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Ramos-Kuethe, Lourdes : La Monumental de Sevilla. Voces y silencios, Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla, 238 páginas 2011 [Reseña]

Martínez Shaw, Carlos

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Fig. n.º 20.- Ramos-Kuethe, Lourdes (2011): La Monumental de Sevilla. Voces y silencios, Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla, 238 páginas. Revista de Estudios Taurinos N.º 32, Sevilla, 2012, págs. 219-223 «¡Malhaya quien nace con negro sino!», es la voz recurrente que surge de la fragua en La Vida Breve de Manuel de Falla sobre libreto de Carlos Fernández Shaw. Este lamento podría aplicarse a la plaza de toros Monumental de Sevilla, nacida en un medio hostil, muerta y resucitada, elevada a la gloria y hundida en la miseria hasta su desmoronamiento y demolición final y que ni siquiera había encontrado a su historiador entre las muchas plumas que han escrito tanto (y a veces tan Carlos Martínez Shaw 220 superficialmente) sobre la ciudad hispalense. Afortunadamente ha venido del otro lado del Atlántico una investigadora amante de Sevilla, a la que ya debíamos más de una monografía sobre diversos aspectos de la vida de la ciudad en los siglos XIX y XX y a la que se le impuso como un reto la tarea de reconstruir literaria e historiográficamente el desgraciado coso hoy sumido en el más profundo de los olvidos. Lourdes Ramos-Kuethe nos introduce primero de la mano en el ambiente de la Sevilla de principios del siglo XX. Una ciudad desequilibrada, sufriendo de inmensas carencias y desfigurada por hondas fracturas económicas y sociales, pero que al mismo tiempo se despereza desde el punto de vista del urbanismo y de la cultura y busca vías para su promoción, que al final parecen encontrar un punto de convergencia en el gran proyecto de la Exposición Iberoamericana de 1929. Es un momento de grandes expectativas, de sueños y promesas que van cobrando forma en una serie de realizaciones palpables: calles, ensanches, fábricas, almacenes, edificios, centros culturales, espacios de sociabilidad y de entretenimiento, movimientos artísticos y literarios… Una serie de iniciativas que nos permiten hacernos una idea cabal del contexto de la historia que viene a continuación: son las pinceladas precisas que bastan para formar el cuadro donde se inserta la historia de la Monumental. La Plaza de Toros Monumental de Sevilla nace en un momento de proliferación en España de la idea del gran circo taurino que sea un eje de atracción urbana y cuya arquitectura esté en consonancia con un periodo de esplendor de la fiesta: así surge el Sport de Barcelona (luego también llamada la Monumental desde 1916) o la Plaza de Toros de las Ventas de Madrid finalizada en 1929. En la ciudad hispalense, la Monumental se inserta en esa hora de exuberante imaginación creativa, de incansable actividad constructiva cuyo punto culminante será el día inaugural de la Exposición Iberoamericana. Recensiones de libros 221 Sin embargo, la idea y la obra tienen sus protagonistas, tiene su elenco, como dice la autora. Se trata, por un lado, de un hombre de empresa, José Julio Lissén Hidalgo, de unos arquitectos bien formados y con ideas nuevas, José Espiau Muñoz y Francisco Urcola Lazcanotegui, y de un torero con sentido social, José Gómez Ortega, Gallito o Joselito. A partir de estas dramatis personae construye la autora la acción. José Julio Lissén plantea el proyecto de edificar una plaza de toros con mayor capacidad que la Maestranza y que pueda vender sus entradas más baratas a un público de menor capacidad adquisitiva. José Espiau construye un edificio funcional y racionalista en una zona de las afueras de la ciudad (más allá del por otra parte barrio taurino de San Bernardo). El donostiarra Francisco Urcola pone a contribución su experiencia en el diseño de este tipo de arquitectura y su conocimiento del trabajo con hormigón armado. Y, por último, Joselito se embarca en la aventura por un afán de renovación de la fiesta, que le ha llevado a intervenir en el mundo de la ganadería y que ahora le lleva a procurar la popularización del espectáculo. En conclusión, la Monumental es la suma de la iniciativa empresarial, la experimentación artística, el conocimiento técnico, la conciencia social y el amor a los toros. Como es sabido, el proyecto tuvo