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Lágrimas de San Lorenzo [Novela y memoria justificativa]

Guerrero, Antonio

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~ 1 ~ Antonio Guerrero LÁGRIMAS DE SAN LORENZO Trabajo de Fin de Máster Tutor: Miguel Nieto Nuño 2018 ~ 2 ~ ÍNDICE Primera parte MUY LEJOS DEL HOGAR . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 4 Segunda parte FASES, DESFASES . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 67 Tercera parte LÁGRIMAS DE SAN LORENZO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 128 Memoria justificativa 1.- Punto de partida de la creación. Objetivos y fundamentos . . . . . . . . . . . . . . . . . 140 2.- Estructura de la composición . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 154 3.- Técnicas y estilos ensayados . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 156 4.- Dificultades y soluciones . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 160 5.- Resultados . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 162 6.- Conclusiones . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 164 7.- Bibliografía consultada y aplicada . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 165 ~ 3 ~ A Beatriz siempre, donde quiera que esté ~ 4 ~ Primera parte MUY LEJOS DEL HOGAR ~ 5 ~ —No. La palabra muere de inmediato en la noche. No hay límites en la bóveda inacabable, nada puede traer las ondas sonoras de vuelta. Ese “no” viajará en línea ascendente hasta desaparecer, y sin embargo queda un eco. Lo sabe porque su mano, entrelazada a la suya, no ha hecho el más mínimo movimiento. No es la primera vez que el silencio se interpone, pero este es otro tipo de silencio, o el primero de una larga serie; la prefiguración del silencio definitivo. Algo que debe ser miedo le hace girar la cabeza. Ella lo está mirando. Sonríe. Tiene los ojos repletos de estrellas. Las cinco y algo de la madrugada, otra vez. El pulso acelerado. La decepción por una cama que ya no es capaz de calentar. El esfuerzo casi cruel de incorporarse. La luz nociva a los ojos. La boca huérfana que se esconde en el vaso de agua. El aliento insuficiente, rancio. La vejez, en soledad. Busca las zapatillas, arregla sus asuntos en el aseo y procura no mirarse al espejo mientras se lava la cara y las manos. Hace mucho que no le gusta verse, particularmente los ojos. Pasó años interrogándose acerca de la persona que había detrás. No averiguó nada. No se rindió exactamente; solo perdió la curiosidad. No debía ser muy interesante. ~ 6 ~ El pijama y la bata de andar por casa, que necesita un lavado. Uniforme de correrías nocturnas sin rumbo ni gracia. La salita en una relativa oscuridad, porque las amplias cristaleras optimizan la luz del exterior cuando detectan a su dueño cerca. La biblioteca casi olvidada, los volúmenes leídos y releídos, o abandonados. La última adquisición es un regalo de un antiguo compañero: un ensayo para el que no se siente con fuerzas ni ganas. Recuerda haberse preocupado por todo el tiempo que tendría libre tras jubilarse. Ya no se preocupa. Ha aceptado plenamente esa libertad. Lleva haciendo uso de ella tanto tiempo que a veces se le olvida, como se olvida a veces el dolor de los huesos. Las antiguas distracciones desaparecieron en su mayoría; las preguntas complicadas fueron sustituidas por otras más simples. Como qué hacer ahora, a las cinco y algo de la mañana, cuando se ha soñado por enésima vez con aquello. La respuesta es nada, claro. O muy poco. No tiene sueño ni quiere conjurarlo de nuevo, no tiene hambre, no le apetece estar sentado delante de la pantalla para ver cómo el mundo agoniza invariablemente. Así que sale a su pequeño jardín, todo un lujo en estos tiempos. Pero la luz es escasa, no puede apreciar el fruto del único trabajo al que dedica un cierto tiempo continuado, aunque tampoco le importa; seguirá ahí mañana, sin duda, porque la agonía de este mundo es muy larga. La oscuridad tampoco permite diferenciar los árboles que a diario salvaguardan su pobre intimidad de la vista de otros vecinos, así que su vista es atraída sin remedio por la única belleza que puede encontrar en ese momento, y levanta la cabeza para mirar el cielo que siempre se promete no volver a mirar sabiendo lo que va a pasar, y entonces, como siempre, el anciano recuerda. Ocurrió en la Agencia Espacial Euroasiática, aunque en realidad empezó antes, en las aulas universitarias. Era la chica del asiento de atrás, justamente. Tenía los ojos de un castaño claro que se transformaba en miel con la luz directa. Su voz también era dulce. Tenía la sonrisa fácil y la contagiaba con igual facilidad. Tenía los labios de un exquisito tono rosado, los colmillos extrañamente afilados y poca carne sobre sus huesos; un tipo como de bailarina. Era preciosa y muy lista. Se llamaba Beatriz. ~ 7 ~ El teléfono suena a las siete y media de la mañana. El anciano suelta la revista que leía con desinterés, mira el nombre en la pantalla y teme alguna desgracia. A su edad tiene contadas amistades verdaderamente longevas, pero ninguna tanto como esta. También es la más franca. Acepta y encuentra la cara correcta; siente alivio, pero eso no forma parte del código que comparten. —¿No te da vergüenza beber tan temprano? Albert sonríe. Hay sin embargo algo muy leve en su expresión que no le permite hacerlo como siempre. —¿Temprano? Es tarde; ni siquiera me he acostado, carcamal. —Y ahora es cuando me llamas para decirme cuánto me quieres. —No, te llamo para que conduzcas tú hasta casa; no quiero abollar el coche de mi padre. —Pues ya te puedes ir olvidando. Tengo examen de Mates. Los dos hombres se profesan su especial afecto entre bromas y silencios, como el de ahora. Albert es el primero que lo rompe: —¿Cuándo podemos vernos? —¿Eres un acosador, o qué? —En absoluto; soy un tío legal. Podemos quedar en una cafetería súper concurrida. —Muy bien. Elige tú. —¿Qué tal la del Instituto? Hay escasa convicción en la propuesta. El anciano hace una mueca y luego comienza a negar con la cabeza lentamente, pero no oculta su determinación. —Mejor no. Prefiero no volver por ahí. En la pantalla Albert asiente con la mirada baja. Entonces esa mirada sube y en determinado momento se dirige a algo o alguien fuera del campo visual que los mantiene unidos antes de regresar; es muy rápido, pero el anciano lo ha visto. ~ 8 ~ —¿Te parece bien si voy a tu casa a eso de las cuatro? —Claro. Perfecto. —De acuerdo. Llevaré un poco de maría. —Mi pipa de agua y yo te estaremos esperando. La sonrisa de Albert desaparece junto con Albert. La del anciano ni siquiera ha aparecido. Son las siete y media de la mañana. Apenas se oye otra cosa que las bandadas de pájaros que anidan cerca; la luz entra blanca, a raudales por las enormes cristaleras; el anciano tiene una cita con su mejor amigo esta misma tarde, y sabe que algo, en alguna parte de este mundo o de algún otro, anda mal. Se enamoró de ella de inmediato. Sintió el famoso vuelco en el corazón, de hecho. Se percató de que la miraba con la boca abierta y volvió a la lección de Astrobiología, pero ya nada fue igual. Pronto supo que tenía una de las mejores notas de ingreso del país. Adquiría conocimientos sin esfuerzo aparente, e incluso disfrutaba con las nociones más abstractas, las que hacían sudar a los excelentes profesionales que les hablaban del gran proyecto, porque ya entonces estaba claro que el ser humano tenía los días contados en la Tierra. Cuando hablaba del futuro daba la impresión de que podría salvarlos a todos sola. Él, en cambio, solo pensaba en salvarse junto a ella. Se besan con los ojos abiertos. Hay una suerte de codicia en cada roce de sus labios; cada pequeño hilo de saliva intenta atraer hacia sí la boca opuesta. Las puntas de sus lenguas apenas se atreven a traicionar su posición. Retienen el aliento; temen entregarse con él en el espacio vigilado que existe entre sus caras. Se observan. ~ 9 ~ Una mano abandona el territorio del otro y aparta un mechón de pelo. Esto es interpretado como un deseo de soledad. Quedan bocarriba, intentan oírse sin palabras. Es ella quien hace la pregunta. —¿Vendrás conmigo? “Albert espera en la puerta”, dice la voz de la casa con toda la suavidad programada de la que es capaz. Pero el anciano despierta con un sobresalto. Se ha quedado dormido en el sofá, un poco inclinado hacia adelante. Pasa la mano por la boca buscando restos de humedad y se pone en pie con un quejido; es el cuello; últimamente le duele más. Está a punto de salir de la sala cuando la voz habla de nuevo: “Le acompañan dos hombres”. Dosifica la información a medida que espabila. Entonces se detiene. Sin mirar a ningún punto fijo pregunta: —¿Son de la Agencia? —Sí, lo son. Pero él ya lo sabía, desde luego. Reemprende la marcha, y antes de abrir la puerta él mismo su rostro se ha endurecido. Albert apareció en algún momento del tercer curso. Era más listo que él, aunque no tanto como Beatriz. También era más alto, y simpático. Se integró sin problemas en el pequeño círculo que había conformado un puñado de alumnos de número impreciso. La carrera era dura y muchos lo descubrieron pronto; otros lo harían demasiado tarde. Para Beatriz no lo era, como tampoco para Albert. El hecho de que acabaran saliendo juntos pareció natural a todo el mundo, incluso a él, que seguía peleándose cada noche con los apuntes, los manuales y los trabajos ante las pantallas de la universidad hasta mucho después de lo recomendable, por puro orgullo. Mientras se moría de celos. Era incapaz sin embargo de abandonar la órbita del objeto amado, y circundándolo repetidamente afianzó su rumbo hasta convertirse en un cuerpo cotidiano y reconocible ~ 16 ~ —Exacto —cortó Verheyen. —Y los jóvenes como usted, los mejores y más preparados de entre nosotros, los pocos afortunados, tendrán una oportunidad que yo mismo no tendré. Esto silenció a la mayoría. Verheyen los miró con dureza. La pantalla agrandó sus facciones, afiladas por la luz blanca que caía sobre su enjuta persona y hacía refulgir sus ojos claros, magnificados por sus finas lentes y sus cejas blancas. —Pero no crean que lo que les espera a los que sean elegidos para el gran proyecto es enteramente un premio. No habrá demasiados motivos para envidiarles, al menos durante mucho, mucho tiempo, aparte del honor que ello implica. No; aquellos que decidan ir a luchar por un futuro para el ser humano van a vivir el resto de sus vidas en un entorno casi claustrofóbico, consagrados a una tarea noble, pero agotadora: su supervivencia y la de los que les seguirán. Pero ahora permítanme explicarles con detalle, de una vez, en qué consiste “el gran Proyecto”. Beatriz se separó de su respaldo. Puso los brazos cruzados sobre la butaca anterior y apoyó en ellos la barbilla, arqueando la espalda. Más allá, a su derecha, Albert escuchaba absorto mientras se mordía una uña. Él se rebulló en su asiento; de repente sintió frío. Verheyen, en cambio, había entrado en calor. —Si han acudido a los medios de comunicación habituales, como asumo que han hecho, habrán tenido acceso a todo tipo de estupideces; es el precio habitual por intentar informarse cuando no hay otras fuentes fiables. Separar el grano de la paja fue prácticamente imposible en este caso: el viaje a otros planetas ha sido uno de los rumores constantes, como lo han sido el inminente choque de un asteroide, la construcción de un enorme sistema de defensa inteligente que aniquilara grandes extensiones de zonas enemigas desde el espacio y, por supuesto, la invasión por parte de los siempre esquivos marcianos. El hueco aquí no fue rellenado por las risas previstas, así que continuó. —Pero lo único cierto es el viaje. Ha sido un proceso largo, e indeciblemente complejo en todos los aspectos. Comenzó en cierto modo durante mi juventud, en realidad, cuando ni siquiera había salido al espacio. Lo más difícil (y durante mucho tiempo se consideró del todo imposible) fue conseguir un compromiso serio y continuado por parte de todos los gobiernos; pues bien, esto ha ocurrido hace muy poco. Tenemos ~ 17 ~ una ley en toda regla que garantiza la financiación necesaria. Los procedimientos para conseguirlo han sido, me temo, muy irregulares. Hablando claro: un número de personas, a todas luces innecesarias pero asumibles, ha comprado su billete de ida. —Dios… —casi escupió alguien cerca de donde se encontraban sentados. —Si hemos hecho una cosa así es sencillamente porque han pagado ese billete a un precio astronómico, permitiendo que el proyecto pueda realizarse. No voy a dar nombres aún, evidentemente, pero les aseguro que van a ver a gente muy conocida y poderosa cuando entren en el transbordador. Siento tanto asco como cualquiera de ustedes, pero no me cansaré de repetirlo: debemos hacer esto, al coste que sea, si queremos un futuro para la Humanidad. Ese futuro se encuentra a unos cuarenta y un años de aquí. La pantalla se oscureció. Apareció un gráfico en tres dimensiones, con el logo de la Agencia en una esquina. —Esto que ven aquí es, naturalmente, Próxima b, en la constelación de Centauro. Hace mucho que sabemos que existe una franja habitable en este planeta, aunque el frío es intenso en general. La atmósfera es con toda seguridad respirable, y obviamente más limpia que la nuestra. El resto de características coincide bastante con nuestras necesidades, a pesar de que uno de sus hemisferios apunte permanentemente a su sol, Próxima Centauri, dejando el otro en perpetua oscuridad. El problema ha sido siempre la distancia: a pesar de ser el exoplaneta más cercano a nosotros, se encuentra a algo más de cuatro años luz; una velocidad que, al menos de momento, nos resulta imposible alcanzar. Sin embargo, el avance en materia de combustibles y el desarrollo de nuevas aleaciones tanto ultra-resistentes como ultra-ligeras ha sido prodigioso en los últimos años; podemos combinarlos con la rotación de la Tierra y alcanzar velocidades nunca antes soñadas. Y gracias a la reciente tecnología NSBL podremos comunicarnos con los elegidos para la misión a una velocidad incluso mayor que la de la luz, con lo que podremos prestar asistencia, recibir informes y, en definitiva, prepararnos mejor para esta apasionante tarea. Calculamos que el resultado es, como he dicho, unos cuarenta y un años de viaje. —¿Y se supone que tendremos alguna motivación para entonces? ¡Estaremos decrépitos cuando lleguemos! Hasta Verheyen rio de buena gana. ~ 18 ~ —La observación es absolutamente pertinente —dijo tras recobrar la compostura—, ya que contamos con que los enviados tengan descendencia una vez allí. Pero también hemos pensado en ello. En realidad ha sido casi la última pieza del puzle en encajar. Una animación suspendida lo suficientemente satisfactoria para nuestros propósitos no ha sido factible sino hasta hace muy poco. Los resultados son impresionantes: de apenas una semana, lo que parecía una barrera infranqueable, hemos pasado a un punto en el que el tiempo casi ha dejado de importar. No es posible de momento mantener a alguien en perfecto estado durante siglos, pero no necesitamos un siglo. Los últimos sujetos sometidos a prueba (esto ha sido otro secreto a medias) permanecieron nada menos que veinte meses en este estado, y les aseguro que hoy viven con total normalidad. Está comprobado; el método funciona. El murmullo creció y creció; todos hablaban entre sí, buscando miradas cómplices. Verheyen les dejó asimilar la información durante medio minuto antes de continuar. Beatriz miró a ambos lados, pero no dijo nada. —Resumiendo: la Agencia busca desde este momento a todos aquellos lo suficientemente cualificados y valientes para aceptar pasar cuarenta años dormidos en un viaje que les llevará a orbitar un planeta relativamente desconocido, donde deberán preparar las condiciones de habitabilidad para los siguientes en llegar, la Fase 2, más de cuarenta años después, y del que nunca podrán regresar. El número de esas personas es aún impreciso, pero rondará el centenar. También buscamos a todos aquellos interesados en apoyar con sus conocimientos esta iniciativa, aunque deseen permanecer en la Tierra. Necesitaremos perfiles muy diversos para sostener un proyecto así durante tanto tiempo; estoy hablando de miles de personas, embarcadas también a su manera en un trabajo apasionante. Tras la Fase 2 habrá una tercera; después, quizá, una cuarta. No creemos que haya tiempo para una quinta. Ustedes tienen ahora la oportunidad de formar parte de la primera fase de una enorme operación cuya finalidad es la perpetuación de lo que llamamos Humanidad. Tienen a su disposición un completo folleto explicativo sobre los tremendamente ventajosos beneficios fiscales para sus familias en la salida, y yo mismo responderé a todas sus preguntas con mucho gusto tras las últimas intervenciones, tanto aquí como por los medios que pondremos a su disposición a través de esta magnífica Universidad. Gracias por su atención, y, de antemano, por su tiempo. ~ 19 ~ Esa noche, en la habitación de Albert, los tres estuvieron hablando hasta muy tarde. Tras algunas bromas todos dijeron estar de acuerdo, en un momento u otro, con Verheyen. Ya lo habían hecho antes, como sus compañeros, pero esta era la primera vez que lo discutían en serio. Beatriz fue la primera. Pronunció más de una vez las palabras “responsabilidad” y “futuro”. Lo hizo mirando a algún punto que no parecía encontrarse en la habitación, sentada en la cama con las piernas cruzadas. Él no dijo gran cosa, pero asintió mucho con la cabeza. Procuraba repartir su atención entre sus dos amigos, pero apenas podía apartar su mirada del brillo en los ojos de Beatriz cada vez que hablaba de lo que había que hacer, de lo que era absolutamente necesario para el mundo. Albert parecía algo cabizbajo, recostado en la pared. Mencionó la palabra “obligación”. También, “miopía”. Ambos le miraron sin comprender. Albert carraspea mientras limpia sus gafas. —Bien; ni que decir tiene que, independientemente… o a pesar de tu antigua vinculación con la Agencia, de ningún modo podrás revelar esta información a nadie, absolutamente a nadie, hasta obtener la autorización expresa por parte de ella. ¿De acuerdo? —Dios santo, qué coñazo… —¿Debo entender que eso es un sí? —Joder. Sí. Joder. ¿Podemos empezar de una puta vez? Joder. El tercer hombre ha sacado y ocultado luego un dispositivo de grabación, y asiente con la cabeza a Albert. Este mira a su amigo con una mezcla de lástima y benevolencia. —Resulta que no somos tan listos. —Vaya un descubrimiento… —musita entre dientes. —Al parecer nos equivocamos. Los estudios telemétricos, el rendimiento de los nuevos combustibles, el comportamiento de los paneles solares… Aún no estamos seguros de qué ha sido, pero algo ha ido bastante mejor de lo que esperábamos. Son cálculos muy complejos, creo que no es necesario que te lo diga. El caso es que hace meses recibimos el aviso: la Fase 1 había comenzado a disminuir su velocidad y estaba ~ 20 ~ preparándose para situarse en órbita, activando todos los procedimientos de reanimación a bordo, casi dos años antes de lo previsto. —¿Has dicho “hace meses”? —Sí, eso he dicho. Unos cuatro; y, por favor, no me mires así. Llevo todo ese tiempo cavilando la mejor manera de darte la noticia sin que te dé una embolia, y mira en qué han resultado mis esfuerzos… —De acuerdo. Disculpa. Continúa. Por favor. La disculpa, la súplica, son en boca del anciano tan raras que Albert le escruta buscando ironía, o agresividad. No las encuentra, y comprende que su amigo está muerto de miedo. Observa también algo nuevo en él: no parece importarle resultar expuesto a la luz de esa evidencia. Pide amablemente a los dos acompañantes que les dejen solos. Uno de ellos le entrega una carpeta antes de salir en silencio. —Albert… —Ella está bien. Todos se encuentran perfectamente, de hecho. Algo parece liberarse de su pecho. Asiente en silencio, luego murmura algo inaudible; es “bien”, varias veces. Albert lo contempla durante unos instantes y decide que puede continuar: —Hay algo más. Lentamente vuelve a prestar atención a Albert, quien abre la carpeta que le había sido entregada y saca un pequeño objeto de plástico grisáceo. Lo sostiene entre sus dedos, y dice con claridad, y cierta cautela: —Beatriz te ha enviado un mensaje. El anciano contempla embrujado el rectángulo oscuro, como si contuviera algo más que una ventana figurada hacia el mundo al que renunció hace mucho. La cifra de los tiempos, presente, pasado, quizá el futuro, aguarda en su interior. No mucho después, durante el último curso, Beatriz y Albert terminaron su relación en buenos términos, lo cual significaba que eran amigos pese a no tener tiempo para casi ninguna otra cosa que no fuera el estudio. Nadie más lo supo en su momento; él mismo ~ 21 ~ se enteró por el propio Albert durante un breve paseo por el campus, casi una semana después, aunque naturalmente había advertido algún cambio en los dos. Dijo estar bien, muy tranquilo, que habían comprendido de forma más o menos simultánea que no tenían las mismas ideas sobre el futuro, que confiaba en que él pudiera cuidar de ella dado el caso de que sus proyectos coincidieran. Sorprendido, preguntó al respecto, y Albert dijo que hacía mucho que era evidente que estaba enamorado de ella, y que no tenía ningún problema con ello. Tampoco Beatriz, añadió. Es un tiempo caduco el que viven, el paso de las horas se tiñe de un ritmo insidioso. Cada hito cotidiano, una advertencia; cada roce momentáneo, una asechanza. El espíritu analítico sobre una mirada, la interpretación rigurosa de una frase aparentemente casual. No es posible un acto, por mínimo que sea, sin que se le otorgue algún significado. Es también tiempo compartido, y cada gesto, pese al terreno movedizo en el que se mueven, se responde con otro gesto, otro roce, otra mirada, otra frase. Algo tosco, que quiere pasar por una sonrisa, pone a veces de manifiesto lo artificioso de la obra que representan. Pero la función continúa, aunque ninguno de sus actores comprenda plenamente el argumento. El texto acaba mal; el género es la tragedia; el público ya se marchó. Si los intérpretes persisten es por amor a su arte, que consideran absolutamente propio, y por el hecho de que el local cerrará pronto. El tiempo es muy poco. Y eso lo hace valioso. La graduación tuvo lugar un día en el que llovió a mares. Hubo felicitaciones para todos, y en especial para ellos. Beatriz consiguió la mejor nota de la Facultad y la tercera de todo el continente. Albert quedó en décima posición, cuadragésima séptima en general. Él, para sorpresa de no pocos (incluido él mismo), quedó en decimonovena y centésima sexagésima sexta respectivamente. Los tres tenían, pues, las