Simone Weil: el trabajo y el espíritu de la verdad
Abstract
El presente artículo quiere mostrar la estrecha relación y la importancia que tienen, en la obra de Simone Weil, las nociones de trabajo y de verdad. Lúcida testigo de los sucesos ocurridos en Europa en la primera mitad del siglo XX, su pensamiento supo desentrañar las raíces profundas de su tiempo, el vacío y las contradicciones de su época. La obra de Simone Weil representa una relectura del mundo marcada por la desgracia, en la que sobresale un anhelo de verdad íntimamente ligado al concepto de trabajo, en tanto que vínculo profundo del hombre con la realidad.
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THÉMATA. Revista de Filosofía Nº 54, enero-junio (2016) pp.: 13-32 ISSN: 0212-8365 e-ISSN: 2253-900X doi: 10.12795/themata.2016.i54.01 SIMONE WEIL: EL TRABAJO Y EL ESPÍRITU DE LA VERDAD SIMON WEIL: THE WORK AND THE SPIRIT OF FREEDOM Jaime Abad Montesinos1 Université Paris - VIII / Lycée Général et Technologique Talma, Brunoy (Francia) Recibido: 15-1-2014 Aceptado: 15-3-2016 Resumen: El presente artículo quiere mostrar la estrecha relación y la importancia que tienen, en la obra de Simone Weil, las nociones de trabajo y de verdad. Lúcida testigo de los sucesos ocurridos en Europa en la primera mitad del siglo XX, su pensamiento supo desentrañar las raíces profundas de su tiempo, el vacío y las contradicciones de su época. La obra de Simone Weil representa una relectura del mundo marcada por la desgracia, en la que sobresale un anhelo de verdad íntimamente ligado al concepto de trabajo, en tanto que vínculo profundo del hombre con la realidad. Palabras clave: trabajo, verdad, desgracia, arraigo. Abstract: The current article aims to show the close relationship and the importance of the notion of work and truth in the work of Simone Weil. Lucid witness of the events happened in Europe during the first half of the twentieth century, her thought knew unravel the deep roots of her time, the emptiness and the contradictions of her epoch. Simone Weil’s work represents a rereading of the world marked by her misfortune, in which a yearning for truth stands out closely linked to the concept of work, in so far as a deep link of the man with the reality. Key words: work, truth, misfortune, deep-rooted. 1. ([email protected]) Licenciado en Filosofía por la Universitat de València. Máster en Pensamiento Filosófico Contemporáneo. Amplió sus estudios con una beca de investigación en la Université Toulouse II–Le Mirail durante el año 2011-2012.
Jaime Abad Montesinos Thémata. Revista de Filosofía Nº54 (2016) pp.: 11-32 14 Pero la verdad es, como se ha mostrado, la unidad de ambos: la luz, que no brilla en la tiniebla, sino está compenetrada con ella como con la esencia, y precisamente por eso está sustanciada, materializada. La luz no brilla en la tiniebla, no la ilumina, no está refractada en ella, sino que es el concepto quebrado en sí mismo. G. W. F. Hegel2 Deseamos la verdad y sólo encontramos en nosotros incertidumbre. Buscamos la felicidad y sólo encontramos miseria y muerte. Blaise Pascal3 I. Introducción Destacó Simone Weil en L’enracinement, considerado su testamen- to espiritual, que no todas las crueldades son físicas, pues algunas llegan más allá de la carne. Si bien existen ciertas crueldades fácilmente reconocibles dada su violencia, como es el caso de aquellas ejercidas sobre el cuerpo mismo de las poblaciones sometidas, existen otras crueldades más difusas, pero igualmente relevantes dentro de una sociedad: aquellas «que atentan contra la vida del hombre sin atentar contra su cuerpo»4. Ellas suponen la privación de alimentos necesarios para el alma del ser humano, alimentos que cohesionan colectividades, en tanto que son el sustento espiritual de los hombres que nacen en ellas, es decir, su vínculo con el pasado: el «arraigo» («l’enracinement») necesario para su alma. Igual que el cuerpo humano tiene necesidad de alimentos, de descanso y de calor, tiene el alma humana, para Simone Weil, necesidades que no debemos olvidar: honor, respeto, seguridad, etc.; puesto que, cuando éstas no son satisfechas, provocan que el alma se encuentre «en un estado análogo al 2. Hegel, G. W. F.: Filosofía Real. Madrid: FCE, 2006, p. 71. 3. Pascal, B.: Pensées. Paris: Gallimard, 2004, p. 240. 4. Weil, S: L’enracinement. Paris: Gallimard, 1990, p. 14.
