus muestras de aliento
me han facilitado también enormemente la realización del presente estudio.
Por otra parte, l as dos e stancias de i nvestigación que he r ealizado en Birkbeck
College no habrían si do po sibles sin el apoyo de Mr. John Kraniauskas y,
fundamentalmente, d e doña María Elen a P lace ncia. Gracias a ella pude acceder a l os
diferentes s ervicios de di cha universidad y entrar en contacto con otros investigadores.
La s observ aciones que me hizo d ura nte las conver saciones mantenidas en es tos periodos
han contribuido también considera blemente en l a mejora de esta tesis doctoral. Adem ás,
su hospitalidad y sus muestras de afecto hicieron que no me sintiera le jos de c asa.
A los profesore s doña Diana Bravo y don Ósca r Lour eda Lamas debo m ostrarles
mi gratitud por los informes que han r ea lizado para que pu eda optar al títu lo de Doctor
6
Europeo. Desde aquí les doy las gracias por su dis ponibilidad y la rapidez con la que
han accedido a realizar dichos informes.
No puedo dejar de mencionar a los profesores del Departamento de Lengua
Española, L ingüística y Teoría de la L iteratura de la Facultad de Filología de la
Universidad de S evilla. Muchas gra cias a todos por aco g erme con tanta amabilidad y
cariño durante estos años . Ju nto a ellos, incluyo también a los becarios de investigación
y , cómo no, al personal admini strativo por s us nu merosas atenciones y por tramitar todo
lo necesario para poder realizar la defensa de esta tesis.
Tampoco me olvi do de todas aquellas p ersonas que a ccedieron a responder el
test de hábitos sociales realizado. A todas ellas les agradezco su colaboración
desinteresada, sin la cual no habría podido contrastar mis impresiones con d atos re ales.
Pero la redacción de est e trabajo no habría sido posible sin el apoy o q ue he
recibido en el plano personal por parte de mis amigos, de mi familia y , en especial, de
mis padres. A ellos les debo todo l o qu e so y . Ell os me pos ibilitaron el acceso a estos
estudios y , lo más importante, creyeron en mí en todo mom ento, a y udándome si empre
que l os he necesitado. También quiero mencionar de fo rma esp ecia l a Elena, por su
infinito cariño y por la ayuda material recibida en los últimos momentos de la re dacción
de esta tesis, y a J uanfran, por su amor y s us desvelos, y porque sin él a mi l ado no
habría podido finalizar este trabajo.
Por último, l e a gradezco también a la Junta de And alucía la concesión de l a Beca
Predoctoral adsc rita al P roy ecto de Excelencia “ La viol enc ia verbal y sus c onsecue ncias
sociales” (2006-2009), hecho q ue me ha posibi litado, en general, mi formación como
personal docente e investigador y , en particul ar, la r ealización de los estudi os de
Doctorado y la redacción de esta tesis doctoral.
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STUDIO AP LI CADO A LAS TERTULIAS T ELEVIS IVAS
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ÍN D I CE
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NTRODUCCIÓN
………………………………………………………………………...15
Introduction …………………………………………………………………… ………25
1. E
STUDIOS SOBRE L A
(
DES
)
CORTESÍA V ERBAL
………………………………………33
1.1. Teorías fundadoras ………………………………………………………………37
1.1.1. La cortesía como máx ima o principio conve rsacional……………… ……37
1.1.1.1. L as máximas de R. L a koff ……………………………………..37
1.1.1.2. El modelo de G. N. Leech………… …………………………..39
1.1.2. Relación de la cortesía verbal con las necesidades de im age n social.
La teoría de P . Br own-S. Levinson…………………… …………………44
1.1.3. Primeros estudios en el ámbito hispánico. H. Haverkate…………………55
1. 2. Desarrollos posteriores. La superación del etnoc entrismo ………… …………..60
1.2.1. La cortesía como lo socialmente apropiado. El contrato
conversacional de B. Fraser-W. Nolen…………… ……………………....60
1.2.2. El modelo de jerarquías variables de L. Fant………………… …………..62
1.2.3. La perspectiva sociopragmática o
la pragmática sociocultural del Programa ED ICE…...................................64
1.2.4. La radicalización del peso contextual. El paradigma postmodernis ta…….69
1.3. Otros paradigmas alt ernativos …………………………………………………..77
1.3.1. La perspectiva intercultural de R. Scollon-S. S collon…………………….77
1.3.2. La cortesía interpersonal de H. Arndt-R. W . Janney……………………...79
1.3.3. La gestión interrelacional de H. Spencer-Oate y …………………… ……..81
1.3.4. El modelo de autocortesía de R. Che n…………………………………….84
1.3.5. La cortesía desde la perspectiva de la Teoría de la Relevancia …………...85
1.4. Trabajos centrados en el fenómeno de la des cortesía verbal …………………...87
1.4.1. Inversión del modelo de P. Brown-S. Levinson: J . Culpeper.……………89
1.4.2. La descortesía como un continuum … …………………………………… 94
1.4.2.1. R. L akoff……………………………………………………… …..95
1.4.2.2. S. Kaul de Marlangeon……………………………………………96
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“(Re)pensar la vi olenc ia, e s, pues, para m í, p ensarla
no sólo e n tér minos de contenido – esto e s,
contemplarla ú nicamente e n los m ensaj es visible s,
en lo s temas declarad os violentos-, sino detectarla en
las estructuras narra tivas, en las estética s: es decir ,
en las for mas de lo s mensaj es.”
(G. I m bert, 20 03:17)
El objetivo fundamental del presente tr abajo consiste en el anális is de las
estructuras y recursos lingüísticos agre sivos que se emplean en español act ual. Para ello
hemos uti lizado como corpus unos intercambios comunicativos que poseen como
ventaja su coloquialidad, su alto amplio ámbito de di fusión y su a lto grado de
confrontación. Se convier ten, así, en un material de primer orden par a poder evaluar los
comportamientos descorteses en esp añol. Nos referimos a las actu ales tertulias
televisivas que tratan temas propios de la crónica social con un fin lúdico.
La agresividad, definid a como aquella “tendencia a actuar o r esponder
violentamente” ( DRAE ), es una valoración social que aplicamos a ciertos
comportamientos o realidades, y a sean e stos lingüísticos o no. Así , podemos decir que
unas imágenes son agresivas, que la actuac ión de una persona nos ha parecido agresiva
o que las palabras emit idas por alguien han result ado agr esivas. En el caso concreto del
lenguaje, l a agresividad se manifiesta prototípicamente por m edio de la conjunción o la
presencia de determinado s elementos lingüísticos descor teses, por lo que l a teoría verbal
que debemos aplic ar al est udio de estos elementos es la de la (des)cortesía verbal
1
. Esto
es, la descortesía, funci ón pragmática en el sentido de qu e relaciona dos funtivos, el
elemento lingüístico y el efecto social
2
, puede hacer qu e nuestra actuación verbal s ea
calificada como agresiva. Por consiguiente, si bien estos elemento s pueden s er
caracterizados como a g resivos, nuestra m eta prin cipal se identifica con el estudio de la
descortesía verbal.
La evidente con cr eción y espe cificidad tanto del cor pus como de l os elementos
descritos no ha sido óbice para que la realización de este estudi o nos hay a permit ido
ahondar en v arias cuesti ones o a spectos de espe cial relevancia p ara la inv estig ación
lingüística en general. Así, además de completar la descripción gramat ical de e stos
elementos con l a incorpo rac ión de la información relativa al efecto social p roducido por
1
Par a una explicación de la elección de e ste término, véase la nota a p ie de página número 13 4.
2
Estas ideas se exponen con d etenimie nto en el capítulo 2.
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ellos, avanzaremos en la línea de investigación que, desde mediados d e los años 8 0, ha
conducido a la Lingüística h acia la superación de los lím ites oracionales y l a reflexión
sobre la simbiosis lengua-socie dad. Asimismo, trazaremos una teoría acerca de los
fenómenos de la cortesía y d escortesía desde el punto de vista v er bal y desc ribiremos un
nuevo gé nero comunicativo que g oza de una gr an presencia en las p arrillas televisivas
actuales.
Si comenzamos por el primero de los aspe ctos enumerados, es obvio que, como
se ha s eñalado en múlt iples ocasiones, l a len g ua es el principal medio de comunicación
del que dispone el ser humano. Ello supone la identificación del sistema lingüístico
tanto con un rec urso de transmisión de información como con un a “práctica social” ( A.
Tusón Valls, 1997:11), un instrumento a través del cua l el indi viduo logra int eg rarse en
la sociedad, establec iendo relacione s con otros hablante s. En consecuencia, la elección
de la forma lingüística del enunciado por parte del emisor depende no sólo de las ideas o
del contenido que este quiera t ransmitir, sino también de factore s como los efectos que
dicha formulación lingüística produzca en las relaciones interpersonales.
Pensemos en un ejemplo tan sencillo y tan u tilizado en los manuales d e
pragmática como pedir a una persona que nos pase o alca nce el salero . Si nuestro
interlocutor es el camarero del bar, o el desconocid o que está sentado en la mesa sit uada
al lado de nosotros, p osiblemente elaboraríamos nuestra petición d e una forma
semejante a: Por favor, ¿podría pasarme el salero? Gracias . Es decir, utiliz aríamo s
diferentes r ecursos l ingüísticos que atenuaran el efe cto social desco rtés que, en esta
situación concreta, está presente en la im posición causada por el a cto de habla
enunciado. Pero si la persona apelada es un famili ar o amigo con el que compartimos la
cena y , además, mantenemos una r elación i nterpersonal estrecha, e l enunciado sería
bastante diferente: Pásame el salero . Esto es, la proximidad existente entre los
interlocutores di cta la su stitución de lo que se denominó en la teoría de P. Brown- S .
Le vinson (1987 [ 1978]) como estrategias de cortesía ne gativa
3
por una ex presión más
directa y no por ello menos cortés.
La necesidad de atender tanto a la relación de la s producciones l ingüísticas
concretas con respecto al efecto s ocial producido por ellas como al influjo que esta
relación pueda ejercer e n la selección lingüística re alizada por los hablantes ha sido
3
Par a una descripció n y crítica d e esta teoría, véase el apartad o 1.1.2 .
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reivindicada po r numerosos autores
4
. C. Kerbrat-Orecchioni ( 2004:45) por ejemplo,
observa cómo “dent ro del sis tema de la lengua s e inscribe un gran núme ro de hechos
cuya existencia no se jus tifica y qu e sól o son inte rpretable s en relación a las exigencias
de co rtesía” . Y, efectivamente, sólo h a y que reparar en la exi stencia de recursos
verbales que, incluso en su denominac ión general, hacen alusión a estos valores, como
el plural de modestia o el condicional de co rtesía, para comprobar qu e la cortesía no
atañe únicamente a una “cuestión de estilo”. Resulta evidente, por tanto, q ue una visión
integral del lenguaje no puede reducir el estudio de las unidades a su análisis gramatical,
sino que debe tener pr esente su vinculación co n todos los componentes del esquema
comunicativo y , especialmente, con el efecto social producido. Est e es el camino en el
que pretende seguir ava nzando nuestro trabajo d e investigación: en la descripción del
funcionamiento comuni cativo real de las unid ades gramaticales en la lengua or al,
incidiéndose en los efectos de des cortesía produc idos por ellos. El result ado supondrá,
por tanto, el enriquecimiento de la definición gramatical de las unidades a nalizadas.
Por otra parte, debido a la constatación de la exi stencia de una relación de
interdependencia entre forma lingüística y factores sociales, el campo de estudio de la
(des)cortesía verbal se ha convertido, desde hace algunos años, en un pun to de especial
interés para la investi gación lingüística en general y par a la pragmática en p articula r. Un
simple repaso de la bibl iografía especi alizada existente al respecto es su ficiente para
verificar la apabullante proli fe ración de estudios que, día tras día, produce este tema.
5
.
Lo llamativo es que la formulación de esta plur alidad d e teorías y constructos teóricos
no ha lo grado p roporc ionar una explicación adecuada de este fenómeno. La falta de
homogeneidad en la terminología empleada, la inex istencia de consenso en cuestiones
4
Entre ello s se encuen tra también, p or ej em plo, T. Ho ltgraves (1992 :156): “Even so, o ne might arg ue that
the co ncept of face i s unne cessary and th at the o rderline ss o f ta lk is explicab le solel y in ter ms o f
constraints r egarding t he synt actic relatio ns betwee n acts ( Schegloff 19 88). Face, ho w ever, provide s one
reason, if not the maj or re ason, for the for m of these relations. If the str ucture o f talk evolved
independentl y o f face concerns, th at structure p robab ly w o uld be very different than it is in fact. I m agi ne,
for example, wh at tal k would be like if face concern s never had existed . Because acts co uld not be face-
threatening, it is do ubtful tha t indire ctness of a ny sort wo uld o ccur (o r even w ould be possible) (…) .
Because no face concerns existed, talk pro bably it would be structured dif ferently; p robably it would be
fast and e xplicit, unlike hum an c ommunicatio n as we k now it, whic h is sometimes slow a nd implici t.
Ta lk inv olves m ore th an the m ere transmission of i nf or mation; it is a social actio n, and its perfor m ance
has interper sonal consider ations.”
5
Ya en el a ño 1 994, la bibliografía p ublicada en el Journal of Pragma tics por parte de
M.
A.
Dufo nt, G.
Kasper, S. T akahashi y N. Yo shinaga ocupa cincue nta páginas y recoge alre dedor de mil títulos. E n el
ámbito más concreto del españo l, M. M. Espej o Muriel re aliza en e l a ño 200 1 una c ompilació n
biblio gráfica que alber ga dos cientos sesenta y tres estudio s. E ste incremento d e la b ibliografía e xistente
también ha sido señalado, po r ejemplo, por R. W atts, quien, en su trabaj o de 200 3, afirma que él conocía
una bibliogra fía que conte nía mil doscie ntos títulos y que cr ecía semana po r semana.
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tan básicas como la d efinición de estos conceptos
6
y el carácter atomista de l a ma y oría
de las investi g aciones r ealizadas, entre otros fa ctores, han caus ado que, a pesar d e la
gran cantidad de estudios exi stentes, actualmente úni ca mente dis pong amos de
pinceladas que describe n aspectos puntuales d e este f enómeno y que , además, se
encuentran dispersas, pu blicadas en re vistas que no siempre r esultan accesibles a los
investigadores
7
. El resultado es, pues, la carencia de una visión de conjunto desde l a
perspectiva lin g üística. Con el objetivo de paliar esta deficiencia, hem os optado por
acompañar el an álisis del corpus re alizado en la pr esente tesis con una prop uesta teórica
y metodológica a partir de la que se intentará id entificar la naturaleza y definir de una
manera coherente y hom ogénea estos conceptos.
La metodología utili zada en la redacción d e esta teorí a y en el análisis de los
datos se identific a con la L in güística pragmática en el sentid o más amplio del término,
según ha sido ex puesta por C. Fuentes Rodríguez (2000a), d ando cabida en ella tanto a
la vertiente pragmalingüíst ica como a l a sociopragmática. El sincretismo lengua-
sociedad presente en el fe nómeno de la cortesía verbal ha hecho que este campo de
estudio pueda ser abordado desde estas dos perspectivas de análisis, según se conceda
más importancia a uno u otro de los elementos i mplicados. Nuestro objetivo, al emplear
esta metodología, ha s ido aunar ambas persp ectivas para pod er , así, tener una visi ón
global de este concepto, evitando el etnocentrism o presente en las teorías m ás
lingüísticas
8
, pero sin c ae r en el relativismo extremo al que puede conducir la
perspectiva más social
9
.
En lo concerniente al material empírico empleado, ya hemos señalado que
hemos centrado nuestro análisis en un corpus concreto: l as tertulias t elevisivas en las
que se comentan tem as de la c rónica social, ra ma de esp ecialización periodística que
debe su nomenclatura al hecho de que gira en torno a l a vida privada de l os personaje s
considerados famosos o conocidos. Aunque pos teriormente l o analizaremos con más
6
Como b ien in dica n R. W atts et al. (2 005[19 92]:3), “Indeed, one of the o ddest things a bout politeness
research is t hat the term “politeness” itsel f is either not e xplicitl y defined. ”
7
Esta misma observación ha sido realiz ada p or M.E. P lacencia-C .García (2 007:xiii): “The w ide range of
studies on p oliteness pheno men a are, no neth eless, d ispersed in journal across three or more conti nents,
making it d ifficult to g et a c lear p icture of the m an y dif ferent d evelopment s a nd findi ngs. T here is a need
to take stoc k of the work has b een carried out to date. This is p recisely one o f the main a ims of the c urrent
volume: to o ffer a co m prenhensi ve over vie w of research in the area (…) .”
8
P iénses e, p or ej em plo, en el opu s ma gnum d e P. B rown- S. Levi son ( 1987 [1978 ]), detallado en el
apartad o 1.1.2.
9
Co m o sucede en los trab ajos realizad os en e l seno de la c orriente po stmoder nis ta explica da en el
apartad o 1.2.4.
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detalle, podemos decir q ue la ele cción de estas i nteracciones como material de estudio
de nuestro trabajo ha veni do determinada por do s razones fund amentale s: su carácter
oral y su difusión televisiva. En otras palabras, este material nos posibilita, por u n l ado ,
basar nuestro trabajo en un corpus oral real, el terreno más idóneo p ara analizar un
fenómeno que surge en la interacción, y, por ot ro, conta r con un corpus cuyo canal de
transmisión se identifica con uno de los medios de comunicación de masas más
valorados y consumidos por la socieda d actual: la televisión, el principal recurso lúdi co
del que disponen l os ciudadanos en los países desarrollados. Este hecho nos per mitirá,
por tanto, observar cómo la descortesía y agresividad se han convertido actualmente en
un i ntrumento de entret enimiento y r efle xionar sobre el control e fectivo que pos een
estos medios en l a actua ción lingüística de sus receptores. Además, pod remos describir
los rasg os definitorios de un gé nero que goza de gran aceptación por parte del público
en general y cu y o estudi o presenta un gran int erés para la investigación l ing üística, tal
como expone J . J. Bustos Tovar:
“Un caso particula r m uy i nteresante –y que y o sepa no e studiado- es e l de los c oloquio s
o debates públicos (las difundi das tertulias radiofónicas o televisivas) en la s que el
receptor (esto es, el público) l o e s del diálogo directo (por tanto, no referido en discurso
escrito) pero in terpretado e n su globalidad. Los rasg os lingüísticos de e sta com unicación
actualizada son “traduc idos” por el r ecepto r en forma de mensa je, y no sólo por las
ideas expuestas por los interlocuto res sino tam bién –a veces de m anera decisiva- por el
m odo de expresión que elige cada elocuto r. El resultad o de este coloquio se conv ierte en
un verdadero texto porque e stá or g anizado di s cursiv am ente.”(J . J. Bustos Tovar,
1995:16)
En definitiva, podemos decir que, desd e un punto de vista lingüísti co, l a
realización de esta tesis doctoral nos permiti rá elabora r una teoría sobre la naturaleza y
el estatuto de los fenóme nos de la cortesía y d escortesía verbal desde la perspectiva de
la Lingüística pragmática e identific ar y describir pormenoriz ada mente, atendi endo a los
efec tos context uales que influye n en sus valores, las unidades gramaticales del español
hablado uti lizadas en las tertulias televisivas de la prensa rosa para provocar un efecto
social descortés, lo cual supone un avanc e para la Gramática en el sent ido de qu e
incorpora a la descripci ón de sus unidades fact ores conte xtuales y d e recepción no
tenidos en cuent a hasta e l momento. Esto nos ser virá como punto de partida para poder
ir elaborando el co rpus de unidades descortese s que uti lizamos en nuestra lengua.
Complementariamente, desde un punto de vista más s ocial, si aceptamos que esta nueva
retórica de la agresividad que está i ntroduciéndose a través de lo s medios de
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comunicación es el reflej o lingüístico de la violencia que ho y día se está i mponiendo en
todos los ámbitos sociales, es obvi o que su estudio puede ser un prim er paso en la
identificación y pr evención de la violencia social
10
.
Para poder llevar a cabo este estudio d e una m ane ra coh er ente y ordena da, el
trabajo se presenta divi dido en siete capítulos. E n el prime ro de ellos rea lizamos la
revisión crítica de las contribuciones más im portantes que, desde mediados de los años
80, s e han ido produciendo en t orno al t ema de la (des)cortesía verbal. Ello nos ha
permitido obs erva r la evolución que han i do s ufrie ndo estos estudi os y , lo más
relevante, detectar los principales problemas que presenta n cada uno de ellos y las
deficiencias exist entes en las distintas metodol og ías utiliz adas. Por consi g uiente, esta
revisión bibliográfica nos ha servido como base para la creación de nuestra propuesta
teórica y metodológica, ex puesta en e l capítulo siguiente.
En el capítulo 2 enumeramos las causas que nos han conducido a emple ar una
metodología P ragmática en la que se aúnan la vertiente lingüística con la social y
explicamos nuestra visión de la cortesía verbal co mo una función pragmática, como una
unión de los elementos lingüísticos con ciertos t ipos de e fec tos sociales que dep ende
altamente de la información cotextual y contextual recibida.
Dicha su peditac ión de la (des)cortesía verbal a la si tuación comunicativa en la
que esta se produzca exige e l aná lisis por menor izado del ma terial e n e l que h emos
basado nuestro trabajo. Por ello, tras la explica ción detallada de los fundamentos
teóricos, pasamos a la descripción d el co rpus utiliz ado, comprendida en los capítulos
tres y cuatro. En el capít ulo 3 e xplicamos los criterios que hemos seg uido en la
selección de los programas analizados y en el sistema de transcripción empleado. El
capítulo 4 lo re servamos pa ra la de terminación del género comunicativo al que se
adscriben estos y la descripción del mismo de manera detallada. En esta descrip ción
hemos atendido, principalmente, a cuatro aspectos: su disposición estructural, su
caracterización se cuencial, su estructuración enunciativa, en la que de tallamos los
procesos comunicativos que se producen en estas i ntera cciones y las c aracterísticas más
10
E sta posib ilidad que o frece el studio de la (des)co rtesía verbal ha sido puesta de relieve por autores
como G . E elen (200 1: iv-v): “One of the i nterestin g a spects of p oliteness is the fact that it is situa ted at
the in tersection of language a nd soc ial r eality. (…) As such, its s tudy ca n be o f value for understa nding
how societ y and et hics a re connected to la nguage and to b ehaviour in general, and p rovide a deep er
insight into how societ y is e stablished and m aintai ned t hrough inte raction. (…) So, beside s politene ss
itself, the present stud y al so aims to contribute to our understandin g o f soc ial reality and its connectio n to
language and i nteraction.”
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sobresalientes de los rol es que inte rvienen e n ellas, y l os re gistros y r elaciones
interlocutivas que se entablan entre las distintas inst anc ias enunciativas.
En el capítulo 5 pasamos a la identificación de las estrategias v er bales
descorteses pr esente s en las pseudoter tulias televisivas y al aná lisis de los recursos y d e
las estructuras emplead as en su fo rmalización lingüística. El m étodo de estudio
utiliz ado ha sido de carácter deductivo: el anális is del corpus nos ha llevado al
establecimiento de dos estrate g ias desco rteses, la i mposición de la opi nión y la
descalificación de la t esis y l a pe rsona d el a dversa rio di aléctico. Pa ra evitar la
subjetividad en la c alificac ión d e estas e strategias y recursos como des cor teses, nos
hemos basado en el análisi s de las reacc iones que presentan con re specto a las m ismas
los dos niveles de recepc ión creados por la estructura trilo g al propia de est os programa s
televisivos: el destinatario alocutario o contertulio afe ctado por ellas y el d estinatario no
alocutario presente (el públ ico que está en el plató televisivo) o ausente (la audiencia
televisiva). La reacción de los primeros, los tertulianos a los que se dirigen estas
palabras, la hemos podi do observar a lo larg o del desarrollo comunicativo. L a reacción
de los segundos, el públi co y la a udiencia t elevisiva, la hemos obtenido gracias al test d e
hábitos sociales realizado cuyos resultados adjuntamos en e l anexo final.
La s conclusiones ex traídas de este estudio se recoge n en el capítulo 6. En él
hemos i ntentado conden sar las aportaciones m ás relevantes que, a nues tro juicio, se
realizan en este t rabajo y esbozar las posibles dire cc iones o estudios futuros que se nos
han ido abriendo por m edio de su realización. El capítulo séptimo se h a dedicado al
listado de las referencias bibli og ráficas citadas a lo largo de estas pá g inas.
Por último, hemos adjuntado dos anexos. En el p rimero de ellos se recogen l os
resultados obtenidos d el test de hábitos sociales que hemos realizado. En el s egundo,
que posee form ato dvd, se han recopilado varios fragmentos de l os programas
analizados con el objetivo de que aquellas pe rsonas que n o los ha y an vist o antes
conozcan por sí mismas a qué tipo de emisiones nos estamos refiriendo.
A través de esta investigación h emos intentado, pues, dar r espuesta a los
interrogantes que nos llevaron a la realiz ación de la misma: en qué consiste el fenómeno
de la d escor tesía verbal, cómo se m anifiesta este fenóm eno en el discurso y , m ás en
concreto, qué elementos lingüísticos descorteses se emplean en las pseudotertulias
televisivas para crear la imagen de las mismas como agresivas.
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In ch apter 5, we i dentify and ana l y ze impolite ver bal strategies and reso urc es
that are used on the t alk shows. W e have used a deductive method: the anal y sis of the
corpus has led us to the establi shment of two impolite strateg ies, the imposition of t he
opinion and the disq uali fication of the thesis and the dialectical adversary. In order to
avoid the subjectivit y in the qualification of these strategies and resources as
impoliteness, we have based our work on the analy s is of the rea ctions that present both
levels of reception created by the trilogal structure of these television programs: the
person affected by them and the audience. The reaction of the persons affected b y these
words has been obs erved i n the development of the interaction. The r eaction of the
television audience has been obtained thanks to the test of social habits that was
completed, whose results we attach in the last annex e.
The conclusions of this study appear g athered in chapter 6, where, we hav e tried
to summariz e the most relevant contributions of our dissertation; additionally, we have
also t ried to draw some future fields of analysis. The last chapter is dedicated to the
bibliography used in the writing of this study.
Finally, we have added two annexes. I n the first one, we have in serte d the results
of t he test of social habits carried out. The second i s a dvd in which we have compi led
several fragments of the programs anal y zed baring in mind th at those p ersons who have
not seen them before may le arn of this type of shows.
In short, in these pa g es we have tried to clarif y the goals set for our r esearch, i.e.,
to define the phenomeno n of the verbal impoliten ess, t o lo ca te the manifestati on of this
phenomenon in the speech act and to determine t he verbal impoliteness elements that
are used in talk shows in order to create an aggress ive image.
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APÍTULO
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“Writing an i ntroduction to p oliteness is
like b eing in m ortal co m bat with a many-
headed hydra. Yo u’ve bare ly s evered one
head when a few mor e gro w in its p lace.”
(R. Wa tts, 2003 :Xi)
La nutrida biblio g rafía exi s tente acerca del fenómeno de la (des)cortesía verbal
dificulta notablemente el t razado de una int roducción teórica r elativamente breve qu e
nos per mita situar nuestro objeto de estudio dentro d el panorama científico respectivo.
Por ello, debe tenerse e n cuenta que, debido principalmente a cuestion es de espacio,
además d e habernos vist o abocados a seleccionar las contribuciones más i mportantes o
relevantes que se han ido realizando con res pecto a este ámbito d e estudio, la
descripción que aportamos de las mismas es bastant e somera y sintetizada.
Según hemos apunt ado, el estudio de la (de s)cort esía verbal ha sido emprendido
desde dos perspectivas de análisis dist intas. Una de ellas, la Pragmalingüística, se ha
centrado más en el componente verb al, mientras que la otra, la Sociopragmática, ha
ahondado en la ve rtiente sociocultural. Desd e un punto de vista cronológico, la cortesía
verbal empez ó a recibir un tratamiento formalizad o a partir de l os años 70 y 80, décadas
en las que surgen las tres teorías fundadoras de est os estudios : la d e R. L akoff (1973), l a
de G. N. L eech (1983) y la de P. Brown-S. L evinson ([ 1978] 1987). El acercamiento de
cada uno de estos autores, coincidentes en el empleo de la metodología de la L ingüística
pragmática, toma como punto de partida de sus reflex iones las ideas desarrolladas por el
filósofo del len g uaje H. P . Grice en su artículo “ L ogic and C onversation” (1975), en el
que reconoce la existencia de una especie de máxima paralela a las de ca ntidad,
cualidad, relación y manera, sé cortés , cu y a naturaleza es estétic a, social o m ora l. Es
decir, las máx imas conversacionales que conforman el Principio de Cooperación
podrían ampliarse con una máx ima de cortesía que genera implicaturas no
convencionales y que est ablec e los principios que los hablantes deb en r espetar en sus
intervenciones para evitar un enfrentamiento abier to con sus interlocutores:
“There are, of cou rse, all sorts of other m axim s (aesthetic, s o cial or moral in charact e r),
such as ‘Be polite ’, that are a lso nor m ally observ ed by participants i n ta lk ex c hanges,
and t h ese may also g enerate nonconven tional implicatures. The conversational maxim s,
however, and the conv ersational implicatures connected with them, are specially
connected (I hope) wit h the pa rticula r purposes that talk (and so , talk exchange) i s
adapted to serve and is prim arily em ployed t o serve. I hav e stated m y maxim s a s if this
purpose were a maxim ally effective exchange of i nform ation; this spe c ificatio n i s, of
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course, too narrow, and t h e scheme needs to be generaliz ed to allow for such genera l
purposes as inf luencing or direct ing the action s of othe rs” (H. P. Gr ice, 1975:47)
La ne cesidad de ex plicar estas impl icatura s no convencionales que parecen
escaparse d e l as máx imas que conforman el Pr incipio de Cooperación, así como el
deseo d e jus tificar l os a ctos de habla indirectos
21
, hizo que los autores mencionados
anteriormente conti nuaran con la dirección traz ada por H. P. Grice. El pr oblema surge
cuando, con el paso del tiempo, los estudi os contrastivos demostraron que esta
perspectiva resultaba inadecuada para dar cabida a las variaciones culturales de los
efec tos de (des)cortesía. Las pretensiones de univ ersalidad presentes en estas t eorías, el
marcado carácter etnocentrista de sus reflex iones y la proclama ción de la premisa que
postula la ex istencia de una correspondencia biu nívoca entr e los elementos lingüísticos
y los valores (des) corteses condujeron a los tratadistas expertos en la materia a alzar la
voz a favor de un cambio teórico y met odológico. Apar ecen, entonces, los
acercamientos sociopragm áticos a la (des)cortesía, entre los qu e se sitúan , por ejemplo,
las aportacione s realizadas desde el Prog rama EDI CE sobre el español, cu y os miembros
reivindican la necesidad de estudiar qué intercambios se c onsideran o no (des) corteses
en relación con las di ferentes culturas, o las teorías formuladas en el seno del paradigma
postmodernista, cu y os autores llegan incluso a postular el rechazo de cualquier
definición prescriptiva de la (des)cortesía.
De manera paralela a el los, e incluso en algunos casos en una fe cha an terior,
surgen también otros paradigmas alternativos y / o complementarios que abogan, por
ejemplo, por estudiar la cortesía verbal d esde la perspectiva de la Teoría de l a
Relevancia (A . H. Jucker, 1988; V. Escandell Vidal, 1996, 1998a, 1998b; M. J ary ,
1998; M. A. Loc her, 2004; S . Mills, 2003; R. W at ts, 2003; C. C hristie, 200 7) o desde el
punto de vista de la image n soci al del emisor (R. Ch en, 2001), además de analiz ar de
manera más pormenori zada el fenómeno de l a descortesía, ob viado en un prime r
momento (L. Lachenicht, 1980; P. Austin, 1990; J . Culpeper, 1996, 1998, 2005, 2008; J.
Culpeper et al. 200 3; S . Kaul de Marlan g eon, 1995-2003 [1992 ], 2003, 2005a, 2005b
2008a, 2008b; M. Ki enpointner, 1997, 2008b etc. ). Este panorama es el que, a grandes
líneas, iremos describiendo a continuación.
21
La v inculación e ntre i ndirección y cortesía está ya presente tambié n e n la s re flexiones de J. Searle
(19 75:177): “The chief m otivatio n –tho ugh not the onl y motivatio n- for usi ng the se indirec t for m s i s
politeness.”
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1.1. Teorías fundad oras
1.1.1. La cortesía como máxima o principio conversacional
1.1.1.1. Las m áximas de R. Lakoff
22
La teoría de R. L akoff se basa en la disti nción de dos reglas básicas de
adecuación pragmática
23
que di fiere n en su naturaleza: sea claro y sea cortés . Como
resulta obvio, mientras que una de estas reglas posee una orientación transaccional, sea
claro , la otra, sea cortés , es de naturaleza interaccional, en el sentido de que se ocupa
del m antenimiento de la s relaciones sociales. Esta di ferencia ha ce que, aunque pued an
existi r ocasiones en las que ambos principios resulten compatibles y se compaginen sin
dificultad, lo normal sea que ambas regl as se encuentren en conflicto, siendo el objetivo
comunicativo el encargado de determinar el predominio de una u otra. Así pues, si bie n
en aqu ellas ci rcunstanc ia s comuni ca tivas en las que lo fundamental es el contenido del
mensaje los esfuerzos del emisor se centran en la primera de estas reglas, en el int ento
de expresarse lo más claramente posible, en aquellas otras situaciones en la s que i mpera
el estatus de los i nterlocutore s, lo primordial s erá intentar alcanzar el clima de cortesía
adecuado:
“When Clarity conflicts with Pol iteness, in most cases (…) Pol iteness superse des: it is
considered more important i n a conversation to avoid offence than to achieve clarity. This
m ake sense, since, in m ost informal conversations, actual communication of im portant
ideas is secondary to m erely reaffirming and strengthening relat ionship.” (R. Lakoff,
1973:297- 298)
La mencionada regla de cortesía está conformad a, a su vez, por las estrategias
verbales de las que se vale un hablante para evitar el conflicto interpersonal, formuladas
en forma de máximas:
- No impongas tu voluntad al interlocutor.
- I ndica opciones y sé amable.
- Haz que tu interlocutor se sienta bien.
22
Los pr incipales tr abajo s a través de los que e ste autor expone su teoría so n los siguie ntes: R. Lakoff,
(19 73, 1977, 1979 , 1989, 1990, 2 005).
23
E nten didas como “the pillars of our lin guistic as w ell as non-linguist ics interac tions with one another.”
(R. Lakof f, 1989:8 6).
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La utiliz ación de una u otra de est as máxim as no es indiferente, sino que cada
una de ellas debe aplicarse dependiendo d e cuál sea el grado de r elac ión ex istente entre
los interlocutores que intervienen en el acto comu nicativo. L ógicamente, l a máx ima no
se imponga se utiliza, sobre todo, en situaciones en las que ex iste diferencia s ocial o
falta de familiaridad entre los i nterlocutore s, situa ciones, en definitiva, en las que se
debe evitar o mitigar t oda posible i mposición sobre el otro. La se gunda máxima
indicada po r R. Lakoff, da opciones , debe apli carse cu ando, a pesar d e que existe
equilibrio social entre los interlocutores, no se h a establecido una relación d e
familiaridad y confi anza, por lo que es nec esar io presentar las cosas de manera que el
rechazo de la propia opinión o propuesta no se sienta como algo polémico u ofensivo.
Y, por últim o, la m áxima de sé amabl e , d ebe usarse, s egún R. Lakoff, en sit uac iones
comunicativas marcadas por una gr an cercanía entre los interlocutores y en las que se
intenta reforzar los lazos de camaradería entablado s entre e llos.
De acuerdo con esta conceptualización, y frente a la tradicional dico tomía
cortesía/descortesía, R. La koff diferencia tres tipos de comportamientos comunicativos
en función del se g uimiento que hag an l os interlocutores de s us reglas de cortesía: el
comportamiento cortés, el comportamiento no cortés y el comportamiento descortés.
