Borges : entre la vindicación del límite y la seducción del caos
Abstract
Este artículo analiza el tema de la entropía, es decir, la tendencia al desorden en la vida social e individual en Jorge L. Borges. Estudiamos la dicotomía entre orden y caos, o entre civilización y barbarie en algunos de sus textos como “El Inmortal” o “Historia del guerrero y la cautiva” y enfatizamos el problema del infinito que está en el origen de la entropía
Full text
Moenia 14 (2008), 31-45. ISSN: 1137-2346. Borges: entre la vindicación del límite y la seducción del caos Adrián HUICI Universidad de Sevilla RESUMEN: Este artículo analiza el tema de la entropía, es decir, la tendencia al desorden en la vida social e individual en Jorge L. Borges. Estudiamos la dicotomía entre orden y caos, o entre civilización y barbarie en algunos de sus textos como “El Inmortal” o “Historia del guerrero y la cautiva” y enfatizamos el problema del infinito que está en el origen de la entropía. PALABRAS CLAVE: Borges, Literatura hispanoamericana, entropía, infinito. ABSTRACT: This paper studies entropy, namely, the tendency to move toward disorder in individual and social life. We apply the entropy concept to Jorge L. Borges in order to study how the orderchaos, or civilization-wilderness, dichotomy appears in Borges’ texts like “El Inmortal” or “Historia del guerrero y la cautiva”. We emphasize the problem of boundlessness, which underlies entropy. KEY WORDS: Borges, hispanic american Literature, entropy, boundlessness. 1. ELEGÍA DEL LÍMITE Como todos (o casi todos) los hombres, Borges no fue ajeno a la angustia por la finitud humana, especialmente, por la muerte de sus seres más próximos; primero, la de su padre, luego la de sus amigos y, por último, la de su madre, a pesar de su extraordinaria longevidad. Evidentemente, se trata de un sentimiento que atañe a su intimidad, al plano más exclusivamente personal, y se traduce en el pesar que significa el saber que ese camino compartido con otras personas, inevitablemente, acabará bifurcándose hasta llegar a la propia encrucijada. Se trata de la inquietud que nace, inevitablemente, del sabernos limitados en el tiempo, de no saber nunca, hasta que ya es demasiado tarde, cuándo fue la última vez que estuvimos o hablamos con alguien al que ya no veremos más. Y, puesto que hemos dicho que se trata de una cuestión que apunta a la esfera más personal del autor, resulta natural que, cuando esto se transforma en literatura, lo haga desde el vehículo más apropiado para expresar la subjetividad, esto es, la poesía, o la prosa poética, en la que tanto destacó nuestro autor. Resulta así inevitable —perogrullesco, diría— referirnos a su poema “Límites”, aunque sería mejor utilizar el plural ya que, además del famoso texto publicado en El otro, Recibido: 28-11-2008. Aceptado: 30-12-2008.
