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Ensayo para una historia de la tauromaquia en Andalucía

González Troyano, Alberto

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1 ARTÍCULOS Revista de Estudios Taurinos Nº 3, Sevilla, 1995, págs. 15-62 ENSAYO PARA UNA HISTORIA DE LA TAUROMAQUIA EN ANDALf!CÍA * Alberto González Troyano Fundación de Estudios Taurinos J. -DEL TOREO C ABALL ERESCO Y DE LOS ORÍGENES DE LA TA UROMAQU IA MODERNA 1 mundo de la tauromaquia en Andalucía -como tantas otras peculiaridades del sur peninsulardes- borda en muchas ocasiones el entorno andaluz para convertirse tambjén en manifestación privilegiada de la historia de la tauromaquia en España. Por tanto, deslin- * Este trabajo fue escrito en 1985 para una publicación colectiva que tuvo escasa o nula difusión. Ello me mueve a procurarle una reedición, que, por ello mismo, no lo es tanto. Soy consciente de su envejecimiento en muchos aspectos parciales.de lo tratado, pero también continuamos careciendo todavía de intentos de dar una visión global y sintética de nuestra fiesta desde una perspectiva andaluza. Por descontado que este trabajo tenía una pretensión modesta, pero que no por ello dejaba de ser necesaria (y lo continúa siendo): inventariar y valorar la aportación de las tierras meridionales a la historia de la tauromaquia. Estas líneas contienen sólo unas propuestas preliminares, en un tono deliberadamente ensayístico, en el que ha prevalecido más una intuición interpretativa de )o ya conocido que el dar cuenta de los hechos que la sustentan. Precisamente por ésto es por lo que he preferido no alterarlo. Su interés, de tener alguno, recae en su intento de trabar una cierta teoría de la génesis y de la peculiaridad del toreo visto d es de el Sur. El que esa teoría haya quedado bien o mal apuntalada con datos históricos, no ha sido mi preocupación primera. 16 Alberto González Troyano dar lo que puede haber de específico andaluz en el mundo de los toros ofrece dificultades porque toda una serie de acontecimientos han hecho gravitar hacia las tierras meridionales gran parte de los exponentes más significativos de la fiesta. Dar razón del acontecer taurino en Andalucía quizás implica por tanto no solo atenerse a lo que transcurre topográficamente en sus tierras, sino también resaltar aquellos elementos que tuvieron su origen en el sur, fueron elaborados por diestros andaluces o debieron su existencia a préstamos culturales procedentes de hábitos, talantes o costumbres de Andalucía. Todo ello es consecuencia de una cierta identificación que se produce por los años -últimas décadas del siglo XVIII y primeras del XIX-en los que la fiesta de toros adquiere su mayor plenitud y se codifica su ceremonial y sus ritos. La evolución de la tauromaquia en España y su desarrollo en Andalucía no siempre habían coincidido, pero si se confundieron en esa época en que precisamente la fiesta se formaliza, provocándose así la impresión -posiblemente ciertade que es el modelo andaluz de entender la tauromaquia el que se impone y prevalece. Sé cuantos trabajos importantes se han publicado en estos últimos años que aluden directa, o indirectamente, a cuestiones abordadas por mí. Pero no los he citado en la bibliografía ni me he referido a ellos, ni cuando reafirman algunas de mis hipótesis, ni para polemizar, cuando las contradicen, porque hubiera sido alterar el modesto papel y el tono primitivo y unitario de estas páginas: el de ser una inicial propuesta teórica y ensayística. De todos modos, aunque de momento no las haya introducido no puedo dejar de agradecer las valiosas suge - rencias que, tras una atenta lectura, me hizo el director de esta revista, Pedro Romero de Solís. Ensayo para una Historia de la Tauromaquia en Andalucía 17 Como otras regiones españolas, Andalucía cuenta con un patrimonio documental y antropológico en el que queda de manifiesto la vinculación del toro con innumera~ bles juegos, ritos y cultos locales. Pero aunque cada vez sea mayor la tendencia a poner en conexión el significado de mucho de esos ritos -más o menos ancestralescon el sentido de la tauromaquia moderna, de todas formas puede resultar arriesgado pretender establecer una continuidad directa entre uno y otro acontecimiento. Son cuestiones estas que pertenecen más bien al dominio de las interpretaciones simbólicas, pero que en algunos c_asos -amparadas en el psicoanálisis y la antropologíapueden ayudar a comprender la supervivencia de ciertos rasgos y sustratos muy atávicos en la fiesta y de escasa justificación aparente desde el punto de vista de su fun.cionalidad en la lidia de toros actual. Por otra parte y a tenor de las investigaciones y de la documentación conocida - y a pesar de las muchas hipótesis esgr imidas- a la tauromaquia no puede suponérsele un origen único que englobe y recoja unitariamente las múltiples tradiciones que alrededor del toro andan dispersas por toda la geografía y la historia peninsular. Lo único que si parece evidente es