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Discursos leídos en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en la recepción pública del Excmo. Sr. D. Fermín Caballero

Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (España); Caballero y Morgáez, Fermín Felipe (1800-1876); Figuerola, Laureano (1816-1904)

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DISCURSOS LEIDOS EN LA REAL academia de ciencias MORALES Y POLITICAS, EN LA RECEPCION PUBLICA Socciuo. •St. (D. ¿fcx CaUL MADRID: IMPRENTA del colegio de sordo-mudos y de ciegos, calle de San Mateo, núm. 5. 1868. DISCURSO DEL SEÑOR DON FERMIN CABALLERO. Señores : Es tan anchuroso, variado y rico el campo de la elocuen¬ cia , corren por él con tanto brio y seductora gracia los talen¬ tos privilegiados, que ni hay regla absoluta, ni prescripción concreta, que limite fijamente lo que es, lo que debe y puede constituir un discurso académico; con ser tan frecuente que escuchemos admirados este género de oraciones, leidas por escritores eminentes ante asambleas literarias eminentísimas, y * en medio de un concurso por mil títulos respetable. Mas el buen sentido y la práctica admitida dicen, que tales arengas deben contener, cuando ménos, dos cosas: lenguaje correcto y asunto digno. En cuanto á la forma de la expresión, no es lo común con¬ tentarse en estos escritos con exactitud y pureza. Encargados c asi siempre de componerlos (la escepcion de hoy os probará P° r qué digo casi siempre) literatos distinguidos, oradores fa¬ mosos, talentos sobresalientes ó sabios calificados; léjos de quedarse á ese nivel, rasante con la medianía, se elevan al es¬ tilo más sublime, encantando al auditorio con la dicción ga- c lana y las maneras retóricas, moviendo los afectos con la ar¬ monía de los períodos y la brillantez de las imágenes, y soS ~ teniendo el interés con la magestad y la elegancia de la fra¬ se. De aquí han nacido las d e peinar, pulir , levantar , subir y sublimar el estilo , que solo cuadran á privilegiadas y contadas composiciones. Líbreme Dios de aspirar á tanto encumbramiento, impropio de mi carácter, y que presentaria mi discurso con careta, fá°d de arrancar. Por temperamento, por hábito y por mi peculiai género de estudios, encontré siempre mayor deleite en el seve¬ ro y conciso estilo de Tácito, que en el sonoro, abundante y conmoviente de Cicerón: me encantaba más el 'decir preciso, castizo, expresivo y correctísimo del doctor Heredero, de quien tuve la fortuna de aprender de viva voz, que el poético, gran¬ dilocuente y entusiasta de Martinez de la Rosa. De aquel ha dicho un escritor á conciencia, contestando á otro, que ingresaba en la Academia Española, disertando sobre la Oratoria sagrada , que era «orador sublime y ferviente par triota»: y después de copiar trozos admirables de la oración por las victimas de Zaragoza , sin duda porque desconocía otras que hizo de superior mérito, concluia con este arranque de entusiasmo nacional: «Los oradores más célebres de España y de fuera no pasan de aquí.» Del estilo del segundo véase la calificación que hace su su-# cesor en la misma Academia: «culto, fácil, sentimental y flo¬ rido en ocasiones, claro, elegante, académico siempre.» Cada cual alimenta su espíritu de lo qne mejor le sienta J cuadra: cada uno, trabajando en su esfera, llega donde puede. Yo necesito y pido vuestra indulgencia para mi pobre y fami¬ liar decir, ya que he puesto de mi parte cuanto alcanzo, á fin de que, al ménos, no ofenda vuestros respetos por desaliño e incorrección. Y al presentarme tan sinceramente humilde, no es que desconozca, que la carencia de ciertas dotes, suele pre¬ suponer otras, que en algún modo compensan. Tal vez podáis 7 contar con mi asiduidad y fijeza, con mi perseverancia en ana¬ lizar, con mi constante amor á lo cierto y á lo justo. No me pidáis mas; que nadie dá lo que no tiene. ’ El asunto de mi discurso debía estar asimismo en armonía con el carácter y condiciones del escritor; nada de tésis abs¬ tractas: nada de elucubraciones atrevidas y fantásticas: nada de exclusivismo: nada de pura imaginación. Mi tema, sin que yo me esforzase en procurarlo, había de ser concreto, de apli¬ cación , sin espíritu de secta, y en vez de afeminado, varonil. A las dificultades generales de los discursos académicos, se a íiaden otras especiales de los que son destinados á so¬ lemnidades como la presente. El neófito, á mas de tributar su reconocimiento al cuerpo literario, que generosamente le abre s ns puertas, tiene por costumbre, que hacer conmemoración del difunto académico, en cuya plaza ingresa; tarea grata al corazón, espinosa para la conciencia, y que no deja de emba¬ razar á quien no ha podido valorar la cuantía de la pérdida, máxime en una Academia reciente, que solo cuenta cuatro in¬ dividuos fallecidos. Quiero descargarme de estas deudas, para e ntrar desde luego en materia, sin mas preámbulo. Las gracias que á la Academia debo son tantas y tales, que 110 alcanzarán á pagarlas, ni mi reconocimiento más profundo, 111 las sentidas manifestaciones de mi respeto y adhesión hácia * este cuerpo científico, que, en su génesis, cuenta ya laureles bastantes para justificar lo que vale el vigor virginal. Unica¬ mente diré, en significación de mi gratitud, que esta es la primera vez, y este ilustre cuerpo el único (1) en que me veo satisfecho, aceptando el puesto honroso de académico numerari ° • Lo demás no debo yo proclamarlo anticipadamente, lo dirá e l tiempo. ^Presenté este discurso en 25 de Enero de 1865: por consiguiente üa ^ ia redactado mucho tiempo antes de escribir el que leí el año ullmo a ingreso en la Real Academia de la Historia. 8 Del mérito del Excmo. Sr. D. Nicomedes Pastor Díaz, cuya silla me ha señalado vuestra benevolencia, sabéis más que yo los que le tuvisteis á vuestro lado, utilizando sus espe¬ ciales dotes. No logré yo la satisfacción de tratarle; pero fhó, grande la que experimenté oyendo cumplidos elogios de su ca¬ pacidad á mi amigo, el elocuente orador y Ministro probo, que en 1836 le elevó en la carrera administrativa y política, donde le vimos brillar muy luego, diputado á Córtes en 1843, primer Ministro de Comercio, Instrucción y Obras públicas y Rector de la Universidad central en 1847, y académico desde la creación de este cuerpo en 1857. Al sentimiento que todos habéis hecho por tan temprana muerte, poco puede añadir la sencilla flor, que á su memoria consagro. Estoy en el momento de anunciar mi tésis: EL HOMBRE ES PERFECTIBLE; PERO NO INFINITAMENTE PERFECTIBLE. Ni la cuestión es nueva, ni la manera en que yo la consi¬ dero soluble deja de tener poderosísimos impugnadores. Im¬ porta tanto en la marcha de los negocios públicos y particu¬ lares; abarca de tal modo los intereses de la sociedad y del individuo; y se hallan tan comprometidos en ella el amor pro¬ pio del hombre, su pasado, su presente y su porvenir; que era , indispensable que excitase la atención de muchos, y más hon¬ damente délas eminencias pensadoras. Un gran número de autores celebérrimos la han tratado incidentalmente ó de pro¬ pósito, y pocos, rarísimos la han resuelto 'de una manera aceptable. Temeridad parece el intentar hombrearse con tantas sumidades del talento , é insensatez el añadir algunas hojas á los abultados volúmenes consagrados á este asunto. Arrostra¬ ré esos inconvenientes en el arrobamiento de mi afan investi¬ gador ; me esforzaré en tratar la materia con el interés que se merece; y orocuraré asentar mi opinión sobre los fundamentos mds sólidos: á vuestra ilustración y á la del público sensato toca el juzgar mi trabajo y el deducir consecuencias. En dos clases pueden agruparse las diferentes escuelas doctrinales, que, discurriendo en sentidos diversos y contra¬ eos, han confundido la verdad con abstracciones, tanto más seductoras y venenosas, cuanto embellecidas con las galas del mgenio, con las fórmulas convincentes de la ciencia, y con la rigidez venerable de una moral austera. Reseñaré ligeramente los dos campos. De un lado sábios célebres, filósofos bienaventurados, ideó¬ logos y psicólogos abstrusos, individualistas altivos, utopistas extraviados y optimistas sin límites, que mirando con lentes de color de rosa, y creyendo en la perfección interminable, se han propuesto hacer del hombre un ángel ó un semi-Dios, so¬ berano absoluto de todo lo creado, para cuyo regalo y deleite exclusivos se hizo el mundo, con los animales que somete á su dominación, los vejetales que aprovecha y los tesoros que ex¬ trae. Lo mismo los séres que más se acercan al hombre en facultades, que los que le aventajan en la perfección de los sentidos; así los que todavía desconoce, como los que no ha ucertado á definir, ni pasan de ser brutos, ni tienen otro des¬ tino en la creación, que estar sujetos á su servicio ó reserva¬ dos, como en despensa, á sus antojos sucesivos. De otra parte están misántropos desapacibles, moralistas exagerados, metafísicos incomprensibles y pesimistas atrabi¬ liarios , que todo lo ven opaco y sombrío, resbaladizo ó peca¬ minoso: gentes para quienes el hombre no es más que un vil gusano, una criatura débil y flaca, expuesta á una corrupción siempre creciente, y esclava de sus pasiones: tan humilde he¬ chura de Dios, como el pájaro y el árbol. Según aquellos, el hombre, rey supremo del universo, está destinado á sojuzgarlo todo, á gozarlo todo, á saberlo todo, y d Una felicidad completa, temporal ó eterna. Porque, en efecto, fiuien tiene facultades para domeñar los demás vivientes; para lo que existe: y io que se cuenta, sin otro fundamento que la tradición, de D. Alonso el Sábio, ó es un mero cuento, ó pudo referirse á que el sistema ptolomaico no explicaba bien, como no explica, todos los fenómenos celestes: en cuyo último caso no fué el artífice el que necesitó consejos, sino el astrónomo alejandrino, que no dió en el quid del mecanismo cosmogrᬠfico. Prosigamos. Entre cerca de diez y seis millones de habitantes que cuenta la España peninsular y adyacente, apenas están enfermos 1 por 30: no hay ciegos sino 1 por 900: los sordo-mudos están en la relación de 1 por 1.500: y los desgraciadísimos dementes no exceden de 1 por 7.000 individuos. De unos 125.000 mozos sorteables que entran anualmente en quinta, únicamente se exceptúan por defectos físicos sobre 11.000; es decir, el 9 por 100: y cuenta, que los militares, gracias á su preponderancia, han puesto entre los defectos la calvicie, el extravismo y hasta el ser feo. ¿Ofrecen estos datos motivo para que la especie humana en general se duela y llore, ó para que bendiga la sabiduría con que se rige el mundo? Exajeramos los crímenes y el número de delincuentes, miéntras que la estadística nos ofrece datos consoladores. El número de personas procesadas es á la población como 1 á 300: de los procesados salen inocentes ó sin pena cinco sestas partes; por manera, que resultan penados 1 por 1.800 habitantes. Como los delitos originan lágrimas y pérdida de fortuna y deshonor y muerte, no es mucho que meta más ruido, y abulte más en la imaginación un criminal que 1.800 ciudadanos pa¬ cíficos. Lo cierto, sin embargo, es, que hay ménos ofensores que inofensivos. Para uno que se suicida, 72.000 atienden á la ley natural de la propia conservación. Por cada homicida ó reo de lesiones corporales hay 1.666 españoles que no atentan contra la exis¬ tencia de sus semejantes. ¿Y si hubiera estadística de los qne voluntariamente se consagran á aliviar los males físicos y mo- 17 'rales del prójimo, y de los que exponen su vida por la ajena? Al asesino se le mata en un cadalso, expuesto al público con grande aparato: al que peligrosamente salva á un náufrago suele concedérsele una cruz, que nadie vé. Nace un individuo por cada 24 habitantes, y sólo muere uno por 38: ganamos anualmente sbbre 150.000 personas; y se va ganando á pesar de las guerras, epidemias y emigracio¬ nes; porque estas son raras, pasajeras y eventuales, y el cre¬ cimiento es constante. Aquellos de los nacidos que, abandona¬ dos de sus crueles madres, aparecen expósitos, no exceden de 1 por 875 habitantes: sólo hay un ilegítimo por cada 500; quedando legítimos y al cuidado de sus progenitores 1 por 29. Háblase con pavor de siniestros de viajes, y son muchas las personas que temen emprenderlos, exajerándose los peligros. No poseemos datos auténticos de lo ocurrido en los caminos de nuestro país; pero en los del vecino imperio resulta, que de 846.000 viajantes en diligencias sólo fueron víctimas de vuel¬ cos y percances sobre 1 por 20.000; y que de 20.000.000 de individuos que anualmente recorren las vías férreas, no han ex¬ cedido las víctimas de 1 por 1.955.555 de viajeros. Por sensi¬ bles que sean estos desastres; por más que nos empeñen á redo¬ blar los esfuerzos, ínterin quede un desgraciado á quien aliviar, no hay razón para hacer coro á las lamentaciones de los pesi¬ mistas . Si la perfectibilidad humana no puede llegar á extin¬ guir los males, puede minorarlos, y los va reduciendo cada dia. Si nos detenemos un momento, con atención, en las funcio¬ nes más vitales del organismo, en las exigencias mas imperio- Sas he nuestro sér, veremos con claridad cuán ventajosa es la balanza del bien sobre la del mal. Necesitamos ante todo respira r: pues, exceptuando un corto número de asmáticos y de tí¬ sicos, en la generalidad de las personas funciona con regulari¬ dad el aparato respiratorio; merced á su admirable mecanismo, y