De ajustes finos, tapones cognitivos y diferencias ontológicas
Abstract
La legitimidad de la teología natural, un género filosófico de raigambre milenaria, ha sido impugnada a partir del siglo XVIII tanto por científicos de sesgo naturalista como por filósofos amantes de la metafísica especulativa. Dos ejemplos contemporáneos de estas actitudes los representan Martín López Corredoira y Javier Hernández Pacheco. En este artículo se examina y evalúa la validez de sus críticas.
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Para la publicación de este número se ha contado con la ayuda financiera de las siguientes instituciones: Departamento de Filosofía y Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Sevilla Asociación de Filosofía y Ciencia Contemporánea. Madrid
EL AJUSTE FINO DE LA NATURALEZA. REPLANTEAMIENTOS CONTEMPORÁNEOS DE LA TEOLOGÍA NATURAL Número Monográfico de NATURALEZA Y LIBERTAD Revista de estudios interdisciplinares Número 5 Málaga, 2015 Esta revista es accesible on-line en el siguiente portal: http://grupo.us.es/naturalezayl
Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 5, 2015. ISSN: 2254-9668 6 Naturaleza y Libertad Revista de estudios interdisciplinares Número 5 ISSN: 2254-96682014 Directores: Juan Arana, Universidad de Sevilla; Juan José Padial, Universidad de Málaga; Francisco Rodríguez Valls, Universidad de Sevilla. Secretario: Miguel Palomo, Universidad de Sevilla Consejo de Redacción: Jesús Fernández Muñoz, Universidad de Sevilla; José Luis González Quirós, Universidad Juan Carlos I, Madrid; Francisco Soler, Universität Dortmund / Universidad de Sevilla; Pedro Jesús Teruel, Universidad de Valencia; Héctor Velázquez, Universidad Panamericana, México. Consejo Editorial: Mariano Álvarez, Real Academia de Ciencia Morales y Políticas; Allan Franklin, University of Colorado; Michael Heller, Universidad Pontificia de Cracovia; Manfred Stöcker, Universität Bremen; William Stoeger, University of Arizona. Consejo Asesor: Rafael Andrés Alemañ Berenguer, Universidad de Alicante; Juan Ramón Álvarez, Universidad de León; Avelina Cecilia Lafuente, Universidad de Sevilla; Luciano Espinosa, Universidad de Salamanca; Miguel Espinoza, Université de Strasbourg; Juan A. García González, Universidad de Málaga; José Manuel Giménez Amaya, Universidad de Navarra; Karim Gherab Martín, Urbana University, Illinois; Martín López Corredoira, Instituto de Astrofísica de Canarias; Alfredo Marcos, Universidad de Valladolid; María Elvira Martínez, Universidad de la Sabana (Colombia); Marta Mendonça, Universidade Nova de Lisboa; Javier Monserrat, Universidad Autónoma de Madrid; Leopoldo Prieto, Colegio Mayor San Pablo, Madrid; Ana Rioja, Universidad Complutense, Madrid; José Luis González Recio, Universidad Complutense, Madrid; Javier Serrano, TEC Monterrey (México); Hugo Viciana, Université Paris I; Claudia Vanney, Universidad Austral, Buenos Aires; José Domingo Vilaplana, Huelva. Redacción y Secretaría: Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Departamento de Filosofía y Lógica. Calle Camilo José Cela s.n. E-41018 Sevilla. Depósito Legal: MA2112-2012 954.55.77.57 Fax: 954.55.16.78. E-mail: [email protected] © Naturaleza y Libertad. Revista de Filosofía, 2015
ÍNDICE EL AJUSTE FINO DE LA NATURALEZA. REPLANTEAMIENTOS CONTEMPORÁNEOS DE LA TEOLOGÍA NATURAL Miguel Acosta (U. CEU S. Pablo), Neuroteología. ¿Es hoy la nueva teología natural? ........ 11 Javier Hernández-Pacheco (U. Sevilla), Filosofía y ciencia. Propuesta de una solución hermenéutica al problema de su discontinuidad...................................................................... 53 Alejandro Llano (U. Navarra), Metafísica de la Creación ................................................... 67 Martín López Corredoira (I. A. Canarias), Ajuste fino: Nueva versión del mito del Dios-relojero para tapar agujeros en el conocimiento científico ............................................... 83 Miguel Palomo (U. Sevilla), ¿Necesitamos una teología natural ramificada? ....................... 95 Francisco Rodríguez Valls (U. Sevilla), ¿Por qué no el paradigma teísta? Un diálogo con La mente y el cosmos de Thomas Nagel .......................................................................... 