Bajo la Cruz del Sur
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i. loS doS mundoS del nuevo mundo. Una tarde de domingo de 1951 estaba yo con un compañero de la Milicia Naval Universitaria sentado en la terraza de un café en la plaza de San Juan de Dios de Cádiz, posiblemente la del “Novelty”. Era nuestra primera salida del cuartel y la primera vez que pisaba las calles de la ciudad, a la que habíamos llegado en tranvía desde San Fernando. Se nos acercó un niño y, dirigiéndose a mí, me preguntó si quería que me recitara una poesía. Le dije que cuál. Y él me contestó: - El Piyayo, de José Carlos de Luna o Cádiz de Juan Pedro Domecq. - Pues dime eso de Cádiz. El chiquillo me recitó de carretilla una especie de décima que me encantó y de la que se me quedaron los dos versos finales: Cádiz, cadencia porteña/ ritmo de bandoneón. Han pasado muchos años y han sido vanas mis pesquisas por rastrear esa composición. Y es una pena, porque tal vez los versos que olvidé expliquen el sentido de los que recuerdo. Es casi un lugar común comparar a Cádiz con La Habana, así que lo que a mí me sorprendió, y eso que no tenía más que veinte años, fue que el jerezano bodeguero y ganadero, al cantar a Cádiz, pensara en cambio en Buenos Aires. De recordarme este lejano episodio se ocuparían muchos años después un par de niños que se me acercaron junto a la verja BAJO LA CRUZ DEL SUR Por AQUILINO DUQUE JIMENO Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 41, 2013, pp. 339-363.
de la iglesia de Humahuaca, población indígena de la provincia de Jujuy, al noroeste argentino. - ¿Quiere que le recite un poema? -dijo el más pequeño. - Venga. No sé qué me emocionó más, si el poema o la manera de decirlo. Empezó el pequeño y en los últimos versos lo ayudó el más grande. - ¿Y quién es el autor? - Fortunato Ramos -dijo el más pequeño. Le di una moneda a cada uno y el grande le dio la mano al chico como felicitándolo. Fortunato Ramos es por así decir el poeta de la comarca. Es o fue un maestro nacional que se pasó la vida en aquellas escuelitas de alta montaña y toda su obra versa sobre la condición, la vida, el paisaje y las costumbres del indígena. Su mundo está tan lejos de Buenos Aires como de Cádiz y en cambio dista muy poco del de Yucatán o Nuevo Méjico o de cualquier otro lugar de la América ingenua que tiene sangre indígena, / que aún reza a Jesucristo y aún habla en español. Los inditos que me recitaron los versos del maestrescuela es muy posible que recibieran en escuelas como la de Fortunato un tipo de educación parecido a la que los niños españoles recibían hace más de medio siglo. Este tipo de educación ya pasó a la historia en las urbes civilizadas, donde pibes de su edad con fácil acceso al “paco”, o desecho de cocaína, forman bandas que no tienen escrúpulos, al amparo de una legislación permisiva, en asaltar a mano armada a los que tengan la desgracia de que el camión se les averíe en el “conurbano”. Lo dicho del “conurbano” de Buenos Aires vale para ciertos barrios de Sevilla para no ir más lejos. No quiero seguir con las comparaciones, porque la madre patria iba a salir perdiendo. A Jesucristo no es que se le rece mucho y hablar buen español no está demasiado bien visto. ¡Si el Poeta de la Raza levantara la cabeza! ii.- laS PaRteS del mundo. Fernando Villalón dividía el mundo en dos partes: Sevilla y Cádiz. Otros lo dividen en cuatro: países desarrollados, países AQUILINO DUQUE JIMENO340
subdesarrollados, Japón y Argentina. En cuanto a la Argentina, yo la dividiría en dos partes, a saber: Buenos Aires y todo lo demás. De Buenos Aires lo primero que hay que decir es que el nombre lo tiene muy bien puesto. Fue Pedro de Mendoza quien la bautizó en 1536, veinte años después de que Juan de Solís descubriera el Río de la Plata, y fue Juan de Garay quien la confirmó en 1580. El fuerte de Santa María del Buen Aire que levantó Mendoza duró poco. Mendoza murió en el tornaviaje a España y el fuerte fue demolido. Garay, llegado del Perú, ya había fundado Santa Fe siete años antes y su refundación, con el nombre de Puerto de Santa María de los Buenos Aires, fue duradera. A los bonaerenses se les conoce también por porteños o portuenses, y portuenses son también los naturales de la población gaditana del Puerto de Santa María. Si Cádiz se compara con La Habana, yo compararía al Puerto de Santa María con Buenos Aires, pero pensando en el siglo XVIII, en lo que ambos puertos fueron en el siglo XVIII, cuando la ciudad del Plata tenía muy poco que ver con lo que llegaría a ser en la segunda mitad del XIX. Es en esa época cuando Buenos Aires deja de ser una gran aldea colonial y se transforma en una de las ciudades más espectaculares de Occidente. Hace años, a raíz de mi primera salida al extranjero, cambiaba impresiones con señores que también habían viajado, pero algo más que yo, y uno de ellos comentaba que en América había dos grandes ciudades a cuál más hermosa, una, obra de la naturaleza, Río de Janeiro, y otra obra del hombre, Buenos Aires. De la época española queda en pie el Cabildo, semejante al de cualquier otra ciudad del país en la que lo español y lo indígena puedan tener mayor presencia. El Cabildo es una edificación dieciochesca de dos plantas con arcadas y torreón central, una arquitectura sobria como de hacienda andaluza o de ermita rural, patente también en alguna iglesia como la de Nuestra Señora del Pilar, junto al cementerio de La Recoleta, toda encalada por fuera y con retablos barrocos en su interior. Todo lo demás es europeo y fruto, más que de la inmigración, de la orientación franco-británica de las clases pudientes en una época en que la ciudad representa la civilización y la pampa la barbarie. Ese antagonismo viene de atrás, de las guerras civiles que siguen a la Independencia, no menos guerra civil que las BAJO LA CRUZ DEL SUR 341