Así, el comportamiento cortés se manifiesta a trav és de enunciados que se adhieren a las
reglas de cortesía. El comportamiento no cortés se identifica con l a no utilización de la s
reglas d e cortesía en situaciones en l as que los interlocutores no esperar ían que estas
estuvieran vi gentes e n su totalidad. Frente a ellos, el c omportamiento descortés se
caracteriza por la no utili zación de estrategias de cortesía en sit uaciones en las que estas
sí s ería n esperables, d e mo do que su ausen cia se interpreta como muestra o indicio de la
existencia de una int ención negativa por parte del in terlocutor consist ente en la
búsqueda del conflicto interactivo.
Por último, en relación con la aplicabilidad de sus reglas, R. La koff reivindica la
validez u niversa l de las mism as. Las divergencia s que se aprecian en el comportamiento
de los individuos procedentes de dif ere ntes cultu ra s no se ex plic arían como
consecuencia de la ex istencia de distintas reglas, sino como resultado de un
ordenamiento diferente d e la relevancia de las mis mas. De esta forma, culturas como l as
europeas pueden adherirse m ás a la estrategia de distancia (regl a 1), mie ntras que l as
asiáticas prefi ere n las de deferencia (regla 2) y l a americana la de camaradería (regla 3)
(R. Lakoff, 1990).
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La s cr íticas que s e han r ealizado a esta teorí a se rela cionan, fundam entalmente,
con la s reg las identificadas. Autores posteriores han apuntado que la cortesía es un
fenómeno más amplio y complejo que lo que indican estas tres reglas (M. Sifianou,
1992a), que la fo rmulación de las m ismas es demasiado abstracta, como resultado de no
situarlas en la teor ía g lobal del comportamiento o de l a interacción social (M. E.
Placencia-D. B ravo, 200 2b; M. E. Placencia-C. Gar cía, 2007), y qu e exi sten ciertas
contradicciones entre ellas, en el sentido de que mientras las dos prim eras máximas
aluden a estrategias emp leadas por los hablantes ex hortativos, la tercera e s demasiado
general, de manera que no es posi ble asociarla a ni ng ún acto verbal en concreto (H.
Haverkate, 1994a). A p esar de todo ello, ha y que reconocer qu e, según indican R.
Márquez Reiter-M. E. Placencia (2005), este modelo ha si do aplicado de una forma
bastante acertada en algunas de las i nvestigaciones realizadas en este ár ea
24
y que, como
afirma G. Eelen (2001:2), “Robin Lakoff could well be called the moth er of modern
politeness theory, for she was one of the first to examine it from a decidedl y pragmatic
perspective.”
1.1.1.2. El modelo de G. N. Leech
25
Partiendo también de las propuestas d e H. P. G rice (1975 ), la t eoría de G. N.
Leech (1983) se caract eriza por realizar un ac erca miento “r etórico” , e ntendiéndose
dicho término de la siguiente manera:
“the poin t abou t the term r hetor ic is t he focus it places on a goal o riented speech
situation, in wh ich s [spe ak er] uses lang uage in orde r to produce a particular e ffect in
the mind of h [h earer]” (G. N . Leech, 1983:15)
Dentro de esta metodolo gía retórica, G. N. L eech di stingue una retórica t extual,
dedicada a los aspectos i nternos del tex to, y una re tórica interpersonal, o rientada h acia
los factore s más sociales. Además, cada un a de estas retóricas, está conformada, a su
vez, por una serie de principios:
24
Véase, p or ejemplo, el e stu di o realizad o por C. Gar cía (1999).
25
Par a un estudio de su teoría , puede co nsultarse G. N. Leech (1 980, 1983 , 1999, 2003, 2005).
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Gráfico 1. E squem a aportado por G. N . Leech (1983:65-68)
El principio de cortesía postulado por G. N. Leech, ubica do en el terreno de la
retórica interp ersona l, d esempeña un pap el fundamental en l a ex plicación de las
transgresiones apa rente s al Principio d e Coope rac ión. P or ell o, su autor insiste en
remarcar que no d ebe consi dera rse como un simpl e aña dido al p rincipio d e H. P. Grice
(1975), sino como un pr incipio necesario o complementario al mismo. P or otra parte,
desde el pu nto d e vista de su constitución i nterna, dicho principio de cortesía está
integrado por seis máx ima s, cada una de las cuales contiene, a su vez, dos submáximas
expresadas de un modo repetitivo según un para digma contrastivo basado en f actores
minimizadores y aumentadores de la siguiente ma nera :
1. Máxima de ta cto: min imice el coste al receptor, maximi mice el beneficio del
rece ptor.
2. Máxima de generosidad: minimi ce su propio beneficio, maximice el beneficio
de su interlocutor.
3. Máxi ma de aprobación: mi nimice la desatención o indiferencia h acia el otro,
maximi ce e l aprecio hacia el otro.
4. Máxima de modestia: minimi ce el aprecio hacia sí m ismo, maximice la
indiferencia hacia usted mis mo
5. Máxima de acue rdo: mini m ice el desacuerdo con el otro, maximic e el
acuerdo.
6. Máxima de si mpatía o empatía: minimice la antipatía hacia lo s ot ros,
maximi ce la simpatía hacia los otros.
Coope rative principle
Politenes s principle
I nterper s onal rethori c I rony principle
I nterest principle
Polly anna principle
Processab ility princi ple
Textual rethor ic Clari ty principle
Econom y principle
Express ivity principle
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La relevancia de estas máximas no es homogénea. El orden en el que l as hemos
expuesto se corresponde con la jerarquía que G . N. Leech establece de las mismas.
Además, a ju icio de este autor, las segundas submáximas son menos im por tantes que las
primeras, y a que, po r ejemplo, evitar la discordia es más re levante que buscar l a
concordia o el acuerdo.
Por otra parte, en la teoría de G. N. Leech el grado d e co rtesía de un
comportamiento se establece de acuerdo con cinco escalas pragmáticas:
- Escala c oste/beneficio.
- Escala de opcionalidad.
- Escala de oblicuid ad o indirec ción.
- Escala de autoridad.
- Escala de distancia social .
De este modo, por ejemplo, cuanto ma y ores s ean l a autoridad d el interlocutor, la
distancia social ex istente y el coste de l a acción propuesta, el emisor tendrá que
formular su petición con m ay or grado d e obl icuidad y deberá facilit ar el m ayor número
de opciones posibles al receptor para la realización o el rechazo de la acció n propuesta.
Otra d e las aport aciones re alizadas por G. N. Leech que han sido retomadas
posteriormente por v ar ios autores es la dif ere nci ación entre l as denomin adas cort esía
negativa/positiva por un lado y cortesía absolut a/relativa por otro. En lo que respecta a
la primera dicotomí a, la cortesía negativa consist e en la mini mización de l a descortesía
propia de las ilocuciones descor teses, m ientras que la cortesía positiva s e basa en la
intensificación d el efect o cortés presente en los enunciados corteses. En el segundo
binomio, el primer término, la cortesía absoluta, se identifica con aquell a cortesía que es
intrínseca o inh er ente a u n acto de habla . L a cortesía re lativa, en cambio, hace alusión a
aquella que es aportada por un acto habla determinado en una situación comunicativa
específica. También es significativo cómo y a G. N. L e ech (1983) advierte que la
cortesía se manifiesta no sólo en el contenido de la conversación, sino en la manera en
la que el pro ceso comuni ca tivo es desarrollado y estructurado por p arte de l os
participantes.
Además, a pa rtir de estas re flexiones, G. N. Leech clasifica los actos de habla en
cuatro clases disti ntas que constitu irían los puntos clave de un continuum : ac tos
competitivos, actos sociables, actos indif ere ntes y actos conflictivos. Desde esta
perspectiva, los ac tos comp etitivos, identificados con acc iones como ordenar, pedir,
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de ella l as críticas. Mu y al contrario, la teoría de P . Brown-S. L evinson ha sido evaluada
negativamente por múltiples moti vos desde époc as mu y tempranas
34
.
En primer lugar, por ejemplo, los trabajos rea lizados por los autores
postmodernistas han pue sto de relieve la ex istencia d e vari as contradicci ones entre el
Principio de Cooperación promulgado por H. P . Grice (1975) y el fenómeno de la
cortesía tal y como aparece definido por P. Brown-S. Levinson, lo que demostraría que
las bases teórica s ut ilizadas no son l as adecuadas. Así, las reflexiones de K. T.
Werkhofer (2005 [1992] ) han seña lado cómo frente a la finalidad del filósofo del
lenguaje, que consiste e n expli ca r la forma en la que los indi viduos pueden transmitir
adecuadamente s us intenciones sin expresarse literalmente, la “Persona Modelo” de P.
Brown-S. L evinson intenta oscurecer u ocultar sus pretensiones para evitar da ñar l a
imagen so cial de su alo cutario. En el mi smo sentido, R . Watts (2003) advierte de la
inconsistencia aparente que supone c onsiderar la cortesí a como un comportamiento
cooperativo que se manifiesta a través de la violación de las máximas del Principio de
Cooperación
35
. Además, la adopción del marco griceano únicamente posibilita la
explicación de aquellas interacciones que se encu entran orientadas haci a la cooperación,
impidiendo el estudi o de los d iscursos conflictivo s, tan habituales en la vi da di aria (G.
Eelen, 2001).
Por ot ra parte, su interpr etac ión de al g unos d e los conceptos desarrollados por E.
Goffman tampoco se ha consi der ado m uy acertada. La definición de imagen social
36
realizada por P. Brown-S. L evinson se ha calificado como parcial, ambigua, demasiado
estática y e g océntrica, mientras q ue el conc epto d e face work
37
, vinculado inicialmente
por E. Goffman con t odas aquellas actividades relacionadas con l a imagen del
34
Una de las p rim eras cr íticas a este m odelo po r parte d e hispanistas surge y a en la décad a d e los 80, en
el traba jo concreto de B. Lavandera (1 988).
35
Seg ún sus pr opias palabras: “At t he same ti m e these m odel s also recognise that s uch utte rances appear
to violate one or m ore of the Gricean maxi ms. So t here’s an inhere nt co ntradictio n i n th eir work: polite
language is a for m of cooper ative beha viour b ut do es not see m to abide by Grice’s Cooper ative
Principle .” (R. Wa tts, 2003:203)
36
P ara una crítica al co ncepto de face p ropuesto p or P . Brown-S. L evi nson p uede consultarse Y.
Matsumoto ( 1988 ), Y. Gu (1990 ), L. Mao (19 94), E. De Kad t (1998) o M. A . Locher (2 004).
37
El co ncepto de fa ce work ha sido revisado crítica men te por K. T racy (199 0).
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, se ha vist o reducido a una parcela bastante l imitada, como son las
manifestaciones de cortesía
39
.
Otro aspecto que también se ha evaluado negativamente es el hecho de que en
ella se estudie la cortesía de una manera estátic a, en enunciados aislado s, y no como
parte de un evento comunicativo que tiene su pro pia dinámica y donde l os significados
van renegociándose a lo largo d e la interacción (G. Kaspe r, 199 0; A. Ba y r aktaroglu,
1991; T. Holtg raves, 1992; L. Mao, 1994; T. Ha yashi, 1996; R. Watts, 2003), así como
la ex clusión de la posibilidad de que dos o más estrategias sean realizadas al mismo
tiempo o a través de un único acto de habla (N. C oupland, K. Grainger-J. Coupland,
1988; B. L avandera, 19 88; M. E. Placencia, 1996; J. P. Dil lard, S. R. Wils on, K. J .
Tusing-T. A. Kinne y , 19 97; R. Watts, 2003). Un análisis basado en l a unidad oracional
simple y qu e no atiende a l a simbiosi s de estrateg ias que se producen en el discurso
posee bastantes limitaciones, ya que los recursos amenazantes d e la imagen no se
desarrollan necesariamente en un único enunciado o intervención, sino a través de
varias fases o con diversos movimientos en los q ue dichas estos v an modificándose y / o
mezclándose.
La dicotom ía realizada entre im ag en positiva/ne gativa también se ha llegado a
poner en entredicho por parte de algunos autores, puesto que el estable cimiento de una
separación tajante entre ambos tipos de imáge nes se revela prob lemático (Y.
Matsumoto, 1988; S. I d e, 1989; L. Mao, 1994; M. E. P lace ncia, 1996; D. Bra vo, 1 999,
2000b, 2001; S. B oretti, 2001; S. Har ris, 2001; L . Fant- L . Granato, 200 2; A. Cordisco,
2003b; D. Bousfield, 2006, etc.). De h ec ho, la sob reposición de ambos conceptos puede
observarse tanto en l os actos de habla que respetan la existencia de am bas vertientes
como en l os actos de habla que suponen una degradación de las m isma s. A. Me ier
(1995), por ejemplo, señala cómo al re spetar l a imagen ne gativa de nu estro alocutario y
no ejerce r ninguna i mposición sobre ell a, estamos también teniendo en consideración su
38
Obsérvese, a este respecto, l a definición q ue nos ofrece e ste a utor: “the actions taken b y a person to
make wh atever he is doing consistent with face. Face wor k ser ves to co unteract “incidents” - that is,
events who se effective sy m bo lic implications t hreaten face.” (E. Goffm an, 19 67:12 ).
39
Según la teoría de P. Brown-S. Levinson, las activida des de imagen se id entifican con aquel las
estrategias q ue tie nen co m o fin pre servar, mantener y defe nder la i magen, espe cial m ente la de l
destinatario. Se ho m ologa, así, las actividade s de imagen co n las actividades d e cortesía. Frente a ello,
estudios posteriores han negado que toda actividad de imagen co nlleve un efecto c ortés, resultando
necesario, p or ende, diferenciar entre actividad es de i m agen y act vidades de cortesía (D . Bravo, 2002). D e
este m odo , mientras las acti vidades d e imagen so n aque llas que focaliza n en crear u na deter m inada
imagen del e misor, el o bjetivo de las actividades de cortesía es el de preservar, m antener y d efender la
imagen, e n particular la d el recepto r, evitando el co nf licto e n la interacció n.
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imagen pos itiva, ya que colaboramos en el l ogro de ese deseo: “B y not i mpending me,
y ou are, howeve r, ac tin g in accord with one of my wants, in essence showin g that y ou
want m y w ant to be achieved.” Por su p arte, S. Harris (2001 ) opina que e n los debates
parlamentarios ambas i mágene s s on d aña das al mism o tiempo, no siendo fá cil la
distinción entre ambas categorías.
Junt o a ello, t ambién se ha señalado cómo la s denominaciones de imagen
positiva y n egativa pu eden originar interpr etac iones e rróneas. L a no ción de i magen,
según está conceptualizada en la len g ua ordinaria en expresiones como face loss o, en el
caso del español, c omo bien i ndican M. E. Pl ace ncia- D. Bravo (2002b:14), en la
fórmula caérsele a uno la cara de vergü enza , p asa a s er en la teoría de P . Brown-S.
Le vinson la i magen positiva. L o qu e E. Go ffman ll ama el territorio es reb autizado como
imagen negativa. Esto puede hacer que se confund a la noción de image n posit iva con el
concepto d e ima g en en general. C on el objetivo de evitar malentendidos, determinados
autores han propuesto s ustituir ambos vocablos por denominacion es alternativas qu e
representen de una man era más inequívoc a los conceptos que pr etenden denotar. Así,
por ejemplo, para el concepto de cortesía positiva se ha sugerido la deno minación de
cortesía de soli dar idad (R. Scollon-S. Scollon, 1 981; H. Haverkate, 1998a), mientras
que el té rmino de cortesía negativa sería reemplazado por el de cor tesía de
distanciamiento (H. Haverkate, 1998a) o co rtesía de deferencia (R. S collon-S. Scollon,
1981)
.
En relación con lo ant erior se en cuentra la v aloración ne g ativa d e la omisi ón del
estudio de actos que realzan la i mag en del interlocutor como consecuencia de su visión
de la concepción social y la armonía interlocuti va como algo sumamente fr ágil
40
(B .
La vandera, 1988; P. Chilton, 19 90; G. Kasp er, 1990; O. Nwo ye, 1992; C. Kerb rat-
Orecchioni, 1992, 1996, 2 004; A. Carrasco Santana, 1 999; N. Hern ánde z Flores, 1999,
2002, 2004a, 2004b; M. Albelda Marco, 2003, 2 004b, 2005a, 2005b; A. Briz Gómez,
2005). Com o resulta obvio, las estr ategias cortese s pueden ser utilizadas s in que s e h aya
producido necesariamente un acto de amenaza a la imagen social d e nuestro alocutario.
40
Su visión de la co nversació n co m o un ca mpo d e batalla se ha co nsiderad o co mo extre m ada m ente
pesimista e incluso p aranoica (Schmidt, 19 80:104, citado e n L. Ma o, 1 994) , p ues, como sugiere O.G.
Nwoye (19 92), esta concepc ión eli mina todos los ele mentos placentero s d e la interacció n co municativa.
La causa de esta visión p uede encontrarse e n la utilizació n de lo s términos estrategia s y táctica s : “Finally,
attention should be give n to the military metaphor. ‘ Strategy’ a nd ‘tactics’ impl y co nflict. However,
politeness phe nomena ca n d o and do also have a co -opera tive f un ction, a s has be en note d. ( …) P oliteness
has both a co nflictual a nd cooperative face.” (P. Chilton, 19 90:22 2)
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Una teoría de la cortesía verba l, por ende, no puede dejar de considerar, jun to a los actos
amenazadores de la imagen, los actos v alorizantes o de refuerzo de la imagen ajena
41
,
como serían fundamentalmente los hala g os, la s alabanzas, los agradecim ientos, los
buenos deseos, etc.
Todo esto ha llev ado a C. Kerbrat-Orecchioni (1992, 1996, 2004), qu e propone
renombrar las nociones básicas de i magen pos itiva y ne ga tiva, como, res pectivamente,
imagen y territorio, a id entificar la cortesía ne gativa con aquellos procedimientos que
consisten en evitar un FTA o en suaviz ar su r ea lización y a r eservar la d enominación de
cortesía positiv a para aquellas estrategias por me dio de las cual es se realiz a un FF A
42
,
estrategia que no f uncio na a modo de re paración o compensación del pos ible daño
causado a la imagen social de nuestro receptor , sino que estimula positivamente la
relación interpersonal. Además, tanto l a cortesía negativa, que posee un cará cter
abstencionista, como l a posit iva
43
, que es de natural eza produccionista, pueden referirse
a los tipos de imágenes señalados por P. Brown y S . Levinson. De esta forma, en la
conversación puede pro ducirse una cortesía pos itiva orientada hacia la imagen social
positiva o negativa y una cortesía negativa orientada hacia la imagen soc ial positiva o
negativa.
La fórmul a mediante la cual los hablantes calculan el riesgo pot enc ial que
conlleva la emisión de un FTA también ha s ido duramente c riticada debido a s u
pretensión universalista, a la concepción est ática de estos conceptos, que par ece n
funcionar de manera aisl ada
44
y estar prefijados d e antemano a cualquier i ntercambi o
verbal si n posi bilidad de ser renegociados durante el mismo
45
, y al hecho de que faltan
en ella elementos tan fu ndamentales como, p or ejemplo, las variables sociológicas de
41
Este tip o de actos de habl a ha recib ido mú ltiples d enominacio nes. Entre e llas e ncontra m os, po r
ejemplo, la de fa ce b oosting acts o FBA (A. Ba yraktarogl u, 1 991), face flattering acts o FFA (C. Kerbra t-
Orecchioni, 1 992, 1999), y face en hancing acts o FEA (M. Sifianou, 19 95).
42
Siglas co rrespondientes a la expresión fa ce flattering acts .
43
E n este sentido, N. Hernández Flores (200 2, 2004 a, 2004b) habla de una cor tesía realza dora de la
imagen, mientras que A. Carrasco Santana ( 1999 ) y M. Albeld a Marco (20 04b) op tan p or la
deno m inación de cortesía val orizante.
44
A juicio d e R. Watts et al. ([2 005] 1 992), P. Br own - S. Levinso n no t ienen e n cuen ta que el grado de
imposición dep ende de P y D , p or lo que no se trataría de tres e lementos autóno m o s o inde pendientes,
situados al mismo nivel, sino interrelacio nados.
45
Autores como P. Brown- C. Fraser (1 979), G. Kasper (1990), S. Harris (2001), G. Held (200 5[1992]) o
K. T. W erkhofer ( 2005 [1992]) proponen considerar el carácter dinámico de estos factores, cuyo e status o
relevancia p uede ir r eneg ocián dose a los la rgo de la intera cción:
“Being d efined as static entities that de termine polite m eanings, these variab les rep resent a
narro w appr oach to soc ial realities, an appr oach that negl ects the d y namic aspect s of social
language use- aspects that may have no systematic status in the traditio nal view, b ut should be at
the very heart o f a moder n one.” ( K. T. Werkhofer, 2 005 [1992 ]:176).
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los participantes, el grado de r elac ión afectiva e xistente entre los interlocutores
46
o la
acción d el contexto (R. Brown-A. Gil man, 1960; M. Sifianou, 1993; H. Calsamiglia-A.
Tusón, 1999).
Otro aspecto mu y cues tionado ha sido la asociación de l a cortesía con la
indirección (H. H ave rkate, 1983b; A. Wierzbicka, 1985; S. Blum-Kulka, 1987, 1989,
1990, 2005 [1992]; N. C oupland, K. Grainger-J. Coupland, 1988; S . Blum-Kulka- J .
House, 1989; M. Sifianou, 1992a, 1993; K. T. W herkofe r, 1992; P . Garcés Conejos,
1993; A. Carrasco Santa na, 1999; M . A. L ocher, 2004). Concretamente, el estudio de S.
Blum-Kulka (1987) contradice las p revisiones realiz adas por P. Brown-S. L evinson al
demostrar qu e, independi entemente de factores culturales, emplear estrategias i ndirectas
no implica en todos lo s casos un nivel más elevado de cortesía. B asá ndose en la
distinción entre enunciados indirectos conven cionales y enunciados indirectos no
convencionales y en l a observación de que en he breo la expresión de cortesía se asocia
principalmente con los primeros, esta autora lleg a a la conclusión de que la cor tesía
puede d ef inirse como e l equilibrio interactivo entre dos necesidades: la de mostrar
claridad pra g mática y l a de evitar coacción o im posición a l a imagen socia l del receptor.
Como conclusión, en pal abras de V. Escandell Vidal (1995:54), “es preciso, por tanto,
modificar l a concepción icónica absoluta de la relación entre los conceptos de indirecto
y cortés”.
Pero de t odas estas apre ciac iones n egativas, la más señalada es la que reclama
una perspectiva no etnocentrista en el estudio y análisis de la (des)corte sía verbal (Y.
Matsumoto, 1988; S. Ide, 1989; T. S. L im-J.Bowers, 1991; L. M ao, 1994; M. E.
46
La modificació n de la variab le distancia según el factor del afecto apa rece y a ac eptada por P. B rown y
S. Levinson e n la intro ducción q ue realizan a la ree dición de su ob ra en 198 7. Posterio rm ente, e sta idea ha
sido desarrollad a por variados autores c omo R. B ro w n- A . Gil m an ( 1987 ), N. Coupland, K. Grainger- J .
Coupland (1 988), B. R. Slug oski- W. T urnbull (198 8),
S.
Ide (1989 ), S. Blu m Kulka (19 92), H. Spencer-
Oate y (199 6) o M. E. Placencia (19 96). Todos ello s coinciden en afirmar que :
“Politenes in t he pla ys, i nsofar as it i s governed b y D, is governed b y feeling; interactive
intimacy is of little impo rtante. With the extension of positive feeling (living or better), the
speaker be com es m ore po lite, and if po sitive feeling is withd rawn (disli ke, hostility), the spea ker
beco m es le ss polite… the more speaker likes t he hearer, the greater the co ncern with the heare r’s
face a nd so t he more p olite spee ch; the les s t he li nking, the le ss the co ncern and a lso the
politeness.” (R. Bro wn-A.Gilman, 1989 :193)
De hecho, de este factor depende, por e jemplo, que un i nsulto pueda ser considerad o como u n medio d e
afiliación o que un cumplido se evalúe d e manera sarcástica. Es de cir, según B. R. Slu goski- W . T urnbull
(19 88), cuando la distancia so cial es relat ivamente escasa y el afecto ex istente entre lo s i nterlocutores e s
de o rientación negativa, lo s cu m plidos tie nden a ser consid erados como irónicos. Cuando la distancia
entre lo s par ticipantes en la i nteracció n sigue siendo poca y el afecto, en ca mbio, es po sitivo, los insulto s
suelen ser eval uados co m o u na for m a de expresar afiliación. En esta misma lí nea se e ncuentran ta mbién
las reflexiones de M. Kienpo intn er (20 08a, 2008 b), q ue re l aciona la cortesía con la argumen tación y la s
emociones.
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Placencia, 1996, 1998; H. S pence r-Oate y , 1996 , 2 000; D. Bravo, 1996, 1999, 2001,
2003b, 2003c, 2004; S. Bor etti, 2001; N. Hernández Flores, 1999, 2001 ; C. Kerbrat-
Orecchioni, 2004). A pesar de que en el ca pítulo séptimo de su obra, titu lado
“Sociological I mplications”, afirman q ue puede haber ciertas va riaciones culturales de
la cortesía, como, por ejemplo, qué i magen recibe m ás atención, la n egativa o l a
positiva, qué actos son má s o menos amenazantes o qué estrategias s on las preferidas, P.
Brown-S. L evinson sostienen que la concepción básica de la cortesía, así como de las
imágenes positiva y negativa, es univers al. S in embargo, estudios realizados en
comunidades li ngüísticas tanto orientales (Y. M atsumoto, 1988; Y. Gu, 1 990; L . M ao,
1994; S . I de et al., 2005 [1992] ) como occidentales (C. Kerbrat-Orecchioni , 1994; M. E.
Placencia, 1992, 1996, 1998; S. Bore tti, 1996, 2001; D. B ravo, 1998, 1999, 20 01,
2003b, 2003c) han demost rado que el con cepto de imagen está configurado
socialmente. Es decir, l a imagen soc ial está d efinida po r ca ra cterísticas que reflejan
valores socioculturales d e la comunidad a la que pertenece el individuo, circunstancias
que convierte en imposible, además de inviable, la concepción pan cultural de los
contenidos que conforman este término.
Una prueba de ello es que la utiliz ación de los postulados de P. Brown-S.
Le vinson nos llevaría, por ejemplo, a caracteri zar culturas como la japonesa (Y.
Matsumoto, 1988), la ecuatoria na (M. E. P lace ncia, 1996) o la correspondiente a los
Igbo de Ni geria (O. Nwoy e, 1 992) como regidas p or la co rtesía ne gativa, por los deseos
del indi viduo de poseer l ibertad de acción, cuando, en realid ad, estas culturas se
diferencian por respet ar la posición social relativa del individuo con respecto al grupo
47
.
Como indica Y. Matsumoto (1988), la individuali dad de los japon eses no se i dentifica
con la definición de cort esía negativa aportado por P . Brown-S. Levinson, esto es, con
un deseo de privacidad y /o libertad de acción en el m ismo s entido que el que puede
observarse, por ejemplo, en la sociedad inglesa, si no que se homologa, más bien, con el
objetivo de agradar al grupo:
47
Una posible solució n a este e nfrenta miento entre la vertiente individual y social d e la imagen la o frece
L. Mao ( 1994) co n su noción de relative face orienta tion , definida de la siguiente manera:
“an underl y ing direc tion of fac e that emulates, thou gh never co mpletely a ttaining, one of two
interactional ideals t hat may b e salient in a given speech co mmunity: t he ideal social id entity , o r
the ideal individual a utonom y. The specific conte nt of f ace in a given speec h c ommunit y is
determined b y one o f thes e two interactio nal id eals sa nctioned b y t he me m bers of the
communit y .” ( L . Mao , 199 4:472)
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“What is of pa ramount concer n to a Japan ese is n ot his/her ow n territory, b ut the
position in relation t o the ot he rs in the group and his/her acceptance by t hose others.
Loss of face is associated with t he perception by o thers that one h as not c om prehended
and acknowle dged the structure and hierarchy of the group (… ) Ack nowledgement a nd
m aintena nc e of the relativ e position of others, rath er than preserv ation of an indivi dual’s
proper territory, g ov erns all social interact ion.”(Y. Mat sumoto, 1988:405)
Este relativismo cultural causa, por tanto, que l o que pueda ser consid erado
como un agravio en una cultura no tenga por qué ser evaluado de la misma m aner a por
los integrantes de otra
48
. Es más, incluso dentro de una m isma sociedad, l a valoración
del grado de cortesía de un comportamiento depende d el evento de h abla en cuesti ón.
En definitiva, no resulta lícito que los analistas identifiquen a priori deter minados actos
de habla como FTAs intrí nsecos o inherentes sin tomar en consideración la cultura y el
contexto en el que se desarrolla la interac ción, así como la evaluación re alizada por los
participantes en la misma (R. B. Arundale, 2006; J. O’Driscoll, 2007). El carácter
universal de la cortesía sólo puede ace ptarse en su sentido más básico, como un
principio universa l de l a i nteracción humana, puesto que es cierto que en todas las
sociedades humanas se constata la exist encia d e comportamientos de u rbanidad q ue
permiten mantener la cooperación li ngüística y un mín imo de a rmonía entre los
interactuantes, pero siem pre teniendo en cuenta que sus formas y condiciones de
aplicación varían notablemente tanto de una cultura a otra, como, más específicamente,
de una situación comunicativa concreta a otra (A. Meier, 1995).
La respuesta de P. Brown-S. L evinson a algunas de estas crítica s se re aliza a
través d e la introducción a la reedición de su obr a en 1987
49
. En dichas páginas, estos
autores admiten qu e e s necesario an alizar las emisiones dentro de un contex to
lingüístico más amplio, como producto d e las estrate g ias qu e utiliz an los h ablantes para
alcanzar su plan, y qu e su fórmula para calcular el riesgo entr añado en l os FTAs no
refleja otros f actores dec isivos como la presencia de un tercer in terlocutor, pero
rechazan las observaciones realizadas a cerca de la p osibilidad de utilizar más de una
estrategia de cortesía al mism o tiempo:
“To be true counter-exam pl es to our claims it will not be sufficient to show that in a
short stretch of talk betwe en two interlocutors two or m ore strategies were employed.
48
Y.Gu (19 90), por ejemplo, re salta que “invitations, eve n p ersistent o nes, ar e not seen as FT As i n
China”, mientras que M. Sifianou (199 3:78) explica que “her Greek st udents often have difficulty e ven i n
conceivin g of everyday req uest as impositio ns”.
49
A pesar d e estas nuevas re flexiones, el texto de su ob ra se repr oduce sin ninguna m odi ficación.
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For that s tretch m ight con tain m ore than on e F TA, e ach FTA w ith differe nt R values,
the distinct R v alues motiv ating different strategies.” ( P. Brown- S. Lev inson, 1987:17).
Y se mantienen firmes en la universalidad de las ideas propuestas:
“Nevertheless, for the purpose of cross-cultural comparison developed here, we
consider that our framework provides a prim ary descr iptive form at within wh ich, or in
contrast to which, su ch differences can be de scribed.” (P. Brown- S. Levinson, 1987:15)
En conclusión, puede de cirse que, aunque es ciert o que la teoría de P. Brown- S.
Le vinson resulta insufi ciente para expl icar la variación cult ural y c ontextual del
fenómeno de la cortesí a verbal, no podemos obviar el enorme i mpacto que ha tenido en
la posterior investigación pragmática sobr e la cortesía, como m uestra el hecho d e que
haya sentado la base del concepto de cortesía que se ha seguido más ampliamente en la
corriente de l a Pra g mática. Además, como señal a N. Hernández Flo res (2002), ambos
autores, al someter sus re flexiones teóricas a la confrontación con los datos provenientes
de l enguas de o rigen diverso, contribu y eron decisivamente a abrir el camino para la
investigación empírica del fenómeno cortés, lo que supone un gr an logro.
1.1.3. Primeros estudios en el ámbito hispán ico. H. Haverkate
50
En el dominio hispánico, el estudio de l as estrategias y recursos (des)corteses no
comienza a tener repercusi ón hasta la década de los 90, gracias a l a publ icac ión de la
obra de H. Haverkate (1994a) La cortesía verbal. Estudio pragmalingüístico
51
, pue s ,
como bien señala este autor al inicio de su obra:
“A pa rti r de la pu blicación del opus magnum de Brown y Levinson (…), el i n terés por
el estudio de la c ortesía verbal ha ido adquiriendo proporc iones espec taculares (…). Lo
que llam a l a at ención, curiosamente, es que esta vertiginosa evolución parece ajena al
m undo del his pan ismo. Tan to es así que sólo se podría citar un núm ero muy reducido de
50
Las public aciones má s relevantes e n relació n co n el fenómeno de la (d es)cortesía son H. Haverkate
(19 83a, 1983b, 198 4, 1987, 1988, 1994a, 1994 b, 1998a, 1998b , 1999, 2 001).
51
Es cierto que, anteriormente, y a W. B einhauer había i nsertado algu nas refle xiones al respec to en los
análisis d e ob ras liter arias que realiza en su trab ajo El espa ñol co loquial , datado en 1968. P ero el estudio
riguroso de estos fenó menos no se produce hasta la ap ortación de H. Ha verkate. La a parición en 1993 del
volumen d e V. E scandell Vid al Intro ducción a la prag m ática , en el q ue se dedic a un cap ítulo a esta
materia, ta m bién co ntribu y ó a impulsar los est udios en esta materia.
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estudios sobre fenóm enos de cortesía en español. Este l ibro aspira a llenar una part e, por
m odesta que sea, de la lag una señalada.” (H. H averkat e, 1994a:9)
El mismo título del estudio indi ca y a d esde el inicio la inserción de este t rabajo
en la m etodología de análi sis de l a co rriente pragmalingüística, l o que hace posible que,
junto al aná lisis de la escala de coste b enef icio y de las m áximas conver sa cionales y d e
cortesía, enc ontremos un enfoque más lingüístico conce ntrado en la desc ripción de las
características formales de los actos de habla corteses y no corteses. En relación con
este aspecto, además, pu ede resultar mu y ilust ra dor el esquema en el que H. Haverkate
(1987, 1994a) expone de una manera bast ante clara los d ifer entes tip os de “cortesía”
que pueden manifestarse en las relaciones interper sonales:
Gráfico 2. Esquema a porta do por H. Hav erkate (1994 a:53)
Según pued e apreciars e, en un primer estadio H. Haverkate diferencia e ntre
cortesía comunicativa y no comunicativa. La cortesía no comunic ativa se corresponde
con actos puramente instrumentales que se en cuentran re cogidos en los manuales de
etiqueta, como, por eje mplo, ayudar a una anciana a c ruzar l a calle. La co rtesía
comunicativa está configurada tanto po r l a no l ing üística, que es aqu ella en cu y a
CORTESÍA
- /co mu nicati va/ + /comunicati va/
- /li ngüí stica / + /l ing üísti ca/
- /par alingüística/ + /pa ralingüística/ - /metalingüística/ + /m etalin gü ística/
- /m acroni vel/ + /macronivel/ c omunión etiqueta
f ática conv ersaci onal
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realización no interviene el apa rato articulatorio, como por la l ing üística. Según esta
ramificación, la cortesía no lingüística se subdivi de en la no p aralingüística, r ealizada
únicamente a través de gestos, y l a paralingüística, llevada a cabo mediante gestos
acompañados de una expresión ver bal, como el hec ho de, por eje mpl o, tocarse el
sombrero y decir “buenos días”. Junt o a ella, la cortesía lingüística se r amifica en dos
subclases: la m etaling üística y l a no metalingüísti ca. L a cortesía metalingüística cumple
dos funciones fundamentales: estable cer un contacto social apr ecia ble, evitando l a
tensión que se produce cuando en una situación comunicativa dej a d e d esarr ollarse la
interacción verbal
52
y mant ene r las reglas de l a etiqueta conve rsac ional, es decir, l as
normas conversacionales que deben r espetar los interlocutores
53
. Por últ imo, la cortesía
puramente verbal se denomin a c omo cortesía no metalingüística.
En lo concerniente a la reflex ión teórica y a la definición de los conceptos
básicos, la obra no ofrece much a novedad, ya que toma muchos aspectos de las
reflexiones re alizadas tanto por B. Fraser-W. Nolen (1981) como por P. B rown-S.
