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La organización del conocimiento en el nuevo orden transcultural : del totalitarismo a la desclasificación (la razón como creencia y la OC como burocracia)

García-Gutiérrez, Antonio

Abstract

Partindo da concepção tradicional de classificação, com ênfase em seu papel de exomemória mas alertando para o perigo da violencia simbólica, analisa duas dimensões que se completam; a razão como crença e a organização do conhecimento como burocracia como subsídio para uma posterior abordagem dos obstáculos epistêmicos que se colocam a uma dimensão transcultural que subsidie aquilo que se poderia denominar desclassificação, enquanto adoção de uma abordagem complexa que não exclua nenhuma ferramenta pré, pós ou para epistemológica.

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La organización del conocimiento en el nuevo orden transcultural: del totalitarismo a la desclasificación (la razón como creencia y la OC como burocracia) 1 . Knowledge Organization in the new transcultural order: from totalitarianism to declassification (reason as belief and KO as bureaucracy) Antonio García Gutiérrez. Universidad de Sevilla Resumo: Partindo da concepção tradicional de classificação, com ênfase em seu papel de exomemória mas alertando para o perigo da violencia simbólica, analisa duas dimensões que se completam; a razão como crença e a organização do conhecimento como burocracia como subsídio para uma posterior abordagem dos obstáculos epistêmicos que se colocam a uma dimensão transcultural que subsidie aquilo que se poderia denominar desclassificação, enquanto adoção de uma abordagem complexa que não exclua nenhuma ferramenta pré, pós ou para epistemológica. Palavras-chave: Classificação; Organização do conhecimento; Epistemologia; Desclassificação; Transcultura Abstract: Starting from the traditional conception of classification, with an emphasis on its role as exomemory, but warning of the dangers of the symbolic violence, this article analyzes two dimensions that complement each other; reason as a belief and knowledge organization as bureaucracy for a subsequent approach to the epistemic obstacles to a cross-cultural dimension that subsidizes what might be called declassification, while adopting a complex approach that does not exclude any pre-, postor paraepistemological tool. Keywords: Classification; Knowledge Organization; Epistemology; Deconstruction; Transculture 1. Introducción: clasificación y violencia simbólica Comencemos con una sugerencia genérica que hacía Edgar Morin en 1992, en los inicios de la detonación digital responsable de la transcultura que, aunque no fue dirigida ex profeso al campo de la Organización del Conocimiento (KO), podría ser uno de los ámbitos científicos más afectados por ella: “contemporary advances in our knowledge of organization call for a radical reformation in our organization of knowledge. This reformation involves the mobilization of recursive thinking, which is to say a manner of thinking capable of establishing a dynamic and generative feedback loop between terms or concepts (…) that remain both complementary and antagonistic. 1 Este artigo continua como La organización del conocimiento en el nuevo orden transcultural: del totalitarismo a la desclasificación (obstáculos epistémicos, regencia de la transcultura y desclasificación). The paradigm of complexity thus stands as a bold challenge to the fragmentary and reductionist spirit that continues to dominate the scientific enterprise” (Morin, 1992: 371). En este texto, que si tuviera que ser clasificado personalmente lo “desclasificaría” dentro de las “hermenéuticas emancipatorias” -estirando la tipología científica de Habermas (1980)-, intentaremos satisfacer parte de ese audaz desafío. Una perspectiva para pensar “recursivamente” lo que entendemos genéricamente por “organización”, operación cognitiva y cultural que en este trabajo será invocada desde una voz anterior y algo metonímica (lo que resulta irrelevante a efectos de este texto) pero con un mayor poder simbólico, “clasificación”, consiste en abordarla desde su dimensión conflictiva, mas no en el sentido de su capacidad de provocar conflictos en la sociedad o en el psiquismo sino, muy por el contrario, de omitirlos o silenciarlos. La clasificación, milenios antes devenir un artefacto específico para la organización de repositorios de conocimiento, de lo que hemos llamado en otros