otras, las que los caudillos rurales combaten entre ellos y contra los presidentes ilustrados. Hasta la segunda mitad del siglo no prevalece la ciudad, es decir, la civilización y el europeísmo, sobre lo indígena y lo castizo. Tampoco estos conceptos rurales se pueden confundir, y su hostilidad bien que aflora en el Martín Fierro. El indio es el que sale peor parado, no sólo frente al gaucho, casi tan bárbaro como él, sino frente al Ejército regular de los criollos bonaerenses. Estos, los Rivadavia, los Sarmiento, los Mitre, los Roca, quieren un país de blancos a imagen y semejanza de los países europeos a los que han viajado y que los han seducido, y hacen hincapié en la instrucción pública y la apertura a las inversiones extranjeras. La enseñanza en la Argentina siempre fue ejemplar y las maestras de escuela una institución. Ahora son ellas las primeras en quejarse de la degradación de la enseñanza. En la excursión desde Salta por la Quebrada de Humahuaca coincidimos con unas señoras mayores de porte europeo que resultaron ser unas maestras jubiladas residentes en La Plata. Las capitaneaba una más joven, de unos cincuenta años, atractiva y autoritaria y que varias veces llamó a su marido por el celular. También estaba jubilada, pero su amor a la pedagogía la mantenía en activo y no sólo nos pintó con trazos sombríos el estado de su profesión, sino que nos hizo patente su animadversión a la capital federal, y eso que no puede decirse que La Plata, a dos pasos de Buenos Aires y capital de la provincia, sea un reducto de lo bárbaro y lo castizo. No es lo mismo visitar un lugar que vivir en él. A mí me pasa con la Argentina lo mismo que con los otros países hispanoamericanos que conozco, y la provincia me atrae tanto como la capital, por mucho antagonismo o contraste que haya entre ellas. Con Buenos Aires en Argentina pasa algo así como con Andalucía en España, que es por ellas por lo que se conoce desde fuera a las naciones respectivas. Recientemente me llega la publicidad de una “Taberna vasca” que han abierto en Milán en cuyo decorado no hay más que carteles de toros, cuadros flamencos, guitarras, castañuelas y demás artículos de la España cañí, con una concesión a la cifra gastronómica de España: la paella valenciana. Del mismo modo, desde lejos se eclipsa y se ofusca la inmensidad y la variedad de la Argentina en la reverberación solar de Buenos Aires. Las AQUILINO DUQUE JIMENO342
definiciones festivas del argentino sólo le cuadran al bonaerense. Así, cuando se dice que los mejicanos descienden de los aztecas, los peruanos de los incas y los argentinos de los barcos, o que un argentino es un italiano que se cree inglés y resulta que es español, a quien se alude es al porteño. Una amiga mejicana me comenta que ella no entiende el lenguaje de los argentinos; lo que probablemente no entenderá es, no ya el lunfardo, sino la mera entonación porteña. Entre la segunda mitad del XIX y la primera del XX, la Argentina ha sido la tierra de promisión para los pueblos de Europa y el Oriente Medio, empezando por el pueblo que siempre anduvo errante en busca de la tierra prometida. Sin embargo, el inmigrante que más ha marcado a Buenos Aires es el italiano, y yo estoy en que a él se debe la manera en que el castellano suena en una ciudad tan maravillosa. Yo, que me he pasado media vida entre España e Italia, he vivido en Buenos Aires el milagro de sentirme en las dos naciones a la vez. iii.- la ciudad del liBRo. Puede decirse que en cada cuadra de Buenos Aires hay una librería, y el negocio del libro debe de ser rentable. Las hay suntuosas y espectaculares, como la del Ateneo en la Avenida de Santa Fe, y antiguas y bohemias, como El Túnel de la Avenida de Mayo. Para colmo, el 23 de abril daba comienzo la Feria del Libro, ubicada en La Rural, o sea, en los palacios y los terrenos de las grandes exposiciones agropecuarias surgidos en los felices tiempos de las vacas gordas, cuando la Argentina figuraba entre las potencias más ricas del planeta. También hay que mencionar los puestos de baratillos, como los de la Feria dominical del barrio de San Telmo. Yo sospecho que esta exuberante floración de hojas impresas tiene bastante que ver con el clima creado por Domingo Faustino Sarmiento en su ambicioso empeño de educación nacional. Lo que más nos llamó siempre la atención de los escritores argentinos, sobre todo en la madre patria, donde tanto analfabeto se dedica a la literatura, es la vastedad de lecturas que traslucían sus escritos. Por más que no se dignaran darle el Nobel, Borges figura junto a Paz entre los clásicos de nuestras letras en el siglo XX. BAJO LA CRUZ DEL SUR 343
