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Juan Luis Vives y la responsabilidad para con los pobres

Panea Márquez, José Manuel

Abstract

Juan Luis Vives (Valencia 1492, Brujas 1540) reflexionó sobre el tema de la pobreza como un problema de justicia personal y social. El abandono en el que vivían los pobres, cuyo número iba en aumento en pleno siglo XVI, plantea no sólo problemas de orden social, sino también moral y religioso. Reflexionar sobre dicho asunto le ofrece a Vives la oportunidad para realizar una fuerte crítica, no sólo de aquellos que detentan el poder político y religioso, sino también para exigir un cambio de actitud, en el plano individual e institucional, y una reflexión sobre la propia esencia del cristianismo. Por todo ello, Vives ofrece no sólo un conjunto de medidas concretas para tratar de afrontar dicho problema, sino también un amplio abanico de razones morales y religiosas, con las que será muy difícil poder negar nuestra responsabilidad para con los pobres, a la vez que nos exhorta a que hagamos frente común contra la pobreza.

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© PENSAMIENTO, ISSN 0031-4749 PENSAMIENTO, vol. 73 (2017), núm. 278, pp. 1173-1196 DOI: pen.v73.i278.y2017.008 JUAN LUIS VIVES Y LA RESPONSABILIDAD PARA CON LOS POBRES JOSÉ MANUEL PANEA MÁRQUEZ Universidad de Sevilla RESUMEN: Juan Luis Vives (Valencia 1492, Brujas 1540) reflexionó sobre el tema de la pobreza como un problema de justicia personal y social. El abandono en el que vivían los pobres, cuyo número iba en aumento en pleno siglo XVI, plantea no sólo problemas de orden social, sino también moral y religioso. Reflexionar sobre dicho asunto le ofrece a Vives la oportunidad para realizar una fuerte crítica, no sólo de aquellos que detentan el poder político y religioso, sino también para exigir un cambio de actitud, en el plano individual e institucional, y una reflexión sobre la propia esencia del cristianismo. Por todo ello, Vives ofrece no sólo un conjunto de medidas concretas para tratar de afrontar dicho problema, sino también un amplio abanico de razones morales y religiosas, con las que será muy difícil poder negar nuestra responsabilidad para con los pobres, a la vez que nos exhorta a que hagamos frente común contra la pobreza. PALABRAS CLAVE: J. L. Vives; pobreza; justicia; cristianismo; responsabilidad moral; razones morales; políticas y religiosas. Juan Luis Vives and the responsibility towards the poor ABSTRACT: Juan Luis Vives (Valencia 1492, Bruges 1540) reflected upon the matter of poverty as a problem of personal and social justice. As the number of poor was increasing all through the 16th century, their abandonment laid out not only social order problems, but also moral and religious ones. The fact of reflecting upon such a matter provides Vives with the opportunity to fulfill a strong criticism of those who hold the political and religious power, as well as to demand a change in the attitude, at an individual and institutional level, and a reflection on the own essence of Christianity. Therefore, Vives offers both a set of specific measures to try to face such a problem and a wide range of moral and religious reasons so as to complicate the possibility of refusing our responsibility towards the poor, while the author exhorts us to face poverty together. KEY WORDS: J. L. Vives; poverty; justice; christianity; moral responsibility; moral; political and religious reasons. «En el Deuteronomio habla así el Señor: No faltarán pobres en la tierra de tu morada, por eso te mando que abras tu mano al necesitado y al pobre, que vive contigo en la tierra»1. 1 Luis VIVES, De subventione pauperum, Libro I, capítulo X. Todas las citas de J. L. Vives tienen como base la edición digital de sus Obras completas, a cargo de la Biblioteca Valenciana Digital. Francisco Calero, editor y traductor del De subventione pauperum. Sive de humanis necessitatibus. Libri I-II, aclara en nota que toma como referencia la edición crítica de C. Matheeusen y C. Fantazzi, y también las notas de Juan Moyard de su segunda edición. Desde ahora nos referiremos a ella como Dsp. 1174 J. M. PANEA MÁRQUEZ, JUAN LUIS VIVES Y LA RESPONSABILIDAD PARA CON LOS POBRES PENSAMIENTO, vol. 73 (2017), núm. 278 pp. 1173-1196 Lamentablemente, la cita del Deuteronomio, que le sirve a Vives para exigir una respuesta al problema de la pobreza, sigue teniendo plena actualidad. Los pobres están ahí, y seguirán estando, y no de modo circunstancial. Así que, como cristiano y como hombre, trata de argumentar la exigencia moral y política para dar una respuesta a dicho problema. Y aunque medien algunos siglos, y las circunstancias que en cada momento originan la pobreza puedan ser bien distintas, sin embargo, el hecho al que nos enfrentamos es el mismo. Hoy miles de seres humanos huyen de las guerras, buscando asilo, protección y un futuro para los suyos. El debate sobre dicha problemática ha saltado a la esfera pública. Abandonan sus casas, y en su huida, nuevamente, los pobres se encontrarán con quienes querrán abrirles las puertas y acogerlos, pero también con quienes levantarán muros y alambradas para despedirlos2. Sin duda, somos conscientes de la magnitud y la complejidad del problema hoy, que requerirá de decisiones técnicas precisas. No obstante, detrás de las soluciones están las actitudes que las inspiran, porque sabemos que de ellas depende, en gran medida, el modo de afrontar dichas respuestas. En tal sentido, la aportación de Vives nos parece fundamental, en tanto que con sus razones nos permite ensanchar nuestra visión del problema, y nos brinda la oportunidad de ejercer una lúcida autocrítica. No deja de ser sorpredente que Juan Luis Vives, (Valencia 1492, Brujas 1540) se ocupara de los marginados, de los que viven en las márgenes de todo, y, por ende, también de los olvidados del pensamiento. Y lo hace, fundamentalmente, en De subvenione pauperum, que, junto a De communione rerum, expresa su pensamiento social. Sin lugar a dudas, la obra de Vives, que abrió un debate continuado por otros intelectuales de su tiempo de innegable talla3, ha contribuido notablemente a conformar ese estrato filosófico del que germinará, siglos depués, la idea de los derechos humanos, y sobre la que el cristianismo tanto ha influido4. 2 Como muy bien ha escrito Óscar A. Rodríguez Madariaga: «La sociedad deshumaniza en la medida en que se mercantiliza. Las fronteras tienden a estar indiscriminadamente abiertas para los bienes y cerradas para las personas. La falta de desarrollo de muchos países produce un éxodo incontrolable de refugiados económicos que está llevando al mundo desarrollado a encerrarse tras muros físicos o raciales». RODRÍGUEZ MADARIAGA, O., Sin ética no hay desarrollo, Madrid, Narcea, 2014, p. 23. 3 Entre los que cabe citar, que se ocuparían en lo sucesivo, del tema social de la pobreza, están Domingo de Soto, Juan de Robles, Lorenzo de Villavicencio, Martín de Azpilicueta, Miguel de Giginta, Cristóbal Pérez de Herrera y Pedro de Valencia. Cfr. J. DE LA IGLESIA, J., «El debate sobre el tratamiento de los pobres en el siglo XVI», en CAMPOS Y FERNÁNDEZ DE SEVILLA, F. J., (coord.), La iglesia española y las instituciones de caridad. Real Centro Universitario Escorial-María Cristina. Ediciones Escurialenses, pp. 5-30, 2006. Un estudio muy detallado del contexto social, político y económico puede encontrarse en LÓPEZ DE GOICOCHEA, ZABALA, J., «De subventione pauperum: los tratados sobre la pobreza en los orígenes del Estado Moderno», en Revista de estudios jurídicos, económicos y sociales, vol. I, Universidad Alfonso X el Sabio, Villanueva de la Cañada, 2003, para quien la obra de Vives fue el detonante que disparó el conjunto de reflexiones y discusiones que le siguieron después, como la que protagonizaron Soto y Juan de Robles. 