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El ejercicio de la medicina como fuente de inspiración literaria

Yebra Sotillo, Ismael

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11 DISCURSO DE APERTURA DEL CURSO 2020–2021 PRONUNCIADO EL DÍA 2 DE OCTUBRE DE 2020 POR EL ACADÉMICO NUMERARIO EXCMO. SR. D. ISMAEL YEBRA SOTILLO 12 13 EL EJERCICIO DE LA MEDICINA COMO FUENTE DE INSPIRACIÓN LITERARIA Hay una pregunta que algunos periodistas suelen hacer cuando entrevistan a un escritor, sobre todo cuando éste último procede de un ámbito aparentemente ajeno a la Literatura: ¿El escritor nace, o se hace? Esto nunca se le plantea a quien haya estudiado Filología, Historia o Filosofía, por poner algunos ejemplos. Parece que el cultivo de estas disciplinas lleva aparejado el ejercicio de escribir y que todo aquél que proceda de otros mundos, como el científico o el trabajo manual, al menos en principio, está predestinado a no formar parte de aquello que se llamó durante los siglos XVII y XVIII la República de las Letras. ¿El escritor, nace o se hace? ¿Es posible dar respuesta a esta pregunta de forma clara y contundente? Como tantas veces ocurre, no existe una respuesta unánime ni fácil. Para esa tópica pregunta, existe una respuesta igualmente tópica: el escritor nace y se hace. Y disculpen lo previsible de la respuesta, pero no por ello deja de ser cierta. La necesidad de expresarse mediante la escritura aparece en algunas personas de la misma forma que en otras sucede con la música o la pintura. Existen personas capaces de tocar un instrumento de oído, en tanto otros son incapaces de hacerlo por muchas clases de música que reciban. Igualmente, no basta con apuntarse a un taller literario para ser escritor. Las Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 49, 2021, pp. 13–27 Por Ismael Yebra Sotillo 14 clases, los talleres pueden en todo caso mejorar unas condiciones innatas, pero éstas son las fundamentales. Todo depende de una posible base constitucional reforzada por el entorno familiar; pero de sentir la necesidad a saber expresarla y convertir la palabra en literatura hay un largo trayecto. Y ese camino hay que andarlo. Un escritor que nace, está por pulir, debe hacerse, y solo la buena orientación y el trabajo consiguen que llegue a serlo realmente. Nada más cierto que aquello que siempre hemos oído de que las musas vienen de tarde en tarde, pero cuando llegan se ha de estar con el lápiz en la mano. Y como no venimos de la nada, las lecturas son fundamentales para un escritor que se precie; somos herederos de una tradición a la que hay que reconocer, pues pensamos, hablamos y escribimos en un lenguaje que se nos ha dado hecho y se mantiene en continua evolución. Sobre el arte de escribir se ha dicho y escrito mucho, y no es el momento de recoger una antología de frases ingeniosas que determinados autores célebres hayan expresado a lo largo de la Historia. Si Unamuno dijo que la mano escribe tal como piensa la mente, Cernuda llegaba un poco más allá y matizaba que en tanto Unamuno utilizaba las palabras para sus poemas por su significado, él las escogía por su musicalidad. Unos han escrito en un estilo que casi raya en la oralidad, como Pla o Delibes, otros han optado por una prosa llena de barroquismo como Alfonso Grosso en su Florido Mayo, o han recurrido a la imaginación, como García Márquez, o a un mundo irreal y absurdo como en las novelas de Kafka, o la metáfora presente en el escribiente Bartleby de Herman Melville (hay quien dice que Bartleby es el pueblo americano y otros que es una metáfora de la resistencia pasiva o de la frustración del ser humano en la sociedad de la época). Cada escritor tiene su mundo, su propio mundo, un espacio por él creado o en el que vive o ha vivido. El autor se crea un universo literario que puede ser real, como la Castilla de Delibes, el Ampurdán de Josep Pla, la Galicia de Álvaro Cunqueiro, el Levante de Gabriel Miró o la Andalucía de Valera, y que no necesariamente tiene por qué ser su arcadia. Otras veces el escritor construye un espacio inventado, aunque sobre una base real, como son el Macondo de García Márquez, la Argónida de Caballero Bonald o la Etruria de Julio Manuel de la Rosa. 14 EL EJERCICIO DE LA MEDICINA COMO FUENTE... 