Acerca de la conciencia obrera y del cambio social: retóricas revolucionarias en Lieja y Sevilla durante el tránsito de los siglos XIX y XX
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1 ACERCA DE LA CONCIENCIA OBRERA Y DEL CAMBIO SOCIAL: RETÓRICAS REVOLUCIONARIAS EN LIEJA Y SEVILLA DURANTE EL TRÁNSITO DE LOS SIGLOS XIX Y XX. Custodio Velasco Mesa 1. INTRODUCCIÓN. “Hoy, en todos sitios y con el mismo grado, se revela un mal que habrá de continuar y que reside esencialmente en una nueva concepción que la clase trabajadora se hace de sus derechos y deberes”1. Con estas palabras resumía en 1886 Henri Francotte, presidente del Círculo Católico de Lieja, su inquietud ante la generalización de agitaciones obreras en Europa; generalización sintomática no ya de una crisis de consenso y de organización social sino también de una evolución de la conciencia obrera que, por lo demás, conducía -así se sostenía- a la destrucción de la civilización. El temor remitía a una observación: la repetición de ciertos acontecimientos insólitos que los hombres de orden no dudaron en inscribir en el deterioro de las conductas tradicionales asimiladas a la moral. Un grupo de mineros franceses acababa de defenestrar, en enero de 1886, al ingeniero Watrim en Décazeville2; pocas semanas más tarde, en Londres, donde una manifestación convocada por la “Social Democratic Federation reunió cerca de 10.000 desocupados según la prensa, se rompieron ventanas de clubes conservadores y se atacaron tiendas de los barrios burgueses3; y en marzo, sólo días antes de que H. Francotte escribiera aquellas palabras, los vidrieros de Charleroi incendiaban la vivienda y la fábrica de E. Baudoux en lo que los observadores definieron como “una escena de masacre”4. Junto al fantasma de la Comuna, es el de la Internacional el que aparece tras esa simultaneidad de disturbios, alimentando en torno al colectivo obrero la imagen no ya de la barbarie humana sino también la de un “espectro rojo”, un “terror rojo” se dirá en otras ocasiones, dotado de unidad de acción y de organización contra el orden social5. 1 La Gazette de Liège. “Cercle Saint-Ambroise: Question ouvrière”; 17-18.04.1886, p. 1. 2 Los hechos se recogieron en La Gazette de Liège. “Affaire Watrim”; 15.06.1886, p. 3. La Meuse. “La grève de Decazeville”; 29.01.1886, p. 1. Sobre la huelga de mineros de Décazeville, véase PERROT, Michelle; Les ouvriers en grève, France, 1871-1890, Ed. Mouton, Paris, 1974. 3 La Meuse. “Manifestation ouvrière”; 09.02.1886, p. 1. 4 La Meuse. “Bassin de Charleroi. Incendie et pillage. L'incendie du château de la verrerie de M. E. Baudoux”; 28.03.1886, p. 1. Los actos incendiarios se extendieron por las cuencas de Mons y Charleroi: se vivieron en la fábrica de hielo de Roux y en la del industrial Sadin, pero fue el incendio de la fábrica de vidrio y la vivienda de E. Baudoux el que mayor impacto causó. Véase La Gazette de Liège: “Les désordres anarchistes. Dans le bassin de Charleroi. Quelques détails sur Roux”; 30.03.1886, p. 1, “Pillages et incendies”; 27.03.1886, p. 2; “Le centre et le bassin de Mons”; 30.03.1886, p. 2. Asimismo, PUISSANT, Jean; L'évolution du mouvement ouvrier socialiste dans le Borinage, Académie Royale de Belgique, Bruxelles, 1982, pp. 87-118 y 202-208; PECTOR, Daniel y FOURIER, Etienne; 1886. La révolte des damnés de la terre. Le soulèvement ouvrier de mars 1886 dans le pays de Liège et de Charleroi, Ed. Le Progrès, Bruxelles-Charleroi, 1986, pp. 25- 26; POTY, Francis-DELAET, Jean-Louis; Charleroi, pays verrier des origines à nos jours, Ed. P.A.C., Bruxelles, 1985, pp. 71-78. 5 Así lo destacaba el diario Le Hainaut: “Es imposible que una persona reflexiva no advierta la simultaneidad de huelgas, rebeliones o motines socialistas que estallan en este momento en toda Europa y hasta en los Estados Unidos. Esos ataques contra el orden social son el resultado evidente de una consigna general, de una organización común. Hay en ello una francmasonería
2 En la Europa del tránsito de los siglos XIX al XX la evolución de la protesta y de la acción colectiva no adoptó, sin embargo, la homogeneidad que muchos coetáneos creyeron ver. Ni la evolución de la protesta, ni la del discurso, ni la de la conciencia de los obreros que, por añadidura, revelaron una visión de sí mismos y de la “cuestión social” sustancialmente diferente a la mostrada por buena parte de la burguesía. En el marco de las mutaciones económicas y políticas del periodo, cuando la crisis de 1873 daba paso a la segunda revolución industrial y algunos Estados, presionados por la multiplicación de agitaciones obreras, empezaban a hacer concesiones a las corrientes democráticas, es posible distinguir dos casos elocuentes al respecto; dos ejemplos concretos, distanciados en el espacio y también en el tiempo, atravesados por reacciones comunes y por notables divergencias en sus recorridos. Es obligado comenzar por hacer explícita una, necesariamente concisa aquí, mención a ambos contextos6. El primero nos sitúa en Bélgica, donde en la primavera de 1886 se vivió un periodo de agitaciones obreras sin precedentes. Más de treinta trabajadores muertos, muchos más heridos y numerosos arrestos dan cuenta de la contundencia con la que se emplearon las fuerzas del orden para sofocar un conflicto que desbordó todas las previsiones del gobierno y conmocionó a la opinión pública del país. “Es nuestro año terrible” afirmaba meses después el líder socialista L. Bertrand7, reflejando sucintamente el modo en que aquellos acontecimientos quedarían gravados en la memoria colectiva. Los sucesos se iniciaron tras una manifestación celebrada en Lieja el 18 de marzo, fecha en absoluto azarosa pues ese día se cumplía el decimoquinto aniversario de la Comuna de París. Efemérides aparte, la convocatoria, realizada por grupos anarquistas y a la que acudieron según fuentes policiales unas 900 personas llegadas desde las localidades próximas de Verviers, Tilleur, Jemeppe, Flemalle-Grande o Seraing (muchas más si se da crédito a las cifras que manejaba la prensa)8, respondía al malestar obrero por el creciente desempleo y el descenso salarial que se vivía en la región desde principios de los años ochenta. Después de un primer recorrido sin disturbios y un mitin, la rotura de los cristales de una tienda desencadenó una acción colectiva que, desde ese instante, ya había escapado al control de los convocantes. Se trató de antisocial”. Le Hainaut. “Grèves et socialisme”; 16.03.1886. Sobre las expresiones “espectro rojo” y “terror rojo que recuerda las explosiones de la Comuna”, véase La Meuse. “La crise et le rachat des charbonnages”; 05.04.1886, p. 1; asimismo La Meuse; 25(?).02.1886. 6 Para un análisis más pormenorizado de los casos expuestos a continuación, véase VELASCO MESA, Custodio; Los nombres de la “cuestión social”. Discurso y agitaciones obreras: Lieja y Sevilla en el tránsito de los siglos XIX y XX, Ed. Diputación de Sevilla, Sevilla, 2003. 7 BERTRAND, Louis; La Belgique en 1886, Ed. J. Maheu, Bruxelles, 1886, p. 1. 8 Véase Archives de la Ville de Liège. Bureau de police, Ordre public, 19 mars 1886. Informe del comisario en jefe Mignon. La prensa habla, sin embargo, de miles de asistentes. Véase La Meuse. “Manifestation anarchiste à Liège. Graves désordres”; 19.03.1886, p. 1.
3 un movimiento espontáneo que evocaba a las “jacqueries” como los propios coetáneos llegaron a destacar9; un movimiento de carácter defensivo, contundente, incisivo, sin dirección precisa; la liberación de tensiones latentes o la explosión de una cólera popular que en los días sucesivos propagó huelgas por todo el cinturón industrial Sambre-Mosa y, a largo plazo, precipitó una sustancial reubicación ideológica y política tanto en los grupos de poder como en los medios obreros. En el seno de los círculos católicos y liberales se consumaron divisiones ya subyacentes, perfilándose la democracia cristiana frente al catolicismo conservador y el ala progresista frente al Partido Liberal. Por añadidura, el conflicto obligó al Estado a intervenir, a legislar, en materia social y laboral siguiendo la línea iniciada en la Alemania de Bismarck. Pero el proceso alcanzó también al entorno obrero, donde se apreció el despegue de un socialismo que acababa de agruparse en 1885 con la fundación del POB (Partido Obrero Belga) y bajo una reivindicación emblemática: el sufragio universal. En otro lugar del paisaje industrial europeo, en Sevilla, los obreros protagonizaron en 1901 dos grandes movilizaciones que asimismo pusieron en pie de guerra a la ciudad. La primera, llevada a cabo por los metalúrgicos y prolongada entre los meses de abril y julio, se inició en demanda de un aumento salarial del 10% y de la reducción de la jornada laboral a las 8’30 horas10, aunque pronto se puso de manifiesto un problema de fondo: la negativa patronal a reconocer el derecho del colectivo obrero a ser representados por la Sociedad del Hierro y Metales. Patronos y autoridades políticas locales veían en ello un peligro. De hecho, se trataba de la asociación más poderosa de cuantas coordinaba la FOS (Federación Obrera Sevillana): plataforma de contornos anarcosindicalistas que en abril de 1901, pocos meses después de su creación, había conseguido reunir a cerca de 6.000 afiliados tras una activa campaña de difusión de las ideas de asociación, apoliticismo y solidaridad al objeto de articular la acción de las distintas sociedades gremiales en una organización sindical obrera11. Ese primer conflicto, caracterizado por el escrupuloso respeto a las vías de acción legal y por el seguimiento de las consignas de moderación que propugnaba la FOS, terminó con un fracaso para las aspiraciones de los herreros. Tras casi tres meses de resistencia obrera, el 9 La Gazette de Liège. “Cercle Saint-Ambroise: Question ouvrière”; 17-18.04.1886, p. 1. Un análisis acerca de las similitudes al respecto en PECTOR, Daniel-FOURIER, Etienne; 1886. La révolte des damnés de la terre. Le soulèvement ouvrier de mars 1886 dans le pays de Liège et de Charleroi, Ed. Le Progrès, Bruxelles-Charleroi, 1986, pp. 4 y ss. Asimismo, FRANK, Joseph; “Une `jacquerie industrielle' vue comme action para-politique: l'insurrection belge de 1886”, en Revue de l'Institut de sociologie, Université Libre de Bruxelles, Bruxelles, 1975. 10 Véase las bases y tarifas propuestas por la “Asociación de Trabajadores en Hierro y Metales”. Archivo de Capitanía General (2ª Región Militar; 2ª División Orgánica; 2ª Sección; 4ª División de Campaña). Orden Público 1898-1902, leg. nº 7, exp. nº 10. 11 En septiembre de 1901 la cifra de afiliados aumentaría a más de 7.000 con la firma del Pacto de Unión Solidaria Libre. GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, Ángeles; Utopía y realidad. Anarquismo, anarcosindicalismo y organizaciones obreras. Sevilla, 1900-1923, Diputación Provincial de Sevilla, Sevilla, 1996, pp. 72 y 79.
4 gobernador civil, A. Madrid Dávila, acabó por clausurar la sede de la sociedad de Herreros el 30 de junio. Aquella decisión, criticada por la prensa obrera y burguesa en términos de “provocación” y denunciada en las Cortes como un deliberado atentado contra la ley de asociaciones vigente12, arrojó a los obreros a la calle y elevó la tensión de un conflicto que hasta entonces se había desarrollado pacíficamente. Días más tarde, a partir del 8 de julio, la violencia adoptó formas más contundentes: disturbios, declaración del Estado de Guerra y una represión que se saldó con la muerte de 8 obreros y múltiples detenidos. Ese balance, sin embargo, no mermó el entusiasmo obrero. El fracaso que para los metalúrgicos supuso una huelga conducida por cauces de moderación generó una entusiasta reflexión acerca de las vías de acción colectiva. En ese debate se redefinieron las posiciones de anarco-colectivistas y anarco-comunistas al tiempo que, ante la ineficacia mostrada por la táctica de moderación y legalidad, el movimiento obrero sevillano se fue orientando hacia la idea de huelga general, de una protesta revolucionaria que acometiera la emancipación obrera. Los meses siguientes a la huelga de herreros y ese debate constituyeron, de hecho, la antesala del segundo de los grandes conflictos que protagonizaron los obreros sevillanos en 1901 y de una de las primeras manifestaciones del sindicalismo revolucionario en España13: la huelga general interprofesional de octubre, la primera de estas características en la ciudad, precediendo la que tuvo lugar en Barcelona en febrero de 1902. Fue el cierre patronal de la fábrica de cerámica de “La Cartuja”, llevado a cabo el 6 de octubre de 1901 por la negativa de los accionistas a aceptar a la “Sociedad de Cartujanos” como representante del colectivo obrero, el detonante de ese paro general en solidaridad con los ceramistas afectados. Secundada masivamente, en especial los días 14 y 15 de octubre, la huelga acabó sin embargo con una nueva declaración de Estado de Guerra y la represión contra el conjunto de sociedades obreras y de sus integrantes, marcando el inicio de una fase de radicalización de la actitud intransigente de la patronal y represiva de las autoridades frente al movimiento obrero. Ante los casos expuestos se impone una observación inmediata: del mismo modo que la lectura de los medios conservadores acerca de la “cuestión social”, reduciendo la protesta a la confluencia de inmoralidad e ignorancia y presentando el cuadro de una clase obrera brutalizada y carente de toda traba civilizada, no debe agotar el análisis de un fenómeno más complejo, la elemental comunidad de reacción de los obreros belgas y españoles no debe enmascarar las 12 Véase El Liberal. “En pro de la solución”; 04.07.1901, p. 1. Noticiero Obrero. “La solución de las huelgas”; 09.06.1901, p. 2. Las protestas más airadas en las cortes fueron las de Rodríguez de la Borbolla. Véase El Liberal. “Los sucesos de Sevilla en las Cortes”; 11.07.1901, p. 2. El Porvenir. “Las cuestiones de Sevilla en el Congreso”; 14.07.1901, p. 1. 13 VELASCO MESA, Custodio; “Un precedente del sindicalismo revolucionario en España: la huelga general revolucionaria en el discurso de los obreros sevillanos de 1901”, en Actas de las VII Jornadas de Archivos y Bibliotecas, Guadalajara, 2005. [En prensa].
