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¿Es posible una ciudadanía global?

Colonomos, Ariel

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¿Es posible una ciudadanía global? Ariel Colonomos CERl (Francia) Hace veinticinco años, Raymond Aron se interrogaba acerca de la posibilidad de una "ciudadanía multinacional" 1. Su reflexión partía de la construcción europea y de las transformaciones que ésta conllevaría naturalmente, tanto en las modalidades institucionales de regulación del poder como en los vínculos que unen a los ciudadanos y a las unidades políticas soberanas. Ese artículo revela con claridad el pensamiento aroniano, sobre todo en una época decisiva para el autor. En efecto, Aron se halla indeciso frente a varias convicciones, a dos métodos reflexivos opuestos entre sí. Por un lado, expone su visión liberal de la sociología, proponiendo una visión de las sociedades occidentales que permite comprender una dinámica verdaderamente poliárquica. De acuerdo con ese modelo, existen varios centros de poder en una sociedad; ésta no se halla ordenada siguiendo un modelo vertical. En tal caso, las dinámicas supranacionales, como la construcción progresiva de una Comunidad Europea, no hacen otra cosa que reforzar esta pluralización de las sociedades; se puede, pues, suponer en principio que las lógicas ciudadanas serán afectadas por ese nuevo ordenamiento del poder. Por el otro lado, Aron da testimonio de su fe en las instituciones, los Estados y los principios estatal-nacionales del poder. Contribuye con ello a una visión "realista" de la política internacional que privilegia las relaciones entre burocracias estatales en su análisis de la política mundial. En esta óptica, la soberanía prima en tanto que principio de regulación, pero igualmente en tanto que realidad ineludible de la escena internacional: se trata de un verdadero punto de referencia tanto para la acción como para el pensamiento. Ciertamente, si se considera la soberanía como dogma establecido del pensamiento político cuando se la define siguiendo los criterios de la nación, las fronteras y las instituciones jurídicas, los márgenes de maniobra en aras de la transformación de la ciudadanía son, por definición, limitados. 1. Este artículo, aparecido en Francia en 1972, retoma el texto de una conferencia pronunciada por Aran en la Graduate Faculty on Political and Social Science de la New School for Social Research en abril de 1974. R. Aron, "Une citoyenneté multinationale est-elle possible?", Commentaire, 14 (56), invierno 1991/1992, pp. 695-704. ¿Es posible una ciudadanía global? 25 En 1974 Aron zanja ese debate: la ciudadanía multinacional es imposible. Ella pone en tela de juicio toda la construcción occidental de lo político, toda una dinámica a la vez jurídica y política validada por la historia. Sobre todo, según Aron, la ciudadanía multinacional niega la realidad de las relaciones de fuerza, que se siguen ordenando según un modelo jerárquico y vertical a despecho del despliegue horizontal de la lógica poliárquica. En pocas palabras, Aron da marcha atrás luego de haber formulado él mismo los términos posibles de esa alternativa. Puede comprobarse con facilidad cómo ese modo reflexivo es claramente sintomático del método aro ni ano , que asocia el escepticismo a la prudencia. Ese principio de investigación permite la construcción de la obra, e incluye asimismo la posibilidad de ulteriores rectificaciones cuando la duda vaya madurando en el espíritu del sociólog02• En efecto, la intuición de Aron era novedosa y estaba perfectamente fundada. La ciudadanía -de acuerdo con los diferentes registros que la definensurgió en gran medida ligada a un contexto internacional. Desde los orígenes mismos de la noción, se halla marcada por un entorno que no podría ser delimitado exclusivamente por las fronteras locales. En efecto, cuando se busca una definición de la ciudadanía activa, tal como la sugiere Rousseau al tomar por modelo a Ginebra, no puede dejar de establecerse un vínculo entre esa construcción política y el lugar que ocupaba Ginebra en la escena europea del siglo XVIII. Rica y próspera, a salvo de conflictos y revoluciones, esa ciudad se define como fortaleza, y se procura los medios para favorecer la