4 No en vano J. Habermas ha llamado la atención al respecto, al destacar la importancia de la escolástica española, y muy particularmente, de Francisco Suárez, para la teoría de los derechos humanos. Cfr. HABERMAS, J., «El resurgimiento de la religión, ¿un reto para la autocomprensión de la modernidad?», Dianoia 60, LIII, 2008. Nos hemos ocupado de la importancia de la religión en J. Habermas en PANEA, J. M.,“Sobre el debate Habermas/ Flores D’Arcais en torno al papel de la religión en la esfera pública”, en Pensamiento, vol. 69, 2013, nº 261, pp. 1019-1033. PENSAMIENTO, vol. 73 (2017), núm. 278 pp. 1173-1196 J. M. PANEA MÁRQUEZ, JUAN LUIS VIVES Y LA RESPONSABILIDAD PARA CON LOS POBRES 1175 Como decíamos, el debate sobre la pobreza, tanto ayer como hoy, suscita polémica. El propio Vives, que había redactado De subventione pauperum entre mayo de 1525 y enero de 1526, recién publicado se encontró ya con la resistencia del obispo de Sarepta5. Sin embargo, lo que nos interesa destacar ahora es la actitud de Vives ante el problema. Lo que está detrás de sus reflexiones y de su crítica es la indignación ante el lacerante hecho de la pobreza, que cada vez afectaba a más personas en aquella Europa en crisis de principios del XVI6. Y lo que Vives pretenderá es que los pobres encuentren remedio para la situación de total abandono, tanto individual como institucional, que estaban padeciendo. De aquí que escriba la obra y la dedique, nada más ni nada menos, que a los burgomaestres y al Consejo municipal de Brujas. Para Vives, y aquí estará la originalidad y firmeza de su planteamiento, el problema de la pobreza no puede seguir quedando en el plano de la charitas individual. Tal problemática exigiría, además, una respuesta institucional. Una cuestión tan importante para las personas, como es la de hacer frente a las condiciones objetivas de su pobreza, no puede quedar a merced de las contingencias de la buena voluntad, y del alcance de la caridad individual, sino que exige la continuidad de una respuesta institucional, cuyo núcleo primero de actuación serán los propios municipios. Pero Vives irá más allá de la esfera política, y en tanto cristiano, no dejará pasar la oportunidad para ejercer también, al hilo de nuestro tema, una revisión crítica del propio cristianismo, tal y como la venía desarrollando en otro sentido7. Por eso, Bataillón nos recuerda que Vives escribe a Cranevelt diciendo que ha tomado muchas precauciones, refiriéndose a que tuvo mucho cuidado de no mezclar el problema de la mendacidad en general con el de la mendacidad de las órdenes mendicantes8. Pero, por otra parte, y como muy bien ha destacado F. Calero, no podemos pasar por alto la valentía de Vives al sostener, abiertamente, que los bienes de los obispos y de los sacerdotes pertenecían en su origen a los pobres, y que con sus riquezas bastaría, en gran medida, para solucionar las necesidades de los indigentes9. Sin embargo, aunque muchas de sus críticas vayan dirigidos al clero, y sirvan para replantearse el papel de la Iglesia y de los cristianos ante dicha problemática, lo que le mueve realmente a escribir sobre dicho tema es la indignación que le provoca el lacerante contraste entre la opulencia y la pobreza. Por ello, aunque sus dardos, en ocasiones, vayan dirigidas contra integrantes de la jerarquía de la Iglesia, no deberíamos perder de vista que lo que le solivianta no son los 5 Cfr. BATAILLON, M., Erasmo y el erasmismo, Barcelona, Crítica, 1977, p. 182. 6 Para este tema, y en concreto sobre las cifras de la pobreza en Europa, debido a las malas cosechas, hambrunas, enfermedades y guerras, cfr. GEREMEK, B., La piedad y la Horca. Historia de la miseria y de la caridad en Europa. Madrid, Alianza, 1998, cap. 3. 7 Compartimos la tesis sostenida por M.A. Coronel al afirmar que Vives es un reformador de la Iglesia, si bien su excelente trabajo no se centra en la problemática de la pobreza, sino en la discusión, por parte de Vives, de un cristianismo más auténtico, más cercano al espíritu del Evangelio, y más distante de la dogmática, todo lo cual concuerda, a nuestro parecer, con el enfoque que da Vives al problema de los pobres. Cfr. CORONEL RAMOS, M. A., «Algunas reflexiones sobre Juan Luis Vives como reformador de la Iglesia», en Studia Philologica Valentina, Vol. 14, n.s. 11, (2012) 203-215. 8 Cfr. BATAILLON, M., op. cit., p. 183. 9 Cfr. CALERO, F., Introducción a Dsp, «El pensamiento social de Luis Vives», p. 15. 1176 J. M. PANEA MÁRQUEZ, JUAN LUIS VIVES Y LA RESPONSABILIDAD PARA CON LOS POBRES PENSAMIENTO, vol. 73 (2017), núm. 278 pp. 1173-1196 protagonistas concretos, sino la situación de injusticia extrema que padecen los pobres, y el contraste con los que gozan de una vida regalada, queja que podemos hacer perfectamente extrapolable hoy, en pleno siglo XXI, ante el escándalo de la pobreza. Por otra parte, y como ha señalado F. Calero, había una razón circunstancial que podía motivar el escrito: una nueva mentalidad sobre el problema de la mendacidad estaba recorriendo Alemania, los Países Bajos, Inglaterra y España. El mismo Erasmo había escrito, dos años antes, el Diálogo de los mendigos (1524), donde se plasma dicha mentalidad10, que considera la pobreza perniciosa socialmente, pues la mendacidad es sinónimo de ociosidad, aunque también se critica al opulento por su falta de virtud. Y en esta obra ya se habla de que pronto no se permitirá que los mendigos vayan de una ciudad a otra, sino que cada ciudad podrá albergar sólo a sus propios mendigos. No cabe la hospitalidad para el extraño, es lo que viene a decirse. Además, la mendicidad es nido de delitos, por lo que se hace todavía más recomendable dicha política. Estas ideas, cada vez más extendidas, las conoce Vives, y habrá que ver cómo se posiciona ante las mismas. Y lo hará con valentía y originalidad. En efecto, en este contexto, Vives no sólo da pruebas de lo novedoso con su enfoque de la pobreza, sino que, incluso, es tal su alcance de miras, que cabe incluso reconocerle plena actualidad11. Vives aspiraba a la supresión de la mendacidad mediante la integración. No es de extrañar, por tanto, que su obra causara verdadero impacto, y fuera atacada incluso años después, en 1562 por Gilles Wyts, y en 1564 por fray Lorenzo de Villavicencio, quien acusará a Vives de intromisión en materias que son de competencia eclesiástica, como la caridad. Villavicencio, confesionalista y censor, consideraba que el municipalismo defendido por Vives implicaba una herejía de tufo luterano, pues la beneficencia dejaba de estar en manos del poder eclesiástico, para estarlo bajo la jurisdicción del Consejo municipal. Pero la novedad de la propuesta vivista no quedará aquí, sino que también contemplará la atención dispensada a los niños, quienes carecían de todo valor y estima en su tiempo. Y del mismo modo, sus ideas sobre la integración de los discapacitados, o la dignificación del trabajo manual, considerado en la época de modo servil12, otorgan a su enfoque una extraordinaria actualidad. Pues bien, ante el problema de la pobreza, Vives se decantará por una solución mixta, combinando la respuesta tradicional, centrada en la caridad (beneficencia privada), y aquella que responsabiliza a las instituciones políticas de dicho problema (beneficencia pública). Tal es la novedad de su propuesta, ante las insuficienciencias y contingencias de las actitudes individuales frente a la enormidad de la problemática13. Un primer paso, sin duda fundamental, tanto para la respuesta privada como pública, y que Vives tiene muy presente, es cambiar nuestra mirada sobre el pobre. 10 Cfr. CALERO, F., Ibídem, p. 18. 11 Cfr. MORENO GALLEGO, V., La recepción hispana de Juan Luis Vives, Biblioteca Valenciana, Colección Duque de Calabria, Generalitat Valenciana, 2006. 12 Cfr. MORENO GALLEGO, op. cit., pp. 446-450. 