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El mundo social por Juan Cortada ; obra adornada con primorosas láminas inglesas grabadas sobre acero por los mas distinguidos artistas, copias de los mejores cuadros de las galerías de Dresde y Berlín por los grandes maestros del arte Rafael, Miguel-Angel, Ticiano, Murillo, Rubens, Cárlos-Dolce ..

Cortada, Juan

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EL DON JUAN CORTADA, OBRA ADORNADA CON PRIMOROSAS LAMINAS INGLESAS GRABADAS SOBRE ACERO POR LOS MAS DISTINGUIDOS ARTISTAS COPIAS DE LOS MEJORES CUADROS DE LAS GALERIAS DE DRESÜE Y BERLIN POR LOS GRANDES MAESTROS DEL ARTE RAFAEL , MIGUEL-ANGEL , TICIANO , MUR1LLO , RUBENS , CÁRLOS-DOLCE , MIERIS , POÜSSIN , ADAM, GUIDO—REÑI, SALVATOR-ROSA, TENIERS , GERARDO-DOW , REMBRANT , VANDICK , ETC. ETC. BARCELONA. LIBRERÍA DE D. JOSÉ RIBET, EDITOR Y PROPIETARIO nn las obras de gran lujo El Paraíso Perdido, La España Artística y Monumental i OTRAf. CALLE DE LA FUSTERÍA, NÚMERO 10 . Barcelona.—Imp. de EL PORVENIR, de Buenaventura Bassas, Tallera, n. ( 51 y 53.-1864. V/WV1 ■ ' ¿iW-rt- '¿u iÍhí • sa gra: - *' ■ t ellas «¡ mí ■ « ' '• ■ ’ ' tajl grato.}»*. ;.». ■ * ( :; ’ " - íto deaqueíl ! ■ r • ignoblí 1 ^. de , f - " ** •remetió un l u. : ■ o lio en Í7 i; r - . ’• : *on tacto ( ' ■ prendieran ■ <* .. • . exacta d*i «s&zfaM / ■ EL MUNDO SOCIAL. —-r-*-«*=??í=sé ^sfitS**** - (CUADRO OE VAN-DYK). ~-hfOrh-~ Pocos reyes subieron al trono con mejores auspicios que Carlos I de Ingla¬ terra; pocos contaron desde el primer dia de su reinado con tanto favor popular, y pocos también tuvieron tantas dotes para granjearse la unánime estimación de sus súbditos. Carlos, severo y puro emsus costumbres, piadoso, frugal, apli¬ cado , instruido , económico , amigo del orden , y tan lleno de dignidad como distante del orgullo , distinguíase además por su carácter elevado y por su amor á la justicia. Su figura noble y agradable , sus delicadísimos modales, su gra¬ ciosa y simpática apostura, imponían y gustaban al mismo tiempo tanto á la aristocracia inglesa como al pueblo. Estas bellas dotes presentaban con las cir¬ cunstancias de su predecesor un contraste tan grande y tan favorable á Cárlos, que ello solo bastara para hacerle bienquisto de aquellos que debían obedecerle. La Inglaterra cansada de las costumbres ignobles, de la locuacidad necia y de la ridicula pedantería de Jacobo I, se prometió un reinado venturoso bajo el ré¬ gimen del nuevo príncipe que ocupó el solio en 27 de marzo de 1625 ; de suerte que Cárlos y su pueblo se pusieron en contacto con una confianza absoluta; y no obstante era imposible que se comprendieran recíprocamente y que conser¬ varan la armonía. Para formarse una idea exacta del estado de Inglaterra en este memorable período de su historia, es indispensable retroceder algunos pasos. CARLOS I DE INGLATERRA. 2 En la Europa del continente las monarquías sacudiendo todas las trabas que las contuvieron hasta entonces, se convertían en absolutas, porque habiendo logrado sujetar el turbulento y escesivo poder de los barones, y siéndoles ya innecesario el ausilio del pueblo, dominaron á este como habían sometido á aquellos ; destrozaron las libertades municipales , y dejaron que el pueblo en¬ riqueciéndose con el comercio y con el ejercicio de la industria se olvidara com¬ pletamente de mezclarse en el gobierno. Los señores alejados ya de los castillos feudales, cuya soledad los espantaba , corrieron á la corte y dejaron de ser tira¬ nos de sus vasallos para convertirse en servidores de los reyes. En Inglaterra se había hecho sentir este movimiento, y en particular fué notable desde que subió al trono la casa de Tudor hacia 1184 , época en que los magnates no eran bastante fuertes para luchar contra el rey, ni bastante ami¬ gos para coligarse y sostenerse. La aristocracia inglesa en sus últimos esfuerzos se habia negado á dar subsidios al rey para las espediciones lejanas, y temiendo que su fuerza no bastaría para acreditar la resistencia, acudió al ausilio de la cámara baja, sin advertir que daba importancia á esta, y que en vez de uno ella misma se creaba dos adversarios. En efecto, los reyes apelaban á esa cᬠmara para alcanzar la victoria contra la nobleza, y esta la llamaba en su au¬ silio para contrarestar al rey , siendo el resultado natural de esa pugna acrecer el orgullo y la fuerza de ese cuerpo intermedio , del cual los dos adversarios ne¬ cesitaban. El enérgico carácter de Enrique YÍII vino á cambiar el aspecto de las cosas, porque ese rey que se propuso ser á toda costa absoluto , para hacerse dueño del poder político echó mano del poder religioso, se erigió en jefe de la religión, mandó ejecutar como impíos á cuantos se negaban á obedecerle , é hizo uso de la tiranía para despojar al clero en beneficio propio y en el de los nobles, quienes en consecuencia le dejaron hacer; mas si esa energía logró retardar la hora en que comenzaran á discutirse los derechos políticos, esa discusión debia entablarse en el momento en que aquella energía cediera por el cansancio ó por el carácter del que debia desplegarla. Así aconteció en la época de los Stuarts. El despotismo de esta familia estaba en oposición con la reforma y con los dog¬ mas introducidos por ella, y como el pueblo de poco en poco habia alcanzado derechos, una representación y una parte del poder soberano , aunque meticu¬ loso al principio se fué mostrando mas osado. El comercio y la subdivisión de bienes nacida del despojo del clero y de los suplicios de muchos aristócratas, ha¬ bían convertido en grande propietaria á la nobleza de segundo orden , de mane¬ ra que la cámara de los lores era menos rica que la de los comunes, la cual no creyéndose bastante garantida con el antiguo régimen , quería mas derechos que le aseguraran la posesión de sus riquezas. De aquí nació la lucha entre los rea¬ listas para quienes toda concesión espontánea ó arrancada á la fuerza emanaba del trono , y los liberales que no viendo en la monarquía mas que el emblema de las usurpaciones fomentaban la animosidad del país contra los reyes. 3 GARLOS I DE INGLATERRA. El pueblo inglés no Labia hecho, como el escocés , la revolución religiosa, sino que hubo de admitirla de parte del monarca , que habiéndose convertido en apóstol para ser déspota, conservó los dogmas y los ritos del catolicismo, sin hacer de pronto otra cosa que sustituir la autoridad del rey á la del papa. Las controversias religiosas habian acostumbrado á todas las clases á discutir acerca de la autoridad , hasta el punto que el espíritu de exámen y de independencia hizo reproducir la cuestión de la reforma entre los mismos protestantes, que se dividieron en episcopales y presbiterianos. Los Stuarts estaban muy distantes de poseer aquella firmeza combinada con la prudencia que es indispensable para fi¬ jar los límites entre las concesiones y la resistencia. Esta es precisamente en los períodos de revueltas la piedra de toque para avalorar á un gobierno, y en esa terrible prueba han sucumbido los primeros hombres de estado y los reyes que se preciaban y tenían reputación de serlo. Los Tudor habian contado con una obediencia absoluta, merced ala prospe¬ ridad que procuraron á la Inglaterra, mas el peligro de dañarla en sus intereses materiales era inmenso, y sin embargo esto no arredró á los Stuarts. Jacobo I, príncipe escocés y rodeado de escoceses, admitido con repugnan¬ cia por todos los ingleses, mas teólogo que político y descendiente de los Guisas, toleraba los católicos, ajustaba alianzas con España, y no era ya el jefe del par¬ tido protestante en Europa. Pedante como un déspota , léjos de doblegarse vo¬ luntariamente al inevitable progreso de la libertad, se manifestó resuelto á fun¬ dar en Inglaterra la monarquía pura que alardeaba en el continente y dispertó los recelos que causa el poder sin valerse de él osadamente, buscó remedios á tientas sin tener seguridad en sus mismas disposiciones, con lo cual ofreció oca¬ sión á los debates, y queriendo hacer rostro á los derechos del parlamento no consiguió otra cosaque asegurarlos. Irritada no obstante la cámara por la con¬ trariedad que encontraba en el rey, se vengó de sus arbitrariedades examinando minuciosamente sus gastos, en cuya vista Jacobo, cual si se confesara vencido, hubo de conceder franquicias nacionales, y desprenderse de las alianzas estran- jeras. En el momento en que el trono acababa de sufrir esta doble derrota vino á ocuparlo Garlos I. Apenas hubo ceñido la corona cuando despidió el enjambre de bufones y de viciosos que llenaban el palacio del pedante afeminado que le Labia precedido, obligó á los nobles á corregirse ó por lo menos á ocultar sus vicios, y honró á los hombres de talento; mas por desgracia suya estaba tan per¬ suadido como su padre de que un rey no debe sufrir cortapisas, y de que la causa de haberse hecho fuerte el parlamento no Labia sido otra que la debilidad de los reyes. Este erróneo juicio dependía de que Carlos conservaba el antiguo instinto de su familia por el poder despótico , sin advertir que la Inglaterra era muy dis¬ tinta de la Escocia , y que los señores feudales de esta no fueron capaces de opo- 4 CARLOS I DE INGLATERRA. ner la resistencia que debía esperar de la clase media de aquella. El primer error de Carlos fué casarse con Enriquela de Francia , princesa bella , virtuosa, ins¬ truida , pero francesa y católica , la cual en los capítulos matrimoniales se ha¬ bía reservado el libre ejercicio de su religión para ella , para su servidumbre y para sus hijos, con capilla , sermones y sacramentos, bajo la dirección de un obispo limosnero , único que debía entender y fallar en los negocios eclesiásticos que pudieran ocurrir entre las personas susodichas. Había además un convenio reservado en el cual el rey se obligaba á tolerar en cuanto pudiese los súbditos católicos. María de Médicis dió á su hija algunas instrucciones por escrito, y en todas ellas la estimulaba para que fuese buena católica, protegiese á los católicos, y procurase por medio de su ejemplo y de sus obras atraer á los súbditos protes¬ tantes al gremio del catolicismo. Enriqueta dejándose llevar del celo religioso , y olvidando que estaba en un país intolerante, no quiso ser coronada á fin de no tomar parte en ceremonias heréticas; y como muy luego quiso mezclarse en los asuntos políticos fué odiada por la nación , que además sospechó que su ascendiente había convertido á su esposo en papista. Estas sospechas perjudicaron á Cárlos tanto como el haber conservado cerca de su persona al duque de Buckingham, favorito de su padre, hombre frívolo y presuntuoso , que desplegaba un lujo desconocido hasta entonces, y que escanda¬ lizó al pueblo , haciendo servir á los hombres de bestias, puesto que fué el intro¬ ductor de las literas en Londres. Para vengarse de un agravio personal que por su conducta en Francia le hizo muy merecidamente Richelieu , ministro entonces, aconsejó á Cárlos que en calidad de protector de los hugonotes, declarase la guerra á la Francia, y el rey creyendo que esto seria agradable á su pueblo cedió á la voluntad del ministro , pero tuvo el desacierto de confiar la espedicion al mismo consejero , que quedó desairado en ella. Este contratiempo y el ver que no se ponían en ejecución las leyes promulgadas contra los que despreciaban las creencias religiosas del pueblo inglés, produjeron grande descontento , y prepa¬ raron el ánimo del público contra el monarca. En tal disposición y habiéndose declarado la guerra á España á instancias del mismo Buckingham , se convocó el parlamento á fin de pedirle subsidios, y en este punto comienza aquel terrible conílicto que había de tener un desenlace tan funesto. El parlamento comprendió que todo su poder estribaba en el derecho de vo¬ tar los presupuestos, se quejó amargamente del ministro y negó los subsidios, y el rey para conservar al favorito cerró las cámaras, sin advertir el desaire que con esto recibían los representantes del país. Mas viendo que los medios que la constitución política ponía en sus manos eran insuficientes para reunir fondos, se vió precisado á convocar otra vez al parlamento, cuyos miembros se presentaron decididos á hacer la oposición con mas empeño que la vez primera. El rey al abrir GARLOS I DE INGLATERRA. O la sesión dijo: « Os he reunido porque el parlamento es el mas antiguo, el mas pronto y el mejor medio para obtener los subsidios necesarios á nuestra seguri¬ dad, y para salvar á nuestros amigos de su inminente ruina. Si vosotros no hacéis vuestro deber, yo que quiero cumplir con mi conciencia, emplearé los otros me¬ dios que Dios ha puesto en mis manos para salvar lo que podría perderse por la locura de unos pocos. No creáis que esto son amenazas, que yo no usará nunca sino con mis iguales; no es mas que un aviso del que por su carácter y por su deber se ocupa de vuestra salvación y de vuestra prosperidad.» A estas palabras el guardasellos anadió algunas otras que venían á confirmarlas, sin dejar de repe¬ tir que si el parlamento no obraba como debía, le quedaban al rey otros medios para conseguir los subsidios que necesitaba. Este lenguaje no impuso al parlamento que estaba resuelto á obligar al po¬ der á que reconociera sus libertades, y que no hiciera pasar por concesión lo que era un derecho, ni se decorasen con el título de derechos los abusos. En este empeño estaban conformes todos los ingleses, y por esto el parlamento podía con¬ tar con la adhesión y el apoyo del pueblo. Sentábanse en la cámara hombres en¬ tendidos y á quienes sobraba el ardimiento, muy dispuestos á llevar adelante lo que se habían propuesto , con una tenacidad inflexible , é incapaces de arredrar¬ se por los contratiempos, y menos todavía por las intrigas y manejos de la corte, la cual para resistir á oposición tan formidable solo tenia el poder de la costum¬ bre, la temeridad de Buckingham y la imprudente altanería del monarca. Al principio éste y el parlamento se condujeron como amigos; cosa fácil todavía, porque el segundo aunque resuelto á defender sus derechos, no habia imaginado nunca arrebatar al rey ninguno de los que en realidad le compitieran. Pero co¬ mo en la cámara habia miembros que no fueron á ella con las pacíficas intencio¬ nes de la mayoría, como el odio contra el ministro era general, como al fin todos conocían que en realidad el monarca conculcaba las leyes en beneficio del poder absoluto á que aspiraba , bien pronto los discursos resintiéndose de esta disposición de los ánimos, fueron haciéndose mas libres y atrevidos, y aunque se acordó volar los subsidios, fué redactado primero el bilí de la petición de de¬ rechos , segunda base de la libertad inglesa. Los subsidios y esta petición dieron lugar á mensajes del rey á la cámara, y á tumultuosos debates en esta , porque se mezcló en todo el nombre de Buckingham, que tomando aire de soberano ha¬ bia aplaudido en el consejo la determinación del parlamento y hablado de este mas de lo que debiera un ministro. La cámara ofendida se declaró abiertamente contra este, remitió á la de los pares la petición de derechos para que le diese su consentimiento, y los pares comenzaron á encontrarse perplejos y envueltos en esas discordias que lentamente iban pululando entre el rey y los representan¬ tes del pueblo. Crecían los rumores de descontento público , en la cámara defen¬ díanse las intenciones del rey , lo cual prueba que no por todos eran reconocidas CAllLOS I DE INGLATERRA. í) como justas, se atacaba directamente al ministro , hablábase de lo que en épo¬ cas anteriores habían hecho los parlamentos, y por fin el rey temiendo desafiar las iras que cada dia eran mas temibles, acordó sancionar la petición de dere¬ chos , como lo hizo en siete de junio en la cámara de los pares con la cual se había reunido la de los comunes. La cámara alcanzó el primer triunfo decisivo, y pudo conocer cuánta era su fuerza supuesto que había arrastrado al rey, al mi¬ nistro , á cuantos rodeaban al monarca y á la misma cámara de los pares, com¬ puesta de personas no enemigas de la libertad, pero que hubieran renunciado á reclamarla á trueque de no disgustar á Cárlos. La petición de derechos contenia en suma los cuatro artículos siguientes: Que no podía ponerse preso á un hombre libre, ni aun por orden del rey, sin mani¬ festarse el motivo legal de su prisión. Que no podían exigirse dones gratuitos, préstamos, ni subsidios, sin el consentimiento de las dos cámaras. Que los ciuda¬ danos no podían ser vejados con alojamientos para las tropas de mar ó de tierra. Que la ley marcial quedaba abolida, y que nadie podia ser juzgado sino en con¬ formidad con las leyes del reino y enjuicio ordinario. La cámara abusando del triunfo tuvo nuevas exigencias, y el rey cansado de ellas prorogó el parlamento, lo cual aumentó el disgusto é hizo que se ha¬ blara mas contra el ministro hasta que este fué asesinado por Felton, que se jactaba de haber cumplido un deber, y dado la libertad á la patria. Cárlos se indignó no solo por el asesinato de su favorito, sino mas todavía por el regocijo con que el público supo esta noticia. Sin embargo con ánimo de acallar el desa¬ sosiego dictó órdenes severas para reprimir á los papistas, y al mismo tiempo favoreció á los adversarios del parlamento; dándoles pingües destinos consiguió hacer suyos á algunos de sus miembros mas influyentes, y rodearse de hombres de saber y de energía que valían mucho y eran capaces de dirigir el gobierno. Este cambio sin embargo no tenia por parte de Cárlos otro objeto que volver al despotismo, pero de una manera embozada, y contando con la adhesión de per¬ sonas, cuyos consejos esperaba que podrían secundarle en esta empresa. Abier¬ to de nuevo el parlamento se mostró mas hostil á Cárlos, quiso quitarle los de¬ rechos que percibía sobre los pesos y medidas, y al fin irritó al rey de manera que este decidió otra vez la prorogacion. En esa cámara se había presentado un hombre desconocido, andrajoso, de malísima catadura, que hablando como un energúmeno declamó en lenguaje vulgar y hasta indigno contra la indul¬ gencia de un obispo en pro de un predicador papista. Ese hombre era Oliverio Cromwell, á quien la cámara escuchó con benevolencia, sin embargo de que ni su lenguaje ni sus modales le hacían merecedor de ser oido por un instante en la reunión de los que representaban la Inglaterra. Pero la cámara estaba dis¬ puesta á cuanto pudiese encender las pasiones y servir de cargo contra el mo¬ narca. CARLOS 1 DE INGLATERRA. 7 Desde aquel momento convencido Carlos de que el parlamento trataba de derribar la monarquía, resolvió gobernar solo y lo dijo en un manifiesto que fue publicado en 10 de marzo de 1620; mas á pesar de esta declaración solemne aun mantenía la esperanza de que en caso urgente ó apurado siempre podría reunir á los representantes del país para obtener subsidios, ó buscar la fuerza que á su gobierno faltase; de suerte que esa disolución no era un golpe de Esta¬ do que tendiese á variar la forma de gobierno ni las leyes fundamentales de In¬ glaterra, sino un alarde para demostrar á la nación y á las cámaras que un rey podía gobernar sin el concurso del parlamento, y que la existencia de este de¬ pendía de la voluntad del soberano. Esperaba Carlos y con él los consejeros, que el pueblo comprendería mas ó menos tarde que cuando el rey y el parlamento se ponen en pugna, quien debe ceder es este, puesto que por sí solo no es suficien¬ te para dirigir el gobierno, mientras el otro se basta á sí propio. La corte dió mas latitud á estas ideas, y libre de la molestia y de la especie de censura que las cámaras ejercían sobre ella, creyó que habia venido una restauración, que era posible entregarse de nuevo á las fiestas y á las intrigas cortesanas, que cesaria el mal humor del rey, que se desvanecería el miedo habitual de la reina, y que la ambición podría campear y disputarse sin traba de ninguna clase los favores del soberano. El pueblo no obstante dando á ese paso una interpretación muy distinta, creyó que se trataba de abolir el parlamento, mientras todos los hombres adictos al absolutismo y los papistas se felicitaban por el alcanzado triunfo, que en la apariencia era decisivo, puesto que eran presos en la torre y en las cárceles los principales sostenedores de los derechos políticos que con mas ardor los habían proclamado y defendido. El odio del pueblo fuá creciendo, la entereza de los acusados daba ejemplos de valor y de esperanza, los presos eran victoreados cuando los trasladaban de un punto á otro; mas la poca constancia de algunos y el rigor que desplegó el gobierno acabaron por sufocar la voz del público; y en¬ tonces el gobierno se creyó definitivamente árbitro del país que se habia enaje¬ nado. Obrando el rey con libertad omnímoda firmó la paz con la Francia y con la España, en el mismo año 1629 yen el siguiente, con lo cual ni tuvo enemi¬ gos en el esterior, ni en su concepto Je quedaban fiscales ni opositores en el rei¬ no. El pueblo se fue olvidando de la política; y dirigiendo su actividad á otra parte se dedicó con mas ahinco á la agricultura, á la industria, á la navegación y ni comercio, á todo lo cual no ponía traba ninguna el gobierno, viniendo con esto á desenvolverse rápidamente la prosperidad pública y á reinar el orden, de suerte que se estableció en todo una regularidad floreciente que justificaba al gobierno y tenia resignado y contento al pueblo. Guando Carlos habia calmado la pública efervescencia y dormido por lo me¬ nos las iras de sus mas ardientes adversarios, hubo de volver su atención á las CARLOS I DE INGLATERRA. 8 intrigas y á los bandos de la corte, en donde los mas allegados al monarca se disputaban el resucitado despotismo. La reina á quien siempre disgustó su nue¬ va patria, en la cual todo le era estraíío y repugnante, no tardó en tratar al rey con insolencia, de suerte que Carlos se vió precisado á enviar al continente á la mayor parte de los servidores que de Francia había traído. Mucho contribuyeron á exasperar el carácter de la princesa las contrariedades del parlamento: mas ahora en que era realmente reina, pensó hacer uso del poder, y desde luego su¬ po adquirir sobre su esposo un ascendiente muy grande, y que toleraba Carlos en gracia del bienestar doméstico, que tan bien se ajustaba con su gravedad na¬ tural y con la pureza de sus costumbres. Mas el carácter ligero de Enriqueta no se satisfacía con esta felicidad tranquila, sino que le hacia menester un imperio absoluto, el dirigir los negocios del Estado y aun la circunstancia de que fuera cosa pública la parte que en el gobierno le cabia. Estimulábanla para tener ta¬ les exigencias los papistas, los ambiciosos, los cortesanos jóvenes que de ella esperaban su fortuna, ó quizás el triunfo de sus ideas. Quería reinar y lo decía, y á Cárlos no le quedaba mas medio que transigir con la enérgica voluntad de su esposa á quien ausiliaba dentro del palacio y en la corte un partido podero¬ so. Los caprichos y la voluntad de la princesa hallaron dos adversarios muy temibles, y que decididos á sustentar el poder de Cárlos comprendían todos los males que era fuerza naciesen del carácter y de la altanería de su esposa. Esos dos hombres eran el conde de Strafford y su amigo el arzobispo Laúd, ministros ambos y ministros muy queridos. ' El primero había sido en el parlamento uno de los mas ardientes sustentado¬ res de las libertades públicas; pero disgustado al ver el sesgo que la cámara iba tomando y la animosidad que contra el rey ganaba en ella terreno, se separó de sus amigos, y llamado por el monarca á su consejo se consagró á servirle con el talento y la energía que había demostrado. Era ambicioso, tenia atan de gloria, y habían ofendido su amor propio la grandeza y el encumbramiento de Buckin- gham. Se propuso ocupar su puesto, encumbrarse como él, dominar y desplegar su talento, la energía de carácter y su decisión para derribar cuantos obstácu¬ los se opusieran al plan de gobernar y de sostener el imperio de Cárlos. Enemigo de respetar intereses particulares y decidido á favor de los generales, aseguró la autoridad real, estirpó abusos, restableció el orden , y á fuer de hombre que comprendía con qué condiciones puede un rey ser absoluto, no desconoció ni ol¬ vidó nunca la prosperidad y la gloria de su patria que amaba entrañablemente. Semejante hombre conculcaba con desprecio las innumerables intrigas de la corte, y les oponía la firmeza de su voluntad y los recursos de su estraordinario ta¬ lento. Estaba secundado por su amigo Guillermo Laúd, obispo de Londres y mas tarde arzobispo de Cantorbery , hombre instruido , desinteresado, celoso del po- CARLOS 1 DE INGLATERRA. 9 der episcopal, aun con detrimento de las prerogativas reales, de que era defen • sor acérrimo siempre que no contrastasen con las del clero. Su autoridad era vio¬ lenta y dura: perseguía sin reposo la libertad y los abusos, era brusco é ira¬ cundo , enemigo implacable de los palaciegos, y nada le importaban las enemis¬ tades , creyendo que la autoridad era suficiente para todo , aun á despecho de los que debían acatarla. Regida por estos dos varones, la monarquía presentaba un aspecto floreciente, pero carecía de libertad. El rey exigía los derechos sobre los pesos y medidas, otra contribución de los que no iban á oir los sermones, y otra para los gastos de la marina que había alcanzado un auge muy notable; pero como el gobierno no daba cuenta de sus actos era calificado de tirano, y no cesaban las declamaciones contra los tribunales que so pretesto de mantener la paz castigaban las palabras, los pensamientos y las alusiones. Confiado á Strafford el gobierno de Irlanda , este país que hasta entonces ha¬ bía sido oneroso para Inglaterra se convirtió en una mina de riquezas y de fuer¬ zas : pagóse la deuda pública , se puso orden en la administración , la aristo¬ cracia no tiranizó á los pueblos y los partidos dejaron de despedazarse unos á otros. El ejército cesó de robar á los habitantes, y la agricultura , el comercio y la industria contando con una seguridad y una protección que nunca habían co¬ nocido, adquirieron una importancia asombrosa. Laúd, aunque menos capaz que su amigo, imitó en Inglaterra lo que el otro hacia en Irlanda. Estirpó abusos, arrancó vejámenes para el comercio , estudió los intereses generales , indagó cuáles eran las verdaderas fuentes de la pública riqueza , y dirigió todos sus conatos á lograr que el gobierno correspondiese á lo que la nación tenia derecho á esperar de sus desvelos. Los cortesanos odiaron á esos hombres que ajenos á las intrigas y álos partidos de los nobles que disputa¬ ban por una merced ó por una sonrisa del monarca, los despreciaban á todos sin hacer cosa alguna para disimular ese desprecio. Ni su figura, ni sus modales, ni la elegancia de sus personas estaban en armonía con los gustos y aficiones de la corte , y como eran austeros y declamaban contra la relajación cortesana, se declararon enemigos suyos cuantos estaban acostumbrados á las demasías, al desorden y á la prodigalidad de la corte. La reina los miraba como enemigos de su influjo , la aristocracia no podía perdonarles su súbito encumbramiento , y la corte sin advertir las consecuencias de su determinación sandía, se unió con el pueblo á fin de contrarestar el tiránico poder de esos dos hombres. El rey no se dejó llevar de malos consejos, sino que continuó dispensándoles una confianza absoluta , sin lograr por esto que la corte cediese en su animadversión ni en sus proyectos. Cárlos no tanto pensaba en gobernar como en ser rey , y este error le conducia á ocuparse de las formalidades de la etiqueta, del humor de la reina, de los hábitos de la corte mas que de los intereses de la nación hacia los cua¬ les ambos ministros le obligaban á volver la vista con mas frecuencia de lo que GARLOS I DE INGLATERRA. 10 él hubiera hecho espontáneamente. No contando sino con su influjo , de conti¬ nuo habían de hacer rostro á influjos de otras personas, estaban precisados á sincerarse de sus acciones y palabras , corrían el riesgo de que se interpretara mal cuanto ejecutaban ó decían : y todas estas miserias los ocupaban y aburrían, sin hallar mas compensación que la confianza de Carlos , que creía hacer bas¬ tante con mantenerlos en su puesto. Trascendían al público esas contrariedades que esperimentaban los minis¬ tros , para nadie era un misterio lo que se hacia á fin de derribarlos, se ponde¬ raban aun mas de la verdad los esfuerzos que les eran necesarios para sostener¬ se , se vaticinaba su próxima caída , no se creía que sus sucesores adoptasen el mismo sistema, y el resultado de todo esto era que el gobierno careciese de com sideración y de fuerza. En los negocios eclesiásticos reinaba la misma vacilación que en los políticos: había tolerancia y aun mercedes para los católicos, y no se veia un sistema que pudiese contentar al pueblo inglés y manifestara de un modo claro y terminante cuál era el objeto y cuál el fin que el gobierno se pro¬ ponía. Sin duda era absoluto y en ciertas ocasiones despótico , mas esto se consi¬ deraba como medio, sin que nadie atinara á la ejecución de qué plan iba ese medio encaminado. Todo esto era público en Europa , en donde el gobierno de Cárlos se califi¬ caba de imprudente y débil, en términos que en París y en Madrid sus embaja¬ dores no disfrutaban de consideración ninguna. Bien comprendían Strafford y Laúd lo que era notorio á todo el mundo , mas como no podían comunicar al rey la energía de sus caracteres, y sin esa energía previeron que se acercaba una catástrofe , hubieran querido retirarse , como lo hicieron sus compañeros, á no juzgar esa retirada una debilidad con la cual no podían transigir de modo algu¬ no. A fuerza de rigorismo se trató de sufocar las quejas del pueblo, y entonces se inventaron vejámenes, se crearon contribuciones é impuestos, se resucitaron derechos de la corona mil veces abolidos, se estableció un nuevo sistema de re¬ parto para las contribuciones ordinarias, se arrendaron los réditos públicos , y se autorizó la crueldad de los asentistas que esquilmaban á los pueblos, y esta¬ ban sostenidos por las autoridades, las cuales se complacían, cual acontece siem¬ pre, en desplegar un poder mucho mas tiránico que el del supremo gobernante. Al mismo tiempo Laúd emprendió la introducción de grandes novedades en los asuntos religiosos, y sin negar la supremacía del rey, procuró que de hecho ' pasase á los obispos, que sostuvieron la doctrina de Laúd como análoga á sus deseos y conforme con sus intereses. Sin que se aspirara á volver al gremio de la Iglesia católica, eran imitadas todas las pompas del catolicismo, se protegía á los católicos, se publicaban libros sosteniendo que la doctrina de los obispos in¬ gleses podía conformarse muy bien con la de Roma , y la corte y el pueblo lle¬ garon á creer que estaba muy próximo el triunfo del papismo. A la par del pue- CARLOS I DE INGLATERRA. H blo se alarmó la aristocracia, que enriquecida con los bienes del clero cuando se los arrebató la reforma, veia proclamarse en principio el derecho divino de los obispos, y por tanto debería humillarse ante aquella iglesia cuya humillación había aplaudido y de cuyos despojos le dió Enrique VIH buena parte. Todo es¬ to produjo un nuevo orden de ideas, y desenvolvió el espíritu de examen y de discusión en todos los terrenos, ya para averiguar cuál era el sistema de gobier¬ no mas conforme con la dignidad humana, cuáles las creencias, el culto , los principios mas análogos á la razón , y cuáles los medios de que era lícito valer¬ se para derrocar la tiranía. Se aprendió á despreciar la corte , á echar de menos al parlamento, á desear y esperar una reforma muy distinta de la que parecía intentar el gobierno. Esto dió origen á los partidos religiosos cual habia partidos políticos, y como el gobierno perseguía rigurosamente á los que no prestaban obediencia ciega á sus mandatos, los mas acérrimos partidarios de las nuevas doctrinas no creyendo poder salvarse en Inglaterra apelaron á la emigración á la América del norte. Esas emigraciones se fueron haciendo numerosas y frecuen¬ tes , y comenzaron á contar con hombres importantes, por lo cual calculando los males que podían nacer de novedad semejante, el consejo espidió una orden en mayo de 1637 prohibiendo tales emigraciones, y en virtud de esta ley hu¬ bieron de desembarcarse varios diputados del antiguo parlamento y. el mismo Oliverio Cromwell que tanto habia de figurar en adelante. La fuga de estos varones no estaba justificada, porque si bien es verdad que el pueblo no formaba motines ni trastornaba el orden público, rugia de cólera y en cierto modo desafiaba la tiranía. Por medio de folletos, de sermones, de so¬ ciedades secretas, se iba aumentando la fermentación del pueblo; y las medidas de rigor estremo , los procesos contra los que en algún modo se resistían á las órdenes del despotismo , aunque fuera pasivamente , produjeron como era de esperar un efecto contrario al que sus autores se habían propuesto. Se declama¬ ba en público, los condenados á alguna pena eran saludados por el pueblo como mártires, al ir al suplicio mas que nunca declamaban y fortalecían el ánimo de los espectadores para que los imitaran ; y entretanto el rey y el gobierno no sabían prever á dónde iban á parar tan osados alardes. El descontento produjo la indignación , esta aumentó el valor, y de paso en paso la audacia del pueblo se fué comunicando á las otras clases. Los gentileshombres, los comerciantes, los presbiterianos, los simples ciudadanos y luego la nación entera se interesa¬ ron por la suerte de los que sufrían los efectos de la tiranía del gobierno; se for¬ maron partidos, se buscaron jefes, y todos de consuno se concertaban para cuan¬ do llegase el momento oportuno, que nadie sin embargo fijaba, ni aun sabia con qué objeto ni á qué fin determinado debía dirigirse. El primer síntoma de esta disposición de los ánimos fué una sublevación en Edimburgo. Cuando Cárlos fué coronado en Escocia quiso introducir una litur- 12 GARLOS I DE INGLATERRA. gia conforme con el sistema episcopal, y movido por Laúd hizo guerra á los presbiterianos sin la lentitud que la prudencia reclamaba. Nadie ignora que en Escocia la reforma habia cundido en el pueblo, y que en vez de bajar del trono subió hasta alcanzarlo: así es que el clero escocés no pudo ver sin horror tales reformas, los nobles temieron que podían arrebatárseles los bienes que habían usurpado á los obispos, y el pueblo se escandalizó al ver el pomposo aparato de las ceremonias del culto, conservadas por la iglesia anglicana, lo cual conside¬ raba como una idolatría católica. Al introducirse pues la nueva liturgia, el obis¬ po y los canónigos fueron maltratados en Edimburgo, y reproduciéndoselas mismas escenas en otras partes el levantamiento se hizo general. Carlos, preci¬ sado á apoyarse en el clero anglicano, persiguió á los no conformistas que sopor¬ taron la persecución con un fanatismo heroico, y cuya vista y cuyas palabras exasperaron mas y mas el ánimo del pueblo. Cárlos incapaz de reprimir á la fuerza á los mismos que su imprudencia había sublevado, ofreció una amnistía con tal que se conformaran con la nueva liturgia, pero entonces se levantaron setenta mil insurrectos al grito de ¡mueran los episcopales! se presentaron mi¬ llares de peticiones, y ese fuego atizado por Richelieu, ministro del rey de Fran¬ cia , amenazaba devorarlo todo. Movidos por el oro y contando con las armas que la Francia proporcionaba, firmaron el Covenant, pacto en el cual se obliga¬ ron á defender á todo trance la religión , la libertad y las leyes. El pueblo en masa se adhirió á este convenio y el rey hubo de apelar á las negociaciones; mas no contentos los alzados con que se suprimiera la nueva liturgia, abolieron el episcopado y escomulgaron á cuantos no se adhirieron al Covenant. Entonces no quedó mas recurso que las armas; Cárlos apeló á ellas, los su¬ blevados hicieron otro tanto, y el rey los hubiera vencido, pero no los atacó de¬ cididamente, quizás porque no estaba seguro del ejército que también hacia oir sus quejas. Tuvo la debilidad de aceptar proposiciones; mas apenas habia licen¬ ciado el ejército, cuando fueron quebrantadas y hubo de acudir nuevamente al recurso de las armas. Para justificar esta resolución vino perfectamente una car¬ ta que los confederados remitían pidiendo socorros al rey de Francia que los ha¬ bia ausiliado en odio de la Inglaterra en cuya corte prevalecía el influjo de Es¬ paña. Como este llamamiento á un príncipe estranjero era un delito de alta trai¬ ción, juzgaron Cárlos y su gobierno que dispertaría en Inglaterra un enojo igual al que les habia causado á ellos, y que bien podía acudirse á la nación pidiendo subsidios para una lucha cuyo motivo era legítimo á todas luces. Partiendo de estos principios fué convocado el parlamento de 1640, y mientras se verificaba su reunión StraíFord se trasladó á Irlanda para arrancar de las cámaras subsi¬ dios y soldados. La Inglaterra quedó pasmada al ver esta convocación de un parlamento des¬ pués de once años en que el rey no habia pensado en llamar á los representantes CARLOS I DE INGLATERRA. 