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Políticas culturales para el reconocimiento de la diferencia en el espacio público local

Pérez Llavador, Jordi; Sanjuanbenito Ruiz de Alda, Marisa

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I CONGRESO NACIONAL ULEPICC-España || ISBN: 84-690-1432-3 POLÍTICAS CULTURALES PARA EL RECONOCIMIENTO DE LA DIFERENCIA EN EL ESPACIO PÚBLICO LOCAL Jordi Pérez Llavador Marisa Sanjuanbenito Ruiz de Alda CEU-Universidad Cardenal-Herrera (Elche) Eje temático: Políticas de comunicación y cultura Palabras clave: Políticas culturales, Espacio público, Diversidad cultural Introducción Hace ya tiempo, las sociedades postmodernas han comprobado con sus propios ojos cómo la diferencia se ha hecho evidente. El proceso ha sido largo y no tiene una única dirección. En ocasiones, esa diferencia ha salido del mundo de la privacidad para reclamar un lugar y un reconocimiento; en otras, la diferencia ha entrado desde más allá de los límites sociales, con igual tendencia. El resultado, sin estar cerrado, ha permitido alumbrar algunas conclusiones en relación a la multicomposición de las sociedades actuales. Los referentes comprensivos únicos forman parte del pasado ─si alguna vez se dieron con más fuerza empírica que la de la imposición hegemónica─ y hoy nos movemos en una compulsiva tensión entre la visión bucólica de lo que fuimos y la incertidumbre de lo que seremos. Y en mitad nos encontramos, “perdiendo lo dado por supuesto” (Berger y Luckmann: 79-93), sabedores de vivir ─por vivido─ un proceso de cambio que afecta a todos los órdenes estructurales de la sociedad. Un proceso constructor, pues, de sentidos referenciales y de identidades colectivas. En efecto, el concepto de diferencia reclama con urgencia su correlato de identidad. Si bien la mirada puede ser general, la observación ─y la consiguiente comprensión─ se fundamenta en la constatación de la diferencia. También la autocomprensión, sea individual o colectiva. En términos sociales, la identidad es una generalización simbólica y, como tal, paradójicamente en continua negociación. Paradójicamente, sí, porque una de las funciones de la identidad es posibilitar expectativas (Luhmann), hecho que sólo puede lograr permaneciendo estable. Con todo, esta aparente contradicción no es exclusiva de la identidad: también los sentidos significantes, también la cultura, pues, en tanto que referenciales, la comparten. I CONGRESO NACIONAL ULEPICC-España || ISBN: 84-690-1432-3 La negociación de los referentes identitarios, de sentido y culturales nos encamina a su ámbito de exhibición y discusión, al espacio público de una sociedad. Es decir, al lugar donde no hay barreras que impidan la injerencia cognitiva de cualquiera en el tema de comunicación (Berrio, 2001: 30 i ss.). En el caso concreto de los ámbitos locales, un lugar experimental y simbólico, de vivencia cotidiana y mediado. Un lugar, así, ligado a la acción de las industrias culturales, en tanto que actores institucionales productores de sentido y de cultura. También de identidad. Plantear políticas para el reconocimiento de la diferencia es, hoy, algo más que un deseo humanitario, se erige como uno de los principales retos de las sociedades democráticas. A todas luces, ya ha trascendido el área de la voluntad particular y privada para anclarse en el terreno público, luego político. En este sentido, las políticas culturales han de ejercer un papel nuclear, dado el importante plano de afectación referido con anterioridad. La sola pulsación de campos materiales, así como la dejación del asunto a la acción de los medios en sus tramas mercantiles, pueden acrecentar situaciones de exclusión social. Cuanto menos, el reverdecimiento de identidades de resistencia frente a situaciones prejuzgadas como agresivas. A aquel objetivo pretende encaminarse el presente texto, integrado en la línea de investigación COMUNICCAD, COMUNICACCIÓN PARA LA DIFERENCIA, que se desarrolla en la Universidad CEU Cardenal Herrera en Elche (Alicante). Por motivo de concreción del objeto de estudio, el primer acercamiento a la diferencia se ha efectuado con la población inmigrante en esta ciudad. Como consecuencia, otros colectivos ─personas─ diferentes no serán tratados en el texto de manera protagonista, dejando el caso para fases posteriores de la línea. La identidad como problema A principios de octubre de 2006, el 36% de los valencianos, la mayoría, coincidían en señalar la inmigración como el primer problema de la Comunitat1. No había variado esa percepción respecto a finales de 2005, cuando ya ocupaba el primer lugar en las encuestas, mano a mano con la inseguridad ciudadana y el paro2, triángulo éste de demasiada fácil relación simbólica. 1 Encuesta OPINA para el diario EL PAÍS, edición Comunidad Valenciana, lunes 9 de octubre de 2006, pág. 20 2 Barómetro autonómico del Centro de Investigaciones sociológicas, CIS, para la Comunidad Valenciana. Estudio nº 2.610. Diciembre de 2005. I CONGRESO NACIONAL ULEPICC-España || ISBN: 84-690-1432-3 Coincidían también los valencianos consultados en declararse abiertamente no racistas, el 86.1%, con un relativo peso de los que se saltaban lo políticamente correcto, un 10,3%. Ahora bien, la mayoría pensaba que la presencia de inmigrantes ya era demasiada, el 52,9%. No son extraños estos datos. En noviembre de 2005, otro sondeo del CIS3, esta vez de ámbito estatal, venía a generalizar estas percepciones a todo el territorio español. Los encuestados consideraban que, como media, el peso porcentual de la población inmigrante en España era del 20.44% y el 59.6% opinaba que era demasiado el número de personas procedentes de otros países que viven en España. Parece, por tanto, que hay una correlación entre la rapidez con que se está desarrollando el proceso inmigratorio y la percepción ciudadana.. Lejos de valorar el número, objetivamente sí se pude afirmar que los inmigrantes han tomado cuerpo en los ámbitos sociales ─en las escuelas, en el trabajo─, y también en los ámbitos públicos de las ciudades ─en calles y plazas─. Han abierto locales y tiendas, generalmente agrupados en zonas, cuyos carteles han cambiado la fisonomía urbana. Es sencillo concluir que son y están aquí; todavía más, que ya están entre nosotros. Pongamos el caso de Elche, una ciudad industrial del sur de la Comunidad Valenciana, que cuenta en la actualidad con más de 200.000 habitantes. De éstos, cifra redonda, 25.000 son inmigrantes, un 10.9%4. La tasa, hace cinco años, era del 2.1%. Si bien las personas procedentes de Marruecos son mayoría, en la ciudad conviven en estos momentos 117 nacionalidades diferentes, con lógica, de todos los continentes. Conviven, pero no de igual manera. La zona principal de asentamiento de la población inmigrante es el llamado distrito 3, que acoge a cerca de 6.500 personas, el 26% del total. Por lo demás, una zona de alzamiento reciente, eminentemente de clase trabajadora, donde se alojó buena parte de los inmigrantes españoles que acudieron a la ciudad a trabajar en los años ’60 y ’70. No hace falta estadísticas para constatar el cambio acaecido. La simple observación, más la vivencia subjetiva, permite apreciar la transformación sociológica de un barrio en el que algunos de los antiguos residentes se empiezan a considerar minoría. 3 Encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas, CIS, sobre inmigración. Estudio nº 2.625. Noviembre de 2005. 