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19 Mujeres, Ciencia y Psicología: el Ininterrumpido Debate Sobre el Determinismo Biológico Natividad Sánchez-González Universidad de Sevilla, España Aunque la psicología de género no fue reconocida como área de especialización hasta mediados del siglo XX, la construcción psicológica de la feminidad tiene un largo pasado que se remonta a la filosofía clásica. Este trabajo se centrará en considerar históricamente el papel que el determinismo biológico ha jugado en la conformación del espacio disciplinar de la psicología de género. Analizaré particularmente la contribución de la teoría de la evolución y de sus extensiones sociales y psicológicas que, usadas como argumento de autoridad científica, legitimaron usos sociales y sirvieron de barrera de contención ante las demandas feministas de la época. Se considerará la influencia de factores ajenos a lo científico en la determinación de sus modos de pensamiento, sus construcciones teóricas y sus prácticas. Examinaré, las reacciones al determinismo biológico, principalmente desde la psicología, que defendieron el origen social y cultural de las diferencias entre los sexos. Para concluir sostendré que el determinismo biológico todavía vigente especialmente en el campo de las neurociencias se basa en las mismas suposiciones que tiempo atrás y argumentando que el trabajo histórico puede ayudarnos a comprender mejor las dinámicas y las relaciones de poder actuales dentro de este dominio epistémico. Women, Science and Psychology: The Ongoing Debate on Biological Determinism Although the Psychology of Gender was not recognized as a field of specialization until the middle of the twentieth century, the psychological construction of femininity has a long past dating back to classical philosophy. This paper will focus on a historical consideration of the role that biological determinism has played in shaping the disciplinary space of gender psychology. In particular, I will analyze the contribution of the theory of evolution and its social and psychological extensions which, used as an argument of scientific authority, legitimized social uses and served as a barrier against the feminist demands of the time. The influence of non-scientific factors in determining their ways of thinking, theoretical constructions and practices will be considered. I will examine the responses to biological determinism, mainly from psychology, which defended the social and cultural origins of gender differences. In conclusion, I will argue that the biological determinism still in force especially in the field of neuroscience is based on the same assumptions as in the past and argue that historical work can help us to better understand the current dynamics and power relations within this epistemic domain. Artículo INFORMACIÓN ABSTRACT RESUMEN Recibido: Julio 10, 2024 Aceptado: Noviembre 26, 2024 Palabras clave: Mujeres Género Ciencia Psicología Determinismo biológico Historia Keywords: Women Gender Science Psychology Biological determinism History Cómo citar: Sánchez-González, Natividad (2025). Mujeres, ciencia y psicología: el ininterrumpido debate sobre el determinismo biológico. Apuntes de Psicología, 43(1), 19-35. https://doi.org/10.70478/apuntes.psi.2025.43.03 Autora de correspondencia: Natividad Sánchez-González, [email protected] Este artículo está publicado bajo Licencia Creative Commons 4.0 CC-BY-NC Apuntes de Psicología (2025) 43(1) 19-35 Apuntes de Psicología https://www.apuntesdepsicologia.com • e-ISSN: 0213-3334 • eISSN: 19896441
20 Sánchez-González (2025) / Apuntes de Psicología, 43(1), 19-35 historia “ayuda al campo a desarrollar un autoconcepto: un conjunto de valores autorreferenciales, autorreguladores y de autoconocimiento” (Crawford y Marecek,1989, p. 148). Permite, además, en un terreno tan ideológicamente marcado, practicar el sano ejercicio de la autocrítica con un cierto y necesario distanciamiento. Analizaré principalmente el papel jugado por el determinismo biológico en la delimitación de las capacidades psicológicas de la mujer, así como sus implicaciones científicas, sociales y políticas. El primer paso consistirá en rastrear sus orígenes en la filosofía clásica para pasar, después, a analizar, los cambios en la concepción de lo femenino que fueron apareciendo hasta la ilustración. Posteriormente me detendré en el surgimiento de la ciencia en sentido moderno y en aquellos factores que coadyuvaron para avalar el determinismo biológico como base racional en la que asentar y los estudios sobre las diferencias entre los sexos. Para ello revisaré las tesis evolucionistas de Charles Darwin, su efecto en la ciencia, particularmente en la psicología, y las repercusiones de sus extensiones sociales. Pasaré a examinar los trabajos de autoras que desde la medicina y sobre todo desde la psicología, cuestionaron el valor de una ciencia construida por y para los hombres y demostraron empíricamente el peso de los factores culturales en las diferencias de género. Finalmente, plantearé hasta qué punto el determinismo biológico, sigue presente en la actualidad principalmente en la psicología evolucionista y en ciertas tesis sostenidas desde las neurociencias. El objetivo final será comprobar si bajo nuevos formatos y formulaciones, algunas controversias actuales en torno al género pueden considerarse reactualizaciones de debates antiguos con nuevo armamento tecnológico y retórico, pero con las mismas o muy similares suposiciones de partida. Antes de comenzar se impone una aclaración terminológica. La expresión psicología de género no fue de uso general hasta finales de la década de 1960 (Haig, 2004). Hasta este momento se usaba diferencias sexuales o de sexo para referirse a las características psicológicas vinculadas a la diferenciación biológica entre lo masculino y lo femenino. Pronto se incorporó el término roles sexuales, atribuido al trabajo de Margaret Mead (1935) que, en un principio, no tuvo el carácter sociológico que posteriormente se le atribuiría. Mead con ese concepto hacía referencia a su preocupación por las diferencias en temperamento (rasgos psicológicos) entre los sexos (Delphy, 1993). En todo caso, se formuló una concepción menos orgánica y más de construcción social y de identidad personal que se amplió al extenderse el uso de la denominación psicología de género. La creación de la División 35 de la APA en 1973, formalizó el uso de una nueva expresión psicología de la mujer. Las cuestiones terminológicas, fundamentalmente referidas al uso de los términos género o sexo, forman parte de un intenso y largo debate que se escapa del ámbito de este trabajo; para seguir parte de ese debate, recomiendo consultar, por ejemplo, Scott (1986) o Muehlenhard y Peterson (2011). Algunas autoras y autores actuales, particularmente desde el terreno de las neurociencias, llegan incluso a discutir si la diferenciación entre sexo y género tiene algún sentido, planteando el uso Durante todos estos siglos, las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural. Sin