La estructura sígnica del hombre
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ACTAS DEL IV SIMPOSIO INTERNACIONAL DE LA ASOCIACION ESPMOLA DE SEMIOTICA Celebrado en Sevilla (3-5 de diciembre, 1990) (DESCRIBIR, INVENTAR, TRANSCRIBIR EL MUNDO) VOLUMEN I VISOR LIBROS
La estructura signica del hombre Ma del Mar Llera Llorente Unzwrsulad de Semlkz Desde la semi6tica contemporinea se ha proclamado la idea de que el hombre no s61o crea, interprets y recibe signos, sino de que el mismo posee un caricter signico pecuhar derivado de su pertenencia a ese hmbito semiol6gicamente configurado que es producto de su actindad. Esta afumacibn se torna m& clara y adquiere dimensiones inusitadas cuando, al acudir a la fdosofia reconocemos que la dualidad, rasgo caracteristico de la definicibn clisica del signo, es una consrante en la descripdbn que del ser humano realiza la Antropologia En efeno, interioridad-exterioridad, objeto y sujeto, yo y mundo, ... podrian entenderse a la luz de la semi6tica como diversas manifiestaciones de ese &quid por aliqum que tiene la peculiaridad de exbibii una doble naruraleza: la sensible y la inteligible. Las investigaciones que acerca del lenguaje del cuerpo han llevado a cab0 autores contemporineos como D. Flora, o 10s incipientes andisis realizadas desde la proxkmica, me han impelido a reflexionar un poco acerca del alcaoce de la afirmacibn de la dimensi6n signica del hombre. Partiendo de dgo tan b&ico como es el concepto de wnicrocosmosr, podemos declarar que el hombre nos da a conocer el mundo en tanto culmen y condensaci6n de las perfecciones naturdes: lo human0 signifia mi la plenitud de lo mundano. La lectura de este signo la lleva a cab0 el hombre a travks del conocimiento de sus semejantes o de si en tanto objeto -no en tanto subjetindad decodiicante. Por otra parte, el hombre conoce el mundo y se aprehende entonces como signo de 61 de un modo &ferente. Es signo en su condici6n de paseedor de conceptos: formalidades que apuntan intencionalmente a lo conocido, de td manera que es el mero apuntar, la referencia a un referente, lo que 10s constituye como conceptos. La realidad del concepto es la de una esmctura inteligible sin soporte sensible, la de un signo puramente formal. Adem& de pensante, el hombre es voleme y operante. A1 querer, quiere siempre a personas. las cosas se pueden desear, pero no amar. Si se aman, es por el contenido humano que proyedtamos sobre ellas a1 tomarlas coma signo de una srtuaci6n. una relaci6n o una vida -la nuestra o la de otro ealguien*-. Esta significatividad va aneja Y a la condici6n de ser-en-el-mundo propia del hombre.
144 INVESTIGACIONES SEMI~TICAS IV (I) Per0 habl4bamos de amor en sentido propio; es decir, de donacibn interpersonal, La persona se muestra, por Sltimo, signo del mundo como objeto de su actividad poLrica o transformadom. pudiendo serlo-- (no se carece de lo que no rn carencia o deficiencia en el plano de la propia esencia), ese no tener lo que se debe, caracteristico de la finitud, nos habla del mundo como alteridad irreductible en liltimo tkrnino al cultivo -cultura- del hombre. El mundo es s61o parcialmente humano. Lo humano deviene pues, como hemos visto, signo del rnundo -aunque no agote todo su significado (el del mundo y el de s;) en esta funcibn signica. Wegar 10s limit* de la sigg~catividad por la que el hombre nos revela el mundo, supone afirmar que si mismo en el mundo. 0 su equivalente: el hombre no se conoce en absoluto, ya que el principio de su autoconciencia es el mundo que, en tanto rimpensadoh 2, determina sab extrinseco*, seedando 10s limites de la reflexibn. uComunicamos porque estamos fundados en a1 diferencia*, concluid Umberro Eco. La ausenda de origen, la nada que precede a toda verdad, la desconstruccibn del signo, son sus m&s notorias consecuencias3. Pienso que lo expuesto hasta ahora revela la intrinseca problemaricidad de la nocibn de sigm y su vinculacibn con la teoda del conocimienro. El dilema de la referencia fue seriamente abordado por la lkica en relacibn con 10s enunciados de identidad y 10s dem6s problemw conocidos corno npuzzles de Fregea. ' Ramor, A, rStgnumm. de h mrittca mtversal a ia met&nra delngno Eunra, Pamplona, 1987, p 55 Cfc PO YOU^. M: La Mou n is &rm. Gallimard Paris. 1966 Jl ' Eco, U . La ~6tnutum mxente, Lumen, Barcelona, 1972, p 435.