Thémata. Revista de Filosofía Nº54 (2016) pp.: 13-32. Simone Weil: el trabajo y el espíritu de la verdad 15 estado de un cuerpo hambriento y mutilado»5. Sin embargo, por encima de todas ellas existiría, para Weil, una sola: la necesidad de verdad6. Comprometida desde muy joven con la causa de los oprimidos, su obra y su existencia, caracterizadas por una inicial militancia sindicalista de tendencias anarquizantes7, desembocarán en un sentimiento religioso muy personal, marcado por la espera y la gracia, pero crítico con los dogmas católicos, y con la propia institución eclesiástica8. Porque en la obra de Weil, mística y revolucionaria al mismo tiempo, contradictoria y alucinada, pero siempre honesta, un solo espíritu anima su pensamiento; por encima de dogmas religiosos, por encima de ideologías políticas, late un profundo deseo, como escribió Rimbaud, de «poseer la verdad en un alma y en un cuerpo»9. Este espíritu que atraviesa toda su obra es «el espíritu de verdad» («l’esprit de vérité»), la fuerza de la verdad concebida como «energeia», en tanto que fuerza actuante inserta en el mundo mismo; es el deseo de realidad en su verdad esencial, cuya fuerza revierte necesariamente sobre la vida política. En palabras de Simone Weil: «el amor puro es esta fuerza actuante, el amor que no quiere bajo ningún concepto, en ningún caso, ni mentira ni error»10. Verdad y política se unen estrechamente en la obra de Weil, como ha destacado Carmen Revilla11, articulándose como las dos perspectivas que orientarán, a lo largo de toda su vida, su actividad intelectual; una política marcada por un lucido análisis de la situación de su época y un compromiso con los más desfavorecidos, una verdad considerada como la más alta aspiración de todo ser humano. Es la obra filosófica de Weil, como han destacado todos sus comentaristas, pensamiento indisolublemente li- 5. Weil, S: Escritos de Londres y últimas cartas. Madrid: Trotta, 2000, p. 68 6. Así nos lo dice en L’enracinament: «La necesidad de verdad es más sagrada que ninguna otra» (Weil, S: L’enracinement, cit., p. 53). 7. Anota Weil en uno de sus cuadernos (Cahiers): «Considerar siempre a los hombres en el poder como cosas peligrosas» (Weil, S: Œuvres complètes. Tome VI. Cahiers. Volume 1. (1933 – Septembre 1941). Paris, Gallimard, 1994, p. 87), «Estar frente a la naturaleza, no frente a los hombres; es la única disciplina. Depender de una voluntad extraña es ser esclavo (…). No se puede depender de los seres humanos sin aspirar a tiranizarlos» (Ibídem, p. 96). Sin embargo, su pensamiento, contradictorio y trágico, nunca será capaz de volcarse completamente en el sueño de un paraíso terrestre que rompa con toda esclavitud. 8. En los escritos de su ultima etapa una profunda tensión se deja ver entre su fe y el mensaje cristiano, tal y como éste ha sido institucionalizado por la Iglesia católica: «se puede afirmar sin temor de exageración que el espíritu de la verdad está casi ausente de la vida religiosa» (Weil, S: L’enracinement, cit. pp. 315-316). 9. Rimbaud, A.: Poésies. Une saison en enfer. Illuminations. Paris, Gallimard, 1993, p. 152. 10. Weil, S.: L’enracinement, cit., p. 320. 11. Revilla, C.: «Simone Weil: entre el poder de la fuerza y el poder de las palabras» en Archipiélago 43, 2000, Sep-Oct, p. 72.
