Del reconocimiento a la reescritura: Nueva York y la poesía española
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del reconocimiento a la reescritura: N11 F VA YOiïn
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del reconocimiento a la reescritura: isujv/Aïciaa Introducción En 1931, el escritor Jacinto Miquelarena afirmaba sobre la ciudad de Nueva York: "Hay ahora la racha de los libros sobre Norteamérica. Impresiones recogidas en el país de lo más del mundo, productor de audacia y de rascacielo; en el pueblo que está a punto de inundar la tierra (...)" (Miquelarena, 1931:73). Nos recuerda Soledad Porras que todo libro de viaje (a diferencia de la literatura de viaje) se remonta genéricamente a los periploi griegos, los itinerarii latinos o las guías de peregrinos medievales (cfr. Porras, 2003-4:203-218). Para los autores españoles de principios del siglo XX, la ciudad de Nueva York representó la ciudad futura, la modernidad con sus virtudes y sus miserias. La representación discursiva de dicha modernidad planteaba a los mismos autores la necesidad de construir un discurso nuevo desde la intertextualidad y la reescritura de los textos de viajes precedentes. En la poesía española, el paisaje urbano de Nueva York nació, por un lado, de la reescritura de unos topoi literarios precedentes; y, por otro, de la experiencia singular de cada autor-viajero (en sus diversas variables de itinerario, fecha del viaje, motivaciones del viaje, etc.) que asume una clara función didáctica y estética con la descripción de las marabilias y la interpretación de una realidad ajena a la España del siglo XX. Construida esta poesía a partir de heterogéneos intertextos, la ciudad de Nueva York contó desde principios del siglo XX con numerosos precedentes literarios. Por un lado, Juan Ramón Jiménez pudo conocer la literatura de viajes sobre la ciudad de Nueva York publicada por Eduardo Zamacois (1912), Eduardo Criado Requena (2004) o Ramón Pérez de Ayala (1959), entre otros. Unos años después, Federico García Lorca participó de la eclosión de la temática neoyorquina que vio cómo se multiplicaban las novelas (Oteyza y su Anticrpolis [1931], Torres Bodet y Proserpina rescatada [1931], Manhattan Transfer [1930] de John Dos Passos y Jacinto Miquelarena con la novela autobiográfica... Pero ellos no tienen bananas. El viaje a Nueva York [1930]), las crónicas periodísticas 0ulio Camba con Un año en el otro mundo [1917] y La ciudad automática [1932], Paul Morand y su Nueva York [1930], Araquistáin y El peligro yanqui [1919] y Moreno Villa y sus Pruebas de Nueva York [1927]), o el cine (como Metrópolis 125
[1926] de Fritz Lang y el documentai Manhatta [1920-21] de Strand y Sheeler). La écfrasis de la arquitectura de Nueva York advierte en los libros de viajes de Ramón Pérez de Ayala, Julio Camba, Eduardo Criado o Mariano Alarcón, entre otros, no tanto de la polifonía espacial descrita por Iuri M. Lotman (1978:281-282), como de cierto perspectivismo que descubre la ideología que subyace en los dis tintos discursos. Por ello, los personajes que pasean por sus calles y escriben de sus gentes pretenden persuadir al lector de las virtudes o defectos de los nortea mericanos. Del mismo modo, el espacio acaba por asumir una función sintáctica del texto que, de una manera u otra, proyecta en el sujeto poético cierto sentido metonimico. Dicha metonimia posee una función simbólica en la que se aprecia la valoración crítica del autor sobre la ciudad de Nueva York. Esta mirada descubre a un observador perspicaz y atento a todo su entorno, que describe la ciudad a través de la construcción de un espacio simbólico. A pesar de dichas advertencias, el discurso ecfrástico, donde la ciudad adquiere dimensión de paradigma de la modernidad, comparte la inquietud ante la visión de la "arquitectura extrahumana y [el] ritmo furioso" (García Lorca, 1997:164) de Nueva York. Esto subraya en un mismo discurso que tanto la cons trucción del cronotopo (como referente externo) como su sentido simbólico (o referente interno) se amalgaman en los textos poéticos neoyorquinos. En otras palabras, la descripción del paisaje urbano proyectó el talante del sujeto poético, convirtiendo las calles de Nueva York en un estado de ánimo. La deshumaniza