13 Así parece reconocerlo el propio Vives en la Dedicatoria y exposición de motivos de su De subventione pauperum. PENSAMIENTO, vol. 73 (2017), núm. 278 pp. 1173-1196 J. M. PANEA MÁRQUEZ, JUAN LUIS VIVES Y LA RESPONSABILIDAD PARA CON LOS POBRES 1177 Pero en ningún momento opta nuestro autor por una semblanza idealizante de aquél; antes al contrario, trata de que sea una mirada veraz y responsable: es cierto que su aspecto, normalmente, es sucio y descuidado, y que incluso, a veces, en su conducta externa, los pobres son malos y hasta desagradecidos, nos dice14. Pero Vives trata de que nos corresponsabilicemos y nos preguntemos qué hemos hecho nosotros para evitar que lleguen a tal estado de menesterosidad y de corrupción15. Aquí la crítica vivista de la situación pretende que revisemos nuestros modos de vida, centrados en el amor desmesurado a nosotros mismos, la soberbia y la vanidad, dejando en muy mal lugar a la generosidad y el cuidado para con el necesitado16. Transformar la mirada, preguntarnos qué responsabilidad tenemos, como individuos, ante el pobre y la situación a la que ha llegado, y qué podemos hacer como individuos, es, sin duda, un frente fundamental. Pero no es el único. El institucional será el otro gran ámbito en donde habrán de tomarse, prudente y diligentemente, las medidas necesarias para paliar tan escandalosa situación. Porque la caridad privada no basta, y es necesario que el gobernante se comporte como un buen pater familias, pues, nos dirá Vives, ¿qué padre dejaría a un hijo pasar hambre, o que viviera en condiciones tan lamentables de escasez? El fuerte, por voluntad de Dios, ha de ser guardián del débil17. Y aquí estriba la principal originalidad del enfoque vivista18. Sin duda, entre las razones primeras que justifican el compromiso con los pobres están las que nacen de la esencia misma del cristianismo, de la caridad cristiana. No podemos alardear de ser buenos cristianos, y despreocuparnos de la pobreza de quienes son nuestros hermanos, mostrando así un corazón de hierro19, pues, como nosotros, son igualmente hijos de Dios, y por todos se ofreció Cristo20. Pero a estas razones de coherencia con la fe se suman otras más pedestres, aunque no menos importanes, nacidas de la prudencia, relativas a la salubridad pública, al orden y a la paz social21, que vienen a reforzarlas. Del mismo modo, la originalidad del enfoque vivista se hace patente en su crítica a la desigualdad social entre los hombres, que tiene su raíz en la insaciable avaricia22. En efecto, si en una situación originaria había bienes para todos, poco a poco la soberbia y la ambición fueron creando desigualdades cada vez mayores entre los hombres, hasta llegar 14 Cfr. VIVES, Dsp Libro I, capítulo VIII. 15 Cfr. Idem. 16 La soberbia es para Vives el origen de todos los males humanos, de la ambición, y del consecuente olvido de los otros, mientras no favorezcan al interés propio. Cfr. Ibídem, Libro I, capítulo I. 17 Cfr. Ibídem, Libro I, capítulo X. 18 Cfr. CALERO, F., Introducción a Dsp, pp. 22-25. 19 Cfr. Vives, Dsp, Libro I, capítulo VI. 20 Cfr. Ibídem, Libro I, capítulo XI. En este punto es interesante llamar la atención, como lo ha hecho Coronel Ramos, sobre la importancia del cristocentrismo vivista (que lo acerca a posiciones espirituales heterodoxas de la época), no sólo para la discusión teológica del momento, sino porque de su concepción religiosa emergerán, poco a poco, sus propuestas morales y políticas. Cfr. CORONEL RAMOS, M. A., «Reflexiones sobre Juan Luis Vives y la tradición conversa del Cuatrocientos», en eHumanista 26 (2014), pp. 379-396, p. 385. 21 Cfr. VIVES, Dsp, Libro II, capítulo I. 22 Cfr. Ibídem, Libro I, capítulo IX. 1178 J. M. PANEA MÁRQUEZ, JUAN LUIS VIVES Y LA RESPONSABILIDAD PARA CON LOS POBRES PENSAMIENTO, vol. 73 (2017), núm. 278 pp. 1173-1196 a la situación actual, en la que reina una total desigualdad23. Y ello, piensa Vives, también es insostenible desde el punto de vista del orden y de la estabilidad social. Por otra parte, especial importancia en el análisis de Vives, sobre la problemática que nos ocupa, juega el tema de la fortuna24. En este punto, los ecos de su formación clásica quedan bien patentes. En efecto, no son pocos los que padecen los estragos de la caprichosa fortuna, y aquí, nos dirá, no podemos disculpar nuestra responsabilidad para con el que la sufre. Vives quiere subrayar el componente fortuito que, en tantas ocasiones, tiene el ingresar en las filas de la pobreza. Y tal insistencia tiene un doble efecto: de un lado, exculpar al pobre de responsabilidad por la situación en la que cae envuelto, pues siempre hay aspectos que escapan a nuestro control y que, sin embargo, pueden modificar sustancialmente nuestras vidas. Y tales circunstancias son, la mayoría de las veces, imprevisibles, y por ello se dice que la noria de la fortuna lo mismo sube que baja, y no deberíamos perder de vista que a cualquiera podría sucederle lo mismo, y verse arrastrado a tan penosa situación25. Éste es, sin duda, un argumento poderoso con el que Vives pretende movilizar la voluntad del gobernante, porque exime al pobre que ha caído en desgracia de una responsabilidad que le desborda; a la vez que nos recuerda nuestra exposición a dichas contingencias, por lo que parece que estaría sugiriendo Vives que si todos querríamos, lógicamente, ser ayudados en caso de caer en semejante desgracia, ¿con qué derecho privamos al otro de tal atención y cuidado?26 Por tanto, Vives en ningún momento pretende dibujar una semblanza idealizada del pobre. Sabe que en muchas ocasiones no le son imputables la calamidad en la que viven él y los suyos. Y en su crudo enfoque sobre la pobreza llega incluso a considerarla como una enfermedad que, como tal, si no se atiende correctamente, correremos el riesgo de que se extienda como una plaga sobre toda la sociedad27. Lo que entendemos que Vives está sugiriendo es que la comunidad social es un todo orgánico, y que, al igual que sucede con el cuerpo, si permitimos que una parte esté en condiciones miserables, enfermará, y la enfermedad, de no afrontarse adecuadamente, se expandirá28. No es, pues, el problema de la pobreza algo que afecte sólo a otros, podíamos pensar, sino que irá minando la salud y la vitalidad del todo en su conjunto. Pero, como decíamos, Vives no pretende dar una imagen idealizada del pobre, y cree, además, que aquellas conductas que puedan ser 23 Cfr. Ibídem, Libro I, capítulo VIII. 24 Cfr. Ibídem, Libro I, capítulo IV. Libro II, capítulo VII. Para un estudio comparado del problema de la fortuna, aunque no tanto en el tema que nos ocupa, sino en el contexto filosófico y cristiano del Renacimiento, cfr. CORONEL RAMOS, M. A., «Juan Luis Vives ante la fortuna», Estudios humanisticos. Filología, nº 33, pp. 45-72, 2011. 25 Cfr. VIVES, Dsp., Libro I, capítulo IV. Libro II, capítulo VII. 26 Cfr. Ibídem, Libro I, capítulo V. 27 Idem. 28 Ésta es una idea muy arraigada en Vives. De aquí que resulte muy cuestionable la concepción idividualista de Vives que algunos autores han dado, basándolo en un supuesto agustinismo que se enfrentaría al aristotelismo de la escolástica, y que no hace justicia ni a la fragilidad y contingencia del ser humano, ni a la dependencia que muestra de otros seres humanos, por no decir de su exposición a los caprichos de la fortuna. Cfr. BENÍTEZ PRUDENCIO, J. J., «La repulsa de la diversidad: el pensamiento de Juan Luis Vives en el contexto de la lucha política-religiosa del siglo XVI», Daímon. Revista de filosofía, 2, pp. 335-336, 2008, pp. 329-336. PENSAMIENTO, vol. 73 (2017), núm. 278 pp. 1173-1196 J. M. PANEA MÁRQUEZ, JUAN LUIS VIVES Y LA RESPONSABILIDAD PARA CON LOS POBRES 1179 delictivas, no se pueden consentir bajo ningún concepto29. Sin embargo, que esto ocurra en algunas circunstancias no nos exime de nuestra responsabilidad para con aquél, por las distintas razones que se vienen aduciendo. Y ha de hacerse tanto privada como públicamente30. Más aún, Dios mismo consiente la pobreza, porque, entre otras cosas, si fijamos nuestra atención en ella, esto nos llevará a comprender que su remedio exigirá de nosotros un cambio de actitud moral fundamental31, pues