13 de la nación; y la cámara de los comunes, enorgullecida con los aplausos del pueblo y con la necesidad de llamarla en que el rey se veia después de haber prescindido de ella durante tanto tiempo, y sabedora de la revolución de Escocia, vió que era indispensable coger el timón del Estado, y reclamó contra los abusos cometidos durante aquellos arios de silencio. Los diputados declarándose custo¬ dios de la libertad, espusieron atrevidamente, aunque en lenguaje conveniente, y no al rey sino al público por medio de la prensa, los graves abusos que no era posible tolerar por mas tiempo. Guando los lores se opusieron á sus pretensiones, la cámara de los comunes les negó el derecho de ocuparse de los subsidios hasta que ella los hubiese votado. Cárlos entonces contando con. el prestigio de once años de despotismo recurrió todavía al arriesgado espediente de la disolución. Este paso no dejó ya duda de que se acercaba el momento de la revolución. Los donativos del clero y de la nobleza produjeron todavía una suma considera - ble , con la cual Cárlos trató de levantar un ejército á fin de hacer la guerra á los escoceses; pero en Inglaterra se resistieron á tomar las armas, los jóvenes se inutilizaban para huir del servicio, y los obedientes eran tratados de cobardes. A pesar de todo el ejército se formó y se puso en marcha, pero los escoceses im¬ pulsados por los principales jefes del movimiento penetraron en Inglaterra , y vencieron en los primeros combates, porque los ingleses no querían hacer la guerra y participaban de las ideas de sus enemigos, mientras estos se conducían con gran cordura y respetaban escrupulosamente el país en que habían penetra¬ do. Al mismo tiempo hubo motines en Londres, fue atacado el palacio de Laúd, de muchos puntos se dirigían esposiciones al rey pidiendo que hiciese la paz con los escoceses, y el público decía sin rebozo que aquella guerra era impía y que la sostenían los papistas. Batidas las tropas reales á pesar de los esfuerzos de Strafford, falto el rey de dinero , viendo que la tempestad se agrupaba, y perdi¬ do el valor que hasta entonces le había sostenido , entró en negociaciones; y co¬ mo para acabar la lucha y fijar la marcha sucesiva no podía va prescindir del parlamento , y su convocación fue espresamente reclamada por la ciudad de Lon¬ dres y por algunos de los pares mas influyentes, Cárlos se dejó vencer y lo con¬ vocó para el dia 3 de noviembre de 1640. Las elecciones se verificaron en toda Inglaterra con un empeño estraordinario y el gobierno quedó derrotado en cuan¬ tos candidatos propuso. El rey fué al parlamento casi de una manera clandesti- da, prometió oir las quejas, trató de rebeldes á los escoceses, pidió que se los arrojase del reino como enemigos é injustos invasores, pero en su discurso hubo una vaguedad y un desaliento visibles. Ese dia puso de manifiesto el verdadero estado de las cosas; porque en las plazas y en las calles se hablaba públicamen¬ te de un modo que reveló cuánta era la indignación del pueblo y qué con¬ secuencias podían temerse de la ira que en los discursos se traspiraba. Ahora se encontraron finalmente cara á cara y poseídos del mismo orgullo un gobierno GARLOS l DE INGLATERRA. 14 ya impotente y el parlamento conocido en la historia con el nombre de parla¬ mento largo , el cual había de consumar la revolución y cuyos miembros sin aspirar todavía á este gran resultado , tenían ánimo decidido de mostrarse fuer¬ tes y de luchar decididamente hasta conseguir una radical estirpacion de los abu¬ sos y hacer que su soberanía fuese reconocida y tolerada. De todas partes llovían quejas, representaciones, denuncias de pasados abusos, acusaciones contra el gobierno en masa y contra determinadas personas; y el parlamento colocándose al frente de una reacción terrible condenaba á prisión , á multas, á confiscación de bienes á cuantos habían servido al poder durante los once años de absolutis¬ mo. El rey y la corte estaban asombrados, los obispos esperaban el momento de su desgracia, los eclesiásticos presbiterianos hacian alarde de su triunfo, y Strafford que estaba en Irlanda, no dudando que los primeros rayos herirían su cabeza pedia continuar en Irlanda ó en el ejército ; mas el rey le obligó á venir á Londres prometiéndole que no le tocarían un pelo de la cabeza. Sin embargo apenas hubo llegado cuando el diputado Pym que era uno de los mas ardientes le acusó de delito de alta traición , pidió que fuese preso y la cámara de los pares decretó que se procediese á su captura. Se mandó salir de Londres á María de Médicis, madre de la reina, se acusó de alta traición á Laúd , oíanse todas las peticiones de cualquiera naturaleza que fuesen ; y cuanto mas tímido y receloso se mostraba Cárlos otro tanto se enorgullecía la cámara, que al fin vino á erigir¬ se en poder soberano , y á verificar reformas capitales. Se decretó que el parla¬ mento debía reunirse á lo menos cada tres años, que en caso de no convocarlo el rey podían hacerlo doce pares reunidos para este objeto , se proscribió todo lo que aun se conservaba del culto antiguo , se decretaron la inamovilidad de los jueces y la represión de los impuestos legales, y se mandó que el tesoro diese cuenta de los gastos y que los depositarios del poder fuesen responsables de sus actos. Dando á estas disposiciones un efecto retroactivo se procedió contra los que habían obrado faltando á leyes que aun no existían : aquellos cuyo delito no. podía justificarse eran calificados de delincuentes, y tales eran llamados los que en el parlamento no votaban con la mayoría. Con estas y otras medidas la liber¬ tad quedó sofocada por la libertad misma , cual acontece siempre en los mas ar¬ dientes períodos de revoluciones. Los directores de ellas apelan á la libertad para mandar despóticamente, y mientras atacan, proscriben y anonadan el despotismo antiguo, no reparan en que ellos lo imitan , sin haber mas diferencia entre aquel y este que las personas que eligen por víctimas. Deseoso el rey de salvar á Strafford, y creyendo que mostrándose dócil para con los deseos de la cámara lograría que ella se lo agradeciese absolviendo al ministro, no consiguió sino confesar su debilidad, envalentonar á la cámara, ab¬ dicar á girones su poder, y perder primero á Strafford , y después á sí mismo. Los puritanos entretanto predicaban, multiplicándose los ayunos y las preces, CARLOS I DE INGLATERRA. 15 revestían al liberalismo con un estilo bíblico y convertían el Evangelio de caridad en un Coran de guerra. StrafFord se defendió con tanto tino diciendo que no ha¬ bía hecho sino obedecer las órdenes del rey y manifestando el abismo que abrían á sus pies, y cuán vergonzoso era condenar á un ministro por declaraciones se¬ cretas, que la cámara estaba muy dispuesta á absolverlo, cuando los comunes renovaron un infame bilí de Enrique VIII según el cual y por medida de alta po¬ lítica el parlamento podía condenar sin necesidad de las pruebas ordinarias. Presentóse un escrito pidiendo la condena del ministro, y aunque muchos pares amigos suyos se hablan retirado, otros veinte y siete entre cuarenta y cinco que se quedaron le impusieron la pena de muerte. El pueblo amotinado exigió que Cárlos ratificase la sentencia: el rey vacilando convocó á los obispos: uno de ellos le dijo que contra su conciencia no podía condenar á un inocente; mas los otros cuatro le exhortaron á que arrojase á ese Jonás al mar embravecido. El rey llo¬ ró, suplicó y firmó; y Strafford al recibir la noticia esclamó con el salmista: No fiéis en los reyes ni en los hijos de los hombres, de quienes no puede esperarse la salvación. Murió con la firmeza del inocente, y fuéhonrado con una compasión, de que el rey se hizo indigno por su cobardía. Los comunes pusieron el colmo á la infamia, diciendo que aquella condena no serviría de ejemplo contra nadie, porque todos los ingleses debían ser juzgados por los tribunales ordinarios. La reina que era católica temblaba por su propia persona, y en cuanto á Cárlos calificado ya de tirano, fué ahora despreciado porque ni sabia desplegar la fuerza necesaria para resistir ni aprovechar el momento oportuno para ceder. En aquellos dias en que conoció su impotencia quiso conciliarse el favor de los irlandeses, que conquistados, maltratados y despojados por los ingleses los odia¬ ban de muerte: pero los manejos entre el rey y sus emisarios en Irlanda fueron conocidos, y la cámara supo que se habia fraguado entre papistas y jesuítas una conjuración para echar abajo el gobierno representativo. Pidieron en consecuen¬ cia que los obispos fuesen escluidos del parlamento, y que se abolieran las cere¬ monias del culto, demandas que apoyó el vulgo, el cual se reunió para defender al parlamento á quien nadie amenazaba, mientras los nobles hicieron otro tanto para defender al rey, cuya seguridad podia verse comprometida. Nobles y ple¬ beyos querían la libertad: mas aquellos pensaban que ya se habia hecho lo bas¬ tante para asegurarla, al paso que estos aspiraban á que la cámara tuviese el mando del ejército y pudiese nombrar los oficiales y los consejeros de la corona. En cuanto á la reina, todas esas cosas y la confianza que los irlandeses fundaban en ella como católica, empeoraron su causa, de modo que ya se trataba aunque en secreto de formarle causa. Temerosa Enriqueta de lo que podia acontecerle pidió asilo á la Francia: mas el cardenal Richelieu le contestó, que en circuns¬ tancias como aquellas, el que deja su puesto lo pierde. El rey recobrando al pa¬ recer su valor que no era hijo sino de la situación apurada en que se veia, quiso Í6 CARLOS I DE INGLATERRA. tomar la iniciativa y acusó de alta traición á algunos jefes de los republicanos. La asamblea quedó de pronto sorprendida, pero volviendo luego de su asombro, declaró que el rey había violado sus privilegios, pidió satisfacción por ello y no tuvo reparo en llamar al pueblo bajo á las armas. Carlos que liabia salido de Londres en donde triunfaban los republicanos, se humilló de nuevo y lo concedió todo mientras buscaba socorros en otra parte. El parlamento alegando las con¬ juraciones de los papistas pidió en octubre de 1641 fuerza armada para su de¬ fensa, y sin inmutarse por la negativa del rey y desconociendo de todo punto los principios del gobierno constitucional se atribuyó el derecho de levantar un ejér¬ cito. Tomó á su servicio las tropas reunidas para marchar contra la Irlanda, y todos sus partidarios le ofrecieron recursos. Resuelto Carlos á guerrear abierta y francamente, levantó en Nottingham el pendón realista, proclamando que no te¬ nia mas objeto que conservar la religión protestante, gobernar en conformidad con las leyes y ejecutar las resoluciones del parlamento. Los dos partidos traba¬ jaron con ahinco para tener un ejército y lo tuvieron, comenzando desde luego la campaña, en que hubo triunfos y reveses por una y otra parte, en que se dieron batallas en las cuales ambos partidos se atribuyeron la victoria, y hubo momen¬ tos en que la ciudad de Londres tembló por la aproximación del ejército real que parecía dispuesto á penetrar en ella. Continuó la lucha armada, mientras era todavía muy terrible y de grandes consecuencias la lucha política, y las noveda¬ des que en esta se iban introduciendo y que constituían la verdadera revolución que en Inglaterra se operaba. La guerra en su conjunto era favorable al ejército realista, por lo cual el parlamento que en esta parte conocía bien el estado de las cosas propuso á los escoceses la reunión de las dos naciones, y el sínodo que los dirigía en esta anarquía religiosa aceptó el ofrecimiento con tal que las dos igle¬ sias formasen asimismo una sola. Convinieron pues en la destrucción del episco¬ pado , y formaron una liga en cuya virtud los escoceses enviaron veinte mil hombres. Cárlos publicaba protestas y programas, y además se dirigió á los miem¬ bros de las dos cámaras que le eran fieles para que fuesen á residir en Oxford en donde se había retirado, y en cuyo punto se reunieron ciento setenta y cinco miembros de la cámara baja y ochenta y tres de la de los pares, quienes hicie¬ ron todo lo posible para calmar la efervescencia de sus compañeros é inspirarles sentimientos benéficos, lo cual sin embargo no produjo mas resultado sino que unos á otros se calificaron de traidores. Cada uno de los dos partidos pensó en procurarse dinero, estableciendo nuevos impuestos, habiendo llegado en Lon¬ dres hasta el estremo de ordenar á los habitantes un dia de ayuno en cada se¬ mana, con la obligación de llevar al tesoro el valor de los manjares que en ese dia habían economizado. En ese período de tiempo comenzaba á presentarse en público una fracción que hasta entonces se había ocultado entre el partido presbiteriano , y que aho- CARLOS I DE INGLATERRA. 17 ra iba á tomar nuevos bríos para sacar provecho de cuanto se habia hecho. Esa fracción era muy antigua , pues que en tiempo de Isabel habia osado hacer os¬ tentación de sus doctrinas, y si bien tanto aquella como otras muy análogas ha¬ bían sufrido persecuciones, los nuevos movimientos aumentaron su importancia: y como en rigor la reforma política estaba hecha y habia puesto remedio á to¬ dos los abusos, la reforma religiosa qué no podía separarse de la primera, es¬ taba vacilante, porque eran odiados los direótores de los negocios políticos. Sus¬ citóse entonces la duda de porqué en materias de fe debían sufrirse trabas que no se toleraban en política, de con qué derecho se pretendía sujetar las concien¬ cias al yugo de una unidad falsa ; se sostuvo que toda congregación de fieles constituía una iglesia legítima y que ningún otro poder tenia derecho de ejercer sobre ella autoridad ninguna. En consecuencia de estos principios, los que per¬ tenecían á esa fracción se dieron el nombre de independientes. Así iba tomando cuerpo la libertad de conciencia, y como los debates fueron cobrando valor y las creencias vacilaban , ya no hubo freno que contuviera á nadie. Acabaron por someterlo todo al raciocinio y á la voluntad humana. Después de haber sa¬ cudido el yugo de Roma tenían por una inconsecuencia sufrir el de los obispos, no querían tolerar que los eclesiásticos formasen un cuerpo rico y privilegiado, y convinieron en que no debía dejárseles otra cosa que los medios de la persua¬ sión , de la enseñanza y de las preces. De aquí resultaba que no debían existir dogmas, ni ceremonias, ni sacerdotes. Todas estas ideas debieron necesariamente influir en la política: los presbiterianos se proponían libertar á sus compatriotas de la monarquía , y establecer una igualdad absoluta conformándose en todo á la voluntad de Dios y á la Biblia, interpretada según el sentimiento individual de cada uno. Este partido compuesto de entusiastas, de filósofos, de hombres corrompidos, era no obstante vigoroso asaz para proporcionar la victoria á des¬ pecho de los errores de los hombres de buena fe y de los vicios de los perversos, y de él podia servirse un ambicioso capaz de inspirar á todos los afiliados una tolerancia general. Entre los adictos á ese partido se contaba al coronel Oliverio Cromwell; hombre de buena cuna, educado con austeridad , rústico, modesto y de imagi¬ nación ardiente. Ponía la igualdad en práctica tratando como pares suyos á los mas ínfimos, rellenaba sus conversaciones con frases de la Escritura , y sus ac¬ tos eran propios de un hombre trivial y exaltado. Su Voz chillona, su vestido descuidado y sus modales ordinarios le hacían objeto de irrisión, pero imponia por su elocuencia inspirada que lo hizo muy popular. Este hombre proclamó la libertad de conciencia , la absoluta independencia de las personas y la inspira¬ ción divina sin el intermedio de la iglesia ni de los sacerdotes. Conociéndose po¬ co a propósito para el parlamento, comprendió que se abría para él su carrera cuando la discusión pasó al campo de batalla. Nombrado coronel, supo inspirar 18 CARLOS I DE INGLATERRA. á sus soldados sus sentimientos religiosos y una absoluta confianza en su jefe. Consagrado en cuerpo y alma á su partido, no tenia reparo en decir que si el rey se le pusiese á tiro le dispararía una pistola. Cuando los independientes pudieron hacer alarde de su poder procuraron sacar el ejército de manos de los presbite¬ rianos , y para ello predicaron contra los males de la guerra, contra la perfidia de los parlamentos egoístas y contra ios generales que procuraban eternizar la lucha, mientras que la desolación y la miseria se iban derramando por la nación entera. Cromwell en un discurso teológico político y lleno de incoherencias, pidió que los jefes del ejército encomendasen el mando á otros, y finalmente sostenido por sus partidarios logró que se hiciese en diciembre de 16á4 la ley en cuya virtud los miembros de las dos cámaras se declararon escluidos de todas las fun¬ ciones civiles y militares. Este gran golpe que arrancaba de cuajo todo el poder al parlamento, iba dirigido particularmente contra el conde de Essex, general en jefe del ejército parlamentario. Dióse el mando del que debía organizarse de nue¬ vo al caballero Fairfax , hombre de gran valor, pero muy poco escrupuloso, quien á pesar del último decreto del parlamento quiso que fuese su lugarteniente Cromwell su cufiado, de quien no era masque instrumento. Dueño Cromwell del ejército, que además del vínculo natural de la disciplina , estaba unido á él por el celo religioso , colocó oficiales independientes, cuya mayor parte eran ar¬ tesanos , demagogos y fanáticos, a quienes el entusiasmo del jefe hizo invenci¬ bles. Contra la opinión y los deseos de la cámara de los pares se ampliaron los poderes dados á Fairfax , y en la comisión que el parlamento le conferia no es¬ taba la orden de velar por la seguridad del rey, como se había repetido en to¬ das las comisiones de aquella naturaleza, y que los comunes no quisieron con¬ tinuar á despecho de la insistencia de los lores. El ejército realista y el parla¬ mentario después de varias acciones de poca monta y del sitio y toma de algunas plazas, se encontraron frente á frente en las llanuras de Naseby en 14 de junio de 1645 y el rey fué completamente derrotado. Aun se sostuvo; y confiando ya en conjuraciones, ya en sus amigos, ya en la división de sus contrarios, continuó la lucha hasta que las proezas de los independientes le aconsejaron buscar un asilo entre los escoceses y se trasladó al cuartel general de los mismos. Aunque al principio le trataron con mucha consideración, esta fué disminuyendo y des¬ apareció completamente cuando Gárlos no quiso aceptar las proposiciones muy exigentes que le remitió el parlamento para que se terminase la guerra. Disgus¬ tados con esto los escoceses, y cansados por otra parte de hacer gastos y de su¬ frir los insultos y las diatribas de los ingleses, convinieron en retirarse á su país dejando en poder de las cámaras la persona del rey si se les satisfacía la fuerte suma que reclamaban como atrasos en el sueldo de la tropa. La cámara reunió aquella cantidad, la entregó á los escoceses, y nombró tres comisionados de la cámara de los lores y tres de la de los comunes para que recibiesen la persona CARLOS I DE INGLATERRA. 19 del rey , quien nada sabia de semejante concierto. Me han vendido y me han comprado, dijo el rey ; y no obstante recibió muy bien á los comisionados, y en 9 de febrero de 1647 salió con ellos y escoltado por un regimiento de caballería dirigiéndose al castillo de Holmby. El ejército estaba descontento, porque las cámaras decretaron su licénciamiento, la causa de los independientes estaba muy próxima á su ruina, Londres Je era contraria, en el ejército tenia muchos enemigos, y la cámara de los comunes creyó que era mejor tratar con el rey que con los presbiterianos. Decretóse pues por los lores y convinieron en ello los comunes que se rogase á Cárlos que fuese á residir mas cerca de Londres, y se tenia ya la esperanza de que se juntaría con el parlamento cuando el dia í de junio llegó la inesperada noticia de que el dia antes un destacamento de 700 hombres lo ¡labia arrebatado de su residencia y que el ejército lo tenia en po¬ der suyo. En efecto , hallándose el rey jugando á bochas á poca distancia del castillo el dia 2 de junio, los comisionados que le acompañaban observaron entre los asistentes á uno que llevaba el uniforme del regimiento de guardias de Fairfax, y mientras que lo examinaban, cundió el rumor de que se dirigía al mismo pun¬ to alguna caballería. Todos se recogieron al castillo ; á media noche se presentó la caballería, y á pesar de las precauciones tomadas, la guarnición fraternizó con los recienvenidos, y el corneta Joyce, que era el mismo á quien habían visto por la tarde, quiso de todos modos hablar al rey, diciendo que era un comisiona¬ do del ejército y que había de conferenciar con Cárlos en nombre de este. No pudiéndose lograr que desistiera, fué indispensable que viese al rey, á quien se presentó con mucho respeto y con quien tuvo un largo diálogo cuya sustancia fué que el ejército quería llevarse al rey para prevenir otra guerra civil, que le conduciría á donde quisiera, sin ánimo de violentar su conciencia ni causarle daño ninguno. Todos los soldados confirmaron lo mismo , y el rey se decidió á seguirlos eligiendo para su morada á Newmarket. En efecto , marcharon, y en el mismo momento salía de allí un comisionado llevando áCromwell una carta en que Joyce le noticiaba que todo había salido perfectamente. Cromwell y otros se presentaron al rey, y aunque el general y algunos oficiales le besaron Ja mano, Cromwell y su yerno Ireton se mantuvieron á cierta distancia. Al pre¬ sentarse Cromwell en la cámara que tenia noticia de todo inclusa la carta de Joyce, se Je echó en cara aquel atentado contra las disposiciones de los comu¬ nes : mas él juró una y mil veces que nada sabia. Aunque en la misma sesión se le acusó de que según sus palabras debia espurgarse la cámara y sacar de ella á los miembros no independientes, Cromwell se arrodilló, lloró , juró, pro¬ testó de su adhesión á la cámara y de la falsedad de esta acusación, y consi¬ guió enganarlos á todos y salir triunfante de estos dos grandes riesgos. El par¬ lamento se puso en pugna con el ejército, compuesto todo él de independientes, CARLOS I DE INGLATERRA. 20 y que en odio de los presbiterianos parecía dispuesto a favor de Carlos: mas habiendo estallado el desorden en las cámaras y en la ciudad , el ejército se pu¬ so en marcha , entró en Londres , no cometió ningún esceso, y parecía no te¬ ner otro objeto que tranquilizar á todo el mundo y restablecer la paz y el buen acuerdo. La juventud fue á ofrecerse al general, y la cámara de los lores y la de los comunes dieron las mayores pruebas de abyección y de servilismo hácia el ejército cuyo triunfo quedó asegurado. A consecuencia de esto el movimiento revolucionario desplegó audazmente su vuelo y se manifestaron con osadía los proyectos republicanos comprimidos ó disimulados hasta entonces. A la cabeza de cuantos así pensaban estuvo desde luego Gromwell cuya hipocresía supo convencerlos y hacerlos suyos. No tenían esa gente ideas fijas, querían grandes reformas é innovaciones, sin saber pre¬ cisamente cuáles; un cambio general, un trastorno absoluto , una mudanza ra¬ dical en todo y para todos; aunque no sabían dar ni con el nombre , ni con la cosa precisamente determinada. Un hombre capaz de reducir á una idea fija todas estas ideas vagas, y al mismo tiempo de ejecutar loque hubiere concebido, podía hacerse dueño de aquella muchedumbre , dominarla, sobreponerse á ella y hacerla servir de peana para escalar una presidencia, un trono , lo que quisiera, y con el nombre que se le antojara. Ese hombre era Gromwell. Pero entonces el ejército comenzaba á sospechar de él porque entreveía sus ambiciosos proyectos, y ya en las reuniones de los agitadores se hablaba de si la monarquía era ó no una cosa necesaria. Gárlos tuvo noticia de que su vida ó su libertad al menos podía correr riesgo, y ausiliado por Gromwell se escapó para trasladarse á la isla de Wight cuyo gobernador era Hammond , adicto á Cromwell , quien al saber que el rey estaba ya en la isla dijo: ahora que tengo el rey en la mano tengo el parlamento en el bolsillo. Con un golpe de audacia él y Fairfax se presentaron al ejército violentamen¬ te agitado y lograron sujetarlo á la voluntad y á las órdenes de sus jefes. Las cosas sin embargo no estaban tan seguras como él hubiera deseado , mas á fuer¬ za de intrigas, de sermones, de súplicas y de amenazas, empleando estos medios según la oportunidad , pudo finalmente contar con el ejército para todo. Viendo entonces que con el rey no era posible ir á parar á la libertad de conciencia, pensó llegar á ella con el ejército, esto es por medio de la república. Echando mano de la energía y de la audacia que produce la unión en medio de los adver¬ sarios divididos, hizo que el parlamento á la fuerza votara la ley que prohibía toda comunicación con el rey, lo cual venia á ser lo mismo que deponerlo. Esta medida produjo de pronto un malísimo efecto para la causa de los inde¬ pendientes , pues el pueblo que no quería llevar las cosas tan allá, que estaba deseoso de la paz y que veia que al fin la revolución redundaba en provecho de sus fautores, comenzó á murmurar; la compasión que el rey inspiraba le hizo (JARLOS I DE INGLATERRA. muchos amigos, y la flota se declaró á favor suyo , lo mismo que los escoceses, que con un tardío arrepentimiento quisieron expiar el delito de haberlo entregado en cambio del dinero recibido. En tales circunstancias y viendo Cromwell que rodeado de tantos enemigos era muy difícil sostenerse , huyó de Londres, dejando que allí disputaran independientes y presbiterianos, y marchó á la cabeza del ejército contra los escoceses. Pensó que si lograba batirlos alcanzaría no solo la gloria sino un dominio absoluto sobre el ejército, y partiendo del principio de que toda su esperanza debía fundarse en este , trataba sobre todo de hacérselo suyo para emplearlo luego en la realización de sus proyectos. Derrotó a los realistas, y con aquella actividad que le había salvado tantas veces penetró en Escocia, alejó del gobierno á todos los moderados , se hizo temible á sus adversarios , y desde entonces pudo contar con el ejército, que estaba dispuesto á secundarlo como general querido y como jefe político del partido á que el ejército pertenecía. Sus victorias sufocaron todos los bandos para dejar el solo poder de las armas, que había alcanzado el triunfo, y cuyas glorias ruidosas y deslumbradoras sepulta¬ ron en el olvido y en el desprecio á las fracciones que no participaban de ellas. Predicóse audazmente la nueva doctrina de la soberanía del pueblo, que confia la autoridad á quien quiere, y puede retirarla cuando le place; y ese pueblo que poco antes era realista, que se habia cansado de la autoridad del parlamento, que trataba á los diputados de déspotas y de enemigos del rey , viendo ahora que se le calificaba al mismo de soberano, que en su nombre iba a ejercerse la autoridad y creyendo que podría cambiar de señor cuando quisiere, sintió sa¬ tisfecho su amor propio y halagado su orgullo , y se convirtió en republicano. El parlamento entretanto, con la esperanza de que aun podría entenderse con el rey y desbaratar los planes de los republicanos, envió a Cárlos nuevas proposiciones que casi todas fueron admitidas; mas como por orden de Faiifax el gobernador de la isla hubo de marchar al ejército porque tenia demasiadas consideracionesá Cárlos, y la custodia de este fué confiada al coronel Ewers, ni Cárlos ni los comisionados del parlamento dejaron de comprender el fatal ca¬ mino en que se hallaban las cosas, y los peligros que el rey corría. La cámara estaba dividida en dos bandos: el uno deseaba que las proposiciones admitidas por el rey se declarasen suficientes para servir de base al arreglo definitivo en¬ tre él y su pueblo ; el otro procuraba alargar la discusión para dar tiempo á que llegase á Londres el ejército, cuya presencia esperaban que amedrentaría á sus adversarios. Estos no obstante se sostuvieron aunque el ejército entró y se iba acuartelando cerca del palacio de los comunes, de modo que el pailido mas templado manifestaba un valor que asombró á su adversario. Mas un suce¬ so inesperado vino á ocasionar nuevos disturbios. En la noche del 29 de noviem¬ bre algunos oficiales penetraron en la habitación del rey y en lenguaje poco atento le indicaron que habia de salir y ser llevado al castillo de Hurst, mansión CARLOS I DE INGLATERRA. triste, sombría y por todos términos mala. Al llegar la noticia á la cámara creyó de su deber votar que el rapto del rey se habia hecho sin su consentimien¬ to , porque la cámara era incapaz de faltar á la palabra dada de que respetaria su libertad mientras estuviese en Newport. Después de este acto honroso conti¬ nuó la discusión , y al fin se votó que las proposiciones del rey eran á propósito para servir de base á la paz. Esta votación era una derrota para los indepen¬ dientes, pero derrota grande y que daba al través con su poder y con sus planes. A la maííana siguiente la tropa rodeó el palacio de la cámara é impidió la entrada á cuarenta y un diputados á quienes creía contrarios á sus proyectos. Al dia siguiente el ejércitoescluyóotros cuarenta diputados, y ni el general ni él consejo de oficiales quiso recibirlos, ni contestar al mensaje de la cámara que reclamaba á los escluidoé , y que vencida finalmente acordó tomar en considera¬ ción las proposiciones del ejército. Otros diputados fueron todavía escluidos, otros desertaron y finalmente la victoria era del ejército. Entonces los predicadores en¬ cendieron mas y mas á la muchedumbre, y á los generales, diciendo ante los restos de las dos cámaras que debía abolirse la monarquía. En medio de estas pláticas Cromwell tuvo la audacia de presentarse en la cámara y de decir que nada sabia de cuanto acababa de ejecutarse, mas que estando ya hecho lo aplau¬ día y era menester sostenerlo. La cámara le felicitó por sus triunfos en Escocia, y Cromwell tuvo la audacia de ir á ocupar en el palacio real las mismas habi¬ taciones de Cárlos. Desde luego se revocó todo lo hecho á favor de la paz, se presentaron peticiones para que se juzgase al rey, y al momento se reunió tropa á fin de que lo trasladasen desde el castillo de Hurst á Windsor. En la noche del 17 de diciembre oyó Cárlos el ruido del puente levadizo que se bajaba y pisadas de caballos en el patio del castillo. Al dia siguiente fué sacado de allí, y escoltado por un fuerte destacamento cuyos soldados iban siem¬ pre cerca de su persona y con la pistola en la mano, lo trasladaron á Windsor, en donde se prometía estar mucho mejor que en el castillo que habia dejado. Y precisamente en la misma hora en que llegaba á su nueva prisión las cámaras votaban que se le haria comparecer en justicia y nombraban una comisión para que preparase los cargos que debian dirigírsele. Cada partido suponía entonces, cual ha sucedido siempre, que era el único sostenedor de la verdad. Decidirse á favor de uno era enajenarse el otro, y pro¬ clamar la libertad religiosa era ofenderlos á todos. Apenas Cárlos se sentó en el trono que su antecesor le habia dejado ya muy mal seguro, lo probó todo para darle la firmeza que le faltaba. Desde luego quiso ocupar la energía nacional en guerras estranjeras y tuvo la desgracia de quedar desairado en ellas: dirigióse entonces á procurar la economía y la paz, mas el silencio á que condenó al par¬ lamento fué causa de que este adquiriese una popularidad que de otro modo no habría alcanzado; y por fin la revolución de los escoceses y el ardor de los pres- CARLOS I DE INGLATERRA. 