ción de la ciudad queda muy lejos del mito de progreso y modernidad de la razón ilustrada. La civitas hominum se olvida del hombre y lo convierte en medio de producción, en número, en recursos materiales debidamente cuantificados. Nos lo recordaba Italo Calvino en Las ciudades invisibles (2012): el auténtico viaje no es el que permite descubrir las maravillas que los ojos perciben, sino aquel que res ponde las cuestiones que el poeta-viajero se hace a sí mismo. Una Historia poética de Nueva York en la España contemporánea Anotaba Marcelino Menéndez Pelayo, no sin razón en su Programa de Literatura Española, que NUEVA YORK 126 No es ya lícito convertir la historia de la literatura en un descarnado índice de autores y de libros, juzgados sólo en su parte externa y formal (...). No es acertado considerar al autor fuera de su época, pero aún es más dañoso anular su personali-
del reconocimiento a la reescritura: is u iv / A ïiia a dad y convertirle en eco, reflejo o espejo de una civilización. El juicio -sentimiento de lo bello- y la apreciación histórica deben caminar unidos (Menéndez, 1941:12). Este difícil equilibrio que proponía el polígrafo santanderino es el que ha conseguido Julio Neira en su reciente Historia poética de Nueva York en la España contemporánea (2013). La toma de postura del autor en estas páginas revela cómo ha sorteado las dificultades derivadas de la historia literaria actual y ha optado por revitalizar la investigación poética a través de la conciencia de los límites de una renovada historia de la literatura como había anunciado Lee Patterson: Primero, los críticos literarios se han dado cuenta de que la distinción entre formas objetivas y subjetivas de estudio cultural no se sostiene, que cada relación histórica se construye mediante prácticas tan interpretativas como las que caracterizan la crítica literaria. Y segundo, el término «literatura» se ha revelado como una catego ría más funcional que ontològica, que designa un tipo de escritura cuya diferencia con otras no reside en su naturaleza esencial sino en su función cultural (Patterson, 2005:57). Así, Julio Neira construye un discurso sobre los poetas que durante el siglo XX han escrito y viajado a Nueva York. Partiendo de una organización cronológica convencional, Julio Neira construye un inconfundible relato de la ciudad de Nueva York con una amplísima nómina de autores y poemas. La silueta de la ciudad, que sirve como marco, y la elección del subgénero de la lírica acotan las dimensiones de un trabajo, ya de por sí, extraordinariamente amplio: "En el presente estudio -señala Neirahe realizado un censo, si no definitivo sí lo más completo posible, de los textos poéticos que tratan de la ciudad de Nueva York, o de alguno de los aspectos relacionados con ella, escritos por poetas españoles" (Neira, 2013:22). De este modo, el fin último de estas páginas ha sido la confección de una nómina que permita una relectura longitudinal de la poesía sobre Nueva York a través de los autores españoles del siglo XX. Las páginas de Julio Neira discriminan obras y autores, no tanto por la presencia / ausencia de éstos, sino por la profundidad con la que son abordados, siguiendo un patrón ideológico que ayuda a configurar una interpretación de conjunto más o menos coherente. A través de la biografía literaria de Rubén Darío a Álvaro Salvador, pasan do por los irrenunciables Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, José Hierro o Dionisio Cañas, los textos y metatextos publicados en el siglo XX han elaborado 127
un discurso histórico a modo de red, cuyos nudos están conformados por los poemarios de autores que dialogaron entre sí y por numerosos libros de viajes, nove las y artículos periodísticos. La lectura de esta Historia poética de Nueva York en la España contemporánea ha permitido la construcción de un discurso ambicioso que, inspirado en un artículo de Juan Manuel Rozas (1981) y continuado por Dionisio Cañas (1994) y Darío Villanueva (2008), posibilita la elaboración de un relato sobre la literatura que tiene la ciudad de Nueva York como protagonista. Bajo los pará metros literarios de las calles y sus rascacielos, el discurso poético se transforma en una visión reflexiva sobre el diálogo conflictivo entre el entorno