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La conciencia del otro: agresores y víctimas desde una perspectiva constructivista

García Martínez, Jesús

Abstract

En este trabajo se expone un modelo de comprensión de la conducta de víctimas y agresores basado en supuestos constructivistas. Se hace especial énfasis en las transiciones emocionales kellianas y en los contenidos de la construcción de ambos grupos. Se plantea la necesidad de un análisis idiográfico de cada víctima o agresor como forma de entender su comportamiento.

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Apuntes de Psicología, 2008, Vol. 26, número 2, págs. 361-378. 361 J. Garcia Martínez Agresores y víctimas desde una perspectiva constructivista Dirección del autor: Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológicos. Facultad de Psicología. c/ Camilo José Cela, s/n. 41018 Sevilla. Correo electrónico: [email protected] Recibido: diciembre 2007. Aceptado: marzo 2008. $SXQWHVGH3VLFRORJtD&ROHJLR2¿FLDOGH3VLFRORJtD2008, Vol. 26, número 2, págs. 361-378. de Andalucía Occidental y ISSN 0213-3334 Universidad de Sevilla La conciencia del otro: agresores y víctimas desde una perspectiva constructivista Jesús GARCIA MARTÍNEZ Universidad de Sevilla Resumen En este trabajo se expone un modelo de comprensión de la conducta de víctimas y agresores basado en supuestos constructivistas. Se hace especial énfasis en las transiciones emocionales kellianas y en los contenidos de la construcción de ambos grupos. 6HSODQWHDODQHFHVLGDGGHXQDQiOLVLVLGLRJUi¿FRGHFDGDYtFWLPDRDJUHVRUFRPRIRUPDde entender su comportamiento. Palabras clave: víctimas, agresores, violencia, psicología forense, constructivismo, transiciones kellianas, psicología de la construcción personal. Abstract Author exposed a compressive model of victims and offenders behaviour based in constructivist approach. Special remarks are made in Kelly’s emotional transitions and in the content of construction of both groups. Need of an idiographic analysis of each victim or offender is defended as way to understand their behaviour. Key words: Victims, Offenders, Violence, Forensic Psychology, Constructivism, Kelly’s Transitions, Personal Construct Psychology. El campo de la psicología se ocupa cada vez más de la intervención en conductas violentas, tanto desde la perspectiva de la prevención (Binglan et al., 2004; Hernando, 2007; Ortega y del Rey, 2003), como desde la orientación puramente terapéutica (Beck, 1999; Echeburúa y de Corral, 1998; Maden, 2007; Walker, 1994), o desde los estudios de carácter fundamental (Bandura et al., 2001; Niehoff, 2001). De hecho, la gama de conductas violentas que son objeto de trabajo psicológico es cada vez mayor: la conducta antisocial (Stoff, 1997), la delincuencia (Redondo, 2007), la violencia de género (Echeburúa y de Corral, 1998; Jacobson y Gottman, 1988; Walker, 1994), el acoso es- 362 Apuntes de Psicología, 2008, Vol. 26, número 2, págs. 361-378. J. Garcia Martínez Agresores y víctimas desde una perspectiva constructivista colar (Olweus, 1993; Ortega y del Rey, 1998; Sullivan, Cleary y Sullivan, 1993), el acoso laboral (Leymann, 1990), el abuso a menores (Harter y Neimeyer, 1995), o la violencia de hijos contra padres (Garrido, 2006). Parece que la violencia se ha transfor- PDGRHQXQHOHPHQWRTXHGH¿QHODVRFLHGDGcontemporánea y el estudio de la misma se está convirtiendo en un campo de estudios interdisciplinar (Sanmartín, 2004). Cabría preguntarse si la sociedad occidental postindustrial de principios del Siglo XXI es más violenta de lo que era hace sólo algunas décadas. La pregunta es compleja y, probablemente, no es posible contestarla. Hay datos que indican que nuestro modelo de sociedad sigue siendo el menos violento entre las sociedades humanas contemporáneas (OMS, 2002), pero las transformaciones sociales de nuestro entorno han hecho que empecemos a considerar como conductas violentas fenómenos que antes estaban invisibilizados socialmente (Velázquez, 2003), como la violencia de género o el acoso escolar. Por tanto, si ahora VHGH¿QHQFRPRYLROHQWDVGHWHUPLQDGDVDF- titudes y conductas que hace poco no tenían dicha valoración, no es posible comparar la incidencia real