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Entre la disciplina y la rebeldía: Miranda versus Sancho Dávila (1936-1938)

Parejo Fernández, José Antonio

Abstract

Cuando aún se desconocía qué tipo de régimen acabarían imponiendo los sublevados, tuvieron lugar en la Falange andaluza una serie de acontecimientos que acabaron enfrentando a los mandos del periodo republicano con aquellos jerarcas de segunda fila que, tras el inicio del conflicto, habían ascendido en el escalafón falangista. Llegada la hora de la reestructuración del partido, aquellos jerarcas se negaron a perder la relevancia y el poder que habían conseguido. Tomando, pues, como línea central las diferencias surgidas entre Dávila y Miranda, analizamos aquí una de las causas que estuvieron detrás de la domesticación definitiva de la Falange.

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185 Historia y Política ISSN: 1575-0361, núm. 22, Madrid, julio-diciembre (2009), págs. 185-206 ENTRE LA DISCIPLINA Y LA REBELDÍA: MIRANDA VERSUS SANCHO DÁVILA (1936-1938) JOSé ANTONIO PAREJO fERNÁNDEz Universidad de Sevilla [email protected] (Recepción: 11-07-2008; Revisión: 06-10-2008; Aceptación: 02-02-2009; Publicación: 04-12-2009) 1. La v u e Lta d e L j e f e y L a n u e va fa L a n g e .—2. Mi r a n d a : d e s e g u n d ó n a j e r a r c a .—3. Lo s «fü h r e r s » M e n o r e s s e r e b e L a n .—4. bi b L i o g r a f í a . r e s u M e n Cuando aún se desconocía qué tipo de régimen acabarían imponiendo los sublevados, tuvieron lugar en la falange andaluza una serie de acontecimientos que acabaron enfrentando a los mandos del periodo republicano con aquellos jerarcas de segunda fila que, tras el inicio del conflicto, habían ascendido en el escalafón falangista. Llegada la hora de la reestructuración del partido, aquellos jerarcas se negaron a perder la relevancia y el poder que habían conseguido. Tomando, pues, como línea central las diferencias surgidas entre Dávila y Miranda, analizamos aquí una de las causas que estuvieron detrás de la domesticación definitiva de la falange. Palabras Clave: España; siglo x x ; fascismo; falange; franquismo. BETWEEN DISCIPLINE AND REBELLION: MIRANDA VERSUS SANCHO DÁVILA (1936-1938) a b s t r a c t When it was still not known which type of regime the uprising would finally usher in, a set of events occurred in the Andalusian falange movement that ended up bringing the commanders of the Republican period into conflict with the second-level leaders who, after the conflict had begun, had risen up the falangist ranks. When the time came to restructure the party, these second-level bosses refused to stand down and give up the ENTRE LA DISCIPLINA Y LA REBELDÍA: MIRANDA VERSUS SANCHO DÁVILA (1936-1938) JOSé ANTONIO PAREJO fERNÁNDEz 186 power they had achieved. Taking up the differences between Dávila and Miranda as the central thread, the article analyses one of the causes that lay behind the final domestication of the falange movement. Key words: Spain; 20th century; fascism; falange; franco-ism. * * * Suele ser error común, entre los no historiadores, imaginar a los partidos fascistas históricos como disciplinadas organizaciones monolíticas sometidas a la voz de mando del líder. Nada más alejado de la comprobación empírica: las organizaciones fascistas, ya sea el NSDAP, el PNf italiano o la Legión de San Miguel rumana fueron de una vida tumultuosa en su interior (1). falange Española, desde sus orígenes, tampoco se libró de tales conflictos y las expulsiones del marqués de la Eliseda, de Ansaldo o de Ramiro Ledesma Ramos durante la República son una clara muestra de esta conflictividad originaria. José Antonio Primo de Rivera (2), Manuel Hedilla, el propio franco, pasando por los diferentes secretarios generales del Partido Único (3), todas las jerarquías acabaron enfrentándose —antes o después— a las disputas internas de un partido donde las complicaciones estuvieron a la orden del día. Un espíritu combativo, además, que llevó a los falangistas a chocar con todo el mundo: con los militares (4), con cardenales como Segura, con los boinas rojas de la Comunión Tradicionalista, con los gobernadores civiles, cualquiera que entonces hubiera observado la realidad de la retaguardia sublevada habría constatado cualquier cosa menos un reino apacible dedicado a ganar la guerra. Muchos de aquellos episodios han sido objeto de abundantes y, en muchas ocasiones, valiosos estudios (5). No obstante, aún estamos bastante lejos de (1) El primer tomo de los diarios completos de Joseph Goebbels (2006), en su versión francesa, son un documento inapreciable como muestra de las feroces rivalidades internas en el nazismo antes de su llegada al poder; luchas que alcanzarían posteriormente su punto álgido en la madrugada del 30 de junio de 1934. (2) El mejor estudio para seguir cuanto venimos comentando en relación con la figura del líder falangista sigue siendo la biografía de GiL PecharroMán (1996). De obligada consulta igualmente fe r r á n Ga L L e g o (2005). (3) La bibliografía al respecto es tan abundante que incluso un somero repaso en este trabajo podría convertirse en una tarea ociosa por inabarcable; no obstante, y como botón de muestra, son de obligada consulta las obras de Th o M à s (1999) y (2001); Ro d r í g u e z Ji M é n e z (2000); Ca z o r L a Sá n c h e z (2000) y, sobre todo, el que sigue siendo el estudio más completo: Pay n e (1997). (4) El pulso mantenido contra el poder militar y su posterior derrota devino en el sometimiento definitivo de la falange al dictado de la institución castrense, englobándola así en el grupo de movimientos fascistas que no supieron o no pudieron imponerse al poder militar. Para una visión comparativa de lo sucedido en Rumanía con la Guardia de Hierro cfr. Ve i g a , f. (1989). De sumo interés para el caso rumano son los diarios de EL i a d e (2001) y Se b a s t i á n (2003), en los que puede seguirse de primera mano la historia del partido fascista rumano. (5) Aun siendo imposible referir aquí todo lo publicado al respecto en las últimas décadas, sí es necesario reseñar una serie de trabajos