vita activa de sus ciudadanos, limitado su número, en su espacio público. El contexto mundial se torna uno de los elementos de redefinición de la lealtad ciudadana. Si se piensa en el auge de la ciudadanía a través del desarrollo de la burguesía en el siglo XIX, no puede dejar de considerarse la relación entre esa trayectoria política y la difusión de la Revolución Industrial en Europa. Ciertamente, más allá de tales dinámicas de interdependencia, debemos recordar diversos modelos de vínculos ciudadanos que dan testimonio de lógicas propiamente nacionales. A partir de una tradición sólidamente anclada en Francia, son los ciudadanos, según el modelo de Renan, quienes crean la nación gracias a su asociación y por medio del contrato, cuyas cláusulas ellos mismos definen. Se suele recordar que, en el modelo alemán, prima la lógica inversa: la nación define al ciudadano, según criterios más relacionados con la lengua y la cultura. Esta oposición tradicional entre esos dos modelos de cons2. Igualmente, Aran, en vísperas de su muerte, se preguntaba sobre la validez de su enfoque para las relaciones internacionales, y sobre la fuerza creciente de las dinámicas transnacionales en la construcción de una "sociedad internacional". 26 Araucaria Nro. 2 trucción nacional permite comprender la formación de dos trayectorias de ciudadanía muy distintas. Sin embargo, ambos registros no agotan la realidad social, como bien muestra el ejemplo americano. Este, en efecto, no supone un modelo de construcción nacional similar al francés, y menos aún la misma definición de un Estado fuerte. Sin embargo, también ahí el ciudadano se define como tal a través de una lógica contractual de asociación. Priman en esa dinámica ciudadana la representación democrática y la exaltación de las virtudes de la participación, principalmente en su forma más local. De allí surgen, por cierto, una larga tradición asociativa americana, la benevolencia y las obras de caridad. ¿Cuál es el estado actual del debate? No podemos dejar de reconocer que su actualidad es palpitante, y que numerosas publicaciones lo retoman, al menos implícitamente. Desde la caída del muro, en efecto, un buen número de autores han querido mostrar la transformación de las modalidades en la relación con la autoridad política vigentes en un mundo post-bipolar (Rosenau, 1992: 253-273). Varias tradiciones de análisis de la política internacional convergen aquí para poner en cuestión el carácter estrictamente nacional de la ciudadanía. En primer lugar, ciertos idealistas, que creen firmemente en la posibilidad de una ley internacional en verdad universal, ven en el fin de las relaciones de poder mecánicas de la guerra fría una posibilidad para la puesta en práctica de nuevas formas de acuerdo y de regulación. Se convierten así en los apóstoles de una global law3 y de una toma de medidas indispensables, como la puesta en marcha de un Tribunal Penal Internacional, o bien de otras de carácter preventivo destinadas a anticipar la formación de los nuevos tipos de conflictos del post-1989. El cincuentenario de la ONU, la renovación de su burocracia y su rol en la gestión de ciertas crisis, como el asunto iraquí, son testimonios recientes de sus propuestas en pro de la definición de nuevos modos de regulación. Esa ley, tan universal como moral, exige nuevas formas de responsabilidad y una ampliación de las competencias: de ahí el acento puesto sobre sectores como la información y la educación. Por lo demás, queda claro cuánto obsesiona la problemática del trasvase del carácter nacional de la ciudadanía a otra tradición del pensamiento político. Como Aron, varios autores se vuelven hoy pregoneros de un proceso de renovación del ciudadano. 3. A fines de septiembre de 1998 se llevó a cabo en la New York University una gran conferencia sobre dicha temática, que reunió a universitarios y políticos del mundo entero. El presidente Clinton participó en esta manifestación en favor de una reflexión y de una práctica de reglas jurídicas universales, que siguen a la mundialización de los intercambios y los consolidan mediante la educación y la socialización de las élites. ¿ Es posible una ciudadanía global? 