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LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA Lección Inaugural leída en la Solemne Apertura del Curso Académico 2020-2021 en la Universidad de Sevilla BIOGRAFÍA
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SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ Sevilla 2020 LOLA PONS RODRÍGUEZ Catedrática de Lengua Española Departamento de Lengua Española, Lingüística y Teoría de la Literatura SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA Lección Inaugural leída en la Solemne Apertura del Curso Académico 2020-2021 en la Universidad de Sevilla
SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de este libro puede reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin permiso escrito de la Editorial Universidad de Sevilla. © EDITORIAL UNIVERSIDAD DE SEVILLA 2020 © C/ Porvenir, 27 - 41013 Sevilla Tfnos.: 954 487 447; 954 487 451; Fax: 954 487 443 Correo electrónico: [email protected] Web: <https://editorial.us.es> © LOLA PONS RODRÍGUEZ 2020 ISBNe: 978-84-472-3059-4 DOI: http://dx.doi.org/10.12795/9788447230594 Edición digital: Dosgraphic, s. l. Colección Textos Institucionales Edición digital de la primera edición impresa de 2020
SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ Sr. Rector Magnífico de la Universidad de Sevilla, Autoridades, Claustro de Profesorado, Personal de Administración y Servicios, Alumnado, Señoras y Señores:
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9 8 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ Mi historia es para contarla en un libro. La frase no es mía ni de nadie en concreto, es de mucha gente común, de cualquiera que en algún momento, hablando en el patio al fresco en verano, sentado en el tren ante un desconocido, se ha visto tentado de contar ese episodio de su juventud, el suceso de la mili, lo que le ocurrió en su barrio o su aventura cuando salió de España para buscarse oportunidades. Uno se cuenta su propia historia, se repite ciertos pasajes, seguramente idealizados, e incluso a veces tiene la oportunidad de volver a los lugares o a las personas de su narración y comprobar que la realidad no coincide tanto con la narración que uno se había hecho de ella. Todos tenemos una historia. La mía tiene un momento cualquiera en el otoño de 1994, cuando entré por primera vez en la Facultad de Filología para asistir a una clase. Echando cuentas, pues, resulta que llevo más de 25 años ligada de una forma u otra a esta universidad. Han de entender el conmovedor simbolismo que es para mí hoy impartir la lección inaugural de curso y hacerlo en esta vieja casa profesa de los jesuitas, en la sede de la Universidad literaria del xviii. Estoy hablando en el lugar que dio el testigo a la antigua Fábrica de Tabacos que, desde que empecé a estudiar
16 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ Dos años antes de morir, el cronista Alfonso de Palencia nos daba un ajustado resumen de todo lo que un letrado de finales de la Edad Media podía conocer sobre la trascendencia del vocablo historia: definición, etimología que remite al griego, un par de derivados con significados bien amarrados al sentido académico de la historia y un derivado más alejado de ella, el que daba en español histrión. Pero, hasta llegar al sigloxv castellano y a esta definición del vocablo, la palabra latina hi ˘sto ˘ri ˘a había atravesado su particular aventura lingüística desde la lengua helénica. El griego ἱστορία significaba ‘búsqueda, averiguación’, pues ἵστωρ era el conocedor de cosas, el sabio. Si la épica reclamaba en la Ilíada a una musa que ayudase a cantar la cólera del Pélida, la historia en Grecia como trabajo de investigación reclamaba, en cambio, testigos, averiguación y sentido deóntico. La cultura latina toma la palabra del griego pero sin asumir todos los valores significativos que la voz tenía en la lengua helénica: así, exigencia de testigo es acepción que en la lengua latina no recoge la voz; la misión educativa de la Historia, en cambio, sí está asumida y defendida tanto en Grecia como en Roma (Cicerón, De oratore: «Historia vero testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae, nuntia vetustatis, qua voce alia nisi oratoris immortalitati commendatur?»). El texto resultante de esa magistra vitae que es la historia, el propio libro de historia, queda incardinado como género literario dentro del sistema retórico latino. La preceptiva en torno a la elaboración del discurso histórico no impide la aparición de diversos tipos de géneros historiográficos pero
17 16 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ sí limita sus formas. Es un modo de la narratio distinto de la fabula y el argumentum, aunque a veces se usen como equivalentes fabulae e historiae. Como tal modo, reclama un tipo de ornatus en su preceptiva poética. Grammatica e historia se relacionaban desde su propia constitución y esta tenía, además, naturaleza de genus narrationis distinto de la fabula y el argumentum e incluía en sí a la grammatica y a los propios annales (Guenée 1973). El latín tenía como derivados de la voz historia las formas historicus, historiare, historiola, historialis, historicare, historiographus e historiuncula. Las lenguas romances, a su vez, recogerán una parte sola de esta familia léxica y la incrementarán, como veremos para el caso del español, con nuevas y variadas formaciones. Entre las palabras del castellano de orígenes está estoria, el derivado patrimonial de la forma latina, que convive con su cultismo historia a partir de la Baja Edad Media y que terminará desapareciendo del español en la época clásica. Tal disociación entre el cultismo y la voz patrimonial no es exclusiva del español y la tienen incluso lenguas no romances. Así, en el siglo xviii el inglés desarrollará el cultismo history para dar nombre a la disciplina científica de la historia, que convivirá con el story de la narración. En el término de historia se concitan hoy los sentidos relativos a la disciplina académica de la historia (Olmo Ibáñez 2015), la narración de un suceso (particular o público) ocurrido en el pasado o el propio resultado libresco de esa narración; solo en este último caso se alude al sentido de ‘texto historiográfico’
18 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ que me interesa particularmente aquí. Los diccionarios antiguos bilingües apenas superan la traducción del término a su lengua meta, pero los diccionarios generales monolingües son notablemente más ricos en sus respectivas definiciones e ilustran de la amplitud de elementos que se consideran al explicar qué es la historia. Parece común el hecho de que la definición se concentre en qué ha de definir a la historia en tanto relato de lo pasado: pretensión de fidelidad, carácter de testigo del historiador y sentido de memoria de lo heroico. En la deóntica de qué rasgos ha de aunar quien se dedica a historiar se inserta la definición de Sebastián de Covarrubias. Su delicioso Tesoro de la lengua castellana o española (1611) se centra en la fuente de la que emana la historia, que define como ‘una narración y exposición de acontecimientos passados’ y explica cómo debe ser en rigor ‘de aquellas cosas que el autor de la historia vio por sus propios ojos y da fee dellas, como testigo de vista’, si bien añade que, a falta de la propia experiencia, el recurso a ‘buenos originales y autores fidedignos’ y el compromiso del historiador para que ‘de industria no mienta, o sea floxo en averiguar la verdad’ sigue siendo válido para la creación de una historia y que, incluso, a falta de ese rigor, una narración hecha largo modo será una historia («como historia de los animales, historia de las plantas»). Un sentido mucho más volcado hacia la naturaleza de los hechos que se escriben y no tanto hacia la forma en que han sido conocidos es el que aporta la Real Academia Española en su definición fundacional (Diccionario de autoridades, 1726- 1739). En ella se apuesta por una concepción canónica de la
19 18 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ historia ligada a la narración de hechos ilustres: historia como ‘relación hecha con arte: descripción de las cosas como ellas fueron por una narración continuada y verdadera de los sucessos más memorables y las acciones más célebres’. Las acepciones secundarias que se brindan resultan menos restrictivas en cuanto a los contenidos susceptibles de ser historiados: historia ‘Se llama también la descripción que se hace de las cosas naturales, animales, vegetables, minerales, etc. como la Historia de Plinio, la del P. Acosta, la de Dioscórides, etc.’ y ‘Significa también fabula o enredo’. Como se ve, ni en Covarrubias ni en la primera Academia se concebía aún la historia como un tipo de escrito historiográfico concreto sino como el resultado de la acción de historiar, venga esta determinada por la capacidad de quien la ejerce o por los hechos que consigna. En ese mismo sentido cabe todavía entender la definición de Esteban Terreros (Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes, 1786-1793), que parte de la definición académica y la precisa: historia, relación hecha con arte, descripción de las cosas más memorables, como son en sí; esto es, una narrativa comprobada, continuada y verídica. También se toma por algunas narrativas particulares y aun falsas. La definición académica se hereda en el siglo xix y no solo en sus diccionarios propios, también en otros como el de Núñez de Taboada (1825) o el de Salvá (1846). Ramón Joaquín Domínguez (Diccionario nacional o gran diccionario clásico, 1846-1847), por su parte, la enriquece y vuelve a pasar de
