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El Continentalista

Hamilton, Alexander

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Las ideas. su poLítica y su historia DE HAYEK Y SHKLAR A SÓCRATES. EL MUNDO: GLOBAL Y LOCAL 11 El Continentalista Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 21, nº 41. Primer semestre de 2019. Pp. 11-36. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2019.i41.01 El Continentalista1 Alexander Hamilton El Continentalista nº 1 Fishkill, Nueva York, 12 de julio de 1781 Seríamos extremadamente presuntuosos si no fuéramos conscientes de que comenzamos esta revolución con nociones muy vagas y limitadas sobre la práctica de gobierno. Para la mayor parte de nosotros era algo nuevo. De aquellos que bajo la anterior constitución habían tenido oportunidades de adquirir experiencia, una gran parte se adhirió al lado contrario, y del resto sólo cabe suponer que sus ideas estaban adaptadas a la estrecha esfera colonial en la que estaban acostumbrados a moverse, distinta de esa otra que, liberada, es adecuada al gobierno de una nación independiente. No cabe duda de que hubo excepciones a esto que digo, hombres preparados en todos los aspectos para llevar los asuntos públicos con habilidad y provecho; pero no eran muchos, no siempre se presentaban en nuestros comités y, cuando lo hacían, en demasiadas ocasiones su influencia se veía arrollada por el torrente dominante de la ignorancia y el prejuicio. Sin embargo, considerando en retrospectiva nuestra trayectoria y las desventajas con las que comenzamos, es quizás más digno de asombro el que lo hayamos hecho tan bien que el que no lo hayamos hecho mejor. Existen, de hecho, algunos rasgos en nuestra conducta tan destacables para la buena política como otros para la magnanimidad. Pero, por otro lado, hay que confesar que ha habido muchos pasos en falso, muchos proyectos quiméricos y especulaciones utópicas en la gestión de nuestros asuntos, tanto civiles como militares. Algunos fueron consecuencia natural del espíritu de los tiempos, dictado por nuestra situación. El deseo extremo de poder acompaña a todas las revoluciones populares, y rara vez existe sin que existan sus males. Es de ahí de donde proceden muchos de los fatales errores que han hecho peligrar 1 Traducido y anotado por: Antonio Rosso. Universidad de Sevilla (España). La presente traducción se basa en los textos recogidos en The Papers of Alexander Hamilton, vols. 2–3, ed. Harold C. Syrett. New York: Columbia University Press, 1961–1962. Las seis entregas que conforman “El Continentalista” fueron originalmente publicadas en los periódicos The New York Packet y The American Advertiser, ambos editados por Samuel Louden. Junto al texto de algunas de las entregas se publicó una pequeña lista de erratas, que la presente traducción ha incorporado junto con las correcciones editoriales realizadas por Harold C. Syrett. 12 Alexander Hamilton Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 21, nº 41. Primer semestre de 2019. Pp. 11-36. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2019.i41.01 tanto la causa común, y especialmente esa lacra que será el objeto de estas observaciones: la falta de poder en el Congreso. El Congreso actual, respetable por sus capacidades e integridad, y convencido por la experiencia de la necesidad de un cambio, está preparando varias proposiciones de ley importantes, que se presentarán a los respectivos estados, y que tienen como propósito aumentar las facultades de la Confederación. Pero si bien en este momento no existe en Norteamérica2 ningún hombre bien educado que no reconozca, como idea general, que en su forma actual la Confederación no es capaz de proseguir vigorosamente la guerra ni de preservar la unión en paz, sin embargo, cuando el principio se aplica a la práctica, no parece existir el mismo acuerdo en las formas de subsanar el defecto, y cabe temer, por la actitud que últimamente ha aparecido en algunos de los estados que las buenas intenciones del Congreso puedan encontrarse con más retraso y oposición de la que podrán excusar la postura crítica de los estados. En el transcurso de las próximas ediciones se intentará mostrar lo que debe hacerse, así como el daño de una política contraria. En las primeras etapas del debate, equivocarse resultaba inteligible. De nosotros se esperaban buenas intenciones más que grandes habilidades. Pero ya hemos tenido tiempo suficiente para la reflexión, y experiencias tan abundantes y lamentables como para corregir nuestros errores. Insistir en ellos es ya vergonzoso e incluso criminal, y contradice esa reputación de buen sentido y rápido discernimiento de nuestros intereses, que, a pesar de nuestros errores, hasta ahora se nos ha permitido. Demostrará, por el contrario, que nuestra astucia se limita a intereses de menor relevancia y que somos indiferentes a las ideas ilustradas y liberales necesarias para convertirnos en un pueblo grande y floreciente. La historia está llena de ejemplos donde, en plena lucha por la libertad, el deseo de poder ha hecho fracasar de entrada los intentos de recuperarla o preservarla, o bien posteriormente la ha subvertido mediante un gobierno obstruccionista con un celo excesivo por su seguridad, o mediante un gobierno cuya permisividad excesiva fomenta la sedición y el libertinaje popular. En un gobierno ordenado para una libertad duradera, no debe prestarse menos atención en dar al magistrado un grado adecuado de autoridad para hacer y ejecutar las leyes con rigor, que a protegerse contra las usurpaciones de los derechos de la comunidad. Al igual que demasiado poder conduce al despotismo, demasiado poco conduce a la anarquía, y ambos finalmente a la ruina del pueblo. Estas son máximas bien conocidas, pero nunca suficientemente bien atendidas a la hora de ajustar las estructuras de los gobiernos. Algún interés momentáneo o alguna 2 Para evitar ambigüedades e incongruencias históricas, el uso sistemático del vocablo America por parte de Hamilton se ha traducido por Norteamérica. 13 El Continentalista Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 21, nº 41. Primer semestre de 2019. Pp. 11-36. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2019.i41.01 pasión pasajera probablemente dará lugar a un sesgo equivocado y corromperá las oportunidades más favorables. Ningún amigo del orden o de la libertad racional puede leer la historia de las ciudades libres de Grecia sin sentir dolor o repulsión. En términos generales, eran un recordatorio constante de la tiranía alternante de una parte de la población sobre la otra, o de unos cuantos usurpadores demagogos sobre el conjunto. Originariamente, la mayoría de ellas habían sido gobernadas por reyes, cuyo despotismo (la enfermedad natural de la monarquía) había obligado a sus súbditos a asesinarlos, expulsarlos, deponerlos o reducirlos a una existencia nominal, e instituir gobiernos populares en su lugar. En estos gobiernos, con la excepción de Esparta, el deseo de poder impidió que la gente encomendara a otros el ejercicio de la autoridad competente para mantener la tranquilidad y estabilidad de las ciudades libres, lo cual dio origen a las frecuentes revoluciones y luchas civiles que las afligían. Esto, y la falta de una unión federal sólida para mantener a raya la ambición y la rivalidad de las diferentes ciudades, tras una rápida sucesión de guerras sangrientas, acabó en la total pérdida de su libertad y en la subyugación a las potencias extranjeras. Comparando a nuestros gobiernos con los de las antiguas repúblicas, sin duda preferimos a los nuestros, porque en nuestro caso todo poder se ejerce por medio de la representación, no en tumultuosas asambleas del cuerpo colectivo popular donde el arte o la insolencia del orador o tribuno, en lugar de la utilidad o la justicia de la medida, suelen dominar. Sin embargo, cualquiera que sea nuestra ventaja en tal comparación, los hombres que estiman el valor de las instituciones no por los prejuicios del momento, sino por la experiencia y la razón, deben ser convencidos de que ese mismo deseo de poder nos ha impedido cosechar todas las ventajas recabables a partir del ejemplo de otras naciones, lo cual deberíamos haber hecho, y ha llevado a que nuestras constituciones sean en muchos aspectos débiles e imperfectas. Tal vez el daño no sea muy grande con respecto a nuestras constituciones, dado que, a pesar de sus imperfecciones, durante algún tiempo se las podrá obligar a actuar de manera que respondan a los fines de la defensa común y el mantenimiento del orden, y en ellas mismas y en el progreso de nuestra sociedad parecen tener las semillas para mejorar. Pero este no es el caso del gobierno federal. Si al principio es demasiado débil, continuamente se volverá más débil. La ambición y los intereses locales de sus respectivos miembros estarán constantemente socavando y usurpando sus prerrogativas hasta provocar su disolución, si es que una combinación parcial de algunos de los miembros más poderosos no lo lleva a un final más rápido y violento. 14 Alexander Hamilton Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 21, nº 41. Primer semestre de 2019. Pp. 11-36. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2019.i41.01 El Continentalista nº 2 Fishkill, Nueva York, 19 de julio de 1781 En un estado individual donde el poder soberano es ejercido mediante delegación, ya sea una monarquía limitada o una república, el peligro más común es que el soberano se vuelva demasiado poderoso para sus electores. En los gobiernos federales, donde diferentes estados están representados en un consejo general, el peligro viene del otro lado, a saber, que los miembros sean superiores a la cabeza común o, en otras palabras, que este no tenga suficiente influencia y autoridad para asegurar la obediencia de las distintas partes de la Confederación. En un estado individual, el soberano ostenta todo el poder legislativo, así como el mando de las fuerzas militares, y por supuesto un control inmediato sobre las personas y la propiedad de los súbditos. Cualquier otro poder es subordinado y dependiente. Si se propone subvertir la constitución, solo una insurrección general del pueblo puede preservarla. Los magistrados de las provincias, condados o pueblos en los que se subdivide el estado, teniendo sólo una jurisdicción ejecutiva y policial, no pueden adoptar medidas decisivas para contrarrestar las primeras muestras de tiranía, sino que deben contentarse con la ineficaz arma de la petición y la protesta. No pueden recaudar dinero, ni reclutar tropas, ni formar alianzas. Los líderes del pueblo deben esperar hasta que sus descontentos ciudadanos estén listos para una revuelta general para así ponerlos en situación reunir las fuerzas necesarias para su defensa. Siempre será difícil que esto ocurra, porque el soberano, teniendo la apariencia y las formas de la autoridad legal, y teniendo a las fuerzas y los ingresos del estado a su disposición, además de una gran ascendencia sobre el pueblo (al que con tales ventajas puede fácilmente comprar), podrá casi siempre contener los primeros movimientos de los descontentos e impedir la unión y el concierto esencial para el éxito de la oposición. La seguridad, por lo tanto, de la libertad pública debe consistir en una distribución del poder soberano tal que sea moralmente imposible para una parte ganar superioridad sobre los otros, o para el conjunto unirse en un proyecto de usurpación. En los gobiernos federales cada miembro tiene una soberanía distintiva, hace y ejecuta leyes, impone impuestos, distribuye justicia y ejerce cualquier otra función del gobierno. Los mecanismos de la recaudación le pertenecen de suyo y, en caso de emergencia, puede reclutar fuerzas. Si el soberano común siquiera meditara o intentara cualquier cosa en detrimento de la libertad general, cada miembro, teniendo todos los órganos apropiados del poder, puede prepararse para la defensa con celeridad y vigor. Cada uno puede dar inmediatamente la 15 El Continentalista Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 21, nº 41. Primer semestre de 2019. Pp. 11-36. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2019.i41.01 alarma a los otros y formar alianzas de protección mutua. Si la combinación es general, como habría de esperarse, los usurpadores pronto se encontrarán sin los medios de recaudar su tesoro o reclutar a sus ejércitos, de modo que, por la necesidad de suministros continuos de hombres y dinero, finalmente caería víctima del intento. Si la combinación no es general, eso implicará que algunos de los miembros están interesados en aquello que perjudica a los demás, y esto no puede ser un ataque a la libertad común, sino a los intereses de una parte en favor de otra parte, y será una guerra entre los miembros de la unión federal entre sí, no entre ellos y el gobierno federal. De los principios más evidentes de la naturaleza humana cabe extraer dos implicaciones: una, que cada miembro de una Confederación política estará más dispuesto a incrementar su propia autoridad sobre las ruinas de la Confederación que a hacer