Le vinson (1987 [ 1978]). En lo que respecta a los primeros autore s, H. Haverkate parte
de la t eoría del contrato conversacional de B. Fraser-W. Nolen (1981)
54
para limitarse a
añadir a su definición de la co rtesía la af irmaci ón de que l as normas de cor tesía, de
naturaleza regulativa, no constitutiva
55
, deben ser consideradas como un s ubacto de un
acto de habla, y a que determinan el estilo de l a i ntera cción verbal si n afe ctar al
contenido proposicional de lo que se comunica. El influjo de P. Brown-S . L evinson
(1987 [ 1978]), por otra pa rte, está pr esente en s u visión de la ima gen social de los
interlocutores. De man era paralela a ambos a utores, H. Haverkate afirma que el
hablante desarrolla, guiándose por la índole específica d e la si tuación co municativa y
52
Se trata de la denominada comunión fática de B. Malinowski (192 3).
53
Estas nor mas son:
- No hablar a gritos.
- Pre star atención a lo q ue dice el interloc utor.
- No interru m pir al q ue está hab lando.
54
Véase el a pdo. 1.2 .1.
55
To m ando co m o base la di ferenciació n realizad a p or J. Sear le e ntre r eglas r egulat ivas y reglas
constitutivas, B. Fraser-W. No len (19 81) señalan el car ácter regulativo d e la s n ormas corteses en
contraste con la naturaleza constitutiva de las reglas gramaticales. Es decir, las reglas de cortesía se
limitan a “ regular” for m as de comportamiento huma no q ue existían ya a ntes d e cr earse estas regla s, d e
manera q ue, cuando estas no son r espetadas, la co municación, a unque de fectuosa, si gue sien do posible.
Frente a ellas, las reg las gramaticales, al ser co nstitutivas, c ausan q ue sin su acatamie nto no sea posible
llevar a cab o el pr oceso de comunicació n.
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1.2.3. La m etodología sociopragmática o la pragmática sociocultu ral del Progra m a
EDICE
El análisis de las estrate gias y mec anismos de cortesía en las distintas variedades
del español desde una p erspec tiva no etnocentrist a ha sido fomentado, pr incipalmente,
por los integrantes del Programa EDICE (Estudios del Dis cur so de la Cortesía en
Español)
63
. Para ello, ade más de revisar críticamente la teoría de P. Brow n-S. L evinson
(1987 [1978]), así como la idoneidad de su aplicación a comuni dades no anglófona s, se
propone la sust itución de la metodología pragmali ng üística adoptad a hasta entonces p or
un enfoque sociocultural
64
que p ermita s uperar las afirmaciones absolutas y uni versa les
sobre lo que se puede considerar como cortés o descor tés, aún dentro del mismo ámbito
español. Según las palabras de l a directora, los obj etivos concretos de este programa son
los siguientes:
“EDICE Programme’s main obj etiv e are (1) to study polite behaviour in Sp anish , (2) to
account for the various socio-cultural contexts underlying that behaviour, ( 3 ) to carry
out contrastive analyses between Span ish and other European languag es, as well as
between different varieties of Spanish, (4), to study differences in polite behaviours in
relation to more general and perm anent social roles a dop ted by participants in
interaction, (5) to study dif ferences in polite behaviou r em erging form si tuationa l roles
played by part icipants and which depend on the kind of social activity they are engag ed
in, (6) t o cont ribute to the development of theor etical m odels in t he research area .” (D.
Bravo, 2008b:563, no ta a p ie de página 1)
Al ser un producto socio cultural, l a cortesía verbal está fuertem ente influe nciada
por el entorno particular y , especialmente, po r las re g las de comportamien to social que
en ese contex to interlocutivo espec ífico se consid eran como ad ecua das para quedar bien
con el i nterlocutor. En todo int erc ambio comunicativo, los hablantes c omparten una
serie de conocimientos acerca d e los conteni dos socioculturales sub y acentes que
permiten ex plicar la int erpre tación de los efect os sociales que los comportamientos
comunicativos adquieren e n esa sit uación de habla concreta. Sin ellos, es imposible
63
Dir igido p or la doc tora D. B ravo, el P rograma EDI CE pertenece al Dep artamento de Español,
Po rtug ués y Est udios Lat inoa m ericanos de la Univer sidad de Estocolmo (Suecia), aunque en él se
integran difere ntes investi gador es de universidade s tanto europ eas como america nas.
64
“Desde el mo mento en qu e se trata de obser var el discurso de cortesía en d iferentes ámbitos
sociocult urales “usuarios” del esp añol, la orie ntación teórica general del progra m a es la sociocultural. ”
(D. B ravo, 2003b:8 ). Esta perspec tiva se entiende de la siguiente m anera:
“It is w ort h mentio ning that EDI CE Pro gramm e a ssumes a socio -cultural prag matic per spective
not as a m ea ns of stud y in g l anguage users (ho w they conceive inter personal relatio nships or
which co mmunicative o bjec tives t hey ha ve in a given sit uation), but as a way of d escribing
different li nguistic expres sions in a given la nguage variet y
.”
(D. B ravo, 2 008b:564-565)
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identificar y definir los comportamientos corteses en las diferentes comunidades
socioculturales. Por consi g uiente, frente a la un iversalidad d e las nocion es de ima gen
negativa y pos itiva tal como fueron definidas por P. Br own-S. Levinson (1 987 [1978]),
estos autores afirman qu e el concepto de imagen, la identidad social situada que una
persona re clama para sí mism a, está configurado socioculturalmente, lo que implica que
no sea pos ible aplica r a comunidades de habla no inglesas con ceptos que no han sido
elaborados pensando en ellas.
Además de la constat ación de la vari abilidad de estos c onceptos, la
reelaboración de la teoría de la cortesía verbal ll evada a cabo por estos autores comienza
por diferenciar, en contra de lo postulado por P . Brown-S. Levinson (1987 [ 1978]),
entre actividades de imagen y actividades de cortes ía en los siguie ntes términos
65
:
“(…) no t oda p resentación de una imag en de sí mism o o del g rupo al cual se pe rt enece
se realiza dentro de la dim ensión de l a cortes ía. Si, por ejemplo, digo que soy una
persona sincera, no rea lizo una actividad de c o rtesía pero sí un a de im agen. En
consecuencia, teng am os en cuenta, que si bien t oda s las actividades de cor tesía son
actividades de imagen no necesa riam ente t odas las actividades de i m agen son de
cortesía” (D. Brav o, 2003c:101)
Teniendo en cue nta esta diferenciación, se sugiere la necesidad de tomar en
consideración no sólo la ima ge n soci al del inte rlocutor, sino t ambién la imagen d el
grupo a l cua l per tenece o con el que se identi fica el hablante. De esta forma, las
actividades de imagen quedan definidas como a quellas que se realizan con el objetivo
de con firmar , preservar o favorecer de al g una manera la im age n soci al tanto del
individuo dentro del grupo como de los grupos s ociales. Amb as imágenes se rela cionan
con una ima g en social bá sica, aquella que está con sensuada y extendida en una sociedad
determinada y qu e estaría supuestamente e n conocimiento de los hablantes de una
lengua, a p esar d e que p uedan no asumi rla. A su vez, muchos de estos c ontenidos de
imagen pertenecen a una personalidad social ideal con la cual el hablante puede t ambién
identificarse o no. Partiendo de esa imagen básica, y t eniendo en cuenta una
multiplicidad de roles qu e los hablant es cumplen en su vida cotidi ana, se h abla también
de imágenes de roles.
65
Esta distinc ión ya había sido apuntada po r K. Tr acy en su tr abajo d e 1990.
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Por otro lado, los integ rantes del Programa ED ICE, al igual que otros autores
66
,
también ponen de manifiesto la necesidad de abandonar la ex trema actitud de
pesimismo que manifiestan P. Brown-S. Levinson (1987 [ 1978]) en sus reflexiones
sobre las relaciones interpersonales y que les ha llevado a describir las actividades de
cortesía como comporta mientos destinados únicam ente a mitigar las posibles amenazas
o deterioros d e alguna de las dos vertientes q ue inte g ran l a imagen s ocial de los
interlocutores. Como han demostrado alg unos de los estudios empíricos realizados, no
todos l os grupos sociales de culturas no anglófonas están igualmente preocupados por
atenuar estas posibles am enazas, pues junt o a la mi tigación de FTAs t ambién pueden
observarse comportamientos comunicativos dedicados a la realiz ación de activid ade s de
imagen que tienen como objetivo confirma r la propia im ag en y l a de l otro. Como
ilustración de ell o puede citarse el trabajo re alizado por D. B ravo (1996), donde se
muestra cómo en las co nversa ciones entre n egociadores españoles el ideal de alcanzar
niveles de confianza interpersonal qu e cohe sionen al gr upo causa qu e l os esfuerzos de
los interlocutores se de stinen más a confirma r la identidad de s us r oles con sus
actividades de imagen que a mitigar las posibles a menazas.
Todas estas observacion es conflu y en en el m ismo punto: l a n ecesidad de tomar
en consider ación la configuración socio cultural de los contenidos qu e integran la
imagen social del interlocutor. En lugar d e intentar si stematizar de una manera universal
los rec ursos lin güísticos de la (des)cortesía, es necesario describir la imagen social
desde el e studio de los c ontextos socioculturales de cada comunid ad. Para ello, los
conceptos p ropuestos por P. Brown-S. Levinson de imagen so cial positiva y ne gativa
son sustituid os por las categorías de imagen de aut onomía e imagen de afiliación (D.
Bravo, 1999), las cuales se diferencian de las ante riores en el hecho de que no contienen
descripciones específicas s obre la i magen ni sobr e los comportamientos com unicativos
que supuestamente cu mplen esos deseos de i mag en, s ino que so n categorías
metodológicas vacías que deben ser rellena das con la incorporación de las
características específicas que pr esenta cada com unidad cultural. Así, aun que en líneas
generales la im agen de autonomía contempla el deseo del individuo de verse y ser visto
como alguien con contorno propio dentro del gr upo, m ientras qu e la image n d e
afiliación se refiere al deseo de verse y ser visto según las características que lo
66
B. L avandera (198 8), P. Ch ilton (1990 ), G. Kasper (1990), O. N w oye (1 992) , C. Kerbrat-Orecchio ni
(19 92, 1996, 2004 ), A. Carrasco Sa ntan a (19 99), entre otros.
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identifican con su grupo, en cada una de l as cult uras los comportamientos específicos
asociados al deseo de autonomía y d e afiliación son diferentes.
En consecuencia, p ara poder evaluar un dete rminado comportamiento lingüísti co
como cortés, descortés o agresivo es necesario conocer tanto los contenidos que
integran la i magen social de los i nterlocutore s como la m aner a en la que se conciben las
relaciones interpersonales en la sociedad y en el grupo social al cual pertenecen los
hablantes. D e ahí que uno de los principales objeti vos del estudio de la cortesía sea,
según estos autores, lograr, mediante el anális is de las manife staciones comunicativas,
la desc ripción de la configuración de la im agen s ocial para cad a cultura. Sólo así e l
contexto sociocultural de una interacción pasa de ser conside rado úni camente como un
dato que se utiliza para meramente situar el encuentro a convertirse en un a herra mienta
metodológica esencial en la descripción de la cortesía verbal. A este tipo d e sup uestos o
“conocimientos de partida” que extralingüísticamente contribuye a crear expectativas
acerca de lo que pot enc ialmente puede se r considerado como cortés, descortés o neutro
en esa si tuación concreta, lo denomin a D. Bravo premisa sociocultural
67
. Es decir, la
premisa sociocultural engloba los supuestos conocimientos a cerca de las cr eencias que
los hablantes comparten y que pueden explicar el por qué de sus com portamientos
comunicativos. El acce so a ella puede provenir de varias fuentes: de nuestr a experiencia
como hablantes e integrantes de una deter minada so cieda d comunicativa, de
investigaciones antropológicas o sociológicas, d e tests de há bitos sociales, de tests
intersubjetivos, etc.
68
En el caso concreto de l a sociedad española
69
, los contenidos presentes en la
imagen de autonomía p ropia de interacciones d e negociaciones se relac ionan con la
expresión de la autoafirmación y la autoestima, conceptos que s e refieren al deseo del
individuo de mostrarse o rig inal y cons ciente de sus cualidades posi tivas, lo que le
permite destacarse del grupo y expresar sus opiniones persuasivamente y con fuerza (D.
Bravo, 1996; N. Hernán dez Flores, 1999 ). En lo relativo a l a ima gen de afiliación, el
67
Segú n sus p ropias palabras, la premisa sociocultural consiste e n “ reference to the knowled ge that t he
analyst s uppose is be ing shar ed b etw een language users and that j ust if y his/her evaluation s/interpreta tions
as regard s the social effect s caused b y the co mmunicative behaviours under study.” (D. Bravo,
200 8b:569), mientras que el tér min o hipó tesis sociocultural alude a “reference to socio -cultural variatio n
in relation to the so cio-cultural contest of face in terms o f autonomy a nd affiliatio n, basic face and r ole
face.” (D. Bravo, 2 008b:569)
68
Par a una definición de lo s tets de hábitos sociales, véase el a pd o. 2.1.2.
69
Sobre los co nceptos de ima gen social de a utono mía e imagen social de afiliación y sus caracte rísticas
en la co munidad cultural es pañola, p uede consultar se D . Bravo (1996 , 1999, 2 003b, 200 3c) y N.
Hernández Flor es (200 2, 2004a, 2 004b).
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contenido más valorado es la confianza (D. Bra vo, 1996; N. Hernández Flores, 1999),
debido, fundamentalment e, a que la expresión de una mayor confianza supone una
mayor integración en el grupo. Si cotejamos estos conceptos con los englobados en los
términos de imagen social positiva y ne gativa, la dif erencia es patente: ni l a
autoafirmación se refiere al deseo de no verse impedido en sus acciones, ni la confianza
se identifica con el deseo de ser apreciado p or los demás. La utiliz ac ión de la
terminología de P. Brown-S. Levinson puede dar lugar, pu es, a mal entendidos o
equívocos. Obsérv ese, por ejemplo que, si tomamos como punto de referencia la teoría
de P. Brown-S. Levinson, la ex presión de un acto de habla como un consejo puede
conllevar una amenaza a la i magen ne gativa de nuestro interlocutor y a que, en cierto
sentido, s e trata de una imposición, mientras que, si atendemos a la s reflexiones
realizadas por el Programa EDICE, dar un consejo puede percibirse como la posibilidad
de exponer ideas propias, lo cual constituiría una muestra de autoafirmación
70
.
La cortesía, por tanto, s e concibe, desd e esta perspectiva, como “un a actividad
comunicativa cu ya finali dad propia es quedar bie n con el otro y que respo nde a normas
y a códi g os sociales que se suponen en cono cimiento de los hablantes. Este tipo de
actividad en t odos los c ontextos considera el be neficio del i nterlocutor. El efecto que
esta actividad t iene en la int era ción es interpersonalmente positivo.” (D. Br avo,
2005:33). La actividad comunicativa cor tés se actualiza en el discurso por medio de
estrategias de c ortesía, esto es, por medio de recursos verbales, paraverbales y no
verbales que, usados en determinadas circunstancias contextuales, constitu y en una
actividad de cortesía (D. Bravo, 19 96)
71
. En definitiva , esta consideración de la cortesía
como una función de la contextualización del objeto de estudio (D. Bravo, 2002) hace
que este enfoque resulte perfecta mente adecuado para la superac ión del etnocentrismo
presente en las teorías fundadoras.
70
E n este sentido son también interesantes las r eflexiones de M. Sifian ou ( 1993 ), quien o bserva có m o
tanto los griego s c omo los ingleses elab oran de man era indir ecta sus p eticiones, subra y ando la
divergencia existente entre ambos e n lo que r especta a la ca us a que m ot iva esta e lección. Esto es, en la
comunidad sociocultural a nglosaj ona, la indirecció n se debe al d eseo d e p reservar la autonomía del
recep tor, en la griega, en ca m b io, el origen de este co mpo rtam iento es el rea lce de la solidarida d. El
mismo co m porta miento co municativo, pues, e xige explicaci ones disti ntas:
“It ap pears that in Greek the primary motivatio n of off -record requests is not to guar antee non-
impositio n but rather to en sure eagernes s to be o f service or to indica te solicitude.
Thus, o ff-record utterances ar e pe rceived as polite ways of requesting i n both c ultures, b ut t hey
are used to encode po liteness in situat ionally a nd culturall y speci fic ways.” (M. Sifianou,
199 3:77-78).
71
Par a una aplicació n d e esta metodo logía de e studio al ter reno de la d escortesía verbal, v éase M. Ber nal
(20 07).
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1.2.4. La radicalización del p eso context ual. El p aradigm a post m odernista
Dentro de la proliferaci ón de estudios que int e ntan superar l as deficiencias
presentes en l as teorías fundadoras s e inserta, también, el denominado paradigm a
postmodernista (G. Eelen, 2001; S. Mills, 2003; R. W atts, 2003, 200 5 [1992] , 2008; M.
A. L ocher, 2004; M. A. L ocher-R. Watss, 2005, 2008; D. Bousfie ld- M. A. Loc her,
2008), i niciado en 1992 con la edición d el volumen Politeness in L anguage. Studies in
its History, Theory and Practice por parte de R.
Watts R., S . I de y K. Elich
72
. E l
objetivo fundamental de estos autores si g ue siendo l a ruptura del modelo dominante: la
teoría de P. Brown-S. L evinson (1987 [ 1978]). Lo novedoso en esta ocasión es que,
utiliz ando su misma t erminolog ía, s e propone la sustitución de los planteamientos
modernistas, aquellos que, basados en los supuestos del racionalism o, pretenden
construir un modelo predictivo de l a cortesía, por una teoría p ostmodernista, una
aproximación descriptiva que preste atención a cómo los participantes perciben la
cortesía en la interacción social:
“I t is a part of a modernist view of scie n tific endeavour that, in relation to the st udy of
language, ultimately pla c es both lang uage structure an d language beha v iour o utside
hum an beings.
As Scannell ([ 1 998] 2002: 262) points out, the effect o f m odernist views is “to stablish
language as an object of knowledge only by uncoupling it fr om pra xis and being ”.(…)
how the volum e m oves towards a postm odernist understanding of pol iteness by
focusing on ways i n wh ich lexem es li k e polite , we ll- mannered , imp olite , rude , et c. ar e
used in evaluat ions of socia l interactions. (…)
a shift i n em phasis a way from the attempt to construct a model of politeness which can
be us ed to pred ict when polite behaviour c an be expected or to e xp lain post-factum why
it has been produced and to wards the need to pay close r attention to how participa nts in
social interaction perceive politeness” (R. Watts, 2005 a:xvii- xix)
En consecuencia, a la inc orpora ción del relativismo cultural a las investigaciones
sobre el fenómeno cortés, se suma ahor a la focaliz ación de estos estudi os en el aspecto
interactivo del proceso comunicativo. Esta innovación impl ica dos consecuencias
principales: la conc epción de la (des) cortesía no como un h echo socio-
72
La con stitución d e este grup o se e xplica en la introd ucción de la obr a edita da por R. Watts (2005
[19 92]): “A t the I nternaciona l P ragm atics Associatio n meeting in Antwerp, 1987 , a group of scholars
who held such critical vie w s o f the ca nonical appro aches to linguistic politenes s ( Richard J. Wa tts,
Shoshana B lum Kulka, Gudru n Held, Sachiko Ide) m et info rmally a nd d ecided to coordinate their effor ts
(…). T he c ontributions b y what was loosel y ca lled t he ‘Po liteness Researc h Gro up’ wer e enriched by
invited articles ( …), thus mak ing up P oliteness in Lan guag e: Stud ies in its Histo ry, Theo ry an d Practice .
(…) Abo ve all, the y r eveal – w ith hindsight- t he fir st ten tative sign s o f po stmodernist thinking ab out
politeness (…)” (R. Watts 20 05a:xii-xiii) .
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antropológicamente dado, si no como un concepto que emerge de las instancias de la
interacción social
73
y la percepción de l a misma como u n elemento d e naturaleza
variable, no sujeto a nin gún tipo de predicción p osible (G. Eelen, 2001; S. Mi lls, 2003 ;
R. Watts, 2003; R. G. Sell, 2005 [ 1992 ]).
Según estos autores, uno de los problemas más relevantes a los que debe hacer
frente la teo rización sobre la (des)cortesía consiste, justamente, en la definición de estos
conceptos. En este sentido, la utiliz ación en el l eng uaje científico de un término que
pertenece al domi nio d el lenguaje común o corriente, como sucede con el vocablo
cortesía , ha complicado bastante esta t area (V. Escandell Vidal, 1995; L . Granato,
2007). Para poder solucionar esta problemátic a, los autor es postmodernistas han
considerado necesario diferenciar entr e una c ortesía de primer o rden ( firs t order
politeness , según la te rminología utili zada por R. W atts en 1992 , o pol iten ess1 , seg ún la
denominación propuesta por G. Eelen en su estudio de 2001), qu e se identifica con la
concepción de l término cortesía perteneciente al acervo popular, y una cortesía de
segundo orden ( second o rder pol iteness en la termi nolog ía de R. Watts o politeness 2 ,
según G. Eelen), la noció n más técnica usada por los l ing üistas y que sólo puede obtener
su valor dentro de una teoría general de la interacción social y del uso del lenguaje
74
.
Además, en r elación con esta disti nción, h a y que señ alar que las nociones
científicas de los conc eptos de cor tesía, de scortesía y comport amiento apropiado no
pueden establecerse de una manera pr escriptiva, sino que debe n ser def inidas según la
situación concreta de hab la, mediante el análisis de la eva luación que realiz a el receptor
o destinatario. En otras palabra s, la categorización de la cortesía re aliz ada por los
teóricos debe p artir del concepto del first-order polit eness o poli teness1 , es decir, d el
análisis de lo que los interlocutore s juzgan o eval úan como cortés. La elusión de este
73
Según i ndican R. Watts et al. (2005a:1 1): “Politeness is thus a dyna mic concept, al ways open to
adap tation and c hange in a ny group, in any age, and, inde ed, at a ny moment of time. It is not a socio-
anthropolo gical giv en which can simpl y be app lied to the analysis of social interactio n, but actually ar ises
out of that interac tion.”
74
La de nominada corte sía de pr imer o rden ( first-o rder p oliteness ) consiste e n “the vario us ways in which
polite behaviour is perceived and talked about by members of sociocultural gro ups” (R. W atts et al., 2005
[19 92]:3). La second order politeness , en ca mbio, se id entifica co n “a ter m withi n a theor y o f social
behaviour a nd language usage ” (R. Watts et al., 2005 [19 92 ]:3). A difere ncia de R. W atts, que opina q ue
esta di ferencia no se ha teni do en c uenta e n los estudios anterior es, G. Eele n ( 2001 ) afirma q ue está
implícita e n la mayoría d e ellos.
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hecho es lo que ha provocado l a f alta de adecuación entre las conceptualizaciones de la
cortesía y los parámetros que los receptores utiliz an en sus eva luaciones
75
:
“The goal of a theory of ling uistic politeness which takes (im)politeness
1
as its st a rting
point should not be to e x plain why spe akers say what they say and to pr edi ct the
possible effects o f utterances on addresse es. It shoul d aim to e xplain how all t he
interactants eng aged in an ongoing verbal interaction neg otiate the developm ent of
emerg ent ne tworks and evaluate their own position and the positions of others within
those network s. (Im )politeness then becomes part of the dis cursive s ocia l practice
through which we c reate, reproduce and change our social wo rlds. I t becomes part of a
theory of socia l practice.” ( R. Watts, 2003 :255)
En los últimos años, dentro de este paradigma po stmodernista, algunos au tores
han ido evolucionando hacia el denominado discursive approach to pol iteness (R.
Watts, 2003, 2005 [1992]; M. A. Loc her, 2 004; M. A. L ocher-R.W atts, 2005),
perspectiva de estudio que p ostula ensanchar el objeto de aná lisis de las inv estigaciones,
gracias a la consideración de la cortesía como uno de los comportamientos discursivos
que forman parte del relational work
76
inherente a t odas las relaciones sociales
humanas. S e propone, por consigui ente, super ar la escasa atención q ue, desde la
aparición del opus magnum de P. Brown-S. Levinson, ha recibido el estudio de
comportamientos di scursivos descorteses o agresivos, debido, fundamentalmente, a la
interpretación individualista y r estring ida qu e ambos autores realiz an d e l os conceptos
de face
77
y de face work expuestos en la obra de E. Goffman (1961, 1967).
En consecuencia, l os p ostmodernistas abo g an por regresar a las d efiniciones
proporcionadas por el sociólogo E. Goffman, de m odo que, por una parte, se considere
la imagen so cial como relacional e i nteraccional, más que como un fenómeno
individual, ya que esta no depende de uno m ismo, sino de las evaluaciones e
75
A j uicio d e M. Haugh (20 05), M. Terko urafi ( 2005) y C. Xie et al. (200 5), la d efin ición propor cionada
por R. Watts de la cortesía com o el co mporta m iento co municativo m arcado no es una conceptualizac ión
basada en el co ncepto de cortesía de primer orden, es decir, en la visión popular, sino e n teor izaciones
científicas.
76
E ste concep to se define co mo “the w ork i ndividuals invest i n ne gotiating relatio nships with o thers” (M .
A. Locher- R.Watts ( 2005 ). En su trabaj o de 2008, R. Watts integra su vi sión del relatio nal work con la
conc eptual blend i ng o r conceptual in tegration theo ry de G. Fauconnier (19 97):
“All social i nteraction involves co ntact betwee n i ndividual s, so it logic ally invol ves re lational
work. Relatio nal work i s a discursive co ncept in t hat, in t he r eal-time p roduction of for ms of
social behaviour, lin guistic and otherwise, individual be haviour is o pen to interpre tation b y other
particip ants as app ropr iate/politic for ms of behavio ur. Relational work is also a c ognitive
concept, since it is c arried out throug h the ongoi ng const ruction and dismantli ng o f blended
spaces.” ( R. Watts, 20 08:313)
77
Otro s a utores q ue ta m bién han abogado por regresar a l as definicio nes prop uestas po r E . Goff m an
como punto clave para la i nvestigac ión de la cor tesía son F. Ba rgiela-Chiappini (2 003), K. T . We rkhof er,
(20 05 [1992]) o R. B. Arundale (2 006).
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interpretaciones que los otros miembros o participantes de la interacció n rea lizan de
nosotros, y , por otr a, n o se re duzca el c oncepto de face work a las operaciones de
imagen r elacionadas con la cortesía o preservación de im ag en de nuestro alocutario,
sino que integren d entro de él todas aquell as acciones relacionadas con la i magen social,
como la descortesía, la hipercortesía, et c. En resumen, el foco de atención se desvía
desde el fenómeno de l a cortesía al del relational work , lo que supone un a ampliación
de la perspectiva y del campo de análisis, ya que, como puede obs er varse en el esquema
aportado por M. A. Locher (2004:90), con este término se abarcan todos los
comportamientos dis cur si vos, no sólo los que son evaluados por los i nterlocutores como
corteses:
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Gráfico 4. Esquema a porta do por M.A. Lo cher (2004: 90)
Este esque ma refleja, además, cómo una de l as aporta ciones m ás importantes
que realizan estos autor es en relación con el es tudio de la (des)cortesía verbal es la
incorporación del conce pto de comportamiento socialmente apropiado o es pera do por la
situación comunicativa, el denominado politic behaviour (R. Watts, 1988) o
appropriated behaviour , (A. Meier, 1995), es decir, “that beha viour, lin g uisti c and non-
linguistic, which the participants construct as being appropriate to the ongoing social
interaction.” (R. Watts, 2003:21). Como b ien exponen dichos autores, todo
comportamiento comunicativo no ti ene por qu é ser evaluado po r los in terlocutores en
términos socialmente po sitivos o negativos. Las expresiones gracias o por favor , por
ejemplo, consider adas tradicionalmente como fórmulas corte ses, pueden, en
determinadas circunstancias comunicativas, ser empleadas con l a fin alidad de cumplir
una convención social, con el objetivo de responder a las expectativas de la comunidad
RELATI ONA L WORK
negatively pos itively n egatively
m arked un m arked m arked m a rked
impolite polite ov er-polit e
non- politic p olitic poli tic non- politic
inappropriate appropr iate appropri ate inappropriate
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en general, por lo que no podrían s er ev aluada s como corteses s ino como, s implemente,
parte integrante del com portamiento apropiado. De la misma manera , si nos fijamos en
la cultura española, caracterizada por su tendencia hacia la afilia ción y solidaridad,
podremos constatar qu e l os hablantes omi te n con frecuencia la expresión de
agradecimientos o formulan las peticiones de una forma directa. Estas circunstancias,
que en o tras culturas se c alificar ían como altament e descorteses, pueden considerarse en
este caso como apropiadas a una determinada situación interlocutiva, como demuestra el
hecho de que su e misión no pr oduzca ning ún tipo de amenaza con re specto a las
imágenes sociales de los interlocutores.
En conclusión, la condu cta lingüística que se adecua a los parámetros o normas
imperantes en una situación dada no puede s er calificada como cort és o descortés, a
pesar de qu e en su actualiz ación lingüística se uti licen expresiones qu e p odrían de una
manera descont extualizada evalua rse como tal
78
. Est a adecuación a l a situación
comunicativa hace que el politi c behaviour s ea el comportamiento comunicativo más
esperable o predecible, convirtiéndose, así, en el elemento no marcado del continuum .
Únicamente aquel comportamiento que sobrepasa los l ímites de lo apropiado o esperado
se somete a evaluación por parte de los ha blantes (R. W atts, 2003). La cortesía y
descortesía v erbal son, pues, comportamientos discursivos marcados
79
, ya sea en un
78
En cie rto sentido , el politic b ehaviour se co rresponde con lo s tér min o s propuestos por S. Ide (1 982,
198 9) y B. Hill e t al. (1 986) d e, respe ctivam ente, wakim ae y discerniment , para hacer alusión al uso
nor m ativo de ele mentos tradicio nalm ente cons iderado s co mo co rteses, esto es, al empleo de formas c uya
elección viene imp uesta p or los pará m etros que config uran la situac ión c omunicati va, sin q ue exista
posibilid ad de e lección por parte d el hablante:
“(…) the spe aker can be c onsidered to submit passi vely to the require ments of the s ystem. That
is, once c ertain factors of a ddr essee and situation ar e noted, the selection of an a pprop riate
linguistic form and/or appropriate b ehaviour is essentia lly auto m atic” (B . Hill et al., 1986 : 348)
Dado que el carácte r no estratégico d e estas selecciones im posibilitab a utilizar par a su análisis los
instrumento s y co nceptos idead os e n la teoría de P. Brown - S. Le vinson (1 987 [1978 ]), a mbos autor es,
centrado s en el análisis de la utilizació n de los tratamie ntso honorí ficos e n japo nés, p roponían completar
esta teoría con la inserción de los c onceptos de wakima e y discernimiento . Desde nuestro punto de vista,
sin e mbargo, coincidi mos c on los post m odern istas en c alificar tales elecc iones co mo c omporta miento
comunicativo no marcad o, adecuado o exigido p or la sit uación de hab la, no co m o c ortesí a, que sí sería un
comporta miento marcado en un sentido socialmente po sitivo:
“In a situatio n in w hic h for m A is r eplaced b y a higher form B when form A would be adequate
politic b ehaviour, w e m ay well be j ustified in considering form B a p olite f or m , since the
strategy of “volition” has take n p recedence o ver that of discer nment. Thus, u sing Hill et al.’s
ter m inology, I will s uggest that where ver v oli tion supersed es discernment in t he choice of
specific linguistic for ms s uch as h onorific s, te rms of address, ritualised expres sions, etc., we are
dealing with po liteness p henomena” (R. Watts, 20 05b [1992]:5 2).
79
L a concepción de la c ortesía que acaba m os de e xponer se opone, evidentemente, a la c alificación de
este fenómeno co m o e l c om por tamiento co m unicativ o esp erado y de la descortesía co m o el
comporta miento c omunicati vo marcado , pues, “If we perc eive whe n someone is bein g i mpolite ra ther
than po lite, w hy is it t hat we can a nd do quite freq uently r efer to a person ’s social a ctions e xplicitly a s
polite? ” (R. Watts, 2 005b [1992] :12).
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preserve face and regulate interpersonal relations hips. Metaphorica lly, we m ight say
that social politenes s i s som ewhat l ike a sy stem of social t raf fic rules, while tact is more
a m atter of interpersonal d riving styles and s trateg ies. I n fa ct, it is probab ly not social
politeness that enab les people to avoid m ost everyday interper sonal conflicts, but tact.”
(R. Janney- J. Arndt, 2005
[
1992]:24)
A juicio de ambos autor es, el deseo de mantener o protege r la imagen so cial es
universal. El conflicto es una sit uación que se produce en to dos los seres vivos, pero
únicamente los humanos poseen la habilidad de uti lizar el t acto de una manera
estratégica para evitarlo. El tacto, pu es, no es un rasgo instintivo, sino un conocimiento
que se adquier e socioculturalmente para evitar el conflicto y que está presente en t odas
las cultura s, si bi en teni endo en cuenta que su manife stación c oncr eta e stá sujeta a
variación cultural.
El tac to se relaciona, a s u vez, con dos nec esidades de imag en: la nece sid ad de
no tener i mposiciones o personal f ace y la nece sidad de ser aceptado o interpersonal
face . Las definiciones pr oporciona das podrían l levarnos a pensar qu e est os conceptos
son si milares a los términos de imagen social po sitiva y ne gativa, pero, si reflexionamos
acerca de ellos, observaremos que exi ste una diferenc ia básica: los conceptos de image n
social pos itiva y negativa se vincul an únicam ente con la face del interlocu tor, mientras
que en lo s términos pro puestos por ambos autores se atiende tanto a la imagen propia
del hablante, a sus sentimientos individualistas, ( personal face ) como a su relación con
respecto al grupo social, la dimensión más int erpersonal ( interpersonal face ).
Otro punt o relevante de sus reflexiones es l a diferenciación entr e emotion al y
emotive c ommunication . L a c omunicación emocional es la manifestac ión o
exteriorización física de estados de ánimo d e manera espontánea. La emotiva,
relacionada con el t acto, se i dentifica con aquellas s ituaciones en las que “affective
displays are produced c onsciously and used strate g icall y i n a wide var iety o f social
situations to influence ot hers’ perceptions and interpretations of conversat ional events”
(R. Janne y - J . Arndt, 2005 [1992]:27).
La s críticas a su teoría vienen, precisamente, por esta asoci ac ión entre t ac to y
comunicación emotiva, pues “all emotional demonstrations are not polite, and all polit e
behaviour does not impl y a p articular emotional involvement.” (C. Kerbrat-Orecchioni,
1997:12).
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1.3.3. La gestión interrelacional de H. Spencer -Oatey
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Para evitar el etnocentrismo propio de las aprox imaciones pra g máticas, la
sociolingüista británica H. Spencer-Oate y pr opone estudi ar la cortesía desde la
perspectiva del rapport management o gestión int err elacional:
“Rapport re fers to the relative harm ony and smoothness of relations between people,
and rapport managemen t r efers t o the managem e nt (or m ism anagem ent) of relations
between people. ” (H. Spen cer-O atey, 2005:96)
La gestión inte rrelacional puede estar orientada en diversos s entidos. J unto a un
rapport enhancement , caracterizado por el d eseo de intensificar la s relaciones
armoniosas entre interlocutores, puede observarse un rapport maintenanc e orientati on ,
singularizado por el mantenimi ento o la protección de dichas relaciones, o un rapport
neglect orientation , en el qu e los interlocutores, más c entrados en los d eseos y objetivos
propios m uestran un desinterés por las relacion es interpersonales. Además, t ambién
puede darse la circunstancia en la que los interlo cutore s des een cambiar el carácter
positivo de estas relaciones, denominado como rappor t challenge orientation :
“I take the manag ement of rappor t, ther efore, to include not only behaviour tha t
enhances or maintains sm ooth relations, but any kind of behaviour that has an impact on
rapport, whether p ositiv e, negative, or neutra l” (H. Spe ncer- Oatey, 2005:9 6)
Dentro de este dom inio de l a ge stión i nterrelacional se s itúa la negociación de la
imagen so cial o face, de los objetivos i nteraccionale s, y a sean tran sacc ionales o
relacionales, y de los sociality ri ghts , esto es, de l as expectativas sociales que poseen l os
interlocutores acerca de cuestiones como, por ejemplo, las fórmulas de tratamiento.
