Rescate de la memoria a través de la narración corta: El caballero del traje aguamarina
Abstract
Para el desarrollo de este trabajo de fin de Máster me planteé la idea de desarrollar un ejercicio de creación basado, no solo en la memoria, sino también en la técnica de la autoficción, recurriendo a esta última como un recurso de toma de conciencia y de recreación y autorreflexión que podría ayudar y facilitar el proceso de evocación que se pretende con los relatos aquí expuestos. Partiendo desde lo que Evangelista Ávila define como una confesión, una exposición de lo ocurrido, de las vivencias y también como una catarsis a través de la cual el autor revive su pasado, su historia y reconstruye la memoria de un contexto en el que el autonarrador crea nuevas vivencias y verdades fabuladas o fantásticas (Ávila, 2018:4).
Full text
RESCATE DE LA MEMORIA A TRAVÉS DE LA NARRACIÓN CORTA EL CABALLERO DEL TRAJE AGUAMARINA
Universidad de Sevilla Máster Oficial Escritura Creativa Trabajo Fin de Máster Convocatoria: 2019-2020 RESCATE DE LA MEMORIA A TRAVÉS DE LA NARRACIÓN CORTA EL CABALLERO DEL TRAJE AGUAMARINA Modalidad: Creación Marisol Henao Pérez
Este trabajo está inspirado en un hombre, mi padre. Y fue posible por un hombre, mi esposo, que llegó e iluminó mi vida. Recreado a través de la memoria fantasiosa de una mujer, mi madre.
AGRADECIMIENTOS A mi esposo por su paciencia y edición con amor y sobre todo por creer en mí. A mis profesores del máster por compartir sus conocimientos. Y especialmente a la profesora María del Mar Ramírez Alvarado por su ayuda y apoyo constante. Y por último a mi padre y a mi madre, quienes son mi inspiración...
Ilustraciones Las ilustraciones son de la artista visual Jennifer Vallejo Echavarría de la ciudad de Medellín (Colombia). Es una artista joven que ha explorado diferentes técnicas como fotografía, video, pintura y la ilustración, donde la mancha y el rayón son protagonistas. Ha creado propuestas artísticas tales como: Claro de luna y Viaje a la deriva los cuales apuestan al reconocimiento y apropiación del territorio.
INDICE A modo de introducción: “Memoria muy personal”. Parte I. Creación: El caballero del traje aguamarina En la parcela …………………………………………………………………………….....12 El hombre de los sueños …………………………………………………………………...16 Recuerdo de un encierro …………………………………………………………………...31 Cerca al aeropuerto ……………………………………………………………………......47 El fuete de don Miguel …………………………………………………………………….50 El caballero del trajea aguamarina (Monólogo) ………………...........................................52 El sueño de una joven del barrio obrero (Escena) …………………………………............55 La callejera ……………………………………………………………………...................65 Vidas paralelas ………………………………………………………………….................75 Jorge, el camionero del Valle del Cauca ……………………………………......................78 Una noche en la residencia ………………………………………………….......................80 Azar o destino …………………………………………………………………..................82 La ventana del vecino ………………...................................................................................85 Encuentros ……………………………………………………………................................90 Los buchones (Poema en prosa) …………….......................................................................93 Huyendo de la pandemia en medio de la pandemia (Reportaje) …......................................94 La pandemia y el realismo mágico regresan a la Aracataca de Gabo (Noticia creativa) .....98 Parte II. Memoria Justificativa 2. Memoria Justificativa .........................................................................................................100 2.1 Fundamentos y objetivos………………………………….................................................100 3. Estructura de la composición ...………………………………..........................................104 3.1 Focalización y voz narrativa ……………………………..................................................104
3.2 El tiempo y el espacio ........................................................................................................105 4. Técnicas y estilos ensayados ..............................................................................................106 4.1 El relato corto .....................................................................................................................106 4.2 El lenguaje ..........................................................................................................................109 4.3 Los personajes ....................................................................................................................111 5. Dificultades y soluciones ...................................................................................................112 6. Conclusiones ......................................................................................................................113 Glosario ..............................................................................................................................115 Referencias Bibliográficas .................................................................................................117
A modo de introducción: “Memoria muy personal” Elegí trabajar el tema de la memoria principalmente porque tenía la necesidad de reconstruir mi historia, mi identidad, lo que soy y de dónde vengo. Soy una mujer de origen muy humilde, que creció en un barrio de personas desplazadas y donde la mayoría de los amiguitos y amiguitas con los que crecí, ahora han muerto (Debido al ambiente en el que crecimos muchos se convirtieron en delincuentes y los fueron matando uno a uno, por lo que, en vez de ir a fiestas de quinces, uno iba a velorios) y donde muchos no tuvieron la oportunidad de estudiar y han tenido que trabajar desde que nos graduamos del colegio (Incluida yo). Es así, que, cada vez que me detengo y miro lo recorrido, no dejo de pensar en ellos y en lo duro que les ha tocado vivir por no haber continuado sus estudios (Así fuera con esfuerzo, cómo bien lo hice yo, porque tarde que temprano, las recompensas llegan). Igualmente pienso en cómo lo logré, cómo fue que ese sueño que se gestó en mí desde muy pequeña, se hizo realidad pese a todos los obstáculos que fui encontrando en el camino. La pobreza a veces es indolente y lo que ella proporciona a veces puede ser muy cruel, sin embargo, ese juego de niña, de escribir con un pedazo de carbón en las paredes y regla en mano remedar a los profesores, regañando a las niñas y niños que jugaban conmigo por allá en ese barrio de calles empolvadas y de luces a velas y de risas y tabacos en bocas, se hizo realidad y que, ahora disfruto en los salones donde en ocasiones, incluso, me he topado con algunos de mis amiguitos de infancia que tarde, pero creyendo en la importancia de capacitarse, he tenido la fortuna de tener en algún salón de clase. Por lo que, si bien, lo que cuento y creo en los relatos que a continuación les presento es una mezcla de realidad y fantasía, también es un deseo de recrear y revivir los años más felices de mi vida en medio de la necesidad material y que ahora en mi vida adulta sin necesidades económicas y con comodidades, recuerdo como un bálsamo que me hace posible, que me llena. Además, es también una necesidad de dotar de significado la importancia que tiene la tradición oral propia, no solo la de mi país, sino la de cualquier lugar del mundo. Especialmente siento que la historia y esa riqueza oral que nos conforma se ha ido perdiendo y es algo que, además de preocuparme, me entristece y por lo tanto me ocupa. Pues, con tristeza veo cómo en la actualidad los jóvenes no se reconocen con una identidad autóctona sino extranjera, lo que conduce a que lo propio vaya desapareciendo con ellos y con ellos se
pierda esa memoria colectiva que va dejando de existir. Porque “No es la evocación meramente romántica sino una reminiscencia más cercana al sentido platónico, es decir, una rememoración que intenta explicarnos, una remembranza articulada desde la pregunta por el sentido de nuestra propia vida” (Vásquez, 2007:114). De nuestra propia existencia y su riqueza, por eso a través de estas narraciones que cuentan un pasado mezclado con ficción, me planteé como propósito rescatar y traer a la actualidad esas costumbres, dichos, expresiones y palabras que ahora en desuso, nos hablan de un pasado desconocido pero que nos habita. Además, en Colombia el tema de la memoria cobra un papel preponderante en la medida en que, rescatar ese pasado que nos identifica es hablar y reconstruir un tejido humano que haga posible la reconciliación con las realidades propias que ayudan a reelaborar lo que somos. Además de ser una “búsqueda de nuestro tiempo perdido, como ejercicio arqueológico sobre nuestra memoria” (Vásquez, 2007:114). Quería entonces escribir sobre ese pasado que pesa y se lleva, y aunque no sabía el porqué de este deseo latente de revivir y remover el pasado que permanece frío y paciente en algún lugar, como algo que se vivió y que ya no existe, sí sabía la razón del por qué este sería el tema que iba a contener los relatos: simplemente quería escribir sobre mi padre. En consecuencia, decidí tomar como herramienta y punto de referencia para mi propósito la autoficción, recurso en el que vi la posibilidad de hacer un diálogo entre esos recuerdos que no solo me contienen, sino que me han perturbado a lo largo de una vida acompañada por el recuerdo lejano de una niñez muy pobre y de un padre que, aunque murió hace muchos años, lucha por no desparecer de mi memoria. Es también el medio más cercano a mis sentimientos que encontré para tratar de reivindicarme con él, con ese padre que logré comprender después de muerto y vivir su ausencia. Además, porque vi la posibilidad de hacer un diálogo entre el contenido visto en el máster con lo que la vida tiene para ofrecer, encuentro puntos comunes que lo hacen posible. De igual forma, pretendo plasmar con narraciones cortas un diálogo entre los conceptos y contenidos vistos con experiencias, sentimientos y remembranzas propias. Por esta razón decidí escribir varios tipos de relatos cortos y que se entrelazan pero que, a la vez, son independientes entre sí. Por un lado, está la mujer adulta que soy y por el otro, están los
16 El hombre de los sueños Sentada sobre un tumulto de corotos* y en la parte superior de una volqueta que hacía las veces de camión de trasteo, la pequeña y su padre brincan y se estrujan al vaivén del movimiento, mientras él con manos callosas y de movimientos bruscos trata de contener los signos de fatiga de la pequeña que, rascándose la cabeza, intenta levantarse y mira hacia los lados. El viaje ha sido largo y trabajoso. En varias ocasiones han tenido que bajarse para ayudar a empujar y para pasar tramos que ameritan menos peso. Su madre, con rostro impasible, permanece adelante en la cabina junto al conductor. Este la ojea de vez en vez y en varias ocasiones ha intentado conversarle, pero ante el silencio de esta permanece callado. Así recordaría la tarde cuando llegaron al barrio y este apenas era un puñado de tierra y de casas construidas con boñiga y cal. Nacederos por aquel entonces apenas empezaba a poblarse con personas que, venidas de diferentes partes, colonizaban el terreno baldío y sin dueño aparente. Un barrio que albergaría las tristezas profundas de los grandes y las alegrías profundas de los pequeños. Era un barrio pobre que a lo largo de los años fue ganando fama.
17 Nadie quería ir allí, excepto los políticos en campaña que, con tamal en mano, y uno que otro bulto de cemento, aparecían cada tanto en busca de los anhelados votos. Ahora sentada frente a su mesa de escribir trataba de recordar los que fueran, si no los años más felices de su vida, los que no podía olvidar y que venían a su mente, influenciada por la lectura de El primer hombre. Con cada línea que leía, a su mente se avenían momentos de su infancia en aquel barrio de tardes sofocantes, de vecinas de carcajadas barítonas y de hambres colectivas y con “el alma embargada por una suerte de angustia feliz ante la idea de volver a Argel y la casita pobre de los suburbios” (Camus, 1994: 43). Igual que él, ella soñaba con el regreso y la vuelta a aquel barrio donde se había quedado suspendida una infancia pobre pero feliz. Una infancia que como a aquel escritor le demarcaría un camino, labrando en ella el espíritu de la supervivencia y el conocimiento ante la adversidad. Nunca sería como él, pero como él, ella también había sido una de muchos primeros hombres y muchas primeras mujeres que existían en el mundo, compartiendo la misma historia, historias de pobreza. “Pues la pobreza no [se] elige, pero puede conservarse” (Camus, 1994: 65). Trataba entonces de poner orden en su cabeza y organizar de manera cronológica lo vivido, pero era inútil. Siempre aparecían las mismas imágenes de un tiempo pasado y que ya no viviría más. Quería hacer un escrito para una asignatura del máster que estaba cursando y quería hacerlo bien. Trataba de ser disciplinada creando una narración que contuviera todo lo visto, en la que el pensamiento fuera el protagonista, pero solo se le venían sentimientos que la hacían sudar o ¿tal vez fuera porque su ciudad era una ciudad calurosa, húmeda y a causa de ello, sudaba a raudales? Y ¿los sentimientos? ¿Acaso estos no constituían también pensamiento? La reflexión en su mente se le venía en oleadas de emociones, en tiempo pasado, en vivencias olvidadas y que superadas por el día a día se iban quedando en lo que eran hoy para ella, recuerdos. Pero esos recuerdos y esas realidades se le presentaban en forma de padre, de madre, de hermano, de barrio. Y mientras seguía allí sentada tratando de lucubrar ideas que de alguna forma le aclararan el pensamiento, no podía contener la imagen de un pasado dichoso que vestido de familia se le aparecía y que ella, obediente, iba transcribiendo cual autómata. Primero le llegó intacta la imagen de su padre muerto muchos años atrás. Un hombre tosco, de mirada azul profunda y
18 caminar resuelto, de tez quemada por el sol, de manos fuertes, encallecidas y obligado a causa de la pobreza en la que había nacido a trabajar desde su niñez. Un hombre que no conoció jamás la ternura ni una palabra amorosa, rudo como ningún otro y temido por sus hijos. La madre, una mujer bondadosa, de mirada color castaño e impasible, carácter suave y una nobleza solo contrapuesta a su esposo. Un hermano de mirada color canela y triste, mucho mayor y que enfermo y ausente desapareció un día corriendo y dejándole a ella el recuerdo borroso de otro niño que también habitara la casa, una imagen que fue desapareciendo casi al tiempo que él mismo. Un barrio polvoriento de calles destapadas y con casas medio hechas que luchaban por sostenerse en pie y que parecían un grupo de niños formando una barrera para un tiro libre y que abrazadas las unas a las otras a través de amarras, guaduas, boñiga y esterilla temblaban al vaivén del viento. Un barrio donde las actividades eran colectivas igual que el hambre. Donde las mujeres engordaban cada nueve meses y los hombres se emborrachaban cada fin de semana mientras que los niños descalzos, barrigones y sucios, inventaban sus propios juegos a falta de juguetes. Los niños se las ingeniaban para divertirse siempre. En las tardes después de la escuela todos salían en desbandada a la calle, corriendo, saltando y brincando; todos corrían y gritando intentaban llegar de primero al lugar del encuentro. Una casa a medio construir porque sus habitantes, un día cualquiera, no regresaron más. Cuatro paredes que oscuras y mohosas conformaban el refugio de los pequeños que, con palos, cartones, ramas y toda suerte de trebejos, construían allí chozas. Este era el centro de operaciones de la muchachada y allí se creaban tanto pelotones de artillería como familias conformadas por papá y mamá y que algunos remedaban tan bien, incluso dándose besos que ruborizaban a unos y provocaban la carcajada colorada y burlona de otros. Eran tardes maravillosas, largas y exuberantes. También era allí donde se creaban los “gorros” (juego que consistía en hacer algo arriesgado y que los demás debían seguir; como por ejemplo caminar equilibrándose sobre un muro y llegar al otro lado sin caer al vacío); donde un día Daniel perdería el único diente que no estaba podrido y que jamás volvería a recuperar. Otras veces jugaban al hoyo en tierra donde el ganador se iba repleto de monedas de diez pesos y los otros le perseguían para que les gastara en la tienda de don Alberto, quien al verlos se le hinchaba la cara de felicidad. Eran
19 sus principales clientes. Allí habían aprendido a comer bolis con pan, rollos de panadería y, motivados por un dulce, aprenderían el arte de menguar las vueltas, que siempre llegaban disminuidas a las manos de los padres. Y es que la tienda de don Alberto constituía el lugar más importante del barrio: allí llegaban todos en diferentes momentos y horarios. Las señoras se encontraban en ese lugar en las mañanas y paradas, con la bolsita de la compra, pasaban horas conversando y riendo hasta que apuradas por el tiempo salían corriendo para llegar a las casas y hacer chillar la manteca; allí los caballeros, después de las horas de jornal, se aglomeraban tabaco en boca y sentados alrededor de una mesa donde jugaban a las cartas o al parqués, se despachaban copas de aguardiente igual que peinillazos, y era allí donde los niños después de los juegos, los trabajos o los mandados comían golosinas echados en los andenes y soltando risotadas a la sombra de las tardes calurosas. Sentada frente al escritorio y después de responder llamadas y correos a los estudiantes y hacer aclaraciones a su madre vía telefónica sobre el fin de la cuarentena a causa del “colibire” (así pronunciaba ella la COVID-19) que ya con ochenta años, poco comprendía el porqué de su encierro y de la negativa de poder ir a la iglesia. Después de variadas interrupciones trata de retomar la escritura; en un papel ha diseñado la estructura de su narración, ha dispuesto, como es de suponer un inicio, un conflicto y un desenlace, que empieza a teclear en la pantalla, pero de repente se detiene, su visión se torna borrosa, tiene sueño y lucha contra ello. Para ella, dormir es un desperdicio del tiempo vital “pareciéndole que el tiempo del sueño se le arrebataba a la vida” (Camus, 1994: 44). Dormir es perderse un poco de la vida, es distraerse de lo que implica la vida, es dejar de ver, sentir, manifestar. Dormir es morirse. Y en medio de esta pelea con el sueño se ha quedado dormida; un sueño profundo, sueño de cansancio. Como de costumbre, sueña con Nacederos y su gente. Nacederos, el viejo y olvidado barrio donde ella sufriría todos los matices y aprendizajes que la pobreza bien tiene para ofrecer. En las tardes después de la escuela salía a jugar. Ella, a diferencia de los demás niños, no tenía que hacer los deberes de la escuela. Su madre se despreocupaba de este asunto y, ella, aprovechando esto, se ponía a cocer, barrer, ayudar en la casa y a inventar historias con muñecos que hacía de papel. Su madre siempre se movía por toda la casa con aire
20 despreocupado, mirada perdida y sin reparar mucho en ella; incluso la mandaba a la escuela con medias combinadas, despeinada y en ocasiones sin bañarla. No era raro que en las tardes fuera ella la única en la calle en las horas tempranas. En una de esas tardes solitarias, y en las que esperaba la salida de cualquier camarada de juego, decidió subir las escalas que quedaban al final del barrio y que les estaba prohibido subir porque se salían del barrio. Llegó al puente, descubrió una enorme carretera que cruzó y que le condujo a un lugar insospechado por ella, el zoológico de la ciudad que quedaba justo al cruzar la calle (ninguno lo sabía). Asombrada, lo descubrió, abrió mucho los ojos y, a través de mallas y rastrojos, observó maravillada un mundo lleno de animales; vio un elefante gigante de ojos tiernos, vio garzas y unas aves de patas muy largas y de un color rosado que le maravilló. Casi asfixiándose corrió hasta llegar al barrio para contar a sus amiguitos lo visto, quienes incrédulos abrían mucho la boca mientras la escuchaban. Se decidió una expedición al zoológico y con una herramienta mágica que Daniel tomó prestada de su padre formaron un orificio por el que todos pasaron. Descalzos y mugrientos, desde ese día compartieron con las familias que, bien vestidas y limpias, habían pagado la entrada, pero eran ellos los que se adueñaban de los columpios y formaban tal algarabía que los señores no tenían más remedio que retirar de allí a sus hijos y malhumorados se alejaban con una sarta de improperios de las que solo una palabra quedaría sonando en su cabeza: gamín*. Ella, inmóvil, miraba a esos padres que cargando con ternura a sus hijos se alejaban. Desde ese día, después de hacer las tareas de la escuela, salían en algarabía y cruzando la carretera llegaban hasta la parte trasera del zoológico, donde uno a uno se iban colando por el orificio que los llevaba a un mundo mágico poblado de animales reales. Pero una tarde, corriendo y formando algarabía por la promesa de la nueva felicidad encontrada, tuvieron que devolverse al ver, en vez del orificio que habían hecho y que con esmero tapaban cada vez que salían, a un hombre apostado frente al remiendo de la malla y que les impedía con fusil en mano y cara de señor muy bravo la entrada al mundo de los animales. Tristes y desanimados regresaron al barrio, pero pronto empezaron a jugar y se olvidaron de la desilusión causada por no poder volver a ese lugar que se hallaba al cruzar la carretera. Comprendiendo entonces la negativa de su padre de salir del barrio. Experimentando de golpe la pobreza y por primera vez sintió odio hacia su padre.