de las mismas, ya que en su momento no se recogieron datos al respecto (no eran relevantes según la construcción social de entonces). Esto pone de manifiesto que la concepción social de la violencia es uno de los moduladores más relevantes de la misma. La violencia es una construcción compartida por una comunidad dada y para entenderla en profundidad se deben tener en cuenta criterios sociológicos y antropológicos en cuánto a la GH¿QLFLyQ\FRQIRUPDFLyQHGXFDWLYRV\IDPL- liares en lo referente al aprendizaje, desarrollo y puesta en práctica; de personalidad y valores en lo relativo a la conducta individual e interpersonal; jurídicos en cuanto a su concreción delictiva o no delictiva, etc. Obviamente, la comprensión e intervención integral de la violencia implica un enfoque multidisciplinar. Si me remito únicamente al campo de la psicología, defiendo que la asunción de un enfoque constructivista puede ser muy útil tanto para entender el fenómeno, como para guiar estrategias de trabajo, ya que combina una orientación cultural con otra personal del VLJQL¿FDGRDWULEXLGRDODYLROHQFLDUna perspectiva interaccionista de los procesos de construcción humanos Las metáforas son portadores masivos de VLJQL¿FDGRSXHUWDVTXHQRVSHUPLWHQDFFHGHUsimultáneamente al mundo del otro de forma amplia y operativa (Gonçalves, 1988). Voy a utilizar una de las formas culturalmente más potentes de metáfora, la poesía, para introducir diferentes aspectos de la violencia. Recurriré para ello a un solo autor, Leonard Cohen, uno de los poetas contemporáneos que ha penetrado más profundamente en ODVGL¿FXOWDGHVGHODVUHODFLRQHVKXPDQDVCohen en su obra La energía de los esclavos (1972) nos desafía con esta visión de una relación interpersonal: “Marruecos. Invité a cenar a un hombre. No fue capaz de mirarme a los ojos. Comió en paz”. La mirada del otro de alguna manera nos inoportuna, el contacto con los demás nos fuerza a reinventar nuestra propia realidad. 1RVHWUDWDGHOOHJDUDSODQWHDUODD¿UPDFLyQsartriana de que el infierno son los demás, pero sí de entender que ninguna relación humana está exenta de conflictividad. El FRQÀLFWRHVLQKHUHQWHDODUHODFLyQSRUTXHQRVconstruimos en el contacto con los demás y cualquier contacto con ellos nos obligará a reorganizar nuestro modo de ver el mundo. Evitar la mirada del otro es la manera más sencilla de mantener nuestra paz, sólo que Apuntes de Psicología, 2008, Vol. 26, número 2, págs. 361-378. 363 J. Garcia Martínez Agresores y víctimas desde una perspectiva constructivista evitar al otro es prácticamente imposible. Si estamos condenados a algo es a relacionarnos, como seres sociales que somos. Los modelos constructivistas actuales SODQWHDQTXHHQODFRQVWUXFFLyQGHOVLJQL¿FD- do participan tanto proceso culturales como personales (Martin y Sugarman, 1996; Mascolo, Pollack y Fisher, 1997; Stam, 1998), de manera que es posible afirmar que los VLJQL¿FDGRVVRQXQDHODERUDFLyQQDUUDWLYDque un sujeto realiza dentro de múltiples niveles de un sistema organismo-ambiente jerárquicamente organizado. 3RUWDQWRODHODERUDFLyQGHOVLJQL¿FDGRde la violencia dependerá, en primera instancia, de un marco de referencia cultural que proporciona los elementos básicos de elaboración del sentido de la misma. Eso implica que cada manifestación de violencia tiene elementos diferenciales, dado que el contexto y las relaciones que se dan en él son diferentes, pero que permiten comprender el fenómeno a los miembros de una misma cultura. Así, por ejemplo, los marcos de referencia de la violencia de pareja implican elementos prototípicos sobre los roles de género en una cultura determinada, así como una serie de supuestos sobre obligaciones y deberes. En el caso del acoso escolar, el marco de referencia está más ligado al momento de desarrollo evolutivo de los sujetos implicados (adolescencia y preadolescencia) y a la relevancia de la búsqueda la propia identidad y del grupo de pares, entre otros elementos. Cada forma de violencia tiene su marco cultural explicativo, de forma, que desde un análisis externo al grupo de referencia se pueden confundir procesos, considerando violento lo que no es en el grupo y no violento lo que sí lo es. Por tanto, es necesario indagar dentro de los grupos