En l o que respecta a la imagen so cial, H. Spencer-Oate y (2002) diferenci a en
ella dos dimensiones o aspectos interrelacionados: quality face y so cial identit y face . L a
primera de estas vertientes, que L. Fant- L. Granato (2002) traducen co mo image n
cualitativa, se r elac iona estrechamente con el concepto d e auto estima, con l os valore s y
cualidades que los interlocutores reclaman como propios. L a segunda, traducida por L .
Fant-L.Granato (2002) como image n identitaria, alude a la necesidad del indivi duo de
tener su propia identidad social, esto es, de ver confirmada s u i dentidad en cuanto 'rol' o
85
Sus reflexiones acer ca de la (des)co rtesía verbal han sido p ublicadas en H. Spencer -Oatey (199 6, 2000,
200 2, 2003, 2005, 2007) y en H. Spencer -Oatey-W. Jian g (2003 ).
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'identidad relacional'
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. Po r otra parte, los socialit y rights
87
o normas de l a interacción
que determinan el comportamiento comunicativo adecuado son denominados como
Principios Sociopragmáticos Interaccionales ( Sociopragmatics Interactio ns Principles
S I P s). Los dos SI Ps fund amentale s son el de equi dad y el de asociación.
Como consecue ncia de todo lo expuesto, el carác ter positivo de l a gestión
interrelacional pued e ver se amenaz ado por medi o de ataques a cua lquiera de los tres
elementos diferenciados: la imagen social, los derec hos y deberes conversacionales o
los objetivos interactivos:
“I suggest t ha t rapport (harm on y) between people can be threatened in two main ways:
through face- threatening behav iour and through rights- threatening behav iour. When
people threaten our rights, they infringe o ur sense of personal/soc ial entitlem ents; for
example, if someone tries to force us to do som ething, but we feel they have no r ig ht t o
expect us t o do this, they t hreaten ou r equity rights. (…) The result is t h at we feel
offended, uncom fortable, annoyed or angry; howev er, we do not necessarily feel a loss
of face. Sometim es, thoug h, people’s trea tment of us may not simply irri tat e or a nnoy
us; it m ay g o a step fur ther and make us feel as tho ugh we have lo st credib ility o r hav e
been personally devalued in som e way. When this happens we talk of ‘losing face ’. This
can happen when people criticize us or oppose us, or m ake us ‘look sm all’ in some
way.” (H. Spence r-O atey, 2000:16)
Según sus propias palab ras, pues, muchos de los fenómenos que ante riormente
se conceptualizaban co mo parte de lo que P . Brown-S. Levinson (1987 [ 1978])
denominaron imagen nega tiva entran a formar parte ahora del sistema de los dere chos
de sociabili dad ( sociality rights ). De hecho, muchos de los FTA s que afectaban a la
imagen ne gativa no conllevan, según esta autora, una pérdida de im ag en del receptor
afec tado, si no una molestia o des agra do por el hecho de qu e no se respet en sus
derechos. En conclusió n, dado que su obj etivo no es únicamente la utiliz ación de
estrategias reparadoras de FTAs, sino la m anera en la que el len g uaje es utilizado para
construir, manten er o am enazar las relaciones s ociales, se adopta una p erspectiva más
amplia que la seg uida por P. Brown-S. Levinson (1987 [1978]). Además, esto implica
también la superación del r educcionismo que había sufrido esta te oría al centra rse
únicamente en l a ima gen individual, pues es evidente que t anto la face como los
86
En el artículo d e 20 05, H . Spencer-Oatey re define las d istintas vertientes d iferenciadas en el concepto
de fa ce prop oniendo la exi stencia d e una respectability face , r elacionada co n el pr estigio y el ho nor, y u na
identity face , “claims to so cial m embership” ( H. Spencer- Oate y , 200 5:103).
87
Ente ndidos co mo “the fund amental perso nal/social e ntitle ments that a pe rson ef fectivel y claims for
him/hersel f in his/her inter actions with ot hers. T hey are derived pr im arily fro m p ersonal/social
expectancie s, and in a ny given r ole relatio nship, one p erson’s sociali ty rights ar e the o ther person’s
sociality obli gations.” (H . Spencer-Oate y, 2003:9 3)
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sociality r ights tiene una di mensión o componente personal (encarnado en los conc eptos
de quality face y equity righ ts ) y uno social (identificado con los t érminos de identity
face y association rights ).
Otra de las apo rtac iones destacadas realizadas por esta teorí a es l a dife re nciación
de varios dominios de e studio del rapport management en el análisis de los actos de
habla. Así, junto con el i llocutionary domain , que es el ámbito donde prin cipalmente se
han focalizado l os estudios sobre cortesía, el mo delo propuesto p or H. Spencer-Oate y
toma también en consideración la estructura del discurso, el esquema de la toma de
turnos d e habla, el dom inio estilí stico y el t erreno no verbal. En cada uno de estos
espacios, la elección de la estrategia utiliz ada por los hablantes se basa en el rapport
orientation , en variables contex tuales como el número de participantes, en el contenido
del mensaje, en los role s sociales e interaccional es, en el tipo de a ctividad y en los
Sociopragmatics principles . En su trabajo de 2005, además, ex plora los fac tores qu e
influencian en la percepción dinámica del rapport , centrando su atención,
concretamente, en las ex pectativas de comport amiento, las face sensit ivities y los
interactional wants . De esta manera, la aso ciac ión biunívoca de un elemento lingüístico
con su efecto social queda completamente rechazada.
La s críticas realiz adas a esta teoría se vi nculan por lo general con la po sible
dificultad de aplicación de estos conceptos:
“(…) the subtle distinction s pr opo sed in relation to considerations of face or sociali ty
rights, wh ich seem to be more easily identifiable in critical incident r e ports, may not be
easy t o apply to spoken corpora. It is also unclear whether the applicatopn of Spence r-
Oatey and Jiang’s (seconda ry) S I Ps, which appears prom ising for cross-cultural s tudies,
can be as f rui tful for sing le- languag e and culture stu dies” (M. E. P lacenc ia-C. García,
2007:16)
A pesar de ello, este modelo que consiste en dis tinguir los fen ómenos
relacionados con la im agen de aquellos vinc ulados con sis temas de derechos y
obligaciones ha demostrado tener una gran aceptación por parte de los es tudiosos en l a
materia, pues es evident e que cada vez son más los autores que lo toman como base
para sus investigaciones ( L . Fant-L. Granato, 2002; J. Culpeper et al., 2003; J . Culpeper,
2005; L. Fant, 2007a).
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1.3.4. El modelo de autocortesía d e R. Chen
Otra de las p ropuestas t eórica s que debemos mencionar por su noveda d con
respecto a las anteriores es la realizada por R . C hen (2001), caracterizada por
compensar la focaliz ac ión en la fi gur a d el re ceptor característi ca de l a t eoría d e P.
Brown-S. L evinson (1987 [1978]) con la creació n de una teoría de la cortesía centrada
en el emis or. El punto de partida de este autor es la constatación de la vulnerabilidad de
la imagen soci al del emis or durante la i ntera cción comunicativa, que puede quedar
degradada o erosionada por los actos de habla o enunciados que é l mismo emite,
fenómeno que R. Chen denomi na Self-Face Threatening Acts . Ante esta situación, el
hablante tiene a su disp osición to da la seri e de estrategias diseñadas por P. Brown- S.
Le vinson (1987 [1978] ), per o dirigidas ahor a hacia su figura: Badly, W ith redress, Off
record, Withhold the SFTA . El resultado es, por tanto, un modelo de autocortesía que
toma como punto de parti da el modelo de P . Brown-S. Levinson (1987 [1978] ), pero
completándolo a partir de la otra figura del proceso comunicativo.
También en esta ocasión se defiende la universalidad del modelo, tal como lo
hicieron sus predecesores, aunque se matiz a la posibilid ad de que la varia ción cultural
se deba a la existencia en las comunidades de habla de un dife re nte gr ado d e severidad y
de un distinto peso de las estrategias. Además, estos modelos de cor tesía también
divergen entre sí en el hecho de que R. Chen n o sólo habla de l a prese rvac ión de l a
propia imagen, sino también de su realce:
“Self- politeness refers to cases in comm unication where the need to protect and enhance
one´s own face influences what one says and the way she says i t. T he term ‘s elf’, it
should be noted, does not only r efe r to t he s pe aker herself, bu t also th os e aligned with
the speaker.” (R. Che n, 2001:88)
La teoría de la cortesía termina convirtiéndose para este autor en un cont inuum
abarcado por los polos de la other-politeness y de la self-politeness :
“Viewed thus, t h e relation ship between other-politeness and se lf-politeness b ecom es a
continuum. At one end of t he continuum ar e cas es in which other- politeness is the
primary motivation; a t th e other end, self- politenes s is the primary m otivation. In
between will be vari ou s points that indicate the different deg rees of importance of the
two m otivations.” (R. Chen , 2001:104)
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En realidad, esta idea de l a autocortesía, que ha sido retomada l uego por al g unos
autores (H. Haverkate, 2001), no es un concepto completamente nuevo. Ya en l os
trabajos de E. Goffm an ( 1961, 1967) se atendía a la fragilidad de la pr opia imagen y se
diferenciaban dos tipos de re g las en la preservación de l a face se g ún su orientación
hacia la propia imagen s ocial o hacia la d e los demás, denomi nadas, resp ectivamente,
como self respect y considerateness . Desde nue stro punto de vista, sin embar g o, nos
resistimos a aceptar l a ex istencia de la autocortesía tal cual. Ba sándonos en la
diferenciación entr e actos de i magen y actos de c ortesía, pensamos que, si bi en es cierto
que las actividades de i magen pueden ir diri gidas a uno mi smo o al int erlocutor, las
actividades de cortesía siempre se dirigen hacia al rece ptor, independiente mente de que
la imagen soci al del hab lante reciba, d e manera secundaria, parte del e fecto social de
este a cto de (des)cortesí a diri g ido al o y ente (A. Meier, 1995; D. Bravo, 1999). En
conclusión, lo que R. Chen denomi na autocortesía sería, a nuestro juicio, una actividad
de autoimagen.
1.3.5. La cortesía desde la p er spectiva de la Teoría de la Relevancia
En los últim os años, han surgido también algunos autores par a los que la
cortesía, como aspecto so cial de la comunicación, obti ene una ex plicación más plausible
desde la pe rspec tiva cognitiva, en términos de un conocimiento específico organizado y
estructurado, que desde la aplicación de principio s conversacionales de naturaleza
general. Estos autores, por tanto, proponen anal izar el aspecto v erbal de la co rtesía
desde el marco de l a Teoría de la Relevancia (A. H. J ucke r, 1988; V. Es candell Vidal,
1996, 19 98a, 1998b; M. J ary , 1998; R . Watts, 2003; S. Mills, 2003; M. A. L ocher,
2004; C. Christi e, 2007).
La visión de P. Br own-S. Le vinson (1987 [19 78]) de la c ortesía com o una
violación del Principio de C ooperación impli ca l a concepción de la misma como
surgida d e una implicatura, asociándose, de esta forma, a la indirección. Si n embar go,
y a h emos indicado có mo estudios post eriore s demostraron la aus encia de una
correspondencia entre ambas nociones y señalaron la imposibi lidad de ex plicar a través
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de este ma rco teórico las situaciones comunicativas no cooperativas y , s obre todo, las
diferencias cult urales ex istentes. La solución a estos aspectos exige, a juicio de los
autores señalados, la co nsiderac ión de la co rtesía no como una cuestión de inferencia
sino como una cuestión de convención, como un ti po particular de efecto co ntextual qu e
depende de los supu estos previos que los individuos t ienen a cerca del com portamiento
social adecuado.
Según los supuestos de la Teoría de la Relevancia, el proc esamiento de todo
enunciado se realiza mediante la combina ción de su contenido ex plícito con el
subconjunto de supuestos internos o mentales que selecc iona el o y ente d e su contexto
88
,
produciéndose, así, una interpretación coherente con el Principio de Relevancia . En el
caso de l os enunciados corteses o descorteses, este s ubconjunto específico de los
supuestos adquiridos incl uye información sobre el comportamiento social espera ble. En
consecuencia, p ara pod er decidir si un enunciado resulta cortés o des cortés, uno tiene
que haber apr endido e i nteriorizado qué es lo que resulta socialmente positi vo o
negativo en su cultura. La cortesía, pues, no es una capacidad natural, sino una destr eza
que se logra como parte del p roceso de so cialización (S. B lum- Kulka, 1990; C.
Kerbrat-Orecchioni, 1992). El funcionamiento d e l a cortesía depende d e la c apac idad
cognoscitiva, y , por con sig uiente, ut iliza mecanismos de inferencia un iversa les. Las
diferencias que pueden ex istir entre dos individuos en la inte rpretación del efecto social
producido por un mi smo enunciado tienen su expl icac ión en disimil itudes en el
conjunto de representaciones que cada uno de nosot ros ha i nteriorizado debido a su
cultura y a su propia experiencia.
Esta vi sión del f enómeno de la cort esía está t eniendo últ imamente un a gra n
aceptación. A pesar de el lo, ha y autores que afirm an que el cambio de focaliz ación de la
teoría del ámbito de la producción al d e la recepción no supone la solución del problema
(R. Chen, 2001; D. Bousfield, 2008):
“By s hifting the focus f rom t he speak er to t he he arer, Esca ndell- Vidal dodg es the
problem rather than confro nt it” (R. Chen, 2001:95).
88
Entendiéndose el contexto como el subconju nto p articular de supuestos q ue el o yente utiliza p ara la
interpretació n de un deter min ad o enunciado.
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1.4. Trabajos centrados en el f enóm eno de la de scort esía verbal
La t eorización a cerca de las r epercusiones producidas por l as uni dades
lingüísticas en las relaciones interpersonales, y , en general, en la dimensión más social
del lenguaje, resulta incompleta si únicamente ce ntra su atención en el fenóm eno d e l a
cortesía verbal. Como afirma J . Rudanko (2006):
“(…) politeness s tra tegies are insufficient by themselves to giv e a real istic picture of
hum an comm unication. Th ey mig ht be s ufficien t in an i d ealized or “Pollyanne sque”
world of harmony or in a prescriptiv e m ode of analysis, but in the real wo rld as we find
it, they need to b e supplem ented with other strategies ( …)”. (J. Rudank o, 2006 :830)
Un estudio de estas características exige, por t anto, el análisis tanto de las
estrategias qu e mitigan el ataque a la imagen so cial e incluso l a realzan, como de los
recursos que se usan p ara atacar y denigrar de un a manera intencional a dicha ima g en.
Ya señalamos ant eriormente que una de las críticas que se han realizado a la teoría de P.
Brown-S. L evinson (1987 [ 1978]) es la ausencia de referencias a la d escortesía verbal.
En un primer momento, esta ca rencia se repetía en la ma y oría de las investigaciones que
se iban realizando, de modo que las teoría s aportadas se inclinaban más hacia el estudio
de las estrategias consideradas como corteses por parte de los hablantes
89
,
manteniéndose, por t anto, una visión de la comunicación que, como señala H. Spencer-
Oatey (2000), enfatizaba el aspecto armónico de las relaciones sociales.
Pero, afortunadamente, esta situación ha ido cambiando a lo l ar go del tiempo.
La s reivindicaciones reali zadas por parte de algunos autores acerca de la necesidad de
incluir a l a descortesía com o parte de la teoría de la cortesía, y n o como algo residual o
secundario (R. Graig et a l., 1986; R. Lakof f, 1989 ; B. Fraser, 1990; G. Kasper, 1990; K.
Tracy, 1990; J. Culpeper, 1996; M. Kienpointner, 1997; G. Eelen, 2001; S. Mills, 2005),
junto con la p ercepción de qu e el carácter m argina l d e la comunicación conflictiva
señalado po r G. N. Leech (1983) no puede s ostenerse o c arece de funda mento ha dado
sus frutos, de modo que, actualmente, y a cont amos con numerosos estudios so bre este
tema. Únic amente en el á mbito del español s e han publicado, entre otros, los trabajos d e
S. Kaul de Marlangeon (1995-2003 [1992], 2005a, 2005b, 2008a, 2008b), C. García
89
Aunque en deter min adas o casiones el fenóme no de la desco rtesía sí se menciona, el anál isis realizado
posterio rm ente únic amente se centra e n el polo po sitivo d el continuum (S. Id e, 198 9, 19 92; S. Blum-
Kulka, 20 05 [19 92]).
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(1993), J. L. Blas Arro y o (2001, 2002, en prensa), A. Bolívar (2001, 2003, 2005a,
2005b, 2008a, 2008b ), M. E. Pl ac encia (2001a), A. Cordisco (2003a, 2 003b, 2005a,
2005b, 2008), F. De Erl ich (2003), K. Zimmerm ann (2003), M. Bernal (2003, 2005a,
2005b, 2006a, 2006b, 2007, 2008a, 2008b), M. Albe lda Marco (2006, 2008a, 200 8b), E.
Bernhardt (2006), C. Fuentes R odríguez (2006 a, en p rensa c, 2009a, 2009b), N.
Hernández Flores (2006), E. Alcaide Lara (2007, 2008, en prensa a, en prensa b, en
prensa c, en p rensa d), E. Brenes Peña (2007a, 2007b, 2008, 2009a, 2009b, 2009c,
2009d, en prensa a, en prensa b, en prens a c), L. Alba Juez (2008), B. Alvarado-X.
Padilla (2008), J . M. L ó pez Martín (2009, en pr ensa), D. Moreno Beníte z (en pre nsa),
D. Moreno Benítez-J. L . López Martín (en prensa), etc.
Además, de manera general, no circunscritos unicamente al terreno del esp añol,
las estrategias y recurs os descorteses se h an analiz ado en di versos ámbitos . S in
pretender se r ex haustivos, podemos de cir qu e l as form as de ex presión, funciones y
finalidades de este f enómeno se han estudiado en interacc iones inst itucionales como los
juicios (R. Lakoff, 1989 ; R. Penman, 1990) o el discurso parlamentario (J . L . Blas
Arroyo, 2001, 2002), en si tuaciones comunicativas ritualiz adas como el entrenamiento
de los reclutas en el ejérc ito (J. Culpeper, 1996), e n l a terapia psicoanalític a (W . Labov-
D.Fanshel, 1977) o en interacciones entre médi co y p ac iente (H. Meh an, 1990), y en
géneros televisivos como, por ejemplo, los do cumentales (D. Bousfield, 2008), películas
(L. Alba Juez , 2008), debates y tertulias televis ivas (N. Hernández Flores, 2006; E.
Alcaide Lara 2007, 2008; E. Brene s Peñ a, 200 7a), talk shows (E. Bern hardt, 2006) o
concursos televisivos (J. Culpeper, 2005; E. Brenes Peña, 2009a) . Además, las nuevas
tecnologías como Inter net han facilitado el an álisis de la descortesía verbal en este
medio (S. Graham, 200 7, C. Fuentes Rodrí g ue z, 2009b). Junt o a ello, encontramos
también estudios sobre l a d esc ortesía en la c onversa ción diaria (L. Beebe, 1995),
interacciones familiares (S. Vuchinich, 1990), conversaciones coloquiales entre
adolescentes (W. Labov, 1972; Ch. Goodwin- M .H. Goodwin, 1990 ) o role plays
realizados con ni ños (D. Brenneis-L. L ein, 1977 ; D. Brenneis, 1988). El re gistro escrito
tampoco ha quedado fuera d e estos estudios. En este ámbito, por ejemplo, se ha
analizado la descortesía presente en t extos literarios (J. Culpeper, 1998; D. Tannen,
1990) o epistolares (A. Cordisco, 2008).
En realidad, los datos aportados reflejan otra de las evoluciones que se está
produciendo en este campo de estudio y que está causando el desplazamiento del tema
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de la cortesía por el de la descort esía. Al igual que las críticas al entnocentrismo
condujeron a impulsar el estudio de la cortesía desde u na per spectiva más social, la
desatención que ha reci bido la descortesía verbal ha hecho que, actu almente, los
estudiosos d e esta materia se centren más en este extremo del gradat um . Una prueba de
ello es que ya se d edican congresos exclusivamente al tema, como, por ejemplo, los
celebrados en el R eino Unido en julio d e 2006 y d e 2009 titulados, respectivamente,
“Confrontation and Conflict in Discourse” y “ L inguistic I mpoliteness and Rudeness”, o
el Curso de Verano “Descortesía, agresividad y violencia verbal en la soci edad actua l”,
impartido en la Universidad Internacional de Andalucía del 17 al 21 de septiembre de
2007 por parte d el grupo de inv estigación “Argumentación y P ersuasión en
Lingüística”. Es más, inc luso en aquellos en los que el fenómeno de la descortesía no es
el único tema tratado destaca la g ran cantidad de comunicac iones y ponencias que g iran
en torno a este concepto, como ha sucedido, por ejemplo, en los dos últimos coloquios
del Programa ED I CE o en el “Congreso Inter na cional sobre (des)cortesía y violen cia
verbal en español actual”, celebrado en la Universi dad de Sevilla en 2008.
En los siguientes apartados aborda remos brevemente la s propue stas que, desde
nuestro punto de vista, resultan más interesantes y productivas.
1.4.1. La inversión d el modelo de P. Brown-S. Levinson : J. Culpeper
En un primer momento, la teorización sobre l a descortesía verbal s e realizó
tomando como punto de partida el m odelo diseñado por P. Brown-S. L evinson (1987
[1978] ) para el fenómeno de la cortesía. S urg en, así, tres propuestas acerca del
comportamiento descortés caracterizadas por l a enumeración de est ra tegias de
descortesía que son paralelas, pero, lógi came nte, opuestas en su orientación, a las cinco
estrategias enumeradas en el trabajo de P. Brown-S. Levinson (1987 [1978] ). No s
referimos, concretamente, a los t rabajos de L. Lachenicht (1980), J. Culpeper (1996,
1998, 2005) y P. Austin, (1990). D e todas ellas, la más elaborada es l a qu e J. Cul pepe r
ha ido ex poniendo a tr avés de cuatro de sus artí culos (J . Culpeper, 1996 , 1998, 2005,
2008; J . Culpeper et al., 2003).
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coloquial, sí existen manuales en los que se explican o codifican cómo ut ilizar estas
estrategias des corteses: “(…) t rial manuals a nd instruction proce dures will tell t ria l
lawyers when, and ho w, to achieve s ystematic r udeness: it is rule-governed ruden ess,
not an anomal y in a confrontation-favoring s ystem.” (R. La koff, 1989:12 3). Si en lo s
tratados de urbanidad, aplicados a la conversación coloquial o formal, únicamente se
recogían l as normas con siderada s como corte ses , rele g ándose a un se gundo plano lo
descortés, en estos discursos l a meta que d ebe ser alcanzada es, precisamente, la
descortesía, de modo que es necesario instruir a los interlocutore s acerca de ello.
En conc lusión, para resumir los puntos más es encia les de su t eoría, po demos
citar sus mismas palabras:
“(…) ou r under standing of politeness and its rela tion to Gricean c larity m ust b e rev ised
to a ccomm o date a more com plex s y stematics: it is ne cessary to as sign discourse types
to either inform ative (clarity ) or int eract ive (politeness ) genres; and to further s ub divide
the f o rmer i nto confron tational and non confrontational modes. The a b sence of
politeness has different meanings i n each of these s ub types. Based on these
subdivisions, t h ere is a distinction betwe en non- politeness and rudeness; and between
system atic and non-sy stematic rudeness” (R. Lak off, 1 989:126)
1.4.2.2. S. Kau l de Marlangeon
En el ámbit o his pánico, una de las princip ales teorías planteadas con r especto al
fenómeno de l a (des)cort esía verbal que no podemos dejar de men cionar es la realizada
por parte de S. Kaul de Marlangeon (1995 -2003 [1992], 1995-1998, 2005a, 2005b,
2008a, 2008b). Tomando como punto de p ar tida l as reflexiones de B. Lavandera (1988),
esta autora concibe la fuerza de cortesía- descortesía como un componente permanente
de los actos d e habla que arraiga el discurso e n la dimensión social del l enguaje , es
decir, en la dimensión de las relaciones sociales o interper sonales.
La consideración d e la c ortesía y la desco rtesía c omo dos evaluaciones opuestas
de la misma función, impli ca , lógicamente, que l o que acont ece p ara las imáge nes
positivas o neg ativas en el plano de la cortesía se a lo c ontrario de l o que sucede
respectivamente para est as imágenes en el plano de la d escortesía. Por ello, al igual que
algunos autores anteriores, S. Kaul de Marlangeon toma como punto de partida d e sus
reflexiones sobre el fenómeno descortés el mod elo que P. Brown-S. L evinson (1987
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[1978] ) diseñaron para e l principio de l a corte sía, pero sin limitarse a realizar una
simple transposición del mi smo. Por consiguiente, S. Kaul de Marlangeon considera
que la fuerza de descortesía también es función de las variables compiladas en la
fórmula diseñada por P. Brown-S. Levinson para calcular el riesgo po tencia l q ue
entraña un determinado FTA
96
: Riesgo x= (D + P + G) x.
La única diferencia exi stente entre una y otr a noci ón estriba en el h echo d e que
en la descortesía la eva luación de las variables P y D no está basada en atribut os
sociales e stables, c omo ocurre en la corte sía, sino en factore s per sonales. Así, por
ejemplo, en lo concernie nte al poder relativo del destinatario con respecto al emisor, si
en la deferencia, co rre spondi ente al pl ano de la c ortesía, el hablante se humil la ante el
oyente en función de sus respectivos roles s ociales, en la descortesía, po r el contrario, el
hablante hum illa al o y ente en función del poder que él mismo se atribuy e. De la mi sma
manera, en el pl ano de la d esc ortesía la distan cia social existente entre los interlocutores
se identifica con una m edida personal asimétrica de di fe rencia conform e a la cual el
hablante pretend e obtener determinados propósitos comunicativos. Esta distancia puede
corresponderse con la antipatía, cuando la descortesía se dirige a provo car lesión a la
imagen posi tiva del o y ente, o con la falta d e r espeto, cuando la d escortesía se dirige a
atacar a la imagen negativa del o y ente.
Por otra p arte, la visión de este fenómeno como un gradatum permite a S. Kaul
establecer una tipología de estrategias d escor tese s en la siguiente es cala de descorte sía
crec iente en función de la intencionalidad que anima al hablante y d el g rado de lesión
que inflige
97
:
1. Actos form almente de scorteses animados de u n propósito cortés, como, por ejemplo,
saludar por medio de una expresión como hola fea a una mu jer que destaca por su
belleza.
2. Actos descorteses involunt arios.
3. Autodescortesía.
4. Actos formalmente corteses animados de un propósit o descor tés.
96
Record em os que, en esta fórmula, la sigla P hace alusión a l poder relativo d el destinatario con respecto
al e mi sor, la si gla D r epresenta el grad o d e distancia soc ial exis tente entre las dos instancias enunciativas
y la sigla G al ude al grad o de imposición que e l acto de habla en concre to supone e n relació n co n la
imagen soc ial.
97
Resaltando la necesidad de diferenciar entre estrateg ias des corteses y m ecanis m os lingüís ticos a través
de los cuales se expresan dichas estrate gias, esta autora enfatiza el carácter fin ito de la tipología
pro puesta, en co ntraste con la infinida d d e mecanis m os li ngüísticos partic ulares con lo s que los acto s
corteses se r ealizan.
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5. Escatima deliberada de cortesía esperada por el oy ente.
6. Silencio abrumador ante una pregunta directa que impl ica c ompromiso.
7. Descortesía de fustigación
98
, constitui da “por comportamientos volitivos, conscientes
y estraté g icos, destinados a herir la imagen del interlocutor” (S. Kaul de Marlange on,
2005b:302) y que propenden a asegurar la confront ac ión en el discurso.
En el ámbito de esta d escortesía de fustigación, se insertan las estrategias de la
afiliación ex ace rbada y d e la refractariedad, qu e s e corresponden, r espectivamente, con
las categorías de afiliación y autonomía en el s ector de l a cortesía. Así , la afiliación
exacerbada se corresponde con el deseo de “vers e y s er vis to como adepto al grupo, al
punto de escoger la descortesía en su def ensa” (S. Kaul de Marlangeon, 2005a:165),
mientras que l a refractariedad hace alusión a la “ autonomía ex ac erbada de verse y s er
visto como op ositor al grupo, en una actitud rebelde respecto de aquello q ue suscita su
oposición” (S. Kaul de Marlangeon, 2005a:165).
1.4.2.3. M. Kienpoin tner
Otro autor que se inse rta dentro de esta misma p erspec tiva es M. Kienpointner
(1997), cuya teoría se caracteriza por situar los enunc iados en un gradatum que oscila
entre la cooperatividad total, propia de la cortesía, y la comp etitividad total,
caracterizadora de la descortesía:
Gráfico 6. Esquema a daptado de M. Kienpointn er (1997:258)
Entendiendo por coopera tividad aquella i ntera cción en la que dos per sonas están
igualmente interesadas en alcanzar, mediante maneras eficientes, un a meta G, la cortesía
se define como una combi nación de rutinas y estrategias v erbales us adas en un a
98
En el sentid o metafórico de ‘dar azotes’.
Total Coopera tion Ov erpoliteness Coop erative Ruden ess Total Co m petiti o n
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interacción cooperativa para establec er o mantener el estado de equi librio de las
relaciones personales entre los individuos de un grupo social durante el desarr ollo d el
proceso de interacción con el objetivo de alcanzar una meta interlocutiva concreta. La
descortesía, qu e n o es directamente d erivable de la cortesía como un fenómeno
secundario, se identifica con el tipo de comportamiento no cooperativo caracter izado
por desestabiliz ar la s relaciones pe rsonales de los int era ctuantes y dificultar el acuerdo o
el alcanc e de las metas com unicativas, creando o manteniendo una atmósfera emocional
de irreverencia y antipatí a en la que predominan los intereses individ uales. Junto a ellos,
en este continuum tam bién se i nsertan l os conceptos de la hipe rcortesía y d e la
descortesía cooperativa. El fenómeno de la hiper cortesía no puede evaluarse como u n
caso de des corte sía, sino como una aplicación me nos óptima de los patrones de cortesía
que, en p rincipio, son perfectamente aceptables en un lenguaje o en una cult ura dada.
Paralelamente, la descortesía coop erativa tampoco puede i g ualarse con el
comportamiento cortés, ya que mediante ella siempre se crea al gún da ño o conflicto.
Por otra parte, en lo que respecta a la des cortesía cooperativa M. Kienpointner
establece una diferenciación dentro de su ámbito ent re:
- La descortesía simul ada, integrada por:
o Mock impoliteness or banter .
o Ritual insult s .
o Ironic rudeness
99
.
- La denominada “Common Interest rud eness”, que sirve a los intereses de los
participantes, y que se compone de:
o Reactive rud eness , o descortesía utiliz ada como reacción a un at aque
personal previo.
o Sociable r udene ss , pres ente en aqu ellos subgrupos sociales d e un a
comunidad de habla que tienen una actitud pos itiva hacia la descortesía.
La d escor tesía no coope rativa, en cambio, p uede clasificarse, como ya había
apuntado G. Kasper (19 90:280) según su nivel de i ntencionalidad, en d ecorte sía no
cooperativa motivada y descortesía no cooperativa inmotivada. Dentro de l a descortesía
no cooper ativa inmotivada s e incluirían la descor tesía re alizada por niño s o extranjeros,
es decir, por personas que no poseen el conocimiento adecuado de las reglas que rigen
99
P odría consi derar se como el fenómeno opuesto de la co rtesía sarcástica, caracter izada po r atac ar los
deseos d e im age n del recep tor bajo la a pariencia de c ortesía.
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la interacción, así como los errores no intencional es realizados por adultos de la m isma
cultura o leng uaje. Las diferentes cl ases de des cortesía no cooperativa motivada se
dividen según afecten a inst ituciones públicas, (co mo puede suc eder, por ejemplo, en un
debate), a individuos (descortesía utiliz ada en c onversac iones privadas por amigos o
parientes mu y cercanos que compa rten una larga historia de conflictos y us an la
descortesía sistemáticamente para vencer al adversario) o a grupos sociales
100
.
En conclusión, a pesar de que su visión desecha expl ícitamente l a c alificación
de l a descortesía como l a violación excepcional o m ar cada d e las reglas corte ses, lo
cierto es que M. Kienpointner la concibe como una estrategia o medio q ue puede ser
utiliz ado para captar la atención d el receptor, com o demuestra su utiliz ac ión en obras
literarias cómicas y dra máticas o en canciones d e rock.
1.5. Panorama actual
El interés por el ámbi to de la (des)cortesía verbal s ig ue incrementándose día a
día. La celebración de congresos, seminarios y simposios dedicados a estos fenómenos
se produce de forma reiterada
101
, el volumen de la bibliografía especializad a aumenta
sin pausa y desde el año 2005 disponemos de una revista internacional dedicada
exclusivamente al análisis de estos conceptos, el Journal of Politeness Research.
En el ámbito peninsular, puede d ecirse que, a grandes rasgos, los es tudios
realizados acerca de la (des)cortesía verbal han s ido producidos a raíz de dos líneas de
investigación no exclu y entes entre sí . Por un lad o, contamos con investigadores a los
que el análisis prag mático del funcionamiento de determinados r ecursos verbales l es ha
llevado a plantearse el efecto que estos produc en en la di mensión m ás social de la
comunicación. Por otro, la descripción global de ciertos tipos de tex tos o gé neros
100
En la de nominada desco rtesía inter-grupa l, miembros d e un grupo m ayoritar io acuden a estrategias
descor teses par a degra dar a mie m bros de otros grupos. Su uso puede respo nder a un m edi o d e d efen sa o a
la invenció n de un anti-le nguaje para ir en contra de lo aceptado.
101
P or ejemplo, en el año d e 20 08 se celebraro n cuatro congre sos ded icados exclusivame nte a este tema.
En abril tuvo lugar en Méxic o e l “I Co ngreso Regional de l P rogra m a EDICE”, en julio se or ganizó en
Budap est el “Fourth Internac ional Simpo sium on Polite ness”, en septie m bre la u niversida d de Roma Tre
acogió el “IV Co loquio Inter nacional de l Progra m a EDIC E” y en noviembre e l grupo de investi gación
“Argumentació n y Persuasión en Lingüística ” organizó en la universida d de Sevilla el “Congreso
Internaciona l sobre ( des)cortesía y violencia verbal en esp año l”.
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comunicativos ha incluido entre sus obje tivos la identificación de la s estrategias y
recursos v erbale s (des)co rtese s presentes en ellos, el estudio de las func iones que posee
en ellos el fenómeno d e l a (des)cortesía verb al y las repercusiones que estos fenómenos
pueden tener en la configuración de la imagen soci al de los interlocutore s.
Dentro de la primera tendencia señ alada pueden incluirse, por ejemplo, las
investigaciones realizad as por ciertos mi embros del grupo Val.Es.Co, a los que el
estudio de la conver sació n coloqui al ha llevado a dedicar parte de sus i nvestigaciones al
efec to (des)cortés que pr ovoca n en estas interacci ones determinados recu rsos verbales
como la atenuación ( A. Briz Gómez, 2007a), l a intensificación (M. Al belda M arco,
2005a, 2005b) o la ento nación (A. Hidalgo Navarro, 2 006b). Junto a ellos , podemos
insertar también aquellos integrantes del grupo GR I ALE ( Grupo de Investigación para
la Pragmática y la Ironía del Español del Área de Lengua Esp añola del De partamento
de Filología Española, Lingüística General y Teoría de la Literatura de la Universidad
de Alicante) que se han dedicado a profundizar ac erca de las cons ec ue ncias sociales
positivas o negativas que puede causar el uso de la ironía ( B. Alvara do, 20 05, 20 09; X.
Padilla-B. Alvarado, 2008) o los estudios dedicados por algunos miembros del grupo de
investigación “Argumentación y persuasión en L ingüística” de l a Universidad de
Sevilla al valor cortés o descortés de m arcadores del discurso, interjecciones y otr as
construcciones lingüísticas (E. Alcaide Lara, 2008; C. Fuentes Rodríguez, 2009a, en
prensa a, en p rensa b, en prensa f, en pr ensa g; E. B renes Peña, 2008, en prensa a, en
prensa c).
