Semillas de antaño para una agricultura de futuro. La recuperación de las variedades agrícolas tradicionales
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Semillas de antaño para una agricultura de futuro. La recuperación de las variedades agrícolas tradicionales. Rufino Acosta Naranjo En J.M. Lama (ed.) Homenaje a Antonio Morales. Diputación de Badajoz. Badajoz (en prensa) El mantenimiento de la biodiversidad ha emergido como uno de los objetivos estratégicos para el futuro del planeta. Hasta hace no mucho, este interés se orientaba casi exclusivamente a la protección de las especies animales y vegetales silvestres, pero día a día se va abriendo camino la preocupación por las variedades cultivadas. En este sentido, las culturas campesinas tradicionales nos han enseñado bastante acerca de la creación, mantenimiento y manejo de la diversidad agrícola, reducida drásticamente como consecuencia de la implantación de la agricultura industrializada con la llamada Revolución Verde. En el presente texto se pretende llevar a cabo una aproximación a este asunto, así como al potencial actual para la recuperación de la biodiversidad en la agricultura, pensando especialmente en el caso de España y Extremadura. CULTURAS CAMPESINAS Y BIODIVERSIDAD Las sociedades campesinas históricamente desarrollaron sistemas de manejo de los recursos de los que la diversidad era a la vez condición y resultado. Por una parte, debía recurrirse a la diversificación de producciones para garantizar un suministro continuo de energía y materiales en un contexto en que la conservación y el transporte de los productos exigía la adecuación al ritmo del tiempo y las estaciones y en el que el autoabastecimiento tenía una importancia crucial. Por otra parte, adaptarse a las condiciones precisas de cada lugar y cada momento requería también de una diversidad de usos productivos, especies y variedades. El resultado de todo ello era la creación de agroecosistemas complejos sobre una variedad de paisajes, geofacies, usos del territorio y especies (Acosta, e.p.-b). En este contexto hay que situar la biodiversidad agraria y las semillas, un factor de producción indispensable en la agricultura. En efecto, uno de los aspectos centrales 1
de la economía del campesinado es contar con un fondo de reemplazo, una producción por encima del mínimo calórico necesario y que le permita reemplazar su equipo básico de producción y consumo (Wolf, 1982: 14). Las semillas suficientes para la siembra y cosecha del año siguiente han sido el principal componente de ese fondo, y ya veremos cómo hoy en día los modernos agricultores son privados de ello, quedando en manos de las grandes corporaciones transnacionales de las semillas. Para disponer de ellas, los productores rurales han recurrido a diversos sistemas, tanto de conservación como de intercambio, mediante compra o mediante trueque o regalo, mecanismos estos últimos que se sustentaban sobre la base de una economía moral muy relacionada con la propia concepción de la comunidad local y sus vínculos familiares, sociales, afectivos e identitarios1. La pervivencia de los grupos domésticos y las comunidades estaba estrechamente unida a este componente del fondo de reemplazo, que no era una realidad meramente material sino que remitía a todo un universo cultural. Las semillas son el resultado de un proceso de selección cultural y dicha selección para el cultivo, la domesticación de las mismas, ha sido un hito fundamental en la historia de la humanidad. En efecto, la domesticación del material salvaje supone la posibilidad de acumular energía y controlar su reproducción, además de un cambio en la genética de las plantas, en la evolución de la naturaleza. Cada grupo campesino ha llevado a cabo un proceso de selección de aquellas especies animales y vegetales cuya explotación agrícola y ganadera resultaba interesantes para la mejor apropiación posible de la energía y materiales del entorno, para adaptarse al medio. Dentro de estas especies ha procedido a su vez a desarrollar aquellas variedades y líneas más interesantes para circunstancias, características y propósitos específicos2. Así, según Vandana Shiva, los campesinos hindúes crearon más de 200.000 variedades de arroz, unas resistentes a la sal para ser cultivada en las aguas costeras, otras desarrollando tallos de hasta cinco metros y medio de altura para acomodarse a los márgenes inundables de ríos, etc. 1 Las diferentes formas de intercambio atendían no sólo a la necesidad económica de aprovisionamiento sino también a la evitación de la depresión endogámica que podría producir el utilizar sólo las propias semillas, además del interés por innovar y mejorar. 