5 distinciones en la manera de pensar, de sentir y de actuar de ambos colectivos. Esa observación constituye, a decir verdad, el punto de partida del presente análisis: una exploración comparada del modo en que los obreros de aquí y de allá entendieron el controvertido mundo que les rodeaba y articularon el discurso revolucionario. Combinación, por tanto, del análisis del discurso y del análisis comparado, el enfoque propuesto conecta con dos grandes debates historiográficos sobre los que conviene establecer precisiones. La primera de las dos exigencias fundamentales de este estudio, examinar la lógica del discurso y de las actitudes obreras, conecta con la cuestión en torno a la conciencia de los actores sociales, aspecto sobre el que ha sido decisiva la obra de E. P. Thompson, su concepto de autonomía cultural obrera y su interés por escribir sobre las masas al margen de la historia política e institucional desde un eclecticismo metodológico que evitara la prioridad interpretativa de lo económico sobre lo mental o ideológico14. Análisis del discurso al objeto de sondear la conciencia de los individuos, no se suscriben aquí completamente, sin embargo, las premisas del llamado “giro lingüístico”15. A este respecto más bien se mantiene, parafraseando a W. Sewell, que negar la prioridad teórica de la economía o la política en el análisis de los fenómenos sociales no debe significar que los factores económicos y políticos sean subsidiarios en la interpretación histórica, sino que tales factores se traten al mismo nivel que los demás aspectos de la experiencia de los individuos16. Por otro lado, la segunda exigencia presente en estas páginas, comparar realidades sociales diferentes, enlaza con un debate surgido del esfuerzo por identificar reglas que expliquen el comportamiento colectivo: el debate acerca de la lógica del cambio social, incluyendo la polémica sobre su carácter 14 Véase THOMPSON, Edward P.; “Folclore, antropología e historia social”, en Historia Social, nº 13, Ed. Instituto de Historia Social, Valencia, 1989, pp. 81-102; asimismo, THOMPSON, Edward P.; Tradición, revuelta y conciencia de clase, Ed. Crítica, Barcelona, 1979, pp. 62-134. 15 Como reacción contra la idea de que la sociedad refleja la cultura, el “giro lingüístico” ha llevado en ocasiones al extremo contrario, a considerar que no existe una realidad social fuera o anterior al lenguaje. Los estudios de G. Stedman Jones sobre los lenguajes de clases son un exponente claro de ese principio radical y, desde hace unos años, han sido objeto de una dilatada controversia. Véase STEDMAN JONES, Gareth; Lenguajes de clase. Estudios sobre la historia de la clase obrera inglesa, Ed. Siglo XXI, Madrid, 1989, pp. 7 y ss. Sobre la controversia en cuestión, véase SCOTT, Joan; “Sobre el lenguaje, el género y la historia de la clase obrera”, en Historia Social, nº 4, Ed. Instituto de Historia Social, Valencia, 1989, pp. 81- 98. PALMER, Bryan; “Respuesta a Joan Scott”, en Historia Social, nº 4, Ed. Instituto de Historia Social, Valencia, 1989, pp. 99-110. STANSELL, Christine; “Respuesta a Joan Scott”, en Historia Social, nº 4, Ed. Instituto de Historia Social, Valencia, 1989, pp. 111-118. RABINBACH, Anson; “Racionalismo y utopía como lenguajes de la naturaleza: una nota”, en Historia Social, nº 4, Ed. Instituto de Historia Social, Valencia, 1989, pp. 119-126. SCOTT, Joan; “Una respuesta a las críticas”, en Historia Social, nº 4, Ed. Instituto de Historia Social, Valencia, 1989, pp. 127-135. 16 Véase SEWELL, William; Trabajo y revolución en Francia. El lenguaje del movimiento obrero desde el Antiguo Régimen hasta 1848, Taurus, Madrid, 1992, p. 31. R. Chartier lo ha expresado con otras palabras al señalar que el desafío consiste en enlazar la construcción discursiva de lo social y la construcción social de los discursos. CHARTIER, Roger; “De la historia social de la cultura a la historia cultural de lo social”, en Historia Social, nº 17, Ed. Instituto de Historia Social, Valencia, 1993, p. 103.
6 general, coherente y explicable en bloque, la teoría de los estadios o las pautas de los procesos de diferenciación y de control en palabras de Ch. Tilly17. Con todo y partiendo de una investigación histórica concreta, se busca aquí implícitamente sugerir ideas dentro de controversias teóricas en las que los historiadores han intervenido de modo desigual, si se tiene en cuenta que, generalmente, han privilegiado el estudio de los aspectos económicos, sociales o políticos que han jugado un papel en la evolución de la clase obrera, frente al análisis de la “experiencia ideológica” de los trabajadores o frente a la elaboración de estudios comparados desde los que, más allá de las aportaciones de ámbito local, se lleven a cabo síntesis explicativas18. 2. MODALIDADES DE INDUSTRIALIZACIÓN. Cuando estallan las agitaciones obreras de 1886 y 1901 en los casos belga y español respectivamente, la economía de esas regiones se hallaba en una fase de profundas transformaciones. En realidad, tales acontecimientos se inscriben en los efectos de la crisis internacional de superproducción del último tercio del siglo XIX; una depresión a la que se respondió mediante la adopción de prácticas proteccionistas al tiempo que se reorganizaba la producción en la línea de la mecanización y concentración de mano de obra y capitales. Ese esquema, sin embargo, no se aplica por igual a los casos aquí comparados. Y es que, si las trayectorias económicas que hasta entonces habían definido los contextos de Lieja y Sevilla eran diferentes, otro tanto cabe decir respecto a las reacciones estatales y patronales que se advierten en ambas geografías ante la crisis. Lieja se inscribía en el eje Sambre y Mosa: la región continental que más tempranamente aceptó la industrialización de Gran Bretaña y la que siguió una transformación más próxima a ese modelo19. Contando con las ventajas comparativas que le proporcionaban tanto su riqueza en recursos minerales como su proximidad geográfica a las áreas europeas de economía más pujante, en esa región se desarrolló una destacada actividad protoindustrial que generó, desde fines del siglo XVIII, la acumulación de capitales necesaria para financiar la industrialización. Ya en el curso de la Edad Moderna y diversificándose 17 Véase TILLY, Charles; Grandes estructuras, procesos amplios, comparaciones enormes, Ed. Alianza, Madrid, 1991, pp. 33- 80. 18 Diferentes investigadores vienen advirtiendo en los últimos años carencias a este respecto en la historiografía española. Véase FORCADELL ÁLVAREZ, Carlos; “La fragmentación espacial en la historiografía contemporánea: la historia regional/local y el temor a la síntesis”, en Studia Histórica, nº 13-14, Ed. Universidad de Salamanca, Salamanca, 1995-96, pp. 14 y ss. ÁLVAREZ JUNCO, José y JULIÁ, Santos; “Tendencias actuales y perspectivas de investigación en Historia Contemporánea”, en AA.VV.; Tendencias en historia. Encuentro en la UIMP, CSIC, Madrid, 1988. 19 Véase POLLARD, Sidney; La conquista pacífica. La industrialización de Europa, 1760-1970, Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 1991, p. 114. Véase, asimismo, DHONT, Jan; BRUWIER, Marinette; “La revolución industrial en los Países Bajos, 1700-1914” en CIPOLLA, Carlo; Historia económica de Europa. El nacimiento de las sociedades industriales (2), t. 4 (2), Ed. Ariel, Barcelona 1982, p. 341.
7 especialmente en los siglos XVII y XVIII, esas actividades formaron parte importante de su paisaje urbano y rural, no sólo mediante la multiplicación de industrias rurales a domicilio que daban trabajo a un número creciente de brazos, sino sobre todo a través de las industrias de más larga tradición en la zona y que a la postre resultarían más decisivas en el desarrollo económico del siglo XIX: las ligadas al carbón y al hierro20. La mayoría de esas empresas no agrupaban a más de unas decenas de trabajadores a mediados del siglo XVIII y los obreros continuaban alternando el trabajo industrial con el agrícola, pero el movimiento de concentración de mano de obra y de capitales estaba ya prefigurado y actuaría como acicate para la posterior incorporación de innovaciones tecnológicas21. Junto a esa base de expansión protoindustrial, el crecimiento sostenido de la población durante el siglo XIX así como la liberalización económica tras la Revolución francesa y el estímulo a la concentración financiera de la corona holandesa y del Estado belga desde 183022, hicieron el resto para que la región constituyera a mediados del siglo XIX una de las áreas europeas de mayor desarrollo económico. De hecho, por la progresión experimentada en la zona entre 1850 y 1873, Bélgica llegó a ocupar el segundo puesto, tras el pionero caso británico, dentro del escalafón industrial europeo23. La evolución del caso belga hasta mediados del siglo XIX contrasta enormemente con la de Sevilla que, pese a la posibilidad ofrecida por el mercado americano para desarrollar una actividad protoindustrial, no consiguió erigirse como lugar de asentamiento de focos 20 Véase LEBRUN, Pierre; L'industrie de la laine à Verviers pendant le XVIIIè et le début du XIXè siècle, Ed. Faculté de Philosophie et Lettres de l’Université de Liège, Liège, 1948, pp. 81, 130-138 y 135; POLLARD, Sidney; La conquista pacífica. La industrialización de Europa, 1760-1970, Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 1991, p. 114; HANSOTTE, George; “Pays de fer et de houille”, en AA.VV.; La Wallonie, le pays et les hommes, t. I, Ed. La Renaissance du Livre, Bruxelles, 1975, pp. 269-294; HASQUIN, Hervé; “Déjà puissance industrielle (1740-1830)”, en AA.VV.; La Wallonie, le pays et les hommes, t. I, Ed. La Renaissance du Livre, Bruxelles, 1975, pp. 313-349. Sobre la evolución de la industria del hierro DHONT, Jan; BRUWIER, Marinette; “La revolución industrial en los Países Bajos, 1700-1914” en CIPOLLA, Carlo; Historia económica de Europa. El nacimiento de las sociedades industriales, Barcelona, t. 4 (2), 1982, p. 350. 21 Véase LEBOUTTE, René; “A propos de la condition ouvrière en Wallonie, fin 18è-19è siècles”, en AA.VV.; 1886. La Wallonie née de la grève?, Ed. Labor, Bruxelles, 1990, p. 11; GAIER, Claude; “L'évolution de l'industrie armurière en Belgique”, en Revue universelle des Mines, nº 2, 1971 y, del mismo autor, Quatre siècles d'armurerie liégeoise, Liège, 1976; FRAINKIN, Joseph; L'industrie armurière liégeoise et le Banc d'épreuves des armes à feu de Liège, Liège, 1940, pp. 48-52; BONDAS, Joseph, Histoire anecdotique du mouvement ouvrier au pays de Liège, Ed. Syndicales, Liège, 1955, pp. 131 y ss. 22 Sobre estos aspectos, véase DAMAS, Henriette; “Le mouvement de la population belge”, en Population et famille, nº 2, Bruxelles, 1963; GENICOT, Léopold (Dir.); Histoire de la Wallonie, Privat Editions Universitaires, Toulouse, 1973, pp. 369-370; MITCHELL, Brian Redman, “Apéndice estadístico, 1700-1914”, en CIPOLLA, Carlo (Ed.); Historia económica de Europa. El nacimiento de las sociedades industriales, Ariel, Barcelona, t. 4, pp. 388-461; LEBRUN, Pierre; “L'industrialisation en Belgique au XIXè siècle”, en LÉON, Pierre; CROUZET, François, GASCON, Richard; L'industrialisation en Europe au XIXè siècle, Paris, 1972, pp. 141-186; DHONT, Jan; BRUWIER, Marinette; “La revolución industrial en los Países Bajos, 1700-1914” en CIPOLLA, Carlo; Historia económica de Europa. El nacimiento de las sociedades industriales (2), Barcelona 1982, t. 4, p. 358; LEBRUN, Pierre; “La Revolución Industrial belga: un análisis en términos de estructura genética”, en AA.VV.; La revolución industrial, Crítica, Barcelona, 1988, p. 101. 23 Véase CHLEPNER, Ben Serge; Cent ans d'histoire sociale en Belgique, Université de Bruxelles, Bruxelles, 1972, pp. 47-48. MITCHELL, Brian Redman; “Apéndice estadístico, 1700-1914”, en CIPOLLA, Carlo (ed.); Historia económica de Europa. El nacimiento de las sociedades industriales, Ariel, Barcelona, 1981, t. 4, II, cuadros 2 y 4 de industria, pp. 388-469; POLLARD, Sidney; La conquista pacífica. La industrialización de Europa, 1760-1970, Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 1991, p. 120; BAIROCH, Paul; Commerce extérieur et développement économique de l'Europe au XIXè siècle, Ed. Mouton, Paris, 1976, pp. 171 y 270-273.
