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Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 359-378. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.17 La fuerza centrípeta de las ciencias en la obra de Feijoo1 The centripetal force of the sciences in the work of Feijoo Armando Menéndez Viso2 Universidad de Oviedo (España) (España) ORCID: http://orcid.org/0000-0001-6975-7616 Recibido: 01-06-2022 Aceptado: 11-06-2022 Resumen En estas líneas se quiere mostrar que la obra de Feijoo puede interpretarse en su conjunto como un proyecto político-científico. Para Feijoo, el escepticismo científico es la clave para la construcción de una comunidad ilustrada que, al dedicarse al verdadero conocimiento del mundo físico, no amenaza la religión católica ni el incipiente despliegue del Estado moderno. La ciencia (o filosofía natural) se presenta como el antídoto de las fuerzas centrífugas del error y la disgregación, en todas sus formas. Feijoo no tiene reparo en recibir y propagar las aportaciones de científicos protestantes y sí intención de generar una cultura científica que constituya un cimiento sólido para una sociedad bien organizada. Feijoo promueve la formación científica porque es útil para el progreso social, para la fundación de una comunidad propiamente católica, que incluya a todas las personas cultivadas, al margen de las incipientes unidades nacionales y de los distintos bandos confesionales. Palabras-clave: Benito Jerónimo Feijoo, ciencia, escepticismo, Ilustración, España, siglo XVIII. 1 Este trabajo se ha realizado dentro del proyecto de investigación «Contra la ignorancia y la superstición: las propuestas ilustradas de Bayle y Feijoo (PID2019-104254GB-I00), financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno de España. No habría sido el mismo sin las sugerencias de colegas que participan en él y en este monográfico. De su generosa contribución quede aquí constancia y agradecimiento. 2 ([email protected]). Licenciado en Filosofía por la Universidad de Oviedo, licenciado en Economía por la UNED y doctor en Filosofía por la Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre ciencia y valores en el Instituto de Filosofía del CSIC. Ha trabajado como profesor asociado en la Universidad Europea de Madrid y como investigador postdoctoral en la Universidad de Exeter (Reino Unido). En la actualidad es profesor titular del Departamento de Filosofía de la Universidad de Oviedo, con cuyo Instituto Universitario Feijoo de Estudios del s. XVIII colabora en la edición de las Cartas eruditas y curiosas del sabio benedictino. Es autor de numerosos libros y artículos.
360 Armando Menéndez Viso Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 359-378. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.17 Abstract This paper aims at showing that the works of Feijoo can be read in full as a political-scientific project. In Feijoo’s view, scientific skepticism is the key for the construction of a community of sages, which, being devoted to the true knowledge of the world, does not threat catholic faith, nor the incipient deploy of modern state. Science (or natural philosophy) appears as the antidote to the centrifugal forces of error and disunity, in all their forms. Feijoo does not hesitate to accept and spread the contributions of protestant scientists, with the intention of establishing a scientific culture that will act as a solid foundation for an ordered society. Feijoo promotes scientific education because it leads to social progress, allowing the creation of a properly catholic commonwealth –i.e., a true community encompassing every cultivated person, beyond any nationality and denomination. Keywords: Benito Jerónimo Feijoo, science, skepticism, Enlightenment, Spain, 18th Century. En una buena medida, la literatura sobre las aportaciones filosóficas del padre Feijoo se ha mantenido en el mismo territorio de la polémica que él transitó con soltura, si no con gusto: si era filósofo o no, novator o no, ilustrado o no, católico o no, newtoniano o no, ecléctico o no, etc. Aquí no se va a terciar en ninguna de esas disputas. Lo que se pretende es ofrecer una clave interpretativa de su obra, que desbroce algún camino para orientarse en su boscosa producción y permita darle un sentido más o menos unitario. Esa clave es la ciencia, entendida no solo como un tipo de conocimiento, sino también como un proyecto político. 