20 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ la definición ejemplar e inmortalizadora de la historia a una concepción más general y eminentemente narrativa: historia. La narración de los sucesos tenidos por verdaderos, a fin de deducir de lo pasado probabilidades para lo venidero. En su acepción más extensa, se aplica este nombre a todos los hechos que recaen en el dominio de la experiencia, lo presente, lo pasado, todos los fenómenos que se producen en el espacio, todos los cambios que se operan sucesiva o cronológicamente; cualquier narración veraz se halla comprendida en la palabra historia, tomada en este sentido. Pero en otro más restricto, no es más que la exposición verdadera de los acontecimientos pasados, narración de los hechos y cosas memorables. Hasta la definición actual del dle, las modernizaciones se observan en varios sentidos. Por una parte, se elimina la valoración del historiador como testigo de lo narrado, y se mantiene la calificación de verdadera asignada al acto de historiar, que se sustancia en la narración y en la exposición; por otro lado, el contenido historiable abarca tanto a lo público como a otra naturaleza de hechos. Este ensanche de la legitimación de quién y qué se historia se acompaña, además, de un conjunto de acepciones secundarias novedosas entre las que están las que por primera vez materializan el acto de historiar en un producto historiográfico concreto: historia. Narración y exposición verdadera de los acontecimientos pasados y cosas memorables. En sentido
21 20 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ absoluto se toma por la relación de los sucesos públicos y políticos de los pueblos; pero también se da este nombre á la de sucesos, hechos ó manifestaciones de la actividad humana de cualquier otra clase. Historia de la literatura, de la filosofía, de las artes, de la medicina, de la legislación. || Conjunto de los sucesos referidos por los historiadores || Obra histórica compuesta por un escritor || Obra histórica en que se refieren los acontecimientos ó hechos de un pueblo ó de un personaje. (Definición introducida en drae12 1884, mantenida con ligeras variaciones hasta drae20 1984). Como vemos, la definición de qué sea la historia engloba el modo en que se produce y el resultado que da. Si la definición de la Academia es en buena medida hija de la propia historia de elaboraciones y de sutiles cambios ideológicos que ha ido heredando el diccionario desde el siglo xviii a hoy, en otros diccionarios actuales la definición sigue siendo igualmente poliédrica. Como señala Ugarte (1998), la forma de definir de historia en nuestros diccionarios partió de un discurso universalista que ha ido gradualmente estrechándose y particularizando su sentido; los diccionarios han sido espejo de lo que en la evolución general del español estaba ocurriendo con tal voz. La palabra historia fue esculpida por el uso y de ella fueron saliendo acepciones o derivados como esquirlas de sentido contrapuesto. Por un lado, se iban extendiendo en el habla común empleos ausentes de todo sentido terminológico o especializado; por otro lado, sobre todo a partir del xix, se tallaban
22 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ ámbitos académicos de la disciplina histórica cada vez más especializados. Los revisamos a continuación yendo desde las extensiones metafóricas a las locuciones y saltando desde ellas hasta los derivados. Cuando en la Edad Media se habla de mi historia se estaba hablando en realidad de mi relato o de mi libro. Las historias o estorias se cuentan, se escriben, se interrumpen, se saben, se oyen, se refieren… Juan Ruiz nos apelaba así en el xiv en el Libro de buen amor: «Entiende bien mi estoria de la fija del endrino: / díxela por te dar ensienplo, mas non porque a mí vino»; a mediados del siglo xv, en esa mezcla de crónica y novela que fue la Crónica sarracina se nos avisa: «E agora tornaré a mi historia: cómo Tarif era complido destas dos cosas, seso e esfuerço». Pero la extensión semántica era esperable y en el xvi ya se había dado. Hay desde entonces ejemplos claros de que mi historia o la historia de alguien empezaba a ser también su biografía, su propia vida, ajena a toda expresión libresca u oral. Las historias continúan siendo narradas, oídas o interrumpidas, pero también empiezan a ser vividas; el rondeño Vicente Espinel declara en metro (1591): «Si los desdichados / supieren mi historia, / juzgarán por gloria / sus cuitas y hados» o en otros versos: «Testigo es de tu historia / la sangre derramada / del rebelde flamenco ya obstinada, / y los turcos despojos / a su pesar llevados de sus ojos», y casi cinco siglos más tarde, otro poeta andaluz, Luis Rosales, nos revelaba en un poema de título larguísimo («Canción donde se explica, bien explicado, que al pronunciar una sola palabra puedes hacer tu biografía»):
23 22 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ Cuando dices: nunca, cuando dices: bueno, estás contando tu historia sin saberlo. Esta personalización de la historia, su bajada tejas abajo para ser no solo lo que se narra en los libros o lo que alguien cuenta sino simplemente lo que alguien ha vivido puede parecernos una extrema naturalización de lo que fue desde el préstamo del griego el nombre de un género de narración especializado y basado en la investigación con testigos. Pero la historia tiene sus círculos: esta acepción de la historia como mi historia, como el ‘Conjunto de los acontecimientos ocurridos a alguien a lo largo de su vida o en un periodo de ella’ (drae23, 2014) se hace científica, académica y sujeto de investigación hoy de nuevo en el sintagma historia de vida con el que se traduce desde el inglés el método de investigación con testimonios personales que ha sido promovido desde la antropología cultural reciente. No me detendré en este uso. Además de la propia personalización que atravesó el sustantivo, es interesante observar cómo fueron tejiéndose metáforas en torno al sustantivo historia. La historia, como todo lo que tiene un parámetro de tiempo, se asocia con frecuencia a la metáfora del río: las historias fluyen, brotan, circulan, se diluyen, se desbordan… Algunas de estas imágenes son más recientes que otras. Tal es el caso de la expresión curso de la historia que tiene algún ejemplo antiguo («Pues volviendo al curso de nuestra historia, como el capitán Francisco de Mendoza saliese…»,
24 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ Pedro Cieza de León, Las guerras civiles peruanas, 1553), pero que se hace de circulación común a partir del siglo xix: el lucense Nicomedes Pastor Díaz (Los problemas del socialismo, 1848) razonaba: «Porque la generación de la vida y la procreación de la riqueza son fenómenos que no solo se asemejan en el curso de la historia sino en el progreso de la civilización» y en su Historia eclesiástica de España (1855-1875), Vicente de la Fuente apuntaba a la clave de esta imagen: «El curso de la historia, semejante al de los ríos, avanza a veces por los campos recto y majestuoso». Las historias son ríos que fluyen pero también bosques en que adentrarse; cabe en esa metáfora ubicar la locución meterse en historias, que era en Autoridades la única asociada a la palabra historia: ‘Phrase con que se da a entender que alguno se introduce en cosas que no entiende o no son de su incumbencia ni le tocan’; con ligeras variaciones está en Terreros (1786-1793): ‘meterse en cosas arduas, que no se entienden ni pueden desenredar’. Su significado es transparente: «Yo no me quiero meter en historias divinas, no porque las ignoro, sino porque las adoro» (Francisco López de Úbeda, La pícara Justina, 1605); «Mi consejo es que no te metas en historias por lo que la gente pueda decir» (Jorge Luis Borges, El informe de Brodie, 1970). Desde el xix documentamos la metáfora el teatro de la historia; dice el argentino Lucio Vicente López (Recuerdos de un viaje, 1881) hablando de la ciudad de Edimburgo: «Sus viejas casas de diez y de once pisos dicen tanto como sus crónicas; altas y sombrías, forman callejuelas estrechas y complicadas que son el teatro de la historia de toda la Edad Media y de los cuatro últimos siglos». Como bien nos
25 24 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ enseñó Curtius (1948 [1955]: 204), la metáfora del teatro del mundo, vigente ya en Platón, compara al hombre con un actor y a la vida en un espectáculo. En este caso, el escenario de cualquier historia se concibe, obviamente, como la vida. Otra expresión empleaba la palabra historia en español, pero con un sentido distinto al que le conferimos hoy: hacer historia era típicamente escribirla o contarla. Juan Justiniano (traducción de la Instrucción de la mujer cristiana de Vives, 1528) explica cómo «cinco hijas tuvo Diodoro, el dialéctico, señaladas en letras y castidad, de las cuales Filón, maestro de Carneades, hizo historia»; en el xx es un uso que se mantiene: en 1909, el periódico El Liberal resumía la sesión de gobierno del día anterior diciendo: «el señor Marsá hizo historia de las causas que hacen a su juicio inoportuna la aprobación del dictamen» y a final de ese misma centuria en Tiempo de silencio (1961) Luis Martín Santos nos habla del hombre de la meseta diciendo que «este tipo hombre de la meseta que hizo historia, que fabricó un mundo, que partiendo de las planas de la Bureba comenzó a pronunciar el latín con fonética euskalduna…». En el sentido que hoy le damos a hacer historia (‘eternizarse’, ‘pasar a la posteridad’, ‘adquirir la importancia necesaria como para ser recordada’) las cosas hacen historia desde hace poco tiempo, desde mediados del siglo xx. Esta última acepción llega tardíamente, aún no se había incorporado en 1992 al drae. Un autor hondureño (Víctor Cáceres Lara, Humus) escribe en 1952 que «el matrimonio de don Abdón y Juana Francisca fue acontecimiento que hizo historia en la vida apacible y serena del pueblo» y en 1975, cierto diario colombiano (El Tiempo.
