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Andalucía a examen de conciencia

Duque Gimeno, Aquilino

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ANDALUCIA A EXAMEN DE CONCIENCIA* Por AQUILINO DUQUE GIMENo Excelentísimos señores académicos: El siglo XVIII siempre ha ejercido sobre mí una imponente fascinación. Las óperas de Mozart y las bóvedas del Tiépolo, los viajes a Otaití y lo s carnavales de Venecia, ·1os reales sitios y los teatros de bolsillo, las pelucas y los descotes, la Enciclopedia y la Ilustración, el café y el rapé... Pero aparte de estos refinamientos, propios de un sentido aristocrático de la vida, de un sentimiento estético de la existencia, me ha atraído una cierta propensión al orden y a la limpieza, a la luz y a la brillantez, a la claridad de pensamiento y la elegancia de expresión, es de cir, a todo lo que el siglo xrx empezó a mirar con recelo y el siglo xx ha acabado por arrumbar. Por todo eso, el honor de que soy objeto, sobre la satisfacción que me proporciona, hace realidad, y de modo inesperado, un sueño de anticipación, un sueño mío de toda la vida, al darme acceso al túnel del tiempo por un pórtico neoclásico. Yo he logrado ingresar en el Siglo de las Luces por una de sus más típicas instituciones, una Real Academia, en este caso la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla. Las Academias son instituciones dieciochescas como los Ateneos son instituciones decimonónicas; a los Ateneos se iba a conspirar y concertar lan ces de honor; a las Academias, a desempolvar pergaminos e intercambiar cortesías. Bien sé * Díscm·so de in gre so en la R<:al Academia Sevillana de Bu e nas Let ra s, pronu nciado el 8 de marzo dt 1981. 36 AQ UI LINO DUQUE GIM ENO qu e ho y en día en la s una s y en los otros se hacen muchas m ás cosas , pero para mí la más imp ortante hasta la fecha ha sido, al asistir como individuo electo a las sesiones de la A ca d em ia , la comunión, ciertos vi e rn es de mes, con ese siglo XVIII de mis ensueños y mi s añoranzas. Naturalmente una cosa me ha chocado y me choca, y es el anacronismo de nu est ras indumen t arias, anacronismo que sólo en los actos s olemnes y públicos tratamo s de paliar, y paliamos sólo a medias, pues el frac es más pre nda de Aten eo que de Aca - demia. Confieso, pues , que he se ntido fuertes tentaciones de comparecer en este acto c on casaca bordada, calzón corto, peluca e mpolvada y sombrero de t res picos. Si no lo he h ec ho, ha sido por no imp oner a mi s ilustres colegas un gra- ve caso de conciencia indumentaria y por no hac er creer al distinguido público que se le ha convocado, no para un acto académico, sino para una corrida de re j ones a la portu gues a. Tampo co lo he he c ho por consideración hacia mi ilu stre predecesor. Su sombra, en efecto, no se hubiera sentido demasiado cómoda en el sillón qu e ve ngo dispuesto a oc upa r, al ver desde su transparente inmo r talidad cómo el opaco inmortal llamado a pronunciar su elogio, comparecía sin la corbata de pajarita qu e todo frac lleva consigo. No se sentiría cómoda la sombra de don Jo sé Montoto y González de la Hoyuela , p or que de es te modo se le escamotearía el hom ena je que, impr eme dit a da y colec ti va me nt e, hoy le estam os tr ibutando . Todo s saben qu e la úni ca frivolidad de vestuario de don José Monto to cons is tía en una corbata de lazo o de pajarita, y ho y di ríase que todos nos he mos pu es- to de acuerdo pa ra lucir una pajarita en m emor ia de la qu e él lucía y en difer en ci a hacia su pe rsona. Como la redecilla de los toreros se fue transformando en coleta, la chalina de los ro má nticos evolucionó en pajarita, y en la qu e ll eva - ba Montoto esta ev olución er a bi en patente; era una pajarita a la que aún le quedab a mucho de c halina. Esa chalina estiliza da qu e era la pajarita de Montoto er a, por un lado, un jirón de bohemia finisecular, por otro, un gallar d ete de distinción en nuestra época despe c hu gada. Montoto, que nun- ANDALUCÍA, A EXA\!EN DE CONCIENCIA 37 ca arno ese gallardete en los vientos adversos de nuestro desaliño indumentario, debe de estar contento al comprobar que, hoy, sus antiguos y sus nuevos colegas, nos hemos pues- to de acuerdo en darle la razón. La pajarita de Montoto era, pues, todo un símbolo, pero era algo más; era -así lo quiso él -un género literario. Montoto inventó la pajarita de papel, como Gómez de la Serna inventó la greguería, y gracias a él tuvo el periodismo sevillano una dimensión cocotológica. Montoto fue cocotólogo como lo fue Unamuno, sino que, a diferencia de éste, no sólo hacía pajaritas, sino que además las escribía. ¿Y qué es la pajarita de papel? La pajarita de papel es, era, un comentario diario leve y ágil, una divagación con moraleja, algo en la línea ocurrente del Au jour le jour de Escarpit o del Controcorrente de Montanelli, pero no tan breve ni con el aguijón tan enherbolado. Un poco meditación a vuelapluma, un poco homilía a hurtacordel, si hubiera que buscarle un parentesco contemporáneo sería cosa más bien de hacerlo en aquellos Recuadros que por algún tiempo pubicaba en ABC el maestro Azorín. Montoto perseguía y conseguía dar la impresión al lector de que escribir