habremos de asumir nuestra parte de culpa, nuestra responsabilidad ante la situación en la que, en muchas ocasiones, caen aquellos. Porque, si bien las causas de su desgracia pueden escapar a nuestra voluntad, y son, en buena parte, imputables a la fortuna, sin embargo, la situación degradada a la que llegan, tanto en lo material como en lo moral, obedece, en gran medida, a nuestra desidia y despreocupación, ya que, con frecuencia, tardamos mucho en socorrerlos, o no lo hacemos con la extensión y alcance que hubieran requerido32. Nuevamente, según lo entendemos nosotros, la originalidad del enfoque vivista va más allá de la solución mixta (beneficencia privada y pública) propuesta. A nuestro entender, lo novedoso del planteamiento radica en que, tanto el análisis, como la solución que Vives da al problema, pasan por el cambio en el modo de ver al otro, y por la autocrítica de actitudes y formas de vida que fomentan la pobreza. Aquí habría que situar su denuncia de que gran parte de las riquezas se amasan arrebatándole al pobre lo que es suyo, bien mediante grandes rapiñas, bien mediante fraudes33. Éstas, pues, serían causas ajenas a su voluntad, al depender directamente de quien les roba o les engaña. Con lo que vuelve a surgir el tema de la responsabilidad para con aquél, ya que no se debe culpar a ningún designio o ley divina, sino a las deficiencias del sistema socio-económico, establecido por los propios hombres34. Sin embargo, no debemos pensar que, pese a las críticas de Vives a la acumulación sin escrúpulos de riqueza, éste estaría proponiendo abolir la propiedad privada. Tal inferencia no sería correcta. Vives cuestiona el afán desmedido de lucro, o los modos inapropiados de obtenerlo, mas no la propiedad. De hecho, en De communione rerum, lo que hará Vives es atacar a los anabaptistas, defensores a ultranza de la comunidad de bienes, y que, además, practican todo tipo de vicios, amparándose en tal comunidad. Pero, a su vez, que Vives defienda la necesidad de una propiedad privada no significa que los propietarios no tengan obligaciones para con la comunidad, y, de un modo muy particular, para con aquellos que más ayuda precisan. Sin embargo, sería un total anacronismo hablar de socialismo o de comunismo en Vives35, como han hecho otros, pues, como muy bien ha destacado F. Calero, hay que hablar más bien de función social de la propiedad36, tanto privada como pública, pues lo que hay es una responsabilidad moral y social para con aquellos que más lo necesitan. Los motivos que justifican tal exigencia, como 29 VIVES, Dsp., Libro II, capítulo I. 30 Cfr. Ibídem, Libro I, capítulo III. 31 Cfr. Ibídem, Libro I, capítulo XI. 32 Cfr. Ibídem, Libro I, capítulo VIII; Libro II, capítulo IX. 33 Cfr. Ibídem, Libro I, capítulo XI. 34 Cfr. DE LA IGLESIA, op.cit., pp. 9-12. 35 Cfr. BATAILLON, M., op. cit., p. 185. 36 Cfr. CALERO, F., Introducción, op. cit. pp. 31-46. 1180 J. M. PANEA MÁRQUEZ, JUAN LUIS VIVES Y LA RESPONSABILIDAD PARA CON LOS POBRES PENSAMIENTO, vol. 73 (2017), núm. 278 pp. 1173-1196 venimos apuntando, van desde las razones religiosas —la charitas cristiana—, hasta las de carácter prudencial, para salvaguardar la paz social; pero también las de justicia, motivadas por su carácter humanitario. Y ahí aflora el Vives más impresionado y crítico con la situación que los pobres padecen. Vives defiende, en la medida en que todos somos hijos de Dios, la igualdad de todos los hombres37, y, en consonancia con ello, concibe la ciudad como una hermandad, en la que el gobernante debería ejercer de pater familias, y los ciudadanos comportarse como hermanos que han de cooperar en pro del interés privado y común, y socorrerse mutuamente en la necesidad, pues todos necesitamos de todos38. Queda lejos la armonía en la que vivieron los primeros cristianos, pues pronto harán su aparición el egoísmo y la ambición, y el deseo creciente de propiedad privada. Sin embargo, no se trata, como decíamos, de abolir dicha propiedad, sino de que ésta cumpla con la función social que tiene encomendada en el seno de una comunidad en la que todos somos hermanos, en tanto hijos de Dios. Por ello, los santos Padres de la Iglesia ya nos advirtieron de semejante responsabilidad, aunque Vives sea el primero en hacerlo en la Edad Moderna39. En efecto, Vives parte de la idea cristiana de que todos somos hijos de Dios y, por tanto, iguales y hermanos40. La sociedad ha de entenderse, pues, como un sistema en el que ha de regir la corresponsabilidad. Por ello, el socorro de los pobres no puede dejarse a merced de los vaivenes del corazón compasivo. La responsabilidad ante el pobre es de todos, y por eso no puede quedar sólo en manos privadas, expuesta a limitaciones y contigencias. Es necesario dar una respuesta institucional permanente a dicha problemática. La gran aportación positiva de Vives radica aquí, precisamente al subrayar los naturales límites de la beneficencia privada, y la consiguiente necesidad de munipalizar la respuesta. El municipio es el que habrá de tomar las medidas precisas para que, descartada la posibilidad de fraude, el pobre sea debidamente atendido, a la vez que éste pueda hacer alguna aportación a la comunidad41 que, a su vez, lo ampara y protege42. Como decíamos, Vives concibe la sociedad como una familia, y esto significa, entre otras cosas, que no cabe desentenderse de sus miembros, pero que, al mismo tiempo, todos hemos de poder actuar en beneficio de todos. De alguna manera, la justicia, tal como Vives la entiende, tiene, diríamos, un camino de ida y vuelta, en el sentido de protección del necesitado, por un lado, y contraprestación a la comunidad que le protege, por otro. Porque Vives prevee todo un conjunto de medidas que habrá que ir mejorando, para que los pobres puedan contribuir al bien común, y no sean considerados por el resto de la comunidad como una carga social. Censar a los pobres, registrando sus datos y particulares necesidades, para luego recibir no sólo ayuda material, sino educación en modales, así como enseñárles un oficio, a la vez que participan de trabajos públicos, como colaborar en hospitales, o realizar tareas en beneficio de la comunidad, son las medidas que Vives, quien podría ser el mismo autor de 37 Cfr. VIVES, Dsp, Libro I, capítulo VIII. 38 Cfr. Ibídem, Libro I, capítulo IV. 39 Algo en lo que ha insistido, CALERO, F., op.cit., p. 46 40 Cfr. VIVES, Dsp, Libro I, capítulo VIII. 41 Cfr. Ibídem, Libro II, capítulo III. 42 Cfr. Ibídem, Libro II, capítulo V. PENSAMIENTO, vol. 73 (2017), núm. 278 pp. 1173-1196 J. M. PANEA MÁRQUEZ, JUAN LUIS VIVES Y LA RESPONSABILIDAD PARA CON LOS POBRES 1181 El lazarillo de Tormes43, cree necesarias para evitar el vagabundeaje, la ociosidad, y otros vicios asociados a ella, así como el que los pobres sean estigmatizados negativamente por la misma sociedad que los acoge44. De este modo, al contribuir al bien común45 con su aportación, en la medida de las posibilidades de cada uno, se restablece la dignidad del pobre, porque éste ya no es considerado como una carga, sino como uno más de la familia social. Y tal es la importancia de tomar medidas inclusivas que, hasta los ciegos, nos dirá adelantándose a los tiempos en los que afortunadamente hemos visto realizada su propuesta, pueden y deben realizar trabajos con arreglo a sus capacidades46. Que Vives defiende la dignidad del hombre está fuera de duda, y lo justifica recordándonos que Dios lo creó de tal manera que no hubiera otro ser más excelente bajo el cielo47. Pero además de tratar de solventar una situación concreta, que se agrava día a día con la afluencia de pobres que llegan a las ciudades, Vives no descuida la ocasión que la realidad le brinda para hacer una reflexión crítica sobre el hombre y sus pasiones, así como sobre las condiciones de vida que favorecen o ponen en peligro dicha dignidad, analizando las causas de la miseria, y llegando a la conclusión de que detrás suya está el hombre, teniendo a