y subgrupos culturales para reconocer su perspectiva de la situación. Obviamente, hay elementos culturales que dado su valor grupal son transversales a muchos fenómenos y se aplican, no solo a diferentes formas de violencia, sino a distintos ámbitos de la vida cotidiana. Sobre ese caldo de cultivo cultural, la per- VRQDHPSLH]DDJHQHUDUHOHPHQWRVVLJQL¿FDGRVpropios que proceden, fundamentalmente, de sus propios ciclos de experiencia vital. Entre HOORVORVPiVVLJQL¿FDWLYRVVRQODVUHODFLRQHVrelevantes que mantiene con otras personas próximas (apego, pareja, amistades y otras UHODFLRQHVGHURO(QGH¿QLWLYDODHODERUDFLyQGHVLJQL¿FDGRVVHHQWLHQGHHQHOFRQVWUXFWLYLV- mo como un diálogo entre un marco cultural de conocimiento y un sujeto que construye relacionalmente una interpretación personal de dicho marco cultural. Eso supone que para entender el mundo, es necesario entender al otro y para poder entender a éste, debo ser capaz de adecuar la representación de su conducta y su visión del mundo en términos de PLVSURSLRVFRQVWUXFWRV(QGH¿QLWLYDHQWHQ- der al otro supone la capacidad de desarrollar una teoría de la mente. Quizá el marco teórico de referencia más claro en este sentido sea el modelo de construcción personal (Kelly, 1955; Winter, 1992) que da énfasis precisamente al aspecto relacional (relaciones de rol) en el proceso GHRUJDQL]DU\UHRUJDQL]DUORVVLJQL¿FDGRVque la persona da al mundo a través de sus experiencias en éste. En general, seguiré las pautas del modelo de construcción personal SDUDFODUL¿FDUODLQWHUSUHWDFLyQGHODVFRQ- ductas de agresores y víctimas desde una perspectiva constructivista. Agresividad, agresión y violencia: HOHQIRTXHJHQHUDO\ODGH¿QLFLyQconstructivista Siguiendo a Berkowitz (1993), entiendo que la agresividad es un patrón de conducta 364 Apuntes de Psicología, 2008, Vol. 26, número 2, págs. 361-378. J. Garcia Martínez Agresores y víctimas desde una perspectiva constructivista inserto en todas las especies animales, aunque más marcado en las depredadoras como el homo sapiens sapiens. Supone un estado emocional que consiste en sentimientos de odio y deseos de dañar a otra persona, animal u objeto. Tiene una utilidad evolutiva clara, ya que sirve para defender la integridad del organismo, obtener alimentos o pareja reproductiva. De hecho, desde el punto de vista biológico, la agresividad está ligada a la supervivencia. Desde el punto de vista psicológico, se trata de un factor del comportamiento normal que se activa ante determinados estados y estímulos y que sirve para responder a necesidades vitales. No implica necesariamente la destrucción del adversario, ya que hay pautas biológicas que regulan el inicio y el cese de las secuencias agresivas (Lorenz, 1963). En la especie humana, dichos rituales se han socializado, generando así pautas culturales de regulación de la agresividad. Un segundo concepto a clarificar es el de agresión. Sería cualquier forma de conducta deliberada que pretende herir física y o psicológicamente a alguien. No es necesariamente negativa, ya que puede cumplir un papel adaptativo, en la línea de las tendencias innatas de agresividad. Las pautas y ritos sociales han canalizado la agresividad biológica a través de comportamientos más o menos regulados como las luchas rituales, las competiciones de diverso tipo y el deporte, pero eso no ha hecho que la especie deje de ser agresiva. El problema surge cuando la agresividad se canaliza a través de formatos que no están sancionados socialmente -una pelea fuera de su marco regulado- o cuando se ejerce alguna clase de violencia. Es obvio que para entender que una conducta es una agresión es necesario indagar en los compo- QHQWHVSURIXQGRVGHOVLJQL¿FDGRFXiOHUDODintención y la motivación del atacanteya que determinados actos pueden o no ser agresivos en función de su intencionalidad. Winter (2006) encuentra que se pueden en- FRQWUDUYDULDFLRQHVQRWDEOHVHQHOVLJQL¿FDGRprofundo que distintos tipos de agresores dan a su conducta. Se consideran actos agresivos los que pretenden causar daño físico a las víctimas, ORVTXHEXVFDQHMHUFHUFRDFFLyQLQÀXLUHQODconducta de otras personas), el ejercicio del poder o el dominio o los daños en la reputación y la imagen. Por tanto, la agresión