2 La definición y clasificación de las variedades cultivadas, como toda taxonomía, es una elaboración cultural, que en nuestro caso se realiza por las comunidades locales siguiendo sus propios criterios, basados en característica como la forma, el color, olor, sabor, fenología, etc. En ningún caso se trataría, como es obvio, de definiciones basadas en criterios de genética, siendo siempre la selección fenotípica. Es este un asunto, el de las llamadas taxonomías folk, de suma relevancia desde el punto de vista de la recuperación de variedades cultivadas, y se necesita para su estudio de un trabajo conjunto entre expertos científicos y agricultores, de cara a la determinación de tales criterios, que además pueden variar a lo largo del tiempo. 2
(Shiva, 2003:18). Algo parecido podemos decir de la inmensidad de tipos de patata en las culturas andinas, tanto para sacar partido o sobreimponerse a las ventajas del medio como para atender necesidades culinarias específicas. En el caso de la comarca de Tentudía constatamos cómo hasta los años cincuenta existía toda una pléyade de especies cultivadas y de variedades de las mismas (Acosta, 2002; Acosta, Amaya y Díaz, 2001:271-273). Así, en los cultivos leñosos encontramos un buen número de variedades con diferentes características en cuanto al tipo de fruto y a la época de maduración y cosecha. De esta manera, descubrimos aceituna manzanilla, ojo de gato, tinta, perita, gordal, lantisca, verdial, zarzaleña, azuleja, mojina, cañabal, rocial, zarzariega, pico limón, azulina, sevillana o carrasqueña. Con esta diversidad de olivos se conseguían diferentes momentos de maduración, disponer de aceitunas más pronto o más tarde, contar con frutos más aptos para aceite o para mesa, y con distinto sabor o aptitud para diferentes modalidades de encurtido. Igualmente contribuía a modular también la recogida para dosificar la fuerza de trabajo disponible para la cosecha. Otra consecuencia, y muy importante, era amortiguar la vecería tan característica del olivar. Por lo que refiere a las castañas, las tenemos tempranas, bravías, negretas, o comisario. Los higos podían ser verdejos, reyes, negros, albares, blancos, buennombre, carajiles, de porra de burro, de sangre de toro, gordoviles, pardillas, pedrales o coriegas, con las brevas sanjuaneras, negras y blancas. Todos estos tipos ofrecían distintas potencialidades también para su disponibilidad a lo largo del tiempo y su conservación. Las uvas se daban blancas, negras, moradas, pedro jiménez, deo de dama y jaén blanco y colorao. La mayor diversidad se daba en las huertas, con árboles frutales como naranjos, limoneros, bruñeros, membrilleros (de membrillos y gamboas), sofaifos, acerolas, alberchigueros, albaricoques y albarillos, perales y pereros (sanjuaneros y sanmigueleros, además de las camuesas), morales, nogales, granados, laureles, cerezos o guindos. En torno a los frutales se sembraba toda una amplia cohorte de especies hortícolas, de invierno y verano, con sus respectivas variedades también. Tenemos así tomates (redondos, picudos, de sangre de toro o corazón de buey, rosas, tempranillos, de cuelga, de pera; pimientos (las bolas y pimientos propiamente, de cuatro gallos, cornicabra), guindillas, cebollas (blancas y valencianas), ajos (blancos y castaños), lechugas (de oreja de mula, de culo de rana), escarolas, coles (de repollo, forrajeras, de coliflor) patatas (blancas y colorás), friajones, habichuelas (blancas y verdes), 3