4 Todos los datos sobre inmigración tienen como fuente Estudio sobre la población extranjera en Elche: 2001-2006. FuturElx, Ajuntament d’Elx. (Este estudio está basado en datos del padrón, por lo que es posible que difiera con la realidad) I CONGRESO NACIONAL ULEPICC-España || ISBN: 84-690-1432-3 Por otra parte, la percusión cotidiana sobre el plano de la realidad simbólica presenta a la inmigración no como una oportunidad, sino como un problema, que se acomete y debe ser resuelto, pero sin la constatación presente de unas pautas plausibles por efectivas. Dicho de otra forma, algo tendremos que hacer con ellos y algo entre ellos y nosotros, pero no sabemos ni qué ni cómo. Cabe recordar que las propias encuestas categorizan el fenómeno como problema; tampoco hay que abundar en la sucesión de noticias informativas a este respecto y que recorren todos los posibles planos de afectación: cultura, educación, sanidad, recursos presupuestarios, valores, seguridad, … Todos los días, uno tras otro, criterios funcionales que aportaban la seguridad de las expectativas resueltas aparecen cuestionados en mayor o en menor medida. Un goteo continuado de inquietud que tiene siempre doble protagonista: el causante y el paciente. La defensa identitaria en construcción Estas consideraciónes, como muchas otras, se elevan a una cuestión de identidad. Sea por origen, sea por cultura, sea por color de piel,…, sea por ser simplemente antiguos residentes, el trasfondo oculta una división clara entre nosotros y ellos. Una relación potencialmente conflictiva, en el que la asunción de ellos es inicialmente clara en tanto que inmigrantes, pero que el nosotros está todavía en proceso de edificación por ausencia de aceptación subjetiva generalizada. En la actualidad, los criterios identitarios de pertenencia a ese nosotros están por definir. Ciertamente, no es tarea fácil en una sociedad posmoderna, en la que los procesos globalizadores de tipo cultural han dejado maltrechos los sentidos únicos de referencia. Posiblemente, la identidad nacional sea una de las pocas salidas, inservibles subjetivamente ya otras como la lengua, la religión o la misma clase social. No es de extrañar, por tanto, que los movimientos de resistencia se amparen bajo fórmulas nacionalistas excluyentes de mayor o menor calado, como lo demuestra el caso europeo y el estadounidense. Decíamos que no era tarea fácil, pero tampoco cabe negar que aquel proceso está abierto. La tipología de identidades aportada por Castells (Castells, 1997: 29 y ss.) permite arrojar cierta luz al tema, si bien exige también una aclaración. De los tres tipos de identidad diferenciados ─legitimadora, de resistencia y proyecto─, la segunda aparece generada por “actores que se encuentran en posiciones/condiciones devaluadas o estigmatizadas por la lógica de la dominación”. Ciertamente, Castells construye su tipología sobre la aceptación de que todo contexto generativo de identidades está I CONGRESO NACIONAL ULEPICC-España || ISBN: 84-690-1432-3 marcado por las relaciones de poder, un poder que, objetivamente, se manifiesta en las instituciones y en la acción de éstas. Con todo, el poder también puede comprenderse de manera subjetiva. La propia aseveración coloquial “los inmigrantes son demasiados”, continuada con “al final nos tirarán de nuestro país” o con “ocupan nuestros puestos de trabajo” refleja una inquietud de pérdida de estatus, interpretable sin forzar demasiado como la adquisición de poder por parte de ellos. Hasta el momento, el poder institucional se ha mostrado titubeante. El discurso oficial actual es acometer el conflicto con dureza, impidiendo la entrada de inmigración irregular en los estados5, lo que minaría las bases de la creación de una identidad de resistencia. Sin embargo, esta actuación sistémica se enfrenta con la percepción objetiva de los individuos antes señalada, acrecentada por las imágenes y discursos que trasladan los medios de comunicación. También, hay que constatarlo, por algunas declaraciones del propio poder sobre el tema, que contribuyen a problematizarlo. En definitiva, el discurso institucional puede ser uno; la realidad subjetiva, en términos de Adoni y Mane, otra. Por otra parte, afirma Castells que la construcción de identidades de resistencia conduce a la formación de comunas o comunidades, como resultado de un proceso empíricamente observable. En este caso, hay que reconocerlo, sólo la formación de algunos grupos de ultraderecha con base xenófoba, comunicados entre sí, lo contemplaría. Pese a la emergencia de estos grupos en Estados Unidos y en Europa, su implantación en