15 El escenario ya está. Solo falta la trama, la acción. Y llegado a este punto, estoy de acuerdo con José María Vaz de Soto, a quien recuerdo leer en una entrevista periodística que solamente existe un tema literario: el hombre y su posición en el mundo. ¿Por qué se escribe, para qué se fabula, si no para justificar y explicar la existencia humana y el papel del hombre en el universo o, siendo más modesto, en su propio entorno? Ningún colectivo tiene, por tanto, la exclusiva para llevar adelante una obra literaria. Estoy convencido de que la riqueza intelectual de esta Real Academia se basa, en gran parte, en la variedad de saberes representados en ella. Entre mis compañeros académicos hay historiadores, lingüistas, periodistas, sociólogos, filólogos, juristas, filósofos, poetas, novelistas, críticos literarios, profesores de Historia del Arte, defensores del patrimonio, arqueólogos y quien les habla, médico-dermatólogo, aficionado a escribir. El universo literario de cada escritor está en su medio, en el ambiente en el que vive y ha vivido, y sobre todo en su experiencia y en la memoria. Nada hay más ridículo que escribir sobre lo que no se conoce. Y volvemos a la dicotomía de nace o se hace. Un buen escritor, aunque sea un viajero ocasional, dejará magníficas páginas escritas sobre una ciudad, como es el caso de algunos viajeros románticos por Andalucía que redactaron páginas excelentes al observar, con ojos foráneos, lo que los autóctonos no supieron ver. O bien hará el ridículo si no ha sido capaz de llegar a entender el mundo sobre el que escribe, como he leído a un escritor actual de pluma ágil y brillante, de cuyo nombre prefiero no acordarme, al describir una Sevilla llena de tópicos, tan falsa y previsible como la referida por Cela en su Primer Viaje Andaluz y de cuyo relato únicamente se salva su encuentro con Romero Murube al visitar el Alcázar. El fino y frío Joaquín, deja en evidencia al viajero cuando ve llegada la hora de la siesta. Y llegados a este punto, queda justificado el título de este discurso de apertura del curso académico 2020-2021, que he titulado “El ejercicio de la Medicina como fuente de inspiración literaria”. Son muchos los que me han dicho, al conocer mi pertenencia a esta Real Academia, que soy un representante de la figura del médico escritor, tan frecuente en la Historia de la Lite- 15ISMAEL YEBRA SOTILLO 16 ratura, así como en la nómina de académicos de esta institución. Yo les contesto que sí, que efectivamente son muchos los médicos que figuran en la Historia de la Literatura, pero como también lo son de otras profesiones. Cernuda y Pedro Garfias, sin ir más lejos, estudiaron Derecho en la Universidad de Sevilla, al igual que Alberto García Ulecia, ese gran poeta de Morón, o el mismísimo Franz Kafka que tras pasar por las Facultades de Química, Historia del Arte y Filología Alemana, acabó licenciándose en Derecho en la Universidad de Praga, para trabajar luego como empleado en una compañía italiana de accidentes laborales. Juan Benet era ingeniero de caminos, Miguel Delibes, licenciado en Comercio, Fernando Villalón, agricultor y ganadero de reses bravas, Manuel Altolaguirre, impresor. Aunque la palma se la lleva Ignacio Sánchez-Mejías, hijo de médico por cierto, que tenía engañado a su padre de que había iniciado los estudios de Medicina, cuando no había terminado ni siquiera el bachillerato en mi colegio de los Escolapios de Ponce de León en Sevilla. Sánchez-Mejías fue torero, aviador, actor, jugador de polo, presidente del Real Betis Balompié, periodista, autor teatral y anfitrión en su cortijo de Pino Montano de la reunión que dio nombre a la Generación del 27. Y así podríamos seguir una interminable lista que deja bien claro que, afortunadamente, no existe el título oficial de escritor, sino que el hecho de escribir, publicar un libro o figurar como columnista en un periódico es algo que puede hacerlo cualquier persona con la única condición de que tenga