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EL MECENAZGO DE LOS DUQUES DE MONTPENSIER EN ANDALUCÍA:
ARQUITECTURA, JARDI NE S Y COLECCIONISMO.
TESIS DOCTORAL
DOCTORANDO D. M ANUEL RODRÍGUEZ DÍ AZ (DNI 31716029 H).
DIRECTOR CATEDRÁTICO D. VICENTE LL ÉO CAÑAL.
DEPARTAMENTO DE HISTORIA DEL ART E DE LA FACULTAD DE
GEOGRAFÍA E HISTORIA DE LA UNIVERSIDAD DE SEVILL A.
Día 8 de Octubre de 2015, Sevilla.
EL MECENAZGO DE LOS DUQUES DE MONTPENSIER EN ANDALUCÍA:
ARQUITECTURA, JARDI NE S Y COLECCIONISMO.
ÍNDICE
1. Intr oducció n, objetiv os de la investigaci ón y agra decim ientos. 4
2. Los Duque s de Montpe nsier. Ed ucación, imagen pública y propaganda. 16
3. La llegada de los Montpensier a Andalucía. Mecenazgo, patronazgo y
política cultural de la Casa de Orleans en Andalucía. 34
4. El Pal acio de San Telm o y los Duq ues de Mont pensier. Reform a,
restauración y concl usión de un edifici o histórico. 58
4. 1. El Real Palacio de San Telmo en la encrucijada d e 1850: rehabilitación
y primeras refo rmas en el pala cio de los Montpensier. 59
4. 2. El Salón de la s Colum nas del Real Pa lacio de Sa n Telm o: una
loggia nobile con vistas al Guadalquivir. 10 7
4. 3. La conclusión definitiva de San Telmo. La re organización del sector Norte del Palacio:
El Apeadero, la Torre nuev a, el Picadero y el cierre definitivo con la Fachada del jardín. 126
4. 4. Ad orno y decoración en los interi ores de l Palacio de S an Telm o: la config uración
del goût Montpen sier. 153
4. 5. La crea ción de los Jar dines del Real Pa lacio de San Telm o. La obra de
André Lecolant y los Duques de Mont pensier. 200
5. Rom anticism o y Oriental ismo. El complejo palaciego y de recreo de Sanlúca r de
Barrameda. 229
5. 1. Las fantasías ori entalis tas del D uque de Mont pensie r en Andal ucía. El Pal acio
Orleans de Sa nlúcar de Barra meda como hi t o del neoárabe europeo. La creación de
un retiro de estética orientalista. 230
5. 2. El Duque de M ontpensi er en el conte xto orie ntalista y rom ántico de s u
tiempo. El Orientalismo europeo, Histo ria, mito y realidad. 250
5. 3. L os europ eos en Ori ente. R omant icismo, Di plomaci a y Colonial ismo:
el Viaje a Oriente del Duque de M ontpensier. 276
5. 4. Sevilla en el imaginario de los artistas románticos: la berbería cristiana
que encontraría Montpensier. 312
5. 5. La c onstrucció n del Rea l Palacio d e los Duques de Mont pensier e n
Sanlúcar de Barrameda. 338
5. 6. Los Cuart os del Bambú, el Salón Ch inesco y la Biblioteca egipcia: capricho
y exotismo en el Palacio Orleans de Sanlúcar de Barrameda. Gusto y decoración. 386
5. 7. Los jardi nes del Palacio de l os Duq ues de Mont pensier e n Sanlúca r
de Barram eda. 430
5. 8. De jardín de aclimatación a recr eo orientalista: la finca El Botán ico de
los Duques de Mont pensier e n Sanlúca r de Barram eda. 444
5. 9. Las Reales Caballerizas del Pal acio Orleans Borbón de Sanlúcar de
Barrameda. 474
6. El Castillo-Palacio de Castilleja d e la Cuesta: la Casa de Hernán Cortés. 486
7. La Casa-palacio de Villamanrique, la Dehesa de Gatos y el Lomo del Grullo:
un coto de caz a para los D uques de Mont pensier. 509
8. El pat ronazgo de los D uques de M ontpen sier y la restauración de mon umentos reli giosos.
El ejemplo de la Ermita de Valm e: una ca pilla-relicario para el Pendón de San Fernando. 520
9. Proyecto de tesis doctoral, logro s alcanzados y conclusion es de la investigación. 541
10. Archivos, institucion es científicas consultadas para las fuentes documentales y
las fuentes grá ficas, y bibliografía. 544
1. INTRODUCCIÓN, OBJETIVOS DE LA INVESTIGACIÓN Y
AGRADECIMIENTOS.
Antonio de Orleans y Borbón, Duque de Montpensier, es una figura de alta relevancia
en el panorama histórico artístico de Andalu cía. Las líneas generale s de su biografía y
de sus proyectos políticos y culturales son más o menos conocidas, si bien la falta de
concreciones y aportaciones científ icas nuevas sobre su vida y su relación con la cultura
y el arte, lo convierten en un personaje re almente inexplorado. Hijo del Rey francés
Luis Felipe de Orleans y casado con la Infanta Luisa Fernanda de Borbón, sus
aspiraciones y metas siem pre fueron grandios as e inteligentemente diseñadas. Su
proyección es internacional, reflejo de su posición social y económica, pero tam bién por
su carácter fuerte y dinámico, de gran poten cial como hombre que pretende influir,
decidir y ser reconocido en los ámb itos de la políti ca y la cultura.
La labor de mecenazgo, patronazgo y de dinamización cultural que los Duques de
Montpensier emprendieron en la Andalucía de la segunda m itad del siglo XIX fue tan
relevante que a menudo se ha hablado de que realm ente actuaron y fueron vistos en la
región, no ya como representantes de la co rona española, sino como auténticos reyes
con su propia corte, especialmente si habl amos de la Baja Andalucía y durante el
periodo anterior a la Revoluci ón de 1868. La prensa local y n acional les otorga en este
sentido, y durante estos años iniciales, un tratamiento sin parangón, así como las
instituciones más señeras o m uchas de las em ergentes casas comercia les de la ciudad de
Sevilla y de la región que, ávidos de publicidad y prestigio, buscarían ser nombrados
proveedores de SS. AA. RR. los Serenísimos Infantes D uques de Montpensier.
Hasta ahora se han acercado al di verso y poliédrico mundo de los Montpensier
diversos investigadores siempre de ám b ito nacional –a excepción de algunos pocos
extranjeros-, tratando en su mayoría el tema de una form a parcial, a excepción del
trabajo del profesor Vicente Ll eó Cañal, quién en su libro La Sevilla de los Montpensier ,
de 1997 , realizó el primer estudio de carácter global sobre lo s Montpensier y su m undo,
desde la perspectiva del impacto de su corte y su relación con la cu ltura, el arte y el
mecenazgo en la ciud ad de Sevilla 1 . Anteriorm ente, el profesor Antonio de la Banda y
Vargas había realizado un prim er acer camiento al tema con sus artículos La colección
pictórica de la Infanta Luisa de Orleans, de 1957, donde realizaba un listado de obras
en posesión de los herederos de la Conde sa de París –hija mayor de los duques- y La
Corte sevillana de los Montpensier, de 1979, donde daba a conocer algunos datos
relevantes sobre el mundo de los Montpensier y su corte sevillana. En este año de 1979
se publicaba también La pintura en la época de los Duques de Montpensier , de Enrique
Valdivieso y Vicente Lleó. Relevante también, por no existir nada anterior para el
ámbito de las estancias de los duques en Sa nl úcar de Barrameda, fue el libro de Ana
Gómez Díaz y Santiago Pérez del Prado sobre el Palacio Orleans Borbón de Sanlúcar
de Barrameda, de 1989, que aportó algunos datos sobre el ámbito de esta corte
sanluqueña de los duques y la construcción de su residencia veraniega en esta localidad.
Por otro lado, el profesor Teodoro Falcón Márquez, con su libro monográfico sobre
el Palacio de San Telmo, de 1991, aportaba algunos datos importantes acerca de la
trasformación de este edificio durante el siglo XIX, cuando acogió a los Montpensier.
Vicente Lleó completó en parte el estudi o y la profundizació n sobre San Telmo, junto a
otros especialistas, con sus artículos sobre este edificio en los Siglos XVII y XIX,
dentro del contexto de la valoración patrim onial de este palacio sevillano antes de su
última res tauración. En su estudio E l Palacio de San Telm o en el siglo XIX , de 2004,
Lleó Cañal marcaba con rotunda claridad las directrices seguida s por el arquitecto
Balbino Marrón y Ranero en el edific io, aportando datos in éditos sobre su
transformación y su conclusión bajo la form idable labor de patronazgo y m ecenazgo de
los Montpensier. Precisamente, este últim o estudio ha sido punto de partida
fundamental para nuestra investigación, insi stiendo en las felices transformaciones que
este edificio y su entorno vivieron bajo los duques.
Es necesario citar aquí al profesor Jo sé María Suárez Garm endia, quien con su tesis
doctoral Arquitectura y Urbanismo en la Sevilla del siglo XIX, publicada en 1986, dio
una visión de conjunto pionera y m uy necesar ia –y apen as completada después- sobre
los arquitectos que trabajaron en la Sevilla decimonónica, ob ra en la que aparecen los
1 Nos remitimos a la bibliografía de esta tesis d octoral, pues todos los estudios citados ahora en este
estado de la cuestión están también in sertados opor tunamente a lo lar go de t odos lo s capítulos con not as
a pie de página.
principales profesionales de la arquitectura que estuv ieron dentro del amplio equipo
técnico que los Duques de Montpensier tenían a su servicio para la s obras de reforma y
proyectos de actuación en sus muy dife rentes y variadas residencias.
De las últimas pub licaciones r elevant es sobre la Corte d e los Montpensier se
encuentra la de Ángel Rodríguez Rebollo, las colecciones de pint ura de los Duques de
Montpensier en Sevilla (1866-1892) , de 2005, en la que se adjunta además la carta
particional del Duque de Montpensier, obra útil por su carácter de inventario de piezas
artísticas, y básica junto al catálogo de obras artístic as que la propia Casa de
Montpensier mandó publicar en Sevilla en 1866 y que, m uy probablemente, elaboraron
los pintores Antonio Cabral Bejarano y Joaquín Domínguez Bécquer. De María del
Carmen Fernández Albéndiz destaca, aparte de su librito sob re la Corte sevillana de los
Duques de Montpensier , de 1997, y reciente artículo sobre la Corte de los duques en
Sanlúcar de Barrameda , de 2011, su interesante trabajo Sevilla y la Monarquía, las
Visitas Reales en el Siglo XIX , de 2007, una obra fundamental , y producto de su propia
tesis doctoral, donde aporta datos muy interesant es sobre la llegada y el asentamiento de
los duques en la ciudad de Sevilla.
La historiadora María Dolores Rodrígu ez Doblas ha public ado también en los últimos
años una serie de artículos que profundizan en el mundo de los Duques de Montpensier
y sus cortes sevillana y sanluqueña. En Aproximación a la figura de Rafael Esquivel
Vélez, apoderado en Sanlúcar de los Duques de Montpensier , colaboración en la
Revista de las Fiestas de Primavera y Ve rano de Sanlúcar de Barrameda, de 2004,
muestra no sólo el perfil de este alto empleado de los duque s, sino que ofrece una visión
muy fidedigna de cómo funcionaba por dent ro la Casa de Montpensier. Junto al
historiador Manuel Ruiz Carmona publicó en 2012 Crónica de los primeros viajes de
los Duques de Montpensier a Sanlúcar de Barrameda , en la Revista Gá rgoris , Revista
de Historia y Arqueología del Bajo Guadalquivir , donde se aclara el tantas veces
comentado asunto de la elección de Sanlúcar com o sitio de descanso estiv al.
Recientemente, esta historiador a ha arrojado luz sobre la importancia d el jardín par a la
educación de los hijos de la fam ilia Montpensier con el artículo Los niños en el jardín
del Palacio de Orleans de Sanlúcar de Barrameda, de 2014 y en la misma Revista
Gárgoris, que aclara que, aparte del sen tido esté tico y de disfrute que poseían los
jardines de los palacios de Sevilla o Sa nlúcar, había también un objetivo propedéutico
con el fin de enseñar a sus propios hijos prácticas agrícolas y una relación casi
rousseauniana con la naturaleza.
Sabemos, por otro lado, que Mercedes Linares Gómez del Pulgar ha presentado su
tesis doctoral a finales del curso pasado en la Escuela de Arquitectura de la Universidad
de Sevilla, en Mayo de 2014, sobre la figura del arquitect o Balbino Marrón y Ranero,
pero todavía está inédita. No existen todaví a publicaciones concretas producto de esta
tesis doctoral. De esta mism a au tora sí destaca un artícu lo sobre los jardines en la
formación del paisaje histórico- urbano de Sanlúcar de Barrameda, publicado en 2011
junto a Antonio Te jedor en la obra El río Guadalquivir. Del mar a la marisma,
Sanlúcar de Barrameda, donde se habla brevemente de lo s jardines del palacio de los
duques en Sanlúcar y de la finca el Botánico.
También, el antes citado Manuel Ruiz Carmona, y com o producto de una
conferencia sobre el estado de la cuestión del tema de los Montpensier y su mundo, ha
publicado en la ya mencionada Revista Gárgo ris de Diciembre de 2014 un artículo
denominado Los Duques de Montpensier: esos desconocidos. Una necesaria
reivindicación, donde se plantea la cuestión de có mo unos personajes que ofrecieron
tanto a localidades com o Sevilla y Sanlúcar de Barram eda, no ya con su amplia labor de
mecenazgo, sino con el revulsivo que generaba su sola presencia, han podido pasar casi
desapercibidos hasta la actualidad como figur as relevantes de la cultura, siendo incluso
sus perfiles biográficos bast ante desconocidos en realid ad e incluso algo denostados.
De nuestra tesis doctoral ya han si do publicados tres de sus capítulos, estando
además ya aceptado y aprobado un cuarto en una significativa revista. En 2009
publicábamos el capítulo referente a la finca El Botánico en la Revista Goya , titu lado
De jardín de aclimatación a recreo orientalis ta: la finca El Botánico de los Duques de
Montpensier en Sanlúcar de Barrameda , y en 2013 el referente al Salón de las
Columnas del Palacio de San Telm o, publicado en la Revista Reales Sitios de
Patrimonio Nacional, con el título El Salón de las Columnas del Real Palacio de San
Telmo: una loggia nobile c on vistas al Guadalquivir. Además, está public ado
recientemente en la Revista Gárgoris , revista de Historia y Arqueología del Bajo
Guadalquivir –con un carácter más lo cal-, el capítulo que profundiza en Las
Caballerizas ducales del Palaci o de Sanlúcar de Barrameda, del año 2014, producto de
una conferencia sobre el mism o tema leíd a en unas Jornadas dedicadas a los
Montpensier en la citada localidad gad itana. Actualm ente está, como decíamos,
aceptado y aprobado para su publicación el ded icado a los jardines del Palacio de S an
Telmo de Sevilla. Este capítulo, La creación de los Jard ines del Palacio de San Telmo.
La obra de André Lecolant y los Duques de Montpensier, fue aceptado por la Revista
Goya en Diciembre de 2014 y está pendien te de publicación para el año 2016.
Además, tenemos también pendiente de publicación por el Servicio d e publicaciones
de la Universidad de Sevilla el artículo titulado La fascina ción del Duque de
Montpensier por Andalucía: el Palacio de San Telmo de Sevilla y palacio Orleans de
Sanlúcar de Barrameda, producto también de una conferencia que ofrecim os en 2011
dentro de las III Jornadas Internacionales sobre la Imagen Artística de Andalucía ,
dirigidas por el profesor Luis Méndez Rodríguez.
Si en nuestra tesina, presentada en 2009, pretendíamos el análisis y la investigación
sobre la figura del Duque de Montpensier en la relación con su ap asionamiento con la
estética orientalista, sus fundamentos, desarro llo y consecuencias en el terreno de la
cultura y el arte –espe cialmente en el ám bito arquitectónico-, pa ra la tesis doctoral
hemos propuesto el tem a del mecenazgo de los Duques de Montpensier en Andalucía,
arquitectura, jardines y coleccionismo, una línea de investigac ión en la que hemos
pretendido analizar el papel qu e, no solo en el ám bito de Sevill a y el Palacio de San
Telmo, o en el com plejo palaciego y de recr eo de Sanlúcar de Barrameda, sino en otros
lugares elegidos a modo de reales sitios y re sidencias –com o Castilleja de la Cuesta y
Villamanrique- tuv ieron los Montp ensier como artífices de un riquís imo y profundo
mecenazgo y patronazgo arquitectó nico, urbano y artístico . A esto habría que añadir
además el análisis de la obra de patron azgo de los duques sobre la restauración de
monumentos religiosos, com o La Rábida, en Huelva, el Convento de Nuestra Señora de
Regla, en Cádiz o la Erm ita de Valme, en Dos Herm anas, junto a Sevilla, así com o el
gusto por el coleccionismo, el adorno y la decoración que los duques desarrollaron en
cada una de sus residencias en Andalucía.
El Palacio de San Telmo, en Sevilla, se convirtió rápidam ente bajo los Duques de
Montpensier en el epicentro de su represen tación y en paradigmática prueba de su poder
político y social, no solo en Sevilla o Andalucía, sino en toda España. La labor de
patronazgo ejercida po r los Montpensier para concluir definitiv amente un edif icio
histórico que ya era en 1850 un símbolo patr imonial de la ciudad, fue cuidadosamente
calculada pa ra obtener los mejo res logros y los m ás indiscut ibles resultado s. Además, la
magnífica obra de m ecenazgo ejercida desde aq uí, para engr andecer, decorar y convertir
sus interiores en un verdadero palacio digno de m uchas cortes europeas, com pletó un
círculo artístico y cu ltural que hizo de la co rte sevillana de los Montpensier un m odelo
envidiable de organizaci ón y administración. Aunque dependiente y relacionada
familiarm ente con la corte m adrileña, funcionaba como una corte p ropia y diferenciada,
dando muestras de una total autonomía y una brillantez que impactó e influyó
enormemente tanto en Sevilla como en toda la región.
El equipo técnico que los Montpe nsier lograron reunir en San Telm o desde los
primeros meses, pero tam bién para el rest o de sus posesiones, con el objetivo de
acometer las reform as, obras y proyectos necesa rios, fue del mayor nivel técnico y de la
más alta capacidad de trabajo. Desde 1849 y hasta la m uerte de la Infanta Luisa
Fernanda de Borbón, en 1897, estuvieron a su servicio –y en los capítulos de esta tesis
damos detalle de todos ellos- los maestros Joaquín Gutiérrez, José María Ríos y José
Barradas, los pintores Juan de Lizasoa ín, Antonio Cabral Bejarano y Joaquín
Domínguez Bécquer, los arquitectos Balbino Marrón y Ranero, Juan Talavera de la
Vega, Joaquín Fernández Ayarragaray, y Baldomero Botella, así com o los jardineros
André Lecolant, Julio Hubert y Francisc o Morón. Todos conformaron, junto a los
asesores y profesionales de algunas casas co merciales, empresas y otros trabajadores
externos, un equipo magistral y brillante que trabajó siempre bajo la a tenta supervis ión
del exigente Duque de Montpensier y sus re sponsables administradores y secretarios,
quienes con un celo poco habi tual llevaban un control exhaus tivo de cuentas, salarios,
materiales, honorarios, condi ciones, fechas y tiempos.
Por otro lado, debemos recordar que Antonio de Orleans había quedado fascinado
por lo oriental en su más plena juventud y, principalm ente, este gusto y apasionamiento
podría relacionarse, en primer lugar, con su presencia y esta ncia en Argelia durante las
campañas militares francesas en esta regi ón –ya que Francia conquistó d efinitivamente
este territorio bajo el reina do de su padre el rey Luis Fe lipe- y, sin lugar a dudas, como
causa principal, con el viaje que él m ismo realizara en 184 5 por tierras orientales, en
compañía de su precep tor y secretario personal, el escritor Antonio de Latour. El
2. LOS DUQUES DE MONTPENSIER: EDUCACIÓN, IMAGEN PÚBLI CA Y
PROPAGANDA.
Paso al Rey que conviene a todos 1 es simplemente el título de un folleto de
actualidad que corría p or las calles de Mad rid en los meses poste riores a la Glo riosa
Revolución de 1868. Es evidente que el autor o autores eran partidar ios de la causa de
llevar a los Duques de Montpensier al trono de España, unos puros montpensieristas
entusiasmados con la Casa de Orleans. Sin em bargo, esta simple exclamación entrañaba
toda la terribilitá interna, si se nos perm ite la expresi ón, y, en parte, la razón de ser, de
la trayectoria biográfica de Antonio de Orleans.
Antonio de Orleans, Duque de Mont pensier, fue preparado, instruido y encauzado
desde niño para reinar, o bien con el objetivo de que ocupara algún trono vacante, o bien
para detentar el puesto de Re y consorte junto a alguna prince sa europea, caso de Isabel
II de España, o en su defecto, su hermana, la infanta María Luis a Fernanda, segunda en
la línea de sucesión. Su c oncepción de la vida le vi ene dada por su condición de
príncipe de una casa reinante influyente y en expansión en uno de los imperios más
poderosos del mundo, también en plena y eufórica carrera territorial. La Francia de Luis
Felipe de Orleans estaba inm ersa en una es piral de absoluta grandeza y dominación
imperialista, lo que influyó notablem ente en la personalidad y propós itos de todos los
vástagos de su casa real, y, sin excep ción, en el Duque de Montpensier.
A. Masson de l. y Ma uduison Sc.
Punteado. Duques de M ontpe nsier .
Colección Carderera . Biblioteca
Nacional de Madri d.
1 Folleto de actualidad anón imo , ¡Paso al Rey que c onviene a todos!, Madrid , 1869. Ejem plar de la
Biblioteca Nacional de Ma drid.
Escudos de l os Duques de Montpensi er , deta lle del t echo del Salón del Tr ono del Palaci o de San Telmo.
Antonio de Orleans y Borbón-Dos Sici lias, Duque de Montpensier, era hijo del
último rey de Francia L uis Felipe d’Orléans y P enthièvre y de su esposa María Am elia
de Borbón-Dos Silcilias y Habs burgo. Era príncipe francés, infante de España por su
matrim onio con su esposa, capitán general, y poseía adem ás otro título nobiliario; era
también Duque de Galliera, título radicado en Bolonia y qu e recayó en los Montpensier
gracias a la generosa herencia de Mme. De Brignole, Duquesa de Galliera, y bien
relacionada con la familia Orleans. Por su parte, la infanta María Luisa Fernanda de
Borbón y Borbón-Dos Sicilias era hija del Rey Fernando VII y de su esposa la Reina
María Cistina de Borbón-Dos Sicilias. Infant a de España, duquesa de Montpensier y de
Galliera, siempre tuvo un tratamiento especial por ser la única herm ana de la soberana
Isabel II.
El Ducado de Montpensier, que Luis Felipe de Orleans ofreció a su hijo m ás
pequeño, procede y se refiere a la localidad de Montpensier, situada en el departamento
de Puy-de-Dôme, en la región de Auvernia. E l señorío de Montpens ier se convir tió en
condado a finales del siglo XIV, siendo los hijos del duque de Berry, los dos primeros
en ostentar el título de c onde de Montpensier. A principi o del siglo XVI el condado fue
elevado a ducado e incluido entre los Pare s de Francia. En 1626 María de Borbón-
Montpensier, hija y heredera del duque de Montpensier, se casó con Gastón, duque de
Orleans, hermano de Luis XI II, aportándole el ducado. Su hija, conocida como la Gran
Mademoiselle he redó el título que, a l morir sin d escendencia, pasó a Isab el Carlota d el
Palatinado, segunda esposa del entonces duque de Orleans. Desde ento nces, el título ha
permanecido en la Casa de Orlean s. El título pasó de Antoine Philippe de Orleans,
hermano del Rey Luis Felipe, a Antonio de Orleans, nuestro Duque de Montpensier 2 .
2 Extraído de la Encyclopedia Británica, Proyecto Encicloped ia Gutenberg, 200 6 .
En el padre de Antonio de Orleans, Lu is Felipe de Francia, podríamos encontrar gran
parte de las ideas, usos y objetivos que los Montpensier llevaron a cabo a lo largo de sus
vidas. Luis Felipe, hijo de Felipe Igualdad, conciliador y moderado, fue educado por la
inteligente y sagaz Madam e de Genlis –la que también influirá en la educación de
Montpensier y sus hermanos-, que aplicab a unos métodos de m áxima austeridad y
extraordinar io autoritarismo. Sus largos años de exilio en Suiza, Inglaterra y Sicilia lo
llevaron a desempeñar muy diverso s trabajos y a buscar mecanism os nada sofisticados
para sobrevivir, pese a la riqueza qu e había acum ulado su familia en lo s años anteriores
a la Revolución. Sus viajes por Europa y po r los Estados Unidos, donde perm aneció tres
años durante el periodo revolucionario fran cés, lo ayudaron a comprender y a transm itir
a sus hijos –repartidos inteligen temente por to das las casas reales europeas-, s i no un
estilo de vida completam ente austero y de trabajo, por lo m enos la aparente necesidad
de no parecer ante la sociedad lo contrario 3 .
Winterhalt er, Luis Felipe de Francia . Óleo so bre
lienzo. Palacio R eal de Madrid.
3 Véase para esta figur a, Bordonove, Georges, Louis-Phili ppe, Roi des fraç ais , Py gmali on, París, 19 90.
El “españolismo o hispanofilia” de Luis Felipe siempre se ha puesto de relieve por
el premeditado interés d e casar a uno de sus vástagos con la Reina Isabel II –Aumale o
Montpensier-, acuerdo que llegó a estar decid ido y pactado c on la Reina María Cristina
de Borbón, y que perm itiría a Franci a tener una nación amiga y vinculada
familiarmente. Y, desde luego, por lo que la Historia del Arte europeo le ha reservado
un digno papel como gran coleccion ista y hombr e de gran gusto artístico : la creación en
París de la Galerie espagnole del Louvre, que desencadenó, desafortunadamente para
España, una oleada de compras y tratos co m erciales poco ventajosos con conventos e
iglesias desamortizados. Louis-Philippe, el rey ciudadano , contribuía por un lado a la
pérdida patrimonial que en nuestro país se dio durante el sigl o XIX, aunque ayudó a
difundir una imagen nueva sobre nuestro pa ís y nuestra cultura en Europa, pues los
grandes maestros españo les impactaron a la Francia m ás culta 4 .
La educación del Duque de Montpensie r le fue confiada al intelectual y escritor
francés Antonio de Latour, profesor del Lycée Henri IV de París , y que más tarde
pasaría a convertirse en su secretario persona l y educador también de sus hijos. Por otra
parte, Ary Scheffer completaría la educación artística del jo ven, junto a la importante
educación en ciencias, impartida po r el profesor Poillet, y la de Histo ria, ofrecida como
un auténtico lujo por el histor iador Jules Michelet, ya entonces profesor en la Sorbona 5 .
J. N. Robert Fleury, El Du que de Mont pensier co n siete
años , óleo sobre lienzo . Musée Condé, Chantilly. Fran cia.
4 Baticle, J. y Marin as, C. La Galerie Espagno le de Louis-Philippe au Louvre 1838-1848 , Reunio n des
Musées Nationaux, París, 19 81. Y Burns Marañón, Tom, La exportación del ar te de España, en
Hispano manía con un pról ogo para fr anceses, Gala xia Gut enberg, Cí rculo de lect ores, B arcelona, 2014,
pp. 33- 43.
5 Citado de Ros, Carl os, El Duq ue de Montpensier. La a mbición de reinar , editorial Castillejo, Sevilla,
2002, pá g. 63.
Antonio de Latour, como veremos má s adelante, se convirtió en un fiel y querido
amigo para Montpensier. Profesor, consejero, secretario, com pañero de viajes;
Podríamos decir que Lat our y Montpensier son uno durante bastantes años.
Precisamente, en su faceta d e viajero acompañ ante y n arrador de los vi ajes que realiza
junto al duque, y teniendo en cuenta su carácter de escr itor de costumbres, influye
decisivamente en su alumno. Latour era un m onárquico convencido, muy conservador
en lo político y lo social, que apuesta siempre por lo establecido y lo tradicional frente a
toda aquella modernidad que suponga una pérdida de valores. Su hispanismo,
costumbrista, y en la línea de un naciona lism o y un patriotismo español que hunde sus
raíces en la Historia, las gest as y los grandes personajes –surgido ya en los tiempos de la
invasión napoleónica-, rescata una visión histor icista y triun falista para Andalucía y sus
hombres ilustres. Aunque cargada de t ópicos y errores, esta visión rom ántica
determinará que Montpensier se muestre dur ante toda su vida muy interesado en
restaurar y m itificar, para valorar los o para identificarse con ellos, a los grandes
personajes históricos español es, andaluces y sevillanos 6 .
Los cuadros españoles de la Gale ría de Luis Felipe debieron producir un impacto
enorme en todos los miembros de la familia Orleans, así co mo en los medios artísticos
de la corte parisina. El entusiasmo de l Rey lo llevó en numerosas ocasiones,
acompañado de toda la familia real, a ver las obras, interesándose especialm ente
mientras eran desem baladas, recién llegadas y procedentes, como auténticos tesoros, de
aquella España lejana, romántica y diferent e. Este sería, probablem ente, uno de los
primeros contactos de Montpensier con lo español, y que como afirma Vicente Lleó,
difícilmente habría podido sustraerse a la corriente de “hispanofilia” qu e comenzaba a
haber en Francia 7 .
Por su parte, la Infanta Luisa Ferna nda, en su condición de princesa, y de mujer de
su tiempo, obtuvo una educación que al m argen de deficitaria en muchos aspectos,
estuvo condicionada por la ausencia de su padre, el ya fallecido Rey Fernando VII, y
6 No en vano , su padre Luis Fel ipe, había en viado a uno de sus hi jos a resc atar los restos de Na poleón a la
Isla de Santa Elena para rendirle honores solemnem ente en París. Al margen del carácter po lítico de
hecho, ide ntificarse c on pers onajes rele vantes de la Histori a, lejos de ser una anécdota r ománti ca, se
convirtió entre lo s Orleans en un sistema –nada nuevo, por cierto- para escalar en prestigio y dign idad
regia. Ci tado de G onzález Barbe rán, V. Los Montp ensier de Sevilla , en Lleó Cañal, V. La Sevilla de los
Montpe nsier , Focus Abengoa, Sevilla, 1997 , pág. 221. Entre la amplia o bra de Antonio de Latour, que
iremos cit ando a lo largo de los si guientes capítulos, véase al respecto Don Miguel de Mañ ara: sa vie, son
discours sur la vérité, son test am ent , sa pr ofession de foi. Lévy, París, 1857.
7 Citado de Lleó Ca ñal, V. La Sevilla de los Montpensier , Fo cus Abengo a, Sevilla, 1997, p ág. 43.
sujeta al exilio de María Cr istina, la m adre, vapuleada por los inicios e implantación de
los principios liberales en Europa, en las décadas de 1830 y 1840. Quizás la m ateria que
influyó más decisivam ente en la futura reina y su hermana 8 , a parte de la religión, fue la
música, pues su madre se m ostró siempre m uy inclinada a proteger la cultura m usical,
llegando a fundar el Real Conservatorio de Música y Declamación María Cristina de
Madrid en 1830. Ambas herm anas desarroll aron –com o su propia madre, una Borbón
Dos Sicilias- un gusto especial por la Óper a italiana, lo qu e no evitó que tam bién se
decantaran por un populismo y un casticismo de tin tes andaluces, que rebasaría la
simple im agen pintoresca para lograr un discurso cultural pr opio, basado en un
sentimiento musical popular y nacional 9 .
Vicente López, La Infanta María Luisa Ferna nda de Borbón , óleo sobre lienzo, 1842. Reales Alcázares
de Sevilla.
8 Ambas herm anas fuero n amantes de l a música. Isa bel II fu ndó el Teatro Real de Madri d y los Duque s de
Montpensi er eran m uy afici onados a la Ópe ra, ac udiend o habitualm ente a la s obras en los teat ros
sevillanos. La biblioteca m usical de los Orleans se en cuentra hoy c onservada en el Cabildo Insular de
Gran Canaria.
9 Véase Na varro Lala nda, Sa ra, Entorno político-mu sical de la infancia de Isab el II y la Infanta Luisa
Fernanda d e Bobón… en: La Natividad: a rte, religiosidad y tradiciones po pulares . Instituto Escurialense
de Investigaci ones Históri cas y Art ísticas. Sim posium, 200 9. San Lore nzo de El Escorial, M adrid, pp .
637-652 .
Juana de Vega, más conocida como la Condesa de Espoz y Mina, desempeñó el
cargo de aya de la futura rein a y de la infanta. En sus memorias , y en su Historia
Interior de Palacio , relata el gusto que desarrolla ron las herm anas por ejecutar
funciones musicales en un gran escenario que se había creado en las propias
habitaciones de palacio 10 . Por lo demás, ambas herm anas fueron educadas para que
ejercieran digna y religiosamente la caridad, y se les recom endaba la benevolencia, la
prudencia, la justicia, y que fueran agradecidas para con su pueblo. En def initiva, debían
seguir los deberes que se les imponía por su condición de infa ntas en ejercicio, sujetas a
un grave protocolo y unas circunstancias especi ales por la muerte de su padre, el rey
Fernando VII, y el posterior exilio d e su madre, la reina María Cristin a, en París 11 .
Antonio de Orleans, duque de Montpe nsier había nacido en Neuilly-sur-Seine, un
lugar paradisíaco junto a Bois de Boulogne, en las cercanía s de París. Allí, en el
Château de Neuilly, residencia de verano de la fam ilia Orleans, nacieron muchos de los
hijos del rey Luis Felipe. En medio de un pa rque inmenso repleto de jardines, prados y
trozos de bosque estaba este complejo palaciego que determ inó inmensam ente el gusto
arquitectónico y la pasión por la jardinería paisajística de muchos miem bros de la
familia, y muy concr etamente de M ontpensier, quien lo demostraría co n creces en sus
cuatro residencias andaluzas, Sevilla, Sanlúcar de Barrameda, Castilleja de la Cuesta y
Villamanrique, donde levantó bellos parques bajo la dirección t écnica del jardinero
francés André Lecolant.
Neuilly ofreció de forma natural un soberb io m odelo para Montpensier, que aplicó
con naturalidad, pero también con determinación, en Sevilla. En parte, los Palacios de
San Telmo o de Sanlúc ar de Barrameda parecen bastante deudores d e este espacio
parisino, sobre todo en la conc epción de gran residencia de tipo regio con extensos
jardines, no tanto a la francesa, sino más bien a la inglesa. No es extraño que el lugar en
el que habían nacido y crecido los hijos de Luis Felipe inf luyera decisiv amente en ellos,
sobre todo si el lugar era distinguidamente bello y agradable com o en el caso de
Neuilly 12 .
10 Pedro Albé niz y Francisco V alldem osa fueron l os profeso res de música m ás famosos d e las princesas,
en primera fila de la com posición y la ejecución mu sical espa ñola del m omento. Véase Navarro Lalan da,
S. art. cit . 2009.
11 De Vega, J uana María. Me morias, pág. 1 25.
12 Puede verse: Leroux-Cesbron, C. Le ch ateau de Neui lly. C hronique d'un chat eau roy al . Librairie
académique Pe rrin, 1925.
I.G. Marti ni, Le Château de Neuilly d u temps de Louis Philippe . Grabado , 1848. Col. Par ticular.
Montpensier ingresó tras la primera formación, y com o el resto de sus hermanos, en
la Escuela militar Politécnica de París, en la qu e adquirió la form ación m ilitar pertinente
y el grado de teniente de Artille ría. Precisam ente, cuando terminó su etapa en la
Academia, y tras com batir junto a sus hermanos en Argelia, dónde obtuv o la cruz de la
Legión de Honor y el grado de Mariscal de Ca mpo, pasó a dirigir en 1845 el Parque de
Artillería de Vincennes. Precisa mente, entre las Tullerías, Neui lly y el Castillo Real de
Vincennes vivirían los duques recién casa dos hasta 1848, momento en que la revolución
arroja a toda la f amilia Orleans fue ra de Francia 13 .
En Vincennes los Montpensier ocuparon el P abellón de la Reina , una de las grandes
crujías del complejo palaciego, en torno al pa tio principal, construida por Louis Le Vau
en tiempos de Luis XIV 14 . Vincennes era un castillo de origen medieval rodeado de
bosques a las afueras de París. Coto de caz a de todos los reyes franceses, y también
residencia del card enal Mazarino, sirvió a los Montpensier de resid encia permanente en
la gran corte parisina de lo s Orleans, y por supuesto, fue para ellos irremediablemente
un modelo de residencia regia m uy imitable en su posterior exilio; por paradojas del
devenir histórico, en un futuro demasiado inmediato.
13 Véase Ros, C., opus cit , 2000, pp. 91-95 y González Barberán, V., opus cit , 1997, pág. 231.
14 Véase Blunt, A. Arte y Arquitectura en Francia, 1500-1 700 . Cátedra, Ma drid, 1998.
Vista y perspectiva d el Castillo de Vincennes , grabad o. Siglo XVIII. C hâteau de Vince nnes.
María Luisa Fernanda había nacido en el Palacio Real de Madrid, un complejo
palaciego que todavía en la década de 1830 er a la única sed e efectiva y simbólica de la
Monarquía española junto a Ar anjuez, que funcionaba como un anexo muy cercano y
bien comunicado. Una auténtica residencia representativa de un pode r todavía absoluto.
En su niñez, la infanta contempló el pa lacio ya desposeído de sus grandes obras
pictóricas, que su padre trasladó hacia 1819 a la recién creada Galería Real de Pinturas o
Museo del Prado. Por el contario, el Palacio de Oriente de Madrid había sido llenado de
objetos decorativos franceses siguiendo una tradición que comenzó con Carlos IV y
siguió con Fernando VII. Grandes lámparas, can delabros, relojes, porcelanas, veladores
y otros muebles de raigambre francesa, am én de los primeros papeles pintados con que
empezaron a cubrirse los m uros en sustitució n de las grandes obras maestras de la
pintura 15 . El gusto de los Montpensier por lo francés, que en cierto modo se im pone
también en el Palacio de San Telmo, aunque con las variantes propias de otro espacio,
otras décadas y otros personajes, es por tanto una tendencia decorativa que no cabe
atribuir solamente a Antonio de Orleans.
15 AA.VV. Pala cio Real de Madri d . Ministerio de e ducación y Cien cia, Madrid, 2005, pá g. 22.
Vilhelmi na W. Cady, Vista del Palacio Re al de Madrid , de La Spagna de Edmond o De Am icis, graba do,
ca.1880. Col. par ticular.
