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Discurso leido en la Universidad literaria de Sevilla en el solemne acto de la apertura del curso académico de 1878 a 1879, por Federico Benjumeda y Fernández

Benjumeda y Fernández, Federico

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DISCURSO LEIDO EN LA UNIVERSIDAD LITERARIA DE SEVILLA EN EL SOLEMNE ACTO DE LA APERTURA DEL CURSO ACADEMICO DE 1878 A 1879. DISCURSO LEIDO EN LA UNIVERSIDAD LITERARIA DE SEVILLA EN EL SOLEMNE ACTO BE LA APERTURA DEL CURSO ACADÉMICO DE 1878 A 1879, POR EL jJUcitw, «N* |h |['ítlMÍto l^eujirntctla a ^rmiiultT, DECANO Y CATEDRÁTICO DE LA FACULTAD DE MEDICINA ESTABLECIDA EN CADIZ. CADIZ. IMPRENTA DE LA REVISTA MÉDICA, DE D. FEDERICO JOLY. CEBALLOS (ANTES BOMBA), NÚMERO I. 1878 ' m ■ ILespetables Doctores, dignísimo Claustro donde fraterni¬ zan todos los ramos del humano saber; ¡cuán grande no será mi turbación al dirigirme á vosotros en momentos tan solemnes, apreciando que mi voz resuena bajo la misma bóveda que agi¬ gantara en pasadas fechas la de hombres ilustres, que, encaneci¬ dos en el saber, ocuparon dignamente la Cátedra que me honra, y ordenaron con sobrado derecho á esos venerandos muros qué distribuyeran á todas partes los raudales de su elocuencia! Hoy, Señores, al acudir á este centro universitario, representando á vuestra hermana la Facultad médica, rama que nutrida de vues¬ tra misma sávia, que tomando arranque común con vosotros en el corazón de Andalucía, en la pintoresca Bétis, en el archivo de nuestras glorias, en el suelo de las Bellas Artes, en el encanto del rey Moro, retoña á orillas del Océano sobre una ciudad fenicia para cantar vuestras glorias; hoy, Señores, al reunirnos en fa¬ milia, para dedicarnos luego al sagrado cargo de nuestro magis¬ terio, cúmpleme el deber de relataros antes que ninguna otra co¬ sa, infaustos sucesos acaecidos en el curso que finalizó. La irrevocable sentencia que la humanidad debe fatalmen¬ te cumplir, cumplida se ha visto en cuatro compañeros, cuya des- ( 2 ) ( 6 ) graciada muerte lia cubierto de amargo luto nuestros corazones, registrándose una fúnebre página en la historia de nuestra muy amada Escuela. Nuestro Decano, el Doctor Flores Arenas, que también hi¬ zo vibrar este augusto recinto con su castizo lenguaje, con su pe¬ culiar galanura y la novedad y pureza de sus conceptos; cuyo nombre fue respetado no sólo por los amantes de nuestra ciencia, sino que conquistó un merecido lugar en la república de las letras; el clásico entre los médicos, el crítico, el compositor, el ilustrado y prudente jefe que dirigia los destinos de la Escuela de Yirgili, fue el primero que dejó de ser entre nosotros al empezar nues¬ tras didácticas tareas. Apenas comenzaban á enjugarse las lágrimas vertidas so¬ bre los restos del eminente Flores, cuando bajó á la tumba en la edad más lozana, el joven Catedrático D. Juan José Cambas y Gallegos, que coronada merecidamente su laboriosidad con la Cᬠtedra de Clínica de Partos, obtenida por oposición, apenas si tuvo más tiempo durante su período de Catedrático, que para sembrar en sus alumnos y compañeros la nobleza de su alma, la caballe¬ rosidad é hidalguía de su corazón, germinando de tal modo, que pudiera entretejerse nutrida corona de siempre-vivas que remata¬ ra en su ataúd el ajuar de su mortaja. Nuevo gemir de plañidera campana nos trae la triste nueva al terminar el mes de Junio, que el anciano venerable, el honra¬ do Catedrático, el cariñoso padre de familia Dr. D. Manuel Ló¬ sela y Rodríguez, habia pasado á la eternidad; á los pocos dias de tan lamentable defunción falleció repentinamente el entendido práctico Ignacio García de la Mata, cuyos merecimientos en la enseñanza y cuyas dotes como médico, desconsolaron al perder¬ los no sólo á Catedráticos y alumnos, sino á todo Cádiz, que la¬ menta todavía con igual dolor tan irreparable desgracia. ( 7 ) Ya comprendereis, Excmo. Sr., que hacia bien al anuncia¬ ros infaustos sucesos, y al deciros que la historia de nuestra Es¬ cuela habia registrado una fúnebre página en el curso anterior. Todos estos ilustres compañeros, cuyo recuerdo me hace palidecer ante vosotros; esas