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La calumnia, ó sea La madre incognita : drama en cuatro actos por F. A. y G

Altés y Gurena, Francisco; Roca, Agustí

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'• 3 * LA CALUMNIA, ÓSEA: .XA MIDI! OP COG 3 ST 1 TA. DRAMA EN QÜATRO ACTOS, por F. A y G, ^Presentada por primera vez en el teatro de Barcelona, el día i ? de Julio de 1815. actores. ^tarto, Marques de Erneville, puliiia, su Esposa . ¡J a Condesa de Rosmond. Caballero San-Merán. locadia, muchacha de trece años. Mauricio, jóveti de diez y siete años * Mr. D’Orgeval. El Caballero Celtás. Le-Mere 7 Criados antiguos del La-France ¿ Marques . La Escena es fixa. ACTO PRIMERO. Escena primera. Re'presenta el teatro un salón con quatro puertas laterales , y una en e f° r0 'i buenas sillas , mesa con escribanía , libros sobre ella , y á la derec a una ventana por la que pueda asomarse una persona, ^-France y el Caballero san- Merán. *quel con librea y este con botas y vestido de viage. ** a ~Frunce . Seguidme, pero sin rui¬ do ; con estas malditas botas no se puede hacer ninguna expedición secreta. Cab. Y bien, que nos oygan, ¿que importa ? Ya estoy enteramente de¬ terminado á hablar al Señor Mar¬ ques. La-Prance algo turbado, \ Al Se- ESCENA II. fíor Manques! ¡Pues que! ¿In¬ tentaríais acaso descubrir... Por Dios, Señor, vos sabéis que os he servido bien; no hagais que pier¬ da mi reputación, presentándome desleal y delinquiente. Cab. La-France, agradezco tus bue¬ nos servicios y sabré recompen¬ sarlos como debo; solo exígo de tí silencio y discreción, advirtién¬ dote que con esto harás un se¬ ñalado servicio á tus amos y á mi. La-Fr. No creo que podáis queja¬ ros de mi conducta en todo el tiempo que merezco vuestra con¬ fianza.... Señor, mi corazón está oprimido; no soy capaz de des¬ confiar de vos; pero la reumion de mis queridos amos tarda tanto á verificarse... ¡Hay tanto tiem¬ po que los veo padecer sin que reciban el mas ligero alivio!... Cab . Llegará, no lo dudes, llegará este deseado tiempo en que la ca¬ lumnia perderá su despótico impe¬ rio y quedará ajada y abatida á los pies de la verdad. Yo no me separaré del castillo sin que haya restablecido en él la felicidad de todos sus individuos.- ¿Quien es este que se adelanta? La-Fr. Mauricio, el hijo mayor del Marques de Erneville. Este ha quedado siempre al lado de su pa¬ dre, desde que por la cruel se¬ paración, la Baronesa de Vordac se domicilió en Erneville y la Mar¬ quesa pasó á habitar con ella. Cab • Introdúceme y disimula. Dichos , y Mauricio de una de ^ puertas de la izquierda . La-Fr. Señorito, este caballero es ' taba pidiendo solícito por el señ° r Marques , y no he tenido repa f0 en introducirle hasta aquí. Cab. ¿Sois hermano del señor Ma r ' ques? (Quitándose el sombrer<h y disimulando. ) Maur. Hijo suyo, para serviros. Cab. ¡ Hijo suyo! Abrazadme y re ' conoced en mi al Caballero fia 11 ' Merán que en este mismo instafl' te acaba de llegar de París. Maur. Celebro mucho conocer ^ mas apreciado amigo de mi padr 3 ’ pero, ¡ Ah Señor mío í En fi lie ( fatal situación lo encontrareis aho r3 ' Cab. Pues que! ¿No goza de p st ' fecta salud? Maur. Se halla oprimido de una rible melancolía que nos hace f° r * mar muy tristes congeturas. ^ vano Mr. D’Orgeval y el C llero Celtás procuran di str^ e por medio de mil diversiones, P ef0 ya ni la música ni la caza tie^ 0 para él atractivo alguno: reíir 3 ^ en su aposento, desconfiando todo el mundo, las lágrimas s0íl su alimento, y la lectura su p re " ferida distracción. Cab. Con bastante sentimiento sU P desde la isla de Sto. Doming^’ que vuestro padre había al horrible extremo de separarse jj su querida Paulina ; de ¿ hermosa y apreciable muger 9 parecía haber sido formada para la felicidad de Erneville, pero cono¬ ciendo el perfecto amor que la prolesaba, no dudé que algún exécrable delito habría dado causa á ta n escandalosa publicidad. i Ah San-Merán! Si vos c °noceis á fondo, como presumo, corazón de mi querida madre; ácomo podéis sospechar que haya a |bergado un solo instante ideas in¬ dignas del decoro de su esposo, y contrarias á las máximas del amor conyugal que ha sido siempre su Pernera virtud? pero dexemos ahora este discurso que de nada apro¬ piaría. ¿ Queréis descansar un rato? La-France, trae para el Se ñ°r un vasito de vino, el ca- i°r es excesivo, y se hallará deq pitado por la fatiga del viage. aba Uero á La-France . N<5, no os nicomodeis amigo mió,-aprecio vues- ^ tra atención, (Á Mauricio. ) 'trance ap. ¡ Que fino y disimula- 0 ’ Cada dia voy entrando en üneva confusión. Q a ^ ase P o r la puerta del foro.) ' Creed, querido mió, que no donaré medio para restable- Cer en el corazón de D’Ernevilíe ^ella alegría y jovialidad que le Ila cian amable en las mas brillantes sociedades. j U r ' Sino me engaño; él se ade¬ pta como acostumbra todas las Afanas á tomar el ayre de la putaña en este salón el mas des¬ pejado del castillo. Bi en su trisse conoce en su semblante. - Simulad,- 3 Cab. ¡ Pobre amigo mió! ¡Quanto le compadezco! ESCENA III. El Marques sale cabizbajo , con lús brazos cruzados ó como mejor parez¬ ca , y va á sentarse junto á la mesa\ suspira , abre un libro que se encuen¬ tra allá y le cierra inmediatamente . Durante la escena muda , el Caba¬ llero se habrá retirado mas al fondo para contemplarle . Marques , levantando por fin los ojos . Ah! ¡tu eres Mauricio! Maurico , lomándole la mano con in¬ feres. Sí, padre mió, mandad. Marq. ¿Han salido Celtas y D’Orgeval? Maur . Dos horas hace que están ca¬ zando por el monte. Marq. ¡Quanto me alegro! Maur . ¡Que! ¿Os disgusta acaso su compañía ! Marques con amargura. No me dis¬ gusta; no, todos me favorecen de¬ masiado ; pero su amistad; no es verdadera. Maur. ¡Ah Señotl Tal vez vuestra desconfianza carece de fundamento. Marques con alguna fuerza. Tienes razón, merezco .setf aborrecido de todo el mundo. ( Repara ahora en el Caballero y hace algunos pasos como queriendo huir , diciendo á tiempo la exclamación) ¡O Dios! Caballero corriendo á él. Detente, la amistad te lo manda. Marques echándose en sus brazos. ¡ Ay amigo l ( un rato de silencio.