aquella sección diaria le había costado el mismo esfuerzo qu e hacer una pajarita de papel. Hasta última hora fue fiel l'vlontoto a sus pajaritas de pa pel y a sus pajaritas de trapo. La última que recuerdo era una pajarita que volaba ya contra el viento dominan te, pues describía la realid ad que hay bajo la demagógica eX:presión ((de sol a sol», pormenorizando la distribución en esa legendaria jornada de las horas reales de trabajo y repo so. De es to sabía mucho don José Montoto, que no por estar sujeto a una mesa de redacción, dejó alguna vez de considerarse hombre del campo, hombr e de la tierra, de su ti e rra. Toda su vida física y profesional, con un breve paréntesis juvenil en Madrid, donde trabajó en El Debate, transcurrió en Andalucía -estu- dios jurídico s en Granada, periodismo en Cádiz y Sevilla- y al llegarle la hora de la verdad quiso que lo llevaran al pueblo donde nació, a Lora del Río, a pocas leguas del lugar donde una falla del terreno y dos ríos que confluyen señalan la frontera de dos Andalucías. 38 AQUILINO DUQUE GIMENO Puesto que hoy se dice mucho que no hay una España, s ino muchas Españas, cabe igualmente decir que no hay una Andalucía, sino varias Andalucías, y es to se ve muy bien en Lora del Río, lu g ar privilegiado para observar el paisaje andaluz y el alma andaluza. Por eso, al ven ir a ocupar en esta Academia el sillón que oc upaba un hijo ilustre de ese pueblo, no tenía más remedio que e nfrentarm e en mi disc urso con ese romp ecabezas que llamamo s Andalucía, pieza a su vez, y no la menor, de ese otro gran rompe cabezas que llamamos España. Hablar de pueblo andaluz es tan aproximado y aventurado co mo hablar de limpi eza de sangre. Como en España todos tenemos algo de judío, de moro y de cristiano, en pro - porción variable, en Andalucía todo s tene mos algo de vasco, de lomb a rdo, de valenci an o, de gallego, de extr emeño, de gascón o de portugués. Los primeros pobladores de qu e se tiene noticia hi stó ri ca, o protohitórica , en Andalucía, tampoco constituyen un solo pu eblo: todo el Sur de la Pe nínsula , de sd e el ca bo San Vicente ha s ta el cabo de Gata, está o cu pado por conios, tart esios, turd etanos, libio-fenicios, bast etanos y bástulos, pu eblos, tribu s qu e hablan distintas lenguas y tienen di stint os siste ma s de escritura. Entre el cabo San Vicen te y el Guadalquivir do min a la escri tu ra del Sudo es te, ll am ada tam - bi én tar te sia o bá stulo-turd eta na. En la parte ori e nt al, la escritura ibérica, en su variedad del Sud este. Esos pueblos lle garía n probabl em en te por el Me dit e rrán eo, que es por donde, a lo lar go de la historia , ll egan a Esp a ña los pue blo s p or t ado res de civilizaciones. La llamada «revolución neolítica» da sus primeros frutos en la pen ín s ula ibérica ha cia el año 5000 a. C. y es de sospechar, como dice Vicens Vives, que <(las primeras reformas neolíticas se transmitirían ... , a través del Me dit er rán eo e incluso de Europa (aquí, partiendo de la cuenca del Danubio )». A juz gar por los restos que han dejado num er o sas civilizaciones, Andalucía es desde los albores de la historia algo así com o la antesa la de E spa ña. Por ella e ntran la s culturas de Orie nt e y de e lla se pro yec tan al resto de la penín su la. Por ANDALUCÍA , A EXAMEN DE CONCIENCIA 39 Almería entra la agricultura neolítica y se irradia hacia An - dalu cía, Cataluña y Portug al y por Almería entran la metalur gia del co bre y la edad del bron ce. Tamb ién por Almería habría entrado la religión megalítica, si bien ahora esa entrada se sitúa más bien a partir del frente atlántico. El caso es que , venga del Med iterr áneo o del Atlántico, la cultura megalítica ha ce alcanzar al Sur de España su prim e ra edad de oro. Símbolo de esa época áurea ha venido siendo el vaso c ampaniforme, que en reali dad aparece con bastante anterioridad. En obra de mile nios , los or iu ndos del Danubio, qu e llegaron par a quedars e, reciben la visita de griegos y fenicios, qu e vienen a fundar colonias y factorías. Una de ellas es Cádiz, fundada por los fenicios de Tiro hétcia el 1100 a. C. pa ra com erc iar con Tartessos, la legendaria capital del leg endari o imp eri o fundado por los tirsenos o etru scos me nos de cien años atrás. Los tir se nos, qu e de Etruria habían pasado al Asi a Menor, han de emig rar a su vez a raíz de las conmociones que hacia 1200 a. C. se suceden en la Anatolia y el E geo: se hund e el Imperio hitita ; cae Tro ya; sucumbe la talasocracia cretense. Esta , que había alcanzado su apogeo ha cia 1600 a. C., tenía de lu e ngo comercio con el Medit errá neo occidental y es el vehículo que acerca Egi pto a Anda lu cía. S egú n Ortega y Gasset, de Creta nos viene la mantilla y el tr aje de volantes con que la s se ñoritas crete nses de la corte de Minos prese nciaban las cor ridas rituales, los cu ltos taurinos, cu ltos que, a jui c io de Sc hult e n, también nos ve ndrían de Creta. Otros navegant es qu e tr ae n Eg ipto a Andalucía son los fenicios; en el Museo Arq ue ológico de Se villa una estat uilla seden te de Astart é, con una leyenda votiva, procedente de una co munidad f en icia de Memphis, contemp la, hierática, el áureo despliegue