La imagen de Montpensier a su lleg ada a Andalucía y antes de la Revolución de
1868 es positiva, excelente, envid iada –aunque a menudo criticada y vista con
desconfianza-, pero ciegamente respetada. Es un príncipe francés, esposo de la Infanta
de España, Caballero del Toisón desde su boda en 1846, y de la Orden de Calatrava,
hombre culto, amante de las artes, las le tras y las ciencias, activo, con ambición,
viajado, y experimentado pe se a su juventud. Poderoso , propietario del im ponente
Palacio de San Telmo –y otras tantas reside ncias- y de muchas haciendas y fincas
agrarias, con gran caudal económico en una An dalucía todavía m uy atrasada. En fin, es
le Duc de Montpensier , que ha venido a instala rse en Sevilla desde París con la hermana
de la Reina, donde establecen y forjan una sob erbia e influyente corte ducal. Miembro
de honor de inmediato de todas las instituci ones más nobles de la ciudad, participante
activo de su vida cultural, que se alojó a su llegada con grandes honores en el Palacio
Arzobispal y en los Reales Alcázares de la Monarquía española en la ciudad, y que
compra uno de los m ás magnánimos edificios de Sevilla d esde dónde ejercerán su poder
social, político y cultural. Podríamos seguir, pe ro está clara s u imagen ante la sociedad
espléndidamente cientos por tantos 27 . Los enemigos, o más bien los no simpatizantes
con la candidatura de Montpensier al trono –sin entrar en los odios de Enrique de
Borbón, o en el mundo republicano-, fueron muc hos entre la progresía e intelectualidad
sevillana, entre ellos por ejem plo, Antonio Machado Núñez, catedrático de Ciencias
Naturales y Rector de la Universidad de Se villa –abuelo del famoso poeta-, y miembro
destacado del partido progresista 28 .
El Cronista Joaquín Guichot, que había seguido las vidas de los Mo ntpensier desde El
Porvenir , diario del que era periodista, acababa por dirigirse al Duque, tras el duelo mantenido
con Enrique de Borbón –los ataques públicos del Duque de Sevilla a Montpensier eran ya
inasumibles-, y no sin cierta melancolía y desesperación ante la si tuación que vivía el país, le
decía públicamente: Ha probado Usted lo que nadie pus o jamás en duda, que es Usted un
hombre de honor tan valeroso como honrado; p ero Dios no quiere que pueda Usted aspirar a
sentarse en el trono de España 29 .
Tras varios años de exilio en Francia, la subida al trono de su hija María de las
Mercedes de Orleans fascinó al padre y apaciguó al hombre, que acabó por aceptar
haber sido hijo de rey y ser padre de reina. Los Montpensier vivier on el ascenso de su
hija al trono de España como la última oportunidad para acercar se a la corona y al cetro.
Tras los intentos frustrados de años atrás por desbancar a la Reina Isabel II, el noviazgo
y la boda de su hija con su primo Alfonso significaron el sím bolo del reencuentro y el
apaciguamiento con la ram a primera de la Casa real. Meses an tes de la boda, los
Montpensier tuvieron repetidas visitas, recepciones y cele braron algunos bailes en el
Palacio de San Telm o, como el que conmemor ó el natalicio del Re y Alfonso XII, el 28
de Noviembre de 1876. El diario el Porvenir se hacía eco d e una fiesta espléndid a que
dejaría honda huella entre la nobleza y la bur guesía sevillana, y a la que acudieron las
hijas de Isabel II –residentes entonces en el Alcázar junto a su madre-, los condes de
París, y la hija del rey de Bélgica 30 .
Tras la muerte de la Reina Mercedes, y c on la de la Infanta Cristina al año siguiente,
los Montpensier reducen su participación en actos oficiales y, en cierto m odo, se
27 Benítez Caballero, J., La c uestión M ontpe nsier: Foll eto cont ra su candi datur a al trono de Espa ña,
Madrid, Imprent a de Man uel Martínez, 1869.
28 Citado de Fernández Al béndi z, M. C, opus cit, 1998, pá g. 67.
29 Guichot y Parod y, Joaquín, Historia de la C iudad de Sevill a, Sevilla, 199 0, pág. 375.
30 Hemeroteca del Arc hivo municipal de Sevi lla, Diari o El Porvenir , de 28 de Noviem bre de 1876.
recluyen en sus palacios de Sevilla y Sanlúcar. Mien tras la Infanta María Luisa
Fernanda se ensimism aba con una vida má s privada e íntima, Antonio de Orleans
realizó viajes constante s a Europa, especia l mente a Fr ancia para visitar a su fam ilia, y
acabó representando a la monarquía española en la coronación del zar Alejandro III,
acudiendo a Rusia en 1883. La muerte del Rey Alfonso, en 1885, la boda de su hijo
Antonio con la Infanta Doña Eulalia, en 1886 –y su posterior separación pública-, y el
nacimiento de sus nietos m arcan en part e los últimos años de la vida de los
Montpensier, momentos postreros en los que tuvieron una especial alegría co n el
ascenso al trono de Portugal de su nieta Ame lia, la hija m ayor de los Condes de París.
3. LA LLEGADA DE LOS MONTPENSIER A ANDALUCÍA. MECENAZGO,
PATRONAZGO Y POLÍTICA CULTURAL DE LA CAS A DE ORLEANS EN
ANDALUCÍA.
Dentro de la tendencia y la moda que por lo español –literat ura, historia, y arte
especialmente- s e impuso en la Francia de Lu is Felipe de Orleans, podríamos encuadrar,
de alguna manera, la fortuita y accidental llegada de los Duques de Montpensier a
España a mediados del siglo XI X. Un refinado y joven prínci pe francés de la Casa de
Orleans, recién destronada, pero aún con un altísimo pres tigio –todavía entonces no se
podía asegurar el futuro y de rroteros que tom aría la política en Francia-, acompañado de
su también jovencísim a esposa, una infanta es pañola, tenía qu e adentrarse y situarse en
una nueva nación que, bási camente, conocía por su co rta estancia durante las Bodas
españolas, amén de lo percibido en el París de la década de 1840, momento cum bre del
citado fervor vivido hacia la cultura español a en algunos círculos elitistas franceses.
El giro que se produce en la visión que sobre España tenían los europeos, franceses
en especial, entre los siglos XVIII y XIX, es absolutamente asom broso. Los ilustrados
franceses de la época prenapoleónica tratan a España con una irritante y despectiva
superioridad. La visión de un viajero francés del siglo XVIII es la de un hombre que
procediendo de un país de m agnífica civilizaci ón, cae de pronto en una tierra de salvajes.
Las ciudades son pobres y sucias, los caminos m alos e inseguros, las ventas y posadas
detestables. El paisaje árido, los hombres ce rriles, las m ujeres desaseadas y feas. Hasta
la comida y el vino son horrendos. El confor t no existe. Nada de España es herm oso o
digno para los escasos viajer os ilustrados franceses.
Sin embargo, el viajero francés del si glo XIX, el que llega algunas décadas después
de la Guerra de la Independencia, y ya de la mano de Gautier y su Viaje a España , sigue
quejándose por la falta de comodidades, pero trata a España y a los españoles con mayor
respeto que sus antecesores. Españ a es distin ta, en parte es salvaje, y p recisamente en
esa sauvagerie se oculta un atractivo especial. Espa ña es en el XIX un país diferente
para los románticos europeos. Los españoles no tienen el refinam iento de los franceses,
las mujeres son m enos elegantes, pero son de una belleza ardien te e inquietante. Las
ciudades son pobres y sucias, pero muestran un carácter primordial, no contaminado. El
Romanticismo añade a España un carácter ex ótico, misterioso, vitalista y apasionado,
descubre un orientalismo a la vue lta , que será vendido y fomentado hasta cotas
inimaginables. Sin em bargo, se perciben ya las grandezas de Espa ña, su historia, su
cultura, su arquitectura, y, sobre todo, sus gr andes genios de la pintura, especialmente
Murillo y Velázquez 1 .
España, Andalucía y el su r de Italia parecen escapar en cierto m odo al rígido sistema
de normas que se estaba im poniendo en Europa ya a principios del siglo XIX. Para
Léon-François Hoffmamm, la diferencia de España radicaba en dos hechos
fundamentales: la posibilid ad de extrañamiento en el espacio –por su clima España
podía considerarse una continuaci ón de África- y la posibilid ad de extrañamiento en el
tiempo –debido a la presencia continua de ruinas y edific ios ma l conservados, sobre
todo árabes, que rem itían al turis ta europeo a tiempos remotos-. En España, en cierta
forma, sobrevivía Oriente, considerado como el espacio p rimigenio de la civilización 2 .
L. L. Masson, El patio de l os Leones , del Álbu m fotográfi co dedic ado a Los Duques de Montpe nsier , c a.
1855. Colección Fe rnández Ri vero.
1 Véase la visión d e, Gautier, Théophile , Viaje por Espa ña , Edicio nes Taifa, Barcel ona, 19 85. Y véase
también Hempel Lipschu ltz, Ilse, Spanish Pain ting and the French Romantics , Harvard University Pre ss,
1972.
2 Véase L.-F. Hoffmann, Romantique Espagne L’ image de l’Espag ne en France entre 1800 et 18 50 . París,
P.U.F., 1961, p. 8 7. Véanse ta mbié n los coment arios de A ntonio M artínez M enchén a La España Tétrica,
de Honoré de Balzac. Legasa Litera ria, Oyarzun, 1979, pp. 22 y 23.
Además, dentro de una m entalidad francesa y gautieriana , un país no podía ser
realmente exótico sin la presencia ineludib le de un calor sofocante y de una vegetación
casi desértica. El calor, la aridez del verano y el aspecto de sértico de mu chas zonas de
Andalucía se convirtieron así en rasgos clim áticos que h acían de nuestra región un
auténtico Oriente. España y Andalucía eran territorios diferentes a los europeos del
Norte, unas tierras primitivas, de gentes no tan activa s y atareadas, repletas de
singularidades detenidas ante la modernidad y el progreso 3 .
Sin em ba rgo, España no era un país re almente atrasado. Había una más que evidente
protección y seguridad, una normativa a cum p lir, un auténtico esta do de leyes. En
definitiva, España no era África, aunque lo pareciera a veces, aunque tuviera rincones
harto pintorescos y sublimes; y esto era m ás que atractivo desde el punto de vista de
muchos viajeros y visitantes no tan románticos en realidad. Es cier to que España había
sufrido una grave crisis económica tras la Guerra de la Independencia, y las luchas
intestinas entre los defensores del abso lutismo y los partidarios de las novedosas
corrientes liberales la llevaron al agotamie nto generalizado y defi nitivo. España había
atravesado unas décadas mejorables en lo político y lo económ ico, pero el reinado de
Isabel II comenzó abriendo y m ostrando un nuevo rostro, algo más esperanzador en
principio 4 .
A esta España preindustrial lle gó el Duque de Montpensier para unirse
matrimonialm ente con la Infanta María Luis a Fernanda de Borbón, y posteriormente
para residir de manera perm anente. Pero, ¿Pensaría el Duque de Montpensier estas
cosas sobre España a su llegada? ¿Tenía esta visión de España? ¿Viajaría por Andalucía
para comprobar por sí m ismo, como hicieran los románticos f ranceses, esos mitos y
desechar o confirmar los prejuicios sobre la nueva nación que lo reci bía? ¿Se dejó llevar
y cautivar por el supuesto mito de la Anda lucía orientalista, y si lo hizo, con qué
objetivos o por qué razones? Recordemos ad emás, que su padre Luis Felipe, el Rey
ciudadano, había creado en el Louvre el Musée Espagnole , abierto en 1838 con m ás de
cuatrociento s cuadros de los grandes maestr os españoles, una formidable colección de
lienzos sobresalientes que formó una im agen mítica sobre España, y que impresionaron
3 L.-F. Hoffmann, Ibid, 1961, pág. 77. Y Bu rns Marañón, To m, Gautier y la España romántica , en
Hispanoman ía con un prólogo para franceses, Galaxia G utenbe rg, Círcul o de lectores , Barcel ona, 201 4,
pp. 55- 62.
4 Burdiel Bueno, Isab el, Is abel II, una biografía (1830-1904) , Taurus edicione s, 2010.
a todo el París amante del arte y de la cultura 5 . Montpensier debió por tanto llegar a
España con una visión forjada a priori entre el Viaje de Gautier y la imagen que los
grandes maestros de la pintura española habí an despertado en la Francia de 1840, a
medio camino entre los tópicos, los prejuici os y la admiración por la nación que lo
habría de acoger de por vida en un futuro no muy lejano.
La llegada de los Duques de Montpensier a Andalucía en 1848.
El Duque de Montpensier llegó a Andalucía en la primavera de 1848 acomp añado de
su esposa, la Infanta María Luisa Fernanda, una española bastante atraída, por cierto,
por el folclore y los bailes andaluces. Llegaban a una Andalucía que ya era uno de los
mitos rom ánticos y orientalistas más prós peros y difundidos en Europa. Antonio de
Latour, el profesor y secretario de lo s Duques no duda en estar al lado de ambos
personajes en momentos tan duros –no olvi demos que están desterrados y exiliados-,
aconsejándolos y viajando con ellos para conocer la nueva región que habría de
recibirlos por mucho tiem po. La llegada a Sevilla, sus primeras visitas a las
instituciones y edif icios princi pales de la ciudad, y su esta ncia inicial en los Reales
Alcázares, un recinto palaciego de origen m edieval , impactaron sobre todo a Antonio de
Orleans. Los vaivenes del destino, volvían a enfrentarlo ahora con un cercano Oriente, o
al menos los restos o el trasunto de ello. No tocaba ahora lo argelino, lo egipcio o lo
turco, sino un Oriente más civilizado. Sin salir de Europa, estaba de nuevo, y ahora por
un largo periodo, frente a uno de los mayores y más felices m itos del orientalismo
contemporáneo 6 .
No debemos olvidar que el Duque de Mont pensier no se instala en Andalucía por
propio gusto personal. La caída de la m onarquía en Francia con la Revolución liberal de
1848, de la que su padre era el representant e y la cabeza visible, había llevado a una
dispersión de la f amilia Orleáns. El Rey Luis Felipe y sus hijos pasaro n a Inglaterra,
5 En Burns Mara ñón, Tom , La exportación d el arte de España , en opus cit , 2014, pp. 33-43 .
6 Antoni o de Orleans real izó un exten so y fructí fero viaje, del que habla rem os más adelante, p or Túnez,
Egipto, Tu rquía y G recia dur ante el vera no de 1 845, acom pañado del escritor e intelectual Antonio de
Latour. A partir d e 1848, Andalucía s upuso pa ra el Du que de M ontpe nsier un ree ncuent ro con la cultura
oriental .
pero Gran Bretaña vetó a los Mo ntpensie r para una posible estancia en el país 7 . El
enlace matrimonial de Don Antonio de Or leáns y Doña L uisa Fernanda de Borbón,
celebrado en Madrid en 1846 junt o al de la Reina Isabel II , no había sido aceptado del
todo por la diplomacia europea, y mucho m e nos por la británica. Pese a que las bodas
españolas diseñadas por Luis Felipe y la reina regente María Cristina no pudieron
llevarse a buen fin –Montpensier se casaría con Isabel II en un principio-, el tem a puso a
las cancillerías europeas s obre aviso. La supuesta sintonía que podía llegar a haber entre
Francia y España en asuntos políticos, en el caso de que Montpensier o alguno de sus
vástagos llegara alguna vez al trono de Espa ña, provocó el recelo del Imperio Britán ico,
que negó a los Duques permanecer en su territorio 8 .
Pharam ond Blanchar d, Celebraci ón de las bodas re ales españ olas en el salón del trono del Palacio Real
de Madrid , ca. 1847, aguada. Colección particular.
También, tras el intento frustrado – recelo s ahora de la propia Reina de España, Isabel
II, y del gobierno del general Narváez, hacia las am biciones políticas de su cuñado- de
instalarse en Madrid, en el ám bito de la Cort e 9 , los Montpensier llegaron a Sevilla,
7 Anónimo, Colección de l os docume ntos diplomáticos presentados a las Cámaras francesas, al
Parlamento inglés y la s Cortes españo las, sobre el casamiento de S.A. Do ña Isabel II, y el de S.A.R. la
Infanta Doña Luisa Fernanda , La Ilustraci ón, Sociedad Tipográfica Literaria Universal, Mad rid, 1847.
8 Memorias de Do ña Eulalia de Borbón, Inf anta de España, de 1 864 a 1931 . Buenos Air es, 1944 .
9 El Palacio de Vist a Alegre de Mad rid, ant igua pr opieda d de la R eina M ª Crist ina de B orbó n y here dado
por Luisa Fe rnanda , pudo c onverti rse en la sede de los M ontpensi er en el ám bito de la Corte Real , lugar
que hu biera sido el lógico y , desde l uego, el desea do p or los Duques en sus p rimeros mom entos en
España. Tam bién intent aron com prar La Mo ncloa y el Palaci o del Marqu és de Salam anca, per o de todo
dónde los Reales Alcázares de la Monarquía española se convirtiero n en su residencia
oficial. Sevilla era el Real Sitio, con residencia of icial en uso, más alejado de Madrid.
La baja Andalucía se convirtió así en la tierra del destierro para los Duques, pero desde
un principio las desventajas de estar alejados de la Corte fu eron convertidas en aspectos
positivos y oportunidad es; el drama inicial de no ser aceptados en Inglaterra o Madrid,
lejos de provocar un aletargam iento, frustración o complejo in salvable, fue
transformado en acción, dinam ismo y coraje personal para hacer de sus vidas una
constante demostración de capacidades y poderes.
Según nos cuenta Velázquez y Sánchez, el cronista de la Sevill a de la primera m itad
del siglo XIX, pasada Córdoba y ya los D uques en la provincia de Sevilla, fu eron
recibidos en la ciudad de Carmona por las m ás altas autoridades de la región.
Seguidamente los Montpensier em prendieron la marcha hacia Sevilla por el cam ino de
Alcalá de Guadaira. El Ayuntamiento de la ciudad había preparado en la Cruz del
Campo una tienda de cam paña para una primera recepción, protagonizada por u na
comisión capitular form ada cuidadosam ente. Tras un breve refrigerio entraron en la
ciudad en una carretela esco ltada por un escuadrón del Regimiento del Infante,
dirigiéndose al Palacio Arzobi spal, lugar de morada para los primeros días, pues las
obras de adecuación del Alcázar n o estaba n terminadas aun. Allí fueron los Duq ues
presentados oficialmente a las au toridades y a la nobleza sevillana 10 .
Sabemos que el Ayuntamiento de Sevilla los acogió con toda gala y ceremonia. Tal y
como relatan los Anales de Velázq uez y Sá nchez y las crónicas de Félix González de
León, la llegada de los Infantes fue anunciada a los sevillanos con un repique general de
campanas de la Catedral, seguido del de toda s las parroquias de la ciudad. Entraron,
como hemos visto, por la Puerta Nueva o de San Fernando en una carretela de lujo
tirada por seis caballos, diseñada ex prof eso para la ocasión. En el Prado de San
Sebastián la guarnición de la villa lanzaba una salva de veintiún cañonazos, y las calles
habían sido adornadas con colgaduras y cest os de rosas y flores . Mientras, el pueblo
arrojaba una lluvia de pétalos a su paso ha sta el Palacio Arzobisp al, desde cuyo balcón
ello fuer on disuad idos. V éase González Barberán, V. Se mblanz a de los Orleans , e n Lleó Cañal, Vicente.
La Sevilla d e Los Montpensier, Fo cus, Sevilla, 1997.
10 Velázquez y S ánchez, José. Anales de Sevilla de 1800 a 1850 ., Sevilla, pp. 674 a 677. Citado d e De la
Banda y Varg as, Antoni o, La Corte sevilla na de los Montpensier . En Hom enaje al Dr. Mu ro Orej ón.
Universidad de Sevilla, 1979.
principal a la Plaza de la Virgen de los Reyes la Infanta saludaba y se ofrecía al pueblo 11 .
Según las crónicas, la acogida fue excepcional, exteriorizándose públicamente el poder
que desempeñarían en la ciudad esto s regios sevillanos de adopción.
Era un honor contar con nuevos vecinos tan ilustres. Los sevi llanos volvían a tener
entre ellos a miembros reales y esto era un fabuloso signo de distinción. Com o puede
apreciarse en el singular y bello diploma que la Real Sociedad Económica del Amigos
del País de Sevilla otorga al Duque en la tem prana fecha del 28 de Octubre de 1848, los
Montpensier se adentran en la ciudad c on gran notoriedad, con tratamiento casi de
Reyes y con una pompa bastante cercana al concepto de triunfo. Esta distinguida
agrupación sevillana había nombrado socio de m érito a Antonio de Orleans por
aclamación y en testimonio del amor, veneración y respeto que le profesaban –y no
había hecho nada más que instalarse en la ci udad-. Este m érito de honor se le otorgaba
en el año simbólico de su llegada a Andalu cía, a ño también del am argo y forzoso exilio
desde Francia e Inglaterra tras la Revoluci ón, lo que debió anim ar y reconfortar al
Duque profundamente.
Diploma qu e la Real Socied ad Económica S evillana de Amigo s del País concede al Du que de
Montpensi er en 18 48 . A. Rosi, dib. y Rosi y Amat, graban., 1848. Colección descendie ntes Infantes
Duques de Mo ntpensier.
11 Tomado de Fe rnández Albé ndiz, M ª del Carmen, Sevilla, Corte de los Montpensier, en Sevilla y la
Monarquía, l as Visit as Reales en el Sigl o XIX , Universidad de Sevilla, Sev illa, 2007, pp. 153-154.
También de est a autora puede verse, la Cort e sevill ana de lo s Montpensie r , Biblioteca de temas sevillanos,
Ayuntamiento de Sev illa, Sevilla, 2014.
Chapuy (Dib.) y Asselineau (Grab .) Fachad a del Patio de la Mon tería , ca. 1844, Colección Lauren ce
Shand, Sevilla.
Los duques se instalaron en los Reales Alcázares, llegando incluso a realizar
reformas y obras de restauración bajo su es tancia para adecuarlo a las condiciones de
comodidad y funcionalidad apropiadas, a unque pronto pensaron en adquirir el gran
edificio de San Telm o 12 . En aquel mom ento era Joaquín Domínguez Bécquer el director
de restauración del conjunto palaciego, quién contrata en Abril de 1848, justo para la
llegada de los Montpensier, oficiales adorni stas y pintores para devolver el aspecto a
diferentes espacios del Alcázar 13 . Meses más tarde, la Reina Isabel II conce día permiso
y libre disposición a SS. AA. RR . los Duques de Montpensier para acomodar este
privilegiado recinto a sus necesidades, otorgando veinticinco mil reales mensuales
durante la prolongación de su estancia 14 .
Apartada la idea de permanecer en los Alcázares, y adquirido el Palacio de San
Telmo, Velázquez y Sánchez com enta que lo s nuevos inquilinos del edificio hicieron
12 Véase Márquez Redondo, Ana Gloria, Los alcaides del Alcá zar de Sevilla , Ayuntamien to de Sevilla
2010, y Chávez González, Mª del Rosa rio, El Alcázar de S evilla en el siglo XIX , Patronato del Real
Alcázar de Sevilla, Sevilla, 2004.
13 Baena Sánche z, Mª Reyes, Los ja rdines del Alcá zar de Sevilla en tre los siglos XVIII y XX . Diputación
de Sevilla, Sevilla, 2003. Véase también de Rubio Jiménez, Jesús y Piñanes, Manu el, Joaqu ín Domínguez
Bécquer, el guard ián del Real Alcázar d e Sevilla , Ayuntamiento de Sev illa e ICAS, Sevilla, 2014.
14 Citado de Ba ena Sánc hez, Mª R eyes, opus cit, pág. 118. Docum ento c onserva do en el Arc hivo de los
RR. AA. de Sevilla, fechado el 15 d e Febrero de 1849. Caja 661, Exp ediente 1.
posición social y po lítica, y creencias relig io sas. Por tanto, la figura del m ecenas-
patrono es una pieza clave del proceso crea tivo que engendra una gran obra de arte 24 .
Por otra parte, como aclara el crítico inglés Deyan Sudjic a través de su libro La
arquitectura del poder , ésta, en realidad, nunca cambia, siempre tiene que ver con lo
mismo: el poder, la gloria, el espectácul o, la m emoria, la identidad y las preguntas
primordiales. El subtítu lo de su obra, absolutam ente clarividente, “ Cómo los ricos y
poderosos dan forma a nuestro mundo”, presenta a la realidad del poder empeñado
permanentem ente en verse representado por una escenog rafía que le sirva de imagen
para el presente y para la posteridad, a ser posible grandilocuente, expresiva e
innovadora. Desde luego, y al margen de la crítica visión de Sudjic, que deja sin
salvación a patronos poderosos y a arquitectos vani dosos, si el Escori al o el Palacio
Real de Madrid se alzan como decora dos exhibidores de la supremacía de
personalidades como Felipe II o Felipe V, decididos a convertirse en sí mismos en
muestra y símbolo de poder y autoridad univ ersal, es más que obvi o que el Palacio de
San Telmo fue el fren te principal de la escen a cortesana de los Montpen sier, la imagen
de su poder, visible, exhibido y glorificado 25 .
Day and So n, Paseo por el Ja rdín de San Telmo, litografía, ca. 1855. Colección descendie ntes Infantes
Duques de Mo ntpensier.
24 Véase para tener en cuen ta su metodología y objetiv os la obra de Hollingsworth, Mary, El patr onazg o
artístic o en la Italia del Renaci miento. De 1400 a principi os del sigl o XVI . Akal, Arte y estética, Madrid,
2002.
25 Véase Sudjic, Deyan . La Arq uitectura del poder , editorial Ariel, Barcelona, 2007.
Los Duques de Montpensier, como prínci pes respetados, agasajados y casi adorados a
su llegada a Sevilla en 1848, estaban presente en los grande s actos y festividades de la
ciudad, pertenecían a sus instituciones más antiguas y nobles, encabezaban las
procesiones m ás señeras y tradicionales y, su palacio, San Telm o, era considerado, de
facto, el espacio cortesano m ás relevante al sur de Madrid. Los Montpensier ejercieron
un modelo de m ecenazgo y patronazgo cultural muy particular en la ciudad de Sev illa
para conseguir este estatus cuasi regio, conve rtido en uno de los más eficaces vehículos
para mantener su concepción de la dignidad real a la que perten ecían por ser hijos de
Reyes, y desde luego, no pretendían perder o minusvalorar. Sus pa lacios de Sevilla y
Sanlúcar fueron, desde luego, impactantes y gr andilocuentes, expresivos del poder. Si
San Telmo es, com o hemos dicho, la cara oficia l y cortesana, el Pal acio de Sanl úcar, un
complejo neoárabe de una alta visibilida d, novedoso y rupturista, fue una auténtica
arquitectura espectácu lo, rom ántica, retórica y enf ática, reservada a un sitio de recr eo
estival.
Vicente Lleó Cañal, en su obra La Sevilla de los Montpensier , retrata de forma
magistral el im pacto de la Corte de los D uques, de su mecenazgo y su patronazgo en la
ciudad de Sevilla, el epicentr o geográfico de sus actuaciones 26 . Lleó Cañal, quién ha
presentado a los sevillanos y a los españoles del siglo XX, ya sin conexiones directas
con aquella Sevilla decimonónica, lo que repr esentaron los Montpensier en el panorama
general de la España del Ochocientos, expuso todo un proyecto político altamente
meditado que los m uestra como unos candi datos m odélicos al trono, preparados
permanentem ente para el momento necesario y oportuno. Los Montpen sier se ayudaron
para delinear semejante plan, al m argen de toda una acción diplomática y política, poco
conocida por cierto, de un modelo de m ecen azgo y patronazgo cu ltural, que si bien
llevaron a cabo por propio interés y gusto artístico, supone un camino
extraordinariamente hábil para darse a conocer, ser respetad os y parecer imprescindibles.
La restauración y conclusión del gran edificio de San Telmo de Sevilla, antigua sede
del Colegio de Mareantes, ins titución señera de la ciudad, la restauración del
Monasterio de La Rábida, en Huelva, muy vi nculado a la época de los descubrim ientos
y a la figura histórica de Cris tóbal Colón, la de la sevillana Ermita de la Virgen de
26 Lleó Cañal, V. La Sevilla de los Montpensier, FOCUS Abengoa, Sevilla, 1997.
Valme, por su relación con el Rey San Fern ando y su acción rec onquistadora, así como
por la devoción popular que levantaba, la rehabilitación del C onvento de Regla de
Chipiona, en Cádiz, o la que se ejecutó en la mal llamada Casa de Hernán Cortés, en
Castilleja, junto a Sevilla, donde al parece r m urió el conquistador más famoso de la
Historia moderna de España. Todos son gr andes actos de valoración y devolución de
unos valores patrimoniales e históricos, perdid os o arruinados por el paso del tiempo y
la desidia administrativa. Y, desde luego, existe por parte de los duques un intento de
filiación directa con e stas devociones y es tas figuras históricas, pues con tales
actuaciones quedan vincula dos y emparentados como si de siglos de tradicional ligazón
estuviésemos hablando.
Si los Duques de Montpensier hubieran teni do la opción de fotograf iarse al aire libre,
inmortalizar m omentos y actuaciones por doqu ier y a cada paso, como ocurre en la
actualidad, y pudiéramos contem plar hoy a Ant onio de Orleans portando la espada del
Rey San Fernando en procesión por la Catedr al de Sevilla, desfilando en el Corpus, o
celebrando ceremonialm ente junto a la Infanta María Luisa Fern anda la restauración de
la Ermita de Valme, comprenderíamos m ejor el interés de Montpensier por hacer de su
figura una imagen visible y pública, pero ta m bién naturalizada y adaptada a lo español.
Persuadir a los ciudadanos de la gran obra cu ltural que llevaba a cabo ju nto a su esposa
y de su habitual presencia social en los gr andes actos, cerem onias y ritos de tradición –
sobre todo en las décadas anteriores a la Revolución de 1868-, era un comportam iento
en relación a la intención y efectiva capacida d, no solo de escenificar el poder, sino de
preparar su candidatura política para detentarlo al mayor nivel 27 .
A través de un patronazgo arquitectón ico muy concreto, centrado en sus propias
residencias o en edif icios reli giosos de alto simbolism o hi stórico y religioso, y con una
labor de mecenazgo artístico, religioso –f omento de herm andades y cofradías- y
protección de la industria local muy am plia y diversificada, los Montpensier gestan y
desarrollan un proyecto cultura l –habría que hablar también de m úsica para San Telmo,
escultura, fotografía, libros, ciencia, etc ..-, con actuaciones que serán m uy famosas,
valoradas y difundidas, y que eficazmente, tie nen su correlato de cara a lo político.
Muchos de los actos culturales, sociales y religio sos en los que insisten y participan los
27 Sudjic, Deyan , opus cit , 2007
Montpensier parecen ser en realidad parte y m uestra de un proyecto muy meditado de
fomento de lo nacional y lo patriótico para labrar una gran candidatura de cara al
cuestionado trono de España. Además de la s ya citadas obras de restauración que
sufragaron y las nuevas construcciones emprendi das, la labor de mecenazgo artístico, el
fomento e interés por la industria y la ar tesanía nacional –como parte de un progreso
necesario- o la defensa de las tradiciones marcan un acertado rum bo, que aunque
valorado y agradecido, no dará los frutos esperados.
Fundamental y muy clarificador en la personalidad política del Duque de
Montpensier es la defensa del Histo ricismo –visible en multitud de aspe ctos, como su
obsesión por poseer retratos y galerías de las grandes personalidades históricas
españolas o sevillanas-, no sólo como elemen to de base y factor articulador de sus
objetivos, sino como corrien te de gran efect o propagandístico en relación a su citado
proyecto. Su apoyo a las tradiciones y costumbr es más vivas y sentidas de Andalucía y
España sirvió de revulsivo para acelerar esta tendencia euro p ea por anclar en la historia,
en sus personajes o hitos m ás sobresalientes, la conf ianza de lo qu e está por venir. En
esto, sin duda, Antonio de Orleans, fue un ex celente e inteligente artífice, cuyos pasos
no están aún estudiados en profundidad de car a a su ambición política por el trono de
España. Su cuñada, la Reina Isabel II, m iembro clave de su propia familia, estuv o en
entredicho en repetidas ocasiones, d esde el principio del reina do hasta su m alogrado
final, y los Montpensier siempre estuvier on en disposición de demostrar que su
candidatura era la mejor. La exhibición de su gran obra cultural, com o muestra de su
plan político alternativo pa rece comenzar a su llegada en 1848, pero haciéndose cada
vez más visible hacia la década de 1860, c onforme nos acercam os al desmoronamiento
del controvertido periodo isabelino.
La cultura y el gusto artístico de l Duque de Montpensier parecen destacar y
sobresalir sobre muchos hom bres de su clas e y condición, y es una circunstancia que no
puede encasillarse dentro de una tendencia estética concreta , estilo o gusto preferente.
Su estrecha relación con la cultura m ás avanzada de su época, tanto literaria como
artística, científica o política, mu estra un car ácter dinám ico, un interés y una curiosidad
por todo y un comprom iso por todas aquellas actividades por las que se siente atraído o
piensa que son necesarias y relevantes para los h ombres de su tiempo. Por otro lado, su
prestigio social, su posición y su comenta do dinam ismo serán trampolín de brillantes
carreras, éxitos y fama para, no solo artist as o arquitectos a su servicio, sino para
escritores, instituciones –laicas o religiosas-, empresas o casas co m erciales que hubieran
servido en la Casa de Orleans. Digamos que acom pañar, servir o trabajar para los
Duques de Montpensier se conv ertía en una particular “gal lina de los huevos de oro”,
algo como atraer o estar cerca d e una fuen te abundante de prestigio y seguridad.
De personalidad abs olutamente poliéd rica y rebosante, con multitu d de aristas aún
por conocer, cargado de ideas en muchos y diversos ámbitos, com o la política, la
ciencia o la cultura artística, personalidad hi peractiva en cierto modo y en el sentido
positivo de la expresión, Antonio de Orleans ju gó un papel decisivo en la vida política y
social española de la segunda mitad del sigl o XIX, estando su biografía y su trayectoria
como personaje público todavía sin un análisis profundo, exacto y ponderado 28 .
Su pasión por la arquitectura, las arte s decorativas aplicadas y su afán coleccion ista
llevan a Antonio de Orleans a intentar adecuar los Reales Alcázares de Sevilla para su
residencia estable en España, algo que choc ó con la inactividad de dicho espacio regio
casi desde los siglos medievales. La fuerza y capacidad económ ica de los Montpensier
hacen posible la com pra del Colegio de San Telm o, edificio que reformarán y
concluirán respetuosamente, com o analizar em os en los próximos capítulos. Con los
maestros y arquitectos of iciales de los duques, como el primero en trabajar y dirigir las
obras de San Telmo, el m aestro José Gutié rrez, el respetado Ba lbino Marrón –uno de
los arquitectos más sobresalientes de la España decim onónica-, el afamado Juan
Talavera, y los menos conocidos, Joaquín Fe rnán dez Ayarragaray y Baldom ero Botella,
así como con los acreditados pintores y deco radores Juan de Lizas oaín, Antonio Cabral
Bejarano y Joaquín Domínguez Bécquer, el gran Palacio de San Telm o se convertirá en
la imagen pública de sus patronos, su gran carta de presentación oficial. Tanto el
imponente palacio, como los artífices de su grandiosa restauración y rem odelación
magistral, autores tam bién de obras bien c onocidas en la ciudad, quedarán vinculados a
los Montpensier para siempre.
28 No existen por el m omento bi ografías p rofundas y cient íficas de la fi gura históric a del Duque de
Montpensier, s iendo los trabajos vi nculados a la Hist oria de la Arquitectura, del Arte y del mecenazgo los
que m ejor resumen y proyectan la im agen de este pe rsona je. Estos últimos apar ecerán ci tados a lo largo
de nuestro estudio. Véanse no obstan te, Barbadillo, Manuel, El Du que de Mo ntpensier y su mund o
político, 1824-1890 , Jerez de la Fronter a, 1977, y Ros, Carlos, El Duque de Montpensier, la a mbición de
reinar, Editorial Castillejo, Sevilla, 2000.
En ninguna otra part e aparece mejor expresad o el mecenazgo de los duques que en el
ambicioso proyecto de restauración, conclusi ón y transformación interna del Palacio de
San Telmo de Sevilla. Éste supuso, y así fue visto, no ya una de las mayores em presas
artísticas de la ciudad en aquella Sev illa de l Ochocientos, sino un claro síntoma de toda
la acción cultur al y artística de los Montpensier . San Telmo f ue un auténtico intérprete
de aquella corte ducal que cam bió la imagen y la proyección soci al de Sevilla. La
ciudad era ahora la Corte de los Montpensier, y así era vista por los españoles del
momento. En Sevilla vivían en un inm enso y regio palacio la otra parte de la familia
real 29 .
En San Telmo, todo era distinguido. Su s fachadas, sus interior es, sus colecciones,
sus jardines, su vida interna, su pro tocolo, sus visitas, su alto nivel en definitiv a. San
Telmo m arcó un liderazgo estético y decorativ o que dejó una profunda impronta en los
interiores burgueses y nobiliar ios de la ciudad. Lo que se ha dado en llamar el goût
Montpensier se extendió por la ciudad como el pa radigm a del buen gusto y de la última
moda. El influyente papel desempeñado, dire cta o indirectamente, por los Montpensier
en el cambio de los gustos de la ciudad no ha sido aún investigado en profundidad, a
excepción del trabajo del prof esor Lleó Cañal, quién m arc a unos primeros pasos para
comenzar una vía de investigación que sin duda habrá de reportar gratas sorpresas 30
Muchas veces se ha comentado, por ej emplo, la pasión que por la fotografía sintió
Montpensier, su mecenazgo en este cam po y su papel decisivo en la llegada del
novedoso invento a la ciudad de Sevilla. Proba blemente fue el prim ero en encargar en
fechas muy tem pranas amplios y ricos álbumes sobre vistas de la ciudad al Vizconde de
Vigier y a Francisco de Leygoni er, pioneros fotógrafos, pero también está por analizar
su decisivo papel en el hecho de la inmediat a llegada a la ciudad de algunos fotógrafos
franceses como Louis L. Masson o A. Gaudin, que siguieron desarrollando series
fotográficas de Sevilla y Andalucía, as í como creando una iconografía personal y
29 An tonio de la Banda y Vargas fue el primer investigador en escribir sobre la Corte sev illana de los
Montpensi er. Véase el a rtícul o La Co rte sevil lana de l os Duques de M ontpe nsier , en el libro Homenaje al
Dr. Muro Orejón , Vol. 1, Universidad de Sevilla, 1979, p. 286.
30 Lleó Cañal, V. El Impacto de la Corte de los Mon tpensier en Sevilla: la revolución de las co stumbres y
los inicios d e una ciudad turística, en opus cit., 1997.
particular del Palacio de San Telmo, sus inte riores y sus jardines, la m ejor carta de
presentación, como decimos, de los Duque s de Montpensier en España y en Europa 31 .
El mecenazgo artístico de los Montpe nsier está en relación con la necesidad de
decorar y dotar a sus numerosas residencias de objetos preciosos y obras de categoría
estética suficiente como para poder presenta rse ante la sociedad española como unos
grandes coleccionistas, m ecenas, protectores de las artes y modelo de salvaguarda del
patrimonio artístico m ás excelso. Los Zurbaranes de la Cartuja de Jerez, com o ejemplo
de su alto coleccionismo, los encargos a pi ntores locales sevill anos, como a Antonio
Cabral Bejarano, Juan de Lizasoaín o Joa quín Domínguez Bécquer de numerosas obras,
muchas aplicadas a la decoración y engrande cim iento de la arquitectura de San Telmo,
o las citadas obras fotográficas son mues tra, junto a los innum erables encargos de
cerámicas, mobiliario y demás obra suntuaria, de un potente patrocinio artístico.
