El imperativo energético de las leyes de la termodinámica a las sociedades humanas
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Luis Fernando Garcés Velásquez Luis Miguel Carranza Peco (Coordinadores) ANTROPOLOGÍAS Múltiples perspectivas para el estudio del ser humano 2021
ANTROPOLOGÍAS MÚLTIPLES PERSPECTIVAS PARA EL ESTUDIO DEL SER HUMANO © Luis Fernando Garcés Velásquez, Luis Miguel Carranza Peco (Coordinadores) Autores: Álvaro Gómez Peña, Gabriela Bernal Carrera, Luis Fernando Garcés Velásquez, José Antonio Cabrera Rodríguez, José Enrique Juncosa Blasco, Luis-Gethsemaní Pérez- Aguilar, Luis Miguel Carranza Peco, María del Carmen Ramírez Cañas, Paola Daniela Castro Molina, Saúl Uribe Taborda. 1ra edición: Universidad Politécnica Salesiana Av. Turuhuayco 3-69 y Calle Vieja Cuenca-Ecuador Casilla: 2074 P.B.X. (+593 7) 2050000 Fax: (+593 7) 4 088958 e-mail: [email protected] www.ups.edu.ec CARRERA DE ANTROPOLOGÍA Grupo de Investigación Estudios de la Cultura ISBN impreso: 978-9978-10-613-6 ISBN digital: 978-9978-10-615-0 Edición, diseño, Editorial Universitaria Abya-Yala diagramación Quito-Ecuador e impresión Portada: Ilustración digital de Hiram Garcés e-mail: [email protected] Tiraje: 300 ejemplares Impreso en Quito-Ecuador, diciembre de 2021 Publicación arbitrada de la Universidad Politécnica Salesiana El contenido de este libro es de exclusiva responsabilidad de los autores
Índice Sobre los autores ......................................................................................... 5 Presentación Luis Miguel Carranza Peco y Luis Fernando Garcés Velásquez .................. 11 “Hacer vivir la voz”: reflexionando desde textualidades escrituorales andinas y amazónicas Luis Fernando Garcés Velásquez y José Enrique Juncosa Blasco .................. 15 El imperativo energético de las leyes de la termodinámica a las sociedades humanas Luis-Gethsemaní Pérez-Aguilar ................................................................... 45 Poder y colonialismo en la Amazonía sur oriental de Ecuador Saúl Uribe Taborda ...................................................................................... 77 El concepto de alma primitiva en la obra de Lévy-Bruhl y su aplicación al Antiguo Egipto Álvaro Gómez Peña y José Antonio Cabrera Rodríguez .............................. 99 De las técnicas corporales a la signografía. Una comparación corporal, textual y gráfica en el campo religioso de las Pascuas de los ranchos de Puna de Potosí, Bolivia Paola Daniela Castro Molina ...................................................................... 135 Un marco teórico darwinista para el estudio de la evolución cultural del ser humano Carmen Ramírez Cañas y Luis Miguel Carranza Peco ............................... 175 Tránsitos entre “lo propio” y “lo ancestral”: jóvenes indígenas, redes y política Gabriela Bernal Carrera .............................................................................. 207
El imperativo energético de las leyes de la termodinámica a las sociedades humanas Luis-Gethsemaní Pérez-Aguilar1 A Josefa Olivero, que me enseñó a crecer amando y respetando el campo. Introducción: “¡Lisa, haz el favor, en esta casa obedecemos las leyes de la termodinámica!” De niño estudié en el Colegio Público Concepción Vázquez de Alcalá de Guadaíra —Sevilla—. Recuerdo cuando la maestra Mª Luisa Arredondo nos explicó el sistema digestivo. La profesora le preguntó a José, uno de mis compañeros, que para qué servía la comida. Quizás por los nervios o por no haber atendido lo suficiente en clase, mi amigo le contestó que la comida no servía para nada. A lo que la maestra, que solía ser muy paciente y buena, le dijo casi a regañadientes: “¿¡Entonces tus padres, que trabajan y compran comida para alimentarte, lo hacen para nada!?”. La respuesta, evidentemente, era que la comida sirve para nutrirnos de energía, algo que es esencial para la vida. En todas las casas, también en la de José, se obedecen las leyes de la termodinámica. Este recuerdo me lleva hacia otro que tuvo lugar muchos años después, cuando recibí clases prácticas para obtener mi permiso de conduc- 1 Instituto de Arqueología-Mérida (CSIC-Junta de Extremadura). Lg[email protected]