aparecidos en los últimos diez años, por cuanto están HISTORIA Y POLÍTICA NÚM. 22, JULIO-DICIEMBRE (2009), PÁGS. 185-206 187 completar el retrato de aquella historia. Porque a nadie se le escapa, por ejemplo, las disputas habidas en la falange durante la República, ni los ríos de tinta que se han vertido acerca de los Sucesos de Salamanca, ni los más que abundantes trabajos aparecidos sobre las trifulcas habidas en los gobiernos civiles (6) o los dedicados —como decíamos— a los polémicos y en ocasiones violentos choques surgidos entre falangistas y carlistas. En cambio y por mucho que hayamos avanzado en estos últimos años (7), aún es mucho lo que desconocemos de la falange (8). Así, sin afrontar realidades como, por ejemplo, las que abordamos en este artículo nos resultará imposible seguir la evolución experimentada por fE-fET de las JONS a partir del 18 de julio y en los meses inmediatamente posteriores al Decreto de Unificación. Si fundamentales para el futuro de la falange fueron las consecuencias que se derivaron de la Unificación promulgada el 19 de abril de 1937 (9), no menos importantes, en nuestra opinión, lo fueron aquellas maniobras políticas que, por el control del partido, tuvieron lugar en el seno de una falange en guerra. Sin tenerlas presentes, sin indagar por qué en una jefatura territorial de la importancia de la andaluza dos íntimos amigos —Sancho Dávila y Joaquín Miranda— acabaron enfrentados, sin seguir el rastro de la pugna que, por el control del esclareciendo la todavía nebulosa historia de la falange. Así, gracias a estos estudios de carácter regional y provincial se viene reconstruyendo en los últimos tiempos, desde abajo y desde el detalle, una historia del periodo que aún dista bastante de estar completa. Entre otros, cabría citar los trabajos de Ce n a r r o La g u n a s (1997); So u t o (1999); Sa n z AL b e r o L a (1999); Ri v e r o (2001); Sanz Ho y a (2003) y (2006); Cobo Ro M e r o (2004); García RaMos (2005); Cobo Ro M e r o , Ort e g a Ló p e z (2005); De L Ar c o (2007). (6) Para un reciente estado de la cuestión cfr. Sa n z Ho y a (2008). (7) Entre los varios balances historiográficos publicados en la última década cabe citar, por su relación con la temática de este artículo, los siguientes: se v i L L a n o ca L e r o (2001): 225-244; ro d r í g u e z ba r r e i r a (2006): 153-176; ort e g a Ló p e z (2006): 259-278 y especialmente Th o M à s (2008): 293-318. (8) Estamos de acuerdo con Joan María Thomàs cuando, en el reciente y ya referido artículo publicado en Ayer, sostiene que «las monografías de ámbito provincial dedicadas íntegramente al estudio del partido único son más escasas que las que lo analizan dentro del conjunto del poder provincial»; así, teniendo en cuenta cuanto acabamos de mencionar y el hecho —no menos importante— de que muchas de ellas no abordan el estudio de esas falanges en toda su extensión cronológica (por lo que sus conclusiones deberán ser revisadas necesariamente en el futuro) es por lo que aún estamos muy lejos de completar un retrato medianamente nítido de fE/fET de las JONS. Entre los estudios que han tomado a fE/fET de las JONS como objeto de análisis cabría citar, entre otros, los trabajos de Ló p e z ro d r í g u e z , ba z vi c e n t e (2008): 195-219; de L ar c o (2007): 237-267; go n z á L e z Ma d r i d (2004); CL a r a (1999); Th o M à s (1994): 34-37; Nú ñ e z Se i x a s (1993): 143-174; Pe r e Co r n e L L à (1986): 22-27. Por último, también cabría citar en esta relación los trabajos de Ló p e z Vi L L at o r o (2003); Gu e r r a Pa L M e r o (2003); Ca L z a d o AL d a r i a , To r r e s fa b r a (1993): 29-40 y Ma r í n (1992): 32-39. Para otros trabajos y análisis de muy diversa índole cfr. Dí a z Ni e v a , Ur i b e La c a L L e (2005). (9) Los movimientos políticos que condujeron finalmente a la promulgación de aquel decreto de unificación fueron de una gran complejidad, por lo que intentar resumirlos aquí sólo arrojaría oscuridad sobre unos hechos bien conocidos por la historiografía. Para los mismos, pues, Pay n e (1997): 404 y ss. ENTRE LA DISCIPLINA Y LA REBELDÍA: MIRANDA VERSUS SANCHO DÁVILA (1936-1938) JOSé ANTONIO PAREJO fERNÁNDEz 188 partido, tuvo lugar en la falange del sur a partir de abril de 1937 es casi imposible rastrear la marcha de una organización política que estaba llamada a convertirse, que desde muy pronto lo fue, en el principal apoyo político del régimen que habría de surgir tras los tres años de trágica guerra civil. Conozcamos, pues, quiénes fueron Dávila y Miranda para asistir al retrato de aquellos conflictos. 1. L a v u e Lta d e L j e f e y L a n u e va f a L a n g e El 24 de mayo de 1937, el diario de la falange cordobesa, Azul, publicaba en primera plana un gran retrato del Jefe Territorial de la falange de Andalucía con el siguiente pie de foto: «Saludamos a Sancho Dávila, que fue hoy nuestro huésped en Córdoba. En él están sintetizadas las virtudes y lealtades de nuestra hermandad falangista» (10). Era la bienvenida de la falange al fundador y líder de los falangistas andaluces (11). Aquel día, los lectores comprobaron, además, cómo el periódico no escatimaba espacio para informar acerca de los pormenores que estaba proporcionando la llegada de Dávila a la provincia. Artículos, fotografías, loas al jefe, recuerdos de sus vínculos con José Antonio Primo de Rivera; como la ocasión lo merecía, desde el diario Azul volvieron a recordar lo que en aquellos días se había convertido en un comentario recurrente entre los camisas azules del Sur: los tiempos difíciles, los meses de «persecución y zozobra» en los que Sancho Dávila había hecho frente a «todos los ladridos y acometidas de la jauría desenfrenada». Por eso, relataba el autor de aquellas líneas, los falangistas cordobeses habían gritado, «contigo y a tu lado», «¡Por la unión de los que luchan en defensa de la Patria! ¡Por el Caudillo, bandera de todos al amanecer! ¡Por la Victoria deseada y conseguida! ¡Arriba España!» (12). Se apelaba a los valores de la falange, recordaban al líder ausente de cuya memoria era ahora depositario su primo Sancho