El mundo social por Juan Cortada ; obra adornada con primorosas láminas inglesas grabadas sobre acero por los mas distinguidos artistas, copias de los mejores cuadros de las galerías de Dresde y Berlín por los grandes maestros del arte Rafael, Miguel-Angel, Ticiano, Murillo, Rubens, Cárlos-Dolce ..
Full text
EL
DON
JUAN
CORTADA,
OBRA
ADORNADA
CON
PRIMOROSAS
LAMINAS
INGLESAS
GRABADAS
SOBRE
ACERO
POR
LOS
MAS
DISTINGUIDOS
ARTISTAS
COPIAS
DE
LOS
MEJORES
CUADROS
DE
LAS
GALERIAS
DE
DRESÜE
Y
BERLIN
POR
LOS
GRANDES
MAESTROS
DEL
ARTE
RAFAEL
,
MIGUEL-ANGEL
,
TICIANO
,
MUR1LLO
,
RUBENS
,
CÁRLOS-DOLCE
,
MIERIS
,
POÜSSIN
,
ADAM,
GUIDO—REÑI,
SALVATOR-ROSA,
TENIERS
,
GERARDO-DOW
,
REMBRANT
,
VANDICK
,
ETC.
ETC.
BARCELONA.
LIBRERÍA
DE
D.
JOSÉ
RIBET,
EDITOR
Y
PROPIETARIO
nn
las
obras
de
gran
lujo
El
Paraíso
Perdido,
La
España
Artística
y
Monumental
i
OTRAf.
CALLE
DE
LA
FUSTERÍA,
NÚMERO
10
.
Barcelona.—Imp.
de
EL
PORVENIR,
de
Buenaventura
Bassas,
Tallera,
n.
(
51
y
53.-1864.
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MUNDO
SOCIAL.
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(CUADRO
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~-hfOrh-~
Pocos
reyes
subieron
al
trono
con
mejores
auspicios
que
Carlos
I
de
Ingla¬
terra;
pocos
contaron
desde
el
primer
dia
de
su
reinado
con
tanto
favor
popular,
y
pocos
también
tuvieron
tantas
dotes
para
granjearse
la
unánime
estimación
de
sus
súbditos.
Carlos,
severo
y
puro
emsus
costumbres,
piadoso,
frugal,
apli¬
cado
,
instruido
,
económico
,
amigo
del
orden
,
y
tan
lleno
de
dignidad
como
distante
del
orgullo
,
distinguíase
además
por
su
carácter
elevado
y
por
su
amor
á
la
justicia.
Su
figura
noble
y
agradable
,
sus
delicadísimos
modales,
su
gra¬
ciosa
y
simpática
apostura,
imponían
y
gustaban
al
mismo
tiempo
tanto
á
la
aristocracia
inglesa
como
al
pueblo.
Estas
bellas
dotes
presentaban
con
las
cir¬
cunstancias
de
su
predecesor
un
contraste
tan
grande
y
tan
favorable
á
Cárlos,
que
ello
solo
bastara
para
hacerle
bienquisto
de
aquellos
que
debían
obedecerle.
La
Inglaterra
cansada
de
las
costumbres
ignobles,
de
la
locuacidad
necia
y
de
la
ridicula
pedantería
de
Jacobo
I,
se
prometió
un
reinado
venturoso
bajo
el
ré¬
gimen
del
nuevo
príncipe
que
ocupó
el
solio
en
27
de
marzo
de
1625
;
de
suerte
que
Cárlos
y
su
pueblo
se
pusieron
en
contacto
con
una
confianza
absoluta;
y
no
obstante
era
imposible
que
se
comprendieran
recíprocamente
y
que
conser¬
varan
la
armonía.
Para
formarse
una
idea
exacta
del
estado
de
Inglaterra
en
este
memorable
período
de
su
historia,
es
indispensable
retroceder
algunos
pasos.
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
2
En
la
Europa
del
continente
las
monarquías
sacudiendo
todas
las
trabas
que
las
contuvieron
hasta
entonces,
se
convertían
en
absolutas,
porque
habiendo
logrado
sujetar
el
turbulento
y
escesivo
poder
de
los
barones,
y
siéndoles
ya
innecesario
el
ausilio
del
pueblo,
dominaron
á
este
como
habían
sometido
á
aquellos
;
destrozaron
las
libertades
municipales
,
y
dejaron
que
el
pueblo
en¬
riqueciéndose
con
el
comercio
y
con
el
ejercicio
de
la
industria
se
olvidara
com¬
pletamente
de
mezclarse
en
el
gobierno.
Los
señores
alejados
ya
de
los
castillos
feudales,
cuya
soledad
los
espantaba
,
corrieron
á
la
corte
y
dejaron
de
ser
tira¬
nos
de
sus
vasallos
para
convertirse
en
servidores
de
los
reyes.
En
Inglaterra
se
había
hecho
sentir
este
movimiento,
y
en
particular
fué
notable
desde
que
subió
al
trono
la
casa
de
Tudor
hacia
1184
,
época
en
que
los
magnates
no
eran
bastante
fuertes
para
luchar
contra
el
rey,
ni
bastante
ami¬
gos
para
coligarse
y
sostenerse.
La
aristocracia
inglesa
en
sus
últimos
esfuerzos
se
habia
negado
á
dar
subsidios
al
rey
para
las
espediciones
lejanas,
y
temiendo
que
su
fuerza
no
bastaría
para
acreditar
la
resistencia,
acudió
al
ausilio
de
la
cámara
baja,
sin
advertir
que
daba
importancia
á
esta,
y
que
en
vez
de
uno
ella
misma
se
creaba
dos
adversarios.
En
efecto,
los
reyes
apelaban
á
esa
cá¬
mara
para
alcanzar
la
victoria
contra
la
nobleza,
y
esta
la
llamaba
en
su
au¬
silio
para
contrarestar
al
rey
,
siendo
el
resultado
natural
de
esa
pugna
acrecer
el
orgullo
y
la
fuerza
de
ese
cuerpo
intermedio
,
del
cual
los
dos
adversarios
ne¬
cesitaban.
El
enérgico
carácter
de
Enrique
YÍII
vino
á
cambiar
el
aspecto
de
las
cosas,
porque
ese
rey
que
se
propuso
ser
á
toda
costa
absoluto
,
para
hacerse
dueño
del
poder
político
echó
mano
del
poder
religioso,
se
erigió
en
jefe
de
la
religión,
mandó
ejecutar
como
impíos
á
cuantos
se
negaban
á
obedecerle
,
é
hizo
uso
de
la
tiranía
para
despojar
al
clero
en
beneficio
propio
y
en
el
de
los
nobles,
quienes
en
consecuencia
le
dejaron
hacer;
mas
si
esa
energía
logró
retardar
la
hora
en
que
comenzaran
á
discutirse
los
derechos
políticos,
esa
discusión
debia
entablarse
en
el
momento
en
que
aquella
energía
cediera
por
el
cansancio
ó
por
el
carácter
del
que
debia
desplegarla.
Así
aconteció
en
la
época
de
los
Stuarts.
El
despotismo
de
esta
familia
estaba
en
oposición
con
la
reforma
y
con
los
dog¬
mas
introducidos
por
ella,
y
como
el
pueblo
de
poco
en
poco
habia
alcanzado
derechos,
una
representación
y
una
parte
del
poder
soberano
,
aunque
meticu¬
loso
al
principio
se
fué
mostrando
mas
osado.
El
comercio
y
la
subdivisión
de
bienes
nacida
del
despojo
del
clero
y
de
los
suplicios
de
muchos
aristócratas,
ha¬
bían
convertido
en
grande
propietaria
á
la
nobleza
de
segundo
orden
,
de
mane¬
ra
que
la
cámara
de
los
lores
era
menos
rica
que
la
de
los
comunes,
la
cual
no
creyéndose
bastante
garantida
con
el
antiguo
régimen
,
quería
mas
derechos
que
le
aseguraran
la
posesión
de
sus
riquezas.
De
aquí
nació
la
lucha
entre
los
rea¬
listas
para
quienes
toda
concesión
espontánea
ó
arrancada
á
la
fuerza
emanaba
del
trono
,
y
los
liberales
que
no
viendo
en
la
monarquía
mas
que
el
emblema
de
las
usurpaciones
fomentaban
la
animosidad
del
país
contra
los
reyes.
3
GARLOS
I
DE
INGLATERRA.
El
pueblo
inglés
no
Labia
hecho,
como
el
escocés
,
la
revolución
religiosa,
sino
que
hubo
de
admitirla
de
parte
del
monarca
,
que
habiéndose
convertido
en
apóstol
para
ser
déspota,
conservó
los
dogmas
y
los
ritos
del
catolicismo,
sin
hacer
de
pronto
otra
cosa
que
sustituir
la
autoridad
del
rey
á
la
del
papa.
Las
controversias
religiosas
habian
acostumbrado
á
todas
las
clases
á
discutir
acerca
de
la
autoridad
,
hasta
el
punto
que
el
espíritu
de
exámen
y
de
independencia
hizo
reproducir
la
cuestión
de
la
reforma
entre
los
mismos
protestantes,
que
se
dividieron
en
episcopales
y
presbiterianos.
Los
Stuarts
estaban
muy
distantes
de
poseer
aquella
firmeza
combinada
con
la
prudencia
que
es
indispensable
para
fi¬
jar
los
límites
entre
las
concesiones
y
la
resistencia.
Esta
es
precisamente
en
los
períodos
de
revueltas
la
piedra
de
toque
para
avalorar
á
un
gobierno,
y
en
esa
terrible
prueba
han
sucumbido
los
primeros
hombres
de
estado
y
los
reyes
que
se
preciaban
y
tenían
reputación
de
serlo.
Los
Tudor
habian
contado
con
una
obediencia
absoluta,
merced
ala
prospe¬
ridad
que
procuraron
á
la
Inglaterra,
mas
el
peligro
de
dañarla
en
sus
intereses
materiales
era
inmenso,
y
sin
embargo
esto
no
arredró
á
los
Stuarts.
Jacobo
I,
príncipe
escocés
y
rodeado
de
escoceses,
admitido
con
repugnan¬
cia
por
todos
los
ingleses,
mas
teólogo
que
político
y
descendiente
de
los
Guisas,
toleraba
los
católicos,
ajustaba
alianzas
con
España,
y
no
era
ya
el
jefe
del
par¬
tido
protestante
en
Europa.
Pedante
como
un
déspota
,
léjos
de
doblegarse
vo¬
luntariamente
al
inevitable
progreso
de
la
libertad,
se
manifestó
resuelto
á
fun¬
dar
en
Inglaterra
la
monarquía
pura
que
alardeaba
en
el
continente
y
dispertó
los
recelos
que
causa
el
poder
sin
valerse
de
él
osadamente,
buscó
remedios
á
tientas
sin
tener
seguridad
en
sus
mismas
disposiciones,
con
lo
cual
ofreció
oca¬
sión
á
los
debates,
y
queriendo
hacer
rostro
á
los
derechos
del
parlamento
no
consiguió
otra
cosaque
asegurarlos.
Irritada
no
obstante
la
cámara
por
la
con¬
trariedad
que
encontraba
en
el
rey,
se
vengó
de
sus
arbitrariedades
examinando
minuciosamente
sus
gastos,
en
cuya
vista
Jacobo,
cual
si
se
confesara
vencido,
hubo
de
conceder
franquicias
nacionales,
y
desprenderse
de
las
alianzas
estran-
jeras.
En
el
momento
en
que
el
trono
acababa
de
sufrir
esta
doble
derrota
vino
á
ocuparlo
Garlos
I.
Apenas
hubo
ceñido
la
corona
cuando
despidió
el
enjambre
de
bufones
y
de
viciosos
que
llenaban
el
palacio
del
pedante
afeminado
que
le
Labia
precedido,
obligó
á
los
nobles
á
corregirse
ó
por
lo
menos
á
ocultar
sus
vicios,
y
honró
á
los
hombres
de
talento;
mas
por
desgracia
suya
estaba
tan
per¬
suadido
como
su
padre
de
que
un
rey
no
debe
sufrir
cortapisas,
y
de
que
la
causa
de
haberse
hecho
fuerte
el
parlamento
no
Labia
sido
otra
que
la
debilidad
de
los
reyes.
Este
erróneo
juicio
dependía
de
que
Carlos
conservaba
el
antiguo
instinto
de
su
familia
por
el
poder
despótico
,
sin
advertir
que
la
Inglaterra
era
muy
dis¬
tinta
de
la
Escocia
,
y
que
los
señores
feudales
de
esta
no
fueron
capaces
de
opo-
4
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
ner
la
resistencia
que
debía
esperar
de
la
clase
media
de
aquella.
El
primer
error
de
Carlos
fué
casarse
con
Enriquela
de
Francia
,
princesa
bella
,
virtuosa,
ins¬
truida
,
pero
francesa
y
católica
,
la
cual
en
los
capítulos
matrimoniales
se
ha¬
bía
reservado
el
libre
ejercicio
de
su
religión
para
ella
,
para
su
servidumbre
y
para
sus
hijos,
con
capilla
,
sermones
y
sacramentos,
bajo
la
dirección
de
un
obispo
limosnero
,
único
que
debía
entender
y
fallar
en
los
negocios
eclesiásticos
que
pudieran
ocurrir
entre
las
personas
susodichas.
Había
además
un
convenio
reservado
en
el
cual
el
rey
se
obligaba
á
tolerar
en
cuanto
pudiese
los
súbditos
católicos.
María
de
Médicis
dió
á
su
hija
algunas
instrucciones
por
escrito,
y
en
todas
ellas
la
estimulaba
para
que
fuese
buena
católica,
protegiese
á
los
católicos,
y
procurase
por
medio
de
su
ejemplo
y
de
sus
obras
atraer
á
los
súbditos
protes¬
tantes
al
gremio
del
catolicismo.
Enriqueta
dejándose
llevar
del
celo
religioso
,
y
olvidando
que
estaba
en
un
país
intolerante,
no
quiso
ser
coronada
á
fin
de
no
tomar
parte
en
ceremonias
heréticas;
y
como
muy
luego
quiso
mezclarse
en
los
asuntos
políticos
fué
odiada
por
la
nación
,
que
además
sospechó
que
su
ascendiente
había
convertido
á
su
esposo
en
papista.
Estas
sospechas
perjudicaron
á
Cárlos
tanto
como
el
haber
conservado
cerca
de
su
persona
al
duque
de
Buckingham,
favorito
de
su
padre,
hombre
frívolo
y
presuntuoso
,
que
desplegaba
un
lujo
desconocido
hasta
entonces,
y
que
escanda¬
lizó
al
pueblo
,
haciendo
servir
á
los
hombres
de
bestias,
puesto
que
fué
el
intro¬
ductor
de
las
literas
en
Londres.
Para
vengarse
de
un
agravio
personal
que
por
su
conducta
en
Francia
le
hizo
muy
merecidamente
Richelieu
,
ministro
entonces,
aconsejó
á
Cárlos
que
en
calidad
de
protector
de
los
hugonotes,
declarase
la
guerra
á
la
Francia,
y
el
rey
creyendo
que
esto
seria
agradable
á
su
pueblo
cedió
á
la
voluntad
del
ministro
,
pero
tuvo
el
desacierto
de
confiar
la
espedicion
al
mismo
consejero
,
que
quedó
desairado
en
ella.
Este
contratiempo
y
el
ver
que
no
se
ponían
en
ejecución
las
leyes
promulgadas
contra
los
que
despreciaban
las
creencias
religiosas
del
pueblo
inglés,
produjeron
grande
descontento
,
y
prepa¬
raron
el
ánimo
del
público
contra
el
monarca.
En
tal
disposición
y
habiéndose
declarado
la
guerra
á
España
á
instancias
del
mismo
Buckingham
,
se
convocó
el
parlamento
á
fin
de
pedirle
subsidios,
y
en
este
punto
comienza
aquel
terrible
conílicto
que
había
de
tener
un
desenlace
tan
funesto.
El
parlamento
comprendió
que
todo
su
poder
estribaba
en
el
derecho
de
vo¬
tar
los
presupuestos,
se
quejó
amargamente
del
ministro
y
negó
los
subsidios,
y
el
rey
para
conservar
al
favorito
cerró
las
cámaras,
sin
advertir
el
desaire
que
con
esto
recibían
los
representantes
del
país.
Mas
viendo
que
los
medios
que
la
constitución
política
ponía
en
sus
manos
eran
insuficientes
para
reunir
fondos,
se
vió
precisado
á
convocar
otra
vez
al
parlamento,
cuyos
miembros
se
presentaron
decididos
á
hacer
la
oposición
con
mas
empeño
que
la
vez
primera.
El
rey
al
abrir
GARLOS
I
DE
INGLATERRA.
O
la
sesión
dijo:
«
Os
he
reunido
porque
el
parlamento
es
el
mas
antiguo,
el
mas
pronto
y
el
mejor
medio
para
obtener
los
subsidios
necesarios
á
nuestra
seguri¬
dad,
y
para
salvar
á
nuestros
amigos
de
su
inminente
ruina.
Si
vosotros
no
hacéis
vuestro
deber,
yo
que
quiero
cumplir
con
mi
conciencia,
emplearé
los
otros
me¬
dios
que
Dios
ha
puesto
en
mis
manos
para
salvar
lo
que
podría
perderse
por
la
locura
de
unos
pocos.
No
creáis
que
esto
son
amenazas,
que
yo
no
usará
nunca
sino
con
mis
iguales;
no
es
mas
que
un
aviso
del
que
por
su
carácter
y
por
su
deber
se
ocupa
de
vuestra
salvación
y
de
vuestra
prosperidad.»
A
estas
palabras
el
guardasellos
anadió
algunas
otras
que
venían
á
confirmarlas,
sin
dejar
de
repe¬
tir
que
si
el
parlamento
no
obraba
como
debía,
le
quedaban
al
rey
otros
medios
para
conseguir
los
subsidios
que
necesitaba.
Este
lenguaje
no
impuso
al
parlamento
que
estaba
resuelto
á
obligar
al
po¬
der
á
que
reconociera
sus
libertades,
y
que
no
hiciera
pasar
por
concesión
lo
que
era
un
derecho,
ni
se
decorasen
con
el
título
de
derechos
los
abusos.
En
este
empeño
estaban
conformes
todos
los
ingleses,
y
por
esto
el
parlamento
podía
con¬
tar
con
la
adhesión
y
el
apoyo
del
pueblo.
Sentábanse
en
la
cámara
hombres
en¬
tendidos
y
á
quienes
sobraba
el
ardimiento,
muy
dispuestos
á
llevar
adelante
lo
que
se
habían
propuesto
,
con
una
tenacidad
inflexible
,
é
incapaces
de
arredrar¬
se
por
los
contratiempos,
y
menos
todavía
por
las
intrigas
y
manejos
de
la
corte,
la
cual
para
resistir
á
oposición
tan
formidable
solo
tenia
el
poder
de
la
costum¬
bre,
la
temeridad
de
Buckingham
y
la
imprudente
altanería
del
monarca.
Al
principio
éste
y
el
parlamento
se
condujeron
como
amigos;
cosa
fácil
todavía,
porque
el
segundo
aunque
resuelto
á
defender
sus
derechos,
no
habia
imaginado
nunca
arrebatar
al
rey
ninguno
de
los
que
en
realidad
le
compitieran.
Pero
co¬
mo
en
la
cámara
habia
miembros
que
no
fueron
á
ella
con
las
pacíficas
intencio¬
nes
de
la
mayoría,
como
el
odio
contra
el
ministro
era
general,
como
al
fin
todos
conocían
que
en
realidad
el
monarca
conculcaba
las
leyes
en
beneficio
del
poder
absoluto
á
que
aspiraba
,
bien
pronto
los
discursos
resintiéndose
de
esta
disposición
de
los
ánimos,
fueron
haciéndose
mas
libres
y
atrevidos,
y
aunque
se
acordó
volar
los
subsidios,
fué
redactado
primero
el
bilí
de
la
petición
de
de¬
rechos
,
segunda
base
de
la
libertad
inglesa.
Los
subsidios
y
esta
petición
dieron
lugar
á
mensajes
del
rey
á
la
cámara,
y
á
tumultuosos
debates
en
esta
,
porque
se
mezcló
en
todo
el
nombre
de
Buckingham,
que
tomando
aire
de
soberano
ha¬
bia
aplaudido
en
el
consejo
la
determinación
del
parlamento
y
hablado
de
este
mas
de
lo
que
debiera
un
ministro.
La
cámara
ofendida
se
declaró
abiertamente
contra
este,
remitió
á
la
de
los
pares
la
petición
de
derechos
para
que
le
diese
su
consentimiento,
y
los
pares
comenzaron
á
encontrarse
perplejos
y
envueltos
en
esas
discordias
que
lentamente
iban
pululando
entre
el
rey
y
los
representan¬
tes
del
pueblo.
Crecían
los
rumores
de
descontento
público
,
en
la
cámara
defen¬
díanse
las
intenciones
del
rey
,
lo
cual
prueba
que
no
por
todos
eran
reconocidas
CAllLOS
I
DE
INGLATERRA.
í)
como
justas,
se
atacaba
directamente
al
ministro
,
hablábase
de
lo
que
en
épo¬
cas
anteriores
habían
hecho
los
parlamentos,
y
por
fin
el
rey
temiendo
desafiar
las
iras
que
cada
dia
eran
mas
temibles,
acordó
sancionar
la
petición
de
dere¬
chos
,
como
lo
hizo
en
siete
de
junio
en
la
cámara
de
los
pares
con
la
cual
se
había
reunido
la
de
los
comunes.
La
cámara
alcanzó
el
primer
triunfo
decisivo,
y
pudo
conocer
cuánta
era
su
fuerza
supuesto
que
había
arrastrado
al
rey,
al
mi¬
nistro
,
á
cuantos
rodeaban
al
monarca
y
á
la
misma
cámara
de
los
pares,
com¬
puesta
de
personas
no
enemigas
de
la
libertad,
pero
que
hubieran
renunciado
á
reclamarla
á
trueque
de
no
disgustar
á
Cárlos.
La
petición
de
derechos
contenia
en
suma
los
cuatro
artículos
siguientes:
Que
no
podía
ponerse
preso
á
un
hombre
libre,
ni
aun
por
orden
del
rey,
sin
mani¬
festarse
el
motivo
legal
de
su
prisión.
Que
no
podían
exigirse
dones
gratuitos,
préstamos,
ni
subsidios,
sin
el
consentimiento
de
las
dos
cámaras.
Que
los
ciuda¬
danos
no
podían
ser
vejados
con
alojamientos
para
las
tropas
de
mar
ó
de
tierra.
Que
la
ley
marcial
quedaba
abolida,
y
que
nadie
podia
ser
juzgado
sino
en
con¬
formidad
con
las
leyes
del
reino
y
enjuicio
ordinario.
La
cámara
abusando
del
triunfo
tuvo
nuevas
exigencias,
y
el
rey
cansado
de
ellas
prorogó
el
parlamento,
lo
cual
aumentó
el
disgusto
é
hizo
que
se
ha¬
blara
mas
contra
el
ministro
hasta
que
este
fué
asesinado
por
Felton,
que
se
jactaba
de
haber
cumplido
un
deber,
y
dado
la
libertad
á
la
patria.
Cárlos
se
indignó
no
solo
por
el
asesinato
de
su
favorito,
sino
mas
todavía
por
el
regocijo
con
que
el
público
supo
esta
noticia.
Sin
embargo
con
ánimo
de
acallar
el
desa¬
sosiego
dictó
órdenes
severas
para
reprimir
á
los
papistas,
y
al
mismo
tiempo
favoreció
á
los
adversarios
del
parlamento;
dándoles
pingües
destinos
consiguió
hacer
suyos
á
algunos
de
sus
miembros
mas
influyentes,
y
rodearse
de
hombres
de
saber
y
de
energía
que
valían
mucho
y
eran
capaces
de
dirigir
el
gobierno.
Este
cambio
sin
embargo
no
tenia
por
parte
de
Cárlos
otro
objeto
que
volver
al
despotismo,
pero
de
una
manera
embozada,
y
contando
con
la
adhesión
de
per¬
sonas,
cuyos
consejos
esperaba
que
podrían
secundarle
en
esta
empresa.
Abier¬
to
de
nuevo
el
parlamento
se
mostró
mas
hostil
á
Cárlos,
quiso
quitarle
los
de¬
rechos
que
percibía
sobre
los
pesos
y
medidas,
y
al
fin
irritó
al
rey
de
manera
que
este
decidió
otra
vez
la
prorogacion.
En
esa
cámara
se
había
presentado
un
hombre
desconocido,
andrajoso,
de
malísima
catadura,
que
hablando
como
un
energúmeno
declamó
en
lenguaje
vulgar
y
hasta
indigno
contra
la
indul¬
gencia
de
un
obispo
en
pro
de
un
predicador
papista.
Ese
hombre
era
Oliverio
Cromwell,
á
quien
la
cámara
escuchó
con
benevolencia,
sin
embargo
de
que
ni
su
lenguaje
ni
sus
modales
le
hacían
merecedor
de
ser
oido
por
un
instante
en
la
reunión
de
los
que
representaban
la
Inglaterra.
Pero
la
cámara
estaba
dis¬
puesta
á
cuanto
pudiese
encender
las
pasiones
y
servir
de
cargo
contra
el
mo¬
narca.
CARLOS
1
DE
INGLATERRA.
7
Desde
aquel
momento
convencido
Carlos
de
que
el
parlamento
trataba
de
derribar
la
monarquía,
resolvió
gobernar
solo
y
lo
dijo
en
un
manifiesto
que
fue
publicado
en
10
de
marzo
de
1620;
mas
á
pesar
de
esta
declaración
solemne
aun
mantenía
la
esperanza
de
que
en
caso
urgente
ó
apurado
siempre
podría
reunir
á
los
representantes
del
país
para
obtener
subsidios,
ó
buscar
la
fuerza
que
á
su
gobierno
faltase;
de
suerte
que
esa
disolución
no
era
un
golpe
de
Esta¬
do
que
tendiese
á
variar
la
forma
de
gobierno
ni
las
leyes
fundamentales
de
In¬
glaterra,
sino
un
alarde
para
demostrar
á
la
nación
y
á
las
cámaras
que
un
rey
podía
gobernar
sin
el
concurso
del
parlamento,
y
que
la
existencia
de
este
de¬
pendía
de
la
voluntad
del
soberano.
Esperaba
Carlos
y
con
él
los
consejeros,
que
el
pueblo
comprendería
mas
ó
menos
tarde
que
cuando
el
rey
y
el
parlamento
se
ponen
en
pugna,
quien
debe
ceder
es
este,
puesto
que
por
sí
solo
no
es
suficien¬
te
para
dirigir
el
gobierno,
mientras
el
otro
se
basta
á
sí
propio.
La
corte
dió
mas
latitud
á
estas
ideas,
y
libre
de
la
molestia
y
de
la
especie
de
censura
que
las
cámaras
ejercían
sobre
ella,
creyó
que
habia
venido
una
restauración,
que
era
posible
entregarse
de
nuevo
á
las
fiestas
y
á
las
intrigas
cortesanas,
que
cesaria
el
mal
humor
del
rey,
que
se
desvanecería
el
miedo
habitual
de
la
reina,
y
que
la
ambición
podría
campear
y
disputarse
sin
traba
de
ninguna
clase
los
favores
del
soberano.
El
pueblo
no
obstante
dando
á
ese
paso
una
interpretación
muy
distinta,
creyó
que
se
trataba
de
abolir
el
parlamento,
mientras
todos
los
hombres
adictos
al
absolutismo
y
los
papistas
se
felicitaban
por
el
alcanzado
triunfo,
que
en
la
apariencia
era
decisivo,
puesto
que
eran
presos
en
la
torre
y
en
las
cárceles
los
principales
sostenedores
de
los
derechos
políticos
que
con
mas
ardor
los
habían
proclamado
y
defendido.
El
odio
del
pueblo
fuá
creciendo,
la
entereza
de
los
acusados
daba
ejemplos
de
valor
y
de
esperanza,
los
presos
eran
victoreados
cuando
los
trasladaban
de
un
punto
á
otro;
mas
la
poca
constancia
de
algunos
y
el
rigor
que
desplegó
el
gobierno
acabaron
por
sufocar
la
voz
del
público;
y
en¬
tonces
el
gobierno
se
creyó
definitivamente
árbitro
del
país
que
se
habia
enaje¬
nado.
Obrando
el
rey
con
libertad
omnímoda
firmó
la
paz
con
la
Francia
y
con
la
España,
en
el
mismo
año
1629
yen
el
siguiente,
con
lo
cual
ni
tuvo
enemi¬
gos
en
el
esterior,
ni
en
su
concepto
Je
quedaban
fiscales
ni
opositores
en
el
rei¬
no.
El
pueblo
se
fue
olvidando
de
la
política;
y
dirigiendo
su
actividad
á
otra
parte
se
dedicó
con
mas
ahinco
á
la
agricultura,
á
la
industria,
á
la
navegación
y
ni
comercio,
á
todo
lo
cual
no
ponía
traba
ninguna
el
gobierno,
viniendo
con
esto
á
desenvolverse
rápidamente
la
prosperidad
pública
y
á
reinar
el
orden,
de
suerte
que
se
estableció
en
todo
una
regularidad
floreciente
que
justificaba
al
gobierno
y
tenia
resignado
y
contento
al
pueblo.
Guando
Carlos
habia
calmado
la
pública
efervescencia
y
dormido
por
lo
me¬
nos
las
iras
de
sus
mas
ardientes
adversarios,
hubo
de
volver
su
atención
á
las
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
8
intrigas
y
á
los
bandos
de
la
corte,
en
donde
los
mas
allegados
al
monarca
se
disputaban
el
resucitado
despotismo.
La
reina
á
quien
siempre
disgustó
su
nue¬
va
patria,
en
la
cual
todo
le
era
estraíío
y
repugnante,
no
tardó
en
tratar
al
rey
con
insolencia,
de
suerte
que
Carlos
se
vió
precisado
á
enviar
al
continente
á
la
mayor
parte
de
los
servidores
que
de
Francia
había
traído.
Mucho
contribuyeron
á
exasperar
el
carácter
de
la
princesa
las
contrariedades
del
parlamento:
mas
ahora
en
que
era
realmente
reina,
pensó
hacer
uso
del
poder,
y
desde
luego
su¬
po
adquirir
sobre
su
esposo
un
ascendiente
muy
grande,
y
que
toleraba
Carlos
en
gracia
del
bienestar
doméstico,
que
tan
bien
se
ajustaba
con
su
gravedad
na¬
tural
y
con
la
pureza
de
sus
costumbres.
Mas
el
carácter
ligero
de
Enriqueta
no
se
satisfacía
con
esta
felicidad
tranquila,
sino
que
le
hacia
menester
un
imperio
absoluto,
el
dirigir
los
negocios
del
Estado
y
aun
la
circunstancia
de
que
fuera
cosa
pública
la
parte
que
en
el
gobierno
le
cabia.
Estimulábanla
para
tener
ta¬
les
exigencias
los
papistas,
los
ambiciosos,
los
cortesanos
jóvenes
que
de
ella
esperaban
su
fortuna,
ó
quizás
el
triunfo
de
sus
ideas.
Quería
reinar
y
lo
decía,
y
á
Cárlos
no
le
quedaba
mas
medio
que
transigir
con
la
enérgica
voluntad
de
su
esposa
á
quien
ausiliaba
dentro
del
palacio
y
en
la
corte
un
partido
podero¬
so.
Los
caprichos
y
la
voluntad
de
la
princesa
hallaron
dos
adversarios
muy
temibles,
y
que
decididos
á
sustentar
el
poder
de
Cárlos
comprendían
todos
los
males
que
era
fuerza
naciesen
del
carácter
y
de
la
altanería
de
su
esposa.
Esos
dos
hombres
eran
el
conde
de
Strafford
y
su
amigo
el
arzobispo
Laúd,
ministros
ambos
y
ministros
muy
queridos.
'
El
primero
había
sido
en
el
parlamento
uno
de
los
mas
ardientes
sustentado¬
res
de
las
libertades
públicas;
pero
disgustado
al
ver
el
sesgo
que
la
cámara
iba
tomando
y
la
animosidad
que
contra
el
rey
ganaba
en
ella
terreno,
se
separó
de
sus
amigos,
y
llamado
por
el
monarca
á
su
consejo
se
consagró
á
servirle
con
el
talento
y
la
energía
que
había
demostrado.
Era
ambicioso,
tenia
atan
de
gloria,
y
habían
ofendido
su
amor
propio
la
grandeza
y
el
encumbramiento
de
Buckin-
gham.
Se
propuso
ocupar
su
puesto,
encumbrarse
como
él,
dominar
y
desplegar
su
talento,
la
energía
de
carácter
y
su
decisión
para
derribar
cuantos
obstácu¬
los
se
opusieran
al
plan
de
gobernar
y
de
sostener
el
imperio
de
Cárlos.
Enemigo
de
respetar
intereses
particulares
y
decidido
á
favor
de
los
generales,
aseguró
la
autoridad
real,
estirpó
abusos,
restableció
el
orden
,
y
á
fuer
de
hombre
que
comprendía
con
qué
condiciones
puede
un
rey
ser
absoluto,
no
desconoció
ni
ol¬
vidó
nunca
la
prosperidad
y
la
gloria
de
su
patria
que
amaba
entrañablemente.
Semejante
hombre
conculcaba
con
desprecio
las
innumerables
intrigas
de
la
corte,
y
les
oponía
la
firmeza
de
su
voluntad
y
los
recursos
de
su
estraordinario
ta¬
lento.
Estaba
secundado
por
su
amigo
Guillermo
Laúd,
obispo
de
Londres
y
mas
tarde
arzobispo
de
Cantorbery
,
hombre
instruido
,
desinteresado,
celoso
del
po-
CARLOS
1
DE
INGLATERRA.
9
der
episcopal,
aun
con
detrimento
de
las
prerogativas
reales,
de
que
era
defen
•
sor
acérrimo
siempre
que
no
contrastasen
con
las
del
clero.
Su
autoridad
era
vio¬
lenta
y
dura:
perseguía
sin
reposo
la
libertad
y
los
abusos,
era
brusco
é
ira¬
cundo
,
enemigo
implacable
de
los
palaciegos,
y
nada
le
importaban
las
enemis¬
tades
,
creyendo
que
la
autoridad
era
suficiente
para
todo
,
aun
á
despecho
de
los
que
debían
acatarla.
Regida
por
estos
dos
varones,
la
monarquía
presentaba
un
aspecto
floreciente,
pero
carecía
de
libertad.
El
rey
exigía
los
derechos
sobre
los
pesos
y
medidas,
otra
contribución
de
los
que
no
iban
á
oir
los
sermones,
y
otra
para
los
gastos
de
la
marina
que
había
alcanzado
un
auge
muy
notable;
pero
como
el
gobierno
no
daba
cuenta
de
sus
actos
era
calificado
de
tirano,
y
no
cesaban
las
declamaciones
contra
los
tribunales
que
so
pretesto
de
mantener
la
paz
castigaban
las
palabras,
los
pensamientos
y
las
alusiones.
Confiado
á
Strafford
el
gobierno
de
Irlanda
,
este
país
que
hasta
entonces
ha¬
bía
sido
oneroso
para
Inglaterra
se
convirtió
en
una
mina
de
riquezas
y
de
fuer¬
zas
:
pagóse
la
deuda
pública
,
se
puso
orden
en
la
administración
,
la
aristo¬
cracia
no
tiranizó
á
los
pueblos
y
los
partidos
dejaron
de
despedazarse
unos
á
otros.
El
ejército
cesó
de
robar
á
los
habitantes,
y
la
agricultura
,
el
comercio
y
la
industria
contando
con
una
seguridad
y
una
protección
que
nunca
habían
co¬
nocido,
adquirieron
una
importancia
asombrosa.
Laúd,
aunque
menos
capaz
que
su
amigo,
imitó
en
Inglaterra
lo
que
el
otro
hacia
en
Irlanda.
Estirpó
abusos,
arrancó
vejámenes
para
el
comercio
,
estudió
los
intereses
generales
,
indagó
cuáles
eran
las
verdaderas
fuentes
de
la
pública
riqueza
,
y
dirigió
todos
sus
conatos
á
lograr
que
el
gobierno
correspondiese
á
lo
que
la
nación
tenia
derecho
á
esperar
de
sus
desvelos.
Los
cortesanos
odiaron
á
esos
hombres
que
ajenos
á
las
intrigas
y
álos
partidos
de
los
nobles
que
disputa¬
ban
por
una
merced
ó
por
una
sonrisa
del
monarca,
los
despreciaban
á
todos
sin
hacer
cosa
alguna
para
disimular
ese
desprecio.
Ni
su
figura,
ni
sus
modales,
ni
la
elegancia
de
sus
personas
estaban
en
armonía
con
los
gustos
y
aficiones
de
la
corte
,
y
como
eran
austeros
y
declamaban
contra
la
relajación
cortesana,
se
declararon
enemigos
suyos
cuantos
estaban
acostumbrados
á
las
demasías,
al
desorden
y
á
la
prodigalidad
de
la
corte.
La
reina
los
miraba
como
enemigos
de
su
influjo
,
la
aristocracia
no
podía
perdonarles
su
súbito
encumbramiento
,
y
la
corte
sin
advertir
las
consecuencias
de
su
determinación
sandía,
se
unió
con
el
pueblo
á
fin
de
contrarestar
el
tiránico
poder
de
esos
dos
hombres.
El
rey
no
se
dejó
llevar
de
malos
consejos,
sino
que
continuó
dispensándoles
una
confianza
absoluta
,
sin
lograr
por
esto
que
la
corte
cediese
en
su
animadversión
ni
en
sus
proyectos.
Cárlos
no
tanto
pensaba
en
gobernar
como
en
ser
rey
,
y
este
error
le
conducia
á
ocuparse
de
las
formalidades
de
la
etiqueta,
del
humor
de
la
reina,
de
los
hábitos
de
la
corte
mas
que
de
los
intereses
de
la
nación
hacia
los
cua¬
les
ambos
ministros
le
obligaban
á
volver
la
vista
con
mas
frecuencia
de
lo
que
GARLOS
I
DE
INGLATERRA.
10
él
hubiera
hecho
espontáneamente.
No
contando
sino
con
su
influjo
,
de
conti¬
nuo
habían
de
hacer
rostro
á
influjos
de
otras
personas,
estaban
precisados
á
sincerarse
de
sus
acciones
y
palabras
,
corrían
el
riesgo
de
que
se
interpretara
mal
cuanto
ejecutaban
ó
decían
:
y
todas
estas
miserias
los
ocupaban
y
aburrían,
sin
hallar
mas
compensación
que
la
confianza
de
Carlos
,
que
creía
hacer
bas¬
tante
con
mantenerlos
en
su
puesto.
Trascendían
al
público
esas
contrariedades
que
esperimentaban
los
minis¬
tros
,
para
nadie
era
un
misterio
lo
que
se
hacia
á
fin
de
derribarlos,
se
ponde¬
raban
aun
mas
de
la
verdad
los
esfuerzos
que
les
eran
necesarios
para
sostener¬
se
,
se
vaticinaba
su
próxima
caída
,
no
se
creía
que
sus
sucesores
adoptasen
el
mismo
sistema,
y
el
resultado
de
todo
esto
era
que
el
gobierno
careciese
de
com
sideración
y
de
fuerza.
En
los
negocios
eclesiásticos
reinaba
la
misma
vacilación
que
en
los
políticos:
había
tolerancia
y
aun
mercedes
para
los
católicos,
y
no
se
veia
un
sistema
que
pudiese
contentar
al
pueblo
inglés
y
manifestara
de
un
modo
claro
y
terminante
cuál
era
el
objeto
y
cuál
el
fin
que
el
gobierno
se
pro¬
ponía.
Sin
duda
era
absoluto
y
en
ciertas
ocasiones
despótico
,
mas
esto
se
consi¬
deraba
como
medio,
sin
que
nadie
atinara
á
la
ejecución
de
qué
plan
iba
ese
medio
encaminado.
Todo
esto
era
público
en
Europa
,
en
donde
el
gobierno
de
Cárlos
se
califi¬
caba
de
imprudente
y
débil,
en
términos
que
en
París
y
en
Madrid
sus
embaja¬
dores
no
disfrutaban
de
consideración
ninguna.
Bien
comprendían
Strafford
y
Laúd
lo
que
era
notorio
á
todo
el
mundo
,
mas
como
no
podían
comunicar
al
rey
la
energía
de
sus
caracteres,
y
sin
esa
energía
previeron
que
se
acercaba
una
catástrofe
,
hubieran
querido
retirarse
,
como
lo
hicieron
sus
compañeros,
á
no
juzgar
esa
retirada
una
debilidad
con
la
cual
no
podían
transigir
de
modo
algu¬
no.
A
fuerza
de
rigorismo
se
trató
de
sufocar
las
quejas
del
pueblo,
y
entonces
se
inventaron
vejámenes,
se
crearon
contribuciones
é
impuestos,
se
resucitaron
derechos
de
la
corona
mil
veces
abolidos,
se
estableció
un
nuevo
sistema
de
re¬
parto
para
las
contribuciones
ordinarias,
se
arrendaron
los
réditos
públicos
,
y
se
autorizó
la
crueldad
de
los
asentistas
que
esquilmaban
á
los
pueblos,
y
esta¬
ban
sostenidos
por
las
autoridades,
las
cuales
se
complacían,
cual
acontece
siem¬
pre,
en
desplegar
un
poder
mucho
mas
tiránico
que
el
del
supremo
gobernante.
Al
mismo
tiempo
Laúd
emprendió
la
introducción
de
grandes
novedades
en
los
asuntos
religiosos,
y
sin
negar
la
supremacía
del
rey,
procuró
que
de
hecho
'
pasase
á
los
obispos,
que
sostuvieron
la
doctrina
de
Laúd
como
análoga
á
sus
deseos
y
conforme
con
sus
intereses.
Sin
que
se
aspirara
á
volver
al
gremio
de
la
Iglesia
católica,
eran
imitadas
todas
las
pompas
del
catolicismo,
se
protegía
á
los
católicos,
se
publicaban
libros
sosteniendo
que
la
doctrina
de
los
obispos
in¬
gleses
podía
conformarse
muy
bien
con
la
de
Roma
,
y
la
corte
y
el
pueblo
lle¬
garon
á
creer
que
estaba
muy
próximo
el
triunfo
del
papismo.
A
la
par
del
pue-
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
H
blo
se
alarmó
la
aristocracia,
que
enriquecida
con
los
bienes
del
clero
cuando
se
los
arrebató
la
reforma,
veia
proclamarse
en
principio
el
derecho
divino
de
los
obispos,
y
por
tanto
debería
humillarse
ante
aquella
iglesia
cuya
humillación
había
aplaudido
y
de
cuyos
despojos
le
dió
Enrique
VIH
buena
parte.
Todo
es¬
to
produjo
un
nuevo
orden
de
ideas,
y
desenvolvió
el
espíritu
de
examen
y
de
discusión
en
todos
los
terrenos,
ya
para
averiguar
cuál
era
el
sistema
de
gobier¬
no
mas
conforme
con
la
dignidad
humana,
cuáles
las
creencias,
el
culto
,
los
principios
mas
análogos
á
la
razón
,
y
cuáles
los
medios
de
que
era
lícito
valer¬
se
para
derrocar
la
tiranía.
Se
aprendió
á
despreciar
la
corte
,
á
echar
de
menos
al
parlamento,
á
desear
y
esperar
una
reforma
muy
distinta
de
la
que
parecía
intentar
el
gobierno.
Esto
dió
origen
á
los
partidos
religiosos
cual
habia
partidos
políticos,
y
como
el
gobierno
perseguía
rigurosamente
á
los
que
no
prestaban
obediencia
ciega
á
sus
mandatos,
los
mas
acérrimos
partidarios
de
las
nuevas
doctrinas
no
creyendo
poder
salvarse
en
Inglaterra
apelaron
á
la
emigración
á
la
América
del
norte.
Esas
emigraciones
se
fueron
haciendo
numerosas
y
frecuen¬
tes
,
y
comenzaron
á
contar
con
hombres
importantes,
por
lo
cual
calculando
los
males
que
podían
nacer
de
novedad
semejante,
el
consejo
espidió
una
orden
en
mayo
de
1637
prohibiendo
tales
emigraciones,
y
en
virtud
de
esta
ley
hu¬
bieron
de
desembarcarse
varios
diputados
del
antiguo
parlamento
y.
el
mismo
Oliverio
Cromwell
que
tanto
habia
de
figurar
en
adelante.
La
fuga
de
estos
varones
no
estaba
justificada,
porque
si
bien
es
verdad
que
el
pueblo
no
formaba
motines
ni
trastornaba
el
orden
público,
rugia
de
cólera
y
en
cierto
modo
desafiaba
la
tiranía.
Por
medio
de
folletos,
de
sermones,
de
so¬
ciedades
secretas,
se
iba
aumentando
la
fermentación
del
pueblo;
y
las
medidas
de
rigor
estremo
,
los
procesos
contra
los
que
en
algún
modo
se
resistían
á
las
órdenes
del
despotismo
,
aunque
fuera
pasivamente
,
produjeron
como
era
de
esperar
un
efecto
contrario
al
que
sus
autores
se
habían
propuesto.
Se
declama¬
ba
en
público,
los
condenados
á
alguna
pena
eran
saludados
por
el
pueblo
como
mártires,
al
ir
al
suplicio
mas
que
nunca
declamaban
y
fortalecían
el
ánimo
de
los
espectadores
para
que
los
imitaran
;
y
entretanto
el
rey
y
el
gobierno
no
sabían
prever
á
dónde
iban
á
parar
tan
osados
alardes.
El
descontento
produjo
la
indignación
,
esta
aumentó
el
valor,
y
de
paso
en
paso
la
audacia
del
pueblo
se
fué
comunicando
á
las
otras
clases.
Los
gentileshombres,
los
comerciantes,
los
presbiterianos,
los
simples
ciudadanos
y
luego
la
nación
entera
se
interesa¬
ron
por
la
suerte
de
los
que
sufrían
los
efectos
de
la
tiranía
del
gobierno;
se
for¬
maron
partidos,
se
buscaron
jefes,
y
todos
de
consuno
se
concertaban
para
cuan¬
do
llegase
el
momento
oportuno,
que
nadie
sin
embargo
fijaba,
ni
aun
sabia
con
qué
objeto
ni
á
qué
fin
determinado
debía
dirigirse.
El
primer
síntoma
de
esta
disposición
de
los
ánimos
fué
una
sublevación
en
Edimburgo.
Cuando
Cárlos
fué
coronado
en
Escocia
quiso
introducir
una
litur-
12
GARLOS
I
DE
INGLATERRA.
gia
conforme
con
el
sistema
episcopal,
y
movido
por
Laúd
hizo
guerra
á
los
presbiterianos
sin
la
lentitud
que
la
prudencia
reclamaba.
Nadie
ignora
que
en
Escocia
la
reforma
habia
cundido
en
el
pueblo,
y
que
en
vez
de
bajar
del
trono
subió
hasta
alcanzarlo:
así
es
que
el
clero
escocés
no
pudo
ver
sin
horror
tales
reformas,
los
nobles
temieron
que
podían
arrebatárseles
los
bienes
que
habían
usurpado
á
los
obispos,
y
el
pueblo
se
escandalizó
al
ver
el
pomposo
aparato
de
las
ceremonias
del
culto,
conservadas
por
la
iglesia
anglicana,
lo
cual
conside¬
raba
como
una
idolatría
católica.
Al
introducirse
pues
la
nueva
liturgia,
el
obis¬
po
y
los
canónigos
fueron
maltratados
en
Edimburgo,
y
reproduciéndoselas
mismas
escenas
en
otras
partes
el
levantamiento
se
hizo
general.
