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La construccion de los mitos romanticos en torno a la mujer andaluza y su deconstruccion a traves de la obra de Pilar Albarracin, Maria Cañas y Maria Alcaide

Zapata Vázquez, Manuel

Abstract

Esta tesis recoge el estudio exhaustivo de algunas de las principales fuentes literarias, inglesas y francesas que tuvieron a Andalucía y a España como tema central. Comprendidas entre 1841 y 1866, estas contribuyeron a la construcción de los principales mitos románticos en torno a la mujer andaluza. La difusión de ciertos tipos, no solo a través de las letras sino de toda una serie de producciones artísticas de carácter visual, proyectaron un imaginario en torno a la mujer andaluza centrado en la exaltación de un arquetipo de belleza racial, indolente y cruel; una iconografía fraguada desde distintos espacios vinculados de manera directa a la raza, la clase y al ámbito del trabajo. De este modo, y tras reconocer la definición mítica y romántica de este cuerpo sur, el trabajo se introduce en la revisión crítica de la obra de tres autoras andaluzas contemporáneas, Pilar Albarracín, María Cañas y María Alcaide. Estableciendo una correlación entre pasado y presente, el objetivo final de la investigación busca analizar cómo las creadoras se sirven de dichas significaciones en un intento de arrojar soluciones a los problemas desprendidos de una identidad a la cual se adscriben y pertenecen. En su conjunto, estas conforman una voz emancipatoria frente a la hostilidad y violencia ejercidas, de manera simbólica y real, hacia la mujer andaluza; un ejemplo extensible que sirve aquí de síntesis para la comprensión de la necesidad y vigencia de sus discursos.

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Doctorando: Manuel Z apata V ázque z1 Director: Dr . L uis Ménde z Rodrígue z Codirector a: Dr a. Rocío Plaz a Orellana F echa: septiembre de 2023 1 Proy ecto de I+D: Identidad y Construcción Cultur al de Andalucía: Arte y T urismo (1839-1939) (HAR2016-79758-P). A yudas para contr atos predoct orales par a la formación de doct ores 2017 del Plan Estatal de In vestigación Científica y T écnica y de Innov ación 2017-2020, Programa Est atal de Promoción del T alento y su Empleabilidad en I+D+i. LA CO NSTRU CCIÓ N DE LOS MITOS RO MÁNTICOS EN TORN O A LA MU JER AND ALUZA Y SU DECO NSTRU CCIÓN A TR A VÉS DE LA OBR A DE PILAR ALB ARR A CÍN , MARÍA C AÑ AS Y MARÍA ALC AIDE UNIVERSIDAD DE SEVILLA F ACUL T AD DE GEOGRAFÍA E HISTORIA DEP ART AMENTO DE HISTORIA DEL AR TE A todas las que me han acompañado y que me acompañan, a las que aparecen con su nombre en esta t esis y a las que no, que también están presentes. A mis tut ores y amigos. A P epe, mi lugar seguro . A mi madre, una mujer , andaluza y trabajador a. P ortada: Manuel Zapat a V ázque z Diseño y maquetación: Raf ael Chinchilla Laguna RESUMEN Esta tesis recoge el estudio e xhaustivo de algunas de las principales fuentes liter arias, inglesas y francesas que tuvieron a Andalucía y a España como tema centr al. Comprendidas entre 1841 y 1866, estas contribuy eron a la construcción de los principales mitos románticos en t orno a la mujer andaluza. L a difusión de ciertos tipos, no solo a tr avés de las letr as sino de toda una serie de producciones artísticas de car ácter visual, proyectaron un imaginario en t orno a la mujer andaluza centrado en la e xaltación de un arquetipo de belle za r acial, indolente y sensual; una iconografía fr aguada desde distintos espacios vinculados de maner a directa a la raz a, la clase y al ámbito del tr abajo. De este modo , y tras reconocer la definición mítica y r omántica de este cuerpo sur , el trabajo se introduce en la re visión crítica de la obr a de tres autoras andaluz as contempor áneas, Pilar Albarracín, María Cañas y María Alc aide. Estableciendo una correlación entre pasado y present e, el objetivo final de la investigación busca analiz ar cómo las creador as se sirven de dichas significaciones en un intento de arro jar soluciones a los problemas desprendidos de una identidad a la cual se adscriben y pertenecen. En su conjunto , estas conforman una voz emancipador a frente a la hostilidad y violencia que esta dotación identitaria ha e jercido de maner a simbólica y real, hacia la mujer andaluza; un e jemplo e xtensible que sirve aquí de síntesis par a la comprensión de la necesidad y vigencia de sus discursos. ABSTRA CT This thesis includes e xhaustive study of some of the main English and French liter ary sources that f ocused on Andalusia and Spain as their central theme . Covered between 1841 and 1866, these sources contributed t o the construction of the main romantic myths around the Andalusian woman. The dis semination of certain archetypes, not only thr ough liter ature but also through a whole series of visual artistic productions, project ed an imagery around the Andalusian woman centered on the e xaltation of a r acial, indolent, and sensual archetype of beaut y; an iconograph y forged from diff erent spaces directl y linked to r ace, class and the sphere of labor . In this way , and after recognizing the mythical and r omantic definition of this southern body , the study delves into a critical r e view of the work of three cont empor ary Andalusian authors, Pilar Albarr acín, María Cañas and María Alcaide . Establishing a correlation between past and present, the final objectiv e of the research seek s to analyz e how the creators use these meanings in an attempt to pr ovide solutions to the problems arising from an identity t o which they ascribe and belong. As a whole, the y form an emancipatory v oice against the hostility and violence that this identity has e xercised, both s ymbolically and real, t owards Andalusian women; an e xtensible e xample that serves here as a s ynthesis for understanding the neces sity and validity of their speeches. ÍNDI CE INTRODU CCIÓ N INTRODUCCIÓN OBJETIV OS Y METODOL OGÍA BLOQUE I L A CONS TRUCCIÓN DE L OS MITO S EN TORNO A LA MU JER ANDALUZA: 1. ANTECEDENTES: EL SIGL O XVIII Y L OS PRIMEROS RELA TOS DE VIAJE SOBRE ESP AÑA 2. EL SIGLO XIX: LA MIRADA ROMÁNTICA EN TORNO A LO ESP AÑOL 2.1. Las primer as décadas del siglo XIX 2.2. La cristaliz ación definitiva de un imaginario (1841-1866) 3. L A FEMINIZACIÓN DE LA CUL TURA: LA IMAGEN ROMÁNTICA DE L A MU JER ANDALUZA 3.1. Los r asgos y atributos físicos de la mujer andaluza 3.1.1. Una belle za r acial y ex ótica 3.1.2. Atuendos, vestimenta y ader e zos: r eferencias nacionales y moda e xtranjer a 3.2. Los r asgos y atributos psíquicos de la mujer andaluza 3.2.1. L a mujer seductor a 3.2.2. L a mujer cruel 4. EL ADOCTRINAMIENTO DE L OS CUERPOS: EL PUEBL O GIT ANO EN ESP AÑA 4.1. El otro asediado: llegada y asentamiento de las comunidades gitanas 4.2. Gitanos y andaluces: estereotipos y lugar es comunes 5. REFERENTES MISTIFICADOS Y TRANSFERIDOS: L A IMAGEN ROMÁNTICA DE LA MU JER GIT ANA 5.1. Los r asgos y atributos físicos de la mujer gitana 5.1.1. Una belle za atípica y e xtraña 5.1.2. Atuendos y vestimenta: primer as ref erencias al tr aje regional andaluz 5.2. Los r asgos y atributos psíquicos de la mujer gitana 5.2.1. L a ladrona y la bruja 5.2.2. L a romí casta y fiel 6. L A PRO YECCIÓN DE LA IMAGEN DE LA MU JER ANDALUZA EN EL TRABAJO 6.1. Obrer as, vendedoras y tr abajadoras de servicios 6.1.1. L a cigarrera y otr as manufactur eras 9 12 31 32 40 40 47 70 74 74 82 93 93 107 112 112 122 134 138 138 147 158 158 170 175 179 179 6.1.2. V endedor as ambulantes y contr abandistas 6.1.3. P osader as, venter as, sirvientas y cuidadoras 6.1.4. L a prostituta 6.2. T rabajador as escénicas y de espectáculos 6.2.1. L a bailarina dentro del espacio escénico 6.2.2. L a bailarina dentro de los espectáculos nos escénicos 6.2.3. L a bolera en las academias de baile 6.2.4. Cantant es e intérpret es instrumentales 6.2.5. L a torer a BLOQUE II L A DECONS TRUCCIÓN DE L OS MITO S ROMÁNTICOS A TRA VÉS DE LA OBRA DE PILAR ALBARRACÍN, MARÍA CAÑAS Y MARÍA AL CAIDE 7 . RECUPERAR LA NARRA TIV A: AR TIST AS ANDALUZAS DE LA IDENTIDAD 8. PIL AR ALBARRACÍN 8.1. El género y sus límites: la validación del discurso 8.2. Una segunda piel: la estampa española y andaluza 8.3. No apagues mi fuego, dé jame arder 9. MARÍA CAÑAS 9.1. Pura y perv ersa: imagen bastarda y disidencia 9.2. Desgarrar la identidad nacional 9.3. Sé villana : el canto a lo subalt erno 10 . MARÍA AL CAIDE 10.1. Precariedad y opresión de los sur es: un encuentro entre identidades 10.2. Cuerpo de trabajo 10.3. La vuelta al origen: Entr aña CO NCLU SIO NES ANEX O ENTREVIST AS BIBLIOGR AFÍA 189 197 205 210 210 217 233 243 249 255 256 262 264 288 305 323 325 348 366 376 377 398 420 432 442 498 INTROD U CCIÓ N 9 INTRODUCCIÓN La t esis que aquí se presenta se centr a en el estudio de la construcción de la imagen de la mujer andaluza y su pr oyección como ref erente a nivel cultur al e identitario. La in vestigación analiza la construcción de los mit os románticos asentados en el siglo XIX en torno a la mujer andaluz a, desarrollando cómo dicha construcción ha ido e volucionando de la mano del turismo a lo largo del siguiente siglo; el tr abajo finaliza con la apro ximación a la producción de tres artistas contempor áneas andaluzas que asumen como parte de sus discursos unos modos comunes en cuanto a la per cepción, y tr ansformación de esta iconogr afía femenina en conflicto . Este proceso tr ata de comprender cómo se construye , formula y opera uno de los aspectos fundamentales de la Europa contempor ánea como es la construcción cultural de la mujer , y lo hace analizando que papel jugó la construcción bur guesa de la mujer andaluza a nivel cultur al, desde qué lugar , y , sobre todo, quiénes fuer on los que construyeron la imagen de la andaluza. Con ello , el trabajo ha adoptado a lo largo de est os últimos años una clar a postur a crítica, comprometida en cuanto al grado , alcance y consecución de dicha posición con relación a otr as identidades. En este r astreo de las que, de maner a gener alizada, han sido entendidas como las principales iconogr afías vinculadas al imaginario material e inmaterial de España y de Andalucía, la mujer andaluza supone un espacio pr olífico de significaciones y estigmatizaciones. Sobr e esta, la sociedad burguesa europea decimonónica v olcó sus deseos, anhelos y frustr aciones, edificando unas iconogr afías fundacionales que de vendr án en mito . Estas sobrepasaron su tiempo y transit aron a lo largo de todo el siglo XX, llegando hasta el punto de signific ar y condicionar dicha imagen cultural e identitaria dentro de la contempor aneidad más pró xima y reciente. Con el ob jetivo de llegar a esclarecer cómo cristaliz a y perdur a dicho relato tópico femenino , esta tesis recoge dos puntos de un segment o espacio tempor al que conecta nuestro pasado con nuestro presente . Asumiendo este ret o, la obr a se sumerge en el estudio e xhaustivo de aquellas fuentes liter arias que tienen a Andalucía y España como tema centr al, comprendidas entre 1841 y 1866; periodo cronológico que coincide con la difusión de libr os de viajes en Fr ancia e Inglaterr a producidos por viajeros, antes de la conversión en turistas que supuso el desarrollo del f errocarril, f echa que cierra este estudio . Las letr as, junto a toda una serie de producciones artístic as de car ácter visual, avivaron la difusión de ciertos tipos populares par a erigir todo un imaginario mítico en torno a esta territorialidad que encontr ó en la mujer andaluza uno de sus principales inter eses. Estas creaciones se centr aron especialmente en la e xaltación de los r asgos físicos y psíquicos de la mujer , definiendo un arquetipo de bellez a ex ótica y r acial marcada por un modo de ser histriónico, indolent e e incluso cruel. De este modo, en este tr abajo de investigación se analiz arán los condicionantes que determinar on la creación de una iconogr afía específica de la mujer andaluz a, así como la instrumentalización que los autores realiz aron de esta con respecto a una mir ada supremacista y de clase. El estudio de estas producciones se encuentr a, pues, en línea, y desde una perspectiva históric a, con aquellos trabajos adscrit os a los estudios culturales sobre España, amplios y de diversa índole en cuanto a la at ención de sus pesquisas, 16 Obr as pre vias, coetáneas y posteriores completan el listado de fuentes principales de las que se e xtraen los principales r asgos, físicos y psicológicos, reconocidos en torno a la mujer andaluz a en las décadas centr ales del siglo XIX. Estas fuentes sirven par a refutar y cote jar la continuidad de dichas imágenes a lo largo del tiempo como un relato mítico , constante e ininterrumpido . En una comprensión profunda de las claves del siglo, a dicho mat erial de trabajo primario o inicial, se superpone un compendio de ensayos, artículos y demás publicaciones de car ácter académico , centradas tanto en el estudio concreto de los aut ores como del conte xto histórico artístico al que se adscribe su cronología. El epígr afe de Identidad, r aza y género acoge aquellos tr abajos leídos bajo estos tres conceptos int erseccionados. Resultan imprescindibles las r eflexiones en t orno al concepto de identidad de autor es como el filósofo Fr ançois Jullien, La identidad cultur al no e xiste (2017). Autores como T zvetan T odorov ayudan a discernir en este tr abajo la distancia entre observador y observ ado en cuestiones de identidad, a trav és de sus obr as: Nosotros y los otros: refle xión sobre la diversidad humana (1989), edición de 2010, e Introducción a la liter atura f antástica (1980). T ampoco puede quedar atr ás en la comprensión del Otro como sujeto e xótico el título de Edward Said, Orientalismo (1978), consultado a partir de la edición de 2002. Sobrepasando sus hipótesis gener ales, otros autores recogidos en la in vestigación se centr an en España y Andalucía como caso de estudio específico a nivel identitario . En este sentido , deben citarse las aportaciones recientes de X avier Andreu Miralles, recogidas en su libro El descubrimient o de España: mito romántico e identidad nacional (2016), como principal título del autor . Del mismo modo, su comunic ación La mir ada de Carmen. El mito orient al de España y la identidad nacional (2004), viene a refutar las concreciones y dif erencias cultur ales en torno a las cuales el sur ha sido leído en contr aposición al norte. En línea similar camina R ocío Plaza Orellana, C armen y el color local de España: orientalismo , gitanos y bailes (2021). Su artículo que encuentr a sus antecedentes temáticos en tr abajos como el de Inmaculada Sánchez -Labella Martín (2011), en su mir ada a Carmen desde el arte y el audiovisual; el artículo de María T eresa V era Balanza y Natalia Melénde z Malavé, El mito de Carmen: e xotismo , romanticismo e identidad (2009); o el de Miguel Ángel Muro Munilla, “ Carmen” la construcción del te xto y del mito español a partir del tópico de un viajero romántico fr ancés (2007-2008). De maner a directa, la pioner a tesis de Salomé Medrano García “ Carmen” , de la liter atura a la imagen (1990) aborda el imaginario mítico de Carmen como icono inequívoco de la imagen nacional de r aíz andaluza. La comprensión de cómo lo andaluz participa y se inserta en la realidad identitaria peninsular viene dada por Julián Marías, con su título: Cinco años de España (1981); refle xiones a las que el antropólogo Isidoro Moreno da continuidad en: L a identidad cultural de Andalucía. Apro ximaciones, mixtificaciones, negacionismo y e videncias (2008). La cuestión de la r aza también participa de la construcción cultur al, de lo andaluz en gener al, y de la imagen mítica de la mujer andaluz a en particular . Haciendo uso de títulos clave par a la comprensión de dicha dimensión, tales como la edición de Akal 17 del libro de Angela Davis Mujeres, r aza y clase (2020), el tr abajo recurre a fuentes que analizan la pr esencia y legado de la sociedad gitana en España. Antonio Góme z Alfar o recoge la asimilación programada de los gitanos como imagen c astiza nacional, un relato del barrido y la opresión e jercida sobre este pueblo que también aborda el número cincuenta y cinco de la re vista Andalucía en la historia. Gitanos: la historia olvidada (2017), publicado por el Centro de Estudios Andaluces. Antonio Z oido Naranjo habla de las consecuencias de la repr esión histórica hacia los gitanos en su libro: L a ilustración contr a los gitanos: Antecedentes, historia y consecuencias de la prisión gener al (2009). T ambién resultan especialment e significativas algunas de las pormenoriz aciones culturales aportadas por Manuel Iglesias Segur a en su libro: Gitanos de Badajo z. Historia y Arte (2015). Como fuentes más recientes y e xhaustivas sobre el tema, deben mencionarse las refle xiones críticas y justificadas del investigador git ano Iván P eriáñez -Bolaño, Huellas del tr auma colonial romaní-gitano en España (1499–1978): narr ativas de recuper ación y repar ación de un pueblo con historia( -s) (2021). Una lectur a par alela y posible del relato es aquella aportada por P astora Filigr ana: El pueblo gitano contr a el sistema-mundo. R efle xiones desde una militancia feminista y anticapitalista (2020). El título de la autor a, publicado por Akal, sirve par a introducir la cuestión de género vinculada a la r aza y a la cultura. L a violencia de la mirada heteropatriarc al ejercida sobre la mujer y su inter cone xión desde los diferentes ámbit os de opresión la aporta el indispensable te xto de Lourdes Ménde z, eje clave en el análisis crítico de la imagen en torno a la mujer andaluz a aportado por esta tesis, Cuerpos se xuados y ficciones identitarias: ideologías se xuales, deconstrucciones, feministas y artes visuales (2004). Del mismo modo, y con anterioridad, M.ª Carmen Áfric a Vidal Clar amonte habla de La feminiz ación de la cultura (2002), desde una apro ximación interdisciplinar compartida por las recientes refle xiones de Luis Sazat ornil (2022). Dentro de los distintos marcos de comprensión, la iconogr afía de la mujer trabajador a supone un espacio prolífico de significaciones, un espacio que han abordado tant o Ménde z, desde el concepto de cuerpo obrero , como Erika Bornay en su re visión iconogr áfic a de la mujer en el art e, Las hijas de Lilith (1995). Otr as autor as como María Cruz del Amo del Amo hablan de La familia y el tr abajo femenino en España dur ante la segunda mitad del siglo XIX (2008), tesis doctor al que no encuentr a precedentes seme jantes dada su e xhaustiva metodología. No obstante, puede servir a esta como antecedente dir ecto , el te xto de Joan W . Scott: La mujer tr abajador a en el siglo XIX (1993). A ambas publicaciones se apro ximan, en tiempo y en ideas, las investigaciones aportadas por el artículo de T eresa Sauret Guerrero La estética del silencio: iconogr afía femenina en la época isabelina (2007). Sin abandonar las iconogr afías femeninas asociadas al tr abajo, Isabel Muguruz a Roc a (2011), aborda las imágenes de la bruja y la matrona dentr o del relato liter ario decimonónico, mar co de estudio compartido con el libro de María Aboal Lópe z Histeria, liter atura y mujer en el siglo XIX (2020). Sobre los orígenes de la legislación y la realidad labor al de las mujeres, el artículo en términos gener ales de Gloria Nielfa Cristóbal 18 (2003), permite esclarecer las refle xiones críticas e históricas de Mary W ollstonecr aft en Vindicación de los der echos de la mujer (1792), consultada a partir de una versión digital del te xto de 2019. T ambién ayuda a la comprensión de los espacios de tr abajo femeninos el estudio aportado por Eloísa Baena Luque: L as cigarreras se villanas. Un mito en declive (1887 -1923) (2008). A su ve z, y sobre la presencia e imposibilidades de la mujer con relación al ruedo , pueden mencionarse los artículos de Marta V ericat T orné, El patriarcado en la corrida de t oros (2019), y el de David Castro De vesa, La e xclusión social y jurídica de las tor eras: un símbolo de la consolidación del orden de género establecido (1895-1910) (2020). El último epígr afe de contingencia de las fuentes de est e primer bloque se centra en la producción identitaria y cultur al a través de la creación, Art e y moda . Con relación a las artes, la tesis acoge dif erentes trabajos sobr e la pintura decimonónica en Andalucía y España, tales como la Pintur a andaluza en la colección Carmen Thyssen-Bornemisz a (2005). Asimismo, la t esis doctoral de Ignacio Cano Riv ero , La pintur a sevillana y la invasión fr ancesa: la colección del Mariscal Soult (2015), completa y e xtiende los planteamientos ofr ecidos por Enrique V aldivieso Gonzále z en su artículo: El e xpolio artístico de Se villa dur ante la invasión fr ancesa (2009). A Luis Ménde z Rodrígue z pertenecen algunos de los trabajos en t orno a la cultura visual y las artes dur ante el siglo XIX. Recogidos en esta inv estigación, se encuentra el libro , coordinado junto a Rocío Plaz a Orellana: Se villa. Objetivo fotogr áfico de Emilio Beauchy /1847 -1928/ (2018); además, los artículos: Coleccionismo y mercado artístico en Se villa dur ante el siglo XIX (2010), y El gusto por Murillo en el siglo XIX compr as, ventas y tr atantes de pintura (2017). A la y a mencionada Rocío Plaz a Orellana, pertenecen R ecuerdos de viaje: Historia del souvenir en Andalucía (2012), una e xhaustiva publicación que centr a su atención en la configuración simbólic a y cultural de Andalucía con relación y desde el souvenir . La in vestigación se encuentr a precedida por diversos títulos de la autor a que ahondan en el estudio de la cultur a visual y las artes en una comprensión de los espacios escénicos como campo de producción de la identidad cultur al andaluza. Debe, pues, mencionarse uno de los primeros libros de la autor a, El flamenco y los románticos, un viaje entre el mito y la r ealidad (1999), obr a que analiza y abor da los diferent es momentos, lugares y agent es causantes de la industria del flamenco , obra que pone especial atención al relat o de muchos de los viajeros, abordados y compartidos con esta tesis. T eniéndola como antecedente , otros te xtos posteriores y de menor e xtensión completan la bibliogr afía de la autora: Bailes de Andalucía en L ondres y P arís (1830- 1850) (2005); Los bailes españoles en Eur opa. El espectáculo de los bailes de España en el siglo XIX (2013), entre otros. Mencionando la más rele vante, complet an las fuentes en torno a las artes escénic as y el flamenco, el esclar ecedor tr abajo de Miguel Ángel Berlanga: El flamenco , un arte musical y de la danz a: parte 1. Precedentes históricos y cultur ales y primer desarrollo histórico (2017). 19 Con relación a la plástica pict órica y gr áfica, y a su capacidad de consolidar los imaginarios, debe hacerse mención del tr abajo de rastr eo y búsqueda de fuentes documentales de tipo artístico y visual. Alojadas dentro de dif erentes instituciones públicas y privadas, algunas de estas obr as completan las aportaciones escritas de esta parte de la inv estigación. A tal efect o, las colecciones pr esentes son, y por orden de aparición dentro de la tesis: Bibliot eca Nacional de España, Museo Nacional del Romanticismo , Museo Nacional del Prado , Museo Carmen Thyssen Málaga, Colección Carmen Thys sen-Bornemisza, Museo de Bellas Artes de Se villa y Universidad de Se villa. A todo este mat erial se suman diferent es tratados que, de maner a específica, analizan las derivas de los distintos lenguajes artísticos desarrollados por las creador as. F ocalizando la atención en aquellos volúmenes y apartados que se centr an en la performance , el videoarte y la videoinstalación a nivel histórico , estas publicaciones han sido puestas en diálogo con una serie de tr abajos específicos sobre las autor as: tesis, artículos pertenecientes a r evist as científicas y ensay os; muchos de ellos centr ados en cuestiones vinculadas a las problemáticas de género , de identidad cultural y de clase , desde una perspectiva que tr asciende lo artístico. Estas refle xiones han resultado útiles a la hora de aplicar una met odología de investigación tr ansdisciplinar que integra de manera conjunta conocimientos, medios y procesos de distintas áreas de conocimient o dentro del ámbito de las humanidades. Así, pues, la documentación que soporta los postulados teóricos par a una lectura crítica de la obr a de las artistas se encuentr a dividida, dentro de este segundo bloque , en dos epígr afes iniciales. El primero , Identidad, arte y turismo , recoge una amplia variedad de estudios en torno a producciones cultur ales previas al mar co temporal ocupado por las autor as y que conectan las dos partes de la investigación. Destacando algunas de ellas, pueden citarse como más rele vantes aquellos te xtos centr ados en los medios y lenguajes artísticos. Ejemplo de ello, es el minucioso tr abajo realiz ado por Jorge Luis Mar zo y P atricia Mayay o, Art e en España (1939-2015) ideas, pr ácticas, políticas (2015), tr atado sobre este periodo y conte xto más completo realiz ado hasta la fecha. L a tesis de F ernando José Baena Baena, Arte de acción en España. Análisis y tipologías (1991 - 2011) (2013), o las publicaciones de Juan-R amón Barbancho, De cuerpo presente . Narr ativas del cuerpo en Andalucía (2007), y La imagen como f ábrica: fot ografía contempor ánea en Andalucía (2011), refuerzan lagunas sobre t emas específicos. El segundo apartado , titulado, Arte y género , agrupa todas aquellas pr oducciones en las que la cuestión del género está present e como concepto útil desde el que poder refle xionar y problematizar , tanto desde dentro como desde fuer a del arte. Citando algunas de ellas, debe hacerse ref erencia a Judith Butler y a su libro EI género en disputa. El feminismo y la sub versión de la identidad (1999), en r eferencia a los límit es ilusorios y construidos en torno al género; postulados recogidos por Mariana Espelet a Oliver a: Subalternidades f emeninas: la autorrepresent ación como resistencia (2015). T ambién la representación hist órica de la imagen-cuerpo de la mujer ocupa la reciente publicación editada por Núria Bou y X avier Pé r e z , titulada: El deseo femenino en el cine español (1939-1975), Arquetipo y actrices (2022). 20 Sobre las determinaciones polític as que construyen la e xperiencia violenta de la identidad se xual, aparece en esta investigación el te xto de P aul B. Preciado: T esto Y onki (2008). T ambién otras autor as aquí presentes refle xionan sobre coacciones y posibilidades en torno al relat o impuesto de la condición femenina. Algunas de ellas y sus tr abajos son: Marta Gil Lópe z, El cuerpo, el sujet o y la condición de mujer (1999); Susan Bordo , El feminismo, la cultur a occidental y el cuerpo (2001); y Kim P érez F ernández -Fígares, ¿ Mujer o trans? L a inserción de las transe xuales en el movimiento feminista (2000). La pot encialidad subversiva de lo f emenino es la que Estrella de Diego asume tempr anamente en su te xto Caretas , dentr o del catálogo T erritorios indefinidos: discursos sobre la construcción de la identidad f emenina (1995). T ambién debe hacerse una mención especial a la investigación de R emedios Zafr a sobre ciberfeminismos y cultur a digital, un ref erente direct o para la comprensión discursiva del trabajo t anto de Cañas como de Alcaide . El epígr afe Artistas , agrupa aquellas pr oducciones que abordan de maner a directa el tr abajo de las tres creador as. P ara el estudio de sus figur as, se ha recurrido a diversas fuentes adscritas a la tipología de c atálogo de e xposiciones, así como fuentes hemerogr áficas en papel. Estas recogen te xtos cur atoriales, premios y certámenes, fondos de adquisición de colecciones institucionales, muestr as de tipo autonómico, nacional e internacional, individuales y colectivas. Son numerosos los nombres vinculados al de Pilar Albarr acín a través de la r efle xión teórica y escrita en t orno a su obra. Citando a aquellos que la han acompañado de maner a asidua, la re visión bibliográfica de esta t esis recurre en diversas ocasiones al nombre de Margarita Aizpuru y a sus ensa yos, comprendidos entr e 1999 y 2003. T ambién Isabel T ejeda ha escrito en distintos c atálogos sobre el trabajo de la creador a, entre 1995 y 2003. R esulta significativa la public ación en la que también participa la comisaria, titulada Pilar Albarr acín 1999. Becas Daniel V ázquez Díaz , editada por la Diputación provincial de Huelva; una de las primer as dedicadas al tr abajo de la creador a en solitario. Otros títulos de f echa posterior se consagr an en ex clusiva a Albarr acín. Ejemplo de ello son los catálogos Pilar Albarr acín (2004), editado por la Junta de Andalucía, Consejería de Cultur a; Pilar Albarracín. Mortal c adencia (2008); F abulations (2010); Le duende volé . Pilar Albarracín (2012); Pilar Albarr acín. Que me quiten lo bailao (2018) y Pilar Albarr acín (2020), editado por la Universidad de Gr anada. Sumadas a un consider able número de publicaciones compartidas junto a otr os artistas, estas constituyen un compendio múltiple y sustancioso que permit e hacer una lectura global de la tr ayect oria de la artista. Resulta igualment e significativa la información aportada por la propia creador a, recogida tanto en f ormato de te xto como en ponencias y charlas registr adas en formato audiovisual. Como ejemplo posible , puede citarse el título compartido con Assumpta Sabuco i Cantó: L as bragas: de indicador social a mat erial artístico. El análisis de su simbolismo El origen del nue vo mundo de Pilar Albarracín . El artículo se encuentr a presente en el libro edit ado por Álvaro R odrígue z Díaz, María José Lo zano V ega y 21 Evangelina Olid Gonz ále z , Sociología por todas partes. símbolos y represent aciones sociales de lo cotidiano (2016). La conceptualiz ación de la propia obra, concretiz ada a través del t e xto, es común en lo concerniente al tr abajo de María Cañas. La artista cuenta con un amplio cat álogo de ediciones escritas en primer a persona que, al igual que en el caso de Albarracín, suponen un testimonio ver az para la comprensión de su tr abajo. Mencionando algunas de ellas, resultan significativ as, dado que no se encuentr an en acceso libre, los dosieres y hojas de sala inéditas comprendidas entr e 1999 y 2023. Junto a otros aut ores, la creador a e xpone sus hipótesis en los catálogos de Iniciart e, Kiss the Fire: María C añas (2007), editado por la Junta de Andalucía; Risas en la oscuridad. María Cañas (2015), editado por el Centro Andaluz de Art e Contempor áneo; Diosas y monstruas (2018), además de en el periódico editado por la Universidad de Almería; NO NI NÁ. Contenga Multitudes (2020), del TEA de T enerife. Son importantes sus refle xiones en torno al género , presentes en Las brujas de la fisur a , capítulo par a el libro editado por Nekane Ar amburu, Piedad Solans Rocío y de la Villa: Mujeres en el sistema del arte en España (2012). De igual modo, c abe destacar las refle xiones y críticas aportadas por P edro G. Romero (1999), Juan Bosco Díaz-Urmenet a Muñoz e Iv án de la T orre (2007), Isabel Estr ada (2014), Javier Díaz-Guar diola y Elena V ozmediano (2015), o Mariana Hormaechea (2016); también las investigaciones de Elena Oro z, tales como: ¡(Se)villana, tuvo que ser! Algunos apuntes sobre el desmont aje de la identidad nacional en la pr áctica apropiacionista de María Cañas (2014). Con relación a la cuestión identitaria abordada por Or oz present e en la obra de Cañas, resulta impr escindible el acercamiento a las fuent es hemerográficas vinculadas a su producción de finales de la década de los novent a. A todas estas fuentes principales se añaden una serie de recursos digitales, diseminados por una sustanciosa variedad de plataformas online . El material recabado a tr avés de la pantalla se encuentra en format o de te xto y audiovisual, todo ello cont enido dentro de webs institucionales, galerísticas y blogs personales. T ambién María Alcaide cuenta con v arias publicaciones de autoría propia que suplen cualquier posible descuadre en cuanto a tr ayectoria al compar arla con la de sus compañer as y predecesor as. De este modo, debe hacerse una mención especial a su reciente edición, titulada, Cuerpo de tr abajo (2023), auspiciada por el Ministerio de Cultur a y Deporte: A yudas para la pr omoción del arte contemporáneo español; o Guanli de Shou: The Managed Hand (2020), ambas entendidas como piez as artísticas seriadas en la que otros autores colabor an en el desarrollo teórico del contenido . Son imprescindibles los dosieres f acilitados por la artista, presentados a difer entes convocat orias. Estos han contribuido enormemente a la comprensión interna de sus proyect os, principalmente aquellos ubicados cronológicamente entr e 2021 y 2022. No pueden olvidarse aquellos títulos recogidos en catálogos de bec as y e xposiciones disfrutados por la creador a. Los más rele vantes que pueden mencionarse son los catálogos individuales y colectivos: Sala d’ Art Jove 2017 , Gener alitat de Cataluny a; 22 Bureau désespoir: María Alcaide (2017), Iniciart e, Junta de Andalucía; el editado por la Fundación Bilbaoarte (2018); ¡ P erder el tiempo y encima procurarse un r eloj par a este propósito! (2019), Centre Cívic C an F elipa; Le Salon de Montrouge. 64ème salon, L a sélection (2019), y Gener ación 2021 , Fundación Montemadrid. Como complemento a la hor a de cotejar las indagaciones pre viamente desarrolladas conforme a t odas estas fuentes de consulta, se han desarrollado tr es entre vistas personales. Recogidas dentr o de los ane xos de esta tesis, est as aportan técnicas performativ as al estudio al gener ar significado y contenido desde el propio act o comunicativo . A dichos encuentros, se suma un trabajo de c ampo dentro de los propios talleres que ha permitido acceder a una serie de fuentes y mat eriales procesuales de car ácter privado, así como a part e de los registros audiovisuales de sus obras, que brindan nue vas capas de conocimient o sobre cada una de sus pr ácticas. Atendiendo , pues, a las implicaciones sociales y cultur ales de los discursos, cabe decir que el registro de fuentes pr opias establece un método de investigación científico de tipo cualitativo al basarse en la recopilación de inf ormación que comprende el conte xto natur al y cotidiano del fenómeno de estudio, en gr an medida multimetódico en su apro ximación al objeto de estudio desde diferent es procesos para la obtención de información. No obstant e, este tr abajo no obvia su posible car ácter inductivo al analizar ciertos aspectos desde la particularidad de las propuestas que permiten desarr ollar hipótesis en torno a las cuales se ha construido el corpus t eórico gener al. En el tr ascurso de todo el periodo doctor al que ha ocupado la realización de esta tesis, se han establecido dif erentes fases de desarrollo . Dichos tiempos, así como la matización par cial de la hipótesis misma, responden a la deriva lógic a que sigue todo proceso de inmersión dentro de la in vestigación académica. Desde que esta se e xpusiera, la hipót esis del trabajo buscó pr ofundizar en la relación entre la cultur a visual, las artes y el turismo , elementos fundamentales para la construcción y difusión de la identidad de Andalucía y España desde la década de 1800 hasta la actualidad. En este primer estadio , se determinó, pues, un procedimient o de búsqueda de fuentes de consulta sobre temas gener ales en torno a la construcción de la imagen de España y de Andalucía a lo largo del siglo XIX. En esta f ase no se discriminaron autores ni procedencia. Dada la e xtensión del tema y la incapacidad que supone el int entar abarcar la comprensión t otal de una cronología tan amplia, el trabajo fue acotando progresivament e los parámetros asumidos hasta concret ar el nombre de ciertos autores conectados por un mar co tempor al reducido. Del mismo modo, y como c ausa natural de una mir ada interesada, se prescindió en dicho proceso de tr abajo de ciertos lugares definidos y trabajados de maner a frecuente dentro del ámbito ac adémico para f ocalizar la atención en cuestiones imperiosas y presentes dentro de dichas fuent es desde una perspectiva crítica social, política y de género . Es por ello por lo que la hipótesis se centró en la comprensión de cómo y bajo qué condicionantes quedó f orjada, a tr avés y dentro de estas narr aciones literarias, la construcción de los mitos y la imagen romántic a en torno a la mujer andaluza. T eniendo fijado este e je, se redactar on fichas bibliogr áficas que recogían las ideas principales de cada una de las fuentes r elacionadas con el tema principal de estudio . Estas fichas ordenaron los contenidos de maner a pre via a la redacción del te xto definitivo, 23 completado y enriquecido a partir de otr as fuentes específicas vinculadas de manera directa o parcial con el t ema de estudio. L a vía de trabajo a nivel conceptual estaba marcada, f altaba discernir hacia dónde deberían ir las posibles aplicaciones de dichos análisis preliminares. Desde que se inició la investigación, se mantuvo fija la necesidad de que cualquier deriva de estudio a nivel histórico debía tr ascender e implicarse con la realidad del momento en el que esta tesis iba a ser gest ada. Es decir , que esta fuera hija de su tiempo dando respuesta a unos inter eses no solo personales, sino que además esta fuer a susceptible de convertirse en una herramienta de compr ensión útil de la sociedad y de la realidad en la que se iba a insertar como resultado ac adémico. P or este motivo se decidió abordar un segundo marco t eórico vinculado a la creación artística contempor ánea actual. A partir de lo ya definido, y teniendo a la mujer andaluz a en el epicentro de las pesquisas, se estableció una búsqueda de artistas implicadas, desde las formas y los discursos, con los conflictos acaecidos por la definición de dicha imagen. Se generó un primer compendio de autor as que fue progresivamente r educiéndose hasta llegar a la selección final de las tres que aquí se r ecogen. T anto de estas como de las creador as descartadas, se redactaron fichas catalogr áficas con un primer listado de fuentes documentales precedidas por br ev es resúmenes de cada tr abajo. De las tres seleccionadas, se lle vó a cabo posteriorment e una búsqueda e xhaustiva de fuentes bibliogr áficas dentro de bibliotec as del ámbito autonómico, nacional e int ernacional de maner a presencial y virtual. Finalizada su c atalogación y consulta, de cada una de estas publicaciones se redact aron fichas bibliogr áficas digitales que recogían las ideas principales y bre ves resúmenes de su contenido. En ellas pudier on reconocerse gr an parte de los proy ectos artísticos desarrollados por las artistas a lo largo de sus tr ayect orias. T r as esta fase de diagnóstico y consult a, se procedió al visionado de todas aquellas obr as de car ácter audiovisual. Los accesos a los materiales que no se encontr aban bajo un dominio público fueron concedidos personalmente por part e de cada una de las autor as. Unidas al resto de piez as e xcluidas del format o audiovisual, para su catalogación se crear on diferent es documentos maestros atendiendo a un orden