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Los toros en Santiago de Chile durante el periodo colonial

González Estévez, Escardiel; Sanfuentes Echevarría, Olaya

Abstract

A pesar de su inexistencia hoy en Chile, y de su olvido, los toros fueron, como en todo territorio dependiente del poder español, el centro del universo lúdico, con notorias implicaciones sociales. Aunque siguieron la trayectoria ibérica, evolucionando de lo ritual hacia el toreo espectáculo, existieron factores que particularizaron la tauromaquia en el contexto, como la prolongación del toreo caballeresco por su faceta de entrenamiento bélico con vistas a la frontera araucana.

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Anuario de Estudios Americanos, 74, 1 Sevilla (España), enero-junio, 2017, 127-154 ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05 127 Copyright: © 2017 CSIC. Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. Los toros en Santiago de Chile durante el periodo colonial/ Bullfighting at Santiago de Chile during the Colonial Period Escardiel González Estévez ORCID iD: http://orcid.org/0000-0002-0963-4099 Universidad de Sevilla Olaya Sanfuentes Echeverría ORCID iD: http://orcid.org/0000-0002-6951-1285 Pontificia Universidad Católica de Chile A pesar de su inexistencia hoy en Chile, y de su olvido, los toros fueron, como en todo territorio dependiente del poder español, el centro del universo lúdico, con notorias implicaciones sociales. Aunque siguieron la trayectoria ibérica, evolucionando de lo ritual hacia el toreo espectáculo, existieron factores que particularizaron la tauromaquia en el contexto, como la prolongación del toreo caballeresco por su faceta de entrenamiento bélico con vistas a la frontera araucana. Palabras clave: Toros; Tauromaquia; Fiesta; Santiago de Chile. Despite the fact that in Chile there is no bullfighting and that people have forgotten it, bulls existed in this territory as in any other Spanish colony, with critical social implications. Although follow the Iberian trend, from ritual to a spectacle, some local factors made that bullfighting had special features in Chile, as is the case of the permanence of chivalrous bullfighting in the context of military training at the frontier with mapuche people. Keywords: Bulls; Bulfighting; Celebration; Santiago de Chile. Anu. estud. am., 74, 1, enero-junio, 2017, 127-154. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05128 ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA En Chile apenas hubo toros.1 Esta es la errónea premisa con la que, tras un par de lacónicas referencias a lo sumo, se salva el particular en las obras generales dedicadas al estudio de la tauromaquia fuera de los límites ibéricos.2 Con Argentina, Paraguay y Uruguay, Chile integra la lista de los países «taurófobos» que han hecho del Cono Sur un lugar ajeno a la consideración de la fiesta. Resulta cuanto menos extraño que, siendo como fueron territorios dependientes del poder español, los toros no formaran parte de su universo lúdico. Sobre todo cuando sabemos que desde Italia a Filipinas existieron, y que en gran parte de América se siguen celebrando. Las causas de la desaparición son intrigantes, sobre todo por el contraste que se produce en el continente con otros contextos, pero ameritan un mayor estudio y más páginas donde exponerse. En las presentes nos limitaremos a enmendar el error y, más allá de lamentarnos de los «tan poco taurófilos» historiadores chilenos como Armando de María, nos ocuparemos de cubrir esta laguna historiográfica. No obstante, es de justicia reconocer que esta afirmación apesadumbrada del historiador mexicano es exceptuada por el reputado Pereira Salas, quien dedicó un capítulo en su célebre Juegos y alegrías coloniales,3 y por Isabel Cruz de Amenábar, quien también ha concedido espacio en su obra sobre la fiesta,4 al igual que, más recientemente, lo ha hecho Jaime Valenzuela.5 Pero cierto es que, más allá de noticias entreveradas en obras dedicadas al tema de la fiesta o al de la crónica de tal o cual ciudad, no encontramos un solo texto particularizado sobre la materia taurina en Chile. Con la obligación de una mayor profundización en el horizonte, nos centraremos en esta ocasión en el desarrollo de la fiesta taurómaca en la ciudad de Santiago desde el siglo XVI hasta los primeros años del XIX, cuando se procede a su abolición. Adelantemos que no fue la capital el único lugar donde se celebró la fiesta y que, más allá de las latitudes 1 La idea —errónea— de que en Chile no hubo toros, se ha trasladado de igual forma hacia la historiografía. Efectivamente, no hay estudios historiográficos respecto a la práctica de la tauromaquia en Chile, sino solo menciones aisladas en obras dedicadas a otras temáticas. En este sentido, creemos que nuestro artículo puede ser un aporte frente al estado de la cuestión. De igual forma, creemos que puede servir de modelo para, a partir de una práctica concreta como es el caso de las corridas de toros, estudiar otros aspectos de la sociedad que se ven reflejados y relevados elocuentemente. 2 Cossío (1951, VI, 367-369) solo le dedica unos párrafos. López Izquierdo, 1992, 328-330. En la obra de Molinié-Bertrand, Duviols y Guillaume-Alonso (1999) no encontramos artículos dedicados a Chile, pero sí a Argentina. Tampoco figuran en el clásico de Bennassar (1993), o el más reciente de Maudet (2010), a pesar de estar centrado, en buena medida, en América. 3 Pereira Salas, 1947, 63-107. 4 Cruz de Amenábar, 1995. 5 Valenzuela, 2005 y 2014. Anu. estud. am., 74, 1, enero-junio, 2017, 127-154. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05 129 LOS TOROS EN SANTIAGO DE CHILE DURANTE EL PERIODO COLONIAL septentrionales,6 como cabe lógicamente suponer, también se practicaron en puntos más meridionales como Valdivia.7 Nuestra aproximación ofrece una evolución diacrónica de la fiesta capitalina desde sus inicios en torno a 1555 hasta el cierre del siglo XVIII, focalizando la atención en aspectos que hemos considerado de relevancia: la casuística de la fiesta; su imbricación con el calendario festivo religioso y el esfuerzo por mantenerla por encima de los cambios a los que las inclemencias meteorológicas avocaron; las tensiones que suscitó entre las autoridades eclesiásticas y civiles; su condición de espejo de lo caballeresco; o su transformación en espectáculo a lo largo del siglo XVIII. Al alimón, para utilizar una expresión taurina, nos complace presentar este trabajo con el que dejar de ignorar que en Chile hubo toros. Los hubo, y con más asiduidad y relevancia de lo que generalmente se cree. La metamorfosis de fiesta de toros ritual a moderno espectáculo taurino El criterio para establecer las diferentes fases de la tauromaquia se asienta sobre la naturaleza de la fiesta, que experimenta un viraje de lo festivo-ritual al espectáculo en torno a los comedios del siglo XVIII. Nos alejamos de este modo de la organización bipolar toreo ecuestre / toreo pedestre que vienen señalando los estudios al respecto desde García-Baquero a Guillaume-Alonso,8 por entender que, aunque ciertamente existe un predominio de una forma sobre otra en épocas sucesivas, ambas se solapan y no dejan interactuar en todo el proceso hasta el triunfo indiscutible del toreo a pie en el siglo XIX. Así, durante la época colonial se distinguen en Chile dos periodos: el primero, que abarca desde los años iniciales de la conquista española hasta comedios del siglo XVIII, al que denominamos toreo festivo-ritual; y el segundo, desde entonces hasta la abolición en 1823, que corresponde al toreo-espectáculo. 6 Incluso en lugares tan inhóspitos como el altiplano andino, sabemos de la existencia de esta fiesta en las plazas públicas de pequeños poblados, como la pintura mural de algunas iglesias atestigua. 7 Guarda, 1984, 241-262. La efeméride contó con sus correspondientes toros, los más australes registrados documentalmente hasta la fecha, aunque fueran «bastarda producción de las montañas». 8 García-Baquero, 2008. Guillaume-Alonso, 1994. Anu. estud. am., 74, 1, enero-junio, 2017, 127-154. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05130 ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA El toreo festivo-ritual (siglos XVI-XVIII) Los toros tuvieron en esta etapa un carácter eminentemente caballeresco. Como sucedía en la metrópoli, estuvieron inseparablemente unidos a los habituales juegos ecuestres: sortija, estafermo, pero especialmente las cañas, que llegaron a rivalizar en protagonismo hasta mediados del siglo XVII, para desaparecer a partir de entonces. Pero más que allí o que en otros escenarios americanos, el toreo de a caballo fue una actividad más necesaria y destacada por una circunstancia que hizo de estas tierras australes uno de los puntos candentes de la resistencia indígena: las guerras contra los mapuches. De este modo, la tendencia connatural hacia la vertiente ecuestre de la tauromaquia en esta etapa se vio incrementada por el recio y prolongado conflicto araucano, haciendo del enfrentamiento con el toro desde el caballo un ejercicio ecuestre útil, como recogen las actas del cabildo de Santiago: «que no cese el arte militar [el toreo ecuestre], pues tan necesario es que se ejerza en esta tierra por estar de guerra, como está».9 El patronazgo del santo ecuestre y bélico por excelencia sobre el territorio y el trasvase al patronímico de la capital no son casuales. Con Santiago se trabará una relación crucial (aunque no exenta de problemas) en el ámbito festivo-religioso, dentro del cual los toros llegaron a constituir el punto álgido. En Santiago existieron corridas ordinarias, vinculadas al calendario litúrgico-festivo, y corridas extraordinarias, motivadas por sucesos de índole fundamentalmente civil y de carácter más exógeno que concerniente a sucesos internos, aunque también entre estas existieron algunas de tono particular. Las primeras se celebraron en torno a dos fechas principales: la del patrono Santiago, el 25 de julio, y la de la Asunción, el 15 de agosto, ya que la de San Juan, pronto desaparece de la documentación no alcanzando 9 Cabildo de Santiago, 31 de agosto de 1582, Archivo Nacional Histórico de Chile (en adelante ANH Chile), Actas del Cabildo de Santiago (en adelante ACS), 2.º rollo LCH 95. [La consulta de estas actas solo se permite actualmente a través de microfilm, por lo que las citas se consignarán según la ordenación asignada por el archivo en tal soporte, como arriba se ha referido. No obstante, las actas entre 1541 y 1810 han sido publicadas en varios volúmenes desde fines del siglo XIX. Remitimos al lector interesado en su consulta a tales volúmenes, con una mayor accesibilidad. Por ejemplo, para este acta de 1582 a la que nos referimos en la presente nota: Medina, 1899, 43. Un listado de los primeros once tomos que recogen las actas del cabildo —junto con otras fuentes de la historia de Chile— especificando los años comprendidos en cada volumen se puede consultar en Chiappa, 1905; no así para los tomos sucesivos]. En Lima se tiene la misma preocupación y un decenio antes el cabildo de la ciudad justifica los toros «para que los de a caballo se exerciten en la caballería que se ba perdiendo por el poco exerçicio que ay en ello», citado en Molinié-Bertrand, Duviols y Guillaume-Alonso, 1999, 162. Anu. estud. am., 74, 1, enero-junio, 2017, 127-154. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05 131 LOS TOROS EN SANTIAGO DE CHILE DURANTE EL PERIODO COLONIAL a traspasar el siglo XVI.10 Estas fechas que en España marcaban los hitos festivos del periodo estival resultaban especialmente inapropiadas para el invierno austral de la capital chilena. Fue esta circunstancia la que acarreó complicaciones constantes a causa del necesario traslado de la fiesta, especialmente los años donde las inclemencias meteorológicas fueron más adversas. Así, en 1654, el cabildo acordaba retrasarla hasta fines de octubre porque aun «queriéndose hacer, no se han de correr y por el invierno no se han corrido».11 Aunque durante el siglo XVI el 25 de julio se mantuvo, estoicamente hemos de pensar, en la siguiente centuria la fiesta de los toros dedicada al apóstol va postergándose, uniéndose en ocasiones a celebraciones puntuales, y las más de las veces a la festividad de la Asunción. A pesar de los esfuerzos por ajustarse a la fecha y mantener los toros del patrón «como era uso y costumbre», lo cierto es que para 1666, «como la festividad de los toros del señor Santiago se había dejado ya al presente»,12 se intercambiaron por otra festividad mariana de gran impulso por aquellos años y que se convertiría en una de las referencias devocionales de la monarquía hispánica y su imperio: la «Limpia Concepción».13 Por cierto, mucho más apropiada meteorológicamente: en la agradable primavera final chilena, el 8 de diciembre. No obstante, el cabildo continuó esforzándose por mantener un aspecto tan relevante para su identidad como la celebración de las fiestas taurinas del patrono y el 9 de noviembre de 1711 el cabildo destinaba quinientos pesos a los toros de Santiago y ordenaba que «sean todos los años». Pero lo cierto es que no volveremos a encontrar más noticias taurinas al respecto, y sí problemas de financiación para mantener la celebración. Quizá esta inconveniencia del 25 de julio austral para correr toros fuera una de las causas que motivó la extinción de la fiesta taurómaca hacia el segundo cuarto del siglo XVIII en su perfil de fiesta ordinaria en relación con el calendario litúrgico, y quizá también lo fuese para el escaso éxito de 10 De hecho, solo hemos podido encontrar la advocación joánica en una referencia de 1575 cuando se habla de estas tres datas. Cabildo de Santiago, 15 de julio de 1575, ANH Chile, ACS, 1.