En la segunda lí nea de t raba jo s e insert an, entre otros, los análisis dedi cados a
las estrategias cort eses y/o descorteses presentes en el lengua je político (J . L. Blas
Arroyo, 1998a, 1998b, 1998c, 1999, 2000, 2001, 2002; F. Fernández García, 2000; E.
Brenes Peña, 2009d; C. Fuentes Rodríguez, en prensa b, en prensa d), en l a pu blicida d
(E. Alcaide Lara, en prensa a, en prens a c, en prensa d), en programas r adiofónicos (J.
López M artín, 2009, en prensa), en diversos géneros televisivos (E. Alcaide Lara, 2007;
E, Brenes Peña, 2007a), en Inter net (C. Fuentes Rodríguez, en prensa c) o en
publicaciones juveniles (E. Alcaide Lara, en prensa b).
En el domini o internacional, existen diversos grupos de investiga ción dedicados
a esta materia. El Programa EDICE (Estudi os del Discurso de Cortesía en Español),
dirigido por la Dra Diana Bravo, de la Universidad de Estocolmo, sigue logra ndo
grandes ava nces en el es tudio y d escripción de e strategias y ac tividades de cortesía en
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español, s obre todo en áreas del español de Am éric a en contraste con otras lenguas,
mayoritariamente ingl és, alemán y su eco. Sus resultados han sido difundidos a tr avé s d e
publicaciones, coloquios, etc. (Vid. su página web: www.e dice.org).
Por ot ra parte, la necesidad de facilitar el contacto y aunar el trabajo de todos
aquellos investigadores q ue se dedican al área d e la (des)cortesía hi zo que en 1998 se
creara el Linguistic Politeness Research Group (LPRG). Gracias a é l se orga nizan
publicaciones colectivas y s e c elebran congresos sobre el tema que fun cionan como un a
plataforma de discusió n y di fusión de los re sultados obtenidos. A él pertenecen
investigadores como S. M ills, C. C hristie, F. Bar g iela, D. Bousfield, M. Chodorowska-
Pilch, S. Harris, J . Colmes, M. L ocher, O. G. Nwoye y M. Terkourafi.
Por último, como consecuencia también de la con statación de la fundamen tación
sociocultural de la corte sí a verbal, s e ha ido d esarrollando re cienteme nte una corriente
de investigación qu e aboga por utiliz ar en sus aná lisis la m etodología de la
etnopragmática (C. Godd ard 2002a, 2002b, 2006). La finalidad perseguid a es ir más allá
de la mera d escripción de l os comportamientos verbales corteses o descorteses e
identificar las premisas y l os valores culturales específicos sub y acentes a la práctica
(des)cortés. Esto es, se busca comprender los fenómenos sociales gracias a la
aprehensión de las estructu ra s conceptuales con la s que la gente actúa y ha ce inteligible
su conducta y l a de los demás.
El acceso a estos v alores culturales se sirve del procedimiento de análisis trazado
por la metodología se mántica de A. Wierzbi cka (1985, 1991), es decir, se usan
primitivos semánticos, palabras cu y as concepciones básicas sería posible encontrar en
todas las culturas, para describir la cultura desde dentro, evitándose el etn ocentrismo:
“How then ca n culture- specific discourse practices be under stood from an insider
perspective, while at the sam e ti me a rticulating this u nderstanding i n term s which will
be clear and intelligible to out side rs from other language and cul tures? T he cont ributors
share the conviction that the s o lution to this problem is provided by the nat ural sem antic
m etalanguage ( NSM ) a pproach originated by Anna Wierzbicka, which employs sim ple
culturally- shared meanings (semantic primes) as its vocabulary of semantic and
pragm atic description.” (C. Goddard, 2006 :3)
En general, la evolución que han ido sufriendo las investigac iones dedicadas a
este área puede describirse, como mu y acer tadam ente ya apuntaron M. E. Placencia y C .
García (2007), de la siguiente manera:
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“(…) r esea rch in the area of politeness s eem s t o have m oved a way f rom m onolithic
concepts of cultu re and tow ard more nuanced inte rpretations i n wh ich more a ccount is
taken of subculture norms (e.g., those of a pa rticular com m unity of practice), away from
dependency on single speech acts and the analyst’s interpretation of them toward
reliance on sequences of talk and co-text for the inter pretation of utterances, and, m ore
recently, away from almost exclusiv e con s ideration of sociocultu ral variation features in
the analysis of politeness phenomena toward the inclusion of f e atures of indiv idual
variation.” (M. E. Pl acencia - C. García, 2007:1- 2)
En conclusión, puede afirmarse qu e el an álisis de la (des)cortesía verb al se ha
ido convirtiendo en un ámbito de estudio verdadera mente productivo y s usceptible de
ser ana lizado desde diversos puntos de vista, lo que dificulta enormeme nte el trazado de
un estado de la cuestión. Somos consciente s de que ha y muchos autores que no han sido
citados en estas pá ginas, pero la fecundidad d e est e dominio nos ha obligado a nombrar
únicamente a los más relevantes en relación con n uestros objetivos.
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2.1.2. Los tests de hábitos sociales
109
La difi cultad para llevar a cabo el an álisis propuesto no radica únicamente en l a
necesidad d e estudi ar los elementos lingüísticos de una manera contextualizada. A ello
hay qu e sumar el h ec ho de que las caracterís ticas propias del material empírico
seleccionado, interaccio nes t elevisivas concebidas para el entrete nim iento de la
audiencia, pueden hacer que el potencial descortés p re sente en las unidades lingüísticas
empleadas qu ede neutraliz ado. En realidad, se t rata de la misma dificultad con la qu e se
encontró J. Culpeper (2005: 64) en su aná lisis de la d escortesía verbal p resente en el
programa t elevisivo The Weakest Link : “the issue is whether the ex ploitative quiz show
The W eakest Link constitut es it s own social intera ction t y pe which sanctions or
neutralizes “impolite” be haviours.” Para poder de terminar si en este t ipo de interacción
se actualizaba, o no, el efecto de d escor tesía que potencialmente contenían l os
enunciados, J. Culpeper obs ervó las reacciones de los pa rticipantes afectados. En
nuestro caso, hemos considerado que, además de la evaluación realizada por los
tertulianos que participan directamente en la tertulia, es necesario conocer cómo
califican estas emisi ones l a audiencia televisiva, aquellos receptores ma sivos q ue no
pueden intervenir direc ta mente en la tertulia, per o que, paradójicame nte, sustentan con
su presencia la emisión de la misma.
La evalu ación realiz ada por el alocutario de los enunciados, esto es , los
tertulianos y /o el moderador, se ha interpretado gracias a la conjunción de dos fuentes
de información: las reac ciones que estos pr esentan en el discu rso y los comentarios
metacomunicativos que emiten a lo largo del mismo. El acceso a la interpretación
llevada a cabo por el público y l a audiencia, en cam bio, se presentó más complejo. Para
ello, decidimos contar con la a y uda de un in strumento m etodológ ico que se ha
desarrollado en los últimos años en los estudios empí ricos sobre l a (des)cortesía verbal
como refrendo y apo yo en la interpretación d e los datos obtenidos: el t est de hábitos
sociales.
El primer test de hábitos sociales realizado par a el estudio de la lengua española
fue el que diseñó N. Hernández Flores (2002, 2003b) par a el análisi s de la cortesía
109
T am bién deno minados co mo cuestionarios d e hábitos social es (M. B ernal, 2008; J. Murillo, 2008 ).
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verbal presente en conversaciones entre familiares y ami gos en España
110
. Su finalidad
concreta e ra la de “recoger las apreciaciones de l os hablantes sobre el fenómeno social
de la (des)cortesía así co mo muestras de realizaci ón lingüística considerada válida por
estos” (N. H ernández Flores, en prensa) par a evi tar dist ancia rse de l a co nce pción que
tienen los interlocutores comunes de este fenómeno
111
. La productividad e in terés de los
datos apor tados por dicho instrumento metodológ ico hiz o que este cuestionario se
aplicara c on objetivos diversos a otras c omuni dade s de ha bla, como Ar g entina (S.
Boretti, 2003), Cos ta Rica (J. Murill o, 2005b), Venezuela (A. Bolívar, 2008b) y Esp aña
(J. C ontrera s Fernández, 2005; M. Bernal, 20 07)
112
, en l as q ue, lógicamente, la
adaptación de este modelo a l as distintas finalidades pe rseguidas hizo que se fueran
trazando otras variantes notablemente distint as del diseño inicial.
En nuestro caso concreto, y a qu e nuestro objetivo no es t anto conoc er las
premisas culturales que sustentan las evaluaciones desarrolladas por parte de los
interlocutores como disponer de las apreciaciones de estas interacciones qu e realiz an las
personas que de una ma nera asidua o punt ual lo s han consumido, el diseño de nuestro
test de hábitos sociales no se basa en los estudio s anteriormente señalad os, sino en el
test que N. Hernández F lores (2008a, en prensa) ha ideado para analiz ar este mismo
hecho en el caso de los debates t elevisivos españoles centrados en temas del ámbito de
la política.
Como puede apreciarse en el modelo que h emos i ncorpor ado en el anex o I , el
test comienza con una pregunta general sobre l os conceptos teóricos d e la descortesía, la
agresividad y l a violencia verbal
113
. Dada l a similitud ex istente entre estos conceptos,
110
El m odelo or igin al q ue lo insp iró se encuentra en el c uestio nario realizad o por M. Sifianou ( 1992 a) en
su e studio comparati vo de las c ortesías griega y británica p ara conseguir en estas d os comunidades dato s
de análisis e infor mación sobr e valo res so ciales. A ello habría que sumar, ade más, el influjo de los
cuestionario s y entrevistas q ue se utiliza n en el terr eno de la So ciología.
111
E l ana lista no p uede obviar que está manejando tér minos del leng uaje c omún q ue p asan a f or m ar parte
del m etalen guaje de una c iencia. P or ello, com o ya señalamos en e l ap artado 1.2.4 , u na de las
apor taciones realizad as por los post m odernistas c onsiste, precisamente, en la reivind icación de la
importancia que adquiere la concep ción de l usuario o po liteness 1 (G. Eelen, 200 1; S. Mills, 20 03; R.
Watts, 2003 ) en la confección d e la noc ión cientí fica de la co rtesía o politeness 2 . Es decir, no se pued e
crear un concepto d e ( des)co rtes ía que no se correspo nda con lo que los h ablantes entie nden co m o tal en
el discurso dia rio: “To p ut it another w ay, inves tigating first-ord er politeness is the only valid means of
developing a soc ial theor y of politeness.” (R. W atts, 2003 : 9).
112
Par a una re flexión en torno a la utilidad d e lo s te sts de hábitos sociale s como instrume nt o
metodoló gico en la i nvestigació n de la c ortesía, véase J . Murillo ( 2008) y N. H ernández Flo res (en
prensa).
113
En u n pr imer lu gar, se p lanificó un tes t que f ue distrib uido entre un número p equeño de informantes
con el obj etivo d e co m prob ar si había algún aspecto que d ebía ser m odifica do, es d ecir, si, po r eje m plo, la
redac ción de algunas pr eguntas r esultaba co nfusa, si la e valuación de lo s fra gm entos incorp orado s era
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preferimos evitar la petición de definición de los mismos , limitándonos a pre g untar las
diferencias existentes entre ellos, en el caso de que no los consideren como sinónim os.
A continuación, centrado ya en la pseudotertul ia televisiva, el test comienza p or
indagar el conocimiento que posee el infor mante sobre este tipo de programas. El
objetivo inicial era el de difere nciar las respuestas de los seg uidores habituales de los de
aquellas personas que no ven con asiduidad este tipo de interacciones. S in embargo, este
dato no ha resultado muy r eleva nte, pues lo cie rto es que el 36’97% de lo s informantes
que afirma no ser un seguidor de estas tertulias evidencia en sus respuestas a las
siguientes pr eguntas qu e conoce las características de estas interacciones, los temas
tratados en ellas y lo s t ertulianos que p articipan. Esta aparente contradicción puede
deberse al hecho de qu e, aunque no sea un consumidor habitual, s í ha visto alguna vez
un fragmento de ellas, o a un deseo d e ocultar sus gustos y preferencias t elevisivas
debido a la mala consideración que poseen socialm ente e stas emisiones
114
.
De t odas formas, sea cua l s ea la causa, las respuestas aportadas por unos u otros
informantes no pose en di similit udes notables, por lo que esta distinción no se ha t enido
finalmente en cuenta. L a comprobación del seguimiento de estos programas se
completa, además, con unas pre g untas acerca de su opi nión sobre l os mismos . Nos
interesaba conocer l os motivos que impulsan a la po blación a consumirlos, es decir, qué
es lo que capta su atención (pregunta 2 ), qué aspectos son de s u agrado ( pregunta 3) y
qué elementos propios de estos programas co nsideran que d eben s er m odificados
(pregunta 4).
Por otra parte, el a nálisis del for mato de nuestro corpus puso de r elieve la
existencia de diferenc ias entre los programas seleccionados dependiendo de una serie de
factores como, por ejem plo, la franja horaria, y la aso ciac ión sistemática de un ma y o r
grado de descortesía co n ciertos tertulianos. Para comprobar si los receptores son
conscientes de estas div ergencias y de las car acterísticas propias de los roles de los
participantes en la tertulia, se pide a los informantes en los apartados 5 y 6 que valoren
demasiado co mpleja o si resulta ba demasiado exten so. A continuación, y a p artir de estos resultado s, se
redac tó la versión definiti va.
114
E sta falta d e co rresponde ncia e ntre lo q ue lo s espec tadores ad miten ver y lo que real m ent e ven ha sido
señalada, po r ejemplo, en el estudio de M. Garrido Lora (2004 :85): “En gen eral, lo s públicos rechazan
ampliamente la viole ncia cuando se les pregunta ace rca d e sus expecta tivas en los conte nidos televisivos.
Sin e mbargo, aquellos pro gramas en los q ue la violencia es dominante alcanzan nivele s d e aud iencia muy
elevados, prod ucién dose un a gran contradic ción entre lo que dicen los e spectador es que querrían ver
(conocid o a tra vés de las encues tas de opinión sobre las expectativas de oferta tele visiva), lo q ue dice n
que ven ( conocido a travé s de los estudio s de audie ncia d eclara da) y lo q ue r ealmente ven (conoc ido
mediante la téc nica de audi metría).”
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el grado d e co rtesía o d escortesía qu e poseen estos programa s en g eneral y que indiquen
las características qu e el los consideren más relevantes d e un a serie d e participantes
habituales e n ellas. Completamos su c onsideración g lobal acerca del diseño de las
pseudotertulias televisivas con una pregunta s obre la tem ática t ratada en las mismas.
Concretamente, s e plantea a los informantes l a cuestión de qu é ti po d e noti cias
“esperan” que se comenten en estas interaccion es, de matiz agradable o morbosas y
escandalosas (pregunta 7).
La obtención de l a evaluación del efecto d e (des)cortesía producido po r estas
emisiones s e lleva a cabo por medio de tres pre guntas diferentes. En primer lugar, se
solicita a los informantes que evalúen una s erie de fragmentos de estas interacciones
(pregunta 8). L as respuestas posibles se h an o rdenado en una escala que comprende
desde la cor tesía a la vi olencia verbal, pas ando por el comportamiento comunicativo
adecuado a est as emisiones. Además, los inform antes pueden indic ar la causa de esta
calificación. En s eg undo lugar, les pedimos que nos i ndiquen si recuer dan al gún
ejemplo que llamara su at enc ión por la descorte sía util izada (pre gunta 9). Y, por últim o ,
optamos por aportarles u na serie de opciones relativas al comportamiento comunicativo
de los tertulianos que deben ser clasificadas como ade cuadas o no (pregunta 10).
Para finaliz ar, añadimos dos consult as acerca de la valoración s ocial de estos
programas (preguntas 11 y 12). Nos cuestionamos la posible influencia que su recepción
continuada produce en la población y los motivos que han llevado a la des aparic ión de
muchos de ellos. También los interrogamos acerca de si están o no de acuerdo con su
desaparición de las programaciones televisivas.
Aunque los tests son de carácter anóni mo, se han s olicitado al final de ellos
algunos datos sociolin güísticos que pensamos que podrían ser relevant es para la
interpretación de los resultados, como el sexo, la edad, l a formación acadé mica, el lugar
de nacimiento y l a residencia a ctual. En el anexo I pueden consultarse todos los
porcentajes relativos a estos pará metros
115
. En total, se obt uvieron 150 encuestas
completadas. Los datos obtenidos, que fuer on clasificados y almace nados
electrónicamente, serán comentados en aquellos puntos de la presente investigación con
la que se encuentran relacionados.
115
Sie m pre teniend o en cuenta la dificultad q ue supo ne la tabulación de e stas re spuestas, lo cierto es que
a excepción de algunos aspectos puntuales, co m o el r econoci m iento del consumo de estos pro gramas,
estas variab les no han pre sentado d iferencias en las respues tas apo rtadas.
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2.2. La (des)cortesía verbal. Defi nición, descrip ción y funcionamiento
2.2.1. La (des)cortesía verbal como una fu nción pragm ática
La (des)cortesía es, básica y fundamentalmente, el efecto social que produce un
comportamiento, y a s ea verbal o no verbal, depe ndiendo del grado con el que este se
adecue a una serie de no rmas o principios sociales. Si acudimos al orig en del conc epto,
la etim ología de la palab ra
116
no s muestra que la primer a acepción del término, datad a
en el siglo XIII, hac e referencia al sis tema de modales o código de cond ucta que los
cortesanos de finales de la Edad Media
117
crearon con el objetivo de diferen ciarse del
pueblo ll ano o de la gente de extracción hum ilde (H. Haverkate, 1994a). Dentro de estas
normas de actuación se si tuarían, l óg icamente, l as regla s relacionadas c on el ámbito
lingüístico, es decir, las normas que rigen el com portamiento comunicativo cortés. Esto
es, si la actuación lingüística, ademá s de un medio de comunicación o emisión de
información, es una a ctividad social en la que el ser humano muestra su yo , su imagen
social, y entabla un a s er ie de rel ac iones con los demás, su realización debe en contrarse,
también, regulada por estos preceptos
118
.
Por consig uiente, la cortesía verbal, c omo par te de esta cor tesía ge neral, se
relaciona desde sus comi enzos con el cumplimiento de una s erie de norma s reguladoras
del modo de proceder d e los individuos
119
, lo que quiere decir qu e, en c oncre to, la
(des)cortesía verbal surge de la confrontación del significado o valor del elemento
lingüístico con los preceptos sociales que rigen la interacción comuni ca tiv a. Si el valor
proporcionado por el el emento verbal se adecua a dichos preceptos interactivos, el
comportamiento comuni ca tivo del emisor se limitará a a catar lo impuest o, esto es, el
hablante m antendrá la a ctitud comunicativa apropiada, esperable, en di cha situación
116
P ara un análisis de la eti m ología y la s dis tintas acep ciones del térm ino cortesía, consúltes e R. Márquez
Reiter-M. E. P lacencia (2 005:165) .
117
Según i ndican J. Coro min as -J. A. P ascual (19 80, vol. 2:213 ), el térm ino cortesía deriv a d el vocab l o
corte , el cual tiene sus i nicios en el Cid . Asimismo, el término cortés, que to m a uno de sus sentidos y se
actualiza en B erceo donde mantiene una formación co mún a todos los r omances de Occidente, se aplica a
las maneras q ue se adquiere n en la co rte.
118
E n relació n con este aspec to, p uede r esultar muy ilustrado r e l esque ma en e l que H. Haver kate (1 994a)
expone de una manera ba stante clara los d iferentes tip os d e “cortesía” que puede n m ani festarse e n la s
relaciones in terpersonales. C f. apd o. 1.1.3.
119
De ahí q ue no sea e xtraño q ue se haya ad judicado a la co rtesía una r elació n con la di mensión m oral:
“Terms s uch as ‘polite’ a nd ‘i m polite’ c an never r eally be s aid to merely describ e beha viour, sin ce t heir
use always i nvolves a m oral evalua tion and th us a morally i nv olved position.” (G . Eelen, 2001:183 ).
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interactiva, r esultando un efecto social neutro, no m ar cado. Si el valor aport ado por este
recurso verb al rebasa estas normas en un senti do s ocialmente positivo, el resultado
favorecerá las relacion es int erloc utivas entabladas entre l os hablantes y re alzará la
imagen social de ambos , produciéndose un efect o de cortesía. En el ca so contrario,
cuando l as normas de conducta se transgreden en un sentido socialmente negativo, se
actualizará un efecto de descortesía.
Pensemos, por ejemplo, en l a expresión por favor . El valor básico d e este
marcador discursivo consiste en l a atenuación d e la fuer za il ocutiva de un acto de habla
directivo
120
. Por ello, en aquellas s ituaciones com unicativas formales en l as que est á
presente la norma de comportamiento consistente en no imponer tu voluntad al receptor,
o, en sentido más general, en no coartar l a libertad de ac ción del alocutario, l a emisión
de esta ex presión puede implicar un ef ec to social neutro o cortés dependi endo de otros
factores cotextuales y contex tuales. Fr ente a ello, en las si tuaciones comunicativas
marcadas por la familiaridad y cercanía personal, en las que ex iste una may or t ende ncia
a la afiliación, la anterior pauta de actuación deja de estar vi g ente, por lo que la
utiliz ac ión de esta expresión puede resultar “hipercortés” o “ultracortés”
121
, provocando,
de esta forma, un distan ciamiento entre los interlocutores y , por ende, un efecto social
negativo o descortés.
El valor lingüístico de la unidad es el mismo en todos los contextos: mitigac ión
de la fuerza ilocutiva de enunciados directivos. L o variabl e es el efecto cortés o
descortés qu e puede ten er est e valor o significado lingüístico se g ún las circunstancias
comunicativas o, más exactamente, s egún las pautas de comportamiento q ue g obiernan
las distintas situaciones comunicativas. En otras palabras, la atenuación no es cortés en
sí misma, por lo que no puede afirmarse que ex ista una relación biun ívoca entre el
fenómeno lingüístico, l a atenuación, y el efecto social, la cortesía, y a que este últi mo
depende de las no rmas sociales que se t omen c omo eje de valoración
122
. Es más, n i
siquiera puede afirmarse que la atenuación se rel acione en todas sus ocurrencias con el
120
E videntemente, no nos estamos refirie ndo a su e m pleo c om o interj ección. U n análisis detallad o d el
rendi m iento de e sta unidad en relación co n los pa rámetros d e la (de s)cortesía verb al se expo ne e n M.
Bernal ( 2006b) y E. Br enes Peña (en prensa a).
121
Aunque estos tér minos se de finen de manera más p ormenor izada en las pá ginas siguie ntes, pode mos
adelantar que, e n nuestra teor ía, ambos hacen al usión a la ut ilización d e ele mentos que, si b ien
codificado s como corteses, actualizan un efecto de desco rtesí a en el discurso. La d iferencia entre ello s
radica en el hec ho de que, en el caso de la h iperco rtesía, e ste uso no es consciente, mientra s que e n el d e
la ultracor tesía, sí.
122
Esta misma diferenciació n entre los co nceptos lingüístico s d e la ate nuación y la intensi ficación y los
efectos sociale s prod ucidos por ello s en el discurso la estab lece ya J. Ho lmes en su artíc ulo de 1 984.
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fenómeno d e la (des)cortesía (A. Briz Gómez, 1998, 2 003, 2004, 2007a, e n pre nsa). En
consecuencia, resulta esencial di fer enciar entre eleme ntos li ng üísticos y efectos
sociales. Atenua ción e intensificación son categoría s
pragmáticas, estrategias
lingüísticas que s e manifiestan a través d e difere ntes recursos verbales, “no funciones
sociales en sí mismas, aunque están al servi cio de éstas.” (M. Al belda Marco,
2006:577). Así:
“Lo discursivo se en cu entra al servicio de lo social: la intensificación y la atenuación
pueden poners e al servicio de la cortesía y descortesía. Pero al mismo t iem po,
intensificación y atenuac ión, com o mecanismos lingüísticos que son, no se em pl ean
únicamente como medios de m anifestar la cortesía; en ocasiones desempeñan ot ras
funciones. Entre l as funciones de la intensificación , por ejemplo, es tán hacer m ás
creíble lo dicho, imponer la figura del yo, bu scar el acuerdo con el oyente (Albelda,
2005). Estas se m anifiestan e n em pleos más concret os, como exa g erar, argum entar en
un debate, etc. Ta m bién la atenuación cumple otras funciones (Briz, 1998: 143; 2003:
19- 23; 2004: 68); por ejemplo, quitar importancia a un t em a de licado, no alarm ar a una
persona a nte una mala noticia o, también, conseguir que el receptor o torgue algo al
emisor. (M. Alb elda Marco, 2006: 582)
La (des)cortesía, po r l o tanto, no se encuentra codificada en el elem ento
lingüístico en sí mismo, sin o que es un e fec to social que surge de la con frontación del
valor verbal aportado po r dicho elemento y las n ormas de comportamiento propias de
una situación comunicativa. En consecuencia, la (des)cortesía verbal puede calificarse
como una función pragmática en la acepción lógico-matemática de de pendenc ia o
relación con la que L . Hjelmslev (1963, 1987) emplea este tér mino
123
. Esto es, la
(des)cortesía pued e consi derarse como una funció n en el sentido de qu e es una relación
que li g a un a palabra o estructura ve rbal con, en este caso, un elemento d el contexto, e l
efec to s ocial. D esde un punto de vist a general, los funtivos puestos en i nterrelación a
través de esta función qu e perciben los interlocutores son el elemento verbal y el efecto
social. Desde un a perspectiva más concreta, si n embar g o, deb emos puntualiz ar que
estos funtivos son el elemento verbal, las pautas de comporta miento propias de la
situación comunicativa y el efecto social:
123
Seg ún sus p ropias palabr as, e l tér mino fu nction queda defin ido de la siguie nte manera: “A dep endence
that ful fils the c onditions for an a nalysis w e shall call a fun ction . T hus we say that there is a function
bet w een a c lass and its compo nents ( a c hain a nd its p arts, or a pa radigm and its membe rs) and bet w een
the co mponents (par ts or members) mutually. The termi nals o f a funct ion we s hall call f unctives,
understandin g b y a func tive an o bjec t that has a f unction to o ther ob jects. (…) We have a dopted the ter m
functio n in a sense tha lies midway bet ween the logico -mathematical a nd the ety mological sense” ( L.
Hjelmsle v, 1963 :33).
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Gráfico 8. La (de s)cortesía verbal como una f unción pr agmática.
Es obvio que el fenómeno de la (des) corte sía p uede desc ribirse desde varios
ángulos. D esde un pu nto de vista general, teniendo en cuenta el proceso de
comunicación de manera global, la (des)cortesía puede calificarse como una actividad
comunicativa. Desde otra perspectiva, si tenemos en cuenta que el efecto social causado
contribuye a r egular las interacciones sociales, la (des)corte sía puede caracterizarse
como un principio que r ige la interacción comunicativa. Pero si nos ce ntramos en la
unidad lingüística en sí mism a, tal como pretendemos en este tr aba jo, la (des)cortesía
consiste básicamente en l a relación que se establ ece entre dicha unidad y el efecto social
provocado, dependiendo de las normas que rijan la situación comunicativa en cuestión.
El aprendizaje o adquisición de estas normas socioculturales de a ctuac ión que
sirven como eje de valo rac ión y que forman parte de la competencia p ragmática (J .
Thomas, 1995) o, más bien, comunicativa (D. Br avo, 2005b) de los hablantes, tiene
lugar a t ravés del p roceso de socialización de los i nterlocutore s, es decir, a través del
procedimiento mediante el cual los individuos ad quieren sist emas d e v alores y pr áctica s
de comportamiento socia l
124
gracias a su par ticipaci ón en la socieda d (S. Blum Kulka ,
1990; C. Kerbrat-Orecchioni, 1992; R. Schmidt, 1993). Se evidencia, pue s, que el
comportamiento lingüístico cortés, lejos de se r una cualidad natur al, es u na habilidad
aprendida.
Por otra p arte, una de las principal es consecuen cias que se desprende d e este
planteamiento es que, al no estar codific ada en la palabra misma, la cortesía no puede
ser evaluada o asignada a una determinada forma lingüística fuera de contex to o en
124
Los par ticipantes en una i nteracció n parten de c ierto c onoci m iento de lo q ue p uede resultar apr opiado
o inapropia do que han ido adq uiriendo en e xperiencia s pr evias. E ste co njunto de dispo siciones
internalizad o q ue co ndiciona nuestra actuación e n ge neral es lo q ue P . Bourd ieu (199 0) d enomin a
habitus . Pa ra un análisis acerca de lo s proc edimientos mediante los cuales los n iños va n ad quiriendo las
nor m as de cor tesía, véase C. E . Sno w et al. ( 1990).
N ormas de conduc ta
↑
contexto
tipo de disc urso
etc.
Elemento ling üístico - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - → Efecto de (des)cor tesía
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abstracto. De ahí que s e ha y a afirmado que l a cortesía pertenece al enunciado y no a la
oración (B. Lavandera, 1988; H. Haverkate, 1994a) o que las formas lingüísticas
adquieren la función de cortesía en cada uno de sus empleos, de manera que “la cortesía
habría que considerarla c omo una función emergente de la context ualización del objeto
de estudio” (D. Bra vo, 2002:142). Evidentemente, h ay ciertas norm as de aplicación más
generales que otras, es decir, están pr esentes en un mayor núm ero d e si tuaciones
comunicativas, como, por ejemplo, el precepto de no insultar a nuestro interlocutor. La
asociación de una cualidad negativa a nuestro alocutario no puede producir un
ensalzamiento de su imagen social en nin g una situación interactiva. Ahora bien, i ncluso
los elementos lingüísticos que, debido a su semantismo, funcionan más fáci lmente como
insultos, pueden ver modificado su v alor social por los parámetros conte xtuales, dejar
de comportarse como un improperio y convertirs e en un medio d e afiliación social (W.
La bov, 1972; K. Zimmermann, 200 3, 2005; E. Bernal, 2008b; T. Ja y -K.
Janschewitz,
2008).
Esta visión de l a cortesía como una función pragmáti ca , por consig uiente, evita
todo etnocentrismo o soc iocentrismo, y a que no se vinculan l os efectos sociales a los
recursos v erbales de m anera d escontextualizada. Lo rele vante es que, además, consigue
superar también el extre mo relativismo presente en l as teorías de los postm odernistas
que imposib ilitaba cualquier definición o predicc ión de los ef ectos sociales, dado q ue el
efec to (des)cortés provo cado por los elementos verbales s í es si stematizable, siempre
que se conozca el eje evaluador que imp er a en la situación comunicativa dete rminada.
Esto es, cualquier hablante competente en español sabe de antemano que la emisión de
la expresión por favor en una petición realizada en una situación formal impli ca rá un
efec to social positivo, y no dudará en omitirla y en uti lizar el imperativo cuando los
parámetros comunicativos así lo di spong an.
Sin embarg o, la s ituación no es tan sim p le. En ocasiones, pueden g enerar se
equívocos debido a que la frecuencia y r eiteración de uso hace qu e los int erloc utores
asocien a un elemento lingüístico un determinado valor social. Esto no supondría
ningún p roblema si dicha codificación se produjera de manera contextualizada, es deci r,
si los hablantes tendieran a considerar que el ele mento l ing üístico x produce un ef ec to
de cortesía en esta concreta cir cunstancia comunicativa y un efecto de descortesía en
esta otra. P ero lo que oc urre normalmente es qu e únicamente se toman como base las
normas que rigen l a situación comunicativa form al, las normas que estaban codificadas
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en lo s m anuale s de eti queta y que se convirtieron en el ideal perseguido por los
cortesanos y , por ende, por el pueblo llano qu e pr etendía asemejarse a ellos. De ahí, por
ejemplo, que la ex presión por favor , al cotejarse únicamente con la pauta de no
imposición vig ente en la s situaciones comunicativas forma les de l a comunidad de habla
correspondiente al español peninsular, se haya asociado a un valor cortés, como
demuestra el hecho de que W. Beinhauer (1986 ) l a considere como la única interjección
que provoca este efecto en español, sin tomar en consideración que la variac ión del
contexto puede alterar la orientación del efecto social causado por ella.
El resultado d e ello es que el códi g o li ngüístico no es neutro, sino que posee
cierta instrucción o marca en relación con el efecto social producido por l os elementos
que lo integran. La relación o asociación de elemento y efecto está ya sellada en todos
ellos y en ella s e toman normalmente como base las normas de actuación vi g entes en las
situaciones comunicativas formale s. El valor cortés o descortés de l os re cursos verbales
puede, por tanto, llegar a estar codific ado. Una verificación de ello es qu e, al igual que
sucede en el caso de la ironía, l a p roducción del efecto social contrari o al l iteral o
codificado d ebe estar m arca do por medio de los rasgos supra geg mentales
125
. Como
consecuencia, resulta ne cesa rio dif er enciar, si guiendo a A. Br iz Gómez (2004), entre
una cortesía verbal codificada y una cortesía verbal interpre tada en la intera cc ión:
“Junto a la cortesía c od ificada, prospect iva, sujeta a c onvención y, por ello, a patrones
de conduc ta y comporta m iento social apropiados, cabe distinguir una cortesía
interpretada, retrospectiva, es trictam ente estrategia ling üística interaccional, evaluable
contexto a c ontexto, a cada momento, según qué filtros estén activados o desac tivados ,
según la j erarqu ía de los m ismos y, en f in, de acue rdo c on l as expectativas de uno s y de
otros, de los i n icios y, sob re todo, de l as reacciones que forman la conversación.” (A .
Briz Góm ez, 2004:91)
La co rtesía verbal codifica da alude al efecto de (des)c ortesía que ha sido
asociado convencionalmente a un elemento lingüí stico. La cortesía verbal interpretada,
en cambio, s e identifica con el verdadero efecto que el valor aport ado por este elemento
produce en relación c on las normas de comportamiento imperantes e n la situac ión
comunicativa concreta:
125
De ahí la i mportancia q ue adquieren los r asgos suprasegmentale s en la e valuación de los e fectos
sociales pr oducidos p or los elementos.
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distinta del emisor. De ahí, precisamente, la vi nculación de este concepto con el proce so
de comunic ac ión. En ot ras pal abra s, que tú qui eras mostr arte como un interlocutor
seguro de sí mism o que domina el tema de la conversación y las técnicas de la oratoria,
por ejemplo, no sig nifica que el re sto de los participante s en la i nteracción te perciban
de esa man era. El emisor pretende mostrar una determinada im agen de sí mismo, as pira
a ella. El receptor puede aceptarla o no.
Junt o a ello, para poder obtener una visión más perfilada de este concepto
proponemos considerar dos subdist inciones: i m agen social pública/priv ada e im agen
social i nteractiva/histórica. En lo qu e r espec ta al primer binomio, consideramos que el
concepto d e ima gen deb e conju g ar dos vertientes, la pública y l a priv ada (J. L. Blas
Arroyo, 2001; S. Pérez de A y ala, 20 01; N. Lorenzo Dus, 2007), teniéndose si empre en
cuenta que, por lo general, el ataque o la degr adación de la im age n social privada
produce un ma y or efect o de des cortesía que el ataque a l a im agen social públ ica. La
causa de ello, se g ún la teoría de R. Liu (1986)
129
, que concibe la estructura d e la imagen
social como el conjunto de diferentes círculos concéntricos, es que la zona
correspondiente a la ima g en social privada está más cerca del e go que l a zona propia de
la imagen pública. Esta diferenciación resulta verdade ramente úti l en di scursos
institucionales o semiinstitucionales como l os que con forman nuestro corpus, pues
resulta evidente qu e ni el mod er ador ni los tertulianos poseen en estas circunstancias las
mismas necesidades de i magen que aspiran alcanzar en interacciones familiares o
privadas
130
.