lugares “exomemoria”, ya era una potente estrategia del logos para ordenar el mundo (ordo: disposición y mando) mediante demarcaciones esencialistas y purificaciones ontológicas en una ensoñación de universalismo y consistencia de la que, solo mediante un ejercicio de autovigilancia sensible y de voluntad emancipatoria, logrará parcial y escasamente deshacerse. Como arma de dominación, la clasificación siempre acompañó los proyectos de colonización territorial y, sobre todo, cultural y cognitiva, y estuvo en la trastienda de numerosos actos de violencia simbólica alcanzando su clímax paranoico en el ideario y en los archivos clasificados del Nazismo. Como cualquiera otra institución humana (lenguas, organizaciones, creencias, ciencias...), la clasificación se pliega instintiva o racionalmente sobre sí misma para defender su acción colonizante, desvelando estructuras y objetivos totalitarios (hasta de los “autores” brotaría un natural “autoritarismo”). En una dirección, o en otra, la clasificación usurpa, tergiversa, solapa, subordina, coloniza el flujo ilimitado de sentido (la semiosis), haciendo prácticamente imposible el libre movimiento en el mundo que controla bajo sus categorías. Por otra parte, no puede negarse la inevitabilidad de la clasificación ni tampoco los buenos frutos que, por ejemplo en relación a algunos hallazgos conseguidos por la epistemología positivista –a pesar de sus severos efectos secundarios-, haya podido ofrecer al conocimiento. Sin embargo, y a la vista de los grandes males que las ordenaciones jerárquicas han traído a la cultura, al conocimiento y a la convivencia humana, en este texto abogamos por lo que llamaremos desclasificación, un modo indefinido, débil y mestizo de organización no ya contrario a la clasificación nítida, fuerte y esencialista sino como una posición alternativa que la incluye. Desde esta concepción, la clasificación será una operación epistemológica de categorización excluyente con conceptos cerrados cuya intención última (sea consciente o no el mediador-clasificador) es el dogmatismo. De otro lado, debe entenderse la desclasificación como una operación hermenéutica con concepciones abiertas a diversas sensibilidades cuyo soporte y objetivo son el pluralismo lógico, cultural, social, político o cognitivo. Clasificar oculta, divide y separa en tanto que desclasificar desvela, agrega, reúne. Dividir puede ser, coyunturalmente, una operación eficaz si solo se efectúa para –a continuaciónvolver a unir lo escindido. La disyunción genera oscuridad y el conocimiento necesita cooperación 2 . Tampoco dudamos de la buena intención, aun con trágicos resultados, que a veces pueda estar detrás de algunas valoraciones clasificantes propiciadas por la cultura: Olivé (1999) cuenta que, en Nueva Guinea Papúa, cuando los ancianos de cierta etnia presienten su muerte inminente, piden a sus familiares ser sepultados vivos bajo el estiércol de sus animales, con el único auxilio de una caña para respirar. Solidarios médicos occidentales, convencidos de obrar correctamente, trataban de prolongarles la vida trasladándolos a hospitales australianos e impidiendo, así, su derecho a la muerte digna (por ser la elegida). En este episodio particular vemos un modo de violencia simbólica que nuestra clasificación del mundo, el modelo económico o la tecnología digital aplican sobre conocimientos o mundos ajenos con el mismo fin de “salvarles la vida”. Desclasificar implica la adopción de una mirada compleja que no excluye ninguna herramienta pre, pos o para-epistemológica. La contradicción, por ejemplo, es un recurso básico que proporciona en determinados casos, si no explicaciones, sí potentes intuiciones o aceptaciones pragmáticas del mundo que no alcanza la lógica tradicional: queremos terminar el pastel de chocolate pero no queremos que se acabe; queremos y no queremos que crezcan nuestros hijos; para ser el mismo, un árbol no debería cambiar pero no deja de hacerlo a cada instante; el tiempo presente debe morir en el pasado para seguir fluyendo y dar oportunidad al futuro; gracias al oxígeno, nuestro organismo vive mientras se autoincinera... La contradicción es parte constituyente de todo lo que nos rodea e incluso de nosotros mismos, los niños se contradicen con naturalidad pero son reprendidos por los adultos. En los tratados de argumentación se recomienda detectar contradicciones para desprestigiar el discurso del oponente. La razón nos impone