Carlos,
preci¬
sado
á
apoyarse
en
el
clero
anglicano,
persiguió
á
los
no
conformistas
que
sopor¬
taron
la
persecución
con
un
fanatismo
heroico,
y
cuya
vista
y
cuyas
palabras
exasperaron
mas
y
mas
el
ánimo
del
pueblo.
Cárlos
incapaz
de
reprimir
á
la
fuerza
á
los
mismos
que
su
imprudencia
había
sublevado,
ofreció
una
amnistía
con
tal
que
se
conformaran
con
la
nueva
liturgia,
pero
entonces
se
levantaron
setenta
mil
insurrectos
al
grito
de
¡mueran
los
episcopales!
se
presentaron
mi¬
llares
de
peticiones,
y
ese
fuego
atizado
por
Richelieu,
ministro
del
rey
de
Fran¬
cia
,
amenazaba
devorarlo
todo.
Movidos
por
el
oro
y
contando
con
las
armas
que
la
Francia
proporcionaba,
firmaron
el
Covenant,
pacto
en
el
cual
se
obliga¬
ron
á
defender
á
todo
trance
la
religión
,
la
libertad
y
las
leyes.
El
pueblo
en
masa
se
adhirió
á
este
convenio
y
el
rey
hubo
de
apelar
á
las
negociaciones;
mas
no
contentos
los
alzados
con
que
se
suprimiera
la
nueva
liturgia,
abolieron
el
episcopado
y
escomulgaron
á
cuantos
no
se
adhirieron
al
Covenant.
Entonces
no
quedó
mas
recurso
que
las
armas;
Cárlos
apeló
á
ellas,
los
su¬
blevados
hicieron
otro
tanto,
y
el
rey
los
hubiera
vencido,
pero
no
los
atacó
de¬
cididamente,
quizás
porque
no
estaba
seguro
del
ejército
que
también
hacia
oir
sus
quejas.
Tuvo
la
debilidad
de
aceptar
proposiciones;
mas
apenas
habia
licen¬
ciado
el
ejército,
cuando
fueron
quebrantadas
y
hubo
de
acudir
nuevamente
al
recurso
de
las
armas.
Para
justificar
esta
resolución
vino
perfectamente
una
car¬
ta
que
los
confederados
remitían
pidiendo
socorros
al
rey
de
Francia
que
los
ha¬
bia
ausiliado
en
odio
de
la
Inglaterra
en
cuya
corte
prevalecía
el
influjo
de
Es¬
paña.
Como
este
llamamiento
á
un
príncipe
estranjero
era
un
delito
de
alta
trai¬
ción,
juzgaron
Cárlos
y
su
gobierno
que
dispertaría
en
Inglaterra
un
enojo
igual
al
que
les
habia
causado
á
ellos,
y
que
bien
podía
acudirse
á
la
nación
pidiendo
subsidios
para
una
lucha
cuyo
motivo
era
legítimo
á
todas
luces.
Partiendo
de
estos
principios
fué
convocado
el
parlamento
de
1640,
y
mientras
se
verificaba
su
reunión
StraíFord
se
trasladó
á
Irlanda
para
arrancar
de
las
cámaras
subsi¬
dios
y
soldados.
La
Inglaterra
quedó
pasmada
al
ver
esta
convocación
de
un
parlamento
des¬
pués
de
once
años
en
que
el
rey
no
habia
pensado
en
llamar
á
los
representantes
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
13
de
la
nación;
y
la
cámara
de
los
comunes,
enorgullecida
con
los
aplausos
del
pueblo
y
con
la
necesidad
de
llamarla
en
que
el
rey
se
veia
después
de
haber
prescindido
de
ella
durante
tanto
tiempo,
y
sabedora
de
la
revolución
de
Escocia,
vió
que
era
indispensable
coger
el
timón
del
Estado,
y
reclamó
contra
los
abusos
cometidos
durante
aquellos
arios
de
silencio.
Los
diputados
declarándose
custo¬
dios
de
la
libertad,
espusieron
atrevidamente,
aunque
en
lenguaje
conveniente,
y
no
al
rey
sino
al
público
por
medio
de
la
prensa,
los
graves
abusos
que
no
era
posible
tolerar
por
mas
tiempo.
Guando
los
lores
se
opusieron
á
sus
pretensiones,
la
cámara
de
los
comunes
les
negó
el
derecho
de
ocuparse
de
los
subsidios
hasta
que
ella
los
hubiese
votado.
Cárlos
entonces
contando
con.
el
prestigio
de
once
años
de
despotismo
recurrió
todavía
al
arriesgado
espediente
de
la
disolución.
Este
paso
no
dejó
ya
duda
de
que
se
acercaba
el
momento
de
la
revolución.
Los
donativos
del
clero
y
de
la
nobleza
produjeron
todavía
una
suma
considera
-
ble
,
con
la
cual
Cárlos
trató
de
levantar
un
ejército
á
fin
de
hacer
la
guerra
á
los
escoceses;
pero
en
Inglaterra
se
resistieron
á
tomar
las
armas,
los
jóvenes
se
inutilizaban
para
huir
del
servicio,
y
los
obedientes
eran
tratados
de
cobardes.
A
pesar
de
todo
el
ejército
se
formó
y
se
puso
en
marcha,
pero
los
escoceses
im¬
pulsados
por
los
principales
jefes
del
movimiento
penetraron
en
Inglaterra
,
y
vencieron
en
los
primeros
combates,
porque
los
ingleses
no
querían
hacer
la
guerra
y
participaban
de
las
ideas
de
sus
enemigos,
mientras
estos
se
conducían
con
gran
cordura
y
respetaban
escrupulosamente
el
país
en
que
habían
penetra¬
do.
Al
mismo
tiempo
hubo
motines
en
Londres,
fue
atacado
el
palacio
de
Laúd,
de
muchos
puntos
se
dirigían
esposiciones
al
rey
pidiendo
que
hiciese
la
paz
con
los
escoceses,
y
el
público
decía
sin
rebozo
que
aquella
guerra
era
impía
y
que
la
sostenían
los
papistas.
Batidas
las
tropas
reales
á
pesar
de
los
esfuerzos
de
Strafford,
falto
el
rey
de
dinero
,
viendo
que
la
tempestad
se
agrupaba,
y
perdi¬
do
el
valor
que
hasta
entonces
le
había
sostenido
,
entró
en
negociaciones;
y
co¬
mo
para
acabar
la
lucha
y
fijar
la
marcha
sucesiva
no
podía
va
prescindir
del
parlamento
,
y
su
convocación
fue
espresamente
reclamada
por
la
ciudad
de
Lon¬
dres
y
por
algunos
de
los
pares
mas
influyentes,
Cárlos
se
dejó
vencer
y
lo
con¬
vocó
para
el
dia
3
de
noviembre
de
1640.
Las
elecciones
se
verificaron
en
toda
Inglaterra
con
un
empeño
estraordinario
y
el
gobierno
quedó
derrotado
en
cuan¬
tos
candidatos
propuso.
El
rey
fué
al
parlamento
casi
de
una
manera
clandesti-
da,
prometió
oir
las
quejas,
trató
de
rebeldes
á
los
escoceses,
pidió
que
se
los
arrojase
del
reino
como
enemigos
é
injustos
invasores,
pero
en
su
discurso
hubo
una
vaguedad
y
un
desaliento
visibles.
Ese
dia
puso
de
manifiesto
el
verdadero
estado
de
las
cosas;
porque
en
las
plazas
y
en
las
calles
se
hablaba
públicamen¬
te
de
un
modo
que
reveló
cuánta
era
la
indignación
del
pueblo
y
qué
con¬
secuencias
podían
temerse
de
la
ira
que
en
los
discursos
se
traspiraba.
Ahora
se
encontraron
finalmente
cara
á
cara
y
poseídos
del
mismo
orgullo
un
gobierno
GARLOS
l
DE
INGLATERRA.
14
ya
impotente
y
el
parlamento
conocido
en
la
historia
con
el
nombre
de
parla¬
mento
largo
,
el
cual
había
de
consumar
la
revolución
y
cuyos
miembros
sin
aspirar
todavía
á
este
gran
resultado
,
tenían
ánimo
decidido
de
mostrarse
fuer¬
tes
y
de
luchar
decididamente
hasta
conseguir
una
radical
estirpacion
de
los
abu¬
sos
y
hacer
que
su
soberanía
fuese
reconocida
y
tolerada.
De
todas
partes
llovían
quejas,
representaciones,
denuncias
de
pasados
abusos,
acusaciones
contra
el
gobierno
en
masa
y
contra
determinadas
personas;
y
el
parlamento
colocándose
al
frente
de
una
reacción
terrible
condenaba
á
prisión
,
á
multas,
á
confiscación
de
bienes
á
cuantos
habían
servido
al
poder
durante
los
once
años
de
absolutis¬
mo.
El
rey
y
la
corte
estaban
asombrados,
los
obispos
esperaban
el
momento
de
su
desgracia,
los
eclesiásticos
presbiterianos
hacian
alarde
de
su
triunfo,
y
Strafford
que
estaba
en
Irlanda,
no
dudando
que
los
primeros
rayos
herirían
su
cabeza
pedia
continuar
en
Irlanda
ó
en
el
ejército
;
mas
el
rey
le
obligó
á
venir
á
Londres
prometiéndole
que
no
le
tocarían
un
pelo
de
la
cabeza.
Sin
embargo
apenas
hubo
llegado
cuando
el
diputado
Pym
que
era
uno
de
los
mas
ardientes
le
acusó
de
delito
de
alta
traición
,
pidió
que
fuese
preso
y
la
cámara
de
los
pares
decretó
que
se
procediese
á
su
captura.
Se
mandó
salir
de
Londres
á
María
de
Médicis,
madre
de
la
reina,
se
acusó
de
alta
traición
á
Laúd
,
oíanse
todas
las
peticiones
de
cualquiera
naturaleza
que
fuesen
;
y
cuanto
mas
tímido
y
receloso
se
mostraba
Cárlos
otro
tanto
se
enorgullecía
la
cámara,
que
al
fin
vino
á
erigir¬
se
en
poder
soberano
,
y
á
verificar
reformas
capitales.
Se
decretó
que
el
parla¬
mento
debía
reunirse
á
lo
menos
cada
tres
años,
que
en
caso
de
no
convocarlo
el
rey
podían
hacerlo
doce
pares
reunidos
para
este
objeto
,
se
proscribió
todo
lo
que
aun
se
conservaba
del
culto
antiguo
,
se
decretaron
la
inamovilidad
de
los
jueces
y
la
represión
de
los
impuestos
legales,
y
se
mandó
que
el
tesoro
diese
cuenta
de
los
gastos
y
que
los
depositarios
del
poder
fuesen
responsables
de
sus
actos.
Dando
á
estas
disposiciones
un
efecto
retroactivo
se
procedió
contra
los
que
habían
obrado
faltando
á
leyes
que
aun
no
existían
:
aquellos
cuyo
delito
no.
podía
justificarse
eran
calificados
de
delincuentes,
y
tales
eran
llamados
los
que
en
el
parlamento
no
votaban
con
la
mayoría.
Con
estas
y
otras
medidas
la
liber¬
tad
quedó
sofocada
por
la
libertad
misma
,
cual
acontece
siempre
en
los
mas
ar¬
dientes
períodos
de
revoluciones.
Los
directores
de
ellas
apelan
á
la
libertad
para
mandar
despóticamente,
y
mientras
atacan,
proscriben
y
anonadan
el
despotismo
antiguo,
no
reparan
en
que
ellos
lo
imitan
,
sin
haber
mas
diferencia
entre
aquel
y
este
que
las
personas
que
eligen
por
víctimas.
Deseoso
el
rey
de
salvar
á
Strafford,
y
creyendo
que
mostrándose
dócil
para
con
los
deseos
de
la
cámara
lograría
que
ella
se
lo
agradeciese
absolviendo
al
ministro,
no
consiguió
sino
confesar
su
debilidad,
envalentonar
á
la
cámara,
ab¬
dicar
á
girones
su
poder,
y
perder
primero
á
Strafford
,
y
después
á
sí
mismo.
Los
puritanos
entretanto
predicaban,
multiplicándose
los
ayunos
y
las
preces,
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
15
revestían
al
liberalismo
con
un
estilo
bíblico
y
convertían
el
Evangelio
de
caridad
en
un
Coran
de
guerra.
StrafFord
se
defendió
con
tanto
tino
diciendo
que
no
ha¬
bía
hecho
sino
obedecer
las
órdenes
del
rey
y
manifestando
el
abismo
que
abrían
á
sus
pies,
y
cuán
vergonzoso
era
condenar
á
un
ministro
por
declaraciones
se¬
cretas,
que
la
cámara
estaba
muy
dispuesta
á
absolverlo,
cuando
los
comunes
renovaron
un
infame
bilí
de
Enrique
VIII
según
el
cual
y
por
medida
de
alta
po¬
lítica
el
parlamento
podía
condenar
sin
necesidad
de
las
pruebas
ordinarias.
Presentóse
un
escrito
pidiendo
la
condena
del
ministro,
y
aunque
muchos
pares
amigos
suyos
se
hablan
retirado,
otros
veinte
y
siete
entre
cuarenta
y
cinco
que
se
quedaron
le
impusieron
la
pena
de
muerte.
El
pueblo
amotinado
exigió
que
Cárlos
ratificase
la
sentencia:
el
rey
vacilando
convocó
á
los
obispos:
uno
de
ellos
le
dijo
que
contra
su
conciencia
no
podía
condenar
á
un
inocente;
mas
los
otros
cuatro
le
exhortaron
á
que
arrojase
á
ese
Jonás
al
mar
embravecido.
El
rey
llo¬
ró,
suplicó
y
firmó;
y
Strafford
al
recibir
la
noticia
esclamó
con
el
salmista:
No
fiéis
en
los
reyes
ni
en
los
hijos
de
los
hombres,
de
quienes
no
puede
esperarse
la
salvación.
Murió
con
la
firmeza
del
inocente,
y
fuéhonrado
con
una
compasión,
de
que
el
rey
se
hizo
indigno
por
su
cobardía.
Los
comunes
pusieron
el
colmo
á
la
infamia,
diciendo
que
aquella
condena
no
serviría
de
ejemplo
contra
nadie,
porque
todos
los
ingleses
debían
ser
juzgados
por
los
tribunales
ordinarios.
La
reina
que
era
católica
temblaba
por
su
propia
persona,
y
en
cuanto
á
Cárlos
calificado
ya
de
tirano,
fué
ahora
despreciado
porque
ni
sabia
desplegar
la
fuerza
necesaria
para
resistir
ni
aprovechar
el
momento
oportuno
para
ceder.
En
aquellos
dias
en
que
conoció
su
impotencia
quiso
conciliarse
el
favor
de
los
irlandeses,
que
conquistados,
maltratados
y
despojados
por
los
ingleses
los
odia¬
ban
de
muerte:
pero
los
manejos
entre
el
rey
y
sus
emisarios
en
Irlanda
fueron
conocidos,
y
la
cámara
supo
que
se
habia
fraguado
entre
papistas
y
jesuítas
una
conjuración
para
echar
abajo
el
gobierno
representativo.
Pidieron
en
consecuen¬
cia
que
los
obispos
fuesen
escluidos
del
parlamento,
y
que
se
abolieran
las
cere¬
monias
del
culto,
demandas
que
apoyó
el
vulgo,
el
cual
se
reunió
para
defender
al
parlamento
á
quien
nadie
amenazaba,
mientras
los
nobles
hicieron
otro
tanto
para
defender
al
rey,
cuya
seguridad
podia
verse
comprometida.
Nobles
y
ple¬
beyos
querían
la
libertad:
mas
aquellos
pensaban
que
ya
se
habia
hecho
lo
bas¬
tante
para
asegurarla,
al
paso
que
estos
aspiraban
á
que
la
cámara
tuviese
el
mando
del
ejército
y
pudiese
nombrar
los
oficiales
y
los
consejeros
de
la
corona.
En
cuanto
á
la
reina,
todas
esas
cosas
y
la
confianza
que
los
irlandeses
fundaban
en
ella
como
católica,
empeoraron
su
causa,
de
modo
que
ya
se
trataba
aunque
en
secreto
de
formarle
causa.
Temerosa
Enriqueta
de
lo
que
podia
acontecerle
pidió
asilo
á
la
Francia:
mas
el
cardenal
Richelieu
le
contestó,
que
en
circuns¬
tancias
como
aquellas,
el
que
deja
su
puesto
lo
pierde.
El
rey
recobrando
al
pa¬
recer
su
valor
que
no
era
hijo
sino
de
la
situación
apurada
en
que
se
veia,
quiso
Í6
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
tomar
la
iniciativa
y
acusó
de
alta
traición
á
algunos
jefes
de
los
republicanos.
La
asamblea
quedó
de
pronto
sorprendida,
pero
volviendo
luego
de
su
asombro,
declaró
que
el
rey
había
violado
sus
privilegios,
pidió
satisfacción
por
ello
y
no
tuvo
reparo
en
llamar
al
pueblo
bajo
á
las
armas.
Carlos
que
liabia
salido
de
Londres
en
donde
triunfaban
los
republicanos,
se
humilló
de
nuevo
y
lo
concedió
todo
mientras
buscaba
socorros
en
otra
parte.
El
parlamento
alegando
las
con¬
juraciones
de
los
papistas
pidió
en
octubre
de
1641
fuerza
armada
para
su
de¬
fensa,
y
sin
inmutarse
por
la
negativa
del
rey
y
desconociendo
de
todo
punto
los
principios
del
gobierno
constitucional
se
atribuyó
el
derecho
de
levantar
un
ejér¬
cito.
Tomó
á
su
servicio
las
tropas
reunidas
para
marchar
contra
la
Irlanda,
y
todos
sus
partidarios
le
ofrecieron
recursos.
Resuelto
Carlos
á
guerrear
abierta
y
francamente,
levantó
en
Nottingham
el
pendón
realista,
proclamando
que
no
te¬
nia
mas
objeto
que
conservar
la
religión
protestante,
gobernar
en
conformidad
con
las
leyes
y
ejecutar
las
resoluciones
del
parlamento.
Los
dos
partidos
traba¬
jaron
con
ahinco
para
tener
un
ejército
y
lo
tuvieron,
comenzando
desde
luego
la
campaña,
en
que
hubo
triunfos
y
reveses
por
una
y
otra
parte,
en
que
se
dieron
batallas
en
las
cuales
ambos
partidos
se
atribuyeron
la
victoria,
y
hubo
momen¬
tos
en
que
la
ciudad
de
Londres
tembló
por
la
aproximación
del
ejército
real
que
parecía
dispuesto
á
penetrar
en
ella.
Continuó
la
lucha
armada,
mientras
era
todavía
muy
terrible
y
de
grandes
consecuencias
la
lucha
política,
y
las
noveda¬
des
que
en
esta
se
iban
introduciendo
y
que
constituían
la
verdadera
revolución
que
en
Inglaterra
se
operaba.
La
guerra
en
su
conjunto
era
favorable
al
ejército
realista,
por
lo
cual
el
parlamento
que
en
esta
parte
conocía
bien
el
estado
de
las
cosas
propuso
á
los
escoceses
la
reunión
de
las
dos
naciones,
y
el
sínodo
que
los
dirigía
en
esta
anarquía
religiosa
aceptó
el
ofrecimiento
con
tal
que
las
dos
igle¬
sias
formasen
asimismo
una
sola.
Convinieron
pues
en
la
destrucción
del
episco¬
pado
,
y
formaron
una
liga
en
cuya
virtud
los
escoceses
enviaron
veinte
mil
hombres.
Cárlos
publicaba
protestas
y
programas,
y
además
se
dirigió
á
los
miem¬
bros
de
las
dos
cámaras
que
le
eran
fieles
para
que
fuesen
á
residir
en
Oxford
en
donde
se
había
retirado,
y
en
cuyo
punto
se
reunieron
ciento
setenta
y
cinco
miembros
de
la
cámara
baja
y
ochenta
y
tres
de
la
de
los
pares,
quienes
hicie¬
ron
todo
lo
posible
para
calmar
la
efervescencia
de
sus
compañeros
é
inspirarles
sentimientos
benéficos,
lo
cual
sin
embargo
no
produjo
mas
resultado
sino
que
unos
á
otros
se
calificaron
de
traidores.
Cada
uno
de
los
dos
partidos
pensó
en
procurarse
dinero,
estableciendo
nuevos
impuestos,
habiendo
llegado
en
Lon¬
dres
hasta
el
estremo
de
ordenar
á
los
habitantes
un
dia
de
ayuno
en
cada
se¬
mana,
con
la
obligación
de
llevar
al
tesoro
el
valor
de
los
manjares
que
en
ese
dia
habían
economizado.
En
ese
período
de
tiempo
comenzaba
á
presentarse
en
público
una
fracción
que
hasta
entonces
se
había
ocultado
entre
el
partido
presbiteriano
,
y
que
aho-
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
17
ra
iba
á
tomar
nuevos
bríos
para
sacar
provecho
de
cuanto
se
habia
hecho.
Esa
fracción
era
muy
antigua
,
pues
que
en
tiempo
de
Isabel
habia
osado
hacer
os¬
tentación
de
sus
doctrinas,
y
si
bien
tanto
aquella
como
otras
muy
análogas
ha¬
bían
sufrido
persecuciones,
los
nuevos
movimientos
aumentaron
su
importancia:
y
como
en
rigor
la
reforma
política
estaba
hecha
y
habia
puesto
remedio
á
to¬
dos
los
abusos,
la
reforma
religiosa
qué
no
podía
separarse
de
la
primera,
es¬
taba
vacilante,
porque
eran
odiados
los
direótores
de
los
negocios
políticos.
Sus¬
citóse
entonces
la
duda
de
porqué
en
materias
de
fe
debían
sufrirse
trabas
que
no
se
toleraban
en
política,
de
con
qué
derecho
se
pretendía
sujetar
las
concien¬
cias
al
yugo
de
una
unidad
falsa
;
se
sostuvo
que
toda
congregación
de
fieles
constituía
una
iglesia
legítima
y
que
ningún
otro
poder
tenia
derecho
de
ejercer
sobre
ella
autoridad
ninguna.
En
consecuencia
de
estos
principios,
los
que
per¬
tenecían
á
esa
fracción
se
dieron
el
nombre
de
independientes.
Así
iba
tomando
cuerpo
la
libertad
de
conciencia,
y
como
los
debates
fueron
cobrando
valor
y
las
creencias
vacilaban
,
ya
no
hubo
freno
que
contuviera
á
nadie.
Acabaron
por
someterlo
todo
al
raciocinio
y
á
la
voluntad
humana.
Después
de
haber
sa¬
cudido
el
yugo
de
Roma
tenían
por
una
inconsecuencia
sufrir
el
de
los
obispos,
no
querían
tolerar
que
los
eclesiásticos
formasen
un
cuerpo
rico
y
privilegiado,
y
convinieron
en
que
no
debía
dejárseles
otra
cosa
que
los
medios
de
la
persua¬
sión
,
de
la
enseñanza
y
de
las
preces.
De
aquí
resultaba
que
no
debían
existir
dogmas,
ni
ceremonias,
ni
sacerdotes.
Todas
estas
ideas
debieron
necesariamente
influir
en
la
política:
los
presbiterianos
se
proponían
libertar
á
sus
compatriotas
de
la
monarquía
,
y
establecer
una
igualdad
absoluta
conformándose
en
todo
á
la
voluntad
de
Dios
y
á
la
Biblia,
interpretada
según
el
sentimiento
individual
de
cada
uno.
Este
partido
compuesto
de
entusiastas,
de
filósofos,
de
hombres
corrompidos,
era
no
obstante
vigoroso
asaz
para
proporcionar
la
victoria
á
des¬
pecho
de
los
errores
de
los
hombres
de
buena
fe
y
de
los
vicios
de
los
perversos,
y
de
él
podia
servirse
un
ambicioso
capaz
de
inspirar
á
todos
los
afiliados
una
tolerancia
general.
Entre
los
adictos
á
ese
partido
se
contaba
al
coronel
Oliverio
Cromwell;
hombre
de
buena
cuna,
educado
con
austeridad
,
rústico,
modesto
y
de
imagi¬
nación
ardiente.
Ponía
la
igualdad
en
práctica
tratando
como
pares
suyos
á
los
mas
ínfimos,
rellenaba
sus
conversaciones
con
frases
de
la
Escritura
,
y
sus
ac¬
tos
eran
propios
de
un
hombre
trivial
y
exaltado.
Su
Voz
chillona,
su
vestido
descuidado
y
sus
modales
ordinarios
le
hacían
objeto
de
irrisión,
pero
imponia
por
su
elocuencia
inspirada
que
lo
hizo
muy
popular.
Este
hombre
proclamó
la
libertad
de
conciencia
,
la
absoluta
independencia
de
las
personas
y
la
inspira¬
ción
divina
sin
el
intermedio
de
la
iglesia
ni
de
los
sacerdotes.
Conociéndose
po¬
co
a
propósito
para
el
parlamento,
comprendió
que
se
abría
para
él
su
carrera
cuando
la
discusión
pasó
al
campo
de
batalla.
Nombrado
coronel,
supo
inspirar
18
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
á
sus
soldados
sus
sentimientos
religiosos
y
una
absoluta
confianza
en
su
jefe.
Consagrado
en
cuerpo
y
alma
á
su
partido,
no
tenia
reparo
en
decir
que
si
el
rey
se
le
pusiese
á
tiro
le
dispararía
una
pistola.
Cuando
los
independientes
pudieron
hacer
alarde
de
su
poder
procuraron
sacar
el
ejército
de
manos
de
los
presbite¬
rianos
,
y
para
ello
predicaron
contra
los
males
de
la
guerra,
contra
la
perfidia
de
los
parlamentos
egoístas
y
contra
ios
generales
que
procuraban
eternizar
la
lucha,
mientras
que
la
desolación
y
la
miseria
se
iban
derramando
por
la
nación
entera.
Cromwell
en
un
discurso
teológico
político
y
lleno
de
incoherencias,
pidió
que
los
jefes
del
ejército
encomendasen
el
mando
á
otros,
y
finalmente
sostenido
por
sus
partidarios
logró
que
se
hiciese
en
diciembre
de
16á4
la
ley
en
cuya
virtud
los
miembros
de
las
dos
cámaras
se
declararon
escluidos
de
todas
las
fun¬
ciones
civiles
y
militares.
Este
gran
golpe
que
arrancaba
de
cuajo
todo
el
poder
al
parlamento,
iba
dirigido
particularmente
contra
el
conde
de
Essex,
general
en
jefe
del
ejército
parlamentario.
Dióse
el
mando
del
que
debía
organizarse
de
nue¬
vo
al
caballero
Fairfax
,
hombre
de
gran
valor,
pero
muy
poco
escrupuloso,
quien
á
pesar
del
último
decreto
del
parlamento
quiso
que
fuese
su
lugarteniente
Cromwell
su
cufiado,
de
quien
no
era
masque
instrumento.
Dueño
Cromwell
del
ejército,
que
además
del
vínculo
natural
de
la
disciplina
,
estaba
unido
á
él
por
el
celo
religioso
,
colocó
oficiales
independientes,
cuya
mayor
parte
eran
ar¬
tesanos
,
demagogos
y
fanáticos,
a
quienes
el
entusiasmo
del
jefe
hizo
invenci¬
bles.
Contra
la
opinión
y
los
deseos
de
la
cámara
de
los
pares
se
ampliaron
los
poderes
dados
á
Fairfax
,
y
en
la
comisión
que
el
parlamento
le
conferia
no
es¬
taba
la
orden
de
velar
por
la
seguridad
del
rey,
como
se
había
repetido
en
to¬
das
las
comisiones
de
aquella
naturaleza,
y
que
los
comunes
no
quisieron
con¬
tinuar
á
despecho
de
la
insistencia
de
los
lores.
El
ejército
realista
y
el
parla¬
mentario
después
de
varias
acciones
de
poca
monta
y
del
sitio
y
toma
de
algunas
plazas,
se
encontraron
frente
á
frente
en
las
llanuras
de
Naseby
en
14
de
junio
de
1645
y
el
rey
fué
completamente
derrotado.
Aun
se
sostuvo;
y
confiando
ya
en
conjuraciones,
ya
en
sus
amigos,
ya
en
la
división
de
sus
contrarios,
continuó
la
lucha
hasta
que
las
proezas
de
los
independientes
le
aconsejaron
buscar
un
asilo
entre
los
escoceses
y
se
trasladó
al
cuartel
general
de
los
mismos.
Aunque
al
principio
le
trataron
con
mucha
consideración,
esta
fué
disminuyendo
y
des¬
apareció
completamente
cuando
Gárlos
no
quiso
aceptar
las
proposiciones
muy
exigentes
que
le
remitió
el
parlamento
para
que
se
terminase
la
guerra.
Disgus¬
tados
con
esto
los
escoceses,
y
cansados
por
otra
parte
de
hacer
gastos
y
de
su¬
frir
los
insultos
y
las
diatribas
de
los
ingleses,
convinieron
en
retirarse
á
su
país
dejando
en
poder
de
las
cámaras
la
persona
del
rey
si
se
les
satisfacía
la
fuerte
suma
que
reclamaban
como
atrasos
en
el
sueldo
de
la
tropa.
La
cámara
reunió
aquella
cantidad,
la
entregó
á
los
escoceses,
y
nombró
tres
comisionados
de
la
cámara
de
los
lores
y
tres
de
la
de
los
comunes
para
que
recibiesen
la
persona
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
19
del
rey
,
quien
nada
sabia
de
semejante
concierto.
Me
han
vendido
y
me
han
comprado,
dijo
el
rey
;
y
no
obstante
recibió
muy
bien
á
los
comisionados,
y
en
9
de
febrero
de
1647
salió
con
ellos
y
escoltado
por
un
regimiento
de
caballería
dirigiéndose
al
castillo
de
Holmby.
El
ejército
estaba
descontento,
porque
las
cámaras
decretaron
su
licénciamiento,
la
causa
de
los
independientes
estaba
muy
próxima
á
su
ruina,
Londres
Je
era
contraria,
en
el
ejército
tenia
muchos
enemigos,
y
la
cámara
de
los
comunes
creyó
que
era
mejor
tratar
con
el
rey
que
con
los
presbiterianos.
Decretóse
pues
por
los
lores
y
convinieron
en
ello
los
comunes
que
se
rogase
á
Cárlos
que
fuese
á
residir
mas
cerca
de
Londres,
y
se
tenia
ya
la
esperanza
de
que
se
juntaría
con
el
parlamento
cuando
el
dia
í
de
junio
llegó
la
inesperada
noticia
de
que
el
dia
antes
un
destacamento
de
700
hombres
lo
¡labia
arrebatado
de
su
residencia
y
que
el
ejército
lo
tenia
en
po¬
der
suyo.
En
efecto
,
hallándose
el
rey
jugando
á
bochas
á
poca
distancia
del
castillo
el
dia
2
de
junio,
los
comisionados
que
le
acompañaban
observaron
entre
los
asistentes
á
uno
que
llevaba
el
uniforme
del
regimiento
de
guardias
de
Fairfax,
y
mientras
que
lo
examinaban,
cundió
el
rumor
de
que
se
dirigía
al
mismo
pun¬
to
alguna
caballería.
Todos
se
recogieron
al
castillo
;
á
media
noche
se
presentó
la
caballería,
y
á
pesar
de
las
precauciones
tomadas,
la
guarnición
fraternizó
con
los
recienvenidos,
y
el
corneta
Joyce,
que
era
el
mismo
á
quien
habían
visto
por
la
tarde,
quiso
de
todos
modos
hablar
al
rey,
diciendo
que
era
un
comisiona¬
do
del
ejército
y
que
había
de
conferenciar
con
Cárlos
en
nombre
de
este.
No
pudiéndose
lograr
que
desistiera,
fué
indispensable
que
viese
al
rey,
á
quien
se
presentó
con
mucho
respeto
y
con
quien
tuvo
un
largo
diálogo
cuya
sustancia
fué
que
el
ejército
quería
llevarse
al
rey
para
prevenir
otra
guerra
civil,
que
le
conduciría
á
donde
quisiera,
sin
ánimo
de
violentar
su
conciencia
ni
causarle
daño
ninguno.
Todos
los
soldados
confirmaron
lo
mismo
,
y
el
rey
se
decidió
á
seguirlos
eligiendo
para
su
morada
á
Newmarket.
En
efecto
,
marcharon,
y
en
el
mismo
momento
salía
de
allí
un
comisionado
llevando
áCromwell
una
carta
en
que
Joyce
le
noticiaba
que
todo
había
salido
perfectamente.
Cromwell
y
otros
se
presentaron
al
rey,
y
aunque
el
general
y
algunos
oficiales
le
besaron
Ja
mano,
Cromwell
y
su
yerno
Ireton
se
mantuvieron
á
cierta
distancia.
Al
pre¬
sentarse
Cromwell
en
la
cámara
que
tenia
noticia
de
todo
inclusa
la
carta
de
Joyce,
se
Je
echó
en
cara
aquel
atentado
contra
las
disposiciones
de
los
comu¬
nes
:
mas
él
juró
una
y
mil
veces
que
nada
sabia.
Aunque
en
la
misma
sesión
se
le
acusó
de
que
según
sus
palabras
debia
espurgarse
la
cámara
y
sacar
de
ella
á
los
miembros
no
independientes,
Cromwell
se
arrodilló,
lloró
,
juró,
pro¬
testó
de
su
adhesión
á
la
cámara
y
de
la
falsedad
de
esta
acusación,
y
consi¬
guió
enganarlos
á
todos
y
salir
triunfante
de
estos
dos
grandes
riesgos.
El
par¬
lamento
se
puso
en
pugna
con
el
ejército,
compuesto
todo
él
de
independientes,
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
20
y
que
en
odio
de
los
presbiterianos
parecía
dispuesto
a
favor
de
Carlos:
mas
habiendo
estallado
el
desorden
en
las
cámaras
y
en
la
ciudad
,
el
ejército
se
pu¬
so
en
marcha
,
entró
en
Londres
,
no
cometió
ningún
esceso,
y
parecía
no
te¬
ner
otro
objeto
que
tranquilizar
á
todo
el
mundo
y
restablecer
la
paz
y
el
buen
acuerdo.
La
juventud
fue
á
ofrecerse
al
general,
y
la
cámara
de
los
lores
y
la
de
los
comunes
dieron
las
mayores
pruebas
de
abyección
y
de
servilismo
hácia
el
ejército
cuyo
triunfo
quedó
asegurado.
A
consecuencia
de
esto
el
movimiento
revolucionario
desplegó
audazmente
su
vuelo
y
se
manifestaron
con
osadía
los
proyectos
republicanos
comprimidos
ó
disimulados
hasta
entonces.
A
la
cabeza
de
cuantos
así
pensaban
estuvo
desde
luego
Gromwell
cuya
hipocresía
supo
convencerlos
y
hacerlos
suyos.
No
tenían
esa
gente
ideas
fijas,
querían
grandes
reformas
é
innovaciones,
sin
saber
pre¬
cisamente
cuáles;
un
cambio
general,
un
trastorno
absoluto
,
una
mudanza
ra¬
dical
en
todo
y
para
todos;
aunque
no
sabían
dar
ni
con
el
nombre
,
ni
con
la
cosa
precisamente
determinada.
Un
hombre
capaz
de
reducir
á
una
idea
fija
todas
estas
ideas
vagas,
y
al
mismo
tiempo
de
ejecutar
loque
hubiere
concebido,
podía
hacerse
dueño
de
aquella
muchedumbre
,
dominarla,
sobreponerse
á
ella
y
hacerla
servir
de
peana
para
escalar
una
presidencia,
un
trono
,
lo
que
quisiera,
y
con
el
nombre
que
se
le
antojara.
Ese
hombre
era
Gromwell.
Pero
entonces
el
ejército
comenzaba
á
sospechar
de
él
porque
entreveía
sus
ambiciosos
proyectos,
y
ya
en
las
reuniones
de
los
agitadores
se
hablaba
de
si
la
monarquía
era
ó
no
una
cosa
necesaria.
Gárlos
tuvo
noticia
de
que
su
vida
ó
su
libertad
al
menos
podía
correr
riesgo,
y
ausiliado
por
Gromwell
se
escapó
para
trasladarse
á
la
isla
de
Wight
cuyo
gobernador
era
Hammond
,
adicto
á
Cromwell
,
quien
al
saber
que
el
rey
estaba
ya
en
la
isla
dijo:
ahora
que
tengo
el
rey
en
la
mano
tengo
el
parlamento
en
el
bolsillo.
Con
un
golpe
de
audacia
él
y
Fairfax
se
presentaron
al
ejército
violentamen¬
te
agitado
y
lograron
sujetarlo
á
la
voluntad
y
á
las
órdenes
de
sus
jefes.
Las
cosas
sin
embargo
no
estaban
tan
seguras
como
él
hubiera
deseado
,
mas
á
fuer¬
za
de
intrigas,
de
sermones,
de
súplicas
y
de
amenazas,
empleando
estos
medios
según
la
oportunidad
,
pudo
finalmente
contar
con
el
ejército
para
todo.
Viendo
entonces
que
con
el
rey
no
era
posible
ir
á
parar
á
la
libertad
de
conciencia,
pensó
llegar
á
ella
con
el
ejército,
esto
es
por
medio
de
la
república.
Echando
mano
de
la
energía
y
de
la
audacia
que
produce
la
unión
en
medio
de
los
adver¬
sarios
divididos,
hizo
que
el
parlamento
á
la
fuerza
votara
la
ley
que
prohibía
toda
comunicación
con
el
rey,
lo
cual
venia
á
ser
lo
mismo
que
deponerlo.
Esta
medida
produjo
de
pronto
un
malísimo
efecto
para
la
causa
de
los
inde¬
pendientes
,
pues
el
pueblo
que
no
quería
llevar
las
cosas
tan
allá,
que
estaba
deseoso
de
la
paz
y
que
veia
que
al
fin
la
revolución
redundaba
en
provecho
de
sus
fautores,
comenzó
á
murmurar;
la
compasión
que
el
rey
inspiraba
le
hizo
(JARLOS
I
DE
INGLATERRA.
muchos
amigos,
y
la
flota
se
declaró
á
favor
suyo
,
lo
mismo
que
los
escoceses,
que
con
un
tardío
arrepentimiento
quisieron
expiar
el
delito
de
haberlo
entregado
en
cambio
del
dinero
recibido.
En
tales
circunstancias
y
viendo
Cromwell
que
rodeado
de
tantos
enemigos
era
muy
difícil
sostenerse
,
huyó
de
Londres,
dejando
que
allí
disputaran
independientes
y
presbiterianos,
y
marchó
á
la
cabeza
del
ejército
contra
los
escoceses.
Pensó
que
si
lograba
batirlos
alcanzaría
no
solo
la
gloria
sino
un
dominio
absoluto
sobre
el
ejército,
y
partiendo
del
principio
de
que
toda
su
esperanza
debía
fundarse
en
este
,
trataba
sobre
todo
de
hacérselo
suyo
para
emplearlo
luego
en
la
realización
de
sus
proyectos.
Derrotó
a
los
realistas,
y
con
aquella
actividad
que
le
había
salvado
tantas
veces
penetró
en
Escocia,
alejó
del
gobierno
á
todos
los
moderados
,
se
hizo
temible
á
sus
adversarios
,
y
desde
entonces
pudo
contar
con
el
ejército,
que
estaba
dispuesto
á
secundarlo
como
general
querido
y
como
jefe
político
del
partido
á
que
el
ejército
pertenecía.
Sus
victorias
sufocaron
todos
los
bandos
para
dejar
el
solo
poder
de
las
armas,
que
había
alcanzado
el
triunfo,
y
cuyas
glorias
ruidosas
y
deslumbradoras
sepulta¬
ron
en
el
olvido
y
en
el
desprecio
á
las
fracciones
que
no
participaban
de
ellas.
Predicóse
audazmente
la
nueva
doctrina
de
la
soberanía
del
pueblo,
que
confia
la
autoridad
á
quien
quiere,
y
puede
retirarla
cuando
le
place;
y
ese
pueblo
que
poco
antes
era
realista,
que
se
habia
cansado
de
la
autoridad
del
parlamento,
que
trataba
á
los
diputados
de
déspotas
y
de
enemigos
del
rey
,
viendo
ahora
que
se
le
calificaba
al
mismo
de
soberano,
que
en
su
nombre
iba
a
ejercerse
la
autoridad
y
creyendo
que
podría
cambiar
de
señor
cuando
quisiere,
sintió
sa¬
tisfecho
su
amor
propio
y
halagado
su
orgullo
,
y
se
convirtió
en
republicano.
El
parlamento
entretanto,
con
la
esperanza
de
que
aun
podría
entenderse
con
el
rey
y
desbaratar
los
planes
de
los
republicanos,
envió
a
Cárlos
nuevas
proposiciones
que
casi
todas
fueron
admitidas;
mas
como
por
orden
de
Faiifax
el
gobernador
de
la
isla
hubo
de
marchar
al
ejército
porque
tenia
demasiadas
consideracionesá
Cárlos,
y
la
custodia
de
este
fué
confiada
al
coronel
Ewers,
ni
Cárlos
ni
los
comisionados
del
parlamento
dejaron
de
comprender
el
fatal
ca¬
mino
en
que
se
hallaban
las
cosas,
y
los
peligros
que
el
rey
corría.
La
cámara
estaba
dividida
en
dos
bandos:
el
uno
deseaba
que
las
proposiciones
admitidas
por
el
rey
se
declarasen
suficientes
para
servir
de
base
al
arreglo
definitivo
en¬
tre
él
y
su
pueblo
;
el
otro
procuraba
alargar
la
discusión
para
dar
tiempo
á
que
llegase
á
Londres
el
ejército,
cuya
presencia
esperaban
que
amedrentaría
á
sus
adversarios.
Estos
no
obstante
se
sostuvieron
aunque
el
ejército
entró
y
se
iba
acuartelando
cerca
del
palacio
de
los
comunes,
de
modo
que
el
pailido
mas
templado
manifestaba
un
valor
que
asombró
á
su
adversario.
Mas
un
suce¬
so
inesperado
vino
á
ocasionar
nuevos
disturbios.
En
la
noche
del
29
de
noviem¬
bre
algunos
oficiales
penetraron
en
la
habitación
del
rey
y
en
lenguaje
poco
atento
le
indicaron
que
habia
de
salir
y
ser
llevado
al
castillo
de
Hurst,
mansión
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
triste,
sombría
y
por
todos
términos
mala.
Al
llegar
la
noticia
á
la
cámara
creyó
de
su
deber
votar
que
el
rapto
del
rey
se
habia
hecho
sin
su
consentimien¬
to
,
porque
la
cámara
era
incapaz
de
faltar
á
la
palabra
dada
de
que
respetaria
su
libertad
mientras
estuviese
en
Newport.
Después
de
este
acto
honroso
conti¬
nuó
la
discusión
,
y
al
fin
se
votó
que
las
proposiciones
del
rey
eran
á
propósito
para
servir
de
base
á
la
paz.
Esta
votación
era
una
derrota
para
los
indepen¬
dientes,
pero
derrota
grande
y
que
daba
al
través
con
su
poder
y
con
sus
planes.
A
la
maííana
siguiente
la
tropa
rodeó
el
palacio
de
la
cámara
é
impidió
la
entrada
á
cuarenta
y
un
diputados
á
quienes
creía
contrarios
á
sus
proyectos.
Al
dia
siguiente
el
ejércitoescluyóotros
cuarenta
diputados,
y
ni
el
general
ni
él
consejo
de
oficiales
quiso
recibirlos,
ni
contestar
al
mensaje
de
la
cámara
que
reclamaba
á
los
escluidoé
,
y
que
vencida
finalmente
acordó
tomar
en
considera¬
ción
las
proposiciones
del
ejército.
Otros
diputados
fueron
todavía
escluidos,
otros
desertaron
y
finalmente
la
victoria
era
del
ejército.
Entonces
los
predicadores
en¬
cendieron
mas
y
mas
á
la
muchedumbre,
y
á
los
generales,
diciendo
ante
los
restos
de
las
dos
cámaras
que
debía
abolirse
la
monarquía.
En
medio
de
estas
pláticas
Cromwell
tuvo
la
audacia
de
presentarse
en
la
cámara
y
de
decir
que
nada
sabia
de
cuanto
acababa
de
ejecutarse,
mas
que
estando
ya
hecho
lo
aplau¬
día
y
era
menester
sostenerlo.
La
cámara
le
felicitó
por
sus
triunfos
en
Escocia,
y
Cromwell
tuvo
la
audacia
de
ir
á
ocupar
en
el
palacio
real
las
mismas
habi¬
taciones
de
Cárlos.
Desde
luego
se
revocó
todo
lo
hecho
á
favor
de
la
paz,
se
presentaron
peticiones
para
que
se
juzgase
al
rey,
y
al
momento
se
reunió
tropa
á
fin
de
que
lo
trasladasen
desde
el
castillo
de
Hurst
á
Windsor.
En
la
noche
del
17
de
diciembre
oyó
Cárlos
el
ruido
del
puente
levadizo
que
se
bajaba
y
pisadas
de
caballos
en
el
patio
del
castillo.
Al
dia
siguiente
fué
sacado
de
allí,
y
escoltado
por
un
fuerte
destacamento
cuyos
soldados
iban
siem¬
pre
cerca
de
su
persona
y
con
la
pistola
en
la
mano,
lo
trasladaron
á
Windsor,
en
donde
se
prometía
estar
mucho
mejor
que
en
el
castillo
que
habia
dejado.
Y
precisamente
en
la
misma
hora
en
que
llegaba
á
su
nueva
prisión
las
cámaras
votaban
que
se
le
haria
comparecer
en
justicia
y
nombraban
una
comisión
para
que
preparase
los
cargos
que
debian
dirigírsele.
Cada
partido
suponía
entonces,
cual
ha
sucedido
siempre,
que
era
el
único
sostenedor
de
la
verdad.
Decidirse
á
favor
de
uno
era
enajenarse
el
otro,
y
pro¬
clamar
la
libertad
religiosa
era
ofenderlos
á
todos.
Apenas
Cárlos
se
sentó
en
el
trono
que
su
antecesor
le
habia
dejado
ya
muy
mal
seguro,
lo
probó
todo
para
darle
la
firmeza
que
le
faltaba.
Desde
luego
quiso
ocupar
la
energía
nacional
en
guerras
estranjeras
y
tuvo
la
desgracia
de
quedar
desairado
en
ellas:
dirigióse
entonces
á
procurar
la
economía
y
la
paz,
mas
el
silencio
á
que
condenó
al
par¬
lamento
fué
causa
de
que
este
adquiriese
una
popularidad
que
de
otro
modo
no
habría
alcanzado;
y
por
fin
la
revolución
de
los
escoceses
y
el
ardor
de
los
pres-
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
23
biterianos
hicieron
la
tranquilidad
imposible,
y
fue
preciso
rechazar
con
las
ar¬
mas
las
pretensiones
de
una
reforma
universal.
Espantado
Carlos
cometió
nuevas
debilidades
y
abandonó
siete
de
sus
amigos
que
fueron
conducidos
al
cadalso,
después
de
lo
cual
el
parlamento
declaró
que
el
rey
había
hecho
bastantes
con¬
cesiones
para
pensar
en
la
paz;
pero
entonces
Cromwell,
que
no
era
hombre
pa¬
ra
detenerse
en
mitad
del
camino,
hizo
coger
al
rey
y
marchó
sobre
Londres
al
frente
del
ejército
compuesto
de
sus
partidarios.
