Ernst Jünger entre la Primera y Segunda Guerra Mundial
Abstract
Este trabajo trata sobre la evolución ideológica de Ernst Jünger entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial: desde el realismo heroico de Tempestades de acero al “exilio interior” de un esteta en guerra en sus Diarios de la Segunda Guerra Mundial. Se considera la relación con el dolor motivada por la supremacía de la técnica como la causa que habría llevado a Jünger a modificar su visión de la guerra bajo el régimen nacionalsocialista. En ambos casos, la experiencia de la guerra le ha servido a su autor para crear las figuras esenciales de su pensamiento filosófico: el Soldado Desconocido, el Trabajador y el Emboscado.
Full text
DOI: http://doi.org/10.12795/Argumentos/2021.i24.06 Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 ERNST JÜNGER ENTRE LA PRIMERA Y SEGUNDA GUERRA MUNDIAL ERNST JÜNGER BETWEEN THE FIRST AND SECOND WORLD WAR LUIS DURÁN GUERRA Universidad de Sevilla [email protected] RECIBIDO: 09/05/2021 ACEPTADO: 01/09/2021 Resumen: Este trabajo trata sobre la evolución ideológica de Ernst Jünger entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial: desde el realismo heroico de Tempestades de acero al “exilio interior” de un esteta en guerra en sus Diarios de la Segunda Guerra Mundial. Se considera la relación con el dolor motivada por la supremacía de la técnica como la causa que habría llevado a Jünger a modificar su visión de la guerra bajo el régimen nacionalsocialista. En ambos casos, la experiencia de la guerra le ha servido a su autor para crear las figuras esenciales de su pensamiento filosófico: el Soldado Desconocido, el Trabajador y el Emboscado. Palabras-clave: Emboscado; Primera Guerra Mundial; Segunda Guerra Mundial; Soldado Desconocido; Trabajador. Abstract: This paper deals with the ideological evolution of Ernst Jünger between the First and Second World War: from the heroic realism of The Storms of Steel to the “internal exile” of an esthete at war in their Second World War diaries. In both cases, the experience of war has served the author to create the essential figures of his philosophical thought: the Unknown Soldier, the Worker and the Rebel. Key-words: Rebel; First World War; Second World War; Unknown Soldier; Worker.
LUIS DURÁN GUERRA Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 143 Si bien la relación hombre/máquina estuvo presente desde un principio en su filosofía de la guerra, el problema de la técnica no fue el gran tema de la “novela del frente” de Ernst Jünger –ni mucho menos el motivo principal que le indujese a participar como voluntario en la Primera Guerra Mundial. En efecto, vivida al principio como una mera “aventura”, Jünger habría pasado gradualmente de plantearse la moral del heroísmo en medio de la “batalla de material” a ver en el “carácter total de trabajo” de la guerra industrial moderna el auténtico espíritu de la época. Así pues, solo cuando el autor de Tempestades de acero aceptó la impotencia de la “persona singular” ante el destino técnico del mundo como “movilización total”, se volvió insostenible la visión heroica de la guerra mantenida en sus primeros libros. En este artículo se realiza una semblanza de la evolución de la actitud ante la guerra de Jünger. La experiencia del dolor se toma como hipótesis interpretativa para explicar el desconcertante cambio en la valoración del fenómeno bélico por parte del escritor alemán a finales de los años treinta. En este sentido, si bien la Primera Guerra Mundial pudo aún cumplir las expectativas del ideal heroico del joven Jünger, la victoria final de la máquina sobre el ser humano en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, representada por el dominio técnico de la Figura del Trabajador, transforma el heroísmo trágico del Soldado Desconocido en la “resistencia espiritual” del Emboscado al poder del nihilismo. En definitiva, si el “realismo heroico” había estilizado la potencia y el activismo del guerrero, en el Tercer Reich, un Jünger transformado por el dolor y el sufrimiento, no tuvo otra opción que revestir de una dimensión estética las actitudes opuestas: la impotencia y la pasividad ante la catástrofe reflejadas en sus Diarios de la Segunda Guerra Mundial.