32 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ travesea con el agua; representando historialmente toda esta primera mención el paraíso». Era una derivación desde el valor que más repetidamente tenía historialmente desde la Edad Media: ‘narrativamente, de un modo historial’, que se muestra ya en tempranas obras de nuestra literatura: «el sancto propheta Moysés, porque entendió que si dixiese las cosas de Dios tan sotilmente commo son […] caerían en alguna dubda, por eso lo puso estorialmente por tales palabras que lo entendiesen los omnes» (Don Juan Manuel, Libro de los estados, s.xiv) y es adverbio que el historiador Inca Garcilaso de la Vega asume como modo de su forma de narrar: «De estas cosas que historialmente escribimos y adelante escribiremos podrá el que las leyere colegir y sacar las antiguas leyes y derechos de los indios del Perú» (Comentarios reales de los incas, 1609). Ya en el sigloxviii este adverbio es una rareza; uno de los últimos ejemplos que localizo al respecto es «Te lo contaré historialmente» (Manuel Lanz de Casafonda, Diálogos de Chindulza: sobre el estado de la cultura español en el reinado de Fernando VI, c. 1761). Pese a ello, precisamente cuando ya no se usaba en los textos, historialmente entra en la historia lexicográfica del español con Terreros, y luego ingresa al drae4 en 1803 donde exhibe desde fecha reciente la marca desusado. El adjetivo histórico fue en su momento un adjetivo relacional (‘relativo a la historia’) del que no hay ejemplos tempranos (tampoco en la forma con es-). Localizamos una rara muestra en Juan de Mena, que lo usó con el sentido de ‘narrado conforme a la historia’: «Fasta aquí va en parte fabloso e parabólico e estórico segund quiso escrivir Ovidio de quando Juno
33 32 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ descendía a los infiernos», Comentario a la coronación del marqués de Santillana, 1439). Hoy el uso relacional convive con el empleo del adjetivo como calificativo. Sintagmas del tipo un acuerdo histórico o un resultado histórico con el sentido de ‘memorable, espectacular, fabuloso’ son evolución reciente del español. El adjetivo historiable empieza a usarse en el siglo xx con el sentido en principio específico de ‘consignable en un libro de historia’; hay documentación americana de inicios de siglo («Lo que para la mayor parte de los contemporáneos fue asunto de corrillo, para el señor Cordovez ha sido materia historiable», Baldomero Sanín Cano, Cordovez Moure, 1912) y ejemplos europeos posteriores (en Azorín: «No se trata ya nuevamente de escribir la Historia sino de ver la vida […]. ¿Qué es lo historiable para Baroja?» Madrid, 1941); a mediados de siglo hay más ejemplificación en un tratado del lexicógrafo Julio Casares que apela a la historia íntima de las palabras: «Toda la psicología, toda la vida íntima y social, toda la historia no historiable de nuestros antepasados, ha ido dejando sus huellas en esas fórmulas elípticas, que se acuñaron para dejarlas en herencia a los que vinieran después (Introducción a la lexicografía moderna, 1950). Si en latín historiuncula circuló como derivado, en español pocas veces ha concurrido la palabra historia con diminutivos. La combinación con el que fue el diminutivo más general del español, -illo, se da en alguna contadísima ocasión, como cuando Gonzalo Pérez Ledesma (Censura de la elocuencia, 1648) sentencia: «Los dañosos son los murmuradores de
34 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ memoria, que con la historilla que cuentan imprimen en el juizio de todos la infamia del sugeto», pero sin duda la combinación más estable, ya lexicalizada, es la de historia con el diminutivo de raigambre oriental -ete. El sentido despectivo que da el diminutivo al ejemplo de Pérez Ledesma (historilla como ‘cuento’ o incluso ‘calumnia’) lo tiene, aunque más mitigado, la historieta que empieza a documentarse por escrito en español al menos desde el siglo xviii. Benito Jerónimo Feijoo declara en su Teatro crítico universal (1729) al respecto de una anécdota de la historia de Roma narrada por Numenio y Quintiliano: «Lo que podemos asegurar es que si una historieta que refiere Numenio es verdadera…». Y en la misma obra, presenta cierta noticia que ha leído en un papel holandés diciendo: «La historieta que refiere la gazeta es del tenor siguiente». Son muchas las documentaciones en la lengua de Feijoo y en todas ellas se verifica el sentido de la voz con diminutivo como ‘historia menor’, poco apuntalada en fuentes, excusable. Feijoo, benedictino gallego, no tenía vernáculamente el sufijo en -ete, que es, en cambio, propio de los dominios catalán, aragonés y en parte manchego. La fuente para esta voz parece, pues, estar en las lecturas francesas (historiette) del autor. De los escritos de Feijoo debió de trasladarse a los de su coterráneo fray Martín Sarmiento («Corre una historieta sobre el refrán obispo por obispo que si fuese cierto argüía bastante antigüedad», Memorias para la historia de la poesía y poetas españoles, 1745). A final del siglo, la formación con diminutivo está bastante extendida («Si es menester / que yo también me entrometa / a dar mi declaración, / sé graciosas historietas», Tomás
35 34 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ de Iriarte, El señorito mimado, 1791) y a continuación ingresará en el diccionario. Está en Terreros (con la definición: ‘historia pequeña en que hay mucho de amoroso y fingido’) y ya entra en la Academia en 1817 (‘tómase comúnmente por el cuento o fábula mezclada de alguna aventura o cosas de poca importancia’). Un derivado a partir de ella, historietista, mantiene el significado de la base: ‘narrador de historias menores’. Ricardo Palma (Tradiciones peruanas, 1874) emplea la palabra historietista para referirse a sí mismo: «No es que yo, humilde historietista y creyente a macha martillo, sea de los que dicen que ya Dios no se ocupa de hacer milagros» o «¿Y usted que hace décimas y que la echa de cronista o de historietista y que escribe en los papeles públicos…?». No coincidían, pues, estas historietas con las de los tebeos y tiras cómicas, que tomaron ese nombre a mediados del siglo xx; los diccionarios asumen esa acepción tardíamente (en drae desde 1992: ‘serie de dibujos que constituyen un relato, con texto o sin él’). Vayamos ahora propiamente a la disciplina académica de la Historia, fuera de sus derivados o de las expresiones en que se incluye. Quienes ejercen tal disciplina, nuestros historiadores actuales, poco se parecen, en fuentes y métodos, a los historiadores, estoriadores o históricos que con esos nombres aparecen ya en los textos antiguos castellanos. La definición de Alfonso de Palencia que exponíamos supra ya avisaba de cómo en la Baja Edad Media castellana el histórico era un historiador; dice Fray Martín de Córdoba (Jardín de nobles doncellas, 1468) que Artemisa «fue insigne en castidad y es muy loada tanto de poetas como de históricos» pero fue más frecuente el empleo
36 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ de estoriador («los sabios estoriadores que sobr’esta estoria e sobr’el departimiento destos años fablan», General estoria, 1) y, desde el siglo xvi, historiador. En el mismo siglo xix en que nuevas expresiones en torno a la palabra historia se popularizan y extienden con arraigo suficiente como para haber perdurado hasta hoy, la materia de la investigación histórica, como otras, se arma conceptualmente, especializa sus distintos ámbitos de trabajo y, en consecuencia, se enriquece en terminología. Como bien señaló Lapesa (1993 [1996]: 378) en su recorrido por el léxico de la Edad Contemporánea, fue el drae13 de 1899 la fuente lexicográfica que incluyó los nombres de disciplinas históricas como arqueología, etnología, numismática, paleografía y el adjetivo prehistórico, aunque prehistoria se introdujo algo más tarde, en 1925. Entre todas ellas apuntamos el neologismo historiografía, «una historia de la historia basada en el estudio atento de las articulaciones de la memoria y de la retórica» (Duby 1991: 177); como nombre de la disciplina científica, este sustantivo se extiende también en el siglo xix. Los antecedentes de uso son lejanos: hay una forma antigua, prácticamente hápax cronológico, en Flavio Josefo (Contra Apión I, 34, ap. Mesa Sanz 2015), pero es dudosa la fecha, pues puede ser resultado de una interpolación textual del siglo xi sobre la obra del siglo i a. C. Más segura es la ejemplificación de la Patrologia latina, que nos ofrece para la palabra historiographia un ejemplo medieval en Hugo de Amiens (†1164). En la tradición romance ibérica se distingue un ejemplo medieval, tempranísimo, en el humanista aragonés Juan Fernández de Heredia; al traducir
