Las relaciones de solidaridad y reciprocidad en la Protohistoria Final europea
Abstract
Las relaciones de reciprocidad son un elemento fundamental para comprender las sociedades de la Protohistoria final, especialmente en el ámbito indoeuropeo de la Península Ibérica y en general, en Europa central y meridional.
Full text
SPAL 23 (2014): 49-63 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2014.i23.03 Recepción: 20 de junio de 2012. Aceptación: 30 de abril de 2013 LAS RELACIONES DE SOLIDARIDAD Y RECIPROCIDAD EN LA PROTOHISTORIA FINAL EUROPEA SOLIDARITY AND RECIPROCITY RELATIONSHIPS IN FINAL PREHISTORY EUROPE JESÚS FRANCISCO TORRES MARTÍNEZ* Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit. (Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro). T. M. Plauto (Asinaria v. 495). Resumen: Las relaciones de reciprocidad son un elemento fundamental para comprender las sociedades de la Protohistoria Final, especialmente en el ámbito indoeuropeo de la península ibérica y en general, en Europa central y meridional. En este artículo se presenta una introducción teórica general sobre el tema y un estudio de la reciprocidad y las relaciones de solidaridad en las sociedades de la Protohistoria Final. La estructura económica y los modos de explotación del medio de estas culturas agro-ganaderas tienen en las relaciones de reciprocidad un modo fundamental de construcción y organización de los distintos grupos sociales. Las amplias redes de relación que a partir de este concepto se construyen dibujan culturas con un fuerte componente guerrero, organizadas en estructuras vecinales y linajes con grupos familiares amplios organizados por grupos de edad. Esta estructura forma extensas cadenas de solidaridad que desem bocarán en la construcción de grandes grupos étnicos. Palabras Clave: Bronce Final, Edad del Hierro, estructuras sociales, relaciones sociales. Abstract: Reciprocity relationships are a fundamental element which helps us understand Final Protohistory societies, especially in the sphere of the Iberian Peninsula and, generally, of Southern and Central Europe. This article comes out as a theoretical and general introduction to the subject, and a study of reciprocity and solidarity relationships in Later Prehistory societies. Reciprocity relationships work as an essential way of construction an organization of different social groups, in the economical structure and ways of exploitation of the resources of these cultures, related to both agriculture and livestock. Wide relationship networks built upon this concept draw cultures which have an important warlike compound, organized as neighboring structures and lineages with familiar groups organized by groups of age. This structure creates extensive solidarity chains that will lead to the construction of big ethnic groups. Key words: Late Bronze Age, Iron Age, social structure, social relationship. * Dpto. de Prehistoria. Proyecto “Monte Bernorio en su entorno”. Universidad Complutense de Madrid. Fac. de Geografía e Historia. Avda. Profesor Aranguren SN. 28040 MADRID. Instituto Monte Bernorio de Estudios de la Antigüedad del Cantábrico (IMBEAC). Correo-e: [email protected]; http://ucm.academia.edu/JesusFranciscoKechuTorresMartínez, http://www.imbeac. com/ http://www.montebernorio.com/
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El poder se ejerce a través de la coerción y el miedo y la mayoría de las sociedades son víctimas resignadas de ese principio humano universal. Una gran parte de este discurso en la mayor parte de las ocasiones no es explícito y aparece como una verdadera prenoción, o una preconcepción, en la manera en que E. Durkheim (2005: 147-174) formuló este concepto. Se basa en las tesis desarrolladas en el siglo XIX a partir del Darwinismo. En parte provienen y se basan en principios de la doctrina darwinista y de otros autores como T. Malthus o H. Spencer para desarrollar lo que se ha denominado Darwinismo Social: en un mundo de recursos limitados los humanos luchan entre sí y el éxito es de los individuos más fuertes. Estos perpetúan sus aptitudes, actitudes y genes “triunfadores”, que deben imponerse a otros más débiles que no tienen tanta capacidad para sobrevivir. De otro lado está la necesidad, por parte de determinadas ideologías, de trasladar los conflictos de las sociedades contemporáneas al pasado como medio de legitimar sus intereses y puntos de vista sobre la sociedad humana en general (Lewontin et al. 1996, Sandin 2000, Espina 2005, Goleman 2010a: 203-223). Sin embargo, los humanos somos seres