107 Francisco Soler Gil (U. Sevilla), ¿Es el ajuste fino del universo una falacia? Apuntes sobre el debate entre Victor Stenger y Luke Barnes ............................................................... 119 José María Valderas (Barcelona), Ajuste fino y origen de la vida ....................................... 133 Héctor Velázquez Fernández (U. Panamericana, México), ¿Es el cosmos realmente un objeto? ........................................................................................................................ 239 Juan Arana (U. Sevilla), De ajustes finos, tapones cognitivos y diferencias ontológicas .......... 257 ESTUDIOS Rafael Andrés Alemañ Berenguer (U. Alicante), Del equilibrio al proceso: evolución epistemológica de la termodinámica clásica .......................................................................... 285 Ilia Colón Rodríguez (Madrid), Kant y Darwin. Crisis Metafísica ................................. 315 José Angel Lombo (U. Santa Cruz, Roma), José Manuel Giménez Amaya (U. Navarra), Cuerpo viviente y cuerpo vivido. Algunas reflexiones desde la antropología filosófica ............. 357 SECCIÓN BIBLIOGRÁFICA Thomas Nagel, La mente y el cosmos, Biblioteca Nueva, Madrid, 2014 (José Antonio Cabrera Rodríguez) ......................................................................................................... 389
Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 5, 2015. ISSN: 2254-9668 257 DE AJUSTES FINOS, TAPONES COGNITIVOS Y DIFERENCIAS ONTOLÓGICAS (About Fine-Tunings, Cognitive Plugs and Ontological Differences) Juan Arana Universidad de Sevilla Resumen: La legitimidad de la teología natural, un género filosófico de raigambre milenaria, ha sido impugnada a partir del siglo XVIII tanto por científicos de sesgo naturalista como por filósofos amantes de la metafísica especulativa. Dos ejemplos contemporáneos de estas actitudes los representan Martín López Corredoira y Javier Hernández Pacheco. En este artículo se examina y evalúa la validez de sus críticas. Palabras clave: Teología natural, ciencia, metafísica. Abstract: Abstract: The legitimacy of natural theology, a philosophical genre with millenary roots, has been challenged since the XVIIIth century by both scientist with a naturalist orientation and philosophers that opt for speculative metaphysics. Two contemporary examples of these approaches are represented by Martín López Corredoira and Javier Hernández Pacheco. This paper examines and evaluates the validity of their critiques. Keywords: Natural Theology, Science, Metaphysics. Recibido: 3/02/2015. Aprobado: 3/02/2015. Voy a ampararme en el cuestionable derecho de ser uno de los directores de Naturaleza y Libertad para insertar el texto que sigue. En efecto: si alguno de los árbitros que fiscalizan nuestras pretensiones de ser indexados posa sus ojos sobre el presente artículo —posibilidad a decir verdad bastante remota— no dejará de encontrar sospechoso que el original haya sido presentado y aprobado el mismo día, justo cuando el número estaba a punto de ser en-
El ajuste fino de la naturaleza. Replanteamientos contemporáneos de la teología natural 258 viado a la imprenta. Pero haya o no aquí abuso de poder, puedo alegar otros dos títulos que me legitiman mejor: soy el maquetador de la revista (o sea: el encargado de recomponer la tipografía) y el corrector de pruebas por defecto, lo que me convierte en la única persona en el mundo que se ha leído hasta ahora (y acaso por los siglos de los siglos) la revista enterita, de cabo a rabo. Y la verdad, modestia aparte, estoy bastante satisfecho con este número. El nivel alcanzado me permite echar el borrón que sin duda supondrán estas líneas sin que la calidad del producto final sufra en demasía. Cada contribución merecería una discusión detallada de su contenido. Obviamente hacerlo me podría en la situación de aquel colegio de geógrafos sobre el que ironizó Borges, diciendo que resolvieron hacer un mapa del Imperio tan grande si no más que todo su territorio. Así que escogeré las partes que más me han aguijoneado porque se apartan de mis posiciones, atacan tesis que defiendo o me sorprenden por su originalidad y aplomo. Empezaré por la deliciosa