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Vic. Toros en la cuna del catalanismo

Rodríguez Esteban, Juan Carlos

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Revista de Estudios Taurinos N.º 54, Sevilla, 2024, págs. 6581 VIC. TOROS EN LA CUNA DEL CATALANISMO Juan Carlos Rodríguez Esteban* e puede denominar a Vic la cuna del catalanismo si se tiene en cuenta que, en dicha ciudad, el 17 de mayo de 1705 y en el contexto de la Guerra de Sucesión, se firmó el llamado “pacto de los vigatanos” en la ermi ta de San Sebastián. Diversos nobles locales (los “vigatanos”), coordinados por el párroco del pueblo, establecieron allí un acuerdo por el que se otorgaban poderes a un par de represen tantes catalanes para negociar una alianza con Inglaterra. Como resultado de dicho pacto, Cataluña apoyaría la causa Austracista, facilitaría el desembarco de tropas inglesas en la costa catalana, apoyaría a dicho ejército con sus migueletes y recibiría ayuda contra el Borbón, Felipe V. Obviamente, los ingleses se comprometían a respetar al candidato “catalán” a la corona (Carlos III), así como las leyes catalanas. Un mes más tarde, el tratado se ratificó en Génova. Desde entonces, se ha calificado con el apelativo “vigata no” a los patriotas catalanes y con el despectivo “botifler” (de beauté fleur, flor de lis, símbolo Borbón) a los catalanes traido res, colaboradores con los enemigos de Cataluña, herederos de los que apoyaban a Felipe V en la citada Guerra de Sucesión. S * Doctor en Química por la Universidad de Barcelona. Doctor en Traducción y Estudios Culturales por la Universidad de Vic. Juan Carlos Rodríguez Esteban 66 En la actualidad (desde 2012) los toros han sido prohibi dos en Cataluña por el Parlament, como resultado de la clara asociación que hace el nacionalismo catalán de la tauromaquia con el nacionalismo español, del que desea distanciarse en diver sos aspectos culturales. No obstante, como se detallará en este artículo, nunca existió una conexión similar entre catalanismo y actitud antitaurina en Vic durante los tres siglos que transcurrie ron entre el pacto de los vigatanos y la reciente prohibición ofi cial. También se descartará en este texto la idea de que los festejos taurinos fueron importados a través de la “inmigración española”. Está documentado y reflejado incluso en grabados del siglo XVII que durante las festividades de la capital de la comar ca de Osona se organizaban sueltas de toros por las calles de la ciudad, así como algunos festejos en plazas provisionales. Dichos eventos provocaban que «por fiestas, hileras de payeses y caballeros en sus burros se dirigiesen a la ciudad por los cami nos reales»1, y convertía así a Vic en la ciudad de mayor abo lengo taurino de Cataluña, puesto que «Barcelona no conoció verdaderamente la fiesta de toros hasta 1850. Vic, en esto tomó la delantera a la Ciudad Condal, y ya en 1603 hubo “bous” en la plaza del Mercadal. Se cerraban la banda y porches de abajo con una valla de postes y vigas, que dando así preparado el recinto para celebrar corrida al estilo de la época […] El consejo municipal, junto al representante del Virrey en Cataluña presidían la fiesta desde un balcón de la plaza […] Durante el transcurso de la corrida la plaza se con vertía en un hervidero humano, había público bajo los portales, encaramados en los postes de la cerca, subidos en lo alto de los tejados, y las ventanas y balcones estaban a reventar de gente distinguida». 1Seña (1962: 138140). Vic. Toros en la cuna del catalinismo 67 Confirmando lo anteriormente dicho, la noticia más anti gua sobre festejos taurinos en Vic, que puede encontrarse en su archivo municipal, se remonta al 20 de junio de 1624 y hace referencia a los “correbous” o suelta de toros en la Plaza Mayor2. Otro documento del mismo siglo menciona nuevamente la fiesta de “correr los bueyes”. Se trata de la carta que dirigió el obispo Antonio Pasqual al Marqués de Leganés (capitán general de Cataluña), con motivo de los heridos en la corrida de 1686, pidiéndole que las prohibiera, sobre todo en días de fiesta, como ya había sancionado a nivel eclesiástico el Papa Clemente VIII3. El marqués dio la razón al obispo en lo que se refería a la celebración en días festivos (lo que suponía