En relación a la pintura, conocemos bien la extensa y rica colección atesorada por los
Duques de Montpensier en sus diferentes residencias andaluzas, considerada por
muchos como una de las más importantes y ri cas de la España del mom ento; no en vano,
y por referirnos sólo a algunos ejemplos, pode mos recordar com o de los muros de San
Telmo colgaban ricas copias de Tiziano, el Laocoonte de El Greco, los cuatro lienzos de
Zurbarán para la Cartuja de Jerez –parte de la obra cumbre del m aestro extremeño-, o la
Virgen de la Merced, del mism o autor, la Virgen de la faja de Murillo así como
magníficas vistas y retratos contem poráneos, estos últimos, donados en su m ayoría al
Ayuntamiento de la ciudad por los herederos de los Duques 32 . Muchos de estos cuadros,
quizás los más emblem áticos y de mayor valo ración en la colección, fueron expuestos
en la ciudad norteam ericana de Boston durante los años del Sexenio revolucionario y I
República española, mom ento en el que los Duques estuvieron exiliados, como forma
de proteger parte del patrimonio artístico atesorado en San Telm o 33 .
31 Véase Fontan ella, Lee y García Felguera, María de los S antos, Fotógrafos en la Sevilla del siglo XIX ,
Sevilla, Focus, 1994 .
32 Véase Falcón Márquez, Teodoro, El Legado Montpensier al Ayun tamiento de Sevilla , Revista del
Laboratorio de Arte, nº 3, Universidad de Sevilla, 1990.
33 Además del Catálogo de la c olección artística de los Montpensier del año 1866, y del estudio de Lleó
Cañal, o pus cit., 1997, véase Rodrí guez Reboll o, Ángel , Las colecci ones de pint ura de los Duques de
Montpensier en Sevilla (1866-1892 ) . Fundación universitar ia española, Madrid, 2005.
Jean Laurent, La Virgen de la Merced y Santos , de
Francisco de Zurbarán, de la Galería de los
Duques de Montpe nsier . Fotografía, ca. 187 0.
Archivo Ateneo Ma drid.
Jean Laurent, La Vi rgen de l a Faja de B artolomé
Esteban Murillo, d e la Galería d e los Duques de
Montpe nsier . Fotografía, ca. 1870. Colección
descendie ntes Infa ntes Duq ues de M ontpe nsier.
La escultura, las artes decorativas y suntuarias y el mob iliario –con m agníficas
piezas de cerámica y ebanistería-, especial m ente para los Palacios de San Telm o y
Sanlúcar, constituyen uno de los aspectos más desconocidos de lo que fue la gran
colección artística y patrim onial de los Montpensier. Más adelante, en el capítulo
dedicado a los interiores de San Telmo, en el que tratam os de definir lo que fue el
novedoso gusto de los Montpens ier en la Sevilla de medi ados del XIX, hacemos un
recorrido desde las ricas piezas de escult ura en mármol o barro cocido, de artistas
contemporáneos, los tibores o vasos del Japón, la cerám ica marroquí o los form idables
muebles de boule . Para las iglesias –y sus hermandades-, conventos y erm itas
restauradas bajo el patronazgo de los duque s también se encargaron ricas piezas de
mobiliario y destacados objetos litúr gicos, ej em plo de una contribu ción directa sobre las
devociones populares, ancladas profundamente en la cultura y la religiosidad de la
región.
Si hablamos de libros o innovaciones científicas y tecnológicas , Montpensier está en
una destacada primera línea, pues Antonio de Orleans fue un hom bre atraído por las
ciencias. Sus bibliotecas en San Telmo o Sanlúcar estaban repletas de novedades
bibliográficas y revistas en este sentido. Colaboró en la gestación de la Escuela de
Ingenieros de Sevilla, por cuya marcha siempre se interesó, llegando incluso a
coleccionar máquinas y proyectos diseñados por sus alum nos y profesores. Su pasión
por la técnica lo llevó a com prar y encarga r el montaje de m áquinas de vapor en sus
jardines y diversa maquinaria agraria para su s h aciendas. Su interés, siempre altísimo,
por la traída de agua, gas o electricidad a sus residencias palaciegas lo demuestra la
extensa colección de catálogos y cartas co merciales conservadas en su archivo.
Por otro lado, y en relación a las tendenc ias estéticas orientalis tas que tanto atrajeron
a Antonio de Orleans, debemos decir que no sólo fue un pionero orientalista instalado
en Andalucía, y que construyó un autént ico complejo palaciego en un singular y
elegante estilo neoárabe, muy personal y altamente exótico, sino que propuso esta
estética como parte de una corr iente cultu ral y política en alza , com o rostro visible de un
historicismo que en parte es taba relacionado con su propuesta de m odelar otro arquetipo
de monarquía liberal para España.
En este sentido, el Duque de Montpe nsier fue una pieza más en el difícil puzle
europeo del poder y del emergente sistem a colo nial. Su participaci ón como príncipe de
la familia Orleans –rein ante en Francia en tre 1830 y 1848- en las cam pañas militares de
Argelia, su viaje por el Medi terráneo oriental en 1845, de carácter diplomático y
político, y su fiebre p or la estética á rabe lo insertan d entro de una corriente de
pensamiento político, cultural y artístico m uy propia y común en los hombres de poder
de su tiempo. Su vida está intrincada en el m undo complejo y diverso que representa el
siglo XIX europeo, participando plenamente del apasionam iento romántico por poseer y
conocer las culturas denominadas com o orie ntales, hasta entonces ajenas, lejanas y
altamente m itificadas. Andalucía, un punto europeo de fuerte conexión histórica y
cultural con Oriente –pese a ser territorio de fuerte y larga tradición cristiana y europea-,
acogió finalmente a un personaje, que pese a ser considerado siem pre un extranjero, un
francés, participó activamente de su vida cultural, prom oviendo, entre otras cosas,
políticas de patronazgo y mecenazgo artístic o que finalmente com ienzan a valorarse
positivam ente 34 .
34 Aunque todavía en la actualidad la acción de pa tronaz go y m ecenazgo cultural que los Duques de
Montpensi er desem peñaron en Andal ucía es en parte desc onocida, cada vez existe un núm ero may or de
institucion es, historiadores y person as que valoran positivamente su labor. Palacios como los de San
Telmo en Sevilla – rehabilitado y finalizado por lo s Duque s- o el de verano d e Sanlúcar de Barrameda son
sedes actuales de institu ciones políticas de máxima releva n cia, como la sede de la Presidencia de la Junta
de Andalucía o el Ayuntam iento de esta ciudad gad itana respectivamente. Los jardines de estos complejos
palaciegos son hoy parques públicos. Aunque no estudi ada aún en profundidad, la labor de protección de
hermandades y tradiciones culturales y religiosas de la Baja And alucía, así como su participación en la
restauración de templos de g ran valor hi stórico y artís tico, es cada día m ás ponderada, pues a poco que se
investigue sobre las décadas centrales del siglo XIX sevillano o andaluz, apa r ece la presencia inevitable
de los Mo ntpensier, que con u na medit ada línea de actua ción en l o cultural –tambi én en lo social y lo
político- proyectaron una imagen de su poder fáctico como miembros clave de la fam ilia real española.
interiores, algo aprendid o en los palacios franceses, el soberbio y variad o mobiliario y,
en suma, todo aquello que contribuyó a una rica vida doméstica y m aterial, fue
convertido en paradigma del gusto en a quella Sevilla decimonónica; aquello que
precisamente ha venido a denom i narse de forma genérica el goût Montpensier, gusto y
estilo que sería ampliamente em ulado en los palacios y casas sevill anas más relevantes
de la época. El impacto es tético y visual, y por qué no, es piritual, que causa San Telmo
como epicentro d e la Corte de los Orleans en e l estilo y fo rma de vida de la ciudad del
1850 será arrollador, hasta el punto de fija r y encauzar una gran cantidad de normas
sociales, gustos y novedosos hábitos a lo s que las élites sevillanas no estaban
acostumbradas. Las Casas de Osun a o Medi naceli, por citar algunas de las m ás
sobresalientes, no podrán es capar a la brillantez y su ntuosidad que San Telmo
proyectará en la ciudad, lleg ando incluso a inic iar rem odelaciones en sus palacios
sevillanos para adecuarlos a las nuevas tendencias estéticas impulsadas y traídas por los
Montpensier 5 .
El triunfo del Palacio de los Montpens ier en Sevilla se fundamenta también en el
hecho de ejercer un liderazgo a nivel social sin discusión. San Telm o fue una auténtica
corte paralela a la de Ma dri d, con tonos casi virreinales en la Baja Andalucía, altam ente
protocolaria y ceremoniosa, y a m enudo visitada por altas pe rsonalidades y príncipes de
las casas reales europeas. Como ha escrito el Profesor Lleó Caña l en relación a San
Telmo en este periodo, este palacio vino a adquirir un carácte r de plataforma y
proyección futura, un valor simbólico que pasó inm ediatamente a materializarse en la
sede de una corte altern ativa a la oficial. M ontpensier y su padre el Rey Luis Felipe de
Francia se mantenían todavía en 1849 en la convicción de que los inform es
diplomáticos sobre la mala salud de la Reina eran ciertos –fuera a parte de la im agen de
Francisco de Asís, tan poco respetada- y que, por tanto, los Orleans acabarían por
sentarse en el trono de España por una vía indirecta. En la década de 1850 la am bición
del joven Duque, con toda la vida por delant e para fraguar una cuidadosa carrera que le
habría de llevar al trono, es claramente perceptible; y mo strar sus poderes a través de
una morada representativa es un objetivo prim ordial.
5 Véase Lleó Cañal, V. “ El impacto d e la Corte de los Montpensier en Sevilla …”, en La Sevilla de lo s
Montpe nsier , Focus, Sevilla, 1997, pp. 84-117.
Poseer el antiguo Colegio de San Telm o en aquella Sevilla pr eindustrial, que va
saliendo a duras penas de un auténtico Anti guo Régimen, era posee r la ciudad, y por
ende, dominar sus estructuras políticas y so ciales. Los Duques encajaro n rápidamente
en su vida social y cultural. Sevilla los r ecibe con los brazos abiertos y los hacen de
inmediato partícipes de sus fiestas y tradic iones, así com o miembros de honor de sus
instituciones o corporaciones más señeras, ocurriendo exactam ente lo mismo con las
localidades elegidas para el descans o y el ocio, como en Sanlúcar de Barrameda 6 .
J. Donón, litógr afo y F. J. Parcerisa, dibujante.
Puerta principal d el Palacio de San Telmo , 1856 .
Litografía. Madri d, colección particular.
La acció n política, social y cu ltural que se fragua y se dirige d esde San Telmo, con
una importante labor de patronazg o y m ecenazgo cultural, fomento e im pulso de
tradiciones locales -especialmente las sevill anas-, com o el mundo de las hermandades y
la Semana Santa, las rom erías -como la del Rocío o Valme-, la fiesta del Corpus, o la
reciente Feria, generan un punto de conexión sin igual con la idiosi ncrasia andaluza del
momento, interés por cierto qu e también está en relación con el carácter romántico del
joven Duque y con el fervor cristi ano de la religiosa Infanta.
6 Los Ayuntamientos de Sanlúcar d e Barrameda, en Cádiz, o los de Castilleja de la Cuesta o
Villamanriqu e, en Sevilla, localidad es donde los Duques tienen propiedades, lo s agasajan continu amente,
pues su sola presen cia les reportab a, aparte de grandes gasto s, grande s honores y prestigio. En una época
pre- turística, como lo fue la Eu ropa de 1850 y 1860 , la presencia de personalida des en determinados
lugares constituía por sí una excelen te campaña turística.
Como relata la investiga dora Fernández Albéndiz en su libro Sevilla y la Monarquía,
las Visitas Reales en el Siglo XIX, Luisa Fernanda, muy devota y gran amante de la
Semana Santa, celebraba todos los Juev es Santo en San Telm o la ceremonia del
lavatorio, en la que los Duques daban de co mer y lavaban los pies en sus aposentos
privados a doce mujeres y doce hombres pobres . Los Montpensier convi rtieron la salida
del Palacio la tarde del Juev es de Pasión en un auténtic o espectáculo socio religioso,
signo de su comprom etida contribución con toda s las prácticas religiosas sevillanas. Por
otra parte, el acto poseí a sin lugar a dudas un marca do carácter político, pues el
protagonismo de los Duques demostraba el papel de autoritas que desempeñaron en la
ciudad, al menos durante sus dos primeras d écadas. Según el cronist a Félix González
de León la Infanta salía de San Telmo con gr an gala y adorno, acompañada de todas las
autoridades, jefes, corporaciones y oficios, yendo todos a pie. Visitaba algunos sagrarios
y recorría la s calles m ás céntri cas y señeras de la ciudad, como si de una auténtica rein a
en acto oficial se tratase 7 .
Los dibujos y aguadas que encargó el D uque al pintor Antonio María de Vega, esta
vez sobre la comitiva of icial en la cerem onios a procesión del Corpus Christi sevillano –
un hito cultural e histórico en la ciudad-, en el año 1866, son la mejor m uestra del papel
desempeñado y del ambiente cortesano que los Montpensier alcanzaron en la B aja
Andalucía 8 .
Antoni o Ma ría de Vega. Los Duques de Montpensier en la Procesión del Corpu s Christi en Sevilla , 1866,
aguada. C olección partic ular.
7 En Ferná ndez Albé ndiz, M ª del Ca rmen, Sevilla, Corte de los Mon tpensier, en Sevilla y la Monarquía,
las Visitas Reales en el Sigl o XIX , Universidad de Sevilla, Sevilla, 200 7, pp. 174-175.
8 Lleó Cañal, V. opus cit. 1997, pp . 69-70.
La restauración y rehabilitación de m onumentos bien conocidos y sim bólicos a nivel
histórico, y con urgentes necesidades por su estado de abandono o ruina, constitu ye,
como sabemos, uno de los capítulos más felices , hábiles y rentables para los Duques en
Andalucía. Como el propio San Telm o, que necesitaba de unas nuevas manos y un
mejor m antenimiento, el sim bólico Monasterio de La Rábida, la Erm ita de Valme, en
Dos Hermanas, o el Convento de la Virgen de R egla en Chipiona, se vieron favorecidos
por su patrocinio e impulso artístico, cultu ral y religioso, que com o hemos apuntado,
fue inteligente y útilmente dirigido. Aunque Luisa Fernanda y sus hijos fueron todos
firmes seguidores de estas devociones y tradiciones, en el Duque de Montpensier existía
una visión que se apartaba más allá de lo meram ente cultural. Su contribución al
mantenimiento de estos edific ios, que guardaban y sostenía n una sentida religiosidad, a
parte de forjar sobre los Duques una aureola de justos cristianos, cr eó a su alrededor una
atmósfera de m agnanimidad que los pr otegió y salvaguardó socialmente 9 .
Por otro lado, la acción benéfica, filant rópica y social de los Montpensier convirtió a
San Telmo en parte central e indiscutible de este tipo de política aristocrátic a en la
ciudad. El reparto de limosnas en fechas señaladas y las obras de beneficencia y
asistencia hospitalaria culm inaron con la f undación por parte de Luisa Fernanda de la
Asociación de Beneficencia Domiciliaria de Sevilla, institución llam ada a ser un
paradigmático punto de partida para m uchas acciones de caridad contra la pobreza y
obras de asistencia a los enfermos de la ci udad. El interés consta nte de la Infanta por
apoyar económicam ente los beaterios de la ci udad, com o el de la Santísima Trinidad o
el del Pozo Santo, por la creación de Es cuelas Dom inicales femeninas, para la
alfabetización de las niñas más desatendidas de Sevilla, o para la preparación de actos
sociales, rifas e incluso corridas de toros para recaudar fondos con fines benéficos
hicieron de la Corte de San Telmo un sím bolo brillante del apoyo social de la
aristocracia a los variopintos organismos de beneficencia existentes en la ciudad.
A través de los programas de conciertos , obras de teatros y bailes celebrados en San
Telmo, así como de las listas de invitados , podemos afirm ar y documentar un am plio y
rico mecenazgo cultural, que no sólo se circuns cribía al consabido gusto p or la pintura,
9 De todas las restauraciones s e elaboraba un librito explicativo para la familia y alleg ados, a menudo de
la mano de Antoine Lat our, sobre el lugar, e l monum ento, la devoción y la actuaci ón llevada a cabo po r
los duques.
la fotografía, los libros, las revistas o la prensa. Los Mont pensier fueron protectores de
la reconocida Sociedad Filarm ónica de Se villa, cuyo presidente, el Con de del Águila,
Fernando de Espinosa, se refería a ellos como nuestros dign ísimos socios protectores,
los Señores Infantes Duques de Montpensie r, siempre los primeros y a la cabeza
siempre de toda idea digna y útil 10 .
Centro de todas las miradas y lugar clav e de muchas aspiraciones sociales, la Corte
sevillana Orleans-Borbón de San Telmo come nzó a ser vista como un trampolín para los
sueños y las esperanzas de prosperidad, ta nto de aristócratas o altas personalidades,
como de artistas, sim ples trabajadores o profesionales de todo tipo, que aspiraron a
entrar al servicio ducal. San Telmo proyectó en Sevilla una im agen de triunfo social y
una idea de espacio de oportunidades, vini endo a ser los Montpensier algo así como una
gallina de los huevos de oro en la Sevilla de 1850, que aunque era ya una ciudad
emergente, estaba aún bastante dorm ida y relajada 11 .
Manuel Ca bral Bejara no, Salida de la custodia para la procesión de l Corpus Christi , 1857, óleo sobre
lienzo. Ma drid, Museo del Prado.
Es probable que San Telm o viviera su pe riodo más fructífero y glorioso bajo los
Montpensier, convirtiéndose en el único gr an palacio en la ci udad con capacidad para
10 Vallés C hordá, Andrés , Orígenes, crecimiento y fracaso de la So ciedad filarmón ica de Sevilla . Anuario
GRHIAL . Uni versida d de Los Andes. Méri da. E nero-Diciem bre, Nº 1, 2007. pp. 47- 54.
11 Para los Montpensier y su impacto en la ciudad de Sevilla, véase Lleó Cañal, V. opus cit ., 1997.
ejercer un efecto de impacto, una imagen de magnanimidad y grandilocuencia en aquel
momento. El caudal económ ico, artístico y cultural que estos nu evos propietarios
vierten en este enorme palacio desde Junio de 1849 en adelante no tendrá parangón ni
en la ciudad ni en el país , a excepción de las iniciativas reales en Madrid o las de
algunos grandes magnates com o el Marqués de Salamanca. San Telmo pasa así con los
Duques a constituir un punto de referencia in eludible, no solo en su entorno más
inmediato, sino tam bién a nivel nacio nal e internacional.
Esa capacidad de atracción y poder que San Telmo ejercía en el siglo XIX fue
reflejada oportunam ente por algunos visitantes e invitados, como Davillier, que opinaba
que sus interiores eran de un exquisito gusto francés, o por Maximiliano de Austria, el
futuro emperador de Méjico, que describe y relata su llegad a al Palacio de los
Montpensier en el mes de Septiem bre del año 1851, y que no duda en calificarlo como
palacio de hadas –todavía en plenas reformas, a unque ya con num erosos espacios y
estancias perfectamente acom odadas-.
“ Me imaginaba al más joven de los infelices hijos (del R ey Luis Felipe) en un piso
miserable, apenas dotado de lo más impres cindible para un príncipe. Pero he aquí que
un suntuoso carruaje (…) frena delante de nue stra fonda. Era el lujo so coche de ciudad
del príncipe. Subimos a él y nos llevó al magnífico Palacio de San Telmo. La guardia
estaba formada. Atravesamos las rejas de hierro que terminaban en flores de lis
doradas (…) En el interior, un camarero me acompañó a la hermosa y amplia escalera
doble, decorada con una sele cta colección de cuadros, a cuyo pie montaba guardia un
arquero con alabarda que anunció nuestra llegada con golpes de su arma en el suelo.
En el extremo superior salía a mi encuentro un señor alto y rubio en frac negro, con el
Toisón de oro alrededor del cuello y la cint a azul de la Gran Cruz Española (de Carlos
III). Era el Duque de Montpensier , que me recibía en su palacio de hadas, recién
amueblado.
(…) Me dirigió en afectado y ceremoni oso francés parisino algunas palabras, tras lo
cual me acompañó a través de dos salones amueblados de manera muy lujosa. En el
tercer aposento que rebosaba oro y colores se encontraba una magnífica mujer de
aspecto principesco (…). Era la bella duquesa, segunda hija de (María) Cristina, de
diecinueve años (…) ” 12 .
Alfred Deho dencq , La Familia Montp ensier en los
jardines de San Telmo , 1853 , Óle o sobre li enzo.
Colección del Duque de Segorbe.
Hacía menos de dos años que los duques ha bían dejado los Reales Alcázares y ya
disfrutaban en San Telmo de unos interiores confortables, ricamente decorados, y de un
ambiente principesco rígidam ente ceremonios o, afín al d e cualquier corte europ ea.
Como se desprende de las palabras del príncipe Maxim iliano, la suntuosidad que
observó chocaba bastante con la situación de lo s Duques como príncipe s en el exilio. Lo
que Maximiliano parecía haber olvidado era la realidad de que, aunque las propiedades
de los Orleans habían sido incautadas por el gobierno francés, la Infanta Luisa Fernanda
estaba en España, es decir, en casa, bien arropada social y económ icamente, con la
herencia de Fernando VII toda vía sin repartir, pero ya a su disposición. La Infanta
recibió una fabulosa suma de más de tres millones de reales en efectivo, a parte de
valiosísimas alhajas, ricas fincas, como la de Quitapesares en la provincia de Segovia y
el Palacio de Vista Alegre en Madrid, una pe nsión anual de dos millones de reales en su
calidad de heredera del reino, as í como un millón m ás por su rango de infanta 13 .
12 En Bo cetos literarios, de Maximiliano de Austria. Citado de Ros, Carlos, El Du que de Montpe nsier. La
ambició n de reinar . Editorial Castillejo, Sevilla, 2000, pp. 138-139.
13 Sáinz de Medrano, Ricardo M. Los infant es de An dalucía , Velecío editores, Madrid, 2005, pág. 48.
Joaquí n Dom ínguez Bécque r, Los Duques de Mont pensier , 1849, óleo sobre lienzo. Colecci ón
descendie ntes de los Duques de M ontpensie r.
La búsqueda de un palacio que reunier a las condiciones necesarias de habitabilidad y
tuviese proyección d e futuro por su simbo lism o, grandiosidad y amplitud fue un tema
que preocupó a los Duques y a su s administra d ores y secretarios. Instalados los Duques
en Sevilla desde 1848 y, desechad a la idea de permanecer en los Reales Alcázares, S an
Telmo era, visto desd e la óptica que ofrece el tiempo y, conocida en parte la
personalidad de los Montpensie r, la elección acertada, casi la única realmente viable y
posible para sus ambiciosos objetivos. A falta de auténticos palacios en la ciudad, la
única opción alternativa hubiera sido, o bien la enajenación de otro edificio sim ilar en
grandeza a San Telmo, lo que hubiese resu ltado casi im posible, o la construcción de un
nuevo palacio, una alternativa más lenta y costosa.
Según la correspondencia interna de la Casa de Montpensier los Duques estuvieron
interesados en un principio en la posibilida d de adquirir o alquilar el Palacio del Duque
de Alba en Sevilla, el Palacio de Dueñas, pero esta in tención quedó relegad a a un
segundo plano cuando la operación de San Telmo comenzó a prosperar y se hizo segura
y oficial su compraventa. Los Montpensie r habían sido obligados a renunciar a la
exquisita Corte francesa y a sus palacios franceses de N euvilly o Vincennes, a sus
interiores, a sus hermosos jardines y bosques circundantes. Con la adquisición de San
Telmo, el sueño de volver a ese mundo perd ido abruptamente afloraba de nuevo. San
Telmo significó un punto sim bólico de reencuen tro con su propia tradición y trayectoria
vital. De nuevo un palacio les serviría de re sidencia, pero también de imagen pública y
privada.
El Palacio de San Telmo habría de convertirse desde su adquisición en 1849 y, a lo
largo de las décadas sucesivas, en retr ato y espejo de sus nuevos m oradores y
propietarios, que por ser hi jos de Reyes no pudieron sino emular y proyectar una
imagen de triunfo social, hacer visible su condición regia. San Telmo fue convertido en
plataforma central de una auténtica corte, de cuidado protocolo, jugosa elegancia e
impacto arrollador para aquella Sevilla del Oc hocientos. Sería el epicentro de una activa
y encumbrada corte, qu e más que ducal, siem pre sería vista por el pueblo como real.
R. P. Napper, Sal ón de las Columnas
del Pala cio de San Telmo , ca. 1862.
Colección Fotográfica de la
Universi dad de Na varra.
Anónimo, Interior del Palaci o de San
Telmo, ca. 1850, dag uerrotipo .
Colección descendientes de los
Duques de Mo ntpensier.
La primera rehabilitación del Palacio de San Telmo: las reformas para una Corte.
La primera piedra de San Telmo ha bía sido colocada en Marzo de 1682. El proyecto
de crear en Sevilla una Univ ersidad de lo s Mareantes para la formación de marinos y
oficiales en náutica, f inanc iado y auspiciado por la Monarquía, nació del deseo de la
ciudad de no permanecer impasible ante la d ecisión de tras ladar la cabecera de la Flota
de Indias a Cádiz, hecho que precisam ent e acaeció en el año1680. El edificio ocuparía
135 por 65 metros aproxim adamente, con dos plantas y cuatro torres en los ángulos de
la planta rectangular, descritas como miradores en la documentación original. Tendría
una fachada principal y una suges tiva portada de acceso a un gran patio, en el que se
hallaría la capilla o iglesia a e je 14 . Según el Profesor Lleó Cañal, aunque el esquem a y la
disposición general del edificio quedaron fijados en la primera fase de obras en torno a
1681, el aspecto externo actual ob edece a las in tervenciones de los sig los XVIII y XIX,
dirigidas por la saga de lo s Figueroa, quienes protagonizan el avance constructivo y
decorativo del edificio, con un lenguaje mant enido y respetado por Balbino Marrón, el
arquitecto que concluye San Telmo con los Montpensier 15 .
Planta del Colegio Seminario para huérfano s de marineros q ue se proyecta fund ar en Sev illa (1681).
Archivo Ge neral Indi as, Sevill a 16 .
14 Lleó Cañal, Vicente. El Palacio de San Telmo e n el siglo XV II , Boletín del Institu to Andaluz del
Patrimonio Histór ico, Año XII, nº 51, Diciembre de 2004, Sev illa.
15 Ibídem. Pág. 46.
16 Planta del Colegio Seminario para huérfano s de marineros, que se proyecta fundar en Sevilla (1681).
Archivo Ge neral de Indi as, M P. Europa y África, 13 .
primera dirección de la rehabi litación inicial de San Telm o, dando noticias detalladas y
semanales a la adm inistración de los Duques en Sevilla de la marcha de sus trabajos y
responsabilidades 27 . La excepcional y racional organi zación, distribución y ejecución de
los trabajos llevados a cabo en San Telmo dem u estra el interés que en estos años dan los
Montpensier a la consecución y finalizaci ón de unas obras que les permitirán poner en
funcionamiento un lujo y un confort a medida del que no disfruta ron en los Reales
Alcázares.
De otro lado, en estos primeros trabaj os, estarían las casas com erciales e industrias
locales –muchas de ellas em ergentes en Sevilla- , que suministran m ateriales y
empleados especializados, atendiendo y com plementando de una m anera decisiva al
citado equipo rehabilitador de San Telmo. Estamos hablando de empresas tan señeras
como la fundición de hierro de Narciso Bona plata, la casa de herra jes de Manuel Groso,
la de puertas de caoba de Juan Bravo, la de maderas de Manuel Álvarez o la
especializada en cancela s y puertas de crista les de Francisc o Bonilla, y también de un
número ingente de pequeños y m edianos co mercios. Todo s trabaj aron o distribuyeron
sus productos para el palacio con gran orgullo y diligencia, p ues el volum en de pedidos
en San Telmo era alto y constante. En los años sucesivos rara fue la casa comercial
sevillana de cierta entidad que no suministró mater iales o prestó sus servicios a los
Montpensier.
A. Guesdo n, Vista d e Sevilla .
Litogr afía a color. 1853 .
Colección particular.
27 En la docum entación referi da a San Telmo exi ste nte en el AOBS los nombres de Gutiérrez, Ríos,
Lizasoaín y Cabral Bejara no aparecen cons tantemente en estos prim eros años entre 1849 y 1854 . Ellos
son los art ífice s de la t ransform ación de Sa n Telm o en una sofisticada y envi diable residencia comparabl e
a muchos pala cios reales europeos . Además, todos segu irán trabaj ando para los Duques en las diferentes
propieda des andal uzas, pues to dos aparece n durant e los años si guient es en las o bras de Sa nlúcar d e
Barrameda o Castilleja de la Cuesta.
José Velázquez y Sánchez, el cronista sevillano, comenta en sus Anales que los
nuevos inquilinos de San Telmo hicieron una serie de obras con gran premura para
poder instalarse ya en Septiembre de 1849, tr as la vuelta del viaje que realizaron por
Andalucía 28 . Por los estados de obras y la correspondencia interna de los
administrado res de la Casa de Montpensier en Sevilla sabem os en realidad que esas
obras inmediatas duraron unos cuatro años, justo desde el verano del citado año hasta
1853 aproximadamente –los años de la prim er a intervención que analizamos aquí-. El
objetivo era transformar la func ión del edificio; debía pasar a ser residencia nobiliaria, y
los Montpensier p edían celeridad y calidad en la ejecución de lo pactado con los
maestros responsables. El apresuram iento en las reformas llego a ser tanto que el
administrador de los duques, Nicolás de Rute, llegó a solicitar al Señor Arzobispo de la
ciudad que los trabajadores pudieran seguir trabaj ando en San Telmo durante los días
de festivos 29 .
Aunque las obras de restauración y tr ansform ación de San Telmo no cesarán durante
toda la vida de los Duques, podemos afirmar que el año 1850 es claramente clave,
decisivo, especialmente los m eses transcurri dos entre junio y Oc tubre -la estación
estival- en los que se realizaron m ultitud de presupuestos de puertas, v entanas, herrajes,
losas o azulejos, así como de alfombras, empapelado, pinturas o muebles. Fue el punto
de partida de la rehabilitación y la hab itabilidad de San Telmo como Palacio. Los
Duques se habían marchado a Sanlúcar y era el mom ento ideal para adelantar sin temor
a las molestias de ruido y desorden propias de unas obras de envergadura en m archa.
Entre andamios y talleres : las primeras obras ejecutad as en San Telmo entre 1849
y 1853.
Durante 1850, instalados y acomodados los Duques en un San Telmo en obras , la
maquinaria adm inistrativa y de organización económica de la Casa de Montpensier en
Andalucía está ya en marcha. Cuidadosos ad ministradores comienzan a elaborar largas
relaciones de los trabajos que se están re alizando –los estados de obras-, de los
presupuestos de materiales necesarios, así co m o de los jornales a abonar a las personas
28 Velázquez y Sánchez , Anales de S evilla de 1800 a 1850 . Ayun tamiento de Sev illa, Clásicos sevillanos,
1994, Sevilla.
29 Arch ivo Arzobispal de Sevilla (En adelante AGAS), Asuntos d espachados, Leg ajo 255. 14 de
Septiem bre de 1849.
empleadas, cuestión esta últim a llevada c on gran orden y meticulosidad. Con plena
normalidad el Duque com enta y despacha en di versas cartas de estos años –él m ismo las
firma en esta prim era época- tem as y asuntos propios de la adm inistración de sus nuevas
haciendas sevillanas, como la Huerta de l Vado, Huerta y tierra s de San Jerónimo,
Gambogaz o Majaloba. El cuidado del ganado, las plantaciones, los mozos que debían
ser contratados y sus salarios –con observación aclaratoria referente a la necesidad de la
no distracción en lo que ordenase Lecolant-, o los trabajos que debía dirigir este últim o
en los nuevos jardines de San Telmo; desd e lo más im portante hasta las cosas más
nimias son preocupaciones del Duque.
Lo cierto es que nada escapa de su control. Está inte resado en poner al día y en
funcionamiento todas las propiedades que está adquiriendo; le entusiasma, podríamos
decir, encargarse de todo. En sus comentarios y órdenes se entrevé el día a día y la
marcha de todas las haciendas agrarias recién compradas y de todas las actuaciones que
se acometan en las que serán sus reside ncias, con un estado de detalle ejemplar 30 .
Sabemos que durante estos años de arranque, 1849 y 1850, el Duque de Montpensier
visita las obras en el Palacio de San Telmo constantemente. Vive con un enorm e interés
los progresos en las reformas y la decoración. Con una asiduidad sorprendente, semana
a semana –a veces de forma diaria-, dispone con contundencia sobre innum erables
asuntos: tipos de material, la organización del trabajo o su ritmo, los trabajado res
necesarios a emplear, la nueva dispo sición de los espacios interiores o la forma exacta y
precisa en que debían resolv erse cientos de aspectos.
Desde el principio, los Duques están muy interesados, entre muchas cuestiones, en la
restauración de los cuadros de la Capilla que estén en mal estado , en la ejecución de
un muro alrededor del Palacio y (en la c onstrucción de) los pilares en que ha de
afianzarse una verja de hierro 31 . Como es lógico, en la reha bilitac ión de un edificio del
calibre monum ental de San Telmo hay cues tiones constantes sobre las que hablar,
debatir, consensuar o disponer. Coment arios tales com o los que a continuación
relatamos son m uestra del interés y la meticul osidad de Antonio de Orleans, cuyo celo –
visible y no ocultado- es el propio de una pe rsona joven e ilusionada, ansioso con la que
30 En AOBS, Leg. 514. P 3. Car tas del Duque al Señor Nicolás Ru te (Administrador), Mayo de 1849.
31 En AOBS, Leg. 2 46, P. 1. Estados de obra , 1850.
ha de ser su morada, pero tambié n muy observadora e inteligente: “ Que Barradas haga
una pila para agua bendita, de mármol, igual a la que hay en San Diego” , “ Que
Lizasoaín presente un dibujo para una cenefa qu e ha de lleva r la alfombra del Gabinete
de S. A. la Infanta”, “Que Bonaplata mod ifiq ue la bomba de la azotea (…)”, “que
Bugnon pinte el techo del segundo Salón de reci bo del piso alto”, “Que emprenda Ríos
cinco pares de puertas grandes para las habitaciones de Verano”, “Que arregle
Gutiérrez el asunto del número de trabajadores (…)”, “Que el Sr. Bonaplata realice la
construcción de las verja alrededor del Palacio (…)”, o “Que Grandin concluya los
techos del cuarto de la Infantita” 32 .
Al hilo de cómo disponía sobre los tem as relatados y de otros muchos, es evidente
que estamos ante un patrono sagaz, cuidados o y observador, que se interesa por las
obras de mejora y rehabilitación de la que, en realidad, ya es su residencia familiar. Lo
supervisa absolutamente todo en esta prim er a fase de obras –hasta el 1853-, quizás la
más decisiva por ser la prim era, y sobre la que despegarán las pos teriores actuaciones
para la conclusión final del históric o edificio que ha de ser palacio.
San Telmo –palacio y jardines- acapar a las prim eras y más importantes actuaciones
de acondicionamiento residencial por parte de los Duques en Andalucía, aunque de
forma paralela se estén levantando el Palaci o Orleans de Sanlúcar de Barram eda, el de
Castilleja de la Cuesta o re mozándose los recién adquiridos co rtijos o haciendas agrarias.
Todas son obras de gran calado en sus prim eras fases, justo las qu e van a permitir
normalizar la vida de los Duques en Andalucí a cuanto antes; las ca racterísticas propias
de su estatus económico y social requieren unos sitio s ducales en óptim as condiciones
para su visita y disfrute. Desde el vera no de 1849 se pone en marcha una dinám ica
constructiva y rehabilitadora que perm anecerá dur ante años en todas las propiedades de
los Montpensier. Podríamos hablar casi de una fiebre por las reformas de mejora,
ejecutadas de m anera constante y que, rem itir án, no a la muerte de Don Antonio de
Orleans en 1890, sino con la de Luisa Fernanda siete años después. Cada nuevo invento
o avance tecnológico, como la llegada del agu a caliente para los baños, del gas para las
cocinas o de nuevas máquinas de vap or má s perfeccionadas, suponen reformas y nuevos
acondicionamientos. Los Palacios de San Te lmo y Sanlúcar no fueron los m ismos ni
32 En AOBS, Leg. 581 , P. 6. Di sposici ones de S. A. R. e n sus visit as a San T elmo, des de Enero hast a
Junio de 185 0.
tuvieron el mismo aspecto, ni por asomo, en fechas tan cercanas como 1860, 1880 o
1890, producto de una constante puesta a punto con cam bios radicales en decoración o
instalaciones.
Entre las primeras actuaciones ejecutadas ya a finales de 1849 estuvieron los arreglos
generales en las nuevas huertas an exas al palacio. Con la compra y plantación de nuevas
especies de plantas y arbolado, y salvado el asunto referente a las indemnizaciones para
los colonos que hasta el momento habían vivido en aque llas huert as, Leco lant, e l
agrónomo y jardinero jefe de los Duques, proyecta en aquellos terrenos un bellís imo
parque ajardinado, no sólo pionero y único en la ciudad, sino inimitable por su
extensión y variedad estética y botánica. Resultó tamb ién de necesidad inmediata el
cerramiento con verjas de hierro de toda la propiedad así como la construcción de una
cloaca principal para el desagüe general del Palacio. Siguieron los derribos de
habitaciones, el levantamiento de una nueva tabiquería para organizar los espacios
interiores recién proyectados y los comienzos en la reparaci ón y restauración de toda la
fachada principal. Este sin fin de actuaciones inmediatas, que tendrían constantes
retoques y variaciones posteriores, supuso la concienciación de la enorme dificultad de
acondicionar para palacio una inmensa cons trucción con escaso m antenimiento en la
primera m itad del siglo XIX 33 .
Como he mos apuntado anteriormente, en estos años, y tras su participación en la
tasación y peritación del palacio, Balbino Marrón cas i no aparece en la documentación
consultada. Marrón no da órdene s ni dispone sobre las líneas a seguir en estos años –
realmente no se ocupa de estas obras en to rno a 1850-, circunstancia que m uestra ya su
estatus de ocupado y solicitado arqu itecto, cargado además de trabajo p or su puesto en
el Ayuntamiento de la ciudad, y que con un sentido m oderno de su profesión, realiza
planos, diseña proyectos, pero no tiene tiem po para estar contrata do como maestro para
estar a pie de obra.
Además, todavía no es el Arquitecto Oficial de los Duques y sabemos que justo en
este periodo Marrón está dirigiendo las obras del Ayuntamiento de la ciudad y
planificando la reorganización de su entor no, la entonces conocida co mo Plaza de la
33 En AOBS, Leg. 514. P 3. Car tas del Duque al Señor Nicolás Ru te (Administrador), Mayo de 1849.
Infanta Isabel –hoy Plaza Nueva-. Cuando se a nombrado y contratado oficialm ente
como tal, a partir de Diciem bre de 1853, ent onces comenzará a apare cer su firma en los
estados de obras diarios y semanales y a ser ejecutados sus elogia dos proyectos dentro
de San Telmo, como el m ítico Salón de las Columnas en la fachada del Río, o la
reorganización del sector Norte o del Apeadero.