ERNST JÜNGER ENTRE LA PRIMERA Y SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 144 La figura de la Primera Guerra Mundial: el Soldado Desconocido … ¿cuándo acaba esta mierda de guerra? E. Jünger, Diario de guerra, 24-V-17 En El estallido de la guerra de 1914, un texto editado por vez primera en 1934 e incluido en la edición castellana de Tempestades de acero, Ernst Jünger recordaba emocionado la euforia que embargaba a los hombres de su generación en los días previos al inicio de un conflicto del que no hace mucho que se ha conmemorado el primer centenario. Aquel verano, Jünger no se había ido de vacaciones, como todos los años, con sus padres y hermanos. Tenía que preparar el examen final de bachillerato, pues si aprobaba, así se lo había prometido el padre tras su loca aventura un año antes en la Legión Extranjera, podría viajar libremente por el mundo. Sentado en el tejado de la casa familiar en Rehburg, que estaban reparando tras haber sufrido un incendio el año anterior, Jünger conversaba apaciblemente con los obreros cuando de pronto pasó por debajo el cartero gritando desde su bicicleta: “¡Orden de movilización!”. Aquellas tres palabras animaron al joven Jünger a participar en la guerra como voluntario en el Kaiserliches Heer, “decisión que adoptaban”, como él mismo apunta, “a aquella misma hora centenares de miles de hombres”. Al día siguiente, nuestro aventurero de diecinueve años viaja en tren a Hannover para alistarse en un regimiento. Lo que allí vio hay que dejarlo por una vez a la vivaz espontaneidad de su elocuente pluma: “Por la Plaza de Ernesto-Augusto pasaba desfilando un regimiento que marchaba al frente. Los soldados cantaban, entre sus filas se habían introducido señoras y muchachas y los adornaban con flores. Desde entonces he visto muchas multitudes arrebatadas de entusiasmo;
LUIS DURÁN GUERRA Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 145 ningún otro ha sido tan hondo y poderoso como el de aquel día” (Jünger, 1998, p. 247).1 Declarado apto por el 73º Regimiento de Fusileros, Jünger no se incorporó de inmediato al frente, sino que tuvo que esperar al 6 de octubre para poder presentarse en el cuartel, tiempo que aprovecharía para terminar rápidamente el bachillerato y matricularse en la universidad de Heidelberg. Durante el período de instrucción, el joven soldado entra en contacto con la disciplina prusiana a la que confiesa deberle, no obstante haber chocado al principio con sus normas, “más que a todos los maestros de escuela y a todos los libros del mundo”. Por fin, el 27 de diciembre sube al tren que lo llevará junto a su unidad al frente de la gredosa Champaña, pero no sin antes haberse guardado en el bolsillo de la guerrera una libreta destinada a reflejar sus impresiones durante la contienda. “Sabía que nunca más volverían las cosas que nos aguardaban y me encaminaba hacia ellas con suma curiosidad”. Como si quisiera resolver con su propio ejemplo personal el viejo conflicto de las armas y las letras, contemplación y acción no estuvieron reñidas nunca para Jünger que ya desde su primera experiencia en el campo de batalla supo conciliarlas en la vida y en la obra. * 1 De aquel entusiasmo fue testigo incluso alguien tan poco sospechoso de militarismo como Zweig (2001, p. 286): “… debo confesar que en aquella primera salida a la calle de las masas había algo grandioso, arrebatador, incluso cautivador, a lo que era difícil sustraerse. Y, a pesar del odio y la aversión a la guerra, no quisiera verme privado del recuerdo de aquellos primeros días durante el resto de mi vida; miles, cientos de miles de hombres sentían como nunca lo que más les hubiera valido sentir en tiempos de paz: que formaban un todo,… sentían… que todos estaban llamados a arrojar su insignificante ‘yo’ dentro de aquella masa ardiente para purificarse de todo egoísmo. Por unos momentos todas las diferencias de posición, lengua, raza y religión se vieron anegadas por el torrencial sentimiento de fraternidad”.
ERNST JÜNGER ENTRE LA PRIMERA Y SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 146 Como es sabido, el resultado de esas “anotaciones diarias” son los catorce cuadernos que están en la base de la que es para muchos la mejor obra narrativa de la denominada “novela del frente”: Tempestades de acero, la cual ha llegado a conocer hasta seis versiones diferentes desde su primera edición en 1920, habiéndose publicado en 2010 el manuscrito original, disponible ahora también en español bajo el título Diario de guerra (1914-1918).2 En las primeras páginas de aquel impactante libro, Jünger describía así los sentimientos de los hombres de su generación al partir hacia la guerra: Crecidos en una era de seguridad, sentíamos todos un anhelo de cosas insólitas, de peligro grande. Y entonces la guerra nos había arrebatado como una borrachera. Habíamos partido hacia el frente bajo una lluvia de flores, en una embriagada atmósfera de rosas y sangre. Ella, la guerra, era la que había de aportarnos aquello, las cosas grandes, fuertes, espléndidas. La guerra nos parecía un lance viril, un alegre concurso de tiro celebrado sobre floridas praderas en que la sangre era el rocío (Jünger, 1998, p. 10).3 El inicial entusiasmo patriótico, con todo, irá disminuyendo en todos aquellos hombres a medida que la guerra ofensiva se fue convirtiendo en una cruel y encarnizada lucha de posiciones. En los tres años y nueve meses que Jünger estuvo en la guerra llegó a participar en varias peligrosas patrullas y en ocho grandes batallas: en la guerra de trincheras en la Champaña y en el Artois, en la Batalla del Somme, en Flandes y en Cambrai, en la Operación Michael, así como en los últimos combates defensivos. Herido hasta en catorce ocasiones, nuestro voluntario había ascendido de soldado raso a alférez y jefe de compañía de su unidad, llegando a 2 Jünger (2013; bibliografía específica en pp. 661-667). Véase King (2003). 3 Véase J. Volmert (1985). Para la escritura de guerra como instrumento de reflexión en Jünger, véase, por ejemplo, Rodríguez Suárez (2013).