sociales, mamíferos gregarios, forman grupos familiares y suprafamiliares con los que interactúan de distintos modos con el medio para obtener los recursos necesarios para sobrevivir. En este sentido, la Historia nos muestra culturas humanas, sociedades y grupos, que se adaptan al medio y sobreviven, no individuos. La idea de individuos aislados intentando sobrevivir es esencialmente absurda y falaz. Es precisamente la solidaridad uno de los elementos fundamentales que han permitido la supervivencia y el desarrollo de la especie humana. Esto, que debería resultar evidente, sigue siendo en muchos casos una realidad marginada de la investigación de la Prehistoria. Por ello, es necesario reivindicar no solo el papel de la solidaridad y la reciprocidad en el desarrollo de la especie humana sino también las nuevas evidencias que refuerzan el papel esencial de este tipo de prácticas. Las últimas investigaciones en Neurociencia apoyan el papel de la solidaridad en la construcción de las sociedades humanas. Este tipo de comportamiento vendría establecido en los modos de funcionamiento cerebral de los humanos, pero es patrimonio también de los primates. Esto no quiere decir que los primates y los humanos recurran tan solo a la solidaridad y no desarrollen comportamientos violentos en sus relaciones, sino que los comportamientos solidarios tienen un componente casi biológico, que los establecen como la primera opción en las relaciones sociales. y esto incluye también comportamientos como la abnegación o el sacrificio incluso ante individuos desconocidos. Estas pautas de comportamiento son intrínsecas al género Homo (Goleman 2010b: 331-349, 2010b: 26-43, 58-91, 467-471). El afecto forma una parte muy importante de las relaciones humanas, es subjetivo y no está sujeto a racionalizaciones. En este contexto, resulta fundamental estudiar la historia del papel de la afectividad y lo emocional en las relaciones humanas. No obstante, la Historia es el estudio racional y objetivo de las sociedades y las relaciones sociales en el pasado, pero estas relaciones no tienen por qué ser racionales o comportarse de un modo racional (Chic 2009: 13-14, 19-20, 56, Hernando 2002: 7-46, Goleman 2010b: 35-70, 432- 442, 2010b: 259-288). Recientes estudios han revelado (empíricamente) algo que, intuitivamente y por “sentido común”, se sabe desde hace mucho tiempo: que la inteligencia emocional es fundamental en las relaciones humanas. La inteligencia emocional no es la capacidad de una persona para engañar a los demás sobre afectos que no siente sino la capacidad para sentir, empatizar y generar afecto de forma sincera en los demás. Las relaciones entre humanos son emocionales y, por tanto, no tienen por qué resultar lógicas. Es más, cuando una persona establece con otras personas relaciones solamente lógicas y racionales o bien interesadas, egoístas y despóticas, recibe el rechazo social y se le tilda de “interesado” cuando no de “monstruo”. La inteligencia emocional sirve para construir redes sociales de
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La reciprocidad ha sido una parte fundamental en la construcción de las redes sociales a lo largo de la historia del género Homo. Esa pauta no ha cambiado esencialmente durante milenios, incluso con el surgimiento de las sociedades complejas, hasta el momento actual. Las formas más básicas y extendidas de reciprocidad, la solidaridad (mutua colaboración y apoyo, reparto e intercambio igualitario de bienes y servicios) y la comensalidad (compartir el alimento) son elementos esenciales en la construcción de las redes de tipo familiar y suprafamiliar ya que son la antesala de la construcción de formas de apego y afecto. Tanto la solidaridad como la comensalidad se basan en la capacidad para sentir y generar empatía y en el afán por mantener esta pauta de comportamiento, que genera sentimientos de afecto y vinculación entre los humanos (Chic 2009: 145-153, Goleman 2010b: 167-208, 2010b: 15- 25, 372-384, 419-430, 442-449). Tanto las formas conocidas de intercambio de bienes como las formas de relación a través del intercambio en las sociedades premodernas han sido una de las cuestiones más debatidas en el estudio histórico de la Prehistoria y la Antigüedad. La necesidad de elementos empíricos para desarrollar este tipo de discusión de un modo científico ha hecho que la mayoría de los datos manejados procedan de informaciones de tipo antropológico. La Antropología ha desarrollado la Antropología Económica como ámbito de investigación de lo económico en las sociedades