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Kierkegaard: tragedia o teofanía. Del sufrimiento inocente al dolor de Dios

Larrañeta, Rafael

Abstract

El Sufrimiento Constituye El Contenido Fundamental De Este Articulo. De Lostextos Originales Del Autor Se Trasluce Una Doble Vision Del Mismo. Elsufrimiento Es Contemplado Como Un Elemento Inexorable Del Destino Humano. Losgriegos Lo Captan A La Perfeccion Al Demandar A Sus Heroes Tragicos Una Actituddigna O La Solidaridad Compasiva De Testigos Y Espectadores. La Cuestion Seagudiza Con La Llegada Del Cristianismo Que Enraiza El Sufrimiento En La Culpa,Levantando Con Ello Temibles Interogantes Dirigidos A Dios Mismo. Sin Serdefinitiva, Las Respuesta Kierkegaardiana Encierra Densos Contenidos Y, En Todocaso, Inigualable Belleza Literaria.

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THÉMATA. REVISTA DE FILOSOFÍA. Núm. 15, 1995, págs. 67-77. KIERKEGAARD: TRAGEDIA O TEOFANÍA. DEL SUFRIMIENTO INOCENTE AL DOLOR DE DIOS Rafael Larrañeta. Universidad Complutense. Madrid Resumen: El sufrimiento constituye el contenido fundamental de este artículo. De los textos originales del autor se trasluce una doble visión del mismo. El sufrimiento es contemplado como un elemento inexorable del destino humano. Los griegos lo captan a la perfeccción al demandar a sus héroes trágicos una actitud digna o la solidaridad compasiva de testigos y espectadores. La cuestión se agudiza con la llegada del cristianismo que enraíza el sufrimiento en la culpa, levantando con ello temibles interogantes dirigidos a Dios mismo. Sin ser definitiva, las respuesta kierkegaardiana encierra densos contenidos y, en todo caso, inigualable belleza literaria. Abstract: Suffering constitutes the main subject of this paper. From the original texts, we can see a twofold meaning of suffering. In Kierkegaard's thinking it is seen as an inescapable element in human destiny. The Greeks understood it properly when they demanded dignity from their tragic heroes, ans solidarity and compassion from the spectators. This is heightened with the arrival of christianity, which places guilt at the root of suffering, and thereby bringing with it terrifying accusations against God himself. Without being definitive, Kierkegaard's answer is full of rich content and unique literary beauty. Poco o casi nada se ha escrito sobre el tema del sufrimiento en Kierkegaard (1). Todo el mundo reconoce, sin embargo, el enorme papel que este asunto juega en los escritos del danés. En El concepto de la angustia, por tomarlo de modelo, hallamos tres pasajes (2), no muy extensos pero elocuentes, que reflejan en perfecta síntesis el pensamiento kierkegaardiano en torno al sufrimiento: compatibilidad con la felicidad, relación al destino humano, interrogante sobre los dolores de la divinidad. Intentamos condensar en estas páginas lo sustancial de la reflexión kierkegaardiana sin osar ofrecer un panorama exhaustivo de la cuestión. No obstante, y antes de entrar en contenidos detallados, hacemos una doble llamada de atención. No deseamos contribuir a la difusión de una imagen triste o sufriente, pesimista y desesperada del autor, como con frecuencia suele hacerse. Sören Kierkegaard conoció el sufrimiento bastante mejor que otras personas de su entorno, especialmente con la pérdida de seres queridos y a través de sus propias dolencias. Es cierto también que su obra entera transpira nostalgia o melancolía de talante amoroso y poético. Ninguna de esas facetas convierte al escritor de Copenhague en un ser rencoroso, amargado de la vida (3). Por otro lado, advertimos ya de antemano en qué sentido abordamos el tema del sufrimiento. Siendo obvio que no debe confundirse con la angustia, la desesperación, la culpa, el pecado, incluso el dolor y la pena, conviene insistir en que nos ceñimos estrictamente a esta cuestión, es decir, al sufrimiento, cuyo término origi- Rafael Larrañeta 68 nal danés es Lidelse. No lo decimos en vano. Los buenos conocedores de la bibliografia kierkegaardiana