scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Contestación al discurso de ingreso del excmo. Sr.d. Alfonso Lazo Díaz

Gómez Marín, José Antonio

Full text

47 CONTESTACIÓN AL DISCURSO DE INGRESO DEL EXCMO. SR. D. ALFONSO LAZO DÍAZ Por José Antonio Gómez Marín Excmo. Sr. Director Excmos. Sras. y Sres. Académicos Sras. y Sres. La biografía del profesor Alfonso Lazo, que hoy ingresa en esta Real Corporación, registra, como la de los antiguos romanos, tres intensas etapas: la de su juventud, implicada en la lucha; la de su madurez, al servicio de la Política y de la docencia, y esta venturosa que ahora disfruta retirado en el campo. En ese viaje, el hombre de la Generación del 68, serviría gustoso a un modelo historiográfico apegado con fuerza a la perspectiva social según el modelo frecuente entre los maestros contemporáneos de su disciplina. Quien conozca su obra sabe hasta qué punto la objetividad ha sido la constante más visible en sus enfoques, lo que merece especial consideración en tiempos tan parciales como los que vivimos. El hecho histórico no es jamás independiente de su circunstancia –como creyó la pecadora historiografía naturalista y asumió en éxtasis un amplio sector del estructuralismo– sino que exige para su conocimiento cabal la visión certera de la sociedad en que se produce y su cotejo con el esquema escurridizo de la ideología que le es contemporánea. Los hombres se insertan en Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 48, 2020, pp. 47–52 48 sus sociedades arrastrados por las ideas –me resisto, de momento al menos, a hablar de “ideologías”– y éstas no son sino el producto, no siempre benéfico ni razonable, de la acción intelectual, es decir, de la “producción” (por decirlo con ese término tan acreditado en la “postmodernidad”), que no es más que la obra de las élites pensantes. En el discurso que acaba de leernos, el profesor Lazo muestra con animosa inquietud su preocupación por ese mecanismo en virtud del cual los individuos discurren socialmente mecidos por la marea ideológica que reciben de lo que en la tradición medieval se conocía por los “letrados”. La acción individual responde al impulso de una idea que procede de un ámbito selecto en el que, instalados en el saber que encierra la cultura escrita, algunos de sus miembros teorizan lo que el estructuralismo llamaría acaso las “maneras” de ser y actuar que en cada momento se estiman idóneas. Pero ¿qué legitima esa maestría, cuál es la fuente que la nutre? Pues, invariablemente, la lectura. Por eso habla nuestro nuevo compañero de esos “lectores de libros” alrededor de los cuales, según cree con sobrada razón, “ha girado la civilización europea”, y que hoy lamenta contemplar derrotados ante la realidad de la barbarie. La lectura es ni más ni menos que la acequia que vivifica el saber humano en la medida en que éste es el depósito histórico del conocimiento conquistado y transmitido entre las generaciones. Y el lector es, en consecuencia, el agente de esa imprescindible transmisión genética, clave de la curiosa continuidad convivencial que, en definitiva, es la Cultura. ¿Qué hubiera sido de Occidente –la única “civilización” realmente conocida– sin la biblioteca de Alejandría o la de Nínive; qué sin la salvación del naufragio del saber clásico en los monasterios medievales y a manos de los copistas del Renacimiento, a cuyos amanuenses exige con tanto rigor el abad Trithemio, elogia sin medida Petrarca y reconocen el mérito histórico desde Jacob Burkhardt a Philippe Woolf o Robert Mandrou? Es verdad que el libro ha sido también un vano signo de prestigio denunciado desde Luciano a Séneca, pero no sólo él sino sus precursores no impresos fueron en todo tiempo el eslabón cultural que garantizaba la cadena de la experiencia intelectual de la especie. Y claro que al referirnos a ese lector 48 CONTESTACIÓN AL DISCURSO DE INGRESO... 