provocación que supone la nota 1 del artículo de Martín López Corredoira. ¿Hubo o no hubo “ajuste fino” a la hora de seleccionar los intervinientes en el simposio que dio origen a la mayor parte de las contribuciones que conforman este volumen? ¿Y cómo no habría de haberlo? Aceptando la validez de la encuesta que aporta como criterio de autoridad, solo el 15 % de los filósofos en activo se declaran creyentes (en algún tipo de Divinidad), mientras que tan solo el 11’11 (periódica pura) % de nuestros ponentes se manifestaron como no-creyentes (mejor dicho, como creyentes en la creencia opuesta). Ok. Pero si contabilizamos el porcentaje de filósofos que son conocidos por los organizadores del simposio, o que están dispuestos a hablar en castellano sobre desarrollos recientes de la teología natural, o escribir una contribución y viajar a Sevilla con tan escasa retribu-
Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 5, 2015. ISSN: 2254-9668 259 ción monetaria, o etc., etc., saldrían porcentajes mucho más pequeños que el de filósofos creyentes, de manera que ajuste fino desde luego que lo hay, pero en principio no más que el de los invitados a cualquier otro simposio, reunión, asamblea, o el de elegidos con cualquier propósito profesional, festivo o sentimental. Las afinidades electivas siempre influyen, desde luego, pero ¡en tantos sentidos! Por ejemplo, no creo que lleguen ni de lejos al 15 % los creyentes en Dios que aceptan la relevancia teológica del ajuste fino. Tampoco alcanzan ese porcentaje entre los no creyentes los que están dispuestos a emplear su tiempo y neuronas en tratar de convencernos de su irrelevancia. Por si fuera poco, muchos de los que creen o descreen y además escriben sobre el particular lo hacen de un modo tan fastidioso y soporífero que pagaría por no tener que prestarles atención. Ninguno (me atrevo a generalizar) de los que estuvimos en el evento pensamos sacar en limpio nada parecido al lucro, prestigio académico o puntos extra para la acreditación ante la Aneca y la obtención del próximo sexenio de investigación. Tampoco esperábamos reforzar el ego o incrementar la autoestima. Simplemente queríamos divertirnos pensando y discutiendo con viejos y nuevos amigos sobre temas que nos apasionan. Por añadidura contábamos con avanzar un paso más en la aventura inquisitiva de cada uno, que de alguna manera llena de significado nuestras vidas. Planteadas así las cosas, yo lo pasé de miedo y —por lo que declaró el personal— muchos de los participantes también. A diferencia de Martín y Javier y en armonía con los dos Pacos y algunos más, sí soy partidario del ajuste fino, aunque tampoco cifro en él mi esperanza de ver alguna vez el rostro de Dios. Aviado estaría si mi pasaporte a la eternidad dependiera de una especulación tan arriesgada. Con la oración recién formulada he confesado lo que pienso de la idea en cuestión: se trata
El ajuste fino de la naturaleza. Replanteamientos contemporáneos de la teología natural 260 de una especulación arriesgada. Dicho está. Si alguien pretendía que yo lo admitiera, de buen grado lo hago. En definitiva no es otra cosa lo que asientan en sus respectivos papers Corredoira y Pacheco, aunque ellos agregan un matiz: para uno se trata de una especulación demasiado arriesgada; para otro, ilegítimamente arriesgada. También discrepan de mi posición (aventuro ahora una interpretación que uno u/y otro podrían muy bien desmentir) en que según ellos lo dicho sobre el ajuste fino vale también para todo el ámbito de la teología natural, en la medida que quiera relacionársela con la ciencia moderna. Yo no llego tan lejos, ni mucho menos. Un hipotético —y en este caso improbable— observador neutral podría sacar de lo dicho la consecuencia de que frente a mi alocada búsqueda de improbabilidades epistémicas soy llamado al orden por dos próceres de la parsimonia y el buen sentido. Lejos de mí pretender convertir la afirmación que sigue en un argumento ad hominem, pero en cuestiones de riesgo considero que ambos son mis maestros. Lo digo sin átomo de ironía, porque sostengo que en el campo del conocimiento el riesgo (eso sí, medido y consciente) es un valor y no un contravalor. Corredoira tiene la doble condición de científico