1. La idea feijooniana de ciencia Para mostrar que, efectivamente, la ciencia puede articular el grueso de la producción editorial de Feijoo, parece adecuado comenzar por preguntarse qué alcance tenía exactamente la noción de ciencia para el benedictino. En primer lugar, para Feijoo la ciencia (o las ciencias) constituye la fuente del verdadero conocimiento, la auténtica filosofía. Aunque seguramente está de más para quien tenga familiaridad con la literatura filosófica ilustrada (y anterior), conviene recordar que en ella lo que hoy denominamos ciencias no se separaba de lo que ahora se llama filosofía, y que este último término se usó hasta prácticamente el s. XX para designar el conglomerado de los saberes bien establecidos. Así pues, en la obra de Feijoo, como en cualquiera otra de su tiempo, ciencia y filosofía son prácticamente sinónimos. Esta acotación resulta
361 La fuerza centrípeta de las ciencias en la obra de Feijoo Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 359-378. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.17 relevante porque es precisamente el nacimiento de las ciencias modernas, y la actitud de sus proponentes y defensores (como Feijoo) a lo largo de los siglos XVII, XVIII y XIX, lo que va decantando el uso del término filosofía hacia la disciplina académica que hoy conocemos por ese nombre, mientras que las formas de conocimiento que se van desarrollando por entonces (física, química, medicina, …) adoptan el nombre genérico de ciencias. Por lo tanto, para Feijoo lo filosófico por excelencia es lo que hoy llamaríamos científico. De hecho, en la obra de Feijoo, como en otras de la Ilustración, el adjetivo filosófico se quiere arrebatar a la escolástica para retornarlo a un lugar más propio, a las ciencias (Rincón, 1972). En palabras de Rafael Lapesa, «el intelectual modernizante del siglo XVIII recibe el nombre de filósofo, pues aunque no es amigo de la filosofía especulativa, sí lo es de la filosofía natural y de la filosofía política» (Lapesa, 1967, 76). La identificación de ciencias y filosofía no se reduce, pues, a una cuestión puramente lingüística, sino que encierra toda una concepción del saber, que es precisamente la que nuestro autor trata de defender en sus escritos. Si hay una constante en la variopinta producción feijooniana es la identificación del verdadero conocimiento con la ciencia, tal y como se entiende desde la llamada revolución científica del s. XVII. Feijoo adopta la concepción del conocimiento científico que elabora e irradia la Royal Society y su planteamiento resulta plenamente moderno (en algunos aspectos, como se verá, quizá incluso más que el de los héroes científicos británicos): la ciencia consiste en una empresa colectiva y continua, que no trata de construir sistemas estáticos sobre la especulación y la autoridad, sino que amplía constantemente el conocimiento de la naturaleza mediante su observación. Como es bien sabido, el conocimiento por observación es la gran aportación del método de Bacon. Feijoo declara repetidamente su adhesión a las propuestas del barón de Verulamium, a quien cita con frecuencia (más de ochenta veces). Nuestro autor es plenamente consciente de que lo que Bacon propone es un método, no un contenido positivo, y de que es este método, y no otras aportaciones del filósofo inglés, lo que debe adoptarse: Adviértese, que los elogios que aquí se dan a Bacon, son relativos precisamente a sus especulaciones Físicas; confesando, que para otros objetos más importantes fue hombre de cortísimas luces. Los escritos de este hombre hicieron muy diferente eco en el mundo que todos los antecedentes enemigos de Aristóteles: en ellos, demás de un sutil ingenio, una clara penetración, y una amplísima capacidad, resplandece un genio sublime, una celsitud de índole noble, que sin afectar superioridad al lector le representa tener muy debajo de sí a todos los que impugna. No fundó Bacon nuevo sistema físico, conociendo sus fuerzas insuficientes para tanto asunto: sólo señaló el terreno donde se había de trabajar, y el modo de cultivarle para producir una filosofía fructuosa. Esta moderación contribuyó mucho a la estimación de sus máximas, mirándolas