Por otra p arte, en l o relativ o a la se gunda subdivi sión, en nuestro análisis de las
pseudotertulias t elevisivas hemos observado e n num er osas ocasiones cómo los
interlocutores citan declaraciones que ellos mismos u otros participantes han realizado
anteriormente. L a imagen d e estos per sonajes se va configura ndo de programa en
programa, según la hist oria conversacional p re via del hablante en cuestión. Ello nos ha
llevado a considerar la e xistencia de una imagen social histórica, que so lo se encontraría
presente cuando se conoce al individuo en cuestión, y que contrastaría con la imagen
que, i n sit u , en ese momento dete rminado, el emisor pretende m ostrar. Los disti ntos
tipos de relaciones establecidas entre ambas, entre la vertiente interactiva o sincrónica
129
Citada p or N. Lore nzo Dus (2007 ).
130
En el mismo sen tido, J. Culpeper (2005) a dvierte en su aná lisis de lo s e nunciad os pronun ciados po r la
presentado ra d el mencionado co ncu rso televisi vo The Wea kest Link lo siguiente: “Refer ences to Anne
Robinso n in this pap er are references to the perso na constructed b y Anne Rob inson; the y do not refer to
the “real” Anne Robinson, unless otherwi se stated.” (J . Culpepe r, 2005:50) .
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de la imagen social, que se crea en una comunicación determinada, y la histórica, que
traspasa el context o temporal y situacional de la conve rsación en curso, p ueden poseer
especial importancia para el análisis conversacional
131
.
Entendida de esta forma, la imagen social puede pre sentarse como un uni versal
social, como un elemento presente en todas las comuni dades de habla, pero siempre
teniendo e n cuenta que sus constituyentes o rasgos definitorios más específicos se
encuentran sujetos a la v aria ción cultural (K. Tra cy , 1990; J . O’Driscoll, 1996). Por ello,
adoptaremos l a dife rencia realizada por D. B ravo (1999) entre ima gen social de
autonomía y de afiliación como categorías metodol óg icas vacías que se van rellenado en
las distint as so cieda des o grupos s ociales. En consecuencia, cada un a de las dos
dimensiones de la imagen social, la pública y l a privada , están con formadas, a su vez,
por las dos vertientes identificadas: l a de autonomía y la de afiliación, cu yas
necesidades o contenidos dependen de la situación interlocutiva concreta .
Pero, ade más, estos contenidos de imagen básica se rela cionan estrecha mente
con los roles que, en ese momento concreto, po sean los i nterlocutores, entendiéndose
estos como la multi plicidad de papeles que los hablantes van d esempeña ndo
cotidianamente. De esta forma, “el componente de autoridad en un a pos ición relativa
jerárquicamente asimétrica (jefa-e mpleado), puede ser anulado en una a ctividad donde
la mis ma persona participe en otra relación de roles (médico-paciente)” (D. B ra vo,
2004:29). K. Zimmermann (1998) di ferencia tres tipos de roles: roles permanentes o
estables, como el s exo, la edad, la prof esión y la relación i nterpersonal de c arácter
sentimental exis tente entre los pa rticipantes en l a interacción, roles si tuacionales, que
dependen d e la situación comunicativa concreta, y roles discursivos, qu e van alternando
continuamente a lo larg o de una interacción y ca mbian en cad a turno
132
. En nuestro
análisis, aunque tendremos en cuenta la inter relac ión d e todos ellos, cuando nos
refiramos a las pers onas que p articipan en la ps eudotertulia util izaremos,
principalmente, el segundo de estos subti pos, por lo qu e hablaremo s del rol del
moderador o de los tertulianos televisivos.
Por otra parte, como bien señala H. Spen cer-Oatey (2000), no podemos obviar
que en estrecha relación con la imagen social y con el rol desempeñ ado s e encuentran
131
N os re ferimos, po r ej emplo, a aquellos c asos en los q ue se m odifica la visión q ue p oseíamos
anterior m ente d e una persona, ya sea con un se ntido positivo o negativo.
132
E n concreto , se refiere a, por ej em plo, el rol de sem peñado po r la persona que emite u na p regunta y p or
la per sona que responde a ella.
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los derechos y deberes de los habl antes, aspectos que t ambién pueden ser erosionados
por las enunciaciones d el resto de p articipantes en la inter acción, causando un det erioro
de las relaciones sociales o de la armonía comunicativa.
Además, l a ima ge n i ndividual se relaciona con el concepto de l a ima ge n de
grupo, la im agen que po see el i ndividuo en relación con el gr upo de personas al que
pertenece y qu e hace, por ejemplo, que un ataque a alguna de las personas de él resulte
ofensivo p ara todos los demás mi embros, o que el comportamiento no apropiado de
alguno de los integrantes perjudique al colectivo en general.
En conclusión, dependiendo del rol, de las necesidades de ima g en y de los
derechos y d eberes conv ersac ionales, un mismo comportamiento comunicativo poseerá
un dist into efec to de (des)cortesía. Podemos afirmar, por tanto, junto con A. C ordisco
(2003b:151), que “la i magen que posea un individuo de sí mismo condicionará su tr ato
interpersonal, estableci éndose unas pautas o normas cuyo d esc onocimiento puede torn ar
problemático el intercambio.”
2.2.2.2. El continuum
En el plano soci al, la cor tesía y descortesía en general, no s ólo v erbal, p rovocan
efec tos contrarios. Si el fenómeno de la cortesía nos permite crear u n clima
comunicativo agradable y m antener una comunic ac ión si n tensiones, al mismo tiempo
que se respeta o r ealza la im ag en social de los interlocutores, la descortesía provoca un
deterioro de l as relaciones interlocutivas y una degradación de la im agen social del
alocutario. Puede afi rmarse , pues, que en la d imensión social ambos conc eptos se
comportan como eleme ntos polares o dicotómicos, hecho qu e se refl eja hasta en la
constitución morfológica de l os términos, y a que el sustantivo descortesía deriva
claramente del término p ositivo gracias a la adición del prefijo ne g ativo des -, que, según
el DRAE , “denota negación o inversión del signifi ca do del simple”.
En el pl ano v erba l, en cambio, la inex istencia de re cursos lin güísticos en sí
mismos cortese s o descorteses
133
, así como el hecho de que, el efecto cortés o descorté s
implicado p or el uso de las unid ade s verbales no sean elementos absolutos o
133
Aunque, co mo acaba m os de señalar, pued e existir cier ta codificación de bida a la frecuencia de uso.
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compartimentos estancos , sino conceptos relativo s y graduales que d ependen en gran
medida de l os factores contextu ales, nos ha conducido a l a conside rac ión de la
(des)cortesía v erbal
134
como un continuum o escala gradual en cu y os extremos
encontraríamos dos posiciones enfrentadas u opuestas: cortesía/descortesía:
Gráfico 10. Repre sentación del continuum cortesía- de scortesía
Evidentemente, tal como hemos señalado en el c apítulo 1, ex isten otros autores
que y a anteriormente h abían postul ado la concepción de la (des)cortesía v erbal como un
gradatum . S in embargo, dado que nuestra postur a no se corresponde exactamente con la
tesis postulada por ninguno de ellos, hemos prefer ido aportar esta nu eva representación.
Por eje mplo, el extremo re lativismo presente en la teoría de los postm odernistas y que
implica la inexistencia de cualquier codificación de este efecto hace que no podamos
adoptar la visi ón exp uesta en el gráfico 4. D e la misma manera, nuestra c once pción de
la hipercortesía, que difi ere relativamente de lo q ue tradicionalmente se h a considerado
como tal, causa que no podamos seguir el esq uema propu esto por M. Kienpointn er
(1997) y que expusimos en el g ráfico 6. Por consi guiente, la r epresentación gráfica más
adecuada a esta teoría es la que se refleja en este nuevo esquema.
Como puede observarse, en nuestra p ropuesta h emos sit uado en el c entro del
gradatum la no corte sía- no descort esía , la z ona neutra o no marca da (de ahí el
134
T al c omo señala S. Id e (1 989) o V. Escandell Vidal (1 995), el término co rtesía pued e fu ncionar como
un autohiperó nimo que hace refere ncia tanto a uno d e los extre m os del gr adatum com o a tod a la
di m ensión del continuum en abstracto, d esde un extremo al otro.
“Here, me ntion must be mad e of the d ifference bet ween the ter ms ‘polite’ and ‘ polite ness’. T he
ter m ‘polite’ is an adj ective like ‘deferential’ and ‘respe ctful’. It has a positive meaning: having
or showing good m anners, considera tions for others, and/or correct social b ehavi our. Po li teness,
on the other hand, is the ne utral ter m . Just as ‘ height’ d oes not refer to the state of being ‘high ’,
‘politeness ’ is not the state of b eing ‘polite’. There fore, when w e talk ab out linguistic po liteness,
we re fer to a continuu m s tretching from p olite to non-polit e (i.e. zero polite, that is, unmarked
for po liteness ) speec h.” (S. I de, 19 89:225)
Sin e mbargo, par a e vitar eq uívocos hemos pre f erido d enominar a este conti nuum co mo (d es)cortesía,
repr esentación gráfica q ue alber ga tanto el concepto social m ente po sitivo co m o el negativo y que
actualmente podemos decir que ya está ace ptada en la m ayor ía de los e stu dios re alizados al r especto.
cortesía no cort esía- no descortesía desc ortesía
+ - +
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símbolo – del gráfico). En ella encontramos el comportamiento comuni ca tivo que s e
considera ade cuado a la situación comunicativa. En cierto s entido, se c orrespondería
con el pol itic behavior d e R. Watts (2003, 2005, 2008), con l a anticipated politeness de
M. Haugh (2003), con l a cortesía rit ualizada de M . Bernal (2007 ) e i ncluso con el
discernimiento de B. Hil l et al. (1986) o el wakimae de S. I de (1989), es decir, con l a
utiliz ac ión de convenciones, elementos o expresiones que s e limitan a someterse a la s
normas esperadas y prescritas para una deter minada si tuación. S e trata de un
comportamiento comunicativo que pasa desaperc ibido a los interlocutores y a t ravés del
cual no pretendemos afectar la imagen social d e nuestro alocutario en un sentido ni
positivo ni negativo.
La t endenc ia a manten er la armonía comunicativa con el objetivo de facilitar la
progresión de la convers ación hace que lo más normal sea que lo adec ua do o esperable
se identifique con l a utiliz ación de elementos verbales codifi cados como corteses. De
ahí que se ha y a habl ado de cortesía ritualiz ada o normalizada pa ra h acer alusión a la
presencia de los recursos verbales corteses exigidos por la situación comunicativa. Pero
el he cho de que a través de ellos no se per sig a implementar la imagen social del
alocutario d e manera po sitiva, si no únicamente acatarse a lo esperado por las normas
vigentes en la situación comunicativa, hace que, desde nuestra p erspectiva, no lo
consideremos como cortesía. En otras palabras, se trataría d el empleo de unidades que,
si bien codificadas como corteses, en esa situación comunicativa funcionan como
elementos que se limitan a adec uarse a lo esperado o dictado por el contexto con el fin
de permitir y no entorp ece r el desarrollo de la comunicación, p ero sin pretender en
ningún momento afectar posi tivamente a la imagen social del receptor.
Pensemos, por ejemplo, en aquellas ocasiones en las que la ex presión de un
agradecimiento o la utili zación de la expresión p or favor como atenuant e de l a fuerza
ilocutiva propia de un acto de habla di rectivo, responde, meramente, a fórmul as
establecidas. Con su utili zación el hablante no pretende potenciar, realzar o beneficiar la
imagen soci al del alocuta rio o l as relaciones existentes entre ambos, sino que s e lim ita a
respetar l as normas que se consideran ade cuadas a di cha si tuación, de manera que este
elemento difícilmente puede ser calificado como cortés.
Y, en sentido c ontrario, imagine mos, por ejempl o, que, ca minando por la calle,
observamos cómo un coche va a atropellar a un despist ado peatón. De ninguna man era
éste se s entirá ofendido si le gritamos ¡ Cuidado! en l ug ar de decirle a mablemente
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¿Podría tener usted un poco de cuidado? Aquel coche va a atropellarle si no se apart a
de la calzada . La urgencia comunicativa hace que el primero de estos enunciados sea el
esperado o adecuado, el comportamiento comu nicativo no cortés- no descortés. L o
mismo ocurre si, preparando la cena, nuestra pare ja no s ex horta de la sigui ente manera:
Pásame el cuchillo que está en el segundo cajón . L a situación comunicativa de
proximi dad nos impide e valuar esta expresión direc ta de una orden u exhorta ción como
descortés sino, simplemente, como apropiada a las coordenadas context uales.
Únicamente cuando estas ex presiones sobr epasan de m anera cons ciente la
conducta social prede cible en sentido positivo o negativo con la intencionalidad de
realzar o degradar l a im agen social de la p ersona afectada po r ellas pasan a ser
consideradas como corteses o descorteses:
“For conventionalised politeness such a s ‘ Co uld y ou possibly open de window ’, when
the el em ents ‘Could you possibly…’ first dev eloped wit hin Eng lish as a m eans of
expressing a wish not to impose on someone, perhaps i t was a strategy of m itigation as
described by Brown and Lev inson (…) These strategies have becom e automatised and
therefore do not n eed t o be ‘ work ed out’ in the way that Brown and Lev inson or Leech
sugg est. Jary (1998) arg ue that a g reat m any pol iteness form ulas go unn oticed by
participants; it is only when t hey are stressed that they become s alient to participants.”
(S. Mills, 2003:80)
Por ello, a medida que nos vamos alejando de es ta zona neutra, encontraremos
de manera progresiva un ma y or efecto marcado (de ahí el símbolo + del gráfico), un
efec to que sobre pasa lo esperable en sentido positivo o negativo, esto es, cortés o
descortés, s egún el caso. En consecuencia, l o es perado en una s ituación comunicativa
no es la utili zación de estrategias corteses qu e perm itan mantener el equilibrio social, tal
como apuntó B. Fr aser (1990)
135
, sino el comportamiento comunicativo no marcado, la
no cortesía-no d escortesía. Tanto el fenómeno de la cortesía como el de la descortesía
son comportamientos comunicativos marcados q ue se eviden cian en e l di scurso, según
refleja el hecho de que son comentados por los interlocutores
136
. Que l os hablantes sea n
más reacios a c alificar su propia h abla o la d e los demás como des cortés, tal como
135
Seg ún s us pro pias p alabras, “Politeness on this view, i s not a so m etime t hing. Rational pa rticipants ar e
aware that they are to act within the negotiated constrai nts and g enera lly do so. When th ey do not,
however, the y are the n p erceived as being impo lite or rude. P oliteness is a state that one expects to exist
in every co nversatio n; pa rticipa nts note not that someone is being polite- thi s is the norm- but rather that
the speaker i s violating the C.C.” (B . Fraser, 1990:233)
136
E sta m is ma idea es defendid a, e ntre otr os, p or G. Kasper (1990 :193): “Competent adult members ’
comment on ab sence of po liteness wh ere it i s expected, and its presence where it is not expected .”
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134
señala S . Mills (2005)
137
, no significa necesariamente que la cortesía sea lo n o m arc ado ,
sino que es lo desea ble desde el punto de vista social debido, principal mente, a que
beneficia tambi én de manera indirecta l a imagen social del emisor de estos enunciados
al mostrarlo como una persona que conoce y respeta las normas de conducta sociales.
En otras palabras, la cor tesía supone un real ce d e la im agen social de n uestro
alocutario, un interés por no atacarla, que no entra dentro de la p auta de co mportamiento
comunicativo “neutr a” . Precisamente por ello, la cortesía, al igual qu e l a descortesía,
posee una naturaleza inst rucc ional (cf. apdo. 2.2.2.6.). Esto supone, además, que para
poder calificar un enunci ado o compo rtamiento comunicativo como cortés o descortés
tengamos que conocer, en primer lu g ar, qu é es lo que los in terlocutore s identifican
como comportamiento neutro o esperable, esto es, “ I n order to be ab le to qualify
politeness as such, we need to know what constitutes the standard” (K. Ehli ch, 2005
[1992]:76).
En lo concerniente a la def inición de la corte sía verbal , las teor ías fundadoras
adoptaron una postura bastante parcial y reduccioni sta que les llevó a obviar una de las
dos dimensiones de este fenómeno. En ellas, como consec uencia de la percepción de la
conversación como una lucha o enfrentamiento entre los interlocutores, la cortesía
verbal se homologó úni camente con un medio de atenua ción de los conflictos o de l as
posibles amenazas que, durante el curso de la conversación, pueden efectuarse a l a
imagen de nu estro alocutario. Esta es la postura que mantienen, además de P. B rown-S.
Le vinson (1987 [1978]), autores como G. Kasper (1990:194) pa ra quien “(…)
communication is seen as a fundamentall y d angerous and anta g onistic endeavor” o L.
Hickey- I. Vázquez Orta (1994:26 7), qu e identifican la cortesía con “sets of strategies
on the part of discourse participants for mit ig ating speech acts which ar e potentiall y
threatening to their own ‘face’ or that of an interlocutor.”
En ninguna de estas ref lexiones se ti ene en cuenta que los hablantes en sus
interacciones también pueden perseguir la conse cución de cierta empatía con los demás
y utiliz ar, por ello, estrategias y elementos que realcen la ima ge n social d el alocuta rio
sin que exista ningún t ipo d e ataque o agresión a su imagen social (G. Kasper, 1990; C.
137
“(…) speakers and hearers m ay be generally tolerant in rela tion to making jud gements ab out whether
an e xchange is po lite or i m polite, accep ting statements which may b e a little a mbiguous in te rms o f t heir
function, as a part o f the give-and -take of i nteraction. It see m s to b e only a t mome nts of i nterpersonal
crisis that clea r judge m ents ab out impolitenes s are m ade.” (S. Mills, 2005 :264)
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Kerbrat-Orecchioni, 199 2, 1996; N. Hernández Flores, 2002, 2004b; M. Albelda Marco,
2004b, 2005a, 2005b; M. A. Locher – R. Watts, 2005; R. S ell, 2005 [1992]):
“(…) la cortesía tam bién consiste, m ás positivamente, en produc ir «anti- am enazas» ; si
ciertos a ctos de habla son potenc ialmente amenazadores para las i m ágenes de los
interlocutores, otros son, por el con trario, m ás bien valori z adores de esas m ismas
imág enes, como el agradecim iento, el augurio o el cumplido (tratado por Br o wn y
Levinson como un FTA puro- par a la i m ag en ne g ativa del desti natario - , mientras que
es, ante todo y sobre todo , un acto « hal agador» para la im agen posi tiv a de ese mismo
destinatario).” (C. Kerbrat- Orecchioni, 2004:43 )
De hecho, ya apunt amos cómo en los trabajo s de G. N. Leech (1983) se
distinguía entre una cortesía negativa, consistente en l a atenuación de l a amenaza
producida por las ilocuciones descorteses, y una cortesía positiva, m anifestada a través
de la intensificación o el realce de los actos de habla corteses. En consecuencia, una
definición adecuada de la cortesía verb al debe hacer alusión t anto a su vertiente
“correctiva”
138
, como a la realzadora (N. Hernández F lores, 2002, 2004b) o valoriz an te
(C. Kerbrat-Orecchioni, 1992, 19 96; A. Carrasco Santana, 1999; M. Albelda Marco,
2004b, 2005a, 2005b), de modo que, junto a l os actos a menazadores, se considere
también la exist enc ia de actos halagadores d e la imagen, aquellos que n o funcionan
como reparación o compensac ión del daño sufrido por la imagen social, si no que
constitu y en un estímulo positivo para l a relación interpersonal. Además, e n lo qu e
respecta a la cortesía n egativa, resulta también bastante interesante si esta se p roduce
por mitigación o rep aración, según la terminolo gía adoptada por N. H ernández Flores
(2002). Es decir, habría que diferenciar entre aquellos casos en los que l a atenuación
está presente ant es de realizar el acto de habla descortés y aquellos otros en los que la
minoración de su efecto de produce a posteriori , una vez que este ha sido emitido.
En re sumen, la c ortesía verbal qu eda definida como el ensalzamiento de la
imagen social de los interlocutores y l a p roducc ión d e un efecto contex tual
interpersonalmente positivo en la i ntera cción, y a s ea mediante la reducción de amenazas
o la producción de act os halagadores, qu e facilita el i nterca mbio comunicativo y
favorece las relaciones s ociales. Como puede comprobarse, h ablamos en todo momento
de la imagen social de los int erlocutores , términ o que engloba las figuras enunc iativas
del emis or y del recepto r. En la teoría de P . Brown-S. Le vinson (1987 [ 1978]), y en
138
Esta identi ficación de la cortesía co mo una ser ie de pr ocedimientos dirigido s a “corr egir” una sit uación
potencial m ente a menazadora p ara los p articipantes en el dis curso ha lle vado a algunos a utore s a proponer
la s ustitución del término cortesía p or el de corrección , fenó menos de corrección ( M. A Ma rtínez-
Cabeza, 1997) o , incluso, p rocedimiento s correctivos (M. J. García Viz caíno, 200 5a).
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buena p arte de l a investigación pragmática posterior, se considera la figura del receptor
como el foco p rincipal d e los comportamientos c orteses, de modo que, po r lo general, l a
cortesía se ha expli ca do como un conjunto de est rateg ias verbales qu e son dirigidas por
un emisor a un destinatario y que afectan únicamente a l a situación de la imagen social
de este
139
. Pero lo cierto es que la utiliz ación consciente y d eliberada de elemento s
lingüísticos corteses o descortese s, además de modificar la imagen social de nuestro
alocutario, pro y ecta, de manera simultánea, un a determinada im age n d el l ocutor. Es
decir, si bien las a ctividades de cortesía, a diferencia de las activid ade s de autoimagen,
se di rigen principalmente a l a figura del r eceptor, esto no supone un impedimento para
que la imagen del e miso r pueda quedar también af ectada de manera indirecta (M.
Albelda Marco, 2005a).
En el caso de la cortesía, el efecto producido suele ser po sitivo para ambos. El
emisor de un ac to de habla cortés, al sati sfacer los deseos de ima g en d e su destinatario,
proyecta la visión de una persona respetuosa y considera da con l os de más, es decir,
exhibe o m uestra un comportamiento comuni ca tivo que se evalúa de manera positi va
por la sociedad, favo reciéndose, así, su propia imagen social (A. Mei er, 1995; N.
Hernández Flores, 1999, 2002, 2004a, 2005; D. Bravo, 2001). Solamen te cuando la
cortesía p asa a ser adula ción puede considerarse que este comportamiento repercute de
manera ne gativa en l a i magen social del emisor. De hecho, e sta afectación pos itiva d e
ambas imágenes es, justamente, lo que condu ce a N. He rnánde z Flo res (1999, 2002,
2004a, 2005) a sostener una visión de la cortesía como la confirmación de la im ag en de
los hablantes en un siste ma de equilibrio: si la imagen del emisor se ve afectada de la
misma manera que la i magen del d estinatario, s er cortés si gnificaría confirmar tanto la
imagen del d estinatario como la i magen propia, tratando d e que ambas estén en una
posición de un teórico equilibrio que beneficie a ambas
140
.
No obstante, debe tenerse en cuenta que, en o casiones, el objetivo del emisor se
dirige m ás hacia el realc e de su propia imagen qu e hacia el beneficio de la i magen del
rece ptor. La cortesía puede utilizarse como un m edio para ofr ec er una bue na imagen d el
emisor y , como fin úl timo, manipul ar la realidad en el sentido que le interese. En
consecuencia, y a que en estos casos el efecto sob re la imagen del receptor queda en un
segundo plano, podría p ensarse que la m eta del interlocutor es camuflar una actividad
139
A esto es a lo que re acciona R. Chen (2 001) co n su modelo de autocortesía, explicado en el aparta do
1.3. 4.
140
T e órico en el sentido de que es un ideal al que aspiran los i nterlo cutores, no un o bjetivo r e al.
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de autoima ge n b ajo l a apariencia de una activid ad de cortesía. Si bien l a i magen del
emisor se ve afectada p ositivamente de manera indirecta, la cor tesía ver bal como tal
sólo está presente en el di scurso cuando el princi pal objetivo de estos enunciados es el
ensalzamiento de la imagen del receptor.
Por otra pa rte, en relaci ón con la d efinición del concepto de la descortesía
verbal , la contraposición producida en el plano s ocial con respecto al fenóm eno de l a
cortesía ha ll evado a algunos autores a ex plicar su naturaleza tomando com o punto de
referencia únicamente la categorización de este prim er té rmino:
“I n su m , the comm ons ense relationsh ip between polite(ness) and impolite(n ess) –
inverse and opposite- i s m irrored by the scientific conceptualizations. ( I m )politeness is
associated with , or represente d as (in)a ppropiatenes s, (un)fav orableness ,
(un)supportiv eness, (non)-abidance by the CC, t he PP or other soci(et)al rules, (non)-
politeness, (lack of) cultura l scripts or (lack of) FTA- redress.” (G. Eelen, 200 1:95)
El análisis de l as int eracc iones reales, sin em bargo, muestra una reali dad
distinta. La descortesía no consiste únicamente en una actividad complementaria que
radica en la no realización de las regla s calificadas como corteses o en l a vi olación de
dichos principios (M. Kienpointner, 1997; A. Bolívar, 2005a; S. Mi lls, 2005; M. Berna l,
2007). Según se ha indicado, la cortesía se manifiesta a través de l a mit ig ación de un
acto de habla amenazad or o po r la producción de un acto de habla realz ador de la
imagen social del aloc utario. P ara que ex istiera un paralelism o entre ambos conc eptos,
la desc ortesía debe ría ex presarse o bien mediante la producción de un ac to de habla
amenazador o bien m ediante la emis ión de un a m itiga ción d e un acto de habla positivo,
realzador. Pero la es encia de la descortesía verbal, la creación de un efecto negativo en
las relaciones socia les establecidas entre los hablantes
141
, puede manifestarse en e l
discurso mediante diversos procedimientos o mecanismos:
141
En contrap osición con lo afirmado por J. Culpeper et al. (2 003), creemos q ue s í exi ste esta r elación
entre desco rtesía y e f ec to social negativo. Si el obj e tivo de la d escortesía es cr ear conflicto,
enfrentamie nto, dañar la i magen del interloc utor, ¿c ómo no puede c rear cier to cli m a d e tensión en el
pro ceso de comunicación? Cuando el recep tor de un de ter m inado me nsaje lo evalúa c om o de scortés,
como una a ctividad comunicativa q ue tiene como fin d añar su i m agen so cial, el efecto interp ersonal que
se pro duce es c lara m ente pe rj udicial tanto pa ra su imagen co mo p ara la r elación in terlocutiva. En
realidad , en las reflexio nes de J . Culpeper se entrem ezclan dos co nceptos: la descor tesía y e l
comporta miento co m unicativ o apropiad o o esp erado en una situación co municativa concreta. E stos
autores califican co mo d escorte ses aquella s situacione s en las que las expr esiones q ue co nvencionalmen te
se asocia n con e ste valor deber ían identificarse, más b ien, c on el co mporta m iento ap ropiad o o exigid o por
el tipo de texto, co m porta miento que, al ser el esper ado, no c rea un efecto in terperso nal negativo ni ro mpe
las relacio nes interlocutiva s.
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establece una diferencia entre los términos de agresividad y violencia verbal según esta
se emplee como un medio de ataque o de defensa:
“En el terreno de lo verbal, podríamos es table cer la diferencia entre lo que son ac tos
disuasorios o de i nhibic ión, del tipo de l a amenaza, que encarnarían la agresiv idad: se
trata de intimidar b ien para defenderse de a lgo (contra-agresividad ) o para m antener un a
postura fuerte frente al grupo. Por ejemplo, una persona puede s e r a g resiva hablando
para m antener sus po sturas, aunque no llegue a ser violenta. La violencia, en c am bio, da
lugar a la ejecución de un act o ilocutivo que va a dañar soci almente al interlocut or: po r
ejemplo, el insulto, la ridiculizac ión, el empequeñeci m iento, la us u rpación de la palabra,
es decir, todos a quellos act os que atentan con tra la dig nidad de la person a.”
Aunque en un p rimer momento consideramos la posibilidad de aplic ar esta
diferenciación a nuestro material de análisis, lo cierto es que su empleo en nuestro
corpus n o resulta fácil, pues, una vez que se ha establecido la pu gna di aléc tica, es
prácticamente imposible distinguir entre a cusaciones y r eacciones. Esto hecho, junto a
los dos rasgos anteriormente señalados, nos ha llevado también a desechar esta opción.
En conclusión, pues, consideramos que, desde el punto de vista lingüístico, lo
más adecuado consiste en la utiliz ac ión de los tres términos propuestos: cortesía,
descortesía y comporta miento neutro o so cialmente ad ecuado, siemp re teniendo
presente que los efectos de cortesía y de descortesía pueden actualizarse o provocarse en
distintos grados. La agr esividad, por tanto, es una evalu ación o calificación social
posterior que, en el caso que nos ocupa, s uele realiz arse del comportamiento lingüístico
descortés más intensificado.
2.2.2.3. Intencionalid a d y evaluación
Otra de l as características que más duramente se han criticado a l a teoría de P.
Brown-S. Levinson (1987 [1978] ) atañe a la es casa atención qu e prestaron estos autores
al proceso de evaluación realizado po r los r eceptores de los enunciados (des)corteses
como consecuencia d e la focalización de su teoría en el proc eso de prod ucción de los
mismos
149
. Obviamente, el estudio de un fenómeno que nace a p artir de l a i ntera cción
149
La rele van cia de la eval uación del o yente en relació n con esto s concepto s ha sido d estacad a por B .
Fraser (1 980), B . Fraser-W. Nolen (1 981), H. Haverkate (19 94a), G. E elen (2001), S. Mills ( 2003 ), H.
Spencer-Oate y (2005 ), R. Wa t ts et al. (2 005 [1992 ]), M. Bernal (200 7) o J. O’Driscoll ( 2007 ), entre otros.
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misma exige la consideración de la influenci a qu e ejercen en su configuración las dos
instancias enunciativas que int er vienen en ella: el emisor y el receptor. Obsérvese que,
extrapolando esta cuestión a una perspectiva más g eneral, p ara qu e la com unicación o el
proceso de transmisión de i nformac ión se produ zca, es necesaria la presencia de dos
polos: e l emisor y e l receptor, pues no sólo e s preciso que el e misor codifique e l
mensaje de un a man era adecuada y aco rde a su intención comuni ca ti va, sino que
también es imprescindible que el receptor descodifique dicho m ensaje apropiadamente.
Si el receptor no recibe el mensaje, no lo comprende o lo int erpr eta de una manera
errónea, el proceso de comunicación resulta fallido.
De la mism a manera, a nu estro juicio, para qu e podamos afi rmar que en el
discurso está presente l a función prag mática de la (des)cortesía, debe ex istir tanto una
intencionalidad por par te del emisor de realzar o deteriorar l a im ag en social del rec eptor
como una descodificació n del receptor que sea acorde con esta preten sión. En otras
palabras, nuestra concepción de la (des)cortesía verbal como una función pragmática,
como el efecto social posi tivo o negativo que produce la confrontación de las unidades
lingüísticas con las no rmas sociales, im plica que su existencia conlleve el empleo
consciente de unid ades que producen estos efectos por parte del hablante y la
evaluación de las mismas como portadoras de estos valores por parte del o yente.
La importan cia de la existencia de una evaluació n acorde con la intencionalidad
del emisor se explica porque, si tene mos en cue nta que l a cortesía es aquel efe cto social
que potencia la imagen social del receptor y me jora l as relaciones sociales entabladas
entre los dos interlocutores, mientras que la descortesía actualiza el efecto contrario, la
degradación de la i mag en del receptor y la ruptu ra de l as re laciones sociales, es obvio
que, para que estos valores se actualicen en el discurso, el receptor debe sentir que su
imagen social ha resultado benefi ciada o pe rjudicada. Esto es, si el re ceptor no se siente
halagado u of endido por nuestras palabras, la cortesía o la descortesía, r espectivamente,
no exis ten. P uede existir una in tencionalidad, per o no un efecto. El emisor puede haber
pretendido seleccionar unos recursos verb ales que, en relación con las re g las vigentes en
la situación comunicativa, actualicen un valor cortés o descor tés. Pero el resultado final,
el efecto social pos itivo o negativo, no se alcanza, por lo qu e, en sentido estricto del
término, la cortesía o descortesía no está presente en el discurso.
En el sentido contrario, cuando un interlocutor se siente ofendido o halagado sin
que exista una pretensión por parte del hablante de actualizar este valor en el discurso,
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podemos decir que exist e un efecto o una eval uación de (des)cortesía, pero no una
intencionalidad. En el fondo, se tr ataría del fen ómeno que s e h a denom inado como
“meteduras d e p ata” (S. Kaul de Marlangeon, 1995-2003 [1992]) o, más conc retamente,
como descortesía inmotivada
150
(G. Kasper, 1990; M. Kienpointner, 1997),
entendiéndose con est a denomin ac ión el incumplimi ento n o intencionado de normas
específicas por parte, sobre todo, de niños y ex tranjeros, d ebido a la i gnorancia o no
interiorización de las pautas concretas de comportamiento. Además, no puede obviarse
que la importancia de la intencionalidad del emi sor de los enunc iados (des)corteses se
ampara en el hecho de que la tendencia generalizada a conside rar que las per sonas so n
totalmente responsables s ólo de las acciones que realizan de una manera consciente y
deliberada, p ero no de las acciones que se estiman involuntarias, conlleva que la
evaluación de un a determinada emisión como, por ejemplo, descortés, ex ija la
atribución al emisor de dicho enunciado de una intencionalidad de ofensa c on respecto a
nuestra imagen social. En el fondo, pues, lo que el receptor evalúa es la intención del
emisor (M. Kienpointner, 1997; M. J ar y , 1998; S. Mills , 2003, 2005; J. Culpeper, 2005;
A. Álvarez, 2007; M. Bernal, 2007; D. Bousfield, 2007 a) .
Es más, esta ausen cia de i ntencionalidad de of ender al alocutario es tambi én lo
que explica, en cierta mane ra, el fe nómeno de la anticortesía o de la denominada
descortesía burlesca, mock impoli teness o bant er (G. N. Leech, 1983; J . Culpeper, 1996,
2005), esto es, la util ización de elementos que, aunque asociados conven cionalmente a
la descortesía v er bal, no responden a un a i ntencionalidad de dañar a nuestro
interlocutor, por lo que producen un efecto de afiliación entre los hablantes.
Y, de una manera análoga, la intencionalidad del emis or es también el elemento
que, a nuestro juicio, distingue la hipercortesí a de la ultracortesía. E l t érmino de
hipercortesía o supercortesía aportado por C. Ker brat-Orecchioni hace alusión a la
“presencia de un marcador ex cesivo en relación con las expectativas vigentes”
(2004:49). Esta in adecuación puede provocar un efecto so cial negativo de
distanciamiento o desafi liación entre los interlocutores particip antes en l a interacción.
Lo relevant e es que, a n uestro juicio, habría que diferenciar entre aqu ellos casos en l os
150
E sta diferencia estaba ya presente en E . Go ffman (1967), quien afirmaba que exi ste en muchas
sociedad es una te ndencia a disting uir tres niveles de responsabilidad cuan do se p roduce una amenaza a la
imagen co m o con secuencia de las acciones de la persona:
a) Una ofe nsa accidental, sin planificar.
b) Una ofensa i nintencionada, en la que e l autor par ece haber actuado inoc entemente.
c) Una ofe nsa maliciosa, c uya intención e s insultar ab iertament e.
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que el re ceptor considera qu e únicamente se h a producido un fallo por part e del emisor,
que ha seleccionado de manera errónea la formul ac ión lingüística del enunciado sin
pretender en nin gún momento dañar s u im agen s ocial o las relaciones interlocutivas, de
aquellos otros en los que el receptor conside ra que esta selec ción no se debe a un simpl e
error, sino a una intenci onalidad de afectar negativamente la relación social entablada
entre ambos. Desde nuestro punto de vista, el primer caso puede considerarse como
hipercortesía, ya que el prefijo utiliz ado úni ca mente denota el empleo de un grado de
cortesía el evado, sin im plicar nin g una connot ación negativa. El segundo, en ca mbio,
debe ser denominado con un prefijo que, ad emás de hacer alusión a un ex ceso, sugiera
negatividad, como sucede con ultra- , por lo que adoptamos el término de ult rac ortesía .
La hipercortesía, pues, q uedaría definida como u n s ubtipo de las meteduras de
pata consistente en el e mpleo no intencionado de elementos lin g üísticos codificados
como “demasiado corteses” en r elación con la sit uación comunicativa. La ul trac ortesía,
sin embargo, se homologa con un d eseo de provocar un valor descortés en e l discurso, si
bien para ello se util izan elementos que, de manera codific ada, provocan el efecto
contrario.