27 Aquél va tomando forma en un mundo resueltamente "sin fronteras" (WihtoÍ de Wenden, 1997)4, Y entraña una mayor autonomía para los individuos. Estos son más libres, disponen de mejor información; en suma, están más capacitados para crear por sí mismos relaciones sociales propicias a la elaboración de nuevas formas de ciudadanía. Se reconocen ahí el entusiasmo y el optimismo de los liberales, los cuales, en sus ímpetus más evangelizadores característicos, se regalan a veces poniendo en práctica lo que profesan. Integración económica y difusión de valores Más allá de esas dos tradiciones, ¿tiene sentido ese interrogante a partir de ciertas realidades nuevas de la escena mundial? Existen en efecto vectores de redefinición de la ciudadanía que se apoyan en la escena mundial. En primer lugar, las relaciones internacionales económicas son portadoras de cambio en las relaciones de lealtad ciudadana. Aron lo había presentido: la integración económica europea está destinada a tener consecuencias políticas, y desde un principio se ha dado objetivos eminentemente políticos5• Hoy, uno es llevado a proceder a una constatación decididamente provisoria: el proceso está en curso. Por un lado, esta dinámica supone una socialización de las élites y la constitución de "clases transnacionales" de dirigentes6• Desde ese punto de vista, Europa ha conocido resultados notables; se ha formado una burocracia, ésta vota leyes, se crean y desarrollan intercambios universitarios para consolidar estas nuevas formas de regulación. Sin embargo, más allá de las solas élites, esa dinámica de europeización implica un reajuste de las conductas y las prácticas sociales de acuerdo con un modelo mucho más regionalista, en consonancia con las euro-regiones surgidas de la reestructuración europea y su nueva carta de intereses económicos. Los intercambios a escala regional entre el Piamonte, Ródanos-Alpes y Bad Wurtemberg dan testimonio de una dinámica integradora que no deja de afectar a las relaciones entre individuos y auto4. Muy revelador de ese modo de pensar "estilo salvoconducto" es el texto de Kenichi Ohmae, 1991. 5. La autora muestra las dificultades a las que se enfrenta la génesis de una verdadera lógica ciudadana supranacional. 6. Este enfoque ha sido particularmente privilegiado por autores de la cofradía gramsciana, como Robert Cox, quienes subrayan la relación entre desarrollo de intercambios económicos y formación de grupos sociales. entre las élites dominantes. Los managers, los eurócratas, no serían pues más que el producto de ese vasto conjunto económico en mutación y la resultante de la confrontación de los intereses en presencia (Cox, 1987). 28 Araucaria Nro. 2 ridad política, y favorece el redimensionamiento hacia espacios locales transfronterizos. La ciudadanía opera un cambio de referente al desplazarse desde el Estado-nación hacia la región comprendida en un conjunto europeo que trasciende los Estados por la vía del localismo. A esa integración a través del éxito económico, deben oponerse hoy las nuevas formas de movilización ciudadana que van tomando auge en el contexto europeo y que muestran la hostilidad de algunos grupos sociales, espantados por la realidad de los procesos en curso. Durante mucho tiempo, los agricultores y sus diferentes sindicatos nacionales han encarnado esta vía de desafío frente a los eurócratas de Bruselas. Actualmente, esta dinámica protestataria alcanza a otras profesiones, comporta manifestaciones a veces de gran envergadura, y amenaza con constreñir la política comunitaria de ciertos Estados, como Francia, Italia o Bélgica. El redimensionamiento económico de la ciudadanía corresponde a un proceso esencialmente ambivalente; a fin de cuentas, tanto en un caso como en el otro, lo económico suscita lógicas participativas tendientes o al rechazo o a la exigencia del control estatal. En un contexto supranacional, cultura e identidad tienen su lugar en el análisis de lo político. A este respecto, la fuerza de las identidades culturales o religiosas tiene impactos necesariamente determinantes sobre la definición de la relación ciudadana. En efecto -principalmente en algunas religiones-, la cuestión de la participación en la esfera temporal se plantea de entrada en los textos mismos. Actualmente, cuando las grandes religiones monoteístas, como el cristianismo