entienden el significado específico y la enorme importancia de los conceptos aludidos dentro de la filosofía del autor. Para que nuestra aportación tenga su propio peso, es preciso dotarle de un marco adecuado, deslindándolo con nitidez de los anteriores y separándolo, por supuesto, de los sufrimientos individuales de Sören, de su trayectoria personal y de cierto tratamiento del pesimismo existencial que puede inducirse de todo ello. Para mayor claridad, dividimos el tema en tres partes. Corresponde esta división a cierta parcelación de áreas efectuada por el mismo Kierkegaard (4), de carácter no muy estricto, pero en consonancia con su entendimiento del problema, a saber: lo estético, lo metafísico-ético y lo religioso. En el transcurso de la exposición se entenderá mejor esta triple visión del sufrimiento en Kierkegaard. I El sufrimiento humano comprende multitud de aspectos de la existencia, desde la miseria y las adversidades hasta el pecado (5). Kierkegaard lo reconoce, pero le da un tratamiento diferente según corresponda a un nivel u otro de la vivencia existencial. En el grado primero nos encontramos con la experiencia estética e «inmediata» del sufrimiento. Su característica más notable es la ausencia de reflexión, tal como él la concibe, que le acerca a la inocencia. Para hacerse comprender nos brinda imágenes llenas de fuerza, sugiriendo contenidos nada superfluos. La tragedia, en el contexto de la Grecia clásica, es la representación favorita de este tipo de sufrimiento. Entre los griegos el dolor no es inmenso, sino tan sólo la pena, nos dice en La alternativa (6). Filoctetes, lamentándose de que «nadie conozca su dolor», es un ejemplo inicial (7). Más relevante y atractiva es la figura de Antígona, a la que dedica varios de sus pasajes favoritos. Antígona, carente de culpa personal, es condenada a muerte por un deber y un afecto que le ligan indisolublemente. Sufre en silencio la despedida de un proyecto de vida soñado feliz y nada le sirve de consuelo. «Antígona es la esposa de la pena» (8), repite Kierkegaard, y su sufrimiento está unido a una inocencia sin igual, imposible de corromper por la condena pública (9). Aunque suena a motivo autobiográfico, el segundo gran modelo de sufrimiento estético es la protagonista de una narración singular, intimista y misteriosa que lleva por subtítulo Una historia del sufrimiento (10) En él se nos cuentan las tribulaciones de un enamorado no correspondido en un principio y que no lleva a su culmen el amor por motivos de carácter vital y religioso. El personaje femenino sufre la pérdida del amado, mas sólo en el nivel estético (11), sugiriendo con ello que estamos ante un amor infeliz semejante al de tantos esposos a quienes la muerte separa, o al de los amantes imposibilitados de unirse para siempre (12). La melancolía desborda el corazón de estos personajes, pero nada podemos reprocharles porque no disponen de móviles que les animen a adentrarse en los hondos niveles de la interioridad. ¿Qué significado tiene este sufrimiento «estético»? ¿Qué piden estos representantes de la pena inocente? ¿Qué podemos aprender de ellos? Kierkegaard: tragedia o teofanía 69 Valiéndose del género trágico, Kierkegaard ensaya una respuesta inicial a eso que resulta en el fondo un tremendo interrogante para la existencia (13). Fijándonos en Antígona, en Filoctetes, en la muchacha desconocida e incluso en Sócrates (14), notamos que todos parecen estar apegados a su pena, cual si desearan no ser privados de la causa de sus aflicciones. ¿De qué andan ansiosos y necesitados? Kierkegaard traslada la vida real al mundo de la apariencia teatral con toda naturalidad. Quizás por ello sorprende tanto su respuesta: los protagonistas esperan la reacción doliente y compasiva del espectador, solamente eso (15). Con ello se habrá cumplido la meta de la representación y, por ende, la del sufrimiento estético. Perfeccionando la propuesta, Kierkegaard se esfuerza en aclarar qué es compasión (16) y, pese a cotejarse con el modelo