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La extracción de hispanos para formar parte de la aristocracia imperial: senadores y caballeros

Caballos Rufino, Antonio F.

Abstract

Esta aportación tiene como objetivo presentar la dinámica de la extracción de gentes oriundas de las provincias hispanas para formar parte de la aristocracia romana, y su significación para la vertebración del mundo mediterráneo y la consolidación del sistema imperial. El análisis de la temática se distribuye en tres apartados. Uno primero, dedicado a la descripción de la identidad y funcionalidad de la aristocracia imperial y a una caracterización dinámica de sus componentes. Un segundo trata de los fenómenos de la movilidad horizontal y los procesos de promoción en los ordines superiores. En el tercero, dividido en dos secciones, se esboza, primero, el panorama de la evolución del número de senadores y caballeros oriundos de las provincias hispanas y se analiza su significación histórica. Y, finalmente, se trata del origen local de los promovidos, comparando las tres provincias hispanas y destacando la relación entre la caracterización de las ciudades de origen y su potencial de promoción.

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Hispaniæ Las provincias hispanas en el mundo romano Javier Andreu Pintado Javier Cabrero Piquero Isabel Rodà de Llanza (editores) Con la colaboración científica del Centro Asociado de la UNED de Tudela (Navarra) Institut Català d’Arqueologia Clàssica Tarragona, 2009 © d’aquesta edició, Institut Català d’Arqueologia Clàssica (ICAC) Plaça d’en Rovellat, s/n, 43003 Tarragona Telèfon 977 249 133 – Fax 977 224 401 [email protected] – www.icac.net © dels textos, els autors © de les figures, els autors, llevat que s’indiqui el contrari © de la correcció, Carla Palacio Pastor (castellà) Primera edició: juny del 2009 Coordinació: Publicacions de l’ICAC Fotografia de la coberta: figura d’Hispània en el revers d’un denari d’Adrià (Museu Nacional d’Art de Catalunya / Fotògrafs: Calveras, Mérida, Sagristà) Disseny de la col·lecció i de la coberta: Formats Maquetació i impressió: Indústries Gràfiques Gabriel Gibert Dipòsit Legal: T-637-2009 ISBN: 978-84-936809-5-4 Qualsevol forma de reproducció, distribució, comunicació pública o transformació d’aquesta obra només es pot fer tenint l’autorització dels seus titulars, amb les excepcions previstes per la llei. Adreceu-vos a CEDRO (Centre Espanyol de Drets Reprogràfics, www.cedro.org) si heu de fotocopiar o escanejar fragments d’aquesta obra. Biblioteca de Catalunya - Dades CIP Reunión de Tudela sobre Historia Antigua (3a : 2007) Hispaniæ : las provincias hispanas en el mundo romano. – (Documenta ; 11) Recull de les ponències de la III Reunión de Tudela sobre Historia Antigua, que va tenir lloc a Tudela (Navarra) els dies 18, 19 i 20 d’abril de 2007. – Bibliografia. Índexs ISBN 9788493680954 I. Andreu Pintado, Javier, 1973- , ed. II. Cabrero, Javier, ed. III. Rodà, Isabel, ed. IV. Institut Català d’Arqueologia Clàssica V. Títol VI. Col·lecció: Documenta (Institut Català d’Arqueologia Clàssica) ; 11 1. Romans – Península Ibèrica – Congressos 2. Península Ibèrica – Història – 218 aC-414 dC, Període romà – Congressos 3. Península Ibèrica – Arqueologia romana – Congressos 946”-0218/0415”(061.3) Aquesta obra recull les ponències de la III Reunión de Tudela sobre Historia Antigua, que va tenir lloc a Tudela (Navarra) els dies 18, 19 i 20 d’abril de 2007, organitzada pel Centro Asociado de la UNED de Tudela i amb el suport del Ministerio de Ciencia y de Innovación. Hi van col·laborar les entitats següents: el Departamento de Historia Antigua de la UNED, el Vicerrectorado de Extensión Universitaria de la UNED, la Sociedad Española de Estudios Clásicos, la Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, la Institución Príncipe de Viana del Gobierno de Navarra i l’Institut Català d’Arqueologia Clàssica. DOCTISSIMO MAGISTRO CARISSIMO AMICO OPTIMO VIRO GÉZA ALFÖLDY ADVERSISSIMA INFIRMITATE MIRIFICE DEBELLATA SODALES ET COLLEGAE ET AMICI RERVM ANTIQVARVM LATINARVMQVE INSCRIPTIONVM STVDII CVRANTES PROPTER SALVTEM RESTITVTAM GAVDII PLENI ATQVE LAETITIAE EXVLTANTES HOC DE ROMANIS HISPANICIS PROVINCIIS VOLVMEN ADMIRATIONIS FIDELITATIS PIGNVS LIBENTER EO BENEMERENTI DEDICANT TVTELA NAVARRENSIS ET TARRACONE ANTE DIEM X KALENDAS IVLII ANNO DOMINI MMIX SUMARIO Praefatio Luis J. Fernández Rodríguez, director de la UNED de Tudela . . . . . . . . . . . . . 9 Isabel Rodà de Llanza, directora del Institut Català d’Arqueologia Clàssica . . . . . . 10 Nota de los editores . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11 Pars i: Imago Hispaniarvm En torno a las fuentes sobre las Hispaniae La visión de Hispania en las fuentes clásicas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17 Javier Cabrero Piquero La documentación arqueológica: su aportación al conocimiento de la Hispania romana . . . . . . . . . . . . . . . . . . 29 Manuel Bendala Galán Las amonedaciones hispanas en la Antigüedad . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 47 Francisca Chaves Tristán Los estudios epigráficos en Hispania (1756-1920). Un apunte desde los fondos manuscritos de la Real Academia de la Historia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 99 Juan Manuel Abascal Palazón Algunos condicionantes estructurales a la disposición epigráfica en la ciudad romana hispana . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 125 Ángel A. Jordán Lorenzo Scripta manent, loquuntur saxa: epigrafía latina e Hispania romana . . . . . . . . . . . . 