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Marina Tsvetáieva y San Petersburgo

Duque Gimeno, Aquilino

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183 Discordancia en el coro de las niñas, canta a su aire cada tierna iglesia y en los pétreos arcos de la de la Asunción me asombran altas y arqueadas cejas. Y desde la muralla reforzada de arcángeles contemplé la ciudad de una asombrosa altura. Sobre las de la Acrópolis me anonadó el dolor por cierto nombre ruso y una belleza rusa, Prodigio de prodigios, soñar con una viña bajo un ardiente cielo con palomas que vuelan y claves ortodoxas en un canto de monja: Asunción de ternura y Moscú que es Florencia. Moscú y sus catedrales de quíntuple cabeza, italianas y rusas en alma y en cinceles, me evocan la llegada de una Aurora con nombre ruso y en abrigo de pieles. Estos versos no serían los únicos ni los últimos que Osip Mandelstam dedicaría a Marina Tsvetáieva cuando ella viajó a San Petersburgo para el Año Nuevo de 1916, en que la ciudad MARINA TSVETÁIEVA Y SAN PETERSBURGO Por aquilino duque Gimeno Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 45, 2017, pp. 183–191. 184 rusificaba su nombre en Petrogrado. Ambos se habían conocido fugazmente el verano anterior en Koktebel, a orillas del Mar Negro. En este segundo encuentro se produjo el flechazo. En los meses de febrero y marzo sería él quien viajaría a Moscú. El idilio no fue muy duradero, pero tuvo secuelas poéticas, en el sentido de que, según Nadieshda Mandelstam, Marina pasó del tono aún casi infantil de sus primeros libros Album vespertino, Linterna mágica, Juvenilia, al ya más maduro y seguro de Verstas (que cabría traducir por “Hitos” o “Piedras miliares”). El por su parte acusó la influencia de ella en su nuevo libro Tristia, en el que recoge dos de los tres poemas que le dedicó, pero no el primero. La explicación más plausible es que a ella ese poema no le agradó demasiado, como se desprende de los versos con que le replica desabridamente preguntándole que de dónde saca esa ternura. ¿De dónde viene ahora esa ternura? Los rizos estos no son los primeros que acaricio, y de otros labios sé aun más oscuros que los tuyos. Salieron las estrellas, se apagaron. ¿De dónde viene ahora esa ternura? También se abrieron y cerraron junto a mis ojos otros ojos. Tampoco escuché himnos en las tinieblas de la noche, coronada - ¡Oh, ternura! – sobre el pecho enamorado del cantor. . ¿De dónde viene ahora esa ternura? ¿Y qué hago con ella, niño listo, cantor advenedizo, con pestañas que no cabe más largas? Es evidente que la expresión “cada tierna iglesia” no le hizo mucha gracia a Marina, como tampoco que comparase sus cejas con los arcos de piedra del templo, ni tampoco creo que le gustara mucho la alusión al abrigo de pieles (de tigre, por 184 aQuilino duQue Gimeno 185 cierto). La imaginería culturalista e historicista de Mandelstam chocaba además demasiado con el estilo directo, de diario íntimo, en el que ella venía expresándose poéticamente. Además, la Tsvietáieva estaba desde muy jovencita curtida en estos lances, pues ya se había, si no enfrentado, dirigido poéticamente a personajes como el simbolista Briusov a propósito de una crítica condescendiente en que éste reconocía su indudable talento para dar expresión lírica a la vida íntima, a la vez que derrochaba sus dotes para versificar sobre innecesarias, aunque elegantes, fruslerías. Más adelante Briusov aludiría a la poesía femenina en general, o a cierta poesía femenina al menos, como un pasatiempo parecido a una sesión de linterna mágica. La Tsvietáieva le contestaría con una sutil parodia del lenguaje simbolista incluida en un nuevo libro que además tituló Linterna mágica. Sonríe en mi “ventana” o inclúyeme entre tus payasos, no vas a cambiar, ¡da igual! Dios me ha negado “emociones profundas” y “pensamientos necesarios”. Hay que cantar que todo son tinieblas, que los sueños planean sobre la tierra… -tal como está mandado – Esas emociones y esos pensamientos Dios me los ha negado. Briusov acusaría el golpe para insistir en la incongruencia de la escritora, al tratar los temas de su vida interior, de recrearse en ellos a la vez que se jacta de la técnica descuidada con que lo hace. Sería ella sin embargo la que tendría la última palabra en la polémica, aunque, como señala la estudiosa Jane A. Taubman, hubiera de pagar un alto precio por ello. Al llegar la revolución, Briusov se sumó a ella y, como mandarín de la cultura bolchevique, rechazó la publicación de Juvenilia, el tercer libro de la joven autora. Esa última