23 biterianos hicieron la tranquilidad imposible, y fue preciso rechazar con las ar¬ mas las pretensiones de una reforma universal. Espantado Carlos cometió nuevas debilidades y abandonó siete de sus amigos que fueron conducidos al cadalso, después de lo cual el parlamento declaró que el rey había hecho bastantes con¬ cesiones para pensar en la paz; pero entonces Cromwell, que no era hombre pa¬ ra detenerse en mitad del camino, hizo coger al rey y marchó sobre Londres al frente del ejército compuesto de sus partidarios. Cincuenta y dos presbiterianos del parlamento fueron presos, otros desertaron, otros fueron escluidos aunque no privados de su libertad, y los independientes que se quedaron solos, vieron el momento de alcanzar un triunfo completo y acordaron sujetar al rey á un jui¬ cio. Aunque los lores rechazaron este decreto, los comunes sostuvieron que ellos eran los únicos que representaban el pueblo inglés, y que por lo mismo estaban revestidos de la autoridad suprema, y que todas sus deliberaciones te¬ nían fuerza de ley, sin necesitar para nada ni el consentimiento del rey ni el de los pares. A pesar de ser pocos los individuos de la cámara alzáronse muchas voces con¬ tra la formación de causa al rey, pues algunos pedían que no se hiciese sino de¬ ponerlo, según se había verificado con algunos de sus antecesores; otros sin atre¬ verse á manifestarlo hubieran deseado que clandestinamente se deshicieran de su persona para de esté modo conseguir el mismo objeto sin tener la responsabili¬ dad de su muerte; pero los mas osados, los republicanos puros, los que llevaban intenciones egoístas, querían un procedimiento público y solemne, que acredita¬ ra su fuerza y proclamara su derecho. Fairfax se declaró abiertamente contra semejante atentado, al paso que Cromwell, que era quien mas ardientemente deseaba que ese juicio se verificara, hablaba de ello con la hipocresía que era en él una costumbre inveterada. Después que muchos diputados manifestaron su parecer, ya favorable ya contrario, él tomó la palabra y dijo: Si alguno de los miembros de la cámara hiciese esta proposición premeditadamente, lo considera¬ ría como el mas insigne traidor de todo el universo; mas supuesto que la Provi¬ dencia y la necesidad traída sin duda por ella misma han hecho que la cámara haya de deliberar acerca de este asunto, ruego á Dios que le envíe su luz para que resuelva lo mas justo y conveniente, si bien por mi parte no estoy dispuesto á manifestar desde luego mi dictámen. Hace muy poco rato en que yo me dis¬ ponía á pedir que el rey fuese puesto en libertad , y cuando iba á esponer esta opinión mia noté que la lengua se me quedaba pegada al paladar, lo cual me dió á conocer la voluntad de Dios que lo ha repudiado. A fin de no sujetar al rey á un juicio sin una ley en cuyo nombre pudiera ser condenado, se sentó como principio que había traición por su parte en hacer la guerra al parlamento; y á propuesta del diputado Scott se adoptó al punto una ordenanza erigiendo para juzgarle un tribunal supremo que debían componer 24 GARLOS I DE INGLATERRA. ciento cincuenta individuos, seis pares, diez caballeros, seis concejales de Lon¬ dres, todos ellos hombres influyentes, del partido del ejército, de los comunes y de la ciudad. Al trasladarse la ordenanza á, la cámara de los lores, se manifestó Oposición contra ella, de suerte que lord Manchester dijo que no hay parlamento sin el rey, y que en consecuencia el rey no puede ser traidor con respecto al parlamento. Lord Derbigli dijo que antes se dejaría hacer pedazos que consentir en que su nombre fuese continuado en la ordenanza, porque esta para él era una infamia inaudita. Lord Pembroke dijo que no gustaba de intervenir en asun¬ tos de vida ó muerte, y que por tanto ni hablaría contra la ordenanza ni consen¬ tiría en ella. Al saber la cámara esta oposición de los lores, declaró que para nada necesitaba su consentimiento, pues los comunes representaban el pueblo in¬ glés y que en tal concepto tenían el poder soberano. Así pues se votó una nueva ordenanza disponiendo que el supremo tribunal de justicia instalado en nombre de los comunes solos y reducidos á ciento treinta y cinco miembros, se juntase al momento, como en realidad lo hizo. En los dias 8, 10, 12, 13, 15, 17,18 y 19 de enero se reunió en sesión secreta á fin de preparar los cargos, pero des¬ de luego se vió la división entre los individuos que nunca llegaron á ser mas de cincuenta. Fairfax fué á la primera sesión y no pareció en adelante, y otros acudieron únicamente con el objeto de manifestar su oposición. Habiendo algu¬ nos indicado temores de que alguna insurrección salvara al rey y derrocara el nuevo gobierno, Cromwell contestó que nadie se movería, y que le cortarían al rey la cabeza con corona y todo. El tribunal quedó reducido á pocos miembros; mas por desgracia de Cárlos eran precisamente los que habían jurado perderlo, y á quienes la retirada de los opositores dió mayor seguridad de que lograrían su objeto. Tomáronse todas las precauciones imaginables para que el pueblo no pudiese acercarse al tribunal, ni aun á los soldados á quienes se encomendaba su custodia. Después de muchas dudas, vacilaciones y pareceres, se determinó que el rey se presentase ante el tribunal el dia 20 de enero , y tres dias.antes, cual si ya se le hubiese condenado, se nombró una comisión para que fuese á los palacios y castillos reales á tomar inventario de cuanto allí existia y que desde entonces pasaba á ser propiedad del parlamento. El rey estaba bastante tranquilo en Windsor , cuando esperimentó un cam¬ bio grandísimo en la manera de ser tratado. Hasta entonces se le guardaron to¬ das las consideraciones imaginables, y era observada la etiqueta de la corte, y ahora repentinamente cesó todo eso y era servido por soldados que no usaban con él de ninguna ceremonia. Incomodado por ello, determinó comer en su cuarto, eligiendo dos ó tres platos de la lista que le presentaban. Al cabo de po¬ cos dias de este cambio el gobernador de Windsor le notició que en breve seria trasladado á Londres, nueva que le causó una inquietud muy marcada , tanto mas cuando todavía alimentaba esperanzas y aguardaba refuerzos de varios re¬ yes para recobrar sus derechos. CARLOS I DE INGLATERRA. A& El dia 19 de enero llegó al palacio de Windsor un destacamento de caballe¬ ría mandado por Harrison, con orden de llevar á Londres al rey á quien aguar¬ daba en el patio un coche tirado por seis caballos. Entró Carlos en él, y al cabo de pocas horas estaba en Londres en el palacio de San James, rodeado de guardas, con dos centinelas de vista y sin otro servidor que el fiel Herbert que dormía al lado de su cama. Carlos aunque muy afligido al ver todo esto y que ya no se le guardaba nin¬ guna de las consideraciones inherentes á su rango, nunca creyó que llegasen al estremo de sujetarlo á un juicio, pensando que lo único de que trataban era de espantarlo á fin de reducirlo á condiciones mas gravosas. Esperaba además que en el caso poco probable de que tuviesen la audacia de formarle causa, la Es¬ cocia se sublevaría é intervendrían todos los reyes; pero los escoceses se limi¬ taron á protestar, el rey de Dinamarca , primo de Carlos, se mantuvo en si¬ lencio , la España estaba en amigables relaciones con el parlamento, la Francia dió algunos pasos sin insistir mas, y los Estados generales enviaron una emba¬ jada que no produjo el menor efecto. El dia 20 apenas se había reunido el tribunal en sesión secreta á fin de arreglar los últimos pormenores, se dió aviso de que muy luego entrarían al rey. Cromwell salió á la ventana para ver la silla de manos puesta entre filas y en la cual iba el rey, y volvió á entrar pálido aunque muy animado, é instó para que pensasen lo que habían de contestar al rey , quien en su concepto al momento preguntaría en nombre de quién y con qué autoridad iban á juzgarle. Convinieron los jueces en que si hacia esta pregunta se le contestase que le juz¬ gaban en nombre de los Comunes reunidos en parlamento y de todo el buen pue¬ blo de Inglaterra. En el acto tomaron asiento los jueces presididos por lord Bradshaw, abrióse la sala, precipitóse el público en ella , y restablecido el si¬ lencio , se leyó el acta de los Comunes que había erigido aquel tribunal, se pasó lista de sus individuos de los cuales estaban allí presentes setenta, y el presidente mandó al ujier que hiciese entrar al preso. Presentóse el rey escolta¬ do por un corone] y treinta y dos oficiales; adelantóse hácia el asiento que le estaba preparado , se colocó en él sin descubrirse la cabeza y lanzando al tri¬ bunal una mirada severa. En el momento se levantó, miró la guardia puesta á su izquierda, paseó la vista por la muchedumbre que ocupaba la derecha, miró otra vez á los jueces y volvió á sentarse en medio de un silencio sepul¬ cral. El presidente se levantó y dijo : « Cárlos Stuart, rey de Inglaterra , los Comunes de Inglaterra, reunidos en parlamento y profundamente afectados por los males que se han hecho caer sobre la nación entera , y de los cuales sois considerado el principal causante , han determinado averiguar y castigar debi¬ damente este crimen , y con (al objeto han eligido este supremo tribunal de jus¬ ticia ante el cual acabais de comparecer, y en donde vais á oir los cargos que í 26 CARLOS I DE INGLATERRA. se os hacen.» Entonces se levantó el fiscal Coke para tomar la palabra, mas el rey tocándole la espalda con el bastón le dijo: Silencio. El puño del bastón se cayó , el rey se alteró de un modo muy visible, recogió el puño , lo colocó en el bastón y volvió á sentarse, de suerte que sin duda cambió de parecer, porque de otro modo después de haber dado la voz de silencio naturalmente habría dicho alguna cosa. Yiendo que callaba, el fiscal leyó la acusación en la cual se imputaban al rey todos los males hijos al principio de la tiranía y después de la guerra promovida por el mismo, y por conclusión pedia que se le juzgara como tirano, traidor y homicida. Durante la lectura , el rey que habia recobrado la serenidad dirigió sus mi¬ radas yaá los jueces, ya al público , levantóse otra vez, volvióse de espaldas para mirar lo que pasaba detrás de él y se sentó de nuevo con una apariencia indiferente y curiosa que tenia pasmados á los jueces. Cuando se oyó calificar de tirano, traidor y homicida, se echó á reir sin pronunciar no obstante una palabra. Concluida la lectura, el presidente le manifestó que el tribunal esperaba la respuesta , con lo cual se entabló entre Carlos y el presidente un diálogo , en el que este desempeñó un papel muy desairado por la inoportunidad de sus pala¬ bras , pues entre otras cosas dijo que el pueblo inglés le habia elegido rey , á lo cual Cárlos contestó que habia mas de mil años que la monarquía era here¬ ditaria. Echó en cara á los Comunes que mientras estaban tratando le habían dado palabra de honor de que respetarían su libertad, y no obstante habían quebrantado esa promesa, privándole de la libertad , arrebatándole hasta Lon¬ dres , y sujetándole ahora al parlamento, cuando sin rey no hay parlamento, y cuando allí no veia á los pares, sin los cuales tampoco estaba bien representado el pueblo de Inglaterra. El presidente no hallando medios hábiles para salir del conflicto en que le ponían los raciocinios de Cárlos, le dijo que el tribunal le habia oido , y que se dispondría lo que mandase, debiendo reunirse el lunes in¬ mediato ; y en seguida dio orden para que se llevaran el preso. El rey salió con la misma escolta que lo habia traído , y como al levantarse vió encima de la mesa la maza y la espada, tocó esta con el bastón y dijo: no Je tengo miedo , no. Al bajar la escalera se oyeron algunas voces de justicia, justicia ; pero eran muchos mas los que gritaban : Dios salve al rey, Dios salve á Y. M.’ Al dia siguiente el tribunal conminó con la pena de cárcel al que rompiese el silencio, y sin embargo al presentarse el rey se oyeron vivas aclamaciones. La discusión , que versó sobre el mismo punto que el dia anterior, fué igualmente acalorada por ambas partes, hasta que el presidente en tono agrio dijo al rey, que ni él, ni nadie podía poner en duda la jurisdicción del tribunal, que estaba constituido por la autoridad de los Comunes de Inglaterra , ante los cuales todos CARLOS I I)E INGLATERRA. 27 los reyes habían sido siempre responsables. El rey lo negó con valor, y el presi¬ dente , perdidas la gravedad, la madurez y la consideración que aquel cargo le imponía, dijo al rey que no estaba allí para cuestionar con el preso y que éste lo que debía hacer era decir si era culpable ó si no lo era. El presidente se acaloró mas; y viendo que Carlos insistía en que el tribunal no era legítimo , mandó que se llevasen el preso. El rey entonces volviéndose de repente hacia el pueblo le dijo: acordaos de que el rey de Inglaterra es condenado sin que le dejen esponer las razones que tiene en favor de la libertad del pueblo. Dios salve al rey , gritó nuevamente la muchedumbre. Al presentarse el rey en el dia 23 , se reprodujeron las mismas escenas y cada vez se mostraban mas á las claras la simpatía y el entusiasmo popular á favor suyo , y cuando la tropa gritaba justicia y ejecución, el pueblo contesta¬ ba con mas calor: Dios salve al rey. En ese mismo dia 23 cuando el rey salía un soldado le dijo: Que Dios bendiga á Y. M.; y como un oficial diera un bas¬ tonazo al soldado, el rey le dijo: Me parece, caballero oficial, que el soldado no merecía semejante castigo. Llovían representaciones, la fermentación crecía, hablábase de embajadas de reinos estranjeros; cosas todas qúe no hacían temer á los independientes, pero que Ies suscitaban embarazos, y los convencían mas y mas de que era indis¬ pensable evitar los retardos, antes que todas esas contrariedades tomasen cuerpo, y pudiesen finalmente presentar una resistencia temible. En este concepto deter¬ minaron no llamar mas al rey para evitar los debates, seguir el tribunal el proceso, y únicamente mandar comparecer á Carlos para leerle la sentencia cuando estuviese estendida. Los dias 21 y 25 se pasaron recibiendo declaración á treinta ó cuarenta testigos, y el dia 25 al terminarse la .sesión se acordó casi sin discutirla la condena del rey como tirano, traidor, homicida y enemigo del país. En aquel dia no asistieron al tribunal mas que cuarenta y seis miembros, y el dia 26 ante sesenta y dos y en sesión secreta se discutió y aprobó la sentencia que habia redactado una comisión nombrada en el dia anterior. El 27 después de dos horas de deliberar á puerta cerrada, se abrió la se¬ sión pasando lista de los jueces, y cuando se pronunció el nombre de Fairfax, una mujer contesló desde la galería: tiene demasiado talento para estar aquí. Estas palabras sorprendieron mucho, pero se pasó adelante en la lista y se encon¬ traron sesenta y siete individuos presentes. Cuando el rey entró en la sala se oyó un grito general de ejecución : los oficiales gritaban , gritaban los soldados, pero la multitud callaba consternada. El rey antes de sentarse pidió hablar una palabra; el presidente dijo que hablaría cuando le llegase la hora, pero que antes habia de oir. Carlos insistió, insistió el presidente y finalmente el rey calló y pareció mas tranquilo cuando el lord dijo que podría hablar antes de 28 GARLOS I DE INGLATERRA. pronunciarse la sentencia. El presidente entonces dijo: « Caballeros: todos sabéis que el preso que tenemos delante ha comparecido otras veces ante el tribunal para responder al cargo de traidor y de otros crímenes de que se le acusa en nombre del pueblo de Inglaterra.—Ni siquiera la mitad del pueblo, gritó la mis¬ ma voz que había respondido al nombrarseá Fairfax. ¿En dónde está el pueblo? ¿Cómo consta su consentimiento?Oliverio Cromwell es un traidor.» Atales vo¬ ces toda la asamblea se estremeció, todos los ojos se dirigieron hácia la galería: Abajo las prostitutas, gritó Axtell; soldados, disparadles. Entonces fue recono¬ cida la esposa de Fairfax. El alboroto se hizo general, los soldados, que los había en todos los puntos y muchos en número, á duras penas podían contener al público : mas al fin se restableció la calma, él presidente recordó cuán obstinado se manifestó el rey en negar los cargos que se le habían dirigido , y declaró que el tribunal aun¬ que estaba unánime con respecto á la sentencia, consentía antes de pronunciarla en oir los descargos del acusado, con tal que reconociese la jurisdicción del tri¬ bunal que le juzgaba. Pido, dijo el rey, que me oigan privadamente los lores y los Comunes acerca de una proposición que importa mucho mas á la paz del reino y á la libertad de sus súbditos que á mi conservación propia. Estas palabras del rey causaron una agitación muy grande, porque todos los presentes discurrían acerca de que podría ser lo que iba el rey á propo¬ nerles. El partido comenzaba á temer y el presidente sostuvo que aquello no era masque un medio para burlar al tribunal. Cárlos insistía, y mientras tanto los brutales soldados le iban estrechando, le insultaban, le arrojaban á la cara el humo de las pipas, y el coronel Axtell se burlaba y reía á carcajadas. El rey o-ritaba para que á lo menos se restableciese el silencio, pero le contestaban justicia, justicia; y al fin turbado, y como fuera de sí, gritó con voz firme y resuelta: oid, oid. Reproduiose la gritería, los individuos del tribunal esperi- mentaron una sensación nueva, el coronel Downs se removía en su asiento, el coronel AVarton procuraba contenerlo, mas Downs declaró que no callaría aun¬ que debiese costarle la vida, y que sus corazones no eran de piedra. En efecto, prescindiendo de cuanto decían sus compañeros, de las amenazas que le dirigie¬ ron de que los perdía y se perdía ásí mismo, se levantó y dijo, hablando al pre¬ sidente, que su conciencia no le permitía negarse á la petición de Cárlos, y que en consecuencia pedia que el tribunal se retirase para deliberar acerca de lo que el rey proponía. El presidente contestó que puesto que un individuo del tribunal lo solicitaba, el tribunal debía retirarse; y al momento todos pasaron á una sala inmediata. Entrados en ella, Cromwell, reconvino con mucha acrimonia al coronel que se defendió, y tuvo algunos individuos que le apoyaron; pero Cromwell no sabia oir con calma tales discursos, y mostrando una impaciencia brutal y CARLOS I DE INGLATERRA. 29 removiéndose á todos lados acabó por interrumpir á los que defendían la pro¬ puesta de Carlos y dijo: Es indudable que Carlos es el hombre mas terco é in¬ flexible del mundo, y si el coronel obra de este modo, es porque quisiera salvar á su antiguo amo ; pero yo no lo permitiré. Acabemos de una vez, volvamos al tribunal y concluyamos nuestro deber. La discusión quedó sofocada por los gritos de los partidarios de Cromwell, y á la media hora el tribunal ocupaba otra vez su puesto, y el presidente declaró al rey que el tribunal no podía ad¬ mitir su proposición. Cárlos insistió con poco empeño, y todo su aspecto indicaba que su ánimo se había conturbado: no obstante á una pregunta del presidente contestó con serenidad que nada tenia que añadir. En seguida habló largo rato el presidente haciendo la apología de todos los actos del parlamento ; y en contraposición es- puso con lenguaje duro todos los yerros y los actos tiránicos del rey cuya turba¬ ción iba creciendo sensiblemente. Aunque quiso decir algo cuando el presidente hubo terminado, no se le permitió, y el escribano leyó la sentencia, en la cual se imponía á Cárlos la pena de muerte. Terminada la lectura el rey quiso hablar otra vez, insistió mucho en ello, dijo palabras sueltas y hasta incoherentes, mas nunca pudo recabar que le oyeran , y al fin levantando su voz profirió estas palabras: discurrid , ingleses, que justicia podéis esperar de este tribunal cuando á mí me la niega. Sin dejarle casi terminar la frase los soldados le rodearon completamente y arrancándolo del asiento y usando siempre de la mas salvaje violencia lo lleva¬ ron hasta el sitio en que lo aguardaba la silla de manos. Aquella soldadesca desenfrenada y brutal le dirigió los mas groseros insultos, le arrojaban á la cara el humo de las pipas, gritábanle al oido ejecución , ejecución , y el ruido y la gritería, y los ultrajes de esos miserables resonaban por encima de las acla¬ maciones del público que decia: Dios salve á V. M. y le saque de manos de sus enemigos. La silla y la escolta marcharon hácia Whitehall, en cuyo camino había un cordon de soldados, que repetían los gritos, justicia y ejecución ; pero Cárlos había recobrado su serenidad completa, y al salir de la silla esclamó: mi¬ serables 1 por un chelín gritarían lo mismo contra los que les hacen gritar con¬ tra mí. El parlamento y los independientes se acreditaron entonces de ser gente soez y salvaje , porque lejos de impedir tales ultrajes , de que nunca han dejado de verse libres en semejante lance los ladrones y los asesinos, atizaban todavía á los soldados, harto dispuestos á insultar á un hombre que iba preso y que es¬ taba ya condenado á muerte. Tan cierto es que las pasiones políticas convierten a los hombres en animales feroces, en quienes ni aun puede buscarse aquel ins¬ tinto que dispierta la compasión hácia un semejante desventurado. Los miem¬ bros del tribunal aplaudían esos ultrajes y algunos de ellos hasta los prodigaron, CARLOS I DE INGLATERRA. 30 sin advertir la degradación á que descendían y lo miserables que eran y co¬ bardes. Cuando el rey estuvo otra vez en Whitehall dijo á Herbert que sin duda algunos lores adictos á su persona querrían verle, pero que siendo breve el tiempo que le quedaba y deseando emplearle para procurar la salvación de su alma, le encargaba que les diese las gracias en su nombre, y Ies rogara que le perdonasen porque no los recibía, pues tan solo deseaba despedirse de sus hijos. A su ruego se permitió que fuesen á verle sus dos hijos menores, la princesa Isabel y el duque de Glocester, y el obispo de Londres. El dia 28 el rey fué lle¬ vado á San James y allí se le presentó el obispo cuyas lágrimas enjugó Cárlos, pidiéndole que no hablaran sino del negocio de su alma, y de ningún modo de aquellos miserables que lo tenían en su poder y estaban sedientos de su sangre. Pasó el dia entero con el obispo sin ocuparse sino de su conciencia y de su alma que quería llevar bien preparadas al tribunal de Dios. El dia 29 le condujeron sus dos hijos que tenían, la princesa unos doce años y el duque ocho. Ambos lloraron , y su padre se los sentó en los muslos, consoló ásu hija, le dió consejos, encargóle que dijera á sus hermanos que había per¬ donado á sus enemigos, y á su madre que la amaría hasta el último suspiro. Volviéndose luego á su hijo le dirigió las siguientes palabras: Tierno amor mió, van á cortar la cabeza á tu padre. El niño lo miraba fijamente y en su rostro se leia la turbación y la especie de duda, incertidumbre ó falta de comprensión para entender bien claramente lo que todo aquello significaba. Garlos continuó: «Atiende bien lo que voy á decirte, hijo mió. Dentro de uno ó dos dias me cor¬ tarán la cabeza y tal vez querrán hacerte rey; pero oye bien, hijo mió, oye bien y no olvides nunca mis palabras. Tú no puedes ser rey mientras vivan tus hermanos Cárlos y Jacobo, porque ellos deben serlo antes que tú. Si los co¬ operan también les cortarían la cabeza y después te la corlarían á tí, hijo mió: así pues te mando que nunca te dejes hacer rey por esos hombres que hacen cortar la cabeza de tu padre.—Antes me dejaré hacer pedazos,» contestó el niño conmovido y sin saber lo que le pasaba. El rey lo abrazó con la mayor ternm ra lo puso en tierra, abrazó á su hija, bendijo á los dos, pidió á Dios que los bendijera, y alzándose de repente dijo al obispo que se los llevaran. Los niños lloraban,' el padre en pié y apoyando la cabeza en la arista de una ventana pro¬ curaba ocultar las lágrimas; mas cuando los niños iban á salir, el padre se separó violentamente de la ventana, volvió á cogerlos, los bendijo otra vez, y arrancándose á sus caricias, se hincó de rodillas y se puso á orar, acompañado del obispo y de Herbert, únicos testigos de aquella escena desgarradora. Bien distinta era la que en la misma mañana se representaba en el parla¬ mento Aquella hubiera conmovido á esos mismos hombres que hacían alarde de su ferocidad; esta hubiera escitado la cólera, la compasión y el desprecio de CARLOS I DE INGLATERRA. 61 cualquiera, aun quizás de los mismos que deseaban la muerte de Carlos. Con¬ gregado el tribunal fijó la ejecución para el 30 á medio dia. Cuando se trató de firmar la orden fatal los jueces no parecían; dos ó tres de los mas furibun¬ dos detenían en la puerta de la sala á los compañeros que iban á la Cámara y los apremiaban para que firmaran, pues entre los mismos que votaron la con¬ dena, unos se escondieron y otros se negaron resueltamente á suscribir la sen¬ tencia y la orden para ejecutarla. Cromwell, único que estaba alegre y bulli¬ cioso, se chanceaba con todos usando aquellas bufonadas chocarreras que le eran tan comunes, firmó el tercero y tiznó con tinta el rostro de Enrique Mar- tyn que á su vez le ensució el suyo. Habiendo entrado casualmente el coronel Ingoldsby, que nunca quiso tomar asiento en el tribunal aunque era uno de los jueces, Cromwell lo cogió diciendo que esta vez no se escaparía, y en medio de risotadas y bulla, ayudado por algunos compañeros, le metió la pluma entre los dedos y llevándole la mano le hizo poner su nombre. A duras penas y por medios parecidos á los ya dichos se reunieron cincuenta y nueve firmas, algu¬ nas de ellas tan borroneadas que casi era imposible leerlas. Vino finalmente el dia 30, y muy de mañana y en un cuarto de Whitehall estaban reunidos Ireton, Harrison, Cromwell, Hacker, Hunks, y Axtell, para redactar la orden que debía darse al ejecutor. Cromwell quiso que el coronel Hunks la escribiese y firmase, pero no obs¬ tante el empeño de Cromwell y de Axtell no pudieron conseguir que lo verifi¬ case; Cromwell incomodado la escribió y la presentó al coronel Hacker que no tuvo inconveniente en firmarla. Entonces mismo se levantaba Cárlos después de cuatro horas de un sueño profundo. Notando que Ilerbert lo peinaba con menos esmero de lo que tenia de costumbre, le dijo que mirase bien loque hacia, pues su ánimo era presentarse bien vestido y peinado como un novio. Al vestirse pidió dos camisas diciendo que el tiempo estaba muy frió y que era posible que temblase, y como esto se atribuiría á miedo, quería por todos términos evitar suposición semejante. A las diez de la mañana estaba orando con el obispo cuando llamaron muy suavemente á la puerta. Al cabo de un ratito dieron otro golpe algo mas recio. Ilerbert que había oido el primero se quedó petrificado, mas el rey con mucha serenidad le dijo que viese quién llamaba, y sabiendo que era el coronel Hacker, el rey mandó que entrase. «Señor, dijo el coronel en voz baja y temblando, ha llegado el momento de ir á Whitehall, en donde Y. M. podrá descansar una hora.—Al punto, dijo Cárlos, dejadme.» El rey se recogió un instante, y to¬ mando por la mano al obispo le dijo: Venid, partamos. Herbert, añadió, abrid la puerta, pues el coronel llama. El rey llevaba á la derecha al obispo y á la izquierda al coronel, y habiendo observado que el coronel Tomlinson que mar¬ chaba al frente de la escolta y con la cabeza descubierta le guardaba muchos CARLOS I DE INGLATERRA. 32 miramientos, le rogó que no le dejase hasta el último momento, y durante el camino le habló de su entierro y de las personas que deseaba que cuidasen de este encargo. Su apostura era noble y serena, sus ojos brillaban como en los dias de su mas robusta juventud , y su paso era tan firme y veloz que la tropa tenia que precipitar el suyo para seguirle. Ai llegar á Whitehali, se quedó solo con el obispo, y como algunos ministros independientes quisiesen entrar para ofrecerle sus servicios, Carlos encargó al obispo que en su nombre les diese las gracias y les añadiera que después de haber orado tantas veces contra él, no podían orar en su compañía en aquellos últimos momentos. Solo ya con el obispo recibió la comunión, y levantándose sereno dijo: Ven¬ gan esos miserables, les he perdonado con toda mi alma y estoy dispuesto para todo lo que pueda acontecerme. No quería comer cosa alguna, mas el obispo se lo rogó haciéndole presente que estaba en ayunas, que hacia mucho frió y que podría desmayarse por la falta de alimento. Es cierto, dijo el rey, y tomó un bocado de pan y un poco de vino. A la una de la tarde el coronel Hacker llamó á la puerta y en el acto el obispo y Herbert cayeron de rodillas. El rey dió la mano al obispo para que se levantara y mandó á Herbert que abriese al coronel, que otra vez llamaba, y á quien dijo: Id, ya os sigo. Metióse entre filas de los soldados, por esta vez silencio¬ sos, y marchó sereno hacia el cadalso en cuyos dos lados se veian dos hombres vestidos de marineros y con careta que tenían una segur muy cerca de ellos. El rey iba con la cabeza erguida, miraba hacia todos lados buscando al pueblo pa¬ ra hablarle; pero en la plaza no había mas que soldados que impedían acercar¬ se á cuantos lo intentaban. Entonces Carlos dirigiéndose al obispo y á Tomlin- son les dijo que puesto que solo ellos podían oirle, á ellos diria lo que pensaba haber dicho al pueblo. Les dirigió entonces un discurso que sin duda ninguna había preparado y cuyo objeto era manifestar que el desprecio de los derechos del rey era la causa de las desgracias del pueblo, que el pueblo no debía mez¬ clarse en el gobierno y que mientras lo hiciera no tendría paz ni libertad. Ha¬ biendo notado que alguno tocaba 1a. segur, se volvió agitado y dijo: Cuidado con la segur, que si la echáis á perder me hará daño. En todo el tiempo que pasó durante la escena referida, reinó en la plaza un absoluto silencio: la consternación, la espantosa solemnidad de aquel acto y aquella especie de asombro que causaba ver en un cadalso al que acababa de dejar un trono, tenian á los espectadores sobrecogidos y en un estupor que no habían esperimentado nunca. Los ojos de todos estaban clavados en el rey, cuyos movimientos seguían y cuyas palabras les parecía oir desde todos los puntos de la plaza. Finalmente Cárlos se puso un gorro de seda y preguntó al verdugo si los cabellos podían ser un estorbo. El verdugo inclinándose con res¬ peto contestó: Ruego á V. M. que se los acomode debajo del gorro. Hízolo el CARLOS I DE INGLATERRA. 33 rey ayudado por el obispo, y mientras tanto decia: (.(Tengo á mi favor una bue¬ na causa y un Dios clemente.—Sí señor, le contestó el obispo, no hay que dar sino un paso , pensad que ese paso es un trecho inmenso, pues con él vais de la tierra al cielo.—Paso de una corona corruptible áotra incorruptible, dijo el rey, y allí arriba no hay angustia ninguna, ninguna especie de angustia.» Vol¬ viéndose al ejecutor le preguntó si tenia bien arreglados los cabellos. Quitóse la capa y la cruz de San Jorge y se la entregó al obispo diciéndole: Acordaos de mí. Entregó luego la capa y mirando el tajo dijo al ejecutor: «Haced que esté bien firme.