37 36 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ a fines del xiv el Breviarium ab urbe condita de Eutropio declara: «cierta cosa es que Luguria et las partidas de Venecia et Emilia et Flaminea, los antigos istoriographos clamaron Gallia Cisalpina». Pero esta ocurrencia es ocasional y no abre tradición: hasta el xix la palabra no se vernaculariza en español. Galdós tiene la valentía de introducirla en una escena dialógica de La corte de Carlos IV (1873): «Pero, ¿no cree usted que esa escena no está del todo mal? —¡Cómo se conoce que eres novato y que en la vida has compuesto un verso! —¿Qué tiene esa escena de extraordinario, ni de patético, ni de historiográfico…?» y la prosa científica finisecular hace uso de ella sin mayores reservas. Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882) avisaba, por ejemplo, sobre el preferente lugar que «ocupa Tenerife en la primitiva historiografía canaria». El pensamiento decimonónico es fuertemente historicista y ello explica el enriquecimiento en derivados, neologismos terminológicos y expresiones que se da en tal centuria. La dimensión histórica se incorpora en todas las disciplinas científicas como modelo de estudio: ocurre en la Biología, ocurre en la Lingüística con el despertar explicativo del indoeuropeo. La Historia, en sí misma, se separa de la Literatura como disciplina científica; desde fines del xviii se estaba rompiendo la vinculación de retórica y género literario, «la prosa, y con ella la historiografía, queda relegada al terreno de lo empírico, al registro de datos correspondiente a una realidad objetiva» (Codoñer 1995: 15) y asume una tarea muy de ese tiempo: encontrar el Volksgeist de cada país, identificar en sus
38 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ características los rasgos propios del ser nacional. Con ese proceso se ponen en juego las virtualidades de la creación léxica y se extienden por la lengua derivados con prefijación construidos a partir del sustantivo historia: antihistórico, antehistórico y ahistórico. Así, la formación antihistórico emana del lenguaje técnico y está documentada desde mediados del xix. Nicomedes Pastor Díaz (Los problemas del socialismo, 1848) alude en términos críticos a las propuestas socialistas para decir de tal «nueva organización democrático-económica»: «la pretensión del segundo retroceso es antihistórica y absurda». Y Ortega hablará algo después en La deshumanización del arte (1908) de «las sustancias imperialistas que dan una cohesión antihistórica, violenta, al vario enjambre de pueblos germánicos». Algo posterior a antihistórico es la documentación del derivado antehistórico que aparece en tratados de historia de varias disciplinas como equivalente a lo que hoy sería prehistórico: en 1863 el discurso de ingreso de Pedro F. Monláu en la Academia (Del arcaísmo y el neologismo) avisa de «la particularidad en que principalmente apoyan su opinión los sostenedores del abolengo antehistórico del castellano»; también para el ámbito de la expresión cultural lo usó Menéndez Pidal al defender en Poesía juglaresca y juglares (1924) que «las gestas de corta dimensión, que vemos perdurar en Castilla, es [sic] otra muestra de tipo arcaico, que Francia debió de tener en tiempos antehistóricos de su literatura»; fuera de la tratadística de ámbito humano, también tuvo uso: el tratado de Juan Vilanova y
39 38 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ Piera sobre geología (Compendio de Geología, 1872) presentaba un «cuadro de los acontecimientos que caracterizan los tiempos llamados antehistóricos». Por su parte, el adjetivo ahistórico aparece desde los años40 en los textos especializados, ligado a menciones al historiador alemán Oswald Spengler (1880-1936); el ensayista mexicano Adolfo Menéndez Samará (que fue, por cierto, rector de la Universidad Autónoma del estado de Morelos en México) dirá: «Lo que el griego llama cosmos era la imagen de un universo que no va siendo, sino que es […]. Esto es lo que ha obligado a Spengler a calificarlo de ahistórico» (Fanaticismo y misticismo, 1940). Es una de las primeras documentaciones en español de tal adjetivo, que una década más tarde ha salido ya de los tratados de historia para entrar en la obra filológica de un poeta-profesor como Dámaso Alonso: «Una vez cerrada, la obra artística, inmutable, ve cómo ruge y se deshace a su lado el devenir histórico […] ahistórica por naturaleza entre el fluir de la historia (Poesía española. Ensayo de métodos y límites estilísticos, 1950). Entre los derivados prefijales de historia, sin duda, es intrahistoria la palabra de recorrido más personal. En 1898 en una carta a Ganivet, Unamuno asevera enjuiciando el desastre de las colonias: Hay en España algo que permanece inmutable bajo las varias vicisitudes de su historia, algo que es la base de su subhistoria. Este algo es que España está formada en
40 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ su mayor parte por una vasta meseta, en que van los ríos encajonados y muy deprisa, y cuya superficie resquebrajan las heladas persistentes del invierno y los tremendos ardores del estío. Es un país, en su mayor extensión, de suelo pobre. El contexto es necesario para entender que Unamuno quiere argumentar su reclamación de que España deje de ser un país agrícola, y lo justifica acudiendo a la idea de que nuestros ríos se llevan la riqueza del suelo al mar. Dejando de lado la debilidad del razonamiento, que deja aparte la feraz tierra andaluza, la argumentación es que la historia de España y su negro porvenir se explican en parte por su subsuelo, y esa es la subhistoria a la que Unamuno alude. El autor noventayochista crea los términos subhistoria e intrahistoria, pero solo este último consiguió el respaldo del uso. La intrahistoria está ya en el primero de los ensayos (1895) de En torno al casticismo y da nombre a la vida poco visible en los libros de Historia. Unamuno define ahí la intrahistoria acudiendo a una metáfora marina: Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que como la de las madréporas suboceánicas echa las bases sobre las que se alzan islotes de la historia. Sobre el silencio augusto, decía, se apoya y vive el sonido; sobre la inmensa humanidad
41 40 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ silenciosa se levantan los que meten bulla en la historia. Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentira que se suele ir a buscar al pasado enterrado en libros y papeles, y monumentos, y piedras. Intrahistoria es una de esas escasas palabras cuyo origen inventado conocemos, una de las «palabras de autor» que ha estudiado Álvarez de Miranda (2016: 22) y que hace reunirse a mileurista, quirófano o perogrullada bajo la misma etiqueta que la palabra inventada por un profesor de nuestra universidad, escutoide. Intrahistoria ha sido la única de las numerosas voces por onomaturgia que se han construido en torno al sustantivo historia que ha triunfado. Otros términos especializados en torno a la palabra historia han tenido, en cambio, débil arraigo lingüístico más allá de la disciplina, como la rara historiosofía que traduce al español la Historiosophie que el polaco August von Cieszkowski (1814-1854) propuso como reinterpretación de la filosofía hegeliana y que en español apenas deja algunos usos aislados, todos ellos dentro del mero lenguaje de especialidad. Así, un texto de los años setenta ofrece esta formulación: «La teoría del mito revolucionario constituye para José Carlos Mariátegui la más valiosa aportación contemporánea a la historiosofía» (Hernando Aguirre Gamio, Mariátegui: destino polémico, 1960-1974). Más útil, quizá, para el uso de la crítica literaria en español hubiera sido la difusión de otra palabra acuñada como palabra de autor: fictohistoria, que el poeta
48 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ únicos en general, pero, en cambio, de la cronística conservamos muy abundantes testimonios, y ello ocurrió porque fueron muy populares en su tiempo. ¿Hasta cuándo? En el siglo xvi se siguieron leyendo e imprimiendo cró - nicas: la Valeriana, la Sarracina, por ejemplo. Hubo algunas ediciones de crónicas medievales en época posterior: el cronista de Carlos V, Florián de Ocampo, publica una crónica alfonsí en Zamora en 1541. Pero por los tórculos pasaban también novela sentimental, historias caballerescas breves y largas… Las crónicas medievales dejaron paulatinamente de ser lectura común en el xvi y suscitaba ya ciertas dudas la pluralidad de versiones de las estorias alfonsíes. Así lo señalaba Gonzalo Fernández de Oviedo: «en todas las que andan por España que General Historia se llaman (al menos las que yo he visto) no hallo una que conforme con otra, y en muchas cosas son diferentes». Con todo, en América, quienes están luchando en territorio inmenso e ignoto revelan su lectura de las crónicas al escribir su aventura ateniéndose en parte a los esquemas cronísticos. Covarrubias (1611) había definido crónica como ‘la historia que trata de la vida de algún rey o vidas de reyes, dispuesta por sus años, y discurso de tiempo’. Esta relación entre la crónica y la biografía de un personaje coronado está alimentada también por la recepción que hubo de la cronística medieval regia a partir del siglo xvi. Las crónicas medievales más conocidas y reimpresas son las que versan sobre monarcas, y no las que, en la Baja Edad Media, comienzan a circular sobre personajes nobles particulares. Tiene, pues, en Covarrubias la crónica un