una actuación en tanto el impulso nos invita a la desobediencia. Con naturalidad sorprendente olvidamos posiciones previas contrarias a las que mantenemos más tarde. La contradicción es la concepción del mundo efectivo más proscrita por el pensamiento sistemático. Sin embargo, tal vez por haber sido desterrada es uno de los más eficientes aliados de la desclasificación y le dedicaremos la última sección de este ensayo con la propuesta de varias estrategias operativas que abren el conocimiento a todos los horizontes, impugnando los tres sagrados principios de la lógica que nos rige (por otra parte, hace ya casi un siglo desafiada por la 2 Repárese en el abrumador número de metáforas dicotómicas, en tan solo este párrafo, binarismos polarizantes de los que nos excusaremos en la sección 2.2 e incluso revertiremos en 5.1 y 5.3. mecánica cuántica). Me atrevería a asegurar que en la mayoría de los enunciados, conceptos y posiciones sería posible elaborar una contradicción, provocar su régimen paradójico. Esto significa, desde la Aufhebung 3 hasta la deconstrucción, que la negatividad anida en la positividad, dicho de otro modo, que la contradicción forma parte, aunque una parte negada, de nuestro mundo de hecho. Desde hace muchos años, he adoptado una postura estratégica de alianza con la contradicción. De ese modo, cuando el razonamiento convencional llega a su límite acudo a las contradicciones como recurso pos-epistemológico (pos o cualquier prefijo sería útil aquí). Detectar contradicciones para invalidar o rechazar un conocimiento (o una teoría) precedente, objetivo habitual del ariete epistemológico, no sería una meta de la desclasificación. El más atroz mundo de barbarie se abre paso cada día, a pesar de todas las denuncias “racionales”, contra la lógica de cualquier sujeto sensato. En su afán de explicar el mundo a través de su contradictoria rationale, la desclasificación propicia incluso la fabricación de contradicciones en laboratorio (como los oxímora, por ejemplo, vid 5.1 y cfr García Gutiérrez 2007) para romper y abrir los límites de ese mismo conocimiento. Tal vez sea suficiente lo dicho como para denunciar una violencia de la clasificación: el acto de clasificar no supone más que una prescripción o una proscripción, un forzamiento que deja poco margen a la apelación. El conocimiento –el sujeto, en sumano puede sino doblegar su sensibilidad –su aisthesis 4 - con objeto de adecuarse a las etiquetas suministradas (como an-aisthesis) por la “jerarquía de la credibilidad” 5 . Pero clasificar también presenta una debilidad: no solo se organiza algo, según otros puntos de vista, también de desorganiza un sistema anterior tal vez invisible. Descomponemos un mundo de hecho para imponerle otra composición; pues toda nueva clasificación comporta previamente un calculado o espontáneo desmantelamiento del ámbito concernido. Por tanto, clasificar desclasifica y desclasificar reclasifica: una diferencia estriba en el compromiso metacognitivo, pluralista y explícitamente subjetivo de la desclasificación frente al automatismo, al falso objetivismo o a la preferencia por la jerarquía de lo establecido, por parte de la clasificación. Ésta solo nos desvelaría un mundo al precio de ocultar todos los demás. El código opositivo desprendido del Árbol de Porfirio, y de otras raíces procedentes de remotas dicotomías religiosas (bien/mal, fiel/infiel, etc.), organiza nuestra cosmovisión y relación con el mundo en torno a una estricta lógica binaria. Del lado de las filosofías “paganas”, también el unicismo de Parménides venció la heterodoxia de Heráclito, reforzando las doctrinas monoteístas. 3 Concepto central hegeliano de apariencia contradictoria que simultáneamente significa elevar, abolir y cancelar o suspender (Hegel 2009) y está en la base de su método dialéctico. 4 Aunque originariamente la Estética procede de la Aisthesis -arte de lo sensiblepronto se especializó en el estudio de las formas y de lo bello terminando por someter y “anestesiar” su cometido inicial. 