Marrón y Ranero había realizado en 1849 -el año de la com pra y tasación de San
Telmo- un plano general de su planta, el que resultaría sin duda de gran ayuda al equipo
de Gutiérrez, Ríos y Lizasoaín. Posteriorm ente irá realizando un sinfín de planos
alzados y proyectos de reforma o construcci ón para el edificio. Y en torno a 1850-1851,
debió diseñar –quizás mano a m ano con el pi ntor escenógrafo Lizasoaín, que a m enudo
realizaba este tipo de trabajos- el alzado para la fachada posterior o de la galería al
jardín y camarín , cuyo dibujo y aguada se conserva y ya publicó Vicente Lleó Cañal 34 .
Este precioso proyecto fue ejecutado por Gutiérrez y sus colaboradores entre 1850 y
1852, con total ausencia de directrices por pa rte del genial arquitecto, como se traduce
de la consulta de la documentación para estos años.
Por tanto, el Maestro Gutiérrez acome tió la dirección de uno de los proyectos
constructivos más señeros del patronazgo de los Montpensier en el Palacio de San
Telmo, emblem a del buen hacer de patronos y profesionales de estas obras, no solo a
nivel arquitectónico y estético, sino como símbolo de un proyecto restaurador que
retoma una obra del Barroco no acabada para finalizarla dentro de una conciencia de
respeto y conocimiento profundo, tanto del edificio histór ico, como del contexto
estilístico y artístico en que fue proyectado y ejecutado 35 .
34 Lleó Cañal, V. , opus cit , 2004.
35 Puede relacionarse esta operación de fina lización de un edificio histórico y su restauraci ón con l a
intervención del arquitecto Demetrio de los Ríos y Se rr ano en el Ayunta miento de Sevi lla, que aparte de
restaurar l a arqui tectura hi stórica del edific io y de adecua rla a la nueva obra de Balbino Marrón , proye ctó
una nueva configuración de las fachadas de la Plaza de San Francisco, justam ente el frente que hoy
conocemos. El ala izquierd a se repitió en la parte de recha para dignificar toda esta fachada. Véase Suarez
Garmendia, J . M., opus cit , 1986, pp. 118-12 9.
Balbino Marrón y Ranero, Plano del est ado de San Telmo en el mome nto de su adqui sición , 1849. AOBS .
Contrariamente a la situación de Marrón, que no aparece en la dirección técn ica de
estos trabajos, figuran en los estados de obras las firmas de los ya referidos Gutiérrez,
Ríos, Lizasoaín y Cabral Bejarano, a los que debemos considerar com o las cuatro
personalidades directoras en estas actuac iones hasta 1853. A cada uno de ellos, como
sabemos, les ha sido asignada una cartera o responsabilidad distinta : obras generales –la
cantería la tiene asignada Barradas-, carpint ería, pinturas y rest auración de la Real
Capilla respectivam ente.
La metodología rehabilitadora seguida por estos maestros se basó, primero, en una
dedicación y supervisión consta nte y diaria de sus actuaciones y responsabilidades, en
relación a su alta y probada profesionalidad. Por otro lado, en la obediencia y
seguimiento absoluto de lo consensuado entre ellos y los patronos, y en tercer lugar, en
mantener abierta una perm anente línea de consultas, peticiones y permisos solicitados
constanteme nte al Duque o al alcaide de San Telmo, Joaquín del Alcázar, para
modificar cualquier proyecto, el emento o dar aviso de algún im previsto en el día a día
de los trabajos. Todos estos puntos corroboran el celo exigido por los Duques y con el
alto grado de responsabilidad con el que se responde en las reformas de San Telmo 36 .
La colaboración y comprom iso de las casas comerciales y em presas suministrad oras
de materiales de la ciudad, j unto a la existencia de ta lleres dedicados al corte de ladrillos
y a las labores de yeso –dirigidos estos últim os por oficiales adornistas del yeso-, dó nde
se vacían ménsulas, cornisas, capiteles, fris os, florones y toda clas e de adornos para la
ornamentación en interiores, ca pilla o fachadas, proyectan un modo de trabajo m oderno
a la vez que tradicional y artesanal. La fabri cació n de materiales propios, la ejecu ción in
situ de los motivos de yeso, adornos o la realización de esqueleto s para los modelos de
jarrones que el Duque mandó diseñar y coloca r en las terrazas, se combina con los
encargos al exterior de ladrillos, puertas y ventanas de madera a m edida, trabajos de
fundición, cerrajería, cerámica, cristalería o la com pra de exquisitos papeles para las
paredes de los nuevos salones y habitaciones 37 .
A. Gaudin, Façade du Palais Sa int-Elme, Cóté du Jard in . Original estereoscópi co. 1855-1860. Colección
Rivero, Málaga.
36 Cabría pensar que el celo exigido por parte de los Mon tpensier al equipo de reh abilitación y
arquitectura con tratado es mayor en San Telmo que en otras propied ades, como Sanlúcar, Castilleja o las
haciendas ag rícolas. Si n embargo, es revela dor y so rprendente c omo el Duque cont rola, s upervisa y da
instrucciones sobre asuntos tan im porta ntes como la reorganización inte rna de la Real Capilla de San
Telmo, pero ta mbién l as ma nos de pintura que se deben dar en l a Haciend a agraria de M ajaloba de Se vil la.
37 En AOBS, Leg. 246 . P 2. Re laciones del est ado de obras en Sa n Telm o. Junio-J ulio de 185 0.
La rehabilitación de la piel extern a de San Telmo. La restauración de la portada y
la construcción de la Fachada del Jardín.
La percepción en el imaginario col ectivo de los sevillanos de 1850 de un San Telmo
en obras de reforma, con su piel extern a -portada y fachada- en restauración, fue
reflejada de alguna manera por los cronistas de la ciudad –Velázquez y Sánchez, y Félix
González-, así com o por los autores de las guías de for asteros o la prensa local.
Podemos im aginar el impacto que causaría en una ciudadanía, poco acostum brada a
costosas y diligentes reh abilitaciones de edif icios, la contemplación de to da la fachada
de San Telmo con la portada principal y las torres andamiadas. Com o puede apreciarse
en una de las fotografías dedicadas a San Telmo en el Álbum sevillano del Vizconde de
Vigier, de 1850-51 38 -dedicado al Duque-, la conocida com o Torre del jardín aparece
andamiada y encalada de blan co; un auténtico documento hi stórico fundamental para la
reconstrucción de las actuaciones realizad as por los Montpensier en el edificio.
Vizconde de Vigi er, Vue de Sa n Telmo prìse de Triana , Séville , ca. 18 50. Álbum sevillano del Vizconde
de Vigier. Cole cción Duque de Segorbe .
38 Véase el Álbum sevillano d el Vizconde de Vigier , Sociedad de Bibliófilos Andaluces, edició n facsímil,
Sevilla, 1977.
Según los maestros Gutiérrez y Lizasoaí n, la fachada y las torres necesitaban u na
renovación de las molduras en todas las cornis as, así como una restauración integral en
los trabajos de estuco, yeso y pintura. Adem ás, es m uy probable que la Torre del jardín,
que se ve andamiada y en blanco en la fo tografía del Álbum de Vigier, ni siquiera
estuviese concluida en este tipo de trab ajos no estructu rales. La actividad fue casi
frenética durante el verano de 1850. Los Duque s, como sabemos, se habían m archado a
pasar el verano a Sanlúcar de Barrameda, a lo que se sum ó a finales de Agosto la muerte
de Luis Felipe de Orleans en Inglaterra. San Telmo quedó largo tiem po en manos de los
administradores, m aestros de obra, carpintero s, decoradores, pintores y demás operarios,
que habían recibido el encargo d e adelantar to do lo posible las ob ras que habrían de
remozar y adecentar los exteriores y h acer s implem ente habitable el palacio.
La mítica fachada barroca de San Telmo fue limpiada, restaurada y pin tada, desde el
Torreón de la Puerta de Jerez al del Río –a mbas torres incluidas- y fue ejecutada con
premura la renovación de las arm aduras de las cubiertas y el consiguiente cambio de
vigas, tablazones y tejas . Estas actuaciones constituyeron el grueso p rincipal e inicial de
estos trabajos de reforma y fueron fundament ales para la proyectada rehabilitación
integral del edif icio.
Portada del Palacio de Sa n Telmo , del Ál bum
Sevillano de Carlos Santigosa. 185 0-52.
El Patio principal de San Telmo y la Casita para el reloj.
El patio principal de San Telmo ta mbién se verá inmerso en estas obras de
rehabilitación inicial. El 29 de Noviembr e de 1851 José Gutiérre z inform a de que “ se
está haciendo la andamiada en su fachada para subir los remates, y concluida esta, se
hará la obra sobre el pórtico donde se ha de colocar el reloj” 47 . Sin embargo, la
remodelació n estética del patio, consisten te en añadir una decoración de grutescos para
las pilastras y enjutas -ya en el proyecto original de Fi gueroa y que Cintora no concluyó
basándose en causas económicas-, no parece qu e fuera ejecu tada, según la
documentación consultada, hasta el nom bra miento de Marrón como Arquitecto ducal, a
partir de 1853. De hecho, puede apreciarse el aspecto que presenta este patio en
fotografías, como las de Masson, Napper o Reynoso, realizadas en torno a 1860, en las
que se observan las pilastras de l piso inferior care ntes todavía de la citada decoración de
grutescos.
R. P. Napper, Patio pri ncipal del Palacio de San Telmo , ca. 1862, y L. L. Masson, Reloj del Patio d e San
Telmo , ca. 1855. Fot ografías. Co lección descendientes de los Duques de Montpensier
47 En AOBS, Leg. 2 46, P. 3. Estados de obra , 1851.
Con respecto al citado Reloj del patio principal de San Telmo, sabem os que su
presupuesto fue presentado el 14 Junio de 1853 por el relojero Alberto Galloy, con
establecimiento en la sevillana Plaza del Salvador. El D uque de bió pensar en su
ubicación, al menos desde la fecha de las pa labras de José G utié rrez, en 1851, m omento
de la preparación del hueco para su instalación. Además, hemos localizado un proyecto
para tres decoracion es difere nte s de la caja del reloj de este patio principal de San
Telmo, probablem ente de Balbino Marrón en colaboración con el pintor Juan de
Lizasoaín. De hacia 1852, el proyecto, a m odo de pequeñas casitas decorativas para
albergar la maquinaria del re loj, planteaba una exquisita estética en la línea de un
barroco clasicista aco rde con el sentido estr uctural y de sobriedad general del edif icio.
Esta reducida construcción en la que colabo ró Lizasoaín, con part e de obra y parte en
madera, se situó justo detrás de la portada principal del palacio, en tre ésta y un pequeño
torreón, a eje con la portada principal y la torrecita campanario de la Real Capilla.
El montaje del reloj será encargado de finitivam ente a este re lojero sevillano, cuyo
precio aproximado, según el presupuesto inic ial, debió estar en torno a los mil
quinientos reales 48 . A finales de 1853 ya debía estar m ontado el reloj, pues el Fotógrafo
Masson lo inmortaliza inm ediatamente despué s en una de sus instantáneas para un
álbum encargado por el propio Duque.
Balbino Marrón, Proyectos para tres decoraciones diferentes de la caja del reloj en el P atio principal de
San Telmo , ca . 1852, di bujo y aguada . Colección Desce n dientes Infantes Duques de Montpensier.
48 En AOBS, Leg. 246 , P. 4. Presupuesto Al berto Gall oy.
Las reformas en el interior de San Telmo. La restaurac ión de la Real Capilla.
La rehabilitación y acondicionamiento de lo s espacios interiores de la crujía principal
de San Telmo, tanto en su piso bajo como en el principal, así como en las torres,
preocupó mucho a los Montpensier. Las hab itaciones y estancias que se distribuyen
ahora en este sector serían las más vividas en estos prim er os años, dónde se centraría la
cotidianeida d diaria. Adem ás de las habita ciones privadas y los baños de SS AA, están
el Salón de Recepción, el Com edor alto, el Salón de los Tapices , el Salón Azul, los
Gabinetes Blanco y Árabe o el Salón Chinesco, conocidos así desde el m ismo año de
1849. Para todos ellos se pintan cielos raso s, los m uros se empapelan y se colocan
nuevas puertas de caoba. Son obras fundament ales que se ejecutan durante el año de
1850. El pavimento es sustituido en la m ayoría de estas nuevas estancias por losas de
Tarifa, así como por m ármol de Génova o Málaga, barro malagueño de Mam brilla y
tarimas de m adera. Los papeles con colore s y decoración muy dive rsa ofrecerán a los
interiores un ambiente renovado y cálido, palaciego y acogedor. E l listado de los
diferentes tipos de papel era enorme, desd e los que poseían decoración de chinescos
hasta los que tenían colores m uy diversos con fondos de flores, ramos o grecas, y eran
encargados a ciudades como Barcelona o Parí s, dónde eran m ás variados y exquisitos 49 .
La colocación de las puertas de madera y sus cristales en todos los balcones de la
fachada principal, los trabajos de estuc o, pintura y em papelado de los salones o la
intensa y ge neralizada sustitu ción de m ateriales viejo s e inservib les –el gasto efectu ado
en la renovación de vigas o carpintería en madera fue enorme- dan m uestra de la
rotunda actividad rehabilitador a que impulsan los Montpensier 50 .
Con respecto a los techos de San Telmo sabemos que fueron preparados por Juan de
Lizasoaín en los aspectos más ornamentales y por los pintores fran ceses Víctor Grandin
y Enrique Bugnont para los aspectos pictóric os de la decoración, que realizan desde
imitaciones de pino viejo o caoba para zócalos, puertas o ventanas, hasta flores, países o
cielos rasos para los techos. Estos pintores escriben constantem ente al administrador de
los Duques en Sevilla, Joaquín del Alcázar, para explicar, cons ultar y dar noticia
49 Curiosam ente para estos años iniciales en torno a 1850 no aparece en la doc umentación co nsultada la
ejecución de boiseries en m adera o brocados o t erciopel os pa ra los m u ros de San Te lmo, que sabe mos
que abu ndaban. S uponem os que el em papelado es ahora m ás rápid o y, ev identem ente, el tiempo a premia
para los M ontpensi er, pues quieren vi vir en s u nueva residencia cua nto a ntes.
50 En AOBS, Leg. 2 46. P. 2. R elaciones del estado de obra s en San Telmo. Juni o-Julio , 1850.
permanente de todo lo que hacen. E n sus cartas siempre ins isten, como en el caso de
Marrón, Ríos, Gutiérrez o Lizasoaín, en el gusto y las disposiciones dadas por S A R el
Duque de Montpensier. La superv isión y celo de éste es inde scriptible, pues atiende y se
ocupa de absolutamente todo, desde aquello que podría parecer fundamental en materia
de gusto u ornamentación hasta los aspectos más técnicos, estructurales o de s imple
albañilería. A colación, y para compre nder el mencionado celo del Duque, podem os
mencionar una carta de Bugnont al adm inistra dor Del Alcázar, fechada el 20 de Julio de
1850, en la que éste comunica “(…) el martes he principiado a pintar. A pesar de haber
echado mucho tiempo en los aparejos y avío s he bosquejado sin embargo todas las
flores y estarcido gran parte del adorno (… ) Uste d puede estar persuadido que todo mi
afán es que SS AA RR queden contentos de Enrique Bugnont” 51 . A estos techos que
preparan Grandin y Bugnont se sumarán los famoso s celajes, alegorías y perspectivas
procedentes del Palacio de Vistaalegre, que no llegarán a Sa n Telmo hasta 1858,
momento en que se colocan y se distribuyen por todas las estanc ias principa les,
pasando también m uchas al Pala cio Orleans de Sanlúcar.
En los espacios interiores de las torres se habilitaron habitaciones y salones
simbólicos y especiales. El Torreón frente a la Pu erta de Jerez y el Torreón que mira al
Río sobre las habitaciones de SS AA RR s on rehabilitados y rem odelados de forma
integral. Justo en este últim o, en el piso principal, los Duques crearon una exótica
estancia repleta de chin oiseries: el denominado Salón Chino, que junto al Gabinete
Árabe, constituyeron lo s espacios más sim bólicos de San Telmo, en la línea del gusto
por las influencias decorativas extraeuropeas, muy de m oda en los ambientes palaciegos
desde finales del siglo XVIII. Sabemos que durante los años de1850 y 1851 se realiza la
albañilería y la pintura del techo del famoso Gabinete Árabe. José Gutiérrez af irma en
una relación del estado de obras del 5 de Julio de 1850 que, en la Sala ante la Torre que
mira al Río, se está haciendo el Cielo raso árabe 52 . Y, en otra relación de trabajos de
unos pocos días después, del 27 de Julio de 1851 se confirma la conclusión de los
trabajos de albañilería en di cho techo y se afirma que está siendo pintado por Juan de
Lizasoaín 53 .
51 En AOBS, Leg. 246, P. 2. Cartas a Joaquí n del Alcázar, adm inistrador de los Duques en Se villa.
52 En AOBS, Leg. 2 46, P. 3. Estados de obra , 1850.
53 En AOB S, Le g. 521, P . 5. Desg raciadamente , y hasta l a fecha, no poseem os descripciones ni de este
techo ni l a dec oración de esta estancia. Aun que en la C arta Particio nal del Duque de Mo ntpensie r de 1 892
se recoge el inventa rio de l os bie nes m uebles de es ta estancia, por cierto no siem pre en relación con el
Fotografía, La Real Cap illa de Palacio de San Telmo tras su ú ltima restauración . Fotografía del au tor.
La restauración y reforma de la Real Capilla de San Telmo estuvo dirigida por
Antonio Cabral Bejarano, pintor de renombre y prestigio en la ciudad, durante el año de
1850. Los Duques le confían no sólo la dirección de la rehabilitación del espacio y la
restauración del patrimonio arquitectónico, de corativo y artístico existente, sino la
supervisión de la ejecución de elem ento s nuevos y la realización d e un programa
iconográfico más com pleto, con la inclusión de diecisiete lienzos más de temática
religiosa. Según el presupuesto inicial de la reforma, que ascendía a la fabulosa cantidad
de 105.570 reales –ampliada en años sucesivos- y los estados de obras , Cabral Bejarano
contó con José Mª Ríos, que construyó una tr ibuna privada para lo s Duques, con Juan
Bravo como ensamblador, con Juan Ríos, R amón Ortiz, José Mª Vicente y José
Consuegra como autores del proceso de ejec ución de molduras sacras de las bóvedas,
tribunas y cuadros y la talla del púlpit o, y con José Sotocorro, que labró cuatro
blandones, dos pies de cirial es y dos atriles de altar 54 .
susodic ho gust o decorati vo árabe , no se hace m ención del gusto de corat ivo en tech o y muros. Véase
Rodríguez Rebo llo, Ángel, opus cit , 2005.
54 En Biblioteca Capitular y Co lombina de Se villa. Fondo Gestoso, Vol. VII.
Las primeras actuaciones tienen que ver con la exhumación y traslado al cementerio
de San Sebastián de Sevill a durante el mes de Diciem bre de 1849 de unos restos
humanos que estaban depositados en la cripta-panteón de la Real Capilla 55 .
Inmediatamente, y desd e este m ismo mes, co mienzan los trabajos de picado de bóvedas
y muros, limpieza de cornisas y capiteles, aper tura de zanjas para la sustitución de
cañerías viejas por nuevas de hierro colado y arreglos generales en toda la carpintería
interior. Estas obras se llevan a cabo duran te todo 1850 y, al mismo tiempo que Antonio
Cabral Bejarano las dirige, pinta algunos de los lienzos que le han sido encargados. En
un estado de obras del 28 de Julio de 1850, Cabral Bejarano afirma que “ De los 17
cuadros que están a mi cargo, tengo concluidos seis y los restantes o bosquejados o en
dibujo. (…) La Bóveda está pintada de bl anco. (…) Tengo dibujados muchos adornos y
todos los Ángeles de la tribuna de SS AA (…)”.
R. P. Na pper, Patio principal del Pala cio de
San Telmo , entrada a la Real cap illa, ca. 1862.
Fotografía. Colección descendientes de los
Duques de Mo ntpensier
Posteriormente, en otro estado de obras del 29 de Septiembre del m ismo año escribe
“ que el altar mayor está limpio y parte de los laterales, que han sido concluidas del
todo las seis tribunas y doradas las cornisas. (…) Todos los Serafines de la Bóveda
55 En AOBS, Leg. 27, P. 4 Asuntos Real Capi lla.
están concluidos y dibujándos e la gloria de la tribuna” 56 . Sabemos que se renovó la
policromía y el dorado de la ornam entación gene ral de la Capilla y que Cabral Bejarano
pintó diecisiete cuadros al óleo de entre los que destacan los de la Virgen y el niño, San
Luis, San Fernando, dos sobre la Vida de San Antonio y doce Santos, así com o unos
ornamentos al tem ple para las bóveda s de la Capilla, cornisas y tribunas 57 . Tan
satisfechos quedaron los Montpensier con la gestión y el liderazgo artístico
desempeñado por Bejarano que lo recom pen saron, según cuenta el periódico El
Porvenir del 24 de Junio de 1851, con veinte onzas de oro y una sortija de brillantes 58 .
Curiosidad bastante indicativa de la sensibilidad religiosa que hubo en torno a las
reformas de esta Real Capilla de San Telm o, fue el hecho de que el 26 de Julio de 1850
–en plena ejecución de las obra s-, y por Real Orde n de S. M. la Reina Isab el II, se
hiciera entrega a los Duques de una pequeña pero sim bólica reliquia procedente de la
Catedral de Sevilla: “ un dedo de una mano del Santo Rey San Fernando” , para que
fuera trasladada y custodiada en la Real Ca pilla de los Montpensie r. La reliquia que la
Iglesia sevillana entregaba por orden real a los Duques no era cualquier cosa, pertenecía
a una personalidad simbólica y trascendental en la ciudad, respetada y sacra lizada
durante siglos. Un regalo entre hermanas, Rein a e Infanta, de eviden te carácter histórico
y altísimo fervor católico.
Capricho y ornamentación efímera: los kioscos colgan tes de las Torres de S an
Telmo. Refinamiento y exotismo en el primer San Telmo de los Montpensier.
En otro sentido, y algo que habla bien del concepto de cap richo arquitectónico y
ornamental, de m oda en los ambientes pal aciegos europeos desde el siglo XVIII –
recordem os los caprichos de arquitectura y salones con decoración de chinescos-,
presentamos el conjunto de tres Kioscos colgantes en los torreones del palacio,
construcciones para ser vistas desde el ex terior, pero que además encerraban en su
interior una refinada y asombrosa decoración diseñada por el pintor Juan de Lizasoaín.
56 En AOBS, Leg. 246, P 2 y 3. Estados de obra, Real Capilla.
57 En Biblioteca Capitular y Co lombina de Se villa. Fondo Gestoso, Volumen VII.
58 Véase Lleó Cañal, V. opus cit , 1997, p. 118.
Francisco de Leygo nier, Palacio de San Telmo desde los jardines, con la Fachada posterior y el Kio sco
colgante en la Torre del Río , detalle. Fotografía, ca. 1850. Colecci ón desdendientes Infantes Duques de
Montpensi er.
Los Duques fomentaron en sus difere ntes palacios y jard ines este tipo de
arquitecturas diferenciadas y caprichosas, punt os de un europeizado exotism o para el
disfrute visual y el embellecimiento en este tipo de entornos. Estos tres Kioscos, a modo
de salientes balcones volados, fueron montados en los sectores norte y sur del Palacio
de San Telmo, adosados a la Torre de la Puerta de Jerez y a las dos del Río .
El maestro José Gutiérrez dirigió y controló todo el pr oceso de presupuesto,
materiales y m ontaje, junto a Juan de Lizasoaín, quien se encargaría del tema
ornamental de los interiores y de la pintura, ta nto exterior como interior. L izasoaín
además es el autor del dibujo o croquis del Kiosco del Jardín de Invierno que
presentamos en este estudio por primera v ez, y cuyo nom bre está asociado a toda la
documentación relacionada 59 . Este pintor funcionó en estos prim eros tiempos como un
proyector y diseñador de todo lo que se pr etendía hacer o reformar y, a m enudo, ejecuta
y pone en limpio planos y alzados de proyect os aprobados por los duques.
59 Estos Kioscos volad os en las To rres mirado res de San Tel m o nunca han si do estu diados o trat ados en
ninguna i nvestigació n anterio r, pues ha n pasado inadvert idos hast a ahora.
Juan de Lizasoaín, Croquis d el Kiosco del Jardí n de Invierno, dibujo a lápiz , arriba, y detalle abajo , de
1850, Colección Descendientes Infantes Duques de Mont pensier.
A. Delacroix, El Palacio de san Telmo,
detalle del Kiosco de Invierno , acuarela,
detalle, 1850. Colección descendientes
Infantes Duques de Mont pensie r
El presupuesto general de la constr ucción y montaje de todos los kioscos le f ue
encargado a Manuel Groso en Junio de 1850, que poseía la casa de herrajes y cerrajería
más famosa de la ciudad duran te la segunda mitad del siglo. Las piezas de hierro colado
y dulce fueron suministradas por la Fundición de Narciso Bonaplata, a la que se
encargaron todos los materiales necesarios en hierro fundido. Sabem os que el montaje
fue comenzado en Agosto, y que en Septie mbre, f ueron colocados los estíp ites y los
tirantes de hierro imprescindibles para su seguridad, siendo los m ateriales de madera
para ventanas y persianas suministrados por la importante empresa sev illana de Manuel
Álvarez 60 .
Tan orgullosos debieron estar los Mont pensier con estos exquisitos kioscos-balcones
que el pintor Auguste Delacroix centra el te ma de una de sus acuar elas –perte neciente a
60 El pres upuesto para la const rucción de estos kio scos es de Junio de 1850, com enzando el montaje en el
mes de Ag osto. F ueron desm ontados posteri ormente pa ra la co nstrucción del Salón de la Colum nas y de l
Apeadero, para ser de nu evo montados ya de forma fija en ladrillo y piedra. AOBS, Leg. 521, P 12 .
Una galería con vistas al Río: la constr ucción del Salón de las Columnas (1853-
1858).
Desde el 17 de Enero de 1853 tenem os constancia documental de las decisivas obras
de remodelación estructural y artística en es te sector Sur del Palacio de San Telmo, del
lado del río, momento en que el cantero Jo sé Barradas, quién ya trabajaba en las
reformas del palacio, realiza y firm a un presupuesto para la obra que se tiene que labrar
para la fachada que da vista al Río y al Pase o de las Delicias, teniendo presente las
instrucciones recibidas del maestro de obras D. José Gutiérrez 6 .
Los maestros José Gutiérrez y José Ma ría Ríos, junto al pint or Juan de Lizasoaín
controlarán y dirigirán las obras de este nue vo espacio, aspectos constructivos y pinturas
y decoración, respectivam ente. El cantero Jo sé Barradas será el encargado de labrar
todos los elementos arquitectónicos necesario s para acometer la construcción de la
nueva loggia. Las piezas para la cornisa, las basas de las co lumnas, los s illares y dovelas
de los arcos y todo tipo de piezas de can terí a necesarias, en piedra o en márm ol de
Génova, serán ejecutadas por Barradas, quien ya se había encargado unos tres años atrás
de limpiar y restaurar la por tada principal del palacio, emblem a del Barroco sevillano y
nuevo símbolo de la familia Orlean s-Borbón en la ciudad.
Balbi no Marr ón y Raner o, Saló n de las Col umnas señal ado en el Plan o del Palaci o de San Telm o, de
Balbino Marrón, ca. 1860 . Colección descen dientes de los Duques de Montpensier .
6 AOBS, Legajo 246, Pieza 4. Estados de obra, 1853.
Es interesante apreciar como por parte de los Montpensie r es fundamental ir
mejorando poco a poco la im agen de Sa n Telmo, como arquitectura y espacio
monumental de la ciudad, por una parte, y tam bién como residencia familiar y centro de
su corte, hasta el pun to de asumir su finalización y rem ozamiento completo, como
proyecto arquitectónico y artí stico que la historia había dejado a m edio camino. Los
duques acabaron cerrando San Telmo en todo su perímetro, tanto posterior com o lateral,
cuidando especialmente en estos años iniciale s el segmento entre la Capilla y la torre
posterior de los jardines, fachada que constituye un verdadero tour de force esté tico
impulsado por los duques, de una inigualabl e plasticidad y gran respeto hacia los
criterios artísticos del histórico edif icio, co m o puede apreciarse en la ilustración del
exquisito proyecto 7 .
Los Montpensier levantaron además una de las torres, aun no construida, la más
cercana al edificio de la Fábr ica de Tabacos, restauraron, mejoraron y enriquecieron la
Real Capilla, así como los patios, y crea ron espacios y alzados nuevos – como acabamos
de ver- que se convirtieron en las nuevas fach adas del edificio, representativas tanto de
la imagen del palacio como de los propios duques.
Juan de Lizas oaín y Balbi no Marró n, Proyecto de nueva fach ada posterior entre la Torre SE y la
cabecera de la Rea l Capilla del Palacio de San Telmo de Sevilla , detalle. Aguada, ca. 1850. Colecci ón
Descendie ntes Infant es Du ques de M ontpensi er.
7 Véase el artículo de Lleó Cañal, V., El P alacio de San Te lmo en el si glo XIX , en el Boletín del Instituto
Andaluz del Patri monio Histórico, Año XII, nº 51, Diciembre de 2004 , Sevilla, pionero en señalar la
transformación y reform as realizadas en el palacio de San Telmo bajo l os Montpe nsier y en centrar su
cronología exacta.
En cierto m odo, San Telmo fue c onsiderado por los Montpensier como un
monumento m ás que restaurar y recuperar ante la aparente dejadez de las ins tituciones
oficiales. Como hicieran con sa ntuarios como el gaditano de Regla, erm itas como la de
Valme en Sevilla o monasterio s como el de La Rábida, en Huelva, señeros y
paradigmáticos para la tradición históri ca y religiosa andaluza y española, los Duques
actúan para con el palacio sevillano, que just o antes de su compra, parecía haber entrado
en una etapa sin futuro y función definida. Ahora había pasado a ser la residencia de
unos príncipes que lo utilizarían como imagen de su corte, de su inteligencia y sus
capacidades políticas, g enerando toda una iconografía del edificio como sede de su
corte. Verdaderam ente, San Telmo fue m agní ficamente preparado para servir co mo
plataforma de las aspiraciones m onárquicas de Antonio de Orleans y Luisa Fernanda de
Borbón, funcionando como un auténtico palaci o real europeo, una sede más del poder
monárquico.
Como ya hem os afirmado, la primera fech a localizada en la que se hace referencia a
este nuevo espacio del Salón de las Columnas es la del 17 de En ero de 1853, en la que
se citan en un presupuesto al cantero José Ba rradas y al maestro José Gutiérrez, que ya
estaban trabajando en las obr as del palacio. Barradas pr esupuesta en dicha fecha diez y
ocho pedestales de piedra de Mo rón de vara y tercia de largo a 11.550 Reales. Por
hacer diez y ocho cimacios para colocarlos arriba de los capiteles, de vara y tercia de
largo y dos tercias de ancho, con molduras por sus cuatro lados, propone la can tidad de
4.340 Reales. Por hacer cuarenta y seis varas de cornisa de dos tercios de ancho,
presupuesta 6.328 Reales . Y por hacer diez y seis arcos que ha de tener cada uno siete
piezas de moldura, (…) necesito para cada arco cuarenta y seis pies de piedra, con un
valor total de todos de 15.578 Reales.
Como vemos, Barradas está estim ando las cantidades en Reales que van a costar
todos y cada uno de los el em entos arquitectónicos que tiene que labrar en piedra de
Morón para la construcción de la fachada de la nueva Galería de las Columnas :
pedestales, cimacios, cornisas, dovelas de los arcos, aclarando además que quedaba en
la obligación de remplazar la piedra que no sea de recibo, bien consista la no admisión
por mala calidad, por hallarse con defectos, de faltarle pedazos o por no estar en un
todo arreglada a la plantilla. Asegura también Barradas que se obligaba a en tregar
acabados para últimos de Marzo de dicho año los 18 pedestales, los 18 cimacios y los
16 arcos, y para últimos de Mayo de este mismo año las 16 varas de cornisa (..) 8
El 4 de Abril de 1853, Barradas vuelve a presentar otro presupuesto de m ateriales y
actuación, estimando ahora los costes exactos para colum nas, capiteles y basas. Hacer
cuatro columnas, siendo la piedra de la Casa, 960 Reales. Hacer diez y ocho basas
poniendo Yo el mármol de Génova, 3.240 Reales. Hacer trece capiteles nuevo s –y
especifica: hay piedra en la casa para hacer nueve, costarán 90 Reales-. Y finaliza
exponiendo que los otros cuatro que pondré Yo (capiteles) , la piedra costará cada uno
180 Reales.
Fotografía. A specto act ual del Sal ón de l as Columnas de San Tel mo tras la rest auración de 2010.
Archivo fotográfico del autor.
Lizasoaín y Ríos, auténticos artífices de la transform ación inicial de San Telmo,
constatan que el nuevo salón está muy av anzado a 9 de Noviembre de 1853 pues ya se
han colocado 18 columnas en sus correspondientes engolillados (...). Estas diecio cho
columnas, emparejadas dos a dos, equivalían ex actamente a la mitad d e la loggia en
construcción. Sin embargo, y aunque en efecto el verano del corriente año fue fructífero,
ambos profesionales lamentan en una nota que las obras de la fachada nueva realm ente
no se han adelantado lo necesario, lo que era de esperar, a causa de los envíos y de la
8 AOBS, Presupuesto firm ado por José Barradas. Lega jo 246, Pieza 4.
enfermedad del aparejador (José) Morales 9 . Lo cierto es que a pa rtir de 1854 el nuevo
espacio –galería y loggia- ha de bido concluirse casi en su totalidad y co mienza a recibir
prioridad la construcción de la porta d a de acceso al salón, la conocida como Portada de
los estípite s, obra diseñada por Balbino Marrón y que habría de ennoblecerse con
mármoles y jaspes preciosos.
La loggia del Salón de las Columnas de San Telmo, compuesta por ocho arcos a cada
lado del arco principal o central, la denominada Portada de los Estípites , suma en total
diecisiete arcos, cerrados con fo rmidables cancelas acristaladas de la sevillana fundición
de Manuel Groso que se abren hacia el jardín en días de acontecim iento y celebración.
Conforma una arcada majestuosa y elegante, ún ica y paradigm ática entre los espacios
nobiliarios de la ciudad de Sevilla 10 .
Juan de Lizasoaín, Proyecto de las cance las para la Galería de las Columnas , aguadas, ca. 1856.
Colección Descendientes Infant es Duques de Montpensier.
9 Juan de Lizas oaín y José Mª Ríos dirigen las obras de est e espacio durant e 1853, no siendo hast a los
comienzos de 1854 cuando e l arqu itecto Balbino Marrón com ienza a fi rmar pres upuestos y a controlar
todo el proceso de obras. AOBS, Legajo 246, Pieza 4.
10 El 20 de Junio de 1857, se están haciendo las plantillas de las ca ncelas que se han de colocar en los
arcos de la galerí a al Río. AOBS, Legajo 246. P 8.
Las diecisiete cancelas de la loggia tuvieron, como en todos los detalles de este
espacio, un especial tratamiento, encargándose al pintor Lizasoaín diferentes m odelos
para que los duques eligiesen el dibujo que debían llevar. El dí a 25 de Noviembre de
1857 Juan de Lizasoaín y José María Ríos anotan que las cancelas de la nueva galería
del Río se irán colocando según las vaya trayendo Groso (…).
La Portada de los Estípites de la nueva Galería de las Columnas.
La denominada Portada de los estípites fue levantada durante los veranos de 1854 y
sucesivos hasta 1857. Fue concebida com o un acceso noble y de máxima relevancia al
palacio, pues su cancela estaría abierta a los jardines en aquellos m omentos clave y
simbólicos de la vida social, oficial e ín tima de los Duques de Montpensier. Para
acontecimientos tan diferentes com o bailes, act os of iciales, los viacruc is por los jardines
de San Telmo o para la salida de los cortejos fúnebres de algunos de los infantes serviría
este frente Sur de San Telm o, su loggia y su portada.
Gran cantidad de mármoles y jaspes de diferentes colores de Morón de la Frontera,
entallados, en piezas y tableros fueron labrad os y concluid os para esta portada ya en
Diciembre de 1854, com o muestra un inventario de las obras del pa lacio firmado por el
maestro Ríos. Durante el verano –de Junio a Septiem bre- de 1855 éste afirma de nuevo
que se trabaja en la Portada, colocando garras, grapas y pernos en los mármoles ,
realizándose también las pert inentes labores de bruñido 11 .
A. Gaudi n, Galería n ueva de San Telmo , original
estereoscópico y albúmina, ca. 1857. C olección
Juan A. Fernández Rivero.
11 En AOBS, Legajo 2 46, P. 5. Inventari os firm ados por J osé María R íos en Dici embre de 1 854 y de
Junio a Septie mbre de 18 55.
El proyecto para esta portada lo ha bía realizado el arquit ecto Balbino Marrón muy
probablemente hacia 1853 a petición de los Duques, que participan en cada detalle de
esta exquisita obra. El arquitecto había presentado a los Montpensier dos posibles
proyectos, como podemos apreciar en las ilustraciones presen tadas, que proyectaban dos
posibles alte rnativas para la por tada de la Gale ría de las Columnas –diferenciadas sobre
todo en detalles decorativos-, pero que aunque muy similares, planteaban la posibilidad
o no de un balcón circular c on balaustrada, semejante al de la portada principal del
palacio. El proyecto que incor pora el balcón, el elegido por Antonio de Orleans, genera
un vínculo, no sólo estético, sino estructura l con toda la obra orig inaria y principa l de
Leonardo de Figueroa, lo que convierte a esta Portada de los estípites en una obra, no
ya absolutamente feliz, sino tan respetuosa, genial y propia de l arte de los Figueroa, que
ha engañado el ojo de numerosos hi storiadores que la creyeron barroca 12 .
Balbino M arró n y Raner o, Proyectos para la Portada del Sal ón de las Columnas , aguadas. Ca. 1853.
Colección Descendientes Infant es Duques de Montpensier.
12 Véase Lleó Cañal, V. art. cit ., 2004, pp. 072-073 .
Estos preciosos proyectos para el nuevo acceso a San Telmo, aguadas exquisitas que
denotan tanto el nivel artísti co de Marrón como la exigen cia de lo solicitado por los
Montpensier, incorporaban como rasgo de m áxima definición dos depurados y
estilizados estípites de raig ambre barroca, en m ármol y ja spe de Morón, generadores de
una elegante armonía orgánica y decorativa en todo el espacio. Estos estípites, que por
otro lado provocan una ruptura estructural con las lim pias columnas de toda la log gia,
son una invención magistral de Balbino Marrón, absolutam ente conectados con la
tradición barroca de la ciudad –con la arquitectura de portadas y retablos 13 -.