49 48 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ sentido restringido a lo que fue la más ortodoxa crónica medieval, limitada a referir la memoria pública y privada de los monarcas y definida por utilizar el eje cronológico del reinado como unidad de narración y el sentido ejemplarizante que se desprende de los hechos narrados y de su dispositio. El sentido medieval habita también en la concepción de Covarrubias de la crónica como una lectura moralizante con capacidad ejemplar, obligada para los monarcas. Dice el lexicógrafo (1611): «Los reyes y príncipes deven leer o escuchar las corónicas donde están las hazañas de sus passados, y lo que deven imitar y huir». La definición en torno al monarca como cimiento temático que distingue la crónica de otros textos historiográficos está refrendada posteriormente por el primer diccionario académico. En efecto, en el Autoridades, la palabra chronica se define como ‘Historia o annales en que se trata de la vida de los reyes, u de otras personas heroicas en virtud, armas, o letras’. Pero desde 1780 la crónica es, para el drae1, la ‘Historia en que se observa el orden de los tiempos’. Por la misma época, Eugenio Llaguno (1724-1799), secretario de la Real Academia de la Historia, descubridor del manuscrito del Poema de mio Cid y político al servicio de Carlos III, promovió la edición de algunas de las grandes crónicas españolas como la de Pero Niño y las llamaba «monumentos genuinos de la historia nacional» (Campa 2005-2006: 148, n. 2). Hoy nuestras crónicas son otras. Me siento, por la educación de mis padres, por la música y los libros que mis padres sin ser militantes políticos me dieron, una hija más de la
50 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ Tran sición, una orgullosa hija de la Transición. Y en esa transición está también la palabra crónica como vocablo simbólicamente fundamental. En el arte, la pintura figurativa y Pop Art de tres pintores valencianos que se autodenominaron Equipo Crónica sirvió para denunciar, con la inspiración de nuestros clásicos, la situación política de España. Y en el periodismo, con avizora censura, la crónica parlamentaria o social iba explicando a los españoles la España que estaba cambiando de horizonte político. Desde mediados del siglo xx, la palabra crónica se había renovado en los diccionarios del español: en 1950 el lema crónica incorpora una segunda acepción, que se da entre corchetes: ‘artículo periodístico sobre temas de actualidad’ y, desde 1983, un año antes de que se grabe la canción España camisa blanca de mi esperanza, el diccionario suma ya la acepción (con la sorprendente marca r.tv ‘radiotelevisión’): ‘Información que, a través de una emisora, envía un corresponsal, en directo o diferido, sobre unos hechos que él observa e interpreta’. ¿Tenía sentido separar en dos entradas la crónica que es oral, presentada a través de la televisión, o la transmitida gráficamente en prensa? Esta disociación medial se supera en la vigésima tercera edición cuando la crónica se actualiza por completo. De ello se da cuenta en la definición enmendada consultable en la ciberpágina de la Academia. Por una parte, se enriquece la definición heredada históricamente y la observación del orden de los tiempos que, con su tanto de poesía, se venía repitiendo desde el siglo xviii, se reemplaza por ‘narración histórica en que se sigue el orden temporal de los acontecimientos’. Por otra parte, se funden las dos acepciones alusivas a los
51 50 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ medios de comunicación en una sola: ‘Artículo periodístico o información radiofónica o televisiva sobre temas de actualidad’. Dos variantes formales pueden señalarse en torno a la palabra crónica. La primera es la forma con anaptixis corónica: es la voz bajo la cual lematizaban Nebrija y Covarrubias (quien decía: «Está corrompido el vocablo de chronica, chronicorum…») y que, en cambio, rechazaba la Academia (para quien ‘aunque muchos escriben Corónica, es error conocido’); como otros diccionarios a partir del siglo xviii, la Academia incluye la forma tetrasílaba solo para reenviar al lema crónica. Corominas / Pascual (dCeCH, s.v. crónica) explican la difusión medieval de esta forma «por la etimología popular, pues las crónicas solían tratar de los hechos de personajes coronados». La segunda variante formal de crónica varía meramente su terminación: crónico, sustantivo que los diccionarios del español recogerán como variante de crónica (‘Lo mismo que crónica’, drae1 1780) hasta hoy, en lo que es uso raramente documentado alguna vez. Emparentado con la crónica, por su parte, está el cronicón, derivado de la forma neutra chronicon. La voz chronicon fue parte del título de importantes escritos historiográficos medievales latinos, pero nada parece quedar de esa venerable tradición altomedieval cuando el vocablo se lematiza y define en los diccionarios del español. Desde su inclusión (con forma chronicon) en el primer diccionario académico se incide en atribuirle a este género de obra historiográfica la cualidad básica de la brevedad: ‘Relación de los sucesos referidos brevemente por años’, rasgo que se mantiene en remodelaciones posteriores de
52 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ la definición. El hecho de que a partir del siglo xvii circu lasen textos historiográficos con el nombre de cronicones que se revelaron falsificaciones interesadas (caso de los escritos del pseudohistoriador jesuita Román de la Higuera, tenidos como de origen paleocristiano pero en realidad del Seiscientos) justifica el sentido depreciativo que se da a la voz en otras compilaciones lexicográficas como la de R. J. Domínguez (1846-1847), que hace convivir una primera acepción asimilable a crónica (‘Historia en que se observa el orden de los tiempos’) con otra peyorativa (‘Libro antiguo y malo’). Tal sentido peyorativo es el que, en efecto, puede documentarse sin esfuerzo en el sigloxix. Así Mesonero Romanos (Escenas matritenses, 1837) escribía: «según le miro a V., paréceme que a su folleto, libro o cronicón, o lo que sea, no le cuadraría mal el titulillo de Memorias de un cesante», y un erudito como Menéndez Pelayo, obvio conocedor de cuál era la implicación del chronicon altomedieval latino, dice al iniciar un capítulo de su Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882): «Este capítulo, que solo añadimos en obsequio a la cronología, va a parecer un índice o cronicón árido y descarnado, más bien que un trozo de historia». Otro ejemplo ilustrativo nos lo brinda Clarín (Apolo en Pafos, 1887), cuando usa cronicón como hiperónimo con que aludir a las crónicas medievales, que tiene por pesadas y poco creativas: «Regiones hay del arte en que novela e historia casi se confunden, y es allí donde el historiador y el novelista se propusieron fines poco menos que semejantes; así como ejemplo de gran distancia entre la historia y la novela, podríamos citar un cronicón apelmazado y soso, escueto y pelado de la Edad
53 52 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ Media, y compararle con Amadís de Gaula o con las Sergas de Esplandián; en el Cronicón no hay más que la verdad monda y lironda de los hechos, sin arte, sin orden didáctico, sin propósito ideal». No estamos de acuerdo con Clarín quienes hemos leído crónicas medievales alfonsíes. Adjuntándose a diminutivos, crónica presenta, como le pasaba a la historilla o las historietas, un sentido despectivo. Si las historietas eran narraciones menores, sobre todo en torno a lances amorosos, las croniquitas o croniquillas tienen en nuestra historia de la lengua el sentido de relato noticioso, de ámbito periodístico, sin valor alguno. Son frecuentes los casos con la sufijación apreciativa en -illo: «¿Te acuerdas de esa croniquilla tan salada que trajo hace poco El Cazurriante?» (Julio Senador, La ciudad castellana, 1918) pero en Galdós hallamos otros derivados, como el uso de crónica con diminutivo en -ito o el derivado croniquil: en El caballero encantado (1909) nos presenta al personaje de Ramirito como un aficionado a las letras que «a lo mejor se salía con alguna croniquita o arreglaba del francés tal cual pieza» y en su De Cartago a Sagunto (1911) declara un personaje: «Para el mejor desempeño de mis deberes croniquiles embarqueme en el Católico Despertador». La tesis defendida por Croce (1915 [1941]: 18) distinguía la crónica de la historiografía así: «Primero se escribieron crónicas, luego se hicieron historias»; su idea era que la crónica describía mientras que la historiografía explicaba, pero es difícil que una narración no explique también y, para el caso de la tradición en romance castellano, como hemos visto, la mezcla