Dávila, mencionaban los tiempos difíciles. Era el homenaje que desde aquellas páginas le rendía la falange cordobesa. No cabe duda, pues, que aquella acogida no pudo ser más cálida. En realidad, todo aquello formaba parte del plan que había trazado Dávila para recuperar su ascendiente perdido en la falange andaluza (13). (10) Azul, Córdoba, 24-mayo-1937, primera plana. (11) Así es cómo era considerado Sancho Dávila, no en vano había recibido la orden expresa de José Antonio de organizar el partido en el Sur, orden que posteriormente sería refrendada con un nombramiento oficial como Jefe Territorial de la falange de Andalucía conservado entre sus papeles personales. Sin embargo, los comienzos de la falange en el Sur fueron menos ordenados de lo que este nombramiento nos da a entender. Así, y aunque los estudios sobre los primeros tiempos de la falange en Andalucía aún son muy escasos, cfr. para Almería Qu i r o s a (1998): 61-75; para Granada y Jaén Co b o Ro M e r o , Ort e g a Ló p e z (2005): 163-215; para Sevilla La z o (1998). (12) Todos los entrecomillados en Azul, Córdoba, 24-mayo-1937, «Sancho Dávila en Córdoba», p. 5. (13) En el Archivo Particular de Sancho Dávila conservado en Madrid, en lo sucesivo A.P.S.D., se conserva una magnífica colección de fotografías donde, entre otras instantáneas, puede vérsele HISTORIA Y POLÍTICA NÚM. 22, JULIO-DICIEMBRE (2009), PÁGS. 185-206 189 Un objetivo que debía alcanzarlo cuanto antes, si quería recuperar el tiempo perdido. En efecto, mientras duró su odisea para escapar del Madrid republicano —camuflado bajo un nombre y una imagen que no eran las suyas, provisto de un pasaporte falso proporcionado por la Embajada Cubana y acompañado en todo momento por su joven esposa (14)—, la hasta entonces maltrecha falange andaluza se había convertido en una organización del todo irreconocible, hasta el punto de que el 24 de septiembre de 1936 —fecha en la que retornó a Sevilla (15)— ni el mismo Dávila pudo reconocerla. Habían pasado sólo dos meses desde que diera comienzo el conflicto, poco tiempo para lo que habría de durar la guerra, pero una eternidad en la evolución del partido. Pura ebullición, transformación increíble, así es cómo lo retrataba el diario ABC desde sus páginas. Estaba en lo cierto, leer el reportaje era lo mismo que acercarse a un cuartel de falange y ver en él, de aquí para allá a los falangistas, unos que entraban y otros que salían, gentes de todo tipo y toda condición vestidos con la camisa azul remangada, sus dependencias, los pasillos, todo estaba repleto de militantes, muchos de ellos recién inscritos, órdenes dictadas sin cesar, fusiles en mano, desorden, amontonamiento de objetos, camisas azules rendidos al sueño en duros sillones (16). Por todos los territorios del Sur que iban cayendo en manos de los sublevados pasaba lo mismo; hasta el punto que pasadas algunas semanas desde el inicio de las hostilidades, los jefes de aquellas falanges comenzaron a despachar telegramas dirigidos al mando informando sobre la imposibilidad material para atender «a todos los camaradas que vienen o van al frente» (17). Eran tantos los que se estaban afiliando en el Sur de España a la falange y tantos los que se incorporaban a las banderas falangistas que marchaban a los frentes de batalla que el ajetreo era enorme. La razón de todo aquello: una avalancha de afiliaciones sin precedentes en la historia reciente del país que llevó, durante los dos primeros meses de guerra y en los que habrían de sucederse hasta final de año, a decenas de miles de andaluces hasta las filas de la falange (18). realizando aquellas visitas de inspección por los pueblos andaluces, departiendo con los afiliados a la falange, con los jornaleros, muchos de ellos inscritos también en fE-JONS, paseando con las autoridades por las calles abarrotadas de unos pueblos andaluces cuyos vecinos lo saludaban brazo en alto a su paso, arengando a las masas ante una cruz a los caídos de la falange, inspeccionando las cocinas de campaña u oteando el horizonte de los frentes de combate mientras seguía atentamente las explicaciones de los subordinados que lo instruían acerca de las operaciones en las que estaban tomando parte los afiliados de la falange. Todo ellos, puede seguirse en algunas de las fotografías recogidos en Pa r e j o fe r n a n d e z (2008a): apéndice fotográfico. (14) La huída a través del A.P.S.D., carpeta documentos, datos consignados en el pasaporte n.º 372. (15) El dato en A.P.S.D., carpeta Documentos Varios, Datos interesados por Julián Pemartín. Historial de Sancho Dávila. (16) ABC, 27-julio-1936. (17) A.P.S.D., Libro Registro de Salida de Documentos, p. 30, entrada 242, oficio del Jefe Territorial de la falange de Marruecos, 27-octubre-1936. (18) Cfr. Pa r e j o fe r n á n d e z (2008b): 71-118. ENTRE LA DISCIPLINA Y LA REBELDÍA: MIRANDA VERSUS SANCHO DÁVILA (1936-1938) JOSé ANTONIO PAREJO fERNÁNDEz 190 No fue ninguna invención ni, menos aún, una exageración de los jerarcas de la falange: cuando 1936 tocó a su fin, el resultado de aquella explosión no dejaba lugar a dudas sobre lo que había pasado. Desde el 18 de julio y durante los meses que transcurrieron hasta el final de aquel primer año de guerra, había acudido a los cuarteles falangistas como mínimo el 57,1% de la militancia total que consiguió atraer el falangismo sevillano (19); una cifra que habría de incrementarse un 13,9% más durante los meses de 1937 que siguieron hasta el Decreto de Unificación. Es decir, antes de que la falange se convirtiera por decre- to en el único partido del bando sublevado y antes de que aprovechara aquella ocasión para «absorber» a las otras organizaciones sublevadas contra la República (20), ésta contaba ya con más del 70% de la militancia total que llegaría a (19) Aportamos aquí los datos de la falange sevillana, porque ha sido en ésta donde hemos completado el estudio. No obstante, estas cifras y la generalidad que se desprenden de ellas puede y debe extrapolarse al resto de las falanges del Sur de España, ya que las catas hechas en otras provincias, así como en los documentos de archivos hallados