LUIS-GETHSEMANÍ PÉREZ-AGUILAR 46 ción. Con Francisco, el profesor que me enseñó a manejar el automóvil solía tener interesantes conversaciones de política, historia, ciencia y de filosofía a la par que escuchábamos la radio y circulábamos durante una hora diaria. Era su estrategia para que aprendiéramos a estar atentos a lo que pasaba dentro y fuera del coche y a perder el nerviosismo. Un día, mofándose de Descartes, Francisco me dijo: “Mi lema es “pienso, luego existo”, pero pienso del que se come”, expresando así su postura materialista de la vida. Con el tiempo me di cuenta que toda la existencia humana pivota o se articula en torno al “pienso” del que me hablaba Francisco, porque comer es la base de nuestra existencia, e imperativo de la segunda ley de la termodinámica. Pero vayamos por partes. Energía, vida y evolución Una tarde de invierno, navegando por Internet, leí en un blog una curiosa historieta anónima —de tener autoría conocida, ruego disculpas a su autor por no citarle—. Un viejo pez se aproximó a uno más joven y le preguntó “Buenos días, ¿qué tal está el agua?”, a lo que el joven pez le contestó con otra pregunta: “¿El agua? ¿Qué es el agua?”. El alevín, pese a vivir rodeado del vital fluido, todavía no se había percatado de su existencia. Los que nos dedicamos a las ciencias antropológicas estamos tan inmersos en el estudio del ser humano —nuestro objeto/sujeto de análisis— que en notables ocasiones ni siquiera nos planteamos preguntas fundamentales que están en la base de su existencia. Tu música y literatura favorita, las series o películas que sueles ver, las obras de arte, la arquitectura, la moda, el fútbol o el baloncesto, e incluso tu libro preferido de filosofía postmoderna existen porque nos alimentamos. Y tú puedes disfrutar de todas estas cosas y de las experiencias que las rodean gracias a que cada día te alimentas con comida y respiras oxígeno. Y lo haces porque la segunda ley de la termodinámica te obliga, aunque ni siquiera seas consciente de ello. La termodinámica es la rama de la física que estudia todo lo concerniente a las transferencias energéticas. El enunciado de la primera de
EL IMPERATIVO ENERGÉTICO DE LAS LEYES DE LA TERMODINÁMICA A LAS SOCIEDADES HUMANAS 47 sus leyes viene a decir que la energía ni se crea ni se destruye, sino que está constantemente transformándose. Todos los seres humanos somos “maquinas” metabólicas, puesto que para vivir estamos constantemente transformando energía (cf. Schneider y Kay, 1999; Schneider y Sagan, 2009). El ecólogo Ramón Margalef (1980, p. 3) comentaba que los seres vivos solo pueden aprovechar dos tipos de energía: la electromagnética de longitud de onda relativamente corta y la energía química. En nuestro planeta, las especies capaces de hacer la fotosíntesis son las que aprovechan el primer tipo de energía, emitida por el Sol. Estos seres vivos son capaces de transformar parte de la luz solar y moléculas de CO2 y de H2O en energía química que almacenan a modo de azúcares. Pero el organismo del ser humano, en cuanto a miembro del reino animal, metaboliza directamente energía química que obtiene a través de alimentos de origen animal y vegetal (Odum, 1980, pp. 14-16). Este proceso tiene lugar en las mitocondrias celulares. En estos orgánulos se genera energía eléctrica cuando las moléculas de hidrógeno que incorporamos a través de la alimentación reaccionan con el oxígeno que respiramos, produciéndose una reacción de reducción-oxidación —redox—, que a fin de cuentas implica la disipación de un gradiente químico (Schneider y Sagan, 2009, pp. 74-75, 328). El hidrógeno y el oxígeno tienen números atómicos distintos. El primero dispone de un electrón, mientras que el segundo tiene ocho. Cuando un átomo de oxígeno interacciona con uno de hidrógeno cede electrones, al tener más, mientras que el átomo de oxígeno, que dispone de menos electrones, los acepta. O, dicho de otro modo, el agente reductor —el oxígeno— se oxida al ceder electrones, mientras que el agente oxidante —el hidrógeno— se reduce, al disminuir su capacidad oxidante. La eliminación de este gradiente químico genera energía, siendo esta transferida a través de las membranas mitocondriales a una molécula que la almacena, el trifosfato de adenosina —ATP—. Es esta molécula la que, al descomponerse, libera la energía que nuestro organismo necesita para vivir (Pérez-Aguilar, 2021, pp. 33-34). Pero el tipo de metabolismo que acabamos de describir es de carácter endosomático, ya que comprende el conjunto de reacciones y
