El Dios de las mujeres en la Edad Media
Abstract
En este trabajo se intenta contestar a si hay o no diferencia entre la concepción de Dios de la mística femenina y la concepción de Dios imperante en la teología tradicional. Para ello, nos acercamos a un movimiento de mujeres cristianas cuyo inicio se encuentra en el siglo XII. Ellas son las beguinas, cuyas características propias las separan de la vida religiosa hegemónica. Tratamos más detalladamente la vida y obra de tres beguinas en concreto: Hadewijch de Amberes, Matilde de Magdeburgo y Margarita Porete. Finalmente, a través de estas tres autoras, quedarán claras las distinciones entre la teología de la mística puramente femenina, y la teología tradicional.
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GRADO EN FILOSOFÍA Trabajo Fin de Grado El Dios de las mujeres en la Edad Media Cristina Florido Tallafigo Tutor: Jesús Francisco de Garay Suarez Llanos Sevilla, 2022
RESUMEN En este trabajo se intenta contestar a si hay o no diferencia entre la concepción de Dios de la mística femenina y la concepción de Dios imperante en la teología tradicional. Para ello, nos acercamos a un movimiento de mujeres cristianas cuyo inicio se encuentra en el siglo XII. Ellas son las beguinas, cuyas características propias las separan de la vida religiosa hegemónica. Tratamos más detalladamente la vida y obra de tres beguinas en concreto: Hadewijch de Amberes, Matilde de Magdeburgo y Margarita Porete. Finalmente, a través de estas tres autoras, quedarán claras las distinciones entre la teología de la mística puramente femenina, y la teología tradicional. PALABRAS CLAVE: Mujeres, Beguinas, Mística, Dios ABSTRACT This paper attempts to answer the question of whether or not there is a difference between the conception of God in women's mysticism and the conception of God prevailing in traditional theology. In order to do so, we look at a movement of Christian women whose beginnings date back to the 12th century. They are the Beguines, whose own characteristics set them apart from the hegemonic religious life. We deal in more detail with the life and work of three Beguines in particular: Hadewijch of Antwerp, Mechthild of Magdeburg and Marguerite Porete. Finally, through these three authors, the distinctions between the theology of purely feminine mysticism and traditional theology will become clear. KEYWORDS: Women, Beguines, Mysticism, God
Contenido 1. INTRODUCCIÓN ............................................................................................................ 5 2. CONTEXTO ..................................................................................................................... 7 3. HADEWIJCH DE AMBERES ........................................................................................ 12 4. MATILDE DE MAGDEBURGO .................................................................................... 18 5. MARGARITA PORETE ................................................................................................. 24 6. CONCLUSIONES FINALES .......................................................................................... 30 BIBLIOGRAFÍA .................................................................................................................... 32
5 1. INTRODUCCIÓN El presente trabajo trata de responder a la pregunta de si Dios, desde el punto de vista de las mujeres, es distinto. Sostendremos que, efectivamente, es así. La pregunta acerca de un punto de vista femenino sobre Dios, es la que suscita el interés por el tema que aquí presentamos. Partiendo de ella, rescatamos a tres mujeres místicas del siglo XIII, que deciden llevar una vida religiosa, pero a su manera, sin intermediarios. Mantienen una conversación directa con Dios. Se relacionan con Él sin vivir dentro de ningún monasterio, sin estar amparadas por ninguna institución. Claro que, toman la doctrina cristiana como principal, pero es un soporte para, desde ahí, relacionarse con el que tratarán como “su amado”. De estas beguinas en concreto, y de todas en general, se conoce poco. Todo lo que conocemos es porque podemos rastrearlo a través de sus escritos. Están envueltas en un halo misterioso, y también atrayente. Porque, aunque no se conozca mucho de sus vidas, sus textos nos hacen intuir lo que ellas mismas tratan como indecible, como inaprehensible: lo absolutamente Otro que constituye todo. Resultan interesantes, igualmente, porque estas mujeres vienen a inaugurar el desarrollo de la subjetividad femenina en Europa. Y lo hacen contando cómo les ocurre Dios. No cuentan con ningún referente, no tienen ninguna autorización (ni siquiera simbólica), no tienen antecedentes. Escriben incluso en condiciones totalmente adversas, amenazadas y perseguidas. Tienen la necesidad de escribir, pues solo así pueden comprenderse a ellas mismas, contar su realidad, su experiencia, para hacerla real, para hacerla existir. Se encuentran, pues, en los márgenes impuestos de una sociedad con ideales misóginos. Su realidad, por tanto, es distinta a la de los hombres. En consecuencia, y teniendo en cuenta que escriben desde su propia experiencia, sus textos nos confirman que su Dios es también distinto. No es otro Dios. No es Diosa o algo similar. El Dios de los hombres es el Dios de las mujeres, porque el orden simbólico en el que nos encuadramos, es el mismo. Las beguinas se refieren al mismo Dios del que hablan los hombres. Pero la experiencia de Dios, el cómo les pasa Dios y cómo se relacionan con Él, es lo que marcará la diferencia. Divergen de la teología tradicional porque las místicas con las que tratamos aquí no tienen pretensión de decir la verdad sobre Dios. Quieren relacionarse con Él, y lo hacen libremente. Claro que lo hacen de manera que difieren con la manera hegemónica, con ese orden simbólico constituido. Con su visión de Dios pondrán en jaque la realidad establecida. Por estos motivos, suscita gran interés conocerlas, y conocer así la nueva espiritualidad de la que vienen a ser madres. Para ello, vamos a tratar de dibujar la figura y las ideas de las tres protagonistas escogidas para este trabajo: Hadewijch de Amberes, Matilde de Magdeburgo y Margarita Porete. Pero, antes que nada, nos introduciremos en su mundo, intentando conocer su contexto, la sociedad en la que vivían y qué hacían las mujeres que constituían este nuevo movimiento femenino del momento. De este modo, podremos saber cómo surgió el
6 movimiento y cómo se forma su pensamiento. Finalmente, recogeremos las conclusiones de este acercamiento a las místicas del siglo XIII, intentando responder a la cuestión planteada: ¿rompen las beguinas con la teología tradicional? Explicar cómo lo hacen, en qué se diferencia esta nueva manera de tratar con Dios de la manera en que hasta entonces se hacía, será el cometido principal de este trabajo. Pero antes, es importante situarnos y explicar de dónde surge este movimiento y cómo fue posible tal cosa.
