El séptimo hombre
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UNIVERSIDAD DE SEVILLA MÁSTER EN ESCRITURA CREATIVA Trabajo Fin de Máster Convocatoria: 2023-2024 EL SÉPTIMO HOMBRE Modalidad: Creación - Narrativa VIKTORIYA BAGRYANTSEV MARTYNOVA Vº Bº Tutor Pablo Felipe Sánchez López
ÍNDICE EL SÉPTIMO HOMBRE...........................................................................................................3 I................................................................................................................................................ 4 II............................................................................................................................................... 8 III............................................................................................................................................ 13 IV............................................................................................................................................17 V.............................................................................................................................................27 VI............................................................................................................................................33 VII...........................................................................................................................................39 VIII..........................................................................................................................................44 IX............................................................................................................................................53 X.............................................................................................................................................58 XI............................................................................................................................................69 XII...........................................................................................................................................79 XIII..........................................................................................................................................85 XIV......................................................................................................................................... 90 XV.......................................................................................................................................... 97 XVI....................................................................................................................................... 109 XVII.......................................................................................................................................114 XVIII..................................................................................................................................... 120 XIX....................................................................................................................................... 131 XX........................................................................................................................................ 140 XXI....................................................................................................................................... 154 XXII...................................................................................................................................... 169 Epílogo.................................................................................................................................181 MEMORIA JUSTIFICATIVA................................................................................................. 185 1. PUNTO DE PARTIDA DE LA CREACIÓN: OBJETIVOS Y FUNDAMENTOS.................185 ● Justificación del tipo de obra.............................................................................................185 ● Justificación del tema........................................................................................................187 ● Objetivos e intención.........................................................................................................190 2. ESTRUCTURA DE LA COMPOSICIÓN.......................................................................... 193 1
3. TÉCNICAS Y ESTILOS ENSAYADOS.............................................................................195 ● Narrador............................................................................................................................195 ● Tiempo y espacio..............................................................................................................197 ● Personajes........................................................................................................................199 ● Descripciones................................................................................................................... 205 4. DIFICULTADES Y SOLUCIONES....................................................................................207 ● Dificultades históricas....................................................................................................... 207 ● Dificultades técnicas......................................................................................................... 208 5. RESULTADOS................................................................................................................. 210 6. BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA Y APLICADA................................................................. 211 2
El séptimo hombre Viktoriya Bagryantsev Martynova 3
I 20 de agosto,1919 Querida Annabel, Últimamente siento que el viento sopla en contra de la vida. No hablo específicamente de la mía, es más un sentimiento respecto a lo injusta que es la existencia. Hoy me levanté una hora antes de lo planeado. El sol apenas comenzaba a salir, y al no tener la costumbre de madrugar quise aprovechar el momento, ese instante de tranquilidad y silencio antes de que despertase la ciudad. Sin embargo, me vi profundamente abatido, y a la vez cautivado a partes iguales, cuando al abrir las ventanas me encontré un pequeño gorrión en el balcón. Se encontraba sentado en una esquina, observándome fijamente con sus pequeños ojos negros mientras trataba de mantenerse consciente. Las aves tienden a erizar las plumas al sentir cualquier tipo de malestar, y éste, para su desgracia y la mía, parecía saber que estaba viviendo sus últimas horas. Le dejé agua y algunas migajas de pan antes de marcharme a trabajar, con la esperanza de que, lo que sea que haya ahí fuera, le perdone la vida. Aquello me hizo recordar la enfermedad que casi me llevó hace un mes. Creo que tan solo me salvaron la suerte y la esperanza, y cada vez estoy más seguro de que es lo único que nos mantiene aquí. No hay justicia en nuestra palpitante existencia, el bien y el mal tan solo son términos que usamos para estar en paz con nosotros mismos por seguir el buen camino. Esto es algo que he aprendido después de las extensas sesiones con ese paciente del que te hablé, mi amigo, el que volvió de la guerra. Me hace pensar, me invita a ver a través de sus ojos esos horrores que no pude experimentar. Me hace darme cuenta de que todos somos más irrelevantes de lo que pensamos, no somos más que ese pobre gorrión que encontré muerto al regresar… En general, estoy bien. Espero que tú también estés disfrutando de una vida lo suficientemente tranquila. Siento que esta carta no vaya a contener nada respecto a mi próxima visita, pues no creo que pueda volver a Sheffield en los próximos meses. Siento que algo va a cambiar. No sé cómo exactamente, pero estoy tratando de encontrar respuestas a preguntas que llevo haciéndome mucho tiempo. Tal vez 4
así podamos tener una conversación más interesante el día en que nos veamos. Hasta entonces, estaré a la distancia de un lápiz y un papel. Tu hermano Robert 23 de agosto, 1919, Sheffield. Era por la tarde. El cielo se encontraba cargado, y eran relativamente escasas las personas que caminaban por la calle a esa hora. Sin embargo, unos pasos rápidos resonaron con bastante claridad sobre el asfalto. Una joven cambió de acera con cierta prisa, esquivando un coche y continuando su camino calle abajo. Llevaba una mano en el pecho, en la cual escondía, de las gotas que habían comenzado a caer, una carta. Si alguien completamente desconocido tuviese que mencionar algo destacable de ella, serían sin duda su pequeña figura y su largo cabello rubio, que ese día había dejado sin arreglar al salir agitada por la puerta de su casa. Pero a pesar de ese momentáneo descuido, había algo en su manera de caminar que transmitía decisión, y una profunda concentración con cada paso que daba. Su objetivo se encontraba no muy lejos de allí, la pequeña oficina de correos que había en la esquina, justo enfrente de una floristería que le era bien conocida. Ir hasta aquel lugar se había convertido casi en costumbre, raro era el mes que no aparecía con algo nuevo que enviar. Empujó el pomo de la puerta acristalada sin ralentizar su avance, y solo cuando estuvo dentro, se permitió tomarse un respiro. No había nadie, salvo una mujer que caminaba en dirección contraria para salir, y un rostro familiar detrás del cristal del mostrador. Mirando el sobre que tenía entre las manos, la joven se acercó a la ventanilla, deslizando su carta por la abertura hacia la persona que se encontraba al otro lado. —Deja que adivine, ¿otra vez para tu hermano? —La trabajadora, de cabello oscuro y rizado, sonrió mientras tomaba el sobre y procedía a poner unos sellos. —Sí —contestó la joven, buscando unas monedas en su bolso que no tardó en depositar sobre el mostrador. El interior era pequeño. Una estancia rectangular con un suelo de madera y paredes oscuras, una sola lámpara colgaba en el centro del techo. Al fondo se 5
encontraban las cuatro ventanillas, de las cuales tan solo una estaba abierta. Detrás de ésta se escondía un espacio no accesible al público. Únicamente una pequeña puerta a la derecha, le permitía la entrada y la salida a los que trabajaban en la oficina. —¿Sigue en Londres? —preguntó la mujer mientras apuntaba algo en un libro, y retiraba la carta fuera de la vista de su remitente. —Así es. Dudo que vuelva pronto, y estoy algo preocupada por él. —¿Y eso? —volvió a interesarse, a pesar de que conocía perfectamente las historias que la otra solía relatar sobre su hermano. —Creo que está demasiado agobiado por su trabajo. Debería cuidarse más, descansar un poco… Pero parece no querer escucharme —respondió apoyando un codo sobre el mostrador. —Oh, deberías centrarte en otra cosa y dejarle vivir como quiera, ya es lo suficientemente grande. ¿Cómo va tu trabajo? —La rubia se encogió de hombros. —Aburrido, como siempre. Pero aproveché la mañana para escribir la carta. —Por favor… —suspiró la otra, acercando el rostro a la abertura en el cristal—. Deberías buscarte un hombre —susurró. —-Calla, sabes que no quiero oír nada al respecto —se quejó la más joven. —¡Y tú sabes que tengo razón! Aprovecha el tiempo que tienes, no esperes a tener mi edad. —Solo tienes cinco años más que yo, no seas tan dramática —dijo quitándole importancia al comentario. Un hombre mayor apareció por la puerta. Tanto su sombrero como su traje estaban empapados, y unas pequeñas gotas colgaban temblorosas de su bigote. Parecía haber hecho un largo camino hasta llegar, y de entre los pliegues de su chaqueta, tal y como imaginaban, salieron un par de sobres. Ambas mujeres se observaron en silencio, entendiendo que se trataba de una discreta forma de despedida entre ellas. La joven de la carta no tardó en marcharse, pero cuando lo hizo, vio que por desgracia la lluvia había aumentado de intensidad. No tuvo más remedio que acelerar el paso y hacer el camino de vuelta a casa, pero mientras tanto, no pudo evitar sentir algo de inquietud. Era un presentimiento algo irrelevante, pero era como si aquellas nubes, pesadas y oscuras, le estuviesen avisando de la llegada de algo más que una simple tormenta. 6
II 6 de mayo, 1920. Londres. Annabel llegó dos días antes de lo planeado. No sabía por cuánto tiempo permanecería. Tampoco le importaba. Su vida y todo lo que conocía se había quedado atrás, para dar paso a una ciudad repleta de miradas vacías y voces que hablaban con todos y nadie a la vez. «¡Lucha por las iglesias de Londres! ¡La actualidad sobre la protección de las construcciones antiguas!». Todos caminaban frente al chico que vendía periódicos a la salida de la estación. Nadie lo veía. Nadie lo oía. O tal vez solo se hacían los ciegos y sordos porque era lo que les convenía. Juzgarlos no tenía sentido, había hecho lo mismo con tal de salir de aquella asfixiante multitud para coger un taxi, dejando que la fría naturaleza de la capital comenzase a invadirla. No había forma de escapar de ella, era un mal necesario: la indiferencia de la gran ciudad. Londres era como un hormiguero sucio y descontrolado en el que el orden parecía no tener lugar. Las calles serpenteantes conducían a destinos desconocidos, con miles de sombreros y tocados caminando a contracorriente entre las sobrias edificaciones. Los automóviles, que avanzaban con lentitud cual escarabajos mecánicos, no ayudaban a la impresión general de la ciudad. Todos tenían prisa, incluso las hojas sueltas de los periódicos que volaban llevadas por el viento, envolviéndose en los pies de los caminantes hasta acabar olvidadas en el suelo. Tal vez fuese imaginación de Annabel, pero le dio la impresión de que incluso el aire estaba gris. Olía a combustible y tierra mojada, pues las nubes que observaban la ciudad no anunciaban la llegada de horas soleadas. La joven pronunció la dirección del que sería su futuro hogar durante las próximas semanas –o meses–, saboreando la extraña sensación de formar parte de aquel lugar. Se preguntó si su hermano habría sentido lo mismo. Hablaron del tema en más de una ocasión, pero su respuesta siempre era la misma. «No lo sabrás hasta que vayas, hermanita». Deseó que su razón para estar allí fuese otra. —¿Primera vez en Londres? El conductor interrumpió sus pensamientos. En parte lo agradeció, no quería darle más vueltas al tema antes de tiempo, pero tampoco le apetecía hablar. No le importaban los desconocidos. De hecho, le daban igual –por eso su madre pensaba que era una ingenua–, pero tampoco le transmitía la confianza como para intercambiar más de dos palabras. No en una situación como la suya. Le dio una 7
respuesta afirmativa y seca. Fuera, unas gotas comenzaron a resbalar sobre el cristal. —¿Tiene familia aquí? Londres no es una ciudad para chicas solitarias. Le observó con atención. Tenía un par de cicatrices en la parte trasera de su cabeza, pequeñas, aparentemente viejas, y la piel arrugada sobre el cuello de la camisa. No contestó. Había veces que llegaban a irritarla. Los hombres. No todos, pero sí aquellos que hacían demasiadas preguntas en momentos indebidos y que daban su opinión sin haberla pedido. Le hacían sentir irrelevante, le recordaban a su padre. El automóvil siguió avanzando, cada calle más desconocida que la anterior, y sin embargo, había algo en lo poco que había visto de aquella ciudad que se le hacía familiar. Las palabras de su hermano Robert encajaban perfectamente con lo que estaba viendo, siendo el grisáceo tiempo la única excepción. Le había hablado de su mejor versión de Londres, a ella le tocaría experimentar su otra faceta. Todo parecía frío y distante, aunque en parte atribuyó esa sensación a la leve lluvia que ya comenzaba a encharcar el suelo. Cuanto más se acercaban al centro, más se sentía como un desafortunado insecto, atrapado en una húmeda telaraña de calles y rostros desconocidos. Paraguas negros y pasos acelerados. Se movían de manera inconsistente y desordenada. Aquellos que sabían a dónde iban miraban al suelo evitando las gotas. Los que no, observaban de forma distraída a los otros, trabajando o sentados en los escalones de algunas casas. Ignoraban la lluvia. El agua había comenzado a oscurecer los muros de piedra de los edificios que la veían pasar, siendo éstos tan parecidos entre ellos que apenas podía distinguirlos. Se preguntó si habría alguien mirándola a través de los pequeños ventanales, aunque fuese inconscientemente. Al igual que Londres empezaba a crear memorias en su mente, ella también estaba haciendo acto de presencia en los recuerdos de los londinenses. Tal vez el taxista se acordase de ella esa tarde, aunque fuese por algo irrelevante, como su manera de hablar o la mirada perdida con la que observaba a su alrededor. Giraron hacia una calle de pequeñas tiendecitas, Harold’s Bread, The Fashion Shoe Shop, Plumbridge’s Fruit… Una infinidad de carteles de colores trataban de recibir con los brazos abiertos a sus clientes, contrastando con el sentimiento general que producía la ciudad. Annabel pidió al conductor que 8
La joven siguió su reflejo de vitrina en vitrina. El cristal mostraba su silueta como si se tratase de un fantasma, siendo apenas la única persona que había en el lugar. Tal vez se tratase de la zona, pero aún así disfrutó del silencio y su propia compañía, pues sentía que, a diferencia del centro de la ciudad, ahí podía respirar. La pequeña clínica del Doctor Robert Leigh se encontraba casi al final de la calle, frente a una pequeña panadería. La reconoció por un cartelito dorado con el nombre de su hermano, atornillado a la puerta y con una fina capa de suciedad que le arrebataba su característico brillo. Hacía tiempo que nadie pasaba por allí. Las ventanas habían adquirido cierta opacidad, nadie se había parado a limpiar los rastros dejados por las gotas de lluvia. Tampoco provenía luz alguna del interior. Annabel se acercó, sacando de su bolsillo una pequeña nota que depositó por el orificio de las cartas. Era poco probable, prácticamente imposible que Robert estuviese allí, pero aún así se aferraba a la idea de que tal vez podría volver, de pronto, sin avisar. Tenía que hacerle saber que había venido a Londres y que lo buscaba. No quería perder la esperanza. No tan pronto. Apenas había avanzado unos metros alejándose del sitio, siguiendo sus pasos en dirección contraria, cuando de pronto su cuerpo reaccionó ante esa extraña sensación que lo recorre al ser observado. Se giró. Sin embargo, allí, entre las sombras de aquella calle poco iluminada, no había nadie. No se demoró en volver a la casa de la señora Green. 15
IV 8 de mayo, 1920. Londres. Ha pasado algún tiempo desde la última vez que te escribí. No contestas. Tampoco sé dónde estás exactamente. Recibí una carta de un extraño diciendo que me necesitabas, sus palabras encajaban con los sucesos de las últimas semanas, y no dudé ni un momento en venir a la ciudad. Lo habría hecho tarde o temprano de todas formas, ¿cómo quieres que esté tranquila? Llevo tres días en Londres y el desconocido de la carta sigue sin aparecer. Mencionó que se pondría en contacto conmigo al llegar, pero por ahora, lo único que he estado recibiendo es silencio. ¿Dónde estás? ¿Qué ha ocurrido? Desearía poder verte y hablar como solíamos hacer cuando éramos pequeños. El mundo parecía un lugar lleno de secretos escondidos y emocionantes aventuras. La ingenuidad nos hacía inmunes al miedo que produce el desconocimiento con la edad. Vuelve pronto, por favor. Eran cerca de las dos de la tarde cuando Annabel terminó de redactar. Se había sentado en el salón, de manera que la luz que entraba por la ventana pudiese iluminar aquello que la tinta trataba de expresar. Había sido una noche agitada. Durmió poco, y durante esos instantes en los que su mente parecía rendirse ante el descanso, sueños extraños la visitaban, trayendo consigo recuerdos que creía haber dejado en el pasado. Se levantó, doblando el papel con la mirada perdida, mientras pensaba en todo lo que había pasado días atrás. Continuaba sintiendo algo extraño, como si estuviese siendo observada cada vez que pisaba la calle. Una mirada invisible, fría, perteneciente a alguien que no estaba allí en realidad. Alcanzó la caja de cerillas que tenía frente a ella y le prendió fuego a una, acercándola con cuidado al borde de la hoja que tenía en la otra mano. La llama no tardó en comenzar a devorar la esquina de la carta, oscureciéndola y subiendo poco a poco por su superficie, hasta que Annabel se vio obligada a dejarla en un cenicero que había sobre la mesa. Era curioso que estuviese allí, pues la señora Green no fumaba, y definitivamente sabía que aparte de ellas dos no vivía más nadie en la casa. La fina columna de humo se estiró formando espirales que danzaban desordenadas, desapareciendo gradualmente conforme ascendían. Tras poco tiempo, la llama se consumió. Annabel volvió a sentarse, con las manos cruzadas bajo su barbilla y las cenizas frente a ella. Nada ocurrió durante los siguientes 16
minutos, aunque tampoco sabía a qué estaba esperando exactamente, pues su mente se dedicaba a saltar de pensamiento en pensamiento sin llegar a ninguna conclusión. La casa se había quedado en silencio, y tan solo el sonido de algunos coches proveniente del exterior lograba interrumpir su concentración. Recordó los días de verano de su infancia, suaves, soleados, en los que Robert, su criada y ella salían a correr y a jugar al escondite por la finca que rodeaba la casa de sus padres. Hubo un día en concreto, en el que tardaron mucho en encontrarle. Annabel había sido descubierta con facilidad, escondida entre la paja del establo, pero Robert parecía haberse esfumado. La diferencia entre aquel recuerdo y la realidad era que los minutos que solía estar escondido jamás se habían convertido en meses. —¿Qué es ese olor? —La señora Green apareció por la entrada del salón, quitándose el sombrero y dejando a la vista un vestido azul a juego con sus ojos—. ¿Se ha quemado algo? —Annabel le saludó, y asegurándole que no tenía nada de lo que preocuparse, tomó el cenicero para ir a tirar su contenido—. Hay veces que me gustaría saber en qué estás metida. —¿Le ha llegado a escribir alguna vez a alguien que sabe que jamás recibirá su carta? —dijo volviendo de la cocina, esta vez con el recipiente limpio entre las manos para volver a dejarlo en su sitio—. Incluso si la otra persona no la lee, es importante que exista la intención de escribirla, mantiene viva la esperanza. —Supongo que lo he hecho, pero hace tiempo, aunque no tenía la costumbre de quemarlas —respondió la mujer sentándose en el sofá con un suspiro—. ¿Podrías abrir la ventana, por favor? Es solo la hora de comer, pero siento como si hubiese pasado un día entero. Annabel asintió y procedió a realizar lo que la señora Green le había pedido. La mujer tenía razón, el aire que se respiraba en la habitación se había vuelto algo pesado y caluroso. —¿Cómo está su amiga? —preguntó mientras apartaba las cortinas. —Lo suficientemente bien que puede estar una mujer a nuestra edad, aunque dudo que te interese la conversación de dos ancianas. —No es usted tan mayor, señora Green. Aún le queda mucho por vivir. —Está bien oír eso de vez en cuando —rió—. Por cierto, esta mañana llegó algo para ti. Allí, sobre el mueble. —Su mano señaló a su izquierda. Annabel la miró extrañada. En cuanto terminó de abrir las ventanas, se acercó al lugar indicado, encontrándose tan solo con un sobre blanco. Llevaba su nombre 17
escrito, y fue exactamente eso lo que la incomodó. No había nada más, ni sellos, ni dirección, por lo que dedujo que había sido entregada en persona. El problema estaba en que no tenía tantos conocidos en Londres que supiesen su dirección, y aún menos que fuesen hasta allí para dejarle un mensaje. Eso significaba que tan solo podía ser él. El desconocido del que esperaba noticias. Tuvieron que pasar varios minutos antes de que las miradas de ambas mujeres se volviesen a encontrar. Sin embargo, ninguna de las dos dijo nada. La joven había quedado totalmente absorta por el contenido de la carta, por lo que sobre en mano, subió hasta su habitación sin dar explicaciones. 9 de mayo, 1920. Londres. Miró su reloj una vez más. Eran las seis menos cinco. Había seguido todas y cada una de las instrucciones mencionadas con tal de saber quién, y por qué estaba interesado en ella y su hermano. Fuese quién fuese el remitente de la carta, conocía algo sobre la desaparición de Robert, y aquello había sido suficiente para hacerle ir hasta la National Gallery a las seis en punto, llevando una blusa blanca y una falda azul oscuro que se vio obligada a comprar unas horas antes. Estaba impaciente, aunque no sabía si por la curiosidad o la ligera sensación de peligro, cosa que le hacía tener las manos frías. Aún así, se mantuvo firme, dándole la espalda al alto edificio de pilares de piedra que parecía contemplarla desde arriba. Los minutos se le estaban haciendo eternos, viendo los coches pasar y observando a las personas que caminaban entre los árboles al otro lado de la calzada. Esperaba a un hombre. No tenía indicios de ello, pero por dentro estaba segura. Quería pensar que era por las palabras empleadas en la carta, sobrias y calmadas, aunque con un pequeño tinte de desesperación que le hacía dudar respecto al tipo de persona del que se trataba. No tardó mucho en divisar una figura masculina, caminando en su dirección con cierta prisa. Annabel estaba segura de que era a quien esperaba, pues el hombre, vestido con un traje gris y una boina del mismo color, había hecho contacto visual con ella. Llevaba una amplia sonrisa en el rostro, cosa que le pareció muy poco discreta teniendo en cuenta la confidencialidad y el anonimato del mensaje que había recibido. Se colocó a su lado, arreglando con despreocupación los 18