y la intimidad del sujeto poético, como aborda en el capítulo introductorio «La poesía urbana». El imaginario simbólico de la ciudad, convertido en cronotopo recurrente del dis curso literario en el siglo pasado, es reescrito más como una manera de escribir que como una forma de pensar, como advirtió Jacques Derrida sobre el discurso filosófico. En sus páginas, Julio Neira hilvana historia y literatura, biografía e interpretación de los textos, configurando un metatexto fundamental para enten der hoy una de las fuentes de inspiración más importantes del quehacer literario del siglo XX. La invitación a recorrer la cronología de la influencia de Nueva York a través de sus capítulos ("Constitución del topos: de Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez a Federico García Lorca", "Exilio en Nueva York", "La larga travesía de la dictadura", "La recuperación de la democracia" y "Tras el 11 de septiembre de 2001") es lo que, en otro contexto, llegó a afirmar Blasco Ibáñez: Un hombre de nuestra época, si es aficionado a los libros, sabe de antemano gracias a sus lecturas lo que va a ver cuándo emprende un viaje, y sólo necesita comprobar por medio de sus ojos, con una visión puramente individual, lo que tantas veces contempló imaginativamente en las hojas de los volúmenes impresos (1924:14). La poesía neoyorquina como libro de viaje Este aspecto del análisis de las isotopías, que recorre la literatura sobre la ciudad de Nueva York desde principios del siglo XX hasta nuestros días, debía ser com pletado no sólo desde las construcción de un relato histórico o metatexto, sino a través de la selección de textos que conformasen cierto canon de la poesía sobre la ciudad norteamericana. Con este fin, Julio Neira elaboró la antología titulada Geometría y angustia. Poetas españoles en Nueva York. Esta selección de textos elude el recorrido cronológico de las distintas composiciones y arma una colección de poe- NUEVA YORK 128
mas a partir de los diversos topoi sobre la ciudad, donde la reconstrucción del viaje en los poemas posee, a diferencia de la literatura de viaje, una tensión entre lo vivido y lo imaginado: El artista sólo necesita ver una parte de la verdad. El resto de la ver dad lo adivina por inducción, y las torres afiligranadas que levanta con su fantasía son casi siempre más fuertes y duraderas que los edifi cios de mazacote, escrupulosamente cimentados, que construye la grisá cea realidad. ¿Quién puede, además, marcar dónde terminan los límites de una exacta observación? (Ibáñez, 1924:14). Pero hablar de lírica en este libro es hablar de un género fronterizo donde la taxonomía clásica de los textos his tórico, crítico y literario no queda cla ramente delimitada. El trasvase de ele mentos discursivos entre los distintos textos es constante y hace que, en la actualidad, cuestionemos metodológica mente cualquier discurso con apariencia de poema (Patterson, 2005). Las pági nas de Geometría y angustia reconstruyen un viaje a Nueva York, como hicieran anteriormente Juan Ramón Jiménez o Federico García Lorca en su conferenciarecital "Un poeta en Nueva York" (1997). Su estructura temática ("La llegada", "Geografías", "La ciudad del cheque", "Culturas" y "Despedida") recorre todo 129
un siglo de reescritura sobre la ciudad de Nueva York, cuya lectura permite expe rimentar no sólo la fascinación particular de un escritor como viajero, sino el abis mo y el caos que habita en sus calles. El sentido de los primeros poemas de Juan Ramón Jiménez, José Moreno Villa o Federico García Lorca ha sido reelaborado por las sucesivas lecturas y reescrituras que han dado cohesión a un corpus textual donde el topos de Nueva York se ha convertido en un subgénero literario. El "Prólogo" que precede la selección de los poemas (titulado "Fabulosa como un Leviatán") anuncia al lector la desproporción extrahumana de la ciu dad y los cantos de sirena que seducen al viajero. Con esta dualidad, sus páginas advierten del conflicto que ha de experimentar todo extranjero al admirar su arquitectura, las calles y el ritmo furioso de sus habitantes. A diferencia de otros estudios precedentes, Julio Neira abre una nueva ventana relacionada con la poesía escrita en Nueva York a partir de los atentados del once de septiembre