54 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ de fuentes aseguraba una buena dosis de narratividad. El sustantivo crónica nos ha llevado de Nebrija a Galdós, la observación de la palabra nos ha exigido el mismo ámbito que la crónica medieval: la historia global. * * * anales, tercera palabra. El Museo Arqueológico de Roma ofrece en su exposición un fragmento de basalto que estuvo en Palermo y, antes de ello, en Egipto. La pieza que llamamos piedra de Palermo, datada en el siglo vi a. C., ofrece grabada en sus jeroglíficos la lista de reyes y faraones egipcios que se sucedieron en torno al 3050 a. C. La disposición en repertorio esquemático y rígidamente cronológico (latín anna ¯lis y este de annus) es la misma que hoy otorgamos a los anales que por tradición justamente de nuestra latinidad, heredamos en la historiografía de la Romania. Los anales eran una forma historiográfica muy concisa. Si a Tácito lo conocemos por su doble obra de Annales e Historiae es por la consideración que de su obra se hizo en el Renacimiento tardío, ya que «los títulos Annales e Historiae fueron establecidos por Lipsio en 1574, frente al que figuraba en los manuscritos como Ab excessu diui Augusti» para los Annales (Mesa-Sanz 2015: 69). La plasmación latina real de los Annales nos llega a partir de las referencias de Cicerón y Servio y apunta a un registro de cónsules, magistrados y acontecimientos per singulos dies que fueron conocidos como Annales Maximi durante la República y eran tenidos por Quintiliano como muestra de
55 54 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ arcaísmo lingüístico. En la primera parte de la General Estoria se recordaba esta práctica así: «Otrossí fallamos que después d’esto en el tiempo que Emilio Scipión de Roma andava por África conquiriéndola que tomó a Polibio, que escrivié estonces los fechos de los romanos cuando fazién los libros a que llamavan annales, de los fechos de cada año el suyo». No hay continuidad entre estos anales de la época clásica y los anales de la Alta Edad Media, «surgidos inicialmente en los monasterios y sin remontarse más allá de los siglos vii y viii» (Sarasa 2002: 415), estos reunían de forma desnuda y en una prosa esquemática los hechos de un lugar o de una sociedad siguiendo una disposición cronológica. La ocasional entrada en la narratividad de los anales se rompía solo en pasajes concretos donde, por la especial relevancia que se concedía a un hecho dentro de su contexto, se describía con mayor detallismo un asunto. Con estos antecedentes, al siglo ix llega una variada tradición analística: los anales altomedievales comparten genealogía con las compilaciones litúrgicas, que se fundaban en un esquema cronológico para relatar la sucesión de tiempos religiosos de un año; entre los anales latinos y los altomedievales, esos calendarios litúrgicos o tablas pascuales (Aurell 2013: 110) funcionaron de cadena transmisora de la tradición altomedieval pero fueron también la plataforma de transformación del género. Las glosas marginales a los calendarios anotaban monásticamente hechos concretos que luego salieron en forma de anales a formar por sí mismos obras concretas; se constituía así
56 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ la triple distinción, válida para obras latinas y vigente hasta el siglo ix, de anales menores (parcos), anales reales (glosados) o anales pascuales (litúrgicos). En Europa, el género histórico del anal alcanzaba su momento más prolífico en el siglo xi. En la tradición ibérica, los Annales Castellani Antiquitores (Anales castellanos primeros, llamados así por el protagonismo que en ellos tiene el condado de Castilla) y los Anales de Ripoll son muestras de esa tradición analística. La narración por años seguía siendo el rasgo identificador básico del género; en su diccionario, como hemos visto, Nebrija definía categóricamente: Coronica de año en año: annales-ium. Escribir la historia de sí es una forma común de revisionismo. Consolidados en el norte varios núcleos de resistencia o victoria ante el Islam, desde el siglo ix comienzan a redactarse anales en torno al primitivo reino de Oviedo, todos ellos con una línea progoticista común que trata de pintar como paréntesis ilegítimo la presencia árabe y quiere entroncar las nuevas monarquías cristianas con la herencia visigótica de los tardíos hispanolatinos. Alfonso II el Casto (c. 760-842), monarca leonés, promueve los anales de su nuevo reino y se legitima en sus tiradas cronológicas como líder de una nueva época a la que historiográficamente se pinta como continuidad de una etapa remota previa. Dentro del reino de León, pero en su extremo oriental y en visos de desgajarse, Castilla dio también en redactar sus anales castellanos propios y llega en ellos al siglo xii. Gradualmente, estos reinos, que hacían su cancillería en latín y se relacionaban con otros reinos usando la lengua madre
57 56 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ como vehículo de la diplomacia, van afirmando sus romances para la gestión del reino y para la escritura de su historia. El vernáculo castellano, por ejemplo, se hace lengua de una parte de la jurisprudencia, la más local y apegada a la vida común: las fazañas, primero, y la red de fueros, después, introducen el romance en el ámbito de la resolución de pleitos. Y ello supone, sobre todo en el ámbito de las fazañas, un oportuno ensayo de escritura retrospectiva: como en los noticiarios que hoy en titulares nos repasan la actualidad, la fazaña exponía el caso judicial de un ciudadano y la pena a que era sometido con la valoración de quien recogía el pleito: Alia facania que fuit facta in Palençia. Çibrian Ruiz aducit cespedes et un carro et parolo a sua porto. Et veniet el filio de Munio cedez et tornose a los estadolos del carro et caiod le sobrie los peechos et muriod et erat vida D. Tello es en tiempo merino mayor; esta voz vincit Renegtum qui erat merinos in suas manus et per suo foro, non le judgaron sino el carro pectar. (Fuero de Palenzuela). Antes de la aspiración generalizadora de los fueros y de su plasmación contrafactual con condicionales (si alguno fiziere, peche…), las fazañas nos mostraban una semejanza innegable con el texto historiográfico romance que se estaba ya gestando: narración del pasado, punto de vista, datación y localización acotada. De hecho, los Anales navarro-aragoneses eran el texto de cierre del Fuero general de Navarra.
64 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ nosotros? El ejercicio de introspección que exige un recuerdo y la puesta por escrito a que una colección de ellos puede dar lugar es la base que configura los últimos modelos historiográficos que aquí consideraremos: las memorias. Estas son el nombre para una escritura historiográfica, habitual pero no estrictamente tenida por primopersonal. Una mirada a los libros de memorias actualmente disponibles en los catálogos de nuestras librerías nos muestra la vigencia de un título tan repetido como el de mis memorias. A nuestro alcance están, por ejemplo, libros editados como Mis memorias y tres expediciones al interior del Sáhara del cubano Francisco Bens Argandoña, que en las primeras décadas del siglo xx fue nuestro Lawrance de Arabia en el África occidental española; o el volumen Mis memorias de Violeta Friedman, judía superviviente del campo Auschwitz-Birkenau, que en un pleito contra el nazi León Degrelle terminó sentando jurisprudencia en el Código Penal español. Y los ejemplos podrían ser muchos más variados en autor (pensemos en los muchos libros de memorias debidos a personajes variopintos como actores o gargantas profundas que constituyen el subgénero que podríamos llamar «memorias escandalosas») o en título (Confieso que he vivido son las memorias de Neruda, El verdadero norte las de la historiadora australiana Jill Kerr Conway y La historia continúa las de otro historiador, Georges Duby). Para llegar a los actuales anaqueles con libros como estos, se han necesitado siglos de escritura historiográfica particular. Se han necesitado diarios, epistolarios íntimos, libros de viajes, literatura confesional, novelas autobiográficas, narraciones esforzadas sobre los méritos militares
65 64 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ contraídos en una campaña. Cuando uno de nosotros se sienta ante el folio (¿o la pantalla?) pensando en que va a contar su vida y sus experiencias, no imagina, a buen seguro, cuánto ha tenido que escribirse en occidente para que alguien pueda tranquilamente sentirse legitimado a contar su historia. Las Confesiones de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) son la primera autobiografía con el componente de introspección y emocionalidad que hoy se presupone al género, pero la Edad Media contó con relatos biográficos tempranos en latín: las Gestae describían las vidas y logros de los grandes ejes de la sociedad medieval: arzobispos, abades de monasterios, nobles (Gestae comitum) y papas (Gestae pontificum); la historia caballeresca de Guillermo el mariscal (Histoire de Guillaume le Maréchal), una pieza extensa en 19000 versos escrita en anglonormando tras la muerte en 1219 del caballero, es una temprana muestra de biografía europea no latina. La introducción del componente primopersonal en la narración de la vida es rara en la Edad Media, por eso los ejemplos son escasos: en el ámbito ibérico, en la segunda mitad del xiii, contamos con el Llibre dels feits del rei en Jaume, la crónica de Jaime I de Aragón (1208-1276), seguramente dictada por el propio monarca. Es este un libro de hechos: no podemos concebirlo como autobiografía, pero sí hay narración en primera persona y deseo de trascender el tiempo propio a través de la escritura. En el mismo dominio lingüístico, la Crónica de Ramón Muntaner (1265-1336), soldado al servicio de los reyes de Aragón, cuenta como cronista lo que ha presenciado en la corte y en sus campañas militares. Son precedentes de interés, pero no constituyen tradición.
