La victoria de Bailen : canto épico
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LA VICTORIA DE BAILEN.
LA VICTORIA DE BAILEN. CANTO ÉPICO !). JOAQUIN JOSÉ CERVINO. MADRID: )8Si. Imprenta de iiiginio remeses, calle de Valvcrde, n.° SU»
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A LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA. A lí es deudora Toda péñola hispana de homenaje: La mia te io rinde. •S^mc éct
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AL LECTOR. Paseando y entreteniendo el frió nos hallábamos varios conocidos de diferentes calibres una de las tardes de marzo del año de gracia 1850. La comodidad y el silencio del sitio, que era el del Buen Retiro / lleváron¬ nos á departir sobre la convocatoria de la Real Acade¬ mia Española, que el dia anterior había estampado en el periódico oficial estas solemnes palabras: «Yo daré la medalla de oro á aquel de los poetas que en más de 500, y sin pasar de 800 versos, cante con mejor fortu¬ na la gloriosa victoria de Bailén.
II — «Si de fortuna se trata (dijo entre socarrón y malicioso el menos hablador de nuestros colegas), no suele ser la fortuna compañera del buen ingenio.» — «Ni el bueno ni el malo, replicó otro, hallarán so¬ noros acentos para cantar una batalla qüe pasó antes de ayer, á que siguieron tantas derrotas, en que no hubo plan de antemano combinado , y que perdieron los más bizarros y hábiles generales del gigante de la Francia, cuyo nombre han de reverenciar, engrandecer y glori¬ ficar mónteseos y capeletes.» — «Pues es nonada (aña¬ dió un semibarbilampiño orondo y frescote) pretender trocar en oro puro el polvo, y humo , y descargas de aquella jornada durante la noche, y los mismos mismí¬ simos ingredientes durante el dia, aunque puestos en redoma á un calor de 40 grados, si no es como el ór¬ gano de Móstoles el termómetro de M. Thiers. ¿Y qué me dirán ustedes de los ásperos y antipoéticos nombres que por aventura llevaron todos los adalides de aquella facción, españoles y franceses? ¿Y la prosa del fusil, y de la casaca, y del sombrero de tres picos, y de la gorra de pelo, adminículos soldadescos de 1808?»— Uno de los oyentes, alto, cegato, cejijunto y cari¬ fruncido, repechó el montante, y resolvió que en eso mismo estaba precisamente el huevo de Juanelo : que el asunto era bueno y dignas de vencer sus dificultades, sin igual el entusiasmo de nuestros paisanos, manifiesto el favor del cielo, fecundísimas las hazañas, brillantes los laureles, y opimos los frutos que se cogieron de aquella victoria : y ponderó la justicia de que le alzara la hispana Clio eterno monumento que grabasen en la memoria los niños, alentase á los mozos, y recordasen con gusto los ancianos. Aprestábase el mas erudito de nuestros compañeros á hacernos atildada disertación sobre las ventajas de un asunto griego, romano, morís-
III co ú escandinavo, cuando le interrumpió un quidam de en otro tiempo rubias melenas, diciendo con sonora voz y ademan modesto : —«Yo no pienso escribir por ahora ; mas si andando los dias viniese en tentación de hacerlo, había de ser lo bastante atrevido para arros¬ trar todas esas dificultades : á Napoleón le compararía con el águila, cuando en magestuoso vuelo se enseñorea sobre la Europa ; pero cuando astuto y solapado depo¬ ne el valor generoso, y usa de pérfidas arles, no vaci¬ laré en llamarle vulpeja . » — — «¡Huí! (interrumpió sin ser poderoso para otra cosa, entre los del corro, un académico señalado). ¡ Blasfemia! blasfemia. Su propia sentencia ha dictado usted irrevocablemente. Con lo que ha dicho tiene bas¬ tante , aunque luego no lo diga, y si lo dice lo borre, y lo enmiende , y lo corrija dos, tres y veinte veces, como lo hacen, han hecho y harán muchos, para no soñar ni en el premio, ni en el accéssit, ni aun en la honra de que se lea su composición en la Academia, á no ser por un solo voto , y ese no el mió, como usted co¬ nocerá desde ahora, y luego, y después, y siempre tn saecula saeculorum .» — « Amen (repuso con frialdad el joven interrum¬ pido tan pontifical mente por el Aristarco purista): tendré paciencia. Ni será la primera vez que me suceda un per¬ cance en pleitos de esta cuantía. Soy tan desgraciado, o mejor, tan bonachón , que si llego á escribir, estaréme uego mano sobre mano sin minar la tierra, sin decir a ninguno de los jueces esta boca es mía, en el laufio, áiites del laudo , ni después del laudo; y así ninguno comparará mis borrones á las liras de Herrera, ni finen á hacerme con el premio del cerlámen una manda e su testamento literario. No se atosigue usted, pues, señor mió de toda mi consideración ; que yo no quiero
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INTRODUCCION.