LUIS-GETHSEMANÍ PÉREZ-AGUILAR 48 procesos bioquímicos que tiene lugar a nivel celular, siendo este fundamental para que el individuo mantenga activa su estructura orgánica y sus funciones vitales básicas (Ramos, 2012, p. 72). El promedio energético diario que un miembro de Homo sapiens requiere consumir a nivel endosomático equivale a 120 vatios —W—, con una desviación estándar de 24 W (Margalef, 1988, pp. 30-32). Pero además del metabolismo endosomático cabe hablar de otro de carácter exosomático, definido por la necesidad que tiene el individuo o grupo de incorporar energía de cara a mantener conductas o aspectos culturales,2 siendo tal aporte energético elemental para la existencia de la sociedad (Ramos, 2012, p. 72) y del propio metabolismo endosomático de sus componentes. Para el caso de nuestra especie, la cantidad de energía que moviliza el metabolismo exosomático —iluminación, calefacción, transporte, vivienda, etc.— es muy superior a la que se requiere a nivel endosomático. En las sociedades industriales y urbanitas de finales del siglo XX, un individuo promedio solía emplear al día entre 1500 y 2000 W, con una desviación estándar de 2270 W.3 Esto significa que a nivel exosomático consumimos entre 12 y 16 veces más energía que a nivel endosomático 2 La noción que manejamos de “cultura” es la etológica, definiéndola como el componente extrasomático del fenotipo (Dawkins, 2017), o dicho de otro modo, el comportamiento no innato, el que se transmite mediante imitación y/o aprendizaje (Boyd y Richerson, 2005, p. 4), pudiendo tener lugar dicha transmisión de padres a hijos —transmisión vertical—, entre miembros de generaciones distintas, pero sin que exista parentesco directo entre ellos —transmisión oblicua o sesgada— o entre individuos de una misma generación, sin que medien directamente relaciones relevantes de parentesco o edad —transmisión horizontal o sincrónica— (Cavalli-Sforza, 2007, pp. 121-122). De este modo, la cultura comprende a las distintas formas de organizarse a nivel social y político —incluyendo todo lo relacionado con el mundo militar—, las diferentes estrategias económicas, el amplio espectro de creencias y prácticas religiosas, así como los diferentes tipos de arte, ocio y entretenimiento —literatura, pintura, música, cine, juegos, deportes, tauromaquia, etc.—. 3 Una desviación estándar tan alta pone de manifiesto la gran desigualdad social que existe en lo referente al consumo energético a nivel exosomático, más acentuada aún que la endosomática. A nivel económico esto se traduce en sociedades con un amplio porcentaje de pobres y un número mínimo de ricos (Margalef, 1988, p. 32).
EL IMPERATIVO ENERGÉTICO DE LAS LEYES DE LA TERMODINÁMICA A LAS SOCIEDADES HUMANAS 49 (Margalef, 1988, p. 32).4 Presumiblemente estas cantidades han tenido que aumentar considerablemente en los albores del siglo XXI. Si bien de momento no disponemos de estudios generales que aborden tales asuntos en clave energética, algunos datos parciales así parecen indicarlo. Para el periodo comprendido entre los años 1971 y 2014, el consumo mundial de energía eléctrica per capita ha pasado de 1200,154 kWh a 3131,68 kWh;5 mientras que el uso de energía per capita medido en kg de equivalente de petróleo ha pasado de 1337,612 kg a 1922,13 kg.6 Ahora bien, ¿por qué necesitamos constantemente incorporar energía, ya sea a nivel endosomático o exosomático? Para poner en perspectiva esta cuestión se debe poner sobre la mesa la tremenda significancia de la segunda ley de la termodinámica. Esta dicta que en todo proceso de transferencia energética —primera ley— hay un porcentaje de energía que deja de ser operativa, que se degrada o disipa a modo de calor y que no puede ser reaprovechada, y al que se denomina entropía (Schneider y Kay, 1999, p. 224; Atkins, 2008, pp. 65-66; Schneider y Sagan, 2009, pp. 56, 66; Ben-Naim, 2011, pp. 28-30). Desde la termodinámica clásica se concibe que en todo sistema energético la entropía está constantemente incrementándose, con lo que la exergía —la energía libre u operativa— tiende a disminuir (Schneider y Kay, 1999, pp. 223-224). Esto desembocó en una conclusión que vino a denominarse “la muerte térmica del universo”. Las primeras leyes de la termodinámica se derivaron de estudios científicos de ingenios —tales como la máquina 4 Debe señalarse que la notable diferencia existente en el manejo de energía exosomática entre las sociedades industriales y las preindustriales ha sido posible gracias al suplemento de la energía procedente de combustibles fósiles como el carbón y el petróleo (Cook, 1975, pp. 425-426; Odum, 1980, pp. 18-19). 5 Estadísticas de la Agencia Internacional de la Energía —AIE—, según el Banco Mundial. En: https://datos.bancomundial.org/indicator/EG.USE.ELEC.KH.PC (Consultada a 25/11/2021). 6 Estadísticas de la Agencia Internacional de la Energía —AIE—, según el Banco Mundial. En: https://datos.bancomundial.org/indicator/EG.USE.PCAP.KG.OE (Consultada a 25/11/2021).