puede ser tanto física como psicológica. La violencia es una forma especial de la agresión. Luego, no todo comportamiento agresivo es violento. Se entiende por violencia el uso de mecanismos habituales de agresión, con la intención de controlar al otro y que suponen el ejercicio de alguna clase de poder, lo que implica que hay un desequilibrio entre las partes, siendo una más poderosa que la otra. Es decir, la violencia supone que en una relación de desigualdad el agresor intenta (y a veces logra) controlar a la víctima a través del uso de la agresión. Además, se suele entender que este ejercicio del poder es ilegítimo, o dicho de otra forma, el agresor no está sancionado socialmente para ejercer esa clase de control. El panorama general, por tanto, es bastante complejo. Una pelea puntual entre dos compañeros de clase o una pareja es agresión, pero no violencia, ya que no se trata de algo usual y mantenido en el tiempo. Por otro lado, una conducta agresiva establecida como un mecanismo habitual - aunque poco funcionalde comunicación y donde los dos contendientes tuvieran un acceso idéntico a los mecanismos de ejercicio del control tampoco sería violencia, ya que una de las partes no ejercería poder sobre la otra, ni la discriminaría. Además, la violencia legítima ejercida por un poder reconocido -la policía, Apuntes de Psicología, 2008, Vol. 26, número 2, págs. 361-378. 365 J. Garcia Martínez Agresores y víctimas desde una perspectiva constructivista el ejércitotampoco sería tal, dado que están sancionados para ello según las normas en vigor. Podemos o no estar de acuerdo con HVWDVOLPLWDFLRQHVGHODGH¿QLFLyQSHURHQODpráctica, la cronicidad, el control y la carencia de sanción social son los delimitantes más claros de las conductas violentas. $WHQLpQGRPHDHVWDGH¿QLFLyQGHYLR- lencia, la propuesta más adecuada para entenderla sería una que contemplara tanto lo cultural (en tanto que normas compartidas de regulación y legitimización), como lo relacional (modo en que la violencia se ejerce y el poder se regula) y lo personal (sentido que se da a la conducta violenta y a los contextos y formas en que se considera viable aplicarla). Estos tres componentes están presentes en el enfoque constructivista. La agresividad constituye el punto de partida para poder ser violento, pero no es el origen de esta segunda gama de conductas. Las tendencias naturales de la ira pueden ser controladas y no manifestarse nunca en un formato pautado y crónico; además, pueden ayudar a la persona a explorar su entorno y conseguir sus metas. El origen de la violencia, aunque se fundamenta en una disposición genética, debe buscarse en pautas relaciones, VRFLDOHV\GHDWULEXFLyQGHVLJQL¿FDGR$Vtque es posible encontrar sujetos agresivos SHURQRYLROHQWRV/DGH¿QLFLyQFRQVWUXFWL- vista de la agresividad remarca precisamente este aspecto. La terapia constructivista no tiene como objetivo original la intervención con las conductas violentas, sino que, como todo enfoque formal de la psicoterapia, intentan entender la función que cualquier clase de conducta tiene para el ser humano. En concreto, se centran HQGHWHUPLQDUFXiOHVHOVLJQL¿FDGRTXHODpersona da a su mundo y a las acciones que lleva a cabo en éste para intentar regularlo y predecirlo (Kelly, 1955; Neimeyer, 1993). En efecto, lograr el cambio de la conducta de una persona supone, fundamentalmente, entender cuál es el sentido que ésta le da al mundo. Esto es algo compartido por todos los enfoques cognitivos de la terapia, pero que en el caso del constructivismo se vuelve toda una estrategia fundamental: el problema no radica en si la persona ve el mundo de una manera más o menos distorsionada o poco funcional, simplemente radica en cómo ve el mundo. Cambiar su comportamiento supondrá que tendrá que elegir, entre todas las visiones de las que dispone, no aquellas más verdaderas o aceptables, sino las que pueden hacer más preciso y útil su sistema de predecir el mundo. El foco de trabajo se centra en FyPRH[SDQGLUVXVLVWHPDGHVLJQL¿FDGR\HQcómo ajustarlo del mejor modo posible a la clase de experiencias con las que se enfrenta. Se trata, en el fondo, de una dialéctica entre los procesos piagetianos de acomodación y asimilación. El