362 Armando Menéndez Viso Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 359-378. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.17 como partos de un hombre que no atendía a su gloria, sino a la verdad. Con esto empezó a minorarse mucho en las naciones la veneración de Aristóteles, y en esta decadencia de culto al Estagirita, hallaron poco después abierto el camino para filosofar con libertad Descartes, Gasendo, y otros (TC, IV, 7: «Mérito y fortuna de Aristóteles y de sus escritos», 40). Este método socava, sobre todo, la escolástica y convierte en absurdo el seguimiento ciego de Aristóteles. Escolástica y filosofía/ciencia serían, pues, los dos extremos del camino que deberían recorrer quienes se hallen aún en los dominios de la primera. Feijoo abraza la distinción moderna entre ciencia y metafísica, estableciendo entre ambas un hiato metodológico insalvable: Hasta aquí, desde que Santo Tomás abrazó el partido peripatético, todo fue triunfos para Aristóteles. La semilla de la doctrina química aún no había fructificado. Las demás, ni entonces ni después echaron raíces. Vino después el grande y sublime ingenio de Francisco Bacon, Conde de Verulamio, Gran Canciller de Inglaterra, quien con sutiles reflexiones advirtió los defectos de la filosofía aristotélica; o, por mejor decir, advirtió que no había filosofía alguna en el mundo: que la física de Aristóteles era pura metafísica: que en los escritos de Platón no se hallaba más que una mera teología natural: que la filosofía de Telesio era solo instauración de la de Parménides; la de Ramo, una despreciable quimera: que los químicos habían tomado a la verdad el rumbo que se debía seguir; conviene a saber, el de la experiencia, [148] pero limitada esta a unas pocas operaciones del fuego, corta basa para fundar un sistema; concluyendo de todo esto que era menester empezar de nuevo sobre cimientos sólidos esta gran fábrica de la filosofía, echando por el suelo como inútil todo lo edificado hasta ahora; para cuyo fin formó el proyecto en aquella admirable obra, que llamó Instauración magna, compuesta de varios libros, como son, el Nuevo Órgano de las Ciencias, la Historia Natural, los Impetus Filosóficos, la Nueva Atlantis, etc. (TC, IV, 7: «Mérito y fortuna de Aristóteles y de sus escritos», 39). La autoridad como fuente de conocimiento es rechazada repetidamente por Feijoo. Por eso la escolástica, en cuanto práctica especulativa apoyada en la apelación a autoridades previas, no tiene cabida en la ciencia experimental. La prueba empírica, el éxito práctico, es la medida de la potencia científica: Seguramente afirmo que no hay arte, o facultad más inconducente para la medicina, que la física de la Escuela. Si todos cuantos filósofos hay y hubo en el mundo se juntasen, y estuviesen en consulta por espacio de cien años, no nos dirían cómo se debe curar un sabañón; ni de aquel tumultuante concilio saldría máxima alguna que no debiese descaminarse por contrabando en la entrada del cuarto de un enfermo. El buen entendimiento y la experiencia (o propia, o ajena) son el padre y madre de la medicina, sin que la física tenga parte alguna en esta producción. Hablo de la física escolástica, no de la experimental (TC, II, 8: «Sabiduría aparente», §V, 22).
363 La fuerza centrípeta de las ciencias en la obra de Feijoo Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 359-378. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.17 Pero la ciencia de Feijoo no se dirige solo contra la aristotélica o la escolástica, sino también contra la superstición: En este ejemplo se ve que los milagros fingidos no alimentan más que una falsa piedad, de quien es hijo legítimo el furor. Es totalmente contra la intención de Dios el que sus verdades se califiquen con embustes. Toda mentira tiene por autor al demonio; y no moviera su malignidad a los hombres a fingir prodigios, si conociera que la ficción nos había de confirmar en la fe, o estimularnos a la virtud. Conviene, pues, siempre desengañar al vulgo de sus erradas aprehensiones. Es verdad que éste una vez preocupado de ellas, suele estar ciego y sordo para las verdades más patentes (TC, III, 6: «Milagros supuestos», §X, 43). Y contra las pseudociencias: De lo dicho se infiere, que los escritores de alquimia solo pueden ser útiles a quien los lee, no para instrucción, sino para diversión, como las novelas de Don Belianis de Grecia, y Amadís de Gaula. No por eso condeno aquellos autores, que, sin jactarse de poseer el secreto de la piedra, tratan esta materia filosóficamente, como el traductor de Filaleta, probando su posibilidad, a que muchos hombres de juicio y de doctrina han asentido. Este asunto es tan digno de disquisición seria, como otras materias filosóficas. Pero con los libros de aquellos alquimistas que prometen, en fuerza de sus preceptos, la consecución del gran secreto, creo que se podría hacer lo que los alquimistas hacen con los metales: esto es, calcinarlos, disolverlos, amalgamarlos, fundirlos, precipitarlos, etc. Y cuando no se llegue a este rigor, hágase de ellos la estimación