berenjenas, zanahorias, rábanos, rabanillas, calabazas (de cuello y redondas), cidra, pepinos (enanos y grandes), acelgas, espinacas, habas (cochineras y tarragona), alcachofas, boniatos, culantro, perejil y yerbabuena. En los melonares encontramos melones y melonas, de verano y de invierno, blancos, amarillos, del serrillo, cosíos, de piel de sapo, de la rosa, negros, verrugosos y valencianos, además de sandías de invierno y de verano, redondas y de manga de fraile. Los garbanzos podían ser negros, coloraos o castellanos. Entre los cereales y leguminosas extensivos de secano tenemos trigo, cebada, avena, centeno, habas, algarrobo, chícharro, altramuz, latino y muela, algunos de ellos con ciertas variedades, sobre todo el trigo. En éste, tanto duro como blando, lo encontramos rubio, pelón, cabezorro, herrera, jerez, raspinegro, florencia, maleta, candeal, arbica, curichi, cespero, olivero, sanató, medina, antana y otros. Una práctica campesina constatada en muy diversos lugares del planeta es la de la introducción en la agricultura de germoplasma silvestre. En el caso de Tentudía se evidencia este hecho en el injerto de galaperos, castaños bravíos o parras americanas, no silvestres pero sí asilvestradas, así como en el cultivo de berros. A diferencia de lo que sucedía en otros lugares, no constatamos el uso del acebuche para injerto en el olivar (Naredo, 1988). EL PROCESO DE BIODEVASTACIÓN EN LA AGRICULTURA INDUSTRIALIZADA El paso de la agricultura tradicional u orgánica a la agricultura industrial es una dimensión más del llamado proceso de modernización, que supone no sólo un cambio productivo sino también una radical transformación de la sociedad rural. En síntesis, algunos de los principales fenómenos serían los que a continuación enumeraremos. Los agroecosistemas se modifican sustancialmente, simplificándose de forma considerable en la mayoría de los casos: Las explotaciones pasan a depender de fuentes de energías fósiles, sustituyendo a la animal y humana: El reempleo y la autonomía productiva descienden drásticamente y en muchos casos desaparecen, dejando también de producir las fincas sus propios factores de producción, que ahora son suministrados por la agroindustria en forma de fertilizantes, plaguicidas, insecticidas, piensos, tecnología, etc. La diversidad de producciones va dejando paso al monocultivo o la especialización ganadera. Las explotaciones se capitalizan enormemente y sustituyen trabajo humano por tecnología, lo que contribuye a fomentar el éxodo rural. Aumentan 4
considerablemente la productividad del trabajo y la producción final, pero a costa, entre otras cosas, de fuertes impactos ambientales y de una enorme dependencia económica de los campesinos respecto de la agroindustria (Acosta, 2003; Guzmán et al., 2000). Ciñéndonos exclusivamente al caso de los recursos fitogenéticos, la simplificación operada se evidencia en el hecho de que la alimentación del planeta se basa ahora en un muy reducido número de especies animales y vegetales, y más concretamente en un cada vez más restringido número de variedades y razas de las mismas. Por lo que respecta a los cultivos, estas variedades han creadas en centros especializados y parcelas experimentales, y últimamente en laboratorios, buscando maximizar alguna de sus características directamente relacionadas con su potencial como mercancías, desatentiendo muchos otros aspectos, sobre todo relacionados con el papel que los cultivos desempeñan en los agroecosistemas o en las economías campesinas, en una lógica de especialización, monocultivo y unilateralidad científica y productiva. Pero, además, el material genético utilizado en la agricultura adolece cada vez más de falta de diversidad, al provenir en gran parte de una misma fuente, la de las grandes empresas de semillas que extienden por todos los países una misma variedad, con idéntico material genético. A esta dinámica contribuyen de alguna manera los gobiernos. En efecto, si bien la exigencia de certificación de las semillas es de por sí un mecanismo imprescindible de defensa de los consumidores de las mismas, normalizando un producto, obligando a