este poder, la tierra sin duda seguiría siendo pantano y selva. (Virginia Woolf, 1929/2001, p. 28) Los estudios actuales sobre psicología del género, y este monográfico lo testimonia, son variados y plurales, aparecen en muy diversas áreas de la disciplina, tanto básicas como aplicadas, se encuadran en distintos marcos intelectuales, epistémicos y teóricos y se abordan desde distintas perspectivas feministas (Rutherford y Granek, 2010). Esta pluralidad de enfoques es fruto de una historia que corre pareja a los inicios de la psicología como disciplina. En pocos terrenos la famosa cita de Ebbinghaus “La psicología tiene un largo pasado, pero su verdadera historia es corta” (1908, p. 3), cobra tanto sentido. En este trabajo pretendo explicitar, mediante un análisis histórico, el papel que, en el terreno de los estudios de género, como en cualquier otra actividad humana, juegan y siguen jugando las convicciones, valores e ideologías de sus participantes; así como las relaciones de poder establecidas y que determinan usos sociales e incluso políticas que afectan a la sociedad en la que se generan. Para quienes trabajamos con perspectiva histórica resulta evidente que ningún pensador o pensadora ha podido, ni puede, escapar a las corrientes intelectuales de su tiempo. Y que los factores sociales, culturales, económicos, políticos e incluso morales y religiosos colaboran en la determinación de sus modos de pensamiento, sus construcciones teóricas y sus prácticas. La ciencia está históricamente determinada y, por tanto, un acercamiento coherente a su estudio debería reconocer e incluir explícitamente las tradiciones sociales, ideológicas y epistemológicas en las que se mueven quienes construyen el conocimiento, sus intenciones y el público al que se dirigen (Richards, 1983). La comprensión de esa multifacética dimensionalidad diacrónica se constituye, creo, en herramienta esencial para aprehender el significado profundo de la ciencia que construimos. Pese a ello, la celeridad que la ciencia actual impone dificulta la reflexión en torno a las suposiciones fundamentales, históricamente ancladas, que han configurado y determinan el modo de acercamiento a su objeto de estudio. En este trabajo pretendo mostrar desde una perspectiva histórica cómo factores ajenos a la ciencia en general y a la psicología en particular, tuvieron peso en la conformación del dominio epistémico del género. Las teorías psicológicas en muchas ocasiones han incorporado irreflexivamente las creencias sobre el género que circulaban en los contextos y en los momentos en los que se generaron (Morawsky, 1985; Rutherford, Marecek y Sheese, 2012 Shields, 1982). No solo las teorías, las prácticas y las instituciones psicológicas están, asimismo, impregnadas por dinámicas de género (Rutherford, 2020). Por tanto, parece importante considerar explícitamente la necesidad de una continua reflexión sobre los principios en los que se fundan las categorías, los conceptos y los métodos psicológicos; considerando la dimensión histórica, social e ideológica sin olvidar la responsabilidad ética. Reconstruir la
21 Mujeres, Ciencia y Psicología en comparaciones en las cualidades/potencias del alma, el temperamento, el carácter, las emociones, los instintos o las conductas apropiadas para cada sexo. Todos ellos términos de incuestionable significado psicológico. Junto a la vinculación entre lo biológico y lo psicológico, la tendencia a clasificar y dicotomizar el mundo en contrarios junto a la jerarquización por estamentos o grupos son constantes en el pensamiento occidental. El ordenamiento teleológico del mundo natural en busca de la perfección está ya presente en la obra de Platón, aunque no hizo de esta idea doctrina y encontró una mejor expresión en la Scala Naturae o Gran cadena de los seres de Aristóteles. Su formulación doctrinal más acabada se alcanzó en el neoplatonismo cristiano de Tomás de Aquino (Tomar Romero, 1993). Desde entonces, el ordenamiento y categorización de las personas por grupos, estableciendo sistemas jerarquizados, ha sido continuo. Indefectiblemente, estas jerarquías quedaban fijadas por quienes se situaban en la cúspide. La categorización nunca era igualitaria e implicaba siempre un aspecto de dominación o superioridad de unos individuos sobre otros y solo podía sostenerse si se asumían diferencias esenciales entre ellos y ellas. Poco importaba si la ordenación estaba basada en sexos, razas, culturas o clases sociales, la tesis que sostenía la inferioridad era la carencia de algún rasgo fundamental en comparación con quienes ocupaban el escalón más alto. Ya en el mundo clásico, Hipócrates y Galeno establecieron que las diferencias en los humores y la carencia de las cualidades masculinas de calor y sequedad, vinculadas con la racionalidad, convertían a la mujer, húmida y fría, en un hombre imperfecto, inacabado. Esta concepción humoral fue sostenida con algunas modificaciones durante todo el Renacimiento. El examen de ingenios aparecido en 1575, obra del médico español Juan Huarte de San Juan (1529-1588), gira en torno a la idea de que esas carencias explicaban el menor ingenio de las mujeres y determinaba su lugar social y las tareas a las que sus talentos las limitaban. Siglos de construcción fueron avalando una imagen de la mujer como un hombre incompleto, fallido, e intelectualmente débil, lo que justificaba su papel subordinado. Desde la concepción de los médicos y filósofos clásicos, fomentada por la tradición cristiana y la lectura del Génesis -identificando a la mujer con Eva, creada a partir de una parte del varón, incitadora del pecado y responsable del castigo a los hombres-, y a través de su reinterpretación por los médicos renacentistas; esta visión dominó el pensamiento occidental hasta la revolución científica (Harris, 1984) e incluso hasta Darwin (Hamlin, 2014). Aunque muy puntualmente, algunas voces desafiaron esta imagen de incompetencia intelectual de la mujer. En España, el benedictino Benito Jerónimo Feijoo (16761764) reunió en su Teatro crítico universal, una serie de discursos; entre ellos el titulado “En Defensa de las Mujeres” (Feijoo, 1726), donde sostuvo la aptitud de las mujeres para todo género de ciencias. Sin alejarse de la ortodoxia cristiana, Feijoo enfrentó la concepción escolástica y de la medicina galénica que sostenía la imperfección natural de la mujer; defendiendo las virtudes femeninas como complementarias a las masculinas (Bolufer, 2023). de ambos términos simultáneamente: género/sexo (Jäncke, 2018; Rippon, 2019/2020). En todo caso, como el campo se inauguró con el estudio de las diferencias psicológicas vinculadas a los rasgos sexuales biológicos, y en sus orígenes esos términos se usaron de forma intercambiable respetaremos el uso histórico indiferenciado, siendo conscientes que en la actualidad podría considerarse un error conceptual (i.e., Freixas-Farré, 1995). Como Alexandra Rutherford (2021) nos recuerda, sea cual sea el término adoptado, la total comprensión