8 productivos importantes en la antesala del siglo XIX. A ello contribuyó la crisis demográfica andaluza del siglo XVIII que, además de suponer un inconveniente para estimular la demanda, favoreció la pervivencia de unas organizaciones gremiales que obstaculizaron cualquier proceso innovador. Por añadidura, a esta carencia en la capital andaluza de base de expansión protoindustrial coadyuvó la dicotomía que se vivía en la ciudad entre capital industrial y capital comercial ligado a las actividades indianas. Dicotomía en donde los gremios se mostraron incapaces de llevar a cabo una autofinanciación con la que abordar los cambios que exigían los nuevos modos de producción24. Con esos precedentes, la capital andaluza tuvo enormes dificultades para consolidar una industria en las primeras décadas del siglo XIX, pero ello no impidió que su economía experimentara, al igual que el caso belga, un apreciable impulso en el contexto alcista internacional de mediados del siglo XIX. La participación en esa euforia económica se observa en el florecimiento no sólo de la tradicional actividad mercantil, que venía actuando prácticamente como el único eje de la acumulación de capitales25, sino también de la industria artesanal y de enclave: un fenómeno ligado a la coyuntura internacional librecambista y a la existencia de una estructura financiera descentralizada que estimuló notablemente la inversión. Indicadores de este fenómeno alcista son el dinamismo mostrado por empresarios locales (que acometieron iniciativas más allá del horizonte eminentemente agrario)26, el número de patentes solicitadas en el segundo tercio del siglo XIX donde, en materia de industria metalúrgica y agroalimentaria, la provincia de Sevilla (junto a la de Málaga y Cádiz) llegó a mostrar cifras superiores a las del resto de España27, o la propia evolución de los sectores de producción28. 24 Sobre estos aspectos, véase BERNAL, Antonio Miguel; COLLANTES DE TERÁN, Antonio; GARCÍA BAQUERO, Antonio; “Sevilla: de los gremios a la industrialización”, en Estudios de Historia Social, nº 5-6, Instituto de Estudios Laborales y de Seguridad Social, Madrid, 1978, pp. 7-307. 25 Véase NADAL, Jordi; “Industrialización y desindustrialización del sudeste español, 1817-1913”, en PAREJO BARRANCO, Antonio y SÁNCHEZ PICÓN, Antonio (Eds.); Economía andaluza e historia industrial, Coll. Flores de Lemus, Motril, 1999, p. 86; MARTIN RODRÍGUEZ, Manuel; “Andalucía: luces y sombras de una industrialización interrumpida”, en NADAL, Jordi y CARRERAS, Albert (Coords.); Pautas regionales de la industrialización española (siglos XIX y XX), Ariel, Barcelona, 1990, p. 348; ÁLVAREZ SANTALÓ, Carlos y GARCÍA BAQUERO, Antonio; “Funcionalidad del capitalismo andaluz en vísperas de la primera industrialización”, en Revista de Estudios regionales, nº 5, 1980. 26 FLORENCIO PUNTAS, Antonio; “Iniciativas empresariales sevillanas en el sector industrial: 1860-1880”, en PAREJO BARRANCO, Antonio y SÁNCHEZ PICÓN, Antonio (Eds.); Economía andaluza e historia industrial, Coll. Flores de Lemus, Motril, 1999, pp. 337-345. 27 SÁIZ GONZÁLEZ, J. Patricio; “Patentes e innovación tecnológica en la minería y metalurgia de base andaluza, 1826-1878”, en PAREJO BARRANCO, Antonio y SÁNCHEZ PICÓN, Antonio (Eds.); Economía andaluza e historia industrial, Coll. Flores de Lemus, Motril, 1999, pp. 747-770. 28 Coincidiendo con el fin de la primera guerra carlista y el ingreso de España en el régimen liberal, la experiencia siderúrgica local, cuyos ejemplos más significativos fueron los altos hornos de El Pedroso, la fundición San Antonio de Bonaplata y los talleres metalúrgicos de Portilla Hnos. y White (creados respectivamente en 1833, 1840 y 1857), estuvo marcada por una expansión que auguraba un futuro prometedor. Véase NADAL, Jordi; “Industrialización y desindustrialización del sudeste español, 1817-1913”, en PAREJO BARRANCO, Antonio y SÁNCHEZ PICÓN, Antonio (Eds.); Economía andaluza e historia industrial, Coll. Flores de Lemus, Motril, 1999, pp. 95 y 100. Un impulso similar se advierte en las industrias del corcho, la textil y la de cerámica, sobre todo desde que aparecieran dos fábricas especialmente relevantes: La Cartuja, creada en 1841 por Charles Pickman y Rodríguez y Cía., fundada en 1859. Véase MARTIN RODRÍGUEZ, Manuel; “Andalucía: luces y sombras de una industrialización interrumpida”, en NADAL, Jordi y CARRERAS, Albert (Coords.); Pautas regionales de la industrialización
9 Dicho esto, el ciclo económico expansivo del que fueron partícipes los casos belga y español habría, no obstante, de alterarse por efecto de la depresión internacional del último tercio del siglo XIX, dibujando, a partir de entonces, distintas evoluciones que serían reveladoras del grado de consolidación de la actividad industrial en uno y otro caso. El desarrollo industrial de las cuencas del Sambre-Mosa apuntó en el curso del siglo XIX al esquema clásico, al impulso de la mecanización y a la concentración de capitales, mano de obra y centros de actividad. Junto a la reducción salarial y de mano de obra, fue precisamente la acentuación de esa tendencia a una mecanización y concentración que permitían reducir costes de producción (o, dicho de otro modo, aumentar beneficios) la modalidad seguida en Bélgica frente a la crisis económica de 187329. La reacción, especialmente visible en los sectores punteros de la economía de la zona (minería y metalurgia), consistió, así pues, en el ingreso de pleno en el tren de la incorporación de innovaciones tecnológicas y de la concentración financiera, fabril y de sociedades de explotación. Pero, si el entorno de Lieja se integraba en procesos de mecanización y concentración que permitieron seguir manteniendo el crecimiento, la economía de Sevilla adoptó una modalidad industrial con acusadas reminiscencias del primer capitalismo, una vía en la que primaban los intereses agromercantiles sobre otros propiamente industriales y en la que la actividad, pese a contar con un fuerte incremento de la mano de obra, careció de continuidad. Una modalidad, en suma, que ralentizó el impulso industrial precedente: ni el desarrollo de la industria artesanal y de enclave a mediados del siglo XIX, ni la acumulación de capitales favorecida por el florecimiento de la actividad mercantil de entonces se tradujeron en estímulo o inversiones industriales a fines de ese mismo siglo. No es sorprendente esta evolución de la economía sevillana si se tienen en cuenta las particularidades del contexto político en que esa ralentización se produjo. Me refiero a la respuesta del Estado español a la crisis internacional: el llamado “nacionalismo económico”, esto es, la aplicación de una política económica proteccionista junto a la especialización regional de la producción30. En el más amplio ámbito territorial de Andalucía se estimuló con española (siglos XIX y XX), Ariel, Barcelona, 1990, p. 351. NADAL, Jordi; “Industrialización y desindustrialización del sudeste español, 1817-1913”, en PAREJO BARRANCO, Antonio y SÁNCHEZ PICÓN, Antonio (Eds.); Economía andaluza e historia industrial, Coll. Flores de Lemus, Motril, 1999, p. 112. PAREJO BARRANCO, Antonio; Industria dispersa e industrialización en Andalucía. El textil Antequerano, 1750-1900, Universidad de Málaga, Málaga, 1987, pp. 165 y 171. 29 En este caso la crisis no se tradujo en una disminución de la producción, sino en un aumento de los equipos industriales y de la producción de hulla y de las fundiciones. Véase MITCHELL, Brian Redman; “Apéndice estadístico, 1700-1914”, en CIPOLLA, Carlo (ed.); Historia económica de Europa. El nacimiento de las sociedades industriales, Ariel, Barcelona, 1981, t. 4, II, cuadros 2 y 4 de industria, pp. 388-469. 30 La carencia de continuidad en el desarrollo industrial sevillano cabe ser interpretada en el contexto de la falta de articulación de la economía regional o en el marco de la dependencia económica de una exportación elástica, (MORILLA, José; “La teoría de la dependencia económica en el estudio del siglo XIX andaluz”, en Actas del I Congreso de Historia de Andalucía. Andalucía Contemporánea, Tomo II, El Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba, Córdoba, 1976, pp. 113-
16 con las formuladas por los obreros sevillanos y en las que destaca el sentimiento de humillación por el modo en que patronos y capataces concebían su trabajo. Esas denuncias por despidos improcedentes, por vejaciones en los talleres o por el exceso de vigilancia y de horas de trabajo, eran reveladoras de la conciencia obrera de pérdida de su control sobre el mercado y la organización del trabajo y están, de hecho, en el origen del conflicto que enfrentó a la Sociedad de Cartujanos con la patronal y en la posterior declaración de la huelga general interprofesional que paralizó Sevilla en octubre de 190148. Junto a la conciencia de la precariedad material y de la pérdida de control sobre el trabajo, la ausencia de derechos de los trabajadores, es decir, el sentimiento cruel de no contar para la organización social liberal, fue asimismo puesto de relieve especialmente en el caso belga, donde pervivió hasta 1893 un régimen censitario que no reconocía a los obreros como ciudadanos con derecho a voto. “En Bélgica (...) el obrero no es nadie”, clamaba el socialista Verheiden ante un auditorio de obreros pocos días después del 18 de marzo de 1886; y O. Wattez, por su parte, lamentaba que los derechos de los obreros se redujera al “derecho o, más bien, el deber de no ser nadie, de no ser elector”49. Es fácil advertir tras estas proclamas la reivindicación socialista del sufragio universal, pero la protesta por la carencia de derechos no sólo se elevaba en el ámbito de la voluntad prospectiva de los líderes obreros, ni era una simple cuestión de repetir frases de un repertorio familiar. La ausencia de derechos de los trabajadores en una sociedad que no les reconocía como ciudadanos era una realidad que los obreros vivieron e interpretaron en términos de indefensión y de degradación de su condición como ponen de manifiesto múltiples testimonios de obreros anónimos de diferente orientación ideológica50. Esta denuncia obrera podría ser, a priori, menos explicable en el caso sevillano de principios de siglo XX, dado que en España se había instaurado el sufragio universal a partir de 1890, después de que la Constitución de 1869 lo hubiera decretado y al inicio de la Restauración abus qui se commetent dans le payement des salaires”, en CT, t. III, pp. 117-172; WATTEZ, Omer (alias REMO); De la condition des ouvrier et des moyens de remédier leur situation, Ed. Decq et M. Nierstrasz, Liège, 1886, pp. 38-39. 48 Véase PERITO; “La Cartuja”, en El Noticiero Obrero, 07.04.1901, p. 1. Otros casos de denuncia de abusos de autoridad por parte de capataces y patronos en TAGUA, Z.; “Cosas de La Cartuja”, en El Noticiero Obrero, 18.05.1901, p. 1. El Porvenir; 09.09.1901. El Liberal; 19.10.1901; 11.10.1901 y 14.09.1902. Los términos en que dieron esas protestas son variados. Un herrero se lamentaba por la (des)consideración patronal del trabajo obrero: ya sea como robo del salario, ya sea como gesto de caridad del empresario. Véase M. H. (cerrajero); “Asociación general de Trabajadores en Hierro y Metales”, en El Noticiero Obrero, 16.04.1901, p. 2. Pero eran también frecuentes las protestas abusos de autoridad. Véase UN HERRERO; “A los herreros”, en El Noticiero Obrero; 05.04.1901, p. 1. 49 Véase La Meuse. “Le meeting du Parti Ouvrier à Bruxelles”; 26.03.1886, p. 2; WATTEZ, Omer (alias REMO); De la condition des ouvrier et des moyens de remédier leur situation, Ed. Decq et M. Nierstrasz, Liège, 1886, p. 28. 50 “No tenemos derechos y, en consecuencia, tampoco medios para defendernos” declaraba un obrero anónimo en 1893, cuando se reabría el debate acerca del sufragio (L’Express. “Les sans-travail de Gand”; 18.01.1893, p. 1). Y en este mismo sentido se pronunciaba un ebanista: “hasta ahora somos un cero a la izquierda en un país en el que todos los ciudadanos están censados y son iguales ante la ley; a decir verdad, el único derecho cívico que tenemos es el de respetar a la policía y el de endosar el uniforme”. Le Bien du Peuple. “Les idées du père Mathias”; 20.11.1892, p. 1. Llevada a su extremo, la carencia de derechos habría de ser entendida como una reducción de los obreros a una condición similar e incluso inferior a la de los animales, tal y como señalaban los eslóganes de los manifestantes del 1º de mayo de 1891. La Meuse. “Le 1er mai”; 02-03.05.1891, p. 1.
17 se hubiese nuevamente anulado51. Sin embargo, el sentimiento de marginación política de los obreros sevillanos no resulta sorprendente si se tiene en cuenta que el sistema político de la Restauración, basado en la práctica del caciquismo o en la manipulación del voto, impedía el desarrollo de una democracia real. Esta circunstancia, a decir verdad, contribuyó no sólo a que los obreros de la capital andaluza sintieran ya desde fines del siglo XIX la notoria distancia que les separaba de los gobernantes en particular y de la vida política en general, sino, más aún (y a diferencia de la línea seguida por los obreros belgas), a que, en este caso, el desafecto fuera mutuo. Junto a la represión republicana tras el levantamiento cantonal de 1873 (aún muy viva en el recuerdo de los trabajadores sevillanos), esa dinámica del sistema de la Restauración había acentuado la decepción de los obreros ante toda vía de acción política, en la que determinaban una esencial voluntad de manipulación en beneficio de intereses ajenos a los trabajadores. La opinión de un panadero es elocuente al respecto: “Las utopías no nos seducen; pasó el tiempo en que se nos alucinaba con palabras huecas y pomposas; la regeneración de la clase que en días no lejanos esperábamos de arriba, sabemos ya que no puede venir más que de abajo”52. Conscientes de ello, para los obreros sevillanos el sistema político de la Restauración, su sufragio universal, su democracia, lejos de considerarse una plataforma donde estar representados, se concebía como un medio de sumisión53. Ese desencanto habría de ser, por otra parte, uno de los factores centrales para explicar la enorme aceptación que tuvo en el colectivo obrero local el apoliticismo difundido por los medios ácratas desde el último tercio del siglo XIX. Con todo, ni la precariedad material, ni la degradación de las condiciones de trabajo, ni la carencia de derechos eran considerados fenómenos naturales en el discurso obrero, sino el resultado de la violencia y de la usurpación, tal y como los teóricos de mediados de siglo XIX destacaran traduciendo la necesidad a factores políticos, esto es, explicando la necesidad en 51 Sobre las controversias políticas de los coetáneos en torno a la paradójica coexistencia entre una ley de sufragio universal y el mantenimiento de una monarquía doctrinaria, véase CALERO AMOR, Antonio María; “Los precursores de la monarquía democrática”, en GARCÍA DELGADO, José Luis (Ed.); La España de la Restauración. Política, economía, legislación y cultura, Ed. Siglo XXI, Madrid, 1985, pp. 32-44. 52 UN PANADERO. “Adelante”, en El Noticiero Obrero, 02.04.1901, p. 1. 53 Destaco sólo una de las numerosas manifestaciones realizadas al respecto a fines del siglo XIX: “Somos acérrimos enemigos del sufragio universal o de esa pantomima que así se titula, considerándola un insulto lanzado al rostro de los trabajadores (...). Las elecciones no se hacen en los colegios electorales, sino en el Ministerio de la Gobernación, en los despachos de los gobernadores y en los gabinetes de los más influyentes de los distritos y por muchos esfuerzos que los trabajadores hagamos sólo conseguiremos gastar tiempo y dinero en balde, porque siempre seremos derrotados. Y no solamente seremos derrotados sino también burlados, o lo que es lo mismo: insultados (...). Desengáñense los trabajadores que confían en la política, que por semejante camino no se va a ninguna parte”. GARCÍA, V.; “Vuelta de hoja”, en La Tribuna Libre, 03.01.1892, pp. 1-2. La Razón Obrera retoma en 1902 el mismo planteamiento: “¿Dudáis de vuestra esclavitud cuando se os niega todo derecho a intervenir en la administración pública; qué os concede el sufragio para compraros o quitaros la voluntad, y presentarse ante el poder central de la nación, vencedores sin haber vencido? (...). En el orden político, no os dejan obrar ni aún pensar en mejoramiento alguno”. DOMÍNGUEZ, A.; “A los obreros”, en La Razón Obrera, 25.01.1902, p. 1.