7 2. CONTEXTO Antes que nada, es necesario responder a quiénes fueron las beguinas: fueron un movimiento de mujeres que escribían sobre Dios, y para ello, también escribían sobre ellas. Es algo inaudito hasta el momento en el que se encuentran, porque en Europa no había aún muchas mujeres que hubieran escrito. Las mujeres, beguinas, pero también no beguinas, inauguran aquí una mística típicamente femenina: escribirán en su mayoría en sus lenguas maternas. Y con ello, tratarán con Dios como no se había hecho hasta el momento. El origen de este movimiento se sitúa en plena Edad Media europea, donde la religión ocupa el centro de la vida. La religión cristiana es el centro de toda la cultura, Europa es entonces una sociedad teocrática. Impera el feudalismo, aunque los reyes han repartido ya su poder entre ellos y la nobleza, con el objetivo de mantener un equilibrio entre ambas y ayudarse mutuamente. Y, necesariamente, la política se ve más que influenciada por la religión. La Iglesia tendrá en ese momento varios frentes abiertos, pues son unos siglos donde intentan defenderse de lo que consideran una amenaza: la religión musulmana. Por eso, todos los intentos de la Iglesia van a estar encaminados a defender el cristianismo y conservarse como la religión predominante en Europa. Con las Cruzadas, la Iglesia intenta mantener su poder, impulsando guerras para recuperar la cristiandad de territorios como Al-Ándalus. En ese contexto, surgen distintos movimientos dentro del catolicismo cuya intención es recuperar la esencia de lo que consideraban el cristianismo, siguiendo la vida de los apóstoles y de Jesucristo. Estos grupos critican la deriva de la Iglesia, que entendían, se estaba corrompiendo y tenía sus miras más en mantener su propio poder que en continuar el ejemplo de vida de Cristo y sus primeros seguidores. En consecuencia, surgen distintas órdenes críticas con la Iglesia, con afán de devolverla a su ser original. Ejemplo de ello son órdenes como las de los franciscanos o dominicos. Las mujeres también se agruparán, también criticarán a la Iglesia y se organizarán para vivir acorde a lo que consideran la esencia del cristianismo, pero la manera de hacer de las mujeres en este sentido, es distinta. Y es que su situación, es distinta: es un momento en el que los conventos y monasterios femeninos están colapsados, pues hay pocos hombres a causa de las guerras y muchas eligen este camino. Unas lo hacen por vocación, otras por no tener más opciones y escapar así de la única alternativa mayoritaria: casarse, que tampoco era sencillo por la falta de hombres. Dentro de los monasterios, muchas de ellas, entregadas a una vida religiosa sin vocación, encontrarán cierta libertad. Los monasterios femeninos se convertirán muchas veces en lugares de esparcimiento, de lo que darán cuentas los obispos. En consecuencia, Bonifacio III, en 1298, emite la bula Periculoso (del latín peligroso). Con ella, ordenaba la clausura perpetua de las monjas católicas. Aun así, no se consiguió en aquel entonces la clausura. Se cuenta, de hecho, un caso en Lincoln, en Inglaterra, donde el obispo llevó la bula a un monasterio de mujeres para instarlas a la clausura, y éstas, se lo tiraron en la cabeza según salía del lugar. De una u otra forma, los monasterios para muchas significaron la libertad. Las que accedían a los conventos también tenían acceso a bibliotecas y a muchos textos a los que no podrían haber accedido de otra manera. Y muchas sabían leer y escribir. Se da ahí el
8 caldo de cultivo perfecto para que las mujeres comiencen a escribir, a hablar sobre Dios. Fue posible, además, porque, aunque no se les permitiera ser maestras, predicar, o expresarse de muchas maneras, sí podían hacerlo sobre Dios: no se hacía distinción de sexo en cuanto a las visiones proféticas, pues se consideraba que Dios podía revelarse a cualquiera, incluso a los seres considerados más débiles, como las mujeres. Es por eso que muchas se acogen a esto como estrategia para escribir, para validar lo que dicen. Así, Hildegarda de Bingen, por ejemplo, se refería a sí misma como “persona simple”, “pobrecilla” o “mujer inculta”. Y otro tanto hacía Matilde de Magdeburgo que se lamentaba siempre de su falta de formación y decía que lo que escribía brotaba de la misma divinidad. Pero los monasterios podían rechazar a las mujeres, bien porque, como decimos, estaban colapsados, o bien porque muchas no podían pagarse la dote para ingresar. Aunque eso no impidió que muchas vivieran según su deseo, una vida religiosa. Es aquí donde se encuadran las beguinas. Estas mujeres no estaban reconocidas como orden ni como movimiento: no estaban institucionalizadas por la Iglesia. Aun así, vivían una vida religiosa junto con otras mujeres, guardaban celibato, llevaban un hábito… es decir, vivían de manera muy similar a otras órdenes. No era su deseo enemistarse con la Iglesia o ir contracorriente. Sin embargo, igual que surgieron movimientos de hombres dentro de la Iglesia con intención de renovarla, con intención de que volviera a su ser original, o simplemente viviendo una vida religiosa tal como la entendían, otro tanto hacían las beguinas: también se unieron y eran críticas con la Iglesia del momento. De ellas no tenemos muchos datos. Todo su origen y su historia están envueltos en un cierto aire de misterio. De su nombre, del término beguinas, por ejemplo, hay varias hipótesis, pero no hay conclusiones claras al respecto. Algunas de estas hipótesis es que el nombre venga de <<buen fuego>>, o de beguen, que en flamenco antiguo significa rezar. Otra es que venga del patrón de la ciudad de Nivelles, en Bélgica, porque fue un foco bastante importante de beguinas en su momento. O bien, de Lambert le Bègue, un sacerdote de Lieja que aportó muchos recursos económicos para rescatar a huérfanos, cuidar enfermos y, en general, hacer una gran labor social, que, como veremos, llevan a cabo también las beguinas. Más avanzado el tiempo, cuando se las comienza a perseguir, se quiere vincular su nombre al de <<albigenses>> (secta herética de los siglos XI-XIII), para crear una mala imagen de ellas 1 . E igual que pasa con su nombre, pasa con todo lo que circunda alrededor de ellas. Lo que sí tenemos claro es que, a diferencia de las órdenes eclesiásticas, no se comprometían con votos perpetuos: podían elegir libremente dejar de ser beguinas y casarse. O, al contrario, podían estar casadas y decidir sumarse a estos grupos. Es el caso de, por ejemplo, María de Oignies: era una mujer casada y, con el permiso del marido, dejó todo y se trasladó a la ciudad de Oignies (de ahí su nombre), para vivir como beguina. También podemos afirmar con seguridad que, aunque también de manera distinta a las órdenes eclesiásticas tradicionales, tenían algo así como una “regla”. Algo así, decimos, porque realmente no se extendían en ella en la manera de vestir o de rezar. Sí que trataban esto último, pero no era una regla llena de prescripciones a seguir, sino más bien, trataba de cómo ser auténtica amante de Jesucristo. Es una regla espiritual. Es la Règle des fins 1 Inogés Sanz, M. C., (2021). Beguinas. Memoria Herida, p. 68.