del género implica estudiar cómo la categoría mujer se construyó y reconstruyó con relaciones de poder culturalmente determinadas. Necesariamente la perspectiva historiográfica se involucra. Como persuasivamente apuntó Jane Scott: “AQUELLOS QUE QUISIERAN CODIFICAR el significado de las palabras libran una batalla perdida, porque las palabras, al igual que las ideas y las cosas que deben significar, tienen una historia” (Scott, 1986, p. 1053; mayúsculas en el original). “Defender a Todas las Mujeres, Viene a ser lo Mismo que Ofender a Casi Todos los Hombres” (Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro, 1726, Discurso XVI, Párr. 1) Históricamente, los conceptos sexo y género se ligan a un círculo de significados fuertemente vinculados al sustrato biológico. En Occidente, Platón y Aristóteles plantearon un mismo principio a la hora de establecer cuál era el lugar que cada persona debía ocupar en la sociedad: la justicia solo se cumpliría allí donde el estatus social de un individuo fuera asignado en estricto acuerdo con su naturaleza. A partir de este principio se instauran dos líneas; una más igualitaria, la de Platón y otra más discriminatoria, sostenida por Aristóteles. Como argumentó Nicholas Smith (1983), si la posición social de hombres y mujeres se establecía en función de las diferentes naturalezas, ambos filósofos deberían haber llegado a la misma conclusión, fuera esta cual fuera. Pero no fue así, ya que lo natural no hacía referencia a lo corporal, sino a la naturaleza de las almas. La discrepancia esencial ente los dos filósofos radica en sus teorías del alma; mientras que para Platón las almas son asexuales, Aristóteles sostiene una diferencia esencial entre el alma femenina y la masculina, el alma femenina estaba gobernada por su parte emocional y no por su parte deliberadora. La inferioridad de la mujer quedaba, además, biológicamente refrendada por su consideración como un hombre menor o un hombre incompleto. Limitaciones de espacio me impiden detenerme en las ideas de los clásicos; tampoco podemos analizar el supuesto y discutido cambio de opinión de Platón desde su obra La República a El Timeo. En cualquier caso, lo que quisiera enfatizar aquí es que ya en los clásicos quedaba inaugurada la tradición de vincular lo biológico, natura, al alma, psique (Yates, 2015); tradición que no se abandonará a lo largo de la historia de los estudios sobre género. Si se quiere analizar en más detalle la profunda relación entre las teorías biológicas y las psicológicas desde la antigüedad, el trabajo de Geoffrey Lloyd, Aristotelian explorations (Lloyd, 1999), especialmente el capítulo titulado “The Relationship of Psychology to Zoology” es un claro exponente. Las explicaciones sobre las diferencias entre sexos no se limitaron a lo biológico; acababan indefectiblemente
22 Sánchez-González (2025) / Apuntes de Psicología, 43(1), 19-35 una versión menor, pero no distinta, del masculino, era visión del sexo único, en la expresión de Laqueur. Esta tesis galénica reverberaba en las palabras de Huarte de San Juan (1594/1989): Y es que el hombre, aunque nos parece de la compostura que vemos, no difiere de la mujer, según dice Galeno, más que en tener los miembros genitales fuera del cuerpo. Porque si hacemos anatomía de una doncella hallaremos que tiene dentro de sí dos testículos, dos vasos seminarios, y el útero con la mesma compostura que el miembro viril sin faltarle ninguna deligneación. (p. 608) Una vez más, quedaba vinculado lo puramente corpóreo (biológico) a lo cultural y psicológico (comportamiento, actitud y sentimiento sexual). Como vemos, durante gran parte de la historia de la humanidad, el sexo fue más una categoría fenomenológica que una categoría ontológica. Lo verdaderamente importante era lo que ser hombre o mujer significaba: ocupar un lugar en la sociedad con un determinado rango y papel. La nueva visión victoriana implicaba un cambio significativo que consolidó un culto a la verdadera feminidad en la expresión acuñada por Barbara Welter (1966). Se construyó, por parte fundamentalmente de los hombres, un ideal de lo femenino que sirviera de sostén y basamento ante los rápidos y amenazantes cambios del siglo XIX; constituyéndose como factor de estabilidad social que permitiera el mantenimiento de la civilización tal y como ellos la concebían. Se pasó de la consideración de un único sexo con dos gradaciones -una superior y una inferior-, a una concepción dicotomizada en dos sexos distintos, aunque complementarios. Esta complementariedad, sin embargo, no implicó que igualaran su jerarquía. En defensa de su modelo de sociedad, que era lo que había permitido a Occidente avanzar muy por encima de otras culturas, se buscaba el mantenimiento del statu quo imperante que asumía la inferioridad física e intelectual de la mujer. La complementariedad suponía la división del mundo en dos esferas, imprescindibles pero distantes, la pública y la doméstica, con roles perfectamente definidos que se correspondían con las diferencias biológicas y de capacidad entre los sexos. Ellas: desapasionadas, aunque emocionales, intuitivas, pasivas y obedientes, abnegadas y sacrificadas, con un alto concepto moral y religioso; ellos: lujuriosos y apasionados, impetuosos, dominadores, activos, fuertes y racionales (Harris, 1984; Schiebinger, 2004; Shields, 2007). La mujer pasó a ocupar un nuevo espacio en el ideario social que supuso una ruptura importante con la imagen bíblica. Pasó de ser el sexo pecador a ser el sexo virtuoso; las garantes de la moralidad, rasgo en el que eran claramente superiores a los hombres. Esta concepción virtuosa de la mujer fue la justificación necesaria para mantenerla en el hogar, responsabilizándola de la educación moral de los hijos y de su cuidado (Harris, 1984; Kindelán, 1990). Quedó sentenciado y refrendado con nuevos argumentos el alejamiento de la mujer de lo público y la división del trabajo por sexos. La reacción a este ideal de feminidad y el culto a la domesticidad se formalizó a finales del XIX y comienzos del XX a través del movimiento de la Nueva Mujer. Surgido principalmente Tiempos de Cambio: la Ciencia Varios cambios fundamentales se iban a producir desde finales del XVIII y a lo largo del XIX que afectarían a la concepción biológica, psicológica y social de la mujer: la institucionalización de la ciencia moderna, la conformación social de un nuevo concepto de feminidad, la aparición de la teoría de la evolución y sus extensiones ideológicas, la proliferación de nuevas disciplinas centradas en el hombre y el surgimiento de los primeros movimientos feministas. Todos ellos posibilitaron el surgimiento de una auténtica ciencia sobre las naturalezas femenina y masculina con el fin de intentar dar respuesta a las incipientes demandas de las mujeres sobre su estatus (Russett, 1989). La palabra clave es ciencia. A partir de la segunda mitad del XIX el rango y reconocimiento social de la ciencia se había modificado, definiéndose como un campo profesionalizado que establecía normas