la confluencia a partir de los siglos XIV y XV en unas fiestas públicas de elementos que podían proceder de fiestas votivas y religiosas, de corridas venatorias, de ritos de toros nupciales o de fuego, de simulacros bélicos caba - llerescos, de ceremonias y fastos reales (Fig. nº 1 ). Paulatinamente esos elementos aglutinados, superpuestos, cristalizan en un tipo de fiesta, que es la que más tarde se reconocerá con la denominación de toreo caballeresco, sin que eso implique que simultánea y paralelamente no conti - 18 Alberto González Troyano •llLIOOlAPfA UUlllllA . •• RELACJON DE LAS FIESTAS E e LE s 1AsT1e1\ s, y s E e V L AR E s. qu< la nmi noble y licmprc lul Cuidad de Coaoov A h:a hecho a íu hngel Cuílodio S. R.A F AIL cftc ano dcM. DC. L l. Y 'non de la. uufa por que fe hmcton. P111fl•stnorJtn ,or D PEDRO J.'UESIA DB LA (ftDA. C111141/rro dt {1101Jt11 lt .Alc.tlt.,11. DEDICADAS A LA MVY N08t.E Y Sil LEAL CJV l>AD DE Cc.l•DOVA. Fig. nº 1. -Mesía de la Cerda, Pedro: Relación de las Fiestas Eclesiasticas y Secvlares de la mui noble y ji.empre leal Ciudad de Córdoba ha hecho a fu Angel Cu.1ftodio S. Rafael efte año de M.D C. LI ... , Córdoba, Salvador de Casa Tesa, 1653. Ensayo pa ra una Histor ia de la Tauromaquia en Andalucía 19 nuase celebrándose otros tipos de festejos, en los que predominasen otros componentes rituales y sociales. Pero a efec - tos de poder establecer una cierta continuidad con lo que luego ha sido el toreo a pie moderno, es ese toreo caballe - resco el que ya permite sugerir una evolución, el que implanta una codificación de suertes, de ceremonias, inclu - so de léxico, de la que puede dt:tducirse parte de la normativa que inspirará y sostendrá la tauromaquia de los lidiadores plebeyos dieciochescos. De este toreo caballeresco pueden documentarse de forma bastante minuciosa casi todos sus factores. Desde el siglo XV hasta mediados del XVIII, numerosas relaciones literarias, cartillas de preceptivas, pinturas y grabados, atestiguan a qué clase de estímulos y motivaciones responde, cuáles son sus lances y sus más significados protagonistas, y otros tantos datos, que pueden encadenarse -bien como herencia, bien como reaccióncon lo que a lo largo del siglo XVIII se convierte en el toreo a pie moderno (Figs. nº 2 y 3). Pero a los efectos de su consideración en el desarrollo de la tauromaquia en Andalucía el toreo caballeresco no se presenta muy diferenciado con el que se suele llevar a cabo en los emplazamientos de otras ciudades españolas. Por lo menos hasta la tercera a cuarta década del siglo XVIII, una cierta uniformidad en sus rasgos más llamativos caracteriza al toreo ejercido a caballo por la aristocracia. Dado el estricto protocolo cortesano y la extrema formalización que sufren suertes y lances al verse pronto sometidas a los dicterios de las cartillas de torear, los caballeros ape - nas podían permitirse espontaneidad alguna. Por otra parte, el amplio material literario existente -sobre todo en forma 20 Alberto González Troyano ~~~~~~~~ F 1 E·s ·T As~ REALES. Q.VE l A MVY NOBLE , Y LEAL ClVDAt> DE GRANADA, Cl:.LE.8RO EL DIA 9. DE NOVIEMBRE de 1716. coafütuycodolas para Obras Pías. SIENDO Sf COllltE<iU>OI. EL Sr. O.&Al\TOLOME ANTONIO BADARAN de Ofiaaldc. CavaUcrodd Orden de Calatrava ,Coa,. Ccjcro dc:Hazknda, y Supcrinttndcntc Gaicul de &catas Reales. COM1$S.AR.IOS DI 'PUtENCIOtl Los Señores O. Diego Villarrcal y Sanabria. D. Pedro laralz y Suarcz, Cavallcrodcl Orden de Catauaq, Vciluiqiucros. Y' D.Joítpbtdaunc, Juradó. tOJllSS.AllOS D · ~ 'Pl..AZJ. lolScñora O. AoroaioMontalYo y Oulrun. Vdladqu.atto. D.Aatonlo Tam1701 Ab&JO¡, Jundo. C.AY .ALLUOS Dl 'P1.AZ.A. D. AMrhde Sal:azar, y O. Manuel OG'orio, Tft1knm clcC&vadcr.ladeltctccro&cgimicsatocleGruada. .AQY• 6.SCll11..4 Daa Oaudlo Maoocl de V1cgu7 Sakcllo. T LO l>JDIC.A 6 LOS IEDW Q)MJSS.A1UOS l>E P1.AZ.A. Fig. nº 2.-Vargas y Salcedo, Claudio Manuel: Fiestas Reales que la Muy nobl e, y Leal civdad de Granada, cele br ó el dia 9 de noviembre de 1716 coajtituyendolas para Obras Pias... siendo... Cavalle ro s de plaza D. Andrés de Salaz ar; y D. Manuel O.fforio, Tenientes de Cavalleria del ter - cero Regimiento de Granada, s.p.i. (Fot. de Pedro Romero de Solís). Ensayo para una Historia de la Tauromaquia en Andalucía .Lll&O DI EXERCICIOS D E LA G 1 NE TA; .(ompualo por el Capita.n O.Bernardo de Vargas Machuca.IndU.no,.natural de Simanca1 en Callilla la Viqa. ~.¡ cnJe .AUw11F11t.tr. 1 N M A O l. ID, Por Pedro Madrigal, Año MD . C. F ig. nº 3. -Portada de l libro Libro de Exercicios de la Gine ta. (Apud.: Vargas Machuca, l 600: portada). 