LUIS DURÁN GUERRA Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 147 estar encuadrado en las Sturmtruppen, las famosas tropas de asalto alemanas, donde se hizo merecedor por su valor de las más altas condecoraciones, entre ellas la más prestigiosa Orden Pour le Mérite, concedida solo por el propio Káiser. Desde la primera línea de combate, en trincheras, hospitales y subterráneos, el joven Jünger describe en sus diarios esta experiencia bélica escalofriante, la cual reconstruyó literariamente en su mítica obra Tempestades de acero, donde, no obstante las escasas referencias a la cronología de los hechos, apreciamos todo el horror que entrañó aquel infierno que llamaron la Gran Guerra. Ahora bien, Tempestades de acero no representa la única obra de Jünger dedicada a la Primera Guerra Mundial. Entre los textos más famosos del período de entreguerras impregnados por la experiencia del frente hay que recordar asimismo El bosquecillo 125 (1925), Fuego y sangre (1925), El corazón aventurero (1929), La movilización total (1930), El trabajador (1932), Sobre el dolor (1934), por no referir las consideraciones teóricas sobre el conflicto bélico que Jünger alojó en el inclasificable ensayo La lucha como vivencia interior (1922) o su particular pronóstico de las guerras futuras en el artículo Fuego y movimiento (1930). En La lucha como vivencia interior, donde las páginas narrativas se combinan con la crónica y el diario, hallamos un pasaje que define la impronta que, a juicio de su autor, dejó la contienda bélica en el espíritu de los excombatientes: Todavía nunca una generación volvió sobre sus pasos desde una puerta tan lóbrega y violenta como la de esta guerra para entrar a la luz de la vida. Y esto no lo podemos negar, por mucho que más de uno lo desease de buena gana: la guerra, padre de todas las cosas, es también nuestro progenitor; nos ha forjado a martillazos, nos ha cincelado y fraguado tal como somos […] Nos ha educado para la lucha y seguiremos siendo
ERNST JÜNGER ENTRE LA PRIMERA Y SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 148 luchadores mientras sigamos siendo quienes somos (como se cita en Ocaña, 1993, p. 208, n. 12).4 Como se puede apreciar, Jünger se negó a condenar abiertamente la guerra, especialmente en los años veinte y primeros treinta, pero lo que aquí me interesa subrayar son las imágenes tomadas del mundo del trabajo para caracterizar aquella experiencia. El “belicismo” jüngeriano, con todo, es especialmente visible en el ensayo mencionado La lucha como vivencia interior, traducida al francés en 1934 con el desafortunado título La Guerre notre mère. Por la truculencia expresionista de las imágenes allí exhibidas resulta oportuno traerlo a la memoria de todos para hacerse una idea lo más ajustada posible del “activismo heroico” de Ernst Jünger en sus libros anteriores a 1939. Para lo escrito por él en estos pasajes de La lucha como vivencia interior no habría otra calificación que la expresada en una carta de 1945 por Thomas Mann, quien a pesar de reconocer su “extraordinario talento literario”, no puede por menos que tacharle “como un precursor del nazismo y un gélido sibarita de la barbarie”.5 La lectura de este exaltado canto a Marte, de este lirismo de la barbarie, nos inspira hoy la misma repulsa que las Bagatelas para una masacre de Céline. “Las grandes batallas revisten una majestad eterna que domina la trama ininterrumpida de la historia”, escribe Jünger con gran solemnidad. Se expresa aquí una visión belicista del mundo y un concepto monumental de la historia que trae por un momento remembranzas de la filosofía del espíritu de Hegel, para quien la vida de los individuos con sus pasiones sólo cuenta en la medida en que sirve como medio para el progreso de la historia del 4 Entretanto se ha traducido también su novela corta Sturm (1923), la cual tiene asimismo como trasfondo la Gran Guerra y cuyo protagonista no es otro que el alter ego de Jünger. Véase Jünger (2014). 5 Thomas Mann a Friedrich Krause, Pacific Palisades (Los Ángeles), 10 de octubre de 1945, como se cita en Blumenberg (2010, p. 65).