Jaime Abad Montesinos Thémata. Revista de Filosofía Nº54 (2016) pp.: 11-32 16 gado a su tiempo, profunda reflexión sustentada por su experiencia vital12 y marcada por el sufrimiento. Porque su filosofía pretende ser pensamien- to encarnado, entrelazado con la necesidad que domina el universo que nos rodea: «pensamiento materialmente presente en nuestra carne»13, inmerso en el mundo donde habita nuestro cuerpo, pero caracterizado por la firme decisión «de vivir exclusivamente para la búsqueda de la verdad»14, un pensamiento llamado pues a alcanzar todos los planos de la existencia, por encima del sufrimiento y las privaciones, hasta el borde mismo de la muerte. Porque Simone Weil «nunca renunció a combatir los poderes opresivos; siempre se comprometió en esta lucha protagonizando empeños peligrosos e insólitos. Siempre persiguió obstinadamente la verdad, en los terrenos más diversos»15. II. Desarraigo Afirma Juan Ramón Capella16, en su presentación a la traducción española de L’enracinement, (Echar raíces), que enfrentarse a la lectura de dicha obra –podríamos extenderlo al conjunto de los escritos de Simone Weil– supone practicar un suerte de «minería», al proceder como un buscador de oro, que rastrea entre las palabras las proposiciones fundamentales de una de las reflexiones más profundas del pasado siglo, una de las miradas más puras y penetrantes del pensamiento europeo17. Nacida en una familia judía acomodada y habiendo recibido una esmerada educación, desde muy joven siempre sintió Simone Weil que su sitio estaba con los desheredados, con los que sufren por siempre, desplazados en los bordes de las sociedades y la historia. En medio de una época atravesada por dos guerras mundiales y por el auge de los totalitarismos, su honestidad y su entrega extrema, rayando en ocasiones la sin razón18, le llevaría en todo momento a exigirse siempre a sí misma «adoptar la mejor 12. Cfr. Revilla, C.: «Al final de la tregua: verdades radicales en la obra de Simone Weil» en Anthropos 211, 2006, pp. 97-105. 13. Weil, S: L’enracinement, cit., p. 368. 14. Revilla, C: Simone Weil: entre el poder de la fuerza cit., p. 72. 15. Pétrement, S: Vida de Simone Weil. Madrid: Trotta, 1997, p. 331. 16. Weil, S: Echar raíces. Madrid: Trotta, 1996. Presentación de Juan Ramón Capella. Traducción de Juan Carlos González Pont y Juan Ramón Capella, p. 9. 17. Cfr. Esposito, R: «Simone Weil y Europa» en Archipiélago 43, 2000, Sep-Oct, pp. 37-44. 18. Conocida es la anécdota que afirma que el propio De Gaulle la tachó de “loca”, cuando le comunicaron su proyecto de crear un cuerpo de enfermeras de primera línea que fuese lanzado en paracaídas en pleno campo de batalla (Cfr. Pétrement, S: op. cit., p. 696).
Thémata. Revista de Filosofía Nº54 (2016) pp.: 13-32. Simone Weil: el trabajo y el espíritu de la verdad 17 actitud posible respecto de los problemas de este mundo»19. Lúcida testigo de algunos acontecimientos que sacudieron la primera mitad de siglo veinte, resulta sorprendente, tal y como ha remarcado Bertrand Saint-Ser- nin20, que una joven profesora de filosofía de un lycée de provincias, en Le Puy, Auxerre o Roanne, haya tenido una intuición tan clara de algunos de los hechos que marcaron su tiempo; anticipando incluso los rasgos de una época aún naciente: la nuestra. La sustitución de la era industrial por la era financiera reside esencialmente en que el factor decisivo del crecimiento de la empresa ya no es la capitalización del beneficio, sino la dominación de nuevos capitales – de ahí la desaparición de todo lo que había de favorable en una producción bien organizada.21 Resulta inevitable no sorprenderse al leer estas líneas escritas por Weil, anticipadoras de un tiempo donde la financiarización económica ha terminado por consolidarse a escala supranacional. Es inevitable igualmente establecer ciertos paralelismos, a pesar de todas las diferencias, entre nuestra actual época de crisis, acaparadora de portadas y titulares en todos los periódicos, y la crisis vivida en Europa cuando fueron escritas esas frases, y cuyas funestas consecuencias son de sobra conocidas. Ya nos advirtió Weil, hace más de medio siglo, que el dinero es un poderoso factor de desarraigo que atraviesa las sociedades dinamitándolas desde lo más hondo. Reclamando en todo momento nuestra atención completa y todas nuestras energías, «el dinero destruye las raíces por todas partes donde penetra, sustituyendo todas las motivaciones por el deseo de ganar»22. Si bien el dinero es comúnmente aceptado por una sociedad como medio de intercambio, abogará Weil por hacer desaparecer su valor psicológico, desacreditándolo con vistas a eliminar el rol de «juez y verdugo»23 que ha adquirido dentro de las sociedades contemporáneas24. Para que aquellos que no lo posean no se vean abocados inevitablemente al sufrimiento por su 19. Weil, S:A la espera de Dios. Madrid: Trotta, 1993, p. 38. 20. Saint-Sernin, B: «Simone Weil, critique de la société» en Étvdes 366, Fév., 1987, p. 239 21. Weil, S.: O.C. Tome VI. cit., p. 128. 22. Weil, S.: L’enracinement, cit., p. 63. 23. Weil, S.: Escritos, cit., p. 137. 24. En una carta enviada, junto con un poco de dinero, a un anarquista español llamado Antonio, recluido en un campo de internamiento, escribirá Weil: «Cuando tengo dinero en mis manos, nunca tengo la impresión de que ese dinero sea de mi propiedad. Está ahí, sencillamente (…). Simplemente pasa de mis manos a los de otra persona que lo necesita, como si yo no tuviera nada que ver en esto. Me gustaría que el dinero fuera como el agua y que corriera allí donde hace falta» (Pétrement, S.: op. cit., p. 587-588).