pliegues de su chaqueta mientras Annabel lo observaba con cautela. Era joven, aunque algo mayor que ella, unos treinta, de apariencia bastante normal y poco destacable. Era pelirrojo, la única característica que le llamó algo la atención. —¿Señorita Leigh? —preguntó en voz baja, sin mirarla, falsamente concentrado en unas palomas cercanas. —Espero que tenga una explicación sobre por qué se presenta de una manera tan poco disimulada, teniendo en cuenta el anonimato de su carta. —Se giró hacia él. Era bastante más alto, pero aquella cara sonriente y salpicada de pecas no le intimidaba de manera alguna. —Charles Miller —dijo, para seguidamente estrecharle la mano, siendo las suyas ásperas y fuertes al tacto—. Tal vez se sorprenda, pero no tengo ni idea de lo que ponía en esa nota. Conozco el contenido, pero no cómo estaba escrito. Lo único que hice yo fue apuntar la dirección de la señora Green, la cual espero que haya sido de su agrado. —Annabel lo miró, incrédula y algo molesta. —¿Qué hace aquí entonces? No estoy para charlar con desconocidos cuya conversación no tiene mucho que aportarme. —Tiene carácter —contestó sin que su estado de ánimo se viese afectado—. Le vendrá bien. La persona que desea contactar con usted me mandó hace poco a su encuentro, tal vez eso resuelva sus dudas respecto al anonimato. —Annabel suspiró, tratando de no perder la paciencia ante respuestas tan vagas. Aunque al principio la propuesta de Charles le pareció un tanto arriesgada, no tuvo otra opción que aceptarla. Sabía que no debía confiar en los desconocidos, pero no le quedaba otra opción en ese momento. El hombre la guió hasta su coche, un Ford negro bastante común situado algunas calles más abajo, hablando sin parar de cosas que a Annabel le parecían un tanto irrelevantes. Estaba dispuesta a aguantarlas con tal de ponerle cara a aquel cuya letra había leído. El camino no fue muy largo, y al no conocer la mayor parte de Londres, el mirar por la ventana fue una tarea suficientemente entretenida. Pudo identificar el puente de Westminster y el Parlamento, pero minutos más tarde ya no supo descifrar a dónde iban. Giraron varias calles. Los altos edificios de piedra y ladrillo los acompañaron durante varios minutos que a Annabel le parecieron el doble de largos. Sin embargo, pronto dejaron atrás el núcleo de la ciudad, llegando a una zona residencial algo más verde y abierta. Por la apariencia de las casas, la joven supuso que era algún barrio algo 19
más rico que el de la señora Green. Las construcciones eran más elegantes, refinadas, con parcelas de césped verde y cuidado, y algún que otro rosal. Parecía una zona bastante más calmada en comparación con el resto de la ciudad. A lo largo del viaje, también pudo sacar conclusiones sobre su acompañante, como su naturaleza positiva y el tener algo que decir sobre absolutamente todo. Había instantes en los que le recordaba a un niño que veía algo por primera vez. Era expresivo –tal vez incluso demasiado–, pero no le irritaba en exceso, más bien le producía cierta curiosidad. Su alegría innata contrastaba con el sentimiento popular respecto a la vida. Tras media hora, Charles finalmente apagó el motor. Annabel no se consideraba una persona propensa a los pensamientos catastróficos, pero volvió a plantearse si realmente había sido buena idea dejarse llevar por un desconocido, aunque tampoco tenía mucho más que perder. Si había algo por lo que su vida se había visto marcada era justo por eso, las pérdidas, y si tenía la oportunidad de seguirle el rastro a Robert, iba a hacerlo. Estaba a punto de abrir la puerta, pero se sorprendió al ver que Charles se le había adelantado, ofreciéndole la mano izquierda para bajar. Fue ahí donde se percató de algo que no había notado al principio; le faltaban dos falanges del dedo anular. No rechazó su ayuda, pero tampoco dijo nada al respecto. Caminaron en silencio hasta acercarse a una de esas tantas casas que había a ambos lados de la calle, blanca, con ventanas altas y tejas de un oscuro color marrón. En cuanto cruzaron el vallado que delimitaba el terreno, un estrecho camino de piedra se extendió ante ellos, guiándolos hacia la entrada. Annabel miró a su alrededor sin comentar nada. Mientras tanto, su acompañante llamó a la puerta. No le sorprendió ver a una criada recibirles, una mujer de mediana edad cuidadosamente peinada y con una gentil sonrisa en el rostro. Se saludaron entre ellos, y tras analizar a la joven de arriba abajo, la mujer se retiró. Casi de manera inconsciente, Annabel comenzó a imaginar la posible representación del dueño de la casa, dejándose llevar por la poca historia que podía extraer de la sutil pero cara decoración de la casa, así como su silencio y ausencia de vida. Dibujó a un hombre divorciado, sin hijos, de unos cincuenta años y de aspecto aburrido, que gracias al dinero que tenía todavía podía presumir de estatus. También pudo sentir una elegante sobriedad en el ambiente según comenzaba a subir las escaleras, rozando con los dedos las pequeñas hojas talladas en el pasamanos. Ninguno volvió a decir palabra alguna hasta llegar a la siguiente planta, 20
deteniéndose frente a una firme puerta de madera a la que Charles tocó un par de veces, antes de entrar y dejar a Annabel en medio del pasillo. Había tres puertas más, una de ellas doble, con cristales translúcidos que no permitían ver lo que había en el interior, por lo que no tuvo más remedio que esperar. Al cabo de unos segundos, Charles volvió a aparecer, esta vez invitándola al interior. Si existía algo que Annabel había tenido claro desde siempre, era que sus primeras impresiones no fallaban, y aquella no iba a ser una excepción. Pasaron varios segundos en silencio antes de que ninguno comenzase a hablar. Él era el que la había llamado, por lo que Annabel no estaba dispuesta a empezar la conversación en un terreno ajeno, y menos si aquel individuo buscaba encontrar desesperación en sus facciones. Se miraron mutuamente desde los lados opuestos de la mesa, con cada instante que pasaba sentía el rechazo crecer en su interior. Era mucho más joven de lo que esperaba, ahí sí había logrado sorprenderla, pero su distante trato silencioso resultó ser peor de lo que imaginaba. Era incómodo, sentía que la juzgaba, aunque consideró que tal vez no sabía qué decir, idea que en el fondo le parecía bastante absurda. Lo vio recostarse en su asiento, dejando escapar un suspiro, y admitió para sus adentros que, a pesar de todo, no presentaba un rostro desagradable. Encajaba perfectamente en el perfil de hombre apuesto y arrogante que conocía demasiado bien el valor de su persona, y que no dudaba, bajo ninguna circunstancia, en hacérselo saber a los demás. Creía ver en él lo suficiente como para llegar a una conclusión bastante acertada sobre su persona, pero le costó ocultar cierta conmoción que, en contra de lo esperado, sintió al oírle pronunciar su primera pregunta. —Dígame, señorita Leigh, ¿ha sentido alguna vez que su mundo es demasiado pequeño? —dijo, inclinando la cabeza en dirección a una jaula plateada que había a su izquierda. Dentro, había un ave de plumas grisáceas—. Tan pequeño y hábil, con la capacidad de sobrevolar el mundo entero, y sin embargo, está aquí. En este despacho. Sin una salida aparente. Hablaba con calma, y con un tinte de genuina curiosidad que le otorgaba cierta inocencia, pero Annabel no pudo sino pasarlo por alto. Estaba demasiado concentrada analizando con seriedad cada centímetro de su rostro, la manera en que sus ojos claros parecían estudiarla de vuelta, con algunos mechones oscuros cayendo sobre ellos. La joven apartó la vista, pensativa. 21
La habitación encajaba perfectamente con el resto de la vivienda. Paredes oscuras y ventanas altas tanto al fondo como a la izquierda, adornadas con cortinas que parecían caer como una cascada de color burdeo. A su derecha, le llamó la atención una estantería que cubría prácticamente todo el largo de la pared. Por muchas ganas que tuviese, no se detuvo en reconocer los títulos. El hombre seguía observándola desde su sillón, y tan solo les separaba la mesa cuidadosamente ordenada frente a la que estaban sentados. Montañas de papeles bien colocados, una pequeña pila de tarjetas, plumas, un tintero… Su organizada minuciosidad era lo único que había conseguido no aumentar el rechazo que Annabel sentía. También había un sobre abierto, cuya superficie presentaba dos únicas letras, R.P., y un número debajo de éstas. Siete. A pesar de su curiosidad, no supo descifrar su significado. —Creo reconocer la sensación —contestó al cabo de algunos segundos, tratando de ignorar la incomodidad que le producía el estar allí. —Es bueno comenzar encontrando algo en común. Facilita el trato con la gente—. El joven se levantó. Annabel lo vio acercarse a la jaula, extrayendo al ave de su interior con sumo cuidado. Acarició su cabeza con el pulgar, y estando frente a la ventana lo lanzó al aire, haciéndole volar hacia su libertad. Segundos después, el pajarillo volvía a entrar, para luego posarse sobre la mano de su dueño. Éste no dudó en devolverlo a su lugar. —Algunos deciden quedarse— intervino de pronto el hombre—, ya sea por costumbre, conveniencia… o miedo. Es curiosa la naturaleza de los seres vivos. A todos nos cuesta abandonar aquello a lo que estamos acostumbrados, aunque nos prive de nuestra libertad. —La libertad trae sus consecuencias. Hay veces que asustan. Annabel apretó los labios con impaciencia. Aquel intento de conversación profunda para presumir de intelecto no había logrado impresionarla, más bien todo lo contrario. Había venido allí por una razón muy concreta, pero él parecía aprovecharse de su situación. Annabel quería mostrarse como una persona madura y serena, pero había algo en aquel hombre que poco a poco comenzaba a sacarla de quicio. La abstracción. La manera en que sus pensamientos saltaban de un tema a otro sin conexión aparente, o al menos, no una que ella consiguiese encontrar. 22
—Supongo que todos tenemos nuestras razones para hacer las cosas —continuó, pensativo, mientras volvía a su sitio—. ¿Sabe por qué la he llamado? —Tiene información sobre la desaparición de mi hermano —contestó algo aliviada al ver que la conversación comenzaba a avanzar. —Es cierto. Sé cosas que usted posiblemente no, y sin embargo, no la habría llamado si no fuese porque realmente la necesito. Todos y cada uno de nosotros —dijo bajando la voz e inclinándose hacia ella— actúa a raíz de algún tipo de interés personal. —¿Y cuál es el suyo? —Verá, me gusta ser sincero. No me agrada ser arrastrado por asuntos de terceros, pero Robert era un buen conocido mío. Pensé que podría resolver el asunto por mi cuenta, pero creo que necesitaré ayuda. Le ofrezco mi conocimiento sobre lo ocurrido a cambio de que usted me pueda devolver el favor —Annabel parpadeó varias veces, tratando de entender los matices de sus palabras. —¿Quiere que le pague? —Él negó con la cabeza—. Eso solo puede significar que el beneficio que usted vaya a obtener encontrando a mi hermano, es mayor a cualquier cosa que le pueda ofrecer yo a cambio. No estaba del todo segura, pero por un instante creyó percibir sorpresa en su reacción. Lo vio sonreír de nuevo, esta vez revolviéndose el cabello antes de continuar con su respuesta. —Veo que sabe leer bien a las personas —remarcó. —Es algo de lo que por suerte puedo presumir, pero no creo poder ayudarle. No sé nada de Robert desde hace meses. —Mírelo de esta forma. Tengo información que usted no, y viceversa. Quizás le parezca una decisión algo impulsiva, tal vez incluso arriesgada, pero si hay algo que ambos sabemos, es que usted fue una de las personas más cercanas a él, y posiblemente la única que podría ayudarme. —Es cierto que confiamos bastante el uno en el otro, pero si Robert tenía algún problema, ¿por qué no me lo dijo? ¿Y qué relación tiene usted exactamente con él? —Annabel sentía la inquietud devorarla por dentro. Necesitaba respuestas, pero aquel individuo con aires de superioridad no hacía más que crearle aún más preguntas. —Por ahora tan solo puedo decir que éramos buenos amigos. Necesito tener la seguridad de que está dispuesta a cooperar. Aunque supongo que por la 23
desesperación con la que me está mirando, sabe que no tiene otra opción aparte de aceptar mi propuesta —concluyó sin alterar su calmado tono de voz. —Oh, ¿de verdad? —respondió ella dejando escapar una irónica risa, rompiendo así con su expresión indiferente—. ¿Ahora quiere hacerme pensar que un hombre del que no sé ni el nombre es mi única esperanza? —Ethan Clark. —Annabel frunció el ceño—. Ese es mi nombre. —Charles, que se encontraba leyendo en un sofá que había a sus espaldas, tosió repentinamente. —¿Sabe qué, señor Clark? Me temo que esto no va a llevar a ningún lado —concluyó levantándose—. No me ha dicho nada consistente en relación con Robert, y aunque lo hiciese, no tengo por qué creerle, cosa que dado su agudo sentido de la suposición seguro que ya sabía. —Me cae bien —comentó el pelirrojo en voz baja, tratando de evitar la risa. Ethan lo ignoró. —Es cierto, esperaba que dudase de mí. ¿Pero se arriesgará a marcharse aún si le digo que seguramente Robert está vivo? —contestó con la mirada fija en ella. Algo en su voz había cambiado, y Annabel pudo sentir como si por primera vez, en todo el tiempo que lleva entre aquellas oscuras paredes, estuviese hablando realmente en serio. —¿Sabe dónde se encuentra? —El pajarillo que había en la jaula comenzó a piar insistentemente. Ethan suspiró. —Es una de las cosas que quiero descubrir, y para ello necesito seguir sus pasos durante los últimos meses. —Es lo que he estado haciendo. Le recomiendo no subestimarme —lo enfrentó Annabel. —Y sin éxito, por lo que veo. —Podría afirmar lo mismo sobre su situación. Se volvió a hacer el silencio. La pesadez del ambiente era palpable, y ninguno de los dos estaba dispuesto a rebajar el tono de la conversación. Ethan, aún sentado en su sillón, cogió una tarjeta y garabateó algo, para luego lanzarla hacia la rubia a través de la mesa. Ésta no pudo sino mirarle con desprecio. —En caso de que cambie de opinión. Annabel forzó una sonrisa, pero justo cuando quiso mencionarle la inflexibilidad de sus primeras impresiones, algo pesado proveniente de la habitación 24
tranquila en ningún momento. Si fuese Robert… Si fuese Robert habría aceptado la ayuda de Ethan y Charles. Aprovecharía la oportunidad, por muy mínima que fuese la posibilidad de que aquellos dos pudiesen ofrecerle algo útil. No se habría dejado llevar por la repentina sensación de que uno de ellos era insoportable. Si la vida era tan injusta como pensaba, debía aferrarse a cualquier posibilidad de mejorar su situación, aunque fuese en contra de sus principios e intenciones más personales. Sin embargo, aquello no era fácil. No quería acabar en una situación sin salida, atascada en sus propios sentimientos de impotencia e indecisión respecto a la vida, pero tampoco sabía cómo tragarse su orgullo y hacer algo que no le apetecía en absoluto. Después de todo, Ethan y Charles eran unos completos desconocidos… Ethan decía ser amigo de su hermano, pero Robert no tenía muchos conocidos. Era una persona demasiado metódica y centrada en su oficio como para establecer numerosas relaciones personales, pero Annabel también tenía que admitir que, una vez que su hermano conseguía confiar en alguien, se ocupaba de que la otra persona fuese consciente de la excepcionalidad de esa amistad. Tal vez por eso Ethan estaba tan desesperado en encontrar también a Robert. Sabía que era… especial. Diferente. Cuidadoso con sus relaciones. En caso de ser esa la razón de su interés, tal vez, y solo por eso, Annabel estaría dispuesta a colaborar con él. Si aquel joven apreciaba lo suficiente a su hermano, algo debía de tener en la cabeza, aparte de ego y narcisismo. Tomó una hoja con cierta cautela. No estaba del todo segura si aquella era la mejor decisión, pero desde luego era mejor que nada. Tenía la dirección en la pequeña tarjeta que le había dado la última vez. Tan solo le quedaba buscar las palabras adecuadas y escribir, pero no era una tarea fácil. Había una parte de ella, aquella que se aferraba a ese orgullo que tenía, que no le permitía poner ni una palabra sobre el papel. La decisión de no querer ver ni necesitar a Ethan era demasiado firme, pero debía valorar las cosas. ¿Qué le importaba más? ¿Encontrar a su hermano o evitar un encuentro poco agradable? Ese mismo día había visto a personas luchar por un cambio a mejor, dejando completamente de lado cualquier sentimiento de vergüenza o inseguridad. Si ellos podían hacerlo, ¿por qué ella no? Cambiar su futuro estaba en sus manos. 31
VI 1911, Sheffield Cualquiera que la viese en aquel momento podría percibir que su estado de ánimo no se acercaba lo más mínimo a la tranquilidad. Caminaba a paso rápido y agitado, mirando a ambos lados y asomando la cabeza en cada habitación por la que pasaba. Sin embargo, ninguna de las personas con las que se cruzaba mostraba la más mínima sorpresa. No era la primera vez. —¡Ya no sé dónde buscar! —exclamó con molestia, en ese desagradable y agudo tono de voz por el que todos la conocían—. ¿Está aquí? —preguntó entrando a la amplia cocina. No tuvo que especificar. El cocinero, un hombre alto y robusto, se giró para negar con la cabeza. La mujer salió furiosa sin responder. Siguió caminando por el largo pasillo hasta llegar al salón principal. Sabía que no la encontraría allí, pero confiaba en que al menos su hijo Robert supiese darle alguna pista respecto a su paradero. No la encontró en su habitación, tampoco en la biblioteca. Había revisado el resto de salas, así como el ático y la despensa. No conseguía dar con ella. Volvió a hacer la misma pregunta. A esas alturas, su claro cabello había perdido toda la forma pulcra y elegante que le había dado horas antes, convirtiéndose así en el reflejo de su estado anímico. Tanto su hijo como su marido se encogieron de hombros. Se quejó. Debían salir en una hora, y no había ni rastro de la niña. ¿Por qué tenía que hacerlo todo ella? Caminó a grandes zancadas hasta la ventana y apartó las cortinas con brusquedad. Robert trató de calmarla, pero aquel intento tan solo creó el efecto contrario en la mujer. Su hija pequeña era tozuda. Tozuda e irresponsable, con un respeto nulo a su familia que no hacía más que complicar su relación. Tenía miedo de que, para el momento en el que aprendiese a comportarse, sería demasiado tarde. ¿Quién iba a querer a una joven de semejante carácter? Su hijo mayor insistía en que la niña veía a su familia como un obstáculo. La mujer seguía sin entender el porqué. Había puesto todos sus esfuerzos en convertirla en una hija ejemplar. Sin embargo, parecía que todo se le iba de las manos. —Es una niña guiada por el más puro egoísmo. Siempre se pone a ella misma por delante de cualquier cosa que le digo. ¡Debería estar aquí! —gritó frustrada, mientras gesticulaba exageradamente con las manos. Oyó a su marido decirle algo en un intento de tranquilizarla, pero rápidamente otra cosa captó la 32
atención de la señora Leigh. Los perros. Saltaban y corrían sobre el pedregoso terreno que rodeaba la casa, jugando entre ellos a destrozar un trapo de un sucio color rosado que había perdido toda su esencia. La mujer abrió los ojos con horror—. ¡Annabel! La finca de los Leigh contaba también con un jardín, un invernadero, y unos establos no muy lejos de éste. Un camino de piedras pulidas y elegantemente colocadas, rodeadas a su vez de frondosos arbustos verdes, llevaba hacia ellos. Robert se dirigía justo allí. Para un joven de veintidós años, aquella vivienda no era más que una pequeña parte de él. Conocía cada escondite, cada recoveco que pudiese ser utilizado como refugio ante las adversidades familiares. Él mismo, cuando niño, solía usarlos para buscar inspiración, pero su hermana les daba un uso mucho más restringido: huía del mundo. Caminó con decisión mientras trataba de pensar en la mejor manera de llegar a un acuerdo entre ella y su madre. Debía acabar lo suficientemente rápido con aquello para no aumentar aún más el estrés y descontento de la mujer. Quería ayudar a su hermana, pero tampoco le interesaba poner a su madre en contra de ambos. No tardó en llegar hasta la parte trasera de los establos. Tal y como esperaba, tirada sobre una montaña de heno, con la trenza enredada y un libro en las manos, se encontraba Annabel. Apenas tenía dieciséis años, pero a su temprana edad ya presentaba ciertos rasgos que llamaban con facilidad la atención, sobre todo de aquellos que, inconscientemente –o no– veían atractiva a su madre. Había heredado su cabello rubio y sus grandes ojos grises, llenos de descaro y curiosidad. Sin embargo, sus personalidades no podían ser más distintas. Robert, por el contrario, se asemejaba más a su padre. De cabello castaño y ojos claros, ambos compartían la serenidad en sus formas de ser. A ninguno les gustaban los conflictos, pero mientras su padre solía huir de la incomodidad que le producían ciertas situaciones, era más común en Robert enfrentarse a ellas. —Annabel —la llamó. Sus palabras fueron ignoradas—. Mamá te está buscando, supongo que sabes por qué. —Lo sé —contestó Annabel sin despegar los ojos de las páginas—. Ya le dije esta mañana que no quiero ir a esa comida con los Bailey, pero le ha dado igual, como siempre. 33
Robert caminó hacia ella, y echándose a su lado sobre el montón de heno, la observó en silencio. Ser como Annabel era la única manera de acercarse a Annabel. Sabía que no era un rasgo especialmente bueno de su forma de ser, pero tampoco podía culparla. Era el resultado de una serie de circunstancias que estaban fuera del alcance de la chica. Sus padres nunca la trataron con el mismo respeto que a él, y ella podía notarlo. Ninguno de los dos hijos tenía el poder de cambiar la mentalidad clásica y estructurada de su familia, pero si había algo que estaba en las manos de Robert, era estar ahí para su hermana. La escuchaba, le hablaba del día en que podría marcharse de esa casa y hacer de su vida aquello que ella quisiese, sin importar lo que pensasen los demás. Le ofrecía una imagen del mundo mucho más atractiva que la de sus padres. Su hermana no quería seguir los pasos de su madre. No quería casarse, no quería tener hijos… Y la entendía. Comprendía que una niña de apenas dieciséis no quisiese esas cosas. El muchacho siempre había pensado que sus progenitores habían decidido hablar demasiado pronto de estos temas. —Sé que no te gustan, pero solo será una tarde, y yo estaré allí también —comentó el joven tratando animarla. —No es que no me gusten, es que no aguanto que mamá y papá empiecen a bromear sobre querer casarme con su hijo —se quejó Annabel cerrando el libro sobre su regazo—. Incluso se ríen cuando les digo que eso no va a pasar. —Lo sé, pero, ¿qué es peor? ¿Unas bromas absurdas que sabes que no debes tener en cuenta, o aguantar luego el mal humor de mamá por negarte a ir? —Annabel lo miró durante un rato. —Supongo que aguantar sus gritos —suspiró—. Pero prométeme que les dirás algo si se vuelven a reír de mí. Me mirarían mal si yo les dijese algo frente al señor y la señora Bailey, pero a ti te lo perdonan todo. —Claro que sí —respondió despeinando su pelo de forma cariñosa. Seguidamente se levantó, ofreciéndole luego la mano. Caminaron juntos en dirección a la casa. Su hermana parecía algo más animada, hablaba sin parar de cosas que habían pasado a lo largo de los últimos meses, dando tantos detalles que algunos parecían incluso excesivos. Robert acababa de llegar de Londres hacía un día, por lo que sonrió al ver la motivación en Annabel. Era seis años menor que él, pero eso no era un obstáculo a la hora de contarse cosas entre ellos. Además, Robert sabía que esos meses siendo la única hija en la casa debían de ser agotadores. La conocía lo suficientemente bien, 34
Annabel no era una persona que buscase pelea con los adultos, pero en cuanto decían algo que no iba acorde con sus propias ideas o pensamientos, no podía callarse. Aquello irritaba a sus padres a niveles inimaginables. Poco a poco, la entrada de la casa se hizo visible. Su madre los esperaba en la puerta, cruzada de brazos, con un sucio trapo entre las manos que trataba de no rozar con su ropa. En cuanto estableció contacto visual con Annabel, la joven sonrió. Nunca, jamás, no en esa vida y con la edad que tenía, iba a llevar un vestido rosa de niña de cinco años. Se lo dijo. A su madre le dio igual. Sabía que darle el vestido a los perros a modo de juguete viejo iba a hacer rabiar a la mujer, y había acertado. Su hermano le dio un pequeño codazo amistoso para que disimulase la risa. Annabel disfrutaba viendo cómo los intentos de su madre de convertirla en una hija ejemplar se iban al traste, pues ambas tenían planes muy distintos respecto a qué debía o no hacer en el futuro. Su madre quería casarla. Ella, por el contrario, esperaba ver qué le ofrecía la vida sin preocuparse demasiado por la presencia de terceros. Poco a poco, había comenzado a odiar la idea de tener que satisfacer algún día las expectativas de su madre, buscando a un hombre con el que pasar el resto de su vida. No. Y si lo hacía, iba a procurar que fuese alguien que le produjese el menor agrado posible a la mujer. Aquella idea tampoco le parecía tan alocada. En su cabeza, era la manera más natural de la que posiblemente ocurrirían las cosas. Jamás se casaría con alguien que compartiese los ideales de su madre. Además, Robert la apoyaba. No estaba sola, y eso era suficiente para no callarse ante las injusticias que creía sufrir. Para sorpresa de Annabel, la tarde no fue tan mal como esperaba. Sí que se había llevado alguna que otra regañina de su madre por lo del vestido, pero por lo demás, el día fue tolerable. Toda la familia volvió a casa alrededor de las seis de la tarde. En cuanto se abrió la puerta, y habiéndose quitado los incómodos zapatos, Annabel corrió escaleras arriba hasta su habitación. Escuchó a su madre protestar por su incontenida actitud, pero la ignoró como otras tantas veces había hecho. Robert la siguió minutos más tarde por pura curiosidad, solo para encontrársela rebuscando en su armario con unos calcetines en la mano. —¿Por qué tanta prisa? —se interesó desde la entrada, apoyando el hombro en el marco de la puerta. 35