139 Javier Andreu Pintado La imagen de Hispania en la historiografía de los siglos xviii y xix 159 Mirella Romero Recio Orígenes y consolidación de los estudios sobre Hispania antigua en la universidad española . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 173 José Mª. Blázquez Martínez Pars i i : Hispaniae ex Roma La presencia de las Hispaniae en la historia de Roma Hispania en las provincias occidentales del Imperio durante la República y el Alto Imperio: una perspectiva arqueológica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 193 Isabel Rodà de Llanza Hispania y su conquista en los avatares de la República Tardía . . . . . . . . . . . . . . 223 Francisco Pina Polo Escritores hispanorromanos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 237 Antonio Alvar Ezquerra Hispanos en el trono imperial: reflexiones en torno a Trajano y Adriano . . . . . . . . . 251 Pilar Fernández Uriel La extracción de hispanos para formar parte de la aristocracia imperial: senadores y caballeros . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 265 Antonio Caballos Rufino Soldados hispanos en el ejército imperial romano . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 283 Patrick Le Roux Productos hispanos en los mercados de Roma: en torno al consumo de aceite y salazones de Baetica en el Alto Imperio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 293 Lázaro Lagóstena Barrios La importancia del marmor en Hispania y las piedras locales. Aportaciones al caso de Tarraco y su territorio en época altoimperial . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 309 Pedro Otiña Hermoso Pars i i i : Roma ex Hispania Las Hispaniae como provinciae del Imperio Organización administrativa y territorial de las provincias hispanas durante el Alto Imperio . . . . . . . . 323 Pablo Ozcáriz Gil Luces y sombras del Edicto de Augusto hallado en El Bierzo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 339 Carmen Castillo García La organización provincial de Hispania durante el Imperio Romano (siglos i-iii) . . . . . . . . . . . . . 345 Francisco Javier Navarro Vida municipal y ordenamiento político de las comunidades hispanorromanas . . . . . . . . . . . . . . 361 Juan Francisco Rodríguez Neila Reflexiones sobre la latinización de Hispania en época republicana . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 377 Estela García Fernández Las elites municipales hispanorromanas a fines de la República y en el Alto Imperio: ideología y conductas socio-políticas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 391 Enrique Melchor Gil Imago Romae: autorrepresentación de la sociedad a través del retrato . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 411 Trinidad Nogales Basarrate El culto imperial y su proyección en Hispania . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 425 Fernando Lozano y Jaime Alvar La organización sacerdotal del culto imperial . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 439 Marta González Herrero Organización y gestión del territorio hispano . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 453 Carmen Santapau Pastor Aspectos da religiosidade vernácula na Hispânia Romana . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 465 José d’Encarnação La crisis del siglo iii en Hispania: algunas reflexiones . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 473 Christian Witschel Índices analíticos Índice geográfico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 507 Índice de fuentes . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 515 Índice onomástico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 529 Índice de materias . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 534 La extracción de hispanos para formar parte de La aristocracia imperiaL: senadores y cabaLLeros Antonio Caballos Rufino Universidad de Sevilla Resumen Esta aportación tiene como objetivo presentar la dinámica de la extracción de gentes oriundas de las provincias hispanas para formar parte de la aristocracia romana, y su significación para la vertebración del mundo mediterráneo y la consolidación del sis tema imperial. El análisis de la temática se distribuye en tres apartados. Uno primero, dedicado a la descripción de la identidad y funcionalidad de la aristocracia imperial y a una caracterización dinámica de sus componentes. Un segundo trata de los fenómenos de la movilidad horizontal y los procesos de promoción en los ordines superiores. En el tercero, dividido en dos secciones, se esboza, primero, el panorama de la evolución del número de senadores y caballeros oriundos de las provincias hispanas y se analiza su significación histórica. Y, finalmente, se trata del origen local de los promovidos, comparando las tres provincias hispanas y destacando la relación entre la caracterización de las ciudades de ori gen y su potencial de promoción. Palabras clave Provincias hispanorromanas, aristocracia imperial, movilidad social, promoción estatutaria, senadores, caballeros, elites hispanorromanas. Abstract The aim of this contribution is to present the dynamics of the extraction of people from the Roman provinces of Hispania to become members of the Roman aristocracy, and also its significance for the vertebration of the Mediterranean World and the consolida tion of the imperial system. The analysis of the topic is distributed in four sections. First at all, I deal with the description of the identity and functionality of the imperial aris tocracy, and, furthermore, the dynamic characterization of their components. Secondly, I study the phenomena of the horizontal mobility and the processes of promotion in the superior ordines. In the third one, it is sketched the evolution of the number of senators and equites that came out from the Roman provinces of Hispania, and then I analyse their historical significance. Finally, in the last one, I reflect about the local origin of those promoted, through the comparison of the three provinces of Hispania and fo cusing on the relationship between the characterization of the cities in which they emerged and their potential of promotion. Keywords Hispano-roman Provinces, Imperial Aristocracy, Social Mobility, Statutory Promotion, Senators, Equites, Hispano-roman Elites. 