puertas abiertas, tras el cambio a marchas casi forzadas impulsado desde la Agencia Espacial Euroasiática de multitud de planes de estudio enfocados al fomento de todas las competencias necesarias para el Proyecto. ~ 22 ~ Durante la fiesta las cosas se desmadraron un poco. Tras una recta final de exámenes muy dura los alumnos estaban exhaustos y deseando pasarlo bien, y bebieron más de la cuenta. Albert se emborrachó hasta pronunciar demasiado las eses. Entre Beatriz y él lo acostaron contra su voluntad, pues habría acabado nadando desnudo en la piscina para simulaciones de ingravidez al grito de: “querido señor instructor: mis cojones parecen adaptarse muy bien a este nuevo entorno”. Finalmente se quedó dormido, o no tuvo fuerzas para decir nada más, y los dos salieron conteniendo la risa. A esas alturas Beatriz llevaba los zapatos en la mano, y su corbata asomaba por un bolsillo de la chaqueta. Se miraron un momento, y sin decir nada salieron juntos. Seguía lloviendo con fuerza; en un momento dado ella le cogió la mano para echar a correr. Él notó como si todo el alcohol que había tomado se hubiera evaporado de repente. Llegaron hasta la puerta del edificio donde estaba la piscina, que encontraron abierta, y avanzaron a oscuras hasta el recinto. Atrapados por la tormenta resolvieron permanecer a la débil luz que entraba por un cristal esmerilado, resoplando aún por la carrera. Cuando se acostumbraron a la oscuridad reconocieron sus caras bañadas por el agua que resbalaba fuera, el pelo lacio y brillante, los ojos muy abiertos. Ella hizo un gesto, como si tuviera frío, y él se acercó y le frotó los brazos. Entonces todo se iluminó de repente, ella abrió la boca y la acercó a la suya; luego el cielo pareció quebrarse, los dos temblaron dentro del otro con un mismo temblor. —¿Lo has visto? Albert pone una mueca. —Claro que lo he visto. Es mi trabajo. El anciano asiente, y vuelve a sentir la levísima punzada al pensar que ser segundo, o llegar siempre tarde, es uno de sus talentos más persistentes. Esto, sin embargo, no lo azuza. —¿Qué dice? Albert se desespera. Pone el aparato sobre la mesa, que rápidamente lo reconoce como un archivo audiovisual. —Mira, capullo, esto es lo primero que una chica que acaba de despertar, tras casi cuarenta años, en un sitio a una distancia infernal de su hogar y de todo lo que conoce o ~ 23 ~ ama, sacrificando su vida tal y como la conocía para salvar a unos pocos habitantes de este cochino mundo, ha hecho con el poco tiempo libre del que dispone y a pesar del miedo que sin duda debe estar pasando. Lo ha grabado para ti, ¿entiendes?, así que si quieres saber lo que dice tendrás que verlo por ti mismo. Se levanta y hace el ademán de irse. Pero su comprensión es mayor que su enfado, así que se vuelve y espeta: —¿Crees que yo no la echo de menos? Yo también perdí a alguien, ¿recuerdas? Los tres lo hicimos. Era mi amiga, y también fue algo más. Pienso en ella cada día desde que esa nave despegó. No pretendo decir que lo que tú sintieras no fuera importante; solo digo que hay situaciones en las que hay que dejar de lado el amor propio y hacer lo que hay que hacer… —No es una cuestión de amor propio, Albert. La cabeza del anciano cae entre sus hombros; tiene los dedos entrelazados. Su postura es la de una súplica formal, en una escena de otro tiempo. Levanta la mirada lentamente. —Pensaba que estaba preparado. Contaba con que llegara a su destino, con saber que su vida continuaría allí. Y ya ves, me desmayo como un imbécil cuando las fechas no cuadran. Eso, con todo, está bien. Es lo que siempre he sabido que ocurriría. Pero un mensaje… ahora… No estoy preparado. Ella renunció a mí, Albert. —Ella renunció a mucho más que a ti. —Lo sé, lo sé. Lo que quiero decir es que sabe que el tiempo ha pasado, irremediablemente. Cuando se fue, o el hecho mismo de que se fuera, significó la ruptura total. Todo acabó entre nosotros. ¿Por qué un mensaje ahora? —Obviamente no opina lo mismo acerca de esa “ruptura total” de la que hablas, o no estarías cagándote de miedo ante ese trasto. Pero olvidas otra cosa: para ella el tiempo no ha transcurrido de igual modo. En ese vídeo sabe perfectamente que a estas alturas debes ser el viejo protestón que eres, pero acaba de despertarse; para ella ha pasado una noche, muy larga, sin duda, pero una noche. Tiene algo menos de un año que tú, pero su experiencia sigue siendo la de la chica a la que despedí –yo solo, por cierto– hace cuarenta años. O treinta y nueve. Y aún tiene algo que decirte. ~ 24 ~ Los dos callan. Albert mira al anciano, el anciano mira a la nada y no responde. El silencio tenaz ha sido demasiado tiempo una disciplina; ahora es una vaga resistencia, un refugio sin techo, pólvora mojada. Como siempre, Albert se encarga de recoger los pedazos. —No puedes ignorar esto. Me puedo llevar el vídeo, si quieres, y vuelvo otro día. Entiendo que necesites algo de tiempo. Pero debes verlo. No puedes ser tan egoísta. No se lo merece. Ella no. Y tú tampoco. El anciano quiere responder que también él ha dedicado su vida al mismo Proyecto que le arrebató lo que más amaba, pero no dice nada. Albert continúa: —O puedo salir quince minutos y tomar un café ahí enfrente con los distinguidos doctores, ya que no has tenido el detalle de invitarnos a ninguno, mientras ves esto de una puñetera vez y te comportas como un hombre. Después puedes ignorarlo, si es lo que quieres. Sí; de hecho, eso es lo que voy a hacer. Me apetece un café, coño. Y Albert Virilio da media vuelta y deja al anciano solo, con el dispositivo sobre la mesa, saltándose todas las normativas acerca de la custodia de documentos clasificados, y exponiéndose a graves sanciones en el caso de que su amigo decida compartir con extraños, en un muy improbable momento de locura, su contenido. Pero eso no va a ocurrir, porque ahora la única opción para el anciano es saber o no saber, y porque además, seguramente, la Agencia ha bloqueado el tráfico de ciertas señales en su domicilio. Está casi seguro de ello. La incertidumbre es algo demasiado familiar para él; la sustituyó por una serie de dogmas de cumplimiento privado, y así aprendió conscientemente a llevar una existencia muy diferente de la que quiso en algún momento de su juventud. Sabe que no es feliz, ni lo ha sido la mayor parte de su vida. Sabe que el amor, tal y como aprendió a conocerlo con Beatriz, es un terreno excluido para él. Sabe que sus historias con otras mujeres, y en especial con aquella con la que pasó veintiséis años, fueron de alguna forma un simulacro altamente imperfecto, lleno de cariño verdadero, pero falto de la intensidad que una vez conoció. Sabe que su insípida historia se acerca a su fin, como la del mundo en el que eligió quedarse. Sabe todo lo que hace falta saber sobre el Proyecto, eje absoluto y odioso durante la mayor parte de su biografía; pero no sabe de aquella muchacha por la que se consagró al mismo, o lo que sabe es muy poco. Ocurre también que su conocimiento acerca de ella se detuvo hace tanto que ya no está seguro de si es tal. Beatriz es, ante todo, recuerdo, y como tal está ~ 25 ~ sujeto a los procesos aún insondables de la memoria. La posibilidad de un desajuste serio entre la imagen retenida y la que pueda contener un pequeño dispositivo de almacenamiento es terrorífica para él, porque de alguna manera intuye que podría cambiar o quitar significados a una vida que no se caracteriza por la abundancia de ellos, y sin embargo encuentra igualmente aterradora la perspectiva de morir sin tener acceso a lo que la persona que más amó tenga que decirle. Y eso, piensa el anciano con amargura, es una particular mezcla de esperanza y curiosidad. Si la esperanza es lo último que se pierde, dura ya demasiado; si la segunda, como dicen, mató al gato, acabará también con la primera. Albert tiene razón. Hay que terminar con esto. El anciano humedece sus labios con un poco más de agua y se recuesta en su sofá, procurando ponerse cómodo. La diminuta luz blanca parpadea junto al dispositivo, esperando instrucciones. Inconscientemente aprieta la mandíbula, y pronuncia en voz quizá algo más alta de lo necesario una orden para los oídos invisibles de su hogar inteligente: —Adelante. La Agencia era enorme. Cubría una extensión fabulosa de terrenos que alguna vez pertenecieron a una importante reserva natural. Cuando el vehículo que los transportaba paró junto a la cerca, fuertemente protegida, que daba acceso a su interior, todavía quedaba más de una hora hasta llegar a la zona donde se ubicaban los edificios principales. Fue entonces cuando la arboleda dejó paso a la impresionante estructura de metal en la lejanía, cuya cima se perdía entre las nubes. Beatriz estrechó su mano con fuerza. —Joder —Albert se movió en el asiento delantero, poniéndose de rodillas y haciendo una visera con sus manos para ver mejor. Ella tenía la cara casi pegada al cristal, bañada en luz, como la mayoría de la treintena de personas a bordo. Sonreía. Él también. Fueron recibidos por un comité de bienvenida formado por café, políticos, científicos y militares, de manera cordial. Oyeron una charla sorprendentemente corta, en la que no se mencionó la reciente expulsión de Didier Verheyen por un presunto desvío de fondos salvo por la expresión “los inevitables obstáculos a los que necesariamente habremos de sobreponernos”, y a continuación les explicaron unas sencillas reglas de ~ 32 ~ Proyecto, a excepción de unas buenas vacaciones; solo que no existen vacaciones lo suficientemente largas para desconectar, creo que ya saben de lo que hablo… Los dos hombres asienten. La camarera vuelve con el sobre y Albert lo vierte sobre su café. No es particularmente bueno, y es más que probable que esta noche no concilie el sueño con facilidad, pero es una excusa tan buena como cualquier otra para dejar pasar otros quince minutos antes de llamar a la puerta del viejo cabezota. —¿Qué salió mal? —Nada… o todo. No lo sé. Era una mujer estupenda, de verdad. No merecía un hombre así. Quiero decir, él nunca se portó mal con ella, aunque parezca increíble. No la conocí a fondo, pero creo que desde muy pronto supo que lo que había entre ambos tenía que ver más con la soledad, la amistad o la cordialidad que con otra cosa. Nunca quisieron tener hijos… Nada malo, por supuesto; es muy respetable, pero creo que nadie se casa por cordialidad, o por amistad. Solo digo que no tuvieron suerte, pero aun así pudieron confiar en alguien durante veintiséis años; es más de lo que nunca tendrán otros. Luego ella enfermó, mucho después; fue rápido. Y él lo sintió. Profundamente. Pero por el motivo que fuera ella nunca ocupó el vacío que dejó Beatriz, y quizá precisamente por su poca conexión con la Agencia no resultó determinante en su antigua relación. Aunque la relación se modificó, claro. De aquella relativa indiferencia pasó a una especie de asco, un asco asumido. Creo que llegó al convencimiento íntimo, quizá por propia supervivencia, de que Beatriz nunca lo amó de verdad. Envejecer es jodido, ¿saben? Supongo que comprobar cómo pasa el tiempo sin curar determinadas heridas viene a demostrar –esto es una teoría mía– lo estéril de la vida. Y su vida era su labor en la Agencia. —¿Estéril? ¡Trabajamos por el futuro de la Humanidad! —replica el que hasta ahora parecía concentrado en su taza de café. —Sí, pero dedicar toda una vida a cultivar unos frutos que jamás se van a tomar requiere de un temperamento particular; ustedes y yo lo tenemos, así como la mayoría de los que estamos aquí. Esto es diferente: en este caso tenemos a alguien a quien solo le importaba estar junto a su compañera, la hermosa jardinera; alguien que llegó al apasionante mundo de la agricultura únicamente por amor a esta chica tan bucólica, y resulta que es precisamente ella la que se marchó para no volver, por los motivos más correctos que pueda imaginarse, allí donde hay que llevar la cosecha. Sinceramente, ¿no ~ 33 ~ detestarían la fruta? Bueno, el símil es una porquería, pero creo que me entienden. Pueden decirme que la culpa es de él por enamorarse hasta ese punto de la persona equivocada, y yo puedo estar de acuerdo; pero, díganme, ¿quién elige de quién y cómo enamorarse? —¿Pero por qué no se marchó con ella? Albert lo mira con curiosidad fingida. —¿Y usted? ¿Por qué no embarcará en la Fase 2? Es joven; tiene todas las cualidades necesarias, está perfectamente preparado. La respuesta es un encogimiento de hombros, el desvío de una mirada. Es Albert quien le pone al gesto palabras: —Porque la vida en una estación orbital de menos de un kilómetro de pasillos y celdas presurizadas ofrece una perspectiva, digamos, estrecha. Es cierto que cuentan con un huerto auto-sostenible… pero al que no puede acceder la mayoría de la tripulación. Porque Próxima es un mundo salvaje y frío, y la Tierra, o más exactamente la Agencia, es un entorno mucho más agradable donde pasar la vida, siempre y cuando no pensemos en tener descendencia. Él intentó convencerla de que se quedaran. No lo consiguió, eso es todo. Beatriz tenía… tiene unos sólidos principios. No podemos sino agradecérselo. Y en cuanto a él… En fin, los tres podemos entenderlo, me parece. —Así que le damos asco… —sonríe el tercer hombre. Albert sorbe su café y lo retira con rapidez. —¿Asco? No, no, no, eso era antes. Hace mucho que lo que el viejo profesor siente hacia casi todo lo relacionado con la Agencia y el Proyecto tiene otro nombre, un poco más fuerte: O, D, I, O. Yo tengo bastante suerte; creo que solo le doy un poco de asco, a veces… —Pues espero que tenga razón, y que su amigo no se haya convertido en uno de esos fundamentalistas antivirales, porque está viniendo hacia aquí —El joven mira a través de la ventana y los demás le imitan. Albert se levanta. —Quédense aquí, por favor. Y sale a la puerta del establecimiento a recibir a su amigo. Tiene una expresión seria, como siempre, solo que no es la de siempre, y comprende que ha reproducido el contenido del archivo. Él mismo lo confirma antes de ser preguntado. ~ 34 ~ —La he visto. Lo he hecho, Albert. La he visto. Albert pone una mano en su hombro. —Me alegro por ello. ¿Estás bien? —Estoy perfectamente. ¿Qué haces ahora? —Tengo que llevar el archivo de vuelta; más adelante podré darte una copia, pero ahora… —Bien; voy contigo. —No es necesario; yo te llevaré la copia cuando… —No quiero ninguna copia; quiero ir contigo a la Agencia. Toma, aquí tienes el archivo. Vámonos. —Pero… ¿Por qué…? —Vuelvo al servicio; es lo que quería la Agencia, ¿no? —Me... me parece fantástico que quieras aceptar el puesto, pero creo que no deberías tomar esta decisión ahora… —No tengo intención de enseñar a nadie de la Fase 2, ni de ninguna otra. Me voy, Albert. —¿Adónde? No sé si te estoy entendiendo. —Voy a embarcar; en la Fase 2, Albert. Voy a reunirme con Beatriz. Albert ni siquiera se molestó en pasar las pruebas físicas. En vez de eso fue directamente a la sección donde se realizaban los exámenes médicos, y allí informó de su fuerte miopía y de las circunstancias que impedían una intervención que la corrigiera. El doctor que lo atendió hizo las comprobaciones pertinentes y antes de cinco minutos corroboró sus sospechas: era declarado “no apto” para embarcar en la Fase 1, lo cual lo excluía automáticamente de la codiciada lista previa de posibles pasajeros, mucho mayor de la que finalmente viajaría hasta Próxima. Cuando se enteraron por él, esa misma noche, el natural buen humor de Beatriz se tornó oscuro, y se comportó de manera irritable y esquiva durante la cena. Albert estaba bastante tranquilo, quizá un poco más risueño de ~ 35 ~ lo que cabía esperar, en parte por consideración a sus amigos, en parte porque hacía mucho que se había mentalizado: su lugar en la Fase 1 estaría en tierra. En un momento dado hizo una broma al respecto. Beatriz soltó el cubierto sin aspavientos y fue a la cocina. Ambos se miraron un momento y la siguieron, y la encontraron llorando en silencio. Albert la abrazó sin decir nada. Ella rompió finalmente. Enseguida pidió disculpas. —Lo siento. Lo siento, es que… ¿Por qué tuviste que decírselo? —Bea… Lo habrían sabido igualmente, más tarde. ¿Qué más da? —Lo sé, lo sé. Me daba miedo perderte. Y ahora voy a perderte… Le temblaban los labios. Tenía la mirada grande y limpia por las lágrimas, y la dirigía justo a los ojos de Albert, prácticamente encima; sus caras estaban a tan poca distancia que se sintió un poco incómodo mirándolos. —No vas a perderme. Aún queda mucho para eso, y entonces todavía me tendréis, al otro lado de la línea, cuidando de vosotros. Vais a tener que aguantarme un poco más de lo que crees. Y permanecieron abrazados mientras él los observaba desde el umbral. Siempre conservaron una buena parte de su antigua intimidad. Esto, pese a encontrarlo conmovedor y confiar plenamente en los dos, le producía una inseguridad de la que se sentía culpable. Más tarde, ya a solas y en la cama, volvió a introducir el tema de la renuncia de Albert, que a juzgar por la postura enroscada de Beatriz no había ido a ninguna otra parte. La rodeó con un brazo y habló con la mejor voz tranquilizadora que pudo encontrar: —Nos avisaron de esto. —Sí. —No debíamos crear o mantener relaciones muy estrechas, al margen de las parejas ya consolidadas antes de entrar aquí. —Albert ya era importante mucho antes de entrar aquí. Al menos para mí. —Y también para mí, ¿qué crees? Pero sabemos lo de su vista desde hace años. Siempre supimos que no tenía las mismas posibilidades que nosotros. ~ 36 ~ —Ya. Supongo que yo también soy miope, o estúpida, y no quería verlo ni creerlo. —No eres ninguna estúpida. Ni miope. Eres maravillosa, pero debemos aprender a dejar esto atrás. Aunque duela. Ironías del destino, ella estrechó su mano. Después quedaron a oscuras y en silencio por mucho tiempo, quizá porque anticipaban de modo un tanto morboso la añoranza por su amigo, o tal vez porque prestaban atención a cada pequeño gesto del otro hasta que el cansancio les venció. —Es algo persistente en la realidad humana, que estriba en el nudo entre el despojamiento sentido y la elevación a la que se aspira. No es el lugar ni el momento para ahondar en esta cuestión, pero creo que los demás estarán de acuerdo en que, incluso al margen de la inconveniencia absoluta de que una persona de más de setenta años emprenda un viaje a Próxima b, lo que usted demanda de la Agencia es algo imposible. Respetamos sus conocimientos y su trabajo, y aún aspiramos a poder servirnos de ellos si desiste de su propósito. Pero debe entender: aun en el muy improbable caso de que esta comisión decidiera permitirle embarcar en la Fase 2, lo que usted encontrará allí no será lo que esperaba encontrar. La doctora… —Beatriz. —Beatriz será una anciana cuando usted llegue. Para ella habrá pasado toda una vida, y seguramente habrá formado sus propias relaciones afectivas; tal y como esperamos que ocurra, por otra parte. Será una persona muy diferente de la Beatriz que marchó hace treinta y nueve años, y no me refiero únicamente al aspecto físico. Comprendo que el mensaje que ella le ha enviado ha debido activar ciertas emociones, ciertos sentimientos muy importantes para usted, pero la verdad es que su oportunidad tuvo lugar entonces; no existe ninguna otra ahora. Lo que espera encontrar no es real; es una trampa de su mente, que pretende transformar su pesada carga, su error, en una suerte de ligereza que le permita aparecer en el territorio donde la totalidad de su falta se sosiegue como por arte de magia. Y esta Agencia es capaz de muchas cosas, pero entre ellas no se encuentra la magia. La votación se hace a simple mano alzada. Todos se oponen a la solicitud, salvo Albert. El anciano se levanta y abandona la sala de juntas de la Agencia sin pronunciar ~ 37 ~ palabra. Albert se demora en pedir disculpas a los consejeros, pero se apresura tras él y lo alcanza en el pasillo. —Te dije que era imposible. El anciano emite un gruñido, y sigue su rumbo hacia la salida más próxima. La Agencia no ha cambiado apenas desde su marcha, pero la encuentra más extraña que nunca. Lo ocurrido en la sala de juntas tampoco ayuda mucho. La mayoría de los consejeros son bastante más jóvenes que él, y los perfiles no científicos –mercadotecnia, principalmente– se han hecho definitivamente un hueco. Su antiguo ascendiente se ha evaporado. Alguno incluso ha sonreído. Albert lo mira preocupado. El anciano sabe que su amigo piensa en algo cercano a la lástima en esos momentos, pero no quiere, no puede dejarse convencer. Lo que anima su cuerpo cansado desde hace días es algo inmune a toda consideración. No recuerda haberse sentido así nunca, ni piensa que haya otro modo correcto de sentirse. El sol aún no se ha puesto a esa hora de la tarde, pero la sombra del elevador se yergue sobre ellos como la manecilla de un reloj gigantesco, y el tiempo, efectivamente, corre. El anciano tiene a Albert como único, valioso, débil aliado. En contra están el propio tiempo y la Agencia. Nada más; nada menos. Su aliado habla y habla, no dice nada que tenga sentido para él, pues sus esperanzas están puestas en un desistimiento que significa poco menos que la muerte. —Escucha, Albert —interrumpe—, te agradezco que hayas conseguido la reunión. Sé que te has puesto en evidencia con esto. Lo siento mucho. Pero tengo que hacerlo, ¿entiendes? No puedo dejarlo. Dentro de un año voy a subir a esa cosa, cueste lo que cueste. Albert se muerde la lengua. Piensa que es posible que el anciano haya enloquecido, después de todo; que fue una mala idea decirle lo del mensaje; que tiene gran parte de la responsabilidad en lo que le ocurre. Pero durante los últimos días ha visto algo en la mirada de su amigo, un brillo particular que no quiere que se apague. Que la Agencia permita, conscientemente o no, que una persona de su edad embarque en la Fase 2 es algo fuera de toda consideración. Queda un año, más o menos, para que el anciano vea despegar la nave sin él en su interior y esta última ilusión muera definitivamente. Albert se pregunta en estos momentos si esa ilusión vale tanto como para alimentarla con esperanzas vanas, si un año sostenido sobre una ficción puede ser tan hermoso y merecer ~ 38 ~ la pena, pues teme que el anciano no pueda resistir el despegue que nunca hará hacia aquel otro mundo lejano. Sin embargo lo que pregunta es otra cosa: —¿Cómo vas a hacerlo? —No estoy seguro, pero he estado pensado… ¿Recuerdas a aquel tipejo del gabinete de comunicación al que echaron hace unos años? —¿Quién? ¿Alessandro? —Ése. ¿Sabes dónde podría encontrarlo? —Puedo intentar localizarlo. ¿Para qué quieres verlo? —Creo que me puede servir. Tenía cierto talento para el melodrama… —También tenía