18 términos políticos54. Las proclamas en favor de la justicia y de la revolución, multiplicadas en ambas geografías en mítines, eslóganes y escritos obreros de diverso tipo se explican, en parte, conforme a esa triple protesta y al sentimiento que albergaban los trabajadores de ser -insisto- víctimas de la industria y de la organización social55. Pero esas proclamas también fueron fruto de la valoración que los obreros hicieron de su papel dentro de la sociedad, el cual entraba en contradicción con su condición de individuos omitidos del reparto de la riqueza y marginados en materia política. De hecho, en la exploración que los obreros realizaron de los defectos de la sociedad, la degradación que experimentaban de su existencia se oponía de pleno a su visión de lo que debería ser una justa organización social, la basada en el trabajo. Junto al “sufrimiento” con el que se identificaban en tanto que víctimas de la organización social, precisamente el trabajo, el otro elemento central con el que se identificaban, habría de ser por tanto determinante en la legitimidad obrera de la protesta y de la reivindicación de derechos en la sociedad. En el tránsito de los siglos XIX y XX el enigma del trabajo se abordaba en todas sus vertientes por observadores de diferente orientación ideológica. El abanico de perspectivas incluía a la opinión burguesa, que lo elogiaba especialmente en el ámbito del higienismo y de la moralización, como “medicina para el cuerpo y para el alma”56; pero también comprendía al discurso de origen obrero desde el que fue elevado a la cumbre de la creatividad humana y a la condición de principio que ordenaba el equilibrio del universo. Alejado de la concepción escolástica que veía en el trabajo una maldición del hombre pecador, El Baluarte, por ejemplo, define el trabajo como “mandato ineludible del progreso”, como “ley universal que produce la vida”57. Y en una apología que iba más allá de ensalzarlo como garante de la salud o contra la holganza, desde El Noticiero Obrero se sostenía que “todo trabajo es noble, respetable, fecundo, santo pudiéramos decir si nos dejásemos arrebatar por místicas exaltaciones58. Al margen de la poesía desplegada al respecto, para los obreros el trabajo constituía el origen de toda riqueza social y, en consecuencia, no sólo era fuente de dignidad sino el eje del desenvolvimiento de la sociedad. Una valoración que hacían extensible a sí mismos en tanto que el trabajo, “la única propiedad del obrero”59, constituía uno de los ejes de su identidad. Los 54 Véase ARENT, Hannah; Sobre la revolución, Ed. Revista de Occidente, Madrid, 1967, pp. 67 y ss. 55 Lo expresaba elocuentemente O. Wattez: “el colectivo de trabajadores está cansado de su suerte, aspira al bienestar, tiene sed de justicia. No puede resignarse al papel de población sacrificada y se siente invadido por una cólera sorda”. WATTEZ, Omer (alias REMO); De la condition des ouvrier et des moyens de remédier leur situation, Ed. Decq et M. Nierstrasz, Liège, 1886, pp. 1 y ss. 56 El Progreso. “La laboriosidad”, 05.10.1900, p. 1. El Liberal. “El Trabajo”; 02.06.1901, p. 1. 57 MARTÍNEZ, Pascual; “La condición del obrero”, en El Baluarte; 19.06.1899, pp. 1-2. Sobre la transformación de la concepción escolástica del trabajo, véase MARAVALL, José Antonio; La literatura picaresca desde la historia social, Ed. Taurus, Madrid, 1986, pp. 164-195; asimismo, SERNA ALONSO, Justo; Presos y pobres en la España del siglo XIX. La determinación social de la marginación, Ed. PPU, Barcelona, 1988, pp. 45 y ss. 58 ECHEGARAY, José; “El Trabajo”, en El Noticiero Obrero, 11.06.1901, p. 1. 59 Así lo subrayaban unos operarios en una carta. Véase La Meuse. “Message ouvrier”; 01.05.1891, p. 1.
19 obreros, “los brazos” como señalaban los desocupados de Gante, los “hijos del trabajo” como exclamaba el forjador M. Vela, son los “productores, creadores del capital de los industriales”, las “nodrizas de la humanidad entera” en palabras de M. Fernández60. Contrastando enormemente con la visible degradación de su existencia, esta elevada concepción de la creatividad y de la dignidad del trabajo y de los obreros constituía el elemento central que dotaba de legitimidad a la aspiración a un mundo ordenado por el principio rector del trabajo y, por derivación, a la reivindicación obrera de derechos no reconocidos por la sociedad. Dicho sucintamente, a los obreros les parecía sencillamente inadmisible, por injusto, que, siendo los creadores de la riqueza social, fuesen, al mismo tiempo, un colectivo marcado por la precariedad, la desconsideración social o el sufrimiento. El Noticiero Obrero sintetizaba esa esencial contradicción: los obreros “son los pobres que enriquecen, los desheredados, los tristes, los esclavos de la imperante tiranía, los mártires de la burguesa explotación, los que se desprecian, los que se olvidan, los que se atropellan (...) y sin embargo, son los grandes hombres, los gigantes del trabajo, los explotadores del progreso, los únicos que producen, los que crean (...); los verdaderos salvadores de este país”61. Una constatación que se acompañaba, en otro lugar, de una pregunta azorante: “¿por qué ha de suceder así?”62. No es casual que esa contradicción se subrayarse en el cartel que convocaba a los obreros a la manifestación del 18 de marzo63: aquí y allá esa paradoja era el soporte fundamental de la protesta: si los obreros eran los creadores de la riqueza social, los que realizaban el trabajo útil para la sociedad, también eran quienes deberían constituir el “Pueblo soberano” tal y como destacaba un repartidor de diarios en El Noticiero Obrero64. Por añadidura, la presencia de un elemento, por así decirlo, inmolatorio contribuía a reforzar ese razonamiento. Los obreros del Borinage fueron elocuentes al respecto: “se nos rechazan los derechos que nuestro trabajo y nuestros sufrimientos deberían asegurarnos”65; y ello porque entendían que del sufrimiento y del 60 Véase, respectivamente, L'Express. “Les sans-travail de Gand”; 18.01.1893, p. 1; El Noticiero Obrero. “La huelga de herreros”; 17.06.1901, p. 2; FERNÁNDEZ, Manuel; “Las nodrizas y los obreros”, en El Baluarte, 14.07.1903. 61 PARTIDA GONZÁLEZ, J.; “Los obreros”, en El Noticiero Obrero, 13.04.1901, pp. 1 y 2. “Los que sufren son, sin embargo, los principales artesanos de la riqueza social” proclamaba asimismo el Comité de la Federación liejense del valle del Mosa con motivo de la convocatoria de la huelga general de 1891. La Meuse. “Autres nouvelles”; 09-10.05.1891, p. 1. 62 MORENO, B.; “Los explotados”, en El Noticiero Obrero, 04.04.1901, p. 1. 63 Destaco sólo un fragmento: “¿Continuaremos dejando a nuestras mujeres y niños sin pan cuando las tiendas están repletas de riquezas que hemos creado nosotros?”. “¿Consentiremos eternamente que la clase burguesa disfrute de todos los derechos y privilegios y rechace toda justicia y toda libertad a los que la alimentan, a la clase de los productores?”. “Nosotros pensamos que no: por eso hacemos un llamamiento a todas las víctimas de la explotación capitalista, a los muertos de hambre que el paro ha arrojado a la calle durante el duro invierno que atravesamos”. El escrito, del que se editaron 4.000 ejemplares, aparece firmado por “el grupo anarquista de Lieja”. Archives de la Ville de Liège, Bureau de police, Ordre public, manifestation socialiste, 18 mars 1886. 64 RODRÍGUEZ, Antonio (repartidor de diarios); “Quejarse de vicio”, en El Noticiero Obrero, 02.06.1901, p. 1. Véase también KARNAK, Brenn; “Vox populi, vox Dei”, en El Noticiero Obrero, 28.06.1901, p. 2. 65 Citado por ONCLINCX-GEERINCK, France; Les grèves de 1886 dans le Hainaut, Bruxelles, 1953, p. 27. Véase, asimismo, las declaraciones de la Federación liejense del POB reproducidos por La Meuse. “Autres nouvelles”; 09- 10.05.1891, p. 1.
20 trabajo emanaban una pureza y una superioridad moral que debía traducirse tanto en el reconocimiento social de los trabajadores, como en su participación en los beneficios66. A este doble reconocimiento los socialistas belgas añadirán un tercero: el de la legitimidad política, esto es, la obtención del poder67; reconocimiento reforzado por la retórica de “Pueblo”: concepto mitificado como fuente de virtudes políticas desde la Revolución francesa en la línea de la teoría que, desde la Escolástica medieval, le atribuía la transmisión de la soberanía y la calidad de Vox Dei68. Conforme a estas contradicciones observadas en el orden social, los obreros condenaron a la burguesía con el arsenal clásico del discurso del antagonismo de clases, superponiendo a la tradicional oposición entre ricos y pobres (en este caso burguesía y clase obrera), los conceptos de improductivos y productivos, egoísmo y generosidad, explotadores y explotados, tiranos y esclavos. Expresiones que para los hombres de orden suponían un contrasentido, por no hablar de una incitación a la revuelta como ocurrió en el caso belga en relación al muy difundido Catéchisme du Peuple69. El autor del panfleto en cuestión, el socialista A. Defuisseaux, hubo de someterse a juicio y a una condena de 6 meses de prisión precisamente por escribir un texto que se consideró subversivo en razón de que los términos allí empleados habían sido un aliento a la rebelión del 18 de marzo, una invitación a la violencia contra los poderes instituidos. En el proceso, que tuvo lugar en junio de 1886 y que fue seguido con extremada atención por la prensa, el presidente del tribunal no pudo dejar de interrogarle sobre un punto en particular: “¿por qué adoptó el estilo del que se sirvió?”, “¿por qué dijo que el obrero era un esclavo?”70. Tal y como la usaban obreros y líderes, la expresión “esclavo” remitía tanto a la carencia de derechos políticos como a la indefensión ante las nuevas sujeciones y excesos laborales inherentes a la ley de la oferta y la demanda. Pero más allá de sus aspectos concretos, la definición del obrero como esclavo constituye la expresión radical de una relación de poder 66 Véase al respecto las manifestaciones de un orador socialista en La Meuse; 23.02.1886, p. 1; las de E. Wagener en La Gazette de Liège. “Chronique liégeoise”; 20-21.03.1886, p. 5; asimismo, las declaraciones de L. Fontaine, minero de Herstal, ante la Comisión de Encuesta en La Meuse. “La Commission du travail à Liège”; 27.08.1886, pp. 1-2. 67 “Es necesario -sostenía J. Volders en un mitinque los sacrificados se constituyan para retomar lo que les han quitado”, es decir, lo que -así se entendíaera su derecho: el poder, expresado por E. Anseele en los siguientes términos: “La Revolución que se prepara tendrá como resultado otorgar al obrero el puesto de jefe en la fábrica, en el taller, en la mina, en la banca, en cualquier lugar donde hoy no es nadie (...), en una palabra, es necesario que tengamos la dirección suprema del trabajo nacional”. Véase, respectivamente, La Meuse. “Le meeting du parti ouvrier à Bruxelles”; 26.03.1886, p. 2. La Gazette de Liège. “Le 13 juin à Bruxelles”; 15.06.1886, p. 2. 68 Sobre la mitificación del “pueblo” como uno de los ejes fundamentales de la protesta y la cultura obrera en el proceso revolucionario, véase ALVAREZ JUNCO, José; “Cultura popular y protesta política”, en MAURICE, Jacques, MAGNIEN, Brigitte et BUSSY GENEVOIS, Danièle (Coords.); Pueblo, movimiento obrero y cultura en la España contemporánea, Presses Universitaires de Vincennes, Paris, 1990, pp. 157-168. 69 El diario Le Peuple, del 13 de marzo informa que el 8 de marzo de 1886 se habían impreso 51.000 ejemplares y que las demandas se multiplicaron desde diferentes puntos (véase Journal de Bruxelles; 21.03.1886 y L'Etoile Belge; 22.03.1886). El 19 de marzo la tirada había aumentado a 90.000 ejemplares, lo que revela su rápida difusión. Véase PUISSANT, Jean; L'évolution du mouvement socialiste dans le Borinage, Académie Royale de Belgique, Bruxelles, 1982, p. 212. 70 La Gazette de Liège. “Affaire Defuisseaux. Interrogatoire”; 05-06.06.1886, p. 1.