266 hispaniæ. Las proVincias hispanas en eL mUndo romano «Oligarchy is the supreme, central, and enduring theme in Roman history.» [La oligarquía es el argumento supremo, central y permanente de la historia romana.] Syme, R. 1985: Tacitus, vol. i, v, Oxford. Contra las leyes y desafiando al Senado, Julio César cruzó el río Rubicón al frente de sus tropas camino de Roma el 10 de enero del 49. Iniciaba así un ominoso periodo de guerra civil que llevó a la población a estimar, por su carencia, las nociones de prospe ridad, estabilidad y orden como valores supremos. Tras la victoria de su sobrino nieto, adoptado testamenta riamente con el nombre de Cayo Julio César Octaviano, con tra Marco Antonio en Accio el 31 a.C., la propaganda imperial acertó a presentar la figura del emperador como garante de la paz y, por ende, de la estabilidad política, la concor dia social y la prospe ridad econó mica. Pero, en el cumplimiento de su papel supremo a la cabeza del Estado, el emperador no estaba solo, sino que iba a contar con el apoyo de unos estamentos políti camente dóciles por los beneficios sociales y económicos de ello derivados, los ordines superiores, de los que se nutrían los órganos de gobierno, auxi liados por una comple- ja burocracia. Co partícipes e instrumentos del poder, estas elites coincidían en que el mantenimiento de su altísima función política y el exclusivismo de sus privilegios sociales pasa ban inexcusable mente por la preservación del sistema impe rial. Como artificio para la supervivencia de un esquema social de carácter fuertemente pi ramidal, las referencias ideológicas de la Roma imperial presentaron precisamente a estas elites como garantes de la conservación de las esencias más genuinas de Roma, las mores maiorum. Resultó así que, no solo el poder estaba en manos de la aristocracia, sino que asimismo los modelos de comportamiento y las pautas ideológicas de referen cia también fueron generados por ella. La aristocracia imperial La altamente jerarquizada estructura de la sociedad romana se fundamentaba en la des igualdad intrínseca de los seres humanos, que condicionaba un reparto diferenciado de derechos y obligaciones, y en una específica concepción de la persona. Era esta última una categoría altamente restrictiva, pues, no siendo sinónimo de ser humano, en puridad correspondía solo a los ciudadanos romanos que estuviesen en posesión de la totalidad de sus derechos civiles. Excluía por tanto a aquellos que hubiesen sido teñidos por la infamia de la esclavitud, a las mujeres y a los no romanos, manteniendo incluso en una categoría no plenamente autónoma a quienes no fuesen cabeza de familia, en el sentido amplio del término con el que esta institución era concebida en la antigua Roma. Pero, a la par, el concepto de «persona» era una categoría intrínsecamente social, pues se refería no al individuo en cuanto a tal, sino a su función en relación con el colectivo. No en vano este término (per sona/-ae) era el que servía para designar a la máscara con la que se revestía el actor identi ficando su papel en la escena. El desigual reparto de funciones y atribuciones entre los ciudadanos pretendía no obs tante el equilibrio, asignando para ello las cargas –munera– en proporción a los benefi cios, como fórmula de canalizar en favor del colectivo las heterogéneas energías indivi duales e imbuir en la totalidad del cuerpo social una íntima solidaridad con el destino de Roma. La resultante no fue la compartimentación de la sociedad en clases, agrupaciones de hecho en el sentido técnico que le dio Gurvitch al término (Gurvitch 1967), sino de grupos de de recho, cuya adscripción era controlada por los poderes públicos me diante el ejercicio del census, operación por la que se vertebraba a la población en dis tintas categorías en función del reparto de las obligaciones fiscales, políticas y militares exigidas para la marcha del Estado. En la vieja constitución serviana, entre los ciudadanos movilizables para el servicio en las filas del ejército se establecieron oficialmente cinco grados (classes), en función de criterios económicos, debiendo de disponer los de la primera de un capital de al menos 100.000 ases. Pero asimismo en ésta se estableció una división entre quienes combatían a pie y quienes lo hacían como caballeros, la elite de esta primera clase censitaria. Acabó exigiéndose para estos la disposición de 400.000 sestercios, esto es, diez veces el monto exigido para la simple pertenencia a la primera clase. Pero, siendo ya de por sí fuertemente excluyente, este requisito económico no era suficiente, sino que, para servir como caballero, se establecieron unos criterios complementarios que certificaban una exigida dignitas. Así seleccionados, los equites republicanos no solo constituían los rangos más elevados del ejército, sino que ocuparon un lugar de privilegio en los comicios, órgano de decisión política. Con ellos se constituyó un