21 22 Alberto González Troyano de relaciones, bien poéticas o bien en prosapresta su mayor atención a los aspectos de ostentación de poder, vistosidad de prendas y atuendos, colocación de los participantes y a todo lo que es el ornato de la fiesta, sin apenas incidir en el juego más propiamente taurino que se desarrollaba en el terreno de la lidia. Un modelo de este tipo de pieza literaria documental puede encontrarse en la Descripción de una fiesta de toros y cañas que celebró la Maestranza de Caballería de Sevilla el año 1671 (1) y tanto en ella como en las muchas que la preceden durante el siglo; es perceptible como se acuña el uso de un lenguaje y de una terminología que más tarde habría de servir de soporte para el léxico ya diferenciado de la moderna tauromaquia. Así como también en esas relaciones y descripciones ya están contenidas en germen las funciones (o cometidos) sociales que se realizan en la fiesta de toros: El dispendio de valor, nobleza y habilidad que deben caracterizar a los protagonistas; la labor de estos no sólo implica triunfar en su combate contra el toro, también debe competir con unos rivales; la búsqueda del aplauso y del "reconocimiento" público (el de los palcos de la corte o el popular de los tendidos) es un incitante fundamental, así como el conseguir la admiración de la dama o damas que se cortejan, y finalmente se pone de manifiesto esa especial identificación que se establece entre el público y los protagonistas: la labor de estos es sentida como propia por los espectadores. 1 Carlos de Cepeda: Descripción de una fiesta de toros y caiias que celebró la Maestranza de Caballería el aiio J 67 J, precédela un estudio biográfico -crítico por Santiago Montoto, Sevilla,· 1926. Ensayo para una Historia de la Tauromaquia en Andalucía 29 disposición de Felipe V y de sus allegados franceses hacia la fiesta de toros. Posiblemente confluyeron más factores, entre los cuales siempre se resalta la cada vez mayor presión de los lidiadores de a pie -plebeyos- que reclamaban un puesto en las plazas que no fuese de mera servidumbre. Por tanto, a pesar de esta retirada, más o menos súbita o gradual, de la nobleza, el hábito hacia la lidia de toros de muerte perduraba, posiblemente porque las funciones catárticas y festivas que realizaba en gran parte del público estaban tan interiorizadas que no se encontró otro sustitutivo. Hubo pues empeño en mantener la fiesta -aun- que con una radical inversión del papel social de los protagonistas- y en ello pudo influir por u~a parte, el realce que adquieren los festejos populares de juegos con el toro, que antes habían tenido una existencia paralela -pero socialmente muy marginal- a la de las ostentosas fiestas caballerescas. Al perder vigencia estas últimas asumen un papel de mucho más relieve público. Por otra parte, la iniciativa y empuje de aquellos que, a pie, han servido anteriormente a los caballeros en las tareas más infamantes y que ven en la inestabilidad de la situación un terreno propicio para el añorado lucimiento personal independizado. También puede añadirse, el consentimiento de; un nuevo público, representado por la figura social y emergente del majo2, que tiende 2 Tal coíno atestiguan, por ejemplo, los ambientes reflejados en los sainetes del gaditano Juan Ignacio González del Castillo, en la segunda parte del siglo XVIII, el personaje del majo -reacción casticista, tanto en atuendo como en costumbre, frente al cosmopolitismo de otros sectores· sociales-fue el sostén mayoritario del espíritu de la fiesta de toros. De ese mundo social tan peculiar estudiado por Julio Caro Baraja en Temas castizos (Madrid, Istmo, 1980) procedía gran parte del público asistente a la fiesta y también los propios lidiadores 30 Alberto González Troyano a identificarse con los avatares y juegos taurinos de los lidiadores no montados (Fig. nº 8). Y finamente, un acontecimiento que quizás fue primordial para que el toreo a pie en Andalucía mantuviese una aparente continuidad con la precedente etapa caballeresca: la ayuda institucional prestada por las Reales Maestranzas de Sevilla y Ronda (a las que quizás deba añadirse la de Granada -donde también existió una Real Maestranza- , pero cuya participación está mucho menos documentada). Una cierta aristocracia andaluza, más vinculada al mundo agrario -y consecuentemente quizás por ello mismo también el mundo taurinoque la que residía en los aledaños de la Corte, mantuvo viva durante esas décadas su ancestral predisposición hacia la fiesta, aunque su papel fuese a estribar más en una actitud de patrocinio que de participación directa. Su labor condicionó en gran parte la evolución del toreo a pie dieciochesco, al disponer de la organización de las corridas más señaladas en Sevilla y Ronda y al mediatizar la contratación de los lidiadores en las fiestas de más resonancia. Si los festejos populares dispersos, anárquicos e improvisados, acabaron canalizándose hacia corridas formalizadas, tal vez pudo deberse a que el prestigio y el reconocimiento de los lidiadores de a pie comenzó a confirmarse en ese tipo de fiesta de toros en las que era necesaria la sumisión a unos valores y a un ceremonial. Por tanto puede pensarse que el soporte institucional que prestaron las Reales Maestranzas de Sevilla y Ronda también implicó su pertinente control, que se transmitió en el mantenimiento de factores esenciales, Ensayo para una Historia de la Tauromaquia en Andalucía Fig. nº 8 .