que ofrezca garantías y que las empresas hay de responder de ellos, no es menos cierto que la obligación de utilizar semillas certificadas, sobre todo a la hora de acceder a subvenciones, supone del control de suministro de semillas por unas cuantas grandes transnacionales que controlan el mercado. El círculo se cierra con el diseño de semillas que resulten estériles tras su cosecha, no pudiendo los agricultores usarlas como fondo de reemplazo. Pierden así independencia económica, siendo unos meros terminales de los suministradores. Ello no exime, en ningún modo, de responsabilidad a los propios agricultores, por su falta de acción social colectiva, de creación de mecanismos, entre ellos empresas, para poder controlar los factores de producción que emplean, y para mantener y reproducir recursos fitogenéticos propios. Además de todo esto, las semillas se diseñan no para adaptarse a condiciones locales específicas sino para responder a determinadas condiciones previamente ensayadas en parcelas de experimentación y a insumos agroindustriales, tales como abonos o plaguicidas. En muchos casos, el uso de una determinada semilla lleva aparejado el empleo de estos insumos específicos, sobre todo cuando se establecen 5
contratos de integración entre el suministrador de la simiente y el agricultor. Con ello el agricultor cede también la posibilidad de experimentar y generar conocimiento en torno al proceso agrícola, pues todo ese conjunto de procedimientos queda acaparado por la agroindustria y el mundo científico. Las patentes sobre semillas no sólo privatizan el uso de las semillas desarrolladas por la industria, sino que también hacen que agricultores, comunidades locales y grupos étnicos vean de alguna manera usurpados sus propios recursos genéticos, al ser utilizadas sus variedades locales, su germoplasma, por compañías que tras llevar a cabo ciertas modificaciones (mejoras les llaman) de ese material pretenden cobrar regalías por su uso. Shiva llega incluso a plantear el asunto en los términos de que mediante acuerdos internacionales y legislaciones nacionales se convierten en crímenes guardar y compartir semillas de la propia cosecha para futuras siembras (Shiva, 2001 y 2003). La economía de mercado, una elaboración cultural globalizada de los etnosistemas centrales, impone su lógica económica y moral sobre otras elaboraciones culturales, acabando con la autonomía de las comunidades y la mencionada economía moral de otros tipos de intercambio y formas de gestión de los recursos vivos. Esta dimensión de enajenación es también evidente por lo que refiere a la alimentación, pues el control de las semillas y la agricultura industrializada suponen una pérdida de soberanía alimentaria de los países, como sostiene el movimiento de Vía Campesina (Rodríguez, 2003), e hipotecan incluso su propia supervivencia física en no pocos casos pues, contra la sedicente lucha contra el hambre y por una mayor producción de alimentos, las consecuencias de este proceso son también la creación de escasez. EL MANTENIMIENTO Y LA RECUPERACIÓN DE LA BIODIVERSIDAD Hoy en día, el rápido proceso de pérdida de la biodiversidad en el planeta es uno de los que se definen como problemas-estrella dentro de la literatura científica y de la conciencia pública general. La preocupación por la creciente pérdida de biodiversidad, que fue tomando cuerpo a partir de las evidencias ofrecidas por la investigación y las acciones de los grupos ambientalistas, terminó siendo reconocida desde el punto de vista político e institucional fundamentalmente a partir de la llamada Cumbre de Río de 6