d las sábias combinaciones del ambiente en que respira. Tenemos necesidad de nutrirnos; y como el hombre es om- 2 18 nivoro, difícilmente le faltan alimentos y bebidas, siendo ra¬ rísimas las ocasiones en que un individuo fallece de hambre ó de sed. Más son los glotones, que padecen de escesos bacana¬ les ó que sucumben de hartazgo; porque las indigestiones no alcanzan á moralizar todos los estómagos. Aun los que comen pobremente llevan su parte de ventaja, en el regalado apetito con que lo hacen y en la fuerza superior de su facultad di¬ gestiva . Siente el hombre con viveza el instinto de la reproducción; y la mayoría lo satisface honestamente. De 8.742.923 perso¬ nas nubiles, que hay en España, son ó han sido casados 6.787.224: queda únicamente fuera del matrimonio un 34 por 100, de los cuales se desposa el mayor número de adolescen¬ tes, no llegando á un décimo el de los solterones rebeldes. Igual proporción favorable existe en todas las demás fun¬ ciones de la vida interior y de relación; pero por lo mismo que son usuales, comunes, continuas y conaturales, pasan des¬ apercibidas y no las anotamos en el catálogo de los goces: pura¬ que un placer merezca esa inscripción, es preciso que sea raro, extraordinario, costoso y tumultuario acaso. Nadie repara en la fortuna de que su pulmón funcione perfectamente horas, dias y meses enteros: le choca sí y le inquieta un ligero mo¬ mento de obstrucción ó un catarro de tres dias . El gusto repe¬ tido de los manjares, la satisfacción diaria de la necesidad de reparar las fuerzas en la mesa y en el lecho, pasa sin cuenta ni razón de la conciencia: es menester que llegue un dia de boda, de convite ó de merienda campestre, para que advirtamos que comiendo y bebiendo se nos hace grata la existencia. Finalmente, desde el esperezo del despertar en la madru¬ gada , hasta el dulce trasponerse de la noche, entre reminis¬ cencias placenteras y proyectos lisonjeros ¿qué sin número de beneficios no disfrutamos en la conversación, en el amor, en el estudio, en la lectura, en la música, en el ejercicio de la profesión, en el paseo, en las tertulias, en los espectáculos y 19 en el hogar doméstico? De esa suma crecidísima, apenas pu¬ dieran sustraerse algunos cuidados y pesares, si nuestra ima¬ ginación descontentadiza no los abultase, y el embotamiento de la percepción no desfigurase la resta, disminuyendo el residuo. Demos una ojeada rápida sobre el trato social, y fijémonos en los asuntos que dan más pábulo á la murmuración y á las fiuejas: negocios de intereses, roce de amos y criados, relacion és de amistad y entre esposos . Con todo el estrépito que cau- San chascos de petardistas y engaños de contratantes, que foltan á los pactos: con tanto pleito promovido por la mala fé en las estipulaciones; nadie puede negar, que para un caso de este género, son muchísimos los en que se guarda lo pactado, aunque no medie otra garantía que la palabra del hombre. La generalidad de los arrendamientos de tierras y casas ha sido v orbal; y si se solemnizan con escritura pública, es porque el fisco apremia á ello. Millares de gañanes, pastores y sirvien¬ ta , que tienen cuentas minuciosas con sus amos, no usan otro documento, que el libro de caja del principal; y en tan ilimi¬ tada confianza es rarísimo que se note un engaño, disputa, ni trabacuenta. Lo mismo sucede en los almacenes, tahonas y tiendas, de donde los parroquianos sacan al fiado, sin otra formalidad que una tarja, ó el simple asiento de una de las P a rtes. En vista de tanta sencillez y buena fé, calumnia quien acusa de maldad á las gentes. Nos lamentamos, con justo pesar, de los extravíos de la correspondencia; y al sentir la pérdida de una carta esperada ^ el retraso de un periódico, nos olvidamos de que millares de pliegos llegan á su destino con una simple faja, y de que si hay un lance de abuso en las cartas , corren seguramente por l°s buzones y maletas de correos cuantiosos millones en papel fiel Estado y en letras de comercio (1). . Los valores circulados por Correos, en efectos de la Deuda, as- Cl onden por año medio á 56.730.000 escudos. 20 La vida matrimonial, vidriosa de suyo, temida por célibes desconfiados, y pintada como infeliz por la exageración de poe¬ tas dramáticos, y en la locuacidad festiva de los pasatiempos: esa sociedad conyugal, tan torpemente retratada y comprendi¬ da, es, pese á los detractores, testimonio irrecusable de lo que supera el bien. ¿Cuántos divorcios ocupan á los tribunales? Qué número de separaciones convenidas me podréis citar en el círculo de vuestras relaciones? Por mucho que se ponderen las desavenencias, la sevicia y los escándalos de ciertos casados, ¿qué valen ante la suma de casi tres millones de matrimonios, en general bien avenidos, que dejaron el amor tranquilo de los padres por el caloroso del cónyuge; que se estrechan, se iden¬ tifican y se copian, hasta parecerse ambos consortes; y que con regularidad proveen á la subsistencia de la familia, y á la edu¬ cación de los hijos? Corrobora esta verdad el hecho ostensible de que casi todos los hombres y mujeres se casan: aun aquellas vírgenes y aquellos levitas, que se apartan de la corriente mundanal, no lo hacen sin figurar un consorcio místico con Dios ó con la Iglesia, como si quisieran librarse del sanbenito, que la opinión ha impuesto al celibato. Reducida á miniatura la vida media del hombre, el mayor espacio del dibujo lo ocupan los goces, los placeres, las alegrías, las ilusiones, los juegos y los entretenimientos. Hablad de penas á la niñez y á la infancia, á quienes viene el dia corto para el recreo, y no hay noche larga, que dure mas de un sueño. Preguntad qué son desdichas á la juventud bulliciosa’ para la que no hay cansancio, ni dificultad, ni fastidio. Obser¬ vad á la senectud, y la hallareis sosegada y tranquila, olvi¬ dada de los contratiempos, y únicamente memoriosa de hazañas de sus mejores dias, de que ya no cree capaz á la generación novel: la vereis contenta y resignada, llorando de gozo en las bodas y bautizos délos suyos, ó chocheando con los nietos. ¿Qué período queda entre esas edades? Algunos años de afanes, de cuidados y de previsión, mezclados de todo; pero 21 en que nunca falta el aliento para trabajar, la satisfacción de ganar el pan y el concepto de honrado, y la esperanza de niedrar para alivio de la vejez y establecimiento de la descen¬ dencia. ¿Pensáis que compadezco á los que no ven así la vida? Pues sabed, que aun no los cuento entre los desgraciados: por¬ que son ménos los ratos que se ocupan de este pensamiento lúgubre, que los que dedican á saciar gratamente los apetitos, ¿satisfacer sus necesidades ordinarias, y al ejercicio natural úe sus facultades. Con la rapidez, que cabe en un breve discurso, creo haber justificado el aserto, de que en este mundo, obra maestra de un poder sobrehumano, son las personas buenas y los bienes incomparablemente mas copiosos, que las cosas y los hombres malos: hecho conveniente, necesario y el mas apropiado para sostener la actividad humana, y que jamás pierda la esperanza. Solvamos ahora al punto cardinal de nuestro tema. EL HOMBRE ES PERFECTIBLE. Desde que los estudiosos sé ocuparon con discernimiento en conocer la naturaleza de los séres, que constituyen y pueblan nuestra morada, clasificaron en reinos las producciones de este planeta; señalando en el mineral el crecimiento , en el vegetal la vida, en el animal el sentimiento y en el hominal la p erfec- Clon . Por más que en esta ordenación sistemática haya bástan¬ la 8 puntos dudosos é inseguros, nadie ha desconocido la verdad que el hombre es el sér mas complexo y sobresale entre todos los vivientes, por sus facultades esenciales y peculiares para adelantar y mejorar. Amén de otras diferencias cardinales, de fine hablaré luego, sírvenle á este proposito dos elementos, con fine no cuentan, como él, los demás animales: la educación que recibe, y la sociabilidad en que vive. Aquella cultiva su razón úesde que brota hasta que madura, al calor del acendrado amor maternal, y bajo la discreta dirección de doctos profesores. La 22 otra le permite colectar incesantemente conocimientos y esperiencia, adquiridos por las generaciones pasadas, en los varios siglos que cuentan los anales del mundo, y en los diversos sitios del globo, así habitados, como reconocidos. Cada sér es perfecto dentro de sus propias condiciones, nece¬ sidades y destino; pero son muchas las señales que distinguen de los perpetuamente estacionarios al perfectible por escelencia. Prescindamos del hecho de que se sirve de todos, sorprendiendo á los volátiles y acuáticos, que tan lejos pueden huir, ó ven¬ ciendo á los de fuerzas superiores con maña y artificios, y ha¬ blemos en el sentido de la ciencia. Los irracionales se desarrollan con facilidad, tan prestamen¬ te, que muchos hijos siguen á los padres á poco de nacer, y están al año en disposición de reproducirse: para llegar á igua¬ larse á los mayores no han menester aprendizaje, lecciones, u 1 doctrina. El hombre necesita estar dos años colgado del pecho de la madre ó de la nodriza, y en el largo período de la infan¬ cia y de la adolescencia, más largo que el de los demás anima¬ les , tiene niñera, ayo, preceptor, maestros y todo género de escuelas teóricas y prácticas. Los brutos se alimentan de un modo uniforme, sin necesidad de guisos y condimentos: »° tienen otro abrigo de sus cuerpos, que las conchas, escamas» plumas, pelo ó lana que recibieron, como los demás órganos y miembros: moran adheridos á la región que les es propia, ó cuando más pasan estacional y fijamente á zonas no lejanas. El hombre ha hecho de la culinaria un arte variado y comphcadísimo; de las modas un guardarropa inmenso y múltiple de trajes, prendas y adornos; y es cosmopolita, venciendo con sus potentes .medios las dificultades del clima, del suelo y de los elementos. Pero la diferencia esencial, las principales facultades y medios en que el hombre ha podido fundar su supremacía, están en el lenguaje articulado y en la escritura ortográfica • Para comunicarse entre sí los brutos solo poseen medios meca- 23 nicos escasos, una expresión casi constante de la voz y del can¬ to . Sus acentos son tan poco variables, y modulados, que su gramática, su diccionario y su repertorio músico pudieran figu¬ rarlos, si supieran, en una cuartilla de papel: mientras que hay hombre rudo del campo, que imita perfectamente los graznidos, piadas, cacareos, chillidos y trinos de las aves, y el aullar, ladrar, gruñir, rebuznar, relinchar, mugir y maullar de los animales, en términos de servir de reclamo y engañarlos. El hombre, creando y multiplicando los idiomas, hasta más de tres mil seiscientos, enriqueciéndolos sin cesar, y haciéndo¬ los cada dia más cultos y sábios, ha agrandado prodigiosa¬ mente el círculo de sus conocimientos. Pensando por las pala¬ bras que aprende, ensancha sus ideas: inventando voces para significar nuevos pensamientos, multiplica sus conceptos. Por eso tiene medios seguros, completos y espeditos de comunicarse con los demás, de decirles cuanto observa, percibe y piensa, de eir lo que los otros advierten y discurren; y lo que es más todavía, de contender reunidos los individuos, para depurar la Verdad en el alambique de la controversia, ó en el crisol de convergentes focos de luz. Como el pedazo prismático de cuar¬ zo que arrastra el torrente, va perdiendo las aristas y los án¬ gulos, hasta quedar en peladilla esférica de rio, así las ideas se regularizan, redondean y exclarecen al esfuerzo de encon¬ trados empujes intelectuales en una y otra mente. Por último, los irracionales no ven en sus descendientes otros conocimientos que los instintivos propios de la especie, siu aditamentos ni variantes: al paso que los humanos se co¬ munican en vida á las mayores distancias por medio de la escritura, y legan á las generaciones sucesivas cuanto ejecu¬ taron y supieron, cuanto idearon, vieron y soñaron. Apenas Pasa un hombre estudioso por el camino breve de la existen- Cla , sin dejar á los que vienen en pos alguna observación útil, a lgun hecho notable, alguna idea buena: y reunidos y compamdos los hechos, las observaciones y las ideas, es como se 24 mejora y perfecciona el saber humano. Así es también como sirve al hombre de medio y de prueba de progreso, la división conveniente de ciencias y materias, para su estudio más pro¬ fundo, aunque sin romper la relación que unas con otras tienen para su mútuo auxilio. Una inducción material, física, anatómica de la perfectibilidad del hombre nos suministra su voluminoso celebro, mayor relativamente y más delicado que el de los demás animales. Doctores y legos estamos de acuerdo en la importancia de la masa encefálica; y hasta la han canonizado los hablistas, lla¬ mando hombre de mucho seso, á la persona muy capaz; y apli¬ cando á la de poco juicio la frase de que no tiene dos dedos $ e frente. No es de los modernos la creencia que anuncia la ex¬ presión feliz de mucha frente mucho cielo; que ya se atribuye ese pensamiento á nuestro Alonso de Madrigal, diminuto de cuerpo y de gran cabeza. Refiérese, que hallándose el Tostado en presencia del Papa Eugenio IV, le mandó este levantar, creyéndole arrodillado: y al conocer la equivocación, quiso subsanarla con la galantería de decirle, cuánto le admiraba, que en tan pequeña estatura hubiese un hombre tan grande. A lo que contestó el español, en el tono de