9 amans, la Regla de los auténticos amantes. Es un texto redactado en francés antiguo y, de nuevo, no se conoce su autoría. Según cuenta Sara Bara Bancel, el especialista Kurt Ruh, sostiene que hay en el texto una gran afinidad con Margarita Porete, tanto en lo que dice como en el cómo lo dice, pero no es posible confirmar que sea ella quien escribe. 2 La Regla, sobre qué se entiende por “auténtico amor”, dice: Se llama “auténtico amante” (fin amant) a aquel o aquella que ama a Dios con autenticidad. (finement). Cuando se quiere alabar una copa de oro, se dice que es de oro fino [auténtico]. Es decir, que la copa es totalmente pura de oro, y de oro fino. Así quiere Jesucristo ser amado por nosotros, con autenticidad (finement). Es decir, puramente, y de todo corazón y con todas nuestras fuerzas y con toda nuestra virtud. ¡Y es una maravilla! Así nos amó él. Nos mostró amor de corazón. Es como si os dijese: “no puede hablar, pero te he abierto mi pecho. Hermoso y dulce hijo, bella y dulce hija, pon tu mano en mi pecho, ¡toma mi corazón!, pues es tuyo”. Esta gran bondad no la debemos olvidar. 3 Y más adelante, en el mismo texto, da doce signos por los que se puede reconocer a los verdaderos amantes: 1. “Odiar aquello que odia su Amigo: el pecado”. 2. “Guardar los mandamientos de su Amigo”. 3. “Descubrir con frecuencia el corazón a su Amigo”. 4. “Amar lealmente”. 5. “Pensar con frecuencia y atentamente en su Amigo”. 6. “Escuchar con gusto la palabra de su Amigo”. 7. “Pedir atentamente noticias de su Amigo”. 8. “Ir frecuentemente y de buen grado allí donde se encuentra su Amigo”. 9. “Enviar con frecuencia joyas y bellos dones a su Amigo”. 10. “Recibir devotamente las joyas que su Amigo envía: y estas son pobrezas, privaciones, enfermedades y tribulaciones”. 11. “Dolerse por la desgracia de su amigo”. 12. “Estar dispuestos a hacer todo aquello que quiere y manda el Amigo, con [todo] corazón, cuerpo y haber”. Esto es lo que perseguían las beguinas: vivir según el modelo que marcó Jesucristo, seguir su ejemplo. Y, de hecho, así lo hicieron. Estas mujeres cumplieron un gran cometido social, volcaban sus vidas en la ayuda al prójimo. María de Oignies, por ejemplo, a la que nos referíamos más arriba, se trasladó a la ciudad que le da nombre para abrir un hospital y tratar a leprosos. Muchas de ellas se dedicaron al cuidado de enfermos. Pero también ayudaban a las presas, a las que preparaban para poder desempeñar un oficio al acabar la condena, y acogían a las que no tenían donde estar una vez que salieran. Y tampoco se detenía ahí su labor: además se dedicaban a la enseñanza. Muchas de ellas eran mujeres muy formadas, con conocimientos de teología, de ciencia natural… y muchas niñas eran enviadas con las beguinas para formarse. Igualmente, otras se dedicaban a la industria textil para poder ganarse la vida, o a preparar a los difuntos para darles sepultura. Se dedicaban a una u otra cosa dependiendo de la capacidad o los recursos que cada una pudiera aportar, porque entre las beguinas había mujeres pobres que no habían podido 2 Bara Bancel, S. (2016). Las beguinas y su Regla de los auténticos amantes (Règle des fins amans), pp. 69 3 La Règle des fins amans, 192: 9-19. Citado en Bara Bancel, S., op. cit., pp. 70.
16 Las Cartas Hadewijch escribió 31 cartas, que hayamos encontrado. De entre las que tenemos, unas son personales, de otras solo nos han llegado fragmentos. Realmente, transmitía sus enseñanzas a partir de sus cartas. Las cartas mismas son tanto cartas (personales, se entiende) como tratados mistagógicos. Son ambas cosas a la vez. En general, en sus cartas, se expone su teología espiritual. Repite mucho la palabra “crecimiento”. Georgette Epiney-Burgart dirá que hace una “pedagogía del tiempo”. 21 En ese camino, dirá, hay que estar continuamente, porque así es el crecimiento: continuo. Detenerse sería sufrir “tantos dolores como una mujer que no puede dar a luz a su hijo”. 22 Y ese camino, necesariamente, pasa por el sufrimiento: “No debe uno entristecerse por el sufrimiento ni aspirar al reposo. Debemos abandonarlo todo por el todo y renunciar al descanso”. 23 Hadewijch no hace una mística del sufrimiento, no es el sufrimiento en sí lo que pone en el camino de unión con Dios. Sin embargo, su elección de vida, la de seguir el camino de Jesucristo tal y como ella misma lo entiende, tuvo como consecuencia que la intentaran silenciar, difamar, que la amenazaran, etc. como hemos visto. Por ello, sufrió, por su justo amor, como ella misma dice. No es el sufrimiento por el sufrimiento de lo que habla cuando dice que, si no se sufre, no se crece, sino el seguir sus propias ideas, el llevar a cabo en su vida lo que considera el camino del justo amor, engendra sufrimiento. Y si el sufrimiento se haya en el camino del justo amor, es necesario pasarlo, es necesario sufrir. Lo acepta porque no hay otra manera. El tema central, pues, es siempre la mística, es el camino que sigue para unirse con Dios. Pero no es un camino meramente teórico, porque Hadewijch se refiere muchas veces a la vida activa a la que se entrega tanto ella como sus discípulas y las beguinas en general. Esa vida activa, claro, estaba dirigida en las beguinas al servicio al prójimo en las ciudades donde vivían. El libro de las Visiones En el Libro de las Visiones, Hadewijch recoge 14 visiones y, al final de todas, está la Lista de los perfectos ya comentada. Este libro, como decíamos, es un trabajo de madurez, está escrito en un momento en el que Hadewijch se considera a ella misma espiritualmente madura. Esto lo sabemos porque habla de sus experiencias religiosas mirando al pasado. En la visión I, por ejemplo, se refiere a ella misma como <<demasiado niña>> y <<demasiado joven>>. En la VI, dice que cuando le ocurrió tenía 19 años, y en la XI, cuenta que sus experiencias religiosas comienzan teniendo ella 10 años. En sus visiones, pues, cuenta el camino de su madurez: desde cuándo empieza y cómo se van dando según pasan los años. Sus visiones suelen seguir una estructura en la que se repite el mismo patrón: empiezan en relación con un acontecimiento litúrgico, como puede ser la eucaristía, pentecostés… y tienen distintas fases: 1) la turbación, en la que se ve atraída al interior de sí misma, se abstrae; 2) en un segundo momento se da la visión, el mensaje que le es comunicado; y 21 Zum Brunn, E., & Epiney-Burgard, G. (1998). Mujeres trovadoras de Dios: una tradición silenciada de la Europa Medieval. Barcelona: Paidós, p. 142. 22 De Amberes, H., & De Nazareth, B., op. cit., p. 114, Carta XXI, 1. 23 De Amberes, H., & De Nazareth, B., op. cit., p. 55, Carta II, 1.