LUIS-GETHSEMANÍ PÉREZ-AGUILAR 56 36.6 % de los ingresos de las familias campesinas, porcentaje que en las primeras décadas del siglo XXI parece ser inferior al 10 %. En el México actual el sector primario está en manos de agroempresas, y los mexicanos que habitan en las zonas rurales ya no viven directamente del campo,9 sino que trabajan como mano de obra asalariada para tales agroempresas u otras fuentes de capital de los sectores secundario y terciario, quedando igualmente asistidos por subsidios gubernamentales. En otras palabras, a finales del siglo XX se asiste a un proceso de “descampesinización” o de proletarización del campesinado que legalmente terminó encontrando su amparo en la reforma del art. 27 de la constitución promovida por Carlos Salinas, entre enero y febrero de 1992 (Arriaga y Velasco, 2017, pp. 59-62). Este otro proceso fue parejo a la capitalización de la propiedad rural y a la migración del campo a la ciudad. Arriaga y Velasco (2017) entienden que detrás de este proceso sociocultural lo que hay es la sustitución de una estructura disipativa de energía basada en la economía campesina por otra centrada en la economía de mercado capitalista, y en la que los habitantes del campo requieren vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario con el que adquirir bienes y servicios ajenos a los ejidos: alimentos, gas, electricidad, combustibles fósiles, ropa, productos tecnológicos, etc. Este cambio ha hecho que la familia deje de ser la unidad operante dentro de la estructura disipativa, ya que el trabajo de sus miembros, y el sueldo que este les reporta, se invierte en última instancia en la adquisición de bienes de consumo que no son producidos por ellos mismos —deslocalización de la economía—. A esto cabe añadir que los medios de producción también escapan al control de la familia, al pertenecer a inversores particulares o sociedades que se benefician del plusvalor del trabajo proletario. Toda esta situación ha hecho que a hoy por hoy el 35.4 % de los hogares rurales mexicanos presenten una inseguridad ali- 9 El número de unidades de producción campesina ha descendido hasta alcanzar una cifra inferior a 3.9 millones, según los datos de la SAGARPA (Arriaga y Velasco, 2017, p. 61).
EL IMPERATIVO ENERGÉTICO DE LAS LEYES DE LA TERMODINÁMICA A LAS SOCIEDADES HUMANAS 57 mentaria acuciante, según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición. Para explicar la sustitución de una estructura disipativa por otra estos autores acuden a la teoría de Richard N. Adams (2001 y 2007), basada en el principio de Lotka, que sostiene que “los sistemas que captan más energía […] obtendrán una ventaja selectiva por encima de los demás” (Arriaga y Velasco, 2017, p. 80). En lo fundamental, consideramos acertada la interpretación de estos autores. Pero conviene detallar cómo se articula la sustitución de una estructura disipativa por otra en términos evolutivos. Para ello es menester tomar en consideración que el modelo de producción capitalista es capaz de movilizar, en comparación al campesino, una mayor cantidad de energía (cf. Cook, 1975). Esto es así gracias a diversos factores tales como la mecanización y el desarrollo tecnológico y científico aplicado a la producción, el mito del crecimiento ilimitado, la competencia a la baja en los salarios de los trabajadores para abaratar costos de producción, las deslocalizaciones de las empresas en búsqueda de mano de obra barata, etc. A pesar de suponer una merma en la calidad de vida en las familias rurales mexicanas, esta estructura disipativa se impuso a la campesina porque al movilizar una mayor cantidad de energía permite sostener una mayor cantidad de vida, razón por la cual la estrategia ha sido retenida diferencialmente a nivel selectivo (cf. Pérez-Aguilar, 2021, pp. 90, 104-105, 121-122), siendo el campesinado mexicano cada vez más una realidad residual en el país. El resultado de ello es que, si observamos la evolución demográfica de México entre los años 1900 y 2000, observamos cómo a partir de las décadas de 1970-1990 se incrementó más del doble respecto a décadas anteriores (figura 1). Con esto no estamos justificando un sistema económico sobre otro, pues nuestra intención científica no es prescriptiva, sino descriptiva (Pérez-Aguilar, 2018a, p. 115). Los ciudadanos y representantes políticos que deseen encontrar en la antropología conocimiento aplicado deben tener en cuenta que, si quieren una alternativa a este modelo en la que no vean tan mermada su calidad de vida, deben diseñar y ejecutar
