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Evolución, erotismo y origen de las especies. De vuelta desde Darwin a Platón y Aristóteles

Hernández-Pacheco Sanz, Javier

Abstract

El darwinismo parece la victoria final del nominalismo, al relativizar el último refugio de los universales que eran las especies de Linneo. Pero, aunque ciertamente esas «originadas» formas de vida asumen una función diferente en biología, todavía son en cierto sentido ámbitos de supervivencia tras la muerte, y no pueden negar la tensión metafísica que como lucha por la vida impulsa toda la evolución natural. La densidad ideal de la vida mantiene la evolución ligada a esencias y substancias en sentido platónico y aristotélico. Ello explica cómo el erotismo impregna la evolución, hasta llegar, más allá de la selección natural, al conservacionismo y a la solidaridad.

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Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 63 EVOLUCIÓN, EROTISMO Y ORIGEN DE LAS ESPECIES. De vuelta desde Darwin a Platón y Aristóteles1 Javier Hernández-Pacheco Universidad de Sevilla Resumen: El darwinismo parece la victoria final del nominalismo, al relativizar el último refugio de los universales que eran las especies de Linneo. Pero, aunque ciertamente esas «originadas» formas de vida asumen una función diferente en biología, todavía son en cierto sentido ámbitos de supervivencia tras la muerte, y no pueden negar la tensión metafísica que como lucha por la vida impulsa toda la evolución natural. La densidad ideal de la vida mantiene la evolución ligada a esencias y substancias en sentido platónico y aristotélico. Ello explica cómo el erotismo impregna la evolución, hasta llegar, más allá de la selección natural, al conservacionismo y a la solidaridad. Palabras clave: Darwin, Platón, Aristóteles, evolución, conservacionismo Abstract: Darwinism seems to be the final victory of nominalism as it relativizes the last refuge of universals that were the Linnaeus' species. But, though certainly those 'originated' forms of life assume a different role in biology, they are yet in a sense realms of survival beyond death, and cannot deny the metaphysical tension that as struggle for life propels the whole evolution of nature. The ideal density of life keeps evolution bound to 1 Con este subtítulo rindo homenaje a la obra clásica de E. Gilson, D’Aristote à Darwin… et retour. Essai sur quelques constantes de la bio-philosophie, que ejerció gran influencia en mi formación filosófica. Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 64 essences and substances in a Platonic and Aristotelian sense. This explains how eroticism pervades evolution, till arriving beyond natural selection to conservationism and solidarity. Keywords: Darwin, Plato Aristotle, nominalism, evolution, conservationism. Recibido: 06/08/2013. Aprobado: 18/09/2013 1. NOMINALISMO Y CIENCIA La ciencia natural bien parece uno de los frutos más evidentes del nominalismo. Entendemos por tal la tesis ontológica que postula al individuo físicamente constatable en la experiencia sensible como lo único existente. Esto en un sentido fuerte, que excluye también la existencia real de formas «comunes»2. El nominalismo destierra así de la realidad toda idea platónica, supuestamente responsable de un ámbito universal de significación que pudiera trascender el uso del lenguaje. De este modo, liberado de la pretensión de desvelar sentidos mediante un supuesto proceso de abstracción, la «nueva ciencia» puede limitarse a constatar hechos mediante la observación empírica3; y, eso sí, a procesarlos mediante leyes lógicas de carácter formal, que permiten constatar, o construir en sentido kantiano, regularidades universales y objetivas, válidas para todo posible observador. De este modo, sin entrar en muchos detalles, además de 2 Cfr. G. de Ockham, I Sent., 2, 8, Q. Expositio aurea, 3, 2, 90 R. 3 Cfr. también Quodlibet., I, 13. De este modo, el objeto primario del conocimiento es la cosa material dotada de cuerpo. Cfr. I Sent., 3, 1, F. Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 65 universales puramente lógicos de carácter analítico, tendríamos otros de carácter sintético, pero que carecerían de soporte ontológico; y que serían algo así como funciones cognoscitivas que sirven para objetivar a priori la experiencia. La universalidad de conceptos puramente lógicos se extendería entonces a otros con vocación empírica, atribuibles universalmente a conglomerados fácticos, como triángulo, grave, fuerza, fluido, planeta o neurona. Se trataría de elementos de nuestra experiencia empírica tal y como son conceptualmente objetivados según las formas posibles que un sujeto tiene de sintetizar esa experiencia (y en último término de reconocerse a sí mismo en ella). Más allá de esta universalidad objetiva, podríamos encontrar un apoyo óntico a la significatividad o universalidad lógica en la capacidad tecnológica de repetir cosas según diseños conceptuales. Y así nos encontraríamos con universales prácticos como «tijeras», o «enchufe». El resto de universales que no tienen su origen en la pura forma lógica o en las formas a priori de sensibilidad o entendimiento (siempre, eso sí, en su uso empírico), ni en los productos de la acción humana conceptualmente diseñados, pueden funcionar ciertamente como conceptos organizadores de la experiencia, pero no tendrían más apoyo que el uso que hacemos de ellos en un lenguaje condicionado por una praxis social culturalmente asentada. De este modo, sin conceptos que se le añaden «desde fuera», las intuiciones Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 66 que nos proporcionan los sentidos, serían, además de ciegas, mudas: la realidad no «quiere decir» por sí misma nada4. Por lo menos hasta mediados del siglo XVIII esta ontología nominalista pudo preciarse de ser la base del progreso científico. El saber, renunciando a perseguir esencias, partiendo de la constatación de hechos e integrando estos, según medida y cantidad, en una legalidad lógica de carácter matemático, se apropiaba de aquello que los hechos tenían de previsible y calculable en virtud de esas leyes. Sin embargo, a finales de eso que llamamos Ilustración, las cosas comenzaron a complicarse5. Primero fue la química, que recupera una visión en la que las cosas del mundo tienen, además de cantidades mensurables, cualidades que son «propias» de determinadas «substancias»; de modo además que sus movimientos no son mero reflejo de la acción de otras cosas, sino «reacciones» que se siguen de su naturaleza. Además, esos movimientos o reacciones responden a afinidades, de modo que las substancias se combinan y recombinan, o no, según esas propiedades, como si hubiese entre ellas algo 4 Es clásica la definición de nominalismo de Lewis Carroll en Alice in Wonderland: «'When I use a word,' Humpty Dumpty said, in rather a scornful tone, 'it means just what I choose it to mean — neither more nor less.' 'The question is,' said Alice, 'whether you can make words mean so many different things. ''The question is,' said Humpty Dumpty, 'which is to be master — that's all.'» (p. 213) 5 Cfr. mi trabajo «La emergencia de la reflexión. Sobre la idea romántica de naturaleza», pp. 61-73. Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 67 así como tendencias eróticas de atracción o repulsión (ya los fenómenos electromagnéticos apuntaban en esta dirección). Ciertamente, el momento nominalista se conserva en la consideración analítica de que muchas de esas substancias resultaban ser «compuestos», y así «maquinaciones» empíricas industrialmente fabricables. Pero al final todo remitía a un reducido número de substancias irreductibles o «elementos», que reúnen todas las características de las antiguas esencias (eso sí, ahora con pesos, aunque «específicos»). El innumerable kosmos noetós de Platón, algo más manejable pero manteniendo sus propiedades universales, se refugiaba así en una tabla de los elementos (sorprendentemente periódicos). Al menos hasta que esas esencias químicas o átomos principiales resultaron no ser tan indivisibles, y el nominalismo recuperó en la física de partículas ese territorio perdido por la química, reduciéndolo de nuevo a procesos electromagnéticos y gravitacionales. El microcosmos reproducía así lo que en la astronomía tanta paz, y gloria, había dado al nominalismo: hay hechos, leyes físicas, y el resto son significaciones construidas; en último término flatus vocis. 