una vida efímera, la que va de la tarde inaugural del 6 de junio de 1918 (cuando Joselito, Curro Posada y Fortuna torean astados de la ganadería de Juan Contreras) hasta el 22 de abril de 1920 (cuando en la quinta corrida de Feria Joselito, Manolo Belmonte y Chicuelo lidian toros de la ganadería del marqués de Guadalest), ya que inmediatamente después la muerte en Talavera del diestro de Gelves pone punto final a la andadura de la Monumental, que sólo se mantiene para la corrida de la Prensa del 3 de junio, la corrida de la Virgen de los Reyes y las corridas de la Feria de San Miguel, en una de las cuales torea Rafael El Gallo y en otra Manuel García Maera. Después vienen el cierre, el abandono y la demolición definitiva en 1930. La Monumental fue la «crónica de una muerte anunciada»: su suerte estuvo íntimamente unida a la de Joselito, a cuya desaparición no pudo sobreponerse. Hay que decir, sin embargo, que ya antes hubo de sostener una enconada batalla con una multitud de enemigos No hay más que leer las biliosas críticas que de sus festejos hizo en las páginas de La Unión el cronista Selipe II, o quizás todavía más las indignas reseñas publicadas en ABC por Gregorio Corrochano, que no dudó en vincular su nombre a la historia universal de la infamia, con un descarado parti pris que se transparenta en varios escritos que unen a la animadversión el mal gusto: «La Maestranza tiene la lozanía de una mujer joven; la Monumental, siguiendo la misma relación, es una jamona, una jamona guapa, pero…una jamona». Y así, sucesivamente. Por otra parte, la Maestranza de Sevilla jugó también un papel de poderosa antagonista. Tampoco aquí hay duda de la oposición frontal, que alcanzó las dimensiones de boicot, del «grupo de maestrantes que veía amenazado su monopolio de la fiesta de toros y la exclusividad que su categoría nobiliaria le daba al coso del Baratillo». Para ello, la veterana institución supo atraerse al otro gran torero del momento, a Juan Belmonte, que también figura en este bando de los adversarios. Aunque, hay que decirlo, la autora se muestra mucho más indulgente con el torero de Triana: «Juan y José compartieron las inquietudes del toreo en general y ambos se preocuparon por la fiesta, por sus avatares todos y por el toro de lidia, pero la visión de José de la fiesta como espectáculo de masas, con su reto de plazas monumentales, no la compartió Juan». Muchos fueron los factores que contribuyeron al triste final, pero también aquí es mejor citar literalmente a la autora: «…La plaza fracasó por la incapacidad de Sevilla de enfrentarse de manera lógica a la necesidad de ensanche del casco urbano con el consecuente planeamiento de edificios públicos para acomodar a la creciente población. (…) Como si esto fuese Carlos Martínez Shaw 222 Recensiones de libros 223 poco, la oposición de los Maestrantes, la inesperada e inoportuna muerte de José Gómez Ortega, el genio detrás de su construcción, la situación de bancarrota del millonario don José Julio Lissén Hidalgo, cuyo capital costeó la mayor parte de la obra, y la falta de visión suficiente para defender su existencia se aunaron para darle la estocada final al proyecto». La obra, que se beneficia de una amplia y documentada información y de un exquisito equilibrio en sus interpretaciones, se enriquece aún más con varios apéndices de sumo interés. El más valioso es quizás el que ofrece la relación de los festejos que tuvieron como escenario el coso de la Monumental, con expresión de los matadores, las ganaderías y las reses, siempre con sus fechas exactas. Y resulta ser un verdadero tesoro la serie de fotografías rescatadas de la Hemeroteca y la Fototeca Municipales de Sevilla e insertadas entre las páginas centrales de la publicación. Las dos últimas fotos, los patéticos restos de la puerta de toriles que se han conservado como único vestigio de la antigua plaza de toros sevillana, dejan lugar a la nostalgia que puede apoderarse del paseante ocasional: «La vieja y olvidada plaza volverá una vez más a adquirir vida y quizás, en tu mente, oigas los vítores con que la muchedumbre solía regalar las hazañas de José Gómez Ortega, Joselito». O bien, como decía hace unos años María del Carmen Menacho desde las páginas del Diario de Sevilla, se hará presente «el fantasma de muchas tardes de toros». Carlos Martínez Shaw Fundación de Estudios Taurinos