ordo, orden o escalón social ecuestre, como agrupación jurídicamente definida por criterios censitarios, legales, ideológicos, morales y sociales, controlados y sancionados por los censores. Componían como resultado un grupo privilegiado, restringido a unos pocos, seleccionados, estrictamente, en función de criterios multiestatutarios, que gozaron de una posición especial en relación con el Estado. Este reconocimiento y esta consideración oficiales les aportaron una serie de prerrogativas, manifestadas en honores y signos estatutarios de su rango, destinándolos a la par a la participación pública. Salvo circunstancias excepcionales, era la disposición del censo ecuestre la que facul taba para presentar 267 La extracción de hispanos para formar parte de La aristocracia imperiaL: senadores y cabaLLeros la candidatura al desempeño de las magistraturas, universal aspira ción política para los capaces de ellas, y de lo que dependían poder y prestigio. Máxime si ésta era la fórmula habitual y ordinaria para el ingreso en el Senado, conformado como una asamblea compuesta por los ex-magistrados. Sus miembros no solo eran los más ricos, sino que, para ser honorable, esa fortuna debía fundamentarse en la propiedad territorial, lo que permitía un estilo de vida honroso a ojos de los romanos, posibilitando con ello una dedicación plena a los asuntos del foro, a la gestión, control y representa ción del Estado. En diversos momentos a lo largo de la República, se dieron casos de promoción al Se nado de personas que no habían desempeñado de antemano magistraturas. Se trataba de circunstancias excepcionales, por ejemplo, el nombramiento el 216 a.C. de nuevos senadores para sustituir a los muertos en la guerra contra Aníbal, o los que nombró Sila en el 80 a.C. como fórmula de recompensar a sus leales, tanto militares, como jurisperitos. Pero fueron los acontecimientos derivados de la crisis política y la guerra civil de finales de la República los que introdujeron una mayor distorsión en la composición del Senado, tanto en el número de miembros como en su reclutamiento. Con relación a lo primero, desde época monárquica, el número teórico de componentes de la asamblea senatorial ascendía a 300. Ya Cayo Graco incluyó entre sus reformas la ampliación del número de senadores. El 91 a.C., para posibilitar que fuese la asamblea senatorial quien se ocupase de constituir los tribunales, consideró Livio Druso el ingreso de 300 nuevos miembros adicionales en el Senado. Este total resultante de 600 senado res fue el establecido por Sila el 81 a.C., llevando a cabo el reclutamiento extraordina rio al que me he referido más arriba. Por su parte, la dictadura hizo posible que César elevase abusiva mente el número de senadores hasta los 900 o incluso más, incluyendo entre estos a gentes de muy variada condición, no respetando sino el criterio de la lealtad per sonal y política. La situación de convulsión de valores y desorden institucional se agravó aún más durante el triunvirato, cuando se llegó a computar hasta un millar de senadores. Una vez deshecho de sus opositores y consolidado en el poder, la reforma del Senado se convirtió en uno de los ejes de la política de Cayo Julio César Octaviano, tomando su cesivas iniciativas al respecto los años 29-28 y, ya como Augusto, los años 18 y 13 a.C., y 4 d.C. Primero la reducción del número de integrantes de la asamblea senatorial hasta redu cir la cifra a 600, mantenida como referente teórico a todo lo largo del Impe rio. Junto a la del número, hizo reformas en la cualificación y fórmula de selección –lectio– y nombra miento de senadores, así como en la definición y composición del ordo senato rius. Con ello éste quedaría siempre bajo la supervisión última del emperador, Princeps Senatus ya desde el 28 a.C., lo que condicionaría y mediatizaría sustancialmente la ac ción del Se nado, convirtiéndolo en un órgano subsidiario de la voluntad imperial. Transformado radicalmente, conservando la apariencia y el prestigio, se lo vaciaba así de muchas de las atribuciones de que había gozado durante la República. Ser ciudadano romano ingenuo, tener el domicilio en la urbe, no desempeñar activida des infamantes ni dedicarse a negocios comerciales a gran escala, eran requisitos pre vios. También, por supuesto, y tras el desempeño de cargos preparatorios de ámbito civil y militar, el desempeño de las magistraturas seguía siendo la llave que abría la puerta a la integración en el Senado. Pero, además, Augusto, entre las reformas llevadas a cabo entre el 18 y el 13 a.C., teniendo como objetivo esta renovación del Senado, convirtió al orden senatorial en un cuerpo social aún más restringido, al incorporar la exigencia de una cualificación económica específica, que ascendía primero a 800.000 y luego a un millón de sestercios. Muy por encima de la propia del rango ecuestre, que pasaba a constituir así una categoría inferior, separada y distinta. Pero este nuevo ordo senatorius imperial no consistía solo en un cuerpo de plutócratas. La idoneitas, a la par cualifica ción económica y exigencia de formación y experiencia en la milicia y en la gestión pública, se veía precedida como condición para formar parte del Senado por la dignitas, confor mada por criterios a la par morales, políticos y sociales, expresando la excelencia de las virtudes cívicas. Junto a las anteriores, Augusto introdujo también una medida legal por la que no solo se designaría a los miembros del Senado por ordo senatorius, sino que este término en globaría también a sus hijos, tal vez a los descendientes por vía agnaticia y, por exten sión, a