- El fenómeno social del majismo alcanza al torero cuya indumentaria acusa sus influencias. En la ilustración un torero y una manola. Fragmento de una estampa política de 1808. (Apud.: Cossío, 1969: 11, 544). 31 32 Alberto González Troyano traspasados de la corrida barroca a la dieciochesca3. Por ello cuando se alude a la evidente ruptura que hay -en cuanto a participantes y suertesentre un tipo de toreo y otro, también debe reseñarse lo mucho que hay en ellos de continuidad. Una mirada algo simple en su inspiración hegeliana ha llevado a ver demasiada quiebra en ese desplazamiento del. toreo caballeresco por el de a pie: el cambio dinástico, la diferencia social, la distinta ejecución de las suertes, ha proyectado un concepto de interrupción donde quizás lo que prevalece es mimetismo en lo sustancial. Por ejemplo se ha resaltado tal vez en exceso el papel desempeñado durante la mayor parte del siglo XVIII por la figura del varilarguero como sombra alargada del antiguo señor (Fig. nº 9). Y se ha querido ver en su pugna con el lidiador de a pie y en su lento desplazamiento como un símbolo de la resistencia de la nobleza a ceder sus prerrogativas en la organización ideológica y protocolaria de la corrida. Pero apenas se incide en aquellos componentes fundamentales del toreo caballeresco que, sin apenas transformación, se trasvasan al toreo a pie y se convierten en ejes determinantes del mismo, tales como la preeminencia de la muerte del toro, la espectacularidad y ostentación ceremoniosa y pública, el sometimiento a unas reglas estrictas y codificadas y una rígida 3 Desde una perspectiva erudita, las relaciones de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla con la tauromaquia cuenta con dos trabajos bien documentados, el del Marqués de Tablantes, Anales de la Re al Plaza de Toros de Sevilla, 1730-1835 (Sevilla, 1917); y el de Luis Toro Suiza , Sevilla en la histo - ria del toreo (Sevilla, 1947). Ensayo para una Historia de la Tauromaquia en Andalucía 33 Fig. nº 9. -La reproducción de esta litografía realizada en Francia, a partir de una pintura José Domínguez Bécquer, permite precisar que el picador asume, con toda seguridad, las formas extremas de la moda maja. París, Establecimiento Tipográfico Lemercier, 449 x 31 1 mnis., Madrid, Museo Taurino. (Apud.: Carrete y Martínez-Novillo, 1989: 130). 34 Alberto González Troyano jerarquización entre servidores -la cuadrilla- y el diestro que dirige la lidia (Fig. n 10). De todas formas, en la orientación que adquiere el toreo a pie también debieron influir otros condicionantes. Por ejemplo, se ha su¡erido en un libro reciente - cargado de brillantes intuiciones que el lugar primordial asignado a la muerte del toro podía venir impuesto por una especie de reflejo condicionado debido a que los primeros lidiadores de . a pie profesionales procedían, por oficio, del matadero sevillano de San Bernardo. La hipótesis adolece quizás de un excesivo mecanicismo, aunque no deje de tener su aspecto sociológicamente llamativo. La muerte del toro exigida de forma perentoria y primordial-debía tener motivaciones más arraigadas en el insconciente colectivo de los andaluces, posiblemente consecuencia de una determinada concepción ética de la vida y de la muerte, perceptible también en otras manifestaciones culturales de Andalucía5. En la escenificación dramática latente en la corrida ba rroca con todo lo que 4 La bibliografía taurina que cuenta con numerosísimas obras cargadas de información anecdótica y de datos eruditos, adolece sin embargo de ese tipo de trabajo que puedan recoger toda esa investigación y situándola en un contexto cultural amplio, interpretarla. A pesar de su brevedad, uno de los mejores intentos a este respecto es el libro Sevilla y la Fiesta de Toros, Publicaciones del Ayuntamiento de Sevilla, Sevilla, 1980. 5 En el libro de P. L. Landsberg, Experiencia de la muerte, Renuevos de Cruz y Raya, Madrid, 1962, se contienen llamativas sugerencias en este sentido. En los trabajos de José Bergamín alusivos a Andalucía este es un tema constante de su reflexión. También si se estudian los grabados de la Tauromaquia de Go ya resulta muy significativo que las estampas dedicadas a lidiadores andalu - ces estén enmarcadas por la muerte, mientras que las restantes láminas dedicadas al toreo vasco-navarro exterioricen otra atmósfera. Ensayo para una Historia de la Tauromaquia en Andalucía Fig. nº l 0.- Picador, Litografía iluminada realizada a partir de un dibujo de John Frederick Lewis. (Apud.: Carrete y Martínez-Novillo, 1989: 131 ). 