5 “Jerarquía de la credibilidad es una expresión introducida por Howard S. Becker en su célebre artículo ‘Whose Side are we on?’, (1967). A los que están en la cúpula de organizaciones o sociedades se les atribuye más credibilidad que a los que están “abajo”. ¿Qué malestar podría movernos a la voluntad de abrir o romper el sistema lógico en el que cotidianamente nos desenvolvemos? Basta mirar alrededor: discriminación, injusticia, desigualdad, destrucción, explotación desaforada de los recursos, cortoplacismo, conformismo, insolidaridad, disolución de la ética, cinismo, egoísmo del egoísta, egoísmo del altruista, dogmatismo, relativismo, absolutismo, barbarie, barbarie del absolutista y barbarie del relativista. Las miserias no acaban ahí. Su catálogo, como puede imaginarse, es mucho más extenso. Del mismo modo que un archivo secreto es “desclasificado” para hacerlo público, debemos desclasificar la complejidad del mundo para volverlo accesible al conocimiento. Y esto solo puede conseguirse instalando, en nuestro sistema de raciocinio, una herramienta metacognitiva –de autovigilancia críticabasada en el pluralismo lógico, que no consiste más que en la convicción profunda del respeto al otro pero, repárese bien: sea contemporáneo, sucesor o predecesor 6 . Evadirnos de la clasificación, o apartarnos siquiera un paso, es tan utópico como querer huir del lenguaje o del pensamiento. Si logramos anular un sistema, simultáneamente otro ocupa su lugar. Esto ocurre porque una condición del conocimiento es la clasificación. Podríamos conocer con otras categorías pero siempre mediante categorías. Esas otras categorías, y los conceptos que organizan (vid 3.3), deberían evitar el hermetismo, la estanqueidad, el dogmatismo y el relativismo, y dotarse de configuraciones abiertas, permeables, autocríticas, sensibles, plurales. Ese mundo plural al que debemos aspirar, ha de ser un mundo desclasificado, esto es, construido desde autonarraciones múltiples a partir de estructuras y procesos lo suficientemente flexibles como para incrementar, en su seno, más disenso y configuraciones lógicas diversas. Disentir tendría, entonces, mucha mayor trascendencia democrática que consentir. En el universo actual del pensamiento y de las tecnologías unificantes, sabemos que el consenso corre ya menos riesgos que el auténtico disenso (vivimos discrepancias de atrezzo o incluso un modo de disenso estratégico). Por ello, en la promoción de esa nueva e inevitable sociedad globalizada, más que potenciar el diálogo para favorecer el consenso, se trataría de lo contrario: de promover el disenso – mediante la desclasificaciónpara aumentar y priorizar la conversación (o ¿no otorga ésta un sentido singular a la propia existencia humana?). Mi compromiso personal con la desclasificación, como lugar desde el que repensar lo humano, esto es, la identidad, la memoria, la cultura, el conocimiento y también su registro y organización, tuvo sus orígenes en una larga estancia de investigación en la Polonia sovietizada de los años setenta 7 y guarda mucha relación con mi conciencia del dolor. A unas cuarenta millas del entonces Instituto de Investigación de Prensa en el que trabajaba, se encontraba Auschwitz, donde 6 En nuestra civilización contemporánea, solemos decidir sin remilgos por nuestros nietos pero no aceptamos que, previamente, nuestros abuelos hayan decidido por nosotros. 7 Justamente para realizar un estudio sobre los usos reductores del lenguaje clasificatorio utilizado por las “escuelas” soviética vs occidental en materia de comunicación de masas. El concepto /agitador/, por ejemplo, prestigioso en la URSS y repudiado en Occidente, ilustra esas prácticas dicotómicas en la investigación social de la época. tan solo tres décadas antes, los nazis exterminaron a millones de personas. Algunos campesinos polacos de aldeas próximas habían sido testigos directos de las columnas de humo humano y del olor que desprendían las chimeneas. Visité varias veces el campo quedándome paralizado durante horas ante la visión de las vitrinas llenas de miles de zapatos usados, maletas, ropas y pertenencias de los asesinados 8 . En la frontera del Este, aún se respiraba la represión de los gulags stalinistas. George Steiner decía con solemnidad, en El castillo de Barbazul (1974), que todo lo que escribía y todo su pensamiento giraban alrededor de la catástrofe de Auschwitz. La Shoah cambia la historia radicalmente. Nada podría ser como antes. Y no se puede racionalizar aquel sufrimiento pues Auschwitz está fuera de la razón. Mèlich analiza concienzudamente la obra de Steiner para afirmar que la clave del pensamiento contemporáneo ha de estar en ella: "¿cómo se puede tocar a Schubert por la noche, leer a Rilke por la mañana y torturar al mediodía?". Responder a esta pregunta sería el gran reto de la filosofía 9 . Para Reyes Mate (2008), no puede entenderse