que hizo León X de un libro que le dedicó un alquimista. Esperaba el autor una considerable gratificación de aquel generoso protector de las artes y buenas letras; pero la que le hizo el Pontífice se redujo a una bolsa vacía que le envió, diciendo que, pues sabía el arte de hacer oro, no necesitaba otra cosa que bolsa donde echarlo (TC, III, 8: «Piedra filosofal», §X, 44). Así pues, Feijoo, al defender la filosofía experimental, no se queda en el plano metodológico, proponiendo la mejora de la práctica científica o afinando la distinción de las verdaderas ciencias. Su defensa de la observación como método aspira a suprimir al mismo tiempo la beatería supersticiosa y las estafas pseudocientíficas, lo que constituye una acción política. Hasta aquí la importancia de la observación, del método baconiano en la concepción que Feijoo tiene de la ciencia. Pero más relevante aún que la prevalencia de la observación resulta la otra nota que dábamos al principio: la ciencia como empresa colectiva y continua. El método baconiano, puesto que es efectivamente tal, ha de aplicarse, si se quiere obtener algún resultado, y en esto las sociedades (naciones, pueblos) deben ponerse a la labor. De ahí que el benedictino confiese abiertamente su admiración por la producción científica de las Islas Británicas:
364 Armando Menéndez Viso Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 359-378. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.17 si entre las naciones de Europa hubiese yo de dar preferencia a alguna en la sutileza, me arrimaría al dictamen de Heidegero, autor alemán, que concede a los ingleses esta ventaja. Ciertamente la Gran Bretaña, desde que se introdujo en ella el cultivo de las letras, ha producido una gran copia de autores de primera nota (TC, II, 15, «Mapa intelectual y cotejo de naciones», §VIII, 34). Esta admiración resulta notable porque las noticias de autores británicos que Feijoo plasma en sus escritos, aunque normalmente precisas, también son indirectas, recogidas de las publicaciones periódicas francesas que Feijoo recibe con regularidad (Pérez 1947, 141 y ss.)3. En todo caso, Feijoo no era un científico al modo británico, un gentleman que invierte capital y tiempo en laboratorios o se entrega a empresas técnicas con socios diversos. Los recursos de Feijoo se ciñen a los de su orden benedictina y los de la modesta capital de provincia en la que ejerce su actividad universitaria, y además sus inclinaciones no le atraen hacia la vida de laboratorio. «Nuestro benedictino utilizaba el termómetro y el microscopio, aunque confesaba no tener paciencia para andar “atisbando átomos”», nos dice Lapesa, citando a Sarrailh (Lapesa, 1967, 74). Y, sin embargo, Feijoo está convencido de su propia capacidad transformadora. Esto último solo es posible si se concibe la ciencia como una empresa colectiva, en la que unas manos aportan método; otras, conocimientos positivos; otras (como las de Feijoo), divulgación y desengaño de errores; otras, financiación; otras, aplicación a sus profesiones o saberes, etc. Esta concepción de la ciencia como empresa colectiva va unida a su carácter no sistemático, sino progresivo, incluso incipiente. La ciencia baconiana, aquella que debe desarrollarse siguiendo las recomendaciones del Novum Organum, no es algo que se haya dado ya, que haya aparecido: es un proyecto que está en sus albores y aún queda un mundo para que llegue a desarrollarse con plenitud. Además, para que este desarrollo tenga lugar, se precisa la implicación de la sociedad en su conjunto, la organización de la investigación en colectivos (sociedades) y el sufragio de los gobiernos: Aunque hasta ahora los varios sistemas filosóficos que se han inventado padezcan o grandes dudas o declaradas nulidades, ¿quién sabe si en adelante puede descubrirse alguno tan cabal, tan bien fundado, que convenza de su verdad al entendimiento? Lo que creo es que, si esto se puede lograr, es más verosímil conseguirse usando del método y órgano de Bacon. Bien es verdad que éste es tan laborioso y prolijo, que casi se debe reputar moralmente imposible su ejecución; pues es por lo menos preciso que los monarcas de un poderosísimo reino (v.gr. el de Francia), por espacio de más de cien años, aplicando a este fin grandes tesoros, hagan trabajar en innumerables experimentos, y en razonar sobre ellos, con distinción de varias clases y empleos, [347] aunque todos subordinados debajo de planta arreglada, a más de cuatrocientos hombres 3 Sobre los conocimientos lingüísticos de Feijoo, véase también San José 2020.