y límites no solo sobre cómo hacer ciencia, también sobre quién podía practicarla. Hasta este momento la ciencia era una empresa poco sistematizada, emprendida en muchas ocasiones en un sentido amateur. Aunque escasas, algunas mujeres, al haber disfrutado de condiciones excepcionales en su educación, pudieron participar en los debates intelectuales de su época (Hamlin, 2021; Thurs, 2007, especialmente el capítulo 2). Esta situación se vio modificada con la profesionalización y con la aparición de nuevas instituciones científicas. Este cambio, al que contribuyó el darwinismo, corrió parejo a su masculinización. Las características que definían el trabajo científico: arduo, racional, poco emocional e impersonal eran exactamente las contrarias a las que configuraban la visión de lo femenino (Rossiter, 1982). Pronto se sumarían justificaciones de carácter médico-biológico que alejarían, aún más, a la mujer de la ciencia. Con la profesionalización, la ciencia también adquirió una nueva función; fue progresivamente ocupando un papel central como legitimadora de las prácticas y usos sociales y morales, papel que hasta este momento había monopolizado la religión (Richards, 1983). El argumento de la cientificidad estaba convirtiéndose en el criterio de autoridad contra el cual contrastar y validar no solo las visiones epistémicas de la realidad; también las cuestiones ideológicas. Esta época vio, además, cristalizar una nueva imagen de la feminidad que, con origen en la sociedad victoriana, sería rápidamente incorporada al pensamiento social, cultural, político y científico. A lo largo de la historia la imagen de la mujer se había visto modificada. Como señala Thomas Laqueur en su libro La construcción del sexo (Laqueur, 1990/1994) hacia el final de la Ilustración ya se había producido un cambio muy importante en la concepción de la sexualidad femenina vinculándola a la reproducción y alejándola del placer. Hasta este momento, la sexualidad y la lujuria pertenecían al terreno de la feminidad. Era la respuesta social a la imagen bíblica de la mujer como Eva, icono de la tentación y del pecado; mientras que el más sublime sentimiento de la amistad se vinculaba a lo masculino. También hasta este momento, la propia interpretación sobre la constitución corpórea de la feminidad seguía las líneas de la antigüedad clásica: el cuerpo femenino era simplemente
23 Mujeres, Ciencia y Psicología una de las facultades y aptitudes mentales. Se proyectará mucha luz sobre el origen del hombre y sobre su historia”. (p. 424, del original inglés; traducción de la autora) Sin embargo, no sería Darwin, sino Alfred Wallace (1864/2010) el primero en plantear el papel de la evolución en el progreso intelectual y moral de la humanidad, y quien sostuvo que el cerebro se convirtió en el objetivo prioritario de la selección natural en los humanos (Glickman, 2009; Richards, 1983). No solo fue precedido por Wallace, cuando Darwin era aún reticente sobre la extensión sus ideas más allá de lo meramente biológico, Herbert Spencer ya estaba aplicando la evolución a las diferencias de género y otras cuestiones sociales, incorporando muchos de los estereotipos de su época (Shields, 2007). Darwin no tardaría en seguirle. La Revolución Silenciosa: la Evolución The males admit of being classified, as it were, in one psychological species and the females in another. (Romanes, 1887, p. 2) Llegados a este punto, la cuestión que tratamos de entender es ¿por qué la idea de la evolución tuvo un impacto intelectual, social y cultural tan enorme?, y en concreto, ¿cómo determinó el pensamiento psicológico sobre la mujer? Incluso en la actualidad sigue teniendo un peso específico. En ocasiones subrepticiamente y en otras abiertamente como ocurre en la psicología evolucionista. La teoría de la evolución no era una teoría ordinaria, su impacto social la hacía revolucionaria; fue la más perturbadora y probablemente las más ubicua entre todas las ideas científicas. Popularizada por el darwinismo social, la evolución llegó al gran público antes en su forma social, que en su formulación biológica. Aunque no tenemos espacio para debatir aquí esta cuestión, sería importante no olvidar que existían diferencias significativas entre el evolucionismo y el darvinismo social. Muchos de los proponentes de esta extensión social del pensamiento evolucionista no aceptaron algunas de las tesis ni de los mecanismos propuestos por Darwin. En un mundo donde las concepciones tradicionales de orden fijo y estático se derrumbaban, la evolución se convirtió en un asidero sólido al demostrar que los cambios sociales, como los biológicos, podían progresar continuamente, sin saltos radicales ni revolucionarios (Gould 1977/2010; Richards, 1983). Una característica de la evolución, que se mostraría tanto como una ventaja como un inconveniente, fue su carácter general, casi descriptivo y abierto a interpretación, que la diferenciaba de otras teorías científicas. La evolución parecía más una idea que una construcción teórica rígida y cerrada; era lo suficientemente maleable como para ser apropiada desde colectivos intelectuales y políticos con ideas contrapuestas. Y así ocurriría. Si bien es cierto que ciertos argumentos evolucionistas fueron usados por las élites para mantener el statu quo patriarcal y colonialista; no es menos verdad que distintos movimientos obreros, socialistas, republicanos y sufragistas, aunque opuestos a la selección sexual, usaron tesis evolucionistas para avanzar su ideario (McLaughlin-Jenkins, 2015). en Estados Unidos y Gran Bretaña, y recogiendo las inquietudes proto-feministas de finales del XVIII y primera mitad del XIX, este movimiento enfrentó la imagen victoriana. Institucionalizando su oposición y planteando abiertamente sus reivindicaciones consiguieron originar uno de los debates fundamentales de la época; la cuestión de la mujer, sacudiendo los cimientos del orden establecido. Tras esa expresión se agrupaban varias problemáticas relacionadas: el acceso de la mujer a la propiedad, a la vida laboral, a la vida pública y política, a la educación superior, etc. La cuestión de la mujer, junto a la cuestión de la raza, serían debates esenciales para entender el pensamiento y la historia social del XIX y principios del XX (Delap, 2021). Ambos acabaron planteándose en el mismo ámbito, buscando argumentos justificativos similares, cuando no idénticos, en la ciencia. El debate se planteó en dominios biológicos. A comienzos de ese siglo, la biología, como ciencia con sentido disciplinar distintivo, irrumpió con fuerza en la explicación de lo humano. De hecho, el término biología en su sentido moderno fue introducido independientemente por Burdach, Trevinarius y Lamarck entre 1800 y 1802. En su delimitación, sustento científico y en su alejamiento de visiones puramente taxonómicas y estáticas tuvieron impacto esencial las teorías evolucionistas (Bermúdez, 2015). A partir de este momento, el estudio de la naturaleza humana desde todas las dimensiones posibles se convirtió en