A través de una lista nominal del 9 de Diciem bre de 1855, en la que figuran los
operarios albañiles que esta ban trabajando en el Pa lacio de San Telm o, podemos
conocer que en toda la Fachada de las Columnas , com o así se la denomina, figuran,
como aparejadores oficiales, José Morale s y Pedro González, Antonio Guisado como
ayudante, y otros seis peones más, aparte del cantero José B arradas, el primero de todos
en trabajar en esta obra, y que será sust ituido por el maestro picap edrero Fernando
Moreno. Además de los ya conocidos Ríos y Lizasoaín, sabemos que tam bién
trabajaron el estucador y ornamentista José Pelli, y el esculto r José Bover, que realizará
las esculturas de San Luis y San Fernando.
Precisamente, y durante el m es de Junio de 1856, el maestro picapedrero Fernando
Moreno se comprom ete a concluir los tr abajos en la ya entonces calificada Portada de
los estípites, con piedra, m ármol y jaspes de las cant eras de Morón de la Frontera. Se le
encargaron diez y siete varas de es calinata de jaspe encarnado de la citada localidad
sevillana para los escalones de la portada. Unos meses de spués, ya en Enero de 1857,
Moreno se comprom etía a realizar la limpieza completa de la Portada (en la que ha
estado trabajando), por dentro y por fuera , así com o a concluir la escalinata de uno de
los lados del Salón 14 .
13 Piénsese en Jerónim o Balbás y su introducción de l estípite en el barroco se villano. En cierto m odo,
Balbino M arrón pla ntea para esta portada Sur del Pal acio de Sa n Telm o una depuración dec orativa y
orgánica de estípite b arroco sevillano, consig uiendo un soporte, que aunq ue posee una raíz barroc a, se
ajusta al clasicismo proyectado po r el arquitecto para e ste singular espaci o. Véase Góm ez Piñol, E. Entre
la norma y la fantasía: l a obra de Jerónimo Balbás en España y México . Tem as de Estética y Arte, nº II,
Real Academia de Santa Isabel de Hungría, Sevilla, 1988, pp. 95 a 136.
14 En AOBS, Legajo 246, Pieza 6 a 8. Estados de obra, 185 7-1858.
Corso de las Delicias mit dem Palace Montp ensier in Seville . Xilografía alemana coloreada a m ano, ca.
1880. C ol. part icular.
En el verano de ese mismo año se co locaban sobre la portada, a ambos lados del
balcón, las esculturas de San Luis y San Fernando, realizadas por el academicista
escultor catalán José Bover, quien ha bía recibido el encargo de los Duques de
representar a los dos santos pa tronos de Francia y de Sevill a, sím bolos, no sólo de la
genealogía fam iliar de los Orleans y los Borbones, sino piezas fundamentales de la
historia de Europa, con las que los M ontpensier querían una clara vinculación 15 . De
hecho, en el interior del Salón de Column as estas dos personalidades históricas –
también santos- con las que quieren conectar los Duques volvían a estar representados
también en sendos cuadros al óleo.
15 José Bover cobró 24.0 00 Reales por realizar este tr abajo en piedra de la localidad sevillana de Estepa.
AOBS, Legajo 136, Pieza 1.
José Bover, Bocetos de las escul turas de San Ferna ndo y San Luis par a el Palacio de San Tel mo , dibujos
a lápiz, 1856. Colección Descendiente s Infantes Duques de Montpensier.
El Salón de las Columnas como el paradigma del denominado Goût Montpensier :
Techos, pinturas, mobiliario y gusto decorativo en la Galería Nueva de San Telmo.
Por la documentación consultada sobre el proceso de construcción del Salón de las
Columnas, sabem os que este singular esp acio fue concluido a finales de 1857, cuando
se está colocando la cancela de hierro para cristale s en el arco de la portada de jaspes,
que había sido elaborada por Manuel Gros o, como todas las que cierran la loggia 16 . Sin
embargo, la nueva Galería no sería am ueblad a ni concluida hasta el verano de 1860,
cuando fueron clavados los techos pintad os procedentes del madrileño Palacio de
Vistalegre.
16 El 25 de N oviem bre de 1857 el maestro José Ma ría Ríos afi rmaba q ue “las c ancelas de l a nueva
galería se ir án coloc ando seg ún las vay a trayend o (Manuel ) Groso, debie ndo ser las dos prime ras las d e
los arcos de los Kioscos para concluir el retaceo de lozas, y de la ent rada, para que sea revestido de
piedra o est uco según se juz gue conveni ente”. En AOBS, Legajo 246, Piezas 8 y 9. Estados de obra,
1857- 1858.
recibiría a aquellos que llegaban en carru aje- estuviera a eje con el patio principal de
San Telmo y con la portada exterior d e la fachada Norte del edificio.
Los proyectos de Balbino Marrón de 1855 para la reforma del Apeadero
Los proyectos de Balbino Marrón de Julio de 1855 centran, por un lado, el estado
actual en el que se encontraba el Ap eadero de San Telm o en esta f echa, y por otro, las
reformas pretendidas por los D uques para este sector, tanto en su planta baja, como en
el entresuelo y el piso principal. Aunque la Torre Noreste no esta ba construida aún,
Marrón delimita sus cim ientos en el primer plano diseñado para este espacio –el del
estado actual-, junto a las habi taciones para el cuerpo de guardia. En este plano pueden
observarse las zonas libres del patio apeadero en las que se construirá n las crujías Es te y
Sur con sus nuevas fachadas, las que embellece rían y cerrarían esta p arte interior del
palacio 4 .
Balbino Marrón , Palaci o de San Tel mo, estado actu al de la part e que se trata de r eformar , 1855 , lápiz y
plum a. AOBS, Fundación In fantes Duq ues de Montpe nsier.
4 AOBS. Planos de refo rma del sector del Apeade ro del Palacio de San Telm o, de Balbino Mar rón y
Ranero, de Juli o de 1855.
Todo este proyecto d e reformas de 1855, el que mejoraría y com pletaría un espacio
no concluido como la zona Norte del Cole gio de San Telmo, fue fruto del deseo de
Antonio de Orleans por dign ifica r y solem nizar el l ugar por el que accedían los
carruajes a p alacio. Es adem ás, el punto de partida de toda un a compleja y rica lluvia de
ideas o propuestas , traducida en diversos proyect os, planos, alzados y dibujos, que
ayudarían a los Duques a escoge r las m ejores soluciones a ni vel constructivo y estético
para esta extensa pa rte del edif icio.
Si observamos el proyecto de reforma para la planta baja de Balbino Marrón,
podemos comprender la idea que propus o el arquitecto ducal; un am plio cortile de corte
clasicista, sin aditivos ornamentales, que m onumentalizaría el es pacio con la propia
potencia de las estructuras, los pilares y los grandes arcos, a modo de los im ponentes
patios de la vecina Fábrica d e Tabacos, obra de un neoclasicism o dieciochesco muy
depurado que sin duda se vinc ulaba a la estética que Ma rrón aprendió en la Real
Academia de San Fernando de Madrid.
La crujía Este del patio apeadero esta ría dedicada en su planta baja a cuadras para
mulas y caballos, y a un picadero de planta cuadrangular –pajar y granero en el
entresuelo-, reserv ándose para la crujía Sur la zona de cocheras. En las secciones A B y
BC del proyecto, Marrón presenta los dibujos de los alza dos y propone sendas arcadas
sobre recios pilares –en una lín ea cercana a la arquitectura di eciochesca sevillana 5 - para
cubrir las extensas líneas de fachada.
No parece que este proyecto fuese m odificado en exceso, salvo en la distribución
interna. El picadero cuadrangul ar que aparece junto a la cab ecera de la capilla será
eliminado, y las cuadras pasan a ser el picadero, ahora rectangular y m ás amplio. Los
posteriores proyectos plantean cómo reformar y monumentalizar la cru jía Sur del p atio
–interior y exteriormente-, aunque las líneas ge nerales de lo que aquí presentó Marrón
parece, por la docum entación consultada, que fueron llevadas a buen térm ino, al menos
en las partes estructurales. No parece que ocurriera lo mismo con las num erosas
propuestas para labrar una portada en esta crujía Sur, a eje c on la portada ex terior de la
fachada Norte del palacio.
5 Tanto la Real Fábrica de Artillería como la Fábrica de Tabacos, en parte o bra de reputados ingenieros
militares, parecen influir e n Marrón para la realización de este proyect o para el Apeadero de San Telmo.
Balbino Marrón, Palacio de San Telmo, Proyecto de ref orma , 1855, lápi z, pluma y agua da. AOBS,
Fundación Infantes Duq ues de Montpe nsier.
Balbino Marrón , Palaci o de San Telmo, Proyecto de ref orma , detalle secciones, 1855, lápiz, pluma y
aguada. AOBS , Fundación Inf antes Duques d e Montpensi er.
El Apeadero de San Te lmo, com o vemos, era una zona crucial y m uy ne cesaria en un
gran palacio con intensa vida durante la segunda mitad del siglo XIX, pues en él se
concentraban, como en el caso qu e nos oc upa, un amplio espacio dedicado a cuadras y
picadero y, por otra parte, una zona de cocheras y andenes, además almacenes y de las
habitaciones para el cuerpo de guardia. Los Duques instalaron finalmente toda la zona
de servicio y de cuadras y cocheras en el antiguo Convento de San Diego, a escasos
minutos de San Telm o por un camino directo a tr avés de sus jard ines, por lo que, en este
caso, estamos hablando de la construcción de un picadero de lujo para la práctica de la
equitación, de unas cocheras para carruajes y enganches de gala –que finalmente
pasarán a San Diego-, y unas salas para guard ar y exhibir todo lo relativo a la rica
guarnicionería de la Casa de los Montpensier 6 .
En realidad, las obras de este exte nso espacio comenzaron a fínales de 1857, aunque
no será hasta el 26 de Abril de 1859, con la generalidad de los muros del patio-apeadero
levantados, cuando Balbino Marrón presupues te definitivam ente las obras de reform a en
este sector del palacio, hablándose y esp ecificándose entonces los espacios para las
habitaciones del cuerpo de guardia, el picader o, los andenes, una car pintería y la tapia
del jardín, y ascendiendo t oda la suma a 127.801 reales.
El 25 de Noviembre de 1857, Joaquí n del Alcázar, el Alcaide de San Telmo,
comenta en una Nota circunstanciada de los trab ajos a realizar en el Palacio que se va
a proceder a arreglar el patio del apeadero, colo cando las columnas, piedras, palos y
tablas de andamios, en el orden que tiene conocimiento el m aestro Ríos (…). 7 Tres días
después comenzaban las obras, que debieron ralentizarse hasta el verano del año
siguiente, justo cuando se afirma en un estado de obras rutinario que los muros del
Apeadero están a la altura de tres y medio pies sobre el zócalo, y en su virtud se ha
andamiado todo el perímetro de la obra. Se han quitado las piedras y madera de
andamio que estaba apoyada sobre la tapia del jardín, habiéndose trasladado al patio
del apeadero (…). 8
6 Antonio de Orl eans era u n gran afic ionado al mund o del caballo, en la l ínea de m uchas casas reales y
nobiliarias europeas d el momento. En la Real maestranza de Caballería d e Ronda se conservan algunos de
los objetos de su m agnífica colección de arneses, sillerías y ropa jes para los caballos, que se e xponían en
San Telmo para asombro y deleite de los familiares, invitados y visitan tes.
7 AOBS, Legajo 246, Pieza 8. Nota de Joaquín del Alcázar.
8 AOBS, Legajo 246, Pieza 9. Estado de obras de 3 de Juni o de 1858.
Balbi no Marr ón, Palacio de San Telmo, Pro yecto de reforma, Picadero , sección, 1855, a guada.
Colección descendie ntes Infant es Duques de Montpensier.
Detrás de los proyectos, propuestas y pertinentes directrices de Balbino Marrón, y de
las exigencias y peticiones del Duq ue de M ontpensier a través de Joaquín del Alcázar,
sabemos que el m aestro José María Ríos y el pintor Juan de Lizasoaín estuvieron a pie
de obra, controlando mano a mano la ejecución de toda esta gran reforma y firmando los
estados de obras regularmente. El prim ero ha evolucionado desde su s primeros años en
las reformas de San Telmo, desde la dir ección en las cuestiones de carp intería a
convertirse en el maestro de obras de Marrón, quien supervis a todo el proceso
constructivo día a día. Juan de Lizasoaín, lejos de ser un simple pintor encargado tan
solo de la cuestión de pinturas, ha f uncionado siempre en San Telm o como un
profesional brillante y fundam e ntal junto a Marrón y a Ríos , controlando la decoración
y supervisando el diseño de los nuevos espacios, sus pers pectivas –tan to internas como
externas-, y la relación y adecuaci ón de lo nuevo con lo preexistente 9 . Recordemos aquí,
el celo exigido por Lizasoaín cuando en la s primeras reform as y mejoras suplicaba que
la verja delantera del palacio fuera abierta y di áf ana, para que no se rompiera el eje y la
perspectiva visual de la gran portada del edificio.
9 Véase el papel de ambos profesionale s en el capítulo de esta tesi s doct oral referent e a las primeras
interven ciones en San Telmo, entre 18 49 y 1853 .
Estado actual del secto r Norte del Pal acio de S an Telm o, con el anti guo patio a peadero, se gment ado
posteri orme nte en dos, fotogr afía.
Estado actual del antiguo Patio del Apead ero del Palacio d e San Telmo. Fotografía.
En estas obras de San Telmo trabajaron de dos a cuatro oficia les albañiles, varios
ayudantes, y un número cam biante de peones, carpinteros y blanqueadores. Durante el
verano de 1858 los muros del Apeadero están a la altu ra de siete p ies sobre el zóca lo y
están empleados los oficiales González y Ca ro, y los ayudantes González y Moreti, con
el número de peones correspondientes 10 . No parece que los trabajos fuesen a un ritmo
frenético, ni siquiera a un buen paso, pues en algunos estados de obra inmediatam ente
posteriores se hace referencia precisamente a la lentitud con la que m archaban las
reformas y actuaciones en el Apeadero 11 .
Durante el mes de A gosto se sigue trab ajando, se labran los ar cos y se concluyen los
dientes de las ventanas y las puertas. Los muros del apeadero se hallan a la altura de
catorce pies sobre el zócalo (…) y sabemos que continúan labrándose en los meses
siguientes 12 . Como parece habitual, las obras vuelve n a ralentizarse hasta el siguiente
verano de 1859 y, de igual forma hasta el de 1860, pareciendo que las obras no acaban
realmente de una m anera definitiva 13 , hasta el punto de que Marrón reconoce durante
este último año que las obras en el Apeadero es tán detenidas. Pese a ello, las tareas de
limpieza, barnices, pin turas y reparación continúan, pues pertenecen a una labor
permanente de m antenimiento 14 .
Precisamente, y en esta línea de un mantenim iento eficaz y constante –algo que
define la organización escrupul osa y el cuidado con el qu e los Montpensier cuidan y
miman sus propiedad es-, conocem os por un estado de obras de 17 de Mayo de 1860 que
el nuevo despacho de S. A. está solado y concluido, así como el de los Gentiles
Hombres. Y que además , se sigue solando el de los Escribientes. Esta fecha es
importante porque en el m ismo documento se afirma que se ha finalizado el picadero,
cuyo trabajo ha hecho el oficial Caro, con su armadura de hierro, esqueleto y cubierta
10 AOBS, Leg. 246, P. 9. Estado de o bras de 10 Julio d e 1858. Fir man Ríos y Lizasoa ín .
11 AOBS, Leg. 246, P. 9. Estado d e obras de 24 Julio de 1858. Ríos af irma: “En los muros del A peadero
no se ha hech o más que lab rar el diente a la puerta de l a primera ha bitación q ue está a nivel de l os
corredores del patio princip al”.
12 AOBS, Leg. 246, P 9. Estado de obras de 28 Ago sto de 1858.
13 AOBS, Leg. 246, Piezas 10 y 11. Es tado de obras de 5 de Junio de 1859. Ríos y Lizasoaín afirman:
“Los mur os del Apeadero se encuentr an a se is varas de alto, l abrados los die ntes de l as dos p uertas y
construye ndo las rosc as de los arc os”. Fi rman José Mª R íos y Jua n de Lizas oaín.
14 AOBS, Leg. 246, P 11. Estado de obra s de 17 de Mayo de 1860. Ríos af irma: “Se concluyó la limpieza
y reparació n de todos los tejados , de u na maner a radical como n unca se ha hecho”.
montadas , y que, según el pintor Lizasoaín –ya a punto de ser sustituido por Juan
Antonio Espejo- , se está restaurando la fachada que da al jardín 15 .
La fachada del jardín, entre la Real Capilla y la Torre Nu eva, ya había sido levantada
al mismo tiem po que los muros del picadero y los del patio apeadero, por lo que
deducimos que Lizasoaín –él adem ás habla claram ente de restauración- se refiere al otro
tramo de fachada que m ira a los jardines, la que llega d esde la capilla hasta la torr e
Sureste, que justo hacia 1860 cumplía ya casi diez años. Tras haber levantado el nuevo
tramo de esta fachada p osterior de San Telm o, se aprovecha la ocas ión para lim piar y
restaurar el segmento m ás antiguo.
El engrandecimiento del Apeadero. Las di ferentes propuestas de Balbino Marrón
para la crujía Sur del Patio del Apeadero.
Las diferentes propuestas para monume ntalizar la crujía Sur del Patio del Apeadero
con una portada o pórtico para recibir a lo s carruajes debieron pr oducir en Antonio de
Orleans y en los profesionales y colaborador es a su servicio, Ma rrón, Ríos y Lizasoaín,
un verdadero y prolongado quebradero de cab eza, aunque no dudam os de la satisfacción
y gusto que el Duque de Montpensier se ntía por las obras y los proyectos que
entrañaban dificultades. La intenció n de cr ear un nuevo eje sim étrico entre la portada
exterior del Apeadero –fachada Norte del palacio- y esta nueva crujía del patio –que
debía ir también a eje con el patio principa l de S an Telmo- no pudo resolverse ni rápida
ni fácilmente.
En algunos planos y proyectos anterior es a 1860 puede comprobarse que en el frente
Oeste del patio-apeadero existe un pórtico s obre cuatro columnas destin ado a recibir a
cubierto a los visitan tes. Era la entrada para carruajes del palacio, que debían girar a la
derecha una vez pasada la portada exterior junto al cuerpo de guardia. El acceso al
palacio por este pórtico desembocaba en un corredor largo, estrecho y poco ilum inado,
paralelo a la fachada principal y justo en la zona de las habi taciones de despacho,
biblioteca y secretaría –aunque tam bién zona de letrinas-. 16 .
15 AOBS, Leg. 246, P 11. A partir del verano de 1861 ya no firm a Lizasoaín en l os estados de obra s.
Aparece en s u lugar Juan Ant onio Espe jo.
16 Lleó Cañal, V, art cit ., 2004, p ág. 074.
Balbino Marrón , Palacio de San Telmo, Proyecto de reforma del Apeadero , plano, detalle, ca. 1855,
plum a y aguada. A OBS, F undación Infant es Duques de Mont pensier.
El Duque de Montpensier debió p actar con Marrón la pr oyección de una nueva
entrada de m ayor importancia por el frente Sur del Apeadero, como ya apuntó el
profesor Lleó Cañal, para facilitar la co municación, un tanto tortuosa, hasta conectar
con espacios como la Galería de las Colum nas y sus salones adyacentes. Un nuevo
pórtico, una fachada más embellecida y el aborada e incluso una posible escalera
monumental con ilum inación cenital fueron los proyectos que Marrón propuso a los
Duques para modificar plenam ente la distribuc ión de este sector Norte de San Telmo.
Balbino Marrón, Palacio de San Telmo, Pro yecto de reforma del frente Sur del Patio del Apeader o , plano
y alzado, ca. 1860, láp iz. AOBS, Fundación Infantes Duques de Montp ensier.
Balbino Marrón, Palacio de San Telmo, Proyecto de ref orm a del frente Sur del Patio del Apeader o ,
detalle del alzado, ca. 1860, lá piz. AOBS, Fundación Infant es Duques de M ontpensie r.
Arriba, Jua n de Lizasoaín, Proyecto de marquesina o pórtico con balc ón y cierre de crist ales, lápiz y tinta,
y abajo, Balbino Mar rón, Alza do con b alcón , lápiz, pe rtenecientes al Pr oyect o de refor ma de l a crují a Sur
del Patio del Apeade ro del Palacio de San Telmo , ca. 18 60, AOBS, Fundaci ón Infant es Duques de
Montpensi er.
Si observamos la planimetría del palacio poster ior a la m uerte de Ma rrón 20 , podem os
percibir los cambios ejecutados en la distribuc ión interior de la crujía Sur del Apeadero.
Es decir, esta zona fue redistribuida para que el acceso pud iera ser más directo hacia el
patio principal, pe ro los estados de obras no ofrecen apenas inform ación para estos
trabajos. Las posteriores intervencion es en el Patio del Apeadero lo dividirán en cuatro
partes a modo de crucero, surgiendo un corre dor cubierto desde el vestíbulo de la
fachada Norte hasta esta portada d e acces o del frente Sur que estamos estudiando
No parece que finalmente se ejecutas e una gran portada de in tensa elaboración para
esta crujía Sur del Patio del Apeadero. Co mo ya hem os dicho, documentalmente no se
habla de su construcción, y su ejecución no aparece en los estados de obras para es tas
fechas. Por otro lado, podríamos preguntarnos por qué no existen fotografías de esta
parte del palacio, y por qué es te sector no formó parte de la iconografía f otográfica que
los Duques generalizaron y difundieron so bre el Palacio de San Telm o. Es
contradictorio que habiendo el Apeadero y su patio desencadenado un gran volumen de
proyectos por parte del gran arquitecto Marr ón, no se conozcan ni se hayan localizado
fotografías q ue ilustren los trabajos ejecutados.
La construcción de la Torre Nueva y la conclusión de la Fa chada del jardín.
Labrada hacia 1850 la fachada posterior al jardín –entre la Real Capilla y la Torre
Sureste- y levantado el Salón de la Columnas y su logia, la constru cción de la Torr e
Nueva en el ángulo Noreste y la continuaci ón de la fachada del Jardín entre 1857 y 1859
supusieron la práctica conclusión de un inme nso edificio cuyo proyecto original, bien
por problemas económ icos, bien por desi dia de la administración, había quedado
truncado.
El Torreón Noreste de San Telmo poseí a ya en tiempos del maestro José Gutiérrez
sus cimientos estaban abiertos y dispuestos para la edificaci ón. Ahora, entre 1857 y
1858, se lleva a cabo su cons trucción, que coincide justam ente con el fin de las
intervenciones en la nueva Galería del Río . El 25 de Noviembre de 1857, m ientras se
están colocando las cancelas de hierro para la logia citada , el alcaide de San Telmo,
20 Balbino Marrón muere en 1867. El arquitecto Juan Talavera de la Ve ga lo sucederá entonces com o
arquitecto ducal.
Joaquín del Alcázar, ordena con resp ecto a esta torre en construcción, cubrirla y abr irle
sus huecos de ventanas 21 .
Antes de la Navidad de 1857, se preparan las maderas para la andamida y así cubrir
el nuevo torreón. El maestro Ríos, siempre a pie de los trabajos, comenta en un estado
de obras de 12 de Diciembre, que se han colocado los durmientes y las alfardas, y se
están igualando los muros del maderamen 22 .
Sabemos por la documentación consultada que durante la segunda mitad de este mes
de Diciembre se está tejando la torre , entablándose toda la armadura para los trabajos
en sus muros, y que los operarios procedieron a abrir las ventanas para así poder
colocar las rejas . Parece que todo el proceso de cons trucción estructura l concluyó el día
27 del mismo m es de 1857, sin embargo, toda vía durante 1859, y especialmente en los
meses de verano, se sigue trabajando en los in teriores de la torre. Pintura decorativa,
cielos rasos, portajes, es tucos, muros externos y pararrayos.
Anónimo, Vista de Sevilla desde la Gira lda , con el Palacio de Sa n Telm o sin el Torr eón Noreste , detalle,
ca. 1850, daguerrotipo. Colección descendi entes de los Duques de Montpensier.
21 AO BS, Leg. 246, Pieza 8. Nota circ unstan ciada de los trabaj os a real izar en el P alacio de San Telm o ,
de 25 de Noviem bre de 185 7, por el Al caide del Palaci o Joaquí n del Alcáz ar.
22 AOBS, Leg. 246, Pieza 8. El maestro Ríos com enta: Se está conc luyendo la andam iada para cubrir la
torre. Estados de obras de 5 y 12 de Diciembre de 1857.
Fotografía, la Torre Nueva del Palacio de San Telmo , estado actual del sector Norte del Palacio.
El levantamiento del último tramo de fachada posterior que aún quedaba por
finalizar –la crujía Este qu e mira a los jardin es, desde la cabecera de la Real Capilla a la
Torre Nueva-, fue paralelo a la construcción del Picadero en particular, y a la del Patio
del Apeadero en general. Para la articulaci ón y la regularización de sus vanos o huecos
se siguieron las mismas pautas que en 1850. El decorativo y plástico alzado de entonces,
obra de Balbino Marrón en colaboración con el pintor Juan de Lizasoaín fue utilizado de
nuevo. Con fábrica de ladrillos y decoración cer ám ica y de estucos, y en la línea de las
obras de los Figueroa en San Pablo o los Ve nerables, será finali zado todo este frente
posterior en dirección Norte, ha sta su unión con la nueva torre.
Según el maestro Ríos, entre Julio y Agosto de 1858 la nueva fachada del Jardín está
en toda su extensión (…) a la altura del zó calo, y se están colocando las basas de las
pilastras (…) 23
23 AOBS, Legajo 246, Pieza 9. Ríos comenta en los es tados de obra pertenecientes a Julio y Agosto de
1858: La nueva fachada del Jardín está en toda s u extensión (…) a la alt ura del zócalo; es decir una vara
y media sobre lo labrad o la semana pasad a (31 de Julio).
Se ha sent ado la m oldura del zócal o en la f achada del jardí n, y se están c oloca ndo las bas as de l as
pilastras (7 de Agosto).
Juan de Li zasoaín y Bal bino Mar rón, Proyecto de nueva fac hada posterior entre l a Torre SE y la
cabecera de la Rea l Capilla del Palacio de San Telmo de Sevilla , detalle, aguada, ca. 1850. C olección
Descendie ntes Infant es Du ques de M ontpensi er.
José María Ríos, quien constantemente da muestras de su buen hacer y su capacidad
de trabajo, va detallando minuciosam ente la evolución constructiva de esta obra
fundamental en la conclusión definitiva del Palacio de San Telm o. A finales de Agosto
anota que los pilares de la nu eva fachada del Jardín se hayan a la altura de siete pies
sobre el zócalo; que están colocadas las ménsulas de piedra, empotradas, y se están
sentando las molduras de la imposta. Añade que en los dos huecos estremos se están
colocando los formeros de hierro para sobre ellos labrar los dientes. Y en Septiembre ,
ya se están labrando los arcos de lo s huecos de la fachada del jardín 24 .
Sabemos que estos arcos serán concluidos a finales de este m es de Septiembre, pero
en la fachada se seguirá trabajando, ya a menor ritmo, hasta la Navidad de 1858. Como
hemos comentado, se está articulando toda la fachada externa de la nueva crujía que
alberga el Picadero, pues el objetivo es repetir el tramo ya levantado en torno a 1850 –
de la cabecera de la capilla hacia el Sur- y unificar la com pleta totalidad del frente Este
de San Telmo de torre a torre.
En la nueva fachada de l Jardín se han co locado las ba sas de las pilastras y labrad o sobre ellas dos pies
por térmi no me dio (14 de Agosto) .
Los pil ares de la nuev a fach ada del J ardín s e hayan a la altura del asient o de la méns ulas (21 de Agos to).
24 AOBS, Leg. 246, Pieza 9, Estados de obras de 28 Ag osto y de 18 de Septiembre de 1858.
Fachada del j ardín del p alacio de San Telmo, tramo entre la Real capilla y la Torre Noreste, y detalle.
Fotografías.
Balbino Marrón, Palacio de San Telmo, estado actual y pro yecto de ref orma en cimientos y za patas de
los muros d el frente Este y cabecera de la cap illa , ca. 1855 , lápiz, pl uma y aguada . AOBS , Funda ción
Infantes Duques de Mont pensie r.
En el proyecto de reforma en los cimiento s y zapatas de los muros del frente Este, la
enfermería, la cabecera de la Real Capilla y la sacristía , Balbino Marrón señala que la
torre Noreste está aún sin c oncluir, y explica cuáles son lo s cimientos y zapatas q ue
recibirán los nuevos m uros –señalados en el plano en color carmín-, los cim ientos por
construir –carm ín intenso-, la parte que hay que derribar –am arillo intenso- y los vanos
que hay que retranquear para alinearlos con los ya exis tentes. Con este proyecto,
ejecutado por el m aestro Ríos, se regulariza to do el ámbito de la cabecera de la Real
Capilla, cuadrándose sus proporciones y m edidas.
Finalmente, y durante 1860, el m anten imiento en tem as de pinturas de muros,
barnices para las puertas de caoba, la instalac ión de retretes venidos de Francia, pintura
exterior, limpieza de fachadas, limpieza de los balaustres de l balcón principal, la
restauración de los adornos de yeso y archivoltas de la fachada del jardín, muestra un
nivel de actuaciones intenso. Es también en es te año cuando son colocados en la Galería
nueva los techos procedentes de l Palac io de Vista Alegre , bajo l a supervi sión de Ríos y
Lizasoaín.
Los estados de obras para los siguientes años, hasta la m uerte de Balbino Marrón, en
1867, y hasta el momento del exilio de los Duques a Lisboa a partir de la Revolución de
1868, muestran una reducción considerable del nivel de obras. Sin em bargo, las obras
de reparación, restauración y lim pieza van a ser continuadas durante estos años.
En Mayo de 1863 hay una cuadrilla restaurando y limp iando toda la Real Capilla, su
retablo, pinturas, escult uras, molduras y yesos, y l os empedradores trabajan en esta
fecha en el patio del Apeadero. Además, durante el m es de Junio, se han restaurado las
molduras del arco de entrada al ap eadero que estaban destruidas – cuestión curiosa -
por el entretenimiento de los soldad os con las puntas de las bayonetas 25 .
Sector Norte o del Apeade ro del Palacio de San
Telmo, con la Torre Nueva y la Galería d e Hijos
célebres de Sevilla, Fotografía.
25 AOBS, Leg. 246, Piezas 12 y 13, Estados de obras de 1860 a 1867.
Entre 1864 y 1865 continúan en San Telm o las re paraciones en genera l, pero solo hay
un estado de obras para todo 1865. Como es ev idente, la gran operación de conclusión
para San Telm o ya finalizó hace años y, al parecer, es San Diego el ámbito que ahora
recibe algunos cuidados, pues sabemos que en 1867 se restauró su capilla.
También en este último año del que hablamos, y antes de l fallecimiento del arquitecto
de los Duques, se restauró la fachada Norte, una operación de lim pieza y pintura que
concluiría definitivam ente las obras gene rales de todo este sector del edificio.
Posiblemente ahora, en torno al simbó lico año de 1868, fue pensada la Galería de
sevillanos ilustres, como tam bién ahora fue pensada la galería de Reyes y personajes
ilustres de la Historia p ara el patio princi pal. F inalmente, no será hasta después de la
muerte del Duque de Montpensier cuando se coloquen las doce esculturas que Antonio
Susillo labró sobre los hi jos célebres de Sevilla 26 .
26 En el AOBS hemos localizado la factura por la que el Escultor Antonio Susillo cobró la suma de treinta
mil pesetas por doce escu lturas de sevillano s ilustre s en piedra artificial. Luis Lerdo de Tejada,
admini strador de l os Duque s, pag ó al escultor –quién fi rma l a factura- l a cantidad c onvenida el 20 de
Mayo de 1895.
4. 4. ADORNO Y DECORACIÓN EN LOS INTERIORES DEL PALACI O DE
SAN TELMO: LA CONFIGURACIÓN DEL GOÛT MONTPENSIER.
El cronista sevillano José Velázq uez y Sánchez definió San Telmo en su Crónica
Regia –Viaje de la Corte a Sevilla en 1862- como palacio fabuloso en las pintorescas
márgenes del Guadalqu ivir, magnífico, decorado con cuant as preciosidades artísticas
puede reunir la opulencia, coadyuvando a la s combinaciones del gusto más exquisito 1 .
Anteriormente, tam bién lo había definido com o magnífico el Archiduque de Austria y
futuro Emperador de Méjico, Maximiliano, qui en a su paso por la ciudad en 1851, y de
visita en San Telmo, le pareció encontrarse en un palacio de hadas, con salones
amueblados de manera muy lujosa 2 .
La imagen de San Telm o, pública, oficial y privada, fue forjándose lentamente a
través de las crónicas, lo s come ntarios y noticias de la prensa -sob re todo la loca l-, de
las fotografías in teriores y exte riores del pala cio, así como por la propia im agen y
actuaciones de los m ismos duques, su familia y todas las personalidades a su s ervicio.
Sin embargo, desde la llegada de los Montpe nsier a Sevilla, cuando residen en el
Palacio Arzobispal o en los Alcázares, su imagen pública ya se relaciona con lo
principesco, lo regio y lo palaciego. Magni ficencia, grandeza, pr otocolo, distinción y
nobleza son conceptos que estos jóvenes Infantes traen consigo asociados, antes de su
establecimiento en el g ran Palacio de San Telmo.
Definir el concepto de gusto para una pers onalidad como la de Antonio de Orleans, o
para la Infanta Luisa Fernanda de Borbón, nacidos en los más exquisitos y elegantes
ámbitos cortesanos d e París o Madrid, puede p arecer sencillo a priori, pu es imaginamos
aparentem ente la alta educación recibida, la inst rucción ofrecida a estos príncipes, los
ambientes frecuentado s, los viajes, las visita s y otros tantos usos y costumbres propias
de su rango social y económico. Pero, si te nemos presente, y en el caso concreto del
Duque de Montpensier, que la educación y la instrucción eran lo primero para su padre
el Rey Luis Felipe de Francia, y su participaci ón en la política y los act os de la Casa real
francesa eran una prioridad en las Tulle rías de los Orleans, podem os llegar a
1 Velázquez y Sánchez, J ., Crónica Reg ia, Viaje de la Corte a Sevilla en 1862 , Imprenta y Litografía
Sierpes 35, Sev illa, 1864, pág. 7.
2 Archiduque Maximiliano de Au stria, Por ti erras de Españ a, Bocetos L iterarios de viajes, (1 851-1852 ).
Madrid , 1999.
Decir Oriente evocaba en Occidente, sobre todo en los siglos XVIII y XIX, de un
lado, un espacio bastante indeterminado y amplio a nivel geográfico, colm ado de
fantasía, exotismo y erotism o y, del otr o, el mundo de un colectivo perezoso, casi
impostor, irracional, atrasado, al margen de la evolución m aterial y de pensamiento
europeo. En el lé xico geográfico, Oriente es aquella parte del mundo que está situada al
este de Europa y que se llama Asia, conoc ida tam bién como el Próximo y el Extremo
Oriente. Históricamente habl ando, O riente estuvo siempre vi nculado al comercio y al
imperio, y filosóf icamente asociado a ideas y r itos exóticos 14 . La idea que de Oriente
han tenido lo europeos, y la manera de re lacionarse con él, desde la Edad Media y
Moderna, ha configurado el movim iento or ientalista, asociado a los contactos entre
Oriente y Occidente. Cuando el Duque de M ontpensier y A ntonio de Latour viajan por
el Mediterráneo oriental en el verano de 1845, en busca de estrechar los contactos
diplomáticas de Francia con las regione s norteafricanas, Turquía y Grecia, ambos
personajes comienzan su periplo cargados de ideas previas, prejuicios, que tienen q ue
ver con lo leído y oído, pero al margen de una experiencia pers onal real y directa.
Jean-Etienne Lio, R etrato de Francis Levett y Hélène Gl avani , 1740 . Museo del Louv re.
14 Véase El-Out mani, Ismael, Oriente co mo discurso en el di scurso de Occident e, art. cit ., 2006.
Said presentaba en su obra a los padr es inaugurales del Orie ntalismo moderno, el
ilustrado Silvestre de Sacy, el gran pione ro, y Ernest Renán. Precisam ente, ambos
intelectuales colocaron al pensamiento orient alista sobre una base raciona l y científic a,
creando un vocabulario exacto y un cuerpo doctrinal que podría ser us ado en adelante
por todos los que accedieran al campo de los estudios o rientalistas. Son ellos los que
establecen la figura d el orientalista como auto ridad cen tral para los asuntos de Oriente,
instituyendo una forma textual de referencia que a partir de entonces hablaría por boca
del Oriente. Sus métodos básicos de trabajo fueron la repetición y la reconstrucción, la
cual iba destinada a allan ar el camino a las adm inistraciones y a los ejércitos que se iban
a ir estableciendo en Oriente 15 .
Silvestre de Sacy se sitúa en el com ienzo del orientalismo de co rte ilustrado. En 1769
es nombrado profesor de la École spéciale de Langues orientales y del Collège de
France , así como primer presidente de la Société Asiatique , fundada en 1822. Trabajó
como asesor en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia, traduciendo y
preparando documentos, com o los boletines de la Grande Armée y el Manifiesto de
1806 con el que Napoleón pretendía excitar el "fanatismo musulmán" contra los rusos.
Sacy estuvo en los p rincipales archivos europeos que contenían textos orientales.
Recopiló, revisó y anotó infi nidad de manuscritos. La obra de Sacy instituye un Oriente
hecho a base de objetos textuales, que irá pasando de una generaci ón a otra, dentro del
campo de estudios del orientalism o. Su ma gisterio fue altam ente fructífero en toda
Europa, llegando a trans mitir su sabiduría sobre la lengua árabe y Oriente a num erosos
discípulos, entre los que se encontraba el es pañol Pascual de Gayangos , arabista de gran
prestigio en Europa y en España durante las décadas centrales del siglo XIX 16 .
Ernest Renan, catedrático de Lengua He brea, representa ya a la segunda generación
orientalista, y su labor fue la consolidación del discurso que se estaba generando a partir
de Sacy, sistematizando sus descubrim ientos. Escribió entre muchos y diversos libros y
estudios una historia sobre Averroes y el averroísmo (1852), tratado que lo introdujo en
la línea del Orientalism o. Una Historia sobre los orígenes del cristianismo (1863-1881)
e Historia del pueblo de Israel (1887-1893) son sus estudios m ás profundos, así como
los que lo encumbran, según Sai d, en la tendencia orientalis ta de la sistem atización y
15 Véase Cabrera, Has him. Oriental ismo: E n torno al discurs o de Edw ard Said. Verde Islam, Nº 6. 1997.
16 Ibídem, 1997.
racionalización de lo oriental , lo que apoya y anima la dom i nación intelectual y cultural
del europeo sobre el no occidental.
En el mundo británico, la Royal Asiatic Society de Londres, fundada en 1823 por el
estudioso Henry Colebrooke, jugó un objetivo f undamental de cara a la recopilación de
información y a su organización sistem ática dentro del campo especializado del
orientalismo, justo en una línea sim ilar y paralela a la de su colega francé s Silvestre de
Sacy. La composición de gramáticas de le nguas orientales, la a dquisición de textos y
manuscritos originales, la traduc ción de obras científicas y literarias, la obtención de
obras de arte del mundo oriental, así com o la difusión de todo este material ya
constituido fueron sus lo gros más destacables. A ños más tarde, en EE.UU., y com o hija
de la sociedad brit ánica, se funda la American Oriental Society , con idéntica p royección.