365 La fuerza centrípeta de las ciencias en la obra de Feijoo Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 359-378. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.17 hábiles. ¿Cuándo se logrará esto? La Academia Real de las Ciencias de París, la Sociedad Regia de Londres, no son más que un rasguño del gran proyecto de Bacon (TC, III, 13: «Escepticismo filosófico», §XXV, 97). La ciencia, por tanto, es una empresa plural, inacabada e inacabable, cambiante, no una compilación de preceptos o máximas eviternas. Esta concepción dinámica de la ciencia, que la convierte en quehacer, conduce a otra característica que resulta imprescindible para entender el proyecto literario de Feijoo: no hay final en la investigación científica. No hay fin temporal, la labor científica no llega jamás a término, y no hay fin epistémico: no se llega a descubrir la verdad, no se completa el mapa gnoseológico del mundo. Mediante la experimentación puede obtenerse certeza, pero no llegar a la verdad última: no excluimos la certeza experimental, o un conocimiento cierto, adquirido por la experiencia y observación de las materias de física; antes aseguramos que éste es el único camino por donde puede llegar a alcanzarse la verdad; aunque pienso que nunca se arribará por él a desenvolver la íntima naturaleza de las cosas (TC, III, 13, §VII, 30). El que la ciencia no pueda llegar a esa «íntima naturaleza» explica el particular escepticismo de Feijoo (Laursen, 2024) que duda no de los hallazgos científicos, sino de la potencia del intelecto humano: Hemos visto la poca fuerza de los argumentos que, por una y otra parte, se forman en la duda insinuada. Por lo cual yo no me atrevo a dar la sentencia. Ni yo sé, ni nadie puede saber, sin revelación, los límites justos del entendimiento humano en orden a las cosas naturales (TC, III, 13, §XXV, 97). Pero, además, la existencia de un límite epistémico de la ciencia asegura su inocuidad metafísica y, por tanto, su inanidad teológica. 2. Ciencia y dogma La dependencia de la observación, que solo permite construir sobre una base empírica sólida, impide dar por definitivo cualquier paso en el avance del conocimiento científico. Dicho de otra manera, la auténtica ciencia no puede, por su propia naturaleza, dar lugar a verdades perdurables, a cimientos inconmovibles. Por eso la ciencia y la metafísica son inmiscibles, como el agua y el aceite. Pero Feijoo no desprecia completamente la disciplina bautizada por Andrónico de Rodas: la metafísica es un refugio par provision, una referencia subsidiaria a la que cabe recurrir mientras no se despeja el camino científico hacia el lugar al que pretende arribarse:
366 Armando Menéndez Viso Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 359-378. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.17 Yo estoy pronto a seguir cualquier nuevo sistema, como le halle establecido sobre buenos fundamentos y desembarazado de graves dificultades. Pero en todos los que hasta ahora se han propuesto encuentro tales tropiezos, que tengo por mucho mejor prescindir de todo sistema físico, creer a Aristóteles lo que funda bien, sea física o metafísica, y abandonarle siempre que me lo persuadan la razón o la experiencia. Mientras el mar no se aquieta, es prudencia detenerse a la orilla. Quiero decir: mientras no se descubre rumbo, libre de grandes olas de dificultades para engolfarse dentro de la naturaleza, dicta la razón mantenerse en la playa sobre la arena seca de la metafísica (TC, IV, 7: «Mérito y fortuna de Aristóteles y de sus escritos», 71). Esta arena seca no puede tener, en todo caso, forma de sistema y constituir a la vez un verdadero conocimiento. La ciencia, según la entiende Feijoo, no puede ser sistemática, por lo que en el plano de lo sistemático es posible permanecer sin grandes sobresaltos. Dicho de otra manera, el conocimiento baconiano es de hechos, no de principios, y el terreno de estos últimos queda sin hollar por aquellos. El conocimiento científico no puede resolver cuestiones de principios, y nada hay menos científico que pretender que lo hace, pues la investigación por observación no puede respaldar ni arrumbar las construcciones que escapan a ella: Adonde se descubre más esta maliciosa política es en la acusación, que recíprocamente se hacen los filósofos, de ser sus doctrinas incompatibles con los sagrados dogmas. No es dudable que puede haber opiniones filosóficas de que se tiren consecuencias contra las doctrinas reveladas: y así se debe corregir la temeraria presunción de aquellos que, con el