una cuestión central que impulsó a las, por entonces incipientes, ciencias sociales: etnología, antropología física, sociología y por supuesto, la mayor innovación del XIX, la psicología. Estas disciplinas, frente a los enfoques filosóficos previos, se aproximaban más a una verdadera visión científica del hombre y de lo social reivindicando su identidad como formas válidas de conocimiento. Buscando su diferenciación de las ciencias del espíritu (siguiendo la denominación clásica) se alinearon con los métodos y técnicas de las más prestigiosas ciencias empíricas. También se comprometieron a establecer leyes naturales universales a imagen de las que regían la vida biológica. Resultaría natural que en ese movimiento táctico la biología humana, que había experimentado un espectacular avance y su idea estrella, la evolución, fueran el espejo en el que reflejarse para alcanzar prestigio y que el determinismo biológico implícito fuera incorporado como base, indiscutiblemente científica, sobre la que asentar sus visiones de lo humano. Así, se acabó conformando una perspectiva profundamente determinista: la biología evolucionista decretaba las características humanas más allá de lo meramente orgánico. No solo daba forma a nuestros cuerpos, también nuestras a mentes e incluso alcanzaba a determinar las sociedades que construíamos y en las que vivíamos. El impacto del determinismo biológico fue inmediato y casi inconmensurable en las disciplinas sociales y humanas y particularmente en la psicología. El propio Darwin, en las últimas páginas del El origen de las especies (1859), sostenía: En el porvenir veo ancho campo para investigaciones mucho más interesantes. La Psicología se basará seguramente en nuevos cimientos, de la necesaria adquisición gradual de cada
24 Sánchez-González (2025) / Apuntes de Psicología, 43(1), 19-35 tajosos para la especie. Si estos rasgos hubieran sido imprescindibles para la supervivencia, ambos sexos los hubieran adquirido. La selección sexual descansaba en dos principios: la lucha entre los machos por acceder a las hembras y la elección de las hembras. Este segundo principio atrajo inmediatamente la atención de las feministas ya que dotaba al sexo femenino del poder de elección. Pero Darwin marcó una única excepción a este segundo principio, la especie humana, en la cual, como consecuencia de su historia evolutiva, los hombres habían arrebatado el poder de la elección a las mujeres: En cuerpo y espíritu es el hombre más potente que la mujer; en la fase salvaje guárdala en un estado de sujeción más abyecto que el macho de ningún otro animal: por eso no es extraño que se reservara el poder de elección. (Darwin, 1871/2020, p. 431) La diferencia en fortaleza física entre machos y hembras era algún muy común en el mundo animal, particularmente entre los mamíferos, por tanto, no era la diferencia en cuerpo, sino en espíritu lo que justificaba la superioridad del hombre. Darwin basó esta afirmación en dos observaciones que apuntalaban su convicción de partida sobre la inferioridad en espíritu de la mujer. La primera era que no parecía apreciarse diferencias en inteligencia entre sexos en otras especies. La segunda, de uso extendido entre distintos autores, apelaba a la historia social y a la escasa contribución de las mujeres a las ciencias y a las artes -su exigua eminenciacomo demostración de su menor desarrollo intelectual. No deja de resultar sorprendente que quien fuera defensor a ultranza de la continuidad entre el hombre y otras especies y de las diferencias exclusivamente de grado y no de clase entre ellas, nos singularizara con un mecanismo hecho a medida de sus convicciones sociales. Darwin va a proponer toda una serie de astutos procesos biológicos para poder explicar cómo se transmitía, exclusivamente por vía masculina, la mayor potencia mental. Es imposible en este trabajo abarcarlos, baste señalar que, en ausencia de explicaciones genéticas, el mayor uso de esas capacidades durante la edad adulta por los hombres debido a la mayor presión evolutiva -selección naturala la que eran sometidos, les otorgaba el carácter de rasgos sexuales secundarios; rasgos que se transmitían exclusivamente a la progenie del mismo sexo. La heredabilidad de los caracteres adquiridos permitía su transmisión. Ciertamente los principios lamarckianos dejaban la puerta abierta a que el ambiente moldeara y disminuyera esa brecha entre hombres y mujeres y algunas mujeres evolucionistas se aferraron a esa posibilidad. Darwin y otros darvinistas sociales se encargaron de cerrarla rápidamente. Esta explicación presentaba una inconsistencia muy evidente. Si la responsabilidad recaía, al menos en parte, en el mecanismo de la selección natural y, dado que este principio era universal, las diferencias sexuales en inteligencia deberían aparecer en mayor o menor grado en los animales. Solo en aquellas especies en las que los sexos habitaran ambientes diferentes, con necesidades adaptativas específicas, podría la evolución haber seleccionado rasgos distintivos. Eso, según el propio Darwin, era lo que ocurría en algunas especies inferiores. Y, sorprendentemente, también en La obra El origen del hombre y la selección en relación al sexo (1871/2020) significó la entrada pública de Darwin en las cuestiones humanas y sociales. La alianza entre la biología darvinista y el evolucionismo social de autores como Herbert Spencer se vio fortalecida con su publicación, refrendando el darvinismo social (Richards, 1983). El origen del hombre tuvo gran impacto y fue un éxito editorial. Hay varias razones. En primer lugar, en los doce años transcurridos desde El origen de las especies, las ideas evolucionistas habían calado en el pensamiento general de su tiempo con lo cual la sociedad estaba preparada para la recepción de El origen del hombre de modo supuestamente más crítico e informado. Además, la obra presentaba una explicación naturalista del amor romántico y de las diferencias sexuales, tema central en el debate social de la época. Asimismo, justificaba el cambio producido en el concepto mujer que había pasado de ser un hombre imperfecto e inferior a ser el perfecto y necesario complemento a la naturaleza masculina. Los rasgos morales e intelectuales de ambos sexos eran innata y necesariamente complementarios (Shields, 1975, 1982, 2007), quedando científicamente sancionada la distancia entre los mundos que ocupaban. Además, la obra permitió alejarse de la visión bíblica de Eva y plantear el debate en términos científicos. Muchos autores se dedicaron a difundir la obra al gran público, lo que no implica necesariamente que estuvieran difundiendo exactamente las tesis de Darwin; en múltiples ocasiones esas ideas fueron reformuladas para ajustarse a las agendas sociales y políticas de quienes las difundían (Hamlin, 2021). Para quienes defendían el orden establecido, sobre todo hombres, El Origen del hombre permitía una lectura social de los roles de género -también de raza e incluso de clases-, su justificación científica, su apología, e