LUIS-GETHSEMANÍ PÉREZ-AGUILAR 58 una estrategia socio-productiva que, como mínimo, permita sostener una cantidad de vida equivalente o superior para que así pueda tener ventajas selectivas sobre el actual sistema. Pero esta tarea no es nada fácil, porque desde la capacidad de agencia que tienen nuestras sociedades pueden ponerse sobre la mesa alternativas, pero resulta complicado evaluar las probabilidades de éxito o fracaso debido a la gran cantidad de factores incontrolables que pueden llegar a intervenir en estos procesos (Pérez-Aguilar, 2021, p. 104). 120 100 80 60 40 20 0 1900 Millones de habitantes 1910 13.6 15.2 14.3 16.6 19.6 25.8 34.9 49.1 81,2 91.2 97.5 1921 1930 1940 1950 1960 1970 1990 1995 2000 Figura 1. Evolución de la población mexicana entre los años 1900 y 2000. Elaboración propia a partir de INEGI 1900-1990, 1995 y 2000. La arquitectura monumental: energía, prestigio y estructuración de las sociedades políticas En 1990 Bruce G. Trigger publicaba un pequeño pero magnífico artículo titulado Monumental architecture: a thermodynamic explanation of symbolic behaviour. Este trabajo resultó ser una especie de respuesta a los enfoques postmodernos que habían cuestionado la potencialidad de la Ecología Cultural y de la New Archaeology a la hora de enfrentarse a cuestiones simbólicas desde sus respectivas concepciones
EL IMPERATIVO ENERGÉTICO DE LAS LEYES DE LA TERMODINÁMICA A LAS SOCIEDADES HUMANAS 59 materialistas de la realidad sociocultural. Trigger trataba de demostrar con su ensayo que los enfoques materialistas además de ser útiles para explicar cuestiones económicas independientes al mentalismo humano, caso de la captación de energía del entorno, también servían para analizar relaciones sociopolíticas e ideológicas (Trigger, 1990, p. 129). Tomaremos aquí su trabajo como base para el análisis de la arquitectura monumental, el cual enriqueceremos con ideas de otros autores y con comentarios y anotaciones propios. En los grupos humanos con un avanzado grado de complejidad social, caso de las jefaturas avanzadas y de las sociedades estatales, suele ser común la emergencia de arquitectura de tipo monumental. Así se documenta en las antiguas civilizaciones de Egipto y Mesopotamia, Grecia y Roma, China y otras regiones del sur asiático, Centroamérica y la América andina... Esta clase de arquitectura tiene su reflejo en construcciones tipo casas, edificios públicos,10 sistemas defensivos, santuarios, tumbas, etc.11 Lo que diferencia uno de estos espacios normales u ordinarios de otro de carácter monumental es que este otro suele presentar unas dimensiones, solidez y/o rasgos materiales que exceden notablemente las funciones básicas del primero. Esto es lo que nos permite diferenciar, por ejemplo, entre una simple casa y un palacio en el ámbito de lo habitacional o doméstico (figura 2). Además, la monumentalidad es, en cierta medida, independiente de los tipos de materiales constructivos empleados. Los monumentos que mejor se han conservado hasta el presente han sido los edificados en piedra, pero existen igualmente 10 Dentro de esta categoría tendrían cabida diferentes tipos de construcciones para uso público, tales como baños, gimnasios, bibliotecas, escuelas, edificios de espectáculos, acueductos, etc. (Trigger, 1990, p. 121). 11 Trigger (1990, p. 121) comenta cómo en las civilizaciones antiguas tanto los templos como las tumbas de reyes y altos funcionarios, se inspiraban también en el modelo arquitectónico de la casa. De este modo, los templos de estas primeras civilizaciones —que no eran sitios de reunión comunitaria— funcionaban como “viviendas” de los dioses, mientras que las tumbas de las élites eran “casas para la eternidad” de los fallecidos en el más allá.