Cincuenta
y
dos
presbiterianos
del
parlamento
fueron
presos,
otros
desertaron,
otros
fueron
escluidos
aunque
no
privados
de
su
libertad,
y
los
independientes
que
se
quedaron
solos,
vieron
el
momento
de
alcanzar
un
triunfo
completo
y
acordaron
sujetar
al
rey
á
un
jui¬
cio.
Aunque
los
lores
rechazaron
este
decreto,
los
comunes
sostuvieron
que
ellos
eran
los
únicos
que
representaban
el
pueblo
inglés,
y
que
por
lo
mismo
estaban
revestidos
de
la
autoridad
suprema,
y
que
todas
sus
deliberaciones
te¬
nían
fuerza
de
ley,
sin
necesitar
para
nada
ni
el
consentimiento
del
rey
ni
el
de
los
pares.
A
pesar
de
ser
pocos
los
individuos
de
la
cámara
alzáronse
muchas
voces
con¬
tra
la
formación
de
causa
al
rey,
pues
algunos
pedían
que
no
se
hiciese
sino
de¬
ponerlo,
según
se
había
verificado
con
algunos
de
sus
antecesores;
otros
sin
atre¬
verse
á
manifestarlo
hubieran
deseado
que
clandestinamente
se
deshicieran
de
su
persona
para
de
esté
modo
conseguir
el
mismo
objeto
sin
tener
la
responsabili¬
dad
de
su
muerte;
pero
los
mas
osados,
los
republicanos
puros,
los
que
llevaban
intenciones
egoístas,
querían
un
procedimiento
público
y
solemne,
que
acredita¬
ra
su
fuerza
y
proclamara
su
derecho.
Fairfax
se
declaró
abiertamente
contra
semejante
atentado,
al
paso
que
Cromwell,
que
era
quien
mas
ardientemente
deseaba
que
ese
juicio
se
verificara,
hablaba
de
ello
con
la
hipocresía
que
era
en
él
una
costumbre
inveterada.
Después
que
muchos
diputados
manifestaron
su
parecer,
ya
favorable
ya
contrario,
él
tomó
la
palabra
y
dijo:
Si
alguno
de
los
miembros
de
la
cámara
hiciese
esta
proposición
premeditadamente,
lo
considera¬
ría
como
el
mas
insigne
traidor
de
todo
el
universo;
mas
supuesto
que
la
Provi¬
dencia
y
la
necesidad
traída
sin
duda
por
ella
misma
han
hecho
que
la
cámara
haya
de
deliberar
acerca
de
este
asunto,
ruego
á
Dios
que
le
envíe
su
luz
para
que
resuelva
lo
mas
justo
y
conveniente,
si
bien
por
mi
parte
no
estoy
dispuesto
á
manifestar
desde
luego
mi
dictámen.
Hace
muy
poco
rato
en
que
yo
me
dis¬
ponía
á
pedir
que
el
rey
fuese
puesto
en
libertad
,
y
cuando
iba
á
esponer
esta
opinión
mia
noté
que
la
lengua
se
me
quedaba
pegada
al
paladar,
lo
cual
me
dió
á
conocer
la
voluntad
de
Dios
que
lo
ha
repudiado.
A
fin
de
no
sujetar
al
rey
á
un
juicio
sin
una
ley
en
cuyo
nombre
pudiera
ser
condenado,
se
sentó
como
principio
que
había
traición
por
su
parte
en
hacer
la
guerra
al
parlamento;
y
á
propuesta
del
diputado
Scott
se
adoptó
al
punto
una
ordenanza
erigiendo
para
juzgarle
un
tribunal
supremo
que
debían
componer
24
GARLOS
I
DE
INGLATERRA.
ciento
cincuenta
individuos,
seis
pares,
diez
caballeros,
seis
concejales
de
Lon¬
dres,
todos
ellos
hombres
influyentes,
del
partido
del
ejército,
de
los
comunes
y
de
la
ciudad.
Al
trasladarse
la
ordenanza
á,
la
cámara
de
los
lores,
se
manifestó
Oposición
contra
ella,
de
suerte
que
lord
Manchester
dijo
que
no
hay
parlamento
sin
el
rey,
y
que
en
consecuencia
el
rey
no
puede
ser
traidor
con
respecto
al
parlamento.
Lord
Derbigli
dijo
que
antes
se
dejaría
hacer
pedazos
que
consentir
en
que
su
nombre
fuese
continuado
en
la
ordenanza,
porque
esta
para
él
era
una
infamia
inaudita.
Lord
Pembroke
dijo
que
no
gustaba
de
intervenir
en
asun¬
tos
de
vida
ó
muerte,
y
que
por
tanto
ni
hablaría
contra
la
ordenanza
ni
consen¬
tiría
en
ella.
Al
saber
la
cámara
esta
oposición
de
los
lores,
declaró
que
para
nada
necesitaba
su
consentimiento,
pues
los
comunes
representaban
el
pueblo
in¬
glés
y
que
en
tal
concepto
tenían
el
poder
soberano.
Así
pues
se
votó
una
nueva
ordenanza
disponiendo
que
el
supremo
tribunal
de
justicia
instalado
en
nombre
de
los
comunes
solos
y
reducidos
á
ciento
treinta
y
cinco
miembros,
se
juntase
al
momento,
como
en
realidad
lo
hizo.
En
los
dias
8,
10,
12,
13,
15,
17,18
y
19
de
enero
se
reunió
en
sesión
secreta
á
fin
de
preparar
los
cargos,
pero
des¬
de
luego
se
vió
la
división
entre
los
individuos
que
nunca
llegaron
á
ser
mas
de
cincuenta.
Fairfax
fué
á
la
primera
sesión
y
no
pareció
en
adelante,
y
otros
acudieron
únicamente
con
el
objeto
de
manifestar
su
oposición.
Habiendo
algu¬
nos
indicado
temores
de
que
alguna
insurrección
salvara
al
rey
y
derrocara
el
nuevo
gobierno,
Cromwell
contestó
que
nadie
se
movería,
y
que
le
cortarían
al
rey
la
cabeza
con
corona
y
todo.
El
tribunal
quedó
reducido
á
pocos
miembros;
mas
por
desgracia
de
Cárlos
eran
precisamente
los
que
habían
jurado
perderlo,
y
á
quienes
la
retirada
de
los
opositores
dió
mayor
seguridad
de
que
lograrían
su
objeto.
Tomáronse
todas
las
precauciones
imaginables
para
que
el
pueblo
no
pudiese
acercarse
al
tribunal,
ni
aun
á
los
soldados
á
quienes
se
encomendaba
su
custodia.
Después
de
muchas
dudas,
vacilaciones
y
pareceres,
se
determinó
que
el
rey
se
presentase
ante
el
tribunal
el
dia
20
de
enero
,
y
tres
dias.antes,
cual
si
ya
se
le
hubiese
condenado,
se
nombró
una
comisión
para
que
fuese
á
los
palacios
y
castillos
reales
á
tomar
inventario
de
cuanto
allí
existia
y
que
desde
entonces
pasaba
á
ser
propiedad
del
parlamento.
El
rey
estaba
bastante
tranquilo
en
Windsor
,
cuando
esperimentó
un
cam¬
bio
grandísimo
en
la
manera
de
ser
tratado.
Hasta
entonces
se
le
guardaron
to¬
das
las
consideraciones
imaginables,
y
era
observada
la
etiqueta
de
la
corte,
y
ahora
repentinamente
cesó
todo
eso
y
era
servido
por
soldados
que
no
usaban
con
él
de
ninguna
ceremonia.
Incomodado
por
ello,
determinó
comer
en
su
cuarto,
eligiendo
dos
ó
tres
platos
de
la
lista
que
le
presentaban.
Al
cabo
de
po¬
cos
dias
de
este
cambio
el
gobernador
de
Windsor
le
notició
que
en
breve
seria
trasladado
á
Londres,
nueva
que
le
causó
una
inquietud
muy
marcada
,
tanto
mas
cuando
todavía
alimentaba
esperanzas
y
aguardaba
refuerzos
de
varios
re¬
yes
para
recobrar
sus
derechos.
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
A&
El
dia
19
de
enero
llegó
al
palacio
de
Windsor
un
destacamento
de
caballe¬
ría
mandado
por
Harrison,
con
orden
de
llevar
á
Londres
al
rey
á
quien
aguar¬
daba
en
el
patio
un
coche
tirado
por
seis
caballos.
Entró
Carlos
en
él,
y
al
cabo
de
pocas
horas
estaba
en
Londres
en
el
palacio
de
San
James,
rodeado
de
guardas,
con
dos
centinelas
de
vista
y
sin
otro
servidor
que
el
fiel
Herbert
que
dormía
al
lado
de
su
cama.
Carlos
aunque
muy
afligido
al
ver
todo
esto
y
que
ya
no
se
le
guardaba
nin¬
guna
de
las
consideraciones
inherentes
á
su
rango,
nunca
creyó
que
llegasen
al
estremo
de
sujetarlo
á
un
juicio,
pensando
que
lo
único
de
que
trataban
era
de
espantarlo
á
fin
de
reducirlo
á
condiciones
mas
gravosas.
Esperaba
además
que
en
el
caso
poco
probable
de
que
tuviesen
la
audacia
de
formarle
causa,
la
Es¬
cocia
se
sublevaría
é
intervendrían
todos
los
reyes;
pero
los
escoceses
se
limi¬
taron
á
protestar,
el
rey
de
Dinamarca
,
primo
de
Carlos,
se
mantuvo
en
si¬
lencio
,
la
España
estaba
en
amigables
relaciones
con
el
parlamento,
la
Francia
dió
algunos
pasos
sin
insistir
mas,
y
los
Estados
generales
enviaron
una
emba¬
jada
que
no
produjo
el
menor
efecto.
El
dia
20
apenas
se
había
reunido
el
tribunal
en
sesión
secreta
á
fin
de
arreglar
los
últimos
pormenores,
se
dió
aviso
de
que
muy
luego
entrarían
al
rey.
Cromwell
salió
á
la
ventana
para
ver
la
silla
de
manos
puesta
entre
filas
y
en
la
cual
iba
el
rey,
y
volvió
á
entrar
pálido
aunque
muy
animado,
é
instó
para
que
pensasen
lo
que
habían
de
contestar
al
rey
,
quien
en
su
concepto
al
momento
preguntaría
en
nombre
de
quién
y
con
qué
autoridad
iban
á
juzgarle.
Convinieron
los
jueces
en
que
si
hacia
esta
pregunta
se
le
contestase
que
le
juz¬
gaban
en
nombre
de
los
Comunes
reunidos
en
parlamento
y
de
todo
el
buen
pue¬
blo
de
Inglaterra.
En
el
acto
tomaron
asiento
los
jueces
presididos
por
lord
Bradshaw,
abrióse
la
sala,
precipitóse
el
público
en
ella
,
y
restablecido
el
si¬
lencio
,
se
leyó
el
acta
de
los
Comunes
que
había
erigido
aquel
tribunal,
se
pasó
lista
de
sus
individuos
de
los
cuales
estaban
allí
presentes
setenta,
y
el
presidente
mandó
al
ujier
que
hiciese
entrar
al
preso.
Presentóse
el
rey
escolta¬
do
por
un
corone]
y
treinta
y
dos
oficiales;
adelantóse
hácia
el
asiento
que
le
estaba
preparado
,
se
colocó
en
él
sin
descubrirse
la
cabeza
y
lanzando
al
tri¬
bunal
una
mirada
severa.
En
el
momento
se
levantó,
miró
la
guardia
puesta
á
su
izquierda,
paseó
la
vista
por
la
muchedumbre
que
ocupaba
la
derecha,
miró
otra
vez
á
los
jueces
y
volvió
á
sentarse
en
medio
de
un
silencio
sepul¬
cral.
El
presidente
se
levantó
y
dijo
:
«
Cárlos
Stuart,
rey
de
Inglaterra
,
los
Comunes
de
Inglaterra,
reunidos
en
parlamento
y
profundamente
afectados
por
los
males
que
se
han
hecho
caer
sobre
la
nación
entera
,
y
de
los
cuales
sois
considerado
el
principal
causante
,
han
determinado
averiguar
y
castigar
debi¬
damente
este
crimen
,
y
con
(al
objeto
han
eligido
este
supremo
tribunal
de
jus¬
ticia
ante
el
cual
acabais
de
comparecer,
y
en
donde
vais
á
oir
los
cargos
que
í
26
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
se
os
hacen.»
Entonces
se
levantó
el
fiscal
Coke
para
tomar
la
palabra,
mas
el
rey
tocándole
la
espalda
con
el
bastón
le
dijo:
Silencio.
El
puño
del
bastón
se
cayó
,
el
rey
se
alteró
de
un
modo
muy
visible,
recogió
el
puño
,
lo
colocó
en
el
bastón
y
volvió
á
sentarse,
de
suerte
que
sin
duda
cambió
de
parecer,
porque
de
otro
modo
después
de
haber
dado
la
voz
de
silencio
naturalmente
habría
dicho
alguna
cosa.
Yiendo
que
callaba,
el
fiscal
leyó
la
acusación
en
la
cual
se
imputaban
al
rey
todos
los
males
hijos
al
principio
de
la
tiranía
y
después
de
la
guerra
promovida
por
el
mismo,
y
por
conclusión
pedia
que
se
le
juzgara
como
tirano,
traidor
y
homicida.
Durante
la
lectura
,
el
rey
que
habia
recobrado
la
serenidad
dirigió
sus
mi¬
radas
yaá
los
jueces,
ya
al
público
,
levantóse
otra
vez,
volvióse
de
espaldas
para
mirar
lo
que
pasaba
detrás
de
él
y
se
sentó
de
nuevo
con
una
apariencia
indiferente
y
curiosa
que
tenia
pasmados
á
los
jueces.
Cuando
se
oyó
calificar
de
tirano,
traidor
y
homicida,
se
echó
á
reir
sin
pronunciar
no
obstante
una
palabra.
Concluida
la
lectura,
el
presidente
le
manifestó
que
el
tribunal
esperaba
la
respuesta
,
con
lo
cual
se
entabló
entre
Carlos
y
el
presidente
un
diálogo
,
en
el
que
este
desempeñó
un
papel
muy
desairado
por
la
inoportunidad
de
sus
pala¬
bras
,
pues
entre
otras
cosas
dijo
que
el
pueblo
inglés
le
habia
elegido
rey
,
á
lo
cual
Cárlos
contestó
que
habia
mas
de
mil
años
que
la
monarquía
era
here¬
ditaria.
Echó
en
cara
á
los
Comunes
que
mientras
estaban
tratando
le
habían
dado
palabra
de
honor
de
que
respetarían
su
libertad,
y
no
obstante
habían
quebrantado
esa
promesa,
privándole
de
la
libertad
,
arrebatándole
hasta
Lon¬
dres
,
y
sujetándole
ahora
al
parlamento,
cuando
sin
rey
no
hay
parlamento,
y
cuando
allí
no
veia
á
los
pares,
sin
los
cuales
tampoco
estaba
bien
representado
el
pueblo
de
Inglaterra.
El
presidente
no
hallando
medios
hábiles
para
salir
del
conflicto
en
que
le
ponían
los
raciocinios
de
Cárlos,
le
dijo
que
el
tribunal
le
habia
oido
,
y
que
se
dispondría
lo
que
mandase,
debiendo
reunirse
el
lunes
in¬
mediato
;
y
en
seguida
dio
orden
para
que
se
llevaran
el
preso.
El
rey
salió
con
la
misma
escolta
que
lo
habia
traído
,
y
como
al
levantarse
vió
encima
de
la
mesa
la
maza
y
la
espada,
tocó
esta
con
el
bastón
y
dijo:
no
Je
tengo
miedo
,
no.
Al
bajar
la
escalera
se
oyeron
algunas
voces
de
justicia,
justicia
;
pero
eran
muchos
mas
los
que
gritaban
:
Dios
salve
al
rey,
Dios
salve
á
Y.
M.’
Al
dia
siguiente
el
tribunal
conminó
con
la
pena
de
cárcel
al
que
rompiese
el
silencio,
y
sin
embargo
al
presentarse
el
rey
se
oyeron
vivas
aclamaciones.
La
discusión
,
que
versó
sobre
el
mismo
punto
que
el
dia
anterior,
fué
igualmente
acalorada
por
ambas
partes,
hasta
que
el
presidente
en
tono
agrio
dijo
al
rey,
que
ni
él,
ni
nadie
podía
poner
en
duda
la
jurisdicción
del
tribunal,
que
estaba
constituido
por
la
autoridad
de
los
Comunes
de
Inglaterra
,
ante
los
cuales
todos
CARLOS
I
I)E
INGLATERRA.
27
los
reyes
habían
sido
siempre
responsables.
El
rey
lo
negó
con
valor,
y
el
presi¬
dente
,
perdidas
la
gravedad,
la
madurez
y
la
consideración
que
aquel
cargo
le
imponía,
dijo
al
rey
que
no
estaba
allí
para
cuestionar
con
el
preso
y
que
éste
lo
que
debía
hacer
era
decir
si
era
culpable
ó
si
no
lo
era.
El
presidente
se
acaloró
mas;
y
viendo
que
Carlos
insistía
en
que
el
tribunal
no
era
legítimo
,
mandó
que
se
llevasen
el
preso.
El
rey
entonces
volviéndose
de
repente
hacia
el
pueblo
le
dijo:
acordaos
de
que
el
rey
de
Inglaterra
es
condenado
sin
que
le
dejen
esponer
las
razones
que
tiene
en
favor
de
la
libertad
del
pueblo.
Dios
salve
al
rey
,
gritó
nuevamente
la
muchedumbre.
Al
presentarse
el
rey
en
el
dia
23
,
se
reprodujeron
las
mismas
escenas
y
cada
vez
se
mostraban
mas
á
las
claras
la
simpatía
y
el
entusiasmo
popular
á
favor
suyo
,
y
cuando
la
tropa
gritaba
justicia
y
ejecución,
el
pueblo
contesta¬
ba
con
mas
calor:
Dios
salve
al
rey.
En
ese
mismo
dia
23
cuando
el
rey
salía
un
soldado
le
dijo:
Que
Dios
bendiga
á
Y.
M.;
y
como
un
oficial
diera
un
bas¬
tonazo
al
soldado,
el
rey
le
dijo:
Me
parece,
caballero
oficial,
que
el
soldado
no
merecía
semejante
castigo.
Llovían
representaciones,
la
fermentación
crecía,
hablábase
de
embajadas
de
reinos
estranjeros;
cosas
todas
qúe
no
hacían
temer
á
los
independientes,
pero
que
Ies
suscitaban
embarazos,
y
los
convencían
mas
y
mas
de
que
era
indis¬
pensable
evitar
los
retardos,
antes
que
todas
esas
contrariedades
tomasen
cuerpo,
y
pudiesen
finalmente
presentar
una
resistencia
temible.
En
este
concepto
deter¬
minaron
no
llamar
mas
al
rey
para
evitar
los
debates,
seguir
el
tribunal
el
proceso,
y
únicamente
mandar
comparecer
á
Carlos
para
leerle
la
sentencia
cuando
estuviese
estendida.
Los
dias
21
y
25
se
pasaron
recibiendo
declaración
á
treinta
ó
cuarenta
testigos,
y
el
dia
25
al
terminarse
la
.sesión
se
acordó
casi
sin
discutirla
la
condena
del
rey
como
tirano,
traidor,
homicida
y
enemigo
del
país.
En
aquel
dia
no
asistieron
al
tribunal
mas
que
cuarenta
y
seis
miembros,
y
el
dia
26
ante
sesenta
y
dos
y
en
sesión
secreta
se
discutió
y
aprobó
la
sentencia
que
habia
redactado
una
comisión
nombrada
en
el
dia
anterior.
El
27
después
de
dos
horas
de
deliberar
á
puerta
cerrada,
se
abrió
la
se¬
sión
pasando
lista
de
los
jueces,
y
cuando
se
pronunció
el
nombre
de
Fairfax,
una
mujer
contesló
desde
la
galería:
tiene
demasiado
talento
para
estar
aquí.
Estas
palabras
sorprendieron
mucho,
pero
se
pasó
adelante
en
la
lista
y
se
encon¬
traron
sesenta
y
siete
individuos
presentes.
Cuando
el
rey
entró
en
la
sala
se
oyó
un
grito
general
de
ejecución
:
los
oficiales
gritaban
,
gritaban
los
soldados,
pero
la
multitud
callaba
consternada.
El
rey
antes
de
sentarse
pidió
hablar
una
palabra;
el
presidente
dijo
que
hablaría
cuando
le
llegase
la
hora,
pero
que
antes
habia
de
oir.
Carlos
insistió,
insistió
el
presidente
y
finalmente
el
rey
calló
y
pareció
mas
tranquilo
cuando
el
lord
dijo
que
podría
hablar
antes
de
28
GARLOS
I
DE
INGLATERRA.
pronunciarse
la
sentencia.
El
presidente
entonces
dijo:
«
Caballeros:
todos
sabéis
que
el
preso
que
tenemos
delante
ha
comparecido
otras
veces
ante
el
tribunal
para
responder
al
cargo
de
traidor
y
de
otros
crímenes
de
que
se
le
acusa
en
nombre
del
pueblo
de
Inglaterra.—Ni
siquiera
la
mitad
del
pueblo,
gritó
la
mis¬
ma
voz
que
había
respondido
al
nombrarseá
Fairfax.
¿En
dónde
está
el
pueblo?
¿Cómo
consta
su
consentimiento?Oliverio
Cromwell
es
un
traidor.»
Atales
vo¬
ces
toda
la
asamblea
se
estremeció,
todos
los
ojos
se
dirigieron
hácia
la
galería:
Abajo
las
prostitutas,
gritó
Axtell;
soldados,
disparadles.
Entonces
fue
recono¬
cida
la
esposa
de
Fairfax.
El
alboroto
se
hizo
general,
los
soldados,
que
los
había
en
todos
los
puntos
y
muchos
en
número,
á
duras
penas
podían
contener
al
público
:
mas
al
fin
se
restableció
la
calma,
él
presidente
recordó
cuán
obstinado
se
manifestó
el
rey
en
negar
los
cargos
que
se
le
habían
dirigido
,
y
declaró
que
el
tribunal
aun¬
que
estaba
unánime
con
respecto
á
la
sentencia,
consentía
antes
de
pronunciarla
en
oir
los
descargos
del
acusado,
con
tal
que
reconociese
la
jurisdicción
del
tri¬
bunal
que
le
juzgaba.
Pido,
dijo
el
rey,
que
me
oigan
privadamente
los
lores
y
los
Comunes
acerca
de
una
proposición
que
importa
mucho
mas
á
la
paz
del
reino
y
á
la
libertad
de
sus
súbditos
que
á
mi
conservación
propia.
Estas
palabras
del
rey
causaron
una
agitación
muy
grande,
porque
todos
los
presentes
discurrían
acerca
de
que
podría
ser
lo
que
iba
el
rey
á
propo¬
nerles.
El
partido
comenzaba
á
temer
y
el
presidente
sostuvo
que
aquello
no
era
masque
un
medio
para
burlar
al
tribunal.
Cárlos
insistía,
y
mientras
tanto
los
brutales
soldados
le
iban
estrechando,
le
insultaban,
le
arrojaban
á
la
cara
el
humo
de
las
pipas,
y
el
coronel
Axtell
se
burlaba
y
reía
á
carcajadas.
El
rey
o-ritaba
para
que
á
lo
menos
se
restableciese
el
silencio,
pero
le
contestaban
justicia,
justicia;
y
al
fin
turbado,
y
como
fuera
de
sí,
gritó
con
voz
firme
y
resuelta:
oid,
oid.
Reproduiose
la
gritería,
los
individuos
del
tribunal
esperi-
mentaron
una
sensación
nueva,
el
coronel
Downs
se
removía
en
su
asiento,
el
coronel
AVarton
procuraba
contenerlo,
mas
Downs
declaró
que
no
callaría
aun¬
que
debiese
costarle
la
vida,
y
que
sus
corazones
no
eran
de
piedra.
En
efecto,
prescindiendo
de
cuanto
decían
sus
compañeros,
de
las
amenazas
que
le
dirigie¬
ron
de
que
los
perdía
y
se
perdía
ásí
mismo,
se
levantó
y
dijo,
hablando
al
pre¬
sidente,
que
su
conciencia
no
le
permitía
negarse
á
la
petición
de
Cárlos,
y
que
en
consecuencia
pedia
que
el
tribunal
se
retirase
para
deliberar
acerca
de
lo
que
el
rey
proponía.
El
presidente
contestó
que
puesto
que
un
individuo
del
tribunal
lo
solicitaba,
el
tribunal
debía
retirarse;
y
al
momento
todos
pasaron
á
una
sala
inmediata.
Entrados
en
ella,
Cromwell,
reconvino
con
mucha
acrimonia
al
coronel
que
se
defendió,
y
tuvo
algunos
individuos
que
le
apoyaron;
pero
Cromwell
no
sabia
oir
con
calma
tales
discursos,
y
mostrando
una
impaciencia
brutal
y
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
29
removiéndose
á
todos
lados
acabó
por
interrumpir
á
los
que
defendían
la
pro¬
puesta
de
Carlos
y
dijo:
Es
indudable
que
Carlos
es
el
hombre
mas
terco
é
in¬
flexible
del
mundo,
y
si
el
coronel
obra
de
este
modo,
es
porque
quisiera
salvar
á
su
antiguo
amo
;
pero
yo
no
lo
permitiré.
Acabemos
de
una
vez,
volvamos
al
tribunal
y
concluyamos
nuestro
deber.
La
discusión
quedó
sofocada
por
los
gritos
de
los
partidarios
de
Cromwell,
y
á
la
media
hora
el
tribunal
ocupaba
otra
vez
su
puesto,
y
el
presidente
declaró
al
rey
que
el
tribunal
no
podía
ad¬
mitir
su
proposición.
Cárlos
insistió
con
poco
empeño,
y
todo
su
aspecto
indicaba
que
su
ánimo
se
había
conturbado:
no
obstante
á
una
pregunta
del
presidente
contestó
con
serenidad
que
nada
tenia
que
añadir.
En
seguida
habló
largo
rato
el
presidente
haciendo
la
apología
de
todos
los
actos
del
parlamento
;
y
en
contraposición
es-
puso
con
lenguaje
duro
todos
los
yerros
y
los
actos
tiránicos
del
rey
cuya
turba¬
ción
iba
creciendo
sensiblemente.
Aunque
quiso
decir
algo
cuando
el
presidente
hubo
terminado,
no
se
le
permitió,
y
el
escribano
leyó
la
sentencia,
en
la
cual
se
imponía
á
Cárlos
la
pena
de
muerte.
Terminada
la
lectura
el
rey
quiso
hablar
otra
vez,
insistió
mucho
en
ello,
dijo
palabras
sueltas
y
hasta
incoherentes,
mas
nunca
pudo
recabar
que
le
oyeran
,
y
al
fin
levantando
su
voz
profirió
estas
palabras:
discurrid
,
ingleses,
que
justicia
podéis
esperar
de
este
tribunal
cuando
á
mí
me
la
niega.
Sin
dejarle
casi
terminar
la
frase
los
soldados
le
rodearon
completamente
y
arrancándolo
del
asiento
y
usando
siempre
de
la
mas
salvaje
violencia
lo
lleva¬
ron
hasta
el
sitio
en
que
lo
aguardaba
la
silla
de
manos.
Aquella
soldadesca
desenfrenada
y
brutal
le
dirigió
los
mas
groseros
insultos,
le
arrojaban
á
la
cara
el
humo
de
las
pipas,
gritábanle
al
oido
ejecución
,
ejecución
,
y
el
ruido
y
la
gritería,
y
los
ultrajes
de
esos
miserables
resonaban
por
encima
de
las
acla¬
maciones
del
público
que
decia:
Dios
salve
á
V.
M.
y
le
saque
de
manos
de
sus
enemigos.
La
silla
y
la
escolta
marcharon
hácia
Whitehall,
en
cuyo
camino
había
un
cordon
de
soldados,
que
repetían
los
gritos,
justicia
y
ejecución
;
pero
Cárlos
había
recobrado
su
serenidad
completa,
y
al
salir
de
la
silla
esclamó:
mi¬
serables
1
por
un
chelín
gritarían
lo
mismo
contra
los
que
les
hacen
gritar
con¬
tra
mí.
El
parlamento
y
los
independientes
se
acreditaron
entonces
de
ser
gente
soez
y
salvaje
,
porque
lejos
de
impedir
tales
ultrajes
,
de
que
nunca
han
dejado
de
verse
libres
en
semejante
lance
los
ladrones
y
los
asesinos,
atizaban
todavía
á
los
soldados,
harto
dispuestos
á
insultar
á
un
hombre
que
iba
preso
y
que
es¬
taba
ya
condenado
á
muerte.
Tan
cierto
es
que
las
pasiones
políticas
convierten
a
los
hombres
en
animales
feroces,
en
quienes
ni
aun
puede
buscarse
aquel
ins¬
tinto
que
dispierta
la
compasión
hácia
un
semejante
desventurado.
Los
miem¬
bros
del
tribunal
aplaudían
esos
ultrajes
y
algunos
de
ellos
hasta
los
prodigaron,
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
30
sin
advertir
la
degradación
á
que
descendían
y
lo
miserables
que
eran
y
co¬
bardes.
Cuando
el
rey
estuvo
otra
vez
en
Whitehall
dijo
á
Herbert
que
sin
duda
algunos
lores
adictos
á
su
persona
querrían
verle,
pero
que
siendo
breve
el
tiempo
que
le
quedaba
y
deseando
emplearle
para
procurar
la
salvación
de
su
alma,
le
encargaba
que
les
diese
las
gracias
en
su
nombre,
y
Ies
rogara
que
le
perdonasen
porque
no
los
recibía,
pues
tan
solo
deseaba
despedirse
de
sus
hijos.
A
su
ruego
se
permitió
que
fuesen
á
verle
sus
dos
hijos
menores,
la
princesa
Isabel
y
el
duque
de
Glocester,
y
el
obispo
de
Londres.
El
dia
28
el
rey
fué
lle¬
vado
á
San
James
y
allí
se
le
presentó
el
obispo
cuyas
lágrimas
enjugó
Cárlos,
pidiéndole
que
no
hablaran
sino
del
negocio
de
su
alma,
y
de
ningún
modo
de
aquellos
miserables
que
lo
tenían
en
su
poder
y
estaban
sedientos
de
su
sangre.
Pasó
el
dia
entero
con
el
obispo
sin
ocuparse
sino
de
su
conciencia
y
de
su
alma
que
quería
llevar
bien
preparadas
al
tribunal
de
Dios.
El
dia
29
le
condujeron
sus
dos
hijos
que
tenían,
la
princesa
unos
doce
años
y
el
duque
ocho.
Ambos
lloraron
,
y
su
padre
se
los
sentó
en
los
muslos,
consoló
ásu
hija,
le
dió
consejos,
encargóle
que
dijera
á
sus
hermanos
que
había
per¬
donado
á
sus
enemigos,
y
á
su
madre
que
la
amaría
hasta
el
último
suspiro.
Volviéndose
luego
á
su
hijo
le
dirigió
las
siguientes
palabras:
Tierno
amor
mió,
van
á
cortar
la
cabeza
á
tu
padre.
El
niño
lo
miraba
fijamente
y
en
su
rostro
se
leia
la
turbación
y
la
especie
de
duda,
incertidumbre
ó
falta
de
comprensión
para
entender
bien
claramente
lo
que
todo
aquello
significaba.
Garlos
continuó:
«Atiende
bien
lo
que
voy
á
decirte,
hijo
mió.
Dentro
de
uno
ó
dos
dias
me
cor¬
tarán
la
cabeza
y
tal
vez
querrán
hacerte
rey;
pero
oye
bien,
hijo
mió,
oye
bien
y
no
olvides
nunca
mis
palabras.
Tú
no
puedes
ser
rey
mientras
vivan
tus
hermanos
Cárlos
y
Jacobo,
porque
ellos
deben
serlo
antes
que
tú.
Si
los
co¬
operan
también
les
cortarían
la
cabeza
y
después
te
la
corlarían
á
tí,
hijo
mió:
así
pues
te
mando
que
nunca
te
dejes
hacer
rey
por
esos
hombres
que
hacen
cortar
la
cabeza
de
tu
padre.—Antes
me
dejaré
hacer
pedazos,»
contestó
el
niño
conmovido
y
sin
saber
lo
que
le
pasaba.
El
rey
lo
abrazó
con
la
mayor
ternm
ra
lo
puso
en
tierra,
abrazó
á
su
hija,
bendijo
á
los
dos,
pidió
á
Dios
que
los
bendijera,
y
alzándose
de
repente
dijo
al
obispo
que
se
los
llevaran.
Los
niños
lloraban,'
el
padre
en
pié
y
apoyando
la
cabeza
en
la
arista
de
una
ventana
pro¬
curaba
ocultar
las
lágrimas;
mas
cuando
los
niños
iban
á
salir,
el
padre
se
separó
violentamente
de
la
ventana,
volvió
á
cogerlos,
los
bendijo
otra
vez,
y
arrancándose
á
sus
caricias,
se
hincó
de
rodillas
y
se
puso
á
orar,
acompañado
del
obispo
y
de
Herbert,
únicos
testigos
de
aquella
escena
desgarradora.
Bien
distinta
era
la
que
en
la
misma
mañana
se
representaba
en
el
parla¬
mento
Aquella
hubiera
conmovido
á
esos
mismos
hombres
que
hacían
alarde
de
su
ferocidad;
esta
hubiera
escitado
la
cólera,
la
compasión
y
el
desprecio
de
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
61
cualquiera,
aun
quizás
de
los
mismos
que
deseaban
la
muerte
de
Carlos.
Con¬
gregado
el
tribunal
fijó
la
ejecución
para
el
30
á
medio
dia.
Cuando
se
trató
de
firmar
la
orden
fatal
los
jueces
no
parecían;
dos
ó
tres
de
los
mas
furibun¬
dos
detenían
en
la
puerta
de
la
sala
á
los
compañeros
que
iban
á
la
Cámara
y
los
apremiaban
para
que
firmaran,
pues
entre
los
mismos
que
votaron
la
con¬
dena,
unos
se
escondieron
y
otros
se
negaron
resueltamente
á
suscribir
la
sen¬
tencia
y
la
orden
para
ejecutarla.
Cromwell,
único
que
estaba
alegre
y
bulli¬
cioso,
se
chanceaba
con
todos
usando
aquellas
bufonadas
chocarreras
que
le
eran
tan
comunes,
firmó
el
tercero
y
tiznó
con
tinta
el
rostro
de
Enrique
Mar-
tyn
que
á
su
vez
le
ensució
el
suyo.
Habiendo
entrado
casualmente
el
coronel
Ingoldsby,
que
nunca
quiso
tomar
asiento
en
el
tribunal
aunque
era
uno
de
los
jueces,
Cromwell
lo
cogió
diciendo
que
esta
vez
no
se
escaparía,
y
en
medio
de
risotadas
y
bulla,
ayudado
por
algunos
compañeros,
le
metió
la
pluma
entre
los
dedos
y
llevándole
la
mano
le
hizo
poner
su
nombre.
A
duras
penas
y
por
medios
parecidos
á
los
ya
dichos
se
reunieron
cincuenta
y
nueve
firmas,
algu¬
nas
de
ellas
tan
borroneadas
que
casi
era
imposible
leerlas.
Vino
finalmente
el
dia
30,
y
muy
de
mañana
y
en
un
cuarto
de
Whitehall
estaban
reunidos
Ireton,
Harrison,
Cromwell,
Hacker,
Hunks,
y
Axtell,
para
redactar
la
orden
que
debía
darse
al
ejecutor.
Cromwell
quiso
que
el
coronel
Hunks
la
escribiese
y
firmase,
pero
no
obs¬
tante
el
empeño
de
Cromwell
y
de
Axtell
no
pudieron
conseguir
que
lo
verifi¬
case;
Cromwell
incomodado
la
escribió
y
la
presentó
al
coronel
Hacker
que
no
tuvo
inconveniente
en
firmarla.
Entonces
mismo
se
levantaba
Cárlos
después
de
cuatro
horas
de
un
sueño
profundo.
Notando
que
Ilerbert
lo
peinaba
con
menos
esmero
de
lo
que
tenia
de
costumbre,
le
dijo
que
mirase
bien
loque
hacia,
pues
su
ánimo
era
presentarse
bien
vestido
y
peinado
como
un
novio.
Al
vestirse
pidió
dos
camisas
diciendo
que
el
tiempo
estaba
muy
frió
y
que
era
posible
que
temblase,
y
como
esto
se
atribuiría
á
miedo,
quería
por
todos
términos
evitar
suposición
semejante.
A
las
diez
de
la
mañana
estaba
orando
con
el
obispo
cuando
llamaron
muy
suavemente
á
la
puerta.
Al
cabo
de
un
ratito
dieron
otro
golpe
algo
mas
recio.
Ilerbert
que
había
oido
el
primero
se
quedó
petrificado,
mas
el
rey
con
mucha
serenidad
le
dijo
que
viese
quién
llamaba,
y
sabiendo
que
era
el
coronel
Hacker,
el
rey
mandó
que
entrase.
«Señor,
dijo
el
coronel
en
voz
baja
y
temblando,
ha
llegado
el
momento
de
ir
á
Whitehall,
en
donde
Y.
M.
podrá
descansar
una
hora.—Al
punto,
dijo
Cárlos,
dejadme.»
El
rey
se
recogió
un
instante,
y
to¬
mando
por
la
mano
al
obispo
le
dijo:
Venid,
partamos.
Herbert,
añadió,
abrid
la
puerta,
pues
el
coronel
llama.
El
rey
llevaba
á
la
derecha
al
obispo
y
á
la
izquierda
al
coronel,
y
habiendo
observado
que
el
coronel
Tomlinson
que
mar¬
chaba
al
frente
de
la
escolta
y
con
la
cabeza
descubierta
le
guardaba
muchos
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
32
miramientos,
le
rogó
que
no
le
dejase
hasta
el
último
momento,
y
durante
el
camino
le
habló
de
su
entierro
y
de
las
personas
que
deseaba
que
cuidasen
de
este
encargo.
Su
apostura
era
noble
y
serena,
sus
ojos
brillaban
como
en
los
dias
de
su
mas
robusta
juventud
,
y
su
paso
era
tan
firme
y
veloz
que
la
tropa
tenia
que
precipitar
el
suyo
para
seguirle.
Ai
llegar
á
Whitehali,
se
quedó
solo
con
el
obispo,
y
como
algunos
ministros
independientes
quisiesen
entrar
para
ofrecerle
sus
servicios,
Carlos
encargó
al
obispo
que
en
su
nombre
les
diese
las
gracias
y
les
añadiera
que
después
de
haber
orado
tantas
veces
contra
él,
no
podían
orar
en
su
compañía
en
aquellos
últimos
momentos.
Solo
ya
con
el
obispo
recibió
la
comunión,
y
levantándose
sereno
dijo:
Ven¬
gan
esos
miserables,
les
he
perdonado
con
toda
mi
alma
y
estoy
dispuesto
para
todo
lo
que
pueda
acontecerme.
No
quería
comer
cosa
alguna,
mas
el
obispo
se
lo
rogó
haciéndole
presente
que
estaba
en
ayunas,
que
hacia
mucho
frió
y
que
podría
desmayarse
por
la
falta
de
alimento.
Es
cierto,
dijo
el
rey,
y
tomó
un
bocado
de
pan
y
un
poco
de
vino.
A
la
una
de
la
tarde
el
coronel
Hacker
llamó
á
la
puerta
y
en
el
acto
el
obispo
y
Herbert
cayeron
de
rodillas.
El
rey
dió
la
mano
al
obispo
para
que
se
levantara
y
mandó
á
Herbert
que
abriese
al
coronel,
que
otra
vez
llamaba,
y
á
quien
dijo:
Id,
ya
os
sigo.
Metióse
entre
filas
de
los
soldados,
por
esta
vez
silencio¬
sos,
y
marchó
sereno
hacia
el
cadalso
en
cuyos
dos
lados
se
veian
dos
hombres
vestidos
de
marineros
y
con
careta
que
tenían
una
segur
muy
cerca
de
ellos.
El
rey
iba
con
la
cabeza
erguida,
miraba
hacia
todos
lados
buscando
al
pueblo
pa¬
ra
hablarle;
pero
en
la
plaza
no
había
mas
que
soldados
que
impedían
acercar¬
se
á
cuantos
lo
intentaban.
Entonces
Carlos
dirigiéndose
al
obispo
y
á
Tomlin-
son
les
dijo
que
puesto
que
solo
ellos
podían
oirle,
á
ellos
diria
lo
que
pensaba
haber
dicho
al
pueblo.
Les
dirigió
entonces
un
discurso
que
sin
duda
ninguna
había
preparado
y
cuyo
objeto
era
manifestar
que
el
desprecio
de
los
derechos
del
rey
era
la
causa
de
las
desgracias
del
pueblo,
que
el
pueblo
no
debía
mez¬
clarse
en
el
gobierno
y
que
mientras
lo
hiciera
no
tendría
paz
ni
libertad.
Ha¬
biendo
notado
que
alguno
tocaba
1a.
segur,
se
volvió
agitado
y
dijo:
Cuidado
con
la
segur,
que
si
la
echáis
á
perder
me
hará
daño.
En
todo
el
tiempo
que
pasó
durante
la
escena
referida,
reinó
en
la
plaza
un
absoluto
silencio:
la
consternación,
la
espantosa
solemnidad
de
aquel
acto
y
aquella
especie
de
asombro
que
causaba
ver
en
un
cadalso
al
que
acababa
de
dejar
un
trono,
tenian
á
los
espectadores
sobrecogidos
y
en
un
estupor
que
no
habían
esperimentado
nunca.
Los
ojos
de
todos
estaban
clavados
en
el
rey,
cuyos
movimientos
seguían
y
cuyas
palabras
les
parecía
oir
desde
todos
los
puntos
de
la
plaza.
Finalmente
Cárlos
se
puso
un
gorro
de
seda
y
preguntó
al
verdugo
si
los
cabellos
podían
ser
un
estorbo.
El
verdugo
inclinándose
con
res¬
peto
contestó:
Ruego
á
V.
M.
que
se
los
acomode
debajo
del
gorro.
Hízolo
el
CARLOS
I
DE
INGLATERRA.
33
rey
ayudado
por
el
obispo,
y
mientras
tanto
decia:
(.(Tengo
á
mi
favor
una
bue¬
na
causa
y
un
Dios
clemente.—Sí
señor,
le
contestó
el
obispo,
no
hay
que
dar
sino
un
paso
,
pensad
que
ese
paso
es
un
trecho
inmenso,
pues
con
él
vais
de
la
tierra
al
cielo.—Paso
de
una
corona
corruptible
áotra
incorruptible,
dijo
el
rey,
y
allí
arriba
no
hay
angustia
ninguna,
ninguna
especie
de
angustia.»
Vol¬
viéndose
al
ejecutor
le
preguntó
si
tenia
bien
arreglados
los
cabellos.
Quitóse
la
capa
y
la
cruz
de
San
Jorge
y
se
la
entregó
al
obispo
diciéndole:
Acordaos
de
mí.
Entregó
luego
la
capa
y
mirando
el
tajo
dijo
al
ejecutor:
«Haced
que
esté
bien
firme.—Lo
está
mucho,
señor,»
contestó
el
verdugo.
El
rey
le
dijo
entonces:
Dirigiré
al
cielo
una
breve
oración
,
y
cuando
estienda
las
dos
manos,
descargad
el
golpe.
Recogióse
en
sí
mismo,
alzó
los
ojos
al
cielo,
arrodillóse,
colocó
la
cabeza
en
el
tajo,
y
á
los
pocos
momentos
estendió
las
manos
y
la
cabeza
cayó
al
primer
golpe.
El
verdugo
cogió
la
cabeza
y
enseñándola
al
pueblo
dijo:
Mirad
la
cabe¬
za
de
un
traidor.
Oyóse
una
esclamacion
general
semejante
á
un
largo
gemido,
muchas
personas
se
precipitaron
á
empapar
sus
pañuelos
en
la
sangre
de
Cár-
los,
y
los
piquetes
de
caballería
fueron
dispersando
la
muchedumbre,
pero
con
aire
melancólico
y
con
consideración
y
calma.
Cuando
la
plaza
quedó
desierta
se
llevaron
el
cuerpo
de
Garlos
que
estaba
ya
metido
en
un
ataúd
y
Cromwell
tuvo
el
horroroso
capricho
de
verlo
y
de
le¬
vantar
con
las
manos
la
cabeza
como
para
asegurarse
de
que
estaba
separada
del
cuerpo.
Contemplólo
un
rato
y
esclamó:
Era
un
hombre
robusto
,
y
hubiera
vivido
muchos
años.
El
féretro
estuvo
siete
dias
en
Whitehall,
y
aunque
era
inmensa
la
muche¬
dumbre
que
iba
á
verle
pocos
podían
lograrlo.
El
dia
6
de
febrero
los
Comunes
mandaron
entregarlo
á
Herbert
y
á
Mildmay
para
que
le
enterrasen
en
Wind-
sor
en
la
capilla
de
San
Jorge
en
que
había
sido
depositado
el
cadáver
de
En¬
rique
Yíll.
La
traslación
se
verificó
sin
pompa
aunque
de
un
modo
decoroso,
y
acompañándolo
los
servidores
que
habia
tenido
en
la
isla
de
Wight.
El
dia
8.se.
celebraron
sus
funerales
y
asistieron
á
ellos
el
obispo
que
le
habia
ausiliado,
el
duque
de
Richmond
,
el
marqués
de
Hertford,
y
los
condes
de
Southampton
y
de
Lindsey,
quienes
grabaron
sobre
el
féretro
este
sencillo
epitafio:
Cárlos
rey,
1G£8,
(que
atendido
el
modo
como
los
ingleses
comenzaban
entonces
el
año
corresponde,
según
nuestra
cuenta,
el
dia
de
la
ejecución
al
9
de
febrero
de
19^9).
Cuando
la
comitiva
llegó
al
sitio
destinado
para
la
sepultura,
el
obispo
se
disponía
á
oficiar
según
los
ritos
de
la
iglesia
anglicana;
pero
el
goberna¬
dor
del
castillo
no
quiso
permitírselo,
diciendo
que
la
liturgia
decretada
por
las
dos
cámaras
obligaba
al
rey
lo
mismo
que
á
los
demás
ingleses;
con
lo
cual
fué
preciso
ceder,
v
sin
practicarse
ceremonia
ninguna
todos
salieron
de
la
capilla
y
el
gobernador
cerró
la
puerta.
No
podemos
menos
de
terminar
este
artículo
con
las
palabras
del
historiador
5
3i
EL
MUNDO
SOCIAL.
Cesar
Cantú.
«La
sentencia,
dice
este
ilustre
escritor,
espresaba
que
Carlos
ha¬
bía
sido
elegido
rey
de
Inglaterra,
que
había
recibido
en
depósito
una
autori¬
dad
limitada,
que
después
había
hecho
la
guerra
al
pueblo
y
á
sus
represen¬
tantes,
á
fin
de
dar
mayor
estension
á
las
prerogativas
reales,
y
que
por
todo
esto
se
le
condenaba
á
muerte
como
traidor,
tirano
,
homicida
y
enemigo
del
pueblo.
En
todo
esto
no
habia
una
palabra
de
verdad.
No
había
sido
elegido
rey,
sino
que
nació
tal:
la
monarquía
no
se
le
dió
como
un
depósito,
sino
que
la
debió
á
su
nacimiento:
su
poder
no
estaba
limitado
sino
por
la
fuerza,
y
cuando
prevaleció
la
del
pueblo,
el
pueblo
quiso
que
muriese
para
que
es¬
piara
esa
plena
autoridad
de
que
se
habia
hecho
responsable.