propia defensa, tan común en los de su talla: «Beatísimo Padre, la altura de un hombre se mide por lo que hay de aquí hasta aquí;» y señalo con el índice desde el entrecejo al nacimiento del pelo. Efectivamente, la fisiología comparada ha ido descubriendo y comprobando las facultades de los animales, distinguiendo en los brutos las instintivas y afectivas en completo desarrollo, y notando además de estas en el hombre las intelectuales refle¬ xivas superiormente desenvueltas, fuente de su perfectibilidad. Por medio de estas últimas podemos considerar en los objetos la existencia, la forma, la extensión, el peso, las relaciones con los demás, las partes de que constan, el órden de su co¬ locación , las mutaciones que experimentan, el tiempo trascur¬ rido en cada cambio, las analogías y diferencias individua- 25 tas, etc. La comparación y la causalidad , sobre todo, colocan hombre en el peldaño superior de la escala de los séres ^nocidos, por cuanto facilitan el más seguro y derecho ca¬ lino del perfeccionamiento: hallar la relación entre las ideas y tas objetos, investigar las causas y percibir las consecuen - cias. No es la posibilidad de perfeccionar que tiene el hombre, prueba concluyente de que de hecho haya perfeccionado: veam °s si lo ejecuta. Me fijaré únicamente en el período que couoccmos por vista de ojos, en nuestra propia época. ¿A qué empeñarse en cuestiones histérico-críticas, ni en polémicas sobre lo pasado, cuando tenemos tan á la mano el presente? Ni a harcaré, en el rápido exámen que me es permitido, todas las Oaciones cultas del globo, ni aun las de Europa siquiera: dentr ° de España, que desgraciadamente no se halla á vanguar¬ dia de la civilización, por estar atravesando el período angus¬ tioso de ganar el siglo, que se habia retrasado; dentro de casa eocontraré fundamentos sobrados para la demostración, sin a cudir á campos ya espigados por escritores de más ciencia. ^ siglo XIX está plenamente defendido y justificado, como Sl glo de progreso intelectual, moral y material en la oración del profesor Monlau, al abrirse el curso de 1853 á 1854 en Muestra Universidad central. ¿Andamos, estamos parados ó retrocedemos? ¿Se gana ó se Pmrde? ¿Ha mejorado España en nuestros dias? Recordad los tachos y los aposentos en que dormían nuestros abuelos, el ser- Vlc io de su mesa, el menaje de sus casas, las escuelas en fiñe se educaban, los medios de que disponían para viajar por raar y por tierra, los que tenían para corresponderse, el movimien to de la población y de la riqueza; en una palabra, com- P a rad el ayer y el hoy de la vida doméstica y civil, así bajo el as pecto económico, como el administrativo, higiénico, científi- Co y moral, y no habrá quien desconozca los generales pro¬ cesos, por más que en puntos determinados crea perjudicial 32 vecinos de las mismas poblaciones; las asignaturas limitadas que se enseñaban; los defectuosos textuales, el sistema de lec¬ ciones, la duración del año escolar, y las irregulares vacacio¬ nes ; los"asuetos y faltas de asistencia; son harto conocidos de la generación adulta viviente. Bastará recordar, que no había sistema general de exámenes de curso, ni notas de calificación: que aquel solia probarse con la simple certificación del catedrᬠtico, escrita por el mismo discípulo: que la inasistencia, la desaplicación y la rudeza, vencian en no pocas ocasiones, con facilidad, los escrúpulos del maestro, juez único y natural¬ mente compasivo, mediante los empeños y gestiones del inte¬ resado, sus deudos y amigos, todo lo eficaces que eran menes¬ ter para rendir la voluntad de un solo hombre. Los que en tan malas condiciones siguieron una carrera literaria de las tres q ue se decían de pane lucrando , ven ahora la remuneración, ascen¬ sos y derechos pasivos del profesorado; la ventajosa situación délos liceos; el mejoramiento de las obras de texto, de las bibliotecas, gabinetes y museos; los exámenes, que se repiten al mediar el curso, á su fin y extraordinariamente; los premios y estímulos con que cuentan los catedráticos y los alumnos qno sobresalen; la multiplicación de escuelas elementales, compl e ' tas, de párbulos, de adultos, de regimiento, de taller, las domi' nicales, normales, especiales, preparatorias y de ampliación? así como los institutos de segunda enseñanza en todas las pr°~ vincias: los que jóvenes asistieron á aquello, y examinan esto en la edad madura, pueden juzgar, imparciales, lo que va de tiempos á tiempos, y los pasos gigantescos que se han dado hácia la mejora de la enseñanza, y muy especialmente prop a " gándola por todos los rincones y á todas-las clases. Aún nos falta mucho que andar; pero en camino vamos. Tres argumentos nos presentarán aquí los loadores del tiemp 0 pasado : que hubo entonces hombres tan eminentes como ahora en las ciencias y profesiones: que son costosas las carreras y están desheredados de ellas los pobres: y qué con los sistemas 33 Modernos confundimos á la juventud escolar, hacinando ense¬ ñanzas, que no puede abarcar ni digerir. Es de alta importan¬ cia responder á estas objeciones, que frecuentemente oimos en boca de personas respetables. Conviene rectificar las opiniones cstraviadas sobre puntos de tan inmensa trascendencia. El interés social demanda asimismo que alentemos á los poderes públi- 008 en la marcha emprendida, positivamente útil, á fin de que ño vacile ante reparos equivocados, ni retroceda ante los enga¬ ñosos y sofísticos, que puedan presentarse, so color de prudente reserva. Que siempre hubo sábios y personas de gran ciencia, es un becho cierto; pero deducir de él, que el método actual de ense¬ ñanza no es mejor que los anteriores, equivale á pretender que l°s métodos son indiferentes, que los planes no influyen, que no debemos ocuparnos de los medios de instrucción: y esto, por tender á probar demasiado, es un absurdo que nada prueba. Las eminencias del tiempo pasado no se formaron en las aulas públi- Cas: estudiaron, como decía Jovellanos de sí mismo, en la Uni¬ versidad de sus libros: que la eficacia de los planes, con ser tanno alcanza á matar el ingenio en quien lo tiene. Facilita, sin embargo, á las capacidades medianas que lleguen á adelantar, y u los genios mismos les dá nueva potencia, que los desarrolla 7 engrandece. Suponer que se puede estudiar historia natural, a stronomía, física, química y medicina, lo mismo sin buenos gabinetes, museos, instrumentos y salas de disección, que G °mo con ellos: que es indiferente dejar al alumno a su con¬ vencía, ó exigirle pruebas de lo que estudia y comprende: que ññporta poco el catar las disposiciones de los niños, antes de dedicarlos casual ó caprichosamente á una carrera literaria: fiñe no mejoran el profesorado las oposiciones, los sueldos decor °sos, y i as recompensas: que con el Guevara y el Rosselli se a prende filosofía tan bien como con Laromiguier, Servant beauvais y Balmes, fuera el colmo de la sinrazón, ó un aferramie nto terco y repugnante. Con nuestros medios,' aquellos 3 34 sobresalientes ingenios liabrian descollado aún más. Porque los aventajamos hoy en elementos instructivos, pasan por tan ilus¬ trados como ellos muchos, que á su lado hubieran sido pigmeos. Que cuesta más ahora el seguir una carrera literaria y uo está al alcance de todos. Concedido; pero es preciso analizar el hecho, para descubrir lógicamente lo que tiene de perjudicial, y si es mayor la parte provechosa. Comencemos por asentar, que todo se ha encarecido, porque el dinero vale ménos. Sin embar¬ go , la enseñanza primaria y aun la secundaria son ménos gra¬ vosas ahora que antes. La primera educación se da gratis á los que carecen de recursos, y hasta se les suministran libros, papel, tinta y plumas. Las retribuciones de los niños, que pue¬ den darlas, no son más crecidas, que las que antes pagaban po¬ bres y ricos. La segunda enseñanza, establecida en todas las capitales y en algunos pueblos subalternos, se ha acercado al domicilio de los padres de familia, que tienen ménos dificultad en establecer á sus hijos en modestos pupilajes. Se han abierto nuevos caminos á la medianía y estrechez de fortuna con la® breves carreras de maestros de obras, aparejadores, agrimen¬ sores , peritos agrónomos, ayudantes de obras públicas, tele¬ grafistas, etc. Queda, en efecto, más costosa la carrera de Universidades, pero nótense estas circunstancias. Los sobresalientes, gracias al mayor culto que hoy se da al mérito, pueden optar á ganarse por oposición los derechos de grados académicos. Todo escolar encuentra medios más abundantes de residir en las grandes poblaciones, sin ser gravoso á su familia, por" que se los facilita el desenvolvimiento de los negocios, ocupa¬ ciones y ejercicios: camino más decoroso y digno, que el de lasopa y el de la tuna, mengua de la época porque se quiere abogar, y virus putrefactivo, que rara vez extirpaban de raíz el talento y la instrucción. A cuantos chicos descuellan en las escuelas de los pueblos, dando muestras de especial aptitud para las letras, se les ofre- 35 Cen mil ocasiones de emprender alguna carrera, ya ayudados de personas ó asociaciones caritativas, ya á impulsos del alienque infunde en todos la publicidad de los ejercicios, ya al amparo de recomendaciones de representantes y de escritores públicos. Es de esperar que se facilite el ingreso en los recientes colegios de internos de los institutos provinciales, conce¬ diendo plazas gratuitas á los niños, que despunten en las escuelas primarias. El resto de los jóvenes, que carezcan de las condiciones ex¬ presadas, no irán fácilmente á estudiar; mas esto, en lugar de ser un mal, será un gran bien para las ciencias y para las mdustrias. Las primeras se verán libres de ese aluvión de ado¬ cenados que las invadian, sin la base de la educación domésti- Ca y sin chispa de talento: afluencia sofocante, cuando han Altado las válbulas de los conventos y de las capellanías: y ias artes, las industrias y los oficios retendrán un crecido númer o de brazos, que sólo allí pueden emplearse con provecho individuo y de lapátria. Para todos, la instrucción primaria gratuita y obligatoria; las facultades, para los que las tengan. En cuanto á que hayamos embrollado á los niños y jóvenes cagándolos de asignaturas en cada año escolar, hay que distinguir. Concederé cuanto quieran á los opositores relativa¬ mente al más ó al ménos, y sobre todo, respecto á la combina- Cion y órd en sucesivo de las materias, que deben simulta¬ nearse, á la multiplicación y mejoramiento de los libros de te xto, en lo cual es indudable que nos falta mucho que hacer; empero en lo que se refiere á la base del método, no me siento dispuesto á dar cuartel, porque los impugnadores carecen de r azon; sea que los preocupan reminiscencias gratas de lo que ^né, sea que les choca demasiado la novedad, que no han debi¬ te Estudiar en sus fundamentos esenciales. El niño y el jó ven tienen en grande ebullición sus facultaes sensoriales, son por naturaleza imitativos, y se encuentran eu el período crítico de ejercitar la memoria, la actividad, la 36 percepción exquisita, y la atención continua, aunque incons¬ tante. No hay objeto que pase desapercibido, ni expresión que se les escape, ni instante en que huelgue su voracidad asimi¬ ladora. El sistema actual de enseñanzas es consecuencia legi¬ tima del estudio fisiológico de la infancia: de continuo movi¬ miento, variado y algo fantasmagórico en la primaria; más formal y siempre activo en la secundaria y superior; demos¬ trativo y aplicado en cuantas materias lo consientan. Porque á los pocos años el hombre necesita poner en ejercicio todas sus potencias, para que se despierten y crezcan: no tiene perseve¬ rancia para estar una hora seguida en un solo juego, en dis¬ tracción igual, en la misma ocupación; pero al propio tiempo tiene energía suficiente para pasar todo el dia en movimiento membral y celebral; para no cansarse, miéntras diversifica? sino cuando le rinde el sueño. Aunque nuestro método no tuviera otra ventaja sobre los antiguos,, que la de servir grandemente para descubrir las in¬ clinaciones positivas de los jóvenes, merecería la preferencia, que con razón se le ha dado. Haciendo gustar á la infancia los diferentes alimentos del espíritu, y observando con tino los que le repugnan, los que apetece y los que mejor le sientan, según sus peculiares apetitos, es cómo el padre y el maestro llegan á conocer bien las facultades respectivas de cada individuo, des¬ cubriendo al cabo la verdadera vocación de los educandos: asunto el más provechoso, para no gastar el tiempo y las fuer¬ zas en una educación errada, ó para sacar de la bien elegida abundantes y sazonados frutos. Vamos á otro ramo, importantísimo también, á la adminis¬ tración de justicia. ¿No se ha adelantado en él modernamente? ¿Puede compararse, sin asombro, el estado precario de la segu¬ ridad personal y de la propiedad de nuestros mayores, con el que hoy disfrutamos sus descendientes? ¿Trocaríamos los nie¬ tos las garantías de nuestras personas, bienes y derechos p 01 ' las que tenían los abuelos? 