LUIS-GETHSEMANÍ PÉREZ-AGUILAR 60 construcciones monumentales elaboradas en tierra, madera y otros materiales más efímeros, pero de grandes dimensiones y con ricos programas decorativos, estructuras que además requerían de un importante conocimiento arquitectónico y de ingeniería, y de la capacidad social de las élites para reclutar un importante número de trabajadores y especialistas dedicados a la construcción de estas obras (cf. Trigger, 1990, pp. 119-122, 127). Figura 2. Patio de los Leones, en la ciudad palatina de la Alhambra —Granada, España—. Fotografía de Tuxyso, disponible en Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0). Pero, además, dentro de la arquitectura monumental hay grados. Trigger (1990, pp. 120, 127) sostiene que el gradiente de monumentalidad, entendido sobre la base del tamaño y del lujo o nivel de elaboración, puede correlacionarse con el grado de jerarquización social, siendo más palpable dicha heterogeneidad dentro del grupo de las clases altas o pudientes. Siguiendo con el ejemplo anterior, por regla general existen diferencias significativas entre las casas de un campesino, un aristócrata y un rey en términos de monumentalidad. Pero también pa-
EL IMPERATIVO ENERGÉTICO DE LAS LEYES DE LA TERMODINÁMICA A LAS SOCIEDADES HUMANAS 61 rece existir cierta correspondencia entre el nivel de centralismo estatal y la monumentalidad de la arquitectura, que resulta ser más acusada en los periodos políticos más centralistas, como se aprecia p. ej. en ciudades como Teotihuacán o cuando comparamos las tumbas faraónicas de los Reinos Antiguo, Medio y Nuevo en Egipto (Trigger, 1990, pp. 127-128). De otro lado, el tipo de edificio que experimenta un mayor grado de monumentalidad es también un reflejo del tipo de sociedad política. En este sentido, Trigger (1990, p. 128) comenta que los reyes micénicos potenciaron la monumentalización de sus complejos palaciegos, mientras que las poleis democráticas de la Grecia clásica hicieron lo mismo en relación con los templos, símbolos de las divinidades ciudadanas. Trigger coincide con Peter J. Wilson (1988) a la hora de entender que las construcciones monumentales son una manifestación del poder sociopolítico y económico de quienes la financian. De este modo, los palacios o las tumbas reales de carácter monumental materializan el poder de los gobernantes dentro de la sociedad y en relación con otros mandamases; mientras que los edificios e infraestructuras públicos son una expresión del poder de los Estados. La monumentalización de un lugar sagrado –es decir, un santuario– mediante el alzado arquitectónico de un templo implica un esfuerzo de la comunidad que, en clave emic, suele explicarse bajo la forma de la obtención del beneplácito de la divinidad o divinidades a las que está dedicado el monumento, generándose una deuda que los dioses, como seres superiores, están obligados a retribuir con creces —do ut des—. Sin embargo, los evergetas que intervienen costeando tales obras religiosas adquieren prestigio y poder en el marco de sus comunidades, afianzando y/o escalando en su posición social (Melchor, 1994; Alcantara, 2017). Pero a diferencia de Wilson, Trigger cree necesario explorar las razones energéticas que explican por qué la monumentalidad en arquitectura terminó configurándose como una expresión del poder. Para ello parte de la base de que las culturas son, en última instancia, sistemas termodinámicos (Trigger, 1990, p. 122).
LUIS-GETHSEMANÍ PÉREZ-AGUILAR 62 Podría pensarse que la construcción de edificios monumentales constituye en sí misma un derroche de energía por parte de la sociedad, una inversión sin contrapartida energética que la compense. La conducta cultural humana tiende a estar sujeta al balance energético, es decir, a la relación existente entre el coste energético del hecho o acción cultural y la energía que este reporta directa o indirectamente. Como comenta Trigger (1990, pp. 122-123), esto se aprecia claramente en las distintas estrategias de captación de recursos, sobre todo en aquellos fundamentales para la supervivencia, en los que se tiende a la “ley del mínimo esfuerzo”. Dicho de otro modo, en el desarrollo de tales actividades económicas, y para que la estrategia termine siendo óptima y sea retenida selectivamente por el grupo, esta debe reportar un input energético igual o superior a la energía invertida —output— por los actores. De ocurrir permanentemente lo contrario, la estrategia terminará siendo desplazada por otra más eficiente. De mantenerse tales conductas subóptimas o maladaptativas, el grupo podría extinguirse o disgregarse (cf. Borrero, 1993, pp. 15, 23; Scheinsohn, 2011, p. 57; Pérez-Aguilar, 2021, p. 37).12 Por tanto, ¿cómo explicar el “derroche” de energía que supone la arquitectura monumental para una sociedad? Trigger entiende que este tipo de arquitectura constituye un ejemplo de “consumo ostentativo” cuya función es incrementar el prestigio social y el poder de sus mecenas 12 El enfoque seleccionista que aquí sostenemos no es compartido por Trigger en su trabajo. Este autor expone argumentos más próximos a la Ecología Evolutiva de la Conducta Humana, de tendencia adaptacionista. Entiende que los individuos calibran racionalmente no solo sus acciones inmediatas, sino también las futuras, en términos energéticos, optando siempre por aquella estrategia que resulte más adaptativa en general, pudiendo incluso desarrollar acciones que impliquen un alto costo energético en el corto plazo pero que sirvan para ahorrar energía en el medio-largo plazo (cf. Trigger, 1990, pp. 123-124). Sin embargo, el adaptacionismo no solo no explica la adaptación en clave darwiniana —al ser lamarckiano—, sino que tampoco el colapso de sociedades y culturas, la desmembración de estas ni incluso el hecho de que conductas irracionales puedan terminar siendo adaptadas por encima de otras racionales, que terminan siendo subóptimas o maladaptativas (cf. Pérez-Aguilar, 2021, pp. 109-111).