LUIS DURÁN GUERRA Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 149 mundo. Pero en lugar de tener su fundamento en la “astucia de la razón”, Jünger, que ha pasado por la escuela de Schopenhauer y Nietzsche, no identifica el supuesto fin al que sirven los individuos como instrumentos con la idea de progreso, sino con la “de una Voluntad Superior”. Ahora bien, si el vitalismo nietzscheano (no así la ética de la compasión schopenhaueriana) ha desempeñado un papel en la asunción del llamado realismo heroico de Jünger, desde luego éste no parece suficiente para entender la filosofía de la guerra del autor de La lucha como vivencia interior.6 En efecto, el joven Jünger comparte con el autor del Zaratustra la concepción de la vida como voluntad de poder así como la idea del superhombre, pero se desmarca de éste tanto por la impronta nacionalista que reviste su cosmovisión agonista como por la metafísica irracionalista inherente a la inconmovible convicción de que esta vida es la manifestación de una idea superior, según la cual la materia no es nada y el espíritu lo es todo. La experiencia de la guerra de trincheras le habría llevado, desde este idealismo romántico, no sólo a ver lo ideal en lo real, sino a representarse incluso al héroe como un órganon a través del cual se expresa aquella idea o espíritu. Una idea a la que el guerrero dice poder servir “con todos los medios del espíritu y de la violencia, hasta el lanza-llamas y el ataque con gases” y que nos hace ver al adversario, no como hombre, sino como un mero principio abstracto susceptible de ser aniquilado. La misma idea que hacía comprender al soldado 6 Véase Béland (2009, 31-51) sobre la amalgama de vitalismo nietzscheano y de idealismo romántico en la filosofía del joven Jünger; Rossi (2003, p. 52): “la idea de que la lucha es constitutiva de la realidad y se manifiesta a todos los niveles de ella –esto es, entendida como una especie de principio cósmicoya puede encontrarse en los escritores románticos”. Agradezco al profesor Rossi su gentileza enviándome su artículo desde la Argentina, así como sus valiosos comentarios que han permitido la mejora sustancial de este trabajo.
ERNST JÜNGER ENTRE LA PRIMERA Y SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 150 filósofo la vida como guerra y al ser humano, finalmente, como “receptáculo de valores eternos e indestructibles”. Entre las batallas revestidas con aquella majestad eterna hay que tener en cuenta, sin duda, las de la Primera Guerra Mundial. “¿Hasta cuándo deberemos esperar que acontecimientos tan magníficos como la gran batalla de la primavera de 1918, o la batalla naval de Skagerrak, se erijan por encima de los tiempos como monumentos que el hombre no puede tocar?”, se pregunta el autor de Tempestades de acero en un intento casi desesperado por salvar la monumentalidad de las hazañas bélicas del catorce. Jünger se ufana de sus heridas y de la emoción que le embargaba en la batalla, “tan diferente de la resignación eslava frente al sufrimiento”, escribe de acuerdo con los tópicos de la psicología racial vigentes en su tiempo. Subraya a continuación el salvajismo atávico que se esconde tras la delgada capa de la civilización moderna que hace inevitables las guerras y donde el objetivo no es otro que “el aniquilamiento del adversario”. Ahora bien, ¿no constituye este concepto –aniquilamiento del adversarioel corolario nihilista de la Gran Guerra, laboratorio de la guerra total que la Segunda Guerra Mundial pondría en práctica por medio de las modernas armas (gases venenosos, aeroplano, submarino y carros de combate) estrenadas y ensayadas entre 1914 y 1918? En efecto, aunque Jünger no parece adoptar aún una postura crítica al respecto, la batalla de material de la nueva guerra tecnificada serviría únicamente a este desalmado objetivo: “Con el material queremos aplastar al adversario, cegarlo, ahogarlo, hacerle morder el polvo, abatirlo por tierra, envolverlo en llamas, triturarlo en los agujeros, exterminarlo”. Solo en los últimos combates de 1918, cuando se perfiló la imagen de la batalla mecánica del futuro, pudo verse claro que el valor del oficial de infantería solo puede manifestarse a través de los medios que la técnica bélica ponía a su