En este espacio urbano tuve la ocurrencia de presentar un libro propio, muy a sabiendas de que presentar un libro en Buenos Aires es llevar naranjas a Valencia. La simpática acogida de unos amigos de amigos me allanó el camino a semejante audacia y todo quedó entre amigos, una docena justa como en la Última Cena. No creo que fuera más numeroso el público que en el vetusto hemiciclo de bancos de madera del Conservatorio gaditano Manuel de Falla, probablemente heredado de la Cátedra de Anatomía de la Facultad de Medicina, asistió a la lectura poética que allá a comienzos de los 50 dimos una mañana de domingo Antonio Gala, Bernardo V. Carande y yo. Ya conté en otro lugar, en Mano en candela, cómo este viaje lo hicimos los tres desde Sevilla invitados por Fernando Quiñones y cómo al llegar pudimos comprobar que todos los gastos corrían por nuestra cuenta y que, en la jubilosa recepción que se nos hizo y en las tabernas que recorrimos, se habló de todo menos de aquella lectura poética en la que cifrábamos nuestro salto a la gloria y a la fama. Una sensación análoga tuve cuando el amigo de mi amigo, el profesor Alberto Buela, nos citó en su oficina del Ministerio del Interior. Alberto Buela es lo que se dice o se decía un buen hueso de taba. No encuentro mejor definición para este pensador que alardea de gaucho pues, como se sabe, el juego de las tabas es o era uno de los pasatiempos preferidos de los habitantes de la Pampa. Alberto Buela va por la vida de provocador, como con toda la razón del mundo afirma el prologuista de su libro Pensamiento de ruptura. Sus provocaciones están perfectamente razonadas y documentadas. Si hay un pensador que conozca a sus clásicos, ése es Buela, y ese conocimiento es lo que le permite refutar con autoridad los lugares comunes de la Modernidad y burlarse de ellos con desconcertantes paradojas. Sin embargo, como es incapaz de separar el pensamiento de la vida cotidiana, de la realidad y de su entorno, Buela se complace en personificar el aspecto bárbaro y castizo de la realidad argentina. Esta realidad está magistralmente descrita en el Facundo y contada y cantada en el Martín Fierro, y ese aspecto que Buela tan sabiamente cultiva viene a ser lo que Abel Posse llama “la perversa seducción de la barbarie”. Buela maneja el lazo y las bolas y el cuchillo con la misma soltura que la pluma y somete a sus visitantes al ritual AQUILINO DUQUE JIMENO344
del mate, cuya bombilla viene a ser algo así como la pipa de la paz. Debo decir que mi primera impresión al verme frente a él fue la misma de Borges ante “el hombre de la esquina rosada”. iv.- cine aRGentino No es la primera vez que digo que, siendo como soy gran aficionado al cine, las películas de estreno me interesan aun menos que las novedades editoriales, sobre todo si vienen acompañadas de un premio importante. Ya sé que no tengo más remedio que perderme alguna que otra cosa que valga la pena, pero la vida de un lector o de un espectador, sobre todo si lo que quiere es cultivarse y distraerse, no da abasto para consumir la inmensa oferta de la industria cultural. Cada cual pierde el tiempo a su gusto y lo último que yo haría sería perderlo con el cine español, que es el que me cae más cerca. Me refiero, claro está, al cine español de ahora, aunque debo confesar que algo de eso me pasaba cuando era joven con el cine español de antaño, en blanco y negro. De ese cine, sin embargo, hay películas que han quedado y que ahora, al cabo de los años, veo con inusitado placer. Mucho hemos de degenerar si al cabo de los años cabe decir lo mismo de alguna película de ahora. Celebro coincidir con los dos únicos Ministros de Cultura del régimen actual dignos de ostentar esa cartera, a saber, Jorge Semprún y César Antonio Molina, que no tardarían en chocar con el mundo del celuloide. En el mundo hispánico, tampoco Méjico es ya lo que un día fue, pero en cambio Argentina está por fortuna a años luz del tenebroso y brumoso cine de Torres Nilsson y hay cintas ante las que, como diría el tango, no ha habido más remedio que hocicar. Una de ellas es Las nueve reinas; otra El hijo de la novia. A mí me gustó Las nueve reinas y me habría gustado aun más de no ser por el estrambótico final, que es un final para personas inteligentes, entre las que lamentablemente no me siento incluido. Si lo que el director pretendía era confundir al espectador, en mi caso lo logró con creces, haciéndome la ociosa aclaración de que la trepidante intriga no era más que una tomadura de pelo. Yo no entendí nada, pero lo peor es que toda aquella pedantería pseudopirandelliana en la que ninguno de los perso- BAJO LA CRUZ DEL SUR 345