algo que decir, que sepa expresarlo y, sobre todo en los tiempos que corren, que se lo permitan. Y digo afortunadamente, porque al ser un foro abierto se gana en variedad y riqueza en beneficio tanto de los que escriben como de los que leen y que sean estos últimos, los lectores, los que tengan la última palabra, en esa especie de ruedo abierto, por no decir jaula de grillos, en el que se ha convertido el mundillo periodístico y literario. Sentarse a escribir puede ser considerado como una necesidad, como una forma de expresión por medio de la cual una persona siente la obligación y la satisfacción de comunicarse con otros. Plumas tan autorizadas como la de Juan Ramón Jiménez, 16 EL EJERCICIO DE LA MEDICINA COMO FUENTE... 17 ven otra justificación en el hecho de que alguien que desempeñe otra profesión, se vea impulsado a escribir. Durante su estancia en Moguer entre 1906-1911, escribió una pequeña prosa titulada “El telegrafista”, que nos da su visión de esa doble personalidad que se puede aplicar en este caso al médico-escritor: En mi pueblo, como en toda Andalucía, como en toda España,…, nadie tiene una verdadera afición a su carrera o a su oficio. El sastre toca el acordeón, el médico hace jaulas, rinconeras, una carpintería florida y lamentable; el abogado compone relojes, el ingeniero organiza fiestas religiosas y procesiones de carnavales celestes; el notario da recetas a sus amigos… La obligación se cumple de cualquier modo, de prisa, con mal humor, suspirando por horas libres para hacer todo lo que no sea lo debido. Es decir, que si seguimos al pie de la letra el texto de Juan Ramón, nuestro Vicedirector el ilustre notario D. Pablo Gutiérrez-Alviz, debería pasar consulta y prescribir medicamentos, al tiempo que mi labor preferida como médico debería ser la de fabricar jaulas y estanterías rinconeras. Pero dejemos las cosas como están y volvamos al tema que nos ocupa. Mi presencia en esta tribuna no es ninguna novedad. Un médico en Buenas Letras no es nada nuevo. En esta casa han ocupado sillones académicos ilustres médicos que han destacado en el ejercicio de las Literatura. A mi derecha está el retrato de D. Ramón de la Sota y Lastra, catedrático de Cirugía de la Facultad de Medicina de Sevilla al restablecerse los estudios en nuestra ciudad tras su supresión durante el denominado Sexenio Revolucionario. Don Ramón, como era conocido en Sevilla, fue el primer médico que se dedicó en nuestra ciudad al ejercicio y la docencia de la Dermatología y dirigió esta Real Academia desde 1894 a 1903. Por citar solo los más recientes, recordaré a D. Antonio Hermosilla y a mis profesores D. Gabriel Sánchez de la Cuesta, D. Sebastián García Díaz y D. Juan Ramón Zaragoza Rubira, Premio Nadal de Novela en 1980 y a quien he tenido el honor de sustituir en esta academia. ¿Qué aporta a un escritor el hecho de ser médico? ¿Se es médico-escritor o escritor-médico? ¿Qué diferencia a un escritor 17ISMAEL YEBRA SOTILLO 18 médico del que no lo es? ¿Qué le aporta a un médico a la hora de ejercer la Medicina el hecho de que sea escritor? ¿Cómo y por qué ha influido en la Historia de la Literatura la presencia de médicos escritores? Surgen también otras preguntas más prácticas y no por ello menos interesantes que todos ustedes podrían hacerme: ¿Qué nos interesa el tema a los académicos y al resto de los presentes? ¿No es esta una cuestión que no va más allá de la curiosidad y que solo podría interesar a aquellos que se dedican el ejercicio de la Medicina? Son preguntas a las que intentaré dar una respuesta creíble a lo largo de esta disertación. Y empezaré por esta última. En mi opinión el tema del humanismo médico nos interesa a todos y no solamente a los médicos, por la sencilla razón de que médicos somos algunos, pero enfermos lo somos todos y el que no lo sea actualmente, lo será con el paso del tiempo. Hay quien llega al extremo de afirmar que las personas sanas son enfermos sin diagnosticar, lo cual podría ser considerado una boutade más, a las que tan acostumbrado nos tenía Camilo José Cela. Mucho más allá fue Marco Aurelio al afirmar que “solo somos un alma