incluso el establecimiento de una serie de preceptos encaminados a su mantenimiento. Para quienes reivindicaban un cambio, sobre todo mujeres, la ciencia evolucionista ofrecía un modo de alejarse de la imagen prescrita por la religión y apoyar sus argumentos igualitarios en un terreno que, basado en lo empírico, prometía ser ideológicamente neutral. De alguna manera el libro brindaba la posibilidad de enmarcar desde un nuevo encuadre la cuestión de la mujer (Kohlstedt, y Jorgensen, 1999). La obra enfatizaba la importancia en el proceso evolutivo del mecanismo de la selección sexual. Aunque Darwin propuso este mecanismo en el Capítulo IV de El origen de las especies, hasta 1871 no desarrolló todo su potencial explicativo y lo aplicó a la evolución humana. La selección sexual explicaba la competencia dentro de una misma especie por dejar descendencia y Darwin llegó a considerarlo tan o incluso más importante que la selección natural (Hamlin, 2014; Ruiz, 2020; Russett, 1989). No se trataba de la lucha por la existencia frente a otras especies o frente al medio; era una competición intraespecie entre individuos de un mismo sexo, habitualmente machos, por la posesión de las hembras, permitiendo a ciertos individuos ventajas en el apareamiento. Este mecanismo, aplicable exclusivamente a aquellas especies en las que los dos sexos estaban sometidos a los mismos hábitos de vida, era el que permitía que uno de los sexos adquiriera rasgos diferenciales, innecesarios para la supervivencia del individuo, pero ven-
25 Mujeres, Ciencia y Psicología psíquicos y la complejidad real de la cuestión debe ser justamente aprehendida. Esto se hará en esta generación o en la siguiente. (Blackwell, 1875, pp. 238-240; traducción de la autora) Lamentando la imposibilidad del imprescindible conocimiento psicológico, aunque vaticinando su inminente logro, concluía Antoinette Brown Blackwell su obra The sexes throughout nature (Blackwell, 1875). Blackwell conocía los trabajos que, desde la sociología, la antropología fisiológica -fundamentalmente la craneología-, la fisiología médica y una cierta psicología intuitiva se estaban realizando. Científicos de reconocido prestigio, Galton, Broca, Spencer, Romanes, Ellis, Maudsley, etc.…, sostenían el pulso a las reivindicaciones femeninas. Con el surgimiento de las ciencias modernas el discurso científico mayoritario no cambió en esencia. Apriorísticamente se asumía la teoría del defecto mental esencial y el menor desarrollo evolutivo de las mujeres. Lo que sí sucedió fue la incorporación al debate de toda una serie de teorías específicas intentando explicar el origen de las diferencias. Casi todas se asentaban en el gran marco conceptual de la evolución ya que permitía dar una respuesta acertada al significado biológico de esa diferenciación; el para qué de esas diferencias (Shields, 1975). Este sentido pragmático sería especialmente decisivo para el punto de vista de la psicología funcionalista. En pleno apogeo del determinismo biológico, se propusieron varios niveles explicativos, en absoluto excluyentes, pretendiendo dar una respuesta científicamente plausible a las demandas de las mujeres por acceder a la educación, ocupar puestos de trabajo fuera del hogar y saltar a la esfera de lo público participando activamente en la vida política. En su mayor parte fueron propuestas hechas por quienes buscaban mantener la situación tal y como estaba. La tarea de las mujeres de ciencia, particularmente de las psicólogas, fue demostrar, con las mismas armas, el error de esas teorías y/o su escasa validez científica. El punto de partida incuestionado era la evidente debilidad intelectual y física de la mujer. La prueba fehaciente, usada en evidente ejercicio de circularidad, era la falta de eminencia en las mujeres y su limitada contribución a la historia del conocimiento y de las artes. Los contados logros femeninos debían entenderse como excepciones y esas mujeres genios ser vistas como hombres y en el peor de los casos como aberraciones del orden natural: “estos casos son tan excepcionales como el nacimiento de cualquier monstruosidad, como, por ejemplo, un gorila de dos cabezas, y por lo tanto totalmente insignificantes” (Le Bon, 1879, p. 61). La menor inteligencia de la mujer quedaba demostrada por su escasísima contribución; contribución que, a su vez, demostraba su inferioridad intelectual. Este argumento fue utilizado desde Darwin y Spencer a Jastrow o Thorndike, pasando por Galton, Romanes, Broca o Le Bon, entre otros. Pero esta prueba imbatible de una diferenciación esencial, seleccionada por su valor adaptativo, requería mecanismos biológicos explicativos. Uno de los primeros aludía a la existencia diferencias principales entre los cerebros. Defendido a comienzos del XIX por la frenología, alcanzaría su máxima expresión, vinculándose con los humanos. Las mujeres habían sido excluidas de la lucha por la supervivencia al quedar confinadas a tareas de crianza y cuidado del hogar y de la descendencia; un ambiente distinto al de los hombres, dedicados a defender el territorio, cazar y luchar por las hembras. Esto había determinado que adaptativamente las necesidades de los sexos fueran distintas y las capacidades que habían desarrollado diferentes. De hecho, la separación y especialización de las tareas por sexos era un indicador del nivel de civilización que una cultura alcanzaba; cuanto mayor era el nivel de progreso de una sociedad, mayor era el distanciamiento entre los mundos que los sexos habitaban. Es claramente perceptible el enredo entre la selección natural y la sexual en función de lo que Darwin pretendía explicar y la continua confusión entre los niveles biológico y social (Jann, 1994; Russett, 1989). Por tanto, Darwin sostenía que la inferioridad femenina era natural y en esencia inmodificable y venía decretada como imperativo en el proceso evolutivo de la especie. El capítulo 19 de El origen del hombre, titulado “Caracteres sexuales secundarios del hombre”, dedica todo un apartado a las diferencias sexuales en las facultades mentales donde sostiene esa tesis. Hacia mediados de 1870 el debate sobre la cuestión de la mujer ya se planteaba en términos evolucionistas; sirviendo de justificación científica al lugar que ocupaba en las sociedades civilizadas justamente cuando las mujeres estaban expandiendo sus reivindicaciones feministas. Cuando la inferioridad de la mujer comenzó a plantearse no desde los púlpitos o las tribunas políticas, sino desde la ciencia, algunas mujeres, sin renunciar al evolucionismo, atacaron la lectura interesada y sesgada de la mayoría de los darvinistas hombres, empezando por Darwin. Mujeres como Antoinette Brown Blackwell, Eliza Burt Gamble, Helen Hamilton Gardener o Charlotte Perkins Gilman representan este primer darvinismo feminista. Anticipando un argumento plenamente actual, sostuvieron que el problema esencial radicaba en que la ciencia estaba siendo hecha por y para los hombres y que el único modo de cambiar la situación era entrar en lid con las armas de la ciencia. Entre otras, estas mujeres intentaron retar la visión masculina de la ciencia buscando una ciencia inclusiva que rechazaba el determinismo biológico y retaba los límites entre naturaleza y cultura (Hamlin, 2014). Women “Have Special Knowledge of the Subject in Question” (Blackwell, 1875, p. 227): la Psicología Asume su Protagonismo No existe una adecuada Psicología de la Mujer. (…) La mujer actual es examinada más desde la fisiología que desde la psicología. No podemos comparar directamente mente con mente. Tampoco podemos estimar comparativamente el trabajo intelectual de hombres y mujeres con justicia, a menos que primero determinemos que ese trabajo se realizó en condiciones equivalentes igualmente favorables para ambos. Pero tales condiciones no existen; nunca han existido. La fisiología debe abarcar el conjunto de caracteres físicos en su estimación; la psicología debe abarcar el conjunto de poderes