cambio vendrá cuando, por un lado, logre acomodar su sistema a la experiencia que vive y, por otro, consiga asimilar ésta a sus propios marcos de referencia. La teoría de la construcción personal (uno de los modelos constructivistas más antiguos) proporciona una serie de herramientas conceptuales que son especialmente útiles tanto para entender los procesos de violencia, como para llevar a cabo la terapia de víctimas y agresores. El punto de partida sería la idea de constructo, un significado descriptivo de tipo dicotómico que se aplica a fragmentos más o menos amplios, pero siempre limitados, de la experiencia. La dicotomía es libre, no está impuesta por norma o sentido semántico ninguno, aunque suele adoptar formas culturalmente avaladas. Implica que todo VLJQL¿FDGRHVHQWHQGLGRHQODIRUPDGHXQcontraste entre dos polos, que se vivencian como personalmente incompatibles. De he- 366 Apuntes de Psicología, 2008, Vol. 26, número 2, págs. 361-378. J. Garcia Martínez Agresores y víctimas desde una perspectiva constructivista cho, conocer algo supone generar un nuevo contraste. Los constructos constituyen un sistema más o menos armónico en el que algunos GHHOORVFXPSOHQXQSDSHOFHQWUDOGH¿QHQODidentidad del individuo y regulan o coordinan el funcionamiento de otros constructos, que tienen un nivel menor de relevancia para el sujeto. El equivalente actual de constructo VHUtDVLJQL¿FDGRSHURHQODLGHDGHFRQVWUXFWRsubyace la bipolaridad, lo que permite buscar de modo operativo contrastes en la visión del mundo del sujeto dentro del proceso terapéutico, bien para determinar qué es lo opuesto o SDUDEXVFDUXQVLJQL¿FDGRLQGHSHQGLHQWHQRopuesto, sino meramente distinto. Otra idea básica de la teoría de la construcción personal es que las emociones se entienden como transiciones o transforma- FLRQHVGHOVLVWHPDGHVLJQL¿FDGRVGHODSHU- sona. Algunas de estas transformaciones son percepciones de la conciencia de cambio en el sistema, mientras que otras tienen que ver con pautas de acción que se ponen en marcha ante dicha percepción. McCoy (1977) hace una buena exposición de las transiciones kellianas. Entre ellas, las más relevantes para entender los problemas de violencia son las siguientes: a) Laculpa es la conciencia de que uno está dejando de actuar tal y como supone que debe hacerlo, según un punto de vista que es absolutamente relevante para el sujeto. La culpa implica salirse de la propia identidad, del modo en que una SHUVRQDVHGH¿QHDVtPLVPDb) La vergüenza también esta relacionada con el desvío de las expectativas, pero no frente a propia identidad sino respecto al rol que uno estima que le adjudican los otros. Es una desviación de naturaleza social y tiene vínculos claros con lo que GHVSXpVVHGH¿QLUiFRPRVRFLDOLGDGc) El miedo y la amenaza se vinculan más con cómo se entiende el mundo que con cómo se percibe uno a sí mismo. Nos vemos amenazados en la medida en que DSUHFLDPRVTXHQXHVWURVVLJQL¿FDGRVUH- levantes van a dejar de sernos útiles y no tenemos un repuesto válido que los pueda sustituir. El miedo es la conciencia de que se va a producir un cambio de menor nivel HQGLFKRVVLJQL¿FDGRVTXHDIHFWDUiDXQrango pequeño e inmediato de fenómenos, pero que no será generalizado e inminente, como en el caso de la amenaza. d) La rabia se asocia a la culpa. Una persona genera ira cuando se da cuenta de que la LQYDOLGDFLyQGHXQDVHULHGHVLJQL¿FDGRVidentitariamente relevantes va a hacerle empezar un ciclo de comportamiento hostil (repetitivo e improductivo). No es posible entender la rabia sin saber cómo se entiende la hostilidad, que es uno de los tipos de conducta relacionados con las transiciones. En general, la rabia es un obstáculo para el cambio. e) La ansiedad, por el contrario, es un motor para el cambio. Supone reconocer que los fenómenos a los que uno se enfrenta HVWiQIXHUDGHOFDPSRGHVLJQL¿FDGRVque habitualmente se usa para interpretar el mundo, lo que supone que hay que poner en marcha algún mecanismo de adaptación o transformación. Las dos conductas más relevantes relacionadas con las transiciones son la agresividad \ODKRVWLOLGDG/DSULPHUDHVWiGH¿QLGDFRPRel intento activo de expandir el propio sistema de interpretación de la realidad (Kelly, 1955). (VWDGH¿QLFLyQHVWiSUy[LPDDODGHWLSRELR- lógico, en tanto en cuanto tiene una función positiva para el individuo. La hostilidad es el intento de validar la propia percepción del mundo a pesar de que ésta ya se había demos- Apuntes de Psicología, 2008, Vol. 26, número 2, págs. 361-378. 