que los filósofos y científicos actuales continúen produciendo conocimiento como si no hubiera existido el siglo XX, el más violento de la historia. La KO tampoco debería ser una excepción. Parece imposible que en Alemania, la mayor fábrica de poetas, filósofos o músicos, se hubiera podido “planificar racionalmente” el exterminio físico de un enemigo construido pero, evidentemente, fue un hecho, ocurrió. Es imposible creer que no solo políticos, policías y militares sino miles de ingenieros, arquitectos, químicos, médicos, profesores, y hasta un filósofo de la sutileza poética de Heiddeger, colaboraran con un régimen fundado abiertamente en el odio y la violencia 10 . Es imposible explicarse que gente corriente pudiera aceptar o incluso cooperar con la barbarie, pero son hechos que con distinto grado se repiten en otros espacios y tiempos: partición de la ex-Yugoeslavia, invasión japonesa de China, conquista de México, Inquisición, esclavitud, hutus y tutsis, la Uganda de Amin, Sierra Leona, Congo, gulags, bombardeos y torturas en Iraq, apartheid, dictadura argentina...el inventario nunca se cierra. Es obvio que la planificación racional del dolor, “un enemigo que no cesa de vencer” como decía Walter Benjamin (1968), no se reduce a Alemania. La racionalidad del mal se abre paso con cualquier excusa si hay un espíritu de la época favorable y la hiperclasificación y la sobrerregulación son unas de sus más eficaces operaciones disciplinarias. El hecho de que algo sea simultáneamente posible e imposible impugna el intocable 8 Por cierto, en 2013 corrió la noticia de que se estaban subastando en Ebay algunas “piezas” de esas “colecciones” http://www.dailymail.co.uk/news/article-2485251/Ebays-sick-trade-Holocaust-souvenirs-Outrage-auctions-DeathCamp-relics.html. Tal mercadeo no sería menos indecente que la explotación turística de estos lugares que recuerdan la aplicación racionalizada del dolor, una segunda violencia simbólica hacia la memoria de las víctimas. 9 ¿Cómo el lenguaje puede hacer frente a lo inhumano, a la barbarie? Si la literatura, la filosofía, las humanidades ... no pueden hacer nada para detener la barbarie, ¿para qué educar? (Mèlich, 1998:171-189) a lo que, naturalmente, añado: ¿para qué investigar? y ¿para qué pensar? 10 George Bensoussan, estudioso de los universos concentracionarios y de la búsqueda de una explicación a la antiIlustración que representan los genocidios y holocaustos en Europa, va aún más lejos: cuestiona el establecimiento de una burocracia de Estado sin la cual el crimen en masa no se habría podido cometer. La ideología sola no produce el crimen de Estado, la tecnología y la burocracia contribuyen a él de igual manera (Bensoussan, 2010). principio de no contradicción. Oprimir y masacrar responde, además, a un perverso esquema fractal: a menor escala, pero a todas las escalas, por motivos raciales, económicos, políticos, religiosos, por mera codicia, rencor, odio o dominación, se somete física o simbólicamente a otros individuos y culturas considerados subalternos (Spivak 1985). Por eso, como decía Adorno, dejar hablar al sufrimiento es la condición previa de toda verdad. O, más solemnemente, Oscar Wilde: “donde hay dolor, es sagrado” (2009). Pensar desclasificadamente no podría estar desvinculado de una conciencia sensible ni de los testimonios de dolor que nos proporciona una exomemoria necesariamente ejemplar (Todorov 2003). Muchos pensadores, como particularmente el mismo Adorno (1993) o Hanna Arendt (1973), han profundizado en la genealogía del totalitarismo. Sea el totalitarismo constitutivo de o constituido por la razón, lo cierto es que impregna todas las instituciones humanas, obviamente también forma parte del propio logos 11 , y cierto modo de racionalidad instrumental consigue amplificarlo e inyectarlo en subjetividades y colectivos. De ahí la relevancia de prestar atención a las estructuras totalistas y totalitarias que anteceden y proyectan los sistemas, particularmente los sistemas de KO. No se trataría, utópicamente, de eliminar la manipulación o los legítimos sesgos de la subjetividad en esos procesos (por más totalitarismo que contuvieran ciertos sesgos, un autor siempre desliza, en mayor o menor grado, “autoritarismo”), mediante acciones de censura, sino de explicitar su presencia a través de mecanismos críticos y autocríticos en manos de los organizadores del conocimiento como hemos abordado, recientemente, en el ámbito de los medios de comunicación (García Gutiérrez and Martínez Ávila 2014). Veamos, a continuación, uno de los casos de totalitarismo sigiloso que amenaza a la KO: la burocratización. 