la soberbia como la principal causante. En efecto, la misma soberbia que expulsó al hombre del paraíso, según el relato bíblico, es la que alentaría a la envidia, la ambición y la guerra, fuente de tantos vicios y desgracias, generadora extraordinaria de injusticias y de pobreza48. La soberbia humana se manifiesta en el deseo de «ser como dioses», de erigirse en jueces del bien y del mal, en el mito adánico, pero también estaría detrás del deseo de sobresalir por encima de los demás, y, nos dice Vives, «de oprimirlos para que sin trabajar y honrados disfrutasen de los trabajos ajenos y los demás ejecutasen sus órdenes»49. La historia humana se entreteje, pues, de ambición y dominación. Por ello, afirmará, de la soberbia nacen también la codicia de los gobernantes, las guerras civiles y externas. Vives es consciente de que la pobreza en la que han venido a parar tiene distintas causas: por cesar en el trabajo, enfermedad, guerra, o por otras calamidades sobrevenidas50. Llama la atención, por tanto, que Vives no se contente con dar una respuesta fácil, acostumbrada, y descalificadora del pobre, como hubiera sido decir que la pobreza es un estado en el que éste cae por sus propios vicios, entre los que estaría la pereza. Vives sabe que en algunos casos puede darse tal circunstancia, pero que hay otras muchas situaciones en las que intervienen causas ajenas a la propia voluntad. Y es de justicia reparar dicha situación en la que, dicho sea de paso, también podríamos vernos algún día todos. Porque, nos dirá Vives, Dios ha 43 Tesis que F. Calero viene defendiendo insistentemente en sus distintos trabajos, y en particular, y con mayor extensión en CALERO, F., Juan Luis Vives, autor del Lazarillo de Tormes, València, 2006. 44 Cfr. VIVES, Dsp, Libro II, capítulos II-III. 45 Cfr. Ibídem, Libro II, capítulo IX. 46 Cfr. Ibídem, Libro II, capítulo III. 47 Cfr. Ibídem, Libro I, capítulo I. 48 Cfr. Ibídem, Libro I, capítulo I, V. 49 Ibídem, Libro I, capítulo II. 50 Cfr. Ibídem, Libro II, capítulo III. 1188 J. M. PANEA MÁRQUEZ, JUAN LUIS VIVES Y LA RESPONSABILIDAD PARA CON LOS POBRES PENSAMIENTO, vol. 73 (2017), núm. 278 pp. 1173-1196 al respecto, hasta el punto de afirmar, sin tapujos, que también nosotros somos literalmente ladrones, si nuestros bienes —materiales o culturales— no los ponemos, egoístamente, más que a disposición de nosotros mismos: «Así, pues, que nadie ignore este hecho, que él no ha recibido su cuerpo, su alma, su vida y su dinero para su uso y utilidad exclusivos, sino que es administrador de todos esos bienes y que no los ha recibido de Dios con otro fin(…). Por eso es ladrón no el que quita al heredero lo que da a los pobres, sino el que emplea su erudición o gasta sus fuerzas inútilmente o deja que se emboten sus conocimientos, o derrocha o guarda el dinero.(...) He mostrado que nada es de nadie: es ladrón, repito, y raptor cualquiera que derrocha el dinero en los juegos de azar, quien lo mantiene en casa encerrado en arcas, quien despilfarra en fiestas o banquetes, quien despilfarra en vestimentas de mucho precio o en aparadores provistos de variadas piezas de plata y de oro, aquel a quien se le pudren en casa las vestimentas, aquellos que gastan el dinero en andar comprando cosas superfluas o inútiles, y los que lo hacen en construcciones inútiles; finalmente es ladrón quien no reparte a los pobres lo que le sobra de las necesidades naturales, y, si no es castigado por las leyes humanas, aunque también lo hacen algunas, con seguridad será castigado por las divinas.(…) El rico derrochador del Evangelio no es culpado porque hubiese adquirido su hacienda con robos y malas artes, sino porque la derrochaba de forma inmoderada y porque no socorría al mendigo Lázaro. No son tuyas estas posesiones, sino que se te han confiado; incluso si fuesen tuyas, ni las leyes divinas ni las humanas permiten que las despilfarres ni que hagas mal uso de ellas»88. Es inhumano despreocuparnos de la suerte de los otros; y también es una imprudencia, desde la perspectiva de la paz social. Pero, igualmente, es una insensatez para con nosotros mismos, pues la rueda de la fortuna gira sin parar, y todos podemos vernos aplastados por ella89. Mas también dice muy poco de nosotros como cristianos. En efecto, el tema de la justicia está muy presente en profetas como David o Isaías, y vertebra todo el Nuevo Testamento. La avaricia atrapa al que cae en sus redes de tal modo que endurece su alma hasta el punto de que, citando a Pablo, aquellos que se dejan arrastrar por el deseo de riquezas se deslizan hacia la idolatría, y las convierten en su nuevo Dios90. Como nos dice el Evangelio, no se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero (Mt 6,24; Lc 16,11). Por ello, no practicar la beneficiencia con el necesitado es una contradicción con la condición de cristiano propiamente hablando: «Pero ciertamente no veo con qué cara nos atrevemos los cristianos a confesarnos tales, cuando no hacemos ninguna de las cosas que Cristo mandó en primer lugar y casi con exclusividad»91. Éste es uno de los argumentos centrales de Vives, pues se trata de dejar al descubierto que no hay otra opción para el cristiano que seguir el mandato y el ejemplo de Cristo para con los más pobres, y hacerlo íntegramente, cuidando de su persona, como totalidad de cuerpo y alma: «El resumen es este: yo considero que nadie es cristiano si, en la medida en que puede, no socorre a su hermano necesitado. (…) Se preocupan de todo el 88 Ibídem, Libro I, capítulo X. 89 Cfr. Ibídem, Libro I, capítulo II. 90 Cfr. idem. 91 Idem. PENSAMIENTO, vol. 73 (2017), núm. 278 pp. 1173-1196 J. M. PANEA MÁRQUEZ, JUAN LUIS VIVES Y LA RESPONSABILIDAD PARA CON LOS POBRES 1189 hombre, lo alimentan y confortan en su totalidad, se afanan por ser útiles a todo él: al espíritu por medio de la predicación y de la santa doctrina, a los cuerpos en primer lugar con los milagros y con el poder de expulsar las enfermedades, que acompañaba a la predicación y a aquella firmísima fe, y con las ayudas para la vida reuniendo dinero con el que fuesen alimentados los indigentes. Esto es en verdad propio del cristiano y del seguidor de su príncipe y maestro, que hizo al hombre al completo, y lo curó y alimentó a todo él: el espíritu con su doctrina y el cuerpo con el alimento; así conviene que nosotros hagamos el bien al espíritu y al cuerpo, en la medida en que pueda cada uno»92. Vives aprovecha, igualmente, para hacer autocrítica, en particular sobre el lujo y el despilfarro, en el que tantas veces caemos, como si se tratara de necesidades93. Y siempre que puede nos recuerda que somos corresponsables de esa pobreza, por acción y por omisión, porque, nos dice, parte de nuestras riquezas se levantan sobre la pobreza de muchos, lo que significa que, con frecuencia, el rico lo es a costa del pobre. Y de aquí que sea todavía más necesaria la beneficencia ejercida con generosidad, ya que es el único modo de restablecer la justicia: «Pero, para que nadie presuma de que de abundantes riquezas da también mucho a los pobres, hemos de ser advertidos de que no es agradable a Dios la limosna que es arrebatada por el rico del sudor y la ganancia de los pobres. ¿Cómo se califica, en efecto, que hayas expoliado a muchos por fraude, por engaño, por robo o por fuerza para repartir algo a unos pocos? ¿Cómo haber quitado mil para dar cien? En esto piensan algunos que cumplen su deber si de las grandes rapiñas o fraudes se redimen con alguna porcioncilla que den a los pobres, o con la que edifiquen una capilla pegando allí sus escudos, o bien adornen un templo con vidrieras o, lo que es más digno de risa, paguen al confesor para que los absuelva de sus culpas»94. Por ello, si tales argumentos no fueran suficientes, Vives, además de apelar a la humanidad y a la prudencia, quiere animarnos a su práctica, recordando que obrando justamente nos hacemos un enorme bien a nosotros mismos, a la vez que nos ponemos en disposición de recibir la divina generosidad, de la que ya participamos anticipadamente en la alegría que sentimos al dar: «Toda limosna tiene como una recompensa inmediata: ablanda el corazón endurecido, prepara para el arrepentimiento de nuestras faltas, y nos inunda de cierta dulzura. Todos experimentan esto en sí mismos: quien hace un beneficio a otro, con afecto por Dios, experimenta por su limosna un anticipo de la felicidad eterna»95. Y en cuanto al modo de practicar tal beneficencia, nos dirá, habrá de hacerse con alegría de ánimo y prontitud, anticipándonos a la humillación del que tiene que pedir, o evitando que la necesidad le empuje al delito o a la maldad. Y tal práctica, nos recuerda, ha de hacerse sólo a los ojos de Dios, dejando así de lado toda humana vanidad96. 