—Lo está mucho, señor,» contestó el verdugo. El rey le dijo entonces: Dirigiré al cielo una breve oración , y cuando estienda las dos manos, descargad el golpe. Recogióse en sí mismo, alzó los ojos al cielo, arrodillóse, colocó la cabeza en el tajo, y á los pocos momentos estendió las manos y la cabeza cayó al primer golpe. El verdugo cogió la cabeza y enseñándola al pueblo dijo: Mirad la cabe¬ za de un traidor. Oyóse una esclamacion general semejante á un largo gemido, muchas personas se precipitaron á empapar sus pañuelos en la sangre de Cár- los, y los piquetes de caballería fueron dispersando la muchedumbre, pero con aire melancólico y con consideración y calma. Cuando la plaza quedó desierta se llevaron el cuerpo de Garlos que estaba ya metido en un ataúd y Cromwell tuvo el horroroso capricho de verlo y de le¬ vantar con las manos la cabeza como para asegurarse de que estaba separada del cuerpo. Contemplólo un rato y esclamó: Era un hombre robusto , y hubiera vivido muchos años. El féretro estuvo siete dias en Whitehall, y aunque era inmensa la muche¬ dumbre que iba á verle pocos podían lograrlo. El dia 6 de febrero los Comunes mandaron entregarlo á Herbert y á Mildmay para que le enterrasen en Wind- sor en la capilla de San Jorge en que había sido depositado el cadáver de En¬ rique Yíll. La traslación se verificó sin pompa aunque de un modo decoroso, y acompañándolo los servidores que habia tenido en la isla de Wight. El dia 8.se. celebraron sus funerales y asistieron á ellos el obispo que le habia ausiliado, el duque de Richmond , el marqués de Hertford, y los condes de Southampton y de Lindsey, quienes grabaron sobre el féretro este sencillo epitafio: Cárlos rey, 1G£8, (que atendido el modo como los ingleses comenzaban entonces el año corresponde, según nuestra cuenta, el dia de la ejecución al 9 de febrero de 19^9). Cuando la comitiva llegó al sitio destinado para la sepultura, el obispo se disponía á oficiar según los ritos de la iglesia anglicana; pero el goberna¬ dor del castillo no quiso permitírselo, diciendo que la liturgia decretada por las dos cámaras obligaba al rey lo mismo que á los demás ingleses; con lo cual fué preciso ceder, v sin practicarse ceremonia ninguna todos salieron de la capilla y el gobernador cerró la puerta. No podemos menos de terminar este artículo con las palabras del historiador 5 3i EL MUNDO SOCIAL. Cesar Cantú. «La sentencia, dice este ilustre escritor, espresaba que Carlos ha¬ bía sido elegido rey de Inglaterra, que había recibido en depósito una autori¬ dad limitada, que después había hecho la guerra al pueblo y á sus represen¬ tantes, á fin de dar mayor estension á las prerogativas reales, y que por todo esto se le condenaba á muerte como traidor, tirano , homicida y enemigo del pueblo. En todo esto no habia una palabra de verdad. No había sido elegido rey, sino que nació tal: la monarquía no se le dió como un depósito, sino que la debió á su nacimiento: su poder no estaba limitado sino por la fuerza, y cuando prevaleció la del pueblo, el pueblo quiso que muriese para que es¬ piara esa plena autoridad de que se habia hecho responsable. »Es cierto que habia quebrantado las leyes del reino por medio de falsedades y disposiciones opresivas, que usurpó las funciones de la magistratura, impuso contribuciones, coartó la libertad de las discusiones, desconoció el derecho de petición , mandó prisiones arbitrarias, y dió pruebas de que no era posible fiar en su palabra, y los mismos que tomaron su defensa comienzan con la absurda frase de que era un mal rey, pero hombre de bien.De todos modos su su¬ plicio fue perjudicial ala causa de la libertad, tanto mas porque si habia me¬ recido la muerte por las intrigas de que echó mano á fin de sostener el abso¬ lutismo que sus predecesores le habían transmitido, la sufrió magnánimamente. Inspiró una compasión general, sobre todo cuando hubo aparecido la obra titu - lada: La imagen del rey , que según sostienen algunos escribió durante su prisión el mismo Carlos.» A estas palabras de Cantó añadiremos tan solo que, aun siendo ciertos los cargos que le hace , no sabemos hallar en ellos delito que merezca pena de muerte, y mucho menos convenimos en^que quien lo juzgó tuviera derecho de juzgarle. L ' . ,, •; í :V s de las tardes de! mes de setiefpfefe en la hora .en que la, caropar •ion resonad; i en ; " inmediaciones i • 1 . de /Thoum*.. hbeiejo una tempesto «.-.daba ucobsía-, - .... , ' - nubes, A gana.-; bar- .alores que se ítabmü retardado é>bavu; por sobro as aguas de esos« adores, hombr» nti <- le» - ?> . , u.,¿ ilepar al .lli. ii\ . ■ í o' anciano hacia pa' o <?¿ .v : i distancia de ..v au . xas sinuosidades se •ititrodlician ha * -e- ! t O dr •: n : igualdades del terreno se -ov-. hacia ya algún . i - \ ¿ el traje del país, que •< ¡ c alguna f-a, ;0- ■ : tiempo en tiempo derramái s . u= por el- lago;. \.ien- r adelantó gritando rr : ¡s- > . i o Buhler, tio.Buh- t r , \ -dirigió la barca hae; puV,; de pía)a desde la -e en el barquichue! ; -mío el joven bulto airado barquero: Dejad acá lo- ; me- po-ique so» duda debéis > sanio á mi el mal tiempo me bn impedido ir a la monta- • iodo. -—No estoy cansado. Il!i,(t»je e! anciano amiga- soa los remos, porque es bueno que de tiempo en tíem- í ¡es de otro mojo con los Alpes acabarías pm ( d v k '<e t v , vigorosamente. Es una verdadera lástima, dijo el n -o ú-sioo, porque me hubieras reemplazado al~ t:ií con viveza, ni sirvo para, eso, ni le tengo aii- (POR ROHMBERG.) Erase una de las tardes del mes de setiembre en la hora en que la campa¬ na de la oración resonaba en las inmediaciones del lago de Tlioune. El cielo sin anunciar una tempestad estaba no obstante cargado de nubes. Algunas bar¬ cas de pescadores que se habían retardado remaban todavía por sobre las aguas del lago y se dirigían hacia la playa á fin de poner en seguridad el fruto de su trabajo. Uno de esos pescadores, hombre entrado en años, procuraba llegar al pueblo de Dartli. El robusto anciano hacia pasar su esquife á poca distancia de la ribera, cuyas numerosas sinuosidades se introducían hasta muy adentro del lago. En medio de esas desigualdades del terreno se paseaba hacia ya algún tiempo un joven vestido con el traje del país que parecía buscar alguna cosa, y que no obstante de tiempo en tiempo derramaba su vista por el lago. Vien¬ do la barca del anciano se adelantó gritando repetidamente: Tio Buliler, tio Buh - ler! Oyóle el pescador, y dirigió la barca liácia una punta de la playa desde la cual era muy fácil meterse en el barquichuelo. Cuando el joven hubo entrado en él, dijo al anciano barquero : Dejad acá los remos, porque sin duda debeis estar cansado, y en cuanto á mí el mal tiempo me ha impedido ir á la monta- Ra > Y estoy dispuesto para todo.—No estoy cansado, UJi, dijo el anciano amiga¬ blemente; no obstante toma los remos, porque es bueno que de tiempo en tiem¬ po te ejercites en ellos, pues de otro modo con los Alpes acabarías por olvidar el oficio. Uli se puso á remar vigorosamente. Es una verdadera lástima, dijo el viejo, que no hayas seguido mi profesión, porque me hubieras reemplazado al¬ gún dia.—Eso no, tio mió, dijo Uli con viveza, ni sirvo para eso, ni le tengo afi- 36 el mundo social. cion ninguna. El tio meneando la cabeza replicó : Pero, muchacho, el oficio que tú ejerces, á decir verdad, no es oficio siquiera : al fin y al cabo algún dia ter¬ minarás miserablemente tu vida en alguno de esos precipicios á donde vas á re¬ coger á costa de mucho trabajo huevos, mariposas, plantas, y curiosidades de historia natural . Vos olvidáis, tio mió, replicó Uli, que han muerto muchos mas hombres en las aguas que en las montañas: y además yo gano mas dinero que vos; porque según dicen el pescado escasea mas de cada dia, y me parece que vuestra pesca no ha ido muy abundante.—Por desgracia es muy cierto, contestó el tio con acen¬ to triste; Teresa va á ponerme mala cara porque proveo tan escasamente su co¬ cina. Y no será porque la habilidad me falte, sino que desde la maldita moda de los barcos de vapor que atraviesan el lago á todas horas yen todas direcciones, va faltando el pescado, en términos que muchas veces ni para casa tenemos. Los estranjeros en otro tiempo venían á nuestra mesa tan solo para comerlo, puesto que Teresa ha heredado de mi esposa la buena mano que tenia para guisarlo.—Esa es una délas razones, dijo Uli, porque prefiero mi oficio al vuestro; pues no me gusta ver á esos señores que vienen á decirle galanterías á Teresa : de suerte que si yo debiese oirlos todos los dias seria cosa muy capaz de traer malas consecuen¬ cias, y por último causaros perjuicios. El viejo miró con mucha atención á su sobrino, y le dijo: ¿Y por qué te to¬ mas ese vivo interés por Teresa?—¿Acaso no somos parientes y muy próximos? dijo Uli.—¿Y no hay otra causa de por medio? preguntó el anciano. El joven se puso de mil colores, bajó los ojos, y después de una breve pausa contestó : Bue¬ no : mejor es que yo me esplique francamente con vos, porque mas tarde ó mas temprano hemos de ir á parará eso. Yo amo á Teresa, y ella ha debido cono¬ cerlo aunque nunca le he declarado mi amor.—Eso lo creo muy bien, observó el anciano, porque las mujeres jóvenes tienen muy buen ojo para conocer estas co¬ sas. En cuanto á mí no opondré obstáculo alguno á vuestra unión : únicamente te aconsejo que no te descuides y que te espliques con ella, porque hay otros que la miran con buenos ojos. El joven se estremeció al oir estas palabras, y se puso pensativo. Bien pronto la barca llegó á la playa. Uli se lanzó á tierra, amarró e! esquife, y los dos se dirigieron al pueblo sin decir una palabra. Buenas noches, tio, dijo el joven rompiendo el silencio cuando hubieron líe¬ nlo cerca de la casa del pescador, buenas noches, y memorias á Teresa.—Bien podrías venir esta velada á hablar un rato, dijo el anciano, y si piensas hacerlo no me despido. Uli alzó los ojos al cielo como para interrogarlo, y luego seña¬ lando con el dedo hácia el lado de Oriente, dijo: Mañana hará buen dia, y he de irme muy temprano á la montaña, de manera que me quedan muy pocas ho¬ ras para dormir, así es que no podré haceros compañía. Entonces, buenas no¬ ches, dijo el tio marchándose, mientras que Uli volvía la espalda para irse á su LA FAMILIA DEL PESCADOR, 37 casa. Pobre chico, pensó el anciano, posará mala noche, y no podía ser de otro modo : esos dos muchachos son igualmente desgraciados, y esto puede traer consecuencias muy malas. Tony es un joven atrevido, como todos nuestros ca¬ zadores de los Alpes, y á fe que el pobre Uli tendrá que sostener un combate terrible. Entróse el pescador en su casa en donde Teresa con su amable recibi¬ miento puso término á las sombrías reflexiones de su padre, y cuando, gracias al cuidado de la muchacha, el olor que echaba el humo de la cazuela le llegó á las narices recobró su habitual alegría. Hemos dicho antes de ahora que la casa del anciano Buhler era una espe¬ cie de bodegón que tenia gran fama hasta mucha distancia á la redonda por el pescado; sin embargo es preciso no confundirla con una fonda elegante, porque allí todo tenia el sello de la sencillez mas rústica. Servíase el pescado sin man¬ teles y sin servilletas, aunque con una limpieza esquisita. La reputación de hermosura que tenia Teresa era causa muy poderosa de la afluencia de foraste¬ ros que allí se observaba, aunque por sus modales y su continente la joven suiza mantuvo siempre á muy respetuosa distancia álos viajeros, de suerte que Uli se alarmaba sin el menor motivo. El buen anciano que en ninguna parte se en¬ contraba tan feliz como en compañía de la joven, estaba ahora tranquilamente ocupado fumando una pipa, cuando Teresa le dijo: Hoy se me ha hecho muy pesada vuestra larga ausencia; y hasta que habéis vuelto no se me ha desaho¬ gado el corazón.—Mucho mas temprano habría llegado, replicó él, si la pesca hu¬ biera ido mejor; pero á la verdad he tenido poca fortuna. Luego me encontré á Uli que me ha encargado memorias para tí; este encuentro también ha contri¬ buido á mi tardanza. El anciano y la joven continuaron hablando y Buhler pre¬ guntó qué cosa habia pasado en casa durante su ausencia. Teresa respondió que en todo el dia no habia ido nadie, lo cual calmó un tanto al viejo del pesar de la escasa pesca, porque si nadie habia ido las provisiones de la casa debían ser las mismas. Üe suerte que no ha venido nadie, dijo al cabo de un rato que Teresa le entretenía con su graciosa charla.—Se entiende, respondió Teresa, que no ha ve¬ nido nadie con respecto á forasteros, pero Tony se ha estado aquí conmigo desde el mediodía hasta poco antes de vuestra vuelta.—¿Y qué quería? preguntó ma¬ quinalmente el viejo.—Lo que quiere siempre, respondió Teresa, quería verme. Mas ya que la ocasión se ofrece, tengo que deciros, padre mió, que no me gusta absolutamente hallarme sola con Tony, porque me mira de un modo muy sin¬ gular. Casi me da miedo, y á veces me hace unas preguntas tan raras que no sé qué contestarle. Hoy me ha inquietado mucho con unos dichos y palabras som¬ brías, de que yo no entendía una palabra. Las esplicaciones de Teresa confirmaron los tristes presentimientos del an¬ ciano, y volvieron á dispertar sus anteriores inquietudes. Esta noche volverá, dijo Teresa sin advertir el aire caviloso de Buhler, para hablaros de asuntos sé- EL MUNDO SOCIAL. 38 ríos é importantes, según lia dicho.—¡Ah ! ¿Lo ha dicho él mismo? preguntó el pescador con aire reflexivo.—Ahí le teneis, dijo la joven mirando con inquietud, y escuchando los pasos del mancebo que se iba acercando. Yo no sé lo que tengo, padre mió, pero dejad que me vaya á mi cuarto, porqueme siento el corazón oprimido. El anciano besó la pura y blanca frente de la doncella y le dijo con ternu¬ ra : Ve, hija mia, pídele á Dios lo que mas te convenga. Apenas había salido Teresa cuando se abrió la puerta y entró Tony, hombre joven, de espaldas robustas, con aire sério y casi sombrío, y con aquel conjunto particular que revela un cazador de los Alpes. El pescador volvió el saludo al mozo que dejando la carabina se sentó en un banco de encina al lado del ancia¬ no. Es raro que vayas por aquí á estas horas, Tony, y mas cuando hace algu¬ nas semanas que no te veo en ninguna parte, dijo el anciano para entablar con¬ versación.—No gusto mucho de las visitas de noche, contestó Tony, y seguramen¬ te no habría venido ahora si no os hubiese estado aguardando esta tarde durante mucho tiempo. Pero quería hablaros: hoy es Santa Egidia, y en vuestra casa nadie se ha acordado de semejante circunstancia. Yo quisiera que se hiciese al¬ guna cosa esta noche.—¿Tú te figuras que nadie se ha acordado? dijo el anciano arrugando la frente : todos en casa nos hemos acordado, aunque no hablemos tanto como tú. Tony hizo como quien no oye esta reconvención indirecta. Al atra¬ vesar hoy el lago, dijo el pescador, me he acordado otra vez del dia á que te re¬ fieres. La alegría y el dolor se han confundido en mi alma, al pensar en aquel dia fatal en que tuve la desgracia de perder un hermano, y en que encontré á Teresa, á la cual amo tanto como podría amar á una hija.—Hace ya diez y siete años, dijo Tony interrumpiéndole, y tengo vivos deseos de que me contéis mi¬ nuciosamente el suceso. ¿A qué fin dispertar antiguos dolores? dijo el anciano : sin embargo quiero acceder á tus deseos, con la condición de que nunca mas me hablarás de seme - jante cosa, que me aflige demasiado. En el dia de Santa Egidia, diez y siete años’ atrás, el buen tiempo había traído al lago muchísimos paseantes, llácia las tres de la tarde se levantó una tormenta cual no la he visto nunca; todo' el lago era una vasta llanura de espuma hirviendo, en la cual de cuando en cuando se veia aparecer un punto negro, que era una barca que luchaba con el furor de los ele¬ mentos. Todas las gentes del pueblo estábamos en la playa sufriendo las mas vi¬ vas angustias, y entonces vimos á la distancia de un tiro de fusil un barco que tan pronto aparecía en la superficie como se ocultaba entre la espuma. A veces algunos brazos alzados al cielo parecían reclamar el ausilio de los hombres á fa¬ vor de los desventurados que se hallaban en la mayor desesperación. Había pre¬ senciado largo rato esa desgarradora escena, y como mi alma no tenia un mo¬ mento de reposo, determiné volar al ausilio de aquellos infelices. Todo el mun- LA FAMILIA DEL PESCADOR. 39 do decía que era una locura, y á mí no dejaba de parecerme lo mismo; mas no obstante desamarré la barca encomendando mi alma á Dios. Estaba ya a punto de partir cuando tu padre se lanzó tras de mí á la lancha, diciendo : No se di¬ rá de mí que un hermano ha abandonado al otro hermano en el momento del peligro. Apretóle la mano, nos alejamos de la playa y aun vi á nuestros vecinos y amigos arrodillados en tierra implorando al Omnipotente en favor nuestro. No creas que fuese empresa fácil la que acometíamos, y muchas veces, cuando se trataba de atravesar las amontonadas olas, fatigados y sin aliento nos caíamos sobre los bancos de la barca. Con frecuencia nos faltaba el valor, pero lo reco¬ brábamos al momento. Por último tuvimos la dicha de poder acercarnos á la barquilla que nos pareció llena de agua y próxima á sumergirse. Los náufragos guardaban un profundo silencio, hijo de la inminencia del pe¬ ligro. Sin duda creyeron que éramos sus ángeles salvadores; pero en el instan¬ te en que íbamos á atracar, una ola furiosa se estrelló contra el esquife arras¬ trándolo al abismo. El rechazo de aquella ola se hizo sentir en nuestra embar¬ cación y la llenó de agua, de modo que me tiró de costado; y cuando pude le¬ vantarme tu padre había desaparecido. La desgracia no erasinomuy cierta, pues la ola que á mí me tiró redondo, á él le había sacado de bordo. Escapóse de mi pecho un grito de horror, mis ojos se dirigieron hácia todos lados, mas no vi ningún objeto que flotara : tu padre se había ido al fondo. Entonces volví la vista en derredor mió, y figúrate cual seria mi sorpresa al observar á mis piés y dentro de la barca medio llena de agua, una criatura en apariencia muerta. La recogí, y noté que respiraba todavía; mas no había tiempo de hacer cosa alguna para volverla á la vida, porque los momentos eran preciosos. Arranqué mi corbatín, con él até la niña á la cintura, y redoblando mis esfuerzos para mantener el esquife á flote, al cabo de media hora tuve la fortuna de llegar á la playa. El pobre pescador á quien la narración de aquel lance había afectado mu¬ cho, enjugó sus lágrimas y el sudor que corría por su rostro, y terminó dicien¬ do : Eché pié á tierra con un hijo mas y un hermano menos. Acababa de en¬ contrar á Teresa que al fin ha sido la alegría y consuelo de mi vejez. Los cami¬ nos de que el Seflor se vale para hacernos felices ó desgraciados son incompren¬ sibles; él lo ha querido así, hágase siempre su santa voluntad. Nada he podido saber con respecto al nacimiento de Teresa, aunque juzgo que debe de ser ale¬ mana, porque decía algunas palabras en esa lengua. Ella cree que ha nacido en esta casa y que soy su padre, y no quiero que jamás la saques de ese error, porque tal vez la noticia de que no es hija mia y de que sus padres son des¬ conocidos podría apesadumbrarla, y hacer la desdicha de su corazón que está muy tranquilo y es muy dichoso. Oido el relato del pescador Tony continuaba con los brazos cruzados sobre EL MUNDO SOCIAL. el pedio á guisa de hombre que reflexiona profundamente. Por último dijo : ¿De modo que mi padre murió en el momento en que se salvó Teresa?—De la misma manera que te he contado, respondió el tio.—¿Pero qué quieres decir con esto? ¿No lo sabias ya? ¿A qué viene ahora esta pregunta? El cazador después de pensar un poco respondió : Yo me fastidio de vivir solo en mi cabafia, y he re¬ suelto casarme.—¿Y has elegido mujer? le preguntó el tio adivinando adonde iría á parar.—Mi mujer debe ser Teresa, dijo resueltamente el cazador cual si la cosa estuviese ya decidida.—Sin embargo, observó el anciano, Teresa no me ha dicho nunca que le hayas hablado una palabra de semejante proyecto.—A decir verdad, contestó el otro, jamás me he ocupado de indicárselo; pero ¿qué inconveniente puede encontraren eso? Con tal que vos convengáis en ello, mañana la llevo á la iglesia.—No, mi querido sobrino, no estás en lo cierto, las cosas no se hacen de este modo..—Digo esto, contestó el cazador, porque yo preferiría que ahora llamaseis á Teresa y lo arregláramos todo en presencia vuestra.—Ya te he dicho, observó el pescador, que no debe ir de este modo. Es preciso confesar que eres un galan muy poco diestro; y si no tomas otro camino dudo mucho que consi¬ gas tu objeto.—Entonces, dijo Tony con ironía, tendré que hacerme el enamora¬ do y venir á suspirar debajo de la ventana de su cuarto. —Si he de juzgar por el modo como te esplicas, dijo Buhler, dudo mucho que tú seas el hombre que le conviene á Teresa.—Pues ello es que yo la necesito, contestó Tony con aire re¬ suelto, y no quiero absolutamente ninguna otra.—Eso de yo la necesito, repuso el anciano con aire de reconvención, está dicho muy pronto. No tengo inconve¬ niente en que Teresa sea tu esposa, si es que le convienes; pero su elección es libre y dará su mano á quien le agrade. Tony calló comprendiendo sin duda que se había esplicado con demasiada acrimonia. El anciano clavó sus penetrantes ojos en el joven como para saber sus intenciones, y levantándose luego se diri¬ gió hácia la puerta diciéndole: sígueme. Esta palabra fué pronunciada en tono tan formal y grave que el cazador obedeció maquinalmente sin preguntar porqué ni adonde quería que le siguiera. La predicción de Uli se había cumplido, el cielo estaba sereno y desde el la¬ go hasta la montaña todo brillaba á la luz de la luna. El tio y el sobrino atra¬ vesaron rápidamente el pueblo, y se detuvieron en la puerta de la cabaña en que entró Uli al volver del lago, y en la cual una luz pálida anunciaba que en el interior aun no dormían. El anciano entró delante y Tony le seguía de cerca. Levantóse Uli al recibir tan inesperada visita, y no dejaron de sorpren¬ derle el aire grave y solemne de su tio, y la apostura estraña de su primo. Pre¬ sentó dos banquillos y no dijo una palabra aguardando á saber qué significaba todo eso. El pescador rehusó el asiento diciendo que el negocio que le llamaba allí era cosa de pocos momentos. Estuvo un instante indeciso; mas luego se colocó entre los dos jóvenes, los cogio por las manos derechas y dijo en tono solemne : LA FAMILIA DEL PESCADOR. 41 Tony, hijo de mi hermano, Uli, hijo de mi hermana, juradme ahora mismo en nombre de Dios y por la salvación de vuestras almas, que siempre viviréis en buena inteligencia como deben vivir dos primos hermanos. Los dos jóvenes se quedaron de tal manera sorprendidos á tan súbita interpelación y á la demanda que aca¬ baba de dirigirles el tio que uno á otro se miraban sin decir una palabra y cual preguntándose áqué venia aquello. La estrañeza fue tanto mayor en cuan¬ to si bien no vivían en estrechas relaciones de amistad porque su diferente ca¬ rácter no era á propósito para que se intimaran, sin embargo nada había entre ellos que pudiese autorizar la exigencia del juramento que ahora reclamaba de ellos su tio. No preguntéis cosa alguna, continuó el anciano al ver la vacilación de sus sobrinos: mi corazón tiene necesidad de vuestro juramento.—Yo lo juro, dijo al momento Uli, llevando la diestra al corazón.—Yo lo juro, exclamó Tony- haciendo lo mismo. El rostro del anciano recobró su habitual alegría, y pareció que su corazón se había aliviado de un grave peso. Esta escena sin embargo ha¬ bía causado á los tres una conmoción tan grande que no se hablaron una pa¬ labra, y sin darse siquiera las buenas noches, cada uno tomó por su lado. Aun no parecía el alba cuando Uli después de haberse desayunado, tomó el camino de la montaña. Dejando bien pronto el pueblo á la espalda, siguió una senda que llevaba hácia las alturas, sirviéndole de faro la luz de la luna. Iba pensando en su amiga á la cual había resuelto declarar su amor, mientras no cesaba de espiar acá y acullá á fin de descubrir alguna curiosidad natural, de que pudiese sacar provecho. El caminilo se hacia á cada paso mas escarpado y el viento sacudia con fuerza los pinos seculares. Bien pronto desapareció la luna, el crepúsculo de la mañana no duró mas que. un instante y un pálido rayo anun¬ ció en el oriente la llegada del dia. Uli iba avanzando con la agilidad común en los montañeses: sus miradas descubrían ya los bancos de rocas del Eiger, y ya había entrado en sus faltriqueras mas de un objeto para él muy curioso. Des¬ pués de caminar un poco en la dirección del Eiger llegó á una grande llanura, que había resuelto esplorar en ese dia. En aquel punto el sol inundaba con sus •'ayos la montaña que parecía inflamada; las cimas, los abismos, los precipi¬ cios salían de su penumbra, y cade cosa tomaba en aquel vasto panorama su logar correspondiente. Uli juntando devotamente las manos dirigió al cielo la oración de la mañana. En seguida derramó los ojos en torno suyo para esplorar os lugares inmediatos, encaramóse por una senda muy escarpada y luego pasó mas alia de los abetos. La vegetación se iba haciendo mas uniforme, poco á poco las rocas ya no estaban cubiertas sino de musgo y de algunas plantas raras, que son las úni¬ cas que viven en esas alluras. Tan pronto pasaba Uli por las sombrías grietas de las locas, ó bien saltaba por encima de los abismos en donde la prudencia recomienda las precauciones mas grandes. Finalmente había alcanzado la re- 6 EL MUNDO SOCIAL. 42 gion de los hielos en donde los peligros del viajero alpestre son realmente es¬ pantosos. Mil picos de distintos nombres lanzan allí sus cumbres hasta el firma¬ mento : acá y acullá yacen fragmentos de rocas: el sitio en donde Uli acababa de emprender una esploracion sucinta estaba ya en la región inmediata á los hielos perpetuos. Iba tan absorto en su ocupación que ni siquiera había adver¬ tido que desde mucho rato antes no se hallaba solo : y no se dio cata de ello, hasta que vió á su lado á Tony, que habiendo salido casi á la misma hora que él llegó al propio sitio aunque por diferente, camino. Apenas se hubieron saludado cuando naturalmente comenzaron á tratar de la escena de la anterior noche. Tony era joven de muchísima penetración pa¬ ra cuanto de cerca ó de léjos podía interesarle; casi nunca se equivocaba cuan¬ do las cosas por muy enigmáticas que se presentaran podían tener con él rela¬ ción de cualquiera clase. El juramento que le había exigido su tio no dejó de ser ni por un momento el objeto constante de sus reflexiones, y á puro de pen¬ sar y de darle vueltas, antes de media noche habia adivinado el fin que el pes¬ cador se propuso; á lo menos para él era indudable. En cuanto á Uli no habia visto en todo eso mas que una de las singularidades que estaba acostumbrado á observar en su tio, y aquella escena le pareció muy inocente, y sin mas ob¬ jeto que estrechar los vínculos de la familia. Así es que los dos jóvenes habían visto el suceso bajo un aspecto muy diferente, como diferentes eran sus carac¬ teres, y cada uno se hallaba en la disposición de ánimo consiguiente á la ma¬ nera como habia considerado aquel acontecimiento. Las consecuencias que el ca¬ zador habia sacado de todo eso llenaron su alma de amargura, y el casual en¬ cuentro de Uli aumentó todavía esa enojosa disposición de su pecho. Después de haberse dirigido uno á otro algunas palabras indiferentes, Tony dijo á Uli clavando en el rostro de este sus penetrantes ojos: ¿Por qué nuestro tio nos hizo prestar ayer aquel juramento?—En verdad, dijo este, no sé si lo hizo con algún intento, y no comprendo lo que quería, ya que dicho juramen¬ to es supérfluo, puesto que nosotros siempre hemos estado en muy buena ar¬ monía.—En mi concepto, observó Tony, se propuso alguna cosa, porque lo ve¬ rificó con mucha solemnidad para que podamos decir que no llevaba en ello in¬ tención ninguna.—Quizás, dijo Uli, quiso tomar sus precauciones para el caso en que cogiese la carabina de cazador en lugar del saco de naturalista, temien¬ do no fuésemos rivales en la caza-. Tony miró con altanería los ventisqueros, y ^0 : Tampoco es eso, porque según los conocimientos que tú tienes en ma¬ teria de caza, nunca podrás ir á donde yo voy, y no es posible que nos encon¬ tremos en un mismo terreno. Uli reconocía la superioridad de su primo como cazador* mas esta observación de Tony le ofendió un poco y dijo : Esto es lo que no sabemos todavía. El cazador hizo como quien no habia oido y añadió : De manera es que tú no comprendes que tio tuviese otro motivo para obrar como íit LA FAMILIA DEL l'ESCADOIt. obró : pues quiero que sepas que en cuanto á mí no estoy conforme, sino que el verdadero motivo es el siguiente, lia comprendido que los dos deseamos la mano de Teresa, y como ella no puede dársela sino á uno, lia querido evitar de golpe todas las disensiones, y disputas que pudieran resultar de nuestro empe¬ ño. Uli retrocedió dos pasos, y con la vista recorrió de los pies á la cabeza a su primo, en quien no habia nunca pensado bailar un rival. Entonces compren¬ dió perfectamente la escena de la noche anterior, y la exactitud de las sospechas de su primo. ¿No es verdad, preguntó Tony, que tú quieres á Teresa?—Pues ya se ve que la quiero, contestó Uli; y aunque nunca se lo he dicho, por esto no la quiero menos.—Pues siendo así, dijo Tony, los dos nos hallamos abso- lulamente en el mismo caso. Ambos guardaron durante largo rato un silencio muy penoso. ¿Y qué te parece de todo esto? preguntó finalmente Tony. Uli después de reflexionar un poco, dijo : Me parece que los dos hemos de pedirla en matrimonio, y aquel que quede desairado no debe por esto tenerle odio ni enemistad al otro.—¿Sabes tú, preguntó el cazador después de luchar inte¬ riormente un buen rato, que mi padre perdió la vida en el momento mismo en que se salvó la de Teresa?—Nada sé de eso, pero no tiene cosa alguna que ver con lo de pedir la mano de Teresa. El cazador se mordió los labios y su primo conoció que habia pulsado una cuerda delicada. Yen, Tony, le dijo amigable¬ mente y presentándole la mano : seas tú, sea yo aquel á quien Teresa prefiera, no hemos de ser menos amigos por esto. Tony alargó maquinalmente la mano y en seguida dando la vuelta sin romper el silencio se alejó tomando la escar¬ pada senda de la montaña. El corazón le dijo que acababa de dejar un rival preferido, y esto hería vivamente su amor propio; pero el juramento hecho le impedía buscar remedio alguno á, su situación. Nadie supo una palabra de este encuentro de los dos jóvenes, y no se noto á consecuencia de él ningún cambio en el modo de tratarse; tan solo parecía que Tony estaba mas taciturno que antes, y que muy pocas veces veia á Buhler, comprendiendo muy bien que sin el apoyo de este era inútil que esperaia obtenoi la preferencia. Su buen criterio le había hecho conocer la verdad, y se consi deraba como una desgraciada víctima de la fortuna que le era contraria. Mientras tanto Uli y Teresa eran completamente dichosos porque habían sa bido comunicarse lo que en secreto sentían el uno por el otro, y pasaban jun os las veladas del invierno sin la incómoda compañía de forasteros. La estación ya no permitía á Uli verificar sus acostumbradas escursiones por la montana, de suerte que se ocupaba en ordenarlos objetos que durante el verano y el otoño a bia recogido, y esto hacia que también pasara casi el día entero en compañía de Teresa. El plan favorito del anciano pescador estaba realizado, y antes de ter¬ minarse el invierno, el cura habia bendecido la unión de los dos jóvenes amantes. Tony desde el principio vió con indiferencia la marcha que seguían las co- 44 el mundo social. sas, adivinando el fin á donde iban; así fué que desistió de sus pretensiones; mas cuando el matrimonio se hubo realizado, comprendió que su posición era muy angustiosa. Desde luego se negó á concurrir á la boda pretestando falta de salud, y realmente la tenia porque nunca disfrutaba un momento de reposo. El pescador no se sorprendió al ver que Tony no asistia al casamiento, pero sí le estrañaron la prolongada ausencia del joven, el cuidado con que procuraba evi¬ tar el encuentro con todas las personas de la familia, y el aire frió y embaraza¬ do que manifestaba cuando la casualidad hacia que se vieran. Estas fatales con¬ secuencias eran las que el anciano quiso prevenir exigiendo á los jóvenes el ju¬ ramento de que hemos hablado : y ahora hubo de comprender que sus temores no habían sido infundados. En cuanto á los novios gozaban de una felicidad completa y sin ninguna amargura; Uli procuraba por todos los medios imaginables que nada viniese á turbar aquella apacible tranquilidad de la familia. Formaba de su primo mejor juicio délo que creía el tio, diciéndose así mismo que le costaba olvidar; pero el anciano que no podía tranquilizarse hasta aclarar la situación, se propuso ha¬ cerlo al primer momento favorable que para ello se le ofreciese. En efecto, ha¬ biendo encontrado á Tony, le preguntó porqué no iba á su casa, añadiéndole que según obraba no parecía sino que para él hubiesen dejado de existir.—No dudo que perdonareis mi comportamiento, tio mió, dijo Tony, si teneis en cuen¬ ta que yo no puedo ser testigo de una felicidad que había esperado para mí. ¿Có¬ mo queréis que me presente en vuestra casa?—Manteniéndole alejado de nos¬ otros como lo haces, observó el anciano, aumentas lodavía la amargura de tu alma. La soledad, muchas veces nos perjudica.—Dejemos, dijo Tony, que el tiempo haga lo que falta. Ya comprendo lo que pasa en vuestra alma, mas po¬ déis estar tranquilo, sabré cumplir mi juramento. Y mientras pronunció estas últimas palabras se notaba en su voz un temblor que le vendía. Puso fin á la conversación con el tio, quien por su parte quedó tranquilo con respecto á los te¬ mores que el proceder de aquel joven había dispertado en su alma. La respectiva situación de aquellas cuatro personas continuó siendo la mis¬ ma durante mucho tiempo, aunque en el interior de la familia tuvieron lugar cambios de importancia muy grande. Uli hizo quitar el rótulo que había enci¬ ma de la puerta, y dejó de tener casa y mesa abiertas para los pasajeros. A pe¬ sar de que al anciano le repugnaba esta innovación, su autoridad no pudo pre¬ valecer sobre los motivos que Uli tenia para hacer el cambio, motivos que ya antes de ahora hemos indicado. Ya que en esta parte el pobre viejo quedó der¬ rotado no quiso darse á partido cuando le propusieron que abandonase su oficio, sino que contra la voluntad de los dos jovenes iba a pescar al lago, y no ocul¬ taba su disgusto por no poder sacar de la pesca todo el dinero que antes de las novedades hechas en la casa. Los jóvenes se empeñaban en probarle que á su LA FAMILIA DEL PESCADOR. 