la familia. Estas medidas serían completadas por el emperador Calígula, ya que, restringida la posibilidad de optar a las magistraturas solamente a los laticlauii, y siendo los miembros del ordo senatorius los únicos que podían revestir entonces la túnica adornada con la franja ancha de púrpura, estaba configurando al senatorial como un círculo social coherente, homogéneo y cohesionado. Con ello no se había configurado, sin embargo, una casta cerrada, ni se estaba transformando la aristocracia senatorial en una estricta nobleza de sangre. Por una parte, la reducida esperanza de vida, el progresivo aumento de las tareas de gestión a desempeñar por los senadores, las medi das de contracepción tendentes a evitar la desmembración de los patrimonios con el riesgo siempre inmediato de la extinción familiar, los peligros inherentes al desempeño de cargos –los continuos viajes y los avatares de la vida militar–, las asechanzas de la política, con el riesgo de caer en la peligrosa enemistad del emperador, inversamen- 274 hispaniæ. Las proVincias hispanas en eL mUndo romano rumbo a la política imperial (Caballos 1984). Seguiría habiendo senadores hispanos con posterioridad y también concretamente béticos, pero en menor número y siendo diferentes aquellas estirpes familiares que habían sido protagonistas en la etapa anterior a las que se muestran en el círculo de amici del nuevo emperador, como los Annii Veri, Aemilii Papi o Messii Rustici. Junto a la progresiva e imparable disminución del número, primero de caballeros, luego también de senadores hispanorromanos, vemos expresarse a continuación dos tendencias consistentes, la primera, en un paulatino mantenimiento de los vínculos con los referentes provinciales, mayor de lo que había sido posible previamente, así como, en segundo lugar y para el caso de los senadores, una progresiva concentración de la propiedad en un número de manos cada vez menor. Si esta disminución progresiva del número de senadores hispanorromanos continua hasta el final de la dinastía, con la llegada al poder de Septimio Severo tiene lugar un hecho que va a acelerar de manera significativa la tendencia. Me refiero al apoyo de las elites hispanorromanas a Clodio Albino. El fracaso de la conjura de Albino tuvo consecuencias devastadoras para esta aristocracia, especialmente la bética. El caso de las expropiaciones de los Valerii Vegeti, senadores iliberritanos, es el paradigma. Tras ello el número de senadores hispanorromanos, al menos hasta lo que se nos alcanza a través de la documentación disponible, será meramente residual. b) origen El imperium de Roma en el largo proceso de conquista se ejerció, en la península Ibérica, siguiendo las concepciones de la potencia dominadora, no sobre el territorio mismo, lo que habría sido visto en tonces como una in congruencia, sino sobre las pobla ciones allí asentadas, concebidas como comunidades y no como simple agregado de individuos. Hasta el punto de que, si cada unas de estas múltiples y heterogéneas Augusto 25 suffecti ordinari 20 15 10 5 0 Tiberio Calígula Claudio Nerón Vespasiano Galba Domiciano Nerva Trajano Adriano Antonino Pío Marco Aurelio Cómodo Septimio Severo Caracalla Severo Alejandro Filipo I? suffecti ? 4 3,5 3 2,5 2 1,5 0,5 1 0Domiciano Trajano Adriano Antonino Pío Marco Aurelio Septimio Severo Fig. 3. Evolución del número de cónsules hispanorromanos. Fig. 4. Número de parejas de cónsules hispanorromanos por reinados. 275 La extracción de hispanos para formar parte de La aristocracia imperiaL: senadores y cabaLLeros comu nidades no estaban vertebradas, fue Roma quien puso en ejercicio sus recursos para que los colectivos se expresasen políticamente, bien en la fórmula de la ciuitas, bien en la más desarrollada de la polis. Solo con éstas, como unidades de vertebración comuni taria, podía y sabía re lacionarse políticamente Roma. La polis es la unidad de refe rencia y, como origo, la que expresa la patria, el origen políticamente operativo de una estirpe familiar, diferente del lugar concreto en que accidentalmente un miembro de ella pudiera haber nacido. Paralelo a la conquista, el proceso de la romanización de Hispania, si bien se inició muy pronto, fue muy largo en el tiempo. Pero no solo dilatado sino también complejo, por su falta de linealidad y desigual según las áreas geográficas, afectando de forma di ferente a los distintos ámbitos peninsulares. La resultante final fue una paulatina verte bración te rritorial, gradual estandarización organizativa y progresiva homogeneización cultural que fructificarían desde el punto de vista político y administrativo englobando la totalidad de los territo rios peninsulares –a los que se agregó la Mauritania Tingitana– con el nombre de Diocesis Hispaniarum, ya con Diocleciano el 293 d.C. Las características medioambientales de cada uno de los territorios sobre los que se ejerció la conquista de la península Ibérica, las peculiaridades culturales y el desarrollo de las comu nidades en ellos asentadas, los precedentes históricos y el modo en que se llevaron a cabo y se fueron desarrollando los contactos con Roma, hicieron que, a pesar de unas tenden cias organizativas similares, cada uno de estos territorios hispanos, política, jurídica y ad ministrativamente individualizados y organizados en forma de prouin cia por decisión pública, tuviera unas características y fuera desarro llando una persona lidad propia. El comportamiento de cada provincia hispana en relación con las promociones fue cla ramente diferente. Hasta unos 90 senadores (fig. 5) pudieron proceder de la Bética. De la Tarra conensis conocemos en torno a unos 50. La Lusitania, cuyo grado de integra ción fue Fig. 5. Localidades de origen de los senadores hispanorromanos. 