humanas, pero este conocimiento sólo es útil en parte a la Historia y a la Arqueología (Moreno 2011: 145-156, 161-170). En muchos casos estas informaciones provienen de sociedades muy alejadas geográfica y culturalmente (y en el tiempo) de las culturas de la Protohistoria europea, pero poseen lo que se denomina un “valor sociológico general” (Mauss 1971: 223-224). La obra de referencia sigue siendo el Ensayo sobre el Don (Gift) de M. Mauss (1971, 2010) publicada en 1924 (Sahlins 1983: 167-202, Giobellina 2010, Moreno 2011: 113-124). En esta obra se recoge ya el carácter universal de las relaciones de reciprocidad y de las leyes que rigen cuestiones como la generosidad y el intercambio. Dar, recibir y devolver son las bases de la convivencia entre los grupos humanos. y no sólo entre estos, también entre los humanos, los dioses y otros seres de naturaleza espiritual. Con posterioridad, la obra de K. Polanyi (1987), aunque referida en principio al auge de la economía capitalista y de mercado, sirvió para remarcar la gran diferencia cultural existente entre las sociedades premodernas o precapitalistas y las actuales, diferencia que ya había sido señalada por M. Mauss (2010: 70-73). Uno de los fenómenos más importantes es que en las sociedades premodernas y otras sociedades precapitalistas (o mejor, no integradas en el capitalismo o que funcionan con mecanismos socioeconómicos anteriores al capitalismo) los procesos económicos están embebidos o imbricados (embedded) en el resto de las instituciones sociales y resultan inseparables. De este modo, todo lo social tiene una dimensión económica y todo lo económico tiene una dimensión social, como ya había explicado M. Mauss (Moreno 2011: 124-134). Este concepto es muy importante para la comprensión de determinados fenómenos de larga duración histórica económico-culturales y de la preservación, en las economías agro-ganaderas tradicionales, de formas de relación (económicas) que resultan propias de momentos anteriores a la instalación del capitalismo y su sistema de valores. La obra de M. Sahlins (1983) sobre Economía Prehistórica aportó nuevos elementos a esta discusión (Moreno 2011: 156). Recientemente, otros autores y obras han contribuido a la discusión científica en el ámbito de la Arqueología, entre los que destacan especialmente los trabajos de M. Godelier (1999), M. Osteed (2002) o K. Sykes (2005). Una de las obras más sugerentes de las que han tratado el tema de la reciprocidad es la de A. Hernando (2002). En ella se tratan cuestiones como la cultura, las identidades, las relaciones sociales y la reciprocidad. Es más, para esta autora uno de los elementos que caracteriza a las sociedades es el de la reciprocidad y su grado de complejidad cultural se establece en relación con el tipo de relaciones de reciprocidad que establecen. La complejidad de las sociedades a través del tiempo está caracterizada también por sus formas de relacionarse (entre sí, con otros humanos y con la naturaleza y el mundo) y las relaciones de reciprocidad son uno de los elementos esenciales. En este sentido,
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Personalmente, considero que las analogías entre sociedades demasiado alejadas en el tiempo y el espacio en muchas ocasiones resultan difíciles de admitir como válidas, porque ocupan espacios geográficos y nichos ecológicos con condiciones ambientales muy diferentes y con niveles de desarrollo tecnológico y social muy distintos. Resulta imposible establecer la necesaria proximidad cultural y tampoco es posible establecer la filogénesis entre la práctica documentada y la sociedad del pasado en estudio. Esto puede evitarse cuando resulta posible realizar trabajo etnoarqueológico y etnohistórico sobre sociedades con las que es posible establecer lazos de tipo filogenético: continuidad contrastable históricamente en la ocupación del mismo espacio geográfico-ambiental. Si no es posible establecer esta continuidad (nos estamos refiriendo a sociedades agro-ganaderas y, por tanto, territoriales), será siempre recomendable buscar sociedades que sean lo más similares entre sí en los aspectos que hemos marcado como necesarios. De otro modo estaremos buscando un dato que soporte una opinión, no aportando verdaderas evidencias y se ha usado y abusado de este tipo de “evidencias”. Así resulta normal buscar ejemplos que refuercen lo que se opina, aunque sea en sociedades que difícilmente soportan una comparación. Por ejemplo, analogías entre sociedades africanas actuales y sociedades de la Edad del Hierro