21 desigual entre clases; presupone la existencia de un uso y de un abuso de poder; evoca un desnivel social denunciado en este caso como antinatural. De hecho, A. Defuisseaux define la “esclavitud” del obrero, no por naturaleza, sino en razón de una convención social71; lo que de cualquier modo habría de ser percibido por los hombres de orden como un insulto, una provocación a la organización de la sociedad liberal dado que ésta, precisamente, exaltaba las reformas legales y políticas introducidas por la Revolución francesa, entre las que se encontraba la abolición de toda forma de servidumbre estamental. Esas controversias en torno a la terminología no son en absoluto anecdóticas. Y es que, detrás de esta condena a la burguesía, como más ampliamente detrás de la coherencia del discurso de la protesta, se hallaba la adaptación obrera de la retórica de la Revolución francesa. Una retórica que también formaba parte del vocabulario y de los conceptos manejados por los liberales aunque, al emplearla para justificar el orden social liberal, entraba en contradicción con las opiniones obreras. El fenómeno ya se advierte entre los obreros franceses de los años treinta y cuarenta analizados por W. Sewell72, pero a fines del siglo XIX esa adaptación se reelaboró y amplió como parte fundamental de la disidencia obrera. Y, en la medida en que se trataba de un lenguaje y de unos conceptos abiertos a una amplia especulación, también estaban sujetos a contradicciones según se contemplara desde la óptica liberal u obrera. Desde esta perspectiva adquiere coherencia el hecho de que el discurso revolucionario que desarrollaron los obreros presentara como tiranos y explotadores, no a la nobleza, sino a una burguesía que mantenía a los trabajadores bajo una nueva forma de servidumbre. Por añadidura, los obreros procedieron a reelaborar el principio enarbolado por los revolucionarios de fines del siglo XVIII (consistente en determinar la propiedad -fruto legítimo del trabajo y no de la pertenencia a un estamentocomo eje de la sociedad y requisito para el ejercicio de la ciudadanía) matizándolo, reivindicando el trabajo, en lugar de la propiedad, como fundamento del orden social. Se explican además, desde esta perspectiva, ciertas paradojas aparentes del lenguaje obrero. Si bien los trabajadores se sentían herederos de la tradición revolucionaria francesa, también la criticaban por no haber hecho más que implantar un nuevo estado de “egoísmo burgués” en perjuicio del proletariado73. Depositarios de esa tradición revolucionaria, los obreros se 71 La fórmula empleada era la siguiente: “¿Quién eres?” “Soy un esclavo”. “¿No eres un hombre?” “Para la humanidad soy un hombre, pero para la sociedad soy un esclavo”. “¿Qué es un esclavo?” “Es un ser al que sólo se le reconoce un deber, el de trabajar y sufrir por los demás”. DEFUISSEAUX, Alfred; Le Catéchisme du Peuple, Imp. Edouard Maheu, Bruxelles, 1886, “De la condition du peuple et de son esclavage”, chapitre I, 1ère leçon. 72 Véase SEWELL, William; Trabajo y revolución en Francia. El lenguaje del movimiento obrero desde el Antiguo Régimen hasta 1848, Taurus, Madrid, 1992, pp. 325-333. 73 Respecto a la conexión emblemática con la línea revolucionaria francesa y su discurso, G. Fernández escribe que el ideal ácrata es “la representación genuina de la verdadera igualdad, libertad y fraternidad”. FERNÁNDEZ, Guillermo; “Progresando”, en El Proletario, 01.05.1902, pp. 5-6. Cabe señalar que, en el caso belga, los socialistas ponían especial énfasis en la revolución de 1830 tal y como exclamaba Blanvalet en el mitin que organizaron poco después del 18 de marzo: “Somos
22 sumaban a las consignas de libertad e igualdad exaltadas en mítines y otras plataformas públicas, pero era evidente que esos obreros tenían una percepción de la libertad y la igualdad muy diferente a la que las autoridades y patronos consideraban constitutivas de la organización social liberal74. La aplicación, por otra parte, de este esquema a la retórica de “pueblo” es fácilmente identificable: al tiempo que se consideraba el trabajo (que no la propiedad) como el eje del orden social, el discurso obrero identificaba a los trabajadores como el “pueblo soberano” que debía legítimamente emanciparse frente a una burguesía que -así se entendíano era sino una nueva aristocracia. Con todo, la descomposición de este discurso pone de relieve la existencia de una moral y una racionalidad alternativas en la clase obrera. Frente a la explicación de la protesta por la confluencia de inmoralidad, ignorancia y “desbordamiento pasional”75, protagonizada por una clase obrera manipulada, brutalizada y carente de “un antemural que oponer a sus instintos perversos”76, quienes participaron en la huelga general de octubre de 1901 en Sevilla veían su conducta como un ejercicio de consciencia, dignidad y honradez ante el rechazo patronal a su derecho de asociación y ante la anulación, mediante el loock-out de La Cartuja, de su derecho al trabajo: ambos, derechos fundamentales sobre los que se construía su versión de la organización social77. Del mismo modo, donde La Meuse veía hombres “excitados por la bebida” o por “una odiosa venganza”78, los vidrieros de Charleroi justificaban su protesta (un mes antes de los actos incendiarios) en términos de reconquista del control sobre el trabajo y, en como nuestros padres de 1830, revolucionarios”. La Gazette de Liège. “Le 13 juin à Bruxelles”; 15.06.1886, p. 2. Ello no impedía la crítica al modo en que evolucionó la Revolución francesa: “Clase media y obreros hicieron juntos la Revolución francesa de 1793 sin conseguir otra cosa que el triunfo y desarrollo de la burguesía a perjuicio del proletariado”. FERNÁNDEZ, Joaquín Julio; “Unión Solidaria Libre”, en El Noticiero Obrero, 05.09.1901, p. 3. La cuestión era asimismo presentada por La Justicia Humana en la década de los ochenta: “Por destruir un poder se emancipó la humanidad del yugo de la nobleza y del clero. Levantóse otro poder y la clase media ha venido a ser la sucesora de aquella tiranía. El castillo feudal de la burguesía moderna es el capital”. La Justicia Humana. “La obra de la revolución social”, 18.04.1886, p. 4. 74 Baste citar un ejemplo: J. Volders, al mismo tiempo que alababa y reivindicaba la igualdad y la libertad, denunciaba cómo la clase obrera ha sido mantenida durante 55 años en la “esclavitud”. Es importante destacar que estas palabras fueron pronunciadas en 1886, con lo que el orador venía a indicar, desde luego no ingenuamente, que la “esclavitud” obrera estaba vinculada a la creación del Estado belga tras la revolución burguesa de 1830 y la subsiguiente instauración del régimen liberal. Véase La Gazette de Liège. “Le 13 juin”; 15.06.1886, p. 2. 75 Son palabras de Camilo M. Gullón, Presidente de la Junta de Autoridades convocada para decidir sobre el levantamiento del Estado de Guerra tras la huelga general de octubre de 1901. Archivo de Capitanía General (2ª Región Militar; 2ª División Orgánica; 2ª Sección; 4ª División de Campaña). Orden Público 1898-1902, leg. nº 7, exp. nº 3. 76 BORES Y LLEDÓ, José; Algunos aspectos de la cuestión social, Impr. Izquierdo y Comp., Sevilla, 1903, pp. 20-21. 77 “Indicar que los obreros de La Cartuja van arrastrados por elementos pérfidos cuyos planes fraguados en el extranjero están secundados por cuatro obcecados e insensatos a quienes la propaganda libertaria precipitan en el abismo de la miseria, esto no tan sólo es ridículo, sino infame, por la responsabilidad que quieren echar sobre honrados trabajadores, conscientes y dignos, que sólo tratan de hacer de aquel centro de infamias una fábrica donde trabajen hombres y no esclavos supeditados al capricho de capataces soberbios e ignorantes”. El Noticiero Obrero. “Lo de La Cartuja”; 09.09.1901, p. 1. La respuesta irónica de Mon D’Ragom a las opiniones de los medios conservadores es asimismo explícita: “Los obreros son malvados, inconscientes y ladrones y pillos y borrachos y lujuriosos... y tienen hambre... y son brutos, ignorantes y no aplauden a empresarios que tanto aplauso merecen”. MON D'RAGOM; “Leyendo, pensando y contestando”, en El Noticiero Obrero, 09.09.1901, p. 2. (Las cursivas aparecen en el original). Una reacción similar en ROLABLOR, J., CARRASCO, Antonio, BEJARANO, Francisco, FERNÁNDEZ, Rafael; “Contestación a los tijeretazos de El Correo de Andalucía”, en El Porvenir, 13.10.1901, p. 1. 78 La Meuse. “Incendie et pillage du Château Baudoux. Acte d'accusation”; 16.07.1886, p. 3.
23 esa medida, como reacción contra la instalación de nuevas tecnologías en la industria del vidrio que habría de traer consigo -así lo intuíanla concentración de esta industria hasta entonces artesanal y la “sujeción de las masas obreras”79. Reducido a su esquema elemental, el discurso de la protesta no presenta, por tanto, sustanciales diferencias en los casos comparados. Ahora bien, en el seno de esa unidad de fondo, dentro de esas esenciales similitudes en la articulación racional del discurso revolucionario, hubo distintas formulaciones que se hallaban conectadas a aspiraciones también diferentes. Como se verá a continuación, en el entorno belga el nuevo orden al que aspiraban los trabajadores se vería como la emanación no tanto del mundo del trabajo como de un Estado benévolo; de ahí el énfasis en la legitimación de derechos políticos. En el caso español, en cambio, los trabajadores tendieron más a manifestar la aspiración a un mundo basado en el orden y la creatividad inherente al trabajo; un mundo en donde los obreros se organizaran solidaria y fraternalmente; de ahí el énfasis en una amplia e integral emancipación obrera, como colectivo, pero también como individuos. Es visible, bajo estas distinciones, la divergencia de orientaciones ideológicas que sigue el movimiento obrero: el impulso del socialismo en Bélgica que, entre los sucesos de 1886 y 1893, hizo del POB un partido de masas y el progreso del anarcosindicalismo en Sevilla, notorio durante las huelgas de 1901. Divergencia de orientaciones que se acompañaron de diferentes repertorios de acción colectiva. En 1902, cuando el POB seguía concentrando sus esfuerzos por modificar el artículo 47 de la constitución (que desde 1893 instauró el “sufragio plural”) e implantar el sufragio universal, El Proletario era elocuente acerca de estas distintas evoluciones: “En Bélgica los socialistas insisten en que se conceda el sufragio universal, anunciando, caso de no establecerse, la huelga general. Ya se desengañarán de que no es el sufragio el que emancipa al pueblo de su estado miserable”80. Indudablemente, detrás de estas posiciones se halla el factor de las experiencias obreras ante las evoluciones políticas de los dos países, ante sus respectivas fórmulas de adaptación a las 79 En un discurso pronunciado el 16 de febrero de 1886 en la asamblea de la “Unión Vidriera”, un delegado obrero llamado Delware expuso en los siguientes términos su protesta: “se acaba de hacer un descubrimiento en la construcción de hornos que traerá consigo una reducción del 75% de combustible; como consecuencia de ello (...) se llegará a una fabricación tan elevada que el mercado vidriero, en lugar de estar en las manos de 40 o 50 capitalistas, estará dominado por un puñado de grandes capitalistas que verán próximo el cumplimiento de su sueño, el de la sujeción de las masas obreras. Se harán elegir para cargos gubernamentales, propondrán leyes en relación con sus reglamentos, las harán votar por sus amigos y serán dueños en todo, en la legislatura y en la fábrica. A partir de entonces, al obrero no le quedará otra opción que la de agachar la espalda, embrutecerse en la miseria, transformarse en ilota, volver a la bestialidad”. La Meuse. “Incendie et pillage du Château Baudoux. Acte d'accusation”; 16.07.1886, p. 3. Véase, a este respecto, PUISSANT, Jean; L'évolution du mouvement ouvrier socialiste dans le Borinage, Académie Royale de Belgique, Bruxelles, 1982, pp. 87-118; PECTOR, Daniel-FOURIER, Etienne; 1886. La révolte des damnés de la terre. Le soulèvement ouvrier de mars 1886 dans le pays de Liège et de Charleroi, Ed. Le Progrès, Bruxelles-Charleroi, 1986, pp. 25-26. 80 El Proletario. “Notas del extranjero”, 01.05.1902, p. 7.