de 2001. A la luz de la extensa nómina de autores que recoge, el interés por la ciudad norteamericana no ha hecho más que crecer en la última década. En esta páginas, Julio Neira presenta al lector no iniciado la Historia poética de Nueva York en cua tro capítulos donde repasa, por un lado, la poesía desde principios del siglo XX hasta la muerte de Franco ("Nueva York en la poesía española"); y, por otro, la literatura posterior hasta la actualidad ("Una poesía nómada"), donde da cabida a una extensa nómina de autores jóvenes y no tan jóvenes que han escrito sobre la ciudad de los rascacielos. Las páginas de Geometría y angustia se componen de una organización temática, en la que "La llegada" muestra los distintos medios de transporte que permiten al viajero admirar la imponente arquitectura de la ciudad. Rubén Darío, Federico García Lorca, Luis Cernuda o Álvaro Salvador describen este primer encuentro, vistos por unos con horror y otros con entusiasmo. En otro sentido, el apartado "Geografías" manifiesta el interés de los escritores españoles por des cribir el entorno arquitectónico de Nueva York. Desde Juan Ramón Jiménez hasta José Ramón Ripoll, pasando por Moreno Villa, Hierro o Joan Margarit, los cuaren ta autores que completan la nómina de este apartado ejemplifican la imperiosa necesidad del viajero por escribir sobre la arquitectura de la ciudad, sus rincones y sus calles. Estos itinerarios que señala el poeta asumen cierto carácter descriptivo, cuyos elementos contienen una buena carga de sentido simbólico. Por el contrario, la crítica más acerva debemos buscarla en las páginas de "La ciudad del cheque", donde se concentran los versos que denuncian las desigualdades sociales y el ritmo frenético de una ciudad movida por el dinero. Los poemas de Rubén Darío, Rafael Alberti, Federico García Lorca, José Infante, Abelardo Linares o Juan José Téllez NUEVA YORK 130
del reconocimiento a la reescritura: iBUJVAiYiiaa saiEiiSïgaiMgaïCTSïiïE? abordan su crítica a la deshumanización norteamericana con tonos muy dispares. El atentado a las Torres Gemelas explora también en "La ciudad del cheque" el dolor y la desesperación en los versos de Dionisio Cañas o Nacho Escuín. De otra índole, la sección "Culturas" incorpora una heterogeneidad de temas y situaciones como los homenajes y las glosas a artistas y escritores nortemericanos (Whitman, Dickinson, Parker, Ashbery o Ginsberg), los musicales de Broadway, el cine, el jazz o las artes plásticas. Este apartado está compuesto de algo más de treinta poemas, en su mayoría debido a autores recientes y con una temática dispar. Los versos de Concha Méndez encabezan este capítulo donde también hallamos los poemas de Eugenio Florit, Luis Alberto de Cuenca, Jesús Fernández Palacios o Luis García Montero, entre otros. Por último, un breve apartado titulado "Despedida" cierra la selección de Geometría y angustia con los poemas de Juan Ramón Jiménez, Rafael de Cózar o José Hierro. Éstos abordan la despedida de la ciudad de Nueva York con el alivio de quien abandona un lugar opresor e insatisfecho por una pasión incompleta: "No vine sólo por decirte/ (aunque también) que no volveré nunca,/ y que nunca podré olvidarte" (Hierro, 1998). En definitiva, las páginas de Geometría y angustia logran en el lector la identificación de la ciudad con sus rascacielos y el discurrir nervioso de hombres enajenados, donde cada poema y su autor se singularizan en una lectura atenta. La reconstrucción de esta estructura concede a la antología un nuevo sentido de conjunto, pero a la vez permite admirar el complejo tejido intertextual que la poe sía española del siglo XX ha ido forjando. Esta perspectiva a la que somete Julio Neira los poemas sobre Nueva York posee la cualidad de enriquecer los textos con nuevas y renovadas lecturas en una superestructura antològica a modo de libro de viaje. Nueva York era exactamente igual... Al contemplar por primera vez la ciudad de Nueva York Edgar Neville había escrito: "Se parece, se parece..." Por fin lo encontró, pero sin atreverse a enunciarlo. Parecía broma. Nueva York era exactamente igual a como lo representaban en los telones de foro de los teatros de barrio de Madrid, cuando en la revista llegaba el cuadro de Nueva York (1929:221). 131