escénico, rechaza que estemos ahí ante un verdadero sentimiento de solidaridad con quien padece una determinada desgracia (17). La auténtica compasión surge de la identificación plena con quien sufre, de tal modo que la lucha por explicar su mal sea al mismo tiempo una lucha por sí mismo (18). Pero, procediendo así, pronto descubrirá que debe pasar a otro nivel: el de la culpa. II El salto al siguiente grado de sufrimiento no es uniforme en la obra kierkegaardiana, ya que a veces lo establece con el término «metafísico» —vinculado también a lo estético (19)— y otras le da una determinación ética y hasta religiosa. Está claro, en todo caso, que el pecado y el mal no son estéticos (20), escapan a ese orden de cosas. Pese a que resucite el drama del culpable, pese a que contenga una contradicción sufriente (21), «lo trágico tiene en sí mismo una dulzura infinita» (22) y, para percibirlo, no basta con ensayar una especie de representación, como muchos hacen, ya que lo estético únicamente se capta en su peculiar profundidad cuando se vive (23). En este marco de indudables resonancias éticas encajan multitud de reflexiones acerca del sufrimiento que retratan perfectamente lo que podemos denominar el sentir kierkegaardiano en torno al valor de la existencia. Como señalábamos al inicio, Kierkegaard juzga inevitable el sufrimiento procedente de las desgracias, de la enfermedad, de la muerte de los allegados. Frente a ello no existen fórmulas mágicas. La única solución digna consiste en soportarlos con paciencia (24). La naturaleza del hombre es sufrir, afirma (25), y ya hemos comprobado cómo en la tragedia griega los inocentes sufren física y psíquicamente sin ser ellos mismos responsables. ¿Cuál es la explicación para este sufrimiento inherente a la vida? Kierkegaard propone una salida altamente metafísica. La existencia histórica es un devenir continuo. Ahora bien, «todo devenir es sufrir y lo necesario no puede sufrir, porque no puede sufrir el sufrimiento de la realidad» (26), que consiste en que lo posible aparece como reducido a la nada en el instante en que deviene real. Quizás suene a salida o escapatoria abstracta, sobre todo sin conocer el contexto (27), pero no desentona demasiado si lo relacionamos con otras expresiones más «existencialistas» del autor (28). Rafael Larrañeta 70 Kierkegaard está convencido de que la vida es contradicción y que ello conlleva sufrimiento. La verdad misma no lo explica, sino que lo torna más doloroso (29). Cualquier pregunta definitiva sobre el sufrimiento queda en el aire (30). Frente a los males de la existencia ni siquiera dispone el individuo de ese consuelo fácil, pero eficaz, que nos trae el médico cuando interroga sobre nuestras dolencias (31) como si, por escucharlas alguien, pudieran remediarse. Más severo e irreparable es el asunto de la muerte, siendo ése el destino inexorable de los humanos. El simple morir resulta mediocre. La sabiduría, la última y suprema sabiduría, consiste en morir bien. Lo serio no está, por tanto, en la muerte, sino en el pensamiento sobre la certeza de morir (32). Estas convicciones parecen cerrar el horizonte humano del sufrimiento, abocando quizás a otro universo (el religioso) desde el cual podemos acceder a una respuesta más sólida. Sin negarlo, Kierkegaard confiesa que dentro del mundo estético-metafísico nada está perdido. No existe «ningún sufrimiento que no pueda conciliarse con la felicidad propia de la inocencia», afirma tajantemente Kierkegaard (33). En otra dirección el sufrimiento se convierte en talismán para separar a un individuo de lo general y lo transforma en genio o en artista. En el sufrimiento de tal opción se halla encerrado el secreto de muchas personalidades grandiosas (34). Tenemos preparado, con todo ello, el camino para saltar al plano definitivo. III Los héroes trágicos de los que se ha ocupado en Siluetas (35) reflejan el dolor de los demás, declara Kierkegaard (36). Un paso más allá, avanzando hacia dentro de sí mismo, nos topamos con lo ético, tal