49 pensamos en el lector “expansivo”, no en el suspecto, aunque haya que incluir entre los primeros tanto a los primitivos “aedos” o a los juglares medievales como a los declamadores monásticos o a los recitadores de los modernos “clubs de lectura” que proliferaron en la cultura proletaria. Castellet marcó un hito al hablar del lector como “sancionador inteligente” de la propuesta literaria –el “intelectual oficiante”– una vez superada su actitud como “criatura pasiva”. Para que la sociedad viva y evolucione es precisa la “instrucción” que, al depender del estudio, pasa forzosamente por la lectura. Hubo en los años 80 un famoso debate entre Pierre Bourdieu y Roger Chartier tras el cual, a mi entender, queda poco que añadir. Tras ese debate damos por cierto que la lectura es una institución histórica que nos libera de lo que la Historia puede imponernos como presupuesto inconsciente; que, en todo caso, existe una necesidad natural de lectura que, acaso, la escuela primaria destruye para crear otra y crearla de otra forma; que las lecturas son siempre plurales y responden a una necesidad de información; que, puesto que el libro supone un poder, el poder sobre el libro también ha de ser, lógicamente, un poder que llega a ser extraordinario cuando logra convertirse en modelo de vida; que los intelectuales reciben del libro un poder simbólico con capacidad para obrar sobre las estructuras mentales y, a través de ellas, sobre la propia realidad social; y finalmente, que los libros que más han influido son aquellos que han discurrido “de inconsciente a inconsciente”: “Uno encuentra en el libro lo que uno pone, y que uno no sabría decir”, por lo cual –dice Bourdieu– esos intelectuales, auténticos profesionales de la “producción” cultural, “son gente que tiene un verdadero monopolio de convertir en explícito lo no dicho, de llevar al orden del decir, cosas que “los otros” no pueden decir, no saben decir, ya que no encuentran palabras adecuadas”. Todo esto confirma las intuiciones expuestas hoy por Alfonso Lazo, aunque sea preciso añadir que en una civilización de lectores –porque no todas lo son– subsisten vivos “pre-saberes” que no proceden de la lectura, aunque la orienten. Pero lo que Lazo teme es que, ante la claudicación de ese modelo de “producción” social, sean los bárbaros quienes se 49JOSÉ ANTONIO GÓMEZ MARÍN 50 adueñen de la vida humana. Simmel, los dos Weber, Norbert Elias y otros, pensaban algo similar mientras retumbaba el eco de la Escuela de Frankfurt. ¿No sabemos que si en España, por ejemplo, se publican miles de libros, la fundamentada queja por la ausencia de lectores es constante? Como hemos pasado sin percatarnos demasiado del scriptorium a la tele, quizá no valoramos como sería debido cuánto ha supuesto, en el sentido apuntado, el éxito de la sociedad de masas, más concretamente, de la sociedad postindustrial o “de servicios”. Ortega, Canetti o Sloterdijk, a quienes Lazo trae a colación, no previeron, seguramente, una mutación social de la envergadura de la producida por la irrupción de lo virtual. Ninguna de las bibliotecas históricas resiste ni de lejos la comparación con la que hoy fluye agazapada en la Red, pero en ella la lectura se ha modificado de manera intensa al convertirse en un modelo urgente –el famoso “vistazo”– que nutre de modo tan precario buena parte de la cultureta actual. Porque hemos de admitir que ha sido la propia manera de leer lo que ha cambiado y que –como predicaba hace poco desde la universidad británica el profesor David Nicholas– existe la impresión de que ese nuevo lectorado “se conecta a la Red para evitar leer al modo tradicional”, limitándose a echar “vistazos” diagonalmente a través de títulos, páginas y resúmenes en busca de satisfacciones inmediatas. Estamos viviendo el ocaso de la cultura del esfuerzo y es obvio que la demotización del saber ha conllevado, con inquietante frecuencia, su banalización, y que el paso de la Cultura minoritaria –¿acaso la Cultura podrá ser alguna vez masiva?