y el judaísmo, han realizado eso que podríamos llamar, sin asimilarlas entre sí, su aggiornamento, algunos interrogantes perduran, en especial en los márgenes de esos grupos. Los debates en torno de los Nuevos Movimientos Religiosos y en el propio seno de dichas organizaciones dan ciertamente testimonio de la dificultad -en el interior mismo del cristianismo, del judaísmo o del islamde mantener una posición común en cuanto a los asuntos de la Ciudad. La postura pietista prescrita por buen número de los Nuevos Movimientos Religiosos -el retiro del más acá para privilegiar el más allá-, se comprende, no puede favorecer la expresión de la ciudadanía, particularmente si las exigencias del Estado-nación son tan fuertes como en el modelo francés o alemán. Los numerosos debates sobre las "sectas" son otros tantos signos de una reflexión política creciente acerca de la religión y la ciudadanía. Respecto del modelo estadounidense, es menester notar que las dinámicas religiosas no son -excepción hecha de algunos casos extremosnecesariamente peligrosas para la construcción de la participación ciudadana. Así, resulta sorprendente constatar hasta qué punto organizaciones identitarias como los evangelistas fundamentalistas, o bien los movimientos negros islámicos promueven un discurso resueltamente contestatario ¿Es posible una ciudadanía global? 29 y francamente hostil en relación con el Estado norteamericano, en especial cuando por su acción se hallan en el origen de la formación de numerosos vínculos sociales a escala local, merced a sus numerosas organizaciones de asistencia y de trabajo humanitario. Si bien las relaciones económicas y culturales participan hoy de la redefinición del modelo de lealtad ciudadana, no son, con todo, los dos únicos factores de las numerosas mutaciones en curso. Precisamente hoy, al tiempo que un número creciente de ONGs pululan en la escena mundial (como Amnesty, Green Peace o World Vision) , cabe observar cómo las temáticas elegidas integran proyectos de nuevos modos de acción ciudadana contextualizados a escala mundiaF. Esas diferentes organizaciones contribuyen en efecto a definir los nuevos límites de la ciudad política, y unas y otras promueven modos diversos de participación. Esta multiplicación de la oferta humanitaria no obedece sin más ni a lógicas de intereses ni a la gestión de los afectos comunitarios; se trata de una lógica de regulación híbrida que supone a la vez la inscripción en unas reglas de mercado -la percepción de donaciones a escala mundialy la suscripción a un conjunto de valores destinados a marcar los contornos de una comunidad de simpatizantes para sumar mejor los apoyos. En un contexto tal de proliferación de apoyos no puede dejar de verse cómo los términos mismos de la definición de ciudadanía son puestos al día. En efecto, para muchas organizaciones humanitarias, el deber participativo del buen ciudadano es también el de luchar contra la exclusión social en el país en que residen sus donadores, pero igualmente se compromete con intereses relativos a regiones tan lejanas como Africa, el Ecuador o el Tíbet. La lógica ciudadana de esas ONGs produce efectos internos en las regiones en las que trabajan, y desde luego en los países para los que solicitan la acción de sus donadores. Así, cuando "Médicos sin fronteras" organiza una campaña de apoyo en favor de talo cual país de Africa, esa demanda tiene consecuencias en Francia tanto como en el país en el que la organización opera directamente. Por lo demás, la acción humanitaria afecta también a la política exterior de los Estados implicados en la situación denunciada por el grupo humanitario. Por esta ra7. En 10 concerniente a una ONG como World Vision -cuyo presupuesto se evalúa en más de 500 millones de dólares, y que figura en el número dos en la lista de los más importantes distribuidores a escala mundial-, esta orientación no resulta tan lógica, y a fin de cuentas es relativamente reciente. Tal organización, arraigada en el mundo protestante anglosajón, ha privilegiado durante mucho tiempo temáticas culturales e identitarias, antes de abrir esos círculos a temas universales, como el de las mujeres o el de las minorías en la ciudad. (Para una valoración contemporánea del rol de las ONGs a escala mundial, y para situar su creciente importancia, cfr. Simmons, 1998: 82-96). 