mismas tumbas que enriquecen es¬ te santuario; esos viejos sepulcros que parece me imponen silen¬ cio, como si á perturbarlos fuera en su descanso, y vosotros mismos que participáis de la misma vida que yo, vosotros mismos que realmente me escucháis; Claustro tan digno y sabio, recuerdo de los que fueron, acto tan solemne, todo me hace dudar al subir á esta tribuna, todo ha hecho poner en tortura mi inteligencia pa¬ ra escogitar un tema, que si no corresponda á vosotros, no se ofen¬ da al ménos vuestro amor de compañero. Al hacerme cargo de la diversidad de matices que forman vuestras mucetas, al apreciar la representación fiel y genuina del mayor número de conocimientos humanos, como os decia al co¬ menzar, creo no debo ceñirme á un punto limitado del humano saber, sino todo al contrario, procurar se armonice lo que diga con la sintesis científica que me escucha. Mas al acometer tan dura y comprometida empresa, no pue¬ do olvidar que mi toga se cubre de amarilla muceta, que los es¬ tudios biológicos son la esfera de acción del magisterio á que me dedico, y de aquí, que en ellos haya de entresacar el objeto de mi tesis. Si, Excmo. Señor, bien se puede dentro de la biologia vi¬ sitar a todos los ramos del saber; el estudio del hombre lo reasume todo, y ciencias y letras se disputan el derecho de nutrir tan im¬ portantes conocimientos. El nosce te ipsum ” que se leia sobre el templo de Delphos en la cuna de los tiempos, incólume se conserva hasta nosotros, y con la misma importancia que adquirió al salir de los labios de ( 8 ) Thales, con la misma y quizás con más, lo evoco en la segunda mitad del siglo diez y nueve, seguro estando que todos doblarán su cabeza, no existiendo quien á conciencia se atreva á admitir el valiente, reto que, lanzado en la infancia de nuestros conoci¬ mientos, se conserva puro hasta nosotros. Conocerse á sí propio, conocer al hombre de un modo subjetivo y absoluto seria poseer la clave de todos los arcanos de la naturaleza, seria en una pa¬ labra la deificación del hombre mismo: sólo nos es dado conocer relaciones, apreciar objetividades, invocar á cada paso el princi¬ pio de la causalidad y tributar homenage al constante deseo de saber, que como refulgente é inextinguible llama arde siempre en nuestra inteligencia. Sigamos por tanto en el estudio del hombre, pero elijamos un punto de mira que no se limite á tratar de lo concerniente al que se dedica á conocer la humanidad enferma; estudiemos al hombre, sí, no descuidemos su organización, pero alejados del le¬ cho del dolor estudiémosle bajo otro aspecto, veámosle en sus re¬ laciones con los demás, contemplémosle como rey de la creación, como el verdadero símbolo del progreso: del progreso digo, y per¬ mitidme haga alto en este concepto, porque si bien cien volúme¬ nes no dirían nada completo al acometer el desarrollo de tan in¬ teresante tema, la reconocida indulgencia del que sabe me anima en estos momentos, para que, al tener la alta honra de dirigiros mi desautorizada voz, entreabra las puertas del curso que comien¬ za, pretendiendo probaros que: la organización del hombre es una de las causas 'principales del progreso de los pueblos. ( 9 ) Al dirigir una mirada contemplativa sobre el panorama uni¬ versal, la suprema ley de la constancia y transformación de fuer¬ za y materia, comprobamos en el pasado lo mismo que en el pre¬ sente, que del propio modo que se verifican hoy los naturales fe¬ nómenos, se realizaron al salir de manos de su Creador. La inmutabilidad de las leyes naturales es un principio de los que podemos erigir como inequívoco y perfectamente de¬ mostrado: ni nada se pierde, ni nada se crea, y todo se transforma al indefinido: el átomo, aun sin ser visto, atrajo siempre á sus afi¬ nes; la molécula se formó constantemente de átomos; el cuerpo siempre filé grave; la tierra, los pesados astros gravitaron desde su creación bajo sus órbitas; siempre la electricidad se nos anun¬ ció en el laboratorio natural con el rayo y con el trueno; siempre el astro del dia nos envió movimiento en su calor, y á pesar de la existencia tan remota de estas verdades, el hombre, con la tupi¬ da venda de su