El Orientalismo com enzaba a ser una cien cia, que aunque aún no configurada del todo,
que se encargaría de estudiar la tota lidad de los asuntos del mundo oriental.
Justamente en el mundo británico –también en Francia- surgieron los m ayores
expertos en asuntos orientales , de sde la lengua y la literatura has ta el arte y la
arquitectura. El irlandés James Cavanah Murrphy, con The Arabian Antiquities of Spain ,
de 1815 o el arquitecto Owen Jones, con su Plans, Elevations, Sections, and Details of
the Alhambra 17 , de 1842-45, en colaboración con el francés Jules Goury, abren una vía
hacia el estudio de un orient alismo cercano, palpable, concretamente hacia el de la
arquitectura islámica en España, que generará toda una co rriente romántica de atracción,
con una contundente expansión y proyección en Europa 18 . Si el primero, junto a otros
ingleses del primer tercio del XIX, había fa ntaseado sobre las dim ensiones y la grandeza
de la Alhambra, Jones vino a destruir esa ficción romántica para m ostrar una imagen
real del monumento –aunque contribuyera a su exaltación definitiva com o emblema
único del arte islámico, su significación y sus form as- 19 .
17 Véase Jone s, Owe n - Go ury, Jules - Gay angos y Arce, Pa scual de - Campos Rom ero, Mª Ángeles (ed.),
Planos, Alzados, Secciones y detalles de la Alhambra , Akal, Madrid, 2001. Y Cavanah Mu rrphy, James,
The Arabian Antiqu ities of Spain , 1815 (Antigüe dades árabes de España, Trad. de A. Martínez Ve la,
Gran ada, 1987) .
18 Véase Jacobs, Michael, El tejido de los G enios, Visio nes de la Alhambra , en La Alhambra , Cart ago,
Palma de Mallorca, 2000 , pp. 155-182.
19 Véase Raquej o, Tonia, El Alhambresco: constitució n de un modelo estético y su expresión en la
tradici ón orname ntal m oderna , e n La I magen r ománt ica del le gado A ndal usí , Lunwerg, Mad rid-
Barcelona, 1995 , pp. 29- 36.
James C avanah M urphy, The Arabian Antiquities o f
Spain, Sala de las Dos Hermanas en la Alhambra ,
Calcogra fía. Di b. J. C. Murphy, Grab. J . Roffe,
Londres, 1813.
Teniendo en cuen ta estos preceden tes del Or ientalism o como movimiento científico e
ilustrado, como objeto de estudio , hacer un breve recorrido por la evolución del
Orientalismo en Europa sería m uy revelador de cara a la comprensión de la dimensión
del concepto tratado. Para ello es indispensa ble m anifestar en un pr incipio que, desde la
Antigüedad, Oriente ha funci onado como el opositor com pleme ntario de Occidente. Sin
embargo, en esos tiem pos antiguos, Oriente Próx imo era el epicentro, el lugar al que se
dirigían las miradas y del que partían las gr andes iniciativas culturales, el punto cero de
la propia Historia. Además, es interesante r ecoger en este punto la tesis revisionista de
John M. Hobson, defendida por cada vez más historiadores. En su libro Los orígenes
orientales de la Ci vilización Occidental este profesor demuestra que el progreso de la
civilización de Occidente se basó en gran me dida en la inteligencia, la ciencia y la
tecnología de Oriente, desmintiendo m itos y tópicos eurocéntricos. Según Hobson, los
europeos se apropiaron de muchas ideas nacidas en Oriente y las reconvirtieron en
occidentales, distorsionando la realidad histórica y marg inando todo lo no occidental 20 .
Es reconocido y respetado el papel que me sopotámicos y egipcios jugaron en la
Antigüedad, influyendo decisivamente en el origen de la civilización occidental. Am bas
20 Véase Hobson, J ohn M., Los orígenes orientales de la civilización de Occidente , Libr os de Hist oria,
Barcelona , 2006.
culturas evolucionaron hacia la creación de civ ilizaciones organizadas que cambiaron
radicalmente el rum bo de millones de sere s hum anos. Más adelante, cuando las culturas
helenística y romana hagan gi rar el ep icentro civ ilizatorio hacia Occidente, será el
momento en que Oriente quede como ese opositor com plementario, com o una parte
fundamental e integrante de un todo, un te rritorio que conviene conocer, m antener
cercano, y casi poseer.
El ejemplo m ás paradigmático del prim er personaje histórico que con extremada
fuerza en la Historia de Europa hace girar la vista y el deseo desde Occiden te hacia
Oriente es Alejandro Magno. Sus cam pañas m ilitares para preparar el terreno a la
expansión civilizatoria de los griegos en Orie nte Próximo es la m ayor y la más pionera
muestra de orientalismo en nuestra Antigüedad. Durante el prim er te rcio del siglo IV a.
C. Alejandro Magno recorrió miles de exótic os y desconocidos kilóm etros hacia el
Oriente más lejano, llegando a c onquistar el Imperio Persa, e incluyendo Anatolia, Siria,
Fenicia, Judea, Gaza, Egipto, Bactriana y Mesopotam ia como provincias de su Imperio
panhelénico. Alejandro llegó al río Indo, conoció y dominó Or iente, adoptó costumbres
persas, abrigó el proyecto de unificar Orient e y Occidente en un im perio mundial y se
casó con princesas bactrianas y persas, muri endo en la mítica ciudad de Babilonia. La
Grecia de Alejandro es el pr imer ejem plo en la Historia de Europa de intento de
dominación y control del m undo oriental por parte de Occi dente, visto ya entonces
como un rico territo rio que necesariamente había que conocer y som eter 21 .
Herodoto y Esquilo son claros representa ntes del mundo de la ciencia y la cultura
griegas. Ambos se interesaron en sus obras por Oriente. H erodot o fue educado en la
región Jonia, a caba llo entre la cultu ra oriental y la occidental, pero lo que lo convierte
en un orientalista pionero fue su dedicación al viaje por el Mediterráneo oriental. La
Hélade, Babilonia, Cólquida, Siria, Macedonia, Libia, Cire ne y Egipto fueron lugares
visitados y estudiados por el historia dor griego. En los nueve libros de sus Historias ,
dejó escrita una personal crónica de los enfr entamientos entre los griegos de Occidente
y los bárbaros de Oriente. El completo recorrido que realiza sobre el mundo de los
persas, analizando su geografía y su hist oria, sus regiones y ciudades, sus pueblos
21 Véase Lane F ox, Ro bin. Alej andro magno , en El M undo Clásico, Crítica, Barcelona, 2007 , pp. 295-305.
También, Vida de Alejandro Magn o , en Vidas Para lelas , de Plutarc o. Gre dos, 20 07.
enemigos, etc., abrió a los griegos un af án de dominación y conocimiento m ayor sobre
Oriente y sus pueblos.
Merece la pena señalar también en el mundo griego a Esquilo, con su obra Los persas,
del año 472 a.C., ambientada en Susa, la capital persa, y dentro del contexto de la
Batalla de Salamina, en las Guerras Méd icas . Es la obra teatral –trágica- griega más
antigua que se conserva y, de sde luego, fue para los griegos, romanos y bizantinos un
trozo de Oriente recreado para el ocio y el divertimento cultural 22 .
En las conquistas de la civilización ro m ana siempre estuvieron muy presentes el
mundo norte africano, Egipto y el Próximo Or iente. La República romana ya se había
anexionado entre el siglo I y II las ricas tier ras de Mauretania, Num idia, la Cyrenaica,
Egipto, Arabia, Palestin a y Syria. Con Traja no el Im perio llegó hasta el Mar Rojo y el
Río Eúfrates y el emperador Adriano viajó dur an te la mitad d e su reinado por al m enos
treinta de sus provincias, inaugurándose así un novedoso reinado con un emperador
altamente viajero que demostró a lo largo de su m andato su pasión por lo griego y por
el lujo y exotismo de todas aquellas provinc ias que visitó. Oriente ya significó en parte
para los romanos un mundo repleto de lujos n ada despreciables.
David R oberts, La puerta del gran Templ o de Baalbeck .
Royal Acad emy of Arts. Londr es.
22 Navarro, J . L., Los persas , Ediciones Clásicas, S.A., 1996
Siglos más adelante, el cristianismo, fe nacida en Próximo Or iente, una religión de
raíz no occidental, será asumida y, adm inistra da y dirigida desde Occidente, desde la
Roma tardo-im perial y desde la Roma medieval de los Pap as. Desde su origen en tierras
de Judea se extendió por Europa a lo lar go de la Edad Media, constituyendo desde
entonces un nexo de unión entre comunidades or ientales y occiden tal es de la misma fe.
En realidad, el orientalismo tiene su nacim iento formal como campo de estudio
erudito a partir de la decisión tom ada en el Concilio de Viena, en 1312, de es tablecer
una serie de cátedras de árabe, griego, hebr eo y siríaco en París, Oxford, Bolonia
Aviñón y Salamanca 23 . Tam bién en el transcurso de la Edad Media algunos viajeros
trazaron las rutas de l comercio hac ia Orie nte y construyeron un sistema regulado de
intercambios com erciales, como Marco Polo y después de él L odovico di Varthema y
Pietro della Valle. Las peregrinaciones m ilitantes eu ropeas, las Cruzadas, ha cían
contactar a los europeos con un Oriente cons iderado entonces com o tierra de infieles,
temido por el horror otom ano, aunque era un mundo deseado y admirado.
Toda la literatura popul ar y relatos vividos en las le janas tierras orientales dieron
lugar a un archivo con una estructura interna que se construyó a partir de esa literatura
relacionada con estas experi encias y de la que provien e un número restringido de
géneros típicos como el viaje, la historia, la fábula, el estereot ipo y la confrontación
polémica. Estas len tes a través de las cual es se observa Oriente, según Edward Said,
modelan el lenguaje, la percepción y la form a del contacto entre el Este y el Oeste 24 .
Tras un mundo medieval en el que las grandes ciudades de Oriente como Bagdad,
Damasco, El Cairo, -también la propia Córdob a- fueron el modelo de lo urbano, el
paradigma del com ercio, del lujo, de la cult ura y de la ciencia, Occidente tomará el
relevo en la Baja Edad Media y en el Renacimiento para pr otagonizar un papel rector y
ordenador del m undo, pero bebiendo de él. Precisam ente, en un brillante trabajo titulado
"El bazar del Renacimiento ", el profesor Jerry Brotton 25 , su auto r, nos muestra como
Europa aprovechó todos los recursos que le brindaba Oriente para despegar y vivir una
edad de oro. Jerry Br otto n, que se encuentra en una lín ea de investigación sim ilar a la de
23 Said, E., opus cit ., pp. 81- 82.
24 Ibídem , pp. 92-9 3.
25 Véase Brotton, Jerr y, El Baza r del Renacimiento, Editorial Paidos, Barcelona-Bueno s Aires, 2004.
John M. Hobson, sostiene que entre 1400 y 1600 Europa se definió a sí misma gracias
al comercio y a la com petencia con sus v ecinos islám icos, africanos y asiáticos.
Por otro lado, la República de Veneci a sería el mejor ejemplo de ese Estado europeo
que renace, que se relaciona con Oriente y roba para si el mito de la pro speridad oriental.
Venecia suplanta a Oriente dentro de Occide nte y extrae altos beneficios de ello. Esta
ciudad fue desde los siglos bajo medievales un hito de lo oriental en Europa, pues sus
relaciones con el este del Mediterráneo, especialm ente con Egipto, pero también con el
Imperio Bizantino, luego Otom ano, y Persia, acercaban e introducía n un orientalismo
real, auténtico, palpab le. Su carácter de po tencia comercial global, abie rta al comercio
internacional, es decir al comercio oriental, la convierte en paradigm a de la tesis que
defiende un protagonismo contundente de Or iente en la ascensión de la civilización
occidental y unos lazos globales entr e Occidente y Oriente permanentes 26 .
Anónim o veneci ano, Recepción de los embajadores venecianos en Damasco , 1511. Óleo sob re lienzo,
Museo del Louvre.
26 Véase Hobson, John M., opus cit, 2006, pp. 7 7-79.
La República veneciana estableció consul ados y colonias de come rciantes por todo el
Mediterráneo Oriental, y, en una línea algo menos brillante, insi stió y propuso en la
cuarta Cruzada contra el Islam saquear, pr ecisam ente, las riquezas de Constantinopla.
Marco Polo abrió la imaginación de m uchos europeos con sus relatos, en los que
mostraba sus vivencias y percepción de los tem plos dorados, las minas de rubíes y otras
maravillas qu e había visto en sus viajes por el Oriente, así co mo los suntuosos palacios
y la deslumbrante vida cortesana d el Gran Kan, que sobrepujaba en refinamiento y
elegancia todo lo conocido en la Europa m e dieval. Durante sus veinticuatro años como
prisionero del Gran Kan, en China, recorr ió todo el Oriente. Desde Venecia había
partido a Constantinopla, y desde allí al Extremo Oriente. Dos siglos m ás tarde
Cristóbal Colón no encontró esa China descrita por Marco Polo, pero la inspiración que
el veneciano despertaba com o mito comercial y sím bolo de los viajes a Oriente lo llevó
a topar con otro mundo nuevo que descubrir para Europa 27 . En la Venecia tardo
medieval, Gentile Bellini, quien viajó a Constantinopla en 1479 y pintó al Sultán
Mehmed II, y Vittore Carpaccio, que pudo habe r realizado también un viaje a Oriente,
dada su extremada fantasía orientalizan te, fueron los principales exponentes del
acercamiento de los artistas del Renacim ien to venecian o a lo orientalista. Ellos
confirman la tesis de Jerry Brotton, pues dan a conocer a través de diversas pinturas un
ambiente que defiende lo or iental como posible modelo.
En otro contexto, pero en el mismo tiem po, el Reino Nazarí de Granada, el último
bastión del Islam en la Península Ibérica, es un hito histórico com o lazo de unión y
contactos entre Oriente y Occident e. En gran parte, el m ito orientalista d e la Andalucía
romántica proviene del dilatado e intenso periodo durante el cual el Islam permanece en
estas tierras, luego cristianizadas y europeiz adas. Adem ás, los mudéjares y los mo riscos,
como grupos y com unidades relacionados de una u otra forma con el mundo islám ico y
la estela oriental, alargan durante siglos una buena cantidad de tradiciones, usos y
costumbres de raíz no occiden tal. El Re ino de Castilla comerció y mantuvo buenas
relaciones de vecindad durante siglos, aprendien do del lujo y de la suntuosidad islám ica,
tan exquisita con respecto a la sequedad y austeridad castellana. Verdaderamente
Granada y la Alhambra quedarán convertidas en uno de los m ayores mitos orientalistas
27 Véase Larner, John: Marco Polo y el desc ubrimient o del mu ndo . Yale University Press, 1999. Como
resultado de un proyecto cien tífico altamente in te resante, véase el catálogo de la exposición: “Veneci a y
Oriente ". Instituto del Mundo Árab e, París, 2007 . Véase también: Arbeteta Mira, Leticia, L a invención de
Orie nte en la cu ltura eu ropea , Revist a Goya, n º 293, Madrid.
ya desde su origen, con una gran proyección de futuro, pues a partir del siglo XVIII
Granada y lo nazarí serán el paradigm a de un Oriente íntimo e inm ediato para los
románticos 28 .
La comunidad mudéjar en la Castilla mediev al y m oderna favoreció la prolongación
de la estética islámica de ntro del arte cristiano, pr opiciando un orientalismo muy
temprano en nuestra Historia. Quizás, Pedro I, e l Cruel, sea la f igura más llam ativa y
relevante a la hora de hablar del apasi onamiento por un orientalism o que, según la
herencia patrimonial dejada, debía inundar todas sus residenc ias reales. Destacables son
el Palacio de Tordesillas, en Valladolid, hoy Convento de Santa Clar a y el Palacio Real
en el interior de los Reales Alcázares de Se villa. Ambos fueron construidos a la m a nera
del conjunto palaciego de la Alhambra. En los dos palacios los elementos cerám icos y
las yeserías nos traen el recuerdo de lo gr anadino y de la mano de obra indudablemente
islámica 29 .
De otra parte, en estos antecedentes de la visión orientalista en contramos las obras
literarias de Dante, Pedro el Venerable, Martín Lutero, el poema del Cid, la Chanson de
Roland, el Otello de Shakespeare, en las que Oriente, y sobre todo el Islam , aparece
como un agente extraño que representa un papel de intruso en el interior de Europa.
Todas las ideas contenidas en estas obras van a ir dando legitimidad a un vocabulario y
a un discurso particular sobr e Oriente y el Islam. Constr uirán una visión de profunda
fuerza que se irá asentando en el imaginario colectivo de los occidentales, con sus
figuras y sus símbolos 30 .
Dentro del orientalismo que se desarrolla en la Europa del Renacimiento, León el
Africano, Hasan bin Muhammed al-Wazzan al-Fasi, hijo de Mohamed el alamín de Fez,
es probablemente uno de los pe rsonajes históricos orientalis tas m ás simbólicos y felices
en la Europa moderna, junto al inigualabl e preámbulo medieval de Marco Polo. León
nació en la Granada nazarí hacia 1483, vivi ó en Fez, dónde estudió en la Universidad
al-Qarauiyn, y posteriormente en Tom buctú, El Cairo y Constantinopla. Su peculiar
historia vital comienza cuando al regreso de una peregrinación a La Meca es capturado
28 Véase Galera Andr eu, Pedro, La image n romántic a de la Alhambra , El Viso, Madrid, 1992.
29 Véase El Arte Mudéjar , de Museo sin Fronte ras, El ecta, Viena, Austria, 2000.
30 Véase en Cabrera, Has him, art. cit ., 1997.
como por los viajeros rom ánticos. Se deja atrás el mundo desc rito por los trabajos y
visiones de Renan y Sacy, de naturaleza ilust rada y teórica , o las imaginaciones de
Beckford, Byron o Goethe. El contacto directo y verdadero con las civilizaciones
orientales daría una experien cia material que m iraba hacia una realidad auténtica,
aunque después, esa realidad vivida y disf rutada disparase de nuevo los sueños y las
fantasías. Precisamente el Duque de Mont pensier, com o muchos jóvenes europeos,
iniciará su acercamiento con Oriente a trav és de su participación en las conquistas
coloniales que la Francia de Luis Fe lipe llevará a cabo en Argelia y Marruecos 40 .
Léon-Jean-Basile Perrault, La prise de l a smala D’Abd-el-K ader , detalle. Ca. 1865. Colección particular.
Otro gran hito de conexión entre Orie nte y Occidente aparece en la d écada de 1840
con la construcción del Canal de Suez, obra de l ingeniero francés Ferdinand de Lesseps,
quien por medio de un proyecto técnico m a terializó las ambiciones del espíritu
orientalista más visionario y atrevido. Si anta ño Asia fue distante y extraña, y el Islam
40 Muy interesante es el estudio de Tocqueville sobre la colo nización franc esa de Argelia. De la col onie
en Algérie fue publicado en 1847, estud io con el que, en f echas tan tempranas, este intelectual da a
conocer m atices no t an posit ivos del col oni alismo. Llega a sentencia r con respecto a “ los árabes ” de
Argelia que “ por encima de todos los placeres, prefi eren huir al desierto que veget ar bajo un amo ”.
Desprecia así el col onialismo que llevará a Francia al imperialismo más salva je, como él mism o afirma.
Véase Valiunas, Algis. Encountering Islam. Western travelers in th e Muslim world . Tocqu eville, Twain,
Chatea ubriand, Lawra nce, Lane, Dou ghty, Burton. Claremont Review of Books, Vo lume VI I, Number 2,
Spring, 2007 .
un peligro para la Europa cristiana, ahora er a preciso recrear el Or iente, convertirlo en
socio servicial y sumiso por m edio de una ge sta científica y técnica que no dejara lugar
para la duda. 41 Precisamente la Francia de Luis Felipe financia en parte el grandioso
proyecto, y su hijo, el Duque de Montpensier, en su Viaje a Oriente en 1845, se muestra
especialmente in teresado por ir a comp robar in situ la marcha de aquellas grandiosas
obras. Posteriormente se convertirá en accion ista de la Sociedad Universal del Canal de
Suez, recibiendo a menudo inform ación sobr e dicho asunto para hacer inversiones 42 .
Sebah, Can al de Suez . Fotografía, ca. 1875 . Biblioteca de la Universidad de C hicago.
Sin lugar a dudas, los capítulos más inte resantes y atractivos de la historia del
orientalismo, por su riqueza y por la pasión que despiertan , son los de la literatura de
viajes y la pintura. En el siguiente capítulo harem os un breve recorrido por las
impresiones y circunstancias de algunos viajeros, ya que ad em ás Antonio de Orleans se
embarcó junto al escritor Ant onio de Latour e n un recorrid o que habría de abrirle un
mundo nuevo que le impresionaría y recordaría durante toda su vida. E l capítulo sin
41 En Cabrera, Hashim , art. cit . 1997.
42 Archivo Orlea ns-Borbón de Sanlúca r de B arrameda (En adelante AOBS), Le g. 108, Pieza 16. Asuntos
Canal de S uéz.
embargo de la pintura orientalista es inab arcable, incluso para un breve acercam iento,
pero no podemos dejar de citar a algunos de lo s artistas orientalistas más destacados y
sus intereses, aquellos que generaron una iconografía ro m ántica sobre el mito de
Oriente. La im portancia de la prim era pint ura orien talista frances a, con autores como
Jean Etienne Lio, Horace Vernet, Alexander Gabriel Decamps, Ingres, Gros, Gericault,
Delacroix, Eugene Flandin, J. L. Gérôme o Papet y, e inglesa, con artistas de la fam a de
David Roberts, David W ilkie, John Frederic k Lewis, William Holmant Hunt, Frederic
Leighton, Arthur Melvilla o F rank Dillon, etc, no posee parangón en el mundo europeo.
Esta pintura acerca Oriente a Occidente, casi con más fuerza que las novelas y la
literatura de viajes. En Francia y Gran Bretañ a la pintura orientalis ta llegó a constituir
un género independiente, de fuerte persona lidad y proyección, algo inim aginable en
otros países 43 .
J. A. D. Ingres, El baño turco , 1862. Museo del Louvr e.
43 Para l a pintu ra orient alista eu ropea puede n verse lo s siguie ntes estudi os: Th ornton, L., Les Orientalistes.
Peinares voy ageurs, 18 28-1908 , ACR Edición , Courbe voie, 1 983. Y, Da vies, Kris tian, The Orientalists ,
Western Artists in Arabia , The Sahara , Persia and India , Laynfaroh , Nueva Y ork, 2005 .
Los retratos, los temas de la vida co tidiana, las escenas exteriores urbanas, o las
domésticas, las tradiciones y co stumbres, los harenes, los zoco s, el hogar, los interiores
domésticos y confortables, y un sinfín de va riadas atm ósferas quedaron reflejados en
pinturas que mostraban el Oriente m ás deseado y el má s soñado, el más vivido, pero
también el m ás caprichoso, repleto de fantasías e imaginaciones. En las cartas que
Delacroix escribió a sus amigos durante su viaje a Marruecos y Andalucía en 1832, el
pintor llega a afirmar que en este poco tiempo – seis m eses de viaje a Marruecos - he
vivido veinte veces más que en varios meses en París. Justo con estas palabras se define
el apasionamiento con el que muchos artistas y gente de cultura en la Europa
decimonónica se lanzaron al descubrim iento del mundo oriental 44 .
Los europeos, fundamentalmente británicos y franceses, com partieron no sólo la
tierra dominada, tam bién los beneficios y la soberanía, y esa especie de poder
intelectual que Edward Said ha denomina do Orientalism o, y que, en cierto sentido,
constituyó la biblioteca o archivo de las inform aciones que fueron en común e incluso al
unísono adquiridas. Lo que mantuvo ese arch ivo unido fue un parentesco ideológico y
un conjunto unificador de valo res que habían dem ostrado su eficacia de diferentes
maneras. Estas id eas explicaban el co mportamiento de los orien tales, les
proporcionaban una mentalidad, una genealogí a, una atmósfera y, lo más importante,
permitían a los eu ropeos tratarlos e incluso con siderarlos como un fenóm eno con unas
características regulares 45 .
44 Joubin, André , El Viaje de Delacr oix a Marruecos y Andalucía . Editorial Terra Incó gnita, Barcelona,
2002, pá g. 38.
45 Said, E., opus cit ., pp. 64-6 5. Sai d concluye su estudio co n una visió n del concepto de Orientali smo fría
y descarga da de tópico s y fantasías ociosas. Lo vería al fin como un c onjunto de represi ones y
limitacione s mentales más que com o una simple do ctr ina positiv a. Acaba afirm ando que si la esencia del
Orientalismo es la distinción in cuestionable entre la superioridad occi dental y la inferioridad oriental,
debemos a nalizar y o bservar cómo el O rientali smo, a travé s de su evolución y de s u historia subsi guiente ,
profundi zó e in cluso agudiz ó esa distinci ón.
5. 3. LOS EUROPEOS EN ORI ENTE. ROMANTICISMO, DIPLOMACIA Y
COLONIALISMO: EL VIAJE A ORIENTE DEL DUQUE DE MONTPENSIER
Y ANTONIO DE LATOUR.
Poco antes de celebrarse en 1846 las Bodas Reales españolas entre la reina Isabel II y
Francisco de Asís, y la infanta Luisa Ferna nda de Borbón y Antonio de Orleans, Duque
de Montpensier, éste último, nuestro prota gonista, había realizado un espectacular viaje
por tierras orien tales. Como tantos em bajadores, diplomáticos, militare s o escritores,
artistas y jóvenes pudientes co n curiosidad, este hijo meno r del Rey Luis Felipe de
Orleans se aproximó también a un m undo mí tico del que comenzaba a hablarse con
especial apasionamiento 1 . Montpensier realizó un am plio tour que comenzó por la ribera
africana del Mediterráneo y finalizó en las cost as griegas, en compañía de su precepto r,
el escritor e intelect ual Antonio de Latour 2 . Las tierras recorridas fueron con exactitud
las de Túnez, Egipto, Turquía y Grecia. El viaje se realizó en el verano de 1845; no
hacía nada nuevo, ni era el primero ni serí a el últim o. Tan solo se embarcaba en un
proyecto cultural y educativo común para el am biente romántico de m ediados del siglo
XIX. Sin embargo, más adelante analizaremos que el objetivo cultu ral no era el único,
ni el principal, al menos no para Luis Felipe de Fran cia, que había diseñado
escrupulosam ente el recorrido. La saga familiar a la que representaba Montpen sier
esperaba beneficios añad idos de otra índole.
Antonio de Latour era profesor de la Universidad de París y escritor, e instruye y
acompaña com o profesor y secretario personal al Duque de Montpens ier; su interés en
el viaje es triple: por un lado el de asesorar e instruir al duque en este recorrido por
tierras tan históricas –y tan apetecidas política y culturalmente-, por otro lado,
contemplar y com probar él mism o la cultura y las costumbres 3 de estos territorios, y
1 Desde finales del sigl o XVIII, los via jes se general izaron e ntre los jóv enes acom odados y burgues es
europeos. El Grand T our se había puesto de m oda como expe riencia de p artida par a el estudio d e las
distintas nacione s europeas, así c omo de sus civilizaciones m adres. Sin em bargo, Champollion,
Chateaubria nd, Lam artine, y un gran núm ero de seguidore s posteriores , abriero n el nuevo m undo oriental
a los eur opeos. El espectác ulo quedaba servid o. Véase C atálogo El West morland. Recuer dos del Grand
Tour . Fundación El Monte. Sevilla. 2002.
2 Algunas de las obr as más famosas de Antonio de Latour (1808-188 1) como escritor son : Viaje de S.A.R.
a Túnez, Egi pto, Turquí a y Grecia, publi cada en París en 1847, Est udios sobre Esp aña, Sevilla y
Andalucí a , publicada en París en 1855 o La Bahía de Cádi z, París, 1858 .
3 El Costum brism o es un fenómeno de i mplant ación euro pea, que vuel ve la mi rada sobre el m undo má s
próxim o, particul ar y concret o. Antoni o de Lat our pertene ce a la nómi na de los escrito res costum bristas
más fam osos de Es paña. El Andalucism o le l legará por su esta blecimient o en esta región junto al Duque
de Montpe nsier, así c omo por su ami stad con la escrit ora Fernán ca ballero. Véase Álvarez B arrient os,
Joaquí n. Costumbrismo Andaluz . Un iversidad de Sevilla, 1998.
también, como objetivo crucial, escribir una crónica de los luga res y personalidades
visitadas. Esta crónica quedaría para in form ar del proyecto, -debidamente llevado a
buen término-, pues este poseía un inevitable carácter político y diplom ático que Europa
entera debía conocer 4 .
Charles Cumberworth, El Duque de Mont pensier
como co ronel de a rtillería . Mármol, 1845.
Colección particular 5 .
Para el Duque de Montpensier el viaje significó su primer gran recorrido cultural por
tierras extranjeras, al mism o tiempo que en el ci tado tour, él se jugaba la confianza de su
padre Luis Felipe con respecto a s u carrera política y principesca. El rey de Francia
había confiado al menor de sus hijo s un nue vo acercam iento, de evidente co rdialidad
diplomática, de la nación francesa con todas esas regiones y territorios de la ribera
mediterránea 6 . En su discurso de agradecimiento en tierras tunecinas, Montpensier
sentenciaría: “ señores, agradezco infinito lo s sentimientos de acogida (…); en esta
4 Luis Felipe de Orlea ns y la m onarquía francesa, de la que él es a hora su fiel guardi án, no duda n en
trabajar en la vía po lítico-diplomática para mejorar y ampliar relaciones con el Magreb, Grecia y Turquía.
La Monarquí a Orlea ns no olvida l a idea napole ónica de ha cer de Francia la nación que liderase Europa y
el Med iterr áneo. Vé ase Du mas, Alejan dro, Historia de la vida política y privada de Lu is Felipe , 2 Tomos.
Tipograf ía de la Unión Comercial y Literaria. Madrid , 1852.
5 Esta escultura de Charles C umberworth muestra al D uque de Mont pens ier a l a eda d de veinti ún añ os,
justo e n el mom ento en que r ealiza su Viaje por Oriente.
6 En González Barberán, Vicente. Semblanz a de los Orle ans , en Lleó Cañal, Vicente. La Sevilla de Los
Montpensi er, Fo cus, Sevilla, 1997 . En años anteriores a 1845 , otros hijos de Luis Felip e participaron
como ofic iales en l a Guerra colonial de Argel ia, actuand o tam bién a nivel diplom ático en aq uellas ti erras.
costa africana, hace siglos que no ha desembarcado ningún nieto de san Luis 7 . El
objetivo de extender la influencia de la mona rquía francesa en el Mediterráneo salta a la
vista en estas palabras. Las razones de estado son con directa evidenci a la base del viaje,
lo que no elim inaba, ni en Latour ni en Montpensier, la esperada y fervientemente
deseada lección romántica de las tierr as orientales que iban a visitar.
Para Edward Said, un especialista ya ca si mítico en las corrien tes orientalista s, todo
viajero que recorría Oriente tr aía, en su testimonio posteri or al viaje, una ideo logía
sobre el otro que alimentaba la ideología de domin ación de Occidente sobre Oriente. En
amplia m edida esta tesis se cum ple en Mont pensier, com o príncipe de una casa real de
una nación en expansión, así como en La tour, hombre conservador y fiel a los
principios marcados por la Ca sa de Orleans. Sin embargo, y con otro punto de vista, el
historiador Maxime Rodinson, ha defendido que en ciertos legados culturales dejados
por muchos viajeros no se traslucía esta ideología de dominación de O ccidente sobre
Oriente, sino que en sus objetivo s primordiales se entreveía básicam ente un cierto tipo
de fascinación, reflejada por la atracc ión hacia el exotismo y lo diferente 8 .
Voyage de S.A .R Monseigneu r le Duc de M onpensier à Tunis, en É gipte, en Turquie et en Grece . Visita
oficial de l Duque de Mon tpensier a Suez, en Egipto . Álbu m de litografías. Diseño de M. de Sinety. París,
1845. Colección desce ndientes de los Duque s de Montpe nsier.
7 Latour, Antonio. Vi age de S .A.R. el Serení simo Du que de Mo ntpensier , a Túne z, Egipt o, Turquí a y
Grecia. Cartas . Edición traducida del francés por D. Pedro L. A. Dupou y y publicad a en Sevilla en 1849.
Imprent a de El Indepe ndient e, pág. 11.
8 Véase Ro dinson, M axim e. La F ascinación del Islam, J úcar Universidad, Barcelona , 1989.
En este últim o nivel de interés m eramente cult ural, y al margen del carácter de estado
del proyecto de la Casa de Or leans para con Oriente, el viaje de Montpensier no sólo
debe enmarcarse en la línea ilustrada de la investigación y el aprend izaje sobre un
territorio alejado y desconocido, sino tambié n en la propia de un am biente romántico y
europeo de búsqueda de lo oriental. El gusto por lo desconocido, lo exótico, unido
también a la bohem ia insatisfacción por el presente, propiciaba –casi de forma
generalizada en las clases intelectuales eur opeas- la búsqueda de un pasado que no fuese
abstracto, sino que aún pudiera vivirse. El Or iente mediterráneo, España, Andalucía, el
sur de Italia, ofrecían un flash back haci a el pasado, una m irada real y cercana,
relativamente pura, a otras épocas ya vivida s, a siglos anteriores. En este m omento
romántico de m ediados del siglo XIX atraía e impactaba el Medioe vo y el mundo árabe,
las civilizaciones de occidentalidad perdida o nunca encontrada, como si se tratase de un
necesario peregrinaje hacia los orígenes, un vi aje de regreso hacia el propio pasado de
Occidente. Constantinopla, El Cairo, Alej andría, Tánger, Fez, Córdoba, Granada o
Sevilla se convirtieron en las codiciadas perlas urba nas de un Oriente que las
conservaba como un espectáculo real y aun vivo 9 .
Montpensier, como joven príncipe que recibe una esmerada y cuidada educación –
Luis Felipe así lo diseñó con todos sus vást agos-, no permanecería al m argen de esta
moda del tour o viaje de instrucción, mitad ilustrada, m itad romántica, tan viva y
efervescente por otra parte en Francia desde hacía ya tie mpo. Teniendo en cuenta que
los franceses mantienen durante el siglo XIX muy fija la mirada sobre el Mediterráneo
islámico y el Oriente Próxim o, no es de extrañar que de forma paralela a los primeros
viajes y campañas milita res por Oriente, su rj a un gusto y una intención g eneralizada en
la sociedad por visitar esos territorios, ev identemente con intencion es verdaderamente
diversas. Este surgimiento de l viaje por Oriente no elim ina en Francia el gusto por el
tour italiano, de claro corte ilustrado. Diga mos que en el transcurso del siglo XIX se
abre una nueva vía alternativa. El Viaj e se divers ifica, aumenta y se acaba
generalizando por el avance técnico de los transportes 10 .
9 Algunas ideas interesa ntes sobre el interés por vi a jar a Oriente puede n extraerse de Martí Muñoz ,
Antoni, e n Espacio del Deseo, artíc ulo dentr o del Catál ogo de Pi ntura Or iental ista Espa ñola, 1830/19 30.
Fundación Banco E xterior, Madrid, 1988.
10 Véanse algunas ideas en la novela de Hesse, Herm ann, El vi aje a Orient e: una pere grinació n aleg órica
hacia los límites de la realida d . Oniro, Barcelona , 1997.
Hemos visto en el capítulo anterior que la pasión de Franci a por el descubrimiento
del mundo oriental com ienza con la agresiva política de expansión territorial del
Imperio napoleónico. Precisam ente en 1798 Napoleón Bonaparte, tras una exitosa
campaña m ilitar en tierras italianas, se lan za al mundo sirio y egipci o con el objetivo de
estrangular las re laciones entre la com pe tidora imperial Gran Bretaña y su colonia
asiática, la India. También era un proyecto bonapartista el convertir Egipto en un
protectorado francés. Además, Egipto se puso de m oda en la Europa de la Ilustración, a
la que se veía como cuna de civilizaciones y m adre de la cultura europea y oriental.
Pese a que los objetivos cultura les y científicos no eran en re alidad los m ás importantes,
el desplazam iento de miles de soldados a lo s que se sum aron ciento cincuenta y cuatro
científicos, entre los que había biól ogos, ingenieros, matemáticos, arqueólogos,
historiadores y también pint ores, acercó a los franceses y europeos a un mundo soñado,
aunque poco conocido aún, alejado y fuera ya de la órbita cultural europea 11 .
Léon Cogniet. L’Expédition d’Egypte sous les ordres d e Bonaparte, 1835. Museo d el Louvre.
11 Véase Vivant Den on, Dom inique, Sin mañana. Viaje al Alto y Ba jo Egipto du rante las campañas del
general B onaparte . Ediciones Atalan ta, Gerona, 2005.
La publicación de los resultados del vi aje napoleónico conmocionó al continente
europeo. La Description de l’Égypte, publicada en treinta y tr es volúmenes entre 1803 y
1828, con cuatro mil páginas y seiscientas litografías , fue el producto final de unas
campañas m ilitares y científicas que abrie ron los ojos a m edia Europa sobre las
maravillas d e la Antigüedad, las cuales estaban en territorios con un presente por hac er
y delimitar. Com enzaba una nueva época para el redescubrimiento de un mundo exótico,
no europeo, cargado de antigüedades y rique zas. Por otro lado, t oda esta aventura
despertaba en los gobiernos –particularmente en los de Francia e Inglaterra- el deseo de
ganar parcelas de influencia y desarroll o, mercados a sus productos y reconocim iento
mundial de su grandeza 12 .
Jean-François Champollion, estudios o del mundo egipcio desd e su niñez y bien
relacionado con especialistas com o Jean Bap tiste Fourier, direct or del Instituto de
Egipto en El Cairo y director de la comisi ón científica en la expedición napoleónica de
1798-99, quién le abrió las puertas a la alta egiptología, fu e el prim er referente de
importancia en Francia y en Europa por el descubrim iento de un Egipto que guardaba,
además del atractivo del m undo árabe y de las glorias del mundo faraónico de la
Antigüedad, un presente por de sarrolla r en lo relativo al estudio y a la investigación
científica egiptológica y orientalista. A La Description de l’Égypte, se sumó en los
mismos años el descubrim iento del descifram iento de los jeroglíficos por Cham pollión,
lo que conmocionó al mundo entero. Eviden temente Francia explotaría todos estos
grandiosos productos científicos recién nacidos para Europa y pendientes de explotar y
rentabilizar políticam ente 13 .
La misión científica enviada por Na poleón hacia Egipto trataba de reunir e
interrelacionar todos los conocim ientos sobre la historia y el presente de la antigua
civilización de los faraones. Fue planteada con un claro afán de curios itas , en el sentido
clásico del término, lo que ofrecería a m edio plazo un evidente y racional dominio sobre
el territorio norteafricano, guardián de un pasado esplendoroso; saber y conocer era
12 Para el viaje de Cham pollion, véase: Ares, Nacho, Jean Franço is Champollion. El padre de la
egiptol ogía. Publ icado en Mi steri os de la Arque ología y del Pasado, nº 3, Diciem bre, 1997 . También p ara
el mom ento hist órico del descubri mient o de Orient e véase: C órdoba Z oilo, Joa quín M ª. La aventur a de
la Historia en Oriente . En revista La Aventura de la Hist oria, nº 6, 1999 , pág. 62 .