17 3) tras la visión, tras serle comunicado algo, entra en éxtasis. Y además de estas fases, suele guiarla en sus visiones un ángel, al que a veces llama <<el campeón>>. Guiarla, porque ella misma está implicada en las visiones. No se dan de manera que es meramente una observadora, sino que es conducida, está ella misma en el camino de perfeccionamiento. Así, en la Visión IV, se desdobla en dos, de manera que ella en primera persona (ya en el reino de los cielos, ya unida a Dios) habla con el ángel sobre ella misma en tercera persona, viéndose desde arriba, desde fuera, sin haber aún crecido en su plenitud: Entonces habló de nuevo el ángel conmigo: <<Date cuenta ahora de que estoy en unión con tu Amado, y tú eres mi amada, amada como yo. Los reinos celestiales que ves son suyos y míos, y lo que has visto como dos reinos que fueron aniquilados, eran ambos el de nuestra humanidad antes de alcanzar la madurez. Yo maduré antes. Sin embargo, permanecemos iguales. Y yo llegué ayer a mi reino y tú has madurado después. Sin embargo, permanecemos iguales. Y también ella crecerá hoy, y mañana entrará contigo en su reino. Sin embargo, permanece igual a mí.>> 24 Para Hadewijch, el alma ha vivido desde siempre en Dios, eternamente, y debe reencontrarse en Él, en su verdadera naturaleza. El ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios. La esencia de Dios y de la persona es la misma. Dios es el arquetipo. Y esto es estímulo, y a la vez dolor permanente para esta mística. En Flores de Flandes, 25 en la introducción que hacen las traductoras, se explica que según se da la relación entre el ser humano y Dios, hay tres momentos marcados en lo que cuenta Hadewijch: uno que es la fase donde aún el ser humano no ha sido creado, y vive eternamente en el pensamiento de Dios. Luego, cuando nace el ser humano fruto del acto creador del mismo Dios, y luego esa fase de regreso en la que se alcanza la unidad original con Dios, y la persona se convierte en lo que le corresponde por naturaleza, en lo que es. Con todo, y de nuevo, en sus Visiones, Hadewijch está enseñando, está mostrando el camino de la perfección, a través de su propia experiencia. La está explicando. Y, como veremos que ocurre también con las otras autoras místicas que tomamos de referencia, lo hace sin intermediarios. Lo hace desde su propia experiencia, contando lo que le ocurre como le ocurre, en su propia lengua, desde el fondo de ella misma. Es su propia relación con Dios lo que relata, ni más ni menos. Claro que cuenta con influencias, con inspiraciones. Así, por ejemplo, en la carta XVIII, parafrasea a Guillermo de Saint- Thierry, pero no se cierra en una definición de Dios, no lo acota, no lo vive según se vive. Hadewijch escribe sobre lo que le ocurre a ella misma con Dios genuinamente, sin adecuarse a lo que debería ocurrir o a cómo debería vivir su fe. 24 De Amberes, H., & De Nazareth, B., op. cit., p. 164, Visión IV, 4. 25 De Amberes, H., & De Nazareth, B., op. cit., pp. 22-23.
18 4. MATILDE DE MAGDEBURGO Como veremos con Margarita, y como hemos visto con Hadewijch, ocurre con Matilde que los datos biográficos que tenemos de ella los tenemos que rastrear a través de lo que nos deja en sus propios escritos. De Matilde tenemos un libro: La luz que fluye de la divinidad, que escribió, como no podía ser de otra manera, en su lengua materna, el bajoalemán. El manuscrito que llega hasta nosotros es una traducción al alemánico que se hizo en el círculo de los amigos de Dios de Basilea, al que pertenecía Enrique de Halle, dominico que fue confesor de la beguina de la que tratamos aquí. Aunque también hay una versión de La luz en latín. Matilde, como las demás beguinas, además del lenguaje más teológico, usa el lenguaje del amor cortés para explicar su experiencia de Dios, para explicar su ocurrirle Dios. Y esto lo hace, tanto para darse a entender a la gente con la que, al final, compartía su vida (gente de la ciudad, del pueblo) como para hablar de ella misma, de su propia experiencia. Cuando Matilde habla de “yo” en su texto, habla verdaderamente de su yo, habla de un “yo” real. Por eso, porque no podía separar el hablar de Dios de su propia vida y su propia experiencia, encontramos en sus escritos algunos datos biográficos que nos ayudan a concretarla en un tiempo determinado: Durante toda mi vida, antes de comenzar este libro y antes de que llegase a mi alma una sola palabra de Dios, fui una de las personas más simples que alguna vez ha existido en la vida religiosa. No sabía de la maldad del demonio, ni conocía la debilidad del mundo, y la falsedad de los religiosos me era también desconocida. Tengo que hablar, para gloria de Dios y también por la enseñanza del libro. Yo, indigna pecadora, fui saludada a la edad de doce años, cuando estaba sola, por el Espíritu Santo, que se derramó con tanta fuerza que nunca más me sentí capaz de cometer un pecado venial grave. El amadísimo saludo ocurría todos los días, y con su amor me hacía desagradable toda la dulzura del mundo, y seguía creciendo de día en día. Esto sucedió durante más de treinta y un años. No sabía de Dios más que lo que decía la fe cristiana, y ponía todo mi empeño en que mi corazón fuese puro. Dios mismo es testigo de que nunca pedí, ni con la voluntad ni con el anhelo, que me diera las cosas que están escritas en este libro. Tampoco pensé nunca que esto le pudiese suceder a una persona. Mientras viví con mis parientes y amigos, por los que siempre fui muy querida, no tuve nunca conocimiento alguno de estas cosas. Desde hacía tiempo había sido mi deseo ser humillada sin culpa. Entonces fui por amor a Dios a una ciudad en la que, a excepción de una persona, no tenía amigos. Tenía miedo de esta, de que se me privase de mi piadosa humillación y, con ello, del amor puro de Dios. Pero Dios no me dejó sola en ningún momento, y me condujo a una dulzura tan deliciosa, a un conocimiento tan santo y a un prodigio tan incomprensible que poco podía ya disfrutar de las cosas terrenales. 26 Aquí Matilde nos da varias pistas: a sus doce años recibe la llamada de Dios, es saludada por el Espíritu Santo. Luego, abandona su casa, la de su familia, y parte a Magdeburgo siguiendo su deseo de vivir una vida religiosa. Hasta aquí, esta parte de su vida la trata 26 De Magdeburgo, M. (2016), La luz que fluye de la divinidad, Herder Editorial, pp. 173-174, Libro IV, II, siempre según la numeración de esta traducción. Así, de aquí en adelante, se indicará la página de la edición utilizada, seguida del número del libro y, a continuación, el capítulo al que nos referimos.