21 Ahora se avergonzaba por los sentimientos experimentados en su niñez frente a un padre basto y tosco. Trataba de escudriñar el porqué de ese odio hacia alguien que solo conoció la rudeza de una vida miserable y llena de necesidades. El padre, ese hombre honrado que venía de una familia humilde y que no conoció otra forma de vivir. Era lo que transmitía un hombre que no recibió nunca la ternura que la vida tiene y bien ofrece a otros. “Una existencia que, a fuerza de estar privada de esperanza, había perdido todo resentimiento, una vida ignorante, obstinada, resignada a todos los sufrimientos, tanto los suyos como los ajenos (Camus, 1994: 59). Hoy sentada frente a su escritorio siente vergüenza de su padre que viniendo de “Una familia obrera en la que evidentemente nadie había pensado nunca que hubiera otras vías fuera del trabajo más duro para obtener el dinero necesario para vivir (Camus, 1994: 82). Y que ella sentada en la comodidad de su casa, bien lo hacía ahora; sintió vergüenza de ese padre rudo pero que, con el gesto de brindarle una tira de chorizos y que ella corriendo ofrecía a su madre para que se los fritara, le demostraba un amor que quizás se le imposibilitaba manifestar de otra forma. No encontró palabras sensibles, no encontró suspiros ni sollozos, no encontró brazos que le cargaran, pero a cambio de esto, encontró alimento y el calor de un hogar fruto de una vida llena de esfuerzo y sacrificios. Tal vez esta era la forma como sentimiento y pensamiento se expresaban en su padre; tal vez era eso, que el pensamiento no siempre se manifiesta con palabras, sino que puede leerse en unas manos encallecidas y en unos ojos cansados. En el barrio aprendió el valor del dinero y a desempeñar numerosos oficios. Ella les gariteaba* a las señoras del barrio. Entraba hasta las cocinas de las vecinas y ellas le entregaban los portacomidas, unas veces blancos y de esmalte y otras de aluminio, relucientes y calientes, portas que ella llevaba hasta el sitio donde trabajaban los esposos de las vecinas. El recorrido era largo y los señores apenas la veían aparecer se tocaban las barrigas y se saboreaban. Por esta labor, tanto las señoras como los señores le regalaban una moneda que ella iba introduciendo en una cajita de cartón que hacía las veces de alcancía, pero que era vaciada cada tanto. También cargó ladrillos, tarea que después de ejecutada la dejaba con la cara y las pestañas embadurnadas en un polvo zapote, además de cansada; hacía los mandados a doña Amparo y a doña Libia, y por supuesto a su padre: estos eran los mandados que más temía, porque
22 como siempre, las señoras y su padre querían que el mandado se hiciera en el menor tiempo posible, por lo que se veía obligada a ir y a regresar corriendo. Hasta que un día tuvo la mala suerte de caerse y de ver cómo los huevos se toteaban*, uno no resistió y la yema se desparramó sobre los demás huevos. El miedo a la pela* futura impidió que llorara por las raspaduras y la sangre donde clavó la vista después de pararse. Mirando ensimismada la rodilla que sangraba se sentó en un andén, se sobó las rodillas tratando de imaginar una buena excusa, pero al no hallarla, decidió emprender el camino, mientras observaba que algunos huevos toteados permanecían casi intactos. La pela ese día fue garrafal y así terminaría su empresa de mandados. También cuidaba los niños que las señoras ponían al sol luego de bañarlos y que no tenían tiempo suficiente para atender. Le encargaban el favor, y ella lo hacía encantada mientras les apretaba los cachetes a los pequeños que, berreando, alertaban a las madres. Estas salían corriendo y ofuscadas decidían darle la moneda y ella partía feliz hacia la tienda del barrio pensando en el rollo de guayaba que pronto compraría. En los tiempos ventiscos fabricaba cometas que vendía por cualquier moneda y elevaban en los altos y morros cercanos. Por el mes de octubre disfrazaba a sus amiguitos con retazos de telas, almohadas, túnicas, ropa de su mamá, desarmaba escobas de iraca*, recogía plumas de las gallinas y amontonaba un sinnúmero de zapatos viejos y rotos y botas de su papá; así como pipas, collares, guantes y toda clase de cachivaches. Entonces, todos salían de su casa convertidos en indios, en viejas nalgonas, en vaqueros, en señoras recién casadas y en piratas con las caras embadurnadas de lápiz labial, acuarelas viejas y carbón mojado. Salían en desbandada, muy afanados con bolsas en sus manos y formando algarabía a pedir dulces. En diciembre fabricaba cascabeles con tapas de gaseosas y acudían a las novenas en la caseta comunal y en algunas casas, especialmente en la de doña Orfelina, que con el mayor cuidado transformaba su sala en un mundo diminuto lleno de lagos, fuentes y muñequitos que movían sus ojos. Allí ninguno parpadeaba ni hacía ruido, todos muy serios miraban y reparaban cada patico, cada animalito y muñequito, pero, sobre todo, se asombraban del río que fluía y sonaba (misterio para ellos). Con la boca muy abierta se miraban unos a otros e intercambiaban palabras de asombro mientras ella, embelesada, se perdía imaginando la vida de todos los habitantes de aquel mundo diminuto y mágico. Doña Orfelina lo sabía y después
23 de la novena la dejaba quedarse un rato más. Ese tiempo ella lo aprovechaba para meterse al pesebre y mirar dentro de las cavernas, las casas y demás orificios que ella tan bien construía y tal vez por gratitud, doña Orfelina, siempre le regalaba una moneda, que jamás ella pedía o codiciaba. Solo anhelaba con premura los diciembres para entrar en aquella casa que, además de tener el pesebre jamás visto, era la más hermosa y ella se paseaba a sus anchas, observaba y tocaba todo, miraba cada espacio mientras doña Orfelina la perseguía con unos ojos que a la niña le parecían tristes, “comprendiendo que la compañía de los hombres podía ser un alimento para el corazón” (Camus, 1994: 96). Así, para cada ocasión y celebración del año ella siempre se las ingeniaba para ganarse unas cuantas monedas. Pero lo que más habría de dejarle dinero fue cuando decidió por pura casualidad pasearse por el aeropuerto y, con un trapito rojo que le había regalado una vecina, se paraba frente a los carros de los viajeros y los familiares que tristes despedían a los viajantes mientras ella los observaba y cuando se aproximaban, se apresuraba a sobar los carros y ellos al verla, le regalaban unas cuantas monedas que al final de la tarde se constituían en un capital nunca antes visto, y que duraban en su mano lo que duraba una carrera a la tienda de don Alberto. “Sus relaciones con el dinero” (Camus, 1994: 288) serían siempre las mismas, disfrutar algo en el paladar. Se sentía agotada y quería hacer un alto en su escritura, ya había anochecido. Cansada y motivada a retomar el libro que aguardaba por ser abierto y que persistente la llamaba, dejó la escritura y tomó el libro mientras repasaba la mirada sobre su carátula. Se detuvo en un hombre que sobresalía entre otros que, difuminados, permanecían de pie posando para una fotografía. Suspiraba y le embargaba un torrente de emociones ante el que fuera el primer hombre. Pensaba también en sus propias emociones y situaciones vividas a causa de la pobreza en la que había nacido, porque “la pobreza y la ignorancia volvían la vida más dura, más desolada, como encerrada en sí misma; la miseria es una fortaleza sin puente levadizo (Camus, 1994: 128). Una fortaleza que se aprende día a día, padeciendo necesidad tras necesidad. Pensó en tantas primeras personas que como ella y habiendo pasado trabajos y dificultades, salían igual adelante, con una mezcla de sentimientos que se contraponen, producto quizás de una fortaleza que proporciona una vida llena de trabajos y obstáculos. Resistencia que se
24 convierte en el caparazón más sólido y preciado para muchos. Fortaleza, era justamente esta la palabra que tanto había buscado, tratando de descifrar cómo había sido capaz de salir de aquel barrio para ser lo que era ahora. No mejor persona, de eso no estaba segura, sería aspirar a mucho, pero sí, superar la pobreza y las zancadillas que la vida a cada paso le había puesto empeñada en que no saliera del destino que al parecer ella torpeaba en combatir, ¿en cambiar? Había dejado el barrio, ahora vivía una vida sin necesidades, una vida cómoda, seria y ausente de esa pobreza gracias a la cual agradecía lo que hoy era y de la cual se sentía orgullosa de pertenecer, pues pese a todo, seguía siendo la niña pobre del barrio Nacederos, del barrio que, aunque había salido no había podido superar y que incluso en sus horas de sueño no la abandonaba. Sus sueños siempre se sucedían allí, soñando cada noche con las casas y tugurios de aquel barrio donde había tenido lugar una infancia llena de necesidades, pero también libre y feliz, y como lo leyera en el libro del escritor que tanto había aprendido a amar “no estaba seguro de que esos recuerdos tan ricos que surgían a borbotones en él, fueran realmente fieles al niño que había sido” (Camus, 1994:118). Muchas veces surgían en su pensamiento momentos vividos y dudaba de sus recuerdos, dudaba de si de verdad estos sucesos habían sido reales o si lo que recordaba era tal vez producto de su imaginación, pues: La memoria de los pobres está menos alimentada que la de los ricos, tiene menos puntos de referencia en el espacio, puesto que rara vez dejan el lugar donde viven, y también menos puntos de referencia en tiempo de una vida uniforme y gris. Tienen, claro está, la memoria del corazón (Camus, 1994: 75). Pero los recuerdos que la conformaban estaban ante todo regidos por esa memoria a la que hacía referencia el autor. Una memoria que sin más puntos de referencia que el corazón, la contenían y la arrojaban a la necesidad de escapar de su realidad actual, que le atormentaba constantemente. No entendía cómo era ahora tan lejana de esa niña que en algún momento había sido, no se reconocía. Ahora era una persona presa de miedos, de rabias, de tristezas superficiales muy pensadas y poco reales. Demasiado consciente de una realidad ciertamente cruel que padecía, que soportaba, que obviaba y que permitía y aceptaba tal y como le venía. Ya no era esa niña libre, feliz; ahora el tiempo y su propio pensamiento la atrapaban. Era inevitable; había crecido y estaba envejeciendo. No tanto su cuerpo como su espíritu. Triste
25 dejó el libro, apagó las luces y con cierta nostalgia y abatimiento se fijó en la llegada de la noche y con ella del sueño, la temida, la postergada hora en la que inevitablemente tendría que dormirse. Se entregó a un sueño ligero y con sobresaltos. Soñó con rostros lejanos, con el padre muerto que insistente aparecía y reaparecía en sus sueños y sobresaltada se despertó sudando, temiendo el regreso del hombre de la capa. No le gustaba cuando la tarde se iba apagando y el sol se marchaba extendiendo sus largos brazos que se asomaban a través de las montañas. El sol se despedía agonizante y ella, desde la mitad de la calle y envuelta en una nube de humo y polvo, le miraba, sabía que pronto su madre la llamaría y que era inevitable que empezara la noche con sus sombras, espantos, apariciones y toda suerte de espíritus burlones, maldadosos y enamoradizos. Apenas entraba en la casa después de haber pasado toda la tarde en la calle, su madre echaba trancas a las puertas y empezaban los rituales familiares imposibles de evitar y que ella tanto odiaba. Antes de la comida la madre rezaba el santo rosario y ella, obligada, debía seguir mientras pensaba en la tortilla de la comida o miraba el gato cómo perseguía algún ratón que, envenenado, se atrevía a salir. Cada vez que rendida por el cansancio daba algún cabezazo o que muerta por el hambre se atrevía a bostezar, su mamá le daba un pellizco con retorcijón que le dejaba la piel caliente, colorada y ardiendo, y que ella con lágrimas que amarraba con una dignidad dolorosa, soportaba mirándola fijamente a los ojos. Después de esto la cama, las luces que se apagaban, el silencio, pero sobre todo la oscuridad cómplice de esos espíritus burlones y maldadosos que tanto había aprendido a temer a causa de las múltiples historias que había escuchado sobre espantos que se llevaban a los niños mentirosos y desobedientes como ella. Entonces, apenas se veía sola en su cama, se tapaba hasta la cabeza y sudando permanecía inmóvil a la espera del temido hombre de la capa. En la mañana al despertarse aún le rondaba en la cabeza lo último que había escrito. Había llegado a un punto álgido en su familia: la religión. Su padre había sido ateo, odiaba todo lo relacionado con Dios, para él “la vida, misteriosa y resplandeciente, bastaba para colmarlo enteramente” (Camus, 1994: 144). Era vital, incansable y solo creía en lo que veía y padecía, por lo que, era frecuente escucharlo decir que: “Si Dios existiera la pobreza y el hambre no existirían”. Y como “Cristo no aterrizó en Argelia” (Camus, 1994: 267). Tampoco lo había hecho en Colombia y menos en Nacederos. Por lo que, mientras él viviera, en su casa no se
32 formas de las casitas humildes resistiendo con dignidad los vientos y tormentas que con ferocidad acechaban en los meses de invierno. Podía escuchar también el rumor y furia del viento que hacía correr a las mujeres a destender la ropa, la cual furiosa amenazaba con abandonar las cuerdas, mientras que otras cargaban a sus pequeños, reían y en algarabía gritaban y celebraban el chisme. Cuando, cansada de sostenerse parada en una butaca decidía bajarse, se deslizaba por la pared para después caer al suelo. Sentada miraba hacia adentro de la casucha. Mary daba una ojeada buscando en qué matar el tiempo rebuscando sin éxito algún juguete o muñeca. Descartada esta posibilidad echaba otra mirada y posándola en la pequeña caja mágica, se acercaba en puntillas y asomándose por la parte trasera trataba de buscar los personajes de las telenovelas que en las tardes y a escondidas de su padre veía en compañía de su madre y de una buena tanda de vecinas que acurrucadas en el espacio que hacía las veces de sala y alcoba, reían y celebraban aplaudiendo cada vez que los protagonistas cogiéndose de las manos se juraban amor eterno. Entonces, todas suspiraban mientras Mary embelesada las miraba y reparaba en los atuendos que tanto llamaban su atención. Doña Lidia siempre haciendo mala cara. Era la vecina con la que compartían el patio y la más cercana, de tez lozana y oscura, regordeta; su cabello era de un negro azabache, brillante y siempre lo llevaba corto; sus vestidos siempre llevaban flores y un hermoso delantal que terminaba en forma de boleros y que nunca se quitaba. Doña María era la abuelita de Andrea, mujer aindiada, de cabellos oscuros y crespos que llevaba siempre en forma de trenza, y que, para Mary era la más anciana, pero ni las canas se atrevían a posarse en aquella hermosa y abundante cabellera. Doña Olga era la esposa de don Francisco, el payaso del barrio (así se ganaba la vida) y además el señor que más quería Mary. Doña Carmen era la más distinguida y siempre llevaba vestidos modernos y peinados elegantes, bombachos y estrambóticos pero divertidos, que las demás señoras siempre criticaban, pero que Mary sabía, envidiaban. Ella nunca estaba sucia y para ir a ver la telenovela siempre llevaba su propia butaca y nunca se sentaba en el piso, como tampoco comía las frituras bañadas en manteca y acompañadas con arepa* que las demás señoras convidaban, y tampoco recibía el café colado que la madre de Mary les ofrecía a las señoras y que desprendía un olor de notas dulces. Mary solo podía disfrutar de su aroma porque el café estaba negado a los niños.
33 Pero todas ellas salían corriendo como gallinas culecas apenas don Miguel aparecía dando sus famosas zancadas, con sus ojos azules envueltos en un mar de sangre, fruto del trasnocho (era vigilante nocturno). Mary, sospechando la aparición de su padre, había corrido mucho antes a esconderse bajo la cama desde donde las observaba y reía en silencio, tapándose la boca para no ser descubierta. Despavoridas las mujeres corrían a refugiarse cada una en su casucha. No sin ante echarle una bendición a doña Alicia y desaparecer del panorama. Mientras ella palidecía corriendo a apagar la televisión. Afortunadamente, era una mujer joven y ágil y antes de que su esposo llegara a la salita, la televisión estaba apagada y ella con encantos y una taza de café doblegaba al vigilante nocturno para luego, ronroneantes, dirigirse al lecho. Mary salía de su escondite y asomándose por las rendijas de la televisión buscaba con impaciencia a los protagonistas, quienes, minutos antes habían quedado congelados en la pantalla con un letrero que decía: continuará seguido de tres puntos. Ella no entendía qué pasaba con los enamorados apenas se apagaba la televisión y su pantalla quedaba gris, y mientras esperaban a que llegara el nuevo capítulo de la telenovela perseguía a su madre preguntándole con insistencia por los protagonistas; ella no lograba entender cómo podían quedarse tanto tiempo congelados sin poder moverse dentro de un espacio tan reducido como su pequeña televisión. Entonces, frecuentemente se asomaba y apagando un ojo intentaba mirar a través del costado de la cajita mágica, pero solo lograba ver cables empolvados. El hogar quedaba en penumbra y un halo de vacío llenaba el espacio. La tarde se iba apagando y empezaba el trajín en la pequeña casa. Doña Alicia hacía chillar la manteca y el olor a tajada de plátano dulce despertaba el apetito de la niña que, de nuevo ubicada en la ventana, veía cómo la tarde palidecía y las escasas luces, que a punta de vela se iban encendiendo en las casas vecinas, empezaban a formar sombras, siluetas alargadas y deformadas como fantasmas, que se iban dibujando en las salas y a través de las ventanas aparecían ante sus ojos brillantes de alegría. Después veía pasar a los demás señores que, como su papá, trabajaban en la ciudad y con sus portas refulgentes, caminaban somnolientos metidos en sus ruanas cada uno con su carriel, botas, sombreros, paraguas y su fiel compañero: un radio colgado al hombro que sonaba gangoso al ritmo de sus pasos. Las mujeres quedaban en las casas y apenas sus hombres se
34 iban ellas se sentaban en los andenes a terminar el chisme interrumpido por los esposos afanosos y gruñones; los niños, mocos en cara y descalzos salían a brincar y a jugar en las candeladas que algún vecino provocaba quemando cartones y madera vieja. Desde su ventana Mary distinguía las siluetas agrandadas que se movían al vaivén del fuego y mirando hacia adentro buscaba los ojos de su madre para suplicar una vez más la salida. Pero en la noche la negativa era contundente —Imposible, Mary, pronto llegará el sereno, —le decía—. Mary resignada bajaba la vista sin poder entender quién era ese tal sereno al que tanto le temían su madre y la abuelita Josefa. Pero la madre que era una verdadera santa se apiadaba de la niña y vela en mano la llamaba, la bajaba de la ventana y le señalaba el piso. Las dos se sentaban a la luz de la vela: la madre le contaba historias protagonizadas por un tal Cosiaca, famoso en sus relatos por ser estrafalario, bribón, alcahueta, mujeriego, pero sobre todo malicioso y al que ella imaginaba apuesto. Las dos reían a carcajadas y mientras Mary imaginaba al tal Cosiaca, en medio de los bosques haciendo maldades como tapar sus propias heces con un sombrero viejo y roñoso, sentarse en los caminos y dotado, además, de una ilimitada paciencia, esperar y apenas ver aparecer a un mulero, decirle que debajo del roñoso sombrero había un hermoso pájaro tricolor que había tenido la suerte de atrapar minutos antes, y que si así lo deseaba, podía ser suyo por un tabaco o unos pocos centavos o incluso un aguardiente. El otro, incauto e imaginando la cara de su esposa al verlo aparecer con un pájaro de tal descripción, terminaba accediendo al intercambio y mientras el pobre metía la mano muy despacito para que su hermoso pájaro no huyera, Cosiaca reía a carcajadas y ya lejos, muy lejos, disfrutaba de un trago de aguardiente. Otras veces, le narraba historias que eran ciertas y que le habían ocurrido a ella en los tiempos en que vivían en el campo. Una vez, cuando habían decidido cambiarse de finca y debían pasar por una garrucha* por la que los campesinos cruzan los ríos los días de fiesta, endomingados y vestidos de trajes multicolores con grandes remiendos y gastados pero limpios, van a misa al pueblo o a vender el producto de la cosecha. Otros cruzan el río cuando deciden mudarse de finca atraídos por la promesa de un mejor salario o por culpa de duendes enamorados que molestan a las señoras mientras los hombres salen a jornalear.