35 36 Alberto Gonzúlez Troyano el toreo caballeresco tenía además .de simulacro de una actividad bélica, a la que sustituye se concentraron los más ade - cuados correlatos de esas funciones catárticas y estéticas y es por tanto lógico que sus mismos efectos se procurasen transmitir a la corrida de a pie, aunque los oficiantes hubiesen -. cambiado de rango social. Es más, el diestro de a pie, que ambiciona emular y sustituir la imagen del caballero noble que le precedió en las plazas, intuye que sólo con la estocada frente a frente reflejo de la antigua lanzada rostro a rostro del señor .puede obtener ese reconocimiento público, ese triunfo, ese cambio de terrenos, en el que la muerte como mediadora es el precio. Producto, pues, de esta continuidad en algunos aspectos del toreo caballeresco y también de los préstamos que recibe de la tradición vascó-navarra y de los festejos populares, el toreo a pie se configura además gracias a la reelaboración que todos esos ingredientes sufren en las manos de una serie de lidiadóres. A partir de la tercera década del siglo XVIII estos diestros comienzan a perder su anonimato y a aparecer registrados en documentos y contratos. A las Reales Maestranzas de Caballería de Sevilla y Ronda se les concedía el privilegio de organizar corridas de toros con una finalidad, en principio, benéfica de ayuda a la conservación y mantenimiento de hospitales, hospicios y edificios. Gracias a la contabilidad que ello exigía, ha sido posible recuperar esos primeros nombres de esa especie de prehistoria del toreo a pie formada por los años anteriores a la aparición del primer cartel anunciador de una corrida (Fig. nº 11). El nombre de Juan Rodríguez ya figura en 1730 en !a plaza antigua de la Maestranza de Sevilla, Francisco Ensayo para una Historia de La Tauromaquia en Andalucía 37 Venete aparece en el año 1732, Miguel Canelo en 1733, y así pueden seguir una lista de nombres como los de José Saavedra, José Narváez, Juan de los Santos, Francisco Garcés, Cosme Rodríguez y otros no muy diferenciados en cuanto a sus características durante la lidia, pero en los que , LA RE.\ L 'T \ESTRA~'/.A. DE CABALLERIA DE .RANA D.\, DI l''IJ llf l.~ f\I.( 1 no ()<.E u; fH: W'ctl>IDA l'Oll FL /lf.Y Ntirst'IO. f~Oll(IJ. n <:.) ,.,. p.d f't n !1 bnt á "' arl.Mtriu t·•mifa.ot dt ~ .«•lfl• •• not&U,.Ld. N ~ tn1gi ~ la PUal&4 Mi b ~und . 1 1Nnpnr•l;i rl Jo.run~o 2!) dr-1 torri•'tlte (¡J d twmpo lo fQ'DUlr).. w ·:p · ¡• ~ \" v::r ll)!R , v. P L\ Z ·\ uJl5ct¡Ll!NTISThlO SBÑOR DU Ull DR ~ A ; \ (•1' Jt lTI 'OEl... \..I: f.l.tU.r 1 ~--~t1••-..U.~llM-M--UAl.cmJQ,_ Fig. nº 11 .- Hasta finales del siglo XVIII los anuncios de corridas de toros no incluyen viñetas de modo que éste donde se anuncia, en 1830, una corrida de toros organizada bajo la responsabilidad de la Real Maestranza de Caballería de Granada hay que considerarlo dentro de una estética conservadora . Obsérvese que el ganado pertenecía a la testamentaria de D. Vicente Vázquez. (Apud.: Cossío, 1969: 11 , 69 l ). deben recaer esas paulatinas transformaciones que acontecen en la corrida hasta que con las familias de los Romero, en Ronda, los Rodríguez Costillares, en Sevilla, y · los 38 Alberto González Troyano Cándidos, en Cádiz y Chiclana, pueden ya evaluarse tipos de comportamiento y aportaciones. Mientras se realizan estos tránsitos y esta decantación de suertes en la lidia de a pie, la figura de los varilargueros mantiene una cierta preferencia jerárquica en la organización de la corrida y se prima su cometido con mejores honorarios y más lujoso atuendo. Parece conservarse así una respetuosa fijación por la imagen montada del caballero aunque la función del varilarguero en la nueva corrida ya no sea la determinante. Durante décadas habrá una considerable resistencia a considerar su labor como más accesoria que la del diestro de a pie, y muchas instituciones continuarán contratándolos independientemente de los espadas, como si se tratase de una cualificación que no entrase en el dominio de estos. El forcejeo y la ambigüedad con el varilarguero permanecerá en algunos aspectos casi hasta la época de Paquiro, en Ja que su función y figura reciben el definitivo estatuto de subalterno del jefe de la cuadrilla. De todos modos en Andalucía, la significación del varilarguero viene además acentuada no sólo por su poder de evocación simbólica del antiguo caballero, también con sus manejos a caballo daba testimonio de la procedencia en parte agraria de la fiesta, expuesta cada vez más a refinarse -en un sentido urbano-dado el peso cada vez mayor de la vida de la ciudad y de los lidiadores nacidos en ella. El nombre de un varilarguero andaluz, José Daza, ha irrumpido con fuerza en los anales de la tauromaquia y se ha convertido en una de las más justificadas referencias de estudiosos e intérpretes. De un período taurino tan cargado de oscuridad, tensiones y ambivalencias una obra suya -que Ensayo para una Historia de la Tauromaquia en Andalucía Fig. nº 12.- Anónimo: Joaquín Rodríguez, "Costillares". En la parte superior puede leerse: «Joaquín Costillares primera espada de la plaza de toros de Madrid por los años 1780 y siguientes , nació en Sevilla a 23 de agos to de 1755 y murió a 6 de enero de 1799». (Apud.: Toro, 1947: Lám. 12). 