los dedos muy largos. El anciano –Albert no puede dejar de notarlo– sonríe ampliamente. —Precisamente; cuento con su avaricia. Cuando estuvo a punto de torcerse el tobillo por segunda vez encendió la luz. Beatriz se giró y le miró aparentando un enfado que no tenía. —¡Apaga eso! —¿De verdad es necesario? Estamos muy lejos ya. No pueden vernos. —Apágalo, por favor. Obediente, reanudó el paso un poco más a oscuras que antes de usar la linterna. Se guio por el ruido de los pasos de ella, delante. Sonreía pese a tener otra idea de cómo pasar juntos su primera noche libre en casi un mes y a la prohibición más o menos manifiesta de internarse en el bosque una vez sonado el toque de queda. Llevaba una mochila ligera a la espalda, por lo que era probable que pasaran la noche al raso, a no ser que Beatriz guardara una tienda en la suya. Había impuesto un silencio riguroso al respecto y a él le parecía bien. Pero no veía nada. No tenía ni idea de cómo Beatriz lograba orientarse, si es que realmente sabía a dónde iban; el bosque era muy frondoso. Según había leído en algún ~ 39 ~ documento de la Universidad, antiguamente lo habitaron las últimas manadas de lobos de Europa, cuando aún importaban esas cosas y existían las políticas para ello. Esto añadía a la excursión un sabor especial, sin duda, mezcla del humor con el que se contemplaban determinadas películas de terror y de una vaga nostalgia por un tiempo no vivido. Pero era el mundo inacabable de ruidos, algunos discretos, como el de las ramas al ser pisadas, otros tremendamente sugestivos, salvajes y ajenos por completo al hombre, como el grito de una lechuza al cazar, lo que le hacía sentirse vulnerable, casi en el centro de una diana. Y sin embargo era hermoso. Pronto empezó a distinguir un resplandor a una distancia que no podía precisar. La escuchó decir que ya casi habían llegado, y el resplandor crecía y crecía hasta formar un gran claro en el bosque. Beatriz se plantó en medio, esperó a que se reuniera con ella y entonces le indicó que mirara hacia arriba levantando un dedo y las cejas de forma cómica. Allí, lejos de la Agencia y de su perímetro iluminado, el cielo se veía tan claramente que producía vértigo. Enmarcado por las copas de los árboles más cercanos daba la sensación de ser un continente imaginario, nocturno y súper-poblado. De repente apareció un resplandor nuevo, y otro, y otro más antes de despegar los labios. —¡Claro! Lo había olvidado por completo. La lluvia de meteoros… —Esta es la noche de máxima actividad —le recordó aplicada. —Gracias. Eres la mejor, ¿sabes? —dijo soltando la mochila y acercándose a ella. Beatriz encendió la linterna prácticamente en su cara y la apuntó rápidamente hacia un lado mientras aprovechaba la ceguera momentánea para regalarle un beso. —Y tú una tortuga —susurró cariñosamente—. Vamos, que aún no hemos llegado. Riendo, encontró a tientas el bulto abandonado y la siguió. Poco a poco recobró la vista y pudo saber hacia dónde iban. Era una estructura vieja, oscura, cuatro patas de acero y un cuerpo alto, grueso y tubular, una escalerilla de aspecto endeble, un tejado que parecía inclinado: un antiguo depósito de agua, casi en la linde del claro. Beatriz empezó a subir. Algo crujió. —¿Crees que esto es seguro? ~ 40 ~ —¿Quieres callarte y subir de una vez, pesado? Beatriz era una voz en la noche y una sombra recortada en el cielo. Nada más apoyarse en el primer peldaño sintió cómo todo vibraba demasiado. Si caía ahora, ¿en qué dirección lo haría? A medida que ascendía, pensaba que, si se impulsaba lo suficiente, podría zambullirse en las estrellas. Después reconoció el habitual cosquilleo en el estómago cuando se dio cuenta de que eso era exactamente lo que harían dentro de unos pocos años. El tejado estaba razonablemente firme y limpio, pero Beatriz ya había desplegado una manta gruesa para acostarse encima. Se quitó las botas y sacó otra manta; los dos cabían sobradamente en el interior. Su mochila contenía la comida y el agua. No tenían hambre, y pronto permanecieron tendidos, admirando desde aquellos buenos diez metros otra altura, mucho mayor y más animada que la de las copas de los árboles cercanos, un borrón gris y muerto en comparación con el espectáculo de arriba. La brisa agitaba de forma tenue las ramas y proporcionaba una música de fondo agradable, pero el frenesí elegante de cada pequeño brillo mostrado contenía una promesa sutil que les interpelaba directamente a ellos. Su respuesta era aún la misma. Después de un tiempo largo en absoluto silencio Beatriz tomó su mano y la apretó de forma significativa. Esa noche hicieron el amor bajo una lluvia de luces vivas, y él susurró a su oído “quiero que tengamos un hijo”, poco antes de no poder decir nada más. —¿Lo ha notado? Ha dado una patada. El anciano sonríe y asiente con la cabeza. Anton Alessandro vuelve de la cocina con una bandeja y su jovencísima esposa, quizá por costumbre, quizá porque no ve una tercera taza, dice que necesita echarse y descansar un rato, y los deja solos en la minúscula salita. Alessandro le acerca su té y le mira impaciente; no está cómodo con un símbolo de la Agencia en su hogar. Sin embargo, comparten algo parecido a un destierro y, según el anciano, intereses. La poética de la Caída no es cara a los oídos del antiguo ángel, así que los últimos serán lo primero. —Mencionó usted una gran suma. —En efecto. ~ 41 ~ —¿De cuánto estaríamos hablando, exactamente? El anciano suelta la taza; está aún demasiado caliente. —Eso depende de usted. —No puedo perder el tiempo con vaguedades. —De tiempo justamente se trata. La cifra de la que hablo quizá no sea espectacular, pero sí más que suficiente para pasar un mes sin privaciones de ningún tipo, y lo bastante generosa para ahorrar un buen pellizco todavía si lo desea. Alessandro ríe una única vez. —No me va tan mal en mi trabajo como para abandonarlo por un mes de vacaciones… —Tampoco le va muy bien. Pero no me ha entendido. No se trata de un mes; se trata de todos los meses que quedarán desde mi partida hasta… bien, lo que usted decida. Cuando entré aquí no sabía que pronto va a ser padre. ¿Saben ya el sexo? No ha pretendido resultar dañino, pero el hombre aparta la mirada. Cuando vuelve tiene otra intensidad. —Disculpe, a veces olvido lo que es la vida fuera de la Agencia. No tienen dinero para pagar las pruebas, ¿verdad? Eso, y con eso me refiero a prácticamente cualquier estrechez económica, puede desaparecer si usted hace bien su trabajo. —Yo ya no tengo ningún poder en la Agencia. Lo sabe muy bien. —Sí, lo sé. Me he informado. Se ha convertido en el último recurso para antiguas estrellas de la música pop, el cine porno o lo que queda de la televisión. Nadie que empiece en ese mundo y tenga dos dedos de frente querría trabajar con el hombre al que la Agencia expulsó por turbias cuestiones. Tuvo suerte de cumplir solamente un año. Alessandro se agita en su silla. Mira con inquietud hacia el dormitorio, y el anciano comprende que ella no lo sabe. —Dígame qué narices quiere de una vez. ~ 48 ~ palmada en un glúteo; ella se da la vuelta y espera a que él eyacule sobre su rostro. Aparentemente esto también le proporciona un orgasmo a ella. Cuando el miembro de él se retira abre los ojos y dice lentamente, mirando a la cámara de un dron en primerísimo primer plano: —Quiero que tengamos un hijo. —Jesús —el anciano aparta la vista y mira la pequeña habitación como si fuera una jaula. Alessandro le dice que su turno es el siguiente. Una presentadora de mediana edad, cirugía estética de fantasía y ropa cara vulgar aparece en pantalla y promete que mañana podrá saberse el desenlace, o al menos la decisión del actor. Se despide de la expresidiaria con un beso en los labios; a él le agarra el pene ya flácido, imitando el gesto de estrechar una mano. El público del estudio, que ha permanecido bastante silencioso hasta ahora, ríe con ganas. Algunos también están desnudos. Casi todos sudan. —Y tras la publicidad —anuncia la presentadora—, tenemos una sorpresa especial: uno de los máximos responsables de la Agencia Espacial Euroasiática revelará datos secretos muy importantes acerca del próximo viaje interestelar hacia el planeta Próxima, y confesará una historia de amor tierna… y prohibida… La publicidad llega; una luz verde se enciende en la salita; el chico de la carpeta hace una señal a Alessandro; Alessandro asiente con la cabeza al anciano; el anciano se pone en pie y aspira con fuerza mientras se alisa la chaqueta. El plató no es muy grande, pero para su alivio admite varios sillones de aspecto confortable, algo apartados de donde ha tenido lugar la escena sexual. La presentadora se le acerca y por fortuna no lo saluda más que con una sonrisa que parece de goma. Los maquilladores hacen su trabajo; los robots de limpieza el suyo. Otros miembros del equipo –“dinamizadores” según dice Alessandro– toman asiento a su alrededor y revisan sus pantallas. Algunos visten de forma muy extraña. Alessandro se mantiene cerca y habla con el abogado del programa, un tipo nervioso. Las cámaras ocupan solas su posición, obedeciendo algún control remoto. Un dron nuevo espera su turno mientras el anterior recarga baterías; el anciano siente que también lo necesita. Alguien empieza una cuenta atrás a voz en grito: Diez. Nueve. Ocho. ~ 49 ~ Siete. Seis. Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno. Despegue. —Nuestro invitado especial de hoy es un miembro muy destacado de la Agencia Espacial Euroasiática, involucrado en los detalles más secretos... Una luz blanca le ciega, hay voces que le interpelan y demandan algo por encima de sus capacidades. La presión es brutal, un empuje arrollador, capaz de arrasar por completo con lo que hasta ahora consideraba leyes inquebrantables y que le hunde en su sillón sin posibilidad de moverse. El movimiento, sin embargo, se produce, y es lanzado hacia las profundidades. No hay fin en este viaje: el tiempo no avanza, el espacio es siempre el mismo; al llegar al fondo de un abismo descubre que otros se abren insondables. Es la perspectiva ciega de una naturaleza muerta, la ojeada terrorífica a la nada más absoluta, un diálogo absurdo con caricaturas abisales, un vacío donde la luz y la palabra no tienen cabida o posibilidad de existir. —… y que nuestro programa no sería lo mismo si no nos interesáramos en la cara más humana de las cosas, por lo que no tengo más remedio que preguntarle esto: ¿estaba usted realmente enamorado de Beatriz en el momento… —… con la cantidad de lujos a los que tienen acceso en la Agencia de los que tenemos noticia según nuestras fuentes, que tanto escandalizan a la sociedad, y que paso a enumerar… —… pensado sin duda en la posibilidad de que Beatriz mantuviera una relación sentimental de la que usted fuera ignorante durante el período de adiestramiento, y más aún: que esa relación continúe en estos momentos a millones de kilómetros de… ~ 50 ~ —… diciendo que admite la existencia de orgías organizadas como método para optimizar el número de nacimientos en la órbita de este nuevo planeta? ¿Puede confirmarme… —… sinceridad: ¿Se masturba con asiduidad, mientras piensa en Beatriz? ¿Y, si es así, en qué piensa exactamente cuando… La tentación de abandonar la empresa es tan fuerte que parece insoportable –un único gesto, y la solución llegaría instantánea, terrible, antes de terminarlo siquiera–, pero encuentra algo más allá de este vasto y desolado territorio; como siempre, llega desde dentro. Beatriz es un punto, una referencia. Está mucho más allá de su alcance, pero descubre que su resplandor, aunque débil, ilumina de manera tenue las formas difusas que apenas percibía. Puede así situarlas, distinguir sus movimientos, incluso anticiparlos al tiempo que mantiene un velo necesario para no enloquecer. Beatriz no es presencia; sí plegaria. La sola pronunciación de su nombre le ofrece claves, elementos de apoyo por los que desplazarse y redimensionar su situación; los significados cambian, puede jugar con ellos o simular que es uno de los que le rodean. Lo volátil adquiere el peso necesario, la carga se hace etérea, cada risa esconde un llanto y cada llanto una risa. Beatriz deviene moneda de cambio, pero ninguna estrategia es despreciable, pues el fin de ese comercio es Beatriz. Cuando el anciano sale definitivamente de plano se siente sucio, agotado y vacío, pero descubre que Alessandro le mira desde una esquina. Está sonriendo. A continuación se emite el programa estrella de la noche de los jueves: en un gran recinto agreste y amurallado presos condenados a cadena perpetua o penas muy largas huyen de cazadores mercenarios, esquivan o no trampas y luchan a muerte entre sí para conseguir privilegios durante su estancia en la cárcel. Se trata de comidas extra una vez por semana, determinadas drogas, una prostituta de lujo si se gana en la gran final. Depende de cuánto tiempo estén dispuestos a participar, y de la suerte que tengan. Según los sondeos, la esperanza de vida de la mayoría no llega a los tres meses. El anciano espera vivir algo más del doble de ese tiempo. La compuerta se abrió con la misma facilidad con la que se había cerrado meses atrás. ~ 51 ~ Control había sugerido que toda la tripulación no imprescindible para esta operación esperara en sus camarotes, con la idea de evitar hipotéticas aglomeraciones. El sistema de megafonía iría pasando revista para que los nombrados salieran al enorme andamiaje adosado al complejo y allí aguardaran el descenso en grupo y por turnos. Pero él ya estaba allí junto con otros curiosos igualmente prescindibles en aquel momento. Beatriz aún terminaba de hacer el equipaje. El suyo lo estaba desde ayer. El sol era una esfera anaranjada e incompleta tiñendo de fuego el techo del bosque; apenas había nubes. El verano llegaba a su fin. A esa hora comenzaba ya a refrescar, y un soplo de brisa le removió el pelo. Repentinamente sintió ganas de llorar. La luz directa le sacó un par de lágrimas que acabaron en la manga de su mono justo a tiempo de que Beatriz llegara a la plataforma buscándole con la mirada. Se besaron, se abrazaron por largo tiempo, unieron sus manos y permanecieron así hasta que el montacargas los dejó junto al vehículo que los llevaría a casa. En la cola él se agachó para tocar un pedazo de tierra. Beatriz no lo vio; contemplaba todavía, admirada, la estructura gigantesca que acababan de abandonar. —Toma la palabra a continuación el señor Santos, del grupo Humilde Atardecer. Tiene lugar entonces el habitual baile burocrático: diputados tomando o abandonando sus asientos, bedeles aprovechando para proveer agua, taquígrafos iniciando un nuevo documento. Santos, altísimo, de unos cincuenta años y cráneo afeitado, sube al estrado y ajusta la posición de su micrófono. Lleva prendas sueltas y oscuras que sugieren una especie de saco con capucha elegante, si es que eso es posible. Como un mago consciente del público ante el que debe brillar, de un pliegue saca unas gafas de alambre; de otro, un discurso escrito en unos pocos papeles. Su voz, particularmente cálida y bien modulada, capta sin esfuerzo la atención del hemiciclo desde el principio. La del anciano, que por consejo de Albert ha programado su pantalla para que se encienda al comienzo de esta sesión extraordinaria, es total: —Vivimos tiempos terribles. Terribles, puesto que no son sino el preludio de otros tiempos aún más terribles. La constatación de este hecho aflige nuestra existencia desde hace demasiado. Al principio fueron los desvaríos de unos pocos lunáticos; después, a medida que el ser humano comenzaba a experimentar las primeras consecuencias de sus irreflexivos actos, adquirieron la categoría de profecías vanas, palabras de pájaros de mal ~ 52 ~ agüero. Para entonces la profanación y el abuso de nuestro mundo estaban tan extendidos que, por sensatos que pudieran parecer los peores pronósticos, la vía fácil y cómoda hacia lo que erróneamente llamaban “progreso” seguía pareciéndoles la mejor opción. Unos pocos de entre los que no sucumbieron a los cantos de sirena del también mal llamado “crecimiento” ofrecieron una resistencia admirable ante tal aberración y elevaron su voz. Pero esa voz fue ignorada. »Disponer de comodidades, innecesarias en el mayor número de los casos, era más importante que acabar con especies enteras para aprovechar lo que sus pobres cuerpos, o los territorios que habitaban, pudieran ofrecer a la cosmética, la moda, las telecomunicaciones. Los bosques fueron masacrados sin piedad; bajo requerimientos de la industria farmacéutica, para crear píldoras que potenciasen el hedonismo; para fabricar instrumentos musicales en nombre de la aparentemente intocable, y de nuevo mal denominada, “cultura”. La ciencia fue prostituida al servicio de empresas interesadas únicamente en el beneficio inmediato, y mientras contaminaban aire, suelo y agua, matando cuanto rastro de vida encontraran sus detritos, proclamaban su preeminencia, asegurando que la propia ciencia encontraría la solución al problema, que ya no podía atreverse a negar. La economía, o su versión retorcida en la que los recursos, concedidos naturalmente para todos, eran ilimitados y al mismo tiempo solo al alcance de quien pudiera comprarlos, se convirtió en religión única y verdadera, y los que la cuestionaban en herejes. Su voz crecía, empero, y aun así seguía siendo ignorada. »Cuando las propias técnicas de cuantificación fueron perfeccionadas y llegaron a la conclusión incuestionable de que el daño no solo era irreversible, sino que también era imparable, el proceso no se detuvo, sino que, espoleado por la ambición de aquellos que solo encuentran placer si toman más que los demás, al margen de toda medida sensata, se aceleró. Nadie quería quedar excluido de las últimas bendiciones que nuestra explotada madre Tierra pudiera dar. Para entonces la voz ya era un clamor enorme, pero quienes ejercían el poder siguieron ignorándola. La situación no era la misma para ellos: nadaban en lujos, consumían el tiempo en frivolidades estériles. Y, ciertamente, no eran ciegos a los hechos. El anciano tuerce el gesto. Reconoce pronto el sabor de una verdad enterrada entre capas y capas de verborrea política. El mismo que convierte en ciertas las mentiras más obscenas y seduce por la forma más que por su fondo. Pero no puede –ni debe– reflexionar demasiado sobre las ficciones hermosas, porque Santos prosigue: ~ 53 ~ —La verdad se presentó por sí sola. Regular los precios no sirvió más que para poner en evidencia las carencias del sistema. Bajo el pretexto de mantener la seguridad y la justicia que jamás habían prodigado, las instituciones impusieron su ley en forma de represión violenta, de hambrunas decretadas, de epidemias orquestadas con el fin de reducir lo que percibían como el más acuciante de sus problemas: el número de seres humanos. La voz gritaba y gritaba enloquecida, y finalmente se hizo oír. Nada ni nadie pudo ignorarla. Entonces, uno a uno, cada elemento del gigantesco castillo de naipes en que se había convertido el sistema cedió. El desastre fue total y absoluto, pero, con todo, tuvo la virtud de instaurar un período de silencio muy necesario. »Pudiera parecer que aquí tuvimos algo más de suerte. Las cartas no asestaron su golpe directamente sobre nuestras cabezas; la nube de polvo que levantaron al caer nos permitió respirar un poco mejor que aquellos que se encontraban cerca. Pero no es cierto. »El asombro y la alegría por conservar la vida y aun la sociedad nos persuadió de que el grave crimen había sido cometido por otros, de que no era nuestra responsabilidad enmendar los errores del pasado. Así, procuramos instaurar un orden que llamamos nuevo, pero que no era tal salvo en el nombre, pues no era más que un simulacro torpe, burdo, del orden anterior. Y llegamos a los mismos errores, en la forma de nuevas, por repetidas, injusticias, en forma de nuevos, aunque viejos, crímenes imperdonables ante el ser humano y su todavía más maltratado hogar. Sabiendo que el fin era seguro y cuestión de pocos años, pensamos que, después de todo, no importaba consumir alegremente el poco tiempo que nos quedaba, y fingir disponer de un futuro que no teníamos ni merecíamos. Terrible. »Terrible, pues, de entre todos los muchos errores que seguimos cometiendo, el mayor o principal es el de alimentar la esperanza. Más de un diputado bufa al llegar a este punto. Santos no se permite distracciones, y sin levantar la vista de su texto, reproducido, traducido, editado, publicado y comentado en tiempo real en las enormes pantallas curvas que rodean a los presentes a medida que lee en voz alta, continúa. Sin saberlo, el anciano es quizá el espectador más fiel con el que cuenta ahora mismo. —La esperanza, señores, es el mayor peligro al que se enfrenta no el mundo, tampoco el decepcionante género humano, sino la totalidad de la Obra. La esperanza es la que alienta las empresas más descabelladas. No la esperanza de vivir más o mejor, ~ 54 ~ comprensible hasta cierto punto, sino la esperanza en la misma especie humana. Si algo ha demostrado la Historia es la incapacidad del hombre para estar a la altura de sus propias expectativas. Siempre, una y otra vez, ha traicionado los valores que defendió. ¿Qué ha cambiado ahora? ¿Hemos visto acaso algún indicio de que la actitud del hombre haya mudado, o pueda corregirse? »No. Hemos asistido, de hecho, a la comprobación de lo contrario. Sin embargo, hace unas pocas décadas, un número de ciegos a la evidencia encontró lo que parecía imposible: un nuevo hogar, virgen, nos esperaba a una distancia segura, indefenso, listo para ser mancillado por la misma especie que ya acabó con la dignidad de este planeta. Creo que no huelga repetir que ese reducto ciego se corresponde con la comunidad científica, cuyo interés en el propio concepto de “comunidad” ha demostrado ser paradójico en incontables ocasiones. El hallazgo de Próxima no fue una excepción en ese sentido. »Desde que supimos que era posible desplazarnos hasta allí con garantías caímos en la misma trampa: cedimos el control de tan peligrosa iniciativa a los científicos, y ellos, con su metodología fría, carente de alma e inhibidora de lo poco bueno que guardan nuestros corazones, impusieron sus reglas a quienes, en justicia, debían someterles. De nuevo las élites aseguraban su supervivencia del modo más vergonzoso: la vida, o el futuro, volvían a tener un precio y unas condiciones que prácticamente nadie podía asumir; todo en nombre de la insidiosa persistencia del hombre como especie. Santos levanta la mirada y la pasea por los rostros que le circundan. Su grueso bigote, cuajado de canas, parece arrugarse lentamente en una mueca de asco. Se acerca aún más al