a1 sentido, abriendo asi la puem a unaarml~madein~m;ubles dkeusiones que a& hoy ocupan a los tdbbfOS del lmpaje'. Unade la* solueiones mlseepratlas es la de D. Davidson, quien en su artfculo cAed. liv &UC re* apuesta por la reducei6n de la referencia al terreho intrateztual. La referencia wrfa asi mero constmcfo addo al ballaqg de lap rondiciones bajo h cuales nna oraci6n w dice verdadera. No obstante, dadala impo&didad de esrablecerunpuente entte muudo y lenguaje, o de ae&w empkicameme la verdad de cada palabra, hemog rte conformarnos con la verdsd dd todo, del plem proposicjocral que wnstituye la lengua en suestidn y que si wulta ueriticable Dewchada la referencia como malidad extramwtal, advh Cassiw; *Se ha enwlm (el bombm) en fomras lingziksicas, en Idgenes artlstius, zn dmbolm micicos o en ricos reti ow, en d form que no puede ver o con0~~1 nada sino a travhs de la inqo &i&n $ em do ardf'n:iala ". Imrpasici6n obstaculizante y npgcidad del lenguaje son expmiones quivllentes. De esa opaeidad nas babhpreci~amebte Foucault cumdo &tala a partir de Bopp- un desplazamiento de la palabra en relael6n s las funciona repreaent;zrivas. La represent& no es ya constituti~ dclm plabta, &no que su esensia se espeaa, adquiete urn spaantem propia. As;, el lenguaje a designar un promo activo, una voluntad o estado del sujeto. Si expresa algo, no es porque duplique o imite alas cosas, sino porquc revcla cl querer dc su hablante y el esptitu dcl pueblo que lo utiliza. El lenguaje no eai ya ligadado al conocimiento sino a la libertad de lor hombres '. El orden &sic0 del lenguaje se ha eerrado ahora sobre d y ha perdido su transpa rencia 6u pap01 de repmentar representacianm. a parru &IS, XDC 4ee Foucaultel lmgwje exhibe su prapio qmor, su hiirk, sus 1e)res y su objetiviidad. % ha puestq pvr tan% al nivel de 10s &mh objstas. Casi con las mismwpaIabra* sastiene Cassirer: r.,, el saber wnseptual, cualquiera que sea, no coke en um simple repeticibn, sino en la esuuccura y la transformaci&n interior de la materia que el mundeerterior nos proporcioaa. El aomocimienta cobra I "gas peC&ared, propios y apecIf;mMs basallegma difermlciarse cu~~vamence de1 mmdo de 10s objetw y a antrapanerw a Clr Cassirer apGg pues, d wnoeirnieno que Fbwault aplidadal ~e~lguaje el pam digma atepregentaeionista~ o imitative que los reduce a pic5ric.a plasmaci6n de la realidad. Tamo el uno coma el otro &ma&, naturalmente, que ese paradigma se encuentra superado. Esa superaci6n no llega sin embargo a rrascender el modelo fissalista dr la conciencia quc csti irnplIcito cn la metafisica dc la rrlaci6n. I En efema, el mis dhico &to de parrida de la teo& del conocimiento es una suer- I t% de dualismo pkt6niw qui paliciw in vlneulr, o apqenter como req~isico itYfiapensa- I '<:usirrr. F.: Antmpohoc I'CE, Mkico, 1945, pp. 4748: 'it. hrnoe, A: hr. cit. ' Cfr. bou~ault, M : Ler Mars er [u dmes Gdlimard, Parir. 1966. Casnrrr, E.: Elpn~bloM dd clr~mci1(1onmtu, ICE, MCxi~o, 1956. vul. I, p. 11; cit. Hamo~, A,: op. cit., p. 57.