92 Idem. 93 Cfr. idem. 94 Idem. 95 Idem. 96 Cfr. Idem. 1190 J. M. PANEA MÁRQUEZ, JUAN LUIS VIVES Y LA RESPONSABILIDAD PARA CON LOS POBRES PENSAMIENTO, vol. 73 (2017), núm. 278 pp. 1173-1196 Pero como decíamos, Vives no descuida ningún frente, ni el individual, donde rige la moral cristiana, ni el institucional, público, donde apela a la responsabilidad del gobernante para con la paz social: «Hasta aquí he dicho qué conviene hacer a cada uno en particular; en adelante qué conviene a la ciudad públicamente y a quien la gobierna, que es en ella lo que el alma en el cuerpo. Ella no anima o vivifica una u otra parte del cuerpo, sino el cuerpo entero, así el magistrado no ha de descuidar nada en su colectividad, pues los que se preocupan sólo de los ricos, despreciando a los pobres, actúan como si un médico pensase que no se ha de ayudar mucho a las manos o a los pies por estar lejos del corazón. Así como no se haría esto sin un grave daño para el hombre en su totalidad, de la misma manera en lo público los más humildes no son tan desatendidos sin peligro para los poderosos, pues aquéllos, oprimidos por la necesidad, en parte se dedican a robar; el juez considera indigno de él juzgar estas cosas; pero eso es de poca importancia: miran con malos ojos a los ricos, protestan y se indignan de que les sobre para alimentar bufones, perros, prostitutas, mulas, caballos y elefantes, mientras ellos no tienen qué dar a sus pequeños hijos hambrientos, así como de que los ricos utilicen con soberbia e insolencia las riquezas que les han quitado a ellos y a sus semejantes. No se creería con facilidad cuántas guerras civiles han suscitado en todos los pueblos estas protestas: en ellas la multitud, encendida e inflamada por el odio, lanza los primeros ensayos de su locura contra los ricos»97. Y no sólo la paz social. También la proliferación de enfermedades preocupa a Vives98, que trata de concienciar con ello al poder político, para que ponga remedio a la miseria. Como decíamos más arriba, las descripciones que hace Vives son crudísimas, y parece claro que con ellas quiere más impresionar e intimidar a los gobernantes, que presentar un retrato degradante del pobre, como cuando nos dice que, en su desesperación, los pobres se aproximan mucho, hasta desvergonzadamente, para pedir, o llegan a robar, o prostituyen a sus mujeres, y en cualquier caso, sus hijos padecen un abandono tal que hasta son apartados de los actos religiosos, pues nadie los quiere cerca99. Pero, y he aquí una de las tesis más directas e incisivas de Vives, todos somos culpables de semejante abandono, y de las consecuencias que se deriven para la comunidad. Por ello, cuando el gobernante se olvida de, o deja de lado su educación, acaba simplemente reprimiendo y castigando a aquellos a los que tampoco ha ayudado previamente100. A fin de cuentas, la ignorancia y escasez material que padecen los más pobres acabará poniendo en marcha toda una cadena de desgracias, por lo que la exclusión y el castigo serán el ámbito natural en el que los más necesitados, abandonados a su suerte, acabarán malogrando sus vidas, dejados de la mano de los que gobiernan, pero también de aquellos que, como cristianos, deberían haberse ocupado de ellos: «Paso por alto el hecho de que algunos se mezclan a la multitud habiéndose apartado un momento antes del lado de uno muerto por la peste. Estas cosas no han de ser descuidadas por los que administran las ciudades, tanto para aliviar 97 Ibídem, Libro II, capítulo I. 98 Cfr. ABELLÁN, J., Historia crítica del pensamiento español. La edad de Oro (siglo XVI), vol. 2, Barcelona, Círculo de Lectores, 1992, p. 145. 99 Cfr. VIVES, Dsp, Libro I, capítulo V. 100 Cfr. Ibídem, Libro I, capítulo VIII. PENSAMIENTO, vol. 73 (2017), núm. 278 pp. 1173-1196 J. M. PANEA MÁRQUEZ, JUAN LUIS VIVES Y LA RESPONSABILIDAD PARA CON LOS POBRES 1191 las enfermedades como para que no se extiendan a un número mayor. Además no es propio del magistrado sensato y celoso del bien público dejar abandonada una parte tan grande de la ciudad, no sólo inútil sino también perniciosa para sí misma y para los demás, pues, una vez cerrada la generosidad de muchos, al no tener de qué alimentarse, unos se ven obligados a robar a mano armada en la ciudad y en los caminos, otros roban a ocultas, las mujeres que tienen buena edad, dejada la vergüenza, no pueden mantener la honestidad, vendiéndola en todas partes por muy poco, y no pudiéndose librar de esa pésima costumbre, las viejas inmediatamente se agarran a la alcahuetería y a los hechizos, unidos estrechamente a ella, los pequeños hijos de los pobres se educan malísimamente, ellos mismos, echados con sus hijos ante los templos o pidiendo de aquí para allá, ni participan en las ceremonias, ni escuchan la predicación ni se sabe bajo qué preceptos o costumbres viven, qué piensan de la fe y de las costumbres. Hasta tal punto se ha desvanecido la organización eclesiástica que nada se administra gratis: detestan la palabra vender, pero con seguridad obligan a contar; por su parte, el obispo o el sacerdote piensan que unas ovejas tan peladas no pertenecen a su redil y a su pastizaje. Así no hay nadie que vea a aquellos mendigos confesarse ni comulgar con los demás en la mesa del Señor, y, puesto que no oyen nunca a nadie que les enseñe, es necesario que juzguen sobre las cosas de manera muy viciada, que sean de costumbres muy disolutas y que, si casualmente de alguna forma llegan a las riquezas, sean intolerables por su educación vergonzosa e indecente, de donde surgen los vicios que hace poco he reseñado, que han de ser imputados no tanto a ellos como también a veces a los magistrados, que no miran por la ciudad de otra forma, no estableciendo normas rectas sobre la gobernación del pueblo al considerar que sólo están al frente de él para los litigios de dinero o para sentenciar los delitos, siendo así que es más conveniente que se dediquen a cómo hacer buenos ciudadanos que a cómo castigar o reprimir a los malos. ¡Cuánto menos, en efecto, necesarias serían las penas si se hubiese atendido antes con rectitud a aquello!»101. A nuestro juicio, el potencial crítico de Vives no tiene discusión, pues no se arredra ni ante el poder civil, ni ante el eclesiástico. Su lacerante ironía expresa, magistralmente, su convicción de que todos tenemos una responsabilidad solidaria frente a un tema social y humanamente tan grave como es el de la pobreza. Ya en el terreno de las actuaciones concretas, Vives propone un censo de pobres, donde se recoja un informe sobre la peculiar situación de cada uno de ellos. Se trata de una medida con la que se pretende conocer las circunstancias concretas personales de cada cual, y a un tiempo, evitar el posible fraude102. Por otra parte, Vives insistirá en que el pobre ha de recibir todo lo que necesite, pero también habrá de contribuir con su trabajo, en la mendida en que se lo permita su salud y edad, a la comunidad. Nadie debe beneficiarse de una prestación y permanecer ocioso, dirá, pues Vives concibe siempre a la sociedad como un cuerpo, donde toda parte tiene alguna función, por pequeña que sea. La comunidad es concebida como un sistema de cooperación, como una familia, en la que lógicamente ha de participar también el que recibe asistencia de las instituciones públicas103. Con esta medida, consideramos que Vives no sólo pretende evitar la tan cuestionada ociosidad, sino también restablecer la dignidad del que la perdió a causa de la pobreza, y evitar su rechazo social. 