Tum demum movet arma leo: gaudetque cómanles Excutiens cervice toros. Virg. íEneid. LIB. XII. IIci mihü quod nostro est parvus in ore sonus; Sed tamen exiguo quodumque é pectore rivi Fluxerit , hoc patriae serviat omne meae. PUOP. LIB. IV. ELEG. I.
la victoria de bailen. INTRODUCCION. i. turbáronse los pueblos, como suele lurbarse el dia cuando se alza el noto, Y no hay de su rigor quien se abroquele tras firme risco ni en guardado coto. Y cual la nube que de lo alto impele Contra el monte granizo y contra el soto, Así el ángel del mal su ardiente copa a derramando en la oprimida Europa.
•-& 4 <x -— II. Crece en linfas de sangre raudo el Sena, El Tíber ve en el fango la tiara, Eco de tempestad retumba en Jena, Y el Rhin su curso amedrentado para. ¿Tú también, padre Tajo? ¿Quién tu arena Revuelve con tumulto y algazara? ¡ Señor, Señor 1 tu azote así dispones El vicio á castigar de las naciones. III. Todas prevaricaron. De alta cumbre Cual sin pastores confundidas greyes, Desbándase rebelde muchedumbre. El freno roto de tus sacras leyes : Mas detienes tú el rayo en servidumbre, Y cegando la mente de los reyes, — «Pueblos vivid sin mí» — dices, y lanzas Al mundo la mayor de tus venganzas. IV. i Ay 1 ved ouál se derrumban al momento Con súbito fragor sacros pilares , Y el humo del cañón enturbia el viento, Incienso digno á impúdicos altares. Saltan de cuajo con rigor violento Impulsados los tronos seculares, Y un mar de confusión lleva en sus olas Cetros y fajas, báculos y estolas.
¡ Oh ! no abandones á la patria mia. Gran Dios, sé justiciero ; mas propicio : Que ella en la fe no ha de cejar impía, Aunque hoy se aduerma en el sitial del vicio. Muéstrale tú de rectitud la vía ; No dejará de culpa negro indicio : Un amago, Señor : verásla en breve Nítida como el ampo de la nieve. VI. ¿Quién podrá derrocar nación que asienta Sobre los montes de Sión la base ? Rugirá por dó quier ronca tormenta, Y arrostrarála inmoble hasta que pase. Si espíritu de males la amedrenta, Dejad que corra, trunque, tale , abrase : Dios el crisol envía ; el oro es ella : Vedla reaparecer más pura y bella. VII. Tal reaparece de fulgor vestida, De ópalo el manto descogiendo y grana , Perlas vertiendo y derramando vida Por encendido oriente la mañana : Cédele el paso en actitud rendida La estrella más brillante y más galana : Ni el perezoso Arturo la resiste , Y parece exclamar :—«Huyo : venciste.»—
VIII. Mi patria así también. ¡España, España! ¿ Quién celebrar podrá con digno canto El resplandor de gloria que te baña Al ceñirte en Bailen de lauro tanto? Corra mi voz del Indo á Lusitaña : Triunfa otra vez la que triunfó en Lepanto. Terribles enemigos la invadieron : Se armó, y temblaron; combatió, y cayeron, IX, Musa, que diste á Herrera y diste á Ercilla Altos sonidos en clarines de oro, Y el idioma elevaste de Castilla Una vez y otra á cántico sonoro ; Tú, que eres poderosa á maravilla Para inflamar el estro, ven ; te imploro : Con tu augusto favor los aires rompa En honor de Bailén épica trompa, X. ¡ Oh Isabel , que con flores de tu mano Del Pindó adornas la difícil senda 1 La gratitud del trovador hispano Será en tu solio perdurable ofrenda. 1 Ojalá que del cielo soberano Dicha sin fin sobre tu amor descienda! ¡ Reina ! atiende á mi voz : yo te saludo Antes de dar principio al canto rudo. ;
XI. Y á tí también, ilustre guardadora De los fueros y galas del lenguaje, Por quien el habla ibérica sonora Aun resuena en dos mundos sin ultraje Academia Real , á tí es deudora Toda péñola hispana de homenaje : La mia te lo rinde. En tanto escuha Cómo triunfó la patria en fiera lucha.