30 Araucaria Nro. 2 zón, la acción ciudadana acaba desembocando en la esfera de la política mundial, por cuanto interfiere en la definición de la política exterior de los Estados. Instaurando lazos entre el' que da y el que recibe, las ONGs contribuyen a forjar un vínculo social y una responsabilidad que adquiere la impronta de una ciudadanía global: forjan, por cierto, una concienciación que trasciende tanto las fronteras como los diferentes sectores de la vida social. Plenamente insertadas en una lógica competitiva -con frecuencia las ONGs trabajan en condición de competencia mutua-, esos grupos movilizan valores y afectos al servicio de la construcción de una sociedad mundial8• Ciudadanía global y sociedad civil emergente En la actualidad, en razón precisamente de la nueva distribución de laS' normas y los valores en los espacios supranacLonales, la redefinición de la problemática ciudadana es tributaria. de la emergencia de una "sociedad civil global", que se establece siguiendo varias direcci()nes y que afecta directamente a la construcción del modelo de ciudadanía. Las razones disidentes aún continúan proclamando alto y fuerte su desacuerdo cuando un envite internacional necesita de apoyos o de un pronunciamiento generalizado. El disidente, esa bien conocida figura de la guerra fría, vivió sus horas de gloria durante el período en que, por una parte, los intelectuales soviéticos ganaban el campo occidental, y el personaje del intelectual de izquierda, por otra parte, se convertía en el representante legítimo de la inteligencia occidental: coaliciones diversas tomaron forma a imagen del Pen Club, y desde luego todas las diferentes cofradías alrededor de intelectuales, cuyo viaje desde la Rive Gauche hasta el campus del mundo se efectuaba sin tropiezo alguno. Era notorio por entonces hasta qué punto la disidencia se había vuelto parte activa de la guerra fría, y cuán plenamente se insertaba en los juegos de poder de los principales actores del sistema internacional, y por ende de los Estados. Hoy resulta obligado constatar que los disidentes ocupan un rol menos visible que en el pasado. Los foros de intelectuales han evolucionado, y cedido su lugar a nuevas lógicas asociativas que toman como referencia valores nuevos. La disidencia no ha perdido por entero su sentido, aun cuando se haya debilitado su intensidad. 8. Desde los años 70, John Burton es uno de los primeros autores en haberse ocupado de esta cuestión (efr. Burton, 1972). ¿Es posible una ciudadanía global? 31 Actualmente, las líneas de fuerza de las redes de escritores e intelectuales toman forma especialmente en torno a cuestiones como el laicismo y los derechos humanos. Con todo, en este segundo ámbito está claro que sufren la dura competencia de las ONGs, cuya vocación resueltamente práctica les da una baza decisiva. Se diría que esos "hombres de buena voluntad" se hallan sometidos ahora a las exigencias de la profesionalización. El modelo del intelectual de izquierda, y las grandes figuras del tercermundismo ceden su lugar al peritaje hecho desde un dominio muy particular -la medicina, el derecho, la economía-, a partir del cual se organizan modos de acción y surgen discursos nuevos en foros cada vez más internacionales. En esta forma de civismo, la especialización de los saberes se revela un componente esencial de la afirmación de las competencias. Contra el intelectual generalista se levanta actualmente toda una cohorte de expertos solicitados tanto por las Organizaciones Internacionales como por las ONGs, reunidos frecuentemente en una red de profesionales a escala mundial, lo que varios internacionalistas han designado con el nombre de "comunidad epistémica" (Hass, 1992: 1-36). El tipo de ciudadanía postulada por las diversas asociaciones del mundo intelectual y académico apela a referentes que movilizan la razón de las Lu '- ces y arraigan en determinadas instituciones: las universidades. No obstante, esas lógicas toman verdaderamente forma en favor de redes individuales, en causas asimismo muy individualizadas, como las campañas de apoyo a Salman Rushdie o Taslima Nasreen. Esos principios de acción no difieren radicalmente de