—Acabo de acordarme hace un rato de que hoy había quedado con Jacob, el hijo de los vecinos. Íbamos a explorar un sitio cerca de aquí. No habrás visto mis pantalones de montar por alguna parte, ¿verdad? —No, pero he oído que ves bastante a ese niño —comentó Robert con una pícara sonrisa. —No es un niño, tiene mi edad —protestó Annabel algo malhumorada—. De alguna forma me tengo que entretener, no puedo pasarme el día encerrada en casa. —Te encanta salir, pero cada vez que te pido que pases una temporada en Londres, me dices que no. —Te lo he dicho muchas veces ya, no me gusta la gente. Ni las ciudades grandes —contestó sacando un montón de ropa y dejándolo sobre la cama—. Además, creo que me aburriría bastante. —¿Tú crees? —Annabel continuó revolviendo sus prendas. Robert, mientras tanto, paseó la mirada por la habitación. Estaba bastante ordenada, a excepción del armario y las blusas y faldas que habían aparecido sobre la cama. La ventana se encontraba abierta, la fina gasa se movía con lentitud empujada por el aire. Los ojos del joven se dejaron llevar por una pequeña mancha oscura que había en la pared, la cuál parecía trepar por ésta, arrastrándose más y más arriba con una lentitud apenas perceptible. Decidió acercarse, empujado por la curiosidad, hasta que su mirada pudo enfocar un pequeño insecto negro y redondo. —Ven, mira esto —le dijo a su hermana, llamando su atención—. Es un escarabajo. —¿Un escarabajo? ¿Y qué hace aquí? —Annabel se acercó rápidamente, con la misma bola de calcetines en la mano. —Seguramente haya entrado por la ventana. —¡Pues será mi nueva mascota! A mamá no le va a gustar ni un pelo —contestó la joven con orgullo, dándole los calcetines a Robert, y poniéndose de puntillas para alcanzar al insecto. Cerró la mano y trató de observarlo por un agujerito que dejó entre los dedos, sintiendo el pequeño cosquilleo que producían sus oscuras patas. No le daban asco los insectos, tan solo las larvas y los gusanos, pero los escarabajos, a pesar de no ser de sus favoritos, le producían mucha curiosidad. Podían ser de colores y tamaños totalmente diversos, pero siempre compartían esa característica que los hacía especiales: un caparazón duro y brillante. Con mucho cuidado, y tratando de 36
no dejarlo caer, Annabel lo depositó en un pequeño bote de cristal que tenía sobre la mesa, tapado el agujero con un libro que dejó encima. —¿Cuánto viven los escarabajos? —preguntó sin apartar la vista del insecto, que había comenzado a corretear por el fondo. —Depende de la especie. Algunos tan solo unas semanas, otros meses, o incluso años —Robert siguió su mirada, tratando de adivinar a qué venía aquella pregunta—, pero si no le dejas un hueco para que entre el aire, seguramente menos. —Ojalá viviesen lo mismo que nosotros —respondió su hermana un poco decepcionada, retirando un poco el libro para dejar un espacio lo suficientemente pequeño para que el bicho no se escapase—. Me da pena tener que despedirme luego de él. —Cada cosa tiene su tiempo, siempre ha sido así. —Annabel se tomó unos segundos apra pensar. —Lo sé… Pero quién sabe, tal vez algún día se descubra un insecto que viva para siempre —contestó inocentemente, antes de irse de vuelta al armario. Robert observó al insecto en silencio. Lo que ninguno sabía es que éste no iba a durar mucho. 37
VII 12 de mayo, 1920. Londres. La moneda giró en el aire, manteniéndose suspendida tan solo un instante, antes de ser atrapada por una mano que la golpeó sobre la barra. La luz era muy tenue, y el aire, cuyo dulce aroma contrastaba con la pesadez del tabaco, parecía volverse más amargo con cada bocanada de humo que se escapaba de entre los labios de los presentes. No eran muchos, un par de hombres sentados en unas mesas a la derecha, otro al fondo. Era un ambiente un tanto deprimente teniendo en cuenta la hora que era, pero justo por eso habían elegido ese lugar. Nadie se acordaría de que habían estado allí. Mesas redondas, sillas de madera… No era un pub grande ni especialmente destacable, solo uno más del montón, pero le llamó la atención la cantidad de fotos en blanco y negro que adornaba las paredes. Algunas eran paisajes, Londres. Otras, retratos de personas que desconocía, desde niños de ropas humildes hasta ancianos de miradas perdidas. No pudo ocultar cierto disgusto cuando, uno de los hombres sentados al fondo, fue a tocarle de forma lasciva el trasero a la camarera. Ésta se alejó, claramente molesta, tras servirle, pero aún así no dijo nada. Lo dejó pasar. Tampoco tenía muchas opciones. Annabel caminó hacia una figura oscura situada frente a la barra. Había llegado diez minutos tarde, y todo porque no conseguía acostumbrarse a las confusas calles de la capital. No tardó en disculparse, aunque solo por educación. Ethan sonrió sin darle importancia. —Veo que ha cambiado de opinión al final —dijo a la vez que le hacía un gesto al barman para que se acercase. —Creo que estoy a punto de arrepentirme —contestó Annabel, cruzándose de brazos sobre la barra. Ethan volvió a sonreír. Era como si le divirtiese ser molesto, cosa que le irritaba bastante. —Dos whiskys, por favor —Pronunció el joven. El hombre se giró hacia la alta estantería de botellas de cristal. La extensa cantidad de bebidas expuestas parecía no tener fin, y Annabel no pudo evitar sentir cierta rabia, pues a pesar de que el empleado trató de disimularlo, una fugaz mueca de desprecio invadió sus facciones al servirle. No pasó lo mismo con Ethan. —Gracias —contestó la joven, alcanzando uno de los vasos con una sonrisa. El barman se la devolvió con forzada simpatía. 38
No solía beber. De hecho, no había empezado a hacerlo hasta hacía tan solo unos años, cuando todo lo que conocía pareció dejar de tener forma. La vida adulta estaba resultando ser más complicada de lo que esperaba. Caminaron hasta una mesa algo apartada y tomaron asiento. Annabel observaba cada movimiento del joven con cierto disimulo. Una vez escuchó decir a su hermano que el lenguaje corporal podía decir bastante de la gente, así que decidió ponerlo a prueba. —Qué decisión tan arriesgada dar por hecho que bebo —dijo mirándolo con curiosidad. —Parece ese tipo de persona —contestó despreocupado, tomando un sorbo de su bebida, para luego peinarse hacia atrás su oscuro cabello. —Sacar conclusiones en base al físico de alguien es un tanto… incoherente. —Puede ser. Pero por una parte, he acertado, y por otra, me parece que usted ha hecho lo mismo. Por eso cada cosa que dice es un sutil ataque hacia mi persona. Piensa que soy demasiado inconsistente como para satisfacer la curiosidad que siente sobre todo este asunto. Annabel lo miró intentando disimular su disgusto, pero tampoco pudo negar que era bastante astuto. Era observador, creía que lo sabía todo y que encima tenía razón, pero justo ese era su punto más débil. Ella no era estúpida, sabía cuándo alguien intentaba transmitir falsa seguridad, y estaba prácticamente convencida de que ese era el caso de Ethan. De ser así, lo que más le sacaría de quicio era que ella le llevase la contraria, y en caso de ser necesario, estaba más que dispuesta a ello. —Lo juzgo por su manera de hablar. Dice demasiado y nada a la vez, pero necesito saber qué ha pasado con mi hermano. Le pediría que fuese preciso. Ethan se recostó sobre la silla y miró al techo durante unos segundos. Parecía estar completamente relajado, como si supiese cómo y qué contestar en cada momento. Sin embargo, Annabel tenía la sensación de que no siempre iba a oír lo que quería. Cuando los ojos azules del joven se volvieron a enfocar en ella, éste procedió a contestar algo que, haciendo predicciones sobre su carácter, ya esperaba. —Necesito saber si puedo confiar en usted—. Uno de los pocos clientes que había abandonó el pub, caminando torpemente hasta salir. Ambos lo siguieron con la mirada hasta verlo desaparecer tras los cristales de la puerta. 39
—Yo quiero saber lo mismo —dijo Annabel a los pocos segundos—. Puede confiar en mí porque sabe que encontrar a mi hermano es mi prioridad, pero yo sí tengo razones para desconfiar de usted. —Con saber que quiero ayudarle debería ser suficiente. Conocer más sobre mí es irrelevante. —Yo sé mejor qué es lo que me conviene —respondió la joven, algo cansada de sus absurdos intentos de ser un misterio. Ethan suspiró, fingiendo desesperación. —Robert tenía razón, tiene una personalidad impenetrable y una curiosidad sin límites. —Annabel lo insultó mentalmente, claramente molesta, pero antes de que pudiese contestar, Ethan procedió a relatar una historia aparentemente simple. Ambos hombres se conocieron a través de Charles. Aparentemente, a principios del año anterior, cuando Ethan sufría algunos problemas de salud, su amigo le recomendó que visitase la consulta de Robert. El pelirrojo solo conocía al médico por haber acudido a unas revisiones anteriormente, pero dado el amable y formal carácter de Robert, Charles no tardó en recomendárselo a Ethan. El médico lo encontró interesante, por lo que comenzaron a quedar para beber alguna que otra vez. Compartían preocupaciones, hablaban sobre el estado de Ethan. Pronto terminaron siendo buenos amigos, pero todo pareció torcerse hacía tan solo unos meses. Annabel escuchó con atención, pasando los dedos sobre las pequeñas manchas cóncavas y oscuras que había esparcidas a lo largo de la mesa. Todavía quedaban restos de colillas alrededor de una, que no dudó en tirar rápidamente por el borde. Aquellos eventos le resultaban familiares. Ya había escuchado algo parecido antes, cuando Robert mencionó tener un amigo en sus cartas. Lo que no esperaba es que ese conocido fuese Ethan, pues existía en él un ligero aire de aparente superioridad que no era común entre los conocidos de su hermano. Tanto ella como Robert detestaban esa característica, por lo que le sorprendía que el hombre frente a ella se hubiese ganado la confianza del médico. Aún así, debía admitir que cuando Ethan hablaba de su hermano, lo hacía con bastante exactitud. Sus palabras coincidían con el Robert que conocía, pero la última frase que pronunció acerca de él le llamó la atención. —¿Y qué pasó luego? —se interesó. El joven médico era una persona que gestionaba las cosas con tranquilidad, evitaba los problemas siempre que fuese 40
hermano, ofrecía abiertamente su punto de vista. Era una compañía bastante agradable, a diferencia del otro. —Estoy de acuerdo. —Charles se recostó despreocupado en la silla. Ethan lo miró de reojo—. ¿Qué? Es la opción más sentido tiene. —No estoy seguro de que podamos encontrar algo allí, es un lugar demasiado predecible. Demasiado simple… —Pero no perdemos nada por intentarlo —le interrumpió Annabel. —Es cierto. Tal vez encontremos tu cuaderno —Charles le sonrió a Ethan, pero enseguida supo que había hablado de más. Las facciones de su compañero se tornaron algo sombrías. —¿Qué cuaderno? —Aquello era nuevo. Annabel miró al pelirrojo, pero éste se encogió de hombros, dando a entender que él no iba a ser él quién respondiese a esa pregunta. —Uno que escribí durante la guerra. No volví a verlo después de una visita que Robert me hizo a principios de año —reveló Ethan en contra de su voluntad, bajo la mirada curiosa e interrogante de la joven. —¿Insinúa que mi hermano es un ladrón? Ethan miró a Annabel durante varios segundos sin decir nada. La expresión de su rostro era de completa indiferencia, pero una arruga apareció entre sus cejas, para luego disiparse con una respuesta corta y poco convincente. —No. —No —repitió Annabel sin terminar de creérselo. Una señora, de aspecto cuidado pero humilde, entró al establecimiento. El gato, como era su costumbre, la siguió con sus grandes ojos hasta un asiento apartado. —Solo pienso que podría haberlo cogido sin permiso —concluyó Ethan sin querer hablar más del tema. —Tan solo es otra manera de decir lo mismo —contestó ella algo molesta—. Lo acusa sin tener pruebas. Ethan sonrió sin darle importancia a su comentario, removiendo su café con una cucharilla mientras fingía no haberla escuchado. Ella decidió ignorarle. No iba a darle el gusto de verla irritada por sus acciones, y menos delante de Charles, el cual parecía estar totalmente absorto en la mujer que recién había entrado. Annabel volvió a fijarse en ella. Llevaba un sombrero morado, sin ningún tipo de adorno, que resultaba ser algo grande para su pequeño y delicado cuerpo, y una blusa 47
abotonada del mismo color. La camarera le había servido una taza de té. El gato seguía observándola. —Por cierto —intervino de pronto Ethan, con un curioso brillo en la mirada—, ¿qué sabe sobre el negocio de su hermano? —Annabel se colocó unos mechones de pelo detrás de la oreja. —Depende, ¿a qué se refiere? —¿Alguna vez le escuchó quejarse sobre algo? ¿Pacientes, casos… tal vez dinero? —Ella negó rápidamente con la cabeza. —Nada de eso, al contrario. Siempre se ha sentido bastante orgulloso de su trabajo, y de todo lo que ha logrado. ¿Por qué el interés? Ethan volvió a sumirse en sus pensamientos sin dar respuesta. Mientras tanto, todo el lugar pareció congelarse durante unos segundos, hasta que Charles se levantó de golpe de su sitio. Sus ojos no podían apartarse ni un instante de la mujer que había entrado. Parecía estar totalmente hipnotizado por ella, pero ésta no notó su presencia hasta que él se acercó, deteniéndose justo delante de su mesa. En cuanto sus miradas se encontraron, la mujer se tapó la boca con la mano, tratando de retener la sorpresa que la invadió. —¿Quién es? —Le preguntó Annabel a Ethan, mientras ambos observaban la escena. —Creo… Sí, tiene que ser ella. La enfermera. —¿Qué enfermera? —Fue al final de la guerra, estuvo cuidando de Charles una temporada. Posiblemente hubiese muerto si no fuese por ella. —¿Cómo…? —Annabel no supo disimular su curiosidad. —Tenía una infección en el dedo bastante avanzada, aparte de varias costillas rotas, y un brazo —contestó Ethan sin darle mucha importancia al asunto—. Si ella no hubiese insistido en que le operasen, el desenlace habría muy distinto. —Os conocéis desde hace un tiempo, por lo que veo. —Sí, nos hicimos amigos hace unos años, y aquí seguimos. Y no solo es, Charles también trabaja para mí. Me ayuda con algunas gestiones y cuestiones económicas. Annabel contempló la escena en silencio, imaginando todo lo que Charles tenía que haber pasado. La sensación de estar a merced de la muerte, la 48
impotencia… Mientras trataba de empatizar con su situación, otro detalle llamó su atención. Inconscientemente se había fijado en las manos de Ethan. Estaban llenas de cicatrices, algunas apenas perceptibles, que se escondían subiendo bajo la manga de su camisa. Él también había ido a la guerra. Lo que Annabel no le había dicho por el momento, es que sabía sobre aquel acontecimiento más de lo que él imaginaba. Las cartas de Robert eran la razón. Fue en ese instante cuando tuvo que admitir que, teniendo a Ethan frente a ella, le costaba creer que fuesen suyas todas esas vivencias que su hermano relataba. Por eso no había traído el resto de cartas. Algunas revelaban demasiado, y Annabel no sabía qué tipo de reacción esperar de él en el caso de que se enterase. Iba a hacerlo de todas formas, pero prefería no decir nada hasta que no tuviese opción, pues a ella misma le costaba hablar sobre el tema. Después de todo, fue en la guerra donde perdió a su marido, y era algo que por mucho que lo intentase, no iba a olvidar fácilmente. Regresó a casa de la señora Green con una sensación más amarga de la que esperaba. Cuanto más pensaba en todo lo que había ocurrido esa mañana, más notaba sus emociones desbordarse, hasta el punto de no poder ni saludar a su casera. Su mente era un caos. Por una parte, no podía borrar la sensación de impotencia con la que cargaba desde que vio la escena del incendio, y por otra, tenía miedo de que existiese la posibilidad de no encontrar a Robert. Ethan, Charles y ella habían decidido ir al día siguiente a la consulta de su hermano pero, ¿y si no encontraban nada? Todas las decisiones que tomaban respecto al tema se basaban en suposiciones, y no sabía hasta qué punto podía confiar en el éxito de éstas. También, y a pesar de que no quería admitirlo, sentía como si hubiese sido injusta al juzgar tanto a Charles y Ethan. No sabía prácticamente nada sobre sus vidas, y lo que conocía sobre los sucesos de la guerra, tan solo eran palabras que había leído a través de su hermano. Le invadió la inseguridad. No había nada firme ni seguro a su alrededor. Subió las escaleras a su habitación sintiéndose frágil y vulnerable. Sus problemas y preocupaciones eran como una pesada roca sobre sus hombros, pero a la vez le daba la impresión de que estaba siendo exagerada y egoísta. Había personas que habían vivido, o que aún estaban experimentando, cosas peores que ella. 49
Dejó su bolso sobre la cama con actitud derrotada. Estaba más cansada de lo que imaginaba, cosa de la que no se dio cuenta hasta que se sentó. Necesitaba silencio, pasar unos instantes a solas con sus pensamientos. Cerró los ojos. —¿Ha ocurrido algo? —La delgada figura de la señora Green apareció pasados unos minutos, cruzada de brazos y apoyada sobre el marco de la puerta. Annabel no la oyó subir, tampoco sabía cuánto tiempo la había estado mirando. Negó con la cabeza. —Solo necesito descansar. Han pasado más cosas de las que esperaba —contestó tratando de que su voz no sonase afectada. La casera sonrió cálidamente, para luego pasar la mirada por la habitación. Se detuvo en un pequeño objeto que había sobre la cómoda, al lado de las figuritas de ángeles que Annabel había girado días antes. Se acercó. —¿Es esto tuyo? —preguntó con inocente curiosidad, observando la pequeña caja con el escarabajo, a la vez que arreglaba la posición de los niños alados. —Fue un regalo de mi hermano. —Oh, ¿así que tienes un hermano? —Annabel tardó unos segundos en responder. —Sí. Aquella respuesta simple y concisa había sido demasiado complicada de pronunciar. Tenía un hermano, pero últimamente no se sentía como tal. Tan solo había un vacío en su lugar, uno que no dejaba de devorarla por dentro. Trató de luchar contra sí misma para evitar esa líquida vidriosidad en sus ojos. La señora Green la estaba mirando de una manera demasiado compasiva y maternal, como si supiese, desde que la había visto entrar, que algo no estaba bien. La mujer no hizo comentario alguno. En vez de eso, se sentó a su lado y tomó su mano. Annabel sintió aquel cálido contacto como el apoyo que no había tenido durante meses, a pesar de que venía de alguien a quien apenas conocía. —¿Por qué siempre tenemos que perder a aquellos que nos importan? —Las palabras escaparon de la boca de Annabel sin que pudiese detenerlas. Un par de lágrimas se deslizaron por su mejilla, dejando un rastro húmedo que limpió rápidamente con la mano. No se atrevió a mirar a la señora Green, pero tampoco fue necesario. La mujer guió su cabeza hasta dejarla en su hombro, acariciándola suavemente. 50
—Es una de las consecuencias de estar vivos. —La calma de su voz contrastó con la crueldad del mundo en el que vivían. Annabel cerró los ojos, dejándose llevar por todos los sentimientos que aquellas palabras le provocaron. 51
IX 12 de febrero, 1919. Londres. «Pensaba que iba a morir. Tal vez no ese día, pero sí en algún momento relativamente cercano. Y no me importaba. Todos morimos tarde o temprano. La única diferencia es que a mí, como a la mayoría de que había a mi alrededor, nos tocaría hacerlo mucho antes. Me daba igual vivir un día más o un día menos. Poder despertarte por la mañana significaba volver a caminar cuesta arriba empujando tu mísera existencia. Porque así era la guerra, una sucesión de experiencias repugnantes en las vidas de millones de personas irrelevantes. Yo era tan solo una más, y el destino no podía ser lo suficientemente benevolente como para darme otra vida después de esa. Realmente daba igual si sobrevivías físicamente, la guerra te mataba desde dentro, comenzando por la percepción de tu propia identidad como ser humano. Llevaba meses entre una trinchera y otra. Para ese entonces, mi vida se había convertido en una rutina digna de una pesadilla sin salida. No había manera de evitar lo inevitable. La suciedad, el frío, el hambre, las enfermedades… eran cosas que habían pasado a ser parte del día a día. Te despertabas, y mientras lo hacías te entretenías contando los piojos que conseguías pillar esa mañana bajo la camisa. Había noches que directamente no dormíamos. Arrastrábamos sacos de arena para reforzar las posiciones, limpiábamos armas, o simplemente no cerrábamos los ojos por miedo a que fuese nuestro último instante viendo el cielo. Pasaba sobre todo en las trincheras del frente. En ellas el terror parecía cobrar forma a tu lado, y la única visión reconfortante era percibir en los ojos de aquel chaval de dieciocho años delante tuya, el mismo miedo. Sin embargo, ese día no me tocaba ir al frente. Estábamos a finales de enero, 1915. Nunca contemplé la posibilidad de hacer amigos en ese instante. Temíamos demasiado por nuestras propias vidas como para recordar el rostro de alguien, y aunque lo hiciésemos, era muy probable que a la semana siguiente no volviésemos a saber nada sobre esa persona. Antes dije que me daba igual morir. Era cierto, pero tampoco niego el instinto de supervivencia. No tenía miedo de la muerte, más bien del instante en el que me tocase. Existía una silenciosa forma de consuelo entre los soldados, muchos escribían. A sus padres, hermanos, amigos… No sé por 52
qué, pero por alguna razón pensé que era diferente a ellos. No entendía la necesidad de relatar la miseria que vivíamos, nadie merecía imaginar siquiera lo que era estar en nuestro lugar. Ocurrió por la tarde. Había un chico a mi lado escribiéndole a su familia, apoyado en una caja de madera. Yo miraba mi reloj. El pasar de los minutos era hipnótico, pero la curiosidad me hizo observarle de reojo. Estaba concentrado, pero sonreía de vez en cuando, cosa que no se veía mucho por allí. Se llamaba Mike, si no recuerdo mal. Era de los más jóvenes, pero aquello no le hacía un cobarde, más bien al contrario. Sabía perfectamente lo que estaba viviendo, y se aseguraba de aprovechar cada instante para escribir. Necesitaba hacerle saber a sus seres cercanos lo importantes que eran para él, pues aquellas podían ser sus últimas palabras. Me encontraba sentado en el barro, con las botas sucias y las manos heladas por el frío, cuando una figura tomó asiento a mi lado. Al principio no le presté mucha atención, pero no pude evitar escucharle cuando comenzó a hablar. Me contó sobre Mike, sobre su madre enferma y su hermana pequeña que lo esperaban en casa. Sobre su padre. Por las cartas que había recibido de su hermana, éste seguía vivo en alguna parte, pero era difícil saber cómo de cierto era aquello. Todo podía cambiar en un instante… Yo tenía veintitrés por ese entonces, el recién llegado me preguntó pasado un rato, y aprovechó ese momento para presentarse él mismo. Charles Miller. Veintiséis. Se alistó para sentirse orgulloso de sus actos por una vez en la vida. Recuerdo que le contesté diciendo que yo tan solo quería huir de la realidad, y él me respondió con una risa. Nunca olvidaré lo que dijo a continuación: Cada segundo que estemos vivos es una extensión de la realidad. Tan solo la muerte puede ayudarte a escapar de ella, pero entonces, ¿por qué intentas mantenerte con vida? Justo entonces, Mike terminó de escribir. Se acercó a Charles y le entregó el papel para que lo leyese. El chico admitió no ser muy bueno con la gramática, por lo que antes de mandar sus cartas, se aseguraba de que alguien se las corrigiese. Fue ese pequeño favor el que terminó haciéndolos más cercanos. Charles era como un hermano mayor para él, cosa que había resultado reconfortante para ambos. No recuerdo qué pasó exactamente después de eso. Lo que sí sé es que durante los siguientes días, Charles y Mike pasaron a ser mis compañeros durante las largas y agotadoras horas. No los buscaba, tan solo estaban ahí cuando miraba a mi lado. Supongo que de forma inconsciente creamos cierta sensación de seguridad 53
entre nosotros. Fue así hasta que pasó una semana más. Nos tocaba movernos de nuevo, esta vez al frente. No hay mucho que decir sobre los dos primeros días, pues para nuestra sorpresa fueron relativamente tranquilos, pero a la tercera noche sucedió eso que todos temíamos. Serían alrededor de las cuatro de la mañana cuando se dio la alarma. Se nos exigía que estuviésemos calmados, en nuestras posiciones… pero seamos realistas, ¿quién puede estar tranquilo sabiendo que tal vez le quedan minutos de vida? Reprimir cualquier tipo de pensamiento era la única manera de mantener el orden y el control dentro de tu cabeza. Al principio pasaron segundos, luego minutos. Todos parecíamos mantener la respiración, en silencio, esperando a ese instante en el que el familiar zumbido se haría perceptible. No tardó en llegar. Ya había visto morir a muchas personas para ese entonces. Una parte bastante importante de mi vida se caracterizó por ello, creía haberlo visto todo. En tan solo unos instantes, el cielo se llenó de fantasmas metálicos que rugían sobre nuestras cabezas. No podíamos huir. Siento como si los siguientes minutos hubiesen sido borrados de mi memoria. Solo recuerdo gritos, ruido… Mucho ruido. La primera visión que tengo después del ataque es la de mis manos, estaban llenas de sangre. Me encontraba tirado en el barro y lo único que podía hacer era mantener los dedos ante mis ojos y asegurarme de que seguía vivo. No podía oír nada. Era como si mi cuerpo y mi consciencia se hubiesen separado por un instante. No sé cuánto tiempo tardé en levantarme, pero cuando lo hice, sentí como si hubiese aparecido en el mismísimo infierno. No podía creer que mis ojos estuviesen viendo aquello. Había humo por todas partes, una neblina de polvo flotaba sobre la tierra, pero mirase a donde mirase, mis ojos tan solo podían fijarse en una cosa. Cuerpos. Decenas y decenas de cuerpos inertes o moribundos, muchos incapaces incluso de emitir un último quejido. Y yo estaba ahí, sin saber si era una suerte o una desgracia seguir con vida. Conseguí salir de la trinchera e intenté caminar. Fue entonces cuando me di cuenta de que tenía una profunda herida en el brazo derecho, de ahí la sangre. No recuerdo qué pensé en ese momento, solo decidí caminar hasta algunas personas que corrían de un lado a otro en la distancia. Poco a poco fui distinguiendo gritos, comencé a sentir el dolor en mi brazo. Me pregunté si Charles y Mike seguían con vida. Como si el simple hecho de pensar en ellos los hubiese invocado, minutos después distinguí la cabeza de Charles. Bajé de nuevo a lo que quedaba de 54