título de estar el objeto [12] de la filosofía sujeto al imperio de la razón, pretenden una libertad sin límites en el filosofar; pero el empeño, en que todos se ponen, de que la filosofía que impugnan está mal avenida con lo que dicta la fe, muestra que en esto se procede con el mismo motivo de algunos príncipes que, siempre que hallan escotadura para ello, hacen en sus manifiestos la guerra que emprenden causa de religión. No hay filósofo que no pretenda que las estrellas, como un tiempo contra Sísara, militen contra el jefe del partido opuesto; y juzga llevar, como decía de Héctor Ayax Telamonio, la deidad interesada en su defensa: Hector adest, secumque Deos in praelia ducit (Metam. lib. 13) (TC, II, 1: «Guerras filosóficas», §IV, 20). La observación del mundo no puede ir frontalmente contra la revelación, porque ni aquella trata sobre esta, ni esta sirve de guía para profundizar en aquella. El mundo es fruto de la creación, no del dogma, y por tanto su estudio tendría que resultar dogmáticamente neutro: Por tanto, los que se dedican a la filosofía, mirándola, no precisamente como escala para subir a la teología escolástica, sino como un instrumento para examinar la naturaleza, pueden, sin sujetarse servilmente al peripatetismo,
367 La fuerza centrípeta de las ciencias en la obra de Feijoo Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 359-378. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.17 buscar la verdad por el camino que les parezca más derecho; pero sin perder jamás de vista los dogmas sagrados, para no tropezar en alguna sentencia filosófica incompatible con cualquiera de ellos (TC, II, 1, §VII, 52). El gran error de Descartes, cuyo ingenio pondera Feijoo en más de una ocasión, habría consistido precisamente en pretender que hablaba del mundo cuando se estaba refiriendo a sus propias especulaciones, en saltar del plano de la observación al de la especulación: Esta consideración faltó a tal cual filósofo de estos tiempos, señaladamente a Renato Descartes, el cual juzgaba desembarazarse bastantemente de las objeciones teológicas que le hacían, respondiendo que discurría sólo como filósofo natural, y no se metía en las cosas sobrenaturales. Esto es lo mismo que si un piloto a quien representasen que, según la observación de las estrellas, iba errada la navegación, respondiese que él navegaba por el mar, y no por el cielo. Los dogmas filosóficos necesariamente son falsos, en cuanto no fueren conciliables con los revelados. El filósofo natural no ha de perder de vista la fe, como el piloto nunca ha de abandonar la consideración del polo (TC, II, 1, §VII, 53). Este «no perder de vista» quiere decir no salirse de los límites marcados para el conocimiento científico propiamente dicho, es decir, no dar el paso de la constatación empírica a la elaboración sistemática sin fundamento empírico sólido. Esto no significa que Feijoo otorgue siempre prioridad a las «verdades de fe». Por un lado, relativiza la autoridad de los textos inspirados como fuente para el conocimiento del mundo natural: en orden a las cosas naturales, no se debe hacer juicio por las noticias que se hallan en libros expositivos o morales, aunque sean de los más excelentes y acreditados autores. La razón es porque, para traer las cosas naturales para símbolo, explicación o símil de las morales (que es el uso que tienen en semejantes libros), no se examina en la noticia la verdad, sino la proporción. Así, aun en los Santos Padres se leen aplicados, como símiles el fénix, el pelícano, los grifos, las sirenas, sin que por eso se constituyesen fiadores de la existencia de tales animales. Aun las ficciones manifiestas se admiten al uso de la moralidad, como los apólogos, y las parábolas (TC, t. II, d. II, «Historia natural», §IX, 78). Y, por el otro, concede a la evidencia empírica la capacidad de enmendar lo asumido dogmáticamente. En caso de conflicto de la razón con el dogma, es el escepticismo lo que viene a salvar a ambos (TC, t. III, d. XIII), entre otras cosas porque la ciencia es para Feijoo, si no una construcción social en el sentido contemporáneo, sí un producto comunitario. Es el acuerdo de personas sabias de recta intención lo que produce lo más parecido a una verdadera evidencia,