146 ~STIGACIONES SE~~T~CAS rv m 1 ble para enlazar ems mundos wparados y diferentes que son el de La inmanencia y k , trascendencia. Del rechazo de esta pneril ingemidad surgib la ficcibn de un todo, eq& ' valente a sus elementos reacionales, que seda el upuenten mismo elevado a la catego& de AbsoIuto cam0 relacibn de la relaci6n. Todos sabemos que &re fue el alarde hepliano y que su esencia consiste en la r& caliza&n del kantismo, preEisamente sustentado en esa duali* contraposici6n de ww ' sks y cpar;t-si*. La Gnicavk de salida a este planteamiento parece, pues, el abandaw del paradigma fisicalista de la gnoseologia moderna. Sustituir la trascendencia par la inmanencia el* ser por el pensar, el mundo por la conciencia o el ndmero por el fedmeno no es resz ponder de ningh mod0 a1 ~roblema del conocimiento, es, simplemmte, disolverlo cnu turalizandox al hombre, asimil6ndolo -idmrifidndolo- eon la Narurakza que traa de aprehender. Muy diverso se muwra el contenido de la aoperaeibn inmar~ente*~ en que eo& te la inteleccibn. No olvidemos que la teoria que declara el caricter sisl;co del hombre la hace apoyiindose en una doble dimensibn: el hombre es un miaocosmos, signo mundo a1 que se asimils cognoscitivamente, y es al mismo tiempo un smundox en sf -Popper nos habla de ello-, por cuanto al conocer no se confunde Eon lo conocid$, &no que lo uaxiende, revelando de este modo su superioridad, ha&ndose, pues, w sign0 de si mismo, de su pdar talante coma *animal simbblicoa. La explkacibn de esta teoda deviene -a mi parecerinsufi~iente cuando .se susterlta, como en el cam del pmpio Cassirer, en ese fisicalismo de la relacibn. Digamos, par* ceiiinos todo lo que podamos ala indag&&n de la funcibn signica bumana que es el tema qne nos ocupa, que no puede hablarse estrictamente de xrelaeibnr entre lo signanre y lo signado. En el caso en que eso signado es el mu& al quo apunta, por ejemplo, el corpus eientffico, debe enfocmse Ia cuesti6n desde la perspectiva de la wactualiddad prkica del pensar y el pensado en el seno de la operacibn inmanenre que supone el saber de la ciencia. En el cam en que eso signado es no ya la alteridad del mundo, siag la ~r~~iaeubjetividad que en Ll exisre, shb6li~ameate confipada como plexo de ob- ' jetivaciones del espiritu o creacibn cultural, hemos dereferirnos a la dimensibn de inagorabilidad que es caracteristica de las praxis perfectas y que da rawn de la suprema& del homhre lo. I Coaetualidad pr4xica y mmplementariedad e inagotabilidad. has dos son las bases do la estruaura signica del hombre signo del mundo y signo de sf, simulthea y diversamente. El hombre como signo del mundo es quien, por el conocimiento, se ha hecho *en ckrto mode3 todas las cosas*. Es importante subrayr el ucierton pwa no olvidar que no se trata de un ser total, de una confusibn con el mundo, ni de una clausura en el ptopio interior que Ueda a1 vaciamiento dela concienc~ al nihilismo y a la emuerte del homhm que es consecuencia necesaria del confusianismo panteim anterior. 'Cfr. Polo, L.. Teoda &l cmmmze4to, Eunsa, Pamplonn, 1987, 2* ed ' '@ Cfr. Pole, I... op ur
SEMIOTICA GENERAL 147 Podemos hablar, pues, de una <<posesi6n operativa suficiente del objeto, el cual es dado -lo hay- en presencian ". Hallamos entonces al objeto mediante una operacibn que nor lo presenta como .habidon, como ser que, siendo de suyo, no puede reducirse a efecto del propio pensar. La comparecencia de lo pensado en el pensar supone asi una aprioridad no constituyente o causal, en tanto la acrividad pensante no se da de suyo en lo pensado. La reflexihn -frente a 10s t6picos racionalistasno es el act0 primero del conocer. ~ste consiste, justamente, en la a~rehensibn del objeto realizada por quien no es tal. El estatuto del sujeto puro de la apercepci6n trascendental kantiana, que dentro de su sistema es mera condicihn de ~osibilidad, equivale desde nuestra perspectiva a la realidad de un pensar que, en su intencionalidad, se oculta a si mismo. Esa intencionalidad no es, por otra parte, un tender sin fin, sino un