Jaime Abad Montesinos Thémata. Revista de Filosofía Nº54 (2016) pp.: 11-32 18 ausencia, para que los que lo posean no se olviden de las obligaciones que atañen a todo ser humano. Porque dichas obligaciones son la expresión directa de las necesidades del hombre, las cuales no reposan sobre ninguna convención social ni histórica, puesto que, para Weil: Las necesidades del ser humano son sagradas. Su satisfacción no puede estar subordinada ni a la razón de Estado, ni a ninguna consideración, ya sea de dinero, de raza, de color, ni al valor moral u otro atribuido a la persona considerada, ni a ninguna condición, cualquiera que sea.25 El dinero supone un factor de desarraigo porque desplaza todo el centro de nuestra vida hacia él, borra todas nuestras necesidades y se convierte en único soberano de nuestra existencia. Convocando todas nuestras energías, teje un largo manto de sueño y de olvido en torno nuestro. Allí donde la posesión del dinero se convierte en cumbre social, el resto de nuestras necesidades queda en la noche. Ahora bien, si la obtención del salario mensual reclama toda nuestra atención, al mismo tiempo, trae consigo una economía del miedo, que asedia a los seres humanos durante los días y las noches ante la posibilidad de su pérdida. Existirá, no obstante, un segundo factor de desarraigo para Weil: la educación institucional, producto «de una cultura considerablemente orientada hacia la técnica e influenciada por ella, muy teñida de pragmatismo, extremadamente fragmentada por la especialización»26. La educación, tal y como es entendida en la época contemporánea, pretende únicamente transmitir unos conocimientos al alumno para que juegue su rol en el futuro de forma competente. Pero por ello mismo, para Weil, le hace distanciarse de la región donde habita la verdad. La educación actual discrimina individuos, considerando a unos más inteligentes y a otros más inútiles; contribuyendo así a la degradante división entre trabajo manual y trabajo intelectual. La ciencia y el conocimiento se convierten entonces en monopolios de un determinado sector de la sociedad, «no a causa de una mala organización de la instrucción pública, sino por su naturaleza misma»27, cuyo fundamento esencial es la especialización del saber, en aras de la productividad. Si toda nuestra civilización reposa, en ultimo termino, sobre la especialización, entonces la tendencia a la opresión parece inevitable, dado «el sometimiento de aquellos que ejecutan a quienes 25. Weil, S.: Escritos, cit., p. 68. 26. Weil, S: L’enracinement, cit., p. 64. 27. Weil, S. «Réflexions sur les causes de la liberté et de l’oppression sociale» en Oppression et liberté Paris: Gallimard, 1967, p. 62.