1 [Conu. Bracar.] 2 Calagurris 3 Barcino 4 Tarraco 5 Bilbilis (?) 6 Dertosa 7 Saguntum 8 Liria 9 Valentia 10 Sucro 11 Dianium 12 Ilici 13 Totana (?) 14 Acci 15 Iliberris 16 Saepo 17 Carteia 18 Gades 19 Siarum (?) 20 Hispalis 21 Italica 22 Vlia 23 Vcubi 24 Tucci 25 Corduba 26 Iulipa (?) 27 Ebora 28 Olisipo 29 Emerita 30 Conimbriga 30 Total Lusitania Total Bética Total Tarraconense Nº. senadores Nº. gentes 28 27 29 21 26 20 25 23 22 24 15 19 18 16 17 14 13 12 30 15 0 gentes/senadores 11 10 9 8 7 6 5 23 4 1 276 hispaniæ. Las proVincias hispanas en eL mUndo romano mucho menor, proporcionó un número muy inferior de promovidos y las promociones más elevadas, las que llevaron al Senado, fueron posteriores. Solo poco más de una veintena de senadores, muchos de la misma familia de los Iulii de Ebora, procedieron de la Lusitania. Por su parte, en el reparto de caballeros hispanorromanos por provincias de procedencia (fig. 6), contamos con 97 personajes adscritos a la Tarraconense, 39 a la Bética y 11 a la Lusita nia. Si lo expresamos gráficamente, nos resulta una figura en la que des taca la provincia Tarraconense, seguida a larga distancia por la Bética, mientras que, comparativamente hablando, el número de caballeros procedentes de la Lusitania cono cidos hasta ahora solo supone una cifra casi testimonial. El análisis comparativo de los mapas de extracción de senadores nos muestra, en primer lugar, que el proceso generalizado de su nombramiento se produjo con mayor antelación en la Bética que en la Tarraconense. Además, la Bética siguió siendo, a lo largo de todo el Alto Imperio, la provincia hispana de la que procedió un mayor número de senadores; y ello como fruto de sus mayores posibilidades y de su mayor grado de romanización. En época de Vespasiano estas diferencias eran ya suficientemente significativas. Además, podemos apreciar que la evolución del número de senadores siguió una progresión más homogénea en la Bética que en la Tarraconense. En esta segunda provincia la tendencia alcista en el número de senadores se quebró en breve tiempo, una vez desaparecida la coyuntura que había originado esta alza repentina tras la crisis del 69. Además es en la Bética donde se observa un índice más alto en la proporción entre el número total de senadores y la superficie provincial. Aquí constatamos también un reparto más equilibrado que en el resto de las provincias, procediendo los se nadores béticos de un grupo homogéneo de ciudades situadas, preferentemente, a lo largo del valle del Guadalquivir. Creo que estas diferencias entre la Bética y la Tarraconense no fueron exclusivamente resultado de las diferencias de gradación en el proceso romanizador, ni de las distintas posibilidades de desarrollo, mayores y más homogéneamente distribuidas en la Bética. Aunque las motivaciones más importantes y generales habrían sido las anteriormente expuestas, las diferencias administrativas entre la Bética y la Tarraconense debieron de haber desempeñado asimismo un importante Capera Emerita Ammaia Avobriga Astvres Lancia Clvnia Ilerda Labitolosa Tarraco Aeso Gervnda Egara Ilvro Barcino Termes Bilbilis Atacvm Ercavica TARRACONENSIS (C:82, I:39, T:121) BAETICA (C:46, I:34, T:80) LVSITANIA (C:8, I:10, T:18) Liria Saetabis Sagvntvm Dianivm Ebvsus 1: Vrgavo 2: Vcvbi 3: Astigi 4: Carmo 5: Ilipvla Minor 6: Igabrvm 7: Torreparedones 8: Tvcci 9: Iliberris Palma Pollentia Toletvm Segobriga Consabvra Libisosa Totana Laminivm Castvlo Salaria Acci Abdera Malaca Bavilvm ? Vrso Ilvro Cartima Basti Vrci Baria Carteia Asido Gades Italica Hispalis Ilipa 3 4 56 28 79 1 Cordvba Obvlco Alaba Brigaecivm Ivliobriga Calagvrris Conv. Lvcensis Scallabis Ebora Salacia Pax Ivlia Conv. Bracaravg. Singilia Barba Bracara Avgusta Aqvae Flaviae Astvrica Avgvsta Caesar Avgvsta ? Nova Avgvsta Olisipo Caeotobriga Carthago-nova Fig. 6. Localidades de origen de los caballeros hispanorromanos 277 La extracción de hispanos para formar parte de La aristocracia imperiaL: senadores y cabaLLeros papel. Entre estas podemos destacar, por ejemplo, la diferente forma en que se nombraban sus respectivos gobernadores y las limitaciones temporales del gobernador de la Bética –de mandato anual–, frente a la teórica indefinición del periodo de mandato del gobernador de la Tarraconense. Estas diferencias administrativas propiciaron el que una coyuntura histórica tan concreta como el gobierno tarraconense de Galba fuera tan extraordinariamente dilatada –ocho años–, y el que éste utilizara el cargo y lo que ello suponía, de fuerza y apoyos en la provincia, para su acceso al trono. Las consecuencias para la Tarraconense no se hicieron esperar, y de ahí el salto tan brusco en el número total de senadores de la provincia correspondientes a esta época. Por el contrario, no existieron estas interferencias de coyunturas concretas tan marcadas en el caso de la Bética e, incluso, durante la persecución de Nerón tras la conjura de Pisón, las condiciones y capacidades de la provincia, arraigadas de muy antiguo, propiciaron nuevas promociones, a modo de reposición de las familias extinguidas, al Senado. Si comparamos globalmente los mapas anteriores, de nuevo observamos aquí las conse cuencias de que los criterios de origen para la extracción de senadores eran más estrictos que los operantes para los equites. Para aquellos, se establecía una diferenciación entre comunidades en función del prestigio y la antigüedad de su fundación, tomándose en