} 4 Cab. ¡Y que! ¿Seré también para ti obgeto de menosprecio ? ¿ Quando acabo de llegar de un viage de mas de tres dias, solo para te¬ ner el gusto de abrazarte , tu me huyes; te importuna mi presencia ? Marq. (con el mayor dolor.) Perdo¬ na. . compadéceme; - soy desgra¬ ciado.. La fortuna me persigue por todas partes ( V olviendo en sí. ) Solo en esta ocasión me ha sido favorable pues me ha conducido el amigo mas amado de mi cora¬ zón. ( Vuelve á abrazarle y pro¬ sigue llorando. ) Ya lo ves.. he tenido que separarme de ella. Caball ( con nobleza. ) ¿Y porque presumes que una muger te ha engañado, debes ya imaginar que no existe la virtud sobre la tier¬ ra ? ¿ Porque se apagaron en tí los afectos del amor, debes tam¬ bién extinguir los de la amistad? Ah! no me lo esperaba de ti. Marq. Repito que me perdones., tu amistad no puede dexar de serme grata; pero un terrible recuerdo; una espantosa idea ( c ogiéndole la mano con la mayor expresión , y con una voz algo baxa que no pue¬ da ser oida de Mauricio. ) San Merán, soy el mas vil, el mas despreciable de los hombres... hor¬ rorízate... por delinqiiente que sea la Marquesa de Erneville, no pue¬ de serlo tanto como yo... Fui un asesino, un seductor, un perver¬ so.. ¿Y aun tengo la osadía de quexarme?... Va á sentarse aba¬ tido al lado de la mesa. Mauricio habiendo conocido que 5 e recatan de él. dice ap. Mi pr e ' senda tal vez será importuna. {AlW al Marques. ) ¿ Me permitis que vaya á dar las órdenes correspon¬ dientes para complacer á tan apre¬ ciado huésped ? Este quarto qu e dá sobre el rio me parece el á proposito.. ¿Que tal?. Sí; voy á disponerlo. \ El pobre La-Frafl' ce es tan viejo ya! Entre él J yo lo arreglaremos todo.. Á Di° s padre mió. (Le besa la mano y parte corriendo por el foro.) ESCENA IV. Luego que el Marques no oye ha¬ blar á Mauricio , levanta la cabe para ver si ha salido , mete el páce¬ lo en la faltriquera , toma una siU* 1 ' la presenta á San Merán , le dice» Marq. Siéntate. San Merán obedece , luego el ques va á cerrar la puerta del fo r0<> vuelve , toma otra silla , siéntase d lado de San Merán , le toma la m^ 0 y le dice con fuerza y prontitud* Marq. ¿Nada has sabido de mi del'* 0 ' Caballero fingiéndose admirado . ¡0 lie delito! Tu me sorprehendes* Marq. ¿Quanto tiempo hace que vuelto de tu viage? Cab . Quatro meses cumplidos. Marq. ¡ Quatro meses! ¡ Con <3 11 ^ tan oculto permanece!- ¿Y en j ris que se dice de Paulina ? Cab. Hay quien la pinta con 0 mas negros colores: pero gen er mente la creen inocente. Marq. (con mucha fuerza.) ¡Inocen¬ te!. Si asi fuera, yo moriría de desesperación.. ¿ Y á mi como me tratan ? ( Siempre con ansia. ) D e furioso y desconfiado los que defienden á Paulina, pero de indulgente y compasivo los que ta acusan. Marq. ¿Y tu que dices? Cab. Yo la defiendo. Marq. (acercando la silla.) ¿ Tu la defiendes?.. Porqué motivo?.. Ditue lo que sabes, no me ocultes cosa alguna. Cab. Yo... nada.. Marq. (con voz terrible.) Dime lo que sabes., mira que estás en mi poder. ( V olviendo en sí. ) Perdo¬ na, yo deliro. (Saca otra vez el pañuelo y se enxuga las lágrimas.) ( Prosigue con amor y dulzura. ) ¿Sabes' el motivo de nuestra separacion? ytth: Se cuenta con tanta variedad. Marq. Sí... yo te conozco... eres mi amigo.. ¿Tendrás valor para oírlo de mi boca ? me prometes callar ? ^ab. Me ofendes. ^arq. Pues te horrizarás.. estoy cier¬ to que te horrorizarás. Escucha.. ( Después de una pausa.) Tu co¬ nocías la Marquesa de Erneville; tu celebrabas su virtud, tu envi¬ diabas mi felicidad, su prudencia y su talento eran singulares, pa¬ recía que la naturaleza no podía haber reunido con tanta hermosu¬ ra , tanta gracia y sensibilidad. Una muger de esta clase tan fina, tan delicada, no dudó atropellar las 5 leyes del honor, convirtiendo la pura felicidad de su esposo en la mas áspera melancolía. Ya sabes que para defender mis intereses, tuve que permanecer un ano en París : durante mi ausencia las car¬ tas de Paulina estaban llenas de sensibilidad y ternura; pero tan fal¬ sas y aleves como su corazón. El Duque de Rosmond tan célebre por su elegante figura como por su libertinage, fué el objeto por quien atropelló su reputación y la mía. Este hombre temerario pasó dos meses en una cabaña del vecino bosque, para trazar y combinar con Paulina una aventura que pudiese introducirle en el castillo, fran¬ queándole las ocasiones que con ansia solicitaban. En efecto, ella misma no tuvo reparo en escribir¬ me, que el Duque de Rosmond pasando por estos alrededores, ca¬ yó desgraciadamente de su caba¬ llo; y que habiendo pedido so¬ corro , la humanidad la obligaba á franqueárselo... Ocho dias , ocho dias de la mas infame correspon¬ dencia decidieron de mi felicidad.. Sí; pronto la Marquesa no pudo encubrir el fruto de sus torpes de¬ masías; ya no gustaba de montar á caballo, y perdía insensiblemen¬ te la salud. Acércase por fin el momento terrible para ella en que debía comparecer delinqüente á la vista de los hombres; entonces me escribe una carta la mas amorosa que he recibido de su mano, llo¬ ra los males de la ausencia, me manifiesta deseos de ver á París, 6 y concluye pidiéndome el permiso de venir á encontrarme. Yo ig¬ norante de su pérfida intención, se lo otorgo todo, le