como se trasluce en las tribulaciones del matrimonio (segunda parte de La alternativa y primera mitad de Estadios en el camino de la vida) (37). Mas, aún, no hemos arribado al puerto definitivo, a «ese sufrimiento sin duda idéntico al sufrimiento del espíritu, que es signo seguro en la existencia de que yo existo qua espíritu» (38). Tocamos lo esencial de la trama del sufrimiento, la que tiene que ver con la propia existencia. Hasta el humorista puede captarlo (39), quizás porque ha experimentado que los máximos sufrimientos tienen el poder de convertir al hombre de razón en un personaje grotesco (40). El sufrimiento escapa a las teorizaciones del buen conocedor de los padecimientos de la vida (41). Inherente a la existencia, piedra de toque de la autenticidad humana, nadie ha de pensar que es aspiración sana anhelar el sufrimiento (42). La explicación es clara: con y por el sufrimiento emerge la interioridad (43). Aunque se viva feliz en el exterior, en el interior continúa el sufrimiento (44), por ello no extraña que el hombre religioso, cuyo espíritu tiene siempre presente el sufrimiento, pida en el momento de la prueba que se aleje el cáliz de la amargura (45). También aquí el poeta, incapaz de captarlo desde la inmediatez y de permanecer en él, percibe con nitidez que el sufrimiento es la forma más alta de la vida y de la interioridad (46). Nos introducimos de lleno en la esfera religiosa. Así como la estética vive en el goce y la ética se forja en la lucha, la religión madura en el sufrimiento (47). Kierkegaard: tragedia o teofanía 71 Remontándose nada menos que a Feuerbach, Kierkegaard asevera con rotundidad que el sufrimiento es esencial a la religión (48). El razonamiento intenta reproducir los pasos de una lógica impecable: la acción religiosa se reconoce por el sufrimiento, el verdadero pathos existencial está en relación con la existencia, existir es interioridad y la interioridad de la acción consiste en sufrimiento. Estrechamente vinculada a lo religioso, la conclusión supera todos los niveles existenciales: el sufrimiento es la acción interior más alta (49). Kierkegaard brinda dos aclaraciones interesantes. La comunión entre sufrimiento y religión no implica que esta última tenga que hablar perpetuamente de sufrimiento, tampoco magnificar los males o aterrorizar con ellos, más bien debe reconfortar a través del verdadero sufrir creyente (50). Porque es cierto, desde otra vertiente, que sufrir en cristiano no equivale a soportar lo inevitable de modo estoico, cual si estuviésemos ante un destino, un hado fatal, una deidad pagana, sino que conlleva «padecer la maldad» (51), conscientes y persuadidos de que la verdad ha de sufrir en este mundo (52). La figura de Job, como paradigma inigualable del justo sufriente, le atrae irresistiblemente (53). No obstante, como si temiera alejarse de su tradición personal y familiar, Kierkegaard presenta el sufrimiento como sello distintivo de la situación cristiana (54). Hacerse cristiano supone volverse absolutamente interiorizado (55), sin olvidar que el cristianismo comienza a existir para un hombre sólo en el sufrimiento (56). La reflexión religiosa del luterano pietista que era Kierkegaard no se detiene en este punto. Inevitablemente surge la cuestión de la culpa, donde se halla el origen del sufrimiento. Esa convicción no admite dudas. Delante de Dios, se sufre como culpable. Ello no elimina la tribulación, las tentaciones, los interrogantes amargos como ¿cuál es la causa de este mal concreto: mi pecado, mi poca fe? ¿o se trata de mero sufrimiento terrenal, común a otros mortales? (57). Kierkegaard introduce en este instante una variante curiosa, por adjetivarla de alguna manera. La relación con Dios origina un sufrimiento peculiar (58) que podríamos definirlo como dificultad de realizar lo eterno en el seno de la temporalidad. Explicamos. Siendo verdad que el sufrimiento enseña a huir del pecado (59), lo primordial estriba en su trasfondo definitivo. El sufrimiento establece una relación con mi