35 Tal era su caso y cansado de las quejas de su esposa don Miguel tomó la decisión de marcharse cruzando el río para dejar atrás a aquel duende que con tanta insistencia molestaba a su mujer. La madre contaba a la niña que aquel duende la acechaba y le tiraba terrones a los tobillos mientras ella cocinaba, le escondía la leña que ella minutos antes había apilado para encender el fogón o que desde lejos hacía mecer los árboles soltando estrafalarias y escalofriantes carcajadas que a ella le hacían parar los pelos y estremecer de pánico. En la noche la molestaba oprimiéndole el pecho o se le aparecía en forma de niño, vestido a rayas y con un sombrero de alas anchas, sonrisa burlona y mirada lujuriosa que la hacía perder el juicio. Mary se divertía imaginando al pequeño personaje mientras su madre con cara angustiada continuaba la narración. Los relatos de su madre siempre terminaban de la misma manera y Mary amaba esos finales y los esperaba con impaciencia. Sucedió así: una mañana mientras cruzaban el río por la garrucha, pues iban de trasteo*, y siendo ya el último viaje, solo faltaban por cruzar la madre, la niña y el hombre que operaba la polea. La cual, de un momento a otro, y sin ninguna explicación empezó a hundirse y aproximarse al caudaloso río. El hombre alarmado, porque era la primera vez que esto le ocurría, no lograba controlar el desplome, pero de un momento a otro, su padre que ya estaba al otro lado del río, miró debajo de la garrucha y con ojos enfurecidos y con palabras que ella no logró entender pero que estaba segura, iban destinadas al duende, porque ella sabía que era el duende que, colgando debajo de la polea, no quería que ella se marchara porque según la madre, este estaba enamorado de ella. Entonces muy seguramente trataba de hundirla, y que el duende ignorando de lo que era capaz su esposo, y más aún, estando en riesgo su familia; empecinado seguía colgado de la garrucha, haciéndola balancear mientras ellos desde arriba podían escuchar las risotadas que los llenaron de pánico, incluyendo al hombre que la operaba. Entre tanto que ellos gritaban, berreaban y rezaban, don Miguel con ojos que se encolerizaban más y más, apuntaba con su escopeta hacia la garrucha. Entonces, de un momento a otro, se escuchó un escopetazo y por un momento todo fue silencio y fue tanto el espanto que sintieron, que no se dieron cuenta de que ya estaban en la orilla, y a gritos pedían que los bajaran a tierra. Mientras don Miguel guardaba su escopeta, y con una leve sonrisa los observaba divertido.
36 De nuevo reunidos y felices, y ya en tierra firme, celebraron lo sucedido; al otro lado de la orilla el pequeño personaje imposibilitado de cruzar el río los observaba perderse a través de los arbustos. Y como era de costumbre en los relatos de su madre, el padre aparecía ante los ojos de la niña como lo que era. Terminado el relato, la madre echaba las trancas a las puertas, aseguraba candados, llamaba y entraba a los perros de la calle, se lavaba la cara, cambiaba a la pequeña que ya adormilada y con una sonrisa, producto del relato, por fin dormía en el rincón de la cama y al calor de la madre, el sueño de los inocentes. El día comenzaba muy temprano en la pequeña casa. Cuando el padre llegaba y en el umbral de la puerta gritaba el nombre de la niña, ella salía corriendo y arrebatándole una tira de chorizos los alcanzaba y de vuelta a la cocina los entregaba con premura a la madre, que nuevamente hacía chillar la manteca: asaba las arepas, batía el chocolate y triunfante y con cachetes colorados, salía de la cocina y entre los tres daban feliz término al manjar matutino. El padre después del desayuno se acostaba y la casa volvía al silencio gatuno, madre e hija caminaban a gatas y hablaban en siseos, señas y mímicas; la madre barría, trapeaba, tendía camas y cocinaba mientras la pequeña en la ventana, veía pasar a sus amiguitos que limpios y recién bañados eran llevados a la escuela. Al medio día Mary aún en la ventana veía pasar otra vez a sus camaradas, quienes, regresaban de la escuela cari sucios, con los uniformes más rotos que antes y con los pelos revolcados y enredados. Cada uno a su manera la saludaban: unos le sacaban la lengua, otros le guiñaban el ojo, otros indolentes pasaban muy sonrientes y descarados mostraban las láminas y trompos que se habían ganado en la escuela. Movimientos en el estómago y mamá que llama. Otra vez la manteca chilla en la cocina. Mary baja de la ventana, lugar que ha ocupado desde que le pusieron un apretado trapo en el cabeza empapado en vinagre (olor que detesta). Tiene prohibido salir a la calle y clausuraron con un pesado candado la ventana. No sabe cuánto tiempo ha pasado desde cuando esto ocurrió, lo único cierto es que se ha salvado del examen de las tablas de multiplicar y se las ha ingeniado para no tener que padecer las horrorosas tardes de tareas en casa. Y en cambio ha conseguido, con malicia, introducirse en la casa de la vecina, con la que comparten el patio y que por unas monedas le lava los trastos*. Doña Libia, mujer redonda y de buen comer siempre dejaba a Mary el sobrado del pegado del arroz: —Con buena hambre no hay pan duro, —decía ella mientras le acomodaba la olla entre las piernas— y que ella devoraba
37 sin reparos pese a que su mamá le había prohibido entrar en casa de la vecina mientras estuviese con paperas. —Eran pegajosas. —Le decía mu madre—. Lentamente Mary fue escabulléndose en casa de la vecina, pues cansada de la posición para poder asomarse a través de la ventana había decidido llegar hasta el patio poco a poco para que su madre no se diera cuenta y ganando terreno, había empezado a desplazarse: primero sentada en la sala y a medida que su madre se ocupaba en los quehaceres de la casa, ella iba avanzando lentamente y de un momento a otro y asumiendo cara de aburrimiento, aparecer junto a la cocina, para terminar triunfante y con cara de “yo no fui” en el patio, adonde se le había prohibido salir. Cuando coronaba y podía sentir el aire en su cara, empezaba a silbar y a tirar terrones a la parte del patio de la vecina para que Chana saliera y poder con piruetas, tretas y gestos graciosos sonsacar a la inocente, quien, temerosa en desobedecer a su abuelita y pensativa iba cediendo mientras reía por las caras que Mary le hacía. Chana tenía unos protuberantes cachetes, su cabello era largo y liso, igual que el de su abuela. Llevaba siempre un uniforme de cuadritos verdes y falda de pliegues, de corbatín en el cuello que ella, pese al bochorno nunca se quitaba (cosa que asombraba a Mary); llevaba medias muy pulcras y blancas hasta la rodilla, era rolliza y de buen comer como su abuela. Y también le habían prohibido por esos días acercarse a Mary, pero Chana que gustaba de los juegos que Mary inventaba, apenas llegaba de la escuela se descalzaba las zapatillas, se descargaba el morral, tomaba un poco de *agua panela* y carrera en picada echaba para el patio al encuentro de Mary. Desde lejos empezaban con juegos de palabras y a través de terrones, agua, maticas, palos, cocas* y toda suerte de cachivaches que Mary había reunido, armaban castillos y ciudadelas donde las protagonistas eran las hermosas muñecas de Chana y que ella, motivada por Mary, se apresuraba a sacar. Pasaban así horas interminables bajo un sol que les calentaba las cabezas y chamuscaba los cabellos mientras las señoras agrupadas en casa de doña Alicia suspiraban y reían con las telenovelas. Fue así como tuvo lugar un evento que enemistaría a las dos mujeres en tiempos de las paperas. Una tarde Mary con triquiñuelas había ganado el patio e insistente llamaba a Chana. Pasó un buen rato y al ver que esta no aparecía, entró a la casita y se asomó a la ventana para entretenerse mirando el movimiento, el trajín y la vida que tan animada se veía afuera. Pensaba en Chana y en sus muñecas de ojos que se movían y que al acostarlas dejaban a la
38 vista sus largas pestañas, con vestidos multicolores que ella amaba cambiar de atuendo y peinar a su gusto, mientras Chana se entretenía jugando con los cachivaches que ella le ofrecía. Lo que Mary ignoraba era que ese día Chana no había salido al patio, porque una de sus muñecas no aparecía y doña Lidia, después de darle una buena tunda*, la había castigado. Su abuelita sospechaba de todos los niños que se aglomeraban en su casa en busca de su nieta para que sacara sus juguetes y así beneficiarse todos del esfuerzo que tenía que hacer don Roberto, el abuelito. Don Roberto era un señor entrado en años, de una delgadez que hacía contraste burlón con la redondez de su mujer, porque mientras a la vecina daba gusto verla devorar los guisados, sudados de pollo, calentados de frijoles y sancochos, entre otros manjares que ella misma preparaba, todos olían y ella se chupaba los dedos, don Roberto comía como un santo, es decir: nada. Trabajaba como una mula y solo se le veía los domingos cuando descansaba y se sentaba en el andén a fumar tabaco y a charlar con don Miguel, el papá de Mary. Ambos trabajaban como celadores y tenían mucho en común, pero don Roberto a diferencia de don Miguel, era el guarda en un edificio de gente muy adinerada y de la que a cambio de mandados y favores extras recibía toda suerte de cacharros, entre esos, hermosas muñecas que Chana compartía con los demás niños del barrio. Doña Lidia, mujer agria y de temperamento fuerte, era famosa en el barrio porque la creían hechicera, más por su aspecto que por serlo realmente. (Las demás señoras pensaban que era bruja, pero disfrutaban de las comidas que esta les ofrecía). Esa tarde, cuando se dio cuenta de la desaparición de la costosa muñeca, se puso furiosa y amenazante con ojos enrojecidos, maldijo y dio alaridos. Todas sus vecinas corrieron despavoridas por miedo a una reprimenda y a que cayera sobre ellas algún maleficio: trataban de resguardarse de su vista y de sus improperios. Las más devotas prendieron velas a todos sus santos; otras se resguardaron detrás de las ventanas, pero vigilantes la seguían sacando un ojo tras las cortinas; otras apretaban en el bolsillo de sus delantales la estampilla de San Arcángel “que protege de todo mal y peligro”, mientras que doña Alicia, tranquila, con paso y mirada apacible, cual inocente que desconoce su triste devenir, escuchaba los gritos de su vecina al tiempo que remojaba una planta que había sembrado unos días atrás y que florecía sin reparos en medio de la polvareda.
39 Doña Lidia estaba decidida a dar con el bribón que tan astuto había osado llevarse el juguete. Recordó una de las técnicas que su abuela utilizaba para la predicción de acontecimientos (la ovomancia) que consistía en leer los dibujos que la clara de huevo forma al mezclarse en un vaso con agua. Su abuela lo hacía cada año por el mes de diciembre para ver qué le depararía el año venidero y religiosamente lo leído allí se iba cumpliendo como un calendario. Se dispuso triunfante y decidida a preparar el ritual que después de pasada una noche daría, si no con el bandido, por lo menos con la inicial de su nombre para deducir la identidad del delincuente. Todo inició y ya no hubo reversa para la fatalidad que habría de suceder en el futuro de las dos mujeres inseparables y que, unidas por el patio, habían compartido no solo años de amistad sino de ayuda mutua: era común verlas en el patio sentadas sobre enormes plásticos bajo un sol abrasante de media tarde, cada una sobre la cabeza y los pelos esparcidos de su amada y embadurnando las pequeñas cabezas en petróleo y con peineta en mano, espulgaban a las niñas mientras cuchicheaban sobre los últimos acontecimientos del barrio y las noticias escuchadas por la radio. Reían a carcajadas sin importarles el inclemente sol y las súplicas de las niñas que debajo de las pesadas manos no aguantaban más el olor a petróleo y la piquiña de las liendres y piojos que salían en desbandada y caían, no solo sobre el plástico, sino sobre las faldas de las dos mujeres que los espichaban*. Mary y Chana berreaban, pataleaban y sudaban; padecían el martirio que representaba la espulgada para ellas. Terminada esta labor que ejecutaban una vez por semana, las mujeres se paraban sonrientes y satisfechas por el trabajo realizado. Se iban cada una a su casucha a empezar el trajín de despachar a sus esposos no sin antes advertir a las niñas que debían permanecer quietas y esperar a que salieran los piojos restantes. Después de un rato las pequeñas, cansadas y deshidratas por el sol y la sed, se paraban y mirando los cuerpos tendidos sobre el plástico, observaban la escena completa. Mary imaginaba a los padres y madres, hermanitos y toda la familia de piojos, que sin ninguna consideración de la vecina y su mamá habían tenido la tarea de eliminar. Las dos suspiraban mientras veían a uno que otro que, aún vivo, trataba de huir pero que Chana se apresuraba a espichar suspirando. Mary huía. Pero doña Lidia, amargada por sus pensamientos y creencias, y exagerando las malas intenciones de sus vecinas, se puso manos a la obra y en menos de lo que canta un gallo,
40 dispuso la casa para el ritual que empezaría justo cuando don Roberto saliera para su trabajo. Todos en el barrio estaban enterados del acontecimiento menos, como es de suponer, su marido, que como de costumbre se levantó, se alistó y feliz y silbante salió con su termo, su porta y su fiel compañera: una radio gangosa terciada al hombro mientras se dirigía rumbo a su trabajo saludando a todos los vecinos que salían a su encuentro. Su mujer no sin tristes intenciones, echó un huevo en un vaso con agua y lo deslizó debajo de la cama: —Para mañana —le dijo al vaso mientras se persignaba—. Llegó la noche y con ella el temido sereno, las velas, las sombras, los relatos, los cocuyos, los puntos luminosos en las montañas, la dulzura de la madre, las trancas, los perros en el nido y la sonrisa en el rostro y el sueño apacible y tibio. Noche tranquila y de silencio extraño que hizo estremecer a las demás señoras que, junto a sus hijos, se acostaban mientras pensaban en el enigma que probablemente estaría resuelto al siguiente día. Todas estaban asustadas y temerosas; todas, menos doña Alicia que sabía de la inocencia de Mary, porque seguía desde siempre el principio de “pobres pero honrados”. Así criaban a los suyos y así mismo, habían sido criados ellos. Y con estos pensamientos se durmió tranquila y descansó del trajín diario. Muy a las cinco de la mañana y cuando los gallos apenas empezaban a cantar, doña Alicia prendió el fogón, hizo agua panela, bebió el primer sorbo de café del día y empezó a desatrancar las puertas para convidar al día a entrar en casa. Rezó antes de que su esposo llegara y se dispuso a empezar los quehaceres y a despertar a Mary. Esta debía estar muy despierta y lista para cuando su padre llegara, ya que odiaba la pereza y la tenía como “madre de todos los vicios”. Por eso, en su casa todos madrugaban. Mary se dispuso en la ventana y aún con lagañas y medio dormida vio pasar de nuevo a los señores envejecidos por el trasnocho y con paso lento, pesado, arrastrando los pies y ya con la radio apagada regresaban de sus trabajos nocturnos dispuestos a dormir el día cuando este apenas empezaba para los demás. —¡Qué extraño, el sol sale y ellos se acuestan! —Otro de los tantos misterios que la embargaban—. En la casa de enseguida, y mientras su esposo se acostaba después de tomarse unos cuantos tragos de café y de recibir un beso para que fuera a acostarse y él, obediente se acostaba, a conciliar un sueño rápido y sin sobresaltos, su esposa pensaba en el huevo que estaba debajo
41 de la cama y que seguro ya habría dado la forma que ella, recordando a la abuela, interpretaría al pie de la letra para quitarse por fin de encima la curiosidad que la carcomía desde el inicio de esta idea. Las demás señoras en sus casas hacían lo propio: acostaban a sus esposos, los besaban y los acobijaban para llevarlos al sueño que solo el cansancio logra proveer. Entre tanto, doña Alicia aún compartía un humeante desayuno con su esposo y este le contaba los pormenores de una noche larga y fría. Mary escuchaba con especial atención tratando de entender el porqué de la ausencia del padre en las horas nocturnas, y en su cabeza trataba de organizar todo cuanto don Miguel bien gustaba contar de esas experiencias lejos de casa y en medio del frío. Cuando ya todo estuvo dispuesto y doña Lidia se vio liberada de su esposo, apresurada y con dificultad se acostó en el suelo para deslizarse no sin dificultad hasta alcanzar el vaso, lo tomó con las dos manos y con sumo cuidado se fue incorporando poco a poco hasta quedar sentada en el piso, empezó a mirarlo, a darle vueltas, a pasarlo de una mano a otra con absoluto cuidado para no estropear las formas ya dispuestas. Mirándolo con detenimiento y cerrando un ojo, empezó a ver en él cómo de manera casi perfecta aparecía una indiscutible letra M, lo volvió a mirar, una y otra vez, pero sin creerlo, parpadeó, cerró los ojos, pensó y volvió a observar tratando de encontrar otra forma, pero era imposible no verla, no había duda, era una M y solo había una persona entre los niños cuyo nombre empezaba por M… Mary. Desilusionada, al principio trató de recordar todos los nombres y repasándolos uno a uno obtenía siempre el mismo resultado, que había querido no obtener porque de inmediato se le vinieron a la mente todos los momentos vividos entre las dos familias, y que ahora por este suceso tendría que empezar a odiar, porque era inevitable que creciera en ella una llama de rabia e ira por el agravio sufrido. Sintió primero un ardor en el estómago que luego se materializó en una blasfemia contra doña Alicia que en ese preciso momento envolvía en una hoja de plátano un fiambre* recién hecho para ofrecerle como de costumbre a su vecina. Permanecía sentada en el piso paralizada sin saber qué hacer, cuando escuchó la voz tan conocida de doña Alicia que apurada le llamaba. Primero sintió alegría imaginando el plato de comida que esta iba a ofrecerle. Era habitual que se compartieran comida y cada una disfrutaba lo que la otra cocinaba. Pero poco después volvió a su pensamiento el agravio que creía le habían cometido. Así que con ojos embriagados y llena de una rabia que no podía
48 alrededor, mientras que unas pequeñas gotas de sudor empezaron a enmarcar su rostro, que se tornó pálido, incluso podría decirse, envejeció. Minutos antes, mientras el forastero peleaba contra el viento, abajo en el pequeño barrio cerca al aeropuerto, los niños hacían fiesta con una lluvia intempestiva de papeles que caían en manadas desde el cielo, pero estos no eran más que los papeles que contenía el portafolio negro y lustroso del elegante forastero, que mecido por el viento se había abierto liberando su contenido. Abajo en el barrio, los niños en medio de algarabías, gritos y risas ante la fiesta otorgada por el millar de documentos que caían sobre sus cabezas, empezaron a brincar y a disputarse los papeles, cual piñata infantil. Después del festín y el juego, cada cual se fue para su casa. La pequeña entró en su humilde hogar, llena de toda suerte de papeles, los alisó, los seleccionó y después se durmió. Al poco rato el hombre de traje elegante y cabello engominado, bajaba apurado al pobre barrio. Asombrados los vecinos ante la presencia de aquel forastero, asomaban sus cabezas por las modestas ventanas. Algunos salieron, le saludaron y la noticia de lo que aquel hombre buscaba, se desplazó de oreja a oreja y de casa en casa. Todos los oídos escucharon el murmullo sobre el valor de un único documento que importaba para él, del que dependía incluso su vida, y por el que estaba dispuesto a dar una enorme recompensa. El rumor se propagó como se propagan los malos augurios. Por lo que todos los habitantes del barrio corrían tropezando unos contra otros, en afán por hallar y poseer el papel por el que se prometía recompensa. Mientras esto pasaba, el hombre caminaba y se desplazaba impaciente por la calle destapada, polvorienta y sucia, y con rostro pegajoso y mirada desdeñosa, movía la cabeza de un lado a otro, llevándose las manos unas veces a los bolsillos, otras veces a la cabeza y otras a la nariz, haciendo gesto de asco y sacudiendo su sombrero y pantalón. La romería se fue armando y el corrillo a su alrededor fue creciendo y mientras la muchedumbre lo movía a su compás él extendía sus brazos de forma vigorosa tratando de alejarla, pero solo consiguió que las personas se formaran en fila ante él y fueron pasando, al tiempo que mostraban con manos temblorosas el pedazo de papel que antes se habían disputado entre todos. Cada uno exponía el pedazo obtenido en la batalla por hacerse al preciado documento.