europeas, cuando en la mayoría de los casos la distancia geográfica, ambiental, tecnológica, de desarrollo social y cultural es insalvable. No obstante, hemos de remarcar que resulta evidente que existen comportamientos y tendencias que aparecen como universales, sujetos a lo que podemos denominar como “patrones de especie”. Así pues, podemos decir que la reciprocidad es la norma que rige las relaciones en las sociedades primitivas, premodernas o preindustriales. Las relaciones tienden a autorregularse por mecanismos de control que garantizan que dicha reciprocidad sea equitativa, más en un aspecto cualitativo que cuantitativo, aunque ambos aspectos son importantes. Sin embargo en general, cuanto más próximas (más cargadas de afecto) son las relaciones entre los humanos más tienden los sistemas de intercambio a la reciprocidad y, cuanto más lejanas, menos recíprocos son estos (Sahlins 1983: 214, Hernando 2002: 119-214, Torres-Martí- nez 2011a: 253-260). Esta forma de relacionarse afecta a los intercambios con el resto de los humanos y funciona de modo diferente según el grado de proximidad, dependiendo si el parentesco es más próximo o más lejano, y funciona también de modo distinto con los nofamiliares y los que no están incluidos en las redes de la parentela (Sahlins 1983: 214-223). Las relaciones de reciprocidad construyen una comunidad con sus propias normas e intereses comunes que establece quién está dentro de ese ámbito de relación y quién no lo está. Esto construye las redes de relación vecinal (en el caso de los nofamiliares) y determina quién está fuera, quién es el extraño, el otro y este hecho es tan importante, que resulta inseparable de la concepción religiosa y moral de la existencia y del sentido del honor (propio y ajeno). Pero además, afecta a los intercambios que se realizan con los espíritus y los dioses, a los que se agradece que compartan sus recursos con los humanos (la naturaleza es propiedad de los dioses y los humanos forman parte de la naturaleza), integrándolos en sus redes de reciprocidad y comensalidad (Mauss 1971: 173, 178, 195, 199-200, 202, 222, Chic 2009: 62-64). Establecen lo que es justo, correcto y apropiado en las relaciones entre humanos y los seres del más allá, no solo en las relaciones que podemos establecer como económicas (comensalidad, ayuda y asistencia mutua, hospitalidad, etc.), sino también en general en todas las situaciones y en todos los tipos de comportamientos. Todos deben ser respetados y deben obtener algo a cambio de algo, incluidas cuestiones tan inmateriales como el afecto, el respeto o la dignidad (Torres-Martínez 2011a: 253-258, 443-444, 479-487). Por todo esto, es importante replantearse nuestra visión de la sociedad humana, de cómo se construye esta y de cómo se establecen los ámbitos de relación social a escala micro, meso y macro. Debemos replantearnos cómo se construyen las jerarquías sociales, cómo consiguen la necesaria legitimidad, el apoyo y el consenso social y cómo consiguen mantenerse. La pirámide social es una construcción desde abajo, no desde arriba. Las sociedades se construyen sobre la seguridad y la fe en los valores y en la mutua confianza que sus integrantes comparten (Chic 2009: 41-43, 65, Hernando 2002: 49-63, 119-164). Por esto debemos
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En las sociedades premodernas, la violencia hacia el interior de los grupos puede considerarse como un fenómeno normalmente puntual, aunque real, complejo y dramático. El cambio fundamental en las sociedades humanas parece producirse en el momento en que estas pasan de ser sociedades de cazadores-recolectores a sociedades productoras o agro-ganaderas de tendencia sedentaria y territorialidad excluyente. En este caso, las sociedades transforman los mecanismos de reciprocidad generalizada, propios de los grupos cazadores recolectores, en otros de tipo más excluyente, con mecanismos de reciprocidad positiva al interior y negativa al exterior (Hernando 2002: 119-164, Torres- Martínez 2011a: 13-14). Por su parte, en las sociedades agro-ganaderas, las redes de reciprocidad, familiares y también vecinales están íntimamente relacionadas con la territorialidad. Esta se construye a través de la explotación de los recursos de un territorio y la economía tiene aquí una enorme importancia (Torres-Martínez 2010). Esto implica que las redes de relación social familiar y suprafamiliar se establecen dentro de las coordenadas geográficas y ambientales del ecosistema o ecosistemas que una sociedad explota (Dyson-Hudson y Smith 1983: 151-160). De