45 odad ya no debía ocuparse sino en el reposo, tanto mas cuanto no tenia necesi¬ dad del trabajo para vivir. Además Uli granjeaba lucros considerables con los objetos de historia natural, de suerte que podía atender hasta a las comodi¬ dades de la familia, aunque ahora sus investigaciones se hubiesen reducido á un círculo mas estrecho. En efecto, su esposa exigió de él la promesa de no ir nunca mas allá de la región media de los Alpes, porque subir hasta los ventis¬ queros lo reputaba Teresa por cosa harto arriesgada. La vida que se lleva en un lugar como aquel es muy sencilla, y no ofrece sino una continua repetición de acontecimientos de escasa importancia. Por esta causa trascurrieron en aquella familia una porción de años de una ventura tran¬ quila, sin mas cambio que el nacimiento de dos hijos, varón y hembra, entre los cuales se repartían los cuidados de la casa. El buen pescador nunca había sido tan feliz como desde la época en que fué abuelo, pues esto le trajo nuevas ocupaciones domésticas y nuevos gustos, que reemplazaron poco á poco su afi¬ ción á la pesca. Sentado en la puerta de su casa teniendo en las rodillas á los dos nietos, enseñándoles á pronunciar las primeras palabras, y empeñándose en que rezaran aun antes que hablasen, se le pasaban las horas muertas, soltan¬ do una carcajada á cada disparate de los niños, y cayéndosele las lágrimas de puro gusto cuando por casualidad decían un acierto. Teresa y Uli contemplaban estas escenas con un gozo indecible, bien que algunas veces se enfadaran con el abuelo porque no solo disimulaba sino que aplaudía las travesuras de los nie¬ tos, y aun era su defensor cuando los padres regañaban. En todo esto había una ternura, una paz, una armonía tan grandes que ninguna familia pudiera jac - larse de ser mas dichosa. De algún tiempo á aquella parte Tony parecía menos huraño, y particular¬ mente desde que los niños comenzaron á ser grandecitos, pues uno y otro tenían el privilegio de serenar con sus palabras y sus gestos el sombrío rostro de aquel desgraciado joven. De poco en poco vino el cazador á ser el habitual amigo do la casa, de suerte que rara vez pasaba un dia sin ir á ella y estar un largo rato con la familia. Teresa sufría con esto un secreto desagrado sin saber espigár¬ selo á sí misma; y cuando lo manifeslaba á su padre y á su marido, uno y otro le vituperaban esa especie de recelo, como una cosa quimérica y sin ningún fundamento razonable. Verdaderamente son un enigma de nuestra naturaleza esos presentimientos que sin tener una base en que cimentarse, por desgracia acaban con harta frecuencia por salir acertados. Tony había vuelto á comuni¬ carse con la familia llevando en ello intenciones muy honradas: sus primeras visitas causaron alguna estrañeza; pero después poco á poco se habían acostum¬ brado á ellas, y finalmente la cordial acogida dé sus parientes y la cándida alegría de los niños eran un bálsamo para su alma. Como aquel rudo cazador no estaba hecho á eso, bien pronto se halló completamente dominado, y su an- EL MUNDO SOCIAL. 46 tigua pasión por Teresa se fue dispertando en su corazón, casi sin apercibirlo. Al principio era cual una ligera nube en el horizonte, que puede desaparecer sin dejar huella ninguna, como también puede ser precursora de próxima borras¬ ca. En lo esterior nada hizo que pudiese ofrecer ocasión á sospecharlo y además era incapaz de quebrantar su antiguo juramento. Aquel hogar doméstico estaba muy animado desde que los ñiños comenzaron á ser grandecitos. También Tony se manifestaba mas comunicativo, y se diver¬ tía hablando de cosas de caza con el chico de Uli. Apenas hubo locado esta cuerda cuando el niño no quiso oir hablar de otra cosa, y cada vez que el tio iba á caza era absolutamente preciso que contara alguna aventura. Durante las hermosas noches del verano, grandes y pequeños cenaban al aire libre delante de la puerta de la casa, y Tony referia la vida del cazador alpestre, esplicando cómo se escalaban las rocas escarpadas, y cómo debían pasarse los bordes de los abismos, á cuyo fondo no alcanza la vista. Hablaba de los ventisqueros que de¬ bajo de una sutil capa de nieve ocultan precipicios horrorosos y en donde un paso imprudente puede costar la vida á un hombre. Luego hablaba de los hun¬ dimientos que arrastran consigo no solo al cazador sino cuanto encuentran al paso. Otras veces se entretenía contando la caza de las gamuzas, que se encara¬ man por las rocas y se precipitan en los abismos en el momento en que el ca¬ zador está á punto de alcanzarlas. También relataba cuando el oso sorprendido en su cueva se defiende con furor, que es preciso aguardarlo semanas enteras y andar muy alerta cuando se le ha herido y no queda muerto al primer tiro, y añadía que la hembra en particular combate con un furor espantoso en defensa de sus hijos. De todas sus narraciones sacaba por consecuencia que nada iguala la vida del cazador, ya persiga al águila en la región de los vientos, á la gamu¬ za en las rocas, ó al oso buscándolo hasta en su misma guarida. El hijo de Uli no era el único que oia con atención suma el relato de tan atrevidas empresas, puesto que su padre no tomaba menos interés, y pronto se sintió como entusiasmado por ellas, aunque en la apariencia se hubiera dicho que le eran 1 de todo punto indiferentes. Sus antiguas inclinaciones, á las cuales re¬ nunció por las reiteradas instancias de su esposa, penetraron de nuevo en su al¬ ma, que en otro tiempo había gozado mucho con los placeres de la caza. Nada de esto observó Teresa, porque creía que todas las aficiones de esa clase estaban para siempre sufocadas en el pecho de su marido : pero al mismo tiempo veia con grande disgusto como su hijo se enardecía oyendo aquellos cuentos de lan¬ ces atrevidos, y temía con razón que esas hazañas romancescas pudieran con el tiempo hacer que en el alma del niño se desenvolviera la pasión por la caza. To¬ ny fué el único en observar que su primo esperimentaba una sensación muy mar¬ cada escuchando sus historias; y bien que al principio no dió á eso ninguna im- LA FAMILIA DEL PESCADOR. portancia, insensiblemente se dejó arrastrar por el deseo de mantener á Uli den¬ tro del círculo de esa atracción apasionada, llevado á ello por una vaga y oculta previsión de resultados probables. Este fue el primer cálculo reprensible de To¬ ny, cálculo que no quería confesarlo á sí mismo. Como para darse á sí propio una justificación, nunca se dirigía al padre sino al hijo al referir alguna nueva aventura, mas no por esto dejaba de atender perfectamente al efecto que en aquel causaban sus palabras. La semilla arrojada de este modo intencional mente pro¬ dujo sus resultados, de suerte que Uli esperimentó un deseo irresistible de coger otra vez la escopeta. Cierto que no osaba declarárselo á su mujer sabiendo el disgusto que le causaría, aunque en realidad no tuviese ánimo de hacerse caza¬ dor, pero ello era que quería disfrutar de nuevo los placeres de la caza. Tampo¬ co tuvo por falta muy grave ocultárselo á Teresa, tanto mas cuando ante todo deseaba ahorrarle las angustias que sufriría si supiese que se hallaba ocupado en una caza en que había tantos peligros aparentes ó efectivos. Pasó bastante tiempo antes que pudiese poner en ejecución su proyecto, pe¬ ro al fin llegó el momento. Como le era imposible coger sin que su mujer lo no¬ tase la escopeta que le servia para tirar al blanco en las tardes de los domin¬ gos, según se acostumbra en toda Suiza, fue preciso que se procurase otra, como bien pronto lo hizo, y no solo eso sino que halló un árbol hueco y en lu¬ gar retirado, dentro del cual pudo ocultar aquella arma que venia á ser la fruta prohibida. No tuvo necesidad de acudir á otros estratagemas, porque las escur- siones que habitual mente hacia en los Alpes le sirvieron de pretesto plausible para su objeto. Sin embargo cuando vino la hora que él mismo había fijado para ir á ca¬ zar por primera vez á escondidas, el corazón le palpitaba con prisa, porque co¬ nocía que aquello era una cosa mala. Aunque salió con los títeres que solia lle¬ var en sus ordinarias correrías, parecíale que Teresa y Buhler escudriñaban en el fondo de su alma que en esediasu ánimo no era buscar objetos de historia natural, y en consecuencia de esto abreviando la despedida se dió prisa á po¬ nerse en marcha. Llevado por la impaciencia se fue al sitio en donde habia es¬ condido la escopeta, y dejando todo lo que no necesitaba para la caza se tras¬ tornó en un cazador completo. Con el corazón rebosando de gozo y la escopeta al hombro se dirigió hácia los altos valles laterales y las cumbres aisladas, en donde juzgó menos probable que le encontrase alguno que pudiera vender su secieto. Hay pocos países en donde la caza sea menos abundante que en Suiza. En el fondo de los valles, en las colinas y en las montañas de poca elevación casi es nula, esceptuando los sotos en donde las personas ricas crian y con¬ servan caza, y aun esto es una cosa rara, porque en Suiza la propiedad está muy dividida, tampoco hay que prometerse mejor fortuna en el país mas alto, porque así las gamuzas como todas las demás especies de caza de los Alpes que 48 EL MUNDO SOCIAL. en otro tiempo abundaban, cada afio van en diminución con motivo de la ilimi¬ tada libertad de cazar que tienen todos los habitantes. La comarca que Uli re¬ corría era una de las mas pobres de toda la Suiza, y aunque no lo ignoraba, tampoco tenia en que escoger en las inmediaciones de su pueblo, y por otra par¬ te había perdido la costumbre de ir por las montañas elevadas para que ahora se atreviera á perseguir en ellas la caza y en particular las gamuzas. Trascur¬ rían las horas sin que nuestro cazador de contrabando tuviese ocasión de dispa¬ rar la escopeta; y ya el sol inclinándose hacia el horizonte le invitaba á tomar el camino de su casa, cuando el zurrón estaba tan vacío como por la mañana; de suerte que había perdido miserablemente el dia. Marchó por fin, y colocados de nuevo y con mucho cuidado en el consabido escondrijo los avíos de cazar, tomó su saco de pesquisidor después de haberlo llenado de objetos de historia natural, reservados de antemano, á fin de no dispertar sospechas en la familia. La mala suerte de aquella primera salida no le engendró el disgusto : y si bien durante algún tiempo volvió a sus ordinarias ocupaciones, luego quiso ensayar si seria mas afortunado. En cada una de sus tentativas iba á lugares distintos, peí o dijérase que un sino adverso le perseguía , porque ni en las unas ni en las otras encontró nunca una pieza que valiese la pena de tirarle. El ardiente de¬ seo de cazar que en su alma había retoñado se aumentaba tanto mas en cuanto menos se satisfacía, de donde resultó que cada vez ensanchase el círculo de rus escursiones, sin que por esto tuvieran mejor éxito. En estas correrías había llegado ya muchas veces á las inmediaciones de una hacienda llamada Kienemberg, propia del señor Gilgen, jefe de una antigua fa¬ milia de Berna. Esa hacienda estaba cerca del pueblo de Uli y se estendia hácia un valle superior. El bosque que cubría la mayor parte de la posesión daba mu¬ chas rentas al señor Gilgen que tenia en él un parque reservado, lleno de cier¬ vos y corzos, al cual iba á cazar con algunos amigos tres ó cuatro veces al año. Las cacenas de Kienemberg á las cuales acudían siempre muchos amigos de Berna, eran en el país muy famosas. Un dia en que Uli había hecho en vano su escursion de siempre, fué á parar sin ánimo deliberado á una colinilla escar¬ pada y saliente, cubierta de maleza, al pié déla cual y con indecible sorpresa, descubrió el parque reservado del señor Gilgen. Admirado y casi sobrecogido de espanto se retiró hácia la espesura, pero sus ojos despavoridos no se cansaban de mirar con una ansia inesplicable aquel crecido número de ciervos y de corzos que se paseaban y corrían por encima de una alfombra de yerbas, y de los cua¬ les había una docena á tiro de su escopeta. ¡Ah ! ¡y cuán hermoso es eso! se dijo á sí mismo; ¡ si yo me atreviera ! mas esto es una propiedad particular á la cual no puede llegarse, pues de otro modo yo seria un cazador furtivo, un ladrón de caza. Pasáronsele una porción de horas en esta especie de martirio, sin hacer otra LA FAMILIA DEL PESGADOR. cosa que tener los ojos fijos en el parque ; de suerte que se acababa la luz del sol sin que esto bastara á recordarle que era hora de retirarse : estaba como en¬ cadenado en ese sitio que le tenia completamente embebecido. Desde esa hora ca¬ da vez que cogia la escopeta sus pasos se encaminaban sin sentirlo hacia aque¬ lla colina, desde la cual sus ojos podían saciarse con satisfacción completa en las delicias que le ofrecía la vista del parque. Estábase sentado en aquel punto ho¬ ras enteras, con la escopeta entre las piernas, y no haciendo mas que soltar al¬ guna palabra arrancada por la aparición de nuevos ciervos, y por los saltos y las corridas de los que iban y venían con libertad absoluta. Verdaderamente, se dijo un dia á sí mismo, verdaderamente es cosa bien singular. ¿Cómo es que el señor Gilgen tiene ahí abajo tanta caza, mientras que en este país y á muchas leguas á la redonda no es posible descubrir un ciervo, , ni la cola siquiera de un corzo? Si esos señores no se hubiesen llevado toda la ca¬ za de los alrededores á fin de reservarla para ellos, algo habría quedado para nosotros pobres cazadores : ahora ellos han hecho cercas y palizadas para guardar como si fuese una propiedad suya la caza que en otros tiempos era de todo el mundo. Esto no me parece justo. Y no habia medio de que Uli sacudie¬ se de su mente estas ideas. Ya se ve que no es justo, esclamó levantándose pre¬ cipitadamente cual si le hubiera atacado un vértigo, y pareció un hombre del to¬ do distinto de aquel joven pacífico, de modo que cualquiera hubiera dicho que estaba medio loco. Alzó la escopeta, la preparó, se la echó á la cara y tocó el gatillo. En el momento en que la detonación del arma llegó á sus oidos se esca¬ pó de su pecho un grito de alegría. Disipado el humo, en la verde alfombra donde los ciervos, que ahora habían desaparecido, estuvieron saltando un mo¬ mento antes, no quedaba mas que un corzo bañado en su sangre y luchando con las angustias de la muerte. Después de algunos minutos de reflexión, Uli bajó velozmente la colina y con el ausilio del cuchillo de monte abrióse paso por entre la palizada y volvió al punto cargado con la pieza. ¡Su gozo le hizo olvidar completamente que habia atacado la propiedad ajena; mas ahora no supo qué hacer del corzo. Era im¬ posible llevárselo á casa, todo el mundo debía ignorar que él fuese el matador, porque sin duda no tardaría en saberse lo sucedido; y por ello no le quedó otro remedio que enterrar la pieza en el bosque, viniendo con esto á suceder que no sacaba de la caza otra ventaja que. la muerte de aquel pobre y confiado animal. Por de pronto esta aventura pareció que habia calmado la estravagante an¬ sia de Uli, en términos que por muchos dias dejó el arma quieta en el escondrijo. Hasta entonces consiguió engañar á todas las personas de la familia; ni el mis¬ mo Tony tuvo la menor sospecha de semejantes fechurías. El joven habia vuelto á sus tareas de naturalista, y comprendió que aquella fiebre de cazar no era sino una enfermedad pasajera que seria muy pronto dominada, si bien conocía de bue- 1 EL MUNDO SOCIAL. 50 na fe que no estaba enteramente carado. Con tal que otra vez no mas pueda ca¬ zar algo, se decía á sí mismo, tiro la escopeta en el primer precipicio que la suer¬ te me depare, y nunca mas me acuerdo de semejante cosa. Aun resistió la ten¬ tación por algunos dias, aun logró desvanecer esta idea que de continuo le ator¬ mentaba; mas al fin sucumbió y en una hermosa mañana de setiembre con el arma al hombro fue hacia el camino del parque de Kienenberg. El otoño había ya teñido con sus mil colores los árboles del bosque, las hojas secas amontona¬ das por los vientos crujían bajo los pies del cazador furtivo, y algunas veces ese rumor parecía espantarle cual si debiese descubrirle á algún perseguidor ocul¬ to. A pesar de todo siguió adelante y bien pronto se encontró en el sitio apete¬ cido, desde donde se puso á contemplar el parque como la vez pasada. La sangrienta escena de que fue autor Uli no había dejado ningún rastro : los ciervos se paseaban con altanería y los corzos saltaban alegremente, y pa¬ recían haber olvidado por completo que en aquel sitio fue muerto uno de sus compañeros. Uli con los ojos clavados en aquel rebaño iba eligiendo su víctima. Y esta es la última vez, murmuró al levantar la escopeta. Un momento des¬ pués tiró el gatillo; casi al mismo tiempo que la detonación se oyó un prolon¬ gado silbido, siguió á este un grito horrendo pronunciado por una voz formida¬ ble que repetía ¡ al ladrón, al ladrón ! El joven se quedó cual si le hubiese he¬ rido un rayo; pero midiendo muy luego toda la estension del peligro, sin perder un instante apeló á la fuga para librarse de la activa persecución que cerca de si mismo oia. El hallarse en la altura le daba ventaja sobre los perseguidores que aun estaban en el fondo del valle; mas á despecho de esto los guardabos¬ ques de Kienenberg que desde el dia en que Uli mató al corzo estuvieron vigi¬ lantes de dia y de noche para descubrir al ladrón, no se dejaron arredrar por ese contratiempo. En su fuga iba buscando el joven los lugares mas cubiertos de malezas, y los mas escarpados, sin que esto bastara sin embargo para evitar que los guardas le viesen de tiempo en tiempo, de modo que no perdían su pista si bien no ganaban terreno. Mas de una hora había que duraba esa precipitada carre¬ ra sin que se cansaran aquellos robustos montañeses ni les impusiera el camino que á cada paso se hacia mas peñascoso. Uli á pesar de su angustia mortal huia con la rapidez de una flecha, no sin horripilarse cada vez que llegaban á sus oidos los gritos de los guardabosques. Su única esperanza consistia en que des¬ pués que alcanzara la elevada meseta de la montaña lograría que los persegui¬ dores fatigados por tan larga y penosa corrida perdiesen el rastro en alguna de las hendiduras ó de las cavernas de la montaña. Seguro de que nadie cono¬ cía mejor que él aquella parte no dudaba que allí podría escaparse de la persecu¬ ción tenaz de que era objeto. A cada paso hacíase el terreno mas escarpado y las rocas tajadas á pico y que presentaban á sus pies profundas y espantosas gargantas iban á cada momento siendo en mayor número y parecían ápropósi- LÁ FAMILIA DEL PESCADOR. O 1 to para cerrar el paso al fugitivo. Acababa de llegar á un punto en su concepto el mas encumbrado, que era una meseta angosta y despejada en cuyo lado de¬ recho había un precipicio cuyo fondo no llegaba á percibirse; hacia el estremo esa meseta formaba un recodo bastante decidido en dirección á la izquierda, por donde Uli pensaba robarse á la vigilancia de los que tras él corrían, y aquella era la tabla de su salvación, bien arriesgada por cierto. Adelantóse hácia el es¬ tremo de la meseta, y lanzada el arma al precipicio, se deslizó por lo largo de las paredes de la peña que no mostraba ninguna escabrosidad aparente para agarrarse á ella ni con los pies ni con las manos : de suerte que la cosa consis¬ tía en recorrer de este modo, suspendido sobre del abismo unos cincuenta pasos. Creyó Uli que á sus perseguidores no les ocurriría la idea de que el fugitivo hu¬ biese podido desaparecer tras esa roca tajada; y que en su consecuencia mien¬ tras le buscasen en la garganta que estaba antes, él lograría ponerse á salvo al otro lado del valle. Los cálculos eran exactísimos, de suerte que los guardabos¬ ques perdieron la pista y la confianza de descubrirlo. Clavando las uñas en las peñas el joven habia ya descendido mas de treinta piés de esa pared espantosa cuando de repente conoció horrorizado que sus fuer¬ zas se acababan; osaba respirar apenas; con algunos pasos mas el infeliz esta¬ ba salvado, pero tan inmediato al puerto iba á perecer; levantólos ojos al cielo, todavía se sostuvo un instante, mas al fin sin proferir un grito y con el cora¬ zón palpitante y la cabeza desvanecida rodó hácia el abismo. La persecución por lo largo de la meseta, como también el desesperado acto de Uli, habían tenido por testigo la espantada vista de un cazador de gamu¬ zas, colocado encima de la roca al otro lado del abismo. El grito de los guarda¬ bosques le hizo comprender que se trataba de perseguir á un ladrón de caza; y al lijar su vista en el fugitivo lo reconoció muy pronto, y sus ojos brillaron con un resplandor siniestro, aunque al mismo tiempo se sintió el corazón opri¬ mido. Cuando Tony, que bien conocen los lectores que este era el cazador testi¬ go de aquel horrendo espectáculo, cuando Tony vió que el fugitivo se despeñaba al abismo, voló para socorrerlo. La idea de que aquel suceso era fruto de sus pérfidos relatos dispertó en su ánimo un secreto sentimiento de angustia A la vuelta de muchos rodeos llegó por fin al fondo, hasta donde la luz del dia no penetraba, sino como un débil crepúsculo, y en cuyo lugar corría un manso ar- royuelo entre piedras cubiertas de apretado musgo. Apenas hubo entrado en aquella angostura cuando o\ó los sordos gemidos de su primo, y á pocos pasos encontró á este desventurado inmóvil, casi sin conocimiento y sin que diese otra señal de vida que los gemidos. Después de haberle examinado no supo hallarle mas herida que contusiones y rasguños, porque afortunadamente el lugar en que habia caído estaba cubierto por una espesísima y rica vegetación, que amortiguó el golpe de la caída y fué impedimento para que Uli quedase muerto en el acto. 52 EL MUNDO SOCIAL. Su primer cuidado fué tomar agua del arroyo, y humedecer las sienes y la frente de aquel infeliz que con esto volvió en sí. Abriendo luego sus despavori¬ dos ojos con voz débil y entre suspiros esclamó : ¿En dónde estoy? ¿Qué me ha sucedido? Era una cosa terrible. ¡ Ah ! ¿Eres tú, Tony? ¿Y cómo es posible que te encuentres en este sitio? ¡ Ay! Aquí, aquí, aquí! dijo llevándose la mano al pecho. Agua, agua, mi querido Tony; agua, porque me muero de sed. Tony volvió al arroyo, y trajo agua que el herido bebió con ansia grandísima. Ahora me siento mejor, dijo con voz falleciente; ¡ qué caida tan terrible! mas, á pesar de todo, prefiero estoá la angustia que me esperaba. ¡Qué horror! Yo ladrón. Tony hizo como que no escuchaba las palabras del herido, á quien interrumpió diciendo: Es indispensable que pensemos en salir de aquí, y voy á buscar gen¬ tes que me ayuden á llevarte.—No, no, dijo Uli, de ningún modo; no hay ne¬ cesidad de nadie. Déjame descansar un momento mas, y apoyado en tu brazo podré llegar hasta casa. Las reflexiones de Tony fueron inútiles, porque Uli se mantuvo inflexible, y ayudado por el primo emprendió, aunque lentamente y sufriendo horrendos dolores, el camino de su casa. La llegada de Uli dió lugar á una escena muy triste. Teresa prorumpió en agudos gritos al ver á Tony sosteniendo á su esposo pálido y bamboleando, de suerte que apenas podia dar un paso, porque además del daño recibido, sus fuer¬ zas se habían agotado en el largo camino que hubieron de hacer para llegar á casa. El infeliz cayó en brazos de Teresa, que le prodigó todos los remedios ima¬ ginables aun antes de preguntar qué le había acontecido, de lo cual aquella po¬ bre mujer en medio de su trastorno no se enteró hasta que vino Buhler, á cuyas preguntas satisfacieron en parte Tony y en parte Uli, aunque no de un modo bas¬ tante claro y terminante. Uli al ver á su mujer y á sus hijos deshechos en llan¬ to se esforzaba á fin de aparecer menos enfermo y en parte consiguió su objeto. Durante algunos dias pudo disimular la gravedad de su mal : mas bien pres¬ to los atroces dolores del pecho no le permitieron ocultar cuanto sufría. Consul¬ tado el médico declaró que esos dolores eran causados por la fractura de un hue¬ so del pecho y que esa fractura era incurable. Sin embargo de que calió á la po¬ bre Teresa el verdadero estado de Uli, habló francamente con el anciano, mani¬ festándole que la enfermedad era mortal y que no había ningún remedio posible. En semejante estado Uli hubo de quedarse en cama, y el invierno que estaba ya encima con su acompañamiento de tempestades y hielos era muy contrario al pobre enfermo cuyo estado moral era peor si cabe que el físico, porque el consi¬ derar que él mismo era el único causador de su desgracia, le traía crueles re¬ mordimientos, v los afectuosos cuidados de Teresa no hacían sino aumentarlos. La dolencia fué” haciendo progresos tan rápidos que no pudieron ocultarse á la observación de su esposa, la cual comenzó á temer que todo eso terminaría de un modo funesto. 53 la familia del pescador. Desde que había acaecido la desgracia de Uli las visitas de Tony eran menos frecuentes, y aun lo fueron menos al paso que el enfermo se iba agravando. De¬ cía al abuelo Buhler que él no podía soportar la vista de tantos sufrimientos; mas en realidad el motivo eran los gritos de su conciencia que le echaban en ca¬ ra que en cierto modo él fué la causa indirecta de la próxima muerte de su primo. En cuanto al enfermo nunca le ocurrió la idea de atribuir la culpa de su desgra¬ cia á su primo, pero no le sucedía lo mismo á Teresa, á quien él confesó que seducido por las relaciones de Tony, habia faltado á su promesa, y tenido una caída cazando, pero aun entonces calló todo lo relativo al parque de Kienenberg. Con esta esplicacion del marido Teresa vió realizados sus presentimientos; y lue¬ go recordando poco á poco el proceder de Tony desde que ella se habia casado, con las alternativas que tuvieron sus visitas, y todo lo demás que pudiera con¬ tribuir á confirmarla en sus ideas, vino á deducir de todo que el joven habia obrado con un plan maligno procurando ejercer un influjo seductor en el áni¬ mo de su marido. Aquel invierno fué terrible para todos los habitantes de la casa: los que es¬ taban sanos sufrían tanto como el enfermo, y hasta la natural alegría de los niños dijérase que con anticipación se resentía de la pérdida que iban á esperimentar muy luego. La vuelta de la primavera habia rejuvenecido la naturaleza, y el pobre Uli que ya desde un mes antes luchaba con los ataques de la muerte, no tardó en verse libre de todos sus males durmiéndose en el Señor. Teresa, el an¬ ciano y los dos nietos reunidos en torno de la cama lloraban en silencio, porque hacia ya meses que estaban viendo aquel fatal desenlace. Al saber Tony la muerte de su primo creyó que era un deber visitar á la fa¬ milia, ante la cual, se mostró muy afligido atribuyendo la frialdad con que le recibieron al trastorno en que todos estaban sumidos. Sin embargo habiéndose quedado un momento solo con Teresa al pié de la cama en que aun estaba el difunto, le dijo : No os dejeis abatir de este modo por el dolor; esforzaos, y no creáis que Dios os abandone. Teresa sin decir una palabra se quedó mirándolo fijamente. Si yo puedo seros útil en alguna cosa, continuó Tony, acordaos de que en mí teneis un amigo y un pariente, como amigo y pariente que era del pobre Uli.—¿Y vos, Tony, replicó Teresa con voz tremente, estáis bien seguro de que en todo esto no teneis ninguna culpa? Y en seguida levantando con ges¬ to solemne la mano encima de la cabeza del difunto, le preguntó con aire im¬ ponente: ¿Os atrevéis á jurarlo delante de esta cabeza que está ya helada por el soplo de la muerte? Al oir estas palabras el rostro del cazador se puso páli¬ do. No, no podéis jurarlo, prosiguió Teresa mirándolo de hito en hito, idos de esta casa y no volváis á entrar en ella, porque vos habéis traído la desgracia. Al dia siguiente el joven Uli fué acompañado á la tumba por el llanto de la desconsolada familia que colocó en aquel sitio una sencilla cruz. A sus pies se EL MUNDO SOCIAL. 54 veia muchas veces á la triste Teresa en compañía de sus hijos, con los cuales pasaba allí en el mayor recogimiento y derramando lágrimas horas enteras. Los hijos le hablaban de su difunto padre abrazándola, y á cada visita el niño se llevaba una flor de las que nacían cerca del sepulcro diciendo siempre que aque¬ lla flor le hablaría de su padre. Desde la muerte de Uli el buen Buhler era tan desgraciado como Teresa, pues aunque te quedasen esta y sus dos hijos, faltaba á su corazón ese otro ser á quien estaba acostumbrado á amar, y con quien podía hablar de sus pesque¬ ras y de otras cosas que no interesaban á una mujer ni á dos niños. Además de esto la tenaz melancolía de la viuda comenzaba á tenerle inquieto; y habien¬ do observado después de algunos meses que la vista de los lugares en que fue tan feliz con su marido contribuía á sostener esa tristeza, resolvió mudar de domicilio junto con su familia, y Teresa consintió en ello. A pocas leguas de su pueblo y en las orillas del pequeño lago de Oberland, el anciano Buhler compró una posesión, á donde fue á establecerse. La dulce soledad de la montaña fue un bálsamo para el corazón de la viuda y un consue¬ lo para todos. El sublime reposo de la naturaleza, el agua siempre cristalina y tranquila del pequeño lago, las montañas pintorescamente agrupadas que los rodeaban, la grave voz del bosque, el cielo azul, iluminado por el sol en aque¬ lla limpia y despejada atmósfera, todo auxiliaba para curar aquellos corazones lacerados. El tiempo fue endulzando poco á poco el dolor de Teresa que se de¬ dicó enteramente á la educación de sus hijos y les enseñó á querer la memoria de su buen padre haciendo mención diaria de él en la oración de la mañana. De tiempo en tiempo iban juntos «t visitar el cementerio del pueblo en donde re¬ posaban las cenizas de Uli, para orar sobre su tumba y renovar las flores que en sus inmediaciones habian puesto. El anciano Buhler aun vivió bastantes años para ver casados á sus dos nie¬ tos; y entonces el aumento de la familia y los hijos que de los dos matrimonios nacieron ayudaron á Teresa á pasar una vida mas tranquila. Tony no vió nun¬ ca mas á ningún miembro de aquella familia, continuó ejerciendo su oficio de cazador; y como muchos de los que en aquel país se dedican á lo mismo mu¬ rió desgraciadamente despeñándose á un abismo. Buhler no se lo participó á Te¬ resa , y esta nunca mas se acordó de él sino para rogar á Dios que le perdona¬ ra su maligno intento, como ella le había perdonado. /%;?,> .i* • V * f - • 4 . *.'**. ‘ 1 * w- ' ■ •'%?. ■ V • ‘ í .< ■ * , t. <j -v- ’* . v : 4 : *r ; j iü & - » 0 ' f . í’CUAOlÉS oVcARÍ’ ! : V SHAN.) * ‘s'j ■ ’ ' '* ' ' Vil 1 ' -•;/ ■ .;•, ’ ■ .,• Wa.>'M vieni ; ■ , - r :••/• ' ■ ■ h 4 nuo> rtoTk v;>n^su su: . .'.¿ ■ •íveii^S' todas • virio 4nístcríosoV !i? vtcnto-y : ^ ajpjes^ran t r ,, ; . r: de nnu i* ¡‘.pesiad próxima; y rd efcuito^^iío , ; i»ásó,:ipuetio;rato*• ,ra> - as trueno en las .nufteitósJdJóa.mmeiee ..,aa.mde t* «ubes *, por entre las qa.alcs ios rayos acom T - ■ i -a.,:. , .../-j ; óx;ó de ia borusca, crujían algunos ai desgajarse "sv • • doNííódei parecían reía ^ m aquenns- h ■ . • icido en el la• babüacmnr - ■ " ^. a ^ • ■ ■ "rs- . . Í . v cielo. En ' -íaactOü sí* o.v ‘íltaffe ■ ’ : J <r aa' «o huiji' ■ ce-¡, como también su aim-,. bailaban en =:f espacioso salón donde so»«ató , no sin (coa .-I (.omon Hcao «te-aBg.-'- ‘ * ,> ■ * Jpb ; EL ASTROLOGO Y LAS (CUADROS DE CARRAL Y SHAN.) El abrasado viento que bajaba de los montes Sabinos removía con su sufo¬ cante aliento las aguas del lago de Albano, de cuya superficie se alzaban ligeros vapores que iban á posarse sobre el pueblo del mismo nombre y sobre las nu¬ merosas quintas, ovillas (como se llaman en Italia), de sus alrededores, pare¬ ciendo envolverlas todas en un velo misterioso. El viento y esos vapores eran las señales ciertas de una tempestad próxima; y en efecto, no pasó mucho rato sin que retumbaran sordamente lejanos truenos en las montañas. El firmamento se fue cubriendo aprisa de negras nubes , por entre las cuales los rayos acom¬ pañados del continuo estampido de los truenos, serpenteaban fantásticamente. Ea violenta lluvia impulsada por el viento, caia y se precipitaba á torrentes, doblábanse los árboles al embate de la borrasca, crujían algunos al desgajarse sus ramas, y los elementos desencadenados parecían reinar solos en aquel ins¬ tante, mientras el hombre que se llama señor de la naturaleza, estaba temblan- y se escondía estremecido en el fondo de sus habitaciones que no contaba seguras contra el furor del cielo. En esta situación se encontraban casi todas las personas de la bella y grandiosa quinta de Quincardino, situada en la márgen oriental del lago. Leonor de Quincardino, dueña de esa magnífica casa, como también su ami¬ ga y pariente Leonor de Melrose, se hallaban en el espacioso salón donde solian pasar la mayor parte de las horas, no sin tener el corazón lleno de angustia y EL MUNDO SOCIAL. 56 de temores, y procurando tranquilizarse á puro de dirigir al cielo fervorosas preces; que en los peligros es cuando mas se acuerda de la religión el hombre, por lo común harto olvidado de ella. El tipo de una y otra joven revelaba á la primera ojeada dos flores del nor¬ te trasladadas al suelo meridional; puesto que entre las mujeres italianas no se encuentran esas formas llenas y redondas, ni esas facciones dulces, tiernas y ter¬ sas de ambas señoritas, ni esas cabelleras de un rubio casi ceniciento como la que adornaba la cabeza de Leonor de Quincardino. El traje de las dos amigas tenia algo de fantástico, y por él era imposible columbrar cuál podía ser la pa¬ tria de una y otra. Su único compañero en aquellos momentos era un anciano de talla elevada, algo encorvado ya bajo el peso de los años y cuyo aspecto venerable aumentaba no poco su larga y blanca barba, pero su traje, lo mismo que el de las jóvenes, indicaba un gusto singular. Las prácticas de devoción á que durante la tempestad se entregaban las dos señoritas, no les impidieron continuar con las debidas in¬ terrupciones la conversación que tenían comenzada. Por esta vez, maese Ar- noldo, dijo Leonor de Quincardino, el cielo ha desairado vuestra profecía, por¬ que esta mañana, como* podéis recordarlo, nos habíais prometido un hermoso dia. En verdad, señorita, contestó el viejo, nunca me he vanagloriado de ser un grande vaticinador del tiempo, y si no es por casualidad jamás manifiesto mi opinión en esta materia, á que no doy la mas mínima importancia. Mi ciencia, continuó en tono solemne, y hablando con calculada lentitud, se cierne sobre un orden de cosas mas elevado ‘ se ocupa del mundo de los espíritus; y el que tiene el poder de leer en los astros no es racional que se ocupe de la miserable cuestión de si hará sol ó de si lloverá durante el dia. Es probable, dijo la señorita de Melrose, que en cambio tendremos una noche magnífica cuando el eter purificado dejará aparecer de nuevo y en todo su esplendor las constelaciones celestes. ¿No os parece así, maese Amoldo? ¿Po¬ dremos esta noche leer, siguiendo vuestras lecciones, en el libro de la vida y del destino? Los astros son mudos, dijo el anciano; en este instante no se prepara ninguna constelación, y en las doce ciudades del cielo todo está tranquilo y si¬ lencioso. Es preciso que aguardemos una hora mas favorable que no faltará en alguna otra noche. Entretanto había pasado el mas recio furor de la tempestad cediendo el lugar á una lluvia suave que luego cesó completamente. Gracias á Dios que puede una respirar sin miedo, esclamó Leonor de Quincardino, acercándose á la ventana que había abierto y paseando sus miradas por el magnífico paisaje que á lo lé- jos se estendia. En seguida cogió un pequeño telescopio, y al punto estuvo com¬ pleta y esclusivamente ocupada contemplando un objeto que acababa de herir su vista Mira un poco allá abajo, hácia el pié de la montaña, dijo á Leonor de # EL ASTRÓLOGO Y LAS DOS LEONORES. 