najes resulta lo que parecía y además no aclara lo que es, echa por tierra la verosimilitud del espléndido guión. El joven Marías empezó su carrera de narrador con un relato que se llamaba Los dominios del lobo en el que se encadenan una serie de historias a cual más intrigante y verosímil hasta que al final el lector descubre con sorpresa que todo no es más que el guión de una película. En este caso el narrador procedió con una inteligencia de novela policíaca en la que las pistas falsas se entrecruzan en el nudo de la acción, no en su desenlace. Otra excelente cinta es El hijo de la novia, en la que todo es simpático menos una cosa, el protagonista, encarnado por ese buen profesional que es Ricardo Darín. Darín, digámoslo suavemente, tiene un físico de antihéroe y los papeles que le van son los de chorro, como dicen por allá, o chorizo, como decimos por acá. En Las nueve reinas hace su papel con todas sus consecuencias, pero en El hijo de la novia se nos mete además a moralista. Ya sabemos que del 68 para acá son los golfos los que expiden certificados de buena conducta, y a esta regla no supo sustraerse el director de una película tan bien ambientada y tan simpática en su planteamiento y en el tratamiento de los personajes. De una manera muy sutil y sin ningún trazo grueso, se aborda una cuestión de doctrina en la que se hace mangas y capirotes del derecho canónico. Este sujeto, divorciado con hija compartida y joven amante, tiene a su mamá con Alzheimer en una residencia de ancianos. Su anciano padre viene de vez en cuando por el restaurante que dirige y le trae mascarpone para el tiramisù. Un buen día, el viejito le confiesa al hijo que quiere darle a la mami la satisfacción que por cuestión de principios no le quiso dar cuarenta y cuatro años atrás: la de casarse por la Iglesia. El hijo quiere quitarle aquel disparate de la cabeza, pero el buen señor insiste y van al párroco; después de acordar el coste de la ceremonia que es más bien astronómico, se plantea la consulta con el obispo, el cual deniega la autorización, dado que la contrayente no está en condiciones de dar su consentimiento. Como el matrimonio es un contrato, además de un sacramento, es imprescindible la libre decisión de los contrayentes. Esto da pie a que el hijo de la novia le largue un sermón al cura sobre la indisolubilidad del matrimonio del que él es víctima desde hace diez años y que la Iglesia AQUILINO DUQUE JIMENO346
lleva dos mil años infligiéndole. También alega con toda razón que si cuando la bautizaron no hizo falta su consentimiento, por qué es que ahora le hace falta para casarse. Yo no sé si los cineastas estos han caído en que tampoco a los suicidas les pregunta el cura su opinión cuando les da los santos óleos, ni si tienen tan olvidado el catecismo que ignoran que la Iglesia pasa por todo con tal de salvar un alma, y que son justamente las ovejas descarriadas las que busca con más empeño. Ya sé que hay curas y obispos para todos los gustos, pero tal como lo ve un católico normal, cualquier eclesiástico como Dios manda se alegraría de poder santificar la unión de dos personas que hasta ese momento han vivido en concubinato, es decir, en pecado. Vaya usted a saber qué ha movido en el fondo al viejo anarquista o lo que sea a tener con su pobre mujer un detalle que de rechazo lo beneficia a él, no sea cosa de que eso de la salvación del alma vaya a ser verdad después de todo. Claro está que sin este despropósito la película no habría podido acabar como acaba, con la pantomima que montan en el asilo el hijo de los novios y otro desaprensivo y con la que todos quedan contentos y la novia tan feliz como si las bendiciones y el altar fueran auténticos. Muchos estudiosos de La Celestina -lo explica muy bien Enrique Baltanásno se explican cómo es que Calixto no hubiera pedido la mano de Melibea a su padre, como era lógico, en lugar de llegar a ella saltando la tapia del huerto y recurriendo a los oficios de una alcahueta. Y es que sin ese absurdo, no habría habido tragicomedia. Algo de eso cabría decir también a propósito de esa película tan entretenida que es El hijo de la novia. V.- COLONIA DEL SACRAMENTO Y LA FIESTA BRAVA En Colonia del Sacramento perdura, algo maltrecha, la única plaza de toros del Cono Sur, una plaza relativamente moderna, erigida a comienzos del siglo XX y en la que actuaron Ricardo Torres Bombita y su hermano Manolo, Bombita III. Esta plaza, de estructura metálica traída de Filadelfia o de Inglaterra, revestida de ladrillo según la moda mudéjar de los cosos finiseculares, formó parte, con el gran Frontón y el Casino, del conjunto BAJO LA CRUZ DEL SUR 347
portante en el terremoto del 13 de septiembre de 1692. Esa imagen -el Cristo del Milagrollevaba ya un siglo en Salta, a donde la envió el Obispo de Tucumán, fray Francisco de Victoria, en 1592. El dominico fray Francisco de Victoria, que no hay que confundir con su cuasi contemporáneo y cuasi homónimo Vitoria, el teólogo de Salamanca y jurista de Indias, estuvo presente el 16 de abril de 1582 en la fundación de la ciudad por Hernando de Lerma. Lerma y Victoria acabarían chocando y el obispo tuvo que volver a España, desde donde mandó dos imágenes: una Virgen del Rosario con destino a Córdoba y un Crucificado con destino a Salta. La nave que las llevaba a Lima debió de naufragar y los dos cajones en que iban las imágenes fueron hallados flotando frente al puerto del Callao. De Lima bajaron a lomos de mulas por la antigua Ruta del Inca; el Cristo se quedó en Salta y la Virgen del Rosario siguió hasta Córdoba. El 16 de abril de 2009 hubo desfile militar frente al palacio de la Legislatura en la plaza de Güemes y por la tarde vinieron de Buenos Aires muchos embajadores europeos, es de suponer que el de España entre ellos, a conmemorar la fecha y poner coronas de flores en la estatua del fundador. El enfrentamiento entre el poder civil y el