las redes tradicionales de la sociedad civil es escasa, aunque parte de su ideario puede ser más o menos acogido. En este sentido, conviene señalar que diversas formaciones políticas intrasistema han traducido con tibieza algunos de aquellos postulados a puntos programáticos, hecho que, si bien puede dejar en el ostracismo a esas comunidades, no deja de suponer una legitimación de criterios identitarios. Del mismo modo, las actuaciones violentas contra las personas inmigrantes, sean de palabra o físicas, todavía son aisladas. Pese a su paulatino incremento, no permite considerar que la sociedad se haya permeabilizado a los modos de actuación de aquellos grupos. 5 Por ejemplo, el discurso del presidente del gobierno español, José Luís Rodríguez Zapatero bajo las palabras “tolerancia cero a la inmigración ilegal” , la propia declaración de la cumbre sobre inmigración de la Unión Europea o, material y simbólicamente, el agrandamiento de los muros antiinmigración en las fronteras de España con Marruecos y de Estados Unidos con México. I CONGRESO NACIONAL ULEPICC-España || ISBN: 84-690-1432-3 Si esencial resulta conocer el proceso de creación identitaria de nosotros, igualmente conviene reparar en la asunción de rasgos a ellos. No es fácil la operación y merecería más de una investigación actualizada que se desprendieran de algunas premisas del pasado. Con todo, es clara la percepción diferenciada de las distintas comunidades de inmigrantes, en función de un haz de variables de todo tipo. Lo que sí permiten los datos actuales es ahondar en la comprensión social “del buen inmigrante”, del deseable. En términos de identidad, del ellos que deberían ser. Con mirada detalle, la referida encuesta del CIS dibuja el perfil de persona que entra con contrato de trabajo, con buen nivel educativo y conocedor del castellano o de la lengua oficial de la Comunidad en su caso, que tenga familiares cercanos viviendo aquí y, fundamentalmente, “que tenga una cualificación laboral de las que España necesita”. No se puede dejar de manifestar, en este caso, que la identidad desiderativa manifestada por la ciudadanía coincide con el discurso economicista del poder, tanto político como económico. El inmigrante es identificado con trabajador, cuya presencia se considera necesaria en tanto que posibilita el crecimiento de nuestra sociedad y su contribución es esencial para, por ejemplo, el disfrute de nuestras/mis pensiones6. Podría interpretarse este inicial acuerdo de comprensión transversal como una generación, incipiente si se quiere, de identidad legitimada, siguiendo los términos de Castells. En todo caso, tal visión de la inmigración, entre optimista y resignada, se sigue construyendo sobre criterios de identidad diferenciada, la cual, además, se extiende al futuro. Por otra parte, hay que añadir que el momento actual de evolución social contempla la crisis de identidades reconocibles que operaban en un pasado nada remoto. En el contexto de las sociedades posmodernas, informacionales, globalizadas o posnacionales, la adhesión a identidades colectivas se ha debilitado enormemente, más todavía en el caso europeo, embarcado en un proceso extenuante de construcción. Las preguntas de “Usted qué es” y “Qué se siente” tienen difícil respuesta coincidente, dada la gran cantidad de fuerzas referenciales que en estos momentos percuten en los imaginarios colectivos. Se explica, por tanto, la posible ubicación en un segmento que iría desde la centralización del yo como proyecto reflexivo (Giddens, 1991) hasta el abstracto autorreconocimiento político-cultural en una civilización (Hutington, ). Asimismo, la tensión entre lo global y lo local pone en situación de riesgo el poder articulador de identidad de las sociedades civiles, un asunto al que volveremos 6 No puede sorprender este dibujo en la actualidad, en unas sociedades en donde la lógica del sistema económico marca las directrices actuantes del resto de sistemas (De Venanzi, 2002: 19-20). I CONGRESO NACIONAL ULEPICC-España || ISBN: 84-690-1432-3 posteriormente. “No hay una continuidad entre la lógica de creación de poder en la red global y la lógica de la asociación y representación en las sociedades y culturas específicas. Así que la búsqueda de sentido tiene lugar en la reconstrucción de las identidades defensivas en torno a los principios comunales” (Castells, 1997: 33). La reconstrucción de esta identidad defensiva ─construcción de una de resistencia─ opera necesariamente sobre la exaltación de unos principios culturales que deben servir de identificación, por tanto exclusivos y excluyentes. En el fondo, se encaminan a acordar una esenciabilidad inmutable de la propia identidad y así se consideran irrenunciables ante cualquier tipo de controversia. Por una parte, este acuerdo de mínimos es lo que marca la pertenencia objetiva a la comunidad; por otra, se exige a los diferentes que lo observen y/o que no lo pongan en contradicción7. El discurso de la exclusión: viejas y nuevas caras La construcción de una identidad requiere de la articulación de unas estructuras cognitivas, de una cognición social, que se manifiesten en un discurso grupal, a la vez diferenciador y retroalimentador de los valores del colectivo (Van Dijk, 2003). De este modo, el nosotros aparecerá revestido de calificaciones positivas, mientras que se tenderá a realzar la negatividad de ellos. El recurso a los estereotipos es usual, máxime si se tiene en cuenta que se trata de una evolución de la tipificación, principio cognitivo básico de los individuos ante la compleja realidad que se nos muestra (Backman,1976: 20 y ss.). Esterotipos y prejuicios forman parte de las herramientas discursivas habituales en las expresiones sobre inmigración, especialmente ligados a posturas de resistencia8, reconocibles sin mucho ahondar en ámbitos sociales de publicidad. Su elaboración y éxito ─en tanto que se conviertan en estereotipos sociales y hallen lugar en el imaginario colectivo─, está condicionado por diversos factores personales, pero también ambientales. Alicia Omar liga de manera importante la emergencia de actitudes prejuiciosas con la percepción insegura de situaciones contextuales, especialmente la socio-económica (Omar, 2004: 260). No parece, por tanto, arriesgada una afirmativa proyección. 7Reconocemos con Soysal la paradoja de la exigencia al inmigrante que sea un buen español, francés, alemán …., cuando los españoles, franceses, alemanes, … no saben muy bien qué son. (Benhabib, 2005: 127) 8 Aunque en un grado menor, también se puede hallar en el espacio público prejuicios positivos hacia los inmigrantes, asociados a posturas de tipo paternalista. I CONGRESO NACIONAL ULEPICC-España || ISBN: 84-690-1432-3 La expresión pública del prejuicio y del estereotipo exige, como toda argumentación de aquella naturaleza, resultar plausible para todos los públicos concurrentes en la sociedad. El hallazgo de dicha grieta de aceptación transversal entre los diferentes grupos suele ser alumbrado por los valores compartidos, lo que remite de hecho nuevamente a la cultura. En este sentido, la asunción del lenguaje “políticamente correcto” dificulta una manifestación pública prejuiciosa. Quedan, por lo tanto, dos caminos: o convertirlo en juicio que reafirme un prejuicio no explicitado, o enmascararlo. Quizá, por peligroso, sea más relevante el segundo. En su estudio, y siguiendo a Navas, Alicia Omar comprueba que los viejos prejuicios aparecen con un nuevo rostro, “nuevas y sutiles formas de prejuicio, socialmente aceptables, aunque más complejas de describir y comprender, justamente por su carácter encubierto” (Omar, 2004: 273-274). Este cambio también es manifestado por Camino, da Silva y Machado, para quienes “não se trara de uma questão meramente quantitativa, a redução na intensidade da expressão, mas de uma transformação qualitativa das formas de expressão do preconceito” (Camino, da Silva y Machado, 2004: 121). Sea como sea, la constitución de una ideología de rechazo, de exclusión por diferencia, puede