– a la que los sociólogos funcionalistas gustan llamar “masscult”, ha originado un nuevo “sujeto histórico” protagonista en la cultura de una sociedad también nueva. Sólo quedarían, pues, las élites supervivientes, favorecidas hoy por las ventajas que ofrece la tecnología, pero desarmadas en gran medida como agentes culturales y más aún como generadoras de ideas orientadoras. Pienso con inquietud en el turbador concepto de las “élites no gubernamentales” introducido por Vilfredo Pareto, en las “élites dominantes” de Wright Mills, incluso en los “hombres nuevos” de Robert Putnam, pero me asusta todavía más oír hablar de “influencers” adolescentes que se enriquecen explotando la inopia 50 CONTESTACIÓN AL DISCURSO DE INGRESO... 51 de sus congéneres, esos “productores” culturales espontáneos y ajenos por completo a la cultura del libro que están llevando el debate cultural hasta la caricatura del caos opinativo. ¿Acaso vamos hacia la inopia? No dudo que sigue siendo muy aconsejable, en este sentido, la lectura del libro fundamental de Bottomore Élites y sociedad. El profesor Lazo lleva razón en inquietarse ante la barbarie. No hay más que echar un vistazo a las listas de éxitos. Ha desaparecido por completo aquel “lector moderno, laicizado e individual” para ser sustituido por otro tan insolvente que se asombraría si supiera que Rousseau vendió setenta ediciones de su Nueva Eloísa o se enterara del seísmo provocado por Goethe con su “joven Werther”, incluida la ola de suicidios que suscitó. También si estuviera al tanto de éxitos como los alcanzados por Defoe, por Perrault o por los hermanos Grimm. Hoy cualquiera de esos rapaces triunfadores que enganchan a nuestros nietos se reiría entreviendo funcionar un “club de lectura clandestino” como el de Gorki o una sesión de lectura cortijera como aquellas que recuerda Anselmo Lorenzo que organizaban los “internacionalistas” como Paul Lafargue –el yerno de Marx– o Giuseppe Fanelli para ilustrar al proletariado campesino. Cavallo y Chartier, con su pléyade de estudiosos, ofrecen a este propósito, en su Historia de la lectura en el mundo occidental, un admirable análisis. Pero, en definitiva, no hay que poseer un don para advertir que la revolución que ha supuesto la irrupción de la cultura virtual está transformando a paso rápido el mundo que un día conocimos. En fin, no puedo terminar esta bienvenida sin referirme, con la emoción que impone la cordialidad, al personaje que hoy recibimos. Y lo haré con un recuerdo. El de un artículo que con su firma apareció en el diario El Mundo, en el que me precio de haber contribuido a hacerle un sitio. Un artículo aparecido en marzo del 2003 –valga decir en plena marea tonta de la “memoria histórica”– en el que el autor probaba tanto su magnanimidad como su valentía política. Contaba en él la tragedia vivida en su familia con estas palabras: “A principios de julio de 1936, Francisco Lazo (mi padre) y Dolores Díaz (mi madre), embarazada de pocos meses, viajaron a Madrid hospedándose en el hotel 51JOSÉ ANTONIO GÓMEZ MARÍN 52 Velázquez y siendo sorprendidos por al alzamiento militar. El hotel fue asaltado por unos milicianos anarquistas y todos los huéspedes varones conducidos a la cárcel de San Antón. Francisco no conocía a nadie en Madrid, no tenía por tanto ni amigos ni enemigos. Sin embargo, se le fusiló en Paracuellos del Jarama sin previo juicio. Su delito hubo de ser, seguramente, alojarse en un hotel considerado de ricos. Junto a él cayó Muñoz Seca, abatidos ambos por la misma ráfaga de ametralladora...”. Tras ese conmovedor preámbulo, nuestro compañero denunciaba el absurdo malévolo que suponía la insensata reivindicación partidista de la “media memoria”: “La verdad histórica –dirá el historiador Lazo– es más simple y más terrible” que la pretendida por la propaganda: “en los dos bandos hubo santos y en los dos hubo asesinos”. Y proponía –¡a su propio partido!– “ser cuidadoso con las palas, porque aquellas fosas comunes son propiedad de todos los españoles”. No me queda sino asegurarles, Excmos. Sres., que en mi ya larga andadura por la experiencia política no encontré nunca un ejemplo siquiera equiparable de buen juicio y equidad. Enhorabuena al profesor Lazo. Enhorabuena también a esta Real Academia. 52 CONTESTACIÓN AL DISCURSO DE INGRESO...