eclesiástico ya está en los años de la Conquista y la Evangelización y, curiosamente, ambos poderes se funden en cierto modo en las guerras de Independencia, a juzgar por los símbolos patrios vinculados a ciertas imágenes y entronizados en ciertos templos (en la iglesia matriz de Colonia del Sacramento la imagen de Nuestra Señora está acompañada de la bandera nacional y de una alusión a la gesta de los Treinta y Tres Orientales, y en la catedral de Buenos Aires dos centinelas de uniforme napoleónico dan guardia permanente al mausoleo del Libertador San Martín). El nacionalcatolicismo no es como puede verse privativo de la madre patria. Es más, la vigencia que perdió en ésta a raíz de las piruetas del II Concilio Vaticano, se mantiene en los antiguos territorios virreinales. Ahora bien, esta apropiación o asimilación por el Estado de lo religioso, con que las repúblicas ultramarinas, empezando por las Trece Colonias del norte, se legitiman ungiéndose como los monarcas del Antiguo Régimen, es una cosa y otra la religiosidad popular, con la que por cierto trataron de legitimarse y AQUILINO DUQUE JIMENO354
confundirse las revoluciones del siglo XX (Teología de la Liberación). La religiosidad popular es, como la arquitectura religiosa y civil y la lengua española, lo mejor que España dejó de su paso por tan vasto Continente, algo que emociona a todo español bien nacido y le infunde consuelo y esperanza. En una gran ciudad como Buenos Aires, cosmopolita y con menos indios y mestizos que muchas ciudades europeas o norteamericanas, la religiosidad está bastante diluida, por más que, en la misa vespertina del sábado, la iglesia del Pilar en la Recoleta estuviera llena a rebosar de puro criollo. También eran criollos en su mayoría los penitentes de Salta, muchos de los cuales podían ser muy bien oriundos de Siria o del Líbano, países donde el catolicismo siempre tuvo tanta fuerza o más que el Islam. De los inmigrantes que en el primer tercio del siglo XX llegaron a Salta, los únicos que se quedaron fueron los sirios y libaneses, cuyo suntuoso Centro frente al mercado de la ciudad da una idea de su prosperidad. De todos modos, yo creo que la religiosidad en la América española está en razón directa a la densidad de población indígena. Este fenómeno ya hace muchos años que lo pude observar en Méjico y no me cuesta trabajo creer que sea extensivo a otras repúblicas hispánicas. IX.- Salta la linda Y la Ruta de la Plata Tiene fama Salta de ser la ciudad más bonita de la Argentina. Yo no puedo juzgar, ya que Salta es la única ciudad argentina que conozco, fuera de Buenos Aires, que es rancho aparte. Salta está en un fértil valle preandino, el Valle de Lerma, llamado así por su fundador, el gobernador de Tucumán. Su primer nombre fue Ciudad de San Felipe de Lerma en el Valle de Salta, luego cambiado en San Felipe de Salta. En otro fértil valle, el de Jujuy, está su hermana, diez años más joven que ella, San Salvador de Jujuy, fundada ésta por Francisco Argañaraz y Murguía, el que capturó al cacique Vitipoco en un audaz golpe de mano. Ambas fundaciones fueron ordenadas desde Lima por el virrey Toledo, estando como estaban en el antiguo camino del Alto Perú, el camino de los Incas, que más o menos coincide con la Nacional 40, que hoy llega hasta la Tierra del Fuego. A don Francisco de BAJO LA CRUZ DEL SUR 355
Toledo, nacido en el castillo de Oropesa, hoy Parador Nacional, le correspondió organizar la administración virreinal orientada a la explotación de las minas de plata de Potosí, ciudad que fundó, como fundó Tarija y fundó Córdoba, fundaciones que hay que sumar a las de Salta y Jujuy. Nadie discute la eficacia de su mandato, ni los que lo censuran ni los que lo aplauden, como es el caso de quien mejor lo estudió: don Guillermo Lohmann Villena. Los que lo critican son los que consideran que todas las culturas son equivalentes y los que lo alaban los que creen lo contrario. Yo sólo sé que a cada paso que doy por la América rural o provincial no hago más que comprobar la vigencia de lo que dice Rubén Darío sobre “la América ingenua que tiene sangre indígena”. También me maravilla la movilidad de hombres que tan pronto estaban en Flandes o en los Andes, en Trento o en Alájar, en Nápoles o en Lima, en Espartinas o en Humahuaca en una época en que los viajes no eran un camino de rosas. Una consideración parecida movió a Stefan Zweig, pasajero de un lujoso trasatlántico, a preguntarse por las condiciones en que Magallanes y sus hombres habían recorrido la misma ruta. Nadie que haya hecho el trayecto del Tren de las Nubes, que sube bordeando la Quebrada de Humahuaca desde el verde valle de Lerma hasta la Puna desértica puede dejar de pensar en lo que debió de ser la travesía a pie o a caballo de aquellas ramblas inmensas y aquellos escarpados precipicios. El Camino del Inca pasaría a ser en el XVIII la Ruta de la Plata que iba de Potosí a Buenos Aires, con estación en ciudades como Jujuy y Salta. Esa misma denominación se le aplicó a la calzada romana que iba de Mérida a Astorga y hay la teoría o la leyenda de que los fenicios transportaran por ella el codiciado metal. Se ha dicho que la colonización de España se hizo a la romana. La planta de Salta, como la de tantas ciudades americanas, corresponde al trazado romano impuesto por las Leyes de Indias. La misma planta tienen poblaciones más indígenas como Humahuaca o Purmamarca, sino que aquí las casas son bajas y de adobe con puertas de cardón formando esquinas y sin más vegetación que la que rodea la iglesia en la plaza principal. Salta en cambio tiene el encanto de las ciudades fundadas en la época virreinal. Recostada en el Cerro de San Bernardo, AQUILINO DUQUE JIMENO356