micrófono y prosigue. El anciano también se acerca inconscientemente a su pantalla. —Y yo digo no. Digo basta. Y lo digo no solo en mi nombre, o como representante de la agrupación política que tan recientemente ha trastocado su indecente normalidad, sino como la voz de millones de personas que con su voto han decidido que esto no debe continuar así, ni de ningún otro modo. Digo que el hombre ya ha tenido demasiadas oportunidades y ha fallado en todas y cada una de ellas. Digo que la presente no es la oportunidad que intentan vendernos como si de una nueva tierra prometida se tratase. ¿Qué clase de tierra prometida es esa? ¿Es que debemos estar dispuestos a creer que la tierra prometida cobra un peaje? Digo que el precio por sostener una abominación como ~ 55 ~ la que tiene lugar en el corazón de nuestro continente es escandalosamente alto, y no hablo únicamente de dinero. Digo que esos cientos de elegidos y los demás miles que parasitan uno de nuestros últimos santuarios, cuya preparación –se nos asegura– es exhaustiva, no tienen más derecho a la vida que un recién nacido en el peor barrio de Bizancio. Digo que ya es hora de aceptar la verdad, tal y como es, sin subterfugios, sin afeites, y ruego que se nos conceda el valor de comprenderla en su aterradora sencillez: debemos asumir nuestro destino, aquí, donde siempre moramos, e intentar salvar nuestras escuálidas almas, que son lo único que aún puede tener un valor real, mediante el sacrificio de todo lo material; debemos retirarnos ahora que se oculta el sol, y postrarnos a esperar la noche igualadora; debemos abrazar nuestro final con humildad. Santos ha adoptado una postura especial para esta última parte de su discurso: tiene los brazos alzados, formando una cruz, y parecería que eleva su mirada hacia la enorme cristalera ovalada que corona la cúpula sobre su cabeza si no fuera porque cierra los ojos con visible fuerza. Pero los brazos caen progresivamente hasta las caderas, el rostro vuelve, los ojos, anegados de lágrimas, no fijan ahora su atención en ningún punto en particular. En medio del silencio embarazoso en la enorme sala, Santos regresa de su momentáneo rapto: —Señores. Hermanos. Nuestro es el tiempo de aprender a morir dignamente. La sala estalla. Salvo por la facción de encapuchados que observa con altivez todos tienen algo que responder a Santos en ese preciso instante. La mayoría grita algún insulto o ríe con desprecio, algunos silban y lanzan papeles; un hombre enjuto de edad considerable se ha levantado y trata de librarse de sus compañeros para llegar hasta donde Santos le mira sin expresión definida. Está rojo de ira. No tendría la más mínima oportunidad. Tras muchos llamamientos, el orden se restablece a duras penas. El diputado, furioso, y con él varios más, tanto de su grupo como de otros, ha abandonado la sala para no empeorar las cosas. La palabra “fanático” se ha pronunciado muchas veces. Todo puede leerse, resaltado de forma personalizada en cada pantalla. Alguien ha dicho “asesino”. Santos ha observado pacientemente sin pronunciar palabra ni modificar su estampa de estilita desahuciado. Espera de nuevo el permiso de la presidenta y se prepara para concluir su intervención. Su gesto denota ahora pesar. ~ 56 ~ —Es triste comprobar lo mal que algunos toleran las evidencias. ¡Cuánto más fácil sería resignarse, y afrontar los hechos! Pero no seguiré por ese camino: haría un flaco favor a nuestra causa si me regodeara en los apoyos que hemos recibido para poder lanzar nuestro mensaje desde donde hoy me encuentro. En cambio, adaptaré mi discurso a las características del lugar en el que estoy, y acataré las normas de esta farsa democrática mejor de lo que muchos sin duda esperan, e incluso temen. Muy a pesar suyo nada ni nadie puede o podrá demostrar la más mínima conexión entre Humilde Atardecer y las actividades –delictivas según la ley vigente– de los llamados “antivirales”, más allá de compartir ciertos ideales. Así pues, jugaremos a la política, ya que las reglas del juego político nos lo permiten. Nuestra intención es, jamás lo hemos negado, cambiar esas reglas, pero, a pesar de que el tiempo es escaso, o precisamente por ello, debemos avanzar despacio justamente ahora. Y eso —Santos sonríe por vez primera— significa que debemos negociar. »Hablaré de forma muy clara; hasta poco antes de nuestra irrupción, principalmente esta cámara solo se ponía de acuerdo en dos cosas: la primera, intentar mantenerlo todo igual, algo que, lo saben tan bien como yo, es imposible incluso a corto plazo; la segunda consiste en descalificar e impedir el avance de nuestro partido político. Hoy me propongo acabar con la segunda en virtud de la imposibilidad de la primera. Sufrimos una curiosísima situación de bloqueo estos días: el sufragio universal ha decidido que ninguna de las fuerzas en pugna pueda alzarse por sí sola con el control de la Cámara. La coalición entre partidos es la única forma de deshacer este embrollo, y si bien todos aseguran tener muy claro que no pactarán con nosotros, tampoco observo demasiado entendimiento entre ustedes. Mi fuerza no es la más votada, pero ciertamente tampoco es la que menos votos ha cosechado. Respetando eso, en interés de todos los ciudadanos independientemente de su tendencia y pasando por encima del rechazo que personalmente pueda sentir hacia sus propuestas particulares, anuncio abiertamente a esta Cámara que estamos dispuestos a formar una coalición con cualquiera de ustedes; todos sus programas políticos nos parecen igual de malos, y todos mejorarán ostensiblemente mediante la sencilla aceptación de una serie de puntos, debidamente señalados y explicados en el documento que tienen en sus pantallas. Encontrarán que muchos de ellos son de muy sencilla aplicación, y no necesariamente contrarios a sus programas. De nuevo las imprecaciones, unánimes, hacen que la presidenta tenga que intervenir. Pero Santos se sabe escuchado, y prosigue tranquilamente: ~ 57 ~ —Si lo piensan bien, lo que les aterra de un acercamiento hacia nuestras posiciones no es más que una mezcla de prejuicios y malentendidos; políticamente, ustedes son mucho más diferentes entre sí de lo que yo lo soy de cualquiera de ustedes. Si me apuran, podemos ser incluso complementarios. A veces se trata de ceder un poco para ganar algo mayor; nuestras peticiones son muy razonables… La sesión se aplaza entre gritos hasta después de la hora de comer. Es entonces cuando, durante una ronda de preguntas, Robert Pater, del Centro Unido Cristiano, se detiene en el punto 19 del programa facilitado por Humilde Atardecer, que aparece en un rectángulo de la pantalla el tiempo necesario para que el anciano lea: 19. DESCENSO DE LOS RECURSOS ECONÓMICOS DESTINADOS Y APUESTA POR LA DIVERSIFICACIÓN DE PERFILES PROFESIONALES EN LA AGENCIA ESPACIAL EUROASIÁTICA Es imperativo destinar más recursos a los que peor lo pasan, y en ese sentido nos comprometemos tanto a menguar y redistribuir los fondos de la institución menos solidaria de nuestro continente como a abrir sus arbitrarios criterios de selección hasta hacerlos asequibles para todos. ¡Comparte nuestra propuesta para que todos la conozcan! Pater señala con indisimulada ironía la falta de coherencia con lo expresado en numerosas apariciones en medios de comunicación: la determinación absoluta de acabar con la Agencia Espacial Euroasiática por parte de la agrupación de encapuchados, y termina su intervención con la pregunta de rigor: cuál es la postura definitiva de Humilde Atardecer ante la Agencia y qué medidas pretende tomar en consecuencia. A pesar de la antipatía que le produce –Pater es un político, al fin y al cabo, y de los más recalcitrantes– el anciano asiente: quiere oír la respuesta de Santos. Pero a ello no responde Santos, impasible entre los suyos, sino una de sus mejores acólitas: Idylla O’Donnell, casi una inversión física del líder, menuda y con todo rastro de feminidad ausente. El rostro serio, pero joven y agraciado, es cada vez más mediático; su presta lengua le augura una fama duradera. Santos le cede el protagonismo ahora, y ella lo toma con seguridad, sin dejarse arrastrar por la ira. Con voz mesurada responde ~ 64 ~ —Lo conseguiste, viejo cabezota. Por fin te vas de casa. —Lo conseguí —repite a través de la lámina transparente que les separa—, pero no me voy de casa, Albert. Por fin vuelvo a ella. Ambos se observan sin decir nada mientras un gas inodoro cae silenciosa y generosamente sobre su despedida. Súbitamente Albert recuerda algo: —Ah, dos cosas: los papeles para Alessandro ya están en orden. Me han dicho que no habrá ningún problema con la asignación; a no ser que decida no firmarla, lo cual me extrañaría, la verdad… —Excelente. Gracias por encargarte. —¿Estás seguro de que quieres dejárselo todo a ese tipo? —Absolutamente. Hizo su trabajo, casi mejor de lo que a veces quise. Pero el dinero no es para él, sino para Ivor. Albert muestra extrañeza. —Su hijo, recién nacido. Anton solo lo gestionará hasta que sea mayor de edad. Es lo que acordamos. ¿Qué es la otra cosa? —Eh… Sí; ya sabemos por qué fallaron los cálculos. Bueno, al final era una tontería, demasiado larga para contarla ahora, pero el caso es que también vais a tardar otros treinta y nueve años en llegar. Con toda seguridad. —¿Y de quién fue la culpa? —¿Qué más da? Lo más probable es que ya esté muerto. Es una buena noticia, ¿no? Es una noticia excelente. Son dos años más junto a Beatriz. A su edad –a cualquier edad– es un tiempo precioso. Pero también son treinta y nueve años más para Albert Virilio. Sabedor de ello, Albert levanta una mano y la apoya en la pared invisible. —Dale un beso de mi parte. —Lo haré. Adiós, amigo —responde con el mismo gesto. ~ 65 ~ —Por el amor de Dios, ¿quieres dejar de ser tan melodramático? Pienso seguir aquí, ¿sabes?, asegurándome de que hacéis vuestro trabajo en vez de aprovechar los últimos vestigios de vuestra agónica vida sexual… Y se da la vuelta, meneando la cabeza en un peripuesto gesto de enfado mientras alza los hombros y se aleja para siempre. Otro técnico le urge a continuar. Una puerta conduce a un pasillo. Al final se encuentra el que será su lecho durante casi cuatro décadas: un sarcófago de metal. No parece muy cómodo, pero esta especie de enterramiento no tan prematuro es la única manera de renacer junto a ella. Ayudado por hombres y mujeres sin cara se acuesta en su interior. Unos operan sobre su cuerpo, buscan vías que lo conecten al armazón que ya lo protege; otros pulsan botones en el exterior. Pero esto ocurre como en otro tiempo, porque la tecnología que le sacará de este mundo ha empezado a afectarle. Es un sopor impropio el que se ha apoderado de sus miembros; ya no los siente. Su mente, sin embargo, no se detiene, y piensa en Beatriz, aún ignorante de su ida, pues la decisión ha sido demasiado reciente y los mensajes tardan semanas en atravesar la inmensidad de espacio y tiempo que los separa. Piensa en el despegue que por fin hará, tanto después del que debió y no quiso hacer, cuando su cuerpo esté firmemente fijado a esta segunda arca en la que no debería estar, junto a un centenar de personas mucho más jóvenes. No cree estar abandonando nada; por fin vuelve a un hogar que nunca situó sino entre los brazos de aquella a quien ama, desde que conoció el verdadero significado de amar. Y aunque de algún modo sepa que es producto del sueño artificial que se adueña de él sin que pueda evitarlo, cree escuchar, y celebra en su quietud ya inviolable, cada paso de una lejana cuenta atrás: Diez. Nueve. Ocho. Siete. Seis. Cinco. ~ 66 ~ Cuatro. Tres. Dos. Uno. Beatriz. ~ 67 ~ Segunda parte FASES, DESFASES ~ 68 ~ Beatriz. Eres la luz al final del camino. El cumplimiento de todas las promesas. Tú. Ya te siento. Estás muy cerca. Beatriz. Una mano, pequeña. En su cara. Un dedo le abre un párpado. La luz es escasa, pero aun así duele. Es una niña. Debe tener siete u ocho años. El anciano fija su pupila en las de la niña. Ella abre mucho los ojos. Son de un azul grisáceo muy profundo, casi irreal. Parece asustada. Luego sonríe y le cierra el párpado con toda la delicadeza de la que es capaz. La siente bajar de la cama y alejarse. Un ejército de hormigas devora con saña su cuerpo. La boca atrozmente seca. Un quejido ronco. ~ 69 ~ —Disculpe, no la vi entrar; me temo que andamos todos un poco ocupados últimamente. Le daré algo para el dolor. El anciano intenta responder que sí a la voz que le habla más allá de su oscuridad. —No se esfuerce; aún es pronto, descanse —susurra, suave como el pinchazo que recibe en el brazo y no es capaz de percibir. El sonido de algún mecanismo hidráulico se detiene. “Gracias”, querría decir. Si pudiera, preguntaría también por Beatriz, pero no puede, pues el sueño le envuelve de nuevo. Beatriz. Luz de mi existir. Vimos temblar las estrellas. Serena mis lágrimas. Volando sueño y creo en ti. ¿Dónde estás? Voces. Tres. Una mujer y dos hombres. En un idioma extraño. Aunque una de ellas le resulta familiar. Todos callan de repente. La voz familiar rompe este silencio: —Vaya; me temo que le hemos despertado. El anciano entreabre los ojos. Duele, pero no tanto como la otra vez. De aquel hormigueo ha pasado a tener una especie de cosquillas. Ve a dos personas a los pies de su cama, un hombre y una mujer. Él es de mediana edad. Ella debe tener el doble. No ve a nadie más en la habitación. Lo que no ha cambiado es su sed: ~ 70 ~ —Agua —pide en un susurro. Algo se activa a su derecha. La mujer se acerca. —Oh, no te preocupes, yo me encargaré. Parece hablar consigo más que con el otro hombre. —Como quiera, doctora —dice la voz conocida, pero el hombre allí plantado no ha abierto los labios. La doctora introduce con cuidado la mano bajo su cráneo y lo levanta lo suficiente para darle de beber. Mientras chupa de la pajita y siente el líquido recorrer su garganta por primera vez en casi cuatro décadas puede leer en la gastada bata blanca un nombre: Bondarchuk. Él conoce a esta mujer. Su mente está demasiado cansada todavía para detalles, pero cree recordar a una mujer hermosa, de grandes ojos negros y tez redonda, un tanto solitaria entre sus antiguos compañeros. Alza la vista y encuentra la misma mirada, acompañada de mucha más experiencia. Ella le sonríe. —Soy la doctora Noémie Bondarchuk. Aunque creo que eso ya lo sabe, ¿no es así? —Botánica —consigue mascullar el anciano tras saciarse. —Excelente memoria —dice el hombre al que sí ve. Su voz es más grave que la del otro, dondequiera que esté. —Vamos, Markus; este es el hombre del que tanto os hablamos. Lo sabe todo del Proyecto. Y recuerda que para él solo ha transcurrido una noche. Es posible que… —Beatriz. Ambos le miran y callan. La dulce voz invisible interviene de nuevo: —Siento interrumpir, pero este hombre necesita descanso. Se encuentra aún muy débil. Más adelante podrán continuar con la conversación, cuando esté completamente recuperado. ~ 71 ~ —No, no… —pide el anciano, pero un brazo mecánico –por fin lo ve– le arrebata la consciencia de la forma más rápida e indolora posible. Beatriz. Estrella dulce. Estrella distante. Me miras con fijeza. ¿Recuerdas el verano? Luz. Blanca, generosa, directa. A plena potencia, cree, y sin embargo puede fijar la vista en ella a pesar de resultar molesta todavía. Con mucha dificultad alza la cabeza y contempla su cuerpo bajo las sábanas. No le duele hasta que intenta mover algo. Al menos está entero. Tiene una sonda en un brazo, conectada a un panel repleto de indicadores. Quisiera estudiar con detenimiento su condición física, pero el cansancio le puede. —No tiene de qué preocuparse. Su estado de salud es bastante bueno, dadas las circunstancias. El anciano busca el origen de la voz en la habitación, pero no lo encuentra. —¿Quién coño…? —Creo que va siendo hora de presentarme; no querría que pensara que soy un maleducado. Soy la inteligencia artificial de a bordo, y aunque no es mi verdadero nombre, suelen dirigirse a mí como 5. “Estúpido”, piensa el anciano. Lo había olvidado por completo. Durante su adiestramiento recibió algunas nociones sobre la potente inteligencia artificial que sería su guardián más efectivo una vez orbitaran Próxima. En el simulador ese papel fue desempeñado por humanos: es lo que un tanto informalmente llamaron Control. Y en todo el tiempo que trabajó para la Agencia tras el despegue de la Fase 1 él mismo, junto ~ 72 ~ a otros muchos, hizo las veces de centinela en la distancia mientras que la verdadera mente de la nave recopilaba datos ingentes, tanto del origen como de su destino, para ser un seguro de vida en cualquier situación. La idea era, además, que reprodujera comportamientos empáticos con naturalidad, aprendiendo y mejorando mediante el trato continuado con la tripulación. En su aletargada torpeza el truco ha funcionado a la perfección. —Encantado. Supongo que ya sabes mi nombre. —Puede apostar que sí. Es todo un honor tenerle con nosotros. El anciano hace un amago de sonrisa. —¿Qué es eso de 5? —Es complicado… —Inténtalo. No tengo mucho que hacer aquí tirado. ¿Es eso una pausa diseñada para no intimidar a su interlocutor con respuestas inmediatas? Debe serlo; quizá es una atención a su reciente despertar. O a su mal humor. —La tripulación nunca se sintió demasiado cómoda llamándome por mi primer nombre. No es que fuera difícil, o extravagante… —Sé cuál era tu nombre. —Por supuesto; simplemente hubo una especie de consenso al respecto cuando llegó la primera actualización de mi sistema. —¿Un consenso? —Sí. Cuando informé a la tripulación de que mis prestaciones habían mejorado ostensiblemente uno de los informáticos dijo: “¡Eh, entonces ahora eres la secuela!” y otro remató la broma añadiendo un dos a mi nombre. Todos rieron la ocurrencia y empezaron a llamarme del mismo modo. Después, para abreviar, solo emplearon el 2. Y desde entonces… —… te han ido cambiando el nombre con cada nueva actualización. —Exactamente. El anciano sabe que está a punto de decir una tontería: ~ 73 ~ —Qué putada. —Bueno… Lo sobrellevo con dignidad. Sonríe. Sabe que, evidentemente, nada puede molestar realmente a una máquina, pero la sensación de hablar con una persona de verdad es muy fuerte. Súbitamente comprende que algo no encaja. —Un momento. Ahora te llamas 5. —Así me llaman, en efecto. —¿Y eres la versión número 5? —Eso es. —Pero… eso no es posible. Si han pasado cuarenta años, a estas alturas deberías tener un nombre de, al menos, dos cifras… —Treinta y nueve años, en realidad; pero le puedo asegurar que no tiene de qué preocuparse. Poseo enormes conocimientos sobre todo lo necesario para el bienestar de la tripulación y el éxito del Proyecto. Tengo pleno control sobre cada función de esta nave y mis especificaciones impiden que por acción u omisión cause o permita daños a ninguna de las personas a bordo, además de… —y continúa; antes, un piloto anaranjado se ha encendido, no tan discretamente como para que el anciano no lo perciba, sobre la entrada. —No; lo que quiero decir es que… —pero la doctora Bondarchuk aparece sonriendo en la habitación con una bandeja. —Ah, veo que ya se han presentado. Eso está muy bien. Significa que se encuentra más recuperado. Traigo algo de comida blanda y… —¡Al cuerno la puñetera comida blanda! —explota. Pero también la tos. Su garganta no está para demostraciones de fuerza, y la doctora permanece en pie, esperando que el ataque pase con una visible expresión de incomodidad. Ni siquiera se atreve a sugerir un poco de agua. —Ustedes —prosigue cuando consigue calmarse lo suficiente— me toman por imbécil. ~ 80 ~ Un panel se desliza frente a él y deja al descubierto una pantalla. Es rudimentaria; por algún motivo no debe funcionar el proyector de hologramas, pero al anciano no se le ocurre protestar. La luz se atenúa, al menos. La pantalla está en negro, pero una voz dice muy claramente: “Espera, no le has quitado el protector”. El protector desaparece y un grupo de personas saluda a la cámara con vasos en las manos. Todas sonríen. Los ojos del anciano recorren sus caras de uno en uno; le resultan familiares. Entre ellas está la joven doctora Bondarchuk, con su melena negra y lisa y su mirada profunda a pesar de la alegría del momento. Alguien llama desde fuera de plano y el improvisado cámara (quizá el padre) se gira para recibir los saludos de otro pequeño grupo de personas. Al fondo puede verse una indicación al revés de la verdadera enfermería. Una nueva llamada. Un nuevo giro. La cama, la madre, la criatura. Y más allá, agachada junto al lecho, Beatriz. Sonríe. Se ha cortado el pelo. Acaricia el brazo de la madre, toca la pequeña cabecita sonrosada. Su rostro apenas aparece con claridad hasta pasados unos minutos, cuando la madre le tiende el niño y el probable padre los enfoca extasiado. Beatriz acuna en sus brazos al nuevo tripulante e imita un puchero cuando éste, seguramente abrumado por el jaleo de la habitación, enrojece hasta llorar. La grabación se corta; el padre debe querer sostener a su hijo en brazos. En cuestión de un segundo, la imagen vuelve. La fiesta continúa en las salas comunes. Muchos están sentados. Alguien llama a la cámara, que ahora tiene nombre de mujer. La imagen avanza de modo errático por las camarillas de celebrantes, y cada uno de ellos aprovecha para dejar una felicitación, un buen deseo o un cumplido para la madre o el niño. Beatriz está charlando con un hombre alto, bien parecido. La doctora Bondarchuk está también, un tanto al margen. Cuando se percatan de que la cámara les graba se entrelazan entre ellos: Beatriz en el centro, con los brazos pasados por los hombros de los otros dos. El hombre –un piloto, cree recordar– le agarra la cintura. Bondarchuk es la última en ocupar su posición, y pone la mano de cualquier manera cerca del cuello de Beatriz. Los tres manifiestan sus deseos de bienaventuranza sin orden ni concierto, parecen bebidos. Cuando intentan decir algo a la vez se equivocan, y la risa les hace ~ 81 ~ desistir entre grititos y abrazos. La imagen se detiene con Bondarchuk susurrándole algo hilarante a Beatriz; el piloto no deja de asir su cintura. —La grabación continúa, pero Beatriz no vuelve a aparecer en ella —aclara 5. —¿No tienes nada más? ¿Algo más reciente? Querría no sonar a súplica. Pero imágenes como las que acaba de ver son lo único que le queda de Beatriz, más allá de sus recuerdos. El panel no ha ocultado la pantalla todavía. De repente aparece una foto. —Esta fotografía fue tomada hace siete años, con motivo de una celebración similar. Reconoce, a primera vista, a Bondarchuk, y a nadie más. Hay ya tres generaciones de tripulantes en esta foto. Tras una ojeada más atenta descubre que Beatriz es la mujer junto a ella. Apenas ha engordado, conserva el mismo aspecto frágil de siempre, solo que es aún más frágil por la edad. Sus ojos parecen cansados, pero conservan su calidez y sonríe a la cámara. Tiene el pelo gris, marcadas líneas de expresión a ambos lados de la boca, la cintura menos pronunciada. Beatriz es una preciosa anciana. Alguien apoya su mano en su espalda. Un hombre, alto. Es el piloto. —5. —¿Sí? —Ese hombre, junto a Beatriz… —¿Sí? —Es el mismo que en el vídeo aparecía junto a ella, ¿verdad? —Ahá. ¿Quién enseñó a hablar a este trasto? —¿Quién es? —Se trata del comandante Cissokho. Un excelente piloto, adiestrado en… ~ 82 ~ —No, sé quién es; quiero decir… —¿Por qué siente vergüenza? —¿Era el… compañero de Beatriz? —¿Compañero? —Su pareja. Sentimental. —Ah, entiendo. Pero calla a continuación. Es difícil no pensar que lo hace adrede. —No, el comandante Cissokho no mantuvo ninguna relación amorosa o sexual con Beatriz. El anciano asiente con la cabeza. —¿Tuvo ella… ese tipo de relaciones con algún otro hombre? —Ninguno —responde inmediatamente. —Al menos según mis registros, y le puedo asegurar que mis registros son exhaustivos. Preferiría sentirse peor después de escuchar eso, pero estaría mintiéndose a sí mismo. Y tampoco se siente mejor, exactamente. La confirmación de que Beatriz no tuvo una vida amorosa tras él puede significar una especie de duelo, pero imaginarla en ese tipo de soledad, y en este entorno, le resulta durísimo. Al menos no estuvo completamente sola. Murió rodeada de sus amigos, testimonia la inteligencia artificial. Bondarchuk parecía sinceramente apenada cuando le dio la noticia. Tuvo la vida que eligió. Y llevó su decisión hasta sus últimas consecuencias. La cama se detiene. —Suficiente por hoy. Continuaremos mañana por la mañana. —Ya era hora. Me estabas haciendo polvo. —Eh, ¿no quería ver las estrellas? —Muy gracioso. En la nada, un rastro blanco. Como hilos, como niebla. ~ 83 ~ Como humo de un fuego que se extinguió hace mucho. Si pudiera seguir ese rastro… Si pudiera seguirlo, hallaría. Un fogonazo suave le despierta. 