ninguna inadecuada concesión en su favor o a apoyarla en pretensiones irrazonables; la otra, que los súbditos de cada miembro serán más fieles a sus vínculos y a la obediencia a sus propios gobiernos particulares que a los de la unión. Es la naturaleza de las sociedades, así como de los individuos, el ser impaciente con las restricciones y el preferir el interés parcial al general. Muchas ocasiones pueden darse en las que los miembros de una Confederación tienen, o parecen tener, una ventaja en cosas contrarias a la del bien del conjunto, o una desventaja en otras conducentes a ese fin. El egoísmo de cada parte inclinará a cada uno a pensar que las cargas públicas están desigualmente distribuidas, y que ella es la víctima. Estas y otras circunstancias fomentarán una disposición favorable a recortar la autoridad del gobierno federal, y la ambición de los hombres al mando en cada estado los incitará a alentarla. Consideran que su situación propia está conectada con el poder del gobierno del que forman parte, y se esforzarán por aumentar el primero como medio para aumentar el segundo. Los gobiernos particulares tendrán más dominio sobre las mentes de sus súbditos que el gobierno general, porque su intervención será más directa, más uniforme y más evidente. El pueblo se acostumbrará a verlos como los árbitros y guardianes de sus preocupaciones personales, aquéllas por las que las pasiones de los hombres vulgares –si no de todos los hombres– se ven más fuertemente afectadas, y en cada diferencia que surja con el cuerpo confederado les apoyará contra el soberano común. La experiencia confirma la veracidad de estos principios. Las principales ciudades de Grecia tuvieron en su día un Consejo de Anfictionía, o Estados Generales, con autoridad para decidir y dirimir las diferencias entre las ciudades y tratar muchos otros asuntos importantes en relación con el interés y la seguridad comunes. Cuando fueron instaurados por primera vez tenían gran peso y crédito, si bien nunca el suficiente como para preservar eficazmente el equilibrio y la armonía de la Confederación. Con el tiempo sus decretos 16 Alexander Hamilton Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 21, nº 41. Primer semestre de 2019. Pp. 11-36. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2019.i41.01 sólo sirvieron como pretexto adicional para el partido cuyas pretensiones favorecían. Cuando las ciudades no se encontraban envueltas en guerras extranjeras, se encontraban en constante desacuerdo entre sí. Esparta y Atenas se enfrentaron durante 27 años por la hegemonía, o más bien el dominio, de Grecia, hasta que el primero se hizo amante de la totalidad. Hasta que en luchas posteriores, habiendo recurrido al pernicioso recurso de solicitar la ayuda de enemigos extranjeros, los macedonios primero y después los romanos acabaron por convertirse en sus señores. La dieta alemana tenía anteriormente más autoridad de la que tiene ahora, aunque, como la de Grecia, nunca ha tenido la suficiente como para impedir que los grandes potentados perturben la calma del imperio y malogren, a un tiempo, sus propios territorios y a su pueblo. La Liga Helvética es otro ejemplo. Es cierto que ha subsistido cerca de 500 años, pero en ese período los cantones han mantenido repetidamente guerras enfurecidas entre ellos, lo que los habría convertido en presa fácil de sus vecinos más poderosos si la envidia recíproca de éstos no les hubiera impedido aprovecharse de sus disensiones. Esto y su pobreza les han salvado hasta ahora de la destrucción total y les han evitado las miserias de la conquista extranjera, añadidas a las de la guerra civil. El gobierno federal es demasiado débil para impedir su renovación siempre que por ambición o fanatismo los principales cantones estén dispuestos a reavivar la llama. En realidad, desde hace algún tiempo ha sido en gran medida algo nominal. Los protestantes y los católicos han tenido dietas separadas para tratar casi todos los asuntos de importancia, de modo que, de hecho, la dieta general sólo se mantiene para regular los asuntos de los alguaciles comunes y preservar una apariencia de unión, e incluso esto es probable que acabe desapareciendo, de no ser porque la extrema debilidad de los cantones les fuerza a una especie de coalición. Si las divisiones de las Provincias Unidas no han continuado hasta el extremo, ello se debe a causas específicas. La autoridad del estatúder permea el marco entero de la república y es una especie de nexo común mediante el cual las provincias están unidas. La envidia de su creciente influencia, algo en lo que más o menos todos están de acuerdo, funciona como freno a la rabia que sienten unos contra otros. La insignificancia que tiene cada provincia por separado y el peligro inminente al que el conjunto estaría expuesto de ser invadido por sus vecinos en caso de desunión son otros preservativos contra la locura que provoca la hostilidad, sin contar con que su importancia e incluso su existencia dependen enteramente de la frugalidad, la industria y el comercio. La paz, tanto en el país como en el extranjero, es por necesidad el objetivo predominante de su política. 17 El Continentalista Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 21, nº 41. Primer semestre de 2019. Pp. 11-36. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2019.i41.01 El Continentalista nº 3 Fishkill, Nueva York, 9 de agosto de 1781 La situación de estos estados es muy diferente a la de las Provincias Unidas. Alejados como estamos de Europa, en poco tiempo deberíamos imaginarnos fuera del alcance de las aspiraciones foráneas y en plena libertad, con comodidad y desahogo para probar nuestra fuerza en casa. Puede que esto no suceda de inmediato, pero si el gobierno federal perdiera su autoridad, ciertamente ocurriría. Las sociedades políticas, en estrecha vecindad, deben estar fuertemente unidas bajo un gobierno o indefectiblemente surgirán rivalidades y disputas. Así es la naturaleza humana. Y no tenemos ninguna razón para pensar que somos más sabios o mejores que los demás. De aquí a pocos años, algunos de los estados más grandes estarán muy poblados, y serán ricos y poderosos en todas esas circunstancias calculadas para inspirar ambición y alimentar ideas de separación e independencia. A pesar de que siempre será su verdadero interés preservar la unión, su vanidad y su prepotencia seguramente se impondrán a ese motivo y les harán buscarse posiciones prominentes a la cabeza de confederaciones particulares independientes de la general. Una vez introducido