LUIS DURÁN GUERRA Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 157 Ante todo quiero precisar una cosa: para mí, el verdadero gran motivo de interés ha sido la técnica, cuya potencia se ha manifestado de manera impresionante en la guerra mundial de 1914-18, la primera “guerra de materiales”. Se trató de un conflicto profundamente distinto de todos los anteriores, porque el choque no se produjo solamente entre ejércitos, sino entre potencias industriales. Ante aquel escenario mi visión de la guerra asumió la forma de un activismo heroico (Gnoli y Volpi, 1998, pp. 20- 21). Ahora bien, lo que movió al principio a Jünger a semejante activismo no fue la técnica como objeto teórico, sino la voluntad de sobresalir por su coraje entre tantos soldados desconocidos. Sin embargo, no parece cuestionar el hecho de que el febril movimiento del Sturmtruppenführer en medio del fuego de la batalla de material, tiene que sonar necesariamente a temeridad suicida en un escenario donde, como él mismo reconoce, habría sido necesario poseer una valentía superior a la de los héroes homéricos. Y así, sobrevivir a esta guerra no dependía tanto del valor como del azar: “Ahora podría yacer en tierra con los miembros contraídos como el muerto con en el que había tropezado en la trinchera. […] Un segundo antes, un metro más allá: eso era lo decisivo” (Jünger, 2014, p. 70; la cursiva es mía). Con todo, la Gran Guerra habría servido para que Jünger tuviese una experiencia que podemos considerar genuina: la experiencia interior del dolor y de lo elemental que está en la base del primer gran símbolo de su imaginario poético-filosófico: la Figura del Soldado Desconocido. Desde este punto de vista, la imagen de la época no reposaría tanto (aunque Jünger no parece extraer esta conclusión) en la “vivencia interior” del guerrero que vence sobre su adversario como en el Soldado Anónimo que cae solo en el campo de batalla sin que nadie pueda darle sepultura. Para nuestro escritor, esta figura sólo conviene a la Primera Guerra Mundial, pues en la Segunda el soldado ha pasado ya a un segundo plano. Lo propio de este
ERNST JÜNGER ENTRE LA PRIMERA Y SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 158 hombre sin nombre no es la acción, sino lo que está en “la zona de sombra de las acciones”. El aura guerrera no le corresponde tanto al excombatiente como al caído que revela en la muerte nuestra relación elemental con la tierra: éste es la verdadera Figura de la Gran Guerra, cuyo sacrificio no puede ni debe haber sido en vano. ¿A qué se debe el que la figura del Soldado Desconocido vaya claramente asociada al recuerdo de la primera guerra mundial, pero no al de la segunda? Se debe a que en la última resaltan con claridad las modalidades y los objetivos de la guerra civil mundial. Con ello vuelve a pasar a segundo plano lo propiamente bélico, el soldado. En cambio, el Soldado Desconocido de la primera guerra mundial continúa siendo un héroe, un domeñador de los mundos del fuego, que toma sobre sí grandes cargas en medio de aniquilaciones mecánicas. Ello lo convierte en un descendiente legítimo de la caballería de Occidente (Jünger, 1988, p. 52).13 La Segunda Guerra Mundial: el dolor de un emboscado en el vientre de Leviatán Entonces se apodera de mí un asco de los uniformes, de las charreteras, de las condecoraciones, de las armas, cosas todas ellas cuyo brillo he amado tanto. E. Jünger, Anotaciones del Cáucaso, 31 de diciembre de 1942. 13 Sobre el Soldado Desconocido véase la estremecedora descripción que traza su hermano F. G. Jünger (1968, pp. 149-150): “No lleva sobre su cuerpo nada que le pertenezca, y en los bolsillos pocas cosas que puedan identificarlo. Carece hasta tal punto de nombre, es tan desconocido, que le cuelgan una ficha de hojalata por la cual se establece su nombre cuando cae, o cuando pierde la memoria. La muerte misma no tiene nada solemne; llega como un mecánico que se dedica a llenar las fosas comunes. Desplaza, destroza, pulveriza al hombre, envía nubes de gas sobre él y lo sepulta bajo tierra”.
LUIS DURÁN GUERRA Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 159 Si en los fotolibros de los años treinta Jünger parece estar todavía imbuido del espíritu neoromántico del realismo heroico plasmado magistralmente en sus Tempestades de acero, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, su actitud ante la guerra experimenta un notable cambio. La máquina domina totalitariamente al hombre. Jünger comienza la redacción de sus monumentales Diarios de la Segunda Guerra Mundial el 3 de abril de 1939, apenas cinco meses antes de la invasión de Polonia por parte del ejército alemán, hace hoy más de ochenta años. El autor a quien supuestamente le habría incumbido “la mayor responsabilidad por haber preparado a la juventud alemana para el estado nazi, aunque él mismo nunca haya profesado el nazismo” (Kahler, 1997, p. 356), asiste con una provocativa indiferencia desde su apartada aldea de Kirchhorst a los dramáticos acontecimientos de aquellos meses. El viejo guerrero ha dado paso al nuevo teólogo, la acción militar al arte y la literatura. En la “Nota introductoria” al primer volumen de Radiaciones, el título que Jünger eligió para sus seis Diarios de la Segunda Mundial, Andrés Sánchez Pascual escribe a propósito del primer diario, Jardines y carreteras: Pero lo decisivo de este primer diario es la visión de la guerra desde una perspectiva nueva, la del sufrimiento. Ahora el soldado no es ya para Jünger, como lo era en Tempestades de acero, el hombre de acción, el lansquenete lanzado a dar muerte al adversario. Ahora el soldado no es el hombre que mata y que triunfa –o que sucumbe gloriosamente-, sino que es el individuo sometido a la disciplina, amenazado por la muerte, expuesto al dolor. Y el uniforme militar no es ya una distinción propia de señores, sino que encarna una obligación ética, es un manto con el que cubrir y proteger a los débiles y amenazados” (Jünger, 1995a, pp. III-IV). Las primeras entradas de Jardines y carreteras son tan cándidamente domésticas que no permiten adivinar la tormenta de acero que se iba a desatar sobre los cielos de Europa el 1 de septiembre de 1939. Jünger se encontraba esos días trabajando en