45 46 Alberto González Troyano que despertó el fervor del público sobre todo gracias a sus alardes de temeridad, prodigando adornos, recortes y cuar - teos que convertían su toreo en un espectáculo más vistoso, ., alegre e impresionista que eficaz como forma de lidiar, se sintiese sin embargo tentado de compendiar una estricta y canónica preceptica para el tor . eo a pie. Parece como si también -él tan dado a todo lo que significase riesgo y aventura - hubiese querido realizar esa apuesta intelectual de apa - drinar el código taurino esparado en aquellos momentos, reconvirtiendo parte de su conocimiento y de su experiencia en poder verbal, a través de un texto. Recurrió para ello a una formalización, incluso de lenguaje , muy en conso - nancia con las preceptivas neoclásicas imperantes en la literatura de la época. Del modelo de pensamiento ilustrado, normativo y racionalista, extrajoPepe-Illo el optimismo y la confianza en unas reglas que "jamás faltan" y que, con la sumisión a ellas, se aleja la amenaza de la cogida y la muerte. La corrida pasa a convertirse en algo lógico: "las suertes son naturales" y las relaciona una gramática y una geometría que preservan del azar que se esconde tras toda suerte taurina. La ambivalencia de Pepe-Jllo quedaba así acentuada. Por una parte, teóricamente, clamaba por el respeto a las normas, pero por otra se veía empujado a ese papel de transgresor, de burlador de su propio código, como un personaje escindido entre un universo ordenado y esa necesidad vital de vulnerar que acabó por llevarle a la muerte. El público debió captar ese dilema y vio en él el anuncio de la nueva sensibilidad romántica, que también estaba latente en el propio subtí - tulo de su Tauromaquia (: o Arte de torear). Es ésta, la de Ensayo para una Hist or ia de la Ta uromaquia en Andalucía 47 "arte", la palabra destinada a hacer fortuna en las siguientes etapas del toreo. Existen unas normas, pero el diestro puede interpretarlas de acuerdo con su subjetividad, con su sensibilidad de artista. Se abre así otro capítulo de la historia. III. - ENTRE LA CORRIDA ROMÁNTICA y EL ESPECTÁCULO Con la llegada del siglo XIX y la eclosión romántica que le proseguía, el toreo continua teniendo Andalucía como escenario propicio y sus orientaciones las resuelven lidiadores de cerrado acento y gesto andaluz. Durante casi todo el siglo una carga populista, castiza y aflamencada inunda la fiesta de toros y recurre a toda una simbología cultural andaluza para proyectarse en el exterior. Incluso los diestros, la gente del mundo del toro, que proceden de otras latitudes, adoptan la jerga, los hábitos de ese Sur que cuenta con los lidiadores, con las plazas, las ganaderías y la afición de más prestigio. Mientras tanto, a pesar de la muerte de Pepe-Illo, la linea sevillana de entendimiento del toreo parece prevalecer sobre el bien hacer de Pedro Romero y su concepción rondeña de la lidia. Curro Guillén parecía haber recogido la herencia de Costillares y José Ulloa Tragabuches - otro torero de leyenda-la de los Romero de Ronda, pero la vida taurina de ambos se vio truncada trágicamente. Visto por parte de las instituciones que la transmisión de los conocimientos y el aprendizaje de la lidia es primordial para la continuidad de la fiesta, hacia 1830, se decide estimular la aparición de nuevas figuras con el recurso al estableci- 48 Alberto Gonzál ez Troyano miento de una escuela de tauromaquia en Sevilla 7. La dirección fue encomendada a Pedro Romero, con lo cual parecía poder sintetizarse lo que significaba la atmósfera y la tradición de la ciudad con la capacidad técnica del maestro rondeño. Pero el proyecto, carente de medios económicos suficientes, apenas se consolidó y se mantuvo escaso tiempo, aunque el paso -desde luegobreve de Francisco de Montes Paquiro por sus aulas, le haya prestado una mayor c·onsideración (Fig. nº 13). Su fracaso quizás estribase también en que si bien la fiesta requería encauzamiento y acomodación para perdurar en esos momentos críticos de una sociedad que se industrializaba y abandonaba gran parte de sus valores y modelos agrarios, eso no podía significar retornar a la tutela de. una nobleza, de la que trabajosamente el diestro de a pie se había logrado alejar. Equidistante de Sevilla y Ronda, tanto desde un punto de vista geográfico como del de la concepci6n de la lidia, había fraguado hacia mediados del siglo XVIII también otro ~po de toreo que tuvo Cádiz, El Puerto de Santa María y Chiclana como sedes. Los iniciadores de esa ten - dencia, José Cándido y su hijo Jerónimo José, pretendieron reunir la vistosidad y elegancia de la escuela sevillana con el dominio y la seguridad técnica de la tradición rondeña. Y . dentro de esa misma tónica sincretista puede inscribirse la 7 Los avatares de este proyecto y del mundo que lo circundaba ha sido objeto de dos trabajos, el de Pascual Millán La escue la de tauromaquia de Sevilla y el toreo moderno, Madrid, 1888 y el de N_atalio Rivas La escuela de tauromaquia de Sevilla, Madrid, 1939. Ensayo para una Historia de la Tauromaquia en Andalucía 49 Fig. nº 13. -Antonio Cavanna: Francisco Montes, "Paquiro'', Litografía realizada en la Tipografía de Laujol (París), 490 x 306 mms. (Apud.: Carrete y Mart ín ez-Novillo, 1989: 135). 