37 Juzgaban antaño en primera instancia alcaldes ordinarios y corregidores de capa y espada, que, legos en el derecho, bus¬ caban asesores letrados, por lo común fuera del pueblo de su residencia, porque no los había en todos. Eran estos jueces parientes, relacionados, amigos ó enemigos del mayor número de los actores y reos, de los testigos y peritos, que intervenían en los pleitos y causas. Revestidos del mero y misto imperio, y reasumiendo toda la autoridad, en lo civil como en lo crimina l, en lo gubernativo como en lo económico, lo mismo falla¬ ban los asuntos de cualquier cuantía, que imponían la última pena. No era raro ver que encarcelaban por muchos dias á un y ecino, sin formación de causa, ó que dejaban en libertad á un homicida bajo cualquier fianza, ó por la mera confianza judi- C1 al. Para apelar de estos fallos, en el vasto territorio de Castilla y León, multitud de litigantes habían de llevar sus alzadas d 50, 60, 70 y más leguas de su domicilio: jueces tan apartados del teatro de los sucesos eran los encargados de las apelaciones para confirmar, enmendar ó revocar sentencias perjudiciales, y aveces injustísimas. ¡Qué de entorpecimientos para todo y Para todos! ¡ Cuántas dificultades para la remesa de autos y para llevar documentos y pruebas! ¡Qué desigual lucha entre contendientes de diversa posición, entre ricos y desvali¬ dos ! Preciso era que resultasen daños y parcialidades inevita¬ bles con tan desacertada administración. Ln la actualidad poseemos una organización acomodada de tribunales de 1. a , 2. a y 3. a instancia y de casación, al com¬ pás de las naciones más cultas: jueces, magistrados y fiscales, letrados y responsables, que no devengan derechos, por estar c °nipetentemente dotados: una distribución racional del terri¬ torio en partidos judiciales y distritos de audiencias: publicidad de juicios y de pruebas, y sentencias motivadas: precisión inde¬ clinable de que sepa el reo la causa de su prisión antes de las veinte y cuatro horas: procedimientos especiales para juicios e conciliación, de paz, de faltas y de menor cuantía: sustitu^ cionde los gastos del juicio y de las multas en dinero con el papel sellado: tres códigos sancionados y los restantes á punto de publicarse: y tantas otras garantías que aseguran la pre¬ ciada posesión de los bienes, el triunfo de los derechos, y el don inestimable de la seguridad personal, que son el alma y fundamento del bienestar social. No podemos exigir los ancianos, que los que han nacido en mejores dias perciban estas diferencias con claridad y con ca¬ lor ; mas á los que hemos conocido aquel atraso, sufriendo y llorando las consecuencias, permítasenos que defendamos y glorifiquemos el progreso alcanzado. Si se nos negase la ma¬ nifestación expansiva de esos contrastes, nuestros propios hijos dudarían si era una nación de la Europa culta, donde se vivía, como hemos vivido. A pesar de sus lunares, que todo los tiene en este mundo, bendigamos la civilización; y si no lográsemos que los obcecados se desengañen, opongámonos con todas nuestras fuerzas á los ilusos, que quisieran volver¬ nos á la edad de hierro, negando le perfectibilidad hu¬ mana. He bosquejado de corrida algunas ventajas, porque fueratarea interminable el enumerar uno por uno todos los ade¬ lantos: voy á recopilarlos en un sencillo resumen. A los barcos de vela, han reemplazado los de vapor y de hélice. A las galeras corsarias, con ejes leñosos y clavos saltones, las diligencias con ejes y aros de hierro y los wagones con caloríferos. A la primitiva calesa, los coches de plaza con número y tarifa. Al correo semanal, el diario y los telégramas instantáneos. A las partidas de bandoleros, las parejas de la Guardia civil. A las cruces de asesinatos terroríficos en los caminos, les esbeltos kilómetros itinerarios. 39 A las plantaciones de renuevos arrancados de árboles vie- 10s > las almácigas y los viveros. Al enterramiento en las iglesias, los cementerios. A los torreros de las costas, más de cien faros de reverbero ^ luz fija ó giratoria. A los verederos, los Boletines oficiales. A la Gaceta de Madrid , hebdomadaria y en 4.°, centena¬ res de periódicos diarios descomunales. A la oscuridad, mal piso y desaseo de calles y zaguanes, la limpieza diaria, las cancelas, los porteros, las cubetas uri¬ narias , los adoquines, el asfalto, las aceras y el alumbrado de gas. A los pozos inmundos, las alcantarillas. A los aguadores de la Mari-Blanca, las fuentes de vecindad y á domicilio. A los pozos de nieve, el hielo artificial. A los figones asquerosos, fondas de príncipes y cafés de lujo. A las velas de sebo, las esteáricas y el aceite mineral. A las yescas con eslabón y pedernal, los fósforos de velilla. A la aguja y el dedal, la máquina de coser. A los regidores perpetuos y mitad de oficios de república en los nobles, la elección popular. A la infamia de cómicos, carniceros y verdugos y á la exención de milicias en favor de hidalgos, tonsurados y novi- C1 °s, la igualdad de los ciudadanos ante ley. A la tasa de regidor, el libre cambio. A las levas, las quintas. Al embrollo de fieles de fechos, los amillaramientos, re¬ partos y cuentas expuestas al público. Al predominio de pocas familias aristocráticas, la influen¬ za de las clases media y general. A los privilegios exclusivos y los gremios, la libertad de ln dustrias, las exposiciones y los premios. 40 Al estancamiento de la propiedad inmueble, mayorazgos y tierras espiritualizadas, la desamortización civil y ecle¬ siástica. Al arbitrario manejo de la Hacienda pública, los presu¬ puestos votados anualmente por las Cortes. A la regalía de aposento, la ley de inquilinatos. A la comunidad de pastos, el derecho de propiedad. A recopilaciones indigestas, nuevas y novísimas de leyes, códigos ordenados y armónicos. Al diezmo, enorme carga exclusiva de la agricultura, el sosten del culto y del clero por todas las riquezas. A las comunidades antiguas, las que se ocupan en la ense¬ ñanza, en las misiones ultramarinas y en ejercicios de ca¬ ridad . Al suplicio horrible y repetido de la horca, el garrote poco frecuente. A la molestia de pasaportes y su presentación al pernoctar, el libre derecho de trasladarse á cualquier punto. A la penuria de hambres y carestías en las clases proleta¬ rias, la abundancia de trabajo y de comestibles. A las repugnantes violencias de bagajes y alojamientos, la regularidad del servicio por contratas. A las pérdidas por incendios y naufragios, las compañías de seguros. A la usura de los prestamistas, los bancos. A la falta de previsión, las cajas de ahorros y de depósito. Al silencio de los actos gubernativos, la publicidad de la prensa, la tribuna parlamentaria, los colegios electorales, los comités afrancesados y los meetings á la inglesa. A la carencia de datos oficiales, los censos, las estadísticas generales y las especiales de instrucción, beneficencia, crimi¬ nal, etc. Al trabuco y al fusil, las carabinas rayadas y los rewolvers. Al errax y al carbón vegetal, el carbón de piedra. 41 Ala silueta y cámara oscura, el daguerrotipo y la foto¬ grafía. Con ser tan pesada la relación comparativa que acabais de 0lr , os la habrá hecho tolerable la grandeza de los progresos que revela, en todos los asuntos de la vida individual y social: a sí en la copia de medios de existir, como en la higiene: lo mismo en el sesgo de las costumbres, que en el dominio de la ciencia: tanto respecto de los intereses particulares, cuanto del pro comunal. Ese índice, todavía incompleto, que pudiera serlo de un grueso volúmen, contiene la demostración, que me he propuesto hacer; por más que sobre algunos de los puntos no falte quien objete y discuta. Seria vano empeño querer Privar á la sociedad actual y á la generación presente de ese florón glorioso de sus conquistas, donde tantas piedras pre¬ ciosas sobresalen, porque en algunas cosas, ó menos impor¬ tantes , ó más difíciles, haya retrocedido algún tanto, ó per¬ manezca estacionada. Mírese al conjunto de esas trascenden¬ tales mejoras, y ni la crítica más severa, ni la más delicada conciencia podrán desconocer que atravesamos un período de perfeccionamiento real extraordinario. No puede haber quien de Aliena fé quiera retroceder, lisa y llanamente, á los tiempos Pasados; y lo confirman los mismos maldicientes de la civili¬ zación moderna, que para anatematizarla y perseguirla, se a provechan de los medios perfeccionados de que detestan. Al Ver que ni saben explicarse, ni habría quien los comprendiese m escuchase, sino acomodándose á la norma de la época, bien Podemos pronosticar, que al realizar el retroceso, porque an¬ helan, se llevarían en pos de sí muchas de las ventajas coetá- ^ eas , aunque tuvieran que ataviarlas de casaca, espadín y Peluca empolvada, ó discurrir alguna mistificación para disi¬ mular el contrabando. desengañémonos: el mundo no siempre mejora; pero el mund o de hoy marcha adelante con velocidad creciente. Su¬ pera á este un período de detención ó de decadencia, es po- 48 do, analizando y comparando, que el atraso de los pueblos inciviles, consiste esencialmente en lo científico y artístico, ó en otros términos, en la falta de desarrollo de las facultades intelectuales reflexivas: porque en las instintivas y afectivas, no aparece igual diferencia; si ya no tienen sentimientos igua¬ les á los nuestros, revestidos de otras apariencias y con otras formas expresados. En lo que atañe á la vida conyugal, á la familia, á las relaciones de indígenas y aborígenas, al respeto á los ancia¬ nos y gefes, á bateos, bodas y funerales, etc., las propias semillas existen en la Oceanía y en el interior del Africa, q ue entre los europeos: salvo qne las unas apénas han germinado, marchitas; que las otras se encuentran en la floridez de,la primavera; y que otras dan frutos otoñales maduros. Que el mancebo cante sus amores con el caramillo ó con el arpa; q ue la zagala busque el agradar adornándose con plumas ó con flores, con pintorreos ó con diamantes, con un arete en I a nariz ó con pendientes en las orejas; que habite el hombre en cabaña pajiza ó en palacio de artesonados techos; siempre y por siempre expresará las mismas facultades, sin salir del círculo trazado por el Criador, aunque varié los accidentes* En lo sustancial es casi imperceptible la desigualdad que hay de unas naciones á otras en orden al uso del discurso: así lo ha dicho, y con razón, el ilustrado autor del Mapa intelectual , y - la misma opinión sostiene el sesudo instituidor de la Fisioloff l(l del celebro , asegurando, que la historia de todas las naciones, desde el estado salvaje al más civilizado, es absolutamente I a misma. Recordemos las severas reconvenciones de los tlascal" tecas á Cortés, las de los árabes de la Argelia, y las que 1° 8 japoneses exponen á la marina real británica, y rebajaremos no poco de la superioridad discursiva de los conquistadores. Por donde se vé, que si la sociabilidad es un medio podero¬ sísimo de perfeccionamiento, respecto al saber por principio 8 ciertos, y señaladamente á los que constituyen las ciencias 49 Exactas, físicas y naturales, que piden tiempo, observación y hechos repetidos; no sucede lo mismo en las morales, que a penas sufren otra novedad que en los accidentes y las formas, por hallarse encarnados sus cánones en el corazón de todas las criaturas, cualquiera qne sea su posición. Aparece igualmente ^e el desenvolvimiento de la inteligencia y de la civilización, por tantos lados provechoso á la especie humana, tiene tam¬ bién su parte flaca, cuando el engreimiento, la precipitación ó la ceguedad debilitan ó adulteran los sentimientos innatos a cerca de lo lícito é ilícito, lo justo y lo injusto, lo bueno lo malo, lo verdadero y lo falso. Algunos ejemplos de ese estravío de la razón nos suminis- 1 ra el conocimiento de los hombres y de los sucesos. Períodos hay > en la historia de todos los pueblos, en que el desborda¬ miento de las pasiones, la exageración del egoismo y del amor propio, la avaricia de riquezas y de goces, y el predominio de la fuerza bruta sobre la inteligencia, han detenido los pro¬ gresos , produciendo desórdenes, parcialidades y guerras civi- ^ es > achicando la virtud sociable ó esterilizando sus frutos. Aún en tiempos bonancibles la sociedad tiene sus carco¬ mas: porque no ya el vulgo, no ya el pueblo, sino los genios mismos no pueden librarse del error, de las manías más extra¬ ñantes, cual si las tareas y las vigilias les perturbasen el Jmcio. Pedid lo que queráis á los espíritus y talentos extravia¬ res ; que desde el fatalismo de Zenon hasta la filosofía alegre e Epicuro, nada echareis de menos. Hay personas de grande mgenio y de instrucción sobrada, que á haber evitado el c hoqu e con los demás y las controversias acaloradas, dejarian monumentos imperecederos de su capacidad, perseverancia y c °nsecuencia en cierto género de estudios; pero el carácter msociable de estos miembros de la sociedad, en quienes la c °ntradiccion produce una perturbación completa, los pone en P u gna con otras eminencias análogas, llegan á figurarse que s °udesatendidos, y su irascibilidad, su encono y su despecho 4 50 no reconocen límites. Ya no reparan en contradecir lo que ántes defendieron, en profesar doctrinas diversas y opuestas; y hasta revisten sus pasiones rencorosas con la solemnidad de una abjuración. La rivalidad más temible es la de los literatos y de los artistas: es lucha con todas armas, porque tienen las del común de las gentes, aguzadas y envenenadas por el talento, y las especiales de su peculiar destreza. Con estos celos y esas contradicciones y apostasías se causa gran daño á los progresos generales del entendimiento; por¬ que al ver los estudiosos tranquilos y modestos, que tales eminencias vacilan, cambian, claudican y contradicen