al respecto en distintas partes, así lo atestiguan. Para más detalles cfr. Pa r e j o fe r n á n d e z (2008b). (20) Con la promulgación del Decreto de Unificación franco buscaba, y de hecho consiguió, crear un partido único que poner al servicio de su causa y controlar así la miríada de organizaciones políticas que se habían alzado contra la República. Aquel decreto, como se comentará a lo largo de estas páginas, acabó generando un enorme descontento y desasosiego ante el futuro en numerosos sectores de la falange. No obstante, pasados los primeros momentos de incertidumbre, los falangistas comprobaron que la Unificación se había convertido en realidad en una magnífica oportunidad para dominar a las otras organizaciones políticas del bando sublevado, pero muy especialmente a la Comunión Tradicionalista, con la que desde el 18 de julio venía manteniendo una batalla por el predominio político. Tan es así que tras la Unificación se siguió hablando de la falange, ya que ésta a lo más había añadido una «T» a su ya largo nombre, una bandera con las aspas de San Andrés (por lo que a partir de entonces el partido pasó a tener dos), una boina roja (que a la mínima oportunidad se convertía en objeto de mofa por parte de los antiguos falangistas) y poco más; por lo que más que unificación, en buena parte de España (y el Sur es buena prueba de ello), puede hablarse de absorción, incluso violenta, por parte de los falangistas. Es más, cuando la preponderante falange, incomparablemente más numerosa en afiliados que la Comunión, pasó a encabezar la Unificación, muchos —por no decir la inmensa mayoría de los boinas rojas— acabaron marchándose políticamente a sus casas; caso, por ejemplo, del tradicionalista sevillano Diego Díaz Domínguez, cualquier cosa menos alguien desconocido en la capital hispalense, no sólo por los cargos que había desempeñado en el seno del Partido Único hasta aquel momento (Delegado Provincial de Sanidad; Secretario Provincial del Movimiento; Vocal de la Junta Provincial de Beneficencia; Delegado del «Plato Único»), sino fundamentalmente por su trayectoria carlista anterior. fue una de las personalidades más destacadas en los ambientes conservadores de Sevilla; tanto que nada más instalarse el Cardenal Segura en el Arzobispado este médico oculista, por aquel entonces miembro ya de la Acción Católica sevillana, se convirtió en uno de los colaboradores más estrechos que el prelado tendría en su diócesis. De una mentalidad política muy conservadora, como lo prueba su militancia política en la Comunión Tradicionalista de fal Conde, participó en la asonada militar de Sanjurjo y como tal uno de los que fueron a parar a la cárcel durante algunos meses. Pues bien, en 1940 y tras tres años desempeñando cargos de responsabilidad no lo soportó más y las que siguen fueron sus líneas de dimisión: «Querido Amigo: Usando del derecho que me concede el Artículo 10 de los Estatutos de f.E.T. y de las J.O.N.S. he decidido causar baja en el Movimiento, lo que te comunico como Secretario Local del mismo. Como sabes de sobra nunca he sido falangista y mientras más tiempo pasa, menos me encuentro HISTORIA Y POLÍTICA NÚM. 22, JULIO-DICIEMBRE (2009), PÁGS. 185-206 191 reunir (21). Miles de falangistas, por tanto, a las órdenes del partido; miles de afiliados, y ésta era la segunda gran novedad que había traído aquella avalancha, cuya gran mayoría provenía de las clases trabajadoras (22), miles de camaradas adscritos a la Primera Línea de la falange y miles, por consiguiente, luchando en las banderas de la Organización contra la Segunda República. De modo que esto era lo que estaba en juego: el control de la más importante organización política del bando sublevado, cuya jefatura, sin embargo, había estado en el aire durante demasiado tiempo. dentro del espíritu de la falange; es pues un deber de lealtad conmigo mismo y con el Partido dejar de pertenecer al mismo materialmente, ya que espiritualmente se puede decir que nunca he pertenecido». La dimisión en Archivo General de la Administración (A.G.A.), Presidencia (P.), Secretaría General del Movimiento (S.G.M.), Delegación Nacional (D.N.) de Provincias, caja 101, carta de Diego Díaz Domínguez, 31-marzo-1940; para las represalias tomadas por la jerarquía de fET, Ibídem, Oficio n.º 6.098 de la Secretaría Provincial de Sevilla, 9-septiembre-1942 y Oficio n.º 3.558 de la Delegación Nacional de Provincias al Jefe Provincial de La Coruña, 16-sep- tiembre-1942, en el que se recomendaba lo siguiente: «Adjunto te envío copias de un oficio y carta que me remite la Jefatura Provincial de Sevilla, por las que podrás apreciar la desaprensiva y cínica actitud del individuo que en ella se alude, quien después de escribir con fecha de 31 de febrero [marzo] de 1940 la carta cuya copia te adjunto, muestra de su deslealtad anterior hacia el Partido, no vacila después en pedir un certificado de su servicio, con el único objeto de que le sirva de apoyo para conseguir una plaza de Catedrático de Oftalmología, cargo que hoy ostenta en la Universidad de Santiago. Creo, que a la lectura de tales hechos no hace falta ordenarte se imponga a tal individuo una severa sanción a nuestro estilo, debiendo darme cuenta de su ejecución y resultados». (21) En 1940, un recuento hecho en la falange andaluza arrojó las siguientes cifras: falange de Sevilla, 88.632 militantes; falange onubense, 12.494 afiliados; falange jiennense, 66.783; falange malagueña, algo menos de 20.000 militantes. Una avalancha que, por supuesto, no fue exclusiva de la falange sevillana ni tampoco de la andaluza en general, sino algo común a toda España: la Jefatura Provincial de Vizcaya, por ejemplo, fue una de las que informó sobre el enorme crecimiento que en sólo tres meses los hizo pasar de los 6.500 afiliados a los 10.041 que se recogían en aquel parte. Los datos en Pa r e j o fe r n á n d e z (2008b): 71-118. (22) En vísperas de la Unificación, la composición social de la falange sevillana resultaba ser la siguiente: jornaleros, 33,76%; empleados, 8,66%; obreros, 8,39%; artesanos, 12,72%; comerciantes, 7,3%; labradores, 9,26%; profesionales