limitación, no veia lo que estaba delante de sus propios ojos, sino que paso á paso es como ha podido ir conocien¬ do lo que siempre fue; es como ha podido ir enriqueciendo su ar¬ senal científico; es, en una palabra, como ha podido progresar. Leeia un eminente orador de entre vosotros: ”los sabios de la antigüedad enmudecerían ante los juguetes de nuestros niños,” y nadie pondrá en tela de juicio que el hombre de nuestro siglo ante los sabios y filósofos de la edad antigua, seria reputado co¬ mo un verdadero Dios que manejára á su arbitrio los secretos de la naturaleza. ( 3 ) ( 16 ) No sigamos de aquí la escuela iniciada por Erasistrato y re¬ futada por Galeno, ”que el número de circunvoluciones represen¬ ta el grado de inteligencia.” De poca vida goza la citada teoría al rejuvenecer en el distinguido Mr. Desmoulins y el eminente fi¬ siólogo Mr. Flourens, pues á sus primeros pasos ha de encontrar el argumento de Leuret y Gratiolet, que señala al cerebro del ele¬ fante como superior al del hombre, si se admite esta distinción en número; así como también las conclusiones experimentales de Mr. M. Dareste, excelente naturalista, quien demuestra que en un grupo natural, el número de circunvoluciones esta en razón de la talla de las diversas especies. No cabe duda, que el tema tan brillante¬ mente desenvuelto por el citado biólogo, hace retroceder el cuer¬ po de doctrina de Desmoulins y Flourens: el ouististis.j satmris, cu¬ yos cerebros son casi lisos, presentan los mismos rasgos de inte¬ ligencia, como dice Humboldt y Andouin, que los monos de gran talla, y sin recurrir a tanta elevación en la escala, tenemos en los roedores al cabiel , cuyo cerebro se nos presenta muy plegado, no gozando por esto de un grado intelectual superior a otros de me¬ nos talla. Al hablar de circunvoluciones,y al fijarnos en ellas para des¬ cubrir importantes caractéres diferenciales en el cerebro del hom¬ bre, sigamos huella distinta á la emprendida, sigamos la trazada por los anatómicos y fisiólogos contemporáneos, cuyos nombres forman época en el estudio de la inervación, en el estudio del hombre, en el de la biologia en general. Meynet, Tourner, Ferrier, Charcot y otros, nos exponen de tal modo el estudio del encéfalo, que se descubre un inmenso cam¬ po de perdidos horizontes. Despojada la masa cerebral de la túnica cariñosa que forma vida casi común con ella, y que le conduce multitud de vasillos ( 17 ) que la nutran y sostengan en su inmenso funcionalismo, aparecen circunvoluciones y cisuras, pero dispuestas de tal modo, y de tan diversa manera en el hombre que en el mono , en el feto ó en el adulto, que aunque una misma descripción pudiera abarcarlos, no son todos los cerebros mencionados á propósito para un trabajo didáctico. Dicen tan ilustres neurólogos; coged para el estudio de las circunvoluciones y cisuras el cerebro de un mono ó de un feto á lo mas, pues el del adulto os confundirá muy mucho por el gran numero de circunvoluciones de paso que encontrareis en él; pues bien, fijémosnos en estos pliegues de unión que interceptan cisuras que debieran ser continuas, en estos enlaces que establecen con¬ sorcio íntimo entre las regiones cerebrales; fijémosnos en estos arcos comunicantes, y no poco puede deducirse en pro de la tésis que deseamos defender. Según tiene establecido Mr. Poincaré, tres ordenes de células forman las circunvoluciones cerebrales; de estas células, las más externas sumamente delicadas y redondas, son llamadas á vibrar en el trabajo ideativo, siendo distinto el mo¬ vimiento vibratorio que corresponde á cada proceso de ideación. Ahora bien, cuando un espacio celular vibre aislado, una sola idea tendrá que nacer, y si muchos vibraren separadamente, muchas ideas, pero sin enlace ni conexión tendrán lugar en este caso. No se crea, Señor Excmo., que al discurrir en este supuesto acaricia¬ mos ni un solo momento lo que pertenece á la escuela materialis¬ ta, ni tampoco que nos dejamos llevar en este terreno tan tras¬ cendental por el frió criterio positivo, alcanzando con nuestra experimentación el hecho de oscilar una célula, y quedándonos ante los fenómenos con los brazos cruzados, sin negar, ni