un problema de “competencia” en la dedicación de los fieles), pero le advirtió sobre evitar la prohibición absoluta «porque causaría gran nove dad a los naturales». Desde aquel momento, la corrida se trasla dó al día siguiente al festivo. Los festejos se continuaron celebrando de la misma forma durante los dos siglos siguientes. Todo ello se desarro llaba en la Plaza Mayor, la misma en la que también se produ jeron sucesos relevantes relacionados con el catalanismo. Por ejemplo, la ejecución pública de uno de los firmantes del pacto de los vigatanos antes citado, Francesc Macià i Ambert, cono cido como Bac de Roda. Finalmente, las tradicionales plazas de toros provisionales derivaron por primera vez en Cataluña en una instalación fija en Barcelona, en la plaza de la Barceloneta, llamada “El Torín”. Esta iniciativa fue copiada por Olot en 1859 y por Vic en 18604. Se construyó así una primera plaza estable a las afueras de la 2Molist (2018). 3VVAA. (1916). 4Molist (2018). Juan Carlos Rodríguez Esteban 68 ciudad, en el lado derecho de la carretera a Barcelona, justo des pués del puente sobre el río Méder. El hecho se producía como consecuencia de un número de habitantes de Vic creciente, que en 1860 era ya de 13.000 perso nas. La primera plaza de toros estable de la ciudad se inauguró de hecho antes de estar acabada, lo que da idea de la gran demanda que generaban los festejos taurinos en aquel momento. La plaza era de tercera, pero tenía un aforo de 6.000 personas, y las corri das, en cualquier caso, seguían celebrándose también en la Plaza Mayor, donde se habilitaba un aforo similar. Este último escena rio conservaba su carácter popular, tradicional y gratuito (con par ticipación parcial de los espectadores), mientras que la nueva plaza, más asociada a un interés empresarial, implicaba el obvio pago de entradas, aunque a precios asequibles (cuatro reales), y estaba destinada al lucimiento de figuras consolidadas del toreo. La plaza estable padecería uno de sus primeros problemas serios en 1863, con motivo de las graves inundaciones que pro vocó el rio Méder, contiguo al edificio, que la inundó de forma considerable. Una vez recuperada del incidente, se dio en ella, en 1867, la actuación de importantes figuras del momento: Manuel Pérez, el aragonés Relojero y especialmente el ídolo catalán Pedro Aixelà, Peroy, que había tomado la alternativa tres años antes en el Torín de Barcelona5. Dos años más tarde se anunciaban en el periódico El Porvenir «vacas navarras de muerte»lidiadas por el diestro Frontela, pero el coso se utilizaba para otros espectáculos, como el de un circo ecuestre una semana después. La iglesia seguía siendo muy contraria a estos festejos taurinos y así lo expresaba en el semanario La Veu de Montserrat el célebre canónigo viga tano Jaume Collell. Es significativo lo que dicho religioso afir maba en sus escritos: «cuando yo era pequeño en fiestas 5Molist (2019a). Vic. Toros en la cuna del catalinismo 69 prácticamente no se hablaba de otra cosa que de toros»y tam bién describía con detalle cómo se había pasado de toreros loca les a otros importados: «No sé si ha existido Marrana, pero no han faltado celebridades toreras del país, como Carassu y Titanou, diferentes a los toreros de invierno que ahora vienen a dar un carácter híbrido y estrafalario a la fiesta»6. En 1867 se celebraron cuatro corridas en la plaza estable (una de ellas, concurso de recortes, sin muerte) y dos en la Plaza Mayor. Los toros se transportaban en tren hasta Granollers, y desde allí hasta Vic en carro, puesto que la línea férrea aún no llegaba a la ciudad. En cuanto a los festejos en la Plaza Mayor, hay noticias de como, por ejemplo en 1870, entre los prohombres de la ciudad, se nombraban procuradores de fiestas que se cuidaban de pagarlas y organizarlas. Para conseguir el ganado iban a Navarra a la gana dería de Espoz y Mina, “Carriquiri”. Adquirían vacas pequeñas pero ligeras, que saltaban la barrera con facilidad y que esperaban en una finca a las afueras de Vic hasta el día posterior a San Miguel, que era el de la primera corrida. Los palcos en la Plaza Mayor eran propiedad de las sociedades que los encargaban: “El Círculo Literario”, “El Casino de Vic”, “La Comercial”, “El Centro Tradicionalista”, rodeados de gradas para el público en general. Había tres días de corrida: el de después de San Miguel, el domingo siguiente y a los 8 días, la corrida de los segadores, que acababan su trabajo en la comarca. Además del toreo, se prac ticaban también el salto de la garrocha o el juego del canasto (dejarse coger con la sola protección de un cesto)7. Pero, tras los alzamientos de finales de la década de 1860 la presión carlista se notaba en todos los ámbitos. Un artículo de La Patria del 9 de julio 1870, lo expresaba de forma indirecta 6Casanovas (1987). 