del tesoro del Carambolo, y en el castillo de Mair ena del Alcor, viv ienda qu e fue del arqueólogo inglés Jorg e Bonsor , hay un bello escara bajo ne gro, hallado al dr agarse la ría de Huel va . Hay quien aduce, y no le faltan pruebas, qu e el culto del t oro es autóctono, del mismo modo que es a utó ctona la orfebrería b árbara de esas increíbles pr e- 40 AQUILINO DUQUE GIMENO seas que, junto con los candelabros o timateria de Lebrija, son, a juicio de Carriazo, las muestras más palpables de l arte de Tartessos. Algo debía de tener Andalucía para atraer de ese modo a pueblos de tan vario linaje. Ti ene un río, el Guadalquivir, con crecidas periódicas como las del Nilo, un trigo que crece espontáneo, toros y caba ll os en sus marismas y oro y plata en sus minas. Antes que los comerciantes llegan los héroes: Hércules viene a robar bueyes y naranjas; Menesteo, fugitivo de Troya como Eneas, funda el puerto de su nombre, hoy Puerto de Santa María; Platón, en el Timeo, describe su Atlántida a imagen y semejanza de la capital de Tart essos. Sobre Tartessos, sobre Tarsi s, se escribe en abundancia en la antigüedad y, orientado por esas fuentes, bíblicas unas, helénicas otras, emprende Schult en sus excavaciones en el Coto de Doñana en las que, por desgracia, no obtie - ne ninguna prueba convincente. Pasarían más de treinta años hasta que el azar sacara a la luz, en las proximidad es de Sevilla, un tesoro, el del Carambolo, que por exclusión dio en acoplar Carriazo a aquellas referencias literarias. El fabuloso imperio de Tartessos, del que como de un Eldorado hablaban los autores antiguos, ha podido cobrar así una fi - sonomía parcial y provisional, pues el he cho es que las joyas del Carambolo son, al menos de momento, una de las prue - bas por las que Tartessos venía clamando desde el fondo de los siglos. En el ápice de su poderío, el imperio de Tartessos tuvo un gran rey, Ar ganton io, y una rica industria minera. Para comerciar con Tartessos -ya se ha dich ofundaron Cádiz los fenicios, fundaron la ciudad de H érc ul es , la más antigua de Occidente, tan anti g ua que en .su fundación se funden y confunden la historia y la mitología. ¿Fundaron Cádiz los fenicios o la había fundado ya Hércul es y ellos se limitaron a levantarle en Sancti P et ri un templo de columnas susten - tadas por yunques? El Hér cules romano, el Herakl es griego, el Melkart fenicio, bien pudo h aber fundado una ciudad después de hendir el istmo y abrir el estreoho, de robarle los ANDALUCÍA, A E.XAMEN DE CONCIENCIA 41 toros al tricéfalo Gerión y las manzanas de oro a las Hespérides, y antes de plantar de olivos lo que los árabes llamarían el Aljarafe y los romanos la Huerta de Hércules. Puede decirse que la historia de Andalucía da comienzo cuando Per seo le corta a Medusa la cabeza. Cuando la muerte vidria aque llos ojos que sideraban héroes, de la cabeza cercenada erizada de sierpes surgen Pegaso, el caballo alado, y Crisaor, el caballero de la falcata de oro. De la unión de Crisaor con Callirhoe, hija del titán Océano, nace un ser con tres cuerpos o con tres cabezas, que es el primer rey tartesio de que queda memoria mitológica. Herakles se abre paso entres las puertas tartésicas -las columnas que reciben su nombre- y a bordo de una copa de oro solar cruza el tempestuoso río Tartessos, mata al rey Gerión, a su perro y a su mayoral, hiere a la propia Hera en un pecho y se lleva a Micenas los toros colora dos. El mito no es sólo el origen de la historia, sino que es también la historia contada de otro modo. El mito de Gerión, rey de Tartesos, revela cómo Andalucía, el pueblo andaluz, nace de la confluencia de elementos indoeuropeos con elementos mediterráneos. Gerión, con sus tres cuerpos, o con sus tres cabezas, no es un monstruo griego, sino celta, y su leyenda atestigua una presencia continental, indoeuropea, en el bajo Guadalquivir en el que, más bien que en Almería, ve Schulten el polo y el foco de culturas y colonizaciones. La arqueología corrobora el mito. El rey Norax, nieto de Gerión, coloniza Cerdeña, donde funda la ciudad de Nora, y el vaso campaniforme da fe de las relaciones de Tartessos, no sólo con Cerdeña, sino con Sicilia y con las costas mediterráneas y atlánticas del Africa. Est amos en el se gundo milenio a. C. y en Cerdeña reina Hyllus, hijo de Herakles; Micenas, lugar de destino de los toros robados por éste último, es la talasocracia dominante. La dinastía de Gerión coincide con la de Atreo y ambas con la Edad del Bronce. Otra legendaria dinastí a tartésica, ya posterior, es la de Gargoris, descubridor de la miel, y su hijo incestuoso Habi s, de los que desciende el grande Argantonio. Tartessos no es un imperio militar, 42 AQUILINO DUQUE GBfENO sino económico. La falcata de oro de Crisaor es la clave de su poderío, pues representa el oro de sus minas y, a semejanza de la segur de Démeter, el oro de sus mieses. Norax funda Nora en Cerdeña con el consentimiento de Hyllus y, con el consentimiento de Argantonio, fundan Cádiz los fenicios. Gerión, pese a su tru culenta fisonomía, es un rey paternal, un pacífico ganadero de toro s; Gargoris enseña a su pueblo a comer miel; Habis, marcado por su origen para la tragedia, abandonado en