19 como algo con menos movimiento, en la que ocurren menos cosas y todo es más constante (“Esto sucedió durante más de treinta y un años”). Con cuarenta y tres años, sabemos, empieza a escribir (puesto que pasa 31 años en esta misma etapa, más los 12 años que pasa en la casa familiar, hacen el total de 43), lo que marca el inicio de una etapa distinta a la anterior, es un cambio importante. Y antes que esto, en el libro hay un prólogo (además de un índice que se añade a la vez) que indica años concretos. Está en latín y no se conoce su autor. Este prólogo se conserva y se traduce luego al alemán: Desde el año 1250 después del nacimiento del Señor, y durante quince años, Dios le reveló este libro a una hermana que era, en cuerpo y alma, una santa virgen. Durante más de cuarenta años, ella sirvió a Dios con devoción, en humilde sencillez, en desamparada pobreza, en contemplación celestial, en profunda humillación, y siguió, con tenacidad y la mayor perfección, la luz y la enseñanza de la Orden de Predicadores, haciendo de día en día progresos y mejorando diariamente. Pero este libro lo compuso y escribió un hermano de la misma Orden, y en él se hallan muchas cosas buenas sobre muchos asuntos, como se encuentra detallado en el sumario. Debes leerlo nueve veces con fe, humildad y devoción. 27 Gracias a este prólogo, podemos saber que Matilde de Magdeburgo, nace en el 1207. En el 1219 recibe el saludo del Espíritu Santo, y en 1250, con sus cuarenta y tres años, comienza a escribir. La escritura de La luz le ocupa 15 años, al menos, en principio, porque en un principio, su obra se compone de cinco libros. En los prólogos se habla de esta obra como acabada, definitiva. Y así se puede comprobar en los últimos capítulos, en el IV, que viene a ser la conclusión del libro completo. Luego, en 1265, todavía en vida de Matilde, La luz tiene cinco libros, y se presenta como una obra ya completada. Más adelante, con la versión latina, se introducen cambios en el texto, cambios que pretendían introducirlo en un contexto teológico y alejarlo de cualquier sospecha de herejía, porque como veremos, Matilde teme, y es amenazada incluso con la quema de sus escritos. En esta versión, el libro se divide ya en seis libros. Hay que esperar a la entrada de Matilde en el monasterio de Helfta, al final de su vida, donde escribe el séptimo libro. Almudena Otero, en el prólogo de la edición con la que trabajamos de La luz que fluye de la divinidad, a tenor de estos cambios, habla de un libro abierto, de un libro fluido, como la vida de Matilde 28 . El libro se terminaba de redactar, se tenía como obra acabada, concluida, pero según se traducía o se copiaba, se le añadían títulos, índices que intentaban separar y ordenar los temas que se trataban en él… En definitiva, el libro iba haciéndose, en un proceso continuo, añadiendo libros la misma Matilde según cambiaba su vida, según tenía necesidad de seguir narrando su experiencia, y a la vez, se le iban añadiendo cambios de traductores, de copistas, de editores… Así, La luz que fluye de la divinidad, literalmente fluía en su proceso, en su hacerse. Como hemos dicho, pues, el libro contiene varias etapas de la vida de Hadewijch. El último, corresponde de nuevo, con un cambio importante en su vida: pasa de la vida de las beguinas a la vida monástica, trasladándose los últimos años de su vida al monasterio de Helfta, donde convive con Gertrudis la Grande y con Matilde de Hackeborn. 27 Ibid., pp. 395-396. 28 Ibid., pp. 15-18.
20 Probablemente, tomó esta decisión porque la vida de las beguinas comenzaba ya a ser perseguida y a parecer sospechosa. De hecho, en varios momentos de La luz, habla de su temor: Me previnieron sobre este libro, y me dijeron esto: Si no se pone a resguardo podría consumirlo el fuego. Entonces hice como acostumbro desde niña: siempre que estaba afligida rezaba. Me incliné ante mi amado y le dije: “Ah, Señor, por tu gloria estoy ahora afligida. Si ahora me privaras de tu consuelo significaría que me has llevado por el camino equivocado, pues fuiste tú quien me ordenó escribirlo.” 29 Y vuelve a expresar su temor en el libro tercero: “Ahora temo a Dios si callo y temo a su vez a personas desconocidas si escribo”. 30 Este temor, esta inquietud, en el monasterio debió desaparecer, debió ser una época de paz en la vida de Matilde, pues nada tenía que ver seguir la vida religiosa dentro de un monasterio, con seguir la vida que seguían las beguinas, fuera de toda protección. Para acercarnos a ella, y ya perfilada su vida y a ella en el tiempo, pasamos a comentar el texto como tal de esta mística de Magdeburgo: como buena beguina, ya hemos dicho, que escribía en su lengua materna, el bajo alemán. Y así están escritos los siete libros que componen La luz, libros que son interdependientes, puesto que en cada uno se trata un tema propio, aunque todos guardan relación con los demás y una continuidad. Antes que nada, hay que decir que Matilde se lamenta por escribir, se trata a sí misma como “vil gusano”. Escribir le suscita temor como hemos mencionado, y además de eso, le genera una gran inquietud, inquietud a veces derivada de su ser mujer: Ah, Señor, si yo fuera un docto clérigo, y hubieras dicho en él estos grandes y singulares prodigios, recibirías por ello eterna gloria. ¿Pero quién va a creer que en esta charca inmunda hayas construido una casa de oro, y que habites realmente en ella con tu madre y con todas las criaturas y con toda tu corte celestial? Señor, allí no te podrá encontrar la sabiduría del mundo. 31 No obstante, es importante decir que aun con esta inquietud, Matilde justifica que escriba siendo mujer, y lo hace poniendo en boca de Dios las siguientes palabras: Hija, por descuido muchos hombres sabios pierden su precioso oro, con el que podrían ir a la escuela superior, en un camino enorme. Alguien lo encontrará. Desde hace mucho he hecho esto, como corresponde a mi naturaleza: cuando he concedido una gracia especial he buscado siempre el lugar más humilde, más pequeño, más oculto. Las montañas más altas de la tierra no pueden acoger la manifestación de mi gracia, pues por naturaleza el torrente de mi Espíritu Santo fluye hacia el valle. Se encuentran muchos sabios maestros de la escritura que en sí mismos son unos necios ante mis ojos. Y aun te digo más: es para mí un gran honor ante ellos y los fortalece mucho en la santa fe cristiana, que la boca iletrada instruya a las lenguas letradas por medio de mi Espíritu Santo. 32 29 Ibid., p. 130, Libro II, XXVI. 30 Ibid., p. 134, Libro III, I. 31 Ibid., p. 131, Libro II, XXVI. 32 Ibid., p. 131, Libro II, XXVI.