liberales, 7,36%; funcionarios, 4,44%; propietarios, 1,23%; un 3,2% de hortelanos; unos cuantos estudiantes, 1,52%; molineros como los de Peñaflor; loteros, tres estanqueros, cinco capataces, dos bodegueros y hasta un artista se apuntaron en las falanges de pueblo. Es decir, como cualquier otro partido fascista, la falange de Sevilla y, por los datos que vamos hallando, la de toda España muerde en todas las clases sociales y mantiene un altísimo porcentaje de clase trabajadora entre sus filas: el 50,81%. Una imagen social que al parecer no era muy diferente de la conseguida por otras falanges del país, no ya andaluzas sino pertenecientes al norte de España. Así, en León, por ejemplo, una comunicación interna referente al cobro de cuotas a los afiliados reconocía «que en toda la España liberada, pero en la provincia de León especialmente, la situación económica de nuestros afiliados es excepcionalmente precaria, pues aparte de sus siempre modestas posibilidades, esta penuria ha sido aumentada con la guerra. También es digno de tenerse en cuenta que falange ha arraigado principalmente en las clases bajas de la sociedad, habiendo quedado la gente adinerada al margen de nuestra Organización. Como consecuencia de todo esto, el nivel medio de cuota por afiliado de 2.ª Línea no llega, ni con mucho, a la cantidad de una peseta por mes». El comentario en A.G.A., P., S.G.M., Caja 51/19.174, Jefatura Provincial de la falange de León, 27-julio-1937. ENTRE LA DISCIPLINA Y LA REBELDÍA: MIRANDA VERSUS SANCHO DÁVILA (1936-1938) JOSé ANTONIO PAREJO fERNÁNDEz 192 La recuperación de la misma se convirtió, por tanto, en la más firme ocupación de Sancho Dávila tras su vuelta a Sevilla, por lo que es en esta coyuntura donde deben inscribirse aquellas visitas, aquellos viajes, aquellas órdenes y aquellas horas de intensa convivencia pasadas junto a los camaradas de la falange andaluza. Y en ella también donde debemos buscar las tensiones internas que tan influyentes serían para el devenir de la falange del Sur. Porque, efectivamente, la ausencia de Dávila durante aquel par de meses y su posterior retorno acabó generando en el seno de la organización un conflicto de intereses entre el Jefe Territorial de la falange andaluza, nombrado por el propio José Antonio durante la República, y aquellos dirigentes provinciales que si bien, sobre el papel, seguían siendo los mismos segundones de la etapa republicana, con los nuevos tiempos habían adquirido un poder, una relevancia política y una preeminencia social que muy pocos estuvieron dispuestos a ceder y, menos aún, a perder. Así que con muchas loas a Dávila, con muchas fotografías de hermandad en las que el fundador seguía siendo el centro de atención y con muchas bienvenidas al líder retornado, cuando éste se dispuso a ejercer las funciones propias de su cargo comenzaron a surgir los problemas. Conozcamos, pues, el nuevo papel que pasaron a desempeñar jerarcas de segunda fila como Joaquín Miranda para hacernos una idea lo más exacta posible de cuánto podían perder falangistas como aquél si la reestructuración de la Organización los devolvía a sus antiguos lugares de partida. 2. M i r a n d a : d e s e g u n d ó n a j e r a r c a Joaquín Miranda fue uno de los organizadores de la falange sevillana. Amigo íntimo de Sancho Dávila, su hombre de confianza desde los primeros tiempos, triunviro en la primera Junta de Mando hispalense, numerosas veces multado y encarcelado durante la República, Miranda había sido desde los comienzos uno de los puntales del falangismo sevillano y, por extensión, uno de los falangistas más destacados del sur español. El inicio de la guerra, sin embargo, lo cambió todo. Ya durante los primeros días del conflicto lo vemos al frente de la falange sevillana; de él parten durante los primeros días las órdenes para reestructurar el hasta entonces maltrecho aspecto de la organización; él, por ejemplo, es quien se está encargando de controlar la marea de afiliaciones que a diario llegaba a las puertas de las falanges de pueblo. Prueba de la paulatina importancia que fue adquiriendo dentro de la organización fue el hecho de que en julio de 1937 lo tenemos ya ocupando una vocalía en el Secretariado Político de fET de las JONS, es decir, al año de guerra Joaquín Miranda, antiguo ayudante de Dávila, se había convertido en un jerarca de cierta importancia dentro de la estructura nacional del ahora partido único. Desde la Secretaría Política, pues, se dispuso a trabajar para conseguir el lugar que Miranda creía corresponderle a la falange. HISTORIA Y POLÍTICA NÚM. 22, JULIO-DICIEMBRE (2009), PÁGS. 185-206 193 Ahora bien, antes de continuar creemos necesaria una aclaración para encuadrar cuanto habrá de seguir a continuación. fundamentalmente porque dada la complejidad de las maniobras políticas que desembocaron en el Decreto de Unificación y lo poliédrico a la hora de acercarse a su estudio (23), lo que debe interesarnos aquí es cómo ciertos sectores de la falange percibieron la orden decretada por franco el 19 de abril de 1937, cómo algunos intentaron resistirse a lo que consideraron una tragedia para el devenir de la falange pero, sobre todo en función de lo que a nosotros nos interesa aquí, a qué jerarcas acudieron en busca de ayuda. Sólo así seremos capaces de insertar en esta realidad tan compleja el papel que mandos como Joaquín Miranda pasaron a desempeñar tras las demandas de amparo que comenzaron a llegarle, fundamentalmente de aquellos para los que el 19 de abril de 1937 se había transformado en un día fatídico; el principio del fin, se atrevieron a aventurar los más pesimistas. La gran pregunta por aquellos días, por tanto, pasó a ser si era verdad lo que muchos comentaban; si, utilizando las palabras de los más agoreros, ¿estaría todo perdido? ¿No habría posibilidades de reconducir la situación? ¿Sería fernández Cuesta, recién llegado a la zona nacional, el que salvara a la falange? ¿Podría devolverla al lugar que le correspondía? (24) Sin embargo, mientras unos se lamentaban por la inminente derrota de la falange y otros aguardaban a que fernández Cuesta se hiciera con