indico mi mo¬ rada en el arrabal de San Ger¬ mán, y me preparo con júbilo á recibirla.... Ella..., sí, salió efec¬ tivamente , pero en vez de dirigir¬ se á mi posada, se encamina á la fonda de la Estrella. Todo esto es cierto, todo está probado exac¬ tamente.. Ansioso entonces de su destino, paso ocho dias entrega¬ do á la mas viva inquietud, has¬ ta que enteramente determinado monto á caballo y me dirijo á Erneville... Aqui se despedaza mi corazón al enterarse de tan funes¬ tas noticias: furioso, desesperado determino aguardarla para echar¬ la en rostro su depravada conduc¬ ta; pero juzga de mi sorpresa al verla venir al cabo (fe cinco dias con una recien-nacida. Este es¬ pectáculo corrió enteramente el velo á su iniquidad , y á su vista hu¬ biera completado mi venganza.... pero un cruel secreto, un infame delito de que era responsable yo mismo á la Marquesa detuvieron el golpe, y me presentaron mi desgracia como digno castigo de la barbarie que yo había cometido. Cab. ap. j O Dios mió ! j Puede ver¬ se mas calumniada la inocencia, y pueden las apariencias reunirse mas contra ella ! ( Al Marques ) Pero ¿Que disculpa pudo dar entonces la Marquesa ? Marq . ¿ Que disculpa ? La mas ri¬ dicula, la mas extravagante. Quiso .hacerme creer que ántes de en¬ trar á París, un criado mió, (que efectivamente desapareció) la dixo que yo había salido por ocho dias, que me esperase en la fonda de la Estrella; que allí una noche sin saber como, se encontró den¬ tro de un armario una nina con un papel de su incógnita madre, suplicándola que cuydase de su existencia.. En fin, puerilidades. Cada palabra suya era un agudo puñal que traspasaba mi corazón, y en su semblante se veian pin¬ tadas la turbación y el delito.- Diine ahora la verdad..• ¿ Soy des¬ confiado ?.. ¿ Soy injusto ? ¿La defiendes todavía?. Ah! tu amis¬ tad no puede ménos de. hacerme justicia ; pero lo repito: ( con el mayor sentimiento .) mi desgracia no es casual; el mismo cielo la ha dispuesto para aterrarmé, para confundirme... jos remordimientos me destrozan el corazón y acaba¬ ran con mi existencia... En Pa¬ rís.... En París.., allí dexé de ser virtuoso., allí me olvidé de mis deberes,, de la virtud.» de la re¬ ligión... no puedo mas... las lᬠgrimas me ahogan las palabras... ¿ Este retrato le conoces ? ( Sacáti‘ dolé con prontitud . ) Caballero disimulando. ¡ Camila Der¬ ey ! Que es esto! Marques con expresión. Ella está en el sepulcro , y yo la seguiré den¬ tro de poco. ( Se oye un tiro dentro del teatro .) Cab. Hola ! ¿ Que es esto ? Marq . D’ürgeval y ei Caballero qu 0 vendrán seguramente de la caza; siempre acostumbran descargar las escopetas, antes de entrar en el castillo. Á Dios amigo mió, no quiero encontrarme con estos ato¬ londrados , después, después nos veremos. (Fase por la izquierda después de haber abierto la puerta del foro.) ESCENA V. San-Merán solo. Cab . ¡Quanto compadezco su situación! pero, ¡ Quan delicado es al mis¬ mo tiempo el papel que represen¬ to! Yo puedo en un instante desvanecer las penas de estos infeli¬ ces esposos, pero es preciso apro¬ vechar la ocasión favorable. escena vi. Sden por el foro D'Orgeval , y Cel¬ tas de cazadores con escopeta y zurrón. La-France los sigue. ^ e ltás corriendo di Caballero. Hola, San-Merán amigo. ¡Quanto siento que no hayais llegado un par de dias ántes! Sin duda os hu¬ bierais divertido en extremo. Por fin, pudimos conseguir matar el lobo rabioso que había atemoriza¬ do todas estas campiñas. Ó! Las diversiones del campo no son tan brillantes como las de París, pero s on mas alegres, mas meritorias.. A propósito ¿ Que tal se trata á k incomparable Paulina? ¿No han 1 llegado, por fin, á convencerse de que su caridad y beneficencia eran una verdadera hipocresía ? - La-France toma la escopeta y el zurrón , hoy se ha hecho muy mala caza, pero paciencia, no siempre se matan lobos rabiosos. ('Fase La-France por la izquierda.) Cab. Me admira que tratéis tan mal á la señora Marquesa, estando en la casa de su marido. Celtas riendo. ¡Con que también sois su panegirista ! Bravo. - Querido D’Orgeval, ( c on misterio ) si ei Caballero supiese lo que nosotros, defendería á la Marquesa, eh? D’Og. Yo solo puedo decir que las mugeres no son capaces de cosa buena, una tengo por mi desgra¬ cia , y seré el hombre^ mas feliz el que el diablo se la lleve. Celtás al Caballero. ¿Y la Leocadia? ¿Que tal? ¿No la habéis visto todavia ? Cab. Solo hace media hora que he llegado á Erneville. Celt. Supongo que sabréis que habita con la Marquesa en casa de la Vordac. ¡O amigo! La Leocadia es cosa buena, un bocadito ex¬ celente , ( con toda malicia ) pero si vieseis que parecida al Duque de Rosmond.. vaya, es cosa par¬ ticular. ( R iendo ) Pero á bien que.... Caballero con enojo. ¡Insolente! Dexad este discurso, ó vive Dios.... Celt. ¡ Insolente á mi! ¿ Sabéis que me llamo Celtás, y que soy tan caballero como vos ? Hola, hola, mucho empeño tomáis por la Mar¬ quesa. ( aparte á D^Orgeval) D Or- 8 geval , apuesto á que viene co¬ misionado del Duque de Rosmond para alguna nueva tentativa. JTOrgev. ( acercándosele con mucha flema.) San-Merán os advierto que aquí peligra mucho el que no dice mal de las mugeres, pues desde que la mas virtuosa se empeñó en adoptar una Leocadia , el Mar¬ ques es su enemigo irreconcilia¬ ble , con que si vos os empeñáis en alabarlas, no saldréis con la vues¬ tra, porque el Marques las mal¬ dice y nosotros renegamos de ellas. Cahall. (con mucha serenidad.) Yo solo he venido aquí para consolar á mi amigo, y extraño que per¬ mita en su alrededor sugetos de ' tan conocida malicia. ( Fase por el foro. ) Celtas riendo. Ah, ah, ah, mali¬ cia l No es malo el terminillo, pero D’Orgeval ahora