»Es
cierto
que
habia
quebrantado
las
leyes
del
reino
por
medio
de
falsedades
y
disposiciones
opresivas,
que
usurpó
las
funciones
de
la
magistratura,
impuso
contribuciones,
coartó
la
libertad
de
las
discusiones,
desconoció
el
derecho
de
petición
,
mandó
prisiones
arbitrarias,
y
dió
pruebas
de
que
no
era
posible
fiar
en
su
palabra,
y
los
mismos
que
tomaron
su
defensa
comienzan
con
la
absurda
frase
de
que
era
un
mal
rey,
pero
hombre
de
bien.De
todos
modos
su
su¬
plicio
fue
perjudicial
ala
causa
de
la
libertad,
tanto
mas
porque
si
habia
me¬
recido
la
muerte
por
las
intrigas
de
que
echó
mano
á
fin
de
sostener
el
abso¬
lutismo
que
sus
predecesores
le
habían
transmitido,
la
sufrió
magnánimamente.
Inspiró
una
compasión
general,
sobre
todo
cuando
hubo
aparecido
la
obra
titu
-
lada:
La
imagen
del
rey
,
que
según
sostienen
algunos
escribió
durante
su
prisión
el
mismo
Carlos.»
A
estas
palabras
de
Cantó
añadiremos
tan
solo
que,
aun
siendo
ciertos
los
cargos
que
le
hace
,
no
sabemos
hallar
en
ellos
delito
que
merezca
pena
de
muerte,
y
mucho
menos
convenimos
en^que
quien
lo
juzgó
tuviera
derecho
de
juzgarle.
L
'
.
,,
•;
í
:V
s
de
las
tardes
de!
mes
de
setiefpfefe
en
la
hora
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que
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resonad;
i
en
;
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inmediaciones
i
•
1
.
de
/Thoum*..
hbeiejo
una
tempesto
«.-.daba
ucobsía-,
-
....
,
'
-
nubes,
A
gana.-;
bar-
.alores
que
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retardado
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por
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as
aguas
de
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del
terreno
se
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i
-
\
¿
el
traje
del
país,
que
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■
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s
.
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por
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r
adelantó
gritando
rr
:
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>
.
i
o
Buhler,
tio.Buh-
t
r
,
\
-dirigió
la
barca
hae;
puV,;
de
pía)a
desde
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-e
en
el
barquichue!
;
-mío
el
joven
bulto
airado
barquero:
Dejad
acá
lo-
;
me-
po-ique
so»
duda
debéis
>
sanio
á
mi
el
mal
tiempo
me
bn
impedido
ir
a
la
monta-
•
iodo.
-—No
estoy
cansado.
Il!i,(t»je
e!
anciano
amiga-
soa
los
remos,
porque
es
bueno
que
de
tiempo
en
tíem-
í
¡es
de
otro
mojo
con
los
Alpes
acabarías
pm
(
d
v
k
'<e
t
v
,
vigorosamente.
Es
una
verdadera
lástima,
dijo
el
n
-o
ú-sioo,
porque
me
hubieras
reemplazado
al~
t:ií
con
viveza,
ni
sirvo
para,
eso,
ni
le
tengo
aii-
(POR
ROHMBERG.)
Erase
una
de
las
tardes
del
mes
de
setiembre
en
la
hora
en
que
la
campa¬
na
de
la
oración
resonaba
en
las
inmediaciones
del
lago
de
Tlioune.
El
cielo
sin
anunciar
una
tempestad
estaba
no
obstante
cargado
de
nubes.
Algunas
bar¬
cas
de
pescadores
que
se
habían
retardado
remaban
todavía
por
sobre
las
aguas
del
lago
y
se
dirigían
hacia
la
playa
á
fin
de
poner
en
seguridad
el
fruto
de
su
trabajo.
Uno
de
esos
pescadores,
hombre
entrado
en
años,
procuraba
llegar
al
pueblo
de
Dartli.
El
robusto
anciano
hacia
pasar
su
esquife
á
poca
distancia
de
la
ribera,
cuyas
numerosas
sinuosidades
se
introducían
hasta
muy
adentro
del
lago.
En
medio
de
esas
desigualdades
del
terreno
se
paseaba
hacia
ya
algún
tiempo
un
joven
vestido
con
el
traje
del
país
que
parecía
buscar
alguna
cosa,
y
que
no
obstante
de
tiempo
en
tiempo
derramaba
su
vista
por
el
lago.
Vien¬
do
la
barca
del
anciano
se
adelantó
gritando
repetidamente:
Tio
Buliler,
tio
Buh
-
ler!
Oyóle
el
pescador,
y
dirigió
la
barca
liácia
una
punta
de
la
playa
desde
la
cual
era
muy
fácil
meterse
en
el
barquichuelo.
Cuando
el
joven
hubo
entrado
en
él,
dijo
al
anciano
barquero
:
Dejad
acá
los
remos,
porque
sin
duda
debeis
estar
cansado,
y
en
cuanto
á
mí
el
mal
tiempo
me
ha
impedido
ir
á
la
monta-
Ra
>
Y
estoy
dispuesto
para
todo.—No
estoy
cansado,
UJi,
dijo
el
anciano
amiga¬
blemente;
no
obstante
toma
los
remos,
porque
es
bueno
que
de
tiempo
en
tiem¬
po
te
ejercites
en
ellos,
pues
de
otro
modo
con
los
Alpes
acabarías
por
olvidar
el
oficio.
Uli
se
puso
á
remar
vigorosamente.
Es
una
verdadera
lástima,
dijo
el
viejo,
que
no
hayas
seguido
mi
profesión,
porque
me
hubieras
reemplazado
al¬
gún
dia.—Eso
no,
tio
mió,
dijo
Uli
con
viveza,
ni
sirvo
para
eso,
ni
le
tengo
afi-
36
el
mundo
social.
cion
ninguna.
El
tio
meneando
la
cabeza
replicó
:
Pero,
muchacho,
el
oficio
que
tú
ejerces,
á
decir
verdad,
no
es
oficio
siquiera
:
al
fin
y
al
cabo
algún
dia
ter¬
minarás
miserablemente
tu
vida
en
alguno
de
esos
precipicios
á
donde
vas
á
re¬
coger
á
costa
de
mucho
trabajo
huevos,
mariposas,
plantas,
y
curiosidades
de
historia
natural
.
Vos
olvidáis,
tio
mió,
replicó
Uli,
que
han
muerto
muchos
mas
hombres
en
las
aguas
que
en
las
montañas:
y
además
yo
gano
mas
dinero
que
vos;
porque
según
dicen
el
pescado
escasea
mas
de
cada
dia,
y
me
parece
que
vuestra
pesca
no
ha
ido
muy
abundante.—Por
desgracia
es
muy
cierto,
contestó
el
tio
con
acen¬
to
triste;
Teresa
va
á
ponerme
mala
cara
porque
proveo
tan
escasamente
su
co¬
cina.
Y
no
será
porque
la
habilidad
me
falte,
sino
que
desde
la
maldita
moda
de
los
barcos
de
vapor
que
atraviesan
el
lago
á
todas
horas
yen
todas
direcciones,
va
faltando
el
pescado,
en
términos
que
muchas
veces
ni
para
casa
tenemos.
Los
estranjeros
en
otro
tiempo
venían
á
nuestra
mesa
tan
solo
para
comerlo,
puesto
que
Teresa
ha
heredado
de
mi
esposa
la
buena
mano
que
tenia
para
guisarlo.—Esa
es
una
délas
razones,
dijo
Uli,
porque
prefiero
mi
oficio
al
vuestro;
pues
no
me
gusta
ver
á
esos
señores
que
vienen
á
decirle
galanterías
á
Teresa
:
de
suerte
que
si
yo
debiese
oirlos
todos
los
dias
seria
cosa
muy
capaz
de
traer
malas
consecuen¬
cias,
y
por
último
causaros
perjuicios.
El
viejo
miró
con
mucha
atención
á
su
sobrino,
y
le
dijo:
¿Y
por
qué
te
to¬
mas
ese
vivo
interés
por
Teresa?—¿Acaso
no
somos
parientes
y
muy
próximos?
dijo
Uli.—¿Y
no
hay
otra
causa
de
por
medio?
preguntó
el
anciano.
El
joven
se
puso
de
mil
colores,
bajó
los
ojos,
y
después
de
una
breve
pausa
contestó
:
Bue¬
no
:
mejor
es
que
yo
me
esplique
francamente
con
vos,
porque
mas
tarde
ó
mas
temprano
hemos
de
ir
á
parará
eso.
Yo
amo
á
Teresa,
y
ella
ha
debido
cono¬
cerlo
aunque
nunca
le
he
declarado
mi
amor.—Eso
lo
creo
muy
bien,
observó
el
anciano,
porque
las
mujeres
jóvenes
tienen
muy
buen
ojo
para
conocer
estas
co¬
sas.
En
cuanto
á
mí
no
opondré
obstáculo
alguno
á
vuestra
unión
:
únicamente
te
aconsejo
que
no
te
descuides
y
que
te
espliques
con
ella,
porque
hay
otros
que
la
miran
con
buenos
ojos.
El
joven
se
estremeció
al
oir
estas
palabras,
y
se
puso
pensativo.
Bien
pronto
la
barca
llegó
á
la
playa.
Uli
se
lanzó
á
tierra,
amarró
e!
esquife,
y
los
dos
se
dirigieron
al
pueblo
sin
decir
una
palabra.
Buenas
noches,
tio,
dijo
el
joven
rompiendo
el
silencio
cuando
hubieron
líe¬
nlo
cerca
de
la
casa
del
pescador,
buenas
noches,
y
memorias
á
Teresa.—Bien
podrías
venir
esta
velada
á
hablar
un
rato,
dijo
el
anciano,
y
si
piensas
hacerlo
no
me
despido.
Uli
alzó
los
ojos
al
cielo
como
para
interrogarlo,
y
luego
seña¬
lando
con
el
dedo
hácia
el
lado
de
Oriente,
dijo:
Mañana
hará
buen
dia,
y
he
de
irme
muy
temprano
á
la
montaña,
de
manera
que
me
quedan
muy
pocas
ho¬
ras
para
dormir,
así
es
que
no
podré
haceros
compañía.
Entonces,
buenas
no¬
ches,
dijo
el
tio
marchándose,
mientras
que
Uli
volvía
la
espalda
para
irse
á
su
LA
FAMILIA
DEL
PESCADOR,
37
casa.
Pobre
chico,
pensó
el
anciano,
posará
mala
noche,
y
no
podía
ser
de
otro
modo
:
esos
dos
muchachos
son
igualmente
desgraciados,
y
esto
puede
traer
consecuencias
muy
malas.
Tony
es
un
joven
atrevido,
como
todos
nuestros
ca¬
zadores
de
los
Alpes,
y
á
fe
que
el
pobre
Uli
tendrá
que
sostener
un
combate
terrible.
Entróse
el
pescador
en
su
casa
en
donde
Teresa
con
su
amable
recibi¬
miento
puso
término
á
las
sombrías
reflexiones
de
su
padre,
y
cuando,
gracias
al
cuidado
de
la
muchacha,
el
olor
que
echaba
el
humo
de
la
cazuela
le
llegó
á
las
narices
recobró
su
habitual
alegría.
Hemos
dicho
antes
de
ahora
que
la
casa
del
anciano
Buhler
era
una
espe¬
cie
de
bodegón
que
tenia
gran
fama
hasta
mucha
distancia
á
la
redonda
por
el
pescado;
sin
embargo
es
preciso
no
confundirla
con
una
fonda
elegante,
porque
allí
todo
tenia
el
sello
de
la
sencillez
mas
rústica.
Servíase
el
pescado
sin
man¬
teles
y
sin
servilletas,
aunque
con
una
limpieza
esquisita.
La
reputación
de
hermosura
que
tenia
Teresa
era
causa
muy
poderosa
de
la
afluencia
de
foraste¬
ros
que
allí
se
observaba,
aunque
por
sus
modales
y
su
continente
la
joven
suiza
mantuvo
siempre
á
muy
respetuosa
distancia
álos
viajeros,
de
suerte
que
Uli
se
alarmaba
sin
el
menor
motivo.
El
buen
anciano
que
en
ninguna
parte
se
en¬
contraba
tan
feliz
como
en
compañía
de
la
joven,
estaba
ahora
tranquilamente
ocupado
fumando
una
pipa,
cuando
Teresa
le
dijo:
Hoy
se
me
ha
hecho
muy
pesada
vuestra
larga
ausencia;
y
hasta
que
habéis
vuelto
no
se
me
ha
desaho¬
gado
el
corazón.—Mucho
mas
temprano
habría
llegado,
replicó
él,
si
la
pesca
hu¬
biera
ido
mejor;
pero
á
la
verdad
he
tenido
poca
fortuna.
Luego
me
encontré
á
Uli
que
me
ha
encargado
memorias
para
tí;
este
encuentro
también
ha
contri¬
buido
á
mi
tardanza.
El
anciano
y
la
joven
continuaron
hablando
y
Buhler
pre¬
guntó
qué
cosa
habia
pasado
en
casa
durante
su
ausencia.
Teresa
respondió
que
en
todo
el
dia
no
habia
ido
nadie,
lo
cual
calmó
un
tanto
al
viejo
del
pesar
de
la
escasa
pesca,
porque
si
nadie
habia
ido
las
provisiones
de
la
casa
debían
ser
las
mismas.
Üe
suerte
que
no
ha
venido
nadie,
dijo
al
cabo
de
un
rato
que
Teresa
le
entretenía
con
su
graciosa
charla.—Se
entiende,
respondió
Teresa,
que
no
ha
ve¬
nido
nadie
con
respecto
á
forasteros,
pero
Tony
se
ha
estado
aquí
conmigo
desde
el
mediodía
hasta
poco
antes
de
vuestra
vuelta.—¿Y
qué
quería?
preguntó
ma¬
quinalmente
el
viejo.—Lo
que
quiere
siempre,
respondió
Teresa,
quería
verme.
Mas
ya
que
la
ocasión
se
ofrece,
tengo
que
deciros,
padre
mió,
que
no
me
gusta
absolutamente
hallarme
sola
con
Tony,
porque
me
mira
de
un
modo
muy
sin¬
gular.
Casi
me
da
miedo,
y
á
veces
me
hace
unas
preguntas
tan
raras
que
no
sé
qué
contestarle.
Hoy
me
ha
inquietado
mucho
con
unos
dichos
y
palabras
som¬
brías,
de
que
yo
no
entendía
una
palabra.
Las
esplicaciones
de
Teresa
confirmaron
los
tristes
presentimientos
del
an¬
ciano,
y
volvieron
á
dispertar
sus
anteriores
inquietudes.
Esta
noche
volverá,
dijo
Teresa
sin
advertir
el
aire
caviloso
de
Buhler,
para
hablaros
de
asuntos
sé-
EL
MUNDO
SOCIAL.
38
ríos
é
importantes,
según
lia
dicho.—¡Ah
!
¿Lo
ha
dicho
él
mismo?
preguntó
el
pescador
con
aire
reflexivo.—Ahí
le
teneis,
dijo
la
joven
mirando
con
inquietud,
y
escuchando
los
pasos
del
mancebo
que
se
iba
acercando.
Yo
no
sé
lo
que
tengo,
padre
mió,
pero
dejad
que
me
vaya
á
mi
cuarto,
porqueme
siento
el
corazón
oprimido.
El
anciano
besó
la
pura
y
blanca
frente
de
la
doncella
y
le
dijo
con
ternu¬
ra
:
Ve,
hija
mia,
pídele
á
Dios
lo
que
mas
te
convenga.
Apenas
había
salido
Teresa
cuando
se
abrió
la
puerta
y
entró
Tony,
hombre
joven,
de
espaldas
robustas,
con
aire
sério
y
casi
sombrío,
y
con
aquel
conjunto
particular
que
revela
un
cazador
de
los
Alpes.
El
pescador
volvió
el
saludo
al
mozo
que
dejando
la
carabina
se
sentó
en
un
banco
de
encina
al
lado
del
ancia¬
no.
Es
raro
que
vayas
por
aquí
á
estas
horas,
Tony,
y
mas
cuando
hace
algu¬
nas
semanas
que
no
te
veo
en
ninguna
parte,
dijo
el
anciano
para
entablar
con¬
versación.—No
gusto
mucho
de
las
visitas
de
noche,
contestó
Tony,
y
seguramen¬
te
no
habría
venido
ahora
si
no
os
hubiese
estado
aguardando
esta
tarde
durante
mucho
tiempo.
Pero
quería
hablaros:
hoy
es
Santa
Egidia,
y
en
vuestra
casa
nadie
se
ha
acordado
de
semejante
circunstancia.
Yo
quisiera
que
se
hiciese
al¬
guna
cosa
esta
noche.—¿Tú
te
figuras
que
nadie
se
ha
acordado?
dijo
el
anciano
arrugando
la
frente
:
todos
en
casa
nos
hemos
acordado,
aunque
no
hablemos
tanto
como
tú.
Tony
hizo
como
quien
no
oye
esta
reconvención
indirecta.
Al
atra¬
vesar
hoy
el
lago,
dijo
el
pescador,
me
he
acordado
otra
vez
del
dia
á
que
te
re¬
fieres.
La
alegría
y
el
dolor
se
han
confundido
en
mi
alma,
al
pensar
en
aquel
dia
fatal
en
que
tuve
la
desgracia
de
perder
un
hermano,
y
en
que
encontré
á
Teresa,
á
la
cual
amo
tanto
como
podría
amar
á
una
hija.—Hace
ya
diez
y
siete
años,
dijo
Tony
interrumpiéndole,
y
tengo
vivos
deseos
de
que
me
contéis
mi¬
nuciosamente
el
suceso.
¿A
qué
fin
dispertar
antiguos
dolores?
dijo
el
anciano
:
sin
embargo
quiero
acceder
á
tus
deseos,
con
la
condición
de
que
nunca
mas
me
hablarás
de
seme
-
jante
cosa,
que
me
aflige
demasiado.
En
el
dia
de
Santa
Egidia,
diez
y
siete
años’
atrás,
el
buen
tiempo
había
traído
al
lago
muchísimos
paseantes,
llácia
las
tres
de
la
tarde
se
levantó
una
tormenta
cual
no
la
he
visto
nunca;
todo'
el
lago
era
una
vasta
llanura
de
espuma
hirviendo,
en
la
cual
de
cuando
en
cuando
se
veia
aparecer
un
punto
negro,
que
era
una
barca
que
luchaba
con
el
furor
de
los
ele¬
mentos.
Todas
las
gentes
del
pueblo
estábamos
en
la
playa
sufriendo
las
mas
vi¬
vas
angustias,
y
entonces
vimos
á
la
distancia
de
un
tiro
de
fusil
un
barco
que
tan
pronto
aparecía
en
la
superficie
como
se
ocultaba
entre
la
espuma.
A
veces
algunos
brazos
alzados
al
cielo
parecían
reclamar
el
ausilio
de
los
hombres
á
fa¬
vor
de
los
desventurados
que
se
hallaban
en
la
mayor
desesperación.
Había
pre¬
senciado
largo
rato
esa
desgarradora
escena,
y
como
mi
alma
no
tenia
un
mo¬
mento
de
reposo,
determiné
volar
al
ausilio
de
aquellos
infelices.
Todo
el
mun-
LA
FAMILIA
DEL
PESCADOR.
39
do
decía
que
era
una
locura,
y
á
mí
no
dejaba
de
parecerme
lo
mismo;
mas
no
obstante
desamarré
la
barca
encomendando
mi
alma
á
Dios.
Estaba
ya
a
punto
de
partir
cuando
tu
padre
se
lanzó
tras
de
mí
á
la
lancha,
diciendo
:
No
se
di¬
rá
de
mí
que
un
hermano
ha
abandonado
al
otro
hermano
en
el
momento
del
peligro.
Apretóle
la
mano,
nos
alejamos
de
la
playa
y
aun
vi
á
nuestros
vecinos
y
amigos
arrodillados
en
tierra
implorando
al
Omnipotente
en
favor
nuestro.
No
creas
que
fuese
empresa
fácil
la
que
acometíamos,
y
muchas
veces,
cuando
se
trataba
de
atravesar
las
amontonadas
olas,
fatigados
y
sin
aliento
nos
caíamos
sobre
los
bancos
de
la
barca.
Con
frecuencia
nos
faltaba
el
valor,
pero
lo
reco¬
brábamos
al
momento.
Por
último
tuvimos
la
dicha
de
poder
acercarnos
á
la
barquilla
que
nos
pareció
llena
de
agua
y
próxima
á
sumergirse.
Los
náufragos
guardaban
un
profundo
silencio,
hijo
de
la
inminencia
del
pe¬
ligro.
Sin
duda
creyeron
que
éramos
sus
ángeles
salvadores;
pero
en
el
instan¬
te
en
que
íbamos
á
atracar,
una
ola
furiosa
se
estrelló
contra
el
esquife
arras¬
trándolo
al
abismo.
El
rechazo
de
aquella
ola
se
hizo
sentir
en
nuestra
embar¬
cación
y
la
llenó
de
agua,
de
modo
que
me
tiró
de
costado;
y
cuando
pude
le¬
vantarme
tu
padre
había
desaparecido.
La
desgracia
no
erasinomuy
cierta,
pues
la
ola
que
á
mí
me
tiró
redondo,
á
él
le
había
sacado
de
bordo.
Escapóse
de
mi
pecho
un
grito
de
horror,
mis
ojos
se
dirigieron
hácia
todos
lados,
mas
no
vi
ningún
objeto
que
flotara
:
tu
padre
se
había
ido
al
fondo.
Entonces
volví
la
vista
en
derredor
mió,
y
figúrate
cual
seria
mi
sorpresa
al
observar
á
mis
piés
y
dentro
de
la
barca
medio
llena
de
agua,
una
criatura
en
apariencia
muerta.
La
recogí,
y
noté
que
respiraba
todavía;
mas
no
había
tiempo
de
hacer
cosa
alguna
para
volverla
á
la
vida,
porque
los
momentos
eran
preciosos.
Arranqué
mi
corbatín,
con
él
até
la
niña
á
la
cintura,
y
redoblando
mis
esfuerzos
para
mantener
el
esquife
á
flote,
al
cabo
de
media
hora
tuve
la
fortuna
de
llegar
á
la
playa.
El
pobre
pescador
á
quien
la
narración
de
aquel
lance
había
afectado
mu¬
cho,
enjugó
sus
lágrimas
y
el
sudor
que
corría
por
su
rostro,
y
terminó
dicien¬
do
:
Eché
pié
á
tierra
con
un
hijo
mas
y
un
hermano
menos.
Acababa
de
en¬
contrar
á
Teresa
que
al
fin
ha
sido
la
alegría
y
consuelo
de
mi
vejez.
Los
cami¬
nos
de
que
el
Seflor
se
vale
para
hacernos
felices
ó
desgraciados
son
incompren¬
sibles;
él
lo
ha
querido
así,
hágase
siempre
su
santa
voluntad.
Nada
he
podido
saber
con
respecto
al
nacimiento
de
Teresa,
aunque
juzgo
que
debe
de
ser
ale¬
mana,
porque
decía
algunas
palabras
en
esa
lengua.
Ella
cree
que
ha
nacido
en
esta
casa
y
que
soy
su
padre,
y
no
quiero
que
jamás
la
saques
de
ese
error,
porque
tal
vez
la
noticia
de
que
no
es
hija
mia
y
de
que
sus
padres
son
des¬
conocidos
podría
apesadumbrarla,
y
hacer
la
desdicha
de
su
corazón
que
está
muy
tranquilo
y
es
muy
dichoso.
Oido
el
relato
del
pescador
Tony
continuaba
con
los
brazos
cruzados
sobre
EL
MUNDO
SOCIAL.
el
pedio
á
guisa
de
hombre
que
reflexiona
profundamente.
Por
último
dijo
:
¿De
modo
que
mi
padre
murió
en
el
momento
en
que
se
salvó
Teresa?—De
la
misma
manera
que
te
he
contado,
respondió
el
tio.—¿Pero
qué
quieres
decir
con
esto?
¿No
lo
sabias
ya?
¿A
qué
viene
ahora
esta
pregunta?
El
cazador
después
de
pensar
un
poco
respondió
:
Yo
me
fastidio
de
vivir
solo
en
mi
cabafia,
y
he
re¬
suelto
casarme.—¿Y
has
elegido
mujer?
le
preguntó
el
tio
adivinando
adonde
iría
á
parar.—Mi
mujer
debe
ser
Teresa,
dijo
resueltamente
el
cazador
cual
si
la
cosa
estuviese
ya
decidida.—Sin
embargo,
observó
el
anciano,
Teresa
no
me
ha
dicho
nunca
que
le
hayas
hablado
una
palabra
de
semejante
proyecto.—A
decir
verdad,
contestó
el
otro,
jamás
me
he
ocupado
de
indicárselo;
pero
¿qué
inconveniente
puede
encontraren
eso?
Con
tal
que
vos
convengáis
en
ello,
mañana
la
llevo
á
la
iglesia.—No,
mi
querido
sobrino,
no
estás
en
lo
cierto,
las
cosas
no
se
hacen
de
este
modo..—Digo
esto,
contestó
el
cazador,
porque
yo
preferiría
que
ahora
llamaseis
á
Teresa
y
lo
arregláramos
todo
en
presencia
vuestra.—Ya
te
he
dicho,
observó
el
pescador,
que
no
debe
ir
de
este
modo.
Es
preciso
confesar
que
eres
un
galan
muy
poco
diestro;
y
si
no
tomas
otro
camino
dudo
mucho
que
consi¬
gas
tu
objeto.—Entonces,
dijo
Tony
con
ironía,
tendré
que
hacerme
el
enamora¬
do
y
venir
á
suspirar
debajo
de
la
ventana
de
su
cuarto.
—Si
he
de
juzgar
por
el
modo
como
te
esplicas,
dijo
Buhler,
dudo
mucho
que
tú
seas
el
hombre
que
le
conviene
á
Teresa.—Pues
ello
es
que
yo
la
necesito,
contestó
Tony
con
aire
re¬
suelto,
y
no
quiero
absolutamente
ninguna
otra.—Eso
de
yo
la
necesito,
repuso
el
anciano
con
aire
de
reconvención,
está
dicho
muy
pronto.
No
tengo
inconve¬
niente
en
que
Teresa
sea
tu
esposa,
si
es
que
le
convienes;
pero
su
elección
es
libre
y
dará
su
mano
á
quien
le
agrade.
Tony
calló
comprendiendo
sin
duda
que
se
había
esplicado
con
demasiada
acrimonia.
El
anciano
clavó
sus
penetrantes
ojos
en
el
joven
como
para
saber
sus
intenciones,
y
levantándose
luego
se
diri¬
gió
hácia
la
puerta
diciéndole:
sígueme.
Esta
palabra
fué
pronunciada
en
tono
tan
formal
y
grave
que
el
cazador
obedeció
maquinalmente
sin
preguntar
porqué
ni
adonde
quería
que
le
siguiera.
La
predicción
de
Uli
se
había
cumplido,
el
cielo
estaba
sereno
y
desde
el
la¬
go
hasta
la
montaña
todo
brillaba
á
la
luz
de
la
luna.
El
tio
y
el
sobrino
atra¬
vesaron
rápidamente
el
pueblo,
y
se
detuvieron
en
la
puerta
de
la
cabaña
en
que
entró
Uli
al
volver
del
lago,
y
en
la
cual
una
luz
pálida
anunciaba
que
en
el
interior
aun
no
dormían.
El
anciano
entró
delante
y
Tony
le
seguía
de
cerca.
Levantóse
Uli
al
recibir
tan
inesperada
visita,
y
no
dejaron
de
sorpren¬
derle
el
aire
grave
y
solemne
de
su
tio,
y
la
apostura
estraña
de
su
primo.
Pre¬
sentó
dos
banquillos
y
no
dijo
una
palabra
aguardando
á
saber
qué
significaba
todo
eso.
El
pescador
rehusó
el
asiento
diciendo
que
el
negocio
que
le
llamaba
allí
era
cosa
de
pocos
momentos.
Estuvo
un
instante
indeciso;
mas
luego
se
colocó
entre
los
dos
jóvenes,
los
cogio
por
las
manos
derechas
y
dijo
en
tono
solemne
:
LA
FAMILIA
DEL
PESCADOR.
41
Tony,
hijo
de
mi
hermano,
Uli,
hijo
de
mi
hermana,
juradme
ahora
mismo
en
nombre
de
Dios
y
por
la
salvación
de
vuestras
almas,
que
siempre
viviréis
en
buena
inteligencia
como
deben
vivir
dos
primos
hermanos.
Los
dos
jóvenes
se
quedaron
de
tal
manera
sorprendidos
á
tan
súbita
interpelación
y
á
la
demanda
que
aca¬
baba
de
dirigirles
el
tio
que
uno
á
otro
se
miraban
sin
decir
una
palabra
y
cual
preguntándose
áqué
venia
aquello.
La
estrañeza
fue
tanto
mayor
en
cuan¬
to
si
bien
no
vivían
en
estrechas
relaciones
de
amistad
porque
su
diferente
ca¬
rácter
no
era
á
propósito
para
que
se
intimaran,
sin
embargo
nada
había
entre
ellos
que
pudiese
autorizar
la
exigencia
del
juramento
que
ahora
reclamaba
de
ellos
su
tio.
No
preguntéis
cosa
alguna,
continuó
el
anciano
al
ver
la
vacilación
de
sus
sobrinos:
mi
corazón
tiene
necesidad
de
vuestro
juramento.—Yo
lo
juro,
dijo
al
momento
Uli,
llevando
la
diestra
al
corazón.—Yo
lo
juro,
exclamó
Tony-
haciendo
lo
mismo.
El
rostro
del
anciano
recobró
su
habitual
alegría,
y
pareció
que
su
corazón
se
había
aliviado
de
un
grave
peso.
Esta
escena
sin
embargo
ha¬
bía
causado
á
los
tres
una
conmoción
tan
grande
que
no
se
hablaron
una
pa¬
labra,
y
sin
darse
siquiera
las
buenas
noches,
cada
uno
tomó
por
su
lado.
Aun
no
parecía
el
alba
cuando
Uli
después
de
haberse
desayunado,
tomó
el
camino
de
la
montaña.
Dejando
bien
pronto
el
pueblo
á
la
espalda,
siguió
una
senda
que
llevaba
hácia
las
alturas,
sirviéndole
de
faro
la
luz
de
la
luna.
Iba
pensando
en
su
amiga
á
la
cual
había
resuelto
declarar
su
amor,
mientras
no
cesaba
de
espiar
acá
y
acullá
á
fin
de
descubrir
alguna
curiosidad
natural,
de
que
pudiese
sacar
provecho.
El
caminilo
se
hacia
á
cada
paso
mas
escarpado
y
el
viento
sacudia
con
fuerza
los
pinos
seculares.
Bien
pronto
desapareció
la
luna,
el
crepúsculo
de
la
mañana
no
duró
mas
que.
un
instante
y
un
pálido
rayo
anun¬
ció
en
el
oriente
la
llegada
del
dia.
Uli
iba
avanzando
con
la
agilidad
común
en
los
montañeses:
sus
miradas
descubrían
ya
los
bancos
de
rocas
del
Eiger,
y
ya
había
entrado
en
sus
faltriqueras
mas
de
un
objeto
para
él
muy
curioso.
Des¬
pués
de
caminar
un
poco
en
la
dirección
del
Eiger
llegó
á
una
grande
llanura,
que
había
resuelto
esplorar
en
ese
dia.
En
aquel
punto
el
sol
inundaba
con
sus
•'ayos
la
montaña
que
parecía
inflamada;
las
cimas,
los
abismos,
los
precipi¬
cios
salían
de
su
penumbra,
y
cade
cosa
tomaba
en
aquel
vasto
panorama
su
logar
correspondiente.
Uli
juntando
devotamente
las
manos
dirigió
al
cielo
la
oración
de
la
mañana.
En
seguida
derramó
los
ojos
en
torno
suyo
para
esplorar
os
lugares
inmediatos,
encaramóse
por
una
senda
muy
escarpada
y
luego
pasó
mas
alia
de
los
abetos.
La
vegetación
se
iba
haciendo
mas
uniforme,
poco
á
poco
las
rocas
ya
no
estaban
cubiertas
sino
de
musgo
y
de
algunas
plantas
raras,
que
son
las
úni¬
cas
que
viven
en
esas
alluras.
Tan
pronto
pasaba
Uli
por
las
sombrías
grietas
de
las
locas,
ó
bien
saltaba
por
encima
de
los
abismos
en
donde
la
prudencia
recomienda
las
precauciones
mas
grandes.
Finalmente
había
alcanzado
la
re-
6
EL
MUNDO
SOCIAL.
42
gion
de
los
hielos
en
donde
los
peligros
del
viajero
alpestre
son
realmente
es¬
pantosos.
Mil
picos
de
distintos
nombres
lanzan
allí
sus
cumbres
hasta
el
firma¬
mento
:
acá
y
acullá
yacen
fragmentos
de
rocas:
el
sitio
en
donde
Uli
acababa
de
emprender
una
esploracion
sucinta
estaba
ya
en
la
región
inmediata
á
los
hielos
perpetuos.
Iba
tan
absorto
en
su
ocupación
que
ni
siquiera
había
adver¬
tido
que
desde
mucho
rato
antes
no
se
hallaba
solo
:
y
no
se
dio
cata
de
ello,
hasta
que
vió
á
su
lado
á
Tony,
que
habiendo
salido
casi
á
la
misma
hora
que
él
llegó
al
propio
sitio
aunque
por
diferente,
camino.
Apenas
se
hubieron
saludado
cuando
naturalmente
comenzaron
á
tratar
de
la
escena
de
la
anterior
noche.
Tony
era
joven
de
muchísima
penetración
pa¬
ra
cuanto
de
cerca
ó
de
léjos
podía
interesarle;
casi
nunca
se
equivocaba
cuan¬
do
las
cosas
por
muy
enigmáticas
que
se
presentaran
podían
tener
con
él
rela¬
ción
de
cualquiera
clase.
El
juramento
que
le
había
exigido
su
tio
no
dejó
de
ser
ni
por
un
momento
el
objeto
constante
de
sus
reflexiones,
y
á
puro
de
pen¬
sar
y
de
darle
vueltas,
antes
de
media
noche
habia
adivinado
el
fin
que
el
pes¬
cador
se
propuso;
á
lo
menos
para
él
era
indudable.
En
cuanto
á
Uli
no
habia
visto
en
todo
eso
mas
que
una
de
las
singularidades
que
estaba
acostumbrado
á
observar
en
su
tio,
y
aquella
escena
le
pareció
muy
inocente,
y
sin
mas
ob¬
jeto
que
estrechar
los
vínculos
de
la
familia.
Así
es
que
los
dos
jóvenes
habían
visto
el
suceso
bajo
un
aspecto
muy
diferente,
como
diferentes
eran
sus
carac¬
teres,
y
cada
uno
se
hallaba
en
la
disposición
de
ánimo
consiguiente
á
la
ma¬
nera
como
habia
considerado
aquel
acontecimiento.
Las
consecuencias
que
el
ca¬
zador
habia
sacado
de
todo
eso
llenaron
su
alma
de
amargura,
y
el
casual
en¬
cuentro
de
Uli
aumentó
todavía
esa
enojosa
disposición
de
su
pecho.
Después
de
haberse
dirigido
uno
á
otro
algunas
palabras
indiferentes,
Tony
dijo
á
Uli
clavando
en
el
rostro
de
este
sus
penetrantes
ojos:
¿Por
qué
nuestro
tio
nos
hizo
prestar
ayer
aquel
juramento?—En
verdad,
dijo
este,
no
sé
si
lo
hizo
con
algún
intento,
y
no
comprendo
lo
que
quería,
ya
que
dicho
juramen¬
to
es
supérfluo,
puesto
que
nosotros
siempre
hemos
estado
en
muy
buena
ar¬
monía.—En
mi
concepto,
observó
Tony,
se
propuso
alguna
cosa,
porque
lo
ve¬
rificó
con
mucha
solemnidad
para
que
podamos
decir
que
no
llevaba
en
ello
in¬
tención
ninguna.—Quizás,
dijo
Uli,
quiso
tomar
sus
precauciones
para
el
caso
en
que
cogiese
la
carabina
de
cazador
en
lugar
del
saco
de
naturalista,
temien¬
do
no
fuésemos
rivales
en
la
caza-.
Tony
miró
con
altanería
los
ventisqueros,
y
^0
:
Tampoco
es
eso,
porque
según
los
conocimientos
que
tú
tienes
en
ma¬
teria
de
caza,
nunca
podrás
ir
á
donde
yo
voy,
y
no
es
posible
que
nos
encon¬
tremos
en
un
mismo
terreno.
Uli
reconocía
la
superioridad
de
su
primo
como
cazador*
mas
esta
observación
de
Tony
le
ofendió
un
poco
y
dijo
:
Esto
es
lo
que
no
sabemos
todavía.
El
cazador
hizo
como
quien
no
habia
oido
y
añadió
:
De
manera
es
que
tú
no
comprendes
que
tio
tuviese
otro
motivo
para
obrar
como
íit
LA
FAMILIA
DEL
l'ESCADOIt.
obró
:
pues
quiero
que
sepas
que
en
cuanto
á
mí
no
estoy
conforme,
sino
que
el
verdadero
motivo
es
el
siguiente,
lia
comprendido
que
los
dos
deseamos
la
mano
de
Teresa,
y
como
ella
no
puede
dársela
sino
á
uno,
lia
querido
evitar
de
golpe
todas
las
disensiones,
y
disputas
que
pudieran
resultar
de
nuestro
empe¬
ño.
Uli
retrocedió
dos
pasos,
y
con
la
vista
recorrió
de
los
pies
á
la
cabeza
a
su
primo,
en
quien
no
habia
nunca
pensado
bailar
un
rival.
Entonces
compren¬
dió
perfectamente
la
escena
de
la
noche
anterior,
y
la
exactitud
de
las
sospechas
de
su
primo.
¿No
es
verdad,
preguntó
Tony,
que
tú
quieres
á
Teresa?—Pues
ya
se
ve
que
la
quiero,
contestó
Uli;
y
aunque
nunca
se
lo
he
dicho,
por
esto
no
la
quiero
menos.—Pues
siendo
así,
dijo
Tony,
los
dos
nos
hallamos
abso-
lulamente
en
el
mismo
caso.
Ambos
guardaron
durante
largo
rato
un
silencio
muy
penoso.
¿Y
qué
te
parece
de
todo
esto?
preguntó
finalmente
Tony.
Uli
después
de
reflexionar
un
poco,
dijo
:
Me
parece
que
los
dos
hemos
de
pedirla
en
matrimonio,
y
aquel
que
quede
desairado
no
debe
por
esto
tenerle
odio
ni
enemistad
al
otro.—¿Sabes
tú,
preguntó
el
cazador
después
de
luchar
inte¬
riormente
un
buen
rato,
que
mi
padre
perdió
la
vida
en
el
momento
mismo
en
que
se
salvó
la
de
Teresa?—Nada
sé
de
eso,
pero
no
tiene
cosa
alguna
que
ver
con
lo
de
pedir
la
mano
de
Teresa.
El
cazador
se
mordió
los
labios
y
su
primo
conoció
que
habia
pulsado
una
cuerda
delicada.
Yen,
Tony,
le
dijo
amigable¬
mente
y
presentándole
la
mano
:
seas
tú,
sea
yo
aquel
á
quien
Teresa
prefiera,
no
hemos
de
ser
menos
amigos
por
esto.
Tony
alargó
maquinalmente
la
mano
y
en
seguida
dando
la
vuelta
sin
romper
el
silencio
se
alejó
tomando
la
escar¬
pada
senda
de
la
montaña.
El
corazón
le
dijo
que
acababa
de
dejar
un
rival
preferido,
y
esto
hería
vivamente
su
amor
propio;
pero
el
juramento
hecho
le
impedía
buscar
remedio
alguno
á,
su
situación.
Nadie
supo
una
palabra
de
este
encuentro
de
los
dos
jóvenes,
y
no
se
noto
á
consecuencia
de
él
ningún
cambio
en
el
modo
de
tratarse;
tan
solo
parecía
que
Tony
estaba
mas
taciturno
que
antes,
y
que
muy
pocas
veces
veia
á
Buhler,
comprendiendo
muy
bien
que
sin
el
apoyo
de
este
era
inútil
que
esperaia
obtenoi
la
preferencia.
Su
buen
criterio
le
había
hecho
conocer
la
verdad,
y
se
consi
deraba
como
una
desgraciada
víctima
de
la
fortuna
que
le
era
contraria.
Mientras
tanto
Uli
y
Teresa
eran
completamente
dichosos
porque
habían
sa
bido
comunicarse
lo
que
en
secreto
sentían
el
uno
por
el
otro,
y
pasaban
jun
os
las
veladas
del
invierno
sin
la
incómoda
compañía
de
forasteros.
La
estación
ya
no
permitía
á
Uli
verificar
sus
acostumbradas
escursiones
por
la
montana,
de
suerte
que
se
ocupaba
en
ordenarlos
objetos
que
durante
el
verano
y
el
otoño
a
bia
recogido,
y
esto
hacia
que
también
pasara
casi
el
día
entero
en
compañía
de
Teresa.
El
plan
favorito
del
anciano
pescador
estaba
realizado,
y
antes
de
ter¬
minarse
el
invierno,
el
cura
habia
bendecido
la
unión
de
los
dos
jóvenes
amantes.
Tony
desde
el
principio
vió
con
indiferencia
la
marcha
que
seguían
las
co-
44
el
mundo
social.
sas,
adivinando
el
fin
á
donde
iban;
así
fué
que
desistió
de
sus
pretensiones;
mas
cuando
el
matrimonio
se
hubo
realizado,
comprendió
que
su
posición
era
muy
angustiosa.
Desde
luego
se
negó
á
concurrir
á
la
boda
pretestando
falta
de
salud,
y
realmente
la
tenia
porque
nunca
disfrutaba
un
momento
de
reposo.
El
pescador
no
se
sorprendió
al
ver
que
Tony
no
asistia
al
casamiento,
pero
sí
le
estrañaron
la
prolongada
ausencia
del
joven,
el
cuidado
con
que
procuraba
evi¬
tar
el
encuentro
con
todas
las
personas
de
la
familia,
y
el
aire
frió
y
embaraza¬
do
que
manifestaba
cuando
la
casualidad
hacia
que
se
vieran.
Estas
fatales
con¬
secuencias
eran
las
que
el
anciano
quiso
prevenir
exigiendo
á
los
jóvenes
el
ju¬
ramento
de
que
hemos
hablado
:
y
ahora
hubo
de
comprender
que
sus
temores
no
habían
sido
infundados.
En
cuanto
á
los
novios
gozaban
de
una
felicidad
completa
y
sin
ninguna
amargura;
Uli
procuraba
por
todos
los
medios
imaginables
que
nada
viniese
á
turbar
aquella
apacible
tranquilidad
de
la
familia.
Formaba
de
su
primo
mejor
juicio
délo
que
creía
el
tio,
diciéndose
así
mismo
que
le
costaba
olvidar;
pero
el
anciano
que
no
podía
tranquilizarse
hasta
aclarar
la
situación,
se
propuso
ha¬
cerlo
al
primer
momento
favorable
que
para
ello
se
le
ofreciese.
En
efecto,
ha¬
biendo
encontrado
á
Tony,
le
preguntó
porqué
no
iba
á
su
casa,
añadiéndole
que
según
obraba
no
parecía
sino
que
para
él
hubiesen
dejado
de
existir.—No
dudo
que
perdonareis
mi
comportamiento,
tio
mió,
dijo
Tony,
si
teneis
en
cuen¬
ta
que
yo
no
puedo
ser
testigo
de
una
felicidad
que
había
esperado
para
mí.
¿Có¬
mo
queréis
que
me
presente
en
vuestra
casa?—Manteniéndole
alejado
de
nos¬
otros
como
lo
haces,
observó
el
anciano,
aumentas
lodavía
la
amargura
de
tu
alma.
La
soledad,
muchas
veces
nos
perjudica.—Dejemos,
dijo
Tony,
que
el
tiempo
haga
lo
que
falta.
Ya
comprendo
lo
que
pasa
en
vuestra
alma,
mas
po¬
déis
estar
tranquilo,
sabré
cumplir
mi
juramento.
Y
mientras
pronunció
estas
últimas
palabras
se
notaba
en
su
voz
un
temblor
que
le
vendía.
Puso
fin
á
la
conversación
con
el
tio,
quien
por
su
parte
quedó
tranquilo
con
respecto
á
los
te¬
mores
que
el
proceder
de
aquel
joven
había
dispertado
en
su
alma.
La
respectiva
situación
de
aquellas
cuatro
personas
continuó
siendo
la
mis¬
ma
durante
mucho
tiempo,
aunque
en
el
interior
de
la
familia
tuvieron
lugar
cambios
de
importancia
muy
grande.
Uli
hizo
quitar
el
rótulo
que
había
enci¬
ma
de
la
puerta,
y
dejó
de
tener
casa
y
mesa
abiertas
para
los
pasajeros.
A
pe¬
sar
de
que
al
anciano
le
repugnaba
esta
innovación,
su
autoridad
no
pudo
pre¬
valecer
sobre
los
motivos
que
Uli
tenia
para
hacer
el
cambio,
motivos
que
ya
antes
de
ahora
hemos
indicado.
Ya
que
en
esta
parte
el
pobre
viejo
quedó
der¬
rotado
no
quiso
darse
á
partido
cuando
le
propusieron
que
abandonase
su
oficio,
sino
que
contra
la
voluntad
de
los
dos
jovenes
iba
a
pescar
al
lago,
y
no
ocul¬
taba
su
disgusto
por
no
poder
sacar
de
la
pesca
todo
el
dinero
que
antes
de
las
novedades
hechas
en
la
casa.
Los
jóvenes
se
empeñaban
en
probarle
que
á
su
LA
FAMILIA
DEL
PESCADOR.
45
odad
ya
no
debía
ocuparse
sino
en
el
reposo,
tanto
mas
cuanto
no
tenia
necesi¬
dad
del
trabajo
para
vivir.
Además
Uli
granjeaba
lucros
considerables
con
los
objetos
de
historia
natural,
de
suerte
que
podía
atender
hasta
a
las
comodi¬
dades
de
la
familia,
aunque
ahora
sus
investigaciones
se
hubiesen
reducido
á
un
círculo
mas
estrecho.
En
efecto,
su
esposa
exigió
de
él
la
promesa
de
no
ir
nunca
mas
allá
de
la
región
media
de
los
Alpes,
porque
subir
hasta
los
ventis¬
queros
lo
reputaba
Teresa
por
cosa
harto
arriesgada.
La
vida
que
se
lleva
en
un
lugar
como
aquel
es
muy
sencilla,
y
no
ofrece
sino
una
continua
repetición
de
acontecimientos
de
escasa
importancia.
Por
esta
causa
trascurrieron
en
aquella
familia
una
porción
de
años
de
una
ventura
tran¬
quila,
sin
mas
cambio
que
el
nacimiento
de
dos
hijos,
varón
y
hembra,
entre
los
cuales
se
repartían
los
cuidados
de
la
casa.
El
buen
pescador
nunca
había
sido
tan
feliz
como
desde
la
época
en
que
fué
abuelo,
pues
esto
le
trajo
nuevas
ocupaciones
domésticas
y
nuevos
gustos,
que
reemplazaron
poco
á
poco
su
afi¬
ción
á
la
pesca.
Sentado
en
la
puerta
de
su
casa
teniendo
en
las
rodillas
á
los
dos
nietos,
enseñándoles
á
pronunciar
las
primeras
palabras,
y
empeñándose
en
que
rezaran
aun
antes
que
hablasen,
se
le
pasaban
las
horas
muertas,
soltan¬
do
una
carcajada
á
cada
disparate
de
los
niños,
y
cayéndosele
las
lágrimas
de
puro
gusto
cuando
por
casualidad
decían
un
acierto.