374 Armando Menéndez Viso Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 359-378. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.17 La patria a quien sacrifican su aliento las armas heroicas, a quien debemos estimar sobre nuestros particulares intereses, la acreedora a todos los obsequios posibles, es aquel cuerpo de estado donde, debajo de un gobierno civil, estamos unidos con la coyunda de unas mismas leyes. Así España es el objeto propio del amor del español; Francia, del Francés; Polonia, del polaco. Esto se entiende, cuando la transmigración a otro país no los haga miembros de otro estado; en cuyo caso éste debe prevalecer al país donde nacieron, sobre lo cual haremos abajo una importante advertencia. Las divisiones particulares que se hacen de un dominio en varias provincias o partidos son muy materiales para que por ellas se hayan de dividir los corazones (TC, III, 10: «Amor de la patria y pasión nacional», §VI, 30). Con la ponderación negativa de los nacionalismos y localismos, además de favorecer intencionada o voluntariamente los planes borbónicos, Feijoo está también definiendo su propio público, que no tiene nada que ver con ellos. Su defensa de España no tiene ningún cariz chauvinista (Artime, 2024). En su negación de la natural «Antipatía de franceses y españoles» (TC, II, 11) o en los dos discursos sobre las glorias de España (TC, IV, 13: «Glorias de España, primera parte», y 14: «Glorias de España, segunda parte»), Feijoo no está dibujando España como un lugar privilegiado en ningún sentido, sino afirmando la posibilidad de que también ahí, en ese país como otro cualquiera, se pueda generar un nodo de la república literaria: España es un sitio tan bueno como el que más4 para cimentar una koiné de base científica, al margen de las disputas teológicas y de las cuitas nacionales. En la excepcional protección real que recibe Feijoo convergen la convicción de las bondades de la ciencia y la conveniencia de un discurso que desplazaba los debates públicos hacia cuestiones que interesaban al gobierno. A Feijoo la simpatía de la corona le viene bien, pues a nadie le amarga un dulce que además le permite seguir tejiendo su red, avanzando en su proyecto sin interferencias políticas ni religiosas, y aun con el apoyo de las autoridades. A estas les agrada Feijoo, porque desbroza indoloramente el terreno que pretenden replantar. Pero es muy probable que Feijoo no tuviera verdadero interés en las mareas políticas de su tiempo, más allá de la fundación de esa comunidad bien avenida de gentes libres de error, supersticiones y sistemas metafísicos, capaces de entregarse al conocimiento del mundo sin cuestionar los dogmas teológicos fundamentales ni empujarse a disputas civiles. 4 Algo parecido defiende Emmanuel Martínez Alcocer (2014).
375 La fuerza centrípeta de las ciencias en la obra de Feijoo Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 359-378. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.17 4. Conclusiones La concepción que Feijoo tiene de la ciencia es verdaderamente avanzada: la ciencia es una actividad sin límite, que se realiza en comunidad y en la que solo unos pocos contribuyen realmente al avance del conocimiento positivo, mientras el resto sostiene la empresa y se alimenta de ella. Para Feijoo, la base social del quehacer científico es fundamental, y es la que se convierte en la destinataria de sus escritos. Con sus obras, Feijoo construye una auténtica red social con ambición católica, sin fronteras de género, nación, profesión, edad o confesión. Seguramente Feijoo mismo experimentó la comunión en red que pretendía ampliar a la república literaria universal dentro de su orden benedictina (Urzainqui, 2014), y con la nube de corresponsales y lectores/as que cosechó desde que empezó a publicar su obra. Esta última consigue, y consiste en, la generación de una red capaz de conectar a las religiosas del convento de San Pelayo de Oviedo, un ministro de la corte madrileña, el rector de la Universidad de México o los editores del Mercure de France a través de un único nodo. Feijoo sabe probablemente que semejante red es sumamente frágil, y se «cae» tan pronto como se renuncia a la voluntad de desengaño, se afirma la solidez de la razón, se pisa el terreno del dogma o se pierde el favor del gobierno. Por eso promueve con insistencia el código que permite mantener las conexiones funcionando: ceñirse a la observación científica para proclamar cualquier certeza, aceptar el carácter provisional de esa observación, perseverar en la empresa ilimitada del conocimiento científico y no traspasar los límites que la separan de lo dogmático o metafísico. En ese mundo acotado es posible comunicarse con soltura y llegar a una comunión pacífica. Los escritos de Feijoo tienen, desde luego, contenido político propiamente dicho, como Gómez Urdáñez (2016), entre