7Pratdesaba (1965: 8687). Juan Carlos Rodríguez Esteban 70 en la siguiente noticia: «Por fin se han vencido las dificultades que había para dar algunas corridas en nuestra plaza, ocasiona das principalmente por la falta de recursos y por el poco humor que había para facilitarlos». Posteriormente, la tercera guerra carlista acabó con la primera plaza estable de Vic. Fue desman telada en 1874 para la reconstrucción de la muralla exterior de la ciudad, con fines defensivos. Paradójicamente, acabada la con tienda el muro se volvió a derribar para crear zonas de cultivo, necesarias en la postguerra8. No obstante, la afición no decayó. Como consecuencia, en los años posteriores se multiplicaron los escenarios “urbanos” para los festejos para compensar la pérdida de la plaza estable. Además de en la majestuosa Plaza Mayor, se instalaba una plaza provisional en un solar de la calle Morgades. También hay cons tancia de otras en el barrio del Remei o en la Rambla del Carme. Un hecho habitual era que el público pidiera “más vacas de gra cia” y que los espectáculos acabasen después de la puesta de sol. Los eventos en la Plaza Mayor, recuperado un mayor pro tagonismo, aumentaban su presupuesto de manera considerable, como se puede apreciar en la imagen de la página siguiente de 1882 (Fig. n.º 5). Llama la atención el modesto coste de los toreros, compara do con el de los toros, pero hay que tener en cuenta que se trataba de «toreros venidos de otras tierras encargados de estoquear las reses. Se veían obligados a viajar con “billete de tope” (subidos al tope del vagón, en el tren que ya llegaba hasta Vic) y eran la admi ración de las mocitas con los flamantes ternos que lucían»9. El reclamo para el anuncio de las citadas fiestas era un corto poema, que citaba al mítico torero Marrana, del que habla ba el canónigo Collell: 8Molist (2019b). 9“Vic y su fiesta de toros” Programa de fiestas, 1951, pág. 47. Vic. Toros en la cuna del catalinismo 71 «La crónica vigatana está escrita con sangre de toro e incluye hechos notables del gran torero Marrana». En cualquier caso, la mejor y más detallada descripción de uno de estos festejos celebrados en la Plaza Mayor de Vic, en 10 Rusiñol (1889: 1). Fig. n.º 5. Presupuesto de la corrida de 1882 en Vic. Todas las imágenes de este artículo han sido facilitadas por el autor del mismo. este caso en julio de 1889, nos la proporciona Santiago Rusiñol en una de sus crónicas del viaje en carro que realizó ese año junto a Ramón Casas10. El vocabulario, muy especializado (aun Juan Carlos Rodríguez Esteban 72 que aderezado con la ironía habitual del artista) denota la afición de ambos al mundo taurino, ya descrita en un artículo anterior11. «[…] la animación aumentaba y esta fue completa al llegar a la Plaza Mayor donde el mercado estaba establecido con motivo de San Miguel de los Santos. En el seno de la misma Plaza se daba la última mano a otra provisional de toros y todo el mundo trabajaba en la obra nacional del nacional espectáculo. A él acu dimos al día siguiente y los dos que siguieron dejando el carro formando en las filas de los innumerables que estaban con los brazos en el suelo y el toldo inclinado en cortesana reverencia. Al empezar la corrida, el aspecto de la plaza era brillante y el del cielo imponente. La gente abajo con pañuelos blancos y ros tros alegres, las nubes arriba con colores negros y presagios tris tes. Pudieron más las nubes que los hombres y la lluvia sin distinción de Sol ni Sombra, echó del redondel al público, a la cuadrilla y a las vacas. Salieron estas al día siguiente, después del saludo de ordenanza de Morulla12, que vestía verde suave con oro de la misma sua vidad y temperamento. La