Teresa
y
Uli
contemplaban
estas
escenas
con
un
gozo
indecible,
bien
que
algunas
veces
se
enfadaran
con
el
abuelo
porque
no
solo
disimulaba
sino
que
aplaudía
las
travesuras
de
los
nie¬
tos,
y
aun
era
su
defensor
cuando
los
padres
regañaban.
En
todo
esto
había
una
ternura,
una
paz,
una
armonía
tan
grandes
que
ninguna
familia
pudiera
jac
-
larse
de
ser
mas
dichosa.
De
algún
tiempo
á
aquella
parte
Tony
parecía
menos
huraño,
y
particular¬
mente
desde
que
los
niños
comenzaron
á
ser
grandecitos,
pues
uno
y
otro
tenían
el
privilegio
de
serenar
con
sus
palabras
y
sus
gestos
el
sombrío
rostro
de
aquel
desgraciado
joven.
De
poco
en
poco
vino
el
cazador
á
ser
el
habitual
amigo
do
la
casa,
de
suerte
que
rara
vez
pasaba
un
dia
sin
ir
á
ella
y
estar
un
largo
rato
con
la
familia.
Teresa
sufría
con
esto
un
secreto
desagrado
sin
saber
espigár¬
selo
á
sí
misma;
y
cuando
lo
manifeslaba
á
su
padre
y
á
su
marido,
uno
y
otro
le
vituperaban
esa
especie
de
recelo,
como
una
cosa
quimérica
y
sin
ningún
fundamento
razonable.
Verdaderamente
son
un
enigma
de
nuestra
naturaleza
esos
presentimientos
que
sin
tener
una
base
en
que
cimentarse,
por
desgracia
acaban
con
harta
frecuencia
por
salir
acertados.
Tony
había
vuelto
á
comuni¬
carse
con
la
familia
llevando
en
ello
intenciones
muy
honradas:
sus
primeras
visitas
causaron
alguna
estrañeza;
pero
después
poco
á
poco
se
habían
acostum¬
brado
á
ellas,
y
finalmente
la
cordial
acogida
dé
sus
parientes
y
la
cándida
alegría
de
los
niños
eran
un
bálsamo
para
su
alma.
Como
aquel
rudo
cazador
no
estaba
hecho
á
eso,
bien
pronto
se
halló
completamente
dominado,
y
su
an-
EL
MUNDO
SOCIAL.
46
tigua
pasión
por
Teresa
se
fue
dispertando
en
su
corazón,
casi
sin
apercibirlo.
Al
principio
era
cual
una
ligera
nube
en
el
horizonte,
que
puede
desaparecer
sin
dejar
huella
ninguna,
como
también
puede
ser
precursora
de
próxima
borras¬
ca.
En
lo
esterior
nada
hizo
que
pudiese
ofrecer
ocasión
á
sospecharlo
y
además
era
incapaz
de
quebrantar
su
antiguo
juramento.
Aquel
hogar
doméstico
estaba
muy
animado
desde
que
los
ñiños
comenzaron
á
ser
grandecitos.
También
Tony
se
manifestaba
mas
comunicativo,
y
se
diver¬
tía
hablando
de
cosas
de
caza
con
el
chico
de
Uli.
Apenas
hubo
locado
esta
cuerda
cuando
el
niño
no
quiso
oir
hablar
de
otra
cosa,
y
cada
vez
que
el
tio
iba
á
caza
era
absolutamente
preciso
que
contara
alguna
aventura.
Durante
las
hermosas
noches
del
verano,
grandes
y
pequeños
cenaban
al
aire
libre
delante
de
la
puerta
de
la
casa,
y
Tony
referia
la
vida
del
cazador
alpestre,
esplicando
cómo
se
escalaban
las
rocas
escarpadas,
y
cómo
debían
pasarse
los
bordes
de
los
abismos,
á
cuyo
fondo
no
alcanza
la
vista.
Hablaba
de
los
ventisqueros
que
de¬
bajo
de
una
sutil
capa
de
nieve
ocultan
precipicios
horrorosos
y
en
donde
un
paso
imprudente
puede
costar
la
vida
á
un
hombre.
Luego
hablaba
de
los
hun¬
dimientos
que
arrastran
consigo
no
solo
al
cazador
sino
cuanto
encuentran
al
paso.
Otras
veces
se
entretenía
contando
la
caza
de
las
gamuzas,
que
se
encara¬
man
por
las
rocas
y
se
precipitan
en
los
abismos
en
el
momento
en
que
el
ca¬
zador
está
á
punto
de
alcanzarlas.
También
relataba
cuando
el
oso
sorprendido
en
su
cueva
se
defiende
con
furor,
que
es
preciso
aguardarlo
semanas
enteras
y
andar
muy
alerta
cuando
se
le
ha
herido
y
no
queda
muerto
al
primer
tiro,
y
añadía
que
la
hembra
en
particular
combate
con
un
furor
espantoso
en
defensa
de
sus
hijos.
De
todas
sus
narraciones
sacaba
por
consecuencia
que
nada
iguala
la
vida
del
cazador,
ya
persiga
al
águila
en
la
región
de
los
vientos,
á
la
gamu¬
za
en
las
rocas,
ó
al
oso
buscándolo
hasta
en
su
misma
guarida.
El
hijo
de
Uli
no
era
el
único
que
oia
con
atención
suma
el
relato
de
tan
atrevidas
empresas,
puesto
que
su
padre
no
tomaba
menos
interés,
y
pronto
se
sintió
como
entusiasmado
por
ellas,
aunque
en
la
apariencia
se
hubiera
dicho
que
le
eran
1
de
todo
punto
indiferentes.
Sus
antiguas
inclinaciones,
á
las
cuales
re¬
nunció
por
las
reiteradas
instancias
de
su
esposa,
penetraron
de
nuevo
en
su
al¬
ma,
que
en
otro
tiempo
había
gozado
mucho
con
los
placeres
de
la
caza.
Nada
de
esto
observó
Teresa,
porque
creía
que
todas
las
aficiones
de
esa
clase
estaban
para
siempre
sufocadas
en
el
pecho
de
su
marido
:
pero
al
mismo
tiempo
veia
con
grande
disgusto
como
su
hijo
se
enardecía
oyendo
aquellos
cuentos
de
lan¬
ces
atrevidos,
y
temía
con
razón
que
esas
hazañas
romancescas
pudieran
con
el
tiempo
hacer
que
en
el
alma
del
niño
se
desenvolviera
la
pasión
por
la
caza.
To¬
ny
fué
el
único
en
observar
que
su
primo
esperimentaba
una
sensación
muy
mar¬
cada
escuchando
sus
historias;
y
bien
que
al
principio
no
dió
á
eso
ninguna
im-
LA
FAMILIA
DEL
PESCADOR.
portancia,
insensiblemente
se
dejó
arrastrar
por
el
deseo
de
mantener
á
Uli
den¬
tro
del
círculo
de
esa
atracción
apasionada,
llevado
á
ello
por
una
vaga
y
oculta
previsión
de
resultados
probables.
Este
fue
el
primer
cálculo
reprensible
de
To¬
ny,
cálculo
que
no
quería
confesarlo
á
sí
mismo.
Como
para
darse
á
sí
propio
una
justificación,
nunca
se
dirigía
al
padre
sino
al
hijo
al
referir
alguna
nueva
aventura,
mas
no
por
esto
dejaba
de
atender
perfectamente
al
efecto
que
en
aquel
causaban
sus
palabras.
La
semilla
arrojada
de
este
modo
intencional
mente
pro¬
dujo
sus
resultados,
de
suerte
que
Uli
esperimentó
un
deseo
irresistible
de
coger
otra
vez
la
escopeta.
Cierto
que
no
osaba
declarárselo
á
su
mujer
sabiendo
el
disgusto
que
le
causaría,
aunque
en
realidad
no
tuviese
ánimo
de
hacerse
caza¬
dor,
pero
ello
era
que
quería
disfrutar
de
nuevo
los
placeres
de
la
caza.
Tampo¬
co
tuvo
por
falta
muy
grave
ocultárselo
á
Teresa,
tanto
mas
cuando
ante
todo
deseaba
ahorrarle
las
angustias
que
sufriría
si
supiese
que
se
hallaba
ocupado
en
una
caza
en
que
había
tantos
peligros
aparentes
ó
efectivos.
Pasó
bastante
tiempo
antes
que
pudiese
poner
en
ejecución
su
proyecto,
pe¬
ro
al
fin
llegó
el
momento.
Como
le
era
imposible
coger
sin
que
su
mujer
lo
no¬
tase
la
escopeta
que
le
servia
para
tirar
al
blanco
en
las
tardes
de
los
domin¬
gos,
según
se
acostumbra
en
toda
Suiza,
fue
preciso
que
se
procurase
otra,
como
bien
pronto
lo
hizo,
y
no
solo
eso
sino
que
halló
un
árbol
hueco
y
en
lu¬
gar
retirado,
dentro
del
cual
pudo
ocultar
aquella
arma
que
venia
á
ser
la
fruta
prohibida.
No
tuvo
necesidad
de
acudir
á
otros
estratagemas,
porque
las
escur-
siones
que
habitual
mente
hacia
en
los
Alpes
le
sirvieron
de
pretesto
plausible
para
su
objeto.
Sin
embargo
cuando
vino
la
hora
que
él
mismo
había
fijado
para
ir
á
ca¬
zar
por
primera
vez
á
escondidas,
el
corazón
le
palpitaba
con
prisa,
porque
co¬
nocía
que
aquello
era
una
cosa
mala.
Aunque
salió
con
los
títeres
que
solia
lle¬
var
en
sus
ordinarias
correrías,
parecíale
que
Teresa
y
Buhler
escudriñaban
en
el
fondo
de
su
alma
que
en
esediasu
ánimo
no
era
buscar
objetos
de
historia
natural,
y
en
consecuencia
de
esto
abreviando
la
despedida
se
dió
prisa
á
po¬
nerse
en
marcha.
Llevado
por
la
impaciencia
se
fue
al
sitio
en
donde
habia
es¬
condido
la
escopeta,
y
dejando
todo
lo
que
no
necesitaba
para
la
caza
se
tras¬
tornó
en
un
cazador
completo.
Con
el
corazón
rebosando
de
gozo
y
la
escopeta
al
hombro
se
dirigió
hácia
los
altos
valles
laterales
y
las
cumbres
aisladas,
en
donde
juzgó
menos
probable
que
le
encontrase
alguno
que
pudiera
vender
su
secieto.
Hay
pocos
países
en
donde
la
caza
sea
menos
abundante
que
en
Suiza.
En
el
fondo
de
los
valles,
en
las
colinas
y
en
las
montañas
de
poca
elevación
casi
es
nula,
esceptuando
los
sotos
en
donde
las
personas
ricas
crian
y
con¬
servan
caza,
y
aun
esto
es
una
cosa
rara,
porque
en
Suiza
la
propiedad
está
muy
dividida,
tampoco
hay
que
prometerse
mejor
fortuna
en
el
país
mas
alto,
porque
así
las
gamuzas
como
todas
las
demás
especies
de
caza
de
los
Alpes
que
48
EL
MUNDO
SOCIAL.
en
otro
tiempo
abundaban,
cada
afio
van
en
diminución
con
motivo
de
la
ilimi¬
tada
libertad
de
cazar
que
tienen
todos
los
habitantes.
La
comarca
que
Uli
re¬
corría
era
una
de
las
mas
pobres
de
toda
la
Suiza,
y
aunque
no
lo
ignoraba,
tampoco
tenia
en
que
escoger
en
las
inmediaciones
de
su
pueblo,
y
por
otra
par¬
te
había
perdido
la
costumbre
de
ir
por
las
montañas
elevadas
para
que
ahora
se
atreviera
á
perseguir
en
ellas
la
caza
y
en
particular
las
gamuzas.
Trascur¬
rían
las
horas
sin
que
nuestro
cazador
de
contrabando
tuviese
ocasión
de
dispa¬
rar
la
escopeta;
y
ya
el
sol
inclinándose
hacia
el
horizonte
le
invitaba
á
tomar
el
camino
de
su
casa,
cuando
el
zurrón
estaba
tan
vacío
como
por
la
mañana;
de
suerte
que
había
perdido
miserablemente
el
dia.
Marchó
por
fin,
y
colocados
de
nuevo
y
con
mucho
cuidado
en
el
consabido
escondrijo
los
avíos
de
cazar,
tomó
su
saco
de
pesquisidor
después
de
haberlo
llenado
de
objetos
de
historia
natural,
reservados
de
antemano,
á
fin
de
no
dispertar
sospechas
en
la
familia.
La
mala
suerte
de
aquella
primera
salida
no
le
engendró
el
disgusto
:
y
si
bien
durante
algún
tiempo
volvió
a
sus
ordinarias
ocupaciones,
luego
quiso
ensayar
si
seria
mas
afortunado.
En
cada
una
de
sus
tentativas
iba
á
lugares
distintos,
peí
o
dijérase
que
un
sino
adverso
le
perseguía
,
porque
ni
en
las
unas
ni
en
las
otras
encontró
nunca
una
pieza
que
valiese
la
pena
de
tirarle.
El
ardiente
de¬
seo
de
cazar
que
en
su
alma
había
retoñado
se
aumentaba
tanto
mas
en
cuanto
menos
se
satisfacía,
de
donde
resultó
que
cada
vez
ensanchase
el
círculo
de
rus
escursiones,
sin
que
por
esto
tuvieran
mejor
éxito.
En
estas
correrías
había
llegado
ya
muchas
veces
á
las
inmediaciones
de
una
hacienda
llamada
Kienemberg,
propia
del
señor
Gilgen,
jefe
de
una
antigua
fa¬
milia
de
Berna.
Esa
hacienda
estaba
cerca
del
pueblo
de
Uli
y
se
estendia
hácia
un
valle
superior.
El
bosque
que
cubría
la
mayor
parte
de
la
posesión
daba
mu¬
chas
rentas
al
señor
Gilgen
que
tenia
en
él
un
parque
reservado,
lleno
de
cier¬
vos
y
corzos,
al
cual
iba
á
cazar
con
algunos
amigos
tres
ó
cuatro
veces
al
año.
Las
cacenas
de
Kienemberg
á
las
cuales
acudían
siempre
muchos
amigos
de
Berna,
eran
en
el
país
muy
famosas.
Un
dia
en
que
Uli
había
hecho
en
vano
su
escursion
de
siempre,
fué
á
parar
sin
ánimo
deliberado
á
una
colinilla
escar¬
pada
y
saliente,
cubierta
de
maleza,
al
pié
déla
cual
y
con
indecible
sorpresa,
descubrió
el
parque
reservado
del
señor
Gilgen.
Admirado
y
casi
sobrecogido
de
espanto
se
retiró
hácia
la
espesura,
pero
sus
ojos
despavoridos
no
se
cansaban
de
mirar
con
una
ansia
inesplicable
aquel
crecido
número
de
ciervos
y
de
corzos
que
se
paseaban
y
corrían
por
encima
de
una
alfombra
de
yerbas,
y
de
los
cua¬
les
había
una
docena
á
tiro
de
su
escopeta.
¡Ah
!
¡y
cuán
hermoso
es
eso!
se
dijo
á
sí
mismo;
¡
si
yo
me
atreviera
!
mas
esto
es
una
propiedad
particular
á
la
cual
no
puede
llegarse,
pues
de
otro
modo
yo
seria
un
cazador
furtivo,
un
ladrón
de
caza.
Pasáronsele
una
porción
de
horas
en
esta
especie
de
martirio,
sin
hacer
otra
LA
FAMILIA
DEL
PESGADOR.
cosa
que
tener
los
ojos
fijos
en
el
parque
;
de
suerte
que
se
acababa
la
luz
del
sol
sin
que
esto
bastara
á
recordarle
que
era
hora
de
retirarse
:
estaba
como
en¬
cadenado
en
ese
sitio
que
le
tenia
completamente
embebecido.
Desde
esa
hora
ca¬
da
vez
que
cogia
la
escopeta
sus
pasos
se
encaminaban
sin
sentirlo
hacia
aque¬
lla
colina,
desde
la
cual
sus
ojos
podían
saciarse
con
satisfacción
completa
en
las
delicias
que
le
ofrecía
la
vista
del
parque.
Estábase
sentado
en
aquel
punto
ho¬
ras
enteras,
con
la
escopeta
entre
las
piernas,
y
no
haciendo
mas
que
soltar
al¬
guna
palabra
arrancada
por
la
aparición
de
nuevos
ciervos,
y
por
los
saltos
y
las
corridas
de
los
que
iban
y
venían
con
libertad
absoluta.
Verdaderamente,
se
dijo
un
dia
á
sí
mismo,
verdaderamente
es
cosa
bien
singular.
¿Cómo
es
que
el
señor
Gilgen
tiene
ahí
abajo
tanta
caza,
mientras
que
en
este
país
y
á
muchas
leguas
á
la
redonda
no
es
posible
descubrir
un
ciervo,
,
ni
la
cola
siquiera
de
un
corzo?
Si
esos
señores
no
se
hubiesen
llevado
toda
la
ca¬
za
de
los
alrededores
á
fin
de
reservarla
para
ellos,
algo
habría
quedado
para
nosotros
pobres
cazadores
:
ahora
ellos
han
hecho
cercas
y
palizadas
para
guardar
como
si
fuese
una
propiedad
suya
la
caza
que
en
otros
tiempos
era
de
todo
el
mundo.
Esto
no
me
parece
justo.
Y
no
habia
medio
de
que
Uli
sacudie¬
se
de
su
mente
estas
ideas.
Ya
se
ve
que
no
es
justo,
esclamó
levantándose
pre¬
cipitadamente
cual
si
le
hubiera
atacado
un
vértigo,
y
pareció
un
hombre
del
to¬
do
distinto
de
aquel
joven
pacífico,
de
modo
que
cualquiera
hubiera
dicho
que
estaba
medio
loco.
Alzó
la
escopeta,
la
preparó,
se
la
echó
á
la
cara
y
tocó
el
gatillo.
En
el
momento
en
que
la
detonación
del
arma
llegó
á
sus
oidos
se
esca¬
pó
de
su
pecho
un
grito
de
alegría.
Disipado
el
humo,
en
la
verde
alfombra
donde
los
ciervos,
que
ahora
habían
desaparecido,
estuvieron
saltando
un
mo¬
mento
antes,
no
quedaba
mas
que
un
corzo
bañado
en
su
sangre
y
luchando
con
las
angustias
de
la
muerte.
Después
de
algunos
minutos
de
reflexión,
Uli
bajó
velozmente
la
colina
y
con
el
ausilio
del
cuchillo
de
monte
abrióse
paso
por
entre
la
palizada
y
volvió
al
punto
cargado
con
la
pieza.
¡Su
gozo
le
hizo
olvidar
completamente
que
habia
atacado
la
propiedad
ajena;
mas
ahora
no
supo
qué
hacer
del
corzo.
Era
im¬
posible
llevárselo
á
casa,
todo
el
mundo
debía
ignorar
que
él
fuese
el
matador,
porque
sin
duda
no
tardaría
en
saberse
lo
sucedido;
y
por
ello
no
le
quedó
otro
remedio
que
enterrar
la
pieza
en
el
bosque,
viniendo
con
esto
á
suceder
que
no
sacaba
de
la
caza
otra
ventaja
que.
la
muerte
de
aquel
pobre
y
confiado
animal.
Por
de
pronto
esta
aventura
pareció
que
habia
calmado
la
estravagante
an¬
sia
de
Uli,
en
términos
que
por
muchos
dias
dejó
el
arma
quieta
en
el
escondrijo.
Hasta
entonces
consiguió
engañar
á
todas
las
personas
de
la
familia;
ni
el
mis¬
mo
Tony
tuvo
la
menor
sospecha
de
semejantes
fechurías.
El
joven
habia
vuelto
á
sus
tareas
de
naturalista,
y
comprendió
que
aquella
fiebre
de
cazar
no
era
sino
una
enfermedad
pasajera
que
seria
muy
pronto
dominada,
si
bien
conocía
de
bue-
1
EL
MUNDO
SOCIAL.
50
na
fe
que
no
estaba
enteramente
carado.
Con
tal
que
otra
vez
no
mas
pueda
ca¬
zar
algo,
se
decía
á
sí
mismo,
tiro
la
escopeta
en
el
primer
precipicio
que
la
suer¬
te
me
depare,
y
nunca
mas
me
acuerdo
de
semejante
cosa.
Aun
resistió
la
ten¬
tación
por
algunos
dias,
aun
logró
desvanecer
esta
idea
que
de
continuo
le
ator¬
mentaba;
mas
al
fin
sucumbió
y
en
una
hermosa
mañana
de
setiembre
con
el
arma
al
hombro
fue
hacia
el
camino
del
parque
de
Kienenberg.
El
otoño
había
ya
teñido
con
sus
mil
colores
los
árboles
del
bosque,
las
hojas
secas
amontona¬
das
por
los
vientos
crujían
bajo
los
pies
del
cazador
furtivo,
y
algunas
veces
ese
rumor
parecía
espantarle
cual
si
debiese
descubrirle
á
algún
perseguidor
ocul¬
to.
A
pesar
de
todo
siguió
adelante
y
bien
pronto
se
encontró
en
el
sitio
apete¬
cido,
desde
donde
se
puso
á
contemplar
el
parque
como
la
vez
pasada.
La
sangrienta
escena
de
que
fue
autor
Uli
no
había
dejado
ningún
rastro
:
los
ciervos
se
paseaban
con
altanería
y
los
corzos
saltaban
alegremente,
y
pa¬
recían
haber
olvidado
por
completo
que
en
aquel
sitio
fue
muerto
uno
de
sus
compañeros.
Uli
con
los
ojos
clavados
en
aquel
rebaño
iba
eligiendo
su
víctima.
Y
esta
es
la
última
vez,
murmuró
al
levantar
la
escopeta.
Un
momento
des¬
pués
tiró
el
gatillo;
casi
al
mismo
tiempo
que
la
detonación
se
oyó
un
prolon¬
gado
silbido,
siguió
á
este
un
grito
horrendo
pronunciado
por
una
voz
formida¬
ble
que
repetía
¡
al
ladrón,
al
ladrón
!
El
joven
se
quedó
cual
si
le
hubiese
he¬
rido
un
rayo;
pero
midiendo
muy
luego
toda
la
estension
del
peligro,
sin
perder
un
instante
apeló
á
la
fuga
para
librarse
de
la
activa
persecución
que
cerca
de
si
mismo
oia.
El
hallarse
en
la
altura
le
daba
ventaja
sobre
los
perseguidores
que
aun
estaban
en
el
fondo
del
valle;
mas
á
despecho
de
esto
los
guardabos¬
ques
de
Kienenberg
que
desde
el
dia
en
que
Uli
mató
al
corzo
estuvieron
vigi¬
lantes
de
dia
y
de
noche
para
descubrir
al
ladrón,
no
se
dejaron
arredrar
por
ese
contratiempo.
En
su
fuga
iba
buscando
el
joven
los
lugares
mas
cubiertos
de
malezas,
y
los
mas
escarpados,
sin
que
esto
bastara
sin
embargo
para
evitar
que
los
guardas
le
viesen
de
tiempo
en
tiempo,
de
modo
que
no
perdían
su
pista
si
bien
no
ganaban
terreno.
Mas
de
una
hora
había
que
duraba
esa
precipitada
carre¬
ra
sin
que
se
cansaran
aquellos
robustos
montañeses
ni
les
impusiera
el
camino
que
á
cada
paso
se
hacia
mas
peñascoso.
Uli
á
pesar
de
su
angustia
mortal
huia
con
la
rapidez
de
una
flecha,
no
sin
horripilarse
cada
vez
que
llegaban
á
sus
oidos
los
gritos
de
los
guardabosques.
Su
única
esperanza
consistia
en
que
des¬
pués
que
alcanzara
la
elevada
meseta
de
la
montaña
lograría
que
los
persegui¬
dores
fatigados
por
tan
larga
y
penosa
corrida
perdiesen
el
rastro
en
alguna
de
las
hendiduras
ó
de
las
cavernas
de
la
montaña.
Seguro
de
que
nadie
cono¬
cía
mejor
que
él
aquella
parte
no
dudaba
que
allí
podría
escaparse
de
la
persecu¬
ción
tenaz
de
que
era
objeto.
A
cada
paso
hacíase
el
terreno
mas
escarpado
y
las
rocas
tajadas
á
pico
y
que
presentaban
á
sus
pies
profundas
y
espantosas
gargantas
iban
á
cada
momento
siendo
en
mayor
número
y
parecían
ápropósi-
LÁ
FAMILIA
DEL
PESCADOR.
O
1
to
para
cerrar
el
paso
al
fugitivo.
Acababa
de
llegar
á
un
punto
en
su
concepto
el
mas
encumbrado,
que
era
una
meseta
angosta
y
despejada
en
cuyo
lado
de¬
recho
había
un
precipicio
cuyo
fondo
no
llegaba
á
percibirse;
hacia
el
estremo
esa
meseta
formaba
un
recodo
bastante
decidido
en
dirección
á
la
izquierda,
por
donde
Uli
pensaba
robarse
á
la
vigilancia
de
los
que
tras
él
corrían,
y
aquella
era
la
tabla
de
su
salvación,
bien
arriesgada
por
cierto.
Adelantóse
hácia
el
es¬
tremo
de
la
meseta,
y
lanzada
el
arma
al
precipicio,
se
deslizó
por
lo
largo
de
las
paredes
de
la
peña
que
no
mostraba
ninguna
escabrosidad
aparente
para
agarrarse
á
ella
ni
con
los
pies
ni
con
las
manos
:
de
suerte
que
la
cosa
consis¬
tía
en
recorrer
de
este
modo,
suspendido
sobre
del
abismo
unos
cincuenta
pasos.
Creyó
Uli
que
á
sus
perseguidores
no
les
ocurriría
la
idea
de
que
el
fugitivo
hu¬
biese
podido
desaparecer
tras
esa
roca
tajada;
y
que
en
su
consecuencia
mien¬
tras
le
buscasen
en
la
garganta
que
estaba
antes,
él
lograría
ponerse
á
salvo
al
otro
lado
del
valle.
Los
cálculos
eran
exactísimos,
de
suerte
que
los
guardabos¬
ques
perdieron
la
pista
y
la
confianza
de
descubrirlo.
Clavando
las
uñas
en
las
peñas
el
joven
habia
ya
descendido
mas
de
treinta
piés
de
esa
pared
espantosa
cuando
de
repente
conoció
horrorizado
que
sus
fuer¬
zas
se
acababan;
osaba
respirar
apenas;
con
algunos
pasos
mas
el
infeliz
esta¬
ba
salvado,
pero
tan
inmediato
al
puerto
iba
á
perecer;
levantólos
ojos
al
cielo,
todavía
se
sostuvo
un
instante,
mas
al
fin
sin
proferir
un
grito
y
con
el
cora¬
zón
palpitante
y
la
cabeza
desvanecida
rodó
hácia
el
abismo.
La
persecución
por
lo
largo
de
la
meseta,
como
también
el
desesperado
acto
de
Uli,
habían
tenido
por
testigo
la
espantada
vista
de
un
cazador
de
gamu¬
zas,
colocado
encima
de
la
roca
al
otro
lado
del
abismo.
El
grito
de
los
guarda¬
bosques
le
hizo
comprender
que
se
trataba
de
perseguir
á
un
ladrón
de
caza;
y
al
lijar
su
vista
en
el
fugitivo
lo
reconoció
muy
pronto,
y
sus
ojos
brillaron
con
un
resplandor
siniestro,
aunque
al
mismo
tiempo
se
sintió
el
corazón
opri¬
mido.
Cuando
Tony,
que
bien
conocen
los
lectores
que
este
era
el
cazador
testi¬
go
de
aquel
horrendo
espectáculo,
cuando
Tony
vió
que
el
fugitivo
se
despeñaba
al
abismo,
voló
para
socorrerlo.
La
idea
de
que
aquel
suceso
era
fruto
de
sus
pérfidos
relatos
dispertó
en
su
ánimo
un
secreto
sentimiento
de
angustia
A
la
vuelta
de
muchos
rodeos
llegó
por
fin
al
fondo,
hasta
donde
la
luz
del
dia
no
penetraba,
sino
como
un
débil
crepúsculo,
y
en
cuyo
lugar
corría
un
manso
ar-
royuelo
entre
piedras
cubiertas
de
apretado
musgo.
Apenas
hubo
entrado
en
aquella
angostura
cuando
o\ó
los
sordos
gemidos
de
su
primo,
y
á
pocos
pasos
encontró
á
este
desventurado
inmóvil,
casi
sin
conocimiento
y
sin
que
diese
otra
señal
de
vida
que
los
gemidos.
Después
de
haberle
examinado
no
supo
hallarle
mas
herida
que
contusiones
y
rasguños,
porque
afortunadamente
el
lugar
en
que
habia
caído
estaba
cubierto
por
una
espesísima
y
rica
vegetación,
que
amortiguó
el
golpe
de
la
caída
y
fué
impedimento
para
que
Uli
quedase
muerto
en
el
acto.
52
EL
MUNDO
SOCIAL.
Su
primer
cuidado
fué
tomar
agua
del
arroyo,
y
humedecer
las
sienes
y
la
frente
de
aquel
infeliz
que
con
esto
volvió
en
sí.
Abriendo
luego
sus
despavori¬
dos
ojos
con
voz
débil
y
entre
suspiros
esclamó
:
¿En
dónde
estoy?
¿Qué
me
ha
sucedido?
Era
una
cosa
terrible.
¡
Ah
!
¿Eres
tú,
Tony?
¿Y
cómo
es
posible
que
te
encuentres
en
este
sitio?
¡
Ay!
Aquí,
aquí,
aquí!
dijo
llevándose
la
mano
al
pecho.
Agua,
agua,
mi
querido
Tony;
agua,
porque
me
muero
de
sed.
Tony
volvió
al
arroyo,
y
trajo
agua
que
el
herido
bebió
con
ansia
grandísima.
Ahora
me
siento
mejor,
dijo
con
voz
falleciente;
¡
qué
caida
tan
terrible!
mas,
á
pesar
de
todo,
prefiero
estoá
la
angustia
que
me
esperaba.
¡Qué
horror!
Yo
ladrón.
Tony
hizo
como
que
no
escuchaba
las
palabras
del
herido,
á
quien
interrumpió
diciendo:
Es
indispensable
que
pensemos
en
salir
de
aquí,
y
voy
á
buscar
gen¬
tes
que
me
ayuden
á
llevarte.—No,
no,
dijo
Uli,
de
ningún
modo;
no
hay
ne¬
cesidad
de
nadie.
Déjame
descansar
un
momento
mas,
y
apoyado
en
tu
brazo
podré
llegar
hasta
casa.
Las
reflexiones
de
Tony
fueron
inútiles,
porque
Uli
se
mantuvo
inflexible,
y
ayudado
por
el
primo
emprendió,
aunque
lentamente
y
sufriendo
horrendos
dolores,
el
camino
de
su
casa.
La
llegada
de
Uli
dió
lugar
á
una
escena
muy
triste.
Teresa
prorumpió
en
agudos
gritos
al
ver
á
Tony
sosteniendo
á
su
esposo
pálido
y
bamboleando,
de
suerte
que
apenas
podia
dar
un
paso,
porque
además
del
daño
recibido,
sus
fuer¬
zas
se
habían
agotado
en
el
largo
camino
que
hubieron
de
hacer
para
llegar
á
casa.
El
infeliz
cayó
en
brazos
de
Teresa,
que
le
prodigó
todos
los
remedios
ima¬
ginables
aun
antes
de
preguntar
qué
le
había
acontecido,
de
lo
cual
aquella
po¬
bre
mujer
en
medio
de
su
trastorno
no
se
enteró
hasta
que
vino
Buhler,
á
cuyas
preguntas
satisfacieron
en
parte
Tony
y
en
parte
Uli,
aunque
no
de
un
modo
bas¬
tante
claro
y
terminante.
Uli
al
ver
á
su
mujer
y
á
sus
hijos
deshechos
en
llan¬
to
se
esforzaba
á
fin
de
aparecer
menos
enfermo
y
en
parte
consiguió
su
objeto.
Durante
algunos
dias
pudo
disimular
la
gravedad
de
su
mal
:
mas
bien
pres¬
to
los
atroces
dolores
del
pecho
no
le
permitieron
ocultar
cuanto
sufría.
Consul¬
tado
el
médico
declaró
que
esos
dolores
eran
causados
por
la
fractura
de
un
hue¬
so
del
pecho
y
que
esa
fractura
era
incurable.
Sin
embargo
de
que
calió
á
la
po¬
bre
Teresa
el
verdadero
estado
de
Uli,
habló
francamente
con
el
anciano,
mani¬
festándole
que
la
enfermedad
era
mortal
y
que
no
había
ningún
remedio
posible.
En
semejante
estado
Uli
hubo
de
quedarse
en
cama,
y
el
invierno
que
estaba
ya
encima
con
su
acompañamiento
de
tempestades
y
hielos
era
muy
contrario
al
pobre
enfermo
cuyo
estado
moral
era
peor
si
cabe
que
el
físico,
porque
el
consi¬
derar
que
él
mismo
era
el
único
causador
de
su
desgracia,
le
traía
crueles
re¬
mordimientos,
v
los
afectuosos
cuidados
de
Teresa
no
hacían
sino
aumentarlos.
La
dolencia
fué”
haciendo
progresos
tan
rápidos
que
no
pudieron
ocultarse
á
la
observación
de
su
esposa,
la
cual
comenzó
á
temer
que
todo
eso
terminaría
de
un
modo
funesto.
53
la
familia
del
pescador.
Desde
que
había
acaecido
la
desgracia
de
Uli
las
visitas
de
Tony
eran
menos
frecuentes,
y
aun
lo
fueron
menos
al
paso
que
el
enfermo
se
iba
agravando.
De¬
cía
al
abuelo
Buhler
que
él
no
podía
soportar
la
vista
de
tantos
sufrimientos;
mas
en
realidad
el
motivo
eran
los
gritos
de
su
conciencia
que
le
echaban
en
ca¬
ra
que
en
cierto
modo
él
fué
la
causa
indirecta
de
la
próxima
muerte
de
su
primo.
En
cuanto
al
enfermo
nunca
le
ocurrió
la
idea
de
atribuir
la
culpa
de
su
desgra¬
cia
á
su
primo,
pero
no
le
sucedía
lo
mismo
á
Teresa,
á
quien
él
confesó
que
seducido
por
las
relaciones
de
Tony,
habia
faltado
á
su
promesa,
y
tenido
una
caída
cazando,
pero
aun
entonces
calló
todo
lo
relativo
al
parque
de
Kienenberg.
Con
esta
esplicacion
del
marido
Teresa
vió
realizados
sus
presentimientos;
y
lue¬
go
recordando
poco
á
poco
el
proceder
de
Tony
desde
que
ella
se
habia
casado,
con
las
alternativas
que
tuvieron
sus
visitas,
y
todo
lo
demás
que
pudiera
con¬
tribuir
á
confirmarla
en
sus
ideas,
vino
á
deducir
de
todo
que
el
joven
habia
obrado
con
un
plan
maligno
procurando
ejercer
un
influjo
seductor
en
el
áni¬
mo
de
su
marido.
Aquel
invierno
fué
terrible
para
todos
los
habitantes
de
la
casa:
los
que
es¬
taban
sanos
sufrían
tanto
como
el
enfermo,
y
hasta
la
natural
alegría
de
los
niños
dijérase
que
con
anticipación
se
resentía
de
la
pérdida
que
iban
á
esperimentar
muy
luego.
La
vuelta
de
la
primavera
habia
rejuvenecido
la
naturaleza,
y
el
pobre
Uli
que
ya
desde
un
mes
antes
luchaba
con
los
ataques
de
la
muerte,
no
tardó
en
verse
libre
de
todos
sus
males
durmiéndose
en
el
Señor.
Teresa,
el
an¬
ciano
y
los
dos
nietos
reunidos
en
torno
de
la
cama
lloraban
en
silencio,
porque
hacia
ya
meses
que
estaban
viendo
aquel
fatal
desenlace.
Al
saber
Tony
la
muerte
de
su
primo
creyó
que
era
un
deber
visitar
á
la
fa¬
milia,
ante
la
cual,
se
mostró
muy
afligido
atribuyendo
la
frialdad
con
que
le
recibieron
al
trastorno
en
que
todos
estaban
sumidos.
Sin
embargo
habiéndose
quedado
un
momento
solo
con
Teresa
al
pié
de
la
cama
en
que
aun
estaba
el
difunto,
le
dijo
:
No
os
dejeis
abatir
de
este
modo
por
el
dolor;
esforzaos,
y
no
creáis
que
Dios
os
abandone.
Teresa
sin
decir
una
palabra
se
quedó
mirándolo
fijamente.
Si
yo
puedo
seros
útil
en
alguna
cosa,
continuó
Tony,
acordaos
de
que
en
mí
teneis
un
amigo
y
un
pariente,
como
amigo
y
pariente
que
era
del
pobre
Uli.—¿Y
vos,
Tony,
replicó
Teresa
con
voz
tremente,
estáis
bien
seguro
de
que
en
todo
esto
no
teneis
ninguna
culpa?
Y
en
seguida
levantando
con
ges¬
to
solemne
la
mano
encima
de
la
cabeza
del
difunto,
le
preguntó
con
aire
im¬
ponente:
¿Os
atrevéis
á
jurarlo
delante
de
esta
cabeza
que
está
ya
helada
por
el
soplo
de
la
muerte?
Al
oir
estas
palabras
el
rostro
del
cazador
se
puso
páli¬
do.
No,
no
podéis
jurarlo,
prosiguió
Teresa
mirándolo
de
hito
en
hito,
idos
de
esta
casa
y
no
volváis
á
entrar
en
ella,
porque
vos
habéis
traído
la
desgracia.
Al
dia
siguiente
el
joven
Uli
fué
acompañado
á
la
tumba
por
el
llanto
de
la
desconsolada
familia
que
colocó
en
aquel
sitio
una
sencilla
cruz.
A
sus
pies
se
EL
MUNDO
SOCIAL.
54
veia
muchas
veces
á
la
triste
Teresa
en
compañía
de
sus
hijos,
con
los
cuales
pasaba
allí
en
el
mayor
recogimiento
y
derramando
lágrimas
horas
enteras.
Los
hijos
le
hablaban
de
su
difunto
padre
abrazándola,
y
á
cada
visita
el
niño
se
llevaba
una
flor
de
las
que
nacían
cerca
del
sepulcro
diciendo
siempre
que
aque¬
lla
flor
le
hablaría
de
su
padre.
Desde
la
muerte
de
Uli
el
buen
Buhler
era
tan
desgraciado
como
Teresa,
pues
aunque
te
quedasen
esta
y
sus
dos
hijos,
faltaba
á
su
corazón
ese
otro
ser
á
quien
estaba
acostumbrado
á
amar,
y
con
quien
podía
hablar
de
sus
pesque¬
ras
y
de
otras
cosas
que
no
interesaban
á
una
mujer
ni
á
dos
niños.
Además
de
esto
la
tenaz
melancolía
de
la
viuda
comenzaba
á
tenerle
inquieto;
y
habien¬
do
observado
después
de
algunos
meses
que
la
vista
de
los
lugares
en
que
fue
tan
feliz
con
su
marido
contribuía
á
sostener
esa
tristeza,
resolvió
mudar
de
domicilio
junto
con
su
familia,
y
Teresa
consintió
en
ello.
A
pocas
leguas
de
su
pueblo
y
en
las
orillas
del
pequeño
lago
de
Oberland,
el
anciano
Buhler
compró
una
posesión,
á
donde
fue
á
establecerse.
La
dulce
soledad
de
la
montaña
fue
un
bálsamo
para
el
corazón
de
la
viuda
y
un
consue¬
lo
para
todos.
El
sublime
reposo
de
la
naturaleza,
el
agua
siempre
cristalina
y
tranquila
del
pequeño
lago,
las
montañas
pintorescamente
agrupadas
que
los
rodeaban,
la
grave
voz
del
bosque,
el
cielo
azul,
iluminado
por
el
sol
en
aque¬
lla
limpia
y
despejada
atmósfera,
todo
auxiliaba
para
curar
aquellos
corazones
lacerados.
El
tiempo
fue
endulzando
poco
á
poco
el
dolor
de
Teresa
que
se
de¬
dicó
enteramente
á
la
educación
de
sus
hijos
y
les
enseñó
á
querer
la
memoria
de
su
buen
padre
haciendo
mención
diaria
de
él
en
la
oración
de
la
mañana.
De
tiempo
en
tiempo
iban
juntos
«t
visitar
el
cementerio
del
pueblo
en
donde
re¬
posaban
las
cenizas
de
Uli,
para
orar
sobre
su
tumba
y
renovar
las
flores
que
en
sus
inmediaciones
habian
puesto.
El
anciano
Buhler
aun
vivió
bastantes
años
para
ver
casados
á
sus
dos
nie¬
tos;
y
entonces
el
aumento
de
la
familia
y
los
hijos
que
de
los
dos
matrimonios
nacieron
ayudaron
á
Teresa
á
pasar
una
vida
mas
tranquila.
Tony
no
vió
nun¬
ca
mas
á
ningún
miembro
de
aquella
familia,
continuó
ejerciendo
su
oficio
de
cazador;
y
como
muchos
de
los
que
en
aquel
país
se
dedican
á
lo
mismo
mu¬
rió
desgraciadamente
despeñándose
á
un
abismo.
Buhler
no
se
lo
participó
á
Te¬
resa
,
y
esta
nunca
mas
se
acordó
de
él
sino
para
rogar
á
Dios
que
le
perdona¬
ra
su
maligno
intento,
como
ella
le
había
perdonado.
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EL
ASTROLOGO
Y
LAS
(CUADROS
DE
CARRAL
Y
SHAN.)
El
abrasado
viento
que
bajaba
de
los
montes
Sabinos
removía
con
su
sufo¬
cante
aliento
las
aguas
del
lago
de
Albano,
de
cuya
superficie
se
alzaban
ligeros
vapores
que
iban
á
posarse
sobre
el
pueblo
del
mismo
nombre
y
sobre
las
nu¬
merosas
quintas,
ovillas
(como
se
llaman
en
Italia),
de
sus
alrededores,
pare¬
ciendo
envolverlas
todas
en
un
velo
misterioso.
El
viento
y
esos
vapores
eran
las
señales
ciertas
de
una
tempestad
próxima;
y
en
efecto,
no
pasó
mucho
rato
sin
que
retumbaran
sordamente
lejanos
truenos
en
las
montañas.
El
firmamento
se
fue
cubriendo
aprisa
de
negras
nubes
,
por
entre
las
cuales
los
rayos
acom¬
pañados
del
continuo
estampido
de
los
truenos,
serpenteaban
fantásticamente.
Ea
violenta
lluvia
impulsada
por
el
viento,
caia
y
se
precipitaba
á
torrentes,
doblábanse
los
árboles
al
embate
de
la
borrasca,
crujían
algunos
al
desgajarse
sus
ramas,
y
los
elementos
desencadenados
parecían
reinar
solos
en
aquel
ins¬
tante,
mientras
el
hombre
que
se
llama
señor
de
la
naturaleza,
estaba
temblan-
y
se
escondía
estremecido
en
el
fondo
de
sus
habitaciones
que
no
contaba
seguras
contra
el
furor
del
cielo.
En
esta
situación
se
encontraban
casi
todas
las
personas
de
la
bella
y
grandiosa
quinta
de
Quincardino,
situada
en
la
márgen
oriental
del
lago.
Leonor
de
Quincardino,
dueña
de
esa
magnífica
casa,
como
también
su
ami¬
ga
y
pariente
Leonor
de
Melrose,
se
hallaban
en
el
espacioso
salón
donde
solian
pasar
la
mayor
parte
de
las
horas,
no
sin
tener
el
corazón
lleno
de
angustia
y
EL
MUNDO
SOCIAL.
56
de
temores,
y
procurando
tranquilizarse
á
puro
de
dirigir
al
cielo
fervorosas
preces;
que
en
los
peligros
es
cuando
mas
se
acuerda
de
la
religión
el
hombre,
por
lo
común
harto
olvidado
de
ella.
El
tipo
de
una
y
otra
joven
revelaba
á
la
primera
ojeada
dos
flores
del
nor¬
te
trasladadas
al
suelo
meridional;
puesto
que
entre
las
mujeres
italianas
no
se
encuentran
esas
formas
llenas
y
redondas,
ni
esas
facciones
dulces,
tiernas
y
ter¬
sas
de
ambas
señoritas,
ni
esas
cabelleras
de
un
rubio
casi
ceniciento
como
la
que
adornaba
la
cabeza
de
Leonor
de
Quincardino.
El
traje
de
las
dos
amigas
tenia
algo
de
fantástico,
y
por
él
era
imposible
columbrar
cuál
podía
ser
la
pa¬
tria
de
una
y
otra.
Su
único
compañero
en
aquellos
momentos
era
un
anciano
de
talla
elevada,
algo
encorvado
ya
bajo
el
peso
de
los
años
y
cuyo
aspecto
venerable
aumentaba
no
poco
su
larga
y
blanca
barba,
pero
su
traje,
lo
mismo
que
el
de
las
jóvenes,
indicaba
un
gusto
singular.
Las
prácticas
de
devoción
á
que
durante
la
tempestad
se
entregaban
las
dos
señoritas,
no
les
impidieron
continuar
con
las
debidas
in¬
terrupciones
la
conversación
que
tenían
comenzada.
Por
esta
vez,
maese
Ar-
noldo,
dijo
Leonor
de
Quincardino,
el
cielo
ha
desairado
vuestra
profecía,
por¬
que
esta
mañana,
como*
podéis
recordarlo,
nos
habíais
prometido
un
hermoso
dia.
En
verdad,
señorita,
contestó
el
viejo,
nunca
me
he
vanagloriado
de
ser
un
grande
vaticinador
del
tiempo,
y
si
no
es
por
casualidad
jamás
manifiesto
mi
opinión
en
esta
materia,
á
que
no
doy
la
mas
mínima
importancia.
Mi
ciencia,
continuó
en
tono
solemne,
y
hablando
con
calculada
lentitud,
se
cierne
sobre
un
orden
de
cosas
mas
elevado
‘
se
ocupa
del
mundo
de
los
espíritus;
y
el
que
tiene
el
poder
de
leer
en
los
astros
no
es
racional
que
se
ocupe
de
la
miserable
cuestión
de
si
hará
sol
ó
de
si
lloverá
durante
el
dia.
Es
probable,
dijo
la
señorita
de
Melrose,
que
en
cambio
tendremos
una
noche
magnífica
cuando
el
eter
purificado
dejará
aparecer
de
nuevo
y
en
todo
su
esplendor
las
constelaciones
celestes.
¿No
os
parece
así,
maese
Amoldo?
¿Po¬
dremos
esta
noche
leer,
siguiendo
vuestras
lecciones,
en
el
libro
de
la
vida
y
del
destino?
Los
astros
son
mudos,
dijo
el
anciano;
en
este
instante
no
se
prepara
ninguna
constelación,
y
en
las
doce
ciudades
del
cielo
todo
está
tranquilo
y
si¬
lencioso.
Es
preciso
que
aguardemos
una
hora
mas
favorable
que
no
faltará
en
alguna
otra
noche.
Entretanto
había
pasado
el
mas
recio
furor
de
la
tempestad
cediendo
el
lugar
á
una
lluvia
suave
que
luego
cesó
completamente.