LA VICTORIA DE BAILEN CANTO ÉPICO.
XIV. ¿ No lo escucháis ? El tembloroso anciano , El niño audaz, el indomable mozo , El señor, el magnate, el artesano « ¡ Guerra !» conclaman, como voz de gozo. «i Guerra 1 » dice al blandir hierro inhumano La viuda madre, y sin letal sollozo «¡Guerra!» la amante virgen, «¡guerra!» grita, Y «¡guerra!» el fervoroso cenobita. El no ofensivo agricultor convierte La humilde esteva y el arado corvo En instrumentos de horfandad y muerte, La paz creyendo á su ventura estorbo. Retiembla herido el yunque con el fuerte Golpe del forjador membrudo y torvo, Y el bronce rimbombante descendido Tal vez del alminar , fue obús temido. XVI. Ni en tercios ordenados va dispuesta La noble tropa con marcial decoro, Ni altivos brillan en cimera enhiesta Múltiplos en color airones de oro : Armas, no galas, en su arrojo apresta El español, y, como herido toro , Desdeñando preseas y atavíos , No mas ostenta que tremendos bríos.
—17 XVII. No de prudencia ó de razón consejo Diólos tan altos á la España toda : Solo tres nombres de sin par reflejo Resucitaron la pujanza goda. ¡LEY, PATRIA Y REY! sobre pendón bermejo Son el emblema que á su fe acomoda, Y á pueblos, y á ciudades, y en un dia, Infunde incontrastable valentía. XVIII. ; LEY, PATRIA Y REY 1 cual fragoroso trueno Voz que el oido del raptor azota, Ver recelando de ventura ageno Su clámide imperial en trizas rota. «Traidores» fue á llamarnos ; y en su seno Hierve la indignación , su aliento embota ; Y ordena á sus satélites traidores Alarde hacer de bárbaros rigores. XIX. Corren al punto con feral denuedo Ejércitos y ejércitos capaces De dar al mismo infierno espanto y miedo Con el amago de sañudas haces. Pajiza mies, riquísimo viñedo De innúmeros trotones y voraces Son pasto, y de sus dueños no hay seguro Mísero ajuar ni entapizado muro.
18 XX. Asi van las intrépidas falanges Provincias y provincias devastando, El oro puro que envidiara el Gánges A los ríos ibéricos robando. No sigas los terríficos alfanges Aqui y allá, ni su rigor infando : Musa, al Guadalquivir. Alli te llama Con trompa augusta la parlera fama. XXI. Confin del andaluz es la alta sierra Cuyo nombre la historia ensalza y glosa , Y cuyo nombre eternizó en la tierra De ingenio el más feliz fábula hermosa ; Que allí Cervantes á su Andante encierra, Y allí se ven las Navas de Tolosa. ¿Cuándo ficción más bella, ó cierta hazaña Tanto ennoblecerán otra montaña? XXII. Era la fin de mayo : descendía Lluvia de flores de la azul esfera (Jamas al orbe se mostró tan pia Ni pródiga en favor la primavera), Cuando francesa multitud subía Al arduo monte con sonrisa fiera, Por capitán bravísimo guiada Y á lidiar y vencer acostumbrada.