felicidad eterna, luego debo estar atento a lo definitivo. Importante baremo final: la incertidumbre es a la fe como el sufrimiento a la bienaventuranza. Sufrir se torna en señal característica de la felicidad venidera (60). Aunque resulte austera, la fórmula encierra una singular prestancia: la poesía es ilusión antes de la inteligencia, la religión y la fe nos transportan al mundo de la paradoja que se halla allende la razón (61). ¿Por qué el sufrimiento inocente no entra en el juego de la felicidad eterna? Muy sencillo (y paradójico): porque están ausentes la culpa y el arrepentimiento (62). No debe preterirse en todo este discurso que «ser pecador es el sufrimiento más terrible de la subjetividad» (63). La cautela nos alerta para no confundir «el sufrimiento en el pecado» con un quodlibet como la angustia o la culpa (64) que, siendo sustanciales al suieto, no constituyen en este punto el centro de nuestra preocupación. El sufrimiento lleva al hombre hacia dentro, repite Kierkegaard (65), pero ni Rafael Larrañeta 72 siquiera eso basta (66). En vez de interpretar el sufrimiento en clave de tragedia, tal como hacía Grecia y pese al atractivo que ejercen sus tonalidades sobre los espíritus refinados (también sobre Kierkegaard), en cristiano el sufrimiento ha de poder vivirse como una auténtica teofanía, es decir, como un lugar donde con notable seguridad y total transparencia (67) se manifiesta Dios. Una solución así, aun concordando con la tradición cristiana, resulta un tanto simple (68). Por ello el pensador danés intenta ir más lejos, partiendo de una objeción formal contra la bondad de la Providencia que permite el dolor de los inocentes (69) para terminar introduciendo el tema del sufrimiento en Dios mismo. Y lo hace de manera dispar. En El concepto de la angustia trae a colación unas expresiones de Schelling a propósito de «los dolores de la divinidad» para negar que ése sea un modo apropiado de plantearse el problema (70). Sólo el Dios-hombre, porque carecía de culpa, pudo plantear el por qué divino del sufrimiento (71). Ese sufrimiento en Dios tiene una respuesta que rompe con la lógica filosófica acerca de la divinidad: el amor (72). La solución parecerá menos extemporánea, si comparamos a Dios con el amante infeliz de los estetas (73). Para comprenderlo mejor, basta con recordar que el escándalo suscitado por la fe en la razón es semejante al del enamoramiento y que el escándalo en su más pura esencia consiste en sufrir (lidende), en un sufrimiento de la mente (Sindslidelse) (74). Siendo una paradoja, el creyente sabe o cree con sinceridad que el sufrimiento afecta también a Dios. Hasta este extremo alcanza la reflexión kierkegaardiana en torno al sufrimien- to, siempre a caballo entre lo estético y lo religioso. Ello nos da pie para cerrar nuestro estudio con un mínimo comentario acerca de todo lo expuesto. IV Kierkegaard impresionó al mundo danés por la pulcritud literaria de sus mejores páginas, entre las cuales se hallan muchas de las citadas. Evitando reiteraciones supérfluas, juzgamos necesario advertir que la sugestión poética de sus magníficos escritos no compensa cierta falta de lógica en el hilo argumentativo en torno al sufrimiento. Al detallar con conocimiento de causa los avatares de la escena griega, Kierkegaard insiste en defender que el espíritu helénico conoce bien las penalidades humanas, pero no logra demostrar por qué los héroes trágicos son ajenos a la culpa. En otra vertiente, el escritor de Copenhague refleja magistralmente el conflicto de Antígona entre el deber social y su conciencia individual, mas sin llegar a ofrecer una resolución ética al mismo. ¿Lo reservaba para el drama de Abraham dubitante entre la obediencia a Dios y el instinto paterno? (75). No lo sabemos. Kierkegaard dictamina con toda naturalidad la entraña más interior, mejor ceñida a la existencia y de mayor concordia con el sufrimiento de todo lo religioso. Quizás por repudiar el papel de apologeta no se detiene en apoyar esos importantes asertos