el cisma, la competencia por las fronteras y las rivalidades del comercio fácilmente darán lugar a pretextos para la guerra. Las potencias europeas pueden tener muchos incentivos para fomentar estas divisiones y enfrentarnos entre nosotros. Pero sin tal disposición en ellos, si alguna vez tales separaciones tuvieran lugar, por supuesto abrazaríamos diferentes intereses y conexiones. Las confederaciones particulares, asociándose con naciones rivales, acabarán naturalmente envueltas en sus disputas, en las cuales se verán tentadas aún más fácilmente por la esperanza de obtener ganancias del otro y de las colonias de aquellas potencias con las que se encuentran en conflicto respectivamente. Ya podemos evidenciar algunos síntomas de esos temidos males. En medio de una guerra por nuestra existencia como nación, en medio de peligros demasiado serios como para tratar a la ligera, algunos estados eludieron o rechazaron el cumplimiento de las exigencias del Congreso en momentos de la mayor trascendencia para la seguridad común. Si así actúan en esta peligrosa coyuntura, ¿qué debemos esperar en los tiempos de paz y seguridad? ¿No es de temer que las resoluciones del Congreso pronto acaben como las decisiones de las anfictionías griegas o como los edictos de una dieta alemana? Pero como estos males son aún algo distantes, quizás podamos ser insensatos y tener la suficiente falta visión de futuro como para ignorarlos. 24 Alexander Hamilton Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 21, nº 41. Primer semestre de 2019. Pp. 11-36. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2019.i41.01 suma de 200 millones de libras esterlinas. Las Provincias Unidas, con toda su prudencia y frugalidad, tienen una deuda aproximada de 50 millones de dólares, además de las deudas particulares de cada provincia. Casi todas las demás potencias están más o menos en las mismas circunstancias. Si bien esto nos enseña cuán miopes y desinformadas son las opiniones de aquellos que esperan continuar la guerra sin endeudarse, por otro lado debería consolarnos con respecto a la cantidad de aquello que ahora debemos, o que podamos llegar a deber mientras dure la guerra. El total, sin sobrecargar a la gente, puede ser pagado en 20 años después de la conclusión de la paz. La parte principal del déficit de 5 o 6 millones debe ser cubierta por préstamos de personas privadas en el país y en el extranjero. Todo puede esperarse, dada la generosidad de Francia, de lo que sus medios le permitan, pero ella, por su parte, ya está en pleno uso de sus ingresos y de su crédito para la prosecución de la guerra. Si juzgamos el futuro por el pasado, la ayuda pecuniaria que nos puede proporcionar seguirá estando lejos de nuestras necesidades, y la contingencia de una guerra en el continente europeo hace posible que puedan disminuir en lugar de aumentar. En menor grado hemos experimentado la amistad de España en este artículo. El gobierno de las Provincias Unidas, en caso de estar dispuesto a hacerlo, no nos podría ofrecer ninguna ayuda. Los recursos de la república están principalmente hipotecados por deudas anteriores. Afortunadamente, tiene un amplio crédito, pero tendrá ocasión de emplearlo en sus propias exigencias. Los hombres privados, ya sean extranjeros o nativos, no prestarán grandes cantidades, salvo con la seguridad habitual de los fondos debidamente establecidos. Ese nivel de seguridad este Congreso no puede darla, en todo caso, hasta que los diferentes estados le otorguen ingresos o los medios de los ingresos. El Congreso ha designado sabiamente un superintendente para sus finanzas. Un hombre de reconocida capacidad e integridad, así como de gran crédito personal e influencia pecuniaria9. Era imposible que el negocio de las finanzas pudiera ser conducido por un cuerpo de hombres, por muy bien compuesto o bien intencionado que fuera. De la administración del Sr. Morris puede esperarse, con total seguridad y confianza, orden en la futura gestión de nuestras preocupaciones monetarias, un estricto respeto en la ejecución de los compromisos públicos y, por supuesto, la restauración del crédito público, siempre que se le equipe con el material con el que ha de operar, es decir, siempre que el gobierno federal pueda obtener ingresos en los que basar sus planes. Muy juiciosamente ha propuesto la creación de un banco nacional que, combinando la influencia y el interés de los adinerados con los recursos del 9 Robert Morris fue nombrado superintendente de finanzas el 20 de febrero de 1781. 25 El Continentalista Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 21, nº 41. Primer semestre de 2019. Pp. 11-36. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2019.i41.01 gobierno, proporcionaría por sí solo el prolongado y extenso crédito que la administración tanto necesita. Este es el mejor recurso que podría haber ideado para atenuar los ridículos públicos, pero para asegurar el éxito del plan es esencial que el Congreso tenga atribuido el poder para apoyarlo con magníficos fondos. Si hubiéramos comenzado con la práctica de financiarnos hace cuatro años, habríamos evitado esa depreciación monetaria que tan perniciosa ha resultado tanto para la moral como para la solvencia de la nación. Y no existe otro método salvo este para evitar que los males que fluyen de esa inagotable fuente persistan y se multipliquen. El Continentalista nº 510 Fishkill, Nueva York, 18 de abril de 1782 La atribución al Congreso de la facultad para regular el comercio debería haber sido un objetivo principal de la Confederación por varias razones, pues tan necesario es para los fines del comercio como para los de los ingresos. Hay algunos que sostienen que el comercio se regulará a sí mismo, y que no debe ser beneficiado por los estímulos o las restricciones del gobierno. Estas personas imaginarán que no hay necesidad de un poder de dirección común. Esta es una de esas salvajes paradojas especulativas que han adquirido reputación entre nosotros, contrariamente a la práctica uniforme y el sentido de la mayoría de las naciones ilustradas. Dado que ha sido contradicho por las numerosas instituciones y leyes que existen en todas partes en beneficio del comercio, por los esfuerzos realizados para cultivar ramas particulares y desalentar a otras, por las ventajas conocidas derivadas de esas medidas y por los males palpables que conllevaría su interrupción, esa opinión debe ser rechazada por toda persona familiarizada con la historia del comercio. El comercio, al igual que otras cosas, tiene sus principios fijos, según los cuales debe ser regulado. Si estos se entienden y se observan, crecerá por la atención del gobierno; si se ignoran o se violan, se verá mermado. Así ocurre como con cualquier otra parte de la administración. La preservación del equilibrio del comercio a favor de una nación debe ser un objetivo principal de su política. 