este modo, no son iguales las relaciones con aquellos individuos o grupos con los que se explota y defiende un territorio que con los potenciales competidores. En la competencia con otros grupos por territorios que se consideran necesarios o recursos que resultan escasos, los humanos siempre hemos sido capaces de desplegar una enorme ferocidad. Los efectos de esta los multiplica nuestra inteligencia y nuestra sociabilidad (integradora hacia adentro y excluyente hacia afuera), aunque este tipo de comportamientos no son considerados como habituales o prioritarios, por mucho que sean relativamente frecuentes en la Historia (Sahlins 1983: 219). En todo caso, los elementos clave en estos procesos son los cambios que se producen en los valores del grupo en las relaciones “con los otros”, que pasan de ser “vecinos” o “próximos” a “enemigos”. Los valores y las normas se flexibilizan y se convierten en elementos meramente relativos y situacionales. Pero, al mismo tiempo, hacia el interior de las sociedades, estos conflictos refuerzan las prácticas de solidaridad y los mecanismos de reciprocidad, lo que hace que la cohesión interna del grupo se intensifique (Sahlins 1983: 218, 234-235). 2. FORMAS DE RECIPROCIDAD “POSITIVAS” EN LAS SOCIEDADES CÉLTICAS DE LA PROTOHISTORIA FINAL EN IBERIA En sociedades esencialmente agro-ganaderas y territoriales, como es el caso de las sociedades célticas que trataremos, la relación social se produce principalmente en el ámbito familiar y suprafamiliar, o “vecinal”. Esto genera una tendencia a las relaciones de reciprocidad positiva hacia el interior de la sociedad y negativa hacia el exterior, acentuada además en muchos aspectos por el carácter guerrero de esta cultura (Hernando 2002: 115). La reciprocidad afecta a todo tipo de relaciones, tanto en la paz como en la guerra, y las culturas guerreras la integran también dentro de sus prácticas esenciales. En la Protohistoria, el desarrollo de las redes de relación vecinal (basadas también, y sobre todo, en la reciprocidad) ampliaron el alcance, la intensidad y la complejidad de estas formas de relación creando nuevas fórmulas. De este modo, estos nuevos sistemas de reciprocidad crearon redes y estructuras de interdependencia, que son la base de los nuevos sistemas sociales. Estas sociedades creaban lo que se ha denominado fondos ceremoniales para hacer frente a este tipo de intercambios, lo que ha sobrevivido en las sociedades campesinas tradicionales (Wolf 1975: 16-18). El intercambio se realiza siempre desde la premisa de la generosidad como base de la reciprocidad. El regalo o Don que se hace se convierte en una inversión dentro de un fondo infinito de deudas entre individuos, familias y linajes. Estas deudas de gratitud alcanzan también a las relaciones entre los humanos y los antepasados, los espíritus y los dioses. Las formas de relación están basadas en la generosidad ya que, llegado el caso, los demás serán tan generosos con nosotros como nosotros lo seamos con ellos. Por este motivo,
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De este modo, aunque la reciprocidad (y otros mecanismos de redistribución) establezca un marco de relación tendente al igualitarismo, la realidad es que ni los individuos ni las familias son iguales. Este tipo de fenómenos está presente en realidad en la práctica totalidad de las sociedades conocidas (Sahlins 1983: 84-89, Chic 2009: 148-149). En la épica de las culturas antiguas, los relatos funcionan como mecanismos de transmisión de valores sociales positivos ya sean afectivo-emotivos como racionales. En el caso concreto de la sociedad reflejada en la Ilíada, M.y. Montes (2006a, 2006b) recoge la equivalencia que existe entre el concepto de orden social y el de equilibrio social. Además, según este autor, se constata la existencia de un miedo al desorden que se conjura a través de estrategias de recuperación del equilibrio social. En este sentido, las relaciones sociales deben ser siempre del todo previsibles, ajustadas a las normas aceptadas por todos de un modo cuasi religioso, y la búsqueda en esas relaciones de un equilibrio apropiado es continua. Puede que los individuos y las familias no sean iguales pero deben comportarse de acuerdo a unas normas. Esto resulta especialmente manifiesto en el comportamiento entre los aristoi, a los que podemos definir como “los otros iguales”. Estos serían aquellos a los que uno considera próximos y afines ya que reúnen lo que se considera que son las mejores cualidades, las que la sociedad considera como positivas. Esto