49 Con rostro cadavérico ya, cabello desorganizado, grasiento y pantalones vueltos polvo, negaba con la cabeza al observar los pedazos de papel que le mostraban. Entonces, empezó a palidecer y una furia se empezó a asomar por el resquicio de sus ojos, los vecinos empezaron a retirarse y a correr, pero esta vez cada quien buscaba refugio en su destartalada casa. Mientras aquel hombre empezaba a maldecirlos a todos, uno de los niños recordó a la pequeña que también había participado del festín de papeles. Él caminó dirigido por los niños hacia la casa más humilde del barrio, dio tres tocadas fuertes y contundentes a la puerta que chirrió y se abrió. Apareció ante él una mujer de rostro simple, impasible y sumiso. Él extendió su mano y la niña, recién despertada y con el papel ondeando en sus manos y rostro alegre, lo depositó en la palma de la mano del forastero. A este le volvieron los colores a la cara y hasta rejuveneció, algo parecido a una sonrisa asomó por el extremo de su labio superior; ofreció un billete a la niña, dio media vuelta y con marcha ligera dejó a su paso una polvareda. Así fue como ese día, justo a la misma hora en que la niña compraba helados y bombones para todos sus amiguitos, el hombre cobraba el billete de lotería que tiempo antes había perdido en aquel barrio de calles polvorientas.
50 El fuete de don Miguel Fernando charla muy alegre con sus amigos sentado afuera de su casa. Es una tarde soleada, la brisa y el viento revolotean sus cabellos, acaban de salir del colegio y mientras Fernando ríe a todo pulmón por los chistes de sus amigos, no deja de pensar con preocupación en la llegada de su padre. Corta de un tajo la conversación y el relajo con sus colegas del colegio, se despide y entra en casa. Allí lo recibe su madre, que le saluda y sirve algo de comer. Fernando sorbe la sopa apresurada y ruidosamente, cuando termina corre a cambiarse, después empieza a preparar una carreta llena de mangos, pone en la carreta sal y limones y sale empujándola de manera aparatosa. Afuera un sol picante de dos de la tarde golpea su rostro, él hace un guiño tratando de esquivar los rayos de sol, pero sigue arrastrando la carreta y empieza a perifonear: “Mango biche, mango biche con sal, compren, compren que están bien ricos para este calor, vengan, vengan” y así, avanza calle tras calle tratando de vender sus mangos. Y mientras camina arrastrando la carreta piensa en cuánto odia hacerlo, ve a su paso a sus amigos: unos juegan al hoyo* otros a las bolas y otros al trompo, y él daría todo por estar allí con ellos. Pero su padre le ha comprado esa odiosa carreta y se ve obligado a vender en medio de un sol implacable aquellos malditos mangos. Caída la tarde y ante la poca venta, estaciona la carreta a la sombra de un árbol y se suma al juego del hoyo y las monedas con sus amigos: es su turno, debe encholar monedas en un hoyo que han hecho en el barro, se ilusiona pensando en las monedas que podrá ganarse, ha apostado la única moneda de diez pesos que tenía. Después de divertirse un buen rato y perder lo poco que había hecho con la venta, echa mano a su carreta y emprende su viaje de regreso a casa, pero esta vez no perifonea, va preocupado: “¿Qué diablos le voy a decir a mi papá? Seguro va a preguntar el viejo por los mangos que vendí, ¡pero esta vez no me dejo pegar, pase lo que pase, hoy no me pone la mano encima”. Y agrega: “Ya soy un macho para que me anden pegando como si fuera un nene!”. Y emite una sentencia que le hace frenar en seco: “¡Antes nos matamos!”. Y ante este pensamiento, un escalofrió le recorre de pies a cabeza, pues no es la primera vez que lo piensa; ya le había ocurrido tiempo atrás cuando aún era un niño. Sucedió en una ocasión cuando tuvo que presenciar una tarde cómo su padre le pegaba a su mamá, y desde ese día una especie de rencor empezó a nacer en lo más profundo de su ser, rencor que crecía a medida que él se hacía grande.
51 Invadido por estos pensamientos Fernando se acercaba a su casa presa de temor y coraje al mismo tiempo. De vez en vez se detenía pensativo y cabizbajo. Lo sacaron de estos pensamientos unas viejas vecinas del barrio que le saludaron. Él les devolvió el saludo y las miró, como si fuese la última vez que las fuera a ver. Definitivamente algo pasaba ese día, pues se sentía extraño, hasta que un presentimiento se clavó en su corazón. Agilizó entonces el paso, y casi corriendo y dando tumbos, emprendió el camino de regreso. Desde lejos divisó las luces ya encendidas en su casa, corrió y cuando estaba ya afuera, se sintió indeciso: “¿Entrar o no?”. Tenía rabia y miedo también, pero la puerta se abrió de golpe, y pudo ver la silueta de su padre que se aproximaba mientras se desajustaba el cinturón. Él, sentía un miedo aterrador al fuete* implacable de su padre, pues este acostumbraba a pegarles tanto a él como a su hermanita cada vez que cometían o eran sospechosos de haber cometido fechoría. Su padre tenía un carácter de los mil demonios y siempre estaba de mal humor. Por lo que comprendió lo que le esperaba y alcanzó a imaginarse bajo el látigo de su padre, pero esta vez Fernando no le dio tiempo de alzarlo contra él, y en vez de entrar a la casa y someterse a los golpes de su padre, empezó a correr y a alejarse cada vez más del viejo barrio tan bien conocido y amado por él. Corrió presa de un sentimiento que le hacía avanzar sin sentir cansancio, y lo hizo hasta que el barrio fue solo un recuerdo. De eso hace ya mucho tiempo atrás, y ahora que su padre no está y él regresa al barrio ya con canas y cansado de deambular, es lo que recuerda al volver a ver desde lo lejos el viejo, querido y añorado barrio y busca ansioso y haciendo fuerza con la vista y posando una mano sobre la frente como visera, intentando reconocer la vieja casa donde su corazón palpitante, presiente anunciándole que allí lo esperan una madre y una hermana.
52 El caballero del traje aguamarina Monólogo (En un ambiente navideño, una mujer de mediana edad se encuentra sentada en una banca de madera, es de tez blanca, mejillas sonrosadas, cabello ondulado de color castaño claro, lleva puesto un vestido de flores de múltiples colores que le llega a la rodilla, zapatillas deportivas, habla con un hombre de avanzada edad, cabello completamente blanco y peinado hacia atrás, ojos azules, nariz aguileña, labios finos, delgado, alto, lleva un traje aguamarina, corbata azul, sombrero café de paño, botas negras y un revólver en su cinto del que asoma la cacha de madera color caoba con grabados y que toca constantemente con sus temblorosas manos). HIJA: ¿Y qué sería si no estuvieses muerto? Ya no hay nada que pueda hacerse. Ese día llegué demasiado tarde, lo sé, pero recuerda que fuíste tú quien insistió en que fuera a esa bendita terapia. (La HIJA le recrimina con su dedo y le toca el pecho en repetidas ocasiones. El PADRE se queda impasible sin mirarla). Justo ese día yo no quería ir. ¿Presentimiento? Nunca lo sabré. Lo que sí sé es que cuando llegué tú estabas ahí tirado en el piso, solo y con señales de que habías sufrido, pues la ropa estaba regada por todas partes. Al parecer, en medio de la desesperación, te fuiste quitando la ropa, hasta que al fin, vencido, caíste y cuando llegué era demasiado tarde, demasiado tarde. Las cosas no pasan simplemente, las cosas tienen un por qué y ese día yo no quería ir a la bendita terapia y tú lo sabes bien. Entonces, todo se apagó, pero… ¿Solo para ti? No lo sabría a ciencia cierta. Lo que sí sé es que ya nada fue igual; de un momento a otro, ese hombre rudo, proveedor y protector, ya no estaba y el silencio invadió la casa. Solo se escuchaba en la cabeza el recuerdo de tus pisadas fuertes y enérgicas. La primera noche después del velorio, todo se llenó de un silencio sepulcral, al otro día, el desayuno y la vida continúan: mamá y yo seguimos solas, ya sin el hombre de la casa, nos la tuvimos que arreglar entre las dos y reacomodar nuestras vidas, nuestra cotidianidad. Ahora solo quedan recuerdos, que pasan fugaces arrasándolo todo y dejando un destello de nostalgia. Te repaso en mi memoria, con tus singularidades y tu postura correcta, erguida y aunque era muy pequeña, recuerdo esas manifestaciones de amor tan propias, tan únicas. Por
53 ejemplo: cuando llegabas en las mañanas y en la puerta de la casa gritabas mi nombre para que yo de un brinco atrapara de tu mano una tira de chorizos y saliera corriendo, cual “ratoncito Pérez” directo a la cocina, y tú eras feliz, viéndome feliz o cuando me llamabas con el diminutivo de mi nombre, y yo sabía que en menos de lo que canta un gallo debía estar allí, porque de no hacerlo, me ganaría un buen correazo o la vez en que un carro atropelló a mi perro y tú, como de costumbre, te encontrabas deambulando por la casa semidesnudo solo con tus infinitos calzoncillos amarillos y en botas, y tú sin percatarte de que estabas así, saliste a la calle, luciendo esa enfermiza delgadez con tu cuerpo ajado por los años, el rudo trabajo y tus carnes flácidas y enclenques. Saliste así, semidesnudo y todo el mundo te miró y una oleada de carjadas me hizo alejar de mi estupor para alzar la mirada y comprender qué o quién era lo qué generaba las risas; entonces te vi, parado en mitad de la calle y rodeado por la multitud que te señalaba y reía con caracajadas vulgares y chillonas, pero tú completamente despreocupado de todo aquello y solo dispuesto para mí, permanecías ahí triunfante y ajeno a las risas. Mientras ellos veían una figura de burla, yo veía a mi héroe, porque tú solo estabas allí para consolarme, para proteger a tu hija. Recuerdo entonces que fuimos la comidilla y el hazmerreír de todo el barrio durante mucho tiempo, de ahí que te apodaran con total descaro “el gato con botas”. Sin ningún pudor la gente lo soltaba cada vez que tú o yo pasabamos con la crueldad propia de aquel que está invadido por la ignorancia. Hoy, y ya a mis cuarenta años, te reafirmo como mi único héroe. Parado allí en mitad de la calle con tus infinitos calzoncillos amarillos y tus botas casi hasta las rodillas. Igualmente, cómo olvidar tus baños en talco (no gustabas del agua) y que solo te bañabas el día de paga y cuando de vez en cuando ibas a ver al médico. Entonces, un día intrigada por saber cómo te bañabas me decidí a espiarte y vi que abrías el grifo y solo dejabas caer un pequeño, diminuto hilo de agua, para después parte por parte ir mojando tu cuerpo, delicada y rapidamente; tu baño no duraba enronces más de tres minutos y salías temblando de frío pero resplandeciente, triunfante, como un hombre nuevo y te ponías tu mejor traje, tu traje aguamarina que tanto hacía resaltar tus profundos ojos azules. Pero también en mi memoria tengo latente, el suplicio que yo experimentaba ya en mi adolescencia, cuando por motivos extraños te animabas a ir a alguna de mis reuniones del
54 colegio y yo, propio del comportamiento de una adolescente, es decir, preocupada por el qué dirán los demás, me avergonzaba de ti, pues eras demasiado viejo y yo mentía diciendo que tú eras mi abuelo, pero ahora en la madurez de mi vida, siento tristeza, pena y un doloroso arrepentimiento por tal comportamiento y por muchos otros sentimientos que se generaron en mí a causa de tu figura, de tu fuerte carácter, y mi inmadures y desconocimiento del mundo. (Se apaga el escenario y aparece la HIJA sentada, el PADRE ha desparecido). Pero ahora ya no estas aquí y cada día en tu ausencia duele intensamente; solo añoranzas y deseos quedan hoy que no estás, deseos de corregir el comportamiento en mi adolescencia. Hoy quisiera que estuvieras aquí, pero ya ves, no lo estás y no has podido ver a la mujer en la que me he convertido y quisiera tanto, tanto disfrutar contigo una de nuestras comidas, esas que compartíamos solos, callados, tú sin mirarme y yo haciendo todo lo que tu hacías: si cogías la lechuga y le ponías sal y limón, yo también lo hacía sin importanr que no me gustara la acidez del limón. De igual manera, cuando me llamabas a que te lustrara las botas, yo corría y lo hacía con tal esmero por miedo a una buena tunda, que de seguro me ganaría si no quedaban bien lustrados y relucientes o mirarte mientras limpiabas tu revólver y después te ibas y te bañabas, pues ese día era día de paga y te ponías entonces tu traje aguamarina y salías con la sonrisa que solo dejabas ver al cerrar la puerta. Salías, y si te encontrabas con algún vecino, te quitabas el sombrero, hacías una venia a modo de saludo, te tocabas el cinto donde estaba tu revólver y te ibas con paso enérgico y sin prisa. Eso y mucho más es lo que recuerdo de ti papá, pero ya no estás… (Las luces se van apagando lentamente).
55 El sueño de una joven del barrio obrero (Escena) Acto 1 (Es una cocina humilde, unos cuantos platos y unas pocas ollas relucientes y brillantes reposan colgadas en la pared. La luz apenas ilumina con desgano. Una mujer con ropas desgastadas, sucias y con manchas de grasa cocina algo en la estufa, sentada sobre un baúl de madera a una corta distancia, una chica adolescente apenas se sostiene por el sueño. A lo lejos un gallo canta. Se escuchan pasos resueltos y enérgicos que se aproximan y la joven espabila de un brinco, para pararse al pie de la mujer que cocina. Entra un hombre mayor, con mala cara y enfurecido, mira inquisitoriamente a las dos mujeres). JOSÉ: ¡Las mujeres no sirven para nada, mujeres del demonio! ¡Solo sirven para berrear y si acaso hacer sopa! A ver yo pruebo esa aguasal que dices que es sopa. (ROSA, asustada le da paso y se para resguardando a la joven y en silencio baja la cabeza. MARIEL, más asustada que su madre apenas si mira a JOSÉ.) JOSÉ: Pero si esto es una porquería (y escupe lo que ha probado. Sale refunfuñando y vociferando. MARIEL se acerca a la olla y trata de ayudar a ROSA a preparar la sopa). MARIEL: Mira, es muy fácil, solo tienes que cortar la patata en trozos más pequeños, poner un poco de condimento, tomate, cebolla, ajo y ya está, verás cómo quedará de sabrosa. (ROSA llora, MARIEL la acaricia.) ROSA: ¿Y todavía crees que te dará permiso y ayudará para entrar a la universidad? ¿De dónde crees que vamos a sacar el dinero para eso? Debe de costar una fortuna, un ojo de la cara y escasamente tenemos para sobrevivir. (En susurro como contando un secreto). Además, apenas ayer lo escuché hablando con don Alberto para buscarte una casa donde trabajar como asistente y se la pasa diciendo: “Mariel pronto va a terminar el colegio, entonces nos podrá ayudar con los gastos de la casa trabajando de asistenta, porque esa muchacha es muy buena limpiando y cocinando”.
56 MARIEL: ¿Pero... de empleada doméstica? Mamá, estoy apenas terminando el colegio y lo que más deseo en la vida es ser psicóloga. Los profes me han aconsejado; ellos dicen que teniendo en cuenta lo buena que soy leyendo, analizando y muy despierta, podría ir a la universidad. ROSA: Pero Mariel, hija, hay que hacerle caso a tu papá, son las leyes de Dios. Recuerda: hay que honrar a los padres, no lo olvides nunca. Son los mandamientos y con eso no se juega. Sigue el ejemplo de esta mujer abnegada a su hogar, a su esposo, siempre obedeciendo a su marido y todo por temor a Dios. (MARIEL, desesperada y casi llorando). MARIEL: Pero mamá, pensé que por lo menos tú me ibas a apoyar, que me ibas a ayudar. ROSA: Es que estuve hablando con la vecina y me contó que Liliana su hija está trabajando como doméstica en una casa y me ha mostrado un lindo vestido que le ha comprado su hija, ¡vieras lo lindo que es! Además, hace mucho que no estreno. Me podrías regalar uno bien bonito para ir a misa los domingos, mira que el que tengo ya está muy viejo. (Su cara se ilumina de felicidad imaginándose en su vestido nuevo, mientras MARIEL cae en una especie de mezcla de desconsuelo y rabia). MARIEL: Pero… ¿Cómo es posible que pienses en un vestido nuevo? ¡Cuando a mí nunca me han comprado uno! Y siempre tengo que ponerme la ropa que deja la vecina de mi madrina y ni si quiera me han celebrado un cumpleaños ¡ni un pedazo de torta me han dado! ROSA: Pero si son vestidos hermosos, un poco grandes sí, pero lindos, al fin y al cabo. (En esas entra JOSÉ y ordena servir la comida. La mujer corre a hacerlo. JOSÉ mira a la joven y ella baja la mirada. Se sientan en una pequeña mesa de madera, comen los tres en silencio hasta que don JOSÉ habla). JOSÉ: Don Alberto me ha dicho que hay una familia que necesita una ayudante doméstica y como usted ya está terminando el colegio, le he dicho que la recomiende, que usted es muy laboriosa y obediente. (MARIEL se dirige a JOSÉ con profundo respeto).
57 MARIEL: Pero, papá, no he terminado aún y faltan los exámenes finales para sacar el cartón de bachiller. JOSÉ: ¿Y es que para limpiar y cocinar ahora es necesario tener un cartón? (Mientras que ríe estrepitosamente con la boca llena de comida) (MARIEL mira a su madre a modo de apoyo para que diga algo, la interpela con la mirada, pero la mujer calla y sigue comiendo). MARIEL: Papá, yo quiero terminar el colegio tengo buenas notas y los profes me han dicho… (Pero JOSÉ la hace callar de una bofetada en la cara). JOSÉ: Otra vez con el cuento de los benditos profesores, los profes por aquí, los profes por allá. ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Ni en mi propia mesa descanso de esos arrogantes que lo único que hacen es meterle cucarachas en los oídos a los estudiantes, diciéndoles cosas fantasiosas, cosas que no podemos nosotros los padres cumplirles. Solo mentiras, o si no, diga a ver de dónde diablos sacó usted esa idea de la universidad, porque aquí seguro que no fue. O es que usted cree que yo me reviento el lomo trabajando como una bestia para que la señorita se vaya como una reina a la universidad, o es que, ¿se cree de mejor familia? ¡Diga a ver, conteste pues! (MARIEL llora, se soba la cara y ya no come más. ROSA se levanta de la mesa y empieza a recoger los platos, pero las manos le tiemblan y deja caer uno al suelo. JOSÉ le grita y le da una bofetada también. Seguido de esto JOSÉ se para y con caminar estrepitoso sale dando alaridos y maldiciendo. Deja a las dos mujeres llorando y sobándose la cara. Pero al cabo de unos minutos entra nuevamente. Las mujeres, al verle, brincan espantadas y lo miran paralizadas). JOSÉ: ¡Ah! Y una cosa señorita, sobre mi cadáver usted va a la universidad, métaselo en la cabeza. (Y se aleja nuevamente maldiciendo). MARIEL: Mamá, estoy decidida a estudiar y si me mandan a esa casa, no voy a hacer nada, no voy a comer, no pienso ser una doméstica, no es que sea malo, no, pero yo quiero estudiar. Es por el bien de todos y él lo tiene que entender, y así sea sobre su cadáver lo voy a hacer.