que me acuerdo ¿ Sabes que hemos sido verdade¬ ramente insultados ; D’Org. ¡ Insultados l ¿ Porque ? Por¬ que nos ha llamado insolentes y maliciosos ? Ya, ya vendrá el tiem¬ po en que el mismo confesará la verdad. Celt. ¿ La verdad ? Sobre que ? D'Org. Sobre que al mas aficionado á las mugeres, tarde ó temprano • le toca también su desengaño. Celt. ¿ Tan malas son ? D’Org. Como la peste que acaba con quanto se le acerca. ( Marcha por la izquierda.) ACTO SEGUNDO. ESCENA PRIMERA. Celtas y D^Orgeval^ con casaca y sombrero. Celt. (asomándose á la ventana.) Gra* novedad amigo mió, ven y verás lo que te sorprenderá. D’Org. ( a somándose también. ) Qu e l ¿Que hay de nuevo? Celt. Mira quien ha salido ahora del coche y quien se adelanta al castillo. D’Og. Que veo ¿No es Paulina? Celt. La misma. ¿ Que tal, eh ? ¿ & San-Merán querrá ser su recoiid' liador ? El demuestra mucho afee' to á Paulina., yo he pensado. •• ¿ Quien sabe ? Su viage... pero$ quel No señor, la semejanza & Leocadia con el Duque de RoS' mond lo desvanece todo. jyOrg. 2 Y ahora que papel desen 1 ' pefíarémos delante de Paulina?' San-Merán la habrá prevenido cofl' tra nosotros. En quanto á mi 1° siento porque siendo su pariente.*'' Celt. ¿ Y presumes acaso que el Ma f ' ques querrá escucharla? Yo apU eS " to á que se vuelve sin haber 1°' grado su designio.. Bueno fu^ que quatro lágrimas fingidas 1 moviesen á compasión. D’Org. Dices bien, bastante mot»^ tiene para despreciar todo artifi c1 ^ mugeril; pero aqui llegan , yo ^ escurro por lo que puede sucedí' (Marcha por la izquierda •) Celt. Espera D’Orgeval, espera» ( Corre tras él. ) ESCENA II. &*/e« po r e i f oro ^ S an-Merán de militar , Paulina , Mauricio y Leocadia. Maur. ¡ Ah madre mía l Que satis¬ facción experimento al veros aqui! Paul. Y yo, hijo mió, y yo., pero conviene ahora que nos dexeis solos con el Caballero. ^ab. Este es mi aposento. ( S eñalán¬ doles el segundo de la derecha . ) Entrad en él con Leocadia, y esperad allí nuestras órdenes. ( Mauricio y Leocadia entran.) a °' ¿Que tal querida Marquesita, no hemos llegado bien pronto? .. Pero ¡Que es esto! ¿Vos lloráis? au l* La presencia de estos amados °bgetos que me recuerdan los de¬ liciosos dias en que merecía la confianza y el amor de mi espo¬ so no puede ménos de afligir mi corazón: trece anos hace que la calumnia se desplomó sobre mí, y otros tantos que la tristeza se Apoderó de mi alma. Separada del nombre que mas amo en el mun¬ do ? aborrecida , reputada por ind, no tengo mas recurso que la soledad y el llanto. Aqui en este mismo salón me conduxeron heri¬ do y ensangrentado á ese Duque de Rosmond primer origen de to¬ das mis desventuras. ¡ Ah! Si en a quel fatal instante hubiese des¬ conocido la compasión y la huma¬ nidad, si mi corazón no hubiese sido tan sensible, yo disfrutaría toay ia del aprecio universal. Le di ac °gida, procure que se le trata¬ ra conforme á su cíase, y este acto tan justo é inocente bastó paraque se dudára de mi honor que siempre (sí, lo juro delante de cielo y de los hombres) se ha conservado ileso y sin mancha. Cab. Dexémonos ahora de tristes me¬ morias , y procu rémos solamente buscar medios los mas seguros que puedan contribuir á vuestra dicha. Yo os he acompañado aqui con la esperanza de que podréis hablar i vuestro esposo, para consultarle un enlace que por sí solo pue¬ de desvanecer sus sospechas. Paul, i Ah San-Merán! Vos aca¬ báis de proponerme una idea que muchas veces he querido poner en execucion, pero la dificultad de presentarme al Marques; la corta edad de los muchachos.... Cab. ¿Que edad tiene Mauricio? Paul. Diez y siete años cumplidos. Cab. ¿Y Leocadia? Paul. Cerca de los trece. Cab. ¿Y bien que importa? Si el Marques nos da su consentimien¬ to, se efectúa el matrimonio, se embia después á Mauricio á via¬ jar dos ó tres años, y entretanto vuestra opinión queda restablecida. La calumnia publica que Leocadia es hija vuestra, nadie ignora que sois madre de Mauricio ¿ Quien será capaz de creer que autorizeis la unión de dos hermanos ? — Entrad también en mi aposen¬ to que yo me encargo de que vuestro esposo os oyga. Paul, j Ah San - Merán ! Quanto tengo que agradeceros! b |6 ESCENA III. (Sale La-France precipitado.) La-Fr. Señor, pronto retiraos; el Marques ha dexado la lectura, y parece que se dirige acia aquí; no demos lugar á que nos ha¬ lle á obscuras en el salón. Cab. Entra conmigo en mi aposen¬ to, y no temas. (marcha en el segundo aposento de la derecha.) ESCENA IV. (El Marques con luz por la puer¬ ta del /oro; — El teatro por esto no se aclara.) Marq . (Después de un rato de silencio.) En estas horas de quie¬ tud y silencio en que la natu¬ raleza toda parece estar sumer¬ gida en el caos de la nada, es quando el gusano roedor de la conciencia introduce su terrible aguijón haciendo llegar al alma su péstifero veneno. El mísero jornalero que con el sudor de su rostro, riega el negro pan que ofrece á sus hambrientos hijos; el infeliz mendigante que confia en la compasión de sus herma¬ nos para existir el dia siguiente, y hasta el esclavo que la barbá- Tie de los hombres ha igualado á las fieras; todos en estas ho¬ ras descansan con tranquilidad; el sueno hermano de la muerte se extiende desde la cueva del So¬ litario, hasta el trono del Em¬ perador... pero yo... ¡ Infeliz! Condenado al eterno recuerdo de mi extravio, si alguna vez cier¬ ro los ojos pagando el tributo a la naturaleza, mil espantosas imᬠgenes, vienen á tropel á pertur¬ bar mi sosiego... Camila í Paufi - na! — Todo me confunde, todo me llena de sobresalto... ¡Ó se¬ pulcro !.. i Losa fría!.. Feliz tér¬ mino de los males de los hom¬ bres I.. el mundano te aborrece..