que lleva un cadáver a cuestas”. El deterioro de la relación médico-paciente, establecida desde tiempos hipocráticos, está llegando a unos niveles que ponen en peligro la dignidad de las personas como pacientes y la del médico como profesional. Y lo dice quien ha estado cuatro décadas como médico y ahora le toca sentarse al otro de la mesa como paciente. Nunca más que ahora se echa en falta la humanidad en la asistencia médica. Permítanme que les recomiende la lectura de la pequeña obra Sendino se muere, de Pablo D’Ors, en la que se narran los dos últimos meses de vida de una médico ingresada como enferma de cáncer terminal en el propio hospital en el que trabajaba. Fue una triste experiencia que da mucho que pensar. Las pruebas complementarias, la rutina y el exceso de tecnología han hecho mella en el acto médico y están dando lugar a una gran insatisfacción por ambas partes. En demasiadas ocasiones, ni el médico está satisfecho con el desempeño de su profesión, ni el paciente con el trato recibido. Solía repetir mi maestro en la especialidad, que era necesario formar bien a los alumnos de Medicina porque, andando el tiempo, serán nuestros médicos. Y si la Medicina es una ciencia Humana, como suele 18 EL EJERCICIO DE LA MEDICINA COMO FUENTE... 19 decirse la más científica de las Humanidades y la más humana de las Ciencias, son ahora más necesarios que nunca médicos con formación humanística, como camino para ser más humanos y humanizar así el ejercicio de la ciencia médica. Al nombrar las palabras médico y escritor, ineludiblemente, me viene a la cabeza el término vocación. Sí, repito: vocación. Una palabra que parece obsoleta en un mundo deshumanizado en el que prima la utilidad, la inmediatez y el beneficio material. Desde mis años de estudiante de Medicina oí a mis profesores dos frases que se me quedaron grabadas y han marcado mi ejercicio profesional: una, que no existen enfermedades, sino enfermos; y otra, que el médico debe curar, si no es posible, aliviar y si no consolar. Ambas máximas, tengo la sensación de que están olvidadas y resultan obsoletas. Explicárselas a los estudiantes de Medicina actualmente, obsesionados con el examen MIR y formados para acertar preguntas como si fuese una quiniela o una lotería primitiva, les dejaría confundidos al no poder ser respondidas mediante una opción tipo test. En los tiempos que corren, que podríamos llamar como la dictadura de los protocolos, hablar de casos particulares o nombrar la palabra consolar, parecen un despropósito. ¿Pretender que entre la labor del médico se incluya la de consolar al enfermo? ¡Para eso, me dijeron en cierta ocasión, están los curas y la familia! Cuando un médico escribe, ama la música y el arte, se humaniza; y estoy convencido de que está en el camino para ser mejor médico. La Medicina se puede beneficiar del ejercicio de la Literatura, de la misma forma que la Literatura se puede beneficiar del ejercicio de la Medicina. Hay médicos que escriben sin dejar nunca de ser médicos, ejerciendo la Medicina en mayor o menor grado, como fueron los casos de Anton Chèjov, Miguel Torga, Mijail Bulgakov o Gregorio Marañón. Pero hay otros que fueron escritores y jamás ejercieron la Medicina, aunque fueran licenciados o doctores en ella, como fue el caso de Somerseth Maugham, autor de novelas de éxito como El filo de la navaja. En este autor, el hecho de ser médico fue una simple anécdota, por no llamarle un error de juventud. Otros, como Pío Baroja, ejercieron la Medicina, pero solo unos meses. Cuando Don Pío fue destinado como médico rural a 19ISMAEL YEBRA SOTILLO 26 Podríamos decir que el frustrado detective Doyle dio paso al doctor Sherlock Holmes. Otro caso evidente de influencia del ejercicio médico en la inspiración literaria lo tenemos en el poeta alemán Godfriedd Benn. Dermatólogo como quien les habla, Benn está considerado como el renovador de la poesía alemana en el siglo XX. El potente romanticismo alemán seguía vigente en los gustos poéticos bien entrado el siglo XX, cuando las denominadas vanguardias habían derivado ya a los nuevas formas dictadas por Baudelaire, Rimbaud, Verlaine