64 Equivocado e indolente en muchas ocasiones, pero movido por su verdad, por la forma como lo criaron y de la única forma que sabía hacerlo. ROSA: ¡Cómo me alegra oírte hablar así de él, sin resentimiento! Eso demuestra que todos los esfuerzos no han sido en vano ¡bendito sea Dios! MARIEL: Estoy segura de que él estaría muy orgulloso de mí y de todo lo que he logrado. ¡Cómo se hubiese enorgullecido al verme allí parada recibiendo mi título de profesional, la primera profesional de la familia! Estoy convencida de que debe estar arrepentido por haberse opuesto a mi deseo de seguir estudiando y ¡cómo rabiará al advertir que tú no estabas equivocada! (MARIEL ríe, pero ROSA le hace un gesto de censura para que no ría). ROSA: Cuidado, niña, que no se te olvide que es difunto. Pero… Mariel, ahora que hablamos de esto ¿tú no querías ser psicóloga, pues? ¿Por qué al final te decidiste por otra profesión? MARIEL: Ay, mamá, esa sería otra historia. Al inscribirme cometieron un error y terminé estudiando otra cosa, así que bueno… confórmate con saber que, al fin y al cabo, fui a la universidad. (MARIEL mira hacia el público, agacha la cabeza, besa en la frente a su madre y las dos se alejan caminando y desaparecen del escenario).
65 La callejera Es muy temprano en la mañana y aunque los gallos aún no cantan ella ya está despierta, ojos muy abiertos en medio de la oscuridad temprana y pensamientos e ideas frescas. Aunque es apenas una adolescente no es capaz de quedarse mucho tiempo en cama. Ha madrugado desde su niñez: su padre, un hombre trabajador, estricto y odioso de la pereza la hacía madrugar a sentarse sobre un baúl (en el cual guardaban el mercado) para acompañar a su madre en la cocina. “La pereza es la escuela del delincuente”, solía decir su padre. Por lo que ella recuerda, esos tiempos en los que apenas podía sostenerse y con sueño seguía en intermitencias las cadencias y movimientos vigorosos de la madre en la cocina. Mientras asaba arepas, batía el chocolate, fritaba morcilla y atendía al esposo recién llegado de una larga noche de trabajo, que solicitaba ser atendido y mimado antes de meterse a la cama. A medida que aclaraba y el día se iba metiendo por las rendijas de las paredes y ventanas y que la sorprendía aún soñando despierta en un futuro tan incierto como ella misma, se iba incorporando de la cama observando y escuchando todo a su alrededor. Muy quieta escuchaba la radio de la vecina que con estrépito repetía las principales noticias. “Cómo amaneció Pereira, le informa primero”. Era el saludo que escuchaba cada mañana. Se levantaba y empezaba el trajín del día. Limpiar y ayudar en los oficios domésticos, era lo primero que debía hacer, especialmente ocuparse de la cocina, donde cantando y moviéndose al ritmo de la música preparaba sudados, pastas y toda suerte de manjares, como bien los llamaba su madre y que se saboreaba mientras ruñía* la olla. Después del almuerzo salía a trabajar, y aunque apenas tenía dieciséis años, había asumido después de la muerte del padre, responsabilidades económicas tan grandes como sus aspiraciones. Hacía un año había empezado la universidad, una carrera nocturna, pues no podía darse el lujo de estudiar en el día. Sus días eran largos y ella trataba de sacarles el mayor provecho posible; después de cumplir con las horas laborales en las diferentes dependencias de la universidad, podía vérsele corriendo por el campus, atareada de libros y con sus pantalones sostenidos por una correa que ella misma había tejido a base de tapas de cerveza y que anchos y grandes no dejaban ver la silueta que tenía, si es que la tenía, y a medida que corría, ver cómo se le movían los crespos que, resabiados y enmarañados, se le aglomeraban en la corona y por los cuales se había ganado el no honroso apodo de peluquín, apodo que odiaba y que
66 al escuchar, la hacía presa de sonrojos y rabias que provocaban aún más las risas burlonas de sus compañeros. Apenas llegaba a la biblioteca conversaba con la bibliotecaria a quien ya se la había echado al bolsillo haciéndole mandados y contándole uno que otro chiste que bien se iba aprendiendo para, en el peor de los casos, contar y así a través de una sonrisa obtener cualquier tipo de favor, en este caso, facilitarle y guardarle libros que iban llegando y que esta devoraba muy concentrada, como por ejemplo Crimen y castigo con el que trató de comprender las pasiones y la conciencia humana, y en cierta forma identificarse un poco con el protagonista. Pese a la lectura envolvente, en ocasiones se adormilaba y daba cabezazos, que la traían de vuelta para comprobar después de inspeccionar a su alrededor, que los demás la miraban con ojos burlescos. Ruborizada empezaba a recoger sus cosas y salía de allí apenada y dando tropezones contra las demás mesas, mientras sentía los miles de ojos que le apuntaban y se clavaban en su espalda. Entonces corría, pero como de costumbre llegaba tarde a la clase. No era lo que se puede decir una estudiante ejemplar, tenía que esforzarse mucho más que sus compañeros para poder crear una producción decente; además, y no era una excusa, siempre las debía hacer a la luz de una vela y al alba mientras los demás dormían. Se había vuelto famosa porque se quedaba dormida en casi todas partes, sin importar el evento: se había dormido el día en que muy animados habían podido por fin asistir a la presentación del Parcero ese cuentero antioqueño que tanto los hacía reír con sus formas verbales; se había dormido una ocasión en que habían podido entrar, ayudados por uno de los compañeros de clase, a la presentación del grupo de teatro Blanco y negro; se había dormido el día en que muy animados le habían celebrado el cumpleaños a su mejor amiga, y también se dormía siempre en las clases que no le gustaban, como las del profesor Bigotes, porque era imposible entender un párrafo de lo que este decía; con solo llegar al salón y verle, se sentaba en la silla más apartada y ceremoniosamente sacaba un libro que ponía sobre el pupitre y que al arrullo de la sinfónica y melodiosa voz del profesor, seguía a intervalos, mientras sus compañeros se reían y le tiraban bolitas de papel que remojaban en saliva y que le caían en la cara o el cuello. Despertándola y dejándole una sensación de asco y rabia, mientras los demás hacían un escándalo en medio de risotadas y el profesor interrumpía su
67 sermón para esperar con tiza en mano a que se atenuara el murmullo que impertinente interrumpía su clase. Pese a esto, y a la fama que había ganado de dormirse en todas partes, esto no le sucedía en la clase de literatura y, antes de las diez, cuando oficialmente terminaba la cátedra y se escuchaba el rumor de bostezos, cuadernos, cremalleras, cartucheras y pupitres que se cerraban, el profesor ajeno al ruido seguía ensimismado en su retahíla y muy lejos de allí, rememoraba a Edgar Allan Poe mientras ella lo imaginaba: aquel escritor la había cautivado, no solo por lo que escribía sino también por su vida misma, se había enamorado de ese autor y de sus cuentos misteriosos, fríos, oscuros, macabros e irónicos y llenos de una fantasía fantasmagórica, donde aparecían gatos negros de ojos tuertos, y habitaciones donde se sucedían crímenes misteriosos y difíciles de resolver. Ella trataba de imitarlo y lo traía a colación en las reuniones de los viernes. Reuniones que se celebraban en compañía de “cherrynol”, el vino preferido por la muchachada, especialmente por su módico precio y su sabor dulce, tipo aperitivo, que le dejaba un guayabo* horrible, pese a que solo tomaba dos o tres tragos. Al otro día juraba no volver a beber jamás, en medio de los alaridos y regaños de la madre que le aumentaban el dolor de cabeza y el malestar. Los viernes después de clases salían muy animosos, riendo y charlando rumbo al centro de la ciudad donde había una cantina llamada “El Pavo”, venida a más, que había ganado cierta fama y en el que se podían ver personas de toda índole: allí se reunían estudiantes universitarios, periodistas, maestros de escuela y universidad, médicos y toda clase de profesionales que se mezclaban con vendedores ambulantes, habitantes de calle y todo aquel que tuviera con qué pagar la cerveza que, por lo demás, era la más barata de la ciudad. Pero de todos ellos, los jubilados eran los principales clientes del lugar, los legendarios y a quienes realmente les pertenecía el sitio: estos llegaban desde muy temprano en la mañana y pasaban allí todo el día acompañando sus recuerdos, deseos y frustraciones con cerveza o una copa de aguardiente amarillo arrullados por boleros, milongas y cumbias que ellos seguían en silencio, con rostro apacible y con la mano en la copa. El lugar era una casa vieja, de paredes construidas en bahareque*, boñiga y cal y donde los olores a berrinche se mezclaban con el olor a chorizo recién cocinado y las papas rellenas que los vendedores ambulantes entraban ofreciendo en grandes ollas metálicas, brillantes y
68 calientes y que al destaparlas despedían un olor que invitaba a comer su contenido, pero que ella se veía en la obligación de resignarse a disfrutar solo de su olor a causa de sus finanzas, entonces se abstraía de la conversación mientras ensimismada seguía el movimiento del hombre con la olla hasta que desaparecía. La vieja casona se encontraba tan destartalada y descuidada, que los baños de los hombres estaban medio hechos y cuando iban a orinar, sus cabezas sobresalían por encima de las puertas de madera, por lo que, a medida que iban orinando observaban y eran observados, particularidad cómica que ella y sus compañeras celebraban con carcajadas mientras que el que orinaba se afanaba por terminar. Como la casona era tan vieja estaba invadida de cucarachas que tocaba matar a medida que aparecían por algún resquicio de una pared para posarse sobre los brazos de algún cliente que al sentirlas pegaba un grito y después miraba y seguía como si nada hubiese pasado. Algunos brincaban en medio de gritos. Pese a todo era un sitio muy concurrido y pasada cierta hora, era difícil encontrar mesa libre, por lo que ellos al llegar pasadas las diez de la noche, se apostaban afuera como muchos otros, esperando a que Herney, el mesero que siempre tenía una sonrisa amplia para ellos, les buscara un rincón y los sentara sobre las canastas de cervezas, donde además se iban metiendo los envases vacíos, a medida que los ánimos se caldeaban y los humores y rostros se empezaban a poner colorados mezcla de calor, efervescencia y alegría. Todo era algarabía, gritos, pero sobre todo felicidad. Allí se olvidaba de las responsabilidades, se olvidaba del barrio y sus casuchas, de las viejas chismosas, de los otros chicos que la molestaban al pasar, se olvidaba de la tristeza por el padre fallecido, se olvidaba del hermano ausente y también se olvidaba de su madre y de sus sueños no realizados que tanto la atormentaban. “El Pavo” había llegado a su vida igual que el mundo universitario que habría de cambiarla por completo. Fue allí donde sus ojos se abrieron y nuevas posibilidades aparecieron ante ella; la universidad se convirtió en ese universo desconocido que le brindaba todo cuanto necesitaba y había querido sin saberlo y sin buscarlo. Allí encontró además de todo un trabajo ayudada por una trabajadora social que, amorosa y maternal, pudo ver más allá de su atuendo para descubrir un espíritu romántico, nostálgico y liberador que se escondía en un caparazón de chica rebelde, descachalandrada* y de lenguaje y maneras toscas.
69 También en la universidad descubrió que la noche era más que irse a la cama para dormir el cansancio y el hastío, descubrió que en las noches se podían ver estrellas fugaces, constelaciones que hablaban del mundo pasado y por qué no, del venidero, y descubrió que en las noches frías y en compañía de un canelazo (bebida caliente, hecha especialmente en fogón de leña, a base de agua de panela con aguardiente) podía uno entender que la vida era algo más que las tristezas de la existencia y las superficialidades, que todo podía ser, no solo más simple, sino también más asequible. Entonces se sentaban todos en el suelo y con pies cruzados y en medio de la hoguera, recitaban poemas, se cantaban canciones a ritmo de notas de guitarras que un chico de anteojos gruesos y barbas largas tocaba con rostro apacible, inspirado por canciones que hablaban de mundos mejores, sin prejuicios y más libres. Eran canciones que la llenaban de vida, de valor y de ganas de luchar por mundos mejores. Y es que en la universidad todo era tan diferente del mundo de la barriada que hasta ahora había conocido, era tan diferente a sus reuniones en el barrio con sus amigos y donde sus vecinos escuchaban a todo volumen canciones que retumbaban no solo en los oídos sino también en las pequeñas casas, haciendo que las paredes vibraran y los pocillos como poseídos se fueran desplazando encima de las mesas hasta caer y toteados seguir bailando en el piso ante los ojos asombrados tanto de niños como de amas de casa. Eran canciones con letras que hacían referencia al noviazgo, la ruptura, al olvido, al engaño y la posterior venganza. Por lo que se creyó en un mundo nuevo, donde hasta la música era diferente, pues las canciones la llevaban de la mano a universos desconocidos que la fueron invadiendo. Las letras de esta nueva música reproducían esa rabia e inconformismo que la habitaban desde muy temprana edad por cuenta de la pobreza material y del desprecio del que era víctima por esta causa. Entonces fue inevitable el cambio y sus pensamientos tomaron vuelo, tomaron formas y rumbos distintos y ya no fue más la misma. Su aspecto físico cedió paso para, a través de su indumentaria, gritarle al mundo que no estaba de acuerdo, que ella, la chica del barrio no quería ser una más. Y se rapó la cabeza, y no se quitó más las botas que usaría y que llevaría siempre puestas, y se terció una mochila de cabuya y así, se la veía de arriba para abajo y de abajo para arriba; toda desorden, toda calva y toda rebelión, la sin futuro como le decían las vecinas a su madre.