EL IMPERATIVO ENERGÉTICO DE LAS LEYES DE LA TERMODINÁMICA A LAS SOCIEDADES HUMANAS 63 sobre la base de desviarse de la tendencia social general o estándar —es decir, la que busca minimizar el coste energético—. Para ello se recorre el camino contrario: la ostentación pública de que se tiene la capacidad de consumir más energía que el resto como símbolo de poder y de riqueza socialmente reconocido13 (Trigger, 1990, pp. 124-125). A diferencia de las pomposas ceremonias, la arquitectura monumental no solo buscaba afirmar el estatus y el poder de las élites en su presente, sino que también se proyectaba hacia el futuro a través de la perduración temporal de los monumentos (Trigger, 1990, pp. 126-127). En resumidas cuentas, en el marco de una sociedad jerarquizada, los grupos dirigentes se caracterizan, entre otras cuestiones, por controlar y organizar las estrategias de captación de energía y la distribución de esta dentro de la comunidad (Trigger, 1990, pp. 125, 128-129), al ser necesaria para el metabolismo exosomático de la comunidad y los metabolismos endosomáticos de sus miembros. Parte de esta energía es invertida por la clase dirigente en una serie de conductas socioculturales que refuerzan su posición dentro de la comunidad: ceremonias, vestimenta, adornos personales, actos de beneficencia, etc. La arquitectura monumental es también la expresión de tales acciones en la que una cantidad importante de energía se desvía para beneficiar y reforzar arquitectónicamente la posición social de las élites, algo que no es baladí, ya que resulta ser la grasa que permite que el sistema político de la comunidad quede articulado y funcione. Por tanto, los gastos fastuosos que las comunidades humanas practican no son funcionalmente inútiles, tal y como se percató el filósofo George Bataille (1987). Si conceptualizamos un asentamiento humano como una red de nodos con distintas funciones, e interrelacionados entre sí, tendríamos que los edificios monumentales de la élite constituirían unos pocos vértices de dicho entramado. La red en su conjunto se define como un sistema energético en constante desequilibrio. Caeríamos en la ingenuidad si de partida asumiéramos que todos los nodos han sido retenidos por procesos 13 Esto mismo está en la base del “potlach” que practicaban las poblaciones originarias de la costa NW de Norteamérica y en la “economía del don” en general.
LUIS-GETHSEMANÍ PÉREZ-AGUILAR 64 de presiones selectivas en función de su aporte a la optimización energética del metabolismo de la red. Pueden existir nodos que requieran para su existencia de una inversión energética mayor dentro del conjunto o que, analizados de forma individual, se comporten de tal forma que el output energético es permanentemente mayor que el input en ellos. Sin embargo, su existencia no debe descontextualizarse del resto de los nodos de la red, es decir, dependen radicalmente del “flujo” energético proveniente de los otros componentes del sistema. Este es el caso de lugares, sitios o entornos en los que se efectúan costosos rituales religiosos, prácticas evergéticas o de adquisición social de prestigio, e incluso aquellos otros en los que se obtiene algún producto de alto valor simbólico o que simplemente son relevantes para la estructuración del resto de elementos del tejido sociocultural (cf. Muscio 2002, p. 35). La arquitectura monumental promovida por las élites es un ejemplo de ello. Por tanto, podemos sostener que la existencia persistente de este tipo de nodos, en los que el output energético puede llegar a superar notablemente al input, tiene solo razón de ser en la medida en que estos contribuyen a que los otros vértices a los que quedan conectados en la red —sectores del asentamiento ocupados por artesanos, agricultores, etc.— se encuentren alejados del equilibrio termodinámico. Debido a ello, también este escaso y ostentoso número de nodos son sensibles a los procesos de selección que afectan a las sociedades y culturas humanas (Pérez-Aguilar, 2018b, p. 158). La minería romana en la autocatálisis de una red poblacional En el tercer y último caso de estudio disminuiremos nuevamente el zoom para alejarnos de edificios o de asentamientos concretos, y observar dinámicas de ocupación del territorio. Traemos a colación un ejemplo que ya hemos analizado en otros trabajos, y que gira en torno a la relevancia de la actividad minera en el SW de la península ibérica en época romana y el impacto que esta tuvo en relación con la evolución del poblamiento de las zonas agropecuarias del entorno (cf. Pérez- Aguilar, 2017; 2021). Pero para reflexionar sobre dicho proceso en clave
