E. Anchustegui Igartua. El tiempo de la filosofía política [Reseña]
Abstract
"La filosofía actual, retornando a su origen, vuelve a girar hacia la política, considerándola como un espacio donde se instaura la filosofía. Así, la opción filosófica por la política supone tomar partido por un orden social que impulse el interés y la querencia por saber lo que acontece en el ámbito público, del mismo modo que significa apostar por la ciudadanía y por un determinado modelo de democracia que favorezca el desarrollo responsable de la vida política.
Full text
Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 15, nº 30. Segundo semestre de 2013. Pp. 235–238. E. Anchustegui Igartua. El tiempo de la filosofía política, Grijley, Lima, 2013, 228 pp. Javier Iguiñiz Echeverría Pontificia Universidad Católica del Perú “La filosofía actual, retornando a su origen, vuelve a girar hacia la política, considerándola como un espacio donde se instaura la filosofía. Así, la opción filosófica por la política supone tomar partido por un orden social que impulse el interés y la querencia por saber lo que acontece en el ámbito público, del mismo modo que significa apostar por la ciudadanía y por un determinado modelo de democracia que favorezca el desarrollo responsable de la vida política. Desde esta perspectiva, El tiempo de la filosofía política analiza las condiciones de posibilidad para la existencia de la política, reflexiona sobre los principios que deben regir su práctica, a la vez que señala las tareas y retos a los que se enfrenta esta disciplina en la actualidad. Y el nuevo tiempo también tiene su protagonista: América Latina”. Con este sugerente reclamo en la contraportada nos invita el autor a introducirnos en este nuevo libro. ¿Cómo hacer política para que cambie algo sustantivo en la sociedad? La respuesta de Esteban Anchustegui Igartua es clara: hay que darle un lugar más destacado en la sociedad a los asuntos de la vida ciudadana y no bastan la ciencia política o la ideología que moviliza voluntades para conseguir este objetivo. En los términos del autor: “En resumen, podemos decir que corresponde a la ciencia política el estudio de las causas y efectos del poder, y a la filosofía política el de su fundamento y legitimidad. Sería, no obstante, un error reducir nuestra disciplina al enunciado del deber ser a escala social, porque la filosofía política no se limita a su dimensión ética; es decir, no es ajena a la sociedad real, al marco de necesidades de la actividad política, a la presencia del poder y a la coacción. En otras palabras, no es una disciplina meramente normativa, sino también explicativa o comprensiva” (p. 63). En mi opinión, el resultado más beneficioso de la lectura del libro ha sido una mejor comprensión de temas que emergen a menudo en discusiones interdisciplinarias, una alerta sobre distinciones conceptuales que pueden escapar al inexperto y la posibilidad de un aprendizaje constante a lo largo del libro. Se disfruta de la claridad de ideas y de una redacción sencilla que revierte a menudo la densidad y hondura de ciertos conceptos y escuelas de pensamiento. Así, resúmenes al comienzo y/o al final de los diversos temas contribuyen a retener en la memoria el hilo de la argumentación.
236 Javier Iguiñiz Echeverría Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 15, nº 30. Segundo semestre de 2013. Pp. 235–238. Desde esa experiencia puedo dar fe de que el libro es en primer lugar una presentación muy accesible del campo de la filosofía política, de su utilidad práctica, así como, según acabamos de indicar, de su especificidad en contraste con la ciencia política y con otras disciplinas. Sea en el momento de presentar los debates y debatir sobre dilemas actuales, como en la tercera parte del libro, o con ocasión de fijar posición respecto de otras aproximaciones al estudio de la política, el libro rompe con una especie de división del trabajo intelectual entre la filosofía política, por un lado, y la ciencia política y la sociología política por otro. Ni éstas pueden despegarse del todo de una visión de lo bueno y deseable, ni aquélla puede apuntar en esa dirección sin desbrozar el terreno de la política en términos científicos asociados a la descripción y explicación de la actividad política y las instituciones que casi siempre la enmarcan. Hay pues un enfoque mixto de por medio. Comprender y prescribir, analizar y criticar van más juntos de lo que a menudo se ha considerado (pp. 61, 75). A continuación señalaré unos pocos aspectos, entre muchos posibles, para destacar esa terrenalidad de la filosofía política. A pesar de tener un planteamiento sobre la convivencia política, de proponer la búsqueda de una “vida buena” (pp. 26, 64), el libro se salva de girar exclusivamente en torno a un ideal de sociedad y democracia, y nos anima a una visión crítica más pegada a la realidad social que apunta a acumular fuerzas en torno a y contra aquello que nos parece mal, que no debe ser como es (p. 27). Así, en el sentido de la racionalidad práctica y con el acento correspondiente en los fines, el enfoque del autor se emparenta en algo con la propuesta de Amartya Sen en La idea de justicia. Pero lo utópico no desaparece, y el sentido de la realidad obliga a buscar también “las condiciones efectivas de implantar lo utópico” (p. 70). Ese anclaje en la realidad no sólo no es garantía de conocimiento o de prescripción adecuada sino que debe incluir la conciencia del hecho de la ideología. El libro dedica unas páginas al tema para recordar la naturaleza ideológica de toda actividad humana (p. 50) y promover la conciencia de que la ideología es ineludible y no es siempre o totalmente un factor de engaño. La filosofía política es, entonces, ideológica cuando se entiende este término