tiene al pie de éste el convento del mismo nombre, hoy ocupado por las Carmelitas Descalzas, y que, con el Cabildo, que es el mejor conservado de la Argentina, es uno de los edificios de más solera de la ciudad, ejemplo de una blanca arquitectura de sobrio diseño, en la línea de las estancias y las ermitas rurales. La mayoría de las casas son de dos plantas y de puertas y ventanas altas y estrechas y en su fondo, entre rejas y cristaleras, se entrevén jardines y patios castellanos con galería alta bajo tejas rojizas. Raras son las aceras que no tienen arbolado. La plaza real o de armas, hoy del 9 de Julio, es un maravilloso jardín de ceibos, ombúes, sauces, cipreses, palmeras, en cuyo centro se alza la estatua ecuestre del general Arenales. A un extremo está el Cabildo, con su doble recova, ocupando todo un testero de la plaza, y frente por frente, al otro extremo, la Catedral con sus dos torres de un barroco discreto y un balcón peruano con celosía de madera en la adjunta Curia. Yo desconocía el empleo del término “recova” en el sentido de soportales o galería cubierta, de uso común en la Argentina, y eso que, según el Diccionario de la RAE, esa acepción es propia de Andalucía. No es ésta la primera de las palabras perdidas en la Península que encuentro en Ultramar. La recova no tiene en la plaza del 9 de Julio solución de continuidad y se ajusta a la pauta de las plazas mayores de la madre patria, la de la Corredera en Córdoba, la Mayor de Salamanca o Madrid, la de España en Bilbao, la del Rey en Barcelona, con la diferencia de que su parte central, acaso antaño plaza de armas, está ajardinada. Los salteños o quienes los visitan disfrutan del anochecer subtropical en los bancos públicos o en las terrazas de hoteles y cafés, bajo esa Cruz del Sur que cristianiza el firmamento. X.- SAN ANTONIO DE LOS COBRES, LUGONES Y laS SalinaS GRandeS San Antonio de los Cobres está a cerca de cuatro mil metros, en un llano arenoso al pie de unos cerros amontonados. Es una población india y minera con casas de adobe y apenas vegetación. La vegetación que más abunda es la tola, una especie de esparto que se utiliza como pasto y como combustible y del que BAJO LA CRUZ DEL SUR 357
se alimentan llamas, vicuñas y guanacos, a los que hay que agregar borricos con lazos y moñas de lana de colores en las orejas. De no ser por las hojas de coca que tuve la precaución de llevar pegadas a la encía superior es posible que lo hubiera pasado mal en las extensas ruinas de Santa Rosa de Tastil y bajando por las sinuosas curvas de nivel que bordean la Quebrada del Toro entre los viaductos del Tren de las Nubes y la blanca cresta del ubicuo Nevado del Chañi, tan pronto a la derecha como a la izquierda del itinerario. Por fin la Nacional 40 lleva a las Salinas Grandes, un inmenso lago sólido surgido del mar en remotas épocas geológicas, en cuyo centro hay una caseta y un corralón de piedra en el que se yergue un espantapájaros. El espantapájaros resulta que se mueve y habla, vende recuerdos, piezas de sal talladas por él mismo, y tiene la llave de un retrete de aluminio, que presta a cambio de un peso. En esa extensión de falso hielo se abren esteros rectangulares de agua cristalina con sal escarchada. El espantapájaros se viste de tal para protegerse de la reverberación del sol contra la sal y con sus gafas negras y su tapabocas y su sombrero gacho tiene algo también de Hombre Invisible. De no ser por el mal genio con el que exige la moneda al que necesita con urgencia el retrete, ese Hombre Invisible podría ser el piadoso estilita de quien nos habla Lugones que va al Mar Muerto a desencantar o a redimir a la mujer de Lot, convertida en estatua de sal. Al derramarse el agua bendita sobre la esbelta escultura femenina en cuya frente hay gotas de sudor, queda ante el anacoreta una mujer viejísima y andrajosa, una mujer agonizante, a la que él pregunta qué es lo que vio al volver la cara en desobediencia al Altísimo. La moribunda le susurra al oído una palabra y él cae fulminado al escucharla. Lugones se quitó la vida en 1938 en una isla del delta del Paraná, y es muy posible que lo hiciera según el guión escrito por él mismo muchos años antes cuando describía la lluvia de cobre incandescente que acabó con las cinco ciudades del Valle de Pentápolis y las sumió en un lago de asfalto. Pocos años habían de pasar para que en un rosario de ciudades -Hamburgo, Dresde, Hiroshima, Nagasakise hiciera realidad lo que él imaginó al leer el Génesis y suicidar al narrador. ¿Concebiría su visión en AQUILINO DUQUE JIMENO358