determina el modo en el que uno quiere ser y, por tanto, en cómo se comporta. No resulta extrapolable a conceptos actuales de entender las relaciones sociales como el de la “clase social”. En este sistema, el que consigue ser admirado por sus cualidades y comportamiento (interiorización del arquetipo) sirve como modelo social. Se convierte así en un representante de los ideales de esa sociedad, que se quiere ver reflejada en las características encarnadas por esa persona. El conjunto de estas cualidades, que son vividas y exhibidas, hacen que se le considere como a un “principal”. Todos los individuos aspiran a ser considerados así y todas las familias quieren ser tratadas como destacadas, principales. Pero no todos los individuos pueden llegar a destacar, ni todas las familias reúnen el suficiente prestigio social como para ser así consideradas (van Wees 1992: 222- 228, Finley 1999: 131-172). Entre los mejores representantes de los valores de una sociedad (los que destacan, los principales) y a los que se considera próximos, hallamos a los denominados philotes (filotes), entre los que se establecen varios tipos de relaciones. Están aquellos con los que se establecen relaciones de tipo parental (a través del parentesco) y aquellos a los que se trata como si fueran parientes sin que lo sean realmente. En todo caso, se aplican relaciones de reciprocidad y solidaridad que se intenta que sean lo más estrechas posible, como si se desarrollaran entre parientes. No se esperan agresiones, ni reacciones violentas y se establece la ayuda, colaboración, rescate, consejo, preocupación, reciprocidad, generosidad… Esa retórica de la philotes nace y se define en las relaciones de alteridad de tipo parental, parangón de todas las relaciones interpersonales, de ahí “es exportada” a las de alteridad no parental, principalmente entre “hetairoi” y asimismo a la que hemos llamado “filotes cultural” y que incluye “orkia” (acuerdos) “zsenia” (amistad hospitalidad) e “iketia” (súplica) (Montes 2006b: 122). Para garantizar un comportamiento adecuado está la aidos o “vergüenza social” ante cualquier comportamiento inadecuado y la eleos, “compasión” o “acción solidaria” hacia el aristos desconocido o extranjero, lo que incluye la práctica de la hospitalidad, sobre lo que volveremos más adelante (Montes 2006a: 38-116, 2006b: 122). En caso de producirse cualquier tipo de desorden (un conflicto o una ruptura) resulta imprescindible la rápida recuperación del orden social por medio del areskó (reequilibrio). Esta se produce a través de una compensación tanto a través de palabras y gestos como de la entrega o intercambio de bienes, que permitan reequilibrar una situación que resulta indeseable, de modo que «el conocimiento y respeto por las normas del reequilibrio permiten mantener el orden social» (Montes 2006b: 132). Así, en la Ilíada la recuperación de unas buenas relaciones sociales aparece como una preocupación continua (Montes 2006: 110-116, 2006b: 126-140). Este tipo de valores y comportamientos no son exclusivos de los “principales” sino que estos los deben asumir de modo ejemplar como máximos exponentes
56 JESÚS FRANCISCO TORRES MARTÍNEZ SPAL 23 (2014): 49-63 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2014.i23.03 de los valores colectivos. No obstante, son los principios del conjunto de la sociedad y a los que esta aspira como ideales (Chic 2009: 64-65). Es, por tanto, el prestigio un elemento esencial en una comunidad en la que las relaciones personales y familiares están sujetas a estos mecanismos de reciprocidad y reequilibrio continuo. Es esta búsqueda del equilibrio en las relaciones lo que explica la cohesión interna de unas sociedades segmentarias con una lógica social muy alejada de las actuales. En este sentido, debemos resaltar la importancia del honor, cuestión que atañe a todos los integrantes de la sociedad (y no solo a los dirigentes) y que implica especialmente a las familias, como garante de ese mecanismo en continuo reequilibrio dentro de ese sistema de deudas morales. Deudas que no se pueden demorar ni olvidar y en las que el titubeo a la hora de reintegrar un don, un servicio o una ofensa genera una profunda vergüenza que se hace colectiva. M.y. Montes (2006a: 116) afirma: «…en la solución de las disputas en Homero hay dos principios generales, por un lado el de la adherencia a las normas de comportamiento adecuado y por otro el de la compensación por los daños (restitución, retribución o ambas)». Es un sistema de valores en el que el incumplimiento de lo que exige el honor resulta impensable (Montes 2006b: 122, Verger 2009: 66-70). 