2. EVOLUCIONISMO CONTRA «ESPECIES» De este modo, desde finales del siglo XVIII, el antiguo esencialismo se vino a refugiar en su último reducto: las formas vivas. El árbol de Porfirio, con sus géneros, especies y diferencias específicas, aparece reproducido en la clasificación de Linneo. Los nombres comunes, universalmente atribuibles, Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 68 se fijan en significaciones reales. Quizás porque ningún modesto tratante de ganado permite la confusión de caballo por burra vieja. El esencialismo platónico se mostraba así en el carácter trans-temporal de las especies vivas: los individuos nacen, crecen y mueren; pero entretanto se reproducen, ciertamente en otros individuos, pero que tienen la (universal) particularidad de ser lo «mismo». La especie, como población cuyo cruce sexual produce descendencia fértil, se muestra así como forma viva que es causa de sí misma. Porque igual podemos decir que son las especies las que se reproducen, a saber, en la pluralidad de unos individuos que no son sino soporte fáctico, imperfecto, de la eternidad específica, a la que estos individuos de alguna forma «se parecen». Más platonismo no se podía pedir: el verdadero objeto de estudio y dedicación científica era la esencialidad ideal. Al cielo estrellado sobre Kant (objeto de la física nominalista), se añadía ahora en los naturalistas la mirada reverente hacia la absolutez trans-individual del escarabajo pelotero. Pero este último reducto de universales ontológicos terminará cayendo víctima de Darwin y Wallace: las especies no generan, más bien son generadas, tienen un origen, que hemos de buscar, no en la infinita sabiduría de un diseñador universal, sino en la mecánica selección de variantes casualmente incorporadas al genotipo; selección que efectúa ciegamente una naturaleza en la que la relativa escasez de nutrientes obliga a la lucha por la vida y a la eliminación de los menos adaptados para sobrevivir en ese entorno precario. Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 69 Sin embargo, afirmar ahora que la evolución restaura el nominalismo en el orden biológico, requiere de ciertos e importantes matices. En primer lugar porque esa idea de evolución es muy anterior a Darwin y se gesta en la visión de la naturaleza del romanticismo (cf. Richards), como reflejo del espíritu, que a través de los reinos naturales emerge hacia una plenitud que alcanza lo absoluto, en la autoconciencia y en la cultura. Desde este punto de vista, podemos hablar de una preconcepción intelectual del devenir natural, que es lo que da sentido de desarrollo al discurrir de la naturaleza en el tiempo, que así se muestra como despliegue de lo ideal. Esa idealidad se puede reconocer en las formas vivas; de modo que todas, desde su especificidad, manifiestan diversi mode la plenitud de lo absoluto. Ver un águila volar, un caballo galopar por la pradera, incluso, en toda su brutalidad, un tigre abalanzarse sobre su presa, es percibir la presencia de lo divino en el mundo. En este contexto cabe, establecer por un lado una continuidad evolutiva de las especies, a la vez que por otro reconocemos en cada una de ellas la referencia significativa a una totalidad que en ellas emerge y se manifiesta. El universo se particulariza en cada forma de vida, y se refleja dinámicamente en ella como tendencia evolutiva a lo definitivo. Por otra parte, esa totalidad del universo, es lo que cada individuo según su especie significa. Ése es el origen de lo que llamamos «universalidad»; porque entender algo es situarlo como signo del Universo, como reflejo de todas las cosas. Por ello, en ésta su ver- Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 70 sión romántica, evolucionismo y esencialismo, no se excluyen sino que se requieren y refuerzan mutuamente6. Mas ésta es la visión que Darwin, y más sus entusiastas seguidores, rechazan de plano. Es más, propiamente no abogan por el evolucionismo como tendencia biológica a formas «superiores» de reflexión ontológica, sino más bien por la «variación» de las especies, en la que los linajes biológicos por así decir se desestabilizan7, se desuniversalizan, para convertirse en reflejo, no de una tendencia cósmica, sino simplemente del medio al que las poblaciones biológicas se adaptan para sobrevivir; medio que selecciona a lo largo del tiempo microvariaciones genotípicas favorables a esa supervivencia. 3. BASES METAFÍSICAS DEL EVOLUCIONISMO DARWINIANO No voy a entrar aquí en cuestiones técnicas que ponen en cuestión este planteamiento y que se abordan desde el rótulo de «teoría de la compleji- 6 El concepto de una scala naturae que Aristóteles estableció en De historia animalium lo recoge el neoplatonismo e impregna posteriormente todo el pensamiento cristiano medieval; para revivir con toda su fuerza en el romanticismo de finales del XVIII. Volcar diacrónicamente esa escala de perfecciones vivas, que para Linneo y Buffon tenía todavía un sentido sincrónico, dará por resultado de forma intuitiva y natural la emergencia de un evolucionismo no mecanicista históricamente anterior a Darwin (Cf. A. O. Lovejoy, 1936). 