este noroeste argentino, en la desolación de la Puna, en el mar muerto de las Salinas Grandes bajo una lluvia de cobre de las minas de San Antonio? XI.- PeRito moReno Cuando a comienzos de la invasión napoleónica la América española decidió declarar su independencia, se pasó casi el resto del siglo en estado de guerra civil. De ese azote no se libraron las colonias británicas que, por estar menos divididas, con una guerra civil tuvieron bastante. Teníamos que llegar en España a la calamidad del “Estado de las autonomías” para que cobraran verosimilitud las disputas fronterizas entre las repúblicas de Ultramar, y es que, desde mi punto de vista, una cuestión fronteriza es tan absurda entre Chile y Argentina como entre Andalucía y Extremadura pongamos por caso. Decía Octavio Paz que Hispanoamérica tenía un concepto patrimonial del poder político, heredado de la madre patria, y no le faltaba razón, pues esas disputas de los países americanos entre sí y de las regiones españolas ahora, vienen a ser como litigios de lindes entre propietarios de tierras colindantes. Esa mentalidad agropecuaria de la soberanía revertiría sobre la madre patria, convertida en “Estado de las autonomías”, y eso explica la actual proliferación en ella de estatuas ecuestres de los que no recataban el odio que le tenían ni el celo que puso cada cual en trocear en feudos o taifas los grandes virreinatos. Esas disputas solían someterse al arbitraje del monarca de cualquier gran potencia europea o del mismo Pontífice romano, pero como estos personajes no se iban a desplazar al lugar conflictivo, decidían según los informes de los peritos nombrados por ambos litigantes. Uno de estos peritos fue Francisco Pascasio Moreno, que aportó su conocimiento del territorio disputado a la elaboración de un informe con el que evitó una guerra entre chilenos y argentinos y facilitó el laudo arbitral de la Corona británica. Francisco Pascasio Moreno, estudioso de la paleontología y la antropología, quiso acercarse a las poblaciones indígenas para llevarles la civilización blanca en condiciones más humanas de lo que lo había hecho el general Julio Argentino Roca. Moreno fundó escuelas y comedores, creó parques nacionales, descubrió y BAJO LA CRUZ DEL SUR 359
nombró parajes asombrosos en una Patagonia que conocía como la palma de la mano. No falta hoy quien lo juzgue con reticencia entre quienes transitan los senderos que él trazó. Ya se sabe que el concepto de “civilización” tiene mala prensa en nuestra sociedad, cada vez más asilvestrada. Recuerdo un documental sobre unos jesuitas de los de ahora en la selva entre Brasil y Perú que proclamaban que eso de evangelizar había pasado a la historia y que ellos se limitaban a asimilar las costumbres de unos grupos de salvajes hostiles entre sí y que vivían de la depredación recíproca y en la más espantosa promiscuidad. Su idea, me figuro que dentro de la “teología de la liberación”, era que el presunto hombre “civilizado” era el que tenía que aprender del presunto hombre “salvaje”. El perito Moreno, fallecido en 1919, dejó una obra social inmensa; una de sus preocupaciones, además de los indios, eran los “niños de la calle”, para los que fundó escuelas y cantinas y formó maestras y, cosa hoy en día muy mal vista, organizó en Argentina el Movimiento Scoutista. Impulsó la experimentación agrícola y la prospección petrolífera. Mutatis mutandis, la labor de Moreno en los territorios conquistados a los indios viene a ser como la de los misioneros de la Conquista española, que se dieron cuenta muy pronto de que a los primeros a los que había que civilizar era a los propios conquistadores. Los restos de Moreno, trasladados en 1944 desde La Recoleta a la Isla Centinela, en Nahuel Huapi, reposan en un mausoleo junto a los de su mujer, pero su auténtico monumento no es obra de ningún escultor, sino de la naturaleza, y es el glaciar que lleva su nombre. Al glaciar Perito Moreno se llega por carretera desde El Calafate, el bonito poblado turístico a orillas del lago Argentino, descubierto también por Francisco Moreno, de tranquilas aguas australes de una frialdad y una transparencia de paisaje irreal de Patinir. El Calafate es uno de los oasis del desierto patagónico por el que antaño galopaban los mapuches en sus malones y ahora pasta tolas el ganado cabrío y el lanar. Las orillas del lago se vuelven frondosas: en El Calafate hay tejos y álamos con los amarillos del otoño en su fronda; en las orillas escarpadas hay monte bajo de calafate, cuyas bayas azuladas se utilizaban para calafatear embarcaciones y hacer mermelada, y fagáceas como lengas y ñires, cohihues o guindos, notros o ci- AQUILINO DUQUE JIMENO360
ruelillos de roja floración y que recubren los cerros próximos al glaciar. La flor dorada del calafate inspira una leyenda indígena de los amores imposibles de una Julieta patagona convertida en arbusto por una hechicera. El glaciar presenta un frente de sesenta metros de altura por cinco kilómetros de anchura, y en ese frente se abren grietas y se desploman bloques de hielo como rascacielos con un estruendo tremendo en medio de un oleaje increíble. El Perito Moreno es el único glaciar que se regenera y avanza a razón de dos metros y medio al día. A veces los bloques de hielo desgajados taponan el Brazo Rico y hacen subir el nivel del resto del lago. En el lado opuesto, donde el glaciar se apoya en un cerro, se divisan unas figuras diminutas en fila india; son unos excursionistas que huellan con sus crampones la lengua del