Gracias
á
Dios
que
puede
una
respirar
sin
miedo,
esclamó
Leonor
de
Quincardino,
acercándose
á
la
ventana
que
había
abierto
y
paseando
sus
miradas
por
el
magnífico
paisaje
que
á
lo
lé-
jos
se
estendia.
En
seguida
cogió
un
pequeño
telescopio,
y
al
punto
estuvo
com¬
pleta
y
esclusivamente
ocupada
contemplando
un
objeto
que
acababa
de
herir
su
vista
Mira
un
poco
allá
abajo,
hácia
el
pié
de
la
montaña,
dijo
á
Leonor
de
#
EL
ASTRÓLOGO
Y
LAS
DOS
LEONORES.
57
Melrose,
aquel
caballero
que
al
parecer
ha
sido
alcanzado
por
la
borrasca.
Sin
duda
ha
de
haber
corrido
un
gran
peligro.
La
amiga
cogió
el
telescopio,
miró
un
rato
y
dijo
hablando
lentamente
:
Es
espantoso
ver
eso.
Apenas
se
distingue
al
hombre
del
animal,
y
no
lo
veo
claramente
ó
lo
que
hiere
mi
vista
es
una
cosa
muy
singular.
Hacedme
el
favor
de
mirar
vos,
maese
Amoldo,
dijo
al
anciano,
porque
vos
entendéis
mejor
que
nosotras
todo
eso
de
caballos
y
caballeros.
El
anciano
tomando
el
telescopio,
se
dedicó
á
examinar
el
caballero,
que
du¬
rante
ese
rato
se
había
aproximado
mucho.
¡
La
Virgen
le
asista!
esclamó
des¬
pués
de
un
momento
de
silencio.
Ese
hombre
está
tendido
sobre
el
caballo,
sin
dar
la
menor
señal
de
vida.
Sin
ninguna
duda
eso
es
alguna
desgracia;
pero,
añadió
con
aire
pensativo,
ó
yo
estoy
«trascordado
ó
conozco
el
caballo,
aunque
en
verdad
no
puedo
absolutamente
decir
cómo
le
conozco
ni
de
quién
es.
¡
Gran
Dios!
esclamó
la
señorita
de
Quincardino,
como
herida
por
un
presentimiento.
Esta
mañana
nos
ha
saludado
pasando
por
aquí
montado
el
marqués
de
Lusi-
gnani,
que
iba
á
cazar
á
la
montaña,
y
nos
ha
prometido
recogerse
temprano.
¡Siserá
él!
¡Si
le
habrá
sucedido
alguna
desgracia!
En
efecto,
continuó
Ar-
noldo,
casi
tengo
por
cosa
cierta
que
reconozco
su
caballo.
¿Y
será
posible
,
es¬
clamó
la
señorita
de
Melrose
cuyo
corazón
palpitaba
de
angustia,
será
posible
que
dejemos
consumarse
un
desastre
á
nuestra
vista?
¿No
hay
medio
de
propor¬
cionar
algún
ausilio
á
ese
desgraciado
caballero?
Antes
que
podamos
enviar
quien
detenga
á
ese
animal,
estará
muy
Iéjos,
y
de
seguro
os
digo
que
no
hay
medio
de
prestarle
ninguna
ayuda.
Esto
es
hor¬
rible,
esclamaron
las
dos
señoritas,
ver
una
que
va
á
verificarse
una
desgracia
y
no
tener
manera
de
evitarla.
Deteneos
,
dijo
Amoldo
:
el
caballo
no
corre
ya
cual
si
un
huracán
lo
arrebatara;
su
furor
se
ha
calmado;
observad,
obser¬
vad
como
á
impulsos
de
su
instinto
se
dirige
con
su
ginete
hácia
esta
quinta.
¡Dios
sea
bendito!
esclamó
Leonor
de
Melrose.
Quizás
se
habrá
salvado,
di¬
jo
á
su
vez
la
otra
señorita.
Por
de
pronto
no
es
dudoso,
dijo
Amoldo
;
la
di¬
ficultad
si
acaso
consistirá
en
lo
que
ya
ha
sucedido.
Pronunciadas
apenas
estas
palabras
á
que
hizo
coro
una
alegre
esclamacion
de
las
dos
jóvenes
resonó
en
el
patio
de
la
quinta
el
resuello
del
caballo.
Los
criados
de
la
casa
que
corrieron
al
oir
aquel
ruido
quedaron
pasmados
ante
el
espectáculo
que
se
presentó
á
sus
ojos.
El
marqués
de
Lusignani,
pálido,
desfi¬
gurado
y
sin
conocimiento
estaba
tendido
sobre
el
lomo
del
animal,
cuyo
cue¬
llo
tenia
abrazado
convulsivamente,
porque
sin
duda
en
el
último
momento
ins¬
tintivo
de
la
propia
conservación
había
acudido
á
ese
remedio
que
lo
salvó,
y
después
del
cual
probablemente
se
había
desmayado.
Con
no
poco
trabajo
lo
sacaron
de
la
silla
y
lo
condujeron,
por
orden
de
la
señorita
de
Melrose,
a
la
es¬
tancia
en
donde
habia
tenido
lugar
la
conversación
que
hemos
relatado.
Las
dos
vírgenes
recibieron
al
huésped
que
por
estraños
camino^iabia
sido
o
EL
MUNDO
SOCIAL.
58
llevado
á
su
casa
con
grandísima
ansiedad
y
le
hicieron
colocar
encima
de
una
cama.
Maese
Amoldo
que
en
caso
necesario
podía
prestar
los
primeros
ausilios,
tomó
el
pulso
al
marqués,
indicó
á
las
dos
amigas
que
saliesen
por
algunos
ins¬
tantes,
é
hizo
mudar
el
calado
vestido
del
enfermo
con
otro
seco
y
caliente.
El
suave
calor
producido
por
semejante
cambio
no
tardó
en
producir
un
efecto
fa¬
vorable.
Guando
las
señoritas
entraron
otra
vez
en
la
sala,
las
mejillas
del
marqués
habían
ya
adquirido
un
poco
de
color
y
sus
alteradas
facciones
estaban
tranquilas,
aunque
sus
ojos
empañados
é
inmóviles
se
abrían
por
intervalos
para
otra
vez
cerrarse
inmediatamente,
y
sus
labios
sufrían
un
temblor
nervioso
cual
si
el
marqués
quisiera
hablar
sin
tener
la
fuerza
necesaria
para
articular
algunas
palabras.
Las
dos
primas
escuchaban
con
el
mayor
cuidado
la
respira¬
ción
del
enfermo,
procurando
al
mismo
tiempo
leer
en
las
miradas
de
maese
Ar-
noldo
el
pronóstico
que
hacia
del
doliente.
El
anciano
lo
notó
muy
luego,
y
dijo
en
tono
lento
y
muy
marcado
:
No
hay
el
menor
peligro,
ni
le
ha
habido.
Esto
no
es
mas
que
una
súbita
interrupción
de
las
funciones
de
los
órganos
mas
esen¬
ciales
á
la
vida;
y
para
volver
las
cosas
á
su
camino
regular
y
restablecer
el
turbado
equilibrio
nada
puede
haber
mas
á
propósito
que
el
calor
y
el
reposo;
después
la
robusta
constitución
del
señor
marqués
hará
lo
restante.
Transcurrida
una
hora
de
descanso
los
hoscos
ojos
del
enfermo
recobraron
una
espresion
mas
dulce,
y
se
dirigían
tranquilamente
hacia
las
personas
que
le
rodeaban
á
las
cuales
reconoció
muy
luego.
Entonces
sus
labios
se
agitaron
con
mas
fuerza
cual
si
quisiera
hablar;
y
por
fin
poniéndose
la
mano
en
la
frente
para
reunir
sus
ideas,
pronunció
no
sin
pena
las
siguientes
palabras:
¿Cómo
me
encuentro
en
vuestra
quinta,
noble
señora
de
Quincardino
?
Es
una
pregunta
á
la
que
puedo
contestaros
fácilmente,
dijo
esta.
Vuestro
fiel
caba¬
llo,
á
impulsos
de
su
instinto,
y
al
cabo
de
una
rápida
carrera,
os
ha
traído
acá,
en
donde
después
que
habéis
sido
sacado
del
caballo
estando
completamente
sin
sentidos,
os
han
vuelto
á
la
vida
los
cuidados
de
maese
Amoldo
que
no
ha
en¬
contrado
en
vuestro
cuerpo
ninguna
fractura.
Al
oir
pronunciar
el
nombre
de
Amoldo
cruzó
la
frente
del
marqués
una
ligera
nube.
Conocía
áese
hombre,
sin
saber
porqué
no
le
gustaba,
y
tenia
un
verdadero
pesar
al
ver
la
deferencia
de
las
dos
señoritas
hácia
el
mismo.
¿Qué
es
lo
que
os
ha
sucedido,
señor
marqués?
le
preguntó
la
de
Melrose
en
un
tono
que
espresaba
interés
muy
grande.
¿Cuál
es
la
causa
del
acontecimiento
que
acaba
de
afligir
á
vuestros
amigos?
Si
son
amigos
como
vos
les
que
han
temido
por
mí,
yo
tendré
por
muy
feliz
el
accidente
que
me
ha
procurado
esta
dicha,
contestó
con
galantería
Lusignani.
Por
lo
demás,
señorita,
añadió
apre¬
tándose
la
frente
con
ambas
manos,
no
es
lan
fácil
contestar
á
esa
pregunta
co¬
mo
á
la
que
yo
os
he
dirigido,
porque
á
la
verdad
echo
de
menos
la
memoria,
y
siento
ur^vacío
en
mi
existencia;
de
modo
que
á
mi
entender
me
faltan
miw
EL
ASTRÓLOGO
Y
LAS
DOS
LEONORES,
59
chas
horas
de
la
vida.
No
habléis,
señor
marques,
dijo
la
señorita
de
Quincar-
dino
en
tono
dulcemente
imperativo;
evitad
con
esmero
todo
esfuerzo,
y
cuanto
pueda
afectaros.
Al
contrario,
dijo
Lusignani;
el
hablar
creo
que
alivia
mi
pe¬
cho,
y
cada
palabra
que
suelto
parece
que
levanta
de
encima
de
mi
corazón
un
peso
enorme.
Oídme
pues.
Bien
sabéis
que
esta
mañana
yéndome
á
cazar
acompañado
de
vuestros
buenos
augurios,
me
he
dirigido
á
la
montaña.
Desgraciadamente
vues¬
tros
deseos
no
se
han
cumplido,
porque
con
no
poca
desesperación
de
un
caza¬
dor,
la
caza
que
sin
duda
ya
venteaba
la
tempestad,
se
mantenía
escondida
en
sus
madrigueras.
Desalentado
ya
y
de
mal
humor
me
interné
hacia
el
fondo
de
la
montaña,
hasta
que
ya
no
pude
hacerme
ilusión
acerca
del
peligro
que
me
amenazaba.
Comencé
á
retroceder;
mas
como
la
atmósfera
á
cada
instante
se
ponía
mas
oscura,
me
estravié
completamente
por
el
bosque,
y
no
tuve
mas
re¬
medio
que
abandonarme
al
instinto
y
á
la
voluntad
del
caballo.
Al
principio
pro¬
cediendo
el
animal
con
mucha
prudencia
caminaba
al
paso,
pero
á
medida
que
iba
arreciando
y
siendo
mas
inmediato
el
estampido
de
los
truenos
comenzó
á
inquietarse.
Ya
estaba
yo
mojado
hasta
los
huesos
y
sentía
los
calofríos
de
la
ca¬
lentura,
que
apenas
me
dejaba
sostener
en
la
silla
cuando
de
repente
cae
un
ra¬
yo
muy
cerca
de
mí,
y
me
ha
cubierto'de
un
mar
de
fuego.
Aturdido
por
la
con¬
moción
eléctrica
no
he
tenido
fuerza
para
retener
el
caballo
ya
desbocado,
que
atravesando
la
maleza,
se
ha
encontrado
muy
pronto
en
la
salida
del
bosque.
Recuerdo
confusamente
que
al
pasar
por
allí
con
una
velocidad
asombrosa
ha
caído
otro
rayo
desgajando
una
encina
y
dando
muerte
á
un
pastor
que
sin
duda
habia
buscado
un
refugio
debajo
de
sus
ramas.
Desde
aquel
momento,
falto
completamente
de
conocimiento,
nada
sé
de
lo
que
ha
pasado
hasta
que
á
mi
pa¬
recer
he
recobrado
la
vida.
Después
de
dormir
algunas
horas
el
marqués
pudo
trasladarse
á
su
casa
pro¬
metiendo
á
las
dos
señoritas
que
al
dia
siguiente
les
enviaría
noticia
de
su
estado.
Durante
los
disturbios
religiosos
y
políticos
que
trastornaron
el
reinado
de
Carlos
I
de
Inglaterra,
el
noble
Kincardin
tomó
la
resolución
de
abandonar
su
patria,
á
lo
menos
por
algún
tiempo.
Ese
caballero,
buen
católico,
pero
harto
indolente
para
tomar
una
parte
activa
en
las
luchas
de
partidos,
no
podia
acos¬
tumbrarse
á
la
idea
de
que
triunfasen
los
puritanos;
y
á
esa
resolución
tomada
por
dicho
señor
habia
contribuido
no
poco
el
astrólogo
Amoldo,
haciéndole
leer
en
los
astros
un
porvenir
aun
mucho
mas
sombrío
para
los
verdaderos
creyentes
de
aquel
país
conturbado.
Como
este
personaje
es
uno
de
los
principales
en
la
narración
que
vamos
estendiendo,
fuerza
es
que
nuestros
lectores
le
conozcan,
y
sepan
porqué
ejercía
en
el
ánimo
del
hidalgo
y
de
su
familia
el
prestigio
de
que
veremos
grandes
pruebas.
La
astrología
en
la
edad
media
habia
disfrutado
de
crédito
estraordinario,
y
EL
MUNDO
SOCIAL.
60
los
que
á
ella
se
dedicaban
eran
respetados
y
temidos
por
el
vulgo,
y
además
con¬
sultados
y
galardonados
profusamente
por
los
magnates
y
los
reyes.
No
había
hombre
de
importancia
que
no
contase
con
un
astrólogo
para
saber
cuál
seria
el
resultado
de
sus
empresas,
ya
fuesen
amorosas
ya
guerreras,
y
á
la
manera
que
los
generales
romanos
no
acometían
ninguna
conquista
sin
que
antes
los
augu¬
res
y
los
arúspices
observáran
el
vuelo
de
las
aves
y
estudiaran
las
entrañas
de
las
víctimas;
así
los
hombres
de
alta
cuna
en
la
edad
media
hubieran
achaca¬
do
á
temeridad
lanzarse
á
la
guerra,
ó
á
un
trance
amoroso
muy
comprome¬
tido,
sin
contar
antes
con
el
pronóstico
que
para
la
una
y
para
el
otro
hu¬
biese
hecho
su
astrólogo.
Quizás
no
todos
los
que
consultaban
tenían
fe
en
las
revelaciones
de
aquel
arte,
ó
mas
bien
oficio,
que
osaba
decorarse
con
el
título
de
ciencia;
mas
la
preocupación
y
el
ejemplo
dejaban
en
el
ánimo
de
esos
mismos
por
lo
menos
una
duda
ó
un
recelo
de
si
pudieran
ser
ciertos
los
anun¬
ciados
presagios.
El
astrólogo
que
hablando
en
nombre
de
las
constelaciones
y
de
los
signos
del
cielo,
que
rodeado
de
instrumentos
cuyo
uso
desconocían
todos
los
demás
hombres,
que
envuelto
en
libros
y
pergaminos
que
no
enten¬
dían
ni
eran
capaces
de
leer
los
magnates
de
aquel
tiempo,
que
vistiendo
un
traje
estraño
pero
holgado,
magnífico
y
negro,
que
usando
un
lenguaje
am¬
biguo
y
misterioso,
decía
cosas
que
no
se
oian
sino
de
su
boca,
era
tenido
por
hombre
superior
á
todos
los
demás,
y
por
fuerza
debia
ejercer
algún
influjo
en
el
pecho
de
aquellos
orgullosos
nobles,
á
quienes
no
detenia
un
castillo,
ni
amedrentaba
el
número
de
enemigos,
pero
hacia
temblar
el
aparato
de
una
cien¬
cia
desconocida
y
que
no
vacilaba
en
asegurar
la
ejecución
de
los
acontecimien¬
tos
futuros.
Como
en
esto
mediaban
intrigas
de
otra
clase,
y
el
astrólogo
reve¬
lando
á
un
caballero
el
éxito
de
una
empresa
temeraria
á
que
se
lanzaba
sabia
quizás
por
el
enemigo
de
este
los
obstáculos
que
encontraría,
y
las
dificultades
que
habia
de
tener
en
vencerlos,
no
era
difícil
que
muchas
veces
saliesen
ciertos
sus
pronósticos,
que
al
fin
no
eran
sino
la
revelación
de
acontecimientos
de
que
ya
tenia
noticia.
A
pesar
de
todo
la
astrología
era
reputada
por
una
ciencia,
y
sus
profesores,
temidos
y
estimados,
imponían
á
los
reyes
y
á
los
primeros
magnates
y
tenían
la
audacia
de
amenazarlos
con
los
pronósticos
que
de
sus
cálculos
cabalísticos
sa¬
caban.
Algunos
siglos
duró
esa
fascinación
pública,
y
por
esto
vemos
á
soberanos
y
á
señores
feudales
del
mas
elevado
rango
consultar
á
los
astrólogos,
y
ser
tra¬
tados
por
estos,
no
solo
familiarmente,
sino
á
guisa
de
personas
sóbrelas
cuales
tenían
una
superioridad
y
un
ascendiente
irresistibles.
Personajes
bien
conoci¬
dos
en
la
historia
de
las
naciones
y
que
ostentan
en
ella
sus
colosales
figuras
y
sus
hechos
tan
grandes
como
era
encumbrado
su
nacimiento,
se
presentaban
en
actitud
humilde
ante
el
embaucador
astrólogo
que
con
aire
dignitoso,
acento
se¬
guro
y
voz
solemne,
profetizaba
sin
reparo,
y
retraía
o
impulsaba
a
importantes
y
EL
ASTRÓLOGO
Y
LAS
DOS
LEONORES.
61
decisivas
resoluciones.
¿
Quién
sabe
si
Catalina
de
Médicis,
que
con
frecuencia
consultaba
á
un
astrólogo,
hubo
de
querer
oir
su
opinión
antes
de
resolver
las
desastrosas
escenas
de
la
noche
de
San
Bartolomé?
Otros
hechos,
sino
de
tanta
trascendencia
y
de
tan
horrendo
carácter,
de
igual
ó
mayor
importancia
política,
dependieron
de
la
opinión
y
del
consejo
de
un
astrólogo
embaucador
y
menti¬
roso,
movido
por
el
resorte
del
favor
ó
del
dinero.
En
la
época
á
que
se
refiere
nuestro
relato
el
crédito
de
la
astrología
estaba
en
menguante;
pero
en
algunos
puntos
en
donde
lo
que
hoy
llamaríamos
civili¬
zación
del
siglo
llegó
mas
tarde,
aun
conservaba
bastante
influjo
y
gozaban
de
crédito
sus
vaticinios.
Y
aun
en
esos
mismos
puntos
algunas
familias
los
tenian
en
mas
favor
que
otras
según
era
la
educación
que
sus
individuos
habían
recibido;
y
entre
las
mas
favorecedoras
de
la
ciencia
podía
sin
duda
colocarse
la
de
Kincar-
din,
de
la
cual
era
jefe
á
la
sazón
el
caballero
que
habia
resuelto
abandonar
su
patria,
por
lo
menos
mientras
durasen
los
disturbios
que
entonces
la
afligían.
Hemos
dicho
que
para
esa
resolución
contribuyeron
mucho
los
consejos
del
astrólogo
Amoldo,
y
no
es
de
admirar
que
así
fuera,
porque
la
familia
de
ese
ca¬
ballero
desde
tiempo
inmemorial
habia
mantenido
un
astrólogo
en
su
castillo.
Ya
mucho
antes
de
morir
el
padre
del
actual
señor
de
Kincardin
era
el
astrólogo
ti¬
tular
del
castillo
maese
Amoldo,
que
si
bien
pasaba
por
italiano,
no
faltaban
motivos
para
sospechar
que
era
griego.
Desde
Grecia
á
lo
menos
habia
ido
á
Escocia
y
después
de
recorrer
diversas
capitales
de
Europa
presagiando
el
desti¬
no
á
los
magnates
y
leyendo
en
las
estrellas
el
horóscopo
de
cien
personajes,
fué
finalmente
á
parar
al
castillo
á
instancias
de
su
señor
que
le
habia
conocido
en
la
capital
de
Inglaterra.
Cuando
sobrevinieron
en
ese
país
las
revueltas
del
reinado
de
Carlos
I
aun
tuvo
valor
de
amenazar
en
nombre
del
cielo
á
muchas
personas
de
las
que
mi¬
litaban
en
las
filas
del
parlamento;
mas
por
fortuna
suya
le
reputaron
por
un
loco
ó
un
visionario
digno
de
ser
compadecido,
que
no
castigado.
Sin
embargo
del
descrédito
en
que
según
hemos
dicho
habia
caido
la
astrología,
aun
iban
al
castillo
de
Kincardin
á
visitar
á
Amoldo
personas
de
elevado
rango,
á
quienes
molestaba
el
afan
de
saber
lo
que
debía
acontecerles.
Su
habitación
era
la
mas
alta
estancia
de
un
vetusto
torreen
desde
donde
se
dominaba
una
vastísima
llanura,
y
podía
mas
á
su
sabor
contemplar
el
espacio
y
consultar
los
cuerpos
luminosos
que
lo
decoran.
Encumbrado
en
aquella
cús¬
pide
cual
el
águila
que
se
cierne
sobre
la
región
de
Jas
nubes,
dirigia
sus
mira¬
das
al
universo,
y
á
juzgar
por
sus
palabras,
desde
allí
leia
el
destino
de
los
imperios,
la
suerte
de
los
reyes
y
los
sucesos
de
cuantos
hombres
representaban
un
papel
visible
en
la
tierra.
Y
léjos
de
limitarse
á
esto,
jactábase
también
de
dai
la
dirección
que
mejor
le
acomodaba
á
los
acontecimientos
políticos,
y
no
hubiera
sido
empresa
ardua
para
su
impenetrable
ciencia
adornar
las
sienes
de
EL
MUNDO
SOCIAL.
62
un
monarca
con
la
corona
de
su
vecino.
Era
ya
hombre
entrado
en
dias,
según
antes
hemos
dicho,
pero
tenia
mucha
robustez
y
sanidad
aparentes,
no
obstante
de
que
bajo
su
holgada
túnica
se
escondían
los
defectos
de
su
carcomido
cuer¬
po.
El
grande
monterete
que
le
cubría
la
cabeza
ocultaba
su
absoluta
falta
de
ca¬
bellos,
y
el
cinturón
anchísimo
y
bordado
de
figuras
simbólicas
y
signos
incom¬
prensibles,
en
armónica
combinación
con
las
restantes
piezas
de
su
traje,
le
da¬
ban
un
aire
majestuoso
y
hasta
imponente.
Sus
largas
y
enjutas
manos
eran
una
señal
infalible
de
su
vejez;
mas
no
por
esto
tenían
menos
destreza
en
el
manejo
del
compás,
y
en
el
rollar
y
desenvolver
raidos
pergaminos.
Este
hombre
fué
quien
determinó
al
señor
de
Kincardin
á
que
saliese
de
su
tier¬
ra,
y
con
mucha
destreza
le
hizo
comprender
que
según
indicaba
la
influencia
de
los
astros,
la
Italia
era
el
país
destinado
á
convertirse
en
su
segunda
patria.
Tomada
la
resolución
fué
muy
presto
llevada
á
cabo.
El
caballero
puso
sus
ne¬
gocios
en
orden,
y
acompañado
de
su
hija
Leonor,
de
su
sobrina,
hija
de
una
hermana
difunta
y
que
tenia
el
mismo
nombre,
de
maese
Amoldo
y
de
algunos
criados,
se
dirigió
á
Italia,
en
donde
no
léjos
de
Roma
y
á
orillas
del
lago
de
Albano
compró
una
villa
ó
quinta,
á
la
cual
muy
pronto
se
dió
el
nombre
de
quinta
de
Quincardino.
El
buen
caballero
disfrutó
durante
poco
tiempo
del
salu¬
dable
aire
de
Italia,
pues
lo
llevó
muy
luego
al
sepulcro
un
ataque
de
apo¬
plejía.
Aquella
inesperada
muerte
hubo
de
estrechar
los
lazos
de
amistad
entre
las
dos
huérfanas,
cuyo
único
consuelo
era
la
mutua
espansion
de
sus
corazones.
Por
efecto
de
la
educación
que
habían
recibido
la
una
y
la
otra,
en
la
cual
re¬
presentó
muy
principal
papel
la
influencia
de
los
astros,
tenían
un
respeto
gran¬
dísimo
al
arte
falaz
del
italiano;
y
en
consecuencia
de
esto,
después
de
la
muerte
del
hidalgo,
no
le
fué
difícil
al
astrólogo
adquirir
un
ilimitado
ascendiente
en
el
espíritu
de
aquellas
sencillas
jóvenes,
cuya
poca
edad
las
conservaba
casi
estra-
ñas
á
todo
comercio
con
el
mundo.
A
despecho
de
los
esfuerzos
de
maese
Amol¬
do
para
mantener
su
influjo
esclusivo,
las
escocesas
habían
contraido
algunas
relaciones
de
buena
vecindad
con
la
nobleza
de
los
alrededores,
y
el
marqués
de
Lusignani,
cuya
quinta
estaba
muy
cerca
de
la
suya,
era
la
persona
con
quien
mas
se
habían
intimado.
Mucho
contribuyó
á
ello
la
circunstancia
de
que
como
el
marqués
había
viajado
por
Inglaterra
y
Escocia,
podía
hablar
con
ellas
de
cosas
cuya
memoria
les
era
sumamente
grata.
Algunos
dias
transcurrieron
después
del
lance
que
hemos
referido
antes
que
el
marqués
estuviese
en
disposición
de
salir,
y
naturalmente
cuando
pudo
hacerlo
su
primera
visita
fué
para
las
jóvenes
escocesas
que
le
recibieron
con
una
cor¬
dialidad
franca,
y
no
le
disimularon
el
gozo
que
íes
causaba
verle
del
todo
res¬
tablecido
de
su
accidente.
Considerábanse
como
el
instrumento
de
que
la
Pro¬
videncia
se
había
servido
para
salvarle,
y
esto
mismo
aumentó
muchísimo
la
in¬
timidad
entre
las
dos
y
el
marqués,
que
desde
entonces
se
declaró
su
caballero.
EL
ASTRÓLOGO
Y
LAS
DOS
LEONORES.
63
Durante
las
deliciosas
tardes
del
verano
aquella
reducida
sociedad
se
pasea¬
ba
frecuentemente
por
las
encantadoras
orillas
del
lago,
en
donde
la
franca
é
ingenua
alegría
del
marqués
sabia
poner
las
almas
de
concierto
con
la
hermosa
naturaleza
que
llena
de
felicidad
y
de
gozo
el
corazón
del
hombre
y
le
hace
sentir
la
ventura
de
la
vida.
Esas
tardes
solian
terminar
con
algunos
romances
que
el
marqués
cantaba
con
aquella
ternura
y
gusto
que
distinguen
á
los
hijos
de
Italia.
En
una
de
dichas
tardes
y
cuando
las
dos
señoritas
sentadas
en
un
canapé
de
césped
escuchaban
con
delicia
al
joven
que
había
cantado
ya
algunos
aires
italianos,
de
repente
el
cantor
preludiando
en
el
arpa
armonías
de
un
carácter
muy
distinto,
entonó
una
antigua
balada
escocesa.
Al
oir
aquel
canto
de
su
pa¬
tria
que
desde
muchos
años
no
había
penetrado
en
sus
oidos,
se
dispertaron
en
el
alma
de
aquellas
desterradas
mil
recuerdos
de
la
infancia,
recuerdos
dulces
y
melancólicos
á
un
tiempo
mismo.
¡Oh
mi
querida
Escocia!
esclamó
con
dulce
em
tusiasmo
la
señorita
de
Quincardino,
¡
cuán
poca
cosa
son
las
maravillas
de
Ita¬
lia
comparadas
con
tu
modesta
magnificencia!
¡
Cuándo
podré
yo
poner
los
pies
en
tus
playas
y
saludarte
con
el
corazón
colmado
de
alegría!
¡
Ah
patria
ama¬
da
!
¡
Porqué
no
he
de
gozar
de
la
vista
de
tus
montañas
y
de
tus
valles,
y
de
aquellos
antiguos
bosques,
entre
cuyas
ramas
me
parece
oir
aun
el
viento
que
susurraba
y
traía
los
balidos
del
carnero
hasta
las
ventanas
del
castillo!
¡
Ay
!
¡
cuán
triste
es
recordar
desde
una
tierra
estraña
esas
dulzuras
que
se
sintieron
en
la
patria
durante
la
edad
primera
!
Sois
muy
injusta,
interrumpió
el
marqués
en
tono
de
reconvención
amis¬
tosa.
En
todas
partes
ha
puesto
la
Providencia
alguna
cosa
para
alegrar
el
cora¬
zón
del
hombre
,
si
sabemos
olvidar
la
limitada
nocion
de
nuestra
patria.
Yo
lo
he
esperimentado
por
mí
mismo
en
mis
largos
viajes
por
Europa.
El
hombre
puede
encontrar
la
felicidad
en
todas
partes,
cuando
no
trata
de
destruirla.
Y
sin
embargo,
repuso
Leonor
de
Melrose,
nada
hay
tan
hermoso
como
la
patria,
por¬
que
en
ninguna
otra
parte
halla
el
corazón
ni
felicidad
ni
contento
verdade¬
ro.
No
soy
de
vuestro
parecer,
señorita
,
dijo
el
marqués
;
no
quiero
negar
que
la
patria
ejerce
sobre
el
hombre
un
encanto
mágico;
mas
lo
que
constituye
su
verdadera
felicidad
es
el
dulce
abandono
del
amor
hácia
otro
ser;
y
aunque
el
amor
no
tiene
patria
propiamente
dicha,
sin
embargo
él
esquíen
nos
hace
amar
e
I
uias
pequeño
y
recóndito
punto
de
la
tierra,
en
donde
hayamos
encontrado
un
ser
que
sepa
amarnos
y
comprendernos.
El
sol
inmediato
á
su
ocaso
derramaba
sus
últimos
rayos
sobre
el
lago
y
sobre
sus
risueñas
márgenes,
y
habia
transfigurado
en
cierto
modo
la
fisonomía
del
marqués,
que
al
pronunciar
estas
palabras
tomó
una
viveza
y
espresion
indefi—
nib
es.
Nunca
las
dos
amigas
le
habían
oido
hablar
de
aquel
modo,
y
al
escuchar
sus
palabras
sintieron
nacer
repentinamente
en
sus
corazones
afectos
nuevos
que
las
colmaron
á
un
tiempo
de
timidez
y
de
turbación.
64
EL
MUNDO
SOCIAL.
Desde
aquella
tarde
se
reveló
á
las
dos
amigas
una
vida
nueva,
y
un
nuevo
sentimiento
se
apoderó
de
aquellos
corazones
jóvenes
que
en
otro
tiempo
tenían
una
entera
confianza
mutua,
pero
que
desde
entonces
procuraban
ocultar
su
se¬
creto
en
presencia
de
Lusignani.
El
ojo
perspicaz
del
marqués
descubrió
muy
luego
el
efecto
que
su
presencia
causaba
á
las
dos
amigas,
descubrimiento
que
le
colmó
de
inquietud
y
de
alegría.
Entonces
se
reconvino
á
sí
mismo
porque
guar¬
dando
las
propias
consideraciones
á
las
dos
jóvenes
dispertó
en
ellas
afectos
tier¬
nos,
á
los
cuales
no
podía
corresponder
sino
con
respecto
á
la
una.
¿Y
no
ha¬
bría
medio
para
que
la
otra
tuviese
también
alguna
alma
tierna
y
amorosa,
que
respondiera
al
afecto
que
había
nacido
en
el
pecho
de
Leonor
de
Melrose?
De
pronto
le
ocurrió
la
persona
de
su
primo
el
conde
de
Séssano
que
dentro
de
po¬
cos
dias
iba
á
llegar
á
la
quinta
con
ánimo
de
permanecer
allí
hasta
el
principio
del
invierno.
Arreglado
su
plan
aguardó
la
llegada
del
conde,
nunca
tan
deseada
como
ahora.
Mientras
tanto
el
viejo
astrólogo
que
en
realidad
estaba
dotado
de
gran
tino
para
conocer
á
los
hombres
no
tardó
en
comprender
el
estado
de
las
cosas,
tan¬
to
mas
cuanto
desde
la
primera
visita
del
marqués
habia
adivinado
cuál
seria
el
desenlace
de
la
amistad
que
con
él
contrajeron
las
dos
pupilas,
no
pudiendo
re¬
caer
la
duda
sino
en
cuál
de
las
dos
se
llevaría
la
preferencia.
Desde
que
hirió
su
imaginación
esta
idea
mostró
cierto
desvío
hácia
el
joven
galan,
y
como
este
por
su
parte
odiaba
al
viejo
á
causa
de
su
aire
hipócrita
y
de
su
arle
falaz,
fue¬
ron
luego
dos
enemigos,
entre
los
cuales
toda
reconciliación
era
imposible.
Cuan¬
do
Amoldo
hubo
comprendido
que
Leonor
de
Quincardino
llamaba
la
atención
del
marqués
mas
que
la
prima,
subió
de
punto
su
enemiga,
porque
aquella
era
muy
rica,
y
Amoldo
habia
ya
hecho
sus
cálculos
acerca
de
la
fortuna
de
la
joven.
Así
esta
como
la
de
Melrose
no
desconocieron
luego
la
antipatía
entre
aquellas
dos
personas;
y
aunque
la
deploraban
muy
vivamente,
no
osaron
tentar
ningún
me¬
dio
para
acercar
á
los
dos
adversarios,
ni
á
la
verdad
les
hubiera
sido
fácil
con¬
seguirlo.
Habia
una
absoluta
contraposición
de
carácter
y
de
sentimientos,
y
ni
uno
ni
otro
estaban
dispuestos
á
sacrificarse
recíprocamente
cosa
alguna.
Se
ob¬
servaban
de
continuo,
y
el
uno
tenia
del
otro
una
desconfianza
ilimitada.
A
pe¬
sar
de
todo
las
dos
pupilas
alimentaban
la
ilusión
de
que
la
enemistad
entre
el
marqués
y
Amoldo
no
era
tan
viva,
fundándose
en
que
desde
algún
tiempo
á
aquella
parte
el
segundo
recibía
al
primero
con
mas
benevolencia
que
antes;
y
esto
mismo
alarmó
mas
y
mas
al
marqués,
hizo
que
creciera
su
desconfianza,
y
que
afectando
no
ocuparse
del
astrólogo
le
siguiera
los
pasos
y
espiara
todas
sus
acciones.
Por
fin
llegó
á
la
quinta
el
conde
de
Séssano,
y
el
marqués
á
los
pocos
dias
le
preguntó
si
tendría
gusto
en
ir
á
la
quinta
de
Quincardino,
haciéndole
una
pin¬
tura
de
las
personas
que
en
ella
habitaban,
aunque
sin
darle
Jugará
traslucir
EL
ASTRÓLOGO
Y
LAS
DOS
LEONORES.
65
su
interés
por
una
de
ellas.
Se
deja
entender
que
el
conde
aceptó
con
gusto
la
oferta,
y
después
de
obtenido
por
el
marqués
el
permiso
de
Leonor
de
Quincardi-
no
se
presentó
con
el
conde.
Ese
joven
no
era
bello,
ni
llamaba
la
atención
á
pri¬
mera
vista;
pero
cuanto
mas
se
lo
consideraba
tanto
mas
iba
agradando,
y
se
echaba
de
ver
la
esmeradísima
educación
que
había
recibido,
y
cuán
bien
apro¬
vechó
las
lecciones
de
sus
preceptores.
Era
dueño
de
una
gran
fortuna,
de
la
cual
no
podía
disponer
mientras
viviese
su
madre
:
mas
esta
señora,
celosísima
en
este
punto,
no
lo
era
en
cuanto
á
la
elección
que
su
hijo
hiciese
de
la
mujer
que
quisiera
para
esposa.
Hubiera
preferido
una
joven
de
alta
clase,
pero
no
pensaba
contrariarle
en
caso
de
inclinarle
la
pasión
á
otra
parte.
A
la
verdad
el
conde
había
enamorado
á
varias
doncellas,
pero
nunca
llevó
las
cosas
tan
al
cabo
que
pudiese
considerarse
comprometido
con
ninguna.
Cerca
estuvo
de
ello
meses
antes;
mas
un
desvío
de
la
joven
le
separó
completamente
de
ella,
y
á
la
sazón
de
que
hablamos
su
pecho
no
palpitaba
por
ninguna.
Estas
esplicaciones
satis-
facieron
mucho
al
marqués,
quien
sin
embargo
tembló
al
considerar
cuán
fácil
era
que
mientras
él
le
llevaba
á
la
Quinta
á
fin
de
que
se
agradase
de
Leonor
de
Melrose,
el
condesito
prefiriera
á
su
amada,
y
esto
diese
ocasión
á
algún
lance
desagradable,
á
una
riña
entre
ambos,
y
aun
al
rompimiento
con
Leonor,
por¬
que
bien
podía
suceder
que
esta
gustase
mas
del
conde
que
iban
á
presentarle.
No
obstante
las
cosas
habían
llegado
ya
á
un
punto
del
que
era
preciso
salir
á
todo
trance,
y
el
marqués
acompañó
al
conde,
fiado
en
su
buena
fortuna
y
en
el
cariño
que
la
Quincardino
le
profesaba.
Bien
recibido
fué
el
conde,
no
solo
por
consideración
á
quien
lo
presentaba,
sino
porque
no
tardaron
las
dos
jóvenes
en
descubrir
en
él
las
buenas
dotes
que
todo
el
mundo
le
conocía.
La
primera
visita
fué
breve,
se
habló
de
cosas
gene¬
rales,
y
el
conde
se
hizo
cargo
muy
detenidamente
de
las
prendas
físicas
y
de
cuanto
mas
pudo
observar
en
las
dos
primas,
porque
el
marqués
le
exigió
la
palabra
de
que
después
de
verlas
le
declararía
francamente
si
le
agradaba
algu¬
na
de
ellas.
Bien
seguía
Lusignani
con
la
vista
todas
las
acciones
y
todas
las
mi¬
radas
del
conde,
bien
avalorábalas
palabras
que
á
una
y
á
otra
de
las
señoritas
dirigía;
parecíale
á
veces
que
se
inclinaba
mas
á
esta
y
después
que
masá
aque¬
da;
y
el
resultado
fué
no
haber
podido
formar
concepto
ni
aun
cálculo
alguno
probable.
Durante
el
camino
mantuviéronse
en
silencio
los
dos
jóvenes,
cual
si
nada
tuvieran
que
hablarse;
mas
al
estar
solos
con
las
tazas
de
café
sobre
la
mesa
creyó
el
conde
que
era
ya
hora
de
sacar
de
angustias
á
su
amigo.
Preciso
es
que
el
lector
recuerde
que
al
hablar
por
primera
vez
de
las
dos
pupilas
hemos
dicho
que
al
momento
se
conocía
que
eran
dos
hijas
del
norte,
que
sus
formas
eran
llenas
y
redondas,
sus
facciones
tiernas
dulces
y
tersas,
y
aunque
no
se
pareciesen,
no
obstante
tenían
un
tipo
particular
que
asi
bien
con¬
venia
á
la
una
como
á
la
otra.
La
diferencia
mas
esencial
y
mas
prontamente
0
66
el
mundo
social.
visible
entre
ellas
era
que
Leonor
de
Melrose
tenia
el
cabello
casi
negro;
al
paso
que
Leonor
de
Quincardino
ostentaba
con
mucha
gracia
una
rica
cabellera
de
un
rubio
clarísimo
y
casi
ceniciento.
La
conversación
de
los
dos
amigos
hace
in¬
dispensable
recordar
esta
circunstancia.
Y
bien,
dijo
el
conde,
ya
está
hecha
la
visita
y
yo
dispuesto
á
decirte
francamente
e!
efecto
que
tus
dos
amigas
me
han
cau¬
sado:
pero
antes
he
de
hacerte
una
pregunta
y
es
forzoso
que
me
contestes
á
ella.
¿A
mí
una
pregunta?
dijo
el
marqués.
Sea
en
buen
hora.
Me
parece,
continuó
el
conde,
que
tú
amas
á
una
de
esas
señoritas,
aunque
has
sido
tan
discreto
que
por
mi
honor
te
juro
que
no
sé
á
cuál,
ni
aun
me
atrevería
á
ase¬
gurar
que
amases
á
una.
No
pretendo
por
ahora
saber
si
amas
á
Leonor
de
Quin¬
cardino
ó
á
Leonor
de
Melrose,
únicamente
es
preciso
que
yo
sepa
si
amas
á
una
de
las
dos.
¿Tú
serás
franco
conmigo
?
preguntó
el
marqués.
Tan
franco
que
no
te
dejaré
ninguna
duda
acerca
de
mis
sentimientos;
mas
como
tú
me
has
pre¬
sentado
en
la
quinta
y
á
mí
me
agrada
una
de
las
dos
señoritas,
ya
ves
que
ante
todo
he
de
saber
si
tú
amas
á
una
de
ellas.
Si
cada
uno
de
nosotros
ama
la
suya,
estamos
en
buen
camino;
pero
si
la
desgracia
hiciera
que
los
dos
amára¬
mos
á
una
misma,
Injusticia,
!a
razón,
nuestra
amistad
y
nuestro
parentesco
exigen
que
yo
me
retire,
y
te
deje
el
campo
libre.
Si
no
se
tratara
de
los
dos,
uno
y
otro
sabemos
cómo
se
ventilan
estos
negocios:
mas
tú
y
yo
nos
queremos
demasiado
para
llegar
á
ese
estremo,
y
además
eso
seria
por
mi
parte
una
felo¬
nía
que
no
se
ajusta
con
mi^arácter.
¡Con
que
te
ha
gustado
una
de
ellas!
dijo
el
marqués
con
inquietud
visible.
Sí,
contestó
el
otro,
y
no
me
queda
duda
de
que
tú
amas
á
la
otra.
Por
fin,
amigo
mió,
solo
falta
que
tú
ó
yo
nombremos
á
la
preferida;
si
es
una
misma,
dentro
de
un
cuarto
de
hora
habré
salido
de
tu
Quinta;
si
no
es,
dentro
de
una
hora
vamos
á
verlas
y
á
referirles
nuestra
con¬
versación.
¿Te
parece
bien
mi
propuesta?
Hombre,
dijo
el
marqués
,
no
me
parece
bien,
ni
mal;
sentiré
muchísimo
que
nos
encontremos
rivales
y
será
para
mí
muy
doloroso
aceptar
tu
sacrificio.
¿Y
no
lo
seria
mas,
preguntó
el
conde,
cederme
la
querida
?
Todo
es
malo
,
repuso
el
otro;
y
aunque
yo
he
deseado
tu
venida,
tu
visita
á
la
Quinta,
y
tus
amores
con
una
de
las
señoritas,
nunca
me
figuré
que
tuviésemos
la
desgracia
de
querer
á
una
misma.
Pues
yo
creo,
dijo
el
conde,
que
es
lo
que
naturalmente
debia
haberte
ocurrido,
porque
no
hay
duda
sino
que
la
una
es
mucho
mas
hermosa
que
la
otra,
y
lo
natural
es
que
uno
y
otro
nos
agrademos
de
lo
mejor.
¿
Con
que
entonces
,
dijo
el
mar¬
qués
visiblemente
alterado,
la
que
te
gusta
es
la
mas
hermosa?
No
he
dicho
tanto,
contestó
el
primo;
digo
que
lo
natural
es
que
la
mas
hermosa
guste
mas,
pero
tú
ves
que
hay
hombres
que
cuando
llegan
al
punto
de
elegir
no
eligen
lo
mas
bello.
Además
eso
de
la
belleza
no
es
cosa
tan
bien
definida
que
lo
hermo¬
so
para
uno
lo
sea
para
todos;
así
puede
muy
bien
suceder
que
en
realidad
no
sea
la
mas
hermosa
aquella
á
quien
yo
daria
este
dictado.
En
suma
,
amigo
EL
ASTRÓLOGO
Y
LAS
DOS
LEONORES.
67
mío,
esclamó
el
marqués,
sácame
de
esta
ansiedad
en
que
me
tienes,
di
me
cuál
te
ha
gustado
mas;
ya
sabes
el.
nombre
de
una
y
otra,
dilo
y
hemos
concluido.
Parecía
que
el
marqués
se
iba
impacientando;
y
como
el
conde
en
realidad
esta¬
ba
muy
decidido
á
hacer
el
sacrificio
que
había
dicho,
no
quiso
prolongar
el
martirio
de
su
amigo.
La
una
tiene
el
cabello
negro,
y
la
otra
rubio,
le
dijo;
¿no
te
parece
que
es
esta
la
diferencia
mas
visiblemente
notable
que
hay
entre
ellas?
Sin
ninguna
duda,
contestó
el
marqués.
Di,
pues,
¿cuál
te
gusta
,
la
ru¬
bia
ó
la
otra?
Tú
quizás
reputas
la
no
rubia
por
la
mas
bella,
dijo
el
conde,
y
otros
opinarán
lo
contrario;
yo
soy
del
parecer
de
estos
últimos;
tengo
por
mu¬
cho
mas
hermosa
á
la
rubia,
á
Leonor
de
Quincardino;
mas
como
nunca
me
he
preciado
de
tener
gusto
muy
esquisito,
te
digo
terminantemente
y
como
hombre
de
honor
que
yo
prefiero
la
otra;
me
gusta
mas
Leonor
de
Melrose.
Al
oir
el
marqués
este
desenlace,
esclamó
como
un
loco:
estamos
salvados;
y
levantándo¬
se
del
asiento
dió
un
apretado
abrazo
á
su
primo
y
hasta
le
besó
las
mejillas.
¿Con
que
tú
amas
á
la
rubia?
le
dijo
el
conde.
Sí,
la
amo
,
la
adoro,
y
no
pue¬
des
figurarte
lo
que
me
has
hecho
sufrir
retardando
tu
esplicacion
tanto
tiempo.
Culpa
tuya
es,
repuso
el
conde;
tú
podías
haber
comenzado
diciendo
que
ama¬
bas
á
la
Quincardino
y
yo
te
hubiera
contestado
que
me
gustaba
la
otra.
Sea
en
buena
hora,
dijo
el
marqués,
ame
cada
uno
ála
suya,
yen
cuanto
á
mí
te
juro
que
como
ella
quiera
será
mi
esposa.
No
diré
yo
otro
tanto,
repuso
el
conde;
he
de
saber
si
me
ama,
he
de
conocerla
mas
á
fondo;
pero
me
parece
que
tu
ejemplo
será
un
grande
cebo
para
que
yo
muerda
el
anzuelo.
Ahora,
dijo
el
marqués,
he
de
enterarte
de
otra
cosa
muy
importante
y
en
la
cual
hemos
de
proceder
de
acuerdo
si
nos
proponemos
salir
adelante
con
nues¬
tro
empefio.
Y
en
seguida
le
refirió
los
antecedentes
de
Amoldo,
lo
que
él
había
observado,
y
le
dió
á
entender
sus
sospechas
de
que
quería
estorbar
el
matrimo¬
nio
de
las
dos
primas,
ó
al
menos
el
de
Leonor
de
Quincardino,
que
era
la
mas
rica,
sin
duda
para
usurpar
sus
riquezas,
y
que
en
este
concepto
era
preciso
cons¬
pirar
contra
el
viejo,
vencerlo
y
acabar
con
su
influjo
á
todo
trance.
