scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Siracusa: Foro abierto

Molina Sánchez, César Antonio

Full text

FORO ABIERTO SIRACUSA César Antonio Molina Ésta es la ciudad de mi infancia. Un largo brazo de tierra espoleando el mar. En el fantasmal casco del Gran Hotel, varado frente a la dársena y la antigua aduana, todas las contraventanas cerradas como las cuadernas del último trasatlántico abandonado. Allí duermes tranquila, misteriosa y desconfiada extranjera. Te abandonas con la palidez sedosa y diáfana de las flores que tú misma tronchaste en las latomías y que ahora yacen perdidas entre las hojas de un viejo libro. Ésta es la ciudad de mi infancia. La Puerta marina y un balcón a cielo abierto y tantos balcones de hierro forjado construidos sobre el vacío, sobre el invisible tapiz del silencio que solamente rompe el martilleo de la draga. Y aquí me encuentro entre quienes dudan: Aquellas figuras echadas en la balaustrada que contemplan el horizonte con la mirada perdida. Los pescadores tardíos que no esperan más que matar la tarde. Los clientes sentados en las terrazas del café Diana, del Central o del Duomo, sin consumir nada. -LXIX- 69 ASTRAGALO, 10 (1998) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Article, ISSN 1134-3672 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.1998.i10.08 Escritor y periodista. Profesor de la Universidad Carlos III Director del Círculo de Bellas Artes de Madrid. 70 O en las barberías donde la cuchilla se desliza tan lenta por entre la vieja piel del mundo. O en las librerías, esos templos del vagar, de mostradores de madera, en donde los empleados saben de la paciencia de vender sabiduría. ¿,Quién no puede dudar ante los gustos multicolores 1 de las tiendas de helados? Y sin embargo atravieso el largo de Aretusa, traspasando el jardín umbrío, y me encuentro con el otro hotel, el Des Étrangers, con toda la luz del día hiriendo su abandono, reverberando en la Fuente. Y la Via delle Sirene, la zona militar fuertemente protegida con el antiguo castillo español secuestrado (el Águila imperial de dos cabezas sin un ala, !las columnas de Hércules, el Plus Ultra). Y voy más allá bordeando la iglesia del Espíritu Santo, la Via Eolo, la Via Niza, el Beldedere de San Giacomo. ¿Por qué me encuentro siempre caminando entre quienes dudan? Y alguien me elige para preguntarme una dirección, a mí, que estoy perdido bajo la húmeda lluvia marina. La ropa tendida se bate contra las pinzas. De uno de esos balcones vuela una pieza blanca como si fuera un último suspiro arrebatado por el aparato eléctrico de la tormenta de verano. Ésta es la ciudad de mi infancia. Un gran Arco Iris trepanándola a la hora de la siesta. Y parece que siempre vuelvo a la misma encrucijada bajo la casa de los grandes mascarones que me observan con benevolencia en la Via de la Maestranza. Y al Duomo sostenido por columnatas griegas. -LXX- ¿Cuántas veces me preguntaron por una dirección que no supe dar? Y ya es de madrugada y todo lo llena la luz lunar. Y de repente pierdo el sentido de la orientación. Ésta es la ciudad de mi infancia. Entro en una tienda de souvenirs y el ilustrador de papiros me mira con indiferencia, sabe que no voy a comprar pues soy aquel mismo que preguntó tantas veces por lo mismo. Ésta es la ciudad de mi infancia. Grandes buques de carga atracados con las luces encendidas. Los yates en fila luciendo sus nombres y destinos. La pequeña comandancia de marina cercada por una tela metálica. Los quioscos de bebidas ofreciendo ellatte di amendole al comefuegos. Y las campanas y la draga llamando a oración. ¿Por qué aquí el agua es tan plana? Sólo la marea sube y baja en mi corazón. Ésta es la ciudad de mi infancia. No sé cuánto tiempo pasó antes de re gresar al Gran Hotel. Otras voces lo habían ya llenado. Al girar la llave varias veces vi todos los camarotes cerrados, un corredor inmenso sin luz y la alfombra roja como un largo tapiz de sombras desdibujadas. Entré en la casa desierta de la infancia. Tu cuerpo era un témpano de mármol invadido por un perfume de santidad. En tu mano todavía latía el pulso como en el corazón de un pájaro cautivo. He aquí el momento de zarpar cuando todos los paisajes de la memoria mueren en los horizontes extinguidos. En el vértigo de la alta mar miré con miedo tus ojos y tuve sueño. -LXXI- 71 ASTRAGALO,10(1998)ISSN 1134-3672 Anselm Ktefer, pintura, 1998. -LXXII-