1992 donde, sobre el papel, los gobiernos se comprometieron a una política global sobre la biodiversidad. En cuanto a las llamadas para la conservación y a las estrategias desarrolladas para ello, tanto por los científicos como por los grupos ambientalistas y las administraciones, el interés y las actuaciones se centraban en los comienzos en la preservación de unas cuantas especies silvestre singulares, para de ahí pasar al interés por el conjunto de especies y los ecosistemas (Orlove y Brush, 1996). Las políticas sobre espacios naturales participaban de esa idea de proteger lo silvestre, lo supuestamente natural, que había de ser preservado fundamentalmente de la acción antrópica, en gran parte, evidentemente, de los usos agrarios. Un criterio de primordial importancia para la declaración de espacios protegidos es precisamente el ser el hábitat de determinadas especies definidas como valiosas y en peligro. A la vez que se acentúa el proceso de artificialización de la naturaleza, a medida que se destruyen ecosistemas con la expansión del modelo urbanoindustrial, crece la idea o el ideal de naturaleza, como algo esencialmente opuesto al mundo urbano. Se naturaliza aquello que es un evidente producto social, cual es el caso de esos espacios naturales, esos agroecosistemas que son el resultado de la transformación que las sociedades campesinas han llevado a cabo en los ecosistemas para obtener de ellos energía y materiales. La literatura antropológica más reciente nos da cuenta de que la propia diferenciación entre naturaleza y cultura es un constructo, que son conceptos que aparecen en determinadas culturas y que pueden encontrarse allá donde más intenso es el proceso de transformación entrópica del medio (Dwyer, 1996; Descola Pálsson, 2001). Así, es en nuestras sociedades urbanoindustriales occidentales donde el proceso de diferenciación resulta más acusado. Por lo que respecta a nuestros intereses concretos, los humanos se consideran en muchos casos como algo ajeno a esa naturaleza que se pretende proteger, salvo para insertar programáticamente la referencia a los usos tradicionales en el cortejo literario de los textos en que se formaliza la declaración de espacio natural protegido. De esta manera, la conservación es esencialmente limitación en el acceso a y en el uso de los recursos. En este modelo, la conservación de la biodiversidad espera aceptación pasiva, es conservación versus explotación, y se consigue con prohibición. Es un no hacer por parte de los actores sociales rurales. Todo ello, junto al control de los entes rectores de los espacios protegidos por parte de personal ajeno a las zonas y la falta de remuneración de las externalidades ambientales que los ecosistemas generan, 7
hace que no sean pocos los casos de rechazo a la creación de figuras de protección. Las evidencias enseñan que es por tanto necesaria la implicación de la población local en las estrategias de conservación de los recursos, más allá de la mera prohibición de prácticas y acceso al territorio. La biodiversidad silvestre de los santuarios de naturaleza, magnificada pero confinada a áreas marginales, como sucede también con el ideal androcéntrico y tradicionalista de feminidad, no afecta directamente al núcleo esencial de la agricultura industrializada, intensiva y productivista, que se da en el resto de espacios. Actualmente, alguna atención empieza a prestarse al problema de la biodiversidad agraria, de las especies cultivadas que van desapareciendo a un ritmo vertiginoso por las razones más arriba apuntadas. Ahora bien, la conservación de esta biodiversidad es cosa esencialmente distinta de la biodiversidad silvestre, y no puede ser tratada de la misma manera. En primer lugar, y aunque para garantizarla serían necesarias medidas prohibitivas, como por ejemplo la del uso de transgénicos, supone, se aborde como se aborde, actuación en positivo, implicación activa de los agricultores, explotación del medio. No se hace mediante interdiccion sino mediante incitación, promoción, apoyo. Es un hacer. Si la creación de santuarios de naturaleza supuestamente virgen y espectacularizada, en plena sociedad del espectáculo y el simulacro (Baudrillard, 1984), es hoy en parte un mecanismo de enmascaramiento y justificación de una realidad de devastación de hábitats en el resto del territorio, lo mismo puede suceder con la biodiversidad cultivada, que no puede garantizarse con enclaves de agricultura biodiversa en un entorno de agricultura devastadora. Pero para que la biodiversidad agrícola cumpla realmente su función ecológica y sea garantía