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Arquitectura y liturgia: un reto en la contemporaneidad

Millán Millán, Pablo Manuel

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Arquitectura y liturgia: un reto en la contemporaneidad Pablo-M. Millán-Millán [email protected] ‘También el arte de nuestro tiempo y el de todos los pueblos y regiones ha de ejercerse libremente en la Iglesia, con tal que sirva a los edificios y ritos sagrados con el debido honor y reverencia, para que puedan juntar su voz a aquel admirable concierto que los grandes hombres entonaron a la fe católica en los siglos pasados’ (Sacrosanctum Concilium, nº 123) No cabe duda que la contemporaneidad ha traído consigo un tiempo de rápidos cambios en el panorama de las artes, la técnica, la estética… afectando, lógicamente, a la arquitectura y mucho más concretamente a la arquitectura religiosa. Si, como dijera Mies van der Rohe, “la arquitectura es la voluntad de una época traducida al espacio” cabría preguntarse cuál es la voluntad de una sociedad que traduce sus necesidades espirituales en concreciones edilicias como la Iglesia de Santa María en Marco de Canaveses (Oporto, Portugal) de Álvaro Siza o la Iglesia del Padre Pío de Pietrelcina en San Giovanni Rotondo (Foggia, Italia) de Renzo Piano. ¿Son éstas las respuestas de la Iglesia al panorama arquitectónico de vanguardia o responden a propósitos puramente creativos del autor? ¿Cuáles son los criterios de idoneidad sobre un edificio de estas características? Fig. 1: Iglesia de Santa María en Marco de Canaveses, de Álvaro Siza Fig. 2: Iglesia del Padre Pío de Pietrelcina en San Giovanni Rotondo, de Renzo Piano La arquitectura religiosa contemporánea, ahora más que nunca, ha de responder a criterios de objetividad. Es importante eliminar los elementos subjetivos y sentimentalismos de experiencias personales que no hacen sino sumir a la disciplina en el caos de lo etéreo, donde todo parece tener cabida. Hablar de objetividad en el diseño y en la construcción de espacios sagrados supone la responsabilidad de unos estudios y construcciones teóricas capaces de dar profundidad y aunar los conocimientos propios de la liturgia que allí va a tener cabida. El programa de un edificio religioso ha de ser, sencillamente, la liturgia. El papa Benedicto XVI lo expresó de forma clarísima: “la Iglesia no está cerrada a ninguna forma siempre que recoja el espíritu de la Liturgia”. Igualmente, su predecesor Juan Pablo II hacía referencia al intento de aunar las nuevas arquitecturas religiosas con el espíritu de la liturgia apelando a la fidelidad: “Tal fidelidad contempla también la apertura y la disponibilidad a aquellas adaptaciones que la misma Iglesia permite y alienta”. ¿Es la arquitectura religiosa contemporánea una arquitectura de vanguardia? Quizá sería injusto decir que no rotundamente, pero si bien es cierto que puntualmente hay muy buenos ejemplos en este género, ésta no es la tónica general. No hay que obviar que hay mala arquitectura religiosa, anacronismos como reminiscencias de deseos de arquitecturas pretéritas, arquitecturas mediocres. Como dice el arquitecto Giorgio della Longa: “arquitecturas mediocres, arquitecturas de lo provisional, aceptadas por instancias superiores: porque lo mediocre no molesta. Ésta es la gran ofensa al patrimonio cultural de la Iglesia. Sin embargo, y desgraciadamente, la mediocridad ha ocupado y ocupa grandes espacios en la arquitectura religiosa contemporáne”’. El pensamiento débil que inunda tantos y tantos espacios de la sociedad ha llegado y no nos hemos dado cuenta. Hemos pasado de la arquitectura de las certezas y convicciones profundas a la arquitectura de las sensaciones y opiniones personales. La arquitectura sacra debe tender a la excelencia. La arquitectura de vanguardia sólo puede nacer de un buen encuentro entre arquitecto e iglesia, entre arquitecto y comunidad. En la actualidad, no basta con ejercicios de acercar altares a los fieles o dar visibilidad a las celebraciones. Ambas partes han de conocer e investigar el sentido profundo y el significado de lo que supone hacer un templo, diseñar un altar o un ambón. Los arquitectos debemos asumir el carácter específico y único del