glaciar. Los grandes acantilados agrietados son blancos con transparencias verdes y azules. Los otros glaciares, el de Spegazzini, el de Onelli y el más grande de todos, el de Upsala, están al parecer en retroceso. Entre ellos se navega en unas embarcaciones que salen de Punta Bandera, es decir, se navega entre los icebergs desprendidos del Upsala que vedan su acceso como un campo de minas. Los hay de todos los tamaños y todas las formas, jaspeados y con incrustaciones de crioconitas, una especie de caries dental, huecos irisados en el interior del bloque que atraen el sol y van derritiendo el hielo. Al Onelli y al Agassiz se llega atravesando un bosque de lengas que se repone lentamente de un incendio devastador ocurrido muchos años atrás, entre riachuelos y cascadas que caen de altísimos acantilados. Nada hay que se parezca tanto a la primavera en el hemisferio norte como el otoño en el hemisferio sur. En estos días de abril en una Escandinavia austral me llegan, en el cuaderno de bitácora de Antonio Rivero Taravillo, unas imágenes suyas en Islandia que pueden pasar por tomadas a orillas del lago Argentino. Chile asoma por las Torres del Paine, visibles en el horizonte. XII.- San iSidRo Y el tiGRe En su relato La pulpería Cunninghame Graham sitúa al pulpero detrás del mostrador protegido por una doble “reja” de madera y con una pila de botellas vacías a mano. En las decrépi- BAJO LA CRUZ DEL SUR 361
tas estaciones entre Retiro y El Tigre, el taquillero se atrinchera tras una tela metálica doble y al viajero que pregunta le contesta una voz como venida de muy lejos. El tren conoció tiempos mejores, pero por la irrisoria cantidad que cuesta el boleto no se puede pedir más. Nos bajamos en Olivos con el propósito de tomar el trencito que va por la costa y nos evitaría las villa-miserias que rodean los elegantes suburbios residenciales. La estación de Olivos, con sus graffiti, sus desconchados, sus restos de hogueras nocturnas y de alivios urinarios, es donde la voz invisible nos dice desabridamente que no hay tal trencito, sin más explicaciones. En Olivos viven la Presidenta y su esposo el ex Presidente, y él no sé, pero ella no utiliza el tren para ir a su despacho de la Casa Rosada, sino que se desplaza en helicóptero. Desde que el Presidente La Rúa abandonó por el aire su palacio, sus sucesores descubrieron que la azotea o el jardín eran accesos más seguros que el enrejado de la Plaza de Mayo. La estación de San Isidro no se halla en mucho mejor estado, pero está menos solitaria y hay en ella menor sensación de inseguridad. Se cruza un paso a nivel y ya se está de nuevo en la Argentina de las tiendas elegantes, las veredas con árboles, las calles empedradas, la gente bien vestida, los buenos modales. Frente a la catedral neogótica hay un café o confitería encristalada con parroquianos que leen el diario mientras degustan su ristretto o su capuccino. En la plaza ajardinada hay algún que otro baratillo y unas escalinatas llevan a una estacioncita muy inglesa donde hace estación el trencito costero que andábamos buscando. No tomamos el tren, sino un remise o auto de alquiler pues de lo que se trata es de presentar nuestros respetos al fantasma de doña Victoria Ocampo. Las quintas de San Isidro son espectaculares y están archiprotegidas por altos y gruesos muros. No es ésta la Argentina desértica y montañosa del puma y el cóndor, sino la llana y fértil de araucarias, jacarandás, casuarinas, donde el peligro está en las pandillas de adolescentes o en los artistas del secuestro-exprés. En Buenos Aires la inseguridad va por barrios, pero acá en San Isidro no existen al parecer tantos miramientos. Digo al parecer, porque el que va de paso piensa que nada de lo que pase en la calle reza con él, máxime cuando su espíritu se adelanta a su cuerpo en un viaje tiempo arriba, en la AQUILINO DUQUE JIMENO362
recuperación, no del tiempo perdido, sino del tiempo no vivido, y ese tiempo es el de la revista SUR a la que dio el ser Victoria Ocampo y puso nombre Ortega y Gasset. Son muchas las horas gratas que me han hecho pasar los visitantes de Villa Ocampo con sus escritos. A algunos los he llegado a conocer fugazmente, a saber Jorge Luis Borges y Roger Caillois. Otro hay a quien traté mucho más y a quien quisiera dedicar un recuerdo, por más que ya me haya ocupado de él en un par de libros: el uruguayo Theo Verbrugge, que tanto me habló de la quinta de San Isidro y que exhaló en Roma, en una clínica de la Via Cassia, su último suspiro. No sé en cambio cuál fue la relación con SUR de Rafael Alberti, vecino tantos años del Puerto de Santa María del Buen Aire. Ni Borges ni Ortega le caían bien y me figuro que no querría repetir en la mansión de San Isidro su experiencia del saloncito madrileño de la Revista de Occidente. Me cuesta, pues, asociarlo con este mundo perdido, pero en cambio lo tengo que evocar en El Tigre, entre totoras y calandrias, navegando a lo largo de los brazos del delta ante los clubs de remo y los embarcaderos particulares bajo palmeras y magnolios. Mi primera noticia de este delta la tuve en 1954 en sus Baladas y canciones del Paraná, y no hacía más que mirar el cielo azul a ver si también a mí me traían las nubes, volando, el mapa de España. BAJO LA CRUZ DEL SUR 363