1.1 La OC como burocracia Todos contribuimos a la burocracia en algún momento del día, incluso muchos de nosotros (administradores, profesores, estudiantes universitarios, investigadores...), en mayor o menor medida, durante todo el día. Informes, actas, registros, formularios, protocolos, formatos, reglas, gestión, administración, evaluación, revisión, calificación, curricula, cuatrimestre, programa, proyecto docente, supervisión, créditos, homologación, convalidación, matriculación, preinscripción, valoración, selección, baremación, lista provisional, lista definitiva, auditoría, tribunales, no solo son palabras sino hitos emergentes e incluso ya fundacionales de la vida cotidiana. La propia concepción de calidad constituye un nuevo y muchas veces vacío o paródico tótem burocrático. La digitalización de la sociedad no ha venido sino a estructurar y consolidar definitivamente nuestra mentalidad en una cosmovisión burocrática del mundo. Pero, obviamente, hay posibilidad de existencia y pensamiento libre fuera de la burocracia. 11 Para Nietzsche (1997), son los poderosos quienes inventaron el lenguaje y los conceptos. El imaginario colectivo algo intuye negativamente respecto a esta neutralidad regulativa de las relaciones sociales, para muchos de quienes nos gestionan, pues en casi todas las culturas nacionales en las que la burocracia es hegemónica, y ya lo empieza a ser a nivel global vía internet como mediador transcultural, se percibe de modo peyorativo. Está claro que las millones de personas que componen una cultura nacional moderna (esto es, ninguna cultura compartida en absoluto en términos etnográficos) difícilmente pueden regirse por códigos clánicos o étnicos propios de pequeños grupos geoculturales. Sin embargo, del mismo modo que ese neofascismo llamado capitalismo financiero tiene alternativas, la burocracia en la que se apoya también la tiene. Deben explorarse, y contribuir desde la KO para aplicarlos a sus operaciones, estrategias emancipatorias y autonarrativas adecuadas al neototalitarismo que traslada sutilmente la transcultura, o conformarnos con lo que nos venga impuesto. La burocracia, en el sentido de la teoría weberiana de la dominación de hace más de cien años (Weber, 2012), es una técnica impersonal de organización eficiente que, en sí misma, constituye una forma subliminal de poder e incluso determina los modos de vida y los imaginarios de las sociedades modernas. Tiene algunos aspectos positivos, en cuanto supera las lógicas de las sociedades tradicionales y carismáticas y otros negativos por cuanto, como formante de la razón instrumental (Adorno y Horkheimer 2007), su pretendida obsesión por la eficiencia como fín, la tranforma en un fin en sí misma y orienta al totalitarismo de las propias sociedades supuestamente democráticas en las que ha encontrado un terreno de cultivo privilegiado, una nueva forma de dominación y control. Escritores como Huxley u Orwell arremetieron contra la burocracia en célebres novelas. A mi modo de ver, si la burocracia es en parte necesaria, la burocratización responde a una lógica neurótica del registro. Nada tiene valor en nuestra sociedad si no está registrado. En consecuencia, la mentalidad burocrática ha impulsado enormemente la memoria inscrita planetaria, la exomemoria, diseminando la obsesión por la conservación de fondos tanto relevantes como irrelevantes, e inyectando esa necesidad superflua en las formas que tiene de percibir el pasado toda la ciudadanía. A este efecto ha contribuido decisivamente el eufemismo “democratización” (en realidad, comercialización) de dispositivos digitales que no solo en las administraciones públicas o en las empresas privadas, sino también en la vida social e íntima, toman el control y registro de todo lo que vemos, hablamos, hacemos, esperamos o soñamos (vid Fijaciones, 2005). Todos los aspectos de la vida humana están burocratizados, ahora digitalmente, por lo que naturalmente el conocimiento o la memoria no serían ajenos a esa lógica moderna. El conocimiento, por tanto, emerge como un foco central de las prácticas burocráticas (toda vez que nos encontramos, al parecer, en la sociedad del conocimiento...) y su organización constituye el eje de todas ellas. En consecuencia, la Organización del