Adrián Huici 32 el mismo1, algunos años antes había incluido, en una especie de coda a El Hacedor, un tex- to breve con el mismo título y estructura similar: Hay una línea de Verlaine que ya no volveré a recordar. Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos, hay un espejo que me ha visto por última vez, hay una puerta que se ha cerrado hasta el fin del mundo (Hac.: 227). Todo ello es retomado, y ampliado, en el poema de El otro, el mismo, en el que la nostalgia por lo perdido y el dolor por lo que se ha de perder son mucho más acentuados, lo cual da al texto un hondo tono elegíaco que, por no extendernos en la cita, puede percibirse inequívocamente en esta bella cuarteta: Si para todo hay término y hay tasa Y última vez, y nunca más y olvido ¿Quién nos dirá de quién, en esta casa, Sin saberlo, nos hemos despedido? (OM: 257). El dolor por la muerte y la limitación de la vida aparece también en otros textos, lo que muestra que, a pesar del estoicismo con que vivió hasta su última hora, a Borges, como a cualquiera, el tema le afecta profundamente en el ámbito de lo personal, sobre todo ―como ya se ha dicho― cuando piensa en su padre. Así, en un poema en principio dedicado a la lluvia, aparece repentinamente la nostalgia del padre y la pena por su muerte: La mojada Tarde me trae la voz, la voz deseada, De mi padre que vuelve y que no ha muerto (Hac.: 199). Así pues, si solo permanecemos en el plano de estos (y otros) poemas, podríamos pensar que el límite temporal que encierra nuestras vidas representa motivo de tristeza y elegía para Borges y, por lo tanto, podría inferirse que la infinidad, y su derivado temporal, la eternidad, es un valor, una aspiración. Sin embargo, no es esa la conclusión a la que llegamos si tenemos en cuenta la totalidad de su obra. De hecho, en los poemas citados no solo es evidente el tono elegíaco al que nos hemos referido; también es perceptible una resignada aceptación de nuestra esencial finitud. Y cuando Borges abandona el plano de la subjetividad lírica y el universo de lo estrictamente personal, cuando la emoción del poema de- ja lugar al razonamiento estricto del ensayo o a la lógica del relato, esa aceptación pasa a ser, directamente, exaltación. Exaltación del límite. En efecto, se ha dicho en numerosas ocasiones que uno de los grandes temas borgeanos, recurrentes a lo largo de toda su obra, especialmente a partir de sus años de madurez, es el del infinito en todas su variantes, es decir, ya sea que se aplique al tiempo, al espacio, a la memoria o al lenguaje. En todos los casos en que nuestro autor se aproxima a este tema, la conclusión a la que llega es siempre la misma: el infinito es un concepto que se opone diametralmente a lo 1 Todas las citas de Borges corresponden a la edición de sus Obras Completas por la editorial Emecé, Barcelona, 1989 (3 vols). Empleamos las siguientes abreviaturas: HE: Historia de la Eternidad; D: Discusión; HUI: Historia universal de la infamia; OI: Otras inquisiciones; Hac: El Hacedor; OM: El otro, el mismo; F.: Ficciones; A.: El Aleph.
Borges: entre la vindicación del límite y la seducción del caos 33 humano, cuya esencia misma es la finitud y el límite. Por tanto, el encuentro con lo infinito, su solo presentimiento, en cualquiera de sus manifestaciones, representa una seria amenaza: pérdida de la identidad, esterilidad creadora, deshumanización, pérdida de valores y, fundamentalmente, disolución del sentido y del orden que tan trabajosamente los humanos hemos impuesto a la masa informe del mundo y a nuestras propias vidas. Arbitrarios, tal vez, pero sentido y orden al fin. Para que no queden dudas sobre esta cuestión, dice Borges en un temprano ensayo de Discusión: “Hay un concepto que es el corruptor y el desatinador de todos los otros. No hablo del mal, cuyo limitado imperio es la ética, hablo del infinito” (D.: 224). Y sin embargo, como si de lo numinoso descrito por Rudolph Otto (1917) se tratara, el infinito y el caos no solo suscitan