1 9 XXIII. Este es Dupont : de un alazan bizarro, En crin pomposo y diestro en escarceos, Oprime el lomo con marcial desgarro, Plumas, oro y diamantes por arreos. De sus victorias al temible carro El ruso y esclavón dieron trofeos : Roca es su corazón , ancha la frente, Negros los ojos, bravo el continente. XXIV. Sérica banda que su pecho cruza, Lazos entrega al regalado aliento Del aura, en tanto que al troton aguza De áureo acicate avivador tormento. No en tiempos de Tarif vió la andaluza Tierra en huestes alárabes sin cuento. Más brillo en albornoz ó capacete, Pompa mayor, ni tan hostil ginete. XXV. Solícitos rodéanle y apuestos Rubios garzones del inmenso bando, A trasmitir cien órdenes dispuestos, En impacientes brutos cabalgando. Míranse en pos con formidables gestos Los hijos de la Helvecia caminando : Guíalos Preux; y como audaz torrente Pannetier sigue con francesa gente.
XXVI. Después Rene y Gobert vibrando altivos Las terribles espadas damasquinas. ¡Oh, cuánto en breve Ies serán nocivos Sus fieros en las quiebras convecinas! Buscando á la ambición más incentivos. Conducen por riquísimas colinas Sus granaderos, que á la sien en torno Llevan pieles ursinas por adorno. XXVII. Marinos de la guardia imperatoria Vienen detras : ¿dó hallar quién los revuelva? Parece que es mansión de la victoria De sus fusiles la undulante selva. ¡ Por veces tantas los cubrió de gloria En las orillas del Danubio y Elba! Fresia y Barbou los mandan, generales Que en hados fueron y en valor iguales. XXVIII. Casco acerino, y áspera melena Que de él desciende con pomposa traza. De innúmeros ginetes la morena Frente asegura y con pavor disfraza. Lanza robusta de piedad agena, Alfanje corvo y lúcida coraza Muestran sobre perínclitos overos. Privé comanda los dragones fieros.
21 XXIX. Y al centro de los tercios se levanta, Las alas nieve, la cabeza erguida, Aguila audaz, cuyo vislumbre espanta , Sobre varal ebúrneo retenida. Y á veces llega muchedumbre tanta De brutos de Aranjuez, el homicida Hueco bronce en el lomo, que parece Que el monte por do cruzan desparece. XXX. ¡Ay de tí, Andalucía! ¡Cuál desciende La tropa ya de la riscosa altura, Y hácia los llanos próvidos se extiende Que el Bétis viste de eternal verdura I ¿Ya á hacerte esclava hasta la mar, y allende Dilatar su victoria? Acorre, apura Tu pujanza : al combate, á la pelea ; Mas ¡cómo resistir! cayó Alcolea. XXXI. Huye revuelta con afan prolijo INo experta aun en la lid hispana gente... Musa, perdón ; si este momento elijo Dn suspiro á exhalar de amor ferviente. ¿Cómo negarlo al corazón de un hijo? Mi padre fue después aquel valiente Que herido yace, y que con noble arrojo También tiene su acero en sangre rojo.
*,22 XXXII. ¡ Padre, padre del alma! En mi memoria Por siempre ha de vivir la tuya amada, j Ay cuántas veces te escuché la historia Cabe el hogar de tan fatal jornada! Hoy que ya habitas la superna gloria, Vuelve hácia mí tu plácida mirada, Y altos hechos recuérdame benigno : Harás mi verso de la patria digno. XXXIII. Como hiena voraz cuyos rigores Noble mastín con su cuidado excita, Y aguzados los dientes matadores Hácia abierto redil se precipita, Así desde Alcolea sus rencores Vuela á saciar la multitud precita En Córdoba la insigne. ¡ Instante aciago I ¡Diosmio! ¡ay cuánto horror! ¡ay cuánto estrago! XXXIV. Tened, tened, osados : ¡ qué! ¿ no basta Sangre infantil, ni virginal desdoro? ¿Tan ciegos sois? ¿Vuestra ambición tan vasta Que no os sobre ya espléndido tesoro ? ¿Soltó el abismo la infernal cerasta ? ¿Quién roba altares y sagrarios de oro? ¡Sacrilegos! ya Dios vuestro delito De las venganzas en el libro ha escrito.