367 J. Garcia Martínez Agresores y víctimas desde una perspectiva constructivista trado como no viable. Por tanto, hostilidad y agresividad son acciones, lo que quiere decir que son elementos adquiridos o elaborados por el sistema y no tendencias innatas del sujeto. Pueden o no ponerse en marcha, en función de la voluntad del interesado. La dinámica de los constructos sigue una serie de leyes. Las más relevantes para entender la violencia son las de socialidad y comunalidad. La socialidad es el mecanismo por el cual una persona cumple un papel relevante en los procesos de adscripción de VLJQL¿FDGRGHRWUD(VGHFLUXQVXMHWRHQWLHQGHel mundo de la misma forma que otro para la clase de relación que han establecido entre ellos&RPRVLHPSUHODGH¿QLFLyQGHOSURFHVRes puramente funcional, no dice nada acerca de ORVVLJQL¿FDGRVFRQFUHWRVTXHVHDWULEX\HQDODrelación. Un ejemplo práctico: si dos personas desconocidas se cruzan una noche en un bar de copas, entablarán una relación de socialidad tanto si ambas llegan a la conclusión de que la otra desea mantener una conversación más o menos intrascendente, como si deciden que la otra desea tener una relación sexual (es decir, si DPEDVGH¿QHQGHOPLVPRPRGRODUHODFLyQTXHse ha iniciado), de forma que podrán prever el curso que la otra dará a su interacción. Si una de las dos percibe la situación del primer modo y la otra del segundo, la interacción entre ellas GHYHQGUiHQXQIUDFDVRRHQXQFRQÀLFWR\SRUtanto, no se habrá producido una relación de socialidad. Junto a la socialidad, es necesario conocer la idea de comunalidad: dos sistemas son parecidos y compatibles si están compuestos por constructos similares. Es decir, la comprensión del sistema del otro es más fácil en la medida que los contenidos coinciden y están ordenados de forma también similar (principio de jerarquía). Ya he comentado que la capacidad de entender al otro supone el desarrollo de una teoría de la mente, generar una forma de predecir y comprender los actos de los demás. Es el salto que supone mirar a los ojos del otro y salir de mi mundo, de mi paz. Las transiciones y las leyes del sistema de construcción permiten entender cómo esto llega a tener lugar. En los casos de violencia la capacidad de entender al otro está mermada, no se llega a tener conciencia del otro, no se le comprende. En estos casos, curiosamente, las dos acepciones comunes de conciencia (percepción evidente de la experiencia y criterio moral) convergen, la falta de capacidad de comprensión supone tanto un desconocimiento del otro, como un déficit del propio desarrollo moral del individuo. En todo proceso terapéutico, el desarrollo moral es una cuestión clave (Villegas, 2008), pero especialmente lo es en el tratamiento de la violencia. Tanto para el agresor como para la víctima, el crecimiento moral va acompañado de transformaciones en su sistema de constructos, generando nuevas formas de entender la experiencia. Esto les permite, tanto reorientarse hacia nuevas metas vitales y generar empatía con sus víctimas (Maruna y Ramsden, 2004), como elaborar una nueva comprensión del trauma y de la propia vida (Harter y Neimeyer, 1995; Sewell, 1987). La adecuación formal del enfoque constructivista a la naturaleza de los fenómenos violentos está haciendo que cada vez más investigadores y terapeutas trabajen en este campo siguiendo este modelo, tanto en el extranjero (Horley, 2005; Houston, 1988; Keskinen, 2004; Viney, Henry y Campbell, 2001; Winter, 2003), como en nuestro país (Guerrero Gómez y Garcia-Martínez, 2008; Tovar y Garcia Martínez, 2008). (OPXQGRGHVLJQL¿FDGRVGHODVYtFWLPDVSiguiendo la línea metafórica que emprendí en el punto anterior, recurro a una 368 Apuntes de Psicología, 2008, Vol. 26, número 2, págs. 361-378. J. Garcia Martínez Agresores y víctimas desde una perspectiva constructivista nueva obra de Cohen (2001) Por los ríos oscuros, canción incluida en el álbum Ten New Songs, una buena forma de introducirse en la percepción del