su niñez a las fieras, reproduce el mito de Edipo dulcificándolo: tambi én ha y in cesto, pero al comienzo -Edipo es marido de su madre, Habis hermano de la suya- y el desenlace es feliz, pues el hijo no mata al padre, sino que éste acaba por reconocerlo y hacerlo su heredero. Argantonio, por fin, es pacífico y hospit alario y d·e ello dan fe los historiador es griegos. El no hace la guerra, sino que se brinda a acoger en su t er ritorio a sus ami gos y clientes focenses, amenazados por los persas. Los focenses, que pr efieren c ombatir, costean sus fortifica cio nes con plata de Tartessos. De nada les sirve. Focea ca e y sus moradores emigran a Alalia, su colonia sarda. También de allí han de irse, esta vez a Velia, en el Sur de Italia. La batalla naval de Alalia, librada en 535 a.C., victoria pírrica sobre cartagineses y etruscos, señala el fin de la ta- I asocracia focense, y el trat ado de 509 a.C., entre Roma y Cartago veda a griegos y romanos la na veg ación por el Medite rráneo occidental. Los púnic os, como antes los fenicios, ocultan bajo leyendas tem erosas la realidad de las tierras que dominan y explotan. ¿Acabaron con Tart essos los car ta gineses del mi s mo modo que habían acabado con Mainake y conquistado Cádiz? ¿Trajo su ruina la ruina focense y la ruptura del equilibrio en el Egeo? ¿Se h un dió al divulgarse el hierro y no pod er hacerle frente con su estaño? Empo rio agrícola, minero y ganadero (los fósiles del Carambolo muestran que hubo algo más que toros en Tartessos), mal conocido por bi en ocultado, es el primer imperio autóctono de la penínsul a ibérica, impe rio que, al desaparecer, se fragmenta en tribus innumerables que perduran hasta la conquista romana . ANDALUC1A, A EXAJ\IE!li DE CONCIENCIA 43 De los primitivos andaluces sólo sabemos, pues, que no eran guerreros, sino mineros , ganaderos y agricultores; que su arquitectura es megalítica, y que la unidad política que representó Tartes sos no halla continuidad en las tribus turdet a na s, muchos de cuyos régulos llevan nombres celtas, ni más ni menos como el emperador Argantonio. De los turdetanos, graci as a Estrabón, sabemos algo más. Los tartesios son para nosotros súbditos de un imperio, personajes de un mito; los turdetanos son ya hombres históricos. Los tu rdetanos, junto con los túrdulos - si es que unos y otros no son los mismos - son los más cultos de los iberos; tienen gramática propia, escritos de antigua m em oria y leyes en verso «que ellos dicen de seis mil años». Andalucía -las tierras comprendidas e ntre el Mediterráneo y las cuencas del Betis y del Anaentra en los tiempos históricos con una fisonomía muy carac ter izada. Es rica en minería, ganadería y agricultura y terreno abonado por los mitos para que fructifique la historia. Alcanza la unidad políti ca con un Imp erio mercantil y pacífico, abierto a influencias marítimas y sujeto a infiltraciones continentales. Goza de una cultura superior con rasgos autóctonos y, al hundirse el Imperio, se fragmenta en tribu s. Esta fragmentación del Imperio de Tartessos en tribus turd et anas es uno de los par adig ma s de España, nación que continuamente se teje y se desteje. Otro de sus mitos debería ser la tela de P ené lope. La riqueza del suelo y la desunión de sus habitant es hacen de es ta tierra escenario de contiendas entre imperios. El Imp er io cartiginés, al que, según Schult e n, se debe la ruina de Tartessos, es el primero que aprovecha nuestra desunión tribal , si es que no la fom enta, para imponernos su hegemonía eco nómica y militar. He aquí otra constante de nuestra hi s tori a. El tribalismo tiene un precio, que es la indep en d encia. Hamílcar Barka ll ega con su ejército y enc ue ntra que los turd etanos se sirve n de pesebres y toneles de plata. La dominación cartaginesa, que comienza con él, es efímera: unos años a fines del sig lo III a.c., para ceder el paso a la dominación romana durante la segunda Guerra Púnica. so AQUILI!>:O DUQUE GIMENO donar al partido almorávide la plebe en la que se apoyaba, su imperio se vino abajo y, tras otro período de anarquía tribal, hicieron su aparición los almohades. En realidad, la única poesía árabe que queda es la poesía aristocrática y cortesana; la popular es un producto híbrido, original y encantador, en el que se mezclan elementos árabes y castellanos. 'El zéjel y la jarcha vienen a indicar que el habla del pueblo bajo no se caracterizaba por su pureza; en cuanto al pueblo alto, la artificiosidad de su poesía denota el esfuerzo de quien no se expresa en el lenguaje hablado. Bien es verdad que en la ciudad de Silves, por ejemplo, se hablaba el árabe con gran pureza y elegancia, o había quien lo hablaba así, pero lo más probable es que el árabe hubiera sustituido al latín como lengua culta. Como los almorávides se habían apoyado en la clase baja y en los fanáticos malikíes, los almohades se apoyan en la clase alta, más culta y menos fanática, y bajo su dominio conoce la arquitectura momentos de esplendor: aM está la Giralda. Los imperios andaluces que se apoyaban en el pueblo bajo edificaban sobre arenas movedizas. El pueblo andaluz era tornadizo en sus creencias y en sus lealtades. No había perdido valídez el diagnóstico