21 Así, Matilde sigue escribiendo, aún con dudas, inquietudes y hasta amenazas. Y en sus escritos, mezcla poesía y prosa, poemas cortos y largos, prosa narrativa ritmada… y lejos de quedarse ahí, encontramos también cantos, oraciones, visiones, citas bíblicas… Es un texto muy rico, que incluye, además y por supuesto, las formas de la literatura cortesana, el amor del amor cortés. Así, Matilde presenta su experiencia, expresada en este texto, con diálogos entre Dama Alma, Dama Amor y otros personajes, utilizando así alegorías caballerescas para explicar lo que explica: Y dijo el alma: “¿Dónde estáis ahora, noble fidelidad? Voy a encomendaros la misión de amor, vos debéis salvaguardar la gloria de Dios en mí”. Entonces esta sirvienta intercedió por su señora con una paciencia tan santa y una perseverancia tan alegre, que viví sin tribulaciones. Llegó entonces la falta de fe y me envolvió por completo en una gran oscuridad, y me llamó con un furor tan grande que me horroricé mucho de su voz, y dijo: “Si esta gracia fuese de Dios, él no te habría abandonado hasta este punto”. Y dijo el alma: “¿Dónde estáis ahora, noble constancia? ¡Ordénale a la fe verdadera que venga a mí!”. Y dijo el Padre del cielo al alma: “Acuérdate de lo que has experimentado y visto cuando no había nada entre tú y yo”. Y dijo el Hijo: “Acuérdate de lo que tu cuerpo ha sufrido por mis tormentos”. Esto dijo el Espíritu Santo: “Acuérdate de lo que has escrito”. Y el alma y el cuerpo contestaron con la firmeza de la fe verdadera: “Tal y como he creído, amado y gozado y conocido, así, de este mismo modo, quiero marcharme del mundo”. 33 Así, tiene personajes como Fidelidad, Constancia y hasta Falta de fe. Guarda toda la fuerza del amor cortés, pero hablando de su propia experiencia espiritual. Además del uso de las personificaciones de virtudes como Fidelidad, Constancia…, Matilde usa también el erotismo. Por ejemplo, poniendo la palabra en la boca de Dios, dice: ¡Eres sentimiento de amor para mi anhelo, eres dulce refrigerio para mi pecho, eres beso profundo en mi boca, eres alegre alegría en mi hallazgo! Yo estoy en ti y tú estás en mí, no podemos estar más cerca, pues los dos hemos confluido en uno y nos hemos fundido en una forma. Así permaneceremos, incansables, eternamente. 34 Es importante subrayar sobre este fragmento, como dice Hans Urs Von Balthasar, 35 en su prólogo de una edición de La luz, que “Matilde no cae en una imagen neoplatónica del ser humano, sino que recoge este <<espiritualismo de la impaciencia>> junto con una <<humildad física de la paciencia>>, logra entender el misterio de la encarnación de Dios 33 Ibid., p. 190, Libro IV, XII. 34 Ibid., p. 145, Libro III, V. 35 Hans Urs von Balthasar es un teólogo católico de los más importantes del siglo XX. Procedente de Lucerna, Suiza. Prologa una de las ediciones de La luz. Este prólogo se recoge también en la edición que usamos para el presente trabajo. En él, Hans Urs considera “una vergüenza para el gremio de los teólogos que en los más de setecientos años desde la muerte de Matilde no se haya realizado ni un solo trabajo serio sobre este segundo culmen de la teología carismática de la Edad Media (después de Hildegarda de Bingen y antes de Eckhart y su grupo”. Este fragmento se encuentra en la misma edición de La luz citada anteriormente, en la página 19.
22 interiormente como algo que no es posible dejar atrás, eterno, y encerrar en esto también la relación entre el cuerpo y el alma del ser humano particular”. Porque como explica el teólogo, aunque Matilde hable del cuerpo en ocasiones como “asesino”, 36 “prisión”, “necio” y “enemigo”, Matilde no huye del cuerpo. Y no huye porque, “lo que le es grato al cuerpo y es consuelo para los sentidos hay que acogerlo”, aunque siempre “con humilde temor” 37 . Así, El amor atraviesa los sentidos y se abalanza sobre el alma con todas las virtudes. Mientras el amor crece en el alma, esta asciende con ansia hacia Dios y, derramándose, se abre al prodigio que va a su encuentro. El amor se derrite atravesando el alma hasta los sentidos; así el cuerpo puede recibir también su parte, de tal modo que se vuelve recatado en todos los aspectos. 38 Y no solo eso, sino que, además, Matilde dice de los religiosos ideales, que “nunca cargaba a sus queridos hermanos con una penitencia que la regla no le hubiese prescrito para la culpa correspondiente” 39 . Y en otro libro (el sexto), exige una buena comida en el monasterio diciendo: “pues un religioso muerto de hambre no canta nunca bien; además, un hombre hambriento no puede estudiar con esmero” 40 . Es importante destacar el uso de la erótica en Matilde porque, tanto ella como las otras beguinas que nos sirven aquí de referencia, hablan desde el cuerpo, esto es, como, de nuevo, explica Von Balthasar comentando un fragmento del capítulo sexto, en el que se da un diálogo entre el alma y el cuerpo cuando el alma regresa a él el Día del Juicio Final: “como la salvación del alma se hallaba en el cuerpo desde que Dios se hizo hombre en María, así todo el consuelo del cuerpo se halla ahora en el alma, cuya participación en la vida eterna le asegura también a él su parte”. Estas mujeres hablan desde el cuerpo porque cuentan su propia experiencia, por eso se exponen a ellas mismas al escribir, porque hablan de su vida, del ocurrirles Dios en sus vidas. Por eso mismo, Hans Urs califica sus escritos como “teología existencial”. Puede ser lo que explica Matilde en el siguiente fragmento: San Juan dice: “Debemos ver a Dios como es”. Esto es cierto. Pero que el sol brille depende del tiempo. En la tierra bajo el sol hay muchas clases de tiempo, también en el Reino de los cielos hay múltiples moradas. Por tanto, como sea capaz de experimentarlo y verlo, así será él para mí. 41 Precisamente por tratarse de algo así, de una “teología existencial”, estas mujeres sienten que se encuentran siempre ante lo indecible. Matilde en concreto, expresa varias veces en su Luz resplandeciente de la divinidad, lo abrumada que se encuentra ante tal experiencia. Así, dice que las palabras que escribe le parecen “demasiado pobres al lado de la verdad eterna” 42 . O: Estas son las palabras del canto. 36 Ibid., p. 72, Libro I, II. 37 Ibid., p. 294, Libro VI, XIX. 38 Ibid., p. 221, Libro V, IV. 39 Ibid., p. 202, Libro IV, XX. 40 Ibid., p. 268, Libro VI, I. 41 Ibid., p. 189, Libro IV, XII. 42 Ibid., p. 231, Libro V, XII.