y filósofo, y en ambas se expone como nadie. En cuanto astrofísico, pone en duda el dogma más respetado de su ciencia, la tesis de que el corrimiento al rojo de la luz procedente de las galaxias lejanas se debe a la expansión del universo. En cuanto filósofo, ha publicado libros donde arremete contra casi todas las vacas sagradas de la cultura presente, pasada y quizá futura, al tiempo que arrostra el peligro de ser estigmatizado por políticamente incorrecto. Pacheco, que nunca ha pretendido incursionar en el campo de la ciencia empírica, es uno de los filósofos más audaces y porfiados que conozco. Gran parte de mi admiración por ellos se debe a eso. Pero si es
Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 5, 2015. ISSN: 2254-9668 267 nera de salir de la jaula, porque la “«fundamentación» se convierte entonces, más bien, en «efectuación»” (Hernández-Pacheco, p. 61). En vano barajará una y otra vez sus marcados naipes, echará una y mil veces al aire sus desgastadas tabas. De antemano sabemos que resultará una nueva combinación, un remitir de lo semejante a lo semejante, el hallazgo de una condición que siempre será ella misma condicionada. Literalmente es el juego de “nunca acabar”, y la pretensión de encaminarse por esta vía a un saber último solo se explica —siempre según él— por una inconsciente comisión de la falacia ignoratio elenchi. Así queda prefigurado el destino del científico, que al mismo tiempo es exitoso y trivial hasta la muerte por aburrimiento. Pacheco cierra precisamente su manifiesto profetizando que la ciencia en su soledad acaba siendo víctima del tedio (Hernández-Pacheco, pp. 65-66). El filósofo, la versión moderna de esa antigua figura, carece de la paciencia del vecino para bregar con observaciones y experimentos, y tampoco llega muy lejos cuanto pretende remedar sus cálculos. Pero ha advertido que hay una escondida puerta que da acceso a los motores inmóviles, causas incausadas, principios no principiados, determinantes indeterminados, fines inmediatizables y quién sabe cuántas cosas más. No solo la ha detectado, sino que posee además el arte o la cuquería para llegar hasta ella y de un modo u otro franquearla. Solo por esa cancela se consigue salvar la “diferencia ontológica”. Tras ella puede uno abandonar el límite mental y celebrar bodas místicas con el actus essendi, el ente en cuanto ente, o —mejor aun— el ser que está más allá del ente, o —incluso— la realidad “de suyo” que, en efecto, es muy suya. Y así sucesivamente. Se equivocará quien piense que pretendo burlarme de todas estas especulaciones. En todo caso respiraría por la herida, pues he sido y soy discípulo de Leonardo Polo y al mismo tiempo radicalmente incapaz de
El ajuste fino de la naturaleza. Replanteamientos contemporáneos de la teología natural 268 acceder a su inaccesible método de acceso a tan recónditas verdades. Pero creo que puedo decir sin asomo de amargura que hace mucho tiempo asumí los límites de mi capacidad especulativa. No solo me conformo con la que Dios me ha dado, sino que no tengo la menor intención de cuestionar que otras formas más sublimes de hacer filosofía sean practicables y legítimas, valiosas y dignas de los esfuerzos que requiere su práctica. Todo lo contrario. Lo que impugno es la pretensión de que esas indagaciones sean las únicas que merecen ser reconocidas como filosóficas. Quiero hacerme la ilusión de que Javier condescenderá a mi pretensión, porque, aunque sitúa a Tales y Anaxímenes muy por debajo de Anaximandro (primer indagador de lo radicalmente otro), no acaba de degradarlos a científicos rasos. El mismo Tales que supo prever una excelente cosecha de aceitunas también se puso a discurrir sobre el origen último o primero de todas las cosas, aunque lo hiciera desde el más acá de la diferencia ontológica y su encuesta quedara finalmente en agua… de borrajas. No se dio cuenta de que hay que percibir lo que está más allá de lo perceptible, pensar lo que trasciende a lo pensable y conceptuar lo inconceptuable. ¡Qué le vamos a hacer! A pesar de mi enérgico cuestionamiento de la propuesta de Hernández- Pacheco, lo cierto es que en el fondo estoy de acuerdo con él. Mi discrepancia no es profunda, sino superficial. Sin embargo, es justo en la superficie del asunto donde se ventila el destino de las relaciones entre ciencia y filosofía. ¡Por supuesto que la diferencia ontológica es un tema muy serio! Pero mi admirado colega y compadre (soy padrino de un hijo suyo) parece creer que basta con estar preocupado por ella para entrar en un recinto epistémico diferente. Yo opino que nos afecta casi por igual a todos. Los científicos persuadidos de que su concepto de fuerza coincide al ciento por ciento con lo
Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 5, 2015. ISSN: 2254-9668 269 que hace que unos cuerpos muevan a otros cometen desde luego un error garrafal, que es más o menos simétrico y contrapuesto al de los filósofos que se creen autores de pensamientos que superan por elevación todos nuestros hándicaps intelectuales, simplemente por haber meditado un poco sobre la distancia que hay entre lo que pensamos y aquello sobre lo que pensamos. Hacerse consciente de una dificultad no es superarla, es tomar buena nota de ella. Y lo más notable del problema representado por la diferencia ontológica consiste en que se trata de un problema insuperable. Si pudiera ser computada sobre una escala, como la presión de un gas o la temperatura de un cuerpo, mediría la esencial imperfección del conocimiento humano, o sea, la finitud de nuestra mente. Los árboles vistos no son los árboles que son, la belleza concebida no es la belleza poseída, los conceptos no agotan —ni siquiera cuando son máximamente adecuados— aquello que conceptúan. Eso pasa con las observaciones que lleva a cabo el físico experimental y con las ecuaciones que escribe el físico teórico. En efecto. Pero no pasa menos con las reducciones eidéticas del fenomenólogo, las abstracciones del metafísico, los análisis del filósofo del lenguaje, o las interpretaciones del hermeuta. Ningún gremio cognitivo alcanza nunca al cien por cien lo que en un principio se propuso, ni tampoco tiene por qué ser ninguno de ellos menos consciente que los demás de sus propios límites y en definitiva del fracaso que acarrea maximizar sus pretensiones. El yo pensado no piensa, los táleros posibles no levantan hipotecas reales, los electrones conceptuales no giran alrededor de los núcleos de los átomos y así todo lo demás. Describir o explicar, fundamentar o efectuar, prever o comprender, inducir o deducir, analizar o sintetizar, etc. etc., no suponen en este sentido diferencias sustanciales. Todos los verbos, como todos los sustantivos y adjetivos, tienen
El ajuste fino de la naturaleza. Replanteamientos contemporáneos de la teología natural 270 su cara y su cruz, su parte de verdad y también de mentira o error. El científico no agota la inteligibilidad de lo real, en efecto. El metafísico, tampoco. Quien pretende abandonar el límite mental no está menos sujeto a dicho límite que el que se resigna a moverse más acá de él. Lo malo del conflicto de las interpretaciones no es que no se pueda evitar, sino que no aprendemos a sacar partido de él. Y no aprendemos porque nos empeñamos en cerrar las escotillas y cegar los canales de comunicación. El “Dios” de los científicos no es el auténtico y verdadero Dios ni camina sobre las aguas. De acuerdo. El de los metafísicos, tampoco. Ni el de los teólogos, poetas, literatos, moralistas, artistas... Si me apuran, diré que ni siquiera lo es — aunque camine sobre las aguas— el de los místicos o los santos. Ahí se equivocó Pascal. Y es que, claro está, Dios es demasiado grande para nosotros los hombres, incluso para aquellos de nosotros que levitan. Pero los límites de todos nuestros discursos acerca de Dios también reaparecen cuando hablamos de una modesta manzana y hasta de una modestísima cáscara de cacahuete. Todo se nos desliza de entre las manos, no hay red que no deje escapar lo más importante. Y sin embargo, sostengo que el Dios de los científicos, como el de todos los demás colectivos, merece ser escrito con mayúsculas cuando quien escribe o pronuncia la palabra es consciente de la imperfección del acto que lleva a cabo. Y aunque solo sean los metafísicos los que hablan de la diferencia ontológica, la verdad de esa noción es tan básica que no hay hombre cabal que no sepa de ella todo cuanto hay que saber. Penzias, uno de los descubridores de la radiación de fondo, era hombre de fe y estaba entusiasmado con el sentido teológico que otorgaba a la magna explosión estudiada por los cosmólogos. Javier tiene razón cuando dice que identificar esta o cualquier otra singularidad encontrada por la ciencia con la
Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 5, 2015. ISSN: 2254-9668 271 misma acción creadora de Dios es una ingenuidad mayúscula, un poco como el caso de aquel sevillano (salvo que ese lo decía con un poco de guasa) para quien la Virgen propiamente dicha era la Macarena y todas las demás, meras advocaciones. También concedo a mi vecino de despacho que es consustancial a la ciencia intentar disipar cualquier singularidad, buscar un plus ultra tras cualquier solución pretendidamente final. Pero tampoco Penzias se chupaba el dedo, porque, cuando le hicieron ver que podría haber un “antes” del big bang que la ciencia llegaría a descubrir algún día, simplemente comentó algo así como: “Me parece muy bien, pero hasta que eso ocurra, podemos arreglárnoslas bastante bien con la gran explosión...” Habrá quien piense que reaccionar así denota cinismo o falta de seriedad. Yo creo más bien que Penzias sabía que, aunque se llegue a encontrar una continuidad subyacente en virtud de la cual la singularidad del big bang resulte solo aparente, tampoco esa presunta continuidad aun desconocida tiene por qué ser absoluta. De igual forma puede resultar aparente y descansar sobre una segunda y más profunda singularidad. Y así sucesivamente. ¿O no? Tan gratuito es afirmar que esta singularidad o aquella continuidad concreta es la última y definitiva, como estar convencido que la carrera de relevos explicativos no tiene fin. Ninguna alternativa teórica es a priori superior a sus competidoras, ni siquiera la que implícitamente presupone Hernández-Pacheco, esto es, que estamos ante un juego ininterrumpido de muñecas rusas. En lo que se refiere al caso, la ciencia no tiene de entrada una opción preferente por el teísmo, el ateísmo o el agnosticismo. Una cosa es que trate de buscar por debajo de la última singularidad (y también debajo de la última continuidad) hasta hoy encontrada, y otra que esté segura de que este proceso va a ser como el rayo que no cesa. Aquí los que contemplan la ciencia desde fuera tienen una
El ajuste fino de la naturaleza. Replanteamientos contemporáneos de la teología natural 272 visión algo simplista. Conste que tampoco me postulo yo mismo como autoridad inapelable al respecto, pero sí me siento autorizado a cuestionar la idea de que la ciencia va cambiando de opinión como de chaqueta, o que toda verdad científica es provisional y por tanto ilusoria, y que ninguna propuesta suya puede ni de lejos aspirar a la categoría de verdad eterna. Las que siempre son incompletas y revisables son las pruebas y evidencias que avalan cualquier afirmación dada. Por eso no es descartable que una proposición concreta tenga que ser reformulada e incluso negada antes o después. Además, tanto la semántica como la sintaxis de los lenguajes humanos —incluso el lenguaje científico— varían con el tiempo, lo cual produce distorsiones, y los significados van cambiando lentamente. Sin embargo, considerada globalmente, la ciencia no sigue una trayectoria errática, sino que con fluctuaciones va convergiendo en la mayoría de sus dominios. Por ejemplo, la distinción entre animales y plantas sigue teniendo la misma vigencia que en tiempo de Aristóteles. No me importaría poner la mano en el fuego para sostener la tesis de que en la reproducción sexual tanto el macho como la hembra contribuyen formalmente a la producción de la semilla del nuevo ser, tesis largo tiempo controvertida, pero a mi juicio definitivamente asentada. Como ella hay miles. Sorpresas, insisto, se dan y seguirán dándose, pero el tanto porcentual de ellas se va reduciendo. Lo que el científico de raza busca no es la verdad para hoy o para mañana, sino la verdad a secas. Es modesto con respecto a los resultados que alcanza, pero sus pretensiones son ambiciosas. Exactamente igual, diría, que los filósofos cuando no son decadentes. Permítanseme un par de casos más para definir mi postura. A veces se dice: igual que Galileo desmintió a Aristóteles, Descartes desmintió a Galileo, Newton a Descartes, Einstein a Newton y así
Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 5, 2015. ISSN: 2254-9668 273 sucesivamente. Sí y no. Con respecto a la fuerza de gravedad, la propuesta de Aristóteles era demasiado mala y la de Galileo demasiado particular. La confrontación entre Descartes y Newton (que asumieron sin problemas la parcial contribución de Galileo) fue la primera apuesta teórica global seria al respecto y se saldó con un triunfo neto e inequívoco del inglés, cuya teoría era y es muy satisfactoria pero no del todo universal. Lo que hace Einstein es refrendar casi literalmente la teoría de su predecesor y modificarla significativamente en casos no contemplados por él (la vecindad de grandes concentraciones de masa y energía). Sabemos que la solución einsteiniana no es completamente universal (aparecen en ella singularidades), de manera que ya hay candidatas a completarla (las teorías de gravedad cuántica). Por ahora son insatisfactorias. Pero nadie duda seriamente de que cuando alguien consiga una formulación madura, volverá a dar el espaldarazo a Newton para curvaturas del espacio-tiempo pequeñas y a Einstein para curvaturas medianas. La ciencia, en este como en casi todos los casos, se parece más a una cooperativa de pintores que sucesivamente van retocando y ampliando el cuadro que pintaron otros, y no a una batería de iconoclastas que se dedican a destrozar lo que antes se hizo para partir de cero. El fenómeno más frecuente y universal de la historia de la ciencia es la convergencia: convergencia hacia una verdad única que se busca. Esta convergencia está tutelada por un doble sentimiento de confianza y desconfianza: confianza en que el caudal de verdades por descubrir no se agotará en un futuro previsible; desconfianza hacia cualquier rasgo de autocomplacencia y contra la creencia tanto de que ya no queda nada por hacer, como de que nada se ha hecho. Fijémonos en el asunto de los principios (archai) de la materia. Tras milenios de dar tumbos de aquí para allá, los químicos generaron un primer consenso a partir de
El ajuste fino de la naturaleza. Replanteamientos contemporáneos de la teología natural 274 principios del siglo XIX en torno a la noción de “átomo químico”. Cien años después, los físicos prolongaron su propuesta con la de “partícula subatómica”. En el siglo que siguió, se nos habló de dos familias de partículas, los “bosones” y los “fermiones”. Los fermiones se subdividieron en “leptones” y “hadrones”. Bajo los hadrones se hallaron los “quarks”, y ahora se pugna por ver si tras bosones, quarks y leptones hay o no unas cosas que los entendidos llaman “supercuerdas”. Tal vez se confirme su existencia, tal vez no. Supongamos que lo haga. ¿No sería otra escala intermedia más? ¿No cabría esperar que bajo las supercuerdas aparezcan... no sé... “ganchos retorcidos”, después “minipompas”, “palomitillas de maíz” y así sin parar aunque nos cansemos? La especulación es libre, pero cualquiera que sea sensato y esté bien informado dirá que no, que no es probable, porque hasta ahora cada vez que se ha bajado un escalón ha sido buscando mayor unificación y una explicación más sintética de lo que había encima. El mundo que investigamos es ciertamente complicado, pero de vez en cuando a alguien se le ocurre un principio que resume una parte de esa diversidad. Un segundo principio subyacente al primero integra y simplifica todavía más. La complejidad de los fenómenos no es infinita y, tras siglos de unificación, todo empieza a encajar; no son tantos los cabos que van quedando sueltos. También es cierto que cada día resulta más dificultoso dar un nuevo paso hacia adelante, quiero decir, hacia abajo. Esta circunstancia, más que debilitar, refuerza la tesis que sostengo: bien porque ya no sean necesarios, bien porque va a llegar un momento en que no seamos capaces de darlos, no está nada claro que vayamos a seguir avanzando sin término... en esa dirección. Los días de la investigación del arché pueden muy bien estar contados, del mismo modo que está contado, cerrado y archivado el número de sólidos regulares en un espacio tridimensional euclidiano
Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 5, 2015. ISSN: 2254-9668 275 o el número de montañas de más de ocho mil metros de altura en el planeta Tierra. Lo cual, insisto una vez más, no significa que la verdad absoluta esté al alcance de la razón científica, como tampoco lo está al de la razón filosófica. Pero una convergencia satisfactoria con la verdad puede alcanzarse en unas pocas e incluso en muchas de las vertientes de aproximación hacia ella, aunque en otras vertientes hay signos evidentes de estancamiento, cuando no se tropieza con aporías insolubles. Si no he malentendido del todo la posición de Javier, él niega que haya real convergencia con la verdad en ningún campo de la ciencia, no solo porque es mucho menos optimista que yo sobre la existencia de consensos teóricos definitivos dentro de ella, sino porque, caso de darse, estarían basados en aspectos muy tangenciales de la verdad “propiamente dicha”, y para nada afectarían a los que son de verdad relevantes, o sea, los que interesan a los filósofos. Por mi parte, niego que se pueda trazar tipo alguno de “fronteras sagradas” entre lo científico y lo filosófico. Desde luego, las que él propone no me valen. Presupone que en el repertorio de soluciones al alcance del científico está excluido a priori lo incondicionado. No es verdad. Lo que al científico interesa es conseguir unificar con un afán tan desmedido que para él el fin justifica los medios. Si solo apelando a lo incondicionado consiguiese salir de algún atolladero, estoy seguro que lo haría con los ojos cerrados, mejor dicho, que los cerraría una vez comprobada la inexistencia de otras alternativas más baratas. ¿No defendieron los partidarios de la teoría del estado estacionario el surgimiento de la materia directamente de la nada (no del vacío cuántico, sino de la nada-nada)? ¿No hablan de energías negativas ciertos representantes de los modelos inflacionarios, para que el universo entero pueda ser un juego de suma cero? ¿No ha propuesto Tegmark que lo
El ajuste fino de la naturaleza. Replanteamientos contemporáneos de la teología natural 276 real literalmente se convierte con lo posible? Y si nos remontamos un poco, el gran Robert Boyle afirmó repetidamente. “That these excluders of the Deity make but imperfect explications of the phaenomena of nature”3. Descartes, Newton y Leibniz mezclaron consideraciones físicas y teológicas no solo en libros apologéticos o correspondencias privadas, sino en obras científicas capitales, como el Tratado de la luz, la Óptica o el Dynamica de potentia. Ya en el siglo XVIII, el descubridor del principio de mínima acción (capital para unificar la mecánica y otras ramas de la física) extrajo de él nada menos que “una prueba de la existencia de Dios”4 y, a mayor abundancia, en pleno XIX Laplace hacía de Dios “una hipótesis prescindible” (¡pero digna de ser considerada!)5, Darwin veía en la selección natural la respuesta más ajustada al problema del mal6, mientras que Maxwell cifraba en la sensibilidad de los sistemas dinámicos a las condiciones iniciales el secreto de la libertad humana7. En el 3 R. Boyle, Concerning a requisite Digression concerning those, that would exclude the Deity from intermeddling with Matter, en The Works, London, 1772, II, p. 36. 4 Véase P. L. M. Maupertuis, “Examen philosophique de la preuve de l'existence de Dieu employée dans l'Essay de Cosmologie”, HAR (1756), 1758, pp. 389-424; reprint: Oeuvres, Hildesheim, Olms, 1974, vol. 1. 5 Nótese que una cosa es “prescindible” y otra muy distinta “absurda”, “ilégítima” o “acientífica”. De no haber contado con una teoría de las perturbaciones que le permitió dar mayor estabilidad a las órbitas planetarias, es muy probable que hubiese tenido que seguir recurriendo a la Divinidad. Con dicha teoría dejó de necesitar recurrir a ella en ese plano explicativo. ¿Lo consiguió en todos? Por supuesto que no. 6 Véase Ch. Darwin, Autobiografía, Madrid, Alianza, 1977, pp. 112-114. 7 Véase J. C. Maxwell, On the Final State of a System of Molecules in motion subject to forces of any kind, 1873, en: The Scientific Papers of James Clerk Maxwell, Volume 2, Cambridge, Cambridge University Press, 2011.
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