cordobés de Julio César. Ni defendió este pueblo a Roma contra los bárbaros, ni a los visigodos con tra los árabes ni a los árabes contra los bereberes ni a los bereberes contra los castellanos y teniendo, como acabaría por ten er , sangre de todos e sos pu eblos, nunca asumió una histo ria que al fin y al cabo se hizo en su tierra y a sus expensas. El sistema del latifundio, que ya existía en ti emp os romanos, p er dura y se renueva con los visigodos y c on los árabes, y esto, que por un lado imprime a Andalucía, sobre todo a la occidental, ese sutil estilo aristocrático en el que estriba su personalidad, por otro infunde en la masa de siervos y colonos sin tierra un resentimiento de desposesión y desamparo que le hace abandonar sistemáticamente lo malo conocido por lo peor por conocer. La facilidad con qu e los campesinos cristianos se hacen elches o muladíes sólo tiene parangón con la facilidad con ANDALUCÍA, A EXA:\iEN DE CONCIENCIA 51 que los ca mp esinos muladíe s se hacen cristianos. Entre ei populac ho roman o, uno de los más cíni cos del Mediterráneo, ha qu e dado la expr esi ón «Francia o Spagna , purche si magna» (Francia o España, con tal de que se coma), y el pueblo andaluz, incluso bajo la dominaci ón ára be, tenía aún mucho de r omano. Po r fo rt una, en los momentos má s bajos de un p ue blo, siempre hay conductas ejemplares que redimen en cie rto modo la vileza colectiva. Un pu e blo no es c ulto y es noble porque sean cultos y nobles tod os lo s individuos que lo i ntegran, s ino porque lo son algunos en algún momento: del mi smo modo que bajo los árabes los mo zárabes conservab an su fe cris tiana, bajo los cristianos conservaron la suya los mudéjares mientras duró la Reconqui sta y, al t erminar ésta con la caí da de Granada , los moriscos mantuvieron su fe y sus costumbres ha s ta su expulsión en 1609. La media luna andaluza se proyectó sobre la Espaüa cristiana en unos térm inos en que, por ej em pl o, no lo hizo sobre Italia la med ia luna de Sicilia. Del mismo modo que Abderramán III había hecho venir de Bi zancio a Córdoba a nrtesa nos del mosaico, P edro I de Ca st illa hacía venir a Sevilla alar if es y ar t esanos de Granada. Hay qui en afirma -es- cue la del profesor Laderoqu e es en la Reconquista donde hay que bu scar el ac ta de nacimiento de la Andalucía actual, y si ello es así es po11que en esa época, a parti r del siglo XIII , es cua ndo alcanzan su máxima in tensidad los fenómenos de convivencia, transculturación, h ost ilidad e influencia mutua . Otro hecho impor tant e 1 ha y, y es qu e, según van los reinos de taifas caye ndo en mano s cristianas, la población musulmana se repliega a su último reducto, el reino de Granada, y los crist ianos repueblan y se re parten la s ti erras con qu istadas. En un com ienzo, la Reconquis ta s upu so una despoblación rura l, al tenerse que marchar los moro s, qu e vivían en sus alquerías, di se minadas por el campo, mientras qu e los cristian os, por ser inferiores en número, vivían ag rupados en núcleos urbanos. Luego, fue el campo recuperando su fisonomía habitual, según llegaban le on eses, castellanos, aragone - ses, catalanes, valencianos, navarros y portugueses. Los cas- 52 AQUILINO DUQUE GIMENO tellanos de la meseta llegaban a Andalucía, como dice Ximénez de Rada, «como a bodas reales», pero al verse en insegura tierra fronteriza, muchos vendían sus tierras y se volvían a su lugar de origen. Los grandes y las órdenes militares hubieron de encargarse de repoblar, hasta que las condiciones de seguridad volvieron a atraer a nuevos pobladores. Dato curioso es que en 1344, doña Leonor de Guzmán, amante del rey Alfonso XI y madre de los Trastamara, llevó a cabo en s us tierras de Medina Sidonia una especie de reforma agraria, en el sen tido de que redistribuyó las finc as de su señorío de un modo más equitativo y ade c uado a su rendimiento . Muchos de los grandes apellidos andaluces datan de los repartimientos c astellano -leoneses, que, en definitiva, no significan otra cosa que un cambio de manos de los latifundios. Lo dicho vale sobre todo para la Andalucía occidental, que se la reparten los conquistadores; la oriental en cambio han de compartirla con los conquistadores. El repetido incumplimiento por parte castellana de lo es - tipulado · en las capitulaciones de Granada incitó a los moriscos a la rebelión una y otra vez hasta que Felip e III cortó por lo sa no, expulsá nd olos en 1 609- 1610. Los mo riscos representan el típico probl ema de la s minorías que lu ch an por mant en er su identi d ad , se asi milan con reticencia a la mayoría de la población y conviven c on ella c on bastante dificultad. El pu eblo bajo les manif es taba animosidad po r las mismas c ualid ades por las qu e los gran des se ñor es en general los defe ndían: cons· tituían una mano de obra barata y ef icaz. Para lo s uno s era i.1 una concu r renc ia de sleal, para lo s otro s, un exce lent e factor de trabajo y producción . Con su marcha su frió la agricultura en Murcia, Valencia y Ara g ón , el arte de la se da en Gran ada, pu es repres e ntaban el cuatro por ciento de la pobla ci ón total y tal vez un mayor po rcen taj e de la población activa. Pe ro estos