50 A lb erto González Tr oyano tercera gran figura mítica de la historia del toreo (después de la de Pedro Romero y Pepe-lllo): Francisco Montes Paquiro. Había nacido en Chiclana en 1805 y desde 1831 se paseó por los ruedos, pletórico de facultades -en el sentido de los lidiadores largosasumiendo, con nueva voluntad legisladora, el papel de reducir y reinterpretar las antiguas diferencias locales. Impuso así unos criterios más universales, que se generalizarán para todos. Lidiadores y público contarán con un código moderno en el que poder medirse y enjuiciar. Su cometido lo llevó a cabo en los ruedos, pero también lo quiso compulsar por escrito, plasmando una Tauromaquia completa, o sea el arte de torear en plaza, publicada en 1836. Entre sus regulaciones está la de relegar definitivamente al varilarguero, al picador, a su función complementaria de la del diestro a pie. Contratados por él, cada elemento de la cua - drilla se supedita al desarrollo de una labor tácticamente conjuntada. Y la lidia es conscientemente estructurada como un juego estratégico encaminado a mermar las facultades del toro a medida que lo requiera la ejecución de las suertes. En su discurso legislativo Montes respeta los criterios de la Tauromaquia de Pepe-Illo, escrita cuarenta años antes, pero es evidente la distancia de su ideario con el del toreo precautorio y defensivo que cabe deducir del diestro sevillano. La lidia de Paquiro se apoyaba en una burla ofensiva, basada en unas facultades -largas-que no proyectaban en el espectador esa sensación de angustia que había sido tan consustancial con el toreo de Pepe-lllo. El patetismo de la corrida dieciochesca perdía incidencia ante el toreo de dominio, que a su vez requería conocimiento y profesionalización extrema. El anterior ambiente crispado y goyesco, tan escindido entre el Ensayo para una Historia de la Tauromaquia en Andalucía 51 sol y la sombra del majismo y de la nobleza, se repliega y se ve sustituida por una afmósfera más sosegada en los tendi - dos. La corrida, consecuentemente, debió perder algo de su poder de conmocción primaria y de su tono de fiesta primitiva, para adquirir el color más adocenado de un espectáculo, acorde con la sensibilidad de los nuevos públicos. Se pide también en el texto la creación de una cierta conciencia corporativista: el torero es un profesional, pero al mismo tiempo subyace allí la idea de que es un oficio colindante con el arte y este efecto puede transformar la mirada del espectador y la valoración de lo que en el ruedo acontece. · De Paquiro no surge una esc4ela de Chiclana porque ya las rivalidades no se plantean - a partir de él y de su discurso legisladorcomo una pugna de tendencias locales. Consciente o i'nconscientemente es aceptado y adoptado el modelo de lidia propuesto por Paquiro. Al universalizarse sus reglas, se convierten en referencias comunes, niveladoras. Aunque cada diestro pueda sentirlas, interpretarlas, transmitirlas, de forma dispar. Quizás no fuese sólo la voluntad o la clarividencia de Francisco Montes. Muchos factores debieron coadyuvar y coincidir. Pero quizás, si se pudieran desmenuzar los valores éticos, estéticos en que descansa el modelo de corrida encarnado por Paquiro, se haría perceptible su natural encaje con las virtudes y carencias de la sociedad andaluza de aquellas décadas románticas. La corrida parecía responder, por lo que en ella se conjugaba, a los mismos estímulos del nuevo movimiento cultural e incluso el destino del héroe romántico -protagonista de tantas obras literarias del momento-podía confundirse con la tipología del torero, .. 52 Alberto Gonzá/ez Troyano elevado también a la categoría de héroe, cuando a trav'és del arte y después de un aprendizaje y de una iniciación arriesgada, lograba vencer a la muerte. Es entonces cuando se crean los grandes arquetipos literarios que se esconden tras el fácil pintoresquismo de la corrida. La dimensión dramática de la tauromaquia se presta a que en ella se conjuguen -con aire de verosimilitudlos más sugestivos conflictos, en los que el arte, la muerte y el amor pueden estar siempre colindantes. Así lo descubren los ojos de los viajeros románticos, como Gautier, Merimée, o la Duquesa de Abrantes, que escenifican el mundo de la tauromaquia como encuadre para sus obras románticas. Una vez desvelada esa posibilidad, otros autores andaluces, como Fernán Caballero, también se valdrán del poder de seducción . del torero para componer la trama de sus narraciones. Y así sucesivamente, los distintos movimientos literarios encontrarán en el mundo de los toros un ambiente propicio para sus argumentos nairntivos, que en el caso de Andalucíá puede además complementarse con la escenificación de otros sect?res sociales próximos a la fiesta, tanto desde el lado más popular y casticista como del artistocrático, vinculado en el sur con