Thémata. Revista de Filosofía Nº54 (2016) pp.: 13-32. Simone Weil: el trabajo y el espíritu de la verdad 19 coordinan»28. Es este desequilibrio el factor social que traza el limite de imposibilidad de todo reconocimiento en términos de igualdad, la opresión que se expresa con conceptos de ciencia atravesada de exclusión, al negar a una parte de la sociedad el acceso al conocimiento: el acceso, en definitiva, a la verdad. Sin embargo, para Weil: Un idiota de pueblo, en el sentido literal de la palabra, que ama realmente la verdad, aun cuando tan solo emitiera balbuceos, es en cuanto al pensamiento infinitamente superior a Aristóteles. Está infinitamente más próximo a Platón de lo que Aristóteles ha estado nunca (…). Pero de todo eso no sabe nada. Nadie se lo ha dicho. Todo el mundo le dice lo contrario. Hay que decírselo.29 Porque si el ser humano tiene necesidad de arraigo entonces la exclusión es intolerable, y promoverla en cualquiera de sus formas debe ser considerado un crimen30. Negarle su derecho al trabajo, negarle su dignidad al discriminarle por sus capacidades, excluirle en función de su poca capacidad en términos académicos,… todo ello significa atentar contra las raíces del ser humano. Porque sólo puede haber arraigo allí donde el hombre vive en la verdad, donde reinan la justicia, la fraternidad, la libertad. Cuando se niegan esas aspiraciones los cimientos de una sociedad se tambalean, y entonces lo que tenemos es crisis, y sabemos bien que no todas las crisis son económicas, algunas golpean lo más profundo del alma, como Weil no cesó en destacar en toda su obra. Escribió María Zambrano que «vivir en crisis es vivir en inquietud»31, dado que, aunque se anhele con vehemencia el sosiego a lo largo de la vida, una infinita inquietud no cesa de golpearnos, amenazando con devorar nuestra existencia completamente. Según Zambrano, «la crisis muestra las entrañas de la vida humana, el desamparo del hombre que se ha quedado sin asidero, sin punto de referencia; de una vida que no fluye hacia meta alguna y que no encuentra justificación»32: una vida, en definitiva, desarraigada, perdida. Sin embargo, la noción de desarraigo en Simone Weil no nos remite exclusivamente a la angustia existencial, al estado de inquietud de la persona para quien la vida ha perdido todo horizonte; sino que nos remite igualmente a la con- 28. Ibídem, p. 63. 29. Weil S: Escritos, cit., p. 137. 30. Cfr. Ibídem, p. 70. 31. Zambrano, M: Hacia un saber del alma. Madrid. Alianza Editorial, 2005, p. 100. 32. Ibídem, p. 101-102.
Jaime Abad Montesinos Thémata. Revista de Filosofía Nº54 (2016) pp.: 11-32 20 dición social de todo ser humano, en tanto que individuo inmerso en una serie de prácticas sociales y definido por su relación con el trabajo. Jugará éste último un papel esencial a lo largo de toda la obra weiliana, en tanto que es la forma propiamente humana de relacionarse con el mundo, pero que, dada la situación contemporánea, exige ser reformulada con urgencia. Porque el trabajo dejó hace mucho tiempo de ser soñado como espacio donde la verdad y la belleza del mundo se hacen patentes, para pasar a ser experimentado como lugar de opresión y de miseria. La consecuencia inevitable de tal situación de deshumanización y de inseguridad siempre latente es la descomposición de la vida social, la condena insalvable al desarraigo. Según expone Weil en una de sus obras más importantes, Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social: Podemos preguntarnos si existe un ámbito de la vida pública o privada en que las fuentes mismas de la actividad y de la esperanza no estén envenenadas por las condiciones en las que vivimos. El trabajo ya no se realiza con la conciencia orgullosa de ser útil, sino con el sentimiento humillante y angustioso de poseer un privilegio otorgado por un golpe de suerte pasajero, en pocas palabras, de poseer un puesto de trabajo, un privilegio del cual se excluye a muchos seres humanos por el hecho mismo de que uno goza de él.33 III. Trabajo Aunque en una parte de las obras dedicadas a Simone Weil los elementos biográficos –especialmente en sus aspectos más trágicos y sorprendentes– han primado por encima de la profundidad de sus escritos, no hemos de olvidar que, como ya señaló Miklos Vetö, «alguien que ignore las circunstancias de su vida no tiene ninguna oportunidad de comprender verdaderamente el pensamiento de Simone Weil»34. No han cesado de destacar todos los lectores de Weil la profunda conexión entre su vida y sus escritos, su firme convicción de que no hubiese ninguna separación «entre lo que uno piensa y la vida que uno lleva»35. Es precisamente esa convicción la que le hará solicitar una baja como profesora de filosofía, con el objetivo de trabajar en una fábrica, y conocer directamente los mecanismos de la opresión ejercida sobre los trabajadores; pasando así a completar las reflexiones teóricas viviéndolas en carne propia. Aunque la experiencia 33. Weil, S. «Réflexions» cit., p. 57. 34. Vetö, M.: La métaphysique religieuse de Simone Weil. Paris: J. Vrin, 1971, p. 10. 35. Pétrement, S.: op. cit., p. 86.