palabra que tan cara le costó está dicha en verso, en un epigrama en el que mezcla el insulto con el elogio: 185MARINA TSVETÁIEVA Y SAN PETERSBURGO 186 a v. Y. BRiuSov Había olvidado que su corazón sólo es nocturno, ¡ni una estrella! ¡Se me había olvidado! Que su poesía nace de los libros y de la envidia su crítica. Anciano prematuro, que, una vez más, por un momento, me pareció un gran poeta… Marina Tsvetáieva no dejó de escribir un poema cada vez que conocía a alguien que la impresionaba personal y poéticamente, y eso no era difícil en aquella Rusia del primer tercio del siglo XX. Por limitarnos a San Petersburgo, la temperamental forastera moscovita dedicó nueve poemas a Mandelstam, once a Ana Ajmátova y veintiuno nada menos que a Alejandro Blok, el único de los tres a quien no llegó a tratar en persona. Blok era para ella un poeta mayor, le llevaba a ella once años y salía de las nieblas misteriosas del simbolismo como un oficiante hierático. Su gran poema Los doce le señaló –como observa la Taubman- a la Tsvetáieva el camino de sus poemas de más aliento: El Poema de la Montaña y el Poema del Fin. Físicamente en cambio, Blok era más merecedor del marbete de “anciano prematuro” que Briusov; separado de Liubov Mendieleieva, la “bella dama” de sus primeros versos, alcoholizado, disoluto, devastado por la sífilis, fallecería a la avanzada edad de cuarenta años. El primer poema que la Tsvetáieva le dirige es un juego simbolista con el monosílabo de su apellido: Blok. Tu nombre es un pájaro en la mano, tu nombre es un copo de nieve en la lengua, un solo movimiento de los labios, tu nombre, cinco letras. pelota cazada al vuelo, campanilla de plata en la boca. Una piedra caída en un estanque en calma sollozará cómo te llamas. En el leve repique de unos cascos nocturnos retumba tu nombre como un trueno. Y es, apuntándonos a la sien el fuerte chasquido del gatillo. 186 aQuilino duQue Gimeno 187 Tu nombre…¡Ay, imposible! Tu nombre es un beso en los ojos, en la tierna quietud de los helados párpados, tu nombre es un beso en la nieve un sorbo de agua pura, azul, helada… con tu nombre es el sueño profundo. Desde el momento en que Marina Tsvetáieva pone el pie en la ciudad de Pedro el Grande, asume el papel de embajadora de la ciudad de Iván el Terrible, de Moscú, su ciudad natal, y presenta sus cartas credenciales a los poetas que admira. Esas credenciales son poemas en los que les ofrece las riquezas de Moscú, en ejercicio de la carta blanca que le da el hecho de cultivar la poesía. No es ajena esta actitud a la de los maestros simbolistas cuando ejercían de sacerdotes del arte, y, de hecho, en los versos que le dirige a Blok, simbolista al fin y al cabo, resuena el eco, como señala F. Scholz, del himno de vísperas de la Iglesia Ortodoxa, Te veo pasar hacia el sol de Occidente, tú vas a ver la luz atardecer, te veo pasar hacia el sol de Occidente y una nevada cubrirá tus huellas. Ante estas mis ventanas –impasible– en un silencio pasarás de nieve. Justo mío prodigioso, hombre de Dios, lumbre serena de mi alma. ¡Por tu alma no voy a suspirar! Inviolable es tu derrotero, la mano tuya, pálida de besos, no horadaré con este clavo mío. No voy a voces a decir tu nombre, no tenderé hacia ti las manos. Tu santa faz del color de la cera adoraré de lejos solamente. Y mientras poco a poco cae la nieve, en la nieve he de hincarme de rodillas, e invocando tu nombre sacrosanto la nieve besaré al caer la noche, 187MARINA TSVETÁIEVA Y SAN PETERSBURGO 188 por donde tú , sereno, majestuoso cruzabas en silencio sepulcral. Serena luz, Gloria bendita, Omnipotente de mi alma. A ese Omnipotente, lo menos que la moscovita puede traerle como ofrenda es esa síntesis de la historia rusa que es para ella la ciudad de Moscú. ¡En mi Moscú las cúpulas llamean! ¡En mi Moscú las campanas repican! Y aquí están alineados los sepulcros donde reposan zares y zarinas. ¡No sabes que en el alba sobre el Kremlin se respira mejor que en el resto del mundo! Y no sabes que en el alba del Kremlin por ti voy a rezar hasta el crepúsculo. Y tú entretanto cruzarás tu Neva en tanto yo, a la orilla del Moscova, permanezco inclinada la cabeza y fluyen río abajo las farolas. Yo te amo con todos mis insomnios, con todos mis insomnios en ti pienso en esta hora en la que en todo el Kremlin despertándose están los campaneros… Pero mi río con tu río, pero mi mano con tu mano no confluirán, deleite mío, hasta que el alba dé alcance al ocaso. Ana Ajmátova es para Marina Tsvetáieva un dechado clásico y para toda la Edad de Plata, la gran dama por así decir de