º rollo LCH 94. Las actas referencian que en 1582 «se corran toros el día de Nuestra Señora de Septiembre», pudiendo referirse a la natividad de la Virgen, que se celebraba el día 8, o a N.ª Sra. de los Dolores, el 15, pero es, como la data joánica, marginal. Cabildo de Santiago, 31 de agosto de 1582, ANH Chile, ACS, 2.º rollo LCH 95. 11 Cabildo de Santiago, 11 de septiembre de 1654, AHN Chile, ACS, 9.º rollo LCH 116. 12 Cabildo de Santiago, 5 de octubre de 1666, AHN Chile, ACS, 11.º rollo LCH 125. 13 Campos y Fernández de Sevilla, 2005. El 8 de diciembre fue declarado fiesta de guardar en todos los reinos de su majestad católica desde 1644, cuando fue adoptada como patrona y protectora por Felipe IV, uno de los muchos monarcas españoles que contribuyeron a esta piedad, la cual culmina con la proclamación dogmática en 1854. Anu. estud. am., 74, 1, enero-junio, 2017, 127-154. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05132 ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA la festividad en líneas generales, borrada en la actualidad de la memoria de la ciudad a pesar, paradójicamente, de su nombre.14 Pero los toros se siguieron corriendo, y lo siguieron haciendo no solo motivados por hitos excepcionales sino en su faceta de entretenimiento ordinario (permanente, digamos) de los santiaguinos, aunque convertidos ya en espectáculo. Esto se produce muy pocos años después de que dejemos de encontrar referencias a los toros jacobeos, pues en 173215 ya se consigna la primera corrida fuera de los límites de la plaza mayor, que había sido el espacio taurino en virtud de su estatus de punto neurálgico de la fiesta urbana. Esto por lo que concierne a la fiesta taurina ordinaria o frecuente, pero los toros también constituyeron parte ineludible, por no decir principal o única, de aquellos hitos históricos que moldearon el devenir de la vida colonial santiaguina. Las corridas extraordinarias venían motivadas por sucesos de índole civil y, principalmente, no acaecidos dentro de las fronteras del territorio, ni tan siquiera del continente; como los éxitos militares del ejército español, que en Santiago fueron festejados en el caso de los conflictos catalanes.16 Se trataba de celebrar el afianzamiento del poder, que era también el trasfondo de las celebraciones más repetidas en todo el imperio, aquellas relativas a la sucesión en la corona: juras y, en menor medida, natalicios. Santiago no era México ni la Ciudad de los Reyes, pero no les iba a la zaga. La urbe no escatimó con las juras reales desde Carlos II a Carlos IV, incluso celebró la coronación de Fernando III de Habsburgo en 1638, y natalicios: el del malogrado Felipe Próspero y el de Carlos José en 1663. En paralelo se celebrará también la posesión de otro cetro, el del poder de la gobernación de Chile, aunque en bastantes casos con no pocos aprietos económicos que obligarán a retrasar, cuando no a eliminar, los agasajos a pesar de la probada intención de realizarlos. Las entradas de gobernadores se celebraron fundamentalmente en el siglo XVII y raramente en el XVIII, 14 También se ha argumentado que la fiesta y la devoción a Santiago se perdieron en la capital por la relación intrínseca que había entre este santo y la monarquía hispánica. Con la llegada de la independencia se fueron eliminando todos los símbolos de la monarquía y la figura del apóstol español fue una de las primeras en desaparecer. El libertador Bernardo O’Higgins, por su parte, inauguró una devoción institucional a la Virgen del Carmen, la que ocupa desde entonces el lugar del apóstol en las mentes de los santiaguinos. Cada 16 de julio los habitantes de la capital y de todo el territorio de Chile en general le rinde culto a la Virgen del Carmen, «reina y patrona de Chile». 15 ANH Chile, Real Audiencia, 2697, pieza 1, 15r-29v. Citado también por Pereira Salas, 1947, 71. 16 Cabildo de Santiago, 9 de noviembre de 1711, AHN Chile, ACS, 16.º rollo LCH 130. Se festejaron la victoria en la guerra de Cataluña en 1653 y la toma de Gerona en 1711. Alemparte Robles, 1940, 303. Anu. estud. am., 74, 1, enero-junio, 2017, 127-154. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05 133 LOS TOROS EN SANTIAGO DE CHILE DURANTE EL PERIODO COLONIAL aunque la del presidente Joaquín del Pino, el penúltimo gobernante colonial, fue célebre. Así, F. Meneses en 1664, o el marqués de Navamorcuente cuatro años después, fueron lisonjeados con toros; otros tuvieron menos suerte, como Acuña y Cabrera,17 las arcas se encontraban poco llenas entonces para tales dispensas. En otros momentos más boyantes recibieron el agasajo de los toros personajes de otro rango como el presidente de la Audiencia J. Henríquez,18 o incluso la esposa del gobernador Bravo de Saravia, por cierto, la primera ocasión en que se registran toros para un suceso extraordinario, corría 1568.19 La fiesta por la canonización de san Francisco Solano en 1633 constituye el único evento de tono religioso.20 Pero también hubo, entre los festejos extraordinarios, otros de carácter particular o privado por parte de la «gente más principal o poderosa». El motivo atendía, según Alonso de Ovalle, a dos eventos concretos: bautismos y bodas.21 El cronista jesuita lo relata con respecto a Santiago en el segundo tercio del siglo XVII, aunque quizá la práctica se realizase con anterioridad, y raramente traspasada esa centuria. Tampoco existen referencias similares para otras latitudes del territorio chileno, ni del mundo hispánico. La emulación de la monarquía parece exceder los límites en este caso, pues correr toros para natalicios y matrimonios había sido prerrogativa real desde el alto medievo. Solo el grado de doctor o la profesión monacal habían motivado toros con este carácter «particular» y no monárquico en la península. Pero la cúspide social de Santiago del Nuevo Extremo fue, desde su fundación, una nobleza caballeresca altamente militarizada por las vicisitudes bélicas, díscola y alejada del trono, sin embarazo en asumir este tipo de celebración reservada a los monarcas. De ejercicio militar a espectáculo barroco (siglo XVIII) A partir del segundo tercio del siglo XVIII se opera, siguiendo la evolución de la metrópoli, la transformación del festejo patronal taurino en espectáculo despojado ya de su aspecto ritual.22 El objetivo pasa a ser ahora económico, una manera de financiar determinados proyectos, bien en clave de obras públicas como la construcción de un puente, la expansión o 17 Cruz de Amenábar, 1995, 282-283. 