23 La música del amor y el dulce sonido del corazón seguirán ocultos, pues no hay mano humana que pueda describirlos. 43 Aun así, como decimos, aunque se encuentre ante lo indecible, Matilde cuenta lo que experimenta. Y habla también del purgatorio, del infierno, de los demonios… como las demás místicas, escribe sobre la “noche oscura”, de cómo siente que Dios la ha abandonado. Pero no solo esto, sino que Matilde lo pide fervientemente. Y dice: “¡Ah, mi amado Señor, con cuánto silencio te callas ahora! Te doy en todo momento las gracias de que te hayas mantenido tanto tiempo lejos de mí” 44 . Esto es lo original, si no lo es ya, de Matilde, a saber, su mística del descenso. Es lo que la aleja, lo que la hace distinta de la tradición anterior. Y es que llega un momento donde el alma rechaza el consuelo de Dios y sólo desea el descenso: << “Ah, no, mi amado Señor, no me eleves tanto” – así dijo el alma indigna-, “el lugar más bajo es demasiado bueno para mí, allí quiero estar siempre para gloria tuya” >> 45 . Esto que pide, es descender a los infiernos literalmente, y, sin embargo, “Ahora se cumple en mí su gloria, pues Dios está conmigo de un modo extraordinario ahora que su ausencia me es más beneficiosa que él mismo” 46 . ¿Por qué pide este descenso Matilde? Oh, Señor, en la profundidad de la pura humildad no puedo escurrirme de tus manos. ¡Ay, con qué facilidad me escapo de ti en el orgullo! Cuanto más profundamente me hundo, más dulcemente bebo. 47 En Mujeres trovadoras de Dios, Epiney-Burgard sostiene que Matilde acepta este descenso porque responde así a la voluntad de Dios, porque como Cristo, para que el alma resucite, debe bajar a los infiernos. Y lo desea fervientemente porque es una fase más para llegar a Dios y poderse unir a él para siempre. Pero, sin embargo, para Von Balthasar, no es exactamente así: “No son la grandeza y el carácter absoluto de Dios los que crean la incomprensible distancia y extrañeza, sino su voluntad” 48 . De este modo, Matilde simplemente acepta la voluntad de Dios. Ella siente que Dios la abandona, que desciende a los infiernos, y si es así, es por voluntad divina. Y si esa es su voluntad, ella debe soportarlo. Luego, Matilde sigue haciendo lo que hace, lo que hacen las beguinas: se deja sentir. No cree o piensa, sino que experimenta, y expresa justamente lo que experimenta. 43 Ibid., p. 130, Libro II, XXV. 44 Ibid., p. 366, Libro VII, XLVI. 45 Ibid., p. 189, Libro IV, XII. 46 Ibid., p. 191, Libro IV, XII. 47 Ibid., p. 192, Libro IV, XII. 48 Ibid., p. 38.
24 5. MARGARITA PORETE Margarita Porete nace en Valenciennes, entre 1260 y 1270. Como ocurre con las beguinas, no se conocen muchos datos concretos sobre ella. Pero Margarita fue quemada viva por la Inquisición, en la plaza de Grève, que es hoy la plaza del ayuntamiento de París, el 1 de junio de 1310. Es desde ahí, desde las actas del proceso que la condena de esta manera, como podemos acercarnos a su vida. Por las actas, pues, sabemos su nombre, porque en el documento primero de la consulta que se hace a determinados canonistas para condenar su libro, se dice “Cierta beguina llamada Margarita Porete”. Las crónicas de la época, además, hablan de ella como “una beguina clériga llamada Margarita Porée” 49 . Así se la conocía, como “la clériga”, por su alta formación teológica típica de los clérigos. Se la condena porque había escrito un libro. ¿Cuál? No se nombra. Hay que esperar seis siglos para saberlo, hasta Romana Guiarnieri, medievalista italiana, que descubre en 1946, que se trata del Espejo de las almas simples, y que su autora es, en efecto, Margarita Porete. El proceso contra ella comienza en 1306, cuando Gui de Colmieu, obispo de Cambrai, condena el libro y lo hace quemar en Valenciennes, además, de prohibirle a Margarita seguir difundiéndolo. Las actas de la Inquisición la acusan de relapsa (de reincidente), por seguir propagándolo entre la gente después de la primera condena, y de enviarlo incluso a un obispo, el obispo de Châlons sur Marne. Y es que después de la condena, Margarita busca apoyos en el poder eclesiástico. Encuentra tres principalmente, de tres clérigos: el de Juan (Juan “de Querayn” según la versión inglesa del Espejo), el de un cisterciense llamado Franco de la abadía de Villers en Brabante, y el de Godofredo de Fontaines, de Flandes, ex regente de la Universidad de París. Este apoyo era realmente completo, porque tenía a un representante de la tradición monástica, otro de los movimientos más modernos, más nuevos, y otro representante del clero secular, de la universidad. Aun así, solo el cisterciense apoyaba incondicionalmente el Espejo, los otros dos mostraban admiración, pero sostenían que el libro no podía mostrarse a muchas personas, porque era una fuente de ilusiones peligrosas para quien no estuviera preparado para leerlo. Otro de sus apoyos fue el clérigo Guiard de Cressonessart, que fue arrastrado por la Inquisición en la condena a Margarita. Por su apoyo al libro, fue detenido en París a finales de 1308, igual que ella, y condenado por la misma reunión de teólogos que condenaron a Margarita. Estuvo encarcelado año y medio negándose a testificar, igual que Margarita. Pero el 3 de abril de 1308, en el juicio donde se condena a ambos como herejes, Guiard se arrepiente, abjura, y se libra así de la hoguera, aunque es condenado a pasar el resto de su vida encarcelado. Margarita también es encarcelada junto con Guiard en 1308. Y permanece así año y medio, el tiempo que daba la Inquisición para la reflexión. Pero en todo momento, Margarita se niega a comparecer ante el tribunal, incluso en el último juicio donde es 49 Les Grandes Chroniques de France, t. VIII, pág. 273, citado en Cirlot, V., & Garí, B. (2021), op. cit., p. 210.