13 Description de l'Égypte ou Recueil des ob servations et des recherches qu i ont été faites en Egypte
pendant l' expédit ion de l' armée française. 24 Volum es, Imprim erie C. L. F. Pancko ucke, París, 1821-
1830.
y dar a ver objetos y ambientes tan sólo imaginados hasta entonces. L a pintura, y las
estampas, mucho m ás generalizadas, despiertan m ayor interés y entusiasmo si cabe por
atrapar para estas nacio nes los lujo s y ri quezas contem plados. Acelera y da pie a una
extensión y generalización del Orientalismo, concebido en todas sus tendencias, y con
todas sus consecuencias positivas y negativ as. Desgraciadamente, el atro z colonialismo
y la arrolladora y violen ta intromisión que suf rirán estos territorios m uestran el rostro
más negativo del asunto.
La fotografía, invento aun novedoso y en experimentación en las décadas de 1840 y
1850, también se convertiría en una técn ica extraordinaria para ese citado retener,
llevar-traer y dar a ver las maravillas nunca vistas –con la autenticidad que, a diferencia
de la pintura, ofrecía la fot ografía- de los países lejanos de los que en Europa se está
hablando y leyendo, y ocasionalmente viendo im ágenes en óleos, acuarelas y grabados.
Precisamente fue publicada en París entre 1840 y 1844, años inm ediatos al
acontecimiento del que hablam os, la pionera y magnífica colección de las Excursio ns
Daguerriennes , editadas por Noel Marie P. Lerebour s. Eran en realidad litografías con
base fotográfica de, entre o tros lugares, Grecia, Siria y Egipto, y entre las que se
incluían unas vistas andaluzas tomadas por Edmond Jomard del Alcazar de Sevilla y la
Alhambra de Granada 25 .
Ma xi me D u Ca mp , Co loso del Speo de Ramsés II
en Abu Symbel . Calot ipo, 1850. S ociedad geográfic a
de París.
25 En Garófa no Sánc hez, Rafa el, La And alucía del si glo XI X en la Foto grafía para cons umo exteri or . En
Andaluces y Marr oquíes en la Col ección Fotográfica Lév y (1888-1889), Diputación de Cádiz, 2002, pág.
11.
La fotografía comenzaba así a abri r un cam ino de acercamiento y estudio real y
auténtico de lo oriental, desposeído esta vez de simbolism os, fantasías y ropajes
inventados pero, de igual forma, y com o una contradi cción paradójica, incitaba
irremediablem ente a lanzarse a la recreaci ón de un mundo oriental que, de nuevo, debía
y podía ser reinventado. A part ir de la realidad observada en el novedoso soporte, las
fotografías de tema orientalista se convirt ieron en punto de partida para delirios y
utopías ubicadas en un mundo no europeo, de las que fueron buena muestra las que
Maxime Du Cam p hizo junto a Flaubert entre 1849 y 1851, c onsideradas pioneras en la
ilustración de viajes 26 .
El Viaje de S. A. R. el serenísimo Duqu e de Montpensier a Túnez, Egipto, Turquía y
Grecia. Las cartas de Antonio de Latour.
Antoine de Latour, el escritor y profes or que sirvió como secretario y conductor
cultural al Duque de Montpensier explicaba en su obra Sevilla y Andalucía, Estudios
sobre España, publicada en París en 1855, que entre los amplios objetivos que
entrañaba el viaje de Montpensier, era la motivación cultural aquello que lo llevó junto
al joven príncipe a viajar por Orien te y, posteriormente por Andalucía. Así lo
comentaba Latour, con estas clariv identes palabras: El príncipe (…) había recobrado
ante mí, por el feliz privileg io de su edad y de su co ndición real, esa chispa de
imaginación que, un año antes de su matrimonio, le había llevado desde Argel al Cairo
y a Tebas, y desde Alejandría a Constantinopla y Atenas. Decidió, pues, visitar el sur de
España. Andalucía le atraía y quería com parar Santa Sofía con la Mezquita de
Córdoba y la Catedral de Sevilla. (…) Al térm ino del viaje, todos los genios de oriente
le mostrarían la Alhambra 27 .
Era, según Latour, la imaginación, avivad a y espoleada por la chispa de la juventud
de Montpensier, así como la necesidad de estudio, observación y comparación de tierras
diferentes y de monumentos artísticos, las razo nes de peso para lanzarse a la exp eriencia
orientalista. Este enfoque es mantenido por La tour tanto para el vi aje al propio Oriente,
como para el que am bos realizan posteriorme nte por el cercano pseudo-oriente andaluz.
Mantiene Latour en sus Cartas un evidente tono complaciente para con el duque y su
26 Véase Flaubert, Gusta ve, Eg ipto, Viaje a Orien te , Cabaret Voltaire, 2010. Esta edició n contiene 71
fotografías del escritor y fotógrafo Maxime Du Camp.
27 En Latour, Antoine, Sevilla y Andalucía, Estudios sob re España, Renacimiento , 2006, pp. 28-29.
padre, el Rey Luis Felipe, pues pretende en mascarar un viaje oficia l con claro tono de
estado y trasfondo colonialista, con un viaj e cultural y de estudio cuyo principal
cometido sería la búsqueda de la poesía de lo pasado y los interesantes problemas de lo
presente 28 .
El cuadro del pintor francés Dominique Papety 29 , titulado El Duque de Montpensier
en compañía del Rey de Grecia, junto a las descripciones de Latour sobre los contactos
del duque con los hombres más poderosos en Túnez, Egipto, Turquía y Grecia, ponen
de relieve el tono oficial y de poder que poseen todas las visitas ejecutadas. El discurso
pronunciado por Montpensier an te el Consulado general de Francia en Alejandría,
donde se concentraron altísimas personalidad es po líticas eg ipcias –entre otros, los hijos
del Virrey, sus oficiales, delegados y mini stros-, muestra el con tundente carácter
político-diplom ático del recorrido:
“Señores, los sentimientos que acabáis de expresarme me han conmovido vivamente,
y deseo con impaciencia decir al Rey (Luis Felipe) todas las simpatías que su nombre
despierta entre vosotros. Yo conservaré largo tiempo el recuerdo de la fiesta que me
ofrecéis hoy; (…) En esta reunión enterame nte francesa, debemos asociar al recuerdo
de la patria el nombre del gran príncipe , que ha sabido, proteger tan liberalmente
vuestros intereses y vuestras industrias. Por tanto, señor es, ¡brindo a la salud del
Virrey!” 30
Como vemos, la cordialidad y las palabras protocolarias son el principal lubricante
que prepara el terreno para el establecimien to de un protectorado francés sobre aquel
territorio. Las diplomáticas palabras de l duque, comentarios que quedan siem pre
registrados en las Cartas de Latour, la m eticulosidad y la exactitud d e lo expuesto,
apuestan por el mantenim iento de unas buena s relaciones entre el país dom inante y el
territorio sometido o por som eter.
28 Latour, Antonio. Viaje de S. A. R. el Sere nísimo D uque de Mont pensier, a Túnez, Egi pto, Turquí a y
Grecia. Cartas . Edición traducida del francés por D. Pedro L. A. Dupou y y publicad a en Sevilla en 1849.
Imprent a de El Indepe ndient e, pág. 145.
29 Domini que Papet y, Francia, 1815-184 9. El cuadr o fue encarga do por M ontpensi er a Papety en 1846,
realizándose en 1847 . Provie ne de la colección del Duque de M ontpe nsier del Palacio de San Telmo de
Sevilla, y ya figura en el catálogo de pinturas d el palacio de 1866. Véase el Cat álogo de pint uras de SS.
AA. RR. los Duques de Montpen sier , d e 1866 . Archivo O rleans Borbó n de Sanlúca r de Barram eda (En
adelante AOBS).
30 Latour, A ntonio, opus cit ., 1849, pág. 141.
Prim era edición fra ncesa del Libro de Antonio de Latour que recoge L as Cartas de A ntonio de Latour
sobre el Viaje del Duque de Montpensi er a Oriente , París, 1847, a la izquierda. Portad a del Voyage de S.
A. R Monsei gneur l e Duc de Monpe nsier à Tunis, e n Égipt e, en Tur quie et en Grece . Álbum de litografías .
Diseño de M. de Sinety. París, 1845, a la derecha, C o lección descendie ntes de lo s Duques de M ontpensier.
La obra literaria El Viaje de S. A. R. el Serenísimo Duque de Montpensier, a Túnez,
Egipto, Turquía y Grecia. Cart as de Antonio de Latour, fue escrita durant e el viaje a
Oriente que realizaron en el verano de 1845 el Duque de Montpensier y el escritor
Antonio de Latour, junto a una amplia repres entación de las más altas autoridades galas.
Se publicó en Francia dos años más tarde, y fue traducida al cas tellano en 1849, por
Pedro L. A. Dupouy, publicándose en Sevilla en ese mismo año 31 . Junto al Libro
también se elaboró un álbum diseñado por Si nety, con litografías del viaje de Bayot,
Dauzats, Guiaud, Mayer y Sabatier, artistas franceses que acompañaron a la com itiva de
Montpensier por tierras orientales. Estas lit ografías, además, servirían para ilustrar la
edición literaria de Latour, ofreciendo imágen es reales de los espacios visitados, los
lugareños y los principales hito s monum entales recorridos.
31 El libro está subdividi do en di ez capítulos, di ez apartado s organizad os según z onas geográfi cas bien
delimitadas. Lo s capítulos son , por orden -y así están titu lados-, los siguientes: 1. Tún ez, 2. Alejandría, 3.
El Cairo y Suez (El desierto), 4. Del Cairo a Assuan, 5. D e A s s u a n a l C a i r o ( P o r e l N i l o ) , 6 . E l c a i r o y
Alejandrí a, 7. De Ale jandría a Const antinop la, 8. Consta ntinopla, 9. La Grecia, y 10. Provi ncias Griega s.
Son, en realidad, c uatro grandes áreas culturales o civilizaciones visitada s : Túnez, Egipto, Turquía –sobre
todo Constan tinopla- y Grecia.
La fecha elegida para el viaje no debi ó ser al azar, pues justo un año antes, en 1844,
la Francia de Luis Felipe de Orleáns ha bía derrotado def initivamente al e jército
argelino-marroquí, y había ocupado m ilitarmente Argelia, guerra en la que particip aron
todos los hijos del Rey 32 . Al m ismo tiem po comenzó una política agresiva y amenazante
en la frontera este de Marru ecos, territorio que se conver tiría años más adelante en
protectorado mitad francés, m itad español . En Argelia y Marru ecos Francia había
optado por la vía bélica para la dominaci ón colonial, reserva ndo sin em bargo la
diplomacia m ás refinada y estricta para los de más territorios ribereños del Mediterráneo.
Justamente, Montpensier recorre y hace acto de presencia en Túnez, Egipto y Turquía,
las tierras más alejadas de Francia, en las que las circunstancias históricas, geopolíticas
y geográficas de estos reinos no permitían la do minación por la fuerza, siendo m ucho
más útil la vía de la in tromisión y la protección tranquila, es decir creando protectorados
por la vía política y diplomática 33 .
Considerados estos territorios entonces por muchos europeos como países lejanos ,
fuera de toda mano, y zonas casi misteriosas, habían sido recorridos no obstante con
anterioridad por ilustres viajeros frances es como el Conde de Volney, Champollion,
Chateaubriand, Lamartine, Michand o Marm ier, con distintas miras e intereses, dejando,
desde luego, el camino allanado para repetidas y continuadas visitas posteriores de
militares, p olíticos, artistas y viajeros. Al vi a je de tipo cultural y de corte rom ántico,
debe añadirse el viaje en com isión de carácter p olítico y milita r –para la observación y
estrechamiento de relaciones entre países-, com o el que hizo por poner solo un ejemplo
el general Prim en entre 1853 y 1854, quien acu dió a Turquía para observar las tácticas
militares pu estas en acción entre el Imperio Oto mano y Rusia 34 .
Antonio de Latour elaboró un amplio epis tolario para la Francia de Luis Felipe como
destinatario, unas cartas, que según comentaba él m ismo en una advertencia preliminar,
eran escritas diariamente, unas veces escritas en alta mar y sobre la cubierta de un
vapor, otras en las orillas de las cisternas de Cartago, otras a la sombra de las ruinas
32 El Duque de Nem ours y el Duque de Aum ale, seg undo y cuarto hijo de Luis Felip e respectivamente,
hermanos de Mont pensie r, tuvie ron una gran pa rticipació n en la conqui sta de Ar gelia, l legand o a ser el
últim o nombra do gober nador del nue vo territ orio, e n 1847.
33 Para este tem a puede verse el estudio de Marc Fe rro: El libro negro del colonia lismo . Siglos XVI al XXI:
del extermi nio al arrepe ntimi ento. La esfera de l os libros, 2005.
34 Véase Anguera, Pere, El Viaje a O riente del general Pri m (1853-1 854), en El general Prim , Biblioteca
Historia de Es paña, Barcel ona, 2006, pp . 233-255 .
de Tebas, otras bajo el puente de Euró tas o en la tribuna de Atenas. En ellas, no sólo
es valorado el rosario de lugares visita dos, sino también, y de m anera muy ponderada,
las personalidades saludadas, los huéspedes aco gidos en la m a rcha o los compañeros de
viaje, que cambiaban según los territorios y la s necesidades de los objetivos político s y
diplomáticos 35 .
Léon-Jean-Basile Perra ult , E l ataque y asalto a Const antine, arriba, y La prise du col de Mouzaïa ,
durante la conqui sta de Ar gelia , a bajo, óle o sobre l ienzo, ca. 18 65, Cole cción partic ular.
35 Latour, A ntonio, opus cit ., 1849. En la adverten cia preliminar del libro.
Antonio de Latour demuestra una am plia cultura en su s comentarios a lo largo del
libro, con gran dominio de la narración y la descripción de los luga res descubiertos, a la
vez que un gran sentido de estado y de la diplomacia para con su nación 36 . Ya hemos
comentado anteriormente el doble objetivo del viaje. Por un lado, quizás en un segundo
plano, el objetivo cultural, –y dentro de la lógi ca de la herencia dejada por la Ilustración
y el Romanticism o-, y del ot ro, el principal, el polític o-diplomático, que fom enta con
genuina fuerza las llamadas razones de estado. E l comentario del autor en los inicios del
libro es de una gran claridad en este sen tido en el que venim os insistiendo, pues Latour
decía que el nombre de la Francia es más grande y más apreciado que nunca en
Oriente. Poderosa patrona de los cristi anos, o generosa aliada de las naciones
musulmanas, la noble hija de la Francia de San Luis, es todavía en Oriente el refugio y
la esperanza de todos 37 . Como podem os analizar, Francia -así como su m onarquía,
garante de un histórico presti gio- es engrandecida por La tour com o potencia cultural y
civilizadora, una potencia que, supue stam ente, colonizaría para bien.
En lo referente a la alta planific ación que tuvo este Viaje a Oriente, podríamos
destacar el sentido ilustrado del mismo teniendo en cuenta las intenciones reformistas y
de mejora del Rey Luis Felipe y de su gobi erno para con los rei nos visitados, pero
también, por otra parte, tenie ndo presente la m anera en la que narra y comenta Latour
todas las experiencias d el recorrido. Existe n realm ente dos motivos fundamentales para
señalar esta visión ilustrada del Viaje a Orie nte de Montpensier. En prim er lugar, el
deseo de hacer, como decim os, de estos te rritori os vis itados obj etivo directo de las
reformas y el progreso que genera la civiliz ación francesa. Esto caracteriza a los viajes
ilustrados del siglo XVIII, que procuraban no dejar esp acio a la improvisación, sino
todo lo contrario, fomentando la racionalización y el orden de las cosas. Tam bién es
necesario com entar la conciencia de la realidad que en todo momento acompaña a los
protagonistas del viaje, llamando la atención el gran conocim iento que Latour posee de
los hi tos geogr áficos e histór icos rec orridos . Junto a es ta perspec tiva, el rigor objetivo y
la crítica no faltan para que, aunque sólo sea en algunos momentos, Latour reconozca y
muestre la necesidad de cam bios, progreso y av ance en Túnez, Egip to o Turquía, co n
36 Latour cita a algunos viajeros, anteri ores a él por aquellas tierras, y comenta que sus libros y escritos le
fueron de gran ay uda. Cit a por ejem plo a Her ódoto, así como los l ugares po r los qu e éste pasó, y no
olvida a Champollión .
37 En advertencia inicial del Viaje de S. A. R. el Serenísimo D uque de Montpensi er, a Túnez, Egipt o,
Turquí a y Grec ia. Cartas . Latour, A ntonio, opus ci t ., 1849.
respecto a la civilizada Francia. Evidentem ent e, si a esto añadim os el tono colonialista
que existe detrás del preparadís imo recorrido por Oriente de este j oven príncipe de la
Casa de Orleans, constatamos otra de las car acterísticas de los viaj es ilustrados, que es
la politización de la empresa común, es decir del estado fr ancés. Desde esta perspectiva,
Latour se siente solidario pa ra con el estado y la monarquía a la que representa, de la
que es a la vez instrumento y súbdito, perfect amente integrado en la empresa histórica
que, efectivamente, está encabezada por Luis Felipe de Orleans 38 .
Concretamente, en el libro sobre el Viaje a Oriente, Latour escribía que tal fue el
término de este bello viaje, en que al lado de las cuestiones que más atractivo ofrecen á
un espíritu vivo y atrevido, se había pres entado todo lo que una imaginación joven y
novelera podía prometerse hallar en su camino, la poesía de lo pasado, los interesantes
problemas de lo presente, las ruinas de un mundo, y los esfuerzos generosos de un
gobierno que trata sentar base y establecer ley. Todas estas cuestiones sin d uda
estaban en la mente del joven príncipe 39 .
Aunque el Duque de Montpensier er a en esta empresa un eslabón m ás de la
Monarquía Orleans y de su proyección polític o-territorial en el Mediterráneo, Antonio
de Latour, profesor e instructor del duque , sin remedio un veinteañero necesitado de
instrucción, sí se plantea un cuidado proy ecto educativo para Montpensier; mitad
ilustrado, mitad rom ántico. El Viaje, como concepto, posee una característica esencial,
la de salir de un área o situación social determ inada y propia, para ingresar en otra ajena
y distinta. De ello se genera un aprendizaje casi consusta ncial al hecho de viajar, un
nuevo conocimiento. Y esto lo explotaría Latour pedagógicam ente con su alumno, al
que exigió diariamente reflexiones y com e ntarios sobre las experiencias vividas 40 .
La observación de la realidad, el ejer cicio de pensar y reflex ionar sobre lo visto a
diario, vivir con apertura de mira s y sin pre juic ios haci a lo novedoso y distinto son los
ingredientes necesarios que Latour im pone al duque para que se cum pla el carácter
38 Véase Los viajeros de l a Ilust ración, de Gaspar Gómez de la Serna, Alianza Editorial. Madrid. 1974 ,
pp. 71- 99.
39 Latour, A ntonio, opus cit ., 1849, pág. 145 .
40 Durante el viaje, el duque también esc ribió un diario o relat o, con descripcio nes y anotaciones,
destacando las refere ntes a la expedición por el Nilo por ser la m ás minuciosa; eran i mpresiones de
recorrido s concretos que Latour, su precepto r y profes or, le había acons ejado r ealizar com o un creativo
trabajo para su formación literaria, geográfica e hi stór ica. Conservado en AOBS, Sección manus critos.
educativo e ilustrado que como profesor quiere dar al viaje. Pero, por otro lado, y en
esto se comprobarían las expectativas rom á nticas de Latour pa ra con el reco rrido
previsto, también se reservaría tiempo para el placer, el disfrute, el m ero pasatiempo, la
contemplación, la frivolidad o el goce de la estética de lo diferente; aquello que tanto
atraía a los rom ánticos 41 .
Túnez: la visita a un protectorado francés.
Hace algunos años que el Bey de Túnez manifiesta hacia la Francia la más viva
simpatía. (…) Ha comprendido por fin que la Francia es una nación magnánima 42 . Así
comienza el profesor Latour sus cartas desde Túnez, valorando la grandeza de Francia,
así como las buenas relaciones en tre es ta nación y el pr otectorado tunecino 43 . Al mismo
tiempo, no duda en recordar los tem ores del Be y de Túnez en un prin cipio, cuando en la
década de 1830 Francia comb atía contra Ar gelia –vecinos de Túnez- para controlar
colonialmente es tos territorios.
En este clima de cordialidad y entendi m iento entre la monarquía francesa y Túnez
que nos ambienta Latour –monárquico im pen itente-, se dan las cicunstacias favorables
para la visita de Montpensie r, acogido con gran hospitalidad. El duque es recibido por el
Bey y por el cónsul general de Francia, M. Lagau, con hospitalidad ingeniosa y
delicada 44 . Montpensier, que viajaba con el Coro nel Thiery, su edecán, el Capitán M .
Fiereck, su oficial de ordenan za y Antonio de Latour, su s ecretario personal, tuvo en
Túnez como decimos un recibim iento espectacular, con inten ciones claramente
efectistas por parte de los anfitrion es, pues en el acto de recepción ap areció (…) una
hermosa carretela de hechura francesa –la de l Bey-, tirada por (…) mulas y caballos,
ricamente enjaezados, tenidos del diestro por árabes o negros brillantemente vestidos
(…) El cielo estaba despejado y la mar en una admirable calma. En las orillas del
mediterráneo, el cielo y la mar contri buyen a hermosear todos los festejos 45 .
41 Ideas extraídas de Gaspar Gómez de la Se rna, opus cit ., pá g. 13.
42 Latour, A ntonio, opus cit ., 1849, pág. 4.
43 Túnez, dura nte este mom ento de la vi sita de M ontpe nsier, es una regenci a dependi ente de Fra ncia, que
funciona c omo un prot ectorado. E n todos los pal acios, exi stían retra tos de Luis F elipe de Orlea ns,
realizados po r Winterhalt er. Tam bién retratos de Na pol eón y graba dos de glo riosas batallas del Imper io
francés.
44 Latour, A ntonio, opus ci t., 1849, pág. 6.
45 Ibídem , pág. 5.
Latour presentaba así un m undo orient al altamente exótico y singular, com o en el
caso que acabamos de ver, con situaciones y espacios que influirán indefe ctiblemente en
el imaginario visual del joven duque. Además, no duda en añadir en su diario una
exquisita y realista descripc ión de la geografía que van contemplando –el colorido del
paisaje, los vientos, los olores, casi son pe rcibidos por el lector-, al mismo tiem po que
narra con detalle cómo cancilleres consul ares, vicecónsules, diputados y m inistros
franceses, militares y autor idades de los lu gares visitad os, acuden al encuentro de
Montpensier y de su séquito en las abundant es paradas previstas durante el viaje –se
percibe fácilmente el tono diplom ático y of icial de esta traves ía orientalista-.
Voyage de S.A.R Monsei gneur le Duc de Monpe nsier à Tuni s, en É gipte, en T urquie et en Grec e .
Recibimient o al Duq ue de Mont pensier en Túnez . Álbum de litografías. Diseño de M. de Sinety. París,
1845. Colección desce ndientes de los Duque s de Montpensi er.
Dado que el objetivo político es primor dial, Montpensier es re cibido en los grandes
palacios oficiales . Como es propio, El Bey posee en La G oleta un palacio, que habita
solo en la estación de los baños de mar. Latour ambienta magistralm ente la estancia en
La Goleta, que influirá fu ertemente en Montpensier: Un cielo br illante, la infin ita
variedad de los vestidos, el movimiento de los indígenas, (…) a los lados del camino,
envueltos con admirable elegancia en sus albornoces, disimulaban la aridez de la
inmensa llanura que separa la mar de Túnez. El gran palacio del Bey de Túnez, Dar-el-
John Somerscales, The C olossi of Memnon at thebes, óleo s obre l ienzo, 1911, Harris M useum & Art
Gallery.
De vuelta en Alejandría, Montpensier fue recibido en una fiesta en la que habían
levantado una tienda de campaña magnífica en el patio del consulado, y un banquete de
ochenta cubiertos reunía alrededor del prínci pe a todas las personas distinguidas de la
ciudad. (...) Franceses o turcos, judíos o armenios, cada uno ll evaba su vestimenta, y
contribuía por su parte al efecto pintoresco del conjunto 62 . Paradójicamente, el duque
llegará a rec ibir información en Sev illa, añ os m ás tarde, de este tipo de tiendas o haimas ,
pero en esta ocasión, con vistas a su posible incorporación y partic ipación en la Guerra
de Marruecos como oficial del ejército español 63 .
Yo conservaré largo tiempo el recuerdo de la fiesta que me ofrecéis hoy (...) 64 ,
comentaba el duque en sus pala bras de desped ida de Egipto. En realidad, Latour
transcribe el discurso íntegro de Antoni o de Orleans en esa comida de hom enaje y
partida, colmado de cortesía y elogios pa ra todos. Ciertam ente, esos recuerdos los
mantendría Montpensier m uy vivos a lo la rgo de su vida, y la estética vivida y
contemplada sería para siem pre asumida y recreada en su recreo orientalista de
Andalucía, especialmente en Sa nlúcar de Barrameda. Se m archaba de Egipto a bordo de
un buque que el Virrey Mehemet-Alí abarrotó de provisiones de todo tipo, recibiendo
además m ultitud de regalos, entre ellos unos magníficos caballos, pipas de gran precio,
un narguilé (pipa) de exquis ito trabajo, tazas primorosam ente esmaltadas, en fin todo
lo que podía recordarle la vida orie ntal que había disfrutado en Egipto 65
62 Ibídem , pp. 14 0 y 142.
63 AOBS, Leg. 41. P. 10 . Información comercial sobre haimas y tiendas de cam paña.
64 Latour, A ntonio, o pus cit , 1849, pág. 141.
65 Ibídem, pág. 145.
Sanford Robinso n Gifford, Tomb s of The Ma melu ks in Cair o , ca. 1870. Colecci ón privada.
De Alejandría al Mar de Márm ara: el encuentro con Constantinopla.
El 11 de agosto de 1845 zarpaba el Gómer su ancla frente a Rod as, y fue para
nosotros una aparición mágica. Esa mezcla de árboles verdes y de casas blancas
encantaba nuestras miradas entristecidas aun por el abrasador paisaje de Egipto 66 .
Aquí visitaron la Iglesia de San Juan, de la Orden de los Caballeros de San Juan, que
había sido reconvertida en mezquita, y los l ugares en los que, según la tradición, se
situaba el Coloso de Rodas.
El Gómer pasó de Rodas a Esmirna, y tras entrar en el M ar de Mármara, apareció la
gran Constantinopla, con el antiguo Serrallo, el anfiteatro y las cúpu las de Santa Sofía y
Santa Irene. La visión de la ciudad y las aguas del es trecho del Bósf oro m aravillaron a
Montpensier, que se dirigió, primeram ente, a la zona de San Esteban, lugar en el que el
gran Sultán otomano, Abdul-Medjid , había hecho preparar un gran kiosco para darle la
bienvenida. Pasados unos días de cuarentena obligada, Mont pensier dió audiencia a la
representación más cercana al gran Sultán. Un día después, el Sultán recib iría al
príncipe francés en su pala cio de verano de Beylerbey 67 .
66 Ibídem, pág. 149.
67 El segundo drogm an de la E mbajada f rancesa en Constant inopla, M . Lauxerr oi, reci bió el e ncargo de
enseñar la ciudad al príncipe, como ya hizo uno s años antes con su hermano, el príncipe de Joinville.
Voyage de S.A .R Monseigneu r le Duc de M onpensier à Tunis, en É gipte, en Turquie et en Grece . Visita
ofici al del Du que de Mont pensier e n Turq uía. Co nstanti nopla. Álbum de litografías. Diseño de M. de
Sinety. París, 1845. Colección desce ndien tes de los Duques de Mont pensier.
Una compañía de alabarderos, con riquí simos uniformes y garzotas de plumas de
pavo real (…) estaba formada en el vestíbul o y galería que precede al salón de
audiencia del palacio de Beylerbey, y la guardia de palac io tocaba escogidas
sinfonías 68 . Así, en tal ambiente, el Duque de Montpensier conoció a Abdul-Medjid, y
presentó también a parte de su séq uito, entre los cuales estaban, M. Thiery, su edecán,
Antonio de Latour, M. Fiereck, capitán francés, y el Vizcond e de Vigier, quién residiría
en Sevilla entre 1850 y 1851 bajo su mecenazgo 69 .
El 25 de agosto visitaron en la gr an ciudad otomana el antiguo Serrallo, con sus
palacios apiñados, la Casa de la Moneda, la Mezquita de Santa Irene, que según Latour
era entonces un depósito de armas, las m ez quitas del Sultán Ahm ed, la del Sultán
Bayazeto y la de Solim án. También la m ezqu ita de Eyub y la carismática y sim bólica
Santa Sofía, una de las maravillas de Oriente, que arrebata el alma y agobia por su
grandeza.
68 Latour, A ntonio, opus cit ., 1849, pág. 176.
69 El Vizconde de Vigier realizaría en Sevilla, entre el año 1850 y 1851, un álbum de calotipos sob re la
ciudad para el D uque de Montpe nsier. A partir de este añ o mantuvi eron u na excelente relación art ística.
Véase, aparte del álbum Sevilla 1851 , de la Sociedad d e bibli ófilos andal uces, de 1977, el reducido
catálogo Imágenes de la Sevilla d el siglo XIX , Fotografí as del Vizcond e de Vigier, J. L. Minier, R. P.
Napper, Lo uis León Masson y otros autores anónimos , ABC, Biblioteca Hispalense nº16, 2001,
Barcelona.
De Santa Irene pasó el príncipe a Santa Sofía, una de las maravillas de Oriente. S us
muros están casi desnudos y su embaldosado cubierto de simples esteras (…); pero
¡cuanta valentía hay en aquellas bóvedas reve stidas de mosaicos, cuyo secreto se ha
perdido, y cuanta majestad en aquellas columnas! 70 Precisamente, la grandeza de San ta
Sofía se convirtió en un paradigma único de la arquitectura pa ra Montpensier, pues
luego en Andalucía intentaría comparar es te e dificio con las grandes arquite cturas
islámicas y cristianas, com o la Mezquita de Córdoba, la Alhambra o la Catedral de
Sevilla, para así estudiar la relación de grandezas y escalas 71 .
Entre visitas, recepciones, comidas y bailes discurrieron los días en Constantinopla,
reflejándose la supuesta arm onía que entre Francia, com o potencia imperial eu ropea, y
Turquía, como súbdita nación –susceptible de la potencial influencia de la civilización
gala- existía . Con veintiún cañonazos, el Gómer se despidió del palacio del gran Sultán.
En Constantinopla, Montpensier y Latour sintieron, no solo como llegaron a buen
término y se m aterializaron la s propuestas políticas y diplom áticas, sino los sueños más
pasionales y rom ánticos acerca del mito de Or iente. El pen samiento e im aginario visual
previo sobre Oriente se quedó corto ante las vi vencias directas y las experiencias tenidas.
Esta gran ciudad del Medite rráneo, bizantina y otom ana, impregnó a nuestros regios
visitantes de una poética orientalista que im pulsaría en ellos para siempre una vocación
de retorno constante a lo vivido. Todo lo imaginado sobre Oriente, ya desde 1845
sentido y recorrido en persona, será en Anda lucía una eterna búsqueda y una obsesiva y
apasionada reconstrucción.
De Brusa a Atenas: el descubrimiento de Grecia.
Grecia se había convertido en una monarquí a libre tras una guerra independentista
que culminó en 1830. Una gran insurrecci ón nacionalista, apoyada por las naciones
europeas, había acabado con el yugo del Impe rio Otomano. Sin em bargo la influencia
de lo islámico era muy fuerte todavía en 1845, momento del viaje. La tour afirma en sus
cartas que en esta parte del mundo m editerráne o el arte es un pr oducto tan natural, que
entre los griegos una simple muralla par ece haber sido edificada so lo para agradar a
la vista.
70 Latour, A ntonio, opus ci t. , 1849, pág. 181.
71 Latour, Anto ine, opus cit., 2006, pp. 28-29 .
Voyage de S.A .R Monseigneu r le Duc de M onpensier à Tunis, en É gipte, en Turquie et en Grece . Visita
oficial del Duqu e de Montpensier en Grecia. Álbum de litografías . Diseño de M . de Sinet y. París, 1845.
Colección descendie ntes de lo s Duques de Montpensier.
A principios del mes de Septiembre, la expedición llegó a Br usa, antigua capital
otomana . El príncipe consagró un día entero a vi sitar la ciudad, sus curiosas mezquitas,
sus baños y sus ricas fábricas 72 . Tras una cuarentena exigida, llegaban a Atenas, siendo
recibidos por el rey Oth on I de Wittelsb ach en su palacio real, dónde allí mism o se
hospedaría Montpensier. Precisamente pa ra este capítulo del viaje, el de la visita a las
provincias griegas, Sinety, Bayot, Dauzats, Guiaud, Mayer y Sabatier, los artistas
franceses que acom pañaron a la comitiva del duque, realizaron un m ayor número de
litografías sobre las v isitas realizadas. El m undo griego quedó así m ucho mejor
representado a través de las vis iones de esto s pintores franceses, q ue prefirieron
recrearse en los paisajes y las ruinas de lo s templos clásicos, dentro de una tendencia
hacia lo romántico en general y lo pintoresco en particular.
A las cuatro de la tarde del 12 de sep tiembre, S. A. R. montó a caballo en compañía
del Rey y de la Reina, que se habían propuesto no confiar a nadie el cuidado de
mostrarle Atenas. Antes de subir a la Acrópolis se detuvieron al pas ar delante de la
Torre de los vientos y del m onumento de Lisícrates, medi o sepultado todavía en la
72 Latour, A ntonio, opus ci t., 1849, pág. 200 .
tierra,(…) pasaron por la bella co lumnata de Júpiter Olimpio (…) hasta toparse con los
Propileos y la vista del Partenón, algo que aca bó anulando el interés por todo lo
demás 73 .
De las visitas realizadas por la capital griega nos ha llegado un gran lienzo del pintor
francés Dominique Papety, El duque de Montpensier en compañía de los Reyes de
Grecia y de su Corte en Atenas, realizado entre 1845 y 1846 por encargo del propio
duque. El lujo islamizante, de tendencia otom ana, se deja sentir en las vestimentas y las
poses del séquito de los reyes griegos. Tanto debió impresionar la estampa a
Montpensier, que deseó inmortalizar aquel am biente vivido en un gran lienzo. El lienzo
introduce a Montpensier dentro de un clímax oriental inigualable, en el que es
representado junto a la Corte del rey Othon I 74 .
Domi nique Papety , Le duc de Montpe nsier et sa
suite en compagnie du Roi de Grèce et de sa cour
devant les ruines du temple de Jupiter à Athènes .
Óleo sobre lienzo, 1846. Colección pa rticular.
73 Ibídem, pp. 2 15-218. Véa se en est as pági nas la descri pción del entorn o de la Acrópol is de Ate nas que
hace Latour. Curiosam ente no se detiene de masiado en el Partenón.
74 En el cuadro de Papet y pueden i dentifica rse perso najes tan im portantes en la Corte de Othon I como la
propia R eina Am élie de Grecia, l os gener ales Vaso o Mavrom ichalis, el cor onel Thie rry o el m inistro
francés, el Barón Piscat ory. Este cu adro es tuvo en l a gale ría principal del Palaci o de Sa n Telm o y fue
tasado pa ra la Cart a Particion al de Mont pensier, de 1892, e n diez m il pesetas.
La isla de Milos, Salamina, Megara, Corinto, las ciudades de Náuplia y Argos,
Tirinto, Micenas, las colinas de la Argólida, la Arcadia y la Laconia, Esparta, Mis tra,
Delfos, todos hitos griegos por antonom asia, fueron recorridos por Latour y
Montpensier. Era muy alto el interés por vivir y contem pl ar de cerca los grandiosos
lugares de la historia anti gua griega. Además, y al pa recer, en Grecia todo fue
cordialidad y amabilidad, honores y elogios . Incluso los griegos lev antaron arcos
triunfales efímeros para m anifestar la importa ncia del distinguido visitante. El Duque de
Montpensier fue exquisitamente recibido en todos los lugares, viéndose invitado y
agasajado en la mayoría de las ocasiones. La buena acogida fue constante y los usos y
las costumbres de los griegos eran mostrados por doquier para despertar la sorpresa de
los invitados: es costumbre entre lo s mesenos ofrecer en este lugar a los viajeros de
distinción un carnero asado, y en esta ocasión le tuvieron bien presente. El carnero fue
desollado, asado en el sitio, y un humilde tapi z traído de una aldea vecina y cubierto de
pámpanos formó bien pronto una mesa digna de este festín homérico 75 .
Voyage de S.A.R Monseigneur le Du c de Monpen sier à Tunis, en Égipte, en Tur quie et en Grece. Visita
oficial del Duqu e de Montpensier en Grecia. Álbum de litografías. Diseño de M. de Sinety. París, 1845.
Colección descendie ntes de los Duques de Montpensier.
75 Latour, A ntonio, opus cit ., 1849, pp. 246 -247.
Voyage de S.A .R Monseigneu r le Duc de M onpensier à Tunis, en É gipte, en Turquie et en Grece . Visita
oficial del Duqu e de Montpensier en Grecia. Álbum de litografías . Diseño de M . de Sinet y. París, 1845.
Colección descendie ntes de lo s Duques de Montpensier.
La estancia en Grecia finalizó con un banquete de despedida para el estado m ayor del
Gómer , para los oficiales franceses que habí an dirigido y acomp añado al Duque de
Montpensier en estos meses estivales por su recorrido oficial por el norte de África y el
Próximo Oriente. El joven prín cipe francés, de tan solo veintiún años, volvería tras el
viaje de retorno a Francia, a sus tareas en el Palacio de Vicennes, en París. Antonio de
Latour, su fiel profesor y pos terior secretario, quien publicar ía la descripción del viaje
dos años más tarde en París, concluía sus lettres advirtiendo sobre el magnífico
provecho que Francia y su monar quía obtenían de aquella visita:
Ciertamente no ha sido un tiempo perdido para la Francia ni para el Duque de
Montpensier el que consagró a este bello y le jano viaje. (…) En cambio, el tesoro de
recuerdos e instrucciones que el joven príncipe ha traído de l Oriente, ha reanimado allí
este pensamiento de que la Francia, orgullosa de su gloriosa suerte, no ambiciona los
despojos de nadie; pero también que su desi nterés le da un derecho de sostener las
just as causas 76 .
76 Ibídem , pp. 256- 257.
5. 4. SEVILLA EN EL IMAGINARIO DE LOS ARTI STAS ROMÁNTICOS: LA
BERBERÍA CRISTI ANA QUE ENCO NTRARÍA MONTPENSIER.
Llegada a Europa la gran sed romántica de l más allá y de lo desconocido, aparecen a
la par las fuerzas y los medios necesarios pa ra rastrearlo todo, vi ajar y descubrir lo
lejano. La Europa romántica se desborda, y España y Andalucía cogían de paso en ese
desbordamiento, cam ino del Sur, del Oriente ár abe y africano, presen tándose, frente a la
imagen de Occidente, con un perfil or iental o, dicho con mayor precisión, árabe o
moro 1 . Como afirmara Richard Ford en Las Cosas de España , los aficionados a lo
romántico, lo poético, lo sentim ental, a lo artístico, lo a rcaico y lo clásico –en un a
palabra, a las líneas bellas y sublim es-, encontrarían tanto en el pasado como en el
presente de España bastantes asuntos al recorrer con lápiz y cuaderno esta nación
singular suspendida entre Europa y África, entr e la civilización y la barbarie, (..) donde
pueden admirarse los mágicos palacios de Aldino, creación de la fantasía y el
esplendor árabe 2 .