66 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ Esta empezará para el dominio del castellano en el sigloxv con un modelo nuevo de escritura historiográfica en que se unen la tradición del relato caballeresco y la narración propiamente historiográfica entrenada en las crónicas. Son crónicas de personajes nobles, redactadas por encargo, destinadas a glorificar sus logros militares, a justificar sus decisiones y a explicar su versión de los hechos en una corte que estaba atravesando su particular problema de banderías: en el reinado de Juan II de Castilla, escorados entre el seguimiento al valido Álvaro de Luna o a los desafíos de los infantes levantiscos de Aragón, la nobleza se explica a sí misma sin genealogías ni recursos a un tratado linajístico. Como alférez de Pero Niño, Gutierre Díaz de Games escribe El Victorial o Crónica de don Pero Niño (1436) y la noble Leonor López de Córdoba escribe también sus memorias. Crónicas de personajes particulares como la de don Álvaro de Luna o la de Miguel Lucas de Iranzo muestran cómo desde el ecuador del siglo xv hay una legitimación en la escritura de la historia de particulares que, por posición social, por logros militares o por alcances sociales, se sienten genuinamente historiables. No todos estos libros fueron propiamente titulados como crónicas en su tiempo: para la historia de Iranzo, por ejemplo, se recurrió al vocablo hechos (Hechos del condestable Miguel Lucas de Iranzo). Entre investigadores son llamadas de formas varias: memoriales o biografías caballerescas, quizá con más justeza crónicas particulares. Están alejadas del universalismo y la extensión discursiva de las crónicas que veíamos anteriormente, pero son decisivas en la construcción memorialística de
67 66 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ una conciencia nobiliaria en español. Pero estas crónicas particulares… ¿son realmente crónicas? Para nosotros, lectores actuales, esto no son biografías ni, para el caso en que haya un yo narrador, autobiografías. Tienen más de ejercicio moral, de divulgación de un paradigma de personaje, y menos de erudición o memorialismo que nuestros relatos de vidas actuales. Son obras de gran interés para el desarrollo del género historiográfico pero no dejan huella léxica fuera de él. El antropocentrismo renacentista incrementa el gusto por la narración memorialística en primera persona: el Libro de la vida de santa Teresa de Jesús es una de esas narraciones. Pero, hablando desde Sevilla, más que de la santa que aquí tanto sufrió hay que acordarse de quienes embarcaron en nuestro puerto hacia América y al terminar su expedición militar o aventurera dieron en contar su vida para reclamar los honores que sentían merecidos. Bernal Díaz del Castillo, Alonso de Contreras, Diego Duque de Estrada… Al volver a España, el éxito en la reclamación de los méritos tenía una parte impredecible: lograr la recompensa que se sentía merecida por el esfuerzo americano dependía de uno mismo, dependía de cómo cada uno contara su historia. Si el cine alimenta nuestras ficciones hoy, en otro tiempo estas eran alimentadas por las novelas de caballerías. Por eso, en esas narraciones de logros que hacen muchos de los expedicionarios a América encontramos una verdadera colección de géneros que da mucho juego para la reconstrucción de hechos e imaginarios sociales. Se suman las novelas de caballerías, las propias crónicas historiográficas, las cartas… Castilla, que no participó en el género
68 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ medieval de las crónicas de cruzadas, que sí había tenido cierto éxito entre fuentes árabes, griegas y francesas, dejó, en cambio, para la historia decenas de narraciones memorialísticas en torno a América, escritas en primera persona por militares que fueron actores y testigos de lo que narraban. Fueron historiográficamente nuestra primera gran colección de libros de memorias. No obstante, los nombres que recibieron estos relatos historiográficos no fueron en ningún caso ni memorias ni autobiografía. A veces iban hacia la idea de crónica, otras veces se llamaban Vida o no tenían un título autoasignado. Las palabras con que hoy damos nombre a la narración historiográfica introspectiva, memorias o (auto)biografía no fueron moneda de curso historiográfico hasta el siglo xix. Las memorias eran en el español de otro tiempo los recuerdos, tanto en el sentido de las evocaciones producidas al rememorar (Juan Ramón invocaba a las horas: «Vengo, dulce / a sentarme en vosotras, / frente al mar, sobre el valle, bajo el cielo / de mis memorias») como en el valor actual que hoy empleamos como forma de saludo (dar recuerdos: «tendré mucho gusto de que frecuentes estas casas y les darás mis memorias», Carta de Isabel Pardo de Figueroa a su hijo, 1741). Junto con esos dos sentidos intelectivos, no escriturales, memoria, sobre todo en su uso plural, era un tipo de escrito que no se identificaba con nuestros libros de memorias de hoy. Memoria era el corto inventario de algo, el borrador, o sea, las notas derivadas de bosquejar en apuntes un recuerdo. Por eso, Bernal Díaz del Castillo (Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, 1568) aclaraba que además de testigos tenía otra probanza de lo que
69 68 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ narraba: «cuando mi historia se vea, dará fe y claridad de ello, la cual se acabó de sacar el limpio de mis memorias y borradores en esta muy leal ciudad de Santiago de Guatemala» y por ello, en esa misma época, el Tesoro de Covarrubias (1611) no concibe el lema memoria como un producto de naturaleza historiográfica. Hay que esperar justamente a una novela histórica, en la que se recrea el pasado, en la que lingüísticamente se aspira a ser coherente con la época de ambientación, para recoger uno de los primeros casos de memoria como documento de escritura historiográfica. En efecto, Francisco Navarro de Villoslada en su Doña Blanca de Navarra (1846) hace que uno de los personajes reclame: «Padre maestro, en vuestra crónica figuro yo como uno de los principales personajes… no os vendrá mal leer mis memorias». Los anacronismos de la fictohistoria se dan también al nombrar los géneros historiográficos. La autobiografía hereda esa tradición de las memorias, y como término, sin duda calcado de los empleos con que se habían extendido las voces hermanas en francés e inglés ( autobiography circula ya en inglés a principios del siglo xix), no tiene uso en español hasta el xix. La palabra se propaga en América prontamente: el cubano José María Heredia al hablar de Rousseau dice que sus Confesiones son «la autobiografía de un alma ardiente, voluntariosa» (Revisión de obras, 1823-1838). En España, el cordobés Juan Valera escribe en una de sus cartas acerca de una pieza teatral estrenada en Francia y dice de ella que es «una comedia autobiográfica» del poeta Uchard; por su parte, Leopoldo Cueto en su obra de crítica literaria (Bosquejo histórico-crítico de la poesía castellana, 1869)
70 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ censura el estilo del oscense José Mor de Fuentes por «la intolerancia y el desabrimiento que se advierten a cada paso en su autobiografía». La voz tiene, como se ve, difusión en textos metaliterarios en el siglo xix; en el xx bastan unas décadas para observar ya la generalización de la palabra más allá de los tratados de crítica literaria. Amado Nervo (Serenidad, 1914) versificaba: «¿Versos autobiográficos? Ahí están mis canciones, / allí están mis poemas: yo, como las naciones / venturosas, y a ejemplo de la mujer honrada, / no tengo historia: nunca me ha sucedido nada». Cuando leemos en la prensa del xx que alguien da de sí «noticias autobiográficas» en lo que Lázaro de Tormes llamaba meramente dar «entera noticia de mi persona», tenemos un indicio clave de la naturalización de la voz. La presencia lexicográfica de autobiografía se localiza por vez primera en el rico diccionario de Ramón J. Domínguez (1846-1847) que define la voz como la ‘Relación que hace un personaje histórico de sus pensamientos y de los sucesos que han agitado su existencia’, aunque añade: ‘Es más usado memorias’. El afán por delimitar internamente el referente de la voz histórica, memorias, y la nuevamente introducida, autobiografía, se advierte también en la definición poéticamente enciclopédica que aporta el diccionario de Gaspar y Roig (1853-1855) para la autobiografía: ‘Relación que hace un personaje histórico de sus pensamientos y de los sucesos que han agitado su existencia. Entre la autobiografía y las memorias, hay la diferencia de que aquella viene a ser una confesión íntima, y estas no pasan de una narración en que no hay para qué dar cuenta de los sentimientos del alma’. Autobiografía no aparecerá en el