nuestras defensas. Estaba de espaldas a mí, agachado frente a algo que no pude distinguir a simple vista. Lo llamé por su nombre, su mirada fue suficiente para entender lo que había ocurrido.» Ethan hizo una pausa. Sentía los ojos secos, su voz parecía negarse a recordar nada más de lo ocurrido. Llevaba alrededor de cuarenta minutos sentado en el despacho del médico. No le gustaba ser tratado como un enfermo, y Robert había accedido a realizar ahí sus sesiones, para comodidad de ambos. Aún así, había instantes en los que se sentía como una presa sin escapatoria, a pesar de que habían pasado cuatro años desde los hechos que estaba relatando. El joven trató de relajar la tensión de su cuerpo pasándose una mano por el rostro. Aquello era agotador. —Si Charles no me lo hubiese dicho, habría dudado de que ese cuerpo delante nuestra fuese el de Mike —continuó Ethan en el mismo tono de voz, aparentemente tranquilo pero tenso—. Había perdido un brazo, parte de una pierna, su rostro había quedado completamente desfigurado… —Intenta centrarte más en la sensación que en la imagen. ¿Qué pensaste en ese momento? —intervino Robert con calma, al ver que Ethan no era capaz de hablar. —Me pregunté por qué no había sido yo —continuó en un susurro—. Yo tenía mucho menos que perder. Robert se aclaró la garganta. Ethan continuó sentado, con la cabeza agachada y la mirada perdida en algún punto del suelo. Ninguno dijo nada durante unos minutos, los cuáles Robert aprovechó para escribir algo en una hoja. —El otro día me dijiste que llevabas una especie de diario. ¿Fue después de este evento? —preguntó el médico, con la luz de la lámpara que había en su mesa reflejada en las gafas. —Así es —Ethan respondió secamente. No quería hablar sobre aquello, las razones por las que decidió escribir iban más allá de los horrores que había experimentado en la guerra. Era demasiado personal, tanto, que ni él mismo se había atrevido a leer de nuevo esas páginas. Tenía miedo. Miedo de aceptar sus errores del pasado, miedo de cargar con la sensación de culpa de la que quería escapar. Miedo de volver a pensar en la mujer a la que le escribió. 55
Robert lo observó por encima de sus gafas sin decir nada. Volvió a apuntar algo. Ethan suspiró. La lámpara sobre sus cabezas parpadeó durante unos segundos. 56
—Ah eso —contestó sin más. —¿Sabe algo al respecto? —Aparentemente —dijo volviendo a su tarea de inspeccionar los cajones del escritorio—, lo consideraba una manera de acercarse a los traumas del subconsciente. Un intento de acceder a la mente, y todo eso. —¿La hipnosis? —preguntó Annabel, incrédula, mientras dejaba los libros en su sitio. —No lo sé, nunca lo entendí del todo, aunque parecía poner bastante esfuerzo en… mi caso—Annabel lo miró pensativa. Él, en cambio, no le prestó atención. Se dedicó a dar un par de vueltas alrededor de la mesa, totalmente absorto en sus pensamientos—. ¿Puedo ser sincero? Hay veces que sentía que le interesaba más lo que tuviese que contar, que ayudarme. —¿A qué se refiere? —Bueno… —Ethan caminó hasta el asiento que solía ocupar en sus sesiones con Robert, en el lado opuesto al escritorio. Se sentó en él con mucho cuidado, y mirando al frente, como si estuviese imaginando la figura del médico frente a él, prosiguió—. Si Robert le habló de mí en sus cartas, supongo que puede imaginar por qué acudí a él. —¿La guerra? —preguntó Annabel mientras se acercaba a un armario, unos pasos a la izquierda del joven. —La guerra —confirmó él—. Cuando volví, no podía dormir. Ni siquiera pensar. Era como si lo único que hubiese regresado de mí fuesen las imágenes de la violencia. Robert me prescribió pastillas, me obligaba a descansar… pero también quería actuar sobre la raíz del problema. Solíamos hablar durante horas, pero con el tiempo comencé a notar como si, detrás de la intención de ayudarme, estuviese su propio interés. Parecía disfrutar cada instante de mis recuerdos. Annabel se dejó sorprender por aquella actitud. ¿Por qué de pronto le contaba todo eso? No estaba de acuerdo con lo que Ethan afirmaba sobre su hermana, pero la repentina confesión le llamó bastante la atención. —No creo que sea cierto—intervino finalmente, rebuscando entre unos papeles y varios cuadernos que había dentro del mueble—. Robert es una persona muy curiosa, pero es imposible que su interés por los hechos fuese mayor que sus ganas de ayudarle. 63
—Créame cuando le digo, que aquello parecía más que simple interés. Al principio también tuve mis dudas, pero después de leer la carta que le mandó, y de hablar sobre él con usted, estoy casi seguro. —¿De qué? —De su desaparición. Tiene que estar relacionada con su interés por la muerte… —Eso es absurdo —Annabel se giró hacia él—. El querer saber más jamás le ha hecho daño a nadie. Tiene que haber otra razón, algo que hayamos pasado por encima. Ethan no contestó, dando a entender que esa era su única opinión respecto al tema. Annabel volvió a darle la espalda, tratando de ignorar su insistente mirada mientras continuaba apartando papeles. La mayoría eran apuntes médicos de su hermano, facturas, registros de medicamentos de los que disponía… La joven dejó escapar un suspiro desesperado. —No es tan fácil como esperaba, ¿eh? —dijo Ethan con un tono divertido. —Al menos lo estoy intentando, no como otros —Lo miró de reojo de mala manera. Éste respondió levantándose y caminando hasta su lado, para luego mirar sobre el hombro de Annabel las hojas que tenía en las manos. La joven tuvo que reprimir, por educación, su necesidad de apartarse. Sintió un desagradable cosquilleo en el cuello, no le gustaba tenerle tan cerca. Siempre había preferido tratar con la gente desde la distancia, pero Ethan parecía no entenderlo, o no quería. —Esto no va a servirnos de nada —contestó retirando los papeles de sus manos, antes de que Annabel pudiese responder—. Si Robert quería desaparecer sin dejar rastro, tenemos que dar con algún despiste suyo. Algo de lo que haya olvidado deshacerse por no tenerlo normalmente a la vista. —¿Cómo puede estar tan seguro de que no fue accidental? —Annabel se enfrentó a él, encontrándose con su mirada. Odiaba su comportamiento, actuaba como si lo supiese todo, cuando supuestamente ambos tenían la misma información. Aún así, no pudo encontrar nada en sus ojos a parte de la misma curiosidad y preocupación que sentía ella respecto a la situación. —Si hubiese sido una casualidad, su hermano no le habría cedido su apartamento a nadie —respondió con su característica calma—, eso solo significa que fue una decisión consciente. Preparó su partida. 64
La joven frunció el ceño, apartándose de él rápidamente. Era como si el espacio de la habitación se hubiese encogido, haciéndole sentir pequeña y atrapada. Caminó con los brazos cruzados durante unos segundos, pensando en lo que acababa de escuchar. Tenía sentido, tal vez demasiado, pero el hecho de que su hermano se hubiese marchado por su propia voluntad, sabiendo que ella estaría preocupada, era algo que le costaba aceptar. —Si Robert quisiese desaparecer de manera intencional, habría dejado una nota. Al menos para mí. Estoy segura. —Pero no lo ha hecho —contestó Ethan sin escrúpulos, yendo de vuelta hacia el escritorio, esta vez para sentarse en el sillón que solía ocupar Robert—. En realidad me sorprende. Solía hablarme muy bien de usted. Incluso creo recordar que le hizo un dibujo una vez. —¿Un dibujo? —se extrañó ella. —Así es, ¿no llegó a recibirlo? —Annabel negó con la cabeza—. Era bastante común encontrármelo dibujando antes de nuestras sesiones. —Ethan comenzó a desordenar otra vez uno de los cajones—. Aquí está. Annabel se acercó, recibiendo un pequeño cuaderno de piel, tan solo algo más grande que su mano. Dentro, en la primera página y dibujado con lápiz, había un boceto de un escarabajo. Su corazón dio un pequeño vuelco al verlo. Las líneas estaban trazadas de manera desordenada, pero sin duda aquella forma le era familiar. —¿Le gustan los insectos? —se interesó Ethan, echado en el asiento y sin darle mucha importancia. Annabel levantó la vista. —Me regaló uno por mi cumpleaños. —¿Un dibujo? —No, un escarabajo, pero no sé qué podría significar todo esto. Él nunca… Las palabras de la joven se quedaron en el aire en cuanto comenzó a pasar el resto de páginas. Éstas, como si se tratase de un exhaustivo estudio sobre la anatomía, comenzaron a desvelar dibujos de todo tipo de insectos, cada vez más grandes, hasta llegar a los animales. Pájaros, peces, gatos, perros… Una infinidad de ilustraciones aparecieron ante la mirada incrédula de Annabel, adquiriendo éstas un tinte cada vez más macabro. Según avanzaba, las inocentes representaciones comenzaron a reflejar un estudio del funcionamiento interno de esos seres vivos, incluyendo notas del tamaño de sus cerebros, la complejidad de su sistema 65
nervioso, la comparación de sus corazones con los de un ser humano. Annabel volvió a mirar a Ethan, sin saber qué decir. —¿Sabía sobre esto? —pronunció al fin, enseñándole una página con la anatomía de un gorrión. Ethan se tomó unos instantes antes de contestar. —No, pero tampoco es tan extraño. Robert es un hombre de ciencias, después de todo. —Lo sé, pero… —La joven caminó hasta el escritorio, dejando el cuaderno bajo la luz de una lámpara que había sobre éste. Volvió a mirar las ilustraciones—. ¿Está seguro de que quería regalarme el dibujo del escarabajo? —Sí, es el único que me enseñó. Tal vez tenga algún significado para él. —No lo sé… Ethan, que seguía sentado a su lado, tomó el cuaderno para mirarlo más de cerca. Lo levantó delante suya para hojearlo, pero en cuanto lo hizo, algo se deslizó de su interior, cayendo al suelo. Ambos jóvenes se miraron durante unos segundos, antes de que Annabel se agachase a recogerlo. Era una hoja de periódico, doblada varias veces sobre sí misma, de manera que pudiese caber dentro del cuaderno sin sobresalir. No se demoró en extenderla sobre la mesa. Se trataba de la primera página de la edición semanal de The Times. Una de las principales características de ésta, era que por norma, aparte de servir como presentación, la primera carilla era un espacio reservado para la publicidad. Toda la hoja estaba cubierta de pequeños anuncios, siendo éstos tan variados que promocionaban desde marcas concretas de whisky, hasta pequeñas relojerías londinenses. —Es del dos de enero, de este año —pronunció Annabel en voz baja, mientras sus ojos recorrían cada centímetro del papel—. Robert me escribió una carta esa misma semana, estoy segura. —¿Todavía la tiene? —preguntó Ethan igual de concentrado. —Sí, pero no sé si puede tener algún tipo de relación. No veo nada aquí que pudiese interesarle. —¿Y qué hay de esto? —El dedo de Ethan cayó sobre una de las esquinas de la hoja. Había algo rodeado con lápiz. Annabel procedió a leer, con creciente sospecha. —Doctor S. Williams, experto en tratamiento de enfermedades de carácter infeccioso y traumas físicos. Harley Street, número 116, planta 3 —pronunció 66
observando el pequeño anuncio, tratando de entender qué relación podía tener eso con su hermano. —Solo alguien que esté completamente seguro de sus capacidades puede hacerse llamar experto. Tal vez eso haya llamado la atención de Robert. —Quién sabe… —La joven acercó la hoja para leer la letra más pequeña—. Se buscan voluntarios como donantes de sangre. Posibilidad de tener una revisión completa gratis como agradecimiento. Sigo sin entender qué tiene que ver con Robert. ¿Y si estamos mirando donde no es? —concluyó sin creerse del todo sus propias palabras. —¿En serio? —Ethan la miró, incrédulo, dejando escapar una risa. —No tenemos ninguna prueba de que sea justo eso por lo que haya conservado la hoja —respondió ella observando el anuncio del Doctor S. Williams, inclinándose sobre la mesa con desesperación. —Pero no perderíamos nada por ir a investigar. Annabel suspiró, tratando de no sentir más rechazo hacia él por tener razón. No quería admitirlo, pero no tenía nada que decirle al respecto, y eso le irritaba. Aquella era la única pista que tenían, si es que realmente podía llevarles a alguna parte, así como el extraño cuaderno de dibujos. Volvió a mirar la hoja, recordando la siguiente carta que le escribió su hermano. Tal vez, si lograban ponerlo todo en común, conseguirían echar algo de luz sobre el misterio. Los jóvenes no tardaron mucho más en abandonar el lugar. Tomaron el cuaderno de dibujos y la hoja de periódico, apagaron la luz. No fue hasta el momento de volver hacia la entrada, cuando Annabel se acordó de la nota con su dirección que había dejado días atrás, con la esperanza de que Robert apareciese para verla. Para sorpresa de nadie, ésta seguía ahí, tirada y olvidada frente a la puerta. Según salía, la miró con cierta desesperación. No sabía cómo afrontar la incertidumbre del futuro. 67
XI 17 de mayo, 1920. Londres. La interacción entre ambas mujeres había sido sumamente escasa aquel día. Apenas habían hablado durante el desayuno, y hasta la hora de comer, la señora Green permaneció en su habitación. Normalmente era Annabel la que se recluía entre las cuatro paredes, pero no fue el caso aquel 17 de mayo. La joven se encontraba terminando de fregar los platos, cuando oyó los pasos de su casera subiendo las escaleras. Para ese momento ya sospechaba que algo le ocurría, pero no se atrevía a llamar a su puerta, para no invadir ese extraño nivel de privacidad que necesitaba. A pesar de todo, la curiosidad y la ligera preocupación pudieron con ella. Cerró el grifo y se frotó las manos con un trapo cercano para salir a paso rápido de la cocina. La señora Green ya estaba alcanzando los últimos peldaños, por lo que no dudó en llamarla y subir detrás de ella. Los escalones crujieron bajo sus pies, y no fue hasta estar a su altura cuando se dio cuenta de que la mujer llevaba una pequeña foto entre las manos. Annabel le preguntó si le ocurría algo. Ésta suspiró, dándole la espalda. No quería presionarla, pues sentía que se trataba de un tema delicado, pero tampoco estaba dispuesta a dejar que la mujer se escondiese en su soledad. Quería mostrarle el mismo apoyo que ella le había dado la última vez, y para su sorpresa, la señora la invitó a pasar a su dormitorio. Nunca había entrado. Tan solo se había asomado un par de veces cuando la llamaba a comer, y tampoco había tenido oportunidad de fijarse en los pequeños detalles que decoraban la habitación. Era luminosa, ordenada, con un armario y una amplia cama a cuyos lados había una mesita de noche. Un libro sobre una de ellas, una lámpara y un par de fotos sobre la otra. La señora Green le ofreció asiento en un pequeño sillón verde que había junto a la cama. Caminó varias veces a lo largo de la habitación, apretando la foto contra su pecho y murmurando algo que Annabel no pudo descifrar. Finalmente, se sentó con cuidado en una esquina del colchón. Trató de hablar varias veces, pero sus labios parecían albergar cierto temblor. Se concentraba en algún punto fijo, parecía tener las palabras en la punta de la lengua, pero su mirada siempre acababa cayendo de nuevo a la foto que tenía en el regazo. Annabel trató de distinguir a la persona desde su asiento. Era una foto de un hombre, bastante vieja, pero poco o nada podía podía ver a parte de eso. Tampoco se atrevía a hablar primero. El rostro de la mujer parecía estar sumido en un 68
sufrimiento reprimido y profundo que no sabía cómo compartir. Tenía que ser su marido, o eso pensó Annabel, al verla girar el anillo de su dedo mientras suspiraba. La joven desvió la mirada hacia las fotos de la mesita de noche, en un intento de disimular su curiosidad. En ellas aparecían dos niños pequeños. Un niño y una niña. Por alguna razón, se le hicieron algo familiares, pero la señora Green jamás había mencionado que tenía hijos. —Lo siento, ¿podrías… dejarme sola un tiempo? —le pidió de pronto su casera, con la voz entrecortada. No quiso encontrase con los ojos de Annabel. Tan solo permaneció ahí, inmóvil, de una manera totalmente ausente. La chica asintió, confundida y preocupada. Decidió hacerle caso y abandonar la habitación, pero no sin antes echarle otro vistazo a las fotos. Llegó sobre las cuatro, tal y como tenía planeado. Un viaje en taxi, luego un camino de unos quince minutos. Hacía un buen día, por lo que bajó antes a propósito y caminó hacia la casa. Se remangó las mangas de la blusa. El tiempo estaba siendo sorprendentemente cálido, y todos a su alrededor parecían notarlo, desde los pájaros que saltaban de árbol en árbol, piando revoltosamente, hasta las familias que caminaban en la acera de enfrente. Pasaban muy pocos coches. Era como si una fuerza invisible hubiese empujado a todos a tomar la misma decisión. O tal vez todos buscaban lo mismo en el fondo; una luz que suavizase los eventos del presente. Annabel metió las manos en los bolsillos de su falda, caminando relativamente tranquila. Ethan parecía tener un plan, ella llevaba la siguiente carta de su hermano. Solamente necesitaba algo de paciencia para no entrar sin querer en un estado de desesperación. Continuó andando durante unos minutos más, hasta que pudo divisar la familiar vivienda. El césped que la rodeaba estaba más verde que nunca, y los cristales de las ventanas parecían reflejar cada rayo de sol. Tomó el pedregoso camino que llevaba hacia la entrada, distrayéndose de pronto con un objeto que no había visto las veces anteriores. Había algo rojo y redondo tirado sobre la hierba, y tan solo necesitó acercarse para ver que se trataba de una pequeña pelota. La levantó. Sopló una suave brisa, trayendo consigo un sonido extraño y revoltoso que venía de la parte trasera de la casa. Annabel pensó durante unos instantes si caminar o no en esa dirección. No era su vivienda, y tampoco quería parecer entrometida, pero creer haber escuchado la voz de Ethan consiguió convencerla. 69
Iba a verlo a él, después de todo. Por muy poco que le gustase el tener que desentrañar sus pensamientos. Atravesó el césped, caminando al lado de los diversos arbustos que adornaban el perímetro de la construcción, y se asomó por la esquina con cierta cautela para observar la parte de atrás de la parcela. Parpadeó varias veces, comprobando que, efectivamente, no se había equivocado de casa. Una pelota azul voló por los aires. Detrás de ella, dos perros salieron corriendo, uno saltando sobre el otro, tratando de alcanzar el pequeño juguete que voló hasta caer en los arbustos. Moviendo frenéticamente las colas en el aire, se lanzaron a por él. La chica los observó estupefacta. Eran dos border collies, prácticamente idénticos a simple vista, cuya única diferencia residía en el color de sus collares. Ethan los esperaba sentado en un escalón. Tenía el cabello despeinado por el aire, y una mirada un tanto inocente que estaba completamente absorta en sus mascotas. Éstas no tardaron en aparecer, esperando que les lanzase de nuevo la pelota. El proceso volvió a repetirse. Annabel los contemplaba en silencio sin atreverse a llamar su atención. Le sorprendía que aquel joven de ideas impredecibles pudiese encontrar reconfortante la presencia de dos peludos. Lo consideraba complicado y distante, pero allí, en aquel momento, tan solo parecía ser un simple joven que disfrutaba de la vida. La indiferencia con la que cargaba su carácter parecía haber desaparecido por completo, recordándole que tampoco sabía tanto de él. Fue aquel contraste el que le hizo darse cuenta de que tal vez había una razón detrás de su forma de ser. Al menos de esa que mostraba ante los demás. Annabel se encontraba tan concentrada en sus suposiciones, que tardó varios segundos en percatarse de que Ethan había girado la cabeza en su dirección. Sintió un ardor subirle por la nuca. No sabía qué decir. No quería parecer una acosadora indiscreta, pero tampoco entendía por qué de pronto le preocupaba lo más mínimo la opinión que tuviese de ella. Lo vio susurrarle algo a los perros sin quitarle la vista de encima. Éstos comenzaron a correr en su dirección. Annabel no se asustó, pues había tenido perros de pequeña, pero su curiosidad e insistentes saltos lograron sacarla de aquel trance. Le olisquearon las piernas dando vueltas a su alrededor, hasta que sus oscuros ojos quedaron fijos en algo que llevaba entre las manos. Era la pelota roja, había olvidado por completo que todavía la tenía. La lanzó, los perros fueron detrás de ella. 70
—Parece que les gustas. —Ethan se había acercado, con una actitud despreocupada y las manos en los bolsillos. Annabel trató de recuperar la compostura. —No debería estar aquí. Lo siento. —Oh, vamos, Annabel. Has hecho cosas peores que colarte en mi jardín para espiarme —rió. La joven se arrepintió de haber pensado siquiera que aquel individuo podía llegar a ser agradable. —No estaba espiando a nadie, ¿y desde cuándo me llama por mi nombre, señor Clark? —le preguntó, tratando de no hacer muy visible el repentino tumulto de emociones que se había apoderado de ella. —Desde que tú te tomaste la confianza de curiosear por aquí a tu antojo. —He dicho que lo siento —se defendió, maldiciendo su necesidad de saberlo todo. —No me importa tanto, en realidad. Solo era una excusa. —¿Una excusa para qué? —Ethan la miró con cierta diversión, pero no contestó. Algo había cambiado en él con el paso de las semanas, pero Annabel no sabía qué exactamente. Aparentemente seguía igual. Pelo negro, ojos claros. Al sol parecía incluso excesivamente blanco. Odiaba la pícara sonrisa que ponía cada vez que estaba a punto de decir algo que sabía que no le iba a gustar. Lo consideraba un pensamiento un tanto infantil, pero le entraban ganas de pegarle. Y el hecho de que era más alto no iba a intimidarla. —Deja de mirarme así. No sé si es que te gusto o si me detestas profundamente—. Annabel abrió los ojos, un tanto asqueada por su osadía. —Lo dejo a tu imaginación. Aunque deberías tenerlo claro, Ethan —pronunció su nombre con algo de recelo. Creía poder aguantarlo cuando estaba serio, pero aquel comportamiento la sacaba de sus casillas. Sentía que se reía de ella, y la sensación no hacía más que empeorar su opinión sobre él. Ethan sonrió al escucharle decir su nombre, pero no contestó. Se limitó a encogerse de hombros e invitarla al interior de la casa. Los perros continuaron jugando en el jardín. Tomaron las escaleras y subieron hasta la habitación de las puertas acristaladas, que resultó ser una sala bastante amplia y acogedora. La recordaba de la primera vez que estuvo allí, pero no pensó que pudiese llegar a saciar su curiosidad respecto a qué se escondía en su interior. No creía que fuese a volver, y sin embargo, ahí estaba, analizando las pequeñas estatuillas de animales y 71
jarrones que adornaban las cómodas y estanterías del salón. Una de esas vasijas, en concreto, llamó su atención. Parecía como si hubiese sido restaurada, aunque todavía se apreciaban algunas grietas en su superficie. —Han sido Lilly y Rose. La dejaron caer. ¿Recuerdas el día que viniste? —Annabel arqueó una ceja. Sabía perfectamente a qué se refería. La primera vez que estuvo allí, Ethan abandonó el despacho sin siquiera despedirse. Había sido eso. —Así que Lilly y Rose, ¿eh? —El joven asintió. —Espera aquí, volveré en un momento. Charles tiene que estar a punto de llegar también, y tenemos mucho de lo que hablar —explicó, desapareciendo seguidamente por la puerta, sin dar más explicaciones. Annabel volvió a quedarse sola, así que se permitió caminar a lo largo de la habitación, admirando las suaves alfombras marrones y las delicadas figuras de cristal que había en una de las estanterías. Al igual que en el despacho, éstas rebosaban de libros. Reconoció varios de ellos. Shakespeare, Mary y Percy Shelley, Keats, Wordsworth, Oscar Wilde… Detuvo la mano sobre una recopilación de poemas de Edgar Allan Poe. Habían formado una parte muy importante de su adolescencia, así como de su presente juventud, por lo que sin tratar de controlar el impulso, comenzó a hojear las páginas. Le parecía curioso, pero tampoco le sorprendía: alguien con el impredecible comportamiento de Ethan tan solo podía encontrar consuelo en la poesía. No se detuvo a leer en profundidad, tan solo los primeros versos de uno u otro, pero unas palabras escritas a mano bajo uno de los poemas llamaron su atención, “Tu ausencia se siente como un sueño inolvidable, imposible de tocar”. El poema en cuestión, era A Dream Within a Dream, un escrito cuyas letras parecían ahogarse en la pena y desesperanza de su autor. Una composición sobre la pérdida, el sueño en el que se convierten los recuerdos del pasado. Pasó algunas páginas más. El resto estaban vacías. Dejó el libro en su sitio. Por alguna razón sentía que había visto de más, que aquellas palabras no estaban ahí para que ella las encontrase, y por unos instantes notó como si una extraña miseria intentase envolverla. No solía importarle, de hecho, había asimilado hacía tiempo que la vida no iba a darle aquello, pero por un momento lamentó no ser jamás una persona que alguien pudiese llegar a buscar. Esperar. Necesitar. La explicación para ello era muy simple, ella tampoco estaba dispuesta a hacerlo por nadie. No era egoísta. Muchos lo consideraban así, pero permitirse considerar su 72