* pero el delinqüente arrepentido te desea con toda el alma. Leocadia de dentro de su aposento * \Ó Dios!.. ¿Quien sois vos? Apartaos. Condesa de dentro. No temas; soy quien desea tu mayor felicidad. Marqués confuso . Cielos j Que <? s esto!.. Que confusos acentos han llegado á mis oidos!... Yo no sé lo que me pasa... La voz de* remordimiento imitando, sin d u ' da, la de Camila viene á pene¬ trar en el fondo de mi corazón.** pero, no; no es esto una ap^ rienda... (Sumamente conmovido) Yo oi distintamente hablar en y quarto de Leocadia., lo veré, escudriñaré todo.. No hay rem e ' dio, yo quiero ver quien se ^ e ' ve á penetrar, sin mi perfil 0 hasta el interior del Castillo. ESCENA Y. ( Toma la luz , y quando va á ducirse en el quarto de Leocadia sale repentinamente la Condesa i ' dice con imperio .) Detente, donde vas? Arques con un grito espantoso.) i 0 Dios l (Dexa caer la luz , y % el mismo cae desmayado en tl erra. (Un rato de silencio. ) ° n d. He aquí el hombre que mi c orazon había elegido... he aquí tirano de mi honor... el se¬ ductor de raí inocencia... El cie- ^ te ha .castigado como mere- Clas -5 pueda de aqui en adelante perdonarte como yo deseo. {Llamando) Caballero, Caballero... ESCENA VI. bichos y e i Caballero y La-France P con luz. p • Sefíora , ¿ que novedad es esta ? 0 n d* Socorred á D’Erneville.. una l mprevista casualidad lo ha des¬ cubierto todo... os aguardo á la entrada del bosquecillo. Ifintra por la puerta del foro.) I Amigo Alberto... ? Corriendo ^ a 'Fr. Querido amo.... j á él. a °\ Acerca la luz... apénas res- P^a.. ayúdame á colocarle en el so- , y llama á alguno en su socorro. ' ejecutan y luego parte La-Fran - ce por la izquierda. ) Va parece que va cobrando alien- to... Querido D’Erneville.... Warq. (Como fuera de sí.) ¿Don¬ de está ?.. cielos! ¿ donde me esconderé ?... y** Porque!..- Como!... ar q> Sí; yo la he visto, yo la he vis to... ella ha salido del sepul- ^ ero p ara ]i enarme de maldiciones. ¡\j * ( d isimulando. ) Pero quien ? p* {Siempre del mismo modo.) a n iila... la desventurada Camila.. *7 ( Cogiéndole con expresión la mano.) No lo dudes; yo la he visto, yo la he oido hablar... pero si vive... ¿Que interesante motivo la con¬ duce aquí?,. ¿Quien la ha in¬ troducido en el quarto de Leo¬ cadia?.. ( levántase. ) Pronto Ca¬ ballero , ella debe estar precisa¬ mente en el castillo... acompáña¬ me... escudriñémoslo todo... salga¬ mos de esta terrible duda que agi¬ ta mi alma y trastorna mi razón. Cab. (Con mucha seriedad.) Basta, infeliz amigo! Sosiégate; ya ha llegado el terrible instante de las verdades, pero tu corazón no se halla ahora en estado de recibir nuevos golpes.. fingí ignorar tu delito.. Todo lo sé.- Mañana quando tu espíritu estará mas sosega¬ do, se rasgará el velo fatal que cubre tus ojos, verás que la muger que se ha presentado á tu vista es la misma que seduciste en París, pero no aquella Camila Derey que viste enterrar en la iglesia de San Dionisio. Todo es un arcano que prometo revelarte si tu me prometes oirlo con se¬ renidad. Vete á descansar, y cuen¬ ta por acabadas todas tus des¬ gracias. Marq. ¡Ah ojala! ESCENA VIL Dichos , Celtas, D'Orgeval, con bata , y La-France, todos con luz. Celt. (aparte.) Toma! Buen desma¬ yo ! Si La-France ha querido di¬ vertirse con nosotros. i8 D'Org. Querido Marques., ya ves con quanta prontitud hemos acu¬ dido.. ¿Que es esto? ¿Te ha su¬ cedido alguna novedad? Cab . Señores no ha sido nada.— Nues¬ tro amigo encaminándose á su apo¬ sento, ha tropezado y creía ha¬ berse dañado mucho. El buen La- Prance movido de su zelo, os habrá dado la molestia de acudir Á su socorro, pero, gracias al cielo, no se necesita. Celt. ¿Pero á que viene tanta in¬ quietud? Caballero aqui hay al¬ gún misterio que nos queréis ocul¬ tar, confiádnoslo, y entended que también somos capaces de guar¬ dar secreto. D’Org. O, eso si ; basta que esta qualidad sea desconocida de las mugeres, para apreciarla con toda el alma.- Decid, decid, ¿ Que hay de nuevo ? Celt. Vaya, apuesto á que es algu¬ na intriga de Paulina; mientras que ha vivido distante del casti¬ llo, siempre ha reynado en él la paz y tranquilidad, hoy que ha venido á habitar en él ( r iendo ) con su famosa hija adoptiva; ya el Marques tropieza, y nosotros nos vemos incomodados sin necesi¬ dad. Marq. (Levantándose con seriedad.) Basta. El que se atreva á decir mal de Paulina en mi presencia; no es mi amigo, ni puede mere¬ cer mi estimación. Sígueme Caba¬ llero. ( Marcha por la izquierda . ) Cab. ( Afectando seriedad.) La mor¬ dacidad y la envidia pueden sub¬ sistir algún tiempo, pero quando su imperio se acaba, sus seqüatf 5 perecen con ella. Marcha por la izquierda. La-Fr. ( Afectando seriedad .) lleros, cuydado con meterse c ofI Paulina, de lo contrario, aquí e S ' toy yo. A Dios señores. Marcha por el foro. Celtas á D'Org. Vaya,* que hem° s quedado lucidos, D'Org. Y hasta el bribón del cr ' a j do se ha divertido con nosotr° s , mañana por la mañana tomo $ caballo y me alejo de Ern^ para siempre. Celt. Lo mismo haré yo ridicula 315 ' do por todo el mundo esta n veíl ' tura. A la una y media de la che ¡Después de tantos años ® separación tropezar un marido ? J defender á la que había llefl^ 0 tantas veces de injurias!.. Afflty 0 ' la cuenta es clara... El rígido ques.. ( riendo. ) Bueno ! Cumplí mos nuestro gusto, como dice e otro, y diga después el mundo' que quisiere. ( riendo. ) D'Org. Esto es un verdadero a£ r3 f vio á nuestro sexó, es au t ofo 3 que las mugeres se diviertan c0Í nuestra opinión. No señor, si delinquido que mueran, asi q u e ^ el hombre tranquilo en su h oíl y libre de incomodidades. ¡ Celt. ¿Y ahora que hemos de hac ef ’ f D’Org. Retirarnos y resp° n ,dd aunque nos cayga la casa enci^ 3 ' j Ah mugeres l Si yo fuera vü ^, tro juez, la pena de muerte ria mi sentencia favorita. Marcha por la izquierda * ACTO QUARTO. Escena primera. Marques solo. 9 r< l* Por fin estoy desembarazado de Celtas y D’Orgeval, su presencia empezaba á incomodar- 1112 : pero el secreto que prometió declararme mi amigo me tiene en continua agitación.