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Avramides, Anita: Other Minds. Londres: Routledge, 2002, xv + 333 páginas. ISBN: 978-0-415-03336-7 (hardback), 978-0-415-24193-9 (paperback) : [Reseña]

Navarro Reyes, Jesús

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327 RESEÑAS Contrastes vol. XIV (2009) AVEMPACE, Carta del adiós y otros tratados filosóficos. Edición y traducción de Joaquín Lomba, Colección Al-Andalus: textos y estudios, Trotta, Madrid, 2006; 141 páginas. La presente traducción incluye cinco obras de Avempace; además de la Carta del adiós, dos tratados (Sobre el intelecto agente y De la unión del intelecto con el hombre) y dos breves escritos: Sobre el fin del hombre, y Sobre la felicidad política y la de la otra vida; de manera que ya no sólo tenemos El régimen del solitario, y el opúsculo Sobre la generación y la corrupción para conocer el pensamiento de Avempace. Nos congratulamos por ello; como, en general, por esta colección Al-Andalus, que dirige Andrés Martínez Lorca, en la que van apareciendo ya interesantes escritos de pensadores árabes de la edad media. La edición de Joaquín Lomba es aplicada, pues, después de una introducción general, presenta cada uno de los escritos ubicándolos históricamente con precisión, e incorpora las variantes que han tenido en otras ediciones y traducciones. Aclara los textos, además, con abundantes y muy rigurosas anotaciones al pie. La recuperación de textos como éstos nos recuerda el valor y alcance de la tradición, principalmente aristotélica, sobre la que Avempace formula sus disertaciones. Esa tradición ha forjado unos conceptos sólidos con los que entender la experiencia humana del mundo: los entes intracósmicos, las transformaciones entre ellos, su generación y corrupción; junto con ellos, los seres humanos, capaces de conocer, de elevarse a la verdad de las cosas, de llevar una vida moral, y alcanzar la felicidad, principalmente por el conocimiento de la causa primera de toda realidad; como lo dice Avempace la mayor desgracia es estar alejado de Dios, mientras que la mayor felicidad es estar cerca de él (p. 49). Frente a esto, nuestra época es época de crisis del saber, de pérdida de la unidad de esa tradición que nos ha llevado a donde estamos. Por eso hoy, quizá, no terminamos de hacernos con los planteamientos de Avempace, o su comprensión requiere de una previa formación no al alcance de cualquiera. Reponer la filosofía a su altura histórica es, pues, el digno cometido, al que ayudan estas publicaciones. Juan A. García González AVRAMIDES, ANITA: Other Minds. Londres: Routledge, 2002, xv + 333 páginas. ISBN: 978-0-415-03336-7 (hardback), 978-0-415-24193-9 (paperback). Así como una misma planta, con un mismo genotipo, puede dar lugar a fenotipos muy distintos según la cultivemos en unos terrenos y climas o en otros, también los problemas filosóficos evolucionan de manera diferente en función del ambiente donde se desarrollan. Tal es el caso del problema de la alteridad que, allende el Canal de la Mancha, ni siquiera es conocido bajo ese título, sino más bien como el problema de las otras mentes. Tanto la problemática de la alteridad como la de las otras mentes surgen en torno a la posibilidad conceptual del solipsismo: la idea descabellada y desconcertante de que sólo yo existo –algo que sólo podía ocurrírsele a la ociosa mente de un filósofo–. Con este mismo punto de partida, la tradición continental y la anglosajona han cultivado la semilla de maneras bien distintas. En nuestro ámbito estamos más acostumbrados a una perspectiva fenomenológica y existencial, de la mano de Levinas, que plantó cara a la tradición metafísica occidental con armas que, a la postre, resultaron ser tanto o más efectivas que las de su maestro Heidegger. No obstante, el libro aquí reseñado reseña a su vez los avatares del problema del otro en el contexto anglosajón, un clima conceptual mucho más frío y árido, que obstaculiza con perseverancia el desarrollo de las vertientes poético-especulativas en torno a los problemas filosóficos. Por estos motivos, el problema del otro aparece en este importante y necesario libro de Anita Avramides ante todo como una cuestión puramente conceptual: no busque aquí el lector satisfacer sus ansias de otredad, encontrar una salida a la angustia de la soledad existencial, ni localizar en el egoísmo subjetivista el diagnóstico de la sociedad contemporánea: tales cuestiones tal vez latan en el fondo, pero muy en el fondo, de las frías y analíticas páginas de este libro. A cambio de tamaña renuncia, el lector encontrará diseccionados con la precisión de un cirujano cuatrocientos años de historia de un problema que, en la mejor tradición wittgensteiniana, no puede según su autora ser resuelto, sino sólo disuelto gracias a una hábil y concienzuda reconstrucción de los conceptos implicados. 328 RESEÑAS Contrastes vol. XIV (2009) El libro parte de la distinción tajante entre un problema epistemológico acerca del otro –¿cómo sé que existen otras mentes aparte de la mía?