ERNST JÜNGER ENTRE LA PRIMERA Y SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 160 su novela Sobre los acantilados de mármol, cuyo título era al principio La reina de las serpientes y que la crítica ha leído como una alegoría anti nazi. El 16 de abril de 1939 suenan los primeros tambores de guerra en el diario. Ve pasar por la carretera cañones y más cañones, informándonos de que los alemanes han entrado en Bohemia, en Moravia y en Memel, mientras que los italianos lo han hecho en Abisinia. “Todos los signos indican que en breve habrá guerra; de ahí que obre bien contando que habré de suspender el trabajo. […] En todo caso la pluma habrá de tomarse entonces un completo descanso, si exceptuamos el diario. Será preciso traspasar el trabajo a los ojos, pues no han de faltar espectáculos” (Jünger, 1995a, pp. 32-33). Las observaciones botánicas y zoológicas se entremezclan en este primer diario con las reflexiones sobre la novela que está a punto de terminar y la descripción de sus lecturas y sueños. Entre estos últimos el que anota el 28 de abril de 1939: “Noche agitada. Primero se me aparecía Kniébolo, al que encontraba enclenque y melancólico y menesteroso de contacto. Me ofrecía bombones envueltos en magnífico papel dorado; me decía que le habían regalado cantidades enormes para el día de su santo”. Nada nos hace sospechar que Kniébolo es el nombre secreto que Jünger va a dar en sus Diarios a Hitler. La entrada del 25 de abril es menos ambigua sobre el cariz de los acontecimientos de aquellos meses. Ese día le envían su cartilla militar, ocasión que aprovecha para comparar el presente con la atmósfera vivida en los días previos al comienzo de la Primera Guerra Mundial: En estas semanas la política trae a la memoria la época que precedió inmediatamente a la Gran Guerra, la guerra del catorce. Lo que, sin embargo, resulta nuevo es la enorme emotividad de las masas, que contrasta cada vez más con el temible incremento de los medios de combate. […] Hay un único factor que es terrible en todos los tiempos y que nunca deja de serlo –el ser humano; las armas son únicamente
LUIS DURÁN GUERRA Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 161 miembros que le han sido adosados y sentimientos a los que se ha otorgado forma (Jünger, 1995a, pp. 36-37).14 El 6 de mayo de 1939 Jünger se plantea revisar su ensayo Sobre el dolor para añadirle un capítulo sobre la amargura. ¿Por qué este repentino interés por el sentimiento de la amargura? ¿Acaso Jünger estaba amargado en los días previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial? Según el diarista, que se encontraba ya en medio del camino de la vida, la amargura no se aposentaría en el hombre “hasta la segunda mitad de la vida, cuando, con las arrugas del rostro, se pone de relieve el carácter ineludible de las líneas del destino”. Con esta frase, el mismo autor que había llamado en 1932 a la participación en el “nuevo orden” bajo la forma del “trabajo” parece hablar ahora en clave acerca de su resignación y amargura por el trágico destino de Alemania. Al conservar así la amargura de su propio sufrimiento, vituperado antes en los otros, Jünger perdía definitivamente la inocencia de su primera juventud pero acaso ganaba en conciencia y humanidad. La orden de movilización le llega esta vez cuando se haya acostado leyendo (¿casualidad?) a Heráclito. ¡Con qué indiferencia acoge Jünger esta noticia! ¡Qué contraste con su entusiasmo en la guerra del catorce! Escribe el 26 de agosto de 1939: “A las nueve de la mañana, cuando me hallaba muy cómodo en el lecho estudiando a Heráclito, me ha subido Louise la orden de 14 De este comentario no se debe deducir que la población marchara con entusiasmo a la guerra. La verdad histórica más bien dice lo contrario. Asimismo, la última frase parece incurrir de nuevo en la minusvaloración de las armas, no obstante el papel cada vez más decisivo del tema de la técnica en la ensayística de Jünger. Contrástese con lo que lúcidamente escribía Ortega y Gasset (1972, p. 184): “Una modificación de las armas de combate acarrearía una distinta configuración de la sociedad”. Para la cuestión de la técnica de El trabajador a Abejas de cristal, véase la reciente publicación de Alsina Calvés (2021, pp. 157 y ss.).