el control del partido para reflotar lo que ya entonces parecía tener sus horas contadas, otros falangistas, no menos fascistas que los anteriores, se negaron a quedarse de brazos cruzados. De hecho, cuanto venimos comentando pasó a convertirse —junto con la destrucción de la República— en otra batalla más que ganar. Así, perdida la independencia política, quisieron resistirse a la puesta en marcha de lo que entonces fue considerado como uno de los más graves ataques sufridos por la falange en toda su historia: las nuevas normas de organización de Milicias. Indudablemente todo formaba parte del imparable proceso de domesticación puesto en marcha por el general franco. Sin embargo, algunos creyeron necesario ofrecer toda la resistencia de la que fueran capaces. Porque de cerrarse el círculo de dominio franquista, la falange como tal —así es como lo sentían— habría dejado de tener sentido. Cierto era que toda la falange de Primera Línea estaba sometida al fuero militar, eso nadie lo discutía; cierto era que todos los españoles del bando sublevado estaban bajo el código militar, estaban en guerra (23) En los que, sin embargo, no nos vamos a detener por cuanto acabaría alejándonos del objetivo fundamental que se persigue en este trabajo. No obstante, la cuestión ha sido tratada en extenso en buena parte de la bibliografía anteriormente reseñada. (24) fueron muchos los que pensaron que la Organización tenía sus horas contadas. Cfr. Archivo Manuel Giménez fernández (depositado en la Hemeroteca Municipal de Sevilla), Apuntes de un camisa vieja sobre la Unificación (IV-1937), en los que se narra cuanto referimos. Igualmente se conservan en el Archivo General de la Administración una abundante correspondencia de fernández Cuesta en la que puede seguirse las esperanzas que despertó entre los falangistas la vuelta del antiguo líder de la falange. A.G.A., P., S.G.M., Caja 51/18.970. ENTRE LA DISCIPLINA Y LA REBELDÍA: MIRANDA VERSUS SANCHO DÁVILA (1936-1938) JOSé ANTONIO PAREJO fERNÁNDEz 200 molestando «a los militantes antiguos» pronto verían en «los ayuntamientos y Diputación al Conde de Bustillo y sus comparsas» (38). Ahora bien, acudiendo al prisma que siempre es la Historia, las protestas vistas contra las destituciones acaecidas en la jefatura provincial de Sevilla también admiten otro punto de vista no menos interesante, en el sentido de que esa resistencia ante los ataques contra la falange sevillana entrañaba al mismo tiempo una paradoja. Porque una de dos: o se luchaba por la falange y ese combate pasaba en primer término por respetar el sacrosanto principio de la obediencia debida, o bien cada uno se dedicaba a luchar por aquello que mejor conviniera a sus intereses particulares o de grupo y entonces, sí, la jerarquía y el mando podían dejarse para mejor ocasión. Es más, siguiendo de cerca la trayectoria de Miranda, su ascenso político hasta convertirse en un falangista de cierta importancia dentro del Partido Único y teniendo en cuenta cómo intervenía allí donde los intereses de la falange estuvieran amenazados (39), aún sorprende —si no tenemos nada de lo anterior en cuenta— que él mismo acabara participando en esa red de crítica y resistencia política sin fin que acabó siendo fET de las JONS (40); que acabara enfrentándose a quien, en los ya por entonces lejanos días de fines de 1933, confiara en él para organizar la falange sevillana. Los dos, Sancho Dávila y Joaquín Miranda, se habían embarcado desde el principio en una misma empresa: fundar la falange en las tierras del Sur. Por aquel empeño se vieron envueltos en mil y un problemas; durante aquella travesía fueron multados, estuvieron presentes en los cierres gubernativos, experimentaron los encarcelamientos que jalonaron toda la etapa republicana de la Organización, acudieron a los entierros de sus camaradas caídos. Un viaje que, llegada la guerra, les llevaría a desempeñar papeles importantes dentro de una falange que, antes de cumplirse el primer año de guerra, se había convertido en el partido único del bando sublevado. Pero dos antiguos camaradas que, a causa también de esa guerra, devinieron en opositores políticos y, por extensión, en dos falangistas de tantos que acabaron viéndose envueltos en unas banderías que, sin preverlo, les llevaron a fe r n á n d e z (2008b) capítulos IV y V. Esta misma temática ha sido también tratada en extenso en otros trabajos ya citados sobre la falange, con la salvedad de que muchas de las conclusiones publicadas deberán ser necesariamente revisadas al haber sido extraídos de unos análisis parciales en cuanto a cronología histórica se refiere. Y es que no se extrae la misma conclusión cuando la caída de la falange comienza a estudiarse desde los momentos en los que más vigorosa está la organización, que cuando se hace arrancando en 1938, 1939 o 1940. En cualquier caso, se inicien antes o después los estudios, una cuestión es evidente: en 1940, en la época dorada de los fascismos y cuando se hablaba de un Orden Nuevo en Europa, la falange se encontraba en una ruina total. Para la misma acúdase a los trabajos locales o regionales sobre fE/fET de la JONS citados en notas anteriores. (38) Ibídem.Ibídem. (39) No hacemos distinción aquí entre falange y Partido Único/fET de las JONS dado que pasados los primeros meses desde la Unificación muchos falangistas, incluido el propio Miranda, acabaron identificando a fET de las JONS con la falange. Para mayor detalle acúdase a la nota al pie 19. (40) Cfr. Pa r e j o fe r n á n d e z (2008b): capítulos IV y V. HISTORIA Y POLÍTICA NÚM. 22, JULIO-DICIEMBRE (2009), PÁGS. 185-206 201 traspasar el limes fronterizo, tras el cual ya no hubo forma de volver atrás. Y es que en aquella disputa acabó retratándose uno de los grandes males, junto con otros muchos ajenos a este trabajo, que acabarían sumiendo a la falange en la más absoluta de las derrotas. La documentación muestra nítidamente hasta qué punto se abrió la fractura entre aquellos dos amigos; y lo hace, en primer lugar, a través de la opuesta trayectoria que ambos siguieron desde que diera comienzo la guerra. Uno, Joaquín Miranda, convertido