101 Ibídem, Libro II, capítulo I. 102 Cfr. Ibídem, Libro II, capítulo II. 103 Cfr. Ibídem, Libro II, capítulo III. 1192 J. M. PANEA MÁRQUEZ, JUAN LUIS VIVES Y LA RESPONSABILIDAD PARA CON LOS POBRES PENSAMIENTO, vol. 73 (2017), núm. 278 pp. 1173-1196 En donde, sin embargo, se muestra la mayor firmeza vivista, y para evitar que, como solemos decir, acaben pagando justos por pecadores, es en el caso de que la causa de la pobreza tenga como motivo la pereza, y no las circunstancias ajenas a la voluntad del pobre. Sólo en tal situación, éste debería ser devuelto a su ciudad de origen, porque piensa Vives que, si la pereza fuera la causa por la que se practica la mendacidad, entre vecinos y parientes siempre resultará más vergonzoso mostrarse perezoso, por lo que retornar a sus pueblos o ciudades les ayudará a salir de tal estado. Otra cosa bien distinta sucede si el que llega a la ciudad, demandando ayuda, procede de una aldea muy pequeña, donde se entiende que carece de oportunidades, o simplemente, huye de la guerra. En tales circunstancias, el planteamiento es bien distinto, y la acogida ha de ser plena: «Pero, si son de aldeas o pequeñas poblaciones azotadas por la guerra, entonces hay que tomar en consideración lo que enseña Pablo, esto es, que entre los bautizados en la sangre de Cristo no hay ya griego ni bárbaro, ni francés ni flamenco, sino una nueva criatura: han de ser tenidos por nativos»104. La actitud de Vives es inclusiva. El Consejo debe estudiar caso por caso, y también el de aquellos que padecen ceguera o alguna enfermedad nerviosa, pues el trabajo para la comunidad les ayudará a mejor sobrellevar dicha enfermedad105. Y especial atención merecen los niños. Y particularmente los niños expósitos106, que han de ser alimentados en el hospicio, y han de recibir formación en la escuela pública, pues la educación es un pilar básico de la sociedad: «Presidan esta escuela hombres en la medida de lo posible de educación cuidada y esmerada, que traspasen sus costumbres a esa escuela tosca, pues a los hijos de los pobres el mayor peligro les viene de una educación baja, sórdida e impropia de ciudadanos; no ahorren gastos los magistrados en la búsqueda de tales maestros, pues proporcionarán con un gasto pequeño un gran servicio a la ciudad que presiden»107. No obstante todo lo anterior, el pensamiento de Vives tendría un carácter reformista, pues pretende solventar el problema de la pobreza haciendo cambios cualitativos en la estructura social, sin querer transformarla radicalmente108. En tal contexto, al ser la Iglesia portadora de grandes bienes, en buena medida la solución para socorrer a los pobres estaría también en su mano. Pero no se le puede obligar a hacerlo, y la violencia tampoco tiene para Vives justificación alguna: «Éstos, los abades y las demás jerarquías eclesiásticas, si quisieran, podrían socorrer a la mayor parte de los necesitados con la gran cantidad de sus rentas: si no quieren, Cristo los castigará. Hay que evitar siempre la perturbación y la discordia entre ciudadanos, que son un mal mayor que retener el dinero de los pobres, pues ningún dinero, por cuantioso que sea, debe ser tan importante para los cristianos que por su causa se tomen las armas. Hay que servir por completo a la tranquilidad pública, que prescribió Cristo y Pablo siguiendo al maestro; (...)»109. 104 Idem. 105 Cfr. Ibídem, Libro II, capítulo III. 106 Cfr. Ibídem, Libro II, capítulo IV. 107 Idem. 108 Cfr. MORENO GALLEGO, op. cit., 452-453. 109 VIVES, Dsp, Libro II, capítulo VI. PENSAMIENTO, vol. 73 (2017), núm. 278 pp. 1173-1196 J. M. PANEA MÁRQUEZ, JUAN LUIS VIVES Y LA RESPONSABILIDAD PARA CON LOS POBRES 1193 Ello no obsta para que, siempre que considera oportuno, el gran humanista valenciano se muestre muy crítico con la posición a la que, en su historia, ha llegado la Iglesia, como también en lo relativo a su amor por la pompa y el boato, que se aparta del buen sentido y hacer de los primeros cristianos110. Por otra parte, prosiguiendo con las medidas concretas a tomar, Vives cree que, en buena medida, bastaría con gestionar eficiente y honradamente los hospitales, y las rentas producidas por el trabajo de todos, para afrontar el problema de la pobreza, evitando, además, la corrupción en la gestión, como se dice que parece que ha sucedido en España, donde los gestores benefician a familiares y amigos, en lugar de a los pobres111. Y como apuntábamos más arriba, Vives contempla las más diversas causas por las que un hombre puede ser arrastrado a la condición de pobre, entre las que, y de no poca importancia, estaría nuestra exposición a la fortuna. Tal sobrevenida circunstancia exigirá, por tanto, responder ante ella, máxime cuando junto a la pobreza convive una insensible opulencia, difícil de digerir, ni cristiana, ni humanamente hablando: «No ha de socorrerse sólo a los pobres que carecen de las cosas necesarias para la vida todos los días, sino también a aquellos sobre los que sobreviene alguna desgracia súbita, como cautiverio en la guerra, prisión por deudas, incendio, naufragio, inundación, muchas clases de enfermedades, finalmente innumerables desgracias fortuitas que afligen a familias honradas; a todo esto se añaden las muchachas pobres, a las que muchas veces la miseria empuja a hacer mal uso de su pudor. En efecto, no se puede soportar que en una ciudad, no digo ya cristiana sino ni siquiera pagana con tal de que se viva según costumbres humanas, por cincuenta o cien florines se ponga en peligro la honestidad de una doncella, la salud y la vida de un hombre honrado, que un hombre se vea obligado a abandonar a su esposa y a sus hijos pequeños, mientras otros sobreabundan en riquezas hasta tal 110 «Ciertamente en otros tiempos, como todavía hirviese la sangre de Cristo, todos arrojaban sus riquezas a los pies de los apóstoles para que ellos mismos las distribuyesen según las necesidades de cada uno; después los apóstoles rechazaron este cuidado como indigno de ellos, puesto que convenía más que predicasen y enseñasen el Evangelio que ocuparse en pedir y repartir el dinero, y así esta función se confió a los diáconos; y ni siquiera éstos la retuvieron mucho tiempo: tan grande era el afán por enseñar, por elevar la religión, por apresurarse a los bienes eternos por medio de una hermosa muerte; por tanto, seglares cristianos proporcionaban a los pobres del dinero recolectado lo que necesitaba cada uno. Sin embargo, al aumentar el pueblo cristiano y al ser admitidos muchos no demasiado honrados, algunos empezaron a administrar aquella actividad con mala fe; los obispos y los sacerdotes por su amor hacia los pobres recibieron de nuevo bajo su cuidado las riquezas reunidas para socorrer a los necesitados, pues en aquel tiempo todo se confiaba a los obispos, hombres de una rectitud y de una lealtad experimentada y reconocidas, como lo cuenta Juan Crisóstomo en cierto pasaje. Pero después se enfrió más y más el ardor de la sangre de Cristo, y el Espíritu del Señor se comunicó a muy pocos; la Iglesia empezó a imitar al mundo y a competir con él en pompa, suntuosidad y lujo; ya Jerónimo se queja de que los prefectos de las provincias comen en los monasterios más espléndidamente que en palacio; para tales gastos se necesitaba gran cantidad de dinero: de esta forma los obispos y sacerdotes convirtieron en su patrimonio y en su hacienda lo que había sido sólo de los pobres; ojalá que les tocase el Espíritu de Dios y llevasen a su memoria de dónde lo tienen, por quiénes les fue dado, con qué intención, y recordasen que son poderosos con los recursos de los débiles». Idem. 111 Cfr. idem. 1194 J. M. PANEA MÁRQUEZ, JUAN