– y un problema conceptual –¿cómo pueden mi mente y la ajena ser abarcados por un mismo y único concepto? El primero es, en opinión de la autora, un problema menor, secundario y carente de interés filosófico; el segundo, en cambio, se le antoja un reto intelectual de primera categoría que, a pesar de haber pasado aparentemente de moda –tras su auge en el ecuador del siglo XX– sigue precisando aún hoy de una detenida revisión teórica, a la luz de los debates y desacuerdos de fondo que persisten en el ámbito de la filosofía de la mente. El primer tercio del libro está dedicado al análisis del surgimiento histórico del problema epistemológico (único del que se fue propiamente consciente hasta los siglos XIX y XX). El primer capítulo es una breve pero aguda incursión en la filosofía antigua, concretamente en el escepticismo pirrónico, con la intención de mostrar la ausencia del problema de las otras mentes en aquella época. Ni siquiera para los escépticos más radicales (siguiendo a Burnyeat) había expresamente un problema epistemológico acerca de la existencia de las otras mentes, ni propiamente acerca de la existencia de un mundo externo, más allá del ámbito inmanente de la subjetividad. Dichos problemas, por decirlo en pocas palabras, no eran siquiera concebibles porque aún Descartes aún no nos había introducido en el embrollo del que Avramides intentará sacarnos. Tras un escueto interludio sobre Agustín de Hipona, Avramides pasa a describir la posición del propio Descartes en el capítulo II, poniendo de manifiesto la ligereza con que en ocasiones se le han atribuido ciertos tópicos, como el conocido argumento por analogía a la hora de atribuir mentalidad a otros sujetos. No hay tal argumento en la obra cartesiana, sostiene Avramides, porque tampoco en él hay consciencia expresa del problema del otro. Tanto el problema epistémico como el conceptual están ausentes en la obra de Descartes, y sólo irán saliendo a la luz a medida que el legado cartesiano vaya desplegándose en la era moderna. Esta tradición es el objeto de los capítulos siguientes, dedicados respectivamente a Malebranche (con un interludio sobre Antoine Arnauld), Locke y Berkeley, a lo largo de los cuales vemos cómo va tomando forma el problema epistemológico que, a pesar del optimismo de cada uno de estos autores, sólo recibe soluciones débiles y rebatibles. Es en el segundo tercio del libro donde comienza propiamente la disolución del problema epistemológico, que va perdiendo solidez a medida que se sumerge en el problema conceptual. El capítulo VI está dedicado a Thomas Reid, autor que no siempre ha recibido la atención que merece, y que brilla en estas páginas gracias a la penetrante lectura de Avramides. Es de gran interés la distinción reideana entre las operaciones sociales de la mente y las solitarias, una idea que, como indica la propia autora, podría haber dado mucho más de sí, si Reid hubiese atribuido a las primeras el mismo peso que a las segundas. Tras sendos interludios dedicados a Mill y al positivismo lógico (Carnap y Schlick), llega el clímax del libro, que no podía estar dedicado más que a Wittgenstein. Es la segunda etapa de este autor la que aporta un norte al libro de Avramides, pues hay un antes y un después de Wittgenstein para el problema de las otras mentes: fue él quien se percató de que el problema epistemológico es el resultado de la teoría cartesiana de las ideas que, por encima de diferencias no tan profundas como pudiera parecer, permanece en todos los autores antes apuntados. Wittgenstein, al reinterpretar el significado del lenguaje a partir de los usos de los hablantes, y éstos en función de sus formas de vida, estaría dando a la mosca filosófica una pista determinante para encontrar la salida a la botella del solipsismo conceptual. Llegamos así a la tercera y última parte del libro, donde Avramides asume la tarea de dar forma a las intuiciones wittgensteinianas, articulando con su ayuda algunos debates contemporáneos en torno al problema de la mente ajena. En el capítulo VIII combina con maestría las posiciones de Peter F. Strawson y Donald Davidson para defender el carácter insoslayable de la lived position: el punto de partida de que somos seres humanos en constante interacción los unos con los otros. Cualquier desarrollo filosófico habrá de estar en consonancia con este hecho irrenunciable, no siendo otro su cometido que mostrar cómo es posible que ocurra esto que sabemos que ocurre. Surgen así dos aspectos fundamentales dentro del problema conceptual: el de la generalidad del concepto de mente y el de su unidad. Lo esencial, sostiene Avramides, no es en qué condiciones estamos dispuestos a atribuir mentalidad a un sujeto (el problema epistemológico, ya antes descartado como irrelevante), sino hasta qué punto el concepto de mente del que disponemos puede ser considerado de modo suficientemente amplio como para ser predicable de otros 329 RESEÑAS Contrastes vol. XIV (2009) sujetos aparte de uno mismo (problema de la