XXXV. ¿No lo oyes, invasor? la voz del trueno Te anuncia su llegada y tu destino. El invencible de pujanza lleno Cabalga en poderoso torbellino. Serás en su presencia como el heno Del valle, como soplo repentino, Eco perdido en la región vacía , Menos que sombra ante la luz del dia. XXXVI. ¿No te ves de improviso circundado De pueblo lidiador que ya te acosa? Tras cada arbusto te hallará un soldado : Instrumento es de Dios mi patria hermosa. ¡Y de Córdoba sales! Desdichado, Que vas hácia las Navas de Tolosa. ¿Y cuándo? mira el sol, y ten la planta : Mira ese sol ; ¿lo ves? ¿y no te espanta? XXXVII. Pues hoy con su fulgor cubrió de luto Del intrépido Agar la frente dura : Hoy arrancó de lágrimas tributo A aquel que á España encadenar procura. Pero ¿qué á mí tus hados? Coge el fruto De obstinación y de codicia impura ; Miéntras veo castillos y leones Ya relumbrando en ínclitos pendones.
XXXVIII. Vienen del sur : con veterana tropa, Tropa de inmenso pueblo remezclada ; Si desigual en armamento y ropa, Una en los bríos de que llega armada ; Sola en verter de indignación la copa En la europea arena esclavizada, Sola que de amor patrio revestida Tal vez al mundo á libertad convida. XXXIX. Mas ¡oh ! ¿quién adelántase el primero Al frente de las héticas legiones? Alta fama de aliento vocinglero No asustó con su nombre las naciones. Libre de pluma el militar sombrero. Sin bandas, sin trofeos, sin blasones. Ansia hallar á Dupont, y no le asusta Del lobo cordobés la frente adusta. XL. No es su estatura de feroz gigante, Ni el mirar torvo, el ademan temido ; No bruñida coraza, ni tajante Acero á esclavizar apercibido Ostenta el adalid : grato el semblante, Noble la espada, el corazón ardido. Corre á pugnar sin pérfidos amaños. I Oh ! ¡ salud veces mil 1 Ese es Castaños.
25 <g=— XLI. De un corcel negro con primor domina Los generosos ímpetus, y alienta De este modo á la huesta peregrina Que en pos le sigue de lidiar sedienta. —«La cadena ó la palma está vecina : «Eterna gloria, ó perdurable afrenta.»— Dijo ; y contesta un grito en mil extremos : —«Mártires nos verás, ó triunfarémos.»— XLII. Un eco al punto retumbó á lo largo Del limpio Bétis y encumbrada sierra. Eco al francés como cicuta amargo, Repitiendo este cántico de guerra : « Ya dispertó de su infeliz letargo » El león de España, y la asombrada tierra «Llenó de su rugir. Cantad, iberos : «La muerte, ántes que el yugo de extrangeros.»- XLIII. Cada español un Cid ; en cada breña Renacen ya Gonzalos y Guzmanes : Nobles son todos so la hispana enseña, Dignos de lauro y tiernos arrayanes. Allí Reding, Soler, Coupigni, Peña, Ciuz, Juncar y mil otros capitanes : AHÍ Saavedra, y Abadía ; todos Emulos dignos de los brios godos.
LXII. Tres veces revolvieron los trotones Del domador del Elba, y tres un muro Impenetrable hallaron en peones Que el liarpon del fusil presentan duro. Tres veces remudáronse legiones De acometida, y tres su aliento impuro Cedió, dejando con terrible anhelo Ríos de sangre en el tremente suelo. LXIII. Y arrecia, y crece, y cunde la batalla ; Y al humo de la pólvora se ajunta Niebla de polvo sin confin ni valla Que por la esfera con horror despunta. Y al sonante crugir de la metralla Que los tercios más bravos descoyunta, Únese en clamoreo tremebundo Voz del que aun vive al ay del moribundo. LXIV. ¡Señor, señor 1 ¿y seguirá indecisa La horrenda lucha y el continuo estrago? ¿Por que en los aires hoy no se divisa Fulmínea espada y el corcel de Yago? ¿Do estás, Hijo del trueno? Acude aprisa, Cual veces mil en que á tu solo amago Libre la España fué de hierro impío. Cual noble aun lidia ; ¿y vesla con desvío?