-- Las sie¬ te-'- ( S acando el relox. ) Dentro teedia hora voy á salir de este I 9 y feroz, pero sabed que nadie hay en el mundo que mas os com¬ padezca y desee mas vivamente vuestra felicidad. Leoc. (Corriendo á besarle la mano.) Señor; vuestra bondad se me habia ya pintado como incomparable y divina pero la presente acogida la hace mas recomendable á mis ojos. Marq . Por vuestra modestia y dis¬ creción , conozco que las dicipulas de Paulina no pueden dexar de ser corteses é interesantes. misterio de que pende el destino Leoc. ( Con prontitud. ) Ó! eso sí; mi vida... ¡ media hora!. no, y° no puedo aguardarla, (llamatid °') La-France. ESCENA II. t Dicho , y La-France . Señor. Di á la Marquesa de mi par¬ te que permita venir á Leocadia por un instante. (partiendo .) ¡Quan pensativ ° está! No es el caso para ménos - Marcha por la primera puerda la izquierda. * a r q. Puede que esté ya prevenipero la inocencia no está acos¬ tumbrada al disimulo, y será muy fácil averiguar la verdad. ESCENA III. ^cho y Leocadia que se presenta y algo temerosa. arc ¡' ( observándola. ) ¡ Quanto ha Cr ecido en pocos dias! ( Con dul - * Ur a >) Venid adelante, querida Lab, ' e °cadia, no temáis. Sin duda os ^vill e ¡ ■ nn pintado el Marques de Ercomo. un hombre taciturno mi mamá es tan buena!.. tan ca¬ riñosa !. me quiere tanto ! Parece imposible que se vea despreciada de su querido esposo. Marq. ¡Vuestra mamá!.. ¿Como la tratáis así, perdonad que os diga que sois injusta Señorita. Este pre¬ cioso título solo debeis franquearlo á aquella que aprovechando el si¬ lencio de la noche, os hace dis¬ frutar de las maternales caricias... Que! ¿Os turbáis Señorita?.. Mi¬ rad que no puedo engañarme. Sé que lo habéis confiado todo á Pau¬ lina y al Caballero San-Merán ; no creo que merezca ser excluido da igual confianza. Leoc. con sencillez. Ó eso nó; tam¬ bién os lo diré todo,.todo, con tal que me prometáis no tratar con tanto rigor á mi pobre mamá.. ¡ Pobrecita! Si vieseis como llora cada vez que se trata de su que¬ rido Alberto... ( 3 ! os aprecia mucho, mucho... Marq. Basta, haré por - ella quanto pueda sin ofender al decoro. Leoc. Pues escuchad: no estaba to- ESCENA IV. 20 davia bien rendida al sueño, quando repentinamente observo que me aprietan con fervor la mano. Un beso se imprime sobre mis mexillas, y. siento caer sobre mi des¬ nudo pecho algunas lágrimas. Abro los ojos y viendo á una persona desconocida exclamo. w ¡Ó Dios! 2 Quien sois vos? Apartaos.” Tran¬ quilízate me responde, soy quien desea tu mayor felicidad. ” Se acer¬ ca y observo la hermosura mas perfecta que he visto en mi vida; yo no me saciaba de mirarla, me abraza de nuevo, y parte corrien¬ do, dexándome en el dedo este anillo. Miradle. ( S e lo dá. ) Marq. observándolo con sobresalto . Parece de oro esmaltado de ver¬ de. «Amor maternal” dice; y en lo interior están escritos dos nom¬ bres que no parecen formar mas que uno. 5? Paulina y Camila.” Leoc. De esta suerte mi incógnita madre ha reunido dos sentimientos que yo no puedo separar y que llenan mi corazón sin dividirle. ¡ Tan iguales son! Marq. (devolviendo el anillo confuso dice aparte. ) «Paulina y Cami¬ la.” Todo esto es maravilloso, to¬ do está fuera de la humana comprehension. (alto.) ¿Y conoceríais vos á esta interesante persona, si se os presentase su retrato ? heoc. La tengo tan impresa en la memoria que me atreveré á deci¬ ros que si. Marq. sacando el retrato. ¿Es esta? heoc . con transporte. En efecto ella es; sus ojos, su fisonomía, todo es Jo mismo. Mientras Leocadia dá muchos beso* al retrato , sale el Caballero precty tado , se le quita , le entrega al ques y dice con serenidad . Caba. Toma Alberto. - Estoy pr° n *° á cumplirte mi palabra. Sentad y esperad. , (Siéntanse el Marques y Leocadia Marq. aparte. ¡Cielos! mi coras 0 " late y no comprehendo el mod v0 ' Cab. (encaminándose á la priw^ puerta de la izquierda. ) Salid b& mosa y desgraciada muger, sal1 á recibir el premio que me reC j vuestra constancia, y preparaos ' triunfo mas brillante y compl et °‘ Marq. aparte. Paulina í Yo no lo que me pasa. ESCENA V. Dichos y Paulina que se presW" con ayre abatido. Cab. Ya está aqui la inocente p er seguida, blanco de la calumnia j obgeto de la compasión unive^ Marq. con prontitud. ¿Que ^ habla.... Cab. Sosiégate, y hazle todos los c gos que puedan imaginar tus fundados zelos - Pero no ; coflip ^ hendo que esto seria muy duro P 3 ^ tí. Yo me constituyo en esté 1 # tante su fiscal y su ab og*f ( Todos se habrán sentado. ) ramente, tu la acusas de b* combinado con el Duque de mond una aventura que pudi ese (1 j troducirle en el castillo dura° f ^ ausencia , y franquearles 1 & S siones que supones solicitaban. Pau¬ lina te responde á esto por mi medio, manifestándote una carta que una persona respetable acaba de poner en mis manos; léela y desengáñate. Marq. lee . w Al Marques de Polifíi. Bosque de Erneville 24 de Di- » ciembre : Amigo mió, nada he ” podido conseguir; me introduxe m en el castillo por el medio que w te insinuaba en mi anterior, pero w Paulina muger virtuosa y res- ” petable no es susceptible á la 99 seducción. En su pecho solo están 99 gravados la piedad y el amor de 99 su esposo; me ha tratado con 59 todos los respetos que se deben 99 á mi elevada clase, pero asi 99 como la luz disipa las tinieblas, 99 como la verdad desvanece el er- 99 ror, su virtud sublime purifica tow do lo que la rodea. Léjos de con- 9 ’ fiar en su conquista, me separo 99 de ella, avergonzándome de mis 9 ’ infames proyectos. A Dios ami- ” go mió, volaré á tus brazos pa- 9» ra disipar mi melancolía.’’ ??E 1 Duque de Rosmond.” Pero esta prueba. . . . Cab. Calla, tu la acusas de que ha¬ biéndote escrito la mas amorosa carta que recibiste de su mano, manifestándote deseos de ver á Pa¬ rís, y habiéndola tu otorgado el permiso señalándole tu morada en el arrabal de San-German se en¬ caminase á la fonda de la Estre¬ lla. Á esto la Marquesa te res¬ ponde suplicándote que escuches con moderación las voces de un anciano que puede declarar algo 21 sobre el particular. Salid buen hom¬ bre, no temáis, yo me encargo de vuestro perdón. (Se habrá dirigido el Caballero al segundo aposento de la derecha. ESCENA VI. Bichos y Le-Mere que sale precipita - do y va á echarse á los pies del Marques. Le-Mere. Señor Piedad. Marq . Que veo!.. Tu Le-Mere!.. ¿Que quieres ? ¿De donde vie¬ nes?... ¿Donde has estado hasta ahora ?. Habla. Le-Mere. Señor piedad repito. Soy delinqüente, lo confieso , merezco el mas severo castigo, pero re¬ conozco mi culpa, y no me le¬ vantaré de vuestras plantas hasta que me hayais mirado con ojos de compasión. Marq. Levántate , infeliz ! ¿ Que es lo que tienes que decirme? Le-Mere. Señor seducido por el oro contribuT^á^.vuestra desgracia se¬ parándoos de la '"virtuosa Paulina.. Señora, dexad que imprima mil besos sobre esta mano bienhecho¬ ra alivio de los infelices; yo la riego . con lágrimas de arrepenti¬ miento, y os juro sobre ella que practicaré hasta el último instante de mi vida aquella virtud que aban¬ doné y á la qual se debe la paz del alma y el sentimiento lisonjero de una conciencia irreprehensible. Paul. Buen hombre , yo os perdono, pero informad al Marques de este terrible suceso. Le-Mere al Marques. Si Señor, una perdona respetable que pronto co¬ noceréis , me ofreció considerables sumas si conseguía que Paulina al llegar á París, se encaminase á la fonda de la Estrella. Yo rendido ya al interes, salí de la ciudad el mismo día de su llegada que supe por vos; la dixe que habíais te¬ nido que pasar á Fontenebleau p<?r ocho dias y que yo mismo como criado vuestro tenia órden de es¬ peraros en la fonda de la Estre¬ lla y no en la del arrabal de San- German que ya habíais abandona¬ do. La Marquesa que conocía mi carácter y qué estaba bien léjos de pensar que yo albergase en mi pe¬ cho una infame pasión, creyó fᬠcilmente mis palabras, variamos el camino para no ser sorprehendidos por vos en caso que hubieseis sa¬ lido á recibirla, y la Marquesa se halló en la fonda de la Estre¬ lla esperando vuestro fingido re¬ torno. Cab. Aqui sucedieron aquellas pueri¬ lidades que tanto te irritaron. Pau¬ lina efectivamente halló dentro de un armario á la misteriosa Leo¬ cadia ; un papel de su incógnita madre le suplicaba vsu adopción, Paulina la aceptó, pero esto paraque tu lo creas debe ser autoriza¬ do con muy irrefragables pruebas, pues del contrario no lograríamos desvanecer esa duda causa de vues¬ tra separación. (J Leocadia.) Ven á mis brazos, fruto infeliz de una unión culpable, tu conocerás los . respetables mortales q ue te han dado el ser y conociéndolos no te separarás de aquella honrada muger á quien debes la existen¬ cia. Marques, tu agitación es muy natural, te compadezco, pe¬ ro tu eres el autor de tantos males. Sufre un momento por lo que has hecho sufrir á tu des¬ venturada Esposa... Marq. Yo.... Caballero con mucha fuerza . Tu; sí. Acuérdate de tus delitos. La mis¬ teriosa Leocadia, esta niña ino¬ cente que suponías hija del Du¬ que de Rosmond y de Paulina.... extremécete,.. es hija tuya. Paulina se habrá levantado de la silla con admiración. Leocadia se habrá echado á los pies del Marques , y este con sobresalto y con¬ vulsión la mira indeciso sin hacer expresión alguna de ternura. Marques . t Mi hija !... . Paulina. ,Su hija!.. « Ios tres Leocadia. ¡ Mi padre I á un tiempo . ESCENA VII. (Durante el silencio hijo de la ad¬ miración , sale la Condesa del apo¬ sento de San-Merán es decir del se¬ gundo de la derecha , su vestido se¬ rá negro y traerá el rostro cubier¬ to con un velo blanco , se adelanta gravemente , y quando está en la¬ gar proporcionado dice .) Cond. Sí; ya ha llegado el tiempo de justificar la inocencia. Me es imposible hacerlo sin descubrir dos extravíos; Yo sabré expiar el uno., y la felicidad de la vir¬ tuosa Paulina reparará el otro* Sabedlo todos. El padre de Leo¬ cadia es el Marques de Ernevi' Me, su madre... La Condesa de Rosmond. ( Á estas últimas pala¬ bras se quita el velo , el Marques se cubre el rostro y se arroja ey una silla , Leocadia corre á la Condesa , diciendo. &eoc. Madre... madre mia.... C ond. Si ven á mis brazos; pa¬ guemos árnbas el tributo a la naturaleza, mezclando las lágrimas de tu ternura con las de mi arrepentimiento. ¡ Perdón, perdón; Ó admirable y prodigiosa muger!... ( A Paulina ) Yo he si¬ do la que por un acto de ven¬ ganza , sembré la discordia en el seno de vuestra familia.... Oídme, oidme todos y queden para siem¬ pre desvanecidas estas dudas que á todos os tienen suspensos.