afir¬ mar la existencia de algo mas allá en los dominios materiales; lejos estamos de afectar esta conducta, y muy al contrario abra- ( 5 ) ( 18 ) zamos de todas veras la doctrina animista. Hacemos esta adver¬ tencia, pues creemos lógico razonar del modo que lo hacíamos al considerar al hombre como compuesto dual, alma y cuerpo, pues siendo esta una de sus propiedades formales, la materia ha de in¬ tervenir en cada uno de los procesos ideativos, no pudiendo exis¬ tir dos ó más ideas en mutuo enlace, si la materia no cuenta con medios para realizarlos. Lo reducido de] tiempo de que dispongo para no abusar de vuestra benevolencia, y el ser otro el objeto de mi trabajo, me impiden abordar este punto tal y como deseara. Decia, respeta¬ bles Doctores, que dos espacios cerebrales aislados no podian de¬ terminar ideas armonizadas y en mutuo enlace; pues bien, si en opuesto caso se encuentran dos, tres o mas ligados con estrechos vínculos, dos, tres ó más ideas habrán de nacer en perfecto con¬ sorcio, y como á los movimientos parciales, pero enlazados, ha de corresponder uno resultante, se deduce sin trabajo, que una idea también resultante ha de aparecer; idea, que al ser distinta de las correspondientes á cada porción cerebral, es hija legítima de ellas; ha nacido del conflicto entre varias ideas, ha sido el resul¬ tado de una comparación, ha tenido lugar un juicio. Dice Poincaré ”que el juicio en el orden fisiológico resulta del conflicto establecido entre la vibración de varios espacios eélulo-corticales” y á la verdad que nos parece muy respetable la definición, pues aspira á establecer el deseado consorcio entre la fisiología y la psicología. ¿Y podremos, continuando nuestro tema, arrancar del de¬ talle anatómico, una deducción psico-fisiológica que más redunde en pro de lo que pretendemos sostener? Cerebro que se presta por su propia estructura, por su multitud de pliegues de paso, á que indefinidos juicios puedan nacer, ¿no podra alcanzar el titulo de ( 19 ) órgano de la razón? ¿Puede ser racional el ser que tenga un ce¬ rebro privado de tan relevantes condiciones? ¿Podrán ser racio¬ nales el mono y el resto de la escala zoológica? ¿No merece tan honroso título el Rey de la creación? ¿No será el hombre por su organismo un fiel intérprete de la emanación divina, de un alma inteligente y libre? ¿No será el hombre por su organismo arrastrado forzosamente al progreso? Pero hay más: clasificados los hemisferios, no con la pueril y fantástica distribución de los frenólogos, sino con los positivos resultados de la experimentación y de la clínica, nos encontra¬ mos con el cerebro del hombre dotado de un lóbulo frontal, que se destaca valiente de los parietales y témporo-esfenoidales, como en ningún animal acontece. Si recurrimos á estudiar su evolución ontogénica, le vemos aparecer primero, cual no sucede en su mal llamado ascendiente, indicando que su presencia revela el impor¬ tante papel, exclusivo al hombre, que le toca desempeñar más adelante. Del propio modo advertiremos al apreciar su testara, que tres circunvoluciones longitudinales y casi paralelas entre sí, interrumpidas por pliegues de paso, confluyen en una cuarta qué las corta trasversalmente. Sus lesiones no despertarán seguramen¬ te fenómenos de sensibilidad; ellas no podrán ser consideradas como causas de trastornos motores; pero al perder su integridad fisiológica, verá el hombre que se le arrebata el uso de sus faculintelectuales, y que las mutilaciones de la tercera circunvoucion de Broca, lo incapacitan para expresarse, rompiéndose el lazo misterioso que desde ab initio sostiene á la sociedad humana. Permitidme, Excmo. Señor, que insista nuevamente en lo grande, en lo admirable que debe ser para nosotros la facultad de expresarse, que os haga fijar en esa circunvolución por la cual nos pudo Homero cantar su gigante Iliada, Virgilio su heroica Enei- ( 20 ) da y Ovidio sus intencionados tristes; en esa circunvolución que prestó elocuencia á Cicerón y Demóstenes; en ese repliegue tan misterioso que contribuyó a encender en divino arte los pinceles de Miguel Angel y Murillo; en ese departamento cerebral que hace al arte de