morisco s, que tantas dific ultades tuvieron en España por empeñarse en seguir siendo moro s y considerarse o ser consid e rados inferiore s a sus convecinos, en el Nort e de Africa volvían a vivir con dificultad por empeñarse en vivir como e spañoles y considerarse superiores a los indíg e- ANDALUCÍA, A EXMIEN DE CO:l<CIENCIA 53 nas, dándose el caso de que , siendo la religión uno de los motivos de su expulsión, algunos de ellos dieron en tien :i de moros cruento testimonio de su fe cristiana . Entre esta gente, al parecer tan difícil, hubo no pocos casos de asimilación. Domínguez Ortiz cita el caso del converso Franci-;co Hernández (antes Hamete de Obezy), a quien los Reyes Católicos nombraron en 1502 Ma est ro Mayor de los Alcázares y Atarazanas de Sevilla, y también en la Andalucía occidental estaba la familia Corbacho, que llegó a criar una raza especial de caballos, de gran alzada y excepcional an chu ra de cascos. Fuera porque muchos moriscos volvieron clandestiname!1- te, fuera porque la expulsión, que fue completa en las ciudades, no lo fue tanto en los realengos y n-ienos aún en los señoríos, a la Andalucía oriental le ha quedado un sello bereber que la diferencia notablemente de la Andalucía occidet'- tal, romana a poco que se remueva la tierra. En todo caso. el morisco andaluz debió de tener algo especia l, como el gitano anda lu z tiene algo que no tienen los demás gitanoc;, y eso especial que da la tierra acompañó a los expulsos, hizo volv er a los nostálgicos y se quedó siem pre co n la tierra misma . El secreto del regadío era la vega de G ranada o la huer - ta de Murcia; en cambio, en los campos de Níjar no ha entrado el agua bien hasta la segunda mi t ad del siglo xx. O tro encla- ve étnico y religioso que se mantuvo algún tiempo fue el judío, con altibajos de influencia política y sangrientas persecuciones hasta su expulsión por los Reyes Católicos. Y ta mp oco con la expulsión de los judíos acabaron en España la especulación y la usura . La conquista de América situó en Andalucía, y muy concretamente en Sevilla, el centro de gravedad de la vida española, y fue a través de Andalucía como España se proyectó sobre América. Esta Andalucía, por la qu e España enseña a América a hablar y a montar a ca ballo, forja su persona lldad y sus instituciones en los años que van de 1248 a 1492. Son esos años los de la recristianizaci ón de Andalucía y, sin embargo, el influjo jud ío y musulmán d eter min a el mod0 de entender la re ligión los anda luces. Erradicadas esas con- 54 AQUILINO DUQUE GB.!ENO fesiones en 1492 y en 1610, respectivamente, permanece en cambio su espíritu en las prácticas y los usos de la confesión dominante. No sólo la sensualidad de las manifestaciones t!';(- ternas , sino ciertos modelos de comportamiento tienen un mar cado sello sem ita. En efecto, la doctrina cristiana del perdón de la s d eudas y el olvido de lo!> agravios hizo muy p oca mella en el odio cainita y la venganza con usura , rasgos por desgracia de difícil erradicación. La fortuna del culto a la Virgen María, introducido por lo s castellano-leoneses y configurado en el siglo xvn con la «guerra m<:oriana», la contienda victoriosa de los jesuitas y otras órdenes sobre los dominicos en torno a la Inmaculada Concepción, pued e que deba mucho al culto a la virginidad del árabe y el judí o. La devoción mari ana del andaluz, a expensas muchas veces de la fe en Cri sto , o de la fe a secas, es la sublimación de un fuerte y antiguo instinto mediterráneo . El pueblo que había adorado a Astarté y a Diana tenía a la fuerza que adorar a María. La virgen madre del sol de los fenicios era ahora madre del que hizo el so l. Su fiesta seguiría siendo la misma: el 15 de agosto. Coni la Reco nquista la Cruz se impone sobre la Media Luna, la espada sobre el alfanje, la línea recta sobre la línea curva, la escuadra sobre el arabesco. Andalucía pa sa a ser Castilla la Novísima, como la llamaba García La rca. En el tomo III de El espectador dice Ortega y Gasset: « ... cabe una geometría sentimental para uso de leoneses y castellanos, una geometría de la meseta. En ella la vertical es el chopo, y la horizontal, el galgo. -¿Y la oblicua? En la cima tajada de un ot e ro, destacándose en el horizonte, es la oblicua nuestro eterno arador inclinándose sobre la gleba. -¿Y la curva? Con gesto de dignidad ofendida: -¡Caballero, en Castilla no hay curvas!» Esta «geometría de la mes e ta », que anticipa el racionalismo dieciochesco, irrumpe en la Andalucía oriental y tortu osa. Frente al laberinto de calles de Granada, trazan los Re yes Católicos el damero de Santa Fe. La cruz y la espada ANDALUCÍA, A EXAMEN DE COKCIE NC IA SS triunfan; la media luna se humilla a los pies de la Virgen y el alfange se disimula en navaja. Está escrito que la historia de Andalucía, como la histor ia de España, tenga que ser una pugna entre la espada cristiana y la faca morisca . El monopolio del comercio con las Indias a tr ae sobre Andalucía toda suerte de mercaderes, de aventureros, de pícaros... de toda la fauna que traen consigo los golpes de fortuna. El arma del pícaro es la navaja como el arma del hidalgo es la espada. La espada del hidalgo impone orden y unidad política; la