con vivencias o argumentos probatorios. Ello suscita inevitablemente cierta sorpresa en el lector que se asoma sin prejuicio a estos pasajes. Buen conocedor de las diferencias de criterio entre griegos, judios y cristianos acerca del lastre de la culpa original sobre cada individuo, Kierkegaard reacciona Kierkegaard: tragedia o teofanía 73 en luterano al enfatizar el peso de la misma sobre la existencia personal. No se detiene, por el contrario, en discutir su consistencia ni las dudas que sosegadamente expresaran los libros bíblicos. El asunto de la culpa ocupa un puesto preeminente en sus obras (76). Bien pudiera haber vuelto su mirada a la larga tradición teológica que le precedió. Siendo esencial, Kierkegaard sólo desarrolla tímidamente el interrogante de la inocencia sufriente ante Dios que contiene aspectos muy valiosos. El mal y su por qué cuestionan en todas las épocas la existencia de un Dios bueno. Aquel planteamiento clásico que negaba la existencia de un Dios, si éste no puede o no quiere evitar los males, sigue pendiente. El convencimiento de la fe kierkegaardiana no nos saca del enigma ni sirve de excusa para no penetrar de lleno en tan acuciante problema. Tan doloroso como ha sido y es el sufrimiento de los niños, Kierkegaard podría haberse mostrado más valiente en sus razonamientos y no terminar conformándose con confiar la guarda de los inocentes a una providencia que cuida de los lirios y de las aves (77), pero permite la muerte de tanta criatura sin culpa. La dignidad ante el sufrimiento, dada por evidente hasta entre los paganos, se ve privada de sentido fundamentante, cuando se contempla el horror acumulado por los humanos frente a estas criaturas. Dios también sufre en ellos. Quizás es lo más atinado que cabe insinuar. Pero si alguien se atreve a hablar así, rompiendo con toda la tradición de la teodicea occidental que imagina a Dios siempre feliz, sin fisura posible en él para la tristeza y el dolor, entonces habrá que reformular por completo la comprensión de Dios y la visión de una bienaventuranza permanente más allá de esta vida. Estos apuntes respecto a la reflexión kierkegaardiana sobre el sufrimiento no empañan la seriedad ni la altura de sus aportaciones. Sólo intentan ofrecer el marco completo en que pudiera y acaso debiera haberlas desarrollado. En última instancia y para quien se acerque a Kierkegaard, el asunto siempre pendiente es la opción entre asumir el sufrimiento como una tragedia, en la intelección que de ella hemos ofrecido, o como una teofanía, algo bien arduo incluso para los creyentes más recios. NOTAS (1) Existen tesis doctorales no publicadas, como la de A. H. Khan, The Treatment of the Theme of Suffering in Kierkegaard's Works, McGill Univ., Montreal, 1973. Entre los artículos reseñables, mencionamos el de P.H. Tisseau, «Kierkegaard et la soufferance», Etudes philoso-phiques, 18 (1963), pp. 315-322. (2) Cfr. El concepto de la angustia, en S. Kierkegaard, Samlede Vaerker, Gyldendal, Kobenhavn, 1920 -36, IV, pp. 346-7, 364, 429. (3) La protesta o rabia que destilan sus obras, también su Diario, está referida siempre a la crítica de ciertos abusos de la sociedad y contra las tergiversaciones del mensaje cristiano por parte de la Iglesia danesa. El conjunto de su producción literaria refleja, en cambio, poesía, dulzura, inquietud vital, intimismo, religiosidad, pasión intelectual, fe profunda, amor a la existencia. (4) Más que a Estadios en el camino de la vida, nos referimos a comentarios de Kierkegaard en el Postscriptum, Samlede Vaerker, VII, pp. 271-287. (5) Cfr. S. Kierkegaards Papirer, Gyldendal, Kobenhavn, 1968-1978, VIII-l, A, 504, pp. 227-228. (6) Cfr. La alternativa, Samlede Vaerker, I, pp. 144-145. (7) Cfr. Ibid., p. 148. Rafael Larrañeta 74 (8) Cfr. Ibid., p. 156. (9) Antígona no añora, como Filoctetes, el consuelo de los otros. Al contrario, guarda con celo su secreto dolor. Ib., pp.156-157. (10) «Una historia del sufrimiento». Corresponde a la útima parte de la obra Estadios en el camino de la