70 Y aunque era una adolescente rebelde, era una joven que así quisiera, no podía olvidarse de las responsabilidades que tenía en casa, pues a pesar de todo lo que iba aprendiendo, no la desamparaban y siempre estaban presentes el hambre y la necesidad. Y por más poesía que la contuviera y la extasiara, terminaba volviendo al inevitable mundo real. Apenas llegaba al barrio veía las caras de las señoras, de las vecinas, que apenas la veían aparecer, corrían apuradas a las ventanas motivadas y felices por la promesa del chisme y de los cuchicheos sin escrúpulos. La señalaban mientras ella aceleraba el paso tratando de dejarlas atrás. Las saludaba, pero con desprecio y rabia contenida. Esto no lo había aprendido en la universidad: las buenas maneras y el saludar. Su madre, sin estudio, pero de una prudencia que exacerbaba le decía siempre: “El saludar no quita nada y en cambio brinda mucho, no lo olvides nunca”. Las odiaba porque sabía lo que se decía de ella: “Es una viciosa, una sin futuro, pobre doña Alicia, la va a llenar de muchachitos”. Ella humildemente siempre las saludaba y cada vez que necesitaban redactar una carta o hacer una llamada, acudían a ella, pues era la única del barrio que había entrado a la universidad. Ella amablemente les hacía el favor. Nuevamente la mañana y aunque los gallos aún no cantan ella ya está despierta, ojos muy abiertos en medio de la oscuridad temprana y pensamientos e ideas frescas. Era la misma mañana que se proseguía y le iba deparando nuevos días, nuevas tareas y nuevos propósitos, y ella empezaba su trajín diario, ahora no era tan inocente y mientras miraba los rayos de sol que atravesaban inclementes las hendijas para posarse en su cara, ella se desperezaba y abriendo un ojo con guiño de desagrado, dolor de cabeza y boca seca, se llevaba las manos a la cabeza; se levantaba y se dirigía derechito a la cocina donde sabía que encontraría a la madre apurada asando arepas y batiendo el chocolate que compartían en la pequeña mesa y donde cada una se contaba lo sucedido en el día anterior. Y así se llegaba la hora de la salida y el inicio de un largo día que terminaría en el salón de clases. La hija se despedía de la madre y esta, parada en el umbral de la puerta, la persignaba dibujando en el aire una cruz con sus manos y terminaba dándole un beso primero en la punta de los dedos y después lo lanzaba al cielo con cara solemne. Le decía: “Por lo que más quieras hija, no te vengas a pie”. Pero la joven ensimismada ya en sus pensamientos hacía mucho que no la escuchaba. En la noche cuando llegaba a la universidad y sus compañeros la saludaban, advertían su cansancio. Ella entonces les relataba todo cuanto había hecho durante el día y ellos la
71 consolaban e invitaban a un café; se sentaban y en medio de charlas y risas, ella se perdía y entregaba nuevamente al mundo universitario. La clase de literatura, como de costumbre, fue ensoñadora y ella como siempre estuvo muy atenta y participativa. El tema o más bien el escritor del cual el profesor hacía mención le traía gratos recuerdos Cien años de soledad, una lectura que hiciera a punta de vela y que la maravilló. Lo narrado allí la embebía y la llevaba a tiempos remotos, porque imaginaba el mundo que se describía; quería parecerse a este escritor, si algún día se decidiera por la narrativa. Claro está que aún no sabía qué rumbo tomar ante todas las posibilidades que creía tener. La clase estaba llegando a su fin y todos miraban el gran reloj colgado encima del pizarrón y que muy preciso les relacionaba y hablaba sobre el tiempo que pasaba muy lento y pesado para algunos y que les hacía intercambiar miradas, apuros y burlas. Era viernes y tanto en la universidad como en el salón se respiraba un ambiente diferente y festivo. Generalmente, al terminar la jornada, ya estaban programados para ir a “El Pavo”. Salían en desbandada, felices, como recién liberados de un largo encierro y caminando muy aprisa, empezaban a hacer la colecta y cada uno contaba sus monedas, sus únicas posesiones y ella hacía sus propios cálculos y aunque tenía que sumar, pero sobre todo restar, eran sus momentos más felices y la noche y el día y todo, cobraban validez. Cuando el dueño de “El Pavo” un señor de bigotes entrecanos y que durante toda la noche permanecía con un tabaco en los labios hacía el ademán informando a sus trabajadores que había llegado la hora de cerrar, Herney muy animado y enérgico y casi que feliz, se disponía a hacer las cuentas y valiéndose de sus dedos y mirando para el techo sumaba, restaba, era todo un mago. En tiempo récord les daba el valor total del consumo, que casi siempre superaba las cuentas que ellos muy alegres habían hecho con anterioridad. Además de hacer las cuentas y cobrar, Herney tenía que pelearse con algún que otro borracho obstinado que se negaba a pagar la cuenta. Entonces, este ya no tan risueño, lo sacaba a escobazos con una sentencia que les paraba los pelos y llenaba de pavor a cualquiera: “Y aquí no vuelve a entrar”. Luego de esto, ellos muy asustados y con manos temblorosas empezaban a esculcar entre sus bolsillos, sacaban monedas que iban colocando sobre la mesa hasta formar un montoncito que consideraban aceptable. Entonces el más matemático de todos empezaba muy ansioso a
72 sumar, pero era insuficiente para pagar la cuenta. Empezaban nuevamente a escarbar sus bolsillos. Así iban apareciendo uno que otro billete, ante los ojos incrédulos de los demás, billetes arrugados y medio húmedos que empezaban a desarrugarse mientras los demás los miraban como un tótem sagrado y aunque eran billetes de baja denominación, la suma por fin encajaba y felices y triunfantes llamaban a Herney para cancelarle y así tener la certeza de no ser vetados y salir con la esperanza de volver el siguiente viernes. Se le había hecho muy tarde y el bus a casa ya no pasaba más, por lo que sabía muy bien el camino que le esperaba; no tenía más opción que irse caminando. Era muy tarde y esto le generaba zozobra y cierto temor. Preguntó la hora y era justo el momento en que, según las señoras del barrio y su mamá, salen y se presentan los espíritus de los difuntos. Asustada por este pensamiento, tomó aliento, se abrochó el saco y poco dispuesta, pero con necesidad de llegar a casa, se dispuso a emprender el camino largo, fatigoso y sospechoso de infortunios para una joven, casi niña. La primera parte del trayecto la hizo acompañada de una señora que, recién levantada, arrastraba un carrito lleno de termos; servía un humeante café a vigilantes y prostitutas, que salían corriendo en calzones, y montadas en aparatosos tacones llenos de perlas y brillantes, formaban una algarabía que contrastaba con el silencio del día que apenas se desperezaba. La llenaban de besos estruendosos, le revoloteaban los pelos y le hacían cosquillas. Ella reía como una niña. Le contaban las cochinadas que según ellas habían tenido que aguantar, mientras le decían: “Gracias a Dios llegó madrecita, porque con este filo* estábamos que nos moríamos”. Entretenida en ver el espectáculo que estas mujeres ofrecían, y percatándose de lo tarde que se le hacía, se despidió de la señora de los tintos, le deseó buena suerte y la dejó atrás sonriendo, escuchando todavía el murmullo y los gritos alegres de las mujeres. La señora, a su vez, y a sus espaldas, le dibujaba una cruz terminando con un beso al cielo y mirando hasta que la niña se perdía y ya lejos se dibujaba como una aparición. Siguió su camino y con paso apacible, relajado y hasta suspirando de alivio en las partes iluminadas, se encontraba con celadores que, en medio de la madrugada titiritaban de frío y escuchaban una radio gangosa que repetía: “Cómo amaneció Pereira, le informa primero”. Los señores, algunos demasiado ancianos, la hacían estremecer de nostalgia y pesar, porque pensaba en su padre que también había tenido que pasar noches a la intemperie y el frío. Al
73 verla la acompañaban y le insistían en los peligros que acechaban y aunque ella lo sabía, trataba de obviarlos para disminuir así la pena que le embargaba el tener que hacer tan largo trayecto a pie, pues no lo recorría por gusto. Triste y desconfiada hacía un rato ya que se había despedido de uno de los celadores que muy amablemente la había acompañado en un trayecto. Todo era silencio y de cuando en cuando pasaba uno que otro carro que despedía a través de sus ventanas, ruidos de fiesta interrumpiendo el silencio de la noche y la llenaban de miedo y mientras más caminaba y avanzaba su corazón se iba acelerando, podía sentir las palpitaciones en su pecho, parecía como si presintiera algo y no quería sentir esto. Se sabía próxima a un tramo del camino que rodeado de matorrales le generaban desconfianza y que pasaba corriendo presa de un terror incomprensible e indescriptible. Azarosa empezó a cruzarlo, primero aguzó la mirada y palmo a palmo lo inspeccionó todo, se quedó quieta un rato y volvió a mirar a lado y lado, pero solo reinaba la soledad, una soledad que le rememoraba historias de difuntos. No había viento por lo que ni las hojas se movían, no escuchó ni un murmullo. Entonces, siguió temerosa, empezó a cruzarlo; primero caminó con valentía agudizando el oído, pero después y creyendo escuchar un ruido empezó a correr como poseída. Entonces fue ahí cuando escuchó unos pasos que como ella también corrían, eran unos pasos fuertes, vigorosos, decididos y a ella le parecieron de hombre, no estaba segura, no se atrevía a mirar hacia atrás, solo pensaba en correr. Iba poseída de un pavor que no la dejaba sentir cansancio y mientras corría pensaba en su madre, en su padre muerto, en el barrio, en su casa, en su cama que ya cerca la esperaba. Estaba embelesada en estos pensamientos cuando una silueta la hizo frenar en seco. Era un hombre que le salió al paso a través del matorral. A ella le pareció gigante. Estiró su mano en forma de pare, mano que se encontró con su pecho y provocó su caída. Desde el piso miró hacia atrás pero no vio a nadie, estupefacta y extrañada pues estaba segura de que alguien la perseguía, alguien diferente al hombre que tenía enfrente y que desde el suelo pudo observar mejor. Lo detalló, era un hombre alto, de nariz aguileña, llevaba puesta una chaqueta y un pantalón que no combinaban, muy a la antigua para un hombre que parecía joven, llevaba un sombrero de paño y botas negras y le alcanzó a ver un revolver en su cinto. Ella trató de gritar, pero el hombre sacó algo que brilló a la luz de la
80 Una noche en la residencia Esa noche llegué tarde al trabajo, pues ya el reloj había dado las doce campanadas cuando por fin llegué y apurada empecé a hacer los preparativos para el cambio de turno. Me había ausentado desde el entierro de mi madre, aproximadamente una semana. ―Mejor te quedas en casa. ―Había dicho mi jefe apenas terminó el funeral―. Revisé habitación por habitación. “Por favor, Yolanda, si necesitas algo, llámame”. Después de que mi compañero se había marchado me tiré en el sofá aliviada por fin de verme sola y mordisqueando un bizcocho viejo con un café prendí mi celular y me dispuse a jugar, pero al cabo de unos minutos el timbre empezó a sonar: me dirijo a la puerta y mientras lo hago, constato de tener mi puñal bien ajustado. Miro por el ojo de pez “una pareja que se tambalea al otro lado de la puerta”. La puerta se demora en abrir, los inspecciono. “¿Saben cuánto es el tiempo? No responden y el hombre me mira de pies a cabeza y me lanza un beso. Les enseño la habitación y les entrego la llave, ellos entran y desaparecen. El silencio invade nuevamente el espacio que es rancio y que huele a mugre y a desgano. “Una residencia de mala muerte”, se escucha desde el pasillo. “Poca iluminación y ratones que cuchichean en la oscuridad”. Apago las luces, me duermo por intervalos. El timbre suena nuevamente y mientras me dirijo a la puerta tanteo con mi mano de tener mi puñal en la cintura. Miro por el ojo de pez “dos hombres se besan y se meten mutuamente las manos en sus pantalones”. Los dirijo a su habitación y desaparecen apresurados en la oscuridad. Reanudo mi juego, el sueño llega a intervalos. Me he quedado dormida pero un sonido seco, fuerte, irrumpe en la penumbra, saco la cabeza por el mostrador, miro a lado y lado. Nada. Un silencio, una oscuridad. Me despreocupo, vuelvo a quedarme dormida, pero esta vez el sonido es más fuerte. Me paro y empiezo a recorrer el pasillo con paso suave tratando de hacer el menor ruido posible, mientras camino, me cercioro del puñal. Se escucha el rumor de un ajetreo, una cama que chirrea, un sofoco, un agite. “Vente ya”. Paso frente a otra de las habitaciones ocupadas, pero no escucho nada, acerco la oreja y la recuesto sobre la puerta, pero nada. Entonces, me devuelvo al mostrador, pero a medio camino se escucha un sonido, seco, fuerte, una puerta, miro hacia abajo, el sonido viene del cuarto de ropas. Bajo las escaleras tratando de hacer el menor ruido posible y casi
81 deslizándome escalón por escalón, busco con movimientos bruscos mi puñal, lo saco, lo empuño, lo aprieto fuertemente y decidida avanzo y me interno en el pasillo. La puerta está entreabierta, la luz apagada, mi mano empieza a temblar, el puñal cae de mi mano, me agacho y lo recojo, lo empuño nuevamente, el temblor de la mano no desaparece, con la otra mano busco el interruptor, pero no lo encuentro, salgo y con un movimiento rápido cierro la puerta. Espero un momento. Nada. Silencio. Abro nuevamente la puerta, esta vez atino al interruptor y la luz aparece, inspecciono todo con un vistazo, no veo nada desde la puerta por lo que debo avanzar uno, dos pasos, pero un sonido me detiene e identifico el lugar del que proviene. Detrás de los canastos, uno de ellos se mueve mientras que el otro cae y las sábanas se esparcen por el suelo, mientras una sábana que se encuentra colgada, empieza a ondularse como mecida por el viento. Mis rodillas y mi mano tiemblan por lo que el puñal cae nuevamente, el estruendo que genera me hace brincar, lo recojo y con las dos manos lo sostengo mientras sigo avanzando. Pero de repente una silueta corre, es una mujer, puedo ver incluso los pliegues de su vestido y sus zapatos. Entonces, con voz temblorosa pregunto: “¿Quién es usted?”. Silencio. Le miento. “He llamado a la Policía, no deben demorar, es mejor que salga y se entregue. Una mano desliza una de las sábanas que permanecen extendidas y su rostro aparece ante mí, me desmayo. El policía pregunta: —¿Cómo era la mujer? ―Era mi madre.
82 Azar o destino Era viernes en la noche. Aún era temprano y ella muy joven. Era la típica chica que a su edad en un fin de semana no suele estar en casa. No creía en el amor, no quería casarse ni tener hijos. “¿Casada?”. “Ni loca que estuviera”, poco convencional, práctica y rumbera hasta el amanecer. Aun así, tenía la cara embadurnada en cremas. Herencia familiar. “Ponte las cremas hija, no sea que te salgan las patas de gallina”. Su madre que revoloteaba aún en la noche por todas partes sacando las matas al patio trasero de la casa, “les tiene que dar el sereno”, también tenía la cara embadurnada en cremas maravillosas, como solía llamarlas ella. Llevaba pijama en short y una pequeña blusa que le quedaba ajustada. Estaba sentada frente al televisor mientras picaba algo, con sus ojos pícaros y vivos miraba hacia el techo mientras pensaba en lo largo y aburrido que sería su fin de semana con puente incluido. “Genial, seguro ahora todos andan de fiesta y yo, como una tonta, aquí frente a la tele”. Pues el chico con el que por esos tiempos estaba charlando, se había ido a pasar el fin de semana con su familia sin invitarla. Se habían peleado, las cosas no marchaban muy bien entre los dos, eran muy diferentes y ella ni siquiera le quería. “Demasiado zonzo para mi estilo, somos polos opuestos”. De cuando en cuando miraba el teléfono, aún tenía la esperanza de que alguna amiga le llamara a última hora para invitarla de fiesta. Pero justo cuando se disponía resignada a irse a la cama y cuando ya había perdido todas sus esperanzas, el teléfono sonó, se abalanzó sobre él cual deseo a estrella fugaz, contestó haciendo aplomo a su emoción: “Vente a jugar bolos, te recogemos en media hora”. Estuvo lista incluso en quince minutos. Era divertido verla corriendo de un lado a otro perseguida por su pequeña perrita Muñeca, lavándose la cara e incluso olvidando darse unos retoques de maquillaje como solía hacerlo siempre: generalmente estaba radiante, siempre maquillada, se preocupaba especialmente de que su rostro no brillara y de tener siempre los labios rojos como una cereza. Simplemente se miró al espejo y se dijo: “Muñeca, nos vamos de fiesta”. El coche aparcó y ella de un brinco estuvo sentada en el asiento trasero, saludó entusiasmada sin percatarse del joven de ojos profundos que con ademán caballeroso inclinó su cabeza.
83 Años más tarde habría de recordar y tratar de traerlo a su memoria concienzudamente, ya sabrán porqué. “Hola, mucho gusto”. Un hombre joven, trigueño, ojos negros, tristes, ensoñadores. Llevaba anteojos. “Es joven y lleva anteojos”. ¡Qué curioso, pensé que era para los viejos solamente! La noche se sucedió, se dieron tiempo de conocerse y ese que se presumía sería un largo y aburrido fin de semana, se convertiría en el fin de semana que ella jamás olvidaría. Ella, la que no creía en el amor ni en relaciones serias se enamoró, se dejó llevar y se entregó, cual río se entrega al mar. Pero aquel hombre apuesto, caballeroso, de ojos tristes y ensoñadores, desapareció como desaparece el día al caer la noche. Le dejó el corazón roto, y algo más. Ella intentó llamarle, buscarle, pero parecía que se lo había tragado la tierra. Los días fueron pasando, ella seguía alimentando la pequeña esperanza de que una de las tantas veces que el teléfono sonaba diariamente fuera su voz, pero esto no pasó. Conoció a otro chico, pero no encontró sus ojos tristes y ensoñadores y tampoco este tenía anteojos. “Vaya manía la mía, hombres de anteojos”. Pronto se desanimó. Los días, los meses y los años transcurrieron. Su mirada oscureció, su aspecto físico también y pasó del color rosa y azul celeste, al negro y gris. Incluso no se preocupa por arreglarse. “No, mamá, no me importan las patas de gallina”. Pero por casualidades de la vida o podrían llamarle ustedes también azar o destino, algo sucedió. Muñeca, su pequeña perrita, había muerto a causa de una cirugía. Ella, que no resistía la tristeza de verse sin el pequeño animalito más la ausencia del joven de ojos ensoñadores, lloraba día y noche. Su familia se empezó a preocupar, pues a su cambio externo, ya notorio, se le sumaba ahora una nueva tristeza. Y empezó a no querer comer, a no querer salir, incluso no quería ver a sus amigas. Su madre estaba al borde de la locura y no entendía cómo su hija podía encontrarse en tal estado simplemente por un perro. “Ariana, no sé qué hacer con Marilyn, tú que eres su amiga debes ayudarme”. Su amiga, preocupada, decidió utilizar todos los recursos a su alcance y se dio a la tarea de ubicar al joven trigueño, de ojos tristes y ensoñadores, pues ella sabía perfectamente que más que la pérdida de su pequeña perrita, el estado en que se encontraba su amiga se debía a la desaparición de este joven de ojos ensoñadores, como le decía ella. “Mi familia me llevó a otro país, perdí la libreta donde había anotado su número telefónico, traté de localizarla, pero fue imposible. Ella simplemente desapareció”. Y fue así como el
84 joven trigueño, de ojos tristes y ensoñadores llegó nuevamente a la vida de la joven de ojos picaros y vivos. La relación se reanudó y el gusto de antaño seguía intacto, aunque esta vez la relación se diera por vía telefónica y a pesar de que los separaba la inmensidad del océano. El amor fue naciendo y creciendo con palabras de amor, suspiros, sueños y promesas de un mañana juntos, como lo hacen todos los enamorados. Hasta que habría de escuchar la palabra tan temida, pero por los milagros que ejerce la magia de los encuentros humanos, el lazo entre los dos jóvenes se había hecho profundo e insospechado. A través del teléfono habría de escuchar: —Tendríamos que hacer algo que tú no quieres y que empieza por M y termina en O. —Bien, hagámoslo, si esa es la única manera en que yo cruce el océano. De esto hace ya muchos años y al día de hoy son marido y mujer. Y como pueden ver, el destino le llevó a su casa, qué digo a su casa, a la puerta de su casa el hombre que habría de ser su compañero de camino. Y si no creen en el destino, piensen y crean que esta fue una historia real.
85 La ventana del vecino Ana y yo vivíamos en Nueva York, éramos una pareja joven que trabajaba y estudiaba al mismo tiempo. Todos los días en las mañanas nos levantábamos muy apurados, ella para la escuela y yo para el trabajo. Vivíamos en un apartamento pequeño de construcción antigua que, a pesar de tener seis niveles no tenía elevador, por lo que nos veíamos obligados a bajar y subir constantemente las escaleras. Sunnyside, el barrio en el que vivíamos era uno de los mejores de la zona hispana desde el cual podía verse de fondo el famoso Empire State y escuchar y usar como medio de transporte, ya que pasaba a tan solo un bloque, el famoso tren siete que atraviesa toda la franja hispana de Queens. La zona era linda y tranquila, tanto que a pesar de llevar viviendo cinco años allí, no conocíamos a ninguno de nuestros vecinos. Tal era la vida en la ciudad que nunca duerme. Recién llegados, escuchamos múltiples historias sobre lo que generaba la vida agitada y solitaria en esa famosa ciudad. Nos contaron que era frecuente ver gente hablando sola o que cantaba a todo pulmón mientras esperaba el tren. Incluso en una ocasión fuimos testigos de cómo un hombre sentado en una mesa de una terraza sacaba de su bolsillo un pequeño ratón vivo, le ponía sal y pimienta y lo tomaba de la cola e introduciéndolo en su boca se lo tragaba. También nos advirtieron que en el tren no era indicado mirar a las personas y menos tener contacto visual, porque eso constituye un signo de agresión. Poco a poco nos fuimos adaptando a la vida de la “Gran Manzana”. Pero cuando ya nos considerábamos acoplados y sentíamos que vivíamos tranquilos, un día cualquiera Ana empezó a notar comportamientos extraños de uno de nuestros vecinos que vivía justo en el edificio del frente. En una ocasión, en que se encontraba sola cocinando, abrió un poco las ventanas para que el olor de la comida saliera y así airear un poco el piso, pero al hacerlo, notó cómo la parte superior de una cabeza sobresalía por la ventana del frente. La persona dueña de la cabeza, al percatarse de que ella le miraba rápidamente la escondió, pero ella estaba segura de lo que había visto, era una cabeza de hombre. Ese día a la hora de nuestra cena me lo contó y debo admitir que le resté importancia, porque ella era un poco sugestiva como la mayoría de las mujeres, según mi percepción.