Thémata. Revista de Filosofía Nº54 (2016) pp.: 13-32. Simone Weil: el trabajo y el espíritu de la verdad 21 de la fábrica no resultó lo que ella esperaba, según apunta Simone Pétrement, la afectó tan profundamente que supuso un antes y un después en su vida36. Tal y como afirmará Simone Weil en una carta a Albertine Thévenon: «hay una cierta ligereza de corazón que me será, me parece, para siempre imposible»37. Fueron los años pasados en Le Puy, así como en Auxerre o Roanne, una etapa no sólo dedicada a la docencia académica sino también de intensa militancia política y de compromiso social. Será concretamente en Le Puy, donde entrará en contacto con los medios sindicalistas revolucionarios, colaborando en publicaciones como La Révolution Proletarienne, impartiendo cursos sobre marxismo en la Bourse du Travail de Saint-Etienne o participando en manifestaciones de parados y en diversos actos sindicales. Siempre conmovida ante las injusticias sociales y empujada por un firme deseo de integración con la causa obrera, pero también contraria a todo autoritarismo intelectual, crecerá progresivamente en Simone Weil, una profunda desconfianza respecto de los sindicatos –dada la creciente burocratización de estos–, al igual que respecto del dogmatismo ideológico que el sindicalismo revolucionario, a sus ojos, va adoptando de forma imparable. Todo ello le llevará a un progresivo distanciamiento del movimiento sindicalista, como expone en una carta enviada a uno de los líderes sindicales de Saint-Etienne: «Me asfixio en este movimiento revolucionario de ojos vendados»,38 le escribirá Weil. Uno de los factores de dicho distanciamiento es el firme compromiso de rechazo a toda doctrina que separe la teoría de la realidad, la verdad de la vida. Una teoría sólo puede ser válida, para Weil, en la medida en que está íntimamente ligada con la realidad y es capaz de desplazarse «entre las verdades eternas inscritas en la naturaleza de las cosas»39. Hablar sobre la opresión y sobre los mecanismos con que ella se ejerce sobre la clase trabajadora implica entonces conocer dichos mecanismos directamente, 36. «La época de la fábrica fue el comienzo de un periodo menos feliz, mas sombrío y, al mismo tiempo, el periodo de una evolución intelectual o espiritual. Parece que no encontró en esta experiencia lo que buscaba: el descubrimiento de los métodos que permitirán transformar realmente la condición proletaria. Pero la experiencia tuvo sobre ella un efecto profundo y que no esperaba. Produjo una modificación de sus sentimientos y poco a poco de sus pensamientos, una modificación inesperada en efecto para ella» (Pétrement, S.: op. cit., p. 333). 37. Weil, S.: La condition ouvrière. Paris: Gallimard, 1951, p. 15. 38. Pétrement, S.: op. cit., p. 239. 39. Weil, S.: L’enracinement, cit., p. 277.
Jaime Abad Montesinos Thémata. Revista de Filosofía Nº54 (2016) pp.: 11-32 28 una atención de una cualidad rara y que sólo es posible en soledad»72. Si el trabajo debe ser considerado según Weil el centro espiritual de la vida humana es debido a que él es la vinculación directa del hombre con su mundo y sus semejantes, es el espacio de enraizamiento del ser humano en el mundo y, al mismo tiempo, espacio de completo anonadamiento y humillación del alma, donde se reconcilia el pensamiento y la acción, y se desarrolla la virtud de la atención73. Es por el trabajo hasta el agotamiento como se prepara el alma en la filosofía weiliana para recibir “el espíritu de verdad”, como aceptación humilde de la necesidad que tiende un puente en silencio hacia lo divino. Modelo de toda actividad humana, el trabajo permite al hombre entrar en contacto con el mundo y con todos los planos de la realidad, pero también gracias a él puede el hombre vaciar el alma, haciendo desaparecer todo lo subjetivo que hay en nosotros y abrirnos así a lo impersonal. Es el trabajo sereno intento de lectura y de interpretación del mundo, que exige silencio y atención, pero también esfuerzo y dedicación, dado que, para Weil: El mundo es un texto con diferentes significados, y se pasa de un significado a otro por un trabajo. Un trabajo en el que el cuerpo siempre toma parte, como cuando aprendemos el alfabeto de una lengua extranjera, este alfabeto debe entrar en la mano a fuerza de trazar las letras.74 Hemos destacado que para Simone Weil en toda persona hay algo sagrado. Ahora bien, «lo que es sagrado, lejos de ser la persona, es lo que en un ser humano es impersonal»75, es precisamente esa exigencia de silencio lo sagrado que está más allá de nosotros, aquello que nos vincula con la verdad y la belleza, por medio del trabajo físico. Allí donde nuestra individualidad ha quedado disuelta queda abierto el espacio de lo impersonal, «la verdad y la belleza habitan ese dominio de las cosas impersonales y anónimas»76, su reino es soberano, y su apertura sólo es posible para un alma que presta atención. Cercana en este punto al Georges Bataille de La experiencia interior que ha afirmado: «el yo no importa nada»77, el espíritu 72. Weil, S.: Escritos cit., p. 21-22. 73. «Es por la atención como se sale de la cáscara de la autonomía, como nos alejamos de la perspectiva personal, […]. Hacer el vacío en nosotros implica hacer el lleno en el mundo, pero esta salida de nosotros mismos sólo es verdaderamente extática si ella es permanente, es decir, cuando la atención se transforma en espera». (Vetö, M.: La métaphysique cit., p. 48). 74. Weil, S.: O.C. Tome VI. Vol. 1 cit., p. 295. 75. Weil, S.: Escritos cit., p. 20. 76. Ibídem, p. 21. 77. Bataille, G.: L’expérience intérieure. Paris: Gallimard, 2009, p. 64.