10 En su publicación original, este número fue precedido por el siguiente párrafo: “Los sucesivos números de El Continentalista se escribieron el pasado otoño, pero accidentalmente escaparon de la posesión del escritor, quien, habiéndolos recuperado hace poco, los entrega al público más con idea de terminar el desarrollo de su plan, que con esperanza de que el genio de los tiempos adopte sus ideas”. 26 Alexander Hamilton Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 21, nº 41. Primer semestre de 2019. Pp. 11-36. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2019.i41.01 La avaricia de algunos puede con frecuencia beneficiarse de la búsqueda de canales de tráfico perjudiciales para ese equilibrio, a lo cual el gobierno deber ser capaz de oponerse de forma efectiva. Por otra parte, se puede dar la posibilidad de establecer nuevas fuentes que, aunque acompañadas de grandes dificultades al comienzo, recompensarán ampliamente el esfuerzo y el gasto de desarrollarlas. Una empresa tal puede exceder a menudo la influencia y el capital individuales, y por tanto necesitar de la asistencia tanto de los ingresos como de la autoridad del estado. La opinión contraria, que ha crecido hasta el punto de estar de moda entre nosotros, tiene su origen en los imprudentes intentos que se han llevado a cabo para regular los precios. La frase “el comercio debe regularse por sí solo” se convirtió en el eslogan de los opositores a tales intentos, el cual en un principio sólo quería decir que el comercio tenía sus leyes fundamentales a las que su funcionamiento debía adecuarse, y contras las que cualquier intento acabaría casi seguro en fracaso. En este sentido, la máxima era razonable, pero desde entonces se ha venido usando contra toda interferencia soberana, un extremo tan poco conciliable con la experiencia o el sentido común como la práctica contra la que en un principio se diseñó a fin de desacreditarla. Los razonamientos de un escritor muy lúcido y sensato, al ser mal entendidos, han contribuido a este error11. El alcance de su argumento no es, como algunos suponen, que el comercio tendrá un curso invariable independiente de la ayuda, protección, cuidado o preocupación del gobierno, sino que generalmente dependerá de las ventajas competitivas (industriales, morales, y físicas) de las naciones; y que si, por un tiempo, por causas extraordinarias, existiera un desequilibrio en alguna de ellas, este desarrollará su propia cura, y las cosas finalmente volverían al nivel apropiado. Su objetivo era combatir ese excesivo celo comercial que ha provocado tantas guerras innecesarias y en el que la nación británica está particularmente interesada, pero no era parte de su plan insinuar que la mano reguladora del gobierno era inútil o dañina. La naturaleza de un gobierno, su espíritu, sus máximas y sus leyes con respecto al comercio, se encuentran entre las causas morales que constantemente influyen en sus resultados generales y que, cuando accidentalmente toma una dirección equivocada, ayudan reconducirla a su curso natural. Esto está aceptado en todas partes por todos los escritores sobre el tema, y no hay quien haya confirmado una doctrina contraria. Puede decirse que el auge del comercio en Inglaterra comenzó bajo la protección de Isabel I, y que su rápido progreso se debe en gran medida al cuidado de los gobiernos durante ese y sucesivos reinados. 11 Hume. Essay Jealousy of Trade (N. del A.). Este ensayo de David Hume, titulado “Of the Jealousy of Trade” apareció por primera vez en sus Essays and Treatises on Several Subjects … a New Edition (1758). 27 El Continentalista Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 21, nº 41. Primer semestre de 2019. Pp. 11-36. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2019.i41.01 Desde una perspectiva de gobierno diferente, con ventajas superiores, Francia fue mucho más tardía en su desarrollo comercial, y ciertamente su comercio no sería actualmente tan próspero si no hubiera sido por las habilidades y los incansables esfuerzos del gran Colbert12. Él sentó las bases del comercio francés y mostró el camino a sus sucesores para agrandarlo y mejorarlo. El establecimiento de la industria de la lana en un reino al que la naturaleza parecía negar los medios es uno de los muchos casos que prueban cuánto puede conseguirse en favor del comercio mediante la atención y el patrocinio de una sabia administración. Los muchos y eficaces edictos aprobados por Luis XIV y posteriormente, a pesar de las frecuentes interrupciones causadas por la enemistad envidiosa de Gran Bretaña, han potenciado el comercio de Francia hasta un punto que ha excitado la envidia y el asombro de sus vecinos. Los holandeses, a quienes con justicia se les debe reconocer la preeminencia en el conocimiento del comercio, lo han convertido en objetivo esencial de estado. Sus regulaciones comerciales son más rígidas y numerosas que las de cualquier otro país, y gracias a la sensata e incesante vigilancia del gobierno han podido extender su tráfico más allá de lo posible por sus ventajas naturales y competitivas. Quizás se pueda pensar que el poder de regulación deba dejarse a los gobiernos de los diferentes estados, y que una superintendencia general es innecesaria. Si los estados tuvieran intereses distintos y no estuvieran vinculados entre sí, entonces sus respectivos gobiernos serían los depositarios adecuados y los únicos que podrían serlo. Pero como son partes de un todo con un interés común en el comercio, como en otras cosas, debería existir una dirección común en eso como en todas las demás cuestiones. Es fácil concebir multitud de casos en los que sería beneficioso para todos los estados alentar o suprimir una rama particular del comercio, mientras que podría ser perjudicial para un estado individual intentarlo sin la concurrencia del resto, llegando incluso a desalentar intentarlo por temor a la falta de esa concurrencia. Además, no hay forma más eficaz para generar ingresos a los Estados Unidos. Los impuestos sobre el comercio, cuando no son excesivos o están establecidos inadecuadamente, son generalmente considerados una de las formas más idóneas de fiscalidad. En gran medida gravan artículos que no son de absoluta necesidad, y dado que su impacto se transfiere parcialmente al precio del producto, el consumidor apenas lo percibe. Por lo tanto, esta es la fuente de ingresos que el gobierno federal puede establecer con menor objeción o rechazo. El Congreso puede fácilmente tener la información necesaria para imponer tales impuestos de forma juiciosa, y sus funcionarios pueden sin dificultad llevar a cabo su recaudación. 