Por consiguiente, en contraste con J . Culpeper (2005), no conside ramos
adecuado evaluar un enunciado como descortés guiándonos sólo por el hecho de que el
locutor l o ha y a emit ido con tal intención o que el alocutario lo ha y a interpretado como
deteriorante de su ima g en social. P ara que la (des)cor tesía, como tal, se actualice en el
discurso, deben produ cirse una coincidencia entre la codificación y la de scodificac ión.
En el caso contrario, se produce un fallo pra g mático que nos permite hablar de
intencionalidad o evalua ción (des) corté s, p ero n o de (des)cortesía se g ún nosotros la
hemos definido. Una observación parecida es la que realiza M. Bernal (2007) cuando
afirma que, para pode r hablar de la existencia de descor tesía, el potencial descortés del
elemento li ng üístico debe ser reconocido e interpretado como tal por parte del receptor
del enunciado:
“Deseamos destacar que es central en el caso de com portamientos descorteses que la
persona objeto de descortesía haga una atribución de intencionalidad descort és a su
interlocutor, ya que si no lo hace, esto es , si n o percibe intención descortés, no pasará de
ser descor tesía en potencia y n o supondrá un riesgo para l a relación interpersonal. (…)
En lo que si g ue, el hilo conductor será la idea de que el comportam iento –virtualm ente-
descortés lo será, o no, dependiendo de la evaluació n que haga el receptor (cf. Eele n
2001; Bravo 2002, 20 03, 2005).” (M. Bernal, 2007:17 1)
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Por otra parte, al tomar también en cuent a si l os recursos que se emplean para
provocar un ef ecto ne gativo o posit ivo en las relaciones sociale s han sido codificados o
no con t al valor de u na m anera descontextualiz ada, el abanico de posibi lidades
existentes podría dibujarse de la siguiente manera:
G
ráfico 13. Importanc ia de la intencionalidad y la evaluac ión en la (des) cortesía verba l
En consecuencia, esta co ncepción implica que, para poder determinar en nuestro
corpus la exist enc ia de ( des)corte sía verbal, debamos atender tanto a la in tencionalidad
del emisor como a l a ev aluac ión d el receptor. La intencionalidad del emisor podemos
conocerla a través de la información cotextual y contextual que nos bri nda nuestro
material de estudio, puesto que, como y a hemo s s eña lado, al igual que suce de en el
tropo de la ironía v erbal, en aquellos casos en los que los elementos v er bal es se emplean
con la pretensión de producir un efecto discursivo contrario al codificado, a parecen en
el discurso ciertas marcas que nos indican esta inversión o reorientación. P ara poder
determinar la evaluación o descodific ación re alizada por el o y ente, atenderemos a la
Causada po
r elementos cod ificados como cortese s
Cor tesía
Causada por elem entos no codificados como corteses
(de scortesía no auténtica, desco rtesía b urlesca, etc.)
(Des)cortes ía verbal
“auténtica” o “genuina”
(coincidencia entre
intencionalidad y evaluació n)
Causada por elementos co dificados co mo desco rteses
D escortesía
Causada por elem entos no cod ifi cado s com o de scorteses
(u ltracortes ía)
I ntencionalidad de (des) cortesía, p ero no evalu ación
Discordancia ent re
intencionalidad y evaluació n
No intencion alidad de(d es)cortesía, p ero sí ev aluación
(meteduras de pa ta, hiperco rtesía)
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reacción de este, es decir, observaremos los gestos , ex presiones, etc., a través de los que
el receptor muestra en la interacción haberse senti do ofendido o no
151
.
La principal objeción que plantea este análisis es que siempre quedará la duda
acerca de s i lo manifestado por los inter ac tuantes proy ecta el verdadero im pacto que los
fragmentos de la convers ac ión efectuaron sobre ellos, ya que la acción e valuativa del
rece ptor puede ser estr atégica en dos sentidos. Por un lado, alg uien puede senti rse
afec tado por un a ex presión descortés, p ero, al mismo tiempo, no ext eriorizar dicho
sentimiento de agravio o, simplemente, fing ir n o sentirse injuriado para que, de esta
manera, el emisor no alcance su objetivo (H. Ar ndt- R. Janney, 1987; S . Mills, 2005).
Por otro, el re ceptor puede enfatiz ar su se ntimiento de afrenta c on la finalidad de
denigrar la imagen del receptor, mostrando que no es una persona conside rada hacia los
demás
152
. Como analistas, deberemos estar atentos también a estas cuestiones.
2.2.2.4. Tipol ogía de las estr ategias descorteses
Según el Diccionario de la Real Academia Es pañola , el término “estrate g ia”
hace a lusión a un “arte, traza para dirig ir un asunto”, a un determinado modo de
proceder p ara asegurars e l a obtención de un obj eto. Cons ec uentemente, en el t erreno
lingüístico podemos entender como estrategi a todo recurso o pl an qu e pueda s er
utiliz ado por los interlocutore s para alcanzar diferentes metas interlo cutivas. Esta
concepción viene apo y ada, además, por l as reflexi ones de D. Bravo (2005:30-31), quien
la define como “plan de acción cu ya finalidad se sub ordina a otra ult erior a la m isma”, o
por J . L . Blas Arro y o (2 001:24), que l a identifica con aquellas “tácticas actitudinales y
de comportamiento que son ut ilizadas por los participante s”
15 3
. En este sentido, si bie n
151
De hecho, ya W. Labov (1 972) afir m aba có m o el elem ento q ue te per m ite identific ar un insulto
personal de uno ritual es la resp uesta q ue muestra el recepto r. Por ello, M. Bernal (20 07: 69) afir m a que
“No es que el analista d ecida q ue el hablante A, al usar un término grosero hacia B, ha sido descortés,
sino q ue está ate nto a observar si B e fectivamente d a muestras d e haber se sentid o ofendido, o
defendié ndose o rec onvin iend o con A”.
152
Y a hemos visto que la imagen d el e misor de u n acto de habla cor tés o de scortés ta mbién r esulta
afectada.
153
H. Haverkate (198 3a, 1 984), que mantiene también la vi sión de este concepto co m o un medio d e
obtener el éxito en la r ealización d e lo s acto s de habla, clasifica las estrate gias se gún su c arácter local o
global. Así, mientras que la m anifestación de una estrategia glob al, determinada po r el pro pósito tota l de
la interacció n, depe nde del tipo de intera cción, la r ealización d e una estra tegia loca l, rela cionada con las
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es cie rto que de una mane ra general podría considerarse que toda emisión ver bal es
estratégica, ya qu e, en todas l as ocasiones, el interlocutor rea liza un a se lección entre
distintas alternativas se gún el objetivo que prete nda conseguir, nu estro estudio
únicamente se centrará en el análisis de aquellas estrategias que poseen un efecto
descortés en el desa rrollo del proceso comunicat ivo, en aquella conducta int era ctiva
que, para al ca nzar el fin previsto, ll eve a cabo u n ataque o deterioro de alguna de las
vertientes de la imagen social del polo receptor.
La cl asificación de las estrategias lingüísticas d escorte ses se ha realiz ado, en
general, m ediante l a uti lización simultánea de dos criterios: la imagen afectada por ellas
y el grado de indirección presente en las mismas. Tomando como referen cia el modelo
de P. Brown-S. Levinson (1987 [1978] ), L . Lachenicht (1980) dif ere ncia, por ejemplo,
cuatro t ipos de estrategias: encubiertas, abierta y directa, de d escortesía pos itiva y de
descortesía negativa. De modo parecido, J. Culpeper (1996, 1998, 2005) y J . Culpeper
et al. (2003) distinguen cinco superestrategias descorteses: estrategias de descortesía
directa, genuina o inher ente, estrate g ias de desc ortesía que d añan la imagen positiva,
estrategias de desco rtesía que dañan la imagen negativa, estrategias de f alsa cortesía y
estrategias de descortesía burlesca o fingida.
Desde nuestra perspectiva, sin embargo, estas teorías adolecen de una clar a
inconsistencia: resulta tot almente imposi ble distinguir la realización más o menos
directa d e estas estrate g ias de su orientación hacia alguna d e las dos verti entes de l a
imagen social de nu estro alocutario (M. Bernal, 20 07). La descortesía, ya se a encubierta
o directa, estará diri g ida, a su vez, hacia la i magen social positi va o negativa o hacia la
imagen social de afiliación o de autonomía, dependiendo de l a teoría utilizada. L os dos
criterios mencionados, p or ende, deben aplicarse de manera conjunta. De esta manera,
en nuestro estudio difere nciare mos, en primer lu gar, si el daño d e manera consciente e
intencionada a los dist intos deseos de image n del re ceptor se realiza por la omisión de
un acto verbal que venía exigido por la s ituación comuni ca tiva o la m itigación de un
acto de habla positivo para la im agen social del receptor (descortesía ne g ativa) o por l a
producción de un acto de habla que d egrada s u imag en so cial (de scort esía positi va).
Lógicamente, estos tipos de d esc ortesía pueden a fec tar ne g ativamente a una o a las dos
vertientes de l a i magen s ocial i dentificada s, la de autonomía o la de afiliación, o a los
reaccio nes d el int erlocutor a los actos locutivos r ealizados, de pende del desarrollo concreto de la
interacción.
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derechos y deberes conv ersa cionales que posen l os participantes se g ún las indicaciones
proporcionadas por las normas de la interacción en cuestión. Además, no debe obviarse
que, en ocasiones, la distinción de la c ategoría dañada no result a fácil, p or lo que las
indicaciones aportadas en este sentido en n uestro análisis no deben ser t omadas como
afirmaciones categóricas no susceptibles de ser puestas en entredicho
154
. Así:
“There is no m utual in compat ibility between the effects o f threats to pos itive face and
those to negativ e f ace. All attacks on positive face (humiliation) h ave a seconda ry effect
of c o ercion, as a hum iliated hearer can be constraine d to a small range of options f o r
further behav iour.” (P. Aus tin, 1990 :289)
Por último, dentro de la desc ortesía positiva, se obs erva rá el grado de fue rza que
posee este ataque, es decir, si se realiz a de una manera más o menos explí cita o
implícita, teniéndose si empre en cuenta que la ma y or indirección en la ex presión del
enunciado descortés no siempre se identifica con una menor lesión a la i mag en del
rece ptor (J. Culpeper 20 03, 2005). Repárese, además, en el he cho de que hablamos de
grados de intensificación del acto de habla o enuncia do descortés. L a atenuación del
mismo entra dentro del terreno de la cortesía, ya que denota una inten cionalidad de
aminorar el ataque o p erjuicio causado a l a ima gen social del alocut ario. Esta tipol og ía
puede representarse gráficamente de la siguiente m ane ra:
Gráfico 14. Tipo logías de las es trategias descort eses
154
Esta ob servación es realizad a también por J. Culpeper (2005):
“Moreover, it is often the ca se that orientatio n to one kind of face may have implicati ons for
another. Thus, a n interr uption may, in spe cific con texts, attack negative face b y im peding
someone, b ut is may also i mply that the interup tee’s o pinion was not valued - a positi ve face
issue.” (J . Culpeper, 2005:42).
En el mismo sen tido, en s u es tudio sobr e el debate político electoral, J. L Blas Arro y o (20 01) opta por n o
diferenciar e ntre estrate gias d escorteses que afecta n a la image n soc ial po sitiva o nega tiva, ya q ue no
observa diferencias sustanciale s entre unas y otr as deb ido, principal m ente, a que todas e llas se dirigen en
última in stancia a deterio rar la imagen social po sitiva del adversario, m ostra ndo su inco mpetencia a nte la
audiencia.
Negativas
(O m isión de un acto de habla exigido)
+ i ndirecta
Estrategias d e descor tesía autono m ía: realizació n ling:
+ di recta
Positivas
→
vertie nte afectad a
(Real ización de FTA) + in directa
A fi liación: real ización ling :
+ di recta
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Dado que no exi sten actos de habla o enunciados descorteses per se , la
identificación de los distintos t ipos de FTAs, así como l a det erminación del ma y or o
menor daño qu e infli ge n a la i magen soci al del alocutario, debe r ealizarse en relación
con la situación comunic ativa concreta
155
. Adviértase, por ejemplo, que si tomamos e n
consideración las no rmas imperantes en situaciones comunica tivas como el debate
electoral, la asoc iación entre la búsqueda del desacuerdo y las estrategias de descor tesía
positiva realizada por J. Culpeper (1996:35 7) queda anulada completamente. Por lo
tanto, la úni ca generalización posibl e en lo que re specta a la ti pología de estr ategias
descorteses es la que hemos expuesto en el g ráfico 14 . L a enumeración d e cada una de
las estrategias concretas dependerá de la situación comunicativa determinada. Además,
no puede olvidarse que lo ve rdaderamente relevante en la menor o ma yor
intensificación de la des cortesía es la elección d el m ater ial li ng üístico. De él depende
que una misma estrategia como, por ejemplo, el rechazo de la opinión contraria, s e
manifieste de una man era más o menos di recta o enfatizada, acompañad a de insul tos
portadores d e un ma y or o menor grado de obsc enidad, etc. Aunque, como ya hemos
señalado, no siempre la menor ex plicitud supone una mitigación de la ofensa, como
sucede en el caso de la ironía (cf. apdo 5.2.2.2.1.3 .).
El últi mo aspecto que debe tenerse en consid eración es que l as estrategias de
descortesía nunca suelen apa recer aisladas, sino que se v an engarzando unas con otras a
lo largo del desarrollo del discurso. Se g ún se ha a puntado anteriormente, el análisis de
las estrategias d escorteses debe conjugarse con el estudio d e las reacci ones que los
interlocutores muestran hacia ellas
156
. Solo así p odremos observar si el grado de
descortesía va o no en aumento de manera paralela al desarrollo de la interacción.
155
Así, se gún J . L. Blas Arro yo (2001), por ejemplo, en el deb ate político cara a car a la ac us ación de
mentiroso (sobre todo si se hace ante una amplia a udiencia) es un acto más grave que la imputación d e
incurrir en inco herencias. A. B olívar ( 2005a), en cambio, considera que las estrategias desco rteses que
conllevan una mayor graveda d son aquellas que co nsisten en amedrentar e ignorar, y a que el hecho de
amedrentar i nhibe la p articipa ción en el diálo go y favorece el a utoritarismo y el ignorar al otro niega la
posibilid ad de dialo gar y de c oop erar hacia metas comunes.
156
Este hecho pued e afectar inc luso a la e valuación de l grado de desco rtesía presente e n ellas, pue s, a
juicio d e G. Ka sper (199 0), las estra tegias de d escortesía que se e miten c omo reac ción a una ofensa
anterior d eben considera rse como una d escortesía j ustificada.
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2.2.2.5. Visión modular. Variables
La v isión de la (d es)cortesía como una función prag mática reflejada
gráficamente a través de l señalado continuum nos permite superar la caracterización a
priori y de m anera pres cr iptiva del valor (des)c ortés de los elementos lingüísticos. La
característica esencial de estos fenómenos es l a variabilidad: d ependiendo de cuáles
sean las normas de comporta miento y los factor es socioculturales y contex tuales que
rige n una sit uac ión comuni cativa concreta, un mi smo elemento ling üístico o
construcción sintá ctica podrá si tuarse en lu ga res diferentes de este gradat um , esto es,
será portador de un val or cortés, neutro o descortés. De ahí que la may oría de los
investigadores dedic ados a esta materia coincidan en reivindi ca r l a adop ción de un a
perspectiva variacionista en el estudio de la (des)cortesía verbal:
“Es una r ealidad empíricam ente o bserv able que en l a r ealizac ión de un a lengua se
pueden d istinguir saberes idiom áticos distintos, que se ponen en práct ica condicionado s
por diferent es variab les contex tuales: el estrato sociocultural al q ue pertenece el locutor,
el sexo, la edad, e l tenor int erpersonal que s e establece entre los inte rlocutores, e l género
y modo disc ursiv os, e l cam po, e incl uso la procedencia geográfica del hablante. Esta
heterogeneidad, que se da en todo s los niveles del lenguaje, afecta i g ualmente a l a
expresión de la ( des)co rtesía, por lo que se hace necesario abordar el estudio de esta
función discursiva desde una perspectiv a net am ente variacionista .” ( E. A lcaide Lara, e n
prensa c)
A juicio de C. F uentes Rodríguez (en prensa e), los pará metros que influ yen en
la determinación del valor (des)cortés de las uni dades lingüísticas son el cotexto
lingüístico, el tipo de discurso, la si tuación interactiva, el contexto social y la int ención
del hablante. Además, debe tenerse en cuenta que estas variables, lejos de ser
independientes, se imbrican un as con otras, interrelacionándose, funcionando en
conjunto. Por l o tanto, la influencia ejercida por todas ellas debe s er cons idera da d e
manera global.
La unive rsalidad de la cortesía queda redu cida, por consiguiente, al hecho de que
en todas las sociedades existen normas de comportamiento apropiado (M. Sifianou,
1992; A. Meier, 1995; C. Kerbrat-Orecchioni, 2004). L os contenidos de esas normas y
los factores que influyen en ellas son cultu ra l y situac ionalmente dependi entes. En
conclusión, la superación del etnocentrismo debe conju g arse con e l rechazo del
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compacta o relativa a un a úni ca r ealidad, el poder, como bien apuntara ya H. Spencer-
Oatey en su tesis doctoral
260
, subsume en su interior cinco parámetros distintos:
- Poder de recompensar ( reward power ): A t iene c ontrol sobre los resul tados
positivos (salario, condiciones de trabajo) que desea B.
- Poder de coerción ( coercive pow er ): A tiene co ntrol sobre las consecuencias
negativas (despido, encargo de tareas desagradables) que intenta evitar B.
- Poder de experto ( expert pow er ): A t iene ex perienc ias o conocimientos
especiales sobre algo que B necesita o desea.
- Poder legitimado ( legiti mate power ): A tiene el derecho (por su rol, su e status o
circunstancias situacionales) para prescribir o esperar ciertas cosas de B.
- Poder de r ef erencia ( reference power ): B admir a a A y quier e ser en alg ún
aspecto como él/ella.
Posteriormente, estas di mensiones son reelaboradas, en su trabajo d e 19 96, en
las categorías de:
- Poder de control ( power o f control ) (R. Brown-A. Gilman, 1960; P. Brown-S.
Le vinson, 1987 [1 978]).
- Poder del estatus social ( social status or rank ) (D. Cansler- W. Stil es, 1981
261
).
- Autoridad, o derecho legitimado para eje rcer influencia ( authority, or the
legitimate right to exert influence ) (G. Leicht y -W. Applegate, 1991).
- Una noción general de i gualdad y desi gua ldad ( a general notion of the equality-
inequality ) (T. Holtgraves, 1986
262
).
En el fondo, y a se uti lice una u otra t er minología, lo relevante es l a consta tación
de que est e concepto no hace alusión a una única realidad. Esto explica, por ejemplo,
que las i ntera cciones tertuliano-tertuliano no sean compl etame nte simétricas, pues si
bien en p rincipio ambos emis ores se encuentran en i g ualdad de condi ciones por el rol
desempeñado, l a importancia de las enunciaciones emiti das por cada uno d e ellos puede
depender del dominio o la especialización que pos ean c on respecto al tema tratado
263
:
260
Citado e n J. Tho m as (199 5)
261
Citados p or H. Sp encer-Oatey (19 96).
262
Citado p or H. Spencer-Oatey (1 996).
263
De hecho, e l mismo m oderad or del pr ogram a r econoce que cad a uno d e ellos está espe ci alizado en un
asunto:
Moderador: bueno/ y en este teatro de crónica [social y de actualidad =]
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“Un deter m inado tema puede ser más favorable a uno de l os locutores que a otro, bi e n
porque le ataña especialm ente o porque provenga de su ‘territorio conversac ional’, de
sus puntos de interés o de su dominio de competencia: supuestam ente, esto le dará
posición de venta ja en la conv ersación y f acilitará la consecución de sus objetivos en
ella”. (A. M. V igara Tauste , 2003:333)
La función i nteractiva que desempeñan los tertulianos es la misma, p ero se
arrogan distintos gra dos del denomin ado “poder de ex perto”. O, si adoptamos l a
terminología propuesta por S . Mills (2003), los tertulianos comparten estatus
institucional, pero el poder i nteraccional alc anzado por cada uno de ellos puede ser
distinto. L a re levancia d e este factor se hará patent e posteriormente, cuand o analicemos
las estrategias y recursos descorteses en estas i ntera cciones, p uesto que uno de los
mecanismos de lo s que di sponen los tertulianos para imponer su tesis u opinión
consiste, precisamente, en adjudicarse el máximo grado de poder de experto en este
contenido concreto (cf. apdo.
5.2.1.1.2.1.1.4.), mientra s qu e, de m anera
complementaria, entre los procedimientos empleados por los con tertulios para
desacreditar el di scurso del adve rsario se encuentra l a deslegitimación del poder que
este se ha concedido a sí mismo (cf. apdo. 5.2.2.2.1.1).
Por otra parte, el poder no es un concepto estático ni dado de antem ano de
manera previa a la interacción. Ni siquiera el poder inst itucional, determ inado en un
primer momento por el género comuni ca tivo, es i namovible. Antes bien, est a dimensión
se va renegociando durante el desarrollo de la interacción:
“Power (…) is not a perm anent and undisputed attribute o f any person or social
grouping. On the contrary, those w ho hold pow er in a particular m om ent have t o
constantly reass ert their po wer, and th os e who hold p ower are alway s liable t o make a
bid f or power. T his is true whether on e is talking a t th e level of the particu lar s ituation,
or in term s of a whole society: power at all these levels i s won, exer cised, sust ained and
lost in the cou rse of social s trugg le.” (N. Faircloug h, 1989:68 )
Si aplicamos estas reflex iones a las pseudotertulias televisivas, ya hemos visto
que el moderador tiende cada vez más a aproximarse a l os tertulianos, acortando la
asimetría de poder ex istente entre ellos. Esto p uede conducir a qu e, c omo veremos
Ángel Antonio Herrera: [de operac iones ]
Moderador: = y o sé que cada uno de v osotros ma neja la información con cada uno de los personajes qu e
aparece// Idoia h a estad o con Julián Muño z [siguiendo =]
Idoia Bilbao: [sí ]
Moderador: = María ha habl ado con José María d el Nido/ si no me equi voco/ y Begoñ a también p uede
aportar algo d e Isabel Pantoja/ así que vamos por orden (“En Antena”, 15 - 09-06)
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posteriormente con más detenimiento, en al guna s ocasiones los tertulianos no acaten las
órdenes que emite la instancia arbitral con relación a la dinámica de la toma de turno.
La otra dimensión señalada por P. Brown-S. Levinson (1987:76 ), la distanc ia
social, queda definida de la siguiente manera: “a s y mmetric social dimension of
similarit y / difference with in which S and H s tand for the purposes of this act.”. De
manera análoga al poder, esta dimensión, que ta mpoco se deja apresar b ajo un único
rasgo, alberga en su interior cuestiones relativas a
264
:
- Semejanza /diferenc ia so cial (R. Brown-A. Gilman, 1960).
- Frecuenc ia de contacto ( B. R. Slugoski-W. Turnbull, 1988).
- Durac ión de la rel ac ión (B. R. Slu g oski-W. Turnbul l, 1988).
- Familiaridad o c onocimi ento mutuo (J. Holmes, 1990
265
).
- Sensación de similitudes y gustos parecidos (R. Brown-A. Gilman, 1960).
- Afec to (L. Bax ter, 1984
266
).
Desde otra perspectiva, R. L o rés Sanz (1997-98), que considera que el val or de
la variable horizontal es una cuestión de grado, propone reducir estos s eis elementos a
dos componentes básic os de la variable di stancia: la frecuencia de contacto, que
incluiría en su interior la familiaridad y l a duración de la relación, y el afecto, conc epto
que alberga l as nociones relativas a la semejanza/diferencia social y la sensación de
similit udes. Entre amb os componentes se establecen, ad emás, dos relaciones: l a
frecuencia de contacto puede hacer posible la existencia de cierta relació n de afecto o
afinidad entre particip antes (pero no a la inve rsa) y el factor a fecto puede s er
considerado más det erminante en la ele cción de est rateg ias de cortesía lingüística que la
propia frecuencia de contacto. Así, no p odemos esperar estrategias de co rtesía positiva,
de acercamiento y s olidaridad, entr e pa rticipantes cuando e xiste un componente de
afec to negativo, por muc ho que la fre cuencia d e contacto entre ellos sea alta (piénsese,
por ejemplo, en compañeros de tr abajo cu y o cont ac to es diario pero entre los cuales se
puede dar cierta animosidad o incluso rivalidad).
En las pseudotertulias televisivas, la desigualdad existente en relación con el
poder interlocutivo se contrarresta con un a relación de prox imidad y sol idaridad
enunciativa. La ex istencia de un contacto frecuente entre ellos ha ce que l os
interlocutores posean un saber compartido y un grado de vivencias comune s que fac ilita
264
Según indica H. Spencer -Oate y (199 6).
265
Citado p or H. Spencer-Oatey (1 996).
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Citado p or H. Spencer-Oatey (1 996).
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la creación de c ercanía interpersonal. Una p rueba de ello es, por ejemplo, la utiliz ación
de bromas por parte d el moderador a los tertulianos (e jemplo 110) o viceversa (ejemplo
111), el empleo de elo g ios (ejemplo 1 12) y el u so de fórmulas de t ratamiento qu e
poseen un matiz de cariño y compl icidad (ejemplo 113)
(110) Moderador: y para com entar e ste y otr os tem as/ LA ALEG RE/ MUCHACHA DA/ DE
LA PRENSA / ROSA/ esta tarde con I doia Bilbao, la remera del Volga/ Pocahontas
Begoña Am eztoy/ también está Almudena del Pozo/ y Miguel T em prano/ mejor qu e
tarde (APLAUSOS )
Miguel Tempran o: [m uchas gracias]
Moderador: [y hoy ]
Idodia B ilbao : [Chimo] se g uimos con lo de l o s remeros del Volga/ ¡ ten éis u n
cachondeo → !
Moderador: no/ es así/ bueno/ t o do esto viene por un bonito viaje/ que ha realizad o
nuestra compañera Idoia por l a estepa siberiana/ y se ha traído unos bonitos recuerdos
de la estepa/ po lvorones inc lusive (RI SAS DE IDOIA B I LBA O)
(“En antena”, 18- 08 - 07)
(111) Moderadora: § hola En rique/ Enrique de l Pozo/ buen as noches
Enrique del Pozo: ah/ bue nas noches/ Pa tricia Conde (RI SAS)
Moderadora : un beso para Patric ia Conde// bu eno/ eeeeeh → / vam os a comenz ar (…)
(“TN T”, 20- 10-06)
(112) Maxim Huerta: bueno/ Ana Rosa, que estamos aquí con l o s chicos de corazón/ con
Miguel Ángel N icolás/ con Carm en <<…>>/c on la B arrientos/ co n la Pardo/ y c on la
Pelayo (RI SAS)
Moderadora : ¡Qué barbari dad!
Maxim Huerta: hoy hem os venido más g ente porque es que hay [m ucho tema]
Moderadora : [todas las] divas y
divos
267
Carmen Pardo: m ucha s g racias (RISAS ) (“ El P rogram a de Ana Rosa ”, 19- 09-06)
(113)
Moderadora: [b ueno / demasiadas preguntas / Lidia] dejamos que responda
Cris / si t iene alg o que responder
(“A Tu Lado”, 11- 07- 06)
El resultado de t odo ello es la utilización de un tono marcadamente coloqu ial. Es
decir, la cotidianeid ad, l a menor planificación d el habla en r elac ión con el género del
debate, la ex istencia de un saber compartido y , en d efinitiva, la prox imidad
interlocutiva, facilitan el uso de un registro mucho menos formal del qu e, en principio,
le corre spondería a u n t ipo de tex to semi-institucional. De ahí que el co mportamiento
267
Se refiere a los colab oradores.
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que mantienen, en líneas g enerales, los tertulianos en el co rpus analizado no resulte
aceptable en una tertulia de tema po lítico, por ejemplo
268
. Ahora bien, la distancia
social tampoco es un contexto estático, como demuestra el hecho de qu e su cariz pueda
ser modificado a lo largo de la i nterac ción para lograr ef ectos diversos. Piénsese, por
ejemplo, en l a manera en la que los tertulianos modi fica n la re lación de cercanía
existente m ediante la utiliz ac ión de una fórmula de tratamiento inadecuada a la
situación comunicativa en la que se encuentran con el objetivo aumentar la descortesía
de sus palabras (cf. apdo. 5.2.2.2.1.3).
268
De h ec ho, algunos autores han lle gado incl us o a pr oponer el análisis de la tert ulia radi ofónica co mo
una co nversación coloquial (M. P . Mar tínez-Costa P érez- S. Herrer a Da mas, 2007 ), aunq ue lo cier to e s
que la pr esencia de l registro c oloquial en los p rogra mas te levisivos no se reduce únicame nte al caso de las
pseudoter tulias televisivas:
“Aunque los pará m etros, po r separado, per m iten diferenc iar escalas de registros y tipos de
discurso, tod os ellos actúan de f or m a si multánea, lo c ual ex plica, po r ejemplo, q ue al gunos tip os
de discurso, alejad os en teoría del conversacional, se ac erquen en ocasio nes a este. A sí, el m arco
discursivo familiar, la cotidia neidad, el sabe r co mpartido, etc., p ueden lle gar a aproxi mar u n
« deba te» (+ p lanificado, co n reparto de papeles, c ontrol de t urnos por p arte del m oderad or…, por
tanto, con ra sg os de lo formal oral ) a una «conversació n coloquial » .” (A. Briz Gómez- Grupo
Val.Es.Co, 2001 :19, nota a pie de página 13)
Este au m ento d e la co loquialidad puede estar fav orecid o por el deseo de utilizar un m ode lo de le ngua lo
más cercano p osible al púb lico en general, para, así, llegar y ser co m prendido por más p ersonas.
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APÍTULO
5
I
DENT IFICACIÓN Y CLA SIFICACIÓN DE L AS EST RATEG IAS Y ELEMENTOS
VERBALE S DESCORT ESES PRESEN TES EN L AS PSEUDOTERT ULIAS
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STRA T EGIAS Y EL EMENTOS V ERBAL ES DESCORTESES
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5.1. La descortesía presente en la pseudotertulia televisiva
Según se ha venido apuntando, el análisis del efecto de (des)cor tesía c ausado por
el empleo de det erminados recursos v erba les en una situación comuni cativa concreta
exige el estudio pormenorizado de todos l os elementos del cont exto y cotexto
comunicativo. En el cas o de la pseudotertulia t elevisiva, la pluralidad de instancias
emisoras que participan en este género discursivo a través de roles diferentes unido a la
multiplicación de posib les m edios de transmisión de información que brindan l os
avances tecnoló g icos conlleva una proliferación de va riantes d e procesos de
comunicación verdaderamente sorprendente. Dado que la realización de un estudio
detallado de todos ell os resultaba inab arcable, optamos por r estringir nuestra
investigación a los recursos y mecanism os verbales descortes es empleados en la
interacción más o menos simétrica tertuliano-tertuliano
269
.
Como pudo apreciarse e n el apartado 4.2, las pseudotertulias, j unto con los
pseudodebates, fo rman parte del macrogénero del espe ctáculo de la confrontación,
caracterizado por i nstaurar un campo de batalla o espacio de enfrentamiento en el que
los interlocutores ut ilizan el “todo vale” como reclamo d e las masas r ece ptoras. El
establecimiento de este género comunicativo sobre la base del conflicto explica, por
ejemplo, la inclusión del fomento del enf rentamiento entre los debe res propios de la
instancia moderadora y la búsqueda deliberada de l a disensión por parte de l os
tertulianos e invitados.
En el siguiente fragmento, Carmele Marchante, posicionada e n c ontra de la
actuación de Ma y te Zaldív ar , se dirige ex plícitamente a aquella interlo cutora que, según
la historia conversa cional previa, adoptará la postura contra ria, es decir, de defensora d e
este personaje, Mila Ximénez, la cual se si ente incluso agredida por este hecho. Y
aunque Carmele Marcha nte reacciones caracterizando su actuación como i nocente y no
intencionada, lo ci erto es que al dirigir sus palabras a est a ter tuliana en concreto denota
claramente que lo perseguido es provocar un enfre ntamiento total:
269
Dada la proxi midad existente entre el rol del tertul iano y el de la perso na invitada al pro grama,
también tendr emos en cuenta l as intervecio nes realizad as por estas insta ncias enunciativa s.
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(114) Carmele March ante: [per o vamos a v er una cosa/] M ila §
Mila Ximénez: § NO/ NO/ A MÍ NO/ [ O YE ]
Carmele Marchant e: [ no / no/ no ] pero
estamos hablando y yo ahora me r efie ro a ti como me puedo referir a cualquiera de las
personas que estamos aquí sentadas / es decir/eeeeh → / una de las grandes
inconsciencias de Mayte Zaldívar/ también/ ha sido l a OSTENTOSI DA D/ es decir/
cómo ha inc rem entado un patrimonio/ una m ujer que/ pri m ero ↓ / traba ja aquí co m o todo
el mundo que estam os aqu í sentados/ y/ además/ eeeh → / no s e conoce o no se sabe/ a
no ser que el jue z Torres lo desenm arañe/ no se sabe/ de dónde ha salido todo ese dinero
de esa forma de vida/ que l levaba Z aldívarr [el coche/ las casas ni lo que contó aquí
Raquel Bollo/ recordemos cuando Raque l Bollo] (“A Tu Lado”, 15- 11- 07)
La recursividad que pre sentan en estas interaccio nes el rechazo o ne g ación de l a
validez argumentativa d e l o afirmado po r el r esto de los int erloc utores hac e que
podamos caracteriz arlas como prototipos del estil o discursivo q ue sur g e cuando dos o
más hablantes se enz arzan en una disputa acerca de un tema a l o largo de una serie d e
turnos de habla ( I. H utchby , 1996). Los términos ut ilizados en l a bibliografía
especializada para aludir a este fenómeno son muy vari ados. En líneas generales, se ha
hablado de verbal conflict (S. Vuchinich, 1987), dis agreem ent (A. P omerantz, 1984),
oppositional argument (D. Schiffrin, 1985), dispute o di sputing (D. Brenneis, 1988; H.
Kottohff, 1993) confli ct talk (A. Gr imshaw, 1990), confronta tion talk ( I . Hutchby,
1996) o discurso polémico (G. Herrero Mo reno, 2 000, 2002, 2004). Nosotros optare mos
por l a utili zación de l os vocablos disputa o confrontación , términos que, po r su
contenido semántico, aluden en español la ex presión reiterada del desa cue rdo a lo largo
del desarrollo del evento de habla.
Los estudios sobre el c onflicto comunicativo o la conversación de nat uraleza
confrontacional surgen, principalmente, a partir de la década de los 90 ( A. Grimshaw,
1990). Desd e entonces, la confrontación se ha estudiado en una gran variedad de
géneros comunicativ os, como las conversaciones realizadas en el ámbito familiar (D.
Schiffrin, 1985; S. Vuchinich, 1987, 1990), el debate político ( F. D. Erl ich, 1993 ; E.
Miche, 1998), l as negociaciones (J. Stalpers, 1995), l as int era cciones man tenidas en una
asociación alemana (W . Kallmeyer-I. Keim, 1996), los talk shows radiofónic os i ng leses,
(I. Hutchb y , 1996), los ta lk shows televisivos españoles e ingleses (H. Grub ert, 1998; A.
García Gómez, 2000), las conversaciones in formales entre jóvenes griegos (A.
Georgakopoulo, 2001), l as comunicaciones mant enidas entre hablantes griegos en un
contexto familiar, entre ami g os o en una clase en inglés (C. Kakava, 2002), las
conversaciones informales entre venezol ana s (A. Eds trom, 2004), artículos científicos
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que tienen como objetivo refutar las t eorías expuestas en otros, (S. Hunston, 2005), etc.
Desde el punto de vista metodológico, si b ien en un primer m omento estas
investigaciones se llev aron a cabo desd e una p erspectiva más soci al
270
, actualmente
contamos ya con un amplio número de estudios realizados desde el ámbito lingüístico.