7 Por ejemplo, en el capítulo VIII del Origen de las especies, Darwin se empeña en relativizar el principio de que la especie supone una barrera reproductiva, dejando el camino abierto a la posible fertilidad de híbridos. Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 71 dad»8. Quiero aquí señalar sólo algunos puntos que hacen de la misma teoría darwiniana algo bastante más complicado de lo que supone su interpretación, incluso su intención, nominalista; porque pienso que en ella se introducen, si no subrecticia, sí al menos inadvertidamente, tesis del más alto voltaje metafísico que carecen de sentido en el marco de una ontología nominalista y mecanicista9. Empecemos por lo que Darwin sitúa como motor de la variabilidad interespecífica. Que no es la selección natural (un mero procedimiento de criba), tampoco el azar, sino algo mucho más telúrico, primigenio, mítico o metafísico, en cualquier caso absoluto, que es eso que él llama struggle for life10. Él puede pensar que se trata de una asunción sin compromiso, de sim- 8 Para un amplio tratamiento de esta cuestión en los más recientes desarrollos de la biología, cf. Arana, 2012, especialmente cap. 8: «complejidad y emergencia». 9 B. Goodwin, (1997, p. 32), señala como antiguos mitos y creencias subyacen a las teorías científicas y concretamente a las teorías evolucionistas. Con más razón, pues, podemos hablar de una metafísica subyacente al darwinismo. 10 Cf. Ch Darwin, On the origin of species, pp. 61 s.: «Again, it may be asked, how is it that varieties, which I have called incipient species, become ultimately converted into good and distinct species, which in most cases obviously differ from each other far more than do the varieties of the same species? How do those groups of species, which constitute what are called distinct genera, and which differ from each other more than do the species of the same genus, arise? All these results (…) follow from the struggle for life. Owing to this struggle for life, any variation, however slight, and from whatever cause proceeding, if it be in any degree profitable to an individual of any species, in its infinitely complex relations to other organic beings and to external nature, will tend to the preservation of that individual, and will generally be inherited by its offspring. The Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 78 a los hijos, el afán amoroso de una vida incapaz de afirmarse absolutamente en su finitud, se trasfiere al compañero sexual. Mas aquí, en efecto, surgen graves inconvenientes. Por ejemplo, enamorarse es ahora la pretensión de encontrar lo más propio, lo que de absoluto tiene la propia existencia ―mi tesoro, mi vida, decimos― en el otro; lo que parece razonable allí donde la vida ha descubierto su insuficiencia respecto de la eternidad o absolutez que pretende. Como en la canción del doliente legionario, todo amor busca redención; y de ahí su obsesión con príncipes azules y mujeres ideales. Todo muy angelical y metafísico; problemático también, porque poniendo la propia mismidad en lo otro, el afecto termina, como ya señala Platón en el Fedro y ratifican los boleros, en la alienación; y uno, en medio de la ansiedad, la angustia y la desesperación, se vuelve loco. Y entonces empieza a sentir, y a decir, y sobre todo a hacer, cosas muy contradictorias. Para lo que nos interesa aquí: recordemos que el amor es algo así como el órgano de lo absoluto, y que, asumida la propia finitud y a fin de garantizar esa problemática absolutez ―dicho darwinianamente, la victoria en la lucha por la vida― en la progenie, el amor tiene que hacer un rodeo por el compañero reproductivo. De ahí el «te querré siempre», «tú eres todo para mí», y esas cosas que se dicen. Pero si nos fijamos en lo que ahora despierta ese sentimiento, nos encontramos con cosas aparentemente mucho más vulgares: pechos generosos, caderas suficientemente anchas para garantizar un eficiente canal obstétrico, y la estrecha cintura y largas piernas que denotan la agilidad suficiente para seguir a la horda con una cría al cuadril; además de un rostro equilibrado que exprese inteligencia para buscar bayas; y por supuesto juventud. En resumen, el objeto del amor resulta ser reflejo Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 79 perceptible de la «salud reproductiva», a saber, de los machos y hembras del Cro-Magnon que genéticamente seguimos siendo. Desde el sexo opuesto funciona exactamente lo mismo; y así desde que Policleto esculpiera el Doríforo, la humanidad encontró el retrato de sí misma, su expresión ideal, su canon o medida, su príncipe azul, en lo que, sin necesidad