navaja del pícaro reclama anar - quía y tribalismo. Pero, ¡cuidado!, no veamos la picaresca en el pueblo bajo tan sólo; en el ocaso de los Trastamara en Castilla, en el de los Austrias en España, ese espír itu curvo de la picaresca contamina a la nobleza decadente. «Viva quien vence», es el lema secreto de la nobleza andaluza en la guerra civil entre doña I sabel y la B eltraneja , y el populac ho andaluz se encoge de homb ros ante las guerras de Cataluña y de Portugal, diciendo más o menos: «Qué se le da a Sevilla - ser más de Portugal que de Castilla». Una nostalgia secreta de los reinos de taifas hace al duque de Medina Sidonia conspirar con su cuñado el duque de Braganza, y aprovechando la rebelión de éste y la de Cataluña, trata de proclamarse rey de Andalucía. Es la última bandería de la nobleza andaluza, de los linajes castellanos y leoneses implantados con la Rec onquista, que tanto habían luchado entre ellos y contra el rey, pero ta mbién en esos años el pueblo se levanta contra el mal gobierno, como pasó en Córdoba, en el motín del hambre , once años despu és de la con jura nobiliaria, donde salieron la s hoc es a relucir. La hoz, la falcata que fue de oro en manos del pacífico Crisaor, remataba ahora con la navaja los ademanes cívicos. Con la espada en una mano y el tiralíneas en la otra se enfrentan lo s prim eros Barbones a la España de la hoz y la navaja. Con el apoyo formidable de la Iglesia, esta España popular se defiende con saña de los gobernantes ilustrados. Un ilustrado investigador de nuestra historia económica, don Ramón Carande, ha dicho que al pueblo español hay dos cosas que no le gustan: que lo edu quen y que le hagan traba - 56 AQUILINO DUQUE GIMENO jar. Parte, al fin y al cabo, del pueblo español, el pueblo de Sanlúcar de Barrameda, al caer el ministro Godoy, arrasó el Ja r dín Botáni co que el ilu strado gobernante había donado a la ciudad. El patriotismo con el qu e ese pueblo expulsó de España a Jo sé Bonaparte, uno de los mejores re yes, sino el mejor, que eso no es difícil, de nu estra historia contemporánea, brilló por su ausencia cuando acogió al grito de ¡Vivan las caenas! a las tropas del duque de Angulema que, por cuenta del Congreso de Viena, venían a reponer el absolutismo de Fernando VII, rey en cuya plebeyez se reconocía la España de la hoz y la navaja mejor que en los ilustrados padres de la Constitución abolida. La t riste historia del siglo XIX: guerras carlistas, guerras coloniales, cantones, pronunciamientos y constituciones a granel, desembocó en la guerra civil, en que la espada triunfó sobre la hoz. Dicho todo esto, hay qu e decir que algo que se da espontáneamente en tod a Andalucía, aunque más en la Andalucía romana que en la b ereber , es una cierta aristocracia de estilo. La cultura popular andaluza es aristocrática porque, consciente o no de su historia y de su riqueza colectiva, el pu eblo andaluz aspira a unos ideales de vida que sólo est án al alcance de unos pocos. En su Biografía de Juan Belmonte, Chaves Nogales glosa esta copla al alimón con el torero biografiado: Qué suerte poder tener un cortijo con parrales, pan, aceite, carne y luz, y medio millón de rea le s. Y una mujer como ttí. Y dice el torero famoso: « Este es el ideal de vida de todo andaluz pobre y éste ha sido, naturalmente, mi propio ideal... Quise ser como los ricos de mi tierra, labrador y casinista, señorito en el campo y hombre de pu eblo en la ciudad.» Naturalmente, este ideal está condicionado por la tierra, por una tierra con poca agua cuyo sistema de explotación más rentable es el latifundio. Por muy grande que sea An- ANDALUCÍA, A EXAMEN DE CONCIENCIA 57 dalucía, no hay latifundios para todos los andaluces, y son precisamente los toreros de éxito los andaluces de pura cepa que indefectiblemente se convierten en latifundistas. Así, estos hijos del pueblo han llegado a codearse, en nuestro siglo, con los latifundistas que lo son porque han heredado sus latifundios y que no son meno s andaluces porque todos, o casi todos , llev en ape llidos va scos , cántabros, ingleses o catalanes. Muchas de es tas dina s tías arrancan del siglo xrx, cuando el ministro Medizábal sacó a pública subasta los biel1es de la Iglesia y de los municipios y c uando se otorgaro n concesiones a ingleses y franc eses para que explot aran nuestras minas, nos abasteciesen de agua y nos tendiesen vías férreas. La d esamo rtización con que la burguesía lib era l y centralista asestó un duro golpe a la Mitra y a las corporaciones locales, redundó, dicho sea de paso , en menguado beneficio del andaluz pobre, del español pobre , qu e era al fin y al cabo el beneficiario de la caridad eclesiástica y el usu a rio de los bi enes comunales. La desamortización, arbitrio fi sca l para subvenir a los gastos de la guerra cont ra el carlismo, con el qu e simpatizaban la Iglesia y los enemigos del centralismo liberal, no podía consistir en un repar - to de tierras entre campesinos pobres. El E stad o necesitaba dinero y sólo el nuevo rico , la nueva clase di spuesta a relevar a la aristocracia cansada, estaba en co ndiciones de dárselo. «Ni sirvas a qui en si rvió ni pidas a qui en pidió», dice el refrán, y pu ede qu e las injusticias