26 Sánchez-González (2025) / Apuntes de Psicología, 43(1), 19-35 vez más, las listas comparando hombres y mujeres en eminencia histórica se usaron como apoyo indirecto de la variabilidad por autores como Candolle (1873), Cattell (1903), Ellis (1903, 1904) e incluso mujeres como Cora Castle (1913). Demostraciones más directas aparecieron desde el movimiento de la medición mental. Diversas pruebas confirmando la diferencia en variabilidad fueron aportadas por autores como Stanley Hall (1891), Jastrow (1891) o Thorndike (1906, 1926), quien elevaría la variabilidad al rango de ley científica (Shields, 1982, p. 782). Mary Whiton Calkins y su estudiante Cordelia C. Nevers respondieron a las afirmaciones de Joseph Jastrow quien en un estudio había mostrado menor variabilidad en el uso de conceptos por parte de sus estudiantes mujeres frente a los hombres. El trabajo de Jastrow demostraba, además, diferencias en el tipo de conceptos, señalando que los conceptos de las mujeres mostraban mayor atención a lo ornamental, lo inmediato y lo concreto; mientras que los hombres usaban conceptos constructivos, útiles, generales y abstractos (Jastrow, 1891, 1896). La replicación del estudio no halló diferencias significativas y cuando aparecían eran muy pequeñas y fácilmente atribuibles a factores ambientales (Calkins, 1896; Nevers y Calkins, 1895). Años más tarde Leta Stetter Hollingworth, quien había sido estudiante de Thorndike en Columbia, mostró nuevamente el error de la hipótesis de la variabilidad en varios trabajos (Hollingworth, 1914a, 1922). Poco a poco y pese a las resistencias, cada vez más mujeres accedían al mundo de la educación y reclamaban su espacio dentro de la ciencia. La estrategia de oposición se tornó más sutil sustituyendo el “no pueden” implícito en la suposición de su menor capacidad intelectual por el “no deben”. Con el trasfondo de la evolución, pero apropiándose de un principio físico, la conservación de la energía, algunos autores, en su gran mayoría varones, entre los que se incluían prestigiosos neurólogos, ginecólogos y psicólogos, sostenían que, dado que la cantidad de energía disponible, particularmente energía nerviosa, era constante; y dado que la función reproductora femenina requería mucha energía y reposo para funcionar adecuadamente, una intensa actividad cerebral/intelectual en las mujeres vendría acompañada de una pérdida de sus funciones sexuales. Corrían el riesgo de masculinizarse y que su salud reproductiva y mental se viera seriamente afectada. Esta idea de la inversión útero-cerebro fue usada de manera alarmista por quienes defendían, tanto desde la ciencia como desde la política, limitar el acceso de las mujeres a la educación superior aludiendo al suicidio de raza (usado como sinónimo de especie) que se perpetraría al perder las mujeres su capacidad reproductora. A esto se unía el argumento de la periodicidad funcional según el cual las mujeres veían cíclicamente menoscabadas sus capacidades físicas y mentales como consecuencia de la menstruación, que requería de tanta energía que restaba fuerza a otras capacidades. Otras tesis vinieron a apoyar, sostener y complementar estas ideas, como por ejemplo la teoría de Geddes y Thompson (1890) basada en las diferencias en la química metabólica de las células masculinas y femeninas que generaban diferencias análogas en el carácter y el intelecto. La cuestión de la educación femenina la evolución, de la mano de la antropología fisiológica de la escuela craneológica de Broca. Arropados por la magia exacta de la cuantificación y por la estadística como lenguaje científico veraz, muchos autores sostuvieron la relación directa entre el tamaño del cerebro/cráneo y el nivel de inteligencia, lo que dejaba en clara desventaja a las mujeres. Una desventaja evolutivamente seleccionada, hereditaria y por tanto inamovible. Esta medida fue complementada por otras centradas en la complejidad o el tamaño de diversas estructuras cerebrales, estructuras que iban cambiando según se incorporaban nuevas observaciones neuroanatómicas, pero que siempre acababan sosteniendo el menor desarrollo/tamaño en las mujeres. Pero si hubo una explicación omnipresente, solo comparable con la influencia de la propia selección natural, fue la Teoría de la Recapitulación. Aunque implícita en El origen del hombre (Richards, 1983), se personificaba en Ernst Haeckel y quedaba recogida en la expresión “La ontogenia recapitula la filogenia”. Su impacto fue enorme en multitud de disciplinas, particularmente en las ciencias humanas, y especialmente en la psicología. Wundt, Freud, Stanley Hall o Jung se encuentran entre los primeros psicólogos que la incorporaron a su pensamiento. En esencia, sostenía que cada individuo atraviesa en su desarrollo unas fases que ordenadamente corresponden a las diferentes formas adultas de sus antepasados. Las mujeres representaban un nivel evolutivo inferior al hombre igualándose en su etapa adulta a los niños varones. Pero esta ordenación permitía, además, comparar distintas razas e incluso distintas civilizaciones. El nivel de desarrollo de las mujeres occidentales blancas era similar al de los hombres de culturas menos civilizadas y al niño blanco; por su parte el hombre blanco adulto representaba el culmen de la evolución. Como señala Russett (1989), la mujer “ontogenéticamente representaba al eterno adolescente, filogenéticamente un ancestro racial” (p. 54). Las mujeres veían detenido su desarrollo en la adolescencia. El máximo exponente de lo que podemos denominar la recapitulación psíquica lo encontramos en G. Stanley Hall quien hizo del argumento de la recapitulación uno de los ejes fundamentales de su obra Adolescence (Hall, 1904). Otra idea vino a sumarse. El principio de selección sexual presentaba un corolario importante: la mayor variabilidad en los rasgos entre los hombres que entre las mujeres. Si recordamos que la variación es el mecanismo de cambio evolutivo y la identificación de evolución con progreso, se deducía necesariamente el importante papel del hombre como motor de cambio y elemento de progreso para la especie. La mujer era el sexo biológicamente conservador. Cualquier diferencia en variabilidad se presumía innata, poco sensible a las influencias ambientales (Shields, 1982). Esta cuestión se desplazó pronto de lo biológico a las diferencias en habilidades mentales. En el caso de la inteligencia habría más hombres que mujeres ocupando los extremos de la distribución, alejándose de la media, lo que se traducía en que un mayor número de casos de retraso intelectual en los hombres y en su contrapartida, un mayor número de genios. Esta hipótesis fue rápidamente adoptada por psicólogos norteamericanos de orientación funcionalista como Stanley Hall, Thorndike o Cattell, y sostenida enfáticamente. Una
