Leyenda negra. La batalla sobre la imagen de España en tiempos de Lope de Vega [Reseña]
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195 Antonio Sánchez Jiménez (Madrid, Cátedra, 2016) La Leyenda Negra es un concepto que arrastra tanta controversia como puede suscitar cierto escepticismo. Su alto grado de politización -prácticamente desde su acuñación a finales del siglo XIX- complica, además, de forma particular el objeto de estudio. Esto se hace evidente en gran parte de los trabajos -tanto dentro como fuera de la academiaque se han dedicado a disertar sobre este asunto en la pasada centuria, ya para hacer apología patria, ya para culpar a la nación de sus males, ya para desmentir el fenómeno antihispánico. No obstante, salvando hábilmente estos escollos metodológicos, Antonio Sánchez Jiménez se suma al debate con una propuesta que no solo rehabilita la noción de Leyenda Negra, sino que, aplicándola a la construcción de la identidad nacional, arroja nueva luz sobre esta cuestión, relevante tanto en la época como para la crítica que se ocupa de ella en la actualidad. La complejidad de tal planteamiento requiere de gran discernimiento conceptual, rigor histórico y despliegue metodológico, características que, sin duda, se cuentan entre las virtudes de este estudio. Es por ello que Sánchez Jiménez dedica primeramente un amplio espacio a precisiones terminológicas, conceptuales, histórico-críticas y metodológicas (Introducción y cap. I). En estos capítulos se introducen las tesis, así como las claves analíticas que se van a desarrollar luego, y se contextualiza el trabajo dentro del panorama crítico, cargado de tanta polémica como sensibilización política. El autor divide su repaso de la trayectoria de esta tradición a partir de la forma y el enfoque político-ideológicos que proporcionó el concepto de Leyenda Negra, distinguiendo seis momentos clave para su desarrollo, ya por circunstancias del momento, ya por avances críticos: estas etapas serían el ambiente intelectual que siguió a la pérdida de las últimas colonias, el periodo de reivindicación patria de la posguerra franquista, los nuevos aires crítico-ideológicos de la década de los sesenta, la apropiación estadounidense del caso español en el contexto de la guerra fría, el V Centenario del descubrimiento de América y el momento actual, delimitado en las dos últimas décadas.
196 El autor se aparta de esta tendencia general -que, como señala, se mantiene en el siglo XXI- y se sitúa en la senda de los estudios imagológicos, que arrancaron con Chaunu en los sesenta para el estudio de los estereotipos nacionales, y que han ido ganando terreno en los últimos años. Esta metodología aborda las imágenes nacionales generadas dentro o fuera del seno de la comunidad, no como trasuntos de la realidad, sino en su valor estructural y simbólico, reconociéndolas como figuras de pensamiento más allá de posibles instrumentalizaciones propagandísticas. Esta perspectiva proporciona los postulados de los que parte Sánchez Jiménez y con los que articula su estudio, prestando especial atención al efecto que tales paradigmas gnoseológicos tuvieron sobre la Leyenda Negra y a la imagen nacional de los mismos españoles. Para defender esta tesis, la mirada crítica del autor advierte, en primer lugar, que tras la vaga realidad que parece designar la expresión ‘Leyenda Negra’ se halla un conjunto de estereotipos que se define por su sistematicidad, adaptabilidad y pervivencia. Estos rasgos no solo justifican el uso de esta polémica expresión, sino que, efectivamente, constituyen el eje de articulación de la identidad nacional en el siglo XVII. Como prueba este estudio, tanto las acusaciones que integran la Leyenda como los argumentos que se esgrimieron en defensa del carácter hispano bebieron en una misma serie de estereotipos que se organizaban de forma conjunta, orgánica y autónoma. Este sistema de prejuicios se vio, sin duda, favorecido por factores políticos, religiosos y sociales que se mantuvieron más o menos constantes durante siglos. Ya desde mediados del Cuatrocientos, como documenta Sánchez Jiménez, la presencia española fuera de las fronteras peninsulares suscitó hostilidades. Estas -acrecentadas durante la época imperialse irían cifrando en acusaciones que, a base de generalizarse, acabarían configurando los estereotipos de la Leyenda Negra hispánica. No obstante, la clave de su sistematicidad radica en los modelos taxonómicos en los que se cifraban los caracteres nacionales, según teorías geográficas y climáticas que estaban muy extendidas en la época. Este modelo gnoseológico contribuyó a la organización sistemática de estos prejuicios en base a un triple criterio político, moral y racial, en el que se pueden ver sintetizados los ocho prejuicios en los que Sánchez Jiménez desglosa la Leyenda Negra: codicia, astucia, soberbia, crueldad, lujuria, barbarie, sangre semita y fanatismo. Esta separación, si bien metodológica -pues todos están hasta cierto punto relacionados-, se apoya en evidencias textuales de diverso tipo que el autor incorpora en su estudio, ya de forma breve y panorámica en la introducción -para