Todo parecía mágico a la edad de quince años, o al menos así recordaba la señora Green su juventud. Conoció al joven que se convertiría en su futuro marido en una casualidad que tan solo podía estar planeada por el destino. Un mismo día, un mismo tren, un mismo viaje. La joven Elizabeth Green no nació en Londres, pero se vio obligada a visitar aquel andén por circunstancias que se le escapaban. Los Green habían recibido una vivienda como herencia de un familiar fallecido, y aquello había sido suficiente para que la familia tomase el siguiente tren a la capital tan solo semanas después de recibir la noticia. Si fuese por ella, posiblemente no habría dejado su anterior hogar. Conservaba demasiados recuerdos cuyo valor emocional iba a ser irreemplazable, pero lo que no esperaba era que aquel viaje de cuatro horas fuese a cambiar su vida para siempre. Tomó la mano de su padre para subir al tren, llevando una maleta en la otra que casi parecía ser más grande que ella. Estaba fascinada. Era la primera vez que se alejaba de casa, todo parecía emocionantemente desconocido. Desde los estrechos y largos pasillos del tren, con sus cabinas y respectivos asientos en el interior, hasta los pasajeros de rostros irreconocibles y acentos que no había escuchado antes. Recordaba ir caminando completamente distraída, sujetando su sombrero con una mano y llevando la maleta en la otra, tratando de seguirle el paso a sus padres a la vez que se asombraba por cada minúsculo detalle que le llamaba la atención. Alguien chocó con ella, dejando caer su sombrero al suelo. Había sido un hombre alto que ni siquiera se percató de lo ocurrido, por lo que no tuvo más remedio que agacharse y recogerlo. Al levantar la vista, sus padres habían desaparecido entre la multitud. Continuó caminando, esta vez tratando de poner más atención en lo que tenía delante. No dejaba de asomarse a las distintas cabinas, tratando de localizar aquella que les pertenecía a ella y a sus padres, pero el eterno pasillo parecía no tener fin, y ellos no aparecían por ninguna parte. No fue hasta ese momento que comenzó a sentir miedo. Estaba completamente sola con un equipaje que le costaba aguantar hasta con ambas manos. Esperó. Tarde o temprano su familia notaría su ausencia. Los pasajeros continuaron yendo de una dirección a otra, pero no conseguía reconocer ninguna de sus caras. Habrían pasado unos cinco o diez minutos cuando, de pronto, alguien cogió su mano y tiró de ella. Tardó unos instantes en reaccionar. Al hacerlo, supo que aquella imagen permanecería con ella hasta el resto de su vida. Un joven, del que solo podía ver la nuca delante de ella, la guiaba a través del confuso tumulto de personas. No sabía 79
quién era, tampoco a dónde la llevaba, pero por alguna razón no sintió la necesidad de preocuparse. Algo le decía que todo iba a estar bien. Quizás fuese el calor de su mano contra la suya, quizás la manera en que sus ojos claros la miraban de reojo de vez en cuando, sentía aquel instante como si hubiese sido extraído de un libro. No tardaron en alcanzar el final del vagón, accedieron al siguiente. Su madre la esperaba tras la puerta. Pronto se enteró de que aquel joven se ofreció para traerla hasta sus padres, pues los escuchó llamarla por su nombre y preguntarle a los demás si la habían visto. Él lo había hecho. —Era un chico muy tímido, muy reservado —continuó la señora Green—. Se marchó en cuanto vio que todo estaba en orden. No me dijo su nombre hasta que una hora más tarde, lo encontré mirando por una de las ventanas del pasillo. Me pareció misterioso —sonrió con cariño—. Hablaba de una forma muy poética, creo que eso fue lo que más me llamó la atención. La joven se recostó en el sofá mientras escuchaba el resto del relato. La mujer no exageraba cuando decía que parecía magia. Su personalidad y la de aquel joven muchacho encajaron como dos piezas que habían estado demasiado tiempo separadas. Annabel se preguntó si algún día llegaría a experimentar lo mismo, aunque dudó que una experiencia así a su edad pudiese ser tan intensa como las sensaciones de aquella señora Green adolescente. Porque la que hablaba no era una mujer mayor, sino una niña que acababa de encontrarse con la persona que iba a querer para el resto de su vida. —Yo también me casé cuando tenía dieciocho —comentó de pronto Annabel con cierta añoranza—. Aunque no fue por amor. —La señora Green la miró algo apenada—. ¿Cómo se siente? —Es difícil de describir. Es algo que tienes que vivir en tu propia piel. Las palabras son irrelevantes en comparación con la realidad de los sentimientos. Todo parecía ser ideal. La vida de ambos continuó sin demasiadas dificultades, pues sabían que, pasase lo que pasase en el transcurso de su existencia, iban a estar ahí para el otro. A los veintitrés nació su primer hijo, cuatro años después vino su hija. Ninguno podía pedirle más a la vida, no eran pobres, disfrutaban de todo aquello que habían tenido el placer de conocer. Vivieron tranquilamente, sus hijos crecieron. Tanto ella como su marido trabajaban sabiendo 80
que tenían un buen futuro. Tal vez fue esa excesiva confianza la que finalmente le dio un final desgarrador a la historia. Ya no era una niña, pero esa mujer que rozaba los cuarenta jamás había dudado del hombre que había elegido. No sabía en qué momento exactamente, si había hecho algo mal, tal vez si hubiese insistido más en las conversaciones que tenían habría cambiado el futuro. Algo se quebró con la edad en la mente de su marido. Nunca había sido una persona que hablase con facilidad de sus sentimientos, y tal vez ese había sido el problema. Con el tiempo, la señora Green comenzó a notar que les faltaba el dinero. Le preguntaba, una y otra vez. Volvía a insistir. Aquel que una vez la cautivó con sus palabras ahora huía de la sinceridad con excusas torpes. Desarrolló una adicción, las sustancias prescindibles consiguieron seducirle, y la mujer jamás llegó a saber por qué, o en qué momento. Todo había ocurrido demasiado rápido, y tampoco pudo proteger del todo a sus hijos. La vida se escabulló de las manos de ese niño de ojos claros que años atrás la guiaba de la mano, y la señora Green sabía la verdad que trataba de ocultar. El hombre salía por las tardes a saciar el hambre. Perdió el trabajo, ella se negó a darle dinero, en un intento de evitar que volviese a adquirir más de esa sustancia que les estaba costando la felicidad. Las discusiones aumentaron. Ya apenas podían mirarse cara a cara. Tan solo sus hijos, de quince y doce años, eran capaces de mantenerlos unidos. Sin embargo, aquello también fue temporal. Una tarde, el hombre abandonó el hogar. Quiso detenerle, pero sus intentos resultaron inútiles. Su marido insistía en que no debía preocuparse, lo solucionaría todo ese día por el bien de sus hijos. Aquella fue la última vez que le vio con vida. Salió por la puerta como un fantasma decidido a abandonar el plano terrenal, pero lo que la mujer no sabía, era que sus hijos, con la intención de detenerle también, le siguieron. Jamás supo con detalle lo que ocurrió. Tan solo su hijo volvió esa noche. —Entró temblando, asustado. Recuerdo preguntarle qué había ocurrido, dónde estaba su hermana. No podía hablar, pero sus manos… Las manos de un niño inocente jamás tendrían que estar manchadas de sangre, y las suyas lo estaban. Dijo que había matado a su hermana al permitirle ir con él, que era todo culpa suya. Jamás lo vi llorar tanto como ese día. No podía creerle. Cuando pregunté por su padre… Supe que todo había acabado por la expresión en sus ojos. 81
Los niños habían seguido a su padre por un oscuro callejón, hasta el esqueleto de una fábrica abandonada que parecía esconder los miedos más grandes de la gente. Había alguien dentro. Un hombre trajeado y con sombrero que exigía algo de su padre. Ningún niño debería contemplar la muerte, y sin embargo, una decisión poco meditada los empujó hasta allí. Se escucharon disparos. Alguien cayó al suelo. El grito horrorizado de su hermana la delató, empujándola a correr sin rumbo. Su alma quedó atrapada en ese lugar para siempre. —Le pedí que me llevase hasta allí. Necesitaba verlo con mis propios ojos, algo en mi interior se negaba a creer que aquello pudiese ser verdad, aunque en realidad sabía que era cierto. Ver a mi hijo había sido suficiente. Cuando llegamos, no había nadie. Tan solo sangre en el suelo. Annabel escuchaba con un nudo en el estómago y el cuerpo totalmente paralizado. Una melancólica tensión se había apoderado de sus extremidades, complicando su intento de consolar a la mujer. Le costaba respirar. Era como si un peso invisible le hubiese oprimido el pecho, no podía imaginarse lo que era perderlo todo en un día. Miró a la señora Green, la cual había cerrado los ojos, con una lágrima que se deslizaba por su mejilla. Siempre le había parecido una mujer alegre y tranquila, pero ahora, su apenado mundo interior parecía haberse escapado de su cuerpo. Jamás pensó que la naturaleza de su historia pudiese llegar a ser tan trágica, pero saber aquella información había sido una experiencia abrumadora incluso para la propia Annabel. —Lo siento —consiguió decir en voz baja. No sabía qué más añadir. Nada de lo que dijese podría consolar a una mujer que había estado trece años sufriendo la muerte de su marido y su hija. —No te preocupes. Ha pasado mucho desde entonces. —La señora Green pasó la manga de su vestido por su rostro. —¿Y su hijo? ¿Dónde está ahora? —se interesó pasados unos minutos, dudando si realmente le estaba permitido hacer esa pregunta. No quería hurgar en la herida. —Mi hijo… Creo que jamás pudo superar la culpa que poco a poco lo consumía por dentro. Siempre había sido un niño impulsivo y alegre, pero se apagó. Jamás volvió a ser el mismo por mucho que le dijese que no debía culparse por lo ocurrido. Creo que también sufría al verme preocupada por él. Habría pasado un 82
mes cuando se fue. Simplemente decidió marcharse. Decía que estaba demasiado avergonzado por no haber protegido a su hermana, por haber arruinado mi vida. Intenté buscarlo, hice todo lo que estuvo en mis manos. Lo habría perdonado mil veces con tal de que se quedase, a pesar de que no hay nada que perdonar. Incluso si volviese ahora, no existiría en mi ni una pizca de rencor o decepción al verle. —Estoy segura de que volverá algún día. El miedo no puede sustituir a una madre. —Eso pensaba al principio. Ahora… Ya casi no me queda esperanza. Pero sé que está vivo. Recibí una carta hace un tiempo. Era de él. Decía haber encontrado un buen trabajo, me pedía que lo perdonase por todos esos años de ausencia, y por los que estaban por venir. No creía tener la valentía suficiente para volver a verme, pero trató de compensarme mandando dinero cada mes, y seguí su consejo de mudarme de casa. Era lo único que podía hacer por la distancia. El relato de la mujer no se extendió mucho más. Guardó las fotos de vuelta en la caja, no sin antes contemplarlas durante un instante más. No iba a volver, debía aceptarlo. Annabel la vio deslizar el anillo de su dedo, aunque jamás iba a olvidar esa parte de su vida, con o sin él. Una de las mayores condenas de estar vivo es recordar eternamente el pasado. Apagaron las luces, cerraron las cortinas. La noche estaba cargada de una melancolía que Annabel no pudo ignorar. Subió a su habitación sintiendo como si acabase de vivir toda una vida. Ahora entendía por qué la señora Green había evitado hablar de su familia, por qué su casa estaba tan vacía. Había guardado todo lo que en algún momento le había recordado a sus hijos y su marido, tan solo conservaba las fotos, para jamás olvidar sus rostros y lo que fueron algún día. La admiración comenzó a crecer en su interior. Todo ese tiempo, el dolor, y la mujer seguía poseyendo ese lado amable y sonriente que le había estado mostrando desde el primer día. Podía empatizar con ella, comprendía lo que se sentía. Sus vidas no habían sido tan distintas en realidad, pues ambas habían sido abandonadas por personas especialmente importantes en su vida. Annabel cerró la puerta sin hacer ruido, y dejándose caer en la cama enterró el rostro entre sus manos. No quería recordarle. No quería revivir lo sucedido otra vez. Existían en un mundo demasiado injusto. Sin embargo, por mucho que lo negase, la señora Green aún tenía una esperanza. Su último deseo aquella noche no fue encontrar a su hermano. 83
XIII 1914. Sheffield. Afuera llovía. La vela que había en el centro de la mesa parpadeó, temblorosa, como si supiese lo que estaba a punto de ocurrir. Siempre encendían una cuando tenían algo de lo que hablar, aunque en ese momento ninguno de los dos conseguía encontrar las palabras. Era en ese momento o nunca. No iban a tener otra oportunidad. Annabel levantó la vista. La luz de la cocina estaba apagada, pero la pequeña llama era suficiente para iluminar el rostro inclinado sobre ella. No había cambiado desde la primera vez que se vieron. Eran tan solo unos niños, pero había conservado esa sonrisa que tanto le caracterizaba, algo traviesa y curiosa a la vez. Ese era, posiblemente, el primer día en el que un pequeño tinte de melancolía parecía acompañar cada mirada que le dedicaba. Ella trataba de ignorar ese detalle. Lo iba a echar de menos. Lo sabía sin duda alguna. Había estado luchando contra la horrible sensación de impotencia y el nudo en la garganta durante semanas, pensando que no sería capaz de dejarle ir cuando llegase el momento, y sin embargo, allí estaba. No había derramado ni una lágrima. Tal vez ya había aceptado la situación, quizás se había rendido. Sabía que nada iba a cambiar por mucho que insistiese, por lo que se limitó a observarle en silencio. Tenía todo el derecho del mundo de tomar esa decisión, la crudeza de la realidad había podido con él. Era consciente de ello. Conocía todas las razones, pero aún así no podía imaginar cómo sería su vida sin él. Habían vivido tanto juntos, atravesando cada obstáculo que se interpusiese en su camino. Le vio sonreír. Sonrió de vuelta. No quería que su último recuerdo de ella fuese uno del que luego se fuese a arrepentir. Quería hacerle ver que iba a poder seguir adelante, que le perdonaba por todo lo que estaba a punto de hacer. Quería que supiese que su vida no iba a detenerse si la suya acababa. —¿No hay nada que pueda hacer? —preguntó de pronto en un hilo de voz, esperando la respuesta. —Sabes que no —contestó él, volviendo a sonreír. —Quisiera saber si he hecho algo mal. —Le vio estirar una mano en su dirección desde el otro lado de la mesa. La tomó como si fuese lo último a lo que se pudiese aferrar para no caer. —No podría pedirte nada más, has hecho todo lo que has podido. No puedo seguir aprovechándome de toda la vida que te queda por delante. 84
—No es verdad, solo quiero que estés bien. Tal vez podríamos irnos lejos de aquí, de todos ellos. —Ya le había propuesto la idea días atrás. Repetirla no iba a servir de nada, pero su interior le pedía que lo intentase una vez más. —Sabes que nada cambiará. Da igual a dónde vayamos. No puedo cambiar quién soy, y siento que este mundo simplemente no es para mí. —Acarició su mano con el pulgar—. Vas a estar bien, te lo prometo. —¿Y si no es así? ¿Quién va a apagar la luz cada vez que me quede dormida leyendo? —Ambos rieron, pero fue justo esa risa en mitad de la tormenta la que comenzó a hacerle presión en el pecho. —Siempre encuentras el camino, esta vez no va a ser diferente. —Nadie va a querer a una viuda de casi veinte años. Acabaré con un señor desesperado que me triplicará la edad —Trató de disimular sus emociones. Le estaba doliendo, el futuro. —Encontrarás a alguien. Alguien que te quiera como te mereces, con el que puedas ir en público sin escuchar murmullos acerca de vuestra vida privada. Alguien a quien puedas querer de verdad. No quiero que sigas sintiendo que tu vida es una mentira por mi culpa. —Nuestra culpa, en cualquier caso. No habían tenido elección. Aquel había sido el único camino. Él trataba de disimular la naturaleza de sus inclinaciones para acabar con el desprecio con el que vivía día a día. Ella, huir de una familia que le imponía un camino que ella no deseaba. Ambos percibían la decepción que sentían sus seres cercanos, un matrimonio entre ellos podría suavizar la crítica de su entorno. O eso pensaban. Tenían la confianza suficiente como para llevar a cabo aquel plan, que para su propia desgracia acabó siendo más complicado de lo que pensaron. Si existían sentimientos entre ellos, tan solo eran del tipo que existían entre unos viejos amigos. No eran más que eso. Cada uno vivía su vida a pesar de que compartían casa y un par de anillos que significaban poco. Tal vez había sido eso lo que finalmente empujó al joven a tomar esa decisión. Sentía que había fallado. No había sido lo suficientemente sutil en cuanto a sus intereses, los rumores volvieron a nacer en boca de sus conocidos. A él lo miraban con desdén, a ella con pena. Annabel había notado aquello también. Más de una vez le comentó que sentía que vivía una mentira. Le agarraba del brazo en público pero dormían en habitaciones diferentes 85
al llegar a casa. La situación había conseguido destruirla con el tiempo. Cada día se levantaba más apagada. —¿A qué hora te irás? —preguntó tras un silencio que parecía eterno. —Por la mañana, temprano. Ni siquiera escucharás como me voy. Te dejaré el desayuno hecho. —Pasaron varios segundos en los que Annabel dudó si contestar o no. —Y yo te esperaré para cenar —pronunció con una voz ahogada. —Annabel… No pudo evitarlo. Lo había intentado, pero no podía. No podía aceptar así sin más que fuese a marcharse. Tuvo que taparse los ojos con las manos para que no la viese llorar. No podía salvarle, no podía hacer que se quedase. No podía hacer nada. Lo escuchó levantarse y caminar hasta su lado. Se agachó frente a ella tomando sus manos. Lo abrazó. No le importó sentarse en el suelo con tal de intentar sentir que no estaba sola. Deseaba que fuese un sueño, una pesadilla que se disolvería en cuanto levantase la cabeza de su hombro. Seguían siendo los mismos niños de antes. No era la primera vez que lloraba frente a él por algo que le había ocurrido. De alguna manera u otra, siempre lograba calmarla. Aquella vez fue diferente. No pudo evitar sentir que la presión creía en su interior. Mañana no iba a estar. Nunca más. Él trató de consolarla como cuando eran pequeños y Annabel huía de alguna riña con su madre. La abrazó con fuerza, le dijo que todo iría bien. Ella no pudo contestarle nada. Quería grabar aquel momento en la memoria, aunque luego en el futuro doliese su ausencia. Quería recordarle, no olvidar hasta el más mínimo detalle de su ser. Cerró los ojos con fuerza. —Vas a estar bien, confía en mí —le susurró él en el oído. Una carta llegó a su puerta tres años después: Es un doloroso deber informarle que se ha recibido un informe de la Oficina de Guerra notificando la muerte de: (Nº.) 1564 (Rango) Ple. (Nombre) Dean, Jacob (Regimiento) HOUSEHOLD B4 que ocurrió en el territorio francés el 3 de mayo de 1917. 86
1917. Sheffield. —Siempre supe que algún día tendríamos que tomar caminos diferentes, pero jamás habría imaginado que iba a ser de esta manera. —La mirada de Annabel estaba totalmente perdida en algún punto de la pradera que se extendía frente a ella. El aire soplaba suavemente, el piar de algunos pájaros se escuchaba sobre su cabeza. Annabel apoyó la espalda contra el tronco del árbol —Lo sé. Pero fue una decisión personal, y aunque se hubiese quedado, tampoco podrías haber hecho mucho más por él —contestó Robert con tranquilidad—. Han pasado tres años desde que se fue, incluso si no hubiese querido ir voluntariamente a la guerra, lo habría hecho tarde o temprano, pero por obligación. —Al menos así sabría que pararlo estaba fuera de mi alcance. Pero él quería morir, se fue para ello. —Se hizo el silencio durante varios minutos. El sol estaba comenzando a ponerse, y las nubes parecían ser devoradas por los rayos anaranjados—. Nunca lo he querido como tendría que querer a un marido, pero aún así le echo de menos. Era un buen amigo. —Hay personas a las que hay que aprender a dejar ir, por mucho que nos cueste. Tarde o temprano siempre tendremos que hacerlo —añadió su hermano sentado a su lado. Annabel asintió sin decir nada. —Si yo hubiese tomado la misma decisión que él, ¿me habrías dejado? —lo miró seriamente—. ¿Dejarías que muriese, aunque fuese por mi propia voluntad? —No. —Intentarías detenerme sin importar la manera. Por eso me siento tan culpable. No he podido hacer nada por él, no he tenido el valor de pararle, tampoco la fuerza de voluntad. —Lo intentaste. Hiciste todo lo que estaba en tus manos —Robert trató de consolarla, a pesar de que sabía que su hermana no creía en sus palabras. —Pues tendría que haber hecho más. En vez de eso me dejé convencer por él y dejé que se marchase, aún sabiendo que iba a morir. —Robert la tomó de los brazos. —No ha sido tu culpa. 87
Annabel no pudo sostenerle la mirada. En vez de eso, giró la cabeza hacia otro lado, sin añadir nada más respecto al tema. Las hojas sobre sus cabezas se mecieron por el aire. No sabía qué decir. Tampoco iba a cambiar nada por mucho que pensase sobre el tema. Faltaba poco para que el sol se fuese, pero volvería a salir al día siguiente, y ella estaría ahí para verlo. Era algo que daba por hecho, al igual que muchos. Pero la vida puede ser impredecible, cambia de un momento para otro y nunca avisa. —¿Qué crees que hay después de la muerte? —preguntó Annabel sin apartar la vista de las casitas que había a lo lejos. —No lo sé. Es algo que no descubriremos hasta que lo experimentemos nosotros mismos. —Un insecto oscuro voló frente a ellos, escondiéndose entre la hierba. —Entonces espero que nunca sepas qué contestar a esto. —Robert sonrió. —Siempre estaré ahí. —Y yo. 88
—Soy la persona a la que buscas, Amy Evans, pero no estoy segura de poder ayudarte. 95
XV 20 de mayo, 1920. Londres. El doctor Stephen Williams era principalmente conocido por aquellos que no hablaban de él en voz alta. Era alguien que, a pesar de tener cierta popularidad, no disfrutaba de fama pública. El doctor Stephen Williams actuaba en las sombras, pero, ¿cómo puede considerarse oscuro un acto tan necesario? Aquellos en cuyas bocas sonaba su nombre, en la mitad de los casos, lo mencionaban por una razón muy específica. Fue también el caso de la hermana de Amy Evans. —¿Qué le ocurrió exactamente? —preguntó Annabel, sujetando una pequeña taza de té. Se encontraban sentadas en la cocina, frente a una mesa algo vieja y redonda, pero que encajaba perfectamente con el humilde ambiente de la vivienda. Amy emitió un suspiro. —Mi hermana… pensaba que su marido había muerto en la guerra. Al principio recibía cartas de él, pero finalmente pasaron meses, y meses sin noticias suyas. Jamás regresó, lo dio por perdido. La única manera que encontró para hacer frente a aquella pérdida, fue llenando el vacío con otro hombre que conoció a principios de año. No la hacía feliz, pero conseguía que tuviese la mente lejos de todo lo que le dolía recordar. Lo que no esperaba, es que a principios de marzo, su marido apareciese en la puerta de su casa. —¿Volvió? ¿Por qué tardó tanto? —se sorprendió la rubia. Amy asintió, con la mirada nublada por un dolor que aún no había tenido tiempo de contar. —Perdió el brazo derecho, había tardado meses en recuperarse de la rotura de un pie… Cuando su familia se enteró de esto, decidieron hacerse cargo de él. Su madre nunca vio a mi hermana con buenos ojos, la consideraba muy poco convencional, por eso jamás le avisó sobre el estado de su hijo, ni dónde se encontraba. Cuando su marido regresó, mi hermana pareció recuperar las ganas de vivir. Estaba feliz, por fin le emocionaba hacer planes de futuro, pero en medio de esa alegría, todo volvió a torcerse otra vez. Descubrió que estaba embarazada, y no podía ser de su marido —Amy hizo una pausa antes de continuar—. No tuvo el valor de confesarlo, tan solo me lo contó a mí, y entre las dos llegamos a la única solución posible. Tenía que interrumpir el embarazo si no quería arriesgarse a perder a su marido otra vez. Así es como terminamos encontrando al doctor Williams. El precio era accesible, mi hermana estaba dispuesta a pasar por el procedimiento. 96
—¿Su marido no sospechó nada? —No, por supuesto que no —Amy negó con la cabeza con actitud derrotada—. Yo era la única que sabía lo que estaba ocurriendo. También fui la última en verla. Lo recuerdo perfectamente, era la tarde del 27 de abril. Mi hermana quería ir sola, pues creía que todo lo que estaba pasando era culpa suya, pero yo insistí en ir con ella, a pesar de que sabía que no me dejaría. Y así fue. No volví a verla. A la mañana siguiente fui a ver al doctor Williams esperando que me diese una explicación, pero decía no saber nada de ella. Según él, mi hermana no había aparecido por ahí, por lo que al principio pensé que tal vez le había ocurrido algo por el camino, o que había cambiado de opinión, pero por dentro sabía que ella había estado allí. Mi hermana no es una persona que cambie fácilmente de idea. —¿Le comentó algo al doctor? —No pude —pronunció la mujer con amargura, dejando que sus ojos se llenasen de lágrimas que intentaba retener—. Me fui sin poder decirle nada por miedo a que me ocurriese algo a mí también. Si yo no estaba, nadie buscaría a mi hermana. Nadie sabía lo que ocurría —Amy detuvo su relato, secándose los ojos con un pañuelo que sacó del bolsillo de su falda—. Durante la siguiente semana contacté con todos sus conocidos, amigos, tratando de conseguir alguna pista sobre ella. Pensaba que tal vez se había asustado y prefirió huir a la casa de alguna amiga, pero nadie sabía nada. Después de eso, traté de ver al doctor Williams unas tres veces, pero por mucho que llamase a su puerta, nadie contestaba. Finalmente decidí dejarle mi nombre y dirección a la vecina, esperando que volviese a ver al hombre. La mujer, que para ese momento había adquirido un tono pálido y apagado, se acercó su taza a los labios. Sus manos estaban poseídas por un ligero temblor, y sus ojos, nerviosos, saltaban de un lugar a otro. Annabel se preguntó qué es lo que la tenía tan alterada, ¿acaso se debía todo a lo sucedido con su hermana? Amy estaba profundamente afectada por los hechos, pero había un miedo en su rostro que parecía algo irracional. —Entiendo cómo se siente, la impotencia… Desearía poder encontrar a mi hermano también, pero hay algo que no entiendo, ¿por qué se asustó tanto cuando me vio? 97