- Lé- Mere este antiguo criado vuestro es hijo de París, y por desgracia su hermana Carlota fué mi ama de le¬ che. Esta se grangeó la confianza de mi tia la Duquesa de Rosmond, baxo cuya custodia vivía yo entonces, y asi quasi todas las semanas se me concedía una hora para visi¬ tarla : uno de estos dias infelices encontré en casa de Carlota al se¬ ñor Marques de Erneville que se¬ guramente se hallaría allí por al¬ gún asunto de su criado. La dulzu¬ ra y expresión de su fisonomía, y mil gracias esparcidas sobre su per¬ sona cautivaron desde entonces mi corazón, y el Marques por su par¬ te me miraba con tan tierno interes que ya no podía dudar de la con¬ quista que acababan de hacer mis ojos. ¿Quien había de presumir en¬ tonces que el lazo indisoluble le 23 uniese á otra muger tan virtuosa y amable? Falso el Marques, y lle¬ no de ideas nada propias de su esta¬ do, apénas hube salido de la casa de Carlota se informó de mi clase y estado, pero Carlota penetrando tal vez sus pérfidas idéas, solo le dixo que me llamaba Camila; en efecto asi me llamo. Encareció en¬ tonces mi hermosura, derramó el oro, y á fuerza de porfías alcanzó de aquella desgraciada gente que se le avisasen los dias que yo debería volver, y que se le diese en mi presencia, el nombre de Enrique de Elvás joven soltero natural de Borgona. Cumpliéronlo aquellos infe¬ lices , y de esta suerte me arrastra¬ ron al precipicio en que me veo. El trato freqfíente, la ocasión., todo se reunió para perderme, y un ins¬ tante desgraciado me hizo madre.... Permitid que mis lágrimas ahoguen mis palabras.... Paulina está pre¬ sente y el fingido Enrique devo¬ rado de un profundo remordimien¬ to lo escucha y tiembla... Por fin abrí los ojos demasiado tarde;., su¬ pe quien era mi seductor, le llené de maldiciones, y ocultándole el estado en que me había puesto su delito, formé el bárbaro proyecto de vengarme en él y en su inocen¬ te familia. Hice á Le-Mere y á su hermana de mi parte, escribí va¬ rias cartas al Marques siempre baxo el nombre de Camila Derey, prh ma de San-Merán ya que por fortuna y por efecto de respeto á mi ilustre familia, Carlota no le descubrió mi verdadero estado. Paulina vino á París; todo lo su- pe; hice que se dirigiese á la fonda de la Estrella ; y por medio de una idea ro¬ mancesca logré colocar en la casa del Marques , ia hija de su dueño y de mi extravío. ¡Quanto me complacía al ha¬ ber sembrado por este medio su infelici¬ dad! El bárbaro placer de la venganza ahogaba en mi corazón los gritos de la naturaleza que clamaban á favor de Pau¬ lina, pero San-Merán (de cuya esposa me valí para favorecerme en mi desgra¬ cia) me presentó todo el horror de un enlace de dos hermanos y me obligó á hablar. Dos casualidades se reunieron para esta ficción, la primera el haber in¬ tentado mi hermano seducir á Paulina durante la ausencia del Marques , la se¬ gunda el haber muerto quatro años ha¬ ce Camila Derey, prima de San-Merán cuyo nombre usurpé, de suerte que el Marques juzgándome en la sepultura, estaba bien léjos de creer que había ofen¬ dido la hermana de su rival. Ved aquí, pues, como la profunda sensibilidad pue¬ de hacer cometer un crimen asi como puede inspirar una acción heroyea. Ado¬ ré la virtud, pero fué necesario un de¬ lito para conocer toda su belleza. Per¬ dí la inocencia. ¿ Y que corazón nacido para ella puede consolarse de haberla olvidado, aunque no sea , mas que un solo instante - Sí; de un solo instante fué el delito, pero eterno será el dolor . y el arrepentimiento. Marq. ( echándose á los pies de Paulina con voz ahogada.) ; Ó muger incompara¬ ble! yo debo pasar mi vida á tus pies, tu debes rechazarme léjos de tí.... ya no me queda mas recurso que la desespe¬ ración y la muerte. Paul. Levanta, levanta querido Alberto á mis brazos. Si estás satisfecho de mi con¬ ducta, yo soy la mas dichosa del universo. Leoc. á Paulina. Querida mamá, mi co¬ razón de aqui en adelante dividido entre dos obgetos tan apreciables, ofrecerá vo¬ tos al cielo para la felicidad de entram¬ bos. Por la terneza que os he merecido, y por las lágrimas que derramo, dignaos perdonar generosamente á la Condesa de Rcsmond mi respetable madre. Paul. Si es verdad que el arrepentimiento Barcelona i £11 la imprenta de borra hasta la menor sombra de delito, yo solo veo en la Condesa de Rosmond mi generosa libertadora. Abrazadme, y olvidemos enteramente lo pasado. ( Abrazanse las dos .) Cond. Ya he logrado mi designio, he resta¬ blecido ia paz en el seno de esta virtuosa familia, he confundido la malicia de los envidiosos; ahora solo me queda merecer el perdón universal. Mañana sin falta alguna, parto á sepultarme para siempr® en el claustro de Dijon. ( Todos se ad¬ miran.) No, no hay que replicarme. Lo he resuelto y es preciso. ( C on mucha ternura abrazando á Leocadia.) A Dios, tierno pedazo de mi corazón, procura seguir siempre las pisadas de tu virtuo¬ sa mamá. ( S eñalando á Paulina.) Ella es quien te ha dado el ser, plantando en tu alma inocente las primeras semillas de la virtud. ( A Paulina. ) Y vos, ¡ 6 admirable y prodigiosa muger! permitid que regando vuestras plantas, os confie de nuevo este precioso depósito que po r tantos títulos debe interesaros, abrazad¬ me y conservad siempre la memoria de la infeliz Condesa de Rosmond. Virtuo¬ so San-Merán vos que me habéis hispí-* rado este proyecto presentándome todo el horror del enlace de Mauricio con Leocadia. A Dios para siempre ,.. f vos.... señor Marques de Erneville. ( con los ojos fixos en el suelo.) que veo oprimido por el mas cruel remordimien¬ to... yo os perdono de todo mi corazónsolamente os suplico que si queréis obli¬ garme.... pidáis continuamente perdón a Paulina... del agravio que la hicimos.**' Basta.... no puedo mas... las lágrimas m® impiden la respiración,.. A Dios. (Abra* zando á Leocadia.) A Dios. ( Abrazan¬ do á Paulina .) ( Hace algunos pasoh vuelve á mirar á Leocadia y corre a abrazarla de nuevo. ) A Dios. (Marcha por el foro. ) Marq. Seguidla.... detenedla. Cab. Yo os lo prohíbo; el cielo volvió p° r la inocencia, y ya nada os queda fi ue desear. Marq. Paulina!... Paul. ¡Querido Alberto ! .... ( Abrazánse , y cae el telón • - r -—- 1 —*** Agustín Roca, año de 18x5*