de poesía pero sin tener que excluirla, podemos sencillamente denominar «un tío cañón», recién salido del gimnasio. Eso sí que es «survival through fitness», a la vez ―pensaron los griegos― que imagen de lo divino. Este recurso a la vulgaridad no es sin embargo un descuelgue barato, porque viene exigido por el guion conceptual. Pues vemos aquí cómo lo que mueve el amor, la belleza platónica, no es otra cosa que lozanía ―«moza tan fermosa no vi en la frontera…»―, o dicho darwinianamente, potencial reproductivo. Y por eso está esencialmente ligado, no a la particularidad del individuo, sino a la generalidad, vulgar e ideal a la vez, de la especie. El drama es total, porque siendo el amor una promesa de absolutez ―«tú eres diferente», es la fórmula general de su declaración― en su deriva sexual el paradigma trasferido al compañero termina instalándose en lo específico y universal. Uno abandona a su madre, origen substancial y que no hay más que una, para al final enamorarse de un «cualquiera» específico que encontró por la sabana, o en la «frontera»; pero que, eso sí, ofrecía en forma de belleza un aspecto saludable y así una promesa biológica de supervivencia reproductiva. Esta desmitificación biogenética del erotismo, por consoladora que sea para quien sufre mal de amores ―hay más mujeres, u hombres, que botellines, decimos entonces―, puede parecer más cruda incluso que reconocer nuestra ascendencia simiesca. Pero mucho cuidado con la hermenéutica, Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 80 porque mi intención es poner de relieve, una vez más, que aquí hay escondida mucha más metafísica de lo que parece. Porque a ese descuelgue de la idealidad platónica en vulgaridad demográfica, corresponde igualmente el esencial protagonismo de lo ideal en los mismos procesos biológicos. Porque al final resulta que no es el individuo el que en su lucha por la vida explica, mediante la selección natural que hace un medio hostil, el origen de las especies. Sencillamente porque tratándose de supervivencia procreadora, esa pulsión vital, o fitness, tiene a la especie como condición de posibilidad. Vivimos para la especie, es ella la que en nosotros, desde su universalidad, se reproduce a sí misma. ¿Qué pasa entonces con la evolución? ¿Tiene razón Cuvier en que esta evolución es imposible, ya que cualquier variación extraespecífica rompería el equilibrio que garantiza la supervivencia? Me temo que voy a ser aquí muy poco categórico. Me conformo con denunciar la inviabilidad biológica del nominalismo. No acepto gato por liebre. Pero entiendo que una evolución biológica tiene sentido como progreso en el tiempo de relativamente estables «formas» de vida (en el más preciso sentido aristotélico). Dicho de otro modo: las especies no se originan, porque son ellas las que evolucionan. Y lo hacen, no porque se adapten al medio, sino porque, como reflejos que son del afán de vivir absolutamente (aquí devolvemos el protagonismo a la substancialidad individual específicamente determinada), toda especie es el modo que los seres vivos tienen de hacerse absolutos, de trascender el tiempo y su Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 81 propia finitud13; son el modo que tienen de amarse a sí mismos y de imitar a Dios. Como el Doríforo: no de to fit in (de adaptarse), sino de to be fit (de ser y actuar por sí). Por la forma somos substancia. Y precisamente porque detrás de las especies está lo absoluto, o eso que también llamamos Espíritu, las simples poblaciones biológicas son más que sí mismas, esto es, en el sentido platónico (en absoluto reñido con la substancialidad aristotélica) ideas, significaciones particulares del Universo dinámicamente movidas por el amor de lo mejor. Y por eso, en ese reflejo o memoria de su origen, toda forma de vida es heteron ti14, un «algo más», un surplus; y tiende a superarse a sí misma y a dar más de sí. Y así, en conjunto, en su evolución hacia lo perfecto, se hace manifestación de la gloria de Dios. 13 En general, se llama poco la atención sobre el carácter contradictorio de la obra de Darwin, tal y como se refleja ya en el título de su obra. Por un lado, al tratar del «origen» de las especies, relativiza toda forma de vida como algo que ocurre en el tiempo. Y así reza «On the Origin of Species by Means of Natural Selection». Pero este título esconde el afán de trascender el tiempo que subyace a esta deriva evolucionista, que sí se reconoce con toda claridad en el subtítulo de la obra: «or the Preservation of favoured Races in the Struggle for Life» (cursivas son mías). Las especies son pues formas de preservar la vida y salvarla de su propia relatividad. Son formas de sobrevivir, son formas de trascender la muerte ante la que esa lucha por la vida siempre fracasa en cada individuo. 