LUIS VIVES Y LA RESPONSABILIDAD PARA CON LOS POBRES PENSAMIENTO, vol. 73 (2017), núm. 278 pp. 1173-1196 punto que malgastan unos miles de áureos en un sepulcro, en un palacio, en un edificio inútil, en un banquete o en un espectáculo público»112. Sabe muy bien Vives que, a pesar de la belleza moral de su propuesta, siempre habrá críticos que pretendan refutarla, cuestionando las costumbres y placeres a las que, a veces, se entregan los pobres113, o simplemente alegando que, como Cristo dijo, «siempre habrá pobres», para lo cual tiene una sencilla respuesta: siempre los habrá, en efecto, y Cristo lo sabía perfectamente, pues conocía muy bien nuestro corazón egoísta, pero ello no nos exime de hacer todo lo que esté en nuestra mano para tratar de reducir la pobreza, o minimizarla en sus efectos: «No predijo Cristo que los pobres estarían siempre con nosotros porque él mismo lo quisiese, ni que llegarían los escándalos porque le agradasen, puesto que nada nos recomendó con más diligencia que el auxilio de los pobres, y maldice a aquel que ofreció motivos para el escándalo. Pero porque conocía nuestra debilidad, por la que nos precipitamos a la pobreza, y también nuestra maldad, por la que no levantamos enseguida al caído, sino que permitimos que quede tirado y se pudra, por eso predice que siempre tendremos pobres; (...)Así, pues, con estas predicciones no nos manda Cristo que actuemos, sino que ve que obraremos así; de esta forma, estos proyectos nuestros no hacen desaparecer a los pobres sino que los alivian, no impiden que alguien sea pobre, sino que lo sea por mucho tiempo al extenderle inmediatamente la mano para que se levante. Quisiera por completo que pudiéramos conseguir que no hubiese ningún pobre en esta ciudad; no temería el peligro de que se pensase que Cristo había dicho algo falso: habría muchísimos en otras ciudades. Y no sólo son pobres los que carecen de dinero, sino cualesquiera privados de fuerzas corporales, de salud, de inteligencia o de juicio, como explicamos al principio de esta obra. Añado que no menos ha de ser llamado pobre, incluso de dinero, aquel a quien ya en el hospital, ya en su humilde casa se le proporciona un digno alimento, no conseguido con su actividad o trabajo sino debido por completo a la beneficencia ajena»114. Como estamos teniendo ocasión de comprobar, las razones derivadas de la coherencia cristiana van trenzándose con aquellas otras razones humanitarias, y de justicia natural, que convierten la responsabilidad para con el pobre en un imperativo moral inexcusable para todos: «En verdad ¿quiénes obran de forma más inhumana los que quieren que los pobres se pudran en sus inmundicias, suciedad, vicios, ignominias, descaro, desvergüenza, ignorancia, locura, desgracia y miseria, o los que descubran un camino por el que los lleven, liberados de aquello, a una vida más civilizada, más pura y más culta con una ganancia tan grande para tantos hombres inútiles y perdidos?»115. Porque, al final, y engendrada por la soberbia, es la avaricia del hombre el mayor obstáculo con el que se encuentra la pobreza116. Una avaricia, dirá Vives, que no sólo es vergonzosa, sino detestable, porque si malo es quitar algo a un rico, cuánto peor no será robarle a los pobres y privarles de aquello que, por razones humanitarias 112 Ibídem, Libro II, capítulo VII. 113 Cfr. Ibídem, Libro II, capítulo VIII. 114 Ibídem, Libro II, capítulo VIII. 115 Idem. 116 Cfr. Ibídem, Libro I, capítulo VII. PENSAMIENTO, vol. 73 (2017), núm. 278 pp. 1173-1196 J. M. PANEA MÁRQUEZ, JUAN LUIS VIVES Y LA RESPONSABILIDAD PARA CON LOS POBRES 1195 y cristianas, se les debe117. Y Vives, que no deja nigún frente sin cubrir, no sólo insistirá en los deberes, sino en los frutos, tanto materiales como espirituales, que un cambio de actitud nos depararía118. Por lo que a las razones de la charitas, y de la humanitas, vendrían a sumarse las de la prudentia y la moral, pues los beneficios que se obtendrían de este cambio de actitud moral no sólo alcanzarían a la paz social, sino también a la órbita espiritual, y no sólo de quien es socorrido, sino también de quien socorre119. Tal es el Vives, humanista y cristiano, que se rebela ante la pobreza, que exige responsabilidad ante la misma, y que nos exhorta con todo tipo de razones para poner fin a tan lacerante injusticia, brindándonos una extraordinaria ocasión para, a su vez, renovarnos moralmente a nosotros mismos. Que Vives dedicó su obra, en la Brujas del XVI, a los burgomaestres Jozef de Baenst y Jan van Themseke, es un hecho. Pero que sus palabras puedan ser hoy una fuente de inspiración y de reflexión sobre nuestra responsabilidad para con los más necesitados, queda fuera de toda duda, en un mundo donde la pobreza, y el olvido en el que tratan de sobrevivir los pobres del mundo, clama al cielo, y nos interpela a nosotros, hombres del siglo XXI, si no para erradicarla definitivamente, pues «siempre habrá pobres», ya que siempre habrá situaciones de injusticia que remediar, sí al menos, para cambiar nuestra actitud frente a un problema que ni como cristianos, ni como hombres, puede sernos indiferente. Y el propio Vives sabía que, aunque los contextos puedan variar, y haya que desarrollar medidas concretas distintas, o arbitrar otras nuevas, los principios y las reglas fundamentales, las razones religiosas y humanitarias, y también prudenciales, que las avalan, conservarán plenamente su vigencia, por lo que en un tema de justicia y alcance como éste hemos de permanecer siempre unidos: «Ciertamente estas son las cosas que me parece que hay que hacer en la situación presente; quizás no convenga mantenerlas todas, tal como han sido dispuestas por mí, en todas las ciudades y en todo momento; que lo vean las personas prudentes en cada población, y que miren por el bien de su ciudad con afecto hacia su tierra; en realidad he prefijado el mismo fin, el mismo proyecto y la misma meta, que creo que serán convenientes y oportunos siempre y para todo lugar; pero, si no conviene que se hagan todas las cosas al mismo tiempo, porque la costumbre aceptada se opondrá quizás a la innovación, será posible servirse de alguna maña e introducir al principio las más fáciles y después, poco a poco, las que se consideran más difíciles. Nada hay tan bien establecido como lo que es adecuado en todo tiempo y lugar. Por eso intervendrá la prudencia a fin de que mire por cada una de las actividades. Sobre todo evítese la división, cruel plaga de las ciudades»120. En suma, Vives, cristiano y humanista, crítico de la avaricia y de la soberbia humanas, defensor de los pobres, nos interpela con todo tipo de razones (prudenciales, morales, humanitarias y religiosas) para que no haya resquicio alguno por el que podamos disculpar nuestra insensibilidad ante la pobreza, a la vez 117 Cfr. Idem. 118 Cfr. Ibídem, Libro II, capítulo X. 119 Cfr. Ibídem, Libro I, capítulo IV y VIII; y también todas las ventajas de obrar bien en Libro II, capítulo X. 120 Ibídem, Libro II, capítulo VII. 1196 J. M. PANEA MÁRQUEZ, JUAN LUIS VIVES Y LA RESPONSABILIDAD PARA CON LOS POBRES PENSAMIENTO, vol. 73 (2017), núm. 278 pp. 1173-1196 que nos exhorta para que hagamos nuestra la responsabildad ante ella, y hagamos frente común, tanto en el plano personal, moral y religioso, como institucional, para erradicarla o combatirla, integralmente, en lo material y en lo espiritual. Y al hacerlo, no sólo habremos contribuido a hacer frente al sufrimiento injusto de tantos y tantos seres y vidas humanas, lo cual ya es muchísimo, sino que, al mismo tiempo, habremos contribuido, substancialmente, a la mejora de nuestro mundo, así como de todos y cada uno de nosotros, fieles a nuestra común humanidad y a los principios del humanismo integral cristiano, que Juan Luis Vives supo tan ejemplarmente defender, con su vida y con su obra. Universidad de Sevilla JOSÉ MANUEL PANEA MÁRQUEZ [email protected] [Artículo aprobado para publicación en diciembre de 2016]