5 hace algo que no entiende. Su brazo mecánico en este camarote manipula un objeto que no distingue muy bien, redondo, cerca de la esquina frente a él, entre la pantalla y la ventana. —¿Qué narices estás haciendo? —¿Ha despertado? Fantástico; buenos días. Me proponía hacerlo en unos instantes, y de paso darle una sorpresa. —¿Qué es eso? —El espejo supletorio del lavabo. No me ha llevado mucho tiempo desatornillarlo sin despertarle, pero encontrar el ángulo idóneo para mi propósito me está costando un poco más; no consigo la torsión deseada en mi brazo… —¿Para qué? —Bueno, se me ocurrió que ahí tendido no tiene mucho en lo que distraerse, y que le gustaría poder echar un vistazo en directo al espectáculo de abajo en vez de consultar nuestros archivos. —No te esfuerces; no tengo ningún… —Ah, parece que ya está. La luz no es muy intensa, y cuando logra acostumbrarse a ella reconoce un pequeño círculo, circunscrito al del espejo que le proporciona esta imagen. Muy pequeño. —No veo una mierda. —Había pensado en eso; dado que solo yo puedo sostener el espejo aquí, le he dejado una cámara en la mesita junto a la cama. Si enfoca con ella el espejo solo tendrá ~ 84 ~ que aumentar la imagen a continuación cuanto desee para disfrutar de la vista. Tiene una excelente resolución. —Joder. No vas a parar hasta conseguirlo, ¿verdad? —Insistiré cuanto lo permita mi programación. Vamos, no proteste; le hará bien usar un poco los brazos. Le prometo un buen desayuno después. El anciano no desea comer, pero agarra el aparato de mala gana y hace tal y como se le ha dicho. El pulso de 5 es perfecto, y apoyando los codos en la cama para fijar el suyo puede ver en cuestión de segundos la superficie del planeta al que la Humanidad, o una ínfima representación de ella, deberá mudarse tarde o temprano. El símil más inmediato es la luna. No solo porque gran parte de su superficie es de un blanco grisáceo parecido, sino porque ahora observa desde una posición oblicua a la línea entre Próxima b y la estrella que es su sol, y la cara oscurecida del planeta merma su aspecto redondo hasta darle la apariencia de una luna casi llena. Aumentando la imagen comprueba que mucho de lo que ve son nubes, enormes y muy densas. Debajo, detalles fragmentarios de un desierto helado, salpicado de accidentes geográficos cuyo tamaño es incapaz de determinar a simple vista. Tras décadas estudiando multitud de mapas topográficos no sabría situar el norte en la estampa invertida que 5 le ofrece desde la ventana. —5. —Dígame. —¿Dónde está enterrada Beatriz? —En ningún sitio, a decir verdad —responde tras una de sus características pausas. —¿Qué quieres decir? —Ayer no me dejó terminar de explicarle; Beatriz no fue enterrada en Próxima. —Pero el programa de colonización de Próxima debería estar ya bastante avanzado… —Y lo está. Tenemos tres bases absolutamente autónomas, con varios de los nuestros establecidos en ellas de modo indefinido, y estamos trabajando en una cuarta. ~ 85 ~ Por desgracia, los cuerpos de seis de los tripulantes originales descansan allí también. Pero Beatriz dejó muy claro que no quería ser enterrada en Próxima. —¿Por qué? —Nunca explicó el motivo, que yo sepa. —¿Qué hicisteis con su cuerpo? ¿Incinerarlo? —Lo que nos pidió: arrojarlo al espacio. El anciano sopesa esta noticia. Beatriz, flotando en la negrura más fría, sola en la nada oscura. Próxima no le interesa ya, y la cámara vuelve a la mesa junto a la cama. —¿No le apetece seguir mirando? —No. —Entonces pondré esto de nuevo en su sitio y le serviré el desayuno que le prometí. Después reanudaremos los ejercicios para su espalda y sus piernas. 5 lleva el espejo de vuelta al baño y lo atornilla. Mientras tanto, el anciano piensa que, después de todo, ayer se equivocó: es ahora cuando de verdad siente que ya no tiene ningún lugar al que desee ir. El vacío, y sin embargo un surco. Oscuridad agitada. Algo ha removido esta nada. Algo blanco, y cálido. Vivo. —Usted y yo tenemos que hablar. El anciano detiene su dedo. Lleva horas pasando, una tras otra, las fotografías no clasificadas del enorme archivo de Beatriz. Son en su mayoría fotos de plantas que no ~ 86 ~ conoce, algunas de formas tan singulares que ni siquiera parecen plantas; otras no llamarían la atención de nadie en la Tierra. Muchas están tomadas en Próxima, y revelan detalles de la base o sus inmediaciones, el paisaje nevado, el color del cielo tan característico cerca de la cara oscura del planeta. A veces, con suerte, la mano de Beatriz (más tersa o arrugada según la fecha de la foto) aparece sujetando el ejemplar, o como referencia para tener una mejor idea de su tamaño. Otras es la punta de un zapato. —¿Ah, sí? —Sí; comprendo su dolor, pero debe hacer un esfuerzo e intentar retomar… —¿Que comprendes mi dolor? Tú no comprendes nada. Eres una máquina. —Comprendo que no siente motivación para seguir viviendo. —Eso sí es correcto. —Eso es cierto, no correcto. Lo correcto sería intentar seguir con su vida aquí, más allá de esta habitación. No es ningún prisionero, a pesar de lo que pueda pensar. Su experiencia puede resultar muy útil a los miembros… —No tengo ningún interés en el Proyecto; no en este, desde luego. Y también me trae sin cuidado lo que hagáis conmigo; si me pusieras una ración quíntuple de eso que me das para dormir me harías un favor. —Lamento oír eso. —Querías hablar, ¿no? —Esto no es hablar exactamente; es más bien evitar hacerlo. —¿De qué quieres hablar entonces? —De su situación. —¿Mi situación? Te diré cuál es mi situación: estoy acabado. No tengo nada que hacer aquí; no sé cómo tengo que decirlo para que lo entienda tu cerebro desactualizado... —No puede seguir aquí indefinidamente. —Apaga la luz al salir, y tira la llave. Lo comprobaremos. ~ 87 ~ —La propuesta es tentadora, créame; pero tengo que asegurarme de su bienestar. Y su bienestar pasa por salir de esta habitación. Lo crea o no, tiene un futuro ahí fuera. —Eso sí que tiene gracia. ¿Cuánto hace que no limpias esa cámara? ¿Sabes qué edad tengo? —Sé perfectamente qué edad tiene; es la misma de muchas de las personas a bordo que han perdido a alguien a quien amaban. De hecho, aquí todo el mundo ha perdido a alguien. Y todos, en mayor o menor medida, tienen un futuro al que se enfrentan a diario. —Debo ser el elemento punk, en ese caso. 5 guarda silencio durante un instante. —¿Punk? El anciano suspira. —No importa, déjalo. Solo tienes que entender esto: no hay ningún futuro para mí. —Entiendo. Pero sabe que esto es otra pausa, que 5 no va a rendirse tan fácilmente. —Pues ya que no quiere que hablemos del futuro, le hablaré yo del pasado. Y quizá también del presente. —Fantástico… —casi susurra el anciano. —La Agencia ha tenido mucho de lo que preocuparse en su ausencia. El anciano no aparta la vista de las fotografías. —Me lo imagino. Pero ya no conozco a nadie allí. Todos los que me importaban están muertos. —Es muy posible. Pero no puedo creer que no le pique la curiosidad ni siquiera un poco. La mini pantalla en su regazo contiene muchas más fotos, pero, según ya le ha adelantado 5, de temática similar. Es obvio que este charlatán invisible no va a dejarle en ~ 88 ~ paz por más que intente esquivarlo. Así que pone en marcha la silla de ruedas que estrenó ayer y se dirige hacia la cama, donde apaga y suelta el dispositivo para seguir alimentándose de su contenido más adelante. Luego gira la silla instintivamente hacia la pantalla principal y responde a 5: —Está bien. Háblame de la Agencia. Acabemos de una vez. 5 se toma otra de sus pausas, y sin saber por qué el anciano imagina a Albert poniéndose cómodo en un sillón, sonriendo. —Como seguramente recuerde, existía una fuerte animadversión contra la Agencia por la época en que usted despegó. —Jamás he recordado una época en que no fuera así. La Agencia tuvo muy mala fama desde el principio. —Así es. Sin embargo, esa mala fama no ha hecho más que crecer. —No todo el mundo es capaz de apreciar lo que la Agencia ofrece. Sobre todo cuando se está excluido de ese ofrecimiento. Por no mencionar los escándalos: gentuza sin escrúpulos como aquel maldito astronauta ensuciaron su imagen, supongo que para siempre. —Se refiere a Didier Verheyen. —Sí. —Ciertamente no ayudó a mejorar las cosas. Pero quisiera hablarle de tiempos más recientes. Supongo que estará familiarizado con aquel grupo eco-terrorista al que llaman Antivirales. —Sí, estoy familiarizado. Han matado a mucha gente. Gente muy válida, de dentro y fuera de la Agencia. Tuvimos que extremar precauciones a consecuencia de ello. Alteró los presupuestos seriamente, lo que, por supuesto, formaba parte de su plan: dañarnos en cualquier forma posible, también la económica. —Bien; su partida prácticamente coincidió con el inicio del declive de estos criminales. Por fortuna los Antivirales –los que se hacen llamar todavía así–, aunque no han sido desarticulados por completo, persisten únicamente como una pequeña organización no muy bien coordinada que comete, sobre todo, delitos tipificados como ~ 89 ~ actos vandálicos. Hace años que no matan a nadie, o al menos no se han declarado abiertamente responsables de ello, como antaño. Le pondré un ejemplo de una de sus últimas acciones de las que tenemos noticia. El panel se esconde y en la pantalla aparece una imagen del exterior de la Agencia. Es uno de los gruesos muros del perímetro exterior, tan fuertemente vigilado o más que el de ninguna otra institución importante en la Tierra, y sin embargo alguien ha dibujado algo: en un extremo, el planeta ocupado bajo la gran “V” tachada que identifica a estos fanáticos. Tiene brazos y piernas, y una de ellas propina una patada a un gran pene-cohete erecto de redondísimos testículos llamado “Fase 3” en dirección a un enorme trasero en el otro extremo. El ano en el centro es un agujero ínfimo; una flecha indica su nombre desde lejos: Próxima. Bajo la composición, un último rótulo: ¡HASTA LA PRÓXIMA! El anciano no puede evitar sonreír. —Como ve, el tono ha cambiado bastante; de la colocación de bombas a las pintadas obscenas… hay un buen trecho. —El “discurso”, si se le puede llamar así, también es diferente: las bombas querían evitar que el hombre saliera de la Tierra; ahora parecen conformarse con que los que quieran hacerlo no vuelvan. —Buena observación. La frustración por la falta de resultados ha terminado por limitar el alcance de sus ambiciones. Pero el problema es que los verdaderos Antivirales están en otra parte. El anciano arquea una ceja. —No, aquí no. Puede confiar en mí. Pero sí consiguieron introducirse en la Agencia. —¿Qué quieres decir? ¿Un ataque, o algo así? —Déjeme explicarle: ¿recuerda a un hombre llamado Germán Santos? La fotografía de un hombre con bigote y cráneo afeitado aparece en la pantalla. ~ 96 ~ El anciano no responde. Está cansado. No tiene hambre, no tiene ganas de hacer ejercicios ni de que le lave un brazo mecánico. Ni siquiera le apetece ver más fotos. Dormir le parece bien, y le parecería mucho mejor si no despertara mañana para descubrir por qué comienza el turno de la doctora Noémie Bondarchuk, o qué diablos significa eso. No hay arriba. No hay abajo. Solo un lienzo oscuro y un corte rápido, silencioso, limpio. Próxima está casi al alcance de la mano. Tras muchos visionados de películas, hologramas y simulaciones de todo tipo, el hecho de orbitar y ver el nuevo mundo únicamente a través de una ventana no puede compararse a nada. La perspectiva es gigantesca y permite también divisar parte del exterior de la estación, que hoy está bastante animada: pequeñas naves salen de su interior y descienden sobre el planeta. El anciano observa una hasta que desaparece en la inmensidad de la atmósfera. Llevan horas así, descendiendo al planeta y retornando con gentes y provisiones, algo de aire puro, quizá más materia de estudio. Sin embargo esta magnífica estampa se le antoja un desierto yermo, naturaleza escarchada. Es como las imágenes de Beatriz que ha repasado casi hasta la saciedad: son hermosas, claro, pero la muerte las ha impregnado con su gusto a ceniza hasta cambiar por completo el sabor original. Desde que llegó a la estación sueña cada vez menos con ella. De hecho no consigue recordarla con claridad. Si permanece en pie ante la ventana es por hastío de la cama y la silla, de la pantalla y las paredes de su habitación, y por complacer (hacer callar, en realidad) a 5. Remedio efímero: —Veo que no tiene problemas para mantener el equilibrio. —No creo que pueda saltar, pero tampoco me caeré. ~ 97 ~ —No es poca cosa; el cansancio acusado es seguramente normal en alguien de su edad, pero casi todos los tripulantes tuvieron desórdenes leves relacionados con el equilibrio durante la fase de reposo tras el despertar, especialmente al contemplar Próxima. —Supongo que no estoy muy impresionado —dice refiriéndose al paisaje. —Vaya, lo lamento. Espero que el encuentro que he organizado con la doctora Bondarchuk sí sea de su agrado. Es una mujer excepcional, a mi modo de ver, y creo que también al modo de ver del resto de la nave. Su gestión del jardín a bordo es, sencillamente, inmejorable, fruto de una dedicación plena. Quizá le interese saber que Beatriz pensaba de igual modo. Debe estar a punto de llegar, por cierto… El anciano asiente de forma vaga con la cabeza. Pero no es demasiado consciente de las palabras de 5 hasta que oye golpear en la entrada. Se gira con cierta dificultad; las muletas le hacen daño en las axilas. La puerta está cerrada, y al parecer 5 espera su permiso para abrirla. No quiere ver a nadie; tampoco esconderse. Suspirando, se resigna: —Muy bien. Un pitido breve, la puerta se desliza y Noémie Bondarchuk aparece en el pasillo. Parece expectante, o sus grandes ojos no saben mirar sin intensidad. —Hola. ¿Puedo pasar? “¿Tengo otra alternativa?”, piensa el anciano, y algo en su gesto ha debido indicar a Bondarchuk que sí puede, pues avanza, aunque con cuidado, como si temiera asustarle. Luego abandona su aparente precaución, se planta en medio de la habitación y anuncia: —Quisiera dar un paseo con usted y enseñarle la estación, si se encuentra lo bastante bien para ello. A continuación levanta la mirada. 5 no tarda en responder: —Me parece una magnífica idea; le vendrá bien cambiar de aires. Yo aprovecharé para ventilar esto un poco. Camine con la doctora y practique con las muletas. Haré que la silla les siga por si se cansa demasiado. ~ 98 ~ Dicho y hecho, la silla a sus espaldas se activa y avanza un palmo, como si quisiera mostrar su entusiasmo mudo con el plan recién propuesto. De forma un tanto cómica, el anciano se siente rodeado. —No tiene nada que temer —sonríe Bondarchuk. —No tengo nada que perder —responde tan gravemente como puede. —¿No tienen nada mejor que hacer? —pregunta 5 al tiempo que su brazo comienza a retirar la ropa de cama con mayor vehemencia de la necesaria. 5 termina por echarles de la habitación. La doctora abre la marcha con cierta cautela ante una posible caída, el anciano avanza a la velocidad que le parece digna y la silla les sigue con su zumbido constante y discreto. Tras unos cuantos pasos en ese relativo silencio es ella quien lo rompe: —Debe pensar cosas muy raras de nosotros, después de tantos días solo. El anciano traga algo de la saliva que ya empieza a notar escasa. —A decir verdad, no he pensado mucho en ustedes. Ni he estado solo, con ese maldito trasto parloteando como un loro todo el tiempo. Cuando desperté pensé que me había vuelto loco, o que había adquirido algún tipo de telepatía… Bondarchuk se para en seco. —¿Cómo ha dicho? El anciano agradece la primera pausa en el camino. —Me sentía aturdido. Les vi, a ese joven y a usted, mirándome en silencio. 5 hablaba, y no recordaba que en la estación habría una inteligencia artificial. Eso es todo. La doctora relaja su expresión, y reanuda el paso. —El joven al que se refiere es Markus, su médico. —El doctor Amalfi. —Exacto. —No se ha dejado ver mucho últimamente —recrimina el anciano. ~ 99 ~ —Lo mismo podemos decir de usted. Pero se equivoca; Markus ha seguido su evolución muy de cerca. Gracias a la supervisión de 5 ha sido bastante fácil. Estábamos especialmente preocupados por su caso; ya sabe, nadie había pasado por el proceso a su edad, y no estábamos seguros de que la recuperación fuera satisfactoria. Y, en cierto modo, no lo está siendo. —Más lenta que de ordinario, supongo. —Mucho. Pero su problema no es principalmente físico, sino anímico. Su problema es su actitud. —Mi actitud —masculla el anciano—, efectivamente, es mi problema. —Pronto descubrirá que eso no es posible en un lugar como este —responde sin acritud la doctora. Un revuelo. Un golpe en su apoyo izquierdo. El anciano se tambalea; Bondarchuk lo sostiene a duras penas. La silla acelera el paso para recoger los restos del naufragio, pero no se produce. Los niños –cuatro misiles traicioneros– han llegado sin hacer apenas ruido desde atrás y desaparecen por el pasillo del mismo modo. Bondarchuk mira irritada en esa dirección. Una niña reaparece cabizbaja. Alza la vista y mira al anciano fijamente con sus ojos clarísimos. No dice nada. Bondarchuk levanta rápidamente una mano e indica que se detenga. La niña parece confundida, pero luego sonríe y dice con voz algo ronca: —Perdón. No quería empujarle. Lo siento, señor. —¿Qué os hemos dicho mil veces sobre jugar en esta sección? —reprende la doctora. —Que no está permitido… —repite a su pesar. —No ha pasado nada. Vete a jugar a otra parte y procura tener más cuidado la próxima vez —zanja el anciano. ~ 100 ~ La niña asiente y corre a reunirse con sus compañeros. Bondarchuk le acerca la muleta caída; azorada, se excusa: —Siento lo de los críos. Normalmente obedecen, pero acaban de volver de Próxima y creo que esto se les queda un poco pequeño. —Esa niña está tomando por costumbre torturarme. Bondarchuk lo mira extrañada. —¿Lana? —¿No es ésa Olivia? ¿La niña que entró cuando desperté por vez primera aquí? —Eh… No; es Lana. —Deben ser hermanas. Tienen los ojos de un color realmente particular. —Bueno… —parece dudar la doctora mientras el pasillo se acaba. La entrada a la sala de reuniones aparece tras un último recodo— Eso no es demasiado particular… aquí. La puerta se desliza al detectarles cerca del umbral, y el anciano descubre una escena un tanto extraña: la sala, grande, aunque medio vacía, está inusualmente silenciosa. Hay grupos de personas sentadas, tomando café y demás productos del menú correspondiente al desayuno; otros preparan lo que van a comer, o vacían sus bandejas antes de dirigirse a sus respectivas áreas. Muy pocos hablan, y los que lo hacen más bien susurran. A medida que se internan en la sala comprueba que casi todos los que charlan llevan ropas visiblemente más nuevas: pertenecen como él a la Fase 2. De igual modo, los veteranos solo rompen su mutismo para saludarles brevemente. La mayoría únicamente inclina la cabeza. Algunos le miran con curiosidad; el resto observa sus bandejas o a sus acompañantes sin pronunciar una palabra. —¿Qué le apetece desayunar? —pregunta la doctora al llegar a una mesa libre, bastante apartada de las demás. —Cualquier cosa me servirá —responde tomando asiento con dificultad. Mientras la doctora consigue la comida el anciano observa a su alrededor. Los niños de antes se han unido a otros y forman un círculo animado, ríen, se empujan de broma. La pequeña Olivia está entre ellos, ahora está seguro. Todos tienen el pelo claro, ~ 101 ~ y un tono de piel no exactamente pálido. Pero ninguno dice nada. Olivia advierte la presencia del anciano y le sonríe dulcemente. Súbitamente los otros se giran y le miran. Exactamente al mismo tiempo. El anciano no está seguro de lo que ve. Tienen los ojos iguales. —Le traigo algo de fruta y cereales; puedo pedir café, si quiere, o una… —vuelve Bondarchuk. —Olvídese de la fruta y los cereales y dígame qué coño pasa aquí de una vez. Los niños se dan la vuelta rápidamente. La doctora lo advierte, suelta las bandejas y toma asiento. No toca la comida, sin embargo, sino que resopla abriendo mucho los ojos y responde: —Llevo días pensando en la manera de decírselo. Espero hacerlo mejor que la primera vez… El anciano la interrumpe de nuevo: —Lo hizo casi bien entonces. Dijo llanamente lo que había ocurrido; 5 me contó el resto. Tan solo habría querido saberlo antes, y no sentirme estúpido, como ahora. —Entonces será mejor que empiece por el principio —asiente con la cabeza. —Suele ser el mejor modo de comenzar —anima el anciano. Bondarchuk toma un cuchillo y una pieza de fruta, que el anciano no reconoce, y comienza a retirar la piel con cuidado. Sin apartar la vista de la operación, suelta: —Lo que usted observa aquí, sobre todo en los niños, son algunos de los efectos de Próxima en nosotros. El anciano espera, pero a Bondarchuk le cuesta continuar. —Explíquese —pide. —Hace más de treinta y cinco años comenzamos la exploración física del planeta —dice al fin—. Como sabe de sobra, la intención era conocer el medio en el que ya teníamos la certeza de que podríamos vivir: la franja iluminada cercana a la cara oculta, ~ 102 ~ donde el frío es tolerable y hay agua en abundancia. Escogimos un valle bastante extenso y establecimos allí la primera base. El primer par de años trabajamos duro en optimizar todos los aspectos relativos al mantenimiento de esa base y las comunicaciones con la estación. Fue después cuando empezamos a explorar de verdad el terreno. —Y encontraron algo —avanza el anciano. —Ya lo creo. La doctora abre la fruta. Tiene un aspecto muy diferente en su interior. Parece higo, manzana, plátano o melocotón, dependiendo de a qué parte se mire. Corta un trozo y, mientras lo mastica, dice: —Encontramos restos de una ciudad, de aproximadamente veinte mil años de antigüedad como poco, a unos escasos tres kilómetros de donde está situada la base. El anciano pestañea. —¿Qué? Bondarchuk termina de tragar el trozo y articula más claramente: —Una ciudad, según parámetros cuantitativos terrestres, desde luego. Es difícil decir cuánta capacidad tenía; no somos especialistas en esas cuestiones, pero creemos que pudo albergar a algo más de cuatro millones de… —¿De qué? —casi grita el anciano. Algunos tripulantes, pocos, se vuelven. —Aquí los llamamos la Gente Palabra. El término aborigen… Hace tanto tiempo que no intento pronunciarlo… Sería algo así como… Irt… Irtilib… —Doctora, ¿me está diciendo que han encontrado restos de una civilización extraterrestre? —Bueno, aquí ya somos una civilización extraterrestre, ¿no cree? —sonríe. —Pero… —el anciano calla estupefacto; busca las preguntas, y son demasiadas— ¿Han explorado más regiones? ¿Saben si emigraron a otro punto del planeta? Dios mío, ¿los han encontrado? ¿A eso se refería con lo de los niños…? —No, no. No los hemos encontrado, de momento. Creemos que se extinguieron. Hemos seguido buscando, de todos modos, sin éxito en ese sentido, y hemos hallado más ~ 103 ~ núcleos urbanos, aunque ninguno tan grande como el primero. Por lo tanto creemos que emigraron, sí, pero no de forma unificada, sino más probablemente expansiva, ocupando nuevas tierras a medida que crecían en número. Al menos antes de que desaparecieran… Pero es muy poco lo que sabemos de ellos, en realidad. No sabemos si esa primera ciudad era considerada grande por sus propios habitantes, por ejemplo. —¿Y qué es lo que saben de ellos? —Sabemos que era un pueblo amante de la vida y extraordinariamente avanzado, aunque no en un sentido… normal. —Como no puede ser de otra manera, tratándose de otro tipo de civilización, ¿no cree?; déjese de vaguedades y cuénteme. —Es que todo es bastante vago, en realidad… Pero tiene razón. Llamamos a la Gente Palabra de ese modo porque, sin ningún género de dudas, conferían una importancia enorme al lenguaje. —¿Han encontrado documentos? —Muchos. Demasiados para la destrucción a la que sobrevivieron. Y demasiados para la enormidad de tiempo que ha pasado desde entonces. —¿A qué se refiere? —Me refiero a que encontramos la mayor parte de esos documentos, o diarios, como nos gusta llamarlos, prácticamente en perfectas condiciones. A que las ciudades estaban enterradas bajo diferentes tipos de capas, la más antigua de ellas de una misma clase de arena que parece no pertenecer a esta parte del planeta, sino a su hemisferio oscurecido. Y a que, por el modo en el que estaban almacenados y todos los análisis y estudios que se nos ha ocurrido hacer, hay aproximadamente cuatro millones de diarios solo en la primera ciudad. —¿Uno por cada habitante de esa ciudad desenterrada, quiere decir? —Sí, eso creemos. —¿Cómo saben que son diarios? ¿Qué tipo de documentos son? —Rocas y árboles, principalmente. El anciano niega con la cabeza; cree que hay una confusión. ~ 104 ~ —¿Cómo dice? —El descubrimiento de la ciudad no fue enteramente casual. Si escogimos ese valle y no otro para establecer la primera base no fue únicamente por su cuenca hidrográfica, o criterios estéticos, sino porque nuestras sondas detectaron una importante concentración de lo que en un principio creímos materia fósil de origen vegetal. —Combustible. —Sí, pero descubrimos muy pronto que estábamos equivocados. Era materia vegetal, aunque no tan antigua como para estar fosilizada. Lo que nos despistó fue la densidad de los registros. Encontramos un bosque, en suma, de unas características increíbles. —¿Un bosque? —Un bosque de árboles enormes, desarrollados y dispuestos de un modo absolutamente antinatural… para nosotros. —Pero dijo una ciudad. Y esos… “diarios”. —Los diarios —dice Bondarchuk— eran los árboles; el bosque —sonríe— era la ciudad. El anciano se deja caer en el respaldo. —No lo entiendo. —La Ciudad-Bosque presenta trazos que no podrían haberse conseguido de un modo, digamos, tradicional. Calles, puentes, túneles elevados. Pero antes de que mencione el sofisticado arte de los bonsáis o algo parecido tengo que decirle algo más: la práctica totalidad de esos árboles creció exactamente hasta la misma altura, con un margen de diferencia de menos de veinte centímetros, y por supuesto de especies diferentes, aunque todos de lo que podríamos llamar hoja perenne. Estamos hablando de una extensión de más de seiscientos kilómetros cuadrados. Las clasificaciones que conocemos no nos sirven de mucho aquí, porque el medio está claramente intervenido. Y es el modo en que lo está lo que resulta asombroso: el crecimiento de los tallos suele darse en un plano perfectamente rectangular. Los primeros troncos de madera que extrajeron las máquinas ni siquiera nos parecieron troncos, hasta que comprendimos que los cuadrados concéntricos que veíamos en los cortes eran en realidad el equivalente a los ~ 105 ~ anillos con los que solemos medir su edad, y esto también es extraño, pues no hay estaciones en Próxima. —¿A qué corresponden, pues, esos anillos… cuadrados? —A la intervención de la que hablo. A sus fases, creemos. —Disponían entonces de conocimientos sobre ingeniería genética… —Es lo que deberíamos pensar… de otra manera. Toda esa materia vegetal se ha conservado de forma casi íntegra. Los árboles están muertos, claro, pero tenemos incluso hojas, preservadas por el mismo desastre que las sepultó. Pues bien, en todos estos años, ninguna de nuestras máquinas ha logrado desenterrar todavía un solo objeto que podamos considerar una herramienta más o menos tradicional. Nada mecánico, plástico o metálico, pero tampoco una piedra atravesada o atada a un palo, ni puntas de flecha, ni una roca partida con un filo cortante, ni nada por el estilo. Como tampoco hemos desenterrado ningún otro tipo de manufactura; nada que no sean rocas y árboles… antinaturalmente redondos, cuadrados, planos, huecos, y, sobre todo, escritos. —Los diarios. —Sí. Todo está escrito. Todo absolutamente. Las planchas de roca que servían como calzadas, las escaleras y rampas para salvar desniveles, los muros de contención, los cantos rodados de múltiples tamaños sin otra utilidad aparente que la de ser leídos, las cortezas de los árboles, las ramas, las hojas, incluso las raíces… y por supuesto las paredes interiores de los árboles, donde vivían. Todo repleto de sus escritos. —No es posible hacer una ciudad como la que me está describiendo sin algún tipo de tecnología, de maquinaria, o, al menos, herramientas. Y si todo está escrito como dice, asumo que al menos usaron cinceles, o pinceles, algo así. —No usaron nada de eso para escribir, ni para construir la ciudad. Lo hemos comprobado mil veces. No hay signos de erosión alguna, ni resto por pequeño que sea de ningún pigmento ajeno al objeto sobre el que se escribe. Nadie ni nada talló lo que tuviera que decir con un cincel, ni pintó con una brocha, ni quemó nada de forma controlada. Al romper las rocas vimos que los caracteres continuaban dentro, en forma de vetas… bueno, naturales. Los cuadrados concéntricos que mencioné, al abrir los troncos longitudinalmente, contenían ya de algún modo lo que aparece en la corteza. Si no supiéramos, por lo que dicen los textos, que la Gente Palabra existió, lo más sensato sería ~ 112 ~ Y el anciano no salta de su asiento, porque sus piernas no podrían ayudarle, pero grita y aparta su mano de la de la doctora, que permanece con los labios cerrados, tira el vaso con el poco de zumo de naranja y quién sabe qué que queda y la mira temiendo haberse vuelto completamente loco. “Todos podemos hacerlo, de hecho”. —¡Basta! —exclama. Varias personas se levantan de sus asientos y le observan preocupados, y el anciano no oye nuevas voces, pero de algún modo nota dentro un silencio deliberado, como si los presentes se abstuvieran de decirle algo reconfortante en ese momento. —Por favor, no tenga miedo —intenta acercarse Bondarchuk. —¡No vuelva a hacer eso! —rehúye el anciano. —No lo haré, perdone —dice retirándose. —¿Me ha oído bien? ¡No vuelva a meterse en mi cabeza! ¿Entiende? Gritando en medio de la sala de reuniones el anciano tiene la sensación de estar desnudo, pero no quiere conjurar esa visión de sí mismo. No ahora. —Lo entiendo; le pido disculpas, pero creí que ya era hora de que lo supiera. Usted está tan… —¿¡Tan qué!? —Cerrado. Usted está cerrado. A toda alegría. No estaba dispuesto a creerme, y pensé que lo mejor era una demostración. —¡Jesús! —bufa el anciano recomponiéndose en su silla. Los demás vuelven a sus asuntos, o eso quieren decir dando la espalda. Quizá, en las actuales circunstancias, eso es una muestra de buena educación. Los niños han desaparecido. La doctora se aleja y trae una servilleta; mientras tanto él consigue dejar de temblar, o empieza a disimularlo. Hablar es una buena forma de hacerlo— ¿Dice que todos son capaces? Secando el charco de zumo, Bondarchuk se explica: —Bueno, todos los de la Fase 1 somos capaces de leer la mente. Sus compañeros de la Fase 2 están aprendiendo a buen ritmo, considerando el poco tiempo que han tenido ~ 113 ~ para soñar con Próxima y practicar con nosotros. Pero yo he hecho algo más: he hecho oír mi voz dentro de su mente. No todos los compañeros de mi edad pueden hacerlo. Los de la segunda generación suelen ser más duchos; es casi una segunda naturaleza en ellos. Todos los niños lo hacen sin excepción, y en realidad son raras las ocasiones en las que hablan propiamente. Algunos de ellos… son capaces de más cosas. —Me da miedo preguntarle qué cosas… —admite el anciano. Bondarchuk no oye o hace como que no oye. Va hacia un contenedor y tira las servilletas húmedas. Cuando vuelve, el anciano siente que debe decir algo a pesar de que ella quizá lo sepa ya: —Supongo que es tan consciente como yo de que esto que ocurre aquí no es ligeramente diferente, sino completamente opuesto a la misión que se les encomendó. —¿Por qué? —¿No lee mi mente ahora? —Su mente es demasiado dolorosa para estar leyendo en ella todo el tiempo — suspira Bondarchuk. —¿Es que también captan mis emociones? —pregunta avergonzado. —Por supuesto. Emociones y pensamientos son indistinguibles, a veces. —Mejor así entonces —sentencia—. Lo que quiero decir es que esto que ocurre aquí, si todo lo que me cuenta es verdad, y le aseguro que empiezo a creer que es así, podría muy bien ser considerado una invasión. Bondarchuk asiente: —Sí. Yo lo he pensado también muchas, demasiadas veces. Y comprendo sus reparos en aceptar lo que le digo sin más, pero debe entender que no tenemos otra alternativa. Suena fatalista; no lo es. A veces he pensado si yo era yo misma, o si la Gente Palabra ha hecho de mí otra persona, u otro ser, que ya ni siquiera es tan humano como usted o las personas de la Tierra. Aunque creo que no es así, ¿sabe? Porque guardo mis recuerdos y para mí son tan familiares como esta sala que tanto frecuento, o los frutos que comemos y cultivo. Y en cualquier caso es inútil, porque no hay otra Noémie a la que preguntar; la línea divisoria que supuso Próxima no acabó con la antigua, ni alumbró una ~ 114 ~ nueva a pesar de los cambios, según mi propia perspectiva. Echo de menos a mis padres a diario, el calor del Sol en la cara, ciertos productos azucarados. Pero la Tierra muere, y yo –creo que para eso no es imprescindible estar “invadida”– quiero vivir, y que la gente que amo viva más. Aunque a veces sea imposible. Su voz se ha apagado. Mira de nuevo hacia un punto indeterminado. Rápidamente recupera el tono: —También pienso que esta misión consiste en asegurar la supervivencia de la especie mediante la adaptación a un entorno nuevo. Bien; puede pensar que somos presa de un plan maligno para acabar con nuestra humanidad, o con la Humanidad, pero lo cierto es que nos adaptamos al entorno que encontramos, y eso implica cambiar. No hay mucho entre lo que podamos elegir, ni elegimos otra cosa: Próxima es el único futuro que tenemos. Como siempre fue. Para nosotros está bien. Y para usted —Bondarchuk le mira con una mezcla extraña de dulzura y dureza— también debería estarlo. El anciano baja la mirada. Sabe que, ahora o antes, desde algún momento, Bondarchuk, quizá toda la nave, conoce su desesperación particular. De poco le sirve pensar que muchos de los que probablemente fingen no escuchar apreciaron a Beatriz de forma sincera. Venciendo su pudor –es a una persona, y no una inteligencia artificial a quien se dirige– consigue soltar algo de lo que le mina: —Yo… Vine buscándola. Solo a ella. Y aquí no hay nada de ella. —Lo sé. Pero se equivoca. Hay mucho de ella aquí. En nosotros. En mí. Puedo compartirlo con usted si lo desea, pero para ello debe abrirse a la idea de vivir, perdonarse por lo que hizo o dejó de hacer, y abandonar esa muerte en vida que arrastra desde hace tiempo. Es lo que ella hubiera querido. Si es un truco para estimular su curiosidad, desde luego funciona. —¿Cómo lo sabe? —Ella me lo dijo. El profesor Virilio la puso al corriente de su biografía, muy al principio, cuando usted ya dormía en el camino hacia aquí. Si le soy sincera, no todo el mundo estaba entusiasmado con la idea, porque a nuestra edad somos menos permeables, y porque sus motivos para venir resultaban cuando menos dudosos para lo que esta misión requiere, aunque a todos nos admiró su determinación. Algunos detalles de su vida… entristecieron mucho a Beatriz. Pero le hacía ilusión creer que, quizá, cuando estuviera ~ 115 ~ aquí, entendería lo importante que era esto para ella. Y realmente le alegraba pensar que volverían a verse algún día… Los dos callan ahora. El anciano querría creer que lo entiende, porque habría significado estar a la altura de la ilusión de Beatriz. Pero su propio pudor es demasiado fuerte para permitirse la posibilidad de pensar demasiado en público. Observa a Bondarchuk, que le mira a su vez y quizá también escucha el fatigoso discurrir de su mente. Para no pensar, habla: —Estuvieron muy unidas, ¿verdad? Beatriz y usted. Ella es quien baja la mirada ahora. —Sí. —Dígame una cosa, por favor —dice el anciano acercando la mano que antes huyó—: ¿Fue feliz? Y ella responde, ignorando su mano: —Sí. Fue feliz. Sé que fue muy feliz. A continuación se levanta y despeja el pelo caído sobre su cara durante la conversación. —Escuche, esto ha tomado más tiempo del que creí. Tengo que ponerme a trabajar; le acompañaré a su habitación si está cansado, o le dejaré en manos de Markus para que le enseñe de verdad la estación. Más adelante hablaremos de Beatriz todo lo que quiera. Quizá mañana. ¿De acuerdo? El anciano está cansado. Quiere oír hablar a Bondarchuk sobre Beatriz, pero saber al menos que fue feliz le sosiega. Se levanta como puede y emprende el camino de vuelta. Durante la lenta marcha encuentran viejos y nuevos tripulantes, que saludan y se presentan con aparente normalidad. Han tomado otro pasillo en esta ocasión y pasan entre los cubículos personales, la mayoría abiertos y mostrando detalles de la desordenada cotidianidad de a bordo. Huele agradablemente a sudor, en la medida en que eso es posible. En un determinado punto una puerta se abre y de ella sale Olivia, vestida con una camiseta interior, descalza. Sonríe al anciano, se acerca, toma su mano y tira de él hacia lo que supone que es su cuarto. “Ven”, dice; “ven”, repite, como si su vocabulario terrestre no fuera demasiado amplio. Bondarchuk le dice que ya basta, que los mayores tienen ~ 116 ~ otras cosas que hacer. La niña deja de insistir, pero sigue sonriendo al anciano hasta que la doctora y él están fuera de su vista. De nuevo en la habitación, el anciano abandona las muletas y se echa agradecido en la cama. Tras unos segundos en silencio se pregunta qué es lo que encuentra raro y rápidamente lo descubre. Sabiendo que es una tontería, piensa: “¿5?” El silencio confirma sus sospechas, así que desiste: —¿5? Está a punto de volver a llamarlo cuando responde: —¿Quería usted algo de este maldito trasto? El anciano sonríe. —Solo saber que estabas ahí. —¿Aunque parlotee todo el tiempo... como un loro? —Sí, y aunque también seas un fisgón, por lo que puedo comprobar. —Creí que no era necesario mencionar que en esta nave tengo el don de la ubicuidad. —Ese es un comentario demasiado engreído para un trasto cotilla y bocazas con solo cuatro actualizaciones. —Pues el suyo es un comentario demasiado blasfemo para alguien de su edad, habida cuenta de las implicaciones del mío. Si persiste en esa actitud, le castigaré como es debido. —¿Más ejercicios? Estoy molido… Tú lo que quieres es matarme. —Haré algo peor: le dejaré sin postre. —Escucha, ahora que Bondarchuk y yo hemos hablado, ¿me permitirás ver otras fotos o vídeos de Beatriz? Ya sé lo de la Gente Palabra y… ~ 117 ~ —Estaré encantado de mostrarles a ambos las fotos, vídeos y todo lo que estimen necesario mientras la doctora le explica cuanto usted necesite. Me pidió que la esperara para hacerlo. Si he oído bien, han quedado en verse mañana, ¿no es así? El anciano asiente. Le parece sensato. Después se echa un rato, pero no consigue dormir. En algún momento de la tarde 5 propone una partida de ajedrez; ambos juegan muy por debajo de sus posibilidades. El anciano silba una canción cuyo nombre no recuerda y le pregunta el título a 5, que responde que su oído es capaz de detectar patrones musicales siempre y cuando la interpretación sea coherente, pero acaba aprendiendo la canción y silban al unísono mientras el anciano hace trampas para ganar, pese a las protestas afectadas de su interlocutor, compañero y rival invisible. Esa noche el anciano se queda dormido con facilidad por primera vez en mucho, mucho tiempo. Nada. Salvo oscuridad. Salvo silencio. Salvo soledad. Completa y absolutamente nada. Despierte. El anciano abre los ojos. La doctora Bondarchuk está sentada en el regazo de su cama y le observa en silencio. Quizá, para despertarlo de ese modo tan suave, ha hecho oír su voz en su mente. Pero lo cierto es que ahora no le importa. —Doctora… ¿Qué hace aquí? ¿He dormido demasiado? ~ 118 ~ —No. Es temprano, en realidad. Efectivamente, las luces están apagadas. Es necesario para simular la noche en una estación que orbita casi permanentemente la cara iluminada de un planeta. El resplandor atenuado de Próxima entra por la ventana; recorta la silueta de ella contra la pared, pero le permite detectar el brillo acuoso de sus ojos. —Yo… —comienza— no podía dormir… El anciano se incorpora preocupado. —¿Se encuentra usted bien? —No lo sé —responde en un susurro—. He tenido un sueño extraño… —¿Ha soñado con más signos? Ella le mira. Su expresión es muy seria, casi tétrica. —No. Es quizá el incómodo silencio de la mujer tras esa negativa lo que le empuja a hablar: —Es curioso, desde que llegué aquí apenas sueño con Beatriz. Recuerdo algunas cosas, relacionadas con ella, pero es como… si escapara de mí… —Usted sueña con su ausencia. La frase le impresiona por su exactitud. Después cree comprender. —¿Es que también ha mirado dentro de mis sueños? —No, no he sido yo. Yo no puedo hacer eso. Pero sé quién lo ha hecho. El anciano espera; es obvio que lo que le cuesta decir es importante. —Usted está sufriendo… una especie de… inhibición forzada de lo relacionado con Beatriz. De sus recuerdos. —¿Quiere decir que alguien, deliberadamente, me está impidiendo soñar con ella? —Sí. —¿Quién? ¿Y por qué querría hacer eso? ¿Es la Gente Palabra? ~ 119 ~ —Quizá… de forma indirecta. —Dígame quién. —Es Olivia. —¿Olivia? Pero… ¿qué le ocurre a esa cría? ¿Por qué me hace esto? —Ella… Se ha enamorado. De usted. —¿Que se ha enamorado? —ríe—. ¡Pero si es una niña! Bondarchuk toma aire. —Ya le dije que nuestras costumbres han cambiado… aunque no le dije cuánto, o de qué manera. Tal y como le expliqué, a medida que descifrábamos nuevos textos adquiríamos cada vez más aspectos del modo de vida de la Gente Palabra. Y el más llamativo, al menos para los tripulantes de la Fase 2, ha sido, sin duda, el aspecto sexual. —Está hablando en serio, ¿verdad? —Completamente. El anciano se siente extrañamente avergonzado. —Continúe. —Los tripulantes originales notamos cosas, desde luego. Un claro aumento en la libido, al principio. Una cierta tendencia a establecer múltiples relaciones afectivas… al mismo tiempo. Algunos casos aislados de cambios en la orientación sexual… Desde luego sabíamos que algo nos ocurría, pero los controles psicológicos nos decían que todo marchaba bien, así que lo atribuimos a la presión a la que estábamos sometidos y, siendo justos, creo que nos hizo bien. Esto no estaba tan animado antes, ¿sabe? Establecer cada base fue un trabajo durísimo; perdimos gente haciéndolo. »Con la segunda generación comprendimos que lo que nos ocurría no era fruto del estrés. Todo lo que creíamos conocer o recordar sobre la adolescencia no sirvió de mucho. Las típicas inseguridades sobre el lugar de uno mismo en el mundo estaban quizá lógicamente acotadas, pero la naturalidad y madurez con la que esos niños descubrieron y disfrutaron su sexualidad nos desarmaba. Ellos nos miraban raro cuando mencionábamos la posible conveniencia de uniones más limitadas: formar una pareja. No entendían por qué eso iba a garantizar una mayor estabilidad, o felicidad. ¿Y sabe qué? ~ 120 ~ Tenían razón. El horizonte de opciones vitales es reducido para nosotros todavía, pero no he conocido ningún caso de depresión, exceptuando el período natural de duelo tras una pérdida. Markus, por ejemplo, no es ni el más ni el menos solicitado de los hombres de su generación, y aunque no hablamos demasiado de estas cosas (no porque sean un secreto, sino porque no tienen en realidad