14 «Y esto es la substancia de cada cosa» (Met., VII, 17; 1041 b 17 ss.). Debo esta referencia a F. O'Rourke (2005, pp. 3 ss). Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 82 5. EL PROTAGONISMO EVOLUTIVO DE LA SUBSTANCIA Para entender esta tendencia autotrascendente de las especies biológicas, nos queda aún analizar con mayor detenimiento el evolucionismo, sin necesidad de abandonar su más estricta observancia darwiniana. Vimos cómo el motor evolutivo era la lucha de los seres vivos por sobrevivir, por superar su última limitación que es la muerte. Y hemos visto cómo esa pulsión original se convierte en afán reproductor en el marco de formas de vida relativamente estables. Pero cometeríamos un error si pensásemos que la vida, por así decir, se con-«forma» con esa especie de redención lógica que la especie le ofrece en la universalidad del género. Si así fuese, el catálogo bio-lógico sería algo así como el universal cementerio de la naturaleza, mediante esa disolución de lo «bio-» en lo «lógico». Pero entonces, ese triunfo platónico de la universalidad sobre el ser, sería también el último fracaso de la vitalidad, que más bien busca la afirmación de sí, más allá de los predicados que la determinan. De ahí la reivindicación de Aristóteles frente a su maestro, de que lo esencial del ser no es su significatividad lógica, sino su actividad, en la que el ente no se diluye en lo genérico sino que, efectivamente, resulta ser entelékheia: actividad que termina en sí misma. Y eso no es el universal específico, sino la substancia individual. Que la vida es entelékheia significa que consiste en la constante superación de su límite, de lo que Aristóteles llama también su potencialidad. La vida no es disolución de sí en lo otro, ni siquiera en la significatividad lógica, sino constante autoafirmación y perfeccionamiento. Es lucha por y contra sí misma: a favor de su actividad y en contra de los límites que la constriñen. Por eso la vida, ya originalmente, es progreso y evolución, movida por el eros y la horesis, hacia las mejores formas de sí misma. Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 83 Y eso es lo que Spencer y Darwin llaman struggle for life. Ahora es cierto que la estabilidad específica como forma de viabilidad biológica, es el reflejo adaptativo de esa lucha por la vida. Pero lo vivo no se adormece en esa seguridad específica. Dicho en términos nietzscheanos: Dionisos triunfa siempre sobre la tentación apolínea de esa aparente redención lógica15. La vida es voluntad de ser y perpetuarse, y por eso trasciende ahora ese marco específico, lo re-individualiza reflexivamente, lo hace substancial, en una tendencia a afirmarse a sí misma sobre esa forma que no deja de ser una limitación. Y entonces vivir es ser más: que escarabajo, que águila, que hombre; es querer ser activamente sí mismo, ad infinitum. Ya lo hemos dicho, además de a los de su especie, todo lo vivo, según su forma, se parece a Dios y quiere ser como Él. Desarrollo ontogenético y progreso filogenético son las formas que tiene de lograrlo, hasta un cierto punto, a la vez maravilloso y miserable. Por eso la vida, precisamente en su carácter erótico, es potencial evolutivo. Las especies son un relativo descanso en esa lucha infinita; y también trampolines, biogenéticamente organizados, de la tendencia a lo perfecto. Naturalmente, los nominalistas darwinianos me acusarán aquí de recurrir a principios metafísicos, o a metáforas antropomórficas. Pero tienen la batalla perdida, porque de ser así, del mismo modo resultaría ininteligible eso que ellos llaman struggle for life. Porque no se entendería por qué, en un entorno 15 Esta victoria de Dionisos sobre Apolo la describe Nietzsche en su obra Die Geburt der Tragödie. Se trata ciertamente de una teoría general del espíritu y la cultura griegos; pero es a la vez una paráfrasis de los principios básicos del pensamiento de Schopenhauer, y puede ser interpretada igualmente como clave para una filosofía de la naturaleza en general y de la evolución en particular. Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 84 mecanicista y materialista, la vida tendría que ser lucha por superar sus límites, y muy especialmente aquél último que representa la muerte. Son los darwinistas los que introducen la eternidad en el marco biológico. Y ése es el origen, no sólo de las especies (efectivamente forms of preservation), sino de la infinita tendencia evolutiva en la que, desde su finitud, la naturaleza reproduce, a su manera, la infinitud de su origen. La evolución es en la naturaleza el modo en el que el Creador agit sibi simile. Y si no hay ese origen, tampoco hay evolución: faltaría el fin por lo que todo lo natural se esfuerza. También se me objetará que esto requiere el recurso a algún modo de neo-lamarckismo, una y otra vez descartado por la experiencia empírica. Pero es una objeción a que no ha lugar. Porque la idea de una ortogénesis formal ―de una u otra manera cualquier proceso evolutivo, aquí y en cualquier otra galaxia, tiene que acabar generando algo parecido a un ojo, o a un sistema nervioso― que aquí ciertamente sostengo, no requiere que los seres vivos puedan transformar su material hereditario, pero sí que integren reflexivamente ese material en complejos sistemas orgánicos que tienden a potenciar la actividad reflexiva. Ladrillos, cristales, maderas, piedras, pueden surgir de forma ―valga la analogía― aleatoria en la naturaleza, pero una catedral gótica no. Y precisamente no recurro aquí a ningún «diseño inteligente»16, antes bien a la capacidad que la naturaleza tiene, desde el átomo de hidrógeno al desarrollo de un sistema nervioso, de incrementar su actividad en formas cada vez más complejas, reflexivas e independientes. Eso, que Aris- 16 Para una crítica de las recientes teorías del «diseño inteligente» precisamente desde una concepción de la evolución compatible con el creacionismo, cf. Soler (2013, pp. 98 ss.). Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 85 tóteles llama entelékheia¸ Platón eros, Spinoza conatus, Darwin struggle for life, Nietzsche voluntad de poder, y por supuesto Bergson élan vital, es el verdadero motor evolutivo. Y no la selección natural, que como vimos solo funciona suponiendo esa original tensión hacia la autoafirmación absoluta17. Dicho con la máxima fuerza expresiva: no hay teoría de la evolución posible si obligamos a los seres vivos a renunciar del todo a la inmortalidad. Por eso, una y otra vez hay que insistir en que, en su conjunto, esa evolución no tiene un sentido adaptativo. Aunque lo puedan ser en su limitada particularidad, las especies no son formas de reflejar mimética y mecánicamente la diversidad del medio. El paradigma evolutivo no es el camuflaje, sino efectivamente la emergencia progresiva de formas, que son a la postre para los organismos vivos formas substanciales, de ser sí mismos, diferentes del medio. Es aquí donde la substancia gana la batalla a la generalidad específica; y esa victoria, que Aristóteles llama energeia, es la fuerza que mueve el proceso evolutivo hacia formas de vida cada vez más organizadas. La filogénesis entonces, más que reflejo de una dinámica adaptativa, resulta de un proceso emancipatorio18, en el que bien podemos constatar un gradiente de 17 Nietzsche me parece acertar cuando afirma: «La influencia de las 'circunstancias externas' se sobrevalora en Darwin hasta la insensatez; lo esencial en los procesos vitales es la brutal fuerza que genera formas de dentro a fuera, y que precisamente utiliza y explota esas 'circunstancias externas'» (Nachgelassene Fragmente 1885-1887, p. 304. La traducción es mía). 18 De este modo, fitness, por ejemplo en sentido antropológico, no es algo que esté reñido con la caracterización que hace A. Gehlen del hombre como Mangelwesen, como inadaptado biológico, lo que lleva efectivamente a la emancipación del medio ambiente y a desplazar el horizonte de la fitness al ámbito de la cultura (cf. Gehlen, 1940). Aunque la cita sea Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 86 libertad, que quiere decir, de intensificación reflexiva de la actividad vital. Sin esa pasión de ser en absoluto, de ser un horistón, algo separado, supuesta en los seres vivos y que define formalmente la tendencia ortogenética, la selección natural sencillamente no funciona: no hay struggle for life. 6. EL FUNDAMENTO ONTOLÓGICO DEL CONSERVACIONISMO Por cierto que, si esto es así, hemos de corregir, y en cierto sentido invertir, lo que anteriormente dijimos sobre el amor. El sentido de esa pasión de vivir que vimos era el erotismo, no está en la tendencial disolución en la especie que la progenie significa. Porque la vida es más que su infinito progreso, y en todo momento la actividad en que consiste revierte sobre sí para afirmarse como absoluto. No somos entonces como personas una simple List der Vernunft, la ilusión individualista de una razón genérica, sino que, por encima de la especie, y ahora ciertamente por medio de ella, la vida produce algo absoluto que en sí mismo merece ser. Lo que es imposible para el amante naturalista, quizás es todavía posible para Dios: hacer también del cangrejo efectivamente algo definitivo; y garantizar para él, en su mísera reflexividad, también algo de inmortalidad19. Y con más razón, aquella o aquel históricamente paradójica, desde el otro extremo del espectro ideológico, la tesis de Horkheimer y Adorno en Dialektik der Aufklärung, de que el hombre abandona a favor de la emancipación la mímesis natural, viene a sostener lo mismo. 