12 Jean-Baptiste Colbert (1619–1683) fue, como ministro de Luis XIV, un excelente gestor y un gran impulsor del desarrollo comercial e industrial de Francia. 28 Alexander Hamilton Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 21, nº 41. Primer semestre de 2019. Pp. 11-36. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2019.i41.01 Tampoco podrían verse tentados a abusar de ese poder, dado que el propósito de obtener ingresos determinará su alcance máximo. La experiencia ha demostrado que una imposición moderada resulta más productiva que una alta. Cuando los impuestos son bajos, se puede comerciar en el extranjero en mejores condiciones –las importaciones y exportaciones serán mayores–, los impuestos se pagan con regularidad y, al aumentar la cantidad de mercancías gravadas, rendirán más en su conjunto que cuando son tan altos que funcionan como una prohibición o como un incentivo para evadirlos mediante prácticas ilícitas. Es difícil encontrar una buena razón por la cual el Congreso debería ser más susceptible de abusar de las facultades que se le confían que las asambleas estatales. La frecuencia en la elección de sus miembros otorga una seguridad total contra cualquier ambición peligrosa, y la rotación establecida por la Confederación hace imposible que ningún estado, caso de que los mismos hombres permanecieran indefinidamente y se pusieran a la cabeza de una facción predominante, pudiera mantener por largo tiempo una influencia indebida en los consejos nacionales. Es de suponer que el Congreso dará cabida en general a más talento e integridad que cualquier otra asamblea en el continente. Pero para anular por completo la tentación que pudiera tener cualquier camarilla de gravar excesivamente artículos específicos dejemos que todos los impuestos, sean para regular como para generar ingresos, pagados en un estado sean atribuidos a ese estado, y que de igual forma se les imputen todas las subvenciones abonadas en su territorio para fomentar la agricultura, la industria o el comercio. Este recurso eliminará la tentación, puesto que al determinarse las cuotas de los respectivos estados según un estándar de tierra, conforme al artículo [8º] de la Confederación13, cada uno tendrá menos que contribuir de otra forma al recaudar más por su actividad comercial. Recientemente se ha formulado una objeción a este principio. Algunos han insistido en que, dado que es el consumidor quien paga la tasa, aquellos estados que no están igual de bien situados para el comercio exterior y que consumen gran parte de las importaciones de sus vecinos deben convertirse en contribuyentes de una parte de sus impuestos. Pero esta objeción es más engañosa que sólida. La máxima de que el consumidor es quien paga el impuesto ha sido admitida en la teoría con demasiada poca cautela, y de hecho se ve frecuentemente contradicha en la práctica. Es cierto que el comerciante no estará dispuesto a dejar que el impuesto comporte una deducción de sus ganancias si la situación del mercado le permite incorporarlo al precio de su mercancía. Pero a menudo 13 En blanco en el texto original. Hamilton se refiere al artículo 8º de los Artículos de la Confederación, que estipulaba que las aportaciones debían distribuirse entre los distintos estados en función del valor de sus tierras y las mejoras existentes en el territorio. 29 El Continentalista Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 21, nº 41. Primer semestre de 2019. Pp. 11-36. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2019.i41.01 esto no es viable, y está sujeto a la cantidad de bienes ofertada en proporción a la demanda. Cuando esta última excede a la anterior, y los compradores compiten entre sí, el comerciante puede aumentar fácilmente su precio y hacer que sus clientes paguen el impuesto. Cuando sucede lo contrario y son los vendedores los que compiten entre sí, el comerciante debe entonces contentarse con ganancias más reducidas y asumir el valor del impuesto, o por lo menos una parte de él. En una nación con un comercio floreciente y bien asentado esto sucede más comúnmente de lo que se pueda imaginar, y en muchas ocasiones ocurre que el impuesto se divide entre el comerciante y el consumidor. Además de esta consideración, que reduce en gran medida la fuerza de la objeción, hay otra que acaba por destruirla enteramente. Existe una fuerte influencia recíproca entre los precios de todas las mercancías disponibles en un estado, mediante la cual, tarde o temprano, logran un equilibrio y una proporción bastante exactas entre sí. Si la producción agrícola aumenta, el fabricante tendrá más para su fabricación, el comerciante para sus mercancías, y lo mismo ocurrirá con lo que sea que genere el aumento de precio. Si se establecen impuestos sobre las importaciones en un estado por el que se incrementan los precios de los artículos extranjeros, los productos de la tierra y del trabajo en ese estado experimentarán un aumento proporcional, y si una parte de esos artículos se consume en un estado vecino, tendrá allí la misma influencia. El estado importador debe permitir un precio superior sobre los productos que intercambia con su vecino en relación con el aumento del precio del artículo que vende. Para saber entonces quién es ganador o perdedor, debemos examinar la balanza comercial total que existe entre ellos. Si el estado importador toma más de los bienes de su vecino de lo que da a cambio, este será el perdedor por el aumento recíproco de los precios; será el ganador si toma menos, y ni ganará o perderá si el trueque se lleva a cabo en igualdad de condiciones. La balanza comercial y, en consecuencia, la ganancia o pérdida, a este respecto se regirá más por la industria y frugalidad relativas de las partes que por sus ventajas relativas al comercio exterior. Entre naciones separadas este razonamiento no se aplicará completamente, porque una multitud de circunstancias locales y externas pueden contrarrestar el principio. Pero por las estrechas relaciones entre estos estados, la similitud de gobiernos, situaciones, costumbres y actitud, las causas políticas y comerciales tendrán casi el mismo funcionamiento en la interacción entre estados que entre las diferentes partes del mismo estado. Si esto fuera contradicho, al mismo tiempo también debería contradecirse la objeción extraída de la hipótesis del consumidor que paga el impuesto. Porque, si bien esto es verdad, su aplicación se limita al interior del estado tanto como la doctrina de una proporción recíproca de precios. 