EL IMPERATIVO ENERGÉTICO DE LAS LEYES DE LA TERMODINÁMICA A LAS SOCIEDADES HUMANAS 65 energética conviene previamente aclarar, una vez más, una serie de conceptos y de cuestiones teóricas. El análisis de redes es una forma de abstraer la realidad que ha sido frecuentemente usada en ecología, siendo igualmente útil en ciencias humanas como la antropología y la sociología. Como anteriormente esbozamos, una red queda conformada por una serie de elementos que la componen. De una parte, tenemos los “nodos”, que son las entidades donde se realizan las conexiones, mientras que de otro lado quedan los “enlaces” o “conexiones” propiamente dichos, y que expresan las interrelaciones existentes entre los nodos de la red (Gribbin, 2006, p. 251). El elenco de posibilidades o de configuraciones interactivas posibles entre los nodos es lo que se denomina “topología de la red”. A la hora de enfrentarnos a su estudio conviene considerar tanto la estadística de conexiones como la presencia/ausencia de hubs, es decir, de “nodos-conexiones” relevantes o fundamentales en la estructura de la red, siendo determinantes dinámicos en los procesos de autoorganización y crecimiento de esta (Aguirre, 2011, pp. 46-47). Como decíamos, esta forma de abstraer la realidad tiene multitud de aplicaciones en disciplinas como la ecología, la sociología y la antropología, ya que estas trabajan con comunidades actuales cuyas interacciones pueden constatarse empíricamente. En cambio, la traslación del análisis de redes a la arqueología suele toparse con un problema de primer orden, y es que en esta disciplina se trabaja con comunidades muertas o extintas, cuyas interacciones no siempre pueden concretarse con rigor. Una red podría perfectamente representar a un sistema o conjunto de asentamientos interrelacionados funcionalmente entre sí.14 14 Inspirándonos en Shawcross (1972), en otro trabajo hemos definido los yacimientos arqueológicos como “unidades disipadoras de gradientes energéticos, ya que fosilizan asentamientos o espacios donde tuvieron lugar actividades humanas, y que por tanto implicaron la realización de transferencias o transformaciones energéticas” (Pérez-Aguilar, 2021, p. 68). Por lo que, tanto estos paleoasentamientos como las redes que podían entretejer entre ellos, estaban sujetos a las leyes de la
LUIS-GETHSEMANÍ PÉREZ-AGUILAR 72 limitante de naturaleza económica —la financiación de la minería— desencadenó el decrecimiento de una red de asentamientos a través de uno de sus nodoplexes, obligando también a reestructurar la estrategia disipativa y distribucional de los nodos supervivientes (Pérez-Aguilar, 2017, p. 142; Pérez-Aguilar, 2021, pp. 40-41). Agradecimientos Este trabajo se ha realizado en el marco de un contrato postdoctoral Juan de la Cierva-Formación del Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno de España en el Instituto de Arqueología-Mérida (CSIC-Junta de Extremadura). Ayuda FJC2018-037126-I financiada por MCIN/AEI/10.13039/501100011033. Referencias bibliográfícas ADAMS, R. N. (2001). El octavo día. La evolución social como autoorganización de la energía. Universidad Autónoma Metropolitana. ADAMS, R.N. (2007). La red de la expansión humana. CIESAS, Universidad Autónoma Metropolitana y Universidad Iberoamericana. AGUIRRE, J. L. (2011). Introducción al Análisis de Redes Sociales. Centro Interdisciplinario para el Estudio de Políticas Públicas. ALBERTINI, E. (2005). El Imperio Romano. Padilla Libros Editores & Libreros. ALCANTARA, F.A. (2017). Evergetismo y construcciones sacras en la Hispania romana. Anahgramas, 4, 1-43. ARRIAGA, J. L., VELASCO, J. J. (2017). Entropía y problemas de autorreproducción del sistema social y cultural en el campo mexicano. En J. L. Arriaga, J. C. Arzate, I. Medina, I. A. Tinoco (Comps.), Cultura y sociedad en movimiento (pp. 57-83). Universidad Autónoma del Estado de México. ATKINS, P. (2008). Las cuatro leyes del universo. Espasa. BATAILLE, G. (1987). La parte maldita precedida de La noción de gasto. Icaria. BEN-NAIM, A. (2011). La entropía desvelada. El mito de la segunda ley de la termodinámica y el sentido común. Tusquets. BLACKMORE, S. (2000). La máquina de los memes. Paidós. BORRERO, L. A. (1993). Artefactos y evolución. Palimpsesto. Revista de Arqueología, 3, 15-32.
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