Bellini y de Mozart traductor fiel de nuestros pen¬ samientos y de nuestras emociones; en ese centro de la federación encefálica que en unión á mi alma me permite que tenga la seña¬ lada honra de dirigiros la palabra. Es de tal mérito la complicada ordenación de la máquina humana, que es imposible seguir el enlace de sus múltiples y numerosas ruedas. A primera vista nos llama más la atención el sonido articu¬ lado, que la articulación propiamente dicha, verdadero esqueleto del lenguaje; y decimos esto, por considerar al sonido, á la emi¬ sión de tonos, como un instrumento que dá notas á voluntad del que lo dirige, y á la articulación de ellos como uno de los rasgos más característicos del humano progreso, que lo primero que se nos ocurre es, bendecir al Creador de máquina tan perfecta. Séame lícito abusando de vuestra atención repetir lo que tantas veces os he dicho: ”con un cerebro de tal modo dispuesto, bien puede un alma racional constituir un supuesto dual que le sea inherente el progreso indefinido.” Señores: tocado á vuela pluma, ya por mis reducidos conocimientos, como por lo escaso del tiem¬ po, los principales caracteres que advertimos en el organismo hu¬ mano para considerarlo como dispuesto al progreso, me pregunto forzosamente: si el organismo del hombre posée esta condición ¿cuál es en él, su principal móvil para perpetuar tal progreso? Y dado que lo sepamos ¿de qué medio se ha valido á través de los siglos con este fin? Temas son estos que por sí solos exigen sean tratados con suma extensión, por entrañar importantes cuestio- ( 21 ) nes de alta filosofía, y que aun teniendo tiempo suficiente para ello ofendería vuestra reconocida ilustración, si me propusiera desar¬ rollarlos. ¿Cual es el móvil, la causa eficiente, el verdadero impulso para que el hombre siga de un modo constante á la idea de pro¬ greso, como foco de atracción invisible que siempre camina de¬ lante de él? Claro es que son las facultades de nuestra alma y la no posesión en absoluto de sus legítimas aspiraciones. Claro es que son esas tres aspiraciones nunca satisfechas, que como des¬ lumbradora antorcha lucen con esplendor infinito en la eternidad, enviándonos tibios reflejos que nos despiertan el incesante deseo de poseerlas. Belleza, Verdad y Bien, hé aqui, Exorno. Señor, los tres potentes ejes alrededor de los que rueda en infatigable mar¬ cha el triunfante carro del progreso. Lo mismo en la edad antigua que en la moderna, vemos á la humanidad seguir sus divinas polares, vistiendo el trage pro¬ pio de cada época. Dígalo si no el imperio de la fuerza, que al ser considera¬ do por no pocos como verdadero camino hacia la justicia, ha con¬ tribuido al progreso de los pueblos, y hoy como hoy el progreso mismo lo mira con cierta prevención. No tenemos que recurrir á los códigos de Grecia y Roma, no tenemos que invocar los nombres de Licurgo y de Dracon, no tenemos para qué recordar los tiempos del ariete y la catapulta, m que volver el rostro al oir el gemido del Gladiador vencido de¬ lante del César; no, con sólo entreabrir las páginas de la caballe¬ resca edad média, con sólo ver á tanto esforzado caballero no sa¬ biendo más que hacer alarde de su robusto brazo; con sólo con¬ templar que se confunden en el campo de batalla el casco del guer¬ rero con la mitra y la corona, sólo con esto nos basta para ver la ( 6 ) ( 22 ) influencia que el imperio de la fuerza lia tenido en la humanidad, para que progrese en una de sus etapas. Hoy por el contrario, Excmo. Señor, el progreso mismo pretende batir á la fuerza en retirada: hoy un poder diplomáti¬ co hace más que el guerrero; hoy un convenio internacional va¬ le mucho más que la toma de una plaza fuerte ó la conquista de un pais, siendo tantos los medios de destrucción de que el arte militar dispone, que se han de convertir quizás no tarde, en des¬ tructores de la misma guerra. Y hablamos de la edad media y de progreso, y no nos fi¬ jamos en el humilde y combatido monasterio, que en medio de tanta ostentación de fuerza bruta, conserva íntegro el dominio de las ciencias y de las artes que no encuentran cabida en el guer¬ rero campo, que se ven despreciadas por los