57 Melrose, aquel caballero que al parecer ha sido alcanzado por la borrasca. Sin duda ha de haber corrido un gran peligro. La amiga cogió el telescopio, miró un rato y dijo hablando lentamente : Es espantoso ver eso. Apenas se distingue al hombre del animal, y no lo veo claramente ó lo que hiere mi vista es una cosa muy singular. Hacedme el favor de mirar vos, maese Amoldo, dijo al anciano, porque vos entendéis mejor que nosotras todo eso de caballos y caballeros. El anciano tomando el telescopio, se dedicó á examinar el caballero, que du¬ rante ese rato se había aproximado mucho. ¡ La Virgen le asista! esclamó des¬ pués de un momento de silencio. Ese hombre está tendido sobre el caballo, sin dar la menor señal de vida. Sin ninguna duda eso es alguna desgracia; pero, añadió con aire pensativo, ó yo estoy «trascordado ó conozco el caballo, aunque en verdad no puedo absolutamente decir cómo le conozco ni de quién es. ¡ Gran Dios! esclamó la señorita de Quincardino, como herida por un presentimiento. Esta mañana nos ha saludado pasando por aquí montado el marqués de Lusi- gnani, que iba á cazar á la montaña, y nos ha prometido recogerse temprano. ¡Siserá él! ¡Si le habrá sucedido alguna desgracia! En efecto, continuó Ar- noldo, casi tengo por cosa cierta que reconozco su caballo. ¿Y será posible , es¬ clamó la señorita de Melrose cuyo corazón palpitaba de angustia, será posible que dejemos consumarse un desastre á nuestra vista? ¿No hay medio de propor¬ cionar algún ausilio á ese desgraciado caballero? Antes que podamos enviar quien detenga á ese animal, estará muy Iéjos, y de seguro os digo que no hay medio de prestarle ninguna ayuda. Esto es hor¬ rible, esclamaron las dos señoritas, ver una que va á verificarse una desgracia y no tener manera de evitarla. Deteneos , dijo Amoldo : el caballo no corre ya cual si un huracán lo arrebatara; su furor se ha calmado; observad, obser¬ vad como á impulsos de su instinto se dirige con su ginete hácia esta quinta. ¡Dios sea bendito! esclamó Leonor de Melrose. Quizás se habrá salvado, di¬ jo á su vez la otra señorita. Por de pronto no es dudoso, dijo Amoldo ; la di¬ ficultad si acaso consistirá en lo que ya ha sucedido. Pronunciadas apenas estas palabras á que hizo coro una alegre esclamacion de las dos jóvenes resonó en el patio de la quinta el resuello del caballo. Los criados de la casa que corrieron al oir aquel ruido quedaron pasmados ante el espectáculo que se presentó á sus ojos. El marqués de Lusignani, pálido, desfi¬ gurado y sin conocimiento estaba tendido sobre el lomo del animal, cuyo cue¬ llo tenia abrazado convulsivamente, porque sin duda en el último momento ins¬ tintivo de la propia conservación había acudido á ese remedio que lo salvó, y después del cual probablemente se había desmayado. Con no poco trabajo lo sacaron de la silla y lo condujeron, por orden de la señorita de Melrose, a la es¬ tancia en donde habia tenido lugar la conversación que hemos relatado. Las dos vírgenes recibieron al huésped que por estraños camino^iabia sido o EL MUNDO SOCIAL. 58 llevado á su casa con grandísima ansiedad y le hicieron colocar encima de una cama. Maese Amoldo que en caso necesario podía prestar los primeros ausilios, tomó el pulso al marqués, indicó á las dos amigas que saliesen por algunos ins¬ tantes, é hizo mudar el calado vestido del enfermo con otro seco y caliente. El suave calor producido por semejante cambio no tardó en producir un efecto fa¬ vorable. Guando las señoritas entraron otra vez en la sala, las mejillas del marqués habían ya adquirido un poco de color y sus alteradas facciones estaban tranquilas, aunque sus ojos empañados é inmóviles se abrían por intervalos para otra vez cerrarse inmediatamente, y sus labios sufrían un temblor nervioso cual si el marqués quisiera hablar sin tener la fuerza necesaria para articular algunas palabras. Las dos primas escuchaban con el mayor cuidado la respira¬ ción del enfermo, procurando al mismo tiempo leer en las miradas de maese Ar- noldo el pronóstico que hacia del doliente. El anciano lo notó muy luego, y dijo en tono lento y muy marcado : No hay el menor peligro, ni le ha habido. Esto no es mas que una súbita interrupción de las funciones de los órganos mas esen¬ ciales á la vida; y para volver las cosas á su camino regular y restablecer el turbado equilibrio nada puede haber mas á propósito que el calor y el reposo; después la robusta constitución del señor marqués hará lo restante. Transcurrida una hora de descanso los hoscos ojos del enfermo recobraron una espresion mas dulce, y se dirigían tranquilamente hacia las personas que le rodeaban á las cuales reconoció muy luego. Entonces sus labios se agitaron con mas fuerza cual si quisiera hablar; y por fin poniéndose la mano en la frente para reunir sus ideas, pronunció no sin pena las siguientes palabras: ¿Cómo me encuentro en vuestra quinta, noble señora de Quincardino ? Es una pregunta á la que puedo contestaros fácilmente, dijo esta. Vuestro fiel caba¬ llo, á impulsos de su instinto, y al cabo de una rápida carrera, os ha traído acá, en donde después que habéis sido sacado del caballo estando completamente sin sentidos, os han vuelto á la vida los cuidados de maese Amoldo que no ha en¬ contrado en vuestro cuerpo ninguna fractura. Al oir pronunciar el nombre de Amoldo cruzó la frente del marqués una ligera nube. Conocía áese hombre, sin saber porqué no le gustaba, y tenia un verdadero pesar al ver la deferencia de las dos señoritas hácia el mismo. ¿Qué es lo que os ha sucedido, señor marqués? le preguntó la de Melrose en un tono que espresaba interés muy grande. ¿Cuál es la causa del acontecimiento que acaba de afligir á vuestros amigos? Si son amigos como vos les que han temido por mí, yo tendré por muy feliz el accidente que me ha procurado esta dicha, contestó con galantería Lusignani. Por lo demás, señorita, añadió apre¬ tándose la frente con ambas manos, no es lan fácil contestar á esa pregunta co¬ mo á la que yo os he dirigido, porque á la verdad echo de menos la memoria, y siento ur^vacío en mi existencia; de modo que á mi entender me faltan miw EL ASTRÓLOGO Y LAS DOS LEONORES, 59 chas horas de la vida. No habléis, señor marques, dijo la señorita de Quincar- dino en tono dulcemente imperativo; evitad con esmero todo esfuerzo, y cuanto pueda afectaros. Al contrario, dijo Lusignani; el hablar creo que alivia mi pe¬ cho, y cada palabra que suelto parece que levanta de encima de mi corazón un peso enorme. Oídme pues. Bien sabéis que esta mañana yéndome á cazar acompañado de vuestros buenos augurios, me he dirigido á la montaña. Desgraciadamente vues¬ tros deseos no se han cumplido, porque con no poca desesperación de un caza¬ dor, la caza que sin duda ya venteaba la tempestad, se mantenía escondida en sus madrigueras. Desalentado ya y de mal humor me interné hacia el fondo de la montaña, hasta que ya no pude hacerme ilusión acerca del peligro que me amenazaba. Comencé á retroceder; mas como la atmósfera á cada instante se ponía mas oscura, me estravié completamente por el bosque, y no tuve mas re¬ medio que abandonarme al instinto y á la voluntad del caballo. Al principio pro¬ cediendo el animal con mucha prudencia caminaba al paso, pero á medida que iba arreciando y siendo mas inmediato el estampido de los truenos comenzó á inquietarse. Ya estaba yo mojado hasta los huesos y sentía los calofríos de la ca¬ lentura, que apenas me dejaba sostener en la silla cuando de repente cae un ra¬ yo muy cerca de mí, y me ha cubierto'de un mar de fuego. Aturdido por la con¬ moción eléctrica no he tenido fuerza para retener el caballo ya desbocado, que atravesando la maleza, se ha encontrado muy pronto en la salida del bosque. Recuerdo confusamente que al pasar por allí con una velocidad asombrosa ha caído otro rayo desgajando una encina y dando muerte á un pastor que sin duda habia buscado un refugio debajo de sus ramas. Desde aquel momento, falto completamente de conocimiento, nada sé de lo que ha pasado hasta que á mi pa¬ recer he recobrado la vida. Después de dormir algunas horas el marqués pudo trasladarse á su casa pro¬ metiendo á las dos señoritas que al dia siguiente les enviaría noticia de su estado. Durante los disturbios religiosos y políticos que trastornaron el reinado de Carlos I de Inglaterra, el noble Kincardin tomó la resolución de abandonar su patria, á lo menos por algún tiempo. Ese caballero, buen católico, pero harto indolente para tomar una parte activa en las luchas de partidos, no podia acos¬ tumbrarse á la idea de que triunfasen los puritanos; y á esa resolución tomada por dicho señor habia contribuido no poco el astrólogo Amoldo, haciéndole leer en los astros un porvenir aun mucho mas sombrío para los verdaderos creyentes de aquel país conturbado. Como este personaje es uno de los principales en la narración que vamos estendiendo, fuerza es que nuestros lectores le conozcan, y sepan porqué ejercía en el ánimo del hidalgo y de su familia el prestigio de que veremos grandes pruebas. La astrología en la edad media habia disfrutado de crédito estraordinario, y EL MUNDO SOCIAL. 60 los que á ella se dedicaban eran respetados y temidos por el vulgo, y además con¬ sultados y galardonados profusamente por los magnates y los reyes. No había hombre de importancia que no contase con un astrólogo para saber cuál seria el resultado de sus empresas, ya fuesen amorosas ya guerreras, y á la manera que los generales romanos no acometían ninguna conquista sin que antes los augu¬ res y los arúspices observáran el vuelo de las aves y estudiaran las entrañas de las víctimas; así los hombres de alta cuna en la edad media hubieran achaca¬ do á temeridad lanzarse á la guerra, ó á un trance amoroso muy comprome¬ tido, sin contar antes con el pronóstico que para la una y para el otro hu¬ biese hecho su astrólogo. Quizás no todos los que consultaban tenían fe en las revelaciones de aquel arte, ó mas bien oficio, que osaba decorarse con el título de ciencia; mas la preocupación y el ejemplo dejaban en el ánimo de esos mismos por lo menos una duda ó un recelo de si pudieran ser ciertos los anun¬ ciados presagios. El astrólogo que hablando en nombre de las constelaciones y de los signos del cielo, que rodeado de instrumentos cuyo uso desconocían todos los demás hombres, que envuelto en libros y pergaminos que no enten¬ dían ni eran capaces de leer los magnates de aquel tiempo, que vistiendo un traje estraño pero holgado, magnífico y negro, que usando un lenguaje am¬ biguo y misterioso, decía cosas que no se oian sino de su boca, era tenido por hombre superior á todos los demás, y por fuerza debia ejercer algún influjo en el pecho de aquellos orgullosos nobles, á quienes no detenia un castillo, ni amedrentaba el número de enemigos, pero hacia temblar el aparato de una cien¬ cia desconocida y que no vacilaba en asegurar la ejecución de los acontecimien¬ tos futuros. Como en esto mediaban intrigas de otra clase, y el astrólogo reve¬ lando á un caballero el éxito de una empresa temeraria á que se lanzaba sabia quizás por el enemigo de este los obstáculos que encontraría, y las dificultades que habia de tener en vencerlos, no era difícil que muchas veces saliesen ciertos sus pronósticos, que al fin no eran sino la revelación de acontecimientos de que ya tenia noticia. A pesar de todo la astrología era reputada por una ciencia, y sus profesores, temidos y estimados, imponían á los reyes y á los primeros magnates y tenían la audacia de amenazarlos con los pronósticos que de sus cálculos cabalísticos sa¬ caban. Algunos siglos duró esa fascinación pública, y por esto vemos á soberanos y á señores feudales del mas elevado rango consultar á los astrólogos, y ser tra¬ tados por estos, no solo familiarmente, sino á guisa de personas sóbrelas cuales tenían una superioridad y un ascendiente irresistibles. Personajes bien conoci¬ dos en la historia de las naciones y que ostentan en ella sus colosales figuras y sus hechos tan grandes como era encumbrado su nacimiento, se presentaban en actitud humilde ante el embaucador astrólogo que con aire dignitoso, acento se¬ guro y voz solemne, profetizaba sin reparo, y retraía o impulsaba a importantes y EL ASTRÓLOGO Y LAS DOS LEONORES. 61 decisivas resoluciones. ¿ Quién sabe si Catalina de Médicis, que con frecuencia consultaba á un astrólogo, hubo de querer oir su opinión antes de resolver las desastrosas escenas de la noche de San Bartolomé? Otros hechos, sino de tanta trascendencia y de tan horrendo carácter, de igual ó mayor importancia política, dependieron de la opinión y del consejo de un astrólogo embaucador y menti¬ roso, movido por el resorte del favor ó del dinero. En la época á que se refiere nuestro relato el crédito de la astrología estaba en menguante; pero en algunos puntos en donde lo que hoy llamaríamos civili¬ zación del siglo llegó mas tarde, aun conservaba bastante influjo y gozaban de crédito sus vaticinios. Y aun en esos mismos puntos algunas familias los tenian en mas favor que otras según era la educación que sus individuos habían recibido; y entre las mas favorecedoras de la ciencia podía sin duda colocarse la de Kincar- din, de la cual era jefe á la sazón el caballero que habia resuelto abandonar su patria, por lo menos mientras durasen los disturbios que entonces la afligían. Hemos dicho que para esa resolución contribuyeron mucho los consejos del astrólogo Amoldo, y no es de admirar que así fuera, porque la familia de ese ca¬ ballero desde tiempo inmemorial habia mantenido un astrólogo en su castillo. Ya mucho antes de morir el padre del actual señor de Kincardin era el astrólogo ti¬ tular del castillo maese Amoldo, que si bien pasaba por italiano, no faltaban motivos para sospechar que era griego. Desde Grecia á lo menos habia ido á Escocia y después de recorrer diversas capitales de Europa presagiando el desti¬ no á los magnates y leyendo en las estrellas el horóscopo de cien personajes, fué finalmente á parar al castillo á instancias de su señor que le habia conocido en la capital de Inglaterra. Cuando sobrevinieron en ese país las revueltas del reinado de Carlos I aun tuvo valor de amenazar en nombre del cielo á muchas personas de las que mi¬ litaban en las filas del parlamento; mas por fortuna suya le reputaron por un loco ó un visionario digno de ser compadecido, que no castigado. Sin embargo del descrédito en que según hemos dicho habia caido la astrología, aun iban al castillo de Kincardin á visitar á Amoldo personas de elevado rango, á quienes molestaba el afan de saber lo que debía acontecerles. Su habitación era la mas alta estancia de un vetusto torreen desde donde se dominaba una vastísima llanura, y podía mas á su sabor contemplar el espacio y consultar los cuerpos luminosos que lo decoran. Encumbrado en aquella cús¬ pide cual el águila que se cierne sobre la región de Jas nubes, dirigia sus mira¬ das al universo, y á juzgar por sus palabras, desde allí leia el destino de los imperios, la suerte de los reyes y los sucesos de cuantos hombres representaban un papel visible en la tierra. Y léjos de limitarse á esto, jactábase también de dai la dirección que mejor le acomodaba á los acontecimientos políticos, y no hubiera sido empresa ardua para su impenetrable ciencia adornar las sienes de EL MUNDO SOCIAL. 62 un monarca con la corona de su vecino. Era ya hombre entrado en dias, según antes hemos dicho, pero tenia mucha robustez y sanidad aparentes, no obstante de que bajo su holgada túnica se escondían los defectos de su carcomido cuer¬ po. El grande monterete que le cubría la cabeza ocultaba su absoluta falta de ca¬ bellos, y el cinturón anchísimo y bordado de figuras simbólicas y signos incom¬ prensibles, en armónica combinación con las restantes piezas de su traje, le da¬ ban un aire majestuoso y hasta imponente. Sus largas y enjutas manos eran una señal infalible de su vejez; mas no por esto tenían menos destreza en el manejo del compás, y en el rollar y desenvolver raidos pergaminos. Este hombre fué quien determinó al señor de Kincardin á que saliese de su tier¬ ra, y con mucha destreza le hizo comprender que según indicaba la influencia de los astros, la Italia era el país destinado á convertirse en su segunda patria. Tomada la resolución fué muy presto llevada á cabo. El caballero puso sus ne¬ gocios en orden, y acompañado de su hija Leonor, de su sobrina, hija de una hermana difunta y que tenia el mismo nombre, de maese Amoldo y de algunos criados, se dirigió á Italia, en donde no léjos de Roma y á orillas del lago de Albano compró una villa ó quinta, á la cual muy pronto se dió el nombre de quinta de Quincardino. El buen caballero disfrutó durante poco tiempo del salu¬ dable aire de Italia, pues lo llevó muy luego al sepulcro un ataque de apo¬ plejía. Aquella inesperada muerte hubo de estrechar los lazos de amistad entre las dos huérfanas, cuyo único consuelo era la mutua espansion de sus corazones. Por efecto de la educación que habían recibido la una y la otra, en la cual re¬ presentó muy principal papel la influencia de los astros, tenían un respeto gran¬ dísimo al arte falaz del italiano; y en consecuencia de esto, después de la muerte del hidalgo, no le fué difícil al astrólogo adquirir un ilimitado ascendiente en el espíritu de aquellas sencillas jóvenes, cuya poca edad las conservaba casi estra- ñas á todo comercio con el mundo. A despecho de los esfuerzos de maese Amol¬ do para mantener su influjo esclusivo, las escocesas habían contraido algunas relaciones de buena vecindad con la nobleza de los alrededores, y el marqués de Lusignani, cuya quinta estaba muy cerca de la suya, era la persona con quien mas se habían intimado. Mucho contribuyó á ello la circunstancia de que como el marqués había viajado por Inglaterra y Escocia, podía hablar con ellas de cosas cuya memoria les era sumamente grata. Algunos dias transcurrieron después del lance que hemos referido antes que el marqués estuviese en disposición de salir, y naturalmente cuando pudo hacerlo su primera visita fué para las jóvenes escocesas que le recibieron con una cor¬ dialidad franca, y no le disimularon el gozo que íes causaba verle del todo res¬ tablecido de su accidente. Considerábanse como el instrumento de que la Pro¬ videncia se había servido para salvarle, y esto mismo aumentó muchísimo la in¬ timidad entre las dos y el marqués, que desde entonces se declaró su caballero. EL ASTRÓLOGO Y LAS DOS LEONORES. 63 Durante las deliciosas tardes del verano aquella reducida sociedad se pasea¬ ba frecuentemente por las encantadoras orillas del lago, en donde la franca é ingenua alegría del marqués sabia poner las almas de concierto con la hermosa naturaleza que llena de felicidad y de gozo el corazón del hombre y le hace sentir la ventura de la vida. Esas tardes solian terminar con algunos romances que el marqués cantaba con aquella ternura y gusto que distinguen á los hijos de Italia. En una de dichas tardes y cuando las dos señoritas sentadas en un canapé de césped escuchaban con delicia al joven que había cantado ya algunos aires italianos, de repente el cantor preludiando en el arpa armonías de un carácter muy distinto, entonó una antigua balada escocesa. Al oir aquel canto de su pa¬ tria que desde muchos años no había penetrado en sus oidos, se dispertaron en el alma de aquellas desterradas mil recuerdos de la infancia, recuerdos dulces y melancólicos á un tiempo mismo. ¡Oh mi querida Escocia! esclamó con dulce em tusiasmo la señorita de Quincardino, ¡ cuán poca cosa son las maravillas de Ita¬ lia comparadas con tu modesta magnificencia! ¡ Cuándo podré yo poner los pies en tus playas y saludarte con el corazón colmado de alegría! ¡ Ah patria ama¬ da ! ¡ Porqué no he de gozar de la vista de tus montañas y de tus valles, y de aquellos antiguos bosques, entre cuyas ramas me parece oir aun el viento que susurraba y traía los balidos del carnero hasta las ventanas del castillo! ¡ Ay ! ¡ cuán triste es recordar desde una tierra estraña esas dulzuras que se sintieron en la patria durante la edad primera ! Sois muy injusta, interrumpió el marqués en tono de reconvención amis¬ tosa. En todas partes ha puesto la Providencia alguna cosa para alegrar el cora¬ zón del hombre , si sabemos olvidar la limitada nocion de nuestra patria. Yo lo he esperimentado por mí mismo en mis largos viajes por Europa. El hombre puede encontrar la felicidad en todas partes, cuando no trata de destruirla. Y sin embargo, repuso Leonor de Melrose, nada hay tan hermoso como la patria, por¬ que en ninguna otra parte halla el corazón ni felicidad ni contento verdade¬ ro. No soy de vuestro parecer, señorita , dijo el marqués ; no quiero negar que la patria ejerce sobre el hombre un encanto mágico; mas lo que constituye su verdadera felicidad es el dulce abandono del amor hácia otro ser; y aunque el amor no tiene patria propiamente dicha, sin embargo él esquíen nos hace amar e I uias pequeño y recóndito punto de la tierra, en donde hayamos encontrado un ser que sepa amarnos y comprendernos. El sol inmediato á su ocaso derramaba sus últimos rayos sobre el lago y sobre sus risueñas márgenes, y habia transfigurado en cierto modo la fisonomía del marqués, que al pronunciar estas palabras tomó una viveza y espresion indefi— nib es. Nunca las dos amigas le habían oido hablar de aquel modo, y al escuchar sus palabras sintieron nacer repentinamente en sus corazones afectos nuevos que las colmaron á un tiempo de timidez y de turbación. 64 EL MUNDO SOCIAL. Desde aquella tarde se reveló á las dos amigas una vida nueva, y un nuevo sentimiento se apoderó de aquellos corazones jóvenes que en otro tiempo tenían una entera confianza mutua, pero que desde entonces procuraban ocultar su se¬ creto en presencia de Lusignani. El ojo perspicaz del marqués descubrió muy luego el efecto que su presencia causaba á las dos amigas, descubrimiento que le colmó de inquietud y de alegría. Entonces se reconvino á sí mismo porque guar¬ dando las propias consideraciones á las dos jóvenes dispertó en ellas afectos tier¬ nos, á los cuales no podía corresponder sino con respecto á la una. ¿Y no ha¬ bría medio para que la otra tuviese también alguna alma tierna y amorosa, que respondiera al afecto que había nacido en el pecho de Leonor de Melrose? De pronto le ocurrió la persona de su primo el conde de Séssano que dentro de po¬ cos dias iba á llegar á la quinta con ánimo de permanecer allí hasta el principio del invierno. Arreglado su plan aguardó la llegada del conde, nunca tan deseada como ahora. Mientras tanto el viejo astrólogo que en realidad estaba dotado de gran tino para conocer á los hombres no tardó en comprender el estado de las cosas, tan¬ to mas cuanto desde la primera visita del marqués habia adivinado cuál seria el desenlace de la amistad que con él contrajeron las dos pupilas, no pudiendo re¬ caer la duda sino en cuál de las dos se llevaría la preferencia. Desde que hirió su imaginación esta idea mostró cierto desvío hácia el joven galan, y como este por su parte odiaba al viejo á causa de su aire hipócrita y de su arle falaz, fue¬ ron luego dos enemigos, entre los cuales toda reconciliación era imposible. Cuan¬ do Amoldo hubo comprendido que Leonor de Quincardino llamaba la atención del marqués mas que la prima, subió de punto su enemiga, porque aquella era muy rica, y Amoldo habia ya hecho sus cálculos acerca de la fortuna de la joven. Así esta como la de Melrose no desconocieron luego la antipatía entre aquellas dos personas; y aunque la deploraban muy vivamente, no osaron tentar ningún me¬ dio para acercar á los dos adversarios, ni á la verdad les hubiera sido fácil con¬ seguirlo. Habia una absoluta contraposición de carácter y de sentimientos, y ni uno ni otro estaban dispuestos á sacrificarse recíprocamente cosa alguna. Se ob¬ servaban de continuo, y el uno tenia del otro una desconfianza ilimitada. A pe¬ sar de todo las dos pupilas alimentaban la ilusión de que la enemistad entre el marqués y Amoldo no era tan viva, fundándose en que desde algún tiempo á aquella parte el segundo recibía al primero con mas benevolencia que antes; y esto mismo alarmó mas y mas al marqués, hizo que creciera su desconfianza, y que afectando no ocuparse del astrólogo le siguiera los pasos y espiara todas sus acciones. Por fin llegó á la quinta el conde de Séssano, y el marqués á los pocos dias le preguntó si tendría gusto en ir á la quinta de Quincardino, haciéndole una pin¬ tura de las personas que en ella habitaban, aunque sin darle Jugará traslucir EL ASTRÓLOGO Y LAS DOS LEONORES. 65 su interés por una de ellas. Se deja entender que el conde aceptó con gusto la oferta, y después de obtenido por el marqués el permiso de Leonor de Quincardi- no se presentó con el conde. Ese joven no era bello, ni llamaba la atención á pri¬ mera vista; pero cuanto mas se lo consideraba tanto mas iba agradando, y se echaba de ver la esmeradísima educación que había recibido, y cuán bien apro¬ vechó las lecciones de sus preceptores. Era dueño de una gran fortuna, de la cual no podía disponer mientras viviese su madre : mas esta señora, celosísima en este punto, no lo era en cuanto á la elección que su hijo hiciese de la mujer que quisiera para esposa. Hubiera preferido una joven de alta clase, pero no pensaba contrariarle en caso de inclinarle la pasión á otra parte. A la verdad el conde había enamorado á varias doncellas, pero nunca llevó las cosas tan al cabo que pudiese considerarse comprometido con ninguna. Cerca estuvo de ello meses antes; mas un desvío de la joven le separó completamente de ella, y á la sazón de que hablamos su pecho no palpitaba por ninguna. Estas esplicaciones satis- facieron mucho al marqués, quien sin embargo tembló al considerar cuán fácil era que mientras él le llevaba á la Quinta á fin de que se agradase de Leonor de Melrose, el condesito prefiriera á su amada, y esto diese ocasión á algún lance desagradable, á una riña entre ambos, y aun al rompimiento con Leonor, por¬ que bien podía suceder que esta gustase mas del conde que iban á presentarle. No obstante las cosas habían llegado ya á un punto del que era preciso salir á todo trance, y el marqués acompañó al conde, fiado en su buena fortuna y en el cariño que la Quincardino le profesaba. Bien recibido fué el conde, no solo por consideración á quien lo presentaba, sino porque no tardaron las dos jóvenes en descubrir en él las buenas dotes que todo el mundo le conocía. La primera visita fué breve, se habló de cosas gene¬ rales, y el conde se hizo cargo muy detenidamente de las prendas físicas y de cuanto mas pudo observar en las dos primas, porque el marqués le exigió la palabra de que después de verlas le declararía francamente si le agradaba algu¬ na de ellas. Bien seguía Lusignani con la vista todas las acciones y todas las mi¬ radas del conde, bien avalorábalas palabras que á una y á otra de las señoritas dirigía; parecíale á veces que se inclinaba mas á esta y después que masá aque¬ da; y el resultado fué no haber podido formar concepto ni aun cálculo alguno probable. Durante el camino mantuviéronse en silencio los dos jóvenes, cual si nada tuvieran que hablarse; mas al estar solos con las tazas de café sobre la mesa creyó el conde que era ya hora de sacar de angustias á su amigo. Preciso es que el lector recuerde que al hablar por primera vez de las dos pupilas hemos dicho que al momento se conocía que eran dos hijas del norte, que sus formas eran llenas y redondas, sus facciones tiernas dulces y tersas, y aunque no se pareciesen, no obstante tenían un tipo particular que asi bien con¬ venia á la una como á la otra. La diferencia mas esencial y mas prontamente 0 66 el mundo social. visible entre ellas era que Leonor de Melrose tenia el cabello casi negro; al paso que Leonor de Quincardino ostentaba con mucha gracia una rica cabellera de un rubio clarísimo y casi ceniciento. La conversación de los dos amigos hace in¬ dispensable recordar esta circunstancia. Y bien, dijo el conde, ya está hecha la visita y yo dispuesto á decirte francamente e! efecto que tus dos amigas me han cau¬ sado: pero antes he de hacerte una pregunta y es forzoso que me contestes á ella. ¿A mí una pregunta? dijo el marqués. Sea en buen hora. Me parece, continuó el conde, que tú amas á una de esas señoritas, aunque has sido tan discreto que por mi honor te juro que no sé á cuál, ni aun me atrevería á ase¬ gurar que amases á una. No pretendo por ahora saber si amas á Leonor de Quin¬ cardino ó á Leonor de Melrose, únicamente es preciso que yo sepa si amas á una de las dos. ¿Tú serás franco conmigo ? preguntó el marqués. Tan franco que no te dejaré ninguna duda acerca de mis sentimientos; mas como tú me has pre¬ sentado en la quinta y á mí me agrada una de las dos señoritas, ya ves que ante todo he de saber si tú amas á una de ellas. Si cada uno de nosotros ama la suya, estamos en buen camino; pero si la desgracia hiciera que los dos amára¬ mos á una misma, Injusticia, !a razón, nuestra amistad y nuestro parentesco exigen que yo me retire, y te deje el campo libre. Si no se tratara de los dos, uno y otro sabemos cómo se ventilan estos negocios: mas tú y yo nos queremos demasiado para llegar á ese estremo, y además eso seria por mi parte una felo¬ nía que no se ajusta con mi^arácter. ¡Con que te ha gustado una de ellas! dijo el marqués con inquietud visible. Sí, contestó el otro, y no me queda duda de que tú amas á la otra. Por fin, amigo mió, solo falta que tú ó yo nombremos á la preferida; si es una misma, dentro de un cuarto de hora habré salido de tu Quinta; si no es, dentro de una hora vamos á verlas y á referirles nuestra con¬ versación. ¿Te parece bien mi propuesta? Hombre, dijo el marqués , no me parece bien, ni mal; sentiré muchísimo que nos encontremos rivales y será para mí muy doloroso aceptar tu sacrificio. ¿Y no lo seria mas, preguntó el conde, cederme la querida ? Todo es malo , repuso el otro; y aunque yo he deseado tu venida, tu visita á la Quinta, y tus amores con una de las señoritas, nunca me figuré que tuviésemos la desgracia de querer á una misma. Pues yo creo, dijo el conde, que es lo que naturalmente debia haberte ocurrido, porque no hay duda sino que la una es mucho mas hermosa que la otra, y lo natural es que uno y otro nos agrademos de lo mejor. ¿ Con que entonces , dijo el mar¬ qués visiblemente alterado, la que te gusta es la mas hermosa? No he dicho tanto, contestó el primo; digo que lo natural es que la mas hermosa guste mas, pero tú ves que hay hombres que cuando llegan al punto de elegir no eligen lo mas bello. Además eso de la belleza no es cosa tan bien definida que lo hermo¬ so para uno lo sea para todos; así puede muy bien suceder que en realidad no sea la mas hermosa aquella á quien yo daria este dictado. En suma , amigo EL ASTRÓLOGO Y LAS DOS LEONORES. 67 mío, esclamó el marqués, sácame de esta ansiedad en que me tienes, di me cuál te ha gustado mas; ya sabes el. nombre de una y otra, dilo y hemos concluido. Parecía que el marqués se iba impacientando; y como el conde en realidad esta¬ ba muy decidido á hacer el sacrificio que había dicho, no quiso prolongar el martirio de su amigo. La una tiene el cabello negro, y la otra rubio, le dijo; ¿no te parece que es esta la diferencia mas visiblemente notable que hay entre ellas? Sin ninguna duda, contestó el marqués. Di, pues, ¿cuál te gusta , la ru¬ bia ó la otra? Tú quizás reputas la no rubia por la mas bella, dijo el conde, y otros opinarán lo contrario; yo soy del parecer de estos últimos; tengo por mu¬ cho mas hermosa á la rubia, á Leonor de Quincardino; mas como nunca me he preciado de tener gusto muy esquisito, te digo terminantemente y como hombre de honor que yo prefiero la otra; me gusta mas Leonor de Melrose. Al oir el marqués este desenlace, esclamó como un loco: estamos salvados; y levantándo¬ se del asiento dió un apretado abrazo á su primo y hasta le besó las mejillas. ¿Con que tú amas á la rubia? le dijo el conde. Sí, la amo , la adoro, y no pue¬ des figurarte lo que me has hecho sufrir retardando tu esplicacion tanto tiempo. Culpa tuya es, repuso el conde; tú podías haber comenzado diciendo que ama¬ bas á la Quincardino y yo te hubiera contestado que me gustaba la otra. Sea en buena hora, dijo el marqués, ame cada uno ála suya, yen cuanto á mí te juro que como ella quiera será mi esposa. No diré yo otro tanto, repuso el conde; he de saber si me ama, he de conocerla mas á fondo; pero me parece que tu ejemplo será un grande cebo para que yo muerda el anzuelo. Ahora, dijo el marqués, he de enterarte de otra cosa muy importante y en la cual hemos de proceder de acuerdo si nos proponemos salir adelante con nues¬ tro empefio. Y en seguida le refirió los antecedentes de Amoldo, lo que él había observado, y le dió á entender sus sospechas de que quería estorbar el matrimo¬ nio de las dos primas, ó al menos el de Leonor de Quincardino, que era la mas rica, sin duda para usurpar sus riquezas, y que en este concepto era preciso cons¬ pirar contra el viejo, vencerlo y acabar con su influjo á todo trance. Prometió el conde hacer todo lo posible para lograr este objeto; y de esperar era que de tales Y tan audaces adversarios no triunfaría Amoldo á despecho de todos sus embus¬ tes y embelecos. Mientras tanto no se había el astrólogo descuidado, y cuando vió el refuerzo * i a , ( 0 P or M marqués, y adivinó cual era el plan que con la presentación de tal compañero se habia propuesto, hubo de comprender que era indispensable re- ! ° 3 ar Sa em P efío para vencer á dos enemigos en vez de uno. So pretesto de en¬ vegarse a estudios ocultos, comenzó por ver muy pocas veces á los dos amigos, y en n 8 a i óe esto hacia visitas muy cortas por los alrededores, y de cuando en cuando recibía en su gabinete á algunas personas con quienes hablaba también á escondidas en la vecindad de la Quinta, verificándose siempre esas idas y veni- EL MUNDO SOCIAL. 68 das en hora muy temprana de la mañana. Sí, fray Carlos, decía durante una de esas misteriosas entrevistas al aire libre, á un hombre cuyo esterior no dejaba duda de que era un fraile; se trata de que la mina salte poco á poco, y de que vuestro prior no se empeñe en que esto se efectúe precipitadamente. Después de haber procurado en vano separar los corazones de mis pupilas de las cosas terrenas, he imaginado otro plan de que el prior tiene noticia hace mucho tiem¬ po; mas para que este plan no se frustre es indispensable obrar con gran pruden¬ cia, porque la mas mínima sospecha seria muy capaz de trastornarlo. El pribr, dijo el fraile, tiene una confianza ilimitada en vuestro saber y en vuestra dis¬ creción, ya que nadie conoce mejor que vos el estado de las cosas; pero no obs¬ tante me ha encargado que os recomiende tener siempre presente que el mar¬ qués de Lusignani es un enemigo contra el cual ninguna prevención es escesiva. Entre las altas y sombrías paredes de vuestro convento, dijo maese Amoldo, todo lo veis negro; el marqués no es tan maligno como vosotros queréis dar á en¬ tender, figurándoos que tiene algún indicio de nuestro proyecto. Otra persona se ha mezclado en el negocio á favor del marqués y de las pupilas, cuya persona si bien no la reputo por de gran criterio ni de mucha perspicacia, la tengo por muy capaz de abrazar cualquier espediente por ruidoso y atrevido que sea, si por desgracia llegasen á su noticia nuestros manejos. ¡ Otra persona! esclamó el fraile. ¿Y de cuando acá se ha reunido al marqués un nuevo adversario? El hecho es reciente, dijo el astrólogo : mas no por esto menos cierto: y hé aquí también porque son menester mucha cautela, mucha calma y dejar que las co¬ sas sigan su curso regular, porque solo así podrán tal vez conducirnos al fin que apetecemos. Yo, dijo el fraile inclinándose con respeto, no hago mas que cum¬ plir con mi deber refiriéndoos los temores y los recelos del reverendo padre prior. Está bien, continuó el astrólogo; estoy muy sobre el aviso; ejecutad puntual¬ mente cuanto os digo, y sobre todo tened muchísima prudencia en Albano, en donde el marqués y su nuevo aliado tienen grandes relaciones y mas que media¬ no influjo. No reparéis en decirle al prior este nuevo contratiempo, mas que no desmaye; la noticia debe servirle únicamente para redoblar su cautela, y no te¬ ner la impaciencia que se trasluce en todas sus cartas y mensajes. La cosa con¬ siste no en obrar pronlo sino en obrar bien, y la precipitación echa á perder la mitad de las empresas. Acostumbrado á las de esta clase, sé el tiempo que para llevarlas á feliz término se necesita , y querer escatimar dias y horas es dismi¬ nuir el número de las probabilidades favorables. Confianza en mí, y paciencia. Vuestras palabras, dijo el fraile, serán fielmente trasmitidas á mi superior. Los dos interlocutores se separaron; el fraile desapareció en el bosque, y Amoldo tomó el camino de la Quinta. El plan del astrólogo consistía en aguardar que las dos jóvenes le rogasen que les descubriese el horóscopo del marqués, mas ahora fué preciso añadir la se- EL ASTRÓLOGO Y LAS DOS LEONORES. 09 gunda parte, esto es, que quisiesen también averiguar el del conde, porque el ojo perspicaz de Amoldo no tardó en comprender que si Leonor de Quincardino estaba enamorada del marqués y era correspondida, á poca diferencia sucedía lo mismo entre la otra Leonor y el conde. Cierto que ignoraba si estos dos jó¬ venes se habían agradado después que el conde fué presentado en la Quinta ó si sus relaciones eran de mas larga fecha; pero se inclinaba á lo primero porque las jóvenes no iban á ninguna parte solas, al conde no le vió sino muy pocos dias antes de ser presentado; y además juzgaba que á su perspicacia no habria sabido esconder la candidez de Leonor aquel afecto si realmente lo hubiese esperimen- tado, como no pudo tenerlo oculto desde el primer dia su prima la de Quincar¬ dino. De todos modos los dos galanes harían causa común y era menester decir á las Leonores el horóscopo del uno y del otro, y Amoldo quería aguardar á que ellas mismas lo solicitaran. Sus cálculos eran muy acertados, porque ambas pensaron en eso y no se ha¬ bían atrevido hasta entonces á manifestarlo, temiendo que semejante petición no vendiera el secreto de sus corazones, que en su concepto era todavía un misterio para Amoldo. Cuando este llegaba al pié de la gradería de la Quinta hirió sus oidos la voz de las dos que estaban en la ventana gozando de la hermosa vista del campo en la hora en que acababa de salir el sol. Alzó los ojos hácia el punto desde donde le llamaban, y las dos le indicaron que se acercara. Y bien, maese Amoldo, ¿qué dicen los astros? preguntó la señorita de Kincardin, que tenia mas prisa que la otra por llegar al término de su proyecto. De algún tiempo acá, contestó el astrólogo, los ojos de mis hijas rara vez se dirigen hácia las mansiones celestes, mas yo leo por ellas en los astros, que á decir verdad hablan ahora menos que antes. Pues lo siento infinito, dijo Leonor de Melrose, porque precisamente tenia que pediros un favor relativo á eso mismo. Estas palabras hicieron brillar un re¬ lámpago de alegría en las facciones de maese Amoldo, que veia cuan fácilmen¬ te la conversación tomaba el giro conveniente á sus deseos y á sus proyectos. ¿Es posible saber el objeto de vuestra petición ? preguntó en seguida. Advertid, se¬ ñorita, que mi ánimo no ha sido decir que los astros estén absolutamente mu- os, sino que hablan menos que otras veces, y sucede con frecuencia que con- estan á una pregunta y no satisfacen las otras. Sepamos de qué se trata, si gus¬ táis decirlo. La señorita de Melrose un poco sofocada no supo contestar una palabra, y ese sí encio fué p or c j erto mU y s jg n jf lca tivo para maese Amoldo; pero Leonor ae Quincardino, mas atrevida tomó la palabra y con aire en su concepto de mu¬ cha indiferencia dijo : Es una cosa bien inocente. Ya sabéis que el marqués de Lusignam se ha hecho muy amigo de la casa, y que algún tiempo atrás nos pre¬ sento su primo el conde de Séssano, que también nos profesa amistad; y esto EL MUNDO SOCIAL. 70 naturalmente ha producido en nosotras el deseo de saber el horóscopo del uno y del otro, lié aquí todo nuestro objeto, pura curiosidad mujeril y nada mas. Amoldo comprendió en su interior la candidez de las dos jóvenes que sin que¬ rerlo y sin sentirlo descubrían el afecto de sus corazones, y deseaban saber si los asiros favorecían sus amores, y si eran dignos de ese afecto los dos hombres que supieron dispertarlo. No dando importancia ninguna á la petición sino afectando oirla como cosa muy natural y sencilla, les contestó : No estraño, hijas mias, que os haya acudido esa idea porque á mí me ha asaltado también hace algún tiempo, y para salirme con la mia he pasado ya en observación algunas noches. Mas el planeta del marqués, que es el ligero y caprichoso Marte, no ha querido hasta ahora sujetarse á ninguna constelación, y en cuanto al del conde que es Hércules, es de suyo tan inquieto y, digámoslo así, casquivano, que no tengo gran confianza de meterlo en vereda, tínicamente valiéndome del círculo mágico he obtenido una respuesta acerca de una circunstancia que comprende á.los dos. ¿Y qué circunstancia es esa?' preguntó Leonor de Quineardino. Que uno y otro aman, contestó Amoldo dirigiendo una ojeada escudriñadora á las doncellas; las cuales corridas bajaron los ojos, porque esa respuesta habia en¬ contrado un eco fiel en sus corazones. Aparentando maese Amoldo que no ha¬ bia hecho alto en la emoción esperimentada por las dos señoritas, no interrum¬ pió el silencio que siguió á sus palabras para dejar á estas el tiempo necesario de afectar á las doncellas, como él esperaba, mas al cabo tle un buen rato repitió en tono muy marcado : El marqués ama y el conde ama, y la persona á quien ama el primero, sois vos Leonor de Quineardino. Como Amoldo no dudaba que las dos eran amadas y amaban, pero no tenia certidumbre acerca de cuál era la preferida por el marqués, aunque lo sospe¬ chaba, dirigió el apostrofe á Leonor de Quineardino, con la esperanza de que el efecto que en esta produciría era forzoso que disipase todas sus dudas. En todo habia calculado perfectamente. El corazón de Leonor se sintió de pronto inun¬ dado de una dulce alegría, y el de la otra Leonor de carácter mas apacible se sintió satisfecho, porque si los dos jóvenes amaban y el marqués amaba á su prima, era natural que el conde amara á ella. Sin embargo quería á toda costa salir de dudas, pero no osaba hacer una pregunta. .Salióle al paso el astrólogo diciendo : ¿Teneis necesidad, vos, Leonor de Melrose, de que os diga que el con¬ de es vuesbo amante? La joven no se atrevió á contestar una palabra, pero sus deseos estaban colmados y su alma rebosaba en tanta alegría como la de su pri¬ ma. Satisfecho Amoldo del giro que las cosas iban lomando esperó algunas se¬ manas antes de dar el golpe de gracia. Se deja entender que las jóvenes no habian dicho una palabra de todo eso á sus respectivos amantes; mas uno y otro conocieron que estaban inquietas y que en sus corazones habia alguna zozobra, cierto malestar que se traslucía en EL ASTRÓLOGO Y LAS DOS LEONORES. 71 sus palabras y en sus acciones. Por otra parte pasó mucho tiempo sin que vie¬ ran á Amoldo; y como espiaban sns pasos, tuvieron noticias vagas de sus sa¬ lidas nocturnas y de sus conferencias con personas desconocidas. Juzgaron que este proceder del astrólogo pudiera tener relación con la falta de tranquilidad de las jóvenes; mas como estas no ofrecieron con sus respuestas hincapié á nue¬ vas investigaciones por aquella parte, redoblaron su vigilancia fuera casa, y por cierto que no fué sin gran provecho. Poco antes de terminarse la tarde de un dia que fué asaz de borrascoso, y cuando los primos á instancias de las dos Leonores que temian una nueva tem¬ pestad, se habían marchado á la quinta del marqués, Amoldo se presentó á las señoritas y les dijo : Aunque el tiempo está algo cubierto, se aclarará sin duda, y hácia la media noche se presentará Marte : si os place venir conmigo para leer en el gran libro del destino podremos consultarle acerca del marqués. Por lo que toca al conde la ocasión no es todavía propicia; al cielo no se le manda, es preciso usar de sus favores cuando quiere dispensarlos; otro dia tendremos oportunidad de saber el horóscopo del conde. Estad seguro, dijo Leonor de Quincardino, de que me tendréis á vuestro lado, porque aguardo ese momento con mucha impaciencia. Y yo esperaré segundo aviso, dijo Leonor de Melrose, un si es no es resentida al ver que sufría una postergación de que no se considera¬ ba merecedora. No lo achacaba sin embargo á Amoldo sino al destino, porque no hay duda sino que ambas señoritas creian en el arte falaz que tanto oyeron ensalzar desde la infancia. Mientras venía la hora señalada maese Amoldo hojeaba libros en folio, tra¬ zaba signos cabalísticos, y de cuando en cuando parecía agitado por una espe¬ cie de delirio y pronunciaba palabras ininteligibles. Repentinamente fué inter¬ rumpido por la llegada de Leonor de Quincardino ; y entonces el astrólogo se sentó delante déla mesa cubierta de objetos misteriosos, y Leonor tomó una si¬ lla casi á su lado : mas apenas había Amoldo abierto un grueso tomo en folio y en pergamino cuando se abrió la puerta y apareció Leonor de Melrose. Aunque no me habéis invitado, dijo al anciano, no quiero quedarme sola allá abajo, por¬ que un presentimiento secreto me dice que esta noche no hade traer ninguna di¬ cha. Los presentimientos del corazón humano, dijo Amoldo, son muchas veces falaces, y antes de desesperarnos es mejor aguardar la infalible contestación del cíelo. Pronunciadas estas palabras, volvió á hojear el mismo volumen, dejando que las jóvenes siguiesen entregadas á sus contemplaciones, porque era imposible que no se afectasen al encontrarse en aquella estancia llena de objetos raros y ente¬ ramente nuevos y desconocidos para ellas. Veíanse allí botellas de mil formas, colores y tamaños, huesos y cráneos de diferentes animales, almireces, filtros, braseros á manera de aras antiguas, fuelles, tenazas de estrañas formas, esferas, 72 EL MUNDO SOCIAL. pergaminos, espadas, retratos, estatuas, bustos, escudos de armas, naipes, da¬ dos, libros, rollos de pergamino, jarros, correas, anteojos, cristales de diversas dimensiones, flechas, varas largas, muy largas, colas de animales, embudos, pa¬ peles escritos en caracteres desconocidos, y todo ello estaba escasamente alumbra¬ do por la triste y roja luz de una lámpara en forma de pez que colgaba del altí¬ simo techo. Las dos jóvenes sentían un estremecimiento interior que las tenia aterradas. Cuando el astrólogo juzgó que la vista de todos aquellos objetos habia produ¬ cido ya su efecto, cerró el libro y con voz lenta y profunda dijo: Ha llegado la ho¬ ra. En seguida se levantó y tomando el telescopio lo dirigió hacia el cielo. Hé aquí que llega el caprichoso Marte, acompañado de la amable y brillante Yénus, que es la estrella de vosotras dos. ¡Qué constelación tan maravillosa ! Maese Amoldo contemplaba unas veces el firmamento, otras tomaba medi¬ das en la esfera que tenia al lado, en seguida registraba uno y otro de sus volú¬ menes en folio, ó trazaba signos cabalísticos en el papel. Ya no hay duda, con¬ tinuó, todo habla demasiado claro, la estrella del marqués es sombría y roja al mismo tiempo. Una Leonora sucumbe al amor no correspondido, á la otra Leonora el amor correspondido le ocasiona la desgracia. La vaguedad de esta profecía no des¬ alentó álaseñorita de Quincardino, sino que con voz trémula dijo: Continuad, continuad, maese Amoldo, veamos lo demás que nos predicen los astros. El as¬ trólogo afectó continuar las observaciones lentamente y con toda la circunspec¬ ción posible. Después de una larga pausa y de haber examinado otra vez el cie¬ lo, esclamó : Hay allá arriba un largo y terrible combate, luchan una porción de influencias contrarias, de modo que la constelación no puede formarse sin vencer grandes dificultades. Por fin comienzan las cosas á presentarse con algu¬ na claridad. Las dos jóvenes estaban tan conmovidas presenciando aquella escena que po¬ dían respirar apenas. Hé aquí, gritó el viejo después de examinar de nuevo du¬ rante largo rato, que vuestra estrella, Leonor de Quincardino, hace todos los es¬ fuerzos imaginables para desprenderse, su luz hiere débilmente la casa de Hime¬ neo... ahora se apaga... ahora, ahora... por fin vuelve á presentarse brillante en la novena estancia. ¿Y qué estancia es esa? preguntó la señorita de Quin¬ cardino, hacedme el favor de esplicar las cosas con toda la claridad posible, si es que deseáis que os entienda. Ausiliado por sus libros y por sus pergaminos, hizo el astrólogo una série de cálculos que escribió, ya en guarismos, ya en caracteres cabalísticos, y ha¬ ciéndose car°o de la pregunta de la señorita contestó: No siempre puede califi¬ carse de desventura ver que el destino contraría el cumplimiento de los mas ar¬ dientes deseos del hombre, de cuyo cumplimienlo cree que depende su dicha. Se- EL ASTRÓLOGO Y LAS DOS LEONORES. 73 gun acabo de leerlo en los astros, no debeis aspirar al himeneo, y si desafiáis vuestro destino entonces se desplomará sobre vos la desgracia. El consuelo y la felicidad debeis buscarlos únicamente en la religión, y si renunciáis á los bienes terrenales para lanzaros en brazos de ella, la paz y el reposo serán vuestra re¬ compensa. En cuanto á vos, señorita deMelrose, vuestra constelación no puede absolutamente formarse; y es cosa resuelta que en la noche de hoy hay imposi¬ bilidad absoluta de saber el horóscopo del señor conde. No desesperéis sin em¬ bargo; las estrellas hablan al que sabe comprenderlas, y si bien es cierto que algunas veces están mudas es para hablar mas claro al dia siguiente. El vuestro llegará, no lo dudéis, y os será lícito prever vuestro destino. Pero vos, dijo Leonor de Quincardino después de un momento de reflexión, habéis olvidado completamente al marqués, y á la verdad deseo saber qué es lo que dicen de él los astros. En cuanto á mí, continuó la de Melrose, un poco disgustada con el silencio de las estrellas, y por otra parte llena de un temor inesplicable, no tengo ninguna prisa por saber el resultado de vuestras investi¬ gaciones, y por hoy quedaré muy satisfecha si podéis contestar á mi querida prima. Se nos escapa, dijo Amoldo, cual contestando á la primera Leonor y hacien¬ do caso omiso de lo que había dicho la segunda. Dirigió otra vez el telescopio al cielo, y después de un cuarto de hora de observación, cuando ya estaba apurada la paciencia de las dos jóvenes, y dispuestas casi á salir del aposento y á renun¬ ciar á sus deseos, sacudió con énfasis su blanca cabeza y acercándose á sus li¬ bros y á sus pergaminos, buscó, hojeó, calculó y trazó figuras estrambóticas, me¬ neando continuamente la cabeza y murmurando palabras estrañas. De repente volviendo el rostro hácia las señoritas, esclamó : Es peor de lo que jamás podía haber imaginado. La estrella del marqués brillaba en la puerta superior, en la casa de la muerte, dirigiéndose hácia la casa de los enemigos, y su clarísima luz roja nos anuncia la magnitud del mal. El sabio Justino lo interpreta muy clara¬ mente en su pergamino, designando la muerte del alma y la comunicación con los genios malignos. No soy yo, señorita; ese grande astrólogo, que os he cita¬ do, ese eminente maestro es quien declara que el marqués de Lusignani es un he¬ reje y un mago. ¡El marqués hereje y mago! esclamó Leonor de Quincardino vivamente afectada. Es imposible, maese Amoldo, es imposible, y respondo de ello con mi cabeza. No comprometáis la salvación de vuestra alma, replico con gravedad el astrólogo. Según lo que oigo la señorita de Quincardino pretende ser mas sábia que las estrellas, mas sábia que los maestros en nuestra ciencia, y mas sábia que los pergaminos misteriosos. Maese Amoldo que hasta allí habia ido ejecutando poco á poco su plan, de¬ jó respirar un momento á su víctima antes de darle el golpe postrero. Derramando finalmente algunos licores en un vaso de cristal que en seguida 10 74 EL MUNDO SOCIAL. colocó encima de una ligera llama de espíritu devino, dijo: Espero que no os quedará duda alguna acerca de la veracidad del horóscopo. Apagó de repente la otra luz, de suerte que el lugar de la escena tomó un aspecto mas sombrío y mas lúgubre que antes, y apareció con mas claridad un trozo de pared cubierto con un lienzo blanco. Entonces cogiendo Amoldo una cajita sacó de ella tres grandes cristales muy limpios, dió uno á cada una de las dos señoritas y se reservó el tercero. Tomad, les dijo : estos cristales han per¬ tenecido al grande astrólogo Messalah, y tienen la maravillosa virtud de poder hacer que se lea cada siete años y á la misma hora en el pasado que nos es des¬ conocido. Dirigid vuestras miradas á ese trozo blanco de la pared y allí vereis la verdad. Después de aguardar algunos minutos se notó un ligero temblor en el lienzo blanco indicado por el astrólogo; y algunos contornos y formas que parecían estar luchando tomaron por fin una forma decidida. Escapóse un ligero grito del pecho de las señoritas, porque la aparición de la pared iba tomando proporcio¬ nes mayores y por fin presentó en medio de un bosque un campamento de puri¬ tanos, entre los cuales estaba exactamente representado el marqués de Lusignani. Transcurridos algunos minutos desapareció aquel cuadro de la misma manera que había aparecido. ¿Habéis visto al hereje, señorita de Quincardino ? preguntó el astrólogo. Leonor ocultó el rostro entre las manos, y su prima se quedó aterrorizada y temblando cual si la hubiera herido un rayo. ¡ Hereje ! esclamaron las dos casi aun tiempo mismo. Atención, dijo el anciano ; los momentos son preciosos, no podemos malograr un instante, porque se acerca la hora en que los cristales perderán su poder tan misterioso como admirable. Entonces, como en la vez primera, se notó una agitación estraordinaria en aquel trozo blanco antes que en él se pudieran distinguir claramente los objetos. Finalmente hácia un lado se destacó del fondo la figura del marqués y hácia el otro la encantadora figura de una mujer que se bañaba en una fuente. El mar¬ qués estaba enajenado contemplando aquella deliciosa criatura, y su presencia parecía fascinar de tal suerte á las dos señoritas que tardaron mucho en adver¬ tir que la parte inferior del cuerpo de aquella tenia la forma de un pez. ¡Virgen Santa! esclamó Leonor de Quincardino, Lusignani y la hermosa Melusina; y di¬ ciendo esto se dejó caer en un taburete que cerca de ella tenia, sin atreverse á volver la vista al cuadro que desapareció muy luego. Leonor de Melrose se quedó petrificada, pero viendo el estado de su amiga v temiendo que perdiera los sentidos se acercó á ella, é iba á levantarla para sa- íir juntas de aquella estancia maldita, cuando Amoldo deteniéndola suavemente, dijo en tono patético : Ya habéis visto al mago. Hereje y mago: el horóscopo no ha mentido, lo habéis visto con vuestros propios ojos. El dolor, el miedo, el EL ASTRÓLOGO Y LAS DOS LEONORES, 75 horror tenían anonadadas á las dos jóvenes; mas el anciano cual si no advirtiera la triste situación en que las había puesto, continuaba hojeando un grueso volu¬ men en folio, y fingiendo luego que acababa de hallar lo que quería añadió: Es¬ te último cuadro ha menester esplicacion. No ignoráis que la encantadora Melu- sina, esposa de Raimundo conde de Poitiers, es el tronco de la familia de los Lusignan, de cuya familia algún tiempo después emigró á Italia una rama late¬ ral que italianizando su nombre se llamó Lusignani. De esta rama desciende el marqués. Habiendo la bella Melusina sido vista un dia por su esposo durante su metamorfosis, fue desde entonces encerrada en un subterráneo del castillo de Lusignan, en donde se aparecía y llenaba el aire con sus lamentos cuando debía morir algún miembro de la familia. La crónica sin embargo omite hacer men¬ ción de la numerosa posteridad de Melusina, gracias á su comercio con encanta¬ dores de su especie; posteridad dotada de todos los seductores encantos de la bruja. Así es que el encanto se ha transmitido de varón en varón hasta nuestros dias en dicha familia de Lusignani, Estas observaciones bastarán para haceros comprender el cuadro que habéis visto, y agradezcamos á Dios que Leonor de Kincardin, cuyo corazón ardia ya en amor por el marqués, haya podido salvar¬ se todavía á tiempo por la interpretación del horóscopo. La señorita no supo contestar una palabra, porque al ver desvanecidas to¬ das sus esperanzas sentíase el pecho oprimido por un dolor inesplicable. Después de algunos momentos de penoso silencio, levantóse vacilando, y salió apoyada en el brazo de su amiga, en quien la compasión hácia su prima y el espanto de la escena que había presenciado combatían dolorosamente. Guando el astrólogo se encontró otra vez solo, dijo: En verdad no lo he he¬ cho sino porque no me quedaba ya otro recurso. Estas loquillas hubieran po¬ dido ahorrarse todos estos temores, si voluntariamente se hubiesen retirado del mundo, y dejádose preparar suave y lentamente para que consiguiéramos nues¬ tro objeto. El corazón Ies ha jugado una mala treta, y era natural que sufriesen sus consecuencias. Tratábase nada menos que de los intereses de la religión, y para mí no hay consideración ninguna que me haga desistir de mi plan cuando en él me propongo un fin tan santo. Después de este monólogo sentóse el anciano delante de la mesa , escribió, dobló y selló una carta, y acercándose luego á una puerta secreta abrióla y lla¬ mó en voz baja. Al momento se presentó el fraile á quien nuestros lectores ya conocen con el nombre de fray Carlos. Os ha sido preciso aguardar mucho tiem¬ po, le dijo el astrólogo, pero no bailaba medio de acabar con la tenacidad de esas muchachas. Aquí teneis un breve relato para el prior, mientras aprovecho un momento á fin de ir yo mismo á San Benedetto á esplicárselo todo minucio¬ samente. Fray Cárlos tomó la carta y escondiéndosela en el pecho desapareció. Durante la misma noche en que maese Amoldo llevaba á término en la quin- ^6 el mundo social. ta de Quincardmo su diabólica obra, el marqués de Lusignani y su amigo el conde de Séssano tomaban medidas para dejar frustrados los planes del astrólo¬ go. La noche estaba ya muy adelantada y los dos amigos lejos de haberse acos¬ tado, parecían aguardar con suma impaciencia la llegada de alguna nueva. Mu¬ cho tarda, decia el marqués aplicando el oido entre las dos hojas de la cerrada ventana. Ten paciencia, contestó el conde, nunca he creído que viniese hasta pa¬ sada la media noche y espero que acabaré por tener razón. Mucho lo temo, re¬ puso el otro ; y á fe que no puedo ya mas con la ansiedad que me devora. No creas, observó el conde, quesea menor la mia; pero francamente no es asunto que me dé cuidado; porque en el momento que se nos antoje nos lanzamos á la Quinta, y entiendo que no seria difícil sacar de allí á las dos señoritas. Eso es, di¬ jo Lusignani, dando un escándalo, y haciendo que la justicia se meta de por me¬ dio, y venga lo que viniere. Pues ya se ve que sí, insistió el otro, venga lo que viniere, que al fin no podría ser sino una doble boda; que es justamente á lo que aspiramos ellas y nosotros. Ya sabes mi modo de pensar y cual es mi carácter; me gustaría mas casarme con mi Leonor habiéndola arrebatado á viva fuerza que recibiéndola de manos de sus padres ó de ese maldito viejo que representa el pa¬ pel de tal. Eso no me importa nada, dijo el marqués; mas bien sabes que yo, además de llevarme á Leonor quiero coger infraganti á ese viejo á quien Dios confunda, y tener motivo para sacarlo de la casa, ó abrirle en canal si se me resiste. El motivo, contesto el conde, nos lo buscaríamos nosotros con solo pre¬ sentarnos, porque él se opondría á nuestra pretensión; nosotros nos empeñaría¬ mos en ello, entrarían las palabras duras, agrias y mal sonantes, y ya ves cual sena el resultado. Te dirían, observó el marqués, que nos hemos insolentado con un viejo indefenso. Si no fuera esa consideración, continuó el otro, hace dias que este negocio estaría concluido; mas prescindiendo de ello, te digo con la claridad con que yo suelo decir las cosas, que no aguardo mas que esta noche, y que si antes de amanecer no salimos del paso como tú deseas, mañana voy á la Quinta y degrado ó por fuerza Leonor se viene conmigo. Calla, interrumpió el marqués, dan las doce y me parece que oigo ruido. Acercóse el conde á la cer¬ rada ventana, y aplicando el oido entre las dos hojas de la misma: No hay duda, dijo, oigo las pisadas de un caballo. A pocos momentos llamaban á la puerta dé la Quinta. ¿Qué demonios habéis hecho en tanto tiempo? preguntó el marqués inco¬ modado al que acababa de entrar en la sala. En mi vida me habían apurado tanto la paciencia. Ni la mia, prosiguió el conde. Señores, contestó el mayordo¬ mo del marqués, cierto que habéis tenido que aguardar mucho, mas la impor¬ tancia de las nuevas que traigo os recompensarán lanío sufrimiento. Si he lar¬ dado ha sido porque era difícil desatar completamente la lengua de mi amigo, sin dispertar sospechas en su ánimo. Así es que mientras yo estaba en casa de EL ASTRÓLOGO Y LAS DOS LEONORES. 77 Flandini, fray Carlos ha venido á buscar los cuadros sobre cristal, el campo de los puritanos y la hermosa Melusina, en los cuales está el retrato del señor mar¬ qués. Cuando he manifestado la estrañeza que esto me causaba, Flandini se ha sonreído con cierta socarronería, diciéndome al mismo tiempo que eso podría quizás tener un significado importante. Por lo demas, me ha añadido, no ha¬ bléis de este negocio, porque hasta ahora no he enseñado los cuadros á nadie, y si os los he mostrado á vos ha sido para ver si conoceríais a vuestro amo. Al oir esto he callado, y luego pretestando algunos negocios en la misma Albano me he separado de Flandini, invitándole a que por la noche viniese a bebei un vaso de vino conmigo, porque sé que es amigo de vaciar una botella, sobie todo cuando hay quien se la pague. Al caer la tarde he ido á buscarle, y á medida que íbamos destapando botellas se iba también desatando su lengua, de suerte que he acabado por saber todo lo que vengo á revelaros. Se trata nada menos por parte de maese Amoldo de hacer que la rica herencia de la señorita de Quincar- dino vaya á parar por medio de una donación al convento de San Benedelto, para lograrlo es preciso ante todo que la señorita de Quincardino y la senoiitade Melrose, su presunta heredera, no se casen, y que en lugar de esto se metan mon¬ jas. Su plan está muy adelantado, y se trata de llevarlo a completo fin y remate en la presente noche, arrancando del corazón de la una y déla otra el amorque respectivamente profesan al señor marqués y al señor conde. A fin de conseguir con mas seguridad su objeto maese Amoldo ha imaginado hacer intervenir en él á las estrellas; y esta noche en presencia de las dos seño¬ ritas leerá vuestro horóscopo, el cual, como se deja entender, os será muy poco favorable. Ya está resuelto que los astros presentarán al señor marqués como he¬ reje y mago, y al señor conde como hereje, gran calavera y jugador; y en cuanto al señor marqués los dos cuadros sobre cristal servirán para figurar una aparición y coronar la obra. Vuestra presencia en el campo de los puritanos justificara vuestra herejía, v el otro cuadro para cuya esplicacion maese Ai noldo lia ui i do ya un cuento & su gusto, confirmará vuestro poder mágico. En cuanto al señor conde no sé el pormenor de los medios de que piensa valerse, mas no me queda duda de que producirán idéntico resultado. Hé aquí en suma lo que íc po dido sacar en limpio de las confidencias de mi amigo Flandini. ¡Fuego de Dios! gritó el conde, ¿ y qué aguardamos que no corremos a abo¬ gar entre nuestras manos á ese nigromántico maldito ? Con que según es0 » ’J® Lusignani algo inmutado, en concepto de maese Amoldo, soy hereje y mM- Ue viejo intrigante ha urdido suplan perfectamente. Mas nosotros o osar mos, gritó el conde, 'y hade ser al momento y sin contemplaciones de ninguna clase. Vamos, marqués, salgamos del paso, y concluyamos con tan a íniqui a y con tanta mentira. Sí, vamos, dijo el marqués, los caballos. De o a ver iros, añadió el mayordomo, que dentro de pocas horasel prior de San Benece o sa ra 78 el mundo social. si el plan se ha frustrado ó si ha salido á su gusto, porque fray Cárlos oculto en un rincón de la Quinta aguarda el resultado de los esperimentos de esta noche pa¬ ra llevarle inmediatamente la nueva. Entra y sale por una puerta secreta que está hácia la parte meridional del edificio. Si hay eso, esclamó el marqués con los ojos inflamados en ira, aun queda el medio de desbaratar toda la trama de esos infames. Mi plan está resuelto; vamos, conde, y déjame obrar. Mientras no haya quien ausilieá ese infame, dijo el conde, no tengo inconveniente; pero si lo hubiere me dejarás meter materialmente las manos en el negocio; vamos. A los cinco minutos ambos jóvenes galopaban en medio de la oscuridad que muy pronto iba á dejar paso á la luz del cercano dia. Llegados á las inmedia¬ ciones de ía Quinta, ataron los caballos á un árbol y luego se acercaron silen¬ ciosamente al punto del edificio, á donde, según las indicaciones del mayordomo, debía salir la puerta secreta que conducía á la habitación del astrólogo , y en¬ vueltos en las capas aguardaron. Poco tardó en oirse un ligero rumor en la pared, y al momento apareció á pocos pasos Fr. Cárlos que se deslizaba con mucha precaución. Coger el marqués al fraile, derribarlo al suelo y registrarle fué obra de un segundo , porque afortunadamente puso de pronto la mano en el objeto que buscaba. ¡ Virgen Santa! esclamó el fraile; ¡ es un bandido ó un demonio ! Al regis¬ trar las faltriqueras y ver que no hallaba la carta que le habían entregado que¬ dóse estupefacto. Anda y pronto, dijo el conde , á quien el marqués había hecho tocar la carta , anda y pronto , antes que yo te descuartice. Y no obstante no pudo contenerse y le despidió con un puntapié que le hizo rodar un buen trecho. Es imposible que vuelva á verme con maese Amoldo en este momento, decia para su coleto el fraile, clavado en la tierra sin atreverse ádar un paso. Espero que en la carta no habrá cosa alguna capaz de comprometernos en el caso de que el papel cayese en otras manos. Por lo demás, como yo he sido casi testigo ocular de lo que ha pasado, la carta no hace gran falta , si es que contenia el relato de lo sucedido , porque se lo referiré al padre prior con mas exactitud que todos los escritos del mundo. Por fin se determinó á salir de aquella posición em¬ barazosa , y tomó el camino del convento, mientras los dos amigos habían vuelto también á la Quinta antes que amaneciese. Un sol brillante y un cielo despejado y puro anunciaban un hermoso y feliz dia para todas las criaturas: las aves entre las ramas, y las flores en los prados y en las márgenes de los arroyos presentaban al Criador el homenaje de sus gor¬ jeos y de sus perfumes. En la quinta de Quincardino parecía que la felicidad había acabado para siempre; el marqués y el conde aguardaban impacientes que llegase la hora de ir á ella y de presentarse a las dos primas. ¿ Y qué piensas hacer? preguntó el conde. La cosa es muy sencilla, dijo el marqués, enseñar la carta á las señoritas, hacerles comprender la iniquidad de que son víctimas. EL ASTRÓLOGO Y LAS DOS LEONORES. 