otros, ha detallado. Pero este contenido no constituye un flujo dominante. Aunque Feijoo no ignora las vicisitudes de los partidos de su tiempo, parece claro que su intención no es sumergirse en ellas. Como afirma Jesusa Vega, «las opiniones de Feijoo siempre fueron matizadas. Le disgustaba enormemente cualquier radicalismo, tanto si se empleaba en el texto como en la imagen» (Vega, 2010, 30). Si acaso cabe atribuirle la astucia, o la prudencia, de presentar explícitamente solo las facetas más inocuas de sus metas para librarse de los posibles obstáculos gubernamentales o inquisitoriales, y progresar hacia ellas con los menores estorbos. Precisamente en su capacidad para sobrevolar lo político y lo religioso, sin dejar de mirarlos, pero sin marcar en ellos su particular huella, reside la virtud transformadora del proyecto feijooniano de red político-científica, que, sin ser revolucionario en ningún aspecto, puede conducir, en caso de éxito, a una verdadera transformación social e ideológica. Si esta intención político-
376 Armando Menéndez Viso Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 359-378. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.17 científica estuvo realmente en el ánimo del benedictino en todos los extremos antedichos es cosa sobre la que solo cabe especular, pero en sus escritos se encuentran multitud de pistas que la sugieren. En todo caso, resulta difícil negar la utilidad del enfoque aquí presentado para contemplar el exuberante abanico temático de la producción feijooniana como fruto de un mismo tronco. Desde esta óptica, la obra de Feijoo no se debería considerar primordialmente científica, ni estrictamente política, sino político-científica. La del monje benedictino podría verse como una de las primeras plumas que se plantea una política científica en España tras el nacimiento de la ciencia moderna. Y su ideología sería, ciertamente, «cientifista»: la ciencia aparece como la única obra humana que puede mantener a las gentes que la realizan girando en orden pacífico a su alrededor.
377 La fuerza centrípeta de las ciencias en la obra de Feijoo Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 359-378. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.17 Referencias bibliográficas: Artime, M. (2024). «Feijoo ante el debate político ilustrado». Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, 55, 337-357. Bahr, F. (2024). «El padre Feijoo y la República literaria». Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, 55, 281-300. Bueno, G. (1966). «Sobre el concepto de ensayo», en El Padre Feijoo y su siglo (ponencias y comunicaciones presentadas al Simposio celebrado en la Universidad de Oviedo del 28 de septiembre al 5 de octubre de 1964). Oviedo, Universidad de Oviedo. García-Alonso, M. (2024). «La fundamentación teológico-política de la desigualdad de sexos de Feijoo». Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, 55, 379-396. Glendinning, N. (1984). «Cambios en el concepto de la opinión pública a fines del siglo XVIII». Nueva Revista de Filología Hispánica, 33/1, 157-164. Gómez Urdáñez, J. L. (2016). «Feijoo, político», en Urzainqui. I. y Olay Valdés, R. (eds.). Con la razón y la experiencia: Feijoo 250 años después. Oviedo, Instituto Feijoo de Estudios del Siglo XVIII, Universidad de Oviedo, Ayuntamiento de Oviedo / Gijón, Trea, 151-182. Lafuente, A. y Sellés, M. (1980). «La física de Feijoo: tradición y renovación», en Garma, S. (coord.). El científico español ante su historia. La ciencia española entre 1750 y 1850. Madrid, Diputación Provincial de Madrid, 169-188. Lapesa, R. (1967). «Ideas y palabras: Del vocabulario de la ilustración al de los primeros liberales». Boletín de la Academia Peruana de la Lengua, 1(1), 67-104. Recuperado a partir de https://revistas.apl.org.pe/index.php/ boletinapl/article/view/14 Laursen, J. C. (2024). «Feijoo, medicine, and skepticism». Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, 55, 315-336. Martínez Alcocer, E. (2014). «Feijoo, España y la(s) ciencia(s)». El Catoblepas, 148, 9 [https://nodulo.org/ec/2014/n148p09.htm#_edn19] Pérez, N. (1947). «El P. Feijoo y las ciencias naturales: un capítulo de historia de la ciencia española». Revista de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, 41 (4 partes). Rincón, C. (1972). «Sobre la Ilustración española. Filosofía-Filósofo». Cuadernos Hispanoamericanos, 261, 553-576. Rodríguez Pardo, J. M. (2008). El alma de los brutos en el entorno del padre Feijoo. Oviedo, Pentalfa.
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