LXV. No, no : perdón. La musa arrebatada Contémplate cruzando el firmamento Volar al sol, y de su rayo armada Alzar tu diestra y encender el viento. Más que líbica arena retostada Ya el campo es de Bailen. Dupont sediento , Sudoroso, anhelante al punto mira Mermar su esfuerzo en impotente ira. LXVI. No así el hispano : en búcaros de hielo Las hijas de la Bética le ofrecen De pura linfa celestial consuelo, Y el entusiasmo por do quier acrecen. Y aquí, y allá, sin miedo, sin recelo Corren, vuelven, y van, y desparecen, Y solo un nombre : ¡ patria 1 á su alma llega En medio al retronar de la refriega. LXVlI. ¿Quien podrá contenerla? Ya lanzaba El astro rey en el zenit subido Eas más ardientes flechas de su aljaba , no cesa el mortífero alarido. Sierpe letal que de pisar acaba a planta del viagero inadvertido , o se vuelve y revuelve más tremenda yue Dupont ciego en la feroz contienda
34 LXVIII. Sus proceres reúne. «Aquí, valientes. «¡ Viva el Emperador! \ Romped, y adentro 1 ¿Consentiréis perder los esplendentes Laureles de Austerlitz?»— Grita ; y al centro Vuela de nuestras filas prepotentes, Y treme el valle al furibundo encuentro. ¿Cuándo empuje mayor, ni tal violencia? ¿Dónde más invencible resistencia? LXIX. Vana la acometida, de ambos lados Contémplanse con saña los guerreros Apénas respirando, y levantados Sobre el cañón igníferos mecheros. Unos y otros coléricos y osados, Unos y otros suspensos y altaneros. Tan grande y poderosa es su fatiga, Que á verse sin matarse los obliga. LXX. Sorpréndeles entonces resonando De otro cañón el estampido seco Que en Badén se oye', y piérdese zumbando De valle en valle hasta el espacio hueco. Con la esperanza y el temor luchando El galo y español tórnanse al eco ; Y cada cual ¡Vedel! ¡ Castaños ! clama, Y otra vez el cañón de léjos brama.
—-<ás> 35 LXXI. ¿Cuálserá?... Yed: ¡CastañosHOIi a lta gloria! El ángel de la cólera divina Le precede, le sigue el de victoria : Los ve el francés y su valor declina. La pluma encoge el ave imperatoria Por vez primera recelando ruina. Ya su helvética tropa ¡ baldón fiero! Vuelve en su contra el alquilado acero. LXXII. Ya está herido Dupont ; ya sus magnates Gimen ó espiran en la ardiente arena : Ni siente su troton los acicates, Rota junto al pretal bullente vena. La hueste vencedora en cien combates Teme, tiembla, se agita y desordena, Y ante su jefe, con mortal congoja, Sorda á recuerdos el fusil arroja. LXX1II. ¿Dónde hallar salvación? Cual tigre hircano, Que preso en lazos su altivez humilla , De un lado y otro amenazante alano Viendo libre llegar de la trailla, Asi Dupont. Con la sangrienta mano La frente hiere y pálida megilla. Clava en un asta nivea banderola, Y del vencido la señal tremola.
36 LXXIV. Tregua demanda, y tregua le concede El español , que si con furia lidia, En lo noble y humano á nadie cede : Sépalo el mundo, escúchelo la envidia. Soldado, no ante el riesgo retrocede; Vencedor, no al vencido con perfidia Su apoyo ofrece y su robado techo, Valiente, y fiel, y sin rencor el pecho. LXXV. En tanto á decidir sobre el destino Del águila tremenda hanse adunado Jefes de aquí y allá, no en peregrino Salón con parios mármoles labrado , Sino en instable pabellón de lino, El atambor por silla, por estrado Rojiza arena , por brillante pompa Lanza sin dueño y abollada trompa. LXXVI. ¿Visteis luego que el áfrico no brama, Y apagándose va recia tormenta, Cuán tétrico silencio se derrama. Que el valle ocupa y la ansiedad aumenta? ¿Visteis cercando semiextinta llama Que ha dominado en bóveda opulenta, Cuán silenciosa multitud asiste Y admira con pavor el caso triste?