30 Alexander Hamilton Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 21, nº 41. Primer semestre de 2019. Pp. 11-36. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2019.i41.01 Los principios generales en temas de esta naturaleza deberían ser siempre propuestos con cautela. En el análisis experimental se encuentran tantas excepciones que los vuelven muy dudosos. Y en cuestiones que afectan a la existencia y a la felicidad colectiva de estos estados, todas las atractivas y abstractas distinciones deben dar paso a intereses más simples y a reglas de conducta más evidentes y sencillas. Pero la objeción que se ha formulado no debe tener ningún peso por otra razón. ¿Cuáles son los estados que no tienen suficientes ventajas con respecto al comercio exterior, y que pronto no serán sus propios proveedores? Connecticut y Jersey son los estados menos marítimos de todos y sin embargo el estrecho que baña la costa de Connecticut tiene una fácil salida al océano, ofrece un número de puertos y bahías de gran amplitud para los navíos. New London puede recibir a buques mercantes de casi cualquier carga y los excelentes ríos que cruzan el estado, al facilitar el transporte de mercancías en cualquier dirección, son extremadamente favorables tanto para su comercio interno como para el comercio exterior. Jersey tiene a través de Amboy una comunicación más rápida con el océano que la ciudad de Nueva York. Prince’s Bay, que puede servir como una salida a esa ciudad, tiene capacidad para admitir y dar refugio tanto en invierno como en verano a buques de cualquier tamaño. Egg Harbor, en la costa sur, tampoco debe ser menospreciada, pues el río Delaware podría llegar a darle servicio a su actividad comercial como ya hace en los casos de Pennsylvania, Gloucester, Burlington y Trenton, todos los cuales se hallan convenientemente situados en ese río. Las Provincias Unidas, estando mucho peor posicionadas que cualquiera de estos estados, han mantenido durante siglos el primer puesto entre las naciones comerciales. Se ha aducido a veces que la falta de grandes ciudades comerciales supone un obstáculo para el comercio de estos estados, pero se trata de un déficit temporal que se resolverá con el aumento de la población y las riquezas. La razón por la que estos estados en cuestión no han comerciado mucho con el exterior es que han encontrado igualmente beneficioso comprar los productos importados por sus vecinos. Si los impuestos sobre el comercio les causaran perjuicios, tal situación acabaría rápidamente en cuanto se interesaran por comerciar en el extranjero. Es ciertamente característico de nuestro temperamento nacional tener inventiva para descubrir y magnificar las desventajas más diminutas y rechazar medidas claramente útiles, incluso de necesidad, tan sólo para evitar males que son triviales y a veces imaginarios. Parece que no comprendemos que en la sociedad humana apenas existen planes que, por muy saludables que sean para el conjunto y para cada parte dependiendo de la participación de cada cuál en la prosperidad común, de una manera u otra, y bajo circunstancias particulares, beneficiarán más a unos que a otros. A menos que podamos superar esa estrecha actitud y aprender a estimar las medidas según su interés general, nunca seremos un pueblo grande o feliz, si es que seguimos siendo un pueblo en absoluto. 31 El Continentalista Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 21, nº 41. Primer semestre de 2019. Pp. 11-36. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2019.i41.01 El Continentalista nº 6 Fishkill, Nueva York, 4 de julio de 1782 Veamos cuáles serán las consecuencias de no autorizar al gobierno federal a regular el comercio de estos estados. Además de la falta de ingresos y de poder, además del riesgo inmediato para nuestra independencia, el peligro de todos los futuros males de una unión precaria, además de la carencia de un concierto sano y de una superintendencia previsora que trabaje para la prosperidad general del comercio, la consecuencia directa será que los terratenientes y los trabajadores pobres serán ante todo sacrificados al interés comercial, y todo a la larga a un mal conjunto de políticas necesario por la ausencia de tal poder regulador. Cada estado tendrá miedo de establecer impuestos sobre su comercio, no sea que los otros estados, sin hacer lo mismo, disfruten de mayores ventajas y puedan permitirse los productos autóctonos más baratos en el extranjero y los productos extranjeros más baratos en casa. Una parte de los males resultantes de esto sería la reducción de los ingresos de esos impuestos moderados que, sin ser perjudiciales para el comercio, están considerados la forma de tributación más conveniente para el pueblo. Los artículos de lujo extranjero, mientras que no contribuirían en nada a los ingresos del estado, al ser menos apreciados dada la exención de impuestos, serían consumidos ampliamente. Muchas ramas del comercio perjudiciales para el interés común continuarían por falta de controles y disuasión adecuada. Como los ingresos deben cubrir las exigencias públicas tanto en la paz como en la guerra, una proporción excesiva de las tasas recaerá directamente sobre la tierra, y sobre los productos de primera necesidad: los productos de esa tierra. La influencia de estos males generará fluctuaciones en la propiedad de la tierra y una merma de su valor, oprimirá a los pobres elevando los precios de los artículos de primera necesidad, perjudicará el comercio fomentando el consumo de lujos extranjeros, aumentando el valor de la mano de obra, disminuyendo la cantidad de productos domésticos, mejorando sus precios en los mercados extranjeros, por supuesto obstruyendo su venta, y permitiendo que otras naciones nos sustituyan. En particular este país debe tener especial cuidado en no sobrecargar el propio suelo y lo que produzca con pesados impuestos, porque la cantidad de tierra no labrada invitará al agricultor a abandonar los viejos asentamientos por otros nuevos, y la desproporción de nuestra población hará que por algún tiempo la mano de obra sea necesariamente cara, la reducción de cuyo, y no su aumento, debe ser un objetivo capital de nuestra política. 