la acción de los Estados, a la cual esas organizaciones apelan con frecuencia; la relación del ciudadano con lo político corresponde a una demanda de acción, en la letra y en los principios, fiel a la declaración de los derechos del hombre. La ciudadanía global promovida por esas organizaciones se apoya en principios reconocidos por las instituciones que fundan el orden internacional, y su lenguaje en nada envidia al de las burocracias estatales. Sin embargo, demasiado a menudo, y pese a esas referencias comunes, las estrategias de los disidentes no coinciden necesariamente con las de los Estados, como por ejemplo cuando se elevan aquí y allá voces en favor de una intervención militar en un país en el que reinan el terror y la anarquía. Para tomar forma y tener derecho de ciudadanía, esas demandas ilustradas deben, sin embargo, ser apoyadas asimismo por todo un conjunto de profesionales -juristas en su mayor parte, pero también especialistas en conflictos internacionales, o médicos, que en ese punto apoyan el pronunciamiento del intelectual. Las movilizaciones de la indignación y las demandas de intervención dirigidas a los Estados, se trate de Argelia, de Ruanda o de Bosnia, merecerían ser analizadas con precaución. De esa forma podríamos darnos cuenta de que las mecánicas 32 Araucaria Nro. 2 sociales que "denuncian" la injusticia ya no son las mismas que en el pasado. La "profesionalización" de la protesta internacional se ha acompañado de un incremento de la eficacia y, sin duda, de una limitación de la teatralidad. En detrimento de la figura generalista y consensualista del "intelectual", hoy se levantan redes que hacen trabajar juntos a varios cuerpos de profesionales alrededor de una temática común. Las movilizaciones intersectoriales que se perciben en las manifestaciones en Francia conciernen igualmente a la escena internacional, que está igualmente sujeta a esos efectos de profesionalización y a esas lógicas de "coordinación". Resulta, pues, de gran interés observar que las repetidas demandas dirigidas a Estados Unidos para que levante el embargo a Cuba son llevadas a cabo por organizaciones movilizadas ad hoc, e implican a miembros fuertemente especializados en sectores diferentes. Así, el pasado año se reunieron en Estados U nidos, para una vasta campaña nacional, lo mismo hombres de negocios, descontentos por ver que se les escapaba el mercado cubano, que hombres de iglesia, pero también médicos (que denuncian con números los estragos del embargo) y trabajadores sociales. El registro de la indignación pertenece más particularmente a organizaciones que rebasan el mero círculo de los académicos. Actualmente, merced a unos debates cada vez más decisivos en torno de la cuestión de la responsabilidad y la culpabilidad, un número creciente de organizaciones hacen uso del espacio que se les acuerda para ejercer cierta presión sobre los gobiernos en vista de modificar el curso de ciertos conflictos. ONGs como "Médicos sin fronteras" abren el camino a ese trabajo de información, y la indignación humanitaria tiene en lo sucesivo derecho de ciudadanía en las tribunas oficiales, del mismo modo que se la integra progresivamente en el derecho internacional. Un número creciente de organizaciones humanitarias y religiosas recurre a la denuncia de una situación en la que reina la injusticia. Una organización como San Egidio, una especie de ONG del Vaticano, trabaja en ese sentido, intentando poner en marcha operaciones de pacificación de los conflictos a escala mundial9• Se trata, antes que nada, de reunir a los beligerantes y de posibilitar su diálogo. Aquí, el recurso al Estado no es lo primero en solicitarse; sólo cuando el diálogo ha iniciado se apartan los religiosos de San Egidio, cediendo el lugar a los políticos. Esa forma de acción cívica se acompaña también de 9. Precisamente, San Egidio ha intervenido en el terreno argelino convocando en Roma, en 1995, a un encuentro entre las diferentes partes. La iniciativa no cuajó, sobre todo a causa de la ausencia del gobierno argelino. También sufrió duras críticas de la Curia Romana y de los "profesionales" de la diplomacia vaticana. Por lo demás, San Egidio ha conocido episodios mucho más felices, en Mozambique especialmente, o en Guatemala.