en Jefe Local de la falange hispalense en ausencia del fundador; el otro, alejado de Sevilla desde antes de la guerra; uno, el que se había quedado en la capital sevillana, siendo entrevistado en la prensa y apareciendo como el primero de todos los falangistas sevillanos y Dávila tardando más de dos meses en reincorporarse a la zona del bando sublevado; uno asentando su poder día tras día en la provincia y el otro convirtiéndose en una de las piezas fundamentales de aquella facción legitimista que acabaría enfrentándose a Manuel Hedilla; uno subiendo peldaños como jerarca provincial de la falange hasta convertirse en miembro del Secretariado Político de fET y luego en Consejero Nacional, y el otro queriendo recuperar su antigua ascendencia sobre la falange Territorial de Andalucía, de tal manera que si acudimos a las fotografías que se tomaron durante aquellos viajes podremos verlo visitando los frentes de batalla, departiendo con los falangistas de la primera línea, desfilando por las calles de los pueblos en medio de un gentío enorme, e incluso siendo objeto —Sancho Dávila— del típico culto al líder fascista con el que dar a conocer por todo el Sur su figura como fundador y hombre fuerte de la falange andaluza (41). Por eso, cuando llegó el momento de dilucidar qué tipo de estructura organizativa debía seguir la nueva falange salida de la Unificación, si una organizada según las antiguas jefaturas territoriales de los tiempos de José Antonio u otra nueva alrededor de las jefaturas provinciales querida por tantos mandos de segunda fila y en donde los antiguos jefes territoriales ya no tuvieran la ascendencia del pasado, no es de extrañar que los dos antiguos amigos acabaran situándose en posiciones opuestas y, por consiguiente, enfrentadas. Así, el detonante de aquella disputa en Andalucía (en la que una vez más vemos a Miranda tomando parte activa) sobrevino cuando Sancho Dávila, por aquel entonces nombrado Delegado Inspector de la región, dictó una orden conducente a recuperar su poder perdido y con la que, sin embargo, acabó poniendo en pie de guerra a todos los jefes provinciales andaluces; los cuales, según Miranda, no estaban dispuestos a permitir la vuelta a la situación anterior al 18 de julio. Por supuesto, los argumentos que se utilizaron fueron más sutiles que el fondo de una disputa como ésta; no obstante, dejemos que sea otra vez Miranda quien tome las riendas de la defensa: Con una razón que aplasta, los jefes provinciales dicen que esto no lo toleran más. Yo te digo, si España la dividimos en varios territorios y éstos se los entrega- (41) Cfr. Pa r e j o fe r n á n d e z (2008a): apéndice fotográfico. ENTRE LA DISCIPLINA Y LA REBELDÍA: MIRANDA VERSUS SANCHO DÁVILA (1936-1938) JOSé ANTONIO PAREJO fERNÁNDEz 202 mos a Delegados como éste, no tendremos necesidad de Jefes Provinciales ni de Secretariado Político. Esto es gana de salirse de su misión, los Delegados sólo se deben ocupar de la inspección, no dar órdenes, para eso está el Secretariado por mediación de los Jefes Provinciales. Si esto no se corta sería un vicio que luego es difícil de cortar, mas ellos se toman solos una autoridad que no tienen empezando a chocar con los Jefes Provinciales, que son los únicos responsables de la Provincia que se les encomienda (42). ¿Qué decían aquellas órdenes? ¿Tan grave y disparatado era lo recogido en aquel escrito como para que los jefes provinciales con Miranda a la cabeza se plantaran y dijeran que no estaban dispuestos a continuar por aquel camino? ¿Qué principio ideológico estaba en el aire? Con el problema de los ferroviarios o con la cuestión de la pérdida de influencia en las milicias de falange la cuestión estaba clara; pero en esto, ¿en qué estaba atentando Dávila a los postulados de la organización? Son cuestiones, permítasenos, de suma importancia si el asunto lo analizamos desde la pureza ideológica del falangismo, aunque baladís si se tiene presente que en esta ocasión no era el contenido de aquella orden lo que preocupaba a los jefes de provincias, sino el trasfondo de la misma. Porque, probablemente, cualquiera de ellos habría suscrito buena parte de lo que exigía Dávila acerca de la integración, el caudillaje, la frivolidad de la retaguardia, el trabajo, las depuraciones o el emboscamiento; casi todo, acabamos de decir, menos adherirse a aquel punto que hacía referencia a la apetencia de cargos y cuya parte fundamental aparecía subrayada en la copia de la circular que Joaquín Miranda adjuntó en su escrito de protesta: «quien apetece un cargo lo desempeñará mal. Quien lo defiende, seguramente lo ha ejercido mal» (43). ésa era la cuestión: lo que en aquella época estaba en juego era el poder que ciertos falangistas, que nunca antes habían tenido la relevancia que alcanzara Dávila durante la República, habían conquistado a raíz del 18 de julio y que por razones obvias se negaban a perder ante sus antiguos jefes. fue así como la falange, totalitaria y con una estructura de mando establecida por José Antonio y a la que todos debían obediencia, acabó dotándose, sin embargo, de un organigrama lo suficientemente descentralizado, utilizando un término de nuestros días, como para que jerarcas como Joaquín Miranda, segundones desde el principio, pudieran alcanzar la relevancia política que de hecho acabaron obteniendo a partir del 18 de julio. Y es que a más jefaturas provinciales, mayores posibilidades de prosperar en el partido. De modo que en luchas partidarias como ésta, en ataques como los lanzados contra el antiguo jefe, en pulsos como el mantenido por aquellos jefes provin- (42) A.G.A., P., S.G.M., Caja 51/18.970, Escrito de Joaquín Miranda, Vocal del Secretariado Político, dirigido al Secretario de dicho organismo, fechado en Salamanca el 10-agosto-1937, registro de entrada n.