rechazo, sino también fascinación. Por ello, una y otra vez Borges se asoma al abismo de esa experiencia y regresa siempre con un relato en el que se reflexiona acerca de los efectos devastadores que el infinito produce en los hombres. Por ejemplo, “El Aleph” postula un infinito espacial que perturba definitivamente la percepción del mundo del protagonista-narrador, para quien toda nueva experiencia tiene ya la marca del déjà-vu. “Funes el memorioso” se refiere a una memoria total que termina por aniquilar a su dueño, incapaz de formular conceptos. “La biblioteca de Babel” imagina una biblioteca con un número infinito de volúmenes que, mayoritariamente, carecen de sentido y “El inmortal” especula sobre cómo una dotación ilimitada de tiempo acabaría con el mismo concepto de “humanidad”. En todos los casos, aquello que, en principio, parece una bendición (vida eterna, memoria ilimitada, etc), acaba mostrándose como su contrario. Ahora bien, puesto que estamos hablando de Borges, tendremos la seguridad de que este tema no será tratado de forma unívoca o desde un único punto de vista. Por el contrario, ante esta cuestión del infinito y el caos que de él emana frente al orden propio de lo limitado y acotado, lo que hará nuestro autor, en cierto modo, será exponer la tesis y la antítesis, dejando la síntesis “en manos” del lector. 2. MOTIVOS DE UN HORROR A Borges le horroriza el infinito no solo porque —como ya se ha insistido bastante— somos seres esencialmente limitados. En el tiempo, por supuesto (y la muerte es su recordatorio permanente), pero también en el espacio o en nuestras propias capacidades, físicas e intelectuales. El rechazo se origina también en el hecho de que lo ilimitado es, obviamente, inabarcable y, por ello mismo, incognoscible. Peor aún que todo esto: la infinitud y el caos terminan por arrojarnos al sinsentido, a lo absurdo, ya que el sentido, ya sea que nos refiramos a la propia vida o a cualquier tipo de discurso o relato, requiere de unos límites entre los cuales “discurrir”. Nacimiento y muerte, en el caso de la vida, principio y final en el caso del discurso, límites que los configuren y les den forma (los “informen”) lo cual los hará cognoscibles y, también, controlables. El ahormar (“amonedar” diría más bellamente el propio Borges) lo informe e ilimitado, encerrándolo entre un principio y un final, es una forma de humanizarlo y de aprehen-
Adrián Huici 34 derlo. Y eso es lo que hacemos, por ejemplo, con una noción tan vaga y lábil como la del tiempo. Los hombres hemos encerrado la sucesión anodina y sin solución de continuidad en fragmentos significativos o, como tan atinadamente indica Frank Kermode, la hemos provisto de un tic-tac, un sonido plenamente arbitrario y, por ello, completamente humano. El tic-tac del reloj, dice Kermode es, lógicamente, una ficción, pero “Mediante esta ficción lo humanizamos (al tiempo), lo hacemos hablar nuestro propio lenguaje […] Podemos percibir su duración solo cuando está organizada”. E insiste este autor en que diferenciar el sonido final, tac, del primero, tic, es prueba de que utilizamos ficciones para permitir que el fin confiera organización y forma a la estructura temporal. El intervalo entre los dos sonidos, entre tic y tac, está ahora cargado de duración significativa (1979: 51-2). Como se ve, el luminoso texto de Kermode no hace sino confirmar la idea de que lo infinito, en tanto que informe e ilimitado, carece de sentido y una de las tareas más importantes que se ha impuesto el hombre desde su ascenso a la conciencia es la de levantar límites arbitrarios (o, como dice Kermode, imaginarios) al continuum indiferenciado del tiempo y del espacio, para que de él emane un sentido, una finalidad que es también final. Los hombres somos seres sedientos de sentido y es posible que nuestra misión fundamental (acaso la única) en nuestras vidas, sea la de su incesante atribución a nuestro mundo y al lugar que ocupamos en él. Las religiones, los grandes sistemas