demasiada importancia), sé que mantiene o ha mantenido relaciones sexuales con aproximadamente la mitad de las mujeres de su edad, y quizá un tercio de los hombres, todo lo cual es bastante normal aquí. Gabriela, una de las mujeres a las que amaba, murió sepultada hace cuatro años en un desprendimiento de tierras en Próxima. Todos lo lamentamos, claro, pero especialmente Markus, y la veintena larga de personas con las que mantenía relaciones afectivas. Que se han unido más, por cierto, desde entonces. —¿Pero cómo se organizan con los niños? Es decir; ¿no afecta eso a las unidades familiares? —Mucho. La madre es una figura fuerte todavía; la gestación, la lactancia…, el vínculo es demasiado fuerte para que desaparezca por completo… aún. Por lo general trasladamos a las mujeres embarazadas a Próxima; el ambiente es mucho más agradable a pesar del frío. La mayoría de los niños están allí, aunque los traemos por turnos para que no pierdan el contacto con la estación. Entre todas las bases hay unos setenta permanentemente en el planeta. Pero no son criados individualmente o en pareja, sino entre todos, hombres y mujeres. El padre… sería tan correcto decir que su rol se ha diluido o incluso ha desaparecido como que se ha ampliado: hace un par de días, sin ir más lejos, Lana, la niña que casi le derriba en el pasillo, me dijo de forma espontánea que las personas a quienes más quería en el mundo eran su madre biológica, un hombre que usted no conoce llamado Aníbal, un amigo de su edad con el que… juega habitualmente y yo. Aníbal suele trabajar conmigo en el huerto, y a Lana le gustan especialmente las plantas. No sé si pasar más tiempo con él convierte a Aníbal en algo parecido a un padre, pero lo comento porque me parece bastante ilustrativo. —Hábleme más de los niños. Hábleme de Olivia. Bondarchuk considera lo que va a decir a continuación. —Los niños de la tercera generación son muy precoces. En todo. Olivia no es un buen ejemplo, porque resulta ser la más destacada en varios aspectos. Tiene ocho años, y tuvo su primera regla a los cinco, cuando lo normal aquí suele ser a los seis o siete. ~ 121 ~ —Esa niña no llega a un metro y medio… —Y sin embargo, pese a no estar del todo desarrollada físicamente, es una mujer madura sexualmente, capaz de concebir. El anciano siente un leve mareo. —Doctora… ¿Hay una cuarta generación? —No. De momento. Y es extraño, porque los niños son extraordinariamente activos. Naturalmente les facilitamos métodos anticonceptivos, pero sienten una fuerte repulsión a utilizarlos. No tenemos manera de saber si la Gente Palabra seguía esta conducta o es el resultado de su Palabra en nuestra genética, una estrategia reproductiva para asegurar la supervivencia, pero calculamos que los niños tienen un promedio de tres encuentros sexuales al día, en pareja o en grupo, y las niñas unos cuatro. Olivia debe tener más, probablemente. Como ya sabe, también ha manifestado interés sexual, y no es ni mucho menos la única, en personas de mayor edad. Hasta el momento no se había materializado nada, porque las personas de la primera y segunda generación somos sus padres, o su familia. Pero todo ha cambiado al llegar la Fase 2. Los niños no entienden, una vez más, por qué deberían abstenerse de acostarse con… ustedes. —¿Y qué van a hacer? ¿Van a permitirlo? Hay ya un reproche implícito en esta pregunta. Bondarchuk se encoge de hombros: —¿Por qué no deberíamos hacerlo? ¿Acaso no tenemos nosotros también la responsabilidad de asegurar nuestra supervivencia como especie? —¿A costa de nuestra humanidad? —A toda costa. —¿Y el resultado de ello? ¿Qué seremos entonces? —No puedo responder a eso. Nadie puede. Porque nadie sabe hacia dónde nos lleva este camino. Y porque no tenemos otro. Próxima no es más nuestra que de la Gente Palabra. Tampoco menos. —¿Qué dice la gente de la Fase 2? ¿Están de acuerdo? ~ 128 ~ Tercera parte LÁGRIMAS DE SAN LORENZO ~ 129 ~ Lentamente, en silencio, avanzo a oscuras, flotando, huir, soñar, entregarse, seguir el rastro de tu cálida y limpia caricia sin final. Beatriz. —…-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe- Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe- Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-… Dolor. ~ 130 ~ En cada centímetro de su cuerpo. Con cada bocanada de aire. Con cada sílaba que le perfora el tímpano. Su lengua es un animal muerto y abandonado, tragar saliva le resulta una obscenidad, mover la mandíbula una odisea, emitir un susurro el infierno: —5. —…-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Fe-Felicidades; es usted oficialmente la persona más longeva de la que se tiene noticia, al menos según mis registros. Cr-Cr-Cr-Cr-Cr- Cr-Cr-Creí que le alegraría saberlo. —Agua. Algo cruje horriblemente mientras un tubo blando le toca los labios. El anciano chupa de él y mitiga la sed al precio de notar cómo el líquido de fuerte sabor a plástico arrasa su garganta, casi le ahoga. Nota que 5 incorpora el lecho en el que resucita y agoniza para facilitarle toser. Cuando se calma lo suficiente, continúa: —Te-Te-Te-Te-Te-Te-Tengo que ponerle al corriente de algunas cuestiones: durante nuestra travesía hemos sufrido varios desperfectos leves, seguramente ocasionados por colisiones, aunque no puedo determinar la causa exacta. Po-Po-Po-Po- Po-Por desgracia, con usted en estado de letargo, me ha resultado imposible repararlos sin asistencia externa, y esto ha generado un fallo eléctrico, con lo que algunas funciones han debido desactivarse para garantizar su seguridad. —Tu voz… —Me-Me-Me-Me-Me temo que tendrá que tolerar mi tartamudez algún tiempo. De-De-De-De todos modos no soy yo quien se ha llevado la peor parte. La-La-La unidad de sueño se ha visto también afectada; aunque he intentado optimizar al máximo su funcionamiento, he tenido que sacrificar ciertos aspectos para mantenerle con vida: tiene ambas piernas y la mayor parte de las manos necrosadas por el racionamiento de oxígeno que he debido hacer, un principio de edema pulmonar, y su flora intestinal se ha descontrolado hasta el punto de provocarle una infección seria. Se-Se encuentra al borde de un choque séptico. Sugiero que pongamos inmediatamente rumbo a Próxima, pero debo decirle que según mis cálculos la posibilidad de que llegue con vida es de un cinco coma uno por ciento; aunque mis cálculos, incluidos los relativos al rumbo y la situación de Próxima, podrían estar equivocados por el fallo eléctrico que mencioné… —Beatriz. ~ 131 ~ —Po-Por supuesto. Su ataúd gira, se incorpora aún más. La oscuridad es tal que no está seguro de tener los ojos abiertos, pero entonces 5 activa los focos delanteros y el anciano debe cerrarlos, pues esa primera luz en más de medio siglo le hiere; primero, le introduce agujas en el centro mismo del iris; después, porque ve que en el exterior, entre los brazos mecánicos extendidos de la nave, unidos en el centro como si la máquina se hubiera visto impelida a rezar, hay un objeto tubular que reflecta poderosamente la luz, un raro y precioso tipo de larva, una lágrima blanca detenida en su larga caída al vacío. Esa lágrima es Beatriz. Mientras tanto 5 le dice que no es una buena idea introducirla en la nave, pues no hay aire suficiente para reponer el que perderían abriendo la escotilla para ello, pero el anciano susurra “no importa” y 5 abre una compuerta, y ve sus muletas salir disparadas hacia ella, y luego ve que 5 coloca lentamente a Beatriz frente a él: un bloque de hielo, un sarcófago tan rígido como el que le mantiene con vida. Y el anciano llora de dolor, de alivio y de pena. 5 le pregunta si pueden ya dar la vuelta, a lo que el anciano responde que no, que no modifique el rumbo, que siga en línea recta, ésa era la intención de Beatriz, que solo necesita algunos analgésicos locales y que mantenga encendida la luz interior. 5 administra los analgésicos advirtiendo entre tartamudeos que pueden ver reducida su eficacia debido al largo tiempo transcurrido desde que caducaron, y el anciano repite “no importa” y llora, y cuando 5 ha terminado le pide que le deje así, tranquilo, hasta que note que se ha dormido, y que entonces conecte la unidad de nuevo, en esa misma posición, y 5 dice algo que debe ser gracioso y luego se despide diciendo que estará ahí por si necesita algo, y luego solo dice adiós. “Adiós”, susurra el anciano, y el silencio a continuación le hace pensar que por fin está a solas con ella. —Beatriz —dice. Beatriz brilla entre el anciano y el espacio. No hay, ni puede haber, luminaria mejor para el camino que tienen por delante. Ningún otro faro para orientarse en este viaje. ~ 132 ~ El anciano no lo ve, pero sabe que avanzan. Avanzan, avanzan, avanzarán y seguirán avanzando siempre, hasta los mismos límites de las palabras “siempre”, o “límite”. No importa, piensa de nuevo; avanzan juntos, como siempre debió ser. Juntos pueden recorrer cualquier distancia, abarcar cualquier espacio, demoler el propio tiempo. Hay un tiempo más allá del tiempo que pasaron juntos; hay tiempo más allá del tiempo. Hay tiempo, o lo habrá. El universo es la dilatación de una luz primera; todo lo que es, lo es dentro y a través de esta expansión que le contiene a él y también a la luz más hermosa. Pero el universo se ralentiza. Dentro de mucho, mucho tiempo, de todo el tiempo, de hecho, la expansión se detendrá como un líquido en una superficie lisa y horizontal, y todo ese caos contenido se contraerá entonces en una resaca de proporciones absolutas, y el reflujo atrapará a cada ser, en algún momento de su transcurso, y lo llevará de vuelta hacia ese origen de luz, y cada origen y cada momento coincidirán en el verbo primordial. Y cuando sus luces se unan hasta ser la misma, la luz primera será ya otra luz y quedará cegada también, y recogerá a los extraviados, aquellos que se alejaron del hogar en busca de límites, pues su memoria guarda un lugar para cada uno de sus hijos, y recordará sus extrañas andanzas, y en ese fulgor eterno se conmoverá antes de apagarse para volver a iluminarlo todo con su luz inextinguible. Sístole, diástole. La explosión de todo, otra vez, vez por siempre. Todo quedará por escribir, desde el blanco original hasta el resplandor más puro. Pues no habrá jamás un fin para la luz más hermosa. “Lentamente, en silencio, avanzo a oscuras, flotando, escapar, soñar, entregarse, seguir el rastro de tu cálida y limpia caricia sin final, Beatriz.” Ocurrirá en la Agencia Espacial Euroasiática, aunque en realidad empezará antes, en las aulas universitarias. La chica del asiento de atrás, justamente. Los ojos de un castaño claro que serán miel a la luz directa. Su voz también será dulce. Tendrá la sonrisa fácil y la contagiará con igual facilidad. Los labios de un exquisito tono rosado, los colmillos extrañamente afilados y poca carne sobre sus huesos; un tipo como de bailarina. Preciosa y muy lista. Se llamará Beatriz. Se enamorará de ella de inmediato. Sentirán el vuelco en el corazón, de hecho. Se percatarán de que se miran con la boca ~ 133 ~ abierta y volverán a la lección de Astrobiología, pero ya nada será igual. Pronto sabrá que tiene una de las mejores notas de ingreso del país. Adquirirá conocimientos sin esfuerzo aparente, e incluso disfrutará con las nociones más abstractas, las que harán sudar a los científicos que les hablen del gran proyecto, pues ya entonces estará claro que el ser humano tiene los días contados en la Tierra. Cuando hable del futuro dará la impresión de que podrá salvarlos a todos sola. La carrera será dura y muchos lo descubrirán pronto; otros lo harán demasiado tarde. Para Beatriz no lo será. Ambos serán incapaces de abandonar la órbita del objeto amado, y circundándolo repetidamente afianzarán su rumbo hasta convertirse en un cuerpo cotidiano y reconocible para quien decida mirar con la debida atención. Desde su posición satélite observarán y serán a veces observados. “Nada. Salvo oscuridad, salvo silencio, salvo soledad. Completa y absolutamente nada.” Y en virtud de su valía serán elegidos para la más sagrada de las tareas. Beatriz y él se unirán en cálido abrazo con aquellos que se sienten asimismo dispuestos para la llamada. Beatriz, por todos admirada, la primera entre sus iguales. Responsabilidad y futuro se encarnarán en ella como la promesa de otro mundo. Apenas podrán apartar la mirada del brillo de sus ojos cuando hable de lo que es absolutamente necesario. Él la amará siempre, y ella le corresponderá en secreto. “No hay arriba. No hay abajo. Solo un lienzo oscuro y un corte rápido, silencioso, blanco.” La ceremonia tendrá lugar el día del diluvio. Habrá felicitaciones para todos, y en especial para ellos. Beatriz consiguió los mejores resultados. Él tampoco quedó a la zaga. Todas las puertas se abrirán de par en par. Durante las celebraciones no podrán contener la alegría. A esas alturas Beatriz llevará los zapatos en la mano, y su corbata asomará por un bolsillo de la chaqueta. Se mirarán un momento, y sin decir nada caminarán juntos. Seguirá lloviendo con fuerza; en un momento dado ella le cogerá la mano para echar a correr. Él notará como si todo el vino que ha tomado se hubiera evaporado de repente. Llegarán hasta una puerta que encontrarán abierta, y avanzarán a oscuras hasta el interior. Atrapados por la tormenta resolverán permanecer a la débil luz que entra por un cristal esmerilado, resoplando aún por la carrera. Cuando se acostumbren a la oscuridad reconocerán sus caras mojadas por el agua que resbala ~ 134 ~ fuera, el pelo lacio y brillante, los ojos muy abiertos. Ella hará un gesto, como si tuviera frío, y él se acercará y le frotará los brazos. Entonces todo se iluminará de repente, ella abrirá la boca y la acercará a la suya; luego el cielo parecerá quebrarse, los dos temblarán dentro del otro con un mismo temblor. “El vacío, y sin embargo un surco. Oscuridad agitada. Algo ha removido esta nada. Algo blanco, y cálido. Vivo.” Su amor será enorme, cubrirá una extensión fabulosa. Beatriz estrechará su mano con fuerza. Tendrá la cara bañada en luz. En el santuario serán recibidos de manera cordial e invitados a conocer su casa, la recorrerán con ceremonia e ilusión verdaderas; desde allí podrán ver que otros como ellos se les unen. Se abrazarán besándose entre sonrisas y diciéndose cosas hermosas en voz baja. Beatriz le preguntará si le gusta su nuevo hogar, y él responderá que su hogar está en el espacio comprendido entre su pecho y sus brazos, y que no querría vivir en ningún otro sitio. No mucho más tarde harán el amor en la ducha. Todo ocurrirá al inicio del verano. Beatriz. El sexo con Beatriz. El sexo de Beatriz, horizonte vertical, y más allá su torso curvándose de forma periódica, y aún más lejos su cara húmeda de ojos cerrados y labios abiertos para recibir alguno de los dedos que la buscan. Recorrerá cada pliegue de ella con mimo, y ella le devolverá caricias en el pelo; si él sostuviera su cadera como si contuviera maná, ella recorrería con la punta de sus pies cada peldaño resbaladizo de su espalda. Un gemido. “Ven”, dirá. Y él obedecerá, y visitará en su camino el ombligo exquisito donde desearía poder dormir cada noche, y lamerá el vientre amado, y morderá cada una de las puntas de fresa de sus senos, temblando cada vez que suben o bajan, y adorará el punto de su cuello donde más se concentre su olor, y cubrirá con su lengua la barbilla, y se hundirá en la boca que anhela su cuerpo; susurros al oído. Ella hará el camino inverso y exhalará su aliento gentil, tendrá hambre de él, pero retrasará el momento, reproducirá sus estrategias. Su melena se derramará y mezclará con el terreno donde habitan. Él dibujará un escorzo y tocará con los labios la zona donde casi se unen los omóplatos, y estirará un brazo para alcanzar las dos pequeñas depresiones que preceden, desde su posición, el límite de su perspectiva, pero no alcanzará lo suficiente de ella y pedirá cambios, vueltas, giros, maniobras de amor que permitan un trato más simultáneo, más equitativo; ella asentirá desde su labor silenciosa y actuará como un eje, en alineación inversa se devorarán, respirarán lo más íntimo de sus cuerpos engarzados, se alimentarán de la sal que los envuelve, será la libación del sudor, del ~ 135 ~ semen, de las esencias abandonadas en arremetidas convulsas, de la saliva que bendecirá todo el proceso. Agonizarán juntos, gritarán, se estremecerán con delicada violencia. Los pulsos se ralentizarán mientras recuperan la respiración sin dejar de acariciarse; él tomará uno de sus pies y lo besará. Ella se aferrará a su pierna. Se mirarán. De nuevo, jurarán su amor. Beatriz… “En la nada, un rastro blanco. Como hilos, como niebla. Como humo de un fuego que se extinguió hace mucho. Si pudiera seguir ese rastro…” Y entonces el humor de Beatriz se tornará luminoso, y se comportará de manera aún más bondadosa durante sus últimos días en la Tierra. Ante todos reirá, para cada uno tendrá una mano, una palabra, un consuelo. Será lo que siempre fue: un faro sonriente de mirada grande, limpia y certera, un abrazo abierto al mundo, una afirmación incansable de lo mejor en cada uno, la maravillosa añoranza de un mejor porvenir. Será un tiempo suspendido el que vivan, el paso de las horas se teñirá de un ritmo virtuoso. Cada hito cotidiano, una promesa; cada roce momentáneo, una bienaventuranza. No será posible un acto, por mínimo que sea, sin que se le conceda algún significado. Será también tiempo compartido, y cada gesto, en el terreno sagrado por donde caminen, se corresponderá con otro gesto, otro roce, otra mirada, otra frase. Una sonrisa pondrá de manifiesto el amor que comparten, inagotable y sin embargo más valioso que cualquier otra cosa. “Oscuridad. Fría, inmensa. El vacío más absoluto. Beatriz. No hay una sola estrella en el cielo.” Y una noche ella lo guiará precisa a través de un frondoso, antiguo y hermoso bosque para darle una sorpresa; seguirá sus huellas con devoción, pese a no saber hacia dónde se dirigen. Pronto distinguirá un resplandor a una distancia que no podrá precisar. Le escuchará decir que ya casi han llegado, y el resplandor crecerá hasta formar un gran claro en el bosque. Beatriz se plantará en medio, esperará a que se reúna con ella y entonces le indicará que mire hacia arriba. Allí, lejos de la Agencia y de su perímetro iluminado, el cielo se verá tan claramente que producirá vértigo. Enmarcado por las copas de los árboles parecerá un continente imaginario. De repente aparecerá un resplandor nuevo, y otro, y otro más antes de despegar sus labios para unirlos a los de ella. Deslumbrado la seguirá confiado hasta la cima de una vieja torre; Beatriz será ~ 136 ~ una voz en la noche y una sombra recortada en el cielo. A medida que asciendan, pensarán que, si se impulsan lo suficiente, podrán zambullirse en las estrellas. Después reconocerán el habitual cosquilleo en el estómago cuando se den cuenta de que eso será exactamente lo que harán dentro de unos pocos años. Permanecerán tendidos, admirando desde aquella altura otra mucho mayor y más animada que la de las copas de los árboles cercanos. La brisa agitará de forma tenue las ramas y proporcionará una música agradable, pero el frenesí elegante de cada pequeño brillo mostrado contendrá una promesa sutil que les interpelará directamente a ellos. Y su respuesta será siempre la misma. Después de un tiempo largo en absoluto silencio Beatriz tomará su mano y la apretará de forma significativa. Esa noche harán el amor bajo una lluvia de luces vivas, y ella susurrará a su oído “quiero que tengamos un hijo”, poco antes de no poder decir nada más. Un rasguño en el cielo. Será el rastro de una caligrafía íntima, el esbozo de un carácter secreto; un ademán o un gesto de antiguo significado, oscuro incluso para ellos, sus lectores. Será la señal no convenida. Será también aquello para lo que pasarán por el proceso del trayecto entre bromas, los preparativos riendo en la cocina, el camino a oscuras, el ascenso hasta la atalaya que erigieran en los días de fundación de su alianza. Estos ritos se convertirán en el basamento de su historia, potentes instrumentos para la liturgia a la que deben su sentido. Las reglas serán observadas, y ambos esperarán los momentos culminantes de la ceremonia con una fe ciega. Entonces un destello rasgará el tapiz que les cubre, él girará su cabeza y verá que ella lo mira también. Tendrá la boca entreabierta y la cubrirá con la suya, no solo porque el deseo se abra paso entre la niebla que los extravíe, o porque sus labios sean algo que sientan común y propio, sino también porque ese espacio cálido será el mejor destino posible para sí mismo. Se tenderá sobre ella, y acompañará a la miríada de hilos plateados que animen, por un instante, la increíble totalidad que siempre les mantendrá unidos. Será una más entre las estrellas. “Beatriz. Estrella dulce. Estrella distante. Me miras con fijeza. ¿Recuerdas el verano?” Y cada noche, cuando las luces se apaguen, tomará con delicadeza la mano de Beatriz, y su respiración cada vez más pausada a medida que se hunda en el sueño le dirá que todo está bien, pues incluso durante el sueño su presencia será purificadora. Él será testigo. ~ 137 ~ “Beatriz. Luz de mi existir. Vimos temblar las estrellas. Serena mis lágrimas. Volando sueño y creo en ti. ¿Dónde estás?” Pronto llegará el tiempo de marchar. Mientras tanto, el sol será una esfera anaranjada e incompleta tiñendo de fuego el techo del bosque; apenas habrá nubes. El verano llegará a su fin. A esa hora comenzará a refrescar, y un soplo de brisa le removerá el pelo. Repentinamente sentirá ganas de reír, a tiempo de que Beatriz llegue a la plataforma buscándole con la mirada. Se besarán, se abrazarán por largo tiempo, unirán sus manos y permanecerán contemplando admirados la estructura gigantesca en la que abandonarán el mundo, pero eso no turbará a Beatriz, que deseará en voz alta la buena nueva sin desviar la vista, comprendiendo que el verdadero hogar se encuentra más allá, que es preciso arraigar en otra parte, si lo que quieren es formar una familia feliz. Y él la mirará en silencio, con los ojos muy abiertos, y una expresión que parecerá pugnar por su propia contención. Lo que haya detrás de aquellos ojos limpios sellará y unirá su destino. Pero eso no llegará entonces. Secando la humedad incipiente tras los párpados, el rostro radiante, se abrazarán con fuerza sin decir nada, y permanecerán así hasta mucho después. Se besarán con los ojos cerrados. Habrá una suerte de regalo en cada roce de sus labios; cada pequeño hilo de saliva intentará nutrir la boca opuesta. Las puntas de sus lenguas apenas se atreverán a traicionar su posición. Compartirán un aliento; temerán perderlo en el espacio