Thémata. Revista de Filosofía Nº54 (2016) pp.: 13-32. Simone Weil: el trabajo y el espíritu de la verdad 29 de verdad de la filosofía weiliana exige «la destrucción del yo»78, la extrema renuncia de nuestra individualidad sacrificada en el vacío ante el altar de la gracia. La aniquilación de nuestro yo es la mayor entrega que puede hacer un hombre, puesto que es la renuncia al mayor acto de libertad que poseemos: la afirmación de nuestra propia subjetividad. Pero deja abierto al mismo tiempo el camino para la llegada de la gracia, y la redención por el dolor que se desarrolla con la destrucción del alma. Afirma Durkheim en su obra Las formas elementales de la vida religiosa que en la mente del hombre la noción de lo sagrado está completamente alejada de la noción de lo profano, ambos representan dos espacios distantes separados por una «especie de vacío lógico»79, un límite que no puede ser franqueado por azar. Si algo han pretendido algunos de los escritos de la última etapa de Simone Weil es precisamente pensar ese vacío, su propia vida parece inclinarse hacia ese punto límite entre lo profano y lo sagrado, donde la desgracia amenaza con aniquilar el alma, y la vida misma se encuentra asediada por la posibilidad de su completa pérdida: «pensar eso con el alma entera es tener la experiencia de la nada»80, escribirá Weil al final de su vida. Pero este sentimiento de completa humillación del alma es condición indispensable para el tránsito hacia la región donde habita la verdad, «es una muerte del alma»81 atravesada por la desgracia, que se presenta en su pura desnudez, enmudeciendo nuestro espíritu. Como ya había expuesto Hegel en Prefacio a la Fenomenologia del espíritu, éste sólo da con la verdad de sí en su absoluto desgarramiento, cuando mira cara a cara a la muerte sin amedrentarse82. Asimismo, para Weil, sólo esperando atentamente la verdad en el vacío, con actitud humilde, y sin tratar de adivinar su contenido, es como ella llega a nosotros: Pero los seres que a pesar de la carne y la sangre han franqueado interiormente un límite equivalente a la muerte reciben más allá otra vida, que no es en primer lugar vida, que es en primer lugar verdad. Verdad devenida viviente. Verdadera como la muerte y viviente como la vida. Un vida, como dicen los cuentos de Grimm, blanca como la nieve y roja como la sangre. Es ella el soplo de la verdad, el Espíritu divino.83 78. Weil, S.: La gravedad y la gracia. Madrid: Trotta, 1994, p. 75. 79. Durkheim, E.: Las formas elementales de la vida religiosa. Madrid: Alianza Editorial, 2003, p. 80. 80. Weil, S.: Escritos cit., p. 34. 81. Idem. 82. Cfr. Hegel, G. W. F.: Fenomenología del espíritu. Valencia: Pre-textos, 2009, p. 136 83. Weil, S.: L’enracinement cit., p. 314.