hoy con tenacidad, lo que ayer defendian con fervor, comienzan ¿ dudar de la solidez de los principios, ó desconfían de la ver¬ dad , cuando no pueden conocer las causas secretas de aquellas evoluciones chocantes. No quiero citar, en apoyo de este juicio, los muchos ejem¬ plos que pudiera; un solo caso es suficiente, el del abate Lamennais. Este escritor, de incuestionable mérito, se vio arrastrado, por su carácter difícil y genio absoluto, á sostener opiniones tan contradictorias como las contenidas en sus varias y bellas producciones. Desde el Indiferentismo en materia de religión hasta el PueUo constiHyente , median piélagos inson¬ dables de doctrinas extremas, por más que él se empeñase en defender que no se contradecía, sino que seguía su camino. Otra pequeña sombra en el magnifico cuadro de la socia¬ bilidad civilizadora. A medida que el esfuerzo general, ex¬ forzado por generaciones enteras, vá acumulando trabajos, ideas, hechos, observaciones, escritos, documentos y medios de perfeccionar, crece también la dificultad de su ordenación y custodia; cuesta más el estudio y cotejo de tantas opiniones aglomeradas, y es más factible que se confunda el que apren¬ de: una indigestión de ideas, ó un estravío del juicio. ¿Se quiere una demostración de esa dificultad? Hagamos un reto ni más entendido economista, al más sabio químico, cuyas cien- 51 cias son modernas, para que en uno ó varios meses formen el simple catálogo de las obras que se han escrito sobre los diver¬ sos ramos de esas profesiones. ¿A que no los encuentran y comprenden todos? Bibliotecas con millares de volúmenes toda¬ vía carecen de millares de otros: ¡ imposible saber lo que se ha escrito! No alcanzándose á manejar tanto caudal de pensamientos y de hechos, unos se descartan por añejos, quedándose con los más en boga; bastantes se condenan sin exámen suficiente; y muchos se olvidan y pierden; de manera, que son pocos los literatos que poseen gran conocimiento del pasado, mientras la mayoría de los que estudian, atenida á lo que dicen y conser¬ van esos pocos, pierde de hecho una buena parte de los frutos Preciosos debidos al trabajo social. Así se explica que se oscu¬ rezcan ciertos hechos y verdades con el transcurso del tiempo, ^rie luego haya quien los resucite como originales, y que des¬ pués venga otro acusando de plagio, encontrando entre el polvo de un archivo ó en un libro viejo, iguales ó semejantes ideas, ^ucho ántes estampadas ó escritas. Por eso se ha acreditado y Se repite la sentencia filosófica de nada nuevo bajo del sol, moderadora del orgullo inconsiderado. Como que la inteligen- Cl a humana camina por una inmensa curva undulante, que por la grande extensión de su desarrollo se confunde á largos tre¬ nos con la recta; ó que por sus rápidas convergencias simula parecerse á veces al círculo vicioso. Queda, pues, de cierto, que la sociabilidad es una palanca mmensa para el adelanto de los conocimientos humanos, si bien % ocasiones en que, desquiciado el punto de apoyo, que es el drden y el buen gobierno, conmueve lateralmente y trastorna, s m levantar. No llegando á la sociabilidad, el hombre no ha c °mpletado su ser, ni ha puesto en ejercicio todas sus faculta- ^ es: parece una criatura imperfecta. Por eso la pena del aisla¬ miento completo y perpétuo es la más terrible que han ideado * 0s criminalistas. Mas el hecho mismo de haber sido dotada 52 nuestra especie de esa facultad, revela que tiene necesidad de ayuda y de socorro, que no lo puede todo por sí, y que, aun asociada, tiene que limitarse á girar en su eclíptica, encerrada entre los trópicos que le trazó la Providencia. ¡La educación! La educación es muchísimo, y apenas es nada: por eso han desvariado tanto los que de ella tratan, sin combinar su poder con el de la naturaleza. Y en esta materia suelen estraviarse más fácilmente los talentos distinguidos, q ue propenden á lo absoluto, prefieren lo extraordinario y no quie¬ ren detenerse en el camino, que emprendieron con ardor. Pre¬ sumen que es fruto de sus afanes, de sus estudios y de sus maestros, lo que deben principalmente al destello divino que l 0 cupo á su mente. Partiendo de este error ¡qué mucho, que en los asuntos difíciles se pase á los extremos! Pecando por exceso ó por defecto, unos se lo conceden todo á la educación, y otros se lo niegan todo. Se ha defendido, con cierto aplauso, la paradoja de que to~ dos los entendimientos son iguales , no encontrando otra razón de diferencia, que la distinta enseñanza. Ciertos materialistas, bien al contrario, suponen inmodifícable al individuo, fuera del curso natural del organismo. Aquellos se oponen á que los bue¬ nos entendimientos se tengan por un puro don de la naturaleza, porque tal creencia perjudica al progreso de las ciencias y d 0 las artes, favoreciendo la pereza. Estos otros consideran hombre como una máquina de artífice desconocido, con deter¬ minada fuerza y mecanismo invariable, que viva y sana fun¬ ciona sin alteración, y que se descompone é inutiliza cuando enferma y muere. Parece inconcebible que, en esos desconciertos de la intehgencia, no se cruzasen alguna vez hechos ó reflexiones capaes de rectificar el juicio de un modo concluyente. ¿Hay más q u0 mirar á ciertas personas, para comprender su diferente capaci¬ dad original? Ved la cara y cabeza de un idiota, é instintiva¬ mente conoceréis que es un sér desgraciado, de potencia inte- 53 lectual escasísima, incapaz de perfeccionamiento racional en duchas materias. Reparad en el busto de Choffron, y en los de otros criminales tristemente célebres, y apenas podréis conteuer la repugnancia que inspira su torvo gesto, y el espanto que infunde su fisonomía patibularia. Contemplad á esos modelos de bondad, de abnegación, de amor y de caridad, y leereis en kt suavidad y dulzura de su semblante, en la sonoridad armo¬ niosa y simpática de su voz, y en lo tierno y expresivo de sus niiradas, dotes interiores semejantes á las de un San Vicente de Paul. Y no os imaginéis que he aprendido mi doctrina por l°s ensayos fisionómicos de Lavater, el ángulo facial de Cam- P er > el craniómetro de Ellis, ó el trabajo fundamental de Gall'. ¿A qué meterme en ese campo, extraño á los profanos en la ^tropología, si basta el buen sentido, la inspección ocular y e l trato de gentes, para asegurarse de la diversa aptitud de los sugetos? Reparando en los sentidos estemos, por donde recibimos tan¬ tas impresiones, origen de multitud de ideas, ¿cuán palpable no es la diferencia? Quién es corto de vista ó casi ciego, quién sordo; este carece de olfato, aquel tiene mezquina lo sensibili¬ dad del paladar; y mientras hay quien por el tacto conoce las m °nedas y las cartas de la baraja, otros no distinguen si lo que tocan es suave ó áspero. ¿Y cómo no fijarse en que entre cien pobres niños expósitos, rec ogidos en la inclusa, se notan los distintivos orgánicos desde ^ 0s primeros dias? Preguntemos á las nodrizas despejadas de esos es tablecimientos, y nos dirán cuán luego advierten, que Un re ciennacido es de carácter tranquilo ó alegre, otro desapa- Cl ble éiracundo; tal adormecido é insensible á los excitantes ex teriores, cual avispado y que marcadamente se fija en los °J/jetos. ¿Rueden haber producido estas notorias diferencias los ectos de la educación, ó será más creíble que procedan de CaUsas orgánicas y congénitas? Si continuamos observando el natural de los niños cuando 54 empiezan la instrucción primaria, notaremos bien pronto las simpatías que sienten algunos para juntarse y quererse, y las antipatías de otros, que no se avienen á estar unidos y en paz • No habrá director de párbulos, que no nos diga, con pleno con¬ vencimiento , que, independientemente de la enseñanza y del ejemplo, se descubre en unos grande afición al estudio y facili¬ dad en aprender, en tanto que otros repugnan la lección ó no pueden comprender lo que se les enseña: que en bastantes sobresale la memoria, en pocos la penetración, y menor número aún dan señales de genio. A cada cual lo entretienen agrada¬ blemente cosas diversas, juegos distintos; y alguno hay, ñ ue dejando á los demás con la pelota, el aro, y los caballos de madera, se ocupa con delectación y retraído en examinar estam¬ pas de animales y paisajes, que comprende y explica con singular facilidad. Vayamos todavía más adelante, y oigamos á los profesores de segunda enseñanza y de facultades. Unánimes y seguros aseverarán, que es incuestionable la diferente aptitud de l° s jóvenes, y que se revela claramente, aparte de las ideas adqui¬ ridas por la educación. Tal hay, que es un prodigio de capaci¬ dad y de aplicación en las matemáticas, sobresaliendo en todos los actos y ejercicios, y ni á mediano puede llegar en historia, aunque se esfuerza más en ella por pundonor. Cual, se encuen¬ tra que sabe de memoria los nombres y motes de todos lo s alumnos de la Universidad, los nombres y apellidos de los cate¬ dráticos, empleados y vedeles; que retiene los números de ias casas donde viven, y que á todos los conoce de vista: pues este mismo no ha logrado aprender las veinte y cinco palabras de la clasificación botánica lineana. Yo alcancé á un vecino de mi pueblo, que fué pastor de joven en un rebaño de trescientas cabezas. Conocía una p° l una todas las ovejas del atajo, sabia el nombre puesto á cada cual, y hasta las distinguía de noche por el balido. Pues este pobre hombre, casi imbécil, á pesar del empeño y lecciones de 55 la familia, de los esfuerzos del celoso cura párroco, y de lo que á él mismo le importaba para poderse casar, como quería, se murió anciano sin las bendiciones de la Iglesia, por no alcanzar á aprender ni el Credo. Si cada facultad del entendimiento no tuviese el correspondiente archivo memorioso, serian inesplicat>les hechos tan auténticos como este. Luego si la nodriza y el maestro, que discretamente se han • calificado de los dos primeros funcionarios del Estado, nos testi¬ fican esa verdad tan de bulto y tan sencilla, ¿qué necesidad tenemos de luchar con los frenólogos? Todos los que quieren observar atinadamente, la tocan á cada momento, en su roce con los demás. Aquí descuella un talento vivo, enérgico, de gran fuerza impulsiva, que penetra los pensamientos de golpe, como la bala rasa, que agujerea la tabla, sin estremecerla. Allí hay otro perezoso y tardo, pero tenaz y con fuerza de tornillo, que se detiene en los medios antes de llegar al fin, como la barrena, que vence una por una las capas del madero, al hacer el taladro. Acá un genio afilosofado, raro, brusco en el trato de gentes, torpe y desmañado en el manejo de los negocios; parco en el comer, desaseado en el vestir, y únicamente agudo y pro¬ fundo en el estudio de las abstracciones. Acullá, en fin, un entendimiento romo en comprender y en esplicarse , diestrísimo en obras de manos, y cuya aptitud parece concentrada en las yemas de los dedos. En el arsenal inmenso de los hechos históricos existen ejem¬ plos notables de la limitada eficacia de la educación, y del grande alcance de las dotes naturales. ¡Cuántos preceptores distinguidos por su saber y sus virtudes han malogrado el tiempo, trabajando en educar discípulos, que carecían de apti¬ tud ! El melifluo y amoroso rey David no logró reprimir las pasiones aviesas del fratricida y pingado Absalon. Sócrates, c °n toda su severidad filosófica, alcanzó bien poco siendo Maestro de Alcibiades. Nuestro Lucio Séneca, el admirable Meritor sobre los beneficios, sóbrela clemencia , sobre la irán- 56 qnilidad del alma y sobre la constancia del sabio , tuvo por dis¬ cípulo al tirano proverbial Nerón. El gran Bossuet sacó escaso fruto de sus talentos, educando al Delfín, hijo de Luis XIV. Y por último, Condillac, maestro del Duque de Parma, y Diderot del gran Duque de Rusia, no habrían alcanzado la fama de hombres eminentes, si hubiéramos de calificarlos por la limi¬ tación de sus aleccionados. ¿Y qué maestros tuvieron Epicuro, San Agustín, San Bernardo, y otros grandes hombres? Ellos nos aseguran, que aprendieron por sí mismos. Infinitos persona¬ jes, sin mas guia que su aptitud especial, se elevaron á grande altura, desde posiciones humildes, ó con sus propias fuerzas. Entre mil ejemplos, que citar pudiera, me limitaré al de Pascal, que á los doce años, por sí mismo y sin libro alguno, había ha¬ llado las 32 primeras proposiciones de Euclides, y que á los treinta y tres, de su enfermiza y corta vida, pasaba en el mun¬ do sabio por uno de los primeros geómetras y de los escritores más trascendentales. Por otra parte se ven familias en quienes aparecen trasmi¬ tidas las cualidades y los talentos, como se heredan la raza y la robustez física. La estirpe de los Catones, siempre severa; la de los Guisas, audaz y facciosa; la parentela de Montaigne, enemiga de la medicina; la línea de los Arnaldos, anti-jesuita; los Bernouillis, matemáticos; los Vossius, eruditos. Vaya un argumento de analogía no ménos fuerte, que alg u ' nos directos. Cuando el hombre ha querido mejorar los anima¬ les domésticos, ó acomodarlos á determinados usos, ¿se ha con¬ tentado con educarlos, ó empieza por acudir ála causa madre de la organización? ¿Se limita á enseñar á los que ya tiene, ó busca otras especies y variedades extrañas para cruzar las cas¬ tas, escogiendo parejas adecuadas de macho y hembra? A I a elección de caballos padres y yeguas de vientre, que no á I a educación, se deben las excelentes razas caballares de cria* de