y desigualdadas que ta n ta s des dichas habrían de acarrear al pueblo andaluz tu - vieran su or igen, una vez más, en la s umisión de los «andalu ces viejos » a esos nu evos amos advenedizos, a esta casta de «andaluces nuevos». He dicho una vez más, porque sin proponérmelo he descrito una constante histórica y quién sabe si enunciado una ley sociológica, ley que quedaría in - completa si se omit e el h ec ho de qu e al cabo de una o de dos generaciones la tierra funde a unos y otros andaluces en una raza común. Eso no quita de qu e la Andalucía agra - ria haya padecido ese mal social que es la lucha de clases. Pero la lucha de clases, esa forma larv ada de guerra civil, no ha te nido como móvil el principio de que la tierra ha 58 AQUILINO DUQ UE GIMENO de ser para el que la trabaje. El reparto de los latifundios ha sido siempre un pretexto, pocas veces un fin. El andaluz pobre quiere fincas, sí, pero enteras, fincas donde él sea el amo y trate a los jornaleros como los antiguos amos lo trataban a él. Yo diría que la estructura agraria del occidente andaluz gravita fatalmente hacia el latifundio y que la historia agraria de la Andalucía occidental consiste en una reconstitución pertinaz del latifundio. En líneas generales, el latifundio, que desde la época romana no tiene solución de continuidad, cambia de manos cuando cambia de manos Andalucía, pero hay casos, como es el de la Reconquista -y esto lo ha documentado muy bien el profesor sevillano González Jiménez- en los que hay que repoblar con cristianos las tierras que han despoblado los moros. Los nobles se quedan, por supuesto, con la parte del león, pero no basta con ellos; las nuevas tierras necesitan brazos que los trabajen y hay que atraer más gente. Pero los labriegos castellanos, portugueses, etc., no están dispuestos a venir como jornaleros, sino como propietarios, así que a los inmigrantes se les adjudican fincas de unas sesenta fanegas por término medio. Esta redistribución de la propiedad no es definitiva, y las fincas tienden más a agruparse que a fragmentarse , en unos términos a veces que pro vocan reformas como la aludi da de doña Leonor de Guzmán en su feudo de Medina Sicionia. En tiempos del ant er ior Fr en te Popular, tal vez por falta de tiempo para ha cer una reforma agraria en forma, las autoridade s recurrieron al expe diente de adjudicar a cada terrateni e nt e un número de «alojados», «alojados» cuya faena consistía en cobrar un jornal y que si llega ron a empuñaz la hoz, lo hicieron más en los pueblos qu e en los campos. A lo que voy es qu e la masa a ndalu za prefería, en aquellas vísperas de revolución, un jornal seguro que no los riesgos del c ultivo por cuenta propia de una propiedad común o de una parcela más o menos exigua. Con parcelas se conformarían poco después los que traían atavismos moriscos o mentalidad huertana, como los valencianos. Cuando Primo de Rivera primero, Queipo de Llano de sp ué s y el IRYDA por último, quisi ero n mejorar la su erte del jornale- ANDALUCÍA, A EXAi\iEN DE CONCIEKCJ A 59 ro andaluz introduciendo el cultivo del arroz en las marismas del Guadal-quivir, todas las parcelas irian a parar más tarde o más temprano a inmigrantes valencianos, gentes con más talante de cultiva dor directo que de propietario absentista. Un pueblo, como el valenciano, que aspira a la pequeña propiedad, tiene que tener y tiene unos modales democráticos; un pueblo, como en andaluz, que suspira por el latifundio, tiene que tener y tiene un estilo aristocrático . Nada tan aristocrático como el culto del ocio, esa utopía qu e a las masas industriales de hoy proponen sus presuntos redentores, y que en Andalucía es un hecho desde hace c uatro mil años. Es inevitable aquí seguir a Ortega, cuya Teor ía de Andalucía sólo tiene un defecto, cual es el de sólo mostrarnos la mitad lumino sa del plan eta andaluz, en la que pereza y holgazanería pueden llegar a configurar una cultura, es decir, una actitud coherente y eficaz ante la vida. Y es a cultura se guía por la ley del mínimo esfuerzo. Un po e ta sevillano, Luis Cernuda, comenta así, tá c itamente, el pensamiento de Ort ega: cc¿A qué esforzarse, pues? La naturaleza es tan rica allí que sus dones debían bastar generosamente a quienquiera. Ha sido necesaria la feroz civilización burguesa para que el hombr e del pueblo andaluz se viera d esposeído en un ambiente dond e todo respira, al contrario, abundancia y descuido. Poco bastaría allá para la dicha inconsciente. Sé de un árabe tan pobre que sólo poseía , como cosas superfluas, una guitarrilla, un ave enja ul ada y una maceta de albahaca. S entado por la mañana en una ro ca sobre el mar, tendía su aparejo de pesca que le procuraba el mínimo alimento cotidiano; y allí, entre el trinar del ave, el perfume de la albahaca y sus propios sueños, que acompañaba a veces con la guitarra, dejaba pasar los días, cuyo se mblante para él no era otro sino el mismo uniformemente feliz de su desint~rés sonriente». Esta economía de esfuerzo de un pueblo agrícola se completa con una economía de medios, y sólo así es posible entender el sentido del arte popular en que cobra forma esa cultura. El pueblo andaluz ha hecho maravillas de buen gusto cuando sólo