18 Cabildo de Santiago, 7 de septiembre de 1672, AHN Chile, ACS, 12.º rollo, LCH 126. 19 Pereira Salas, 1947, 102, nota 3. 20 Ibidem, 21. Medina, 1952, 247-248. 21 Ovalle, 1974 [1646], 87. 22 Romero de Solís, 1995. García-Baquero, 2008, 121-123. Anu. estud. am., 74, 1, enero-junio, 2017, 127-154. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05134 ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA adecentamiento de la alameda, la conducción de agua a la plaza mayor o la refacción de las casas capitulares; o bien con carácter benéfico: sustento para reos o niños expósitos. El organismo administrador será el cabildo, sacando a pública subasta los derechos de explotación del espectáculo por espacios de tiempo de entre cinco y diez años con rentas sustanciosas de mil pesos anuales, más un ciento de estos por corrida. Además, existe la obligación de reservar determinados sitios, los mejores, para los estamentos gubernamentales de la ciudad que, siguiendo la costumbre de los festejos en la plaza mayor, podían acudir gratuitamente con sus familias y esclavos. Esta prerrogativa se convirtió, junto a otras, en argumento quejoso para justificar la imposibilidad del pago de la renta contraída en los contratos por parte del empresario, lo cual generó largos pleitos que constituyen una de las tipologías documentales más abundantes y ricas para los estudios taurinos, aunque, no podemos negarlo, farragosas. Conoceremos a través de ello precios, tipos y nombres de participantes, objetos necesarios para el desarrollo de la fiesta o el sesgo del público. En definitiva, la necesaria reglamentación del festejo a que conllevó su carácter de espectáculo de pago, se tradujo en una codificación, pero ¿qué mantuvo de las fiestas extraordinarias como las juras, también reglamentadas?, ¿diferían mucho de lo desarrollado en la metrópoli o en otros contextos? Una tauromaquia austral: los rasgos de la fiesta en Santiago de Chile Con los escasos datos obtenidos del periodo relativo a la tauromaquia festivo-ritual, desarrollada desde el siglo XVI hasta el primer tercio del XVIII, intentaremos estructurar un correlato en torno a diversos aspectos en cotejo con aquellos otros que se producen en el siguiente periodo: el toreo-espectáculo, que se desarrolla desde el segundo tercio de la centuria. Abordaremos por un lado en la lidia y sus componentes: el animal y los toreadores, su desarrollo, sus suertes o tipos de tratos con el toro, el espacio; y por otro, el público y los organizadores. El toro Todavía sigue resultando un misterio cuándo llegaron algunas especies de toro bravo a América, es más, se desconoce si realmente este arribo llegó a producirse y es que a la problemática del traslado de cualquier Anu. estud. am., 74, 1, enero-junio, 2017, 127-154. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05 135 LOS TOROS EN SANTIAGO DE CHILE DURANTE EL PERIODO COLONIAL animal de dimensiones considerables se sumaban las características de fiereza y peligrosidad del bruto.23 Barros Arana consigna la fecha de 1548 para la presencia de ganado vacuno en tierras chilenas24 y recordemos que solo doce años después ya se están corriendo toros. La postura del indígena ante el novedoso animal pasó del temor y extrañeza de los primeros momentos25 a un dominio por medios propios, que en Chile se dio a través del uso de boleadoras para su caza. Así lo refleja la imagen inserta en la obra del jesuita Alonso de Ovalle,26 aludiendo a una realidad existente al menos desde comienzos del siglo XVII (figura 1) 23 Pereira Salas, 1947, 63. López Izquierdo, 1992, 18-26. 24 Barros Arana, 2000, 268: «Según se lee en un título de encomienda dada algunos años más tarde a Francisco de Alvarado, este trajo en 1548, diez vacas y diez toros, que cuidados esmeradamente, se propagaron bien y fueron el origen de las considerables masas de ganado que medio siglo después poblaban todos los campos de Chile». Desde Perú, se presupone. 25 El Inca Garcilaso, ante la visión de unos bueyes de arado, cuenta cómo en su niñez «un ejército de indios que de todas partes iban a lo mismo, atónitos y asombrados de una cosa tan monstruosa y nueva para ellos y para mí… y creo que los solemnes triunfos de grandes de Roma no fueron más mirados que los bueyes de aquel día». Garcilaso de la Vega, 1976 [1609], II, 243-244. 26 Ovalle, 1974 [1646], 46. Figura 1. Grabado con escena de caza taurina por un indígena contenido en la Histórica Relación del Reino de Chile de Alonso de Ovalle; las matrices, anónimas, fueron realizadas en Italia, donde se publicó la obra del jesuita (Roma, 1646). La traducción del texto en latín es: «Así alancean los indios a los toros y a los caballos, lanzándoles [a las patas] unos bolos atados al extremo de una cuerda». Anu. estud. am., 74, 1, enero-junio, 2017, 127-154. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05142 ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA muy lejos, de estas cifras: en 1764 seis pesos;46 en 1773, cinco pesos;47 lo pagado a ocho toreros, más la cuadrilla y los participantes en la mojiganga, por los cinco días de toros que se ofrecieron al nuevo presidente Joaquín del Pino (1799) ascendía a 180 pesos, pero no se desglosan.48 Puntualicemos que los toreadores de a caballo también recibieron una dotación económica, aunque sin carácter de estipendio, o bien alguna prerrogativa. Así, en 1784 el capitán Pedro Valenzuela solicita que como «siempre que la magnificencia de Su Majestad ha querido premiar estas acciones con algún empleo», se le exonerase de cuatrocientos pesos de censo que había de pagar sobre la chácara en la villa de Santa Cruz de Triana por salir a torear en la jura de Fernando VI, reconociendo, no obstante, que «aunque exponer mi vida al riesgo de perderla es propio y debido obsequio de mi lealtad».49 El protocolo de la fiesta: la ritualización celebrativa Sobre el protocolo y desarrollo del festejo taurino no