filosóficos y científicos, las ideologías o, actualmente, otras formas más degradadas del imaginario, como los libros de autoayuda o el batiburrillo pseudomístico de los llamados Nuevos Movimientos Religiosos, son el testimonio de esta insaciable sed y de la operación semiótica que nos mantiene atareados. En este marco conceptual adquiere plena pertinencia esta afirmación que hace el narrador de “Tlön Uqbar, Orbis Tertius”: Hace diez años bastaba cualquier simetría con apariencia de orden ―el materialismo dialéctico, el antisemitismo, el nazismo― para embelesar a los hombres (F.: 442). Como se recordará, este cuento narra cómo un grupo de “sabios” inventa, a través de una enciclopedia, un nuevo mundo, un nuevo orden que acabará por superponerse, o imponerse, al viejo mundo conocido, el mundo desde el que habla un narrador que contempla dicha sustitución. No se trata de que lo viejo no estuviese ordenado, pero en tanto que sujeto a las leyes del universo, ese orden se degrada y va cediendo a la fuerza del caos, es decir, está sujeto a la entropía. “Entropía” es un concepto proveniente del mundo de la ciencia; concretamente, es la segunda ley de la termodinámica, y postula y demuestra que el universo es una gigantesca máquina termonuclear cuya energía se degrada de modo que algún día el caos se impondrá al orden y dicha maquinaria dejará de funcionar. En otros términos: el universo deriva hacia un estado de indeterminación, de indiferenciación (lo que equivale a decir, de desorden) parecido al proceso de descomposición de un cadáver que, de materia organizada, en la que pueden diferenciarse órganos y determi-
Borges: entre la vindicación del límite y la seducción del caos 35 nadas funciones, se pasa a una masa informe en la que nada puede distinguirse, ya que se ha transformado en un puro caos indiferenciado. Como otros conceptos científicos (por ejemplo, la Selección Natural de Darwin), el de entropía también ha pasado a las ciencias sociales para designar situaciones de pérdida de significado, de degradación social o de capacidad de un sistema determinado para producir información. De hecho, podemos encontrar en este término resonancias antropológico-religiosas, ya que, si razonamos a la inversa, podemos considerar que todo hecho de creación (humano, natural o divino), es decir, de organización de una determinada materia, es un acto contra-entrópico, esto es, de “neguentropía”. No es casual, por tanto, que todas las cosmogonías partan de un estado inicial de caos y que el acto creador sea el de separar, diferenciar y señalar límites (la tierra del mar, la luz de las tinieblas, etc.). Crear implica dar forma a lo informe, someter a un orden a aquello que estaba desordenado. Dice un experto en comunicación, Robert Escarpit, que en el Génesis bíblico el proceso neguentrópico no dura más que un tiempo limitado (los siete días de la creación), para ser seguido de un proceso entrópico de vuelta a la confusión, es decir, a un estado indiferenciado (1977: 30). Este esquema de creación-degradación-creación, esta dialéctica entre entropía y neguentropía, es perceptible también en muchas de las creencias en el Eterno Retorno, por ejemplo en la que sostenían los pitagóricos, quienes postulaban la apokatástasis, es decir, la periódica destrucción y regeneración del mundo por el fuego (ekpyrosis). Al respecto, Borges escribe un poema memorable cuyo título es suficientemente significativo: “La noche cíclica”, que comienza diciendo: Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras: Los astros y los hombres vuelven periódicamente; Los átomos fatales repetirán la urgente Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras (O.M.: 241). Vale decir que, para los pitagóricos, la entropía se revierte después de un apocalipsis ígneo que implica que los átomos sometidos al desorden pueden volver a combinarse para repetir la historia, y así ad infinitum. Pensamos que, al escribir este poema, Borges es conciente de que tras la