en un sentido más o menos neutro (p. 51). Ello permite, señala el autor, que la filosofía pueda ser también una crítica de las ideologías políticas. En tercer lugar, no es posible tratar la filosofía política sin contacto con la ética. La relación es estrecha al punto que “puede decirse que el Estado constituye el fenómeno originario a partir del cual puede observarse un proceso histórico de diferenciación personal creciente” (p. 65). La confusión entre fines y medios lleva al autor a retomar la pregunta de Victoria Camps sobre si la afirmación de que los medios justifican el fin no es más importante que la clásica afirmación de que los fines justifican los medios (p. 68). Si uno de los fines mayores de la filosofía política es preservar la pluralidad y la posibilidad de la comunicación libre (p. 74), el pensamiento político y filosofía práctica en el mundo de hoy no puede dejar de lado el desafío
237 E. Anchustegui Igartua. El tiempo de la filosofía política... Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 15, nº 30. Segundo semestre de 2013. Pp. 235–238. del perfeccionamiento de la democracia (p. 79). En efecto, una mirada desde y para nuestro tiempo impulsa al autor a destacar la centralidad de la democracia como “construcción de la ciudad” y “espacio público”, lo que da lugar a dos tareas: organizar la ciudad y regular la deliberación pública al respecto (pp. 73, 81). Desde esta perspectiva, y visto en su conjunto, el libro es una propuesta para sanear y profundizar la democracia. Como se señala: “En definitiva, ante esa crisis, y ante la propia crisis de legitimación de la democracia y de la política en general, a la filosofía política le corresponde, entre otras labores, ayudar a recuperar la dignidad misma de la actividad política, criticando la corrupción política y la degeneración de los principios y las instituciones democráticas, y aportando bases teóricas y prácticas para su regeneración y para la profundización de esos principios” (pp. 75-76). Muchos más temas pueden y merecen ser destacados (las “cuestiones de filosofía política” del tercer capítulos son los retos a los que, en opinión del autor, ha de enfrentarse la filosofía política actual), pero no distraeremos a quienes tienen el libro en sus manos. El central es, como puede suponerse, el poder (p. 27). Pero también es un núcleo temático central la legitimidad (p. 64). Como señala Anchustegui, una de las preguntas clave del pensamiento político es la de ¿por qué debo obedecer? Y si la primera parte del libro recorre las diferentes respuestas a esta cuestión sobre la obligación política (p. 28), el último capítulo, a manera de conclusión, nos da la respuesta que nos propone a lo largo del libro: la lealtad republicana. Esa lealtad, que previamente ha sido contrastada con otras maneras de entender este concepto, es importante “no sólo porque es compatible con la autonomía individual, las libertades y el pluralismo que reclaman los ciudadanos contemporáneos, sino porque entiende consustanciales las demandas de aquellos sectores de la población y de la ciudadanía que están a merced de una voluntad arbitraria, viven en constante incertidumbre y se ven impulsados a actuar con un exceso de deferencia y obsequiosidad hacia un superior que les degrada moralmente”(p. 184). El libro constituye también un marco para entender y llevar a cabo en mejores términos el diálogo social en países multiculturales, que comparten con muchos otros la gran desafección con la política por parte de la ciudadanía pero que, además, tienden a tener como común denominador la existencia de derechos sociales inaccesibles para muchos. Son países, entonces, como el Perú y tantos otros de América Latina y el Caribe. El tiempo de la filosofía política, expresión que sirve de título a la obra, es también la “hora de América Latina” (p. 184), con el aclarado de que “el gran reto político-económico del futuro no está constreñido a fronteras, agrupaciones o escisiones de territorios, ni a soberanías; no está supeditado a las variables de crecimiento, productividad, competitividad o desarrollo; no depende tanto de costes o beneficios monetarios… sino que tiene que ver, fundamentalmente, con la convivencia. Y convivir, significa ‘vivir con’, vivir con el otro yo, reconocer la alteridad. Se trata de practicar la convivencia en las culturas y entre los seres
238 Javier Iguiñiz Echeverría Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 15, nº 30. Segundo semestre de 2013. Pp. 235–238. humanos, lo que exige una refundación del pensamiento político-económico sobre bases de equidad para un mundo global” (pp. 185-186). Desde este horizonte, el autor concibe que Latinoamérica se pueda y deba convertir hoy en una oportunidad excepcional para superar y desterrar la máxima capitalista (“el capitalismo siempre ha tenido interés en hacer creer que crecimiento y desarrollo iban de la mano, y que cualquier incremento del bienestar humano sólo podía pasar por el crecimiento perpetuo de la cantidad de mercancías”, p. 185) a la vez que, paralelamente, considera “fundamental este momento para ampliar en Latinoamérica el espacio de la gran política, al objeto de crear las condiciones para el ejercicio de una ciudadanía participativa, responsable y solidaria” (p. 187). En definitiva, por lo ya señalado y por muchas otras razones, el libro es a la vez un manual y un manifiesto en pro la democracia deseada. Sirve para revisar conceptos y ordenar el conocimiento sobre una disciplina del saber, pero también para sustentar una postura política y un planteamiento sobre la política. Por eso, puede ser leído con provecho por legos en la materia de la filosofía política y por quienes deseen debatir sobre la mejor manera de entender la realidad política de los países.