3. LA RECIPROCIDAD Y LAS RELACIONES VECINALES EN LA CONSTRUCCIÓN Y ARTICULACIÓN DE LAS ESTRUCTURAS SOCIOPOLÍTICAS Los ejemplos mencionados anteriormente pueden servir para ilustrar los comportamientos sociales que existirían en las culturas de tipo céltico del norte de la península ibérica. Estos mecanismos de relación social se sitúan, en primer lugar, en la base de las relaciones humanas de supervivencia y subsistencia y son fáciles de percibir a través del estudio de las distintas actividades económicas y de la articulación del territorio. Sin embargo, van mucho más allá de estas ya que través de ellas se construyen, como veremos, las demás estructuras sociales (Torres-Martínez 2003, 2005, 2011a: 65-260). Este hecho se debe a que este tipo de conductas son las que sirven como marco que permite establecer y construir las redes de relaciones vecinales. Estas, a su vez, son aquellas desde las que se establecen las formas de relación y gobierno de tipo suprafamilar como son los pagi o las civitates e incluso las etnias en sociedades de tendencia fragmentaria como estas (Torres-Martínez 2011a: 365-383). Este tipo de tendencias sociales se mantendrán, en gran medida, en la sociedad tradicional campesina. En el occidente y centro de Europa, en el final de la Edad del Hierro asistimos al desarrollo de sociedades definidas como de tipo protoestatal, aunque personalmente creo que se trata más bien de sociedades estatales en un modelo distinto (agro-ganadero, guerrero y de tipo segmentario) al que es conocido en el ámbito mediterráneo. En todo caso, este tipo de estructura social supone el máximo desarrollo de lo que hemos definido como un modelo de estructura vecinal. Este tipo de ámbitos de relación y de estructuración social y territorial debió surgir con la aparición de núcleos protourbanos (aldeas y poblados), dentro de territorios que estaban ya densamente ocupados y con una intensa explotación económica. Las relaciones vecinales establecen unas normas que permiten una convivencia pacífica y una explotación ordenada del medio y sus recursos que, en muchos casos, ha de realizarse de modo conjunto y cooperativo entre grupos no unidos por el parentesco. Este tipo de relaciones, perfectamente estructuradas y regladas por la tradición, se basan en la práctica de la reciprocidad entre vecinos. Este tipo de estructura de relación económica y social intensificó su desarrollo y su institucionalización con la aparición de una sociedad campesina y guerrera. Mientras que los castros y oppida (pagus/ civitas/populus) son los elementos vertebradores de la estructura político-territorial. Su institución más característica era la asamblea, institución que representaba la culminación de la estructura de relaciones vecinales, donde los habitantes de un mismo territorio tomaban decisiones y celebraban cultos religiosos conjuntos (Almagro 2002: 64, Brunaux 2004: 17-18). El autor griego Estrabón (III, 3, 7), en un célebre pasaje sobre los pueblos del cantábrico, describe una de estas “asambleas”, como una celebración comunal en la que se desarrollaban rituales religiosos, reuniones políticas y maniobras de tipo “militar”, que comprendían probablemente a toda una etnia. Este tipo de celebraciones colectivas serían uno de los elementos fundamentales para el reforzamiento de los lazos de solidaridad social y de la identidad colectiva (García et al. 2003, Gómez 2007: 217, nota 39 y 219, Alberro 2006, García y Santos 2008: 128-131, Torres-Martínez 2011: 320-321, 377-378, 480-487). La arqueología está aportando cada vez más evidencias sobre este tipo de celebraciones en distintas áreas de la península ibérica (Álvarez 1993: 272-279, Marco 1993: 496, Ruiz y Álvarez 1999, San Miguel 1995: 373-374,
57LAS RELACIONES DE SOLIDARIDAD y RECIPROCIDAD EN LA PROTOHISTORIA FINAL EUROPEA SPAL 23 (2014): 49-63 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2014.i23.03 Torres-Martínez 2005: 318-319). Así, el yacimiento de Gastiburu (Arratzu, Bizkaia), publicado por L. Valdés, es interpretado como un lugar para celebraciones de asamblea y para rituales religiosos (Valdés 2006, 2009a, 2009b, Valdés y Pujana 2003). La celebración de asambleas en otras partes de Europa central y occidental ha sido también tratada por distintos autores europeos como S. Fichtl (2005: 145-149, 2012: 121-124), Ch. Peyre (1996: 6-8) o S. Verger (2009: 63-64). M. Fernández (2011a: 12-14, 2011b) ha publicado recientemente una visión de conjunto sobre este tipo de celebraciones y su