visión del Eterno Retorno late el concepto de entropía ya que este no le era desconocido. En efecto, muchos años atrás, en un ensayo dedicado, precisamente, a la “Doctrina de los Ciclos”, y bastante tiempo antes de que la segunda ley de la termodinámica se introdujese como instrumento de análisis de las ciencias sociales, apela a este concepto: En el centro profundo de las estrellas, ese difícil y mortal equilibrio (la entropía) ha sido logrado. A fuerza de intercambios el universo entero lo alcanzará, y estará tibio y muerto (H.E.: 391). Este texto es de los años treinta. A partir de los cuarenta, Borges lo trasladará al núcleo de algunas de sus ficciones más conocidas (y complejas), en las que la dialéctica entre el orden y el caos, lo infinito y lo limitado, el sentido y el sinsentido, constituirán el dilema,
Adrián Huici 36 muchas veces trágico, al que se enfrentarán sus personajes, muchos de los cuales padecerán una acuciante necesidad de orden y sentido frente a un mundo que se vuelve anodino e insignificante. Por ello, recuperando ahora nuestra referencia a “Tlön”, no encontramos en su narrador demasiada resistencia ante la irrupción del nuevo mundo que acabará por sustituir al suyo. Como mucho, aparece un cierto sentimiento de resignación o indiferencia ante un proceso que se le antoja inevitable: El mundo será Tlön. Yo no hago caso, yo sigo mirando en los quietos días del hotel de Adrogué una indecisa traducción quevediana (que no daré a la imprenta) del Urn Burial de Browne (op. cit.: 433). Lo normal, ante la desaparición del propio mundo sería la resistencia o la sensación de catástrofe apocalíptica, pero nuestro narrador acepta la nueva situación porque esta no implica el regreso al desorden primigenio sino que se trata de la aparición de un nuevo orden y, por tanto, de sentidos nuevos o distintos, lo cual, para unos seres que sentimos horror por lo absurdo (literalmente, “fuera de orden”) y una atracción tan determinante por el sentido resulta irresistible. De allí esta declaración de adhesión a Tlön: ¿Cómo no someterse a Tlön, a la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado? Inútil responder que la realidad también está ordenada. Quizá lo esté pero de acuerdo a leyes divinas —traduzco: a leyes inhumanas— que no acabamos nunca de percibir. Tlön será un laberinto, pero un laberinto urdido por los hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres (op. cit.: 443). Ante una realidad indescifrable per se, y que es inhumana (o divina), el hombre proyecta sobre ella una red de significados, un laberinto que podrá ser más o menos tortuoso, es decir, complejo, pero que, si conocemos las claves o los códigos para transitarlo (por ejemplo, “doblar siempre a la izquierda”, etc.) terminará por volver la realidad significativa y aprehensible; en otros términos, acotada, limitada y humana. En el ensayo “El idioma analítico de John Wilkins”, Borges describe la extraña clasificación de los animales que hace una “remota” enciclopedia china. Remota y famosa ya que ese texto será el que sirva a Michel Foucault como estímulo para redactar Las palabras y las cosas (1966). El objetivo de Borges en ese ensayo lleno de ironía y humor, es el de demostrar que toda clasificación del universo es arbitraria. Sin embargo, y eso es lo que nos interesa ahora, dicha arbitrariedad —nos dice el autor— no es óbice para que el hombre persista en postular y proponer sistemas explicativos, ordenaciones o, en términos más borgeanos, laberintos, nuestros laberintos2. Por ello hace, en el ensayo sobre el idioma de John Wilkins al que nos venimos refiriendo, la siguiente afirmación: La imposibilidad de penetrar el esquema divino del universo no puede, sin embargo, disuadirnos de planear esquemas humanos, aunque nos consta que éstos son provisorios (OI: 86). 2 Para el tema del laberinto como constructo explicativo a la vez que elemento estructurador o “red” que interconecta toda la obra de Borges, puede consultarse Huici (1998).