contamos más que con un testimonio relativo a aquello que hemos denominado festejo extraordinario. Se trata de un invaluable documento emitido por el cabildo de Santiago con motivo de la jura de Carlos III en 1760, donde se pretende protocolizar esta ceremonia real y todo lo que la rodea: «Tabla de ceremonia y etiqueta del cabildo».50 Los toros, como aspecto fundamental de este ritual, también fueron abordados para su codificación, probablemente conocida con anterioridad, aunque quizá no fijada preceptivamente. El inicio se produce con la entrada en la plaza de los alcaldes y los toreadores, estos en número de seis, «que deben ser los caballeros más distinguidos de la ciudad, a quienes gratifica el señor Corregidor». El perfil aristocrático se ratifica, pues, y también el aguinaldo. Hecha la cortesía al presidente, los alcaldes dejan sus caballos para acomodarse en sus privilegiados balcones y 46 Acuerdo, Hermandad para pedir la limosna de los pobres de la cárcel con los capítulos acordados por el M.I.S.P.G. y C.G. Ilustre Cabildo y noble vecindario, Manuel González Hidalgo, marqués de Casa Real, 12 de enero de 1764, AHN Chile, Capitanía General, 665 (microficha 07), 246r. 47 Auto, Don Juan Antonio Santa María en los autos sobre que se liberase de la contribución que tiene estipulada con la ciudad rebajándosele cincuenta pesos cada día en las corridas anuales, 16 de julio de 1773, AHN Chile, Capitanía General, 675 (microficha 02), 62r. 48 Razón de los gastos durante los cinco días de las corridas de toros, en celebración del Muy Ilustre Señor Presidente don Joaquín del Pino, 13 de noviembre de 1799, Biblioteca Nacional de Chile (BNC), antigua clasificación: tomo 214; actual: Rollo Ms. M44. 49 AHN, Chile, Capitanía General, 10, 194r-195v. 50 Cruz de Amenábar (1995, 261-262) fue la primera en publicarlo. Se encuentra en AHN, Chile, Varios, 217. Anu. estud. am., 74, 1, enero-junio, 2017, 127-154. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05 143 LOS TOROS EN SANTIAGO DE CHILE DURANTE EL PERIODO COLONIAL se procede al despejo de la plaza, en dos ocasiones, la segunda por la Compañía de Dragones. Ello revela el carácter tumultuoso que debía reinar en el espacio, como demuestran numerosas fuentes gráficas en España. Una vez despejada y concedida la llave del toril por el corregidor, los clarines indican la salida del toro, comienza la lidia. Esta se divide en dos fases y culmina con la muerte del animal, un aspecto que no era común en esta tipología de festejo. Primero intervienen los toreadores de a caballo, que se valen de rejoncillos de quebrar, y, tras sonar los clarines, los toreadores de a pie salen a poner las banderillas. En torno a la suerte de matar, no se especifica a manos de quién se produce. En cualquier caso, toreadores de a pie y de a caballo parecen compartir de forma más o menos equitativa el protagonismo. Más interesante resulta la noticia de que los seis toros de la mañana pueden «torearse por cualquiera libremente», aunque para matarlos sea necesaria licencia del corregidor. Al toreo codificado y aristocrático vespertino se contraponía aquel espontáneo y plebeyo matinal, dando cabida a las pulsiones taurómacas del pueblo que encontraba en ello una apetecida vía de escape a tantos sinsabores diarios. La parquedad documental sobre estas fiestas en Chile impide apuntar la práctica de tales o cuales lances, aunque encontremos referencias a aquellos más habituales: garrochas, rejoncillos, banderillas… En el documento que incumbe a los gastos relativos a la entrada del presidente Del Pino en Santiago en 1799,51 aparecen dos elementos relacionados con el toreo cómico: el negro y la negra, lo que demuestra la intervención del grupo étnico en lo taurino, o «el tinajón», consistente en la colocación del gran tiesto con un burlador dentro al medio de la plaza. También se dio una de las suertes de origen americano, el «monta-toro», relacionada por Byron en una corrida hacia 1744.52 En cuanto a la suerte de matar, seña y culmen del toreo dieciochesco, se practicó, pero no siempre.53 Los organizadores de la fiesta taurina estuvieron siempre en relación con el estamento gubernamental pues, incluso con el posterior toreo-espec- táculo, será el ayuntamiento quien remate en pública almoneda el derecho de explotación de la plaza, con pingües beneficios aunque fuese un «empresario» particular el encargado de la gestión. Este mismo órgano fue el 51 Véase nota 49. 52 Byron, 1901, 139. 53 Acuerdo, Hermandad para pedir la limosna…, Manuel González Hidalgo, 12 de enero de 1764, AHN Chile, Capitanía General, 665 (microficha 07), 237r. Se especifica que en una corrida a beneficio de los presos de la cárcel en 1760 se habrán «de pagar los [toros] que se desgraciaren». Anu. estud. am., 74, 1, enero-junio, 2017, 127-154. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05144 ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA que estipuló cinco días consecutivos de toros a celebrar en dos ocasiones anuales, estas ya más ajustadas a la pertinencia de las condiciones climáticas veraniegas: diciembre y febrero. Aunque en la documentación no queda del todo claro, también el ayuntamiento parece ser el propietario del coso, pues compra al convento dominico el terreno donde se instala, llamado el basural de Santo Domingo, «a espaldas de la claustrada hacia el río».54 El coso, frágilmente permanente, era el escenario que sustituía a las talanqueras colocadas en la plaza mayor, pero sin poder hacer uso ya de este ónfalos citadino. La corrida se trasladará a emplazamientos periurbanos y diversos: la Chimba, al otro lado del río, la Alameda adentro y, con más asiduidad, al dicho basural de Santo Domingo, curioso paralelismo con Sevilla, que instala su plaza en lo que fue el muladar del Baratillo. Se conserva, realizado por el maestro Juan Briceño, un plano de esta plaza de maderos, que tanto mantenimiento habría de necesitar (figura 5). En Santiago nunca llegó a 54 Expediente, Tasación del sitio nombrado El Basural que compró la ciudad al Convento de Predicadores, 1796, AHN Chile, Capitanía General, 969 (microficha 06), 68r. Figura 5. Dibujo con la planta de la plaza de toros de maderamen para Santiago, Maestro Juan Briceño, 1760, ANH Chile, Capitanía General (Colección de mapas, planos y dibujos), 665, 249r. Anu. estud. am., 74, 1, enero-junio, 2017, 127-154. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05 145 LOS TOROS EN SANTIAGO DE CHILE DURANTE EL PERIODO COLONIAL existir una plaza de cal y canto como en Buenos Aires o Montevideo, aunque en la documentación se expresa la intención de que «se vaya de año en año haciendo de firme el sitio de los toros»55. La fiesta taurina y sus implicaciones sociales La fiesta taurina fue utilizada como instrumento de dominación ideológica, una pedagogía para que el pueblo recibiese el mensaje de superioridad de sus señores. En los festejos extraordinarios como las juras, la plaza se transformaba en un espacio donde la nobleza renovaba ritualmente la aceptación de su superioridad. Era el escenario ideal para la demostración del estatus de cada uno. El repartimiento de balcones —por cierto, fuente de no pocos conflictos— así lo revelaba. En la «Tabla de ceremonia y etiqueta del cabildo», ya citada, se especifica el espacio concedido a cada organismo.56 Este sistema de privilegios se trasladó al toreo-espectáculo, como demuestran las quejas de los empresarios. Johnston decía en 1811 que en Santiago a las corridas iba «gente de más suposición que al teatro».57 Los tendidos eran, pues, reflejo especular de la sociedad de la época y su clasificación. No obstante, los toros fueron una fiesta integradora, donde participó toda la sociedad y, lo más importante, donde desde muy pronto se asimiló como participantes activos a todos los grupos étnicos y sociales: indios, castas, mestizos, negros… y también a las mujeres. No creemos pecar de exagerados o poco rigurosos si afirmamos que la fiesta taurina fue uno de los espacios de más igualdad fáctica del periodo virreinal. Las corridas de toros constituían un espacio visible que escondía tras de sí las tensiones respecto al orden social urbano en la ciudad de Santiago, así como de la moralidad cristiana en una colonia remota de la monarquía católica española. Al pesquisar las noticias referidas a este evento, podemos ver cómo los principales poderes de la época —el eclesial y el secular— se involucraban en discusiones que tenían como trasfondo las oportunidades 55 Acuerdo, Hermandad para pedir la limosna…, Manuel González Hidalgo, 12 de enero de 1764, AHN Chile, Capitanía General, 665 (microficha 07), 237r. Para el estudio de la tipología de plaza de toros dirigimos a Halcón, 1990. 56 Veáse más arriba, nota 51. El repartimiento quedaba de la siguiente manera: treinta varas para la Real Audiencia y cabildo, doce para el cabildo eclesiástico, ocho para la universidad, seis para cada colegio, cuatro para cada uno de los seis tenientes; a los escribanos le correspondían los arcos bajos de la casa del cabildo y ya el resto podía venderse a particulares. 57 Johnston, 1901, 137. Anu. estud. am., 74, 1, enero-junio, 2017, 127-154. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05146 ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA y obstáculos para formar buenos cristianos y buenos ciudadanos, respectivamente. El que sea este un espacio de tensión no significa que estos dos agentes hayan estado siempre enfrentados, sino más bien que las corridas de toros eran una excusa para proponer una determinada forma de gobernar las almas y las mentes de los pobladores de Santiago durante su historia anterior a la independencia. En estas fiestas se jugaban valores como la austeridad, la piedad, la moralidad y el orden, que en el escenario lúdico y necesario de la fiesta no siempre encontraban un campo de cultivo fértil para poder desarrollarse. En las corridas de toros ocurrían muchas cosas que atemorizaban y escandalizaban a ciertos eclesiásticos o autoridades porque el pueblo podía desbandarse. En este sentido, entonces, las fiestas en general y las de toros en particular ejercieron un importante papel en la vida urbana de los habitantes de Santiago hasta comienzos del siglo XIX. No es raro que este entretenimiento haya tenido sus controversias en nuestro territorio. Ya el año 1567 el papa Pío V lo había prohibido para la cristiandad bajo pena de excomunión. Imbuido del espíritu contrarreformista romano de mediados del siglo XVI, el papa decidió luchar contra todos los vicios e inmoralidades y auspiciar una vida terrenal cristiana, austera y virtuosa. Dentro de las costumbres que detestaba por considerarla pagana y bárbara estaba la fiesta de los toros. En la bula prohibió los toros con castigo de excomunión inmediata y perpetua a quienes desobedecieran y a los que murieran lidiando se les negaría sepultura cristiana.58 En Italia la prohibición fue acatada de forma inmediata, no así en países como España, Francia y Portugal donde la tradición de los toros estaba muy arraigada. Eran el espectáculo público más popular de España. El rey interpretó la bula a su manera, argumentando que la forma en que las corridas se llevaban a cabo en su territorio no era peligrosa, que era una forma en que sus vasallos se entretenían y que además constituían un ensayo de los ejercicios militares.59 A pesar de esta prohibición, tenemos referencia de la presencia de toros en Chile en la celebración de la llegada del gobernador Bravo de Saravia el año 1568. No había pasado ni un año de la prohibición y en Chile parecía no cumplirse esta disposición. ¿A qué se debe esto? Sencillamente a que en España, la bula nunca se hizo pública. Incluso Felipe II intentó convencer al papa de que la derogase, pero no tuvo éxito. Esperó la llegada del nuevo pontífice —Gregorio XIII— para renovar las conversaciones. Lo que obtuvo fue que la pena se levantase solamente a los laicos, quedando entonces 58 Pereira Salas, 1947, 65. 59 Villarroel, 1738, 351. Anu. estud. am., 74, 1, enero-junio, 2017, 127-154. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05 147 LOS TOROS EN SANTIAGO DE CHILE DURANTE EL PERIODO COLONIAL vigente para los eclesiásticos. Además, no podían efectuarse en días festivos. Las disyuntivas que causaba la posible presencia de eclesiásticos en las corridas de toros, llevó a preguntarse si era pecado mortal o venial que los obispos asistieran. Según el padre Pedro Hurtado de Mendoza —muy escrupuloso en temas de toros— «los obispos y los eclesiásticos de grande calidad pecan mortalmente si ven los toros»,60 por considerar la actividad intrínsecamente mala. Pero, como veremos más adelante, las opiniones estaban divididas entre los religiosos. Otra referencia a la discusión respecto a los toros y el probable no acatamiento a las disposiciones religiosas de la alta jerarquía, es la que se relata en una junta del cabildo en el año 1582. Como excusa para poder celebrar libremente, se recurre a los hechos ya consumados: tanto en España como en Perú se estaban llevando a cabo, ¡incluso en vista y presencia de autoridades