—Oh, lo siento… No lo sé, solo tengo un mal presentimiento respecto a todo esto. Me siento perdida, indefensa —susurró al borde del llanto—. Solo quiero a mi hermana de vuelta. Annabel la observó con pena y compasión, pero no terminó de creerla. Había algo caótico y turbulento en la mente de esa mujer, pero no sabía si tenía el derecho a preguntar por ello. La joven se limitó a terminarse su té en silencio, dando tan solo alguna que otra muestra de apoyo. —Ahora me siento egoísta, lo siento —dijo de pronto la mujer, secándose de nuevo los ojos—. Solo he estado hablando de mí, cuando usted está en la misma situación. —No se preocupe por eso, es normal. La ausencia de un ser querido es algo a lo que una nunca llega a acostumbrarse. Al final, lo único que nos queda es la fe, y cartas con dibujos de escarabajos —sonrió Annabel con nostalgia, tratando de apaciguar un poco el sufrimiento de la mujer. —¿Escarabajos? —Amy miró pensativa a la nada—. Escarabajos —repitió—. Es curioso. —¿Por qué? —Una de la veces que intenté ver al doctor Williams, encontré algo que parecía un trozo de papel negro, asomando por debajo de la puerta. Tenía un dibujo de un escarabajo. Lo cogí para ver si averiguaba algo sobre él, pero no conseguí nada —contestó algo más animada, levantándose para rebuscar en un cajón del salón. Cuando volvió, le entregó a Annabel una tarjeta pequeña y oscura. Aquello no podía ser una simple coincidencia. —¿No hay nada más? —la mujer negó con la cabeza. —No, pero tal vez ni siquiera sea relevante. —Oh, no creo —respondió ella, cogiendo su bolso y poniéndose de pie. De pronto había sentido que tenía mucha prisa, como si compartir aquel descubrimiento fuese lo único que importaba. Había recordado algo. Algo que habló con su hermano hacía muchos años, cuando apenas era una niña. Trató de despedirse de Amy de la manera más formal y educada posible, y dejó atrás la casa en un abrir y cerrar de ojos. Avanzó con cierta agitación hasta sus compañeros. No había estado fuera más de cuarenta minutos, pero sabía que cuando se trataba de esperar, las 98
personas solían ponerse impacientes. Abrió la puerta, sumergiéndose en el interior con rapidez, sin analizar mucho el panorama. —Siento haber tardado —dijo acomodándose, más pendiente de sus pensamientos que de la situación a su alrededor—. Puede que no sea mucho pero creo que tenemos una pista nueva que seguir. —¿Ah sí? —respondió la voz desde el asiento del conductor, pretendiendo sonar interesada. Fue entonces cuando Annabel se percató de que algo fallaba. —¿Dónde está Charles? —Se ha ido —contestó sin más. —¿Qué? ¿A dónde? —No lo sé. Pero te has enterado de algo, ¿no? —Ethan no trató de ocultar su deseo de cambiar de tema. Annabel, a pesar de que no podía ver la expresión en su rostro por estar sentada atrás, pudo notar en él cierto desánimo. Tal vez fuese por su propia sensación de ligera melancolía, pero estaba experimentando algo de pena por él, sobre todo al escucharle expirar con pesadez. Ella no podía hacer nada. La situación estaba fuera de su alcance, y eso le hacía sentir emocionalmente incompetente, por lo que optó seguir el flujo de la conversación. Trató de relatar su encuentro con Amy Evans de la manera más exacta posible, desde la reacción de la mujer al verla, hasta el detalle final del escarabajo. —Puede no ser mucho, pero creo que es la prueba que necesitábamos para confirmar que mi hermano está relacionado con ese doctor. No sabemos qué tipo de relación tenían, pero claramente el escarabajo representa algo, tal vez algún tipo de club, una empresa… —Annabel —Ethan la interrumpió, girándose por primera vez para mirarla desde que había llegado. —¿Estás segura de que era un escarabajo? ¿Uno negro? —Sí… Estoy segura. Pero hay algo más —añadió con una creciente emoción mientras le entregaba la tarjeta—. Hace años, cuando todavía vivíamos en casa de mis padres, Robert y yo encontramos un escarabajo en mi habitación. Recuerdo que hablamos sobre la vida, el tiempo que viven los insectos… ¿y si todo guía hacia allí? —¿Hacia tu casa? 99
—La de mis padres, sí. Piénsalo. Mi hermano me regaló un escarabajo por mi último cumpleaños, quería darme un dibujo de uno. Si los relaciona conmigo, solo puede ser por esa conversación que tuvimos. —¿Y qué tendría que ver entonces el doctor Williams? —Es lo que tenemos que averiguar. —¿Y por qué iba a ir a casa de tus padres? ¿Y sin avisar? —Oye, solo intento buscarle alguna explicación a todo esto —se quejó ella, molesta por el constante cuestionamiento de sus ideas. —Yo también —respondió él sentándose derecho, dándole de nuevo la espalda—. Esto está más jodido de lo que crees. —Gracias por los ánimos. Al menos yo intento hacer las cosas bien —Annabel cruzó los brazos, evitando mirarle. —¿Qué insinúas? —Lo sabes perfectamente. —Lo que ha pasado con Charles es un asunto aparte —protestó él. —No, no lo es. Esto también me afecta a mí. Estamos juntos en esto, pero eres insufriblemente negativo —se quejó en un tono de voz algo alterado. —¿Lo soy? —Lo eres. Ninguno volvió a interactuar con el otro a lo largo del camino. Ethan conducía, Annabel trataba de no pensar en todo lo ocurrido. Solo quería centrarse en la importancia de encontrar a Robert, era una prioridad. Cuando el coche aparcó frente a la casa de la señora Green, Annabel bajó, despidiéndose de la manera más simple y formal posible. No esperó a escuchar su respuesta. Subió a su habitación obligando a sus pies a avanzar por las escaleras. Estaba cansada, había sido una mañana confusa. Esperaba descubrir algo útil, pero en vez de eso recibió una pista abstracta y tuvo que ser testigo de la complicada relación de Charles y Ethan. Se dejó caer en la cama. Cerró los ojos. Quería tener la mente en blanco aunque fuese por un momento, no analizar nada de lo ocurrido. Silencio. No sabía cuánto tiempo había pasado así. Cinco, diez minutos, una hora… Había perdido la noción del tiempo, pero para cuando volvió a abrir los ojos, la pesadez en su mente parecía haber disminuido. Se incorporó. Contempló la 100
habitación tratando de encontrar algo en lo que enfocarse, pero al no conseguirlo, volvió a tumbarse sobre la cama. Fue entonces cuando su mirada cayó sobre la mesita de noche, y unos papeles que había sobre ésta. Entre ellos estaba la carta que había llevado a casa de Ethan. Anna bel estiró torpemente el brazo hasta alcanzarla, para luego sujetarla frente a los ojos. De sus labios tan solo pudo escapar una frase, «¿dónde estás?» Observó la carta sin detenerse a leerla, dejándose invadir por la nostalgia que le producía ver una letra tan conocida. Sin embargo, no pudo evitar recordar la incomodidad que sintió al leerla. Robert decía que Ethan tenía un miedo excesivo a perder a sus seres cercanos, ¿por qué? ¿Acaso ya había pasado por algo así? Era cierto que ella misma había sufrido eso cuando supo que su amigo, más que marido, no iba a volver, pero había aprendido a vivir con ello. No creía que una persona con el carácter de Ethan se dejase hundir tanto por una pérdida. Aún así, y a pesar de lo desagradable que le podía parecer a veces, no pudo negar que, en el fondo, sentía cierta pena por él. Jamás le había oído hablar de otros amigos que no fuese Charles, y por un momento se sintió culpable por haber tratado el tema con tan poco tacto. Le había culpado indirectamente por lo ocurrido con su amigo sin conocer los detalles de la situación, pero a la vez estaba molesta por la manera en que él parecía juzgar cada opinión que ella compartía. Era un conflicto que Annabel no sabía cómo afrontar. ¿Era justificable la manera en la que ambos se habían comportado? En cualquier caso, todo podría haberse evitado si ambos hombres hubiesen solucionado sus diferencias en privado. Había sido demasiado irresponsable presentarse de la forma en la que lo hicieron, y si alguien debía reflexionar sobre la situación, eran ellos. Annabel no quería pensar en aquello más de lo necesario, por lo que apartó la carta y volvió a cerrar los ojos. Parte de ella se arrepintió justo al segundo de llamar. ¿Y si consideraba absurda su visita? ¿Y si no entendía la razón de por qué había ido? O peor, ¿y si no quería hablar con ella? No se preocupaba por su mal humor, pero sí por la pérdida de tiempo que le supondría el haber ido hasta allí. Esperó unos segundos, al otro lado se escuchó el ladrido de las perras. Ethan tenía que estar en casa, o al menos eso insinuaba su coche aparcado, pero por alguna razón se estaba tomando su tiempo para abrir. La criada que trabajaba en su casa solía marcharse sobre las ocho, por eso tan solo podía haber una persona en el interior, si es que realmente 101
se encontraba allí… Annabel estaba a punto de darse la vuelta, cuando de pronto la puerta se abrió, cegándola con la luz del interior. Lilly y Rose corrieron a recibirla, dando vueltas alrededor de sus piernas y oliendo sus manos. Cuando Annabel levantó la vista, se encontró con Ethan, el cual se mantenía de pie, torpemente, con una mano apoyada sobre el marco de la puerta y una sonrisa un tanto tonta e inocente. —¿Qué haces por aquí? —preguntó peinándose el pelo hacia atrás con la otra mano, tratando de disimular su estado. —¿Qué te ha pasado? —Annabel lo miró de arriba abajo, sin saber si reírse o preocuparse por él. —Nada, estoy bien. ¿Qué hay de ti? —¿Nada? No termino de creérmelo. —No te esperaba. —Lo sé, yo tampoco tenía pensado venir en un principio pero… —No supo cómo continuar. ¿Por qué estaba allí? ¿Era porque se sentía mal por haberle hablado de aquella manera antes? ¿Quería preguntarle sobre Charles? ¿Curiosidad? —No me creo que hayas venido hasta aquí solo para ver cómo estaba —Ethan dejó escapar una risa. —Te equivocas —Por alguna razón, pronunciar aquello se sintió como una ligera insinceridad, pero tampoco se le ocurría otra cosa que decir. —¿Entonces? —Supongo que tenía curiosidad por saber por qué estás tan borracho —soltó Annabel en un nervioso intento de salir de la situación. Ethan la miró durante unos instantes. —Eres divertida cuando quieres —dijo finalmente, dándose la vuelta con una despreocupación que sorprendió a Annabel, y haciéndole un gesto con la mano para que pasase. Una pequeña sala en la planta principal, con dos puertas acristaladas al fondo que daban acceso al jardín. Había visto a las perras jugar allí días antes. La casa de Ethan no dejaba de sorprenderla con lugares nuevos cada vez que la visitaba pues, después de todo, solo había estado allí dos veces. Esa era la tercera. Lilly y Rose corrieron eufóricas al exterior, mientras que Ethan colocó un vaso más 102
sobre una mesita de superficie transparente. Era una habitación luminosa, en la que predominaba el color granate y cuya decoración, sutil, parecía haber sido elegida con gusto. —Estaba pensando en ti cuando llegaste, ¿sabes? Qué coincidencia —dijo Ethan tomando asiento en el sofá, a unos centímetros de Annabel. —¿Por qué? —La joven alcanzó su vaso. —Me acordé de lo que dijiste hoy. Y creo que tienes razón. Intentas hacer las cosas bien. Realmente lo haces —contestó con la mirada distraída. —Solo hago lo que puedo. —Haces todo lo que puedes —le corrigió. —¿A dónde quieres llegar con todo esto? —preguntó Annabel algo más relajada, pues el tema de conversación no tenía que ver con sus razones para estar allí. —Soy un hombre solitario y egoísta —dijo como si nada, para luego terminarse lo poco que le quedaba de whisky—. Y es todo culpa mía. —Sí, hay veces que pienso eso sobre mí también —la joven dejó escapar una risa, pero Ethan pareció tomárselo con algo más de seriedad. —Supongo que tendrás tus razones, pero seguro que no te has peleado con tu único amigo por algo que es totalmente culpa tuya. —No —La rubia lo miró con intriga. —Es una historia larga, se remonta a antes de la guerra… He querido escapar de la realidad desde que tengo memoria. No es algo fácil de admitir, pero con el tiempo no me ha quedado otra opción que aceptar aquella culpa. Tomé varias decisiones erróneas en mi juventud, las cuáles me llevaron a alejarme de mi familia y amigos, prácticamente todas las personas que tuve en mi vida. La ignorancia sobre el mundo me hizo tomar un camino del que luego me arrepentiría profundamente, y lo peor de todo esto es que no podía hacer nada para cambiarlo. Había adquirido una reputación que era prácticamente imposible de limpiar. Existían personas que esperaban ciertas cosas de mí, y no podía defraudarles. Cuando llegó la guerra, tan solo pude ver en ella una vía de escape. Sabía a lo que me tendría que enfrentar, pero no me importaba, era peor huir constantemente de mi presente y mi pasado. Así al menos había dos opciones para mí, o morir sintiendo que estaba haciendo lo mejor para mí, o volver habiendo cambiado, e intentar arreglar las cosas. ¿Recuerdas el cuaderno que tuve durante la guerra? El que creo que Robert 103
se llevó. Lo escribí en un intento de pedirle perdón a una de las personas que más herí en el pasado. Jamás tuve el valor de volver y disculparme, de hacer las cosas bien por una vez. En el fondo, me avergüenzo de mí mismo. Tanto que he terminado discutiendo con Charles justo por eso. Ethan pausó el relato para volver a rellenar su vaso, mientras que Annabel no podía dejar de pensar en cada una de sus palabras. Sabía tan poco de él, que cada segundo se sentía peor por haber sido una insensible aquel día. —Pero no entiendo una cosa, ¿qué tiene que ver Charles? —preguntó, tratando de centrarse más en la historia que en sus sentimientos. —Charles… Quiere que haga las cosas bien. Que vuelva a ver a aquella persona. Soy un cobarde. Pensé que tendría lo que hay que tener para recuperar a aquellos que me importan, pero no soy capaz de nada. Annabel no contestó. Había recordado la nota que encontró en su libro de poemas, «Tu ausencia se siente como un sueño inolvidable, imposible de tocar». Estaba segura de que aquella línea se refería a la misma persona de la que Ethan estaba hablando pero, ¿de quién se trataba? Viendo la amarga expresión que había adquirido su compañero, no se atrevió a preguntar. En ese instante fue como si pudiese ver a través de él, aún sin conocer los detalles de la historia. Era una sensación demasiado familiar, la culpa, el no poder cambiar el pasado. Eran sensaciones que Annabel conocía erfectamente. —Dices que intento hacer las cosas bien… Pero no es lo que parece —comentó con una inevitable tristeza, que comenzó a acumularse en una parte de su garganta—. Todo lo que hago, es tan solo un intento de escapar del miedo. —¿Por qué? —Ethan parecía sorprendido. —Estuve casada antes de la guerra —dijo intentando no encontrarse con los ojos de Ethan, el cual la escuchaba con atención—. Sí, me casé con mi mejor amigo en un intento de escapar de las tensiones familares. Yo quería dejar la casa de mis padres, él, ocultar quién era. Ambos pensamos que aquello nos ayudaría, pero no fue así. Él cada vez se encontraba peor, yo no podía hacer nada para ayudarle. Llegó un momento en el que simplemente dejó de querer vivir, lo decía abiertamente. Iba a ir a la guerra para morir estando orgulloso de sí mismo. —Él… ¿no volvió? —Annabel negó con la cabeza. 104
Se trataba de una cajita de madera, cuadrada, que no ocupaba ni la mitad de su mano, sin ningún tipo de inscripción en su exterior. Annabel no tardó en adivinar que dentro había algún tipo de joya. Al retirar la tapa, pudo ver que se trataba de un pequeño anillo de oro, fino y delicado, con una gema roja en el centro que recordaba a una gota de sangre escarlata. —Hubo un tiempo en el que pensé en dárselo a mi hija cuando se hiciese mayor, pero ya sabes cómo son las cosas. La vida es impredecible, como las olas de un océano —sonrió—. Ya sé que puede parecer precipitado, pero me gustaría que lo tuvieses tú. —¿Yo? —se sorprendió Annabel—. No, no creo que pueda aceptar algo así. —Entiendo que pueda parecerte incómodo o inapropiado viniendo de una mujer a la que conoces tan poco, pero me haría muy feliz. Ya no soy joven, tampoco tengo a nadie a quien se lo pueda confiar, pero sé que tú cuidarás de él —la señora Green tomó suavemente la mano de Annabel, y colocó el anillo en la palma de su mano, cerrando sus dedos alrededor de éste—. Ha pasado tanto tiempo desde la vez que pude confiar así en alguien… Sé que no me equivoco. —Pero, ¿y si lo está? —Oh, Annabel, eres demasiado humilde. Si hay algo que me han enseñado los años, es a saber diferenciar a las personas que merecen la pena de las que no. Confío en ti. —Esto es tan repentino… ni siquiera sé qué decir —respondió Annabel conmovida por sus palabras. —Tampoco hace falta que digas nada. Tan solo conserva el recuerdo de esta vieja mujer el día en que no esté. —Por favor, no diga eso, todavía le quedan muchos años por delante. —Lo sé, pero si no te hubiese conocido, posiblemente serían años llenos de amargura y tristeza. Tenerte aquí ha sido como recuperar parte de la persona que solía ser. Nada volverá a ser igual que antes, eso lo sé, pero tu compañía realmente me ha hecho sentir menos sola. Esta es mi manera de darte las gracias. Annabel subió a su habitación poco después, llevando en la mano izquierda el anillo de la señora Green, que a la vez había sido de su madre, y de la madre de su madre. Cuando la mujer confesó el origen de la joya, la joven volvió a negarse a aceptarlo, pero ella, a su vez, volvió a insistir. Según sus palabras, no había nadie mejor para seguir con aquella tradición interrumpida. 111
Si alguien le hubiese dicho a Annabel que en el proceso de encontrar a su hermano, encontraría también el apoyo y confianza de personas que apenas conocía, posiblemente no se lo habría creído. Admitía que, al principio, se le hacía especialmente complicado poder confiar en cualquiera que no llevase años en su vida, pero tanto la señora Green, como Ethan y Charles, le estaban demostrando lo mucho que podía cambiar aquello. Era una sensación extraña, como una contradicción interna entre lo que siempre había creído y lo que su alrededor le estaba demostrando. No era algo fácil de llevar. No quería estar equivocada pero, ¿acaso alguno de ellos podía desearle algún tipo de desgracia? Su encuentro con Ethan el día anterior ya le había demostrado lo errónea que había sido su primera impresión de él, y su casera, por su parte… Realmente estaba siendo como una madre para ella. Annabel se acercó a la ventana, y dejando que la luz cayese sobre la pequeña gema del anillo. ¿Qué habría pasado si las cosas hubiesen sido distintas? Seguramente sería su hija la que llevaría el anillo, o la mujer de su hijo, si volviese y llegase a casarse. Se sentía como una entrometida en un círculo familiar que jamás se iba a cerrar, pero a la vez disfrutaba del agradecimiento y del honor más profundo. Se sentía eternamente halagada por el gesto que la señora Green había mostrado hacia ella, pero había sido algo totalmente inesperado. Tal vez solo necesitaba acostumbrarse. Aceptar la presencia de otros que le fuesen cercanos… Annabel movió la mano bajo el rayo de luz, haciendo que la pequeña piedra del anillo reflejase brillos rosados sobre las cortinas. No solo las personas que había conocido estaban comenzando a dejar una marca en su vida, ella misma había dejado algo en los demás, posiblemente más de lo que podía imaginar. Fue en ese preciso instante cuando se dio cuenta de algo inevitable. Si se fuese de Londres, parte de ella permanecería allí para siempre. 112
XVII 3 de marzo, 1920. Londres. «Pasó mucho antes de la guerra, tan solo era un niño. Quince años, si no recuerdo mal. Corría por las calles sin importarme a dónde me llevaría cada húmedo y oscuro callejón que atravesaba. Me daba igual el destino, tan solo quería escapar de allí lo más rápido posible. Estaba cegado por la culpa, el dolor, y el miedo. No podía mirarle a los ojos, había destruido su vida por completo, y permanecer junto a ella tan solo le haría recordar las cosas tan horribles que había hecho. Estaba convencido de ello por aquel entonces. No tenía nada. Ni dinero, ni un sitio donde quedarme… Recurrir a conocidos no era una opción, creía que me delatarían tarde o temprano. Posiblemente tenía razón, pero ahora desearía haberme ido a casa de algún amigo hasta que estuviese mejor. En vez de eso, decidí lanzar todo mi futuro al vacío. Sobrevivía a base de… acciones poco honradas. Robaba aquí y allá, pedía dinero en las calles, hacía algún que otro trabajo denigrante y asqueroso. Era triste, estaba completamente solo. En más de una ocasión pensé en volver, pero, ¿qué le diría entonces? Jamás me perdonaría, y aunque por casualidad lo consiguiese, el recuerdo de mis acciones siempre permanecería ahí. Con el tiempo conseguí encontrar un grupo formado por otros iguales a mí. Huérfanos, rebeldes, niños que habían decidido lanzar su vida por la borda, al igual que yo, solo que en ese momento no lo sabíamos. Gracias a ellos conseguí mejorar un poco mi inestable forma de vida. Vivíamos en una mugrienta casa abandonada, pero era mejor que pasar la noche en las calles. Era como nuestro escondite secreto. Nuestro centro de reuniones. Teníamos un líder, Jack, un joven un par de años mayor que yo. Él era el que organizaba todas nuestras misiones, como las llamaba él. Yo sabía que lo que hacíamos no estaba bien, pero era mejor eso que continuar solo. Londres podía ser una ciudad peligrosa, era algo que todos sabíamos pero de lo que no hablábamos nunca. Tan solo tratábamos de mantenernos juntos, y sobrevivir de cualquier forma. Sin embargo, no duré mucho allí. Todo cambió una noche de invierno. Nos habíamos organizado para sacar lo máximo posible de los asistentes a la inauguración de un hotel. Iba a haber varias personas con dinero, si éramos rápidos y cautelosos podríamos vaciar unos cuantos bolsillos bastante rápido. Solíamos conseguir algo de prácticamente todo lo que acababa en nuestras manos. Joyas, 113
relojes, vendíamos todas estas cosas, con algo de suerte nos tocaba alguna cartera. Se suponía que aquella noche no iba a ser muy distinta, salvo que esa vez, tan solo fuimos los más mayores. El plan era simple: infiltrarnos en la muchedumbre y coger todo lo que pudiésemos antes de escuchar la señal, cada uno de nosotros llevaba un pequeño silbato. Al principio todo iba bien, pasamos desapercibidos, conseguí unas libras, corté algunos botones brillantes de varios vestidos… La cosa se torció en el momento en que vi a un hombre encenderse un cigarro, y guardarse el mechero dorado en el bolsillo de su chaqueta. No me lo pensé dos veces. Fui hacia él, hice lo que tenía que hacer. Saqué la mano con el mechero sin que se diese cuenta, pero justo en el momento en el que iba a girarme, algo se aferró a mi muñeca. Cuando levanté la vista, me encontré con el rostro del hombre sobre mí, pero a diferencia del resto de personas que alguna vez nos habían visto, estaba tranquilo. Me sorprendió. No gritó, no avisó a nadie, tan solo me observó fijamente durante unos segundos que me parecieron eternos. Cuando habló, lo único que me pidió fue que le acompañase.» —¿Tuviste miedo de él? —le interrumpió de pronto Robert, garabateando algo en un cuaderno. Ethan le miró sin entender por qué había hecho su pregunta justo en ese momento. —Más que asustado, estaba confundido. Estaba a punto de dar la señal para avisar al resto, pero el hombre me detuvo antes de que pudiese reaccionar. Me llevó hasta su coche, me montó en él. Por un instante pensé que iba a entregarme a la policía, y fue ahí cuando comencé a temblar de miedo —explicó con una nostálgica sonrisa. —Pero no fue así —añadió Robert sin levantar la vista del papel. «No sabía a dónde nos dirigíamos, hacía ya un tiempo que se había hecho de noche, ninguno de mis compañeros sabía dónde estaba. Ni siquiera podía hablar, pero por suerte fue él el que habló primero. Me preguntó si tenía familia, si alguien sabía a lo que me dedicaba… Lo negué todo, pero aún así, el hombre no dejó de mirarme de reojo durante todo el camino. Me llevó a la casa que, posiblemente, era la más grande que había visto en mi vida. No pude evitar mirarla con la boca abierta cuando bajamos del coche. En ese momento ya estaba algo más tranquilo, no parecía que fuese a entregarme a la policía, pero tampoco 114
entendía por qué ese desconocido me había traído a lo que parecía ser su vivienda. Hablamos durante varias horas. Intentaré ser breve, porque tampoco tengo un recuerdo claro de la conversación. Su nombre era Roger, y hacía tan solo unas semanas había perdido a su hijo por una larga enfermedad de la que ni los mejores médicos pudieron salvarle. Estaba divorciado, devastado por una pérdida y la sensación de fracaso como padre. Decía haber visto a su hijo en mis ojos y, por la ignorancia de esa edad, le creí. Me adoptó y cuidó de mí como si fuese descendiente suyo, pero lo que no supe por ese entonces, es que había un interés muy concreto detrás de sus acciones. Aquel hombre inició mi descenso como persona. Manipuló mi concepto de moral, me confundió respecto a lo que estaba bien y lo que estaba mal. Me arrastró por el mismo camino que él había tomado por puro egoísmo, pero siempre trataba de mostrarse como la víctima inocente ante mis ojos. Roger no tenía un trabajo común. Desaparecía cuando me iba a dormir y volvía horas más tarde. Incluso había veces que por la mañana. De día, o dormía o volvía a marcharse. Fue tan solo un año más tarde cuando descubrí que trabajaba de sicario. De manera astuta y convenida me asustó, diciendo que si no podía defenderme, algún día podían ir a por mí. Hombres que buscarían un ajuste de cuentas solo porque él había hecho su trabajo. También indagó en ese rencor que sentía hacia los hombres que mataron a mi padre, lo usó para manipular cada decisión que tomaba, prometiéndome una venganza que nunca llegó. No entendí en el momento la gravedad de lo que estaba ocurriendo. Le debía la forma de vida que llevaba en aquel momento, por lo que poco a poco me vi sumido en la misma oscuridad que él. Cuando quise darme cuenta, no había nada más que pudiese hacer con mi futuro.» —¿Nunca intentaste salir de ahí? ¿Cambiar de… oficio? —volvió a preguntar el médico. Ethan negó con la cabeza. —Era demasiado joven. Joven y estúpido. No mentiré, lo pasaba bastante mal cada vez que tenía que apuntar a alguien. La mitad de las veces cerraba los ojos deseando que esa bala me atravesase a mí. Pensaba que si no estaba muerto aún, era porque vivía lo que merecía. Incluso años después de lo ocurrido en mi familia, me consideraba el culpable de todo. 115
El rostro de Ethan se contrajo melancólicamente. Sentía pena de sí mismo, era algo que no estaba dispuesto a pronunciar en el momento. Después de todo, había hecho un esfuerzo por cambiar, veía las cosas de forma distinta, trataba de darle una vuelta a su vida. Ya no era el niño manipulable e ignorante que solía ser, pero había algo que aún permanecía con él. Los recuerdos. Había momentos en los que deseaba borrar de su cabeza todos aquellos episodios que aún le perseguían. Eran como una sanguijuela, un parásito que poco a poco iba absorbiendo la fuerza con la que luchaba contra su cobardía. —Ya veo… —respondió Robert mirándole por encima de las gafas—. Si me permites un comentario de amigo a amigo, lo siento. —Era un idiota, eso es todo. —Dices que eras un cobarde, pero no puedo estar más en desacuerdo. Fuiste a la guerra por voluntad propia, con una decisión que no todo el mundo tiene. —Sí. Pero la razón detrás de eso… Simplemente quería escapar de mí mismo. Si no podía acabar con toda la vergüenza y culpabilidad con la que cargaba, esperaba que al menos allí alguien pudiese hacerlo por mí. Jamás pensé que volvería… —Pero después de todo, creo que fue una experiencia con ciertos aspectos positivos para ti. Conociste a Charles, decidiste escribirle a tu madre, replanteaste el curso de tu vida. No todos pueden hacer algo así después de pasar por el campo de batalla. Todas esas muertes… —los ojos del joven médico adquirieron un brillo perturbador, que a esas alturas resultaba algo familiar. Ethan se tomó unos segundos para pensar su respuesta. Últimamente sus sesiones siempre acababan en lo mismo. Contase lo que contase, Robert siempre conseguía darle la vuelta a la conversación para acabar en un tema muy concreto: las muertes de la guerra. —Aquella… matanza infernal —dijo buscando una palabra que definiese de la manera más exacta lo que había vivido—, me abrió los ojos sobre todo lo que estuve haciendo a lo largo de mi juventud, así como sobre lo injusta que podía resultar la vida. Si había sobrevivido era por una razón, y creía que era para poder hacer las cosas bien de una vez. —Y dime una cosa, ¿eso te hizo tener más o menos miedo de la muerte? Estar tan cerca de ella debió de ser una experiencia indescriptible. —Ethan frunció el ceño. 116
—Ya respondí a algo parecido la última vez. La temo siempre y cuando sienta que está cerca de aquellos que me importan. Si realmente me lo plantease, creo que podría ser capaz de volarme la cabeza, pero no es algo que quiera o vaya a hacer —dijo con calma. Robert asintió en silencio, y procedió a apuntar algo en una hoja aparte—. No hace falta que pretendas haberme escuchado. Sé que has estado dibujando algo todo el tiempo. —Me ayuda a concentrarme —dijo irguiéndose en su asiento, y pasando con rapidez las hojas del cuaderno. Se detuvo en uno en concreto, una representación de un insecto oscuro y de caparazón brillante—. ¿Qué dices? Tal vez se lo regale a mi hermana. —Creo… que me he quedado sin palabras —contestó Ethan en tono irónico. —Son increíbles. En la mitología egipcia eran símbolo de la vida eterna y la constante transformación, ¿lo sabías? —No. —Bueno, pues ahora sí —Robert retiró el cuaderno y lo dejó en uno de los cajones del escritorio sin prestarle mucha más atención—. Por lo que me has contado, creo que tu mayor problema reside en que no consigues encontrar el perdón dentro de ti mismo. Puedes ser consciente de tus errores y saber que no te merecías lo que ocurrió, pero si no consigues perdonarte, difícilmente podrás enfrentarte a lo único que podría sacarte de esta situación. —¿Y eso es…? —preguntó Ethan sospechando su respuesta. —Ir a ver a tu madre. —¿Y no hay otra manera? —se quejó con cierta desesperación. —Sabes que no —respondió Robert firmemente. —No puedo hacerlo, por mucho que intente convencerme de que es mi única opción. No puedo —dijo con un suspiro—. Si la vuelvo a ver y me rechaza, la perdería para siempre —concluyó con derrota, sintiendo la pesadez de cada una de sus palabras. —Entiendo, pero no hay mucho más que pueda decirte. Hemos calmado tus ataques de pánico y el insomnio, duermes mucho mejor y puedes llevar una vida relativamente normal. Debes darte cuenta de que no hay mucho más que pueda hacer por ti. En ese instante, Robert adquirió el tono fío de un médico. Apoyó los codos sobre la mesa y cruzó los dedos bajo su barbilla, esperando algún tipo de respuesta 117
por parte de Ethan. Éste, sin embargo, permaneció en silencio con la mirada perdida en alguna parte del suelo. ¿Cómo podía hacer aquello? Tenía miedo de que la única persona que pudiese quererle incondicionalmente no estuviese dispuesta a tenerle en su vida. ¿Cómo iba a seguir viviendo entonces? Era justo la razón por la que había estado alargando su encuentro. Ya lo había perdido todo una vez, y si ella no le perdonaba, lo estaría perdiendo todo de nuevo, esta vez para siempre. 118
XVIII 24 de mayo, 1920. Londres El gato volvió a bostezar sobre el mostrador, dejando sus pequeños dientecillos blancos a la vista. Nada había cambiado desde la última vez que estuvieron en aquella cafetería. Annabel miró impaciente por la ventana. Charles y ella llevaban quince minutos esperando, pero Ethan seguía sin aparecer. Era como si la lluvia se lo hubiese tragado. —¿Crees que le ha ocurrido algo? —preguntó Annabel removiendo su café, viendo como poco a poco la espiral desaparecía sobre la superficie líquida. —No lo sé, tal vez haya acabado en algún atasco por la lluvia —contestó Charles sin darle mucha importancia, pero la joven sintió que algo no iba del todo bien. Su compañero llevaba un tiempo moviendo la pierna con inquietud. —Entonces… habéis arreglado las cosas , ¿no? —Sí, todo está bien. Siento lo del otro día, creo que ambos nos dejamos llevar un poco por la situación. —Lo entiendo. Debe de ser muy duro vivir así, arrastrar el pasado de uno sin saber cómo arreglar el presente —dijo pensando en voz alta—, y aún así terminé hablando de mí misma como una idiota. —Espera, ¿quieres decir que lo sabes? ¿Desde cuándo? —preguntó el pelirrojo muy sorprendido. —Fui a verle hace unos días. No dio muchos detalles, pero parecía bastante afectado. No me atreví a preguntarle mucho acerca del tema. —Oh, Annabel —suspiró mirando como caía la lluvia—, realmente espero, o deseo más bien, que todo pueda solucionarse pronto. Ethan puede parecer algo distante, un poco brusco a veces, pero es solo por el miedo que tiene a que la vida vuelva a herirle. Espero que me permitas decir esto, pero hay veces que os parecéis bastante —añadió con una sonrisa. Annabel, que hasta el momento se había sentido algo melancólica, sintió como una extraña sensación la recorría. —¿Qué quieres decir con eso? No nos parecemos en nada —protestó llevándose la taza a la boca—. Es tan… complicado. —¿Complicado? ¿Eso es todo? —rió Charles, haciendo que ésta se avergonzase un poco de sus palabras—. No sé qué ha pasado entre vosotros, pero definitivamente es un avance. 119
—No ha pasado nada —Annabel trató de aparentar cierta seriedad—. Simplemente teníamos que hablar. —Lo sé, lo siento. Solo estaba de broma. Ethan ya me contó que te pasaste por su casa. Me dijo bastantes cosas sobre ti, puedo contarte algunas si quieres —el pelirrojo la miró de manera pícara, pero Annabel negó con la cabeza. —Creo que prefiero no saberlo, no quiero arrepentirme de empezar a pensar mejor sobre él. —No lo harías, te lo prometo. Se preocupa mucho por ti. —Bueno, eso está por ver —gruñó mirando por la ventana. Pasaron pocos minutos más hasta que la campanita de la entrada volvió a sonar. Annabel se sorprendió a sí misma reconociendo sus pasos sin siquiera girarse. La invadió una inesperada tranquilidad al escucharle avanzar hacia la mesa y tomar asiento a su lado, con esa característica fluidez y calma que solían tener todas sus acciones. Nadie que lo viese pensaría que aquel joven de aspecto arreglado y elegante estaba en realidad pasando por algo tan tortuoso. Aquello había sido lo único en lo que Annabel había podido pensar durante los últimos días. No podía quitárselo de la cabeza, y comenzaba a ser frustrante. El gato de ojos brillantes, que hasta entonces había permanecido en el mostrador, saltó al suelo a oler las gotas que habían caído de Ethan al entrar. —Siento llegar tarde. Me entretuve en casa más de lo que esperaba —dijo frotándose las gotas de las manos. —¿Y eso? ¿Tus perras han vuelto a destrozar algo? —bromeó la rubia tratando de no mirarle demasiado. —Ojalá fuese eso —respondió Ethan en un tono cansado, para luego pedirle un café a la camarera que pasó por su lado—. Hay cosas de las que tenemos que hablar, sobre Robert. —¿Has descubierto algo entonces? —preguntó Charles con interés, mirando a su compañero con la misma inquietud de antes. —Por desgracia, tenía razón —contestó devolviéndole la mirada al pelirrojo, mientras Annabel esperaba una explicación—. Esa tarjeta negra del escarabajo —dijo dirigiéndose esta vez a ella—, la que recibió el doctor Williams. La reconocí en cuanto la describiste, pero no quise decir nada hasta estar completamente seguro que no me equivocaba. 120
—También cocina muy bien —continuó Annabel con satisfacción—. Es cierto que la mayoría de veces lo hacemos juntas, pero he aprendido mucho de ella. Tiene mucha paciencia conmigo. —Puedo imaginarlo. Ella diciendo que peles las zanahorias y tú hablando sobre Robert —bromeó Ethan, girando hacia la calle en la que vivía la señora Green. —¡Claro que no! Hablamos sobre muchas cosas. —¿Por ejemplo? —La vida. —Qué profundo —dijo con ironía. Annabel lo miró disgustada—. Oh, no va enserio. —Ven, si no me crees. Quédate a comer, y seguro que es capaz de darte un par de lecciones importantes —le dijo sin pensárselo demasiado. Ethan, que recién había terminado de aparcar, miró por la ventana en dirección a la casa. —Me encantaría, pero no puedo. Aunque estoy seguro de que sería muy agradable conocerla. —No dio más explicaciones. Annabel quiso preguntarle, pero tampoco le apetecía mostrar demasiado interés en su vida personal. —Bueno, tú te lo pierdes —contestó ella encogiéndose de hombros. No le dio especial importancia, aunque sabía que en el fondo, a la señora Green le habría hecho ilusión recibir alguna que otra visita inesperada. Annabel se colgó el bolso del hombro, y estaba a punto de abrir la puerta, cuando Ethan la llamó por su nombre tomándola de la mano. Una sensación cálida subió por su cuello, haciéndole entrar en un estupor que por unos segundos no le permitió reaccionar. Tampoco tuvo tiempo de preguntarle qué quería. —No le digas que he preguntado por ella, ¿vale? —Aún sin entender qué ocurría, ella asintió, tratando a la vez de disimular la confusión que sentía ante su mirada. Era como si sus ojos azules intentasen descifrar cada pensamiento, cada idea que pasaba por su mente en ese instante. Sujetando su mano, Ethan pasó el pulgar por el anillo—. Cuídala durante el tiempo que estés aquí. Seguramente te necesite más de lo que crees. Annabel lo miró con preocupación, ¿que era aquello? Le sorprendía el hecho de que le pudiese importar tanto el bienestar de una mujer desconocida, pero a la vez tenía el presentimiento de que sus palabras tenían un trasfondo mucho más complicado. Era… como si le estuviese pidiendo un favor. 127
—¿Por qué me estás diciendo esto? —consiguió pronunciar sin apartarle la mirada, esperando encontrar la respuesta en alguna expresión sutil de sus facciones. No sabía por qué, pero sentía una creciente frustración en su interior, haciendo que cada segundo pareciese durar el doble. —¿Y por qué no? Estaba a punto de contestarle, pero su respuesta quedó olvidada en su mente. Fue un instante fugaz e inesperado, totalmente fuera de su control, en el que Ethan dejó un rápido beso sobre su frente. —Ve —le dijo en el oído—, te estará esperando. Ella no se lo pensó dos veces. Totalmente controlada por un pánico inexplicable, salió del coche y corrió en dirección a la casa. Aún llovía con fuerza, pero no se percató de ello hasta que estuvo en el interior, con la espalda apoyada contra la puerta y la respiración entrecortada. Tenía miedo. Un miedo irracional a algo de lo que todavía no era consciente. No podía concentrarse, no sabía si pensar en lo que acababa de ocurrir o en las palabras de Ethan, la señora Green se asomó desde la cocina para decirle algo que su cerebro no llegó a captar. Las voces en su mente le decían demasiadas cosas a la vez, y muchas de ellas simplemente no las podía admitir. —Annabel, ¿estás bien? —volvió a preguntarle la mujer, esta vez acercándose a ella. —Sí. Sí, estoy bien —pudo pronunciar soltando un gran suspiro, pero sin poder calmar todavía el temblor en sus manos. —¿Estás segura? Te ves algo nerviosa. Si ha pasado algo puedes contármelo, ¿de acuerdo? Trató de recomponerse, quitándose poco a poco los tacones y dejando su bolso. No sabía qué contestar. Tenía el presentimiento de que no podía hablar de más, de que no debía… ¿pero por qué? Ahora que lo pensaba, Ethan no negó en ningún momento conocer a la señora Green, pero tampoco aportó nada que indicase lo contrario. Nada, excepto aquel extraño comentario. Y lo que le siguió. Un ardor subió por sus mejillas al recordarlo. —Es tan estúpido a veces —dijo entre dientes, sentada en el pequeño escalón que había entre el recibidor y el pasillo. —¿Quién? —se interesó la señora Green desde el salón. Tenía un oído demasiado bueno, más del que le convenía a Annabel. 128
Tras una rápida excusa, que a pesar de ser poco convincente la mujer aceptó, la joven subió los escalones hasta su habitación. Necesitaba estar un tiempo a solas, pensar en todo lo que había pasado y lo que podía significar, la razón detrás de los sucesos… Por el rabillo del ojo, un movimiento en el cuarto de la señora Green llamó la atención. Las cortinas ondulaban con cierta agitación, dejando expuesto un despiste por parte de la mujer. Rápidamente, Annabel entró en la habitación y se dirigió hacia la ventana, cerrándola firmemente e impidiendo que el agua continuase entrando. Por suerte no fue mucho lo que las gotas llegaron a alcanzar. El suelo estaba algo salpicado, así como la alfombra, pero aparte de eso y de una de las mesitas de noche, poco más se había humedecido. Se acercó y pasó la manga de la blusa por la superficie de madera, aunque de todas formas iba a tener que bajar por un trapo para secar el suelo, cuando su atención cayó sobre una foto que ya había visto antes. Un niño adolescente y una niña algo más pequeña miraban al frente, cogidos de la mano con expresiones inocentes en el rostro. En su momento no les dio relevancia, pero ahora que conocía la historia de la señora Green, no pudo evitar sentir una pena profunda y amarga por ellos. Ninguno de ellos se merecía lo que les había ocurrido, ninguno… Fue una realización repentina, como un torbellino aparecido de la nada que le hizo sentarse en la cama con expresión agitada. Tenía que estar equivocada, debía estarlo, pero por mucho que intentase convencerse de lo contrario, había algo de lo que no podía huir. Aquel niño… Conocía sus ojos. 129
XIX 26 de mayo, 1920. De Londres a Oxford. 15 de marzo, 1920 Querida Annabel, Hace ya algún tiempo desde la última carta que te escribí, pero espero que no tengas mucho en cuenta mi tardanza. Hay demasiadas cosas que han tenido mi mente ocupada, y seguramente te preguntarás de qué se trata. Con gusto te explicaré que, una de las lecciones más importantes que he aprendido en el último tiempo, es que para avanzar en la ciencia, hay veces que es necesario hacer ciertos sacrificios. ¿No crees que para poder cambiar y seguir adelante hay que dejar algunas cosas atrás, por mucho que nos duela? Algo de lo que me he dado cuenta, es que a pesar de ser una persona a quien le encanta aprender nuevas cualidades del mundo, también le tenía miedo a la innovación. A ser el primero en dar el paso en algún campo. A descubrir algo por mi propia cuenta, en vez de leer textos sobre investigaciones ajenas. Lo que quiero decir, es que por muchos obstáculos y miedos que tengamos, por muy cómodos que estemos en nuestra situación actual, siempre va a merecer la pena hacer el esfuerzo de seguir adelante. Tal vez por eso morimos. Dejamos atrás la vida para seguir avanzando en otro plano existencial. Robert El exterior se movía con rapidez, acompañado del hipnótico sonido de las ruedas del tren avanzando por los raíles. Por dentro, los minutos parecían tardar el doble en pasar. Annabel volvió a mirar por la ventana. Los extensos campos verdes aparentaban no tener fin, y las grisáceas nubes habían tapado el cielo como una suave manta. Ya no llovía, pero tampoco podía predecir si el resto de su viaje sería seco. Había evitado hablar con Ethan durante todo lo que llevaban de viaje, refugiándose en las páginas de un libro que no conseguía leer. Por mucho que lo intentase, terminaba distrayéndose con el paisaje, con el periódico que leía Charles delante de ella a su izquierda, o con sus propios pensamientos. Ethan estaba justo 130
enfrente, pero por alguna razón, tampoco se había esforzado en mantener ningún tipo de conversación. Aquello no le importaba. Era mejor así. Después de lo sucedido la última vez que se vieron, ya no sabía qué decirle. En un intento de centrarse en lo que realmente importaba, Annabel sacó la última carta de su hermano del interior del bolso. No se la había enseñado a los demás, pues a primera vista no había nada realmente interesante en ella. Tal vez, lo único que había llamado su atención, fue la manera tan abrupta en que su hermano había concluido su mensaje. No se había despedido, tampoco había preguntado por cómo se encontraba ella. Era como si únicamente le hubiese escrito para compartir un pensamiento. En realidad, no era algo que le molestase mucho, pero desearía haber recibido una conclusión algo más cálida. —¿No hace mucho calor aquí? Odio esta humedad —se quejó Charles, cerrando el peródico sobre la mesa que lo separaba de Annabel—. Creo que voy a salir, a ver si encuentro algo de beber. ¿Queréis venir? —No, yo estoy bien. Gracias —contestó Annabel. —¿Ethan? —No, ya iré luego si me apetece —Por primera vez durante la hora que llevaban viajando, sus ojos se encontraron con los de la joven delante suya. Ésta no tardó en bajar la mirada de vuelta al papel. —Entonces vuelvo en un momento —dijo charles desapareciendo por el largo pasillo. Annabel tuvo el tonto presentimiento de que aquello había sido planeado, pues justo un par de minutos más tarde Ethan decidió romper el silencio que los envolvía. No era por no querer hablar con él, pero en el momento en que escuchó su voz, prefirió haberse ido con Charles para no tener que enfrentarse a aquello. Porque por dentro sentía que estaba batallando contra dos emociones muy distintas, y ponerles nombre era algo que le asustaba aún más. Tan solo deseaba que no le hablase de lo ocurrido hacía unos días, a pesar de que era la primera que quería comentar tema. Le costaba mirarle. Sentía que cada vez que lo hacía, quería estar más cerca de él, pero a la vez tenía la necesidad de alejarse, de no dejarse llevar por aquello. Quería saber más, preguntarle por los detalles, averiguar cada pensamiento suyo respecto a lo que sospechaba sobre él, pero tenía miedo. Ethan no quería hablar de su relación con su madre, y ella lo sabía. Sin embargo, lo que más odiaba era aquel impulso de querer salvarle de aquello. El mismo que la había 131
empujado a viajar a Londres tras su hermano. Era esa sensación que, al ser frustrada, le creaba el mayor malestar. No quería volver a pasar por aquello. —Estás bastante callada hoy. ¿Va todo bien? —Annabel tuvo que aguantar las ganas de soltar una carcajada bastante irónica. —Sí, está todo bien. ¿Por qué? —contestó con la esperanza de que él notase la realidad. —No lo sé. Tal vez sean imaginaciones mías entonces. —Tal vez. Decepcionada, Annabel fingió retomar la lectura de su libro, pues su mente no era capaz de leer dos palabras sin volver a pensar en toda la situación. Ethan continuó mirando por la ventana, con una expresión completamente tranquila. ¿Cómo podía tomárselo todo con tanta calma? Quería pensar que tan solo era lo que aparentaba, pero ya no sabía qué esperarse de él. La confundía demasiado. —Eres bastante mala mintiendo, ¿lo sabías? —dijo él de pronto, sin apartar la mirada del paisaje. Annabel lo observó con curiosidad. —¿Qué te hace pensar eso? —Apenas me has hablado desde que nos hemos montado en el tren, y llevas una hora tratando de leer un libro del que no has pasado ni dos páginas. —Oh, qué atento —pronunció con cierto sarcasmo, viendo como una ligera sonrisa se dibujaba en el rostro del joven. —¿Vas a decirme entonces qué ocurre? —Podría, pero primero tendrás que explicarme lo del otro día —se animó a decir finalmente. Ethan suspiró, dando la impresión de que se esperaba aquello. —Me temo que me odiarás si te cuento todo. —Si con todo te refieres a dejar a tu madre sola en el momento en que más te necesitaba, entonces sí, tal vez tenga algunas cosas que reprocharte. —Le has dicho todo… —asumió Ethan con un ligero tinte de decepción que expresó con una sonrisa torcida. —No. No le he dicho nada. Me contó su versión de lo ocurrido hace tiempo. Lo que no sabía es que se trataba de ti —explicó sin saber cómo sentirse. Por una parte estaba molesta, pero también triste. ¿Qué lo había llevado a hacer algo así? ¿Tan poco le importaba su madre como para abandonarla de esa manera? —Yo tampoco sabía que vivías con ella. No tenía ni idea hasta que vi el anillo —trató de excusarse. 132
—Eso no tiene sentido. Mencioné que vivía con la señora Green en más de una ocasión, ¿no sospechaste nada entonces? —preguntó Annabel, algo irritada por su lamentable excusa. —Era muy joven cuando me fui de casa, solo la conocía por su nombre de casada, Elizabeth Clark. No sabía cuál era su apellido de soltera, por eso no la reconocí. —Pero Charles sí lo sabía, ¿acaso nunca hablásteis de esto? —Es todo más complicado de lo que parece. Fui yo el que le pedí a Charles que averiguase dónde vive, para así poder encargarse de llevarle dinero todos los meses. Yo no era capaz de hacerlo, por lo que le pedí que no me diese ningún tipo de información sobre ella. Me hacía sentir terriblemente mal conmigo mismo. —¡Eres un egoísta! —exclamó Annabel cerrando el libro y dejándolo sobre la mesa—. Has dejado a tu madre sufriendo durante años solo por no sentirte mal por tus propias acciones, es lamentable. —Lo sé. Lo siento —contestó afligido. —No es conmigo con quien debes disculparte, sino con ella —contestó Annabel sintiendo también la pesadez de la tristeza—. Te ha estado esperando durante tanto tiempo… Y lo sigue haciendo —continuó mirándole directamente a los ojos—. Quiere que vuelvas a casa. Ethan, que por un momento pareció dispuesto a hablar, volvió esconderse en su propia mente, viendo los árboles pasar según iban avanzando. No dijo nada durante varios minutos, tan solo entrecerraba los ojos cada vez que un nuevo pensamiento parecía pasar por su cabeza. Annabel tampoco quiso interrumpirle, fuese lo que fuese en lo que estaba pensando, no estaba dispuesto a compartirlo con ella. —Dime Annabel —le dijo de pronto—. Si decidiese volver, ¿estarías allí conmigo? La sorpresa de Annabel se vio interrumpida por la repentina presencia de un niño desconocido que abrió la puerta, entrando agitado y bastante confuso. Llevaba el cabello despeinado, y los botones de la camisa mal abrochados, con un agujero suelto en el cuello. —¡Mamá! ¡No encuentro el baño! —En cuanto sus ojos se dieron cuenta de que las personas delante de él no eran su familia, su cara enrojeció hasta las orejas, haciéndole pedir disculpas para salir corriendo de allí. 133
Ambos se miraron. Annabel rió, Ethan no pudo disimular una sonrisa ante lo inesperada que había sido la situación. Fue como una brisa inocente que logró quitarle algo de seriedad a la conversación. Viéndole en ese momento, Annabel sintió como si Ethan no fuese más que un niño perdido y asustado. Había hecho cosas mal, eso era cierto, pero también debía de admitir que era un hombre vulnerable. Había estado sufriendo cada una de sus acciones durante todos esos años. —Entonces, ¿irás a verla cuando volvamos a Londres? —Verás, una de las cosas que más miedo me han dado siempre, es que no quisiese saber nada de mí. Volver y que ella me rechazase. Charles la visitaba de vez en cuando porque mantenían cierta amistad por ser él su antiguo alumno, pero ella no sabía que nosotros dos nos conocíamos. Cuando le dejaba el sobre con dinero de mi parte, lo hacía de forma anónima. Puede sonar estúpido por mi parte, pero no quería que mi madre descubriese la manera de contactar conmigo. Pensaba que, si lo hacía, sería para despedirse de mí para siempre. —Oh, por favor… —dijo Annabel asombrada por su dramatismo. —No me mires así, lo digo en serio. Estaba totalmente aterrorizado. Yo… me siento como una mierda. —Annabel rió. —¿Eres consciente de que todo esto está solo en tu cabeza? Te quiere y te echa de menos, más de lo que te puedes imaginar. —¿Tú crees? —Lo sé. Eres lo único que le queda —contestó convencida, viendo a Ethan esconder el rostro entre las manos, para luego emitir un suspiro. Parecía agobiado, pero a la vez le era imposible esconder cierta felicidad—. Todo irá bien. —¿Vendrás conmigo? —volvió a pedirle con un brillo de esperanza en los ojos. —Oh, ve solo. No me necesitas. —Ethan, que no pareció satisfecho con esa respuesta, se levantó sin avisar para sentarse a su lado. —Annabel —dijo, tomándola de las manos y mirándola con una repentina seriedad—. Si no me acompañas, siento que me cagaré encima como el crío que acaba de entrar. Cualquier rastro de molestia o incomodidad se desvaneció en ese instante. Annabel rió dejando escapar una sonora carcajada, contagiando también a Ethan, y olvidando por completo las momentáneas dudas que había tenido sobre él. Le 134