Borges: entre la vindicación del límite y la seducción del caos 37 ¿Por qué sustituir un laberinto humano, el del narrador, por otro igualmente humano, el de Tlön? Porque los esquemas explicativos son históricos y, con el paso del tiempo, igual que sucede, por ejemplo, con la metáfora, van perdiendo su “poder”, explicativo o poético: la red de significados o de asociaciones que los constituyen se desgasta, se debilita y poco a poco va cediendo al desorden, al caos. De allí la necesidad de renovación, de sustitución del viejo paradigma por otro. Esta sustitución, afirma Thomas Kuhn en su ya clásico La estructura de las revoluciones científicas (1978) refiriéndose a la ciencia, aunque sus conclusiones son extrapolables a otros campos del saber, no se realiza casi nunca sin resistencia de los “sacerdotes” que custodian las verdades del viejo paradigma y no se resignan a perder su capacidad de gestionar los significados dominantes, esto es, en términos más crudos, el poder que emana del conocimiento. En el caso de Tlön, pensamos que una de las claves del agotamiento del viejo sistema nos la da una de las frases con que se abre el cuento: “Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres” (F.: 431), frase que más adelante se repite, pero no referida únicamente a la proliferación del número de hombres, sino al universo mismo: “Los espejos y la paternidad son abominables (…) porque lo multiplican y lo divulgan” (op. cit.: 432) Para resaltar aún más el peso de esta afirmación, recordemos que Borges ya la había utilizado unos cuantos años antes, en el texto de Historia universal de la infamia titulado: “El tintorero enmascarado Hákim de Merv”. Allí leemos que: “La tierra que habitamos es un error, una incompetente parodia. Los espejos y la paternidad son abominables porque la multiplican y la afirman” (HUI.: 327). Y en un poema de fuerte carga autobiográfica, “Los espejos”, se dice de éstos: Infinitos los veo, elementales Ejecutores de un antiguo pacto, Multiplicar el mundo como el acto Generativo, insomnes y fatales (Hac.: 192). Un mundo que se ve reducido a su mera repetición mecánica es un mundo muerto, un mundo que solo existe por la inercia de la autocopia. Pero la copia, la duplicación especular, está en las antípodas de la idea de creación, de renovación y, por tanto, de la atribución de sentido y orden, es decir, de la neguentropía. El mundo de los espejos y la cópula es el mundo de la repetición infinita e “infinitos” es el epíteto que Borges adjudica a los espejos del poema citado más arriba. Y, como se ha señalado desde el comienzo, no existe concepto más horrible que este. De allí que cuando un sistema o una cultura llegan a un estadio de agotamiento en el que solo le queda la interminable repetición de lo mismo, se hace imprescindible un acto creador que revierta la entropía, llámese éste Génesis, Enuma Elish o Tlön.
Adrián Huici 38 3. DE LOS INCONVENIENTES DE LA INMORTALIDAD Y DE CIERTAS BIBLIOTECAS. Uno de los cuentos, posiblemente junto a la “Biblioteca de Babel”, en los que se hacen más patentes los efectos que el infinito, en términos de caos y sinsentido, ejerce sobre la vida humana, es “El Inmortal”, aunque, como se ha dicho, se podrían considerar muchos otros, como “Funes el memorioso”, “El libro de arena” o “El Aleph”. Como también ya hemos dicho, lo interesante es que, en todos ellos, aparece la sorprendente paradoja de que en principio algo que puede parecer un don maravilloso (la inmortalidad, la memoria infinita, la ubicuidad, etc.) acaba por convertirse en una manifestación del horror, del sinsentido y, en definitiva, de lo inhumano. En este sentido, “El Inmortal” es el ejemplo más acabado sobre las consecuencias de la falta de límites y del caos, a la vez que refleja de manera magistral el tema de la entropía. Por ello, para una cabal comprensión de la interpretación que proponemos aquí, pensamos que debemos hacer alguna precisión más acerca de ese concepto, aunque intentaremos no ser demasiado morosos para así centrarnos en lo que verdaderamente interesa: Borges. Entropía puede definirse como un estado de igualdad o equilibrio entre los componentes de un sistema, sea este el universo entero, el cuerpo humano (según el ejemplo ya dado), o una fuente de información como podría ser el lenguaje natural humano. ¿Cuándo existe entropía? Cuando cualquier elemento de un sistema tiene la misma probabilidad de ocurrencia que todos los demás; es decir, cuando no existe diferenciación ni jerarquía entre elementos, sean átomos, células, fonemas o el cúmulo de circunstancias que conforman cualquier vida humana; cuando el orden —emanado de esa diferenciación y jerarquización— cede a la desorganización. Si tomamos el ejemplo de una lengua, veremos que eso que llamamos gramática es, entre otras cosas, un medio para evitar la equiprobabilidad de todos los elementos de dicha lengua, para autorizar ciertas combinaciones y vetar otras, de modo que dicha combinatoria queda reducida a una escala abarcable para la mente humana. De lo contrario, si no existiese ningún límite, todas las combinaciones serían admitidas, pero ello haría casi imposible producir un texto con un mínimo de sentido. Y ello es, precisamente lo que ocurre con la “Biblioteca de Babel”3: en ella todas las combinaciones ha sido realizadas, sin límite alguno. El resultado no puede ser más desalentador. Leemos en el cuento que los bibliotecarios, partiendo de la base de los veinticinco símbolos ortográficos de su lengua, descubrieron la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono […] constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero en la página penúltima dice Oh tiempo tus pirámides. Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias (F.: 466). 3 Para un análisis más exhaustivo de este cuento desde el punto de vista de la entropía, puede consultarse mi artículo “Infinito y entropía: la inútil inmortalidad y la biblioteca muerta de Borges”, Antagonía 1 (1996).