Jaime Abad Montesinos Thémata. Revista de Filosofía Nº54 (2016) pp.: 11-32 30 V. Conclusión En una carta enviada a Maurice Schumann, apenas unas semanas antes de su muerte, escribe Weil: «para mí personalmente la vida no tiene otro sentido, y en el fondo jamás ha tenido otro sentido, que la espera de la verdad»84. Porque el discurrir de la filosofía de Weil revela en sus últimas etapas la certeza de que la verdad no se puede alcanzar, únicamente se la puede esperar, labrando el camino aguardando su llegada, y preparar así el alma en silencio y soledad para recibirla. El camino hacia la verdad es el camino de la renuncia y la atención, dominado por la desgracia (le malheur) que «se adueña del alma y la marca, hasta el fondo, con una marca que sólo a ella pertenece, la marca de la esclavitud»85. Sin embargo, es también punto de intersección entre la gracia divina y el mundo. El trabajo agotador nos permite tomar conciencia de la desgracia y de la miseria, introduciéndonos el universo en el cuerpo, en nuestro desfallecimiento sometido a la implacable necesidad del mundo. Porque en el pensamiento weiliano todo conocimiento de la verdad pasa necesariamente por el camino de la desgracia. Ahora bien, dicho camino de desgracia nos enseña de forma implacable que la verdad no puede ser, en último término, creación nuestra. Allí donde el trabajo acaba con nuestras fuerzas y aniquila nuestro espíritu, nos hace inevitablemente tomar conciencia, afirmará Weil, de que «el bien real no puede venir más que de fuera, nunca de nuestro trabajo»86. Si éste último es lugar de agotamiento y muerte en la filosofía weiliana –siempre contradictoria, siempre en tensión– es también lugar de salvación por la gracia, elemento sobrenatural destinado a aparecer en ese mismo instante de desfallecimiento extremo cuando todo está perdido: «sólo tras una larga y estéril tensión que acaba en desesperación, una vez que ya no hay nada que esperar, es cuando de fuera, oh maravillosa sorpresa, viene el don»87. Porque, como escribió el poeta español Claudio Rodriguez: «Siempre la claridad viene del cielo; / es un don: no se halla entre las cosas / sino muy por encima, y las ocupa / haciendo de ello vida y labor propias»88. Escribió Carlos Ortega que la filosofía de Simone Weil «descubrió un nuevo alfabeto, cruzado de desgracia y de belleza, de nostalgia y de 84. Weil, S.: Escritos cit., p. 165. 85. Weil, S.: L’enracinament cit., p. 75. 86. Weil, S.: La gravedad cit., p. 92. 87. Idem. 88. Rodriguez, C.: «Don de la ebriedad» en Hacia el canto. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 1993, p. 43.
Thémata. Revista de Filosofía Nº54 (2016) pp.: 13-32. Simone Weil: el trabajo y el espíritu de la verdad 31 perfección, de dolor y de alegría, para leer y pensar el mundo»89, repensar el poder de las palabras es el reto que nos deja su obra. Pero es el suyo un alfabeto de trágico destino, cuya más alta conquista es la revelación de su propia impotencia, de su inevitable imperfección para dar cuenta de la realidad. Porque sólo la gracia es portadora de verdad última. «El espíritu de la verdad está hoy casi ausente de la religión y de toda la ciencia»90, sostiene Weil, entonces la suprema exigencia de su obra, y de su vida misma, es una reforma radical de todos los ámbitos pensamiento y de las condiciones de vida de todo ser humano: la lucha hasta la extenuación por la reconciliación de todos los saberes y de todas las dimensiones de la vida bajo la luz de la verdad, esa luz de amor puro que se manifiesta como el esplendor de la realidad. Porque el pensamiento de Simone Weil, como ha destacado Roberto Esposito –quien sin duda es uno de sus más agudos lectores en la actualidad–, «es un pensamiento guerrero incluso cuando combate por la paz»91. Pero esta lucha sólo tiene sentido si es una lucha por la vida, para recuperarla de las fuerzas que la avasallan, para devolverla a la senda de la verdad, de la belleza, de la justicia. Precisamente este posicionamiento, que la llevó por un camino de compromiso humano y de entrega fuera de lo comunes, también la alejó muy pronto de la Revolución Soviética y de toda forma de totalitarismo. Porque, como ella misma afirmó, en un breve texto de 1933, escrito a propósito de la obra La condition humaine de André Malraux y de una reseña escrita por Bataille: No se puede ser un revolucionario si no se ama la vida […]. La revolución es una lucha contra todo aquello que constituye un obstáculo para la vida. Ella sólo tiene sentido como medio; si el fin perseguido es vano, el medio pierde su valor. En general, nada tiene valor desde el momento en que la vida humana no lo tiene.92 89. Ortega, C.: «La hermosura del mundo en Simone Weil» en Anthropos 211, 2006, p. 142. 90. Weil, S.: L’enracinement cit., p. 328. 91. Esposito, R.: «Simone Weil y Europa» en Archipiélago 43, 2000, Sep-Oct, p. 39. 92. Weil, S.: «À propos de La condition humaine de Malraux» en Œuvres complètes. Tome II. Écrits Historiques et Politiques. Volume 1. L’engagement syndical (1927 – Juillet 1934). Paris: Gallimard, 1988, p. 318