consideración de forma más selectiva este criterio, que entraba en juego junto a otros como los económicos. Como consecuencia, a pesar de que contamos con un número más elevado de senadores que de caballeros, los primeros proceden de muy pocas loca lidades, precisamente las de mayor rango y prestigio. Pasando ahora a un análisis de las promociones al orden ecuestre, la dinámica concreta seguida por estas promociones en la Bética queda bien clara si comparamos su situación con la de la Tarraconense. Observamos que, durante toda la época julio-claudia, la Bética destaca sobremanera. Por entonces los caballeros jugaron en aquella provincia el mismo papel representativo que luego ostentarán los senadores. Se trata, en muchos casos, de personajes que llegaron al desempeño como funcionarios de altos y represen tativos puestos en el escalafón ecuestre. Frente a la Bética, prouincia populi Romani, las pro vincias impe riales, Tarraconense y Lusitania, se hallan escasamente representadas, siendo similar el número de caballeros do cumentado para la Tarraconense, que para la Lusitania a comienzos del Imperio. Pero la primera acabará por despertar en la época de Claudio-Nerón. Con los Flavios, si el número de caballeros para la Bética se mantiene prácticamente invariable desde la época anterior, se observa un espectacular despegue de la Tarraconense, que alcanza e incluso supera algo a la Bética en número de caba lleros. Frente a las anteriores, la Lusitania sigue manteniendo una tónica languideciente. Con los emperadores hispanos, la Tarraconense manifiesta, a tenor de las fuentes, un número de caballeros comparativa mente muy des tacado: el do ble que la Bética. No su cede lo mismo a continuación. Para entonces se observa una disminución muy desta cada del número de caballeros de la Ta rraconense, que seguiría estancado con los Seve ros, mientras que la tendencia decre ciente en la Bética es muy suave, sosteniéndose su número hasta el final del periodo considerado. La dinámica experimentada por la Tarraconense resulta, por así decirlo, «más esperada», siguiendo su representación gráfica la clásica forma piramidal. En la Bética, el número de caballeros mantiene un reparto prácticamente idéntico por épocas, desde comienzos del Imperio hasta los Severos. Ello puede deberse, simplemente, a los avatares de conservación de la documentación o a los usos epigráficos regionales, o también, comple mentariamente y con congruencia interna, puede que no se haya indicado el origen por la me- nor significación relativa de los caballeros y, por tanto, su menor im pacto social, en función del aumento del correspondiente número de senadores de la provincia. En el estudio de los caballeros de la Lusitania podemos ver plasmados algu nos fenómenos históricos de significación. Entre estos, por ejemplo, cómo el número de caballeros es algo mayor para épocas más antiguas, disminuyendo a continuación; cuando la tenden cia esperable, al menos por el aumento exponencial del número de fun cionarios ecues tres con el avance del Imperio, hubiera sido claramente la opuesta. Lo cual es un claro re flejo, o así lo entiendo yo, del desarrollo de la política atlantista julio-clau dia, abando nada con posterioridad. A modo de resumen de lo que vengo exponiendo, del análisis efectuado se puede inferir que la decisión imperial no fue arbitraria, y que la política de nombramientos de senado res y caballeros provinciales era una lógica consecuencia de un proceso muy dilatado, iniciado mucho antes de que comenzaran a nombrarse caballeros, y que dependía fun damentalmente de la asimilación ideológica resultado de los avances de la romaniza ción, de lo que es un indicio la extensión del proceso municipalizador. Así, en palabras de H. Devijver: «A correlation between the urbanization of a territory and the supply of equestrian officers by that territory is therefore patently clear. It has been shown that it was indeed the municipal elite –that as a result of its paideia, its wealth, its liberalitas not only served as the motor of Romanization, but also constituted the reservoir from which the ordo equester– was replenished, particularly in the 1st and 2nd centuries» (De vijver 1991, 183). Argumentación que podemos extrapolar, sin más, al resto de los caballeros, como asimismo, mutatis mutandis, a los senadores. 278 hispaniæ. Las proVincias hispanas en eL mUndo romano Una evidencia resalta de los mapas que presento: el hecho de que las localidades de ori gen de las elites imperiales hispanas coincidan con aquellas ciudades que tuvieron una mayor significación económica, política y administrativa. Dicho de otra manera: se comprueba la existencia de una relación directa entre el número e importancia de los senadores y la categoría jurídica y antigüedad o, lo que es lo mismo, el prestigio de las ciudades de procedencia. El concepto de prestigio asociado a lo anterior se refleja como una necesidad en las promociones. Hasta lo que las fuentes nos alcanzan, solo unas po cas ciudades pueden enorgullecerse de haber sido patria de senadores. Mientras, como claro contraste y volviendo a las patrias de los caballeros hispanorromanos, éstas com ponen un número mucho mayor que las anteriores. De nuevo, reflejo palpable y evidente de criterios de inclusión menos exigentes que para el caso de los senadores y, a la in versa, muestra de significación como fórmula de reconocimiento de la ampliación de la «aceptabilidad» a ámbitos cada vez más amplios. Es normal que las ciudades cuna de caballeros fuesen comunidades privilegiadas y que, habitualmente, sus naturales consi