ERNST JÜNGER ENTRE LA PRIMERA Y SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 162 movilización; dice que el 30 de agosto he de presentarme en Celle. La he recibido sin mucha sorpresa, pues la imagen de la guerra iba perfilándose con rasgos cada vez más netos a cada mes que pasaba, a cada semana que transcurría” (1995a, p. 62). Dos días después, el 28 de agosto, realiza esta extraña anotación: “Continúa la movilización en todos los países. Aún habría tiempo para el deus ex machina. Ahora bien, ¿qué es lo que éste podría aportarnos? Es tal la acumulación de cosas en litigio que el único que puede rematar el trabajo es el Fuego”. ¿Es esta retórica apelación a lo elemental la forma que tiene Jünger de decirnos que no fue posible la paz? ¿De nada habría servido entonces la “tarea unificadora” por la que supuestamente se sacrificara el Soldado Desconocido? De lo que no cabía duda es que esta vez la guerra iba a cumplir el sueño de Jünger de convertirse en una auténtica “movilización total”. Pero el precio a pagar sería demasiado alto para él: la lucha no podría vivirse ya como “experiencia interior”, sino simple y llanamente como trabajo. Pronto veremos, en efecto, cómo la experiencia templada en sangre y fuego del soldado de la Gran Guerra tiene que ceder a la de la persona singular expuesta exclusivamente al dolor. El día en que le comunican su ascenso a capitán de la Wehrmacht, el 30 de agosto, escribe: “Partida. Arriba, no sin ironía, he estado mirándome en el espejo, con mi uniforme de alférez. De todos modos, algo similar estará ocurriendo hoy en Europa a muchos hombres que en ningún momento se imaginaron que volverían a prestar servicio militar” (Jünger, 1995a, p. 63). Y el día de la invasión de Polonia, el 1 de septiembre de 1939, anota como si no fuera la cosa con él: “En el desayuno me ha preguntado el camarero, poniendo una cara muy expresiva, si había oído los noticiarios. Según ellos hemos entrado en Polonia”. Irónico se muestra también cuando a los pocos días le hacen participar en un cursillo: “Tras haber pasado un breve permiso en casa me
LUIS DURÁN GUERRA Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 163 encuentro ahora en Blankenburg, donde estoy participando en un cursillo. Todas las guerras comienzan con cursillos” (Jünger, 1995a, p. 65). El primer domingo que pasa en Blankenburg, el diarista lee las pruebas de Sobre los acantilados de mármol. Se refiere al esfuerzo que le cuesta dar con el giro adecuado y lo achaca, sorprendentemente, a la hostilidad de Ares hacia las Musas. Las armas y las letras han dejado de estar en armonía, el escritor y el soldado ya no se encuentran en la misma persona.15 El Capitán, como lo llamaba su amigo Carl Schmitt, parece hallarse “sometido a una presión enorme” y el simple saludo de una mujer lo interpreta como si un camarada le señalase el camino hacia la luz. Y añade: “Así es como uno oye, en el concierto a menudo demoníaco de las tempestades, la voz de la Patria, y no puede errar si la sigue” (Jünger, 1995a, p. 68). Una frase que quizá oculte la trágica decisión que algunos alemanes acabarían tomando en los años siguientes: la de buscar un peligroso equilibrio entre su oposición al régimen nazi y a Hitler y la lealtad hacia su país y a su ejército. Las órdenes de traslado se suceden en aquellos días de octubre de 1939. El 10 se halla en Bothfeld y anota en su diario una reflexión sobre la guerra donde se la compara con el monstruo marino descrito en el Libro de Job, una imagen recurrente en la obra del autor de La paz y de la que también se va a servir Carl Schmitt en su actualización del estado hobbesiano. En efecto, 15 Jünger, 1995a, p. 156: “En ciertas encrucijadas de nuestra juventud podrían aparecérsenos Belona y Atena –la primera con la promesa de enseñarnos el arte de guiar veinte regimientos al combate de manera que estuvieran en su puesto en el momento de la batalla, mientras que la segunda nos prometía el don de juntar veinte palabras de manera que formasen una frase perfecta. Y pudiera ser que escogiésemos el segundo de los laureles; éste crece, más raro e invisible, en las pendientes rocosas”.
ERNST JÜNGER ENTRE LA PRIMERA Y SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 164 La guerra se parece a Leviatán, del cual lo único que asoma por encima de las aguas son unas pocas escamas o una aleta –la materia es demasiado compacta como para que la mirada pueda articularla y ello hace que la sensación que se produce sea la de irrealidad. Los seres humanos sienten cómo cerca de ellos se mueven grandes masas, pero no captan ni la dirección que llevan ni la meta a que se dirigen; también barruntan quizá que dentro de la cáscara de estos días hay escondidas otras cosas – espectáculos de índole nueva y desconocida. Y así ocurre también que los humanos quedan al descubierto, sin protección, porque no conocen el camino que sigue el Destino (Jünger, 1995a, p. 71).16 No hace falta seguir citando Jardines y carreteras para cerciorarse de que el futuro capitán del Estado Mayor de las fuerzas de ocupación en Francia ha comprendido claramente desde su “exilio interior” que el tiempo del realismo heroico ha pasado. Las noticias que le llegarán más tarde del frente del Este le convencerán acerca de la muerte de la vieja caballería y, en última instancia, de la inevitabilidad de la catástrofe alemana. “El sufrimiento crece hasta tal punto que por fuerza queda excluido lo heroico”, escribe en La emboscadura en referencia a la Segunda Guerra Mundial. En este ensayo aparece por primera vez el Emboscado, junto al Trabajador y el Soldado Desconocido, como una de las “figuras” de nuestro tiempo. Sin duda, Jünger, que había esbozado este tipo existencial en Sobre los acantilados de mármol, se ha estilizado a sí mismo como un Emboscado en el vientre de Leviatán, es decir, como alguien que no dudó en ofrecer –o al menos así lo creyó éluna “resistencia espiritual” a la tiranía nazi. Ahora bien, dado que la resistencia no es suficiente (Jünger dixit), ¿habría debido también el 16 En abril de 1945 aparece de nuevo la imagen de Leviatán, pero para caracterizar esta vez el espectáculo de los tanques norteamericanos en lo que parece una “simbólica” persecución de Hitler. Véase Jünger (1992, p. 368): “despiertan en mí la impresión de una mágica excursión de pesca con caña, tal vez para capturar a Leviatán”. Para un comentario crítico de este pasaje véase Blumenberg (2010, pp. 62-67).