Conocimiento surge de y es mantenida por una lógica burocrática directriz. Esto hace que no sea sencillo pensar la KO, y todos sus procedimientos, fuera de la matriz cognitiva de la burocracia, del paradigma burocrático en un refuerzo recíproco con el paradigma digital. La organización de materiales simbólicos como los conocimientos, la memoria o la experiencia es altamente sensible a la tentación totalitaria de ideologías, identidades, modelos económicos, al control de los códigos hegemónicos en suma. El siglo XX se caracterizó por un aumento exponencial de la burocracia, independientemente de la lógica dominante, capitalista o comunista, que también caló en los organismos internacionales (naturalmente, en un mundo que solo gira en torno a la concepción nacional, incluso si en gran medida ésta es artificial y obsoleta) y forma parte de los países con democracias parlamentarias. La lógica burocrática potenciada por los intereses de las llamadas “culturas nacionales”, un conjunto de estereotipos y clichés blindados en el imaginario intramuros de las fronteras, pronto prestó servicios extramuros a todo tipo de sistemas y organizaciones. El pensamiento burocrático no es librepensamiento. La burocracia traslada reglas para que los humanos realicen labores prefijadas para la obtención de un prefijado fin. Exactamente como actúan las hormigas o una colonia de bacterias. En los niveles moleculares y más allá, los seres vivos siguen disciplinadamente dictados para cuya ejecución no necesitan cerebro pensante. Sin embargo, cuando subimos a la última escala conocida de la evolución, el cerebro racional, se observa cómo a lo largo de milenios y generaciones los humanos han sido presa de la obediencia consciente a regulaciones e imposiciones, justas o extremadamente injustas, por miedo, por fanatismo o por mera sumisión. Desde la época de la Ilustración se desarrollan complejos sistemas de raciocinio que abren nuevos horizontes de esperanza para la emancipación humana en todos los frentes: político, económico, social, cultural, científico, lúdico, íntimo...En el apogeo y en los espacios del más refinado pensamiento, sin embargo, se abrió paso el Nazismo, ideología hiperreguladora que heredaba ya un potente sistema burocrático llevado a su climax y, tras su caída en 1945, trasladaba una forma eficiente de organización que se expandió por todo el planeta a lo largo del siglo XX. El éxito del rigor en las reglas. Pero hasta el controvertido Heiddeger dirá sobre el rigor: todas las ciencias del espíritu, e incluso todas las ciencias que estudian lo vivo, tienen que ser necesariamente inexactas si quieren ser rigurosas (Heidegger, 1996). La obsesión de la burocratización consiste en la clasificación y registro supuestamente asépticos de cualquier instancia en pro de la eficiencia de un sistema. Aunque ha servido lealmente a ideologías totalitarias de distinto color: estalinismo, fascismo, franquismo... la burocratización contiene un ideal totalitario en sí misma. Su lógica clasificante es transversal y, por tanto, de utilidad para cualquier sistema, especialmente los propios sistemas de clasificación y organización o incluso sí-pero-no, sí-y-no. En el mismo sentido, adquiere relevancia la noción de enciclopedia de Eco (2001). Para él, una enciclopedia es el lugar mental que recoge todas las experiencias posibles respecto a una instancia semiótica dada, naturalmente un lugar personal e intransferible de cada sujeto. Así, emitir o recibir un mensaje acerca de Brasil, Londres, ratones o automóviles proyecta toda la enciclopedia personal que, en modo alguno, coincidiría con el equipaje anamnésico de otro sujeto. Por ejemplo, los brasileños o londinenses, o quienes tuvieron malas experiencias con ratones y autos proyectarán esos conceptos de modo muy distinto a quienes nunca visitaron esos lugares, cuyo conocimiento se reduce a lecturas o relatos de terceros, y de quienes jamás se cruzaron con un ratón o detestan los automóviles y solo “conservan” sobre ellos estereotipos vicarios (relatos de terceras personas). La reducción a estereotipos no se supera cuando la intención clasificante entra en una resignificación transitiva y ya no es capaz de recordar el sentido o la funcionalidad primaria. James Clifford (1997) cuenta que el Museo de Arte de Portland quiso reclasificar la colección Rasmussen de objetos “indígenas” consultando a varios representantes de los clanes esquimales de los que provenían