primera del rebaño era corniapretada y dio mucho juego. Los chicos (y grandes) la capearon en todas direcciones, dieron toda clase de pases, combinaron algunas verónicas en pareja y reali zaron unos quites bien ensayados. Uno de los de a pie, que ves tía verde y azul, echó una larga (sin desgracia personal) largándose él, al mismo tiempo, no por el miedo que infunde la vaca, y que yo respeto, sino porque tocaron a banderillas. Estas eran lujosas, de papel fino y buena marca. Se las enseña ron a la bicha largo rato con los brazos al aire levantándose sobre la punta de los pies y viendo que la fiera –de algún modo 11 Rodríguez (2022: 1152). 12 Se refiere al novillero catalán Juan Borrell, Murulla, muy popular en Barcelona a finales del siglo XIX. Vic. Toros en la cuna del catalinismo 73 la he de llamar– no quería ni siquiera echarlas una ojeada, deci dieron colocárselas donde pudieran a la mejor ocasión que se presentase. Así lo hicieron. La vaca era buen blanco (o buena rubia) si bien algo peligroso y en su superficie fueron plantándolas con méto do y moderación, empezando por clavarle una sola para irla acostumbrando a este tormento involuntario de cuya incomodi dad se comió la protagonista media capa, que encontró en las arenas abandonada por su dueño en un momento de ofuscación irreflexiva. Pero la hora de su muerte había sonado. Tocaron a ella y se ade lantó el jefe de la copla, espada en mano, a decir algo al presi dente. Este no le contestó, e hizo bien, y el del arma se fue en busca de la fiera, que la encontró un poco más arriba en actitud de pacer, soñando quizás en los verdes prados de su pueblo. Le enseñó la bandera que llevaba y la vaca la embistió como a insignia extranjera. Dio el otro dos pases naturales y uno sobre natural y juntando los pies y adelantando el pecho, indicole una estocada que sin duda hubiera acabado con la vida de la pobre víctima, a no haber tenido tan complicado armazón de huesos en el paraje donde fue a dar el arma del contrincante. Sin embargo, todo tiene su fin en el mundo y la susodicha vaca lo tuvo con otro pasamano seguido de un correpié apuntado en lugar de menos enredada anatomía, con empujón final que le dieron algunos curiosos que presenciaban el acto de cerca, exponiendo sus haciendas, vidas y derechos individuales. La segunda dama, como la primera, pasó por todos los trámites de la agonía y la muerte; legó una oreja al diestro y tuvo un fin siniestro y trágico por más señas. La estocada que le correspon día de derecho le fue clavada con tal acierto y en sitio tan a pro pósito y libre de dificultades que entrando por el cuello de la res vacuna y atravesando Dios sabe qué regiones y distritos de aquel miserable cuerpo, fue a salirle un palmo por debajo del Juan Carlos Rodríguez Esteban 80 Como conclusión puede afirmarse que los toros, profun damente arraigados en la comarca de Osona durante más de tres siglos, y que habían pasado en múltiples generaciones de padres a hijos como afición popular destacada, desaparecieron de Vic en la década de los sesenta, precisamente en el momento de mayor inmigración española. Fueron claves para ello factores económicos y la legislación surgida a finales de los ochenta, que no permitía la construcción de nuevos cosos (ya no hubiera podido volverse a reproducir la situación de iniciativa empresa rial en la que nació la plaza en 1916). Ambas circunstancias con solidaron dicha desaparición en una sociedad que se decantaba hacia otras actividades lúdicas, principalmente los deportes y especialmente el fútbol. Un giro cultural que se había ido fra guando en toda Cataluña desde primeros del pasado siglo, sur gido en aquel momento a través de la rama cultural de la Lliga: el Noucentisme. Vic. Toros en la cuna del catalinismo 81 BIBLIOGRAFÍA Carballa, Noa María (2016): “Un recorrido por la fiesta de toros en Cataluña. Origen y evolución”, Revista de Estudios Taurinos, nº 39, Real Maestranza de Caballería de Sevilla, Fundación de Estudios Taurinos, pág. 69102. Casanovas, Josep (1987): “El ocio de las clases populares viga tanas a finales del siglo XIX”, Universidad de Barcelona. J.C. (1956): “La plaza de toros de Vic” Revista Vic, Ayuntamiento de Vic, pág.128. 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