71 70 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ diccionario académico hasta la tardía fecha de 1884 (drae12), con una definición muy escueta (‘Vida de una persona escrita por ella misma’) que se ha mantenido con exactitud en las dieciséis ediciones siguientes del drae y que se ha acogido en otros diccionarios, con cambios (‘Vida de un individuo escrita por él mismo’) o sin ellos. Por su parte, la hermana mayor de la autobiografía, la biografía, tiene curso como palabra en español a partir del sigloxviii. Cándido María Trigueros, toledano de nacimiento pero durante años arraigado carmonense, dice en su Discurso sobre el estudio metódico de la Historia literaria (1790) que la Historia «puede ser universal o particular, geográfica o topográfica, bibliográfica o biográfica, especial o especialísima». A primeros del xix la palabra emerge en todo tipo de obras. De nuevo, el siglo xix es la clave de la novedad léxica en este campo designativo y los diccionarios se hacen eco de ella relativamente pronto. El diccionario académico de 1817 (drae5) trae por primera vez biografía: ‘Historia de vidas particulares’. Biógrafo y biográfico secundan ese ingreso. Autobiografías y memorias se integran en el cuadro de las narraciones historiográficas pero también, al tiempo, en el panorama de discursos que construimos a diario los hablantes. Si ese par de palabras es, al menos en relación con las crónicas y a los anales, un parvenu en la nobleza de sangre que es la escritura historiográfica de la Romania, señalan, en cambio, a la modalidad más básica de narración que tenemos: hablar de nuestra historia. Esa historia común de cualquiera de nosotros,
72 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ por cierto, es seguramente bien distinta de la de guerras, pactos y torneos de la Edad Media (lo de las plagas ya podemos tristemente incluirlo en nuestra historia) pero aun sin portar armaduras ni lanzas, también nosotros narramos batallas. Esas historias que tanto cansan son despreciadas por nuestros interlocutores como batallas o batallitas. Y lo son desde al menos el siglo xix. Un poema de José Zorrilla rezaba: «Despierta, Blanca hermosa, / y al bosque ameno baja / […] y baja sin recelo / que quien aquí te aguarda / no ha de cansarte, hermosura, / contándote batallas». José M.ª de Cossío, tío de nuestro catedrático de Derecho Civil Alfonso de Cossío, declaraba en su libro sobre Los mejores toreros de la historia (1966): «Vamos a tratar de demostrar que el pasado taurino no son batallitas de viejo». Esta acepción de batallas, en plural o diminutivo preferentemente, está hoy en el dle pero aún no lo estaba en 1992. La expresión nos muestra que, aunque a ambos lados de la conversación los interlocutores somos criaturas narrativas, la narración puede ser también cargante para quien nos escucha. ¿Podemos historiar sin que nuestro yo se haga presente? Memorias y autobiografías se construyen de manera formal o espiritual en torno a la reclamación del yo pero, si hacemos ahora la historia de un lugar, de un hecho, de una estructura de la sintaxis o de una palabra, ¿podemos salirnos de la narración y contemplar desnudamente los hechos? Desde un punto de vista formal, los científicos a menudo intentamos al indagar y al escribir diluir ese yo, a veces con un uso mayestático. El medievalista Georges Duby (1991: 67), en cambio, lo reclamaba:
73 72 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ Desde hace algún tiempo empleo cada vez más la palabra yo en mis libros. Es mi modo de avisar a mis lectores. No pretendo transmitirles la verdad, sino sugerirles lo probable, colocar ante ellos la imagen que yo me hago honestamente, de verdad. En esa imagen entra en parte lo que imagino. He velado, sin embargo, para que las sutilezas de lo imaginario queden sólidamente ancladas a engarces y en nombre de una moral, la del investigador, no he manipulado. Desde un punto de vista menos literal y más de perspectiva, ¿podemos narrar y explicar la historia sin que aparezca inevitablemente nuestro punto de vista? ¿Es posible documentar con escalpelo de analista y sin que interfiera la paradoja del observador? La clave puede estar en la última de las seis palabras que hemos estudiado: documento. * * * doCuMento, sexta palabra. La Escuela de los Anales (Marc Bloch, Lucien Febvre, su discípulo Fernand Braudel) propuso desde la universidad francesa en el siglo xx desplazar a las crónicas como fuente de conocimiento sobre el pasado y poner el énfasis en los documentos y otras pruebas no voluntariamente historiográficas (la vestimenta, los instrumentales, la música…) como medios fidedignos de reconstrucción histórica. Esto supone la atención a la organización social y a los colectivos por encima de los acontecimientos y una dilatación de la idea de documento histórico hacia objetos no literarios.
80 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ Bibliografía Fuentes primarias Las citas de autores y textos en español se han extraído de Real Academia Española: Banco de datos corde [en línea]. Corpus diacrónico del español. <http://www.rae.es> [consultas de junio-julio 2020]. Las definiciones de los sucesivos diccionarios de la Real Academia Española se han extraído del Nuevo Tesoro lexicográfico de la lengua española [en línea]. <http://www.rae.es> [consultas de junio-julio 2020]. Abós Santabárbara, Ángel Luis y Antonio Marco Martínez (1983 [1986]): Diccionario de términos básicos para la historia. Madrid: Alhambra. Corominas, Joan y José Antonio Pascual (1980-1991): Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico (dCeCH). Madrid: Gredos. Covarrubias, Sebastián (1611): Tesoro de la lengua castellana o española según la impresión de 1611, con las adiciones de Benito Remigio Noydens publicadas en la de 1674. Edición de Martín de Riquer. Barcelona: S.A. Horta I.E. Reimpresión facsímil en: Barcelona, Alta Fulla, Colección Ad Litteram n.º 3, 1998. Domínguez, Ramón Joaquín (1846-1847 [1853]): Diccionario nacional o gran diccionario clásico de la lengua española. Madrid-París: Establecimiento de Mellado.
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85 84 SEIS PALABRAS PARA ESCRIBIR LA HISTORIA EN LA LENGUA ESPAÑOLA LOLA PONS RODRÍGUEZ LOLA PONS RODRÍGUEZ Lola Pons Rodríguez (1976) es catedrática de la Universidad de Sevilla (Departamento de Lengua Española, Lingüística y Teoría de la Literatura) y ha ejercido como docente de Dialectología e Historia del Español en las universidades de Tubinga y Oxford. Su investigación se centra en la variación sociolingüística y en la historia de la lengua española, con atención a fenómenos de sintaxis histórica, edición de textos y discurso. Ha dirigido varias tesis doctorales sobre el castellano medieval y es la fundadora de historia-15, grupo que ha liderado varios proyectos de investigación consagrados al estudio del castellano del siglo XV. Ha editado textos medievales (Virtuosas e claras mugeres, de Álvaro de Luna; la Coronación de Carlos VIII de Francia) así como cartas de la Guerra de la Independencia española. Es autora, entre otros, de los libros La lengua de ayer. Manual práctico de historia del español; El paisaje lingüístico de Sevilla. Lenguas y variedades en el escenario urbano hispalense, Queja política y escritura epistolar durante la Guerra de la Independencia y Una lengua muy larga. Cien historias curiosas sobre el español. Colabora regularmente con El País como articulista desde 2017; en 2019 obtuvo el Premio de Periodismo Manuel Azaña y desde 2020 es académica correspondiente de la Real Academia de Nobles Artes de Antequera.
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