86 Pocos días más tarde, en que ella se encontraba nuevamente sola la situación habría de repetirse, solo que esta vez, el hombre se encontraba erguido, brazos a los lados, en camisilla blanca y le observaba directamente y sin discreción. Ella dispuesta a no dejarse amedrentar, se paró en todo el centro de la ventana con la intención de que el hombre se percatara de que ella lo había visto, pero él ni se inmutó. Asustada, se retiró rápidamente y desde un costado trató de cerrar las persianas mientras su corazón palpitaba cual galope de caballo. Fue tan fuerte que por un instante sintió que le faltaba la respiración, y débil, cayó al suelo. A esta situación le siguieron otras similares y siempre en mi ausencia. Era frecuente en las noches durante nuestras cenas, que Ana me contara estos acontecimientos mientras yo trataba de calmarla diciéndole que no era para alarmarse, que la gente allá era rara, que ya nos habían advertido sobre este tipo de situaciones y que, en definitiva, no le siguiera el juego y que le ignorara. Pero la verdad era que me estaba cansando con la paranoia de mi esposa, solo quería llegar a casa, comer tranquilo, verme un capítulo de mi serie favorita y descansar. Pero Ana seguía con aquello. A mí la verdad me parecía extraño que esto siempre sucediera justo cuando yo no estaba. Pero para mi desgracia, la cosa fue empeorando y ella empezó a obsesionarse y a sentirse poco segura. Hasta que un día en que se encontraba sola, cerró las persianas de nuestra ventana y por una rendija trató de mirar hacia dentro del apartamento de aquel hombre, ya que, por casualidades o azar, había dejado las cortinas de su piso corridas, a través de las cuales pudo ver parte de su interior. El piso de aquel hombre estaba metódicamente organizado, en los muebles de la sala había tres cojines y cada uno se sucedía al otro en tamaño, color y forma; la cocina se hallaba en un riguroso orden y limpieza: los tarros de condimentos y demás utensilios, puestos por tamaños, colores y función. Desde donde ella observaba parecía esto una escena muy pensada y dispuesta, pero lo que más le impresionó fue quizás, que aquel hombre, le tenía un altar a un gran buda negro, barrigón y calvo y del cual pendían toda suerte de collares, flores, muñecos diminutos de trapo y demás accesorios que no pudo distinguir. Más perturbadores resultaron los velones esparcidos por todo el piso que tenía prendidos a santos que ella no reconoció. Asustada, esa noche decidió contarme todo aquello, y no vi razones para alarmarme pues consideré que era probable que se tratara de un voyerista, como muchos los
87 debía de haber en esa famosa y extravagante ciudad y que el altar respondía posiblemente a otro tipo de religión diferente a la nuestra. Debo confesar que esto de algún modo me inquietó, pero no le quería sumar preocupación a ella, creía que ya era suficiente con lo que estaba sucediendo para agregarle más dramatismo a la situación; así que decidí, como de costumbre, mostrarme sereno y de esta manera tranquilizarla un poco. Pero lejos de ayudar, parar o mermar, la situación habría de empeorar. Ana no dormía tranquila. Incluso una noche soñó con aquel hombre y que este en calzoncillos y con su camisilla blanca trepaba por la pared, asiéndose por el aire acondicionado que se encontraba justo afuera de nuestra habitación y, hacha en mano, entraba en nuestro apartamento. Mi joven esposa no volvió a dormir bien, ni a abrir las persianas de nuestra ventana, ya que solo era abrir una rendija, para verlo allí parado, brazos a los lados, mirada penetrante, observando hacia nuestra ventana, pero siempre esto en mi ausencia. Se llegaron los días en que solíamos tomar nuestras vacaciones, siempre separados, pues no lográbamos coincidir en nuestros trabajos; así pues, yo habría de viajar a mi país, aunque sería un viaje corto. Yo sabía del temor de ella, pero traté de consolarla de todas las formas posibles, aunque en mi fuero interno sabía muy bien lo impresionable que era ella. Se llegó entonces el día de mi viaje. Ana estaba nerviosa ante la inminente situación de verse completamente sola y en especial durante la noche. Sin embrago, trató de mostrarse tranquila para que yo pudiese viajar libre de preocupaciones. Esto habría de confesármelo después. El viaje saldría a primera hora de la mañana por lo cual yo debía estar por tardar a las tres de la madrugada en el aeropuerto. La noche anterior dejamos todo listo para salir justo a la hora precisa y no tener inconvenientes. Nos despedimos en el marco de la puerta del apartamento, yo le acaricié la cara y le di un largo beso, ella me encomendó a todos los santos. A Ana la vi en el umbral de la puerta hasta que desaparecí de su campo visual, pero podía imaginarla parada allí mirando las escaleras por donde yo había desaparecido. No puedo negar que sentí una cierta tristeza de saberla en ese mar de sentimientos en que ella se encontraba, pero yo debía realizar ese viaje. Ella solo entró al apartamento hasta que le llegó el último sonido de mi maleta que golpeaba escalón tras escalón. Cerró la puerta, se percató de asegurarse muy bien, caminó por el pasillo y al pasar por la sala dio una ligera mirada a la ventana. El sueño demoró en llegar, pero al
88 hacerlo se durmió profundamente hasta que todo empezó. Esto habría de confesármelo después. La despertó el timbre, no sabía muy bien qué hora era, ni dónde estaba, ni cuánto había dormido. Se despertó alarmada y miró a su alrededor. Todo era penumbra y silencio, creyó que era un sueño y una falsa sensación, pero no, el timbre volvió a sonar al tiempo que ella alarmada y asustada brincó de la cama. Empezó a temblar, sudaba y no lograba pensar con claridad, su visión se tornó borrosa. Como pudo, se bajó de la cama y en puntillas llegó hasta la sala, se agachó como si el timbre estuviese en su puerta, pero ella sabía muy bien que el timbre se encontraba en la parte exterior del edificio. Así que era imposible que hubiese alguien fuera de la puerta de su piso. Sin embargo, se acostó sobre la alfombra para poder mirar por la hendija que quedaba entre esta y el suelo. No vio nada, pero seguía sintiendo el miedo que la invadía, pues ella sabía muy bien de quién se trataba. Era él, aquel hombre del frente, con su camisilla blanca y que, ahora sabiendo de la ausencia de su esposo, venía a buscarla, porque y un pensamiento la paralizó, seguramente se había dado cuenta o la había pillado el día en que, se atrevió a expiar su piso, seguramente él estaba allí ese día y escondido lo había visto todo; se estremeció y quiso gritar. Estaba completamente segura de esto. Este pensamiento agudizó aún más sus sentimientos de pavor. Temblaba y no lograba ponerse en pie, sus fuerzas y su mente desfallecían. Lloró e invocó el santo de su devoción “San Gabriel”. Estando en este estado, un tercer timbre la sacó de su estupor, pero movida tal vez por ese instinto de supervivencia que todos tenemos, corrió a la habitación, buscó las llaves de la reja que cubría la ventana y que daba al exterior y que solo podía abrirse en caso de emergencia y a través de ella se podía descender al exterior, pero esto, solo en caso de emergencia. Se desplazó cómo pudo a través de todo el piso en busca de las llaves, pero no atinó a encontrarlas, sus manos le temblaban y no lograba recordar dónde las tenía guardadas. Resignada e invadida por un leve alivio pues no sabía hacía cuánto tiempo el timbre había sonado por última vez, confiaba en que aquel hombre se hubiese marchado al no recibir respuesta por el intercomunicador. Se sentó de nuevo en la alfombra que quedaba entre la sala y la cocina de manera tal que podía ver a través del pasillo hacia la puerta. Respiró pausada, y temerosa de quedarse sin aire, trató de relajarse, inhaló profundo y tomó una gran bocanada de aire, pues el mareo de
89 antes aún la acompañaba. Así, poco a poco la calma fue llegando en grandes y profundas respiraciones. Pero cuando estaba a punto de pararse e incluso reírse de lo que había sucedido, dos golpes fuertes, secos, sonaron, pero esta vez en la puerta de su piso. Sobresaltada trató de incorporarse, pero las rodillas no le respondieron, se arrastró unos centímetros. Estaba ahogada y trataba de respirar. El sudor caía por la frente, se sentía mareada, simplemente no podía respirar. Atinó a quedarse quieta sin hacer el menor ruido y esperar, pero dos golpes fuertes, secos, sonaron otra vez. Esta vez Ana movida por un sentimiento que ella misma extrañó se incorporó y con sus rodillas como gelatinas se desplazó sobre la alfombra que dibujaba el pasillo, llegó hasta la puerta, ojo de pez, lo desplazó con sus manos temblorosas, miró, quitó los seguros de la puerta, la abrió. “Me voy a desmayar”. Dio tres, cuatro pasos, luces apagadas, un cuerpo que cae, yo corro, enciendo la luz y la veo a ella, desmayada, pálida y temblando. Un vaso de agua y hago que vuelva en sí. Yo no lograba comprender lo que había sucedido como tampoco había entendido porqué ella no había abierto la puerta exterior, obligándome a subir seis pisos con mi pesada maleta. Cuando volvió en sí, le conté lo que había sucedido con mi vuelo. En Estados Unidos es común en verano que se sucedan huracanes y corriendo yo con tan mala suerte, que uno de ellos justo azotaba Miami donde mi vuelo hacía escala. Por ese motivo cancelaron mi vuelo. Y como era natural me devolví a casa, timbré varias veces desde la parte exterior y al no recibir respuesta decidí subir, lo cual me tomó cierto tiempo, pues eran seis niveles que debía subir arrastrando una pesada maleta. Por su lado, ella me contaría después lo que había sucedido, que es exactamente lo que acabo de relatarles.
96 panorama: todo estaba cerrado y no había un alma en las calles, parecía un pueblo desierto. Observándolo todo, nos dirigimos llenos de maletas al paradero del autobús. La entrada ya no era por el frente, sino por la mitad del bus, al que atareados con maletas y el equipo de bioseguridad nos subimos. Cerca del conductor habían puesto una cinta amarilla. Nosotros íbamos con unos tapabocas que habíamos hecho cortando una funda de almohada y amarrándolos con unos cauchos de coger el cabello, porque por esos días era imposible encontrar tapabocas, estaban agotados. En el bus aparte de nosotros, solo había una señora más, para la que no parecía existir el tal coronavirus, eso no era con ella. Comía un caramelo mientras se dirigía muy animada y a toda voz al conductor, que se ocupaba en conducir y solo le respondía con monosílabos. Al llegar a Plaza de Armas, la encontramos desierta, muy diferente a los días anteriores en que habíamos salido. El recuerdo de una terminal de buses animada y llena de gente, era eso, un recuerdo. Cuando llegó el bus que nos llevaría al aeropuerto, el conductor no quiso recibirnos las monedas por lo que el viaje nos salió gratis. Durante el recorrido hasta el aeropuerto mi esposo y yo permanecimos callados mientras mirábamos la ciudad que dejaríamos atrás, sin tener la certeza de si volveríamos algún día, por lo que ese silencio era la despedida, por lo menos para mí de una etapa y época de mi vida. Mientras mi esposo se preguntaba “si esto había sido un sueño o si de verdad había estado allí”. Esto me lo diría tiempo después. Solo alcanzó a estar allí algo más que una semana. En el aeropuerto de Sevilla debimos esperar cuatro horas a que saliera nuestro vuelo. La espera fue una zozobra constante, el aeropuerto estaba desierto, no había personal atendiendo, por lo que no sabíamos si realmente el vuelo iba a salir o no. Diez minutos antes de la hora de salida llegó un funcionario y los pocos pasajeros nos dispusimos en la fila, mientras nos mirábamos unos a otros entre felices, asombrados, con desconfianza y siempre muy apartados. El avión, un Airbus A320, estaba casi que vacío, con nosotros éramos quince personas en total. El vuelo fue tranquilo, triste y silencioso. A Madrid llegamos a las 22:35 y mientras nos desplazábamos en el bus dentro del aeropuerto todos nos asombramos viendo los aviones estacionados con los motores tapados, era un espectáculo desolador y fantasmagórico. Mientras buscábamos nuestra salida, mirábamos a lado y lado, buscando una tienda o un almacén abierto, pero todo era desierto; solo había una tienda abierta, donde había
97 una fila, en la que parecía que estaban todas las personas que allí nos encontrábamos, pero que hicimos impulsados por el deseo de tener algo tangible que nos recordara y nos diera la certidumbre de que todo había ocurrido de verdad. Pasamos la noche allí, alrededor de diez horas, que fueron interminables, ya que con frecuencia estábamos revisando la situación en relación con el cierre del aeropuerto en Bogotá, capital de Colombia, adonde llegaría nuestro vuelo. La noche de espera fue larga y angustiante, pues teníamos que estar pendientes también de la posible cancelación del vuelo. En total, esa noche allí en el aeropuerto de Barajas, serían con nosotros más de un puñado de personas. En la mañana y antes del llamado a abordar nos comimos unos sándwiches de atún que habíamos preparado desde el día anterior, anticipándonos a que no encontraríamos dónde abastecernos de comida. Cuando por fin llegó la hora del abordaje la desolación fue peor, porque un avión de vuelo internacional con la capacidad que tienen estos aviones estaba vacío, al entrar y mirar en su interior el desconsuelo fue mayor, porque parecía un vuelo fantasma. Éramos quizás 50 personas en total, todas huyendo de la pandemia. Mientras guardábamos el equipaje de mano, nos percatamos de las miradas aturdidas y de desconfianza de los demás. El vuelo fue largo, demasiado, y durante su curso, diez horas en total, debimos permanecer con tapabocas y cada vez que alguien tosía o estornudaba todos nos mirábamos presos de miedo y desconfianza. Llegamos a Bogotá a las 12:12 del día siguiente. Allí se vivía una fiebre de espanto y desconfianza que no vimos en España. Había cámaras que medían la temperatura corporal, nos hicieron pasar uno a uno y de nuevo nos tomaron la temperatura con una pistolita. Se respiraba un ambiente de total desconfianza. Sin embargo, llegamos aliviados, convencidos de que habíamos huido de la pandemia. Pero ya llevamos 102 días de encierro y mientras España ahora se encuentra en una fase de “nueva normalidad”, en la que sus habitantes pueden salir y disfrutar del aire libre y deleitarse de lo que constituye la vida afuera. Nosotros aún seguimos encerrados y en una cuarentena que no termina y que no sabemos cuándo terminará.
98 La pandemia y el realismo mágico regresan a la Aracataca de Gabo (Noticia creativa) “Hay órdenes que se pueden dar, pero no se pueden cumplir, carajo, pobres criaturas”, escribió Gabriel García Márquez en El otoño del patriarca. Al mejor estilo del nobel de literatura en su Aracataca, cuna del realismo mágico, 50 años después se produce un acontecimiento propio del género creado por el escritor. Los hechos ocurrieron el pasado mes de abril y tiene como protagonista al presidente del Concejo de este municipio, quien fue sorprendido violando la cuarentena impuesta por el Gobierno colombiano. Este hecho parece sacado de uno de los libros de Gabo, oriundo de esta tierra. En todo el territorio colombiano la cuarentena ha sido obligatoria desde que inició, pero en medio de las prohibiciones son muchas las personas que por múltiples razones las han incumplido. Leyes y decretos que sobrepasan no solo las costumbres de una región tan alegre de Colombia, sino la forma que tienen miles para ganarse el sustento diario. Como lo manifiestan los habitantes: “Están poniendo restricciones imposibles de cumplir, hay que salir a ganarse el pan o nos mata el hambre”. El 12 de abril en Aracataca (Tierra donde el nobel Gabriel García Márquez se inspiró para crear Macondo) el presidente del Concejo del municipio, el concejal José Fernando Oliver, fue sorprendido como lo haría el propio protagonista de la novela de García Márquez El coronel no tiene quien le escriba, violando la cuarentena mientras asistía a una pelea de gallos. Uno de los aspectos fundamentales en dicha obra y que hace parte de la costumbre e idiosincrasia de la costa Caribe colombiana. Los asistentes celebraban la pelea de gallos bebiendo cerveza y comiendo sancocho hecho en leña a orillas del río Aracataca. Este hecho no constituiría nada novedoso, ya que hace parte de las tradiciones propias de la región, tierra calurosa por naturaleza, si no fuera por las condiciones actuales de cuarentena ocasionadas por la COVID-19, en el marco del estado de alarma que se vive en el país suramericano. Las salidas, y sobre todo las aglomeraciones, están prohibidas, por lo que los asistentes al percatarse de la presencia de la Policía, a toda marcha emprendieron la huida, y no teniendo más que el río a sus espaldas, se vieron obligados a cruzarlo o enfrentar a las autoridades. Los más osados se despojaron de sus
99 chancletas para atravesar el caudaloso río arriesgando su integridad física para no ser multados, entre ellos el concejal José Fernando Oliver, autoridad política y pública que debería cumplir con rigor las normas que establece para los demás. Con chanclas en la mano el edil atravesó el río y además les señaló a sus amigos de juerga el camino. Minutos después la Policía los perdió entre las aguas sucias del río Aracataca. Es así como Aracataca vuelve a hacer noticia y a demostrar, una vez más, por qué es la tierra del realismo mágico.
100 Parte II. Memoria justificativa “La narración oral es el arte de la conversación pura, para rendir homenaje a la memoria de los pueblos” (Villa, 1999:10) 2.1Fundamentos y objetivos Para el desarrollo de este trabajo de fin de Máster me planteé la idea de desarrollar un ejercicio de creación basado, no solo en la memoria, sino también en la técnica de la autoficción, recurriendo a esta última como un recurso de toma de conciencia y de recreación y autorreflexión que podría ayudar y facilitar el proceso de evocación que se pretende con los relatos aquí expuestos. Partiendo desde lo que Evangelista Ávila define como una confesión, una exposición de lo ocurrido, de las vivencias y también como una catarsis a través de la cual el autor revive su pasado, su historia y reconstruye la memoria de un contexto en el que el autonarrador crea nuevas vivencias y verdades fabuladas o fantásticas (Ávila, 2018:4). El principal objetivo del presente trabajo es poner de relieve la importancia de la tradición oral y las costumbres propias de mi país-región que no es otra que el Eje Cafetero de Colombia. La cual está ubicada en el centro del occidente colombiano; en esta región existen gran cantidad de pisos térmicos, por lo que en un mismo día se pueden experimentar todas las diferentes estaciones, y es así como se puede pasar del calor extremo a la lluvia y al frío. Por lo que es una de las mejores zonas con tierras muy fértiles para cultivar no solo el café, sino gran variedad de frutas y verduras. Gracias a la cultura cafetera, en esta región el sector turístico se ha desarrolla alrededor del café y de la gastronomía del campesino como tal. Es una región con una fuerte carga de costumbres autóctonas; los campesinos, por ejemplo, aún cultivan el café de forma tradicional, recolectando grano por grano y a mano. Igual que los que los atuendos y la fiesta los días sábados en los pueblos, cuando estos bajan de sus fincas a hacer el mercado y a vender el grano, por lo que es común ver en los parques de los pueblos toda una algarabía y los jeeps Willys, que son los típicos carros tipo campero que tienen la fuerza suficiente para subir a cualquier montaña empinada, llenos completamente de
101 mercados, de personas y de trasteos. Mis padres igual que yo, somos hijos de esta región de montañeros. Soy hija de una mujer muy sumisa, campesina y que toda la vida soñó con estudiar, pero que no lo pudo hacer (Era campesina y debía trabajar y ayudar a su mamá). Aun así, aprendió a leer y a garabatear algunas líneas; difícilmente escribe en un papel su nombre y que confunde los billetes y que así mismo mezcla la realidad con la fantasía y me cuenta sucesos maravillosos que transcurren y se mezclan con lo poco que a veces recuerda en su fantástica cabeza. Y de un padre rudo, de carácter muy fuerte y de piel curtida por el sol, de manos callosas y de ojos inexpresivos, pero hermosos, y que murió muy anciano, cuando yo apenas era una niña, pero al que recuerdo con una mezcla de frustración, pesar y amargura. Y con un hermano mayor y enfermizo, que se marchó muy temprano de casa un día cualquiera huyéndole a las famosas azotainas de mi padre, y que solo volvió a casa muchos años después del fallecimiento de mi padre y cuando yo ya era una mujer y él, un hombre de cabellos canos. En los relatos y escritos reconstruyo parte del haber oral de mi madre, porque a través de ella y de nuestras experiencias vividas, es posible rehacer parte de las creencias y los contextos en los que crecí. Una vez que en la época en que yo era apenas una niña, años ochenta, muchos barrios de la ciudad apenas estaban conformándose y la mayoría de sus nuevos habitantes llegaba en desbandada del campo a la ciudad, despojados de sus tierras por la violencia que se vivía y que aún persiste en nuestro país. Así pues, la gente llegaba a las ciudades y se formaban convites donde todos trabajaban y todos ponían lo poco que tenían. Es así, como se ponían a la tarea bajo calores descomunales y aguaceros intempestivos a armar casas de bahareque, esterilla, guadua y boñiga de vaca; a esta labor se dedicaban los hombres, mientras que las mujeres cocinaban y se ocupaban de los pequeños. Eran verdaderas fiestas de solidaridad donde todos ponían, todos trabajaban y así iban naciendo nuevos barrios en la ciudad de gente campesina desplazada. De esta manera, los relatos que componen el presente trabajo son un intento de revivir parte de lo que en esos tiempos se vivió y son una pequeña muestra de algunas historias o acontecimientos recogidos a lo largo de mi vida que revolotean a diario en mi cabeza y a las que he agregado pinceladas, aspectos y conceptos aprendidos y adquiridos en el ámbito
102 académico. Pero, sobre todo, el presente trabajo lo he tomado como parte de un ejercicio de rescate de la memoria, de la tradición, de lo que soy y de mi idiosincrasia, pues “no nos podemos librar de lo que somos” (Vallejo, 2013:167). Por lo que en estos relatos intento hacer una radiografía ficcionada de ese pasado que llevo dentro y que lucha por permanecer, por contenerme y no abandonarme. Asimismo, es un reconocimiento primero a mi padre, cuya vida ofreció por su familia y a mi madre que con su memoria evocadora de un pasado que hoy, a sus ochenta años, le sigue llegando en sus momentos de lucidez y, a lo que podríamos decir: “La literatura de tradición oral es una expresión artística de creación colectiva” (Chica, 2017:26). A través de ella se rescata el valor de la idiosincrasia de los pueblos, sus conocimientos, sus haberes y lo más importante, su memoria. Por consiguiente, el objetivo esencial del presente trabajo es la realización de un libro de relatos que reviva partes de la tradición oral de mi cultura y también la creación artística de esas realidades que a veces superan la ficción, rescatando la importancia del legado de la memoria en consonancia con la fantasía que la realidad puede imprimir a esas circunstancias. De acuerdo con lo anterior, y a modo de contextualización, creo conveniente relacionar algunos aspectos, elementos y referentes que me han influenciado y de los cuales me he servido para dar forma al propósito que me planteé. Uno de los aspectos preponderantes que se encuentran en las narraciones es el tema de la memoria y el rescate del olvido de la tradición oral, pues en Colombia tenemos una rica y variada tradición oral. Anteriormente era frecuente, y a falta de televisores, que los campesinos se sentaran a contar historias sobre mitos, leyendas y toda clase de personajes, que se fueron difundiendo de boca en boca. “El mito es una realidad viviente de lo que se cree acaeció en los tiempos originarios e influye continuamente en el mundo y en el destino de los hombres. Por ello, el mito no es mera historia contada sino realidad vivida” (Ocampo, 2008:11). Y así lo aprendí yo gracias a mi madre, a mis abuelos, a los vecinos y a todos aquellos mayores que con tabaco en la boca empezaban relatos que, aseguraban, eran verídicos y de los cuales uno podía extraer alguna enseñanza. Y esto hacía parte de esas costumbres que trato de rescatar: el sentarse y escuchar estas historias a la luz de velas y en compañía de los padres o abuelos. Costumbre, por cierto, en desuso, pero que algunos todavía tratamos de mantener y no dejar morir.