Prometió
el
conde
hacer
todo
lo
posible
para
lograr
este
objeto;
y
de
esperar
era
que
de
tales
Y
tan
audaces
adversarios
no
triunfaría
Amoldo
á
despecho
de
todos
sus
embus¬
tes
y
embelecos.
Mientras
tanto
no
se
había
el
astrólogo
descuidado,
y
cuando
vió
el
refuerzo
*
i
a
,
(
0
P
or
M
marqués,
y
adivinó
cual
era
el
plan
que
con
la
presentación
de
tal
compañero
se
habia
propuesto,
hubo
de
comprender
que
era
indispensable
re-
!
°
3
ar
Sa
em
P
efío
para
vencer
á
dos
enemigos
en
vez
de
uno.
So
pretesto
de
en¬
vegarse
a
estudios
ocultos,
comenzó
por
ver
muy
pocas
veces
á
los
dos
amigos,
y
en
n
8
a
i
óe
esto
hacia
visitas
muy
cortas
por
los
alrededores,
y
de
cuando
en
cuando
recibía
en
su
gabinete
á
algunas
personas
con
quienes
hablaba
también
á
escondidas
en
la
vecindad
de
la
Quinta,
verificándose
siempre
esas
idas
y
veni-
EL
MUNDO
SOCIAL.
68
das
en
hora
muy
temprana
de
la
mañana.
Sí,
fray
Carlos,
decía
durante
una
de
esas
misteriosas
entrevistas
al
aire
libre,
á
un
hombre
cuyo
esterior
no
dejaba
duda
de
que
era
un
fraile;
se
trata
de
que
la
mina
salte
poco
á
poco,
y
de
que
vuestro
prior
no
se
empeñe
en
que
esto
se
efectúe
precipitadamente.
Después
de
haber
procurado
en
vano
separar
los
corazones
de
mis
pupilas
de
las
cosas
terrenas,
he
imaginado
otro
plan
de
que
el
prior
tiene
noticia
hace
mucho
tiem¬
po;
mas
para
que
este
plan
no
se
frustre
es
indispensable
obrar
con
gran
pruden¬
cia,
porque
la
mas
mínima
sospecha
seria
muy
capaz
de
trastornarlo.
El
pribr,
dijo
el
fraile,
tiene
una
confianza
ilimitada
en
vuestro
saber
y
en
vuestra
dis¬
creción,
ya
que
nadie
conoce
mejor
que
vos
el
estado
de
las
cosas;
pero
no
obs¬
tante
me
ha
encargado
que
os
recomiende
tener
siempre
presente
que
el
mar¬
qués
de
Lusignani
es
un
enemigo
contra
el
cual
ninguna
prevención
es
escesiva.
Entre
las
altas
y
sombrías
paredes
de
vuestro
convento,
dijo
maese
Amoldo,
todo
lo
veis
negro;
el
marqués
no
es
tan
maligno
como
vosotros
queréis
dar
á
en¬
tender,
figurándoos
que
tiene
algún
indicio
de
nuestro
proyecto.
Otra
persona
se
ha
mezclado
en
el
negocio
á
favor
del
marqués
y
de
las
pupilas,
cuya
persona
si
bien
no
la
reputo
por
de
gran
criterio
ni
de
mucha
perspicacia,
la
tengo
por
muy
capaz
de
abrazar
cualquier
espediente
por
ruidoso
y
atrevido
que
sea,
si
por
desgracia
llegasen
á
su
noticia
nuestros
manejos.
¡
Otra
persona!
esclamó
el
fraile.
¿Y
de
cuando
acá
se
ha
reunido
al
marqués
un
nuevo
adversario?
El
hecho
es
reciente,
dijo
el
astrólogo
:
mas
no
por
esto
menos
cierto:
y
hé
aquí
también
porque
son
menester
mucha
cautela,
mucha
calma
y
dejar
que
las
co¬
sas
sigan
su
curso
regular,
porque
solo
así
podrán
tal
vez
conducirnos
al
fin
que
apetecemos.
Yo,
dijo
el
fraile
inclinándose
con
respeto,
no
hago
mas
que
cum¬
plir
con
mi
deber
refiriéndoos
los
temores
y
los
recelos
del
reverendo
padre
prior.
Está
bien,
continuó
el
astrólogo;
estoy
muy
sobre
el
aviso;
ejecutad
puntual¬
mente
cuanto
os
digo,
y
sobre
todo
tened
muchísima
prudencia
en
Albano,
en
donde
el
marqués
y
su
nuevo
aliado
tienen
grandes
relaciones
y
mas
que
media¬
no
influjo.
No
reparéis
en
decirle
al
prior
este
nuevo
contratiempo,
mas
que
no
desmaye;
la
noticia
debe
servirle
únicamente
para
redoblar
su
cautela,
y
no
te¬
ner
la
impaciencia
que
se
trasluce
en
todas
sus
cartas
y
mensajes.
La
cosa
con¬
siste
no
en
obrar
pronlo
sino
en
obrar
bien,
y
la
precipitación
echa
á
perder
la
mitad
de
las
empresas.
Acostumbrado
á
las
de
esta
clase,
sé
el
tiempo
que
para
llevarlas
á
feliz
término
se
necesita
,
y
querer
escatimar
dias
y
horas
es
dismi¬
nuir
el
número
de
las
probabilidades
favorables.
Confianza
en
mí,
y
paciencia.
Vuestras
palabras,
dijo
el
fraile,
serán
fielmente
trasmitidas
á
mi
superior.
Los
dos
interlocutores
se
separaron;
el
fraile
desapareció
en
el
bosque,
y
Amoldo
tomó
el
camino
de
la
Quinta.
El
plan
del
astrólogo
consistía
en
aguardar
que
las
dos
jóvenes
le
rogasen
que
les
descubriese
el
horóscopo
del
marqués,
mas
ahora
fué
preciso
añadir
la
se-
EL
ASTRÓLOGO
Y
LAS
DOS
LEONORES.
09
gunda
parte,
esto
es,
que
quisiesen
también
averiguar
el
del
conde,
porque
el
ojo
perspicaz
de
Amoldo
no
tardó
en
comprender
que
si
Leonor
de
Quincardino
estaba
enamorada
del
marqués
y
era
correspondida,
á
poca
diferencia
sucedía
lo
mismo
entre
la
otra
Leonor
y
el
conde.
Cierto
que
ignoraba
si
estos
dos
jó¬
venes
se
habían
agradado
después
que
el
conde
fué
presentado
en
la
Quinta
ó
si
sus
relaciones
eran
de
mas
larga
fecha;
pero
se
inclinaba
á
lo
primero
porque
las
jóvenes
no
iban
á
ninguna
parte
solas,
al
conde
no
le
vió
sino
muy
pocos
dias
antes
de
ser
presentado;
y
además
juzgaba
que
á
su
perspicacia
no
habria
sabido
esconder
la
candidez
de
Leonor
aquel
afecto
si
realmente
lo
hubiese
esperimen-
tado,
como
no
pudo
tenerlo
oculto
desde
el
primer
dia
su
prima
la
de
Quincar¬
dino.
De
todos
modos
los
dos
galanes
harían
causa
común
y
era
menester
decir
á
las
Leonores
el
horóscopo
del
uno
y
del
otro,
y
Amoldo
quería
aguardar
á
que
ellas
mismas
lo
solicitaran.
Sus
cálculos
eran
muy
acertados,
porque
ambas
pensaron
en
eso
y
no
se
ha¬
bían
atrevido
hasta
entonces
á
manifestarlo,
temiendo
que
semejante
petición
no
vendiera
el
secreto
de
sus
corazones,
que
en
su
concepto
era
todavía
un
misterio
para
Amoldo.
Cuando
este
llegaba
al
pié
de
la
gradería
de
la
Quinta
hirió
sus
oidos
la
voz
de
las
dos
que
estaban
en
la
ventana
gozando
de
la
hermosa
vista
del
campo
en
la
hora
en
que
acababa
de
salir
el
sol.
Alzó
los
ojos
hácia
el
punto
desde
donde
le
llamaban,
y
las
dos
le
indicaron
que
se
acercara.
Y
bien,
maese
Amoldo,
¿qué
dicen
los
astros?
preguntó
la
señorita
de
Kincardin,
que
tenia
mas
prisa
que
la
otra
por
llegar
al
término
de
su
proyecto.
De
algún
tiempo
acá,
contestó
el
astrólogo,
los
ojos
de
mis
hijas
rara
vez
se
dirigen
hácia
las
mansiones
celestes,
mas
yo
leo
por
ellas
en
los
astros,
que
á
decir
verdad
hablan
ahora
menos
que
antes.
Pues
lo
siento
infinito,
dijo
Leonor
de
Melrose,
porque
precisamente
tenia
que
pediros
un
favor
relativo
á
eso
mismo.
Estas
palabras
hicieron
brillar
un
re¬
lámpago
de
alegría
en
las
facciones
de
maese
Amoldo,
que
veia
cuan
fácilmen¬
te
la
conversación
tomaba
el
giro
conveniente
á
sus
deseos
y
á
sus
proyectos.
¿Es
posible
saber
el
objeto
de
vuestra
petición
?
preguntó
en
seguida.
Advertid,
se¬
ñorita,
que
mi
ánimo
no
ha
sido
decir
que
los
astros
estén
absolutamente
mu-
os,
sino
que
hablan
menos
que
otras
veces,
y
sucede
con
frecuencia
que
con-
estan
á
una
pregunta
y
no
satisfacen
las
otras.
Sepamos
de
qué
se
trata,
si
gus¬
táis
decirlo.
La
señorita
de
Melrose
un
poco
sofocada
no
supo
contestar
una
palabra,
y
ese
sí
encio
fué
p
or
c
j
erto
mU
y
s
jg
n
jf
lca
tivo
para
maese
Amoldo;
pero
Leonor
ae
Quincardino,
mas
atrevida
tomó
la
palabra
y
con
aire
en
su
concepto
de
mu¬
cha
indiferencia
dijo
:
Es
una
cosa
bien
inocente.
Ya
sabéis
que
el
marqués
de
Lusignam
se
ha
hecho
muy
amigo
de
la
casa,
y
que
algún
tiempo
atrás
nos
pre¬
sento
su
primo
el
conde
de
Séssano,
que
también
nos
profesa
amistad;
y
esto
EL
MUNDO
SOCIAL.
70
naturalmente
ha
producido
en
nosotras
el
deseo
de
saber
el
horóscopo
del
uno
y
del
otro,
lié
aquí
todo
nuestro
objeto,
pura
curiosidad
mujeril
y
nada
mas.
Amoldo
comprendió
en
su
interior
la
candidez
de
las
dos
jóvenes
que
sin
que¬
rerlo
y
sin
sentirlo
descubrían
el
afecto
de
sus
corazones,
y
deseaban
saber
si
los
asiros
favorecían
sus
amores,
y
si
eran
dignos
de
ese
afecto
los
dos
hombres
que
supieron
dispertarlo.
No
dando
importancia
ninguna
á
la
petición
sino
afectando
oirla
como
cosa
muy
natural
y
sencilla,
les
contestó
:
No
estraño,
hijas
mias,
que
os
haya
acudido
esa
idea
porque
á
mí
me
ha
asaltado
también
hace
algún
tiempo,
y
para
salirme
con
la
mia
he
pasado
ya
en
observación
algunas
noches.
Mas
el
planeta
del
marqués,
que
es
el
ligero
y
caprichoso
Marte,
no
ha
querido
hasta
ahora
sujetarse
á
ninguna
constelación,
y
en
cuanto
al
del
conde
que
es
Hércules,
es
de
suyo
tan
inquieto
y,
digámoslo
así,
casquivano,
que
no
tengo
gran
confianza
de
meterlo
en
vereda,
tínicamente
valiéndome
del
círculo
mágico
he
obtenido
una
respuesta
acerca
de
una
circunstancia
que
comprende
á.los
dos.
¿Y
qué
circunstancia
es
esa?'
preguntó
Leonor
de
Quineardino.
Que
uno
y
otro
aman,
contestó
Amoldo
dirigiendo
una
ojeada
escudriñadora
á
las
doncellas;
las
cuales
corridas
bajaron
los
ojos,
porque
esa
respuesta
habia
en¬
contrado
un
eco
fiel
en
sus
corazones.
Aparentando
maese
Amoldo
que
no
ha¬
bia
hecho
alto
en
la
emoción
esperimentada
por
las
dos
señoritas,
no
interrum¬
pió
el
silencio
que
siguió
á
sus
palabras
para
dejar
á
estas
el
tiempo
necesario
de
afectar
á
las
doncellas,
como
él
esperaba,
mas
al
cabo
tle
un
buen
rato
repitió
en
tono
muy
marcado
:
El
marqués
ama
y
el
conde
ama,
y
la
persona
á
quien
ama
el
primero,
sois
vos
Leonor
de
Quineardino.
Como
Amoldo
no
dudaba
que
las
dos
eran
amadas
y
amaban,
pero
no
tenia
certidumbre
acerca
de
cuál
era
la
preferida
por
el
marqués,
aunque
lo
sospe¬
chaba,
dirigió
el
apostrofe
á
Leonor
de
Quineardino,
con
la
esperanza
de
que
el
efecto
que
en
esta
produciría
era
forzoso
que
disipase
todas
sus
dudas.
En
todo
habia
calculado
perfectamente.
El
corazón
de
Leonor
se
sintió
de
pronto
inun¬
dado
de
una
dulce
alegría,
y
el
de
la
otra
Leonor
de
carácter
mas
apacible
se
sintió
satisfecho,
porque
si
los
dos
jóvenes
amaban
y
el
marqués
amaba
á
su
prima,
era
natural
que
el
conde
amara
á
ella.
Sin
embargo
quería
á
toda
costa
salir
de
dudas,
pero
no
osaba
hacer
una
pregunta.
.Salióle
al
paso
el
astrólogo
diciendo
:
¿Teneis
necesidad,
vos,
Leonor
de
Melrose,
de
que
os
diga
que
el
con¬
de
es
vuesbo
amante?
La
joven
no
se
atrevió
á
contestar
una
palabra,
pero
sus
deseos
estaban
colmados
y
su
alma
rebosaba
en
tanta
alegría
como
la
de
su
pri¬
ma.
Satisfecho
Amoldo
del
giro
que
las
cosas
iban
lomando
esperó
algunas
se¬
manas
antes
de
dar
el
golpe
de
gracia.
Se
deja
entender
que
las
jóvenes
no
habian
dicho
una
palabra
de
todo
eso
á
sus
respectivos
amantes;
mas
uno
y
otro
conocieron
que
estaban
inquietas
y
que
en
sus
corazones
habia
alguna
zozobra,
cierto
malestar
que
se
traslucía
en
EL
ASTRÓLOGO
Y
LAS
DOS
LEONORES.
71
sus
palabras
y
en
sus
acciones.
Por
otra
parte
pasó
mucho
tiempo
sin
que
vie¬
ran
á
Amoldo;
y
como
espiaban
sns
pasos,
tuvieron
noticias
vagas
de
sus
sa¬
lidas
nocturnas
y
de
sus
conferencias
con
personas
desconocidas.
Juzgaron
que
este
proceder
del
astrólogo
pudiera
tener
relación
con
la
falta
de
tranquilidad
de
las
jóvenes;
mas
como
estas
no
ofrecieron
con
sus
respuestas
hincapié
á
nue¬
vas
investigaciones
por
aquella
parte,
redoblaron
su
vigilancia
fuera
casa,
y
por
cierto
que
no
fué
sin
gran
provecho.
Poco
antes
de
terminarse
la
tarde
de
un
dia
que
fué
asaz
de
borrascoso,
y
cuando
los
primos
á
instancias
de
las
dos
Leonores
que
temian
una
nueva
tem¬
pestad,
se
habían
marchado
á
la
quinta
del
marqués,
Amoldo
se
presentó
á
las
señoritas
y
les
dijo
:
Aunque
el
tiempo
está
algo
cubierto,
se
aclarará
sin
duda,
y
hácia
la
media
noche
se
presentará
Marte
:
si
os
place
venir
conmigo
para
leer
en
el
gran
libro
del
destino
podremos
consultarle
acerca
del
marqués.
Por
lo
que
toca
al
conde
la
ocasión
no
es
todavía
propicia;
al
cielo
no
se
le
manda,
es
preciso
usar
de
sus
favores
cuando
quiere
dispensarlos;
otro
dia
tendremos
oportunidad
de
saber
el
horóscopo
del
conde.
Estad
seguro,
dijo
Leonor
de
Quincardino,
de
que
me
tendréis
á
vuestro
lado,
porque
aguardo
ese
momento
con
mucha
impaciencia.
Y
yo
esperaré
segundo
aviso,
dijo
Leonor
de
Melrose,
un
si
es
no
es
resentida
al
ver
que
sufría
una
postergación
de
que
no
se
considera¬
ba
merecedora.
No
lo
achacaba
sin
embargo
á
Amoldo
sino
al
destino,
porque
no
hay
duda
sino
que
ambas
señoritas
creian
en
el
arte
falaz
que
tanto
oyeron
ensalzar
desde
la
infancia.
Mientras
venía
la
hora
señalada
maese
Amoldo
hojeaba
libros
en
folio,
tra¬
zaba
signos
cabalísticos,
y
de
cuando
en
cuando
parecía
agitado
por
una
espe¬
cie
de
delirio
y
pronunciaba
palabras
ininteligibles.
Repentinamente
fué
inter¬
rumpido
por
la
llegada
de
Leonor
de
Quincardino
;
y
entonces
el
astrólogo
se
sentó
delante
déla
mesa
cubierta
de
objetos
misteriosos,
y
Leonor
tomó
una
si¬
lla
casi
á
su
lado
:
mas
apenas
había
Amoldo
abierto
un
grueso
tomo
en
folio
y
en
pergamino
cuando
se
abrió
la
puerta
y
apareció
Leonor
de
Melrose.
Aunque
no
me
habéis
invitado,
dijo
al
anciano,
no
quiero
quedarme
sola
allá
abajo,
por¬
que
un
presentimiento
secreto
me
dice
que
esta
noche
no
hade
traer
ninguna
di¬
cha.
Los
presentimientos
del
corazón
humano,
dijo
Amoldo,
son
muchas
veces
falaces,
y
antes
de
desesperarnos
es
mejor
aguardar
la
infalible
contestación
del
cíelo.
Pronunciadas
estas
palabras,
volvió
á
hojear
el
mismo
volumen,
dejando
que
las
jóvenes
siguiesen
entregadas
á
sus
contemplaciones,
porque
era
imposible
que
no
se
afectasen
al
encontrarse
en
aquella
estancia
llena
de
objetos
raros
y
ente¬
ramente
nuevos
y
desconocidos
para
ellas.
Veíanse
allí
botellas
de
mil
formas,
colores
y
tamaños,
huesos
y
cráneos
de
diferentes
animales,
almireces,
filtros,
braseros
á
manera
de
aras
antiguas,
fuelles,
tenazas
de
estrañas
formas,
esferas,
72
EL
MUNDO
SOCIAL.
pergaminos,
espadas,
retratos,
estatuas,
bustos,
escudos
de
armas,
naipes,
da¬
dos,
libros,
rollos
de
pergamino,
jarros,
correas,
anteojos,
cristales
de
diversas
dimensiones,
flechas,
varas
largas,
muy
largas,
colas
de
animales,
embudos,
pa¬
peles
escritos
en
caracteres
desconocidos,
y
todo
ello
estaba
escasamente
alumbra¬
do
por
la
triste
y
roja
luz
de
una
lámpara
en
forma
de
pez
que
colgaba
del
altí¬
simo
techo.
Las
dos
jóvenes
sentían
un
estremecimiento
interior
que
las
tenia
aterradas.
Cuando
el
astrólogo
juzgó
que
la
vista
de
todos
aquellos
objetos
habia
produ¬
cido
ya
su
efecto,
cerró
el
libro
y
con
voz
lenta
y
profunda
dijo:
Ha
llegado
la
ho¬
ra.
En
seguida
se
levantó
y
tomando
el
telescopio
lo
dirigió
hacia
el
cielo.
Hé
aquí
que
llega
el
caprichoso
Marte,
acompañado
de
la
amable
y
brillante
Yénus,
que
es
la
estrella
de
vosotras
dos.
¡Qué
constelación
tan
maravillosa
!
Maese
Amoldo
contemplaba
unas
veces
el
firmamento,
otras
tomaba
medi¬
das
en
la
esfera
que
tenia
al
lado,
en
seguida
registraba
uno
y
otro
de
sus
volú¬
menes
en
folio,
ó
trazaba
signos
cabalísticos
en
el
papel.
Ya
no
hay
duda,
con¬
tinuó,
todo
habla
demasiado
claro,
la
estrella
del
marqués
es
sombría
y
roja
al
mismo
tiempo.
Una
Leonora
sucumbe
al
amor
no
correspondido,
á
la
otra
Leonora
el
amor
correspondido
le
ocasiona
la
desgracia.
La
vaguedad
de
esta
profecía
no
des¬
alentó
álaseñorita
de
Quincardino,
sino
que
con
voz
trémula
dijo:
Continuad,
continuad,
maese
Amoldo,
veamos
lo
demás
que
nos
predicen
los
astros.
El
as¬
trólogo
afectó
continuar
las
observaciones
lentamente
y
con
toda
la
circunspec¬
ción
posible.
Después
de
una
larga
pausa
y
de
haber
examinado
otra
vez
el
cie¬
lo,
esclamó
:
Hay
allá
arriba
un
largo
y
terrible
combate,
luchan
una
porción
de
influencias
contrarias,
de
modo
que
la
constelación
no
puede
formarse
sin
vencer
grandes
dificultades.
Por
fin
comienzan
las
cosas
á
presentarse
con
algu¬
na
claridad.
Las
dos
jóvenes
estaban
tan
conmovidas
presenciando
aquella
escena
que
po¬
dían
respirar
apenas.
Hé
aquí,
gritó
el
viejo
después
de
examinar
de
nuevo
du¬
rante
largo
rato,
que
vuestra
estrella,
Leonor
de
Quincardino,
hace
todos
los
es¬
fuerzos
imaginables
para
desprenderse,
su
luz
hiere
débilmente
la
casa
de
Hime¬
neo...
ahora
se
apaga...
ahora,
ahora...
por
fin
vuelve
á
presentarse
brillante
en
la
novena
estancia.
¿Y
qué
estancia
es
esa?
preguntó
la
señorita
de
Quin¬
cardino,
hacedme
el
favor
de
esplicar
las
cosas
con
toda
la
claridad
posible,
si
es
que
deseáis
que
os
entienda.
Ausiliado
por
sus
libros
y
por
sus
pergaminos,
hizo
el
astrólogo
una
série
de
cálculos
que
escribió,
ya
en
guarismos,
ya
en
caracteres
cabalísticos,
y
ha¬
ciéndose
car°o
de
la
pregunta
de
la
señorita
contestó:
No
siempre
puede
califi¬
carse
de
desventura
ver
que
el
destino
contraría
el
cumplimiento
de
los
mas
ar¬
dientes
deseos
del
hombre,
de
cuyo
cumplimienlo
cree
que
depende
su
dicha.
Se-
EL
ASTRÓLOGO
Y
LAS
DOS
LEONORES.
73
gun
acabo
de
leerlo
en
los
astros,
no
debeis
aspirar
al
himeneo,
y
si
desafiáis
vuestro
destino
entonces
se
desplomará
sobre
vos
la
desgracia.
El
consuelo
y
la
felicidad
debeis
buscarlos
únicamente
en
la
religión,
y
si
renunciáis
á
los
bienes
terrenales
para
lanzaros
en
brazos
de
ella,
la
paz
y
el
reposo
serán
vuestra
re¬
compensa.
En
cuanto
á
vos,
señorita
deMelrose,
vuestra
constelación
no
puede
absolutamente
formarse;
y
es
cosa
resuelta
que
en
la
noche
de
hoy
hay
imposi¬
bilidad
absoluta
de
saber
el
horóscopo
del
señor
conde.
No
desesperéis
sin
em¬
bargo;
las
estrellas
hablan
al
que
sabe
comprenderlas,
y
si
bien
es
cierto
que
algunas
veces
están
mudas
es
para
hablar
mas
claro
al
dia
siguiente.
El
vuestro
llegará,
no
lo
dudéis,
y
os
será
lícito
prever
vuestro
destino.
Pero
vos,
dijo
Leonor
de
Quincardino
después
de
un
momento
de
reflexión,
habéis
olvidado
completamente
al
marqués,
y
á
la
verdad
deseo
saber
qué
es
lo
que
dicen
de
él
los
astros.
En
cuanto
á
mí,
continuó
la
de
Melrose,
un
poco
disgustada
con
el
silencio
de
las
estrellas,
y
por
otra
parte
llena
de
un
temor
inesplicable,
no
tengo
ninguna
prisa
por
saber
el
resultado
de
vuestras
investi¬
gaciones,
y
por
hoy
quedaré
muy
satisfecha
si
podéis
contestar
á
mi
querida
prima.
Se
nos
escapa,
dijo
Amoldo,
cual
contestando
á
la
primera
Leonor
y
hacien¬
do
caso
omiso
de
lo
que
había
dicho
la
segunda.
Dirigió
otra
vez
el
telescopio
al
cielo,
y
después
de
un
cuarto
de
hora
de
observación,
cuando
ya
estaba
apurada
la
paciencia
de
las
dos
jóvenes,
y
dispuestas
casi
á
salir
del
aposento
y
á
renun¬
ciar
á
sus
deseos,
sacudió
con
énfasis
su
blanca
cabeza
y
acercándose
á
sus
li¬
bros
y
á
sus
pergaminos,
buscó,
hojeó,
calculó
y
trazó
figuras
estrambóticas,
me¬
neando
continuamente
la
cabeza
y
murmurando
palabras
estrañas.
De
repente
volviendo
el
rostro
hácia
las
señoritas,
esclamó
:
Es
peor
de
lo
que
jamás
podía
haber
imaginado.
La
estrella
del
marqués
brillaba
en
la
puerta
superior,
en
la
casa
de
la
muerte,
dirigiéndose
hácia
la
casa
de
los
enemigos,
y
su
clarísima
luz
roja
nos
anuncia
la
magnitud
del
mal.
El
sabio
Justino
lo
interpreta
muy
clara¬
mente
en
su
pergamino,
designando
la
muerte
del
alma
y
la
comunicación
con
los
genios
malignos.
No
soy
yo,
señorita;
ese
grande
astrólogo,
que
os
he
cita¬
do,
ese
eminente
maestro
es
quien
declara
que
el
marqués
de
Lusignani
es
un
he¬
reje
y
un
mago.
¡El
marqués
hereje
y
mago!
esclamó
Leonor
de
Quincardino
vivamente
afectada.
Es
imposible,
maese
Amoldo,
es
imposible,
y
respondo
de
ello
con
mi
cabeza.
No
comprometáis
la
salvación
de
vuestra
alma,
replico
con
gravedad
el
astrólogo.
Según
lo
que
oigo
la
señorita
de
Quincardino
pretende
ser
mas
sábia
que
las
estrellas,
mas
sábia
que
los
maestros
en
nuestra
ciencia,
y
mas
sábia
que
los
pergaminos
misteriosos.
Maese
Amoldo
que
hasta
allí
habia
ido
ejecutando
poco
á
poco
su
plan,
de¬
jó
respirar
un
momento
á
su
víctima
antes
de
darle
el
golpe
postrero.
Derramando
finalmente
algunos
licores
en
un
vaso
de
cristal
que
en
seguida
10
74
EL
MUNDO
SOCIAL.
colocó
encima
de
una
ligera
llama
de
espíritu
devino,
dijo:
Espero
que
no
os
quedará
duda
alguna
acerca
de
la
veracidad
del
horóscopo.
Apagó
de
repente
la
otra
luz,
de
suerte
que
el
lugar
de
la
escena
tomó
un
aspecto
mas
sombrío
y
mas
lúgubre
que
antes,
y
apareció
con
mas
claridad
un
trozo
de
pared
cubierto
con
un
lienzo
blanco.
Entonces
cogiendo
Amoldo
una
cajita
sacó
de
ella
tres
grandes
cristales
muy
limpios,
dió
uno
á
cada
una
de
las
dos
señoritas
y
se
reservó
el
tercero.
Tomad,
les
dijo
:
estos
cristales
han
per¬
tenecido
al
grande
astrólogo
Messalah,
y
tienen
la
maravillosa
virtud
de
poder
hacer
que
se
lea
cada
siete
años
y
á
la
misma
hora
en
el
pasado
que
nos
es
des¬
conocido.
Dirigid
vuestras
miradas
á
ese
trozo
blanco
de
la
pared
y
allí
vereis
la
verdad.
Después
de
aguardar
algunos
minutos
se
notó
un
ligero
temblor
en
el
lienzo
blanco
indicado
por
el
astrólogo;
y
algunos
contornos
y
formas
que
parecían
estar
luchando
tomaron
por
fin
una
forma
decidida.
Escapóse
un
ligero
grito
del
pecho
de
las
señoritas,
porque
la
aparición
de
la
pared
iba
tomando
proporcio¬
nes
mayores
y
por
fin
presentó
en
medio
de
un
bosque
un
campamento
de
puri¬
tanos,
entre
los
cuales
estaba
exactamente
representado
el
marqués
de
Lusignani.
Transcurridos
algunos
minutos
desapareció
aquel
cuadro
de
la
misma
manera
que
había
aparecido.
¿Habéis
visto
al
hereje,
señorita
de
Quincardino
?
preguntó
el
astrólogo.
Leonor
ocultó
el
rostro
entre
las
manos,
y
su
prima
se
quedó
aterrorizada
y
temblando
cual
si
la
hubiera
herido
un
rayo.
¡
Hereje
!
esclamaron
las
dos
casi
aun
tiempo
mismo.
Atención,
dijo
el
anciano
;
los
momentos
son
preciosos,
no
podemos
malograr
un
instante,
porque
se
acerca
la
hora
en
que
los
cristales
perderán
su
poder
tan
misterioso
como
admirable.
Entonces,
como
en
la
vez
primera,
se
notó
una
agitación
estraordinaria
en
aquel
trozo
blanco
antes
que
en
él
se
pudieran
distinguir
claramente
los
objetos.
Finalmente
hácia
un
lado
se
destacó
del
fondo
la
figura
del
marqués
y
hácia
el
otro
la
encantadora
figura
de
una
mujer
que
se
bañaba
en
una
fuente.
El
mar¬
qués
estaba
enajenado
contemplando
aquella
deliciosa
criatura,
y
su
presencia
parecía
fascinar
de
tal
suerte
á
las
dos
señoritas
que
tardaron
mucho
en
adver¬
tir
que
la
parte
inferior
del
cuerpo
de
aquella
tenia
la
forma
de
un
pez.
¡Virgen
Santa!
esclamó
Leonor
de
Quincardino,
Lusignani
y
la
hermosa
Melusina;
y
di¬
ciendo
esto
se
dejó
caer
en
un
taburete
que
cerca
de
ella
tenia,
sin
atreverse
á
volver
la
vista
al
cuadro
que
desapareció
muy
luego.
Leonor
de
Melrose
se
quedó
petrificada,
pero
viendo
el
estado
de
su
amiga
v
temiendo
que
perdiera
los
sentidos
se
acercó
á
ella,
é
iba
á
levantarla
para
sa-
íir
juntas
de
aquella
estancia
maldita,
cuando
Amoldo
deteniéndola
suavemente,
dijo
en
tono
patético
:
Ya
habéis
visto
al
mago.
Hereje
y
mago:
el
horóscopo
no
ha
mentido,
lo
habéis
visto
con
vuestros
propios
ojos.
El
dolor,
el
miedo,
el
EL
ASTRÓLOGO
Y
LAS
DOS
LEONORES,
75
horror
tenían
anonadadas
á
las
dos
jóvenes;
mas
el
anciano
cual
si
no
advirtiera
la
triste
situación
en
que
las
había
puesto,
continuaba
hojeando
un
grueso
volu¬
men
en
folio,
y
fingiendo
luego
que
acababa
de
hallar
lo
que
quería
añadió:
Es¬
te
último
cuadro
ha
menester
esplicacion.
No
ignoráis
que
la
encantadora
Melu-
sina,
esposa
de
Raimundo
conde
de
Poitiers,
es
el
tronco
de
la
familia
de
los
Lusignan,
de
cuya
familia
algún
tiempo
después
emigró
á
Italia
una
rama
late¬
ral
que
italianizando
su
nombre
se
llamó
Lusignani.
De
esta
rama
desciende
el
marqués.
Habiendo
la
bella
Melusina
sido
vista
un
dia
por
su
esposo
durante
su
metamorfosis,
fue
desde
entonces
encerrada
en
un
subterráneo
del
castillo
de
Lusignan,
en
donde
se
aparecía
y
llenaba
el
aire
con
sus
lamentos
cuando
debía
morir
algún
miembro
de
la
familia.
La
crónica
sin
embargo
omite
hacer
men¬
ción
de
la
numerosa
posteridad
de
Melusina,
gracias
á
su
comercio
con
encanta¬
dores
de
su
especie;
posteridad
dotada
de
todos
los
seductores
encantos
de
la
bruja.
Así
es
que
el
encanto
se
ha
transmitido
de
varón
en
varón
hasta
nuestros
dias
en
dicha
familia
de
Lusignani,
Estas
observaciones
bastarán
para
haceros
comprender
el
cuadro
que
habéis
visto,
y
agradezcamos
á
Dios
que
Leonor
de
Kincardin,
cuyo
corazón
ardia
ya
en
amor
por
el
marqués,
haya
podido
salvar¬
se
todavía
á
tiempo
por
la
interpretación
del
horóscopo.
La
señorita
no
supo
contestar
una
palabra,
porque
al
ver
desvanecidas
to¬
das
sus
esperanzas
sentíase
el
pecho
oprimido
por
un
dolor
inesplicable.
Después
de
algunos
momentos
de
penoso
silencio,
levantóse
vacilando,
y
salió
apoyada
en
el
brazo
de
su
amiga,
en
quien
la
compasión
hácia
su
prima
y
el
espanto
de
la
escena
que
había
presenciado
combatían
dolorosamente.
Guando
el
astrólogo
se
encontró
otra
vez
solo,
dijo:
En
verdad
no
lo
he
he¬
cho
sino
porque
no
me
quedaba
ya
otro
recurso.
Estas
loquillas
hubieran
po¬
dido
ahorrarse
todos
estos
temores,
si
voluntariamente
se
hubiesen
retirado
del
mundo,
y
dejádose
preparar
suave
y
lentamente
para
que
consiguiéramos
nues¬
tro
objeto.
El
corazón
Ies
ha
jugado
una
mala
treta,
y
era
natural
que
sufriesen
sus
consecuencias.
Tratábase
nada
menos
que
de
los
intereses
de
la
religión,
y
para
mí
no
hay
consideración
ninguna
que
me
haga
desistir
de
mi
plan
cuando
en
él
me
propongo
un
fin
tan
santo.
Después
de
este
monólogo
sentóse
el
anciano
delante
de
la
mesa
,
escribió,
dobló
y
selló
una
carta,
y
acercándose
luego
á
una
puerta
secreta
abrióla
y
lla¬
mó
en
voz
baja.
Al
momento
se
presentó
el
fraile
á
quien
nuestros
lectores
ya
conocen
con
el
nombre
de
fray
Carlos.
Os
ha
sido
preciso
aguardar
mucho
tiem¬
po,
le
dijo
el
astrólogo,
pero
no
bailaba
medio
de
acabar
con
la
tenacidad
de
esas
muchachas.
Aquí
teneis
un
breve
relato
para
el
prior,
mientras
aprovecho
un
momento
á
fin
de
ir
yo
mismo
á
San
Benedetto
á
esplicárselo
todo
minucio¬
samente.
Fray
Cárlos
tomó
la
carta
y
escondiéndosela
en
el
pecho
desapareció.
Durante
la
misma
noche
en
que
maese
Amoldo
llevaba
á
término
en
la
quin-
^6
el
mundo
social.
ta
de
Quincardmo
su
diabólica
obra,
el
marqués
de
Lusignani
y
su
amigo
el
conde
de
Séssano
tomaban
medidas
para
dejar
frustrados
los
planes
del
astrólo¬
go.
La
noche
estaba
ya
muy
adelantada
y
los
dos
amigos
lejos
de
haberse
acos¬
tado,
parecían
aguardar
con
suma
impaciencia
la
llegada
de
alguna
nueva.
Mu¬
cho
tarda,
decia
el
marqués
aplicando
el
oido
entre
las
dos
hojas
de
la
cerrada
ventana.
Ten
paciencia,
contestó
el
conde,
nunca
he
creído
que
viniese
hasta
pa¬
sada
la
media
noche
y
espero
que
acabaré
por
tener
razón.
Mucho
lo
temo,
re¬
puso
el
otro
;
y
á
fe
que
no
puedo
ya
mas
con
la
ansiedad
que
me
devora.
No
creas,
observó
el
conde,
quesea
menor
la
mia;
pero
francamente
no
es
asunto
que
me
dé
cuidado;
porque
en
el
momento
que
se
nos
antoje
nos
lanzamos
á
la
Quinta,
y
entiendo
que
no
seria
difícil
sacar
de
allí
á
las
dos
señoritas.
Eso
es,
di¬
jo
Lusignani,
dando
un
escándalo,
y
haciendo
que
la
justicia
se
meta
de
por
me¬
dio,
y
venga
lo
que
viniere.
Pues
ya
se
ve
que
sí,
insistió
el
otro,
venga
lo
que
viniere,
que
al
fin
no
podría
ser
sino
una
doble
boda;
que
es
justamente
á
lo
que
aspiramos
ellas
y
nosotros.
Ya
sabes
mi
modo
de
pensar
y
cual
es
mi
carácter;
me
gustaría
mas
casarme
con
mi
Leonor
habiéndola
arrebatado
á
viva
fuerza
que
recibiéndola
de
manos
de
sus
padres
ó
de
ese
maldito
viejo
que
representa
el
pa¬
pel
de
tal.
Eso
no
me
importa
nada,
dijo
el
marqués;
mas
bien
sabes
que
yo,
además
de
llevarme
á
Leonor
quiero
coger
infraganti
á
ese
viejo
á
quien
Dios
confunda,
y
tener
motivo
para
sacarlo
de
la
casa,
ó
abrirle
en
canal
si
se
me
resiste.
El
motivo,
contesto
el
conde,
nos
lo
buscaríamos
nosotros
con
solo
pre¬
sentarnos,
porque
él
se
opondría
á
nuestra
pretensión;
nosotros
nos
empeñaría¬
mos
en
ello,
entrarían
las
palabras
duras,
agrias
y
mal
sonantes,
y
ya
ves
cual
sena
el
resultado.
Te
dirían,
observó
el
marqués,
que
nos
hemos
insolentado
con
un
viejo
indefenso.
Si
no
fuera
esa
consideración,
continuó
el
otro,
hace
dias
que
este
negocio
estaría
concluido;
mas
prescindiendo
de
ello,
te
digo
con
la
claridad
con
que
yo
suelo
decir
las
cosas,
que
no
aguardo
mas
que
esta
noche,
y
que
si
antes
de
amanecer
no
salimos
del
paso
como
tú
deseas,
mañana
voy
á
la
Quinta
y
degrado
ó
por
fuerza
Leonor
se
viene
conmigo.
Calla,
interrumpió
el
marqués,
dan
las
doce
y
me
parece
que
oigo
ruido.
Acercóse
el
conde
á
la
cer¬
rada
ventana,
y
aplicando
el
oido
entre
las
dos
hojas
de
la
misma:
No
hay
duda,
dijo,
oigo
las
pisadas
de
un
caballo.
A
pocos
momentos
llamaban
á
la
puerta
dé
la
Quinta.
¿Qué
demonios
habéis
hecho
en
tanto
tiempo?
preguntó
el
marqués
inco¬
modado
al
que
acababa
de
entrar
en
la
sala.
En
mi
vida
me
habían
apurado
tanto
la
paciencia.
Ni
la
mia,
prosiguió
el
conde.
Señores,
contestó
el
mayordo¬
mo
del
marqués,
cierto
que
habéis
tenido
que
aguardar
mucho,
mas
la
impor¬
tancia
de
las
nuevas
que
traigo
os
recompensarán
lanío
sufrimiento.
Si
he
lar¬
dado
ha
sido
porque
era
difícil
desatar
completamente
la
lengua
de
mi
amigo,
sin
dispertar
sospechas
en
su
ánimo.
Así
es
que
mientras
yo
estaba
en
casa
de
EL
ASTRÓLOGO
Y
LAS
DOS
LEONORES.
77
Flandini,
fray
Carlos
ha
venido
á
buscar
los
cuadros
sobre
cristal,
el
campo
de
los
puritanos
y
la
hermosa
Melusina,
en
los
cuales
está
el
retrato
del
señor
mar¬
qués.
Cuando
he
manifestado
la
estrañeza
que
esto
me
causaba,
Flandini
se
ha
sonreído
con
cierta
socarronería,
diciéndome
al
mismo
tiempo
que
eso
podría
quizás
tener
un
significado
importante.
Por
lo
demas,
me
ha
añadido,
no
ha¬
bléis
de
este
negocio,
porque
hasta
ahora
no
he
enseñado
los
cuadros
á
nadie,
y
si
os
los
he
mostrado
á
vos
ha
sido
para
ver
si
conoceríais
a
vuestro
amo.
Al
oir
esto
he
callado,
y
luego
pretestando
algunos
negocios
en
la
misma
Albano
me
he
separado
de
Flandini,
invitándole
a
que
por
la
noche
viniese
a
bebei
un
vaso
de
vino
conmigo,
porque
sé
que
es
amigo
de
vaciar
una
botella,
sobie
todo
cuando
hay
quien
se
la
pague.
Al
caer
la
tarde
he
ido
á
buscarle,
y
á
medida
que
íbamos
destapando
botellas
se
iba
también
desatando
su
lengua,
de
suerte
que
he
acabado
por
saber
todo
lo
que
vengo
á
revelaros.
Se
trata
nada
menos
por
parte
de
maese
Amoldo
de
hacer
que
la
rica
herencia
de
la
señorita
de
Quincar-
dino
vaya
á
parar
por
medio
de
una
donación
al
convento
de
San
Benedelto,
para
lograrlo
es
preciso
ante
todo
que
la
señorita
de
Quincardino
y
la
senoiitade
Melrose,
su
presunta
heredera,
no
se
casen,
y
que
en
lugar
de
esto
se
metan
mon¬
jas.
Su
plan
está
muy
adelantado,
y
se
trata
de
llevarlo
a
completo
fin
y
remate
en
la
presente
noche,
arrancando
del
corazón
de
la
una
y
déla
otra
el
amorque
respectivamente
profesan
al
señor
marqués
y
al
señor
conde.
A
fin
de
conseguir
con
mas
seguridad
su
objeto
maese
Amoldo
ha
imaginado
hacer
intervenir
en
él
á
las
estrellas;
y
esta
noche
en
presencia
de
las
dos
seño¬
ritas
leerá
vuestro
horóscopo,
el
cual,
como
se
deja
entender,
os
será
muy
poco
favorable.
Ya
está
resuelto
que
los
astros
presentarán
al
señor
marqués
como
he¬
reje
y
mago,
y
al
señor
conde
como
hereje,
gran
calavera
y
jugador;
y
en
cuanto
al
señor
marqués
los
dos
cuadros
sobre
cristal
servirán
para
figurar
una
aparición
y
coronar
la
obra.
Vuestra
presencia
en
el
campo
de
los
puritanos
justificara
vuestra
herejía,
v
el
otro
cuadro
para
cuya
esplicacion
maese
Ai
noldo
lia
ui
i
do
ya
un
cuento
&
su
gusto,
confirmará
vuestro
poder
mágico.
En
cuanto
al
señor
conde
no
sé
el
pormenor
de
los
medios
de
que
piensa
valerse,
mas
no
me
queda
duda
de
que
producirán
idéntico
resultado.
Hé
aquí
en
suma
lo
que
íc
po
dido
sacar
en
limpio
de
las
confidencias
de
mi
amigo
Flandini.
¡Fuego
de
Dios!
gritó
el
conde,
¿
y
qué
aguardamos
que
no
corremos
a
abo¬
gar
entre
nuestras
manos
á
ese
nigromántico
maldito
?
Con
que
según
es0
»
’J®
Lusignani
algo
inmutado,
en
concepto
de
maese
Amoldo,
soy
hereje
y
mM-
Ue
viejo
intrigante
ha
urdido
suplan
perfectamente.
Mas
nosotros
o
osar
mos,
gritó
el
conde,
'y
hade
ser
al
momento
y
sin
contemplaciones
de
ninguna
clase.
Vamos,
marqués,
salgamos
del
paso,
y
concluyamos
con
tan
a
íniqui
a
y
con
tanta
mentira.
Sí,
vamos,
dijo
el
marqués,
los
caballos.
De
o
a
ver
iros,
añadió
el
mayordomo,
que
dentro
de
pocas
horasel
prior
de
San
Benece
o
sa
ra
78
el
mundo
social.
si
el
plan
se
ha
frustrado
ó
si
ha
salido
á
su
gusto,
porque
fray
Cárlos
oculto
en
un
rincón
de
la
Quinta
aguarda
el
resultado
de
los
esperimentos
de
esta
noche
pa¬
ra
llevarle
inmediatamente
la
nueva.
Entra
y
sale
por
una
puerta
secreta
que
está
hácia
la
parte
meridional
del
edificio.
Si
hay
eso,
esclamó
el
marqués
con
los
ojos
inflamados
en
ira,
aun
queda
el
medio
de
desbaratar
toda
la
trama
de
esos
infames.
Mi
plan
está
resuelto;
vamos,
conde,
y
déjame
obrar.
Mientras
no
haya
quien
ausilieá
ese
infame,
dijo
el
conde,
no
tengo
inconveniente;
pero
si
lo
hubiere
me
dejarás
meter
materialmente
las
manos
en
el
negocio;
vamos.
A
los
cinco
minutos
ambos
jóvenes
galopaban
en
medio
de
la
oscuridad
que
muy
pronto
iba
á
dejar
paso
á
la
luz
del
cercano
dia.
Llegados
á
las
inmedia¬
ciones
de
ía
Quinta,
ataron
los
caballos
á
un
árbol
y
luego
se
acercaron
silen¬
ciosamente
al
punto
del
edificio,
á
donde,
según
las
indicaciones
del
mayordomo,
debía
salir
la
puerta
secreta
que
conducía
á
la
habitación
del
astrólogo
,
y
en¬
vueltos
en
las
capas
aguardaron.
Poco
tardó
en
oirse
un
ligero
rumor
en
la
pared,
y
al
momento
apareció
á
pocos
pasos
Fr.
Cárlos
que
se
deslizaba
con
mucha
precaución.
Coger
el
marqués
al
fraile,
derribarlo
al
suelo
y
registrarle
fué
obra
de
un
segundo
,
porque
afortunadamente
puso
de
pronto
la
mano
en
el
objeto
que
buscaba.
¡
Virgen
Santa!
esclamó
el
fraile;
¡
es
un
bandido
ó
un
demonio
!
Al
regis¬
trar
las
faltriqueras
y
ver
que
no
hallaba
la
carta
que
le
habían
entregado
que¬
dóse
estupefacto.
Anda
y
pronto,
dijo
el
conde
,
á
quien
el
marqués
había
hecho
tocar
la
carta
,
anda
y
pronto
,
antes
que
yo
te
descuartice.