generalidad), estando a la vez seguros de que sigue tratándose del mismo concepto (problema de la unidad). En opinión de Avramides, sólo hay un modo de conseguir esto: vinculando el concepto de mente analíticamente con el de conducta propiamente dicha, es decir, la acción observable de sujetos racionales y conscientes que actúan en el ámbito público de la lived position. Esta postura implica, a la inversa del cartesianismo, una primacía de la acción sobre el conocimiento, y es defendida en el libro como la única vía de escape al solipsismo conceptual. La postura de Avramides está integrada en una tendencia que algunos califican despectivamente de neo-conductismo lógico, y que parece irreconciliable con ciertos argumentos desarrollados durante los últimos años en filosofía de la mente. En este sentido, los momentos más valientes y acertados del libro llegan en los dos últimos capítulos, donde Avramides no elude el enfrentamiento con los autores contemporáneos que mayores objeciones podrían plantear a su postura: Thomas Nagel, John Searle y Galen Strawson. Por encima de sus notables diferencias (que Avramides ilumina a la perfección) estos tres autores comparten la convicción de que la conducta es por completo irrelevante a la hora de definir la esencia de lo mental. Todos ellos reivindican la irreductibilidad de la perspectiva de primera persona, y sostienen una especie de realismo duro acerca de la posible existencia de otras mentes incluso en condiciones que exceden por completo nuestras capacidades interpretativas. Avramides va enfrentándose pacientemente con ellos, analizando con finura sus presuposiciones y reivindicando la necesidad de definir nuestros conceptos mentales a partir de la observación de la conducta propiamente dicha, es decir, la acción humana. En definitiva, se trata de un estudio de gran agudeza y amplitud, no sólo aconsejable sino imprescindible para aquellos que quieran aproximarse al problema de las otras mentes tanto desde una perspectiva histórica como contemporánea. Eso sí: al terminar el libro queda la apetencia de un mayor desarrollo positivo de la postura defendida pues, más que por sus propios méritos explicativos, sale reforzada por la agudeza con que son atacadas las posiciones contrarias. En este sentido, tal vez se habría enriquecido el texto con un somero análisis de algunos de los autores que han profundizado en la dirección señalada por Avramides, como Ryle o Austin, alguna referencia a la estrategia intencional de Dennett o, por qué no, un apunte a la problemática actual en torno a la Folk Psychology. Pero, sobre todo, lo que más se echa en falta es algo a lo que ya nos referimos al comienzo de esta reseña: no aparecen por ninguna parte los autores de la tradición continental que, a partir de la problemática husserliana, también han buceado en el problema –o más bien pseudoproblema, si hemos de creer a Avramides– de la alteridad. Sin embargo, ha sido bueno el criterio de la autora al no entrar en estos derroteros, pues su incursión no habría podido llevarse a cabo sin alterar por completo la columna vertebral de la obra. No habría bastado en absoluto (y ha sido un acierto no hacerlo) con añadir algún capítulo sobre la quinta de las Meditaciones Cartesianas, de Husserl, otro sobre Totalidad e infinito, de Levinas, el infierno de los otros en Sartre, o un excurso sobre Buber. En toda comprensión hay exclusión, y Avramides realiza la suya al optar por Reid antes que por Kant, dejando a un margen el trascendentalismo subjetivista y sus derivados. Sin duda habría sido interesante explorar el otro fenotipo del problema, viendo de qué modo el rechazo a la separación cartesiana entre sujeto y mundo se replica en estas dos tradiciones paralelas; pero ese habría sido un trabajo muy distinto del que Avramides ha llevado a cabo con claridad y perspicacia admirables. No obstante, tal vez esa doble perspectiva habría arrojado alguna luz sobre los motivos por los que el problema del otro resulta aún hoy tan acuciante a pesar de que, como se nos repite tenazmente a lo largo del libro, no deberíamos estar tentados por él, si analizáramos correctamente los conceptos implicados. Aparte de recomendarnos la continencia ante esta tentación, poco nos dice este libro acerca de los motivos por los que resulta para muchos tan irresistible, y menos aún acerca de las razones por las que debemos contenernos ante ella. ¿Cómo resistirse a formular la pregunta por el otro? Porque de eso es de lo que se trata: de que sentimos la necesidad de plantearla, por mucho que parezca conceptualmente incoherente. Ante este difícil dilema, la obra de Avramides, como la de Wittgenstein, asume abiertamente su carácter autodestructivo, esforzándose por demostrar la vacuidad del tema tratado. Más de trescientas páginas para sostener en la última que «there is no problem of other minds –no epistemological problem and no conceptual problem». Será que, como decía Oscar Wilde, la mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella. Jesús Navarro-Reyes