estar en marcha, identificada con las conocidas caras del etnocentrismo, de la xenofobia o del racismo. A este respecto, estos investigadores revelan las modificaciones con que se expresan las antiguas formas de prejuicio, actualmente como racismo simbólico, moderno o sutil. Una nueva identidad como proyecto De los tres tipos de identidad aportados por Castells, queda la última, la identidad proyecto. La construcción de una nueva identificación basada en un nuevo concepto de ciudadanía. De nuevo aquí, la conceptuación del sociólogo catalán es observada con necesaria salvedad. Sus protagonistas son actores que redefinen su posición en la sociedad, basándose en los materiales culturales que disponen. Una identidad, que en vez de producir comunas o comunidades, produce sujetos, en consideración de Touraine, un actor social colectivo mediante el cual los individuos alcanzan un sentido holístico de su experiencia (Castells, 1997: 30 y 32). Ciertamente, las bases en las que se puede edificar esta identidad proyecto difieren de las definidas. Nadie sale de trincheras. En sentido estricto, serían los propios I CONGRESO NACIONAL ULEPICC-España || ISBN: 84-690-1432-3 inmigrantes los llamados a protagonizar la construcción simbólica de tal identidad; la realidad sonríe y el tiempo acucia. Vista desde otra perspectiva, la inmigración puede contemplarse como un proceso, que desemboca en una nueva situación. La inmigración no es sino el acto mismo de la traslación, como señala la RAE, la acción de llegar a un país los naturales de otro. La propuesta, por tanto, no es centrar la mirada en el proceso traslatorio, sino reflexionar sobre la situación una vez llegados. Si detenemos la comprensión en el proceso, la diferenciación entre ellos y nosotros se muestra obvia; si la observación enfoca a los inmigrantes una vez insertos en los tejidos sociales de nuestro entorno, lo que se pone en cuestión es el concepto de nosotros que hasta ahora utilizábamos. Nada nuevo, aunque mucho más complejo. Los procesos migratorios internos en los diferentes estados se culminaron no sin traumas ni dificultades. A regiones en expansión han acudido personas que, compartiendo membresía estado-nacional, profesaban lengua diferente, ritos diferentes, en definitiva, cultura diferentes. Los iniciales prejuicios ─xarnego, xurro, etc─ se han ido horadando hasta culminar en una predisposición de autorreconocimiento en el otro9. Pueden quedar grupos de resistencia, pero su acción no es relevante en la construcción significante del imaginario colectivo. Afirmar que en la actualidad toda sociedad es heterogénea no deja de ser una obviedad. Las fuerzas globalizadas de proyección cultural han situado a cada espacio social del planeta en un mosaico significante, en el que la cultura propia se redefine sin acogerse definitivamente a proyectos unificadores (Warnier, 2002: 103-115). Aunque sea apreciable una fuerza motriz común, una preponderancia estadounidense entre los principales globalizadores y especialmente en la cultura popular (Berger y Huntington, 2002: 18-19), la producción de referentes se efectúa sobre la fuerza tensionada entre dichos significantes globales y la tradición local, lo que con fortuna ha sido denominado hibridación cultural. Reconocer que las sociedades son multiculturales (Borja y Castells, 1997: 131-132) proyecta un sentido necesario de identidad ad futurum, que obra efectos en todo plano de vida social: o las sociedades serán heterogéneas o no serán, dadas las circunstancias actuales de desarrollo y evolución. Sin embargo, la dificultad se halla en la propia conciencia del hecho. Más difusa aparece la aseveración que toda sociedad se sabe 9 En España, el caso catalán es especialmente relevante. De un inicial rechazo social a los culturalmente diferentes, hoy forma parte de la identidad autorreconocida que “catalán es quien vive y trabaja en Cataluña”. Un eslogan si se quiere, pero que aglutina expectativas al haberse establecido como integrante de la cultura colectiva.