vida, cuyo título reza ¿Culpable-no culpable? (cfr. Samlede Vaerker, VI, p. 197), como si apuntara a la dialéctica entre el sufrimiento ético-religioso (vinculado a la culpa) y el estético (unido a la inocencia). (11) Ibid., p. 455. (12) Del amor infeliz ya hemos hablado en R. Larrañeta, La interioridad apasionada, San Esteban-Univ. Pontificia, Salamanca, pp. 190-197. (13) El sufrimiento de los inocentes cuestiona una y otra vez la justicia de todo el orden establecido (Edipo rey lo encarna a las mil maravillas), el derecho a una vida feliz y, como veremos, la existencia misma de Dios. (14) En el caso de Sócrates las apreciaciones difieren, pero la tragedia sigue siendo griega, es decir, de gran pena y menor dolor, no en vano el maestro griego de la ironía es para Kierkegaard el prototipo pagano del inocente condenado injustamente. Cfr. Estadios en el camino de la vida, p. 441. (15) Unicamente Antígona se adentra un poco en el mundo del dolor por estar externamente ligada a los delitos personales (Edipo, su padre) y sociales (Polinice, su hermano) de los personajes. Librada personalmente de culpa, se asoma al universo de la angustia que no es el suyo. Ibid., pp. 152-153, donde Kierkegaard busca establecer una relación estricta entre pena, culpa, reflexión y angustia. (16) En danés se entiende bien la relación de compasión (Medlidenhed) con sufrimiento (Lidelse). (17) «La compasión en ese sentido está muy lejos de beneficiar al que sufre, más bien encubre el propio egoísmo (...) y sirve de salvoconducto para seguir transitando por la superficialidad». El concepto de la angustia, IV, p. 429. (18) Ibidem. (19) Cfr. El concepto de la angustia p. 428. (20) Cfr. La alternativa, pp. 141-143. (21) Cfr. Postscriptum, p. 504. En cambio, lo cómico es la contradicción sin dolor. A propósito de ello redacta Kierkegaard una larguísima nota, llena de ejemplos, para mostrar en qué sentido lo cómico está lejano al dolor y la culpa. Ib., pp. 504-509. (22) Cfr. La alternativa, p. 142. Lo ético es severo y duro. (23). «¿Cómo puede representarse lo estético, que es inconmensurable incluso para la representación poética? Respuesta: viviéndolo. De ese modo alcanza un parecido con la música que sólo existe en cuanto incesantemente se repite, sólo en el instante de la ejecución». Cfr. La alternativa, II, p. 149. (24) Cfr. Papirer, VIII-1 A 259, p. 126. Es lo que sugiere el cristianismo a todos, incluídos los paganos e increyentes. (25) Esta afirmación carece de resonancias negativas. Incluso la corrobora al asegurar que el sufrimiento forma al hombre para la eternidad. Conviene advertir que nos encontramos en el ámbito de un «discurso cristiano» (muy bello, por cierto) llamado El Evangelio de los sufrimientos. Cfr. Samlede Vaerker, VIII, pp. 391-395. (26) Al Tilblivelse er en Liden, og det Nodvendige kan ikke lide, ikke lide Virkelighedens Lidelse...». Fragmentos de filosofía, Samlede Vaerker, IV, p. 266. (27) El texto pertenece a Mellemspil, uno de los pasajes filosóficos más densos y difíciles de la citada obra. Cfr. Fragmentos de filosofía, Samlede Vaerker, IV, pp. 274-280. (28) Tisseau recuerda con otras palabras esa visión «transcendental» de Kierkegaard: «el sufrimiento es la expresión de la heterogeneidad con este mundo; donde no hay sufrimiento, tampoco existe conciencia de eternidad». Cfr. P. H. Tisseau, «Kierkegaard et la souffrance», p. 319. (29) Cfr. Esperanza de la verdad (un discurso edificante de 1843), en Samlede Vaerker, III, p. 27. (30) Precedido de una lamentación sobre Job y rompiendo el ritmo de La repetición, Kierkegaard formula una larga y cruda requisitoria hacia la vida en la que reitera con tonos modernos todas las cuestiones del Cohelet. Cfr. La repetición, Samlede Vaerker, III, pp. 261-265. (31) Cfr. Estadios en el camino de la vida, p. 280. (32) Cfr. Tres discursos en ocasiones imaginarias, Samlede Vaerker, V, pp. 267-8. (33) Cfr. El concepto de la angustia, pp. 346-7. (34) «...