recordó a aquella vez que hablaron en su casa, siendo completamente sinceros el uno con el otro, solo que esta vez era él quien necesitaba su apoyo. Y no se lo quería negar, pero tampoco podía aceptar que hiciese lo correcto solo por ella. —Está bien, te acompañaré, pero con una condición. —Ethan la miró con curiosidad, haciendo que por unos segundos se olvidase de lo que iba a decir—. Quiero que vayas a verla porque sabes que es lo correcto, y no porque yo te haya convencido. No quiero sentir que debo salvar a todos alrededor mía, y tampoco quiero que la señora Green piense que he traído a su hijo de vuelta a casa. No sería cierto…, y creo que ya piensa sobre mí mejor de lo que debería. Ethan, que la había estado escuchando con atención hasta el momento, entrelazó sus dedos con los de ella, en un gesto que a Annabel le pareció más íntimo y personal que todas las conversaciones que habían tenido durante la última semana. —Si te aprecia —dijo contemplando el anillo en su mano—, es porque hay una razón para ello. Y no era mi intención hacerte responsable de mis acciones, te lo prometo, pero me haces sentir menos solo. No sabía qué contestar. Tan solo podía sostenerle la mirada y rezar por que alguno dijese algo pronto, porque aquel silencio no estaba vacío. Estaba lleno de un significado que sus emociones no conseguían gestionar. Nadie antes le había tomado las manos con tanta necesidad, como si temiese que se fuese a escapar de un momento a otro. Tampoco había logrado descubrir tanto en unos ojos ajenos. Era como si Ethan le estuviese suplicando que lo aceptase. A él. Al hecho de que la necesitaba. Y por mucho que quisiese negarlo al principio, ella estaba deseando hacerlo. Lo que no sabía era si sería capaz de decírselo. La mayor parte del tiempo, Annabel vivía en su mente. No se dio cuenta de lo cerca que estaban hasta que sintió la frente de Ethan contra la suya. Creía que iba a ahogarse. A morir por la incapacidad de respirar ni decir nada. Sin embargo, si era en aquellas condiciones, tampoco le importaba tanto. La presión en el pecho era inaguantable, pero no podía hacer más que hundirse en esa sensación, de la que no podía, ni quería huir. Cerró los ojos. Ya no le veía de todas formas. —Quédate conmigo, aunque solo sea en esa ocasión —le pidió él en apenas un susurro. Al notar las cálidas palabras contra su rostro, Annabel se estremeció. Por alguna razón, sentía que su respuesta era capaz de cambiar todo el transcurso de los acontecimientos. 135
—Lo haré —consiguió decir, a pesar de las consecuencias que aquello podía tener. Ethan se separó unos centímetros de ella, lo suficiente como para poder verla. Estaba agradecido, no tenía que decirlo, pero también completamente perdido en sus facciones. Sonrió, y Annabel supo que, a pesar de todo lo que ocurriese a partir de entonces, recordaría aquel momento para siempre. No entendía cómo, ni por qué, pero algo había cambiado entre ellos. —Creo que iré a por otro café. —No lo veía, tampoco había escuchado la puerta abrirse, pero Annabel pudo reconocer enseguida la voz de Charles, situada a unos pasos detrás de Ethan. —No te vayas, pero si hubieses entrado al menos dos minutos más tarde, creo que Annabel te lo habría agradecido —comentó Ethan sin quitarle el ojo de encima. Ésta sintió su cara enrojecer. —Habla por ti —respondió separándose de él totalmente avergonzada, a la vez que tomaba su libro para ocultarse tras sus páginas. El joven rió, Charles no comentó nada, pero durante el resto del trayecto, la tensión del ambiente pareció disiparse por completo. El tío de Charles era un hombre algo mayor, fumador compulsivo, y adicto a la cerveza fría. Aquellas fueron las tres características con las que el pelirrojo lo describió, y aquellas fueron las tres únicas cosas que Annabel pudo ver en él al entrar en su casa. Desgraciadamente, era la única persona que conocían en la ciudad, pero por suerte, y gracias a la actitud totalmente indiferente y holgazana del hombre, iban a tener alojamiento gratis. Y un coche. Podrían haberse permitido perfectamente unas habitaciones en algún hotel, pero Ethan insistió en que allí estarían más seguros. Annabel no entendió del todo a qué se refería con eso, pero decidió no discutir. Estaba demasiado cansada, y lo único que quería era terminar con todo cuanto antes. —Entiendo que sea tu familia, pero esto huele a rancio —comentó Annabel, abriendo la ventana trasera del automóvil. —Bienvenida a Oxford —bromeó Ethan desde delante. —Tranquila, a mí tampoco me cae muy bien —confesó Charles—, pero si hay algo bueno en mi tío, es que no le importa ayudar. 136
carta de Robert. Se tranquilizó a sí misma pensando que, si su hermano estaba allí, no tenía nada que temer. Y era muy probable, tenía el presentimiento de que lo encontraría. Los jóvenes no tardaron mucho en cruzar la selva que rodeaba la vivienda. Nadie le había prestado atención a aquel pobre jardín durante meses, pero hubo algo que no tardó en llamar la atención de Annabel. Las marcas de las ruedas de un vehículo, las cuales, impresas profundamente en la hierba, parecían desaparecer detrás de la construcción. Tratando de hacer el menor ruido posible, las siguieron, hasta dar con un coche estacionado en la parte trasera de la casa. No había nada dentro, por lo que decidieron volver hacia la entrada. Anabel se preguntó cómo de sutiles deberían ser, barajando entre la posibilidad de llamar directamente o buscar una entrada alternativa. Sin embargo, todo resultó en una decisión intermedia. Ethan golpeó la puerta un par de veces, pero nadie respondió, obligándoles a buscar una ventana abierta por la que poder acceder. El corazón de Annabel latía fuertemente cuando pisó el oscuro interior de la casa. Al principio, sus ojos tardaron en acostumbrarse a la falta de luz, pero después de adaptarse, lo siguiente que sintió fue el extraño olor que flotaba en el aire. Era difícil de describir, se asemejaba a un mezcla entre el aroma a madera antigua, y acidez médica, con un toque de pesadez polvorienta. Para sorpresa de ambos, el amplio salón en el que aparecieron estaba completamente amueblado, con algunas superficies parcialmente limpias, lo cual indicaba que, a pesar del abandonado exterior, alguien vivía allí dentro. Annabel caminó al lado de un mullido sofá, observando los exquisitos jarrones y figuras de porcelana que decoraban tanto los muebles como las esquinas de la habitación. Sin duda alguna, el dueño carecía de problemas económicos, cosa que explicaría cómo era capaz de adquirir la mercancía de Roger Payne. Pero a pesar de que todo parecía tener sentido, había cosas que Annabel no sabía cómo conectar. Entre ellas, la relación del señor Payne y Ethan. La casa estaba compuesta por tres plantas, todas demasiado extensas como para explorar cada uno de sus rincones. En cuanto salieron de la sala, los ojos de la joven se encontraron con una amplia y larga escalera que subía hacia arriba. La cima parecía estar tragada por la oscuridad, pero el engañoso silencio le servía para convencerse de que no había nadie cerca de ellos. 143
—Dime que tú también lo has notado —susurró Ethan a su lado mientras subían los peldaños. —¿El qué? —La poca luz que hay aquí. Todo está tapado con cortinas, apenas entran unos pocos rayos. —Tal vez es para que no se vea nada desde fuera. Si el doctor WIlliams vive aquí, parece que quiere ocultarlo. Además, ¿por qué quiere una casa tan grande para él solo? —Ethan se encogió de hombros. Ambos se detuvieron al llegar a la siguiente planta, encontrándose ante un largo pasillo en forma de “u”, que se extendía tanto a su derecha como a su izquierda. Había varias puertas en fila, todas cerradas, y que parecían no haber sido abiertas en mucho tiempo. Al menos esa era la sensación que le daba a Annabel. Todo en ese sitio parecía muerto, apagado… La ausencia de corrientes hacía que el aire se sintiese cada vez más pesado y nauseabundo. La joven quiso sugerir una dirección en la que ir, pero de pronto, antes de que pudiese siquiera hablar, unos golpes la interrumpieron. No era un sonido fuerte y estridente, más bien lo contrario. Eran golpecitos sobre el suelo de madera, con un intervalo de un segundo entre ellos, que provenían de alguna parte de la planta superior. Annabel sintió que se le erizaba el vello de la nuca. Silencio. De repente, el sonido cesó. —¿Qué ha sido eso? —preguntó en un hilo de voz. Ethan la tomó del brazo para acercarla. —Solo hay una forma de descubrirlo. —Ella miró las escaleras con preocupación—. No tienes que hacer esto si no quieres. —Sí quiero —se giró hacia él—. Sí quiero —repitió lentamente, al ver que dudaba de ella. El golpeteo volvió a sonar suavemente a mitad de su ascenso. Un escalofrío recorrió la espalda de la joven, pero observando y escuchando el ambiente, no podía haber más de una sola persona allí. Serían dos contra uno, no tenía nada de lo que preocuparse. Trató de autoconvencerse de la ausencia de peligro hasta llegar a la parte superior, que constaba de un pasillo casi idéntico, y varias puertas a lo largo de éste. La única diferencia, y que no tardó en captar la atención de ambos, fue una luz a su izquierda, posible origen de los golpes que volvieron a callar. Annabel caminó como si sus pies fuesen de aire. Se habría sorprendido a sí misma por ser capaz de andar con tal sigilo, de no ser por la inquietud que invadía cada 144
centímetro de su cuerpo. No podía pensar. Tan solo era capaz de caminar detrás de Ethan y de seguir respirando sin ser consciente de ello, cada vez más cerca de la puerta entreabierta por la que se colaba esa luz. No fue hasta estar a unos centímetros de distancia, cuando notaron un peculiar olor a cera. Ambos se miraron, era en ese momento o nunca. Rara vez Annabel se había parado a pensar en su propia muerte. No fue realmente consciente de ella hasta que murió el que había sido su marido, aquel al que nunca quiso, pero que consideraba su mejor amigo. Sus familias lo veían como a un héroe fallecido en la guerra, pero ella jamás olvidó la realidad. Era un suicidio. Una muerte intencional. Cada día, durante el último mes antes de marcharse, aquel hombre deseaba desaparecer. No tenía nada por lo que vivir, ni siquiera por ella, pero era algo que no le podía exigir. Tal vez eso era lo que Annabel había estado esperando, a escondidas, todo ese tiempo. Que alguien, por voluntad propia, la considerase una razón para seguir viviendo. En cuanto Annabel se dio cuenta de qué era lo que estaba viendo, no tardó en buscar a Ethan con la mirada, encontrándose con su misma conmoción. Filas, mesas enteras dispuestas a lo largo de la habitación, cubiertas por instantes congelados de una muerte que trataba de permanecer con vida. Decenas de criaturas, desde insectos hasta aves y mamíferos, observaban a la nada con sus miradas vacías. Sus cuerpos, perfectamente conservados, parecían estar a un parpadeo de recobrar la vida, pero existía algo totalmente terrorífico en aquella visión: si pudiesen hablar, todos nombrarían al mismo padre, cuyos pasos desequilibrados se escuchaban al fondo. Tras echar una rápida mirada a su alrededor, ambos se ocultaron detrás de un armario. Otra cosa peculiar, aparte de la extravagante exposición, era la exagerada cantidad de candelabros que iluminaban el lugar. Las largas cortinas volvían a estar completamente cerradas, las acristaladas lámparas de araña que colgaban del techo parecían servir tan solo de decoración. Aquella tenue luz producía un efecto un tanto fantasmagórico, que no ayudaba en absoluto a tranquilizar los nervios de Annabel. Trató de asomarse, pero no vio más que la silueta delgada de un hombre, que danzaba de un lado a otro por el suelo. Su cuerpo quedaba oculto tras una estantería que había en la mitad trasera de la habitación, pero si no podían verle, él a ellos tampoco. Sin avisar, y ocultando una 145
mano en el interior de la chaqueta, Ethan abandonó su escondite y se dirigió sigilosamente hacia él. Todo ocurrió tan rápido que Annabel no tuvo tiempo para reaccionar. El joven se movió entre los muebles con la agilidad de un felino, desapareciendo detrás de la estantería que tapaba al dueño de la sombra. En cuanto ella lo alcanzó, solo fue capaz de aguantar la respiración, a la vez que oía algo metálico caer al suelo. —Buenas tardes, señor —dijo Ethan con un tono de voz bastante tranquilo. Se había acercado al hombre por detrás, sin que sospechase nada, y tan solo necesitó de su pistola para tener al individuo inmovilizado. La sujetó firmemente contra su cuello, obligándolo a girarse lentamente con las manos en alto. En cuanto Annabel reconoció su rostro, desfigurado por la sorpresa, no supo si acercarse aliviada hacia él o quedarse horrorizada en su sitio. Una ola de emociones sacudió su cuerpo, al observar lo que quedaba de lo que un día había sido su hermano. Delgado y pálido, manos temblorosas, ojeras oscuras y caídas como un velo que había decidido ocultar el resplandor de la juventud. Los ojos de Robert, detrás de esas gafas que solía llevar siempre, parecían dos cuencas que habían dejado escapar su alma. Por un instante, Annabel sintió que no la reconocería. El labio de Robert tembló, y en cuanto pronunció su nombre, algo dentro de ella se rompió. Era su misma voz, aquella que siempre le había acompañado en momentos difíciles, en un cuerpo que le costaba considerar familiar. Se dice que alguien no muere mientras no sea olvidado pero, ¿realmente es cierto? Annabel se llevó una mano a la boca, tratando de retener un sollozo. —Robert… ¿Qué te ha pasado? —Ethan, que hasta ese momento no se había percatado de a quién tenía bajo punta de pistola, se apartó lentamente. —Primero dime qué haces aquí, y tú también —dijo dirigiéndose a Ethan. —¿Qué hago aquí? He estado buscándote, durante meses —contestó su hermana sin saber cómo tomarse aquella pregunta. —Oh, Annabel… —Robert avanzó unos pasos en su dirección para darle un abrazo. Ella lo aceptó con necesidad, pero sin pasar por alto la aparente falta de emoción de Robert—. Siempre has sido así. —¿Así? Creía que te había ocurrido algo —A pesar de que quería contenerlas, las lágrimas cayeron por sus mejillas. Estaba feliz de verle, pero por alguna razón la inquietud no la abandonaba, más bien todo lo contrario. 146
—A eso me refiero. Deja de sacrificar tu tranquilidad por los demás. Estoy bien. —¿Bien? ¿Te has visto? —preguntó Annabel separándose de él, algo herida por aquel comentario. —Sí, creía que habías leído las últimas cartas que te mandé —contestó él con desconcierto. —Lo hice, pero solo consiguieron preocuparme más —dijo tratando de encontrar algo de empatía en las facciones de su hermano. Robert suspiró, girándose de nuevo hacia la larga mesa en la que había estado trabajando antes de que ellos llegasen. Había varios utensilios de hierro sobre ella, pequeños cuchillos y pinzas que estaba limpiando con un paño, y lo que parecía ser alcohol, dentro de varios bidones de plástico justo debajo del mueble. Antes de volver a hablar, se agachó para levantar unas pequeñas tijeras que había dejado caer al suelo. Annabel siguió sus movimientos, percatándose de un detalle que había pasado por alto al principio. —Algo que os define a los dos, es que pensáis que tenéis vuestras ideas muy claras. Creo que ambos llegasteis a la conclusión que estaba en peligro, o que teníais que buscarme, pero lo cierto es que no he estado mejor. Me he entretenido trabajando, haciendo avances que creeréis absurdos si os los cuento. Me fui por mi propia voluntad, por mucho que os cueste creerlo. —No pensé que fueses semejante trozo de mierda. —Annabel miró rápidamente a Ethan al oírle pronunciar esas palabras. Estaba serio, con el ceño fruncido y la mandíbula tensa, esperando a que Robert hiciese contacto visual. No veía bien que hablase así de su hermano, pero en el fondo sabía que tenía razón. Estaba siendo extrañamente desagradecido. —Sabes que eres el menos indicado para decir eso —contestó Robert sin darle mucha importancia. —No tienes ni idea de todo el esfuerzo que hemos puesto en encontrarte, ni de lo mal que lo ha pasado tu hermana en todo este tiempo. —Tienes razón, lo siento —se disculpó él, aunque por la manera de decirlo, Annabel no estaba muy segura de su arrepentimiento—. Pero también debéis admitir que todo esto ha sido algo… exagerado. 147
—Robert, la única razón por la que estamos aquí es porque nos preocupamos por ti. Lo mínimo que podrías hacer es aclarar lo que ha ocurrido —le pidió su hermana, secándose los rastros húmedos en sus mejillas. —Bueno, ¿y qué querés saber? —Empieza explicando qué ha pasado con tu pierna —le dijo Ethan con un tono bastante frío y firme. —Oh, es cierto. Mi pierna —Robert dio un par de golpes en el suelo con su prótesis de madera—. Estaba cansado del dolor, era algo que comenzó a empeorar y a perseguirme todos los días, por lo que el maestro me la cortó por la rodilla. Al principio pensamos en sustituirla por una de hierro, pero pesaba demasiado y me cansaba, por lo que nos inclinamos por esta opción. —Oh, Robert, ¿no había ninguna otra solución?—se lamentó Annabel. Éste negó con la cabeza—. ¿Y quién es ese maestro? —Esa es una buena pregunta —respondió con cierto orgullo, comenzando a caminar alrededor de los animales, que seguían observándolos con la indiferencia de un cadáver. Annabel y Ethan le siguieron de cerca—. El maestro, el doctor… Stephen Williams es un hombre excepcional. Él me enseñó a perfeccionar la técnica para crear todo lo que veis aquí. Es un tipo de arte que no es ni accesible para todos, ni tampoco apreciado, pero él sabía mejor que nadie cómo desentrañar los secretos de la vida. Si habéis llegado hasta aquí, supongo que sabéis algo sobre él, ¿verdad? —Encontramos en tu despacho la hoja de periódico con su dirección. —Pero no era ésta —Robert le sonrió a Ethan, cosa que a Annabel no le gustó por el extraño brillo que tomaron sus ojos—. Bueno, eso es lo de menos. El maestro y yo descubrimos nuestro parecido por pura casualidad. Fui a verle por primera vez empujado por curiosidad, por querer hablar con alguien de oficio semejante sobre cuestiones médicas que ahora no vienen a cuento. Resulta que, para nuestra sorpresa, ambos teníamos intereses en común, ¿podéis creerlo? —¿La necrofilia? —preguntó Ethan observando el la figura de un gato anaranjado. Robert rió, como si no entendiese el subtono de sus palabras. —Queríamos descubrir la verdad sobre la vida, encontrarle una explicación, un sentido, descifrar sus misterios —continuó con una creciente emoción—. Pero para descubrir los secretos del alma, primero tenía que conocer los secretos del 148
cuerpo. Por eso comencé desde lo más pequeño —dijo señalando algunos insectos—, hasta algunos algo más grandes. Annabel miró los ejemplares. Por mucho que tratase de comprender los intereses de su hermano, aquello era algo que se le escapaba. ¿Quién en su sano juicio se dedicaría a hacer algo así por puro entretenimiento? Dudaba que pudiese aprender algo sobre la vida de aquella experiencia, pues solo con imaginarse el proceso se sentía enferma. —¿Y de dónde los sacaste? Hay tantos… —se animó a preguntar, aún sabiendo que posiblemente no le iba a gustar la respuesta. —Algunos me los trajo el maestro, otros los recogí de la calle. Si no lo hubiese hecho, los pobres morirían en algún callejón frío y desolado. Se podría decir que intento darles otra vida. La joven se agachó frente al pequeño cuerpecito de un gorrión. Sus ojos habían sido sustituidos por dos gotas de cristal negro, totalmente frías e inertes. No podía sino sentir pena por ellos, jamás podrían descansar, eternamente expuestos para aquellos que sí estaban vivos. Era una experiencia deprimente y silenciosa, que trataba de explorar la barrera entre la vida y la muerte, pero, en su opinión, sin éxito. Tan solo le recordaba a los vivos que algún día desaparecerían, dejando a sus espaldas nada más que un saco de huesos. —Por casualidad no los habrás llegado a dibujar, ¿verdad? —Su hermano sonrió, como si la respuesta fuese sumamente obvia. —Claro que sí. Los dibujé, los estudié, analicé el instante en el que la vida parecía abandonar el plano terrenal… ¿Sabes a qué conclusión llegué? ¡Estamos todos conectados! Da igual si se trata de un ratón, un gorrión o un gato. Todos sabemos el instante en el que vamos a morir, y por alguna razón éste transmite paz. La vida no puede aparecer de la nada. Tiene que venir de alguna parte, ¿y si es ahí a dónde se va el alma? ¿Nuestra consciencia? Hay estudios que hablan sobre la existencia de vida antes y después de la muerte… —Espera —le interrumpió Ethan, deteniéndose a su lado—. ¿Quieres decir que esto es lo que has estado haciendo todo este tiempo? Estábamos preocupados por ti mientras tú jugabas a las marionetas con tu maestro —continuó pronunciando esa última palabra con algo de ironía—, ¿es eso lo que estás diciendo? Robert, que hasta el momento se había mantenido sereno, se giró lentamente hacia Ethan, esta vez con una expresión ligeramente arrogante. Metió 149
las manos en los bolsillos del pantalón y miró a su alrededor, como buscando algo invisible en el aire. —Eso, querido amigo, es una errónea interpretación tuya. Si me hubieses ayudado desde el principio, tal y como te pedí, tal vez no me habría ido. Pero tuve que buscar otros medios, y el doctor Williams, a diferencia de ti, supo hacerlo. —No te atrevas a hablar otra vez de aquello. Sabes perfectamente que no te ayudé por tu propio bien. Todo esto —dijo señalando a su alrededor—, no está bien. —Nunca entendiste nada de lo que te dije, ¿verdad? —Esperad —los detuvo Annabel—. ¿De qué estáis hablando? ¿Te pidió ayuda? —dijo mirando a Ethan, tratando de entender qué ocurría. —Lo hice —se apresuró a contestar Robert—. Quería que me apoyase en mi investigación, pero se negó a hacerlo. —Me pediste dinero, y ser tu conejillo de indias —respondió Ethan entre dientes. Robert, que siempre había sido una persona sensata, arrugó la frente en desacuerdo. Las cosas que comenzó a relatar parecían tener sentido solo en su cabeza, mientras caminaba en círculos gesticulando exageradamente. Admitía haber recurrido a Ethan en busca de apoyo económico, para un proyecto del que al principio se negó a desvelar nada, sintiéndose traicionado y objeto de burla de alguien al que había considerado un amigo. Culpaba a Ethan de ocultarle la verdad sobre la vida, y de negarse a ayudarle por no querer compartirla con él. A su minusvalía, por no haberle permitido ir a la guerra, y así poder comprender el sentido de la existencia. Robert parecía culpar a todo y a todos a su alrededor por haber tomado las decisiones que lo habían llevado a aquella situación, pero tampoco mostraba arrepentimiento alguno. Annabel lo escuchaba, estupefacta, sin saber qué decir. El razonamiento de su hermano parecía tan absurdo, que poco a poco sus palabras pasaron a ser un cúmulo de ideas sueltas y sin sentido. —Así que no me culpes por haberme marchado sin avisar, al menos lo hice por una buena causa, y sin mentir en ningún momento. Porque no soy un mentiroso, pero no diría lo mismo de ti —pronunció señalando a Ethan con el dedo. —Robert, cálmate, por favor —le pidió Annabel, tratando de detenerle—. Tan solo vinimos tratando de asegurarnos de que estabas bien, no tienes que convertir la situación en esto. 150
—Estaba bien, hasta el momento en que él apareció. No intentes defenderle, Annabel. Si le conocieses como le conozco yo, sabrías que no es una persona de fiar. De pronto, un recuerdo que creía olvidado volvió bruscamente a la mente de la joven. Aquella vez en el pub, la segunda vez que vio a Ethan. Él mismo había mencionado que Robert lo acusaba de mentir, pero ¿por qué? ¿Realmente su hermano había perdido tanto la cabeza? ¿Tan convencido estaba de que Ethan le escondía algún tipo de conocimiento que él no tenía? —Lo que dices no tiene ningún sentido. Estoy segura de que si Ethan tuviese algo que compartir contigo, lo habría hecho. La guerra tiene más secretos para aquellos que la han vivido, que para los que la hemos visto desde fuera. Conoces mejor que nadie los efectos que ésta tiene sobre las personas. —Pero Annabel —dijo tomándola de los hombros, haciendo que se estremeciese—, si tan solo supieses la manera en que su visión del mundo cambió al volver del campo de batalla, si hubieses estado ahí, entenderías que algo sobrehumano debió de pasar allí, como para hacerle cambiar de aquella manera. Habría acabado con su propia vida, pero la guerra le salvó. —Robert, es suficiente. Siento mucho si te he decepcionado como amigo, pero ayudarte no es algo que estuviese en mis manos. Recurrí a ti porque necesitaba atención médica, pero jamás pensé que nuestra relación fuese a convertirse en esto. ¿Qué tratas de conseguir? —¿Qué trato de conseguir? —repitió él, tratando de contenerse mientras dejaba ir a Annabel—. Quiero encontrar la razón por la que estamos vivos. Quiero saber qué hay después de la muerte… Y todo por mi hermana —la miró—. No quiero que vuelvas a sufrir por perder a alguien. Después de ver lo que te ocurrió hace unos años, me prometí que encontraría la verdad. Siempre me he preocupado por ti, pero verte aquí me ha tomado por sorpresa. En ese instante, una figura desconocida accedió lentamente a la habitación. Una figura alta, oscura, de ojos relucientes y caminar elegante, que se detuvo apenas cruzó la puerta. En cuanto Robert vio al hombre, que aparentaba unos sesenta años, exclamó llamándolo por el apodo de maestro. Aquel debía de ser el doctor Williams, el mismo cuya pista habían seguido, pero en cuanto Annabel se fijó en Ethan, se dio cuenta de que algo no iba bien. Su rostro había perdido completamente el color, como si la misma vida lo hubiese abandonado, y sus ojos, 151
que siempre se habían caracterizado por su reconfortante tranquilidad, ahora parecían estar totalmente aterrados. Sin embargo, cuando ella lo llamó por su nombre, Ethan, con una voz cargada de arrepentimiento y amargura, tan solo pudo verbalizar dos palabras. —Lo siento. 152