culto cristiano y por tanto del templo cristiano. Dicho esto me planteo: ¿qué tendría la arquitectura pasada para ser vanguardia en su contexto histórico? Antonio di Tuccio Manetti, biógrafo de Filippo Brunelleschi, lo resume en tres cualidades: audacia, sensibilidad y capacidad de trabajo y estudio. Audacia como la capacidad que necesita el arquitecto para proyectar singularidad, icono, lugares y templos con personalidad. Sensibilidad que, tratándose de un templo, nace de la oración y del sentido de Iglesia. Y la capacidad de trabajo y estudio de las necesidades de un templo en la contemporaneidad, no para hacer un prontuario del espacio sagrado o un ‘código técnico eclesiástico’ sino para, desde la técnica y materiales actuales, dar respuesta a los requerimientos de la arquitectura religiosa. Ignacio Vicens, arquitecto de referencia en el panorama de la arquitectura sacra y autor de varios templos como la Iglesia de la Santísima Trinidad de Collado Villalba o la Iglesia de Santa Mónica en Rivas Vaciamadrid ambas en la Comunidad de Madrid, lo expresaba de forma clarísima: “Me temo que en las circunstancias actuales, el arte sacro y concretamente la arquitectura religiosa, luchan contra un terrible enemigo interno, que es la falta de interés, la voluntad de no buscar la excelencia sino de pasar inadvertido, con recintos que resuelvan el problema del alojamiento para los fieles, pero sin plantearse la excelencia. Porque la excelencia es siempre problemática. De verdad, si en algún sitio la excelencia es obligada, es en arte sacro”. Fig. 3: Iglesia parroquial de la Santísima Trinidad de Collado Villalba. Estudio Vicens + Ramos. Fig. 4: Iglesia parroquial de Santa Mónica en Rivas Vaciamadrid. Estudio Vicens + Ramos. Quizá el pensamiento del Movimiento Moderno de reclamar una contribución innovadora e individual del arquitecto junto a la ruptura con el pasado han calado en las escuelas, fomentando el individualismo, enemigo del proyecto comunitario que demanda la arquitectura religiosa. Igor Stravinsky lo expresaba cuando se planteaba el porqué de la pérdida de comunicación con la sociedad de la música contemporánea: “El capricho individual y la anarquía intelectual que tienden a dominar en el mundo en que vivimos aíslan al artista de sus sensaciones y lo condenan a aparecer a los ojos del público en calidad de monstruo: monstruo de la originalidad, inventor de su lenguaje, de su vocabulario y del aparejo de su arte. El uso de los materiales ya experimentados y de las formas establecidas está prohibido. Acaba entonces por hablar un idioma sin relación con el mundo que le escucha. Su arte se vuelve verdaderamente único, en el sentido de su falta de comunicatividad’. Al negar la tradición en la arquitectura religiosa, la arquitectura deriva hacia la uniformidad de lo caótico y una desarraigada anarquía expresiva. La arquitectura tendrá un papel fundamental en el ámbito religioso cuando se enmarque en una tradición acumulativa, una tradición que encuentre un equilibrio entre los elementos contemporáneos y conservadores propios de la Liturgia. La ‘Sacrosanctum Concilum’ nos pide un esfuerzo a los arquitectos y, en general, a todos los artistas para que también ‘el arte de nuestro tiempo una su voz al admirable concierto que los siglos precedentes erigieron en honor a Cristo’ (SC 123). España, concretamente, ha dado buena respuesta de ello. Durante los años cincuenta y sesenta, este país arruinado que acabada de salir de una guerra, sin ningún tipo de ayuda exterior ni recursos, supo ofrecer el más y mejor admirable ejemplo de arquitectura sacra del siglo XX. Casos como Miguel Fisac Serna con la Iglesia del Espíritu Santo de Madrid [1942-1943], Luis Moya con la Iglesia de San Agustín de Madrid [1946]; Luis Laorga Gutiérrez con la Iglesia parroquial de Nuestra Señora del Rosario de Madrid [1948]. Alberto de Acha y Urioste, Francisco de Asís Cabrero y Torres Quevedo, Luis Gutiérrez Soto o Antonio Fernández Alba, entre otros muchos dieron también buena fe de ello. Hoy en día también podría ser así. No cabe duda que los nuevos arquitectos españoles –muy bien valorados en el panorama internacionalestán preparados para cualquier proyecto que se les pueda plantear.