º 2.999. (43) Lo citado aparece subrayado en el original; una copia de éste iba adjunta al escrito que Joaquín Miranda presentó ante el Secretariado Político de fET, ibídem. HISTORIA Y POLÍTICA NÚM. 22, JULIO-DICIEMBRE (2009), PÁGS. 185-206 203 ciales —en absoluto dispuestos a seguir tolerando las interferencias del líder retornado—, en hipótesis como las sostenidas en este trabajo es donde debemos rastrear una parte de los males que acabarían conduciéndola al abismo. Aquella derrota, la pérdida de poder, el análisis de por qué la nueva organización surgida de la Unificación acabó cayendo justo cuando ya pocos podían hacerles frente políticamente pertenece, sin duda alguna, a otro trabajo. No obstante, y antes de dar por concluido éste, es necesario resaltar la cara opuesta de aquello que tantas veces se ha narrado, someter a la consideración de la historia las rivalidades internas que surgieron entre unos falangistas deseosos de copar las parcelas de poder que había dejado libres el general franco. O, dicho de otro modo, retratando a estas alturas la importancia de lo sucedido en Salamanca durante aquel mes de abril de 1937 para el bando sublevado, en particular, y para la España en guerra, en general no estaríamos sino descubriendo el Mediterráneo. El control de fE de las JONS por parte de franco, la defenestración de los falangistas más molestos, la coerción de otros, la domesticación —en definitiva— de la antaño falange de José Antonio, todo esto se conoce desde hace décadas. Ahora bien, trabajando desde abajo y desde el detalle aún es posible hallar nuevas líneas de enfoque con las que completar una historia aún inconclusa. Porque, si bien, no cabe dudar como ya hemos referido aquí del poder militar en el bando sublevado y de su capacidad para someter a un conglomerado de opositores a la República sumamente heterogéneo tanto en sus posiciones políticas como en sus aspiraciones de cara al nuevo régimen que estaba por venir, tampoco cabe hacerlo de la importancia que para el futuro de fE/fET de las JONS, tuvo cuanto hemos visto en estas páginas. Así, para el Caudillo el hacerse con el control de esa falange fue de suma conveniencia para sus intereses; pero, en nuestra opinión, no menos importante para el porvenir de los falangistas fue el hecho de que sus mandos aparecieran desunidos justo en el momento más decisivo de toda su historia, justo cuando el punto de inflexión que tanto habían esperado en su carrera por conquistar el poder estuvo frente a ellos. A lo largo de estas páginas hemos avanzado al lado de Sancho Dávila y Joaquín Miranda, con ellos hemos asistido a la transformación de la falange andaluza en una organización de suma importancia para el bando sublevado, con ellos también recuperamos los miedos, las desesperanzas, los derrotismos y, por supuesto, junto a esa historia retornaron las resistencias opuestas ante una caída que muchos creyeron inminente. Los más pesimistas se equivocaron: la falange perdería su poder, pero no al poco de la Unificación, sino más adelante. Mientras aquello ocurrió, algunos, como Miranda, lo vieron claro: en aquellas horas estuvieron jugándose el destino de la organización. fueron unos momentos de una complejidad política enorme y, sin embargo, hay algo claro en toda esta historia: por mucho que todo fuera de esa manera, también lo fue el hecho de que aquellos jerarcas, con sus dudas, sus miedos y, sobre todo, con sus luchas intestinas no estuvieron a la altura de las circunstancias. ENTRE LA DISCIPLINA Y LA REBELDÍA: MIRANDA VERSUS SANCHO DÁVILA (1936-1938) JOSé ANTONIO PAREJO fERNÁNDEz 204 Años antes de cuanto acabamos de ver, el 14 de febrero de 1926, se celebró en la ciudad Alemana de Bamberg, a instancias de Hitler, una reunión que acabaría marcando un antes y un después en la historia del partido (44). Según Rudolf Hess, en aquella convocatoria, a la que asistieron unos sesenta dirigentes del partido, quedó fijado el concepto de führerprinzip por el que Hitler se aseguró el dominio sobre el movimiento nazi: «autoridad incondicional hacia abajo y responsabilidad hacia arriba» (45). Sin embargo, en la práctica, lo que ocurrió es que aquellos «führers menores» siguieron luchando entre ellos, convirtiendo, así, al hasta entonces contestado líder en el árbitro final de las disputas surgidas entre los altos mandos del nacionalsocialismo alemán. En el caso de la falange sucedió algo parecido, con la diferencia de que los jerarcas nacionalsindicalistas (secretarios generales, jefes territoriales, jefes provinciales y jefes locales), con sus polémicas internas propias de todo fascismo histórico acabaron facilitándole a franco, Jefe Nacional de fET y Caudillo de la España sublevada, la domesticación de la falange. 4. b i b L i o g r a f í a ca L z a d o aL d a r i a , a. y to r r e s fa b r a , R.C. (1993): «La formación de un poder omnímodo: la falange en la Ribera Baixa (1939-1945)», en tu s e L L , j. y otros (editores), El régimen de Franco (1936-1975). Política y relaciones exteriores, Madrid, UNED, pp. 29-40. ca n a L , J. (2006): Banderas blancas, boinas rojas. Una historia política del carlismo, 1876-1939, Madrid, Marcial Pons. ca z o r L a sá n c h e z , A. (2000): Las políticas de la victoria. La consolidación del Nuevo Estado Franquista (1938-1953), Madrid, Marcial Pons. ce n a r r o La g u n a s , A. 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(45) Todo lo contrario, como es sabido, al sistema democrático, donde la autoridad emana directamente de la soberanía popular y donde la responsabilidad desciende estrictamente de arriba abajo. Para las palabras entrecomilladas de Hess cfr. Ke r s h a w (1999): 299. HISTORIA Y POLÍTICA NÚM. 22, JULIO-DICIEMBRE (2009), PÁGS. 185-206 205 ——— (2007): «Hombres Nuevos. El personal político del primer franquismo en el mundo rural del sureste español (1936-1951)», en Ayer, n.º 65, pp. 237-267. dí a z ni e v a , j., ur i b e La c a L L e , e. (2005): El yugo y las letras. Bibliografía de, desde y sobre el nacionalsindicalismo, Madrid, Ediciones Reconquista. ga L L e g o , f. (2005): Ramiro Ledesma Ramos y el fascismo español, Madrid, Síntesis. ga r c í a ra M o s , d. (2005): Instituciones palentinas durante el primer franquismo, Palencia, Diputación. giL pe c h a r r o M á n , J. (1996): José Antonio Primo de Rivera. Retrato de un visionario, Madrid, Temas de Hoy. go e b b e L s , J. 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