una cierta imagen del latifundismo y a través de él con el origen de las ganaderías de reses bravas. A pesar de toda su carga tópica, en unos casos por seguir la pauta de idealización impuesta por los escritores románticos, en otros casos por querer distanciarse de ese efectismo resaltand.o el lado más degradante y negro de la fiesta, de todos modos las mejores evocaciones de lo que ha significado el mundo de la tauromaquia en Andalucía pueden seguirse a través de esa serie de novelas que desde Cartucherita, de Ensayo para una Historia de la Tauromaquia en Andalucía 53 Arturo Reyes, publicada en 1897 hasta El embrujo de Sevilla, de Carlos Reyles, editada en 1922, proporcionan una visión bastante indicativa, de todo lo que en el Sur encierra la fiesta de toros y sus aledaños. Hacia 1840 puede considerarse, pues, que culmina una cierta evolución de la tauromaquia. En un mundo tan hipotecado por el poder de atracción de un nombre y su figura, se consideró que Paquiro -recuérdese que Ortega y Gasset iba a titular su proy~ctado libro sobre la tauromaquia: Paquiro o el arte de los toros)- era el valedor del sistema que interrelacionaba y daba coherencia a todas las partes de la fiesta. Y ese código relativamente bien trabado tanto en su funcionamiento interno como en lo que tenía de reflejo de la vida social exterior, alcanzó tal grado de fijación y respeto -para participantes y espectadoresque consciente e insconcientemente se iitualizó. A partir de entonces se continuará asistiendo a representaciones en las que los encargados de la ejecución podrán poner toda su marca personal - Ta subjetividad de su valor, de su habilidad o de su artepero el orden de la ceremonia y el sentido de su escenificación perdurarán inalterables. El repertorio de intérpretes de impronta andaluza se mantiene durante todo el siglo XIX. Fijado en Andalucía y por diestros meridionales, el mundo del toreo en el resto de la península tiene siempre referencia sureña, como el desbordamiento de algo que tiene sus raíces y su ceremonial más ortodoxo en las tierras de la Baja Andalucía. Pero después de que Paquiro tuviese un brillante continuador, con mayores logros incluso en algunos trances de la lidia, en la personalidad de José Redondo El Chiclanero, y de que 54 Alberto Gonzál ez Troyano Sevilla se ilusionase con la figura de Curro Cúchares, una nueva ciudad andaluza se dispone a proporcionar unos nombres que parecen también mediatizados por la peculiaridad de su origen (Fig. nº 14) . Con Lagartijo, nacido en Córdoba en 1841, se abre una veta, dentro de las normas establecidas, de interpretación muy genuina. Su toreo dominador, con una elegancia honda, sin vistosidades efec - tistas, parecía conectar con una cierta tradición cultural cordobesa. Compitió con otro lidiador, en esa linea de arrogancia y entereza que parecía tomar cuerpo a medida que el origen del torero se al~jaba de la Baja Andalucía llamado Frascuelo, nacido en Churriana, en la provincia de Granada (Fig. nº 15). Esta tendencia parece mantenerse con Rafael Guerra Guerrita, hacia finales del siglo, en el que coincidí - an todas las aptitudes para un toreo y una lidia sin conce - siones y del máximo rigor, y hasta cierto punto también podría conectarse mucho más adelante con la depurada expresión estilística de la última gran figura mitificada de la historia de la tauromaquia: Manolete. Las primeras décadas del siglo XX las van a dominar, dentro de este breve repertorio de nombres, dos referencias taurinas que tienen ·Sevilla como origen, Joselito y Belmonte. Ellos se convierten en la expresión más que de dos rivalidades personales, de dos formas de sentir el arte del dominio del toro. Frente a la interpretación apolínea y canónica de Joselito, Belmonte supuso una distorsión estilística mucho más dionisíaca, insistiendo más según Bergamín en la sensibilidad que en la inteligencia. También en Sevilla, un hermano de Joselito, Rafael El Gallo, se inscribe dentro de una linea basada en una fantasía improvisadora llena de Ensayo para una Historia de la Tauromaquia en Andalucía 61 la historia del toreo (Sevilla, 194 7 ). Dentro del mundo de los revisteros, cronistas y biógrafos el libro que mejor reco - ge la atmósfera de un diestro andaluz es el de Manuel Chaves Nogales Juan Belmonte, mata'dor de toros (1 ª edi - ción en 1935 y, más reciente, en Alianza, Madrid, 1969). Como reconstrucción del específico ambiente andaluz del toreo e independientemente de su valor literario pueden figurar las novelas Las Aguilas (Madrid, 1921) de López Pinillos Parmeno, El embrujo de Sevilla (Madrid, 1927) de Carlos Rey les, y Traje de luces (Madrid, 1944) del Caballero Audaz. Finalmente debe destacarse una obra que por su temática y por el nuevo espíritu de su enfoque intepr et ativo mejor encuadra dentro de esta bibliografía selectiva: Sevilla y la fiesta de toros, de Antonio García-Baquero González, Pedro Romero de Solís e Ignacio Vázquez Parladé (Publicaciones del Ayuntamiento de Sevilla, 1980). ~~ . ~