haber alcanzado la operacihn su telos y proseguir. De otro modo no podria hablarse de verdad, puesto que nunca agotamos el objeto de nuestro conocer, y tampoco ~odria establecerse una distincihn entre el pensar y el ser una vez que el ente hubiera sido aprehendido. Gracias a1 ~rose~uir, ~odemos referirnos al carjcter abierto de toda ohjetivacihn cultural, y podemos hablar no s61o de evolucibn, sin? de progreso en la Historia y en el conocer. Lo dicho ayuda a comprender al hombre como <<set creador de simbolos~, como slibdito y sefior, simultineamente, de la realidad. Y el lenguaje, en tanto objetivaci6n de la coactualidad definitoria de este proceso, revela claramente hasta qu6 punto el hombre se hace ser a1 expresarse. Digo shasta qu& punto,,, porque si no limitamos esta afirmacibn, estamos reduciendo el ser a1 hacerse, y es &ste un hacerse que deviene xser hechon por las determinaciones histhricas e inconscientes que subyacen en todo operar. La <qprLtica discursivan en la que se inserte nuestro pensamiento orientari necesariamente su actividad, como dice Foucault revelando ese <<fond0 impensadon de la supuesta raz6n pura. Si no deseamos abocar en la disoluci6n del humanism0 a1 que 10s postestructuralistas nos destinan, habremos de reconocer, mL all6 de la coactualidad de la operaci6n inmanente, la estabilidad de una disposicihn habitual que es la conciencia concomitante. Ella nos permite explicar chmo la facultad cognoscitiva es reforzada por sus actos y c6mo hstos no agotan su potencia, abierta de suyo a la infinitud. El hahito es esa segunda naturaleza que no se actualiza enteramente por la operaci6n que le sigue, y que va mL lejos que el dep6sito de operaciones realizadas porque su act0 no puede reducirse al conjunto de efectivas actualizaciones logradas. Su peculiaridad radica asi en un permanente estar disponible, abierto a nuevos actos. Esa apertura es la libertad, y esa permanencia es la del ser, que ~6l0 podri revelar su interno dinamismo, su vitalidad, cuando no es disuelto en el arbitrario devenir temporal que constituye, justamente, el objeto de investigacihn de la corriente foucaultiana. Ya hemos dicho que lo caracteristico de las praxis perfectas es la prosecuci611, el continuar tendiendo operativamente hacia aquello que actualiza la propia potencialidad. No se llega a1 .hastion, a la satisfacci6n del deseo, una vez alcanzado su objeto. Porque hste revela su inagotahilidad tanto mL cuanto mis se le experimenta poseido. " Polo, L.: op. cir.
E48 INVESTIGACIO~ mnc~s IV m De esta manera, aunque sea cierto que el hombre se bace ser al expresarse --come anteriormente afirmamos-, y que esaexpresih es ejercicio de su capaddad simMes, causa por la cud podemos definir a1 hombre como ser cdor de dmbolos, no cak duda de que, aunque el hombre sea eso, no es dlo eso. La inagotabdidad del ob* cup posesicin operativa es el aerualizarse de la cortespondiente facultad, exige la e, ble fijeza de un mo mantenido, substante y dado como no disponible a la volunrd y requisite neresario a la par de su ser libre. En otro conretrto pero aguhente lo s&- 1ci Sarrre: ~Estamos condenados a serlibrer*. 0 lo que es lo mismo: no &&os serlibra> Esta uobligaciaciijn de ser lihrer*, este no disponer del principio del que nace la cad dad de ser principio del p~opio obrar, indica una radical dualidad constitntiva del hombre en tanto signo. Esa dualidad ;Itima y fundamental es la de esehcia y ser. Hernos, de ser aquello que somos, y no podemos escapar al imperative de ema necesidad po~: la que anecesariamente soy libre*. El mis Msico candicionamienro a que estd someti& el pensar, el querer y el obrar por el cual aprehendemos la naturaleza slgnica del ham: bre como explicamos al principio, es el que le impone no ya el impensado sino el entotalmente-pensado* que fundarnenta su propio ser. El hombre es, pum, signo de su ser y no signo de si; o lo que es lo mismrr: grscig a que el hombre s610 significa y no es su ser, existe como signo, ya que la autorrefemm eialidad del signo supone su desconstm1:ci6n *. t