32 Alexander Hamilton Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 21, nº 41. Primer semestre de 2019. Pp. 11-36. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2019.i41.01 Por lo tanto, sencillos impuestos sobre el comercio, especialmente sobre las importaciones, deberían aligerar las cargas que inevitablemente de otro modo caerán sobre la tierra. Aunque aquí pueda decirse que, sobre la base del principio de la influencia recíproca de los precios, se establece que los impuestos en primera instancia serán finalmente soportados por todas las clases, es sin embargo de vital importancia que nadie se hunda bajo la presión inmediata. El gran arte es distribuir bien las cargas públicas y no permitir que caigan, ya sea en primer o último lugar, como una pesada losa sobre partes de la comunidad. De lo contrario se estará fomentando la angustia y el desorden, pues una sacudida que afecte a una parte de la maquinaria política vibra a través de su totalidad. Como no pueden extraerse del comercio los ingresos suficientes para responder a los propósitos públicos, se han propuesto otros artículos. Un impuesto moderado a la tierra y al sufragio es el más simple y mejor, pues su recaudación es fácil y nada costosa, y no da lugar a la arbitrariedad. Es de temer que la avaricia de muchos terratenientes les haga oponerse a un impuesto perpetuo sobre la tierra, por muy moderado que sea. Tendrán la ignorante esperanza de desplazar la carga del gasto nacional hacia otros, pero tal disposición es tan perversa como inútil. Las necesidades públicas deben ser satisfechas y esto sólo puede lograrse mediante contribuciones realizadas por toda la sociedad. Los miembros de determinadas clases no son capaces ni estarán dispuestas a pagar por la protección y la seguridad de los demás, y donde un espíritu tan egoísta se evidencie en uno de sus miembros, el resto de la comunidad se unirá para obligarlo a cumplir con su deber. De hecho, muchos teóricos de la economía política defienden que todos los impuestos, sea cual sea su origen, finalmente recaen sobre la tierra, y por lo tanto son de la opinión de que sería mejor obtener todos los ingresos del estado directamente de esa fuente para evitar el gasto que supone una recaudación más diversificada y las acumulaciones que se amontonarían en las diferentes etapas sobre las cantidades originales adelantadas en esos impuestos y que gravan nuestro comercio14. Pero si bien ha quedado demostrado que esta teoría se ha llevado a un extremo impracticable, sin embargo, rastreando su origen resulta evidente que una gran parte de todos los impuestos, por muy remotamente que se establezca, circulará indiferentemente hasta acabar por fin estableciéndose sobre la tierra, fuente de la mayoría de los materiales empleados en el comercio. Los cálculos realizados hace unos 60 años por los maestros más capaces de la aritmética política sugieren que el producto anual de todas las tierras en Inglaterra ascendió a £42 millones, y que por entonces el consumo total anual de mercancías extranjeras y domésticas no excedía de £49 millones, y el 14 Dicen que el comerciante repercutirá un incremento sobre el impuesto que paga, el tendero otro aumento posterior, etc. (N. del A.). 33 El Continentalista Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 21, nº 41. Primer semestre de 2019. Pp. 11-36. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2019.i41.01 saldo de la exportación sobre la importación unos £2 millones. De tales sumas procedían todos los ingresos obtenidos por el tesoro en la forma que fuera. De esto se deduce fácilmente que gran parte de ellos deben derivarse de la tierra directa o indirectamente. Pocas cosas existen más desacertadas que el conflicto y la rivalidad que casi siempre subsisten entre los intereses de los terratenientes y los comerciantes, porque lo cierto es que están inseparablemente entrelazados, de modo que uno no puede ser perjudicado ni beneficiado sin perjudicar ni beneficiar al otro. Oprimid el comercio y el valor de las tierras se hundirá; hacedlo florecer y su valor aumentará. Limitad la ganadería y el comercio disminuirá. Fomentad la agricultura y el comercio se recuperará. La historia de esta mutua reacción podría ser fácilmente trazada, pero es algo demasiado obvio para quien siquiera se pare a pensarlo, aunque sea de forma superficial. Sólo es de lamentar que a menudo se olvide, cuando las seducciones de alguna ventaja o exención inmediatas nos incitan a sacrificar el futuro por el presente. Pero tal vez sean aún más numerosos aquellos que, si bien dispuestos a soportar su parte del gasto público, tienen sin embargo aversión a la idea de perpetuidad, como si alguna vez fuera a llegar el día en que el estado dejara de necesitar ingresos y los impuestos se volvieran innecesarios. Es importante revelar esta ilusión y que el pueblo abra los ojos y vea la verdad. Adular una esperanza tan perjudicial y quimérica supone pagar un excesivo precio por la popularidad. El error es demasiado obsceno como para ser tolerado en ninguna parte, salvo en la cabaña del campesino, pero si nos lo encontráramos en la cámara del Senado, tenemos que deplorar la ignorancia o despreciar la hipocresía en la que se asienta. Actualmente el gasto implica a todos los gobiernos. Aunque si seguimos unidos estaremos menos expuestos a guerras terrestres que la mayoría de los demás países, con todo, mientras tengamos vecinos poderosos en cualquiera de nuestros extremos y nuestra frontera occidental esté rodeada por salvajes cuya alianza pueden lograr sin dificultad, siendo prudentes no podemos prescindir de las precauciones habituales por nuestra seguridad interior. Como pueblo comercial, debemos prestar una atención primordial al poder marítimo, y no se puede construir ni mantener una flota de guerra sin unos ingresos altos. La naturaleza de nuestras constituciones populares requiere una magistratura numerosa bien pagada, o de los contrario nuestros asuntos pueden verse fácilmente comprometidos, y en tal caso la experiencia nos demostrará que ningún gobierno cuesta tanto como un mal gobierno. Podemos predicar hasta la saciedad acerca de la necesidad del altruismo en las repúblicas, sin éxito. El virtuoso declamador no logrará ni persuadirse a sí mismo ni a nadie y estar contento con una doble ración de comida15, en lugar 15 Era costumbre entre los lacedemonios, cuando se elegía a un nuevo senador, presentarlo en las mesas públicas con el doble de la manutención como marca de distinción (N. del A.).