de futuro a largo plazo debe ganar la batalla en el campo donde realmente se decide el futuro, en el de la agricultura que se practique de manera generalizada. La biodiversidad agraria será generalizada y productiva o no será. ¿ESPERANDO LA MANO DE NIEVE?. EL POTENCIAL PARA LA RECUPERACIÓN DE LA BIODIVERSIDAD AGRARIA EN ESPAÑA. En el caso español, dentro del paquete que supone el proceso de modernización, tuvo lugar desde finales de los años cincuenta un vertiginoso cambio en el campo, con el paso de la agricultura tradicional a la industrializada. La gran cantidad de variedades locales de semillas, adaptadas a lo largo de un proceso de siglos, fue poco a poco 8
arrinconada. En unas ocasiones esto vino dado por el abandono o retroceso del cultivo debido a la falta de ventajas comparativas con las producciones de otros lugares. En otros casos, en que se siguió cultivando la tierra, fue a causa de la sustitución por variedades exógenas, normalmente híbridas y de mayor rentabilidad económica y volumen de producción. Debido a lo traumático del proceso de modernización en nuestro país, las sociedades rurales sufrieron un grave quebranto, sin capacidad de responder a la arrolladora imposición del modelo cultural de la sociedad urbanoindustrial y del consumo de masas. Las especificidades de las culturas rurales sufrieron la misma desvalorización y arrinconamiento que su correlato agrario, los agroecosistemas tradicionales. Las formas de manejo ancestral del medio y, en nuestro caso concreto la riqueza de la biodiversidad agraria, de las semillas autóctonas adaptadas a condiciones locales, fueron olvidadas. La coevolución biótica y social, uno de los puntos básicos de un paradigma agroecológico, se evidencia de manera dramáticamente negativa en este proceso de deriva conjunta de las diversidades biológica y cultural. Ahora bien, el surgimiento a escala mundial hacia finales de la centuria pasada de una conciencia ambientalista y, para el caso de la agricultura, la anteriormente referida evidencia de los efectos nefastos de la agricultura convencional sobre el medio ambiente, se une al interés de la opinión pública y, de grado o por fuerza, de los gobiernos en llevar a cabo políticas que de algún modo atenúen las dimensiones del proceso de degradación planetaria. Vemos así que empiezan a existir intentos de recuperar la biodiversidad agraria, las variedades cultivadas locales, como uno de los mecanismos de restaurar en parte la diversidad perdida. Nos encontramos por tanto con un interés en la recuperación de la diversidad per se (tanto de especies, como de variedades, individuos y material genético) y además en una deseable consideración de la biodiversidad funcional, de los servicios y cometidos que la existencia de un gran número de especies, variedades locales y alternativas de uso pueden ofrecer a la arquitectura y funcionamiento de los agroecosistemas y a su evolución futura. Pero además, todo un precipitado de procesos y circunstancias otorgan amparo a una idea, la de la recuperación de las variedades tradicionales, que hasta hace poco podía resultar irrisoria frente a la supuesta evidencia de la superioridad de las nuevas semillas producidas y extendidas por doquier por la agroindustria. Nos estamos 9
trabajar quienes tienen recogidas semillas en bancos de germoplasma. Además, en muchos lugares, a pesar del arrasamiento de la mayoría, aun existen variedades locales que siguen siendo cultivadas. De manera prospectiva, en el contexto de Extremadura, y más concretamente en la comarca de Tentudía, podemos apuntar un potencial para la recuperación de las variedades locales en diversos colectivos y actividades. Así, tenemos interés de algunos grandes propietarios por el medio ambiente, para los que el referido autoconsumo ambiental es importante. Las medidas agroambientales, los incentivos y programas que se puedan desarrollar en espacios protegidos son otro posible puntal del proceso. En zonas como las de dehesa, donde el cultivo ha casi desaparecido si su finalidad es la producción de grano para la venta, variedades que tienen su