Y
no
obstante
no
pudo
contenerse
y
le
despidió
con
un
puntapié
que
le
hizo
rodar
un
buen
trecho.
Es
imposible
que
vuelva
á
verme
con
maese
Amoldo
en
este
momento,
decia
para
su
coleto
el
fraile,
clavado
en
la
tierra
sin
atreverse
ádar
un
paso.
Espero
que
en
la
carta
no
habrá
cosa
alguna
capaz
de
comprometernos
en
el
caso
de
que
el
papel
cayese
en
otras
manos.
Por
lo
demás,
como
yo
he
sido
casi
testigo
ocular
de
lo
que
ha
pasado,
la
carta
no
hace
gran
falta
,
si
es
que
contenia
el
relato
de
lo
sucedido
,
porque
se
lo
referiré
al
padre
prior
con
mas
exactitud
que
todos
los
escritos
del
mundo.
Por
fin
se
determinó
á
salir
de
aquella
posición
em¬
barazosa
,
y
tomó
el
camino
del
convento,
mientras
los
dos
amigos
habían
vuelto
también
á
la
Quinta
antes
que
amaneciese.
Un
sol
brillante
y
un
cielo
despejado
y
puro
anunciaban
un
hermoso
y
feliz
dia
para
todas
las
criaturas:
las
aves
entre
las
ramas,
y
las
flores
en
los
prados
y
en
las
márgenes
de
los
arroyos
presentaban
al
Criador
el
homenaje
de
sus
gor¬
jeos
y
de
sus
perfumes.
En
la
quinta
de
Quincardino
parecía
que
la
felicidad
había
acabado
para
siempre;
el
marqués
y
el
conde
aguardaban
impacientes
que
llegase
la
hora
de
ir
á
ella
y
de
presentarse
a
las
dos
primas.
¿
Y
qué
piensas
hacer?
preguntó
el
conde.
La
cosa
es
muy
sencilla,
dijo
el
marqués,
enseñar
la
carta
á
las
señoritas,
hacerles
comprender
la
iniquidad
de
que
son
víctimas.
EL
ASTRÓLOGO
Y
LAS
DOS
LEONORES.
79
quitar
la
máscara
á
ese
infame
avariento,
y
lograr
que
Leonor
lo
saque
de
su
casa,
y
nosotros
quedemos
dueños
del
campo.
¿No
mas
que
arrojarle
de
la
Quin¬
ta
?
preguntó
el
conde.
Con
poca
cosa
te
contentas:
entonces
su
delito
no
sufre
ningún
castigo
;
creo
que
esta
parte
debieras
encargármela
á
mí,
que
saldría
del
paso
dejando
las
cosas
en
su
verdadero
punto.
Basta
alejarlo,
dijo
el
mar¬
qués
,
y
que
nosotros
podamos
unir
nuestra
suerte
con
la
suerte
de
las
dos
Leo¬
nores,
que
es
nuestro
objeto:
lo
demás
seria
una
venganza
y
yo
no
gusto
de
ellas,
sobre
todo
cuando
hay
que
tomarla
contra
un
hombre
anciano
y
completamente
inerme.
Pero
muy
malvado
,
dijo
el
conde
,
y
que
ha
hecho
todo
lo
posible
á
fin
de
perder
á
las
dos
señoritas
y
á
nosotros.
Te
ruego,
dijo
el
marqués,
que
te
que¬
des
aquí
en
la
Quinta,
porque
temo
que
con
tu
carácter
violento
lo
malogres
todo,
i
Quedarme
!
esclamó
el
conde,
no
por
cierto
;
si
te
empeñas
te
daré
mi
palabra
de
no
ofender
al
viejo:
mas
eso
de
no
ir
allá
á
presenciar
la
escena,
no
lo
exi¬
jas
de
mí,
porque
no
podrías
recabarlo.
Me
basta
que
sepas
contenerte,
observó
el
marqués;
déjame
hacer
á
mí
solo
,
y
no
dudes
que
las
primas
serán
nuestras.
¿
Qué
mas
venganza
deseas
que
haber
desbaratado
el
plan
de
dos
hombres
que
creían
haberlo
tramado
perfectamente
y
tener
seguridad
absoluta
de
su
buen
éxito
?
No
me
satisface,
dijo
el
conde,
pero
transijo
con
lo
que
tú
quieres,
y
no
iré
mas
allá
de
tus
deseos.
Tomaron
el
camino
de
la
Quinta,
y
puestos
los
caballos
en
manos
de
los
cria¬
dos
,
subieron
á
la
estancia
en
donde
solian
encontrar
á
las
dos
amigas.
Al
ver
la
consternación
que
causó
á
entrambas
la
súbita
entrada
de
los
dos
caballeros,
comprendieron
que
no
los
aguardaban
,
mucho
mas
cuando
no
parecían
dispues¬
tas
á
contestar
á
sus
preguntas,
y
se
mostraban
muy
retraídas.
La
llegada
de
maese
Amoldo
puso
fin
al
encogimiento
de
las
señoritas.
Aunque
intimidado
en
el
primer
momento
por
las
encendidas
miradas
de
los
dos
jóvenes,
acercóseles
el
anciano
y
con
ánimo
resuelto
dijo
al
marqués:
Si
no
hubieseis
madrugado
tanto,
señor
marqués,
una
carta
mia
que
á
estas
horas
debe
haber
llegado
ya
á
vues¬
tra
Quinta
os
hubiera
evitado
á
vos
,
á
vuestro
compañero
,
á
estas
señoritas
y
á
mí,
la
desagradable
situación
en
que
vamos
á
encontrarnos
de
resultas
de
las
preguntas
que
pienso
dirigiros.
Han
sobrevenido
circunstancias
que
no
permiten
continuéis
visitando
la
quinta
deKincardin.
El
conde
se
contuvo
á
duras
penas;
y
el
marqués
levantándose
con
dignidad
miró
de
alto
á
bajo
á
su
interlocutor
sin
decir
una
palabra.
El
astrólogo
que
previo
acercarse
el
momento
en
que
debía
estar
muy
embarazado,
siguió
con
voz
lenta
y
marcadamente
acentuada
:
Si
el
señor
marqués
desea
mas
esplicaciones,
estoy
dispuesto
á
dárselas
cara
á
cara.
¿
Y
también
á
mí
?
preguntó
el
conde
cuya
paciencia
había
ya
acabado.
¡
Conde!
gritó
el
marqués
;
déjame
y
calla
;
tu
vez
llegará
si
yo
no
basto.
Dirigiéndose
en
seguida
al
italiano
,
le
dijo
:
Yo
no
tengo
que
tratar
con
vos,
mas
pienso
de¬
ciros
alguna
cosa
y
ha
de
ser
precisamente
delante
de
estas
señoritas.
No
tenia
80
el
mundo
social.
otro
objeto
,
repuso
el
viejo
,
que
guardaros
mas
consideración
,
pero
también
estoy
pronto
á
verificar
aquí
lo
que
os
proponía
para
otro
sitio.
¡Consideraciones
á
mí!
gritó
el
marqués,
¡
vos
consideraciones
al
marqués
de
Lusignani!
Sin
duda
por
consideración
á
mí,
señor
nigromántico
,
me
habéis
hecho
pasar
du¬
rante
la
última
noche
por
hereje
y
por
mago.
Las
dos
amigas
se
quedaron
asombradas
al
oir
estas
palabras,
y
maese
Ar-
noldo
estupefacto
retrocedió
dos
pasos,
pero
muy
luego
supo
recobrar
su
sere¬
nidad
aparente
,
y
en
tono
firme
contestó
:
Cualquiera
que
sea
el
medio
por
el
cual
habéis
sabido
los
sucesos
de
la
última
noche
,
yo
no
soy
quien
os
ha
decla¬
rado
hereje
y
mago
:
es
el
cielo.
Mentís,
contestó
el
marqués
;
sí,
repito
que
mentís
,
como
lo
habéis
hecho
durante
vuestra
vida
entera.
Me
retiro
,
dijo
el
viejo
en
tono
compungido,
porque
yo
no
puedo
oir
como
se
blasfema
del
cielo.
Os
quedareis,
dijo
el
marqués
en
tono
imperativo
é
interponiéndose
entre
el
as¬
trólogo
y
la
puerta.
Quien
blasfema
del
cielo
no
soy
yo
,
sois
vos,
hipócrita
infame.
Porque
pasé
algunas
horas
de
noche
en
un
campamento
de
puritanos
escoceses
,
de
cuya
aventura
no
sabríais
una
palabra
si
yo
mismo
no
os
lo
hu¬
biese
referido
en
distintas
conversaciones
amistosas,
vos
me
hacéis
declarar
he¬
reje
por
el
cielo.
Aun
esto
os
lo
perdonaría;
pero
servirse
de
la
intervención
del
cielo
y
transformar
una
antigua
leyenda
de
mi
familia
para
hacerme
pasar
por
mago
,
es
una
infamia
tan
negra
como
el
corazón
que
ahora
mismo
palpita
de
despecho
dentro
de
vuestro
carcomido
cuerpo.
Por
el
amor
de
Dios
conteneos,
señor
marqués,
esclamaron
las
dos
señoritas
muertas
de
angustia
,
y
que
ya
no
comprendían
una
palabra
de
la
escena,
aunque
bien
adivinaban
que
podía
termi¬
nar
en
una
catástrofe,
tanto
mas
cuanto
el
enojo
del
marqués
era
nada
compa¬
rado
con
la
ira
que
brotaba
de
los
ojos
del
conde,
quien
á
cada
momento
llevaba
la
mano
al
puño
de
su
larga
espada.
Leonor
de
Melrose
se
le
había
acercado
y
con
la
vista
suplicante
le
contenia
;
mas
dudaba
que
al
fin
pudiese
impedir
que
esplotase
la
rabia
que
le
iba
abrasando.
No
escuchéis,
hijas
mias,
dijo
Amoldo,
procurando
ocultar
su
confusión:
el
espíritu
de
la
mentira
habla
por
su
boca,
mien¬
tras
vosotras
habéis
oido
la
voz
de
la
verdad
,
cuyos
intérpretes
han
sido
las
constelaciones.
Cualquiera
que
os
oiga,
dijo
el
marqués,
no
podrá
imaginarse
qne
os
habéis
servido
de
los
cuadros
en
cristal
del
pintor
Flandini
á
fin
de
presentar
vuestras
misteriosas
apariciones.
Bien
veis
que
lo
sé
todo
:
confesad
vuestros
embrollos
antes
que
os
arranque
completamente
la
máscara.
Viendo
el
astrólogo
que
el
mar¬
qués
había
descubierto
todas
sus
intrigas,
y
no
pudiendo
sin
un
grande
esfuerzo
conservar
por
mas
tiempo
la
sangre
fria
que
aparentó
hasta
entonces,
no
res¬
pondía
sino:
Continuad,
continuad
amontonando
mentiras
sobre
mentiras:
mas
esto
no
hará
que
falte
la
verdad
bajada
del
cielo.
¡
Marqués!
gritó
el
conde,
acabemos,
no
puedo
sufrir
mas,
y
si
no
pones
fin
á
esta
escena
,
aquí
mismo
EL
ASTRÓLOGO
Y
LÁS
DOS
LEONORES.
81
lo
mato
,
tanto
si
coge
una
espada
para
defenderse
como
si
rehúsa
empuñarla.
Para
un
infame
de
esta
naturaleza
no
hay
leyes
ni
reglas
de
caballero
;
es
un
bandido
y
un
asesino.
Basta
,
conde
,
dijo
el
marqués
,
ahora
terminaremos;
y
volviéndose
á
Amoldo
le
dijo:
Dad
gracias
á
Dios
de
que
sois
viejo
y
de
que,
como
dice
mi
primo,
no
debeis
ser
tratado
á
fuer
de
caballero;
pues
á
no
ser
así
no
me
hubierais
llamado
embustero
impunemente.
Veo
que
será
preciso
descubriros
por
completo.
Señoras,
vosotras
nos
juzgareis,
dijo
á
las
dos
primas,
entregándoles
al
mismo
tiempo
un
papel
doblado
;
tomad
y
leed
esla
carta
cuyo
contenido
no
puede
seros
indiferente.
La
señorita
de
Kincardin
que
al
igual
de
su
compañera
comenzaba
á
vaci¬
lar,
cogió
el
papel
y
leyó
las
siguientes
palabras:
«
Venerable
prior
y
querido
hermano
:
Hemos
conseguido
nuestro
objeto,
aunque
no
sin
bastante
trabajo.
Fr.
Cárlos,
dador
de
Ja
presente
,
ha
sido
tes¬
tigo
de
la
escena
de
esta
noche
y
podrá
satisfacer
vuestra
curiosidad
hasta
que
yo
tenga
tiempo
de
haceros
una
visita.
Todo
ha
ido
á
las
mil
maravillas:
la
apa¬
rición
en
particular
ha
producido
un
efecto
asombroso.
La
castellana
de
Quin-
cardino
es
completamente
nuestra;
su
prima
lo
será
mañana
si
no
me
es
ingrata
la
suerte
;
y
lo
que
falta
ejecutar
no
es
mas
que
un
juego
en
comparación
de
lo
que
hasta
añorase
ha
hecho.
No
cejaré
ante
ningún
obstáculo
para
llevar
á
buen
término
y
con
la
menor
dilación
posible
este
negocio
;
tanto
mas
cuanto
ya
me
voy
cansando
de
tantas
escenas.
La
Virgen
Santa
nos
tenga
á
los
dos
en
su
guarda.
=
Arnoldo.»
¡
Eso
es
horrible
!
esclamó
Leonor
de
Kincardin.
¡
Oh
!
yo
no
sé
lo
que
me
pasa
,
dijo
su
prima.
Y
yo,
esclamó
el
conde,
me
arrepiento
de
la
palabra
que
he
dado
al
marqués
de
no
acabar
con
este
malvado.
¿
Y
es
posible,
maese
Ar-
noldo
,
continuó
la
señorita
de
la
Quinta
,
que
hayais
podido
observar
conmigo
una
conducta
tan
inicua?
Esta
carta
escrita
de
vuestra
mano
lo
dice
todo,
y
toda
justificación
es
inútil:
de
hoy
en
adelante
quedan
rotos
para
siempre
lodos
Jos
lazos
de
amistad
que
nos
unían.
El
viejo
petrificado,
y
habiendo
finalmente
per¬
dido
la
serenidad,
murmuró
entre
dientes:
Esa
carta
ha
sido
robada.
¿Y
qué
os
importa
el
modo
como
ha
llegado
á
mis
manos
?
dijo
el
marqués:
cierto
que
he
tenido
que
apelar
á
la
fuerza
para
desbaratar
vuestros
planes
infernales:
y
yo
soy
responsable
de
ello.
Esta
carta
no
saldrá
de
mi
poder,
y
para
que
así
sea
os
acon¬
sejo
que
dejeis
Jas
cosas
en
el
punto
en
que
se
encuentran.
¿
Me
comprendéis,
maese
Amoldo
?
Señor
marqués,
dijo
Leonor
de
Kincardin
,
mi
amiga
y
yo
nos
ponemos
bajo
vuestra
salvaguardia,
rogándoos
que
nos
defendáis
de
nuestros
enemigos.
¿No
es
verdad,
prima
mia?
Te
has
anticipado
á
mis
deseos,
contestó
la
deMelrose,
porque
yo
iba
¿suplicar
lo
mismo
á
estos
caballeros
cuya
nobleza
no
deberíamos
nosotras
haber
puesto
en
duda.
Esa
duda
,
dijo
el
conde
,
no
nos
ofende
:
la
iniquidad
ha
tenido
siempre
el
privilegio
de
sorprender
á
la
inocen-
11
82
EL
MUNDO
SOCIAL.
cia:
nosotros
somos
vuestros
caballeros,
y
os
probaremos
muy
luego
hasta
donde
estamos
resueltos
á
defenderos
contra
todos
los
adversarios.
Acabáis
de
oir
á
estas
señoritas,
dijo
el
marqués
hablando
con
el
astrólogo:
en
su
consecuencia
os
mando
que
en
el
acto
salgáis
de
esta
Quinta
á
donde
habéis
traído
la
desgracia.
Podéis
ir
en
buena
hora
á
pedir
asilo
á
vuestros
amigos
de
San
Benedetto,
y
la
situación
del
convento
en
el
recóndito
y
agreste
lugar
que
ocupa
es
muy
á
propósito
para
reflexionar
acerca
de
vuestra
vida
pasada
,
ar¬
repentios
de
vuestras
iniquidades
é
implorar
perdón
para
todas
ellas.
Frotábase
el
anciano
los
ojos
cual
si
dudara
de
que
estaba
dispierto.
¡
Hasta
qué
punto
habían
variado
las
cosas
en
un
cuarto
de
hora!
El
marqués
á
quien
él
quiso
prohibir
la
entrada
en
la
Quinta
,
le
arrojaba
de
ella:
y
no
teniendo
ningún
medio
de
defensa,
salió
de
la
casa
para
nunca
mas
pisar
sus
umbrales.
El
amor
que
tiene
el
privilegio
de
curar
todas
las
heridas,
no
tardó
en
hacer
olvidará
las
dos
primas,
y
en
especial
á
Leonor
de
Quincardino,
las
desagrada¬
bles
escenas
de
aquella
noche
funesta.
Los
dos
amigos
quedaron
satisfechos
del
resultado
de
aquel
lance
,
que
lo
podia
haber
tenido
muy
distinto.
No
lo
estu¬
vieron
menos
las
dos
primas,
que
considerando
el
grave
riesgo
deque
se
habían
salvado,
comprendiendo
apenas
que
la
maldad
de
los
hombres
llegase
al
punto
que
acababan
de
ver
en
maese
Amoldo,
y
sobre
todo
contando
asegurada
ahora
su
felicidad
futura
,
no
cesaban
de
dar
gracias
á
Dios
por
la
señalada
merced
que
les
había
dispensado.
Leonor
de
Melrose
no
podia
disponer
sino
de
una
fortuna
muy
limitada
,
mas
el
conde
que
era
muy
rico
y
muy
caballero
no
amaba
en
Leonor
sus
riquezas
sino
su
hermosura
y
las
bellas
dotes
de
su
carácter.
Contentos
los
cuatro
acordaron
celebrar
muy
luego
los
dos
casamientos;
y
en
efecto
,
en
la
quinta
de
Quincardino
y
dos
meses
después
de
las
escenas
últi¬
mamente
referidas
tuvo
lugar
la
ceremonia
que
debia
unir
las
dos
parejas
para
siempre.
El
mayordomo
y
el
pintor
Flandini
tomaron
una
parte
activa
en
la
fiesta,
contribuyendo
por
mucho
el
primero
á
prepararla,
y
pintando
el
segun¬
do
un
hermoso
cuadro
que
representaba
la
escena
del
matrimonio
,
y
en
la
cual
seveian
los
retratos
de
los
principales
personajes
que
en
la
misma
figuraron.
En
la
Quinta
se
conserva
el
cuadro
con
la
añadidura
de
maese
Amoldo
á
quien
el
marqués
hizo
representar
en
actitud
asombrada,
y
revelando
en
su
rostro
las
infames
condiciones
de
su
malvado
carácter.
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EL
CONSUELO
DE
LA
VIUDA.
(POR
W.
FRENCH.)
Cuando
en
1250
tuvo
lugar
la
muerte
de
Federico
líde
Alemania,
los
ita¬
lianos
que
habían
gemido
bajo
el
poder
de
los
emperadores
consideraron
llegada
la
hora
de
su
emancipación,
á
pesar
de
que
Conrado
hijo
mayor
de
Federico
y
Enrique
su
hijo
segundo,
á
quienes
el
padre
dejó
respectivamente
Ñapóles
y
Si¬
cilia,
y
de
quienes
debía
cuidar
su
hermano
natural
Manfredo,
no
era
probable
que
abandonasen
fácilmente
los
territorios
que
su
padre
les
había
legado.
Aunque
Ñapóles
se
resistió
á
Conrado,
fue
vencida
por
este,
y
esperimentó
los
efectos
de
su
ira,
lo
cual
indispuso
al
príncipe
con
los
napolitanos,
quienes
al
mismo
tiem¬
po
se
iban
aficionando
al
carácter
bueno
y
agradable
de
Manfredo.
Inocencio
IV,
que
no
se
equivocaba
acerca
de
la
escasez
de
sus
recursos
para
conquistar
las
Dos
Sicilias,
quiso
no
obstante
arrancarlas
á
la
casa
de
Suabia
y
ponerlas
como
feudo
en
manos
de
algún
príncipe
que
se
considerara
como
vasallo
de
la
Santa
Sede.
A
este
objeto
las
ofreció
á
un
hermano
de
Enrique
III
de
In¬
glaterra,
mas
aquel
alegando
parentesco
con
la
casa
de
Suabia
se
negó
á
con¬
vertirse
en
su
enemigo.
Cárlos
de
Anjou,
hermano
de
San
Luis,
á
impulsos
de
su
esposa
Beatriz
de
Provenza
ofreció
su
persona
y
sus
servicios
á
la
Iglesia.
Mientras
se
seguían
las
negociaciones
á
fin
de
llevar
á
ejecución
este
plan
falle¬
ció
Conrado,
dejando
un
hijo
llamado
Conradino,
cuyos
partidarios
imploraron
a
su
favor
la
protección
del
Papa,
y
éste
reunió
tropas
procurando
además
que
cun¬
diera
el
espíritu
de
independencia
entre
los
pueblos,
que
estaban
cansados
desu¬
frir
el
dominio
de
tantos
estvanjeros.
Manfredo
por
su
parte
levanto
un
ejército,
y
cuando
estaban
cerca
de
romperse
las
hostilidades
falleció
Inocencio
IV,
y
su
84
EL
MUNDO
SOCIAL.
sucesor
Alejandro
IV,
falto
de
energía
é
incapaz
de
llevar
á
cabo
los
planes
de
su
antecesor,
no
pudo
impedir
que
Manfredo
reconquistara
el
reino
de
las
Dos
Si-
cilias.
En
1258
se
generalizó
el
rumor
de
que
Conradino
había
muerto
en
Ale¬
mania,
y
Manfredo,
que
era
quizás
el
autor
de
esta
noticia,
supo
aprovecharla
pa¬
ra
hacerse
coronar
rey,
aunque
se
obligó
á
reconocer
por
sucesor
á
Conradino,
cuando
mas
tarde
quedó
desmentido
su
fallecimiento.
Ascendido
al
trono
pontificio
en
1261
Urbano
IV
que
quiso
seguir
la
política
de
Inocencio
IV.
resolvió
quitar
la
corona
á
Manfredo
y
asentarla
en
la
cabeza
de
algún
príncipe
capaz
de
acabar
con
aquel
enemigo
de
la
Iglesia,
y
de
ser
para
con
esta
tan
sumiso
cual
convenia
á
los
intereses
de
los
Pontífices.
Carlos
de
Anjou
fue
el
elegido,
y
á
este
prometió
el
Papa
la
investidura
del
reino
de
las
Dos
Sicilias
con
el
tributo
anual
de
dos
mil
escudos
de
oro.
Esta
determinación
dió
un
golpe
funesto
al
partido
gibelino,
sin
embargo
de
lo
cual
Manfredo,
léjosde
desalentarse
dispuso
su
ejército
para
hacer
rostro
á
los
franceses.
Clemente
IV,
francés
también,
continuándola
política
de
su
predecesor,
asentó
las
condiciones
con
que
debía
conferir
á
Carlos
la
investidura
del
reino,
entre
las
cuales
había
las
de
su
reversión
á
la
Santa
Sede
en
caso
de
faltar
los
descendientes
de
la
casa
de
Anjou,
y
el
pago
de
ocho
mil
escudos
anuales
en
vez
de
los
dos
mil
fijados
an¬
teriormente.
El
ejército
de
Manfredo
y
el
de
los
franceses
se
encontraron
cara
á
cara
en
las
márgenes
del
Garigliano.
Las
deserciones
que
hubo
en
la
gente
de
xManfredo
convencieron
á
este
de
que
no
podía
luchar
con
probabilidades
de
buen
éxito,
por
lo
cual
propuso
negociar;
pero
Carlos
rechazó
esta
demanda,
re¬
suelto
como
estaba
á
terminar
la
cuestión
en
aquel
combate.
Después
de
una
sangrienta
batalla
Manfredo
considerándose
perdido
se
lanzó
en
medio
desús
ad¬
versarios,
y
perdió
la
vida.
Esta
victoria
alcanzada
en
1266
puso
el
reino
de
las
Dos
Sicilias
bajo
el
do¬
minio
de
Cárlos,
quien
acompañado
de
su
esposa
Beatriz
desplegó
en
su
entrada
en
Nápoles
una
magnificencia
que
pasmó
á
los
napolitanos.
El
vencedor
se
hizo
muy
pronto
odioso
á
sus
nuevos
súbditos
por
la
tiranía
con
que
se
condujo,
y
por
la
aprobación
que
daba
á
las
insensatas
exacciones
de
sus
agentes,
quienes
en¬
valentonados
con
el
ejemplo
del
rey
competían
en
crueldad
y
tiranía
con
respec¬
to
á
los
nuevos
súbditos
de
su
amo.
En
tal
estremo
y
no
pudiendo
soportar
el
ter¬
rible
yugo
que
los
oprimía
apelaron
al
ausiliode
Conradino,
hijo
de
Conrado
y
último
representante
de
la
casa
de
Suabia.
En
vano
la
desdichada
madre
de
aquel
joven
procuró
detenerlo
léjos
de
la
Italia
que
tan
funesta
había
sido
parasu
familia:
la
ambición
de
Conradino,
su
carácter
caballeresco,
las
repetidas
instan¬
cias
de
los
italianos
y
los
consejos
de
aquellos
hombres
que
en
la
elevación
de
ese
joven
esperaban
quizás
ver
colmadas
sus
esperanzas
de
poder
y
de
riquezas
pudieron
mas
que
la
influencia
y
las
lágrimas
de
su
madre,
y
á
la
edad
de
15
años
asociado
con
Federico
de
Austria,
desposeído
también
de
la
herencia
pater-
EL
CONSUELO
DE
LA
VIUDA.
85
na,
pasó
los
Alpes
acaudillando
un
numeroso
cuerpo
de
caballeros.
La
suerte
le
fuá
propicia:
de
todas
partes
acudían
gentes
á
engrosar
su
ejército,
sublevábanse
los
pueblos
contra
los
Anjovinos,
y
el
apuro
de
estos
era
tanto
que
Cárlos
se
vió
forzado
á
encerrarse
en
un
campo
atrincherado
cerca
de
Tagliacozzo
con
el
redu¬
cido
ejército
que
le
quedaba.
Las
tropas
de
Conradino
se
lanzaron
contra
sus
ad¬
versarios
y
arrollándolo
todo
(enian
ya
por
segura
la
victoria,
cuando
Cárlos
que
con
sus
mejores
caballeros
se
había
retirado
tras
de
un
monte,
salió
de
improvi¬
so,
y
arrojándose
desesperado
contra
las
fatigadas
tropas
de
Conradino,
batiólas
completamente
y
se
apoderó
de
las
personas
de
Conradino
y
de
Federico.
Cegado
por
su
triunfo
y
queriendo
á
toda
costa
acabar
para
ahora
y
para
en
adelante
con
su
enemigo
que
estuvo
muy
á
pique
de
hacerle
perder
el
reino,
cerró
los
ojos
á
todas
las
consideraciones,
á
todos
los
derechos
y
á
todos
los
consejos
de
sus
mismos
caballeros,
y
nombró
entre
los
mas
adictos
algunos
jueces
que
procesaron
á
los
dos
primeros
como
reos
de
lesa
majestad.
Uno
solo
de
los
jueces
los
condenó
á
muerte,
encargándose
él
mismo
de
notificarles
la
sentencia
cuando
estuviesen
en
el
cadalso;
los
demás
jueces
ó
defendieron
á
Conradino
ó
callaron;
y
sin
embargo
de
esto
y
de
que
el
único
juez
que
le
condenó
fué
muerto
de
una
estocada
por
Roberto
de
Flandes
que
no
pudo
oir
con
calma
como
el
juez
se
en¬
cargaba
de
notificar
la
sentencia
al
condenado,
el
infeliz
Conradino,
su
compañe¬
ro
Federico,
y
muchos
caballeros
de
su
bandería
fueron
solemnemente
decapita¬
dos.
No
salió
de
los
labios
de
Conradino
ninguna
queja*,
oró,
envió
un
recuerdo
á
su
desventurada
madre,
arrojó
el
guante
á
la
muchedumbre
,
é
inclinó
la
cabeza
que
fué
separada
del
tronco
por
el
verdugo.
Aquel
guante
recogido
y
llevado
ásu
hermana
esposa
del
rey
de
Aragón
D.
Pedro
II,
fué
una
prenda
de
venganza
que
debia
costar
mucha
sangre
á
los
franceses.
Dueños
estos
del
reino
no
se
contentó
Cárlos
con
lo
que
habia
conquistado,
sino
que
por
medio
de
sus
emisarios,
y
mezclando
las
intrigas
con
las
dádivas
y
las
amenazas
procuraba
aumentar
en
todos
sentidos
su
poder
y
su
influjo
en
Ita¬
lia,
y
á
no
haber
encontrado
la
resistencia
de
los
Papas
y
la
oposición
de
algunas
ciudades
importantes,
entre
ellas
Milán,
quizás
habría
acabado
por
dominar
la
Italia
entera.
Alegando
derechos
al
trono
de
Constantinoplaen
nombre
de
su
yerno
Fe¬
lipe
hijo
de
Balduino
ÍI,
último
emperador
latino
de
Oriente,
quiso
también
atacar
aquel
Estado
á
cuya
cabeza
se
hallaba
Miguel
Paleólogo;
mas
habiendo
encontrado
grandes
obstáculos
para
ejecutar
este
ambicioso
proyecto,
voló
al
Africa
en
au-
silio
de
su
hermano
S.
Luis
rey
de
Francia,
comprometido
en
una
guerra
contra
el
Sultán
de
Túnez.
En
una
palabra
.
era
Cárlos
un
hombre
estraordinariamente
ambicioso,
á
quien
no
detenia
en
sus
planes
mas
que
la
resistencia
material,
pero
no
consideración
ninguna
política,
ni
de
derecho
y
de
justicia.
No
pudiendo
pues
dar
pábulo
á
su
pasión
por
ese
lado,
dejóse
dominar
por
el
espíritu
de
tiranía
que
en
él
pudo
columbrarse
tiempo
antes,
é
hizo
sentir
á
sus
subditos
todo
el
peso
86
EL
MUNDO
SOCIAL.
de
sil
arbitrariedad
y
despotismo.
Sus
agentes
comprendiendo
el
carácter
del
mo¬
narca
le
secundaban
plenamente
y
los
sicilianos
fueron
víctimas
délos
amigos
de
Carlos,
que
oprimiendo
de
todas
maneras
sus
personas
saqueaban
el
país
por
cuantos
medios
les
sugerían
sus
intentos.
¡Cuántas
veces
en
medio
de
tanta
opre¬
sión
y
de
males
tantos
echaron
de
menos
el
dominio
de
los
emperadores
de
Ale¬
mania
que
habían
maldecido!
Cundió
el
descontento,
fueron
tomando
cuerpo
las
iras
populares,
sin
ningún
rebozo
se
manifestaba
el
odio
á
los
franceses,
y
para
nadie
era
dudoso
que
si
apa¬
recía
un
hombre
audaz
que
se
lanzara
ála
pelea
estaba
próximo
el
momento
de
una
insurrección
fatal
á
los
estranjeros.
Vino
finalmente
el
dia
de
todos
espera¬
do
y
al
mismo
tiempo
temido,
que
fue
el
30
de
marzo
de
1282
,
en
que
tuvo
lugar
aquel
memorable
suceso,
conocido
con
el
nombre
de
Vísperas
sicilianas.
Mas
antes
de
esponerlo
y
de
indicar
sus
resultados,
hemos
de
decir
la
histo¬
ria
de
la
mujer
cuyos
hechos
nos
han
sugerido
la
idea
de
escribir
estas
páginas,
que
hasta
ahora
son
un
relato
indispensable
á
fin
de
poner
á
los
lectores
en
es¬
cena.
Desde
el
punto
en
que
los
franceses
fueron
dueños
del
reino
de
Nápoles
co¬
menzaron
á
conducirse
cual
si
se
hallaran
en
país
conquistado;
y
particularmente
en
la
isla
de
Sicilia
su
comportamiento
fue
mas
tiránico
,
sin
advertir
que
cuanto
mas
recio
é
independiente
era
el
carácter
de
sus
habitantes,
tanto
mas
considera¬
ciones
debían
guardarse
con
ellos,
á
no
querer
encaminar
las
cosas
á
un
desen¬
lace
lamentable.
Entre
los
franceses
que
residieron
desde
luego
en
Sicilia
debe¬
mos
fijar
nuestra
atención
en
el
joven
conde
de
Dubois,
hombre
de
nobilísima
y
muy
antigua
cuna,
y
cuyos
predecesores
blasonaban
de
grandes
hechos
militares.
Su
padre
se
había
distinguido
mucho
en
la
Cruzada
que
acaudillaron
Juan
de
Brienne,
rey
de
Jerusalen,
el
rey<le
Hungría
y
Hugo
de
Lusignan
rey
de
Chipre;
y
á
no
impedírselo
su
edad
ya
muy
avanzada,
otra
vez
hubiera
enristrado
la
lan¬
za
para
acompañar
á
San
Luis
rey
de
Francia
cuando
en
1249
se
arrojó
sobre
Damiela.
Mas
ya
que
los
años
fueron
un
estorbo
para
satisfacer
los
deseos
del
co¬
razón
del
anciano
y
pundonoroso
caballero,
envió
en
su
lugar
á
Gustavo
su
pri¬
mogénito,
verdadera
hechura
del
padre,
y
tan
saturado
como
este
en
las
ideas
ca¬
ballerescas
de
su
siglo.
Formando
parte
de
los
paladines
que
de
mas
cerca
acompañaban
al
piadoso
monarca
estuvo
Gustavo
en
Damiela
,
y
cayó
prisionero
de
los
mahometanos
en
la
desastrosa
jornada
en
que
perdieron
la
libertad
el
mismo
y
los
veinte
mil
com¬
batientes
que
seguían
sus
banderas.
En
el
dia
en
que
San
Luis
alcanzó
la
libertad
recobró
Gustavo
la
suya,
recorrió
la
Palestina
con
el
santo
monarca
durante
cuatro
años,
y
volvió
á
Francia
en
1264.
Cuando
Carlos
de
Anjou,
que
ya
era
rey
de
Ná¬
poles
,
acudió
al
Africa,
ya
San
Luis
había
muerto
en
el
campamento
de
Túnez,
con
cuyo
rey
firmó-Cárlos
un
tratado
y
se
trajo
á
Francia
los
tristes
restos
de
EL
CONSUELO
DE
LA
VIUDA.
87
aquel
ejército
tan
valeroso
como
desdichado.
Gustavo
acompañó
en
esta
espedí—
cion
á
Carlos
de
Anjou
,
en
cuyo
servicio
se
había
distinguido
cuando
aquel
so¬
metió
el
reino
de
Ñapóles;
y
ahora
vuelto
á
Europa,
el
rey
le
hubiera
nombrado
vicario
real
ó
sea
gobernador
de
la
isla
de
Sicilia
á
no
parecerle
que
su
juventud
no
prometía
la
prudencia
que
tan
delicado
encargo
reclamaba.
Pero
como
quería
distinguirle
y
premiar
las
raras
prendas
que
en
él
brillaban,
le
escogió
por
lugar¬
teniente
del
vicario
real
de
Sicilia.
La
súbita
elevación
de
aquel
joven
dispertó
los
celos
de
no
pocos
magnates;
mas
como
su
carácter
á
nadie
hacia
sentir
el
peso
de
su
superioridad
y
de
su
mando
,
se
concilio
fácilmente
el
afecto
de
cuan¬
tos
estaban
ó
podían
estar
bajo
sus
órdenes.
No
había
entre
los
franceses
mas
apuesto
joven,
nadie
le
sobrepujaba
en
el
manejo
de
toda
clase
de
armas
y
en
el
arte
de
regir
un
caballo
,
ninguno
podia
ostenlar
un
escudo
que
atestiguara
mas
proezas
de
sus
antepasados,
y
no
era
fácil
hallar
un
digno
rival
suyo
en
eso
de
servir
á
Dios,
al
rey
y
á
su
dama.
Era,
en
una
palabra,
un
cumplido
caballero
;
y
si
algún
defecto
podia
achacársele
era
el
de
escesivamente
enamorado.
Cierto
que
en
su
época
era
inconcebible
un
caballero
sin
dama,
pero
Gustavo
no
podia
hacer
alarde
de
fidelidad
hácia
las
que
habían
sido
señoras
de
sus
pensamientos.
Verdad
es
que
su
arrogante
figura,
sus
distinguidísimos
modales,
su
apostura
simpática
,
su
nobleza
,
las
riquezas
de
que
había
de
ser
heredero,
y
la
reputa¬
ción
de
valiente
y
magnánimo
de
que
disfrutaba
eran
partes
mu
y.'suficientes
para
que
llamara
la
atención
de
las
mas
distinguidas
damas
de
su
tiempo
,
y
podero¬
sos
motivos
para
que
su
fidelidad
corriera
grandes
y
frecuentes
peligros.
Presentóse
en
Palermo
desplegando
el
lujo
de
un
príncipe,
y
ofuscando
con
él
al
gobernador
mismo,
sin
embargo
de
no
ser
pobre
ni
mezquino;
su
casa
era
el
punto
de
reunión
de
todos
los
caballeros
franceses;
y
apenas
estaba
en
la
capi¬
tal
de
Sicilia
cuando
fué
conocido
de
todos
los
sicilianos,
y
mirado
con
agrado
por
las
sicilianas
todas.
Ni
una
de
las
nobles
damas
de
Palermo
dejaba
de
tener
un
vivo
deseo
de
averiguar
quién
era
la
señora
que
desde
Francia
lloraba
la
au¬
sencia
de
su
caballero
;
ni
una
perdió
ocasión
de
inquirirlo
con
aquellas
pregun¬
tas
discretas
y
ambiguas
que
con
tanto
tacto
saben
hacer
las
mujeres;
pero
todas
esas
pesquisas
no
produjeron
ningún
resultado
,
y
al
fin
las
bellas
sicilia¬
nas
hubieron
de
convencerse
de
que
el
corazón
de
Gustavo
no
suspiraba
por
mu¬
jer
ninguna.
De
este
convencimiento
nació
luego
el
natural
deseo
de
avasallar
aquella
alma
libre
;
y
el
orgullo
femenil
se
dispertó
violento
con
la
esperanza
de
ostentar
el
grande
triunfo
de
ser
la
dama
del
galante
y
hermoso
caballero
que
á
todas
tenia
cautivadas.
Claro
está
que
ninguna
de
ellas
había
de
hacer
una
declaración
de
amor
al
joven
que
á
todas
agradaba
,
pero
entonces
como
ahora
las
mujeres
conocían
per¬
fectamente
el
arte
de
llamar
la
atención
sin
que
apareciese
deseo
semejante.
Era
en
verdad
un
obstáculo
no
pequeño
el
que
los
franceses
considerados
como
domi-
88
el
mundo
social.
nadores
eran
por
lo
general
aborrecidos
;
y
esto
reclamaba
mucho
tino
por
parte
de
las
damas
que
sobre
participar
también
de
ese
odio,
no
debían
sufocarlo
ni
menos
tenerlo
oculto
á
los
ojos
de
los
varones
de
sus
familias.
Mas
el
mismo
odio
con
el
tiempo
se
va
estinguiendo,
ó
enfriando
al
menos:
y
si
entre
los
sicilianos
de
elevada
clase
había
algunos
que
lo
tenían
clavado
en
el
corazón
para
no
arrancarlo
nunca
y
con
ánimo
de
trasmitirlo
á
sus
hijos,
no
faltaban
muchos
que
sin
perder
la
esperanza
de
recobrar
un
dia
la
independencia
,
transigieran
con
la
situación
presente,
confiando
al
tiempo
y
á
la
política
el
cuidado
de
traer
un
cambio
en
la
suerte
de
su
patria.
Entre
las
familias
que
pertenecían
á
la
primera
clase
y
que
representaban
el
verdadero
espíritu
nacional
y
marcadamente
hostil
á
los
franceses
distinguíase
la
de
Benedetti,
cuyo
jefe
era
Cesar
Benedetti,
hombre
de
cincuenta
años
y
que
había
combatido
denodadamente
y
dado
grandes
caudales
para
resistirse
al
do¬
minio
de
los
estranjeros.
No
pertenecía
á
la
aristocracia
;
desde
joven
se
había
dedicado
al
comercio,
que
en
aquella
época
ejercían
esclusivamente
los
judíos,
y
esto
hizo
que
al
principio
fuese
visto
con
malos
ojos
por
sus
compatriotas.
Pero
Cesar
había
logrado
con
su
actividad
y
talento
acumular
grandes
riquezas,
der¬
ramaba
beneficios
en
todas
partes,
tenia
un
carácter
sumamente
bueno
y
apaci¬
ble
:
y
sobre
todo
poseía
cierto
don
de
gentes
tan
grande
,
que
era
imposible
hablar
con
él
una
vez
sola
sin
quedar
prendado
de
sus
palabras
y
de
los
afectos
que
estas
revelaban.
Los
nobles
no
podían
alternar
con
él
porque
el
siglo
no
lo
permitia,
pero
le
consideraban
muchísimo
y
le
tenían
por
persona
muy
digna
de
pertenecer
á
su
clase
si
pudiera
ostentar
una
larga
serie
de
progenitores.
Cuando
los
sicilianos
lucharon
á
fin
de
resistir
el
yugo
de
los
franceses,
Benedetti
dió
grandes
pruebas
de
amor
á
su
patria
,
y
como
en
los
grandes
peligros
se
acortan
las
distancias
entre
las
clases
sociales
porque
hay
un
interés
que
las
llama
á
todas,
el
comerciante
ganó
mucho
terreno
en
la
consideración
pública
y
en
el
aprecio
de
la
orgullosa
aristocracia.
Grandemente
contribuyó
á
ello
su
única
hija
y
heredera
Guillermina.
En
verdad
puede
decirse
que
era
la
mujer
mas
hermosa
de
Sicilia
,
y
á
su
belleza
reunía
una
bondad
tan
grande
,
que
sin
duda
cautivaba
mas
que
su
hermosura.
El
padre
estaba
enorgullecido
con
tener
hija
semejante
,
y
no
lo
estuvo
menos
la
madre
que
falleció
cuando
la
joven
tenia
ya
diez
y
seis
anos,
esto
es,
cuatro
antes
de
la
época
en
que
fijamos
los
sucesos
que
vamos
relatando.
Guillermina
llamaba
la
atención
de
todos
los
hombres,
y
¡
cosa
verdaderamente
estraordina-
ria!
no
eran
enemigas
suyas
las
mujeres,
pues
toda
la
envidia
que
pudieran
dis¬
pertar
su
belleza
y
los
elogios
de
los
hombres
era
sufocada
por
la
humildad
,
la
modestia
y
la
bondad
suma
de
la
joven
que
era
la
única
que
no
había
reparado
nunca
en
sus
hermosas
prendas
físicas
y
morales.
Aunque
vivía
muy
retirada,
su
mano
fué
pedida
al
padre
por
varios
mozos,
peroá
decir
verdad
Cesar
hubiera
EL
COBIJELO
DE
LA
VIUDA.
Sí)
querido
casarla
con
un
noble
,
cosa
muy
difícil,
pero
de
cuya
dilicullad
no
sabia
Bencdetti
convencerse,
porque
se
acostumbró
á
pensar
que
sus
caudales
bastaban
para
ennoblecer
á
su
hija
y
hacerla
merecedora
de
unirse
á
la
familia
mas
en¬
copetada
de
la
isla.
En
eso
desconocía
César
su
siglo
,
porque
toda
su
opulencia
no
equivalía
al
escudo
de
armas
mas
sencillo.
Guillermina
vivía
en
una
tranquilidad
absóluta,
no
había
amado
nunca,
y
siempre
creyó
que
no
era
ella
sino
su
padre
quien
había
de
elegir
y
presentarle
el
hombre
á
quien
debiera
ser
entregada.
El
padre
pues
aguardaba
un
noble
,
la
hija
aguardaba
sin
ninguna
impaciencia
el
hombre
que
su
padre
le
escogiera.
En
esta
disposición
se
hallaban
las
cosas
al
comenzar
el
año
1271
,
cuando
en
el
dia
de
los
Santos
Reyes
6
de
enero
Guillermina
acompañada
de
su
dueña
y
seguida
de
un
paje
fuá
á
la
Catedral
de
Palermo
para
asistir
á
los
solemnes
oficios
de
aquel
solemnísimo
dia.
El
conde
de
Dubois
asistió
también
á
la
iglesia,
y
aun¬
que
de
un
mes
á
aquella
parte
se
había
agradado
mucho
de
la
hija
del
conde
Uberti,
en
el
momento
de
ver
á
Guillermina
,
la
condesa
quedó
olvidada
para
siempre.
Nunca
había
contemplado
una
belleza
tan
cumplida,
nunca
había
es-
perimentado
lo
que
sintió
en
aquel
instante
;
y
aunque
él
mismo
se
reputaba
por
muy
voluble
en
materia
de
amores,
un
sentimiento
íntimo
le
dijo
que
aquella
mujer
seria
amada
por
él
de
otra
manera.
Guillermina
vió
al
conde
de
quien
ya
tenia
noticias,
y
aunque
no
lo
conocía
no
pudo
dudar
que
aquel
era
el
no¬
ble
y
gallardo
francés
de
quien
tanto
se
hablaba.
No
sé
decir
si
le
amó
en
el
acto,
pero
sí
que
desde
aquel
momento
le
pareció
injusto
que
debiese
casarse
con
el
hombre
que
su
padre
le
presentase
y
no
con
el
que
eligiera
ella
misma.
Este
filé
su
primer
impulso
de
independencia.
En
aquel
tiempo
estaban
en
moda
las
dueñas,
que
eran
las
confidentes
délas
damas,
les
servían
de
terceras,
y
con
su
esperiencia
las
ausiliaban
eficazmente
para
engañar
á
los
padres,
hermanos
y
maridos.
No
tardó
la
dueña
de
Guiller¬
mina
en
adivinar
y
comprender
el
secreto
de
la
señorita,
y
en
el
momento
vió
el
cúmulo
de
males
que
se
preparaban,
porque
si
Benedetli
difícilmente
hubiera
re¬
nunciado
á
lo
que
él
creía
el
derecho
de
dar
esposo
á
su
hija,
renunciar
á
ese
derecho
para
que
se
uniera
á
uno
de
los
dominadores
de
Sicilia,
á
uno
de
los
ti¬
ránicos
opresores
de
su
patria,
era
una
locura
esperarlo.
La
dueña
conocía
el
ca¬
rácter
de
Guillermina,
y
no
dudaba
que
una
vez
encendida
en
su
corazón
la
Ma¬
ma
del
amor
no
había
fuerza
humana
que
la
apagara,
ni
medio
ninguno
de
con¬
tener
sus
estragos.
En
su
vida
esperimentó
ninguna
clase
de
resistencia
ni
de
oposición,
aquella
voluntad
era
virgen,
y
la
dueña
conocía
que
era
firme,
ic-
suelta
y
capaz
de
todo.
Con
esto
había
de
sobra
para
que
se
prepararan
escenas
terribles
y
un
desenlace
funesto.
A
decir
verdad
María
no
se
consideraba
capaz
de
torcer
á
la
señorita,
y
por
otra
parte
no
le
pareció
tampoco
cosa
i
eguíai
y
justa
que
una
joven
debiese
tomar
por
marido
al
hombre
que
le
dieran.
Ella
se
12
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