19 Cfr. Aristóteles, De partibus animalium, I, 5; 645 a 15 ss: «Por tanto, no debemos ceder a la aversión de examinar a los animales más humildes. Todo reino natural es maravilloso; y al igual que Heráclito, que, cuando unos extraños que lo visitaban dudaban de entrar porque lo Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 87 que un día nos encontramos por la sabana, en la frontera de lo diferente, aparece entonces con una nueva luz, como algo amable y hermoso, como «compañera de juventud» ciertamente, pero, más allá de la utilidad biológica, como lo que merece ser querido «para siempre»20. Una vez más se me puede acusar de confundir saber con poesía, o con moralidad. Pero algo tendrían que ver entre sí esas actitudes, cuando son los naturalistas los que más suelen implicarse moralmente en las distintas formas de conservacionismo. Ello pese a defender en el orden ontológico la caducidad de las especies vivas, al parecer destinadas a verse evolutivamente superadas por otras ―ni siquiera superiores― formas de vida. Pero no se trata de un añadido moralizante. Que los naturalistas, cual solícitos amantes, quieran preservar in aeternum aquello que constituye el objeto de su estudio, es sólo… natural. Porque las especies son expresión de una voluntad de ser que les da, como formas de vida, una dimensión trascendente al tiempo. Las especies son formas de sobrevivir, y son por ello ellas mismas absolutas, que quiere decir amables, más allá de su inmediato carácter empírico. Preservarlas es la forma de ese amor y respeto que merecen. veían calentarse en el fogón de la cocina, los animaba a pasar diciendo que también en la cocina estaban presentes los dioses, así debemos nosotros aventurarnos sin disgusto al estudio de cualquier tipo de animal; porque todos y cada uno nos revelarán algo natural y hermoso» (de la traducción al inglés de W. Ogle). 20 Prov., 5, 18 ss.: «Sea tu fuente bendita. Gózate en la mujer de tu mocedad, cierva amable, graciosa gacela: embriáguente en todo tiempo sus amores, su amor te apasione para siempre. ¿Por qué apasionarte, hijo mío, de una ajena, abrazar el seno de una extraña? Pues los caminos del hombre están en la presencia de Yahveh, él vigila todos sus senderos». Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 94 minusválidos, en vez de ponerles zancadillas por las calles. Por eso cuidamos y respetamos a los ancianos, en vez de echarlos a trompazos de la manada. Por eso no abandonamos a los enfermos a su suerte; y los pobres y deficientes se hacen para nosotros recuerdo de que todos lo somos y de que esperamos de la vida más de lo que de momento nos da: que los ciegos vean, los cojos anden, los muertos resuciten y a los indigentes se les proclame la Buena Nueva (cf. Mt., 11, 5-15). BIBLIOGRAFÍA EMPLEADA J. Arana, Los sotanos del universo. 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Y esto tiene esencialmente que ver con una idea de humanidad en la que efectivamente nos reconocemos a nosotros mismos como especie universal más allá de la individualidad física. En el nominalismo sí que no hay Seguridad Social. Naturaleza y Libertad. Revista de estudios interdisciplinares. Número 4, 2014. ISSN: 2254-9668 95 A. Gehlen, Der Mensch. Seine Natur und Stellung in der Welt, 1940. E. Gilson, D’Aristote à Darwin… et retour. Essai sur quelques constantes de la bio-philosophie, Paris, Vrin, 1971. B. Goodwin, How the leopard changed its spots. The evolution of complexity, London, Phoenix, 1997. J. Hernández-Pacheco, Elogio de la riqueza, Barcelona, Tibidabo, 1991. ——, «La emergencia de la reflexión. Sobre la idea romántica de naturaleza», en: La inteligencia en la naturaleza. Del relojero ciego al ajuste fino del universo. Ed. F. Rodríguez Valls, Madrid, Biblioteca Nueva, 2012. B. Holmes, «The Not-So-Selfish Gene», en: The New Scientist, 7 March 2009. I. 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