mundo de las víctimas: “Por los ríos oscuros/Donde no podía ver/ Quién estaba acechando allí/ Quién estaba cazándome”. En general, todas las víctimas reaccionan con una sensación de amenaza (a partir de HVWHPRPHQWRGH¿QLUpVLHPSUHODVHPRFLR- nes en términos constructivistas, salvo que indique expresamente lo contrario): no son capaces de entender qué les está pasando. A veces se martirizan por su incapacidad para prever el peligro (no podían ver que alguien les iba a cazar, en palabras de Cohen) y suele surgir sentimientos de culpa. Lo cierto, sin embargo, es que es muy difícil prever quién puede llegar a ser una víctima, así que la capacidad de anticiparse a estas circunstancias es escasa. Se pueden algunos perfiles de riesgo, por ejemplo, rasgos de dependencia en la mujer que posteriormente será agredida por su pareja (Echeburúa et al.; 1990; Garcia Martínez, 2005), retraimiento social o pertenencia a un grupo minoritario en el caso de una víctima de acoso escolar (Defensor del Pueblo, 2006; Ortega y del Rey, 1998; Sullivan, Cleary y Sullivan, 2003), pero lo cierto es que, en mayor o me- nor medida, se encuentran víctimas en todos los estratos sociales, en todos los niveles de IRUPDFLyQ\FRQSHU¿OHVSVLFROyJLFRVSUHYLRVde toda clase. Parece que ser una víctima depende fundamentalmente de la elección del agresor. Esto queda claramente constatado cuando se trabaja con las víctimas de la violencia indiscriminada o de un violador en serie. En estos casos, prácticamente el único criterio de selección se reduce a estar en un mal momento en un mal lugar o al propio hecho de ser mujer. Desde un punto de vista GHVLVWHPDVGHVLJQL¿FDGRVODVSHUVRQDVTXHse ven a sí mismas excesivamente dependientes o que son demasiado esquemáticas en sus planteamientos vitales, son más pronas a ser victimizadas (Houston, 1998). Por ello, aunque siempre debemos pro- IXQGL]DUHQHOVLVWHPDGHVLJQL¿FDGRVSHUVR- nales de las personas con quienes trabajamos, es más probable encontrar significados comunes en las víctimas -entendidas como grupoque en los agresores. La pauta de incapacidad de comprensión (amenaza) y autoinculpación (culpa) está presente casi siempre, además una víctima de una clase de violencia (de acoso laboral, por ejemplo) desarrolla rápidamente empatía con otra que haya sufrido otra clase de violencia (de género, valga por caso). En general, las víctimas suelen desarrollar una sintomatología ansioso-depresiva, en la que no están ausentes formas de estrés postraumático, si bien la incidencia de este último trastorno parece situarse en torno al 15% de los afectados, sea cual sea la muestra de referencia y el tipo de violencia que le afecte (Maia, 2006). Los elementos más característicos del funcionamiento de la víctima son la pérdida de autoestima y la incapacidad para hacer frente a la situación. Esto no es extraño, si se tiene en cuenta que la cronicidad es uno de los criterios de la violencia. La víctima -salvo en los casos de agresiones puntuales, como las violaciones o las agresiones por impulsolleva tiempo intentando enfrentarse al agresor y sus intentos de salir de la situación no han tenido éxito. Ello les lleva a buscar una nueva elaboración de su situación (ansiedad) y la que más se ajusta a sus circunstancias (es decir, la que tiene más probabilidades de ser validada) es que son personas incapaces y con escasa resolución. A partir de ese momento, su identidad quedará comprometida, son una nueva clase de persona, que ve el mundo des- Apuntes de Psicología, 2008, Vol. 26, número 2, págs. 361-378. 369 J. Garcia Martínez Agresores y víctimas desde una perspectiva constructivista de la perspectiva del agresor: la conciencia que tienen de sí mismos ya no es propia, es estrictamente la conciencia de otro, se ven WDO\FRPRHODJUHVRUODVGH¿QHLQFDSDFHVmerecedoras de la agresión). Este proceso de auto-incapacitación es coherente con los resultados de la investigación sobre agentividad o auto-eficacia %DQGXUD/DH[SHFWDWLYDGHDXWRH¿- cacia personal es un componente básico del autoconcepto y se regula en función de los refuerzos recibidos. Si cualquier intento de resolución de la situación va seguido de un fracaso, autopercibirse como alguien incapaz es lo que se