tiro, de batalla, de silla, de carrera y otras muchas, q ue de poco acá poseemos, A la misma causa física hay que atri- 57 huir las innumerables castas de perros de presa, mastines, sabuesos, pachones, gozques, de aguas, etc.: sin que á nadie le ocurra educar un galgo para que sujete al toro en la lidia, ó un perro de Terranova para cazar liebres. La mejora de las lanas finas sajonas es debida á la laya del ganado: se inició exportando nuestros escogidos sementales y no educando las ovejas del país. Como no tiene que ver con la enseñanza, que la perdiz del Maestrazgo sea mejor reclamo que la de la Manoha; que una gata sea mejor madre que otra; que entre los ruiseñores de la ribera cante uno mejor que los demás; ó que un toro jarameño envista á cuanto se le acerca, y una vaca suiza se deje conducir de las astas. ¿Y qué se deduce de lo que queda dicho? Que la educación puede despertar, desenvolver, excitar, avivar , estimular, animar, activar, adelantar, acrecentar, mejorar y perfeccio¬ nar las facultades que existen en el individuo; pero que ni puede producir las no existentes, ni destruir las enérgicamente manifestadas, ni resucitar las que se hallan atrofiadas por completo. En estos últimos casos la educación es harto débil: e u el primero es poderosísima, de importancia suma, de tras¬ cendencia inmensa. Y como la sabiduría suprema ha dispues¬ to las cosas de manera, que las organizaciones privilegiadas se an escasas y las desdichadas igualmente reducidas, resulta, ñue la educación es de gran provecho para la generalidad de tus personas y tan digna de la atención que le dispensan los gobiernos civilizados y civilizadores, que no hay bien superi0r al que se puede producir con la instrucción. No se pierda de vista, sin embargo, que, a pesar de la a ptitud regular del mayor número, no podemos prometernos 3 Ue la generalidad se consagre' sériamente al desarrollo de su inteligencia, por la carrera délas letras. Unicamente la ins¬ trucción primaria es compatible con las faenas precisas de las gontes trabajadoras. La sociedad tiene el derecho y el deber de hacer obligatoria la instrucción en este primer grado, como 64 El asunto ele las invenciones y descubrimientos, argumento el más empinado en favor de las ventajas presentes, tiene muchos algos que analizar. Objetos y productos recibimos de naciones, que pasan por atrasadas, que no pueden hacerlas más avanzadas; que ni siquiera sabemos cómo se ejecutan. ¡ Cuán limitados son nuestros conocimientos sobre los ustorios del geómetra de Siracusa, las pinturas al fresco y los embalsa¬ mamientos egipcios, y el mortífero curare de los indios! En medio de nuestros adelantos en mecánica, ignoramos cómo se condujeron aquellas enormísimas moles de piedra, que existen en los templos y sepulcros de Egipto: no podemos hacerlo. Levantaron los rodios un coloso de metal de casi 33 metros de altura y á nosotros nos cuesta ensayos repetidos el fundir una campana de mil ó dos mil arrobas. Son bastantes las obras artísticas, herramientas, máquinas y procedimientos, que se dan á luz como nuevos, que fueron anteriormente conocidos, en esa ú otra forma. A pesar del descuido que se tuvo en anotar los sucesos y de las pérdidas repetidas de archivos, testimonios y documentos de la antigüe¬ dad , aún quedan vestigios de la existencia ó conocimiento de algunos mecanismos, que se han querido vender después p° r absolutamente originales. Sin embargo, en lo que no es dable poner término á los conocimientos humanos, á los descubrimientos sucesivos, es en aquellos ramos científicos y artísticos, que dependen de nn concurso particular de circunstancias felices, de combinaciones especiales, de elementos favorables. En este caso se encuentran las artes y ciencias positivas, en que la continuada observa¬ ción, la repetición de experimentos y hasta una casualidad afortunada llegan á producir resultados pasmosos y casi incon¬ cebibles. La geodesia, la física, la química, la mecánica, I a astronomía, la náutica, la historia natural, la anatomía, I a agricultura y la higiene han adelantado ántes, adelantan ahora y adelantarán todavía: mas, por mucho que progresen, aun 65 quedarán problemas que resolver, cuerpos que analizar, come¬ tes que nos sorprendan, funciones orgánicas misteriosas y dudas acerca de la vegetación, y sobre epidemias y contagios. Sabido es de todos, y anda en proverbio, que no hay dia de te vida en que no aprendamos algo nuevo, en la conversación, e u la lectura, en los negocios y en la experiencia del mundo. Y no se ha reparado con igual convicción, en que tampoco hay dia, en que nuestra limitada y flaca memoria deje de olvidar algo ó de trascordarse. Una prueba demostrativa de que se °lvida con la misma facilidad que se aprende, la tenemos en que, no obstante los chascos, desengaños, contratiempos y lances desagradables, que continuamente ocurren, los hombres No son hoy más precavidos, dejándose engañar y volviendo ^ ser burlados, cual si la reminiscencia se achicase. Aseméjase Muestra capacidad intelectual á un vaso henchido de agua, que derrama una cantidad de líquido proporcionada á la que se le e °ha después de lleno. Repleta de cuanto cabe la memoria, f onueva su caudal con los hechos, ideas y nombres recientes Necesarios á cada edad y situación, como si los tomara á cambio de los añejos y menos útiles en la actualidad. La limitación de nuestra capacidad es una verdad de intui¬ ción : no se concibe la posibilidad de saberlo todo, porque no se comprende qué seria del hombre el dia en que no tuviera que aprender. Sin que se mude su naturaleza, cosa imposible, no puede dejar de ejercer sus facultades: y cuando se le han dado Permanentes para inquirir ó inventar, á buen seguro que jamás ^an de faltarle oscuridades en que penetrar. El individuo está en su esfera particular: anda, trabaja y domina su altura, pero á poco de pasar el puerto, desciende, corre y se precipita. El hombre, perfecto dentro de su sér, no es perfecto en absoluto: aprende y olvida, adelanta, dejando algo atrás ; ya se afina y civiliza, ya se estravía, pervierte y embrutece: gana por un lado lo que por otro pierde: enmien - <te un dia lo que el anterior hizo mal, para corregir al siguien- 5 te lo mal enmendado: en suma, mejora tachando, y perfec¬ ciona destruyendo. Eso mismo que palpamos en el individuo, lo vemos más de bulto en las colectividades. No se levanta un edificio ilumina¬ do por el sol meridiano, que no deje un lado umbroso y expues¬ to á los soplos del cierzo. No surtimos de agua potable á una población, sin perjudicar más ó ménos con las humedades los cimientos y muros de las casas. Apenas fecundamos con riego abundante una campiña agrícola, exponemos á los moradores á calenturas intermitentes. Inventamos los fósforos en beneficio de los usos domésticos, y se aprovechan de ellos los ladrones nocturnos, ó los convierten en tósigo doncellas desairadas. Purificamos el interior de los grandes pueblos con el sistema de alcantarillas, y tras de perder la agricultura una suma inmensa de riqueza, abrimos caminos cubiertos para los cacos, que atacan la fortuna ajena, y necesitamos crear rondas subter¬ ráneas, que los persigan en aquellos antros de infección. Todo lo que nos toca hacer es pesar en justa balanza las ventajas y los inconvenientes, sustraer ó restar; calificando de nocivo 1° que daña más que aprovecha, y de útil lo que sirve mucho más de lo que perjudica. No hay nación que haya dejado de tener su apogeo, sU declinación y su ocaso. La India ilustró á Egipto; de este aprendió Grecia; de Grecia Roma; y Atenas y Roma fueron el faro luminoso que alumbró la civilización europea, que ha der¬ ramado por los mundos viejo, nuevo y marítimo aquella I a2 reverberada. ¿Y qué ha sido después la patria de los indus, egipcios y griegos? El asilo de la superstición, el anacronismo de la servidumbre y el foco epidémico mortífero. Por el contra¬ rio ¿quién reconocerá la cuna de la barbarie germánica , q ue aún nos asusta con el eco horrísono de sus atrocidades, en ese país clásico de la Europa central, que disputa á los más adelan¬ tados la vanguardia de la ilustración? Pues ved á la América del Norte, adulta sin infancia, y 67 délo de omnímodas libertades, que se despedaza con furor afri- Ca no, q U e guerrea destruyendo leguas de rails y quemando depósitos de algodón, y que con toda su virilidad apela á las conspiraciones de las sociedades caducas, y al corso de los antignos berberiscos. Eecorre, como todos los pueblos, los signo s de su eclíptica: que si desde el candor de Virgo se pasa á la po¬ tencia enérgica de Leo y de Tauro, también se enciende la guerra de Sagitario, y se ceja al retrógrado Cáncer y al di¬ solvente Acuario. En la vía escéntrica por que camina la humanidad, á un periodo de adolescencia suele seguir otro de madurez y otro de decrepitud. El vigor renace bajo la egida de un poder sábio: unianece una aurora de prosperidad y se reanudan los cabos sueltos de la tela de Penélope. La plenitud de vida trae á veces I a fiebre: se engríen y desvanecen los espíritus fuertes, se des¬ compone el movimiento, y á los sustos y peligros de vaivenes y de vuelcos, ó al cansancio de la brega y de la pugna, sobre¬ cene el marasmo de algunos, el envilecimiento de no pocos y la inquietud de todos. Una espada tajante levanta del polvo el derecho caido y se lo abroga por completo. Mas como esa plé¬ tora de vitalidad en una sola cabeza es mortal de necesidad, á la* opresión que intimida sucede el descontento sordo, luego las fiuejas manifiestas, y después los gritos valientes; y la revo¬ lución de abajo echa por tierra al déspota, no sin que las heces del fondo se mezclen con la superficie pura, y el todo se entur¬ ado • Restablécese la regularidad y sigue un período de transi¬ ción más ó ménos breve: si hay falta de tino directriz, vuelve d entorpecerse el juego de la máquina política. Entonces acaece u na de dos cosas: ó se encarama un audaz, que inaugurado en d mando en brazos del pueblo, derriba el andamio que le sirvió de escala; ó no pudiéndose entender los vencedores, delegan la dirección en pocas manos, que rara vez satisfacen, que se tildan de continuo, hasta que estos mismos delegados acaban P°r reconocer la imposibilidad de marchar de esa manera. Tal convencimiento, y la propensión del poder á ensanchar el círculo de acción, traen un golpe de Estado, una revolución de arriba , que lanza á la sociedad de nuevo por el camino de las oscilaciones. En último análisis, ningún tirano dura más tiem¬ po que el que le sufren los oprimidos, ni las naciones disfrutan más libertad que la que merecen. Con pocas escepciones sustan¬ ciales , aunque con tantas de modo, que han hecho asegurar, que ningún acontecimiento se repite lo mismo; este es el curso histórico de todas las sociedades, y el que tendrán los pueblos venideros. No es profecía; es un raciocinio que considero rigu¬ rosamente lógico. Porque ni la potencia individual, aunque sea la de un Peel ó de un Napoleón I, ni la potencia colectiva social, en que todos ponen lo que tienen, alcanzan á contrariar las leyes de la natu¬ raleza. Así en lo particular como en lo universal, el movimiento de acción y reacción es incesante: se restablece el equilibrio entre los intereses, para volverse á perder en sentido opuesto: es un movimiento de báscula, en que el aplomo representa la paralización y la muerte. La historia de los negocios humanos está dibujada bizarramente en el flujo y reflujo del Océano. El hombre se modifica con las limitaciones estereotipadas en su naturaleza: las generaciones recorren la série de los sigl° s ganando y perdiendo, unas veces más, otras ménos, ya con lentitud, ya de pronto; pero juntas todas esas vicisitudes, siempre vienen á dar sumas análogas. Los hombres que nos describen Homero, Lucano y Sócrates, son los hombres que nos pintan en serio ó en caricatura Montaigne, la Bruyere y Q ue " vedo. Las leyes de Fohi y de Confucio, las de Sesostris, Licurgo y Solon, las de Justiniano y D. Alonso el Sábio reconocen fundamentos iguales, suponen las mismas tendencias en la humanidad, y se encaminan al propio fin de mejorar la socie¬ dad , reprimiendo á los malos y opresores y protegiendo á los buenos y débiles. Los vedas indios, el zend-avesta persa, d talmud de los judios y el koran de los mahometanos, ponen de 69 Manifiesto que siempre y en todas partes ha existido la idea germen de la divinidad; por más que el desvarío la haya envuelto en teogonias disparatadas, simbolizando los dioses con °hjetos repugnantes y vergonzosos. Un mapa-mundi en que estuviesen representadas las gentes por las imágenes de aque¬ llos cultos humillarla demasiado la vanidad humana. Y no que¬ ríaos rehuir el argumento, atribuyendo solo á los antiguos grandes extravíos: que también los hay entre los contemporᬠneos: que no faltan hoy magos, ni agoreros, ni hechiceros, ni genero alguno de soñadores y visionarios. A largas distancias Va n los ilusos en busca de curanderos, de saludadores y de quien les diga la buena ventura. Y no es la causa de estas erra¬ tas la codicia de los embaidores, sino la torpeza y anchas tra¬ gaderas de los que en ellos creen. Contamos los modernos con un elemento eficacísimo de civi¬ lización, de que carecían los antiguos. Tenemos el prodigio de la imprenta, que difunde á todas partes y aceleradamente los c °nocimientos, y que dificulta que lo publicado caiga en el °lvido: es innegable. Mas esta ventaja, nunca bastante ponde¬ ra , no debe tranquilizarnos por completo, respecto á las even¬ tualidades del porvenir. Sin esos cataclismos generales, posi¬ bles en el globo terráqueo, por solo el curso regular de las cosas, es casean tanto ciertos impresos, que se cuentan los raros ejem¬ plares existentes, y algunos hubo que completamente han des¬ aparecido. ¿Quién ha visto en letras de molde el Buscapié de Cervantes? Aun con el recurso de la tipografía son de temer las Perdidas y la retrogradacion de los conocimientos. Gran parte tal género humano piensa y obra sin los libros; muchos pres¬ iden de ellos y van contra ellos; y algunos hasta los conde¬ nan á la hoguera. Además, el número de volúmenes, de folietas y fie periódicos es tan inmenso, en solos cuatro siglos, que se hacen descubrimientos entre el polvo de las bibliotecas, como e scavando en las ruinas del Herculano y de Itálica. No obstante los portentosos adelantos de nuestra época, 70 todavía tiene lunares poco honrosos la civilización presente. Para evitar el despotismo de autócratas voluntariosos ó de oli¬ garquías prepotentes no hemos discurrido hasta ahora otro medio que el de las mayorías, que es en verdad bien antiguo y casi primitivo: ora se escatimé en la práctica con restricciones elásticas, ora se le den las apariencias de universal sufragio* Sea la inñuencia moral de los gobiernos, sea la intimidación de los osados sobre los pacatos , sea la corrupción de cotizar los votos ó de regalarlos á notabilidades de campanario á trueco de mercedes y servicios, sean las cábalas de los partidos y de los agitadores; la experiencia enseña aquí y fuera de aquí cuanto hay que desconfiar muchas veces de las que se dicen manifestaciones del voto público. ¿Y cuántas contradicciones no existen aún en el siglo filo - sófico? Las leyes naturales, civiles y religiosas prohíben el aceptar un desafío: y la ley de la opinión castiga el rehusarlo con la pérdida de la honra y de la estimación. Se predica en unas cátedras contra el lujo y el fausto y se demuestra en otras, que la extensión de los goces y aún de los caprichos aumenta los consumos, y es el mejor aliciente de la industria. La ley de la opinión hace, por una parte, depender la honra de un marido de la conducta irreprensible de su mujer, y por otra le condena y ridiculiza, si por medio de atenciones discretas y ¿e complacencias prudentes intenta precaver la inconstancia d e la esposa. Hasta los veinticinco años no se declara al hombre mayor de edad, ni se le permite disponer libremente de parte alguna de sus bienes: y á los catorce se le autoriza para textar de todos y para ser padre de familia, y á los diez y seis se le consiéntela enágenacion perpetua de su libertad. Nos vana¬ gloriamos de haber borrado las diferencias de casta y de rango» de haber establecido la igualdad de los ciudadanos, y exceden los títulos nobiliarios nuevos á los rancios, y tratamos con des¬ den ó altanería á los domésticos, que nuestros padres sentaban á su propia mesa. 71 Hemos restablecido el decoro y la salubridad de los templos arrancándoles de cuajo la pestilencia de las sepulturas: hemos llevado á los que se van, léjos de los que se quedan; y miéntras que tanto ha ganado la higiene pública, ¿no ha perdido mucho la modestia y la humildad, tan convenientes en la primera de las postrimerías ? j Qué afan por mausoleos y dis¬ tinciones fúnebres! ¡ Qué vanidad por esculpir en mármoles y en letras mayúsculas nombres que no se vieron escritos en vida de los que los llevaron! ¡ Y qué mal sientan el orgullo y la vanagloria con el pesar y las lágrimas! (1) Aunque á Cárlos III se debe la sábia providencia de los campo-santos, todavía encontraron repugnancia y dificultades de mil géneros: los doce que existen en Madrid datan de este siglo. Pues si en cincuenta años hemos necesitado 2.453 áreas de terreno, ¿qué sucedería á haber sido nuestros ascendientes tan avaros de pompa mortuoria? ¿Qué? Yo os lo diré. Atendida (1) Superficie que ocupan los cementerios de Madrid en 1864, según los datos topográficos del Sr. D. Juan Ribera, uno de los autores del plano geométrico de la córte y actual ingeniero jefe del Canal de Isabel II. CEMENTERIOS. Metros cuadrados. Pe San Sebastian . 9.579,50 9.065,55 46.690 9.396 6.939 3.269 3.790,58 24.162,95 66.035,12 29.986,91 28.337,31 8.060,86 —— San Nicolás de Bari. . . *—* San Isidro. . . — la Sacramental de Santa María y Hospital general. lo Qqnfa rn on to 1 d o Id Pq tflíirPfll .... .. — la Sacramental de San Martin y San Ildefonso. ^ W1C1 di tlC Id Je U.CI Ld U.C -L ... * .. General de la Puerta de Bilbao..... ToTATn . 245.312,78 72 la población media de Madrid en el presente siglo y la superfi¬ cie que ha ocupado con sus difuntos, resulta: que si á ese res¬ pecto hubieran procurado sepulturas, nichos, panteones y sar¬ cófagos , todos los españoles desde el reinado de los Reyes Ca¬ tólicos, la cuarta parte de la Península seria hoy campo-santo: y que si nuestros antepasados, desde el establecimiento del cristianismo, hubieran tenido en esta parte nuestra ostentosa conducta, ni un palmo de terreno habria quedado en España para la agricultura: el cementerio seria la morada común de muertos y de vivos. Asustaos, escandalizaos, si os place; pero no me acuséis de exageración, que anotado veis el dato. Para no fatigar más vuestra atención y para que se retenga mejor cuanto he aducido al desenvolver y justificar mi tésis, voy á condensar en breves párrafos las afirmaciones, negacio¬ nes y dudas que dejo sentadas. La especie humana en virtud de sus facultades ingénitas, ha perfeccionado, perfecciona y perfeccionará, contando con condiciones favorables para ello; pero ha tenido y tendrá épo¬ cas de postración y de decadencia, en circunstancias desven¬ tajosas. La capacidad perfectible del hombre tiene límites natura¬ les, que no puede traspasar. Con solo violentarse á querer saltarlos, se desordena y trastorna, y de hecho retrocede, de¬ bilitado por sus arrogantes esfuerzos. Tanta exageración hay en maldecir la materia, que es obra augusta de Dios, como en envilecer el espíritu con la idolatría de la fuerza. Lo moral y lo físico existen en amoroso consor¬ cio, que á nadie es dado romper sino á la muerte. Los astros que cantan la gloria del Criador, reverberan también otras creaciones divinas: la inteligencia portentosa de Newton, Copérnico y Laplace. El mismo origen tiene el dón del talento, con que seduce y domina un solo hombre á millares de hom¬ bres , que el dón de la belleza, con que una Eva pone á sus piés al sexo fuerte, 73 Si la educación es débil é impotente en algunos* casos, es eficacísima en la generalidad de los individuos, regularmente a ptos para todo, y aún en los sugetos excepcionales, respecto de sus facultades medianas. Los gobiernos ilustrados deben consagrar su celo á la educación pública como medio seguro de mejora social: los directores y maestros de la juventud, es¬ tudiando bien su vocación verdadera, pueden alentarla confia¬ damente con esperanzas de adelantamiento: los amantes del progreso han de reconocer en la educación la palanca de Archímedes, que puede elevar grandes pesos y remover masas enormes, pero que no tiene punto de apoyo para levantar el mundo. El período que hoy recorre la humanidad es indudablemen¬ te de adelantos y mejoras trascendentales. Por mucho que agucen el ingenio, no lograrán probar otra cosa los destrona¬ dos , que han perdido su posición, ni los que pierden las ilusio¬ nes de exigencias exorbitantes. Se han relajado vínculos con¬ venientes; se han conmovido piedras angulares; es cierto: estamos en la situación del cautivo de muchos años de cadena, fine al verse libre de la opresión, dispone mal de sus miembros entumecidos y de sus enervadas fuerzas. El estado de perturbación social es irregular, y por consigniente transitorio: el poder público cuenta con elementos de mando. Jamás faltarán altares concurridos, ni autoridad obe¬ decida; que el Criador ha impreso en el hombre el sentimiento de la veneración. Es una quimera creer que llegará el género humano á una dicha completa, en que no habrá guerras, ni conquistas, ni rivalidades nacionales, en que desaparecerán el hambre, la Prostitución, la miseria y los crímenes. Unicamente se logrará atenuar estos males, minorarlos, consolarlos, á riesgo de dejar °tros desatendidos, ó de avivar algunos casi apagados. Los fine aguardan tal trasformacion y bonanza en el mundo, que 111 acontecimientos habrá, experimentarian gran desengaño si 80 útil de sus investigaciones á el procomunal y el conocimiento práctico y experimental que en el curso de su vida ha hecho de la gobernación y legislación del país en los más elevados car¬ gos públicos, así como de las minuciosidades, pequeñecesy nimiedades de la vida de aldea observada durante muchos años de retiro; han permitido al Sr. Caballero dar cima á notables trabajos, y entre ellos, y sobre todos ellos al que despertó su atención, excitada por esta Academia, cuando planteó el tema sobre la repoblación rural que tan magistralmente ha venido el Sr. Caballero á resolver como el problema agrícola de los presentes dias, de la misma suerte que Jovellanos, al principiar el siglo, determinó el de aquella época, escribiendo el l n " forme sobre la ley agraria . Hoy al entrar en este recinto, al sostener ante esta ilustre corporación, que el hombre es perfectible, pero no infinita" mente; afirma con nuevas y señaladas manifestaciones el carácter analítico que le distingue, las aplicaciones útiles que busca y el alto fin que siempre se ha propuesto en todos sus trabajos especulativos y prácticos. Sí, el hombre es perfectible* Cuestión es esta que, sea cual fuere la escuela filosófica á q ue se rinde culto dentro de la esfera de los estudios humanos, uo penetrando en la región de lo divino, en común concierto y aunadas voces confirman semejante doctrina todos los espíri¬ tus pensadores. No es la vanidad humana halagada por el p 1 ' 0 ' pió enaltecimiento quien conduzca á tales deducciones, sino I a razón fria y desapasionada, la evidencia nacida de los hechos que, eslabonándose entre sí demuestran las formas de existencia en anteriores tiempos realizadas. Desenvuelve este argumento el nuevo académico con variadas, numerosas y convincentes pruebas sacadas de hechos perspicuos y que están al alcance de la generación viviente, comparando las maneras de existir que en la memoria de todos se registran, imperfectas, incómodas y costosas en parangón con las más acabaladas que cada uno en su vivir obtiene, alcanzándolas dulzuras y excelencias del bienestar hasta las clases desheredadas de la fortuna. Esta de- 81 mostración que entra por los sentidos ántes que la razón con¬ vencida pronuncie su fallo, conduce al nuevo académico á con¬ clusiones que combaten vulgares asertos y opiniones general¬ mente acreditadas, aún entre personas doctas que en nuestra pátria repiten en sentido afirmativo lo que negaba Cristóbal de Castillejo cuando decia: Cualquiera tiempo pasado fue mejor , ó remontándose á más clásicos estudios admiten sin discusión y como fórmula filosófica los arrebatos líricos del poeta que escribiera: Aetas parentum t pejor avis, tulit Nos nequiores, mox daluros Progeniem vitiosiorem . Ciertamente, examinando los aspectos de la vida de una ma¬ cera parcial é incompleta, puede presumirse que lian existido épocas de perfección superiores á la nuestra, y deducir conse¬ cuencias opuestas por efecto del punto de vista limitado y es¬ trecho en que el observador se coloca. Si en el arte y en la ciencia de la Grecia fijamos nuestra mirada, ¿cómo no excla¬ mar ante las maravillas del cincel de Zeuxis y Praxiteles, ante las armoniosas líneas del Propileo y de la Acrópolis ateniense, que el arte llegó entonces á sus manifestaciones más bellas? •Cu aquel pequeño territorio donde la trasparencia del cielo, la magnificencia del mar sembrado de islas encantadoras, y la suavidad del clima de la península en que tantos portentos se ^cerraban, convidaba, por decirlo así, al ingenio para las concepciones estéticas; florecieron los arquitectos y escultores más ilustres, que crearon líneas y figuras en armonía con la esplendente naturaleza que las inspiraban. Y el lenguaje Cérico y jónico que lioy sirve todavía de base á la nomen¬ clatura científica expresó los más atinados conceptos del sa- ^ er de Sócrates, Platón y Aristóteles, de Hipócrates, Anaxágoras y Políbio, que el mundo acata todavía, miéntras que conservan su primacía poética el decir vigoroso y riquísimo de 0 . 82 Píndaroy Homero. Bajo el aspecto del derecho, ¡cuán magestuosa y magnífica se presenta ante los hombres la obra secu¬ lar, no interrumpida, desde la república al imperio, de la legis¬ lación romana, que ha merecido el justo tributo de acatamien¬ to, que el mundo civilizado le rinde al calificarla de razón escrita / Y si paramos mientes en los ciclópeos mecanismos de la industria moderna, ¿cómo negar la evidencia del imperio ejercido por nosotros sobre la materia subordinada á nuestro servicio cual nunca aconteciera en edades anteriores ? En tan¬ to, que flaquea la nuestra en belleza artística, grandeza litera¬ ria ó unidad política, alcanzadas una en el siglo de Perícles y otras en los de Augusto y León X. Esos grandes y poderosos argumentos contra la perfectibili¬ dad sucesiva y constante muestran muy luego la debilidad que encierran por su propia naturaleza. La supremacía griega en el arte y en la ciencia forman contraste inevitable con la flaqueza de su organismo político y la corrupción introducida por un politeismo que deifica las fuerzas todas de la naturaleza y rinde culto á todos los vicios del cuerpo, en tanto número crecidos que ni aun en la abyección imperial latina hay nom¬ bres con que calificarlos, cuando lo tenian determinado y con¬ creto en la existencia griega. Ni ¿cómopodríamos comprender ahora que el magnífico monumento de la legislación romana se levantase, cuando la moral huía avergonzada de la Corte de los Césares sustituidos á los Dioses, y á quienes por el sofisma de Evemero se rendia culto, siendo cada uno de ellos compen¬ dio de todas las torpezas que no consentirían hoy en el Solio á unTrajano, relativamente mirado como bueno, mientras q u0 la historia registra en sus anales costumbres de ese Emperador que cual á la mujer de Loth nos convirtieran en estátuas de sal si volviésemos la vista atrás para mirarlas? En el decurso de los siglos ha sostenido su valer semejante Opinión por la creencia pagana de que después de una revolu¬ ción determinada de los astros volvian todas las cosas al mismo punto de partida y los individuos y los pueblos, como miembros 83 de esa concepción panteística debían cometer eternamente las mismas faltas y sufrir idénticas desventuras. Y no concibiendo perfección en lo porvenir como ideal de nuestra existencia, colocaron la edad de oro en la cuna del género humano. Sin embargo, en la región de la ciencia, Aristóteles con su admi¬ rable ingenio observó que la verdad solo se descubre sucesiva¬ mente, trabajando todos de consuno en labrar cada una de sus mil facetas que han de comunicarle diamantino esplendor. Aplicando está doctrina decía en su Política (II, 5): «Las leyes ^antiguas eran sencillas y crueles con esceso..... nuestros ^antepasados se parecían probablemente al vulgo y á los igno¬ rantes de nuestros dias. » Cicerón que ya negaba la ley fatal del destino, tiene un sentimiento vivísimo de progreso en el terreno filosófico cuando dice: «Las cosas mas nuevas son ordinariamente las mas exac- «tas y seguras», y Séneca y Plinio, estudiando la naturaleza, muéstranse animados de iguales convicciones, expresándose con resuelto lenguaje respecto á los arcanos cuyo descubri¬ miento constituye el lote de venideros tiempo. El celo de los moralistas y de los místicos para reprender y me jorar las costumbres de su tiempo, da rienda suelta á su melancólica fantasía y recargan la pintura con los colores más ne gros de su paleta. Basta abrir cualquier libro predicable ó datado de arbitristas, ó peticiones de Córtes, ó corresponden¬ cias de ilustres personajes y las crónicas y los anales de todos ^ 0s países, para convencerse de que en. aquel momento en que las escribieron y según la opinión y el punto de vista de ^ien escribe, no hubo ántes tiempo peor, miseria más grande, culamidad más espantosa que aquella que les abruma; y las Pestes, y las hambres, y las guerras, y todas las plagas que á la humanidad aflijen, en común concierto parecen justificar las opiniones así expresadas. Pero este mismo estudio y esas que Podríamos llamar variaciones sobre un mismo tema observa- ^ as desde mayor altura y con encadenamiento lógico, por la Serie de evoluciones de la vida, van demostrando que si hay 84 momentos de parada y en verdad de grande aflicción para las generaciones que los sufren; la humanidad considerada en conjunto vé sucesivamente aliviadas sus penas, socorridas las miserias, alentado el espíritu, suavizado el sentimiento y más enérgica la voluntad para el individual provecho y la pros¬ peridad colectiva. Porque esta es la ley de la historia que con razón calificó el Orador romano de maestra de la vida. Si los séres inferio¬ res que pueblan el planeta que habitamos en sus leyes quími¬ cas y físicas y dadas sus condiciones de existencia, obedecen siempre de la misma manera á su constitución atómica ú or¬ gánica y no se modifican sino bajo la acción humana, por ello la rama de la ciencia que llamamos historia natural ha cum¬ plido su objeto desde el momento que logra estudiar un solo individuo de cada especie; en tanto que el hombre al obser¬ varse á sí mismo vé crecer desmesuradamente las dificultades del estudio por la posibilidad de ser educado , es decir, por I a aptitud que tiene de utilizar en provecho propio las expe¬ riencias de los demás combinadas con las que nacen en sí mis¬ mo, bien expontáneamente, bien por efecto del caudal recibi¬ do . Hé aquí el resúmen de la oración tan galanamente desar¬ rollada por el Sr. Caballero, como estudio muy digno de esta Academia en que los problemas humanos son planteados y 110 pueden serlo de otra suerte, sino en cuanto la idea de la per - fectibilidad tenga asenso entre sus ilustres miembros. Ni eS maravilla que una y otra vez sea discutida cuando á fines del pasado siglo un escritor, tan distinguido retórico como para¬ dójico pensador, J. J. Rousseau acreditó nuevamente adornán¬ dolas con vistoso ropaje las doctrinas hoy combatidas por el Sr. Caballero, suponiendo un estado de naturaleza que nunca ha existido y una perfección del hombre salvaje contrapuesta al estado civilizado, que en vez de perfectible consideraba co¬ mo de degeneración y decadencia; formando cuerpo de doctri¬ na con aquel célebre contrato social acerca de las formas de gobernación de los pueblos que ha preocupado y distraído del recto sendero las especulaciones científicas. Acaso el objeto de Rousseau, fué muy otro del que le atribuyen sus encomiastas.. Quizás como Platón al escribir su República quiso censurar de¬ licadamente á los atenienses, como Tácito á los romanos, idealizando las costumbres germánicas y cual en el pasado siglo se idealizaba á los griegos y romanos olvidando la triste condición de los ilotas y esclavos, para afirmar un Estado de Gobierno hasta entonces desconocido en Francia. Pero sea con¬ vicción profunda ó sátira incisiva, por fortuna el método ex¬ perimental que predomina en las ciencias y el caudal de me¬ dios con que cuentan los observadores para depurar los ob¬ jetos analizados, abstrayendo toda circunstancia accidental, destruyó muy en breve los fascinadores paralogismos del retórico ginebrino exagerados por sus imitadores. Los na¬ vegantes que han visitado tierras, ántes no exploradas, con un simple instrumento, el dinamómetro, demostraron que el hombre salvaje en sus fuerzas físicas no podia sostener la comparación con el hombre civilizado y en la carrera y en la lucha, en todos los ejercicios gimnásticos, en la perfección de los sentidos y en las astucias de la caza y de la guerra, los pastores y labradores europeos, tenían iguales si no superior cs aptitudes. Y cuando el europeo arribando á playas desco¬ nocidas por medio del buque que es el resúmen más cumplido del saber de cada siglo, no acreditase la superioridad de la ci¬ vilización que en sí misma entraña la demostración de la perfectibilidad; basta fijarse en un sentido el más exterior y e l naás importante, cual el de la vista que se supone superior e n el salvaje. Aun cuando se admitiese esta proposición como ^mostrada, las invenciones de la óptica labrando cristales eoncavos ó convexos, ha dado á las imperfecciones supuestas de la civilización, un agente poderosísimo supletorio para c °utener la enfermedad en sus estragos y magnífico instru¬ mento para registrar los arcanos de los cielos y las maravillas del mundo microscópico. Considerad, señores, por un momen- * 0 las emociones del alma privilegiada de Galileo, cuando por 86 primera vez le fue dado dirigir el objetivo del telescopio hácia las constelaciones que descubre la simple vista, y las grande¬ zas de la creación le fueron reveladas con el sin número de cuerpos celestes que pasaron por delante de sus pupilas. Hoy que las rayas del espectro de Fraunbofer han venido á traer la evidencia de que la materia cósmica es de naturaleza idéntica á las sustancias que constituyen nuestro planeta; esa facul¬ tad de la visión del hombre civilizado se ha espiritualizado, si cabe decirlo, y la paradoja de Rousseau queda relegada entre las declamaciones de moralistas atrabiliarios que solo vieron parcialmente lo que es necesario examinar con el telescopio y el microscopio de la ciencia Como en las facultades físicas así prosigue la descripción en las racionales y no es mi intento reproducir cual en un espejo las atinadas, justas y elevadas consideraciones que el señor Caballero acaba de exponer con tanta erudición, singular acier¬ to y nobilísimo objeto. El problema de la perfectibilidad hu¬ mana no envuelve en ningún caso la idea de que las facultades que al Supremo Hacedor plugo dotarnos puedan ser aumenta¬ das en número sino desarrolladas en su forma. No es cuestión de cantidad distinta, sino de calidad educada, formando su com¬ binación las diversas aptitudes y vocaciones de cada hombre en el período de su vida, y de cada pueblo en el momento histórico en que le está deparada la dirección de los demás, ínterin no llega un dia en que la existencia de todos se com bine de tal manera y se compenetren en tal modo, que P ara toda la humanidad se realice lo que en la Europa civilizada v teniendo lugar por las relaciones armónicas do los individuos • Tan noble propósito entraña el discurso del Sr. Caballero, y para estimarlo en su concepción completo, basta considerar q u0 87 no podía escapar á su fina observación y leal sentir que la perfectibilidad humana nunca puede convertirse en perfección, porque es ley de su naturaleza en su vida terrestre estar encer¬ rada dentro de límites finitos siendo el problema moral cual el geométrico, en que la cuadratura del círculo puede aproximar¬ se indefinidamente, mas nunca expresarse por una ecuación algebráica. La ley de perfectibilidad tiene la mayor demostración en el cristianismo; no en la doctrina revelada inmutable por su naturaleza dogmática, sino por el cambio fecundísimo que produjo en el modo de comprender la felicidad que en la anti¬ güedad era toda material y absorbida por la completa satisfac¬ ción de los goces físicos. Por el cristianismo la felicidad estribó en la salud de las almas, en un goce puramente espiritual y del qne el hombre no puede formar cabal idea, porque tiene su complemento en otra vida. Si luego las invasiones de los bár¬ baros durante cinco siglos pudieron acreditar con aparente razón la decadencia de la humanidad, contenían en sí gérmenes de vida y traían al mundo elementos vírgenes, que ignorados P°r quienes los pusieron en obra, hemos podido apreciar y agradecer los que gozamos del bien obtenido, sin los trances y amarguras de aquellas generaciones desdichadas. Al sistematizar en los siglos medios esta doctrina, el hombre mas notable de aquellos tiempos , el franciscano Rogelio Bacon decía: «La verdad crece siempre mediante la gracia de Dios. ^Cierto que el hombre no alcanza nunca la perfección, pero va ^siempre perfeccionándose.» Descartes, aunque circunscribiendo idea á la esfera de la ciencia, cree que puede esta adelantar y P 0r ella el hombre exhimirse de una infinidad de enfermedades, del cuerpo como del espíritu, si se alcanza el conocimiento e s ns causas y de los remedios de que nos ha provisto la natura ieza. Pascal cifra en la instrucción del hombre la ventaja de |j Ue saque provecho no solo de su propia experiencia sino de la sus predecesores y Leibnitz asienta la proposición que a udando el tiempo el género humano alcance tal vez un grado »de perfección que ahora no podemos imaginar.» Condorcet con el hacha de la guillotina suspendida sobre su cabeza escribió su Ensayo sobre los progresos del espíritu humano y el escéptico Gibbon en Inglaterra, y Lessing en Alemania, y Herder en medio de sus vacilaciones confirman la misma doctrina. Si una credulidad complaciente, si la indolencia del pen¬ samiento , si un estudio incompleto autorizaron hasta ahora la opinión contraria; los hechos estudiados en grandes grupos y la expresión unánime de los varones ilustres de todos tiempos con¬ denan para siempre una opinión de hoy más puramente vulgar después del discurso del Sr. Caballero. La idea de la perfectibi¬ lidad liga suavemente los hombres de todos los siglos con una ley misteriosa que no permite blasfemar ni hacer irrisión del pasado por sus imperfecciones corregidas al través de los siglos? por medio de amargas y crueles experiencias, quitando pretex¬ tos al orgullo de nuestra edad que goza de los beneficios acu¬ mulados por las anteriores, mientras que aporta contingente respetable para las venideras. Sí; el hombre es perfectible pero no infinitamente perfecti¬ ble ; el espíritu, el alma considerada aisladamente, puede serlo frisando esta cuestión metafísica con las más elevadas de la teología á cuyos umbrales se detiene quien carece de compe¬ tencia en letras divinas. Pero basta considerar que si el hombre se halla extraviado en medio de las dificultades y sinsabores de la vida sensible, desde el mas ínfimo estado de cultura pue¬ de su alma elevarse gradualmente á la contemplación de la ver¬ dad y sin cesar ir adelantando en su conocimiento, en el senti¬ miento de lo bello y en el cumplimiento de lo bueno, pudiendo acercarse tanto á la perfección que el goce del Supremo Bi eü sea transición fácil de concebir, puesto que como infinito se p ie senta en todos los aspectos de la moral, de la ciencia y del ai te*