éste es el misterio que se halla bajo la existencia de la mayor parte de los espíritus más eminentes de la historia». Cfr. Papirer, VIII-1 a 161, p. 79. (35) Continuación del tema de Antígona, donde retrata los avatares amorosos de Marie Beaumarchais, Doña Elvira y Don Juan. Cfr. La alternativa, I, pp. 165-220. Kierkegaard: tragedia o teofanía 75 (36) Cfr. Postscriptum, p. 239. (37) Ib., pp. 240-2 y 165-6. (38) Ib., p. 166. La expresión es literal. (39) Ib., pp. 437-438. (40) Cfr. Estadios en el camino de la vida, p. 259. Y advierte: «cuanto más se sufre más se tiene sensación de lo cómico». Ibidem. (41) Ib., p. 241. (42) Ib., p. 260. (43) «La interioridad (el individuo ético y ético-religioso) comprende el sufrimiento como lo esencial». Cfr. Postscriptum, p. 424. (44) Ib., p. 428. (45) Lo que no deja de ser una pequeña paradoja, dice Kiekergaard. Ib., p. 424. (46) Ib., pp. 433-4. Esto lo verifica también en el fundador del Cristianismo. «Toda su vida es sufrimiento de interioridad». Cfr. Práctica del cristianismo, Samlede Vaerker, XII, p. 159. (47) Cfr. Postscriptum, p. 275. Pertenece esta idea al largo comentario de Kierkegaard en torno a su Lidelses-historie. (48) Para corrobarlo cita la conocida obra de L. Feuerbach, Das Wesen des Christentums. Cfr. Stadier, p. 483. (49) Cfr. Postscriptum, p. 422-3. El encabezamiento del apartado lo anuncia todo: «Den existentielle Pathos' vaesentlige Udtryk: Lidelse (La expresión esencial del pathos existencial: el sufrimiento)». Ib., p. 420. (50) Ib., p. 425. (5l) Cfr. Práctica del cristianismo, pp. 195-7. (52) Ib., pp. 219-221. Es el signo de que nos encontramos ante la verdad auténtica. Cfr. El Momento, Nr. 8, Samlede Vaerker, XIV, p. 322. (53) Le dedica pasajes bellísimos, como el Discurso Edificante titulado El Señor lo dio, el Señor lo quitó, bendito sea el nombre del Señor, Samlede Vaerker, IV, pp. 24. (54) Cfr. Papirer, X-4 A 630, p. 444-6. Kierkegaard gradúa la situación: porque sufres, Dios te ama; porque Dios te ama, te toca sufrir. Ib., X-4 A 593, p. 410. Se trata de un signo de Dios. (55) En uno de sus Bladartikkler lo formula con mayor rotundidad: «Esencialmente el cristianismo es interioridad». Cfr. Samlede Vaerker, XIII, p. 475. Subrayado suyo. (56) Cfr. Papirer, X-5 A 96, pp. 110-113, con algunos juicios antitéticos sobre Lutero. (57) Cfr. Papirer, IX A 333, pp. 189-192. (58) Cfr. Papirer, VI A 46, pp. 18-20. (59) Cfr. Papirer, VIII-1 A 85, pp. 42-43. (60) Cfr. Postscriptum, p. 445. (61) Ib., p. 446 (62) Ib., pp. 524-525. (63) Ib., p. 266. (64) Ib., p. 255. La nada produce angustia, pero el sufrimiento en la existencia obedece a otros esquemas. (65) Cfr. El evangelio del sufrimiento, Samlede Vaerker, VIII, p. 398. (66) Aunque es lo mínimo: «¿Cómo podría Dios enjugar tus lágrimas, si no has llorado?». Cfr. Una historia del sufrimiento, Samlede Vaerker, VIII, p. 232. (67) Indispensable para la interioridad (Cfr. Postscriptum, p. 241), sólo la transparencia logra la fundamentación del yo en Dios. Cfr. La enfermedad mortal, Samlede Vaerker, XI, p. 219. (68) Kierkegaard percibe con claridad la insuficiencia de la propuesta «teofánica» del sufrimiento. Por eso dirá: ni siquiera que Dios se vuelva pobre o sufriente resuelve los interrogantes cruciales, ya que en sentido estricto la paradoja consiste en que Dios se hace hombre individual (et enkelt Menneske). Cfr. Postscriptum, p. 587. (69) Para no negar su fe en la Providencia ni la realidad del sufrimiento, Kierkegaard osa decir que Dios se comporta «de un modo extraño». Cfr. Papirer, IX A 382, p. 224. (70) A no ser que se desee retratar figuradamente el impacto del pecado en la humanidad. Cfr. El concepto de la angustia, pp. 364-365. (7l) Cfr. VIII, p. 414. Formulado en medio de una «angustia de muerte», lo que da a entender el dolor humano con mayor intensidad que el «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», pese a lo mucho que este grito impresionó a Lutero. Cfr. El concepto de la angustia, p. 465. (72) Cfr. Fragmentos de filosofía, Samlede Vaerker, IV, p. 226. Esta solución, situada en el contexto de