la poesía. Su arte es envidiable en el buen sentido, es decir, que quien la admira aspira a emularla por lo menos. Más próxima a ella en la edad y en la generación, sin otra distancia que la que va del acmeísmo al futurismo, no guarda las distancias como en el caso de Blok, sumo pontífice en las nebulosas dominaciones del simbolismo, pero, contra lo que se ha dicho alguna vez, la 188 aQuilino duQue Gimeno 189 relación entre ambas no ha sido de rivalidad, sino de sana envidia de la más joven, agitada y temperamental, a la hermana mayor, serena y segura de su oficio. Ambas se trataron personalmente, fueron amigas en el buen sentido de la palabra, con una amistad muy distinta de la que, verbigracia, Marina sostuvo con Sofía Parnok. Aun así, el primer poema que Marina le dirige a Ana tiene mucho de declaración amorosa. Cintura estrecha, para nada rusa sobre folios y folios. Un chal de tierras turcas como una mantilla por los hombros. Para dibujaros bastaría un solo quebrado trazo negro. Frialdad en la alegría, calor en vuestro abatimiento. Vuestra vida es un escalofrío ¿y cómo llegará a su colmo? Nublada frente tenebrosa de un juvenil demonio. Desconcertar a todo ser viviente Es para usted… ¡un pasatiempo! Y un verso inofensivo apunta a vuestro pecho. En mi entresueño mañanero –las cuatro y cuarto era la hora– me enamoré de usted, Anna Ajmátova. También el nombre, bueno, el nom de plume, de Anna Andréievna Gorenko, daría pie a sugestiones poéticas como el de Blok. ¡Anna Ajmátova! Ese nombre es un sollozo inmenso y cae en un abismo sin nombre. Pero hay en ella algo, mucho, que intimida y hace guardar las distancias: 189MARINA TSVETÁIEVA Y SAN PETERSBURGO 190 ¡Y con tus ojos miran todos los iconos! Y en alusiones onomásticas –al hijo de Anna con Gumiliev– la impreca así en otro momento: El nombre del niño es León, el de la madre, Ana. En el nombre de él la furia, en el de ella, la calma. Nadie que yo sepa ha contado y descrito mejor la relación poética de estas dos mujeres que la Taubman, y a ella me remito y, para no ir simplemente glosándola, preferiría seguir citando versos de aquellos nueve poemas que la moscovita le dedicó a la “alegre gozadora” de Tsárskoye Seló, cuyos gozos por cierto bien que le hizo expiar la dichosa Revolución. Baste por ahora un botón de muestra: Te voy a arrebatar a toda tierra, a todo cielo, a los bosques de mi cuna y de mi tumba, a la tierra en que solo pongo un pie, a la tierra en que más que nadie duermo en ti . Te voy a arrebatar a todos los tiempos y las noches, a los lábaros de oro, a las espadas, arrojaré las llaves y ahuyentaré los perros del portal, que en la noche del tiempo soy más fuerte que un perro. Te voy a arrebatar a todos los demás, contigo, sola, tú novio no tendrás ni yo tampoco, y en la lucha final te arrancaré…¡no rechistes! de Aquél al que Jacob hizo frente en la noche. Pero hasta que yo no te haga la cruz sobre tu pecho te poseerás –¡oh, maldición!– tú misma desplegarás tus alas hacia el éter porque el mundo es tu cuna y tu tumba es el mundo. Con el otro acmeísta, Mandelstam, la relación fue menos complicada y en cierto modo, la ayudó a liberarse de su turbia relación con la Parnok y fue, por así decir, su segundo adulterio y de muy poca duración. Serioya, su marido, estaba en el frente y a 190 aQuilino duQue Gimeno 191 la vuelta se perdonarían mutuamente, aunque ahí no terminarían las desventuras de la pareja. Del breve idilio con Mandelstam dan testimonio los dos poemas de éste recogidos en Tristia. De él quedan sin embargo unos juicios críticos más bien negativos, puede que escritos para calmar los celos póstumos de Nadieshda, su esposa. En esos juicios es en los que compara con una doméstica labor de ganchillo la lírica profética no solo de Marina Tsvetáieva sino de Sofía Parnok y de Adalis (Adelina Efímova Efron), a las que ofende llamándolas, no ya “poetisas” sino “profetisas”, y en el caso concreto de la Tsvetáieva reitera la acusación de mal gusto que la Ajmátova señalara en algunas de sus composiciones. El mal gusto y la inexactitud histórica de la poesía de Marina Tsvetáieva sobre Rusia –pseudopopuli– ta y pseudomoscovitaes muy inferior a la poesía de Adalis, cuya voz alcanza a veces fuerza y verdad masculinas. Sin embargo, la última palabra de un poeta es la que diga en verso, y esa es la que cuenta para la posteridad. Todo lo demás es letra menuda. Villanova, octubre 2016 Ref. Jane A. Taubman: A life through poetry: Marina Tsvetaieva’s lyric diary. Slavica Publishers, Inc. Columbus, Ohio, 1989 191MARINA TSVETÁIEVA Y SAN PETERSBURGO