eclesiásticas e inquisidores!61 Más adelante, concretamente en el papado de Clemente VIII en 1596, se derogaría la bula de Pío V. Mientras el rey y el papado discutían en Europa el destino de las corridas de toros para la cristiandad, en esta lejana colonia se discutía acerca de los detalles de su realización. Debían hacerse para cada fiesta de Santiago, San Juan y la Asunción, como constatan las actas del cabildo secular de aquella época. Tenemos algunos vestigios de que la prohibición se conoció en Chile pero no se cumplió: uno de ellos es el hecho de que el cabildo le pide licencia al obispo para poder hacer corridas de toros el año 1579.62 También está el hecho de que el año 1582 el cabildo discute si es realmente escandaloso realizar corridas de toros. Para argumentar que no, recurren al hecho de que estas se realizan en Lima y a la necesidad que hay en Chile de llevarlas a cabo para ejercitar el arte militar. Pereira Salas dice que la sociedad santiaguina conoció las disposiciones que hiciera el papa Pío V en la bula, pero se interpretó y discutió acorde a las circunstancias locales, argumentando que la situación de permanente guerra en esta parte del imperio, hacía necesario que no terminara el arte militar. Y así como las autoridades eclesiásticas tenían sus preocupaciones, las civiles también tenían las suyas. Al comienzo era difícil organizarlas porque la Capitanía era muy pobre y se consideraba impensable matar en «un sangriento y costoso combate» a un animal que era tan caro y difícil 60 Ibidem, 352. 61 Cabildo de Santiago, 18 de julio de 1582, AHN Chile, ACS, 2.º rollo LCH 95. 62 Cabildo de Santiago, 10 de julio de 1579, AHN Chile, ACS, 1.º rollo, LCH 94. Anu. estud. am., 74, 1, enero-junio, 2017, 127-154. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05148 ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA de reproducir.63 Para las corridas mismas, el cabido debía dar disposiciones claras respecto a la organización, porque si esto no ocurría, comenzaban las irregularidades y desórdenes en el espacio público. Las barreras para contener el espectáculo en las calles aledañas a la plaza mayor debían ser firmes y estar bien construidas para evitar que los toros se desbandasen e hicieran daño a algún vecino. El que no lo hiciera según lo dispuesto, tendría pena de diez pesos.64 Había que limpiar la plaza mayor, hacer el tablado para que se sentaran los señores del cabildo y los regidores y proveer todo lo que fuera necesario para poder celebrar. Durante el siglo XVII la ciudad de Santiago fue escenario de varias fiestas tanto civiles como religiosas. En todas ellas había corridas de toros y una preocupación explícita porque no dejaran de hacerse y se guardara su continuidad. En las actas del cabildo de la primera mitad del siglo XVII abundan las expresiones: «como suelen hacerse» o «como es costumbre», «como es uso y costumbre», «la costumbre antigua», demostrando que su permanencia era algo importante para el pueblo que necesitaba divertirse y evadirse de una vida cotidiana dura y ruda. Revisando las actas del cabildo, llama la atención que cuando hay que discutir sobre las corridas de toros, los acuerdos son siempre unánimes. Insertamos aquí una cita de uno de los acuerdos del cabildo, para dar cuenta del tono y de las preocupaciones aparejadas a las celebraciones de las fiestas: Este día propuso el señor gobernador don Gaspar de Ahumada, corregidor de la ciudad, que a causa de la celebración de las fiestas de toros del Señor Santiago y de la venida del señor presidente de la Real Audiencia don Juan Henríquez, se realizan las corridas a partir del 22 del corriente, además de echar bando al señor corregidor y que los corregidores y alcaldes convidaran a los caballeros que iban a salir a las fiestas. Así también, se manda a convidar para que vean las fiestas, al señor presidente y oidores de la Real Audiencia y que el síndico mayordomo de la ciudad cuidara del aderezo y adorno de los asientos.65 En el cabildo se acordaba cada año quién costearía las fiestas, quién haría el toril, quién cercaría la plaza y quién adornaría los tablados. Si las autoridades civiles las auspiciaban, había entonces un importante actor de la sociedad santiaguina colonial que las veía bajo un buen concepto. Sin embargo, se insiste explícitamente en la condición de hacerlas siempre con 63 Pereira Salas, 1947, 63. 64 Ibidem, 64. 65 Cabildo de Santiago, 7 de septiembre de 1672, AHN Chile, ACS, 12.º rollo, LCH 126. Anu. estud. am., 74, 1, enero-junio, 2017, 127-154. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05 149 LOS TOROS EN SANTIAGO DE CHILE DURANTE EL PERIODO COLONIAL mucha decencia y con la veneración que «se debe y conviene»66 o «con todo gusto», como se recomienda en otra acta edilicia.67 Pero no solamente este actor secular veía con buenos ojos las corridas de toros para las celebraciones, sino también importantes figuras representativas de los poderes eclesiásticos, como es el caso de fray Gaspar de Villarroel, quien escribe un tratado de defensa el año 1656. Este describe el barroquismo y fastuosidad que espera de una fiesta en general y de los toros en particular. Para él, las fiestas, saraos, toros y otras diversiones y ruidos que una sociedad pueda llevar acabo, son gritos a Dios para que escuche a un pueblo que está a punto de dar un estallido. El tratado de Villarroel es muy interesante porque recoge las clásicas críticas que tradicionalmente se habían argüido contra los toros y se hace cargo de ellas. Respecto a lo que dijera el padre Hurtado de Mendoza en torno a la naturaleza intrínsecamente mala de los toros, Villarroel argumenta que el propio papa había otorgado ciertas dispensas. Si esto era así, lo malo de los toros no era intrínseco sino relativo a las personas, los lugares y las situaciones. Contraponiéndose a lo expresado por Hurtado de Mendoza sobre la peligrosidad de la forma en que se corren en España, Villarroel cita a otra autoridad (Villalobos y la Universidad de Salamanca) diciendo que eso no es así si se hacen con moderación, se resguarda debidamente a la gente disponiendo de varias guaridas y se les corta las puntas de los cuernos al toro. Cuando ha habido muertes de toreadores ha sido porque estos han sido imprudentes o porque ha habido un accidente y no porque la actividad sea peligrosa en sí. Respecto a que no se corran toros los días de fiestas, Villarroel argumenta que eso debe interpretarse como que no se realicen en las tardes, en que son los oficios divinos, pero en las mañanas pueden correrse. A Villarroel también le importa el orden público. En su tratado releva la importancia de aquellos que hacen tablados para alquilarlos y ganar dinero con eso, así como los que alquilan sus balcones o ventanas. Con este tipo de iniciativas, los toros se pueden ver con toda seguridad y se evitan peligros.68 Entre los fieles, había quienes justificaban los toros con el argumento de que el obispo de Lima no los había prohibido para el Concilio Limense de 1682, o los que decían que los toros no hacían daño a los toreadores cuando respetaban la santidad de san Francisco Solano, «a cuyo honor se 66 Cabildo de Santiago, 19 de diciembre de 1654, AHN Chile, ACS, 9.