Preámbulo a la lectura de Verano inglés
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PREÁMBULO A LA LECTURA DE VERANO INGLÉS Por GUILLERMO CARNERO En primer lugar quiero agradecer la invitación que me trae hoy aquí, y la presencia de todos Vdes. Sé que quienes asisten a actos como éste so n siempre lectores habituales y especializados de poesía, y que muchos también la escriben, o intentan hacerla accesible a otros en la enseñanza. Esto significa que me encuentro entre compañeros y entre iguales, y que muchas aclaraciones son innecesarias entre personas del oficio. De todos modos, quisiera precisar brevemente algunas cosas, por si tuvieran interés de cara al diálogo que podamos luego mantener. Lo primero que debe saberse de un poeta, y él debe saber de sí mismo, es por qué, para qué y para quién escribe. Yo lo hago únicamente cuando un hecho biográfico, un hecho que forma parte de mi experiencia -palabra que, como enseguida diré, no entiendo en su sentido habitualme ha afectado emocionalmente hasta el punto de poner en cuestión mi entidad personal y vital, y obligarme a reconsiderarla y definirla. Esos hechos no son de los poetas; lo singular en ellos es tanto la de ese impacto emocional como la transmutación del mismo en discurso escrito, de tal modo que el poeta podría considerarse un mejillón evolucionado y convertido en ostra: la partícula externa que ambos inhalan es la misma, pero la ostra la recubre del nácar de la poeticidad. Quien escribe por ese motivo escribe primordialmente para sí mismo: para conjurar su desasosiego y ordenar, rotular y neu-
266 GUILLERMO CARNERO tralizar sus fantasmas. Ahora bien, ya que el punto de partida pertenece al ámbito de lo universal humano, es posible que tanto ese conflicto como su conjuro puedan ser compartidos por otros. Pensando en sí mismo y en sus lectores, el poeta debe ante todo exigirse una cosa: significar. Y, a mi modo de ver, no significa un discurso que reitera lo ya sabido, lo ya sentido y lo ya leído, y que se anula en su previsibilidad absoluta. Si tuviera que resumir en una sola característica mi actitud en la época de mi primer libro, publicado en 1967, diría que fue una marcada oposición a la poética entonces dominante, la de la generación del 50, si dejarnos al margen la obra simbólica y visionaria de Claudia Rodríguez, y si tenemos en cuenta que hoy ya no asumiría esa oposición. Pero en los años 60 la poética del 50 me re sultó ajena en sus dos direcciones fundamentales: el intimismo primario y el realismo social. Se ha puesto demasiado el acento en lo segundo para definir una ruptura que tiene mayor alcance, y que podría definirse así: la negación de la poesía como mensaje, tanto de alcance emocional egocéntrico como político colectiv o. Entiendo por poesía-mensaje la que transmite significados no problemáticos en textos cuya lectura se vuelve automática por su escasa desviación de la lengua estándar, y por su redundancia con respecto a la tradición neorromántica. Esa ruptura fue un nuevo enfoque del intismismo, y no un apartamiento de él. No puede haber poesía sin intimismo, ya que poesía es pensamiento y palabra imantados por la emoción. Ahora bien, el intimis mo directo me parecía, hace 30 años, lexicalizado y caducado. Mi solución primordial para superarlo fue lo que se ha llamado "culturalismo'', un recurso incomprensible para mu - chos y que se ha querido caricaturizar como negación de la verdad de la experiencia y de la autenticidad de la emoción. Existen dos grandes ámbitos de experiencia. El primero lo forman los acontecimientos de la vida cotidiana; son materia poética si afectan a la sensibilidad. Lo son también, en el mismo caso, los que pertenecen a la experiencia de segundo grado, la que procede de la Literatura, la Historia o las Artes. Esos dos ámbitos - lo cotidiano y lo cultural-aparecen natural y espontáneamente entrelazados en el funcionamiento real del pensamiento, y en la generación, exploración y formulación de la emoción. Por
PREÁMBULO A LA LECTURA DE VERANO INGLÉS 267 eso diría Eliot que un pensamiento es una experiencia como cualquier otra, en la medida en que modifica la sensibilidad. El imaginario cultural no se superpone a un discurso nacido originariamente sin él, ni res ponde a un prurito de ennoblecimiento retórico o decorativo; funciona de por sí, empapando la experiencia cotidiana y en simbiosis con ella; y además -y eso es lo que me importaba hace 30 añosse convierte en un procedimiento innovador de la expresión de la intimidad, y de superación del intimismo primario, en tanto permite dar cuenta de la experiencia cotidiana a través de la cultural, y superar el lenguaje lexicalizado del yo lírico neorromántico, transponiéndolo al de un él -u n personaje histórico, literario o representado en una obra de arte- o al de un ello -una obra literaria o artística-, con el que el yo se expresa por analogía. Una operación en la que la novedad y la sorpre sa adquieren un horizonte infinito, como lo es el acervo cultural en que puede nutrirse. Ese trasvase analógico -que no estoy proponiendo como solución única y permanente, sino para explicar mi punto de partida- puede generar incomunicación en un primer momento, si el poema contiene referencias extrañas al lector, pero sería siempre una incomunicación superable, y menos grave que la falta de emoción y pensamiento que se produce cuando el significado se degrada en mensaje. El culturalismo está y estará siempre presente en mi obra, porque procede -lo digo con toda sinceridad-de mi forma espontánea de ser, de sentir y de pensar. Pero lo está de un modo más central en lo que se puede considerar la primera etapa de esa obra. En ella se produce no una ruptura, pero sí una mutación, a partir de Divisibilidad indefinida ( 1990). En este libro la verdad emocional se hace más inmediata y accesible, y en ocasiones desaparece la máscara, manifestándose ese intimismo directo que tan extraño me había resultado en un primer momento. Esto es consecuencia no de un proyecto, sino de la evolución personal y de la edad, y culmina en mi reciente Verano Inglés, íntegramente formado por poemas de amor, en el que tampoco faltan, como veremos, las referencias culturales. Tras este preámbulo, les leo unos cuantos poemas, precedidos de breves comentarios.