significado. La asamblea, con el ritual religioso, el banquete y la fiesta tienen mucho de sistema de intercambio equilibrado de bienes tanto en los sistemas de reciprocidad familiar como vecinal. En estas ocasiones se ofrece a los demás todo tipo de alimentos especiales y se recibe un trato similar. Es habitual que se dediquen a este tipo de fiestas alimentos excepcionales y que se guarden reservas de alimentos para estas celebraciones. De este modo estas ceremonias son importantísimos momentos para el reforzamiento de la cohesión y agregación social (Wolf 1975: 16-17, Sahlins 1983: 241, Berrocal 2004). Los banquetes se celebraban no solo en las asambleas sino en otros momentos y en otros espacios. En el área galaica, en el interior de varios castros y oppida, se han identificado recintos que habrían servido como “santuarios urbanos”. En el caso del Castro de Monte Mozinho (Oldrões-Galegos, Penafiel, Portugal) se han identificado restos que indican que en el espacio ritual se celebraron banquetes colectivos (González 2007b: 551-553, 567-570, Torres-Martínez 2011a: 475-479). Uno de los mejores ejemplos de este tipo de práctica es el del “altar” en el Castro de Capote (Higuera la Real, Badajoz) donde se documentan los restos de un gran banquete ritual en un espacio construido para este tipo de práctica (Berrocal 1992: 199-201, 1994, 2004, Almagro y Berrocal 1997: 579-585). Dentro de la estructura vecinal conviven, estrecha e inseparablemente unidas y complementarias, dos tipos de relación entre los habitantes de los distintos territorios: las gentilicias y la estructura vecinal. Las primeras se establecen a través de la pertenencia a la familia o a la parentela (consanguineidad real o “simbólica”), organizada a partir del sexo y ordenada por grupos de edad, y con su propio sistema de reciprocidad. Ambas estructuras forman el ámbito de relación social y político de estas sociedades que, estructuradas en lo que los autores grecolatinos denominan pagus y civitates/populi, forman las ethne/nationes. Este modelo, desarrollado para las sociedades de la Edad del Hierro del norte de la península ibérica, resulta equivalente al que otros autores aceptan para otras sociedades del ámbito céltico del occidente de Europa (Fichtl 2004: 121-124, Verger 2009: 62-66, Torres-Martínez 2011a: 358-364, Fernández 2011a: 11-14). Estas sociedades son segmentarias, están muy jerarquizadas (familiar y vecinalmente) y resulta evidente, en muchos casos, que existen importantes desigualdades sociales. Este tipo de contradicciones aparentes, en sistemas de equilibrio precario, son propias de cualquier sociedad humana. ya hemos explicado que los mecanismos de reciprocidad buscan establecer una relativa “igualdad de oportunidades” entre todos los integrantes de la sociedad. Pero esto no hace iguales a todas las partes y determinados individuos, familias o linajes logran acumular influencia, recursos (humanos, económicos) y relaciones: poder; lo que les sitúa en la cúspide social. No obstante, en este tipo de sociedades estas situaciones suelen ser temporales e incluso transitorias y el relevo de las figuras carismáticas en las estructuras de poder es continuo, probablemente porque las cualidades personales, el talento y el carisma (dentro de ese determinado sistema de valores) o el favor y admiración de los demás recaían sucesivamente en distintos individuos y grupos familiares. Además, el poder conseguido establece una deuda de servicio con aquellos que lo han hecho posible y la preeminencia alcanzada nunca parece conseguir el consenso absoluto. C.J. César B.G. (VI, 11-2-5) explica la situación de la Galia, probablemente extrapolable en gran medida a una gran parte del ámbito céltico de Europa occidental: En la Galia hay bandos, no sólo en todos los pueblos, distritos y comarcas, sino incluso, casi dentro de cada familia, y son líderes de estas facciones los que se considera que, a su entender, tiene más prestigio: todos los asuntos y decisiones se someten a su arbitrio y dictamen. y esta costumbre parece existir desde antiguo con el propósito de que nadie de entre el pueblo se encuentre indefenso frente a un potentado, pues ninguno tolera que se avasalle o acorrale a los suyos y, si no procede así, pierde toda autoridad entre ellos (Caerols 2006: 209-210). En este ámbito de relación es muy importante el prestigio y, dentro de este tipo de sistemas, la reciprocidad y el equilibrio resultan fundamentales en todos los ámbitos de relación como hemos visto anteriormente (Verger 2009: 62-74, Fernández 2011a: 14, 17-20).