principal activo no en el volumen de producción sino en otras cuestiones pueden tener una evidente oportunidad, por ejemplo para el aprovechamiento a diente, para asegurar desmontes o como uso en barbechos semillados para la caza, en lo cual puede haber un encuentro con las sociedades locales de cazadores, interesadas en facilitar alimento a las especies cinegéticas que escasean en ciertas zonas precisamente por el abandono del cultivo de granos. Los pequeños propietarios, los descendientes de antiguos campesinos, han mostrado históricamente una cierta racionalidad ecológica y una pericia e interés en el manejo y conservación de germoplasma adaptado a las condiciones locales. Pero a veces las reservas de biodiversidad se encuentran en los márgenes del sistema, en una agricultura no orientada hacia la productividad y el mercado sino al autoconsumo, a una economía moral de los intercambios y a redes de relaciones familiares, de amistad o comunitarias. En este sentido, existe una agricultura de ocio, por ejemplo la de los jubilados, emigrantes retornados a veces o gentes que incluso no han sido profesionales de la agricultura y que tras su retiro tienen su entretenimiento en pequeños huertos o parcelas. También puede ser el caso de agricultores a tiempo parcial, personas que tienen otra ocupación y tienen en el cultivo una afición, porque en la construcción de las identidades en el medio rural se sigue teniendo “el campo en la cabeza” (Miquel, 2002). Las explotaciones de agricultura y ganadería ecológica, tanto por razones técnicas y productivas como de tipo sociológico o ideológico, de predisposición de los practicantes de la misma y sensibilidad hacia las cuestiones ecológicas son otro campo de desarrollo, como señalamos más arriba. 16
Un aspecto de crucial importancia es el del mercado local de productos hortofrutícolas. En efecto, a pesar de la dura competencia de las producciones foráneas, en los pueblos existe un reducido mercado local de alimentos producidos localmente, ya sea por agricultores a tiempo completo o no, por canales de venta regularizados o no. En nuestro caso concreto, además de por las ventajas que pudieran tener las variedades locales en el propio proceso de cultivo, éstas tendrían aquí un campo debido al conocimiento que las gentes tienen de sus características organolépticas, y a posibles vinculaciones afectivas, de evocación, costumbre, identitarias, a su consideración de autenticidad, etc. Productos hay incluso que han sido históricamente de nombradía y que han traspasado las lindes locales para tener fama en los pueblos de los alrededores, cosa que puede ser retomada hoy en día bajo otros parámetros. Igualmente, la gastronomía local y aun regional puede hacer uso de este tipo de alimentos como medio de distinción y reclamo. En definitiva, que se cuenta con unos mínimos, tanto de recursos fitogenéticos inmediatamente disponibles como de base social, para iniciar un proceso de recuperación de variedades que a larga debe buscar su uso generalizado en la agricultura, como verdadera apuesta de futuro para la sostenibilidad del planeta. BIBLIOGRAFÍA ACOSTA, R. 2002. Los entramados de la diversidad. Antropología social de la dehesa. Diputación de Badajoz. Badajoz. ACOSTA, R. (e.p.) La cadencia y el vértigo. El proceso de modernización de los agroecosistemas tradicionales. En M. Luna (ed.) El agua: usos, valores y significados. UCAM. Murcia. ACOSTA, R., AMAYA, S. y DÍAZ, A.L. 2001. Memoria de la tierra, campos de la memoria. Los agroecosistemas tradicionales de Tentudía. Centro de Desarrollo Comarcal de Tentudía. Monesterio. ALONSO, L, E. y CONDE, F. 1994. Historia del consumo en España. Una aproximación a sus orígenes y primer desarrollo. Debate. Barcelona. AMAYA, S. 1999. Lo que es de muchos no es de nadie. Estudio antropológico sobre una propiedad colectiva en Extremadura. Diputación de Badajoz. Badajoz. BAUDRILLARD, J. 1984. Cultura y simulacro. Kairós. Barcelona. BOURDIEU, P. 1988. La distinción. Criterios y bases sociales del gusto. Taurus. Madrid. 17
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