o Mallarmé. La poesía germánica se movía entre los márgenes dictados por Goethe, el también médico Shiller, Novalis, Hölderlin, entre otros, dentro de la pura línea del romanticismo, cuando aparece el primer poemario de Benn con poemas como “Morgue” o “La novia del negro”, difícilmente digeribles por los gustos de la época y que suponen una ruptura total y brusca con la estética vigente. En su segundo poemario, Carne, que ve la luz en 1917, se habla de cadáveres de niños muertos, de autopsias o de mujeres embarazadas a las que se les desgarra el ombligo. Unos temas que rompen radicalmente con los gustos de la burguesía de la época y que sigue los caminos abiertos en Francia por Baudelaire en Las flores del mal. Mientras otros poetas seguían interpretando el mundo desde una óptica romántica, Benn, desde sus años de estudiante de Medicina y médico militar, conoció otro mundo y vivió experiencias que hicieron que calaran en él las ideas de los denominados poetas malditos. Relacionado en principio con las ideas nazis, de las que Benn renunció y se desligó precozmente al sentirse equivocado, fue perseguido y censurado, llegando a prohibírsele incluso ejercer, no ya como escritor, sino como médico dermatólogo. Entraría no obstante en la Historia de la Literatura alemana ya que, en opinión de su traductor Arturo Parada, “fue el primer poeta alemán que escribía con el lenguaje de su siglo”. Voy concluyendo. El ejercicio de la Medicina siempre ha sido una buena escuela para la práctica de la Literatura. El escritor médico o el médico escritor, ha dispuesto de un bagaje particular que, necesariamente, tenía que reflejarse en su obra. No se trata de elaborar una larga lista de autores que forman parte de 26 EL EJERCICIO DE LA MEDICINA COMO FUENTE... 27 la Historia de la Literatura que tuviesen además el añadido de ser médicos, sino de ver de qué manera el desempeño de la profesión médica ha servido para inspirar o influenciar temas o formas de expresión puramente literarias. La lista podría haber sido amplia, pero como digo no se trataba de eso. No he pretendido completar un elenco de médicos que hayan sido escritores o escritores que hayan estudiado Medicina. Su planteamiento no tendría el más mínimo interés. Por no remontarnos demasiado lejos en el tiempo y llegar a los santos Cosme y Damián o al evangelista San Lucas, podríamos haber citado también a los franceses François Rabelais, el autor de Gargantúa y Pantagruel y a Louis Ferdinand Céline y su Viaje al fin de la noche. A los psicoanalistas Sigmund Freud y Carl Gustav Jung. Al portugués Antonio Lobo Antunes, Premio Camöes y varias veces candidato al Nobel. A la egipcia Nawal El Saadawi. A nuestro Luis Martín Santos, autor de la novela Tiempo de silencio, que renovó la narrativa española del pasado siglo y a tantos otros médicos que han visto su fuente de inspiración en el ejercicio de una profesión que, nunca se olvide, no tiene otro fin que ayudar y aliviar al ser humano en sus momentos de máxima debilidad, cuando es presa de la enfermedad. La Medicina nunca será ni deberá ser entendida como una ciencia exacta porque su centro está en ese ser individual e irrepetible que es cada ser humano. Defender la figura del médico humanista amante de las letras y las artes, aquél que se mueve en su ejercicio dentro de la más absoluta filantropía, respetando los cánones de la fraternidad universal, es apoyar al débil como si fuese hermano de una religión igualmente universal que no obedece a otra liturgia que el sentirse al lado del que sufre e intentar ayudarle apoyándose en medios técnicos y científicos. En estos tiempos en los que términos como cooperación, integración, igualdad, solidaridad y otros, se banalizan al utilizarse con frecuencia de forma superficial, abusiva y rutinaria, romper una lanza en defensa de la humanización del acto médico es toda una necesidad que no tiene nada de literatura. La atención médica humana y humanitaria no debe ser un argumento que pertenezca al campo de la ficción, sino una crónica real, un objetivo a lograr, carente de toda literatura. 27ISMAEL YEBRA SOTILLO