25 condenada, siendo fiel a lo que pensaba en todo momento, puesto que según leemos en El espejo, el alma libre, “Si no quiere, no responde a nadie que no sea de su linaje; pues un gentilhombre no se dignaría responder a un villano si le retara o requiriera batalla; y por ello quien reta a un Alma así no la encuentra: sus enemigos no obtienen de ella respuesta”. 50 El último paso para condenarla pasa por reunir en la iglesia de Saint-Mathurin a 21 teólogos ilustres de la Universidad de París (entre los que se encuentran Juan de Gante y Nicolás de Lira), que condenan al Espejo y a su autora por unanimidad. Eso sí, la condenan no leyendo el libro completo, sino sólo fragmentos (en concreto 15 artículos que sacan del Espejo), obviamente, sacados de contexto. No contaban con la información completa. De ahí la contradicción entre el juicio de estos teólogos y el apoyo, como se ha mencionado, de Godofredo de Fontaines, también incluido en la misma universidad. Pero, después de la condena, después del asesinato, ¿qué pasó con el Espejo? También a través de los procesos inquisitoriales podemos saber cómo fue avanzando la circulación del Espejo. Se sabe que es el texto más traducido de los textos místicos en lengua materna, y nos han llegado versiones en francés antiguo, italiano antiguo, inglés medio y latín. En alemán, si hay alguna traducción, no se ha encontrado. La versión inglesa data del siglo XIV, cuando el obispo de Londres, Miguel Northbrook, cofundador de la cartuja de Londres, años después de la condena a Margarita, hace la traducción al inglés añadiendo glosas ortodoxas, intentando escapar así de las posibles consecuencias de tener el libro y de traducirlo, intentando huir de las sospechas de herejía. Más tarde, en el siglo XV, Richard Metheley, también cartujo, aunque recomienda no poner el libro en manos de cualquiera, lo traduce al latín. Se dice que uno de los motivos para traducirlo al latín es (igual que con Miguel Northbrook al incluirle glosas ortodoxas) intentar alejar el libro de sospechas. No se conocen persecuciones por estas dos versiones. Sin embargo, en Italia, el Espejo vuelve a causar revuelo. Es por el norte del país por donde empieza a circular (no se sabe si en latín o ya en italiano). En la primera mitad del siglo XV, San Bernardino de Siena lo critica duramente e incluso predica sermones hablando sobre el texto de 1417 a 1437. Sobre los mismos años, en 1433, en Padua, los benedictinos prohíben el Espejo en sus congregaciones. Sin embargo, los Jesuatos de Venecia lo hacen su libro de cabecera y por ello se les acusa de simpatizar con la herejía del Libre Espíritu. Pero tienen otra suerte, y son declarados inocentes por dos investigadores que manda en 1437 el papa Eugenio IV. Aun así, en Padua la inquisición sigue intentando condenar el texto. Así, el papa, ya depuesto, es acusado de ser favorable al libro por un tal Maestro Santiago, que recuerda que ese libro ya fue condenado y pide que se quemen las copias guardadas en el Concilio de Basilea de 1439. Después de esto se pierde el rastro del Espejo. Hay que esperar al siglo XVI, donde se vuelve a encontrar el libro en la biblioteca benedictina de Montecassino, pero titulado de 50 Porete, M., (2005), El espejo de las almas simples, trad. de Blanca Garí, Madrid: Siruela, p. 134, cap. 85.
32 BIBLIOGRAFÍA BARA BANCEL, S., (2016). Las beguinas y su <<Regla de los auténticos amantes>> (Règle des fins amans). En Mujeres, mística y política. La experiencia de Dios que implica y complica (1ª ed., pp. 51-93), Verbo divino. CIRLOT, V., & GARÍ, B., (2021). La mirada interior. Mística femenina en la Edad Media, Siruela. DE AMBERES, H., & DE NAZARETH, B., (2001). Flores de Flandes. Traducción del neerlandés medio-bajo por Carmen Ros y Loet Swart. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos. DE MAGDEBURGO, M. (2016), La luz que fluye de la divinidad, Herder Editorial. DUBY, & PERROT, M., (1994). Historia de las mujeres en Occidente, traducción de Marco Aurelio Galmarani y Cristina García Ohlrich. Taurus. DURÁN, L. C., (2021). Matilde de Magdeburgo y Margarita Porete. Diferentes modos de comprender el amor en la unión con la divinidad. Síntesis. Revista de Filosofía, (1), 1- 26. GRAÑA CID, M. D. M., (2018). El cielo: historia y espiritualidad. Universidad Pontificia Comillas, (Madrid, España). INOGÉS SANZ, M. C., (2021). Beguinas. Memoria herida. PPC Editorial. MARTINENGO, JOURDAN, C., PEREIRA, M., MAÑERU MÉNDEZ, A., & RIVERA GARRETAS, M. M. (1997). Las trovadoras : poetisas del amor cortés : (textos provenzales con traducción castellana). Horas y horas. MUÑOZ FERNANDEZ, & GRAÑA CID, M. M., (1991). Religiosidad femenina: expectativas y realidades (ss. VIII-XVIII). Asociación Cultural Al-Mudayna. MURARO, L., (2006). El Dios de las mujeres. Trad. de Rivera Garretas, M. M. Horas y horas. PORETE, M., (2005). El espejo de las almas simples, trad. de Blanca Garí. Madrid: Siruela POWER, E., (1999). Mujeres medievales, (4ª reimp.). Encuentro. RIVERA GARRETAS, M. M., (1996). La querella de las mujeres. En Política y cultura, (6), 25-39. SELLS, M. A., (2001). Tres seguidores de la religión de l’amor: Nizam, Ibn Arabi y Marguerite Porete. ZUM BRUNN, E., & EPINEY-BURGARD, G., (1998). Mujeres trovadoras de Dios: una tradición silenciada de la Europa medieval. Barcelona: Paidós.