corresponde con una visión más o menos realista de la situación por la que se atraviesa. De algún modo, la víctima va confun- GLpQGRVHFRQHOPXQGRGHVLJQL¿FDGRVGHOmaltratador, de modo que termina dando por buena la posición de éste. Este proceso suele comenzar con procesos en los que se ponen en marcha transiciones de miedo y amenaza, en el sentido anteriormente descrito, que consiguen: a) Primero, generar una sensación de que se han producido cambios menores pero que comprometen la situación de la víctima -robos, intimidaciones, críticas- y TXHHPSLH]DQDFRUURHUVXVVLJQL¿FDGRVprevios (miedo). b) Después la víctima desarrolla la percepción de que sus intentos de enfrentarse a la situación no serán viables y de que el mundo ya no es predecible o que no se puede actuar de ningún modo, esto hace que empiece a instalarse una cierta indefensión y los síntomas de tipo afectivo se agudizan (amenaza). c) Paralelamente a esto, se ponen en marcha ciclos de ansiedad, pero lejos de servir para activar la búsqueda de nuevas soluciones -el papel positivo que suele tener la ansiedadla persona empieza a vivir sus intentos infructuosos de solución como una demostración de su falta de capacidad, lo que a su vez potencia la amenaza. d) La última de las transiciones que caracterizan los procesos de victimización es la culpa, la persona se da cuenta de que no está cumpliendo el rol conceptual al que estaba acostumbrada (el de ser una persona en cierta medida capacitada, en cierta medida resolutiva, con cierta valía, etc.), ya que sus actuales experiencias empiezan a hacerle ver que es otra clase de persona, eso hace que empiece a imputarse a sí misma la responsabilidad del proceso y las ideaciones de que lo que ocurre es culpa suya se potencian. Curiosamente, en ese momento se cierra una peculiar relación de socialidad: agresor \YtFWLPDGH¿QHQVXUHODFLyQH[DFWDPHQWHen los mismos términos. El primero de ellos tiene el poder y tiene el derecho a decidir, marginando las posiciones legítimas del otro. /DYtFWLPDVHDXWRGH¿QHHQORVWpUPLQRVGHOagresor, de modo que se vuelve casi totalmente predecible por parte de éste y sólo se puede predecir a sí misma -verse como funcional- si adopta la perspectiva del primero: está atrapada en el ciclo de la violencia. La relación es peculiar porque a diferencia de cualquier otro proceso de socialidad, en el que ambas SDUWHVYDQPRGL¿FDQGROLJHUDPHQWHODVDSRU- taciones del otro en un ciclo de verdadera co-construcción de la relación, en este caso es una sola -la que agredela que impone los VLJQL¿FDGRVTXHKD\TXHGDUDODUHODFLyQEs necesario remarcar que en esta línea de elaboración, la culpa se exonera construyéndose tal y como la otra persona dice: en ese caso no habrá culpa y la situación será 376 Apuntes de Psicología, 2008, Vol. 26, número 2, págs. 361-378. J. Garcia Martínez Agresores y víctimas desde una perspectiva constructivista de predecir el mundo-. Los ciclos de violencia están marcados, especialmente en el caso de los agresores, por la incapacidad de valorar la experiencia en términos diferentes a la propia construcción inicial, es decir, no asumen al otro como un agente relevante en sus procesos de construcción. Las víctimas suelen terminar asimilando los constructos de los agresores y por ello terminan definiéndose en los términos de éstos. Los agresores tienen grandes dificultades para adaptar sus predicciones a la experiencia y son muy poco hábiles en captar las construcciones de los demás. En ambos casos es necesario conocer profundamente los contenidos y procesos de adscripción de VLJQL¿FDGRSDUDSRGHUUHDOL]DULQWHUYHQFLRQHVterapéuticamente relevantes. Referencias Antonosvsky, A. (1987). Unravelling the Mystery of Health. San Francisco: Jossey-Bass. Bandura, A. (1986). Social Foundations of thought and action: A social cognitive theory. Englewood Cliffs, NJ: Prentice- Hall (Edición en castellano: Pensamiento y acción. Barcelona: Martínez-Roca, 1986). Bandura, A., Caprara, G., Barbaranelli, C., Pastorelli, C. y Regalia, C. (2001). Sociocognitive self-regulatory mechanisms governing transgressive behavior. Journal of Personality and Social Psychology, 80, 125-135. Beck, A.T. (1999). 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