cronológico y tipológico . En estos informes se recogió el may or número de datos de cada una de las obr as: imágenes, año, títulos y subtítulos, datos técnicos, descripciones formales y espaciales, análisis conceptual en base a los dif erentes ejes temáticos planteados, participación en e xposiciones individuales y colectivas; entre otros aspect os adicionales. De este proceso se obtuvieron las principales fuent es que desde el inicio ayudaron a construir el guion de est e segundo bloque. V encida esta etapa, se lle vó a cabo una selección y trascripción selectiv a de posibles citas y recursos te xtuales que sirvieran par a apoyar las argumentaciones del corpus teórico . Superada esta criba, se redactó un primer borr ador de cada uno de los apartados. Completada la redacción del te xto, el mat erial fue sometido a una re visión crítica. En este escrutinio se reconocieron c arencias y diferentes lagunas con r elación a las vías discursivas e xpuestas. Esta e valuación intermedia resultó determinant e a la hora de desarrollar las entre vistas personales que vendrían a completar las aportaciones de la tesis. En la visita presencial c ada uno de los estudios, estas quedaron registr adas en 24 audio par a que posteriormente pudier an ser trascritas e incorpor adas como fuentes creativas primarias inéditas. De los encuentr os surgieron materiales desconocidos que, en algunos de los c asos, requirieron de su pertinente r egistro f otogr áfico. Puesto en común el nue vo contenido al rest o del trabajo , se inició una fase final de re visión y corrección periódica que incluy ó la elección y diseño de todos los aspectos estilísticos y estéticos par a la presentación de este volumen. De acuerdo con lo ya e xpuesto, se pasar á a presentar la estructura de est a tesis, dividida en dos bloques principales de contenido . Como ya ha quedado esboz ado pre viamente, tr as los apartados preliminares de Intr oducción y Objetivos y metodología hasta aquí desarrollados, pueden e xponerse de manera gener al los contenidos de cada uno de los apartados. El Bloque I , titulado La construcción de los mit os románticos en torno a la mujer andaluz a , establece un marco tempor al inicial que aborda una apro ximación general al tema de estudio , asumiéndolo como parte de una narración que comienza con ant erioridad y que terminará fr aguándose a mediados del siglo XIX. En el primer capítulo , Antecedentes: el siglo XVIII y los primeros relat os de viaje sobre España , se e xpone una disertación introductoria que cont e xtualiza el viaje en España y su relato , aportando antecedentes propios y pre vios al siglo XVIII que ayudan a comprender la f enomenología viajera r omántica. T r as este, el segundo c apítulo, El siglo XIX: la mir ada romántica en torno a lo español abre la redacción a un nue vo periodo cronológico que, en línea con el anterior , ahonda en las particularidades propias del periodo al que se adscribe el núcleo principal de estudio. Dividido en dos apart ados, el primero de ambos, titulado 2.1. Las primer as décadas del siglo XIX , pormenoriz a el conte xto pre vio a la eclosión de las producciones liter arias desde las que se construirá de maner a definitiva el imaginario romántico en torno a lo español. El segundo apartado , 2.2. La cristaliz ación de un imaginario (1841-1866) , presenta las fuentes utiliz adas en el esclarecimiento de los e jes principales para la configur ación de los r asgos que los viajeros reconocieron acer ca de los modos, los usos y las costumbres de la sociedad española. A partir de este punto , aparecen de manera signific ativa algunas de las principales producciones artísticas de c aráct er visual que contribuirán a fijar dicho imaginario tópico y recurrent e. Atendiendo a los matices del relat o que quedar á así coloreado por este recorrido ilustr ado, el estudio concret a una serie de r asgos y lugares comunes que preludian la que ser á la pormenorización de la imagen de la mujer andaluza. Esta ser á entendida como el principal icono a la hor a de construir la difer encia positiva y negativa de Andalucía, parte ineludible e indisoluble par a la comprensión del conjunto de la identidad nacional. P or consiguiente, y en base a las justificaciones aportadas, el te xto se introduce en la presentación de la mujer andaluz a como uno de los principales elementos vinculados a lo que ser á el entendimiento de la identidad nacional española desde una perspectiva f or ánea europea. A partir de este punto , el trabajo establece una estructur a que reconoce los conceptos de mujer , salvaje y obrero mencionados con anterioridad par a abordar las iconogr afías vinculadas a la mujer andaluza. El t ercer capítulo , La f eminización de la cultur a: la imagen romántica de la mujer andaluz a resume los planteamientos de diversos investigadores acer ca de cuál ha podido ser la causa y el motivo de la 25 feminiz ación de la cultura española, vista a tr avés del filtro de lo andaluz. Así pues, en el primer apartado , titulado 3.1. Los r asgos y atributos físicos de la mujer andaluza , el estudio se centr a en el análisis de aquellas descripciones físicas, tópicas y típic as, aportadas por cada uno de los autor es decimonónicos en sus respectivas obr as. El subapartado 3.1.1. Una belle za racial y e xótica , analiz a cómo la mujer andaluza ser á percibida bajo una serie de cualidades que la conectan con un pasado oriental. A tal efect o, atributos como su belle za, la e xpresividad de sus ojos, el tono de su pelo o de su piel, entre otros, har án que esta sea comprendida desde un posicionamiento que la e xotiz a y la racializa. T odo ello constituir á un preludio de lo que será el entendimient o más tardío de la imagen de esta y de lo andaluz bajo una lectur a distorsionada del mundo gitano . Del mismo modo, el subapart ado 3.1.2. Atuendos, vestimenta y adere zos: ref erencias nacionales y moda e xtranjer a se foc aliza en det ectar el conflicto que la mir ada romántica asume al reconocer una imagen de la mujer adscrita a la moda nacional, enfrentándola a la pérdida de autenticidad y ver dad por causa de la paulatina incorpor ación de la moda e xtranjer a francesa e inglesa. De esta f orma, el relato viajero fijar á unos atributos, tales como el abanico, la flor y la mantilla, componiendo una imaginería pr eocupada por el gr ado y efect o de la bellez a de dicho arquetipo de feminidad. T r as este primer apartado , el titulado 3.2. Los rasgos y atribut os psíquicos de la mujer andaluza , abor da la manera en la que la perf ormativización de dichas atribuciones erige, desde esta mir ada for ánea, unos estándares psicológicos propios, particulares y únicos par a la mujer andaluza. Así pues, el apartado se subdivide en 3.2.1. La mujer seductor a y en 3.2.2. La mujer cruel . Ambos pr etenden destacar cómo lo ant eriormente comentado , es decir , lo ext erno, participa de maner a definitoria en la construcción de un relato mental y emocional de la mujer . Una producción tanto de su fachada como de su psicología interna vista ineludiblemente , por conte xto y por tiempo, desde una perspectiva patriarc al europea que ejer cer á su poder dominante. Sobrepasando el tercer c apítulo centrado en la colonización de est os cuerpos femeninos identitarios, el estudio pr esenta otro de los conceptos principales que dirigen los ejes de la in vestigación y que es el car ácter salvaje que define a este arquetipo . Como se comenta en párr afos anteriores, en la mir ada ejercida sobre la mujer andaluz a participa la mitificación de un pasado r acial, en la que los gitanos surgen como espacio recurrente . Así pues, en el entendimiento y la comprensión de la identidad andaluz a, el pueblo gitano aparece como una comunidad establecida al margen de la sociedad, no sujeta más que a sus propios y peculiares códigos, es decir , entendida como una r aza salvaje . Es por ello por lo que el cuarto capítulo de esta tesis está dedic ados a El adoctrinamiento de los cuerpos: el pueblo gitano en España. Introduciéndose de maner a directa en los antecedentes de su historia, el apartado 4.1. El otro asediado: llegada y asentamiento de las comunidades gitanas esboza su entr ada en España, primer estadio y los paulatinos procesos de domesticación y asedio de estas comunidades por parte de la sociedad y el estado ant es de llegar a convertirse en un elemento clave de la identidad, incluso en un reclamo de int erés turístico . Y a de maner a directa, el apartado 4.2. Gitanos y andaluces: est ereotipos y lugares comunes , 32 Las fuentes en España, como en Oriente, son los sitios de reunión y de visita de las mujeres; a ellas acuden jóvenes y viejas, nietas y abuelas, formando un conjunto que volvería loco a un pintor por lo abigarrado de los colores de sus trajes, los grupos que se forman y el alboroto y griterío que se escucha. De cuando en cuando se ve un grupo de mozuelas, verdaderas sacerdotisas de Hebe, de formas regulares y de paso de gacela, ligero, pero firme, que, más graciosas que bailarinas de óper a, vienen riendo y parloteando, balanceando en la c abeza c ántaros de forma antigua, porque no envidiarían nada a un jarro de Sèvres. […] allí desc ansan las mujeres de su trabajo continuo y atienden solo al c ántaro; aquí, sobre todo, después de misa, las jóvenes discurren sobre amores y vestidos; las de mediana edad y madres, de sus casas y de sus hijos; todas hablan y , por lo general a un tiempo, y la chismogr afía anima a las hijas de Eva, lo mismo que en el elegante gabinete, que la fresca fuente, cuyas aguas, si se les añade un punto de escándalo , son más dulces que la miel. 3 1. ANTECEDENTES: EL SIGL O XVIII Y L OS PRIMEROS REL A TOS DE VIA JE SOBRE ESP AÑA Uno de los r asgos más car acterísticos de la contemporaneidad, es la definición del sujeto social a nivel científico . La construcción mental de la imagen de las sociedades constituye en sí misma un proceso continuo de edific ación de la mir ada, una proyección colectiva de dif erentes puntos de vist a de una realidad concreta que acaba pr oduciendo un refle jo más o menos nítido de la misma. Un elemento clave en dicha construcción ser á el viaje, que ocupar á un papel determinante como fenomenología pr opiciatoria del conocimiento empírico en una nue va percepción del mundo conocido. El siglo X VIII será conocido como el «siglo de los viajes» puesto que , y en palabras de Horacio C apel: «en ningún otro momento han t enido los viajes un papel tan decisivo en el debate cultur al y científico dentro del pensamiento europeo» 4 ; una connotación merecida pese a que esta pudier a ser discutida hoy si lo comparamos con el frenesí viajero impuest o por el turismo moderno . Con anterioridad, y siguiendo los postulados de Capel, los viajes ya actuaron como herr amienta de aprendizaje , pero nunca habían buscado, como de hecho ocurrir á a partir de este momento , perturbar la visión del mundo y trastoc ar la perspectiva desde la que este es observ ado. A t al efecto , los viajes del XVIII fueron el motor que dislocó el centro de la concepción del mundo como cir cunstancia que acompañó al desarrollo del movimiento cultur al e intelectual de la Ilustr ación. 5 Como establece Mercedes Comellas (2013), uno de los impulsos principales y más importantes que fundar á el viaje dieciochesco será la «curiosidad por otr as vidas y 3 F ORD, Richard, 1922 (1846). Cosas de España … T omo II, op. cit., p . 245. 4 C APEL, Horacio , 1985. «Geografía y art e apodémica en el siglo de los viajes». En Geocrítica. Cuadernos críticos de geogr afía humana [en línea], IX, 56, marz o [consulta: 17 de octubre de 2022]. Disponible en: www .ub. es/geocrit/geo56.htm 5 COMELLAS A GUIRREZÁBAL, Mercedes, 2013. «Viajes y apr endizaje: del gr and tour dieciochesco al viaje romántico». En NA V ARRO DOMÍNGUEZ, Eloy (ed.), Imágenes del mundo: seis estudios sobr e liter atura de viajes. Huelv a: Universidad de Huelva, 2013, p . 82. 33 sociedades, por mundos desconocidos», ya que «no siempre habían sabido los viajeros sacar lección de sus periplos, pues dur ante mucho tiempo se había viajado sin mirar , o se ha mir ado sin ver». 6 Surge así la cota, la medida a la hor a de establecer pro ximidades, distancias y ref erencias entre los dif erentes sistemas cultur ales; el viaje y su relato como soporte a la hor a de concretar las comparativ as entre sociedades en la reconfigur ación de la imagen del mundo. De est e modo, el concepto de dif erencia dentro de esta nuev a realidad ser á decisivo tanto para conocer al Otr o como para conocer al Y o . Es decir, el Y o quedar á definido por oposición a un Otro, materializ ado y representado en el viaje, que enfatiz ará aquella imagen a la que este apar ece contrapuesto: En el estadio inf antil, antes del XVIII según K ant, los viajes no im- plican esa adquisición de perspectiva, ese apr endizaje sobre el Otr o y sobre el Y o, porque la movilidad no entr añaba una salida de sí, sino sólo el tr aslado a un escenario diferent e al que se acarrean los universales, […] Así debía ocurrir cuando el hombre se sentía parte de una t otalidad absoluta, definitiva y con sentido universal, cuando no se conocían aún las dimensiones de la difer encia histórica y la dif erencia de tradición. Cuanta menor es la conciencia del Y o , también menor la distancia que se observa con lo Otro . P or ello, aunque siempre se ha viajado por deseo de conocimiento de lo ajeno , también es cierto que las relaciones que se establecen con aquello que se encuentr a, con el Otro, son distintas según tenga el Y o concepto de sí mismo. 7 T r aspasado el nivel inicial en la formación y construcción de las f ormas de ver, la mir ada eurocéntrica ir á perfilando progresivamente su pr opia imagen a partir de la definición y reconocimiento de aquellos otros mundos ent endidos como ajenos al suyo, utilizando una v ar a de medida distinta en la estimación entre lo propio y lo e xtraño . Sobre este hecho , y con respecto a España como adscripción territ orial genérica dentro de este estudio , puede decirse que los relatos en torno a su definición comenzar án a aparecer en par alelo al Grand T our ; alcanzando su máximo e xponente con la llegada del siglo XIX. Este espacio antecesor del turismo pasar á desde su conte xto fundacional inglés a quedar totalmente institucionaliz ado como parte de los hábitos de la noble za centroeuropea en un tiempo en el que el viaje ocupar á la etapa final en la formación académica de est os jóvenes. 8 T ambién la presencia de la iconografía hispana en el sur de Fr ancia hizo de España una meta fr ecuente por causa de la refer encia jacobea y de «las múltiples relaciones dinámicas y comerciales entr e los territorios», favor ecidas por «la ausencia de una conciencia nacional en el conte xto de una configur ación pluri estatal, tanto en España como en Fr ancia». 9 P ara el caso español, Fr ancia, como sujeto en gr an medida libre de la sospecha protestante , será la principal gener adora de visitantes en aquellos incipientes moment os en los que no se tenía conciencia ni costumbre del relato viajer o. 6 Ibidem, p . 82. 7 Ibidem, p . 84. 8 Ibidem, pp . 92-93. 9 VEGA, Miguel Ángel, 2000. «Una fr ancesa en la corte del re y pasmado». En BLANCO, Pilar y VEG A, Miguel Ángel (eds.), Madame d’ Aulnoy: R elación del viaje de España . Madrid: Cát edr a, p . 18. 34 Ejemplo de estas primer as narraciones de origen fr ancés, puede mencionarse el relato imaginario L a Relation du V oyage d’Espagne (1679) de Madame d’ Aulnoy . V aliéndose de la escritura epist olar, el te xto rentabiliz a la creciente moda del relat o de viajes en un momento en el que «las descripciones del e xotismo ibérico c ausaban furor entre los lectores fr anceses». 10 Sin duda la edición de dicho te xto puede consider arse como la «obr a inaugur al del estereotipo de “lo español” como algo e xótico». 11 Como apunta Comellas, atendiendo a las conclusiones del hispanista F oulché Delbosch en su edición de 1930, el te xto se «tejió con pasajes de distintos viajer os fr anceses, cartas privadas y con versaciones con personas que conocían bien el país, un relato e xótico al gusto de la époc a». 12 P ese a la certez a en el uso de dichas referencias, la propia Madame d’ Aulnoy no dudará en intentar de jar constancia de la veracidad de sus palabr as: «cuando uno se refiere fielmente a las cosas tal como han pasado , es difícil contarlas siempre como se desean»; 13 o «L a ex actitud con que os cuento las cosas que creo dignas de vuestr a curiosidad, con frecuencia me obliga a informarme sobre detalles que hubier a desdeñado». 14 En la lectura de la obr a puede verse cómo la fant asía de la autor a cobra un papel determinante en la construcción de est a prematur a imagen de una España que nunca llegó a visitar; una mir ada subjetiva en la que , pese a la e xager ación de los ademanes sociales del momento, «debemos reconocer r asgos auténticos de nuestr a personalidad histórica». 15 Otro aspecto que se ha de t ener en cuenta, y que también tendr á su reflejo en producciones posteriores, es el hecho de que la imagen de España pr oyectada en la obr a se encuentra en gr an medida sesgada. En sus cartas, la autor a solo se ocupa del reconocimiento c asi en e xclusiva de un grupo de población, aquel pert eneciente a la alta sociedad femenina, «no muestr a una imagen equitativa de los españoles en su totalidad». 16 Conf orme a lo ya comentado, puede decirse que la obr a cae de manera intencionada en la tr ampa de ver bajo los ojos de sus antecesores par a entrar en confrontación con la premisa aut oimpuesta de una supuesta fidelidad. Este intent o de auto certificación de la narr ación se encuentra pr esente en autores post eriores, como así lo ejemplific a el dominico y viajero Jean-Baptiste L abat que en su propia obra hace gala de esa misma «e xactitude» y «trop scrupuleux fidélité». 17 Ni que decir tiene que pese a apelar al rigor , el propósito de estas producciones en parte no ser á otro que guiar a futuros viajeros, dando lugar a que unas obr as se copien a otras «repitiendo 10 GUENTHER, Melissa, 2010. «España bajo la mir ada de una francesa: la r elación del viaje de España (1691) de Madame d’ Aulnoy». En 452ºF . Re vista electrónica de t eoría de la liter atur a y liter atura compar ada [en línea], N.º 2, p. 129 [ consulta: 17 de octubre de 2022]. Disponible en: http://www .452f. com/inde x.php/es/melissa-guenther.html 11 COMELLAS A GUIRREZÁBAL, op . cit., p . 103. 12 Ibidem, p . 103. 13 D ’ AULNO Y , Madame, 2000. R elación del viaje de España . BLANCO, Pilar y VEGA, Miguel Ángel ( eds.). Madrid: Cát edra, p . 47. 14 Ibidem, p . 155. 15 VEGA, Miguel Ángel, op . cit., p. 22. 16 GUENTHER, op . cit., p. 131. 17 LABA T , Jean-Baptiste, 1730. « V oyage de Fr ance, d’Espagne, de P ortugal et d’Italie ». En DELESPINE Jean-Baptiste , J. y DELESPINE, Charles. J. B. (eds.), V oyages du P . L abat de l’or dre des Ff . Prescheurs en Espagne et en Italie , tome I, P aris, p. 5. 35 una y otr a ve z tópicos sobre España que se convirtieron en est ereotipos aceptados por el público europeo». 18 P ara compr ender el alcance de esta cuestión, puede mencionarse la obr a Les Delices de l’Espagne et de P ortugal (1707) de Juan Álvare z de Colmenar, una de las primer as publicaciones dieciochescas que r ecogen un verdadero escaneo de t odo el territorio peninsular . Esta es la versión francesa de la primer a edición holandesa Beschryving van Spanjen en P ortugal que, probablemente , el autor adaptó bajo un nombr e español par a respaldar la venta de su libro en Fr ancia. Este nombre, según P alau y Dulcet en su Manual del librero hispano-americano (1948), sería un seudónimo de Piet er V an der Aa, personalidad que también aparece en la publicación. P arece que la obra podría estar inspir ada en el libro de Alain Maneson Mallet Description de l’Univers (1623). Dicha afirmación parece ser f actible ya que en otras publicaciones la cuestión de la r éplica se encuentr a refer enciada, como en el caso de las Vistas del T rinity College de Cambridge (1729) también de V an der Aa, cuyas estampas fueron r eproducidas a partir de los dibujos de David Loggan de O xonia illustr ata (1675). Algo nada e xtraor dinario en lo concerniente a la estampa y tampoco en cuant o al te xto , pues, en este mismo sentido , esta obr a servirá como ref erencia a autores que pr oducirán sus te xtos sin necesidad de viajar a España. 19 Con relación al te xto y su posible inspiración en el de Mallet, c abría destacar la descripción que Colmenar hace de la Iglesia del Salvador en Se villa que, como otr as edificaciones de la ciudad, «también está construida en estilo morisco , realizada en arcos sostenidos por pilares, que f orman varios pórticos». 20 La descripción parece beber directamente de public aciones anteriores a la demolición, en 1671, del edificio original de la me zquita aljama que hiz o las veces de templo cristiano dur ante más de cinco siglos. A principios del siglo XVIII, la nue va edificación estaría en su f ase final y no correspondería estilísticament e con la descripción desactualizada que el autor ofr ece. Como apunte a estas cuestiones, debe mencionarse la e xposición Andalucía, la imagen cartogr áfica. Se villa, agua y ciudad . Centr ada en el valor de las representaciones cartogr áficas, la muestr a tuvo lugar en Se villa en el año 2014, organiz ada por el Centro de Estudios Andaluces, el Instituto de Estadística y C artografía de Andalucía y EMASESA con motivo del 40 aniversario de su constitución [fig. 1] . T ambién se encuentr an dentro del te xto refer encias directas a la ya citada obr a La R elation du V oyage d’Espagne , compartiendo con esta multitud de pasajes en los que las descripciones coinciden e xactamente con las palabr as de D’ Aulnoy . Si bien esta publicación no puede consider arse como un relato de viaje estrictamente , sí es 18 SALAS ÁL V AREZ, Jesús, 2008. «L a difusión de la arqueología y del patrimonio arqueológico de Andalucía a tr avés de la liter atura ilustr ada de viajes». En Cuadernos dieciochistas , N.º 9, Ediciones Universidad de Salamanca, p . 80. 19 ORT AS DURAND , Esther, 2005. «La España de los viajer os (1755-1846): imágenes reales, liter aturizadas, soñadas…». En ROMERO T OBAR, Leonar do y ALMARCEGUI ELDUA YEN, Patricia (coor ds.), Los libr os de viaje: realidad vivida y género liter ario . Madrid: AKAL, Universidad Internacional de Andalucía, p . 61. 20 T odas las tr aducciones de los text os en francés son propias. « aus si est-elle bâtie à la Mor esque, f aite en arcades sout enues par des piliers, qui f orment plusieurs portiques ». ÁL V AREZ DE COLMENAR, Juan, 1707. L es Delices de l’Espagne & du Portugal . L eide, T omo I, II y III, p . 427. 36 una prototípic a guía de viajes que aporta datos rele vantes en torno a «des mœurs des habitants» de España y P ortugal. Es de las primer as publicaciones del siglo XVIII que pormenoriza los dif erentes territorios españoles en cuant o a sus car acterísticas paisajísticas y geogr áficas, completándolos con elementos significativos de las dif erentes sociedades de cada uno de ellos. Con anterioridad a esta, puede mencionarse la obr a de Albert Jouvin de Rochef ort Le voyageur d’Europe où sont le v oyage d’Espagne et de P ortugal , edición de Denis Thierry publicada en P arís en 1672. Así pues, y como puede verse a tr avés de estos ejemplos, el relato viajer o es siempre una acción continua en el que el narr ador se encuentr a condicionado por unos antecedentes: «No son o jos inocentes, son ojos que vienen enmar cados y educados por una serie de puntos de vista selectivos que se repiten una y otr a ve z cuando no se plagian directamente». 21 Siguiendo las palabr as de Concepción Bernal F ernández (2016), al atender a esta particular forma de construcción de las iconogr afías culturales, debe afirmarse que la liter atura de viajes ocasiona problemas desde el punt o de vista científico al tratarse 21 SAZA TORNIL, L uis, 2022. «P aisajes urbanos. L a imagen artística de las ciudades andaluzas desde la corogr afía al vedutismo». En Work shop del Grupo de Investigación HUM948: Imagenan. Arts& Media «L a imagen de Andalucía en las artes» , 21 de septiembre. Se villa: F acultad de Bellas Artes de Se villa. Figura 1 . Juan Álv are z de Colmenar, Annales d’Espane et de P ortugal , gr abado calcogr áfico con vista de ciudad (Se villa con su Iglesia Catedr al, la T orre del Oro , el Puente de barcas, y el Barrio de T riana visto en perspectiva), T omo tercer o , A Amsterdam: che z François L ’Honoré et fils, 1741. Imagen procedent e de los f ondos de la Biblioteca Nacional de España. 37 de una liter atura ref erencial. Es una literatur a que, además, en ocasiones, «suscita reacciones chocant es y escandalosas por parte de los inv estigadores cuando , por ejemplo , éstos trat an un relato en el que su pr opio país no queda bien par ado», como en el caso de la obr a de Jouvin o de Mandame d’ Aulnoy en las que se encuentra present e ese sentimiento de «superioridad de los fr anceses con relación a los españoles». 22 Sobrepasando esta valor ación, es innegable que desde estos primeros momentos surgir á todo un «e xtenso florilegio de aciertos y disparat es» 23 acerca de España para poner especial énfasis en lo negativ o y estableciendo una única deriva posible en cuanto a la dirección del relat o. No es de e xtrañar que las letr as for áneas encontrar an un perfecto caldo de cultivo par a dar rienda suelta a sus afiladas plumas. Esto se debió en gr an medida a la carga simbólica despectiva que la L eyenda Negr a generó en torno a la idea de España. En este sentido , y como aspecto ya comentado, el relato de viajes es un tipo de narr ación que debe interpretarse «no sólo como un espe jo de la cultura española sino también como una refle xión de la sociedad francesa». 24 Aunque siempr e ocurra, cierto es que la falt a de reciprocidad a la hor a de hacer una lectura del Otro español e xige y demanda una posición de alteridad según la cual el observ ado es al mismo tiempo observador . Una postur a, la del relato e xtranjero acerc a de España, que de maner a gener alizada e videncia el desequilibrio de poder entre las partes. Esta apreciación asume la idea de e xotismo e xpuesta por T zvetan T odorov (1989) que establece el hecho frecuente de que la realidad del Otro , para este c aso, la peninsular española, suela ser pr esentada bajo unos par ámetros de inferioridad cultur al. 25 El acento negativo del relat o servir á a la «curiosidad morbosa de un público que quizás se habría esc andalizado de ver esa misma situación en los pr opios pagos» 26 y que buscar á complacerse en su propia imagen frente a la visión del mal en el Otro: «a menudo, est e Otro equivale a una dimensión ya perdida de lo pr opio», por lo que relato y viaje adquirir án el propósito de «reencontr ar algo olvidado, de darse cuenta de algo reprimido». 27 En esta progr esiva definición de una imagen nítida cultur al e identitaria del país, habr á que esper ar a la segunda mitad del siglo XVIII par a poder introducirla dentro del circuito del viajer o ilustrado de una forma decisiv a. De este modo, en respuesta f avorable a los periodos de estabilidad política, los esc asos viajes llevados a cabo hasta mediados de siglo comenz aron a verse incrementados vertiginosamente. Prueba de ello resulta la prolif eración de los viajes británicos. Estos alc anzaron su 22 BERNAL FERNÁNDEZ, Concepción, 2016. T raducción al español de L e voyageur d’Europe où sont le voy age d’Espagne et de P ortugal, de Albert Jouvin de Rochef ort acompañada del correspondiente análisis tr aductológico [en línea]. María Dolores Espinosa Sansano ( dir.) T esis doctor al. Universidad de Murcia, Escuela Int ernacional de Doctor ado, p . 61 [consulta: 18 de septiembr e de 2022]. Disponible en: https://digitum.um. es/digitum/handle/10201/50270 23 VEGA, Miguel Ángel, op . cit., p. 22. 24 GUENTHER, op . cit., p. 129. 25 T ODOROV , T zvetan, 2010 (1989). Nosotr os y los otros: refle xión sobre la diversidad humana. España: Siglo XXI. 26 VEGA, Miguel Ángel, op . cit., p. 22. 27 WOLFZETTEL, Friedrich, 2005. «R elato de viaje y estructur a mítica», ROMERO T OBAR, L eonardo y ALMARCEGUI ELDUA YEN, P atricia (coords.), L os libros de viaje: realidad vivida y géner o literario . Madrid: AKAL, Universidad Internacional de Andalucía, p . 14. 38 máximo apogeo a partir de 1760 «en vísper as de la guerr a de la independencia de las colonias norteamericanas, par a vivir una segunda oleada en los últimos decenios del siglo», 28 interrumpida por el estallido de la R evolución fr ancesa: En este marco int electual cobra sentido la nue va importancia concedida a partir de los años 1760 a la observación de las costumbres (“manners and customs”) en los relat os de viajes, que, des viándose del interés prio - ritario antes concedido a la descripción de monument os, ruinas y antigüe - dades, tendieron a ofrecer visiones más amplias de la economía, gobierno y hábitos sociales de los territ orios visitados. Una e volución que cabe rela - cionar también con el más amplio alcance que adquirió a lo largo del siglo la e xperiencia del viaje y la procedencia social de sus lectores […] En este sentido, las observ aciones sobre las costumbres, componente ineludible de la liter atura de viajes ilustr ada según la tratadístic a, no deben consi - der arse como un aspecto anecdótico , curioso o menor de los relatos, sino como un ingrediente esencial que permitía a los viajeros, a sus lect ores y a los filósofos que en ellos se inspir aron ubicar al país visitado en una escala de progreso y medir su gr ado de “civiliz ación” . 29 En el intento por r egistr ar las peculiaridades propias del lugar retr atado, se esbo zar án una serie de espacios comunes cada ve z más recurrentes, esto es, la concreción de la imagen única de una sociedad que se presentaba y se pr esenta tan amplia como heterogénea. Una labor pr ácticamente inabarcable que , pese a ello, no impedir á que el relato estandarice unos códigos concr etos en su proceso de conf ormación. En consecuencia, y como unos primeros y posibles par ámetros definitorios de esta identidad, puede verse cómo «España representaba par a la intelectualidad europea un país inculto y f anático». 30 T ambién periférico y atr asado, tal y como r ecoge Mónica Bolufer P eruga (2003) a partir del e xtracto e xtraído del volumen 39 del periódico The Critical R e view 31 de 1775: Así resumían la utilidad del viaje a España los editores de la Critic al Re view : “P ara culminar una educ ación selecta o gratificar la curiosidad con los monumentos del genio y magnificencia de los antiguos, España y P ortugal resultan sin duda menos atr activas a un viajero que los países más refinados [polished] de Europa, pero es ciert o que el conocimiento 28 BOLUFER PERUGA, Mónica, 2003. «Civiliz ación, costumbres y política en la liter atura de viajes a España en el siglo XVIII». En Estudis: r e vista de historia moderna [ en línea] N.º 29, p. 262 [ consulta: 18 de octubre de 2022]. Disponible en: https://www .researchgat e.net/publication/270509563_Civiliz acion_ costumbres_y_politica_en_la_lit er atur a_de_viajes_a_Espana_en_el_siglo_XVIII 29 BOLUFER PERUGA, op . cit., p. 271. 30 PILLET C APDEPÓN, F élix, 2016. «Viajeros por los paisajes de España: del siglo XVIII a la actuali - dad». En Cuadernos de T urismo [en línea], N.º 38, Universidad de Murcia, p . 363 [consulta: 17 de octubre de 2022]. Disponible en: http://www .redaly c.or g/articulo . oa?id=39848506015 31 «Fundada por el impr esor Archibald Hamilton (1719-1793) junto con el escrit or T obias Smollett, que asumió el papel de editor, The Critical R evie w también incluía un nuevo debat e y método crítico que proporcionaba un conte xto propicio par a el desarrollo de la crítica liter aria.» AMENEDO-COS T A, Mónica, 2017. «Miguel de Cervant es en The Monthly R eview y The Critical R evie w: la prosa (1749-1800)». En Archivum [ en línea], LXVII, p . 10 [consulta: 17 de octubre de 2022]. Disponible en: https://dialnet.unirioja. es/servlet/articulo?codigo=6412439 39 puede avanz ar , en cierto sentido, observando las costumbr es de las na- ciones más rudas, como las de las más civilizadas. L a naturale za humana es la misma en todas partes, y donde no podemos r eunir ninguna apor- tación valiosa a las artes y las ciencias, podemos al menos apr ender los inconvenientes que r esultan de su escaso desarrollo ” . 32 Luis Gar cía del Cañuelo , uno de los artífices de El Censor (1781) —que fue el periódico más influyente del X VIII—, refle xiona en algunos de sus discursos sobre dicha cuestión y se lamenta del hecho que este mismo reconoce , diciendo «que pudiendo ser sabios, y más sabios que los pueblos más sabios, seamos no obstante más ignor antes que ellos». 33 El abogado y periodista denunciar á, además, cómo dichas apologías en torno a la cultur a española son la causa de la imposibilidad de cambio en la percepción de la imagen de España en el e xterior . Sobre esta estampa despectiva construida desde fuer a, Benito Jerónimo F eijoo, en su T eatro crítico universal (1726), dice que los e xtranjeros «R egulan a España por la vecindad de África. Apenas nos distinguen de aquellos bárbaros sino en idioma y religión», distorsión que achac a a «nuestra pere za o nuestra desgr acia», aquella que desde un siglo atr ás «ha producido este injurioso concepto de la nación española». 34 T ambién algunos for áneos alzar án la voz en contestación al desprestigio que desde fuer a se construirá de la imagen nacional. Es el caso de Jean-Fr ançois de Bourgoing, diplomático y escritor francés, embajador de Fr ancia en España, que a principios de la década de los noventa del siglo dice: Creo haber demostr ado que España y los españoles distan mucho de merecer el desdén con que los juz ga la ignor ancia […] Sus habitantes po - seen una imaginación certer a y profunda. Tienen aptitudes para todas las artes. Cuentan con esbo zos de establecimientos en c asi todos los géneros. 35 El espacio mental y geogr áfico que ocupa España dentro del imaginario de la civilización eur opea del XVIII ser á una de las cuestiones determinantes a la hora de entender cómo quedar á posteriormente consolidada una imagen inequitativa y mitificada, resultado de un e jercicio de fuerza coloniz adora norte-sur . En consecuencia, España cumplir á una función específica como límite y front era «entre la población “ civilizada” y las clases populares», 36 vistas como bárbar as. La búsqueda de lo que ser á, pues, su car ácter e xótico debe ser entendida desde dos puntos de vist a, bien como el encuentro con un legado cultur al histórico y primigenio, o bien como un viaje de curiosidad en el que la difer encia de las costumbres se corresponder á con el interés principal del viajero . Como apunta Bolufer , conviene especificar que la visión de España en el siglo XVIII no se encuentr a enmarcada bajo el prisma de lo orientalizant e. Ser á ya en el siglo XIX cuando se gener alice, junto a muchos otros, «el tópico que int erpretaba 32 BOLUFER PERUGA, Mónica, op . cit., p. 260. 33 GARCÍA DEL C AÑUEL O, L uis, 1781. «Discurso C XX». En El Censor. Madrid, p . 985. 34 FEIJOO , Benito Jer ónimo , 1730. «Glorias de España». En T eatro crítico universal [en línea], Discurso 13, T omo 4, Primera parte , Madrid [consulta: 17 de octubre de 2022]. Disponible en: http:// www .cervant esvirtual. com/obra- visor/teatro-critico-universal--0/html/f edb1802-82b1-11df -acc7- 002185ce6064_3.html#I_7 35 BOURGOING, Jean-Fr ancois, 2012. Imagen de la moderna España . SOLER P ASCU AL, Emilio (ed. lit.), Jaime L orenzo Mir alles (trad.). Univ ersidad de Alicante: Servicio de publicaciones, p. 931-938. 36 BOLUFER PERUGA, Mónica, op . cit., p. 258. 40 todo el pasado y present e del país desde la herencia islámica, convirtiéndolo en destino y e vocación pref erida de los escritores y viajeros románticos»; emplaz ando «al sur de los Pirineos, como en Asia o en África, la emoción de lo “primitivo ” o lo e xótico , opuesto a la Europa mercantil y civiliz ada». 37 2. EL SIGL O XIX: LA MIRADA ROMÁNTICA EN TORNO A LO ESP AÑOL 2.1 Las primeras déc adas del siglo XIX La búsqueda de lo e xótico se convertir á en uno de los principales propósitos del viaje romántico peninsular . La consciencia de e xploración y de búsqueda de dicho e xotismo y su identificación con Andalucía como un Oriente domesticado al que viajar hacia un pasado medie val, actuar á como un reclamo que encaminará los pasos de nue vos viajeros hacia esta región en busc a de unos horizont es que, en mayor o menor medida, fueron difundidos y reconocidos por toda Eur opa. Como fin último, estos buscar án rentabilizar los frutos del viaje a nivel comer cial dentro del mercado liter ario al «ofrecer descripciones más novedosas y susceptibles de despertar el int erés del público y la crítica». 38 Puede decirse que el encuentro real o virtual con est e Otro lejano y pr óximo estar á consagrado de pleno y por consiguient e a la construcción de la imagen de Europa; una tarea de aut oidentificación a partir de la afirmación de un Y o occidental hegemónico —como bien establecier a Edward Said (1978)— , a causa de la configur ación de ese Otro oriental pensado e imaginado . 39 Al abordar en esta tesis el análisis de part e de aquellas cuestiones que configur aron la identidad cultur al en España, aparecen de maner a firme en el rastreo de sus condicionantes las ref erencias opuestas occidente-oriente, nort e-sur, arriba-abajo . Asumiendo, pues, una deriv a que desde lo general se centr a y focaliza en lo particular par a la comprensión de dichos puntos antagónicos y complementarios, la definición de identidad cultur al postulada por Fr ançois Jullien (2017) surge como clave definitoria par a la comprensión de este entr amado. El filósof o fr ancés, e xpone la siguiente refle xión: «La identidad cultur al es, al parecer , una muralla contr a la amenazante uniformiz ación del afuera y contr a los comunitarismos que podrían minarla desde dentro». 40 Siguiendo esta premisa, la construcción de la identidad puede ser asumida desde el concepto de e xclusión, lo cual a yuda a comprender el espacio fronterizo que ocupar á en el imaginario romántico europeo la idea de lo español desde la suma del conjunto de identidades adscritas a dicho concepto . De este modo , al transitar la e xperiencia viajer a los años finiseculares del siglo XVIII, la nue va sensibilidad recoger á algo que es novedoso, pues se incluy e ahora todo el bagaje e xperiencial y creativo que antes y par a el destino del Grand T our se había obviado, enfrentándolo a un e jercicio de descubrir toda una serie de lugares y espacios comunes. 37 BOLUFER PERUGA, Mónica, op . cit., p. 264. 38 Ibidem, p . 261. 39 SAID , Edward, 2002. Orientalismo . Barcelona: P enguin Random House Grupo Editorial S.A.U. 40 JULLIEN, Fr ançois, 2017. La identidad cultur al no exist e . Barcelona: T aurus, p. 15. 41 Estas localiz aciones, físicas y mentales, estarán ocupadas por una serie de figur antes que llegar án a constituir algunos de los elementos definitorios de una escena de inme jorable atr activo, dado su pint oresquismo y arraigado endemismo . Muchos de estos personajes —arrieros, contr abandistas, gitanos y campesinos— se convertir án en algunos de los iconos más universales de la producción romántic a. T al es el caso de aquellos adscritos al reconocimiento de la imagen de la mujer y de Andalucía cuyo alcance y difusión son asumidas, dentro de este tr abajo, como la principal cuestión a desentr añar [fig. 2] . La concr eción de dichas imágenes en torno a lo español, pero , y , sobre todo, a lo andaluz, comenzar á a fermentar como resultado de los condicionant es históricos que de maner a indiscutible marcaron el de venir social, político y cultur al a nivel europeo y peninsular . El siglo XIX constituye pues un periodo determinante en la construcción de la identidad de España. Como esclarece Esther Ortas Dur and (2005), desde sus inicios este periodo se encontr ará inv adido por una ola de hispanofilia que recorrerá toda Europa inundando los terrenos políticos, lit erarios, viajeros y artísticos: T anto el peso pre vio de una imagen románticamente cr eada de nuestro país como la insistencia en destacar y e xager ar determinados aspectos de este que contribuyer an a aumentar su halo de nación típica, r adicalmente Figura 2. Juan C arr af a y José Ribelles y Helip, L abrador a de Andalucía , buril, 21,8 x 16,3 cm, 1825. Imagen procedent e de los f ondos de la Biblioteca Nacional de España. 48 Roscoe . 71 La década de 1840 supone el fin de una guerr a civil que abrirá de nue vo las puertas del país a la posibilidad del viaje par a una segunda oleada de viajeros románticos. Es en par alelo a lo que comúnmente se ha venido a denominar la era isabelina española a la que se adscriben una serie de nue vos nombres, un conjunto de autores que v an a transit ar todo aquel imaginario hispanófilo que estallar á en favor de la máxima popularización de sus principales ar quetipos. Dentro de este conjunto de autores masculinos enc argados de dicha difusión masiva, este estudio se limit a al reconocimiento de aquellos de origen inglés y fr ancés por ser estos los principales deudores y responsables de la diseminación tot al de dichos refer entes. Con relación a este tipo de public aciones, cabe decir que estas ser án escritas para un público plenamente masculino si atendemos al hecho de que la ma yoría de los viajeros son hombres, todos los cuales habían sido lect ores previament e. Esto no quiere decir que no hubier a lectoras, y como no , también viajeras, como las inglesas Lady Holland (1771-1845) y la nov elista George Eliot (1819-1880). Atr avesadas por los mismos pre juicios de la época que sus compañeros var ones, las autor as se presentan como dos ejemplos f emeninos a mencionar que quedan, no obstante, descartados de la cronología aquí delimitada. 72 Concretando , pues, a partir de este apartado , una cronología comprendida entre 1841 y 1866, el estudio se centr a en aquellas producciones comprendidas dentro de est e periodo, convulso social y políticament e par a España. En ellas quedan definidos aquellos rasgos gener ales percibidos por el for áneo en torno a la realidad española; mencionando algunos posibles, su orgullo , su patriotismo o su renombr ada perez a, todo ello tamizado por ese filtro oriental que tiñe los usos y costumbres de esta sociedad meridional. A este respect o, puede apr eciarse cómo en estos primeros años de la década de los 40 el viaje peninsular aún supone todo un ret o, también una oportunidad, par a todo aquel que se atre va a aventurarse a r ecorrer aquellos caminos pre viamente tr azados. Algunas de las particularidades de la imagen que sobre España aportar á la e xperiencia viajer a quedan recogidas en una de las primer as producciones liter arias de la década. La obr a, La Biblia en España: o viajes, aventur as y prisiones de un inglés en su intento por propagar por la península las Sagr adas Escrituras de George Borrow , publicado en 1843 —fecha en la que Isabel II ser á proclamada reina de España al ser adelantada su mayoría de edad— , se presenta como un compendio de las vivencias de su autor en su estancia en la península a lo largo de dif erentes viajes iniciados en 1835 al servicio de la Sociedad Bíblica Británica y E xtranjer a. En este reconocimient o de un tono común romántico de c arga subjetiva, son rar os los casos que de maner a puntual manifiestan una visión personal y diferente del r elato de viajes al uso. 73 El tr abajo de Borrow puede ser consider ado como uno de ellos al aportar gr andes novedades en cuanto a su enfoque selectivo , esgrimiendo «una visión 71 ORT AS DURAND , op. cit., pp . 87-88. 72 HOLLAND , L ady Elisabeth; ELLIO T , George , 2012. L a España del siglo XIX vista por dos inglesas: L ady Holland y la novelista George Eliot (1802-1804 y 1867) , Introducción y not as de Anthony H. Clark e y T rev or J. Dadson. M.ª de los Ángeles Gimeno . Z arago za: Institut o F ernando el Católico (CSIC). 73 GONZÁLEZ TRO Y ANO , Alberto , 2011. «Introducción». En L a Biblia en España: o viajes, aventur as y prisiones de un inglés en su intent o por propagar por la península las Sagradas Escritur as de George Borrow . Se villa: Editorial R enacimiento , p. 7. 49 deliber adamente sesgada, orientada a convertir en pr otagonistas de su narración a personajes y escenarios nada habituales en este género de obr as.» 74 El propio autor desafía la perspectiva del viajero común al centr ar en el eje principal de su r elato el propio análisis de la sociedad visitada, y no como un elemento anecdótico y pint oresco más a tener en cuenta. Más concretament e, este pondr á su atención en las capas más bajas y residuales de la sociedad española en detrimento , pues, de una imagen mucho más parcial que pudier a arrojar la contemplación de los modos y costumbres de las clases ele vadas. En cuanto a sus int enciones e intereses con respect o a España, el propio autor dice: Es digno de nota que, llamado repentina e inesper adamente a «acometer la aventur a de España», no me hallaba yo por completo falt o de preparación par a tal empresa. España ocupó siempre un lugar consider able en mis sueños infantiles, y las cosas españolas me interesaban por modo especial, si bien modestament e, en el dr ama descomunal de su vida; aquel interés me indujo , en edad temprana, aprender su noble idioma y a conocer su liter atura (apenas digna del idioma), su historia y tr adiciones; de modo que al entrar por primer a vez en España me sentí más en mi casa de lo que sin esas circunstancias me hubiese sentido. 75 Borrow es un f olclorista, una pluma que adelanta parte de los precept os del realismo , que bebe de la tr adición de los libros de viaje sobre España. Como apunta Albert o Gonzále z T royano (2011), el autor establece en su t ext o una línea expositiv a en la que se encuentr a cómodo a la hor a de retr atar las costumbres, creencias y lenguas, atraído por el conocimiento social de las «clases bajas». 76 Aplazando a c apítulos siguientes la pormenorización de est os tipos populares, principalmente gitanos, r econocidos tanto por este como por otros aut ores, se recogen pues, desde aquí algunos de aquellos aspectos gener ales propios de la psique española en términos gener ales. Uno de ellos es la desconfianza fr ente a los e xtranjer os, mencionada en el apartado anterior. Est a cuestión queda parcialmente e xpuesta en el te xto de Borrow que, en lo concerniente a las vicisitudes de su viaje, dice: «Además, otr o problema también residía en las impre visibles reacciones de la mayor parte del pueblo español, poco acostumbr ado, por sumisión y miedo, a acept ar la toler ancia religiosa; a lo que se unía la inestabilidad creada por las guerr as y partidas carlistas». 77 El español será vist o como un pueblo receloso a la par que orgulloso de sí, un sentimiento positiv o o negativo según el valor que a este se le ot orgue. El propio Borrow dice que uno de los sentimient os predominantes en España es «su orgullo f atal» 78 [fig. 4] . Sobre esta misma cuestión, Richard F ord apunta dif erentes matices. En el T omo II de su obr a Cosas de España (el país de lo impre visto), el autor vuelve sobre est a cuestión 74 Ibidem, p . 10. 75 BORROW , George, 2011 (1843). L a Biblia en… op. cit., p . 40. 76 GONZÁLEZ TRO Y ANO , Alberto , 2011. «Introducción…, op . cit., p. 12. 77 BORROW , George, 2011 (1843). L a Biblia en… , op. cit., p . 9. 78 Ibidem, p . 42. 50 con relación a la aceptación por parte de los españoles de aquellas pr oducciones en torno a ellos que, por imparciales y amables que sean, nunc a podr án complacer a un español: […] su orgullo y su amor propio son tan gr andes como la presunción y vulgar fachenda del americ ano: ambos son morbosamente sensibles y susceptibles y les perturba la idea de pensar que el mundo entero , que no se cuida par a nada de ellos, no piensa en otra cosa y que conspir an conjuntamente contr a ellos por envidia, celos o ignorancia; «v eo que no nos entienden ustedes». […] Consider a, y con justicia, que no es prueba de buena crianza, de cor azón o de inteligencia, el buscar def ectos más bien que belle zas, y setas venenosas más bien que violet as; y desprecia a esos cicater os que ven motas más bien que luces en los bellos ojos de Andalucía. Las pr oducciones de los e xtranjeros, sobr e todo las de aquellos que viajan y escriben deprisa, tienen que adolecerse de la celeridad y de las fuentes de que han salido . 79 Con respecto a F ord, cabe decir que su tr abajo no es una guía o un relato de viajes propiamente dicha. Est e se presenta como un manual de usos pr ácticos y consejos e xtraídos de la propia vivencia a la v ez que de un conocimiento profundo de las particularidades y peculiaridades de una nación que guarda dif erencias, pero 79 F ORD, Richard, 1922 (1846). Cosas de España … T omo II, op. cit., p . 80. Figura 4. L eonardo Alenza, Majo amenaz ando con una navaja , tinta sobre papel avit elado, 15,1 x 19,6 cm, entre 1830 y 1845. Imagen procedent e de los fondos de la Bibliot eca Nacional de España. 51 también similitudes con aquel que la observa. Asumiendo una postur a mucho más imparcial, el viajero muestr a un alto grado de empatía fr ente a la denuncia de la falta de otredad de muchos de sus predecesores: «es una filosofía pobr e y falt a de lógica el juzgar las costumbr es e xtranjer as por los propios hábitos, pre juicios y opiniones convencionales». 80 Sin embargo , cuestiones como la falta de un total conocimiento del idioma gener ar án una barrer a clave a la hora de establecer un posible vínculo con las clases más populares. Como resultado , este empobrecer á en algunos momentos la opinión que el mismo se construir á del pueblo al que pretende hacer ref erencia. El hecho de caer en ciertos moment os en las mismas tr ampas que este critica no impedir á al inglés establecer distancias entre el tono de su obr a y el de otros autores a la hor a de afrontar estos la cuestión española desde lo superficial y la c arencia de escrutinio empírico: Nada molesta tanto a los españoles como ver volúmenes y v olúmenes acerca de ellos y de su país escrit os por e xtranjeros que sólo han echado una r ápida ojeada sobre un aspecto del asunt o, y ése, precisament e, el que más avergüenz a a los españoles, y lo consider an menos digno de atención. Este entr ometimiento continuo en los defect os de la tierra, par a hablar luego de ellos, ha aumentado el desagr ado que sienten hacia la tribu del Curioso impertinente . Bien conocen ellos, y bastante lo sient en, la decadencia de su país; pero , igual que los hidalgos pobres, que sólo pueden enorgullecerse del pasado , ocultan con ansiedad estos secretos de familia hast a a sí mismos, y mucho más a la curiosidad de aquellos que casualmente son superior es a ellos, sino por la sangre, por las rique zas materiales. El temor de ser descubiert os agudiza su innata suspic acia, cuando un e xtranjero desea «observ ar» y ex aminar sus defectuosos arsenales e instituciones, confundiendo lo bueno y lo malo y anotándolo todo como P ablo Fisgón. 81 La susceptibilidad or gullosa del español será uno de los punt os clave a los que atender án las descripciones de muchos de los viajeros como F ord. Puede verse cómo este enuncia la reacción del español ant e el reconocimiento de su propio pint oresquismo: […] los natur ales desprecian o se avergüenz an de esas mismas cosas que más interesan y enc antan al e xtranjer o, Al cual muestr an las cosas modernas más bien que las viejas, enseñando especialment e sus malas copias de Europa, con pref erencia a sus cosas originales, tan ricas, y con tal aroma r acial, haciéndolo nada más que con las costumbres y trajes de la gente baja, que f elizmente aún no está contaminada del sar ampión del pulimento fr ancés; […] P or tanto, mientr as uno admira sincer amente encantado y con r azón sus f ajas y sus zamarr as , ellos se esfuerzan en enseñarle su ridículo tr aje bule vardero; o cuando uno se sienta ant e una ruinosa mur alla romana, o ante un desmoronado ar co ár abe o un templete gótico , ellos le ruegan que deje aquellas ve jeces y contemple el último flamante aborto de la R eal Academia, fríamente correcto y 80 Ibid., p . 117. 81 Ibid., pp . 79-80. 52 clásicamente insípido , para poder admir ar un ejemplar que acreditar á a España de hacer las cosas como se estila en Charing Cross. 82 Puede verse cómo el autor hace hincapié en la cuestión racial, inher ente a cualquier manifestación artístic a y cultural que se desprenda de la península, una apreciación que ser á abordada con detenimiento en aquellos c apítulos concernientes a la imagen de la mujer andaluza y de la mujer gitana. Análogament e, el gusto e influencia e xtranjer a en detrimento de lo propiament e entendido como español aparece de maner a significativa en otros autores como Gautier . P ese a la evidencia de los logros obtenidos por el escritor , resulta necesario apuntar que, tr as su viaje en 1840 y difundir tres años después su relato , la publicación se convertir á en todo un refer ente par a autores coetáneos y posteriores. Si la búsqueda de colorido fue el principal int erés de su viaje, 83 vemos cómo el escritor fr ancés también se queja de la f alta de poética en la comprensión de la propia imagen del español. En uno de los pasajes en los que el autor registr a una velada de teatro dur ante su estancia en España, sobre la repr esentación de la obr a de Víctor Hugo Hernani o el honor cast ellano , tr aducida por Eugenio de Ochoa, este dice: La tr aducción de la obra es escrupulosa y está tr asladada verso por verso; sin embargo , se ha suprimido alguna escena, como la de los retratos, porque los españoles la consider an ofensiva par a ellos al representarlos un poco ridículamente. En gener al, los españoles se molestan cuando se habla de ellos de una maner a poética, y dicen que han sido calumniados por Hugo, por Merimée y por c asi todos los que han escrito sobre España. T al ve z, pero ha sido para embellecerla. R eniegan enérgicamente de la España del romancero y de la España oriental. Sus pretensiones más gr atas consisten en no resultar pint orescos ni poéticos. 84 Del mismo modo , en lo concerniente a los avances de la civiliz ación y del progreso en las ciudades, el escritor romántico esclarece: En las ciudades españolas se advierte que sus habitant es presumen de no ser pintorescos, y se esfuer zan por dar pruebas de civiliz ación, ostentando sus pantalones de tr abilla. T emen pasar por atrasados, y cuando se alaba la belle za salv aje de su país parecen disculparse por carecer de f errocarriles y de fábric as de vapor . Un día, hablando de los encantos de Gr anada ante uno de estos ciudadanos, me respondió: «Es la 82 Ibid., pp . 88-89. 83 «De ve z en cuando nos encontrábamos con mar agatos que caminaban con sus tr ajes del siglo XVI — f aja de cuero ceñida, con hebilla, calz ón amplio y sombrero de ala gr ande o valenciano , con sus zar agüelles de tela blanca, su pañuelo anudado alr ededor de la cabe za, su manta de tela r ay ada de colores vivos, cruzada sobr e el hombro— e infinidad de recuas de mulas enjae zadas de una maner a primorosa, con cascabeles, mantas y alf ombras policrónicas, conducidas por arrier os provistos de car abinas. Al fin, lo pintor esco tan deseado por nosotros sur gía abundantement e.» G AUTIER, op . cit., p . 59. 84 Ibidem, p . 57-58. 53 ciudad mejor alumbr ada de Andalucía. La que más f aroles tiene. Es una lástima que no sean de gas». 85 Como apunta el inicio de la cita, el gusto por la moda e xtranjer a en detrimento de la estampa nacional es un hecho desprendido de este miedo de los españoles ant e la posibilidad de mostr ar una imagen «ridícula» de sí mismos. Sobre esta misma cuestión, al asistir a una reunión social de corte burgués, Gautier coment a: La r eunión termina por un baile improvisado , donde no se baila, ¡ay!, ni jota, ni f andango, ni boler os, pues estas danzas han quedado r elegadas a los criados, los labriegos y los gitanos, sino contr adanzas o rigodones, y a veces el vals. Sin embargo , una noche, a instancia nuestr a, dos señoritas de la casa accedieron a bailar el bolero , pero antes ordenaron cerr ar la puerta del patio y las ventanas, ordinariament e abiertas, para no ser acusadas de r ancias y de personas de mal gusto . He observado que a los españoles les molesta que se les hable de majos y manolas, castañuelas, de fr ailes y de contrabandistas y de corridas de toros, aunque , en realidad, estas cosas tan nacionales, son las que verdader amente prefieren. enseguida se preguntan, contr ariados, si os parece cierto que no están tan adelant ados en civilización como las demás naciones. Hasta este punto ha llegado a t odas partes la manía de la imitación fr ancesa e inglesa. ni que decir tiene que con esto solo nos ref erimos a la clase que vive en las ciudades y que presume de culta. 86 El apunte final acerc a de quiénes son aquellos a los que molesta el refle jo de la imagen nacional, hace pues comprender cómo los autores de est e tiempo sentirán una especial predilección por el estudio de aquellas capas de la sociedad más populares puesto que ser án estas las que mantendrán viv a las señas de identidad que pretenden ser patrimonializadas en est e ejercicio const ante de consumo . T rayendo a colación a uno de los autores mencionados por Gautier , Prosper Mérimée dice en sus Cartas de España (1831-1832) acerca de una corrida de t oros en Madrid: «en los palcos puede verse algún elegante toc ado, aunque pocas mujeres jóvenes 3 [sic.]. Desde hace poco tiempo las novelas fr ancesas e inglesas han pervertido a los españoles haciéndoles perder el respeto por sus antiguas tradiciones.» 87 El creador de Carmen (1847) coincide con Gautier sobre el influjo de la moda fr ancesa como una sintomatología que comienza a err adicar la moda nacional. Sobre esta cuestión se profundiz ará en capítulos siguientes. Otro de los matices desprendidos del concepto de or gullo es el carácter patriótico de los españoles. De nue vo Richard F ord en el T omo I de su publicación alude al patriotismo como un sentimiento de pertenencia al lugar de corte localista. Como él 85 Ibid., p . 163. 86 Ibid., pp . 172-173. 87 MÉRIMÉE, Prosper, 2009 (1831-1832). «C artas de España». En Carmen y otr os cuentos , Manuel Serr at Crespo (trad.). Bar celona: Gedisa, pp. 100-101. 54 mismo dice, este sentimient o en realidad e xiste en todas part es, aunque no de la misma maner a y con la misma intensidad que en España, donde: […] el ser de la misma provincia o ciudad crea una especie de masonería que une a sus individuos como compañeros de escuela. En realidad es un hogar (home) movido por las mismas pasiones. T odos sus recuerdos, sus compar aciones, sus elogios se refieren siempre al lugar de su nacimiento; nada par a ellos puede rivalizar con su provincia: esta es su única patria. 88 P ara el aut or , España es un término que solo parece convenir a geógr afos y políticos, que «parece hecho par a despistar al viajero, pues sería muy difícil afirmar una cosa por sencilla que fuese de España o de los españoles que pudier a ser aplicable a todas sus heter ogéneas partes.» 89 A este respect o y en el reconocimiento de dicha plur alidad geogr áfica asociada al car ácter de cada pueblo , obviamente asociado a unos par ámetros tópicos bien definidos en este tiempo: «el rudo agricult or gallego, el industrioso artista catalán, el alegre y v oluptuoso andaluz, el taimado y vengativo valenciano , son tan esencialmente distintos entre sí como otros tant os personajes de una mascar ada. » 90 En consecuencia, el inglés habla de España como una nación donde la unidad no es unión, 91 argumentando que el patriotismo español: «es de parroquia, y la propia persona es el centro de gr avedad de todo español. […] en la pr áctica, cada español piensa que su provincia su pueblo es lo me jor de España y él el ciudadano más digno de atención .» 92 S obre est e mismo sentimiento de pertenencia fr agmentado frente a un posible orgullo colectiv o nacional, el autor continúa diciendo: España es hoy , como siempre ha sido, un conjunto de cuerpos sostenidos por una cuerda de ar ena, y , como carece de unión, tampoco tiene fuerz a y ha sido vencida en grupos sueltos. L a fr ase tan tr aída y lle vada de Españolismo e xpresa más bien la «antipatía a un dominio e xtranjero» y el «orgullo» de los españoles —españoles sobre todos [sic]— , que un patriótico y verdadero amor a su país, a pesar de que coloca sus e xigencias y superioridad muy por encima de las de otro cualquiera. 93 Este patriotismo de parroquia también queda r egistrado en La Biblia en España de Borrow . En algunos de sus pasajes el autor recoge el testimonio de difer entes personajes con los que se topa y que le dan muestr as de este amor local por su ciudad o región. En Galicia, en concret o, se v er á envuelto en v arias situaciones en las que algunos andaluces e xaltar án su lugar de origen. En el camino hacia Lugo , cuando este va acompañando a una c arav ana de correo, una vo z con acento andaluz le dice a propósito de mencionar que su c aballo es Cordobés, sobre Galicia: «P aís bárbaro, 88 F ORD , Richard, 1922 (1846). Cosas de España (el país de lo impr evist o) , por Ricar do F ord. Enrique de Mesa (tr ad.), JIMÉNEZ FRAUD ( ed.). Madrid, T omo I, pp. 27. 89 Ibidem, p . 24. 90 Ibid., p . 24. 91 Ibid., p . 25. 92 Ibid., pp . 27-28. 93 Ibid., p . 28. 55 ya lo creo: ni aceit e, ni olivos, ni pan, ni cebada. De modo que usted ha est ado en Córdoba; va ya, hágame el f avor de aceptar este cigarro». 94 T ambién en la fonda en la que se hospeda una ve z llegado a Lugo este entr ará en conocimiento con la familia del recaudador gener al de contribuciones de Granada. En conv ersación con Borrow , el criado le dice: somos de Andalucía, «Desde aquella bendita tierr a de Granada, […] nos han tr asladado a Galicia, a esta fat al ciudad de Lugo». 95 L as mismas consideraciones e xtrae de su visita a Santiago , de la que dice: «La verdad es que en ninguna part e he encontr ado el sentimiento localista, muy e xtendido por toda España, tan fuerte como en Santiago», de cuyos habitant es comenta que nada les importa que el resto de las ciudades gallegas pere zcan, dando así muestr a de una encarnecida rivalidad. 96 Otro de los r asgos generales reconocidos por los viajeros es la f amiliaridad en el tr ato , tanto entre ellos como con los e xtranjeros. Sobr e esta cuestión, Gautier contr apone esa primer a desconfianza comentada a la cer canía producida por el r ápido cambio en el humor español: «Pudimos observar que la habitual reserv a de los españoles pasa con preste za a convertirse en una cor dial y honesta familiaridad y apenas se dan cuenta de que las personas con quienes tr atan no son viajantes de comercio , titiriteros o vendedor es de perfumes.» 97 Una imagen similar se muestr a en el trabajo del historiador fr ancés Edgar Quinet que también dirigió sus pasos hacia España en 1843, un año antes de que la obr a de Gautier viera la luz. En Mis vac aciones en España (1846), obr a de marcado car ácter liter ario, 98 el autor describe la c asa de huéspedes en la que residió en Se villa, un «pequeño Alcázar» que compartía con estudiantes de filosofía de la Universidad: […] al día siguiente llegó un hidalgo de Córdoba con su hija doña Carmen, linda e inocente jov en del siglo XV; por primer a vez tr aspasaba las mur allas de Almanzor . Par a que el gr an vuelo, había r enunciado la mantilla nacional y adoptado una horrible capota inglesa que no abandonaba desde el despertar de la Auror a. No quiero olvidar tampoco a una gr an dama portuguesa, cuya gr avedad divertía mucho la petulancia de los andaluces. T oda esta gente vivía mez clada, con una familiaridad muy contr aria a las ideas corrientes sobre la rigide z española. 99 Sobre los usos y costumbres, es común que estos sean analiz ados desde una postur a mítica que los vincula a un legado cultur al, también racial, de corte oriental. Así pues, muchos de los comportamientos españoles e xhiben un filtro orientalista, como de hecho e xpone Gautier al hablar de algunas de las costumbres sociales femeninas: 94 BORROW , George, 2011 (1843). L a Biblia en… , op. cit., p . 298. 95 Ibidem, p . 303. 96 Ibid., pp . 321-321. 97 GA UTIER, op. cit., p . 157. 98 El aut or fue un gran estudioso de los poetas españoles del siglo X VI, aspecto que se e videncia en la visión clar amente liter aria de la experiencia viajer a: «Llego, pues, a tiempo de ver la España de los poetas.» QUINET , Edgar, 1931. Mis vacaciones en España . Madrid: Ediciones L a Nave, p . 21. 99 Ibidem, p . 287. 56 […] en España no se acostumbr a a dar el br azo a las mujer es, como ya observamos en el Pr ado de Madrid. Esta costumbre de ir sola les da una elegancia, una libertad de movimiento y una soltur a que nuestras mujeres no tienen, acostumbr adas siempre a ir colgadas de algún braz o. Son mujeres perf ectamente aplomadas, como dicen los pintor es. Claro está que esta costumbre de separ ación del hombre y la mujer se advierte en el influjo de Oriente. 100 Quinet definir á T oledo bajo su poética prosa como «la vanguardia de África», 101 e xpresión aplicable al conjunto de España desde esta perspectiv a romántica. En r asgos gener ales, dice sobre esta que Dios hiz o de España un inmenso Oriente: «En todas partes, a distancia, aparecen el Asia y la Arabia con su grande za inconmensur able. Divertidos por esta ilusión camináis sobre vuestr o humilde Rocinante hasta que, pasado el espejismo , reconocéis y palpáis Europa con su genio trivial»; 102 una imagen e vocador a que, no obstante, es asumida como un espe jismo, un recuerdo e vocador de base europea. El mismo autor define los r asgos propios de la época en cuanto a esta percepción de España bajo un gusto y deleit e fantástico y epidérmico: 103 ¿Quién no se ha edificado alguna ve z en la imaginación su palacio moruno, quién no ha lev antado en una hora de é xtasis ese paraíso terrestre en la lader a de una colina de naranjos, en donde t odas las cosas sonríen con una promesa de f elicidad? […] ¡Alhambra! Con esta palabr a misteriosa habéis atr avesado impasiblemente el gran desiert o de España; llegáis llenos de una ardiente sed de alegría, de paz, de amor , de delicias, como si ese nombre mágico , entreabriendo tesoros escondidos, fuese a pagar , en un momento, años de esper a. 104 Este aire e xotizant e también se muestra en lo ref erente a la maner a de viajar de los arrieros españoles con relación al uso de tr acción animal en sus transportes. 105 A tal efect o, F ord e xpone que estos constituyen una clase de las más numerosas y típicas de España, cuyo sist ema «es una muestra legítima de car avana semioriental. Nunca consentir án que una locomotora lut erana les quit e el pan: privados de medios de ganar la vida, ellos, como los contr abandistas, tomar án otro camino y se convertir án en ladrones o en patriotas.» 106 Esto tiene su contestación en la apreciación est ética de algunas cuestiones pr ácticas como el pelo esquilado de las mulas 107 o el uso de 100 GA UTIER, op. cit., p . 168. 101 QUINET , op . cit., p . 183. 102 Ibidem, pp . 186-187. 103 «Plantas desconocidas en vían a tu encuentro e xhalaciones orientales. ¿No sientes a tu alr ededor a los genios del aire , tus compañeros, que te aportan en in visibles pebeteros los perfumes de las me zquitas desapar ecidas?» Ibid., p. 203. 104 Ibid., pp . 213-214. 105 «Los muler os de España go zan de just o renombre; el término genérico es arrier o , de su ¡arre arre! completamente ár abe, como lo son casi t odos los vocablos relacionados con su arte , pues los moriscos fueron dur ante mucho tiempo los tr ajinantes en España.» F ORD, Richard, 1922 (1846). Cosas de España … T omo I, op . cit., p. 143. 106 Ibidem, p . 102. 107 Ibid., pp . 139-140. 57 alfor jas. 108 P ar a los viajeros, cualquier ocupación labor al y cotidiana supone una oportunidad par a encontr ar y reconocer ese color local tan viv amente atr ayente por su difer encia con Occidente. Al hablar de los ademanes de los vendedor es ambulantes de agua, F ord afirma que: «como a estos orientales les gusta e xager ar, añaden que es más fresca que la nie ve »; también en el uso de su utillaje: «estos aguadores suelen lle var , como sus colegas de Oriente , un cántaro por oso a la espalda con un grifo par a sacar el agua» 109 [figs. 5 y 6] . De nue vo , en el análisis del espacio que ocupa la mujer dentro de cada conte xto social también pueden encontr arse evidencias de un legado oriental y menos civilizado , si este se compar a con el lugar que la mujer supuestamente ocupa dentro de la sociedad europea. Al hablar de las mujeres de clase humilde , el inglés dice que estas, con respecto al hombre —que de por sí come poco— , nunca comen y que «deben tener una cazuela con sobr as, al lado de la del gato , en algún rincón. T al es la situación de inferioridad en que se tiene a la mujer , lo cual es, sin duda, una reminiscencia de las costumbres romanas y ár abes.» 110 T anto es así que el propio F ord llega a afirmar de manera rotunda que esta lente es la más ef ectiva a la hora de llegar a comprender desde una óptica europea la realidad española. Así pues, los inter esados en el descubrimiento de este singular pueblo observar án que apenas es europea: 108 Ibid., pp . 175-177. 109 Ibid., p . 249. 110 F ORD, Richard, 1922 (1846). Cosas de España … T omo II, op. cit., p . 14. Figura 5 . Bécquer lo dibujó y Jenar o P ére z Villaamil dirigió, L os ladrones en una venta , Lit. Adolphe Bay ot, Imprimerie Lemercier et Cie ., litogr afía, 29 x 225 cm, 1842. Imagen procedente de los f ondos de la Biblioteca Nacional de España. 64 al estudio de su papel como elemento clave en la construcción identitaria andaluz a. Este mismo car ácter superchero asociado a las clases popular es aparece recogido en la obr a del Charles Davillier que, junto al pint or Gustav Doré, r ecorrerá la península en 1862. A colación de dicha cuestión, el fr ancés escribe: […] las costumbres supersticiosas son tan difíciles de desarr aigar en los pueblos que el uso de amuletos en f orma de mano se encuentra aún muy e xtendido por Andalucía. Esta mano es gener almente de azabache, y aún se la llama con su nombre ár abe, la mano de azabache . Se cuelga a la cintur a de los niños, en la cabe za de los caballos y de las mulas e incluso en las jaulas de los pájaros, y se le atribuye la virtud de pr eservar contr a el mal de ojo , del que se cree que ciertas personas están dotadas, incluso involuntariament e. 137 La obr a supone la culminación escrita y visual de todo un recorrido estilístico en la cristalización de la imagen que v einte años antes había atr aído a los literat os europeos hacia España. 138 La obr a V oyage en Espagne , fue publicada a partir de 1862, momento en el que el movimiento romántico par ecía haber perdido ya toda vigencia. 139 Como establece T royano a partir de la cita de Arturo del Hoyo en su pr ólogo: «Davillier y Doré acuciados por el peligro de lo moderno , quieren reflejar , inventariar una España que va a desaparecer . Romántica angustia, e xtraordinaria y nost álgica prisa, mue ve a estos dos hombres por los caminos de nuestr a patria.» 140 Vista como una reserva cultur al incontaminada, la imagen de España arrojada por ambos artistas e xhibe ese gusto propio del «R omanticismo del Segundo Imperio, con clar a preferencia por enf ocarlo que pervive del pasado con una cierta delectación nostálgica, ant es que reseñar críticamente una actualidad que permanece socialment e anclada en la injusticia y en 13 7 DA VILLIER, Charles, 2009 (1874). Viaje por Andalucía, ilustraciones sobr e madera de Gustav Doré , prólogo de Albert o Gonzále z troyano . Sevilla: Centr o de Estudios andaluces, Editorial R enacimiento , p . 43. 138 Sobre el viaje conjunto de ambos autor es y los matices con respecto a sus ant ecesores inmediatos: «Pr e viamente , alguien debió seleccionar el itinerario par a que fuese el necesario y suficiente . Y Davillier pudo planificarlo con acierto porque él no respondía en absolut o a la tipología del simple viajero impro visado, seguidor de un impulso de búsqueda de lo cultur almente «dif erente», como lo fueron años ant es Théophile Gautier o Alexandr e Dumas. El barón pert enecía a la genealogía, ya establecida, de merit orios hispanistas que, como los fr anceses Prosper Mérimée y Antoine de L atour y el inglés Richard F ord, dedicaron años y años a estudiar, valor ar y difundir la cultur a española fuera de sus front er as. […] mostró una gr an pasión por España, que se manifest ó en un sólido conocimiento del país, al que ya había visitado e xtensament e en nue vas ocasiones, ant es de emprender el viaje de 1862 con Doré .» GONZÁLEZ TROY ANO , Alberto, 2009. «Pr ólogo». En Viaje por Andalucía, ilustraciones sobre mader a de Gustav Doré de Charles Davillier. Se villa: Centro de Estudios andaluces, Editorial Renacimient o, p . 11. 139 L as distintas etapas el itinerario ser án recogidas en la re vista L e T our du Monde , uno de los más prestigiosos órganos de pr ensa dedicado a tal contenido que recogía además las me jores ilustr aciones de la época en cuanto a su hacer y t écnica. Este espacio de difusión editorial condicionó el pr oceso y e xpresión de la obra al no contar con la perspectiv a unitaria final propia del libro al uso , además de influir en la elección de cierto t ono de reportaje: «Desde 1862 hasta 1873 aparecieron los cuar enta y un f ascículos de las sucesivas entregas. Finalment e, t odo ese material se recogió en f orma de libro, en 1874, en la misma Editorial Hachett e. […] este mismo año se tr adujo al italiano, y dos años más t arde al inglés, lo cual atestigua la buena y r ápida acogida dispensada.» Ibidem, pp. 12-13. 140 Ibid., p . 15. 65 el atr aso.» 141 En consecuencia, el pr oyecto cor al de estos dos viajeros atr aídos por ese mundo popular y castiz o de corte costumbrista, conjuga la imagen y el te xto en un proyect o que no encuentra precedentes, pues, como esclar ece Luis Saz atornil (2010), constituye un hecho quiz á irrepetible. 142 No obstante, y como e jemplo ya presentado , no debe e xcluirse la obr a de Desbarrolles y Giraud como e jemplo efectivo del binomio palabr a-imagen. Y a ha quedado referido el hecho de que «el descubrimiento romántico de España fue, primero y ant e todo , obra y labor de los escritores eur opeos y sólo, déc adas más tarde, esa función la desempeñarían los artist as del lápiz y del pincel.» 143 Sin embargo , ha de precisarse el hecho de que a partir de 1830 se comenz arán a difundir amplios repertorios de gr abados. P or lo tanto, deben consider arse los nombres de aquellos artistas que establecieron algunos de los modelos par a estas estampas, tales como José Ribelles y Helip (1778-1835), Ángel María Cortellini Hernánde z (1819-1887) o José Domíngue z Bécquer (1805 -1841 ), entre otros. T rascendiendo , pues, la autoría individual de sus creadores, estos tr abajos visuales también pueden ser entendidos como el fruto de una coautoría en la que participaron a part es iguales las e xigencias del mercado y la moda del momento . Del mismo modo, y como en el caso de las obr as literarias, se establece una concatenación de refer encias entre modelos y tipos difundidos; unas composiciones y encuadres entre las que , progresivament e, comenzar á a hacer acto de presencia la imagen f otogr áfica 144 [figs. 8 y 9] . P osteriormente y en par alelo, este r eflejo quedar á anotado bajo toda una corriente de pintores e xtranjeros, como es el caso de los pioner os Pharamond Blanchard (1805- 1873) y el escocés Sir David Wilkie (1785-1841); o el icónico David Roberts (1796-1864), que con sus vistas plagadas de pequeñas escenas populares condicionó las derivas plásticas tanto dentr o como fuera de la realidad artística peninsular . A estos los seguir án John Frederick Le wis (1804-1876), Alfred Dehodencq (1822-1882) y un tardío Robert K emm (1837-1895), entr e muchos otros. Dentro de este grupo de creadores, cabe destacar la figur a del francés Achille Jacques Jean Marie De véria (1800-1857), cuyos dibujos, lle vados al medio litogr áfico, contribuyer on a la difusión mítica y espectacular de los tr ajes y tipos populares españoles, así como de las intérpret es dancísticas de la época. 145 T ambién los autores loc ales, que ya venían con anterioridad tr abajando dentro de este orbe, dar án respuesta a la demanda de una producción destinada a un público e xtranjero que visit a la ciudad como foco productiv o, bajo cuy a influencia quedará también impregnado el gusto de la client ela local. En consecuencia, se suman a los 141 Ibid. pp . 13-14. 142 SAZA TORNIL RUIZ, L uis, 2010. «El V oyage en Espagne de Gustave Dor é y el barón de Davillier». En El “Viaje por España” , de G. Doré, en la Colección UC de Art e Gráfico . E xposición: Santander, P ar aninf o de la Universidad de Cant abria, 14 may o-26 junio 2010. Santander: Universidad de Cantabria, p . 11. 143 GONZÁLEZ TRO Y ANO , Alberto , 2009. «Prólogo ...», op. cit., p . 8. 144 V éase: MÉNDEZ RODRÍGUEZ, L uis, 2018. «Emilio Beauchy y Sevilla: L a consolidación de la imagen urbana y social de una ciudad». En L uis Méndez R odríguez y R ocío Plaza Or ellana (coords.) Se villa. Objetivo f otogr áfico de Emilio Beauchy /1847-1928/ . Se villa: Editorial Universidad de Se villa, pp. 7-34. 145 J ARRASSE, Bénédicte , 2022. F anny Elssler: l’image d’une danseuse vedett e. En Hér oïnes romantiques. P aris : Musée de la Vie romantique, p . 79. 66 ya mencionados, los pinceles del arquetipo romántico L eonardo Alenza y Nieto (1807 - 1845), figur a de transición entr e el último Goya y las amables escenas de sus sucesores. Al hablar de una escuela se villana de corte costumbrista, aparecen dif erentes gener aciones de artistas entre los que destacan el pint or de cámara isabelino José Gutiérre z de la V ega y Bocanegra (1791-1865), Andrés Cort és y Aguilar (1812-1879), el paisajista Manuel Barrón y Carrillo (1814-1884), R afael Díaz de Benjumea (1825- 1888); y cómo no, el pr olífico Manuel Cabral Aguado Be jarano (1827 -1891), hijo del también pintor Antonio C abral Bejar ano (1798-1861) y discípulo del ya mencionado José Domíngue z Bécquer . Dentro de esta saga f amiliar, también su primo Joaquín Domíngue z Bécquer (1816- 1879) cultivar á la escena de costumbres haciendo uso de un elevado gr ado narrativ o dentro de sus composiciones, tanto panor ámicas como de interiores. Del mismo modo , V aleriano Domínguez Bécquer (1833-1870), sobrino de Joaquín, sobr esale como uno de los principales nombres a nivel nacional por la calidad t écnica y compositiva de sus producciones. El copista murillesco José R oldán y Martíne z (1808-1871), el esmerado y preciosista Manuel R odrígue z de Guzmán (1818-1867) —también discípulo de José Domíngue z Bécquer— , junto a José María Romero y L ópez (1816-1894), Fr ancisco de P aula Escribano Linán (1820-1900) y F ederico María Eder y Gattens (1830-1905) completan el listado de nombres se villanos notables envueltos bajo el manto del costumbrismo. Del mismo modo , otros autores peninsulares como el int ernacional Figura 8. Ángel María Cort ellini Hernánde z, Salida de la plaza , óleo sobr e lienzo , 40 x 31 cm, 1847. Imagen procedent e de la Colección Carmen Th yssen-Bornemisza, obr a en préstamo gratuit o al Museo Carmen Thys sen Málaga. Figura 9 . José Domíngue z Bécquer lo pintó y Fr ancisco Gonzále z lo dibujó , F eria de Se villa , Litografía de la Sociedad de la Re vista Médica Cádiz, 38,8 x 29,8 cm, ca. 1856. Imagen procedent e de los f ondos de la Biblioteca Nacional de España. 67 Genaro P érez Villaamil y Duguet (1807 -1854) darán difusión a la escena de costumbr es, tema principal y de inter és que llegará a sobr epasar las primeras décadas del siglo XX. En lo concerniente a algunos de estos aut ores, debe mencionarse la e xposición titulada Pintura Andaluz a en la colección Carmen Thys sen-Bornemisza , celebr ada en difer entes sedes —Se villa, Málaga, Almería y Murcia— desde enero de 2005 a enero de 2006. La muestr a sirvió de antesala a la que posteriormente sería la apertur a del Museo Carmen Thys sen Málaga en 2011, una de las primer as y más recientes apro ximaciones institucionales a la cuestión romántica abordada desde la pintur a costumbrista andaluza pr oducida desde mediados del siglo XIX. Sobrepasando la cuestión visual, debe mencionarse el V oyage en Espagne de Eugène P oitou (1869) como el último de los tr abajos literarios adscritos a la cr onología principal de este primer bloque. R eflejo del fin de una sensibilidad y espacio concretos, el te xto del magistr ado de origen francés surge a partir de su e xperiencia por el país en 1866, como un testimonio mucho más pr agmático y menos condescendiente que el de sus predecesores. No por ello , este aficionado a las letras r enunciará a una altiv e z en la mir ada al redundar en muchos, de nue vo, de los aspectos negativ os de la realidad social española. Su tr abajo proyect a una imagen ásper a y se ver a adscrita ya al realismo como movimiento . De hecho, más que e vitarlo, esto permite que el aut or se tope con aquellos espacios pre viamente definidos en torno a los hábitos y costumbres españoles desde una consider ación pey orativa. Un posible e jemplo es el ya citado car ácter histriónico compartido con el ár abe: «Después de los ár abes, no conoz co a ningún otro pueblo que grite más que los españoles»; 146 o su de jadez y per eza ant e el trabajo: «No es la tierr a la que rehúye los esfuer zos de los hombr es, es el hombre el que le f alta a la tierra.» 147 Esta inclinación hacia la pere za representa una actitud de impr oductividad ante la vida la cual lle va a un merecido empobrecimient o: […] Los españoles en muchos aspect os se parecen a los italianos. Con un temper amento enérgico e incluso un fondo de violencia afric ana, tienen la misma fant asía, el mismo amor al placer y la misma indolencia, pero , a pesar de una inteligencia viva y fácil, poseen menos finur a y , sobre todo , menos ingenio. Un don natur al en ellos es el talento para la imitación que, aunque engañe al principio , no alcanza el f ondo de las cosas: todo queda en la superficie en todo se cont enta con la apariencia. No hay entre ellos espíritu filosófico ni científico , sino poca seriedad, poca refle xión y una vanidad que se encuentr a a cada paso, en las cosas más pequeñas como en las más gr andes. El esfuerzo constante y la labor paciente, es par a ellos insoportable: mitad indolentes y mitad orgullosos, son incapaces de plegarse al tr abajo. 148 La indolencia española siempr e encontr ará su principal e xponente en Andalucía, pues como F ord afirma sin vacilaciones: 146 P OIT OU, Eugène, 2004 (1866). Viaje por Andalucía . Marie-Christine del C astillos-V alero (tr ad.). Editorial R enacimiento: Junta de Andalucía, p . 25. 147 Ibidem, p . 50. 148 Ibid, p . 111. 68 Mientr as par a otras naciones el c arecer de placeres es una desgracia, par a el español es un placer no tener la desgr acia de hacer esfuerzo alguno; la e xistencia es la mayor felicidad par a él, y , en cuanto a tr abajar , sólo desea hacer hoy lo mismo que hiz o ayer y lo que har á mañana, es decir , nada. Así se pasa la vida en una soñolienta y negligente rutina, con la sola seria e xcepción de los asuntos de amor; de jadle, dejadle tr anquilo y fumando. Cuando despiert a, la alameda , la iglesia, los toros y las citas son sus principales diversiones, y éstas se go zan más que en ninguna parte, en las pr ovincias del sur , la tierra también del cant e y del baile, de los soles y los ojos brillantes y de las mujer es de pie pequeño. 149 Al respecto , Davillier dirá: «El hombre par ece complacerse en dejar morir todos los dones de la natur alez a.» 150 En la concreción de la ya esboz ada imagen nacional, en Andalucía es donde habr á más cantidad de todo , de lo bueno y de lo malo. El investigador X avier Andreu Mir alles (2016) e xpone que el norte europeo imaginó este sur bajo la imagen de «alegres andaluces enamor ando con la guitarra o como indolentes napolitanos disfrutando del dolce f ar niente »; una e xaltación de la vida relajada acompañada de unas nada ingenuas refle xiones, utilizadas «par a e xplicar el atraso y la decadencia de dichos países, par a probar su escasa adecuación a la vida moderna y par a justificar su tutela por las naciones del Nort e.» 151 Esta desviación justific ada del car ácter pueril andaluz quedará const atado a tr avés de las consider aciones vertidas al respecto por Borrow dur ante una de sus estancias en Se villa. Mencionando primero a los andaluces de clase alta, el inglés afirma que son: «los seres más necios y vanos de la especie humana, sin otros gustos que los goces sensuales, la ost entación en el vestir y las conversaciones obscenas. Su insolencia sólo tiene igual en su bajez a, y su prodigalidad, en su avaricia.» 152 Las clases popular es representan par a él un espacio algo menos degradado , aunque tampoco de estos puede alabar su mor alidad e inteligencia, carentes de maner a general de toda estima a nivel nacional: A los andaluces, en gener al, los tienen muy baja estimación los demás españoles, y aún los de mejor posición tropie zan con dificultades par a ser admitidos en las tertulias respetables de Madrid, donde si logr an entrar , son invariablement e ridiculizados por los gest os y ademanes absurdos en que se complacen, por su inclinación a la jactancia, sus e xager aciones, su curioso acento y la maner a incorrecta de pronunciar el castellano . En una palabr a: los andaluces, en todas las cualidades del car ácter , se hallan tan por debajo de los otros españoles, como el país que 149 F ORD, Richard, 1922(1846). Cosas de España ... T omo II, op. cit., p . 120. 150 DA VILLIER, op. cit., p . 110. 151 ANDREU MIRALLES, X avier, 2016. El descubrimiento de España: mit o romántico e identidad nacional . Barcelona: T aurus, p. 216. 152 BORROW , George, 2011 (1843). L a Biblia en …, op. cit., p . 523. 69 aquéllos habitan es superior en belle za y fertilidad a las demás provincias de España. 153 P ese a este retr ato, el aut or prosigue: «P ero no va ya a creerse ni por un momento que mi intención es negar que entre los andaluces ha ya individuos estimables y e xcelentes.» 154 No es e xtraño que en la construcción de esta mit ología se refier a la autocomplacencia en la imagen reconocida, si no desde su incompet encia, sí al menos en su don de palabr a y su gr acia, pues no tienen escrúpulo alguno los andaluces «en reconocerse como los may ores charlatanes de toda España, sobr esalen en pintarse a sí mismos, y en fot ogr afiar , por así decir, sus f anfarronadas del natur al. Y saben hacerlo con mucha gr acia, ingenio y fina sencillez. 155 » El uso del lenguaje representa un espacio e vocador y recurr ente a la hor a de abordar el arquetipo identitario andaluz ya que sus peculiaridades repr esentan un espacio de reconocimiento de color loc al popular y vibr antemente sugerent e: […] Hay gr an número de e xpresiones propias de Andalucía que casi sería imposible tr aducir en ninguna lengua; así la sal significa poco más o menos la gr acia. Uno de los mejores cumplidos que pueda hacerse a una mujer es alabar su salero o decirle que es «salada». La c anela es una palabr a que se aplica también a una mujer bonita, y la sal de la canela o la flor de la canela e xpresan el último gr ado de perfección. la e xpresión sandunga , qué significa desenvoltur a, se aplica igualmente a una mujer muy juncal . muchas palabr as de la misma clase, que ni se encuentran en los diccionarios españoles, se emplean, sin embargo , a cada paso por la gente del pueblo , majos y majas, toreros, caleseros y otr as. 156 Un idioma y un acento , el de los andaluces, «vivo, chispeante , coloreado , lleno de imágenes», indiscutiblemente f emenino pues «es encantador en boc a de una mujer: es como un refle jo del bello sol o del cielo siempre azul de Andalucía.» 157 Antes que Davillier , Desbarrolles también dirá que el andaluz es un idioma ador able para cualquier a que lo escuche en boca de sus bellas y parlanchinas interlocut oras: En sus bocas, el orgulloso c astellano se convierte en un gor jeo suave, un susurro de amante; ellos rompen las palabr as, arrojan al viento su ásper a corte za y solo retienen su miel. Además, boca andaluz a, ojos andaluces, pelo negro y azul, hombros brillantes y satinados, pies, 153 Ibidem, p . 523. 154 Ibid., p . 523. 155 DA VILLIER, op. cit., p . 237. 156 Ibidem, p . 335. 157 Ibid., p . 336. 70 dientes, cintur a, curvatura, ¿quién se r esiste a todo eso? ¡No envíes allí a tu T elémaco, oh sabio Mentor! 158 Del mismo modo, una imagen de v oluptuosidad construida bajo unos parámetr os de placer y disfrute ampar a y acoge a esta identidad, pues las principales diversiones del hombre, y par a el hombre, se go zan en las provincias del sur más que en ninguna otr a parte. Est e reconocimiento de una soñolienta idiosincrasia andaluz a, más negligente, encantador a y descarada que cualquier otr a dentro de la sociedad española, inaugur a el capítulo siguiente en que de maner a directa se abre el análisis del mito en t orno a la mujer andaluza, icono principal y clave en el r econocimiento identitario y cultur al de la identidad española. Asumiendo todos los condicionant es e xpuestos hasta aquí a nivel gener al, se verá cómo tanto la e xaltación de los valores positivos, tales como la belle za, hasta la diatriba que consider a el car ácter cívico y mor al de la sociedad española en gener al, el prisma de lo andaluz ocupar á un lugar clave. En este sentido , puede decirse que todas las imágenes de preminencia andaluz as quedarán definidas bajo unas atribuciones de un cuerpo de mujer buscado y asediado , que se exhibe y se celebr a en todo su ser f emenino, violable a o jos de la mir ada romántica. 3. L A FEMINIZACIÓN DE L A CUL TURA: LA IMAGEN ROMÁNTICA DE L A MU JER ANDALUZA Graciosa, voluble en los afectos, burlador a en amor , como su paisano Mañara, es Carmen, la se villana que lleva tras sí los requiebros y los cariños, la cigarrer a que hace encelar , y se hace querer al mismo tiempo, al soldado y al torero, orgullosa de su morena hermosur a que rinde la brava valentía de los hombres. Quizás este tipo de mujer que ha creado Mérimée, esta Carmen altiva, tornadiza y alegre, sea el más español que han producido las letras e xtranjeras, y aun no sería aventur ado decir que el arte literario en España. 159 Dentro del conjunto de los r asgos propios de la cultura española que ser án buscados por los viajeros e xtranjer os a lo largo del siglo XIX, el mito de la mujer española aparece y sobresale del resto de f orma destacada. Esta imagen, que en un primer momento se presenta como un lugar nítido y reconocible , tiene, como la cita inicial e xpone, un nombre propio y un origen concreto . Carmen, esa mujer volátil y f atal, morena e indómita, es tan española en tanto en cuant o esta es plenamente represent ante de una identidad 158 « L eur langage est ador able pour quiconque entend l’ espagnol. Dans leur bouche, le fier castillan de vient un doux gazouillement, un amoureux murmur e ; elles brisent les mots, en jettent au vent la rude écorce , et n’en conserv ent que le miel. Aussi, bouche andalouse, ceil andalou, che velure noire et bleue ¡, épaules brillantes et satinées, pieds, dents, taille , tournure , qui pourrait résist er à tout cela ? N’ envoy ez pas là v otre T élémaque, ô sage Mentor ! » DESBARROLLES, op . cit., p . 56. 15 9 GUERRA, Ángel, 1905. «Españolismo extr anjero». En L a ilustr ación española y americana [en línea], N.º XX XIX, 22 de octubre de 1905, p. 234 [ consulta: 24 de octubre de 2022]. Disponible en: https://www .cervant esvirtual. com/obra/la-ilustr acion-espanola-y-americana--992/ 71 ulterior andaluz a: «se fue lentamente configur ando una imagen arquetípica y formal, a la que en estos años se le sumarían nue vos valores espirituales que Carmen terminaría cristalizando .» 160 De este modo, y par a llegar a comprender su funcionalidad dentro del entr amado que supone la configur ación de la identidad cultural en España a tr avés de la materializ ación definitiva del imaginario romántico europeo , pueden asumirse, en primer lugar , las consideraciones del filósof o español Julián Marías. P ara su tiempo y sobre el acomodo del andaluz al conjunto de España, el ensa yista dice que este, en la conciencia de su acusada e inconfundible personalidad, se inserta en España a tr avés de Andalucía, consiguiendo así una interpretación andaluz a de su conjunto: «Andalucía ha sido tan activamente española que t oda España parece andaluza.» 161 P ero Carmen es un product o foráneo de raigambr e local construido conforme a las demandas y necesidades de un público concreto . T omándola como punto de infle xión, puede decirse que la novela Carmen de Pr osper Mérimée (1845) es el relato que de maner a más efectiv a sincretiza la concepción mitific ada de la mujer andaluza como máximo e xponente de aquella imagen de lo español que, ya con ant erioridad, se venía fr aguando desde la voz de un narr ador ajeno y e xterno. Una estampa t ópica, como establece Guerr a (1905), auténticamente española que nada tendr á «de la clásica rica- hembr a, ni de la dueña, á [sic] usanza y de cort e castellanos», que «guarda par entesco y tiene aires de paisanaje con L a loz ana andaluza». 162 Cabe, además, apuntar cómo «A mediados del siglo XIX, la mor alidad y el gr ado de civilización de las naciones se medía en función de la virtud de sus mujeres, consider adas guardianas morales de la gr an familia nacional.» 163 En est e sentido, la imagen construida por el arquetipo e xtranjero no pudo ser recibida positivament e, teniendo que establecerse negaciones, acuer dos y negociaciones entre cada una de las part es que componen dicha ficción. Con todo ello , en la pormenorización de aquellos condicionantes que limitan y definen este arquetipo , deben tenerse en cuenta las consider aciones arrojadas por Lourdes Ménde z (2004) al establecer un marco de comprensión útil par a el entendimiento del porqué de dichas especificidades. Según sus hipótesis, la mujer «como ob jeto de representación y de construcción imaginaria», siempr e ha estado acompañada «por la creación de imágenes y saberes que servir án para configur ar otros dos gr andes arquetipos: el del Salvaje y el del Obr ero . » 164 Según sus planteamientos, las preguntas arro jadas sobre ciertos cuerpos y la psicología del Otro siempr e han venido determinadas por la creencia sust entada en la superioridad física, intelectual, mor al y estética del Hombr e de «raz a» blanca. En palabras de la antr opóloga, dicha creencia responde a: […] un complejo juego de espe jos mediante el cual los occidentales, a tr avés de la creencia en la superioridad física, int electual, moral e incluso estética del Hombr e de «raz a» blanca, nos hemos pensado a nosotros 160 PLAZA ORELLANA, Rocío , 1999. El flamenco y los románticos, un viaje entre el mit o y la realidad. Se villa : Ayuntamient o de Se villa, p . 508. 161 MARÍAS, Julián, 1981. Cinco años de España . Madrid: Espasa C alpe, p . 215. 162 GUERRA, op . cit., p. 234. 163 ANDREU MIRALLES, X avier, 2016…, op. cit., p . 243. 164 MÉNDEZ, L ourdes, 2004. Cuerpos sexuados y ficciones identitarias …, op . cit., p . 20. 72 mismos a la par que construíamos ideológicamente una jer arquía de identidades esencializadas par a esos «otros» que nos permitían catalogarlos o bien como inf eriores, o bien como potencialmente peligrosos y fuer a de la norma. […] P or eso las figuras ar quetípicas del salvaje, el obrero o la mujer deben interpretarse como r epresentaciones ideológicas que se han ido configur ando progresivament e en Occidente con un objetivo político: consolidar y legitimar un orden social basado en la dominación de los hombres sobre las mujeres, en la coloniz ación de los «salvajes» por parte de los «civiliz ados» y en la e xplotación de los obreros por parte de las clases económicamente dominant es. 165 Son est os tres es paci os de do mi na ci ón y con trol —la m u jer , el sa l va je y e l obrero — aq uel l os que de m ane r a in el udi bl e se e ncue nt r an prese nt es en l a defi n i ci ón y concreci ón de la figur a d e C ar men, hipér bo le r ep r e sentativ a de una c olec tiv idad mayor fem eni na an dal uz a; t am bi én la e s pañ ola, e n la exte ns i ón de s us ref erenc ia s. A sí p ues, al a bordar el recon ocim ie n to e xhau st ivo de l as pa r te s que com ponen s u i ma gen, h ay qu e presta r at en ció n al paral el is mo d irec t o en tre di chos t érmi nos y l a ide a de s ur , en te ndi do como un e sp aci o sobre el q ue la v oz h egemó ni c a de l nor t e ha con st rui do su s ficci ones y opres io nes. El b in omi o en tre cuerpo y te r rit orio com o s u jet os host ig ados se con cr et i za e n la co ns trucci ón m ít ica de l a mu jer a nd al uz a desde l a qu e se m uestra un ret r at o fem en in o de l a id en ti dad y d e la cu l tura, s us cep ti bl e de se r con su mi do y pose ído . C omo e nu nci a Mª Carmen Áf r i ca V id al Cl aramon t e (2002) , esta rea l id ad en con fli c to pl an t ea l a neces id ad de ace r car se al pa pel q ue ha n ocupa do ci er tas represe nt aci ones e n la con strucci ón de l a s ub jet ivi dad o pa r ci al id ad de l a m irada y s us s ig n ifi caci ones 16 6 [fi g . 10 ] . Un ejemplo que r esume a la perfección el consumo de la identidad y cultur a andaluza como un bien femenino fungible lo encontr amos —siguiendo las apreciaciones de Luis Sazat ornil 167 — , en la poética e xplicación que Ale xandre Dumas hace de la historia de las ocupaciones de la ciudad de Gr anada. El autor compar a la ciudad con una virgen pere zosa que se e xhibe coqueta para aquel que la observ a regodeada en toda su indolencia: «Decirle que er a para o jos extr anjeros que Gr anada se esmeraba en posar así, sería una acusación terrible de la que yo , su amigo, me cuidaría mucho de asumir la responsabilidad.» 168 Adjudicándole t odo un conjunto de connotaciones inmorales entendidas par a el tiempo como plenamente femeninas, Dumas e xpone cómo la joven Gr anada fue presa de su propia libidinosidad: […] P or casta que sea una mujer , cuando es de disposición pere zosa, no siempre puede darse la vuelta castament e en su cama; […] Y ¿quién puede impedir que dur ante ese lapso un amante , sin duda ignor ado y sin 165 Ibidem, p . 51-55. 166 V éase: VIDAL CLARAMONTE, M.ª Carmen África, 2002. L a f eminización de la cultur a: una apro ximación inter disciplinar . Salamanca: Centro de Arte de Salamanca, Ar gumentos. 167 Según sus impresiones, la f eminización de la cultur a en sí supone una fenomenología que tr asciende el tiempo y los lugares socialmente construidos aquí analiz ados. SAZA TORNIL, L uis, 2022. «P aisajes urbanos. La imagen…, op . cit. 168 DUMAS, op . cit., p. 254. 73 embargo presente , haya dirigido su mir ada a alguna abertura indiscr eta en la roca o algún clar o del bosque, y que , dudando todavía de la belle za de aquélla a quien desea, no haya esper ado más que esta en prudencia par a convencerse y esta convicción de actuar? A y , Madame, esto fue lo que le ocurrió a Gr anada. La inf ortunada joven, con esa ignorancia de la virginidad que duplic a el peligro de las vírgenes, se abandonaba pues sin escrúpulos y sin vergüenz a a todos los caprichos de su espíritu f antasioso y cambiante; pero esta inocencia a pleno sol debía acarr ear tarde o tempr ano alguna terrible catástr ofe, y la L ucrecia andaluza debía perderse como la Lucr ecia romana, debido a aquél a quien ella creía su prot ector . […] un buen día en que la pobre niña dormía la siesta, según su costumbr e, arremetieron como ver daderos buitres del Atlas sobr e la pobre paloma de la Sierr a, y construyeron una mur alla completamente erizada de bastiones alrededor de su cast o nido de musgo. Gr anada gritó, llor ó, se defendió , quiso morir; pero para gent es tan expert as en materia de amor como lo er an los malvados sarr acenos, toda posición no era más que una resistencia afirmativ a; y como sus sabios amantes, como seductores ingeniosos, no pidieron nada a su nue va amante sin haberla encadenado antes mediante un magnífico pr esente. En consecuencia, se pusier on de inmediato a cincelar dos joyas llamadas la Alhambr a y el Generalif e. Ante la visión de ese espléndido don, Gr anada hizo lo que hubiese hecho t oda mujer , bajó la frente; pero al bajar la frente sus o jos se posaron sobre el Genil. 77 [sic] P or casualidad el Genil tenía agua ese día. Granada se vio con Figura 10. Manuel C abr al Aguado Bejar ano, L a copla, óleo sobre lienz o, 45,50 x 38,50 cm, entre 1850 y 1890. Imagen procedent e de los f ondos del Museo Nacional del Romanticismo . F otógr afo: Javier Rodrígue z Barrer a. 80 azabache se mostr aba de improvisto , encuadrada por el verde y las flores y unos gr andes ojos negros nos mir aban tímidos y asombrados.» 190 L as tarifeñas, «f amosas entre las andaluz as por su bellez a», le parecerán dignas de una f ama que imbrica con el tipismo de sus ancestr ales influencias cultur ales: «han conservado la costumbre de salir con velo , a la moda árabe , tapadas . Su mantilla, ocultando media cara, sólo de ja ver un ojo negro con lar gas pestañas aterciopeladas.» 191 T ambién en estos autor es aparecen las manos de las que e xaltan su diminut o tamaño: «por estrechos que sean los barrot es de esos balcones, por tupidas que sean las re jas de esas celosías, debe poder pasar por ellos un r ayo de luz, y allí por donde pasa un r ayo de luz pasa la mano de una andaluz a.» 192 P ero la atención a las manos resulta insignificant e si es puesta en comparativa con el número de r eferencias que los viajeros hacen del pie de la andaluz a. Al igual que en el caso ya mencionado de Gautier o F ord, este será «ob jeto, y muy r azonablemente , de gran de voción en España», 193 pero también fuer a de ella. De hecho, así lo demuestr a el autor al hablar sobre las danz as españolas en Se villa, esos «P oemas enteros, represent ados no sólo con las piernas, sino con los ojos, los labios, las manos, con todo el cuerpo» y que hacen que a las mujeres no se las pueda llamar ángeles por sospechar que son demonios: En efect o, son o jos y pies como no he visto en ninguna parte. En cuanto a los ojos, hay que verlos. T odas las compar aciones están gastadas para dar una compar ación de esos ojos. L as estrellas son pálidas, los carbúnculos son opacos al lado de esos ojos. En cuanto a los pies, Madame , entrarían juntos en una de las z apatillas de Cenicienta o de la Déjaz et. ¡Ah, los pies de las andaluzas! T odavía no le he hablado de ellos, es que, en realidad no e xisten. […] ¡Y con qué aplomo las sevillanas c aminan sobre ese piececito! Agr egaré: ¡y sobre qué empedr ado! El pie de la V enus de Médicis se deformaría en él, el de las se villanas permanece intacto , como una horma. 194 Estos pies pequeños aparecen ref erenciados en otros autores 195 , deseosos de encontr ar y toparse en sus derivas con estas mujer es sureñas. Del nerviosismo por retr atar el modelo femenino dar á cuentas Antoine de L atour que « Como los demás viajeros, estaba impaciente por cont emplar ese bello tipo de los romances y novelas, ese ideal de toda una escuela de pintur a: la andaluza.» 196 L a buscar á en uno de los e ventos de sociedad progr amados con motivo de la llegada de la comitiva regia del duque de Montpensier a Se villa, una fiesta que debía tener lugar en el patio del Alcáz ar donde, el que fuer a instructor del duque en su juventud, dice que podrá cont emplar «a esta mujer de Oriente sacada de los lánguidos serr allos y reanimada por el soplo de 190 DA VILLIER, op. cit., p . 150. 191 Ibidem, p . 226. 192 DUMAS, op . cit., p. 413. 193 F ORD, Richard, 1922 (1846). Cosas de España … T omo II, op. cit., p . 75. 194 DUMAS, op . cit., p. 505. 195 DESBARROLLES, op . cit., p. 71. 196 DE LA TOUR, op . cit., p. 167. 81 la civilización más int eligente y libre de Occidente , ese modelo perfecto de la belle za meridional». 197 Desilusión manifiesta mostr ará este al ver cómo aquella supuesta fiesta oriental no ser á más que una muestra del «car ácter indeciso de las cosas aprendidas, de las costumbres estudiadas. Aquello ya no er a España; ni tampoco, desgr aciadamente, la elegante sencille z y la distinción natural de Fr ancia.» 198 En vano esper ará encontr ar entre la sociedad acomodada a la etiqueta a esa andaluza liger a y desenvuelta de «gr andes ojos, cabeller a hermosa, dientes blancos y admir ablemente br azos torneados». 199 Es a la salida del e vento cuando el autor se fija en la imagen de un grupo de personas arremolinadas en la puerta de acceso al recint o: Al atr avesar un patio donde esper aban algunos carruajes, eché una mir ada a un grupo de gentes del pueblo que se amontonaban en la puerta par a ver entrar a los invitados. De aquel f ondo que era realmente un cuadro , se destacaba una car a cuya atre vida expr esión me sorprendió: er a una joven vestida con un modesto tr aje; haciendo las veces de mantilla, lle vaba en la cabez a una especie de chal hecho jirones. A un lado de sus negros cabellos iba pr endida al desgaire una rosa un tanto mustia que daba a su perfil, curtido y lleno de c ar ácter , un encanto singular . En todo el conjunto de personas había no sé qué gr acia insolente y al animarse su mir ada seguía con una admiración me zclada de ironía a todas las compuestas damas que entraban en el baile. […] T odo en aquella arrogante figur a, hasta su br azo apoy ado en la cadera, como el asa de un vaso antiguo , representaba para mí el tipo perfecto del ideal que el baile no pudo ofrecerme . Comprendiendo que al fin había encontr ado a la andaluza, y muy orgulloso de mi descubrimient o, gr abé en mi recuerdo esta imagen de una r aza que creí perdida. 200 La imagen de la ver dadera andaluza, la busc ada y reconocida desde el mito, aparecer á única y de manera rotunda adscrit a a la masa del pueblo dentro de la clase humilde y tr abajadora que contr asta con la impostur a de las clases altas acogidas a las modas y a los límites del gusto impuest os desde fuera. Est e encuentro se producirá de nue vo en el estudio de la cigarrer a que, como arquetipo adscrito a la imagen de la mujer en su proyección dentr o del ámbito del trabajo , se emplaza a dicho apartado . Así pues y como Lat our esclarece, « De esta pr osaica realidad parecía desprenderse el que la andaluza sólo se encontr aba entre las hijas del pueblo; ¿era, pues, aquí donde había de buscarla? P or lo menos aquí era donde primero la hallaba.» 201 La siguiente cita inaugur a otra de las cuestiones a abordar en lo concernient e a su belle za, su vestimenta: P ero , a decir verdad; la andaluz a está un poco en todas partes. Y el solo lugar donde su ausencia se nota es allí donde abandona sus gr acias 197 Ibidem, p . 167. 198 Ibid., p . 168. 199 Ibid., p . 168. 200 Ibid., pp . 168-169. 201 Ibid., p . 170. 82 natur ales para adopt ar un modelo de ser que no es el suyo . no tardé en encontr ar por todos lados esa mir ada siempre risueña, esos cabellos alisados, esos dientes luminosos, esas postur as indolentes, y si Monsieur de V alon no lo hubiera dicho t an discretamente , puede que yo mismo no me hubiese fijado en el pie de la andaluza que , aunque pequeño, es algo rechoncho , pero, ¿qué importa?; el abanico que mane ja con tanta vive za y gr acia; la mantilla, en la que se oculta par a surgir inesper adamente, captan y retienen sobr e las cosas la atención y la mir ada. Reconoced, jóv enes andaluzas, la mantilla y el abanico suponen par a vosotr as lo más importante de la vida. 202 3.1.2. Atuendos, vestimenta y adere zos: ref erencias nacionales y moda e xtranjer a Las reuniones y tertulias no tienen nada de notable. En ellas se toca el piano y se baila lo mismo que en Francia, pero con un estilo infinitamente peor . El traje de las mujeres es sencillo en compar ación con el de los hombres que parecen siempre figurines. […] Las españolas no saben vestirse al uso de su país, y tampoco a la francesa; si no fuesen tan bonitas, correrían muchas veces el riesgo de parecer ridículas. 203 Entre los elementos que más int eresar á a la mirada viajer a de la vestimenta nacional femenina, la mantilla destac a como una de las principales prendas. Este atributo castiz o resistir á las influencias de la moda europea que, poco a poco, ir á inundando todo el panor ama peninsular , en detrimento de ese color local anhelado por los viajeros. Amelia Leir a Sánchez (1991) comenta que t odas las mujeres, ricas o pobres, hacían uso frecuente de ella desde mediados del siglo X VII. 204 Rocío Plaz a Orellana (2009) también ha indagado en el origen incierto de esta prenda, cuy a andadura definitiva no comenzar á hasta el inicio de la última década del siglo XVIII. Según Plaz a Orellana, en su progresiva incorpor ación como prenda cotidiana, los materiales ser án los que harán la distinción de procedencia social de sus portador as. A tal efecto , la mantilla atravesó el umbr al del siglo siendo un atuendo de fuerte r aigambre popular que la aristocracia y la burguesía decidieron tr anscribir a sus propios tejidos y adornos. 205 Siguiendo las aclar aciones de la investigador a, la seda se irá imponiendo al uso de mantillas o mant os tupidos, de sarga o taf etán en diversos colores, usados por las mujeres del pueblo par a protegerse de las inclemencias climátic as [figs. 13 y 14] : 202 Ibid., p . 170. 203 GA UTIER, op. cit., p . 91. 204 LEIRA SÁNCHEZ, Amelia, 1991. «El traje en el reinado de C arlos III». En Moda en sombras. Museo Nacional del Pueblo Español . Ministerio de Cultur a: Dirección Gener al de Bellas Artes y Archivos, pp . 17-18. 205 PLAZA ORELLANA, Rocío , 2009. Historia de la moda en España: El vestido f emenino entre 1750 y 1850 . Editorial Almuz ara, p . 58. 83 […] P oco a poco y ya desde finales del siglo hasta proy ectarse a lo largo del siglo XIX, la seda se iría sustituyendo por la progr esiva incorpor ación de los encajes entre las damas. El encaje se incorporó como remat e de la mantilla de seda o la de terciopelo , bordeando la prenda o montada a modo de volante . Desde finales del XVIII el encaje se apoder aría de toda la prenda, abandonando sus e xtremos hasta invadir con sus motivos t oda la mantilla. Alcanzaría un aspecto vapor oso, liger o y más sensual, al incorporar otr os tejidos par a montar los encajes, como el tul. Dur ante el gobierno de F ernando VII esta prenda, así concebida, alcanz aría un uso notable. No solo entre las mujeres de cualquier condición, sino también en cualquier ocasión. Según sus hechur as, el pueblo la llamaría de «toalla», cuando alcanz aba la forma de tir a ancha, o «de cazuela», cuando el corte de la pie za, que tenía cuatro picos mant enía más largos los que se cruz aban sobre el pecho, fr ente al que se prendía del pelo y bajaba hasta la cintura. 206 206 Ibidem, pp . 60-61. Figura 13 . Achille Jacques Jean Marie De véria, Dame espagnole en costume de maja , Lit. Charles Étienne Pierre Mott e, litogr afía, 43,5 x 29,7 cm, ca. 1836. Imagen procedent e de los f ondos del Museo Nacional del Romanticismo . F otógr afo: José L uis Huelves Morata. Figura 14 . Joaquín Domíngue z Bécquer, ¿No oy e v . que no? , litografía, Vicent e Mamerto Casajús y Espinosa Álbum Se villano [T e xto impreso ]: Colección de vistas y tr ajes de Costumbres andaluz as, Imp. de H. Se villano, 1838. Imagen procedent e de los f ondos de la Biblioteca Nacional de España. 84 Mire usted que inglés, inmenso Como la bondad de Dios, Con su lápiz, con su albura Desalado de ella en pos Se pirra por retr atarla Y la dice.... ¿qué sé yo? P ero oiga usted á [sic] la niña, ¡V aya! ¿no oye usted que [sic] no? Es tierra la Andalucía, Es tierra de promisión. 207 P ara la déc ada de 1940 la mantilla constituía ya una prenda genuinamente española. Gautier habla de su uso en distintos lugares y moment os a lo largo de su viaje por España. En una velada de teatro en Vit oria, dice de las mujeres present es en los palcos y galerías que estas «no tenían de español más que la mantilla y el abanico . » 208 En Madrid, el novelista encuentr a señoras toc adas con mantilla al ir a los toros; 209 y en el Pr ado, donde: […] se ven pocas mujeres con sombr ero; solo van con mantilla. Y o creía que la mantilla española er a una ficción en las novelas de Crev al de la Charlemagne, P ero ahora veo que son ver dad; suelen ser de encaje blanco o negro , más frecuente negro y se adhieren a la parte superior de la cabe za sobre la peineta; el toc ado lo complementan unas flores a los lados de la frente , adorno que resulta encantador . Con una mantilla, una mujer que no resulte bonita tiene que ser más f ea que las virtudes teologales. L a mantilla es la única prenda de la mujer ver daderament e española. Lo demás sigue la moda fr ancesa. 210 En Andalucía, concretamente en Gr anada, Gautier vuelve a hacer hincapié en el uso de la prenda que se completa, por lo gener al, con flores naturales que realz an los r asgos inconfundibles de la andaluza: Las mujer es tienen el buen gusto de continuar con ese toc ado que se llama mantilla, y que es el mejor que puede encuadr ar el rostro de una española; por la calle y a paseo van, generalment e, a pelo, con un clavel rojo en c ada sién, envueltas en sus encajes negr os, y así se las ve pasar manejando su abanico con una gr acia y una volubilidad incomparable . 211 Como el propio L atour afirma, «La mantilla, que en España es una pr enda nacional, en Andalucía forma part e esencial de la bellez a de la mujer.» 212 Debe r esaltarse la 207 GARCÍA Y T ASSARA, G. 1838. «¿No oy e usted que no?» En MAMERT O CA SAJÚS, Vicente (ed.), Álbum Se villano: Colección de vistas y trajes de Costumbres andaluz as . Sevilla: Imp . de H. Se villano , p . 10. 208 GA UTIER, op. cit., pp . 36-37. 209 Ibidem, p . 65. 210 Ibid., p . 79. 211 Ibid., p . 166. 212 DE LA TOUR, op . cit., p. 170. 85 capacidad de estas toallas par a acentuar la bellez a de la mujer andaluza, siendo usadas «En cada estación, ¿qué digo?, cada día, c asi cada hora y par a cada momento», pues: […] es necesaria una mantilla especial; par a las visitas, la mantilla negr a; para los t oros, la blanca. La iglesia requier e una más se ver a: no basta en este caso el enc aje; algunas cintas de terciopelo añadirán la conveniente gr avedad. P ero blanca o negr a, de terciopelo, de enc aje o de seda, lo repito: es complement o indispensable de la bellez a andaluza. Sin la mantilla esa mujer continuar á teniendo esa mir ada extr aordinaria, ese talle fle xible, esos andares cuya languide z provocativ a parece ignor arse a sí misma; pero habr á perdido lo que da animación a todo ello, lo que aúna tantas gr acias diversas y agrega el último toque al conjunto . 213 Al igual que su compatriota, Quinet remarca el uso de la pr enda sobre unas facciones «tan delicadas y altivas» que no han sido hechas «par a enterr arse en una capota inglesa, sino par a desfilar al aire libre y a la luz de un día de ver ano.» 214 Unos r ostros, los de las andaluzas concr etamente , que sobresalen por encima de cualquier otros en el uso de estos encajes: «¿dónde , en qué clima, en qué reino de la naturale za buscar la compar ación, cuando bajo una frente blanca, marmór ea, encuadrada en cabellos de un rubio ceniciento , brota de imprevist o la llama de Andalucía?» 215 T ambién Borrow e xalta la prenda, apreciada en Se villa al ser portada por las mujeres burguesas en el paseo de las Delicias: «Allí las ojinegr as damas andaluzas se pasean con el gr acioso prendido de las mantillas de encaje». 216 L a ubicación concreta que se recoge en esta impresión plantea el hecho de que la mantilla er a, como ya ha quedado anotado, un artículo de lujo en función del material con el que estuvier an confeccionadas. Sobre el uso de esta entre las mujeres de clase acomodada, F ord dice: «las señor as se ponen mantillas blancas de encaje , y cuando se sofocan, parecen, como decía el humorista andaluz Adriano , salchichas envueltas en papel blanco .» 217 Resulta llamativ a la descripción concerniente a la litografía titulada Señor a con saya y mantilla , recogida dentro del Álbum Se villano: Colección de vistas y trajes de Costumbr es andaluzas de Vicent e Mamerto Casajús y Espinosa, editado por primer a vez en 1838. A modo de introducción de cada una de las estampas de la colección, el t e xto presenta al lector un tipo social, el de la mujer se villana de clase popular la cual muestra, «sin me zcla alguna estr angera [sic]», el uso conscient e y pleno de la mantilla [fig. 15] : Desde que el e xótico sombr ero ha venido á [sic] usurpar sus fueros á gr aciosa mantilla, vemos á nuestr as elegantes usarla con desdén [sic], y lle varla colgando y como despegándose de los hombros. ¡Ultr aje nefando que se ha encargado de vengar la linda se villana que representa esta estampa! Ella no pertenece ciertament e á [sic] la clase elev ada, ni aun á la que quiere confundirse con ella remedándola en sus tr ajes y su 213 Ibid., pp . 170-171. 214 QUINET , op . cit., p . 41. 215 Ibidem, p . 41. 216 BORROW , George, 2011 (1843). L a Biblia en …, op. cit., p . op. cit., p . 515. 217 F ORD, Richard, 1922 (1846). Cosas de España … T omo II, op. cit., p . 104. 86 maner a de vestir . Esta es una muchacha bordadora, que vive , si no nos engáñanos, en la calle ancha de la F eria, y que con ese ligero vestido de tafet án que ha tomado á dita a una gitana de buena conciencia), con esa mantilla de blonda ancha, cogida con toda la gr acia y ligerez a que se deja ver , y sobre todo con ese garbo, de que t an profusamente ha dotado la Providencia a las hijas del Guadalquivir , viene de ver la procesión del Corpus, y de tr astornar las cabe zas á un oficial de sastre y á un maestro de guitarr a, que mas [sic] de una vez han andado á moquetet es [sic] disputándose sus preciados f avores. 218 El pintoresco comentario par a nada contraviene el r etrat o de sociedad expuest o pre viamente, sino que, en su conjunto , vienen a corrobor ar el uso de la prenda dentro de todas las estr atigrafías. El pasaje hace uso de la palabr a elegante para r eferirse a aquellas mujeres de clase social ele vada, aquellas mismas que, y como afirma Quinet «habiendo viajado, aport an a su país las e xigencias del gusto e xtranjero .» 219 La mantilla es, a ojos del fr ancés, la única parte del tr aje tradicional conserv ada por estas mujeres 218 S., O. 1838. «Una señor a con say a y mantilla» En MAMERT O CA SAJÚS, Vicente (ed.), Álbum Se villano …, op. cit., p . 9. 219 QUINET , op . cit., pp . 40-41. Figura 15. Joaquín Domíngue z Bécquer, Señor a con say a y mantilla , litogr afía, Vicente Mamerto Casajús y Espinosa Álbum Se villano: Colección de vistas y tr ajes de Costumbres andaluz as [T e xto impreso ], Imp . de H. Se villano . 1838. Imagen procedente de los f ondos de la Biblioteca Nacional de España. 87 que «lle van al tiempo prendas de dos siglos dif erentes, lo cual no las embellece, pero les da un aire e xtraño y t eatral que tampoco les per judica.» 220 Richard F ord se lamentaba diciendo ante los avances e influencia e xtranjeros: «¡y a se han ido los frailes y , ¡ay!, las mantillas también se están yendo!» 221 Esta e xclamación aparece ar gumentada en el segundo tomo de sus Cosas de España , en el que dice que la originalidad, la gr acia e idiosincr asia españolas son el mayor enc anto y el más alto int erés del país, pese al ya mencionado repudio de los propios españoles que no lo creen así, que «por una tonta imitación de la civiliz ación europea», todos los días pierden «algún encanto sustituyéndolo por cosas vulgares que no v an bien con su car ácter». 222 El inglés incide en la intrusión de los gustos europeos frent e al arraigado poso de car ácter endémico, como por e jemplo el baile nacional, que empieza a ser «despr eciado por esas mal aconsejadas señor as que van a los palcos con sombreros fr anceses en ve z de mantillas españolas.» 223 Son frecuentes las mediciones que los autores hacen entre la moda nacional y el influjo de P arís: En Gr anada apenas se ven sombreros de mujer . Ciertamente, las elegantes tienen en sus armarios alguno de esos adef esios de junquillo y floripondios rojos, que guardan par a las grandes oc asiones. P ero , por fortuna, éstas no abundan y los sombr eros de tan mal gusto no salen a la calle más que en el día del santo de la r eina, hoy la solemne sesión del Liceo. Quier a Dios que nuestras modas eur opeas no lleguen jamás a la ciudad de los cármenes y que nunca sea r ealidad la terrible amenaza que concretan estas palabr as que vimos pintadas en negro a la entr ada de un portal: Modista fr ancesa. 224 Sobre esta cuestión refle xionará de maner a pormenorizada Desbarrolles que únicamente r econocerá una imagen plenamente típica dentr o de las capas más populares de la sociedad andaluz a: […] bajo esta nue va ropa me parecía equivocada y torpe como una hermosa africana que vendría a esconder bajo nuestros inarmónicos chales su rica chaqueta bordada y su cintur ón dor ado. […] las mujer es, además de la mantilla y el abanico, v estían el traje de las damas de P arís. Y o estaba avergonz ado y Giraud consternado . Sin embargo , observábamos con agrado que la crinolina, al no ser necesaria, er a insólita o desconocida; los pesos del vestido ya no e xistían, pero los pliegues del r aso permanecían tensos. Luego , fuera de la ciudad 220 Ibidem, p . 41. 221 F ORD, Richard, 1922 (1846). Cosas de España … T omo I, op. cit., p . 22. 222 F ORD, Richard, 1922 (1846). Cosas de España … T omo II, op. cit., p . 5. 223 Ibidem, p . 124. 224 Gautier Ibid., p . 166. 88 o hacia la plaza de t oros, siempre llena de gente común, la gent e del campo todavía vestía el tr aje nacional, y nos consolamos un poco. 225 Puede verse cómo dentro de las clases acomodadas la mantilla se superpone a los cortes propios de la moda europea 226 —que dialogan y combinan con las particularidades propias de la moda nacional. 227 Un elemento que , no obstante , sigue siendo principal entre las vestimentas del pueblo . T ambién en Cádiz, el autor reconoce la influencia de la moda e xtranjer a al hablar de las manufactur as y productos de adere zo que son vendidos en las tiendas de la ciudad. En estas, y salvo las ester as y las alfombr as de paja de encantador gusto , diseño y color «T odo lo que adorna las otras tiendas viene de Fr ancia o Inglaterr a, y vimos allí, ¡profanación! sombreros de mujer destinados a sustituir la mantilla de las gaditanas y ocultar su gr an peineta de care y y su larga cabeller a negra.» 228 Así pues, y como principal baluarte de esta imagen nacional asediada, la mantilla también aparece e xaltada por Dumas, un emboz ado ideal para esos «cabellos lacios y brillantes como alas de cuervo», de un negr o azulado sobre los que se abre «ardient e alguna rosa púrpur a, o alguna camelia color cere za o clavel carmesí»; la mantilla «cubre t odo aquello sin nada esconder; y sin cesar los abanicos se van abriendo y cerr ando con su ruidito tedioso, y r odando entre los dedos afilados que los atormentan con increíble destr e za y ador able coquetería.» 229 De blonda o de tir as, estas pie zas t e xtiles resistirán la aparición de sombr eros, gorr as y cofias. Incluso par a cuando el tardorromántico Davillier r ecorre la península, el eco perdido de la mantilla aún perdur a, pues: «La época de la basquiña y de la f alda corta ha pasado; la mantilla es la única prenda del tr aje femenino que ha permanecido .» 230 En la Carrer a de las Angustias de Granada, Davillier r egistra escenas en las que las elegantes gr anadinas «célebres por su bellez a», son las protagonistas: Casi todas lle van mantilla negr a, que el sombrero parisino no ha podido aún destronar , afortunadamente . Esta elegante mantilla, acompañada de una flor roja coloc ada con sencillez en los c abellos más hermosos del mundo, constituy e un peinado natural que puede desafiar a las más 225 « […] et sous ce nouveau vêtement elle me semblait gauche et maladr oite comme une belle Afri- caine qui viendr ait cacher sous nos châles inharmonieux sa riche veste brodée et sa ceinture d’ or. […] les f emmes, à la mantille et l’é ventail près, av aient le costume des dames de P aris. J’ étais honteux, et Gir aud consterné. Cependant nous r emarquâmes avec plaisir que la crinoline n’ étant pas nécessaire , était inusitée ou inconnue ; les plombs de la robe n’ existaient plus, mais les plis du satin n’ en étaient pas moins tendus. Et puis, au dehors de la ville ou vers la place des T aureaux, toujours remplie de gens du peuple, les campagnar ds portaient encore le costume national, et nous fûmes un peu consolés. » DESBARROLLES, op . cit., p. 61. 226 LEIRA SÁNCHEZ, op . cit., p. 18. 227 Resulta esclar ecedora la inf ormación aportada por Plaza Orellana en lo concernient e a la evolu - ción entre 1840 y 1860 de algunas de las prendas en España como las f aldas y enaguas de uso femeni- no , cada vez con ma yores volúmenes y no vedades estructur ales a las que se suma una rica profusión de adere z os. V éase: PLAZA ORELLANA, Rocío , 2009. Historia de la moda …, op . cit., pp. 169-172. 228 « T out ce qui orne les autres magasins vient de Fr ance ou d’ Angleterre , et nous y avons vu, prof a- nation ! des chapeaux de f emmes destinés à remplacer la mantille des Gaditanes et à cacher leur grand peigne d’ écaille et leurs longs chev eux noirs. » Ibidem, p . 55. 229 DUMAS, op . cit., p. 94. 230 DA VILLIER, op. cit., p . 233. 89 ingeniosas invenciones de las modistas del otro lado de los Pirineos. Las mujer es de Granada son de una belle za más gr ave que las de otras partes de Andalucía. L as gaditanas o las se villanas, por ejemplo , tienen menos noble za pero más coquet ería y más brío . 231 Sobre su uso en Se villa, el autor dice: […] por fortuna, las mujer es han conservado , al menos en parte, el tr aje nacional. Prefieren sus flores natur ales, que abundan en toda estación en este clima e xcelente , a las artificiales y a todos esos perifollos sin nombr e que inventan nuestr as modistas todos los días. Los cr espones de china color grosella, amarillo , azafr án o limón, que juzgarían ridículos en nuestr o país, están siempre de moda en Andalucía y les sientan mar avillosamente a las damas de Sevilla, que los recubr en con la mantilla de encaje negro que saben lle var con una gracia especial. Se ve que están orgullosas de ser se villanas, y que incluso prefieren la mantilla nacional a esos atavíos banales que son de todos los países y no pertenecen a ninguno . 232 En el T eatro Principal de la ciudad: «Mantillas y flores adornaban todas las c abez as, y se veían muy pocos sombreros al estilo de P arís, lo que daba a los palcos un pintoresco aspecto . El ruido de las conversaciones se mez claba con el de los abanicos.» 233 En la capital hispalense P oitou hablará de la mujer se villana y de su afamada belle za, pero también de sus vestimentas con motivo de la celebr ación de la Semana Santa de Se villa [fig. 16] : T odas, incluso las mujeres de clase popular , llev an en estos días el vestido largo , y maravilla ver con qué soberbia indif erencia lo arr astran por el barro y o el polvo . No he visto —Gracias a Dios— que el horror oso sombrero fr ancés haya destronado a la mantilla. El peinado nacional es lo que más resiste , en cualquier país, a la invasión de las modas e xtranjer as; y las sevillanas hacen bien en no r enunciar al suyo . Estos preciosos cabellos cuidadosament e peinados y recogidos en amplios moños; la mantilla de tul o de encaje , medio cay endo en la frente como una sombr a lev e e inquieta; una rosa o un clavel ro jo coquetamente colocado a un lado: este es, a buen segur o, el me jor peinado que pueden marcar una c ara bonit a. 234 Davillier recoge la influencia de la moda e xtranjer a a principios de los años sesenta como un fenómeno que barr e a las clases más elev adas y al pueblo llano en un intento 231 Ibidem, p . 116. 232 Ibid., p . 267. 233 Ibid, p ., p. 306. 234 POIT OU, op . cit., pp . 86-87. La indif erencia de la mujer a la hora de arr astr ar el vestido recogida por el autor es un gest o de estatus y diferenciación social pr opio de la época pues «si arrastr a la cola de su lindo vestido de seda es porque en casa tiene quien cuida de su r opa, y si lleva guant es y sombrilla es por decoro .» GONZÁLEZ -MORO VELA, Margarita, 2007. DES-VES TIDOS: Una moda entre dos siglos (1850-1950). T enerife: Organismo Aut ónomo de Museos y Centros, p. 11. 96 tan peligrosa. ¿Quién ignor a que cuantas secretas seducciones ocultó Homero en la cintur a de V enus, se encuentran bajo la mantilla de la andaluza, y que la mano asaz imprudent e como para agitarlas desataría el instante millares de chispas? 255 De nue vo, el despert ar se xual aparece recogido en la descripción de una supuesta toma de conciencia de la mujer acerc a de su se xo . Desde la construcción de esta «iconogr afía misógina», la mujer es reconocida y se sabe valedor a de sus artes en este estadio pre vio en el que el cuerpo femenino cerr ado —aún virgen y casto— , se adscribe a su doble consider ación entre su parte lasciva y virtuosa. 256 Esta doble postur a que natur aliza se xual e intelectualmente a las mujeres las constituye como complement o del hombre adscribiéndolas a la cat egoría del «bello se xo», un epítet o destinado e xclusivament e a ellas pues son « el principal adorno del mundo ». 257 Las afirmaciones aportadas por Ménde z se antojan certer as al atender a la estructura esencial de gr an parte de las producciones pict óricas de corte costumbrista. Un nutrido númer o de ellas recurre a la figur a de una o varias mujeres que aparecen, por lo gener al, cantando o bailando en torno a las cuales orbitan el r esto de las figur as, de predominancia masculina. El modo en el que se relacionan estos personajes des vela, en ocasiones y sin tener que ahondar mucho en el mensaje , unas formas amenaz antes y violentas veladas por la imagen ingenua y pintoresc a vertida sobre ellas [figs. 18 y 19] . Su posicionamiento como objet o de contemplación y deleite est ético auscultado por las letr as y los pinceles románticos se tr aduce en una serie de cualidades morales propias de estas « almas sensibles » y c alladas. T eresa Sauret Guerrero (2007) hace ref erencia a un concepto de la f eminidad decimonónico basado en el silencio como sinónimo de belle za. P odrá verse más adelant e la falta de r ecato y estruendo al hablar de la mujer gitana, cuestión que imposibilitar á el reconocimiento de su feminidad de esta a ojo de los viajeros. L a investigadora confirma que «L a difusión de estos principios se hizo mediant e un sistema de mentalización en el que el relato visual o lit erario tuvo una singular importancia»; y aunque quizás en el t ext o escrito con una mayor minuciosidad, también «a tr avés del cuadro, ya de costumbr es o el retr ato, los posicionamientos de la mujer dentro o fuer a del orden quedaron perfectament e e xplicitados.» 258 Indiscutiblemente, uno de dichos mar cos de concreción f emenino será el amor . En la aplicación de estas atribuciones al arquetipo de mujer aquí r etr atada, Desbarrolles dice que: «El amor es el pensamiento de toda mujer española; es t oda la vida de una andaluza, ella solo e xiste por el coraz ón. T odo es hermoso con ellas.» 259 De maner a similar afirma al comentar la pr áctica de la adivinación durant e su estancia en Ronda: «aquí sólo se consulta el destino por el amor , el gran, el único y verdader o oficio de una 255 DE LA TOUR, op . cit., p. 171. 256 MÉNDEZ, L ourdes, 2004. Cuerpos sexuados y ficciones identitarias …, op . cit., p . 58. 257 Ibidem, p . 44. 258 SAURET GUERRERO, T eresa, 2007. «L a estética del silencio: iconogr afía femenina en la época isabelina». En Boletín de Arte [ en línea], Departamento de Historia del Art e, Univ ersidad de Málaga, N.º 28, p . 130 [consulta: 31 de octubre de 2022]. Disponible en: https://dialnet.unirioja. es/servlet/articulo?codigo=5412325 259 « L ’amour est la pensée de chaque femme espagnole ; c ’ est toute la vie d’une Andalouse , elle n’ exist e que par le cœur. » DESBARROLLES, op. cit., p . 56. 97 Figura 18. R afael Díaz de Benjumea, En las afuer as de Se villa , óleo sobre lienz o, 38 x 65 cm, s. f . Imagen procedent e de la Colección Carmen Th yssen-Bornemisz a, obra en prést amo gr atuito al Museo Carmen Th yssen Málaga. Figura 19. Manuel C abr al Aguado Be jarano , Baile en una caseta de feria , 50 x 65 cm, óleo sobr e lienz o, 1860. Imagen procedent e de los fondos del Museo de Bellas Artes de Se villa. 98 mujer andaluza.» 260 En línea muy similar Borrow r econoce entre la «confusa batahola de gritos, chillidos y agudas risas f emeninas», oídas en las orillas del Guadalquivir a su paso por Sanlúcar , algunas canciones, «cuyo asunto es fácil de adivinar , pues estábamos en la soleada Andalucía, ¿y en qué pueden pensar ni de qué hablar o cantar sus ojinegr as hijas más que de amor , amor, ent onces resonaba en la tierr a y en las aguas? » 261 T ambién bajo los balcones «donde van a suspir ar por la noche los enamor ados gr anadinos. Y en lo alto de esos balcones las belle zas andaluzas escuchan las serenatas;» pues «en plena Andalucía, la patria de los Almaviva y de los R osine, y todo sigue siendo como en los tiempos de Fígaro y de Susana 262 » [fig. 20 ] . Ret omando los planteamientos introduct orios de este capítulo, puede decirse que , si el amor y sus pormenores son un dominio f emenino, por ende , el retrato identitario andaluz y nacional ser á, pues, de pref erencia f emenina. P ara confirmar esta apr eciación pueden tr aerse a colación las palabras de F ord, que dice: «Cuando se termina, se encienden los cigarros, los toscos asient os se acercan al fuego y se charla de todo , pero con pref erencia de asunto de ladrones o de amor , de los que los últimos son menos 260 « […] ici l’ on ne consulte la destinée que pour l’amour, la grande , la seule véritable occupation d’une f emme andalouse. » Ibidem, p . 44. 261 BORROW , op. cit., p . 533. 262 DUMAS, op . cit., 249. Figura 20. V aleriano Domíngue z Bécquer, P elando la pava , óleo sobre t abla, 19 x 24,5 cm, 1863. Imagen procedent e de la Colección Carmen Th yssen-Bornemisz a, obra en prést amo gr atuito al Museo Carmen Th yssen Málaga. 99 fant ásticos» 263 , s eñalando incluso como r asgo clave dentro de los bailes nacionales: « C’ est la pantomime de l’amour . 264 » T ambién dirá al r especto de las sevillanas y de sus dotes de seducción que el joven fr ancés afincado en Sevilla, Monsieur de Saint -Prix, quedó enamor ado de una joven se villana que visitaba todos los días en su balcón: «Lo que af erran las andaluz as, lo aferr an con ganas por lo que parece». 265 Sobre el acto de galanteo que dicho despertar posibilit a, Gautier apunta una mayor holgur a de costumbres y libertad por parte de las mujer es en gener al en España en comparación con Fr ancia, 266 pues se ve a estas muchachas ir y venir adornadas con sus mantillas y con sus br azos al air e y el abanico en la mano en grupos únicamente f emeninos: […] espiadas a cierta distancia por sus amigos y sus pret endientes, ya que en España no se acostumbr a a dar el braz o a las mujeres. Esta costumbre de ir solas les da una elegancia, una libertad de movimiento y una soltur a que nuestras mujer es no tienen, acostumbradas siempre a ir colgadas de algún br azo . Son mujeres perfectament e aplomadas, como dicen los pintores. Claro est á que esta costumbre de separ ación del hombre y la mujer se advierte en el influjo de Orient e. 267 T ambién Gautier reconoce un tr ato sumamente cercano en el galant eo, incluso obsceno en su reconocimiento social: […] los jóvenes hablan con las muchachas, recitan los versos que se han escrito el día anterior y r eciben los castigos y reproches a que se hayan hecho acr eedores ante su dama, tales como haber mir ado demasiado a un balcón prohibido , haber bailado con una prima bonita y otros e xcesos por el estilo . Si han sido buenos se les obsequia con la rosa que ellas han lle vado todo el día o el clavel que ha estado prendido en el pecho o en la cabe za y se les responde con una mir ada ardiente o una liger a presión de dedos, al apretón de manos que se les da al subir al balcón par a escuchar la música militar . El amor parece ser la ocupación única en Gr anada. En cuanto un muchacho habla con una muchacha dos o tres veces se sospecha que son novios, y enseguida surgen mil fr ases de inocente burla, a propósito de la supuesta pasión. A veces ocurre que le llegan a inquietar a uno , porque establecen demasiado pró xima la ceremonia conyugal . 268 Del mismo modo, est e hace referencia a la poca consider ación que debe tenerse con respecto a las respuest as femeninas en el corte jo ya que «Esta galantería es más aparente que real; no ha y que hacerse muchas ilusiones a pesar de las miradas 263 F ORD, Richard, (1922). Cosas de España …, T omo II, op. cit., p . 16. 264 Ibidem, p . 124. 265 DUMAS, op . cit., p. 502. 266 GA UTIER, op. cit., p . 92. 267 Ibidem, p . 168. 268 Ibid., p . 171. 100 lánguidas, de las conversaciones tiernas o apasionadas y de las palabr as mimosas.» 269 La f amiliaridad, ya mencionada en los r asgos gener ales reconocidos dentro de la sociedad española, es vista por Gautier dentro de las aptitudes de corte jo de la andaluza como un hecho difer enciador y positivo con respecto al de su cont e xto de origen, pues: Un fr ancés a quien una mujer de sociedad dijer a la cuarta parte de lo que una muchacha gr anadina dice, sin consecuencias, a uno de sus ador adores, creería que aquella misma noche había de soñar par a él la hor a encantada, en lo cual se engañaría por completo . […] Esta honesta libertad del lenguaje, tan ale jada de las costumbres hipócritas de las naciones del Norte, es pr eferible , a mi parecer, a nuestr as ocultaciones de palabr a, que encierr an un fondo material de gr osería. 270 El propio corte jo en sí llama la atención en sus formas y sus tiempos que, en el c aso de Gautier , se detecta como un mecanismo social óptimo par a que el galante pueda llegar a conocer en profundidad el car ácter de la joven elegida y no llegue a lle varse, como él mismo dice, «gato por liebr e». El tono inf ormal adquirido en el trat o de la mujer ser á un r asgo e xaltado también por F ord que en la gener alidad en el consumo de la imagen de España invita a disfrutar en su amable y cort és vanidad de la admir ación de sus mujeres, «de ojos negros, t an franc as y naturales, a las que la vo z de todos los tiempos y de todos los pueblos ha concedido la palma de los atr activos y a las que V enus ha donado su mágico cinturón de gr acia y de hechizos.» 271 Lo mismo ocurr e con Desbarrolles que valor a el tratamient o cercano de la mujer gr anadina: Quizás, en otr as partes de Andalucía, las mujeres son más notables, más correctamente bellas; per o en Granada tienen una gr acia irritante y fácil, una especie de coquetería f amiliar que, sobre todo par a el e xtranjero , tiene su precio . Es así como el carácter de los habit antes contribuye a hacer de Gr anada quizás el lugar más agr adable donde hacer una parada en España. No es la embriague z de Cádiz, es algo dulce y encantador . 272 T odos los ejemplos posibles que perfilan la imagen de la mujer seductor a encuentran su principal representación en el personaje mítico de C armen, creado por las letras de Mérimée. En ella, la dualidad de la buena y la mala mujer desaparece par a erigirse como el modelo pleno y consciente de la f emme fat ale andaluza que adopta los estándar es plenamente típicos de su tiempo , recogiendo todo un bagaje pre vio de relatos que cristalizar án el arquetipo se xual más poderoso y peligroso de cuantos han sido creados. Como esclarece en George Steigner (2009): «Descendient e de las mujeres vampiro de las baladas góticas, allá por 1840 se había convertido en un artilugio comer cial de bar atillo y pathos. Nada nue vo había en el auténtico color loc al y las circunstancias 269 Ibid., p . 171. 270 GA UTIER, op. cit., pp . 171-172. 271 F ORD, Richard, (1922). Cosas de España …, T omo II, op. cit., p . 83. 272 « P eut -être , dans d’autres parties de l’ Andalousie, les f emmes sont-elles plus r emarquables, plus correct ement belles ; mais à Grenade , elles ont une grâce agaçante et f acile, une sorte de coquett erie f amilière qui, pour l’ étranger surt out, ont bien leur prix. C’est ainsi que le car actèr e des habitants concourt à f aire peut -être de Grenade le plus aimable sé jour où l’ on puisse s’arrêt er en Espagne. Ce n’ est pas l’ enivrement de Cadix, c ’est quelque chose de doux et de charmant. » DESBARROLLES, op . cit. p . 35. 101 e xóticas de la hist oria.» 273 El investigador pretende e xponer el hecho que el arquetipo de mujer fat al e xiste en todas las cultur as y desde tiempos remotos. No obstante, y siguiendo el concepto baudeleriano en el que lo débil adscrit o al se xo f emenino es receptáculo simbólico del mal, 274 este ángel caído de tintes populares andaluces —pese a su familiaridad par a con el público— penetrar á de manera morbosa en el imaginario puritano burgués, especialmente x enófobo . Una misoginia, cuestionada por Erika Bornay en el clásico L as hijas de Lilith (1995), gestada por: «T emor del hombre al nuevo papel de la mujer en el tr abajo y en la vida pública», el auge de los movimientos f eministas y el aumento de las enfermedades venéreas «como consecuencia de la pr áctica de las relaciones e xtramatrimoniales y de la prostitución.» 275 T odo ello sazonado por «la influencia de unas teorías de car ácter profundamente antif eminista (Schopenhauer , Nietzsche, Nordau, W eininger y Lombr oso, entr e otros), que intentaron r acionalizar y dar «autoridad» socio-filosófic a y científica a aquellas reacciones y actitudes masculinas, misóginas.» 276 Bajo est e conte xto y pre viamente a la publicación de la novela de Carmen, aut ores como F ord registr an la imagen general que desde una mir ada romántica se tiene de la andaluza, sirena de cant o dulce que es capaz de lle var al hombre a la perdición [fig. 21] : P ara poder sentir t odo el encanto de la guitarr a y de las canciones españolas han de oírse a una vivar acha andaluza, esté o no adoctrinada en el arte; ellas mane jan el instrumento como la mantilla y el abanico; dijér ase que forma parte int egrante de su ser y que tiene vida, pues realmente t odo ello requiere una gr acia y un abandono que no es fácil hallar en las mujeres de climas del Norte o de z onas más encorsetadas. Así no es e xtraño que uno de los padres de la Iglesia dijer a que preferiría oír cantar a un basilisco que a una de estas mujeres. […] si no se salen de su terreno triunf an por completo; las palabras de su copla se les ocurren, como a T eodoro Hook [43] , en un santiamén y aluden a incidentes y a personas presentes, algunas veces están llenas de int ención y double entendre ; y a menudo c antan lo que no debe hablarse, y por los oídos roban los cor azones, como las sirenas, o como Cervant es dice: cuando cantan, encant an . 277 Bajo estas directrices es comprensible cómo dicha imagen de esta andaluz a de ojos negros llegó a tener la difusión que y a en su tiempo alcanzó . Bajo todas estas adscripciones, en mayor o menor medida y a comentadas, «Baladí, ex ótica, frívola como es, Carmen comparte con las demás ficciones perdur ables un rasgo esencial: f orma parte de nuestro 273 S TEIGNER, George , 2009. «Pref acio». En Carmen y otros cuent os de Prosper Mérimée, Manuel Serr at Crespo (trad.). Bar celona: Gedisa, 12-13. 274 «L a grande za de este mal en que t e crees sabia ¿No te ha hecho nunca retr oceder de espanto , Cuando la natur a, grande en sus designios ocultos, De ti se sirv e, ¡oh mujer! ¡oh r eina de los pecados!» BAUDELAIRE, Charles, 1857. X XV (TU PONDRÍAS AL UNIVERSO ENTERO ...). En Las flor es del mal [en línea], Biblioteca Virtual Universal [ consulta: 31 de octubre de 2022]. Disponible en: https://biblioteca. org.ar/libros/133456.pdf 275 BORNA Y , Erika, 1995. Las hijas de Lilith . Madrid: C átedr a, p. 16. 276 Ibidem, p . 16-17. 277 F ORD, Richard, 1922 (1846). Cosas de España … T omo II, op. cit., pp . 130-131. 102 Figura 21. Manuel C abr al Aguado Be jarano , Cante en la sobremesa , óleo sobr e lienzo , 40 x 35,5 cm, ca. 1855. Imagen procedent e de la Colección Carmen Th yssen-Bornemisz a, obra en prést amo gr atuito al Museo Carmen Thys sen Málaga. 103 significado más profundo . Como todos los grandes personajes del art e, ella es mitad espejo y mitad sueño .» 278 Son muchos los autores que desde dif erentes perspectivas se han acercado al estudio de est e personaje, como por e jemplo las lecturas aport adas por Mª T eresa V era Balanz a y Natalia Meléndez Malavé (2008) en su reconocimient o del ideal romántico hispano y sus componentes identitarios que enfr entan el progreso con el atr aso endémico, o la f alta de perspectiva crítica actual ante la imagen complacient e que esta de vuelve. 279 X avier Andreu Mir alles (2004), apunta la idea del contrast e norte- sur representada en la imagen confr ontada de Carmen y don José. Siguiendo su hipótesis, Mérimée situaría la encarnación plena del c aráct er nacional en la gitana y en su adscripción geogr áfica y cultur al andaluza; una imagen oriental en tanto en cuanto se desmarca y ale ja de toda posible referencia de Occident e. 280 Miguel Ángel Muro Munilla (2007) ha analiz ado a Carmen desde la propia construcción filológica del relat o, así como del mit o de lo español; 281 también en dif erentes artículos, Inmaculada Sánche z-L abella ha abordado la globalidad y repercusión del mito de Carmen a tr avés de las artes y del cine; 282 o Virginia Sánche z Rodríguez que analiz a la carga erótic a de referencias a la obr a en producciones cinematogr áficas dur ante el fr anquismo. 283 Sobr e todos estos estudios que han contribuido a la comprensión poliédrica de este comple jo arquetipo, result a especialmente significativ a la perspectiva arrojada con ant erioridad por Salomé Medrano Gar cía (1990) que aborda la figura de Carmen desde una lectur a emancipatoria de su figura al e xponerla de forma centrípeta y desvinculada de la dependencia de la mir ada e imagen enfrentada masculina: La únic a car acterística definitoria de Carmen es su libertad. C armen es un ser libre, libr e en su voluntad, en su se xualidad, en su rebeldía, en su amor alidad, es decir , en su negarse a estar sujeta a una moralidad convencional, establecida…A C armen no cabe definirla a tr avés del hombre, de su ac atamiento a unos roles pr efijados… Carmen no es ni esposa, ni madre, y , casi, ni siquier a amante… Como dice Cathérine 278 S TEIGNER, op. cit., p . 13. 279 VERA BALANZA, María T eresa y MELÉNDEZ MALA VÉ, Natalia, 2009. «El mito de C armen: exotismo , romanticismo e identidad (1)». En ÁMBIT OS: Re vista Internacional de Comunicación [en línea], N.º 17, pp . 343-354 [consulta: 31 de octubr e de 2022]. Disponible en: https://institucional.us. es/revistas/Ambit os/17/Ambitos.2008.i17.21.pdf 280 ANDREU MIRALLES, X avier, 2004. «La mir ada de Carmen. El mito oriental de España y la identidad nacional» [en línea], VII Congr eso de la Asociación de Historia Cont empor ánea , Santiago de Compostela y Ourense , 21-24 de septiembre de 2004, pp. 1-23 [ consulta: 31 de octubre de 2022]. Disponible en: https:// www .academia.edu/10034868/L a_mirada_de_C armen._El_mito_oriental_de_Espa%C3%B1a_y_la_ identidad_nacional_VII_Congreso_de_la_Asociaci%C3%B3n_de_Hist oria_Contempor%C3%A1nea_ Santiago_de_Compostela_y_Our ense_21-24_de_septiembre_de_2004 281 MURO MUNILLA, Miguel Ángel, 2007-2008. «“C armen” la construcción del text o y del mito español a partir del tópico de un viajer o romántico fr ancés». En Cuadernos de investigación filológica [ en línea], T omo 33-34, pp. 167-192 [consult a: 31 de octubre de 2022]. Disponible en: https://dialnet.unirioja. es/servlet/articulo?codigo=3393504 282 SÁNCHEZ -LABELLA MARTÍN, Inmaculada, 2011. «Carmen Global. El mit o en las artes y los medios audiovisuales». En FRAME [en línea], N.º 7, pp . 213-215 [consulta: 31 de octubr e de 2022]. Disponible en: https://www .academia.edu/3889671/_El_mito_de_C armen 283 MEDRANO GARCÍA, Salomé , 1990. “C armen”, de la lit eratur a a la imagen [en línea]. Caridad Martíne z (dir.) T esis doctoral. Univ ersitat de Barcelona. Departament de Filología R ománica [consulta: 31 de septiembre de 2022]. Disponible en: http://hdl.handle .net/10803/48491 104 Clément, Carmen «c ’ est un corne» 112 [sic] , un hueso demasiado difícil de roer par a la sociedad del hombre. 284 Al asumir esta deriva posible , la mortífer a seducción de esta figura adquiere un nue vo significado que la hace un icono pleno y autónomo despr endido de toda sujeción coercitiva masculina. Est e concepto de libertad se encuentr a estrechamente relacionado con esa idea de desenvoltur a que ha aparecido en varios autor es al ref erirse a la bellez a andaluza, concretiz ado en arquetipos sociales de fuerte calado popular recogidos de maner a posterior a la publicación de Carmen, como el caso de la mujer percheler a malagueña y macarena sevillana: «cuando en Málaga se quiera hablar de una hija del pueblo elegante y llena de desenvoltur a, se dice que es una moz a percheler a , así como en Sevilla se la llama hembr a Macarena .» 285 Desde la misma óptica, Carmen de ja de adscribirse a la alegoría del súcubo para reconfigur arse bajo un ente con plena autonomía. Esta libert ad es apreciada en múltiples escenas en las que Carmen tr asgrede las normas sociales. Un primer ejemplo puede ser el hecho de que esta fume con Merimeé en su primer encuentro a orillas del Guadalquivir en Córdoba, una costumbre nada bien vista entr e las mujeres que, como F ord apunta, suelen hacerlo a escondidas 286 [fig. 22] . Su falt a de protocolo también se adviert e en las anotaciones que Mérimée hace de su vestimenta: «L as mujeres formales no vist en de negro más que por la mañana; de noche se visten a la fr ancesa .» 287 En este primer encuentro Carmen se de ja acompañar del viajero con el que va a degustar helados a una ne vería ante la mir ada de la sociedad presente . 288 Su desplante y f alta de recato queda recogida en la descripción del encuentro inicial de esta con don José a la puerta de la F ábrica de T abacos de Se villa. En el pasaje, este segundo narr ador y protagonista secundario de la historia —como figur a antagónica y rígida en contr aste desde una perspectiva cultur al e identitaria— retrata el dinamismo impávido de la mujer ante la multitud masculina a la que encandila con sus ademanes y gestos: Lle vaba una f alda roja bastante corta, que de jaba ver las medias de seda blanca con más de un agujero , y hermosos zapatos de tafilete r ojo, atados con cintas color de fuego . Abría su mantilla para dejar ver los hombros y un r amillete de acacia que llev aba la blusa. T enía también una flor de acacia entre los labios y av anzaba contoneándose como una jo ven yegua del potrer o de Córdoba. En mi país, ante una mujer así vestida, todo el mundo se hubier a santiguado. En Se villa le dirigían piropos a su postur a; ella respondía entrecerr ando los ojos, el puño en la cader a, desver gonzada como la aut éntica gitana que er a. Al principio no me gustó , y volví a mi trabajo; pero ella, siguiendo la costumbre de mujer es 284 Ibidem, p . 115. 285 DA VILLIER, op. cit., p . 188. 286 F ORD, Richard, 1922 (1846). Cosas de España … T omo II, op. cit., p . 136. 287 MÉRIMÉE, Prosper, 2009. «C armen»…, op . cit., p . 40. 288 Ibidem. P . 40-41. 105 y de gatos, que no vienen cuando se los llama y vienen cuando no se los llama, se detuvo ante mí y me dirigió la palabr a 289 . La libertad de acción r etratada por Mérimée a tr avés de la voz de don José también se conecta con aquellas descripciones pre vias y posteriores en la que los espacios primarios de atención a la hor a de seducir al hombre se concretan junto a los adornos nacionales, en la desnude z de los hombros, los ojos, la pose y la gr acia natural de la mujer andaluza. Desde la t otalidad de su adscripción como baluarte de este icono de mujer , puede traerse a colación la nunca ant es menciona obra de Germond De L avigne Itiner aire descriptif , historique et artistique de l’Espagne et du P ortugal (1866). Sin poder dedicarle un espacio principal a la publicación, puest o que no se tr ata más que de una simple guía —un itiner ario construido a la maner a impersonal de un manual de recursos geogr áficos y de transportes, refr endado por su literalidad y siguiendo ref erentes pre vios— , esta puede servir como ejemplo de la simplific ación y procesado definitivo de dicha idea. En la valor ación estereotipadamente tópic a de la andaluza, y desde el punto de vista físico y psíquico , este dirá que estas mujer es son «altas, bien 289 MÉRIMÉE, Prosper, 2009. «C armen»…, op . cit., pp . 48-49. Figura 22. José Cuber o Gabardón, Andaluz a , barro moldeado, cocido y policr omado, 25,50 x 11,50 x 8 cm, entre 1860 y 1875. Imagen procedent e de los fondos del Museo Nacional del R omanticismo. F otógr afo: P ablo Linés Viñuales. 112 La fría crueldad de su desdén ser á pagada con la irrefrenable locur a que se apoderar á de don José y que acabar á con la vida de esta femme f atale a ojos del vasco , pues como este dice: «El fulgor se apoderó de mí. Saqué mi cuchillo . Hubiese deseado que tuviera miedo y me pidiese gr acia, pero aquella mujer era un demonio .» 320 Carmen muere apuñalada ante la mir ada de su ejecutor que ve cómo sus gr andes ojos negros se van haciendo turbios hasta que acaban cerr ándose completamente. El relat o concluye con la lamentación del eremita que dio una misa por el alma de la jov en gitana: «¡P obre niña! Los c alés son culpables de su muerte por haberla educado así.» 321 Est e cierre recoge la adscripción cultur al y racial desde la que Carmen es definida. Si el propio autor comenta al principio de la obr a que duda «mucho de que la señorita Carmen fuer a de pura r aza», 322 est o no la e xime de formar parte no solo en su aspecto , también en sus usos y costumbres de la comunidad gitana, pues, ella misma se identifica como flamenca de R oma, hija de las le yes de Egipto , romaní o calé, gitana. T r as haber desglosado los aspectos gener ales en torno a la construcción de la imagen de la mujer andaluza, mat erializados a tr avés del icono universalmente difundido de Carmen, el estudio puede pasar a analiz ar cómo la imagen del pueblo y de la mujer gitana ha participado y contribuido a la construcción de este imaginario mítico . A este personaje femenino , fundamentado en contraposición a la definición del sujeto masculino de don José, se suma, pues, el marco de signific ados de lo r acial que se presenta como otro punto int erseccional desde el que problematizar al narr ador romántico. 4. EL ADOCTRINAMIENTO DE L OS CUERPOS : EL PUEBL O GIT ANO EN ESP AÑA 4.1. El Otro asediado: llegada y asentamiento de las comunidades gitanas Siguiendo con el estudio de las fuentes históric as y liter arias revisadas hasta el momento , el siguiente capítulo se abre al reconocimiento de aquellos condicionant es que posicionaron al pueblo y a la mujer gitana bajo la lente de la mir ada romántica. Como hecho ya comentado , la imagen genérica de una cultura nacional dur ante este periodo —momento clave en la consolidación de un concepto de nación a niv el e xterno e interno— ser á vista bajo un prisma de caráct er orientalizante y e xótico , también r acial. En el perfilamiento de este imaginario meridional, la imagen del pueblo git ano se convertir á en uno de los principales puntos de interés par a los viajeros. Si en el capítulo anterior se hablaba de lo f emenino —de la ficción y el mito— como parte inherente a la definición de un construct o masculino, en est e se hablar á de «lo gitano», un espacio principal erigido a modo de espejo par a la reafirmación de la blanquitud europea, hegemónica y civiliz ada. En este sentido , la imagen del pueblo gitano sufrirá un proceso de mistific ación y tr ansferencia de los r eferentes construidos en torno a sí que ser án compartidos y difundidos como propios de una totalidad ma yor a nivel identitario. L a paulatina y 320 Ibidem, p . 79. 321 Ibid., p . 79. 322 Ibid., p . 41. 113 progresiva incorpor ación de lo gitano al imaginario de lo español y lo andaluz presenta un relato int erseccional, cuanto menos, violento , de la verdadera hist oria de esta comunidad e xcluida a causa de la estigmatiz ación social de la raz a: Los c aract eres físicos de los gitanos son más fáciles de distinguir que de describir y cuando se ha visto a uno solo de ellos, se reconocería entre mil a un individuo de esta r aza. Su fisonomía, su e xpresión, les separ a de los pueblos que habitan el mismo país. Su piel es ate zada, siempre más oscur a que la de las poblaciones entre las que viven. De ahí viene el nombre de Calés , negr os, por el que a menudo se designan. Sus ojos sensiblemente oblicuos, bien dibujados, muy negr os, están sombreados por unas pestañas largas y espesas. Su mir ada solo puede ser compar ada a la de una fier a. 323 En términos gener ales, y como apunta el antropólogo Iván P eriáñez -Bolaño (2021), desde el siglo XIX hasta la actualidad el estado español configur ará su represent ación identitaria y nacional mediante «la ficción natur alizada, r acializada, se xuada, cosificada de los cuerpos, los saberes, las pr ácticas y las memorias. Esta nuev a forma depur ada de borr ado, opr esión y negación contiene una nue va forma de antigit anismo, el git anismo. 324 Como el autor comenta, y sirviendo de e jemplo extr apolable a la construcción mental del conjunto-artef acto identitario sur peninsular , la imagen e xterna edificada del pueblo gitano no concierne y no es reconocida por «la R omanipen/Gitanidad, ni a las identidades romaníes gitanas, ni a nuestros cuerpos, ni a nuestr os saberes y pr ácticas históricas y cont empor áneas». 325 P or tanto , se establecen una serie de difer encias y particularidades entre el reconocimiento intr acultural y ont ológico de la identidad romaní-gitana o R omanipen, frente a las concepciones identitarias de c ar ácter mito históricas, 326 que no por el hecho de oper ar en el plano de lo simbólico dejan de tener sus consecuencias. 327 Puede decirse que la imagen mítica de la R omanipen en España establecer á los límites que aún hoy hacen que a esta comunidad no le sean reconocidas socialment e sus pertenencias y sus opresiones, «menos aún las resist encias y las re-e xistencias gitanas que las han confrontado junto a sus patrimonios legados, junt o a sus memorias y sus familias, junt o a sus duquelas (dolores) y creatividades.» 328 Según las aportaciones Ibáñe z-Bolaño , a partir de Sebijan F ejzuda (2019), las clasificaciones, género y r aza, suponen un espacio no solo de representación sino de contr ol y adoctrinamiento de los cuerpos romaníes que necesitan, por ende, ser const antemente int egrados, corr egidos 323 Ibid., p . 80-81. 324 PERIÁÑEZ-BOLAÑO , Iván, 2021. Huellas del tr auma colonial romaní-gitano en españa (1499–1978): Narr ativas de recuper ación y reparación de un pueblo con hist oria(-s)». En Open Libr ary of Humanities, [en línea], N.º 1, 7(1), p . [consulta: 31 de octubre de 2022]. Disponible en: https://doi. org/10.16995/olh.619 325 Ibidem, p . 4. 326 Ibid., p . 4. 327 Siguiendo las intenciones de P eriáñe z-Bolaño , este tr abajo niega el uso de la cursiva a la hor a de señalar o establecer una dif erenciación de estilo para el v ocabulario en caló como un ejercicio que busca desmontar las f ormas que el poder tiene de señalar y significar a aquellas voces no hegemónicas. 328 Ibid., p . 4. 114 y re visados: «Basándome en esto, sostengo que el antigit anismo/anti-negritud son la condición de posibilidad del humano blanco normalizado , civilizado , no marcado , no r acializado». 329 Est o puede verse en aquellos primeros intentos de adecuación de dichos cuerpos, entendidos estos como un Otr o ajeno, al conjunt o de la sociedad española. Prosiguiendo , pues, con el estudio de los autores románticos presentes en est e tr abajo, Borr ow recoge en su tempr ana obra L os Zíncali (Los gitanos en España) el hecho de que España siempre había destacado por una pr ofunda persecución de las comunidades nómadas romaníes. Al inicio del te xto, y ya en la pr opia definición del posible origen del término gitano , queda evidenciada la animadversión por esta comunidad desde muy antiguo 330 . Al e xponer los pormenores y particularidades de dicho asedio: Quizá no ha y país en que se hayan hecho más le yes con la mir a de distinguir y suprimir el nombre, la r aza y modo de vivir de los gitanos que en España. Dur ante un período de trescientos años, c ada monarca, a su advenimiento al trono , parece haber considerado que uno de sus primeros y más imperiosos deberes consistía en suprimir y r eprimir los robos, engaños y demás enormidades de los gitanos, que resonaban por todo el país desde que en él aparecieron por primer a ve z. 331 Como el inglés apunta, resulta difícil fijar la f echa ex acta de la aparición de los gitanos en España, lo que podría haber ocurrido a comienz os del siglo XV ya que en el año 1417 numerosos grupos entr aron en Francia desde el norest e de Europa repartiéndose por el país y atr avesando r ápidamente los Pirineos. Es hacia 1425, cuando se tienen las primer as noticias sobre ellos, y es a mitad de siglo cuando , con la primera medida dictada por los Re yes Católicos, se inicia el pr oceso de legitimación de una legislación estatal antigitana: La primer a de esas ley es, hecha por F ernando e Isabel, se remonta al año 1499, y les ordenaba que buscasen un amo con quien asentarse . […] pero esper ar que un pueblo en cuyo pecho había echado tan profundas r aíces el amor a la independencia sin ley es, se sujetase al yugo de la servidumbre, por cualquier motivo que fuese , era ir demasiado le jos; lo 329 Ibid., p . 6. 330 En la definición primitiva en f avor de su difer enciación y estigmatización: «Git anos o egipcios es el nombre con que , por lo común, sea conocido en España, así en épocas pasadas como en la presente , a lo que los ingleses llamamos «gipsies», pero también se les ha dado otr os varios nombres, por e jemplo, Cast ellanos Nuevos, Germanos y Flamencos; el primero de est os apelativos nació, pr obablemente, cuando empe zó a consider arse el nombre de gitano como un improperio o una e xpresión inf amante . […] gitano , vocablo que rar a ve z sale de su boca, o puede que se lo hayan dado primer o los españoles, en sus mutuos tr atos y comunicación, cómo término menos ocasionado a lastimar sus sentimientos y a e xcitar su enemiga el otro: pero , venga de donde viniere , Castellano Nue vo llegó a ser con el tiempo un término poco menos inf amante que el de gitano , pues una ley de F elipe IV prohíbe, bajo se ver as penas, que se les aplique ninguno de los dos.» BORROW , George, 1979. L os Zíncali …, op. cit., p . 19. 331 Ibidem, p . 90. 115 mismo hubier a sido esperar , como dice el gran poeta de P ersia, que se lavasen el cutis hasta de jarlo blanco. 332 Muchos de los que así acabaron en la península, se enfrent aron a un territorio que, si bien distaba de ser tan rico y f értil como los recorridos, era, no obstant e, y según palabr as de Borrow , análogo y proporcionado a ellos en infamia y en vile za, otorgándoles además una amplia posibilidad de independencia salv aje. 333 Manuel P eña Díaz (2017) comenta cómo las élites políticas e int electuales de toda Europa habían repetido hasta convertir en una lacr a la cuestión de la falta de pur eza de la sangr e española, me zclada con la judía y la musulmana. Un r elato que, desplaz ado hacia lo cultur al, queda registr ado en el tono que Borrow asume a la hora de abor dar y analizar al conjunto de la sociedad española. Como resultado de est e consabido tr ánsito , a los romaníes llegados del norte se les conceder á el apelativo de flamencos, conocidos así en varias partes de España par a el tiempo en el que Borrow visita la península. Un nombre que «no se les habría dado nunca, probablement e, a no ser por las circunstancias de llamárseles o de creérseles germanos, ya que germano y flamenco son consider ados sinónimos por los ignor antes.» 334 El historiador P eña Díaz apunta que en 1764 el fiscal del Consejo de Castilla argumenta, con motivo del decret o de expulsión de los moriscos en 1609, que los consejer os de F elipe III consideraron que el caso de los gitanos no se debía me zclar con la e xpulsión morisca. P or r azones de Est ado y de Religión «no er a buena política echar estos ciudadanos del país»; en otro inf orme «el también fiscal Lope de Sierr a lo dejó más clar o: “ que en España se llaman gitanos [es] lo más cierto que ni ellos ni sus ascendientes son originarios de país e xtr año alguno, sino españoles por natur alez a y origen” .» 335 Dichas afirmaciones establecen una par adoja entre la aceptación interesada de estas comunidades en base a la negación de su difer encia. Como Borrow apunta, y en contr a de su asimilación inicial: […] los gitanos er an considerados como e xtranjer os que vagaban por el país […] En la época a qué nos ref erimos [finales del siglo XVI], no sólo se creía que er an extr anjeros, sino que por medio de hechicerías habían adquirido el poder de hablar todas las lenguas con la misma f acilidad; […] idea, nacida posiblemente de que hablaban la may oría de los idiomas y dialectos de la P enínsula, que adquirían en sus viajes. 336 332 Ibidem, p . 42. 333 Ibid., p . 21. 334 Ibid., p. 20. L a dif erencia entre la imagen arrojada de ellos y el propio reconocimient o interno de comunidad se aprecia en el uso de la dif erente t erminología usada en su autodefinición: «Ellos entre sí tienen tres palabr as para designarse a sí pr opios y a su raz a en gener al: Zíncalo , Romano y Chai; de los dos primeros se ha dicho y a algo . T ambién se llaman a sí propios C ales, apelativo por el que son bastante conocidos de los españoles y que es mer amente la t erminación plur al del vocablo compuesto Zín-calo , y significa Los hombres negr os .» 335 PEÑA DIAZ, Manuel, 2017. «Pueblos gitanos». En Andalucía en la historia. Gitanos: la hist oria olvidada [en línea], Centro de Estudios Andaluces, Conse jería de la Presidencia y Administr ación Local de la Junta de Andalucía, N.º 55, enero , p. 3 [ consulta: 2 de noviembre de 2022]. Disponible en: https://www .centrodeestudiosandaluces. es/publicaciones/gitanos-la-historia-olvidada-ah-55 336 BORROW , George, 1979. L os Zíncali …, op. cit., p . 32. 116 Dur ante muchos años después de su llegada a la península, sus costumbres apenas sufrieron mutaciones: «fueron nómadas en el estrict o sentido del vocablo y vivieron de un modo muy semejant e al de sus hermanos de hoy día en Inglaterr a, Rusia y Besar abia, salvo que er an acaso más viciosos y dañinos y menos respetuosos con las le yes»; una depr avación moral acuciada por la corrupción de t odas las r amas de la estructur a civil de un país «donde el Derecho ha estado siempre en menos estima y la culpa en menos descrédito que en cualquier otr a parte del mundo .» 337 La e xplicación, plausible a ojos del inglés, de la imagen de corrupción aplicable al conjunt o de la sociedad española en diálogo con estas nue vas comunidades, no deja de e videnciar un estado de altive z con respecto a ambas realidades. P ese a la admiración e interés por ellas, estas no de jan de analizarse y ser vistas desde un plano de superioridad mor al y cultural, per o también étnica y racial. Comienz an así a evidenciarse muy pronto ciertos r asgos comunes reconocidos a estos agentes constantement e vigilados bajo un permanente intent o de corrección [fig. 25] . En este mismo sentido , Borrow recoge diferent es disposiciones reales de otros tantos r einados y tiempos que establecen una línea argumentativa común en la criminalización de las comunidades r omaníes en España y P ortugal. Así, se establece un periplo tr anscrito en ley es que penalizaban el vagabundeo y obligaban a establecerse fijamente en las ciudades, prohibiendo a su ve z el latrocinio y el fr aude. 338 Las le yes niegan en todo momento al pueblo gitano como nación, olvidando y ob viando la e videncia racial en f avor de los modos y costumbres que se pretenden abolir . En 337 Ibidem, p . 25. 338 Ibid., pp . 93-94. Figura 25 . L eonardo Alenza, Git ano en un burro , tinta sobr e papel avitelado , 10,5 x 7,6 cm, entre 1830 y 1845. Imagen procedent e de los f ondos de la Biblioteca Nacional de España. 117 1633, F elipe IV prohibirá bajo se veras penas las costumbres, la f orma de vestir y la lengua, obligando a diseminarse a las comunidades fuer a de sus barrios para e vitar su relación y la endogamia; también el uso del nombr e de gitano par a referirse a ellos. 339 P osteriormente , Carlos II les prohibir á en 1692 el ejercicio de casi cualquier oficio , a e xcepción del cultivo de la tierr a. Incluso la negación de su derecho a queja o quer ella en los tribunales superiores y su destierro de todas las ciudades donde había audiencias reales por ser costumbre de las mujeres el acudir a la c apital desde las ciudades pequeñas y pueblos «con el prete xto de pedir satisfacción de agr avios hechos a sus maridos y parientes, y donde pr acticaban el arte de la adivinación y cantaban canciones obscenas por las calles»; prohibiendo incluso que los gitanos de jen sus lugares de domicilio a e xcepción de casos de ur gente necesidad; todas ellas sin cumplimiento o efect o real. 340 Del mismo modo, se v er á limitado su número en núcleos inf eriores a mil vecinos. Como apunta Manuel Ángel Río Ruiz (2017), al establecer una limitada lista de municipios donde asentarse obligatoriamente —vigentes hasta 1783— , «lo que hicieron fue forz ar de nue vo al desarr aigo a muchos gitanos que ya habían logr ado años antes asentarse en municipios en los que, sin embargo , se les prohibirá continuar .» 341 P ese a que algunas familias consiguier on licencias para poder seguir viviendo en sus localidades, muchas se enfrentaron al desmant elamiento de los laz os familiar es comunitarios al verse restringido el número de f amilias gitanas que podían vivir en municipios y barrios: En el año 1717 sólo había determinados cuarenta y un municipios donde los gitanos podrían residir (seis de ellos en Andalucía: Córdoba, Jaén, Úbeda, Antequer a, Ronda y Alcalá L a Real). Dada la irr acionalidad e inviabilidad de la medida, la cual hubiese supuesto un é xodo masivo de familias y a afincadas, posteriormente se permitiría a los gitanos permanecer en cualquier lugar donde demostr ar an diez años de vecindad, algo no siempre f ácil de certificar por los sectores de la minoría e xpuestos a mayor es privaciones y más débiles redes sociales. El intento de concentr ación de los gitanos frac asó además debido a las protestas de muchos de los vecindarios y de muchas de las aut oridades de localidades que temier on o vieron multiplicarse su población gitana. Estas protestas f orzaron a ampliar signific ativamente el listado de municipios albergadores de vecinos gitanos. 342 Asumiendo los planteamientos del in vestigador , no resulta difícil llegar a medir el calado tr aumático de estas disposiciones esforz adas en la disolución y el ext erminio cultur al y humano de la población gitana. Así queda refle jado a través de uno de los más tr aumáticos actos de agresión e jercidos sobre el pueblo gitano en España, la 339 Ibid., pp . 94-95. 340 Ibid., pp . 95-97. 341 RÍO RUIZ, Manuel Ángel, 2017. «P oderes públicos y asentamientos de git anos» En Andalucía en la historia. Gitanos: la hist oria olvidada [en línea], Centro de Estudios Andaluces, Conse jería de la Presidencia y Administr ación Local de la Junta de Andalucía, N.º 55, ener o, p . 10 [consulta: 2 de noviembre de 2022]. Disponible en: https://www .centrodeestudiosandaluces. es/publicaciones/gitanos-la-historia-olvidada-ah-55 342 Ibidem, p . 11. 118 llamada La Gr an Redada o Prisión Gener al de Gitanos en 1749 «propuesta por el obispo de Oviedo, gobernador a la saz ón del Consejo; aprobada por F ernando VI tras r ecibir el visto bueno de su conf esor , el intrigante jesuita P adre Rávago , y organizada por el marqués de la Ensenada con el auxilio del e jército .» 343 A partir de la revisión de los documentos de la época, Ant onio Góme z Alfar o (s.f .) afirma de manera rotunda que con este proy ecto gubernamental se trat ó de e xterminar y e xtinguir de manera tot al y definitiva a los gitanos, consider ados peligrosos, antisociales y delincuentes: Los v arones serían enviados a los arsenales par a sustituir a los tr abajadores libres que estaban moderniz ando nuestras instalaciones navales, y las mujeres pasarían con sus hijos párvulos a depósit os cuyos gastos financiarían con su tr abajo forz ado […] La redada af ectará en todo el país a una imprecisa cifr a de gitanos, que algunos documentos oficiosos de la época sitúan entre los 10.000 y los 12.000, hombres y mujeres, ancianos y niños, sin e xcepción. 344 A tales efect os, La Gran R edada supuso toda una demostración del poder policial del Estado absoluto , que, no obstante, fue lle vada al tr aste a causa de las deficiencias penitenciarias. 345 Definitiva ser á la ley f echada el 19 de septiembre de 1783 Reglas par a contener y castigar la v agancia y otros e xcesos de los llamados gitanos , con rúbric a de Carlos III y que difiere en gr an medida de todas las ley es anteriores. Borrow dice que, fruto de un espíritu relativ amente ilustr ado, la le y despenaliza la procedencia u origen en fav or de una «natur al y progresiva» inclusión de los distint os núcleos romaníes dentro de la sociedad. El negar un origen o una natur alez a distinta establece que estos no «provienen de r aíz imperfecta alguna» 346 en un intento por suaviz ar el estigma de la r aza entre los pa yos. Como puntos contiguos a las le yes predecesor as, esta prohíbe el uso de su lengua, tr ajes y los modos de vida [fig. 26] . Similar , si no más importante para el acomodo de est as comunidades en España, es la prohibición del uso ya comentado de los t érminos despectivos « gitanos o castellanos nue vos », también la persecución de aquellos que contr adijesen y rehusasen la admisión de estos a sus oficios y gremios, con sanciones económic as pudiendo incluso llegar a la privación del e jercicio del oficio y de residencia. Es decir que estos «se apliquen a oficio , ejer cicio u ocupación honesta, sin distinción de la labr anza o artes.» 347 Astutamente , Borrow apunta que la le y de Carlos III tuvo el sentido de ver que sería imposible lle var a los gitanos «al gremio de la sociedad civiliz ada», esto es, desarr aigar el llamado «gitanismo en España» a base de amenazas y sanciones dirigidas en e xclusiva a dicha comunidad. P or el contrario: 343 GÓMEZ ALF ARO, Ant onio, s.f . Escritos sobre gitanos [ en línea], Barcelona: Asociación de Enseñantes con Gitanos, p . 61 [consulta: 2 de noviembre de 2022]. Disponible en: https://www .educacion.nav arra. es/documents/57308/57727/Escritos_sobr e_gitanos.pdf/01d0a5ce-fb0c-41cf -a0a1-d383de423bef 344 Ibidem, p . 61. 345 V éase: Z OIDO NARANJO, Ant onio , 2009. L a ilustración contr a los gitanos: Antecedentes, hist oria y consecuencias de la prisión gener al . Sevilla: Signatur a Ediciones de Andalucía. 346 BORROW , George, 1979. L os Zíncali …, op. cit., p . 102. 347 Ibidem, p . 103. 119 Figura 26. V alentín Carderer a, Gitano entre Ar agón y Cataluña , pincel, lápiz gr afito y acuarela sobre papel, 23,8 x 15,4 cm, 1831. Imagen procedent e de los f ondos de la Biblioteca Nacional de España. 120 […] En lugar , pues, de descansar en corregidores y alguaciles par a la e xtinción de los gitanos, el Estatuto se dirige más particularmente a los gitanos mismos y tr ata de persuadirles que su interés les aconseja renunciar a su gitanismo tan preciado [principal dif erencia con respecto a las le yes anterior es]. […] No se les permitía hablar unos con otros ni casarse entre sí, aunque por consider árseles de raz a impura no er a muy de esper ar que los otros españoles quisier an establecer con ellos relaciones de amistad o de amor , y se les e xcluy e del ejercicio de cualquier oficio u ocupación, salvo la dur a labranza, par a la que ni por naturale za ni por hábito er an aptos. La le y de Carlos III, por el contrario , les abrió de par en par el camino de las artes y de las ciencias y los declar ó aptos par a seguir cualquier oficio o prof esión a los que les pluguiera dedic arse. 348 La disposición que abr e un supuesto camino de toler ancia y definitivo reconocimiento de su plena ciudadanía, e videncia solo uno de los más efectivos int entos de disolución de los gitanos dentro del seno de la sociedad may oritaria: «provocaron el desarr aigo de una población de la que, se decía, se quería conseguir su asimilación.» 349 L a activista P astor a Filigrana (2020), e xpone que el proyecto t otal contra la cuestión gitana ha estado siempre encaminado a la aniquilación de la dif erencia de unas formas de vida asociadas a una cuestión étnica concretas; un apar ato represivo al que fue necesario dotar de sentido subjetivo de c arácter pe yorativ o en fav or de la construcción de una sociedad ideal que se fue paulatinamente construyendo bajo unas dir ectrices burguesas, basadas en «la productividad, la urbe como centro de la economía, el tr abajo asalariado y la concepción del conjunto social como un motor económico par a la creación de rique zas.» 350 Como la aut ora afirma, el git ano se constituye así en sujeto a r edimir cuya imagen cristaliz a bajo una serie de estereotipos fijados a fuego en el imaginario colectivo: «Lo git ano como sinónimo de vagancia, par asitismo social, primitivismo y subdesarrollo , más allá del reconocimiento de cierta gracia artístic a» 351 [fig. 27] . Bajo este conte xto concreto , autores como Borrow comenzar án a hacer acopio de los testimonios de una comunidad cuya e xistencia peligraba bajo el influjo de la sociedad dominante en la que se había asentado de maner a definitiva. Así lo recoge en la conversación en la que un gitano de Badajo z le dice: El kr alis ha nicobado la liri de los calés (El re y ha destruido la ley de los gitanos); ya no somos el pueblo que antes fuimos, cuando vivíamos en las sierr as y en los desiertos, apartados de los busné ; hemos vivido con los busné hasta hacernos casi como ellos, y ya no somos hermanos, pr ontos 348 Ibid., p . 102. 349 SIERRA, María, 2017. «Gitanos». En Andalucía en la historia. Git anos: la historia olvidada [ en línea], Centro de Estudios Andaluces, Conse jería de la Presidencia y Administr ación Local de la Junta de Andalucía, N.º 55, enero , p. 6 [ consulta: 2 de noviembre de 2022]. Disponible en: https://www .centrodeestudiosandaluces. es/publicaciones/gitanos-la-historia-olvidada-ah-55 350 FILIGRANA, P astor a, 2020. El pueblo gitano contr a el sistema-mundo . reflexiones desde una mili- tancia f eminista y anticapitalista . España: Akal, pp . 25-26. 351 Ibidem, p . 27. 121 asistirnos mutuamente en todo tiempo y saz ón y muy frecuentemente; el gitano es el peor enemigo de su hermano . 352 Siguiendo con el discurso de la conversación anterior , un nuevo interlocut or , Antonio , comenta: Hubo un tiempo en que la casa de cada Zínc alo , por rico que fuese, estaba abierta par a su hermano, aunque se presentase en completa desnude z, y entonces er a costumbre jactarse del errate . P ero ya no es así; los ricos se mantienen apartados de los demás, no quieren hablar caló y solo admiten tr atos con los busné . 353 En este fr agmento la cuestión de clase evidencia cómo en la adquisición de derechos y privilegios comunes al resto de la sociedad se pr oduce una colonización del cuerpo y la mente de algunos gitanos, produciéndose una fr actura dentr o del propio modus vivendi intr acomunitario. En la época que Borrow visita la península encuentr a a la mayoría de los git anos en gran medida asent ados de manera permanent e, a e xcepción, y como apunta su interlocutor en la con versación, de algunas temporadas en las que lle van a cabo pequeñas correrías sin ale jarse mucho del lugar de residencia. P or medio de un contacto direct o, f acilitado por el poder hablar su idioma y al tenerlos estos en estima por pasar por uno de los suyos, el autor se encuentr a en una situación 352 BORROW , George, 1979. L os Zincali …, op. cit., p . 111. 353 Ibidem, p . 115. Figura 27 . Bécquer lo pintó y Genaro P ére z Villaamil lo dirigió, Un ba yle de gitano: costumbres andalousas , Lit. Adolphe Bay ot, Imprimerie Lemercier et Cie ., litogr afía, 28,6 x 22,3 cm, 1842. Imagen procedent e de los f ondos de la Biblioteca Nacional de España. 128 su e xtensión es imposible creer que una población de doce mil almas esté encerr ada allí. En efecto , no se ve otra cosa que la lader a de una montaña erizada de aloes y c actos, y luego en medio de esos aloes y de esos cactos, algunas boc as abiertas, tr agaluces de las cavernas donde se refugiaron estos parias de Occident e. Cada tanto , un ligero hilo de humo azulado, que asciende v erticalmente en medio del aire rubio que ac aricia la montaña, indica una habitación subt erránea. 388 En la descripción de las particularidades de este enclave y los modos de habitar de su comunidad, el fr ancés advierte el hecho de que los e xtranjer os sean bienvenidos entre esta pobre gent e, ya que no sient en de parte de los e xtr anjeros el desprecio con que los rebajan sus compatriotas: Efectiv amente, par a nosotros los fr anceses, los gitanos son hombres un poco más r aros que el resto de los hombr es, mientr as que para los españoles los gitanos son perros, menos que perros. P or eso antes de que hubiésemos hablado nos habían reconocido como amigos, y cada niño venía hacia nosotros con una sonrisa, mientr as que las jovencitas, que lle vaban a casa el agua que acababan de sacar del poz o, se detenían, ánf ora al hombro , como estatuas antiguas para vernos pasar , y sus padres curiosos se agrupaban en las aberturas de sus grutas, inmóviles como grupos de cariátides. 389 T ambién Davillier recoger á el rechazo gener alizado por gr an parte de la sociedad andaluza, concr etamente, la se villana: ¡P obres gitanos! Aquí, como en el rest o de España, forman una c asta aparte y son consider ados como la hez de la población. L os gachés — como llaman en su idioma a todos los españoles que no pertenecen a su r aza— no desperdician oc asión de humillarlos y de ponerlos en ridículo. Y a hemos dado, hablando de los sainetes, una muestr a de la manera cómo son tr atados en el teatro . En las canciones populares que se venden en las esquinas de las calles no se les tr ata mejor . 390 Ambas narr aciones muestran un tono condescendiente y paternalist a hacia la comunidad gitana. A su ve z, estas ejercen una actitud altiv a y de supremacía mor al al consider ar al conjunto de la sociedad fr ancesa —de manera directa e indirect a— mucho más toler ante y libre de prejuicios hacia los git anos que la española y andaluza. Cogiendo , pues, como ejemplo est e enclave conceptual y geogr áfico, puede observ arse cómo los viajeros se regodear án en recrear una imagen de la comunidad gitana de car ácter primitivista y salvaje . La construcción rous seauniana del buen salvaje aparece apropiada por la mir ada romántica asociando la imagen del pueblo gitano a un estado c asi de pura natur alez a a causa de su total miseria. Como anota Gonz ález Alcantud (1987) «En el buen 388 DUMAS, op . cit., p. 283. 389 Ibidem, p . 284. 390 DA VILLIER, op. cit., pp . 316-317. 129 salvaje van a ser plasmadas t odas aquellas virtudes sociales que son el contrapunt o de la sociedad civilizada; intr oducido en el esquema ev olucionista de la sociedad». 391 Esta imagen de comunidad opuesta al modelo civiliz ador europeo no es sino una sobreestimación de aquellos mismos valores f abulosos, e xaltados en el reconocimiento de un pasado oriental par a el caso del conjunto nacional anteriormente comentados. Es por ello por lo que el tr abajo de P oitou denota ese cariz de corte orient alista, una misma luz que las ilumina a ambas identidades, pues: «Esta r aza e xtraña siempre ha pululado por España y particularmente por Andalucía. P arece que este sol, que casi es el sol de Oriente , le recordase su primera patria.» 392 Sin abandonar aquellas otr as producciones analizadas en est e estudio, Gautier dice que dentro de cada una de las «cavernas» del Sacromont e de Gr anada, se aloja una f amilia salvaje: «bullen los chicos con la piel más oscur a que el tabaco y allí juegan desnudos, sin distinción de se xos, dentro o en el umbr al, re volcándose en el polvo entre risas y gritos agudos.» 393 La escena r ecogida poco difiere de cualquier a de los retratos que los viajer os harán del «primitivo estado de suciedad y abandono» 394 de las posadas, así como de las humildes familias que las rigen. En est e sentido, no debe desatenderse el hecho de la interseccionalidad de la clase a la hor a de aproximar ambas realidades, las de las clases populares pay as y gitanas [fig. 29] . P onderando la segunda sobr e la primera, cabe remar car el doble gr ado de fiscaliz ación de dichos cuerpos, sujetos a estos estándar es de pobre za, miseria y salvajismo puesto que , como se ha dicho en párrafos ant eriores y por regla general, no encontr arán un aliado compr ometido en sus homónimos payos, más bien todo lo contr ario. Borr ow insiste en resaltar est e hecho: «La posición que ocupan los gitanos en la sociedad española es de lo más bajo», pues «aún el último desventur ado, por vil que sea, deshecho de la cárcel y el presidio , siendo español, se siente insultado si le llaman gitano». 395 T ambién enfatiza en la f alta de higiene de los gitanos, mucho menos limpios que los españoles: «No hay en las cho zas en que mor an el aseo que se observa en las viviendas, aún de los más pobres, de la otr a raza. L os pisos están sin barrer , bien guarnecidos de fango y basur a». 396 P ese a eludir cualquier estado de comprensión de los hábitos de higiene como un aspecto cultur al asociado a la clase, el inglés reconoce mayor es hábitos de limpiez a entre los gitanos ricos. Bajo esta misma f alta de otredad que este e xhibe, el inglés no supo adoptar una mir ada imparcial, pues como apunta Alberto Gonzále z T royano en la introducción de la edición de 2011, los ya mencionados pre juicios étnicos propios de su época «le lle van también a abusar de los estereotipos nacionales, estableciendo 391 GONZÁLEZ AL CANTUD , José Antonio , 1987. «El buen salvaje de Rous seau. Inflexión de la antropología y de la est ética». En Gazet a de Antropología [en línea], N.º 5 [consulta: 7 de no viembre de 2022]. Disponible en: http://hdl.handle.net/10481/13768 392 POIT OU, op. cit., p . 70. 393 GA UTIER, op. cit., p . 187. 394 F ORD, Richard, 1922 (1846). Cosas de España … T omo II, op. cit., p . 4. 395 BORROW , George, 1979. L os Zíncali …, op. cit., p . 137. 396 Ibidem, p . 154. 130 numerosas gener alidades para enjuiciar a unos y a otros.» 397 En par alelo a la e xaltación de todas estas consider aciones negativas, también Borrow destac a el hecho, no especialmente llamativo , de que entre las clases altas españolas, sobre todo entre las andaluzas, habr á muchos individuos que tratar án de imitar y buscar la compañía de los gitanos: Vivían, pues, en las gitanerías algunas f amilias gitanas, pero a su maner a, entre suciedad y miseria, con poco temor de los hombres y ningún temor de Dios. L os chiquillos, negruzcos, t omaban desnudos el sol delante de las puertas; las mujeres pr epar aban filtros amorosos o decían la buenaventur a ; los hombres se aplicaban al oficio de herreros, ocupación que les estaba prohibida, o prepar aban para la venta, desfigur ándolos, los animales robados por ellos o por sus cómplices. […] Al caer la tarde acudían fr ecuentemente a las gitanerías individuos que diferían en e xtremo por su posición de los habitantes de aquellos lugares, aludo a los nobles e hidalgos españoles jóvenes y disolutos. Er a ésa, por 397 GONZÁLEZ TRO Y ANO , Alberto , 2011. «Introducción…, op . cit., p. 15. Figura 29. José R oldán y Martínez, L os pilluelos de Se villa , óleo sobre lienz o, 62 x 83 cm, 1862. Imagen procedent e de los f ondos del Museo Nacional del Pr ado . 131 lo gener al, la hor a del buen humor y de las fiestas, y los gitanos, varones o hembr as, bailaban y cantaban a su modo bajo la sonrisa de la luna. 398 Borrow menciona la consider ación favor able de los gitanos en Andalucía entre las clases más acomodadas a tr avés de las palabr as de la gitana apodada L a Mujerona , madre de la única f amilia gitana de T arifa y r egente de una posada. El viajero pregunta a la anfitriona cómo ha acabado siendo posader a, a lo que la mujer responde: La ver dad, hermano, apenas si podemos decirt e quién somos. T odo lo que sabemos es que, con harto tr abajo y pesar , somos posaderos y que nuestros padres lo fueron ant es; todos hemos nacido en esta casa, donde espero que moriremos. […] nos lle vamos muy bien con los busnés de T arif a, especialmente con los errays . L a gente mejor de T arifa viene a esta casa que le digamos bají la lisiada y y o. No sé en qué consiste, per o la gente alta nos consider a más que los pobres, que nos odian y maldicen. 399 Dur ante su estancia en la posada de T arifa, cuenta cómo: «también visit aron la casa algunas damas de calidad, a parlot ear , como buenas andaluzas.» 400 Del mismo modo, hace r eferencia a aquellos que, gustosos de la imagen de lo git ano, llegar on a adquirir incluso un nombre colectivo: «A las gentes así apegadas a los gitanos y a su lengua se les llama en Andalucía los de la afición .» 401 Una comunidad que generó a lo largo de la primer a mitad del siglo XIX «un género de liter atura git ana espúrea; la llamamos espúrea porque no viene de los gitanos, que además la desconocen por completo , y para quienes sería en su may or parte ininteligible.» 402 Es decir , e xplotando y consumiendo dicha imagen y contribuyendo a su distorsión de f orma si no igual, muy parecida a la que, de maner a consciente o inconsciente, har án muchos de los viajeros románticos europeos. En su re visión crítica sobre el tema que refle xiona sobre la vigencia de este hecho a día de hoy , Past ora Filigr ana dice que: «aquellas formas cultur ales o r asgos identitarios que pudier an resultar atr activos se significaban domesticando sus car acterísticas más antisistemáticas, por e jemplo la e xpresión artística gitana.» 403 Así pues, en la e xotización «positiva» de la imagen desprendida y pro yectada hacia afuer a de la comunidad — que como se ha dicho en su proceso de legitimiz ación encierra todo un apar ato de construcción simbólica antigitanista— , el pueblo gitano encontr ar á un reconocimiento de ciertas peculiaridades entendidas como propias y distintivas de su comunidad. De este modo , y teniendo en Andalucía el principal escenario de esta fenomenología: 398 BORROW, George , 1979. Los Zíncali …, op . cit., p. 42. En la cita se describe un cuadro similar sino el mismo retr atado por Merimeé en Carmen sobre la visit a de don José al barrio de T riana cuando va a la casa de Lillas P astias con la intención de encontr arse con ella «Ella estaba en casa de Lillas P astilla, un vie jo vendedor de fritadas, gitano, negr o como un Moro, a cuy o establecimiento acudían muchos bur- gueses par a comer sufrido; sobre todo —pienso y o— desde que Carmen había sentado allí sus r eales.» MÉRIMÉE, op . cit., p. 53. 399 BORROW , George, 1979. L os Zíncali …, op. cit., p . 141-142. 400 Ibidem, p . 143. 401 BORROW , George, 1979. L os Zíncali …, op. cit., p . 201. 402 Ibidem, p . 201. 403 FILIGRANA, op . cit., pp. 78-79. 132 Los gitanos, ab yectos civiles como han sido siempr e, han encontr ado, no obstante , admirador es en España, individuos a quien agrada su fr aseología, pronunciación y modo de vivir , y sobre todo los cantos y bailes de los gitanos. El deseo de cultivar su tr ato pre valece principalmente en Andalucía, donde, en ef ecto, abundan más, y muy especialmente en la ciudad de Se villa, capital de la pro vincia, en cuyo barrio de T riana ha florecido mucho tiempo una nutrida colonia de gitanos, con quienes siempre es f ácil trabar conocimiento , sobre todo la gente desprendida y que no repar a en comprar ese gusto a costa de dur os y pesetas. 404 Una afición presente en otros lar es como queda referido en el personaje de Baltasar , el nacional hijo de la patrona de la posada en la que se aloja a su llegada a Madrid: Esto es gitano , don Jorge . Me lo han enseñado los toreros de Andalucía; todos hablan gitano , y muchos lo son de r aza. Montes, Se villa, P oquito P an son amigos míos. No hay función de toros, don Jor ge , en que no esté Baltasar con su amiga . 405 En el reconocimiento de dicha predisposición y gust o por el trato y disfrute ocioso de la sociabilización con la comunidad gitana, Borr ow continúa e xponiendo la que entiende es la principal causa de la búsqueda de dicha sociedad en Andalucía, la ya comentada predisposición a la vagancia y a la impr oductividad festiv a, rasgos comunes y distintivos del car ácter gitano y andaluz, también del español: Si consider amos el car ácter de los andaluces en general, no hay que sorprenderse mucho de su predilección por los gitanos. Son un pueblo indolente y frívolo , amigo de bailar y cantar y de goces sensuales. Viven bajo el sol más r adiante y el cielo más benigno de Europa y su país es, por natur ale za, rico y f értil, pero en ninguna provincia de España hay más pordiosería y miseria; la may or parte de la tierr a está sin cultivar y no lle va más que matorr ales y malez as, mostrándonos un emblema vigoroso del estado mor al de sus habitantes. Aunque no desprovisto de talent o, los andaluces no son muy aficionados a tr abajos intelectuales, al menos en nuestros días. L a persona que entre ellos go za in variablemente de ma yor estimación es el más majo , y par a adquirir ese car ácter es necesario vestirse como un payaso , echar roncas, fumar sin tregua, bailar r egularmente y arañar la guitarr a. Son muy dados a la obscenidad y a lo que llaman picardías. 406 La f alta de unas aptitudes superiores es otro de esos lugares comunes a ambas identidades, pues como este mismo dice: 404 BORROW , George, 1979. L os Zíncali …, op. cit., p . 199. 405 BORROW , George, 2011 (1843). L a Biblia en …, op. cit., p . 170. 406 BORROW , George, 1979. L os Zíncali …, op. cit., pp . 199-200. 133 Los gitanos, aunque no son cobar des y saben afrontar la muerte , cuando es ine vitable, con tanta r esolución como cualquier otr a gente en el mundo, no aman el peligro en abstr acto, ni posee en lo más mínimo de espíritu caballeresco que se halla tan a menudo en el c apitán de ladrones como en el jef e de un ejér cito poderoso; su pasión dominant e es el lucro , pero conseguido por medios fraudulentos e insignific antes, pues en gener al su entendimiento es inc apaz de concebir proyect o alguno e xtenso y gr ande. 407 La descripción que Borr ow hace del andaluz coincide, sino en todo , en gran parte con los mismos tópicos que los de los gitanos. En lo concerniente al lenguaje , F ord reconoce de maner a especial cómo de entre las diferentes pr ovincias españolas, en Andalucía es donde: «El lenguaje ayuda al f értil ingenio de los indígenas». 408 El ya comentado acento y la e xager ación andaluza en su ya sabido uso incorr ecto del castellano coincide en gr an modo con el uso y efecto del lenguaje gitano , que a oídos de él en sí mismo resulta insuficiente . 409 Un idioma que en su mestizaje y pure za dice que nada «se parece a ninguna de nuestr as lenguas modernas.» El lenguaje será pues otro de esos elementos de asedio , penalizado incluso por las ley es y cuyo rechazo llegar á a calar en la sociedad de maner a generaliz ada: ¿T e atreves a hablar en c aló delante de mí, que soy chalán y nacional? Malditos gitanos, ¿Cómo os atre véis a entrar en est a posada y a hablar en esa lengua delante de mí? ¿No está prohibida por la le y , como se está prohibido entr ar en el mercado? Amigo, como vuelv a yo a oír de tu boca una palabr a en caló te muelo los huesos a palos, y de un puntapié va volando al te jado. 410 Análogamente, si «los españoles son nobles y viven noblemente , es decir , sin hacer nada», pues «todos son unos pordioseros o en el tr ance de serlo, dicha afirmación se hace plenamente cierta en las provincias del sur; el nort e, con otras ideas y otr o temper amento, se encuentr a: «menos ablandada por el clima y menos tocada por la lepr a de la mendicidad. Semejant e r aza no consider a el trabajo como algo humillant e.» 411 A tr avés de las afirmaciones de P oitou, puede verse cómo par a el final del periodo cronológico seleccionado , y al hablarse de unas diferencias norte-sur , se establecen ya unos par ámetros raciales entendidos más desde lo psicológico que desde lo r acial o físico a la hor a de disponer dichas discrepancias. En la desestimación/e xaltación de una r aza-identidad sur se e videncia, por un lado, la progr esiva depur ación de una 407 Ibidem, p. 27. L a definición de la condición gitana en este e xtract o coincide de manera direct a con el análisis que Mérimée posteriorment e hizo de la propia C armen como una bien sabida y conocida gitana que encaja, a priori, en las descripciones e iconogr afía preestablecidas, obviamente conocidas por el autor. Como dice St eigner en el pref acio de la tr aducción de Manuel Serr at Crespo: «Su imaginación estaba apoy ada en un andamio de inf ormes de anticuario o circunstancias hist óricas locales. Hizo de su propia época con def erencia más bien arter a, desembolsando en el pasado lo que poseía de silvestre o refinado .» S TEIGNER, op. cit., p . 15. 408 F ORD, Richard, 1922 (1846). Cosas de España … T omo II, op. cit., p . 130. 409 BORROW , George, 1979. L os Zíncali …, op. cit., p . 158. 410 BORROW , George, 2011 (1843). L a Biblia en …, op. cit., p . 126. 411 POIT OU, op. cit., p . 113. 134 imagen homogeneizador a bajo unos parámetros comunes, muchos de ellos git anófilos, al mismo tiempo que se desprende de ella un vaciado simbólico y sist emático del glosario de propiedad romaní. En consecuencia, estas dos identidades fueron construidas en su imagen t ópica y típica de f orma paralela a partir de la negación y v alidación de cada uno de sus contingentes: «Se diría que toda esa gent e es tan feliz, está t an contenta, tiene tanta alegría de vivir , que todo el tiempo necesitan confirmar , por el mero sonido de sus voces, que están vivos realmente .» 412 La depur ación de una iconografía común y genéric a de lo gitano en línea y hacia su convergencia con lo andaluz sin duda plant ea la idea de r apto , cuestión que se desarrollará en lo sucesivo con relación a la imagen públic a, e xteriorizada y reconocida, de la mujer git ana. 5. REFERENTES MISTIFICADO S Y TRANSFERIDOS: LA IMA GEN ROMÁNTICA DE LA MU JER GIT ANA Sabe perfectamente que soy gitana: ¿quiere que le diga la baji ? […] Mientras hablábamos, habíamos entr ado en una nevería y nos habíamos sentado en una mesita iluminada por una vela encerrada en un globo de vidrio. Pude entonces e xaminar cómodamente a mi gitana, mientr as la gente de bien se pasmaba al verme en tan buena compañía. 413 T r as haber esboz ado algunos de los espacios tópicos generales en t orno al conjunto del pueblo gitano , en este capítulo se abordar án las consideraciones adscritas a la imagen de la mujer gitana. Como causa indiscutible de est e mecanismo de espectacularización de lo v ernáculo, el color y la alegría opac ar án muchas de las deudas y las memorias contenidas en la imagen de la «casta mestiz a» andaluza que quizás tiene «una chispita de sangr e gitana en las venas y del tipo gitano en el garbo.» 414 Un pr oceso de «reconocimiento de la diferencia» que a la ve z hace efectiva la negación de dicha diversidad al e xtenderse como un manto genérico de r eferencias identitarias intencionadamente pr oducidas; Góme z Alfar o señala: «Sin proponérselo conscientemente los gitanos, su pr ogr amado y secular rechaz o no impediría que acabar an por convertirse en paradigma simbólico del país castiz o.» 415 Del mismo modo, en la madur ación de la imagen mítica de la mujer gitana, se va a ef ectuar una mistificación y una tr ansferencia de dicha iconogr afía concreta siguiendo el mismo modelo que par a el conjunto de su comunidad. 412 En el encuentro con la masa popular en las inmediaciones de Se villa: «una legua antes de Se villa, Se villa ya es Sevilla, es decir, la ciudad del ruido , de la animación, de la luz; todo lo contr ario de los alrededores de Cór doba, donde las rutas parecen conducir a alguna necrópolis moderna, los caminos de Se villa están irisados de campesinos, campesinas, mulos, como arrieros, gitanos, contr abandistas; todos ríen, t odos cantan, todos r asgan guitarr as y mandolinas, interrumpiéndose para entr ar en conver- sación sin conocerse, par a decirse: “Buen día, va ya con Dios” . DUMAS, op. cit., pp . 492-493. 413 MÉRIMÉE, Prosper, 2009. «C armen»…, op . cit., p . 41. 414 BORROW , George, 1979. L os Zíncali …, op. cit., p . 155. 415 GÓMEZ ALF ARO, op . cit., p . 28. 135 Sin poder abandonar a Carmen, en este c apítulo se aborda el perfilamiento de una serie de particularidades, físicas y emocionales, que definir án la imagen mítica de la gitana como icono pleno y autónomo . La mujer gitana se convertir á en uno de los principales arquetipos de la identidad andaluz a al efectuándose en torno a ella una serie de acuerdos y pactos que v alidarán los distintos aspect os vinculados a estos cuerpos femeninos no blancos, no civiliz ados, salvajes. En este sentido, est a aparecer á retr atada dentro del imaginario romántico bajo la «concreción del patriarcado y del sistema de se xo-géner o arrojado contra las mujer es gitanas a partir del siglo XIX, representadas como la otr edad se xuada más radical»; 416 dentr o de ese colectivo de cuerpos opuestos al ideal de mor alidad, buen gusto y feminidad, es decir , pensados como «cuerpos pur amente se xuales, desposeídos de feminidad, ajenos a la mor alidad y a las buenas costumbres». 417 La se xualización de dichos cuerpos pasar á primero por la negación de su bellez a, máximo reconocimiento de la f eminidad, pues como ya quedó planteado a trav és de los postulados de Lour des Méndez, est e rasgo solo se encarna en el cuerpo de la mujer . Al respecto de esta desacreditación que la posiciona frent e al ideal de mujer decimonónico, es decir , moral y femenino , Gautier dirá que ha y muy pocas gitanas guapas, «aunque sus rostros sean siempre típicos y de mucho c arácter .» 418 La sociedad patriarcal del siglo XIX ser á un perfecto caldo de cultiv o en el que se impondr á este prototipo de mujer v aledor de una «inmoralidad se xual constantemente estimulada y re vivida por las danzas lascivas de sus esposas e hijas». 419 P ero la definición del cuerpo se xuado de la gitana no nace en este periodo . Desde los primeros testimonios de la presencia del pueblo gitano en España ya se las define vinculadas al concept o de mujer fat al: […] las Gitanas son públicas r ameras, comunes (a lo que se dice) a todos los Gitanos, y con bailes, ademanes, palabr as y cantares torpes hacen gr an daño a las almas de los vasallos de V . Majestad, siendo, como es, cosa notoria, los infinitos daños que han hecho en casas muy honestas, las casadas que han apartado de sus maridos; y las doncellas que han pervertido; y finalmente todas las señas que de una r amera dió 416 PERIÁÑEZ -BOLAÑO, op . cit., p . 15. 417 MÉNDEZ, L ourdes, 2004. Cuerpos sexuados y ficciones identitarias …, op . cit., p . 61. 418 GA UTIER, op. cit., p . 187. 419 « […] impudicités que stimulent et r avivent sans cesse les danses lascives de ses f emmes et de ses filles. » CHASLES, Philar et, 1841. « The Zincali ». En Re vue des Deux Mondes [en línea], Brux elles: Société T ypographique Belge , tome troisième , N.º 74, p. 207 [ consulta: 7 de noviembre de 2022]. Disponible en : https://book s. google. es/books?id=yy1C AAAAcAAJ&pg=P A207&lpg=P A207&dq=impudicit% - C3%A9s+que+stimulent+et+r avivent+sans+cesse+les+danses+lascives+de+ses+f emmes+et+de+ses+ - filles&source=bl&ots=r1jO5QaN44&sig=ACfU3U3CMep2cDaP g-6_Ey6vcsl0O2026w&hl=es&sa=X&ve - d=2ahUKEwiFuKX Opp_7AhUJQBoKHQOqDH8Q6AF6BAgpEAM#v=onepage&q=impudicit%C3%A9s%20 que%20stimulent%20et%20r avivent%20sans%20cesse%20les%20danses%20lascives%20de%20ses%20 f emmes%20et%20de%20ses%20filles&f=false 136 el Re y Sabio(308), reconocen todos en la mejor Git ana: son vagantes, hablador as, inquietas, siempre en plaz as y corrillos, etc. 420 Como apunta Ménde z, el modo de vestir en público marcará la imagen de respetabilidad de cada uno de los cuerpos f emeninos interpretados en términos de tenencia o f alta de moralidad se xual. T ambién la mujer gitana participar á de esta circunscripción, erigida como un personaje inmor al a causa de su miseria, falta de higiene y por su e xceso de adorno , «signos visibles de las mujeres de mala vida». 421 La ausencia de feminidad, la f alta de higiene y la impudicia son tres formas asociadas a su figur a que quedan perfectament e resumidas en la obr a de Mérimée. De acuerdo con lo que el propio autor e xpresa, la bellez a entre las gitanas de España es muy rar a: Cuando jóvenes pueden pasar como agr adables feúchas; pero en cuanto son madres se hacen de una f ealdad repulsiva. L a suciedad es increíble en ambos se xos y quien no ha visto los c abellos de una matrona gitana difícilmente podr á hacerse una idea, incluso imaginándola más ruda, grasa y polvorienta de las crines. En algunas gr andes ciudades de Andalucía, ciertas jóvenes, algo más agr aciadas que las demás, ponen más cuidado en su persona. Estas van a bailar , por dinero, danz as que se asemejan mucho a las que se prohíben en nuestros bailes públicos de carnav al. 422 El final de la cita recoge la proy ección de esta impúdica imagen la cual se conecta con el ejer cicio de las dotes físicas de la mujer gitana dentr o de un ámbito labor al, aspecto que se abordar á en el siguiente capítulo. A la negación de su f eminidad se sumará la atención al hecho de que estos cuerpos, no encorsetados y «no r espetables», 423 se sientan libres de no acatar las r eglas de la inmovilidad y el silencio 424 al hacer uso de sus habilidades físicas y psicológicas e incluso lingüístic as par a dar rienda suelta a su inmor alidad y lascivia. A este respecto, Borr ow afirma que no hay duda de que estas «salvajes y r aras» mujeres han demostr ado con frecuencia ser «capaces de suscitar una pasión ardentísima, sobre t odo en el pecho de los que no pertenecen a su r aza, pasión que , natur almente, acr ece su violencia cuando se conoce la imposibilidad casi absoluta de satisf acerla.» 425 El autor sentencia sin tapujos: «No hay en el mundo hembr as más licenciosas en sus palabr as y gestos, en sus bailes y en sus cánticos, que las gitanas, pero de ahí no pasan». 426 Al amparo de la mir ada burguesa masculina decimonónica ejercida sobr e ella, la gitana ser á adoctrinada desde su adscripción a un cuerpo social y civilmente no integr ado, e xcluido , pero también desde su posible posición como sujeto válido . Si 420 DE MONCAD A, Sancho , 1619. «Discurso Octavo: Expulsión de los gitanos». En R estauración política de España [en línea], Alicant e: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 1999 [ consulta: 7 de noviembre de 2022]. Disponible en: http://www .cervant esvirtual. com/obra- visor/restaur acion-politica-de-espana--0/ html/f ee991a2-82b1-11df-acc7-002185ce6064_10.htm 421 MÉNDEZ, L ourdes, 2004. Cuerpos sexuados y ficciones identitarias …, op . cit., p . 63. 422 MÉRIMÉE, Prosper, 2009. «C armen»…, op . cit., p . 81. 423 MÉNDEZ, L ourdes, 2004. Cuerpos sexuados y ficciones identitarias …, op . cit., p . 63. 424 SAURET GUERRERO , op. cit., p . 131. 425 BORROW , George, 1979. L os Zíncali …, op. cit., p . 43. 426 Ibidem, p . 43. 137 su feminidad ser á negada constituyéndose en un arquetipo-cuerpo mor almente invalidado , también en torno a ella se e xaltar án una serie de rasgos que la encuadr an en tipo susceptible de ser redimido , es decir, percibido mor almente a partir de lo femenino . En sus pesquisas, Méndez sostiene que la mujer del siglo XIX, mor al y bella, debía ser «ante todo y sobr e todo , fiel esposa, madre irreprochable y alma de un hogar burgués» 427 [fig. 30] . Aunque la imagen est ereotipada de la gitana r ara ve z es vinculada a un estado de clase superior , sí, al menos, esta participará de los dos primeros, los de conyugue y progenit ora. P or lo tanto , y de manera contigua a las aptitudes pre viamente comentadas que la definen se xualizada y potencialment e inmoral, se construir á en torno a su figur a un correlato ase xuado de la ideología de la feminidad: «Las gitanas (hablo de las españolas), en lo tocant e a la castidad del cuerpo , son verdaderos modelos; pero en otros aspectos, ¡a y!» 428 La gitana se muestr a, pues, bajo la iconografía de r edención de la mujer casta y virgen, también fiel. Est a apariencia, contr aria al resto de sus aby ectos sentimientos, la reconoce poseedor a de una bellez a vinculada a su continencia. A partir de estas consider aciones iniciales, que esbozan algunas de las líneas a seguir en lo 427 MÉNDEZ, L ourdes, 2004. Cuerpos sexuados y ficciones identitarias …, op . cit., p . 61. 428 BORROW , George, 1979. L os Zíncali …, op. cit., p . 176. Figura 30. José Roldán y Martíne z, Una misa (fr agmento), óleo sobre lienz o, 118,4 x 187,5 cm, 1859. Imagen procedent e de los f ondos del Museo Nacional del Pr ado . 144 reprocharles libertad alguna», 446 ser án, motivo de deleite y tema de predilección entr e los autores f oráneos y nacionales, apareciendo así dentro de t odo tipo de producciones, tanto liter arias como pictóricas y gr áficas [fig. 33] : Al primer ruido de guitarr as respondieron las castañuelas. Una gitana avanz ó en medio del espacio que el respeto había dejado libre entre los infant es y el público; después, una segunda, más tarde, una tercer a; llegaron así die z. Se hicieron de rogar antes de dar comienz o el baile; sobre todo una muy joven, la más bella, de andar indolente y o jos melancólicos. 447 Como receptor de t odos estos par ámetros asociados a la bellez a, impavidez y acción de la gitana, P oitou e xpone las percepciones e xtraídas de su cont emplación de un grupo de bailarinas gitanas en Gr anada, de las cuales dice: T enían un e xtraño air e de timidez, algo ingenuo y salvaje en la mir ada, la piel morena, el pelo encrespado , los ojos de gato montés y los andares de panter a. Se e xhiben mal, caminan torpemente , bailan sin elegancia y sin arte. Y , sin embargo, tienen en t odos sus movimientos tanta fle xibilidad y tanta fuerz a; ponen en este ejercicio nacional tanta animación, inspir ación y pasión; sus danzas tienen un c aráct er tan original y tan cándido, que uno olvida completamente sus torpe zas y termina con encontr arles cierta gr acia. P or otra part e, muchas son en verdad bonitas; sus cabellos negros están peinados con esmero y adornados con flores natur ales con ese coqueteo que tienen en España hasta las mujeres del pueblo . Se acompañan con castañuelas. 448 Sobrepasando esta compar ativa, la asunción de la imagen se xista de estas mujeres desaparecer á en el momento en el que sean equiparadas a sus homólogos var ones. En la comprensión de esta hipótesis de no adscripción de la gitana a los parámetr os estándares de la belle za de la época, más allá de la discriminación y la se xualización r acial de esta, pueden tr aerse a colación las refle xiones de la filósofa, polític a marxista y activista afrodescendiente Angela Davis con relación a los difer entes grados de consider ación de las mujeres negr as esclavizadas en Estados Unidos. Como esta indica, los imaginarios construidos en torno a la imagen de la mujer esclava apenas quedaron vinculados a criterios de f eminidad —salvo en aquellos casos en los que erróneamente esta es per cibida totalmente ale jada de su imagen de trabajador a de los campos, realiz ando labores de criada, doncella o mammy . 449 Del mismo modo, y por el contr ario, dentr o de la realidad labor al del sistema esclavista decimonónico , los cuerpos de las esclavas er an regulados en base a criterios de conveniencia: «cuando inter esaba e xplotarlas como si fueran hombr es, er an contempladas, a todos los ef ectos, como si no tuvieran género; per o, cuando podían ser e xplotadas, castigadas y reprimidas de maner a únicamente aptas par a las mujeres, 446 DUMAS, op . cit., p. 526. 447 DE LA TOUR, op . cit., p. 49. 448 POIT OU, op. cit., pp . 192-193. 449 DA VIS, Angela, 2020. Mujeres, r aza y clase . Madrid: Akal, p . 14. 145 er an reducidas a su papel e xclusiv amente femenino .» 450 Es decir , a e xcepción de las difer encias en cuanto al abuso ejer cido sobre ella con fines represivos, la mujer negr a es puesta al mismo nivel del hombre negro en cuant o a su capacidad y fuerza de tr abajo bajo la autoridad absoluta de los propietarios esclavist as. Bajo dicha consider ación, la mujer negr a representa una anomalía que la desmarc a de toda idea de cuerpo asociado con el «se xo débil», ya que difícilment e podían ser consideradas mujeres. Salvando las particulares y notables dif erencias entre ambos marcos espaciales y conte xtuales, los planteamientos de Davis sirven par a entender cómo la mujer gitana queda, en ocasiones, fuer a de su comprensión como sujeto femenino . Esto se antoja cierto no solo en base a algunas de las deliber aciones que la ubican en igualdad con el hombre, y , por ende, no tan f emenina, en la descripción tanto de sus habilidades mentales —que como ya se dijo en el apartado ant erior , serán incluso reconocidas superiores en astucia e ingenio— , también de algunas de sus atribuciones físicas. La cuestión queda ejemplific ada en otr a de las descripciones que Borrow har á de ella, en la que el autor equipar ará las aptitudes corpóreas y comunicativ as entre ambos se xos, destacando , además, el descuido estético y su temper amento; una serie de categorías definidas desde la polaridad entre los patrones masculino y f emenino, tales como la fuerz a frente a la debilidad, la posibilidad auto concedida de la palabr a frente al silencio y el movimiento frent e a la ausencia de este: 450 Ibidem, p . 15. Figura 33. Joaquín Domíngue z Bécquer, Baile en el e xterior de una venta , óleo sobre lienz o , 56,5 x 101 cm, 1867. Imagen procedent e de la Colección Carmen Th yssen-Bornemisz a, obra en prést amo gr atuito al Museo Carmen Thys sen Málaga. 146 Las gitanas tienen el mismo color y casi los mismos r asgos y su cuerpo está tan bien f ormado y es tan fle xible como el de los gitanos. […] Libre en sus actos, en su porte y en sus ocupaciones, habla, vocif era y hace más gestos que el gitano , y a la manera de él tiene los br azos en continuo movimiento par a dar más e xpresión a las imágenes con que acompaña sus palabr as; todo su cuerpo ayuda a sus gest os y aumenta la fuerz a de éstos, tr atando por estos medios de intensificar el ef ecto del lenguaje, en sí mismo insuficiente, y su brillante y desordenada imaginación se pone de manifiesto en su aspecto y en sus actitudes. Cuando pone mano en cualquier clase de ocupación, su acción precipitada, el desorden de su c abello, apenas sujet o por un peinecillo, y su tendencia a la irritación, muestr a lo poco que ama el trabajo y lo que le desagr ada cualquier faena r egular . En sus disputas, el aire amenaz ador y apasionado, el flujo de palabr as y la facilidad con que pr ovoca y desprecia el peligr o, denotan costumbres semi-bárbar as e ignorancia de otros medios de def ensa. […] su constitución física, su color , agilidad y fle xibilidad, nos rev elan una casta surgida de un clima abr asador y dada a todos esos ejer cicios que contribuyen a desarrollar el vigor físico y ciertas f acultades mentales. 451 Análogamente, si a los esclav os estadounidenses, mujeres y hombres, los unía la e xplotación de la fuerza de trabajo de sus cuerpos en régimen de propiedad dentro de las plantaciones, a los gitanos de ambos se xos t ambién los unirá, ob viamente y como hecho más que ref erido, la e xclusión social y por ende la pobre za como castigo a la inefectiv a regularización dentr o del modelo económico productivo basado en el interc ambio de la fuerza de tr abajo por un salario, 452 cuestión que ser á ampliada en el siguiente capítulo . De este modo, y como el gitano , la gitana está: «Condenada a sufrir las mismas necesidades y privaciones, su semblante pr esenta, cuando su interés no le obliga a disimular sus sentimientos, el mismo aspecto melancólico»; un espacio de equidad que no la e xime de su consideración pr ominentemente aby ecta, ya que, además, esta es capaz de demostr ar «aún más enérgicamente, las r encorosas pasiones de que el cor azón f emenino es susceptible.» 453 A modo de resumen, puede decirse que las r acializadas mujeres gitanas, cargar án con un estigma que las señala en su difer encia, que las se xualiza y las e xotiz a como modelos no categóricos de f eminidad hegemónica construida desde la voz patriarc al europea blanca. Libres y mó viles, «esbeltas, fle xibles» y que «andan con un contoneo muy especial», 454 estas se posicionan bajo la imagen de sus lascivos y peligrosamente se xuados cuerpos en el mismo grado en que su c apacidad cognitiva y física las ale ja del ideal femenino . 451 BORROW , George, 1979. L os Zíncali …, op. cit., pp . 157-158. 452 FILIGRANA, op . cit., p. 28. 453 BORROW , George, 1979. L os Zíncali …, op. cit., pp . 157-158. 454 DA VILLIER, op. cit., p . 127. 147 5.1.2. A tuendos y vestimenta: primer as referencias al tr aje regional andaluz Sumándose a los r asgos físicos, en este apartado se pormenoriz ar án algunas de las descripciones aportadas por los viajeros románticos en t orno a la vestimenta de la mujer gitana. El f antástico colorido de sus ropajes y el brillo de sus lentejuelas suponen, en sí mismos, un espacio de comprensión específico par a el reconocimiento de esta figur a sometida al e xpolio activo de sus marchitos oropeles. Como una herramient a útil desde la que poder mir arla, comprenderla y objetualizarla, el atuendo y la vestimenta se convierten en uno de los principales espacios de definición de la imagen e xterna del icono andaluz que la mujer gitana representa por e xcelencia. Gautier soñaba «con nar anjos, limoneros, castañuelas y tr ajes pintorescos, cosas que, según nos decía t odo el mundo, se hallaban en Andalucía». 455 Siempr e mucho, de lo malo y de lo bueno, en una tierr a que ser á leída a título de última fronter a y reducto vernáculo de unas estampas amenazadas por el de venir de los tiempos. Asumiendo este punto de partida, la gitana apar ece en calidad de fiel def ensora de unos usos y costumbres en el vestir que, por su particular modo de vida, entr e lo plenamente salvaje y lo moder adamente civilizado , la harán objet o directo de las mir adas viajeras. Deben v olver a tr aerse a consideración las refle xiones de Lour des Ménde z para ent ender cómo los criterios de bellez a y moda cambiantes a lo largo del tiempo forman part e de un sistema de reglas en torno al cuerpo que definen dif erentes «formas de pensarlo , percibirlo, repr esentarlo y actuarlo que difieren en función del se xo y de la clase social. Interioriz ados por los sujetos, dichos sistemas organiz an cultur almente la relación que ést os mantienen con sus cuerpos y les permiten construir su subjetividad.» 456 Según lo dicho , estas normas no afectar án por igual a todas las mujeres por lo que el e jercicio coercitivo de la mir ada sobre la mujer gitana actúa de maner a distinta a la del resto de sus compañer as de relato . Atendiendo en primer lugar a la clase que , por lo general, esta ocupa dentro de la sociedad puede verse a tr avés de las descripciones literarias que la gitana no posee ni color ni novedad a destacar en cuant o a su vestimenta, esta se adscribe al retr ato de una masa común en cuanto a su miseria. Borrow habla en distintos puntos de su obr a de la total miseria en el vestir de los gitanos, pobrísimos y vestidos con andr ajos que en nada se diferencia de las clases más bajas y populares de la sociedad. No obstante , y para el tiempo en el que est e recorre España, el autor recoge t estimonios que describen y destacan la suntuosidad en el vestir de los gitanos acomodados como aspecto mucho más vibr ante y sugerente en cuanto a términos de identidad. Cabe decir que la opulencia en el vestir ser á un rasgo reconocido entre la gener alidad de la población andaluza, ya que desde el arriero al viajero pasando por el doctor andaluz y el matador , todos pondrán especial atención en lucir como auténticos majos. Un cuidado especial de la persona que se «debe en parte a la moro-iber a afición a la ostentación». 457 455 GA UTIER, op. cit., p . 149. 456 MÉNDEZ, L ourdes, 2004. Cuerpos sexuados y ficciones identitarias …, op . cit., p . 61. 457 F ORD, Richard, 1922 (1846). Cosas de España … T omo II, op. cit., p . 52. 148 Sobre los e jemplos de ostentación entre los gitanos, Borr ow comenta con respecto a una gitana de Murcia que esta lucía ricament e «una especie de traje de montar con muchos bordados de oro e inmensos z arcillos de oro en las orejas.» 458 T ambién Gautier incide en el gusto por el adorno en los estampados y en uso de adere zos al hablar de las gitanas que rondan por el Z acatín en Granada: «bandas de git anas, con sus faldas de fr anjas azules sembr adas de estrellas y pañuelo amarillo y gr andes collares de ámbar o de cor al sobre el pecho» 459 [fig. 34] . P ero la similitud entre los modelos de vestimenta gitano y andaluz va más allá de la suntuosidad. El inglés hace r eferencia en las páginas sucesivas de su te xto a la convergencia entre ambos modelos en un int ento por concretar una posible imagen del primero de ellos. Con r elación a la vestimenta masculina, Borrow dice: ¿Qué puede decirse del tr aje gitano, del que t an frecuente mención se hace en las le yes españolas, prohibido justament e con el idioma y los modos de vida gitanos? Fuese como quisier a en tiempos pasados, lo que es hoy se distingue tampoco del de algunas clases de españoles, que es casi imposible señalar la dif erencia. […] P ero es necesario hacer notar que el mismo tr aje llevan los chalanes y los arrieros, […] Est e tr aje resulta ser más bien andaluz que gitano , pero, con todo , le sienta mejor al gitano que al chalán o al arriero . Lo llev a con más soltura y garbo , por el cual se le reconoce a distancia, aunque esté de espaldas. 460 El progresivo acomodo de la imagen de lo gitano a lo andaluz de vendr á en su estandarización bajo est a segunda adscripción sobrepasando los límites de su propia comunidad. En línea muy similar , el autor comenta al respecto de la vestimenta f emenina que poco se difer encia de la de las españolas, a e xcepción del uso de la mantilla: Aún es más difícil decir cuál es el tr aje peculiar de las gitanas; no usan los amplios mantos ro jos ni los inmensos gorros de castor bast o que distingue a sus hermanos de Inglaterr a; en la cabez a no lleva más atavío que un pañuelo, aunque a veces acuden par a defenderse contra el rigor del tiempo; algunas lle van el pelo recogido con un peine , pero más frecuentement e lo dejan que cuelgue suelt o por la espalda; son muy aficionadas a llev ar zar cillos de oro , plata o metal, en lo que se parecen a los poissardes de Fr ancia. En poco se diferencia su v estir del de las españolas, salvo la falt a de mantilla, porque las gitanas nunca se las ponen. 461 De maner a directa, también Borrow define el modelo de vestiment a gitano femenino como un modelo andaluz, apreciación, a priori, justificada por c ausa de la alta concentr ación de comunidades en dicho territorio: «el tr aje original de los gitanos, varones y hembr as, cualquiera que fuere , puede haber tenido alguna parte en la formación del modelo andaluz, a c ausa de los muchos nómadas de esa casta que 458 BORROW , George, 1979. L os Zíncali …, op. cit., p . 135. 459 GA UTIER, op. cit., p . 175. 460 BORROW , George, 1979. L os Zíncali …, op. cit., pp . 154-155. 461 Ibidem, p . 155. 149 llegaron a aquella tierr a en los primeros tiempos.» 462 T ambién este r asgo actuará en contr aposición a la imagen civilizada y limpia del europeo . Sirva de ejemplo el c aso del atuendo masculino retr atado por Mérimée que dice que: «Muchos jóvenes visten par a esa ocasión [en las corridas de t oros] el elegante vestido del majo andaluz 1 [sic] , y despliegan una magnificencia y un lujo que no permite en absoluto la simplicidad de nuestros vestidos ordinarios.» 463 Al analiz ar estas descripciones no debe desatenderse la cuestión de la clase, pues, esta supone un espacio común desde el cual se v a a efectuar la construcción de aquellos element os culturales e identitarios andaluces que incorpor ar án la imagen de lo gitano entre su repertorio . En base a los ref erentes recogidos, debe ponerse en duda la posibilidad de que dentro de las clases bajas se produjer a de manera paulatina un proceso de ósmosis y diálogo entre ambas realidades, gitana y no gitana. Si embar go, desde est a comprensión 462 Ibid., p . 155. 463 MÉRIMÉE, Prosper, 2009 (1831-1832). «Cart as de España…, op . cit., p . 99. Mérimée define en las notas de la publicación el tr aje de majo andaluz como el de un elegante de clase baja. Figura 34. José Cebrián Gar cía, Gitana de perfil , acuarela y lápiz sobr e papel grueso amarillento , 26,5 x 29 cm, entre 1859 y 1904. Imagen procedent e de los fondos de la Biblioteca Nacional de España. 150 de la realidad popular es que se va a definir un modelo común en el vestir que llegar á a estandarizarse a c ausa de su patrimonialización e institucionalización por parte de las clases altas de la sociedad. P ero no solo eso , pues, como se ha visto en el apartado anterior , también esto va a tener lugar en lo concernient e a cuestiones intangibles como la ref erida chispa o la gr acia, conceptos ampliamente e xplotados para el r eclamo turístico futuro . 464 Un posible ejemplo de este hecho es el retr ato femenino del barrio de la Macarena que hace Davillier: Sólo está habitado por gentes del pueblo , que tienen poco contacto con los otros barrios y conservan cuidadosament e las costumbres y los tr ajes andaluces. P or lo mismo, cuando alguien quier a hablar de una mujer que tiene toda la desenvoltur a propia de las se villanas de clase baja, se dice una moza o jembra macar ena . 465 Esta mujer , gitana o no, bebe ante t odo de su raigambre popular , figura t enedor a de una desenvoltur a original que la posiciona como un arquetipo femenino reconocido . Asimismo, y sobre los procesos de reconocimient o de la propia imagen, con anterioridad al fr ancés, F ord refiere este mismo asunt o al hablar de la pr áctica popular entre las clases bajas de decor ar «las rinconeras de sus casas con una figur a de barro pintada del pecador [ contrabandista] con un tr aje completo de majo .» 466 El refle jo de la propia imagen también aparece en la descripción de una barbería en cuya anaquelería aparecen figur as de yeso de pintorescos tr ajes de andaluces «bandidos, toreros y contr abandistas»; en cuyas paredes pulcr amente blanqueadas cuelgan «toscas estampas de bailes de f andangos, milagros y corridas de toros», entre las que «a menudo tampoco f alta el retr ato de su morena.» 467 En esta progresiv a asimilación de una imagen costumbrista decimonónica, continuador a de los postulados románticos europeos, lo gitano y lo andaluz se abr azan par a edificar un imaginario tópico al servicio del grupo hegemónico , es decir, no gitano . Como apunta P astor a Filigrana siguiendo algunos de los testimonios e xpuestos, en este de venir va a haber un repudio de aquellas manifestaciones cultur ales gitanas que confrontaban el ideal social may oritario, entiéndase por ejemplo el nomadismo , la capacidad de movimiento-acción f emenino o la raz a en favor de la asimilación cultur al de la vaciada idea de morene z . Frente a esto , muchas otras formas cultur ales y r asgos identitarios quedar án absorbidos como parte del proceso de blanqueamiento y asimilación cultur al de dicha comunidad. 468 Resulta esclar ecedde que Borrow reconoz ca el comentado gusto de las clases acomodadas de disfrutar de la compañía de los gitanos y de imitar sus ademanes: «L as damas elegantes gustan de vestirse a menudo a la gitana , como dicen, pero la maner a de vestir de las gitanas, como la de los gitanos, 464 MICHENER, James A., 1968. Iberia. Spanish travels and r efletions . Photoghaps by R obert V avra. Nue va Y ork: Radmon House , pp. 294-295. 465 DA VILLIER, op. cit., p . 276. 466 F ORD, Richard, 1922 (1846). Cosas de España …, op . cit., p. 26. 467 Ibidem, p . 77. 468 FILIGRANA, op . cit., pp. 78-79. 151 es propiamente andaluz a, y su principal característic a es la saya, e xtremadamente corta, con muchos volantes.» 469 En la cita puede verse el inicio de una apropiación rotunda por part e de las élites de los modos de vestir de la clase baja, representada en est e caso, y de maner a e xponencial, por la comunidad gitana. Es por ello por lo que puede hablarse de una élite que asume y consume «la visión estereotipada y colonial de Andalucía y la identidad gitana» en un proceso de « apropiación cultur al », entendido como la «reproducción y mercantiliz ación que realiza un grupo hegemónico de ciertos r asgos identitarios de un grupo subalterno , el cual visibiliza pretendidamente el cont ext o social y económico de dicho grupo» 470 [fig. 35] . P ensar en la gitana desde el r apto de sus atribuciones lle va a considerar las ideas de Eliseo Colón Z ayas a partir de las hipótesis gener ales de P eter Burke (1992) en cuant o a cómo los llamados movimientos de re vival de car ácter nacional durant e el siglo XIX en Europa «se asociaron con el descubrimiento de lo popular por parte de los intelectuales y la burguesía en aquellos lugares en que estos constituían clases subalt ernas.» 471 Así pues, y como antecedente pr óximo a est e proceso, deben mencionarse las refle xiones 469 BORROW , George, 1979. L os Zíncali …, op. cit., p . 155. 470 FILIGRANA, op . cit., p. 80. 471 COL ÓN ZA Y AS, Eliseo , 1997. «“Españolidad” y sociedad en Puerto Rico», en VIVONI F ARAGE, Enrique y ÁL V AREZ CURBEL O , Silvia (eds.), Hispanofilia: Ar quitectur a y vida en Puerto Rico , 1900-1950 , [en línea], San Juan: Universidad de Puert o Rico, p . 359 [consulta: 18 de noviembr e de 2022]. Disponible en: [ https://www .academia.edu/8931409/Espa%C3%B1olidad_y_sociedad_en_Puerto_Rico_L os_ modos_del_melodr ama_conocerse_reconocerse Figura 35. Manuel R odríguez de Guzmán, L a f eria de Santiponce , óleo sobre lienz o, 124 x 194 cm, 1855. Imagen procedent e de los f ondos del Museo Nacional del Pr ado . 152 en torno a la idea de emulación e xpuestas por Laur a P érez Hernánde z (2021) sobre el majismo como «movimiento estético que nace en el Madrid del siglo X VIII y modifica la indumentaria tanto f emenina como masculina dejando a un lado el modelo fr ancés que lle vaba marcando las t endencias del vestido en España desde finales del siglo XVII.» 472 Al inicio de su tesis, la investigador a plantea la idea de emulación, un fenómeno social que, desde la moda, amenaz a al orden social. En una inversión lógica de r eferencias, y a partir de las consider aciones de Ricardo Mellado (2012), «ya no son las clases populares las que busc an diferenciarse dentr o de su grupo imitando a las altas clases par a mejor ar su posición social, sino que son las altas clases las que imitan la moda popular .» 473 La vecindad de la figur a de la gitana con el de la maja dieciochesca es e vidente, no solo por ser un sujeto f emenino sospechoso en cuanto a las licencias que, al igual que las git anas, «se toman estas mujeres en la sociedad y como violan las reglas», 474 también en el c aráct er continuista de esa doble dimensión «mor al y material» 475 de sus atribuciones. La maja cuenta con un tr aje que le permite un may or desenvolvimiento que «r efleja la libertad conseguida por las mujeres de la época», además de ser «utiliz ado por las gentes del pueblo, mujeres que se dedican a la vent a de productos y se de jan ver en los espacios públicos desarrollando esta actividad.» 476 Es el modelo de la manola retr atado por Gautier: La manola es un tipo antiguo; lo mismo que las grisetas de P arís o las otr as transtiberianas de R oma. Nos la habían ponderado mucho y es posible que e xistan, pero sin car ácter pintoresco y audaz […] con sus ademanes pintorescos y su tr aje peculiar; hoy es muy difícil distinguirlas entre las burguesitas y las mujer es de los comerciantes. 477 El par alelismo entre ambos arquetipos resulta, pues, innegable al pr estar atención a la desenvoltur a y movimiento auto concedidos por la gitana y a las similitudes no estructur ales —que permiten un completo movimient o— de su vestimenta. La git ana decimonónica se torna her edera del ar quetipo castizo nacional a la par que continuador de la maja en su adscripción andaluza. C abe decir que esta suma de ref erencias estilísticas ser á desde la que derive el posterior y actual entendimiento del tr aje regional andaluz, que recibe de f orma directa el nombre del conte xto del que parte como un refle jo tangible de esta construcción identitaria y cultur al híbrida. P asando a pormenorizar las peculiaridades y particularidades de esta iconogr afía hereder a, raptada y tr ansmutada, pueden reconocerse ciertos aspectos definitorios ref eridos de manera const ante en torno a esta en voltur a. La ya citada descripción de Borrow habla de una say a o falda corta con v olantes, una tipología similar a la que 472 PÉREZ HERNÁNDEZ, Laur a, 2021. La moda f emenina en la España del siglo XVIII: el majismo y su alcance social, 1750-1800 . [en línea]. R osa María Capel Martíne z y Amalia Descalzo L orenz o (dirs.) T esis doctor al. Universidad Complutense de Madrid, F acultad de Geogr afía e Historia, p . 25 [consulta: 18 de noviembre de 2022]. Disponible en: https://eprints.ucm. es/id/eprint/65166/1/T42255.pdf 473 Ibidem, p . 35. 474 Ibid., p . 31. 475 ANDREU MIRALLES, X avier, 2016…, op. cit., p . 201. 476 PÉREZ HERNÁNDEZ, op . cit., p. 124. 477 GA UTIER, op. cit., pp . 81-82. 153 Mérimée retr ata en su primer encuentro de Carmen —que lucía una falda r oja corta— con don José a la entr ada de la fábric a de tabacos. La ligere za en el vestir también ser á recogida por Desbarrolles que a la ve z destacar á el uso de volantes [fig. 36] : Las gitanas no han abandonado el antiguo tr aje español: todavía lle van el vestido de las majas con varios volant es. Las vemos deambular por el cruce de caminos, pálidas, har apientas, semidesnudas, con una falda de tres volantes. Sus c abezas est án cargadas de flores. Una gran peinet a de care y sujeta las trenzas de sus c abellos. Se envuelven en mantones de seda de colores brillantes y encierr an sus bonitos pies en zapat os de cuero escarlata. Nunc a se niegan a disfrutar de toda la libertad de sus bailes lascivos frente a e xtraños. […] Estos bailes de las gitanas se pusieron de moda en España, y no tardar on en invadir el propio t eatro. 478 La descripción estandariz a un modelo reconocible en cuanto a la imagen gener alizada de la esencia del tr aje de gitana actual entendido como el tr aje típico andaluz. Sobre esta cuestión, debe volver a anotarse el hecho de que a partir de la década de los años 478 « Les bohémiennes n’ ont pas abandonné l’ancien costume espagnol : elles portent encor e la robe des majas à plusieurs f albalas. On les voit errer par les carref ours, pâles, déguenillées, à moitié nues, avec une basquine à trois volants. L eur têt e est chargée de fleurs. Un grand peigne d’ écaille retient les tres ses de leur che velure . Elles s’ enveloppent d’ écharpes de soie de couleurs tranchées, et r enf erment leurs pieds mignons dans des souliers de cuir écarlate . Elles ne refusent jamais de se livrer de vant les étr angers à toute la liberté de leurs danses lasciv es. […] Ces danses des gitanas de viennent à la mode en Espagne, et ne t arderont pas à en vahir le théâtre lui - même . » DESBARROLLES, op. cit., p . 30. Figura 36. José Cebrián Gar cía, Gitana , acuarela y lápiz sobr e papel grueso blanco , 34,3 x 25,8 cm, entre 1859 y 1904. Imagen procedent e de los fondos de la Bibliot eca Nacional de España. 256 7 . RECUPERAR LA NARRA TIV A: AR TIST AS ANDALUZAS DE L A IDENTIDAD El segundo bloque de esta investigación está dedic ado a las artistas andaluzas Pilar Albarr acín, María Cañas y María Alcaide; tres cr eadoras principales par a la comprensión de la vigencia de los mitos en t orno a la mujer andaluza. La elección de sus nombres no es baladí, como tampoco lo es su adscripción a la cat egoría de artistas de la identidad. Como ha podido verse hasta el moment o, al hablar de identidad, la investigación se centr a en la interseccionalidad de género, r aza y cultur a así como de clase desde la que la imagen de la mujer andaluza ha sido definida. De est e modo, y como uno de sus principales campos de batalla, sus pr oducciones recurren de maner a asidua a aquellas iconogr afías románticas que han perdur ado a través del tiempo como imaginarios hostiles, e volucionando y adaptándose a los tiempos par a llegar activas hasta el presente . T r ansitando las décadas finales del XIX, la imagen de la mujer andaluz a fr aguada dur ante el periodo decimonónico inaugur a un nuevo siglo car gado de posibilidades en cuanto a su consumo desde un punto de vista identit ario. Así, pues, y par a comprender cómo las creador as han llegado a interesarse por dichas afecciones, deben recorr erse algunos puntos clave que conectan el pasado con el present e. Desde mediados del siglo XIX, las e xposiciones universales se erigieron como un «labor atorio privilegiado de los nue vos sistemas de comunicación social» y «lugar de ensa yo en la búsqueda de lenguajes e imágenes de valide z universal». 812 Estas se convertir án en unos espacios decisivos par a la perpetuación de los estereotipos históricos, nacionales y cultur ales; como apunta Luis Saz atornil, van a educar la mir ada del espectador bajo el «capitalismo del entretenimient o» 813 y los nuev os hábitos de consumo . La búsqueda de unas imágenes y a sabidas, es decir , previamente dadas, con vergen en torno a la mujer andaluz a bajo una constante e vocación nostálgica ya esgrimida y vista con anterioridad. Con relación al estudio de la E xposición Universal de 1900 de P arís, de nue vo, Saz atornil recoge la incomodidad producida por la «reconstrucción históric a» de corte orientalista titulada L ’ Andalousie au temps des maures : « una espectacular colección de estereotipos f estivos que nada agradó a los visitantes españoles ( desde Emilia P ardo Bazán a César Silió), aún no r ecuperados del desastre del 98 ». 814 Como el investigador e xpone a través de los testimonios de la época, atr apada en la fronter a entre Oriente y Europa, la imagen de Andalucía se construy e desde el sesgo de lo ár abe, lo pintor esco y desde la aportación cultur al del flamenquismo; 815 un retr ato 812 SAZA TORNIL RUIZ, L uis, 2016. «Le t our du monde. L os recintos de las e xposiciones universales de P arís (1855-1900)». En CHA VES MARTÍN, Miguel Ángel ( ed.), Ciudad, Arquitectur a y P atrimonio , Grupo de Investigación, Art e, Arquit ectura y Comunicación en la Ciudad Contempor ánea [en línea], Universidad Complutense de Madrid, p . 43 [Consulta: 19 de junio de 2023]. Disponible en: https://www .academia.edu/36449833/L e_T our_du_Monde_Los_r ecintos_de_las_exposiciones_uni - versales_de_P ar%C3%ADs_1855_1900 813 Ibidem, p . 43. 814 SAZA TORNIL RUIZ, L uis, 2019. «L ’ Andalousie au temps des maures: la e xplotación de la imagen artística de Andalucía en P arís, 1900». En MÉNDEZ RODRÍGUEZ, L uis (ed.), Art e y turismo, la identidad andaluza en la configur ación cultur al de Europa . Se villa: Universidad de Sevilla, p . 145. 815 Ibidem, pp . 146-149. 257 que no necesita salir de España par a encontrar sus detr actores más acérrimos. 816 En consecuencia, y como e videncia tanto de este como de otros posibles e jemplos, las gitanas y las bailarinas andaluzas y se villanas no abandonarán el imaginario f oráneo estereotipado de los primeros años del siglo X X. En la misma publicación en la que el investigador c ántabro pormenoriza la atr acción andaluza en P arís, María del Carmen Puche Ruiz habla de la imagen de Andalucía en el primer cine fr ancés hasta 1929 y su utilización como element o de propaganda turística —hereder a del tópico liter ario romántico . 817 De hecho, así lo const ata el re vival recogido por la investigador a llevado a c abo en la película de Jacques F eyder , Carmen (1926). En el filme, de nue vo, y como ya e xpusiera en su lectur a crítica sobre la novela de Mérimée el investigador X avier Andreu Mir alles: « se recalcan las dif erencias y desigualdades NORTE-SUR, incidiendo en Andalucía como centr o de perdición ». 818 El cine se encargar á de sostener toda una colección de ar quetipos espectaculares que conviven con las pretensiones del r egionalismo. Como apunt an Francisco Acosta Ramír ez y Salvador Cruz Artacho (2015), el impulso regionalista en Andalucía: […] se gestó al calor de la crític a regener acionista, de la denuncia de los nefast os efectos del centr alismo, e influenciado por el par aguas intelectual que ofrecía el kr ausismo. L a tradición de los antropólogos folkloristas desplegada años atr ás, el empuje que promover án en estos años determinados centr os y foros cultur ales, el papel difusor de ideas que desempeñaron los Juegos Flor ales y el mimetismo respecto a lo que en este sentido sucedía en otros lugares del Est ado español (especialmente en C ataluña) gener aron en Andalucía el clima f avorable par a el despliegue del referido impulso r egionalista. 819 Sin embargo , y como ambos investigadores apuntan, el movimiento ac abó concretándose en términos « más sentiment ales que políticos», pues no surgieron de este modelos alternativos de or ganización estat al más que la descentraliz ación administr ativa: «T al y como se recogía en la revist a sevillana Bética a finales de 1914, se tr ataba de «un regionalismo sano , patriótico, porque su fin es, al realz ar las glorias regionales, ensalz ar la P atria, a nuestra amada España». » 820 El regionalismo andaluz camina en par alelo a la ininterrumpida instrumentalización de dicha identidad como máximo e xponente de la totalidad nacional, el sur como «alma aut éntica de España». 821 816 V éase: REYERO , Carlos, 2019. «Fuer a andaluzadas: El descrédit o de torer os y flamencas como iconos de la vie ja patria en Cataluña». En MÉNDEZ RODRÍGUEZ, L uis (ed.), Arte y turismo , la identidad andaluza en la configur ación cultur al de Europa . Se villa: Universidad de Sevilla, pp . 193-212. 817 PUCHE RUIZ, María del Carmen, 2019. «El sueño de Andalucía en el primer cine fr ancés (1909- 1929». En MÉNDEZ RODRÍGUEZ, L uis (ed.), Arte y turismo , la identidad andaluza en la configur ación cultur al de Europa . Sevilla: Universidad de Se villa, p . 175. 818 Ibidem, pp . 185-186. 819 ACOS T A RAMÍREZ, Francisco y CRUZ AR T ACHO , Salvador, 2015. «Del regionalismo al nacionalismo por «la fuerz a bruta de las guerras». El impact o de la Primera Guerr a Mundial en el pensamiento de Blas Inf ante». En Historia y P olítica [en línea], N.º 33, Madrid, enero-junio , p. 79 [ consulta: 19 de junio de 2023]. Disponible en: https://dialnet.unirioja. es/servlet/articulo?codigo=5077135 820 Ibidem, p . 79. 821 Ibid., p . 80. 258 No debe lo cultur al opacar la consabida refundación del Estado , en clave conservador a y antidemocr ática de la dictadur a de Primo de Rivera, que difundió una imagen tópic a del país a tr avés de proy ectos concret os como la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929. La muestr a, que ya se venía gestando desde 1905, encontr ará el apoy o del régimen primoriverista a partir de 1923, momento en el que asumir á la supervisión directa del mismo como proy ecto adscrito al Ministerio de la Presidencia. Las r efle xiones de Ainhoa Martín Emparan (2009), sirven par a comprender el concepto de marca-país que la dictadur a gestó en torno a la Exposición Gener al Española — unión tempor al y propagandística de la Exposición Iberoamericana de Se villa y la Exposición Internacional de Bar celona— , un producto cultural her edero y aglutinador de los arquetipos del pasado . Como sostiene la autora, el gobierno vigente «r eservó par a Sevilla la c arga ideológica de mostrar al mundo lo que quería ser como país ». 822 El anteriormente citado Colón Z ayas hablaba de cómo los sect ores hegemónicos de la sociedad puertorriqueña vivián la españolidad desde el melodr ama —los ecos y cone xiones nostálgicas y míticas con el pasado colonial español— , construyendo imaginarios de poder: «descendientes de inmigr antes españoles que viven lo español mediante conceptos abstr actos, éticos y mor ales, tales como el bien, la religión y las buenas costumbres». 823 De maner a similar se fraguó el espíritu r egeneracionista de la península, donde el gobierno conservador se empeñó en f omentar «un patriotismo de viejo cuño que recuper ase artificiosamente la grande za perdida»; 824 la imagen f emenina de la cultura perdur a, la flamenca persiste como «el símbolo de España». 825 Desprendido de este hecho, r esulta la obligatoriedad del andaluz a ser y mostrarse como desde fuer a se le ve, en est e caso , y debido a la necesidad de rédito , a través de la e xplotación económica las formas est ereotipadas de su cultur a. Javier V erdugo Santos y Manuel J. P arodi Álvare z (2011) e xponen las palabras de Ortega y Gasset par a apuntar esta cuestión: Lo admir able, lo misterioso , lo profundo de Andalucía está más allá de esa farsa multicolor que sus habit antes ponen ante los ojos de los turistas. P orque es de advertir que el andaluz, a dif erencia del castellano y del vasco , se complace en darse como espectáculo a los e xtraños […] Esto , que produce a menudo el penoso efecto de hacer amaner ado al andaluz, a fuerz a de subra yar deliberadamente su pr opia fisonomía y ser en cierto modo dos veces lo que es, demuestr a, por otra parte , que es una de las r azas que me jor se conocen y saben de sí mismas. T al vez no hay otr a que posea una conciencia tan clara de su propio c ar ácter y estilo. Mer ced a ello es fácil mantenerse inv ariablemente dentro de su perfil milenario, fiel a su destino , cultivando su e xclusiv a cultura. T oda 822 MARTÍN EMP ARAN, Ainhoa, 2009. «Primer proy ecto español de marca-país: la E xposición Iberoamericana de Se villa, 1929». En I+Diseño: re vista internacional de investigación, innov ación y desarrollo en diseño [ en línea], V ol. 1, N.º 1, p. 8 [ consulta: 19 de junio de 2023]. Disponible en: https:// dialnet.unirioja. es/servlet/articulo?codigo=3131411 823 COL ÓN ZA Y AS, Eliseo , 1997. «“Españolidad” y sociedad en Puerto Rico …, op. cit., p . 359. 824 MARTÍN EMP ARAN, 2009. «Primer proy ecto español de marca-país…, op . cit., p. 10. 825 Ibidem, p . 17. 259 esta maner a de entender la relación con el for astero , se ve resaltada en las r aíces cultur ales de Andalucía. 826 T al y como quedó comentado en el bloque anterior , con relación a la sociedad decimonónica, también en las primer as décadas del siglo XX la imagen proy ectada de lo andaluz actúa como marco de opresión que condiciona la propia mir ada. No obstante , las refle xiones de Ortega y Gasset par a nada niegan los matices peyor ativos de la comprensión histriónica del andaluz, pues, solo atiende a result ados por encima de causas: «tiene el viajero la sospecha de que los vecinos han aceptado el papel de comparsas y colabor an en la representación de un magnífico ballet anunciado en los carteles con el título «Se villa». » 827 Sobrepasando esta apreciación, el principal hecho que se desprende de esta es no solo el gusto por e xhibirse, sino también el deseo del que observa. L os deseos y anhelos imaginados por los visitantes en la liter atura de viajes también encuentr an continuidad en las guías del XX, tal y como recogen Manuel Hijano del Río y Fr ancisco Martín Zúñiga (2006). En estas publicaciones, la mujer andaluz a aparece de maner a significativamente aludida, dada su sensualidad y su provoc ación: «Las mujer es preservan su car ácter oriental que las identifican con Carmen de Biz et […] un ref erente atr activo, conquistable , e vocador de pasados milenarios». 828 En la misma publicación en la que participa Fillol, editada por Núria Bou y X avier P ére z, El deseo femenino en el cine español (1939-1975), Arquetipos y actrices , se establece un e xhaustivo repaso por algunas de aquellas iconogr afías espectaculares bajo las que la mujer aparece sujeta, de maner a virtuosa, a la represión religiosa del cuerpo; 829 como virgen, ingenua y romántica, bajo la dualidad de la «mor alidad/ inmor alidad del comportamiento se xual femenino». 830 En continuidad, María Adell Carmona y Marga C arnicé Mur hablan de la mujer como cuerpo-espectáculo mostr ando en su relato algunas fugas de la censur a ideológica fr anquista a la hor a de ex altar el «deseo individual de e xistir en el mundo físico», en lo público, fr ente a la invisibilidad y al silencio corpor al asociados a la mujer como madre abnegada. 831 L os estadios recogidos por los difer entes personajes retr atados, son similares a los e xpuestos por la liter atura 826 VERDUGO SANTOS, Javier y P ARODI ÁL V AREZ, Manuel J., 2011. «La v alorización del patrimonio en Andalucía: nue vas tendencias y estr ategias». En BERNAL C ASA SOLA, Darío (coord.), Arqueología y turismo en el Círculo del Estrecho: estr ategias par a la Puesta en V alor de los recursos patrimoniales del Norte de Marruecos: actas del III Seminario Hispano-marr oquí , [en línea], p. 23 [ consulta: 19 de junio de 2023]. Disponible en: https://www .academia.edu/24301562/L a_valorizaci%C3%B3n_del_P atrimonio_ en_Andaluc%C3%ADa_nue vas_tendencias_y_estr ategias 827 Ibidem, p . 23. 828 HIJANO DEL RÍO , Manuel y MARTÍN ZÚÑIG A, Francisco , 2006. «La construcción de la identidad andaluza per cibida y proyectada como r eclamo turístico: los libros de viaje y las guías turísticas del siglo XX». En HA OL [en línea], N.º 11, p . 48 [consulta: 19 de junio de 2023]. Disponible en: https://dialnet. unirioja. es/servlet/articulo?codigo=2277225 829 DE LUCAS, Gonz alo, 2022. «El cuerpo-místico». En BOU, Núria y PÉREZ, X avier (eds.), El deseo f emenino en el cine español (1939-1975), Arquetipos y actrices . Madrid: Cátedr a, pp. 59-73. 830 MORAL MARTÍN, Javier y MONTIEL MUES, Ale jandro , 2022. «Vírgenes (o no tant o) en la comedia española del primer fr anquismo». En BOU, Núria y PÉREZ, Xavier (eds.), El deseo f emenino en el cine español (1939-1975), Arquetipos y actrices . Madrid: C átedr a, p. 81. 831 ADELL CARMONA, María y C ARNICÉ MUR, Marga, 2022. «El cuerpo-espectáculo». En BOU, Núria y PÉREZ, X avier (eds.), El deseo f emenino en el cine español (1939-1975), Arquetipos y actrices . Madrid: Cát edra, pp . 89-90. 260 de viajes en cuanto a las tr abajadoras escénicas y de espectáculos, adapt ados al marco espacio-tempor al de la época. Ampliado y tr ansmutado en nue vos arquetipos posibles y subrepticios a los usos intencionados del régimen — véase, por e jemplo, la pro ximidad entre algunos de los planteamientos e xpuestos para el c aso de la mujer-monstruo 832 y los apartados de La mujer seductor a y La mujer cruel de esta tesis— , puede decirse que el encuadre por antonomasia de la mujer española seguir á rigiéndose por parámetros andaluces. L a mujer patria, hereder a de la mujer romántica, sigue siendo la andaluza Carmen que pasar á a llamarse Lola: […] un cuerpo hecho espectáculo que baila par a sí mismo, como si no buscar a ser mirado , pues la esencia de su danza radic a en una forma de celebr ación del yo , de orgullosa inscripción subjetiva en el mundo más que en un ritual de seducción […] los r asgos físicos de la performer [apar ecen] como dispositivos de desbordamiento o como elementos plásticos de construcción de micronarr ativas yuxtapuestas a la representación del deseo . 833 Manuel P eña Díaz apunta el hecho de que la autoafirmación en el tópico es un «lastre par a el presente y , sobre todo , para el futuro porque , como predijo Caro Baroja, hemos hecho nuestr a la pandereta.» 834 L a depreciación que refiere el aut or solo puede ser válida si esta hace alusión a la improductividad que supone dar vueltas en t orno al estereotipo identitario , es decir, a la afirmación especulativ a del Otro conocido; como de hecho hizo la pr opaganda de la dictadur a de Primo de Rivera y del régimen de Fr anco. En oposición a est o, el espacio que la noción de identidad puede conceder a la construcción de pensamiento crítico es de posibilidad y elongación activa. Bajo est e marco de conflicto , la estampa de autosuficiencia y autorrepresent ación útil arrojada por Lola actúa como espe jo claro de las intenciones de apropiación y resignificación de las iconogr afías asociadas a la imagen de la mujer andaluza por parte de las tr es creador as [fig. 77] . Aceptando unos par ámetros de contingencia de ascendencia romántica, la «piel cultur al» 835 que las señala aparece como un lugar dado desde el que posicionar el discurso en un intento por loc alizar y trabajar desde lo específico . Con ello, las cr eador as van a dar así respuesta a unas serie de pr oblemáticas comunes, aquellas que acontecen de maner a similar en todas las sociedades. Al hablar , pues, de identidad, de mujer y de 832 BARRANCO, Mario y SÁNCHEZ, Ser gi, 2022. «L a mujer-monstruo». En BOU, Núria y PÉREZ, X avier (eds.), El deseo femenino en el cine español (1939-1975), Ar quetipos y actrices . Madrid: Cátedr a, pp. 121-135. 833 C ARNICÉ MUR, Marga, 2022. «Bailar par a una misma: representación y perf ormance del deseo en la obr a cinematográfica de L ola Flores». En BOU, Núria y PÉREZ, X avier (eds.), El deseo f emenino en el cine español (1939-1975), Arquetipo y actrices . Madrid: C átedr a, pp. 217-219. 834 PEÑA DÍAZ, Manuel, 2018. «Enfoque: Ant e el espe jo». En Andalucía en la Historia: mit os y símbolos de la historia andaluz a [en línea], Centro de Estudios Andaluces, Conse jería de la Presidencia y Administr ación L ocal de la Junta de Andalucía, N.º 60, p. 3 [ consulta: 19 de junio de 2023]. Disponible en: https://www. centrodeestudiosandaluces. es/publicaciones/mitos-y-simbolos-de-la-hist oria-andaluza-ah-60 835 Pilar Albarr acín, comunicación personal, 17 de febrer o de 2022. 261 cuerpo —desde el cuerpo— , las artistas se posicionan bajo una perspectiva confesional asociada a la vivencia, entendida, tal y como esclar ece la más joven de las autor as: «como parte de unas historias o narr ativas menores que no tienen la importancia que otr as grandes narr ativas podrían llegar a tener . » 836 Como voces que pueden decir , son las gr andes historias las que han contado y definido aquellos aspectos que construy en el mundo, que lo han ordenado en términos arriba-abajo , dentro-fuera, hombr e-mujer, blanco-negro . P or el contrario , las artísticas seleccionadas en este segundo bloque ubican su cant o en lo periférico . Siguiendo las palabr as del jere zano José Manuel Caballero Bonald que María Alcaide recoge en su public ación Cuerpo de trabajo (2023): «El modo de c antar define antropológicament e un modo de ser . » 837 Quedó visto que « una andaluza habla difer ente.» 838 Asumiendo la propia v oz, las tr es artistas van a ef ectuar su derecho a la queja, pondr án en práctic a el quejío «como una f orma cultural de e xpresar el dolor , 836 María Alcaide, comunicación personal, 16 de ener o de 2022. 837 AL C AIDE, María, 2023. «Que jarse de un dolor que es tuyo que es tuy o, por que es de las demás». En AL CAIDE, María ( ed.), Cuerpo de trabajo . Ministerio de Cultur a y Deporte: A yudas para la pr omoción del arte cont emporáneo español, p . 47. 838 Ibidem, p . 60. Figura 77 . Pilar Albarracín, Sin título (T orera) , f otografía a color , 200 x 125 cm, 2009. Imagen procedente del archiv o de Pilar Albarr acín, cortesía de la artista. Fuente: VEGAP , Se villa, 2022. 262 una maner a propia de quejarse», 839 andaluza. Puede decirse , sin lugar a equívoco , que sus voces se esfuerz an por contar, siguiendo los postulados teóricos de P eter Burke, la «hist oria desde abajo» ; 840 son depositarias de todas aquellos cantos y letanías populares que buscan recuper ar una narrativ a propia. Regidas por el espacio social, cultur al y político que ocupan y que representan como artistas mujer es andaluzas, estas se van a apro ximar a los temas e videnciando siempre su capa de privilegio . P or encima de posibles formaliz aciones que puedan dar cohesión y coherencia estética a sus pr ocesos, el principal aspecto que otorga sentido y vigencia al tr abajo de las tres creador as es la capacidad de hacer uso de las ventajas que tienen, de algunas, que no son todas. De este modo , las palabras y las imágenes aquí pormenoriz adas hablan desde aquellos marcos simbólicos de opresión —la mujer , el salvaje y el obrero— que encuentr an en el desmantelamiento del tópico un arma con la que poder contr avenir unas violencias cotidianas y reales. En consecuencia, el concepto y a dado de apropiación debe ser sustituido por el de deconstrucción, al detentar las artistas en su hacer un espíritu iconoclasta y pirómano . La voz de Pilar Albarr acín, María Cañas y María Alcaide es una vo z cantada desde un marco cultural e identit ario concreto , un quejío sustancialment e distinto, a veces, incluso «al borde de la palabr a». 841 8. PIL AR ALBARRACÍN Con más de 30 años de carrer a a sus espaldas, Pilar Albarracín, Se villa (1968), es una de las figur as clave a la hor a de entender parte de las deriv as artísticas contempor áneas en Andalucía y España desde principios de los años noventa. Como creador a multidisciplinar, sus primeros cont actos con la creación tendr án lugar dentro del conte xto f amiliar y local de Aracena, loc alidad en la que desarrolló su inf ancia y adolescencia. En su necesidad de buscar unos canales útiles que le sirvier an para tr ansmitir sus inquietudes, la artista tr ansitar á por diversas ramas dentro de la formación ac adémica universitaria en la ciudad de Se villa. Dentro de dicho periodo formativo , esta accederá a la F acultad de Bellas Artes, f ormación que le permitir á volcar su curiosidad e inter és por lo humano desde una perspectiva dif erente a la que pre viamente le habían ofrecido otros estudios. De maner a tempr ana, se percatar á de que las herramient as que la formación artística académic a le ofrec ía no cubr ía n sus e xpectativas personales y políticas. P or este motivo , Albarracín comenz ará a desarr ollar una investigación personal paralela que esboz a algunas de las temáticas discursivas y plásticas que la acompañar á n a lo largo de toda su tr ayectoria. En 1993 completa su Licenciatur a en Bellas Artes bajo un hacer pluridireccional en cuanto a lenguajes, t écnicas y materiales. C abe mencionar en este primer punto que , por encima de consideraciones plásticas que pudier an servir a la comprensión fr agmentada de su propuesta, su pr áctica debe ser entendida desde 839 Ibidem, p . 60. 840 DEL RÍO BARREDO, María José , 2010. «Estudio preliminar: Historia y teoría. Not as par a un estudio de la obr a de Pet er Burk e». En P eter Burk e: Hibridismo Cultural . Madrid: Ak al, p. 14. 841 ZAMBRANO , María, 1989. Algunos lugares de la pintura . Madrid: Espasa C alpe, p . 117. 263 lo performativo como lenguaje c apaz de accionar el espacio y los objetos a través del cuerpo. Sus numer osos y heterodox os trabajos objetuales, de maner a directa o tangencial, «están toc ados por el espíritu de la performance , pudiendo ser considerados algunos de ellos como documentación de acciones, performances congeladas en imágenes y objetos, o pie zas mitad perf ormance, mitad objetos.» 842 En esta búsqueda personal, Albarr acín abordará muchos de los temas y pr oblemáticas que desde lo local —desde su conte xto y su propia identidad— , se presentan como universales que la atr aviesan: «Me interesan temas universales como las relaciones vida-muerte, espacio-tiempo y concept os tales como cultura, género , evolución y tr ansformación». 843 Bajo estas dir ectrices, su particular forma de e videnciar los mensajes, y dependiendo de la oscilación del tono hacia la crude za o el humor , hará que no siempre estos result en fáciles de digerir . Incluso, en ocasiones, y según el conte xto en el que se inserten, sus obr as pueden llegar a establecer una lectura que la lle var á a asumir ciertos riesgos: Vida y riesgos ser án dos de las constantes de la obra de P . Albarracín, unido a una visión de la obr a como un proceso y/o acción. De hecho, y a en los años 91 y 92 realiz ó difer entes acciones que relacionaban arte y calle, un t ema muy poco tratado por estos lugares. 844 Refiriéndose el e xtracto al ámbit o andaluz, y antes de pormenorizar las ref erencias concretas en torno a las cuales erige esta su discurso , es necesario conte xtualizar su figur a dentro de la realidad en la que comenz ó a desarrollar sus primeras obr as. En el inicio de la década de los noventa, Pilar e jecutará algunas acciones e interv enciones urbanas consider adas hoy como algunas de sus pie zas más icónic as. Es en estos años cuando va a empe zar a normalizarse la pr esencia de las mujeres dentro de los circuitos artísticos. L a progresiva inserción de nombres de mujeres dentro del ámbito de las artes va a pr oducir una dicotomía en las vías a seguir: estas podían acatar el relato tr adicional del arte como modelo «necesario y natural» par a su inserción, o , por el contr ario, adopt ar un modelo crítico a la hora de «f ormular alternativas clar as a las premisas de aquel relato tr adicional, responsable precisamente de la subor dinación impuesta sobre las mujeres. » 845 Así pues, los primer os años de carrer a de la artista estar án ligados a una serie de nombres trascendentales en cuanto al adv enimiento de la modernidad sobre el anquilosado panor ama artístico nacional. En estos ef ervescentes años par a la creación, como parte de la realidad social y política del país, se van a desarr ollar numerosas propuestas que afrontar án una re visión crítica de las hipótesis pre vias al adoptar una postura crítica y f eminista bajo los lenguajes del cuerpo. En est e sentido, la presencia de figur as como las de Juana de 842 AIZPURU, Margarita, 1999. «L a performance , Pilar albarracín y “Time ”». En Pilar albarracín 1999. Becas Daniel V ázque z Díaz . Huelva: Diputación provincial de Huelv a, pp. 12-14. 843 ALBARRACÍN, Pilar, 2000. «Ar acena, Isla y Sierra». En MARÍA RUBIO , Oliva (coor d.), Generación 2000. Premios y Becas de Art e Caja Madrid. Madrid: C aja Madrid, p . 280. 844 G ALERÍA Juana de Aizpuru, 1997. Inauguración de la e xposición “Y ou Are W elcome” De Pilar Albarr acín, del 6 de marzo al 9 de abril. 845 MARZ O, Jorge L uis y MA Y A Y O, P atricia, 2015. Arte en España (1939-2015) ideas, pr ácticas, políticas . Madrid: Cát edra, p . 575. 264 Aizpuru y Margarita Aizpuru, e jemplifican de maner a ineludible ese intento por proyect ar internacionalmente a las figur as nacionales, que en caso de Pilar Albarr acín. Cabe, pues, aludir la sede de la galería de Juana de Aizpuru de Se villa, fundada en 1970, así como la abierta en Madrid en 1982. Enfoc ada en nuevas tendencias int ernacionales, 846 en 1997 la artista desarrollar á su primera e xposición individual en Madrid, Y ou Are W elcome . Del mismo modo, en 1998 acompañar á a la galería en el estand de ARCO 98 y a la 29ª Edición de Art Basel, desarrollando además una segunda muestr a individual par a la galería que lle var á por nombre Just Do It . En la proyección de su figur a, ser á clav e su participación en diferent es muestras colectivas a nivel autonómico y nacional. De maner a significativa, y como proy ecto también vinculado a Aizpuru, aparece seleccionada en la I Bienal de Arte Cont emporáneo de Se villa , organizada por la Fundación BIA CS en el año 2004, ya como figura consagr ada. Sobre esta, el propio comisario de la muestra dir á, señalando el componente local de su tr abajo: «“Furor Latino ” [sic] es la afirmación de la energía del sur, f emenina, e xplosiva que aquí podemos disfrutar gr acias a la joven artista. » 847 Puede apreciarse cómo hacia el cambio de década algunas de sus pr opuestas van a adoptar un color local en una apuesta determinante por e videnciar su propia pertenencia al conte xto andaluz. Así pues, y como uno de los ejes principales de sus pr oducciones, las refer encias iconogr áficas, e xtraídas por lo gener al de la cultura popular y cotidiana andaluz a, son e xpuestas en su obra de una f orma directa y sin pliegues, aunque no simples. Dichas ref erencias de r aigambre local generan «una est ética brutalmente bella, barr oca, basada en una me zcla de ancestr ales tradiciones y r otunda modernidad.» 848 8.1. El género y sus límites: la validación del discurso En el perfilamiento de su posición crítica y polític a, Albarr acín abordar á «la represión/ liber ación de la mujer , la lucha de sex os, el colectivo tr ansgénero , las tr adiciones religiosas y cultur ales, la identidad de lo español y andaluz o la inmigración »; 849 temas todos que conver gen bajo un hacer al que la artista ha sabido conferir un sello pr opio a lo largo de estos años. Como marco gener al ya apuntado , la mayoría de las propuestas progr amadas a partir de los años ochenta, estetizar án el componente político feminista que desembocar á en la consecución de una modernidad epidérmica y potencialmente acrítica. 850 Como mencionaba Margarita Aizpuru (2003), con motivo de la e xposición Identidades múltiples : «Desde los años 80 par a acá, en España se han producido múltiples debates sobre art e y género f emenino, cuando no de art e y feminismo. 851 » Resulta difícil est ablecer los márgenes de un arte plenamente f eminista que, más allá 846 DIE Internationale K unstmesse, 1998. Art 29’98. München: W eltkunst V erlag, p. 12. 847 SZEEMANN, Harald, 2004. «L a alegría de mis sueños». En BIACS, Fundación ( ed.), L a alegría de mis sueños. I Bienal de Arte Cont emporáneo de Se villa. Sevilla: Fundación BIAC S, p. 19. 848 OGEA, Pia, 2018. «Se busca». En Pilar Albarr acín. Que me quiten lo bailao . Madrid: Ministerio de Cultur a y Deporte, p . 20. 849 Ibidem, p . 20. 850 MARZ O, Jor ge L uis y MA Y A Y O, P atricia, 2015. Arte en España… , op . cit., p. 576. 851 AIZPURU, Margarita, 2003. «Identidades múltiples». En Identidades múltiples: colección del Instituto andaluz de la mujer . Se villa: Instituto andaluz de la mujer, p . 10. 265 de su adscripción a ciertos e jes temáticos y/o estéticos, no va ya sino en favor de una «desactivación política de las posiciones más r eivindicativas». 852 Llama, pues, la atención cómo las propuest as centradas en una refle xión profunda sobre el tema han sido , por así decir, esc asas; siendo apenas significativas aquellas que «han reunido a mujeres artistas sin un clar o techo conceptual común, menos numerosas las que incluían temátic as que bajo un concepto unificador aglutinasen a una serie de creador as, y mucho menos aun cuando se ha tratado de relacionar art e con feminismo .» 853 No obstante, y como apunta la comisaria, otros f ormatos no e xpositivos como seminarios, encuentros y debates en t orno al binomio relacional mujer y arte fueron potenciados por los perfiles prof esionales de « comisarias de e xposiciones, director as de festivales o bienales, progr amadoras o jef es de departamento o área de centros de arte , a la hor a de introducir algunos proy ectos enmarcados dentr o de las líneas de pensamiento y tr abajo de arte y feminismo . » 854 En el cambio de década, la confrontación de la mir ada sobre la mujer será abordada en amplitud por part e de una segunda gener ación de artistas, implicadas activament e en su posición como creador as: «Estas mujeres han tenido como ref erencia sus propias e xperiencias para dar paso a una creación comprometida con la agenda f eminista […] Han hecho de lo personal (que es político) algo artístico .» 855 En esta lectur a de la vivencia personal como lugar de lo político, y como vía útil par a la creación, resulta determinant e analizar algunas de las primeras pr opuestas de Albarr acín a la hora de compr ender cómo esta se inserta dentro de un posicionamiento que encontr ar á el apoyo de la institución, públic a y privada, par a hacer efectivas sus propuestas. Dentro de est e espacio y tiempo concretos, result a significativa la progr amación de diferentes muestr as centradas en la figur a de la mujer artista, tales como la prematur a exposición colectiv a Mujer: F emenino, Plur al (1992), desarrollada en el Centro Andaluz de T eatro (CA T), 856 en la que Pilar Albarracín participó como artista seleccionada. Un año después fue progr amada la e xhibición titulada 100% (1993), comisariada por WLuisa L ópez Moreno y Mar Villaespesa en el antiguo Museo de Arte Contempor áneo de Sevilla —cuy as colecciones se integr an hoy en las del Centro Andaluz de Arte Contempor áneo (CAAC) de Se villa [fig. 78] . En dicha muestr a, Pilar Albarracín compartió sala junt o a María José Belbel, Salomé del Campo , Mercedes Carbonell, Nuria Carr asco, Victoria Gil, Nuria L eón, Encarni Lo zano, P epa Rubio, C armen Sigler . Como parte de las intenciones institucionales, dentro de la muestr a, se hizo hincapié en la escasa pr esencia de la mujer dentro de los museos públicos, justificando así la propia iniciativ a en una cuestión de paridad, lo que no quiere decir que el proy ecto no fuese menos necesario. Debe atenderse a la germinal intención de las artistas par a este tiempo que, en muchos de los casos, 852 MARZ O, Jor ge L uis y MA Y A Y O, P atricia, 2015. Arte en España… , op . cit., p. 576. 853 AIZPURU, Margarita, 2003. «Identidades múltiples…, op . cit., p. 10. 854 Ibidem, p . 10. 855 GONZÁLEZ, Semiramis, 2019. «Art e que responde a la violencia machista». En Equivocada NO es mi nombre . Arte contra la violencia machist a. Gijón: LABoral Centro de Art e y Creación Industrial, p. 19. 856 CENTENO L ÓPEZ, F ernando, ZAMARREÑO ARAMENDIA, Gork a y GARCÍA L OIZAGA, Miguel, 2003. Colección de arte cont emporáneo: últimas adquisiciones . Málaga: Diputación Pro vincial, Área de Cultura y Educación, pp . 22-23. 272 En el caso de la obr a de Pilar, las cuatro pie zas pertenecientes a la serie Bárbar a entr aron a formar part e de la colección a través de la conv ocatoria de la I Edición de Arte de Mujeres (1998), en la que fue seleccionada en la modalidad de pintur a. 876 En dicha muestr a, la atención a las modalidades plásticas hiz o que no necesariamente se atendier a al mensaje intrínseco de las obras, prioriz ándose como único criterio de selección la difer encia de género . No ocurrió lo mismo en la V Edición de Arte de Mujeres del Instituto Andaluz de la Mujer celebr ada en 2003. Al revisar las obr as seleccionadas, puede verse cómo en esta predominó un tono mucho más comprometido en cuanto a los discursos individuales de los tr abajos. Igualmente, y con relación a los medios presentes, la f otografía como r egistro del cuerpo y la instalación sobresalieron por encima de otr as disciplinas tal y como se demandaba en la muestr a análoga del mismo año. La serie Bárbar a , también formó parte de la y a mencionada exposición Y ou Are W elcome en la galería Juana de Aizpuru, en la que convivió con otr as pie zas audiovisuales y gr áficas. La muestr a se abría con la obra Missing (1997), una fot ografía de un cartel que mostr aba el rostro erosionado de una mujer publicitando una marc a de maquillaje: «Este como máscar a de la feminidad no logr a hacer valer sus credenciales, desapareciendo sus ef ectos y la impostur a de su objeto en el lapso de tiempo que media entre su realiz ación y la posterior apropiación del artista. » 877 Con esta obra, la artista aborda a partir de la apropiación de la imagen comer cial cómo lo femenino se ha ido re vistiendo de capas impuestas socialmente; unas intenciones que conviert en este tr abajo en todo un estudio visual de tipo antropológico: Es síntoma por tanto de la r eciente especulación en torno al cuerpo como objeto y sujet o artístico, per o también es el contr apunto a trabajos anteriores en los que la artista se intr oduce en la piel de maniquíes y simula un rol social, mimetiz ada entre el bosque de figur as que pueblan la oferta cultur al y corpor al —mediatizada y socializ ada, amén de comercializada— que de la mujer se efectúa desde la plataforma del mundo de la moda y también lo es de la serie de dibujos de mujeres barbudas y de aquellas otr as acciones en las que se simula en un espacio público el resultado de una acción violenta sobre una mujer . 878 En las obr as anteriormente comentadas, la imagen del cuerpo está pr esente a través de la presentación de la imagen de otr as mujeres, del dibujo o del animal para hablar de los límites y represiones; el cuerpo r eal de la artista no se encuentra realmente pr esente. En contr aposición a estas, otro tanto de obr as de Albarracín se v an a centrar en su corporeidad tangible como territ orio fértil par a la e xperiencia y la autorrepresentación de su propia identidad: «Su propio cuerpo es motivo de una perf ormance y de una serie de fot ografías que la document an. » 879 El llamado arte corpor al que «incluye desde nue vos enfoques pur amente plásticos, a las nue vas pr ácticas performáticas, ha estado en pleno auge, a nivel int ernacional, desde los últimos años ochenta y dur ante los 876 V éase: INSTITUT O Andaluz de la Mujer, 1998. Arte de mujer es . Se villa: Instituto Andaluz de la Mujer. 877 PÉREZ VILLÉN, Ángel L uis, 1997. «Pilar albarracín». En L ápiz , N.º 131, abril, p. 78. 878 Ibidem, pp . 78-79. 879 VILLAESPESA, Mar, 1993. «Pilar Albarr acín…, op. cit., p . 24. [Document text truncated for crawler view.]