Entre ellos, encontra mos t raba jos pertenec ientes al campo de la teoría de los actos de
habla (K. Sornig, 1977; J . Rees-Miller, 2000), del análisis del discurso (D. Schiffrin,
1984, 1985; A. Grimshaw, 1990 ; C. Kakava , 2002; E. Morales, G. Prego- L .
Domínguez, 2006), del análisis de l a conversaci ón y etnometodología ( A. Pomerantz,
1984; H. S acks, 19 87 [1973]; J. Bilmes, 1988; I . Hut chby, 1992, 1996; H. Kot thoff,
1993; G. M y ers, 1998, etc.), o de la teoría de la cortesía (C. García, 1989; T.
Holtgraves, 1997; J. Rees-Miller, 2000; A. Geor gakopolou, 2001; A. Edst r om, 2004; M.
A. L ocher, 2004, etc.). Nuestro estudio, centrado en el an álisis pragmalin güístico de los
elementos verbales desc orteses utilizados en las pseudotertulias televisivas español as
que giran en torno a t emas de la p rensa rosa, contribuirá, por tanto, a la ampli ación de
este panorama.
El desacuer do o la confrontación “ocurre si algún participante en una sit uación
comunicativa emite una creencia que es en parte o compl etame nte inconsi stente con la
idea o creencia sostenid a públicamente por otro participante en la misma situación ”
271
(M. H. Bond, V. Zegarac- H. Spencer-Oate y , 2000:62). Es decir, en este t ipo de
discurso, los interlocutores defi enden puntos de vist a opuestos de mane ra recurrente
hasta que, en el caso de las pseudotertulias televisivas, se produce un a resolución
externa, o, lo que es lo mismo, el moderador pone fin a la secuencia polém ica
272
. Podrí a
afirmarse, por tanto, que , en general, el desarrollo de la comunic ación establecida en
estas interacciones se basa en la pareja ad y acente:
- A: aserc ión- valorativa
- B: rechazo
o, si tenemos en cuenta la orientación reactivo-iniciativa que poseen normalm ente las
segundas partes o int ervenciones, así como el carácter cí clico del desac uerdo, en el
siguiente encadenamiento de intervenciones:
270
Los trabaj os realiza dos por W. Labo v (197 2) fu eron los p ionero s en este ámbito.
271
Trad ucción prop ia.
272
Para las distinta s formas de finalizar u na confrontació n, véase S. Vuc hinich (198 7, 1990) o D.
Bousfield (2 007a) .
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“I n short, j us t because som ething is more prevalent, or m ore central, to one discourse
type does not neces sarily mean that i t cons titutes a norm within t ha t activity type”. (D.
Bousfield, 2007 a:2189)
Y esto es, precisamente, lo que demuestra J. Culpeper (2005) en su artículo
sobre el concurso tel evisivo The Weakest Li nk , al evidenciar cómo los con cursantes, aun
siendo conscientes de que los ataques h acia su persona forman p arte d e la estructura de
dicha interacción, reflejaban a través de su comportamiento sentirse ofendidos por ellos.
En conclusión, el hecho de que las estrateg ias de imposición d e l a o pi nión,
rechazo y descalificación sean más esperabl es o pr edecibles en este g énero
comunicativo no supone necesariamente que el efecto social causado por ellas no sea
negativo. A pesar de la confluencia d e todos estos fac tores que parecen just ificar su
empleo, los tertulianos pueden sentir que su imagen s ocial resulta ata cada delante de
millones de espectadores. Por ello, y teniendo en cuenta que, según se señaló en el
capítulo segundo, la descortesía verbal depende, b ásicamente , d e la evalua ción realizada
por el destinatario de las palabras emitidas, el único método del que di sponemos para
descubrir e identific ar la orientación neutr a, pos itiva o negativa d el e fecto social de
estos recursos consis te en atender a l as r eacciones que estos receptores evidencian y
explicitan en el discurso
280
.
No obstante, en nu estro caso no sólo deberemos prestar atención a la ev aluación
que realizan los destinat arios alocutarios a fectados por estas estrategias. La estructura
trilogal p ropia de estas int era cciones mediátic as hace qu e debamos consid er ar la
percepción que m anifiestan en r elac ión con cada una de las estrate g ias identi fica das los
dos niveles receptivos, el alocutario destinatario o tertuliano cuya imagen s ocial resulta
afec tada y las dos instanc ias que desemp eñan la función de no alocut ario desti natar io: el
público y la audiencia te levisiva. En los siguie ntes apartados, por tanto, comenzaremos
observando cómo reacc ionan l os tertulianos afectados por estas estrategias para, a
continuación, analizar la percepc ión y evaluación que realiza l a audiencia televisiva de
ellas, destinatario cole ctivo que, s i bien no resulta dañado por esta d escortesía, decide
contemplar este espectáculo de la confrontación.
280
Esta mis m a p ostura e s la que adopta K. T racy (20 08) en su es tudio del len gu aje polític o. A j uicio de
esta au tora, el efecto de (des)cortesía de l as p alabras emitidas por los interlocu tores depende de la
evaluación de l grupo , d e manera que si e ste no lo consider a co m o un face a ttack , sino como a lgo
necesario, lo s enunciado s analizado s se evalúan co m o reaso nable hostility .
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5.1.1. Percepción d el efecto social causado por la s estrategias i dentificadas por
parte del primer nivel de recepción: el tertulian o
5.1.1.1. Percepc ión del efecto social producido por la estrategia de la imposición de la
opinión
Si, además del gé nero comunicativo, se consideran las premisas culturales de la
sociedad española, la im posición de la opinión no puede, en principio, evaluarse como
una estrategia ne gativa con respecto a la imagen social de nuestro alocutario o las
relaciones so ciale s estab lecidas ent re los inte rlocutores. Como y a ex pusieron B. M.
Thurén (1988 ),
D. Bravo (1996, 1999), N. Hernández Flores (2002, 2004a, 2004b) o L.
Hickey (2004), uno de los contenidos integra ntes de la imagen de autonomía española
es, precisamente, l a auto afirmación, es d ecir , l a exposi ción intensificada d e las propi as
opiniones, especialment e cuando estas pose en una orientación ar g umentativa contraria a
las ajenas
281
:
“Cuando hablantes españ oles en conv ersaciones polém icas no sól o no a tenúan sus
opiniones, sino que las reafirman, entonces estaríam os frente a una amenaza a la imagen
positiva de los interac tuantes y podríamos sacar una conclusión del siguiente t ipo: los
españoles en conversac iones polémicas se muestra n poc o cooperativo s ya que se
preocupan más de su propia imagen que de la de s u destinatario (…) Si apela m os a
contextos sociocul turales considerarem os (…) que entre los e spañoles l a expresió n
directa de opi n iones en una conversac ión polémica no es ninguna amenaza y la
reafirm ación muestra el co m promiso del hablante con su propia opin ión en benef icio de
la i n terlocución. En este caso el hablante español está cooperando con su rol de
oponente (…) la imag en en com promiso es la de a u tonom ía del propio hablante, pero la
imag en del destinatario no está e n j uego, no hay cort esía o descortesía, es un a situación
o contexto neutro .” (D. Bra vo, 2003c:107)
Los tertulianos, como in terlocutore s competentes, deben ser conscientes d e que
defender de mane ra veh emente su po stura es una parte es encial de su trabajo que,
además, se valora positivamente en la sociedad española. El problema s urge cuando los
participantes en este formato televisivo tienden a dar un paso más en este proceso de
intensificación d el valor veritativo y d e la fuerza arg umentativa d e la propia postura, d e
manera que no se con forman con otorgar una may or intensidad a la formulación
lingüística de su t eoría, si no que pretenden imponerla, s ilenciando el discurso del resto
281
Aunq ue esta pre misa sie m pre estar á sujeta a la variació n p ersonal, tan di fícil de aprehe nder. Esto es, la
mayor o m enor presencia de autoafirmación ta mbién dep ende de la p ersonalidad concreta del interlocutor .
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de los int er locutores. El refuerzo de la propi a o pinión se lleva, por end e, a extremos
inaceptables caracteriz ados por intentar conse g uir que el re ceptor asient a de manera
sumisa y pasiva a lo dicho. S e trata de no dejar lugar a l a diversidad de opi niones, lo
que ya sí supone una cl ara amenaza contra la i magen de autonomía d el interlocutor o
contra su libertad de pensamiento a la qu e l os interlocutores reaccionan con signos de
ofensa
282
.
Como ve remos posteriormente, uno de los recursos lingüísticos con los que
cuenta el emisor de est as pseudotertulias p ara imponer su opi nión al resto de los
participantes en la interacción son las int errupciones. Fijémonos en los dos ejemplos
siguientes:
(116) Santi: es un tiempo raz onable/ y después de dos c esáreas seg uidas/ pues tampoco
recomiendan que la mu jer se vuelv a a quedar embaraza da/ bueno / primero tenem os que
esperar [que naz ca este <<…>>]
Rocío: [claro/ es qu e a lo m ejor] no es un a cesárea est e
Santi: no/ no lo sabemos/ ¿ no?/ pero bueno / podría vol ver a ser/ pare ce ser que e l
doctor I gnacio/ don Ig nacio Recasens/ v olverá a ser el g inecólogo que ¿no [<<…> >]
(“Por la mañana ”, 26-09- 06)
(117) Ricardo Sanz: = no / no se produce n inguna rect ificación/ Dieg o [y es to es un asunt o
que=]
Diego Arrabal: [ tú lo acab as de decir/ ¿ eh?]
Ricardo Sanz: = si m plem ente e s mi op inión personal/ / yo no tengo nada en t u contra/
ni nada en con tra de Reina [ni de “La opinión de Mála g a” =]
Diego Arrabal: [no / no/ por supu esto]
Ricardo Sanz: yo solamente d igo que ESTO no me parece un ejem plo/ de periodism o/
acusar/ de un delito g rave/ com o es estar relacionado e n un asunto de narcot ráfico/ a una
persona/ diciendo que ha si do detenida/ cuando no l o ha sido [o decir que está en
posesión de drog as =]
Diego Arrabal: [hoy han teni do / no/ no/ pero hoy han tenido la con testación que debe
de tener cualqu ier periodis ta/ que es la contestación d e hechos]
Ricardo Sanz : [= ¿me deja s/ me dejas/ me dejas terminar? ]
Moderadora : [term ina Ricardo] y v uelvo contigo/ Diego
Ricardo Sanz: yo creo que esto no un ejem plo de periodismo/ de periodismo por lo qu e
entiendo de p e riodism o serio// tú puedes inform ar// para m í/ inf o rm ar significa c ontar
cosas/ que teng an interés general/ y ot ra cosa/ es contar co sas sobre l a i n timidad
personal de las personas/ de las personas// [como no es cierto que Mayte ha y a s ido
detenida ni es c ierto que ha y a sido =] (“A Tu Lado”, 19- 10- 06)
282
Este mis m o hecho ha sid o ob servado en el te rreno d el len gu aje político por parte de J . Vellón Lahoz
(20 08:274): “ El discurso de le gitimación, y su i mplicació n e n el deb ate p olítico, puede convertirse e n una
manifestación de violencia dialéctica en cuanto que se sigue de una estrategia d e autoafirm ació n
ideoló gica acompañada d e la marginació n, cuando no eliminación del a dversario.”
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En el primero de ellos, la relativa l ibertad en l a toma de los turnos de habla
existente en estas interacciones junto con el afán por exponer la opinión propia da lugar
a la aparición de pro cesos i nterr uptivos que, po r su corta du ración, no ob staculizan el
desarrollo de la interacción ni afectan ne g ativamente a l a imagen social de l os
interlocutores. Sin embargo, en el s egundo la si tuación ca mbia not ablemente. En un
momento de la di sputa mantenida por dos tertulianos, Ri car do S anz y Diego Ar raba l,
este último intenta hacer venc er su postura por m edio del control de la inter ac ción: trata
de hacer callar a su adversario o, al m enos, entorpec er la emisión de su te sis por medio
de la ut ilización constante y r eitera da de interrupci ones desafiliativas. En otras palabras,
este colaborador persigue no y a intensificar su aser ción, sino imponer su opinión gracias
al impedimento de la em isión de la contraria. Est a ac titud comunicativ a sí se siente
como una o fensa por parte del hablante afectado, que le pide explícitamente que le d eje
continuar con su exposición.
En conclusión, se evid encia cómo, si bien los tertulianos no suelen in dicar
indignación po r el uso puntual de las interrupciones, en aquellas ocasione s en l as que se
ataca reiteradamente su libertad enunciativa con l a m eta ult erior de silenciar su discurso
para imponer una d eterminada tesis sí suelen estar presentes las reaccion es emocionales
de ofensa. Este hecho nos permite calificar la estrategia de la imposi ción de la opini ó n
como claramente d escortés en relación con la ima ge n social de los tertulianos afectados
por ella, idea que también e s mantenida por N. Hernández Flores (2005) en su análisis
de los debates televisivos:
“El s eg undo t ipo de ac tividad de im agen (l a descortesía) ocurre cu and o ta n to l a im agen
del des tinatario como la del hablante se ven afe c tadas negativam ente. Est o puedo
ocurrir de dos maneras: habría descortes ía encubierta cu a ndo el ha b lante reafirm a su
imag en d e m anera que ello perj udic a la de l destinat ario, y a sí la pr opia imagen del
hablante se ve perjudicada tam bién. Volv iendo al contexto de los debates, esto ocurriría,
por ejemplo, si el contertulio, en su afán de m ostrar c onocimiento y autoridad, e nfatiza
la validez única de su opini ón, contraria a la de los dem ás, lo que amenazaría la im agen
de au tonomía de sus i n terlocu tores (que v erían i nv alidada su prop ia op inión) y de
afiliación ( p or no recibir el apr ecio y l a consideración que desearían del hablante .” (N.
Hernández Flor es, 2005:41 )
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5.1.1.2. Percepción del efecto social producido por las estrat egias del rechazo y
de la descalificación de la tesis ajena
Según indica D. Igualada Belchí (2000), ante la opinión expresada por un
interlocutor sólo ca ben tres reacciones: se acepta, a trav és de la manifestación d e
diferentes grados de adh esión o aprobac ión, se a cepta con obje ciones o se rec haza. En
las pseudotertulias t elevisivas, la actividad discursiva de l a con frontación o desacuerdo
está originada, ló gic amente, por la tercera de la s opciones señaladas, a quella que se
caracteriza por la presencia de desav enenc ias. A la l uz de las teorías desarrolladas en la
corriente de la Etnome todología, este tipo de encadenamiento d e tur nos de habla
supone, por la disensión existente en la seg unda p arte del intercambio o par adyacente,
una transgresión recurrente del Principio de Prefer encia. El análisis de nuestro corpus,
sin embarg o, nos ha llevado a plantearnos si re almente puede calificarse como no
preferida la reacción bu scada o incluso exigida por este tipo de texto en cuestión, y ,
desde una p erspectiva más amplia, si resulta lícito asociar de manera desco ntextualizada
y c on pr etensiones de un iversalidad el concepto d e preferencia conversac ional a un tip o
de acto de habla conc reto. Nuestra hipótesis, inclinada en ambos casos hacia la
negación, exige la revisión parcial de estos concep tos.
Ya desde los primeros estudios que desarrollaron los etnometodólogos acerca de
la estructura de la conversación (J . Atkinson- P. Drew, 1979; H. S acks- H. Schegloff,
1979; S . C. Levinson, 1983; P. Drew, 198 4; A. Pomerantz, 1984; J. Atkin son- J.
Heritage, 1984 ) resulta patente que, en cualquier tipo de interca mbio comunicativo, las
emisiones realizadas por los diferente s inte rlocutores no se enc uentran d esencadenadas
entre sí, si no que se vinculan unas a otras. Cuando un hablante emite u n turno de habla ,
el receptor del mi smo tiene a su disposición una serie de posibilidades de reacción de
estatus no equivalente con relación al Princip io de Preferencia
283
. P ensemos, por
ejemplo, en un a invitación. El destinatario de este tipo de acto de h abla dispone de dos
283
Esta noción, que aparece, según la s i ndicaciones d e J. Atk inson- J . Heritage ( 1984 :53), en las c lases
impartidas p or H. Sacks e n el año 1 973 p ara aludir ya a aquellas situac iones co municativas en las q ue
existen di versas posib ilidades de acció n para los particip antes, es ap licada a los seg undos j uicios de los
pares mínimos o ad y acentes po r S. C Le vinson e n 198 3. Los par es mínimos o ad yacentes habían sido
definidos p or H. Sacks-H. Sc hegloff (197 3) como una sec uencia de dos e misiones caract erizada s p or ser
sucesivas, por estar pr oducidas por diferentes habla ntes, por encontrarse or denadas en un a pr imera y
segunda p arte y po r ser especí ficas, en el sentido de q ue a una primera p arte c oncreta le c orre sponde u na
segunda parte ta m bién determi nada. La ap ortación realizad a por S. C. Levinson (198 3) consis te en
sustituir esta cuar ta caracterís tica, la especificidad, por la idea de prefere ncia.
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alternativas: aceptarla o rechazarla. La elección de una u otra opción no es
intranscendente, pues, además de ser ant itéticas, se encuentran organizadas
jerárquicamente, de mod o que, como indi ca A. Pomerantz (1984:63), ex iste al menos
una categoría d e respuesta preferida y una despreferida: “A next action t hat is oriented
to as invited will be called a p referred action; its alterna tive, a di spreferred action”.
Como consecuencia, los pares ad yace ntes qued an definidos como l a emi sión sucesiva
de dos turnos de habla o intervenciones de hablantes distintos ligados por una relación
de preferencia
284
. S eg ún puede apreciar se en el siguiente esquema, en el ejemplo de l a
invitación la respuesta p re ferida se identificaría c on la ac eptación. En el caso que más
nos i ntere sa para nu estro análisis, las as erciones o juicios de valor, lo priori tario será, en
todo momento, la expre sión de conformidad
285
(W . Labov-D. Fanshel, 1977; G. N.
Leech, 1983; A. Pom erantz, 198 4; J. Moeschler, 1985; P. Brown- S. Levinson, 1987; H.
Sacks, 1987 [1 973]; D. Schiffrin, 198 7; H. Ha verka te, 1994a; J . S talpers, 1995; T.
Ha y ashi, 19 96; T. Holtgraves, 1997; J . Rees-Miller, 2000; F. Jonson, 2006):
284
Aun q ue los pri m eros estu dios relacionaron la organizació n de p referencia únicamente con las
segundas posibles partes de un p ar ad yacente, la existencia de alter nativas no equivalente s no se
circunscrib e únic amente a es te ámbito. Así, por eje m plo, P. Drew ( 1984 ) estu dia la influencia de la
organización d e p referencia e n la forma de pro vocar la pri mera p arte del par ad yacente, m ientras que J .
Atkinson- J. H eritage (198 4) señalan có mo tales op ciones pueden presentar se en la selecció n léxica, en la
construcció n del t urno y en la elecció n de la acción o secue ncia. En e sta mi sma línea de e xtensión d e la
organización prefere ncial al r esto de los aspectos de la co nversación p uede situarse tamb ién el concep to
de pr edictibilidad aportado por B. Gallard o Paúls (199 3a) para r eferirse a la conduc ta d el emisor de la
primera p arte del par ad yacente. A juicio de dicha a utora, la explicació n detallad a de la co nexión e ntre lo s
turnos d e habla d ebe co ntemplar , junto con el P rincipio d e P referencia Conversacional, la man era e n la
que e l pri mer e misor constr uye un turno que co ndiciona y pred ice en cierto se ntido la conducta de s u
recep tor, que se ve obligado a respo nder si no quiere romper el Principio cooperativo b ásico.
285
El negar que lo afir mado por el anterior interlocu tor sea co rrecto o se co rresponda a un es tado d e cosas
real ha sido calific ado co mo un proc edimiento que tr ansgrede la máxima de acuerd o establ ecida p or G. N.
Leech (19 83), que supone un de terioro d e la vertiente positi va d e la ima gen social, tal co mo la def inen P.
Bro w n-S. Le vinson (19 87 [197 8]) y que se c orrespo nde con una de las p rincipale s e strategias d e
descor tesía (J. Cul pepe r, 19 96). De hech o, n uestra e xperiencia co m o hablantes co mpetentes del español
nos muestra que e l d eseo de estar e n lo cierto y de q ue nuestras ide as sea n aprec iadas y co nsiderada s
como vál idas hace que la manife stación d e d isensión provo que inco modidad o ma lestar. Co mo
consecuencia de tod o e llo, los acto s de habla disentivos, aq uellos a través de los cuales se rechaza lo
expuesto en la pri m era intervenció n de un par ad yacente, se han caracterizad o como segundas partes no
preferid as que i m plican un e fecto d escortés en e l discurso (G. Herrero Moreno, 2000, 200 2, 2004), con
excepción de las autocr íticas, los a uto-insultos y las ac usaciones, en la s que, sin embar go, la segunda
parte preferid a se id entif ica con el rechazo (J. Atk inso n – P. Dre w , 19 79; A. Pomerantz, 1984 ), las cuales,
a su vez, cuentan con la e xcepción de las terap ias p sicológic as, car acterizadas precisa m ent e po r to m ar e sa
crítica como te ma o tóp ico (A . P omerantz, 198 4). T om ando co mo base ambas op ciones, J . Bil mes
(19 88:167) enuncia una re gla más amplia:
“When someone makes an a ttribution ab out y ou, co ntradict, unless you want others to
understand that you accept t he truth of t he attribution”.
Una pr ueba de ello es q ue si la atr ibución es c ierta, la au sencia d e una con firmación no conlleva la
inferencia de que es falsa.
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Gráfico 24. Esquema aport ado por C. S. Lev inson (19 83:336)
A pesar de lo que pud iera sugerirnos el t érmino utilizado, el concepto de
preferencia no es u na noción psicoló gica que ha ga alusión a l as motivaciones o
prioridades personales de l os hablantes, si no una característ ica estru ctural que se
corresponde básicamente con el concepto lingüístico de marcac ión
286
. Esta afirmació n
la sust enta el hecho d e que el elemento esencial para discriminar las respu estas
preferidas y no preferidas sea la c onfiguración for mal del e nunciado. Es decir, las
segundas partes preferidas o no marcadas se caracterizan por su sencille z estructural,
mientras que l as segundas par tes no preferidas o lingüísticamente marcadas se destacan
por su ma y or elaboración y complejidad formal. Así l o evidencian las in vestigaciones
de S. C. L evinson (1983), J. He ritage (1984), A. Pomerantz (1984) , J . Bilmes (1988), J.
Atkinson- P. Drew (1979 ) o T. Ha y a shi (1996), en las que se muestr a cómo la estructura
de los turnos no preferidos o marcados se carac teriza por poseer l o que se ha
denominado como dispreference markers (A. P omerantz, 1984) o reluctance markers
(J. Bilmes, 1988), esto e s, dilaciones o p ausas intencionadas que retrasan la emisión de
la respuesta despreferida
287
, prefacios como m ar cado re s de posición errónea ( bueno, eh ,
por cierto ) o de contraste ( qué iba a decirte ), ca lificadores o ex presiones de duda que
286
Segús s us pro pias palab ras: “T he ter m “prefere nce” re fers to a range of pheno m ena associated with t he
fact t hat c hoices a mong nonequiva lent co urses of actio n are routinely i mplemented in ways that reflect an
institutionalized r anking o f alter natives. Desp ite its con notations, t he term i s not intended to reference
personal, su bj ective, or “ps ychological” desire s or dispo sitions.” (J . Atkinson- J. Heritage, 19 84:53)
Las co nnotacione s psico lógicas que acompañan al término p referencia y que dificulta n la asociación del
mismo co n una noción d irigida a la o rganización i nteractiva es lo que ha impu lsado a B. Gallardo Paúls
(19 91) a proponer la sus titució n de dicho té rmino po r el de priorid ad.
287
Evidenteme nte, esto no significa que to dos los sil encios deb an ser interpretad os com o marcadores o
anuncios de re spuesta d esprefer ida. Co m o bien señala J. B ilmes (19 88), si b ien un silenci o puede d enotar
en el momento d e su e misión que el emis or no está dispuest o a em itir u na respue sta pr eferida, la emisión
de una r espuesta preferida tras él hace q ue el s ignificado y funcionamien to d e este sile ncio en el discurso
tenga que r einterpretarse.
First Pair Parts S econd Pa ir Parts
Preferred Dispreferred
Request A cceptance R efusal
Offer/Inv ite A cceptance R efusal
Assessment A greem ent Dis agreem ent
Question Expe cted an swer Unexpe cted ans wer
Blame Den ial Adm ission
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atenúan la fuerza de lo di cho ( no estoy seguro, pero… ) y justifica ciones de por qué se
da la respuesta marcada.
No obstante, y sin negar la validez de estas ap reciaciones, lo cierto es, que si
repasamos la jerarquiz ación establecida por los etnometodólogos (véase el anterior
esquema), es evident e que ésta refleja de una form a bastante notoria la exi ste ncia de una
asociación ent re, por un lado, las respuestas calificadas como preferidas y aque llas que
han sido consideradas t radicionalmente como c orteses, y, por ot ro, la s reacciones
despreferidas con aquellas que parecen dañar la imagen social de nuestro alocutario
288
.
Esto condujo a autores como A. P omera ntz (1984), J. Heritage (1984 ), P. Brown- S.
Le vinson (1987), B. Ga llardo Paúls (1991, 1993a, 1998a) o C. Kerbrat-Orecchioni
(2004) a considerar que l as diferencias existentes entre el elenco de posibles respuest as
se re lacionan también con cuestiones de orden social. Se empieza a consi derar, así, que
la m otivación de la organiz ación preferencial de las alt er nativas s egundas partes de un
par ad y a cente no puede limi tarse al terre no estructural o formal, s ino que también debe
tomar en consideración aspectos relativos a la imagen social o a la cortesía verbal.
De todas formas, ya nos inclinemos hacia la dimensión más estructural o más
social del conce pto de pref erencia, el punt o débil que presenta esta teoría y que debe ser
revisado consiste, de nuevo, en i ntentar generaliz ar o hacer ex tensible a toda situación
comunicativa reglas o características sujetas a la variación contex tual o situacional. S i
nos ce ntramos en el ca so concreto de la par eja ad y acente aserción- r epuesta a la
aserción, el hecho de que la conversación co loquial, género en el q ue se b asan
principalmente las invest ig aciones señaladas, esté orientada h acia el consenso, no tiene
por qué significar que to dos los g éner os comunicati vos posean esta misma inclinación.
Pensemos en los debat es políticos. Sería completamente inusual qu e uno de lo s
contrincantes en fre ntados en ellos transig iera o claudicara ante l a tesis defendida por su
adversario. Y, si así l o hiciera, evid enciaría su falta de conocimiento de l as “reglas del
juego”. Ex actamente l o mism o ocurre en el contex to i ns titucional del discurso de l as
cortes, en el que prevalecen, por las mismas normas propias del género, el desacuerdo y
las acusaciones (J . Atkinson- P . Drew, 1979). Es preciso reconocer, por tanto, que la
anterior jer arquización de las seg undas partes del par ad y acente ase rción- re spuesta a la
288
B . G allardo Paúls (1998 a) considera que la ac eptació n co mo prior itarios o p referidos de los tur nos q ue
responde n a las expectativa s socio lingüísticas implica la visión d el Pr incipio de Prioridad como una
máxima co nversacional “de natu raleza social que presi de las interacciones v erbale s y que i ntenta
salvaguard ar la i m agen social de los hablantes” ( B. Gallard o Pa úls , 19 98a:59).
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aserción señalada por los etnometodólogos s e invi erte en los géneros comuni ca tivos que
se encuentran o rientados hacia el conf licto o q ue s e basan e n la contraposición de
opiniones, de manera qu e, en ellos , la ausen cia de desacuerdo pu ede s er i nterpr etada
como reflejo de la inc apacidad de d efender la propia opinión (H. Kott hoff, 1993; T.
Ha y ashi, 19 96)
Igualmente, si tomamos como punt o de partida las premisas socio culturale s
vigentes en la situación comunicativa, el carácter despre ferido que posee el desacuerdo
en las culturas o sociedades del oeste (E. Goffman, 1967; G. N. Leech, 19 83; P. Brown-
S. Levinson, 19 87) no es tá presente en otras culturas como la j udía (D. Schiffrin, 1984),
la i srae lita (S. Blum-Kulka – E. Olshtain, 1984 ), l a griega (C. Kakava, 2002) o la
venezolana (C. García, 1989), en las que la di sensión puede entenderse como una forma
de sociabilidad o como un comportamiento com unicativo marcado por la solidaridad.
En el c aso concreto del español, la autoafirmación, como componente esenc ial d e la
imagen so cial del h ablante español, contribu y e también a esta p ercepc ión no n ega tiva
del d esa cuerdo. Estudios interc ulturales han demostrado que, a diferencia de otras
comunidades que se encuentran más ori entadas hacia el mant enimiento del consenso,
como puede ser, por ejemplo, la sueca ( L . Fa nt, 1989; D. Bravo, 1996 ) o la japonesa (I.
N. L ópez Sako, 20008b), l os españoles no rehúy e n el conflicto interpersonal, llegándose
a afirmar que en la con versac ión cotidiana español a el conflicto o la di sputa puede
llegar a constituir una forma de interacción social ( L . Hicke y , 200 4).
En conclusión, la cu estión de si el desacuerdo constitu y e un a se g unda parte
preferida o de spreferida depende d e condicionamientos tanto culturales como
contextuales (J. Bilmes, 1988; D. Greatbatc h, 1992; H. Kotthof, 1993; N. Ba y rn, 1996;
H. Grubert, 1998; G. M y ers, 1998; R . Boy le, 2000; J . Rees-Miller, 2000; A.
Georgakopolou, 2001; S. Blum-Kulka, M. B lodheim - G. Hacohen, 2002; S . Emmertsen,
2007). En el caso de la ps eudoter tulia t elevisiva, los prog ramas an alizados muestran que
el desacuerdo se ex presa de manera expl ícita, intensificada y si n ni ngún tipo de
dilaciones ni atenuaciones, esto es, sin pos eer los rasgos lin güísticos propios de las
respuestas despreferidas, tal como se evidencia en el ejemplo siguiente:
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(118) Vicky Martín Berrocal: es que cuántas mujeres no se l levan nada/ y se van de sus
casas sin ná y/ y / y están ahí aba ndonadas/ pue s [que se lo lleve una/ hom bre <<… >> =]
Boris: [ con eso estoy de acuerdo/ p ero no/ ella que m onte una ONG]
Vicky Martín B erroca l: = ¿qué pasa ?/ la he querido / no han firmado/ que hubier a sido
m ás lis to/ ¿ y por qué no?/ ¿ este hom bre no está rod eao /de abog aos buenos / pa decirle lo
que tiene que hace r?/ porq ue hija/ yo m e casé/ y directam ente supe lo que tenía que
hacer/ y mira que tenía y o po co/ pues nada/ a llí a firm ar/ a v er cómo t e lo explico/ ese
hom bre/ con esa fortuna/ tendría que haber firmado algo/ ¿no lo firm a?/ ¡ah!/ ¿te has
enamorao?/ ¡ah! / pue s ahora se lo lleva/ ole / ole y ole/ ¿ qué pasa?/ ¿ siempre v a a ser el
hom bre el que se lo llev e? [no/ hombre/ no]
Tete Delgado: [no/ pero yo]/ hom bre/ estos c asos depende/ se dan tanto en
hom bres com o en mujeres/ pero a santo de qué tienes q ue darle a a lguien/ con qu ien has
estao casada cua tro años [¿por qu é hay que d arle diner o?]
Vicky Martín Berrocal: [¡¿y tú qué sabes lo que ha ag uantao esa m ujer?!]
Paola Domingu ín: [<<…>> ] no es grav e porque si tien es mil
quientos millone s [dar cua renta y seis =]
Tete Delgado : [tengas l os que tengas]
Paola Domin guín: = es hasta elegante/ otra cosa es cuando esta situación se pasa/
cuando uno no tiene/ y/ encima/ de lo poco que tiene se lo tiene que dar a o tra [ahí es
dónde es un prob lema] (“Channel nº 4”, 21- 01 - 07)
La interlocutora que interrumpe a la ter tuliana que pose e el turno de habla
expresa su rechazo con respecto a lo qu e est á siendo emitido de una manera rápida y sin
ambigüedades, sin prefacios ni justificaciones
289
, en contra de las predicciones
realizadas por H. Sacks:
“(…) there is an apparent i nter action between the preference for contiguity and the
preference for agreem ent, s uch that if a n a g reeing answer occurs, it pretty damn well
occurs contiguously, whereas if a disagreeing answers oc c urs, it may well be pushed
rather deep in to the turn that i t occupies.” (H. Sa cks, 19 87 [1973] :58)
Se demuestra que en las int era cciones analizadas no ri ge la preferencia p or el
acuerdo o la conformidad. No es qu e, como ocurre en l as di scusiones di ádica s
analizadas por H. Kotthof (1993), la aparición de una secuencia de dis entimiento
conlleve la sustitución de la inicial pr eferencia p or el acuerdo por un a pr edilección por
el desacu er do, sino que , debido a l a propi a fi nalidad del género comunicativo, la
tendencia hacia el consenso, sim plemente, no e xiste. En las pseudotertulias t elevisivas,
el acuerdo no está pr esente
290
; el desacuerdo es lo buscado d esde el inici o. Lo que
sucede, por tanto, no es que cambie l a r egla de p referencia, sino que la norma de este
289
J. Stalpers (1995) cita diez rasgos o m odos d e mitigació n del desacuerd o.
290
E xcepto en aq uellos ca sos e n los que do s o más tertulia nos se alía n contra la postura ado ptada por otro
de ello s. En dic has situacio nes los sujeto s que se enc uentran e n el mi sm o b ando, pues, manifie stan
acuerdo entre ellos al m is m o tie m po q ue se oponen a la tesis m antenida p or el o tro interlocutor.
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debates televisivos (M. Lunginbühl, 2007) o los documentales televisivos (J . Culpeper,
2003; D. Bousfield, 2007a, 2 007b, 2008), y a que, como afirma J . Culpeper (1998:86),
“impoliteness is a type of a gg ression, an aggression has been a source of entertainment
for thousands of y e ars”
2 95
.
A juicio de J . C ulpep er (2005:45) los elementos que pueden ex plic ar la
conversión de la descortesía en espectáculo son lo s siguientes:
1. Intrinsic pleasure : “In other words, we don´t need actual fisticuffs: the mere
suggestion of fisticuffs can cause the thrill.”
2. Voyeuristic pleasure: “t hese shows trad e in t he expl oitation of human
weakness for the s ake of vo y euristic ple asure (Richardson and Meinh of
1999:132)”
3. The audience i s superior: “Superiorit y theories, developed wit hin humor
theory, articulate the idea that there is self -reflexi ve pl easur e in observi ng
someone in a worse state than oneself.”
4. The audience is safe: “C ompare, for example, wit nessing an a ctual fight in a
pub, in which case y ou mig ht feel i nsecur e and wish to make hasty ex it, with
a pub fight presented in a film.”
Como es evident e, todo s y c ada uno de estos e lementos están p re sentes en l a
circunstancia comuni ca ti va propia de nuestro corpus
296
. Pero, si bien todos ello s so n
necesarios, desde nu estra perspectiva, el principal factor que puede ex plicar l a
conversión de la d escortesía verbal en un medio de entr etenimiento es el n úmero cuatro,
el hecho de que la a udiencia no vea dañada su imagen soci al. L a de scortesía está
presente en la interacció n que tiene lugar entre l os participantes directos de la tertulia,
de la cual la audiencia es un m ero receptor, tal como queda reflejado e n el siguiente
gráfico:
295
Esta asociació n d e la descor t esía con el entrete nimiento est á también presente en las re flexione s d e M.
Lunginbü hl (2007 :1377) sobre el debate politico: “This is what makes the progra mme attrac tive, not the
political in formation pro vided; the position s of the tw o gues ts a re k nown a fter a few min utes, so th e o nly
point of intere st is: Who w ill b eat whom?”.
296
P ara un a nálisis m ás detallad o del proceso com unicativo pro pio de las tertulias tele visivas, véase e l
apartad o 4 del presente tra bajo.
[Document text truncated for crawler view.]