79 quitar la máscara á ese infame avariento, y lograr que Leonor lo saque de su casa, y nosotros quedemos dueños del campo. ¿No mas que arrojarle de la Quin¬ ta ? preguntó el conde. Con poca cosa te contentas: entonces su delito no sufre ningún castigo ; creo que esta parte debieras encargármela á mí, que saldría del paso dejando las cosas en su verdadero punto. Basta alejarlo, dijo el mar¬ qués , y que nosotros podamos unir nuestra suerte con la suerte de las dos Leo¬ nores, que es nuestro objeto: lo demás seria una venganza y yo no gusto de ellas, sobre todo cuando hay que tomarla contra un hombre anciano y completamente inerme. Pero muy malvado , dijo el conde , y que ha hecho todo lo posible á fin de perder á las dos señoritas y á nosotros. Te ruego, dijo el marqués, que te que¬ des aquí en la Quinta, porque temo que con tu carácter violento lo malogres todo, i Quedarme ! esclamó el conde, no por cierto ; si te empeñas te daré mi palabra de no ofender al viejo: mas eso de no ir allá á presenciar la escena, no lo exi¬ jas de mí, porque no podrías recabarlo. Me basta que sepas contenerte, observó el marqués; déjame hacer á mí solo , y no dudes que las primas serán nuestras. ¿ Qué mas venganza deseas que haber desbaratado el plan de dos hombres que creían haberlo tramado perfectamente y tener seguridad absoluta de su buen éxito ? No me satisface, dijo el conde, pero transijo con lo que tú quieres, y no iré mas allá de tus deseos. Tomaron el camino de la Quinta, y puestos los caballos en manos de los cria¬ dos , subieron á la estancia en donde solian encontrar á las dos amigas. Al ver la consternación que causó á entrambas la súbita entrada de los dos caballeros, comprendieron que no los aguardaban , mucho mas cuando no parecían dispues¬ tas á contestar á sus preguntas, y se mostraban muy retraídas. La llegada de maese Amoldo puso fin al encogimiento de las señoritas. Aunque intimidado en el primer momento por las encendidas miradas de los dos jóvenes, acercóseles el anciano y con ánimo resuelto dijo al marqués: Si no hubieseis madrugado tanto, señor marqués, una carta mia que á estas horas debe haber llegado ya á vues¬ tra Quinta os hubiera evitado á vos , á vuestro compañero , á estas señoritas y á mí, la desagradable situación en que vamos á encontrarnos de resultas de las preguntas que pienso dirigiros. Han sobrevenido circunstancias que no permiten continuéis visitando la quinta deKincardin. El conde se contuvo á duras penas; y el marqués levantándose con dignidad miró de alto á bajo á su interlocutor sin decir una palabra. El astrólogo que previo acercarse el momento en que debía estar muy embarazado, siguió con voz lenta y marcadamente acentuada : Si el señor marqués desea mas esplicaciones, estoy dispuesto á dárselas cara á cara. ¿ Y también á mí ? preguntó el conde cuya paciencia había ya acabado. ¡ Conde! gritó el marqués ; déjame y calla ; tu vez llegará si yo no basto. Dirigiéndose en seguida al italiano , le dijo : Yo no tengo que tratar con vos, mas pienso de¬ ciros alguna cosa y ha de ser precisamente delante de estas señoritas. No tenia 80 el mundo social. otro objeto , repuso el viejo , que guardaros mas consideración , pero también estoy pronto á verificar aquí lo que os proponía para otro sitio. ¡Consideraciones á mí! gritó el marqués, ¡ vos consideraciones al marqués de Lusignani! Sin duda por consideración á mí, señor nigromántico , me habéis hecho pasar du¬ rante la última noche por hereje y por mago. Las dos amigas se quedaron asombradas al oir estas palabras, y maese Ar- noldo estupefacto retrocedió dos pasos, pero muy luego supo recobrar su sere¬ nidad aparente , y en tono firme contestó : Cualquiera que sea el medio por el cual habéis sabido los sucesos de la última noche , yo no soy quien os ha decla¬ rado hereje y mago : es el cielo. Mentís, contestó el marqués ; sí, repito que mentís , como lo habéis hecho durante vuestra vida entera. Me retiro , dijo el viejo en tono compungido, porque yo no puedo oir como se blasfema del cielo. Os quedareis, dijo el marqués en tono imperativo é interponiéndose entre el as¬ trólogo y la puerta. Quien blasfema del cielo no soy yo , sois vos, hipócrita infame. Porque pasé algunas horas de noche en un campamento de puritanos escoceses , de cuya aventura no sabríais una palabra si yo mismo no os lo hu¬ biese referido en distintas conversaciones amistosas, vos me hacéis declarar he¬ reje por el cielo. Aun esto os lo perdonaría; pero servirse de la intervención del cielo y transformar una antigua leyenda de mi familia para hacerme pasar por mago , es una infamia tan negra como el corazón que ahora mismo palpita de despecho dentro de vuestro carcomido cuerpo. Por el amor de Dios conteneos, señor marqués, esclamaron las dos señoritas muertas de angustia , y que ya no comprendían una palabra de la escena, aunque bien adivinaban que podía termi¬ nar en una catástrofe, tanto mas cuanto el enojo del marqués era nada compa¬ rado con la ira que brotaba de los ojos del conde, quien á cada momento llevaba la mano al puño de su larga espada. Leonor de Melrose se le había acercado y con la vista suplicante le contenia ; mas dudaba que al fin pudiese impedir que esplotase la rabia que le iba abrasando. No escuchéis, hijas mias, dijo Amoldo, procurando ocultar su confusión: el espíritu de la mentira habla por su boca, mien¬ tras vosotras habéis oido la voz de la verdad , cuyos intérpretes han sido las constelaciones. Cualquiera que os oiga, dijo el marqués, no podrá imaginarse qne os habéis servido de los cuadros en cristal del pintor Flandini á fin de presentar vuestras misteriosas apariciones. Bien veis que lo sé todo : confesad vuestros embrollos antes que os arranque completamente la máscara. Viendo el astrólogo que el mar¬ qués había descubierto todas sus intrigas, y no pudiendo sin un grande esfuerzo conservar por mas tiempo la sangre fria que aparentó hasta entonces, no res¬ pondía sino: Continuad, continuad amontonando mentiras sobre mentiras: mas esto no hará que falte la verdad bajada del cielo. ¡ Marqués! gritó el conde, acabemos, no puedo sufrir mas, y si no pones fin á esta escena , aquí mismo EL ASTRÓLOGO Y LÁS DOS LEONORES. 81 lo mato , tanto si coge una espada para defenderse como si rehúsa empuñarla. Para un infame de esta naturaleza no hay leyes ni reglas de caballero ; es un bandido y un asesino. Basta , conde , dijo el marqués , ahora terminaremos; y volviéndose á Amoldo le dijo: Dad gracias á Dios de que sois viejo y de que, como dice mi primo, no debeis ser tratado á fuer de caballero; pues á no ser así no me hubierais llamado embustero impunemente. Veo que será preciso descubriros por completo. Señoras, vosotras nos juzgareis, dijo á las dos primas, entregándoles al mismo tiempo un papel doblado ; tomad y leed esla carta cuyo contenido no puede seros indiferente. La señorita de Kincardin que al igual de su compañera comenzaba á vaci¬ lar, cogió el papel y leyó las siguientes palabras: « Venerable prior y querido hermano : Hemos conseguido nuestro objeto, aunque no sin bastante trabajo. Fr. Cárlos, dador de Ja presente , ha sido tes¬ tigo de la escena de esta noche y podrá satisfacer vuestra curiosidad hasta que yo tenga tiempo de haceros una visita. Todo ha ido á las mil maravillas: la apa¬ rición en particular ha producido un efecto asombroso. La castellana de Quin- cardino es completamente nuestra; su prima lo será mañana si no me es ingrata la suerte ; y lo que falta ejecutar no es mas que un juego en comparación de lo que hasta añorase ha hecho. No cejaré ante ningún obstáculo para llevar á buen término y con la menor dilación posible este negocio ; tanto mas cuanto ya me voy cansando de tantas escenas. La Virgen Santa nos tenga á los dos en su guarda. = Arnoldo.» ¡ Eso es horrible ! esclamó Leonor de Kincardin. ¡ Oh ! yo no sé lo que me pasa , dijo su prima. Y yo, esclamó el conde, me arrepiento de la palabra que he dado al marqués de no acabar con este malvado. ¿ Y es posible, maese Ar- noldo , continuó la señorita de la Quinta , que hayais podido observar conmigo una conducta tan inicua? Esta carta escrita de vuestra mano lo dice todo, y toda justificación es inútil: de hoy en adelante quedan rotos para siempre lodos Jos lazos de amistad que nos unían. El viejo petrificado, y habiendo finalmente per¬ dido la serenidad, murmuró entre dientes: Esa carta ha sido robada. ¿Y qué os importa el modo como ha llegado á mis manos ? dijo el marqués: cierto que he tenido que apelar á la fuerza para desbaratar vuestros planes infernales: y yo soy responsable de ello. Esta carta no saldrá de mi poder, y para que así sea os acon¬ sejo que dejeis Jas cosas en el punto en que se encuentran. ¿ Me comprendéis, maese Amoldo ? Señor marqués, dijo Leonor de Kincardin , mi amiga y yo nos ponemos bajo vuestra salvaguardia, rogándoos que nos defendáis de nuestros enemigos. ¿No es verdad, prima mia? Te has anticipado á mis deseos, contestó la deMelrose, porque yo iba ¿suplicar lo mismo á estos caballeros cuya nobleza no deberíamos nosotras haber puesto en duda. Esa duda , dijo el conde , no nos ofende : la iniquidad ha tenido siempre el privilegio de sorprender á la inocen- 11 82 EL MUNDO SOCIAL. cia: nosotros somos vuestros caballeros, y os probaremos muy luego hasta donde estamos resueltos á defenderos contra todos los adversarios. Acabáis de oir á estas señoritas, dijo el marqués hablando con el astrólogo: en su consecuencia os mando que en el acto salgáis de esta Quinta á donde habéis traído la desgracia. Podéis ir en buena hora á pedir asilo á vuestros amigos de San Benedetto, y la situación del convento en el recóndito y agreste lugar que ocupa es muy á propósito para reflexionar acerca de vuestra vida pasada , ar¬ repentios de vuestras iniquidades é implorar perdón para todas ellas. Frotábase el anciano los ojos cual si dudara de que estaba dispierto. ¡ Hasta qué punto habían variado las cosas en un cuarto de hora! El marqués á quien él quiso prohibir la entrada en la Quinta , le arrojaba de ella: y no teniendo ningún medio de defensa, salió de la casa para nunca mas pisar sus umbrales. El amor que tiene el privilegio de curar todas las heridas, no tardó en hacer olvidará las dos primas, y en especial á Leonor de Quincardino, las desagrada¬ bles escenas de aquella noche funesta. Los dos amigos quedaron satisfechos del resultado de aquel lance , que lo podia haber tenido muy distinto. No lo estu¬ vieron menos las dos primas, que considerando el grave riesgo deque se habían salvado, comprendiendo apenas que la maldad de los hombres llegase al punto que acababan de ver en maese Amoldo, y sobre todo contando asegurada ahora su felicidad futura , no cesaban de dar gracias á Dios por la señalada merced que les había dispensado. Leonor de Melrose no podia disponer sino de una fortuna muy limitada , mas el conde que era muy rico y muy caballero no amaba en Leonor sus riquezas sino su hermosura y las bellas dotes de su carácter. Contentos los cuatro acordaron celebrar muy luego los dos casamientos; y en efecto , en la quinta de Quincardino y dos meses después de las escenas últi¬ mamente referidas tuvo lugar la ceremonia que debia unir las dos parejas para siempre. El mayordomo y el pintor Flandini tomaron una parte activa en la fiesta, contribuyendo por mucho el primero á prepararla, y pintando el segun¬ do un hermoso cuadro que representaba la escena del matrimonio , y en la cual seveian los retratos de los principales personajes que en la misma figuraron. En la Quinta se conserva el cuadro con la añadidura de maese Amoldo á quien el marqués hizo representar en actitud asombrada, y revelando en su rostro las infames condiciones de su malvado carácter. a : ofti'-EliQ DE -LA VIUDA: Wy míHCHJ ■ ••" ••• . • . . ,„r,r ih ios ornee* olores eensideraron legada : 5 ZT-r ' do.; Gw.ado hijo u»»y« F « dcr ¡*L í ' ‘Sípi ^ . mo, " ! . ■ ,^-a , l imos de #..# prin«prq,oe se ' th: In _ ■ , ■ ■ : ■ ■ ■ f 1 ' 1 '• :. 4 , . . .falsosde . , , . ■ .Vo? dé Aajt*«. herrns») - a Iglesia: : ^ - .^hdi.- ,; .Vi*’ clmfi 4 n ., . : / l ‘ ; : . , fr> ; $ u *‘‘- w n ptof- •'•*:*..i ' % " ■ ' ' •' ' ' .¡jo (ísta-MP * esl1 " . .ii*án cerca de rornpcfee las •í^-v EL CONSUELO DE LA VIUDA. (POR W. FRENCH.) Cuando en 1250 tuvo lugar la muerte de Federico líde Alemania, los ita¬ lianos que habían gemido bajo el poder de los emperadores consideraron llegada la hora de su emancipación, á pesar de que Conrado hijo mayor de Federico y Enrique su hijo segundo, á quienes el padre dejó respectivamente Ñapóles y Si¬ cilia, y de quienes debía cuidar su hermano natural Manfredo, no era probable que abandonasen fácilmente los territorios que su padre les había legado. Aunque Ñapóles se resistió á Conrado, fue vencida por este, y esperimentó los efectos de su ira, lo cual indispuso al príncipe con los napolitanos, quienes al mismo tiem¬ po se iban aficionando al carácter bueno y agradable de Manfredo. Inocencio IV, que no se equivocaba acerca de la escasez de sus recursos para conquistar las Dos Sicilias, quiso no obstante arrancarlas á la casa de Suabia y ponerlas como feudo en manos de algún príncipe que se considerara como vasallo de la Santa Sede. A este objeto las ofreció á un hermano de Enrique III de In¬ glaterra, mas aquel alegando parentesco con la casa de Suabia se negó á con¬ vertirse en su enemigo. Cárlos de Anjou, hermano de San Luis, á impulsos de su esposa Beatriz de Provenza ofreció su persona y sus servicios á la Iglesia. Mientras se seguían las negociaciones á fin de llevar á ejecución este plan falle¬ ció Conrado, dejando un hijo llamado Conradino, cuyos partidarios imploraron a su favor la protección del Papa, y éste reunió tropas procurando además que cun¬ diera el espíritu de independencia entre los pueblos, que estaban cansados desu¬ frir el dominio de tantos estvanjeros. Manfredo por su parte levanto un ejército, y cuando estaban cerca de romperse las hostilidades falleció Inocencio IV, y su 84 EL MUNDO SOCIAL. sucesor Alejandro IV, falto de energía é incapaz de llevar á cabo los planes de su antecesor, no pudo impedir que Manfredo reconquistara el reino de las Dos Si- cilias. En 1258 se generalizó el rumor de que Conradino había muerto en Ale¬ mania, y Manfredo, que era quizás el autor de esta noticia, supo aprovecharla pa¬ ra hacerse coronar rey, aunque se obligó á reconocer por sucesor á Conradino, cuando mas tarde quedó desmentido su fallecimiento. Ascendido al trono pontificio en 1261 Urbano IV que quiso seguir la política de Inocencio IV. resolvió quitar la corona á Manfredo y asentarla en la cabeza de algún príncipe capaz de acabar con aquel enemigo de la Iglesia, y de ser para con esta tan sumiso cual convenia á los intereses de los Pontífices. Carlos de Anjou fue el elegido, y á este prometió el Papa la investidura del reino de las Dos Sicilias con el tributo anual de dos mil escudos de oro. Esta determinación dió un golpe funesto al partido gibelino, sin embargo de lo cual Manfredo, léjosde desalentarse dispuso su ejército para hacer rostro á los franceses. Clemente IV, francés también, continuándola política de su predecesor, asentó las condiciones con que debía conferir á Carlos la investidura del reino, entre las cuales había las de su reversión á la Santa Sede en caso de faltar los descendientes de la casa de Anjou, y el pago de ocho mil escudos anuales en vez de los dos mil fijados an¬ teriormente. El ejército de Manfredo y el de los franceses se encontraron cara á cara en las márgenes del Garigliano. Las deserciones que hubo en la gente de xManfredo convencieron á este de que no podía luchar con probabilidades de buen éxito, por lo cual propuso negociar; pero Carlos rechazó esta demanda, re¬ suelto como estaba á terminar la cuestión en aquel combate. Después de una sangrienta batalla Manfredo considerándose perdido se lanzó en medio desús ad¬ versarios, y perdió la vida. Esta victoria alcanzada en 1266 puso el reino de las Dos Sicilias bajo el do¬ minio de Cárlos, quien acompañado de su esposa Beatriz desplegó en su entrada en Nápoles una magnificencia que pasmó á los napolitanos. El vencedor se hizo muy pronto odioso á sus nuevos súbditos por la tiranía con que se condujo, y por la aprobación que daba á las insensatas exacciones de sus agentes, quienes en¬ valentonados con el ejemplo del rey competían en crueldad y tiranía con respec¬ to á los nuevos súbditos de su amo. En tal estremo y no pudiendo soportar el ter¬ rible yugo que los oprimía apelaron al ausiliode Conradino, hijo de Conrado y último representante de la casa de Suabia. En vano la desdichada madre de aquel joven procuró detenerlo léjos de la Italia que tan funesta había sido parasu familia: la ambición de Conradino, su carácter caballeresco, las repetidas instan¬ cias de los italianos y los consejos de aquellos hombres que en la elevación de ese joven esperaban quizás ver colmadas sus esperanzas de poder y de riquezas pudieron mas que la influencia y las lágrimas de su madre, y á la edad de 15 años asociado con Federico de Austria, desposeído también de la herencia pater- EL CONSUELO DE LA VIUDA. 85 na, pasó los Alpes acaudillando un numeroso cuerpo de caballeros. La suerte le fuá propicia: de todas partes acudían gentes á engrosar su ejército, sublevábanse los pueblos contra los Anjovinos, y el apuro de estos era tanto que Cárlos se vió forzado á encerrarse en un campo atrincherado cerca de Tagliacozzo con el redu¬ cido ejército que le quedaba. Las tropas de Conradino se lanzaron contra sus ad¬ versarios y arrollándolo todo (enian ya por segura la victoria, cuando Cárlos que con sus mejores caballeros se había retirado tras de un monte, salió de improvi¬ so, y arrojándose desesperado contra las fatigadas tropas de Conradino, batiólas completamente y se apoderó de las personas de Conradino y de Federico. Cegado por su triunfo y queriendo á toda costa acabar para ahora y para en adelante con su enemigo que estuvo muy á pique de hacerle perder el reino, cerró los ojos á todas las consideraciones, á todos los derechos y á todos los consejos de sus mismos caballeros, y nombró entre los mas adictos algunos jueces que procesaron á los dos primeros como reos de lesa majestad. Uno solo de los jueces los condenó á muerte, encargándose él mismo de notificarles la sentencia cuando estuviesen en el cadalso; los demás jueces ó defendieron á Conradino ó callaron; y sin embargo de esto y de que el único juez que le condenó fué muerto de una estocada por Roberto de Flandes que no pudo oir con calma como el juez se en¬ cargaba de notificar la sentencia al condenado, el infeliz Conradino, su compañe¬ ro Federico, y muchos caballeros de su bandería fueron solemnemente decapita¬ dos. No salió de los labios de Conradino ninguna queja*, oró, envió un recuerdo á su desventurada madre, arrojó el guante á la muchedumbre , é inclinó la cabeza que fué separada del tronco por el verdugo. Aquel guante recogido y llevado ásu hermana esposa del rey de Aragón D. Pedro II, fué una prenda de venganza que debia costar mucha sangre á los franceses. Dueños estos del reino no se contentó Cárlos con lo que habia conquistado, sino que por medio de sus emisarios, y mezclando las intrigas con las dádivas y las amenazas procuraba aumentar en todos sentidos su poder y su influjo en Ita¬ lia, y á no haber encontrado la resistencia de los Papas y la oposición de algunas ciudades importantes, entre ellas Milán, quizás habría acabado por dominar la Italia entera. Alegando derechos al trono de Constantinoplaen nombre de su yerno Fe¬ lipe hijo de Balduino ÍI, último emperador latino de Oriente, quiso también atacar aquel Estado á cuya cabeza se hallaba Miguel Paleólogo; mas habiendo encontrado grandes obstáculos para ejecutar este ambicioso proyecto, voló al Africa en au- silio de su hermano S. Luis rey de Francia, comprometido en una guerra contra el Sultán de Túnez. En una palabra . era Cárlos un hombre estraordinariamente ambicioso, á quien no detenia en sus planes mas que la resistencia material, pero no consideración ninguna política, ni de derecho y de justicia. No pudiendo pues dar pábulo á su pasión por ese lado, dejóse dominar por el espíritu de tiranía que en él pudo columbrarse tiempo antes, é hizo sentir á sus subditos todo el peso 86 EL MUNDO SOCIAL. de sil arbitrariedad y despotismo. Sus agentes comprendiendo el carácter del mo¬ narca le secundaban plenamente y los sicilianos fueron víctimas délos amigos de Carlos, que oprimiendo de todas maneras sus personas saqueaban el país por cuantos medios les sugerían sus intentos. ¡Cuántas veces en medio de tanta opre¬ sión y de males tantos echaron de menos el dominio de los emperadores de Ale¬ mania que habían maldecido! Cundió el descontento, fueron tomando cuerpo las iras populares, sin ningún rebozo se manifestaba el odio á los franceses, y para nadie era dudoso que si apa¬ recía un hombre audaz que se lanzara ála pelea estaba próximo el momento de una insurrección fatal á los estranjeros. Vino finalmente el dia de todos espera¬ do y al mismo tiempo temido, que fue el 30 de marzo de 1282 , en que tuvo lugar aquel memorable suceso, conocido con el nombre de Vísperas sicilianas. Mas antes de esponerlo y de indicar sus resultados, hemos de decir la histo¬ ria de la mujer cuyos hechos nos han sugerido la idea de escribir estas páginas, que hasta ahora son un relato indispensable á fin de poner á los lectores en es¬ cena. Desde el punto en que los franceses fueron dueños del reino de Nápoles co¬ menzaron á conducirse cual si se hallaran en país conquistado; y particularmente en la isla de Sicilia su comportamiento fue mas tiránico , sin advertir que cuanto mas recio é independiente era el carácter de sus habitantes, tanto mas considera¬ ciones debían guardarse con ellos, á no querer encaminar las cosas á un desen¬ lace lamentable. Entre los franceses que residieron desde luego en Sicilia debe¬ mos fijar nuestra atención en el joven conde de Dubois, hombre de nobilísima y muy antigua cuna, y cuyos predecesores blasonaban de grandes hechos militares. Su padre se había distinguido mucho en la Cruzada que acaudillaron Juan de Brienne, rey de Jerusalen, el rey<le Hungría y Hugo de Lusignan rey de Chipre; y á no impedírselo su edad ya muy avanzada, otra vez hubiera enristrado la lan¬ za para acompañar á San Luis rey de Francia cuando en 1249 se arrojó sobre Damiela. Mas ya que los años fueron un estorbo para satisfacer los deseos del co¬ razón del anciano y pundonoroso caballero, envió en su lugar á Gustavo su pri¬ mogénito, verdadera hechura del padre, y tan saturado como este en las ideas ca¬ ballerescas de su siglo. Formando parte de los paladines que de mas cerca acompañaban al piadoso monarca estuvo Gustavo en Damiela , y cayó prisionero de los mahometanos en la desastrosa jornada en que perdieron la libertad el mismo y los veinte mil com¬ batientes que seguían sus banderas. En el dia en que San Luis alcanzó la libertad recobró Gustavo la suya, recorrió la Palestina con el santo monarca durante cuatro años, y volvió á Francia en 1264. Cuando Carlos de Anjou, que ya era rey de Nᬠpoles , acudió al Africa, ya San Luis había muerto en el campamento de Túnez, con cuyo rey firmó-Cárlos un tratado y se trajo á Francia los tristes restos de EL CONSUELO DE LA VIUDA. 87 aquel ejército tan valeroso como desdichado. Gustavo acompañó en esta espedí— cion á Carlos de Anjou , en cuyo servicio se había distinguido cuando aquel so¬ metió el reino de Ñapóles; y ahora vuelto á Europa, el rey le hubiera nombrado vicario real ó sea gobernador de la isla de Sicilia á no parecerle que su juventud no prometía la prudencia que tan delicado encargo reclamaba. Pero como quería distinguirle y premiar las raras prendas que en él brillaban, le escogió por lugar¬ teniente del vicario real de Sicilia. La súbita elevación de aquel joven dispertó los celos de no pocos magnates; mas como su carácter á nadie hacia sentir el peso de su superioridad y de su mando , se concilio fácilmente el afecto de cuan¬ tos estaban ó podían estar bajo sus órdenes. No había entre los franceses mas apuesto joven, nadie le sobrepujaba en el manejo de toda clase de armas y en el arte de regir un caballo , ninguno podia ostenlar un escudo que atestiguara mas proezas de sus antepasados, y no era fácil hallar un digno rival suyo en eso de servir á Dios, al rey y á su dama. Era, en una palabra, un cumplido caballero ; y si algún defecto podia achacársele era el de escesivamente enamorado. Cierto que en su época era inconcebible un caballero sin dama, pero Gustavo no podia hacer alarde de fidelidad hácia las que habían sido señoras de sus pensamientos. Verdad es que su arrogante figura, sus distinguidísimos modales, su apostura simpática , su nobleza , las riquezas de que había de ser heredero, y la reputa¬ ción de valiente y magnánimo de que disfrutaba eran partes mu y.'suficientes para que llamara la atención de las mas distinguidas damas de su tiempo , y podero¬ sos motivos para que su fidelidad corriera grandes y frecuentes peligros. Presentóse en Palermo desplegando el lujo de un príncipe, y ofuscando con él al gobernador mismo, sin embargo de no ser pobre ni mezquino; su casa era el punto de reunión de todos los caballeros franceses; y apenas estaba en la capi¬ tal de Sicilia cuando fué conocido de todos los sicilianos, y mirado con agrado por las sicilianas todas. Ni una de las nobles damas de Palermo dejaba de tener un vivo deseo de averiguar quién era la señora que desde Francia lloraba la au¬ sencia de su caballero ; ni una perdió ocasión de inquirirlo con aquellas pregun¬ tas discretas y ambiguas que con tanto tacto saben hacer las mujeres; pero todas esas pesquisas no produjeron ningún resultado , y al fin las bellas sicilia¬ nas hubieron de convencerse de que el corazón de Gustavo no suspiraba por mu¬ jer ninguna. De este convencimiento nació luego el natural deseo de avasallar aquella alma libre ; y el orgullo femenil se dispertó violento con la esperanza de ostentar el grande triunfo de ser la dama del galante y hermoso caballero que á todas tenia cautivadas. Claro está que ninguna de ellas había de hacer una declaración de amor al joven que á todas agradaba , pero entonces como ahora las mujeres conocían per¬ fectamente el arte de llamar la atención sin que apareciese deseo semejante. Era en verdad un obstáculo no pequeño el que los franceses considerados como domi- 88 el mundo social. nadores eran por lo general aborrecidos ; y esto reclamaba mucho tino por parte de las damas que sobre participar también de ese odio, no debían sufocarlo ni menos tenerlo oculto á los ojos de los varones de sus familias. Mas el mismo odio con el tiempo se va estinguiendo, ó enfriando al menos: y si entre los sicilianos de elevada clase había algunos que lo tenían clavado en el corazón para no arrancarlo nunca y con ánimo de trasmitirlo á sus hijos, no faltaban muchos que sin perder la esperanza de recobrar un dia la independencia , transigieran con la situación presente, confiando al tiempo y á la política el cuidado de traer un cambio en la suerte de su patria. Entre las familias que pertenecían á la primera clase y que representaban el verdadero espíritu nacional y marcadamente hostil á los franceses distinguíase la de Benedetti, cuyo jefe era Cesar Benedetti, hombre de cincuenta años y que había combatido denodadamente y dado grandes caudales para resistirse al do¬ minio de los estranjeros. No pertenecía á la aristocracia ; desde joven se había dedicado al comercio, que en aquella época ejercían esclusivamente los judíos, y esto hizo que al principio fuese visto con malos ojos por sus compatriotas. Pero Cesar había logrado con su actividad y talento acumular grandes riquezas, der¬ ramaba beneficios en todas partes, tenia un carácter sumamente bueno y apaci¬ ble : y sobre todo poseía cierto don de gentes tan grande , que era imposible hablar con él una vez sola sin quedar prendado de sus palabras y de los afectos que estas revelaban. Los nobles no podían alternar con él porque el siglo no lo permitia, pero le consideraban muchísimo y le tenían por persona muy digna de pertenecer á su clase si pudiera ostentar una larga serie de progenitores. Cuando los sicilianos lucharon á fin de resistir el yugo de los franceses, Benedetti dió grandes pruebas de amor á su patria , y como en los grandes peligros se acortan las distancias entre las clases sociales porque hay un interés que las llama á todas, el comerciante ganó mucho terreno en la consideración pública y en el aprecio de la orgullosa aristocracia. Grandemente contribuyó á ello su única hija y heredera Guillermina. En verdad puede decirse que era la mujer mas hermosa de Sicilia , y á su belleza reunía una bondad tan grande , que sin duda cautivaba mas que su hermosura. El padre estaba enorgullecido con tener hija semejante , y no lo estuvo menos la madre que falleció cuando la joven tenia ya diez y seis anos, esto es, cuatro antes de la época en que fijamos los sucesos que vamos relatando. Guillermina llamaba la atención de todos los hombres, y ¡ cosa verdaderamente estraordina- ria! no eran enemigas suyas las mujeres, pues toda la envidia que pudieran dis¬ pertar su belleza y los elogios de los hombres era sufocada por la humildad , la modestia y la bondad suma de la joven que era la única que no había reparado nunca en sus hermosas prendas físicas y morales. Aunque vivía muy retirada, su mano fué pedida al padre por varios mozos, peroá decir verdad Cesar hubiera EL COBIJELO DE LA VIUDA. Sí) querido casarla con un noble , cosa muy difícil, pero de cuya dilicullad no sabia Bencdetti convencerse, porque se acostumbró á pensar que sus caudales bastaban para ennoblecer á su hija y hacerla merecedora de unirse á la familia mas en¬ copetada de la isla. En eso desconocía César su siglo , porque toda su opulencia no equivalía al escudo de armas mas sencillo. Guillermina vivía en una tranquilidad absóluta, no había amado nunca, y siempre creyó que no era ella sino su padre quien había de elegir y presentarle el hombre á quien debiera ser entregada. El padre pues aguardaba un noble , la hija aguardaba sin ninguna impaciencia el hombre que su padre le escogiera. En esta disposición se hallaban las cosas al comenzar el año 1271 , cuando en el dia de los Santos Reyes 6 de enero Guillermina acompañada de su dueña y seguida de un paje fuá á la Catedral de Palermo para asistir á los solemnes oficios de aquel solemnísimo dia. El conde de Dubois asistió también á la iglesia, y aun¬ que de un mes á aquella parte se había agradado mucho de la hija del conde Uberti, en el momento de ver á Guillermina , la condesa quedó olvidada para siempre. Nunca había contemplado una belleza tan cumplida, nunca había es- perimentado lo que sintió en aquel instante ; y aunque él mismo se reputaba por muy voluble en materia de amores, un sentimiento íntimo le dijo que aquella mujer seria amada por él de otra manera. Guillermina vió al conde de quien ya tenia noticias, y aunque no lo conocía no pudo dudar que aquel era el no¬ ble y gallardo francés de quien tanto se hablaba. No sé decir si le amó en el acto, pero sí que desde aquel momento le pareció injusto que debiese casarse con el hombre que su padre le presentase y no con el que eligiera ella misma. Este filé su primer impulso de independencia. En aquel tiempo estaban en moda las dueñas, que eran las confidentes délas damas, les servían de terceras, y con su esperiencia las ausiliaban eficazmente para engañar á los padres, hermanos y maridos. No tardó la dueña de Guiller¬ mina en adivinar y comprender el secreto de la señorita, y en el momento vió el cúmulo de males que se preparaban, porque si Benedetli difícilmente hubiera re¬ nunciado á lo que él creía el derecho de dar esposo á su hija, renunciar á ese derecho para que se uniera á uno de los dominadores de Sicilia, á uno de los ti¬ ránicos opresores de su patria, era una locura esperarlo. La dueña conocía el ca¬ rácter de Guillermina, y no dudaba que una vez encendida en su corazón la Ma¬ ma del amor no había fuerza humana que la apagara, ni medio ninguno de con¬ tener sus estragos. En su vida esperimentó ninguna clase de resistencia ni de oposición, aquella voluntad era virgen, y la dueña conocía que era firme, ic- suelta y capaz de todo. Con esto había de sobra para que se prepararan escenas terribles y un desenlace funesto. A decir verdad María no se consideraba capaz de torcer á la señorita, y por otra parte no le pareció tampoco cosa i eguíai y justa que una joven debiese tomar por marido al hombre que le dieran. Ella se 12 [Document text truncated for crawler view.]