º rollo, LCH 116. 67 Cabildo de Santiago, 16 de julio de 1666, AHN Chile, ACS, 11.º rollo, LCH 125. 68 Villarroel, 1738, 354-356. Anu. estud. am., 74, 1, enero-junio, 2017, 127-154. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05150 ESCARDIEL GONZÁLEZ ESTÉVEZ Y OLAYA SANFUENTES ECHEVERRÍA hacían las fiestas».69 Cuando en un acta del cabildo de 1604 leemos que se acuerda que se hagan las fiestas a Santiago y que «le corran toros»,70 no podemos sino entender que el lenguaje discursivo es elocuente de la relación entre fiesta y devoción en aquella época. El año 1658, para los preparativos de la fiesta de Santiago, se decide que se «hagan algunas alegrías y corran toros tres días», como agradecimiento por los buenos sucesos que Dios le ha dado al ejército.71 Como una forma de entender la lealtad a la monarquía española es que se hacían fiestas con toros cada vez que había funciones reales. El año 1638 se festeja la coronación de Fernando III y en 1664 le toca a Carlos II. En ambos casos hubo varios días de cañas y toros. A pesar de este ambiente bastante propicio para la celebración de fiestas de toros en Santiago durante el siglo XVII, hay también voces de críticas frente a los excesivos gastos en los que había que incurrir para financiar esta fiesta. Era obligación financiar los toros y todos los refrescos y comidas que se consumían durante las fiestas. El que no lo hacía debía pagar una multa, sobre todo porque implicaba un desaire a la Audiencia.72 También se ven rencillas entre los poderes religioso y civil con las corridas de toros como moneda de cambio. Si la Iglesia se sentía ofendida por alguna razón, acudía a las amenazas y los castigos para con el poder civil. Y quedarse sin toros era un castigo significativo. Un evento interesante a este respecto es el cambio de fecha en la celebración de las fiestas del apóstol Santiago con sus respectivos toros en 1631 a raíz de un conflicto con el obispo Francisco de Salcedo.73 Casi un siglo más tarde, el obispo de Santiago se niega asimismo a asistir a la fiesta de Santiago porque los miembros del cabildo no habrían asistido, por su parte, a la fiesta de san Justo y Pastor que organizara el propio obispo.74 El siglo XVIII es de grandes cambios para la actividad taurina. Vemos que el cabildo, preocupado por los daños que pueda provocar correr toros en el centro de la ciudad, recomienda ahora hacerlo «a extramuros del poblado». Entre estos, el que se comiencen a proyectar y fabricar plazas de toros. Pero en este proceso de institucionalizar la fiesta en un espacio especial y alejarla de las plazas y calles públicas, muchos eclesiásticos continuaron 69 Pereira Salas, 1947, 66. 70 Cabildo de Santiago, 23 de julio de 1604, AHN Chile, ACS, 3.º rollo, LCH 110. 71 Cabildo de Santiago, 30 de agosto de 1658, AHN Chile, ACS, 10.º rollo, LCH 117. 72 Pereira Salas, 1947, 69. 73 Cabildo de Santiago, 24 de julio de 1631, AHN Chile, ACS, 7.º rollo, LCH 114. 74 Cabildo de Santiago, 13 de noviembre de 1711, AHN Chile, ACS, 16.º rollo, LCH 130. Anu. estud. am., 74, 1, enero-junio, 2017, 127-154. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2017.1.05 151 LOS TOROS EN SANTIAGO DE CHILE DURANTE EL PERIODO COLONIAL oponiéndose y poniendo obstáculos. Como ocurrió el año 1732 cuando, después del terremoto, unos capitanes tuvieron la iniciativa de organizar una corrida de toros de beneficencia en la Chimba para ayudar a reconstruir una capilla. Esta iniciativa no fue del gusto del arzobispo Pedro de Azúa, quien instigó a las autoridades para impedirlo. Para él, era esto algo inadecuado en días de calamidades. Más rotunda aun fue la proclamación de Azúa de un sínodo diocesano el año 1744, donde se quejaba de que las fiestas se estaban profanando y que se habían convertido en verdaderos espectáculos teatrales y se había perdido por completo el respeto y la devoción. Se quejaba asimismo de que los dineros se estaban malgastando porque en estas fiestas públicas se llegaba a todo tipo de abusos entre hombres y mujeres, que terminan estando muy cerca. El documento se dirigía a los sacerdotes para que excomulgaran a las cofradías que organizaran comedias o toros. Azúa reconocía que lidiar toros no era intrínsecamente malo, pero no era cosa para religiosos ni para días festivos, por considerarlo inoportuno.75 Algunos años antes, el cabildo catedralicio había prohibido las corridas de toros por considerarlas nocivas para las almas de sus feligreses. Se acuerda que el cabildo eclesiástico escribiría una carta a los señores de la Real Audiencia explicando el motivo de la prohibición.76 Por su parte, la autoridad civil manifestaba su preocupación por los desórdenes de los ciudadanos involucrados en las fiestas de toros. En las ventas de bebidas y comidas expendidas durante esos días, hombres y mujeres en concurso entran en pleitos, embriagueces y otros excesos criminales. Se dispone que en esos casos deberán evacuarse las ventas del interior y el exterior de la plaza de toros. A quien no obedeciera, se le darían penas según su condición social y se quitarían los permisos para expender licores. También hay orden de mantener el recinto iluminado con faroles por dentro y por fuera, también con pena de multas en caso de incumplimiento.77 Otro vicio que se quiere evitar en los días de corridas de toros es el de las rifas y las ruedas de fortuna. Incluso se habla de no tener ni retretes para que no haya encuentros ilícitos entre hombres y mujeres 75 Pereira Salas, 1947, 71. 76 Cabildo de la catedral de Santiago, 20 de febrero de 1702, Archivo Arzobispal de Santiago de Chile, Actas del cabildo de la catedral de Santiago, libro II, 46v-47r. Confirma la prohibición de las corridas de toros. 77 Expediente, Tasación del sitio nombrado El Basural que compró la ciudad al Convento de Predicadores, 1796, AHN Chile, Capitanía General, 969 (microficha 06), 198r.