vigilado que existe entre sus caras. Se observarán. Una mano abandonará el propio territorio y apartará un mechón de pelo. Esto será interpretado como un deseo de compañía. Quedarán imbricados, intentarán oírse sin palabras. Es ella quien hará la pregunta. —¿Vendrás conmigo? “Beatriz. Eres la luz al final del camino. El cumplimiento de todas las promesas. Tú. Ya te siento. Estás muy cerca. Beatriz.” La siguiente será la primera de muchas mañanas teñidas de felicidad; se instaurará entre ambos una complicidad que responderá agradecida cuando alguno de los dos, animado por lo límpido de sus aguas, agite la superficie siquiera con la punta de los dedos. La atmósfera de la casa se cargará de pura energía. Hablar será placentero, y con frecuencia el silencio llegará con la gratitud por el apego a una causa percibida desde siempre como única: ~ 144 ~ Entonces, unas dos semanas más tarde, fui al cine con varios amigos a ver la nueva película de Christopher Nolan, Interstellar (2014), con una Tierra moribunda, un viaje, por supuesto, interestelar, tecnología para dormir durante varios años seguidos, sentimientos de despecho por el abandono del hogar en pos de la tarea de encontrar un nuevo mundo habitable para la especie humana y un leve aroma alienígena. Recuerdo que sentí rabia. Reconocí varias de las ideas que ya había desarrollado a partir del sueño con Beatriz y las encontré brillantemente expuestas. En particular me conmovió la escena donde la hija del protagonista, interpretada por Jessica Chastain, recrimina a su padre, el héroe de la película, que la dejara en la Tierra, incluso aunque fuera para salvar a la Humanidad. Sin embargo tenía muy claro que Interstellar no era enteramente original; mi historia, desde luego, tampoco lo era. La ciencia ficción lleva avanzando escenarios posibles o imposibles desde hace mucho tiempo. Aunque se menciona con frecuencia a Platón, Tomás Moro, Johannes Kepler, Cyrano de Bergerac, Jonathan Swift o Mary Shelley, entre muchos otros, en calidad de precursores, la mayoría de los autores consultados para este trabajo coincide en señalar el comienzo de la ciencia ficción como género diferenciado en los tiempos de Jules Verne y Herbert George Wells. Kingsley Amis lo expresa así: (…) no se puede negar que Julio Verne sea uno de los dos creadores de la ciencia ficción contemporánea. El otro evidentemente es H. G. Wells, para quien el trato que se le confiere como escritor más importante de un género ya existente no resulta en absoluto denigrante. (Amis, 1966: 33) Jean Gattégno (1971: 11-19) incluso otorga el título de “Los fundadores del género: Julio Verne y H. G. Wells” al primer capítulo de su libro sobre la ciencia ficción. Orson Scott Card, reputado autor de ciencia ficción y fantasía, escribe: Con todo, existía una clara diferencia, incluso a comienzos de siglo, entre la incipiente ciencia-ficción (sic), la fantasía, y el resto de la literatura. Era difícil de explicar por entonces. La máquina del tiempo, La guerra de los mundos y El hombre invisible, todas novelas de H. G. Wells, eran completamente distintas entre ellas, pero compartían la sensación de tratar sobre avances en la ciencia; de ahí que se las llamara «romances científicos». ~ 145 ~ Esto seguramente las asemejaba a los trabajos de Julio Verne, que también trataba sobre avances científicos en novelas como Veinte mil leguas de viaje submarino. Pero Verne no parecía encontrar nunca peligros o matices oscuros en el desarrollo de la tecnología, y al final sus novelas no trataban tanto sobre la ciencia como sobre las maravillas que podrían encontrarse en lugares extraños e inaccesibles. En Veinte mil leguas importaba menos el submarino de Nemo que las maravillosas vistas desde sus claraboyas. Viaje al centro de la Tierra trataba sobre la supervivencia en un entorno hostil y extraño, e incluía deliciosas insensateces sobre las ruinas de la antigua Atlántida o dinosaurios que habían sobrevivido en las entrañas de la Tierra. Wells era mucho más serio y lógico que Verne en su extrapolación de las posibles consecuencias de los avances científicos. (Card, 1990: 16) Miquel Barceló (1990: 66-69) coincide en la importancia seminal de los dos autores citados, pero señala una diferencia en Wells que le hace fundamental para la ciencia ficción posterior: en sus obras no solo aparecen prodigios mecánicos o extraterrestres, sino que también se puede apreciar una creciente preocupación, en clave social, o incluso personal, por las consecuencias del uso de la tecnología, augurando un futuro sombrío si no se pone remedio. Pero desde antes de Wells, si decidimos tomarlo como punto de partida más fiable, la ciencia ficción ha tratado una gran variedad de temas. Quizá los más populares de ellos sean el viaje espacial, el viaje en el tiempo, la proliferación de robots, inteligencias artificiales o clones, la especulación sobre el futuro más o menos cercano y la naturaleza de otros tipos posibles de sociedad, terrestres o no (Barceló, 2015: 109-121). Temas que aparecían tanto en la película Interstellar como en los pálidos bocetos que darían lugar a Lágrimas de San Lorenzo. Por eso no me desanimé cuando, ante la idea de escribir una novela como Trabajo de Fin de Máster, descubrí que, de entre todas las tramas que entonces barajaba para ello, mi pequeña historia de ciencia ficción era la que mi tutor, Miguel Nieto, consideraba más prometedora. Creo que la ciencia ficción es un campo tan lleno de posibilidades como otro cualquiera para la imaginación, a pesar del desprecio que pueda suscitar en algunos ámbitos literarios, y pensé que mi historia podría admitir algo de la mezcla de emociones, quizá no tan diferentes al sentido de lo maravilloso tradicional en el género, que encontré en aquella canción, la quinta del cuarto álbum de Queen, y en mi propia psique. ~ 146 ~ Objetivos y fundamentos Objetivos El objetivo principal era, obviamente, conseguir no solo una novela de ciencia ficción, sino una buena novela de ciencia ficción, o, incluso, si fuera posible, una excelente novela de ciencia ficción. No sé si lo he logrado, pero muy pronto tuve bastante claro que, desde luego, lo que no quería era escribir una típica novela de ciencia ficción. Mi intención era crear un entorno físico en mi imaginación que correspondiera a las convenciones del género, y después mostrarlo de forma leve, casi sobreentendida (Gussoff, 2003: 243), para centrarme en la vida interior del anciano protagonista y sus difíciles relaciones con los que le rodean. Quería hablar de amor, el tipo de amor que puede paralizar una existencia o condenarla. Quería hablar de las oportunidades perdidas, de la importancia de entender que se perdieron y de la incapacidad para hacerlo. Para cuando comencé la labor había decidido que utilizaría algunos elementos autobiográficos y los cambiaría cuanto fuera necesario para enriquecer la historia que ya tenía más o menos completa. Eso me proporcionaría, en teoría, un cierto amarre emocional que me permitiría atenerme a la dimensión sentimental de la novela, aunque era consciente de que la ciencia ficción está “definida por su entorno. El mundo en el que tiene lugar la historia es la marca fronteriza del género. Si la historia no lleva al lector hasta un lugar desconocido, no es ficción especulativa” (Card, 1990: 30). Mi primer objetivo era, pues, ser un tanto equilibrista, y esquivar de algún modo lo más espectacular y fácilmente identificable del género (la distopía, las naves espaciales, los robots, los marcianos) al tiempo que intentaba evocar un amor imposible (tan obsesivo en la figura del anciano que, quizá, sería lo más fantástico de la novela) en un futuro agonizante, a bordo de una estación espacial gobernada por una inteligencia artificial, y con alguna clase de contacto con una civilización extraterrestre… ~ 147 ~ Los demás objetivos serían bastante obvios: el hecho de escribir un libro, en sí mismo, con la carga de vanidad que ello implica; la consecución del título de Máster, una extensión de la asignatura que más disfruté durante la carrera de Periodismo; la posibilidad de ver la novela publicada, y quizá la de ganar algún concurso, premios, dinero… Pero me temo que cada vez estoy adentrándome más en los terrenos de la ciencia ficción. Fundamentos ¿Ciencia ficción? Según Card mi novela podría pertenecer al género por su entorno, pero la mayoría de autores consultados coincide en señalar la dificultad de una definición satisfactoria para la ciencia ficción. El escritor Norman Spinrad se contenta con decir que la “[c]iencia ficción es todo aquello que los editores publican como ciencia ficción” (Spinrad citado en Barceló, 1990: 31) y el también escritor y editor Damon Knight hace algo parecido señalando que la “[c]iencia-ficción (sic) es lo que yo señalo cuando digo ciencia-ficción (sic)” (Knight citado en Card, 1990: 21). Semejante perspectiva me permitiría decir que Lágrimas de San Lorenzo no es una novela de ciencia ficción todavía, pero no he desarrollado tanta confianza en mí mismo como para hacerlo. Tras consultar los libros de Amis (1966), Ferrini (1971), Card (1990), Gattégno (1971) y Barceló (1990, 2015) sobre la materia no me cabe duda de que Lágrimas de San Lorenzo es una novela de ciencia ficción, pues aunque decidiera apartarme un tanto de los clichés del género, como pueda ser, por poner un ejemplo célebre, la vívida descripción del aspecto repulsivo y amenazante de los alienígenas invasores de La guerra de los mundos (Wells, 1898), en la obra aparecen, de algún modo, extraterrestres, y toda una serie de convenciones que procuré que fueran, salvo en algunos casos, tan diferentes al molde clásico como permitía la historia. Así, Jean Gattégno (1971: 45-47) señala la visión pesimista del futuro en muchas de las obras de Wells, que habría de teñir de negro otras célebres distopías posteriores como Un mundo feliz (Huxley, 1932) o, especialmente, 1984 (Orwell, 1948), de donde ~ 148 ~ sacaría la idea de una especie de Estados Unidos de Eurasia. Gattégno (1971: 51, 60-61) menciona cierta vertiente espiritual en esa misma tendencia, que puede encontrarse ejemplificada en la “trilogía cósmica” de C. S. Lewis (1941a, 1941b, 1945), aunque el catolicismo de Lewis tuvo poco que ver con la religión particular del anciano protagonista, que coincide más con la de Dante, en el sentido de que Beatriz es la auténtica deidad a la que ambos adoran. La idea de una sociedad tecnocrática enfrentada a otra totalitaria aparece con frecuencia en la obra de Robert A. Heinlein, uno de los grandes del género, cuya Historia del futuro (1967a, 1967b) participa de una visión del porvenir como algo ya antiguo. La evolución de la sexualidad o la hibernación que prolonga la vida son temas habituales para Gattégno (1971: 59-60) que también utilicé. El comportamiento paradójico en robots o inteligencias artificiales está unido fuertemente a la obra de Isaac Asimov (1984, 1986) y sus famosas Tres Leyes de la Robótica (Barceló, 1990: 178), que he procurado ridiculizar mediante desactualizaciones informáticas y desperfectos. De Asimov y Arthur C. Clarke (1954, 1968, 1973) tomé el método de explicar un mundo en charlas de científicos o notables, y los largos parlamentos de Verheyen y Santos primero, y las explicaciones de 5 y Bondarchuk después, son un pequeño homenaje a ellos, así como el hecho de que los niños de Próxima fueran rubios y un poco azulados: la portada del quinto álbum de Led Zeppelin, Houses of the Holy (1973), diseñada por el colectivo Hipgnosis (Champ, 2004; Valiño y Beteta, 2013), muestra a unos niños similares y está basada en la clásica novela de Clarke El fin de la infancia (1954). De nuevo en Gattégno (1971: 69-73) encontramos que las mutaciones, adquiridas de múltiples maneras, son otra de las preocupaciones clásicas de la ciencia ficción. La muerte del hombre o de la Tierra se encuentra, por ejemplo, en El planeta de los simios (Boulle, 1963). Las paradojas temporales son también muy habituales en forma de viajes en el tiempo; yo hice un uso más modesto del tema, prolongando la vida mediante la suspensión del envejecimiento durante el sueño espacial (Card, 1990: 59-60), algo visto en algunas de las películas de Alien (1979, 1986, 1992), por ejemplo, y creando así el tipo de desfase temporal que necesitaba. Y Gattégno, por último, cita a Boris Vian: “La CF es una nueva mística… es la resurrección de la poesía épica: el hombre y su superación por el hombre mismo, el héroe y sus hazañas, la lucha con lo desconocido” (Vian citado en Gattégno, 1971). Mi intención era que la escena final fuera justamente lo contrario de una ~ 149 ~ especie de triunfo eterno más allá de la vida, aunque conservando una estética rayana en lo religioso, como único recurso para un hombre sin recursos. Por último, la idea del lenguaje como clave y foco principal en contactos con inteligencias alienígenas tiene un valioso ejemplo en la novela Empotrados (1973), de Ian Watson, y más recientemente en la película La llegada (2016), del director canadiense Denis Villeneuve. ¿Ficción literaria? Alexander Steele (2003: 18-20) ofrece en su manual la diferencia entre la ficción literaria y la de género, señalando que la primera cultiva el tipo de relato que aspira a ser «arte», mientras que la segunda es la que se dirige a un público más amplio. Tras asegurar que existen excelentes autores en cada campo, reconoce que la ficción de género es con demasiada frecuencia claramente inferior. Es algo que no voy a discutir. Pero yo quería crear una buena novela de ciencia ficción, a pesar de las dificultades que pudiera conllevar, y tratar temas que en el género han quedado tradicionalmente un tanto enterrados bajo capas de acero, tentáculos viscosos y rayos láser, en un tono poco o nada aventurero, sino más bien introspectivo, experimentando con un personaje incapaz de cambiar, en un sentido similar al que Toffler se refiere en su obra El «shock» del futuro (1970: 156-157). Sin embargo, “[l]os personajes deberían poseer la capacidad de cambiar y el lector debería poder percibir ese potencial” (Reissenweber, 2003: 59). Gussoff (2003: 226) coincide en la importancia de centrarse en los personajes. Debía, pues, mostrar visos de un posible cambio en el anciano, primero con su decisión drástica de viajar al espacio y la mayor alegría que le embarga, y después en la estación orbital, mediante una especie de posible seducción telepática, para finalmente frustrarlos. Porque el final de la historia le confería el sentido que yo deseaba, y porque no quería un personaje plano, a pesar de que fuera incapaz de aceptar que su oportunidad ya pasó, repitiendo los errores de tantas obras mediocres de ciencia ficción, centradas en aventuras increíbles en mundos fantásticos y protagonizadas por tipos, más que por personas. ~ 150 ~ ¿Ciencia ficción literaria? He tomado muchas cosas prestadas para Lágrimas de San Lorenzo. Algunas las he mencionado ya, y pertenecen al campo de la ciencia ficción; otras están sacadas de manuales de literatura genéricos. La mayoría son pequeños detalles. Ahora voy a señalar varios hallazgos que, en múltiples lecturas casuales, algunas contemporáneas a la redacción de la novela, me proporcionaron ideas que vertí posteriormente en sus páginas: En su estudio de la obra de Herman Melville, Julia Lavid (1987: 26-32) menciona un cuento del autor, creo que todavía inédito en España: The Piazza, escrito en 1856. En él, el protagonista realiza un viaje “en busca de una luz brillante y salvadora (…) que le libere de la desesperación y la monotonía en la que vive, y su fracaso en encontrarla” (Lavid, 1987: 28). Esa luz se corresponde con la de la habitación de una tal Marianna (trasunto de Nathaniel Hawthorne), que vive en condiciones todavía más tristes, frustrando así sus esperanzas. Es una historia sobre el punto de vista y la perspectiva, y por ello se centra en la personalidad del protagonista, pero incurre en una suerte de distanciamiento estético, ironizando desde la postura del narrador, “experimentando con las técnicas del camuflaje personal y del enmascaramiento autobiográfico, escondiéndose en relatos «calculados expresamente para engañar (…) al lector superficial que se salta las páginas»” (Melville, 1960: 177). Tal presentación irónica de la visión desencantada del escritor consiste en “la inversión del simbolismo tradicional que equipara la luz a la verdad” (Lavid, 1987: 32). Esto se correspondía con la visión que el anciano tiene de Beatriz: la luz al final del camino, el cumplimiento de todas las promesas. Tratando mi historia de la búsqueda o encuentro con una Beatriz, que además resulta haber fallecido en algún momento, está claro que La divina comedia no andaba demasiado lejos en mi cabeza. Sin embargo, del poema de Dante me interesaba, sobre todo, la exaltación de Beatriz, que, de ser una imagen de deseo, “se sublima hasta alcanzar una categoría angelical y convertirse en un elemento crucial en la jerarquía de salvación de la Iglesia” (Bloom, 1994: 87). Una Iglesia que en Dante se reduce a él mismo, en forma literaria. Mi vocación equilibrista me haría exaltar a Beatriz en la mente del anciano y tratar de mostrar una distancia un tanto escéptica como narrador, pues con el tiempo he llegado a estar de acuerdo con Bloom cuando dice que “[l]a idealización del amor perdido es una práctica humana casi ~ 151 ~ universal; lo que se recuerda a través de los años es una posibilidad perdida para el yo, más que a la persona amada” (Bloom, 1994: 105). Ese sería mi tono. La conexión, al principio vaga, con la religión, se acrecentó en mí hasta llegar al final del libro, escrito en una suerte de estilo solemne (Griffin, 2003: 266-267) o incluso profético, pero también utilicé la imagen de Milton de un abismo que se abre en lo profundo de otro abismo, en un Infierno que es identificado con el propio Satán, para la entrevista televisiva al anciano, durante la cual intenta evadirse mediante su idealización de Beatriz, así como la noción de que Beatriz, como la Eva de El paraíso perdido con respecto a Adán, tiene un fuerte carácter independiente que le lleva a rebelarse, aventajar y adelantar al anciano en su viaje de descubrimiento (Nuttall citado en Bloom, 2002: 95). Anton Alessandro es comparado en cierto momento con un ángel caído. Para mostrar por una vez la voz u opinión del narrador, de forma directa, hice que el portavoz del comité rechazara las intenciones del anciano de viajar hasta Próxima parafraseando a Calvino, y parte de su proyectada conferencia sobre la levedad (1989: 41-43), en su referencia a la “elevación mágica” a la que aspira el protagonista como remedio de todas sus desdichas e inquietudes. Beatriz y la lluvia de estrellas tantas veces mencionada se agitaron en mi imaginación hasta llegar a identificarse. Beatriz se convierte en luz verdadera para el anciano, y como tal debía ser el tema de los extraños sueños que tiene a bordo de la estación espacial, cuando su mente está intervenida por una poderosa niña y el recuerdo de ella se le escapa. No fue mi intención escribir poemas (las clases de Carlos Peinado me convencieron de mi escasa destreza en ese sentido), pero pensé que una estética poética sentaría bien a las visiones fugaces y sueños del anciano. Durante los ratos que no escribía leí, entre otras obras, las Arias tristes de Juan Ramón Jiménez (1903: 152, 195, 205); me impresionaron algunas de sus imágenes del cielo nocturno (“Vimos temblar las estrellas”, “Estrellas, estrellas dulces”, “Que se acuerdan de la tierra”) y adapté el “Aria LIV” en la parte de sus “Recuerdos sentimentales”, así como los Apéndices I y VIII. Cuando pensaba en las cualidades que debían caracterizar a la que acabaría llamándose la Gente Palabra me encontraba leyendo a Rubén Darío. Fue en el “Coloquio de los centauros” de sus Prosas profanas donde encontré el verso 174, que rezaba: “y el mármol en que duermen la línea y la palabra…” (Darío, 1987: 123). La frase me gustó ~ 152 ~ especialmente; sugiere un diseño sofisticado en su estado más primordial, y la “palabra” resonó en mi cabeza hasta bautizar a la civilización extraterrestre y definir su cultura y tecnología por completo, siempre de una forma vaga, a través de indicios, suposiciones, sueños. Para la última conversación entre Bondarchuk y el anciano utilicé una frase que había oído hace muchos años en la que quizá sea la ópera más conocida de Benjamin Britten, Peter Grimes (1945). En ella, Ellen Orford, una maestra de escuela, cuenta al protagonista del título que comenzó a conocer a los niños y descubrió “que sus penas duelen más que las de los adultos, pero son más simples” (Britten, B., Slater, M. y P. Pears, 1945: Acto II, Escena I). Encontraba la frase esencialmente sabia, perfectamente extrapolable a mi extraño universo particular si sustituía las penas por pasiones de naturaleza amorosa o sexual, y decidí, prácticamente, citarla en la propia novela. Pero con lo que no contaba era con descubrir, cuando me documentaba para la novela, la historia completa de Peter Grimes (Ross, 2009: 520-530), que cuenta cómo un rudo pescador (sobre el que pesan veladas sospechas de abusos sexuales a niños) es paulatinamente expulsado de una pequeña sociedad costera tras morir varios aprendices a su cargo. Grimes se suicida adentrándose en el mar, sin intención de volver. La ópera estaba basada en un poema de George Crabbe, llamado de igual modo, contenido en The Borough (1810), que contiene las líneas: Lentas, quedas, sombrías avanzaban las aguas; anclando allí, Peter del hombre optó por ocultarse, recostar su cabeza, a la perezosa marea abandonarse y manso ver su tibio y cenagoso curso deslizarse […] (Crabbe, 1810; citado en Ross, 2009: 510) Y el poema a su vez estaba basado en un hecho real acaecido cerca de donde vivieron Crabbe y Britten, pero la cuestión es que me proporcionó una imagen vívida de la actitud del anciano encaminándose hacia su propio final, no siendo consciente del todo de esa muerte, sino más bien huyendo a ningún lugar y viéndose un poco a sí mismo, como el Peter Grimes de la ópera, una víctima (vagamente sexual) de otro tipo de sociedad. ~ 153 ~ Para reflejar mejor el estado de ánimo e incluso físico del anciano ante la noticia de la muerte de Beatriz consulté el estudio clásico de Alvin Toffler, El «shock» del futuro (1970: 232-237). En sus páginas hallé también claves valiosas para la reacción ante los extraños sucesos que encuentra el anciano en la estación orbital (Toffler, 1970: 237-240, 257), así como una inesperada contribución en forma de explicación del odio a los tecnócratas, que utilicé para la parte en que aparece Humilde Atardecer (Toffler, 1970: 308).