Borges: entre la vindicación del límite y la seducción del caos 39 El código, la gramática en este caso, opera como límite, y el límite no solo implica orden (¿habrá que recordar que eso significa, exactamente, “sintaxis”?) sino también, sentido. Un sistema sometido a máxima entropía, como es el caso de la Biblioteca, habrá agotado todas las combinaciones posibles, lo que equivale a decir que ya todo está escrito y que nada nuevo puede producirse en el seno de ese sistema. Por ello, el bibliotecario-narrador dice, refiriéndose a la carta que está escribiendo y que constituye el propio cuento: Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta y cinco anaqueles de uno de los incontables exhágonos ―y también su refutación. […] La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula y nos afantasma (op. cit.: 470). ¿Y qué ocurre si aplicamos el mismo principio a la vida humana? La respuesta nos la da Borges en “El Inmortal”. Leemos allí que: Homero compuso la Odisea y postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer siquiera una vez la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre es todos los hombres (F.: 541). Este texto nos viene a decir que, concedida una provisión ilimitada de tiempo, cualquier hombre será, por lo menos una vez en su vida, Homero, y también todos los autores de la historia. O, lo que es lo mismo: en el marco del infinito temporal, un inmortal tiene la posibilidad de realizar la combinatoria completa, total, de la experiencia humana. Es decir: podrá ser todos los hombres y hacer todo lo que los hombres han hecho desde su aparición en la tierra, y todo lo que podrán hacer, hasta llegar a un estado en el que nada nuevo puede ocurrir ya, salvo la repetición. Durante la vida de cualquier mortal, su posibilidad de experiencias será siempre limitada ya que su vida también lo está. Como se dice en el poema “Límites”, siempre quedará un libro por leer o un rostro por conocer. En otras palabras, en la vida finita de los mortales las experiencias no son equiprobables, no existe igualdad en sus probabilidades de ocurrencia. Dado un sinnúmero de factores, ambientales y genéticos, algunas circunstancias tendrán siempre más posibilidades de suceder, de ocurrir, que otras: un deportista, por poner un ejemplo, tendrá muchas más posibilidades de sufrir una lesión en los ligamentos cruzados de su rodilla que el sedente individuo que escribe estas líneas. Lo que nos dice Borges, entonces, haciéndose eco de la noción de entropía, es que la desigualdad en la probabilidad de experiencias que le pueden acaecer a un hombre se debe, sencillamente, a lo limitado de la vida humana, a la muerte. Pero basta con eliminar ese límite e imaginar a un inmortal para que todo cambie. En efecto, en esta situación, la totalidad de la experiencia humana no solo se vuelve probable, sino que puede repetirse una y otra vez, hasta volverse completamente trivial. De allí el horror por la repetición o la reproducción del mundo que, según veíamos más arriba, representan para Borges los espejos y la paternidad. Los inmortales del cuento de Borges lo han vivido y experimentado todo; ya no les queda nada salvo la repetición de lo hecho. Por ello, acaban por perder casi por completo su humanidad para transformarse en unos seres bestiales: los trogloditas, que carecen de iden-