103 Otro aspecto del que me serví para la construcción de los relatos, y en el marco de la memoria, es poner de manifiesto la importancia de valorar lo propio, lo que nos identifica, esas costumbres, esas creencias, esas tradiciones que nos conforman, que nos definen y que demarcan nuestra idiosincrasia, como: la comida, el clima, las creencias, el amor por la parcela, por la casa e incluso el machismo y la importancia de la figura paterna, y también la forma de hablar, el humor, los piropos, los dichos y las expresiones. “La lengua es el producto del quehacer espiritual colectivo, del desenvolvimiento histórico, de la herencia de las generaciones anteriores y de la tradición nacional” (Álvarez, 1996:143). De acuerdo con lo anterior, otro aspecto del que hice especial uso en mi deseo por recrear ese ambiente de tradición y de memoria fue la inclinación por una descripción de los espacios, en razón a que “comprender la dinámica de las relaciones entre las personas y sus espacios de vida permite conocer la forma como construyen una idea acerca del mundo que habitan” (Moncayo y Díaz, 2015:211). Por lo que traté de construir y recrear un ambiente fiel a los sentimientos que quería crear en el lector, pero que también reconociera y experimentara esas otras realidades allí planteadas. En consecuencia, estos escritos que presento son también ese deseo que muy latente llevo en mí de volver a esa niñez, a ese barrio donde solo existían el amor y el calor de un hogar. Y que igualmente y de forma muy humilde espero a través de las narraciones creadas, haber construido algo similar a ese sentimiento que la niñez bien tiene para ofrecer. Porque: Llevo ese barrio en mí como se lleva un sueño, siento el aroma espeso de las carpinterías donde cambia el destino de los árboles. Un cercado de guaduas, al final de la calle, protegía un país de negros taciturnos, de ancianas que fumaban en los atardeceres, de jóvenes rufianes sigilosos y obscenos (Ospina, 2008:100). Porque yo escribo desde mi experiencia, desde lo que soy y desde lo que fui, porque “la vida es como un foco: para gastarla: para que se le queme el filamento” (Vallejo, 2013:157).
104 3. Estructura de la composición 3.1 Focalización y voz narrativa Los relatos que nos ocupan en el presente trabajo están pensados desde diferentes voces narrativas, ya que es fundamental entender la perspectiva de quien cuenta la historia y cómo la cuenta, porque a partir de allí el relato toma forma y nos da la visión a través de la cual vamos a asimilar la narración y a darle sentido y vida. Porque: “El mundo se mira desde los ojos, desde los juicios y prejuicios de un narrador” (Pimentel, 2006:5). El narrador está pensado de manera para que guíe al lector a ese mundo al que se va a adentrar. Por tanto, las sensaciones y vivencias que recree deben estar dotadas de naturalidad, pero también de un ambiente verosímil para apropiarse y situarse dentro de cada relato. De igual manera considero indispensable, que el escritor cree una historia por medio de la voz del narrador, que cuente situaciones extraordinarias, pero de una manera simple y natural, pues estas narraciones contienen parte de lo que es la tradición oral de una cultura y tienen una carga referencial. Entonces, el narrador tiene la titánica tarea de contarlas como algo cadenciosamente natural, fácil de digerir e interpretar y que, en definitiva, sea franco, sencillo y honesto. Por lo que, los relatos están focalizados desde diferentes voces narrativas y puntos de vista y responden a la visión de la que parte cada relato. He jugado con diferentes narradores porque cada narración tiene su propia personalidad; el narrador crea el ambiente, matiza, enfoca, dirige la mirada y lleva al lector de la mano a hacer el recorrido por un viaje que este mismo construye y reconstruye en su haber, en su pensamiento, en su imaginario. El narrador tiene la necesidad de contar según su ubicación, según su punto de vista, por lo que, en los relatos creados, en algunos se advertirá la primera persona, en otros, segunda o tercera o testigo. Y esto corresponderá según la fisonomía del texto y lo que se quiera crear en el lector, la perspectiva y el filtro con que se quiera definir lo narrado: Un relato, entonces, es una redescripción del mundo mediada por un punto de vista sobre el mundo. No obstante, ese sujeto de la mediación que es el narrador, no necesariamente coincide con la perspectiva, la cual opera como filtro y como principio organizador de la redescripción de la realidad (Pimentel, 2006:5).
105 3.2 El tiempo y el espacio La mayoría de las narraciones aquí presentes se sitúan en el pasado, fieles a su acontecer, se cuentan y suceden en un tiempo ya transcurrido. Son relatos ulteriores, construidos en el pasado que se revive a través de su presencia constante, es un tiempo que ya no está pero que el narrador trae a colación, los dota de vida para que estas palabras escritas revivan unos sucesos, unas memorias de una niñez que persiste en el tiempo transcurrido y que las tiene siempre en conjuro, en un devenir constante, en un revivir permanente, un hilo que alargándose las lleva y las trae cadenciosamente tanto a madre como a hija; las voces se conjugan aquí para crear un relato ulterior y revivirlo en el presente ejercicio, como símbolo de creación de mundos imaginados colectivamente, mundos posibles de realidades ya caducadas, pero que toman forma y sentido por medio de la palabra escrita y la memoria que insiste en traerlos al futuro como sinónimo de añoranza de niñez. “Un relato ulterior de mi niñez que ya no existe, existe en el pasado que tampoco existe. Pero cuando recuerdo y describo la imagen de mi niñez, la veo en el presente, porque todavía la tengo en la memoria” (Thioume, 2011:17). Una niñez que, aunque lejana y pasada me conforma, me habita, nos habita, recordándonos que podemos ser nuevamente eso que, ya no somos, pero podemos ser. Es también un intento por salvarme del presente que a veces me llena y me asfixia. Por lo que el tiempo es un elemento fundamental donde todo es posible y donde la niñez pasada, renace y existe. El tiempo y el espacio son componentes pensados de tal manera que definen las narraciones presentes. Por ejemplo, en algunos relatos desde el inicio se describe el escenario, el espacio, en otros el ambiente se va vislumbrando y atraviesa todo el relato; en algunos el tiempo es imperceptible mientras que, en otros, el tiempo se da de manera directa, pues, cada relato es consecuente con su propio temperamento y le dan la oportunidad al lector de deducir el lugar donde se desarrolla la acción; mientras que, en otros, el espacio y el tiempo se cuentan de manera cronológica. En otros, tanto el espacio como el tiempo se describen de forma tal que el lector debe deducirlos de manera natural y sin trampas. La implicación de estos dos elementos es fundamental en la medida en que le permiten al lector ubicarse en el lugar donde ocurre la acción y le proporcionan un panorama más amplio para que pueda comprender mejor el porqué de las cosas. Se ha hecho uso igualmente de la elipsis, es decir, cambios de ritmos, de espacios, orden de los hechos y
112 algún tipo rasgo o simplemente con la mención del personaje o lo que hace; aspectos todos que también hablan de los personajes y dan indicios para formar en el imaginario del lector la idea sobre ese ser que cargado de cualidades da vida a la historia y pone en movimiento el pensamiento del lector. Pero también, al mismo tiempo cuidándome de no caer en el exceso, ya que no debía perder de vista otro aspecto importante y era a la forma del género de narración corta, por lo que no podía recargarlos y caer en el exceso. 5. Dificultades y soluciones Todo proceso tiene sus altibajos y sus glorias, el mío era precisamente este, el de la escritura; porque, aunque tenía claro que debía escribir y así era mi deseo, no sabía muy bien cómo lo lograría. Surgieron en mí muchas preguntas: ¿Qué producto final o a qué género iba a responder? ¿A cuál me acoplaría? ¿Cómo lo abordaría? ¿Cómo empezar? ¿Cuál se ajustaría a mis aspiraciones y quizás a mis miedos? Porque si la escritura era mi principal obstáculo, el miedo al fracaso y a no ser capaz de hacerlo, era la segunda dificultad a la que me enfrentaba al inicio del máster, y lo peor era que yo misma lo había buscado. Porque me propuse un reto personal con este máster, que implicaba al mismo tiempo, afrontar la escritura como algo serio. Siempre la abordé desde el miedo y el respeto, la veía como la innombrable, tan lejana e inaccesible. Sí, la escritura siempre fue mi reto y mi miedo, y es quizás esta la principal dificultad que encontré al enfrentarme a este proceso. Asimismo, después de enfrentado el primer obstáculo, tendría que seguir en el camino de enfrentar retos, pues el proceso de la escritura no es fácil; requiere de una inagotable dedicación, disciplina, paciencia, tiempo y, sobre todo y lo más importante, es que después de haberme enfrentado al primer desafío, que no era otro que la hoja en blanco, y después de que ilusamente creí haber superado lo más difícil, advertí más temprano que tarde que el proceso apenas empezaba, pues aún me faltaba nada más y nada menos que la revisión, es decir, la edición de cada escrito, de cada párrafo impreso en el papel, pues cada vez que volvía mis ojos a ellos, encontraba algo que urgía por ser corregido, quitado o adicionado y aunque hoy hago esta entrega que podría calificarse como final, yo siento que no lo es porque sé muy bien que aún falta mucho por corregir, por cambiar, por adicionar. Pero el tiempo, ajeno a todo esto, me dice que debo hacer un alto y que ya es el momento de parar. Entonces
113 hago un alto ahora y me tomo el atrevimiento de ofrecerles a ustedes esta entrega, que inconclusa hoy y quizás para siempre, este inconclusa. 6. Conclusiones Para mí es un logro y me llena de satisfacción haber cursado este máster, porque además de ser un sueño realizado, me abrió las puertas a ese mundo desconocido, temido e insospechado que es el arte de la escritura. Mi relación con la lectura empezó siendo muy joven, podría decir que, incluso en muchas ocasiones me vi obligada a leer a la luz de una vela, ya que en mi país era muy frecuente que la energía eléctrica simplemente se fuera (aún ocurre un poco). He sido una lectora apasionada y no concibo la vida sin un día de lectura. Pero el campo de la escritura lo fui dejando de lado y aplazándolo. ¿Miedo? Quizás. Considero que mi principal logro fue haber cursado el máster e ir descubriendo en el camino la magia y la pasión que implican la escritura. Este es un recorrido difícil, implica mucha paciencia y dedicación; es también adentrarse en uno mismo, brindarse la posibilidad de conocerse, reconocerse, pensarse y escarbar allí donde pocos tienen la posibilidad y la valentía de hacerlo; es abstraerse de la realidad para entrar a esos mundos a los que solo lleva la escritura acompañada de una buena dosis de pensarse y desvestirse a muchos ojos, es algo parecido a la vulnerabilidad, al despojarse e irse entregando. Y también es un regalo amargo durante el viaje, mientras creas, mientras describes, pero dulce al final, cuando encuentras desenredar un poco la vida de esos personajes y puedes poner un punto final. Es como dar a luz, es la entrega, es el descanso, es el dar. Asimismo, creo que un logro alcanzado es haber llevado a feliz término los objetivos que me propuse al comienzo. Determinarlos y decidirlos no fue una tarea fácil, ya que eran muchos los temas sobre los cuales deseaba escribir, tenía que enfocarlos y me decidí por una idea que martillaba mi cabeza desde hacía muchos años. Pues en una ocasión, cuando yo apenas me estrenaba como docente, me di cuenta del desconocimiento de los jóvenes sobre nuestra historia colectiva, nuestra idiosincrasia, es decir, desconocían esas historias que hacen parte de nuestra tradición oral. Por lo que, esta es la razón por la que me propuse contarlos y mezclarlos con historias un poco más dinámicas y en cierta forma con un lenguaje actual. Los cuentos aquí relacionados son cada uno por su naturaleza independientes, pero unidos
114 por una temática que los transversaliza, porque cada narración lleva como hilo conductor de creación la autoficción y el rescate de la idiosincrasia propia, y también de la memoria individual y colectiva de una infancia lejana pero vivamente presente, en la que se le hace un homenaje a tantas personas que mueren a la sombra del anonimato. Igualmente, necesitaba hacer este trabajo de creación ya que era “como si ese caldo de cultivo de nuestra interioridad necesitara la mediación de la escritura para poder salir del fondo de nosotros para poder emerger o hacer erupción desde nuestras profundidades” (Vásquez, 2007: 119). Necesitaba explorar, explorarme para dejar fluir, para vivir, para avanzar, para seguir, para estar en paz conmigo, pero sobre todo con mi historia, con mi padre, pues: Solo tu rostro, a veces, vuelve, anciano, Entre los astros y los siglos siento que te perdí por siempre, y me arrepiento como si fuera un acto de mi mano tu irreparable ausencia. En lo profundo del tiempo quedarás, como yo mismo, y sobre nuestra nada, en el abismo, siglos de historia ha de olvidar el mundo. Tu voz, que fue una vez ternura o pena, vibró por algo en el espacio abierto. ¿Viviste en vano? ¿En vano estás ya muerto? ¿En vano el llanto en la penumbra suena? Trato de verte, y rostros incesantes Gastan mi devoción y mis instantes. (Ospina, 2008: 7).
115 GLOSARIO En el presente glosario relaciono algunos términos que siendo colombianismos ayudarán a entender y contextualizar el sentido y uso de estos dentro de las narraciones que aquí se presentan. Las definiciones se han tomado de: Breve diccionario de colombianismos y Diccionario de colombiano actual. Igualmente, en la bibliografía se hace su referencia como corresponde. Y están citadas las palabras en orden de aparición en la obra y se pone igualmente la página en la que aparecen. En la obra van a encontrar la palabra correspondiente con un asterisco*. Jornalear: Trabajar a jornal. P. 13. Coroto: Objeto cualquiera que no se quiere mencionar o cuyo nombre se desconoce. cacharro de cocina o de la vajilla. P. 16. Gamin. Muchacho de la calle. //Ordinario, guache. P. 20. Garitear: Costumbre en el Eje Cafetero que consistía en llevar el almuerzo caliente de un lugar a otro, actividad ahora en desuso. P. 21. Totear: Reventar, estallar. P. 22. Pela: Zurra de azotes. P. 22. Iraca: Hierba con hojas grandes en forma de abanico, y flores diminutas, que crece en zonas de clima cálido y de sus hojas se obtienen fibras que se emplean para la fabricación de escobas y sombreros. P. 22. Ruana: Especie de poncho de lana, cuadrada, con una abertura en el centro, y que cubre el cuerpo del cuello hasta las muñecas. Poncho de lana. P. 28. Arepa: Pan de maíz de forma circular. P. 32. Garrucha: Caja construida en madera y que, deslizándose a través de rieles por un cable hace las veces de puente, muy utilizado en Colombia para pasar de una orilla a otra sobre los ríos. P. 34. Trasteo: Mudar de vivienda. P. 35. Trastos: En Colombia se les llama así a los utensilios de la cocina. P. 36.
116 Agua panela: Bebida hecha de agua y panela. P. 37. Cocas: Recipiente o utensilio cóncavo en que se llevan los alimentos cocinados como el almuerzo para el trabajo, también es utilizado para sacar el agua de la poceta. P. 37. Tunda: Sinónimo de pela: zurra de azotes. P. 38. Espichar: Aplastar, despachurrar. P. 39. Fiambre: Plato autóctono que se prepara a base de carne, yuca y papa y que después de hecho se envuelve en hoja de plátano. P. 41. Pasmado: Malestar por suspensión del trago en mitad de una fiesta. P. 43. Menticol: Loción refrescante con aroma mentolado. P. 45. Juego del hoyo: Consiste en hacer un hoyo en la tierra, cada participante pone una moneda y a turno van tirando, se ganan las monedas que se logren meter en el hoyo. P. 50. Fuete: Látigo. P. 51. Ruñir: Roer un hueso. P. 65. Guayabo: Malestar físico subsiguiente a una borrachera. //Pesar por una pérdida. P. 67. Bahareque: Pared de palos entretejidos con cañas y barro. P. 67. Descachalandrada: Harapiento, descuidado en el vestir, desaseado. P. 68. Filo: Hambre intensa. P. 72.
117 REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS ABAD FACIOLINCE, Héctor. (2004). Angosta. Buenos Aires: Seix Barral. ACADEMIA colombiana comisión de lexicografía, 1975. Breve diccionario de colombianismos. Bogotá: A. Sandri y Cía. ALMELA, Margarita, et al., (2011). Ecos de la memoria. Madrid: UNED - Universidad Nacional de Educación a Distancia. [consulta: 14 05 2020]. Disponible en: https://nubereaderpdf.odilotk.es/#/da0e3741866044f9931eb94c6342724b/a3669e1887c2a1 6889b7b841e02faeebc48a0412eda8b085b66f79dd42c6c63e. ALVAREZ HENAO, Luis. (1996). La cotidianidad lingüística. Armenia – Quindío: Talleres gráficos de la universidad del Quindío. BAQUERO, Álvaro; Ada de la Hoz SIEGLER. (2010). Cultura y tradición oral en el caribe colombiano: propuesta pedagógica para incorporar la investigación. Barranquilla: Universidad del Norte. Disponible en: https://elibro-- net.us.debiblio.com/es/ereader/bibliotecaus/69800. CALVO, Ana. (2018). Elogio de lo mínimo: estudios sobre microrrelato y minificción en el siglo XXI. Editorial Iberoamericana / Vervuert. Recuperado de: https://elibro-- net.us.debiblio.com/es/ereader/bibliotecaus/118247?. CAMUS, Albert. (1994). El Primer Hombre. España: Éditions Gallimard. CARRERO, Pedro. (2009). El arte de narrar. Taller de escritura narrativa. Universidad de Alcalá: Editorial Tirant lo Blanch. Disponible en: https://biblioteca--tirant com.us.debiblio.com/cloudLibrary/ebook/show/9788415731030#ulNotainformativaTitle.
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