24 nuevas corrientes democráticas: si la pervivencia en Bélgica del sufragio censitario hasta 1893 contribuyó a que el colectivo obrero belga se orientara hacia la consecución del sufragio universal bajo la opción política del POB, la implantación en España de un sufragio universal que no equivalía a democracia hizo lo propio para que entre los trabajadores sevillanos se generara un clima de desconfianza en la acción parlamentaria y se inclinaran por la vía revolucionaria. Sin embargo, el aspecto de las experiencias políticas no constituye el único factor a considerar. 4. TIPOS DE CONCIENCIA DE CLASE Y DE ACCIÓN COLECTIVA: LAS VÍAS POLÍTICA Y REVOLUCIONARIA. El discurso obrero analizado revela que la lucha de clases, lejos de constituir un esquema planteado a posteriori, suponía una realidad vivida conscientemente por el colectivo de trabajadores. Tal y como se ha expuesto, adaptando a las nuevas circunstancias la lógica de los conceptos y del lenguaje revolucionario ya formulados desde fines del siglo XVIII en relación a la oposición al Antiguo Régimen, los obreros articularon un nuevo tipo de disidencia frente al Estado y a la sociedad liberal. Una disidencia desde la que se denunciaban los defectos de la sociedad industrial al tiempo que se expresaba la aspiración esencial a un nuevo orden social fundamentado en el trabajo. Ahora bien, la aparición a fines del siglo XIX de dos tipos de conciencia de clase y de acción colectiva obrera en los casos analizados fue fruto de un desarrollo social y político tanto como de una adaptación lógica de aquellos conceptos expuestos un siglo antes. Dicho de otro modo, las innovaciones intelectuales que condujeron a la consolidación del socialismo en Bélgica y del anarquismo en el contexto sevillano se formularon asimismo como respuestas a diferentes organizaciones económicas, vicisitudes políticas y experiencias sociales. Cabe, a este respecto, establecer distinciones. Por una parte, inscritos en un país donde pervivía el sufragio censitario y en una región que evolucionaba hacia el nuevo modelo capitalista de articulación de mercados y de concentración industrial, el discurso y la acción colectiva de los obreros belgas estuvieron marcados por el triunfo de la opción que representaba el POB: partido que buscaba integrar a la clase obrera en la sociedad liberal y que aspiraba a un orden social en donde se reconociera la legitimidad política de los trabajadores bajo un Estado protector. Por otra parte, en un país donde el sufragio universal no era sinónimo de democracia y dentro de una región que, tras la crisis del último tercio del siglo XIX, evolucionó tanto hacia la descapitalización de la economía como hacia la falta de consolidación de la mano de obra, el discurso y la acción colectiva de los obreros sevillanos se orientó hacia la opción revolucionaria que representaba el anarcosindicalismo: una alternativa que, adecuándose a una cultura del trabajo donde predominaban rasgos precapitalistas, logró
25 interpretar mejor las demandas obreras locales; y una propuesta que aspiraba a la emancipación integral del individuo dentro de un orden social apolítico e inspirado en el ideal de la solidaridad fraternal de los trabajadores. En ambos casos, tales orientaciones se dieron a través de un proceso gradual no carente de debates y controversias acerca de los fines y los medios de transformación social. La primera de las claves para entender estas evoluciones se halla en la distinta aproximación que durante el último tercio del siglo XIX llevaron a cabo los anarquistas de uno y otro lugar a los respectivos colectivos obreros. Esa diferencia de estrategias contribuyó decisivamente, no sólo al desigual arraigo de ideas libertarias, sino también al desigual grado de organización obrera en el momento en que estallan los conflictos, influyendo poderosamente en el desarrollo posterior de los acontecimientos. Desde que en el Congreso de La Haya de 1872 los delegados belgas de la Internacional rechazaran la idea de una conquista del poder por la vía política, la cuenca de Lieja vivió el predominio del anarquismo en detrimento del socialismo “reformista”81. Junto a Bruselas y Verviers, fue precisamente en Lieja donde se concentró la actividad de esa corriente revolucionaria, especialmente a partir de 1882 con la fundación del Grupo Anarquista Revolucionario por E. Wagener entre otros militantes. Como telón de fondo estaba el Congreso de la Internacional celebrado 1881 en Londres, donde se plantearon los dos discursos tácticos: el de la legalidad y el de la ilegalidad; el de la acción sindical y el de la violencia revolucionaria; el de organización pública y el de la organización secreta82. Pese a que era una realidad desde hacía varios años, fue a partir de entonces cuando se hizo más visible la separación de los anarquistas belgas respecto a un sindicalismo que colocaron en un plano subsidiario, decantándose en favor de la acción directa e individual como respuesta a la violencia institucional y medio óptimo para alcanzar la revolución social. Una carta que E. Wagener dirige en 1879 al redactor-jefe de La Gazette de Liège es significativa de esta orientación. Escrita en un tono revanchista susceptible de incluirse en lo que M. Perrot denomina eclosión de la “palabra salvaje”, la aspiración de la lucha obrera se resumía allí en la construcción de un mundo integrado por trabajadores solidarios; una aspiración que pasaba por la llamada a todos los pueblos a la 81 Todavía a fines de los años sesenta la I Internacional conciliaba en Bélgica a una variada paleta de asociaciones en un único movimiento revolucionario que, mediante la acción pragmática, mediante el sindicalismo, aspiraba a la mejora concreta de la condición obrera para finalmente instaurar el socialismo. No obstante, bajo el efecto de la Comuna, esa unidad de estrategias y de fines empieza fracturarse tras el célebre Congreso de La Haya de 1872 donde los delegados belgas se opusieron a las tesis del Consejo general de la Internacional. En ese foro subrayaron la ineficacia de la lucha económica cotidiana y rechazaron la idea de una conquista del poder por la vía política al tiempo optaban por centrar sus esfuerzos en la propaganda revolucionaria. Véase MOULAERT, Jan; Le mouvement anarchiste en Belgique, 1870-1914, Ed. Quorum, Bruxelles, 1996, pp. 25, 338 y ss. 82 LIDA, Clara; “Los discursos de la clandestinidad en el anarquismo del siglo XIX”, en Historia Social, nº 17, Ed. Instituto de Historia Social, Valencia, 1993, p. 63.
32 burgueses, aclarando su voluntad de transformación social, no mediante acciones de violencia, sino a través del combate a los artículos constitucionales de los que se derivaban las desigualdades. Teniendo presente esa estrategia de atraer especialmente a la pequeña burguesía, acentuada tras la fundación del POB en 1885, es comprensible que Jean Volders lamentara lo ocurrido “más que los burgueses” en la medida en que aquella explosión popular perjudicaba sobremanera a su partido al contrarrestar la actividad moderada que éste venía realizando108. Mermado especialmente el anarquismo por la acción de la justicia, la evolución del POB estuvo orientada a controlar el movimiento obrero a partir de estos principios interrelacionados, aspiración a una sociedad basada en un Estado legislador y defensa de vías legales, concentrándose en convencer a los trabajadores de su necesaria unidad y organización para conseguir un sufragio universal que les permitiera ingresar en el juego político liberal y, a la postre, en el poder. La escisión que se produjo en el seno del socialismo belga entre 1887 y 1889 con la creación, en torno a A. Defuisseaux, del Partido Socialista Republicano (que pretendía dar un giro en la estrategia moderada del POB planteando la necesidad de una huelga general) no fue sino un paréntesis en la carrera ascendente del POB hacia su consagración como partido integrado en el sistema liberal, sobre todo a partir las elecciones de 1894, en las que consiguieron 28 diputados y 2 senadores, toda vez que se instauró el sufragio plural en 1893109. La estrategia del POB había dado frutos: al tiempo que la táctica de combatir los artículos constitucionales que eran fuente de desigualdades ubicaba al partido en el terreno del liberalismo político y le dotaba de una, por así decirlo, legitimidad en el interior del Estado burgués, el socialismo había conseguido cohesionar y canalizar el impulso reivindicativo espontáneo del colectivo obrero hacia la acción dentro de la legalidad y a favor del sufragio universal. Esta evolución de los obreros belgas hacia el distanciamiento de los medios revolucionarios contrasta con la que siguieron los obreros de la capital andaluza donde la defensa que durante la huelga de metalúrgicos se hizo de la lucha dentro de la legalidad fue seguida por una radicalización de las vías de protesta. Precisamente el fracaso que para las aspiraciones de los herreros supuso la estrategia de observancia de la legalidad y de abierta voluntad de diálogo con la patronal y las autoridades fue decisivo en ese giro hacia la adopción 108 Le Peuple, 26-27.04.1886, p. 1. 109 Las autoridades belgas resolvieron en 1893 revisar el artículo 47 de la Constitución por el que se excluía a los obreros del derecho a voto e implantar el sufragio plural. Las primeras elecciones bajo esta modalidad electoral, las del 14 de octubre de 1894, dieron al POB un impulso político considerable, permitiendo la entrada de 28 diputados y de 2 senadores socialistas en el parlamento. El POB consiguió 346.000 “voces”, el Partido Católico 927.000 y los liberales 530.000. DELWIT, Pascal y DE WAELE, Jean Michel; Les partis politiques en Belgique, Université Libre de Bruxelles, Bruxelles, 1996, p. 9.
33 de formas de lucha más contundentes centradas en la huelga general revolucionaria. Las diferencias en la orientación del anarquismo y en la naturaleza de los conflictos, lo fueron también, por tanto, en la evolución del discurso y de las estrategias. En la trayectoria del caso sevillano, los meses que separaron el final de la huelga de herreros y la huelga general de octubre fueron, desde el punto de vista intelectual, meses de una actividad frenética en donde se acentuó el debate acerca de las tácticas y los fines de la revolución social y se reprodujeron, aunque con acentos y matices añadidos, las diferencias manifestadas al respecto por anarco-colectivistas y anarco-comunistas ya desde 1882110. De hecho, la polémica, más que plantearse como una división irreconciliable entre unos colectivistas defensores de la legalidad y la “organización científica” a partir de las sociedades de resistencia y unos comunistas inclinados por tácticas ilegales desestimando toda preparación societaria, consistió en la exploración autocrítica de un colectivo obrero preocupado por la organización pero que, ante lo estériles que resultaban las fórmulas convencionales de lucha y las circunstancias de represión, fue orientándose hacia la renovación de los procedimientos societarios para alcanzar la emancipación de los trabajadores111. Conforme a ello, tuvo lugar un giro táctico hacia nuevas fórmulas de acción colectiva que, fundamentándose en la labor de fortalecimiento de las sociedades de resistencia, eran justificadas en términos de ineficacia de las tácticas convencionales o como adaptación a las nuevas circunstancias de la represión. La evolución del republicano A. Guichot constituye un caso elocuente al respecto: tras inclinarse por una salida negociada a la huelga de herreros cuando ésta cumplía el primer mes de duración, acabaría proponiendo la necesidad de adoptar fórmulas de presión más radicales ante la intransigencia patronal, el “egoísmo de la burguesía sevillana” y las dificultades que estaban poniendo las autoridades para 110 Ya en el Congreso de la FTRE de 1882 en Sevilla se pudieron constatar las diferentes propuestas tanto en relación a la organización económica de la sociedad futura como en materia de estrategias. En cuanto al primero de esos aspectos, mientras que los colectivistas admitían el derecho de propiedad individual, los comunistas defendían la idea de la propiedad común tanto de los recursos productivos como de los bienes resultantes del trabajo, y ello con independencia de la contribución de cada persona. El zapatero Miguel Rubio, que se había distinguido en el citado Congreso de la FTRE de Sevilla por su orientación comunista, lo expone así en el primer número de La Tribuna Libre. Véase RUBIO, Miguel; “La Libertad”, en La Tribuna Libre, 23.12.1891 y 08.01.1892, pp. 1-2. Simultáneamente, el debate acerca de las tácticas fue dibujando dos grandes líneas: la del colectivismo, inclinado a la acción dentro de la legalidad (dentro de las sociedades de oficio), y la del comunismo, una orientación más bien hacia la acción ilegal, confiando en el individuo rebelde con independencia de que estuviese o no agrupado en sociedades de oficio. Véase NÚÑEZ FLORENCIO, Rafael; El terrorismo anarquista (1888-1909), Siglo XXI, Madrid, 1983, pp. 105-106. Debe no obstante precisarse que, aunque pronto se asociara al terrorismo, la “propaganda por el hecho” no se identificaba necesariamente con acción violenta o ilegal, sino que propugnaba la resolución de problemas directamente por los afectados. Véase ROBLES EGEA, Antonio; “Terrorismo y crisis de la organización obrera a fines del siglo XIX”, en Estudios de Historia Social, nº 22-23, Instituto de Estudios Laborales y de la Seguridad Social, Madrid, 1982, pp. 210-211. 111 Los términos de la polémica en VELASCO MESA, Custodio; “Un precedente del sindicalismo revolucionario en España: la huelga general revolucionaria en el discurso de los obreros sevillanos de 1901”, en Actas de las VII Jornadas de Archivos y Bibliotecas, Guadalajara, 2005. [En prensa].