27 Mujeres, Ciencia y Psicología Las diferencias psicológicas de sexo parecen deberse en gran medida, no a la diferencia de capacidad media, ni a la diferencia en el tipo de actividad mental, sino a las diferencias en las influencias sociales ejercidas sobre el individuo en desarrollo desde la primera infancia hasta la edad adulta. (Woolley, 1903, p. 182; traducción de la autora) Posteriores trabajos reforzarían su tesis de que las pequeñas diferencias que se apreciaban entre los sexos tenían un origen cultural y social antes que biológico. Durante décadas este fue el terreno de batalla; el debate se plantearía en los términos dicotómicos clásicos, ¿eran las diferencias en rasgos sexuales consecuencia de la naturaleza o del ambiente? ¿genéticos o adquiridos? ¿biológica o socialmente determinados? ¿Cómo Hemos Cambiado? But the fundamental thing is that women are more like men than anything else in the world. (Sayers, 1946, p. 116) Permítanme que tome prestadas las palabras de Stephen Jay Gould (1981/1996): “Las piedras fundacionales son para siempre; la mayor parte de las escaramuzas vigentes hoy siguen la vieja máxima de los periodistas: el periódico de ayer envuelve la basura de hoy” (p. 16). Durante gran parte del siglo XX el debate pareció decantarse por extremar el papel de los factores sociales y culturales como determinantes de las diferencias de género, sin embargo, no tardaron en resurgir viejas ideas tomando nuevas formas empezando por la sociobiología y la psicología evolucionista. Al iniciar este siglo, la cuestión se seguía planteando en los mismos términos: ¿somos psicológicamente lo que nuestra biología sexual de modo inamovible determina?, ¿o somos productos de un sistema social que desde antes de nacer nos cataloga, estereotipando nuestros comportamientos y modos de pensar? Ciertamente, teorías como la recapitulación, la inversión útero-cerebro o la periodicidad funcional parecieron superadas cuando la genética moderna, las ciencias biomédicas y la psicología las refutaron; pero, como preconizaba la cita de Gould, se han ido añadiendo, reformulando y actualizando propuestas que señalan el papel determinante de las hormonas; retoman la hipótesis de la mayor variabilidad masculina; remarcan la determinación genética de las diferencias estructurales y/o funcionales en nuestros cerebros sexuados e incluso defienden la relación entre el tamaño del cerebro, o de alguna de sus estructuras, y las capacidades diferenciales entre sexos. En particular, el espectacular ascenso de las neurociencias ha generado un incremento de las que Rogers (2010) califica como teorías unitarias; formas más complejas de determinismo biológico que sostienen que las diferencias psicológicas entre los sexos están preprogramadas genéticamente, son innatas, esenciales e inmodificables ya que están cableadas de forma fija y permanente en nuestros cerebros. Hay una única dirección causal por la cual los genes y las hormonas determinan la estructura y/o la función de nuestros cerebros que, a su vez, decreta las diferencias en conducta. En ocasiones, copó muchas de las polémicas; pero el debate era mucho más amplio ya que lo que realmente se disputaba era la capacidad de las mujeres para saltar de la esfera doméstica a la vida pública. La expresión más elaborada de estos argumentos tuvo voz en las obras de Edward H. Clarke, médico y profesor en Harvard, Sex in education; or, a fair chance for the girls (Clarke, 1873) y The building of a brain (Clarke, 1874). Las reacciones no se hicieron esperar, la más inmediata fue la de Antoinette Brown Blackwell quien en su libro de 1875 The sexes throughout nature lideró las críticas. Atacando y cuestionando la autoridad de Clarke y de otros para hablar anecdóticamente de la experiencia femenina, reivindicó la necesidad de que fueran las mujeres quienes realizaran los estudios donde se analizaba la experiencia de ser mujer. Ya en 1877 la doctora en medicina Mary Putman Jacobi había desafiado la visión incapacitante de la menstruación a través de un estudio empírico y desacreditado a Clarke por su marcado sesgo ideológico y el escaso rigor científico de su obra (Jacobi, 1877). Pero sería Leta Stetter Hollingworth, una vez más desde la psicología, y por medio de un riguroso estudio usando tests motores y mentales quien demostraría que no había razones que apoyaran estas tesis y que las mujeres eran perfecta e igualmente funcionales a lo largo de las distintas etapas de su ciclo (Hollingworth, 1914b). Los trabajos en psicología iban ganando protagonismo a la par que las hipótesis más organicistas -incluyendo el tamaño/peso del cerebro o los argumentos de la recapitulacióniban perdiendo peso, aunque sin llegar a desaparecer. El trabajo más extenso fue el realizado por Helen Bradford Thompson (1903) -tras casarse pasaría a ser conocida como Helen Thompson Woolley-, quien plantearía el primer intento sistemático por desacreditar las posiciones de algunos de sus colegas dentro del funcionalismo americano. Formada en la escuela de Chicago con James, Angell, George Mead y John Dewey, Helen Thompson Woolley estaba convencida de que la rigurosidad de la ciencia podría liberar a las mujeres de los prejuicios. Confiada en ello iniciaría, con su tesis doctoral defendida en 1900, Psychological Norms in Men and Women (publicada posteriormente con el título The Mental Traits of Sex) una línea de trabajo que continuaría con detalladas revisiones de la literatura sobre diferencias sexuales (Woolley, 1910, 1914). Sus resultados concluían que existían una gran similitud en los rasgos mentales entre hombres y mujeres, incluso en aquellas áreas en las que se daba por sentado una gran diferencia entre los sexos: La esfera de los sentimientos es una de las que reciben mayor atención por parte de quienes creen que existen importantes diferencias psicológicas entre los sexos y, sin embargo, encontramos una serie de hombres y una serie de mujeres que reaccionan ante preguntas sobre la vida de los sentimientos de maneras maravillosamente similares. (Thompson, 1903, p. 166; traducción de la autora) Cuando los resultados mostraban diferencias, eran tan pequeñas que no alcanzaban la significación y en ocasiones favorecían a los hombres y en ocasiones a las mujeres. Thompson Woolley concluía:
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