las piezas. Estos, lejos de satisfacer las preguntas de los conservadores del museo sobre orígenes, funciones o tradiciones de una máscara o de un arpón, se limitaron a relatar historias y entonar cantos a partir de la memoria evocada por aquellos objetos, sin valor artístico, ni antropológico y mucho menos de colección para ellos. Durante los tres días de encuentro intercambiaron recuerdos y expusieron reclamaciones, se entristecieron y rieron sin aportar elemento clasificador alguno que sirviera a los intereses de la exposición. ¿Qué perversa lógica estará oculta tras ese estratégico paternalismo de consultar los clasificadores a sus clasificados? Diversas civilizaciones y culturas -por ejemplo, subculturas que no son ya necesariamente territoriales, como la científica decimonónica, se han especializado en la heteroclasificación, en construir listas a partir de estereotipos que han de satisfacer los sujetos y objetos clasificados, en ocasiones forzados por la exigencia de la taxonomía o produciendo la explosión de la categoría debido a la presión interna del mundo indomable que pretende subordinar. Las categorías cientificas y epistemológicas, especialmente en las ciencias sociohumanas, no están preparadas para asumir el cambio constante o incluso la contradicción como elementos constitutivos de su lógica. En la vida cotidiana (política, mediática, vecinal...), la reducción analógica junto a la dicotómica y a la metonímica, estarían en el origen de numerosos conflictos o silenciamientos. Junto a estas tres reducciones de la razón clasificatoria operan otras muchas tendencias gravitacionales que, por una cuestión de espacio, pasamos indicativamente a enumerar: – epistemismo: se genera bajo un paradigma dominante. En el caso de la razón científica, su racionalidad se acoplaría a las reglas metacientíficas de la epistemología a cualquier precio, aunque para Santos, la epistemología nunca se las aplica a sí misma (1989). – demarcacionismo: razón que solo es capaz de construir conocimiento a partir de disyunciones entre culturas, naciones, clanes, comunidades, subjetividades o cualquier otro modo de demarcación ontológica. El esencialismo también sería una de esas “pulsiones racionales” incontrolables e inexplicables. – esteticismo: razón que se pliega a protocolos, pautas, formalismos, estabilidades, organizaciones, procesos y reniega de estesias (sensibilidades) y algias (sufrimientos). El normativismo es una derivación del esteticismo que es atravesada y atraviesa todas las demás. También lo es el contagioso mimetismo de lo nuevo (Groys 2014) que nos hacer ver la indumentaria, el peinado, los automóviles, la tecnología o nuestro propio rostro, de hace unos pocos años, como algo ridículo. – coherentismo: modo de pensar consistente que envía al exilio a su principal enemiga: la contradicción. Todo debe “casar” en un relato, forzando sus componentes. Nada es más fácilmente denunciable que la contradicción en la formación del razonamiento. A veces es tan evidente que hasta resulta impúdica la delación. Todos los maestros de la erística, de Aristóteles a Séneca, de los sofistas a los aforismos de Schopenhauer, se ocuparon de establecer sistemas para evidenciarla. Pero el malestar con la contradicción es generado por la propia acción de una razón que quiere y no logra librarse de ricas impurezas e imprescindibles genealogías irracionales, emocionales, afectivas. Todas estas razones, como se ve, se refuerzan, se cruzan y contradicen. Muchas razones de una única y solitaria razón. Referências Abril, Gonzalo. 2013. Cultura visual, de la semiótica a la política. Madrid: Plaza y Valdés Adorno, Theodor W., Else Frenkel-Brunswik, and Daniel J. Levinson. 1993. The authoritarian personality: studies in prejudice. New York: W. W. Norton. Adorno, Theodor and Max Horkheimer. 2007. Dialéctica de la Ilustración: fragmentos filosóficos. Madrid: Akal Arendt, Hanna. 1973. The origins of totalitarianism. New York: Harcourt Brace Jovanovich. Becker, Howard S. 1967. "Whose side are we on?" Social problems 14: 239-47. Benjamin, Walter. 1968. "Theses on the philosophy of history." In: Illuminations, ed. Hannah Arendt. New York, Schocken Books, 253-264 http://seansturm.files.wordpress.com/2012/06/benjamin-theses-on-the-philosophy-of-history.pdf. Bensoussan, George. 2010. ¿Auschwitz por herencia? sobre un buen uso de la memoria. Barcelona: Anthropos. 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