197 documentar las fuentes de las acusaciones-, ya por extenso y con un enfoque más específico en los capítulos que dedica al análisis de los textos literarios -en los que la Leyenda se revela como eje de articulación de las reflexiones sobre el carácter nacional. Varias son las implicaciones de esta tesis, con las que Sánchez Jiménez contribuye de forma decisiva al debate crítico sobre la naturaleza de la cultura barroca, en discrepancia con la idea -o la teoríadel monolitismo de la cultura barroca. En primer lugar, el autor sostiene que el discurso nacional de los escritores del barroco español aprovechó el sistema de acusaciones y prejuicios -la Leyenda Negra- en el mismo grado que sus detractores, contestándolos o transformándolos a través de una serie de estrategias tan diversas como originales. De esta forma, Sánchez Jiménez arguye que la identidad española no emanó exclusivamente de un centro de autoridad nacional, sino también de la resistencia a las imágenes negativas -de otredadde que se sirvieron otros centros europeos para definir su esencia patria frente a la hegemonía hispánica. Y esta batalla la libró cada autor según su propio ingenio y desde sus posiciones ideológico-políticas particulares, muy motivadas, a su vez, por las circunstancias inmediatas al momento de composición y publicación. Por otro lado, de lo anterior se deriva que el discurso nacional-identitario tiene entidad autónoma más allá de instrumentalizaciones propagandísticas, siendo empleado tanto para fines apologéticos como críticos. Es más, este mismo discurso pudo llegar a ser utilizado de forma irónica e, incluso, escéptica, como sugiere -con prudencia- Sánchez Jiménez, abriendo una interesante línea de investigación, de relevancia tanto histórica como actual. El caso más llamativo que el estudioso reseña es el de la novela corta «La desdicha por la honra» (cap. IV), de Lope de Vega, en la que rasgos raciales y disfraz se tornan conceptos de límites mordazmente borrosos en los avatares del protagonista. Estas tesis se desarrollan y argumentan en los capítulos que dedica al análisis de los textos, que se dividen atendiendo a varios criterios, principalmente genéricos y temáticos. Los focos de atención se centran en el teatro y en poesía y prosa políticas (caps. II y III) -y de forma puntual en el ámbito novelesco (cap. IV)- de los que se extraen numerosos ejemplos que atestiguan la dinámica de apropiación, contestación y manipulación de las imágenes negativas de la Leyenda Negra para reconducirlas en pro del carácter nacional español. Estas estrategias son concomitantes entre los diversos escritores más representativos, si bien el planteamiento y la forma de llevarlas a cabo está condicionada tanto por el contexto histórico-político como por convenciones genéricas.
198 Los textos que recoge y con los que estructura su argumentación pretenden ser representativos de la época del barroco. No obstante, en el ámbito teatral -espacio particularmente fecundo para la exploración y difusión de ideas nacionalesse advierten estas estrategias ya desde el Quinientos. Es así que el capítulo dedicado al género dramático reúne el mayor número de casos, desde Torres Naharro hasta Lope. El vasto volumen de ejemplos se ve delimitado por varios criterios que se aplican especialmente al corpus lopiano, reuniendo temáticamente obras sobre la presencia española en el extranjero (Italia, Flandes y el Nuevo Mundo), así como menciones aisladas en obras de diverso asunto. Si bien este criterio está claramente expuesto y justificado en el caso de Lope, no ocurre así en el de Cervantes. Especialmente tras la lectura del estudio completo y de la constatación de la importancia de la gallardía como contracara de la acusación de arrogancia, uno se pregunta por qué «El gallardo español» no se analiza. La deducción lógica es que la identidad y carácter españoles en esta pieza sean irrelevantes para Cervantes, según concluye Sánchez Jiménez a partir del análisis de los dos textos que analiza. Y es que el estudioso incluye en su corpus de ejemplos textos que apoyan su tesis, así como textos en los que los epítetos nacionales funcionan al margen de la Leyenda Negra. Este sería el caso de La España defendida de Suárez de Figueroa, al que recurre - igual tal vez que los dramas cervantinospara que sirva de contraste y ratifique su análisis. Pese al interés que suscita este planteamiento, tal vez se echa de menos una mayor elaboración con respecto a las razones que diferencian los tratamientos nacionales, en tanto que informados por la Leyenda o no, así como sus implicaciones -sobre todo a efectos nacional-identitarios en la epopeya de Suárez de Figueroa. Otra cuestión en la que no se ahonda mucho -tal vez porque quede lejos de los propósitos de este estudioes en la dimensión semántica de los conceptos que conforman la Leyenda Negra. Por citar algún ejemplo, no queda siempre claro si soberbia y arrogancia hacen, según el autor, referencia a un mismo pecado o hay matices -y, si los hay, hasta qué punto operan a nivel estructural. El autor los utiliza, en principio, como sinónimos. No obstante, la duda se genera sobre todo a partir de algunos de los textos ilustrativos, como el de Francisco de Cascales (p. 272), en los que soberbia y arrogancia se aplican a caracteres nacionales de manera distintiva. En cualquier caso, queda una línea de indagación abierta para lo que podría ser un interesante estudio histórico-semántico de
199 los prejuicios de la Leyenda, en relación también con las estrategias de respuesta de los escritores de los Siglos de Oro, así como el paso de ambos al Romanticismo. En definitiva, Sánchez Jiménez pone a disposición del lector un panorama cabal sobre lo concerniente a la Leyenda negra hispánica: reseña la particular trayectoria crítica a la que la politización de este concepto desde finales del XIX sometió al objeto de estudio, delimita de forma neutra y objetiva dicho objeto de estudio y establece las bases metodológicas idóneas para su estudio, y reivindica la relevancia de la Leyenda negra, en tanto que influyó a la configuración de la imagen del carácter nacional. De este modo, se revela que la construcción de la identidad nacional en el barroco español no responde a fines meramente propagandísticos, sino que halla su origen en la resistencia a ciertas generalizaciones negativas extranjeras sobre el carácter español. Se redimensiona así el mismo concepto de identidad en el barroco, que no se puede entender fuera del contexto internacional europeo, en cuyo marco y en encendido diálogo se negoció.