guieran el rango ecuestre con posterioridad a la obtención del estatuto por parte de sus ciudades de origen. Aquí, una novedad resulta para el caso de los caballeros. Junto a las ciudades que habían sido cuna de senadores, como Italica, Tarraco, Corduba, Hispalis, Gades o Barcino, entonces, por primera vez, se añadieron municipios que habían obtenido su carta de privilegio en época flavia. Existe una clara correlación entre categoría urbana y fecha de la obtención de la carta de privilegio –manifestación de una temprana y más profunda asimilación de los paráme tros genuinamente romanos–, y número y antigüedad en la extracción de senadores y caballeros. De forma concreta, en el caso de los caballeros de la Bética, aquellos que con mayor verosimilitud tienen una cronología flavia proceden, bien de municipios an tiguos, bien de colonias. A partir de Trajano ya se incorporaron gentes procedentes de municipios flavios. La extensión de la municipalización, propiciada de forma definitiva por los Flavios, si bien testimonia el recurso a unas similares fórmulas organizativas y manifiesta un ele vado grado de integración, consagrando como absolutos unos mismos referentes sociales e ideológicos, de ninguna manera desembocó en la anulación de los criterios de dife renciación y jerarquía existentes entre las diversas comunidades. La extensa homoge neización estatutaria sigue escondiendo una gran heterogeneidad de situaciones. El pa pel que cada ciudad juega, con los cambios y altibajos que el tiempo marca, estará con dicionado no solo por el estatuto y la funcionalidad administrativa, sino también por otros parámetros entre los que cuentan la situación, los precedentes y la dinámica histó rica, la riqueza, antigüedad y prestigio. El caso más paradigmático es el de Italica, remontando su historia romana a la actuación de Escipión tras la Segunda Guerra Púnica. Se trata de la localidad hispana de la que procede un mayor número de senadores, siendo a la par, más aún, cuna de Trajano y patria de Adriano, aunque éste hubiese nacido en Roma. Con la llegada de Trajano al poder imperial un segundo y más trascendental arcano se había desvelado: en las provincias podían hacerse emperadores (Tac. Hist. 1, 4) y, además, que aquellas podían incluso aportar un dueño a Roma. Y aquí, por mucha significación que le queramos asignar al hecho concreto, lo revolucionario no era tanto que un personaje de origen provincial llegase a dominar el Imperio, como que esto pudiese ser así sin que Trajano fuese considerado ni un ápice menos romano por ello. Ésta es la historia de una larga evolución, posible siempre que no se violentasen las apariencias, porque también el cambio perte necía a las esencias de Roma. Así lo había expresado sabiamente el emperador Claudio en un discurso al Senado: «Todas las cosas, senadores, que ahora se consideran muy antiguas fueron nuevas: los magistrados plebeyos tras los patricios, los latinos tras los plebeyos, los de los restantes pueblos de Italia tras los latinos. También esto se hará viejo, y lo que hoy apoyamos en precedentes, entre los precedentes estará algún día» (Tac. Ann. 11, 24). Con la transmutación de Roma en Imperio, no solo se hizo posible ser romano fuera de Roma, sino que, más aún, los aristócratas provinciales acabaron mostrándose como los más romanos de los romanos, personalizando unas virtudes per didas ya en la urbe. Como escribió el historiador Tácito, precisamente contemporáneo de Trajano: «Al mismo tiempo, hombres nuevos llegados de los municipios, de las colonias y también de las provincias, frecuentemente admitidos en el Senado, aportaron su moderación particular, y aunque muchos por la fortuna o por su laboriosidad llegaron a una vejez opulenta, les quedó sin embargo aquella primera disposición de ánimo» (Tac. Ann. 3, 5). Estas gentes de origen provincial que representaban la nueva aristocracia romana compartían una profunda lealtad al sistema, de lo que se derivaron posibilidades de promoción y privilegios, y se habían ido aupando con el tiempo aprovechando un complejo tejido de intereses, parentescos, amistades y vínculos políticos. Precisamente, este origen provincial les aportaba la ventaja de carecer de hipotecas derivadas de lazos políticos con el inmediato pasado, mientras que el contar con viejos e ilustres ancestros itálicos –argumento puesto en valor de forma definitiva con los Flavios– les permitió incorporarse en primera fila a los procesos de promoción. Una aristocracia de extracción provincial, pero no provinciana, pues hay que notar cómo la mayoría de los vínculos políticos operativos se estableció o reforzó una vez asentados en Roma. Los miembros 279 La extracción de hispanos para formar parte de La aristocracia imperiaL: senadores y cabaLLeros de la aristocracia romana oriundos de las provincias hispanas no podían en su momento verse revestidos de otro epíteto que el de genuinos romanos, y no entraría en la consideración de estas familias, como tampoco sería ni deseable ni permisible, la exteriorización de sentimientos «nacionalistas», cualesquiera que estos fuesen, en contraposición a la idea de Roma, eso sí, ya lo suficientemente flexible como para abarcar e identificarse con todo un Imperio. Bibliografía Alföldy, G. 1987: Historia social de Roma, Madrid. – 1986: Die römische Gesellschaft. Ausgewählte Beiträge, Stuttgart. – 1975: «La sociedad romana. Problemas y posibilidades de su definición», Papeles del Laboratorio de Arqueología de Valencia, 11, 407-426. Armani, S.; Hurlet-Martineau, B.; Stylow, A. U. 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