Sevilla, como toda Andalucía, se convertiría para los viajeros y los artistas
románticos en apetecible m ezcla de exotismo oriental, p intorescas costum bres andaluzas
y terreno abonado para aventuras e imaginaci ones –no siempre sujetas a la realidad-.
Las bellezas de la Sevilla histórica y patrim onial, su pasado árabe, y sus tradiciones y
fiestas son los aspectos más demandados por viajeros y pintores extranjeros, que al
centralizar su visión en estos intereses quedan convertidos en el primer foco de atención
y producto altamente exportable y vendible.
Es posible adem ás que Sevilla fuera, atendiendo a los com ent arios de Antonio de
Latour en sus Études sur L`Espagne, Seville et L`Andalouse , como un elevado punto
desde el que mirar alrededor, a la lejanía, desde el que c onviene evadirse de vez en
cuando en busca de otros lugares, y volver con la rica cosecha. Sólo en Sevilla, decía
Latour, por haber sido durante mucho tie m po capital española y haber ocupado en
España y en todas las épocas históricas un gran lugar, pueden acontecer a cada paso
1 Muñoz Rojas, J. A. La imagen romántica de España. Los prec ursores. En Catálogo Imagen R ománti ca
de España , Ministerio d e Cultura, Madrid, 1981, pp. 13 -14. Véase ta mbién Burns Marañó n, Tom,
Hispanoman ía con un prólogo para franceses, Galaxia Gut enberg, Círc ulo de lecto res, Barcelona, 20 14.
2 Ford, Richard, Las Co sas de Espa ña , Edicion es Turner, Mad rid, 1988, pág. 25 .
sucesos tan afortunados, y así, comentaba, a ellos debe el que los dos volúmenes de su
obra se pudieran publicar con éxito y sin fracaso 3 .
Exageradas o no las palabras de Latour, ya desde los comienzos de la Edad Moderna,
Sevilla, al igual que muchas urbes europ eas, se convirtió en una ciudad grabada,
dibujada y pintada 4 . Su i mportancia provocó que num e rosos artistas recibieran el
encargo de retratarla. Hoefnaglius o Wyng aerde, excelentes grabadores, son los
ejemplos m ás paradigmáticos de la representa ción de la ciudad cu ando ésta se convierte
en el Renacimiento en lugar estratégico y de referencia en Europa 5 .
Ese fondo iconográfico de la ciudad de Se villa, realizado durante el Renacimiento y
el Barroco, junto a la propia im agen real de la ciudad, como es evidente, serán la fuente
de inspiración básica para los primeros ar tista s románticos que nos visitan, los cuales se
encargarán de propagar masivamente un feliz y duradero retrato urbano. Sin em bargo,
este fondo de imágenes irá unido sin rem edio a los recuerdos que en Europa existen de
las grandezas pasadas de la España islámica e imperial del Siglo de Oro –de la Sevilla
hispano-musulm ana o de la cosmopolita y com e rcial del Ren acimiento-. Esos recuer dos
conformarán en el imaginario colectivo de los románticos europeos una representación
de la ciudad un tanto distor sionada. Conviene tener presente además, que m uchos
escritores y artistas euro peos, franceses en especial, imaginan España y Sevilla an tes de
contemplarlas y percibirlas en la realidad y, así, trufan sus dibujos , grabados, relatos y
escritos de héroes de la Es paña islámica, nazarí o del Siglo de Oro, personajes altamente
reconocidos en la Historia de España o contemplados en los cuadros barrocos que
llegaron a Europa en las primeras dé cadas de l siglo XIX, y especialmente a la Fran cia
de Luis Felipe de Orleans 6 .
3 Latour, Antoni o de, Estud ios sobre España, S evilla y Andalucía , Centro de Estudios a ndaluces y
Editorial Re nacim iento, 2006, pá g. 18.
4 El proyecto editorial y científico Iconografía de Sevilla , publicado por Focus, Edicione s El Viso, en
Madrid e n 1991, m agníficamente i lustrado, insistió e n una línea de invest igación e nfocada haci a el
estudio de l a imagen de l a ciuda d andaluza desde la Eda d Moderna a nuest ros días, pasa ndo con e special
interés p or el R omanti cismo, m o ment o crucial y de espe cial dinam ismo para este asunt o. En nuestro
estudio n os circunscri birem os al periodo que va desde la llegada de los pri meros viajeros románti cos, a la
prim era época de Los Mo ntpensie r en la ci udad. Es decir, d e 1830 a 18 60 apro xima damente, e i ntentam os
resaltar el carácter orientalista que pudo venderse y proyectarse de la ciudad en est os años.
5 Véase Kaga n , R. L.: Las ciudades del siglo d e Oro: las vistas españo las de Antón Van den Wyng aerde .
Madrid , 1986.
6 En Ga rcía Felgue ra, Mª de los Sant os, V iajeros, erudi tos y artist as. Los eur opeos ante la pi ntura
española del Siglo de Or o. Alia nza Form a, Madrid, 1 991, pág. 97.
Richard Ford, Vista d el Arquillo de la Plata de S evilla , dibujo, ca. 1832. Colección Brinsley Ford,
Londres.
Tanto impactaron a Ford los orienta lismos andaluces d e Sevilla y Granada que
cuando regresó a Inglaterra con su familia a finales de 1833 se em peñó en dar a su casa
y a sus jardines de Heavitree House, en Ex eter, un tono árabe y moro. Plantó pinos y
cipreses de viveros del Genil y del Guadalqui vir, y construyó un gran arco de herradura
y una torre neomorisca a m odo de pabellone s, auténticos caprichos de arquitectura
orientalista 17 . Esta moda de construir caprichos arquitectónicos neoislámicos en la
Inglaterra del siglo XIX, tant o en interiores residenciales como en jardines, tendría una
exitosa y larga fortuna, producto del culto apasionamiento y el conocim iento cada más
amplio de los británicos por los Orientalis m os del Mediterráneo y del Medio Oriente.
Al mismo tiempo que Ford va entrando en inusual sim biosis con una Andalucía que
le sorprende por mora y oriental a cada pa so que da, David Robe rts, otro excelente
dibujante y pintor británico, recorre Espa ña entre 1832 y 1836. Roberts capta la imagen
externa de la ciudad, pe ro también las entrañas de la vida sevillana m ás oculta, incluso
ambientes interiores y dom ésticos que le ofrecen una imagen de Sevilla profunda,
histórica e intensa, casi em ocionada. Fue autor de unos Grabados pintorescos, pero su
17 Brinsley Ford, opus cit., 1963, pág. 21.
principal contribución está relacionada con la im pronta dejada en autores españoles
como Pérez Villaamil, con quién m antuvo una buena amistad y una excelente com unión
artística.
En sus Picturesque sketches in Spain , publicados en Londres en 1837, Roberts
recogió imágenes ya conocidas de nuestra ci udad, típicas y diversas, pero tam bién supo
detenerse en otros ambientes m enos registrados , más invisibles, com o la visión de la
vida doméstica e interior de un convento se villano de clausura. Demostraba así su
sensibilidad para captar no sólo evid encias y superficia lidades, sino sentidas trad iciones
más escondidas e intim istas. A Roberts le sorprendió como los sevillanos gozaban de
sus tradiciones populares y relig iosas, con un lujo y un esple ndor que no había visto en
ninguno de sus viajes por Eur opa y por supuesto tampoco en la austera y anglicana
Inglaterra 18 .
Al igual que Roberts, John Frederick Lewis, también un creativo pintor inglés, a
través de la publicación en 1834 de sus Picturesque sketches of Spain and Spanish
Character supo atrapar una imagen buscadam ente romántica de Sevilla. 19 Su óleo de la
Giralda desde Borceguinería crea un m odelo de gran tr ascendencia y proyección futura,
presentando el singular monum ento en un in tenso primer plano, como el signo de
máxima distinción de la ciudad, que fren te a otras europeas, tenía un riquísim o pasado
árabe . Con Ford, Roberts, Lewis o George Vivian, el autor de Spanish Scenary , de 1838,
los conceptos rom ánticos y paisajísticos de la pintura anglosajona se unirán a los hitos
culturales y monumentales de la ciuda d, para lanzar una visión muy novedosa y
altamente m ítica de la ciudad de Sevilla 20 .
Con respecto a los artistas españoles de la década de 1830, José Dom ínguez Bécquer,
en esa misma ciudad que recibe a los pintor es británicos, realiza de m anera casi
industrial, cuadritos de pequeño formato y de tema costum brista y castizo, para
18 Sobre Roberts, véase H. Guiterman y B. Llewellyn, David Roberts , Catálogo. Londr es 1986.
19 R. Ford, D. R oberts, J.F. Le wis, A. Chaman, N. Chap uy, G. Vivian, W. Wyld o Da uzats realizan en la
década de 1830 num erosas lito grafías, dibujos, acuarelas y pi nturas e n las que reflejan una iconografía de
Sevilla tendente y enfocad a hacia lo entonces considerado co mo el culmen de lo romántico. En cierto
modo, s on ellos los q ue im pulsan y di namizan l a imagen rom ántica de la ci udad. I nauguran
verdaderamente el mito d e la Sevilla romántica, después mantenido por los prop ios artistas locales.
20 Véase Valdivieso, Enrique, Sevilla pintada. 1790 -1868 , en AA .VV., Iconografía de S evilla, 1790-186 8 .
Ediciones El Viso, Fo cus Abengoa, Madr id, 1991.
venderlos a extranjeros que quieren lle varse un trocito de la ciudad pintado 21 . Este
pintor, pionero en el Romanticism o español , tuvo mucho que ver con la acuñación y la
difusión de la imagen rom ántica de España, pues sus pinturas y l itograf ías recorrieron
toda Europa. Su cuadro La Giralda desde Placentines , de 1836, engrandece el
monumento islám ico, presentándolo también en prim er plano como lo hiciera unos años
antes Roberts. Como su primo José, el polifacético Joaquín Do mínguez Bécquer –quién
llegará a ser pintor y amigo personal de los Duques de Montpensier-, con su temprana
obra Procesión por el interior de la Catedral, de 1836, inaugura una carrera artística,
con detalladas pinturas, graba dos y dibujos, que tendrán por tem a los lugares sim bólicos
de la urbe andaluza. La Giralda, la Cate dral, Torre del Oro y Reales Alcázares, todos
hitos monum entales teñidos de ese sabor hi spano-árabe o mudéjar que demandaban los
románticos, funcionaron com o un verd adero contrapunto ic onográfico, una novedad
temática desde entonces muy buscada 22 .
Jenaro Pérez Villaa mil, Sevilla en tiempos d e los árabes, 1848, Óleo sobre lien zo. Palacio del Pardo,
Madrid.
21 Es altamente interesante el hecho de que José D. Bécquer mantuviese a un corresponsal en Cá diz, para
gestionar el c omerci o de sus obras q ue iban rum bo a Gr an Bretaña. El dato ayuda a compre nder el interés
que en la déc ada de 1830 c omenzaba a exist ir por estos cuad ritos al óleo c on va riopintas y di versas
imágenes de la ciudad de Sevil la.
22 Véase Reina Palazón, A. La pintura costumbrista en Sevilla 1830- 1870, Sevilla, 1979; Díez, José Luis,
Barón, Fra ncisco Javier, El Siglo XIX en el P rado, Muse o Nacional del Pra do, 2007.
Será, no obstante, Jenaro Pérez Villaam il, de paso po r Andalucía en la década de
1830, el que realice las más bellas y rom á nticas pinturas de tema sevillano : Interior d e
la Catedral , Giralda desde Borceguinería o Iglesia de O mniun Santorum. Méndez
Casal, crítico de Arte y biógrafo del pintor , afirm a que en 1833, justo cuando parece ser
que conoce en Sevilla a Roberts, la pi ntura de Villaamil sufre una profunda
transformación haciéndose m ás flexible, fl uida y espontánea. Clar amente nos habla de
un vuelco decisivo y casi viscer al hacia la m ás elevada genialidad rom ántica europea,
influyendo esto decisivamente en sus obras de tem a sevillano 23 .
La obra sin embargo que m ás nos intere sa de su producción pict órica es una exótica
y evocadora imagen de Sevilla desde el Rí o Guadalquivir, con la Torre del Oro como
protagonista, y ambientada en tiemp o de los árabes . Refleja el interés que existe en el
Romanticismo por recrear visiones orientalis tas de las ciudades, sobre todo de aquellas
que poseían huellas inigualabl es y de fácil rastreo de su pasado. El lienzo citado, de
1848, muestra el gusto por una tem ática que esta ba teniendo un gran éxito en la Europa
del momento. La pintura orientalista triunf ó en fechas tempranas en F rancia y Gran
Bretaña, pues estos imperios poseían colonias en África y Asia, lo que hacía más fácil el
acercamiento a un m undo que comenzaba a despertar u na gran fascinación. Pérez
Villaamil, haciendo gala de su internacionalismo y su gr an proyección como artista,
verdaderamente único en el panorama artístic o nacional de la época, muestra con este
cuadro su conexión con los in tereses estéticos europeos.
Junto a la búsqueda del tema orientalista y árabe por parte de los artistas m encionados,
un naciente Andalucismo , como iconografía y movimien to cultural costumbrista,
comenzó a estar tam bién plenamente instau rado com o corriente de gran éxito, como
hecho diferenciable, y en parte, com o contrapunto al fuerte influjo extranje ro que existía
por entonces. Como m antiene Álvarez Barriento s, en el caso de la icono grafía local, a
las imágenes de la Giralda o el Alcázar sevillano , la Alambra de Granada o la Mezquita
de Córdoba, se suman las del Guadalquivir, de corridas de toros y su s propios carteles, o
espectáculos flamencos, que fueron adem ás un complemento decisivo para las
solicitadísimas representaciones de los tipos hum anos que habitaban esos espacios.
Toreros, majos, gitanos, cantantes, y otros personajes m enos urbanos, como los
23 Consúlte se J. Pérez Villaamil , de Juan Enri que A rias Ang lés, Monogr afías de Arte Gal lego, Atl ántico,
1980, pp. 57 -58.
bandoleros, tuvieron un peso muy considerable en la iconografía rom ántica que se forjó
sobre la ciudad en el exterior 24 .
Prangey ( Dib.) y C hapuy (gr ab.), Patio de Las Muñ ecas del Alcá zar de Sevilla . 1832-37. Colección
Rafael Manza no Mart os, Se villa .
Extranjeros y sevillanos, como vemos, preparan la visión iconográfica y la imagen
artística de la ciudad que encontrarán los Duques de Montpensier a su llegada en 1848.
El impacto recíproco entre la ciudad que reci be, y el personaje re cibido, provocará en la
ciudad y en su panorama artístico y cultural un decisivo impulso. Pocos podrán
competir con el patronazgo y el m ecenazgo artí stico y cultural de los Montpensier en la
ciudad 25 . Antonio de Orleans y la Infanta María Luisa Fern anda lleg aron a la ciudad por
vía forzosa y obligada, no elegida en princi pio como sabemos. Sin embargo, el intento
de adaptación total en el en torno andaluz fue siempre un obje tivo prim ordial para ellos.
Como ocurría con sus com patriotas frances es que viajaron a Andalucía, Montpensier
debía traer una visión formada y prejuzgada de nuestra región, de su im agen, su historia
y su cultura. Pensemos que la Andalucía soña da e im aginada por Gautier, por ejemplo,
antes de rea lizar su Voyage en Espagne, era la del rom ancero, la de las baladas de
24 Álvarez Barri entos, Joaquín, opus cit., pp. 14 a 17.
25 Véase Lleó Cañal, Vicente, La Sevilla de Los Mon tpensier, Focus, Sev illa, 1997 .
Víctor Hugo, las novelas y libros de viaje de Merimée y la de los cuentos de Alfredo de
Musset. La del universal Quijote de la Mancha y la del Lazarillo de Tormes, así como
aquella que contempló a trav és de los cuadro s del Musée Espagnole del Louvre. Esa era
la España que según muchos, y probablem ent e también para Montpensier, gustaba más
que la verdadera y la real, pues era una imagen producto en cierto modo de la
ensoñación y la imaginación previa a la visita 26 .
J. Taylor, dib. y Le Keux, grab. Fen etre de l’ Alcazar à Seville ,
ca. 1830. Colección particular.
El Duque de Montpensier, aparte de tener muy probablemente esa mism a visión que
sobre España recorría Europa, proyectada por escritores y viajeros rom ánticos, poseía
una idea bastante concreta de la pintura española del Siglo de Oro, sus temas y su
calidad técnica. La creación de la citada galería de pintura española por parte de su
padre el rey Luis Felipe, increm entada adem ás cuantitativa y cualitativam ente por la
rica colección Standish, y el conocimiento de España que en la corte francesa poseían
personajes como el Barón Taylor o el es critor Alejandro Du mas, proporcionó a los
miem bros de la fam ilia Orleans, especia lme nte a los hijo s del rey- un a panorámica más
o menos amplia sobre la cultura de nuestro país 27 .
No sabemos la imagen exacta que de Sevilla podía tener el Duque de Montpensier
antes de su llegada, pero sí conocemos por Antonio de Latour, su profesor y secretario
26 Véase Theophile Gautier, Viaje por Espa ña, Editorial Taifa, Barcel ona, 1985, pág. 30.
27 En García Felguera, Mª de l os Santos, opus cit. , 1991 , pág. 97.
personal, que cuando llegó a la ciudad em prendió rápidam ente camino para recorrer
Andalucía, interesándose por visitar los gra ndes hitos artísticos conservados en otras
ciudades como Córdoba y Granad a. Según Latour, su objetivo era comparar la mezquita
cordobesa y la Alhambra granadina con lo s grandiosos edificios que ambos pudieron
contemplar en su viaje a Orie nte, durante el verano del año 1845. Este viaje, al margen
de su claro carácter político y diplomátic o, proporcionó al duque un conocim iento y un
gusto por los orientalismo s del mundo islám ico mediterráneo, que acabó completando
evidentemente con los de Andalucía 28 .
J. Taylor dib. y Hollis y Le Keux gr. La Gira lda , y Fenetre de la Gi ralda , ca. 1830. Colección pa rticular.
Personajes como el citado Barón Justin Taylor, uno de los grande s viajeros europeos
de la década de 1820 y 1830, o el Barón Davi llier, creadores de descripciones e
imágenes de una Sevilla un tanto nostálg ica y poética, anuncia ron y publicita ron en
Francia una nueva imagen de España. Tayl or, como es sabido, llegó a España por
encargo oficial de Lu is Felipe de Orleans, acompañado por los pint ores Adrien Dauzats
28 Montpensie r viajó por Tún ez, Egipto, T urquía y Grecia junto a Antoni o de Lato ur, su p receptor , y
visitó edificios tan grandiosos com o Santa Sofía de Constantinopla, las mezquitas o tomanas, el Partenón
o los templos egipcios. Véase: Latour, Antonio. Viaje de S.A.R. el Serenísimo D uque de Mo ntpensier , a
Túnez, Egi pto, Turq uía y Greci a. Cartas . Edición tra duci da del francés por D. Pedro L. A. Dupouy y
publicada en Sevilla en 1849. Imprenta de El Independien te.
y Pharamond Blanchard 29 . Debían hacerse con un cargamento de pinturas de calidad
para el Museo Español que quería abrir el rey en Parí s. Lograron reunir entre noviembre
de 1835 y abril de 1837 una colección de más de cuatrocientas cincuenta obras, a las
que se sumaría la esp léndida colección del m illonario británico Frank Ha ll Standish en
1840 30 . Al mismo tiem po que Taylor recorría el país atesorando obras para su potente
patrón, inmortalizaba en un amplio repertorio de dibujos su visión romántica de España.
Sevilla era descrita por este controvertido ma rchante y anticuario a través de rincones de
un alto intimismo y un intenso sabor hisp ano-musulmán. Sus dibujos, así com o los
grabados posteriores que se hicieron de los Reales Alcázares o de la Giralda, am bientan
un momento casi paralizado en un tiempo ya perdido, aunque recobrado para estos
sueños románticos 31 .
J. Taylor, dib. y B. Bosley gr., Grande t our de l`Alcazar de Seville, ca. 1830. Colección particula r.
29 El pi ntor f rancés Pharam ond Blanchard re sidió en España dura nte trece a ños. Tras colab orar co n Taylo r,
no volvería hasta 1846 , momento en que fue un o de los cronistas oficiales d e las bodas reales españolas .
Véase Guinard , P. Dauzats et Blanchar d, pei ntres de l 'Espagne ro mantique , París, Presses Universitaires
de Fran ce, 1967 .
30 Véase Baticle, J. y Marinas, C. La Galerie Espagno le de Louis Philip pe au Louvre, 183 4-1848 .
Ministére de l a Coult ure, réuni on des M usées nationau x, 1981, Parí s. Y Burns M arañón, Tom , La
rivalidad brit ánico-frances a por el arte esp añol , en opus cit , 2014, pp. 45-53 .
31 J. Taylor publicó los grabad os de tema sevillano en su obra Voyage pittoresq ue en Esp agne, en
Portugal, et sur la c ote d’Afri que, de T anger a Tétoua n , en tres tomos, en París, entr e 1826 y 1832.
El Barón Charles Davillier recorrió la Península Ibérica en num erosas ocasiones
desde su juventud. Acaudalado coleccionist a, especialmente de objetos y piezas
cerámicas, escrib ió numerosos libros y estudios sobre las artes decorativas esp añolas,
mostrando un grandísimo interé s por la cerám ica de tradic ión hispano-árabe, cuya
revalorización impulsó en España y Francia ya en la década de 1840. Su pasión por todo
lo hispánico era altamente conocida en el Pa rís de Luis Felipe y, antes de realizar su
viaje más famoso, el que hizo con Gustavo Doré en 1862, ya había estado en España en
nueve ocasiones. Al margen de la visión exó tica y orien talista en la que Doré insistió
para ilustrar su Viaje a España , sus estudios y conocimientos, com o hombre culto,
interesado y estudioso d e las artes decora tiv as medievales españolas, com pletaban una
imagen de España com o espacio de teso ros y m aravillas artísticas ocultas.
La vía orientalista del Romanticism o europeo, en la que insistieron Ford, Gautier,
Davillier o los artistas antes citados, entre ellos Doré, estuvo dirigida en España al
rescate y la revalorización del mito de Al-Ándalus, y especialm ente de sus restos
artísticos. En esta vía insistirá tam bién el Duque de Montpensier a lo largo de toda su
vida, y quedará convertida en una verdadera pasión, m uy perseguida y bien gestionada,
y que lo llevó a utilizar una novedosa y pionera arquitectur a neoárabe como paradigma
de un posible estilo nacional. En Sevilla, vivió Antonio de Orleans durante unos meses
en los Reales Alcázares, complejo palaciego q ue sabemos por Latour que le im pactó
profundamente, en Castilleja de la Cuesta, j unto a esta ciudad, transformó una antigua
casona en un palacete acastill ado neoárabe, la Casa de Hern án Cortés, y en Sanlúcar de
Barrameda ideó un auténtico y amplio recreo de ambientación orient alista, con palacio,
jardines y finca ajardinada repleta de caprichos d e arquitectura árabe.
Montpensier, con una gran formación y una sagaz visión de futuro para lo económico
y lo político, insistió ta mbién en fomentar ot ra de las vías del Rom anticismo en España,
la del andalucism o –expresada a través del majismo , el torerismo y las costumbres
castizas- para su propia im agen, la de su familia, y para la imagen de Sevilla, ciudad que
desde entonces era la suya . En esta línea temática in sistió encargando numerosos
cuadros y grabados, y no se opuso a retratarse como andaluz. No era nuevo el hecho de
retratarse ataviado de majo con algunos h itos m onumentales de fondo; los viajeros
románticos ya lo habían puesto de m oda. Pe ro el que una figura de su estatus so cio-
económico lo hiciera debe entenderse com o una intención de claro tono propagandístico;
su imagen debía cuajar y adecuarse al en to rno que ahora l o cobi jaba. Es intere sante
comprender cóm o Antonio María de Orleáns n ecesita demostrar que se encontrab a en
plena simbiosis con lo español y lo andalu z a través del Arte y la defensa de las
costumbres y las tradiciones populares. Sus aspiraciones políticas necesitaron de una
imagen que debía propagarse a trav és de un excelso patronazgo y m ecenazgo cultural,
lo que contribuyó a fomentar e in sistir en la historia y las tradiciones de la ciudad de
Sevilla 32 .
En los primeros años de residencia de los Duques de Montpe nsier en la ciudad, los
pintores locales que habían comenzado de form a generalizada a lanzar una imagen
romántica de Sevilla, a través de vistas generales de la ciuda d, de sus m onumentos
islámicos y de la tipificación de sus persona jes populares, son los anteriorm ente citados
José y Joaquín Domínguez Bécquer, y a los que debem os añadir, ya durante las décadas
de 1840 y 1850, los Cabral Bejarano, Manuel Barrón, F. J. Parcerisa, V. M. Casajús y
Eduardo Cano. Todos ellos, junto a otros extran jeros –entre los que estarán los prim eros
fotógrafos de la ciudad- proponen a Sevilla y a sus gentes como tema y escenario,
siempre con el acompañam iento de los hitos monumentales de la ciudad, sus
costumbres, tradiciones y fiestas.
Si impactó a Montpensier el esplendor islámico de algunos monumentos singulares y
el supuesto ambiente orientalista que la ciudad podía llegar a ofrecer, com o nos
recordaba Richard Ford en sus libros, es un asunto para el que podríamos encontrar
fáciles respuestas. Por un lado, Antonio de Latour a través de sus escritos,
fundamentalmente en Estudios sobre el sur de E spaña, Sevilla y Andalucía y La Bahía
de Cádiz, muestra el apasionamiento y el inte rés que el Duque tuvo por visitar los
grandes hitos hispano -árabes de Andalucía. Según Latour, uno de lo s objetivos del viaje
que el duque hizo por estas tie rras en 1849 era el de com parar y analizar las semejanzas
y diferencias de la Catedral de Sevilla y su campanario, la Mezquita de Córdoba y la
Alhambra de Granada con los grandiosos edific ios contemplados en su viaje por Oriente.
32 No olvidemos que Anton io de Orleans siempre soñ ó con el trono español. El grup o político d e la Unión
Liberal ap oyó la sol ución M ontpensie rista y su ca ndidatu ra tras la Re volución de 1868 fue fina nciada
ampl iament e. Véase Baham onde, Án gel, España en Democra cia, El Sexeni o, 1868-1874 , en Historia 16,
Madrid , 1996, pág. 14. Las am biciones en g eneral del Duq ue de M ontpen sier han sido re fleja das en pa rte
por Carlos R os, opus cit ., 2000, y, de forma aguda y magistral, por Lleó Cañal, V., opus cit ., 1997.
El afán documentalista será un objetivo perm anente en estas primeras fotografías de
Sevilla, subrayando las tradicionales visiones de la Catedral y la Giralda, el Alcázar, las
parroquias medievales, la Casa de Pilatos o el Palacio de las Dueñas. Se añaden otros
edificios como el Hospital de las Cinco Llagas o Palacio de San Telmo, donde ya
residían los duques desde 1849. Las más inte resantes superan el pintoresquismo
costumbrista de la pintura y pretenden leva n tar, como afirm a Francisco J. Rodríguez
Barberán para el caso de Laurent, acta notarial del presente de la ciudad 42 .
Los Reales Alcázares se convirtieron en punto de encuentro y de deseo para los
fotógrafos que recorrieron Sevilla entr e las décadas de 1850 y 1860. Su capacidad de
sugestión y sus diferentes y variadas perspe ctivas hicieron de es te conjunto palaciego
uno de los lugares más fotografiados y, por ta nto, una de las vision es de la ciudad m ás
exportables. La Fachada de la Montería y lo s Patios de las Doncellas y de las Muñecas,
arquitecturas de exquisita factura mudéjar, fueron reiteradam ente reproducidas.
Probablemente, uno de los aspectos más destacable del mundo de Montpensier en
relación a la iconografía de Sevilla es su pasión por la fotograf ía. El Duque m antuvo
contactos y rela ciones artísticas con multitud de fotógrafos, la m ayoría extranjeros, pero
también locales, que se disponían a introducir en la ciudad el extrao rdinario invento. De
sobra conocida es la relación de Montpensier con el Vizconde de Vigier, el cual realiza
por encargo del Duque un Álbum de calotipos de Sevilla , tomados entre 1850 y 1851, la
primera serie fotográfica de la ciud ad 43 . Antonio de Orleans se interesó durante toda su
vida por la adquisición de fo tografías, llegando con el tiempo a formar una ingente
colección de obras, unas encargadas y otras co mpradas. Sabemos que de Sevilla llegó a
poseer numerosos álbum es, como el de Vi gier, los compuestos por fotografías de
Leygonier, Napper y Masson, o el de Laur ent con ochenta fotografías, todos
actualmente en diversas colecciones com o la de la Fundación Infantes Duques de
Montpensier, la del arquitecto Carlos Sánchez, en Granada, Manuel Fernández Rivero,
en Málaga, o la del Duque de Segorbe en Sevilla.
42 Rodríguez Barberán , F. J. Sevilla soñada, Sevilla iconografiada …en Sevilla Artística y Monumen tal,
1857-1 880, Fot ografías de J . Laurent . MAPFRE y Ministerio de Cultura, Madrid, 2008.
43 De López M ondeja r, Publio, Hª de l a Foto grafía en Es paña , Lu nwerg, 200 3, pág. 31. Véase También
la edici ón del Ál bum del Vi zconde de Vigi er, Sevilla 1851 , Fotografías d e Sevilla , Sociedad de
Bibliófilos andalu ces, Sevilla, 1977.
Ya en torno a 1860, artistas como Andr és Cortés y Manuel Rodríguez de Guzmán,
centran su mirada en las celebraciones popular es como las rom erías o las fiestas de
primavera, la Feria y la Sem ana Santa. Fo tógrafos com o Jean Laurent o Lucien Lé vy
siguen retratando una imagen de la ciudad co mo urbe monum ental, la Sevilla mítica de
los grandes hitos arquitectónicos –Alcázar o Ca tedral-, pero también una ciudad con un
rico patrimonio cultural en fiestas populares y tradiciones religiosas. Llegan m omentos
en los que se amplía y se diversifica la temática iconográfica de Sevilla, aunque sin
olvidar la gestada durante el Romanticis m o, y especialmente, el demandado trasunto
urbano hispano-musulmán y el carácter oriental de algunos de los edificios m ás señeros,
como la Giralda y la Torre del Oro. A partir de esta época m ás avanzada, pinturas,
grabados litográficos o fotografías comparte n protagonism o para inaugurar una etapa en
la que la imagen de Sevilla se reproducir á y difundirá de m anera masiva, con tonos
turísticos añadidos, tal y como hoy podríam os concebirlos 44 .
44 Véase Ménde z Rodríguez, Luis, La Imagen de An dalucía en el Arte del Siglo X IX . Ce ntro de E studios
Andaluces, C onsejería de Presiden cia, Junta de Andalucía, 2008.
5. 5. LA CONSTRUCCIÓN DEL REAL PALACI O DE LOS DUQUES DE
MONTPENSIER EN SANLÚCAR DE BARRAMEDA.
El palacio que los Duques de Montpens ier levantaron en Sanlúcar de Barrameda es
una construcción más llam ativa, sorprendent e y pintoresca -extrava gante i ncluso- que
una obra clásica, bella o racion al. En la línea de lo sublim e y lo asombroso, m ás que de
lo bello, su aspecto, especialm ente su piel externa, tiene algo de agradable horror y de
búsqueda de uno de los placeres de la imaginación a los que se refirió el escritor inglés
Joseph Addison cuando hablaba de belleza: la singularidad. Sus novedosas y singulares
fachadas, asimétricas e irregulares –pero en equilibrada relación-, su romántica y
pintoresca estam pa de arquitectura y jardín, su im agen de castillo sobreelevado en el
Barrio Alto de la ciudad, divisado desde el m ar, emociona y excita, conmueve y crea
sensaciones distintas. Es una rareza, un c ontrario, una quimera estética llevada a la
realidad 1 .
Precisamente Antonio de Latour, quién conocía bien los gustos y las tendencias del
Duque, se refirió al palacio sanluqueño en su obra La Bahía de Cádiz como una rareza
oriental, como una arquitectura de aspecto extraño y con la irregular belleza de las
moradas de aquellos territorios del Mediterrán eo oriental que tant o el Duque como él
habían visitado con tanto éxito y tan fructíferamente en 1845 2 .
Construido y diseñado para el retiro, pero de form a evidente también proyectado para
la exhibición y la manifestación del poder, para ser carta de pr esentación y obra de
máxima vinculación con los Duques y con su papel social, este com plejo palaciego fue
muy valorado por los Montpensier, un espacio muy querido y soñado, ansiado y
rememorado desde el exilio, en el que todo el protocolo y la grande za exhibida en el
sevillano Palacio de San Telmo se reproducía de la m isma forma.
1 Véanse los conceptos de belleza y gust o para Joseph Ad dison y para los posteriore s románticos en Bozal,
Valeriano (ed. ), Historia de las ideas estéticas y de las teo rías artísticas con temporáneas . Volu men I,
Visor, Madri d , 2000.
2 Latour, A ntoni o de, La bahía de Cádi z , Diputación de Cádiz, Cádiz, 1986.
Palacio de los Du ques de Montpe nsier en Sanl úcar de Barrame da , Tarjet a postal, ca. 1900.
El Palacio de los Duques de Montpensie r en Sanlúcar. Entre el retiro, la
ostentación y la exhibición.
Como afirm ara el arquitecto e historiador de la arquitectura Christian Norberg-Schulz,
la arquitectura es la concreción del espacio existencial del hombre , de forma que para
el hombre la im agen estable del ambiente que le rodea, le hace pertenecer a una to talidad
social y cultural. En este sentido, y en rela ción al caso concreto de Antonio de Orleans,
no podemos sino afirmar que los espacios arquitectónicos que adecua, rehabilita y
construye como residencias ducales en Anda luc ía definen y delim ita n tanto el espacio
en el que él quiere estar, como el papel cultural que desea proyectar en la sociedad 3 .
A través de la construcción y de la puest a en marcha de estas arquitecturas levantadas
en Sanlúcar de Barrameda puede entenderse el papel social que los Montpensier quieren
desarrollar, no sólo en la ciudad, sino en t oda la región. Su carácter dinamizador y su
potente iniciativa cultu ral y artística revolucionarán a la población, produciéndose un
revulsivo bastante llamativo a nivel social. La ambiciosa construcción de este Palacio
Orleáns, sus Caballerizas, los caprichos en el ja rdín campestre del Botá nico, así como
en las fincas de Torrebreva y El Maestre serán el epi centro de un singular proyecto
3 Norberg-Schulz, Christian, Existencia, Espaci o y Arquit ectura, Nuevo s caminos de la arquit ectura ,
Blum e, Barcelona, 1975.
recreativo llevado a la realidad, rom ántico y neoárabe, en la línea de otros recreos
europeos, pero moderno a la vez, con t oda clase de comodidades e innovaciones.
Sanlúcar no sería otra cosa sino un sitio ducal para el retiro del espíritu, para el
descanso, lugar dónde se materializaría la vi da o la existencia m ás dulce y apetecida.
El hecho de llevar a buen fin la constr ucción de un recreo rom án tico orientalista debe
hacernos pensar en algunas cons ideraciones pr evias. Sem ejante empresa constructiva no
es fruto de un capricho pasajero, sino produc to de una meditada concepción de la
cultura, del arte y de la vida como obra de arte en sí m isma, la que trad icionalmente ha
poseído una parte de las aristocracias europ eas y en la que han in sistido no solo para
regocijo y disfrute, sino también para el ap rendizaje y la construc ción de alta cultura.
Como afirmara Jacob Burckhard t, las élites sociales, -salv emos la distancia cultural
entre el siglo XIX y el Renacimiento-, poseían una actitud ante la existencia en cu anto
obra de Arte 4 . En el caso del Duque de Montpensier, cumplida por supuesto esta tesis
de Burckhardt, rodearse de una arquitect ura hermosa, monum ental, impactante o
historicista –caso de los Palacios de Sa n Telmo o de Sanlúcar- fue además un valor
seguro, la mejor propaganda y carta de defensa ante la sociedad.
Precisamente en este sentido, el ar quitecto Antonio Almagro introduce su artículo
Los Palacios de Pedro I. La arquitectura al servicio del poder , apuntando el hecho de
que en todos los tiempos y culturas la arqui tectura ha servido pa ra proporcionar un
marco protocolario a las actividades del poder y como forma de expresión del m ismo
por parte de quienes lo han ostentado. Alma gro Gorbea insiste en que las construcciones
realizadas por un determinado personaje o soberano obedecen a program as o modelos
que constituían referentes de fácil interpreta ción por parte de la población, bien en su
conjunto, bien a través de algunos de sus elementos que estaban directam ente
relacionados con la simbología del poder. Af irma además que en m u chos de estos
programas subyace no solo una mera ideo l ogía de ostentación, sino intenciones de
mucho mayor alcance que obedecen a programas políticos profundamente presentes en
la mentalidad de su promotor y del círculo de sus allegados y colaboradores 5 .
4 Burckhardt, J .: La cultura del Renacimien to en Italia, Barc elona, 19 79 , pág. 265 y ss.
5 A lmagro Gorbea, An tonio, Los Palaci os de Pedr o I. La arquitect ura al servic io del p oder, Anales de
Historia del Arte, Vol. 23, Número esp ecial II, pp. 25 -49, 2013.
Sanlúc ar de Barr ameda con los Palacios de Medin a Sidonia y Orlea ns al fond o . Postal, ca. 1920.
Colección Loïc Ménanteau, Nantes.
Por otro lado, y en el sentido de la s segundas moradas o residencias –Sanlúcar tuvo
en cierto modo este carácter para los Mont pensier- , debemos recordar que desde que
los antiguos romanos o los hom bres del Ren acimiento plantearan la necesidad de
construir residencias o villas fuera de la capital o la corte para escapar de la rutina dia ria
o de los sofocos de la estación estival, no se perdió entre las clases adineradas o
aristocráticas este interé s por las segundas residencias o los sitios. Proyectadas
justamente para el retiro y el descanso, los al icientes de la villa, la casa de campo o el
palacio o residencia de verano se fundamentan en los atractiv os que ofrecen el campo o
la costa frente al viciado ambiente urbano 6 . Por otro lado, el poseer s itios o residencias
para el disfrute fuera del l ugar habitual de vida y ruti na, proyecta el poder económico
del propietario como ningún otro elem ento material.
Como lo f ue la villa del Renacimien to, del Barroco, o las m ansiones dieciochescas
con jardines, el palacio de vera no f rente al mar es elitista y personal. Como la villa, no
intenta satisfacer neces idades colectivas, sino gustos particulares. De ahí, que sea una
arquitectura caprichosa la que se imponga para estas reside ncias, si entendemos el
6 Ackerm an, Jame s. La Villa. Forma e ideolog ía de las casas de campo , Ak al, Madrid, 1 997.
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