LXXVII. Así en los campos de Bailén. Altiva La hueste hispana, y mustia la del Sena, Sus armas en callada expectativa Ambas apoyan en la fusca arena : Ni el viento mueve el hoja de la oliva, Tan temblorosa si el canon resuena. Do ha un instante clamores y tronidos, Ni aun se escuchan ya débiles gemidos. LXXVIII. Mas ¡ cielos 1 cuán terrible gritería Vuelve á turbar el adormido ambiente 1 Alarma, enojo, indignación, porfía, Tropel confuso, multitud hirviente, Rudo clarin, horrenda artillería, Correr de potros, rebullir de gente. Tened, por vuestro honor : ¿dónde el osado Que la solemne tregua ha quebrantado ? LXXIX. Llegó, llegó Vedel : mirad cuál arde El español que de leal blasona, Creyendo que el francés tornó cobarde A los torpes amaños de Bayona. Vedel, fuera tu espada : llegas tarde Para arrancarnos la marcial corona; Mas Dios te arrastra á que tu nombre aumente Lauros de triunfo en la española gente.
38 LXXX. Cede, cede también. ¡ Cuál se levanta En medio del consejo de guerreros El ínclito Castaños l Ira santa Revelan sus acentos justicieros. — «Barbou, dice, y Dupont con su garganta » Abonarán la fé de caballeros. »¿No están en mi poder? ¡ Ay si hora mismo » No acatan con Vedel nuestro heroismo 1» — LXXXI. Y acátanlo por fin. Dios con su dedo Del caudillo francés desde la altura Señaló el pecho : espíritu de miedo Róbale al punto la genial bravura. ¿Dónde está su perínclito denuedo? Los cálices de Córdoba ya apura. ¿Brindó con ellos tu impiedad? ¡Oh triste l ¿ Cómo á Dios y á mi pueblo te atreviste ? L XXXII. Lampo su orgullo fué, patria querida. ¿No oyes el victor que arrebata el aura? ¿No ves tu noble enseña bendecida Cómo su gualda y carmesí restaura ? I Oh, y quién tuviera el arpa enaltecida De Klopstock , Milton y el cantor de Laura Para decir en lenguas diferentes La fausta nueva á las remotas gentes 1
39 LXXXIII. Ved, ved á los temidos campeones Que desquiciaron con furor la tierra. ¿Y son esos? Venid, corred, naciones, Que el nombre de Bailen ya los aterra. Bailen los vio, cual recios aquilones, Omnipotentes en revuelta guerra ; Sus tercios como fuego relucian : Pasó, volvió á mirar, y no existían. LXXXIV. Fiaron en corceles voladores, En casco de zafiro y de diamante , En fúlgidos aceros matadores, Preñado obús y lanza fulminante. Y cayeron los duros invasores, Como en el mar peñasco honditronante. España fió en Dios, y ha confundido ' Al fuerte, al vencedor, al no vencido. LXXXV. Ángel que á llevar nuevas se apresura De dicha y libertad á los mortales, Que batiendo alas de oro la ventura Anunció de Belem en los portales, Que mostró á Constantino enseña pura , Tiranicida, entre auras celestiales, Es quien de ocaso hasta la rubia aurora El nombre de Bailen repite ahora.
40 LXXXVI. —«Ley Patria y rey : j emblema sacrosanto 1 (Clamando va el espíritu divino.) » Por él España coronó de espanto » Al opresor con turbio remolino. » ¡ Reyes, príncipes, pueblos! el quebranto »Desechad, y al combate : ya previno «Bailen el hierro en magestad serena «Que ha de abrir un sepulcro en Santa Elena.»— FIN.
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