LUIS DURÁN GUERRA Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 165 Emboscado contraatacar? La respuesta a esta pregunta depende del presunto efecto causado por su manifiesto La paz, cuya primera redacción data del año 1941, como llamamiento a la juventud europea y del valor que otorguemos a su más que discreta participación en la conspiración que llevó al atentado del 20 de julio de 1944 contra Hitler.17 Pero sobre este último punto, el capitán Jünger parece haberse mostrado más bien cauteloso: “Pero ante todo yo estaba convencido de que, sin un Sila, todo ataque a la democracia plebiscitaria conduciría a un reforzamiento ulterior de lo inferior; y eso fue también lo que ocurrió y lo que sigue ocurriendo” (Jünger, 1995a, p. 15). En cualquier caso, ahí quedan sus diarios de guerra como un ejemplo, en palabras de Hannah Arendt, “de las inmensas dificultades a que se expone un individuo cuando quiere conservar intactos sus valores y su concepto de la verdad en un mundo en que verdad y moral han perdido toda expresión reconocible” (1993, p. 47). En un mundo así, ¿pudieron acudir los alemanes por segunda vez a la obra de Jünger para leer la catástrofe?, ¿brindaron sus libros algún consuelo en aquellos terribles años de tribulación? Al parecer un número considerable de alemanes estaba leyendo a nuestro “esteta en guerra” cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. “Leer a Jünger era reformular la confrontación como una tragedia épica que dejaba al descubierto un acercamiento existencialista a los acontecimientos. Los soldados encontraban en él a un autor que reconocía el carácter implacable de la guerra que estaban librando y les infundía valor para aceptar la brutalidad de la confrontación” (Fritzsche, 2009, p. 283). Este era el caso del futuro 17 Véase Beevor (2009, p. 411) para el supuesto ofrecimiento de sus ideas al mariscal Rommel “acerca de la paz que había que firmar con los aliados”. Según Jünger, Rommel habría leído su texto sobre La paz, el cual le parecía “un buen punto de partida, sobre el que se podía trabajar”. Véase Jünger (1996); Gnoli y Volpi (1998, p. 64) y lo que dice sobre esta cuestión en el importantísimo prólogo de Jünger (1995a, pp. 15-16).
ERNST JÜNGER ENTRE LA PRIMERA Y SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Argumentos de Razón Técnica, nº 24, 2021, pp. 142-176 166 novelista Heinrich Böll para quien Jünger lograba describir con claridad las circunstancias en las que él mismo se encontraba como soldado. De esta forma, “los términos existencialistas en los que se describía la guerra evitaban las cuestiones de la responsabilidad y revestían de una dimensión estética la impotencia y la pasividad” (Fritzsche, 2009, p. 284) ¿Qué lectura hacían los libros de Jünger de la catástrofe alemana? “Hasta cierto punto, era la estética de la guerra total sin el abrazo del nazismo, el fascismo alemán sin Hitler”. Según Peter Fritzsche: Uno tras otro, los lectores de Jünger naturalizaron la calamidad de manera que dejaron de reconocer a los protagonistas o perpetradores y ya no veían a los judíos, los nazis o los rusos. Lo que estos alemanes habían terminado viendo era la condición general de dispersión o naufragio que creían compartir con todos sus contemporáneos en un universo nuevo […] Leer a Jünger en Alemania en 1945 era al mismo tiempo espeluznante y consolador (2009, p. 285-287). La guerra de agresión y la guerra de exterminio, la guerra total teorizada por el general Ludendorff durante el primer gran conflicto bélico (¿hasta qué punto la idea jüngeriana de totale Mobilmachung se aproxima inquietantemente a este concepto?), y aclamada fanáticamente por Goebbels tras Stalingrado, echaban por tierra definitivamente los ideales de heroísmo de la guerra caballeresca que el autor de El corazón aventurero defendía al mismo tiempo con toda la ingenuidad de su germano corazón. Ahora bien, si alguna lección había que extraer de la Primera Guerra Mundial, primer episodio de una “guerra civil europea” a juicio de algunos,18 18 Véase Traverso (2009). El concepto “guerra civil europea”, de raigambre schmittiana, apareció ya antes con distinta periodización en el historiador revisionista alemán Nolte (1994). Pero como afirma Fritzsche (2009, p. 286): “Narrar los años 1914-1945 como treinta años terriblemente autodestructivos de guerra o guerra civil también fue una forma de confiscar las causas políticas de la segunda guerra mundial y las implacables ambiciones utópicas de los nazis. Ello
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