34 alcanzar un acuerdo112. En un contexto marcado no sólo por el desarrollo de la huelga de herreros sino también por la represión de Montjuich en 1897 y de La Coruña a fines de mayo de 1901, así como por el debate internacional acerca del sindicalismo revolucionario, junto a quienes seguían concibiendo la redención obrera mediante vías moderadas, empezaron a aflorar cada vez más voces que defendían la aplicación de nuevas medidas inmediatas y enérgicas: la huelga general revolucionaria se consideraba una posibilidad real113. Acentuado tras la huelga de herreros en un clima de optimista relectura de estrategias, el giro táctico hacia la adopción de medidas más contundentes tuvo en consideración, en primer lugar, la necesidad de fortalecer las sociedades de resistencia. De ahí la multiplicación de escritos que abordaban la necesidad de desarrollar “convicciones profundas” entre los obreros a fin de evitar dos errores fundamentales: la falta de preparación de los conflictos y el retraimiento obrero ante eventuales contratiempos114. Necesidad de fortalecer las sociedades de resistencia pero también de impulsar la instrucción en el obrero tal y como la proclamaban con renovado énfasis A. Vasseur Carrier, A. Guichot o el entonces joven Diego Martínez Barrio entre otros, considerándola prioritaria para llevar a cabo una revolución duradera115. A. Vasseur Carrier fue 112 Inicialmente, A. Guichot aconsejó a los herreros que siguieran cauces legales y, en esta medida, solicitó, a principios de mayo, la reunión de la Comisión Local de Reformas Sociales a fin de que, en ese foro, patronos y trabajadores pudieran llegar a un acuerdo. La postura del líder republicano se modificó, sin embargo, tras constatar lo estéril de su propuesta, rechazada por las autoridades en términos de intromisión en las atribuciones del alcalde. A partir de entonces, A. Guichot argumentó su postura en favor de medidas más radicales en los términos ya indicados. Véase GUICHOT Y SIERRA, Alejandro; “Hay que hacer algo”, en El Liberal, 06.05.1901. Asimismo, JIMÉNEZ BENÍTEZ, José Ramón; La sociología andalucista de Alejandro Guichot, Fundación Blas Infante, Sevilla, 1990, p. 186. 113 El proceso de Montjuich (1896-1897) concluyó con la ejecución de 5 anarquistas y la condena a diferentes penas de prisión de otros 82. F. Olaya destaca que, junto a estos 87 procesados, aún quedaron más de 200 anarquistas detenidos sin juicio ni toma de declaración. (OLAYA MORALES, Francisco; Historia del movimiento obrero español (siglo XIX), Ed. Madre Tierra, Madrid, 1994, p. 830). Sobre el desarrollo de lo que se ha denominado la “leyenda negra” en torno a este suceso, similar a la que envolvió a la represión de la Comuna de París, véase DOMERGUE, Lucienne y LAFRANQUE, Marie (Estudio preliminar) en URALES, Federico; El Castillo Maldito, Presses Universitaires du Mirail, Toulouse, 1992, pp. 14-72. Los sucesos de Montjuich, junto a los más recientes de La Coruña, en 1901, tuvieron un importante eco en la clase obrera sevillana que organizó diversos actos de protesta y solidaridad puntualmente contestados por los propios presos de la ciudad gallega. Véase El Noticiero Obrero. “El mitin de protesta”, 11.08.1901, p. 2. Asimismo MORO CARRIEDO, Ceferino; “Ni corazón ni conciencia”, en El Noticiero Obrero, 11.08.1901, p. 2; LOS PRESOS; “Desde La Coruña”, en El Noticiero Obrero, 07.08.1901, p. 2; La Razón Obrera. “Lo sucedido en La Coruña”, 06.10.1901, p. 4. Por otra parte, ciertamente la huelga general revolucionaria estaba siendo debatida en esos años en un más amplio marco internacional, especialmente en Francia, donde la CGT acabó adoptando el sindicalismo revolucionario en el Congreso de Amiens de 1906, antes de que impregnara la línea de acción de la CNT en 1910. Véase BAR, Antonio; La CNT en los años rojos. Del sindicalismo revolucionario al anarcosindicalismo (1910-1926), Akal, Madrid, 1981, pp. 100 y ss.; GABRIEL, Pere; “Sindicalismo y huelga. Sindicalismo revolucionario francés e italiano. Su introducción en España”, en Ayer, nº 4, Madrid, 1991, pp. 33 y ss. Acerca del debate sobre la huelga general en el discurso obrerista español de fines del siglo XIX véase DUARTE, Ángel; “Entre el mito y la realidad. Barcelona, 1902”, en Ayer, nº 4, 1991, pp. 148-150. 114 Véase especialmente RODRÍGUEZ, Antonio (obrero impresor); “De táctica”, en El Noticiero Obrero, 19.07.1901, p. 1. MORO CARRIEDO, Ceferino; “El pacto fatal”, en El Noticiero Obrero, 09.08.1901, p. 2. EFEPE; “Errores societarios”, en El Noticiero Obrero, 09.08.1901, p. 2. FERNÁNDEZ, Joaquín Julio; “Meditación societaria”, en El Noticiero Obrero, 07.09.1901, p. 1. 115 Véase VASSEUR CARRIER, Adolfo; “Otro sueño de... otro obrero”, en El Noticiero Obrero, 23.08.1901, p. 1. MARTÍNEZ BARRIO, Diego; “Donde se encuentre”, en El Noticiero Obrero, 18.07.1901, p. 1. MARTÍNEZ BARRIO, Diego; “A la revolución se va por la instrucción”, en El Noticiero Obrero, 19.05.1901. GUICHOT SIERRA, Alejandro; “¿Qué haces?”, en El Noticiero Obrero, 27.03.1901. GUICHOT SIERRA, Alejandro;“Al convoy”, en El Noticiero Obrero, 17.03.1901. GUICHOT SIERRA, Alejandro; De dónde venimos. Quiénes domos. Adónde vamos. Qué debemos hacer. Conferencias populares, Círculo Educativo Republicano, Sevilla, 1898.
35 rotundo al respecto: “antes del petróleo, de la antorcha incendiaria, de la piqueta, de la piocha demoledora, instrucción, instrucción e instrucción”116. Decididamente, la huelga general se estaba concibiendo como alternativa a la acción violenta y a la insurrección armada, como un moderno instrumento de presión obrera que, en contraposición al arquetipo del “arrebato suicida” o del motín, debía realizarse de forma “científica”, esto es, consciente y organizada117. Y ello sin menoscabo de que, en el abigarrado discurso obrero de este periodo de evolución de ideas y de tácticas, admitiera matices y se debatiera la valoración de la instrucción como “el camino más práctico para llegar al fin de nuestras justísimas aspiraciones”118. De hecho, en opinión de otros militantes la defensa de la emancipación obrera y de la revolución como un proceso gradual, el alegato en favor de la huelga general revolucionaria previo desarrollo de la instrucción, podía ser compartidos por muchos obreros, pero eran elaboraciones poco prácticas, poco ajustadas a las circunstancias de la clase trabajadora como para ser adoptadas sin modificaciones en el orden de prioridades. Así lo estimaba C. Moro Carriedo: pese a desaprobar el uso de la fuerza “para repeler la fuerza”, y pese a valorar los efectos positivos de la instrucción, consideraba que la revolución directamente mediante la huelga general era el medio más “práctico” para conseguir la emancipación obrera119. Y en esta misma línea empezaron a dejarse oír manifestaciones más rotundas, defendiendo la huelga general como única vía para empezar a construir la sociedad futura120. La huelga general era un fenómeno revolucionario en sí misma, aunque podía declararse sin una motivación revolucionaria clara. En el caso de los obreros sevillanos el 116 VASSEUR CARRIER, Adolfo; “Otro sueño de... otro obrero”, en El Noticiero Obrero, 23.08.1901, p. 1. 117 Los ejemplos al respecto se multiplican. Véase El Noticiero Obrero. “El mitin de protesta”, 11.08.1901, p. 2. Asimismo MORO CARRIEDO, Ceferino; “Ni corazón ni conciencia”, en El Noticiero Obrero, 11.08.1901, p. 2. Por su parte, A. Salas era rotundo: “Hoy el proletario con fundamentos razonables para combatir lo existente, acepta otros medios de combate desechando las rebeliones políticas y motines por ineficaces y de fatales resultados. No quiere entregarse a los arrebatos suicidas, sirviendo de pasto a las balas de los tiranos” (...). “La Revolución Social no fía el triunfo a las bayonetas ni a los fusiles, sólo cifra su esperanza en el mancomunamiento de todos los oprimidos, en los sublimes ideales de igualdad y justicia”. “La huelga general es la nueva táctica que los proletarios han adoptado, considerándola como la más accesible para la solución del problema económico y social”. “Será la labor lenta y penosa, porque hay que convencer e ilustrar a los ignorantes, pero se conseguirá llevarlo a la práctica (...) Trabajemos sin descanso porque se realice lo más brevemente posible”. SALAS RUBIO, Antonio; “El paro general”, en El Noticiero Obrero, 16.09.1901, p. 1. Sobre las diferentes acepciones que en el periodo admitía la huelga general véase BAR, Antonio; La CNT en los años rojos. Del sindicalismo revolucionario al anarcosindicalismo (1910- 1926), Akal, Madrid, 1981, pp. 89-90. 118 JAS; “Instrucción y libertad”, en El Proletario, 01.04.1902, p. 1. 119 “Cuando al obrero se le dice, instrúyete, dedícate a la lectura; compra libros y folletos, manda a tus hijos a la Escuela, asóciate con tus compañeros. ¿Por qué no se le enseñan los medios para poder hacer efectivo ese procedimiento? ¿No saben que para todo eso hace falta tiempo y dinero y el obrero carece de ambas cosas?”. “(...) El obrero está desorientado y cansado de discursos y de artículos (...) rendido de oír anunciar sus males sin escuchar remedio; ya no agradece que se le aclare la situación porque nadie mejor que él para saberla; el obrero lo que desea, lo que anhela, a lo que aspira es a conocer el medio práctico de defender sus derechos y llegar a su emancipación”. “Sabéis cuál es el medio real y positivo?”. “Pues no es otro que la Revolución provocada por el paro general”. MORO CARRIEDO, Ceferino; “A todos los explotados. Contra calma, revolución. Contra esperanza, realidad”, El Noticiero Obrero, 28.08.1901, p. 1. 120 Véase MEDRANO, Manuel; “La redención del obrero”, en El Noticiero Obrero, 16.08.1901, p. 1; HERNÁNDEZ, Damián; “La inviolabilidad”, en El Noticiero Obrero, 20.08.1901, p. 1.
36 lenguaje a veces titubea a la hora de definir sus objetivos. Por un lado, se trató de una respuesta consciente contra la intransigencia de la patronal y de las autoridades, pero también se consideraba un medio revolucionario para alcanzar una sociedad donde los obreros tuvieran el lugar que a su juicio les correspondía en función de su condición de productores; para conseguir un mundo donde “desapareciera el proletario, convirtiéndose en productor libre de una sociedad humanitaria”121. El horizonte de la revolución al que apuntaban en Sevilla militantes ilustrados y obreros ordinarios consistía, de hecho, en una sociedad fundamentada en el ideal de igualdad, pero, contrariamente a buscar la destrucción de la civilización, este discurso ponía el énfasis en la construcción de un orden social alternativo, basado en la justicia, la razón y el progreso122; en una generosidad y fraternidad de dimensiones universales que contrastaba con la interpretación estereotipada de la consigna de liquidación social123. No sorprende, desde esta perspectiva, que se insistiera en que no había que personalizar al culpable de la explotación obrera o en que el punto de mira no estaba en la lucha contra los patronos, “meros instrumentos del régimen capitalista”124. En realidad y según se desprende de los escritos, cabe considerar que los obreros sevillanos interpretaban el conflicto menos como una confrontación vehemente entre clases que como una tentativa por alcanzar una organización social donde el trabajo manual o intelectual obtuviese el legítimo reconocimiento que se desprendía de su utilidad y donde la asociación fraternal sustituyera a la competencia entre hombres. En otras palabras, existía no tanto la conciencia de una clase como la conciencia más universal de una humanidad ilustrada en donde el anarquismo no era una revancha contra los explotadores sino una vía para superar la explotación y crear una sociedad más justa.125. Desde esta perspectiva, la radicalización de la protesta y, al extremo, el uso de la violencia no eran aquí consecuencias de la ideología de los obreros sino del endurecimiento de las partes en conflicto, constituyendo una réplica a las tácticas represivas de la patronal y de los poderes locales. La huelga general que siguió al cierre patronal de La Cartuja en octubre de 1901 responde, entre otras razones a ésa: fue la respuesta, no sólo ante lo que consideraban la violación del derecho al trabajo, uno de los principios sobre los que se construía su versión de la organización social, sino más ampliamente ante la postura 121 Véase SUÁREZ, Raimundo; “Los desheredados”, en El Proletario, 01.04.1902, p. 2. 122 Véase MORO CARRIEDO, Ceferino; “La impureza de la coalición y sus perjuicios”, en El Noticiero Obrero, 10.09.1901, p. 1. 123 Véase, entre otras alusiones al respecto, JAS; “Instrucción y libertad”, en El Proletario, 01.04.1902, pp. 1-2. 124 EFEPE; “Errores societarios”, en El Noticiero Obrero, 09.08.1901, p. 2. 125 El dilema que expresaba C. Moro Carriedo es significativo al respecto; su pregunta dejaba abierta una puerta a la incertidumbre: “¿Es que el sagrado triunfo de la razón ha de estar escrito con sangre. Mas... ¿cómo evitarlo? No lo sé; y el no saberlo constituye mi dolor”. MORO CARRIEDO, Ceferino; “El dolor de un libertario”, en El Noticiero Obrero, 15.08.1901, p. 1.
37 intransigente o inmovilista, en cualquier caso ineficaz, que venían mostrando la patronal y la clase política ante la resolución de la “cuestión social”. Precisamente en la actitud de las autoridades residía otra de las grandes diferencias que atravesaron los casos analizados. Decididamente, al hecho de que en Bélgica triunfara la opción política de un POB que buscaba una sociedad fundada en un Estado protector y al hecho de que en Sevilla se impusiera la vía revolucionaria contribuyeron, además de los factores ya apuntados, la reacción y los intereses que animaban a los respectivos grupos de poder. Mientras en Bélgica el ascenso del POB fue simultáneo a la reacción del propio Estado ante las agitaciones obreras de 1886: el intervencionismo en el conflicto laboral, en el caso sevillano ni la táctica de la legalidad con la que se encauzó la huelga de herreros, ni la radicalización posterior de la protesta consiguieron modificar la postura indolente del poder político ante la “cuestión social”. A decir verdad, la respuesta de las autoridades españolas se redujo, en esencia, a la represión contra las sociedades obreras y sus representantes más destacados126. Hubo, eso sí, como en Bélgica, el desarrollo de toda una literatura y filantropía reformistas que subrayó las contradicciones de la organización social, pero la opinión, ya avanzada por los enciclopedistas franceses127, de que el Estado debía garantizar a los obreros los medios de supervivencia para llevar una vida digna apenas superó los límites de la retórica. 126 Un dato revelador de este contraste es la diferencia de objetivos con los que se abordaron las encuestas obreras emprendidas por los respectivos Estados en la década de los ochenta. El 28 de abril de 1886, pocas semanas después de los sucesos de marzo, el gobierno belga crea la Comisión de Trabajo: un organismo con el que da el primer paso en la política de “intervencionismo mitigado” del Estado ya que su finalidad era, no sólo conocer las condiciones de vida y de trabajo de los obreros, sino también realizar reformas sociales y laborales. La legislación al respecto empezó a redactarse en 1887. En el caso español, la Comisión de Reformas Sociales creada en 1883 procedió en 1884 a elaborar igualmente una encuesta pero, a diferencia del caso belga, tenía un carácter meramente informativo, no reformista. Unas limitaciones que se unían a las dificultades de funcionamiento de la institución y que llevaron a que los resultados de la encuesta no empezaran a publicarse hasta 1889. Es, por otra parte, manifiesta la debilidad de las autoridades sevillanas para imponer, ante las poderosas resistencias patronales, las dos leyes con las que en 1900 España ingresa en el intervencionismo socio-laboral del Estado: la de accidentes de trabajo y la que regulaba el trabajo de mujeres y niños. Véase Archivo Municipal de Sevilla. Reformas Sociales, 1902. Sobre los inicios de la legislación social belga, véase NANDRIN, Jean-Pierre; “La laborieuse genèse du droit social belge: une utopie récupérée?”, en KURGAN-VAN HENTENRYK, Ginette (Ed.); La question sociale en Belgique et au Canada, Ed. Université Libre de Bruxelles, Bruxelles, 1988, pp. 126-128; CHLEPNER, Ben Serge; Cent ans d'histoire sociale en Belgique, Université de Bruxelles, Bruxelles, 1972, pp. 208-234; PUISSANT, Jean; “1886, la Contre- Réforme sociale?”, en VAN DER VORST, Pierre; Cent ans de droit sociale belge, Ed. Bruylant, Bruxelles, 1986, pp. 67- 100. Sobre la creación, objetivos y dificultades de funcionamiento de la Comisión de Reformas Sociales, véase DE LA CALLE VELASCO, Mª Dolores; “La Comisión de Reformas Sociales: de la represión al análisis de la conflictividad social”, en Studia Histórica, vol. II, nº 4, Ed. Universidad de Salamanca, Salamanca, 1984, pp. 13-40; DE LA CALLE VELASCO, Mª Dolores; “Las Comisiones Provinciales y Locales de la CRS. Limitaciones y resultados”, en AA.VV.; El reformismo social en España: la Comisión de Reformas Sociales, Ed. Caja de Ahorros de Córdoba, Córdoba, 1987, pp. 282- 285; IGLESIAS, Mª Carmen y ELORZA, Antonio; “La fundación de la Comisión de Reformas Sociales”, en Revista del Trabajo, nº 25, 1969, pp. 13-105; GÓMEZ MOLLEDA, Dolores; “La comisión de Reformas Sociales. Los inicios de la acción social del Estado en España”, en Studia Histórica, vol. II, nº 4, Ed. Universidad de Salamanca, Salamanca, 1984, pp. 8 y ss.; CABEZA, Sónsoles y SÁNCHEZ ALBORNOZ; “La Comisión de Reformas Sociales: legislación sobre el trabajo de las mujeres y los niños”, en AA. VV.; El Reformismo social en España: la Comisión de Reformas Sociales, Caja de Ahorros de Córdoba, Córdoba, 1987, pp. 353-366. 127 Véase MONTESQUIEU, Charles; Del espíritu de las Leyes, Ed. Tecnos, Madrid, 1985, pp. 299-300; asimismo, ROUSSEAU, Jean-Jacques; El Contrato Social o principios de derecho político, cap. VIII: “Del Estado civil”, Tecnos, Madrid, 1988, pp. 19-20.
38 5. CONCLUSIONES La observación de la realidad social que asiste a los casos comparados revela la existencia de un elemental punto de confluencia: la “cuestión social” derivada de la nueva organización económica y política. El fenómeno no era una novedad, pero en el contexto de la contracción económica del último tercio del siglo XIX se acentuó, transgrediendo fronteras locales y nacionales al tiempo que precipitó una vasta reacción obrera. Las nuevas dimensiones y formas que adoptó la miseria o el deterioro de las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera, fueron, conforme a ello, procesos que se reprodujeron aquí y allá, acrecentando las tensiones y las aspiraciones a la transformación social. Lo que ocurre en Lieja en 1886 y en Sevilla en 1901 es, en parte, síntoma de esa reacción común; y ello tiene una correspondencia en el discurso obrero, marcado, preliminarmente, por rasgos de unidad referidos a su articulación lógica en torno al antagonismo de clases. Un antagonismo que no se planteaba a posteriori, sino que era fruto tanto de adaptaciones conceptuales como de las propias experiencias de los trabajadores. Dicho de otro modo, las retóricas revolucionarias eran, en esencia, elaboraciones intelectuales coherentes que remitían a desigualdades vitales y a desajustes culturales entre clases sociales. Así, frente a la lógica de los grupos dominantes que veían las agitaciones obreras como consecuencia de un deterioro moral, hubo una racionalidad alternativa en el mundo obrero, una lógica en donde la disidencia y la aspiración a la transformación social se consideraban la respuesta adecuada a la contradicción fundamental que los trabajadores percibían entre su mediocridad material y su consideración de creadores de la riqueza social. En la articulación de este discurso mediante el que los obreros dieron forma coherente al mundo en que vivían y justificaron la necesidad de transformación social intervinieron dos grandes componentes. Tanto en la elevada concepción del trabajo como en el lenguaje que apela a la unidad y a la fraternidad, pervivían elementos de continuidad con el pasado artesanal, indicando que, en parte, esos trabajadores vivían un mundo percibido como corporativo. Pero estaba claro que el esquema clásico patrón-obrero del Antiguo Régimen no podía proyectarse del mismo modo en adelante, cuando, en el interior de los talleres, de las nuevas industrias de mayores dimensiones, de la sociedad en suma, aparecía un mundo de nuevas jerarquías que diversificaron las conductas y aspiraciones de los trabajadores. Visiblemente los lazos con la cultura artesanal estaban desintegrándose, con sus peculiaridades y ritmos, en los casos belga y español, haciendo que el discurso obrero revelara también discontinuidades significativas en relación a ese pasado corporativo y a sus fórmulas de disidencia. Sintomático de ello es la adaptación de la retórica revolucionaria de
39 fines del siglo XVIII, implícita en la construcción lógica del discurso de la protesta y de la transformación social. Sin duda las mutaciones que el mundo había experimentado desde entonces impregnaron las experiencias y el lenguaje obrero en el sentido de la creencia en una sociedad alterable; en una posible y, más aún, inevitable consecución de la redención. Cabe destacar, en este sentido, el importante papel de los militantes ilustrados en la aproximación o identificaron con los trabajadores que ya venía operándose desde mediados del siglo XIX, marcando una diferencia sustancial respecto a anteriores movimientos de obreros cualificados y trabajadores pobres128. Sin embargo, estos rasgos de unidad no deben enmascarar la existencia de diferentes evoluciones en materia de objetivos y estrategias de acción colectiva. Mientras que entre los trabajadores belgas fue extendiéndose a partir de 1886 la aspiración a un Estado legisladorprotector donde el obrero alcanzara el poder, entre los obreros sevillanos se consolidaba en 1901 la aspiración a alcanzar una sociedad solidaria, fraternal, fundada directamente en un orden inherente al mundo del trabajo y sin voluntad de ingreso en el poder. Diferentes orientaciones de visible correlato en el ámbito de la ideología política: en el primer caso, el progresivo avance del socialismo y su vía de acción centrada en la consecución del sufragio universal; en el segundo caso, el desarrollo de un anarquismo que evolucionó de la defensa de la legalidad a posturas más contundentes centradas en la huelga general. En ello intervinieron varios factores interconectados. Por una parte se halla la distinta actitud de los anarquistas ante el colectivo obrero desde que en el Congreso de la Internacional de Londres en 1881 se plantearan públicamente los dos discursos tácticos: el de la ilegalidad y el de la legalidad. Frente a la inclinación del anarquismo belga desde los años ochenta hacia la propaganda revolucionaria y la acción individual en detrimento de la organización sindical, los anarquistas en Sevilla adoptaron desde fines del siglo XIX precisamente la vía contraria: la organización pública del colectivo obrero, la incorporación a las sociedades obreras, dotándolas de una orientación 128 En Bélgica el movimiento obrero ya poseía en la década de los ochenta actitudes que trascendían a cada oficio en particular; un hecho relacionado con el impacto de la industria y del Estado en la línea de lo que J. Kocka ha observado para el caso alemán, esto es, a través de discriminaciones como la exclusión del derecho al voto que reforzó el sentido colectivo de clase más allá de los oficios concretos. En cambio, en Sevilla, donde el movimiento obrero mantenía una continuidad sensiblemente mayor con las tradiciones artesanales, la actividad de los anarquistas no sólo fue crucial en materia de organización, sino que además contribuyó notablemente a hacer que el movimiento obrero local tendiera a representar a todos los trabajadores sin distinciones. ¿Cómo interpretar, si no, las constantes proclamas en favor de la huelga general?; ¿y cómo comprender la realización de esa huelga general en octubre de 1901? Véase KOCKA, Jürgen; “Los artesanos, los trabajadores y el Estado: hacia una historia social de los comienzos del movimiento obrero alemán”, en Historia Social, nº 12, Ed. Instituto de Historia Social, Valencia, 1992, pp. 112-116; asimismo, KOCKA, Jürgen; “Problems of Working-Class Formation in Germany: The Early Years, 1800-1875”, en KATZNELSON, Ira y ZOLBERG, Aristide R. (Eds.); Working- Class Formation. Nineteeth-Century Patterns in Western Europe and the United States, Princeton University Press, Princeton, 1986, pp. 279-351.
40 revolucionaria y sustrayéndolas de la influencia republicana y socialdemócrata. Esta circunstancia habría de condicionar el distinto carácter de las respectivas acciones colectivas (carentes de dirección las de marzo de 1886, premeditadas y organizadas las de 1901) y contribuye a explicar el triunfo o no, según los casos, del socialismo: si el POB emprendió a raíz de los sucesos de 1886 su consolidación como partido de masas precisamente a partir de una labor de organización y cohesión obrera, en el entorno de Sevilla, donde el anarquismo ejercía esa labor de organización desde fines del siglo XIX, la presencia del PSOE no fue sino anecdótica hasta bien avanzado el siglo XX. Otro factor clave para la comprensión de las distintas orientaciones del discurso y de la acción colectiva fueron las diferentes experiencias de los obreros frente al Estado, frente al sistema político y, en suma, frente a los grupos de poder. Con un régimen liberal basado en el sufragio censitario, Bélgica experimentó tras 1886 un impulso en favor de la democracia que no sólo se circunscribió a los grupos en la órbita de los partidos burgueses sino que se extendió a los sectores obreros que vivían la exclusión del derecho al voto. Junto al hecho de que esa explícita discriminación por parte del Estado reforzó el sentido colectivo de clase entre los trabajadores belgas, tal circunstancia contribuye a explicar el ascenso en Bélgica de un socialismo que, en esa coyuntura, obtenía un emblema esencial bajo el que sintetizar sus reivindicaciones: la consecución del sufragio universal. No fue ésa precisamente la trayectoria que caracterizó al ejemplo español, entre otras razones porque el sufragio universal vigente en España no era sinónimo de democracia y, en la medida en que se hallaba matizado por el fraude electoral, provocó en el colectivo obrero sevillano un clima de desconfianza hacia toda vía de acción política como plataforma de lucha por sus derechos. Un fenómeno que, en realidad, inició con la decepción que para los trabajadores de la capital andaluza supuso la I República y que coincidió con el periodo en que las ideas libertarias empezaron a difundirse ampliamente entre la clase obrera local. Hay un tercer factor esencial para explicar la dualidad de trayectorias del movimiento obrero: la diferencia de intereses que manifestaron los respectivos grupos de poder ante la integración obrera en el régimen liberal. En el caso belga, al tiempo que se responde a la crisis redefiniéndose en su trayectoria industrial e ingresando decididamente en los procesos de concentración de la nueva era del capitalismo, se advierte la existencia de una burguesía que no sólo muestra una mayor disidencia frente al liberalismo doctrinario (visible en las escisiones producidas en los partidos liberal y católico), sino una mayor proclividad a la integración de la clase obrera en el régimen liberal. Como resultado ello, el Estado se decidió por adoptar una política de intervencionismo, eso sí, muy influida por el pensamiento
41 contrarrevolucionario de F. Le Play, pues se consideraba necesaria para el sostenimiento y equilibrio del sistema liberal129. Tal reacción contrasta con la experimentada en el ejemplo español: inscritos en una región que, tras la depresión económica, evoluciona primando actividades agro-mercantiles sobre las fabriles, los grupos dominantes de la capital andaluza, económicamente defensores de los intereses agro-mercantiles y políticamente integrados en el sistema oligárquico, bipartidista y clientelar de la Restauración, se mostraron menos decididos que sus homólogos belgas para llevar a cabo el reformismo y la integración obrera en el sistema liberal. Conforme a ello, el lenguaje de moderación o la táctica de legalidad con la que el POB consiguió el reconocimiento del Estado y los partidos burgueses belgas en 1893 tuvieron, paradójicamente, el efecto inverso en la patronal y las autoridades sevillanas cuando esas mismas premisas fueron proclamadas por los herreros entre abril y julio de 1901. Tal circunstancia contribuye a explicar el giro táctico experimentado por los obreros sevillanos hacia la huelga general revolucionaria, reforzando, por añadidura, su escepticismo ante toda plataforma política como medio para conseguir sus reivindicaciones. Dicho de otro modo, si la vía política que dominó la retórica del POB y que se acabó consolidando entre los obreros que protagonizaron los sucesos de 1886 se ajustaba al modelo de Estado interventor en materia económica y social al que se encaminaba Bélgica a partir de los años ochenta, la opción revolucionaria adoptada por los obreros sevillanos se halla en directa relación con sus experiencias frente a unos grupos de poder y un Estado caracterizados por la intransigencia y el inmovilismo al respecto. Detrás de estos factores se halla, en suma, la marea de fondo que representaban las distintas tradiciones e iniciativas económicas, las vicisitudes políticas y las culturas del trabajo. A este respecto, y aunque la lógica interna del cambio histórico sigue sometiéndose a debate, el análisis revela paralelismos significativos para la explicación de las distintas evoluciones. Así, el análisis de los casos estudiados permite sostener que el grado de integración en los nuevos procesos de desarrollo del capitalismo aquí y allá es proporcional al grado en que se ejecutaban políticas reformistas en uno y otro caso; que la existencia de grupos de interés y culturas del trabajo más proclives a ingresar en el nuevo modelo de 129 La actitud reformista del gobierno belga se hallaba muy influida por la célebre trilogía del pensamiento de F. Le Play: observar, estudiar y, finalmente, intervenir de modo que se reforme para conservar e impedir la transformación de la sociedad. Era el principio de “defensa social” que tuvo en Bélgica uno de sus focos originarios. Véase TULKENS, Françoise (Coord.); Généalogie de la défense sociale en Belgique, Univ. Lovaine, 1988, pp. 8 y ss.; 77 y ss. DUPONTBOUCHAT, Marie Sylvie; “Stratégies du maintient de l'ordre en Belgique et en France au XIXè siècle: la doctrine de la défense sociale”, en Historische Soziologie der Rechtswissenschaft, Frankfurt-sur-le-Main, 1986, pp. 93-94. El giro del gobierno belga hacia el intervencionismo mitigado del Estado en VELASCO MESA, Custodio; Los nombres de la “cuestión social”. Discurso y agitaciones obreras: Lieja y Sevilla en el tránsito de los siglos XIX y XX, Ed. Diputación de Sevilla, Sevilla, 2003, pp. 182-191.