altos magnates, que el palacio les cierra sus puertas, y que no tienen otro escondido asilo, que el que ofrecerles puede el recogimiento y soledad de los claustros. Asunto es este que desarrollaría algo más con suma satis¬ facción, si entre vosotros no hubiese, quien valiente en sus con¬ vicciones, profundo en su saber y correcto en su decir, no hu¬ biera hecho resonar su autorizada voz desde esta Cátedra, des¬ envolviendo cual no otro el importante papel de las asociaciones monásticas en la edad media. ¡Qué puertas sino las de una celda fueron las abiertas ai hombre que regaló un mundo á la corona de Castilla! Hoy, Señores, el progreso no es patrimonio de una clase; hoy no zozobran los conocimientos humanos viviendo en medio del mundanal bullicio; hoy no es preciso para que la ciencia se perpetúe y los descubrimientos se sucedan con pasmosa rapidez, que una celda dé asilo al inmortal Colon, que tantas puertas ha- ( 23 ) bia visto cerradas con profundo dolor de su alma; hoy la semilla fecunda de anteriores siglos ha germinado de tal modo, que bro¬ ta lozana por doquier, dándonos á conocer su potente fuerza. A vosotros, juventud del siglo diez y nueve, se os confía el porve¬ nir; en vuestras propias manos estarán no tarde las árduas cues¬ tiones que deban ventilarse, vosotros sereis los continuadores del no interrumpido progreso. Ganosos de honra, acudís algunos para que se os confiera la justa recompensa á vuestro trabajo, conquistada en público certámen. Brote una noble emulación entre todos y una verdadera hu¬ mildad científica entre los agraciados. Marchando por tan noble senda, infatigables en el estudio y conocedores de lo poco que sa¬ bemos, mirando hácia el porvenir, sonreiréis alegres á la apertu¬ ra de cada curso; las tareas didácticas serán vuestro alimento y su fin reglamentario vuestra única y exclusiva satisfacción. Todos tenemos que contribuir, cada cual según sus fuerzas, para que la enseñanza en nuestro suelo responda á los adelantos de los países civilizados; todos digo, porque nada conseguirían los poderes, sin Claustros que coadyuvaran, ni éstos llegarían al de¬ seado fin de difundir y de generalizar las ciencias, si la estudiosa juventud olvida ó no cumple sus deberes. Mientras el alumno concurra á las aulas por el sólo temor de la lista; estudie con el único objeto de la prueba de curso, y em¬ prenda una carrera literaria calculando el tiempo más corto en que ha de terminarla; ni la enseñanza del profesor tendrá abonado sue¬ lo donde germine, ni el título tan deseado revelará el mérito de su poseedor. Pero basta ya, Excmo. Señor: séame permitido tan sólo que antes de abandonar esta honrosa Cátedra, cumpla un sa¬ grado deber, que estando en vuestras propias conciencias extra¬ ñareis no le haya cumplido. Somos Catedráticos españoles; perte- ( 24 ) necemos á la Universidad de Sevilla, y como sentidos compañe¬ ros, dedicamos al comenzar eterno recuerdo á los que en el pasado curso dejaron de existir entre nosotros. Niéguense mis venas á lle¬ var la sangre de mis antepasados, acúseme de corazón desleal y poco noble esta histórica ciudad, si antes de finalizar no os invito, con todas las veras de mi alma, á derramar en este augusto recin¬ to una lagrima de dolor ante el recuerdo de nuestra soberana D. a María de las Mercedes de Orleans y de Borbon, que al ser ama¬ mantada en este mismo suelo y. educada bajo este mismo sol de Andalucía, pudimos apreciar mejor que otros, la nobleza de su al¬ ma angelical, el entrañable cariño que siempre demostrara á las letras y las ciencias patrias. ¿Pero á qué referir las dotes que ador¬ naron tan querida existencia, si su sentida muerte ha conmovido á la Europa entera? Ante su tumba y á fuer de españoles honra¬ dos, elevemos al Señor fervorosas frases por el eterno descanso de su alma, y desde este sagrado templo enviemos con profundo do¬ lor un sentido pésame á el ilustre hijo de cien Reyes, al digno su¬ cesor de los Alfonsos nuestro augusto Soberano, que dislacerado su egregio corazón, al arrancarle la divina Providencia el idola¬ trado sér que en él moraba, regará eternamente con abundosas lágrimas el trono de sus mayores.— H e dicho: